lunes, 13 de julio de 2009

En qué momento se jodió España: Mea culpa

A riesgo de parecer petulante, el reciente artículo de José María Marco (uno de mis columnistas preferidos) en Libertad Digital, “Vicios regeneracionistas”, me ha parecido una réplica a la frase final de mi entrada anterior, donde yo hablaba de la “profunda decadencia moral y política de España”, aunque por supuesto Marco se refiera en realidad a multitud de escritos o alocuciones de los últimos meses, años, y hasta siglos.

José María Marco plantea la crítica (que ya ha desarrollado por extenso en más de un libro) del regeneracionismo, ese complejo intelectual ibérico consistente en interiorizar la leyenda negra y culpar de todos los males a una supuesta decadencia o peculiaridad española. El artículo termina con estas palabras: “No hay por qué responsabilizar de nuestra impotencia a España. Al revés, lo propio de personas bien educadas es no caer en el vicio de hablar mal de su país. Nunca, en ninguna circunstancia.” Al leerlas, teniendo presentes las recién escritas por mí que cito arriba, mi primera reacción ha sido decirme: “Touché, tiene razón.”

Luego, me he acordado de que ese vicio intelectual no es seguramente exclusivo de los españoles. Pienso en la novela de Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, que gira toda ella en torno a la pregunta “en qué momento se jodió el Perú”...

Por cierto, y abro un inciso, vaya coñazo de novela. Ésta y La casa verde, que no pude terminar. Vargas Llosa ha escrito obras inolvidables, como La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras –divertidísima– o La fiesta del Chivo, aunque para mí su obra maestra sigue siendo una novela corta, o cuento largo, titulada Los cachorros. Pero me imagino que en su juventud debió pagar el tributo izquierdista de escribir el tipo de novela-coñazo que se diría no tenía otra finalidad que poner a prueba la paciencia del lector burgués. Fin del inciso.

Naturalmente, es grande la tentación de reformular la pregunta en la forma “en qué momento se jodió España”, y millones de españoles responderíamos que aproximadamente a las siete y media de la mañana del 11 de marzo de 2004. Pero el artículo de Marco nos previene contra esta amarga retórica de la impotencia, que sólo sirve para alumbrar falsas soluciones desenfocadas y contraproducentes, algo contra lo que nuestra historia (sobre todo la del primer tercio del siglo XX), debería habernos vacunado hace tiempo. Así pues, quiero corregir el final de mi anterior entrada. Ya no hablaría de decadencia de España, sino de una clase periodística e intelectual que la tiene tomada con España desde hace mucho. Ellos (con las honrosas excepciones) son el problema, no España, que no será la primera vez que sobrevive (esperemos) al donjulianismo.

Y por supuesto, el donjulianismo y el autoodio no son a su vez peculiaridades españolas ni hispánicas, sino un fenómeno evidentísimo de toda la cultura occidental, especialmente desde principios del siglo XX. Así que incluso en eso no podemos ser más típicamente occidentales.

jueves, 9 de julio de 2009

El silencio

Recuerdo vagamente una película de Ingmar Bergman titulada 11-M, perdón, El silencio. Aunque han pasado más de veinte años desde que la vi, para mí el sintagma “el silencio” siempre me ha traído a la mente, al menos hasta ahora, aquellos fotogramas en blanco y negro; ni siquiera el reciente anuncio de un fabricante de aire acondicionado ha conseguido desplazar esa asociación mental.

Por eso la noticia de la querella presentada ayer miércoles por la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M contra el ex comisario jefe de los TEDAX, Juan Jesús Sánchez Manzano, me hace pensar también en Ingmar Bergman. Porque el silencio de las ediciones digitales de los grandes rotativos nacionales, a excepción de El Mundo, es atronador. (La edición digital de La Vanguardia es la otra excepción: Pero el laconismo con el que despachan la noticia es en sí mismo tan revelador como el silencio.)

Vamos a ver, una agrupación de víctimas del mayor atentado de la historia de Europa se querella contra uno de los jefes policiales que estuvieron al frente de las investigaciones, acusándolo de omisión del deber de perseguir delitos, de encubrimiento y de falso testimonio. Sin prejuzgar para nada el contenido de la querella, no me negarán que es una noticia para figurar en las primeras páginas de todos los periódicos al día siguiente. Pues no, en Zapaterolandia, las cosas no funcionan así. Cuando asoma mínimamente cualquier indicio que pueda cuestionar la gran mentira en la que se funda este Régimen, sencillamente se ignora, no existe y además jamás ha existido.

¿Quieren mayor prueba de la profunda decadencia moral y política de España que este clamoroso, bergmaniano silencio?

miércoles, 8 de julio de 2009

Ratzinger de izquierdas

La nueva encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate, ha sido saludada por algunos como favorable a planteamientos de “izquierdas”. Tiene cierta gracia que quienes acostumbran a abominar del cristianismo a la menor ocasión, no renuncien al mismo tiempo a presentar sus ideas como si fueran perfectamente acordes con el mensaje evangélico. Se me ocurren varias expresiones populares que definen esta clase de oportunismo, pero quizás la que viene más a cuento es aquella que habla de quienes quieren estar en misa y repicando.

Ayer leí la encíclica, y si bien es cierto que hay en ella algunas concesiones (a mi entender, innecesarias y equivocadas) a los tópicos biempensantes contra el mercado (con alguna alusión al “clima”), en su conjunto se trata de un texto serio y profundo que realiza una crítica demoledora de las tesis básicas de la izquierda contemporánea.

Pero empecemos por las concesiones. Autores como el filósofo del derecho Francisco J. Contreras han señalado que la cuestión acerca de cuál es el sistema que beneficia más a los pobres (el libre mercado o el socialismo) sólo se puede responder empíricamente, es decir, es una cuestión de hecho, en la cual el magisterio de la Iglesia no debería entrar. Lamentablemente, los dirigentes eclesiásticos llevan mucho tiempo cayendo en el error de juzgar a estos sistemas no por sus resultados comprobables, sino por sus propagandas respectivas. Error, por cierto, en el que no están solos, pues los acompañan la mayoría de medios de comunicación y de los intelectuales, creyentes y sobre todo no creyentes.

Irónicamente, el gran éxito del socialismo en las mentes tal vez proceda de que, de manera más o menos implícita, ha sabido apropiarse del anhelo evangélico y milenarista de justicia (“bienaventurados los pobres”), mientras que el liberalismo, cuya concepción de la persona entronca de manera inequívoca en el cristianismo, no siempre ha sido lo suficientemente lúcido (al menos después de Adam Smith, que lo tenía clarísimo) para mostrar la íntima conexión entre libertad individual y redención social, pese a que es absolutamente obvia.

Jesús vivió en una sociedad preindustrial, en la cual, como recuerda Max Weber en su obra más conocida, el origen de la riqueza tenía muy poco que ver con el capitalismo, y sí con la connivencia con las estructuras estatales de la época (fenómeno que hoy se sigue dando, y que sigue alimentando el confusionismo interesado de los socialistas). La crítica de Jesús a los ricos, pues, no puede separarse de esta constatación. En el siglo I podía decirse que en verdad, los acaudalados tenían una gran responsabilidad en la enorme pobreza existente, muchas veces incluso directa, en tanto que el Estado les subcontrataba el cobro de los impuestos.

Actualmente, en cambio, la gran mayoría de empresarios, que disfrutan de un nivel de vida muy superior al de un rico de hace dos mil años (¡y lo mismo puede decirse de sus empleados!), contribuyen decisivamente, gracias a la creación de empleo, y al desarrollo de productos cada vez más eficientes y accesibles, a sostener el confortable nivel de vida de la población trabajadora. (Y contribuyen además, junto a los trabajadores, a sostener un costoso aparato estatal, que encima se pone las medallas por las “conquistas sociales”.)

Cuando Benedicto XVI afirma en su encíclica , citando a Pablo VI, que la causa del subdesarrollo reside en “la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos”, creo que en gran medida se equivoca. Es cierto que los países ricos tienen cierta responsabilidad moral en no hacer todo lo que está en su mano para ayudar a los pobres (por ejemplo, levantando los aranceles a los productos agrícolas del Tercer Mundo, como acertadamente señala el Papa más adelante.) Pero en mi opinión partimos de un planteamiento erróneo cuando nos preguntamos por qué hay pobreza, en lugar de por qué hay riqueza, que es lo que hizo Adam Smith en la obra fundacional del liberalismo económico.

La escasez, en su sentido más amplio (falta de alimentos, enfermedades, catástrofes y obstáculos naturales, etc) ha sido siempre algo dado, la situación de partida contra la cual el hombre no ha dejado de luchar desde hace milenios; desde mucho antes, por supuesto, de que existieran clases sociales. La teoría intuitiva de los “vasos comunicantes”, según la cual la riqueza de unos surge a costa de la pobreza de otros, presupone implícitamente que dicha riqueza es una constante diacrónica, algo manifiestamente absurdo, que la historia y la experiencia individual refutan por completo. El marxismo, por cierto, no es más que una formulación de esta superstición en un exitoso –pero desfasado hace tiempo– lenguaje híbrido entre la economía clásica y el hegelianismo.

Sin embargo, dejando de lado alguna otra expresión desafortunada del texto papal, la encíclica Caritas in Veritate, tal como decía antes, de “izquierdas” tiene bien poco. Para empezar, la definición que ofrece del mercado en el capítulo 3 es muy atinada, y ya desde el principio Ratzinger deja clara su posición frente a al “peligro” de los utopismos, al mismo tiempo que, más adelante, considera la globalización como “una gran oportunidad”. Nada que ver, pues, con el lenguaje que despliega el llamado “altermundismo” en las “contracumbres” que celebra periódicamente, con sus extravagantes proclamas anticapitalistas y totalitarias.

Por resumirlo en una frase, Benedicto XVI razona que el mercado no es suficiente para asegurar una sociedad justa, pero la alternativa no es más Estado, sino más sociedad civil y más moralidad. En cierto modo, no es una idea muy alejada del pensamiento de un Hayek, aunque quizá el problema de la doctrina social de la Iglesia sea muchas veces el modo en que la expresa, que da pie a que se perciba como una crítica contra el mercado lo que en realidad puede verse perfectamente como una defensa de las condiciones que lo hacen posible.

Dejando el terreno estrictamente económico (que es el aspecto más débil del texto), la encíclica de Ratzinger, pese a ciertas alusiones esporádicas en la tónica de la retórica medioambientalista al uso, nos obsequia con una rotunda crítica del ecologismo más radical, que concibe la naturaleza como algo intocable, y que por tanto supedita al hombre a ella. “Esta postura –dice– conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo.” Posturas, cabría añadir, que confluyeron en los años veinte en el surgimiento de la ideología nacional-socialista, que no por casualidad fue pionera en las políticas de inspiración “ecologista”, y que tuvo su máxima expresión intelectual en la filosofía de un rector nazi llamado Martin Heidegger.

Este tema nos lleva al que quizá sea el concepto más sugestivo y provocador empleado por Ratzinger, el de “ecología humana” (tomado de su predecesor Juan Pablo II). Por su meridiana claridad, vale la pena citarlo por extenso:

“Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral.”

Estas afirmaciones recuerdan inevitablemente a la campaña provida de la Conferencia Episcopal española, que planteaba la escandalosa contradicción entre la desprotección del feto humano y las leyes de protección a la cría del lince. Mientras por un lado el ecologismo nos conmina a respetar el delicado equilibrio de la naturaleza, por otro parece como si con el ser humano (que es obviamente una parte de la naturaleza) toda clase de experimentos y manipulaciones fueran admisibles.

El pasado domingo, el periódico El Mundo se hacía eco de la noticia de una pareja de lesbianas que iban a ser pronto madres, una proporcionado el útero y la otra un óvulo fecundado anónimamente, celebrando el cronista con ligereza el fin del dicho popular “madre no hay más que una”. Naturalmente, el seudoprogresismo tratará de avergonzar a cualquiera que exprese reparo ante estos experimentos como un insensible que se opone al conmovedor deseo de dos mujeres a ser madres. Pero la pregunta es si tenemos “derecho” a satisfacer cualquier deseo, por “conmovedor” que sea. Ratzinger expone, en unos de los pasajes más interesantes del texto, la profunda relación existente entre derechos y deberes, cuyo olvido es causa y efecto a la vez de “una espiral de exigencias prácticamente ilimitada”, que al final se traduce en una devaluación del propio concepto de derecho humano. Vale la pena citar de nuevo las palabras de Ratzinger:

“Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se asientan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y, consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y tratar de conseguirlos.”

Sólo si se admite una verdad moral universal no reducible al mero convencionalismo, se puede justificar la limitación del poder político, sea cual sea su fuente de legitimación. Este es el legado del cristianismo a nuestra civilización, y esto es lo que la izquierda está empeñada en destruir desde hace mucho tiempo. Así que los progres pueden volver como de costumbre a decir pestes de Joseph Ratzinger, con total tranqulidad: Decididamente, no es uno de los suyos.

lunes, 6 de julio de 2009

La cuestión es mandar como sea

Un alto cargo de la ONU, Yvo de Boer, ha dicho lo siguiente:

“No tengo problema en que alguien use un todoterreno en la ciudad, viaje en avión tres veces al año o use calefacción exterior, pero tendrá que pagarlo caro.”

O sea, él, en su infinita magnanimidad, no se opone a que utilicemos el medio de transporte que nos dé la gana o nos protejamos del frío como llevamos haciendo desde el descubrimiento del fuego, produciendo calor. Eso sí, siempre y cuando paguemos a otros funcionarios como él la correspondiente ecotasa.

Este despotismo descarado se pretende justificar con afirmaciones condicionales como que el nivel del mar ascenderá más de un metro si sube la temperatura dos grados. Bien, y si no sube, ¿nos devolverán el dinero que nos han robado?

Puesto que la planificación socialista demostró ser un completo desastre, ahora se trata de hacernos creer que el mercado libre nos conduce a otro desastre peor. La cuestión es mandar como sea.

domingo, 5 de julio de 2009

De ladridos y rebuznos


Ayer terminaba de leer un libro (Freakonomics, de Steven Levitt) mientras mi mujer (declino, pues, toda responsabilidad) ponía en la tele "La noria". La táctica de este programa dirigido y presentado por Jordi González es bastante transparente: Montar una tertulia política hábilmente manipulada a favor del bando progre, en horario de fin de semana, y con el cebo de algún tema de prensa rosa previamente anunciado. La finalidad clarísimamente es enganchar a la audiencia interesada en los líos extra o paramaritales de algunos famosillos (al final, siempre los mismos, qué aburrimiento), que sólo se abordan después de la conveniente ración de adoctrinamiento, en formato de seudotertulia.

Ayer, como siempre, teníamos a la pareja compuesta por Jabba the Hut y Monseñor Just For Men, y como invitado temático al Barón Ashler. A la derecha del presentador estaban Isabel Durán, la única que les planta cara sin dejarse avasallar (pero apenas puede decir dos palabras seguidas sin que la interrumpan), Alfonso Rojo (sabía que era blandito, pero lo de anoche me produjo vergüenza ajena) y Jaime Peñafiel, otro que ni pintado para el lucimiento de la banda progre.

El tema era si el PSOE instrumentaliza a los gays, y tanto Rojo como Durán estuvieron bien lanzándole a la cara a sus contrincantes la Alianza de Civilizaciones con los países que utilizan las grúas para ahorcar a los homosexuales. El trío de enfrente, sobre todo la pareja inefable, no se molestó en variar su cantinela habitual: Asociar a la derecha con la persecución sufrida a lo largo de siglos por el susodicho colectivo. Para ello, Sopena repitió varias veces, como si fuera una verdad revolucionaria, que los homosexuales son seres humanos, sugiriendo de esta manera que quien discrepa de él es porque no opina así.

Lo de menos son las argumentaciones, porque este tipo de shows no sirven en absoluto para que se produzca un debate racional, sino para que los de un lado, siempre el mismo, puedan pronunciar sus frases efectistas y bochornosamente simplistas, al calor de los aplausos de la claca. Más revelador es el estilo empleado por unos y otros. ¿Creerán que Sopena le dijo a Alfonso Rojo que "más que hablar, parece que ladres" y que éste se limitó a reírse? Yo me puse negro, por supuesto le habría contestado al instante que "tú, en cambio, parece que rebuznes", pero como el otro sólo respondió ji ji ji, el anuncio andante de tinte capilar masculino prosiguió con su estilo faltón, tachando de "estupideces" las palabras de Rojo.

Si a estos tíos más de una vez les trataran con recipocidad, no tendrían la popularidad que tienen entre la masa ignara y chabacana que nutre los platós de televisión. Pero claro, quienes podrían enfrentarse a ellos son precisamente los que declinan acudir a semejantes encerronas.

sábado, 4 de julio de 2009

Los vómitos gráficos de Romeu

Carlos Romeu Müller, el dibujante de El País que firma Romeu, ha estado de actualidad últimamente porque sus viñetas antisemitas han provocado la más que justificada indignación de algunos congresistas norteamericanos, y de nuestra comunidad judía. Pero además del odio a Israel, sus ilustraciones se caracterizan por un odio enfermizo a la derecha y a la Iglesia, contra las cuales no duda en recurrir a un indigerible estilo panfletario, soez y pueril a un tiempo.

La filosofía progre de Romeu se sustenta en dos o tres clichés marxistoides, como que la culpa de que haya pobres es de que haya ricos, que el número de los primeros no deja de aumentar, que el capitalismo no es ecológicamente sostenible, o que la cultura por definición es de izquierdas. Todo puras patrañas, como sabe cualquiera que se moleste en leer y pensar un poco por su cuenta.



Pero donde este tipo parece encontrarse más a gusto es en el insulto y el escarnio a los personajes que juzga representativos de la “derechona”. A Bush, que nunca ha ocultado ser abstemio por culpa de su alcoholismo, le sugería que se quedara en su rancho tejano emborrachándose. Y a Aznar, porque en una ocasión protestó contra los excesos paternalistas de la DGT, le atribuía la propuesta de que se pueda conducir a 230 km/h “y mamado impunemente”. En otra viñeta, a Bush lo define como “una bestia ambiciosa”, y a sus votantes, como “duros de mollera”. Como se ve, humor sutil y de trazo fino.

A la Iglesia, a la cual dedica numerosas ilustraciones, la caracteriza zafiamente como nostálgica de los autos de fe. Y los que se oponen a Educación para la Ciudadanía, es porque están interesados en formar a una juventud de “fachas y meapilas”.

Para la Cadena COPE reserva algunas de sus viñetas más mediocremente sectarias. Dice que a la Iglesia le da igual que su programación la confeccione el diablo y al micrófono se ponga Lucifer, mientras le sea rentable. Y a propósito de una noticia sobre que supuestamente España es el país que más contamina el aire, apostilla: “Y eso sin contar lo que respira el PP y vomita la COPE.”

Por supuesto, esta ferocidad con la oposición conservadora y con la Iglesia se torna solícita propaganda gubernamental cuando quien se halla en el poder es el PSOE. Vean cómo defendía, con impúdico servilismo, la negociación con ETA, cuando tocaba hacerlo:


Por último, resulta ya revelador de un odio verdaderamente patológico al PP, a Aznar y a Bush, cuando llega al extremo de afirmar que el PP no es mucho mejor que ETA o que Al Qaida, y que los iraquíes detestaban más a Bush, Blair y Aznar que a Sadam Hussein.


Brutalidades como estas, que recuerdan la agitación más sucia de que es capaz la extrema izquierda (o la extrema derecha, que en esto se parecen como dos gotas de agua), me llevan a tratar de imaginar el tipo de persona a la que puede hacerle gracia semejante basura. Y me temo que es bastante común. Se le suele llamar progre, y encima está orgulloso de serlo.

viernes, 3 de julio de 2009

Raza enferma

Ejercicio. Identifíquese el autor, la época y el lugar del siguiente texto (traducción libre):


Raza enferma


No tengo palabras suficientes para elogiar el trabajo que hacen en Política Racial ni las muchas destrezas de mi amigo B. J. He leído, además, la encuesta que han hecho con el Instituto de Estadística y he visto el trabajo meticuloso y eficaz que realizan.

Una vez hechos públicos mis aplausos, me quedan, no obstante, algunas preguntas, que no sé quién me las debe responder. La raza está enferma –enferma de muerte– y observo análisis acertados; veo también que el diagnóstico es inteligente y seguramente acertado. Pero al enfermo, ¿cómo lo curaremos? ¿Dónde están los remedios? ¿Cómo los aplicaremos y quién los aplicará? Sabemos que la raza retrocede, sabemos que las recuperaciones genéticas llega un momento que ya no son posibles, y tenemos todo tipo de datos. ¿Qué camino, no obstante, debemos tomar para evitarlo? ¿Se trata de acciones variadas, como por ejemplo la que proponen en Política Racial sobre su aspecto jurídico? ¿Se trata de resistir las críticas contra la higiene racial? ¿Contra el semitismo en la educación? ¿Se trata de hacer campañas? Bien, pero ¿no hemos hecho ya todo esto y los resultados son modestos, y la raza continúa retrocediendo? Dicen que ya ha retrocedido tanto en el sur y en el este que ya no estamos a tiempo de recuperarla. Aquí todavía hay quien tiene esperanzas. Pero, aparte de las acciones parciales (el pájaro en mano de la raza), ¿hay alguna decisión política que al menos le baje la fiebre al enfermo? ¿Qué pasaría si, sencillamente, aplicáramos la ley de pureza racial, con la cual nos dijeron de todo porque obligábamos (mira que somos malvados) a los comerciantes a eliminar los rótulos hebreos? ¿Estamos demasiado intimidados para poner sanciones? ¿Estamos cansados? ¿Estamos tan enfermos como la raza? ¡Anda ya!

jueves, 2 de julio de 2009

Contra el burka


Desde el liberalismo existen dos posturas frente al burka: Una consiste en decir que el burka es una forma de opresión inadmisible ejercida por un colectivo sobre algunos de sus miembros, y otra que salvo que se demuestre esa opresión en cada caso concreto, no podemos interferir en el modo de vestir de nadie.

La segunda postura incurre en el mismo error de siempre de algunos liberales, que consiste en creer que la libertad es una idea abstracta cuya realización es posible sencillamente cambiando las leyes. Pero en absoluto es así. La libertad florece en unas condiciones culturales determinadas, que afortunadamente no son inmutables, pero tampoco fáciles de cambiar. Y del mismo modo que florece, puede marchitarse, por seguir con la metáfora botánica.

La mayoría de las sociedades no admiten que la gente pueda andar desnuda por la calle, aunque algunas de ellas toleran espacios delimitados para la práctica del nudismo. Según los liberales idealistas –al menos si quieren ser coherentes–, esta restricción a la libertad individual sería igualmente intolerable. Cierto que hay motivos de índole higiénica y sexual para prohibir el nudismo libre, pero también existen motivos prácticos (sobre todo de seguridad) para prohibir el burka.

Probad a entrar en un banco disfrazados de Batman (en un día que no sea Carnaval, se entiende), a ver qué reacción provocáis. ¿Acaso debemos admitir que determinados individuos puedan circular por espacios públicos con el rostro y el resto del cuerpo completamente ocultos? Es absurdo que por no ser acusados de etnocéntricos o xenófobos debamos tolerar en personas de otras culturas aquello que no permitimos entre nosotros. Por supuesto que no existe una ley que regule la libertad de ir vestido de Batman, pero si semejante sandez se pusiera de moda, no dudo que habría que promulgarla.

No podemos ser tolerantes con los intolerantes. La idea de que la verdad se difunde por sí sola, es una ingenuidad que se acaba pagando cara. El islamismo trata de crear guetos en Occidente en los cuales nuestra cultura penetra con muchas dificultades, y en cambio se supone que nosotros deberíamos dejar que ellos realicen proselitismo fuera de sus comunidades. ¿Y qué más? Nadie les obligó a venir a vivir entre nosotros, y si lo han hecho es porque nuestra sociedad les ofrece más oportunidades que la suya. Así que no se pueden quejar si les imponemos algunas de las normas que nosotros hemos compatibilizado perfectamente con nuestras libertades hasta ahora, sin tantos escrúpulos intelectuales. Y si no les gusta nuestra cultura, como dijo el primer ministro autraliano John Howard, en su último discurso en el cargo, que se marchen.

ACTUALIZACIÓN: Réplica de Albert Esplugas, aquí.

miércoles, 1 de julio de 2009

Bomba al Hotel Vela


En octubre está prevista la inauguración del hotel W Barcelona, más conocido como Hotel Vela, por su forma arquitectónica, debida a Ricardo Bofill.

Este espectacular edificio junto a la Barceloneta se ha convertido en un excelente motivo de agitación del asociacionismo dominado por la izquierda, al permitir atraer sobre sí las iras de los ecologistas, antiglobalizadores y antiamericanos (la empresa explotadora es la estadounidense Starwood Hotels).

Si navegamos por el sitio web de este movimiento (bastante bien elaborado, por cierto, no parece cosa de aficionados) descubrimos un buen ejemplo de lo que unifica todos estos discursos: Un mensaje inequívocamente anticapitalista, en el cual se presenta lo privado como una siniestra actividad que conspira para depredar los espacios publicos, tanto físicos como metafóricos.

Pero especialmente llama la atención la “imagen corporativa” del movimiento. Tanto las ilustraciones como la canción, basada en una conocida canción del verano de hace algunos años, juegan con la fantasía de la destrucción del hotel de un bombazo, con un texto tan explícito como “bomba al Hotel Vela” y el icono universal de artefacto explosivo inspirado en el primitivo terrorismo anarquista.

Ahora bien, en una de las imágenes, mostrada a continuación, la alusión es mucho más actual: Nos muestra la silueta de un avión de pasajeros a punto de chocar con el edificio.


Por supuesto, no me cabe ninguna duda de que los organizadores negarán que se haya buscado aludir al 11-S, y nos dirán que se trata de una ilustración de lo más inocente, en la que lo mismo podría haberse mostrado la silueta de un pájaro. Pero en publicidad no existen este tipo de casualidades. Cuando se sugiere un mensaje, es que existe voluntad de sugerirlo, de lo contrario se cambia el anuncio. ¿O pretenden hacernos creer que nadie advirtió la interpretación que inevitablemente se daría al avión?

Es muy probable que el Hotel Vela se convierta en un elemento tan definitorio del skyline de Barcelona como lo fueron las Torres Gemelas de Nueva York hasta el 11 de setiembre de 2001. Y esto es algo que al izquierdismo difícilmente le puede pasar desparecibido. Si se tratara de la silueta de una mezquita, con su cúpula y sus minaretes, seguramente no habrían manifestado las mismas inquietudes, o al menos no habrían encabezado las protestas. Cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de la pulsión profundamente autodestructiva que late en la mentalidad progre. Y comprendo por qué me da tanto asco.

martes, 30 de junio de 2009

Principios: Se le suponen

El pasado fin de semana, el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy dijo: "Nuestros principios no han cambiado, son los de siempre, los de ayer, los de hoy y los de mañana. Las convicciones no se abandonan nunca y nosotros no lo hemos hecho." La verdad es que me quedé con las ganas de oír una voz, surgiendo de entre el público, preguntar: "Sí, pero ¿cuándo nos dirás cuáles son?"

No es la primera vez que le escucho a Rajoy hablar de principios, sin más especificaciones, no sea que se pierda algún votante de esa fantasmagoría sociológica llamada el centro. Su discurso está plagado de apelaciones inconcretas al "sentido común", la "buena gestión" y, sobre todo, "las preocupaciones de la gente", generalmente en contraposición a la "ideología", que por lo visto es algo que no interesa a casi nadie. Los principios, al principal partido de la oposición, como se decía antes del valor en el Ejército, "se le suponen". Y así nos va.

Quien no se conforma es porque no quiere


La televisión pública vasca sigue ofreciendo el tiempo de Euskal Herria, un territorio casi tan fantástico como la Tierra Media de Tolkien, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de sus habitantes no son conscientes de pertenecer a él. Bueno, hay que decir que ahora, con Patxi López, se han añadido al mapa unas líneas blancas, no muy visibles, que representan los límites administrativos entre comunidades y la frontera con Francia. Y nada, con eso ya todo el mundo parece que se queda contento.

En Cataluña, al menos, antes de mostrarnos el mapa del Impe... digooo, de los Països Catalans, la TV3 tiene a bien ofrecernos el tiempo de las cuatro provincias catalanas, lo cual es de agradecer, porque en el mapa pancatalanista que viene luego, por cuestión de escala apenas se distingue entre Tarragona y Barcelona.

También ha dicho López que se terminarán las ayudas a los familiares de presos etarras... que no condenen el terrorismo. Lo veo venir, al final quedará en una condena a "todo" el terrorismo, y si puede ser, a la guerra de Iraq y al franquismo, para que ningún familiar de etarra se vea obligado a renunciar a una subvención por un quítame-allá-esas-pajas retórico.

Y el PP, aplaudiendo "los nuevos aires" del País Vasco. Es lo que hay.

domingo, 28 de junio de 2009

Instinto estatalista

En escasos días se han sucedido las declaraciones de dos dirigentes socialistas, motivadas por el tema del aborto, que constituyen ejemplos de manual de cómo el poder elabora sus justificaciones ideológicas. Lástima que no viva Bertrand de Jouvenel, porque de lo contrario hubiera podido incluirlos en una reedición de su clásico Sobre el poder.

José Bono ha criticado a la Iglesia por intentar "imponer lo que piensa" a la sociedad, y ha añadido que "en España quien manda es el pueblo español a través de sus representantes, que no son los obispos, sino los diputados, senadores y el gobierno." Casi podemos oír el estruendo de la artillería, el fragor de la lucha titánica entre los dos poderes, el del Estado por un lado, con sus fuerzas de seguridad, sus televisiones, Hacienda y la DGT; y el de la Iglesia por otro, con sus... bueno, ya saben, con su poder omnímodo y aterrador.

El Estado siempre se presenta como el liberador frente a otro poder, enmascarando hábilmente el hecho de que aspira a convertirse en el único poder, si no lo es ya. La justificación democrática, la identificación con el "pueblo", no es más que la forma actual que presenta esa propensión natural.

De más enjundia fueron las declaraciones anteriores de José Antonio Alonso, quien dijo que "en el ámbito público la única moral posible es la de la Constitución". Desde un punto de vista lógico-formal, no es posible objetar nada a una afirmación como ésta. Ya desde los antiguos sofistas griegos, la idea de que la moral es convención, es decir, de que no existen unos principios éticos naturales o trascendentes, sino que la moral es una creación humana, ha fascinado a multitud de pensadores. Ahora bien, semejante concepción, estrechamente emparentada con la teoría positivista del derecho, es la más potente justificación imaginable para el poder político. Si no existe un derecho natural previo, en teoría no hay tampoco limitación alguna para el poder del estado, que hará y deshará las leyes a su conveniencia.

Llevando hasta las últimas consecuencias teóricas una afirmación como la de Alonso, la conclusión es que el asesinato está mal, no porque así lo dicte una moral universal preexistente a los actos del legislador, sino porque es lo que se desprende del artículo 15 de la Constitución de 1978. Insisto, desde un punto de vista estrictamente formal, se trata de una tesis sostenible. Pero me atrevo a afirmar que la mayoría pensará como yo, que además es una aberración. Cabría invitar, pues, al portavoz del grupo socialista a aclarar esta cuestión, a que nos diga si realmente ha pensado bien lo que ha dicho, o si esa práctica de pensar no se estila entre los adictos al zapaterismo. Posiblemente, la respuesta sea lo segundo, pero no logro eludir la sensación de que cierto instinto opera firmemente en los socialistas a través de su incuria intelectual: El instinto estatalista.

sábado, 27 de junio de 2009

Los criminales y los cursis

Uno de los errores más graves que se siguen cometiendo con el terrorismo de ETA es condenar sus crímenes con el argumento de que en nuestra democracia, toda idea o planteamiento político se puede defender legítimamente sin recurrir a la violencia. Esta misma tarde, sin ir más lejos, se lo he escuchado en la COPE al presidente de la patronal navarra, José Manuel Ayesa.

Dicho argumento transmite, generalmente de manera involuntaria, dos falsas ideas. La primera es que, si no hubiese libertad política, sería lícito extorsionar y asesinar para conseguir determinados fines. Lógicamente, eso es lo que piensan los propios terroristas, que sólo tienen que negar que exista una "verdadera" democracia para considerarse justificados, y en ello basan de hecho casi toda su propaganda ("la opresión del Estado español", etc).

La segunda idea falsa, es que los fines de una organización criminal como ETA son separables de los medios empleados para conseguirlos, es decir, que uno podría teóricamente lograr la implantación, en un territorio determinado, de una dictadura socialista contra la voluntad de la mayoría de la población, por métodos democráticos. Los terroristas tienen perfectamente claro, por supuesto, que esto es imposible y que sus objetivos sólo podrían lograrse por el recurso a la violencia.

En esta estrategia encuentran toda una serie de colaboradores conscientes, que reconocen abiertamente compartir sus fines, pero no sus métodos, y que son partidos nacionalistas tanto del País Vasco como de fuera (PNV, ERC...). A su vez, estos se benefician de la colaboración involuntaria de pardillos como Ayesa, cuando incurren en las habituales politicucherías sobre que se puede defender cualquier idea "con la palabra", que es como si le dijéramos a la mafia que existen maneras honradas de ganar dinero. ¡Claro, casualmente las que no le interesan!

Los terroristas no quieren convencer a nadie, porque jamás lo lograrían: Ellos quieren vencer, es decir, imponer su voluntad a millones de personas. Es exactamente la misma diferencia que existe entre un mafioso y un empresario. Por supuesto, el Sr. Ayesa ya lo sabe; si además se desembarazara de cursilerías superfluas, sabría incluso expresarlo.

viernes, 26 de junio de 2009

Fe y falacias

Pese a no ser creyente, pocas cosas me producen más hastío que la ligereza con la cual muchos ateos argumentan su postura y, lo que es peor, extraen de ella conclusiones en los ámbitos de la ética y la política. Un ejemplo de ello es un texto de Massimo Pigliucci, “Faith and Reason”, publicado en su blog Rationally Speaking. (Traducción aquí.)

Pigliucci se define como biólogo y filósofo. Su probidad en el primer campo no la conozco, pero como filósofo es un perfecto chapuzas. Cuando uno critica el concepto de fe contraponiéndolo al de razón, lo mínimo que se le puede pedir es que utilice correctamente esa facultad que tanto defiende, es decir, que sus argumentos no sean burdas falacias o simplificaciones.

Pigliucci niega que la fe sea una virtud. Pienso lo mismo, si entendemos virtud en un sentido moral. De hecho, la propia doctrina católica considera la fe como una “gracia” de Dios, es decir, algo de cuyo mérito no debería ufanarse su poseedor. Pero no contento con eso, el autor asegura que la fe es “algo irracional y potencialmente dañino para la salud”. Su argumento, resumidamente, es el siguiente: Creer algo contra toda evidencia, o sin evidencia suficiente, nos puede conducir a tomar decisiones erróneas. Luego la fe religiosa es nociva.

En este razonamiento subyacen dos equívocos. Primero, el autor pretende despistarnos diciendo que habla de la fe en sentido genérico, no sólo de la “variedad religiosa”. Pero luego descarga toda su artillería sobre dicha variante. Esto es sencillamente hacer trampa, porque la fe en Dios, o en Jesucristo, no implica necesariamente la fe en los amuletos, los horóscopos o cualquier grosera superstición que se nos ocurra. De hecho, a veces son quienes no creen en Dios quienes más fácilmente están dispuestos a creer en cualquier cosa, y no al revés.

Segundo, el autor juega a la confusión entre lo que carece de evidencias, y lo falso o improbable. Pero no es lo mismo. A menudo tomamos decisiones correctas basándonos en una información insuficiente o incluso inexistente. De hecho, como especialista en el tema de la evolución, Pigliucci sabe perfectamente que nuestro cerebro no es en absoluto una tabla rasa que construye su conocimiento del mundo físico basándose exclusivamente en la experiencia, sino que funciona gracias a multitud de supuestos y subrutinas surgidas por selección natural, que nos permiten sobrevivir con una información muy deficiente. Es más, es posible incluso que muchos de estos supuestos consistan en tesis incorrectas sobre el mundo físico, pero que sirven como aproximaciones en la mayoría de las circunstancias. Dicho claramente, incluso aunque una creencia fuera falsa, no necesariamente es perjudicial. ¿Cuántas personas han superado una grave enfermedad gracias, en parte, a tener una gran fe en Dios? Pregúntenle a muchos médicos, independientemente de sus creencias personales, y les responderán si la fe religiosa, como el carácter optimista, es un inconveniente o una ventaja terapéutica.

Pero la falacia más inepta es la que remata el artículo. Dice Pigliucci que “el hecho de que ni un solo problema –ya sea científico, filosófico o socio-político– haya sido resuelto alguna vez o tan siquiera modestamente mejorado por la fe”, demuestra que ésta no puede ir más allá de la razón. La pregunta es si la fe realmente pretende “resolver” o “mejorar” nada. Comparar dos cosas de finalidades distintas tomando como referencia la finalidad de una de ellas, es sencillamente cómico. Es como si yo dijera que un coche es mejor inversión que una casa, y retara a cualquiera a que me pusiera como ejemplo alguna casa que se haya desplazado por sí sola un milímetro de su posición, mientras que el coche permite recorrer miles de kilómetros.

La fe no es un método de conocimiento, y por tanto no se le puede reprochar que no sirva para aumentar nuestro saber. Y si algunos creyentes afirman lo contrario, se equivocan, pero no extrapolemos el error de una parte al todo. Pigliucci, acostumbrado a debatir con los creacionistas, tiende a pensar que todas las personas religiosas son como ciertos fanáticos integristas del Medio Oeste norteamericano. Pero su formación científica le debería impedir precisamente caer en tales simplificaciones.

En su estilo de brocha gorda, Pigliucci concluye aludiendo al terrorismo islámico y a las cruzadas (noten, aquí sí, la exquisita equidistancia) como ejemplos de los desastres provocados por la fe religiosa. Hay que reconocer que, al menos hasta el siglo XVIII, los pretextos religiosos para toda clase de fechorías han dominado la escena, aunque bien es verdad que tampoco había mucho donde elegir. Pero desde la revolución francesa para acá, los motivos antirreligiosos han recuperado el tiempo perdido de manera pavorosa. Como podrán imaginarse a estas alturas, Pigliucci ni siquiera menciona este hecho, no se plantea la posibilidad de un balance ponderado sobre la aportación histórica de la religión cristiana a nuestra civilización, y las consecuencias que han tenido los intentos de erradicarla, independientemente de la cuestión de si contiene un núcleo de verdad o no.

En una cosa estoy de acuerdo con Pigliucci. Si algo caracteriza a nuestra sociedad, no es un exceso de racionalidad, sino su escasez. Y su artículo es un buen ejemplo de lo último.

jueves, 25 de junio de 2009

Estamos maduros

Posiblemente dentro de unos meses entre en vigor la nueva normativa que permitirá sancionar con 100 euros sobrepasar al volante la velocidad máxima autorizada en un solo kilómetro. (Ahora ya te sancionan si sobrepasas en 15 km/h una velocidad máxima de 80.)

El problema, como ya advirtiera sabiamente Herbert Spencer hace más de cien años, son los precedentes. Un buen día, aceptamos la obligatoriedad de llevar cinturón de seguridad. La gente pensó que a fin de cuentas es una medida sensata, que se disminuiría la mortalidad por accidentes de tráfico, etc. Pero con ser todo esto cierto, quizá no se pensó lo suficiente en que la imposición de algo sin lo cual hasta entonces habíamos vivido perfectamente, por muy recomendable que sea, constituía un precedente fatal. Es decir, no se reflexionó sobre las consecuencias de permitir que los funcionarios puedan inmiscuirse en lo que hagamos en nuestra privacidad -siempre "por nuestro propio bien", por supuesto.

A aquella primera norma pronto siguieron otras. Hoy debemos llevar seguro obligatorio, chalecos reflectantes, triángulo señalizador, unas gafas de repuesto, no podemos hablar con el móvil, no podemos programar el GPS, no podemos superar determinada concentración de alcohol en sangre, y no sé cuántas prohibiciones u obligaciones me dejo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Prohibirán silbar mientras conducimos, si es que algún "experto" a sueldo de la administración dictamina que ello influye negativamente en la conducción? ¿Nos obligarán a llevar un casco homologado dentro del coche como a los motoristas? En fin, mejor no demos ideas.

Un buen día, cedimos con lo del cinturón de seguridad; las consecuencias ya las conocemos. ¿Servirá al menos de lección? Cuando se toleran precedentes, los funcionarios los interpretan indefectiblemente como que estamos maduros para la estabulación. Y vaya si lo estamos.

miércoles, 24 de junio de 2009

La extrema derecha en España

Según la Guardia Civil, un grupo denominado Hammerskin, que está siendo juzgado, pretendía “implantar el IV Reich en España”. La frase, no me lo negarán, tiene algo de chiste. Por supuesto que estos individuos, en la medida en que alentaban o ejercían la persecución de personas de raza no blanca u homosexuales, son peligrosos, y si se les puede acusar con alguna figura jurídica que permita encarcelarlos por más tiempo, mejor. Pero es evidente que la mera idea de que el IV Reich renaciera en España (no creo que a Hitler le hubiera hecho mucha gracia) se presta más bien a chirigota.

Nos inquietaría más, desde luego, que los juzgados fueran algún grupo yijadista, cuya intención consistiera en implantar la sharia. Porque aunque esto no es algo que pueda suceder tampoco de un día para otro, sí sabemos que cuenta con mucho más apoyo entre un porcentaje considerable de la población inmigrante, además de la impagable colaboración de los tontos útiles multiculturalistas.

El “qué viene la ultraderecha” es uno de los temas preferidos de la izquierda y la extrema izquierda, com es sabido. De hecho, es el principal banderín de enganche para esta última, y una no despreciable fuente de votos para la primera. Pero la realidad es que ni hay apenas ultraderecha en España, ni la poca que hay es lo más opuesto que se puede concebir a la izquierda, al contrario de lo que han conseguido que la gente indocumentada crea.

En las elecciones legislativas del 2008 (en adelante, todos los datos se referirán a éstas), la decena de partidos de extrema derecha que se presentaban, no obtuvo en total ni siquiera el 0,25 % de los votos. Es difícil evitar la sensación, pues, de que el análisis de los programas de estos grupos sería algo más bien ocioso. Pero ya veréis que no carece de interés.

Tiende a pensarse que los temas más explotados por la extrema derecha son la inmigración y la unidad de España, y en gran medida es así, pero no es cierto que eso sea lo que tienen en común todos los grupos. Un partido como FE de las JONS (14.023 votos), por ejemplo, al menos en su documento de presentación “Nuestras ideas”, rechaza explícitamente la xenofobia y el racismo, y se niega a culpar a los inmigrantes de los problemas de los trabajadores. Y Partit per Catalunya (1.919 votos), una escisión de Plataforma per Catalunya (que no se presentó en el 2008) no pone demasiado énfasis en la unidad de España, como el propio nombre ya sugiere. Otros partidos, como Democracia Nacional (12.836 votos), defienden además de la protección de la cultura española frente a la globalización, la de aquellas “regiones con identidad cultural propia”.

Se nos dirá que no podemos fiarnos de las declaraciones programáticas de los partidos, y menos de las de esos. Pero si se acusa frecuentemente a la ultraderecha (con razón) de atizar las bajas pasiones del pueblo, no tiene mucho sentido acusarla a la vez de fingir ser lo que no son: ¿Por qué habrían de desaprovechar la ocasión de exponer sus verdaderos objetivos, cuando supuestamente ello les aporta los votos de determinadas capas de la población? Quienes prefieren la moderación y desconfían de los radicalismos, ya tienen al PP, y por tanto, cabe pensar que al menos en cuanto a los principios generales, los programas o exposiciones de idearios de los partidos ultras algo nos permiten conocer acerca de ellos.

¿Qué es lo que tienen en común todos los partidos de extrema derecha? La respuesta, que voy a documentar en los siguientes párrafos, me parece bastante obvia: Todos ellos son antiliberales, y más concretamente, están en contra en mayor o menor grado del mercado libre, la globalización y los Estados Unidos, y suelen apostar en consecuencia por las nacionalizaciones, el proteccionismo, la abolición o restricción de las ETT’s, la semana de 35 horas, etc.

Así, por ejemplo, los partidos que usufructúan el nombre de la Falange (FE de las JONS, Falange Auténtica, FE/La Falange), cargan en términos bastante similares contra la globalización y el capitalismo y proponen la alternativa “sindicalista”, sistema económico en el cual los trabajadores son propietarios de los medios de producción (FE de las JONS; estos además proponen la salida de la OTAN, “brazo armado del mundialismo”). FE/La Falange, que se presentó como Frente Español en 2008, obteniendo 1.539 votos, defiende la nacionalización de la tierra, de las “Grandes Empresas de productos de primera necesidad” y apuestan por la semana de 35 horas. A destacar uno de sus postulados: “El mayor crimen social es el de ponerse frente al Estado.”

Los demás partidos no se quedan cortos. Democracia Nacional también pide la salida de la OTAN y el “desmantelamiento” de las bases americanas, declarándose contra el “neoimperialismo yankee”. Defiende las prestaciones del estado del bienestar, califica a las ETT,s de “explotación institucionalizada” y define el trabajo como un “bien público” que el estado está obligado a proporcionar.

España 2000 (6.906 votos) incide en los mismos tópicos anticapitalistas y antiamericanos, y precisa que en la etapa de Aznar, “la política exterior española se sacrificaba a las necesidades de la política aventurera e irresponsable de George Bush.” Son también partidarios de la semana de 35 horas, de la “abolición” de las ETT,s y no dudan en incurrir en propuestas tan delirantes como la defensa de la “autosuficiencia alimentaria”, para terminar cargando contra el “liberalismo salvaje” (¿os suena?).

Si esto no os parece suficiente, ved las declaraciones de la formación Partit per Catalunya:

“El PxCat rechaza aquellos aspectos del neoliberalismo que, desde la caída del muro de Berlín (...) buscan la destrucción del estado de bienestar europeo (...) en nombre de intereses privados. (...) Así, frente a la globalización neoliberal y la incontrolada circulación de mano de obra –la inmigración- que esta comporta, todo ello como consecuencia querida y necesaria de la hegemonía del mercado/negocio capitalistas, apelamos al principio ético-político de la soberanía popular. (...) El PxCat reclama el inmediato cierre de fronteras, el fomento arancelario del mercado interior europeo y el retorno al keynesianismo económico.”

Pero tampoco penséis que PxCat se escindió de Plataforma per Catalunya (PxC) por diferencias en cuanto a sus concepciones sobre el libre mercado. Lean lo que dice el partido del ex blaspiñarista Josep Anglada, que en Cataluña tiene representación en varios ayuntamientos, y que en las próximas elecciones autonómicas podría incluso entrar en el Parlament:

“PxC considera que una de las consecuencias de la actual sociedad de consumo es la crisis ecológica. El despotismo liberal del mercado supone que todo puede ser objeto de explotación, sin límites, y que el sentido de la vida se resume en acumular bienes de consumo de todo tipo. Igualmente, es evidente que este proyecto materialista está destinado al fracaso, porque los recursos del planeta son limitados y la vida tal como la conocemos tendrá que cambiar, queramos o no.”

Como podéis ver, PxC introduce de manera muy reveladora el pretexto ecológico, pero no es en absoluto la única formación de este tipo que lo hace; la retórica ambientalista y conservacionista (con tópicos como la “reforestación”, etc) es una constante de la mayoría de grupos de extrema derecha, ya desde el nacional-socialismo de Hitler.

Y ya que estamos, no podíamos olvidarnos de Alianza Nacional (2.737 votos), partido de carácter inequívocamente neonazi y que, como no podía ser menos, es quien lleva más lejos el discurso antiliberal y anticapitalista. Tras manifestarse contra Israel y Estados Unidos (por este orden), esta gentuza aboga por la nacionalización de la banca, del sector energético, las grandes superficies comerciales, los “trusts” y por la “confiscación” de los latifundios. Declara que “el Estado ha de controlar la riqueza para que esta esté distribuida de la manera más equilibrada posible entre la población” y añade que “las personas excesivamente ricas son un peligro para la sociedad.” Por último, propone un proteccionismo radical de los productos españoles frente a los extranjeros.

No he querido mezclar en este análisis, pese a ser básicamente descriptivo, a dos partidos que sería injusto meter en el mismo saco que a los anteriores, y que son Familia y Vida (9.882 votos) y Alternativa Española (AES, 7.300 votos). Aunque no carecen de cierto aire fascistoide, sobre todo el segundo, dirigido por el yerno de Blas Piñar, no deja de resultar significativo que su mensaje en contra del mercado libre sea algo menos altisonante o incluso francamente ambiguo. AES traza en su programa un paralelismo entre la caída del muro de Berlín y la crisis económica actual, asegurando que si la primera demostró el fracaso del socialismo, la segunda equivale al fracaso del “frío y apátrida liberalismo”. Sin embargo, en otros párrafos apuesta por “la iniciativa privada, la propiedad privada, el libre mercado”, aunque sin dejar de compensar estas expresiones con retórica referente a la “justicia social”, etc.

En cuanto a Familia y Vida, aunque no entra mucho en consideraciones genéricas que definan su posición frente al mercado libre, sí hace una serie de propuestas que chocan con la visión liberal de la economía, como cuando defiende un salario mínimo interprofesional de 1.000 euros al mes, el impuesto sobre la renta progresivo, la financiación de los partidos políticos y sindicatos por medio del IRPF o –desbarrando ya totalmente– “el consumo de productos locales, que evite el coste ecológico y económico del transporte.”

Concluyendo. Aquellos que creemos en el mercado libre y en el modelo de la primera democracia del mundo, los Estados Unidos (mientras Obama no lo acabe fastidiando); que vemos como una bendición, sobre todo para los más pobres, la globalización y la libre circulación de mercancías, y por tanto estamos radicalmente en contra de todo proteccionismo; aquellos que pensamos que el crecimiento económico basado en la iniciativa individual es lo que más contribuye al ascenso de las clases medias y bajas, y que los intentos de redistribución o nivelación basados en la coacción estatal, no sólo carecen de justificación moral, sino que además consiguen lo contrario de lo que dicen pretender; aquellos que pensamos todo esto, desde luego no vislumbramos ninguna formación “a la derecha del PP” (para utilizar la discutible imagen del espectro político) que nos pueda interesar remotamente, independientemente de que en cuestiones muy concretas, como la oposición al aborto, o la denuncia del expansionismo islámico, podamos tener coincidencias.

Lo curioso es que las razones por las cuales no votaríamos jamás a la extrema derecha son en parte las mismas por las cuales no votamos a la izquierda. Pues nada, el Partido Popular que continúe eludiendo el debate ideológico, que sobre todo no hable de liberalización y esas cosas que supuestamente tanto asustan al personal, y que siga desmarcándose de Aznar y la importante labor intelectual de FAES. Que siga, en definitiva, sin explicar a la gente de a pie aquello que precisamente le distingue radicalmente de la extrema derecha. Pero luego, que no se queje si los adversarios obtienen réditos de fingir confundirla con ella.

domingo, 21 de junio de 2009

La destrucción de la familia y su finalidad


¿Puede existir una sociedad sin familia? En 1932, Aldous Huxley publicó Brave New World, una novela de ciencia-ficción (traducida al español como Un mundo feliz) en la cual imaginaba un futuro en el cual la familia ha sido erradicada de raíz [valga la redundancia]. El título original, dicho sea incidentalmente, procede de Shakespeare, La tempestad, acto V, cuando Miranda pronuncia estas palabras:

"¡Oh prodigio! ¡Qué arrogantes criaturas son éstas! ¡Bella humanidad! ¡Oh espléndido mundo nuevo, que tales gentes produce!" (Traducción de Luis Astrana Marín.)

En la distopía descrita por Huxley, los seres humanos son producidos industrialmente por el Estado, y por supuesto criados, educados y atendidos por el Estado desde que nacen hasta que mueren. No existen por tanto padres, madres, hermanos, abuelos... Los niños aprenden en la escuela que en el pasado el ser humano era un animal vivíparo, y que los padres criaban a los hijos, como hacen los animales. No es de sorprender que en estas sórdidas condiciones, la gente no fuera feliz: Los sentimientos que ligaban a los individuos con lazos biológicos o monogámicos entre sí eran tan intensos que se convertían en una fuente constante de conflictos y de sufrimiento; existían cosas tan horribles como el dolor por la muerte de un ser querido, o los celos, o el deseo sexual insatisfecho. Afortunadamente -se les enseña a los niños del Mundo Feliz- esa fase primitiva de la evolución humana ha sido superada para siempre. Ahora "nadie es de nadie", todo el mundo es feliz porque no existen lazos obscenamente intensos entre individuos, las relaciones monogámicas estables han desaparecido y el sexo es sólo una diversión más, carente por completo de cualquier connotación pasional o amorosa. Pero al mismo tiempo puede decirse que todo el mundo es del Estado, y absolutamente nada ni nadie escapa al control de la tecnocracia gobernante.

Desde luego, estamos lejos de la reproducción extrauterina en grandes plantas industriales, aunque seguramente mucho menos de lo que podía pronosticarse hace siete u ocho décadas. Sin embargo, en el plano cultural existe una serie de tendencias que apuntan con inflexible lógica hacia la instauración en un futuro no tan lejano de ese Mundo Feliz.

La primera y más evidente es que, al tiempo que no deja de perfeccionarse la reproducción asistida, en su sentido más amplio (desde el seguimiento médico del embarazo hasta la inseminación artificial), se promueve desde todos los ángulos que la gente no tenga hijos. El énfasis en la anticoncepción y el aborto, el vaciado de sentido del término matrimonio y por tanto el desprestigio de la monogamia heterosexual, la banalización del sexo (de la cual habla Teresa Giménez Barbat en un reciente artículo), son aspectos que al menos desde los años sesenta han repercutido de manera clara en el descenso de la natalidad en el mundo desarrollado.

La segunda tendencia, complementaria de la anterior, es la de que los hijos no tengan padres. Es lo que se denomina con el eufemismo de los "otros modelos de familia". La llamada familia tradicional, con los dos progenitores al cuidado de los hijos, se presenta como una construcción cultural en pie de igualdad con otras posibles, y se reivindica la familia monoparental, que obviamente es más dependiente del Estado.

La tercera tendencia viene a completar este proceso. Si a pesar de todo siguen existiendo familias "tradicionales", se trataría de destruir la autoridad de los padres, restringiendo su derecho a controlar la educación de los hijos, sus decisiones en cuestiones tan graves como el embarazo de una niña de dieciséis años o legislando sobre las relaciones en el ámbito doméstico (dar un cachete a un niño puede ser ya motivo de perder la patria potestad, al menos temporalmente).

No se trata de que exista una especie de Plan maquiavélico para destruir la familia, sino de que instintivamente, el poder político tiende a favorecer la disolución de todo tipo de vínculos tradicionales entre los individuos, para poder actuar más libre de trabas. Esta atomización social produce un tipo de ser humano que carece de otras referencias culturales y psicológicas que las que el Estado (es decir, una minoría autolegitimada) tiene a bien proveer. Significa la destrucción de cualquier límite ideológico a lo que dicha minoría está autorizada a hacer, y por tanto conduce a un despotismo mucho más perfecto y minucioso que todos los habidos hasta la fecha. Y cuenta con la colaboración de una clase de intelectuales, no sólo estrictamente de izquierdas, que están prestos a denunciar cualquier oposición o mera descripción de este proceso como una forma de reacción o integrismo religioso. Son aquellos que han perdido el instinto de la libertad, que es el permanente estado de alerta contra el poder, y han convertido su liberalismo en una especie de credo hueco y ritualista, exclusivamente preocupado por celebrar la libertad sin meditar acerca de las condiciones que la favorecen, como si ésta pudiera fundarse sobre meras consideraciones abstractas que no tuvieran en cuenta el conocimiento empírico acerca de la naturaleza humana.

NOTA AÑADIDA EL 30/08/09: La novela de Huxley parece plantear una interesante paradoja: La existencia de un Estado que no requiere de la coacción (que es lo que en última instancia defiende al Estado). Pero se trata de una falsa impresión. Un Estado todopoderoso como el que plantea Huxley no tendría problema alguno en eliminar violentamente el menor atisbo de oposición, porque nada habría que se lo impidiera. Por otra parte, en los inicios de la novela se relata someramente la historia de la implantación del "mundo feliz", tras guerras y matanzas terribles, y desde luego no se nos ocurre cómo la humanidad podría llegar a una situación semejante sin una enorme violencia previa, que barriera las fuertes resistencias que habría cuando el proceso de eliminación de la familia y otras instituciones fuera ya inocultable.

sábado, 20 de junio de 2009

Federico Jiménez Losantos

Hace tres días días me he comprado un receptor de radio wifi por internet, que espero recibir pronto. El motivo, que Federico Jiménez Losantos a partir de setiembre ya no estará en la COPE, sino en esRadio, en el 99.1 de la FM madrileña, y quiero seguir escuchándolo a través de internet (vivo en Tarragona) mientras me afeito, ducho y desayuno, que luego uno no tiene tiempo. (Descarté la opción de instalarme unos altavoces conectados al ordenador en el cuarto de baño y en la cocina, porque me pareció más práctica una radio wifi que me pueda llevar de un sito a otro de la casa. Ya contaré la experiencia.)

Cuando tenía veintitantos años, una chica de mi pandilla, hija de guardia civil, nos contó con orgullo que su abuelo o su padre (no me acuerdo bien), del mismo pueblo de Jiménez Losantos, Orihuela del Tremedal, prácticamente lo había tenido en su regazo de niño. Se llamaba Valero. Recuerdo que la reacción de varios de nosotros fue de mofa. Considerábamos que Jiménez Losantos era un facha enemigo de Cataluña y bla bla bla.

Mi propio padre, por cierto, siempre fue un acérrimo seguidor de Federico. Pasaron los años, y como he contado otras veces, fui superando la izquierditis, aunque reconozco que tardé más en sustraerme al nacionalismo catalán ambiental. Por entonces descubrí Libertad Digital, y por este medio me enteré un día de que un autor del que había leído dos o tres excelentes libros, César Vidal, se encargaría del programa nocturno de la COPE. Así que empecé a escucharlo. Y al cabo de no mucho tiempo, de manera natural, empecé a sintonizar también esa emisora por las mañanas, es decir, me convertí en oyente de Jiménez Losantos. De hecho, si a César Vidal dejé de seguirlo, porque por las noches prefiero leer o navegar por internet (con “El gato al agua” de fondo en la tele; aunque cada vez también lo voy siguiendo menos), a FJL me he mantenido fiel, en parte porque es el horario que me va mejor, pero sobre todo porque es el comunicador con el cual más me identifico ideológicamente. (¡Exceptuando sus filias y fobias futbolísticas!).

Jiménez Losantos encaja bastante en el perfil del neoconservador, aunque el término me parece de dudosa utilidad fuera de Estados Unidos. Ha evolucionado desde la izquierda a posiciones liberal-conservadoras, es decir, la defensa del mercado libre y la propiedad privada, y de las raíces judeocristianas de nuestra civilización. De ahí también deriva en gran medida su idea de España, como nación clave en la formación de lo que conocemos como Occidente.

Al igual que los neocón estadounidenses, se opone al intervencionismo estatal, pero admite sin demasiados reparos la existencia de un sector público en la educación y la sanidad. Esto le lleva a mostrar un apoyo sostenido a la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ignorando las críticas de cierto liberalismo de torre de marfil. No sé si es exactamente lo que piensa Federico, pero esta flexibilidad en los principios liberales me parece admisible sólo desde un punto de vista táctico y gradualista, porque para mí lo ideal sería un Estado mínimo, reducido a la función estrictamente defensiva y jurídico-policial.


FJL se reconoce ateo, y no duda en cargar contra los “meapilas” desde la propia emisora de los obispos cuando lo cree conveniente, pero al mismo tiempo experimenta los mayores recelos ante quienes, como Rodríguez Zapatero, no se esfuerzan demasiado en disimular su odio hacia “Roma y la Cruz”. Es aquí donde me siento quizás más cercano a Jiménez Losantos, porque siendo también agnóstico, desde hace mucho me asquea la ingenua suficiencia y el simplismo adolescente de la mayor parte del ateísmo que hoy se manifiesta. (Quizás con la postura que me identifico aún más es con la que expresó elegantemente Andrés Amorós en una entrevista que le hizo Víctor Gago en Libertad Digital TV, cuando a la pregunta de si era creyente contestó: “Lo intento.”) En este aspecto, creo que Jiménez Losantos es el mayor divulgador del liberal-conservadurismo hayekiano en España, es decir, de la idea de que la libertad no puede sobrevivir sólo con burdos presupuestos "racionalistas", sin una tradición, unos valores morales y unos vínculos familiares y asociativos que permitan al individuo desarrollarse autónomamente desde la infancia, eludiendo la dependencia del Estado.

Pero quizás el rasgo ideológico más definitorio de Jiménez Losantos es su crítica rotunda del nacionalismo, especialmente el catalán. Como catalán que soy, reconozco que al principio fue lo que más me dificultó acercarme a él. Pero por caminos propios he llegado a las mismas conclusiones. Aquí sobre todo creo que ha sido determinante la singular influencia de mi padre, catalán de pies a cabeza (hijo de inmigrantes murcianos perfectamente integrados en Barcelona), casado con una arbequina -mi madre-, defensor siempre del idioma catalán, preocupado por que sus hijos lo habláramos con corrección y admirador de Josep Pla, al que conoció... Y al mismo tiempo, como recuerdo desde que tengo uso de razón, un enemigo implacable del provincianismo nacionalista y toda su parafernalia kulturkampf.

Por último, no podemos olvidar el papel crucial de Jiménez Losantos en la denuncia del golpe de Estado del 11-M y de la manipulación policial y judicial de la investigación de aquellos atentados, que es todo una y la misma cosa. Es ahí donde se demuestra el liberalismo, en la lucha sin cuartel contra la arbitrariedad y el abuso del poder, no simplemente en la defensa, con ser importante, de un mero programa económico. Porque el liberalismo es por encima de todo la desconfianza hacia el poder político, y no meramente la idea de que la libertad es útil para hacer crecer la renta per cápita, cosa evidente pero que a fin de cuentas se deduce de lo esencial, de un análisis solvente de las consecuencias del despotismo.

Se acercan tiempos decisivos. Con un gobierno que está usando la crisis económica para imponer más socialismo, en lo económico y en lo cultural, y una oposición que ha renunciado a su función de tal, para limitarse a heredar el poder, la salida de Jiménez Losantos de la COPE (sin que sepamos cuánto tiempo le llevará volver a tener una audiencia nacional) es un grave contratiempo para todo aquel que crea en la libertad y en España. Pero por ahora, hay que resistir, e Internet sigue siendo la trinchera más providencial que nunca podíamos haber imaginado.

miércoles, 17 de junio de 2009

Cómo ayudar desde casa...

...a superar la censura gubernamental en Irán. Lo cuenta Barcepundit aquí.

ACTUALIZACIÓN: Esta foto impresionante también nos llega vía Barcepundit:

Érase una vez... el neoprogre

En un artículo publicado ayer en El País, Carlos Mulas-Granados, director general de la Fundación Ideas (la réplica del PSOE a FAES), propone el término neoprogre para hacer frente a la caricatura "grosera e interesada" del progre que según él difunden los "neoconservadores".

Lo primero que cabe señalar es que la caricatura que el autor traza de los conservadores no es menos burda que la que denuncia. Por lo visto, el conservadurismo es un genotipo invariable que se transmite a través de los siglos. Los conservadores actuales, aunque lo disimulen, están en contra del sufragio universal o la libertad de expresión igual que lo estaban sus antepasados del siglo XVIII. La diferencia es que ahora estas conquistas de los progres ya no tienen marcha atrás, de ahí que los conservadores finjan aceptarlas e incluso pretendan apropiárselas.

Por supuesto, los conservadores tienen su contraparte en los progres, que también se mantienen invariables a través de las edades, "herederos de una larga y épica historia de libertad". Es una visión que me recuerda a aquella serie francesa de dibujos animados, "Érase una vez... el hombre", en la cual veíamos a los mismos personajes, en sus respectivos papeles de buenos y malos, reaparecer en cada época histórica.

Este esquema pueril, por cierto, no es más que la extrapolación del discurso que sobre la derecha española viene haciendo sistemáticamente la izquierda desde la muerte de Franco, aunque sus precedentes son muy anteriores: La derecha es autoritaria por naturaleza, y sólo acepta la democracia por oportunismo o porque no le queda otro remedio.

En realidad, la historia de la libertad, desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos, ha estado muy ligada a la de clases patricias y feudales, celosas defensoras de sus privilegios, que imponían constituciones y cortes estamentales a los reyes, claros precedentes de las actuales instituciones parlamentarias, mientras que las clases populares (con las que se identifica el ideario progre) jugaron a menudo un papel de colaboradoras de las monarquías, y por tanto favorecedor del perfeccionamiento de la maquinaria estatal, e incluso del absolutismo. Más tarde, fueron el capitalismo y la revolución industrial quienes verdaderamente acabaron con las viejas sociedades regidas por una aristocracia y un clero decadentes, que ya no representaban un verdadero contrapoder frente al Estado, sino todo lo contrario. Por cierto que la revolución francesa para lo único que sirvió es que, en medio de todas estas transformaciones, el poder del Estado saliera reforzado. (Véase El Antiguo Régimen y la Revolución, de Tocqueville.) Y en fin, para qué hablar de las revoluciones rusa o china, que produjeron tiranías infinitamente más brutales que todo lo conocido hasta la fecha, en nombre del progreso.

El discurso, pues, que asocia izquierda con libertad, y derecha con autoritarismo, no es que sea inexacto, es que es radicalmente falso. Y lo bueno es que en el propio articulo queda meridianamente claro, al incurrir una vez más en la vieja confusión entre libertad y bienestar. Dice Mulas-Granados:

"¿Cómo puede llegar a ser libre un niño que no accede a la mejor educación posible a causa de la pobreza de sus padres? ¿Cómo puede ser libre una persona con discapacidad si no se garantiza desde el Estado que pueda circular como cualquiera por las calles? ¿Cómo puede una mujer ser libre si no se garantiza su igualdad cuando trabaja? ¿Cómo puede un país ser libre si no se le protege de los abusos del mercado y no se favorece su nivelación?"

Como se ve, el director de la fundación socialista contrapone la libertad individual y su corolario la libertad de mercado, a la "verdadera libertad" (expresión que utiliza varias veces), que consistiría en la coacción estatal vía impuestos. En realidad, si ignoramos su extravagante uso del término libertad, está defendiendo precisamente restringir determinadas libertades para favorecer la igualdad de hecho, frecuentamente incluso a costa de la igualdad de oportunidades (con las leyes de discriminación positiva).

¿Por qué lo llaman libertad cuando quieren decir igualdad de hecho, es decir, impuesta? ¿Quién es aquí el que utiliza el nombre de la libertad en vano, la izquierda o la derecha?

La libertad es una precondición para prosperar, no al revés, como propone el seudoprogresismo. Incluso en condiciones de ausencia de libertades políticas, si un país ve crecer su riqueza es porque al menos en el ámbito económico, el poder político tolera una cierta libertad.

La retórica de "proteger al débil" ha sido siempre, no sólo hoy, la gran coartada del estatismo. Históricamente, quien ha hecho más por los débiles, ha sido claramente el mercado (es decir, la libertad que los progres desprecian), favoreciendo la ascensión social a millones de seres humanos, que así han podido acceder a una mejor educación, sanidad, etc. En casi todas partes, el Estado ha nacionalizado servicios que el mercado y el asociacionismo (la también despreciada caridad) estaban prestando a capas cada vez más amplias de la población, para después autojustificarse como la solución frente a las "insuficiencias" de la economía libre. Ejemplo paradigmático de esto fue la Segunda República, que tras cerrar numerosos colegios religiosos, donde se impartía una excelente educación, incluso a las clases más desfavorecidas, se ha presentado siempre como una Arcadia Feliz de la cultura, pese a que creó menos centros educativos de los que cerró, por no hablar del patrimonio artístico, las bibliotecas, etc, cuya destrucción permitió, cuando no alentó.

Si este es el argumentario de los neoprogres, desde luego, tiene bien poco de nuevo. Son las viejas cantinelas de siempre, revestidas con un término patéticamente inspirado en sus adversarios.

martes, 16 de junio de 2009

Hoy he recibido una multa de tráfico

Hoy he recibido una multa de tráfico, con una fotografía del radar inapelablemente clara. Se me sanciona con 100 euros por la falta “grave” de circular a 95 km/h por la autovía Tarragona-Salou, en un tramo donde el máximo permitido es de 80 km/h.

Supuestamente, no me puedo quejar demasiado. La infracción es innegable, no pierdo ningún punto de carnet y la cuantía de la multa no es de esas que te crujen vivo. Pero quisiera decirle una cosa al Sr. Eusebi del Olmo Ferrús, Cap del Servei Territorial de Trànsit de Tarragona: ¿Se siente usted muy orgulloso de recaudar dinero de esta forma? ¿A cuántos panolis como yo le saca cada día los cuartos gracias a una legislación que promueve exacciones simplemente por superar el límite de velocidad en menos de un veinte por ciento?

Casi cada día trascienden noticias ejemplarizantes de conductores sancionados por haber sido detectados circulando a velocidades de más de 200 km/h, pero me gustaría conocer la cuantía de lo recaudado por infracciones como la mía; por mero razonamiento estadístico debe ser muy superior, porque aunque las multas sean menores, hay mucha más gente que supera la velocidad permitida en 15 km/h que no en 80 o más. Lo cual me confirma lo que ya pensaba, que hemos venido a este mundo para pagar impuestos, tasas y multas, et tout le reste c’est propaganda cochina.

domingo, 14 de junio de 2009

Una mentira dentro de una mentira dentro de una mentira dentro de...

En otro país de Occidente, el informe del químico Antonio Iglesias, o las afirmaciones sostenidas por el abogado José María de Pablo en otro libro reciente, habrían provocado una hecatombe política sin precedentes.


El socialismo parte de la idea de que la restricción de la libertad individual por el Estado es el único medio para garantizar mayor bienestar para todos. Esta es la primera gran mentira, la más exterior o abarcadora. Pero por supuesto, los socialistas no lo plantean con tal crudeza. Ellos consiguen confundir los conceptos de libertad y bienestar de tal modo que formulan su principio aproximadamente así: A más Estado, mayor libertad y bienestar. Lo cual ya no sólo está refutado por la experiencia, sino que es un contrasentido, una imposibilidad lógica: Segunda mentira. (También la primera mentira es tal vez un contrasentido, pero eso nos llevaría por derroteros filosóficos más arduos.)

Ejemplos de las mentiras tercera, cuarta…, enésima, los estamos teniendo a diario, en el contexto de la crisis económica. Antes de las dos últimas citas electorales, hemos comprobado cómo según el gobierno, no había crisis. Pero aunque hubiera crisis, España era el país mejor preparado para afrontarla. Y si el mal aspecto de la situación es de una evidencia insoslayable, nos dicen que ya apuntan los síntomas de recuperación (“brotes verdes”), que estamos en el buen camino, que vamos hacia un nuevo modelo económico… Bien, incidentalmente, esto último puede que acabe siendo cierto. Puede que nos estemos precipitando hacia un modelo argentino, o sin ir tan lejos, andaluz, con una sociedad cada vez más dependiente de la administración, y por tanto más incapaz de crear riqueza y competir en un mundo globalizado.

Ellos lo llamarán una sociedad más solidaria y sostenible, claro, envolviendo la mentira con otra mentira. La crisis se convertirá entonces en crónica, pero ya no se llamará crisis, constituirá la normalidad, y cualquier propuesta alternativa que no pase por profundizar aún más el modelo estatista, será rechazada como el infierno ultraliberal que ninguna persona decente se supone que desea.

Ahora bien, la mentira socialista deja pronto atrás el ámbito económico, el más genérico, internándose en otros como son los del pacifismo, el ecologismo, la ideología de género, etc. Especialmente relevante, en la actual coyuntura española, es la mentira pacifista. Ella está en la raíz de la victoria del PSOE en las elecciones del 14 de marzo del 2004, que le dieron el poder gracias a que se relacionó el 11-M con la guerra de Iraq, tras un proceso de meses en el cual se había criminalizado al gobierno de Aznar por participar en la amplia coalición internacional que, liderada por Estados Unidos, invadió el país árabe y derribó la dictadura de Saddam Hussein.

Es mentira que la Alianza de Civilizaciones (es decir, el diálogo con estados que ni son democráticos ni comparten nuestras concepciones de libertad individual y derechos humanos) favorezca un mundo más justo y pacífico. Por tanto, aunque el 11-M hubiera sido un atentado de Al-Qaida para debilitar la coalición Bush-Blair-Aznar, jamás hubiera estado justificado castigar por ello al gobierno que se presentaba a la reelección, porque no podemos darle a los terroristas lo que quieren. Pero además, porque tampoco el Ministerio del Interior ocultó, al contrario de lo que se dijo (otra mentira en forma de muñeca rusa), los indicios que parecían apuntar a la autoría islamista, sino todo lo contrario: los comunicó a la población casi en tiempo real, a diferencia de la oposición y sus medios afines (cadena SER), que llevaron a cabo una intoxicación en toda regla que será objeto de análisis preferente para historiadores futuros.


Pero es que ahora podemos afirmar con base científica, gracias al informe del químico Antonio Iglesias (Titadyn, La Esfera de los Libros), que esta mentira se construyó aún sobre el círculo último o penúltimo de otra: La de la investigación policial y judicial. Sabemos, con más que razonable certeza, que una parte de las fuerzas de seguridad manipuló las pruebas (traspapelando o destruyendo algunas, y creando otras falsas) para ocultar la naturaleza del verdadero explosivo utilizado para matar a 192 personas. Y sospechamos, en buena lógica, que a consecuencia de esta manipulación, seguimos sin conocer a los verdaderos autores de la masacre (por lo menos a los instigadores).

Podríamos seguir analizando la formidable máquina de mentiras concéntricas, sobre las cuales se erige el régimen que Rodríguez Zapatero aspira a crear, pero deseo pasar ya a una reflexión ulterior.

El socialismo por ahora está venciendo en toda regla. Lo que me lleva a esta conclusión tan pesimista es que la mera exposición de la verdad ya no produce apenas efectos visibles en esta sociedad anestesiada. En otro país de Occidente, el informe del químico Antonio Iglesias, o las afirmaciones sostenidas por el abogado José María de Pablo en otro libro reciente, habrían provocado una hecatombe política sin precedentes.

Cierto que la mayoría de conclusiones que presentan estos autores fueron ya anticipadas o entrevistas por investigaciones periodísticas previas (básicamente del periódico El Mundo y del experto Luis del Pino), pero hasta ahora las maniobras de confusión de los medios afines al gobierno podían contrarrestarlas, aprovechándose de la ignorancia general en las cuestiones técnicas y científicas que eran objeto del debate. (¿Cuántos habíamos oído hablar antes de la metenamina?)

Sin embargo, ahora que una persona de la autoridad del perito químico Antonio Iglesias ha expuesto de la manera más rigurosa y fehaciente el estado de la cuestión sobre el arma del crimen, a esos mismos medios, que son casi todos, les basta el silencio para que aquí no ocurra nada. Y en efecto, no está ocurriendo nada. (Ya veremos las repercusiones del valiente y ejemplar "Yo acuso" de Pedro J. Ramírez) Nos deslizamos hacia el periodo de larga siesta veraniega, sin que ni un solo indicio nos permita presagiar que la sociedad civil vaya a reaccionar contra el gobierno que se asienta sobre tal estructura de mentiras perfectamente trabadas, ni por tanto vaya a obligar a la oposición mayoritaria a salir de su estado de hibernación permanente (estos empalman directamente con la siesta estival).

A veces, por continuar con la metáfora, dentro del sueño cobramos súbita conciencia de estar soñando, es decir, nos apercibimos de que todo es mentira, pero no terminamos de despertar, porque el sueño puede que sea agradable, ¡o incluso se halle dentro de otro sueño! Quienes viven objetiva o subjetivamente de las ilusiones del socialismo, sólo con gran dificultad renunciarán a ellas. Y muchos que votaron a Rodríguez Zapatero en el 2004, seguramente siguen siendo renuentes a admitir que fueron patéticamente manipulados por un golpe de estado mediático y quizás no sólo mediático, o por decirlo vulgarmente, engañados como chinos. Eso siempre es duro de reconocer. Pero al mismo tiempo, nada es más liberador. Hay que ayudarles, por nuestro propio interés y el suyo, a salir del círculo de la mentira más interior, y luego, círculo por círculo, hacia el mundo exterior, el mundo real.

sábado, 13 de junio de 2009

El ultraconservador Ahmadineyad y los ultraestúpidos

Televisión y prensa de diversas tendencias (por llamar tendencias a los delicados matices que las diferencian) se refieren hoy a la victoria electoral del "ultraconservador Ahmadineyad".

Para calificar el tratamiento dado a esta noticia quizás convendría acuñar el término ultraestúpido, aplicable a aquellos medios que, para que se me entienda, en 1933 hubiesen informado de la victoria electoral del "ultraconservador Adolf Hitler".

A continuación, incluyo algunas fotografías del reelegido presidente iraní con otros dirigentes ultra... bueno, ultra-lo-que-sean.





No me he entretenido en comprobarlo, pero tengo la sensación de que cuando gobernaba el neocón de Bush, los medios tendían a calificar al mandatario persa como radical, un término mejor valorado por la cretinez universal que conservador. (El malo ya se imaginan quién era.) Con Obama, la cosa puede cambiar. No me sorprendería que algunos acabasen adjetivando como conservador al régimen de Corea del Norte.

¿Por qué lo aborrecible siempre es "conservador", con o sin prefijo? Creo que no es difícil responder a esto. Tiene que ver con el hecho de que quienes deciden generalmente cómo llamar a las cosas son los progres listos, que por cierto, son lo más parecido que existe a los conservadores estúpidos.