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martes, 22 de julio de 2014

¿Una dictadura socialista en España?

Yael Farache, una joven periodista de origen venezolano y judío que reside en Canadá ha publicado en su blog este artículo, sobre el que nos ha llamado la atención el blog El rey está desnudo:

La verdad acerca de Pablo Iglesias y su partido político Podemos

Aunque es algo largo (unas 35 páginas de texto impreso), recomiendo encarecidamente leerlo y difundirlo todo lo posible. Naturalmente, mucha gente dirá que en España es imposible que ocurra lo que pasó en Venezuela, y acaso tenga razón. Pero tomarse a broma Podemos podría tener el efecto de que lo que parece imposible, se hiciera realidad. Yael destaca el primer paso del proceso dictatorial, que es abrir un período constituyente, como hizo Chávez. No se trataría de una mera reforma de la constitución, sino de escribir una nueva de arriba a abajo, que supondría el fin del Estado de Derecho.

Yael muestra convincentemente que Podemos sigue el guión del dictador chavista, que a su vez es el guión del castrismo. El lenguaje de radicalismo democrático e indignación ética que emplea es sólo un medio para adormecer a las masas, y provocar la incredulidad ante las acusaciones de que pretende implantar una dictadura.

Todo esto puede parecer ya sabido, pero en realidad, se tiende a pensar que Podemos son sólo unos ultraizquierdistas más, con especial talento para el márketing. En realidad, según Yael tienen un plan concreto para alcanzar el poder y para, una vez en él, que sea casi imposible desalojarlos, porque se habrán cargado el Estado de Derecho.

¿Puede esto ocurrir en un país de la UE y la OTAN? Parece política-ficción, pero tampoco nadie esperaba que Iglesias Turrión obtuviera cinco eurodiputados.

Por supuesto, la solución no es votar al PP (ni, desde luego, al PSOE), porque eso supone sólo premiar a los partidos que han creado las condiciones para que tenga éxito en España la fórmula bolivariana. Es preciso proponer un recambio al PPSOE que sea a la vez un antiPodemos. Santiago Abascal, en su último artículo en LD, ha dicho que el problema más urgente es el separatista, porque en caso de fragmentarse España, posiblemente sería algo irreversible. Tiene razón, pero pienso que si Podemos, con el apoyo de otras formaciones de izquierdas, llega al poder, también podría tratarse de una situación casi igualmente irreversible. La hora es crítica.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Transparencia comunista

Izquierda Unida ha elaborado una página web llamada "Transparencia" (izquierda-unida.es/transparencia) en la cual informa de los ingresos y propiedades de sus diputados. Me voy a centrar sólo en la ficha del coordinador general, Cayo Lara. En ella se nos informa de que Cayo Lara percibe, en calidad de diputado, catorce pagas de 4.543 €; esto es, un promedio de 5.300 € al mes. Además de esto posee dos viviendas (una de ellas unifamiliar) y un huerto en Ciudad Real. A esto se añaden unos 15.500 euros en depósitos de varias cajas de ahorros y un modesto Peugeot 105, de trece años.

Lo del coche llama la atención. Ganando cinco mil euros al mes, ¿qué sentido tiene conservar semejante chatarra, por la que pagará impuestos, seguro, mantenimiento y reparaciones? Sólo se explica si es con el fin de ostentar una austeridad postiza. Aunque sólo sea para ir al huerto de vez en cuando, vale la pena comprarse un utilitario seminuevo, que los hay en magníficas condiciones por menos de lo que cobra al mes.

Tampoco me cuadra demasiado incluir los gastos de alojamiento y manutención. ¿Acaso los diputados no cobran dietas? Por otra parte, sabiendo las largas vacaciones que se pegan nuestros representantes, no es exacto sugerir que todos los meses tiene dichos gastos, a no ser que se trate de un promedio. En cualquier caso, las pagas son catorce, y los gastos, siendo generosos, se multiplican por doce. Restando también las aportaciones a IU (1.328 €), tendríamos que los ingresos mensuales netos del dirigente comunista son de 3.537 €. Pero ya digo, esto suponiendo que esos cuatrocientos euros de manutención no se los paguemos todos los españoles en concepto de dietas. Lo que es mucho suponer.

La intención de maquillar los datos para que parezca que Cayo Lara gana 2.780 €, una cantidad no excesivamente superior a la de un trabajador cualificado del sector industrial, es bastante obvia. Pero puestos a ser transparentes, sería interesante no ya que se nos presentaran los datos sin maquillaje, sino conocer además los ingresos y propiedades de su cónyuge. Porque, incluso suponiendo que su mujer no trabaje, no acabo de entender cómo un señor que ocupa cargos públicos o políticos como mínimo desde 1987, haya ahorrado sólo 15.000 euros. O se lo patea en vicios o hay por ahí algo más, que en esta demostración de "transparencia" se nos oculta.

Sí, ya sé lo que dicen algunos. Que sesenta mil euros son pocos para un diputado, que en los países de nuestro entorno ganan más y que unos políticos bien pagados tienen menos incentivos para corromperse. Pero les diré lo que pienso yo: que esto son estupideces aprendidas, pedanterías de tertuliano que se da aires de ser inmune al populismo. En realidad, la peor corrupción posible es que alguien pueda vivir de la política. Porque esto significa que no trabajará por el interés general, sino por aferrarse a su sillón el mayor tiempo posible.

Lo que nos demuestra Cayo Lara con su "transparencia" es que fuera de la política no tiene donde caerse muerto. Esto significa que, en comparación con la alternativa, sacarse cuatro o cinco mil euracos al mes es un verdadero chollo. Y encima queda como el amigo de los pobres y de los mileuristas.

jueves, 13 de junio de 2013

Gilipollas integral

Los tiranos son patéticamente repetitivos. Vistos Calígula o Nerón, vistos todos. Que Kim Jong-il se gastara una fortuna en coñac, que tuviera un ejército de esclavas y que estuviera obsesionado con prolongar su lamentable existencia, resulta más bien tedioso. Más llamativa es la fuente que ha dado a conocer estos detalles, haciéndose llamar Fujimoto: pocos ejemplos de estulticia tan superlativa me vienen a la memoria.

El artículo de El Mundo nos relata que este hombre emigró de Japón a Corea del Norte, abandonando mujer e hijos, "en busca de un futuro mejor". Esto ya nos indica que el sujeto no debía regir muy bien.

Esta impresión nos la confirma que, tras identificarse como el cocinero personal del dictador, e incluso aparecer fotografiado junto a su sucesor, Kim Jong-un, prefiera no dar su verdadero nombre. Supongo que será para que no bauticen con él a un personaje de una nueva serie de chistes, como los de Jaimito o de Lepe.

Ahora bien, lo definitivo, lo que ya no permite abrigar ninguna duda, es que el tal Fujimoto viajara para obtener el coñac del dictador a Francia (a dónde si no) y para proveerse de jamón a... Dinamarca. Lo que decía: gilipollas integral.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Equidistancia injusta

Nadia Eweida, la cristiana copta que hace siete años fue despedida de British Airways por llevar un pequeño crucifijo colgado del cuello, ha sido premiada por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, por su contribución a la libertad religiosa.

El veterano periodista Antoni Coll, en su columna diaria del Diari de Tarragona, se hace eco de esta noticia y, rememorando el papel de aquella fundación en la resistencia contra el comunismo, concluye su escrito con esta frase: "También el capitalismo necesita ejemplos de resistencia."

¿Fue el sistema capitalista la causa de que algún estúpido directivo de una empresa despidiera a una trabajadora por llevar un crucifijo? Me pregunto también si el capitalismo es la causa de las leyes a favor del aborto y del matrimonio gay. ¿Son los manifestantes provida resistentes contra el capitalismo?

El Tribunal de Estrasburgo obligó a British Airways, a principios de año, a indemnizar a Nadia. No es que las instituciones europeas se caractericen por su esmerada protección del legado cristiano de Europa, pero ¿se imaginan a un tribunal soviético fallando a favor de una empleada, despedida por razones ideológicas?

En nombre del marxismo fueron asesinados y perseguidos muchos miles de cristianos en el siglo XX. El próximo 13 de octubre, medio millar de ellos serán beatificados en Tarragona. Sospecho que quienes criticarán esta ceremonia, así como aquellos que se oponen a la presencia de simbología cristiana en el espacio público, en gran parte son también simpatizantes del socialismo, sea en su variante socialdemócrata o en otras más extremistas.

Puede que el bienestar sea una de las causas del proceso de descristianización de Occidente. Jesús dijo que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el cielo. Y no hay duda de que en el capitalismo la gente es mucho más rica que en cualquier otro modelo social. Pero esto es, en cualquier caso, algo muy distinto de perseguir a las personas por sus creencias.

Si algo como lo que ocurrió en España en 1936 se llegara a repetir en Occidente, no sería debido a la economía de mercado, sino a la acción de gobiernos u organizaciones que no tienen nada que ver con el mercado libre, cuando no son abiertamente hostiles a él. Poner al capitalismo al mismo nivel del comunismo no sólo es hacerle un inmerecido favor al segundo: es una forma de espectacular ceguera para reconocer a los auténticos enemigos.

jueves, 2 de agosto de 2012

Lenin y Hitler ¿antimodernos?

El profesor de sociología política Luciano Pellicani es autor de un librito que recomiendo vivamente: Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial, 2011). El estudioso italiano, con profusión de citas de los intelectuales y dirigentes políticos, tanto comunistas como nacionalsocialistas, demuestra lo que muchos ya sabíamos, pero que nunca se recordará lo suficiente: Que nazismo y comunismo son aberraciones de la misma especie, por mucho que su choque en la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo la propaganda comunista de décadas, sean causa de que tanta gente siga desorientada al respecto. Y que incluso quienes no simpatizan con el comunismo caigan con frecuencia en el error de darle un tratamiento diferenciado, al no desmarcarse de él con la mismas gesticulaciones que emplean con el nazismo. ¿Cuántos libros, cuántos ensayos, cuántos documentales televisivos nos hablan -con toda razón- de la "barbarie" del nazismo? ¿Cuántos lo hacen en los mismos términos sin concesiones del comunismo, incluyendo los que son críticos con él?

En el libro de Pellicani se muestra con claridad meridiana el carácter revolucionario del nazismo, empleando un término que aún hoy, tras las hecatombes del siglo XX, sigue revestido de un incomprensible prestigio. Porque revolucionario es aquel sistema de pensamiento que pretende arrasar con todo lo existente, que defiende que para construir el "hombre nuevo" hay que destruirlo antes todo. Lo que conduce con inflexible lógica al exterminio de clases, pueblos y razas enteros. Esta es una de las principales virtudes del libro, que nos muestra en una sola palabra lo que comparten los dos grandes totalitarismos del siglo pasado: Su carácter radicalmente nihilista. Más específicamente, los textos ilustran el feroz odio antiburgués y anticapitalista del nazismo y el fascismo, desmontando la vieja patraña izquierdista de que estos movimientos estaban al servicio del "gran capital".

Más allá de esta función pedagógica, altamente necesaria aún, el ensayo me lleva a plantear un debate que se sale de los límites impuestos por su brevedad y posiblemente por las concepciones del autor. Este empieza trazando una distinción entre las dos almas de la Revolución Francesa: La del 89 (burguesa, constitucionalista, gradualista) y la del 93 (antiburguesa, totalitaria, rupturista). Y en el segundo capítulo ofrece una definición de la modernidad, enumerando como constitutivos el individualismo, la nomocracia, la ciudadanía, la institucionalización del cambio, la secularización, la autonomía de los subsistemas (la ciencia, la economía, etc) y la racionalización. Con ello Pellicani pretende demostrar su otra tesis, que no solo el nazismo, sino también el comunismo, fue un movimiento esencialmente antimoderno. Debe distinguirse entre industrialización (que de todos modos estaba ya lanzada antes de 1917 en Rusia, hasta que el golpe de Estado leninista y la subsiguiente guerra civil la interrumpieron) y modernización, dos conceptos independientes el uno del otro. Lo que realmente hicieron los bolcheviques fue cerrar Rusia y toda su área de influencia ante las perniciosas ideas liberales de Occidente.

Estando fundamentalmente de acuerdo con este análisis, lo que me pregunto es si esa caracterización de la modernidad y la antimodernidad no será algo puramente semántico, en cuyo caso no aportaría realmente nada nuevo a nuestro conocimiento, e incluso contribuiría a oscurecer ciertas cuestiones. Quiero decir: ¿Por qué deberíamos caracterizar a la modernidad con todos los ingredientes liberales, cuando es notorio que es precisamente en los tiempos modernos (del siglo XV para acá) que los Estados de Occidente han conocido una expansión pavorosa? El propio Pellicani sugiere el carácter arbitrario de su definición de modernidad, cuando clasifica como tal a Atenas frente a Esparta. ¿Debemos deducir que la modernidad es un carácter ajeno a la cronología? Pero entonces ¿no sería mejor utilizar otro término carente de esa connotación?

Bertrand de Jouvenel mostró en su clásico Sobre el poder (Unión Editorial, 2011) la progresiva, aparentemente fatal propensión de los tiempos modernos hacia el aumento de los ejércitos, el alistamiento obligatorio, el burocratismo, el intervencionismo. Su libro se publicó en 1944, cuando esta presencia abrumadora de los Estados enfrentados en la guerra mundial era tan obvia que no necesitaba apenas ser señalada. Pero, con los inevitables movimientos pendulares, que han proporcionado algunos paréntesis liberalizadores, es evidente que el papel de los Estados es hoy inimaginablemente mucho más invasivo que hace docientos años. Y hace doscientos años lo era más ya, en casi toda Europa, que en la Edad Media, tan desdeñada por la simplificadora ignorancia como un período de oscurantismo y opresión, pese a ser el tiempo en que proliferaron las instituciones precursoras de los parlamentos y las limitaciones al poder regio... Que luego el maquiavelismo moderno arrasó en muchos lugares.

Entonces, ¿a santo de qué definir la modernidad solo con los epítetos liberales que más nos halagan? Si analizamos rápidamente los atributos enumerados por Pellicani, veremos que detrás de cada uno de ellos existe un ominoso reverso. El individualismo también entraña atomización social, lo que permite a los Estados infiltrarse con más facilidad en todos los aspectos de la vida, intentando destruir instituciones intermedias, como la familia. La secularización va ligada a la expansión del derecho positivo, incesantemente reelaborado por asambleas o por déspotas, con grave menoscabo de la concepción iusnaturalista en la que descansa, se admita o no, la noción de derechos humanos. La democracia permite a los gobiernos contar con una legitimación de su poder que con frecuencia desborda los límites que esta es capaz de oponerles. Y en fin, la autonomía de la economía ha permitido un crecimiento de la riqueza que alimenta a las Haciendas públicas hasta niveles impensados en las sociedades más tradicionales del Antiguo Régimen, lo cual dota a los Estados de un poder transformador formidable.

Sería más correcto decir, pues, que la modernidad también tiene "dos rostros" o una doble alma. Que el totalitarismo es tan "moderno" como el liberalismo. De otro modo, la explicación por la cual surgieron el régimen bolchevique y el nacionalsocialista se queda en los aspectos más superficiales y coyunturales. Pellicani habla con acierto de los deletéreos efectos de la Gran Guerra, de un nuevo tipo de "hombre de la trinchera", dominado por el nihilismo y el resentimiento; de la situación desesperada de las clases medias alemanas, destruidas por la depresión económica y la hiperinflación... Todo esto es sin duda verdad, pero insuficiente. El totalitarismo no se puede explicar solo por los mismas causas que hubieran podido conducir también a alguna forma de populismo o autoritarismo deplorables, pero mucho menos destructivos. Como es el caso, hasta cierto punto, del fascismo italiano, que Pellicani considera un ejemplo de "totalitarismo imperfecto". Y algo parecido podríamos decir del franquismo, un régimen dictatorial pero en absoluto totalitario, porque carecía obviamente del carácter nihilista, destructor. Cosa en la que hay que insistir frente a las vulgarizaciones comunistoides que ponen en plano de igualdad a Hitler, Mussolini y Franco, y en cambio excluyen a Stalin. No digamos ya a Lenin, al que todavía algunos autores, como el recalcitrante marxista Hobsbawm, pretenden mostrar como un santo, o poco menos, removiéndose en la tumba por los crímenes de su sucesor.

Algo hay en esta modernidad que no se condice con la fábula iluminista a la que muchos se siguen aferrando sin el suficiente espíritu crítico. Porque el totalitarismo no surgió de la nada en 1917. Llevaba décadas, si no siglos, desde finales del XVIII, de incubación. Y las sociedades abiertas, por utilizar la expresión de Popper, albergan en su seno el germen de su propia autodestrucción. El marxismo surgió de Europa, aunque infectara Asia. El nazismo surgió en la culta Alemania de Kant y Hegel... La única vacuna contra esa posibilidad ominosa es abandonar una ideología demasiado autocomplaciente del modernismo, que fácilmente se desliza hacia el totalitarismo cuando caemos en el error de juzgar la tradición y la religión como algo incompatible con estas sociedades, y no como su suelo nutricio. (Error simétrico al de los reaccionarios que postulan idéntica incompatibilidad, y en su caso eligen adherirse a un pasado mitificado, regido por valores teocráticos y comunitaristas-estamentales.)

Pellicani muestra claramente la función que ejercieron las ideologías comunista y nazi, de sustituir el vacío dejado por la religión. Ya Raymond Aron definió al comunismo como "religión secular", calificándolo con deliberada ironía como el "opio de los intelectuales". (R. Aron, El opio de los intelectuales, RBA, 2011.) El monstruo del totalitarismo nos enseña cuáles son los límites de la sociedad abierta y los frutos amargos del "desencanto" del mundo y la descristianización, saludada con precipitación como un "progreso". En suma, el camino torcido que debe cuidadosamente evitar si no quiere desnaturalizarse y dejar de ser abierta.

lunes, 25 de junio de 2012

De los indignados a los puteados

El exdirigente comunista Julio Anguita quiere impulsar la creación de un Frente Cívico que organice a la mayoría de "puteados". (Insiste, en la entrevista que le hace El Mundo del 24 de junio, en que conste la expresión.) Dentro de esta sesuda categoría sociológica, el Sr. Anguita incluye principalmente a los parados, a los "precarios" y a la juventud sin futuro. Entre sus diez propuestas programáticas, que hizo públicas en un blog pocos días antes, el comunista incluye un salario mínimo de 1.000 euros (1ª) y "la extensión y ampliación de la prestación por desempleo" (3ª).

De estas propuestas se deduce que el problema de un parado no es esencialmente que no encuentre empleo, sino que no cobre un subsidio suficiente. Y que cobrar menos de mil euros por un trabajo es siempre algo malo en sentido absoluto, aunque se trate de un estudiante que quiera sacarse unos eurillos repartiendo pizzas, o vendiendo purificadores de agua.

La cuestión no es solo de dónde piensa sacar Anguita el dinero para incrementar el subsidio del paro y las pensiones (también defiende la pensión mínima de 1.000 euros, propuesta 2ª). El problema no es que sus propuestas sean acaso inaplicables, es que de intentar ponerse en práctica, no harán más que incentivar el paro y poner en dificultades al estudiante (o a cualquier otra persona) que quiera simplemente ganar algún dinero.

La juventud no tiene futuro si se empeña en creer que no lo tiene. Encontrar trabajo "de lo mío" a base de enviar currículums, en lugar de plantearse realmente cómo podemos ser productivos para ganarnos la vida, o para obtener nuestros primeros ingresos, es el error que comete una parte de la juventud. Y para personas como Anguita, que ya tienen su vida resuelta, lo más fácil es decirle a los jóvenes lo que más halaga a sus oídos, aunque objetivamente eso no los ayude para nada, sino todo lo contrario.

El resto de aberrantes propuestas forman parte del repertorio comunista clásico. Nacionalizar la banca y otros sectores económicos (5ª y 6ª), intervenir en la distribución de alimentos (8ª), aumentar la presión fiscal (4ª), reformar la ley electoral (10ª) en un sentido más proporcional (la actual siempre ha perjudicado a Izquierda Unida frente a los nacionalismos) y desarrollar la Constitución, aunque no lo diga tan explícitamente, en sentido más socialista (7ª).

No podía faltar tampoco, claro está, la "efectiva separación entre las iglesias y el Estado" (9ª). Lo que no entiendo es por qué habla de "iglesias" en plural, cuando es obvio que se refiere a la Iglesia Católica, la única que constitucionalmente tiene un tratamiento especial en España.

Que los comunistas defiendan ideas comunistas lo comprendo. Que nos tomen por idiotas a los demás pretendiendo dirigirse a los españoles "de cualquier partido, sindicato, confesión religiosa", eso ya me mosquea bastante. Y que hablen del paro juvenil en términos de "holocausto", eso ya sencillamente me parece una sinvergonzonería, por muy "carismático" que se levante Anguita todas las mañanas. Mucha gente está sufriendo como consecuencia de esta crisis, pero como siempre, quienes más gritan son los que menos la están experimentando en sus carnes. Lo peor que les puede pasar a los "puteados" es que escuchen a profetas como Anguita, que solo viven (políticamente hablando) de explotar el resentimiento, pero sin aportar la menor solución sensata, solo viejas recetas que siempre han conducido a más miseria.

sábado, 13 de agosto de 2011

Alguien construyó un muro

¿Se pueden recordar los cincuenta años de la construcción del Muro de Berlín sin mencionar que lo levantaron los comunistas? No solo se puede, sino que a tenor de lo que enseñan en las facultades de periodismo, no debería esperarse otra cosa. Ejemplo de ello es el breve reportaje (un minuto y once segundos) de un noticiario de La Sexta, emitido hoy sábado. "Símbolo de la guerra fría", rezan los subtítulos. Como si las culpas hubiera que repartirlas por igual entre Occidente y el extinto bloque soviético. Como si hubiera habido también ciudadanos de la Alemania occidental a los que se hubiera intentado impedir que huyeran a la RDA. Por cierto, a este reportaje sigue otro igualmente breve sobre Fidel Castro, sin el menor asomo de crítica a su régimen.

Frente a esta forma de sutil desinformación, es preciso que los adolescentes conozcan la historia, por supuesto. Pero no es suficiente. Sería muy instructivo que en una clase se pasara el vídeo de La Sexta y se invitara a reflexionar sobre él. Que los alumnos se preguntaran por qué no se alude, más allá de unas siglas hoy desaparecidas, al régimen que lo erigió y los motivos que tuvo para hacerlo. ¿Tendría sentido referirse a los crímenes de Jack el Destripador sin nombrarlo? Sospecho que, para cierto periodismo, sí. La culpa la tendría la sociedad victoriana, sin duda, como hoy tienen la culpa de los disturbios londinenses los recortes sociales de Cameron, la "exclusión" o cualquier otra gansada del limitado repertorio progre. Y eso no tienen el menor problema en dejarlo meridianamente claro, aunque solo dispongan de medio minuto.

domingo, 16 de enero de 2011

Los que vivimos, de Ayn Rand

Casualmente estaba leyendo Los que vivimos (We the Living), la primera novela de Ayn Rand, cuando supe que era uno de los libros favoritos del tarado que perpetró la matanza de Tucson. (Ver su Perfil en You Tube; inserto la captura de pantalla abajo.) Lo cual evidentemente no significa nada porque, además de Mi lucha y el Manifiesto Comunista, el asesino también cita la Odisea, Alicia en el País de las Maravillas y la República de Platón, entre otras obras. Aunque no duden de que habrá más de uno que aprovechará también esto para extraer conclusiones contra "los conservadores".

Mientras leía la novela me enteré por la Wikipedia (entrada Ayn Rand) de algo más sorprendente, y es que en la Italia fascista se realizó una película basada en el libro, que se llegaría a estrenar en España en 1951. Tanto el régimen de Mussolini como el de Franco debieron ver en la obra de la escritora rusoamericana un alegato contra el comunismo perfectamente compatible con sus propagandas. De hecho, la edición de que dispongo es una traducción española publicada en Barcelona en 1943 por Hispano Americana de Ediciones, que encontré en el mercadillo de los viernes de la Rambla Nova de Tarragona.

No sé cómo sería la película, pero resulta digno de nota que la novela superara la censura española de posguerra, tan pacata en cuestiones sexuales. La protagonista, Kira Argounova, a los dieciocho años se va a vivir "en pecado" con un hombre, del que se enamora perdidamente, sin que falten algunos pasajes de un erotismo contenido pero intenso. Por si esto no fuera suficientemente escandaloso para la España de la época, más adelante, con el fin de salvar a su amante, persona poco grata al régimen soviético, se lía con un agente de la GPU, y hasta el final mantiene ambas relaciones, sin que quede del todo claro que se lo pase tan mal cuando está con el comunista... De todos modos, tampoco debemos olvidar que en 1942 Cela publicó La familia de Pascual Duarte, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. Si hubiera sido una novela situada en Rusia, seguramente hubiera tenido problemas mucho más serios con la censura estalinista que los que pudo tener con la franquista.

Yendo propiamente al contenido, he de decir que la novela está escrita con destreza, y se lee con gusto. Sin embargo, tiene un considerable defecto, y es que los personajes principales, Kira y sus dos amantes, Leo y Andrei, no acaban siendo creíbles. Ninguno de los dos hombres descubre el engaño amoroso hasta el final, cosa inverosímil sobre todo en el caso del policía, que se supone es una persona perfectamente informada sobre la vida de todo quisque. Tampoco resultan naturales los bandazos psicológicos e ideológicos de ambos personajes masculinos. Pero lo peor de todo es la insuficiente descripción de los sentimientos de la heroína. El lector querría comprender, adentrarse en la complejidad sentimental de esta mujer, pero la autora es muy parca en análisis, como si bastase con los hechos objetivos para conocerla y hasta empatizar con ella. Rand brilla más en el retrato de algunos personajes secundarios, así como en la descripción de la miseria y la corrupción "estraperlista" de San Petersburgo en los años veinte.

En cuanto a las ideas filosóficas de la autora, mi conocimiento es muy superficial, porque no he leído ningún otro libro suyo. Pero por lo que se trasluce de algunos párrafos de este, he de decir que aquellas no me interesan demasiado, por mucho que coincida con sus conclusiones anticomunistas. Al final del capítulo II hay un pasaje de resonancias thatcherianas con el cual simpatizo plenamente. Uno de los personajes reprocha a Kira su actitud "antisocial", y ella replica: "¿Y qué es la sociedad?" Sin embargo, el individualismo del alter ego de Rand se sale en ocasiones de madre, como cuando en el cap. VI proclama que "los hombres no han nacido iguales, y no sé por qué hay que querer que lo sean." Nada que objetar, salvo que innecesariamente añade que odia "a la mayor parte de ellos." Pío Moa, en una entrada reciente de su blog califica certeramente este pensamiento como "histérico".

En otros pasajes Ayn Rand apunta su concepto de la "vida" como valor supremo -aunque no tiene nada que ver con el movimiento antiabortista. No se trata más que otra formulación de su egolatría, que a veces adquiere un tono más bien cursi, y le lleva a rechazar radicalmente cualquier fundamento trascendente de la moral, cuando contrapone con ecos nietzscheanos creer en Dios y "creer" en la vida:

"Todo aquel que pone su más alta concepción por encima de sí mismo y de sus propias posibilidades, se estima poco y no da importancia a la vida. No es un don frecuente (...) mirar con reverencia la vida propia de uno y desear cuanto hay de más alto, más grande y mejor... para sí mismo." (Cap. IX)

Y hacia el final del libro (cap. XIII), otro personaje sentencia: "Dais la vida, morís por vuestro ideal; ¿pero acaso este ideal no es 'vuestro'? Todo hombre honrado vive para sí mismo, y quienes no viven así no pueden decir que vivan."

El problema es que a partir de este principio solipsista, resulta imposible definir qué es un hombre "honrado". ¿Cómo evitar caer en la paradoja de Max Stirner, que al defender un egocentrismo extremo, como si fuera un discurso liberador, es incapaz de argumentar contra un Yo perverso, como por ejemplo un tirano que goce esclavizando a millones?

Pese a todo, vale la pena leer esta novela, que refleja la verdad siniestra del comunismo mejor que muchas teorizaciones, incluídas las de la propia autora.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La soflama pro-sistema de Vargas Llosa

El discurso de Mario Vargas Llosa ha molestado tanto a un joven escritor llamado Alberto Olmos que lo ha calificado con expresiones como "soflama pro-sistema" y "cinismo incatalogable", y le ha llevado a comparar el premio Nobel de Literatura con el de "empleado del mes". Por lo visto, las muchas veces que el premio ha recaído en escritores procomunistas como García Márquez y Saramago, fue para despistar. En realidad, todo el mundo sabe que detrás del galardón que entrega anualmente el rey de Suecia están la CIA y el Pentágono. Estas son algunas de las cínicas palabras que han puesto de los nervios al tal Olmos:

"Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder (...).

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que intento ser- fue largo, difícil (...).

De entonces a esta época (...) América Latina ha ido progresando (...). Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando (...), y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. (...).

Las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance (...). Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra (...)."


Después de leer esto, entendemos mejor que un articulista de Público, ese panfleto donde diariamente se apoya al régimen chavista y al castrismo, haya reaccionado con tal indignación. Les ha puesto un espejo en el que ver su feo rostro, y eso siempre duele.

martes, 23 de noviembre de 2010

Servidumbre ideológica

No lo pueden remediar, es superior a ellos. Los izquierdistas no llevan nada bien que el Parlamento Europeo haya concedido el Premio Sajarov por tercera vez a la disidencia cubana. En 2002 fue para Oswaldo Payá, en 2005 para las Damas de Blanco y en 2010 para Guillermo Fariñas. Según el columnista de Público Marco Schwartz, "preocuparse por los derechos humanos políticos está bien, qué duda cabe. Y estaría mejor si esa preocupación fuese más libre de servidumbres ideológicas." Es decir, que Estrasburgo insista en mostrar su reconocimiento a quienes se enfrentan a una dictadura que dura ya medio siglo, debe considerarse un caso de "servidumbre ideológica". Ciertamente, numerosos premiados, desde que se instituyó el galardón en 1988 con la concesión del primer premio a Nelson Mandela, han sido disidentes de regímenes comunistas o exsoviéticos. Pero ¿qué le vamos a hacer, si la mayoría de población mundial sometida a regímenes dictatoriales, se encuentra precisamente en países socialistas? (Véase la entrada de Elentir: ¿Cuántas dictaduras hay en el mundo?).

Pero Marco Schwartz prosigue adelante con su rabieta saliendo por peteneras. Propone que el próximo Premio Sajarov se entregue a quienes se opusieron a la Guerra de Iraq o a los juristas colombianos que denunciaron crímenes de Estado durante el gobierno de Álvaro Uribe. (No dice nada de la oposición a Hugo Chávez, seguro que por un inocente olvido.) Más aún, le parece harto significativo que el "establishment liberal" solo tenga en cuenta los derechos "de tipo político-civil", y no los "económico-sociales". (Derecho a un nivel de vida adecuado, a la vivienda, asistencia médica, a los seguros de desempleo, enfermedad, vejez, etc.) El señor Schwartz probablemente no se ha leído la descripción del premio, cuyo nombre completo es "Premio Sajarov a la Libertad de Conciencia", y recompensa a aquellos que luchan "contra la intolerancia, el fanatismo y la opresión", destacando en la defensa de "los derechos humanos y la libertad de expresión". O quizás piense que si el premio incluyera a quienes defienden la elevación del nivel de vida de la población, el gobierno cubano sería un merecido candidato, porque de todos es sabido lo bien que se vive en Cuba, gracias al modelo económico socialista.

El artículo del señor Schwartz, sin embargo, es inestimable, porque muestra insuperablemente la función que realiza la cantinela de los derechos socioeconómicos. Como dice nuestro columnista, tales derechos "se violan de manera sistemática en casi todo el mundo y producen al menos tantos estragos como la conculcación de los derechos políticos". De lo cual se desprende meridianamente que carece de justificación esa "moda" de criticar la falta de derechos en Cuba y otras dictaduras "que contravienen la doctrina liberal del momento". ¡En todas partes cuecen habas! En las democracias occidentales presumimos de libertad de expresión, sí, pero ¿qué me dicen de la gente que tiene dificultades para llegar a final de mes, eh?

Confundir los derechos políticos con otro tipo de aspiraciones sociales sin duda deseables, pero cuya consecución no depende en sí misma de la organización política (salvo en la medida en que se convierte en un obstáculo), sino del progreso técnico y económico, conduce ni más ni menos que a relativizar la dictadura, y por tanto a justificarla. De otro modo, no se explica que a alguien le pueda molestar el premio a Fariñas. Comparar la cárcel, las torturas y los asesinatos de los disidentes cubanos con la libertad de que gozaron los manifestantes contra la Guerra de Iraq: eso sí que es una repugnante servidumbre ideológica.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Otra de corresponsal en La Habana

Mientras el tirano Fidel Castro se aclara sobre si el modelo cubano sigue siendo válido o no, lo cierto es que la experiencia ha demostrado hace décadas que es un completo desastre. Si la Unión Soviética, país de tan vastos territorios y recursos naturales, duró setenta años, se nos antoja difícil que la isla caribeña pueda igualar esa marca. De ahí las tentativas de liberalización económica que, al menos desde el acceso a la presidencia de Cuba del hermanísimo Raúl Castro, una parte del Partido Comunista parece apoyar. Como siempre, ello implica una lucha de facciones, entre la partidaria de mantener la ortodoxia socialista y otra más pragmática, aunque no menos cínica. Mientras tratan de adivinar cuál de ellas vencerá, son muchos los miembros de la minoría dominante que se protegen con una postura ambigua, de manera que gane quien gane puedan afirmar retrospectivamente que ellos siempre estuvieron en la línea correcta.

Esto es lo que ocurre, grosso modo, en Cuba. Sin embargo, leyendo a determinados corresponsales, se diría que la liberalización parece más una amenaza que una esperanza. Lo señalaba hace un año en este blog, a propósito de una crónica de El Mundo. Y hoy vuelve a ser este mismo periódico, y no sé si el mismo corresponsal, quien nos presenta (requiere suscripción) una particular visión de las supuestas reformas en Cuba. Nos dice Ángel Tomás González desde La Habana:

"El objetivo de recomponer la iniciativa privada, además de interés económico, tiene como meta restablecer el tejido de una clase media. [Hay que ver qué listos son los Castro, sólo han tardado cincuenta años en querer imitar el objetivo de cuyo logro presumía Franco, ya anciano.] Una realidad imprescindible de construir ante la posibilidad, a medio plazo, de aproximación y convivencia con Estados Unidos. [Y ahora prepárense, las negritas son mías:] El sostén de la soberanía nacional es la meta primaria del proceso isleño. (...) Por lo que la intención del Gobierno de Raúl Castro, al parecer, es que sea la revolución quien ofrezca a los cubanos la posibilidad de mejorar su calidad de vida y no el futuro desembarco de turistas y empresas estadounidenses."

Vamos a ver si lo entiendo. O sea, que olvidarse de los principios sagrados de la revolución ("socialismo o muerte"), al menos por un tiempo y dentro de ciertos ámbitos restringidos, es equivalente a que la Revolusión "ofrezca" a los cubanos "mejorar su calidad de vida". Y además, ello es incompatible con que los estadounidenses inviertan y consuman en Cuba. (Como es sabido, nada tememos más en España que vengan los americanos a invertir y hacer turismo, ¡nuestra soberanía nacional se resiente que no veas!)

Se dirá, en descargo del corresponsal, que él se limita a hacerse eco de un documento del PC cubano que circula entre las altas esferas. Pero el texto no es claro al respecto, no se distingue bien la información de la interpretación. Y por tanto, tácitamente el periodista está avalando la sarta de disparates que sugiere el párrafo citado. Lo peor es que no puede sorprendernos. Es la enfermedad profesional del corresponsal, una especie de síndrome de Estocolmo por el cual interioriza la propaganda de las dictaduras que padecen los países desde los cuales escribe, siempre contra el imperialismo yanqui, faltaría más.

sábado, 28 de agosto de 2010

Soluciones de izquierda y derecha

Para la izquierda, la causa de las crisis económica es, como siempre, una insuficiente regulación del mercado. De ahí que sus soluciones consistan en un aumento del control estatal de la economía, así como del gasto público. La derecha más o menos liberal, en cambio, apuesta por medidas que han demostrado su eficacia en el pasado: Recortes de gasto público, bajadas de impuestos y reformas liberalizadoras que estimulen la economía productiva, vuelvan a generar empleo e incrementen el consumo.

La izquierda contraargumenta que la inversión pública consigue los mismos efectos, pero en realidad se trata de un espejismo, porque siguiendo este razonamiento, el Estado podría emplear a todos los ciudadanos y por tanto dirigir completamente la actividad económica. Pero este experimento ya se ha realizado y el resultado es sobradamente conocido: ineficacia y colapso final de todo el sistema. Sin contar con el hecho de que una economía planificada sólo ha podido ser implantada por regímenes brutalmente dictatoriales, como el soviético o el nacional-socialista.

Lo anterior es indiscutible, no es cuestión de opiniones, por dogmático que suene. Las cosas son así, y la izquierda, al menos en el tema económico, es sencillamente un error, y además un error que nos cuesta muy caro. Por supuesto, la izquierda con frecuencia aplica recetas económicas de la derecha, aunque rara vez lo reconozca, o pretenda incluso hacernos creer que tales recetas son genuinamente de izquierdas. Pero no nos engañemos, en cuanto tiene la ocasión, vuelve siempre a las andadas. Sus concesiones al pragmatismo son temporales, las justas para reparar los peores destrozos de sus medidas más ideológicas, y volver a proponerlas al cabo de un tiempo.

En España, actualmente la situación es aún peor. Zapatero, con los recortes del gasto público, la reforma del mercado laboral y la anunciada reforma de las pensiones, se limita a tratar de ganar tiempo frente a las autoridades económicas internacionales, para que parezca que es capaz de tener al menos sus períodos de cordura. En lugar de atacar a las verdaderas causas del derroche estatal, a la inflación de burocracia, al exceso de empresas públicas ruinosas, a la política de subvenciones, etc, Zapatero trata de rascar unos cuantos millones de euros de los pensionistas y hasta las personas dependientes, verdadero ejercicio de mezquindad y cinismo en quien se presenta como el defensor de los más débiles. En lugar de reformar una legislación laboral heredada del social-falangismo, que pretende que el puesto de trabajo sea vitalicio, así se hunda la empresa, se limita a reducir la indemnización por despido, en unos supuestos lo suficientemente vagos para que no sirvan de nada.

La oposición de derechas ha señalado correctamente estos defectos, y además ha avanzado un bosquejo de en qué consistirían sus reformas. Mariano Rajoy lo presentó en un discurso ante empresarios, leído el pasado mes de junio, y en una entrevista más reciente concedida a Europa Press. Básicamente se trataría de un verdadero recorte del gasto público y una reforma del sistema financiero, para que vuelva a fluir el crédito. Pero además, el líder del Partido Popular presenta una serie de reformas de mucho más calado, a fin de encarar el problema de fondo de la economía española, que es su falta de competitividad.

Además de la reforma educativa, y de la rebaja fiscal, Rajoy apunta los aspectos fundamentales que debería tener en cuenta una reforma del mercado laboral, cuestionando la negociación colectiva y clarificando los motivos de despido. En esta línea de simplificar regulaciones, propone una reforma institucional que incremente la seguridad jurídica ante fenómenos como la morosidad, las "suspensiones de pagos", etc. Pone sobre la mesa también el tema de la unidad de mercado. No puede ser que en España existan diecisiete normativas diferentes para las empresas. Defiende un adelgazamiento de todas las administraciones e incluso fijar por ley un techo de endeudamiento. Tampoco olvida la cuestión de la energía, abogando por tener en cuenta el coste del kilowatio, como es de sentido común, lo que supone reivindicar la energía nuclear.

Algunos detalles de este Plan Global, como lo ha llamado Rajoy, podrán discutirse. Por ejemplo, no entiendo demasiado bien por qué debemos favorecer fiscalmente a determinados sectores, como el turismo. El gobierno no es nadie para orientar las inversiones hacia el ladrillo, el turismo o los biocombustibles, eso es incumbencia de la libre iniciativa. Tampoco me parecen acertadas ciertas concesiones a la retórica seudoprogresista, como por ejemplo que la formación debe considerarse como "un verdadero derecho de los trabajadores". Ya está bien de trivializar el concepto de derecho; que algo sea deseable o conveniente no significa que sea un derecho, ni tiene sentido tampoco hablar de derechos de un colectivo. Los derechos deben ser los mismos para todo ciudadano, y deben servir para limitar en lo posible la intromisión del gobierno, no para promoverla todavía más.

También se echa de menos una crítica más contundente del Estado del Bienestar (mejor dicho, de la Dependencia), propuestas en el sentido de ir hacia un sistema mixto (público y privado) de las pensiones, ideas como el cheque escolar o sanitario. Aunque es fácil comprender que la derecha no quiera dar carnaza a sus adversarios, que inmediatamente se lanzarían en tromba a criminalizar a los que quieren "privatizar la sanidad y la educación". Es absurdo reclamar a ningún partido político que se haga el harakiri. Primero la población debe cambiar de mentalidad, y no es realista, ni de hecho congruente con los principios liberales, que ésa sea la tarea exclusiva de un partido.

En líneas generales, las propuestas del Partido Popular son juiciosas, y no hay duda que si se aplicaran en los términos expuestos, no sólo permitirían superar la crisis, sino a medio plazo volver a situar a España en la senda de la prosperidad. Por ello, nada es más necesario en estos momentos que un adelanto electoral.

Para terminar, y aunque podría parecer un ejercicio de crueldad, veamos las propuestas de la oposición de izquierdas al gobierno, concretamente las expuestas por José Luis Centella, el secretario general del Partido Comunista. En un artículo en Público, tras una serie de delirantes consideraciones contra "la explotación y el colonialismo", plantea cosas como conseguir el "pleno empleo" mediante el sector público, mayor gasto en "políticas sociales", crear una banca pública, la planificación de la economía, un aumento de los impuestos a "los grandes capitales", etc. En resumen, medidas similares a las que están llevando a Venezuela por el camino imparable del progreso.

Ciertamente, no se puede esperar gran cosa de un personaje que se dirige por carta al "Estimado Compañero Fidel Castro" para felicitarle por su cumpleaños, con afirmaciones como "...la referencia política y personal de Fidel Castro es indiscutible... la revolución cubana con la que nos sentimos plenamente identificados... las muchas aportaciones que todavía tienes que realizar a la causa del antiimperialismo...", etc. No se pierdan la carta, les puede deparar momentos inolvidables.

jueves, 4 de marzo de 2010

El pensador de izquierdas Willy Toledo

Las declaraciones del actor Willy Toledo sobre el disidente cubano Orlando Zapata, encarcelado y torturado por el régimen castrista, y fallecido como consecuencia de una huelga de hambre, han despertado una generalizada indignación. Decir que Orlando Zapata “no era más que un delincuente común” suena exactamente a lo que es: Ponerse del lado de una dictadura sanguinaria. Sin embargo, lo realmente notable ha venido dos días después, cuando Toledo ha tratado de explicarse en una entrevista que le ha realizado Luis Herrero en esRadio. Acorralado por el periodista, al actor no le ha quedado más remedio que reconocer formalmente que en Cuba se violan los derechos humanos, “pero”... Este pero es crucial, porque ejemplifica el argumento fundamental de la izquierda. Dice Toledo: “Hay cosas terribles en Cuba, pero hay cosas terribles en todos los países, incluidos los más democráticos.” Y a continuación se ha referido a la pena de muerte en Estados Unidos, Guantánamo, la guerra de Iraq (donde “han asesinado a cientos de miles de inocentes”) y la de Afganistán.

Cuando al filósofo nazi Martin Heidegger le preguntaban, incluso años después de la guerra, por su posición ante los crímenes del nazismo, siempre se remitía a los bombardeos de los aliados, que ciertamente causaron miles de muertos entre la población civil. Es exactamente el mismo argumento que en una entrevista más reciente utilizó Heribert Barrera, antiguo presidente de Esquerra Republicana, para relativizar los asesinatos de ETA. En efecto, la única manera de defender unas ideologías causantes de millones de muertos, como son el nazismo o el comunismo, es sostener que el capitalismo y la democracia parlamentaria también –o incluso más.

Este argumento sólo se emplea en su forma más nítida, como digo, cuando no hay más remedio. Lo normal es que la izquierda olvide los crímenes cometidos en nombre del socialismo y la revolución (cuando no los niega cínicamente, como hacen los Castro), y se cebe en los reales o supuestos cometidos por sus adversarios. Si cae un disidente cubano, resulta que no hay que exagerar tanto por un mero delincuente común; mientras que la ejecución en Texas de un violador asesino desata la mayor indignación.

En ocasiones, sin embargo, como en la entrevista mencionada, el izquierdista no puede evitar reconocer los crímenes del socialismo, y es entonces cuando se muestra en toda su pureza la función propagandística de la guerra de Iraq, los niños que mueren de hambre en el mundo y los desastres ecológicos generados por el supuesto cambio climático. Todos estos muertos, tanto los reales como los inventados, contribuyen a nivelar la balanza y a disculpar, relativizar, hacer comprensibles y hasta razonables los crímenes cometidos en nombre de las utopías, y por tanto a reanudar los intentos de prestigiarlas.

Basta con omitir –pequeño detalle– que esos desastres (la parte que es verdadera) han sido causados por ideologías totalitarias que constituyen la perfecta antítesis de las democracias liberales, llámense marxismo, islamismo o baasismo. Es un método grosero, sin duda, pero no se necesita mucho más para desorientar a miles, a millones de incautos, que siguen votando izquierda porque se alimentan de esta bazofia conceptual. A la vista está que no hace falta ser Heidegger para administrarla.

viernes, 1 de enero de 2010

La última novela de Muñoz Molina

La última novela de Muñoz Molina, La noche de los tiempos, ha sido saludada como una gran obra literaria, y al mismo tiempo como un intento de aproximación a la guerra civil alejado de sectarismos. Debo decir que el texto, pese a sus cerca de mil páginas, se deja leer con suma facilidad. La pericia del autor es incontestable, y el estudio de su prosa merece absolutamente ser incluido en las lecciones de literatura contemporánea del bachillerato, o como se llame ahora.

Sin embargo, no creo que nos hallemos ante un clásico. Cuando uno cierra el libro, no tiene la sensación de haber estado absorbido por esa novela "total" a la que se refiere la reseña de La Razón, sino una más discreta, aunque perfectamente digna. Muñoz Molina nos narra con maestría la peripecia de dos amantes en la España de 1936, y además lo hace demostrando que puede cautivar el interés del lector durante novecientas cincuenta y ocho páginas. No es poco, pero que nadie espere un fresco histórico denso y complejo, ni una populosa galería de personajes y de tramas secundarias, como el que podría haber ofrecido una obra de similar extensión. El argumento es bastante sencillo, los personajes secundarios, pocos y no excesivamente desarrollados. Los propios protagonistas, Ignacio Abel y Judith Biely, en los cuales por supuesto se profundiza mucho más, carecen, a mi modo de ver, del aliento de las grandes figuras literarias.

En cuanto al tratamiento de la guerra civil, Muñoz Molina se sitúa en algún punto intermedio entre lo que he llamado Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), y la actitud liberal, que no simpatiza con ninguno de los dos bandos. La primera puede sintetizarse en dos premisas:
  • La premisa legalista, según la cual, en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas.
  • La premisa relativista, según la cual, la violencia en la zona republicana sólo puede juzgarse comparándola con la de la zona franquista (más sistemática, intensa y duradera) y no puede achacarse a las autoridades del Frente Popular, sino a "incontrolados" que actuaron sólo en los primeros meses, algo muy distinto del carácter de la represión en el bando nacional.
Podemos decir que, al igual que en el libro de Toni Orensanz a propósito del cual formulé la VPEGC, Muñoz Molina ya no comulga plenamente con la segunda premisa (dejando de lado ciertos tics), pero sigue aferrándose a la primera, es decir, a la idea de que la responsabilidad de la guerra civil recae ante todo en los militares sublevados, y por tanto la violencia de las izquierdas, aunque injustificable y despojada de todo brillo propagandístico, sigue siendo consecuencia de la violencia de las derechas, incurablemente malignas.

El intento de refutación de la premisa legalista más serio que ha habido hasta ahora lo constituyen los libros de Pío Moa, empezando por su fundamental Los orígenes de la Guerra Civil Española. Existían multitud de obras y estudios que nos mostraban la verdadera naturaleza del bando frentepopulista (mal llamado "republicano"), pero nadie había discutido (con argumentos no propagandísticos) la idea de que la guerra civil empezó por un golpe de Estado fallido en 1936. Moa, como es sabido, sitúa el origen de la guerra dos años antes, en el golpe de Estado fallido del 34: Es decir, que fue la izquierda quien la provocó. Desgraciadamente, la tesis de Moa no ha sido objeto apenas de un verdadero debate intelectual, porque el establishment académico ha optado por el ostracismo y se ha limitado a etiquetarla de revisionismo neofranquista.

Así pues, en realidad la postura de Muñoz Molina dista de aportar nada nuevo, porque sigue en la estela de la historiografía "progresista", empeñada en ignorar las recientes aproximaciones que no encajan con la VPEGC, al menos con su primera premisa, de la que la segunda es en realidad sólo un corolario. El protagonista no deja de ser un buen socialista, con carnet del PSOE y la UGT, una especie de modelo de sensatez liberal, cercano al besteirismo, que permite salvar la cara de la izquierda, aún a costa de la verosimilitud literaria. Algunos diálogos, por su lucidez alejada de los extremismos de la época, resultan demasiado ideales, demasiado perfectos, como si se tratara de dejar bien clara en el lector la correcta interpretación de la posición del autor, que no pretende romper con el progresismo estándar.

Con todo, hay que decir que La noche de los tiempos debería desconcertar a mucho lector progre, por los diversos pasajes en los cuales se identifica sin ambages al comunismo y al fascismo, dos formas simétricas de totalitarismo; por condenar por igual a quienes defendían la supremacía racial y a quienes abogaban por la dictadura del proletariado; por el retrato exento de la menor simpatía hacia personajes como Bergamín, o Alberti, con "toda su banda de poetas con monos azules bien planchados"; por personajes como Rossman, huido de los nazis, de los soviéticos, y en España asesinado por los rojos. (La palabra "rojo", que a alguno sonará mal, ¿no la ha vuelto a reivindicar Zapatero?). Por enunciar, mira por dónde, lo que el gran ensayista Jean-François Revel desarrolló en sus libros más importantes, que le valieron recibir de manos de Aznar la Gran Cruz de Isabel la Católica: Que el comunismo merece idéntica condena que el fascismo.

Muñoz Molina, por cierto, es uno de los académicos que se ha mostrado claramente favorable a la propuesta de incluir el término totalitario en la entrada "comunismo" del diccionario. Me parece muy encomiable, pero en cambio veo completamente absurda su propuesta de una comisión parlamentaria de historiadores que fije una especie de versión oficial sobre la guerra civil alejada de maniqueísmos. Celebrar concilios para adaptar la Iglesia Progresista a los tiempos puede ser una forma eficaz de que los fieles no acaben desertando, pero creo que esa no es la función de la ciencia. Ni tampoco, ya que estamos, de la literatura.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Llamemos burradas a las burradas

Julio Anguita es uno de esos políticos que suscita simpatía entre gente de ideas incluso opuestas a las suyas. No es mi caso. Que los fanáticos sean personas moralmente intachables no es algo tan sorprendente; de hecho, suele ser ser la norma. Pero como decía Cioran, en su inolvidable Breviario de podredumbre:

"Si se pusiera en un platillo de la balanza el mal que los 'puros' han derramado sobre el mundo y en el otro el mal proveniente de los hombres sin principios y sin escrúpulos, es el primer platillo el que inclinaría la balanza. En el espíritu que la propone, toda fórmula de salvación erige una guillotina..."

Julio Anguita, en la medida en que ejerció una oposición insobornable al felipismo, hizo sin duda más bien que mal, pero si hubiera llegado a tener un poder superior al de alcalde, ¡pobres de nosotros!

Este fin de semana he escuchado la entrevista (partes I y II) que le ha realizado Luis del Pino en esRadio. Aunque han hablado de diversos temas, en mi opinión, algunas de las burradas que ha dicho el señor Anguita son de tal calibre que lo demás resulta secundario. Ha dicho por ejemplo, que el fundamentalismo islámico tiene su origen en el subdesarrollo. O sea, que la financiación de los dos mayores productores de petróleo de Oriente Medio, Arabia Saudí e Irán, no tiene nada que ver. Y Bin Laden era un pastorcillo, vamos.

Más delirante ha sido cuando se ha referido, interrogado por Luis del Pino, al muro de Berlín. Después de soltar la rutinaria estupidez de compararlo con el muro de Palestina (construido para proteger a los ciudadanos de los terroristas suicidas, no para evitar que huyan, leve diferencia), ha llegado a sugerir que el problema no era el comunismo, sino que la clase política del Este estaba corrompida y sobornada por Occidente. Vamos, ¡le ha faltado un pelo para decir que el muro lo erigió el capitalismo!

Por último, al final de la entrevista se ha referido a la próxima cita internacional de Copenhague sobre el cambio climático, y ha profetizado la extinción de la especie humana si no se toman medidas, tema en el que, asegura, está trabajando ahora. Nada, que este hombre está empeñado en salvarnos como sea. Como Robespierre, Lenin y otros salvadores ilustres de los últimos dos siglos y pico. Lo único que me tranquiliza es que ya está un poco mayor para poner en práctica tan nobles ideales.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Mi último artículo en Semanario Atlántico

La izquierda es experta en centrar el debate en la disyuntiva entre modernidad y tradición, pintando a esta última como el origen de todos los males. Sin embargo, los totalitarismos del siglo XX, que convirtieron en un infierno vastas regiones del planeta, deben cargarse, a todas luces, en la cuenta de la tan sobrevalorada modernidad. Y lo mismo podemos decir de la última ideología con pretensiones de dominio universal, el islamismo, aunque superficialmente parezca una mera forma de reacción. De ello hablo en mi artículo Comunismo, nazismo, islamismo, publicado en Semanario Atlántico.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Yo también he firmado

Aunque pueda dudarse de la efectividad práctica de este tipo de iniciativas, no sería admisible que no existiera una condena formal del comunismo. De ahí que la Declaración de Praga sobre la Consciencia Europea y el Comunismo merezca ser apoyada por cuanta más gente mejor.

Mientras un premio Nobel de Literatura siga declarándose orgullosamente comunista, y sólo unos pocos reaccionen con la misma indignación que si se hubiera declarado nacional-socialista, la sociedad europea seguirá siendo una sociedad enferma, seguirá demostrando (y esto vale especialmente para España, setenta años después de la guerra civil) no haber entendido nada, a pesar de todas las catástrofes del siglo XX.

Vía: Martha Colmenares.

Facebook: Cause

domingo, 20 de septiembre de 2009

El neoliberalismo amenaza al paraíso cubano

Desde que Lenin implantara la NEP en los tempranos años veinte, otros regímenes comunistas han ensayado reformas liberalizadoras temporales y limitadas, para evitar la ruina total a que conduce inexorablemente la economía planificada. Generalmente, estos periodos van acompañados o seguidos de un notable incremento de la represión, con el fin de evitar que las reformas "degeneren" en más reivindicaciones de democracia y libertades políticas.

Cuba, después de cincuenta años de dictadura comunista, es un país más pobre y atrasado que en tiempos de Batista. Aunque por supuesto la regencia de Raúl Castro sigue manipulando los datos estadísticos para ocultar esta realidad, parece que no le queda otro remedio que adoptar algunas tímidas medidas liberalizadoras.

Un reportaje de El Mundo titulado "Cuba dice adiós al paternalismo" habla este domingo de ello. Pero me ha llamado más la atención el tratamiento del tema que este mismo. Según el corresponsal de La Habana, las nuevas reformas inquietan a los cubanos, "poco acostumbrados a la rudeza de las reglas económicas." Me pregunto si en cambio se sienten más a gusto con la rudeza de los policías o los mamporreros de los Comités de Defensa de la Revolución, que pueden efectuar registros domiciliarios a su capricho, y confiscarle a cualquiera un humilde electrodoméstico adquirido con grandes esfuerzos, por contravenir las normas revolucionarias. Por poner sólo un ejemplo entre centenares de la mezquina y constante opresión cotidiana que se vive en la isla caribeña.

Más adelante el corresponsal añade que se recortarán incluso prestaciones sociales en educación y sanidad, como si hubiera realmente mucho que recortar. Si ahora los cubanos que ingresan en un hospital han de llevarse incluso la comida o las sábanas de casa, y en las farmacias no se encuentra algo tan simple como ibuprofeno para atajar la fiebre de un niño, ya me contarán qué demonios tienen que perder los usuarios del fantástico sistema sanitario cubano.

El acabóse es ya el recuadrito que acompaña el cuerpo del texto, con el epígrafe "Aumenta la desigualdad". Dice que "se ha formado en el país una élite que destaca por su estilo de vida y su poder adquisitivo." Menudo notición. ¿No se referirá a los cargos medios y altos del Partido Comunista, por casualidad?

Bueno, al menos el reportaje no lo han titulado "El neoliberalismo amenaza al paraíso cubano". Algo es algo.

martes, 7 de octubre de 2008

Utilidad de los neonazis

Este 12 de octubre hay convocada una manifestación del partido neonazi Alianza Nacional en Tarragona. El adjetivo neonazi es absolutamente preciso: Se trata de una organización que defiende postulados explícitamente nacional-socialistas y que mantiene contactos con otras formaciones similares de todo el mundo.

Como réplica a esta convocatoria (que no sabemos si será autorizada) se anuncia otra el mismo día, en otro punto de la ciudad, promovida por grupos presumiblemente de izquierda o extrema izquierda, antisistema e independentistas.

Es curioso que las movilizaciones antifascistas prácticamente estén monopolizadas por grupos cuya ideología contiene en realidad muchos puntos en común con el fascismo, y no digo nada exagerado. Alianza Nacional se presenta formalmente como un partido nacionalista europeo, español... y socialista. Declara estar en contra, según puede leerse en su web, de "la asfixiante tenaza del sistema liberal capitalista que obliga a los ciudadanos a hipotecar su vida para asegurarse incluso el ejercicio de sus derechos fundamentales, como el de una vivienda digna." No me negarán que esta frase podría haberla pronunciado cualquier ministro del actual gobierno del PSOE, sustituyendo quizás lo de "sistema liberal capitalista" por "liberalismo salvaje" o alguna coletilla similar. Alianza Nacional, en fin, acude a las manifestaciones del 1 de Mayo con eslóganes como "NO al despido libre, a la precariedad laboral, a la mano de obra barata, a las ETTs", que podría firmar igualmente cualquier partido de los autodenominados "progresistas".

El verdadero enemigo de la extrema derecha no es, como se deduce de lo anterior, la extrema izquierda, sino el liberalismo. La diferencia entre el extremismo de derechas y el de izquierdas es que el primero suele ser más coherente y sincero que el segundo: Se proclama abiertamente contrario a la democracia y a la libertad individual, mientras que el segundo las defiende retóricamente, al mismo tiempo que apoya el régimen de Castro y promueve una interpretación de la historia en la cual los crímenes comunistas son "desviaciones" lamentables de la verdadera doctrina, es decir, se reducen a la categoría de anécdotas. (¿Qué pensaríamos de alguien que, reconociendo los "excesos" de Hitler, pretendiera salvar la "verdadera esencia" del nacional-socialismo?)

¿Por qué entonces ese afán de la izquierda por mostrarse más antifascista que nadie? Existe más de un motivo. Uno es sociológico. En contra de lo que se afirma en ocasiones -que la consolidación de la extrema derecha en España perjudicaría al PP- lo cierto es que es mucho más fácil que sean los desengañados de la izquierda los que se pasen a la ultraderecha que no las personas de mentalidad conservadora. Por tanto, la extrema derecha y la extrema izquierda se están disputando la misma clase de votantes.

Sin embargo, la razón más profunda creo que es otra. La expuso con su proverbial clarividencia Jean-François Revel en La gran mascarada. No hay mejor modo de disfrazar las propias tendencias totalitarias que mostrar una gran indignación moral frente al totalitarismo más explícito de neonazis y fascistas. Incluso la izquierda moderada se siente incómoda con la rememoración de las atrocidades y desastres provocados por el marxismo allí donde se instauró como ideología del Estado o se infiltró de manera considerable. Por ello está especialmente interesada en mantener siempre presentes los crímenes de Franco o de Pinochet, con todo tipo de actos, publicaciones, exhumación de cadáveres, etc, porque de esta forma apenas queda tiempo suficiente para recordar también los crímenes de Stalin o Castro. Eso cuando no se justifican genéricamente los últimos aduciendo los primeros. El resultado es una visión de la historia en la que el Mal siempre ha procedido básicamente de la derecha, y por tanto es inevitable percibir las posiciones más a la izquierda del espectro político como moralmente superiores al conservadurismo, y que todo el que no comulgue con el progresismo estándar caiga bajo sospecha.

Se comprende que a fin de mantener esta construcción propagandística con todo su vigor, es muy conveniente que el fascismo no muera nunca del todo, que siga pareciendo una amenaza real. De ahí la inestimable utilidad de los neonazis para la izquierda.

martes, 29 de julio de 2008

Fines sociales

Me parece muy respetable, faltaría más, que haya quien no quiera marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta.

Personalmente, la que no he marcado nunca es la de "fines sociales", sencillamente porque desconozco qué parte de mis impuestos irá a parar a grupos terroristas, a través de ONGs que encubren sus verdaderas actividades con hipócritas palabras como "paz", "solidaridad" o "derechos humanos".

El pasado sábado fue detenida en Madrid una ciudadana española, acusada de colaboración con las FARC colombianas. Esta persona había trabajado en una ONG llamada OSPAAAL (Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina). Una elemental indagación en Internet nos permite descubrir que tras las declaraciones de "promoción de la paz y de los derechos humanos entre los pueblos", se ampara una organización comunista cubana que apoya (ideológicamente, como mínimo) a diversos movimientos extremistas, antiliberales y antioccidentales de todo el mundo.

La administración socialista subvencionó a OSPAAAL, entre el 2006 y el 2007, con cerca de 40.000 euros. Años antes, en 1998, el Ayuntamiento de Valencia también aportó unos 20.000 euros a esa organización "no" gubernamental (nacida en un país donde todo es del gobierno, y financiada por gobiernos). Me gustaría saber realmente cuánto dinero recaban en conjunto este tipo de tapaderas. Mientras tanto, ya digo, ni borracho marco la casilla de fines sociales.