El último estudio de la Obra Social "la Caixa", titulado Inmigración y Estado de bienestar en España, afirma que la contribución económica de los inmigrantes al Estado de bienestar es positiva, en contra de lo que sostienen los discursos políticos de "extrema derecha". El informe defiende además que se incrementen los esfuerzos para disminuir las desigualdades entre inmigrantes y autóctonos. (Puede descargarse en pdf aquí.)
Este tipo de estudios, pese a su estilo académico, están viciados por ciertos supuestos políticamente correctos, lo que determina las conclusiones a las que llegan. En este caso, hay dos premisas ideológicas de partida:
(1) El bienestar es un derecho humano. Por tanto, es inadmisible negar las prestaciones sociales a nadie por razones de nacionalidad o de otro tipo.
(2) La identidad cultural de los inmigrantes no puede ser por sí misma problemática. Los conflictos proceden de la desconfianza o la xenofobia de los autóctonos.
Estos apriorismos se traducen a su vez en una serie de opciones metodológicas, entre las que podemos enumerar las siguientes:
(a) Se considera la inmigración en su conjunto, cuando es obvio que no es lo mismo un inmigrante comunitario que un albanés o un magrebí. Así, por ejemplo, sin entrar en otras cuestiones de tipo cultural, la tasa de paro entre estos últimos se halla en torno al 50 %, por lo cual difícilmente se puede decir que la contribución de los magrebíes a las finanzas públicas sea positiva, aunque lo sea la de los extranjeros globalmente.
(b) Se tiende a considerar la inmigración en un período de tiempo relativamente breve, sin tener suficientemente en cuenta que los inmigrantes envejecen, lo cual supone un incremento de los costes sanitarios y de pensiones. Y también que los inmigrantes suelen ser los más afectados por el desempleo en los períodos de crisis económica. Habría que evaluar -aunque lógicamente es mucho más difícil- el coste de un inmigrante a lo largo de todo el tiempo que permanezca entre nosotros, y no solo cuando es joven, sano y la economía crece a buen ritmo.
(c) También se tiende a considerar el impacto migratorio en todo el territorio nacional, cuando muchos problemas provienen precisamente de que su distribución no es uniforme, y se concentra en determinadas zonas urbanas. Un ejemplo de ello son las Rentas Mínimas de Inserción. En el conjunto de España, el 11,2 % de los beneficiados son extranjeros, levemente inferior a su proporción en la población total, que es el 12,16 %. Sin embargo, cuando lo analizamos por comunidades, resulta que en Cataluña, por ejemplo, el 33,6 % de estas rentas no contributivas las reciben extranjeros, pese a que solo suponen el 15,9 % de la población en esta región: Un extranjero tiene más del doble de posibilidades de obtener una RMI que un nativo. Imaginemos ahora los resultados para determinadas nacionalidades (magrebíes, rumanos, etc) y para determinados municipios (Badalona, Salt, etc.).
(d) En el estudio, pese a la profusión de estadísticas utilizadas, no se alude ni remotamente a la relación entre delincuencia e inmigración (o mejor dicho, determinadas nacionalidades de inmigrantes), lo cual sería suficientemente pertinente en un estudio sobre costes públicos.
La percepción de mucha gente de que algunos inmigrantes obtienen más (en forma de prestaciones sociales, muchas de ellas no contributivas) de lo que aportan, no es necesariamente infundada, sobre todo en ámbitos locales concretos. Es fácil ridiculizar tales percepciones, aunque sea implícitamente, aludiendo a encuestas que relacionan los sentimientos contrarios a la inmigración con el bajo nivel educativo. Pero para ser serios, no debemos olvidar que las personas con mayor formación suelen también residir en zonas urbanas menos afectadas por el fenómeno migratorio, lo cual les permite juzgarlo desde cómodas atalayas moralistas. Informes como el de "la Caixa" -al menos los resúmenes de prensa- no hacen más que halagar a quienes se creen más educados, reforzando el prejuicio de que el problema de origen es la xenofobia y el racismo de gente inculta y manipulada, y no las irreales expectativas alimentadas por la socialdemocracia y el multiculturalismo; una mezcla explosiva que podría acabar llevándose a Europa por delante, tal como la conocemos.
Mostrando entradas con la etiqueta Inmigración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inmigración. Mostrar todas las entradas
sábado, 7 de mayo de 2011
La corrección política de "la Caixa"
viernes, 8 de octubre de 2010
Anglada no es Wilders [ACTUALIZADO]
Una cosa es que podamos estar de acuerdo con algunas afirmaciones sobre el islam del líder de Plataforma por Cataluña, Josep Anglada, y otra muy distinta, que tengamos que tragarnos el resto de su mensaje antiliberal por ello. Por si alguien no sabe de qué va el asunto, aquí transcribo unos extractos del programa de PxC, que se puede consultar en su web:
"El despotismo liberal del mercado supone que todo puede ser objeto de explotación, sin límites, y que el sentido de la vida se resume en acumular bienes de consumo de todo tipo. Igualmente, es evidente que este proyecto materialista está destinado al fracaso, porque los recursos del planeta son limitados y la vida tal como la conocemos tendrá que cambiar, queramos o no.
Los políticos tradicionales, atados de pies y manos a los poderes económicos, no pueden parar este tren del consumo que avanza a tumba abierta hacia la nada. El problema ecológico demuestra la diferencia radical entre consumismo y estado del bienestar. O paramos el consumo descontrolado o terminaremos con el bienestar, un concepto complejo que también abarca la vida espiritual del hombre y resulta inseparable de la naturaleza.
El imperio liberal del mercado de trabajo, con contratos inestables y precarios, imposibilita el acceso a la vivienda de muchos jóvenes que tan solo aspiran a formar una familia y educar a sus hijos. (...)
Por tanto, es el propio liberalismo económico el que fomenta la incapacidad de fundar familias y el consecuente descenso del índice de natalidad, que después se compensa con la importación de inmigrantes."
Se trata obviamente de un discurso típicamente falangista, es decir, fascista (el ingrediente ecológico es muy característico), que demuestra que, en realidad, Anglada no se ha movido de donde estaba, cuando era el hombre de Blas Piñar en Cataluña.
Y de manera incidental, se demuestra también que, definitivamente, Enrique de Diego ha perdido el norte, al juntarse con personajes como Anglada.
Dejemos por ahora de lado el tratamiento de la noticia a que se presta El Mundo, siempre queriendo ser más políticamente correcto que El País. Lo cierto es que, por una vez, la corrección política imperante acierta cuando tacha a Josep Anglada de ultraderechista, pero como suele suceder, lo hace por las razones estrictamente equivocadas. El seudoprogresismo rechaza lo que llama islamofobia, que es precisamente la única parte del discurso de PxC aprovechable, con las matizaciones pertinentes. Pero es incapaz de reconocer el núcleo antiliberal de su ideario, porque el socialismo de derechas es un espejo demasiado incómodo para el socialismo de izquierdas más o menos implícito.
Un Geert Wilders, que condena la expansión del islam en Holanda desde principios inequívocamente liberales, es lo más opuesto que se pueda concebir, hasta donde sabemos, a un Josep Anglada, que denuncia la inmigración a partir del populismo más desvergonzado, recurriendo a la falacia de que los extranjeros roban puestos de trabajo a los autóctonos, aunque incidentalmente también enuncie algunas verdades. Cuando desde determinados discursos (tanto de izquierda colectivista como libertarios) se los mete en el mismo saco, se incurre en la misma burda maniobra del seudoprogresismo, que clasifica dentro de la derecha extrema a Esperanza Aguirre y a José María Aznar. Y esta confusión sólo beneficia, como siempre, a los antiliberales de todos los partidos.
"El despotismo liberal del mercado supone que todo puede ser objeto de explotación, sin límites, y que el sentido de la vida se resume en acumular bienes de consumo de todo tipo. Igualmente, es evidente que este proyecto materialista está destinado al fracaso, porque los recursos del planeta son limitados y la vida tal como la conocemos tendrá que cambiar, queramos o no.
Los políticos tradicionales, atados de pies y manos a los poderes económicos, no pueden parar este tren del consumo que avanza a tumba abierta hacia la nada. El problema ecológico demuestra la diferencia radical entre consumismo y estado del bienestar. O paramos el consumo descontrolado o terminaremos con el bienestar, un concepto complejo que también abarca la vida espiritual del hombre y resulta inseparable de la naturaleza.
El imperio liberal del mercado de trabajo, con contratos inestables y precarios, imposibilita el acceso a la vivienda de muchos jóvenes que tan solo aspiran a formar una familia y educar a sus hijos. (...)
Por tanto, es el propio liberalismo económico el que fomenta la incapacidad de fundar familias y el consecuente descenso del índice de natalidad, que después se compensa con la importación de inmigrantes."
Se trata obviamente de un discurso típicamente falangista, es decir, fascista (el ingrediente ecológico es muy característico), que demuestra que, en realidad, Anglada no se ha movido de donde estaba, cuando era el hombre de Blas Piñar en Cataluña.
Y de manera incidental, se demuestra también que, definitivamente, Enrique de Diego ha perdido el norte, al juntarse con personajes como Anglada.
Dejemos por ahora de lado el tratamiento de la noticia a que se presta El Mundo, siempre queriendo ser más políticamente correcto que El País. Lo cierto es que, por una vez, la corrección política imperante acierta cuando tacha a Josep Anglada de ultraderechista, pero como suele suceder, lo hace por las razones estrictamente equivocadas. El seudoprogresismo rechaza lo que llama islamofobia, que es precisamente la única parte del discurso de PxC aprovechable, con las matizaciones pertinentes. Pero es incapaz de reconocer el núcleo antiliberal de su ideario, porque el socialismo de derechas es un espejo demasiado incómodo para el socialismo de izquierdas más o menos implícito.
Un Geert Wilders, que condena la expansión del islam en Holanda desde principios inequívocamente liberales, es lo más opuesto que se pueda concebir, hasta donde sabemos, a un Josep Anglada, que denuncia la inmigración a partir del populismo más desvergonzado, recurriendo a la falacia de que los extranjeros roban puestos de trabajo a los autóctonos, aunque incidentalmente también enuncie algunas verdades. Cuando desde determinados discursos (tanto de izquierda colectivista como libertarios) se los mete en el mismo saco, se incurre en la misma burda maniobra del seudoprogresismo, que clasifica dentro de la derecha extrema a Esperanza Aguirre y a José María Aznar. Y esta confusión sólo beneficia, como siempre, a los antiliberales de todos los partidos.
[ACTUALIZACIÓN 10-10-10: Un criterio sencillo para confirmar o descartar el cargo de ultraderechista es la actitud ante Estados Unidos e Israel. Geert Wilders ha hecho encendidos elogios de los EE.UU. y ha mostrado su apoyo más explícito a Israel. Tanto el fascismo como el neofascismo se caracterizan en cambio por un antiamericanismo y antisemitismo virulentos, al igual que la extrema izquierda. No conozco declaraciones explícitas de Anglada al respecto, pero en su último libro (que no he leído) cita a Benoist y la Nouvelle Droite, que son furibundamente antiamericanos, aunque es verdad que también cita a Hayek, e incorpora el liberalismo como un ingrediente más de su ideología, que denomina "populismo identitario". Está claro que Anglada no tiene un pelo de tonto, pero por eso mismo es difícil saber qué piensa realmente, y más con el precedente de un vídeo ya antiguo de TV3, en el que sin saber que estaba siendo filmado con cámara oculta, confesaba su simpatía por Ynestrillas y sujetos similares, y admitía que no le convenía manifestarla. Véase extracto del libro. ACTUALIZACIÓN 30-12-10: Enrique de Diego se ha caído del guindo. Y de paso, sus palabras confirman que PxC tiene un núcleo inequívocamente fascista, y puede que incluso neonazi.]
Etiquetas:
Geert Wilders,
Inmigración,
Islam,
Liberalismo,
Socialismo
domingo, 26 de septiembre de 2010
Contra los okupas, sean gitanos o niños bien
Cuando yo tenía doce o trece años vivía en Barcelona, en el barrio del Valle Hebrón, a los pies del Tibidabo. Un día, al asomarme al balcón, mi familia y yo descubrimos que en el descampado próximo habían acampado unos gitanos. No penséis en autocaravanas ni tiendas de campaña: Eran sólo unos cuantos Mercedes, turismos grandes. Las necesidades, evidentemente, las hacían al aire libre, y los ruidos y la suciedad no faltaban. Al parecer, se habían instalado allí provisionalmente para estar cerca de un familiar, ingresado en el hospital cercano, y al cabo de un tiempo (no recuerdo si fueron semanas o meses) se fueron tal como habían venido.
Para ser sincero, no supe que estos gitanos crearan ningún problema de importancia. Pero es obvio que por razones higiénicas y de convivencia, el vecindario no habría visto con buenos ojos que la situación se hubiera prolongado.
Viene esto a cuento, como habréis imaginado, por el caso de la expulsión de gitanos rumanos acampados ilegalmente en Francia. Me llama la atención que, como suele suceder en estos casos, algunos liberales hayan acusado a Sarkozy de atizar el populismo xenófobo, o cuando menos de "querer captar votos derechistas exhibiendo una imagen de mano dura". (Albert Esplugas en LD.)
Siempre pienso que los juicios de intenciones, incluso si son acertados, no aportan nada a la argumentación. A fin de cuentas, también podríamos decir, de un político que tomara una medida irreprochablemente liberal, que espera con ello conseguir más votos, y no por ello esa medida debería parecernos mal. De donde se deduce que las motivaciones psicológicas, en el contexto político, nos deberían resultar indiferentes; lo que nos habría de importar es la naturaleza de los actos. Análogamente, no nos preocupa que el camarero nos sirva simplemente para ganarse el sueldo, mientras nos sirva bien.
Bien es verdad que Esplugas no se limita a recelar de las motivaciones de Sarkozy, sino que expone argumentos para desaprobar sus medidas contra los campamentos gitanos. En primer lugar, afirma algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, que para enjuiciar una medida política, no basta con que ésta sea acorde con la legalidad positiva, pues según esto, lapidar mujeres adúlteras en Irán no sería criticable, dado que está avalado por las leyes del régimen teocrático persa. Existen, pues, unos principios éticos previos al derecho positivo, en los cuales debe basarse toda legislación liberal. Sobre cómo conocemos esos principios éticos, ahí discrepo seguramente de Esplugas, que por lo que sé, piensa que los podemos conocer racionalmente, a priori, mientras que yo en esto soy empirista. Es decir, distingo entre la tesis metafísica según la cual existen un bien y un mal objetivos (a la que soy favorable), y la epistemológica según la cual podemos conocerlos de manera absoluta, por un medio distinto de la experiencia (lo cual creo que es formalmente imposible). Pero no voy a entrar ahora en el debate filosófico, ya lo he hecho otras veces.
Lo que me interesa es el razonamiento concreto de Esplugas para oponerse a la expulsión de rumanos gitanos sin papeles. Viene a decir, en la terminología de los "delitos sin víctimas", que no hay nada de malo en "la ocupación de un terreno comunal deshabitado y de titularidad pública". Sospecho que a Esplugas nunca le han acampado un grupo de gitanos, o de la etnia que sea, al lado de su casa. Es muy fácil teorizar sobre la inocuidad de prácticas que nunca te han afectado directamente, pero antes de perorar sobre la libertad, la ética y una utopía sin coacción estatal, valdría la pena tratar de empaparse más sobre los detalles de cada caso concreto.
Lo que sabemos es que el pasado julio, un grupo de unos cincuenta gitanos armados con barras de hierro y hachas, en represalia por la muerte de uno de ellos (que al parecer se había saltado bruscamente un control policial) causaron daños contra propiedades públicas y privadas, talaron varios árboles, quemaron coches y saquearon una panadería de la pequeña localidad de Saint-Aignan. Por supuesto, esto no significa necesariamente que todos los campamentos gitanos sean focos de delincuencia y de disturbios. Pero sin llegar a estos extremos, cabe imaginar perfectamente las molestias que origina un asentamiento nómada, que no cumple las mínimas condiciones de urbanización, en las áreas habitadas adyacentes. ¿Por qué las normas que obligarían a cualquier ciudadano, no habrían de aplicarse a los de etnia gitana?
Es evidente, y Esplugas mismo lo reconoce en su artículo, que aquí no se trata de un problema de racismo, sino de mero orden público. Quienes hablan como liberales hacen un flaco favor a su ideario cuando arguyen que ser consecuentemente liberal implica no poder reclamar la protección policial ante conductas incívicas, porque eso supuestamente sería atentar contra la libertad individual. Yo en cambio creo exactamente lo contrario, que desgraciadamente, en el mundo real seguimos necesitando a la policía para garantizar la libertad. Y por supuesto, en este mundo real, no hay garantías absolutas, porque a veces los policías también delinquen. Pero a ningún liberal se le ocurriría decir que debe abolirse el capitalismo porque hay empresarios que defraudan al público y explotan a los trabajadores.
En general, tiendo a recelar de los argumentos del tipo "esto no hace daño a nadie". Quienes se solidarizan con los okupas suelen esgrimir esta retórica sentimentaloide, del estilo de "estos chicos son muy majos, y organizan actividades culturales..." Pero sería interesante preguntar la opinión de quien tiene que soportar las fiestecitas de estos chicos majos y sortear a la mañana siguiente los vidrios de litronas rotas. Por no hablar de las no menos majas familias que también, si pudieran, vivirían sin pagar la hipoteca o el alquiler, como hacen estos simpáticos okupas. Antes de decir que lo que sea no hace daño a nadie, preguntemos a quienes andan cerca, no sea que nos veamos obligados a rectificar nuestro olímpico punto de vista.
Para ser sincero, no supe que estos gitanos crearan ningún problema de importancia. Pero es obvio que por razones higiénicas y de convivencia, el vecindario no habría visto con buenos ojos que la situación se hubiera prolongado.
Viene esto a cuento, como habréis imaginado, por el caso de la expulsión de gitanos rumanos acampados ilegalmente en Francia. Me llama la atención que, como suele suceder en estos casos, algunos liberales hayan acusado a Sarkozy de atizar el populismo xenófobo, o cuando menos de "querer captar votos derechistas exhibiendo una imagen de mano dura". (Albert Esplugas en LD.)
Siempre pienso que los juicios de intenciones, incluso si son acertados, no aportan nada a la argumentación. A fin de cuentas, también podríamos decir, de un político que tomara una medida irreprochablemente liberal, que espera con ello conseguir más votos, y no por ello esa medida debería parecernos mal. De donde se deduce que las motivaciones psicológicas, en el contexto político, nos deberían resultar indiferentes; lo que nos habría de importar es la naturaleza de los actos. Análogamente, no nos preocupa que el camarero nos sirva simplemente para ganarse el sueldo, mientras nos sirva bien.
Bien es verdad que Esplugas no se limita a recelar de las motivaciones de Sarkozy, sino que expone argumentos para desaprobar sus medidas contra los campamentos gitanos. En primer lugar, afirma algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, que para enjuiciar una medida política, no basta con que ésta sea acorde con la legalidad positiva, pues según esto, lapidar mujeres adúlteras en Irán no sería criticable, dado que está avalado por las leyes del régimen teocrático persa. Existen, pues, unos principios éticos previos al derecho positivo, en los cuales debe basarse toda legislación liberal. Sobre cómo conocemos esos principios éticos, ahí discrepo seguramente de Esplugas, que por lo que sé, piensa que los podemos conocer racionalmente, a priori, mientras que yo en esto soy empirista. Es decir, distingo entre la tesis metafísica según la cual existen un bien y un mal objetivos (a la que soy favorable), y la epistemológica según la cual podemos conocerlos de manera absoluta, por un medio distinto de la experiencia (lo cual creo que es formalmente imposible). Pero no voy a entrar ahora en el debate filosófico, ya lo he hecho otras veces.
Lo que me interesa es el razonamiento concreto de Esplugas para oponerse a la expulsión de rumanos gitanos sin papeles. Viene a decir, en la terminología de los "delitos sin víctimas", que no hay nada de malo en "la ocupación de un terreno comunal deshabitado y de titularidad pública". Sospecho que a Esplugas nunca le han acampado un grupo de gitanos, o de la etnia que sea, al lado de su casa. Es muy fácil teorizar sobre la inocuidad de prácticas que nunca te han afectado directamente, pero antes de perorar sobre la libertad, la ética y una utopía sin coacción estatal, valdría la pena tratar de empaparse más sobre los detalles de cada caso concreto.
Lo que sabemos es que el pasado julio, un grupo de unos cincuenta gitanos armados con barras de hierro y hachas, en represalia por la muerte de uno de ellos (que al parecer se había saltado bruscamente un control policial) causaron daños contra propiedades públicas y privadas, talaron varios árboles, quemaron coches y saquearon una panadería de la pequeña localidad de Saint-Aignan. Por supuesto, esto no significa necesariamente que todos los campamentos gitanos sean focos de delincuencia y de disturbios. Pero sin llegar a estos extremos, cabe imaginar perfectamente las molestias que origina un asentamiento nómada, que no cumple las mínimas condiciones de urbanización, en las áreas habitadas adyacentes. ¿Por qué las normas que obligarían a cualquier ciudadano, no habrían de aplicarse a los de etnia gitana?
Es evidente, y Esplugas mismo lo reconoce en su artículo, que aquí no se trata de un problema de racismo, sino de mero orden público. Quienes hablan como liberales hacen un flaco favor a su ideario cuando arguyen que ser consecuentemente liberal implica no poder reclamar la protección policial ante conductas incívicas, porque eso supuestamente sería atentar contra la libertad individual. Yo en cambio creo exactamente lo contrario, que desgraciadamente, en el mundo real seguimos necesitando a la policía para garantizar la libertad. Y por supuesto, en este mundo real, no hay garantías absolutas, porque a veces los policías también delinquen. Pero a ningún liberal se le ocurriría decir que debe abolirse el capitalismo porque hay empresarios que defraudan al público y explotan a los trabajadores.
En general, tiendo a recelar de los argumentos del tipo "esto no hace daño a nadie". Quienes se solidarizan con los okupas suelen esgrimir esta retórica sentimentaloide, del estilo de "estos chicos son muy majos, y organizan actividades culturales..." Pero sería interesante preguntar la opinión de quien tiene que soportar las fiestecitas de estos chicos majos y sortear a la mañana siguiente los vidrios de litronas rotas. Por no hablar de las no menos majas familias que también, si pudieran, vivirían sin pagar la hipoteca o el alquiler, como hacen estos simpáticos okupas. Antes de decir que lo que sea no hace daño a nadie, preguntemos a quienes andan cerca, no sea que nos veamos obligados a rectificar nuestro olímpico punto de vista.
domingo, 12 de septiembre de 2010
España tiene más extranjeros que Francia y Reino Unido

La proporción de extranjeros en España, según datos de Eurostat, es del 12,3 %, muy superior a la media de la UE (6,4 %) y también a la de países como Alemania (8,8 %), Reino Unido (6,6 %), Italia (6,5 %), Francia (5,8 %) y Holanda (3,9 %). No se trata, pues, de una mera percepción de personas ignorantes y más o menos racistas. En nuestro país, objetivamente, hay muchos inmigrantes en relación a la población: más que en la mayor parte de Europa. Incluso, en términos absolutos, superamos la cifra de inmigrantes de países más poblados que el nuestro, como Francia y Reino Unido.
Ante este hecho desnudo, cabe hacer dos consideraciones elementales. La primera, que España no goza de una renta per cápita superior a la de los países citados, por lo que el diferencial inmigratorio no se puede atribuir específicamente a razones económicas. La segunda, que nuestro país no es más accesible, geográficamente, que la mayoría de países europeos. El énfasis mediático sobre las pateras que tratan de cruzar el Estrecho de Gibraltar no debe hacernos perder de vista que la gran mayoría de inmigrantes llegan gracias a los mismos medios de transporte que les permitirían viajar a países vecinos como Portugal o Francia, que tienen menor proporción de población inmigrante.
La pregunta ineludible, por tanto es: ¿Por qué los extranjeros prefieren venir a España? No me voy a entretener en replicar la contestación estúpida y autocomplaciente de que "aquí se vive muy bien", porque si atendemos a las frías estadísticas, esto puede afirmarse con más razón de Alemania o Francia. Bien es cierto que el clima no es un factor irrelevante en los fenómenos migratorios, pero Grecia, Portugal, Italia o el sur de Francia tampoco tienen tanto que envidiarnos en este aspecto. También es verdad que el idioma español explica en buena medida la presencia de inmigrantes hispanoamericanos, pero los factores lingüísticos e históricos son aplicables igualmente a países de pasado colonial como Reino Unido, Francia o Bélgica.
Por supuesto, responder la pregunta anterior requeriría un estudio riguroso y sería ridículo que aquí pretendiéramos sentar cátedra. Pero ahí van algunas sugerencias:
¿No será que la política del "papeles para todos" de la primera legislatura de Zapatero ha tenido algo que ver con este fenómeno?
¿No tendrá algo que ver la facilidad de los extranjeros para acceder a los servicios públicos y a todo tipo de ayudas a cargo de los contribuyentes?
¿Podrá incluso influir nuestro sistema penal y judicial hipergarantista, que atrae a los peores elementos de todos los continentes, por mucho que se trate de una minoría dentro de la población inmigrante? (Estadísticamente, el inmigrante delinque más que el nacional: No es xenofobia, son datos.)
La inmigración, excuso decirlo, es un indicador de dinamismo económico. Y no podemos negar que la relativa prosperidad de España, perceptible sobre todo desde finales de los noventa, con los gobiernos de Aznar, ha sido una condición sine qua non para que los extranjeros se decidan por nuestro territorio. Pero eso no explica que los inmigrantes en España sean proporcionalmente casi el doble que la media UE27. Sencillamente, este no es el País de Jauja que podría corresponderse con esta cifra, no al menos si atendemos a nuestra renta per cápita, a nuestra tasa de desempleo o a nuestra baja competitividad.
Desde luego, dadas las circunstancias, sería de desear una política inmigratoria más restrictiva, pero el problema de fondo no es de fronteras sino de condiciones del país de acogida. El Estado asistencialista, que genera pobreza convirtiendo a millones de personas en profesionales de hacer colas en la ventanillas de la administración, disuadiéndolas de emplear su tiempo en trabajos productivos, es tan ineficaz como inmoral. Porque no hay derecho a que los mileuristas nacionales sostengan con sus impuestos a personas que podrían estar trabajando, sea en España o en otro país que ofrezca más oportunidades de prosperar, no de mendigar.
Pero el problema no es sólo económico, sino también cultural. Las organizaciones mal llamadas no gubernamentales (que suelen vivir casi todas de subvenciones) no hacen más que clamar contra las supuestas discriminaciones que sufren los extranjeros. Pero la mayor discriminación es la que ejerce la propia administración, al conceder ayudas o privilegios a determinados individuos en función del colectivo cultural al que pertenecen. El Estado asistencialista va unido a un Estado multiculturalista, que mientras día a día se empeña en suplantar a instituciones fundamentales de nuestra propia cultura como la familia, no tiene empacho en reconocer -en la práctica cuando no oficialmente- estructuras patriarcales y teocráticas, que conculcan la igualdad de todos los individuos ante la ley.
Desde luego, no somos el País de Jauja. Pero una buena parte de los extranjeros creen que sí, al menos para ellos.
martes, 4 de mayo de 2010
El juego sucio de la izquierda con la inmigración
La columnista de El Periódico de Catalunya, Nachat el Hachmi, a la que ya me referí en una entrada anterior, nos invita a no usar la palabra "racismo" en vano, en un artículo titulado "¿De qué hablamos al decir racismo?". Lamentablemente, su escrito, y el medio donde escribe, son precisamente un ejemplo de lo que ella denuncia. El Periódico se refiere rutinariamente al "folleto racista" de Badalona, porque en él aparecían fotografías que ilustraban algunos problemas de la ciudad: Inmigración descontrolada e inseguridad. Irónicamente, el propio Ayuntamiento, pretendiendo negar cualquier correlación entre ambos fenómenos, la ha puesto de manifiesto, al afirmar que aproximadamente el 50 % de los detenidos en el municipio, en los últimos doce meses, son españoles. Es decir, que en una población donde el 15 % de los habitantes son extranjeros, la proporción de presuntos delincuentes inmigrantes es en cambio del 50 %, más del triple. Claro que tampoco se trata de ninguna sorpresa, porque estos datos encajan con aquellos de que disponemos a nivel nacional.
Sin embargo, en la actual dictadura de lo políticamente correcto, la mera constatación de unos datos objetivos ya es tachada de racista (aunque se refiera a poblaciones de lo más diverso, incluyendo balcánicos rubios y de ojos azules), y permite a la escritora catalana de origen magrebí escribir un artículo cargado de patetismo, en el que recomienda a Xavier García Albiol, al alcalde de Vic y a Josep Anglada, juntos y revueltos, el libro del anglocatalán Matthew Tree, Negre de merda. El racisme explicat als blancs. (Puestos a recomendar, yo le sugiero a Nachat el Hachmi el libro de Anthony Browne, recién traducido al catalán, Ridículament correcte. El perill totalitari de la correcció política.)
Por supuesto, afirmar que cualquiera que aluda a los problemas generados por la inmigración descontrolada es un Josep Anglada, es hacerle un gran favor a este personaje. Nada nuevo bajo el sol; se trata de la vieja táctica de aquel sinvergüenza de Mitterrand, que en Francia tanto benefició a Le Pen. La izquierda era esto: Primero, negar la realidad para que los problemas se pudran; a continuación, acusar de fascista, racista, islamófobo, etc, a quienquiera que dé la voz de alarma; y por último, postularse como la única alternativa posible al caos que ella misma ha contribuido a crear, con sus políticas buenistas y su inacción. Si otras veces le ha funcionado ¿por qué no va a hacerlo ahora?
Sin embargo, en la actual dictadura de lo políticamente correcto, la mera constatación de unos datos objetivos ya es tachada de racista (aunque se refiera a poblaciones de lo más diverso, incluyendo balcánicos rubios y de ojos azules), y permite a la escritora catalana de origen magrebí escribir un artículo cargado de patetismo, en el que recomienda a Xavier García Albiol, al alcalde de Vic y a Josep Anglada, juntos y revueltos, el libro del anglocatalán Matthew Tree, Negre de merda. El racisme explicat als blancs. (Puestos a recomendar, yo le sugiero a Nachat el Hachmi el libro de Anthony Browne, recién traducido al catalán, Ridículament correcte. El perill totalitari de la correcció política.)
Por supuesto, afirmar que cualquiera que aluda a los problemas generados por la inmigración descontrolada es un Josep Anglada, es hacerle un gran favor a este personaje. Nada nuevo bajo el sol; se trata de la vieja táctica de aquel sinvergüenza de Mitterrand, que en Francia tanto benefició a Le Pen. La izquierda era esto: Primero, negar la realidad para que los problemas se pudran; a continuación, acusar de fascista, racista, islamófobo, etc, a quienquiera que dé la voz de alarma; y por último, postularse como la única alternativa posible al caos que ella misma ha contribuido a crear, con sus políticas buenistas y su inacción. Si otras veces le ha funcionado ¿por qué no va a hacerlo ahora?
jueves, 7 de febrero de 2008
Integración vs. multiculturalismo
Era previsible. La propuesta de Rajoy de que los inmigrantes firmen un contrato de integración, por el cual se obligan a aprender nuestra lengua, y respetar nuestras leyes y costumbres, si quieren permanecer en nuestro país, ha sido calificada por el ministro del Interior como xenófoba.
En cambio, me ha sorprendido (bueno, relativamente) que algunos la hayan tildado de poco liberal. Vamos a ver. Si algo caracteriza al liberalismo es que defiende al individuo, no a los colectivos. Esto significa que una mujer magrebí debe tener los mismos derechos que una española, o que un chino extorsionado por otros chinos merece el mismo amparo que cualquier otro ciudadano español. Lo antiliberal es el multiculturalismo, es decir, tratar a las personas de manera diferente según su pertenencia a una cultura u otra. Lo que equivale precisamente a supeditar el individuo al grupo.
A esto debe añadirse que la inmigración descontrolada está directamente relacionada con el aumento de la delincuencia. Es normal. Si existe un país donde uno puede entrar ocultando fácilmente antecedentes delictivos, donde so capa de un garantismo mal entendido campan a sus anchas jueces progres de una irresponabilidad criminal, donde la lentitud de la justicia colabora también en la protección del maleante, y la nefasta doctrina constitucional de la "reeducación" ha erosionado gravemente el carácter disuasorio de las penas, lo lógico es que la delincuencia internacional fluya hacia él. Y ese país naturalmente se llama España. Pues bien, la primera obligación del Estado es defender a los individuos de la violencia. De lo contrario, su libertad se ve limitada por los delincuentes. Por tanto, también en este aspecto el control de la inmigración es una medida inexcusablemente liberal.
Cuando un partido político, sea cual sea, hace propuestas liberales, quienes nos consideramos liberales se supone que debemos aplaudirlas. ¿O pondremos las siglas por delante de la ideología?
En cambio, me ha sorprendido (bueno, relativamente) que algunos la hayan tildado de poco liberal. Vamos a ver. Si algo caracteriza al liberalismo es que defiende al individuo, no a los colectivos. Esto significa que una mujer magrebí debe tener los mismos derechos que una española, o que un chino extorsionado por otros chinos merece el mismo amparo que cualquier otro ciudadano español. Lo antiliberal es el multiculturalismo, es decir, tratar a las personas de manera diferente según su pertenencia a una cultura u otra. Lo que equivale precisamente a supeditar el individuo al grupo.
A esto debe añadirse que la inmigración descontrolada está directamente relacionada con el aumento de la delincuencia. Es normal. Si existe un país donde uno puede entrar ocultando fácilmente antecedentes delictivos, donde so capa de un garantismo mal entendido campan a sus anchas jueces progres de una irresponabilidad criminal, donde la lentitud de la justicia colabora también en la protección del maleante, y la nefasta doctrina constitucional de la "reeducación" ha erosionado gravemente el carácter disuasorio de las penas, lo lógico es que la delincuencia internacional fluya hacia él. Y ese país naturalmente se llama España. Pues bien, la primera obligación del Estado es defender a los individuos de la violencia. De lo contrario, su libertad se ve limitada por los delincuentes. Por tanto, también en este aspecto el control de la inmigración es una medida inexcusablemente liberal.
Cuando un partido político, sea cual sea, hace propuestas liberales, quienes nos consideramos liberales se supone que debemos aplaudirlas. ¿O pondremos las siglas por delante de la ideología?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)