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domingo, 22 de diciembre de 2013

Las falacias ideológicas más comunes

Según el diccionario de la Academia, una falacia es un “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. Bien es verdad que, una vez puesta en circulación, una falacia puede hallarse en boca de muchas personas que realmente no abrigan mala intención, pues sinceramente creen en los engaños que contribuyen a seguir difundiendo. Pero lo decisivo es que las falacias nacen con una finalidad manipuladora. Por eso, dentro de este subgénero del error, quizá la falacia por excelencia sea la de tipo ideológico, es decir, aquella destinada a tratar de desmotivar o desconcertar a quienes de otro modo ofrecerían resistencia ante determinados abusos del poder político.

Una falacia puede consistir en un razonamiento incorrecto. Estas son relativamente fáciles de desmontar, puesto que en realidad no es imprescindible ser profesor de lógica formal para razonar correctamente, salvo en casos muy complejos que no suelen darse en el debate público. Más frecuentemente, las falacias se basan en premisas que en sí mismas no son ni demostrables ni refutables. Pero nótese que una premisa indemostrable no es en sí misma una falacia, pues sin ellas no podría existir ningún conocimiento humano, ni siquiera la matemática. Lo falaz es pretender encubrir ese carácter indemostrable, sustrayéndolo a la crítica y la discusión. A continuación enumero algunas de las falacias ideológicas más comunes.

1) Falacia sentimental: los buenos sentimientos justifican cualquier acto, aunque sus efectos sean catastróficos. Es una falacia muy extendida en economía, donde conduce a controles de precios u otras medidas intervencionistas cuyos efectos suelen ser exactamente los contrarios a las supuestas intenciones de quienes las aplican. También es una falacia común en bioética; así entre los defensores del aborto, que se arrogan el monopolio de la empatía hacia las mujeres que abortan, pero curiosamente no experimentan ninguna hacia los indefensos embriones o fetos humanos que son víctimas de su permisividad.

2) Falacia relativista: puesto que es lícito que cada cual viva como quiera (sin dañar a terceros), cualquier estilo de vida tiene el mismo valor y merece recibir la misma consideración. Así por ejemplo, se considera que las parejas homoparentales o monoparentales son tan idóneas para adoptar niños (en igualdad de otros factores) como un padre y una madre, y cualquiera que ose expresar la menor duda al respecto no solo yerra, sino que atenta contra la libertad de determinados individuos, por lo que si es necesario, debe ser acallado. Se trata de un caso claro de non sequitur. Libertad para x no equivale a x es tan bueno como. Más bien al contrario, la libertad, en su sentido más profundo, no es elegir el color de mi camisa, sino poder elegir entre el bien y el mal, entre la salvación y la perdición. Por tanto, por definición, las opciones fundamentales jamás son equiparables.

3) Falacia del experto: determinadas afirmaciones no pueden ser discutidas racionalmente porque se consideran avaladas por un supuesto consenso académico. Con frecuencia, este consenso es más una invención periodística que una realidad, pero incluso aunque existiera, no justifica la clausura de ningún debate. Un claro ejemplo de abuso monstruoso de esta falacia es el discurso del cambio climático, en el que quienes discrepan de las tesis oficialistas son llamados “negacionistas”, con una intención criminalizadora poco disimulada.

4) Falacia de la suma cero: la riqueza es una magnitud fija; por tanto, toda desigualdad procede de que algunos (individuos, clases sociales, países) se apoderan de más bienes de los que les corresponden. Aunque probablemente sea mucho más antigua, puede hallarse una formulación clásica en Montaigne, en su ensayo titulado “El provecho del uno es daño del otro” (Ensayos, I, XXI). Esta falacia es utilizada sistemáticamente por todos los defensores del socialismo, es decir, de que los estados violen las libertades económicas y el derecho a la propiedad privada, so pretexto de redistribuir la riqueza entre los más pobres. El resultado es que se destruyen los incentivos de la creación de riqueza que precisamente permiten negar la mayor (que aquella es una magnitud estática) y en consecuencia se bloquea la movilidad social, eternizando la pobreza que supuestamente quieren combatir (no sin antes aprovecharse de sus votos).

5) Falacia del caldo de cultivo o del buen salvaje: el hombre es bueno por naturaleza; por tanto, todos los males tienen causas sistémicas. Contra abundantes evidencias empíricas, se pretende que la violencia y el terrorismo en particular nacen de la pobreza o de las injusticias (el “imperialismo”). De esta manera se consigue desplazar la culpa siempre hacia agentes distintos de quienes la ejercen, que así se ven justificados para proseguir con sus acciones violentas.

6) Falacia del derecho a decidir o democrática: cualquier cosa puede y debe decidirse por voluntad popular. Esta falacia supone ignorar que la democracia no es un método para conocer la verdad (como si esta dependiera del número de quienes asienten a una determinada tesis), sino de elegir a los gobernantes de manera pacífica. Cualquier extensión ilegítima del principio democrático conduce en realidad a exacerbar o multiplicar los conflictos, pues no hay cuestión que no pueda ser objeto de polémica.

7) Falacia igualitaria: todos tenemos los mismos derechos; por tanto (y aquí viene la deducción incorrecta), la finalidad de la vida civilizada es que todos acabemos siendo iguales de hecho. Esta falacia tiene su desarrollo más delirante en la ideología de género. Según esta, toda diferencia sexual, salvo las estrictamente fisiológicas, tiene un origen cultural impuesto por el patriarcado, una especie de conspiración eterna y universal de los varones contra las mujeres. El feminismo radical es una teoría blindada contra cualquier contrastación empírica, pues incluso si algunas mujeres admiten priorizar la dedicación a la familia en lugar de su profesión, se nos dirá que es porque han interiorizado la opresión masculina.

8) Falacia estatista: los poderes económicos se mueven por intereses egoístas; los políticos, no. Esta falacia es constante en el discurso político, dominado por salvadores que se erigen en defensores de los intereses del pueblo, de los débiles y de los supuestamente oprimidos, pero que a cambio exigen poderes incondicionales.

9) Falacia darwinista: la historia entera es una lucha constante por el poder. (De los explotadores sobre los explotados, de los hombres sobre las mujeres, de los blancos sobre las demás razas, etc.) En esta falacia se fundamentan los peores totalitarismos, como el comunismo y el nacional-socialismo, pero también las majaderías paranoicas de la corrección política, nacidas en los campus universitarios de Estados Unidos. (Historias de la literatura que sustituyen el estudio de “varones blancos muertos” como Shakespeare por el de alguna infumable escritora negra y lesbiana, y demás patologías intelectuales por el estilo.)

10) Falacia de la víctima: la parte más débil de un conflicto siempre tiene la razón. Esta falacia es una consecuencia de la falacia igualitaria. Puesto que todos los seres humanos son iguales en derechos, incorrectamente se deduce que cualquier diferencia tiene necesariamente un origen injusto, y no solo eso, sino que se justifica que esa parte más débil (o simplemente minoritaria) inicie un conflicto que en muchos casos ni siquiera existía. Esto se manifiesta claramente en las teorizaciones de los movimientos terroristas, revolucionarios y nacionalistas. Estos perciben (con razón) al estado y las fuerzas de seguridad como entes muy superiores a sus organizaciones, lo que ya en sí mismo convierten en una forma de opresión intolerable, de “fuerzas de ocupación” que no les permiten disfrutar de una libertad quimérica (edad dorada) que nunca existió más que en sus confusas mentes.

11) Falacia del precio justo. En realidad, es una consecuencia de la falacia de la suma cero, aunque por su popularidad es útil distinguirla. Efectivamente, si la riqueza es una magnitud dada e inamovible, cada bien tendrá un precio relativo invariable, aunque la experiencia y el sentido común lo contradigan una y otra vez. Esta falacia suele ir unida a demagogias resentidas sobre los altos sueldos de los ejecutivos del sector privado, o a las elevadas sumas pagadas por el fichaje de futbolistas, mientras se pasan por alto los costes salariales de burocracias insostenibles.

12) Falacia cronológica: determinadas instituciones, creencias o conductas son mejores porque son nuevas (modernismo) o por el contrario porque son antiguas (tradicionalismo). En nuestros días domina abrumadoramente la variante modernista. Esta falacia suele ir acompañada de perezosos latiguillos como “a estas alturas del siglo XXI” o “tal cosa nos devuelve a la Edad Media”. Para combatirla basta notar que la democracia existe hace 2.500 años, con lo cual los modernistas, para ser consecuentes, deberían desdeñarla. De hecho, es lo que hicieron comunistas y fascistas.

13) Falacia naturalista: lo natural (identificado con lo fáctico) es la medida de lo bueno. Que algo sea natural, frecuente o simplemente habitual nos obliga a aceptarlo de algún modo. Esta falacia hunde sus raíces en una concepción materialista o positivista de la existencia. En ocasiones puede parecer que tiene un origen teológico (pensemos en la expresión “contra natura”) pero conviene distinguir una cosa de la otra. La falacia naturalista se basa en la idea de que los conceptos morales surgen en un proceso evolutivo ciego (ver El gen egoísta, de Dawkins), mientras que el pensamiento teísta defiende exactamente lo contrario. Lo segundo podría estar equivocado, pero lo primero carece de sentido. ¿Por qué algo debería ser aprobado por el mero hecho de existir? En esta falacia se justifican multitud de argumentos ideológicos. Por ejemplo, que prohibir el aborto es absurdo, pues sólo promueve que haya abortos clandestinos. De este modo habría que justificar el asesinato y el robo, pues es obvio que no existe apenas ninguna ley que no sea violada por algunos individuos.

14) Falacia del agotamiento de los recursos. Es una variante de la falacia de la suma cero. Se considera que los recursos naturales (energía y materias primas) son cantidades físicas finitas, cuando en realidad el concepto de recurso va unido a la posibilidad tecnológica de su aprovechamiento. Por eso han fracasado tantas profecías agoreras, que no tenían en cuenta los avances en las técnicas de extracción y producción, en la sustitución de unos materiales por otros, etc., etc. Esta falacia incluye la falacia neomalthusiana, según la cual el crecimiento de la población mundial es un problema, cuando en realidad en Europa (y a medio plazo en todo el planeta) nos enfrentamos a la amenaza estrictamente opuesta: el envejecimiento de la población.

domingo, 17 de junio de 2012

El complejo FEMS

Las cuatro patas de la izquierda actual, en orden arbitrario, son el Feminismo-ideología de género-proabortismo, el Ecologismo, el Multiculturalismo-antioccidentalismo y por supuesto el Socialismo. Con fines de agilidad nemotécnica, podemos utilizar el acrónimo FEMS. (Que en catalán signifique excrementos animales, así como el abono elaborado con estos, es una mera coincidencia.) Detengámonos  brevemente en cada elemento.

Socialismo. Se trata sin duda del elemento más antiguo. Precedentes del pensamiento socialista ya se encuentran en Platón. Actualmente, fuera del marxismo confeso, se manifiesta bajo la forma aparentemente moderada de socialdemocracia, y del discurso sobre el Estado del bienestar, que incluso ha interiorizado en gran parte la derecha política. La idea socialdemócrata consiste, en esencia, en que determinadas funciones sociales, como la sanidad, la educación, las prestaciones de desempleo o de jubilación, deben estar aseguradas por el Estado. Así, aunque el mercado realice funciones tan importantes, si no más, como son la producción y distribución de alimentos o de vestido, por alguna razón se considera que es incapaz de ofrecer aquellos otros servicios de manera universalmente asequible.

La izquierda goza en este tema de una importante ventaja material, sobre todo en Europa, donde el Estado ejerce  de hecho posiciones dominantes, cuando no cercanas al monopolio, en los sectores mencionados. En consecuencia, el mercado tiende a especializarse en las capas más pudientes de la población, que aspiran a una medicina o una educación de mayor calidad que la ofrecida por la pública, lo cual refuerza la idea de que las clases medias y bajas no podrían acceder a estos servicios sin la intervención estatal. No importa que las empresas públicas den muestras sobradas de ineficacia e insostenibilidad, en comparación con las privadas. Sus deficiencias siempre podrán achacarse a que no se destina a las primeras suficiente presupuesto, lo cual refuerza el discurso socialdemócrata dominante, al tiempo que premia la ineficiencia, en lugar de atajarla, en un claro ejemplo de círculo vicioso. El socialismo no funciona; luego es necesario... más socialismo.

Los socialistas replican a lo anterior, claro, que el capitalismo tampoco funciona. Pero ignoran con ello el hecho fundamental: Que jamás se ha creado más riqueza en la historia que en el sistema capitalista. Por muchos problemas e injusticias que produzca, o que no sea capaz de remediar el mercado libre, lo cierto es que jamás ha existido un sistema mejor, y en cambio algunas alternativas, como el comunismo soviético y chino, han sido mucho peores. Del capitalismo podríamos decir lo mismo que de la democracia: es el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás.

Feminismo. Dentro de este término incluyo básicamente la ideología de género y el proabortismo. La idea original, que la mujer tiene la misma dignidad que el hombre, procede del judeocristianismo, en contra de los tópicos que aseguran lo contrario. "Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó." (Génesis, 1, 27.) Y más adelante: "Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne." (2, 24). Aunque desde la puntillosa corrección política sin duda se tacharía este lenguaje de "sexista" (¿por qué no decir: "deja la mujer a su padre y a su madre y se une a su hombre"?), lo esencial es obvio: Hombre y mujer, en la institución del matrimonio, son lo mismo. El Nuevo Testamento lleva hasta sus últimas consecuencias esta doctrina, rechazando Jesús con contundencia que la mujer pueda ser repudiada.

Ahora bien, el feminismo, que consciente o inconscientemente bebía en esa concepción cuando reclamaba el sufragio universal o el acceso de la mujer a todas la profesiones, se transmutó en tiempos modernos en otra cosa completamente distinta, en un remedo de la teoría marxista de la lucha de clases, traducida a lucha de sexos. Se llega al extremo de afirmar que el sexo es una pura construcción cultural (como sugiere, al menos en español, el término género, que tiene un sentido puramente gramatical, no biológico). De ahí que se condene toda diferencia observable entre los sexos en la conducta, la educación, el mundo laboral, el ocio, etc, como una injusticia que debe remediarse mediante la ingeniería social, es decir, de manera coactiva. La culminación de esta mentalidad es el proabortismo, la idea de que el aborto es un derecho de la mujer, no una medida desesperada, como mucho admisible en situaciones extremas. Ello le permite eludir, de la manera más drástica, el hecho biológico diferencial. Aquí la izquierda, la supuesta defensora de los débiles, carga sin compasión contra los seres más débiles que existen, que son los seres humanos en edad embrionaria y fetal.

Ecologismo. Nace este en época mucho más reciente, y originalmente no era un movimiento propio de la izquierda. Se pueden encontrar precedentes de políticas medioambientales y de protección de los animales en el nacional-socialismo. El ecologismo entronca con una vieja corriente paganoide, de idolatrización de la naturaleza, que en sí misma choca con la concepción del Génesis, según la cual esta, y particularmente los demás seres vivos, deben someterse al imperio del hombre. Por supuesto, una preocupación razonable por el cuidado del medio ambiente no es patrimonio de ninguna ideología política, sino algo común a cualquier persona normal. Pero el ecologismo ideológico, aunque explote este sentimiento, no consiste en esto, sino en la idea de que el capitalismo es el peor enemigo de la naturaleza, cosa que resulta completamente falsa. (Los peores desastres ecológicos se han producido en países del "socialismo real".) Es por ello que el ecologismo en gran medida actúa como recambio de las ideas socialistas, sobre todo cuando estas entran en crisis. No es ninguna casualidad que los partidos comunistas europeos se hayan resituado en alianza o fusión con partidos verdes. El catastrofismo medioambiental les proporciona el mismo tipo de pretextos que el lenguaje milenarista dirigido antaño a los parias de la tierra.

Multiculturalismo. Por este término no me refiero exclusivamente a una determinada política ante la inmigración, sino a un concepto mucho más amplio, la idea de que todas las culturas valen lo mismo... excepto la occidental, que debe ser fustigada sin descanso, y culpada de todos los males imaginables. La raíz última del antioccidentalismo es la cristianofobia. El relativismo cultural es el vehículo intelectualmente sugestivo (y originalmente, tampoco procedente de la izquierda, sino de las ideas románticas de Herder, y de Spengler) del odio a la Cruz. Permite denigrar nuestras raíces, nuestras tradiciones, asociándolas con lo caduco, lo desfasado, y contraponiéndolas a una idealización de las demás culturas basada en el mito del "Buen Salvaje". En el multiculturalismo antioccidental se ensamblan a la perfección los otros tres elementos de la izquierda: El socialismo confluye de manera natural con el indigenismo y el chavismo, con el ecologismo de la Pacha Mama, y con la Leyenda negra contra la España católica. El ataque al cristianismo alcanza su culminación en la defensa del aborto y en la ideología de género-homosexualista. Todo cobra su máximo sentido en este clima de odio a Occidente y al cristianismo.

Para combatir intelectualmente a la izquierda, verdadero cáncer que corroe Occidente desde hace siglo y medio, es necesario reconocer estos cuatro frentes, y al mismo tiempo no perder de vista su interdependencia, ni la coherencia del conjunto. La izquierda ha realizado una fusión brillante de tendencias ilustradas con las románticas. Se reclama heredera de la Ilustración, lo cual no es del todo falso, pero sí incompleto. Lo decisivo no es rastrear sus orígenes, aunque a veces sea esclarecedor, sino comprender a dónde va: A la subversión de nuestros valores judeocristianos, y en consecuencia a la destrucción de la civilización liberal, centrada en la dignidad trascendente del individuo, en la limitación del poder político y en la razón, que carece de base sin el reconocimiento de lo trascendente.

Uno de los principales enemigos de la izquierda, si no el mayor, es la Iglesia, ajena a las modas y por tanto siempre "atrasada" -pero por lo mismo también adelantada a los tiempos. Pero la Iglesia sola quizás no pueda resistir el empuje autodestructivo de la izquierda. Es necesario un círculo exterior de defensores de los valores occidentales, heredados del mundo grecorromano y cristiano, que proteja a la Iglesia al mismo tiempo que la descargue de la polémica más desgastadora del día a día. Y al mismo tiempo, todos necesitamos más que nunca (o quizás igual que siempre, al cabo) la sólida roca de la Iglesia, proclamando desde hace dos mil años la Verdad, a despecho de todas las herejías, de todas la debilidades humanas que la distorsionan o tratan de dulcificarla. La Verdad de que la vida es un don divino, que el hombre necesita ser salvado, y que no está en su mano conseguirlo sin ayuda trascendente. Todas las ideologías modernas que niegan esto, y en especial el optimismo antropológico de la izquierda, conducen, por caminos más o menos sinuosos, a callejones sin salida, a la idea de que el fin justifica los medios, a la arrogancia prometeica de querer removerlo todo, pisoteando para ello cualquier idea de justicia o meramente de sentido común.

martes, 10 de mayo de 2011

La técnica del debate artificial

El "Telediario" de las 21 h. del lunes pasado ofrecía un reportaje sobre la "anomalía" de que los manantiales de agua mineral sean privados, a diferencia de otras explotaciones del subsuelo, que funcionan en régimen de concesión y pagan su preceptivo canon. En el estilo falsamente imparcial de este tipo de piezas de propaganda/globo sonda gubernamental, se incluían entrevistas a un productor de agua embotellada (evidentemente, en contra de la nacionalización), una representante de no sé qué fundación de "la cultura del agua" y un activista de Greenpeace. La primera aseguraba que pagamos demasiado poco por el agua mineral que bebemos; vamos, que se nos debería castigar por no consumir para uso de boca el agua del grifo. El segundo aportaba, como siempre, los consabidos pretextos ecológicos para violar el derecho a la propiedad privada.

Las reflexiones se me acumulan. La mentalidad totalitaria, chavista, de estos tíos objetivamente al servicio -cuando no directamente a sueldo- del gobierno. El diseño de campañas para castigar a los malvados capitalistas que se apoderan de los recursos "de todos" (el mensaje es así de sobrecogedoramente primario); campañas que evidentemente solo pretenden conseguir una nueva fuente de exacción que terminará pagando el consumidor. La porfía obsesiva de ZombiPé, que ya en 2007 intentó la nacionalización de los manantiales, y que ahora, por necesidades sin duda de financiación, añadidas a las motivaciones ideológicas, vuelve a la carga, utilizando la "ejemplarmente imparcial" TVE...

Sin embargo, lo que me fascina, sinceramente, es el virtuosismo propagandístico del periodismo progre. La capacidad que tiene de crear debates cuyo solo planteamiento ya favorece a sus tesis. Otro ejemplo de manual es "La Noria", de Tele5. El pasado sábado apagué la tele justo cuando iban a hablar del paro. Pero no se pierdan cómo planteaban el debate. "¿Son los cinco millones de parados -venían a preguntar- culpa de Zapatero o de Aznar?" No sé cómo transcurriría la tertulia, pero el mero hecho de que se produjese en estos términos alucinantes ya es un gol a favor de la mentalidad progre. Es como si en un juicio, en lugar de tratar de determinarse la inocencia o culpabilidad del acusado, detenido por la policía en flagrante delito de robo, se dijera algo así como: "¿A quién pertenecen legítimamente las joyas, al supuesto ladrón o a la supuesta víctima?" Lo bueno de esta técnica propagandística del "debate" o la "polémica" artificial es que, como mínimo, sitúa hasta la idea más peregrina o perversa en una posición inicial de empate. Y nunca faltan idiotas que acaban comprendiendo la particular lógica según la cual, quien gobernaba cuando se redujo el paro a la mitad, puede ser responsable de los dos millones de parados creados cuando ya no estaba en el gobierno. O que comprenderán que deben pagar otro impuesto más por el agua mineral y hasta, por qué no, por el aire que respiran. Todo es debatible.

miércoles, 6 de abril de 2011

Matemáticas y sentido común

Vía Almendrera, llego a un artículo de El País sobre el analfabetismo matemático, también conocido como "anumerismo". Como señala el texto, la ignorancia numérica nos hace más vulnerables a la manipulación. Pero llama la atención que la mayoría de ejemplos elegidos sean o bien triviales, o bien sin trascendencia práctica. ¿Es que no se les ocurren otros más pertinentes? El único que quizás tenga cierto interés ilustrativo es el que se refiere a la medida de reducir la velocidad máxima a 110 km/h. El ahorro de combustible, como señalaron enseguida varios comentaristas, es cuatro o cinco veces inferior al estimado por el gobierno. Pero para calcular esto no basta con "saber de números", se precisan nociones de mecánica, estadísticas de transporte, y si me apuran, de termodinámica. De hecho, la más elemental experiencia aconseja poner entre paréntesis casi todas las cifras que aducen los gobiernos, aunque no siempre estemos en condiciones de proponer otras más exactas.

Decir que jugar a la lotería es una estupidez, desde el punto de vista de las probabilidades, no disuadirá nunca a la gente de que juegue. Todo el mundo sabe que es muy difícil que le toque, pero el mero hecho de imaginarlo durante unos días compensa emocionalmente, para muchos, el precio de un número, o de una apuesta. Así que esas afirmaciones de que un ser racional no jugaría a la lotería, no dejan de ser ejercicios de abstracción alejados del mundo real. Por este razonamiento, tampoco valdría la pena votar, dado que la repercusión de un voto individual, en unas elecciones generales, es matemáticamente irrisoria. Y ejemplos como la probabilidad de que dos personas cumplan años el mismo día, en una reunión de x personas, no van más allá del mero entretenimiento.

En lugar de todo ello, sería más interesante reflexionar sobre la influencia del déficit formativo en matemáticas, o en otras ciencias, que se puede detectar en asuntos mucho más trascendentes. Por ejemplo, en embriología. Que una ministra diga que un feto no es un ser humano, eso sí que es analfabetismo funcional. O en ecología. Que algunos medios muestren su preocupación por las 11.500 toneladas de agua radiactiva arrojadas al mar por los responsables de Fukushima, y nos pretendan ilustrar sobre los peligros para la "cadena trófica"... ¿Saben cuántas toneladas de agua contienen los océanos? Yo no lo sabía, pero me he informado: 1,3 trillones. Esto significa que el agua radiactiva de Fukushima supone menos de una cien billonésima parte (aquí, un buen ejemplo de la importancia de saber dividir). Si usted no vive en Japón ¿de verdad cree que tiene muchas razones para inquietarse?

Pero es en economía donde la irracionalidad y la superstición campan a sus anchas. No hay día que, en algún foro, algún conciencia universal diga aquello tan bonito de que la riqueza del mundo está mal repartida, y que hoy no se justifica que nadie viva en la pobreza. Bien, hagamos un sencillo cálculo. ¿Cuánta riqueza se produjo en el mundo el año pasado? Aproximadamente, unos 60 billones de dólares. Pues bien, si simplemente los repartiéramos entre los habitantes del planeta, como toscamente sugieren esas almas bellas, tocarían 8.800 y pico dólares a cada uno de nosotros. ¿Remediaría eso la miseria en el mundo? Hombre, depende de cómo definamos la miseria, y por cuánto tiempo. En un país desarrollado, esa cantidad sólo serviría para vivir como un mileurista poco más de seis meses. En Kazajistán, quizá nos permitiría comer dos años, aunque llevando una vida mucho más modesta. Y pasados esos dos años ¿qué? Porque si repartes todo el pastel entre los 6.800 millones de habitantes del planeta, no está claro quién y cómo producirá el pastel del año que viene.

Efectivamente, las matemáticas son muy necesarias. Pero un poco de sentido común, ya haría milagros.

sábado, 18 de septiembre de 2010

El papel reciclado y las vacas locas

El lector sabrá perdonarme un breve introito autobiográfico. Hace unos diez años fui agente comercial de un fabricante y distribuidor de productos de papel de Esplugues de Llobregat. Mi relación con esta empresa, aunque breve, fue muy grata.

Ayer, una noticia que leí en LD (enlace más abajo) me trajo a la memoria las charlas que nos impartía a los vendedores el fundador de la empresa, don Jesús, sobre aspectos técnicos de los productos que comercializábamos, y sobre nuestra materia prima, el papel. Aunque ya se encontraba en edad de jubilarse, y había delegado en sus hijos parte de las tareas directivas, era visible el placer que hallaba en hablar del tema al cual había dedicado su vida.

Una cosa quedó muy clara en el cursillo: a don Jesús el papel reciclado no le gustaba. Aunque la demanda le obligaba a incluirlo entre sus productos, que iban desde las servilletas impresas de alta calidad hasta el papel higiénico, insistía a menudo en que los vendedores debíamos hacer pedagogía entre los clientes, persuadiéndolos de que valía la pena pagar algo más por el papel de pasta virgen.

El veterano fabricante argumentaba en contra del mito de la destrucción de los bosques por culpa de la industria papelera. En la práctica, la celulosa actualmente es un cultivo en manos de unas pocas multinacionales, que evidentemente no son tan estúpidas para destruir su propia fuente de negocio. Los árboles que nos proporcionan la materia prima de libros, periódicos, embalajes, etc, son plantados con ese fin exclusivo, por lo que la imagen de depredación suicida de los pulmones del planeta, al menos en relación con esta industria, es sencillamente un cuento infantil.

Pero ese no era el motivo fundamental para recelar del papel reciclado. Una cosa es evitar el despilfarro inútil de papel, reutilizando por ejemplo las hojas escritas por una sola cara, y otra muy distinta negar que el reciclado industrial sea un proceso con sus luces y sus sombras. Para don Jesús se trataba de sombras muy alargadas, hasta el punto de que un día nos formuló una pregunta aparentemente absurda: ¿Qué tiene que ver el papel reciclado con las vacas locas?

El llamado mal de las vacas locas, o encefalopatía espongiforme bovina (EEB), es una grave enfermedad del sistema nervioso que, según parece, se desencadenó a finales del siglo XX por la práctica de alimentar al ganado herbívoro con compuestos de origen animal. El resultado fue catastrófico: Decenas de personas que habían consumido carne de vaca contrajeron una horrible enfermedad incurable, y millones de reses tuvieron que ser sacrificadas en el Reino Unido.

El papel reciclado, teóricamente, procede sólo de papel pero ¿ustedes se han detenido a pensar en todo lo que realmente va a parar a los contenedores de cartón y papel? En la práctica, la materia prima de ese producto es... sencillamente basura. Lo cual puede incluir todo tipo de inmundicias, como, por qué no, restos orgánicos de ratas. Pues bien, hace diez años, aquel industrial ya se preguntaba si con el papel reciclado no podría llegar a desencadenarse una crisis análoga a la de las vacas locas. Y ahora hemos sabido que, efectivamente, se han detectado bacterias nocivas en papel higiénico reciclado, fabricado en China. No deja de ser irónico que algo que nos quieren vender amparado en el beatífico mensaje ecologista pueda llegar a ser causante de enfermedades.

Al ir a escribir esta entrada, he sabido que don Jesús murió hace año y medio, a los setenta y seis años. Sirvan estas líneas a modo de homenaje.

lunes, 28 de junio de 2010

El oráculo ha hablado

Nos encontramos ante un sabio, "maestro sabio", puntualiza la entrevistadora, de las pocas mentes lúcidas que previeron "la hecatombe de hoy (...) hace décadas (sic)". Y ¿qué nos revela este oráculo, este pozo de sabiduría en su venerable senectud (93 años)? "Son de temer y esperar conmociones muy fuertes: revueltas sociales y catástrofes naturales." La única salida, nos aclara, es la "redistribución de la riqueza". Nuestro sabio certifica el fin del "capitalismo turbo consumista". No tiene sentido "producir más cosas", la población humana se ha multiplicado por tres en el siglo XX, "mientras que la capacidad productiva de la Tierra, no". Por eso tiene que producirse algún tipo de revolución, que dé paso a una nueva forma de "poder público" que supere el parlamentarismo vendido a la "oligarquía financiera". ("¿Será ese sistema -sugiere la periodista- un socialismo inédito?" -"Llámale como quieras", concede el Sabio.) Pero esta revolución no la hará el mundo desarrollado, demasiado anestesiado, sino los africanos, "que vienen aquí a buscar su parte de los recursos".

El pensador de quien hablo es José Luis Sampedro, entrevistado ayer domingo en El Mundo, con motivo de haber recibido el Premio Menéndez Pelayo. El respeto por las personas mayores, en el cual he sido educado, me impide calificar tal acumulación de despropósitos como lo haría si su autor fuera un estudiante de ESO, tratando de hacer méritos ante sus profesores progres. Lo que sobre todo me deja estupefacto es que, cuando cada vez hay más indicios de que el continente africano, tímidamente, empieza a subirse al carro del crecimiento, un economista venga a decirles a sus habitantes que eso de la productividad ("con qué fines, ¿para tener cada vez más?") ya se acabó. Ahora sólo les queda repartirse los restos de la civilización occidental "y recuperar la armonía". ¡Esperanzador evangelio!

Por lo demás, es también digno de nota que una entrevista realizada con ese arrobamiento a un escritor antiliberal tanto podría haber aparecido en El País como en el diario Público, cuyos lectores fieles consideran seguramente a El Mundo como un ejemplo de amarillismo ultraderechista. Claro que si lo fuera, tampoco la dicha entrevista hubiera desentonado. Sampedro quizás no lo sabe, pero sus ideas son habitualmente difundidas por los ideólogos del neofascismo europeo (salvo en la parte de los africanos, claro). Que Estados Unidos es una sociedad vilmente materialista, la cual "no conserva el sentido ético heredado de la Antigüedad", es un viejo tópico que podría suscribir perfectamente un Alain de Benoist, y por supuesto el más reputado pensador nazi, Martin Heidegger.

Pero a fin de cuentas, este veneno antiliberal es lo que se difunde a todas horas en el mundo desarrollado, sin necesidad de acudir a los medios de la extrema derecha ni la extrema izquierda. El problema no es tanto que existan militantes de uno otro signo contra la globalización y la democracia formal, sino que miles de personas sin especial formación política, con escaso tiempo para reflexionar acerca de cuestiones cívicas, se desayunen un día sí y otro también con brebajes semejantes. Me pregunto si una civilización que continuamente se está cuestionando a sí misma, que denigra los principios que la han hecho grande, y que constituyen la gran esperanza del mundo subdesarrollado, puede sobrevivir mucho tiempo. Esperemos que las siniestras profecías de Sampedro no acaben cumpliéndose, por causas estrictamente opuestas a las que él enuncia: porque terminemos cargándonos el libre mercado y la globalización, en un apoteósico estallido de la estupidez universal.

domingo, 20 de junio de 2010

El mapa mental de la izquierda

(Clic en la imagen para agrandar.)

El esquema que presento no pretende ser más que un primer bosquejo, susceptible de mejoras y abierto a sugerencias. Su intención es mostrar de una forma visual las relaciones entre los distintos conglomerados de ideas que conforman lo que suele llamarse progresismo, para intentar mostrar dos cosas:

1) Que el progresismo en realidad es lo contrario de lo que su nombre proclama, una regresión nostálgica hacia una mítica solidaridad primitiva, aunque hábilmente se sitúe en un futuro no menos impreciso.

2) Que las aparentes contradicciones entre determinadas ideas de izquierdas (por ejemplo, defensa de los derechos de la mujer y connivencia con el islamismo) son perfectamente explicables dentro de la particular lógica de los progres, que se deriva de lo anterior. El diagrama no pretende describir el universo mental de toda persona de izquierdas. No todos los que se autodenominan progresistas son por ejemplo islamófilos. Pero hay muchos que sí, y en mi opinión son los otros quienes deberían explicar qué les hace permanecer en un club donde muchos piensan cosas como que los Estados Unidos se merecieron el 11-S.

Comento rápidamente algunas etiquetas utilizadas.

Romanticismo: Por supuesto, no aludo aquí a un período de la historia del arte, no tengo nada en contra de Beethoven ni de Brahms (¡todo lo contrario!). Quizás un término más apropiado sería irracionalismo, pero me ha parecido demasiado vago, y sobre todo que introduce una connotación valorativa previa innecesaria. Lo que entiendo por romanticismo en el contexto político-ideológico lo conté, y perdón por la autorreferencia, en mi entrada Contra el romanticismo. Pero mucho mejor lo explica Miquel Porta Perales en su imprescindible La tentación liberal. Vale la pena citar un pasaje largo:

"A pesar de lo que se acostumbra a decir y creer, la ideología emancipatoria, filosófica y políticamente hablando, es conservadora y tiene mucho que ver con el romanticismo clásico. En efecto, ante los cambios producidos, primero por la revolución industrial, y ya en nuestro tiempo por las diferentes y sucesivas revoluciones tecnológicas y de toda clase que nos invaden, la ideología emancipatoria lamenta la -supuesta- solidaridad perdida. Cosa que implicaría la desaparición de aquel sentido y espíritu colectivos que, según se afirma, definirían la esencia y la existencia del ser humano. Al respecto, la ideología emancipatoria lamenta también la emergencia y consolidación de determinados valores -éxito, competitividad, dinero, etc.- que, por así decirlo, prostituirían la -supuesta- esencia del ser humano. En este sentido, hay una correlación entre el movimiento romántico y la ideología emancipatoria en tanto y en cuanto una y otra critican que la sociedad, en lugar de recuperar la armonía perdida, tome cuerpo y forma a través de la defensa del interés egoísta de unos individuos que fundamentan su relación mediante el contrato. En esta concepción casi orgánica de la sociedad, no resulta difícil de percibir, por cierto, el aire antiliberal que define la ideología emancipatoria. Y es que para esta última, la ideología liberal -al basarse en el egoísmo, el interés y el contrato- convertiría al ser humano en enemigo del ser humano al excluir la posibilidad de llegar a una sociedad reconciliada y no escindida fundamentada en la solidaridad." (Ed. Península, 2009, págs. 82-83)

Por su parte, Ludwig von Mises también veía en toda ideología colectivista una añoranza de un idealizado estado salvaje, que aunque generalmente es inconsciente, el marxismo manifestó explícitamente desde el principio, como puede comprobarse leyendo el clásico de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. (Muy ameno, aunque científicamente risible.)

El fundamento romántico del Igualitarismo (ver mi reciente entrada La igualdad contra el progreso) es el mismo que el del Nacionalismo y el Ecologismo, lo cual permite comprender las relaciones entre los tres campos ideológicos. Es cierto que la izquierda no ha sido siempre ecologista, e incluso que en determinados momentos fue antinacionalista, pero no debería sorprendernos la convergencia de todas estas ideas, porque en el fondo tienen un origen común, la nostalgia de la tribu primitiva, lo que implica también la añoranza paganoide de una mítica armonía entre el hombre y la naturaleza, que en realidad jamás existió. Así pues, discrepo de la concepción (aunque tenga parte de verdad en el nivel de la práctica política) según la cual temas como el ecologismo y el nacionalismo son utilizados por la izquierda por mero oportunismo, ante el descrédito del marxismo. En mi opinión, la conexión es mucho más profunda, no hay una izquierda que se haya desviado del racionalismo (como defiende in extremis Sebreli en El olvido de la razón, otro libro fundamental) sino que más bien ha ido a parar a donde la conduce su lógica interna, la de un colectivismo reaccionario.

Anticapitalismo y Feminismo son los dos grandes frutos del Igualitarismo. Por feminismo me refiero a lo que suele denominarse ideología de género, una concepción radical que reduce a construcción cultural toda diferencia sexual, llegando a negar la maternidad. Esto no tiene nada que ver con la idea perfectamente liberal de la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer, que niegan las teocracias islámicas y el Ministerio de Igualdad (sic) de Bibiana Aído, al promover la discriminación legal entre ambos sexos (el mismo delito cometido por un hombre es más grave que si lo comete una mujer).

Pero no hay duda que la madre de casi todo es el Anticapitalismo. De ahí viene el odio a Estados Unidos y a su -hasta ahora al menos- aliado en Oriente Medio, Israel; el Pacifismo asimétrico (que consiste en querer desarmar a Occidente antes de que se desarmen sus enemigos) y el Multiculturalismo, que so capa de una crítica al etnocentrismo, proporciona argumentos al Islam (negación de unos derechos del hombre universales). Cuando hablo de Islamofilia, me refiero, más que a una actitud mental de simpatía con la civilización islámica (aunque sin duda se da en muchos casos) a la práctica de, queriéndolo o no, estar efectivamente regalando todos los días argumentos a los integristas de Hamás y de Irán, con las críticas desquiciadas a los judíos y al "imperialismo yanqui". En este sentido, los nacionalismos ibéricos, con su odio a España, confluyen con ese antioccidentalismo, al cuestionar el papel de la nación española en la resistencia contra el Islam medieval y congeniar con el populismo indigenista de Hispanoamérica (véase ETA en Venezuela, a Carod-Rovira subvencionando las lenguas no españolas en el Ecuador, etc).

Una crítica radical de Occidente requiere, pues, atacar a la razón, y negar la idea misma de progreso, pues todas las culturas -se afirma- valen lo mismo, independientemente de sus logros técnicos. En esto, el izquierdismo es donde revela más claramente su fundamento romántico. Pero el ataque no sería completo si no se combinara con un furibundo Anticristianismo. Ello permite disfrazar el carácter irracional de la izquierda, que así se muestra como una digna hija de la Ilustración, abanderada contra el oscurantismo y la Inquisición. Pero sobre todo, al ir contra el cristianismo se apunta contra la propia razón (como lúcidamente vieron Nietzsche y sus epígonos), es decir, contra el supuesto metafísico de un orden objetivo inteligible que el ser humano debe intentar descubrir, no meramente inventarse, aunque nunca pueda aprehender de manera absoluta. Para el sedicente progresista, no existen el bien y el mal objetivos, todo se reduce a convenciones, al derecho positivo. Por tanto, no hay límites a la facultad normativizadora del Estado, del colectivo. Por otra parte, negar el concepto de responsabilidad individual consustancial al cristianismo nos lleva directamente al Buenismo, la doctrina rousseaniana según la cual el mal procede de la sociedad, no del individuo, fuente de todos los estragos causados por concepciones penales ilusorias, que acaban protegiendo a los delincuentes más que a las víctimas. Finalmente, el Anticristianismo confluye con el feminismo radical en minar una institución fundamental de la sociedad, como es la familia, con la retórica engañosa de los "otros modelos de familia", poniendo en pie de igualdad cualquier tipo de asociación arbitraria entre individuos con la pareja heterosexual que cría a sus hijos biológicos, institución que es la más adecuada para formar a personas autónomas, no dependientes del Estado. El proabortismo no es más que una consecuencia de esta política, que al mismo tiempo pretende apuntalarla, pues generalmente la mayoría de abortos provocados se producen fuera de la institución familiar.

En conclusión, todos los motivos del progresismo pueden derivarse del igualitarismo, el ecologismo y el nacionalismo, los cuales a su vez son las tres variantes que ha tomado en la cultura occidental la reacción contra la razón, el progreso y el liberalismo, que resumimos con el concepto romanticismo. Naturalmente, los progres no lo ven así, porque el progreso sigue teniendo demasiado prestigio para que puedan ni quieran atacarlo frontalmente, de ahí que hábilmente han sabido camuflarse como sus partidarios por antonomasia. La teoría más elaborada del igualitarismo, el socialismo marxista, adoptó la forma de un progresismo radical, aun cuando preconizaba una sociedad autoritaria, la dictadura del proletariado, y en aspectos de costumbres no era especialmente más avanzado que la sociedad de su tiempo. Al mismo tiempo, quienes apoyamos el sistema capitalista y el legado judeocristiano, hemos sido tachados de reaccionarios, cuando lo que defendemos son las únicas bases concebibles que puede tener todo progreso, que es imposible sin la conservación acumulativa de todo aquello que vale la pena ser conservado. La izquierda por el contrario pretende destruir y partir de cero como paso previo a una construcción, a un paraíso terrenal que jamás llega, porque no tiene otra entidad que la oscura nostalgia por una edad dorada que tampoco existió jamás, pero que por alguna razón persiste en la mente humana como ciertas características genéticas recesivas.

Versión 2.0 aquí.

miércoles, 19 de mayo de 2010

UPyD se suma al coro de ecologistas antiliberales (valga la redundancia)

A estas alturas, ya no sorprende a nadie que un catedrático escriba sandeces como las siguientes:

"...resulta ya ineludible escapar de la maldita ecuación que liga el bienestar con el crecimiento económico ilimitado: en un mundo finito no es posible el crecimiento infinito. En la hora actual no se trata de crecer más sino de repartir mejor. De idear un plan nuevo de convivencia -más justo o menos feroz- entre los habitantes de una Tierra que no está hecha para acoger una industrialización como la que han vivido los países tempranamente industrializados..." [Negritas mías.]

Lo que sí es digno de nota es quién escribe esto, contra quién lo dirige y, sobre todo, a quién pretende engañar. El autor es el eurodiputado de UPyD, Francisco Sosa Wagner, en un artículo titulado "El alcohólico y su botella", que se puede leer en la edición impresa de El Mundo de hoyayer, así como en la web de UPyD. Sosa Wagner parte de un libro recién publicado en Alemania por Meinhard Miegel, profesor cercano a la CDU, para establecer una confusa amalgama de la que llama "religión del crecimiento" con las políticas de endeudamiento keynesiano, lo que le permite halagar al lector conservador, y potencial votante de UPyD, como si su alegato fuera contra la "progresía oficial".

Lo más gracioso es cuando habla de la "actitud reaccionaria" de "quienes blasonan de izquierdismo". Me pregunto si puede haber algo más reaccionario que oponerse al crecimiento económico, lujo que sólo pueden permitirse, evidentemente, las personas acomodadas de Occidente. Dígaseles a los mileuristas (no digamos ya a los africanos) que ya está bien la broma, que se acabó eso de querer prosperar materialmente a toda costa... ¿Pues qué se han creído? A ver si ahora cualquier camarero pretenderá que sus hijos estudien en Stanford, y cualquier nigeriano querrá tener lavavajillas...

Por supuesto, la tontería del "mundo finito" se basa en el olvido de una de las primeras lecciones de cualquier manual de economía mínimamente serio: Que los recursos no permanecen constantes en el tiempo, sino que están en función de la innovación tecnológica. Y la idea de que lo importante no es crear riqueza, sino repartirla, ha sido refutada de manera tan contundente por la Historia (además de por la teoría), que el hecho de que personas inteligentes y cultas sigan empeñadas en defenderla provoca un sentimiento mezcla de melancolía y desesperación. ¿Pero no se ha demostrado hasta la saciedad que todos los intentos políticos (es decir, coactivos) de redistribución, al asfixiar la productividad, no sólo no reducen la pobreza, sino que la incrementan? Pues el catedrático Sosa faltó ese día a clase, por lo visto.

El liberalismo siempre ha sufrido ataques procedentes tanto de la izquierda como de la derecha realmente existentes. Este blog lleva tres años posicionándose en la derecha liberal, pero aquí me refiero a la clase política que padecemos, no al debate intelectual. Y hoy, tanto los hunos como los otros emplean el argumentario ecologista con total descaro. Zapatero con sus cretineces ("la Tierra pertenece al viento") y su empeño en regalarle el dinero de los contribuyentes a las compañías de "energía verde"; Juan Costa, del PP, con su "revolución imparable", una recopilación de sobados tópicos a la mayor gloria de Gaia; y ahora se suma a la fiesta UPyD. Por cierto, y dicho sea desde el respeto y la admiración: Federico, ¿cuándo te caerá la venda de los ojos con este partido?

martes, 8 de diciembre de 2009

El Dogma Básico de la sabiduría convencional

Hace medio siglo, John Kenneth Galbraith acuñó la expresión "sabiduría convencional" para referirse a aquel conjunto de ideas que han alcanzado la máxima aceptabilidad social en un determinado momento, incluso aunque los hechos se empeñen en contradecirlas. El economista norteamericano consideraba, en su famoso libro La sociedad opulenta (1958), que después de la segunda guerra mundial, la sabiduría convencional en los Estados Unidos era el resultado de una extraña amalgama de liberalismo clásico y keynesianismo. Él mismo -reconocía- había sido un keynesiano fervoroso, hasta que llegó a la conclusión de que los seguidores de Lord Keynes mantenían una especie de pacto no escrito con los defensores del mercado: Estos cedían ante la expansión del déficit (en el contexto del gasto defensivo que demandaba la guerra fría), y aquellos no exigían subidas de impuestos ni incrementos del gasto social o medioambiental, coincidiendo ambos en la veneración del crecimiento económico.

Galbraith, como buen socialista, pensaba que el renacimiento del mercado en la posguerra era un error, la clase de discurso que la gente (sobre todo si es adinerada) gusta de escuchar porque le permite seguir disfrutando de bajos impuestos, cerrando los ojos ante el riesgo de que los desequilibrios supuestamente provocados por el mercado acaben minando su propia prosperidad. Más tarde incluso confesó que el lanzamiento del Sputnik soviético le había animado a publicar su libro, al interpretar el acontecimiento como una demostración de que el modelo norteamericano, basado en la libre empresa y el gobierno limitado, no tenía tantas razones para la autocomplacencia. De este modo, con un estilo no exento de brillantez, Galbraith se constituía en realidad en un divulgador de la nueva sabiduría convencional socialdemócrata, un abogado de la "buena disposición para establecer impuestos y para pagarlos", y de las regulaciones económicas y medioambientales.

En efecto, hoy la sabiduría convencional coincide mucho más con las propias ideas de Galbraith que no con las que él criticaba. Equivale en gran medida a eso que yo he llamado (véase la cabecera de este blog) "paradigma seudoprogresista", aludiendo a Kuhn. Sin embargo, la expresión del economista posee la virtud de referirse con más propiedad a ese conjunto de extendidas creencias que abrigan incluso las masas más ignorantes o indiferentes. Es "lo que todo el mundo dice", aquello que la mayoría de personas, de todos los niveles culturales, leerá o escuchará en los medios de comunicación o en las tertulias de bar, sin ponerlo en duda ni por instante. Es más, sin que se le ocurra siquiera esa posibilidad, como ante proposiciones del tipo "la Tierra es redonda" o "el agua del mar es salada".

La característica fundamental de la sabiduría convencional es que nace como una interpretación culta de los hechos, y acaba sustituyéndolos. De ahí que sea adoptada masivamente, porque la mente humana necesita mucho menos esfuerzo para tratar con interpretaciones (simplificaciones) de la realidad, que no con la realidad misma. Cada momento histórico tiene su propia sabiduría convencional, que es abandonada, no cuando los hechos la contradicen flagrantemente (aunque eso acaba ayudando) sino cuando aparece una nueva interpretación, un nuevo paradigma lo suficientemente sugestivo y fácilmente popularizable.

El Dogma Básico de la sabiduría convencional actual (en adelante, DB) es desde luego muy fácil de comprender, incluso por la mente más obtusa, y tiene además la capacidad de halagar nuestra buena consciencia haciendo que nos sintamos un poco mal a ratos, y de manera perfectamente controlada y soportable. Cuánta probreza hay en el mundo... Qué verguënza que nadie haga nada... Cada vez está todo más contaminado... De seguir así, nos cargaremos el planeta... Son expresiones que parafrasean al DB, que podría fijarse aproximadamente así:

En el mundo cada vez hay más pobreza, y el medio ambiente se deteriora de manera creciente, por culpa de la acción humana descontrolada.

Por supuesto, el DB es completamente falso: No se corresponde en absoluto con los hechos. En el mundo, durante las últimas décadas, el número de pobres no ha dejado de disminuir, y las economías desarrolladas cada vez son menos agresivas con el medio ambiente, se reducen más los niveles de polución y se produce un aprovechamiento más eficaz de las materias primas, no sólo ni principalmente por el reciclaje, sino sobre todo por las innovaciones tecnológicas. Estos son hechos que, con las lógicas diferencias y excepciones locales, están ahí, y podemos conocerlos a través de las publicaciones estadísticas oficiales, y de los expertos que saben moverse entre la selva de los datos para ofrecérnoslos a los ignaros. Para limitarme sólo a un par de ejemplos muy conocidos, mencionaré el libro de Johan Norberg, En defensa del capitalismo global, para el aspecto económico, y el blog de Antón Uriarte, CO2, principalmente centrado en el cambio climático.

Pero como he dicho, informarse sin esquemas preconcebidos requiere un esfuerzo considerable. Es mucho más fácil, y por ello es lo que hacemos casi todos, seleccionar los hechos que confirman nuestro marco teórico previo e ignorar, olvidar o desacreditar aquellos que nos desconciertan momentáneamente porque no encajan en él. Y esta es una tendencia que puede observarse, en diferentes grados, tanto en el lector común de periódicos (que empieza ya, a menudo, por serlo de uno solo, el que más se ajusta a su manera de pensar) como en los avezados científicos (y descarados manipuladores) del CRU británico.

Existe además una razón específica por la cual el DB es especialmente difícil de combatir. Cuando uno niega que en general cada vez haya más pobres, o que la situación medioambiental, globalmente considerarada, se agrave año tras año, es difícil no provocar la sensación de ser una persona insensible ante las injusticias y los desastres ecológicos que, quién lo niega, se producen en el mundo. Y viceversa, el mero hecho de sostener lo contrario, independientemente de si se ajusta a los hechos o no, confiere un marchamo de integridad moral aparentemente indiscutible.

De hecho, podría pensarse, más allá de la verdad o falsedad del DB, que sus efectos podrían ser beneficiosos, al mantenernos en una tensión autocrítica que nos impulsa a no conformarnos con los males del presente. Sin embargo, en realidad sucede todo lo contrario: El DB de la sabiduría convencional contribuye trágicamente a agravar aquellos problemas que denuncia.

La historia del siglo XX ha demostrado rotundamente que la pretendida alternativa al sistema económico dominante, el socialismo, no sólo ha sido un completo fracaso, sino que ha venido acompañado de una violencia estatal sin precedentes: Cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones o colectivizaciones forzosas es el balance de menos de un siglo de "socialismo real" en la Unión Soviética, China y los demás países que adoptaron alguna variante de credo marxista como religión oficial. El DB, sin embargo, tiende a relativizar esta evidencia, culpando al capitalismo salvaje (el comunismo debe ser civilizado) de males sin cuento, de la muerte de millones de personas por hambre todos los años, y del apocalipsis climático, o lo que se ponga de moda la próxima década. Es decir, presentando como insostenible y atroz al sistema que ha producido las mayores cotas de prosperidad de la historia, y los avances tecnológicos que han cambiado la vida de millones de personas. Si no fuera por la fuerza del DB, las políticas estatalistas que perpetúan la pobreza y la dependencia, y limitan el crecimiento, gozarían comparativamente de mucho menos prestigio, y serían vistas por las masas de muchos países exactamente como lo que son: Un freno a sus aspiraciones de prosperar y de disfrutar sin trabas de los frutos de su propio esfuerzo, mientras ciertas minorías se enriquecen fabulosamente gracias a sus vínculos con corruptos gobernantes.

El DB es, en resumen, la gran coartada de los políticos (con las honrosas excepciones) y los burócratas de la ONU para imponer recortes de la libertad individual y encima presentarse como salvadores. Aunque la izquierda es la principal usufructuaria de la sabiduría convencional (de ahí su hegemonía cultural), tampoco la derecha es completamente inocente, tanto por acción (ahí están esos líderes conservadores que hacen suyo el discurso algoriano) como por omisión, por eludir enfrentarse, en tantas ocasiones, a los dogmas establecidos.

La importancia creciente que ha cobrado en las últimas décadas el ecologismo (no confundir con la ecología) se debe, en parte, a la evidencia cada vez más difícil de eludir del fracaso del comunismo. Es preciso, para todos aquellos que se niegan a aceptar la superioridad del mercado libre, convertirlo en culpable de la destrucción del mundo, sea por el agotamiento de los recursos, la desertización, el agujero de ozono o la fusión de los casquetes polares. Se olvida deliberadamente que los mayores desastres ecológicos, como el de Chernóbil, se han producido en países comunistas. Pero tanto las monsergas ecologistas como el discurso de la brecha Norte-Sur tienen la misma función: Desacreditar el sistema de libre mercado y la globalización.

Por otra parte, la crisis económica ha dado nuevos argumentos a los estatistas. Piden nuevas regulaciones, que se suman a las impuestas para luchar contra el cambio climático, como si las regulaciones monetarias y financieras que han sido las causantes de la crisis no tuvieran nada que ver con las autoridades políticas. Y si sus políticas de intervencionismo, de gasto y de endeudamiento prolongan la crisis, da lo mismo. Cuando se salga de ella, los gobiernos se atribuirán el mérito, y durante décadas nos estarán recordando la profundidad y duración de la crisis para advertirnos de los peligros del mercado no sujeto a su control.

La persistencia del DB no se puede explicar sólo por la inercia o la pereza intelectual. Si los medios de comunicación no actuasen como sus más entusiastas reforzadores, posiblemente ya habría sido sustituido por otra visión de la realidad, inevitablemente simplificadora, pero más acorde con ella y menos embrutecedora. Hoy, inusualmente, he visto un informativo de la televisión. Cuando hablaban de la cumbre de Copenhague, por un momento pensé que iban a referirse al escándalo del Climategate: El presentador se refería a una polémica causada por... ¿Lo creerán? Unos árboles de Navidad que al parecer las autoridades danesas habian retirado para no ofender a los activistas ecologistas presentes en las inmediaciones del evento. (La cadena era Antena 3, pero da lo mismo, todas son iguales.)

Nos encontramos claramente en una sociedad dividida en dos clases de ciudadanos. Quienes nos informamos habitualmente a través de internet, y quienes sólo ven la televisión y, en el mejor de los casos, leen algún periódico impreso. Hay indicios de que entre los primeros el contenido de la sabiduría convencional puede por fin estar cambiando. Pero mientras los segundos continúen secuestrados por los medios de comunicación tradicionales (con alguna, también aquí, honrosa excepción) será difícil que se produzca un retroceso del intervencionismo estatal. Al final, de tanto decir que el mundo va de mal en peor, puede que acabe siendo cierto, pero por razones distintas a las que nos vienen pregonando: Por culpa de quienes pretenden erigirse en sus salvadores.

ACTUALIZACIÓN 4-03-10: Esta entrada ha servido de base a mi artículo "La sabiduría convencional de nuestro tiempo", publicado por Semanario Atlántico.

sábado, 31 de octubre de 2009

El climatólogo Michael Jackson

Esta tarde he visto This Is It, la película basada en los ensayos de la gira que tenía previsto dar Michael Jackson en el Reino Unido. Quizás porque hubiera preferido ver otra cosa (la elección ha sido de mi mujer) al final no me he aburrido tanto como pensaba.

Una de las canciones de la película, Earth Song, sirve para poner la nota ecológica. Al parecer, el rey del pop quería incluir en su gira británica un mensaje sobre el cambio climático. Durante uno de los ensayos dirigió a sus colaboradores unas palabras sobre la importancia que tenía este tema para él, y aseguró que sólo tenemos cuatro años para salvar al planeta: Después, siempre según el climatólogo Michael Jackson, será demasiado tarde.

A menudo se ha observado, no sin razón, que las poses "comprometidas" de los artistas son una manera de promocionarse y a veces hasta de hacer negocio. Evidentemente, no es el caso de Michael Jackson, que a estas alturas no necesitaba esto, creo yo. Más bien tiendo a pensar que en la mayoría de artistas late un larvado complejo de culpa, por el cual toda concepción del arte por el arte aparece como moralmente injustificable, y aquí radicaría la causa profunda por la cual muchos adoptan posturas "progresistas", una especie de acto de expiación por su pecado de esteticismo.

A mí siempre me ha parecido que el arte por el arte no necesita ninguna justificación, pues los artistas, y especialmente los más grandes de entre ellos, hacen infinitamente más por la efímera felicidad terrena que no muchos salvapatrias y mártires. No tienen ninguna necesidad, ni mucho menos obligación, de ofrendar sus obras a la Madre Tierra, ni a ningún otro ídolo de las ideologías modernas.

sábado, 26 de septiembre de 2009

La tomadura de pelo ecologista

El ecologismo es la penúltima máscara que han adoptado los socialistas de todos los partidos (desde Obama a Sarkozy, pasando por el inefable cabeza de la familia Adams) para avasallar a los ciudadanos con nuevos impuestos, llámense ecotasas, impuestos verdes, derechos de emisión de CO2 o la puta que los parió. (Con las grandes empresas haciéndole el juego a los gobiernos, a ver si así consiguen o mantienen tratos privilegiados.)

Después de ver cómo los gobernantes expolian a la sociedad, lo que más me subleva es la mansa actitud de esa masa formidable de borregos cuya fuente primordial de información es el telediario de La 1: "Bueno, es que algo hay que hacer, si no a este paso nos cargaremos el planeta", etc.

Es muy difícil llegar -lo admito- a esas mentes embrutecidas por "Gran Hermano" y por esas series españolas que a Imanol Arias, en el papel de un anuncio de RTVE, todavía no le parecen suficientemente desvergonzadas.

Si en España hubiese una Fox y no una sola esRadio, sino media docena, que mostraran a millones de personas, incluidas esas que no tienen el internete, la extensión actual del hielo del Ártico (en rosa) en comparación con la de hace dos años por estas mismas fechas...


...o divulgaran un reciente estudio según el cual la superficie forestal en España ha crecido hasta más del doble en las últimas décadas...

...Si estas cosas llegaran a mucha más gente, las tomaduras de pelo de los gobiernos, ecologistas o del tipo que sea, tendrían mucha más contestación social, ayudarían a revitalizar el antaño temible humorismo popular, actualmente vampirizado por las gilipolleces televisivas, y en general nos iría mejor. Como mínimo, Mr. Adams y sus secuaces deberían trabajarse más los discursos, elevándolos por encima del nivel de subnormalidad profunda que por ahora les basta. Vamos, que sudarían un poco, y justificarían una parte, aunque ínfima, del sueldo que les pagamos.

martes, 21 de julio de 2009

Nuestro futuro no está en las estrellas


Es lo que sentencia Saramago en un artículo titulado “Luna” –al hilo de la rememoración de las primeras pisadas del hombre sobre nuestro satélite– en el cual cuestiona la importancia de aquel acontecimiento y juega metafóricamente con la idea de que fue un montaje, comparando los movimientos de los astronautas con los de unas marionetas.

Por su parte, Sánchez Dragó, en otro artículo publicado ayer (“Paparruchas”; el título ya es elocuente), no duda tampoco en recrearse con la idea del carácter hollywoodiense del primer alunizaje tripulado, aunque básicamente se entretiene en aclararnos un delicado matiz de su evolución inelectual… Vamos, que en aquella época él estaba más interesado en follar que en la conquista del espacio u otras zarandajas (¿sólo en aquella época?).

No han faltado críticas de índole más seria al proyecto Apolo, según las cuales durante la guerra fría se priorizaron por razones propagandísticas los vuelos tripulados a la Luna, impidiendo un desarrollo del programa espacial quizás menos espectacular, pero a la larga más productivo desde un punto de vista científico, tecnológico y económico.

Posiblemente estas críticas no carecen de fundamento, pero su falta de perspectiva me parece patente. El esfuerzo que requirió el proyecto Apolo se tradujo en incontables avances técnológicos de todo tipo, directos e indirectos, que años más tarde repercutirían en la vida cotidiana. Y a fin de cuentas, sólo han transcurrido cuatro décadas. La gente parece estar decepcionada porque todavía no hay una oferta de apartamentos lunares con vistas al Mar de la Tranquilidad, pero la conquista del espacio es una empresa a escala de milenios, que sólo acaba de empezar.

Rotundamente, yo sí creo que nuestro futuro está en las estrellas, aunque por descontado no espero verlo, ni lo verán mis hijos. Quienes en los años cincuenta creían que la Unión Soviética iba pronto a sobrepasar económicamente y en todos los órdenes a Estados Unidos, nos recuerdan poderosamente (cuando no eran los mismos) a quienes en los setenta creían que el petróleo y otras materias primas se agotarían antes de finales del siglo XX, y recuerdan también a aquellos que gustan de aparentar un maduro escepticismo de personas adultas, que no creen en “paparruchas”, ante los logros de la exploración espacial.

Naturalmente, a cierta clase de persona le molesta que la exploración espacial esté liderada por los Estados Unidos (aunque la competencia, felizmente, sea creciente) pero además existe una razón más profunda. La idea de que dentro de miles de años nuestros descendientes puedan haber colonizado otros planetas choca frontalmente contra el fatalismo ecologista, y sus variantes místico-orientalizantes, que basan todos sus pronósticos apocalípticos en el supuesto de que sólo tenemos una Tierra y de que la tecnología ha llegado al límite de su explotación. Lo cual es seguramente tan ridículo como si un egipcio de la dinastía XVIII hubiera pensado que la civilización (en muchos aspectos, ya bastante sofisticada) había alcanzado su apogeo, y que no quedaba apenas nada por descubrir o inventar.

Muchos que reivindican eslóganes sesentayochistas del estilo de “imaginación al poder”, “otro mundo es posible” o “cambiar la vida”, o que pontifican desde una pretendida sabiduría superior al racionalismo occidental, se caracterizan curiosamente por una absoluta falta de imaginación (no confundir con fantasía carente de cualquier rigor), sólo comparable a la de esos intelectuales o intelectualoides que jamás han creado nada duradero, pero se desviven por descreditar a los verdaderos emprendedores y soñadores, aquellos que a fin de cuentas sí acaban transformando la realidad.

martes, 26 de mayo de 2009

Horror: la contaminación disminuye

Josep Lluís Domingo, director del Laboratorio de Toxicología y Salud Medioambiental de la Universidad Rovira i Virgili (Tarragona), ha afirmado, en una entrevista publicada por el gratuito local Diari Més que los contaminantes detectados en la alimentación muestran una tendencia “a la baja y, en algunos casos, de forma muy espectacular”, y pone como ejemplo las dioxinas, que “en los años noventa eran muy preocupantes, pero creo que dentro de seis o siete años ya no serán un tema prioritario.” Y cuando la entrevistadora le pide un mensaje para la gente responde: “Que no estamos nada mal en cuanto a contaminación química de los alimentos, vamos a mejor.”

Pero ¿no quedamos en que la contaminación no para de aumentar por culpa del ultraliberalismo depredador y bla bla bla? Pues sospecho que los medios de comunicación, pese a informaciones como esta, continuarán con su raca raca de la degradación cada vez mayor del medio ambiente. Y no es porque las malas noticias vendan más, porque cuando día sí y día también escuchamos decir lo contrario, que alguien afirme que la contaminación disminuye, es de por sí suficientemente llamativo para atraer al lector. Pero no, nuestros periodistas (el 90 % progres) prefieren el titular trillado y que nos corrobore en nuestros prejuicios de personas concienciadas con los problemas medioambientales, como el de esta entrevista: “La presencia de grasa en los alimentos hace que aumenten sus contaminantes.” Y así, sobre todo si nos quedamos sólo en el titular, nos podemos entregar al masoquismo fático del “cada vez está todo peor, a dónde iremos a parar” etc.

Y los gobiernos, encantados de tener que salvarnos de los males atribuibles a los “industriales sin escrúpulos”, preferiblemente cuando esos males son genéricos y por tanto imaginarios, que así sus soluciones tampoco necesitan demostrar ninguna efectividad.

domingo, 2 de noviembre de 2008

2030: Preparen las maletas para Marte

Según un informe de la organización ecologista WWF/Adena, de continuar el ritmo actual de crecimiento de la población y de consumo, en 2030 necesitaremos otro planeta más. El blog La Libertad y la Ley hizo un primer comentario en caliente de la noticia la pasada semana, poniendo acertadamente de relieve el prejuicio neomalthusiano que subyace en todas estas profecías apocalípticas del ecologismo. En esta entrada quisiera analizar más concretamente algunos conceptos cruciales que aparecen en el informe, y añadir unas reflexiones.


El informe

El informe Planeta Vivo 2008 utiliza los conceptos "Índice Planeta Vivo", "Huella Ecológica" y "Biocapacidad". El primero mide las poblaciones de 1.686 especies de vertebrados de todas las latitudes, que en los últimos años no han dejado de menguar. El segundo, en el cual se basa el núcleo de la argumentación, mide el área de la superficie terrestre necesaria para mantener el nivel de vida de una persona, un país o el mundo entero. Este concepto va ligado estrechamente con el de Biocapacidad, que estima el área biológicamente productiva existente. Ambos parámetros utilizan como unidad de medida la hectárea global (hag), que se define como la hectárea con la capacidad productiva promedio.

Para estimar la Huella Ecológica es necesario medir la extensión requerida por los asentamientos humanos, las zonas pesqueras, forestales, agrícolas, de pastoreo y la extensión de bosques necesaria para absorber las emisiones antropogénicas de CO2. Una vez elaborados todos estos datos, se obtiene que la Huella Ecológica Global fue de 2,7 hag por habitante en 2005, frente a una biocapacidad global de 2,1 hag por habitante. Es decir, como media, cada uno de nosotros supuestamente consume y contamina cerca de un 30 % más de lo que la Tierra puede producir y absorber de manera sostenible. Y según las proyecciones del informe, en 2030 la Huella Ecológica doblará la Biocapacidad, que es lo que se expresa dramáticamente diciendo que serán necesarios dos planetas Tierra.

Se me ocurren dos comentarios acerca de toda esta conceptualización. En primer lugar, nótese que el Índice Planeta Vivo queda algo desconectado del resto de la argumentación. Aunque no negaré que haya buenas razones para lamentar la extinción del antílope saiga, el rinoceronte blanco del norte o la rana arbórea gris, no es para nada evidente que ello afecte a nuestra supervivencia. En segundo lugar, no puede pasar desapercibida la complejidad de las informaciones que se requieren para elaborar el dato de la Huella Ecológica. Permítanme que me muestre escéptico ante la posibilidad de estimar un parámetro semejante, y no hablemos ya de su proyección hacia el futuro. La profusión de gráficos y tablas del informe recuerda al método científico, pero no es el método científico -conviene tenerlo presente.


La gran mentira

La falacia central del ecologismo podría expresarse como sigue:

(1) La Tierra no puede sostener una población y un consumo infinitos.

(2) Esto significa que tiene que haber un volumen máximo de población y de consumo.

Según el ecologismo, ese máximo lo hemos alcanzado ya, o estamos a punto de hacerlo. En los años setenta el Club de Roma ya hizo previsiones, aventurando incluso fechas concretas, acerca del agotamiento de los recursos naturales. El problema es que no acertó ni una.

Pero más allá de la constatación empírica de esos errores, lo decisivo es poner de manifiesto el carácter ilógico de la premisa ecologista. Digámoslo claramente: La proposición (2) no equivale a (1). El hecho evidente de que el planeta no pueda albergar una población infinita no significa que deba existir un número máximo de habitantes dado. Sería así si los recursos naturales fueran algo inmutable, es decir, si la productividad agrícola, industrial, etc fuera ahora la misma que en tiempos del Imperio Romano. La historia, sin embargo, es la demostración patente de que a medida que aumenta la demanda de cualquier recurso determinado, tanto su obtención como su aprovechamiento se hacen más eficaces (menos costosos) o incluso se encuentra un sustituto más accesible. ¿Significa esto que cualquier cifra de población y de producción, por descomunal que sea, sería factible en un futuro dado? Evidentemente no. Pero admitir esta obviedad es muy distinto de afirmar que podemos precisar dónde estaría el límite. Si nos atenemos a la ley sobre los recursos que acabo de enunciar, en teoría el progreso puede continuar indefinidamente. En la práctica, lo que ocurriría es que un momento determinado, colonizar otros planetas empezaría a ser más viable (tecnológica y económicamente) que continuar creciendo sobre la superficie terrestre. Si ninguna catástrofe lo impide, algún día daremos el salto hacia el espacio -es decir, continuaremos creciendo, mal que les pese a los ecologistas. (Si quieren chinchar a uno de estos, recomiéndenle Los próximos diez mil años de Adrian Berry, que se publicó más o menos por la misma época que el informe del Club de Roma.)

Naturalmente, ninguno de estos argumentos convencerá nunca a un ecologista. Incluso aunque se mostrara de acuerdo en la parte puramente lógica, siempre podría agarrarse a la complejidad de las informaciones y estadísticas medioambientales para afirmar que los datos "demuestran" que la Tierra se nos ha quedado pequeña, y que ya es tarde para comprar los billetes para Marte. De hecho, si las tesis ecologistas son válidas, los viajes espaciales masivos no serán jamás factibles, pues las cantidades de energía que se requieren para ello no se pueden desarrollar sin comprometer la sostenibilidad del planeta.


Lo que hay detrás de la gran mentira


Para atacar la línea de flotación del ecologismo hay que obligarles a que se quiten la careta. Es decir, hay que preguntarles si están dispuestos a asumir los costes del crecimiento cero. Este sólo puede conseguirse de dos maneras:
  1. Que los países pobres sigan siendo igual de pobres.
  2. Que los países ricos sean menos ricos.
Observen que ambas hipótesis son a la vez perfectamente compatibles. De hecho, en contra de lo que la imagen popular de los vasos comunicantes sugiere, lo habitual es que cuando disminuye el crecimiento del los países más desarrollados, los más atrasados tampoco salgan beneficiados, sino todo lo contrario (disminución de la inversión extranjera, de las exportaciones, etc).

¿Están dispuestos los ecologistas a asumir las consecuencias de su discurso? ¿Quién le dirá a los chinos o a los indios que no tienen derecho a poseer un automóvil o aire acondicionado? ¿O quién le dirá a los europeos más humildes que han de renunciar a alcanzar jamás el nivel de vida de las clases medias altas? Sólo existe una alternativa, si de verdad aspiramos al crecimiento cero, y es que las clases medias y altas de Occidente sacrifiquen su actual situación económica y estén dispuestas a conformarse con menos, a prescindir o restringir el uso del vehículo privado, las viviendas espaciosas y repletas de confortables electrodomésticos, los viajes, etc.

Naturalmente, si los ecologistas fueran tan claros, no tendría votos, ni subvenciones ni donaciones. Hay que hablar de "bienestar sostenible" y ocultar el hecho de que, de aplicarse seriamente su programa intervencionista, los únicos que mantendrían su bienestar serían ellos y la clase política en general, al igual que ocurre indefectiblemente en todo sistema de economía dirigida.

Muchas propuestas de optimización de los recursos que hacen los ecologistas son las que aplica la propia sociedad sin necesidad de imposiciones, cuando se permite actuar libremente a la iniciativa individual. Por eso los países donde hay más libertad son también los más respetuosos con el medio ambiente. Incluso en el informe Planeta Vivo se les escapa esta verdad, cuando afirman:

"La mayoría de los servicios ambientales de mantenimiento, regulación y culturales no se compran ni se venden en el mercado; por lo tanto, no tienen valor comercial. Su disminución no envía señales de alerta a la economía local o mundial."

¿Cabe mayor elogio del mercado? Sin quererlo, los autores nos están diciendo que si existieran derechos de propiedad sobre bienes públicos como el agua, el aire, etc, estos estarían mucho mejor protegidos, porque habría quien estaría personalmente interesado en ello. Pero naturalmente, su conclusión es la opuesta. Como el mercado no puede solucionarlo todo (¡porque el Estado se lo impide!) la salvación vendrá de los gobiernos, los cuales no han de retroceder ni siquiera ante "los límites de la propiedad privada", como afirma reveladoramente el director general de WWF, James P. Leape, en el prólogo. Como se dice vulgarmente, se le ve el plumero.

El ecologismo, en suma, es el caballo de Troya del viejo despotismo socialista. Como nadie acepta fácilmente sacrificios materiales como los que se estilaban en la antigua Unión Soviética (escasez, colas, mala calidad de los productos, etc) es necesario -además de la pura y simple coacción- un discurso consolador, que o bien nos prometa el paraíso esplendoso del socialismo, o bien nos amenace con un infierno ecológico si nos desviamos de las leyes "que dicta la naturaleza". Nótese el verbo empleado por James P. Leape: La dictadura, en efecto, se puede justificar en nombre del "pueblo" o en nombre de la "naturaleza". Pero dictadura es, al fin y al cabo.

martes, 2 de septiembre de 2008

Contiene sulfitos

En una ocasión, unos familiares por parte de mi mujer, me dieron a probar el vino que elaboran ellos mismos. "Esto no tiene química", me decían, como si fuese el mayor elogio que puede hacerse de un vino. Tal como me temía, estaba picado; aquello era imbebible. Superé el compromiso como pude para no parecer descortés y terminé tomando cerveza.

Recientemente, tuve ocasión de participar en la cata de unos vinos "ecológicos", así llamados porque en el proceso de elaboración se han recuperado determinados métodos tradicionales, como por ejemplo el prensado de la uva con los pies. No pretendo entender del tema, pero me parecieron más que aceptables. Miré la etiqueta: "Contiene sulfitos", rezaba. Claro, podrán ser todo lo ecológicos que se quiera -pensé- pero el productor no está loco, y no le interesa que lleguen irremediablemente estropeados a la mesa del consumidor.

La moraleja de esto creo que es clara: ¡Viva la química!

domingo, 1 de junio de 2008

Ecologismo y barbarie

Ayer se manifestaron varios miles de personas en San Sebastián en contra del Tren de Alta Velocidad. La plataforma convocante, AHT Gelditu!, está instrumentalizada por el entorno proetarra, pero el lenguaje que emplea es ecologista.

No es casual que el ecologismo se haya convertido en un instrumento de la izquierda más radical. Véase al respecto el discurso anticapitalista de Evo Morales o de Castro, basado en argumentos medioambientales y en la letanía del cambio climático. Tanto el socialismo como el ecologismo explotan nuestros instintos más atávicos, como son el gregarismo forjado durante nuestro larguísimo pasado cazador-recolector, y el miedo a lo desconocido que plantea el progreso tecnológico.

Una de las portavoces de la manifestación, según El Mundo de hoy, ha afirmado, refiriéndose al proyecto ferroviario, que el "crecimiento indefinido" es imposible, dado que "los recursos naturales son limitados". Es un espíritu prácticamente idéntico al de aquella carta escrita por el jefe indio Noah Sealth al presidente de los Estados Unidos en 1854, en contra de la civilización traída a América por los europeos. Conmovedora, no lo niego, pero de una ingenuidad (hablemos en serio) indefendible, salvo por el típico maestro romántico, ávido de impresionar a sus adolescentes alumnos. Aunque quizás la comparación más pertinente sea la de aquellos pueblos primitivos que temían ser fotografiados por temor a que su alma quedara atrapada. Sin salir de Europa, Cioran contaba el caso de un aislado pueblo rumano en el que, a principios del siglo pasado, el fotógrafo tuvo que salir por piernas...

Los sabotajes contra las infraestructuras y las empresas constructoras en el País Vasco forman parte de la estrategia de ETA, que reproduce la metodología de campañas anteriores. Pero no es mera anécdota que se intenten justificar apelando a la misma mentalidad cerril contra el progreso que impulsaba a aquellos lugareños a querer linchar a un fotógrafo. Lo mismo puede decirse de los actos violentos contra entidades financieras o empresas de trabajo temporal. Los prejuicios contra la economía de mercado y la propiedad privada, como argumenta Hayek en las clarividentes páginas de su última obra, La fatal arrogancia, son en gran medida reminiscencias de nuestro pasado precivilizado. Si a ello añadimos el componente nacionalista, es decir, el instinto territorial incrustado en las capas más profundas del cerebro humano, no debe extrañar que la mezcla resultante sea tan potente y peligrosa. Lo suficiente para que se acojan a ellos muchos incautos que, por descontado, se consideran a sí mismos impecablemente "progresistas".

domingo, 11 de mayo de 2008

Vivimos en una sociedad predatoria

José Luis Sampedro y Valentín Fuster, autores de un reciente libro, son entrevistados en el Magazine de El Mundo de hoy. Sería una lástima que la profusión de entrañables necedades que se vierten con la ocasión, quedaran eclipsadas por las que, a su vez, afloran en la entrevista a Zapatero, en ese mismo suplemento dominical.

Sampedro nos alerta del riesgo de "infarto social". Y nos lo explica con una imagen de una calle cualquiera de Madrid, atestada de coches aparcados en doble fila y obstaculizando el tránsito.

"Bueno -dice- pues eso es como el colesterol en las venas: ¿Quieres más infarto? Pues bien, está la tensión con la que se vive, la velocidad, la presión bajo la que se trabaja, etc (...) Una sociedad tan consumista, que funciona a esta alta velocidad, está en peligro de infarto y nosotros nos preguntamos cuál es la solución."

Suponemos que si Madrid tuviera treinta mil habitantes, en lugar de tres millones, habría mucho menos estrés. Del mismo modo también podríamos decir que en una sociedad pastoril, habría seguramente muchas menos muertes por enfermedades cardiovasculares -y bastantes más por infecciones, parásitos, desnutrición y un largo etcétera. Pero -nos replicaría Sampedro- el problema es que el actual ritmo de crecimiento no puede sostenerse:

"Vivimos en una sociedad predatoria que siempre quiere más y en un mundo limitado como el nuestro esto tiene que tener un final: forzando el sistema, en nuestro afán por explotar el mundo, destruimos el medio, ya lo estamos viendo (...) La solución vendrá a través de la limitación natural, que obligará a reflexionar y a buscar otras formas de organización social y explotación de los bienes de la Tierra."

E insiste:

"El sistema en que vivimos es ya irracional. La competencia provoca nuevos bienes y necesidades, pero al mismo tiempo supone un derroche tremendo: innovar es bueno cuando se consiguen ventajas, pero si simplemente consiste en inventar una nueva generación de teléfonos que anula la anterior, perfectamente útil aún, se llega al despilfarro y a la acumulación de residuos. ¿Usted puede creer que del sur de Italia salgan trenes cargados de basura, que cruzan Europa hasta Suiza para allí regenerarla? Vivimos rodeados de irracionalidad."

Pues este señor, aunque no se lo crean, es economista. Después de criticar la libre iniciativa, se hace un lío y pasa a defender los conceptos de responsabilidad individual, del esfuerzo... Bueno, ¿en qué quedamos? ¿No nos dice que la competencia es mu mala? Veo difícil que adoctrinando a los jóvenes en el dogma de que toda la culpa es del sistema, se pueda estimular en ellos el espíritu emprendedor.

Lo de limitar el crecimiento económico y demográfico, porque se acaba el petróleo, se acaban los minerales, no habrá suficiente producción agrícola, etc, llevamos varias décadas escuchándolo. Antes incluso, los del Club de Roma hasta ponían fecha al Juicio Final, pero como suele suceder en estos casos, gozan de una admirable amnesia selectiva para olvidar las veces que han tenido que aplazar tan fatídica fecha. Me hace gracia comprobar la poca fe en el progreso tecnológico que tienen estos "progresistas". Incluso cuando lo tienen ante sus ojos, como en el ejemplo de los teléfonos, se niegan a reconocerlo. ¿Cómo se cree que cada vez se consiguen aparatos más ligeros, más eficientes, con menores costes de producción, si no es gracias a la competencia, a la innovación constante? Cierto que el teléfono que sustituimos tal vez pueda seguir siendo útil, pero ¿quién decide qué es lo útil? Porque seguramente el cazador prehistórico que se alimentaba gracias a una lanza, no necesitaba para nada ir tras los mamuts en un 4x4, pero no tengo muy claro que nos hubiera ido mejor quedándonos anclados en el paleolítico. Y en cuanto a lo de las basuras del sur de Italia, recicladas en Suiza... ¿No quedamos en que los pérfidos países occidentales enviaban sus desechos al Tercer Mundo? En cualquier caso, encontrarle pegas a la división del trabajo, tiene miga en un economista. Si en Suiza saben reciclar mejor que en Italia, ¿por qué deberían hacerlo en el país de origen, no sería eso un despilfarro como el que tanto le escandaliza?

Si esta sociedad es irracional, significa que debemos organizarla según supuestos racionales. Naturalmente, ahí no se entra en mucho detalle, tampoco lo hizo Marx ni todos los intelectuales que han incurrido una y otra vez en la arrogancia constructivista. Basta decir que "otro mundo es posible" para demostrar lo guay, progresista y de izquierdas que es uno. Aunque sólo aporte el vacío más absoluto.