La gran mayoría de la población sabe, o cree saber, qué es el socialismo, y sabe, o cree saber, qué es el "neoliberalismo" (yo reconozco que esto último no mucho). El socialismo es para la gente distribuir la riqueza, servicios sociales "gratuitos" (pagados por el contribuyente), compasión por los pobres. El neoliberalismo son los mercaos, las empresas del IBEX 35, los bancos, el palco del Real Madrid: los ricos, en suma, resistiéndose como gatos panza arriba a ese reparto de la riqueza. No traten de profundizar mucho más. Ampliando un poco estas nociones, hablaríamos de izquierda y derecha, que vienen a ser sinónimos del anterior par de términos, con el añadido de que la derecha es beatona e inculta, mientras que la izquierda es todo lo contrario, además de idealista, simpática y molona.
Que la gente, en general, desconozca los rudimentos del liberalismo, especialmente en su vertiente económica, dos siglos y medio después de la publicación de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, puede inspirarnos cierta melancolía, pero tampoco nos debería chocar demasiado. Alguien dijo que el pueblo permanece siempre en la infancia. (Debió ser el cenizo de Schopenhauer, supongo.) Lo que ya resulta mucho más deprimente es que, en unas pocas décadas, la gente haya olvidado casi por completo el catolicismo, que tiene dos mil años. No se trata de que haya dejado de creer en él, es que incluso muchos que todavía se siguen declarando católicos han dejado de comprender lo esencial de la doctrina que supuestamente profesan, a juzgar por las opiniones que circulan masivamente sobre cuestiones de moral, y en ocasiones también sobre los dogmas centrales del cristianismo. Insisto, entre los mismos creyentes.
Se me ocurren de entrada dos explicaciones de este fenómeno. Una es que la evangelización siempre fue en realidad mucho más superficial de lo que se había creído. Es decir, el pueblo se limitaba a acatar el cristianismo bovinamente, mientras la Iglesia estuvo asociada de un modo más o menos directo con el poder terrenal. Por eso, en cuanto los intelectuales y los gobernantes dejaron de ser piadosos, ni siquiera en apariencia, el pueblo creyó que tampoco estaba obligado a serlo, como el escolar que no se prepara una lección porque le ha llegado el rumor de que "no entra en el examen".
La otra explicación es perfectamente compatible con la anterior, pero goza además de la ventaja del respaldo abrumador de los hechos. Resumiendo, una parte del clero católico, a partir de los años sesenta, dejó él mismo de creer en la doctrina que debía difundir y aplicar. Cuando Cristo se convierte en un revolucionario que vino a denunciar la pobreza y la injusticia social, en un Marx cualquiera avant la lettre, la Pasión y la Resurrección acaban inevitablemente, se quiera o no, en un segundo plano. Lo cual es como si, en la medicina, el interés por la curación quedara supeditado a algún tipo de sociología de la salud y la enfermedad.
La obsesión por las desigualdades es quizás la mayor enfermedad de nuestro tiempo. Todo lo contamina, todo lo politiza: la educación, la cultura, las relaciones entre hombre y mujer y, finalmente, la religión. Es una enfermedad o manía porque la desigualdad no es el problema más importante del hombre, y muchas veces ni siquiera es un problema. En primer lugar, no es el problema más importante porque si alguien pasa hambre, el problema no es (y no suele tener relación causal con) que haya otros que coman hasta reventar, sino el hecho mismo de pasar hambre. (Si todo el mundo tuviera el estómago vacío, el problema sería lógicamente aún más grave, no menos.) Aquí causa estragos la ignorancia del liberalismo económico, que nos enseña que la creación de riqueza no es un juego de suma cero (unos tienen poco porque otros tienen mucho), sino un resultado de la productividad, que depende de la tecnología y de la libertad de mercado.
En segundo lugar, la desigualdad con frecuencia no es ningún problema, o al menos un problema objetivo. Pienso particularmente en la paranoia del género, que se empeña en ver agravios en toda diferencia sexual. Si por ejemplo hay más camioneros que camioneras, sería debido, al parecer, al proverbial machismo del gremio en particular, y de la sociedad en general; no a que, tal vez, la mayoría de mujeres no se sientan suficientemente seducidas por chuparse horas y horas de carretera, sentadas al volante. (Los hombres, sobre todo a la edad en que deciden hacerse camioneros, suelen estar mucho más locos.) Y al revés, si hay más mujeres que se dedican a cuidar niños, no es porque muchas sientan que es una de las misiones más importantes, nobles y felices que puede haber, sino porque una conspiración patriarcal milenaria las ha condenado a la -por lo visto- denigrante tarea de limpiar culos y mocos. Es tan miserable, tan resentida, tan sórdida la visión de la vida del feminismo actual, que prácticamente imposibilita rehabilitar el término, que tuvo su justificación en reivindicaciones de principios de siglo.
Y en eso estamos. Hay poca escapatoria: en cualquier reunión familiar de más de ocho personas, indefectiblemente, alguien sentenciará que "el problema" (da igual de qué estemos hablando, incluso del inquietante avance del yijadismo) es que "las diferencias entre pobres y ricos no paran de aumentar". (Tesis que, década tras década, año tras año, los datos se empeñan en contradecir, aunque la prensa los relegue a la página 32, véase La Vanguardia del jueves 28 de mayo.) Ah, y nunca falta el soniquete de que la Iglesia debería adaptarse a los tiempos modernos, y aceptar los anticonceptivos, el divorcio y bendecir a los gays. ("A ver si al nuevo papa le dejan...")
Es crucial insistir en la relación entre ambas cosas, entre el éxito de la sociología de todo a cien y la descristianización de las masas. Primero empezaron los curas a jugar a la revolución social, y ahora, en una segunda fase, se encuentran con que ya sólo una minoría de sus feligreses cree en la indisolubilidad del matrimonio, en la castidad y en la existencia del pecado. Se empieza haciendo del Evangelio un panfleto de agitación social, y se acaba sustituyendo la clase de religión en los colegios por máquinas expendedoras de preservativos. Del comunismo a la comuna. Esto fue en esencia el Mayo del 68: una redefinición de objetivos de la izquierda.
Es natural que los progresistas asistan divertidos al proceso. Lo mosqueante es que tantos católicos, incluso en las más altas jerarquías vaticanas, sigan sin enterarse. Algunos de ellos nos dan la matraca día sí y día también con sus denuncias altisonantes del capitalismo, de "la idolatría del dinero", y todo el repertorio habitual de confusionismo inepto entre antropología y angelología, entre el estómago y el alma; como si Dios no nos hubiera dado las dos cosas, como si pudiera existir la civilización tal como la conocemos sin intercambios comerciales, sin precios, sin bancos, sin fondos de inversión, sin concentración industrial. Como si pudieran subsistir siete mil millones de seres humanos cultivando siete mil millones de huertecitos y practicando el trueque. Por disculpables que, hasta cierto punto, puedan parecer estas ensoñaciones bucólicas, el catolicismo tiene poco o nada que ver con ellas. Y cualquier error sobre lo que verdaderamente es el cristianismo sólo conduce a multiplicar los errores, porque la Verdad es una, y no podemos desvirtuarla por un lado sin que afecte al resto. Al menos, los católicos deberíamos saberlo mejor que nadie.
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sábado, 30 de mayo de 2015
La responsabilidad de los católicos
domingo, 29 de marzo de 2015
El Síndrome de HAL
En la película de Stanley Kubrick, 2001: una odisea del espacio, un ordenador llamado HAL, dotado de una inteligencia similar a la humana, y aparentemente desprovisto de emociones, asesina a toda la tripulación de una nave espacial, excepto a uno de sus miembros, al cual trata de impedir su reingreso en la nave, de la que había salido momentáneamente. Aunque el guión deja abierta a especulaciones las causas de la actuación de HAL, sí queda claro que este se habría anticipado a los intentos de ser relevado por la tripulación, debido a sospechas de una anomalía en su funcionamiento.
En 2015 -y ahora hablamos desgraciadamente de la realidad, no de una ficción cinematográfica- el copiloto Herr Andreas Lubitz, persona que bajo su apariencia de normalidad y competencia ocultaba un historial médico que le incapacitaba para volar, estrella intencionadamente en los Alpes una aeronave con 150 personas a bordo, tras impedir al capitán, que había salido momentáneamente de la cabina, su acceso a esta.
Podríamos llamar "Síndrome de HAL" al estado psicológico de un sujeto dispuesto a cometer un crimen en las siguientes circunstancias:
-El sujeto desempeña un puesto de grave responsabilidad, del que dependen vidas humanas.
-El sujeto oculta problemas que podrían incapacitarle para ejercer ese puesto.
-El sujeto se insubordina tomando el control total de la situación.
-El sujeto altera radicalmente el sentido de la misión que le había sido confiada, con consecuencias fatales.
¿Por qué falló HAL? ¿Había un error en su programación que, combinado con determinadas circunstancias externas, propició que terminara enloqueciendo? ¿O bien había adquirido libre albedrío, y por tanto la capacidad de hacer el mal, de ser tentado por el orgullo de pensar que él comprendía la naturaleza de su misión mejor que los propios humanos?
El crimen de Andreas Lubitz inspira similares preguntas, que quizás nunca podamos responder del todo. ¿Era solamente un enfermo? ¿O un orgullo desesperado le impidió soportar la idea de acabar siendo destituido? Para el cristianismo, el mal en esencia es una insubordinación contra el Creador, es desviarse de la misión que le ha sido encomendada a uno, como si nos perteneciera por derecho propio; es la soberbia de no querer admitir nuestra imperfección.
No debería sorprendernos tanto que un suicida esté dispuesto a llevarse por delante la vida de otras personas. Si no aprecia la suya, no se ve por qué debería valorar la ajena. Pero el estrecho parentesco moral entre matarse a uno mismo y matar a otros difícilmente se percibirá si olvidamos que el mal es una rebelión metafísica, y no un mero conflicto de derechos subjetivos. Mientras Europa fue cristiana, siempre estuvo claro que no porque alguien se mate a sí mismo, o porque mate a otro con su consentimiento, deja de cometer un acto objetivamente malo. Si Lubitz se hubiera cortado las venas en la soledad de su cuarto de baño, su culpa sólo habría sido menor en un sentido cuantitativo, porque habría matado a uno en lugar de a ciento cincuenta. Hubiera sido preferible, sin duda, pero tampoco disculpable.
¿Es tan distinto Lubitz del terrorista sin antecedentes psiquiátricos que perpetra una masacre, inmolándose en el acto? Lo único que sabemos es que el hombre que se niega a reconocer sus limitaciones, que olvida quién es y de dónde procede, recuerda poderosamente a HAL.
En 2015 -y ahora hablamos desgraciadamente de la realidad, no de una ficción cinematográfica- el copiloto Herr Andreas Lubitz, persona que bajo su apariencia de normalidad y competencia ocultaba un historial médico que le incapacitaba para volar, estrella intencionadamente en los Alpes una aeronave con 150 personas a bordo, tras impedir al capitán, que había salido momentáneamente de la cabina, su acceso a esta.
Podríamos llamar "Síndrome de HAL" al estado psicológico de un sujeto dispuesto a cometer un crimen en las siguientes circunstancias:
-El sujeto desempeña un puesto de grave responsabilidad, del que dependen vidas humanas.
-El sujeto oculta problemas que podrían incapacitarle para ejercer ese puesto.
-El sujeto se insubordina tomando el control total de la situación.
-El sujeto altera radicalmente el sentido de la misión que le había sido confiada, con consecuencias fatales.
¿Por qué falló HAL? ¿Había un error en su programación que, combinado con determinadas circunstancias externas, propició que terminara enloqueciendo? ¿O bien había adquirido libre albedrío, y por tanto la capacidad de hacer el mal, de ser tentado por el orgullo de pensar que él comprendía la naturaleza de su misión mejor que los propios humanos?
El crimen de Andreas Lubitz inspira similares preguntas, que quizás nunca podamos responder del todo. ¿Era solamente un enfermo? ¿O un orgullo desesperado le impidió soportar la idea de acabar siendo destituido? Para el cristianismo, el mal en esencia es una insubordinación contra el Creador, es desviarse de la misión que le ha sido encomendada a uno, como si nos perteneciera por derecho propio; es la soberbia de no querer admitir nuestra imperfección.
No debería sorprendernos tanto que un suicida esté dispuesto a llevarse por delante la vida de otras personas. Si no aprecia la suya, no se ve por qué debería valorar la ajena. Pero el estrecho parentesco moral entre matarse a uno mismo y matar a otros difícilmente se percibirá si olvidamos que el mal es una rebelión metafísica, y no un mero conflicto de derechos subjetivos. Mientras Europa fue cristiana, siempre estuvo claro que no porque alguien se mate a sí mismo, o porque mate a otro con su consentimiento, deja de cometer un acto objetivamente malo. Si Lubitz se hubiera cortado las venas en la soledad de su cuarto de baño, su culpa sólo habría sido menor en un sentido cuantitativo, porque habría matado a uno en lugar de a ciento cincuenta. Hubiera sido preferible, sin duda, pero tampoco disculpable.
¿Es tan distinto Lubitz del terrorista sin antecedentes psiquiátricos que perpetra una masacre, inmolándose en el acto? Lo único que sabemos es que el hombre que se niega a reconocer sus limitaciones, que olvida quién es y de dónde procede, recuerda poderosamente a HAL.
sábado, 28 de junio de 2014
Tres falacias sobre la familia
En el debate sobre los llamados "otros modelos de familia" (monoparentales, homoparentales, reconstituidas, etc.) suelen deslizarse tres falacias típicas. Miquel Rosselló incurre decididamente en las tres, en la entrada de su blog titulada Hijos de los homosexuales.
Tenemos en primer lugar la falacia del reduccionismo biológico. El argumento es simple: el hecho de que para que nazcan niños se requiera el concurso de un óvulo y un espermatozoide es un mero accidente evolutivo, que además tiene toda la pinta de que va a cambiar en un futuro cercano, debido al progreso de la ingeniería genética. Por tanto, no existe ningún motivo por el cual los niños tengan derecho a una madre y un padre; simplemente, esto ha sido algo habitual durante cientos de miles de años, pero nada más.
La segunda es la falacia de lo fáctico. Se nos dice que toda la vida ha habido niños que carecían de la presencia de su padre o madre biológicos, por diferentes causas, principalmente por separación de los cónyuges o convivientes, o por fallecimiento de uno de ellos, o de ambos. Al igual que en la falacia anterior, de aquí se deduce que no pasa absolutamente nada porque los niños no se críen en una familia "tradicional", con su madre y padre biológicos conviviendo en el mismo hogar.
La tercera falacia es la falacia del porcentaje. No sólo no tiene nada de malo que un niño no conozca a su padre o a su madre biológicos, sino que además la mayoría de los casos de abuso infantil se dan dentro del ámbito familiar, con lo cual se nos sugiere sutilmente que es lícito poner bajo sospecha a esta forma de convivencia basada en prejuicios patriarcales y tal.
Empezaré por la tercera falacia. En primer lugar, cuando se habla de abuso infantil dentro del ámbito familiar, no está claro qué se entiende por familia, máxime cuando la fuente es un reportaje de cuatro minutos del telediario, no caracterizado precisamente por su profundidad intelectual ni su valentía frente a la corrección política. ¿Valen como "familia" todo tipo de arreglos en los que la madre o el padre conviven con distintas parejas de uno de los progenitores de los hijos, a lo largo del tiempo? Sospecho que es así, con lo cual ese dato no me sirve para evaluar la idoneidad de la familia natural, porque no distingue entre esta y otras fórmulas de convivencia.
Pero en segundo lugar, dado que todavía hoy la mayoría de niños vive en hogares con sus padres biológicos, tampoco debería sorprendernos que la mayoría de abusos se dieran en hogares de este tipo. El dato realmente interesante sería comparar el porcentaje de abusos que se dan dentro de la familia natural, con el que se observa en otro tipo de hogares, donde los niños tienen que convivir a menudo con ligues heterosexuales u homosexuales de su madre o de su padre. Pues bien, estos datos existen y no son nada favorables a estas últimas situaciones: los hijos de padres divorciados (el divorcio suele ser el origen principal de los "nuevos modelos de familia") tienen muchas más probabilidades de sufrir maltratos y de caer en la delincuencia y en el consumo de drogas.
Naturalmente, estamos hablando de estadísticas. Quien conviva con los hijos de una relación anterior de su actual pareja haría mal en sentirse ofendido porque saquemos a relucir estos datos. La estadística no predetermina el comportamiento individual, y nadie pretende "criminalizar" a ninguna persona. Lo que aquí criticamos es ese pensamiento buenista de que todo vale igual, que no importa lo más mínimo el tipo de hogar en el que crezcan los niños, "mientras haya amor". El problema estriba precisamente en lo que entendemos por amor. Si se trata de un mero sentimiento subjetivo, o de una forma de relación basada en la entrega al otro, más allá de estados de ánimo pasajeros.
La segunda falacia no merece demasiado comentario. Claro, ya sabemos que siempre se han dado casos de niños a los que les ha faltado el padre, la madre o ambos, y que sin embargo han salido adelante y han podido ser felices. Pero lo que discutimos precisamente es si esa situación es la ideal o no, con carácter general. Una sociedad que pretende, por razones ideológicas, que esta cuestión no debería siquiera plantearse, o que no se molesta en revisar la respuesta a priori de la corrección política, es una sociedad que no pone el interés de los niños por encima de cualquier otra consideración.
Por último, diré algo acerca de la falacia biológica, que en realidad es la más importante. Por supuesto, esta falacia no puede entenderse aisladamente de la ideología materialista, hoy preponderante. Bajo el educado manto agnóstico hay, casi siempre, una clara toma de partido por las respuestas materialistas a los interrogantes metafísicos: El mundo existe por sí mismo, sin necesidad de postular una razón trascendente. Los seres humanos no somos más que una parte de la naturaleza, y por tanto nuestra conducta, nuestras emociones y nuestros pensamientos se explican exclusivamente por un proceso de evolución biológica. Y con la muerte se acaba todo.
Habitualmente, quien se define como agnóstico se distingue a sí mismo del ateo en que él no sostiene dogmáticamente los asertos anteriores. Pero en la práctica, la forma de vivir y las opiniones de ambos sobre cualquier asunto no se distinguen en nada. Un agnóstico es un ateo que se niega -educada pero obstinadamente- a debatir. Ahora bien, esta huida del debate es tentadora incluso para algunos creyentes religiosos, que creen que se puede entender el mundo independientemente de cualquier consideración metafísica, la cual se reservan para sus adentros para no exponerse a ser mirados como bichos raros por el agnosticismo-materialismo dominante.
Evidentemente, si todo es materia, no hay más que hablar. La reproducción sexual sería un hecho puramente contingente, a partir del cual no podríamos extraer prescripciones morales absolutas sin caer en la conocida falacia naturalista (lo natural es lo bueno). Fin de la discusión. El error frecuente aquí es pensar que sólo hay escapatoria de esa premisa materialista mediante la fe, considerada como una experiencia irracional. Pero esto no es verdad. La idea de que el mundo ha sido creado por un Ser inteligente y libre tiene bases racionales muy profundas en las que aquí no me puedo extender. Me remito a un ensayito que publiqué en este mismo blog, para quien esté interesado en el tema, y que se puede descargar en PDF.
Lo que me interesa señalar es que, si no aceptamos la premisa materialista, tampoco se nos puede acusar de incurrir en la falacia naturalista. Es decir, podemos sostener que habría un derecho de los niños a tener una madre o un padre que no se basaría sólo en el hecho biológico, sino en consideraciones de antropología existencial (1). El ser humano se presenta en dos "modalidades", hombre y mujer, cuyo sentido va más allá de meras diferencias fisiológicas. Privar a un niño de vivir esa complementariedad a través del amor de sus padres, y preferiblemente los que lo han engendrado como parte de esa experiencia, es cuando menos imprudente, en la medida en que se pueda evitar razonablemente.
Lo dicho no es más que una forma quizás pedante de expresar lo que siempre nos había dicho el sentido común: que los niños generalmente son más felices si tienen a su padre y su madre conviviendo juntos que en cualquier otra situación. Sólo la mentalidad neomarxista de la corrección política puede ver en esta sencilla verdad un ataque contra la igualdad. Y sólo conservadores deseosos de agradar a toda costa pueden caer en la trampa de embaularse semejante confusión.
(1) Julián Marías, Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana, Revista de Occidente, Madrid, 1970
Tenemos en primer lugar la falacia del reduccionismo biológico. El argumento es simple: el hecho de que para que nazcan niños se requiera el concurso de un óvulo y un espermatozoide es un mero accidente evolutivo, que además tiene toda la pinta de que va a cambiar en un futuro cercano, debido al progreso de la ingeniería genética. Por tanto, no existe ningún motivo por el cual los niños tengan derecho a una madre y un padre; simplemente, esto ha sido algo habitual durante cientos de miles de años, pero nada más.
La segunda es la falacia de lo fáctico. Se nos dice que toda la vida ha habido niños que carecían de la presencia de su padre o madre biológicos, por diferentes causas, principalmente por separación de los cónyuges o convivientes, o por fallecimiento de uno de ellos, o de ambos. Al igual que en la falacia anterior, de aquí se deduce que no pasa absolutamente nada porque los niños no se críen en una familia "tradicional", con su madre y padre biológicos conviviendo en el mismo hogar.
La tercera falacia es la falacia del porcentaje. No sólo no tiene nada de malo que un niño no conozca a su padre o a su madre biológicos, sino que además la mayoría de los casos de abuso infantil se dan dentro del ámbito familiar, con lo cual se nos sugiere sutilmente que es lícito poner bajo sospecha a esta forma de convivencia basada en prejuicios patriarcales y tal.
Empezaré por la tercera falacia. En primer lugar, cuando se habla de abuso infantil dentro del ámbito familiar, no está claro qué se entiende por familia, máxime cuando la fuente es un reportaje de cuatro minutos del telediario, no caracterizado precisamente por su profundidad intelectual ni su valentía frente a la corrección política. ¿Valen como "familia" todo tipo de arreglos en los que la madre o el padre conviven con distintas parejas de uno de los progenitores de los hijos, a lo largo del tiempo? Sospecho que es así, con lo cual ese dato no me sirve para evaluar la idoneidad de la familia natural, porque no distingue entre esta y otras fórmulas de convivencia.
Pero en segundo lugar, dado que todavía hoy la mayoría de niños vive en hogares con sus padres biológicos, tampoco debería sorprendernos que la mayoría de abusos se dieran en hogares de este tipo. El dato realmente interesante sería comparar el porcentaje de abusos que se dan dentro de la familia natural, con el que se observa en otro tipo de hogares, donde los niños tienen que convivir a menudo con ligues heterosexuales u homosexuales de su madre o de su padre. Pues bien, estos datos existen y no son nada favorables a estas últimas situaciones: los hijos de padres divorciados (el divorcio suele ser el origen principal de los "nuevos modelos de familia") tienen muchas más probabilidades de sufrir maltratos y de caer en la delincuencia y en el consumo de drogas.
Naturalmente, estamos hablando de estadísticas. Quien conviva con los hijos de una relación anterior de su actual pareja haría mal en sentirse ofendido porque saquemos a relucir estos datos. La estadística no predetermina el comportamiento individual, y nadie pretende "criminalizar" a ninguna persona. Lo que aquí criticamos es ese pensamiento buenista de que todo vale igual, que no importa lo más mínimo el tipo de hogar en el que crezcan los niños, "mientras haya amor". El problema estriba precisamente en lo que entendemos por amor. Si se trata de un mero sentimiento subjetivo, o de una forma de relación basada en la entrega al otro, más allá de estados de ánimo pasajeros.
La segunda falacia no merece demasiado comentario. Claro, ya sabemos que siempre se han dado casos de niños a los que les ha faltado el padre, la madre o ambos, y que sin embargo han salido adelante y han podido ser felices. Pero lo que discutimos precisamente es si esa situación es la ideal o no, con carácter general. Una sociedad que pretende, por razones ideológicas, que esta cuestión no debería siquiera plantearse, o que no se molesta en revisar la respuesta a priori de la corrección política, es una sociedad que no pone el interés de los niños por encima de cualquier otra consideración.
Por último, diré algo acerca de la falacia biológica, que en realidad es la más importante. Por supuesto, esta falacia no puede entenderse aisladamente de la ideología materialista, hoy preponderante. Bajo el educado manto agnóstico hay, casi siempre, una clara toma de partido por las respuestas materialistas a los interrogantes metafísicos: El mundo existe por sí mismo, sin necesidad de postular una razón trascendente. Los seres humanos no somos más que una parte de la naturaleza, y por tanto nuestra conducta, nuestras emociones y nuestros pensamientos se explican exclusivamente por un proceso de evolución biológica. Y con la muerte se acaba todo.
Habitualmente, quien se define como agnóstico se distingue a sí mismo del ateo en que él no sostiene dogmáticamente los asertos anteriores. Pero en la práctica, la forma de vivir y las opiniones de ambos sobre cualquier asunto no se distinguen en nada. Un agnóstico es un ateo que se niega -educada pero obstinadamente- a debatir. Ahora bien, esta huida del debate es tentadora incluso para algunos creyentes religiosos, que creen que se puede entender el mundo independientemente de cualquier consideración metafísica, la cual se reservan para sus adentros para no exponerse a ser mirados como bichos raros por el agnosticismo-materialismo dominante.
Evidentemente, si todo es materia, no hay más que hablar. La reproducción sexual sería un hecho puramente contingente, a partir del cual no podríamos extraer prescripciones morales absolutas sin caer en la conocida falacia naturalista (lo natural es lo bueno). Fin de la discusión. El error frecuente aquí es pensar que sólo hay escapatoria de esa premisa materialista mediante la fe, considerada como una experiencia irracional. Pero esto no es verdad. La idea de que el mundo ha sido creado por un Ser inteligente y libre tiene bases racionales muy profundas en las que aquí no me puedo extender. Me remito a un ensayito que publiqué en este mismo blog, para quien esté interesado en el tema, y que se puede descargar en PDF.
Lo que me interesa señalar es que, si no aceptamos la premisa materialista, tampoco se nos puede acusar de incurrir en la falacia naturalista. Es decir, podemos sostener que habría un derecho de los niños a tener una madre o un padre que no se basaría sólo en el hecho biológico, sino en consideraciones de antropología existencial (1). El ser humano se presenta en dos "modalidades", hombre y mujer, cuyo sentido va más allá de meras diferencias fisiológicas. Privar a un niño de vivir esa complementariedad a través del amor de sus padres, y preferiblemente los que lo han engendrado como parte de esa experiencia, es cuando menos imprudente, en la medida en que se pueda evitar razonablemente.
Lo dicho no es más que una forma quizás pedante de expresar lo que siempre nos había dicho el sentido común: que los niños generalmente son más felices si tienen a su padre y su madre conviviendo juntos que en cualquier otra situación. Sólo la mentalidad neomarxista de la corrección política puede ver en esta sencilla verdad un ataque contra la igualdad. Y sólo conservadores deseosos de agradar a toda costa pueden caer en la trampa de embaularse semejante confusión.
(1) Julián Marías, Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana, Revista de Occidente, Madrid, 1970
lunes, 23 de junio de 2014
Pero
La conjunción más importante del discurso progresista es "pero". Los ejemplos son interminables. Este mismo lunes, el eurodiputado Pablo Iglesias nos ha proporcionado uno arquetípico: "El terrorismo ha causado un enorme dolor en nuestro país, pero... tiene explicaciones políticas."
En abono de su tesis, ha incurrido en un argumento doblemente falaz: que González, Aznar y Zapatero negociaron con ETA. Esto es erróneo, primero porque de los tres expresidentes, el único que no negoció con los terroristas, sino que se limitó a sondearlos, fue Aznar. Y en segundo lugar, porque aunque todos los gobiernos hubieran entablado negociaciones con criminales, eso no demostraría que el crimen es la consecuencia de un conflicto, sino que tal tesis habría calado incluso en líderes democráticos.
Sin embargo, no es mi intención debatir ahora sobre la política antiterrorista de Aznar, ni sobre la situación vasca. Lo que me interesa es la función del pero en el discurso progresista. De forma genérica, el sentido de las palabras citadas del líder ultraizquierdista se podría formular del siguiente modo: "Lamento la violencia, pero esta tiene su causa en un sistema social injusto." También se me ocurren otras variantes, como por ejemplo: "El embrión es un bien jurídico a proteger, pero también existe el derecho de la mujer a decidir su maternidad."
La palabra pero es una conjunción adversativa, es decir, une dos oraciones que son perfectamente inteligibles por separado: "Lamento la violencia" y "La causa de la violencia es un sistema social injusto". La primera es trivial, pues nadie puede no compartirla. La segunda coincide con la justificación de la violencia que esgrimen los propios terroristas, sean etarras, yijadistas o anarquistas. Ellos no se consideran a sí mismos unos delincuentes, sino que actúan con móviles políticos. Y en un sentido subjetivo, esto suele ser cierto. Lo discutible es que tales móviles respondan a una realidad objetiva y no a puros delirios ideológicos ("la opresión del pueblo vasco", "la explotación de los trabajadores", "el imperialismo sionista", etc.).
El motivo por el cual alguien puede desear unir esas dos oraciones, la trivial y la ideológica, es evidente. La primera simplemente trata de dulcificar la segunda, de hacerla más digerible. Se anticipa a la acusación de legitimar la violencia, aunque de hecho es esto mismo lo que se hace al explicarla como una consecuencia del sistema. Este procedimiento no es solamente frecuente: es consustancial a la forma de pensar de izquierdas.
El tipo humano que conocemos como progresista se caracteriza por negarse a considerar las consecuencias de sus propuestas. Si alguien se atreve a señalárselas, se indignará o despreciará tal observación como reaccionaria y malintencionada, trasladando la culpa al mensajero. Para el progresista, sólo valen sus intenciones, y aunque estas sembraran el mundo de cadáveres y de miseria (como así ha ocurrido desde el golpe leninista de 1917 hasta nuestros días), cualquier sugerencia de que quizá las buenas intenciones no nos bastan, será tachada de fascista para arriba.
En la aludida conferencia de Pablo Iglesias, que se desarrolló en el Hotel Ritz de Madrid, una persona del público le preguntó al orador qué opinaba de la represión política en Venezuela, en su condición de asesor (y gran receptor de subvenciones, cabría añadir) del régimen bolivariano. La respuesta del político confirmó punto por punto la radiografía del progresismo que acabo de exponer: Iglesias desdeñó a su interlocutor (que fue expulsado de la sala) y negó tener nada que ver con la represión. Pero por supuesto, no se desmarcó lo más mínimo de la dictadura venezolana.
Las propuestas del progresismo sólo pueden aplicarse plenamente violando los derechos de los individuos: la vida del ser humano en gestación, la propiedad privada, la libertad de expresión, la educación de los hijos según las propias creencias, la libertad religiosa, etc. Pero, para que aquellas ideas ganen influencia y permitan hacerse con el poder, es imperativo encubrir o edulcorar sus consecuencias. Esta es la función retórica del pero, maquillar la contradicción entre estar contra el terrorista y "comprenderlo", o lo que es lo mismo, oscurecer la conexión entre determinadas ideas y sus efectos. El progresista ama la libertad, nos dice, pero está en contra del "neoliberalismo salvaje". El progresista loa la familia (y a fe que no le gana nadie a nepotismo, cuando gobierna), pero no debemos reducirla sólo a su modalidad "tradicional". Y así sucesivamente.
Por supuesto, cuando el progresismo gobierna, las consecuencias acaban siendo difíciles de negar, pero para entonces ya ha conseguido convencer a la mayoría de que no son tan malas, e incluso de que se trata de "conquistas sociales". Así podrá seguir practicando el mismo juego de ir introduciendo sus cambios de mentalidad gradualmente.
Esto se ve perfectamente en la evolución de las concepciones morales de la izquierda. Se empezó defendiendo el concubinato y los métodos anticonceptivos, como si ello no tuviera consecuencias en la infancia y la natalidad... Hoy los homosexuales se pueden casar y adoptar niños en varios países; el aborto es legal en la mayoría, con pocas restricciones; y en Bélgica se acaba de aprobar la eutanasia infantil. Seguramente, si alguien hubiera anticipado estos desarrollos -estas consecuencias- en los años sesenta, habría sido tildado de reaccionario, oscurantista y loco, pese a que ya había minorías que defendían con franqueza tales cosas. Pero el progresismo dirigido al gran público se cuidaba mucho de hacerlo, fiel a su deliberada ceguera para las consecuencias.
En el futuro, estoy convencido de que los que entonces se llamarán progresistas defenderán abiertamente la pedofilia y la crianza colectiva y estatalizada de los niños, como ya lo hacen hoy unos pocos pervertidos. Me temo que se equivoca gravemente quien piense que el consentimiento adulto o la patria potestad son alguna especie de líneas rojas que nadie osará nunca franquear. Si la concepción del sexo como una actividad tan inocua y banal como el rascarse (dadas unas mínimas precauciones higiénicas y anticonceptivas) acaba por hacerse abrumadoramente mayoritaria (como ya casi lo es, gracias a la telebasura y a la charlatanería de psicólogos y otros "expertos"), y si las técnicas de fecundación artificial con óvulos y espermatozoides anónimos (es decir, sin padres y madres biológicos identificables) siguen progresando, sinceramente no le veo mucho porvenir a ninguna línea roja. Al menos, mientras el hábil uso del pero permita seguir traspasándolas.
En abono de su tesis, ha incurrido en un argumento doblemente falaz: que González, Aznar y Zapatero negociaron con ETA. Esto es erróneo, primero porque de los tres expresidentes, el único que no negoció con los terroristas, sino que se limitó a sondearlos, fue Aznar. Y en segundo lugar, porque aunque todos los gobiernos hubieran entablado negociaciones con criminales, eso no demostraría que el crimen es la consecuencia de un conflicto, sino que tal tesis habría calado incluso en líderes democráticos.
Sin embargo, no es mi intención debatir ahora sobre la política antiterrorista de Aznar, ni sobre la situación vasca. Lo que me interesa es la función del pero en el discurso progresista. De forma genérica, el sentido de las palabras citadas del líder ultraizquierdista se podría formular del siguiente modo: "Lamento la violencia, pero esta tiene su causa en un sistema social injusto." También se me ocurren otras variantes, como por ejemplo: "El embrión es un bien jurídico a proteger, pero también existe el derecho de la mujer a decidir su maternidad."
La palabra pero es una conjunción adversativa, es decir, une dos oraciones que son perfectamente inteligibles por separado: "Lamento la violencia" y "La causa de la violencia es un sistema social injusto". La primera es trivial, pues nadie puede no compartirla. La segunda coincide con la justificación de la violencia que esgrimen los propios terroristas, sean etarras, yijadistas o anarquistas. Ellos no se consideran a sí mismos unos delincuentes, sino que actúan con móviles políticos. Y en un sentido subjetivo, esto suele ser cierto. Lo discutible es que tales móviles respondan a una realidad objetiva y no a puros delirios ideológicos ("la opresión del pueblo vasco", "la explotación de los trabajadores", "el imperialismo sionista", etc.).
El motivo por el cual alguien puede desear unir esas dos oraciones, la trivial y la ideológica, es evidente. La primera simplemente trata de dulcificar la segunda, de hacerla más digerible. Se anticipa a la acusación de legitimar la violencia, aunque de hecho es esto mismo lo que se hace al explicarla como una consecuencia del sistema. Este procedimiento no es solamente frecuente: es consustancial a la forma de pensar de izquierdas.
El tipo humano que conocemos como progresista se caracteriza por negarse a considerar las consecuencias de sus propuestas. Si alguien se atreve a señalárselas, se indignará o despreciará tal observación como reaccionaria y malintencionada, trasladando la culpa al mensajero. Para el progresista, sólo valen sus intenciones, y aunque estas sembraran el mundo de cadáveres y de miseria (como así ha ocurrido desde el golpe leninista de 1917 hasta nuestros días), cualquier sugerencia de que quizá las buenas intenciones no nos bastan, será tachada de fascista para arriba.
En la aludida conferencia de Pablo Iglesias, que se desarrolló en el Hotel Ritz de Madrid, una persona del público le preguntó al orador qué opinaba de la represión política en Venezuela, en su condición de asesor (y gran receptor de subvenciones, cabría añadir) del régimen bolivariano. La respuesta del político confirmó punto por punto la radiografía del progresismo que acabo de exponer: Iglesias desdeñó a su interlocutor (que fue expulsado de la sala) y negó tener nada que ver con la represión. Pero por supuesto, no se desmarcó lo más mínimo de la dictadura venezolana.
Las propuestas del progresismo sólo pueden aplicarse plenamente violando los derechos de los individuos: la vida del ser humano en gestación, la propiedad privada, la libertad de expresión, la educación de los hijos según las propias creencias, la libertad religiosa, etc. Pero, para que aquellas ideas ganen influencia y permitan hacerse con el poder, es imperativo encubrir o edulcorar sus consecuencias. Esta es la función retórica del pero, maquillar la contradicción entre estar contra el terrorista y "comprenderlo", o lo que es lo mismo, oscurecer la conexión entre determinadas ideas y sus efectos. El progresista ama la libertad, nos dice, pero está en contra del "neoliberalismo salvaje". El progresista loa la familia (y a fe que no le gana nadie a nepotismo, cuando gobierna), pero no debemos reducirla sólo a su modalidad "tradicional". Y así sucesivamente.
Por supuesto, cuando el progresismo gobierna, las consecuencias acaban siendo difíciles de negar, pero para entonces ya ha conseguido convencer a la mayoría de que no son tan malas, e incluso de que se trata de "conquistas sociales". Así podrá seguir practicando el mismo juego de ir introduciendo sus cambios de mentalidad gradualmente.
Esto se ve perfectamente en la evolución de las concepciones morales de la izquierda. Se empezó defendiendo el concubinato y los métodos anticonceptivos, como si ello no tuviera consecuencias en la infancia y la natalidad... Hoy los homosexuales se pueden casar y adoptar niños en varios países; el aborto es legal en la mayoría, con pocas restricciones; y en Bélgica se acaba de aprobar la eutanasia infantil. Seguramente, si alguien hubiera anticipado estos desarrollos -estas consecuencias- en los años sesenta, habría sido tildado de reaccionario, oscurantista y loco, pese a que ya había minorías que defendían con franqueza tales cosas. Pero el progresismo dirigido al gran público se cuidaba mucho de hacerlo, fiel a su deliberada ceguera para las consecuencias.
En el futuro, estoy convencido de que los que entonces se llamarán progresistas defenderán abiertamente la pedofilia y la crianza colectiva y estatalizada de los niños, como ya lo hacen hoy unos pocos pervertidos. Me temo que se equivoca gravemente quien piense que el consentimiento adulto o la patria potestad son alguna especie de líneas rojas que nadie osará nunca franquear. Si la concepción del sexo como una actividad tan inocua y banal como el rascarse (dadas unas mínimas precauciones higiénicas y anticonceptivas) acaba por hacerse abrumadoramente mayoritaria (como ya casi lo es, gracias a la telebasura y a la charlatanería de psicólogos y otros "expertos"), y si las técnicas de fecundación artificial con óvulos y espermatozoides anónimos (es decir, sin padres y madres biológicos identificables) siguen progresando, sinceramente no le veo mucho porvenir a ninguna línea roja. Al menos, mientras el hábil uso del pero permita seguir traspasándolas.
sábado, 17 de mayo de 2014
El crimental sexista
Una joven atractiva se pasea por las calles de Bruselas, recibiendo a su paso desde piropos hasta proposiciones sexuales explícitas de hombres de aspecto magrebí. Todo ello es grabado en vídeo y el resultado se convierte en una denuncia. ¿Una denuncia contra el multiculturalismo, contra la inmigración descontrolada, contra la escasa capacidad de adaptación de los musulmanes a la cultura occidental? En absoluto; se trata de un alegato "contra el sexismo".
El lector haría mal en tomárselo a broma, porque este vídeo ha sido utilizado como pretexto propagandístico para avalar la definición legal de sexismo en Bégica, nada menos. En el país en el que ya es posible administrar legalmente la eutanasia a los niños (aberración saludada por algunos como avanzadilla pionera, tras la cual los demás países civilizados deberían transitar), un piropo podrá ser multado, y "todo gesto o comportamiento que tenga la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad" puede entrañar una sanción penal. Las cursivas son mías: nótese el amplio margen de interpretación, en manos de jueces ideologizados.
Hablar aquí de "neopuritanismo" sería un error típico. Quienes pretenden aplicar leyes contra la libertad de expresión no hacen la menor alusión a la decencia y el pudor, conceptos que permiten distinguir perfectamente entre un halago masculino respetuoso y la lascivia repulsiva de quienes se toman la calle como su particular coto de caza sexual. Es más, los amantes de crear nuevas figuras delictivas son exactamente los mismos que defienden la "visibilidad" de homosexuales y transexuales, y se amparan en el mismo clima de opinión que ha elevado las prácticas onanistas y todo tipo de perversiones a categoría de ejercicio lúdico, saludable y explotable comercialmente.
En realidad, el fenómeno de criminalización del varón forma parte inextricable del "ocaso del pudor" que aqueja a nuestra cultura desde los años sesenta, dentro del cual la decencia y la castidad pasan a ser consideradas como prejuicios caducos y, por supuesto, intolerablemente sexistas. Se equivocan también, por cierto, quienes sostienen que este "pudoricidio" ha beneficiado a los hombres, al multiplicar las posibilidades del voyeurismo masculino. Porque esto sólo se ha realizado al precio de poner en la picota al caballero que no afecta total indiferencia ante la masiva apoteosis de la corporeidad femenina que inunda nuestras calles y nuestros medios de comunicación.
La finalidad del antisexismo es evidente. El hombre es malo y debe ser reeducado. Hasta aquí, tendemos a estar de acuerdo, a condición de que se admita que el mejor instrumento que ha encontrado ninguna civilización para domesticar al macho es una institución llamada matrimonio, que implica al hombre en la crianza de los hijos ofreciéndole una razonable garantía de su paternidad biológica, al tiempo que consagra la igualdad entre los sexos. (Lo que no se da, por ejemplo, en la poligamia islámica.) Pero esta institución saltó por lo aires desde el momento en que triunfaron el divorcio ilimitado, las leyes de "género" que destruyen la igualdad entre hombres y mujeres (perjudicando claramente a los primeros), la legalización del aborto sin contar en absoluto con la opinión del padre y las ayudas sociales y legislativas a familias monoparentales (casi siempre de mujeres solas), homoparentales y cualquier tipo de arreglo informal que somete a los niños a los riesgos inherentes de la convivencia con los variados compañeros sexuales de sus madres "liberadas".
El resultado salta a la vista. Destruidos o al menos escarnecidos los cauces cristianos de un instinto biológico tan primario como el sexual, no queda otra alternativa que incrementar el nivel de coacción contra el hombre, ese ser sospechoso y errabundo.
Jean-François Revel, en su imprescindible clásico El conocimiento inútil, ofreció una caracterización de la función ideológica del antirracismo que, mutatis mutandis, se puede aplicar también a la paranoia antimachista. En los años ochenta eran constantes las proclamas contra el apartheid sudafricano, así como las advertencias contra una supuesta amenaza fascista y racista que se incubaba en las sociedades democráticas. Estas denuncias rituales permitían eclipsar mediáticamente la amenaza mucho menos anecdótica que suponía el régimen soviético, con sus millones de presos políticos, su apoyo a movimientos revolucionarios y terroristas en todo el mundo, y sus misiles nucleares apuntando a las ciudades occidentales.
El antisexismo realiza una función análoga. Mientras en numerosos países se lapida a las adúlteras, se practica el infanticidio femenino antes y después del parto, y se mata o secuestra a niñas por ir a la escuela, aquí resulta que nos rasgamos las vestiduras porque, según Cate Blanchett, las actrices cobran menos que los actores, y encima los periodistas tienen la impertinencia sexista de preguntarle cómo compatibiliza su carrera artística con el cuidado de sus tres hijos. ¡Horror de los horrores!
Los que sólo piropeamos a nuestras esposas, no tenemos nada que temer de una ley que penalice la galantería. Pero el problema de fondo es mucho más grave que una limitación de la libertad de expresión que, probablemente, en la práctica tendría escasas repercusiones. Lo que se ventila aquí es la distinción básica entre legalidad y moralidad. En las teocracias islámicas no existen la una ni la otra como ámbitos separados, lo cual conlleva una represión brutal del comportamiento individual. Pero en el Occidente que exhibe con pueril orgullo su irreligiosidad corremos el riesgo de llegar a un destino similar por un camino opuesto. De manera gradual, pero con efecto acumulativo, se está imponiendo, tanto en la mentalidad como en el derecho, la idea de que todo lo legal es, además, moral. Esto puede parecer liberador, pero implica la otra cara de la moneda. Convierte insensiblemente en ilegal (en un crimen mental, o crimental, por emplear el neologismo de Orwell en 1984) cualquier juicio moral que no tenga su correspondencia en la ley positiva, en la veleidosa voluntad del legislador.
Así, en Francia ya es legalmente arriesgado aconsejar a mujeres que pretenden abortar para que cambien de idea, pudiéndose incurrir en delito (sic) de "abortofobia". Y tanto en instancias europeas como nacionales, los grupos de presión gays-lésbicos trabajan sin descanso para imponer leyes contra la homofobia, que penalizarán cualquier opinión o creencia moral en contra de la homosexualidad, tachándola de intolerante. En realidad, sólo quien desaprueba moralmente algo puede ser tolerante con ello. Intolerantes son los homosexualistas que pretenden que para "respetarles" tenemos que pensar, y no sé si sentir, como ellos. En este paquete ideológico se incluye lo que hoy pasa por feminismo, que consiste básicamente en otra nueva forma de histeria colectiva, fenómeno social tan fácil de desencadenar como perversas suelen ser sus consecuencias.
El lector haría mal en tomárselo a broma, porque este vídeo ha sido utilizado como pretexto propagandístico para avalar la definición legal de sexismo en Bégica, nada menos. En el país en el que ya es posible administrar legalmente la eutanasia a los niños (aberración saludada por algunos como avanzadilla pionera, tras la cual los demás países civilizados deberían transitar), un piropo podrá ser multado, y "todo gesto o comportamiento que tenga la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad" puede entrañar una sanción penal. Las cursivas son mías: nótese el amplio margen de interpretación, en manos de jueces ideologizados.
Hablar aquí de "neopuritanismo" sería un error típico. Quienes pretenden aplicar leyes contra la libertad de expresión no hacen la menor alusión a la decencia y el pudor, conceptos que permiten distinguir perfectamente entre un halago masculino respetuoso y la lascivia repulsiva de quienes se toman la calle como su particular coto de caza sexual. Es más, los amantes de crear nuevas figuras delictivas son exactamente los mismos que defienden la "visibilidad" de homosexuales y transexuales, y se amparan en el mismo clima de opinión que ha elevado las prácticas onanistas y todo tipo de perversiones a categoría de ejercicio lúdico, saludable y explotable comercialmente.
En realidad, el fenómeno de criminalización del varón forma parte inextricable del "ocaso del pudor" que aqueja a nuestra cultura desde los años sesenta, dentro del cual la decencia y la castidad pasan a ser consideradas como prejuicios caducos y, por supuesto, intolerablemente sexistas. Se equivocan también, por cierto, quienes sostienen que este "pudoricidio" ha beneficiado a los hombres, al multiplicar las posibilidades del voyeurismo masculino. Porque esto sólo se ha realizado al precio de poner en la picota al caballero que no afecta total indiferencia ante la masiva apoteosis de la corporeidad femenina que inunda nuestras calles y nuestros medios de comunicación.
La finalidad del antisexismo es evidente. El hombre es malo y debe ser reeducado. Hasta aquí, tendemos a estar de acuerdo, a condición de que se admita que el mejor instrumento que ha encontrado ninguna civilización para domesticar al macho es una institución llamada matrimonio, que implica al hombre en la crianza de los hijos ofreciéndole una razonable garantía de su paternidad biológica, al tiempo que consagra la igualdad entre los sexos. (Lo que no se da, por ejemplo, en la poligamia islámica.) Pero esta institución saltó por lo aires desde el momento en que triunfaron el divorcio ilimitado, las leyes de "género" que destruyen la igualdad entre hombres y mujeres (perjudicando claramente a los primeros), la legalización del aborto sin contar en absoluto con la opinión del padre y las ayudas sociales y legislativas a familias monoparentales (casi siempre de mujeres solas), homoparentales y cualquier tipo de arreglo informal que somete a los niños a los riesgos inherentes de la convivencia con los variados compañeros sexuales de sus madres "liberadas".
El resultado salta a la vista. Destruidos o al menos escarnecidos los cauces cristianos de un instinto biológico tan primario como el sexual, no queda otra alternativa que incrementar el nivel de coacción contra el hombre, ese ser sospechoso y errabundo.
Jean-François Revel, en su imprescindible clásico El conocimiento inútil, ofreció una caracterización de la función ideológica del antirracismo que, mutatis mutandis, se puede aplicar también a la paranoia antimachista. En los años ochenta eran constantes las proclamas contra el apartheid sudafricano, así como las advertencias contra una supuesta amenaza fascista y racista que se incubaba en las sociedades democráticas. Estas denuncias rituales permitían eclipsar mediáticamente la amenaza mucho menos anecdótica que suponía el régimen soviético, con sus millones de presos políticos, su apoyo a movimientos revolucionarios y terroristas en todo el mundo, y sus misiles nucleares apuntando a las ciudades occidentales.
El antisexismo realiza una función análoga. Mientras en numerosos países se lapida a las adúlteras, se practica el infanticidio femenino antes y después del parto, y se mata o secuestra a niñas por ir a la escuela, aquí resulta que nos rasgamos las vestiduras porque, según Cate Blanchett, las actrices cobran menos que los actores, y encima los periodistas tienen la impertinencia sexista de preguntarle cómo compatibiliza su carrera artística con el cuidado de sus tres hijos. ¡Horror de los horrores!
Los que sólo piropeamos a nuestras esposas, no tenemos nada que temer de una ley que penalice la galantería. Pero el problema de fondo es mucho más grave que una limitación de la libertad de expresión que, probablemente, en la práctica tendría escasas repercusiones. Lo que se ventila aquí es la distinción básica entre legalidad y moralidad. En las teocracias islámicas no existen la una ni la otra como ámbitos separados, lo cual conlleva una represión brutal del comportamiento individual. Pero en el Occidente que exhibe con pueril orgullo su irreligiosidad corremos el riesgo de llegar a un destino similar por un camino opuesto. De manera gradual, pero con efecto acumulativo, se está imponiendo, tanto en la mentalidad como en el derecho, la idea de que todo lo legal es, además, moral. Esto puede parecer liberador, pero implica la otra cara de la moneda. Convierte insensiblemente en ilegal (en un crimen mental, o crimental, por emplear el neologismo de Orwell en 1984) cualquier juicio moral que no tenga su correspondencia en la ley positiva, en la veleidosa voluntad del legislador.
Así, en Francia ya es legalmente arriesgado aconsejar a mujeres que pretenden abortar para que cambien de idea, pudiéndose incurrir en delito (sic) de "abortofobia". Y tanto en instancias europeas como nacionales, los grupos de presión gays-lésbicos trabajan sin descanso para imponer leyes contra la homofobia, que penalizarán cualquier opinión o creencia moral en contra de la homosexualidad, tachándola de intolerante. En realidad, sólo quien desaprueba moralmente algo puede ser tolerante con ello. Intolerantes son los homosexualistas que pretenden que para "respetarles" tenemos que pensar, y no sé si sentir, como ellos. En este paquete ideológico se incluye lo que hoy pasa por feminismo, que consiste básicamente en otra nueva forma de histeria colectiva, fenómeno social tan fácil de desencadenar como perversas suelen ser sus consecuencias.
sábado, 26 de abril de 2014
El encanallamiento de España
Una encuesta recién publicada por el Pew Research Center muestra las opiniones morales de los habitantes de un variado grupo de cuarenta países, entre los que se incluye España. Los encuestadores han preguntado a miles de personas de los cinco continentes si creen que el aborto, las infidelidades matrimoniales, el divorcio o la homosexualidad, entre otros temas, son moralmente aceptables, inaceptables o no son cuestiones morales.
Conviene señalar el inevitable sesgo ideológico que introducen encuestas como estas.
Tratar del aborto junto a la moral sexual, el juego y el consumo de alcohol ya supone, voluntaria o involuntariamente, una cierta toma de postura implícitamente proabortista. Uno puede tener ideas más o menos conservadoras en materia sexual, pero al final, se trata de lo que personas adultas hagan con sus vidas. En cambio, en el tema del aborto está en juego la vida de terceras personas indefensas, los seres humanos en gestación.
Es cierto que los proabortistas niegan el carácter personal de un ser humano hasta una determinada semana de embarazo. Pero pasar por alto esta cuestión supone una tácita aceptación de los argumentos abortistas, sin necesidad siquiera de exponerlos.
Sin duda, esto es lo mejor que les puede pasar a los abortistas, porque en definitiva, sus pobres argumentos se reducen siempre a lo mismo, a proponer definiciones ad hoc de persona para poder excluir de ellas a los seres humanos embrionarios o incluso en fase fetal.
Para que el aborto se pudiera tratar junto a los otros temas mencionados, sin con ello estar orientando sutilmente las respuestas, deberían incluirse preguntas análogas sobre la pedofilia o la esclavitud. El encuestador, sensatamente, da por sentado que las personas decentes no consideran estos temas siquiera discutibles. Pero por lo visto, sí debe ser discutible la moralidad de un genocidio anual de millones de seres humanos no nacidos.
Por otra parte, una expresión como "moralmente inaceptable" no es lo suficientemente precisa, pues según la cultura a la que pertenezca el encuestado, puede tener connotaciones muy distintas. Por ejemplo, en algunos países la gente piensa que es correcto perseguir e incluso condenar a muerte a los homosexuales. Un occidental, por el contrario, generalmente retrocederá horrorizado ante la idea de que se persiga a las personas por su orientación sexual. Pero ello no significa, necesariamente, que piense que la homosexualidad es una conducta perfectamente equiparable a la heterosexualidad, ni que tenga que estar de acuerdo con que cambiemos la definición de matrimonio para incluir las uniones de personas del mismo sexo. La encuesta tiende (lo reitero: no sé si de manera deliberada o no) a dividir el mundo entre las personas de "ideas avanzadas", y todas los demás, juntas y revueltas.
Por último, este tipo de ejercicios demoscópicos, al referirse a las creencias morales sin aludir a su plasmación en la conducta objetiva, favorecen la idea de que la moral es algo subjetivo. Puedo preguntarle a alguien si la infidelidad matrimonial le parece moralmente admisible. Y a continuación, puedo preguntarle si él o ella ha sido siempre fiel a su pareja. La respuesta a la primera pregunta no presupone en ningún caso la respuesta a la segunda, como se desprendería del mero hecho de que hubiéramos considerado necesario hacer las dos. En cambio, cuando omitimos la segunda pregunta, de algún modo estamos sugiriendo que ya está contenida en la primera. Esto significa que la gente tenderá a considerar automáticamente como moralmente aceptable lo que se ajusta a su conducta, es decir, que no existen principios independientes de lo fáctico, salvo en nuestra subjetividad.
Subyace aquí un cierto malentendido muy extendido. La mentalidad moderna considera que sería hipócrita plantear un determinado nivel de exigencia moral que uno mismo (o al menos la mayoría de la gente) no pueda cumplir en cualquier circunstancia. Pero la hipocresía es afirmar algo que no creemos; no tiene nada que ver con la distancia entre nuestros principios morales y nuestros actos. Existe hoy una tendencia casi irresistible a superar esa tensión entre el deber y el ser aboliendo el sentimiento de culpa y diciéndonos que aquello que no podemos lograr, sin un cierto esfuerzo de autodisciplina, no puede ser moralmente exigible.
A juzgar por los datos de la encuesta, los españoles nos hallamos totalmente bajo el influjo de esta mentalidad, que contrasta con dos milenios de sabiduría católica sobre el pecado, la tentación, el arrepentimiento y el perdón. Una comparativa entre los resultados medios de los cuarenta países y España se muestra en la siguiente gráfica, que he elaborado a partir de ellos:
Los españoles desaprueban mayoritariamente la infidelidad, probablemente porque su idea de ella apenas tiene ya nada que ver con el mucho más exigente concepto de adulterio, prácticamente borrado de la consciencia colectiva. Para ser fiel basta con no tener a la vez más de una compañía sexual, lo que es compatible con coleccionar una distinta al año, al mes o a la semana.
Son también los españoles campeones mundiales en lo que consideran -equivocadamente- "tolerancia" hacia la homosexualidad. (Sólo se puede tolerar lo que se desaprueba.) Significativamente, nos siguen de cerca los alemanes. Esto sugiere que el lobby gay ha triunfado implantando la noción de que la desaprobación moral de la homosexualidad es sólo el primer paso para tratar a los homosexuales como hacían los nazis, falacia que causaría los mayores estragos en el pueblo más deseoso de lavar sus culpas al respecto.
Los españoles son además quienes menos desaprueban moralmente el divorcio, y también el país católico (después de Francia) más permisivo con las relaciones sexuales entre solteros y con el uso de anticonceptivos. Insisto: la encuesta habla de las creencias, no de las conductas. En todas partes, hombres y mujeres tratan de practicar el sexo por encima de normas e instituciones, desde que el mundo es mundo. Pero no debemos olvidar que la moral y la estadística son cosas distintas.
El fruto más desgraciado de la ruptura con la moral tradicional es la proliferación del aborto. Los hispanoamericanos lo consideran inaceptable en igual o superior medida que la media de cuarenta países. En Italia, lo condenan más del 40 % de los ciudadanos. Incluso un 44 % de los rusos, tras setenta años de adoctrinamiento ateo, sigue desaprobando que se mate a seres humanos en el vientre materno. En nuestro país sólo lo ven mal un 26 %, uno de cada cuatro ciudadanos.
Con frecuencia se alude a la ley del péndulo para explicar este fenómeno. España habría pasado del nacionalcatolicismo al encanallamiento actual en virtud de ese principio. Creo que hay algo de cierto en esta idea, aunque su formulación en términos mecánicos resulte especialmente miope. No se trata de que exista una especie de fuerzas históricas a las cuales los individuos no podríamos sustraernos. Los hechos morales sólo pueden tener una explicación moral, salvo que neguemos la esencia misma de la moralidad. Los españoles hemos roto con nuestra tradición, nos hemos avergonzado durante años de nuestro pasado, al amparo de un acomplejado antifranquismno retrospectivo que no es más que la cobertura de una hispanofobia que arrasa con todo, remontándose hasta los mismos orígenes cristianos y visigóticos de la nación.
Una nación, como un individuo, debe plantearse objetivos arduos, que la obliguen a superar el nivel de la mediocridad. Nadie dijo nunca que la moral católica fuera fácil. No es seguro en absoluto que los países que con mayor claridad desaprueban el aborto o la promiscuidad sexual, sean los más consecuentes en sus costumbres. Sí es seguro que se respetan mucho más a sí mismos, pues no renuncian a tratar de ser mejores de lo que son.
Conviene señalar el inevitable sesgo ideológico que introducen encuestas como estas.
Tratar del aborto junto a la moral sexual, el juego y el consumo de alcohol ya supone, voluntaria o involuntariamente, una cierta toma de postura implícitamente proabortista. Uno puede tener ideas más o menos conservadoras en materia sexual, pero al final, se trata de lo que personas adultas hagan con sus vidas. En cambio, en el tema del aborto está en juego la vida de terceras personas indefensas, los seres humanos en gestación.
Es cierto que los proabortistas niegan el carácter personal de un ser humano hasta una determinada semana de embarazo. Pero pasar por alto esta cuestión supone una tácita aceptación de los argumentos abortistas, sin necesidad siquiera de exponerlos.
Sin duda, esto es lo mejor que les puede pasar a los abortistas, porque en definitiva, sus pobres argumentos se reducen siempre a lo mismo, a proponer definiciones ad hoc de persona para poder excluir de ellas a los seres humanos embrionarios o incluso en fase fetal.
Para que el aborto se pudiera tratar junto a los otros temas mencionados, sin con ello estar orientando sutilmente las respuestas, deberían incluirse preguntas análogas sobre la pedofilia o la esclavitud. El encuestador, sensatamente, da por sentado que las personas decentes no consideran estos temas siquiera discutibles. Pero por lo visto, sí debe ser discutible la moralidad de un genocidio anual de millones de seres humanos no nacidos.
Por otra parte, una expresión como "moralmente inaceptable" no es lo suficientemente precisa, pues según la cultura a la que pertenezca el encuestado, puede tener connotaciones muy distintas. Por ejemplo, en algunos países la gente piensa que es correcto perseguir e incluso condenar a muerte a los homosexuales. Un occidental, por el contrario, generalmente retrocederá horrorizado ante la idea de que se persiga a las personas por su orientación sexual. Pero ello no significa, necesariamente, que piense que la homosexualidad es una conducta perfectamente equiparable a la heterosexualidad, ni que tenga que estar de acuerdo con que cambiemos la definición de matrimonio para incluir las uniones de personas del mismo sexo. La encuesta tiende (lo reitero: no sé si de manera deliberada o no) a dividir el mundo entre las personas de "ideas avanzadas", y todas los demás, juntas y revueltas.
Por último, este tipo de ejercicios demoscópicos, al referirse a las creencias morales sin aludir a su plasmación en la conducta objetiva, favorecen la idea de que la moral es algo subjetivo. Puedo preguntarle a alguien si la infidelidad matrimonial le parece moralmente admisible. Y a continuación, puedo preguntarle si él o ella ha sido siempre fiel a su pareja. La respuesta a la primera pregunta no presupone en ningún caso la respuesta a la segunda, como se desprendería del mero hecho de que hubiéramos considerado necesario hacer las dos. En cambio, cuando omitimos la segunda pregunta, de algún modo estamos sugiriendo que ya está contenida en la primera. Esto significa que la gente tenderá a considerar automáticamente como moralmente aceptable lo que se ajusta a su conducta, es decir, que no existen principios independientes de lo fáctico, salvo en nuestra subjetividad.
Subyace aquí un cierto malentendido muy extendido. La mentalidad moderna considera que sería hipócrita plantear un determinado nivel de exigencia moral que uno mismo (o al menos la mayoría de la gente) no pueda cumplir en cualquier circunstancia. Pero la hipocresía es afirmar algo que no creemos; no tiene nada que ver con la distancia entre nuestros principios morales y nuestros actos. Existe hoy una tendencia casi irresistible a superar esa tensión entre el deber y el ser aboliendo el sentimiento de culpa y diciéndonos que aquello que no podemos lograr, sin un cierto esfuerzo de autodisciplina, no puede ser moralmente exigible.
A juzgar por los datos de la encuesta, los españoles nos hallamos totalmente bajo el influjo de esta mentalidad, que contrasta con dos milenios de sabiduría católica sobre el pecado, la tentación, el arrepentimiento y el perdón. Una comparativa entre los resultados medios de los cuarenta países y España se muestra en la siguiente gráfica, que he elaborado a partir de ellos:
Son también los españoles campeones mundiales en lo que consideran -equivocadamente- "tolerancia" hacia la homosexualidad. (Sólo se puede tolerar lo que se desaprueba.) Significativamente, nos siguen de cerca los alemanes. Esto sugiere que el lobby gay ha triunfado implantando la noción de que la desaprobación moral de la homosexualidad es sólo el primer paso para tratar a los homosexuales como hacían los nazis, falacia que causaría los mayores estragos en el pueblo más deseoso de lavar sus culpas al respecto.
Los españoles son además quienes menos desaprueban moralmente el divorcio, y también el país católico (después de Francia) más permisivo con las relaciones sexuales entre solteros y con el uso de anticonceptivos. Insisto: la encuesta habla de las creencias, no de las conductas. En todas partes, hombres y mujeres tratan de practicar el sexo por encima de normas e instituciones, desde que el mundo es mundo. Pero no debemos olvidar que la moral y la estadística son cosas distintas.
El fruto más desgraciado de la ruptura con la moral tradicional es la proliferación del aborto. Los hispanoamericanos lo consideran inaceptable en igual o superior medida que la media de cuarenta países. En Italia, lo condenan más del 40 % de los ciudadanos. Incluso un 44 % de los rusos, tras setenta años de adoctrinamiento ateo, sigue desaprobando que se mate a seres humanos en el vientre materno. En nuestro país sólo lo ven mal un 26 %, uno de cada cuatro ciudadanos.
Con frecuencia se alude a la ley del péndulo para explicar este fenómeno. España habría pasado del nacionalcatolicismo al encanallamiento actual en virtud de ese principio. Creo que hay algo de cierto en esta idea, aunque su formulación en términos mecánicos resulte especialmente miope. No se trata de que exista una especie de fuerzas históricas a las cuales los individuos no podríamos sustraernos. Los hechos morales sólo pueden tener una explicación moral, salvo que neguemos la esencia misma de la moralidad. Los españoles hemos roto con nuestra tradición, nos hemos avergonzado durante años de nuestro pasado, al amparo de un acomplejado antifranquismno retrospectivo que no es más que la cobertura de una hispanofobia que arrasa con todo, remontándose hasta los mismos orígenes cristianos y visigóticos de la nación.
Una nación, como un individuo, debe plantearse objetivos arduos, que la obliguen a superar el nivel de la mediocridad. Nadie dijo nunca que la moral católica fuera fácil. No es seguro en absoluto que los países que con mayor claridad desaprueban el aborto o la promiscuidad sexual, sean los más consecuentes en sus costumbres. Sí es seguro que se respetan mucho más a sí mismos, pues no renuncian a tratar de ser mejores de lo que son.
domingo, 13 de abril de 2014
La causa de la baja natalidad
Es posible que la mayoría de la gente siga pensando que la superpoblación constituye uno de los grandes problemas de la humanidad. Si es así, está gravemente equivocada. En el conjunto del mundo desarrollado hace tiempo que la tasa de fertilidad, o número de hijos por mujer, se ha reducido muy por debajo del 2,1 -la tasa mínima de reemplazo generacional. Esto significa que si la gente no empieza a tener más hijos, la población disminuirá, y de hecho ya lo está haciendo en países como Alemania o España.
En el resto del mundo, las estadísticas, desde hace años, no hacen más que aproximarse a ese promedio. Es cierto que la población mundial sigue aumentando, debido a que la natalidad aún es elevada en algunos lugares; pero cada vez lo hace a un ritmo más bajo, y si no cambia la tendencia abruptamente, llegará a estabilizarse en un futuro no lejano, para después empezar a contraerse. El promedio mundial en 2011 era de 2,48 hijos por mujer, frente a los 3,58 de hace treinta años.
Para algunos ecologistas radicales, esto sería una gran noticia, aunque no estén demasiado por la labor de admitirla. Pero para cualquier persona cuyos sentimientos normales no se hallen enturbiados por la ideología, el envejecimiento de la población no es ningún motivo de alegría. Que cada vez menos gente tenga hijos significa que cada vez habrá menos gente en edad fértil, lo que a su vez acentuará el descenso de la natalidad, en un círculo vicioso que conduce lisa y llanamente a la extinción. Antes del final tendremos unas sociedades formadas mayoritariamente por viejos, esto es, más pobres: los ancianos no pueden producir igual que los jóvenes, y además incurren en elevados gastos en salud. Sociedades ricas como Alemania pueden vivir durante años del capital acumulado y de las exportaciones, pero en un mundo que globalmente envejece, esto se acabará, un día u otro.
No obstante, cuando se habla de la baja natalidad, se descubre que la gente todavía no se ha enterado de que es un problema y de que es un problema que ya está aquí. Todavía permanecemos en el nivel de las excusas, no en la búsqueda de soluciones. Se habla resignadamente de las dificultades de conciliar la familia con el trabajo, del coste que supone criar un niño, de las incertidumbres ante el futuro...
En realidad, hace menos de cien años, la gente engendraba hijos en circunstancias mucho más difíciles e inciertas que las actuales. Durante la guerra civil española, como señala Alejandro Macarrón en su imprescindible El suicidio demográfico de España, nacieron en proporción muchos más niños que ahora, y en términos absolutos, durante la posguerra ¡nacían más bebés que hoy, pese a tratarse de una población menor! Asimismo, el trabajo femenino, en labores agrícolas e industriales, estaba lejos de ser un fenómeno minoritario, fuera de las capas de población más pudientes. Por lo demás, en nuestros días, países con una baja cuota femenina en el mercado laboral, como algunos de Asia o incluso cada vez más los musulmanes, padecen el mismo problema de descenso de la fertilidad.
Marruecos, por ejemplo, tiene una tasa de 2,17 hijos por mujer. A nosotros nos resulta envidiable, pero si persiste la tendencia, nuestros vecinos del sur pronto se van a encontrar con que su población también envejece y disminuye. Pero es que Irán (sí, la dictadura de los clérigos que aspiran a que el islam termine por invadir Occidente con los vientres de sus mujeres) ya se encuentra en pleno "precipicio demográfico", con una fertilidad de 1,86. No parece que en tales países la causa de este fenómeno se halle en la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral.
Guy Sorman, en un artículo no excesivamente perspicaz sobre Corea del Sur, escribe que "las mujeres jóvenes (...) en cuanto tienen a su primer hijo, quedan confinadas en su casa (...) por lo caras y escasas que son las guarderías (...). Es comprensible que la idea de engendrar un segundo hijo no les resulte tentadora." Pero si se quedan en casa, y la renta per cápita surcoreana es superior a la española ¿qué les impide, realmente, tener al menos dos niños? ¿No habíamos quedado en que la dificultad la tienen las mujeres que trabajan fuera de casa? Por cierto que en la vecina y mucho más pobre Corea del Norte, la tasa de fertilidad es algo superior, pero también insuficiente para mantener la población actual: 1,98.
¿Por qué la gente, en países cultural y económicamente tan distintos como España, las dos Coreas o Irán, opta por tener menos de dos hijos? Los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca de las causas, más allá de los tópicos mencionados, que no explican casos tan heterogéneos como los de Occidente y el islam.
La universalización de los métodos anticonceptivos es un factor decisivo, qué duda cabe. Pero decir que la gente no tiene hijos porque existen métodos eficaces y accesibles para no tenerlos, no es explicación suficiente. Puede servir para entender que las sociedades dejen atrás tasas como las que sólo persisten en el África subsahariana, de entre cuatro y seis hijos por mujer. Pero no nos explica las tasas de auténtico suicidio demográfico; eso sería como dar por supuesto que lo normal es querer tener un único hijo, o ninguno.
Sea cual sea la explicación, hay una institución que siempre ha sido pronatalista, incluso en los momentos en que el malthusianismo apocalíptico (que todavía goza de una inercia considerable) era un mensaje abrumadoramente dominante. Me refiero, por supuesto, a la Iglesia católica. Sean cuales sean las causas del desplome universal de la natalidad, está claro que si la mayor parte de los habitantes en edad fértil de los países de tradición católica no se hubiera apartado de la mentalidad de los padres, dichos países, al menos, habrían mantenido unas tasas de fertilidad suficientes para que el número de nacimientos fuera superior al número de fallecimientos, o al menos igual.
La tendencia cultural sigue siendo, en cambio, la contraria. Se trata de recluir la religión al ámbito privado, de desprestigiarla, de considerarla como una rémora del pasado. No hay un sólo día en que no aparezca una información en algún medio de comunicación (incluidos los supuestamente conservadores) que -de manera implícita o explícita- no trate alguna creencia cristiana de manera sesgada, simplificadora o caricaturizadora.
Las consecuencias de este desprecio de nuestra tradición son claras para cualquiera que se moleste en documentarse con un mínimo de rigor, pero nos negamos a verlas. Y cuando las vemos, nos limitamos a excusarnos, como si la cosa no fuera con nosotros. Esta ceguera es probablemente la causa fundamental del auténtico problema demográfico, el envejecimiento de la población. Miramos por encima del hombro a nuestros inmediatos antepasados, pero por el momento, no parece que los vayamos siquiera a igualar en la tarea más vital y maravillosa de todas: lograr que haya más cunas que ataúdes.
En el resto del mundo, las estadísticas, desde hace años, no hacen más que aproximarse a ese promedio. Es cierto que la población mundial sigue aumentando, debido a que la natalidad aún es elevada en algunos lugares; pero cada vez lo hace a un ritmo más bajo, y si no cambia la tendencia abruptamente, llegará a estabilizarse en un futuro no lejano, para después empezar a contraerse. El promedio mundial en 2011 era de 2,48 hijos por mujer, frente a los 3,58 de hace treinta años.
Para algunos ecologistas radicales, esto sería una gran noticia, aunque no estén demasiado por la labor de admitirla. Pero para cualquier persona cuyos sentimientos normales no se hallen enturbiados por la ideología, el envejecimiento de la población no es ningún motivo de alegría. Que cada vez menos gente tenga hijos significa que cada vez habrá menos gente en edad fértil, lo que a su vez acentuará el descenso de la natalidad, en un círculo vicioso que conduce lisa y llanamente a la extinción. Antes del final tendremos unas sociedades formadas mayoritariamente por viejos, esto es, más pobres: los ancianos no pueden producir igual que los jóvenes, y además incurren en elevados gastos en salud. Sociedades ricas como Alemania pueden vivir durante años del capital acumulado y de las exportaciones, pero en un mundo que globalmente envejece, esto se acabará, un día u otro.
No obstante, cuando se habla de la baja natalidad, se descubre que la gente todavía no se ha enterado de que es un problema y de que es un problema que ya está aquí. Todavía permanecemos en el nivel de las excusas, no en la búsqueda de soluciones. Se habla resignadamente de las dificultades de conciliar la familia con el trabajo, del coste que supone criar un niño, de las incertidumbres ante el futuro...
En realidad, hace menos de cien años, la gente engendraba hijos en circunstancias mucho más difíciles e inciertas que las actuales. Durante la guerra civil española, como señala Alejandro Macarrón en su imprescindible El suicidio demográfico de España, nacieron en proporción muchos más niños que ahora, y en términos absolutos, durante la posguerra ¡nacían más bebés que hoy, pese a tratarse de una población menor! Asimismo, el trabajo femenino, en labores agrícolas e industriales, estaba lejos de ser un fenómeno minoritario, fuera de las capas de población más pudientes. Por lo demás, en nuestros días, países con una baja cuota femenina en el mercado laboral, como algunos de Asia o incluso cada vez más los musulmanes, padecen el mismo problema de descenso de la fertilidad.
Marruecos, por ejemplo, tiene una tasa de 2,17 hijos por mujer. A nosotros nos resulta envidiable, pero si persiste la tendencia, nuestros vecinos del sur pronto se van a encontrar con que su población también envejece y disminuye. Pero es que Irán (sí, la dictadura de los clérigos que aspiran a que el islam termine por invadir Occidente con los vientres de sus mujeres) ya se encuentra en pleno "precipicio demográfico", con una fertilidad de 1,86. No parece que en tales países la causa de este fenómeno se halle en la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral.
Guy Sorman, en un artículo no excesivamente perspicaz sobre Corea del Sur, escribe que "las mujeres jóvenes (...) en cuanto tienen a su primer hijo, quedan confinadas en su casa (...) por lo caras y escasas que son las guarderías (...). Es comprensible que la idea de engendrar un segundo hijo no les resulte tentadora." Pero si se quedan en casa, y la renta per cápita surcoreana es superior a la española ¿qué les impide, realmente, tener al menos dos niños? ¿No habíamos quedado en que la dificultad la tienen las mujeres que trabajan fuera de casa? Por cierto que en la vecina y mucho más pobre Corea del Norte, la tasa de fertilidad es algo superior, pero también insuficiente para mantener la población actual: 1,98.
¿Por qué la gente, en países cultural y económicamente tan distintos como España, las dos Coreas o Irán, opta por tener menos de dos hijos? Los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca de las causas, más allá de los tópicos mencionados, que no explican casos tan heterogéneos como los de Occidente y el islam.
La universalización de los métodos anticonceptivos es un factor decisivo, qué duda cabe. Pero decir que la gente no tiene hijos porque existen métodos eficaces y accesibles para no tenerlos, no es explicación suficiente. Puede servir para entender que las sociedades dejen atrás tasas como las que sólo persisten en el África subsahariana, de entre cuatro y seis hijos por mujer. Pero no nos explica las tasas de auténtico suicidio demográfico; eso sería como dar por supuesto que lo normal es querer tener un único hijo, o ninguno.
Sea cual sea la explicación, hay una institución que siempre ha sido pronatalista, incluso en los momentos en que el malthusianismo apocalíptico (que todavía goza de una inercia considerable) era un mensaje abrumadoramente dominante. Me refiero, por supuesto, a la Iglesia católica. Sean cuales sean las causas del desplome universal de la natalidad, está claro que si la mayor parte de los habitantes en edad fértil de los países de tradición católica no se hubiera apartado de la mentalidad de los padres, dichos países, al menos, habrían mantenido unas tasas de fertilidad suficientes para que el número de nacimientos fuera superior al número de fallecimientos, o al menos igual.
La tendencia cultural sigue siendo, en cambio, la contraria. Se trata de recluir la religión al ámbito privado, de desprestigiarla, de considerarla como una rémora del pasado. No hay un sólo día en que no aparezca una información en algún medio de comunicación (incluidos los supuestamente conservadores) que -de manera implícita o explícita- no trate alguna creencia cristiana de manera sesgada, simplificadora o caricaturizadora.
Las consecuencias de este desprecio de nuestra tradición son claras para cualquiera que se moleste en documentarse con un mínimo de rigor, pero nos negamos a verlas. Y cuando las vemos, nos limitamos a excusarnos, como si la cosa no fuera con nosotros. Esta ceguera es probablemente la causa fundamental del auténtico problema demográfico, el envejecimiento de la población. Miramos por encima del hombro a nuestros inmediatos antepasados, pero por el momento, no parece que los vayamos siquiera a igualar en la tarea más vital y maravillosa de todas: lograr que haya más cunas que ataúdes.
martes, 1 de abril de 2014
Por el bien de los niños
El gobierno británico ha anunciado que reformará la legislación para que los padres que no besen ni abracen a sus hijos puedan enfrentarse a penas de hasta diez años de cárcel. La "Ley Cenicienta", como la ha llamado alguna lumbrera, crea así el nuevo delito de la "crueldad emocional".
La periodista por cuyo texto me he informado de esta noticia se muestra satisfecha. "Los cambios legales permitirán a la policía intervenir de manera precoz y evitar que el niño sufra una situación de desarraigo", nos cuenta. Bien, no sabemos cómo evitarán eso, si simplemente meten al padre, a la madre o a ambos en la cárcel. ¿Contempla la ley proporcionar al menor una asistente social que le suministre el mínimo de abrazos estipulados?
El artículo manifiesta todas las características del subgénero que, a falta de que se me ocurra una denominación más breve, denominaré "Por fin se moderniza la ley para que el Estado pueda inmiscuirse sin obstáculos en otra faceta más de la vida, y ya van quedando pocas." Por supuesto, cita a "expertos" favorables que no son más que dirigentes de ONGés a las que generalmente les sobra la N. Y concluye mostrando su adhesión sin rubor alguno, pues la causa lo justifica todo: "la legislación británica por fin contempla la necesidad de que los niños crezcan en un entorno de afecto, donde haya apego emocional, amor y dedicación, para desarrollarse plenamente."
En efecto, uno no sabe cómo podían hasta ahora desarrollarse, sin una ley que los protegiera de padres negligentes o severos. Verán cómo cambiará ahora la cosa, los raudales de cariño que manarán de progenitores mirando con el rabillo del ojo al funcionario que les vigila. ¿Y el desarrollo pleno y armonioso que experimentarán los pequeños? Con la autoestima y la creatividad que se promueven en la escuela, y las caricias preceptivas que reciban en casa, quizás no lleguen a adquirir una gran comprensión lectora, ni una espectacular destreza matemática, ni unos mínimos conocimientos humanísticos y científicos, pero lo felices que van a ser ¿qué?
No pretendo ser insensible ante la triste realidad de que algunos niños no reciben amor de sus padres o cuidadores, o peor aún, son maltratados físicamente. Pero en la mayoría de casos se trata de niños que viven con la madre y un novio de esta, u otra situación distinta de la familia natural, como demuestran estudios empíricos serios, no los que expelen los gabinetes ideológicos estatales o paraestatales (1). Y este es un problema que los gobiernos han contribuido a crear con sus políticas de subsidios y campañas a favor de los "otros modelos de familia", surgidos del divorcio fácil y la revolución sexual.
Como ha señalado el filósofo inglés Roger Scruton: "El abuso infantil no es un desorden social universal, para el que la burocracia estatal y sus expertos son la cura. Es el resultado directo de la deslegitimación de la familia. Y el papel del Estado en la disolución del vínculo matrimonial ha sido de connivencia, al fomentar con los planes de bienestar social los arreglos familiares (incluso los que incluyen tener un novio o varios en casa) que ponen en peligro a los niños." (2)
Ahora bien, como siquiera mencionar este tema es tabú, pues va contra la corrección política, de manera absolutamente típica nos encontramos con que un error continuado del gobierno acaba justificando una extensión de las atribuciones del gobierno. A menos moral -desprestigiada por activistas y políticos liberadores- más policía. Y así vamos de ley intervencionista en ley intervencionista hasta que, cuando nos queramos dar cuenta, nos veamos en un estado totalitario que creerá justificado espiarnos para asegurarse de que atendemos a los hijos (si es que queda alguien que se aventure a tenerlos), separamos el plástico y el vidrio, declaramos a Hacienda la donación de orégano del vecino y no contamos chistes xenófobos en la intimidad. Todo sea por el bien de los niños.
(1) Según el estudio de R. Whelan, citado por Roger Scruton, Usos del pesimismo, Ariel, Barcelona, 2010, p. 165, un niño tiene 33 veces más posibilidades de sufrir abusos graves y 73 veces más de sufrir un abuso mortal en un hogar donde la madre convive con una pareja distinta del padre que en la familia biológica original. Esto no es criminalizar a los padrastros, es simplemente estadística.
(2) Ob. cit., pág. 166.
La periodista por cuyo texto me he informado de esta noticia se muestra satisfecha. "Los cambios legales permitirán a la policía intervenir de manera precoz y evitar que el niño sufra una situación de desarraigo", nos cuenta. Bien, no sabemos cómo evitarán eso, si simplemente meten al padre, a la madre o a ambos en la cárcel. ¿Contempla la ley proporcionar al menor una asistente social que le suministre el mínimo de abrazos estipulados?
El artículo manifiesta todas las características del subgénero que, a falta de que se me ocurra una denominación más breve, denominaré "Por fin se moderniza la ley para que el Estado pueda inmiscuirse sin obstáculos en otra faceta más de la vida, y ya van quedando pocas." Por supuesto, cita a "expertos" favorables que no son más que dirigentes de ONGés a las que generalmente les sobra la N. Y concluye mostrando su adhesión sin rubor alguno, pues la causa lo justifica todo: "la legislación británica por fin contempla la necesidad de que los niños crezcan en un entorno de afecto, donde haya apego emocional, amor y dedicación, para desarrollarse plenamente."
En efecto, uno no sabe cómo podían hasta ahora desarrollarse, sin una ley que los protegiera de padres negligentes o severos. Verán cómo cambiará ahora la cosa, los raudales de cariño que manarán de progenitores mirando con el rabillo del ojo al funcionario que les vigila. ¿Y el desarrollo pleno y armonioso que experimentarán los pequeños? Con la autoestima y la creatividad que se promueven en la escuela, y las caricias preceptivas que reciban en casa, quizás no lleguen a adquirir una gran comprensión lectora, ni una espectacular destreza matemática, ni unos mínimos conocimientos humanísticos y científicos, pero lo felices que van a ser ¿qué?
No pretendo ser insensible ante la triste realidad de que algunos niños no reciben amor de sus padres o cuidadores, o peor aún, son maltratados físicamente. Pero en la mayoría de casos se trata de niños que viven con la madre y un novio de esta, u otra situación distinta de la familia natural, como demuestran estudios empíricos serios, no los que expelen los gabinetes ideológicos estatales o paraestatales (1). Y este es un problema que los gobiernos han contribuido a crear con sus políticas de subsidios y campañas a favor de los "otros modelos de familia", surgidos del divorcio fácil y la revolución sexual.
Como ha señalado el filósofo inglés Roger Scruton: "El abuso infantil no es un desorden social universal, para el que la burocracia estatal y sus expertos son la cura. Es el resultado directo de la deslegitimación de la familia. Y el papel del Estado en la disolución del vínculo matrimonial ha sido de connivencia, al fomentar con los planes de bienestar social los arreglos familiares (incluso los que incluyen tener un novio o varios en casa) que ponen en peligro a los niños." (2)
Ahora bien, como siquiera mencionar este tema es tabú, pues va contra la corrección política, de manera absolutamente típica nos encontramos con que un error continuado del gobierno acaba justificando una extensión de las atribuciones del gobierno. A menos moral -desprestigiada por activistas y políticos liberadores- más policía. Y así vamos de ley intervencionista en ley intervencionista hasta que, cuando nos queramos dar cuenta, nos veamos en un estado totalitario que creerá justificado espiarnos para asegurarse de que atendemos a los hijos (si es que queda alguien que se aventure a tenerlos), separamos el plástico y el vidrio, declaramos a Hacienda la donación de orégano del vecino y no contamos chistes xenófobos en la intimidad. Todo sea por el bien de los niños.
(1) Según el estudio de R. Whelan, citado por Roger Scruton, Usos del pesimismo, Ariel, Barcelona, 2010, p. 165, un niño tiene 33 veces más posibilidades de sufrir abusos graves y 73 veces más de sufrir un abuso mortal en un hogar donde la madre convive con una pareja distinta del padre que en la familia biológica original. Esto no es criminalizar a los padrastros, es simplemente estadística.
(2) Ob. cit., pág. 166.
viernes, 21 de marzo de 2014
Los progres no cambian
El progresista es una persona con gran fidelidad a determinadas ideas y recetas, por muchas veces que los hechos se empeñen en contradecirlas. Así, por ejemplo, es admirable cómo se aferra a la idea de que la violencia (y en particular el terrorismo) es una consecuencia de la pobreza, pese a los abrumadores indicios que la desmienten. Un progre de manual como George Lakoff, en su conocido opúsculo No pienses en un elefante, nos asegura que "si se acaba con esa pobreza, se acaba con lo que alimenta a la mayoría de los terroristas, aunque los terroristas del 11-S tenían dinero". Lo cual es como si yo digo que todos los bigotudos son tontos, aunque Einstein tenía bigote. Basta anteponer un "aunque" a cualquier hecho que venga a estropear mi teoría favorita, y ya puedo defender hasta que el socialismo es un sistema mucho más justo que el capitalismo, aunque sean los cubanos los que se empeñen en escapar a Florida y no al revés.
Otro ejemplo se refiere a los trágicos casos de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas. Los progres tienen ya una explicación previa a cualquier estudio empírico: estos asesinatos se deben a una cultura machista que pretende que la mujer debe limitarse a un papel de sirvienta doméstica. Así lo afirma al menos Miguel Lorente (expreboste del Ministerio de Igualdad) en un artículo titulado "Ellas están cambiando; ellos, no", donde nos asegura que "los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que «su mujer» debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo «una buena esposa, madre y ama de casa»".
Pasemos por alto el carácter desfasadamente paternalista del artículo ("las mujeres están cambiando"), como si la presencia femenina en la educación superior, en los tres poderes del estado, en los medios de comunicación y en general en todos los sectores económicos, fuera una "conquista social" de las dos legislaturas de Zapatero, tras el derrocamiento de la bigotecracia aznariana. Pasemos por alto también el entrecomillado del sintagma "mi mujer", como si cualquier otra expresión que no fuera "la ciudadana Paula" debiera ser investigada por la Policía del Pensamiento:
-¿Cree usted que una muñeca es un juguete adecuado para una niña?
-Bueno, no sé qué tiene que ver...
-¡Conteste sí o no!
Lo que no podemos pasar por alto es que el propio autor inicia su artículo con la confesión de un asesino, que reconoce que mató a su mujer porque rompió con él: "si me dejas te mato, le advertí". Esto por lo pronto es algo distinto de afirmar que ese sujeto mató a su pareja porque no estaba dispuesta a asumir un papel de sumisión. Puede que esa fuera a su vez la causa de la ruptura, pero sostener que esto es así en la mayoría de casos es una hipótesis que debe ser contrastada como cualquier otra. Lo que sí demuestran las estadísticas son dos hechos:
1) Un gran número de muertes de violencia doméstica se producen durante o después de una separación que el hombre se niega a aceptar.
2) La violencia de mujeres contra sus parejas masculinas no es ni mucho menos anecdótica, pese a que no tenga la misma repercusión mediática ni política.
Lo segundo ya fue cuestionado por Miguel Lorente en un artículo anterior, titulado "Hombres asesinados y mentiras resucitadas", en el que afirmaba que ciertas cifras de muertes de varones a manos de sus parejas femeninas estaban infladas burdamente, pero al mismo tiempo reconocía que el Ministerio de Igualdad y otros organismos afines no contabilizaban las víctimas masculinas porque su cometido es precisamente "actuar sobre la violencia que sufren las mujeres", del mismo modo que la DGT no contabiliza los accidentes laborales. Ahora bien, esto es precisamente lo que nos lleva a cuestionar los registros oficiales de violencia ejercida por mujeres. Basta consultar las hemerotecas para comprobar que no existe correspondencia entre tales registros y un mero recuento de los casos aparecidos en la sección de sucesos, como divulgó Arcadi Espada en su blog.
Lorente venía a decir que, en todo caso, las cifras de hombres muertos a manos de mujeres son insignificantes comparadas con la mayoría abrumadora de varones que son víctimas de conflictos armados y luchas entre bandas criminales, mayoritariamente protagonizados por el sexo masculino. No obstante, si hablamos de violencia doméstica, aludir a las guerras y al pistolerismo es salir por peteneras; hábito por lo demás muy extendido entre los progres, que si te muestras contrario al aborto te recuerdan que no te vieron enarbolando una pancarta de "Aznar asesino" en las manifestaciones contra la guerra de Iraq.
Pero la cuestión decisiva es la que nos revela el primer hecho, la relación entre la violencia intersexual y las rupturas sentimentales. Que tras estas haya un sordo conflicto por el reparto de las tareas domésticas es una generalización de un cierto regusto marxista, que todo lo reduce a economía, y que habría que demostrar con datos. Mientras esto no se haga, otras hipótesis pueden ser igual de respetables. La mía es la siguiente: en una sociedad donde se rinde culto al hedonismo, la inestabilidad de las relaciones de pareja tiende a aumentar, debido a los incentivos para cambiar de rutina y de amante, así como a cierta insatisfacción artificial que en algunas personas puede generar la difusión de fabulaciones eróticas. Esto trae consigo los consabidos celos amorosos, fundados o infundados, que en algunos casos pueden acabar en comportamientos violentos.
La culpa es siempre de quien comete una agresión. Pero si nos empeñamos en trazar un retrato del hombre como una especie de fiera a la que hay que reeducar, a fin de erradicar sus atavismos machistas, dilapidamos energías que podrían orientarse a tratar de defender una concepción menos individualista de los vínculos entre hombres y mujeres, en la que ambos sexos salgan ganando, renunciando voluntariamente a una parte de su libertad para dedicarla más a la vida familiar.
El feminismo ha inculcado a varias generaciones de mujeres que tienen que imitar, paradójicamente, a los hombres: salir más de casa, tanto para trabajar como para irse de parranda con las amigas. Tenemos indicios sobrados para suponer que se trata de un mal consejo. La alternativa no es, como pretende la caricatura interesada, que la mujer se quede preparando la cena mientras el golfo del marido se solaza en el bar a la salida del trabajo. La alternativa consiste precisamente en que tanto hombres como mujeres dejemos de ser adolescentes y concibamos el hogar como el espacio sagrado de la vida conyugal y la crianza de los hijos, asumiendo plenamente nuestras responsabilidades.
Pero por el momento, el discurso dominante seguirá ahondando en la relativización de la familia, aunque la violencia doméstica siga siendo una lacra. Y es que los progres no dan señales de estar cambiando.
Otro ejemplo se refiere a los trágicos casos de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas. Los progres tienen ya una explicación previa a cualquier estudio empírico: estos asesinatos se deben a una cultura machista que pretende que la mujer debe limitarse a un papel de sirvienta doméstica. Así lo afirma al menos Miguel Lorente (expreboste del Ministerio de Igualdad) en un artículo titulado "Ellas están cambiando; ellos, no", donde nos asegura que "los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que «su mujer» debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo «una buena esposa, madre y ama de casa»".
Pasemos por alto el carácter desfasadamente paternalista del artículo ("las mujeres están cambiando"), como si la presencia femenina en la educación superior, en los tres poderes del estado, en los medios de comunicación y en general en todos los sectores económicos, fuera una "conquista social" de las dos legislaturas de Zapatero, tras el derrocamiento de la bigotecracia aznariana. Pasemos por alto también el entrecomillado del sintagma "mi mujer", como si cualquier otra expresión que no fuera "la ciudadana Paula" debiera ser investigada por la Policía del Pensamiento:
-¿Cree usted que una muñeca es un juguete adecuado para una niña?
-Bueno, no sé qué tiene que ver...
-¡Conteste sí o no!
Lo que no podemos pasar por alto es que el propio autor inicia su artículo con la confesión de un asesino, que reconoce que mató a su mujer porque rompió con él: "si me dejas te mato, le advertí". Esto por lo pronto es algo distinto de afirmar que ese sujeto mató a su pareja porque no estaba dispuesta a asumir un papel de sumisión. Puede que esa fuera a su vez la causa de la ruptura, pero sostener que esto es así en la mayoría de casos es una hipótesis que debe ser contrastada como cualquier otra. Lo que sí demuestran las estadísticas son dos hechos:
1) Un gran número de muertes de violencia doméstica se producen durante o después de una separación que el hombre se niega a aceptar.
2) La violencia de mujeres contra sus parejas masculinas no es ni mucho menos anecdótica, pese a que no tenga la misma repercusión mediática ni política.
Lo segundo ya fue cuestionado por Miguel Lorente en un artículo anterior, titulado "Hombres asesinados y mentiras resucitadas", en el que afirmaba que ciertas cifras de muertes de varones a manos de sus parejas femeninas estaban infladas burdamente, pero al mismo tiempo reconocía que el Ministerio de Igualdad y otros organismos afines no contabilizaban las víctimas masculinas porque su cometido es precisamente "actuar sobre la violencia que sufren las mujeres", del mismo modo que la DGT no contabiliza los accidentes laborales. Ahora bien, esto es precisamente lo que nos lleva a cuestionar los registros oficiales de violencia ejercida por mujeres. Basta consultar las hemerotecas para comprobar que no existe correspondencia entre tales registros y un mero recuento de los casos aparecidos en la sección de sucesos, como divulgó Arcadi Espada en su blog.
Lorente venía a decir que, en todo caso, las cifras de hombres muertos a manos de mujeres son insignificantes comparadas con la mayoría abrumadora de varones que son víctimas de conflictos armados y luchas entre bandas criminales, mayoritariamente protagonizados por el sexo masculino. No obstante, si hablamos de violencia doméstica, aludir a las guerras y al pistolerismo es salir por peteneras; hábito por lo demás muy extendido entre los progres, que si te muestras contrario al aborto te recuerdan que no te vieron enarbolando una pancarta de "Aznar asesino" en las manifestaciones contra la guerra de Iraq.
Pero la cuestión decisiva es la que nos revela el primer hecho, la relación entre la violencia intersexual y las rupturas sentimentales. Que tras estas haya un sordo conflicto por el reparto de las tareas domésticas es una generalización de un cierto regusto marxista, que todo lo reduce a economía, y que habría que demostrar con datos. Mientras esto no se haga, otras hipótesis pueden ser igual de respetables. La mía es la siguiente: en una sociedad donde se rinde culto al hedonismo, la inestabilidad de las relaciones de pareja tiende a aumentar, debido a los incentivos para cambiar de rutina y de amante, así como a cierta insatisfacción artificial que en algunas personas puede generar la difusión de fabulaciones eróticas. Esto trae consigo los consabidos celos amorosos, fundados o infundados, que en algunos casos pueden acabar en comportamientos violentos.
La culpa es siempre de quien comete una agresión. Pero si nos empeñamos en trazar un retrato del hombre como una especie de fiera a la que hay que reeducar, a fin de erradicar sus atavismos machistas, dilapidamos energías que podrían orientarse a tratar de defender una concepción menos individualista de los vínculos entre hombres y mujeres, en la que ambos sexos salgan ganando, renunciando voluntariamente a una parte de su libertad para dedicarla más a la vida familiar.
El feminismo ha inculcado a varias generaciones de mujeres que tienen que imitar, paradójicamente, a los hombres: salir más de casa, tanto para trabajar como para irse de parranda con las amigas. Tenemos indicios sobrados para suponer que se trata de un mal consejo. La alternativa no es, como pretende la caricatura interesada, que la mujer se quede preparando la cena mientras el golfo del marido se solaza en el bar a la salida del trabajo. La alternativa consiste precisamente en que tanto hombres como mujeres dejemos de ser adolescentes y concibamos el hogar como el espacio sagrado de la vida conyugal y la crianza de los hijos, asumiendo plenamente nuestras responsabilidades.
Pero por el momento, el discurso dominante seguirá ahondando en la relativización de la familia, aunque la violencia doméstica siga siendo una lacra. Y es que los progres no dan señales de estar cambiando.
miércoles, 1 de enero de 2014
El Estado os hará libres
El consenso socialdemócrata consiste en sustituir el aserto evangélico "la verdad os hará libres" (Juan, 8, 32) por "el Estado os hará libres". Se empieza, como Pilato, preguntándose "¿qué es la verdad?" (Juan, 18, 38). Se empieza sintiéndose, no sin considerable presunción, un escéptico de vuelta de todas las certezas (que, ya se sabe, son cosas propias de fanáticos que no utilizan champú anticaspa). Y se acaba pidiendo que el estado se ocupe de casi todo, y por supuesto, demandando aborto libre y eutanasia para los viejos e inútiles que tienen el detalle colaborador de no querer vivir más. (Los embriones y fetos humanos aún son más amables: ni siquiera opinan.)
No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.
El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.
Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.
En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.
Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.
El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.
Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.
Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.
No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.
El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.
Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.
En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.
Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.
El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.
Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.
Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.
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sábado, 30 de noviembre de 2013
Políticos, vendedores y curas
Es un tópico acusar a los políticos de embusteros, y también a los publicitarios. Pero quizás no nos hemos parado a pensar lo suficiente en lo que sucedería si políticos y vendedores dijeran siempre, y ante todo, toda la verdad y nada más que la verdad. Un político, un vendedor de crecepelo o un fabricante de lavadoras que dijeran la pura verdad, no se comerían un rosco. El político debería, por ejemplo, decir que un sistema sanitario gratuito (costeado por los contribuyentes) tiende al colapso, porque favorece una demanda ilimitada e inasumible. ("Ya que pago mis impuestos, tengo derecho a..., etc.") O que subsidiar durante dos años a los desempleados favorece que estos no se esfuercen lo suficiente en encontrar un trabajo, aunque no esté tan bien pagado como desearían. ("Para eso, prefiero seguir cobrando el paro.") Un político que fuera lo suficientemente honrado para decirle a la cara a los ciudadanos estas verdades, y otras muchas, se encontraría con que estos preferirían escuchar (y votar) a competidores menos escrupulosos con la verdad, más dispuestos a halagar al público y a decirle lo que este quiere oír, y por supuesto a tachar de "insensibles" a sus sinceros contrincantes.
Lo mismo le sucede a cualquier vendedor, que sabe que su producto, aunque sea bueno, rara vez es el mejor, y que tiene ventajas e inconvenientes frente a la competencia o frente a otras alternativas. Es obvio que si le planteara la cuestión al cliente en términos puramente racionales, este diferiría la adquisición y posiblemente acabara efectuándola a otro comerciante más avispado, que no renunciara a pulsar los resortes emocionales que nos llevan a toda decisión de compra, desde una determinada marca de champú hasta un seguro de vida. Todos los manuales de técnicas de ventas inciden en tratar de encontrar esos resortes, que en esencia se reducen a un único principio fundamental: agradar al cliente y no contrariarle bajo ninguna circunstancia; "el cliente siempre tiene la razón". Como observa un viejo manual de ventas titulado El placer de vender, de Jean T. Auer: "A nadie le gusta ser criticado; no critique pues a su cliente, ¡no lo corrija!"
Por lo dicho, es un error de principio esperar de un político que trate de elevarnos moralmente. Semejante expectativa es poco menos ingenua que esperar del dueño de un bar un discurso en contra del consumo inmoderado de alcohol. Ahora bien, un fenómeno de los tiempos modernos es que quien debería realizar esta función profética (en el sentido del Antiguo Testamento), quien debería sacudirnos de nuestra autocomplacencia, se ha desentendido hace mucho tiempo de su responsabilidad. Nos referimos a la clase intelectual. Por lo general, la mayoría de intelectuales, al igual que los políticos, han optado por caer simpáticos a cualquier precio, hasta el punto de que se permiten criticar a los gobernantes por no ser todavía más serviles ante las pretensiones y demandas de las masas (las llaman "derechos"), o por no cumplir promesas que son imposibles de cumplir, y que nunca deberían haberse hecho.
Lo que resulta ya verdaderamente chocante es cuando estos mismos intelectuales adoptan una postura de crítica hacia lo que ellos llaman "populismo" y se oponen firmemente a "legislar en caliente". Es decir, por un lado asumen las demandas de providencialismo estatal más irresponsables, y por el otro se muestran como exquisitos legalistas, que deploran exigencias tan legítimas como la cadena perpetua para el crimen de asesinato, o se atreven a afear a las víctimas del terrorismo su oposición a la excarcelación anticipada de los verdugos de sus familiares. Al parecer, inclinarse ante el pueblo sólo es válido cuando ello redunda en entregar más poder a los gobernantes, en entregarles más dinero y en exonerarlos de su obligación principal de salvaguardar el orden y la justicia. Y así vemos que estos mismos políticos que se reparten impúdicamente el poder judicial, se muestran hipócritamente impotentes ante decisiones judiciales aberrantes, con el apoyo de editorialistas "progresistas" por encima del bien y del mal.
El origen de esta contradicción se halla en el mito del Buen Salvaje, que no es más que el olvido del pecado original. Para Pascal, el cristianismo se reduce a dos verdades fundamentales: "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo." Desde el momento que desconocemos nuestra miseria, nuestra condición finita, creemos que podemos prescindir de Dios y por tanto nos negamos a escuchar a cualquiera que pretenda recordarnos que somos mortales, como susurraban los esclavos al oído de los cónsules romanos victoriosos. Esto conduce directamente a cosas tan nefastas como el Estado niñera, y a que los criminales sean equiparados a las víctimas. Y es tan difícil oponerse a esta corriente de autoendiosamiento del individuo, que incluso en las iglesias se echan en falta sermones incómodos, reprobatorios, que sacudan verdaderamente las conciencias; que no se limiten a una retórica muy cercana a la del progresismo, que no obliga a nada más que a experimentar buenos sentimientos, en los cuales los culpables siempre son otros, entidades etéreas como los "poderes políticos y económicos", o la "sociedad", con nuestra participación individual casi infinitesimalmente diluída.
Sorprende que el papa Francisco sostenga que la Iglesia no debe estar todo el día hablando de temas como el aborto, cuando apenas he escuchado nunca en una misa dominical alguna leve alusión al derecho a la vida del no nacido, y en cambio, sin ir más lejos, hace un par de semanas escuché a un cura criticar la sentencia del "Prestige", como un tertuliano al uso cualquiera. No sólo los intelectuales: ni siquiera los clérigos se atreven ya a echarnos en cara nuestra irresponsabilidad, nuestra concupiscencia y nuestros numerosos defectos, de una manera concreta y punzante, en la cual cada uno reconozca dolorosamente sus pecados, y no meramente una vaga mala conciencia compartida. Por supuesto, el término "pecado" está pasado de moda, y sólo se escucha en contextos rituales, rara vez en el sermón del cura.
Nos hemos acomodado, nos hemos acostumbrado demasiado a lo fácil, y cuando la realidad nos pasa factura, lo llamamos "crisis". Nos creíamos materialmente ricos, y acabamos de descubrir que somos pobres. Pero nos queda lo más importante, redescubrir nuestra pobreza esencial, nuestra miseria constitutiva: recuperar la humildad. Y de momento no se advierten síntomas de que estemos en camino de ello. Ni siquiera desde el papado actual, empeñado en ganar adeptos culpando al maestro armero del capitalismo, y a cualquiera que sea lo suficientemente impersonal para no contrariarnos demasiado.
Lo mismo le sucede a cualquier vendedor, que sabe que su producto, aunque sea bueno, rara vez es el mejor, y que tiene ventajas e inconvenientes frente a la competencia o frente a otras alternativas. Es obvio que si le planteara la cuestión al cliente en términos puramente racionales, este diferiría la adquisición y posiblemente acabara efectuándola a otro comerciante más avispado, que no renunciara a pulsar los resortes emocionales que nos llevan a toda decisión de compra, desde una determinada marca de champú hasta un seguro de vida. Todos los manuales de técnicas de ventas inciden en tratar de encontrar esos resortes, que en esencia se reducen a un único principio fundamental: agradar al cliente y no contrariarle bajo ninguna circunstancia; "el cliente siempre tiene la razón". Como observa un viejo manual de ventas titulado El placer de vender, de Jean T. Auer: "A nadie le gusta ser criticado; no critique pues a su cliente, ¡no lo corrija!"
Por lo dicho, es un error de principio esperar de un político que trate de elevarnos moralmente. Semejante expectativa es poco menos ingenua que esperar del dueño de un bar un discurso en contra del consumo inmoderado de alcohol. Ahora bien, un fenómeno de los tiempos modernos es que quien debería realizar esta función profética (en el sentido del Antiguo Testamento), quien debería sacudirnos de nuestra autocomplacencia, se ha desentendido hace mucho tiempo de su responsabilidad. Nos referimos a la clase intelectual. Por lo general, la mayoría de intelectuales, al igual que los políticos, han optado por caer simpáticos a cualquier precio, hasta el punto de que se permiten criticar a los gobernantes por no ser todavía más serviles ante las pretensiones y demandas de las masas (las llaman "derechos"), o por no cumplir promesas que son imposibles de cumplir, y que nunca deberían haberse hecho.
Lo que resulta ya verdaderamente chocante es cuando estos mismos intelectuales adoptan una postura de crítica hacia lo que ellos llaman "populismo" y se oponen firmemente a "legislar en caliente". Es decir, por un lado asumen las demandas de providencialismo estatal más irresponsables, y por el otro se muestran como exquisitos legalistas, que deploran exigencias tan legítimas como la cadena perpetua para el crimen de asesinato, o se atreven a afear a las víctimas del terrorismo su oposición a la excarcelación anticipada de los verdugos de sus familiares. Al parecer, inclinarse ante el pueblo sólo es válido cuando ello redunda en entregar más poder a los gobernantes, en entregarles más dinero y en exonerarlos de su obligación principal de salvaguardar el orden y la justicia. Y así vemos que estos mismos políticos que se reparten impúdicamente el poder judicial, se muestran hipócritamente impotentes ante decisiones judiciales aberrantes, con el apoyo de editorialistas "progresistas" por encima del bien y del mal.
El origen de esta contradicción se halla en el mito del Buen Salvaje, que no es más que el olvido del pecado original. Para Pascal, el cristianismo se reduce a dos verdades fundamentales: "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo." Desde el momento que desconocemos nuestra miseria, nuestra condición finita, creemos que podemos prescindir de Dios y por tanto nos negamos a escuchar a cualquiera que pretenda recordarnos que somos mortales, como susurraban los esclavos al oído de los cónsules romanos victoriosos. Esto conduce directamente a cosas tan nefastas como el Estado niñera, y a que los criminales sean equiparados a las víctimas. Y es tan difícil oponerse a esta corriente de autoendiosamiento del individuo, que incluso en las iglesias se echan en falta sermones incómodos, reprobatorios, que sacudan verdaderamente las conciencias; que no se limiten a una retórica muy cercana a la del progresismo, que no obliga a nada más que a experimentar buenos sentimientos, en los cuales los culpables siempre son otros, entidades etéreas como los "poderes políticos y económicos", o la "sociedad", con nuestra participación individual casi infinitesimalmente diluída.
Sorprende que el papa Francisco sostenga que la Iglesia no debe estar todo el día hablando de temas como el aborto, cuando apenas he escuchado nunca en una misa dominical alguna leve alusión al derecho a la vida del no nacido, y en cambio, sin ir más lejos, hace un par de semanas escuché a un cura criticar la sentencia del "Prestige", como un tertuliano al uso cualquiera. No sólo los intelectuales: ni siquiera los clérigos se atreven ya a echarnos en cara nuestra irresponsabilidad, nuestra concupiscencia y nuestros numerosos defectos, de una manera concreta y punzante, en la cual cada uno reconozca dolorosamente sus pecados, y no meramente una vaga mala conciencia compartida. Por supuesto, el término "pecado" está pasado de moda, y sólo se escucha en contextos rituales, rara vez en el sermón del cura.
Nos hemos acomodado, nos hemos acostumbrado demasiado a lo fácil, y cuando la realidad nos pasa factura, lo llamamos "crisis". Nos creíamos materialmente ricos, y acabamos de descubrir que somos pobres. Pero nos queda lo más importante, redescubrir nuestra pobreza esencial, nuestra miseria constitutiva: recuperar la humildad. Y de momento no se advierten síntomas de que estemos en camino de ello. Ni siquiera desde el papado actual, empeñado en ganar adeptos culpando al maestro armero del capitalismo, y a cualquiera que sea lo suficientemente impersonal para no contrariarnos demasiado.
domingo, 10 de noviembre de 2013
Dios y la libertad
La libertad es un concepto central del catolicismo, al igual que lo es del liberalismo. Si no somos libres para elegir entre el bien y el mal, conceptos como el de creación o salvación se convierten en misterios incomprensibles, esto es, en irracionales. ¿Por qué Dios habría creado a unos seres conscientes cuyos actos estuvieran ya predeterminados desde toda la eternidad? ¿Qué sentido tendría la moral si no hubiera realmente elección? Pero el concepto de libertad reside en un nivel todavía más profundo: en el mismo Dios. Pues un Dios que no fuera libre de crear el mundo, o de haberse encarnado en su Hijo, no sería un Dios personal, sino la forma equívoca en que Spinoza denominó a la "sustancia infinita", o como diría ahora cualquier sabio de taberna, "la energía".
Dicho esto, la traducción política de la idea metafísica de libertad no es algo evidente ni sencillo, como lo demuestran los desencuentros decimonónicos entre el liberalismo clásico (la libertad de prensa, el mercado libre, los derechos individuales, el sufragio universal, etc) y la Iglesia. Aunque ciertos debates parecen definitivamente superados desde el Concilio Vaticano II, persisten recelos desde ambos lados. Así, algunos católicos siguen mostrando su desconfianza hacia las reglas supuestamente inhumanas del mercado, que consideran incompatibles con las enseñanzas de los evangelios, y más concretamente con la Doctrina Social de la Iglesia. Por su parte, algunos liberales clásicos (coincidiendo en esto con los progresistas socialdemócratas) consideran que la moral católica, contraria al aborto, a las bodas gays y al sexo fuera del matrimonio, debe mantenerse en la más estricta privacidad, sin que la legislación pueda obstaculizar el "derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo", favorecer un "modelo de familia" por encima de los otros o "decirle a la gente con quién se puede acostar".
Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla, profundiza en estas cuestiones en su último y, a mi parecer, más importante libro, Liberalismo, catolicismo y ley natural (ed. Encuentro, 2013). Con su habitual estilo de documentación portentosa y nitidez expositiva, Contreras tiene esa rara virtud de hacer accesibles los debates más elevados y hasta esotéricos a cualquier persona que simplemente ponga de su parte la pasión por la verdad y la razón. Pero tampoco se limita a presentarnos el estado de una cuestión. Contreras toma partido argumentadamente y sin ambigüedades, y resulta que este partido es lo más políticamente incorrecto que se puede ser en nuestros días: católico y liberal; por resumirlo rápidamente, provida, pro-familia y pro-mercado. Si alguien quiere saber cómo se pueden "conciliar" estos conceptos, inexcusablemente debe leer este libro. Pero, sobre todo, debería leerlo si está convencido de que los dos primeros son incompatibles con el tercero.
Los católicos no tienen desde luego la exclusiva de la incomprensión de los principios económicos básicos. Las falacias de la "suma cero", de que "los ricos cada vez son más ricos, y los pobres, más pobres", etc. están tan difundidas en las sociedades desarrolladas que resulta verdaderamente difícil escapar a ellas para cualquiera que no se salga de los circuitos de formación y comunicación establecidos o hegemónicos.
El capitalismo recibe dos tipos de críticas, las económicas y las culturales. Las primeras son las más burdas y fáciles de desmontar, pues por mucho que se quiera acusar a "los mercados" de la pobreza y la desigualdad, el hecho incontestable es que no existe ningún sistema económico que haya creado tanta riqueza, ni haya elevado socialmente a tantos millones de personas.
La crítica cultural, más propia del campo conservador, incide en los efectos supuestamente disolventes del capitalismo sobre la familia y los valores tradicionales. Sin embargo, todo parece indicar que tales efectos acaban socavando los mismos principios sobre los que se funda el liberalismo económico (la ética del trabajo, del ahorro, etc.). Si la cultura del hedonismo irresponsable es una consecuencia de la riqueza material (al menos en las generaciones que ya se han encontrado con esa riqueza como algo dado), no hay duda de que el capitalismo tiene mucho que ver en el desarrollo de la primera, pero de un modo indirecto y sobre todo no fatal. No todo el mundo que se enriquece rápidamente, o hereda una fortuna, va necesariamente a dilapidarla en orgías. Y si lo hace, parece más exacto culpar de ello a quien se deja arrastrar por los vicios que a un supuesto carácter intrínsecamente corruptor del dinero. Las sociedades occidentales mostraron de hecho una notable capacidad de progreso ordenado y mesocrático hasta que en décadas relativamente recientes (digamos que desde 1968 para acá, por simplificar), las ideologías emancipatorias empezaron a popularizar con gran éxito propagandístico el cuestionamiento del legado moral judeocristiano.
El liberalismo clásico no siempre imaginó los efectos culturales indeseados de la prosperidad económica y de la democracia, aunque atisbos geniales no faltaron (Tocqueville). Esta es posiblemente la razón por la que algunos de sus herederos actuales tienen dificultades para tomar una posición sobre temas como el aborto o la familia que no se salga de los clichés progresistas: los clásicos, sencillamente, dijeron muy poco al respecto, porque hace escasas décadas a nadie se le hubiera ocurrido, por ejemplo, dudar del carácter heterosexual del matrimonio. Este hueco conceptual, nada menos, es el que viene a llenar el libro de Contreras.
Aunque sus trece capítulos son todos ellos de gran enjundia, a mí particularmente me ha parecido insuperable el capítulo 11, "La crítica liberal del Estado del Bienestar", una verdadera lección magistral (en realidad, da para un curso) sobre el tema, que arranca con una sabrosa confesión personal de los devaneos socialdemócratas de juventud del autor. La conclusión es obvia: leyendo y pensando por nuestra cuenta, es posible escapar del imaginario estatalista, aunque en el caso de un catedrático hay que sumar el mérito que supone renunciar al reconocimiento del establishment académico y los aplausos fáciles. Ahora bien, tras leer Liberalismo, catolicismo y ley natural, uno no puede evitar un cierto pensamiento agridulce: ¡ojalá me hubiera encontrado mucho antes con un libro así! Cuánto tiempo, cuántas lucubraciones estériles, cuántas lecturas olvidables y prescindibles me hubiera ahorrado...
Junto con el capítulo mencionado, me ha resultado especialmente interesante el siguiente, titulado "Laicidad, razón pública y ley natural", quizás la clave de todo el libro, por la profundidad de su análisis. Contreras parte de una distinción elemental entre laicidad y laicismo. La primera tiene su raíz en el propio cristianismo (en contraste, por ejemplo, con el islam) y consiste en defender un Estado "neutral entre las diversas concepciones del mundo", el cual "permite que creyentes y ateos compitan sin discriminación en la plaza pública". Por el contrario, el estado laicista "encubre una situación de efectiva 'confesionalidad inversa': el Estado de hecho da por buena la visión del mundo atea, recela de la religión como una amenaza al sistema y trata a los creyentes como ciudadanos de segunda, impidiéndoles jugar el juego democrático en pie de igualdad con los ateos." (Pág. 299.)
Sentada esta distinción crucial, Contreras somete a examen la llamada "doctrina de las razones públicas" (elaborada por Rawls y otros), mostrándonos lo fácilmente que permite el deslizamiento desde la laicidad al laicismo, al excluir del debate público cualquier posición "sospechosa" de tener un fundamento religioso. La crítica que hace el autor de la concepción rawlsiana es doble. Por un lado, niega que la defensa del derecho a la vida del nasciturus (la batalla ideológica decisiva de nuestros días) tenga un fundamento religioso; por el otro, señala que la posición de los defensores del aborto tampoco es "neutral", sino que implica una metafísica materialista tan discutible, en principio, como la cosmovisión basada en la trascendencia. Ahora bien, existe una cierta tensión entre ambas críticas, que a Contreras no se le escapa, pero que creo que elude resolver, quizás prudentemente; aunque la cuestión es intelectualemente de las más apasionantes que se nos pueden plantear. En efecto, si decimos que los laicistas (o más concretamente, los pro-aborto) "tampoco" son neutrales, implícitamente estamos admitiendo que los provida no lo son, que no existen unas ciertas concepciones universales comunes, a partir de las cuales nos podríamos entender creyentes y no creyentes. O dicho de otro modo, de los dos argumentos contra el laicismo, sólo el segundo sería válido (que el laicismo es también una religión, en sentido lato), pero los laicistas tendrían razón cuando argumentan que la defensa de la vida desde la concepción tiene un fundamento teísta. ¡Lo que es muy distinto de afirmar que es irracional y que debe excluirse del debate! Creo que el autor en cierto modo admite esto cuando escribe, pág. 319:
"Quizás la tradición iusnaturalista sobrevaloró la posibilidad de un common ground moral entre la perspectiva teísta y la materialista; quizás las consecuencias morales de la existencia o inexistencia de Dios sean mayores de lo que queremos reconocer, convirtiendo ambas perspectivas en inconmensurables."
Podría quedar todavía un mínimo terreno común, en una especie de normas de etiqueta que obligaran a renunciar a cualquier interlocutor de la plaza pública al uso de argumentos de autoridad, o basados en algún tipo de revelación o gnosis esotérica. Pero personalmente dudo mucho que eso baste para la convivencia cívica. El conflicto de visiones es inevitable; sólo podemos impedir que degenere en violencia aceptando una reglas de juego democráticas, por las cuales tanto creyentes como ateos o agnósticos tengan las mismas posibilidades de influir en las mayorías, sin tiranizar ni excluir a las minorías (esto último es importante, porque permite cuestionar la legitimidad de gobiernos que imponen la ley islámica, aunque surjan de las urnas).
Resulta indignante que por el hecho de que un parlamento vote, por una amplia mayoría, una constitución que (manteniendo la aconfesionalidad del estado) reconoce principios básicos cristianos (es el caso de Hungría, asunto del que trata el capítulo 5), las instituciones europeas y los medios de comunicación pongan el grito en el cielo, hablando de fascismo y otros despropósitos, y amenacen con medidas contra ese país. Una sociedad en que no se pueda siquiera discutir sobre el aborto o el llamado "matrimonio homosexual" no es más libre, sino evidentemente menos. En este sentido, los intentos de borrar las raíces cristianas de Europa (véase el capítulo 3) son propios de una mentalidad intransigente y totalitaria que debería inquietarnos profundamente. El origen de tal mentalidad en el "antidiscriminacionismo" desbocado es otra reflexión que acomete el capítulo 7 del libro con gran brillantez. Y sobre sus consecuencias devastadoras (baja natalidad y envejecimiento de la población a medio plazo) nos alerta ya desde el capítulo 2, "El invierno demográfico europeo". El debate sobre el papel de las convicciones cristianas, por tanto, no es algo que deba preocupar sólo a los cristianos, sino que está en el centro de la cuestión de nuestra mera supervivencia como civilización. Sólo me queda rogar efusivamente que lean este libro. Si el lector coincide con sus ideas, porque le ofrece una claridad argumentativa que es vital para intentar frenar la decadencia europea. Y si está todavía en el sueño dogmático progresista, porque ya va siendo hora de despertar.
Dicho esto, la traducción política de la idea metafísica de libertad no es algo evidente ni sencillo, como lo demuestran los desencuentros decimonónicos entre el liberalismo clásico (la libertad de prensa, el mercado libre, los derechos individuales, el sufragio universal, etc) y la Iglesia. Aunque ciertos debates parecen definitivamente superados desde el Concilio Vaticano II, persisten recelos desde ambos lados. Así, algunos católicos siguen mostrando su desconfianza hacia las reglas supuestamente inhumanas del mercado, que consideran incompatibles con las enseñanzas de los evangelios, y más concretamente con la Doctrina Social de la Iglesia. Por su parte, algunos liberales clásicos (coincidiendo en esto con los progresistas socialdemócratas) consideran que la moral católica, contraria al aborto, a las bodas gays y al sexo fuera del matrimonio, debe mantenerse en la más estricta privacidad, sin que la legislación pueda obstaculizar el "derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo", favorecer un "modelo de familia" por encima de los otros o "decirle a la gente con quién se puede acostar".
Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla, profundiza en estas cuestiones en su último y, a mi parecer, más importante libro, Liberalismo, catolicismo y ley natural (ed. Encuentro, 2013). Con su habitual estilo de documentación portentosa y nitidez expositiva, Contreras tiene esa rara virtud de hacer accesibles los debates más elevados y hasta esotéricos a cualquier persona que simplemente ponga de su parte la pasión por la verdad y la razón. Pero tampoco se limita a presentarnos el estado de una cuestión. Contreras toma partido argumentadamente y sin ambigüedades, y resulta que este partido es lo más políticamente incorrecto que se puede ser en nuestros días: católico y liberal; por resumirlo rápidamente, provida, pro-familia y pro-mercado. Si alguien quiere saber cómo se pueden "conciliar" estos conceptos, inexcusablemente debe leer este libro. Pero, sobre todo, debería leerlo si está convencido de que los dos primeros son incompatibles con el tercero.
Los católicos no tienen desde luego la exclusiva de la incomprensión de los principios económicos básicos. Las falacias de la "suma cero", de que "los ricos cada vez son más ricos, y los pobres, más pobres", etc. están tan difundidas en las sociedades desarrolladas que resulta verdaderamente difícil escapar a ellas para cualquiera que no se salga de los circuitos de formación y comunicación establecidos o hegemónicos.
El capitalismo recibe dos tipos de críticas, las económicas y las culturales. Las primeras son las más burdas y fáciles de desmontar, pues por mucho que se quiera acusar a "los mercados" de la pobreza y la desigualdad, el hecho incontestable es que no existe ningún sistema económico que haya creado tanta riqueza, ni haya elevado socialmente a tantos millones de personas.
La crítica cultural, más propia del campo conservador, incide en los efectos supuestamente disolventes del capitalismo sobre la familia y los valores tradicionales. Sin embargo, todo parece indicar que tales efectos acaban socavando los mismos principios sobre los que se funda el liberalismo económico (la ética del trabajo, del ahorro, etc.). Si la cultura del hedonismo irresponsable es una consecuencia de la riqueza material (al menos en las generaciones que ya se han encontrado con esa riqueza como algo dado), no hay duda de que el capitalismo tiene mucho que ver en el desarrollo de la primera, pero de un modo indirecto y sobre todo no fatal. No todo el mundo que se enriquece rápidamente, o hereda una fortuna, va necesariamente a dilapidarla en orgías. Y si lo hace, parece más exacto culpar de ello a quien se deja arrastrar por los vicios que a un supuesto carácter intrínsecamente corruptor del dinero. Las sociedades occidentales mostraron de hecho una notable capacidad de progreso ordenado y mesocrático hasta que en décadas relativamente recientes (digamos que desde 1968 para acá, por simplificar), las ideologías emancipatorias empezaron a popularizar con gran éxito propagandístico el cuestionamiento del legado moral judeocristiano.
El liberalismo clásico no siempre imaginó los efectos culturales indeseados de la prosperidad económica y de la democracia, aunque atisbos geniales no faltaron (Tocqueville). Esta es posiblemente la razón por la que algunos de sus herederos actuales tienen dificultades para tomar una posición sobre temas como el aborto o la familia que no se salga de los clichés progresistas: los clásicos, sencillamente, dijeron muy poco al respecto, porque hace escasas décadas a nadie se le hubiera ocurrido, por ejemplo, dudar del carácter heterosexual del matrimonio. Este hueco conceptual, nada menos, es el que viene a llenar el libro de Contreras.
Aunque sus trece capítulos son todos ellos de gran enjundia, a mí particularmente me ha parecido insuperable el capítulo 11, "La crítica liberal del Estado del Bienestar", una verdadera lección magistral (en realidad, da para un curso) sobre el tema, que arranca con una sabrosa confesión personal de los devaneos socialdemócratas de juventud del autor. La conclusión es obvia: leyendo y pensando por nuestra cuenta, es posible escapar del imaginario estatalista, aunque en el caso de un catedrático hay que sumar el mérito que supone renunciar al reconocimiento del establishment académico y los aplausos fáciles. Ahora bien, tras leer Liberalismo, catolicismo y ley natural, uno no puede evitar un cierto pensamiento agridulce: ¡ojalá me hubiera encontrado mucho antes con un libro así! Cuánto tiempo, cuántas lucubraciones estériles, cuántas lecturas olvidables y prescindibles me hubiera ahorrado...
Junto con el capítulo mencionado, me ha resultado especialmente interesante el siguiente, titulado "Laicidad, razón pública y ley natural", quizás la clave de todo el libro, por la profundidad de su análisis. Contreras parte de una distinción elemental entre laicidad y laicismo. La primera tiene su raíz en el propio cristianismo (en contraste, por ejemplo, con el islam) y consiste en defender un Estado "neutral entre las diversas concepciones del mundo", el cual "permite que creyentes y ateos compitan sin discriminación en la plaza pública". Por el contrario, el estado laicista "encubre una situación de efectiva 'confesionalidad inversa': el Estado de hecho da por buena la visión del mundo atea, recela de la religión como una amenaza al sistema y trata a los creyentes como ciudadanos de segunda, impidiéndoles jugar el juego democrático en pie de igualdad con los ateos." (Pág. 299.)
Sentada esta distinción crucial, Contreras somete a examen la llamada "doctrina de las razones públicas" (elaborada por Rawls y otros), mostrándonos lo fácilmente que permite el deslizamiento desde la laicidad al laicismo, al excluir del debate público cualquier posición "sospechosa" de tener un fundamento religioso. La crítica que hace el autor de la concepción rawlsiana es doble. Por un lado, niega que la defensa del derecho a la vida del nasciturus (la batalla ideológica decisiva de nuestros días) tenga un fundamento religioso; por el otro, señala que la posición de los defensores del aborto tampoco es "neutral", sino que implica una metafísica materialista tan discutible, en principio, como la cosmovisión basada en la trascendencia. Ahora bien, existe una cierta tensión entre ambas críticas, que a Contreras no se le escapa, pero que creo que elude resolver, quizás prudentemente; aunque la cuestión es intelectualemente de las más apasionantes que se nos pueden plantear. En efecto, si decimos que los laicistas (o más concretamente, los pro-aborto) "tampoco" son neutrales, implícitamente estamos admitiendo que los provida no lo son, que no existen unas ciertas concepciones universales comunes, a partir de las cuales nos podríamos entender creyentes y no creyentes. O dicho de otro modo, de los dos argumentos contra el laicismo, sólo el segundo sería válido (que el laicismo es también una religión, en sentido lato), pero los laicistas tendrían razón cuando argumentan que la defensa de la vida desde la concepción tiene un fundamento teísta. ¡Lo que es muy distinto de afirmar que es irracional y que debe excluirse del debate! Creo que el autor en cierto modo admite esto cuando escribe, pág. 319:
"Quizás la tradición iusnaturalista sobrevaloró la posibilidad de un common ground moral entre la perspectiva teísta y la materialista; quizás las consecuencias morales de la existencia o inexistencia de Dios sean mayores de lo que queremos reconocer, convirtiendo ambas perspectivas en inconmensurables."
Podría quedar todavía un mínimo terreno común, en una especie de normas de etiqueta que obligaran a renunciar a cualquier interlocutor de la plaza pública al uso de argumentos de autoridad, o basados en algún tipo de revelación o gnosis esotérica. Pero personalmente dudo mucho que eso baste para la convivencia cívica. El conflicto de visiones es inevitable; sólo podemos impedir que degenere en violencia aceptando una reglas de juego democráticas, por las cuales tanto creyentes como ateos o agnósticos tengan las mismas posibilidades de influir en las mayorías, sin tiranizar ni excluir a las minorías (esto último es importante, porque permite cuestionar la legitimidad de gobiernos que imponen la ley islámica, aunque surjan de las urnas).
Resulta indignante que por el hecho de que un parlamento vote, por una amplia mayoría, una constitución que (manteniendo la aconfesionalidad del estado) reconoce principios básicos cristianos (es el caso de Hungría, asunto del que trata el capítulo 5), las instituciones europeas y los medios de comunicación pongan el grito en el cielo, hablando de fascismo y otros despropósitos, y amenacen con medidas contra ese país. Una sociedad en que no se pueda siquiera discutir sobre el aborto o el llamado "matrimonio homosexual" no es más libre, sino evidentemente menos. En este sentido, los intentos de borrar las raíces cristianas de Europa (véase el capítulo 3) son propios de una mentalidad intransigente y totalitaria que debería inquietarnos profundamente. El origen de tal mentalidad en el "antidiscriminacionismo" desbocado es otra reflexión que acomete el capítulo 7 del libro con gran brillantez. Y sobre sus consecuencias devastadoras (baja natalidad y envejecimiento de la población a medio plazo) nos alerta ya desde el capítulo 2, "El invierno demográfico europeo". El debate sobre el papel de las convicciones cristianas, por tanto, no es algo que deba preocupar sólo a los cristianos, sino que está en el centro de la cuestión de nuestra mera supervivencia como civilización. Sólo me queda rogar efusivamente que lean este libro. Si el lector coincide con sus ideas, porque le ofrece una claridad argumentativa que es vital para intentar frenar la decadencia europea. Y si está todavía en el sueño dogmático progresista, porque ya va siendo hora de despertar.
sábado, 1 de junio de 2013
Defender lo defendible
Ciertas personas opinan que la moral católica es retrógrada, represiva y hasta retorcida, y seguramente podríamos añadir más palabras que empiecen por re. Sin embargo, si analizamos algunos de sus preceptos más polémicos, no es difícil mostrar el lado patológico de esta opinión. Por ejemplo, en el caso del aborto, ¿realmente es algo tan represivo y re-lo-que-quieran tratar de preservar la vida de un ser humano en el vientre de su madre? ¿Tan represivo es desear que nazcan bebés, cuantos más mejor? Bien, la gente educada en la propaganda y la política neomalthusianas (a las que la ONU dedica ingentes cantidades de dinero), quizás perciba esto como un desastre, pero en absoluto podemos decir que esta forma de ver las cosas sea algo natural, que surge sin la operación de prejuicios ideológicos muy determinados.
Los abortistas reconocen en parte este hecho cuando aseguran que ninguna mujer aborta por gusto, sino que se trata de una decisión muy difícil. Pero son inconsecuentes cuando en lugar de prometer apoyo moral y material a las mujeres para que puedan ser madres, se limitan a ofrecer facilidades para abortar. No basta con acusar a otros de hipócritas cuando prometen defender la maternidad, si no se tiene la intención de promoverlo uno mismo. Lo que, por otro lado, es muy típico del socialprogresismo: en lugar de desarrollar políticas que disminuyan la pobreza, favoreciendo la economía productiva, son partidarios de subsidios y prestaciones sociales que se limitan a hacer más llevadera esa pobreza, al tiempo que la convierten en crónica. La izquierda ofrece raudales de "sensibilidad", pero los así agraciados seguramente preferirían acciones efectivas, y no sólo que se acordaran de ellos en los mítines y las soflamas.
Lo mismo podríamos decir de otros preceptos católicos, como la indisolubilidad del matrimonio. Sin duda existen personas que consideran el matrimonio como una especie de cárcel, pero no parece que haya nada intrínsecamente horrible en contemplar esos matrimonios de ancianos, rodeados de hijos y nietos, que se han mantenido unidos durante toda su vida, superando con éxito las crisis por las que pasa cualquier pareja. Si alguien opina que el actual panorama de familias desperdigadas, con los niños cambiando de domicilio constantemente, es un modelo mejor, debería hacérselo mirar. Y eso por no hablar de la peor consecuencia de la desestructuración familiar, que es el aumento del maltrato doméstico, falazmente atribuido a un machismo atávico. Pero de nuevo, el progresismo, incluso cuando a regañadientes reconoce esto, seguirá defendiendo que una "sociedad avanzada" es la que proporciona todo tipo de facilidades a que se disuelvan las familias, no a lo contrario.
¿Por qué el progresismo dedica tanto esfuerzo a defender modelos de conducta que difícilmente se pueden considerar mejores? La razón que esgrimen es que nadie puede imponer a nadie una forma de vida por el mero motivo de que la considere superior, pues nadie está en posesión de la verdad absoluta. Una forma más elaborada de esta argumentación la encontramos en J. S. Mill, considerado, con razón, uno de los grandes pensadores del liberalismo. Sin embargo, cada vez veo más en Mill uno de los precursores más cualificados del socialprogresismo. Y ello debido, no a sus conclusiones, sino a los argumentos en los que las apoyó. Intentaré explicarme.
Mill, en su ensayo On Liberty, defiende la libertad individual basándose en sus concepciones empiristas, según las cuales, no es posible alcanzar la verdad absoluta, sino sólo verdades parciales fundadas en la experiencia. De ahí deduce, inspirándose en Humboldt, que cuanta más libertad individual exista, más variedad y riqueza de situaciones se producirán, lo que permite que haya "tantos centros independientes de mejoramiento, como individuos". (Sobre la libertad, Alianza Editorial, 1986, pág. 144.)
Mill no defiende la libertad por sí misma, sino porque cree que es una fuerza de mejoramiento, de progreso. Por ello opone la libertad al "imperio de la costumbre" (página citada), y pone como ejemplo el inmovilismo de Oriente, aunque al mismo tiempo admite que quien allí ha pensado en resistir el "argumento de la costumbre" sólo ha podido ser "algún tirano intoxicado por el poder" .
Creo que estos razonamientos son erróneos. No es el progreso la razón por la que debemos defender la libertad, y no es la costumbre su principal enemigo. Progresar puede ser bueno o malo, según a dónde nos dirijamos. Y también la costumbre puede ser buena o mala. La libertad es necesaria porque sin ella, nuestras decisiones carecen de valor moral. Pero la libertad por sí sola no garantiza que sean moralmente buenas. Podemos decidir tanto respetar la costumbre como desobedecerla; en algunos casos esta decisión será buena y en otros mala. Pensar que como mayor variabilidad de formas de vivir haya, mejor iremos, es una presunción absurdamente optimista. Los experimentos no siempre son buenos, probarlo todo no siempre es lo más prudente.
El método del ensayo y el error es conveniente en determinados ámbitos. La economía de mercado en esencia se basa en él. No se producen los productos y servicios que un departamento burocrático determina, sino que los agentes individuales ofertan aquellos productos que creen que serán demandados, al precio que creen que se los pagarán. La suma de errores y aciertos puede producir un aumento de la riqueza general, o bien su disminución, pero la experiencia demuestra que a largo plazo, la economía de mercado tiende a crecer acumulativamente, guiada por la famosa "mano invisible" de Adam Smith. Hoy se vive en los países desarrollados, y en la mayoría de los no tan desarrollados, quizás peor que hace cinco o seis años; pero indudablemente mejor que hace veinte, mucho mejor que hace cincuenta e inimaginablemente mejor que hace cien.
Ahora bien, no siempre el método del ensayo y el error es aconsejable. Esto es evidente, y no voy a alargarme con ejemplos, a cualquiera se le ocurrirán muchos. Digámoslo de otra manera: el método del ensayo y el error es un método para conocer la verdad, no el método. La libertad no nos conduce a la verdad, necesariamente. Al contrario, sólo si conociéramos la verdad, estaríamos siempre en condiciones de actuar, como suele decirse, con pleno conocimiento de causa, es decir, con plena libertad. El héroe de la película de acción que duda entre cortar el cable rojo o el azul, a fin de evitar que explote una bomba atómica que destruya Nueva York, mientras la cuenta atrás se acerca inexorablemente a cero, es libre -condenadamente libre- de elegir entre el rojo y el azul, pero no es libre para lo que verdaderamente importa, salvar la ciudad, a menos que sepa a ciencia cierta qué puñetero cable debe cortar para evitar la catástrofe.
Los razonamientos de Mill generalmente le conducen a conclusiones correctas, por las que es justamente alabado, aunque su punto de partida sea erróneo. Esta paradoja es más habitual de lo que se suele pensar. Pero el inconveniente de un punto de partida equivocado es que además permite extraer conclusiones erróneas, que tarde o temprano acabarán chocando con aquellas que resultaron accidentalmente ciertas. El error de Mill es su empirismo radical, es decir, la concepción de que toda verdad procede de la experiencia. Y eso le lleva a convertir el experimentalismo (que él llama libertad) en principio supremo.
Por qué creo que el empirismo radical o positivismo es un error, lo desarrollaré otro día. Aquí sólo planteo el siguiente tema de reflexión. Una cosa es cómo conocemos la verdad y otra si la conocemos o no. Pudiera ser que ya la conociéramos, aunque no supiéramos cómo, o desdeñáramos el medio por el cual nos ha llegado. Ocupados en la noble búsqueda de la verdad, pudiera ser que la tuviéramos más cerca de lo que pensamos, y que trágicamente no supiéramos reconocerla. Pudiera ser que la vida humana desde la concepción, que la familia natural y que en definitiva nazcan niños que llenen los parques infantiles y las escuelas con su griterío y su alegría, en lugar de la Europa-asilo de ancianos hacia la que tendemos, fueran cosas absolutamente defendibles -y que en un profundo sentido, fueran verdaderas. Quién sabe.
Los abortistas reconocen en parte este hecho cuando aseguran que ninguna mujer aborta por gusto, sino que se trata de una decisión muy difícil. Pero son inconsecuentes cuando en lugar de prometer apoyo moral y material a las mujeres para que puedan ser madres, se limitan a ofrecer facilidades para abortar. No basta con acusar a otros de hipócritas cuando prometen defender la maternidad, si no se tiene la intención de promoverlo uno mismo. Lo que, por otro lado, es muy típico del socialprogresismo: en lugar de desarrollar políticas que disminuyan la pobreza, favoreciendo la economía productiva, son partidarios de subsidios y prestaciones sociales que se limitan a hacer más llevadera esa pobreza, al tiempo que la convierten en crónica. La izquierda ofrece raudales de "sensibilidad", pero los así agraciados seguramente preferirían acciones efectivas, y no sólo que se acordaran de ellos en los mítines y las soflamas.
Lo mismo podríamos decir de otros preceptos católicos, como la indisolubilidad del matrimonio. Sin duda existen personas que consideran el matrimonio como una especie de cárcel, pero no parece que haya nada intrínsecamente horrible en contemplar esos matrimonios de ancianos, rodeados de hijos y nietos, que se han mantenido unidos durante toda su vida, superando con éxito las crisis por las que pasa cualquier pareja. Si alguien opina que el actual panorama de familias desperdigadas, con los niños cambiando de domicilio constantemente, es un modelo mejor, debería hacérselo mirar. Y eso por no hablar de la peor consecuencia de la desestructuración familiar, que es el aumento del maltrato doméstico, falazmente atribuido a un machismo atávico. Pero de nuevo, el progresismo, incluso cuando a regañadientes reconoce esto, seguirá defendiendo que una "sociedad avanzada" es la que proporciona todo tipo de facilidades a que se disuelvan las familias, no a lo contrario.
¿Por qué el progresismo dedica tanto esfuerzo a defender modelos de conducta que difícilmente se pueden considerar mejores? La razón que esgrimen es que nadie puede imponer a nadie una forma de vida por el mero motivo de que la considere superior, pues nadie está en posesión de la verdad absoluta. Una forma más elaborada de esta argumentación la encontramos en J. S. Mill, considerado, con razón, uno de los grandes pensadores del liberalismo. Sin embargo, cada vez veo más en Mill uno de los precursores más cualificados del socialprogresismo. Y ello debido, no a sus conclusiones, sino a los argumentos en los que las apoyó. Intentaré explicarme.
Mill, en su ensayo On Liberty, defiende la libertad individual basándose en sus concepciones empiristas, según las cuales, no es posible alcanzar la verdad absoluta, sino sólo verdades parciales fundadas en la experiencia. De ahí deduce, inspirándose en Humboldt, que cuanta más libertad individual exista, más variedad y riqueza de situaciones se producirán, lo que permite que haya "tantos centros independientes de mejoramiento, como individuos". (Sobre la libertad, Alianza Editorial, 1986, pág. 144.)
Mill no defiende la libertad por sí misma, sino porque cree que es una fuerza de mejoramiento, de progreso. Por ello opone la libertad al "imperio de la costumbre" (página citada), y pone como ejemplo el inmovilismo de Oriente, aunque al mismo tiempo admite que quien allí ha pensado en resistir el "argumento de la costumbre" sólo ha podido ser "algún tirano intoxicado por el poder" .
Creo que estos razonamientos son erróneos. No es el progreso la razón por la que debemos defender la libertad, y no es la costumbre su principal enemigo. Progresar puede ser bueno o malo, según a dónde nos dirijamos. Y también la costumbre puede ser buena o mala. La libertad es necesaria porque sin ella, nuestras decisiones carecen de valor moral. Pero la libertad por sí sola no garantiza que sean moralmente buenas. Podemos decidir tanto respetar la costumbre como desobedecerla; en algunos casos esta decisión será buena y en otros mala. Pensar que como mayor variabilidad de formas de vivir haya, mejor iremos, es una presunción absurdamente optimista. Los experimentos no siempre son buenos, probarlo todo no siempre es lo más prudente.
El método del ensayo y el error es conveniente en determinados ámbitos. La economía de mercado en esencia se basa en él. No se producen los productos y servicios que un departamento burocrático determina, sino que los agentes individuales ofertan aquellos productos que creen que serán demandados, al precio que creen que se los pagarán. La suma de errores y aciertos puede producir un aumento de la riqueza general, o bien su disminución, pero la experiencia demuestra que a largo plazo, la economía de mercado tiende a crecer acumulativamente, guiada por la famosa "mano invisible" de Adam Smith. Hoy se vive en los países desarrollados, y en la mayoría de los no tan desarrollados, quizás peor que hace cinco o seis años; pero indudablemente mejor que hace veinte, mucho mejor que hace cincuenta e inimaginablemente mejor que hace cien.
Ahora bien, no siempre el método del ensayo y el error es aconsejable. Esto es evidente, y no voy a alargarme con ejemplos, a cualquiera se le ocurrirán muchos. Digámoslo de otra manera: el método del ensayo y el error es un método para conocer la verdad, no el método. La libertad no nos conduce a la verdad, necesariamente. Al contrario, sólo si conociéramos la verdad, estaríamos siempre en condiciones de actuar, como suele decirse, con pleno conocimiento de causa, es decir, con plena libertad. El héroe de la película de acción que duda entre cortar el cable rojo o el azul, a fin de evitar que explote una bomba atómica que destruya Nueva York, mientras la cuenta atrás se acerca inexorablemente a cero, es libre -condenadamente libre- de elegir entre el rojo y el azul, pero no es libre para lo que verdaderamente importa, salvar la ciudad, a menos que sepa a ciencia cierta qué puñetero cable debe cortar para evitar la catástrofe.
Los razonamientos de Mill generalmente le conducen a conclusiones correctas, por las que es justamente alabado, aunque su punto de partida sea erróneo. Esta paradoja es más habitual de lo que se suele pensar. Pero el inconveniente de un punto de partida equivocado es que además permite extraer conclusiones erróneas, que tarde o temprano acabarán chocando con aquellas que resultaron accidentalmente ciertas. El error de Mill es su empirismo radical, es decir, la concepción de que toda verdad procede de la experiencia. Y eso le lleva a convertir el experimentalismo (que él llama libertad) en principio supremo.
Por qué creo que el empirismo radical o positivismo es un error, lo desarrollaré otro día. Aquí sólo planteo el siguiente tema de reflexión. Una cosa es cómo conocemos la verdad y otra si la conocemos o no. Pudiera ser que ya la conociéramos, aunque no supiéramos cómo, o desdeñáramos el medio por el cual nos ha llegado. Ocupados en la noble búsqueda de la verdad, pudiera ser que la tuviéramos más cerca de lo que pensamos, y que trágicamente no supiéramos reconocerla. Pudiera ser que la vida humana desde la concepción, que la familia natural y que en definitiva nazcan niños que llenen los parques infantiles y las escuelas con su griterío y su alegría, en lugar de la Europa-asilo de ancianos hacia la que tendemos, fueran cosas absolutamente defendibles -y que en un profundo sentido, fueran verdaderas. Quién sabe.
sábado, 18 de mayo de 2013
Jugar con la vida humana
Cada vez que salta la noticia de un éxito científico que nos acerca más a la clonación de seres humanos plenamente desarrollados, se repite la misma estrategia desde determinados sectores periodísticos e intelectuales. Por un lado, se ponen por delante los supuestos fines terapéuticos, sugiriendo un futuro prometedor en el que se curará una gran variedad de enfermedades y se salvarán numerosas vidas, gracias a las células madres embrionarias. Por otro lado, se niega que las investigaciones en cuestión conduzcan hacia la clonación humana viable, debido a los obstáculos tanto técnicos como legales que habría que superar.
El objetivo es presentar bajo un aspecto impopular y ridículo a quienes formulen escrúpulos éticos contra los avances científicos que juegan a manipular la naturaleza humana, al menos mientras la opinión pública no esté lo suficientemente "preparada" para aceptar todas sus implicaciones y los cambios legislativos que se requieran. ¿Qué clase de fanáticos religiosos podrían oponerse a que se salven vidas humanas? ¿Quién puede ser tan ignorante como para pretender que estamos cerca de crear un "hitlerito", como en la película Los niños del Brasil?
Estas preguntas retóricas se basan en el engañoso concepto de clonación humana terapéutica, por contraposición a la clonación reproductiva. En realidad, lo único que diferencia la una de la otra es que en la primera se clona un embrión (a fin de cuentas, un ser humano) que es destruido a los pocos días para obtener sus células madres, mientras que en la segunda, se implanta ese embrión en un útero y se le permite desarrollarse. Esto se ha logrado hace tiempo en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly) y, si se permite progresar en esta línea de investigación, se logrará en seres humanos, tarde o temprano.
Por supuesto, la mayoría de la gente ve por el momento con inquietud la "producción" de seres humanos. Cualquier persona cuyas intuiciones morales no estén oscurecidas por consideraciones ideológicas (meros eslóganes aprendidos, generalmente) desaprobará que unos seres humanos decidan las características genéticas de otros. También son muchos quienes no pueden dejar de experimentar recelos ante la posibilidad de una forma de reproducción humana asexual, en la cual no se requiere el concurso de los gametos masculinos.
Sin embargo, no son menos quienes se dejan seducir por el chantaje emocional de las promesas terapéuticas. Esta actitud obedece fundamentalmente a la ignorancia y a que la propaganda en favor del aborto ya ha hecho gran parte del trabajo sucio ideológico. Así como se justifica la negociación con terroristas en nombre de la "paz", quienes piden carta blanca para producir y destruir embriones humanos sugieren que se trata del único camino para el avance de la ciencia. Pero esto es falso. Al igual que en la lucha contra el terrorismo la acción policial se ha revelado como la más efectiva, en la lucha contra la enfermedad, los resultados más tangibles y abundantes no provienen de los experimentos con embriones humanos, sino de las líneas de investigación que trabajan con células madre adultas, las germinales, las procedentes de cordones umbilicales y la clonación de animales transgénicos.
Por supuesto, quien aprueba el aborto, incluso de seres humanos en edad fetal, no verá problema en cargarse un embrión de menos de una semana, el blastocisto que algunos definen con brutal ligereza como "una especie de pelota de células". Pero esta pelota tiene la asombrosa capacidad de convertirse por sí sola, en el entorno uterino, en un bebé. (También los humanos adultos necesitamos un entorno adecuado para vivir.) Sus células no constituyen una masa amorfa, sino que se hallan perfectamente organizadas y coordinadas no sólo para duplicarse, sino para diferenciarse formando todos los tejidos que constituyen a un feto, un niño, un adulto. Como señalan Mónica López y Salvador Antuñano, también "el embrión, el niño de un año o de ocho, el joven de 20 y el anciano de 90 años son cúmulos de células; unos de más y otros de menos células, pero todos ellos pertenecen a la especie humana." (La clonación humana, Ariel, Barcelona, 2002, pág. 26.)
Los experimentos con embriones humanos son una aberración moral. Y los resultados obtenidos por científicos de Oregón, saludados con indisimulado entusiasmo por gran parte de los medios, no son más que eso: experimentos que se pretenden justificar con especulativas aplicaciones médicas en un futuro impreciso. Una vez la opinión pública haya sido "trabajada" suficientemente (recuerden lo que se llegó a decir de Bush por restringir el uso de fondos públicos para investigar con células madre embrionarias), no duden que el siguiente paso será vendernos la clonación reproductiva. Y también se emplearán "argumentos" emocionales, presentando, por ejemplo, casos dramáticos de padres desquiciados por el dolor (y mal aconsejados) que querrán "resucitar" a un hijo muerto, clonándolo a partir de una de sus células.
Si la vida es un don sagrado, no podemos jugar con ella, y mucho menos destruirla. Pero si no lo es, todo está permitido. Algunos lo han comprendido demasiado bien, pero se cuidarán de manifestar tanta franqueza ante una opinión pública a la que van conquistando paso a paso, de manera gradual pero constante.
El objetivo es presentar bajo un aspecto impopular y ridículo a quienes formulen escrúpulos éticos contra los avances científicos que juegan a manipular la naturaleza humana, al menos mientras la opinión pública no esté lo suficientemente "preparada" para aceptar todas sus implicaciones y los cambios legislativos que se requieran. ¿Qué clase de fanáticos religiosos podrían oponerse a que se salven vidas humanas? ¿Quién puede ser tan ignorante como para pretender que estamos cerca de crear un "hitlerito", como en la película Los niños del Brasil?
Estas preguntas retóricas se basan en el engañoso concepto de clonación humana terapéutica, por contraposición a la clonación reproductiva. En realidad, lo único que diferencia la una de la otra es que en la primera se clona un embrión (a fin de cuentas, un ser humano) que es destruido a los pocos días para obtener sus células madres, mientras que en la segunda, se implanta ese embrión en un útero y se le permite desarrollarse. Esto se ha logrado hace tiempo en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly) y, si se permite progresar en esta línea de investigación, se logrará en seres humanos, tarde o temprano.
Por supuesto, la mayoría de la gente ve por el momento con inquietud la "producción" de seres humanos. Cualquier persona cuyas intuiciones morales no estén oscurecidas por consideraciones ideológicas (meros eslóganes aprendidos, generalmente) desaprobará que unos seres humanos decidan las características genéticas de otros. También son muchos quienes no pueden dejar de experimentar recelos ante la posibilidad de una forma de reproducción humana asexual, en la cual no se requiere el concurso de los gametos masculinos.
Sin embargo, no son menos quienes se dejan seducir por el chantaje emocional de las promesas terapéuticas. Esta actitud obedece fundamentalmente a la ignorancia y a que la propaganda en favor del aborto ya ha hecho gran parte del trabajo sucio ideológico. Así como se justifica la negociación con terroristas en nombre de la "paz", quienes piden carta blanca para producir y destruir embriones humanos sugieren que se trata del único camino para el avance de la ciencia. Pero esto es falso. Al igual que en la lucha contra el terrorismo la acción policial se ha revelado como la más efectiva, en la lucha contra la enfermedad, los resultados más tangibles y abundantes no provienen de los experimentos con embriones humanos, sino de las líneas de investigación que trabajan con células madre adultas, las germinales, las procedentes de cordones umbilicales y la clonación de animales transgénicos.
Por supuesto, quien aprueba el aborto, incluso de seres humanos en edad fetal, no verá problema en cargarse un embrión de menos de una semana, el blastocisto que algunos definen con brutal ligereza como "una especie de pelota de células". Pero esta pelota tiene la asombrosa capacidad de convertirse por sí sola, en el entorno uterino, en un bebé. (También los humanos adultos necesitamos un entorno adecuado para vivir.) Sus células no constituyen una masa amorfa, sino que se hallan perfectamente organizadas y coordinadas no sólo para duplicarse, sino para diferenciarse formando todos los tejidos que constituyen a un feto, un niño, un adulto. Como señalan Mónica López y Salvador Antuñano, también "el embrión, el niño de un año o de ocho, el joven de 20 y el anciano de 90 años son cúmulos de células; unos de más y otros de menos células, pero todos ellos pertenecen a la especie humana." (La clonación humana, Ariel, Barcelona, 2002, pág. 26.)
Los experimentos con embriones humanos son una aberración moral. Y los resultados obtenidos por científicos de Oregón, saludados con indisimulado entusiasmo por gran parte de los medios, no son más que eso: experimentos que se pretenden justificar con especulativas aplicaciones médicas en un futuro impreciso. Una vez la opinión pública haya sido "trabajada" suficientemente (recuerden lo que se llegó a decir de Bush por restringir el uso de fondos públicos para investigar con células madre embrionarias), no duden que el siguiente paso será vendernos la clonación reproductiva. Y también se emplearán "argumentos" emocionales, presentando, por ejemplo, casos dramáticos de padres desquiciados por el dolor (y mal aconsejados) que querrán "resucitar" a un hijo muerto, clonándolo a partir de una de sus células.
Si la vida es un don sagrado, no podemos jugar con ella, y mucho menos destruirla. Pero si no lo es, todo está permitido. Algunos lo han comprendido demasiado bien, pero se cuidarán de manifestar tanta franqueza ante una opinión pública a la que van conquistando paso a paso, de manera gradual pero constante.
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