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lunes, 24 de agosto de 2015

Teta o biberón

Por lo visto había un debate entre el feminismo diferencialista (FD) y el feminismo universalista (FU), y yo sin enterarme. El primero incide en las diferencias entre hombres y mujeres, y propugna feminizar el mundo, o al menos que exista un equilibrio justo entre la mitad femenina de la humanidad y la otra mitad. El segundo niega esas diferencias entre sexos, niega que exista el instinto maternal, en el más amplio sentido de la palabra: algo así como una forma de hacer típicamente femenina más dialogante y empática. El FD es partidario de los métodos naturales de crianza, de la lactancia materna, del contacto prolongado de la madre con el hijo. El FU, por el contrario, ve en el biberón un gran liberador de la mujer, pues lo mismo puede darlo el padre que la madre. Y es partidario decidido de los anticonceptivos, de la anestesia en el parto y del aborto. Es decir, de todo lo que anula o neutraliza, hasta cierto punto, las diferencias biológicas entre mujeres y hombres. Para el FU, “el separatismo entre sexos tiene que terminar, o la paz entre hombres y mujeres nunca llegará” (Élisabeth Badinter). Es decir, que hay una guerra entre los sexos (y yo con estos pelos) que sólo terminará cuando las diferencias entre ellas y ellos sean puramente anatómicas; o cuando ni siquiera queden estas, si confiamos en el avance imparable de la biotecnología.
En un artículo en El Mundo, Berta González se muestra partidaria de la Badinter y califica de “feminismo machista” al FD, lo que viene a colación del comentario de una representante política malagueña, acerca de la conducta de algunas jóvenes, en uno de esos festejos estivales típicos de nuestro país. Sí, seguro que se habrán enterado: aquello tan edificante de las chicas que van durante las fiestas con las bragas en la mano para secarlas. El caso es que no tardaron otros políticos en rasgarse un poquito las vestiduras por una supuesta ofensa a la dignidad de la mujer. Muy atinadamente, Berta González se queja de este victimismo que trata de hiperproteger a las mujeres como si fueran menores de edad, y observa que las primeras en sabotear su propia dignidad son esas aludidas que van lo suficientemente borrachas para perder la más elemental noción del pudor. Pero Berta se equivoca cuando apunta al sujeto de su crítica. No es principalmente el feminismo diferencialista el que ve agravios y opresión del patriarcado por doquier. Es el feminismo en su conjunto. Culpar al “feminismo machista” (o sea, al machismo, después de todo) de que muchas mujeres hayan caído en la trampa de sentirse antes que nada víctimas me parece tan retorcido como aquello tan viejo de llamar “capitalismo de Estado” al comunismo soviético, para así poder culpar nuevamente de todos los males al capitalismo, dejando a los “verdaderos” comunistas como santos varones que jamás han fusilado a nadie y ni siquiera han roto un plato.
Es verdad que el feminismo no fusila, pero sí que promueve el aborto, que es una práctica mucho más brutal que el fusilamiento. (En internet hay cumplida información sobre los métodos empleados por algunos matarifes, que se hacen llamar médicos, para acabar con la vida de seres humanos en el útero materno. Les advierto que no es para estómagos delicados.) Por supuesto, habrá feministas (tanto hombres como mujeres) contrarios al aborto, pero casi nadie, salvo ellos mismos, los consideraría feministas. No sé si el feminismo diferencialista tiene su propia posición en este tema, pero en general no me parece ni más ni menos victimista y paranoico que el universalista. Quizás sólo un poco más realista, pero eso no compensa su error de partida; sólo lo enmascara.

A mí el biberón no me parece una conquista de la mujer, pero sí un gran invento del género humano, que además nunca ha sido incompatible con la lactancia materna. Creo que hay excesivos histerismo y charlatanería sobre los métodos naturales de crianza, o más bien sobre los métodos supuestamente naturales aplicados a cualquier cosa. Aquí, algo de razón le daría a la señora Badinter. En cambio, está en lo cierto el FD cuando reconoce la existencia de diferencias genéticas (y no meramente culturales) entre las psicologías femenina y la masculina. Pero ambas variantes del feminismo sostienen lo mismo, que las mujeres necesitan ser liberadas, salvadas colectivamente. Uno es de los que piensan que, en todo caso, si algo nos libera es salirnos del colectivo, del rebaño. Quizá por eso no soy feminista de ninguna clase.

viernes, 24 de abril de 2015

La preocupación de Carmen Vela

Según una encuesta recién divulgada, el número de hombres que espontáneamente manifiestan tener interés por la ciencia, es el doble que el de mujeres. Esta proporción se da aproximadamente también en edades jóvenes, como se puede observar en la siguiente gráfica.



Le ha faltado tiempo a la Secretaria de Estado de I+D+i, Carmen Vela, para manifestar que se trata de un dato "realmente preocupante", e incluso para conjeturar que la causa podría ser

"la poca visibilidad que se da a las mujeres científicas. Incluso en los premios, el porcentaje de mujeres galardonadas no llega al 5%, están prácticamente ausentes." (El País digital.)

No creo que la señora Vela sugiera premiar más a las científicas, por el mero hecho de ser mujeres. Supongo que abogará por campañas de concienciación que animen a las jóvenes a interesarse más por la ciencia, y a desterrar supuestos estereotipos. Es decir, despilfarrar más dinero público para seguir adoctrinándonos.

¡Cómo! ¿Usted no está a favor de la igualdad "de género" en la ciencia?

Pues no, no lo estoy en el sentido que pretende imponer la ideología de género. No creo que haya nada de malo en que en determinados ámbitos no exista paridad sexual. No creo que pase nada porque haya más físicos o químicos que físicas o químicas, ni porque haya más enfermeras o maestras que enfermeros o maestros. Nada en absoluto.

La ideología de género concibe las relaciones entre los sexos en términos de poder, de manera análoga a como el marxismo concibe las relaciones entre clases sociales. Por tanto, cualquier desigualdad la interpreta como un síntoma de un sometimiento del sexo femenino al masculino. Las mujeres no serían verdaderamente libres al preferir estudios sociales, humanísticos o de salud en mayor medida que carreras de ingenierías o arquitectura, sino que estarían condicionadas por una estructura patriarcal que las predispone a actividades de tipo asistencial, pedagógico o literario. ¿Pruebas de esta teoría? Ninguna. El neomarxismo del género, al igual que el "socialismo científico", no necesita de ninguna contrastación empírica, porque ya se sabe que la labor de los intelectuales no es tanto conocer el mundo como cambiarlo; según sus propias elucubraciones, claro.

Para mí lo realmente preocupante (aunque no sorprendente, a estas alturas) es que la ideología de género constituya la ideología por defecto de la administración, sea cual sea el gobierno. El feminismo radical (junto con el socialdemocratismo y el ecologismo "climático") ha adquirido una posición de pensamiento único que supera incluso a la hegemonía detentada por el nacionalismo en Cataluña y el País Vasco. Al menos, en estas comunidades hay partidos y asociaciones civiles que logran ejercer una admirable, aunque no fácil, disidencia. Pero contra las falacias como "la brecha de género" o los "derechos sociales" (que sólo sirven para justificar más intervencionismo e impuestos, y lo que todavía es peor, para desviar la atención de los problemas auténticamente graves, como los cien mil abortos al año, el invierno demográfico y el yijadismo) sólo una pequeñísima minoría, sistemáticamente silenciada, alza la voz.

jueves, 31 de julio de 2014

La enfermedad del victimismo

Los palestinos que profieren lamentos desgarradores y se golpean la cabeza en los entierros de sus hijos -esos mismos hijos a los cuales adoctrinan en el odio y entrenan como terroristas suicidas desde la más tierna infancia, y a los que no dudan en usar como escudos humanos- son quizás la mejor imagen de la enfermedad del victimismo.

Hay que señalar que el victimismo ni siquiera necesita la existencia de un conflicto objetivo. Los nacionalistas catalanes pretenden que España lleva tres siglos tratando de perpetrar un "genocidio cultural" en Cataluña. Y sin embargo, los hechos son que la enseñanza pública se imparte exclusivamente en catalán, se editan en ese idioma los periódicos más conocidos de Barcelona, así como cientos de libros al año, existen numerosas cadenas de radio y televisión que utilizan exclusivamente la lengua de Pla, y la mayoría de las emisoras con sede en Madrid ofrecen informativos regionales y otros programas en catalán. Por no hablar de la señalización viaria, las comunicaciones de las administraciones locales y autonómica, y la rotulación de la mayoría de empresas. El catalán no sólo es omnipresente en Cataluña (cosa hasta cierto punto natural), sino que además recibe un trato privilegiado, lo que supone una evidente y absurda discriminación de la lengua española común, hablada por todos, y vernácula en la mayoría. Sin embargo, basta con que algún ministro del gobierno central trate de proteger el derecho al uso del español, por ejemplo en la enseñanza, para que los nacionalistas reaccionen como basiliscos, denunciando una voluntad exterminadora de la identidad de Cataluña. No me extenderé, por otra parte, sobre el victimismo basado en el dudoso "déficit fiscal", que palidece ante el volumen de la corrupción amparada en el fer país.

El victimismo no se limita en absoluto a las minorías nacionales. Hoy triunfa en todo el mundo occidental bajo el manto de defensa de la igualdad de sexos (mal llamada, en español, de "género") y de los derechos de gays y lesbianas. Pero de nuevo, los hechos objetivos no parecen justificar ciertos discursos inflamados. En los países desarrollados, las mujeres acceden a los estudios superiores en el mismo porcentaje, si no mayor, que los hombres, y habitualmente con mejores calificaciones. Abundan mujeres en la policía, en la medicina, en el periodismo, en los tribunales de justicia, en los parlamentos y en los gobiernos. Pero como sigue existiendo un cierto predominio de los hombres en algunos puestos públicos y privados de responsabilidad, en determinadas profesiones y en el empleo a jornada completa, los ultrafeministas deducen de ello, sin ninguna prueba científica, que nos hallamos ante una discriminación encubierta, promovida por el ubicuo patriarcado opresor. A fin de combatirla, se impone paradójicamente la llamada discriminación "positiva", que no es más que una pura y simple discriminación contra los hombres. Esta estrategia se refuerza mediante la violencia de "género", otra construcción ideológica que reconoce sólo la violencia doméstica en la que la víctima es de sexo femenino, interpretándola como efecto de un supuesto machismo atávico, que resurgiría incomprensiblemente, y descartando a priori cualquier relación con el deterioro de la institución familiar. Se pretende, en definitiva, adoctrinar a la población, a través de la escuela y los medios de comunicación, en una ideología que pone bajo sospecha al varón y concibe el cuidado de los hijos como una enojosa tarea que hay que repartirse, o incluso evitar, limitando la natalidad y favoreciendo el aborto.

Una estrategia análoga de victimización siguen los grupos de activismo homosexualista. En las sociedades demoliberales, desde hace décadas, está vetada cualquier intromisión en la conducta sexual de los adultos; los gays, u homosexuales declarados, gozan incluso de una cierta sobrerrepresentación en los medios de comunicación y los círculos artísticos. Pese a ello, esos grupos pretenden que todavía sufren la discriminación del malvado heteropatriarcado, y con el objeto de erradicarla, pretenden que la sociedad está obligada a cambiar el significado de la institución matrimonial para que incluya uniones entre personas del mismo sexo. Al igual que el ultrafeminismo, tratan de imponer sus agendas ideológicas en la educación y las leyes, confluyendo en la relativización de la sexualidad fértil, el desprecio de la familia, encubierto con el reconocimiento de "otros modelos", y las limitaciones a la libertad de pensamiento, amparadas en una obsesión paranoica contra fantasmagóricas "incitaciones al odio".

Tenemos también la victimización basada en motivos económicos. La idea es que los pobres culpen a los ricos de sus posiciones relativas, y reclamen en consecuencia medidas coactivas de redistribución, conocidas como socialismo, que van desde impuestos elevados hasta expropiaciones directas, pasando por controles de precios y de la actividad económica en general. Medidas todas ellas que tienen exactamente el efecto contrario de entorpecer la creación de riqueza (cuando no hacerla imposible), y por tanto perjudican en especial a quienes pretenden favorecer. El victimismo sirve también para sustituir la excelencia educativa por criterios igualitaristas, lo que sólo consigue degradar la calidad de la enseñanza y devaluar consiguientemente las titulaciones, que son el principal "ascensor social" de los menos favorecidos.

El resultado inmediato de la victimización es justificar un trato injusto contra los grupos a los cuales se considera culpables. Pero quizás lo peor de todo es que, en la medida que muchos terminan interiorizado su condición de víctimas, culpando a otros de sus problemas, se desresponsabilizan de resolverlos por sí mismos, agudizándolos o incluso creándolos donde antes no existían objetivamente. Empieza uno sintiéndose víctima y acaba siéndolo realmente, aunque no de aquellos a quienes culpa de su situación.

Así, los pobres se acostumbran a creerse en el derecho de percibir eternamente subsidios, con lo cual su situación social tiende a cronificarse, enlodada en un sentimiento de autocompasión y de fatalismo. Las mujeres, en lugar de ser consideradas simplemente como personas, reciben un trato aparentemente favorable, pero que no destaca por encima de todo su talento o esfuerzo, sino su condición sexual, lo cual las mantiene, al menos en el plano simbólico, en una especie de eterna minoría de edad. Análogamente, parece que los sentimientos y prácticas sexuales de los gays tienen que ser el aspecto más importante de sus vidas, y se les anima a participar en actos como los desfiles del "orgullo", lastimosamente autodenigratorios. Respecto a las minorías nacionales, en la medida en que acaban creyéndose el relato de una opresión secular, tienden al ensimismamiento y por tanto al provincianismo. Al centrar todas sus esperanzas en la separación, que supuestamente resolverá todos los problemas, el nacionalismo acaba haciendo olvidar cualquier otra sana aspiración de mejora espiritual y material. Cuando sólo se habla de la independencia, las energías acaban siendo absorbidas por un obsceno onanismo político y cultural.

El victimismo no considera a los hombres como individuos libres de elegir su propio destino, sino que les confiere una identidad colectiva (palestinos, catalanes, mujeres, homosexuales, pobres) de la que no pueden ni deben sustraerse. Presenta el sometimiento a esa identidad como una liberación, como un progreso de su autoconsciencia, cuando en realidad supone condenar al hombre a ser lo que es, y no lo que quiere ser. Incluso cuando se presenta la identidad como una aparente elección, como por ejemplo en el transexualismo, en realidad esta oscila entre una arbitrariedad irreductible y por tanto irracional, o un noúmeno no menos prelógico, contra el cual sería inútil e insano resistirse. Al interpretar la existencia en función de las injusticias sufridas por los antepasados, el victimismo implica un retroceso de la consciencia moderna hacia una especie de semifeudal ley de la vendetta, en la cual la revancha pesa más que la justicia, el pasado más que el presente, el (re)sentimiento más que la razón.

Para acabar, no podemos olvidar que una triste secuela del victimismo es que ignora o posterga a las verdaderas víctimas, como los bebés abortados, quienes han sufrido la violencia del totalitarismo y del terrorismo, y los cristianos perseguidos y masacrados en diferentes lugares del mundo. En ocasiones, se llega a mezclar a las víctimas espurias con las auténticas, lo que posiblemente sea la mayor afrenta concebible hacia estas últimas, sobre todo si algunas de las primeras resultan ser los verdugos de las segundas. El victimismo no resuelve nada que haya que resolver, y además envenena cualquier fuente de solución. Es vital aprender a detectarlo y rechazarlo sin miramientos.

domingo, 27 de julio de 2014

Soy caverna

La conocida periodista republicana, separatista y feminista Pilar Rahola me ha preguntado retóricamente en Twitter: "[¿]Te consideras caverna? Curioso." Le he respondido mandándole un dibujo de una caverna prehistórica, y en esta entrada me propongo explicarme sin la constricción de los 140 caracteres.

En un sentido puramente descriptivo, es bastante obvio por qué soy caverna. Para empezar, soy liberal, lo cual significa que creo en los derechos humanos, y que los gobiernos deben estar limitados por las leyes, y por jueces y periodistas independientes, y por la participación ciudadana mediante el sufragio universal.

Aparentemente, estas creencias no difieren sustancialmente de las que manifiesta la señora Rahola. Pero hay un aspecto fundamental que nos distingue: la coherencia. Seguro que nuestra periodista cree en los derechos humanos, y sin embargo, es una decidida partidaria del aborto, que atenta contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación. No me sorprendería que fuera también una entusiasta de la antiliberal discriminación positiva por razones de "género". Asimismo, sospecho que debe ser favorable a los impuestos altos y a amplias prerrogativas intervencionistas de los gobiernos, lo cual se contradice con el derecho a la propiedad privada y con el principio de limitación del poder. Por último, es una acérrima defensora de que Cataluña se separe de España rompiendo con la constitución, con lo cual demuestra, entre otras cosas, que ve el Estado de derecho más como un obstáculo engorroso al poder político que como el fundamento de las libertades.

Probablemente, Rahola replicaría a lo anterior hablando de los "derechos reproductivos" y de la opresión histórica sufrida por las mujeres; se extendería a continuación -supongo- acerca de la justicia social y de los niños que pasan hambre por culpa de los malvados mercados; y por último, me la imagino pronunciando un inflamado discurso sobre la democracia y el "derecho a decidir".

Llegados a este punto, un liberal-conservador como yo no puede hacer más que ahondar en su condición cavernícola. Porque confieso que, para mí, una mujer embarazada ya ha ejercido su libre derecho a reproducirse (salvo que haya sufrido una violación, causa de embarazo estadísticamente rara), y en ese momento lo que tiene es una enorme responsabilidad hacia el ser humano que alberga en su vientre.

Ni siquiera creo que hoy exista discriminación sexual en Occidente, lo que me sitúa a la derecha de este Partido Popular patéticamente ansioso de ser tolerado en los salones del progresismo. Todas esas monsergas de la "brecha salarial" o el "techo de cristal" son puras falacias, que presuponen sin ninguna base científica que si las mujeres no optan por igual que los hombres por cualquier profesión, por jornadas completas o por puestos de responsabilidad, es porque existe todavía una cultura machista que las condiciona. Y apoyándose en esta superstición ideológica, políticos y activistas se creen autorizados a conculcar la igualdad con medidas de discriminación positiva, o con leyes palmariamente injustas que castigan una agresión (incluso verbal) de modo distinto en función del sexo del agresor.

En realidad, si algo está condicionando hoy a muchas mujeres es la ideología feminista radical que desprestigia a las que optan por dedicarse sólo al cuidado de sus hijos, o a tratar de conciliarlo con la vida laboral, como si no fuera esa la ocupación más digna que pueda tener una mujer. También un hombre, sin duda, pero numerosos estudios empíricos serios confirman que la psicología femenina está especialmente orientada a las relaciones sociales y familiares. En todo el mundo, y especialmente en los países más igualitarios, como por ejemplo Noruega, las mujeres tienden a decantarse (con total libertad, insisto) más por profesiones como la enfermería o la enseñanza, con un alto grado de interactividad social y emocional, mientras que los hombres son proclives al trabajo con máquinas o sistemas de organización relativamente impersonales. Lo cual permite conjeturar muy razonablemente que se trata de características más genéticas que culturales.

Respecto a la justicia social, soy de los que creen que lo más justo es que todo el mundo tenga un empleo, y pueda así ganarse la vida honradamente con su esfuerzo y su talento. Que los subsidios deben reducirse todo lo posible para no desincentivar el trabajo, que los elevados impuestos y cotizaciones sociales actuales (que en la práctica son también impuestos) no hacen más que dificultar la creación de empleo, y que los servicios públicos no funcionan mejor porque los gestione la administración, ni es el Estado el único que puede garantizar su universalidad. Creo que una sociedad es más próspera y más justa si son los ciudadanos, y no los políticos y burócratas, quienes deciden qué hacer con la mayor parte de su dinero, y qué educación quieren que reciban sus hijos, sin interferencias de minorías activistas, pagando sólo los impuestos imprescindibles para el funcionamiento de un Estado que sea garante del cumplimiento de las leyes y de la seguridad, no de la felicidad impuesta desde arriba.

Y para acabar, sobre el "derecho a decidir", brevemente: uno tiene derecho a decidir muchas cosas, pero no cualquier cosa, evidentemente. En concreto, los catalanes no tenemos derecho a decidir de manera exclusiva lo que queremos que sea España. Ese es un derecho que pertenece a todos los españoles, y aún así con limitaciones. Para reformar la constitución, es legalmente obligado seguir los procedimientos detallados por los artículos 166 al 169, que por sí mismos no excluyen ninguna posibilidad, pero protegen a la constitución de que un gobierno pueda alterarla a capricho, de espaldas a la ciudadanía y a la oposición democrática. Incluso aunque todos los españoles apoyaran una revisión profunda de la Ley fundamental, esta no podría realizarse rompiendo abruptamente con esa misma Ley. Porque si decidimos que la democracia (reducida al ejercicio del voto) está por encima de la ley, como no se cansan de repetir los gerifaltes nacionalistas, entonces no habría nada que objetar a que un Iglesias Turrión, tras vencer hipotéticamente en unas futuras elecciones, iniciara un "proceso constituyente" que le permitiera instaurar un régimen autoritario y populista, siguiendo el manual de su maestro Chávez Frías.

Si a estas opiniones añadimos mi escepticismo acerca del cambio climático de origen humano, queda claro que soy un troglodita sin remedio. Lo que me pregunto a veces es si en las convicciones de los izquierdistas no late una nostalgia de la horda primitiva, aún más antigua que Atapuerca.

miércoles, 25 de junio de 2014

El timo de la ideología de género, en evidencia

En el año 2002, el psicólogo experimental Steven Pinker publicó La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana (Paidós, Barcelona, 2003), una obra de setecientas páginas que es uno de los libros divulgativos sobre ciencia más influyentes de los últimos tiempos.

En esa obra, Pinker lanza una crítica devastadora (por su habilidad literaria para ponerla al alcance del gran público) de la ideología predominante en ciencias sociales, que él denomina "la tabla rasa". Según esta concepción, cuyo origen más inmediato se halla en el marxismo, no existe una naturaleza humana permanente en el tiempo, sino que el hombre es un ser esencialmente histórico, que cambia constantemente en la medida que cambian las relaciones sociales. Esto significa, evidentemente, que el hombre es infinitamente moldeable, lo cual ha sido la inspiración de los dos grandes totalitarismos del siglo XX, comunismo y nacionalsocialismo, empeñados en crear un "hombre nuevo". Y es también (añado yo) la inspiración de la actual ingeniería social que ciertas élites intelectuales tratan de imponer en la sociedad desde arriba, es decir, desde gobiernos, organizaciones supranacionales y ONGés paraestatales.

Pinker muestra documentadamente que la tabla rasa es insostenible a la luz de la ciencia actual, especialmente de la biología, las neurociencias y la psicología. Esto le lleva a un examen crítico de distintos paradigmas de las ciencias sociales, entre ellos la ideología de género.

El autor distingue entre el "feminismo igualitario", que es una doctrina moral sobre la igualdad de trato, según la cual los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos, y el "feminismo de género", una doctrina empírica (o pretendidamente empírica, sería más exacto decir) que se compromete con las tres siguientes afirmaciones sobre la naturaleza humana: 1) que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, 2) que la única motivación social de los seres humanos es el poder, y 3) que las interacciones humanas no deben entenderse entre individuos, sino entre grupos. (La tabla rasa, pág. 497.)

En su libro, Pinker ofrece una amplia bibliografía, directa o indirectamente basada en estudios empíricos, que rebate esas afirmaciones, en especial la primera. No opino que las concepciones evolucionistas y materialistas de Pinker sean la última verdad (como él mismo y otros muchos parecen entender), pero sí creo que son lo suficientemente serias para sostener que los dogmas del feminismo de género tienen una base mucho más débil; o mejor dicho, que carecen de base empírica alguna. Dicho más claramente, detrás de toda la charlatanería de los ideólogos ultrafeministas (y cabe añadir, de los socialistas, altermundistas, radicales ecologistas y demás) no hay más que... la nada absoluta. No existen datos, no hay estudios experimentales en apoyo de sus tesis. Esta es la pura realidad.

Lamentablemente, los ideólogos del género y compañía siguen dominando en la política, los medios de comunicación y el mundo académico. Esto sólo es comprensible, en sociedades democráticas, porque la mayoría de la población, aun cuando diste de ser totalmente crédula ante los delirios ideológicos radicales, no tiene tampoco nada que oponerles. Sencillamente, la mayoría de la gente carece de tiempo, ganas o ninguna de las dos cosas para leerse libros de setecientas páginas como el de Pinker, no digamos ya para bucear en la literatura especializada. Y en el país de los ciegos intelectuales, los tuertos de la ideología de género son los reyes. Una mentira repetida mil veces se acaba convirtiendo en verdad... sobre todo si nadie tiene los mínimos datos (y las agallas) para reemplazarla por explicaciones alternativas.

Hay sin embargo rayos de esperanza. Un libro grueso requiere días o semanas de lectura, según el tiempo de que disponga uno, además de una mínima formación y hábito de lectura. Pero ¿y si en un documental de cuarenta minutos se pudiera resumir, con amenidad no exenta de seriedad, la crítica de la ideología de género, por ejemplo? Pues bien, al menos un documental así existe. Fue producido en 2010 por la TV pública noruega NRK, como parte de una serie titulada "Lavado de cerebro", conducida por Harald Eia. El capítulo que nos interesa se titula "La paradoja de la igualdad noruega", y puede verse en Youtube en dos partes, subtituladas en español, de veinte minutos cada una. Abajo inserto los vídeos, pero para el lector que no disponga siquiera de cuarenta minutos, le resumo su contenido a continuación.

Harald parte de un dato: Noruega es el país con mayor igualdad de "género" del mundo. (Lo que en español correcto, que es el que emplearé preferentemente, diríamos igualdad de sexos o sexual.) Y sin embargo, en el país escandinavo han observado un fenómeno que describen como "la paradoja de la igualdad noruega": que hombres y mujeres siguen empeñados en demostrar intereses y predilecciones académicas y sobre todo profesionales distintos. Sólo un diez por ciento de ellos eligen ser enfermeros, y sólo un diez por ciento de ellas eligen ser ingenieras, y esto se acentúa como más igualitario es el país. ¿Por qué ocurre tal cosa? ¿Pudiera ser que existieran razones congénitas, es decir, de tipo biológico? ¿O sucede que la sociedad, sutil e insensiblemente, sigue adoctrinando a los niños en modelos de conducta "sexistas"?

Harald se decide a confrontar directamente, mediante entrevistas personales, las opiniones al respecto de partidarios de la ideología de género (académicos, periodistas, políticos) y de psicólogos experimentales, que trabajan con encuestas masivas y con la observación de la conducta de niños y niñas. Para empezar, viaja a los Estados Unidos para hablar con Richard Lippa, que ha dirigido una encuesta a 200.000 personas de 53 países de todo el mundo sobre preferencias profesionales. Las conclusiones de este psicólogo son que, con independencia del medio cultural, las diferencias entre sexos son prácticamente invariables. Las mujeres prefieren trabajos que impliquen sociabilidad (maestras, enfermeras, etc.), mientras que los hombres se decantan más por trabajos con máquinas y sistemas impersonales (informática, física). Estos patrones de conducta universales le llevan a Lippa a suponer que existen bases biológicas de las diferencias psicológicas sexuales.

Pero a esta hipótesis se puede replicar, como hacen los ideólogos del género, que incluso en las culturas más igualitarias, las personas pueden estar determinadas por padres, educadores y medios de comunicación para asumir "roles de género" preestablecidos. Vestimos a los niños de azul y a las niñas de rosa, les damos a los primeros juguetes de machotes (coches, pelotas) y a las segundas, muñecas o utensilios de peluquería. Harald se muestra divertidamente escéptico ante esta explicación (por su propia experiencia como hijo y como padre), pero no la descarta a priori, y para tratar de salir de dudas se entrevista con el doctor Trond Diseth, que ha realizado experimentos con niños de nueve meses en el Hospital Universitario de Oslo, en espacios neutros donde pueden elegir libremente juguetes para niños y para niñas, situados a la misma distancia. Los resultados son (¡sorpresa!) que los pequeños tienden a elegir espontáneamente los juguetes "propios de su sexo".

Pero ¿no podría ser que incluso a tan tiernas edades, los padres ya hubieran influido en la identidad sexual de los niños? Harald Eia se desplaza entonces a Inglaterra, para visitar a Simon Baron-Cohen (primo del popular actor), investigador del Trinity College experto en autismo, que ha realizado experimentos con recién nacidos, bebés de un día de edad que lógicamente no han podido aún ser moldeados por padres u otros adultos. Según concluye Baron-Cohen, los recién nacidos varones muestran mayor interés por "objetos mecánicos" que las niñas, y estas a su vez se muestran más atraídas por rostros humanos... Los estudios demuestran que incluso antes del nacimiento, los niveles de testosterona en el feto determinan comportamientos más típicamente masculinos o femeninos en el futuro.

Después de otra interesante entrevista con la psicóloga evolucionista Anne Campbell, en Durham, que sostiene el origen evolutivo de las diferencias biológicas entre los cerebros masculino y femenino, Harald vuelve a visitar a dos "investigadores de género" cuyas opiniones ya había recabado al principio, Cathrine Egeland y Jørgen Lorentzen. Las reacciones de ambos, al mostrarles las declaraciones de los científicos experimentales no deberían perdérselas: son de traca. Cathrine se queda realmente descolocada, apenas puede articular palabras. Sencillamente, se niega a aceptar lo que ve. Acusa a esos científicos de encontrar sólo lo que buscan de antemano. Harald le hace entonces la gran pregunta: "¿En qué fundamento científico te apoyas para decir que la biología no juega ningún papel en las distintas elecciones profesionales de hombres y mujeres?" Es decir, ¿dónde están tus experimentos, tus datos empíricos, desde los cuales podrías rechazar los de los psicólogos experimentales? Por supuesto, Cathrine no los tiene, y lo admite al responder "eeeh... mi fundamento es algo que se puede llamar punto de vista teórico".

Jørgen es más desenvuelto. De entrada, se había reído con ganas de "esos estudios norteamericanos", tachándolos de "mediocres" y "anticuados". Cuando se le sitúa finalmente frente a resultados concretos y recientes, su reacción es la misma que la de su colega femenina, aunque algo más incisiva. Lorentzen se pregunta por qué esos investigadores están tan "frenéticamente" ocupados con las diferencias de género, en lo que resulta un muy evidente ejemplo de la evangélica viga en el ojo propio, bastando sustituir "diferencias" por "igualdad". Y al realizarle Harald la misma pregunta que a Cathrine, el "investigador de género" declara sin inmutarse que él se basa en la ciencia, pues esta no ha demostrado con absoluta certeza que las diferencias sexuales tengan alguna base biológica. Su "hipótesis" es que no hay diferencias innatas mientras no se demuestre lo contrario. Puede que no se haya percatado de que este criterio nos permitiría sostener "científicamente" la existencia del unicornio.

Concluida la entrevista, Harald se pregunta si Jørgen diría lo mismo en caso de que una investigación empírica apoyase su "hipótesis". Por supuesto, que la biología juega un papel en las diferencias de intereses sexuales es también una hipótesis, pero los investigadores que la sostienen no demuestran estar "frenéticamente" interesados por confirmar ningún prejuicio, no pretenden negar dogmáticamente que la cultura no tenga también cierta influencia. Y lo más importante: ellos se basan en observaciones, cosa que no hacen los "malos investigadores noruegos", como termina llamando Harald a sus compatriotas, aunque por supuesto se podría extender el adjetivo a muchos que pululan por toda Europa y América.

Al parecer, el reportaje tuvo gran repercusión en Noruega. Como se dice en la web del Foro de la Familia (gracias a la cual he dado con los vídeos), la gente empezó a preguntarse por qué había que "financiar con 56 millones de euros de dinero de los contribuyentes una ideología basada en 'investigación' que no tenía credenciales científicas en ninguna parte". A consecuencia de ello, el Consejo Nórdico de Ministros decidió cerrar el NIKK Gender, un instituto equivalente a nuestros "Observatorios de Igualdad de Género", que por aquí seguimos sufragando alegremente. Como de costumbre, cuando nosotros vamos, los escandinavos ya están de vuelta.

¿Se imaginan que la TV pública española emitiera reportajes como el de Harald, no sólo sobre ideología de género, sino sobre la realidad del aborto, el problema del invierno demográfico o las claves económicas que distinguen a los países más prósperos del resto? Yo tampoco. Con la derecha grouchista ("estos son mis principios...") y la izquierda enamorada de sí misma, aquí me temo que seguiremos debatiéndonos entre el suicidio lento o la vía rápida venezolana.



sábado, 17 de mayo de 2014

El crimental sexista

Una joven atractiva se pasea por las calles de Bruselas, recibiendo a su paso desde piropos hasta proposiciones sexuales explícitas de hombres de aspecto magrebí. Todo ello es grabado en vídeo y el resultado se convierte en una denuncia. ¿Una denuncia contra el multiculturalismo, contra la inmigración descontrolada, contra la escasa capacidad de adaptación de los musulmanes a la cultura occidental? En absoluto; se trata de un alegato "contra el sexismo".

El lector haría mal en tomárselo a broma, porque este vídeo ha sido utilizado como pretexto propagandístico para avalar la definición legal de sexismo en Bégica, nada menos. En el país en el que ya es posible administrar legalmente la eutanasia a los niños (aberración saludada por algunos como avanzadilla pionera, tras la cual los demás países civilizados deberían transitar), un piropo podrá ser multado, y "todo gesto o comportamiento que tenga la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad" puede entrañar una sanción penal. Las cursivas son mías: nótese el amplio margen de interpretación, en manos de jueces ideologizados.

Hablar aquí de "neopuritanismo" sería un error típico. Quienes pretenden aplicar leyes contra la libertad de expresión no hacen la menor alusión a la decencia y el pudor, conceptos que permiten distinguir perfectamente entre un halago masculino respetuoso y la lascivia repulsiva de quienes se toman la calle como su particular coto de caza sexual. Es más, los amantes de crear nuevas figuras delictivas son exactamente los mismos que defienden la "visibilidad" de homosexuales y transexuales, y se amparan en el mismo clima de opinión que ha elevado las prácticas onanistas y todo tipo de perversiones a categoría de ejercicio lúdico, saludable y explotable comercialmente.

En realidad, el fenómeno de criminalización del varón forma parte inextricable del "ocaso del pudor" que aqueja a nuestra cultura desde los años sesenta, dentro del cual la decencia y la castidad pasan a ser consideradas como prejuicios caducos y, por supuesto, intolerablemente sexistas. Se equivocan también, por cierto, quienes sostienen que este "pudoricidio" ha beneficiado a los hombres, al multiplicar las posibilidades del voyeurismo masculino. Porque esto sólo se ha realizado al precio de poner en la picota al caballero que no afecta total indiferencia ante la masiva apoteosis de la corporeidad femenina que inunda nuestras calles y nuestros medios de comunicación.

La finalidad del antisexismo es evidente. El hombre es malo y debe ser reeducado. Hasta aquí, tendemos a estar de acuerdo, a condición de que se admita que el mejor instrumento que ha encontrado ninguna civilización para domesticar al macho es una institución llamada matrimonio, que implica al hombre en la crianza de los hijos ofreciéndole una razonable garantía de su paternidad biológica, al tiempo que consagra la igualdad entre los sexos. (Lo que no se da, por ejemplo, en la poligamia islámica.) Pero esta institución saltó por lo aires desde el momento en que triunfaron el divorcio ilimitado, las leyes de "género" que destruyen la igualdad entre hombres y mujeres (perjudicando claramente a los primeros), la legalización del aborto sin contar en absoluto con la opinión del padre y las ayudas sociales y legislativas a familias monoparentales (casi siempre de mujeres solas), homoparentales y cualquier tipo de arreglo informal que somete a los niños a los riesgos inherentes de la convivencia con los variados compañeros sexuales de sus madres "liberadas".

El resultado salta a la vista. Destruidos o al menos escarnecidos los cauces cristianos de un instinto biológico tan primario como el sexual, no queda otra alternativa que incrementar el nivel de coacción contra el hombre, ese ser sospechoso y errabundo.

Jean-François Revel, en su imprescindible clásico El conocimiento inútil, ofreció una caracterización de la función ideológica del antirracismo que, mutatis mutandis, se puede aplicar también a la paranoia antimachista. En los años ochenta eran constantes las proclamas contra el apartheid sudafricano, así como las advertencias contra una supuesta amenaza fascista y racista que se incubaba en las sociedades democráticas. Estas denuncias rituales permitían eclipsar mediáticamente la amenaza mucho menos anecdótica que suponía el régimen soviético, con sus millones de presos políticos, su apoyo a movimientos revolucionarios y terroristas en todo el mundo, y sus misiles nucleares apuntando a las ciudades occidentales.

El antisexismo realiza una función análoga. Mientras en numerosos países se lapida a las adúlteras, se practica el infanticidio femenino antes y después del parto, y se mata o secuestra a niñas por ir a la escuela, aquí resulta que nos rasgamos las vestiduras porque, según Cate Blanchett, las actrices cobran menos que los actores, y encima los periodistas tienen la impertinencia sexista de preguntarle cómo compatibiliza su carrera artística con el cuidado de sus tres hijos. ¡Horror de los horrores!

Los que sólo piropeamos a nuestras esposas, no tenemos nada que temer de una ley que penalice la galantería. Pero el problema de fondo es mucho más grave que una limitación de la libertad de expresión que, probablemente, en la práctica tendría escasas repercusiones. Lo que se ventila aquí es la distinción básica entre legalidad y moralidad. En las teocracias islámicas no existen la una ni la otra como ámbitos separados, lo cual conlleva una represión brutal del comportamiento individual. Pero en el Occidente que exhibe con pueril orgullo su irreligiosidad corremos el riesgo de llegar a un destino similar por un camino opuesto. De manera gradual, pero con efecto acumulativo, se está imponiendo, tanto en la mentalidad como en el derecho, la idea de que todo lo legal es, además, moral. Esto puede parecer liberador, pero implica la otra cara de la moneda. Convierte insensiblemente en ilegal (en un crimen mental, o crimental, por emplear el neologismo de Orwell en 1984) cualquier juicio moral que no tenga su correspondencia en la ley positiva, en la veleidosa voluntad del legislador.

Así, en Francia ya es legalmente arriesgado aconsejar a mujeres que pretenden abortar para que cambien de idea, pudiéndose incurrir en delito (sic) de "abortofobia". Y tanto en instancias europeas como nacionales, los grupos de presión gays-lésbicos trabajan sin descanso para imponer leyes contra la homofobia, que penalizarán cualquier opinión o creencia moral en contra de la homosexualidad, tachándola de intolerante. En realidad, sólo quien desaprueba moralmente algo puede ser tolerante con ello. Intolerantes son los homosexualistas que pretenden que para "respetarles" tenemos que pensar, y no sé si sentir, como ellos. En este paquete ideológico se incluye lo que hoy pasa por feminismo, que consiste básicamente en otra nueva forma de histeria colectiva, fenómeno social tan fácil de desencadenar como perversas suelen ser sus consecuencias.

viernes, 21 de marzo de 2014

Los progres no cambian

El progresista es una persona con gran fidelidad a determinadas ideas y recetas, por muchas veces que los hechos se empeñen en contradecirlas. Así, por ejemplo, es admirable cómo se aferra a la idea de que la violencia (y en particular el terrorismo) es una consecuencia de la pobreza, pese a los abrumadores indicios que la desmienten. Un progre de manual como George Lakoff, en su conocido opúsculo No pienses en un elefante, nos asegura que "si se acaba con esa pobreza, se acaba con lo que alimenta a la mayoría de los terroristas, aunque los terroristas del 11-S tenían dinero". Lo cual es como si yo digo que todos los bigotudos son tontos, aunque Einstein tenía bigote. Basta anteponer un "aunque" a cualquier hecho que venga a estropear mi teoría favorita, y ya puedo defender hasta que el socialismo es un sistema mucho más justo que el capitalismo, aunque sean los cubanos los que se empeñen en escapar a Florida y no al revés.

Otro ejemplo se refiere a los trágicos casos de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas. Los progres tienen ya una explicación previa a cualquier estudio empírico: estos asesinatos se deben a una cultura machista que pretende que la mujer debe limitarse a un papel de sirvienta doméstica. Así lo afirma al menos Miguel Lorente (expreboste del Ministerio de Igualdad) en un artículo titulado "Ellas están cambiando; ellos, no", donde nos asegura que "los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que «su mujer» debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo «una buena esposa, madre y ama de casa»".

Pasemos por alto el carácter desfasadamente paternalista del artículo ("las mujeres están cambiando"), como si la presencia femenina en la educación superior, en los tres poderes del estado, en los medios de comunicación y en general en todos los sectores económicos, fuera una "conquista social" de las dos legislaturas de Zapatero, tras el derrocamiento de la bigotecracia aznariana. Pasemos por alto también el entrecomillado del sintagma "mi mujer", como si cualquier otra expresión que no fuera "la ciudadana Paula" debiera ser investigada por la Policía del Pensamiento:

-¿Cree usted que una muñeca es un juguete adecuado para una niña?

-Bueno, no sé qué tiene que ver...

-¡Conteste sí o no!

Lo que no podemos pasar por alto es que el propio autor inicia su artículo con la confesión de un asesino, que reconoce que mató a su mujer porque rompió con él: "si me dejas te mato, le advertí". Esto por lo pronto es algo distinto de afirmar que ese sujeto mató a su pareja porque no estaba dispuesta a asumir un papel de sumisión. Puede que esa fuera a su vez la causa de la ruptura, pero sostener que esto es así en la mayoría de casos es una hipótesis que debe ser contrastada como cualquier otra. Lo que sí demuestran las estadísticas son dos hechos:

1) Un gran número de muertes de violencia doméstica se producen durante o después de una separación que el hombre se niega a aceptar.

2) La violencia de mujeres contra sus parejas masculinas no es ni mucho menos anecdótica, pese a que no tenga la misma repercusión mediática ni política.

Lo segundo ya fue cuestionado por Miguel Lorente en un artículo anterior, titulado "Hombres asesinados y mentiras resucitadas", en el que afirmaba que ciertas cifras de muertes de varones a manos de sus parejas femeninas estaban infladas burdamente, pero al mismo tiempo reconocía que el Ministerio de Igualdad y otros organismos afines no contabilizaban las víctimas masculinas porque su cometido es precisamente "actuar sobre la violencia que sufren las mujeres", del mismo modo que la DGT no contabiliza los accidentes laborales. Ahora bien, esto es precisamente lo que nos lleva a cuestionar los registros oficiales de violencia ejercida por mujeres. Basta consultar las hemerotecas para comprobar que no existe correspondencia entre tales registros y un mero recuento de los casos aparecidos en la sección de sucesos, como divulgó Arcadi Espada en su blog.

Lorente venía a decir que, en todo caso, las cifras de hombres muertos a manos de mujeres son insignificantes comparadas con la mayoría abrumadora de varones que son víctimas de conflictos armados y luchas entre bandas criminales, mayoritariamente protagonizados por el sexo masculino. No obstante, si hablamos de violencia doméstica, aludir a las guerras y al pistolerismo es salir por peteneras; hábito por lo demás muy extendido entre los progres, que si te muestras contrario al aborto te recuerdan que no te vieron enarbolando una pancarta de "Aznar asesino" en las manifestaciones contra la guerra de Iraq.

Pero la cuestión decisiva es la que nos revela el primer hecho, la relación entre la violencia intersexual y las rupturas sentimentales. Que tras estas haya un sordo conflicto por el reparto de las tareas domésticas es una generalización de un cierto regusto marxista, que todo lo reduce a economía, y que habría que demostrar con datos. Mientras esto no se haga, otras hipótesis pueden ser igual de respetables. La mía es la siguiente: en una sociedad donde se rinde culto al hedonismo, la inestabilidad de las relaciones de pareja tiende a aumentar, debido a los incentivos para cambiar de rutina y de amante, así como a cierta insatisfacción artificial que en algunas personas puede generar la difusión de fabulaciones eróticas. Esto trae consigo los consabidos celos amorosos, fundados o infundados, que en algunos casos pueden acabar en comportamientos violentos.

La culpa es siempre de quien comete una agresión. Pero si nos empeñamos en trazar un retrato del hombre como una especie de fiera a la que hay que reeducar, a fin de erradicar sus atavismos machistas, dilapidamos energías que podrían orientarse a tratar de defender una concepción menos individualista de los vínculos entre hombres y mujeres, en la que ambos sexos salgan ganando, renunciando voluntariamente a una parte de su libertad para dedicarla más a la vida familiar.

El feminismo ha inculcado a varias generaciones de mujeres que tienen que imitar, paradójicamente, a los hombres: salir más de casa, tanto para trabajar como para irse de parranda con las amigas. Tenemos indicios sobrados para suponer que se trata de un mal consejo. La alternativa no es, como pretende la caricatura interesada, que la mujer se quede preparando la cena mientras el golfo del marido se solaza en el bar a la salida del trabajo. La alternativa consiste precisamente en que tanto hombres como mujeres dejemos de ser adolescentes y concibamos el hogar como el espacio sagrado de la vida conyugal y la crianza de los hijos, asumiendo plenamente nuestras responsabilidades.

Pero por el momento, el discurso dominante seguirá ahondando en la relativización de la familia, aunque la violencia doméstica siga siendo una lacra. Y es que los progres no dan señales de estar cambiando.

miércoles, 1 de enero de 2014

El Estado os hará libres

El consenso socialdemócrata consiste en sustituir el aserto evangélico "la verdad os hará libres" (Juan, 8, 32) por "el Estado os hará libres". Se empieza, como Pilato, preguntándose "¿qué es la verdad?" (Juan, 18, 38). Se empieza sintiéndose, no sin considerable presunción, un escéptico de vuelta de todas las certezas (que, ya se sabe, son cosas propias de fanáticos que no utilizan champú anticaspa). Y se acaba pidiendo que el estado se ocupe de casi todo, y por supuesto, demandando aborto libre y eutanasia para los viejos e inútiles que tienen el detalle colaborador de no querer vivir más. (Los embriones y fetos humanos aún son más amables: ni siquiera opinan.)

No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.

El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.

Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.

En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.

Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.

El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.

Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.

Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Las falacias ideológicas más comunes

Según el diccionario de la Academia, una falacia es un “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. Bien es verdad que, una vez puesta en circulación, una falacia puede hallarse en boca de muchas personas que realmente no abrigan mala intención, pues sinceramente creen en los engaños que contribuyen a seguir difundiendo. Pero lo decisivo es que las falacias nacen con una finalidad manipuladora. Por eso, dentro de este subgénero del error, quizá la falacia por excelencia sea la de tipo ideológico, es decir, aquella destinada a tratar de desmotivar o desconcertar a quienes de otro modo ofrecerían resistencia ante determinados abusos del poder político.

Una falacia puede consistir en un razonamiento incorrecto. Estas son relativamente fáciles de desmontar, puesto que en realidad no es imprescindible ser profesor de lógica formal para razonar correctamente, salvo en casos muy complejos que no suelen darse en el debate público. Más frecuentemente, las falacias se basan en premisas que en sí mismas no son ni demostrables ni refutables. Pero nótese que una premisa indemostrable no es en sí misma una falacia, pues sin ellas no podría existir ningún conocimiento humano, ni siquiera la matemática. Lo falaz es pretender encubrir ese carácter indemostrable, sustrayéndolo a la crítica y la discusión. A continuación enumero algunas de las falacias ideológicas más comunes.

1) Falacia sentimental: los buenos sentimientos justifican cualquier acto, aunque sus efectos sean catastróficos. Es una falacia muy extendida en economía, donde conduce a controles de precios u otras medidas intervencionistas cuyos efectos suelen ser exactamente los contrarios a las supuestas intenciones de quienes las aplican. También es una falacia común en bioética; así entre los defensores del aborto, que se arrogan el monopolio de la empatía hacia las mujeres que abortan, pero curiosamente no experimentan ninguna hacia los indefensos embriones o fetos humanos que son víctimas de su permisividad.

2) Falacia relativista: puesto que es lícito que cada cual viva como quiera (sin dañar a terceros), cualquier estilo de vida tiene el mismo valor y merece recibir la misma consideración. Así por ejemplo, se considera que las parejas homoparentales o monoparentales son tan idóneas para adoptar niños (en igualdad de otros factores) como un padre y una madre, y cualquiera que ose expresar la menor duda al respecto no solo yerra, sino que atenta contra la libertad de determinados individuos, por lo que si es necesario, debe ser acallado. Se trata de un caso claro de non sequitur. Libertad para x no equivale a x es tan bueno como. Más bien al contrario, la libertad, en su sentido más profundo, no es elegir el color de mi camisa, sino poder elegir entre el bien y el mal, entre la salvación y la perdición. Por tanto, por definición, las opciones fundamentales jamás son equiparables.

3) Falacia del experto: determinadas afirmaciones no pueden ser discutidas racionalmente porque se consideran avaladas por un supuesto consenso académico. Con frecuencia, este consenso es más una invención periodística que una realidad, pero incluso aunque existiera, no justifica la clausura de ningún debate. Un claro ejemplo de abuso monstruoso de esta falacia es el discurso del cambio climático, en el que quienes discrepan de las tesis oficialistas son llamados “negacionistas”, con una intención criminalizadora poco disimulada.

4) Falacia de la suma cero: la riqueza es una magnitud fija; por tanto, toda desigualdad procede de que algunos (individuos, clases sociales, países) se apoderan de más bienes de los que les corresponden. Aunque probablemente sea mucho más antigua, puede hallarse una formulación clásica en Montaigne, en su ensayo titulado “El provecho del uno es daño del otro” (Ensayos, I, XXI). Esta falacia es utilizada sistemáticamente por todos los defensores del socialismo, es decir, de que los estados violen las libertades económicas y el derecho a la propiedad privada, so pretexto de redistribuir la riqueza entre los más pobres. El resultado es que se destruyen los incentivos de la creación de riqueza que precisamente permiten negar la mayor (que aquella es una magnitud estática) y en consecuencia se bloquea la movilidad social, eternizando la pobreza que supuestamente quieren combatir (no sin antes aprovecharse de sus votos).

5) Falacia del caldo de cultivo o del buen salvaje: el hombre es bueno por naturaleza; por tanto, todos los males tienen causas sistémicas. Contra abundantes evidencias empíricas, se pretende que la violencia y el terrorismo en particular nacen de la pobreza o de las injusticias (el “imperialismo”). De esta manera se consigue desplazar la culpa siempre hacia agentes distintos de quienes la ejercen, que así se ven justificados para proseguir con sus acciones violentas.

6) Falacia del derecho a decidir o democrática: cualquier cosa puede y debe decidirse por voluntad popular. Esta falacia supone ignorar que la democracia no es un método para conocer la verdad (como si esta dependiera del número de quienes asienten a una determinada tesis), sino de elegir a los gobernantes de manera pacífica. Cualquier extensión ilegítima del principio democrático conduce en realidad a exacerbar o multiplicar los conflictos, pues no hay cuestión que no pueda ser objeto de polémica.

7) Falacia igualitaria: todos tenemos los mismos derechos; por tanto (y aquí viene la deducción incorrecta), la finalidad de la vida civilizada es que todos acabemos siendo iguales de hecho. Esta falacia tiene su desarrollo más delirante en la ideología de género. Según esta, toda diferencia sexual, salvo las estrictamente fisiológicas, tiene un origen cultural impuesto por el patriarcado, una especie de conspiración eterna y universal de los varones contra las mujeres. El feminismo radical es una teoría blindada contra cualquier contrastación empírica, pues incluso si algunas mujeres admiten priorizar la dedicación a la familia en lugar de su profesión, se nos dirá que es porque han interiorizado la opresión masculina.

8) Falacia estatista: los poderes económicos se mueven por intereses egoístas; los políticos, no. Esta falacia es constante en el discurso político, dominado por salvadores que se erigen en defensores de los intereses del pueblo, de los débiles y de los supuestamente oprimidos, pero que a cambio exigen poderes incondicionales.

9) Falacia darwinista: la historia entera es una lucha constante por el poder. (De los explotadores sobre los explotados, de los hombres sobre las mujeres, de los blancos sobre las demás razas, etc.) En esta falacia se fundamentan los peores totalitarismos, como el comunismo y el nacional-socialismo, pero también las majaderías paranoicas de la corrección política, nacidas en los campus universitarios de Estados Unidos. (Historias de la literatura que sustituyen el estudio de “varones blancos muertos” como Shakespeare por el de alguna infumable escritora negra y lesbiana, y demás patologías intelectuales por el estilo.)

10) Falacia de la víctima: la parte más débil de un conflicto siempre tiene la razón. Esta falacia es una consecuencia de la falacia igualitaria. Puesto que todos los seres humanos son iguales en derechos, incorrectamente se deduce que cualquier diferencia tiene necesariamente un origen injusto, y no solo eso, sino que se justifica que esa parte más débil (o simplemente minoritaria) inicie un conflicto que en muchos casos ni siquiera existía. Esto se manifiesta claramente en las teorizaciones de los movimientos terroristas, revolucionarios y nacionalistas. Estos perciben (con razón) al estado y las fuerzas de seguridad como entes muy superiores a sus organizaciones, lo que ya en sí mismo convierten en una forma de opresión intolerable, de “fuerzas de ocupación” que no les permiten disfrutar de una libertad quimérica (edad dorada) que nunca existió más que en sus confusas mentes.

11) Falacia del precio justo. En realidad, es una consecuencia de la falacia de la suma cero, aunque por su popularidad es útil distinguirla. Efectivamente, si la riqueza es una magnitud dada e inamovible, cada bien tendrá un precio relativo invariable, aunque la experiencia y el sentido común lo contradigan una y otra vez. Esta falacia suele ir unida a demagogias resentidas sobre los altos sueldos de los ejecutivos del sector privado, o a las elevadas sumas pagadas por el fichaje de futbolistas, mientras se pasan por alto los costes salariales de burocracias insostenibles.

12) Falacia cronológica: determinadas instituciones, creencias o conductas son mejores porque son nuevas (modernismo) o por el contrario porque son antiguas (tradicionalismo). En nuestros días domina abrumadoramente la variante modernista. Esta falacia suele ir acompañada de perezosos latiguillos como “a estas alturas del siglo XXI” o “tal cosa nos devuelve a la Edad Media”. Para combatirla basta notar que la democracia existe hace 2.500 años, con lo cual los modernistas, para ser consecuentes, deberían desdeñarla. De hecho, es lo que hicieron comunistas y fascistas.

13) Falacia naturalista: lo natural (identificado con lo fáctico) es la medida de lo bueno. Que algo sea natural, frecuente o simplemente habitual nos obliga a aceptarlo de algún modo. Esta falacia hunde sus raíces en una concepción materialista o positivista de la existencia. En ocasiones puede parecer que tiene un origen teológico (pensemos en la expresión “contra natura”) pero conviene distinguir una cosa de la otra. La falacia naturalista se basa en la idea de que los conceptos morales surgen en un proceso evolutivo ciego (ver El gen egoísta, de Dawkins), mientras que el pensamiento teísta defiende exactamente lo contrario. Lo segundo podría estar equivocado, pero lo primero carece de sentido. ¿Por qué algo debería ser aprobado por el mero hecho de existir? En esta falacia se justifican multitud de argumentos ideológicos. Por ejemplo, que prohibir el aborto es absurdo, pues sólo promueve que haya abortos clandestinos. De este modo habría que justificar el asesinato y el robo, pues es obvio que no existe apenas ninguna ley que no sea violada por algunos individuos.

14) Falacia del agotamiento de los recursos. Es una variante de la falacia de la suma cero. Se considera que los recursos naturales (energía y materias primas) son cantidades físicas finitas, cuando en realidad el concepto de recurso va unido a la posibilidad tecnológica de su aprovechamiento. Por eso han fracasado tantas profecías agoreras, que no tenían en cuenta los avances en las técnicas de extracción y producción, en la sustitución de unos materiales por otros, etc., etc. Esta falacia incluye la falacia neomalthusiana, según la cual el crecimiento de la población mundial es un problema, cuando en realidad en Europa (y a medio plazo en todo el planeta) nos enfrentamos a la amenaza estrictamente opuesta: el envejecimiento de la población.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Feminoicas

Estábamos mi mujer y yo en el skatepark, viendo a nuestros hijos, junto a decenas de otros niños y adolescentes, ejecutando acrobacias con sus monopatines, con la evidente intención de romperse algún hueso. En eso que veo a una niña montada en un patín con manillar y no puedo evitar advertir que es la única representante de su sexo. No sin cierta sorna, me pregunto qué dirían nuestras feministas paranoicas (permítanme el neologismo bárbaro: feminoicas) de este hecho: "una demostración patente de los procesos de aculturación sexista, que imponen a los niños y niñas roles de género, y bla, bla bla". ¡Cómo si yo no me hubiera resistido todo lo posible a comprarles a mis dos vástagos varones esas tablas suicidas!

El feminismo original sostenía que las mujeres son iguales a los hombres en derechos: que pueden desempeñar cualquier actividad y participar en política exactamente igual que cualquier varón. Algo que nos parece obvio a los occidentales del siglo XXI, pero que no se lo parece a los árabes, ni se lo parecía a nuestros abuelos.

El feminismo de segunda ola, o feminismo paranoico, parte de una idea completamente distinta. Lo que afirman las feminoicas es que cualquier desigualdad estadística observada en la conducta y las características culturales y económicas entre hombres y mujeres (incluidas sus elecciones) es necesariamente consecuencia de una injusta dominación de los primeros sobre las segundas. Por ejemplo: si nos encontramos con que hay un porcentaje claramente superior de ingenieros de caminos de sexo masculino (no sé si es así, pero supongámoslo), ello sólo puede deberse a una conspiración varonil para dificultar el acceso de las mujeres a esta profesión.

Uno de los mantras de las feminoicas es la brecha salarial. Como es cierto que, en conjunto, las mujeres cobran menos que los hombres, se deduce de ello que existe una discriminación más o menos soterrada, una confabulación de los empresarios para pagarles menos por el mismo trabajo. Sin embargo, la tesis de la confabulación no es la única explicación posible de esa diferencia salarial global. Porque sabemos que muchas más mujeres trabajan en jornadas parciales, muchas más mujeres que hombres solicitan bajas por maternidad y, sobre todo, muchas más mujeres optan por puestos o cargos conciliables con la vida familiar, aunque sean menos competitivos y menos bien pagados.

A esto las feminoicas responden que la culpa es de los varones, que se desentienden de la familia y las tareas domésticas, aprovechándose de la pócima de la culpabilidad que han instilado en un descuido en la copa de las mujeres, que por ello experimentan mucha más preocupación que sus parejas por no ser tildadas de "malas madres". Es decir, si las mujeres demuestran tener una escala de prioridades distintas a la de los hombres; si demuestran, estadísticamente hablando, ser menos obsesivas con su profesión, o con los puestos de mayor poder o prestigio económico y político, no es porque las mujeres sean así, sino porque han interiorizado ideas machistas, de las cuales es preciso liberarlas. Incluso aunque no muestren mucho interés en ello.

Existen numerosos estudios empíricos que demuestran que la concepción feminoica probablemente es falsa, en términos generales. (Una excelente presentación de estos resultados se puede hallar en el libro de Susan Pinker, La paradoja sexual, que toda feminoica debería leer, acompañándolo de ejercicios de relajación y una dieta rica en fibra.) El problema es que la dictadura de la corrección política convierte en algo verdaderamente heroico airear estos estudios. Nadie quiere que le ocurra como al presidente de la Universidad de Harvard, Larry Summers, que se vio obligado a dimitir en 2006 por haber señalado un hecho estadístico bien conocido, y es que, si bien hombres y mujeres tienen promedios similares de inteligencia y otras características psicológicas, la variabilidad masculina (las desviaciones por debajo o por encima de la media) es mucho mayor, lo que hace que existan más varones en el extremo superior (¡y en el inferior!) del talento humano, en disciplinas como la ingeniería o la matemática.

Incluso personas con alta formación interpretaron erróneamente que Summers estaba sugiriendo que las mujeres están menos dotadas para las ciencias que los hombres (cosa que por supuesto desmienten sus calificaciones académicas, universalmente, en todas las carreras). En realidad, lo que se deduce de la conferencia del presidente de Harvard era que ciertas diferencias en la distribución sexual podían deberse a diferencias en los rasgos psicogenéticos, y no a un machismo atávico, sin descartar tampoco a priori este factor. Susan Pinker relaciona estas diferencias genéticas con otros hechos sobradamente conocidos, como la mucha mayor propensión de los varones a padecer TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad) o a ingresar en el mundo de la delincuencia. La reflexión final de esta autora podría formularse como: "¿Por qué diablos las mujeres tenemos que seguir empeñándonos en imitar modelos masculinos de competitividad, poder y estatus, si lo que preferimos es alcanzar un equilibrio en el que la obsesión por la profesión y las ganancias no absorba todo lo demás?"

La tendencia, por desgracia, sigue siendo de dominio de la histeria feminoica, y esto se aprecia en la manera cómo derecha e izquierda compiten por ser más feministas que nadie. Así, el gobierno del PP amenaza con gastarse más de 40 millones de euros en promover el uso de móviles avanzados (o sea, con internet) entre las mujeres. Intentos como este de liberar a las mujeres a pesar de sí mismas suponen tratarlas como seres infantilizados, a los cuales hay que enseñar a descubrir sus propios intereses, independientemente de sus preferencias y predisposiciones.

El grado máximo de delirio del feminismo paranoico se muestra en la politización del matrimonio. Este deja de ser una institución en la que un hombre y una mujer se entregan mutuamente, para convertirse en un estricto equilibrio de poderes, hasta el punto que deja de comprenderse por qué debería existir, salvo como una unión de interés económico mutuo, basado en compartir una vivienda y unos gastos determinados. De ahí todo el discurso que pretende equiparar las familias monoparentales y homoparentales a la familia "tradicional", como se denomina con evidente ánimo despreciativo a la situación que cualquier niño del mundo desearía: tener una madre y un padre.

Los feminoicos y feminoicas de derecha e izquierda han puesto el grito en el cielo por un libro titulado (con torpe provocación, hay que decirlo) Cásate y sé sumisa, de la escritora italiana Costanza Miriano. Bueno, no se han limitado a rasgarse las vestiduras, sino que exigen directamente retirar el libro, en una franca manifestación del auténtico carácter despótico de las ideologías liberacionistas. Ellos han decidido de antemano cómo debe ser la relación entre dos personas de distinto sexo, excluyendo al posibilidad de una jerarquía libremente aceptada.

He dicho muy conscientemente jerarquía, palabra tabú fuera de las prácticas sadomasoquistas (en cuyo caso no provoca el menor recelo). No he leído el libro objeto de la polémica, pero sí he leído Mero cristianismo, de C. S. Lewis, que dedica un capítulo al tema del matrimonio, en el que defiende que este idealmente no está presidido por la igualdad entre hombre y mujer (nada que ver con la igualdad de derechos) y en que es preferible una preeminencia del hombre. Y sus argumentos me parecen sumamente convincentes y razonables. En primer lugar, Lewis concibe el matrimonio como una institución de vocación vitalicia, por lo cual, en caso de desacuerdo, sólo un "voto de calidad" de uno de los dos cónyuges puede evitar un bloqueo absurdo, o la disolución. Y en segundo lugar, el autor propone que esta prerrogativa encaja mejor con el carácter del hombre, por tener este un talante más ecuánime en las relaciones externas de la familia, lo que contrapesa el visceral (aunque bendito) "patriotismo familiar" de las mujeres, facilitando la cohesión social. Espero no estar dando información a nuestros censores de derecha e izquierda para que la emprendan ahora contra los libros de C. S. Lewis, ni contra el Nuevo Testamento.

Se compartan o no esos razonamientos, lo importante es que admitir la jerarquía (sea en la familia, en la empresa, en el ejército o incluso en la amistad), no tiene nada que ver con ningún rebajamiento de nadie, salvo cuando se convierte en un disfraz del abuso. La literatura nos ofrece ejemplos de relaciones de amistad jerarquizadas que nadie en su sano juicio consideraría atentatorias contra la dignidad humana. ¿Habría que "liberar" a Sancho Panza o al doctor Watson de la opresión intolerable sufrida a manos de don Quijote o de Sherlock Holmes?

Al día siguiente de mi sufrida visita a la pista de patinaje, presencié una escena con la que cierro estas reflexiones. Una soleada mañana, un matrimonio de ancianos almorzaba en la terraza de un bar. Por las palabras del marido, me percaté de que la mujer sufría un estado de senilidad severa, que requería cuidados constantes. Aquel, con paciente delicadeza, le estaba diciendo que no se bebiera toda el agua antes de comer. Me pareció conmovedora esa estampa de un matrimonio como los de antes, para toda la vida, en la salud y en la enfermedad. E imaginé que aquel amante esposo no se sentía más "esclavo" de lo que debía sentirse su mujer cuando durante años le estuvo lavando los calzoncillos. Ellos no concebían su matrimonio como un equilibrio de poder, sino como una relación de amor, en la cual uno lo da todo, sin esperar nada a cambio.

domingo, 17 de junio de 2012

El complejo FEMS

Las cuatro patas de la izquierda actual, en orden arbitrario, son el Feminismo-ideología de género-proabortismo, el Ecologismo, el Multiculturalismo-antioccidentalismo y por supuesto el Socialismo. Con fines de agilidad nemotécnica, podemos utilizar el acrónimo FEMS. (Que en catalán signifique excrementos animales, así como el abono elaborado con estos, es una mera coincidencia.) Detengámonos  brevemente en cada elemento.

Socialismo. Se trata sin duda del elemento más antiguo. Precedentes del pensamiento socialista ya se encuentran en Platón. Actualmente, fuera del marxismo confeso, se manifiesta bajo la forma aparentemente moderada de socialdemocracia, y del discurso sobre el Estado del bienestar, que incluso ha interiorizado en gran parte la derecha política. La idea socialdemócrata consiste, en esencia, en que determinadas funciones sociales, como la sanidad, la educación, las prestaciones de desempleo o de jubilación, deben estar aseguradas por el Estado. Así, aunque el mercado realice funciones tan importantes, si no más, como son la producción y distribución de alimentos o de vestido, por alguna razón se considera que es incapaz de ofrecer aquellos otros servicios de manera universalmente asequible.

La izquierda goza en este tema de una importante ventaja material, sobre todo en Europa, donde el Estado ejerce  de hecho posiciones dominantes, cuando no cercanas al monopolio, en los sectores mencionados. En consecuencia, el mercado tiende a especializarse en las capas más pudientes de la población, que aspiran a una medicina o una educación de mayor calidad que la ofrecida por la pública, lo cual refuerza la idea de que las clases medias y bajas no podrían acceder a estos servicios sin la intervención estatal. No importa que las empresas públicas den muestras sobradas de ineficacia e insostenibilidad, en comparación con las privadas. Sus deficiencias siempre podrán achacarse a que no se destina a las primeras suficiente presupuesto, lo cual refuerza el discurso socialdemócrata dominante, al tiempo que premia la ineficiencia, en lugar de atajarla, en un claro ejemplo de círculo vicioso. El socialismo no funciona; luego es necesario... más socialismo.

Los socialistas replican a lo anterior, claro, que el capitalismo tampoco funciona. Pero ignoran con ello el hecho fundamental: Que jamás se ha creado más riqueza en la historia que en el sistema capitalista. Por muchos problemas e injusticias que produzca, o que no sea capaz de remediar el mercado libre, lo cierto es que jamás ha existido un sistema mejor, y en cambio algunas alternativas, como el comunismo soviético y chino, han sido mucho peores. Del capitalismo podríamos decir lo mismo que de la democracia: es el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás.

Feminismo. Dentro de este término incluyo básicamente la ideología de género y el proabortismo. La idea original, que la mujer tiene la misma dignidad que el hombre, procede del judeocristianismo, en contra de los tópicos que aseguran lo contrario. "Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó." (Génesis, 1, 27.) Y más adelante: "Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne." (2, 24). Aunque desde la puntillosa corrección política sin duda se tacharía este lenguaje de "sexista" (¿por qué no decir: "deja la mujer a su padre y a su madre y se une a su hombre"?), lo esencial es obvio: Hombre y mujer, en la institución del matrimonio, son lo mismo. El Nuevo Testamento lleva hasta sus últimas consecuencias esta doctrina, rechazando Jesús con contundencia que la mujer pueda ser repudiada.

Ahora bien, el feminismo, que consciente o inconscientemente bebía en esa concepción cuando reclamaba el sufragio universal o el acceso de la mujer a todas la profesiones, se transmutó en tiempos modernos en otra cosa completamente distinta, en un remedo de la teoría marxista de la lucha de clases, traducida a lucha de sexos. Se llega al extremo de afirmar que el sexo es una pura construcción cultural (como sugiere, al menos en español, el término género, que tiene un sentido puramente gramatical, no biológico). De ahí que se condene toda diferencia observable entre los sexos en la conducta, la educación, el mundo laboral, el ocio, etc, como una injusticia que debe remediarse mediante la ingeniería social, es decir, de manera coactiva. La culminación de esta mentalidad es el proabortismo, la idea de que el aborto es un derecho de la mujer, no una medida desesperada, como mucho admisible en situaciones extremas. Ello le permite eludir, de la manera más drástica, el hecho biológico diferencial. Aquí la izquierda, la supuesta defensora de los débiles, carga sin compasión contra los seres más débiles que existen, que son los seres humanos en edad embrionaria y fetal.

Ecologismo. Nace este en época mucho más reciente, y originalmente no era un movimiento propio de la izquierda. Se pueden encontrar precedentes de políticas medioambientales y de protección de los animales en el nacional-socialismo. El ecologismo entronca con una vieja corriente paganoide, de idolatrización de la naturaleza, que en sí misma choca con la concepción del Génesis, según la cual esta, y particularmente los demás seres vivos, deben someterse al imperio del hombre. Por supuesto, una preocupación razonable por el cuidado del medio ambiente no es patrimonio de ninguna ideología política, sino algo común a cualquier persona normal. Pero el ecologismo ideológico, aunque explote este sentimiento, no consiste en esto, sino en la idea de que el capitalismo es el peor enemigo de la naturaleza, cosa que resulta completamente falsa. (Los peores desastres ecológicos se han producido en países del "socialismo real".) Es por ello que el ecologismo en gran medida actúa como recambio de las ideas socialistas, sobre todo cuando estas entran en crisis. No es ninguna casualidad que los partidos comunistas europeos se hayan resituado en alianza o fusión con partidos verdes. El catastrofismo medioambiental les proporciona el mismo tipo de pretextos que el lenguaje milenarista dirigido antaño a los parias de la tierra.

Multiculturalismo. Por este término no me refiero exclusivamente a una determinada política ante la inmigración, sino a un concepto mucho más amplio, la idea de que todas las culturas valen lo mismo... excepto la occidental, que debe ser fustigada sin descanso, y culpada de todos los males imaginables. La raíz última del antioccidentalismo es la cristianofobia. El relativismo cultural es el vehículo intelectualmente sugestivo (y originalmente, tampoco procedente de la izquierda, sino de las ideas románticas de Herder, y de Spengler) del odio a la Cruz. Permite denigrar nuestras raíces, nuestras tradiciones, asociándolas con lo caduco, lo desfasado, y contraponiéndolas a una idealización de las demás culturas basada en el mito del "Buen Salvaje". En el multiculturalismo antioccidental se ensamblan a la perfección los otros tres elementos de la izquierda: El socialismo confluye de manera natural con el indigenismo y el chavismo, con el ecologismo de la Pacha Mama, y con la Leyenda negra contra la España católica. El ataque al cristianismo alcanza su culminación en la defensa del aborto y en la ideología de género-homosexualista. Todo cobra su máximo sentido en este clima de odio a Occidente y al cristianismo.

Para combatir intelectualmente a la izquierda, verdadero cáncer que corroe Occidente desde hace siglo y medio, es necesario reconocer estos cuatro frentes, y al mismo tiempo no perder de vista su interdependencia, ni la coherencia del conjunto. La izquierda ha realizado una fusión brillante de tendencias ilustradas con las románticas. Se reclama heredera de la Ilustración, lo cual no es del todo falso, pero sí incompleto. Lo decisivo no es rastrear sus orígenes, aunque a veces sea esclarecedor, sino comprender a dónde va: A la subversión de nuestros valores judeocristianos, y en consecuencia a la destrucción de la civilización liberal, centrada en la dignidad trascendente del individuo, en la limitación del poder político y en la razón, que carece de base sin el reconocimiento de lo trascendente.

Uno de los principales enemigos de la izquierda, si no el mayor, es la Iglesia, ajena a las modas y por tanto siempre "atrasada" -pero por lo mismo también adelantada a los tiempos. Pero la Iglesia sola quizás no pueda resistir el empuje autodestructivo de la izquierda. Es necesario un círculo exterior de defensores de los valores occidentales, heredados del mundo grecorromano y cristiano, que proteja a la Iglesia al mismo tiempo que la descargue de la polémica más desgastadora del día a día. Y al mismo tiempo, todos necesitamos más que nunca (o quizás igual que siempre, al cabo) la sólida roca de la Iglesia, proclamando desde hace dos mil años la Verdad, a despecho de todas las herejías, de todas la debilidades humanas que la distorsionan o tratan de dulcificarla. La Verdad de que la vida es un don divino, que el hombre necesita ser salvado, y que no está en su mano conseguirlo sin ayuda trascendente. Todas las ideologías modernas que niegan esto, y en especial el optimismo antropológico de la izquierda, conducen, por caminos más o menos sinuosos, a callejones sin salida, a la idea de que el fin justifica los medios, a la arrogancia prometeica de querer removerlo todo, pisoteando para ello cualquier idea de justicia o meramente de sentido común.

sábado, 31 de marzo de 2012

El relato feminista

La crítica al feminismo, incluyendo la de quien escribe, a menudo lo adjetiva como radical. Pero si el feminismo no es radical, ¿en qué consiste? Afirmar que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres es una trivial constatación, que solo discuten clérigos islámicos. La palabra feminismo no es de gran utilidad si resulta que todos somos feministas. Cuando el anterior presidente de gobierno se definía a sí mismo como feminista, es evidente que no se limitaba a defender la igualdad jurídica de la mujer.

El feminismo es una ideología basada en un relato, como todas las ideologías. Relato, cuento, fábula, llamémoslo como queramos. Más o menos se podría explicar así: Durante miles de años, los hombres han sometido a las mujeres, confinándolas a la crianza de los hijos y a las tareas domésticas. Hace aproximadamente un siglo que se inició el lento proceso de liberación de la mujer, el cual todavía prosigue, consistente en derribar las barreras institucionales y los prejuicios que se oponen a la total igualdad entre los dos sexos.

Basta contar así esta historia para percibir su carencia de verosimilitud. Si aproximadamente existe igual número de mujeres que hombres, y si en conjunto los dos sexos tienen parecida inteligencia, es muy difícil sostener que una mera especificidad muscular haya bastado para mantener a las mujeres sometidas durante miles de años. Contraejemplo de ello es que ya desde la Antigüedad no han sido tan raros los ejemplos de mujeres con poder político, desde Nefertiti hasta Isabel la Católica, por no hablar de los tiempos modernos.

La realidad es que durante milenios ha existido una división del trabajo entre los dos sexos, basada en razones biológicas. Las mujeres del paleolítico, condicionadas por los períodos de gestación y lactancia, tendieron a especializarse en la crianza de los hijos, en tareas de recolección y de administración doméstica. Los hombres pudieron especializarse en la caza y en la defensa (u hostilidad) frente a otros grupos. Sería absurdo pretender que alguna de las dos funciones era más importante o satisfactoria que la otra. Que las mujeres se vieron contra su voluntad relegadas a las labores de crianza y elaboración de alimentos o vestidos.

Ahora bien, en tiempos recentísimos se ha producido una revolución innegable. El aumento de la riqueza económica ha permitido prolongar el período de educación, durante la infancia y la juventud, con lo cual también las mujeres han tenido acceso a la misma formación que los varones. El acceso de las mujeres a los estudios superiores no ha sido consecuencia de ninguna lucha por la igualdad, más allá de casos anecdóticos, sino que más bien la ideología feminista ha sido la consecuencia de lo primero. En las aulas se produce una apariencia de igualdad de hecho entre chicos y chicas, que luego en la vida real no es tal. De ahí la tentación, inherente a toda ideología, de transformar la realidad para amoldarla a modelos ideales, que surgen con facilidad en ámbitos académicos o laborales.

En cuanto dejamos de creer en el relato feminista, el predominio masculino en puestos de responsabilidad deja de ser efecto de una injusticia histórica. Lo que subyacen son diferentes escalas de valores. A los hombres nos atraen más los puestos de relumbrón, el prestigio, los uniformes y las medallas, mientras que las mujeres se sienten más a gusto en tareas de cooperación no jerarquizada. Es innegable que en el pasado, la mujer que se salía de estos parámetros lo tenía mucho más difícil, pero las presiones o barreras con que se encontraba procedían tanto de los hombres como de las demás mujeres. Esto es lo único que ha cambiado en los últimos decenios. La mujer occidental, como individuo, si decide no incorporarse al trabajo remunerado y dedicarse al cuidado de la familia lo hace porque opta libremente por su propia escala de valores, distinta de la de los hombres... ¡y de las feministas!

Como ha señalado Miquel Porta Perales, "quien sostiene que la permanencia de la mujer en el hogar, con el objeto de dedicarse al trabajo doméstico, es una condena, suele ser la mujer con trabajo gratificante, socialmente considerado y bien remunerado (...) [E]stas mujeres privilegiadas no deberían imponer, casi por decreto ideológico, su modelo de liberación a las económicamente no privilegiadas." (La tentación liberal, 2009, pág. 258.) El feminismo, como las demás ideologías emancipatorias que componen la visión izquierdista de la sociedad, es un lujo de determinadas élites que tratan de imponer sus particulares preferencias al común de los mortales, generando una frustración artificial, cuando no algo peor, un sentimiento de remordimiento o vergüenza ante los propios sentimientos naturales.

La otra característica de las ideologías, compartida por el feminismo, es el razonamiento circular. Si alguien argumenta que las diferencias sexuales en el mercado laboral son debidas a que las mujeres, por lo general, valoran más los empleos y cargos que se pueden conciliar más fácilmente con la vida familiar, aun a costa de unas menores retribuciones o responsabilidades, replicará que eso es debido a una educación machista que les ha inculcado un sentimiento de culpabilidad por no dedicar suficiente tiempo a los hijos. Así, el feminismo, al igual que ocurre con el marxismo, es de imposible refutación. Incluso si las mujeres o los obreros no comparten las línea política de los intelectuales y dirigentes progresistas, es porque están alienados. Suerte que tenemos precisamente a estos intelectuales y dirigentes que saben mejor que el pueblo lo que le conviene.

lunes, 5 de marzo de 2012

Premisas discutibles

El artículo contra las guías de lenguaje no sexista, publicado por la Academia de la Lengua, ha sido saludado como una crítica valiente. A mí me parece que, siendo muy atinado, resulta insuficiente, aunque otra cosa seguramente supondría salirse del campo estrictamente lingüístico. El autor empieza admitiendo que acepta las premisas de partida de la corrección política feminista, aunque no comparta todas sus conclusiones en la materia que le atañe. Las premisas que enumera son las siguientes:

1) La mujer sufre aún discriminación en la sociedad actual (más allá de casos aislados, se entiende).
2) Existen comportamientos verbales sexistas.
3) Numerosas instituciones han abogado por el uso de un lenguaje no sexista
4) Es necesario incrementar la igualdad social entre hombres y mujeres y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible.

De estas premisas, solo estoy de acuerdo con la 2 y la 3, aunque son de carácter trivial. Existen comportamientos verbales sexistas, aunque casi siempre son inconscientes e insignificantes. El autor pone algunos ejemplos, así: “En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres”; o “los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas”. En ambas frases, implícitamente se sugiere que los  hombres son el sujeto principal, mientras que las mujeres son simples acompañantes de quienes sufren accidentes o de los ingleses. Pero este tipo de deslices cada vez son menos frecuentes, y desde luego es muy difícil verlos en medios de comunicación (es más frecuente encontrar faltas ortográficas o sintácticas).

La tercera premisa es indudablemente cierta pero no prueba nada. Que ayuntamientos, universidades y otro tipo de organismos públicos aboguen por el lenguaje no sexista es algo a lo que estamos acostumbrados, y lo que deberíamos preguntarnos es si el tiempo dedicado a estos golpes de pecho políticamente correctos sirve para algo.

En cuanto a la cuarta premisa, se desprende de la primera, que paso a abordar sin más: ¿Es cierto que persiste una fuerte discriminación de la mujer en nuestra sociedad? Ante todo, cabe discutir que la respuesta sea un sí o un no rotundo. Si comparamos nuestra sociedad, por ejemplo, con la de Arabia Saudí, es evidente que aquí existe una innegable igualdad social entre hombres y mujeres, no solo legal, sino de hecho. A nadie le sorprende que le atienda una doctora, o que le lleve al trabajo un autobús conducido por una mujer, o encontrarse en un juzgado con una jueza, o en la calle con una policía. Por tanto, cuando decimos que existe discriminación, nos referimos a la ausencia de paridad, a que todavía hay más hombres que mujeres en muchos puestos y circunstancias. El autor se refiere concretamente a los casos de violencia doméstica y acoso sexual, las diferencias salariales, las condiciones de capacitación laboral, la imagen de la mujer en la publicidad como “objeto sexual”, el reparto de las tareas domésticas y otras más vagas, como “la actitud paternalista que algunos hombres muestran hacia las mujeres”. (¿Entiende por ello que se ceda el paso, o el asiento, a una señora? Si se trata de eso, puede estar tranquilo, porque estas viejas normas de urbanidad van cayendo en desuso. Desgraciadamente.)

Según la RAE, discriminar tiene dos acepciones, “seleccionar excluyendo” y “dar trato de inferioridad”. Ahora bien, si yo maltrato a alguien, abusando de mi fuerza, no lo estoy discriminando necesariamente. No estoy diciendo “yo te maltrato porque tengo derecho a ello, puesto que soy tu superior”, sino que simplemente estoy haciendo uso ilegítimo de mi fuerza. Decir que toda violencia del hombre contra la mujer es violencia machista es tan absurdo como lo sería decir que si un ladrón atraca a un negro, es por racismo, necesariamente. Esta es una de las falacias más repetidas de la ideología de género. En todo caso, en una relación individual, es bastante irrelevante la motivación ideológica que puede aducir un maltratador.

Esto llega al absurdo cuando ya no se habla de maltrato, sino de reparto de tareas domésticas. Es cierto que en muchos hogares, determinadas tareas las realizan las mujeres, y que los hombres a veces tendemos a eludirlas, ya sea porque somos más torpes, o fingimos serlo, o no nos molestamos en aprenderlas. Pero de ello no se infiere que las tengamos por inferiores, sino, o bien que somos más vagos, o bien que efectivamente existe una predisposición psicogenética (no meramente cultural) a cierta división del trabajo. Posiblemente la verdad sea una mezcla de ambas cosas. Si esto último escandaliza a las feministas no es porque tengan pruebas en contra, sino porque entienden que sirve para justificar el rol de la mujer como ama de casa. Pero que una afirmación pueda ser usada de un modo u otro no nos indica nada acerca de su verdad o falsedad. La corrección política deliberadamente reduce todo juicio sobre verdad o falsedad a un juicio moral, con lo cual se convierte en el dogmatismo más extremo, que no solo sostiene la verdad absoluta de sus premisas, sino que ni siquiera admite que se plantee esa cuestión.

En cuanto a la presencia de la mujer en el mercado laboral, mi argumentación es análoga. Que haya más hombres que mujeres en determinados puestos no implica necesariamente que ello sea debido a una discriminación; puede deberse a otras causas, como las siguientes:

1) Puede ser que las mujeres prefieran determinadas profesiones o cargos a otros. Aunque el salario medio del hombre sea superior al de la mujer, esto podría indicar solo una preferencia de los varones por ciertas profesiones cualificadas y bien pagadas, así como una mayor disponibilidad para asumir puestos de responsabilidad que entrañan ausencias más prolongadas del hogar.
2) Que en determinados puestos se requieran determinadas características fisiológicas (fuerza física, estatura, etc) no significa que haya voluntad discriminatoria, salvo que la selección de esas características fuera arbitraria y deliberadamente ideada para excluir a las mujeres.

Por supuesto que en determinadas empresas se puede discriminar a la mujer por ideas preconcebidas acerca de su capacidad. No es mi idea negar que la discriminación exista, sino que sea el gran problema social que nos pretenden hacer ver. Pero posiblemente, la mayoría de los trabajos donde persisten prejuicios machistas ni siquiera valga la pena luchar por ellos. ¿Tan importante es que haya pocas, o ninguna, mujer encofradora? ¿Se pierden realmente algo, con todos los respetos por los encofradores?

La menor presencia de las mujeres en determinadas profesiones u oficios puede ser debida a prejuicios discriminadores o no, pero en todo caso, no es ella misma discriminación y no es necesariamente algo digno de lamentar. También existen muchas menos mujeres presidiarias que hombres, y no he sabido de ninguna feminista que vea en ello alguna discriminación de las fuerzas policiales a la hora de efectuar detenciones, o de las organizaciones criminales a la hora de reclutar mano de obra...

Decir que la mujer está discriminada porque hay más hombres en consejos de administración es ir más allá de la igualdad de hombre y mujer ante la ley. Es como decir que hay discriminación porque la prostitución es un negocio mayoritariamente centrado en la demanda masculina. Es negar que existan diferencias psicológicas y fisiológicas entre hombres y mujeres. Sostener que estas diferencias existen está basado en una evidencia empírica abrumadora, y no implica en lo más mínimo hablar de superioridad de un sexo sobre otro. Si yo afirmo que los negros tienen un especial talento para la música ¿soy racista por ello? ¿Estoy diciendo que deberían seguir estudios musicales pero no de economía? Sostener algo así sería una imbecilidad, pero en el caso de los debates sobre cuestiones de sexo, esta imbecilidad es la norma. Si alguien osa afirmar, por ejemplo, que las mujeres poseen un determinado instinto maternal, se le acusará de defender que su única misión en la vida es parir y limpiar mocos.

El problema de la ideología de género, y de la corrección política en general, es que negar sistemáticamente la realidad de las cosas conduce directamente al despotismo. Cuando no solo no se pueden sostener determinadas afirmaciones, sino que resulta sospechoso hacer determinadas preguntas, o manifestar dudas, sin ser estigmatizado por ello, el debate libre deja de existir y las condiciones para la democracia liberal se erosionan. Por eso no basta quedarnos con lo superficial de la corrección política, con sus ridiculeces lingüísticas, sino que hay que ir al fondo y poner en cuestión sus premisas. Porque no se trata de una mera cuestión de palabras, sino de poder político y libertad, como el mismo autor reconoce cuando advierte de las propuestas de la Junta de Andalucía de imponer multas a quienes se desvíen del uso políticamente correcto. Si por decir "compañeros" en lugar de "compañeros y compañeras" te pueden sancionar, ¿qué habría que hacer con este blog? ¿Cerrarlo? ¿Meter en la cárcel a su autor?