En el año 2011, a los diez años del 11-S, un comando de fuerzas de élite de los Estados Unidos consiguió abatir a Osama Ben Laden, el principal responsable del atentado que marcó trágicamente el inicio del siglo XXI.
Hoy, a los diez años de los atentados de Madrid de 2004, ¿qué podemos decir los españoles? Que nos retiramos de Iraq, y que poco después iniciamos una negociación con nuestros terroristas locales de ETA, como resultado de la cual los criminales separatistas gobiernan una provincia española y decenas de municipios de dos regiones autónomas.
Siento vergüenza, sencillamente. Hace dos años que ha vuelto al gobierno el partido que perdió las elecciones aquel 2004, como consecuencia del atentado, y nada ha cambiado. Nada absolutamente. Parece que el PP está totalmente dispuesto a conformarse con la penúltima versión de los atentados, según la cual fueron planeados por Al-Qaida como venganza por las detenciones de islamistas en España, durante el gobierno de Aznar. Sugestiva pero incompleta tesis de Fernando Reinares expuesta en su libro ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España, recién publicado por Galaxia Gutenberg. Con ello, se eliminaría el "argumento" de "Aznar asesino", que nos metió en la guerra ilegal de Iraq y bla bla bla. Y al mismo tiempo se contentaría a los progres y a la derecha obediente, que no han cesado de repetir el mantra de la "verdad judicial" sobre una trama islamista sin conexiones con servicios secretos ni nada que se le parezca. Así que todos contentos, y viva el consenso socialdemócrata.
Por supuesto, el autor no habla para nada en su libro de la mochila de Vallecas. Su interesante teoría se sostiene en esotéricas fuentes de inteligencia y en la premisa de que las pruebas aportadas por la policía en el juicio del 11-M no fueron manipuladas, destruidas ni inventadas. Preguntado sobre las irregularidades policiales y judiciales por el director de El Mundo, Casimiro García-Abadillo (en el programa de Antonio Jiménez en 13TV, hace pocos días), Reinares despreció los datos que le ofrecía el periodista, y prácticamente acto seguido confesó, más o menos textualmente, que "no soy competente en los aspectos periciales". Entonces ¿por qué descarta a priori las informaciones reveladas por autores como Luis del Pino, José María de Pablo o el perito Antonio Iglesias? ¿Cómo se puede desdeñar lo que se desconoce, por mucho que uno sea un experto en otros aspectos? Precisamente lo que se espera de un experto en cualquier materia es que se pronuncie con prudencia sobre aquello que se sale de su especialidad.
La única esperanza que nos queda de que algún día sepamos lo que ocurrió realmente el 11-M es que somos muchos los españoles (más de los que creen nuestros dirigentes políticos y los tres o cuatro grupos mediáticos que dominan el cotarro) que no queremos que se cierren las investigaciones. Seguimos queriendo saber, y no tenemos las prisas impostadas que manifestaron algunos, a golpe de mensajería móvil, antes de las elecciones del 14 de marzo de 2004, y que súbitamente se esfumaron en cuanto se confirmó la victoria del Partido Socialista. Tenemos, por el contrario, mucha paciencia.
Y puede que incluso tengamos también, por fin, una opción política, llamada Vox, que celebró su primera asamblea nacional el pasado sábado, pese a que los principales medios de comunicación se empeñen en que tal acto no se produjo, que Vox no existe y que Alejo Vidal-Quadras, Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara son ectoplasmas del ultramundo. En esa asamblea se pudo escuchar un vibrante discurso de Santiago, el recién elegido secretario general de Vox, en el cual manifestó su inconformismo con la versión oficial del 11-M.
Efectivamente, han pasado diez años; pero muchos seguimos siendo unos inconformistas.
Algunas entradas que he publicado sobre el tema:
2009: El golpe de Estado del 11 de marzo
2011: ¿Quién colocó la mochila de Vallecas?
2012: Lecciones de conspiranoia
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martes, 11 de marzo de 2014
miércoles, 5 de febrero de 2014
El bienio gris
Para la propaganda izquierdista, el bienio negro fue aquel período de la historia de España, entre 1934 y 1936, en que, tras el fracaso del golpe del PSOE y ERC contra esa república que tanto idolatraron luego, tuvieron que resignarse a dos años de gobierno de la derecha democráticamente elegida.
Hoy, las cosas han cambiado mucho. Setenta años después de aquel golpe, tuvo lugar otro de naturaleza y resultados muy distintos. Es verdad que el golpe del 11 de marzo de 2004 fue también dramáticamente cruento, pero no hay razones sólidas para sospechar que esta vez el PSOE estuviera implicado: simplemente se aprovechó del atentado terrorista para ganar las elecciones; nada más.
En cuanto a los resultados, todo indica que en esta ocasión, el método criminal consiguió lo que pretendían sus autores intelectuales: que el PSOE llegara al gobierno. Y pese a los resultados de las últimas elecciones de hace dos años, parece como si la izquierda no hubiese abandonado el poder, ni lo fuera a abandonar nunca.
La presunta derecha disfruta de mayoría absoluta en las Cortes. Gobierna en once comunidades autónomas de diecisiete, así como en la mayoría de capitales de provincia y de ciudades de más de 50.000 habitantes. Es decir, goza de una representación como nunca antes había tenido. Y sin embargo, nos hallamos en una situación sorprendente.
Dos años después de ganar con rotundidad las elecciones, el PP sigue prometiendo que bajará los impuestos, sin entrar en detalles y sin explicarnos por qué deberíamos creerle, cuando, al contrario de lo que prometió en su programa electoral, lo que ha llevado a la práctica es un incremento espectacular de la fiscalidad.
Tampoco ha emprendido el PP un plan de choque para liberar la economía productiva, aligerar la onerosa estructura estatal (insostenible con la pirámide de población que tenemos) y reducir con ello drásticamente el desempleo. Se ha limitado a recortar ciertas partidas de gasto con la única finalidad de bajar la prima de riesgo (es decir, que podamos seguir endeudándonos con más facilidad) y de que no seamos intervenidos de manera palmaria por Bruselas -no tanto porque tengan una idea clara de la soberanía nacional, como por la humillación que supondría para el ejecutivo.
Dos años después, todo lo que nos promete el PP es que el paro se irá reduciendo a un ritmo tan lento que probablemente debemos resignarnos a lustros con una tasa de dos dígitos. Hablamos de medidas económicas que, a grandes rasgos, seguramente hubiera aplicado también el PSOE, por puro pragmatismo, en caso de haber ganado las elecciones.
El panorama no es más alentador si prestamos atención a la política antiterrorista. Pocos pensábamos que, dos años después, el PP estaría defendiéndose de las acusaciones de haber asumido el pacto con la ETA de Zapatero. Los etarras gobiernan en Guipúzcoa y en más de un centenar de municipios. Son excarcelados, homenajeados en sus pueblos y se atreven a ofrecer una rueda de prensa en Durango donde muestran su fidelidad al colectivo de "presos y presas políticos (sic) vascos" (vamos, a ETA), que exige amnistía para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Ante esto, un gobierno con mayoría absoluta pretende que no se puede hacer apenas nada y encima encaja con malos modos las críticas de víctimas del terrorismo.
Lógicamente, si no es contundente con los etarras, tampoco podemos esperar de Rajoy que haga frente a la rebelión anticonstitucional del gobierno de Cataluña.
En cuanto a las políticas de Zapatero contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación, y a favor de la relativización de la familia natural, dos años después, mientras se siguen produciendo más de cien mil abortos al año, el gobierno del PP todavía está en la fase de anteproyecto de una ley contra el aborto cuya efectividad inspira serias dudas, y que a diferencia de la política económica y la antiterrorista, curiosamente ha recibido numerosas críticas desde dentro del propio partido, por lo que es de temer que acabará siendo aún más descafeinada.
Bien es cierto que estamos a mitad de legislatura. Pero, con tales antecedentes, sería incomprensible que la decepción no hubiera cundido entre muchos ciudadanos. Si el PP sube los impuestos, trata el problema capital del paro con tiritas, no hace nada en el País Vasco ni en Cataluña (salvo entregar más dinero a quienes quieren romper España) y se siguen perpetrando más de cien mil abortos anuales, ¿que lo distingue realmente del PSOE?
Tras este mediocre bienio, resulta verdaderamente difícil que muchos sigamos autoengañándonos con la idea del voto útil, que se ha revelado en realidad perfectamente inútil. Es vital construir una alternativa al bipartidismo socialdemócrata, y ello pasa por la aparición de nuevos partidos. Muchos observamos con ilusión el proyecto de Vox, la formación de Ortega Lara, Santiago Abascal y Vidal-Quadras, entre otros. Tras dos años de gris tecnocracia, de sólo oír hablar de la prima de riesgo y de décimas de crecimiento, ya es hora de que vuelvan a reverdecer las ideas.
Hoy, las cosas han cambiado mucho. Setenta años después de aquel golpe, tuvo lugar otro de naturaleza y resultados muy distintos. Es verdad que el golpe del 11 de marzo de 2004 fue también dramáticamente cruento, pero no hay razones sólidas para sospechar que esta vez el PSOE estuviera implicado: simplemente se aprovechó del atentado terrorista para ganar las elecciones; nada más.
En cuanto a los resultados, todo indica que en esta ocasión, el método criminal consiguió lo que pretendían sus autores intelectuales: que el PSOE llegara al gobierno. Y pese a los resultados de las últimas elecciones de hace dos años, parece como si la izquierda no hubiese abandonado el poder, ni lo fuera a abandonar nunca.
La presunta derecha disfruta de mayoría absoluta en las Cortes. Gobierna en once comunidades autónomas de diecisiete, así como en la mayoría de capitales de provincia y de ciudades de más de 50.000 habitantes. Es decir, goza de una representación como nunca antes había tenido. Y sin embargo, nos hallamos en una situación sorprendente.
Dos años después de ganar con rotundidad las elecciones, el PP sigue prometiendo que bajará los impuestos, sin entrar en detalles y sin explicarnos por qué deberíamos creerle, cuando, al contrario de lo que prometió en su programa electoral, lo que ha llevado a la práctica es un incremento espectacular de la fiscalidad.
Tampoco ha emprendido el PP un plan de choque para liberar la economía productiva, aligerar la onerosa estructura estatal (insostenible con la pirámide de población que tenemos) y reducir con ello drásticamente el desempleo. Se ha limitado a recortar ciertas partidas de gasto con la única finalidad de bajar la prima de riesgo (es decir, que podamos seguir endeudándonos con más facilidad) y de que no seamos intervenidos de manera palmaria por Bruselas -no tanto porque tengan una idea clara de la soberanía nacional, como por la humillación que supondría para el ejecutivo.
Dos años después, todo lo que nos promete el PP es que el paro se irá reduciendo a un ritmo tan lento que probablemente debemos resignarnos a lustros con una tasa de dos dígitos. Hablamos de medidas económicas que, a grandes rasgos, seguramente hubiera aplicado también el PSOE, por puro pragmatismo, en caso de haber ganado las elecciones.
El panorama no es más alentador si prestamos atención a la política antiterrorista. Pocos pensábamos que, dos años después, el PP estaría defendiéndose de las acusaciones de haber asumido el pacto con la ETA de Zapatero. Los etarras gobiernan en Guipúzcoa y en más de un centenar de municipios. Son excarcelados, homenajeados en sus pueblos y se atreven a ofrecer una rueda de prensa en Durango donde muestran su fidelidad al colectivo de "presos y presas políticos (sic) vascos" (vamos, a ETA), que exige amnistía para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Ante esto, un gobierno con mayoría absoluta pretende que no se puede hacer apenas nada y encima encaja con malos modos las críticas de víctimas del terrorismo.
Lógicamente, si no es contundente con los etarras, tampoco podemos esperar de Rajoy que haga frente a la rebelión anticonstitucional del gobierno de Cataluña.
En cuanto a las políticas de Zapatero contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación, y a favor de la relativización de la familia natural, dos años después, mientras se siguen produciendo más de cien mil abortos al año, el gobierno del PP todavía está en la fase de anteproyecto de una ley contra el aborto cuya efectividad inspira serias dudas, y que a diferencia de la política económica y la antiterrorista, curiosamente ha recibido numerosas críticas desde dentro del propio partido, por lo que es de temer que acabará siendo aún más descafeinada.
Bien es cierto que estamos a mitad de legislatura. Pero, con tales antecedentes, sería incomprensible que la decepción no hubiera cundido entre muchos ciudadanos. Si el PP sube los impuestos, trata el problema capital del paro con tiritas, no hace nada en el País Vasco ni en Cataluña (salvo entregar más dinero a quienes quieren romper España) y se siguen perpetrando más de cien mil abortos anuales, ¿que lo distingue realmente del PSOE?
Tras este mediocre bienio, resulta verdaderamente difícil que muchos sigamos autoengañándonos con la idea del voto útil, que se ha revelado en realidad perfectamente inútil. Es vital construir una alternativa al bipartidismo socialdemócrata, y ello pasa por la aparición de nuevos partidos. Muchos observamos con ilusión el proyecto de Vox, la formación de Ortega Lara, Santiago Abascal y Vidal-Quadras, entre otros. Tras dos años de gris tecnocracia, de sólo oír hablar de la prima de riesgo y de décimas de crecimiento, ya es hora de que vuelvan a reverdecer las ideas.
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domingo, 1 de abril de 2012
Los cien días de Rajoy
El PSOE llegó al poder en España hace ocho años, gracias a un atentado terrorista que la izquierda política y mediática explotó sin el menor escrúpulo para cambiar el sentido del voto en las elecciones.
Cuando escribo estas líneas acabo de empezar el libro de Lawrence Wright, La torre elevada. Al-Qaeda y los orígenes del 11-S, publicado en 2006. Aunque apenas llevo cincuenta páginas, un pensamiento me asalta reiteradamente durante la lectura: Ojalá en España tuviéramos un relato tan completo y minucioso de lo que ocurrió el 11-M. Por desgracia, no es así. No sabemos quién ordenó los atentados, quién está realmente detrás de ellos. Los ciudadanos de Estados Unidos saben quién les golpeó y por qué. Conocen los errores gravísimos que cometieron sus servicios de inteligencia. Han perseguido a los culpables, han derribado el régimen político que los amparó en Afganistán, donde siguen combatiendo con sus aliados, y han ejecutado a varios de los dirigentes de Al-Qaeda, incluyendo a su máximo líder, Osama Bin Laden.
Los españoles no podemos decir lo mismo, evidentemente. Tenemos en la cárcel a unos pocos implicados, de los cuales solo uno está acusado de ser autor material de los atentados. Los demás supuestamente se suicidaron, no en los trenes, sino en un piso de Leganés. Pero, aun suponiendo que todo sea como nos lo han contado, ignoramos si sus jefes eran islamistas, los servicios secretos marroquíes u otros. Insisto: No tenemos un relato completo y consistente de lo que sucedió; solamente, y siendo complacientes con la versión oficial, piezas sueltas de un rompecabezas.
Sea como fuere, lo cierto es que durante los dos primeros años de su gobierno, Rodríguez Zapatero disfrutó de un período de prosperidad económica como no se había conocido en España desde hacía décadas. Lo había heredado de los ocho años de legislatura del Partido Popular, que había llegado al poder con una tasa de paro del 22 % (heredada a su vez del gran estadista -según Ansón- Felipe González), la cual consiguió reducir a la mitad. Fruto de la política económica de los conservadores, durante los dos primeros años de gobierno del PSOE, como decía, el paro incluso siguió descendiendo. Entonces nadie alertaba de la burbuja inmobiliaria, y menos que nadie el gobierno socialista. Incluso cuando estalló la crisis financiera en Estados Unidos, en el verano de 2007, el mensaje promovido desde el ejecutivo fue que España estaba a salvo de las consecuencias de la crisis, porque tenía un sistema financiero modélico. Y lo continuó asegurando hasta las elecciones de 2008, cuando los indicios más que preocupantes eran innegables.
Fue entonces cuando se echó mano del discurso de la burbuja inmobiliaria que había provocado el PP, de la "cultura del ladrillo" y toda suerte de sandeces para intentar demostrar que lo blanco es negro y viceversa. Es decir, que mientras los dos años de bonanza con los que se inició la primera legislatura del PSOE eran atribuibles a la sabia dirección económica socialista, los cinco años de debacle posteriores había que atribuírselos a la gestión económica de los gobiernos conservadores anteriores. En resumidas cuentas, entre lo dicho y el socorrido estribillo del "contexto internacional", los socialistas tienen la infinita desvergüenza de exonerarse de toda responsabilidad en el desastre de los más de cinco millones de parados y un déficit público superior al 8 % que nos han dejado, entre otros estropicios. Peor aún, se oponen con todo el aparato mediático y sindical a su servicio, a las medidas económicas tomadas por el gobierno, con una acumulación inconexa de argumentos. Por un lado, dicen que Rajoy hace lo contrario de lo que prometió. Por otro, no están de acuerdo con lo que hace. Es decir, que haga lo que haga les parecerá mal.
Los sindicatos dicen que la derecha "quiere acabar con todo". Es decir, hablan como si la situación que tenemos en este momento, con una tasa de paro superior a todos los países desarrollados, fuera idílica, algo por lo que vale la pena luchar. ¿Derechos sociales? Como no sea el derecho a no trabajar, vegetando con un mísero subsidio, resulta difícil no pensar más bien en los privilegios de una minoría de empleados de algunas industrias y de funcionarios públicos, que hasta ahora no habían temido que el desempleo les pudiera amenazar también a ellos.
Es muy difícil juzgar la labor de un gobierno en sus cien primeros días. No sabemos qué efectos tendrán las medidas que ha adoptado. Es cierto que algunas de ellas han podido defraudar a sus propios votantes, como la subida del impuesto sobre la renta. Pero cabe imaginarse qué margen de actuación tiene un gobierno que acaba de entrar, y se encuentra con un déficit superior en más de un 30 % a lo esperado. La única manera casi instantánea de obtener dinero para pagar nóminas de funcionarios, entre otros gastos corrientes inaplazables, es obtenerlo de las nóminas de los demás trabajadores, o bien pedir un crédito, como hizo Aznar en 2004. Está claro que en el momento actual lo segundo era imposible. Había otras posibilidades, de acuerdo, que eran el despido masivo de funcionarios (pero a los que habría entonces que seguir pagando subsidios de desempleo) o sencillamente rebajarles drásticamente su sueldo. El gobierno optó por repartir los daños entre todos los trabajadores, lo cual no sé si será justo, pero parece evidente que para evitar males mayores era la única opción.
Por lo demás, el Partido Popular no se ha limitado a encarar la gravísima situación económica, sino que ha planteado un aspecto crucial del ideario conservador, que es la reforma de la ley del aborto. Es este un tema central de la batalla cultural, porque concierne al derecho más básico de todos, el derecho a la vida, en el se entremezclan todas las cuestiones más importantes que hoy puede plantearse cualquier ser pensante, sobre el sentido de la ley, de la moral, sobre el relativismo, sobre nuestras creencias más fundamentales, sobre la familia, etc.
Por último, el gobierno de Rajoy, además de plantear lo que parece una profunda reforma laboral (veremos sus efectos en los próximos meses y años), y de acometer una reforma legislativa que proteja el derecho a la vida de los no nacidos, parece (aunque no sin titubeos), que está dispuesto a permitir que se siga investigando el 11-M, es decir, averiguar quién ordenó el asesinato de casi doscientas personas para influir en unas elecciones democráticas. Son las tres cuestiones fundamentales. El derecho a la vida, la sociedad que queremos (subsidiada o emprendedora) y conseguir una democracia auténtica, en la que los golpes de Estado no se puedan producir, o por lo menos terminan aclarándose. Es todavía pronto para juzgar. Hay que dar un margen de confianza a este gobierno.
Cuando escribo estas líneas acabo de empezar el libro de Lawrence Wright, La torre elevada. Al-Qaeda y los orígenes del 11-S, publicado en 2006. Aunque apenas llevo cincuenta páginas, un pensamiento me asalta reiteradamente durante la lectura: Ojalá en España tuviéramos un relato tan completo y minucioso de lo que ocurrió el 11-M. Por desgracia, no es así. No sabemos quién ordenó los atentados, quién está realmente detrás de ellos. Los ciudadanos de Estados Unidos saben quién les golpeó y por qué. Conocen los errores gravísimos que cometieron sus servicios de inteligencia. Han perseguido a los culpables, han derribado el régimen político que los amparó en Afganistán, donde siguen combatiendo con sus aliados, y han ejecutado a varios de los dirigentes de Al-Qaeda, incluyendo a su máximo líder, Osama Bin Laden.
Los españoles no podemos decir lo mismo, evidentemente. Tenemos en la cárcel a unos pocos implicados, de los cuales solo uno está acusado de ser autor material de los atentados. Los demás supuestamente se suicidaron, no en los trenes, sino en un piso de Leganés. Pero, aun suponiendo que todo sea como nos lo han contado, ignoramos si sus jefes eran islamistas, los servicios secretos marroquíes u otros. Insisto: No tenemos un relato completo y consistente de lo que sucedió; solamente, y siendo complacientes con la versión oficial, piezas sueltas de un rompecabezas.
Sea como fuere, lo cierto es que durante los dos primeros años de su gobierno, Rodríguez Zapatero disfrutó de un período de prosperidad económica como no se había conocido en España desde hacía décadas. Lo había heredado de los ocho años de legislatura del Partido Popular, que había llegado al poder con una tasa de paro del 22 % (heredada a su vez del gran estadista -según Ansón- Felipe González), la cual consiguió reducir a la mitad. Fruto de la política económica de los conservadores, durante los dos primeros años de gobierno del PSOE, como decía, el paro incluso siguió descendiendo. Entonces nadie alertaba de la burbuja inmobiliaria, y menos que nadie el gobierno socialista. Incluso cuando estalló la crisis financiera en Estados Unidos, en el verano de 2007, el mensaje promovido desde el ejecutivo fue que España estaba a salvo de las consecuencias de la crisis, porque tenía un sistema financiero modélico. Y lo continuó asegurando hasta las elecciones de 2008, cuando los indicios más que preocupantes eran innegables.
Fue entonces cuando se echó mano del discurso de la burbuja inmobiliaria que había provocado el PP, de la "cultura del ladrillo" y toda suerte de sandeces para intentar demostrar que lo blanco es negro y viceversa. Es decir, que mientras los dos años de bonanza con los que se inició la primera legislatura del PSOE eran atribuibles a la sabia dirección económica socialista, los cinco años de debacle posteriores había que atribuírselos a la gestión económica de los gobiernos conservadores anteriores. En resumidas cuentas, entre lo dicho y el socorrido estribillo del "contexto internacional", los socialistas tienen la infinita desvergüenza de exonerarse de toda responsabilidad en el desastre de los más de cinco millones de parados y un déficit público superior al 8 % que nos han dejado, entre otros estropicios. Peor aún, se oponen con todo el aparato mediático y sindical a su servicio, a las medidas económicas tomadas por el gobierno, con una acumulación inconexa de argumentos. Por un lado, dicen que Rajoy hace lo contrario de lo que prometió. Por otro, no están de acuerdo con lo que hace. Es decir, que haga lo que haga les parecerá mal.
Los sindicatos dicen que la derecha "quiere acabar con todo". Es decir, hablan como si la situación que tenemos en este momento, con una tasa de paro superior a todos los países desarrollados, fuera idílica, algo por lo que vale la pena luchar. ¿Derechos sociales? Como no sea el derecho a no trabajar, vegetando con un mísero subsidio, resulta difícil no pensar más bien en los privilegios de una minoría de empleados de algunas industrias y de funcionarios públicos, que hasta ahora no habían temido que el desempleo les pudiera amenazar también a ellos.
Es muy difícil juzgar la labor de un gobierno en sus cien primeros días. No sabemos qué efectos tendrán las medidas que ha adoptado. Es cierto que algunas de ellas han podido defraudar a sus propios votantes, como la subida del impuesto sobre la renta. Pero cabe imaginarse qué margen de actuación tiene un gobierno que acaba de entrar, y se encuentra con un déficit superior en más de un 30 % a lo esperado. La única manera casi instantánea de obtener dinero para pagar nóminas de funcionarios, entre otros gastos corrientes inaplazables, es obtenerlo de las nóminas de los demás trabajadores, o bien pedir un crédito, como hizo Aznar en 2004. Está claro que en el momento actual lo segundo era imposible. Había otras posibilidades, de acuerdo, que eran el despido masivo de funcionarios (pero a los que habría entonces que seguir pagando subsidios de desempleo) o sencillamente rebajarles drásticamente su sueldo. El gobierno optó por repartir los daños entre todos los trabajadores, lo cual no sé si será justo, pero parece evidente que para evitar males mayores era la única opción.
Por lo demás, el Partido Popular no se ha limitado a encarar la gravísima situación económica, sino que ha planteado un aspecto crucial del ideario conservador, que es la reforma de la ley del aborto. Es este un tema central de la batalla cultural, porque concierne al derecho más básico de todos, el derecho a la vida, en el se entremezclan todas las cuestiones más importantes que hoy puede plantearse cualquier ser pensante, sobre el sentido de la ley, de la moral, sobre el relativismo, sobre nuestras creencias más fundamentales, sobre la familia, etc.
Por último, el gobierno de Rajoy, además de plantear lo que parece una profunda reforma laboral (veremos sus efectos en los próximos meses y años), y de acometer una reforma legislativa que proteja el derecho a la vida de los no nacidos, parece (aunque no sin titubeos), que está dispuesto a permitir que se siga investigando el 11-M, es decir, averiguar quién ordenó el asesinato de casi doscientas personas para influir en unas elecciones democráticas. Son las tres cuestiones fundamentales. El derecho a la vida, la sociedad que queremos (subsidiada o emprendedora) y conseguir una democracia auténtica, en la que los golpes de Estado no se puedan producir, o por lo menos terminan aclarándose. Es todavía pronto para juzgar. Hay que dar un margen de confianza a este gobierno.
domingo, 11 de marzo de 2012
Lecciones de conspiranoia
Ocho años después, siguen existiendo dos posturas irreconciliables ante los atentados del 11-M. Unos aseguran saber perfectamente lo que ocurrió, gracias a las investigaciones policiales y los procesos judiciales; en todo caso solo quedarían por aclarar detalles menores. Otros seguimos sin saber quién planeó y ordenó los atentados, y por tanto no podemos conformarnos con la tesis oficial, que se detiene en la trama islamista, sin plantearse si podría haber otra cosa detrás o por encima de ella.
Las razones de los inconformistas son de dos tipos. Primero me referiré a las más habituales en los debates. Son las basadas en las numerosas irregularidades policiales y judiciales que han sido dadas a conocer por unos pocos medios de comunicación. Este es un tema complejo en el que los oficialistas se atrincheran con facilidad, confundiendo a la opinión pública con un manejo aparentemente desenvuelto de los pormenores del caso. Por supuesto, parecida crítica podría hacerse a quienes cuestionan la versión oficial, pero hay algo que distingue ambas posturas.
Los oficialistas, aunque con frecuencia se internen en discusiones de detalle, al final siempre se refugian en argumentaciones de tipo formalista, que dan pie a dudar de su sinceridad o de su íntimo convencimiento. Así, dicen que ellos confían en la Justicia, mientras que los "conspiranoicos" (como nos llaman) cuestionamos el Estado de derecho. O afirman que lo importante no era la marca del explosivo, sino que basta con saber que era dinamita (después de la matraca que dieron con la Goma 2 Eco.) O, ya rozando el ridículo, que es absurdo reabrir un caso de obstrucción a la Justicia, porque semejante delito ya habría prescrito. Esto es tan absurdo como si a alguien que tuviera algo nuevo que decir sobre el asesinato de Kennedy le replicáramos que ya no tiene sentido seguir investigando, porque no podemos dudar del sistema democrático de los Estados Unidos; o que no importa qué arma fue la utilizada para matar al presidente, sino que basta con saber que se trató de un fusil... O que el magnicidio ya habría prescrito.
Quien de verdad quiere saber la verdad sobre algo no hace distinciones entre la verdad judicial y la material. No hace profesiones de fe sobre los maravillosos jueces y policías de nuestro sistema democrático. Si de verdad valoramos el Estado de derecho, trataremos de arrojar luz sobre cualquier sombra de duda que se cierna sobre él. El repetir de manera apriorística que nuestra democracia es ejemplar no ayuda para nada a que realmente lo sea. Toda persona adulta sabe que hay policías y jueces corruptos, que se mueven no por criterios de estricta profesionalidad, sino de ambición económica o política. El Estado de derecho no es aquella Arcadia feliz en la que tales personas no existen, sino aquel sistema lo suficientemente afianzado para detectar a los corruptos y expulsarlos de las estructuras del Estado. E incluso esto no deja de ser un ideal que no siempre se cumple, por desgracia. El ejemplo del asesinato de Kennnedy ilustra perfectamente las limitaciones de una de las democracias más sólidas del mundo.
El segundo tipo de razones de quienes no nos conformamos con la versión oficial surge de la comparación del 11-M con otros atentados islamistas. La fecha del atentado, tres días antes de unas elecciones generales; el hecho de que los autores materiales no se inmolaran en los trenes, sino que varios de ellos lo hicieran semanas después, en un piso sitiado por la policía; la implicación de elementos del hampa y confidentes policiales; el uso de teléfonos móviles con tarjeta que permitían a la policía seguir la pista con sorprendente facilidad... Incluso si ponemos en duda las informaciones sobre irregularidades policiales, los atentados de Atocha son demasiado singulares para que podamos aceptar las apariencias sin más.
Pero estas consideraciones serían harto incompletas si no aludiéramos al componente ideológico. La mayoría de los oficialistas son del sector "progresista". Cierto que en la derecha no existe una unanimidad sin fisuras, porque al igual que ocurriera con el asunto de los GAL, determinados medios de comunicación conservadores estarán siempre a lo que digan las autoridades. Pero dejando de lado esta deformación del conservadurismo, que antepone las formas a los principios, lo que es obvio es que la izquierda, sin excepción, ha cerrado filas en torno a la versión oficial.
Los motivos son obvios. La utilización mediática del atentado benefició al PSOE, que ganó las elecciones de 2004 contra todo pronóstico. Todavía hoy se sigue repitiendo el mantra de que el gobierno de Aznar mintió al atribuir los atentados a ETA. Esto es falso o, como mucho, una media verdad. Al principio, todo el mundo (el lehendakari Ibarretxe, el diario El País, etc) creyó que había sido ETA. A las pocas horas (noche del jueves), sin embargo, fue el propio gobierno, a través del ministro Acebes, quien informó a la población de una segunda línea de investigación, centrada en la implicación islamista. Y el ministerio del Interior siguió informando de los progresos en esta dirección hasta escasas horas antes de que abrieran los colegios electorales. El error del gobierno fue dar a entender que privilegiaba una determinada línea de investigación, pero eso no es mentir. Mentir es lo que hizo la cadena SER, afín al PSOE, diciendo que se habían hallado cadáveres de terroristas suicidas en los trenes.
Ahora bien, mientras no sepamos quién está detrás de los atentados del 11-M, la izquierda seguirá repitiendo impunemente su tesis de que el gobierno mintió, y por eso perdió aquellas elecciones. En realidad, lo que ocurrió es que, bajo la capa de la impostada indignación por la supuesta falta de transparencia del gobierno, la izquierda inoculó y amplificó un mensaje perverso: Que el 11-M era un acto de la guerra de Iraq, en la que nos había metido Aznar. O sea, que había que votar a Zapatero, quien había prometido sacarnos del país mesopotámico. Dicho crudamente, demos la razón a los terroristas con tal de tener la fiesta en paz.
Todo este relato se cae, evidentemente, en el momento en que alguien cuestiona la tesis oficial. Aunque el 11-M no haya sido cometido por ETA, si tampoco es lo que nos dicen los oficialistas, un atentado islamista puro, entonces toda la película de la izquierda basada en el malvado Aznar que se fotografió en las Azores al lado de Bush y Blair pierde la mitad de su gracia. Y mucho peor, pueden quedar como encubridores de los verdaderos culpables, sean quienes sean. Por eso los progresistas de los medios, de la judicatura y de la política se revuelven y destilan bilis cada vez que alguien les cuestiona su historieta preferida. Se juegan mucho.
Las razones de los inconformistas son de dos tipos. Primero me referiré a las más habituales en los debates. Son las basadas en las numerosas irregularidades policiales y judiciales que han sido dadas a conocer por unos pocos medios de comunicación. Este es un tema complejo en el que los oficialistas se atrincheran con facilidad, confundiendo a la opinión pública con un manejo aparentemente desenvuelto de los pormenores del caso. Por supuesto, parecida crítica podría hacerse a quienes cuestionan la versión oficial, pero hay algo que distingue ambas posturas.
Los oficialistas, aunque con frecuencia se internen en discusiones de detalle, al final siempre se refugian en argumentaciones de tipo formalista, que dan pie a dudar de su sinceridad o de su íntimo convencimiento. Así, dicen que ellos confían en la Justicia, mientras que los "conspiranoicos" (como nos llaman) cuestionamos el Estado de derecho. O afirman que lo importante no era la marca del explosivo, sino que basta con saber que era dinamita (después de la matraca que dieron con la Goma 2 Eco.) O, ya rozando el ridículo, que es absurdo reabrir un caso de obstrucción a la Justicia, porque semejante delito ya habría prescrito. Esto es tan absurdo como si a alguien que tuviera algo nuevo que decir sobre el asesinato de Kennedy le replicáramos que ya no tiene sentido seguir investigando, porque no podemos dudar del sistema democrático de los Estados Unidos; o que no importa qué arma fue la utilizada para matar al presidente, sino que basta con saber que se trató de un fusil... O que el magnicidio ya habría prescrito.
Quien de verdad quiere saber la verdad sobre algo no hace distinciones entre la verdad judicial y la material. No hace profesiones de fe sobre los maravillosos jueces y policías de nuestro sistema democrático. Si de verdad valoramos el Estado de derecho, trataremos de arrojar luz sobre cualquier sombra de duda que se cierna sobre él. El repetir de manera apriorística que nuestra democracia es ejemplar no ayuda para nada a que realmente lo sea. Toda persona adulta sabe que hay policías y jueces corruptos, que se mueven no por criterios de estricta profesionalidad, sino de ambición económica o política. El Estado de derecho no es aquella Arcadia feliz en la que tales personas no existen, sino aquel sistema lo suficientemente afianzado para detectar a los corruptos y expulsarlos de las estructuras del Estado. E incluso esto no deja de ser un ideal que no siempre se cumple, por desgracia. El ejemplo del asesinato de Kennnedy ilustra perfectamente las limitaciones de una de las democracias más sólidas del mundo.
El segundo tipo de razones de quienes no nos conformamos con la versión oficial surge de la comparación del 11-M con otros atentados islamistas. La fecha del atentado, tres días antes de unas elecciones generales; el hecho de que los autores materiales no se inmolaran en los trenes, sino que varios de ellos lo hicieran semanas después, en un piso sitiado por la policía; la implicación de elementos del hampa y confidentes policiales; el uso de teléfonos móviles con tarjeta que permitían a la policía seguir la pista con sorprendente facilidad... Incluso si ponemos en duda las informaciones sobre irregularidades policiales, los atentados de Atocha son demasiado singulares para que podamos aceptar las apariencias sin más.
Pero estas consideraciones serían harto incompletas si no aludiéramos al componente ideológico. La mayoría de los oficialistas son del sector "progresista". Cierto que en la derecha no existe una unanimidad sin fisuras, porque al igual que ocurriera con el asunto de los GAL, determinados medios de comunicación conservadores estarán siempre a lo que digan las autoridades. Pero dejando de lado esta deformación del conservadurismo, que antepone las formas a los principios, lo que es obvio es que la izquierda, sin excepción, ha cerrado filas en torno a la versión oficial.
Los motivos son obvios. La utilización mediática del atentado benefició al PSOE, que ganó las elecciones de 2004 contra todo pronóstico. Todavía hoy se sigue repitiendo el mantra de que el gobierno de Aznar mintió al atribuir los atentados a ETA. Esto es falso o, como mucho, una media verdad. Al principio, todo el mundo (el lehendakari Ibarretxe, el diario El País, etc) creyó que había sido ETA. A las pocas horas (noche del jueves), sin embargo, fue el propio gobierno, a través del ministro Acebes, quien informó a la población de una segunda línea de investigación, centrada en la implicación islamista. Y el ministerio del Interior siguió informando de los progresos en esta dirección hasta escasas horas antes de que abrieran los colegios electorales. El error del gobierno fue dar a entender que privilegiaba una determinada línea de investigación, pero eso no es mentir. Mentir es lo que hizo la cadena SER, afín al PSOE, diciendo que se habían hallado cadáveres de terroristas suicidas en los trenes.
Ahora bien, mientras no sepamos quién está detrás de los atentados del 11-M, la izquierda seguirá repitiendo impunemente su tesis de que el gobierno mintió, y por eso perdió aquellas elecciones. En realidad, lo que ocurrió es que, bajo la capa de la impostada indignación por la supuesta falta de transparencia del gobierno, la izquierda inoculó y amplificó un mensaje perverso: Que el 11-M era un acto de la guerra de Iraq, en la que nos había metido Aznar. O sea, que había que votar a Zapatero, quien había prometido sacarnos del país mesopotámico. Dicho crudamente, demos la razón a los terroristas con tal de tener la fiesta en paz.
Todo este relato se cae, evidentemente, en el momento en que alguien cuestiona la tesis oficial. Aunque el 11-M no haya sido cometido por ETA, si tampoco es lo que nos dicen los oficialistas, un atentado islamista puro, entonces toda la película de la izquierda basada en el malvado Aznar que se fotografió en las Azores al lado de Bush y Blair pierde la mitad de su gracia. Y mucho peor, pueden quedar como encubridores de los verdaderos culpables, sean quienes sean. Por eso los progresistas de los medios, de la judicatura y de la política se revuelven y destilan bilis cada vez que alguien les cuestiona su historieta preferida. Se juegan mucho.
domingo, 22 de enero de 2012
El estilo inmundo de El País
Los medios de comunicación, como solo un progre (o un centrista) se atreverán a negar, están ampliamente dominados por el progresismo, que inspira desde las secciones de política nacional e internacional hasta las de cultura e incluso, no pocas veces, del corazón, cada vez más reducido a revolcarse en las indecencias y guarradas de los programas de Tele5. El sesgo anticonservador es a veces cómicamente sutil, como por ejemplo en este titular de la web de RTVE: "El católico Newt Gingrich gana frente al moderado Mitt Romney en Carolina del Sur". Hubiera sido más congruente, ya que se alude a las convicciones religiosas de uno de los candidatos, referirse al "mormón Mitt Romney". Se nota que el redactor no ha resistido la tentación de oponer, implícitamente, el catolicismo a la moderación.
Pero una cosa es el sesgo ideológico y otra la propaganda alevosa, en el mejor estilo totalitario. En esto, el maestro de maestros es el diario El País. Dirigido a un tipo de lector que, solo por ello, se hace la ilusión de pertenecer a la élite cultivada, frente al "populismo" de la derecha (ya saben, los pedantes que creen, y hasta repiten en el bar sin ruborizarse, necedades del tipo "no hay que legislar en caliente", etc), esta cabecera se caracteriza por bordar dos géneros de la literatura propagandística. A saber: El artículo doctrinal (con frecuencia mereciendo los honores de editorial) que marca la senda ideológico-política, en plan directrices del Comité Central del Partido; y el libelo que señala el blanco a abatir, la persona a la que hay que destruir porque se atreve a enfrentarse a pecho descubierto con algún tabú del establishment izquierdista.
Para ello no retroceden ante los métodos más sórdidos, como las insinuaciones sobre la vida privada, sean verdaderas o falsas. Un ejemplo lo tenemos en el reportaje contra la juez María del Coro Cillán, que ha osado reabrir el caso del 11-M. Recurriendo a personas enemistadas con la magistrada, se atreven a lanzar pérfidas acusaciones de afición a la bebida, y de tener una relación sentimental con un abogado designado por ella como administrador judicial, en un caso insignificante que nada tiene que ver con el 11-M. El método denigratorio recuerda, aunque de momento no haya llegado a tal extremo, al que se empleó para destruir civilmente a Pedro J. Ramírez, por sus investigaciones sobre los GAL. Hurgan en las debilidades o intimidades (reales o inventadas) propias de todo ser humano para obligarle a desistir, enviándole el mensaje inequívoco de que se está enfrentando a gente demasiado poderosa.
No podemos cansarnos de denunciar la constante y despiadada guerra sucia que practica el progresismo contra todo aquello y todo aquel que se opone a su hegemonía absoluta. La verdad les importa una mierda, porque nunca han creído en ella. ("La libertad os hará verdaderos", dijo Zapatero, en una satánica inversión de la aserción evangélica.) Solo creen en el poder, al cual idolatran si es el de los suyos. Por eso se niegan a investigar el 11-M, y en cambio escarban en la vida privada de quienes sí se atreven a hacerlo.
Pero una cosa es el sesgo ideológico y otra la propaganda alevosa, en el mejor estilo totalitario. En esto, el maestro de maestros es el diario El País. Dirigido a un tipo de lector que, solo por ello, se hace la ilusión de pertenecer a la élite cultivada, frente al "populismo" de la derecha (ya saben, los pedantes que creen, y hasta repiten en el bar sin ruborizarse, necedades del tipo "no hay que legislar en caliente", etc), esta cabecera se caracteriza por bordar dos géneros de la literatura propagandística. A saber: El artículo doctrinal (con frecuencia mereciendo los honores de editorial) que marca la senda ideológico-política, en plan directrices del Comité Central del Partido; y el libelo que señala el blanco a abatir, la persona a la que hay que destruir porque se atreve a enfrentarse a pecho descubierto con algún tabú del establishment izquierdista.
Para ello no retroceden ante los métodos más sórdidos, como las insinuaciones sobre la vida privada, sean verdaderas o falsas. Un ejemplo lo tenemos en el reportaje contra la juez María del Coro Cillán, que ha osado reabrir el caso del 11-M. Recurriendo a personas enemistadas con la magistrada, se atreven a lanzar pérfidas acusaciones de afición a la bebida, y de tener una relación sentimental con un abogado designado por ella como administrador judicial, en un caso insignificante que nada tiene que ver con el 11-M. El método denigratorio recuerda, aunque de momento no haya llegado a tal extremo, al que se empleó para destruir civilmente a Pedro J. Ramírez, por sus investigaciones sobre los GAL. Hurgan en las debilidades o intimidades (reales o inventadas) propias de todo ser humano para obligarle a desistir, enviándole el mensaje inequívoco de que se está enfrentando a gente demasiado poderosa.
No podemos cansarnos de denunciar la constante y despiadada guerra sucia que practica el progresismo contra todo aquello y todo aquel que se opone a su hegemonía absoluta. La verdad les importa una mierda, porque nunca han creído en ella. ("La libertad os hará verdaderos", dijo Zapatero, en una satánica inversión de la aserción evangélica.) Solo creen en el poder, al cual idolatran si es el de los suyos. Por eso se niegan a investigar el 11-M, y en cambio escarban en la vida privada de quienes sí se atreven a hacerlo.
sábado, 21 de enero de 2012
Gómez Bermúdez: "Hay cosas que es mejor que no se sepan todavía"
"Hay cosas que son tan complejas, tan graves, que es mejor que no se sepan todavía..., que se sepan más adelante." (Palabras del juez Gómez Bermúdez a la presidenta del Foro de Ermua, sobre la autoría intelectual del 11-M.)
Aquí otro vídeo más largo, que coincide con el anterior a partir del minuto diez, aproximadamente. Sobran comentarios.
Aquí otro vídeo más largo, que coincide con el anterior a partir del minuto diez, aproximadamente. Sobran comentarios.
sábado, 29 de octubre de 2011
¿Quién colocó la mochila de Vallecas?
En la madrugada del 12 de marzo de 2004, apenas veinte horas después de los atentados del 11-M, dos agentes de policía encontraron en la comisaría de Puente de Vallecas una bolsa de deportes con diez kilos de dinamita Goma-2 Eco, 640 gramos de metralla, un detonador Ensign Bickford y un teléfono móvil Mitsubishi Trium T-110 con número 652282963. (Actualmente, al llamar a este número, se escucha: "Buzón Orange. La persona a la que llama no está disponible. Por favor, deje su mensaje después de la señal.") Era la "mochila de Vallecas", una de las pruebas principales que condujo a la detención de Jamal Zougham, en cuyo local se vendió la tarjeta SIM del móvil. Este Zougham fue reconocido en el juicio del 11-M por tres testigos que aseguraron haberle visto con una mochila en uno de los trenes, antes de las explosiones. Cumple una condena de más de cuarenta mil años como autor de la masacre. (Ver La cuarta trama, de José María de Pablo, Ciudadela, cap. 14.)
Estos son los hechos principales. Ante ellos, cualquier persona con un mínimo sentido crítico debería hacerse dos sencillas preguntas:
(1) ¿Por qué no se descubrió que una bolsa de más de diez kilos de peso contenía una bomba hasta que fue depositada en comisaría, si es que realmente procedía de los escenarios de los atentados?
(2) ¿Cómo fue Jamal Zougham tan imbécil de utilizar una tarjeta SIM de su propia tienda, para que en el caso nada improbable de que una de las bombas no estallase, por cualquier fallo del mecanismo, la policía pudiera detenerlo en menos de 48 horas?
Según las declaraciones policiales en el juicio, tras los atentados los TEDAX revisaron concienzudamente, de la cabeza a la cola de los trenes, cada objeto que encontraron, para asegurarse de que no quedara ningún artefacto sin explosionar. Los bultos encontrados fueron conducidos, después de ser rechazados en las comisarías de Villa de Vallecas y Puente de Vallecas, a un pabellón de IFEMA, donde permanecieron sin custodia hasta que finalmente, por orden judicial, hacia las diez de la noche se depositaron en la segunda comisaría mencionada.
Solo caben dos respuestas posibles a la pregunta (1). O bien se produjo una terrible negligencia de los TEDAX, que pasaron por alto la existencia de una bomba sin estallar en una sospechosa bolsa de deportes, o bien esa bomba jamás estuvo allí, sino que alguien en algún momento la introdujo entre los restantes objetos acarreados por los agentes policiales. Asimismo, la pregunta (2) admite también solo dos respuestas. O bien los autores del mayor atentado de la historia de España eran lo suficientemente estúpidos para utilizar sus propios números de teléfono para activar los explosivos, o bien alguien utilizó esas tarjetas para incriminarlos.
A los hechos expuestos debemos añadir, además, los siguientes:
-En los cadáveres de las víctimas del 11-M no existían restos de metralla, material que sí se halló en la mochila de Vallecas, como acabamos de ver.
-Como se pudo comprobar mediante la radiografía previa a la desactivación, los cables de la bomba que contenía la mochila estaban incomprensiblemente sueltos, de manera que nunca hubiera podido estallar.
-El Tedax "Pedro", que desactivó la mochila de Vallecas, realizó unas fotografías antes de la desactivación, que un superior le obligó a entregar, impidiéndole además que hiciera otras fotografías posteriores a la desactivación, según el protocolo habitual. Las primeras no aparecieron en el juicio.
-En el asa de la mochila se halló una huella dactilar no identificada con perfil genético europeo.
La conclusión de que la mochila de Vallecas es una prueba falsa, elaborada para incriminar a un ciudadano magrebí, se impone con toda su fuerza. Ineludiblemente, las respuestas más verosímiles a las preguntas anteriores conducen a esta otra pregunta: ¿Quién colocó la mochila entre las pruebas? La elaboración de un artefacto explosivo, que necesariamente tuvo que producirse a lo largo del mismo día 11, si no antes, no pudo tratarse de un acto de improvisación. Quien fuera que fuese el que depositó esa prueba falsa entre los bultos recogidos en el lugar de los atentados, obtuvo el material adecuado (dinamita de la mina Conchita, el detonador y el móvil) en escasísimas horas después de la masacre, o bien ya lo tenía preparado antes de los atentados. Solo cometió, acaso, un error, que fue incluir metralla dentro de la bolsa, cuando sabemos que los explosivos que causaron la masacre no la contenían.
La presencia de metralla en la mochila de Vallecas podría llevar a pensar que quien la elaboró no podía tener relación con los autores de los atentados. Aunque es posible que sea así, veo muy poco verosímil que quien es capaz de tener preparada el mismo día de los atentados una prueba tan sofisticada, pueda hacerlo sin poseer una información de primera mano de lo que ha ocurrido, una información que en esas primeras horas no tenía absolutamente nadie, salvo que estuviera implicado en los atentados. Más creíble me parece la hipótesis de un error de coordinación. Quienes idearon y dirigieron el asesinato masivo del 11-M no fueron, con toda probabilidad, aficionados. Pero precisamente los errores de coordinación suelen ser inherentes a las organizaciones integradas por especialistas en diferentes materias (logística, explosivos, información, destrucción de huellas, creación de pruebas falsas, etc). Por ejemplo, en los servicios secretos.
La mochila de Vallecas, disculpen mi insistencia, difícilmente se pudo improvisar en las escasas veinte horas que median entre los atentados y su hallazgo en la comisaría. Y además todo indica que no fue la única prueba falsa o manipulada. Las irregularidades en la investigación de los atentados del 11-M fueron algo más que el intento de unos policías oportunistas y sin escrúpulos que vieron la ocasión de hacerle la cama al gobierno para influir en las elecciones del 14-M. Son parte misma de los atentados, o al menos, mientras no sepamos toda la verdad, tenemos todo el derecho del mundo de pensarlo. De pensar lo peor.
Estos son los hechos principales. Ante ellos, cualquier persona con un mínimo sentido crítico debería hacerse dos sencillas preguntas:
(1) ¿Por qué no se descubrió que una bolsa de más de diez kilos de peso contenía una bomba hasta que fue depositada en comisaría, si es que realmente procedía de los escenarios de los atentados?
(2) ¿Cómo fue Jamal Zougham tan imbécil de utilizar una tarjeta SIM de su propia tienda, para que en el caso nada improbable de que una de las bombas no estallase, por cualquier fallo del mecanismo, la policía pudiera detenerlo en menos de 48 horas?
Según las declaraciones policiales en el juicio, tras los atentados los TEDAX revisaron concienzudamente, de la cabeza a la cola de los trenes, cada objeto que encontraron, para asegurarse de que no quedara ningún artefacto sin explosionar. Los bultos encontrados fueron conducidos, después de ser rechazados en las comisarías de Villa de Vallecas y Puente de Vallecas, a un pabellón de IFEMA, donde permanecieron sin custodia hasta que finalmente, por orden judicial, hacia las diez de la noche se depositaron en la segunda comisaría mencionada.
Solo caben dos respuestas posibles a la pregunta (1). O bien se produjo una terrible negligencia de los TEDAX, que pasaron por alto la existencia de una bomba sin estallar en una sospechosa bolsa de deportes, o bien esa bomba jamás estuvo allí, sino que alguien en algún momento la introdujo entre los restantes objetos acarreados por los agentes policiales. Asimismo, la pregunta (2) admite también solo dos respuestas. O bien los autores del mayor atentado de la historia de España eran lo suficientemente estúpidos para utilizar sus propios números de teléfono para activar los explosivos, o bien alguien utilizó esas tarjetas para incriminarlos.
A los hechos expuestos debemos añadir, además, los siguientes:
-En los cadáveres de las víctimas del 11-M no existían restos de metralla, material que sí se halló en la mochila de Vallecas, como acabamos de ver.
-Como se pudo comprobar mediante la radiografía previa a la desactivación, los cables de la bomba que contenía la mochila estaban incomprensiblemente sueltos, de manera que nunca hubiera podido estallar.
-El Tedax "Pedro", que desactivó la mochila de Vallecas, realizó unas fotografías antes de la desactivación, que un superior le obligó a entregar, impidiéndole además que hiciera otras fotografías posteriores a la desactivación, según el protocolo habitual. Las primeras no aparecieron en el juicio.
-En el asa de la mochila se halló una huella dactilar no identificada con perfil genético europeo.
La conclusión de que la mochila de Vallecas es una prueba falsa, elaborada para incriminar a un ciudadano magrebí, se impone con toda su fuerza. Ineludiblemente, las respuestas más verosímiles a las preguntas anteriores conducen a esta otra pregunta: ¿Quién colocó la mochila entre las pruebas? La elaboración de un artefacto explosivo, que necesariamente tuvo que producirse a lo largo del mismo día 11, si no antes, no pudo tratarse de un acto de improvisación. Quien fuera que fuese el que depositó esa prueba falsa entre los bultos recogidos en el lugar de los atentados, obtuvo el material adecuado (dinamita de la mina Conchita, el detonador y el móvil) en escasísimas horas después de la masacre, o bien ya lo tenía preparado antes de los atentados. Solo cometió, acaso, un error, que fue incluir metralla dentro de la bolsa, cuando sabemos que los explosivos que causaron la masacre no la contenían.
La presencia de metralla en la mochila de Vallecas podría llevar a pensar que quien la elaboró no podía tener relación con los autores de los atentados. Aunque es posible que sea así, veo muy poco verosímil que quien es capaz de tener preparada el mismo día de los atentados una prueba tan sofisticada, pueda hacerlo sin poseer una información de primera mano de lo que ha ocurrido, una información que en esas primeras horas no tenía absolutamente nadie, salvo que estuviera implicado en los atentados. Más creíble me parece la hipótesis de un error de coordinación. Quienes idearon y dirigieron el asesinato masivo del 11-M no fueron, con toda probabilidad, aficionados. Pero precisamente los errores de coordinación suelen ser inherentes a las organizaciones integradas por especialistas en diferentes materias (logística, explosivos, información, destrucción de huellas, creación de pruebas falsas, etc). Por ejemplo, en los servicios secretos.
La mochila de Vallecas, disculpen mi insistencia, difícilmente se pudo improvisar en las escasas veinte horas que median entre los atentados y su hallazgo en la comisaría. Y además todo indica que no fue la única prueba falsa o manipulada. Las irregularidades en la investigación de los atentados del 11-M fueron algo más que el intento de unos policías oportunistas y sin escrúpulos que vieron la ocasión de hacerle la cama al gobierno para influir en las elecciones del 14-M. Son parte misma de los atentados, o al menos, mientras no sepamos toda la verdad, tenemos todo el derecho del mundo de pensarlo. De pensar lo peor.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Una explicación más profunda
La enfermedad profesional del corresponsal de guerra, ya lo sabíamos, es el antiamericanismo. Un ejemplo prototípico es Mercedes Cabrera, cronista de la guerra de Irak, a la que el malvado ejército yanqui permitió sin embargo ir “empotrada”, como se dice en el argot, en sus filas. En uno de sus textos, la periodista de Vocento llegaba a comparar las víctimas del 11-S con las víctimas civiles de esa guerra. Es decir, implícitamente equiparaba el terrorismo con una intervención militar, que es exactamente como quieren que lo veamos los terroristas. Mucha gente, manipulada y agitada por la propaganda izquierdosa, interpretaría poco después del mismo modo los atentados de Madrid. Dijeron que el gobierno de Aznar mintió sobre su autoría, pero si no hubieran pensado, insinuado –y hasta enunciado crudamente– que el 11-M fue un acto de guerra, no hubieran exigido a ninguna administración que resolviera el caso antes de 24 horas, ni la SER se hubiera atrevido a inventarse la falsa noticia de los terroristas suicidas. El mensaje de la chusma izquierdista era evidente: “¿Veis lo que nos ha pasado por la estúpida guerra de Bush y Aznar?” Que es algo así como si alguien dijera, ante un atentado de ETA: “¿Veis lo que pasa por no respetar el derecho de autodeterminación de los vascos?”
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
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miércoles, 1 de junio de 2011
Rubalpásalo
En 2004 el PP perdió unas elecciones que tenía ganadas porque muchos españoles creyeron que los terroristas islamistas nos perdonarían la vida (no cometerían otro 11-M) si castigábamos en las urnas la foto de las Azores. En 2012, o en otoño de este año, el PP podría también, contra todo pronóstico, perder las elecciones. Bastaría con que tres días antes de los comicios, ETA anunciara la entrega de las armas... Por supuesto, con el mensaje implícito de que su gesto solo sería efectivo e irreversible si votamos la opción correcta, la del gobierno que habría conseguido la "paz".
Excuso decirlo: no sé si ocurrirá exactamente de esta forma. Pero de lo que no tengo duda es que el PSOE de Rubalpásalo y ETA comprenden perfectamente la necesidad de algún tipo de golpe de efecto espectacular. Y lo que me desasosiega no es tanto la posibilidad en sí (con ser desastrosa) de que Rubalpásalo ganara las elecciones, sino que una mayoría de españoles fuera capaz de doblegarse por segunda vez ante el terrorismo.
Un tipo que se defiende de graves acusaciones (caso Faisán) haciendo un mal chiste con el estribillo de una canción, no demuestra mucha inteligencia ni brillantez. Si por un minuto ha pasado por poseedor de tales atributos, es porque en este país hay demasiados lameculos, demasiados sujetos dispuestos a reírle las gracias al poderoso. Rubalpásalo es nefasto, de acuerdo, pero mediocre. Los que por desgracia no son mediocres son quienes planearon el 11-M y los dirigentes de ETA. Y siete años después de aquella masacre, seguimos sin saber quiénes son los primeros, y sin haber derrotado a los segundos, que incluso se presentan con gran éxito a las elecciones locales. Pero todavía hay gente tan babosamente servil que apunta no sé qué logros de la lucha antiterrorista en el haber de Rubalpásalo, como hoy leía en un periódico provincial. Si mucha de la opinión publicada refleja verdaderamente la opinión pública, es para preocuparse.
Excuso decirlo: no sé si ocurrirá exactamente de esta forma. Pero de lo que no tengo duda es que el PSOE de Rubalpásalo y ETA comprenden perfectamente la necesidad de algún tipo de golpe de efecto espectacular. Y lo que me desasosiega no es tanto la posibilidad en sí (con ser desastrosa) de que Rubalpásalo ganara las elecciones, sino que una mayoría de españoles fuera capaz de doblegarse por segunda vez ante el terrorismo.
Un tipo que se defiende de graves acusaciones (caso Faisán) haciendo un mal chiste con el estribillo de una canción, no demuestra mucha inteligencia ni brillantez. Si por un minuto ha pasado por poseedor de tales atributos, es porque en este país hay demasiados lameculos, demasiados sujetos dispuestos a reírle las gracias al poderoso. Rubalpásalo es nefasto, de acuerdo, pero mediocre. Los que por desgracia no son mediocres son quienes planearon el 11-M y los dirigentes de ETA. Y siete años después de aquella masacre, seguimos sin saber quiénes son los primeros, y sin haber derrotado a los segundos, que incluso se presentan con gran éxito a las elecciones locales. Pero todavía hay gente tan babosamente servil que apunta no sé qué logros de la lucha antiterrorista en el haber de Rubalpásalo, como hoy leía en un periódico provincial. Si mucha de la opinión publicada refleja verdaderamente la opinión pública, es para preocuparse.
lunes, 16 de mayo de 2011
Votar para botar
Conocí a un abstencionista convencido que decía "si votas, luego no te quejes". Nunca entendí el argumento. El que vota está perfectamente legitimado para quejarse luego. Si los gobernantes no son los que votó, con toda la razón. Pero si les votó ¿por qué no podría quejarse, si luego le defraudan? El voto no es ningún cheque en blanco. Supongo que nuestro abstencionista diría que cuando uno es adulto, se puede dejar engañar por los políticos una vez, quizá dos, pero a la tercera es ya tan culpable como el engañador. Esto vale para una conducta individual aislada, pero no en el caso del voto. Porque si tú no votas, otro de todos modos lo hará por ti. Y entonces sí que no tienes mucho derecho a protestar contra lo que salga de las urnas.
Aquí ya es cuando nuestro interlocutor imaginario sale por peteneras: "pero si nadie votara..." Claro, el mundo solo con eso sería color de rosa, como lo era en aquellos tiempos en que se sentaba en el trono aquel que conseguía sobrevivir a los puñales, los venenos y otros accidentes. Cuando no el vencedor de una guerra civil que dejaba al pueblo diezmado y empobrecido.
Ahora bien, una vez estamos de acuerdo en que hay que votar, queda un pequeño detalle. ¿A quién? Creo que podemos descartar, por razones parecidas a las expuestas para la abstención, el voto nulo y en blanco. No sirven para nada, ni servirían aunque todo el mundo votara lo mismo. Al día siguiente seguiríamos teniendo un gobierno, solo que no elegido por nadie. Y no estaríamos más autorizados a criticarlo que si lo hubiéramos votado. Recuerden: el voto no es un cheque en blanco. Así pues, quien hasta aquí haya asentido a mis argumentos, no tiene más remedio que admitir que debe votar a algún partido político.
"¡Pero no me gusta ninguno!", proclamará más de un lector. Bien, no tiene de qué preocuparse. Es normal, nos pasa a muchos. En las elecciones se presentan varias decenas de partidos. Posiblemente no se los ha estudiado todos, y hace mal, yo creo que vale la pena. Puede que sus ideas se encuentren representadas por un pequeño partido, que aunque no tiene posibilidades de ganar las elecciones, sí podría obtener un diputado, o un concejal, y desde ahí influir en algún grado. Aunque personalmente creo más en el voto útil, respeto enormemente a las personas que optan por este tipo de partidos. Quien vota en blanco renuncia a toda influencia, mientras que el que vota por la formación más peregrina (siempre y cuando esta vaya en serio; no siempre es así) por lo menos intenta que sus ideas tengan algún reflejo en las decisiones políticas, aunque rara vez lo consiga.
Pongamos, con todo, que tras el análisis de las distintas siglas, ninguna le convence por entero. Aun así, siempre habrá un partido o partidos que sean los que menos le gustan. Pues bien, ahí está la clave. Vote usted a aquel partido que le parezca el menos malo, o el más indicado para impedir que gobiernen aquellos que en su opinión son peores. Bote, con be, al partido que no quiera ver en el gobierno, votando al que preferiría en su lugar, aunque sea sin ningún entusiasmo.
Y aquí podría terminar mi llamada al ejercicio del derecho de sufragio. Pero me voy a mojar más, y confesaré cuál es en mi opinión el partido al cual hay que botar, alejar cuanto antes del poder, tanto local, autonómico, como central, en las próximas elecciones y en las siguientes. Y este no es otro que el PSOE, naturalmente. He aquí mis razones:
1) Porque no se debería mantener un gobierno que ha sido incapaz de impedir que lleguemos a tener cinco millones de parados. Solo por este motivo, votar al PSOE (o quedarse en casa, etc), aunque el 22 de mayo estén en juego directamente solo los ayuntamientos, y no todos los gobiernos regionales, es dejar pasar una oportunidad magnífica de castigarlo.
2) Porque hay que echar a un gobierno que en lugar de darle el golpe de gracia a ETA cuando accedió al poder, ha estado siete años negociando con los terroristas, permitiéndoles presentarse a las elecciones locales mediante su influencia en el poder judicial, entre otras fechorías; lo que solo ha servido, como era de prever, para que los criminales se rearmen material y moralmente.
3) Porque debemos paralizar y revertir las reformas de ingeniería social realizadas por Zapatero. El aborto no es un "derecho"; los niños preferiblemente deben crecer con una madre y un padre; la igualdad no puede ser un pretexto para recortar libertades; las escuelas no deben ser centros de adoctrinamiento ideológico; los católicos tienen todo el derecho del mundo de expresar sus opiniones; y la historia no la deben escribir los parlamentos ni los gobiernos, sino los historiadores.
4) Porque jamás se debió haber votado al PSOE en 2004, después de la sucia campaña que organizó tras la masacre del 11-M, sugiriendo a la gente que votara a los socialistas para que los islamistas nos perdonaran la vida por nuestra casi simbólica implicación en la guerra de Irak. La vergüenza de ser español que arrastramos muchos desde entonces no se lavará automáticamente cuando, previsiblemente el año que viene, el PSOE deje de gobernar. Todo dependerá de si el nuevo ejecutivo deja de poner obstáculos a la investigación de esos atentados. Pero por lo menos, podremos abrigar la esperanza de un inicio de cambio de mentalidad, de que se extrapole a nivel nacional el fenómeno sociológico de la Comunidad de Madrid, que tan desquiciados tiene a los progres. El de una mayoría social que ya no se deja intimidar por la opinión publicada, sino que se atreve a pensar por sí misma, sin complejos.
Hay más razones (la corrupción, la política sobre inmigración, etc) pero ante las anteriores, sinceramente me parecen secundarias, salvo circunstancias locales. Ya solo me queda decir cuál es en mi opinión el partido al que debemos votar, para botar al PSOE. Para mí es evidente que el PP. Ya sé lo que dicen algunos, que hablan del PPSOE, de que los dos grandes partidos son lo mismo, que si el problema es la "casta política", etc. En ese caso, si creen que efectivamente no cambia nada con que gobiernen unos u otros, si creen que no importa que el PSOE siga gobernando cuatro años más, o indefinidamente, no me hagan caso. Olviden todo lo que acaban de leer y no vayan a botar.
Aquí ya es cuando nuestro interlocutor imaginario sale por peteneras: "pero si nadie votara..." Claro, el mundo solo con eso sería color de rosa, como lo era en aquellos tiempos en que se sentaba en el trono aquel que conseguía sobrevivir a los puñales, los venenos y otros accidentes. Cuando no el vencedor de una guerra civil que dejaba al pueblo diezmado y empobrecido.
Ahora bien, una vez estamos de acuerdo en que hay que votar, queda un pequeño detalle. ¿A quién? Creo que podemos descartar, por razones parecidas a las expuestas para la abstención, el voto nulo y en blanco. No sirven para nada, ni servirían aunque todo el mundo votara lo mismo. Al día siguiente seguiríamos teniendo un gobierno, solo que no elegido por nadie. Y no estaríamos más autorizados a criticarlo que si lo hubiéramos votado. Recuerden: el voto no es un cheque en blanco. Así pues, quien hasta aquí haya asentido a mis argumentos, no tiene más remedio que admitir que debe votar a algún partido político.
"¡Pero no me gusta ninguno!", proclamará más de un lector. Bien, no tiene de qué preocuparse. Es normal, nos pasa a muchos. En las elecciones se presentan varias decenas de partidos. Posiblemente no se los ha estudiado todos, y hace mal, yo creo que vale la pena. Puede que sus ideas se encuentren representadas por un pequeño partido, que aunque no tiene posibilidades de ganar las elecciones, sí podría obtener un diputado, o un concejal, y desde ahí influir en algún grado. Aunque personalmente creo más en el voto útil, respeto enormemente a las personas que optan por este tipo de partidos. Quien vota en blanco renuncia a toda influencia, mientras que el que vota por la formación más peregrina (siempre y cuando esta vaya en serio; no siempre es así) por lo menos intenta que sus ideas tengan algún reflejo en las decisiones políticas, aunque rara vez lo consiga.
Pongamos, con todo, que tras el análisis de las distintas siglas, ninguna le convence por entero. Aun así, siempre habrá un partido o partidos que sean los que menos le gustan. Pues bien, ahí está la clave. Vote usted a aquel partido que le parezca el menos malo, o el más indicado para impedir que gobiernen aquellos que en su opinión son peores. Bote, con be, al partido que no quiera ver en el gobierno, votando al que preferiría en su lugar, aunque sea sin ningún entusiasmo.
Y aquí podría terminar mi llamada al ejercicio del derecho de sufragio. Pero me voy a mojar más, y confesaré cuál es en mi opinión el partido al cual hay que botar, alejar cuanto antes del poder, tanto local, autonómico, como central, en las próximas elecciones y en las siguientes. Y este no es otro que el PSOE, naturalmente. He aquí mis razones:
1) Porque no se debería mantener un gobierno que ha sido incapaz de impedir que lleguemos a tener cinco millones de parados. Solo por este motivo, votar al PSOE (o quedarse en casa, etc), aunque el 22 de mayo estén en juego directamente solo los ayuntamientos, y no todos los gobiernos regionales, es dejar pasar una oportunidad magnífica de castigarlo.
2) Porque hay que echar a un gobierno que en lugar de darle el golpe de gracia a ETA cuando accedió al poder, ha estado siete años negociando con los terroristas, permitiéndoles presentarse a las elecciones locales mediante su influencia en el poder judicial, entre otras fechorías; lo que solo ha servido, como era de prever, para que los criminales se rearmen material y moralmente.
3) Porque debemos paralizar y revertir las reformas de ingeniería social realizadas por Zapatero. El aborto no es un "derecho"; los niños preferiblemente deben crecer con una madre y un padre; la igualdad no puede ser un pretexto para recortar libertades; las escuelas no deben ser centros de adoctrinamiento ideológico; los católicos tienen todo el derecho del mundo de expresar sus opiniones; y la historia no la deben escribir los parlamentos ni los gobiernos, sino los historiadores.
4) Porque jamás se debió haber votado al PSOE en 2004, después de la sucia campaña que organizó tras la masacre del 11-M, sugiriendo a la gente que votara a los socialistas para que los islamistas nos perdonaran la vida por nuestra casi simbólica implicación en la guerra de Irak. La vergüenza de ser español que arrastramos muchos desde entonces no se lavará automáticamente cuando, previsiblemente el año que viene, el PSOE deje de gobernar. Todo dependerá de si el nuevo ejecutivo deja de poner obstáculos a la investigación de esos atentados. Pero por lo menos, podremos abrigar la esperanza de un inicio de cambio de mentalidad, de que se extrapole a nivel nacional el fenómeno sociológico de la Comunidad de Madrid, que tan desquiciados tiene a los progres. El de una mayoría social que ya no se deja intimidar por la opinión publicada, sino que se atreve a pensar por sí misma, sin complejos.
Hay más razones (la corrupción, la política sobre inmigración, etc) pero ante las anteriores, sinceramente me parecen secundarias, salvo circunstancias locales. Ya solo me queda decir cuál es en mi opinión el partido al que debemos votar, para botar al PSOE. Para mí es evidente que el PP. Ya sé lo que dicen algunos, que hablan del PPSOE, de que los dos grandes partidos son lo mismo, que si el problema es la "casta política", etc. En ese caso, si creen que efectivamente no cambia nada con que gobiernen unos u otros, si creen que no importa que el PSOE siga gobernando cuatro años más, o indefinidamente, no me hagan caso. Olviden todo lo que acaban de leer y no vayan a botar.
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martes, 10 de mayo de 2011
El 11-M y Marruecos
Bernabé López García es un catedrático de Historia del Islam muy amigo de Marruecos, aunque crítico con su régimen. Se ha manifestado a favor de que el Sáhara sea una región autónoma bajo soberanía marroquí. Ha defendido que los ciudadanos marroquíes residentes en España puedan votar en nuestras elecciones. Y ha afirmado que la reivindicación de Ceuta y Melilla por Marruecos es "legítima desde un punto de vista histórico".
Sirva esto para situar al autor de un artículo titulado "El búnker y la coartada yihadista". En él pasa revista a los atentados terroristas producidos en el país magrebí en los últimos 17 años, y observa un elemento común a todos ellos: Siempre se produjeron en el momento más "oportuno" para que el núcleo inmovilista del Estado (el "búnker") dejara de ser cuestionado, mediante el pretexto de la lucha antiterrorista, y se viera incluso reforzado.
El último atentado, perpetrado en Marrakech el pasado 28 de abril (el texto dice por errata 28 de mayo) coincide con la oleada de manifestaciones a favor de reformas democráticas, enmarcadas en el proceso de "primavera árabe" que se inició en Túnez y Egipto. Esto explicaría, según Bernabé López, "que las especulaciones sobre su autoría anden desatadas." El articulista no va más allá en sus insinuaciones, pero no hace falta ser ningún lince para sobreentender la hipótesis de la implicación de estructuras estatales marroquíes en atentados terroristas.
Partiendo de aquí, es congruente plantearse de nuevo la cuestión de la autoría del 11-M. Apenas un año después del atentado contra la Casa de España en Casablanca, una serie de explosiones en cuatro trenes de Madrid produjeron una masacre tres días antes de las elecciones legislativas. El PSOE y sus medios afines, que ahora tienen la increíble cara dura de reprochar al PP la utilización de la lucha antiterrorista como elemento de confrontación política, organizaron entonces la campaña más sucia de la historia de la democracia, en la que acusaron a Aznar de ser el culpable de la matanza, debido a su política de apoyo a Bush y a Blair en la guerra de Irak. El resultado fue que el partido gobernante, que se caracterizó por su firmeza frente a las reivindicaciones territoriales marroquíes (conflicto de Perejil), perdió las elecciones.
Quizás sea casualidad, pero el gobierno del PSOE que salió de las urnas tres días después del 11-M, se ha caracterizado por su giro de la política exterior española respecto al Sáhara, favorable a los intereses de Marruecos, y en general por una actitud inusitadamente servil frente al vecino norteafricano. Por lo demás, muchos de los supuestos implicados en los atentados de Madrid eran nacidos en Tánger o Tetuán, lo cual no demuestra nada, aunque algunos indicios dan que pensar. Por ejemplo, que Jamal Ahmidán, El Chino, fuera condenado por asesinato en Marruecos en el año 2000, y que solo tres años después saliera de la cárcel para venirse a España, donde a los pocos meses participaría, según nos cuentan, en el 11-M. Por desgracia, no le podemos preguntar directamente por las circunstancias de su excarcelación, porque como es sabido murió en la oportuna explosión de Leganés del 3 de abril de 2004.
Menos de cinco meses después del 11-M, el 4 de agosto de 2004, fue asesinado en España Hichan Mandari, hermanastro de Mohamed VI que había estado amenazando con lanzar revelaciones sumamente escandalosas sobre las finanzas del monarca. Todo indica que los servicios secretos de Marruecos se mueven por nuestro territorio como Pedro por su casa. Pero la pregunta que cabe hacer es cuál es el grado de permisividad o incluso colaboración de nuestras propias fuerzas de seguridad. La pista marroquí podría ser perfectamente de ida y vuelta, como un bumerán, lo que explicaría las clamorosas irregularidades en la investigación de los atentados.
Sirva esto para situar al autor de un artículo titulado "El búnker y la coartada yihadista". En él pasa revista a los atentados terroristas producidos en el país magrebí en los últimos 17 años, y observa un elemento común a todos ellos: Siempre se produjeron en el momento más "oportuno" para que el núcleo inmovilista del Estado (el "búnker") dejara de ser cuestionado, mediante el pretexto de la lucha antiterrorista, y se viera incluso reforzado.
El último atentado, perpetrado en Marrakech el pasado 28 de abril (el texto dice por errata 28 de mayo) coincide con la oleada de manifestaciones a favor de reformas democráticas, enmarcadas en el proceso de "primavera árabe" que se inició en Túnez y Egipto. Esto explicaría, según Bernabé López, "que las especulaciones sobre su autoría anden desatadas." El articulista no va más allá en sus insinuaciones, pero no hace falta ser ningún lince para sobreentender la hipótesis de la implicación de estructuras estatales marroquíes en atentados terroristas.
Partiendo de aquí, es congruente plantearse de nuevo la cuestión de la autoría del 11-M. Apenas un año después del atentado contra la Casa de España en Casablanca, una serie de explosiones en cuatro trenes de Madrid produjeron una masacre tres días antes de las elecciones legislativas. El PSOE y sus medios afines, que ahora tienen la increíble cara dura de reprochar al PP la utilización de la lucha antiterrorista como elemento de confrontación política, organizaron entonces la campaña más sucia de la historia de la democracia, en la que acusaron a Aznar de ser el culpable de la matanza, debido a su política de apoyo a Bush y a Blair en la guerra de Irak. El resultado fue que el partido gobernante, que se caracterizó por su firmeza frente a las reivindicaciones territoriales marroquíes (conflicto de Perejil), perdió las elecciones.
Quizás sea casualidad, pero el gobierno del PSOE que salió de las urnas tres días después del 11-M, se ha caracterizado por su giro de la política exterior española respecto al Sáhara, favorable a los intereses de Marruecos, y en general por una actitud inusitadamente servil frente al vecino norteafricano. Por lo demás, muchos de los supuestos implicados en los atentados de Madrid eran nacidos en Tánger o Tetuán, lo cual no demuestra nada, aunque algunos indicios dan que pensar. Por ejemplo, que Jamal Ahmidán, El Chino, fuera condenado por asesinato en Marruecos en el año 2000, y que solo tres años después saliera de la cárcel para venirse a España, donde a los pocos meses participaría, según nos cuentan, en el 11-M. Por desgracia, no le podemos preguntar directamente por las circunstancias de su excarcelación, porque como es sabido murió en la oportuna explosión de Leganés del 3 de abril de 2004.
Menos de cinco meses después del 11-M, el 4 de agosto de 2004, fue asesinado en España Hichan Mandari, hermanastro de Mohamed VI que había estado amenazando con lanzar revelaciones sumamente escandalosas sobre las finanzas del monarca. Todo indica que los servicios secretos de Marruecos se mueven por nuestro territorio como Pedro por su casa. Pero la pregunta que cabe hacer es cuál es el grado de permisividad o incluso colaboración de nuestras propias fuerzas de seguridad. La pista marroquí podría ser perfectamente de ida y vuelta, como un bumerán, lo que explicaría las clamorosas irregularidades en la investigación de los atentados.
domingo, 8 de mayo de 2011
Masa y televisión
Según el sondeo publicado este domingo por El Mundo, el 60 % de los españoles no está de acuerdo con la legalización de Bildu*.
El problema que le veo a esta encuesta es que empieza poniendo sobre aviso al encuestado acerca de la ilegalización de Bildu. A mí lo que me gustaría saber es cuánta gente se ha enterado realmente de lo que ha pasado. Un gran número de españoles, que no leen otra prensa que los periódicos deportivos o las revistas del corazón, que se informan brevemente a la hora de la comida o la cena a través de TVE y que se entretienen con la basura inmunda de los realities, forzosamente tendrán una noción muy vaga e imprecisa de lo ocurrido. Esta masa embrutecida es la que hace posible las fechorías del gobierno y del Tribunal Constitucional. Si le preguntamos a un español típico qué le parece que ETA-Batasuna esté en las elecciones, dirá seguramente que le parece mal. Pero en su limitada actividad intelectual, apenas hay cabida para estos asuntos. Un día escucha que el Supremo (¿o era el Constitucional?) ha ilegalizado a Bildu y al siguiente, entre plato y plato oye no sé qué del Constitucional (¿o era el Supremo?), mientras reprende a los niños por hablar demasiado alto, a ver si puede escuchar el tiempo que hará mañana...
Los noticiarios de TVE son ejemplos de manual de cómo hacer que ciertas informaciones pasen despercibidas para la audiencia distraída. (No hablemos ya de aquellas que ni siquiera existen, como las irregularidades policiales del 11-M.) Lo sé no solo porque veo de vez en cuando esos programas, sino porque conozco a personas cuyo único alimento informativo es el "Telediario". La gente de poca formación (que es la mayoría) se entera de cosas como la boda del príncipe Guillermo, o la muerte de Bin Laden; pero temas como Bildu, el Bar Faisán o los EREs irregulares les aburren, porque de ello ya se encarga la tele del gobierno y casi todas las privadas. La excepción en el tratamiento de estos asuntos son las cadenas como Intereconomía, o Veo7, que por ello son tachadas de "ultraderechistas" por la izquierda mediática y política.
Es díficil saber dónde acaba la ignorancia y empieza la indiferencia, pero en cualquier caso el terreno está abonado para la manipulación más desvergonzada. Un ejemplo también reciente: En el programa "Informe Semanal" del pasado sábado, al tratar del tema de Bin Laden, vuelven a atribuir a Al-Qaeda los atentados del 11-M, como si fuera materia demostrada. Y para ello, no dudan en entrevistar al director del periódico Al-Quds Al-Arabi. Este periódico árabe y propalestino, editado en Inglaterra, de tirada irrisoria, es el mismo donde unas fantasmales Brigadas de Abu Hafs al-Masri reivindican habitualmente atentados, entre ellos los de Madrid en 2004.
Por supuesto, en "Informe Semanal" no dijeron que esa organización también reivindicó el apagón de la costa este de Estados Unidos del 2003, o los atentados de Londres de 2005. (Obviamente, todo falso.) Entrar en esos detalles después de la hora de cenar seguramente sería demasiado esfuerzo mental para la audiencia. Basta con que esta asimile que el 11-M lo cometió Al-Qaeda, porque lo dice un tipo de apariencia respetable. Como esos anuncios en los que un señor con bata blanca te recomienda un crecepelo o una pasta de dientes. Por algo se votó a Zapatero el 14-M.
________
*Por cierto, en la edición impresa, en la página 4, hay una errata en los gráficos. La cuarta pregunta debería ser, como se desprende por el cuerpo de la noticia, "En su opinión, ¿la legalización de Bildu será positiva o negativa para la lucha antiterrorista?" En lugar de ello, repiten la segunda pregunta. También en Libertad Digital se han confundido, al afirmar que el 63,8 % de los votantes del PSOE creen que ETA o Batasuna está detrás de Bildu, cuando en realidad este porcentaje se refiere al total de encuestados.
El problema que le veo a esta encuesta es que empieza poniendo sobre aviso al encuestado acerca de la ilegalización de Bildu. A mí lo que me gustaría saber es cuánta gente se ha enterado realmente de lo que ha pasado. Un gran número de españoles, que no leen otra prensa que los periódicos deportivos o las revistas del corazón, que se informan brevemente a la hora de la comida o la cena a través de TVE y que se entretienen con la basura inmunda de los realities, forzosamente tendrán una noción muy vaga e imprecisa de lo ocurrido. Esta masa embrutecida es la que hace posible las fechorías del gobierno y del Tribunal Constitucional. Si le preguntamos a un español típico qué le parece que ETA-Batasuna esté en las elecciones, dirá seguramente que le parece mal. Pero en su limitada actividad intelectual, apenas hay cabida para estos asuntos. Un día escucha que el Supremo (¿o era el Constitucional?) ha ilegalizado a Bildu y al siguiente, entre plato y plato oye no sé qué del Constitucional (¿o era el Supremo?), mientras reprende a los niños por hablar demasiado alto, a ver si puede escuchar el tiempo que hará mañana...
Los noticiarios de TVE son ejemplos de manual de cómo hacer que ciertas informaciones pasen despercibidas para la audiencia distraída. (No hablemos ya de aquellas que ni siquiera existen, como las irregularidades policiales del 11-M.) Lo sé no solo porque veo de vez en cuando esos programas, sino porque conozco a personas cuyo único alimento informativo es el "Telediario". La gente de poca formación (que es la mayoría) se entera de cosas como la boda del príncipe Guillermo, o la muerte de Bin Laden; pero temas como Bildu, el Bar Faisán o los EREs irregulares les aburren, porque de ello ya se encarga la tele del gobierno y casi todas las privadas. La excepción en el tratamiento de estos asuntos son las cadenas como Intereconomía, o Veo7, que por ello son tachadas de "ultraderechistas" por la izquierda mediática y política.
Es díficil saber dónde acaba la ignorancia y empieza la indiferencia, pero en cualquier caso el terreno está abonado para la manipulación más desvergonzada. Un ejemplo también reciente: En el programa "Informe Semanal" del pasado sábado, al tratar del tema de Bin Laden, vuelven a atribuir a Al-Qaeda los atentados del 11-M, como si fuera materia demostrada. Y para ello, no dudan en entrevistar al director del periódico Al-Quds Al-Arabi. Este periódico árabe y propalestino, editado en Inglaterra, de tirada irrisoria, es el mismo donde unas fantasmales Brigadas de Abu Hafs al-Masri reivindican habitualmente atentados, entre ellos los de Madrid en 2004.
Por supuesto, en "Informe Semanal" no dijeron que esa organización también reivindicó el apagón de la costa este de Estados Unidos del 2003, o los atentados de Londres de 2005. (Obviamente, todo falso.) Entrar en esos detalles después de la hora de cenar seguramente sería demasiado esfuerzo mental para la audiencia. Basta con que esta asimile que el 11-M lo cometió Al-Qaeda, porque lo dice un tipo de apariencia respetable. Como esos anuncios en los que un señor con bata blanca te recomienda un crecepelo o una pasta de dientes. Por algo se votó a Zapatero el 14-M.
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*Por cierto, en la edición impresa, en la página 4, hay una errata en los gráficos. La cuarta pregunta debería ser, como se desprende por el cuerpo de la noticia, "En su opinión, ¿la legalización de Bildu será positiva o negativa para la lucha antiterrorista?" En lugar de ello, repiten la segunda pregunta. También en Libertad Digital se han confundido, al afirmar que el 63,8 % de los votantes del PSOE creen que ETA o Batasuna está detrás de Bildu, cuando en realidad este porcentaje se refiere al total de encuestados.
sábado, 7 de mayo de 2011
La tragedia de España
A finales de la segunda legislatura de Aznar, ETA agonizaba. Muchos habían advertido que la Ley de Partidos, concebida para impedir que un grupo terrorista tuviera un brazo político, provocaría un aumento de la violencia. No fue así. La kale borroka disminuyó más del 80 % tras la disolución judicial de Batasuna. ETA asesinó a tres personas en 2003, pero no cometió ningún otro asesinato en los dos años siguientes.
Aznar no negoció con los terroristas. En la primera legislatura acercó presos etarras a cárceles del País Vasco, algunos de ellos gravemente enfermos, gesto que Batasuna tachó de burla, por insuficiente. Aznar se avino a tener contactos con la organización criminal, para comprobar si estaba realmente dispuesta a abandonar las armas, tras su declaración de tregua. Cuando se comprobó que esta era solo una artimaña para reorganizarse, se terminaron las conversaciones. Desde entonces, Aznar persiguió a ETA "con todas las armas del Estado de derecho", incansablemente.
Para ello fueron valiosas las buenas relaciones con Estados Unidos, cuyos servicios de inteligencia pusieron a disposición del gobierno español tecnología avanzada para la lucha antiterrorista, como satélites espía y aplicaciones de desencriptación. No hay que olvidar que Al-Qaeda y ETA llegaron a colaborar intensamente. Terroristas de ETA se entrenaron en Afganistán, compraron misiles Stinger a los yijadistas e incluso recibieron financiación directa de Bin Laden, a través de su tesorero en Dublín, Hamid Aich. En 2001 García Jodrá, jefe del "comando Barcelona", posiblemente tuvo una reunión con Mohamed Atta (quien poco después sería el más famoso piloto suicida del 11-S) y con otro islamista. En ella planearon un atentado conjunto, organizado por ETA y ejecutado por conductores suicidas de coches-bomba, contra la cumbre de la Unión Europea, durante la presidencia española. Por suerte, el comando etarra fue desarticulado a finales de agosto, por lo que esos planes se frustraron (1).
Lo cierto es que hacia 2003, el acoso policial y judicial había dado sus resultados, y ETA se encontraba tocada de muerte. Pero al año siguiente, tres días antes de las elecciones, se produjo el mayor atentado terrorista de la historia de España. La voladura de cuatro trenes, atribuida a los islamistas, provocó casi doscientos muertos, y cerca de dos mil heridos. Instrumentalizando la masacre sin el menor escrúpulo, el PSOE y la izquierda mediática consiguieron que el PP perdiera las elecciones. Llegó entonces al poder Zapatero, un pacifista que empezó por enemistar a nuestro país con los Estados Unidos y pronto se creyó investido de una misión histórica: Lograr la "paz" con ETA. Para ello promovió negociaciones políticas, que incluían dejar sin efecto la Ley de Partidos, con la inestimable colaboración de los jueces amigos, a fin de que el brazo político de ETA pudiera tener presencia en los gobiernos locales.
En mayo del 2006 las "concesiones" llegaron hasta el punto de que desde el Ministerio de Interior se habría producido un chivatazo que permitió a unos miembros del aparato de extorsión de ETA escapar de la policía. El resultado fue que ETA pudo rearmarse, y entre 2006 y 2010 cometer una docena de asesinatos. Pese a ello, todo indica que las negociaciones con los terroristas volvieron a reanudarse, y la prueba decisiva es que el Tribunal Constitucional (dominado por magistrados afines al gobierno) ha permitido que la coalición Bildu se presente a las próximas elecciones municipales y forales. Formada por Eusko Alkartasuna, Alternatiba (comunistas) e "independientes" del entorno de Batasuna, los informes policiales consideran que esa coalición electoral no es más que el "plan B" de ETA para llegar a los ayuntamientos vascos y navarros, tras la ilegalización de Sortu, que permitió al gobierno disimular su pacto con los terroristas.
Resumiendo, siete años después de la llegada al poder de los socialistas, ETA sigue viva, rearmándose en Francia, donde mató a un gendarme, y además se puede presentar a las elecciones, pese a la ley de Aznar que podría impedirlo, si existiera un poder judicial independiente para aplicarla. Así las cosas, los socialistas, con inigualable cinismo, responden a las tibias críticas de la oposición afirmando que es esta la que "da oxígeno a los terroristas".
Una pregunta es inevitable: ¿La recuperación de ETA es un producto de la torpeza insondable de un Zapatero deseoso de pasar a la historia como el hombre de la paz, frente al Aznar de la guerra de Irak? Si es así, pocos ejemplos podemos encontrar de dilapidar la obra de un gobierno anterior de manera tan irresponsable y negligente. Pero la realidad puede ser mucho peor, que al PSOE le convenga que ETA siga existiendo. En el 11-M, fuera obra de islamistas en colaboración con ETA, o de otros, quizás se halle la clave última de nuestra tragedia.
______
(1) Nacho García Mostazo, Libertad vigilada. El espionaje de las comunicaciones, Ed. B, 2003, págs. 324-328 y 336-339.
Aznar no negoció con los terroristas. En la primera legislatura acercó presos etarras a cárceles del País Vasco, algunos de ellos gravemente enfermos, gesto que Batasuna tachó de burla, por insuficiente. Aznar se avino a tener contactos con la organización criminal, para comprobar si estaba realmente dispuesta a abandonar las armas, tras su declaración de tregua. Cuando se comprobó que esta era solo una artimaña para reorganizarse, se terminaron las conversaciones. Desde entonces, Aznar persiguió a ETA "con todas las armas del Estado de derecho", incansablemente.
Para ello fueron valiosas las buenas relaciones con Estados Unidos, cuyos servicios de inteligencia pusieron a disposición del gobierno español tecnología avanzada para la lucha antiterrorista, como satélites espía y aplicaciones de desencriptación. No hay que olvidar que Al-Qaeda y ETA llegaron a colaborar intensamente. Terroristas de ETA se entrenaron en Afganistán, compraron misiles Stinger a los yijadistas e incluso recibieron financiación directa de Bin Laden, a través de su tesorero en Dublín, Hamid Aich. En 2001 García Jodrá, jefe del "comando Barcelona", posiblemente tuvo una reunión con Mohamed Atta (quien poco después sería el más famoso piloto suicida del 11-S) y con otro islamista. En ella planearon un atentado conjunto, organizado por ETA y ejecutado por conductores suicidas de coches-bomba, contra la cumbre de la Unión Europea, durante la presidencia española. Por suerte, el comando etarra fue desarticulado a finales de agosto, por lo que esos planes se frustraron (1).
Lo cierto es que hacia 2003, el acoso policial y judicial había dado sus resultados, y ETA se encontraba tocada de muerte. Pero al año siguiente, tres días antes de las elecciones, se produjo el mayor atentado terrorista de la historia de España. La voladura de cuatro trenes, atribuida a los islamistas, provocó casi doscientos muertos, y cerca de dos mil heridos. Instrumentalizando la masacre sin el menor escrúpulo, el PSOE y la izquierda mediática consiguieron que el PP perdiera las elecciones. Llegó entonces al poder Zapatero, un pacifista que empezó por enemistar a nuestro país con los Estados Unidos y pronto se creyó investido de una misión histórica: Lograr la "paz" con ETA. Para ello promovió negociaciones políticas, que incluían dejar sin efecto la Ley de Partidos, con la inestimable colaboración de los jueces amigos, a fin de que el brazo político de ETA pudiera tener presencia en los gobiernos locales.
En mayo del 2006 las "concesiones" llegaron hasta el punto de que desde el Ministerio de Interior se habría producido un chivatazo que permitió a unos miembros del aparato de extorsión de ETA escapar de la policía. El resultado fue que ETA pudo rearmarse, y entre 2006 y 2010 cometer una docena de asesinatos. Pese a ello, todo indica que las negociaciones con los terroristas volvieron a reanudarse, y la prueba decisiva es que el Tribunal Constitucional (dominado por magistrados afines al gobierno) ha permitido que la coalición Bildu se presente a las próximas elecciones municipales y forales. Formada por Eusko Alkartasuna, Alternatiba (comunistas) e "independientes" del entorno de Batasuna, los informes policiales consideran que esa coalición electoral no es más que el "plan B" de ETA para llegar a los ayuntamientos vascos y navarros, tras la ilegalización de Sortu, que permitió al gobierno disimular su pacto con los terroristas.
Resumiendo, siete años después de la llegada al poder de los socialistas, ETA sigue viva, rearmándose en Francia, donde mató a un gendarme, y además se puede presentar a las elecciones, pese a la ley de Aznar que podría impedirlo, si existiera un poder judicial independiente para aplicarla. Así las cosas, los socialistas, con inigualable cinismo, responden a las tibias críticas de la oposición afirmando que es esta la que "da oxígeno a los terroristas".
Una pregunta es inevitable: ¿La recuperación de ETA es un producto de la torpeza insondable de un Zapatero deseoso de pasar a la historia como el hombre de la paz, frente al Aznar de la guerra de Irak? Si es así, pocos ejemplos podemos encontrar de dilapidar la obra de un gobierno anterior de manera tan irresponsable y negligente. Pero la realidad puede ser mucho peor, que al PSOE le convenga que ETA siga existiendo. En el 11-M, fuera obra de islamistas en colaboración con ETA, o de otros, quizás se halle la clave última de nuestra tragedia.
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(1) Nacho García Mostazo, Libertad vigilada. El espionaje de las comunicaciones, Ed. B, 2003, págs. 324-328 y 336-339.
viernes, 11 de marzo de 2011
La verdad verdadera
Han transcurrido siete años desde el 11-M, el atentado más sangriento de la historia de España. Hoy mismo, los interrogatorios judiciales continúan. Una jueza ha citado a declarar como testigos a 24 miembros de los TEDAX, con el fin de saber qué ocurrió con las toneladas de restos de las explosiones de cuatro trenes, que jamás llegaron al laboratorio de la policía científica.
Algunos se empeñan todavía en hablar de "verdad judicial". El empleo de determinados adjetivos con frecuencia delata una actitud, si no deshonesta, sí de íntima inseguridad ante cuestiones incómodas. Quienes hablaban de "democracia popular" trataban vanamente de camuflar el hecho de que los regímenes así denominados eran todo menos democráticos. Y quienes hablan de "verdad judicial" parecen olvidar que verdad no hay más que una, y es independiente del observador. La verdad objetiva existe, otra cosa es que la conozcamos o no. La verdad sobre el 11-M es qué ocurrió exactamente aquel día, hasta donde sea humanamente posible conocerlo. Los jueces no son dioses ni extraterrestres, pueden equivocarse, prevaricar, recibir presiones, etc. Y en todo caso, ningún juez ha afirmado que ya sabemos todo sobre aquellos atentados y que no queda nada por investigar.
Cuando se enuncian obviedades como estas, algunos objetan que no se debe cuestionar el poder judicial en un Estado de Derecho. Pero nadie cuestiona una institución porque exprese dudas sobre su funcionamiento en un caso concreto. De lo contrario, llegaríamos al absurdo de que en democracia no se podría criticar ni a los jueces, ni a la policía, ni al gobierno, ni al jefe del Estado.
¿Quién ideó y ordenó el 11-M? No lo sabemos. Pero si algún día se abre paso la verdad, será debido seguramente a una combinación de investigaciones judiciales y periodísticas. Nadie hablará entonces de la verdad judicial o la verdad periodística, se hablará de la verdad a secas.
Mientras tanto solo podemos especular. Las hipótesis posibles sobre la autoría creo que podrían reducirse a las siguientes, mencionadas en orden arbitrario:
Que tras el 11-M hubo un golpe de Estado mediático es algo que podrá discutirse, claro está, pero yo estoy absolutamente convencido de ello. Y que quien planeó los atentados, sea quien sea, pretendía influir en las elecciones, también me parece evidente, por la fecha elegida. Lo que necesitamos conocer imperiosamente, para recuperar el orgullo de ser españoles, es si existe algún tipo de vinculación, ideológica o material, entre quienes planearon el atentado (o acaso no lo impidieron, pudiendo haberlo hecho) y quienes, una vez cometido, lo aprovecharon para organizar una campaña de manipulación sin precedentes, destinada a que el gobierno del PP no ganara sus terceras elecciones.
Por culpa del 11-M hemos tenido dos legislaturas presididas por Zapatero, el gobernante más sectario y más desastroso de los últimos 35 años. Pero lo peor es que quienes idearon los atentados y los pusieron en marcha sigan libres. Ningún país puede vivir con esa vergüenza.
Algunos se empeñan todavía en hablar de "verdad judicial". El empleo de determinados adjetivos con frecuencia delata una actitud, si no deshonesta, sí de íntima inseguridad ante cuestiones incómodas. Quienes hablaban de "democracia popular" trataban vanamente de camuflar el hecho de que los regímenes así denominados eran todo menos democráticos. Y quienes hablan de "verdad judicial" parecen olvidar que verdad no hay más que una, y es independiente del observador. La verdad objetiva existe, otra cosa es que la conozcamos o no. La verdad sobre el 11-M es qué ocurrió exactamente aquel día, hasta donde sea humanamente posible conocerlo. Los jueces no son dioses ni extraterrestres, pueden equivocarse, prevaricar, recibir presiones, etc. Y en todo caso, ningún juez ha afirmado que ya sabemos todo sobre aquellos atentados y que no queda nada por investigar.
Cuando se enuncian obviedades como estas, algunos objetan que no se debe cuestionar el poder judicial en un Estado de Derecho. Pero nadie cuestiona una institución porque exprese dudas sobre su funcionamiento en un caso concreto. De lo contrario, llegaríamos al absurdo de que en democracia no se podría criticar ni a los jueces, ni a la policía, ni al gobierno, ni al jefe del Estado.
¿Quién ideó y ordenó el 11-M? No lo sabemos. Pero si algún día se abre paso la verdad, será debido seguramente a una combinación de investigaciones judiciales y periodísticas. Nadie hablará entonces de la verdad judicial o la verdad periodística, se hablará de la verdad a secas.
Mientras tanto solo podemos especular. Las hipótesis posibles sobre la autoría creo que podrían reducirse a las siguientes, mencionadas en orden arbitrario:
- ETA.
- Al-Qaeda.
- Una célula terrorista islámica que actuara por libre.
- Los servicios secretos marroquíes.
- Los servicios secretos españoles, o elementos de los mismos.
- Una combinación de algunas de las anteriores.
- Otros.
Que tras el 11-M hubo un golpe de Estado mediático es algo que podrá discutirse, claro está, pero yo estoy absolutamente convencido de ello. Y que quien planeó los atentados, sea quien sea, pretendía influir en las elecciones, también me parece evidente, por la fecha elegida. Lo que necesitamos conocer imperiosamente, para recuperar el orgullo de ser españoles, es si existe algún tipo de vinculación, ideológica o material, entre quienes planearon el atentado (o acaso no lo impidieron, pudiendo haberlo hecho) y quienes, una vez cometido, lo aprovecharon para organizar una campaña de manipulación sin precedentes, destinada a que el gobierno del PP no ganara sus terceras elecciones.
Por culpa del 11-M hemos tenido dos legislaturas presididas por Zapatero, el gobernante más sectario y más desastroso de los últimos 35 años. Pero lo peor es que quienes idearon los atentados y los pusieron en marcha sigan libres. Ningún país puede vivir con esa vergüenza.
domingo, 2 de enero de 2011
Ideas y personas
Nuevo episodio interno del PP (la marcha de Álvarez-Cascos) que será utilizado por el socialismo y sus medios afines para intentar paliar algo la ventaja del Partido Popular en las encuestas... Pero también por una parte de la derecha liberal (Libertad Digital y su fiel infantería internáutica) para alimentar la visión tremendista y desmoralizadora en la que lleva más de dos años instalada. A saber, aquella que, resumidamente, no deja de proclamar que el PP y el PSOE son la misma m... Por lo visto, ni en UPyD ni en Ciudadanos existen problemas de personalismos, no, qué va, allí todo son profundos debates filosóficos.
A mí Álvarez-Cascos sinceramente me parecía un valor sólido del PP, un tipo que ayudaba a conseguir votos y no se andaba con tibiezas. Al menos así lo veía hasta que filtró a la prensa que estaba dispuesto a presentarse por su cuenta, si no se atendían sus ambiciones asturianas. Pero nunca se me ocurrió pensar que sin Cascos, el PP perdía ninguna esencia. Si he sido y soy crítico del pepeísmo (de poner al partido por encima de las ideas), más lo soy aún de los personalismos, de pensar que existan individuos providenciales. Aquellos que El País y LD llaman "cadáveres políticos de Rajoy", Mayor Oreja, María San Gil, Ortega Lara, Acebes, Zaplana o Pizarro, son personas con sus virtudes y defectos, como todos, y según demos más relieve a unas u otros, podemos obtener retratos muy distintos.
A Mayor Oreja hay que escucharle siempre con la máxima atención cuando habla del País Vasco, pero si le desvías de ese tema, pierde muchísimo, se vuelve evanescente y escurridizo. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que Federico y Pedro J intentaron sacarle alguna opinión sobre las actuaciones policiales y judiciales sobre el 11-M (creo que fue antes de las elecciones del 2008), pero el hombre se escabulló como una anguila.
Y ya que hablamos del 11-M, no podemos decir que aquellos infaustos días Ángel Acebes tuviera una brillante actuación, por mucho que su honradez quedara acreditada, informando a los ciudadanos prácticamente en tiempo real del curso de las investigaciones (o lo que la policía le contaba de ellas).
Pero es que Manuel Pizarro, siendo como es una persona indudablemente preparada y competente, como político es otra alma de cántaro. En el famoso debate entre él y Solbes, no me he cansado de decirlo desde el día siguiente, tener la razón no le sirvió de nada, porque no supo comunicarlo. Solbes le venció -y resulta penoso decirlo- utilizando el más puro método lakoffiano: Buscó llevar el debate al terreno ideológico (impuestos altos sí o no, pensiones públicas o privadas) y Pizarro (no Rajoy, señores, Manuel Pizarro: el mismo) lo rehuyó despavorido; ingenuamente pensó que con mostrar estadísticas, en lugar de ideas, podía contrarrestar la propaganda gubernamental.
En fin, si queremos podemos hablar incluso de Aznar (por quien siento la máxima admiración), de su "viaje al centro" y del catalán en la intimidad. O de Esperanza Aguirre (ídem) y el dinero que se gasta en publicidad institucional, especialmente en campañas inspiradas en la ideología de género. Pero la verdad, me da mucha pereza. Si siguiera por ese camino, llegaría a conclusiones parecidas a las de Pío Moa, para quien el PP no es más que otra marca del PSOE, y Rajoy un personaje tan nefasto o más que Zapatero.
¿Por qué no estoy de acuerdo con Moa en esto? Primeramente por una razón empírica. Si comparo los veinte años que han gobernado los socialistas con los ocho años de Aznar, no hay color. Aznar, ya digo, no era el Mesías, cometió errores graves (como la retirada de su tímida reforma laboral tras la huelga general, por citar sólo uno) y omisiones quizás peores. Pero globalmente fue el mejor presidente de la democracia española. Por mera analogía, creo que es lícito pensar que aunque Rajoy no nos lleve al éxtasis, puede llegar a ser un buen gobernante. Concedámosle al menos el beneficio de la duda. Incluso si nos engañara, creo que es imposible que lo hiciera peor que Zapatero.
En segundo lugar, me considero una persona conservadora. Quizás conservadora a fuer de liberal, pero conservadora al fin y al cabo. Y lo que define al conservador es que antepone (o eso intenta) el mundo real al mundo de la imaginación. Podemos fantasear todo lo que queramos sobre el partido liberal-conservador que necesitaría este país, sobre un líder político carismático y que defendiera sin complejos el liberalismo económico y se enfrentara heroicamente a la corrección política en temas como la ideología de género o el ecologismo. Pero al final tenemos lo que tenemos. El radicalismo del todo o nada es más fácil que conduzca a lo segundo que a lo primero.
Por supuesto, ser conservador no implica la renuncia a mejorar las cosas. No es sólo válido, sino obligado, tratar de forzar a los políticos a que tengan en cuenta las demandas de la sociedad civil, y en este sentido el movimiento del Tea Party me parece ejemplar. Los americanos no han ido a cargarse al Partido Republicano, no han dicho que todos los políticos son iguales. Han tratado de influir en la formación que más se acerca a sus ideas, y -todo hay que decirlo- su sistema político de primarias y listas abiertas les ha facilitado mucho la tarea. El resultado ha sido un gran éxito en las recientes elecciones parciales, no sólo de un partido, sino también en gran medida de las ideas centrales que defiende el Tea Party. ¿Qué hubieran conseguido diciendo que el Partido Republicano ya no les representaba, y aconsejando el voto a formaciones minoritarias?
Cada vez me aburren más las beatificaciones, sean las de María San Gil, Manuel Pizarro o Álvarez-Cascos. Y me incomoda que quienes elaboran con gran mérito las bases intelectuales de una derecha liberal se deslicen con tanta facilidad al género hagiográfico. No necesitamos eso. A mí al menos me basta con saber cómo piensan en general los militantes del PP y cómo piensan los del PSOE. Les aseguro que no es fácil confundirlos.
A mí Álvarez-Cascos sinceramente me parecía un valor sólido del PP, un tipo que ayudaba a conseguir votos y no se andaba con tibiezas. Al menos así lo veía hasta que filtró a la prensa que estaba dispuesto a presentarse por su cuenta, si no se atendían sus ambiciones asturianas. Pero nunca se me ocurrió pensar que sin Cascos, el PP perdía ninguna esencia. Si he sido y soy crítico del pepeísmo (de poner al partido por encima de las ideas), más lo soy aún de los personalismos, de pensar que existan individuos providenciales. Aquellos que El País y LD llaman "cadáveres políticos de Rajoy", Mayor Oreja, María San Gil, Ortega Lara, Acebes, Zaplana o Pizarro, son personas con sus virtudes y defectos, como todos, y según demos más relieve a unas u otros, podemos obtener retratos muy distintos.
A Mayor Oreja hay que escucharle siempre con la máxima atención cuando habla del País Vasco, pero si le desvías de ese tema, pierde muchísimo, se vuelve evanescente y escurridizo. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que Federico y Pedro J intentaron sacarle alguna opinión sobre las actuaciones policiales y judiciales sobre el 11-M (creo que fue antes de las elecciones del 2008), pero el hombre se escabulló como una anguila.
Y ya que hablamos del 11-M, no podemos decir que aquellos infaustos días Ángel Acebes tuviera una brillante actuación, por mucho que su honradez quedara acreditada, informando a los ciudadanos prácticamente en tiempo real del curso de las investigaciones (o lo que la policía le contaba de ellas).
Pero es que Manuel Pizarro, siendo como es una persona indudablemente preparada y competente, como político es otra alma de cántaro. En el famoso debate entre él y Solbes, no me he cansado de decirlo desde el día siguiente, tener la razón no le sirvió de nada, porque no supo comunicarlo. Solbes le venció -y resulta penoso decirlo- utilizando el más puro método lakoffiano: Buscó llevar el debate al terreno ideológico (impuestos altos sí o no, pensiones públicas o privadas) y Pizarro (no Rajoy, señores, Manuel Pizarro: el mismo) lo rehuyó despavorido; ingenuamente pensó que con mostrar estadísticas, en lugar de ideas, podía contrarrestar la propaganda gubernamental.
En fin, si queremos podemos hablar incluso de Aznar (por quien siento la máxima admiración), de su "viaje al centro" y del catalán en la intimidad. O de Esperanza Aguirre (ídem) y el dinero que se gasta en publicidad institucional, especialmente en campañas inspiradas en la ideología de género. Pero la verdad, me da mucha pereza. Si siguiera por ese camino, llegaría a conclusiones parecidas a las de Pío Moa, para quien el PP no es más que otra marca del PSOE, y Rajoy un personaje tan nefasto o más que Zapatero.
¿Por qué no estoy de acuerdo con Moa en esto? Primeramente por una razón empírica. Si comparo los veinte años que han gobernado los socialistas con los ocho años de Aznar, no hay color. Aznar, ya digo, no era el Mesías, cometió errores graves (como la retirada de su tímida reforma laboral tras la huelga general, por citar sólo uno) y omisiones quizás peores. Pero globalmente fue el mejor presidente de la democracia española. Por mera analogía, creo que es lícito pensar que aunque Rajoy no nos lleve al éxtasis, puede llegar a ser un buen gobernante. Concedámosle al menos el beneficio de la duda. Incluso si nos engañara, creo que es imposible que lo hiciera peor que Zapatero.
En segundo lugar, me considero una persona conservadora. Quizás conservadora a fuer de liberal, pero conservadora al fin y al cabo. Y lo que define al conservador es que antepone (o eso intenta) el mundo real al mundo de la imaginación. Podemos fantasear todo lo que queramos sobre el partido liberal-conservador que necesitaría este país, sobre un líder político carismático y que defendiera sin complejos el liberalismo económico y se enfrentara heroicamente a la corrección política en temas como la ideología de género o el ecologismo. Pero al final tenemos lo que tenemos. El radicalismo del todo o nada es más fácil que conduzca a lo segundo que a lo primero.
Por supuesto, ser conservador no implica la renuncia a mejorar las cosas. No es sólo válido, sino obligado, tratar de forzar a los políticos a que tengan en cuenta las demandas de la sociedad civil, y en este sentido el movimiento del Tea Party me parece ejemplar. Los americanos no han ido a cargarse al Partido Republicano, no han dicho que todos los políticos son iguales. Han tratado de influir en la formación que más se acerca a sus ideas, y -todo hay que decirlo- su sistema político de primarias y listas abiertas les ha facilitado mucho la tarea. El resultado ha sido un gran éxito en las recientes elecciones parciales, no sólo de un partido, sino también en gran medida de las ideas centrales que defiende el Tea Party. ¿Qué hubieran conseguido diciendo que el Partido Republicano ya no les representaba, y aconsejando el voto a formaciones minoritarias?
Cada vez me aburren más las beatificaciones, sean las de María San Gil, Manuel Pizarro o Álvarez-Cascos. Y me incomoda que quienes elaboran con gran mérito las bases intelectuales de una derecha liberal se deslicen con tanta facilidad al género hagiográfico. No necesitamos eso. A mí al menos me basta con saber cómo piensan en general los militantes del PP y cómo piensan los del PSOE. Les aseguro que no es fácil confundirlos.
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sábado, 4 de diciembre de 2010
¿Ante otro golpe mediático?
En vísperas del 11-M todas las encuestas pronosticaban la tercera victoria electoral del PP. La única duda era si Rajoy, a quien José María Aznar había designado como su sucesor, lograría una mayoría absoluta o no. Entonces se produjo el mayor atentado de la historia de España y ya se sabe qué ocurrió después. La cadena SER, afín al PSOE, empezó a divulgar el bulo de que se habían encontrado los cadáveres de terroristas suicidas en los trenes, y que el gobierno estaba ocultando información a los españoles. Rubalcaba, quien sería nombrado portavoz parlamentario del grupo socialista inmediatamente después de las elecciones, pronunció la famosa frase: "Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta." Las sedes del PP fueron cercadas durante la jornada de reflexión por la chusma antidemocrática convocada por SMS, y se produjeron manifestaciones que parecían más contra el gobierno que contra los terroristas, con gritos de "Aznar asesino". En la de Barcelona, los ministros Rato y Piqué tuvieron que salir corriendo, para evitar ser agredidos físicamente.
Hoy tenemos una situación muy distinta, pero con algunos paralelismos inquietantes. En primer lugar, no nos encontramos en período electoral, pero la oposición y algunos medios de comunicación han pedido ya repetidamente un adelanto de las elecciones. Y las encuestas, al igual que en 2004, favorecen claramente al Partido Popular. En estas circunstancias, se produce una huelga salvaje de controladores aéreos, uno de los colectivos más impopulares en estos momentos (con razón), y el gobierno del PSOE, cuyo hombre fuerte es Rubalcaba, decreta el estado de alarma. No contento con eso, trata además de azuzar a la opinión pública contra la oposición, acusándola de connivencia con los controladores.
El estado de alarma es una situación excepcional en la que durante un período de quince días prorrogables, el gobierno puede efectuar requisas y obligar a los ciudadanos a realizar prestaciones comunitarias. Se trata de una medida absolutamente desproporcionada, pues se podía haber militarizado los aeropuertos sin necesidad de recurrir a un artículo de la Constitución que otorga al gobierno poderes excepcionales sobre todos los ciudadanos. De hecho, hubiera estado mucho más justificado que el estado de alarma hubiera sido decretado por Aznar el 11 de marzo del 2004, para hacer frente a un atentado terrorista que causó casi doscientos muertos, y podía perturbar gravemente (como así ocurrió) el proceso democrático.
La jugada es casi perfecta. En vísperas de un largo puente (no al día siguiente, por ejemplo) se anuncia la privatización de los aeropuertos. Los controladores no dejan pasar la oportunidad de protestar ejerciendo el chantaje a todo un país, tal como están acostumbrados, y el nuevo hombre fuerte del gobierno aprovecha para incrementar su popularidad con un golpe de efecto espectacular, dejando para un subalterno el trabajo sucio de teledirigir la indignación ciudadana, o parte de ella, hacia el PP.
Puede que todo parecido entre las dos situaciones sea pura coincidencia. Pero lo que no es casual es la habilidad del PSOE para criminalizar a sus adversarios, estén en el gobierno o en la oposición. Lo hicieron en los años treinta, lo bordaron a finales del mandato de Aznar y, si se encuentran desesperados ante la perspectiva de perder el gobierno, lo intentarán de nuevo. Todavía es pronto para saber si lo que ha ocurrido hoy se inscribe en esta estrategia, o se trata sólo de un primer ensayo general. Debemos estar más vigilantes que nunca; las libertades están en juego.
Hoy tenemos una situación muy distinta, pero con algunos paralelismos inquietantes. En primer lugar, no nos encontramos en período electoral, pero la oposición y algunos medios de comunicación han pedido ya repetidamente un adelanto de las elecciones. Y las encuestas, al igual que en 2004, favorecen claramente al Partido Popular. En estas circunstancias, se produce una huelga salvaje de controladores aéreos, uno de los colectivos más impopulares en estos momentos (con razón), y el gobierno del PSOE, cuyo hombre fuerte es Rubalcaba, decreta el estado de alarma. No contento con eso, trata además de azuzar a la opinión pública contra la oposición, acusándola de connivencia con los controladores.
El estado de alarma es una situación excepcional en la que durante un período de quince días prorrogables, el gobierno puede efectuar requisas y obligar a los ciudadanos a realizar prestaciones comunitarias. Se trata de una medida absolutamente desproporcionada, pues se podía haber militarizado los aeropuertos sin necesidad de recurrir a un artículo de la Constitución que otorga al gobierno poderes excepcionales sobre todos los ciudadanos. De hecho, hubiera estado mucho más justificado que el estado de alarma hubiera sido decretado por Aznar el 11 de marzo del 2004, para hacer frente a un atentado terrorista que causó casi doscientos muertos, y podía perturbar gravemente (como así ocurrió) el proceso democrático.
La jugada es casi perfecta. En vísperas de un largo puente (no al día siguiente, por ejemplo) se anuncia la privatización de los aeropuertos. Los controladores no dejan pasar la oportunidad de protestar ejerciendo el chantaje a todo un país, tal como están acostumbrados, y el nuevo hombre fuerte del gobierno aprovecha para incrementar su popularidad con un golpe de efecto espectacular, dejando para un subalterno el trabajo sucio de teledirigir la indignación ciudadana, o parte de ella, hacia el PP.
Puede que todo parecido entre las dos situaciones sea pura coincidencia. Pero lo que no es casual es la habilidad del PSOE para criminalizar a sus adversarios, estén en el gobierno o en la oposición. Lo hicieron en los años treinta, lo bordaron a finales del mandato de Aznar y, si se encuentran desesperados ante la perspectiva de perder el gobierno, lo intentarán de nuevo. Todavía es pronto para saber si lo que ha ocurrido hoy se inscribe en esta estrategia, o se trata sólo de un primer ensayo general. Debemos estar más vigilantes que nunca; las libertades están en juego.
ACTUALIZACIÓN 5-12-10: Elentir destaca en su blog otros aspectos del Estado de Alarma: Permite imponer a los medios de comunicación anuncios del gobierno y además, mientras dure, no se pueden convocar elecciones...; por ejemplo, ante un eventual rescate de España por la UE. Por otra parte, también apunta Elentir a la posible inconstitucionalidad del decreto.
sábado, 28 de agosto de 2010
La Guerra de Iraq y el terrorismo islamista
Con motivo de la retirada de las fuerzas ocupantes de los Estados Unidos en Iraq, ordenada por el presidente Obama para cumplir una frívola promesa electoral, la mayor parte de los medios de comunicación han aprovechado para realizar sus particulares balances. Casi todos ellos han hecho hincapié en que no se han hallado armas de destrucción masiva, de lo cual deducen aventuradamente que jamás existieron y que los pretextos esgrimidos para la invasión fueron, por tanto, espurios. En apoyo de esta opinión han venido de perlas las declaraciones en comisión parlamentaria de Eliza Manningham-Buller, que fue directora del MI5 entre 2002 y 2007. Según la ex jefa de la inteligencia británica, no existieron nunca evidencias de que Saddam Hussein supusiera un peligro inminente para la seguridad de las democracias occidentales y, en cambio, la Guerra de Iraq sólo ha servido para alimentar al terrorismo yihadista.
Sorprende ante todo que la señora Manningham-Buller diga esto ahora, cuando, durante el tiempo que ocupó su cargo, puso especial énfasis en recordar que el primer atentado de Al-Qaeda en el Reino Unido fue anterior a la Guerra de Iraq, y que Estados Unidos y Europa Occidental han sido objetivos de la organización terrorista desde mucho antes de la intervención para derrocar el régimen baasista (1). Cabe preguntarse si sus declaraciones no son un intento de diluir su propia responsabilidad al frente del MI5 cuando se produjeron los atentados de Londres del 2005, culpando de ellos, en parte, a decisiones supuestamente equivocadas en política exterior. Sobre todo teniendo en cuenta que, según fuentes no desmentidas, el día anterior a los crímenes islamistas ella había asegurado a varios diputados laboristas que no existía una amenaza inminente (2).
En todo caso, más allá de motivaciones psicológicas en las que sería ocioso entrar, sí merece la pena evaluar si como consecuencia de la Guerra de Iraq, el terrorismo contra los aliados occidentales que participaron en la invasión se ha visto incrementado en sus propios países. Una medida obvia de ello es la magnitud de los atentados terroristas cometidos en suelo europeo y americano desde 2003. Pues bien, aparte de los mencionados de Londres, tenemos los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, que dejaron casi doscientos muertos. Lo que nos lleva a ciertas consideraciones.
Según sentencia judicial, los condenados por su participación en los atentados de Madrid eran “miembros de células o grupos terroristas de tipo yihadista”, pero en ningún momento se establece probada la conexión organizativa con Al-Qaeda. De hecho, el seguimiento de la pista islamista se desencadenó por el hallazgo de un vehículo con indicios de haber servido para transportar explosivos e individuos de religión musulmana. Sin embargo, la sentencia dictada en 2007 admite que no ha quedado demostrada la utilización de dicho vehículo (una furgoneta Renault Kangoo) en los atentados. Pese a ello, sorprendentemente, el juez Gómez Bermúdez afirmó que era válido sostener “conclusiones jurídicas iguales o muy similares a las que se llegaría de tener por probado tal hecho” (!). Si a esto añadimos las serias dudas que inspiran otros aspectos de la investigación policial, como las relacionadas con la determinación de los explosivos, que fueron zanjadas por la sentencia con parecida doctrina jurídica, los fundamentos de la versión oficial se revelan de una inaudita fragilidad. No sólo por la insuficiencia de las pruebas, sino por los vertiginosos indicios de manipulación. La posibilidad de que elementos de las fuerzas de seguridad españolas, desleales al gobierno de Aznar, priorizaran la hipótesis de la autoría islamista para influir en el resultado de las elecciones legislativas, celebradas tres días después de los atentados, no ha escapado a diversos analistas, y es la tesis defendida entre otros por el abogado de las víctimas José María de Pablo.
Es difícil negar que los socialistas, vencedores de los sufragios, y que permanecen en el poder desde entonces, debieron su éxito electoral a la habilidad para instilar entre la población la idea de que los atentados fueron una represalia por el apoyo de Aznar a Bush y a Blair en la Guerra de Iraq. Y esta interpretación no es muy distinta de la que sugiere la ex directora del MI5 cuando cuestiona los motivos y, sobre todo, la conveniencia de la guerra de Iraq para la seguridad del Reino Unido. La diferencia es que los atentados de Londres fueron indiscutiblemente obra de islamistas, que escaparon a la acción preventiva de la inteligencia británica, mientras que los atentados de Madrid siguen sin haber sido aclarados, no sabemos si por inepcia o por causas de índole más escabrosa.
A tenor de estas consideraciones, establecer una relación causal entre la Guerra de Iraq y el terrorismo islamista en suelo occidental, no deja de ser una tesis sumamente imprudente. Primero, porque no se ha producido un drástico aumento de atentados terroristas fuera de Iraq tras el conflicto. Y segundo, porque Al-Qaeda utiliza cualquier pretexto para justificar sus crímenes, desde el conflicto palestino-israelí, hasta la reivindicación del Califato, pasando, claro está, por la invasión de Iraq. Adoptar los conceptos de la propaganda islamista, por mezquinas razones personales o por sórdidos cálculos electorales, es una muestra de debilidad de las democracias que sus enemigos no dudarán en aprovechar.
Sorprende ante todo que la señora Manningham-Buller diga esto ahora, cuando, durante el tiempo que ocupó su cargo, puso especial énfasis en recordar que el primer atentado de Al-Qaeda en el Reino Unido fue anterior a la Guerra de Iraq, y que Estados Unidos y Europa Occidental han sido objetivos de la organización terrorista desde mucho antes de la intervención para derrocar el régimen baasista (1). Cabe preguntarse si sus declaraciones no son un intento de diluir su propia responsabilidad al frente del MI5 cuando se produjeron los atentados de Londres del 2005, culpando de ellos, en parte, a decisiones supuestamente equivocadas en política exterior. Sobre todo teniendo en cuenta que, según fuentes no desmentidas, el día anterior a los crímenes islamistas ella había asegurado a varios diputados laboristas que no existía una amenaza inminente (2).
En todo caso, más allá de motivaciones psicológicas en las que sería ocioso entrar, sí merece la pena evaluar si como consecuencia de la Guerra de Iraq, el terrorismo contra los aliados occidentales que participaron en la invasión se ha visto incrementado en sus propios países. Una medida obvia de ello es la magnitud de los atentados terroristas cometidos en suelo europeo y americano desde 2003. Pues bien, aparte de los mencionados de Londres, tenemos los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, que dejaron casi doscientos muertos. Lo que nos lleva a ciertas consideraciones.
Según sentencia judicial, los condenados por su participación en los atentados de Madrid eran “miembros de células o grupos terroristas de tipo yihadista”, pero en ningún momento se establece probada la conexión organizativa con Al-Qaeda. De hecho, el seguimiento de la pista islamista se desencadenó por el hallazgo de un vehículo con indicios de haber servido para transportar explosivos e individuos de religión musulmana. Sin embargo, la sentencia dictada en 2007 admite que no ha quedado demostrada la utilización de dicho vehículo (una furgoneta Renault Kangoo) en los atentados. Pese a ello, sorprendentemente, el juez Gómez Bermúdez afirmó que era válido sostener “conclusiones jurídicas iguales o muy similares a las que se llegaría de tener por probado tal hecho” (!). Si a esto añadimos las serias dudas que inspiran otros aspectos de la investigación policial, como las relacionadas con la determinación de los explosivos, que fueron zanjadas por la sentencia con parecida doctrina jurídica, los fundamentos de la versión oficial se revelan de una inaudita fragilidad. No sólo por la insuficiencia de las pruebas, sino por los vertiginosos indicios de manipulación. La posibilidad de que elementos de las fuerzas de seguridad españolas, desleales al gobierno de Aznar, priorizaran la hipótesis de la autoría islamista para influir en el resultado de las elecciones legislativas, celebradas tres días después de los atentados, no ha escapado a diversos analistas, y es la tesis defendida entre otros por el abogado de las víctimas José María de Pablo.
Es difícil negar que los socialistas, vencedores de los sufragios, y que permanecen en el poder desde entonces, debieron su éxito electoral a la habilidad para instilar entre la población la idea de que los atentados fueron una represalia por el apoyo de Aznar a Bush y a Blair en la Guerra de Iraq. Y esta interpretación no es muy distinta de la que sugiere la ex directora del MI5 cuando cuestiona los motivos y, sobre todo, la conveniencia de la guerra de Iraq para la seguridad del Reino Unido. La diferencia es que los atentados de Londres fueron indiscutiblemente obra de islamistas, que escaparon a la acción preventiva de la inteligencia británica, mientras que los atentados de Madrid siguen sin haber sido aclarados, no sabemos si por inepcia o por causas de índole más escabrosa.A tenor de estas consideraciones, establecer una relación causal entre la Guerra de Iraq y el terrorismo islamista en suelo occidental, no deja de ser una tesis sumamente imprudente. Primero, porque no se ha producido un drástico aumento de atentados terroristas fuera de Iraq tras el conflicto. Y segundo, porque Al-Qaeda utiliza cualquier pretexto para justificar sus crímenes, desde el conflicto palestino-israelí, hasta la reivindicación del Califato, pasando, claro está, por la invasión de Iraq. Adoptar los conceptos de la propaganda islamista, por mezquinas razones personales o por sórdidos cálculos electorales, es una muestra de debilidad de las democracias que sus enemigos no dudarán en aprovechar.
jueves, 22 de julio de 2010
El Gran Secreto
Me doy una panzada de reír cada vez que en los programas del corazón, especialmente el de los viernes por la noche en Antena 3, "Dónde estás corazón" (DEC), invitan a Bárbara Rey, o a algún personaje directa o indirectamente relacionado con ella, lo cual es prácticamente cada quince días. Resulta conmovedor ver cómo los periodistas dan vueltas alrededor del asunto de la relación que tuvo esa señora de armas tomar con "una alta personalidad del Estado", sin atreverse jamás a decir en voz alta lo que todos ellos saben, como reconoció una de las colaboradoras del programa la semana pasada.
Lo llamativo del caso no es sólo que en España siga existiendo la (auto)censura respecto al Jefe del Estado designado por Franco, sino que una información que ha sido puesta por escrito hace ya tiempo (ver más abajo), no se pueda ofrecer en televisión. Por lo visto, el establishment considera que mientras de según qué temas no se hable en la tele, el sistema está a salvo. Y lo triste es que probablemente tiene toda la razón. En este país de teleborregos, mientras ninguna televisión nacional dé el paso de cuestionarse la versión oficial del 11-M, no existe peligro de que el pueblo exija responsabilidades. ¡Cómo! ¿A qué creen que me refería con el título de esta entrada? Estaba hablando, por supuesto, de quién planeó y organizó el mayor atentado terrorista de la historia de España. Lo del rey es una broma, claro, al menos en lo que atañe a sus peripecias sentimentales, que de las de otra índole ($) tampoco se puede hablar. Por la tele, se entiende.
Bibliografía mínima:
Jesús Cacho, El negocio de la libertad, Foca, 1999. Un clásico imprescindible del periodismo de investigación y de crítica del establishment. El episodio del rey y una "famosa vedette" (a la cual no identifica explícitamente, aunque con los detalles que proporciona no es difícil hacerlo), con las rocambolescas consecuencias posteriores a la ruptura, se narra en las páginas 406-408 (5ª ed. del 2000).
Patricia Sverlo, Un rey golpe a golpe. Biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón. (¿2000?) Se puede descargar en pdf. Este libro apareció en las librerías hace unos años, en una editorial vasca. Por supuesto, por el medio ideológico del que proviene, debe leerse con todas las prevenciones.
Federico Jiménez Losantos, De la noche a la mañana. El milagro de la COPE, La Esfera de los Libros, 2006. En la página 28, el autor revela lo que le contó Antonio Herrero, que a su vez le había contado la propia Bárbara Rey, "que Bárbara Rey, vecina de Antonio, había ido a quejársele del acoso del CESID por una supuesta grabación de sus encuentros sexuales con el Rey, y por el terror que tenía a sufrir un 'accidente' que eliminara cualquier posible escándalo." Jiménez Losantos toma en consideración la teoría de que la posterior muerte de Antonio Herrero en un accidente de submarinismo pudiera tener algo que ver con el asunto, aunque sin darle crédito.
En fin, esto es lo que hay. El viernes que viene, a ver qué nueva amante de Ángel Cristo, o qué primo segundo del cuñado del portero de una clienta de la peluquería adonde acude Bárbara Rey aparecerá en DEC. No me negarán el morbo que tiene ver a tan aguerridos profesionales jugando a ver quién es más sutil en la manera de no pronunciar lo impronunciable.
viernes, 12 de marzo de 2010
Morir por algo
Ayer escuché en la radio, en uno de los actos en memoria del 11-M, a una mujer que decía que las víctimas de los atentados de hace seis años "dieron su vida por la democracia".
Lo siento, pero no. Las víctimas del 11-M no murieron por la democracia. Eran en su mayoría personas inocentes que habían madrugado como cada día, para ir a trabajar o a estudiar. ¿No es algo suficientemente honroso, como para que debamos adornarlo con una retórica hueca?
Por la democracia mueren nuestros militares en Afganistán, o los servidores públicos asesinados por ETA, es decir, aquellas personas que se juegan la vida por el uniforme o el cargo que han elegido, o por las ideas que voluntariamente defienden. Pero los pasajeros de los cuatro trenes que los terroristas hicieron estallar el 11 de marzo de 2004 no hacían otra cosa que ocuparse de sus asuntos personales, ajenos a cualquier amenaza. Ello no resta un ápice de nobleza a sus vidas, ni hace menos dolorosas sus muertes, más bien al contrario. Lo indeciblemente trágico es que no murieron por la democracia, sino que murieron con ella, si por democracia entendemos un sistema político al servicio de los ciudadanos y sometido a la Justicia, no uno que sigue sin averiguar quién mató a casi doscientas personas para cambiar el gobierno.
Lo siento, pero no. Las víctimas del 11-M no murieron por la democracia. Eran en su mayoría personas inocentes que habían madrugado como cada día, para ir a trabajar o a estudiar. ¿No es algo suficientemente honroso, como para que debamos adornarlo con una retórica hueca?
Por la democracia mueren nuestros militares en Afganistán, o los servidores públicos asesinados por ETA, es decir, aquellas personas que se juegan la vida por el uniforme o el cargo que han elegido, o por las ideas que voluntariamente defienden. Pero los pasajeros de los cuatro trenes que los terroristas hicieron estallar el 11 de marzo de 2004 no hacían otra cosa que ocuparse de sus asuntos personales, ajenos a cualquier amenaza. Ello no resta un ápice de nobleza a sus vidas, ni hace menos dolorosas sus muertes, más bien al contrario. Lo indeciblemente trágico es que no murieron por la democracia, sino que murieron con ella, si por democracia entendemos un sistema político al servicio de los ciudadanos y sometido a la Justicia, no uno que sigue sin averiguar quién mató a casi doscientas personas para cambiar el gobierno.
jueves, 11 de marzo de 2010
Un jueves como hoy
Hace seis años también fue jueves. Fue aquel 11 de marzo en el que 193 personas (incluyendo dos que aún no habían nacido), fueron asesinadas en los trenes de Madrid. Y seguimos sin saber quién estuvo realmente detrás de aquel masivo crimen. Semanario Atlántico y Tot Tarragona publican respectivamente mis artículos "11-M, ¿caso resuelto?" y "La veritat de l'11-M" (en catalán).
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