domingo, 2 de enero de 2011
Ideas y personas
A mí Álvarez-Cascos sinceramente me parecía un valor sólido del PP, un tipo que ayudaba a conseguir votos y no se andaba con tibiezas. Al menos así lo veía hasta que filtró a la prensa que estaba dispuesto a presentarse por su cuenta, si no se atendían sus ambiciones asturianas. Pero nunca se me ocurrió pensar que sin Cascos, el PP perdía ninguna esencia. Si he sido y soy crítico del pepeísmo (de poner al partido por encima de las ideas), más lo soy aún de los personalismos, de pensar que existan individuos providenciales. Aquellos que El País y LD llaman "cadáveres políticos de Rajoy", Mayor Oreja, María San Gil, Ortega Lara, Acebes, Zaplana o Pizarro, son personas con sus virtudes y defectos, como todos, y según demos más relieve a unas u otros, podemos obtener retratos muy distintos.
A Mayor Oreja hay que escucharle siempre con la máxima atención cuando habla del País Vasco, pero si le desvías de ese tema, pierde muchísimo, se vuelve evanescente y escurridizo. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que Federico y Pedro J intentaron sacarle alguna opinión sobre las actuaciones policiales y judiciales sobre el 11-M (creo que fue antes de las elecciones del 2008), pero el hombre se escabulló como una anguila.
Y ya que hablamos del 11-M, no podemos decir que aquellos infaustos días Ángel Acebes tuviera una brillante actuación, por mucho que su honradez quedara acreditada, informando a los ciudadanos prácticamente en tiempo real del curso de las investigaciones (o lo que la policía le contaba de ellas).
Pero es que Manuel Pizarro, siendo como es una persona indudablemente preparada y competente, como político es otra alma de cántaro. En el famoso debate entre él y Solbes, no me he cansado de decirlo desde el día siguiente, tener la razón no le sirvió de nada, porque no supo comunicarlo. Solbes le venció -y resulta penoso decirlo- utilizando el más puro método lakoffiano: Buscó llevar el debate al terreno ideológico (impuestos altos sí o no, pensiones públicas o privadas) y Pizarro (no Rajoy, señores, Manuel Pizarro: el mismo) lo rehuyó despavorido; ingenuamente pensó que con mostrar estadísticas, en lugar de ideas, podía contrarrestar la propaganda gubernamental.
En fin, si queremos podemos hablar incluso de Aznar (por quien siento la máxima admiración), de su "viaje al centro" y del catalán en la intimidad. O de Esperanza Aguirre (ídem) y el dinero que se gasta en publicidad institucional, especialmente en campañas inspiradas en la ideología de género. Pero la verdad, me da mucha pereza. Si siguiera por ese camino, llegaría a conclusiones parecidas a las de Pío Moa, para quien el PP no es más que otra marca del PSOE, y Rajoy un personaje tan nefasto o más que Zapatero.
¿Por qué no estoy de acuerdo con Moa en esto? Primeramente por una razón empírica. Si comparo los veinte años que han gobernado los socialistas con los ocho años de Aznar, no hay color. Aznar, ya digo, no era el Mesías, cometió errores graves (como la retirada de su tímida reforma laboral tras la huelga general, por citar sólo uno) y omisiones quizás peores. Pero globalmente fue el mejor presidente de la democracia española. Por mera analogía, creo que es lícito pensar que aunque Rajoy no nos lleve al éxtasis, puede llegar a ser un buen gobernante. Concedámosle al menos el beneficio de la duda. Incluso si nos engañara, creo que es imposible que lo hiciera peor que Zapatero.
En segundo lugar, me considero una persona conservadora. Quizás conservadora a fuer de liberal, pero conservadora al fin y al cabo. Y lo que define al conservador es que antepone (o eso intenta) el mundo real al mundo de la imaginación. Podemos fantasear todo lo que queramos sobre el partido liberal-conservador que necesitaría este país, sobre un líder político carismático y que defendiera sin complejos el liberalismo económico y se enfrentara heroicamente a la corrección política en temas como la ideología de género o el ecologismo. Pero al final tenemos lo que tenemos. El radicalismo del todo o nada es más fácil que conduzca a lo segundo que a lo primero.
Por supuesto, ser conservador no implica la renuncia a mejorar las cosas. No es sólo válido, sino obligado, tratar de forzar a los políticos a que tengan en cuenta las demandas de la sociedad civil, y en este sentido el movimiento del Tea Party me parece ejemplar. Los americanos no han ido a cargarse al Partido Republicano, no han dicho que todos los políticos son iguales. Han tratado de influir en la formación que más se acerca a sus ideas, y -todo hay que decirlo- su sistema político de primarias y listas abiertas les ha facilitado mucho la tarea. El resultado ha sido un gran éxito en las recientes elecciones parciales, no sólo de un partido, sino también en gran medida de las ideas centrales que defiende el Tea Party. ¿Qué hubieran conseguido diciendo que el Partido Republicano ya no les representaba, y aconsejando el voto a formaciones minoritarias?
Cada vez me aburren más las beatificaciones, sean las de María San Gil, Manuel Pizarro o Álvarez-Cascos. Y me incomoda que quienes elaboran con gran mérito las bases intelectuales de una derecha liberal se deslicen con tanta facilidad al género hagiográfico. No necesitamos eso. A mí al menos me basta con saber cómo piensan en general los militantes del PP y cómo piensan los del PSOE. Les aseguro que no es fácil confundirlos.
domingo, 10 de octubre de 2010
Rajoy acierta en el España-Lituania
Lo que más me sorprendió, de todos modos, no fueron las dotes proféticas de Rajoy, sino que la TeleZapatero por excelencia, o sea, La Uno, lo entrevistara. No perdamos de vista que un partido de la selección, incluso un viernes por la noche, inicio de un puente, arrastra a una considerable audiencia. ¿Síntoma de la descomposición incipiente del régimen zapaterino? Tanto no creo, pero hay que reconocer que el dirigente del Partido Popular ha estado hábil.
Me gustaría conocer la reacción de Federico Jiménez Losantos, no sé si el lunes que viene hablará de ello. Supongo que dirá que el político gallego es un gafe, pues por su culpa España no metió más de tres goles. ¡Debería haberse mojado con un 5-1, como mínimo! En serio, me parece que la manía que Losantos le profesa a Rajoy se ha convertido ya en algo mecánico, en una especie de reflejo condicionado. Que Rajoy no va a Melilla: es un blando. Que sí que va: lo hace demasiado tarde. Que Rajoy dice claramente que está contra la huelga general, antes y después de dicha huelga: Bah, no lo ha dicho el día de la huelga. Que Mariano no critica lo suficiente al gobierno: Se conforma con heredar el poder. Que sí que lo critica: Pero no expone cuáles son sus soluciones. Que sí que las ha expuesto, en más de una ocasión: Bah, son generalidades que apenas comprometen a nada.
En suma, Federico emitió su sentencia sobre Rajoy después del Congreso de Valencia, y de ahí ya nadie lo saca, haga lo que haga el compostelano. Muchos hemos sido sumamente críticos con Rajoy. A los pocos minutos de conocerse los resultados de las últimas elecciones generales, en las que resultó reelegido por nuestros pecados Zapatero, creo que fui el primero que defendió un cambio en el liderazgo del PP, y aposté concretamante por Esperanza Aguirre. Tras haber votado en dos ocasiones a Mariano Rajoy, el infausto 14-M y de nuevo cuatro años más tarde, había llegado a la conclusión de que este hombre era incapaz de ganar. Y mi diagnóstico era básicamente coincidente con el de Jiménez Losantos, que una derecha que se avergüenza de su nombre y sus principios, se ha rendido antes de empezar la campaña electoral.
Sin embargo, parece que las cosas están cambiando. Las encuestas adjudican al PP una ventaja de hasta catorce puntos sobre el PSOE, e incluso se habla de victorias en feudos históricos de los socialistas, como Andalucía. Rajoy sigue sin ser la reencarnación de Ronald Reagan, estamos de acuerdo, ni tampoco guarda mucho parecido con George Clooney, que la belleza exterior, como diría un cursi, algo ayuda. Pero todo indica que va a ganar las próximas elecciones. Más aún: Es vital que las gane, porque el socialismo ha demostrado una vez más su carácter ruinoso, y sólo la derecha relativamente liberal es capaz de salvarnos de la quiebra total.
Si a esto añadimos que, cuando podía haberlo intentado, Esperanza Aguirre prefirió el pájaro en mano de la presidencia de la Comunidad de Madrid que los ciento volando de disputarle a Rajoy la dirección del PP, la conclusión es que tampoco tenemos un líder de recambio. Al final, la presidenta madrileña tampoco ha tenido esa audacia que tantos encuentran a faltar en el sucesor nombrado por Aznar.
domingo, 17 de enero de 2010
¿Cómo llamaremos ahora a la extrema derecha?
Los medios de comunicación apuntan a la crisis económica y a una mala política de inmigración como factores que alimentan a estos grupos. Estoy de acuerdo. Cuando las políticas socialdemócratas destruyen empleos y riqueza, dos son las posibles reacciones de la sociedad: Demandar una mayor liberalización (reducción de impuestos, reforma laboral, recorte del gasto público), o bien todo lo contrario, exigir aún más intervencionismo, más gasto “social” y subidas de impuestos “a los más ricos”. Lo primero sería lo racional: Si un modelo ha fracasado, lo lógico es ensayar otro distinto (sobre todo si en realidad ya está más que probado y contrastado, como es el caso). Sin embargo, por desgracia en ocasiones sigue triunfando lo segundo, es decir, el populismo. Y los programas de los partidos ultraderechistas rebosan de este brebaje.
Sumemos a esto una política de inmigración irresponsable, que favorece la llegada incontrolada de extranjeros, los cuales desde el primer día reclaman todas las prestaciones del Estado del Bienestar, sin que en justa contrapartida se les exija el menor esfuerzo de integración. Todo lo contrario, desde la administración y las ONG se cultiva con frecuencia su victimismo, instruyéndolos en las artimañas necesarias para acceder a los numerosos subsidios y ayudas que sufragamos los contribuyentes autóctonos.
Tenemos aparentemente el terreno abonado para la demagogia xenófoba. Pero a ese victimismo le conviene exagerar el peligro de la xenofobia y el racismo. No hay que perder de vista que en las últimas legislativas los grupos que atizan estas emociones alcanzaron menos del 0,25 por ciento de los votos. En España, por suerte, no existe un partido comparable en influencia al FN francés o al BNP británico. ¿Cuál ha sido (hasta ahora, al menos) la razón de ello?
La explicación favorita de la izquierda es que en España, los votantes de extrema derecha votan al PP, porque lo ven como el heredero del franquismo. Pero en realidad, yo creo que ocurre exactamente lo contrario. El perfil del potencial votante de la extrema derecha no es Martínez el facha, la caricatura de Kim en El Jueves (especie obviamente en vías de extinción) sino más bien cierto joven radicalizado de clase media, que lo mismo puede inclinarse por la izquierda antisistema que por los grupos de estética neonazi... O por el PSOE. Mucho más, desde luego, que por un partido aburridamente conservador como el PP.
La sempiterna estrategia izquierdista de presentar al PP como un partido de fachas, que llega al delirio cuando a una dirigente de trayectoria inequívocamente liberal como Esperanza Aguirre se la incluye en la “derecha extrema”, resta muchos más votos a la derecha de los que podría obtener de los Martínez el Facha que aún queden, y que se crean que el partido de la presidenta de Madrid es el suyo. De hecho, lo que cabe preguntarse es qué haría la izquierda si en España surgiera un grupo de ultraderecha verdaderamente relevante, no los meros grupúsculos que hasta ahora se han disputado unos pocos miles de votos. ¿Cómo lo definirían, tras años de llamar fascista, de extrema derecha o derecha extrema al Partido Popular?
Si se consolida algún día la extrema derecha en nuestro país, quizá no estarán exentos de responsabilidad aquellos que han vaciado de sentido la expresión, aquellos que han hecho sonar tantas veces la sirena de alarma que la han convertido en inservible, metiendo en el mismo saco a liberales, conservadores y extremistas antiliberales.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Listos de los cojones
Creo, sinceramente, que no han sido valoradas como deben las recientes palabras del alcalde de Getafe, Pedro Castro, en las que, comparando a la comunidad de Andalucía con la de Madrid (sic) se preguntaba extrañadísimo cómo es posible que haya todavía "tontos de los cojones" que voten a la derecha. Y es que el señor Castro de manera indirecta nos ha ilustrado sobre la existencia de una categoría sociológica de gran importancia en la España actual: Son los listos de los cojones.
Listos de los cojones son los que el 2004 votaron a Zapatero porque, como es sabido, la mejor manera de combatir al terrorismo es atender sus reivindicaciones y darle la razón. Porque claro, "algo habremos hecho" para que asesinen a casi doscientas personas en los trenes de Madrid; la culpa la tiene Aznar por meternos en la guerra de Iraq. Así que conviene votar a Zapatero, para que los terroristas nos perdonen.
Y es que a un listo de los cojones no se le engaña fácilmente. Pues ¿no decía Aznar que fue ETA y luego va su ministro de Interior y revela el hallazgo de una cinta de audio coránica, detiene poco después a tres marroquíes y por último, escasas horas antes de las elecciones, pone en conocimiento de los ciudadanos la existencia de una cinta de vídeo atribuyendo el atentado a Al Qaida? ¿A quién se le ocurre, dar toda esa información antes de la jornada electoral? A Zapatero (él sí que es listo) esto no le hubiera pasado.
Listos de los cojones son, en efecto, los que votaron a Zapatero en el 2008 porque le creyeron cuando decía, antes de las elecciones de marzo, que no había ninguna crisis económica, que España seguiría creciendo, y que el objetivo del gobierno debía ser el pleno empleo. Pero claro, eso no es mentir, es tener una mirada positiva. Que aprenda Aznar: siempre estamos a tiempo de acabar reconociendo la verdad, en dosis hábilmente graduadas, después de las elecciones, ¡nunca antes, por favor!
Listos de los cojones son los que votaron a Zapatero porque creyeron que negociar con ETA fue un loable intento de conseguir la paz. Prueba de ello es que en los municipios donde, gracias a la mirada positiva de Zapatero, gobierna el brazo político de ETA, la gente juega sus partidas de cartas con total tranquilidad.
Listos de los cojones son los que votaron a Zapatero porque les devolvería 400 euros del IRPF. Algunos todavía se están mirando la nómina, a ver si los encuentran: ¡ánimo! Pero por supuesto, Zapatero no miente nunca, sólo tiene una mirada positiva.
Listos de los cojones son los que votaron a Zapatero porque es más amigo de las mujeres (cojones aparte), los homosexuales y las personas dependientes. Prueba de ello es que gracias a sus medidas legislativas, se han acabado las muertes de mujeres a manos de criminales de permiso penitenciario, los homosexuales abarrotan los ayuntamientos para casarse, y las personas dependientes siguen confiando en recibir las ayudas decretadas -o al menos, que les toque la lotería. "Así os quiero yo", diría Zapatero, siempre confiando en el futuro, con una mirada positiva.
Y listos de los cojones son también los que llevan casi veinte años votando a Manuel Chaves en Andalucía, que como es sabido, goza de unos indicadores económicos espectaculares, en comparación con los de la Comunidad de Madrid. Espectacular es sin duda una tasa de paro de más del doble, o una renta per cápita que se queda aproximadamente en el 60 % de la madrileña, o una pensión de jubilación media andaluza un 24 % inferior a la recibida por los ciudadanos de Madrid. ¿No se darán cuenta estos "tontos de los cojones" que votan a Esperanza Aguirre de la pérfida maniobra de la derecha? Si es que es evidente: Promueve un mayor nivel de riqueza de la población... ¡para así poder ahorrarse cicateramente más ayudas públicas!
Desconozco si las palabras de Castro harán fortuna, cuánto tardaremos en oír manifestar a alguien, como aquel de la nevera que recordaba al principio, que ha votado al "Yo no soy tonto (de los c...)". De momento, según un artículo de El País que le da la razón al alcalde getafeño, el "cinturón rojo" de Madrid sigue votando a Esperanza Aguirre, seducido por la campaña propagandística del "fundamentalismo neocón", que alimenta entre el "pueblo llano" la ilusión ("populismo campechano") de que prospera más aumentando sus ingresos en el circuito de la economía productiva que dependiendo de ayudas de la administración. ¿Detecto una insufrible suficiencia elitista en el articulista? No, qué va. Sólo es otro listo de los cojones más.
Para terminar, he creído oportuno traer aquí un texto del siglo XVI que ya habla de los listos de los cojones, aunque se refiere a ellos utilizando otro tipo de epítetos. Serán cosas del francés antiguo:
"El natural del pueblo llano (...) consiste en ser receloso de quien le ama e ingenuo con quien le engaña. No penséis que hay pájaro que caiga más fácilmente en la red engañado por el señuelo, ni pez que pique más prontamente el anzuelo encaprichado de su cebo, de lo que los pueblos todos son seducidos por la servidumbre, como quien dice, a la menor carantoña que se les haga. Es asombroso que se abandonen tan prontamente, solamente con que se les regale un poco. (...) Los muy zafios no se daban cuenta de que no hacían sino recuperar una parte de lo suyo, ni de que el tirano no les podía haber dado eso mismo que recuperaban si antes no se lo hubiera quitado a ellos mismos." (Étienne de la Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria, ed. Trotta, 2008, pág. 45)
miércoles, 23 de abril de 2008
La anomalía catalana
Aunque no es esta la anomalía a la que me refiero, en cierto modo sí deriva de ella. La anomalía catalana, que es muy similar a la anomalía vasca, consiste en que, tanto en Cataluña como en el País Vasco, el centroderecha está dividido en dos grandes partidos. Para abreviar me centraré en el caso catalán, en el bien entendido que casi todo lo que digo puede trasladarse en gran parte a la situación del País Vasco.
En el Principado tenemos que el votante liberal-conservador-democristiano-socialdemócrata (por utilizar la nueva terminología oficial) debe elegir entre dos grandes partidos, CiU y PP. Naturalmente, esta división del voto beneficia a la izquierda. Lo sorprendente es que ésta no gobierne en Cataluña desde hace mucho más tiempo, y no porque Cataluña sea más de izquierdas que otras regiones, sino precisamente debido a aquella división fatal de la derecha.
Cuando Esperanza Aguirre se refería en su discurso del 7 de Abril a la excepción que supone España con respecto a los países de nuestro entorno, donde la derecha liberal ha gobernado mucho más tiempo, en realidad estaba dando cuenta de un fenómeno cuya causa última se encuentra en esta peculiaridad del País Vasco y sobre todo (por su mayor peso demográfico), Cataluña, la comunidad autónoma donde el Partido Popular ha obtenido menor porcentaje de votos. Aunque sea una verdad de Pero Grullo, no está de más enunciarla con toda la rotundidad: Si no existiera CiU, el PP habría gobernado muchos más años en España.
Decía que sorprende que la izquierda haya tardado tantos años en gobernar en Cataluña. Lo hubiera conseguido mucho antes si el voto de centroderecha hubiera tendido a repartirse fifty-fifty entre CiU y PP. Para evitar esto, es evidente que ambos partidos están obligados a diferenciarse en algo, intentando cada uno atraer al mayor número de votantes de su lado del espectro político. En esta estrategia inevitable, quien venció siempre fue CiU, gracias al discurso nacionalista. En general, en España el votante de centroderecha vota al PP. En Cataluña, ese mismo votante vota preferentemente a CiU, al menos en las autonómicas, y frecuentemente también en las generales.
La estrategia de CiU, a pesar del éxito que le ha reportado durante largos años, entrañaba sin embargo un grave riesgo. Al centrar su discurso en los temas identitarios, Jordi Pujol descuidó la defensa del ideario liberal-conservador que se supone constituye la otra alma fáustica de la coalición. En Cataluña, desde mucho antes de que llegara al poder el tripartito, la derecha nacionalista había cedido el terreno cultural a la izquierda. Ésta a su vez se había adaptado perfectamente al nacionalismo, con lo cual se daba de hecho una especie de alianza tácita entre ambas ideologías, una síntesis omnipresente en los medios, en los intelectuales y en la educación que Miquel Porta Perales definió con un término afortunado: Nacional-progresismo.
Era cuestión de tiempo que esta hegemonía cultural acabase llevando al poder al PSC. Aparentemente, no debería lamentarse la alternancia, sino todo lo contrario, pero el problema puede ser precisamente que, debido a esa hegemonía abrumadora del nacional-progresismo, la alternancia pueda haberse terminado para siempre en Cataluña... Y tal vez en toda España. Los buenos resultados de los socialistas en Cataluña, con su decisiva repercusión en el resto de la península, y ello pese a su desastrosa gestión de gobierno, incluyendo el hundimiento de un barrio entero por las obras del Metro, parecen abonar esa inquietante predicción.
Por supuesto, no toda la culpa histórica de lo sucedido cabe achacársela a CiU. Detengámonos ahora en el caso del Partido Popular. Al igual que su rival dentro de la derecha, el PPC nunca ha tenido otra opción que buscar un elemento diferenciador con respecto a CiU, porque repartiéndose los votos aproximadamente por igual, pierden los dos. Parecería lógico que dicho elemento fuera precisamente la oposición al nacionalismo ¿cierto?
Pues no. Se trata de un error garrafal. La derecha liberal, sin duda, no puede ser coherentemente nacionalista, debe defender la libertad lingüística al igual que la libertad económica o la libertad de expresión. No puede plegarse ante la falacia de unos supuestos derechos colectivos con los que se atacan los únicos y verdaderos derechos que existen, que son los individuales. Pero convertir lo que es una consecuencia entre otras del liberalismo en el centro de su programa es en el fondo un error tan burdo como lo que parece la táctica opuesta, y que de hecho ha sido también la tentación histórica del PP catalán, acercarse al nacionalismo. De una manera u otra, lo único que se consigue es competir con CiU en su propio terreno.
En realidad, la derecha nacionalista se lo ha puesto mucho más fácil al Partido Popular. Al renunciar CiU a defender las ideas liberales y conservadoras, el PP hubiera podido convertirse fácilmente en el partido en el que éstas encontraran refugio, y desde aquí sí que hubiera podido lanzarse a la conquista de ese votante de centroderecha, más interesado en el modelo de sociedad, que no en cuestiones simbólicas y tribales.
El problema, paradójicamente, es que Cataluña no es tan diferente del resto de España. Es que en ella también la derecha ha estado acomplejada ante la pujanza de los prejuicios seudoprogresistas. A pesar de que con más razón que en cualquier otra parte de España, se veía abocada a tomar la iniciativa y, por decirlo nuevamente con las palabras de Esperanza Aguirre, "librar las batallas ideológicas", escabulléndose del pantanoso debate nacionalista (lo cual no tiene nada que ver con plegarse al nacionalismo ambiente) y yendo a por todas en el debate entre izquierda y derecha, a pesar de ello, ha caído en la misma actitud meramente defensiva, cuando no sumisa, que el Partido Popular de toda España. Ha caído en el error que Hayek consideraba congénito del conservadurismo, el cual comparte (negritas mías)
"todos los prejuicios y errores de su época, si bien de un modo moderado y suave; por eso se enfrenta tan a menudo al auténtico liberal, quien, una y otra vez, ha de mostrar su tajante disconformidad con falacias que tanto los conservadores como los socialistas mantienen. (...) Los conservadores han ido asimilando una tras otra casi todas las ideas socialistas a medida que la propaganda las iba haciendo atractivas. (...) Esclavos de la vía intermedia, sin objetivos propios, los conservadores fueron siempre víctimas de aquella superstición según la cual la verdad tiene que hallarse por fuerza en algún punto intermedio entre dos extremos."
¡Quién me negará que más que al conservador (término no siempre unívoco), parece que Hayek estaba definiendo al típico centrista!
Recapitulando. Si en general el centrismo timorato de la derecha le ha puesto las cosas tan fáciles a la izquierda, en el caso de Cataluña, el aventurerismo nacionalista de una parte de la derecha, encarnada en CiU, la ha llevado a una situación mucho más penosa, de verdadera marginalidad. El Partido Popular, por tanto, debería volcarse en acabar con la anomalía catalana, de la forma que acabo de apuntar, no cediendo ante el nacionalismo, pero sin caer en la trampa de desgastarse en esta postura antes de abrir el debate que de verdad importa, que es entre derecha e izquierda, entre liberalismo y estatismo, entre principios morales y relativismo.
domingo, 20 de abril de 2008
Que se vaya
En esta línea, pronto podremos escuchar a Solbes dar consejos de liberalismo a Rajoy, del mismo modo que se los han dado ya de patriotismo, o de amor a (todos los tipos de) familia. Y si Zapatero hace caso a Antón Uriarte, pronto le dirá al jefe de la oposición que no hay que generar alarmismo con lo del cambio climático. ¿Estoy de coña? En absoluto. En cuestiones ideológicas pasa como en cuestiones sentimentales. Cuando te duermes, aparece indefectiblemente otro que te levanta a la chica. Y me abstengo de desarrollar la metáfora para no caer en chabacanerías.
En mi anterior entrada, resumí la posición de Rajoy diciendo que la libertad no es suficiente, entendiendo esto tanto en clave interna (sumar y no restar, etc), como en sentido filosófico, como concepción de la sociedad. Pues bien, por sí sola, esta afirmación es irreprochablemente cierta. El problema es la consecuencia que extrae Rajoy, que es el Estado quien debe suplir las supuestas insuficiencias de un sistema de libre mercado. Don Mariano, pues, se nos revela como un estatista más, al igual que Zapatero, y con ello, creyendo integrar, creo que puede conseguir justo lo contrario, irritar a todos, tanto a liberales como a conservadores. Porque lo que necesita la libertad, no es más Estado, sino Principios Morales. Eso es lo que caracteriza a la derecha liberal, la única que realmente ofrece una alternativa a la izquierda política y cultural. Rajoy, al optar por el mucho menos ambicioso objetivo de ser una alternativa al gobierno actual, seguramente no conseguirá ni siquiera esto.
Los Principios Morales son los que ayudan a los débiles de la manera más eficaz, y ello de dos maneras. Primero, estimulándoles a salir adelante por sí mismos, al disuadirles en la medida de lo posible de querer vivir de la sopa boba, es decir, sostenidos por las laboriosas clases medias. Y segundo, manteniendo las redes familiares y asociativas privadas que tradicionalmente han sido las encargadas de ayudar a los pobres, los enfermos y los ancianos. Los socialistas de izquierda y derecha, en cambio, opinan que eso es tarea del Estado. La diferencia es que con ello, los primeros refuerzan su poder, mientras que los segundos se conforman con ser los eternos suplentes. Es decir, refuerzan también al poder, sea en la forma de un monopolio o de un duopolio. Porque renunciar a un mensaje con el pretexto de que la mayoría de los españoles no lo comprenderán, no es simplemente dar la batalla por perdida, es querer estar siempre en el lado del vencedor, a costa de lo que sea y como sea, tomándonos a los 10.169.973 votantes de Rajoy por más ilusos de lo que ya hemos demostrado ser hasta ahora.
Por eso, quizás no sea un mal consejo que se vaya Esperanza Aguirre. Quizás si aparece un nuevo partido esos diez millones largos de votantes tengamos por primera vez la libertad de elegir entre el zapaterismo light de Rajoy, y una verdadera alternativa al zapaterismo. Dicho más brevemente: Libertad de elegir. O más breve todavía: Libertad. Eso que "los socialistas de todos los partidos" a los que se refería Hayek ven tan necesitado de matizaciones, aclaraciones, escolios y sí peros.
Que se vaya. A poder ser Rajoy, claro. Y si no, que no se preocupe, ya nos iremos otros.
ACTUALIZACIÓN: Los hechos me han dado la razón antes de lo que esperaba. Me refiero a lo de Solbes dando lecciones de liberalismo a Rajoy, como nos ha revelado Ajopringue. Insisto: lo decía completamente en serio.
miércoles, 9 de abril de 2008
¿Esperanza es de centro?
"No me resigno a que tengamos que parecernos al PSOE para aparentar un centrismo o una modernidad, que ya están en las bases de nuestras convicciones y nuestros principios políticos y no en los de ellos, como he señalado."
Y la segunda, cuando afirmó que
"la opción [centrista y] liberal, que consiste en confiar en los ciudadanos, en sus iniciativas, en sus energías, en su creatividad y en su indiscutible afán de prosperar, es la mejor solución para los problemas de los españoles. Y esa opción liberal sólo la ofrece el partido Popular."
Curiosamente, la segunda mención, entre corchetes, no aparece en las transcripciones escritas del discurso que podían leerse ayer en los medios digitales. No se trata de la única diferencia entre el discurso oral y el escrito, suponemos que fruto de la improvisación de la presidenta madrileña, como puede comprobarse en este vídeo. Pero no deja de resultar significativa.
¿A qué se refiere Esperanza cuando habla de centrismo? Obsérvese que en la primera mención lo asocia a la palabra "modernidad", mientras que en la segunda, yuxtapone el término con el de liberal, que repite muchas más veces en su discurso, y que define perfectamente en las palabras que siguen. Nada en éstas, por cierto, parece aludir a algún significado diferenciado que tuviera la palabra centrista.
Sea lo que sea a lo que se refiere Esperanza Aguirre, lo que está claro es que para ella el centrismo es una seña de identidad del PP, no una asignatura pendiente. Esperanza no propone ningún "giro al centro" (lo cual, viniendo de la derecha, sólo puede consistir en un acercamiento a la izquierda) sino todo lo contrario, lo que sugiere es que es la izquierda la que debería aproximarse a sus posiciones.
En el discurso oral, Aguirre cita el famoso ensayo de Hayek, Por qué no soy conservador, para desentenderse de la etiqueta de conservadora. Quizás no recordaba que en ese mismo escrito, el gran pensador austriaco rechazaba la concepción según la cual, los liberales ocuparían el centro de una hipotética línea en la que los socialistas y los conservadores estarían ubicados en los extremos izquierdo y derecho, respectivamente. Para Hayek, sencillamente el liberalismo no tiene nada que ver con el centro, con ese conservadurismo que está dispuesto a asimilar buena parte de las ideas socialistas, y que él despreciaba profundamente.
Quiero creer, sin embargo, que la táctica de Doña Esperanza podría consistir en convertir ese término en un sinónimo de "liberal", una especie de submarino semántico. Con ello podrían lograrse dos cosas. La primera, y más inmediata, que se desactivase su carácter de palabra-trampa con la cual los eternos Gallardones obstruyen la divulgación del liberalismo, dándole precisamente el sentido opuesto. Y la segunda, que a la larga acabara siendo un término superfluo, que muriera de forma natural y cayera por fin en desuso. Lo que desde luego redundaría en el rigor del lenguaje político.
lunes, 7 de abril de 2008
Discurso histórico de Esperanza Aguirre

Existen algunos raros ejemplares de políticos que no viven sólo de las encuestas de opinión, que no se conforman con tratar de amoldarse a lo que la mayoría cree o piensa, si eso les sirve en su ascensión hacia el poder. Son aquellos que defienden unas ideas y unos principios determinados, y tratan honestamente de difundirlos entre el pueblo para poder realizarlos con su apoyo. Estos políticos son verdaderos educadores del pueblo. Se encuentran exactamente en el polo puesto de los demagogos que sólo apelan a lo que hay de más vulgar en nosotros. Ellos son los verdaderos demócratas, pues en lugar de rebajarse ante el pueblo, tratan de elevarlo y dignificarlo.
Esperanza Aguirre, con el discurso pronunciado hoy, ha demostrado ser un político en el sentido más noble del término. Y sobre todo ha demostrado que, si Dios quiere, será una gran presidenta algún día, esperemos que no muy lejano. ¿Por qué no en 2012, cuando se cumplan los doscientos años de la promulgación de la Constitución de Cádiz?
Dos son las ideas fundamentales del discurso inteligente y claro pronunciado en el Foro ABC. La primera, que entre las dos grandes posiciones ideológicas de nuestra era, estatismo y liberalismo, "entre los que creen que el Estado puede juzgar mejor que los individuos sobre sus necesidades, y elegir por ellos, y los que consideramos que cada persona debe elegir libremente", ella defiende sin ambigüedades la segunda opción.
La segunda idea fundamental es que el Partido Popular no tiene nada de qué avergonzarse, sino todo lo contrario. Es su principal adversario, el PSOE y la izquierda en general, quien tiene verdaderos motivos históricos para hacerlo, tanto por su papel durante los terribles años treinta, como por sus actuales connivencias con regímenes deplorables, pasando por su actitud no tan lejana en el tiempo hacia determinadas minorías de las que ahora se erige como su máximo defensor, léanse los homosexuales.
Esperanza ha dicho lo que muchos estábamos deseando escuchar a un político de primera fila, y sobre todo, lo que muchos deben empezar a escuchar, porque no lo saben todavía. Que la modernidad y el progreso no se encuentran en las viejas consignas de una izquierda manipuladora y profanadora de la palabra libertad, sino en esa derecha liberal que tiene como modelo a Estados Unidos, la primera potencia democrática mundial, y el primer país de la historia fundado sobre la idea de libertad. Esperanza no lo menciona en su discurso, pero nombra a España, cuyo destino está unido a América. Es suficiente.
domingo, 9 de marzo de 2008
Todavía hay Esperanza
Hemos tenido cuatro años de un gobierno socialista que ha perpetrado el mayor asalto de las últimas tres décadas contra el Estado de Derecho, incumpliendo la Ley y maniobrando para controlar el poder judicial y todas las instituciones teóricamente independientes. Un gobierno que ha llegado a pactar un cambio político con la propia organización terrorista ETA, premiando así sus cuarenta años de crímenes. Un gobierno que ha tratado de excluir por todos los medios a la oposición mayoritaria, mostrando su aversión a los católicos (mientras recibía el apoyo de los musulmanes) y a las propias víctimas del terrorismo, incluyendo medidas de acoso político y judicial contra el dirigente que les resultaba díscolo. Un gobierno que ha dejado una situación económica mucho más precaria que aquella con la que se encontró en 2004, pese a partir de condiciones indiscutiblemente más favorables que las de 1996, cuando llegó al poder José María Aznar.
Pues bien, a pesar de todo ello, sorprendentemente, la oposición ha sido incapaz de convencer a la mayoría de españoles de que era preciso apartar del poder al partido socialista. ¿Qué ha ocurrido? Es bien sencillo. Se ha dado una confluencia de dos factores cuya combinación resulta prácticamente imposible contrarrestar.
Por un lado, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación, sobre todo de las televisiones y radios, están al servicio del gobierno, o al menos se desviven para no indisponerse con él. Y por otro, en mi opinión mucho más importante, la oposición no ha presentado una verdadera alternativa ideológica al partido en el poder. La derecha se ha limitado a decir, en esencia, que los otros lo han hecho muy mal, y que ellos sí que lo harán bien. El PP no se ha cansado de decir, con toda la razón, que no se puede negociar con una organización criminal, pero apenas ha explicado por qué, o al menos no ha sabido hacer llegar sus argumentos a un número suficiente de compatriotas. Muchos españoles han creído estúpidamente que la negociación estaba justificada si con ello se conseguía la paz. No se les ha explicado adecuadamente que esa paz sería una tremenda estafa, que al aceptar como interlocutores políticos a los asesinos, se está hipotecando a las generaciones futuras a cambio del apaciguamiento presente, lanzando el mensaje a todos los terroristas actuales y venideros de que su estrategia criminal acaba dando sus frutos. El Partido Popular no lo ha explicado bien, se ha limitado a encastillarse en un posición moral dignísima y loable, pero que en una sociedad como la actual, en la que el relativismo hedonista ha hecho estragos, no ha atraído los apoyos suficientes.
Si ante una cuestión como la del terrorismo, que hubiera sido la más fácil de explicar, se tuvo pereza para emprender una decidida labor de pedagogía, de machacar con argumentos que son elementales pero que –insisto- en una sociedad aborregada como la nuestra no pueden darse desgraciadamente por sabidos, no digamos ya en el tema fundamental de la economía. El Partido Popular ha dicho que bajará los impuestos como quien concede una graciosa ayuda al contribuyente, cuando en realidad se trata de dar más libertad a los ciudadanos, disminuyendo la presión fiscal y el intervencionismo, para generar más riqueza y empleo, y con ello beneficiar a todos, pero principalmente a los de rentas más modestas, que son quienes en términos absolutos experimentan el mayor incremento de bienestar con una política liberal. No han explicado que si el socialismo genera miseria, no es porque sus representantes sean malos gestores, sino porque se basa en principios equivocados, porque pretende conseguir la igualdad restringiendo la libertad, con lo cual se pierden ambas. Todo lo contrario, en muchas ocasiones, la derecha ha competido con los socialistas en promesas de intervencionismo, esto es, ha caído en el peor error político, que es convertirse en la fotocopia de un original encarnado por su adversario. Lógicamente, si a la gente no se le explica que el socialismo es nefasto, seguirá prefiriendo a quienes se proclaman orgullosamente socialistas que a quienes amontonan propuestas eclécticas con el deseo de agradar, pero sin dejar traslucir convencimiento.
¿Qué decir de la guerra de Iraq? Jamás han tratado de explicar por qué España apoyó a la primera potencia democrática del mundo para derrocar a Sadam Hussein. Que renunciar a democratizar un país porque los terroristas tratarán de impedirlo, representaría el suicidio de nuestra civilización. Que por desagradable que resulte enfrentarnos a la realidad, nos han declarado una guerra, y no tenemos más remedio que luchar. Se han limitado a esquivar la cuestión (“mirar al futuro”), al igual que con el 11-M, con lo cual han demostrado que ni ellos mismos tenían claro lo que otros no tenemos ningún problema en entender.
Por último, incluso en temas en los que la derecha lo tiene facilísimo para llevar la iniciativa, como el de la inmigración, se han despertado tarde. Han hablado (demasiado vagamente, pero al menos lo han hecho) de los valores del mérito y el esfuerzo, y han actuado en cambio como el mal estudiante que trata de prepararse el examen pocos días antes, con los resultados que tal método –o mejor dicho, carencia de método- permitían augurar. Todas las manifestaciones convocadas a lo largo de estos últimos cuatro años contra el gobierno han permitido mantener la moral de la derecha durante su travesía por el desierto, pero si alguien cree que han servido para ganar muchos adeptos nuevos, cuando la información que ha tenido gran parte de los españoles ha sido la proporcionada por RTVE o Tele5 (resumiendo, que se trataba de reuniones de fachas con las banderitas españolas) es que es un iluso rematado.
Por todo ello, la derecha debe renovarse profundamente. Debe abandonar su retórica trivial de moderación y buena gestión (que como el valor, se le supone) y sustituirla por un discurso de ideas y argumentos, combatiendo sin cuartel los mitos del seudoprogresismo en todos los foros. Y este proceso pasa inevitablemente, para su plasmación en la práctica, por una renovación de personal. Rajoy, que es una persona incomparablemente más preparada que Zapatero y que, con las limitaciones expuestas, ha hecho una meritoria labor... sintiéndolo mucho, debe irse. Y con él, con más motivo, toda la panda de dirigentes quemados y asesores incompetentes que le rodean. Ellos representan la derecha alérgica al debate de ideas, que da por perdido de antemano, y que cree que los hechos de su actuación bastarán para convencer. Olvida que son las interpretaciones de los hechos lo que mueve a los seres humanos, y si se abandona el monopolio de tal interpretación a la izquierda mediática, jamás servirá de nada lo bien que se hagan las cosas. Basta con que aparezca cualquier imbécil de la farándula diciendo que se quiere exiliar de España porque no puede sufrir al gobierno conservador, y miríadas de ciudadanos de lecturas escasas o nulas y televisión excesiva se verán confirmados en la opinión, por éstas u otras declaraciones semejantes, que la derecha es el coco, sin importar que a su alrededor haya millones de empleados más que con la izquierda, ni ninguna otra evidencia por palpable que sea.
Sucesores de Rajoy, seguramente puede haber varios. Pero que reúnan las necesarias cualidades intelectuales y políticas, creo que sólo hay uno que destaque sobre el resto. Mi apuesta es por Esperanza Aguirre. Tenemos cuatro años para llevar a cabo la renovación de la derecha, en un sentido liberal-conservador y, lo que es mucho más importante, de la mentalidad de nuestra sociedad. Para ello necesitamos a una persona popular y con carácter, a alguien capaz no sólo de defender el ideario liberal-conservador sino de ponerlo en práctica, con lo que ello implica de oposición de toda la artillería de los medios y las brigadas de subvencionados. Nuestro objetivo no puede ser otro que la elección de Esperanza Aguirre como presidenta del gobierno en 2012. Sólo una meta tan ilusionante y ambiciosa, pero al mismo tiempo tan asequible, puede concentrar las fuerzas suficientes para transformar este país de la manada de ovinos que es ahora en una sociedad de ciudadanos orgullosos de su libertad. Podemos ponernos a discutir sobre personas, sobre caminos a seguir. Así desde luego perderemos el tiempo lastimosamente. Hay que empezar a trabajar desde ahora mismo. No basta decir que se tienen “las ideas claras”. Hay que explicar cuáles son esas ideas, y por qué son mejores que las de los otros. Y a la presidenta de Madrid la veo capaz de liderar esta tarea. No nos falles, Esperanza.
viernes, 7 de marzo de 2008
Esperanza Aguirre en Tarragona

Lleno hasta la bandera. Imposible ofrecer la crónica que tenía proyectada, me quedé a las puertas y la acústica era todo menos buena. En todo caso, es alentador comprobar sobre el terreno la popularidad de una mujer que, digan lo que digan algunos teóricos exquisitos del liberalismo, es probablemente el político liberal más consistente que tenemos en España. El 10 de marzo hay dos opciones. Que en España triunfe el modelo de la Comunidad de Madrid o bien el de Cataluña. Libertad o nacional-socialismo. Me da igual que Esperanza Aguirre no se presente a estas elecciones. Yo votaré al partido al que ella pertenece. Y por eso el 10 de marzo, sinceramente espero no tener que volver a hablar de Esperanza Aguirre. Se me entiende.