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jueves, 4 de junio de 2015

Mejor que Rajoy siga

Apenas cinco días después del 24-M, la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo dijo en ABC lo que probablemente piensan muchos de sus compañeros de militancia, pero no se atreven a expresar en voz alta: que Mariano Rajoy no debería presentarse a la reelección como presidente del gobierno, si es que quiere que su partido no pierda las próximas elecciones generales. Modestamente, yo opino que lo mejor para España sería que Rajoy volviera a ser el candidato del PP. Para sostener tal cosa, me baso en la siguiente hipótesis:
El PP no va a gobernar, en cualquier caso, a partir de 2016.
Mi hipótesis se puede verificar de dos maneras: O bien el PP gana las elecciones sin obtener mayoría absoluta, o bien el PP pierde las elecciones.
En la primera posibilidad, pueden formarse varios gobiernos, en solitario o en coalición. Por ejemplo, del PSOE con el apoyo de Ciudadanos o de Podemos. Lo menos probable es que gobierne el Partido Popular, o que gobierne otro partido con el apoyo del PP, porque para ello, deberían darse a la vez dos condiciones: que el PP y otro partido que no sea el PSOE ni Podemos sumen mayoría absoluta, y que dicho partido (pongamos que hablo de Ciudadanos) no pueda formar también mayoría absoluta con el PSOE. Como hemos visto en el municipio de Madrid, el PSOE no esta dispuesto a apoyar a un gobierno de los populares ni aunque le ofrezcan a cambio la presidencia del gobierno. O para decirlo más exactamente, una de las peores pesadillas de los socialistas sería deberle semejante favor (siquiera moralmente) a la derecha. En cuanto a Albert Rivera, no me lo imagino dilapidando su meteórica ascensión política entregándole el gobierno al PP, mientras tenga la menor posibilidad de evitarlo.
Eliminado, pues, el PP de la mayoría de combinaciones, incluso como simple apoyo del gobierno de otro partido, el resultado es que aumentan las probabilidades de un gobierno del PSOE con el apoyo de Podemos, o al revés. Nótese la paradoja: la llegada al poder de la extrema izquierda es más probable si el PP “gana” las elecciones generales. Un PP con mayoría relativa no sólo es poco probable que gobierne, sino que podría convertirse en un tapón que beneficiaría al radicalismo, pues reduciría el número de posibilidades en las que no entra Podemos.
Hay quien opina que a lo mejor lo que este país necesita son cuatro años de populismo bolivariano, para que quienes se han dejado seducir por él se desengañen de una vez. Pero cuando estos movimientos totalitarios llegan al poder, por muchos destrozos que hagan, tienden a enquistarse en él, como demuestra el caso paradigmático de Venezuela. No quiero ni pensar en lo que podrían suponer ocho o más años de esa gente en el gobierno.
Veamos ahora qué ocurre si el PP pierde directamente las elecciones, quedando previsiblemente como segunda fuerza. En este caso, a las posibilidades que contemplábamos antes podríamos añadir un gobierno del PSOE o de Ciudadanos apoyados por el PP, aunque sólo fuera para la investidura, los presupuestos y poca cosa más. Es decir, PSOE y Ciudadanos pueden dejarse sostener, de manera más fácil de asimilar por sus votantes y militantes, por un PP que haya perdido las elecciones, y que sólo tenga precisamente eso que ofrecer, un apoyo barato. Ello reduce las probabilidades de un gobierno populista, aunque sigan siendo considerables. Así que lo menos malo es que el PP pierda las elecciones, teniendo en cuenta que de todos modos no va a gobernar (hipótesis de partida).
Ahora bien, para que el PP pierda, lo suyo es que siga al frente uno de los políticos que despierta menos ilusiones entre los españoles: Mariano Rajoy. El actual presidente debe ser candidato a las próximas elecciones para perderlas, ofreciendo al menos ese sacrificio por su país. Eso sí, al día siguiente que se retire a Pontevedra o a donde quiera, y que el partido comience su merecida travesía por el desierto, con una imprescindible refundación.

El PP no puede realizar una transformación creíble en cinco meses, como pretenden algunos. En cuatro años en la oposición ya sería más factible, aunque entretanto también puede consolidarse una alternativa de derecha como Vox. Votar a esta formación en las elecciones de final de año sería sin duda un buen modo de contribuir a que pierda el PP. Con Rajoy o sin Rajoy.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Qué quiere ser Vox de mayor

Vaya por delante que quien escribe no es nadie para dar consejos a Vox. Simplemente, expreso mis opiniones, desde mi simpatía con un proyecto político nuevo, que está encontrando más dificultades de las esperadas.

Vox no ha conseguido hasta ahora sus mínimos objetivos iniciales, que eran obtener representación en el parlamento europeo, y posteriormente en algún parlamento autonómico, o en algún municipio importante. Incluso podría decirse que en su corta vida ha venido a menos, pues en las elecciones del pasado domingo ha recabado sólo la tercera parte de los votos de las europeas. Sin embargo, este dato es menos malo de lo que aparenta, porque Vox no se presentaba en toda España, ni mucho menos. (Sin ir más lejos, yo no pude votarles esta vez, porque no había lista de Vox en Tarragona.) Teniendo en cuenta esto, sigue siendo factible obtener representación en las elecciones generales que se celebrarán (si no se adelantan) en seis o siete meses.

Ahora bien, para que los votantes se decidan por Vox, se necesita algo más que apelar a su conciencia. Es preciso ilusionarles con un objetivo realista, asequible y ambicioso a la vez. Tratemos de precisarlo. Está claro que Vox no va a ganar las próximas elecciones generales. Tampoco es probable que vaya a obtener un número de diputados suficiente para hacerse con la llave de la gobernabilidad, aunque esto nunca se sabe. En un Congreso muy fragmentado, un sólo diputado puede llegar a ser decisivo. Pero dejando de lado estos imponderables, Vox por ahora sólo puede aspirar a influir, a que se escuche su voz en las Cortes y a que se debatan sus propuestas o enmiendas. Para ello se requeriría tener Grupo Parlamentario propio, es decir, que contara con cinco diputados y un 5 % de representación. Un millón y medio de votos, para entendernos.

Estamos hablando de multiplicar por seis sus mejores resultados, los 250.000 votos de las pasadas elecciones europeas. ¿Es descabellado? No diría tanto, aunque sí sumamente difícil. Sin embargo, creo que plantear el objetivo del "millón y medio" puede ser útil. Con frecuencia es necesario proponerse una meta ambiciosa, aunque sólo sea para obtener unos resultados más modestos. Si Vox entra en el Congreso, ya será un éxito, pero probablemente no se pueda conseguir si no aspira a algo más.

Por supuesto, no bastará con decirle a la gente: "necesitamos un millón y medio de votos", danos el tuyo. En mi humilde opinión, Vox tiene que encontrar un gancho dialéctico que lo identifique claramente, que penetre no sólo en los simpatizantes más concienciados, sino que pueda abrir una brecha (una pequeña fisura sería suficiente) en la cerrada mentalidad socialdemócrata de los españoles. Y no me refiero a vídeos virales, que pueden estar muy bien elaborados, pero que llegan a mucha menos gente de la que se cree. Como decía el otro día un tertuliano, el taxista no se entera del trending topic. Pensar que se pueden ganar elecciones con las redes sociales me parece (por el momento) fantasioso, porque en dichas redes están todos, los que aparecen en la televisión y los que no; y adivinen quiénes poseen la ventaja decisiva.

Ese gancho dialéctico o leitmotiv podría ser algo así como "recortemos a los políticos". Nótese, no al Estado, que mucha gente identifica con algo "suyo", la Seguridad Social, las pensiones, los hospitales. Los políticos. Esto no tiene nada que ver con el viejo discurso ultraderechista de "fuera todos los políticos" (¿y a quién ponemos? ¿a los militares?), ni tampoco con la demagogia de Podemos contra "la casta", que en realidad pretende aumentar aún más el peso de la política en la vida de los ciudadanos, esto es, desplazar a la casta actual para instaurar una mucho más onerosa y opresiva. Lo que defiende Vox es una reducción de carácter permanente, estructural, del número de políticos (especialmente en las administraciones autonómicas, cuyo objetivo último es eliminar) y, por tanto, del dinero que manejan, su desmedido intervencionismo y las casi irresistibles tentaciones de corrupción que ambas cosas conllevan.

Que Vox dé una cifra concreta del número de políticos que tendrían que irse a sus casas; esto podría tener mucho más impacto que hablar de millones de euros de ahorro (¿quién no se pierde con tantos ceros?) o incluso de porcentajes del PIB, que se perciben como excesivamente tecnocráticos. No es fácil calcular con precisión cuántos cargos políticos hay en España y por tanto de cuántos podría prescindirse. En una rápida investigación en la web, te encuentras con estimaciones que van de los 100.000 a más de 400.000. Si nos limitamos a la administración autonómica, el sociólogo Ferran Martínez (nada sospechoso de "neoliberal") ofrece un cálculo "a ojo" de 65.000 cargos, entre diputados, consejeros, secretarios y directores generales, asesores y enchufados varios. Ferran, perezosamente, calcula 150 diputados por cada uno de los diecisiete parlamentos autonómicos, 2.550. En realidad, esta es la cifra más fácil de averiguar, y si mis cuentas no me fallan, son "sólo" 1.222. También creo que exagera (tal vez soy un ingenuo) con el número de cinco asesores por cada diputado, cuando él mismo asegura que son los grupos parlamentarios los que tienen asesores. Por otra parte, es posible que el autor no haya tenido en cuenta los escalafones territoriales de muchos gobiernos regionales (consejos comarcales, etc.), que pueden multiplicar pavorosamente los organigramas de la administración. En fin, tratando de hacer una estimación lo más prudente posible, para que no podamos ser acusados de demagogos, creo que podríamos hablar de 40.000 políticos autonómicos.

Una campaña sin estridencias de mal gusto, pero contundente, en que se explique que se pretende echar a 40.000 políticos (la cifra, por cierto, transmite unas resonancias alibabescas no desdeñables), dejando claro que no es para sustituirlos por otros, sino para sacudirnos de una vez por todas esa pesada carga. Podría funcionar. Recordemos que no se trata de cambiar en seis meses la mentalidad estatista de los españoles. Nos basta un 5 % y cinco diputados. Y si se consiguiera uno solo, no sería ya un fracaso.

Un último consejo, ya puestos. Amigos de Vox, olvidaos de una vez del PP, de querer atraer a los "desencantados" del Partido Popular. Cada vez tengo más claro que este es un mensaje de perdedores. Por el contrario, el mensaje de que sobran 40.000 políticos (o el número que se determine, sus doctores tendrá Vox) es perfectamente transversal, puede llegar incluso a votantes de IU. No es ninguna tontería. Creo que es más fácil, para un partido rompedor como Vox (en el buen sentido del término) atraer a un votante de Izquierda Unida (y más ahora, que está en caída libre, lo que suele acelerar las "deserciones" en todas direcciones) que a uno del PSOE, sin descartar esto último. Es un fenómeno que suele darse en Europa con la extrema derecha, aunque Vox evidentemente no lo sea, porque en sus principios fundacionales está la defensa del Estado de Derecho y el mercado libre. (Los programas económicos de la ultraderecha suelen ser indistinguibles del de Podemos.)

Vox es un niño aún, pero tendrá que hacerse mayor aceleradamente, si quiere sobrevivir. Ello significa olvidarse de las circunstancias en que surgió, para reforzar lo esencial, que era la falta en España de una formación de centroderecha sincera, defensora de la vida, de la libertad y patriótica. Visto en perspectiva, ahora nos damos cuenta de que fue una suerte que Vidal-Quadras no consiguiera su escaño y terminara abandonando Vox. Aunque Alejo no carece en absoluto de virtudes, estaba demasiado asociado al pasado. Era una figura del establishment, que podía ser muy crítica con la partidocracia, pero llevaba demasiado tiempo instalado confortablemente en ella. Le brillaban demasiado los anillos.

Creo que ha sido Santiago Abascal quien ha dicho que Vox debe ser el Podemos de la derecha, o algo parecido. Lo suscribo totalmente, y para ello no está de más fijarse en una de las claves del éxito de la terminal chavista en España. Ellos no se han dirigido a los desencantados del PSOE o de IU, sino a los de todos los partidos. Seguramente, la mayor parte de sus votos proceden de la izquierda, pero ellos no los han conseguido presentándose como la verdadera izquierda, no le han sugerido a sus votantes que podían tener un conflicto emocional por dejar de votar a quien sea. Simplemente, se lo han puesto fácil, han sabido presentarse como algo nuevo, pese a ser su mensaje tan viejo como el mausoleo de Lenin. Pero en cierto modo sí que son algo nuevo (peligrosamente nuevo) en nuestra historia democrática. Y esta, como digo, es la lección. Porque Vox también es algo nuevo, algo que no había existido hasta ahora: la defensa organizada de unos valores que muchos ya daban por enterrados. Ahora toca demostrar que se habían equivocado.

lunes, 25 de mayo de 2015

¡A las catacumbas!

Este fin de semana se han celebrado el referéndum de Irlanda sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y las elecciones locales y autonómicas de España. Para los que creemos en determinados valores (la vida, la familia, la economía libre, el imperio de la ley), los resultados no pueden ser más adversos. Los irlandeses han votado mayoritariamente a favor del matrimonio gay, y los españoles han optado con claridad por formaciones de izquierda y extrema izquierda. Especialmente preocupante es el ascenso del populismo de corte bolivariano, que probablemente gobernará en el ayuntamiento de Madrid y en Barcelona (aunque en esta, con mucha menos facilidad). Un partido como Vox, la única opción liberal-conservadora creíble que se presentaba en estos comicios, ha obtenido unos resultados míseros. Su cabeza de lista más carismático, Santiago Abascal, se ha quedado en menos de 40.000 votos, sin obtener representación.

Supongo que hay tres reacciones posibles ante semejante varapalo.

La primera es el derrotismo. Es la posición de quienes, definitivamente desanimados, resuelven quedarse en su casa en lo sucesivo, y desistir de seguir defendiendo sus creencias y sus ideas, guardándoselas para sí.

La segunda reacción se desprende de la concepción romántica de la democracia, para la cual el pueblo tiene siempre la razón, y por tanto, quienes se han quedado en minoría deben reflexionar y revisar sus propios postulados. Es la posición de quienes sostienen que no se puede ir contra el sentido de la historia, la de quienes sostienen que la Iglesia debe adaptarse a los tiempos modernos. Esta posición se encuentra, como es sabido, dentro de sectores de la propia Iglesia. Las declaraciones del arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, parecen ir en esa dirección, o al menos así se han interpretado. En el plano político, tal actitud se reconoce en aquellos que demandan al principal partido de centroderecha español, el PP, que siga desplazándose hacia el centro o el centroizquierda, asumiendo plenamente los dogmas dominantes de la socialdemocracia y la ideología de género. Por supuesto, también aquí los hay que sostienen este discurso desde dentro del Partido Popular.

La tercera posición es la que yo defiendo desde los tiempos del zapaterismo: la resistencia. El primer deber de quienes se encuentran en minoría es ante todo sobrevivir, es decir, seguir siendo como mínimo una minoría, y no una nada. Ello implica, como mínimo, la reposición siquiera demográfica de los miembros de dicha minoría. En este caso, como es lógico, esta reposición no se puede lograr meramente por reproducción biológica, pues incluso aunque los hijos "heredaran" las ideas de los padres (cosa para nada asegurada), el principal medio de transmisión de las creencias y las ideas es la palabra. Así que todo aquel que crea en la vida, en la libertad y en la ley, debe tratar de propagar, en la medida de sus posibilidades, dichas creencias y valores, contra viento y marea. En mi caso esto incluye, entre otras cosas, seguir apoyando al partido Vox, mientras exista y permanezca fiel a sus valores fundacionales, y a sus actuales dirigentes, Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y los demás, mientras no pierdan los ánimos para seguir. Desde las catacumbas, si es preciso: no podemos hacer menos, ante el ejemplo heroico de los cristianos perseguidos y martirizados de Oriente Medio y otros lugares del mundo.

viernes, 22 de mayo de 2015

Reflexiones más allá del municipio

Actualmente sólo hay un partido que defienda a la vez dos ideas básicas:
1) Reducir el peso del Estado despilfarrador e hiperregulador, que es la causa del desempleo, el endeudamiento desquiciado y la corrupción política.
2) Proteger la vida humana desde la concepción, acabando con los más de cien mil abortos anuales.
Este partido se llama Vox.
El PP asegura defender lo mismo, pero miente, porque tras gobernar tres años y medio con mayoría absoluta, ha aumentado los impuestos, no ha reducido el grueso del aparato estatal y ha limitado su reforma de la ley del aborto a que las adolescentes puedan seguir abortando, con el permiso paterno.
Con el fin de mantener al menos a sus votantes de 2011, al Partido Popular sólo le queda el recurso del miedo: advertir de que votar a Vox o a Ciudadanos es fragmentar el voto de derechas y facilitar, en consecuencia, que llegue al poder el populismo de extrema izquierda que representa Pablo Iglesias.
Pero, ¿cuál es la causa última del populismo?
La crisis económica sólo ha sido un desencadenante de la emergencia de los nuevos partidos. Ante la crisis, hay dos respuestas posibles, el populismo y el regeneracionismo. El segundo implica reducir el peso del Estado, despolitizar y desideologizar la administración, el poder judicial y los organismos reguladores. El primero (aunque se disfrace también de regeneración y democracia) es justo lo contrario: dar más poder a los políticos (ellos dicen “al pueblo”, "las mujeres", etc.) y por tanto restar libertad a los individuos, las familias, las empresas y las asociaciones civiles.
El partido Podemos habla constantemente de desalojar a la casta, pero si analizamos sus propuestas y, sobre todo, las trayectorias intelectuales y las referencias políticas de sus dirigentes, caben pocas dudas de que su verdadero objetivo es convertirse ellos mismos en una casta neocomunista, mucho más tiránica e inevitablemente cleptocrática que la anterior.
La razón profunda del ascenso de Podemos no son la crisis ni la corrupción, sino la existencia en España de una arraigada mentalidad estatista, que se decanta más fácilmente por las soluciones milagrosas y el revanchismo que por la auténtica regeneración, que sólo puede consistir en devolver poder de decisión a la sociedad civil; en limitar la política (que es necesaria, pero controlada y vigilada) y favorecer la libre iniciativa en todos los órdenes: económico, educativo, cultural, etc.
No es aumentando la dependencia de los subsidios y los servicios sociales como conseguimos ser más libres y prósperos, sino justo al revés. Un Estado mucho más reducido puede dedicar el gasto social a aquellas personas que realmente lo necesitan (discapacitados, huérfanos, etc.) porque gasta menos y sobre todo porque permite que se genere la riqueza de la que, a fin de cuentas, se financia vía impuestos. Con una menor fiscalidad, paradójicamente aumenta la recaudación, porque se multiplican las inversiones, el empleo y el consumo. Pero lo fundamental es que, con impuestos más bajos, los ciudadanos somos más libres para decidir qué hacer con nuestro dinero, sin la intermediación de los burócratas, los políticos, los "expertos" y los grupos de presión basados en la ideología de género o el ecologismo perroflauta.
Es preciso señalar que dar más poder a los individuos, a las familias y a las empresas no tiene nada que ver con el relativismo, sino todo lo contrario. No se trata de que el individuo pueda hacer lo que le dé la gana, como si esto fuera un fin en sí mismo, sino de que las personas se rijan por las leyes, sin interferencias arbitrarias de los gobernantes. Nada favorece más el despotismo que “liberar” a los individuos de leyes “caducas” y de “prejuicios” morales, que son precisamente los que acostumbran a dificultar los abusos de los poderosos, obligándoles como mínimo a la ejemplaridad.
Más concretamente, reducir el poder estatal no implica reconocer falsos derechos como el aborto. La auténtica función del Estado es proteger los verdaderos derechos, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
El relativista sostiene que, puesto que no hay un consenso universal sobre cuándo empieza a existir la persona humana, el Estado está obligado a ser neutral, es decir, a dejar en manos del individuo la decisión sobre la licitud o no del aborto. Ahora bien, esta neutralidad es completamente falsa. Lo que se discute es si un ser humano no nacido merece la misma protección que el nacido. Ante esto, no hay término medio ni neutralidad posible. O protegemos al embrión y al feto humanos, o no los protegemos. Admitida la falta de acuerdo en el terreno teórico, sólo existe una forma de resolver cualquier disputa reduciendo al máximo la violencia: es lo que llamamos democracia.
A fin de no enzarzarnos en una guerra civil, para resolver nuestras diferencias irreductibles, no se ha inventado nada mejor que la elección periódica y con garantías de gobernantes y legisladores. No se trata de que cuestiones como el aborto deban decidirse mediante el voto, de que la verdad pueda reducirse a la opinión mayoritaria. Esto sería recaer en el relativismo. Lo que sostenemos es que, puesto que de facto no nos ponemos de acuerdo en una serie de cuestiones esenciales, el único modo incruento de conllevar esta disensión es admitir unas reglas de juego. Lo que implica también que cada cual pueda seguir defendiendo lo que cree que es verdad, en contra de la mayoría, si es preciso, y que pueda tratar de convencerla pacíficamente[1].
La concepción romántica de la democracia confunde la voluntad popular con una verdad imperativa, lo que está en el origen de las peores tiranías. En realidad, la democracia no es más que un juego para dirimir nuestras diferencias, o mejor dicho, para permitir que podamos seguir manteniéndolas y convivir al mismo tiempo.
Todo esto puede parecer elemental, pero no son pocos quienes sostienen, a veces desde posiciones opuestas, que determinados temas (el aborto, la pena de muerte, etc.) deben quedar excluidos del debate democrático, lo que nos lleva a un problema de regresión al infinito: ¿quién decide lo que se debate y lo que no?[2]
Volviendo al punto inicial, desde el partido gobernante se pretende recabar el apoyo planteando un dilema perverso entre continuidad e involución populista. Es decir, entre una administración sobredimensionada y politizada, que permite el aborto libre en la práctica mientras impone mil regulaciones para abrir una peluquería, y un régimen totalitario, que fomentaría aún más, si cabe, los abortos, y que exacerbaría indeciblemente los controles y las vejaciones de toda índole a los ciudadanos que pretenden ganarse la vida honradamente, e incluso crear empleos, para promover una siniestra igualdad en la miseria.
No creo en una concepción tan mezquina y cobarde de la democracia, que la reduce a elegir entre lo malo y lo peor. La democracia entraña el riesgo de que triunfen el error y el mal, pero si no corremos ese riesgo, nunca triunfarán en buena lid la verdad y el bien. Y esto implica votar en conciencia: justamente lo que propone Vox.





[1] Problema distinto es cuando el poder es tan opresivo que imposibilita recurrir exclusivamente a medios pacíficos. La paz y la democracia no siempre son posibles, lamentablemente, pero cuando no existen, el esfuerzo de toda política debe ser tratar de retornar a ellas en el período más breve posible.
[2] Quien escribe también ha incurrido en esta equivocación en algunos escritos de este mismo blog, en los que incluso formulaba alternativas heterodoxas al parlamentarismo clásico. Una cosa es pensar que determinados temas no deben estar continuamente debatiéndose a la ligera (para lo cual existen los blindajes constitucionales de los derechos humanos y determinados principios fundamentales de un Estado, como la unidad territorial) y otra distinta es pensar que debamos tratar de impedir de manera absoluta y permanente la discusión sobre dichos temas. Lo segundo me parece (ahora lo veo más claramente) un error.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El futuro de Vox

Vox es el único partido liberal-conservador que hay en España. Más concretamente, es la única formación que defiende a la vez ideas como las siguientes:

-La reducción drástica del Estado y el desmantelamiento de las autonomías.
-La vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
-El mercado libre.
-La familia.
-La libertad educativa de los padres.
-La identidad judeocristiana de España y Occidente.

En las últimas elecciones al parlamento europeo, Vox cosechó unos 250.000 votos, insuficientes para obtener al menos un diputado. Pero se trató de un resultado notable para un partido que acababa de fundarse, y que, a diferencia de Podemos, no había tenido el menor respaldo de los medios de comunicación. Sin embargo, el pasado domingo, en las elecciones andaluzas, la formación liderada por Santiago Abascal sólo obtuvo 18.000 votos, casi catorce mil menos que el Partido Animalista. Las razones de este fracaso sin paliativos podrían ser fundamentalmente tres:

1) Vox puede haber cometido errores de comunicación y de estrategia, así como en la confección de las listas de candidatos y la elección del cabeza de cartel, Francisco Serrano.

2) El mensaje de Vox no ha llegado a mucha gente, debido al ninguneo mediático favorecido por la larga mano del gobierno de Rajoy y Soraya. A ver quién es el guapo que se juega la suculenta publicidad institucional y hasta las licencias televisivas futuras por unos ideales o simplemente por eso que llaman la libertad de información. Es indudable que mucha gente, un año después de que Abascal, Ortega Lara y Espinosa de los Monteros, entre otros, fundaran el partido liberal-conservador, sigue sin enterarse de que existe, o de que en él ya no milita Vidal-Quadras, al que algunos atribuyeron, con razón o sin ella, motivaciones oportunistas.

3) El mensaje de Vox no es sólo que no haya llegado, es que no gusta a la mayoría de la gente. Las ideas de mercado libre, responsabilidad individual, oposición al aborto, sencillamente no gustan en un país donde la mentalidad predominante es que el Estado está obligado a garantizarnos una "vida digna", e incluso una "muerte digna". Cualquier tipo de mensaje moral firme es percibido por la sociedad española actual como una inadmisible injerencia en la vida privada, como un retroceso al nacional-catolicismo. La gente muestra impúdicamente su intimidad en las redes sociales y los perfiles de WhatsApp, pero pobre de ti si sostienes que lo mejor para los niños es tener una madre y un padre, o que la baja natalidad es un grave problema, o que nadie puede decidir sobre la vida de un ser humano en edad embrionaria. ¡Te estás metiendo en sus vidas!

De estas tres explicaciones, la primera es la que me parece menos sostenible, aunque pueda tener una pequeña parte de verdad. No he seguido apenas la campaña electoral, pero creo que en general ha sido bastante potable, y aunque no conozco demasiado a Francisco Serrano, me consta que algunos candidatos son personas de gran talla intelectual y moral, con alguno de los pensadores más destacados del panorama liberal-conservador, como Francisco José Contreras (con importantes obras como El sentido de la libertad o Liberalismo, catolicismo y ley natural, entre las más recientes) y un programa económico que mereció elogios del prestigioso economista Juan Ramón Rallo, autor de Una revolución liberal para España, o Los errores de la vieja economía. Asimismo, tampoco me parecen acertadas las propuestas de pactos con otros partidos (suponiendo que esos partidos estuvieran dispuestos), pues para reducir los principios ideológicos a la mínima expresión ya hemos tenido a la UCD y al PP durante años.

La segunda explicación es innegable, pero hay que admitir que es extensible a las decenas de partidos que se presentan a las elecciones sin obtener nunca representación parlamentaria. Aunque no me cabe duda de que los medios deliberadamente eludieron informar de Vox para no indisponerse con el ejecutivo, es bien cierto que tampoco las encuestas aportaban un pretexto para ello. ¿Por qué hablar de Vox y no de FE de las JONS o Recortes Cero, que también han obtenido algunos millares de votos?

Creo que la tercera explicación es la más decisiva. Después de todo, la gente vota lo que quiere, y se entera también de lo que le interesa. Y está claro que las ideas de Vox son hoy muy minoritarias en España. Las encuestas sobre temas en profundidad confirman que somos uno de los países con mentalidad más estatista en la ya de por sí estatista Europa. Llamamos "emprendedores" a los que invierten, porque "empresario" es prácticamente un insulto, y la palabra "privatizar" es una de las más polémicas del léxico político. Además hay un déficit enorme de intelectuales, artistas o simplemente celebridades que se manifiesten claramente a favor de la vida o de la familia. Un partido que defienda la iniciativa y la responsabilidad individuales, será así por muchos años minoritario.

Pero que seamos pocos quienes creamos en las ideas liberal-conservadoras no es ningún motivo para abandonar, sino todo lo contrario. Hay que continuar defendiéndolas mientras las cuotas de afiliados y las donaciones de simpatizantes permitan distribuir algunas octavillas y mantener una presencia en internet y algunos medios. Hay que seguir intentándolo mientras materialmente se pueda, como llevan haciéndolo desde hace años los militantes y simpatizantes de muchos otros partidos sin representación.

Hay quienes opinan que estas ideas deben defenderse desde dentro de un partido grande, como el PP, o uno de los emergentes, como Ciudadanos. En primer lugar, esto sería válido si el Partido Popular fuera un partido dedocrático, digo democrático (en qué estaría pensando), como el Partido Republicano en los Estados Unidos. En segundo lugar, el ideario de Ciudadanos está demasiado alejado, en algunos puntos esenciales, de las ideas liberal-conservadoras. Y en tercer lugar, la integración en otro partido tendría sentido en una sociedad como la norteamericana, donde las ideas liberal-conservadoras (que allí se llaman simplemente conservadoras, puesto que están en el ADN de la nación) tienen un profundo arraigo en la sociedad civil, y una gran capacidad de influencia en la clase política. En España, la minoría liberal-conservadora necesita figuras visibles y distinguibles, con voz propia.

Bastaría un solo diputado, para empezar. Se trata de un objetivo muy modesto, pero al menos realista. Si un partido extraparlamentario es comparable a un equipo de fútbol de segunda división, Vox sería uno de los que tienen más posibilidades de ascender de categoría. Hay que seguir animando al equipo hasta que lo consiga.

sábado, 21 de marzo de 2015

Reflexiones andaluzas

Mañana se vota en Andalucía. Desde esta lluviosa Tarragona, permítanme desgranar algunas reflexiones sobre los tipos de votantes que, previsiblemente, acudirán a las urnas.

1) Los conservadores, en sentido literal. Es decir, todos aquellos que en esencia quieren conservar el actual estado de cosas en la comunidad autónoma, con algunos pequeños retoques cosméticos, como mucho. Son los partidarios del regadío, esto es, el riego de millones de euros del amigo Erario en forma de ayudas y subvenciones de todo tipo. Son los partidarios de que si su hija de dieciséis años llega un día a casa preñada, la puedan acompañar al abortorio más cercano, y "resolver" el problema de la manera más higiénica, y por supuesto a cargo del amigo Erario. Incluso los hay que prefieren no enterarse, y que la niña pueda haber ido ya por su cuenta. Son personas pragmáticas, que no necesitan creer en nada en particular para emocionarse con la Semana Santa, porque las tradiciones son las tradiciones. Y si la niña quiere tener el hijo, tratarán de convencerla de la manera más suave posible de que lo mejor para ella sería abortar, porque tiene "toda la vida por delante". Personas modernas, en fin, que están de enhorabuena, porque pueden votar no a uno, sino a dos partidos, el PSOE o el PP. Las diferencias son matices insignificantes, y desde luego mucho más irrelevantes que las existentes entre béticos y sevillistas.

2) Los furiosos. Son todos aquellos convencidos de que el Estado puede legítimamente apropiarse de la mitad o más de la riqueza de los ciudadanos (en esto coinciden a grandes rasgos con los anteriores), pero consideran un robo intolerable que luego no les llegue su parte, en forma de subsidio, prestación o chollo, y por eso están muy enfadados; tanto que quieren liarla. Quieren entrar a saco en las fincas de los ricos (tanto literal como metafóricamente hablando) y repartirse el botín. Y piensan que tras el reparto... bueno, en realidad no piensan mucho en qué harán después. Para eso ya están sus líderes políticos, que saben perfectamente que después sólo puede haber una espiral de represión creciente, para culpar del desastre social a que nos abocarían a los escuálidos, como dicen sus mentores venezolanos, y seguir exprimiendo la poca riqueza que quede por repartir. Todo por el interés general, por supuesto. Estos también tienen dos partidos, Izquierda Unida y Podemos, aunque parece que van a decantarse más por el último, que ha sido más hábil en encontrar patrocinadores bolivarianos e islamistas.

3) Los aseados. Estos se encuentran en una situación intermedia entre los dos grupos anteriores. Son por un lado "conservadores", porque en lo esencial no quieren cambiar nada de lo que llaman Estado del Bienestar (sanidad gratis, escuela laica gratis, pensiones aseguradas, aborto gratis) pero están muy legítimamente enfadados con los escándalos de corrupción. Así que proponen medidas de regeneración como la democratización de los partidos, o el refuerzo de la independencia judicial. Medidas que vienen a ser como ducharse todas las mañanas: están muy bien para empezar, pero luego viene lo más importante; y en esto, no parece haber grandes diferencias respecto a los que he llamado conservadores, en sentido literal. Ah, me olvidada, estos pueden votar a Ciudadanos o a UPyD.

4) Los heroicos. Estos son curiosos. Por un lado, están también indignados por la corrupción. Pero piensan que esta empieza, estructuralmente, cuando el Estado se apropia de casi la mitad de la riqueza de los ciudadanos vía impuestos, esto es, coactivamente. Son personas que también valoran el bienestar, pero a diferencia de casi todo el mundo, no consideran que sea gratis, que exista nada gratis, ni que todo se reduzca a lo material. Piensan que las comodidades sólo pueden proceder del esfuerzo individual y la responsabilidad. Por eso defienden un Estado austero, que permita el ahorro después de impuestos, lo que incluye el desmantelamiento gradual de las autonomías, convertidas en la consagración institucional de la irresponsabilidad y la deslealtad nacional. Defienden además una educación libre de interferencias estatales, de manera que sean los padres quienes decidan si quieren que sus hijos crean también en algo más que en las vacaciones pagadas y la jubilación, o si prefieren los vacuos estribillos relativistas y buenistas de la escuela laicista. No quieren que sus hijos no sepan asumir la responsabilidad de sus actos, y por eso no opinan que un embarazo no deseado se "resuelva" con un aborto. Al contrario, consideran que la vida humana es un don, que debe ser protegido de esos médicos indignos que violan el juramento hipocrático. Son también conservadores, pero en un sentido mucho más noble que la primera acepción del diccionario. Lo que ellos quieren conservar no es un statu quo política y moralmente corrupto, sino el legado espiritual judeocristiano, la familia natural, la Nación española, el Estado de Derecho y la economía de mercado. ¡Casi nada! Estos ciudadanos tienen su partido, llamado Vox, fundado hace poco más de un año por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara. No los verán mucho en la televisión, porque la verdad es que creer en algo que choque con el gratis total y la irresponsabilidad total, no está muy de moda. Hoy la épica queda para el cine, el deporte y la extrema izquierda. Fuera de ahí, tiende a considerarse de mal gusto, o sea, extrema derecha. Se dice incluso que el voto a Vox es un voto tirado a la papelera. Lo dicen, eso sí, quienes hace tiempo que tiraron a la papelera sus convicciones y su conciencia.


sábado, 29 de noviembre de 2014

Dilema perverso

El populismo se aprovecha de las situaciones de crisis para proponer sus soluciones fáciles, de forma no por evidente menos efectiva. Explota el más que justificado malestar de los ciudadanos para obtener el voto y, sobre todo, para –ya en el gobierno– autootorgarse poderes extraordinarios sin apenas resistencia. Porque el problema que entraña el populismo no es tanto que sus promesas no se puedan cumplir, o que sus medidas no vayan a producir los efectos que pregona. En realidad, esto es propio también de los partidos actuales, que llevan décadas cebando una mentalidad estatista y dependiente.

El salto cualitativo del populismo se halla en el precio que se cobra: al concentrar en el gobierno poderes extraordinarios (al principio, siempre “temporales”) se cae en una espiral en la cual el constante aplazamiento de las soluciones prometidas permite al caudillo de turno gobernar arbitrariamente por tiempo indefinido. Es decir, desaparece el Estado de Derecho, y con él las libertades políticas y económicas. Recordemos simplemente el “¡exprópiese!” de Hugo Chávez.
Los países gobernados por el populismo son más pobres, porque invertir en ellos es mucho más arriesgado. Son países en los que los gobernantes juegan con demagógicos controles de precios “contra los especuladores”, controles que siempre han provocado escasez y miseria allí donde se han implantado, como está sobradamente documentado desde tiempos del Imperio Romano. Son países en los cuales la oposición al gobierno requiere un considerable grado de valentía, incluso física. Y son países donde los niveles de “mordida” institucionalizada alcanzan el paroxismo; ríanse de la corrupción que hemos conocido hasta ahora.

Pese a todo esto, el populismo es difícil de combatir, por al menos dos razones. La primera es que las críticas que proceden del régimen partidocrático (la “casta”, en el lenguaje de Podemos) producen justo el efecto contrario al deseado. Cada vez que un representante del gobierno o del PP abre la boca para rechazar a Podemos, probablemente incrementa el número de los potenciales votantes de este último. Muchos ciudadanos no pueden evitar pensar que algo bueno tendrán quienes reciben críticas de una clase política de la que guardan tan mala opinión. El comprensible nivel de irritación contra ella es tal que, para desalojarla de las instituciones, algunos estarían dispuestos a votar a Atila.

La segunda razón de la fuerza del populismo estriba en que, al menos hasta que no alcanza el poder, muchos consideran exageradas las acusaciones y las comparaciones. Se nos dice que España no es Venezuela, se nos recuerda que se trata de un miembro de la Unión Europea, que aquí nadie va a desmontar el Estado de Derecho. Aunque los vínculos de los dirigentes de Podemos con el chavismo sean conocidos, por sí solos no demostrarían que Iglesias, Monedero y compañía pretendan instaurar en nuestro país una franquicia bolivariana.

Sin embargo, si atendemos al lenguaje básico de Podemos, los paralelismos con el chavismo antes de alcanzar el poder son algo más que simple coincidencia. “La casta” es por supuesto un concepto clave, que desempeña exactamente la misma función que la expresión “la cúpula”, utilizada hábilmente por Hugo Chávez para sumar el voto de los descontentos antes de 1998. Se trata en ambos casos de términos transversales, que por su carácter difuso facilitan recabar apoyos de un amplio espectro ideológico. Otros términos esenciales de la estrategia de Podemos son “democrático”, “participativo”, “público” y “proceso constituyente”. Los tres primeros preparan a la población para entregar al futuro poder político una capacidad de intervención más amplia que la actual (ya excesiva) bajo el falaz pretexto de devolver al “pueblo” (es decir, a quienes hablan por él) lo que es suyo. Pero probablemente sea la última expresión, repetida tanto por los dirigentes de Podemos como por el último militante o simpatizante conscienciado, la más decisiva.

Cuando habla de “proceso constituyente”, Podemos se atiene milimétricamente al guión chavista. Al poco tiempo de llegar al poder, Chávez, aprovechando la ilusión todavía intacta que generan los cambios políticos, elaboró, como no se había cansado de anunciar, una nueva constitución que fue votada en referéndum, y que ha permitido al régimen bolivariano sobrevivir a su muerte, reprimiendo a la oposición y arruinando al país.

El procedimiento para reformar legalmente la Constitución española de 1978 se describe en su Título X. Abrir un proceso constituyente como si la Constitución vigente no existiera sería técnicamente un golpe de Estado. Si se consumara algo semejante, por mucho que se escenificara su legitimidad democrática mediante un referéndum, cruzaríamos una línea de no retorno, tras la cual una parodia asambleísta de democracia permitiría al gobierno perpetrar cualquier abuso, abolidos o desnaturalizados la mayoría de los controles en los que se basa la política civilizada. Obsérvese que cuando Pablo Iglesias habla de “controles”, se refiere casi siempre no al ejecutivo, sino al sector privado, ¡incluidos los medios de comunicación!

La estrategia del populismo es obvia. Confiar en que una sociedad europea sea inmune a la patología que tanto ha hecho sufrir a los pueblos iberoamericanos (como si fuéramos intrínsecamente superiores) sería un experimento realmente peligroso.

No se trata de que, con tal de conjurar el peligro de Podemos, haya que seguir votando a los partidos tradicionales. Semejante chantaje emocional (“o nosotros o el caos”) desacredita cualquier crítica que puedan recibir Iglesias y los suyos, por justa y sensata que sea, y por tanto contribuye a aumentar sus apoyos.

En las elecciones europeas celebradas en 2014, formaciones como UPyD, Ciudadanos y Vox, que proponen un regeneracionismo absolutamente alejado de la demagogia irresponsable, obtuvieron sumados muchos más votos que Podemos. Plantear las próximas elecciones como un dilema entre Rajoy e Iglesias sería lo que más convendría al primero, pero sobre todo al segundo, que en este juego suicida es quien tiene más probabilidades de salir ganando. Hay alternativas a este dilema perverso; no estamos condenados a una España donde PP y PSOE se repartan los jueces, ni menos aún a una España en la que Podemos se los quede casi todos. En lugar de ello, pienso en el liberalismo progresista de Albert Rivera y en el liberalismo conservador de Santiago Abascal. Los días que me siento optimista imagino un país en el que la elección se encontrara entre ellos dos.

viernes, 11 de julio de 2014

Santiago Abascal y el futuro de VOX

Fui uno de los 245.000 votantes de VOX en las pasadas elecciones europeas. No me afilié al partido porque creo, modestamente, que puedo ayudar más desde fuera, como un ciudadano que manifiesta sus opiniones con total independencia.

Al no formar parte de la organización, aunque tenga contacto con algunos militantes, no me entero de lo que pasa dentro, ni me he molestado mucho en enterarme, la verdad. Pero me ha llegado el rumor de marejadilla a través de Twitter, por las maneras agrias que utilizan ciertas cuentas no oficiales, que pretenden hablar en nombre de VOX.

Pío Moa y Blas Piñar Pinedo han tratado el tema con bastante sensatez en sus bitácoras respectivas. Véanse sus entradas respectivas, VOX, acosado y en la encrucijada y Sobre las movidas internas en VOX...

En un primer análisis, el diagnóstico parece claro. Al no obtener ningún eurodiputado en las pasadas elecciones, surgen los reproches, las impaciencias de quienes querían resultados tangibles inmediatos, y quienes aprovechan el malestar para tratar de controlar la joven formación. No es de descartar que haya elementos infiltrados del PP que intenten dinamitar el proyecto desde dentro.

Pero más allá de los personalismos mezquinos, el problema de fondo es siempre ideológico. Todo partido político es, inevitablemente, una suma de corrientes distintas, que convergen en torno a determinados elementos comunes. Es imposible, e indeseable, que todo el mundo esté de acuerdo en todo.

Los tres ejes de VOX son España, el liberalismo y las políticas conservadoras a favor de la familia. El primer tema parece que no es objeto de discusión. La propuesta estrella del nuevo partido, eliminar las autonomías -o por lo pronto, devolver al gobierno central competencias como las de Educación o Sanidad- lo distingue de cualquier otra formación, incluidas UPyD y Ciudadanos, que no cuestionan el Estado autonómico, o apuestan incluso por el federalismo.

Parece que el liberalismo -la idea de que hay que reducir drásticamente el peso del Estado, la defensa del libre mercado y la crítica a la partidocracia corrupta- tampoco ha sido cuestionado, aunque personalmente echo de menos mayores concreciones en el aspecto económico. Una defensa más explícita y pedagógica de ideas liberales como el cheque escolar y sanitario, una propuesta valiente de reforma del sistema de pensiones y del mercado laboral, etc.

En cuanto al tercer eje, la defensa conservadora de la familia, que implica una crítica desacomplejada del radicalismo igualitario y abortista -el cual pretende abolir cualquier diferencia entre hombre y mujer, y entre la heterosexualidad y otras "identidades"- no sólo ha sido insuficientemente desarrollado, sino que algunos de los fundadores de VOX lo han tratado con ambigüedades y aplazamientos, justificándose con la alusión a la democracia interna.

En mi opinión, la democracia interna sirve para elegir a los dirigentes del partido. Por tanto, estos deben dejar claras sus posiciones ideológicas (si es necesario, puntualizando que hablan a título personal), para que los afiliados puedan decantarse por unos u otros con conocimiento de causa. Esperar que la definición ideológica surja espontáneamente de las bases me parece una idea ingenua y estéril de democracia.

El artículo de Santiago Abascal publicado en Libertad Digital puede interpretarse como un intento de posicionamiento en el debate entre quienes entienden el liberalismo como algo poco compatible con el conservadurismo y quienes creemos que plantear tal incompatibilidad o antítesis reposa en un grave malentendido. Abascal acusa al actual gobierno de subir los impuestos, de mantener la ley de memoria histórica, de "cobardía ante el separatismo", de la "suelta de asesinos y violadores" y también de mantener la legislación zapaterista basada en "la ideología de género y las leyes discriminatorias de igualdad". Con ello está describiendo en negativo el ideario innegociable que debería sostener algún partido; por ejemplo, VOX.

Excuso decirlo: los políticos que se comprometan con estas ideas serán tachados automáticamente de ultraderechistas, y no en vano Abascal titula su artículo "Extrema derecha". Sin duda, esta es la piedra de toque, lo que distingue a quienes están dispuestos a ser tildados de fachas por defender lo que creen que es la verdad, de quienes están abiertos a las concesiones que sean necesarias para eludir el sambenito.

Un VOX cuyos dirigentes se contaran entre estos últimos sería absolutamente redundante. Para la sumisión lacayuna al imperio de la corrección política ya tenemos el Partido Popular, digno heredero en esto de la UCD.

VOX debería tomar distancia del PP y la UCD, a la que estuvieron ligados algunos de sus fundadores. Esos no son los modelos, sino más bien los antimodelos, formaciones claudicantes ante el monopensamiento progresista. Mientras se perciba a VOX como una escisión del PP, el voto útil lo condenará a la irrelevancia, con toda justicia.

Para que VOX sea percibido como un partido realmente nuevo, que viene a romper con el consenso socialdemócrata y el radicalismo igualitario, necesitará un líder que en su persona encarne los tres aspectos fundamentales: la defensa de España, de la familia y de la sociedad civil frente al estatismo clientelar y dirigista. Esto no sólo no es incompatible con la democracia interna, sino que es su lógica consecuencia. Un liderazgo potente, que no esté condicionado por el pensamiento progresista hegemónico, necesita de un claro respaldo de las bases de su partido. Y a su vez, estas sólo se mantendrán cohesionadas si surge una figura que concite la adhesión de una gran mayoría.

Creo que esta figura ya existe, y se llama Santiago Abascal. Si la democracia interna llega a funcionar verdaderamente en VOX, no tengo ninguna duda de que se convertirá en el líder político que necesita no sólo su partido, sino España.

sábado, 31 de mayo de 2014

El partido más opuesto a Podemos

Una idea tan extendida como errónea es que lo más opuesto a una formación de extrema izquierda es otra de extrema derecha. Por este razonamiento, lo más contrario a Podemos, la nueva formación dirigida por el chavista con iphone y coleta Pablo Iglesias, sería alguno de los pocos partidos ultraderechistas que han concurrido a las elecciones del pasado 25 de mayo, y que en conjunto han obtenido en España alrededor de un 0,5 % de los votos. Basta comparar sus respectivas propuestas económicas para darse cuenta de que esto no es verdad.

Tomemos por ejemplo el programa del partido ultraderechista más votado, Falange de las JONS, más de 21.000 votos. Ya desde su primer párrafo condena al sistema capitalista por basarse "en el papel central del dinero", pero si vamos a propuestas más concretas, los paralelismos con Podemos son abundantes. Los falangistas están en contra del trabajo temporal, en contra del libre comercio mundial, a favor de controles de precios en numerosos sectores, a favor de la nacionalización de la banca, etc. Todas ellas son medidas defendidas con entusiasmo por Podemos.

Descartada la tesis vulgar de que lo opuesto a la ultraizquierda es la ultraderecha, veamos los partidos españoles que defienden un ideario económico liberal, en mayor o menor grado. Estos son PP, Ciudadanos, UPyD, Vox y P-Lib.

El programa del Partido Popular en lo económico se basa en la idea de que la mejor política social es fomentar el empleo, lo cual es una verdad como un templo. Pero sentada esta premisa, tanto en la teoría como en la práctica, el PP parece ante todo preocupado por mantener el oneroso "Estado del Bienestar", y para ello no duda en subir los impuestos (que es quizás la medida más contraria que existe a la creación de puestos de trabajo) ni en mantener trabas a la contratación, como el salario mínimo y otras.

Una crítica parecida podría hacerse de Ciudadanos y UPyD. Aunque en sus programas no falten asertos en favor del mercado libre y la iniciativa privada, estas suelen estar compensadas por juramentos de pureza socialdemócrata suficientes para dudar de la consistencia del conjunto.

Sin duda, el partido que defiende más radicalmente el liberalismo económico es el Partido de la Libertad Individual (P-Lib), que ha obtenido cerca de 10.000 votos en las últimas elecciones. Su atractiva propuesta de un Estado mínimo es lo más enfrentado a las ideas estatistas y colectivistas de Podemos. Sin embargo, hay un aspecto de fundamental importancia en el que estas dos formaciones coinciden, que es en la política a favor del aborto, la eutanasia, el laicismo radical y en contra de considerar a la familia natural como el modelo de referencia. El P-Lib incluso es más radical, al defender explícitamente la poligamia; y también rebasa a Podemos por la izquierda en su concepción de la organización territorial, pues mientras que la formación bolivariana se conforma con defender el "derecho de autodeterminación", el Partido de la Libertad Individual pretende consagrar el "derecho de secesión" de cualquier agrupación de individuos, desde municipios hasta comunidades autónomas.

Nos queda, pues, por eliminación, Vox, el partido que ha obtenido 245.000 votos en las primeras elecciones a las que se ha presentado. En su Manifiesto fundacional se muestra decidido partidario de la economía de mercado, de la familia y del derecho a la vida. Y junto a estos principios, defiende la idea de la unidad de España, proponiendo la superación del Estado autonómico. Se trata, por tanto, del ideario más alejado, en su conjunto, de las posiciones ultras de Podemos.

Hay además un hecho muy significativo, y es que la formación de extrema izquierda se caracteriza por que en su programa no menciona ni una sola vez las palabras Estado de derecho ni separación de poderes. En su punto 5.6 habla de reformar los procedimientos de designación del Fiscal General del Estado, del CGPJ y el TC, pero no precisa en qué sentido. ¡Incluso los falangistas utilizan en algún momento la expresión Estado de derecho y defienden explícitamente la independencia judicial!

Por contraste, Vox es el único partido de los examinados que sitúa el Estado de derecho y el imperio de la ley en el primer punto de su Manifiesto fundacional. Esto puede parecer retórica, algo por descontado, pero sostengo que no es causal que en el programa de Podemos no aparezcan estos conceptos, y en cambio en Vox se muestren en el lugar más preeminente.

La defensa de la sociedad civil frente a un estado invasivo en los órdenes económico y moral sólo es posible desde los principios de derecho y dignidad personal que nos legó la Antigüedad clásica y cristiana. Mientras que el socialismo y la ideología de género representan la ruptura con este legado, Vox, con su síntesis entre liberalismo y conservadurismo (aunque todavía se halle en fase incipiente), puede llegar a convertirse en la única alternativa cabal y sin concesiones a la verdadera amenaza extremista que se cierne sobre España, que no son precisamente los 90.000 votos que suma la extrema derecha, sino los tres millones largos que consigue movilizar la izquierda de corte bolivariano y batasuno.

Por supuesto, esta amenaza será utilizada como argumento del miedo a favor del voto útil para el PP. Sin embargo, lo cierto es que ha sido este quien con su maquiavelismo con los medios de comunicación, en los cuales no admite otra disensión que no sea la de izquierdas, ha estado abonando el terreno para el florecimiento del populismo. Si lo que queremos no es simplemente seguir ganando tiempo, sino empezar de una vez a revertir la hegemonía cultural de la izquierda, el PP hace tiempo que dejó de ser un aliado objetivo, para convertirse en uno de los mayores obstáculos.

domingo, 25 de mayo de 2014

VOX existe

Chesterton dejó escrito: "el periodismo consiste en decir que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo." (La sabiduría del padre Brown.)

Mucha gente habrá votado en estas elecciones sin enterarse de que existía un partido llamado VOX.

El viernes pasado, a menos de 48 horas de que abrieran los colegios electorales, mi mujer hablaba por teléfono con una amiga, que le confesaba no haber oído hablar del partido de José Antonio Ortega Lara y Santiago Abascal. Y sospecho que casos como este han sido muy comunes.

El ninguneo mediático infligido a VOX ha sido abyecto, y lo seguirá siendo. Y ha sido también la prueba palpable del poder del gobierno español sobre los medios de comunicación, gracias a la televisión pública, la publicidad institucional y el Gran Berta del BOE, del que dependen tanto licencias como ilimitadas posibilidades de putear -perdonen la expresión- a quien tenga la osadía de querer ser independiente.

Por eso era tan importante que VOX obtuviera al menos un escaño, el de su primer candidato Alejo Vidal-Quadras. No por lo que se decida en el parlamento de una Unión Europea escasamente democrática, sino porque era la única manera de que los medios de comunicación principales ofrecieran una información objetiva e imposible de ocultar en el minuto o la página trigésimo octavos, sobre la nueva formación. Al menos, por un día.

No ha podido ser, pero se ha estado muy cerca.

Los más de 240.000 votos obtenidos por VOX en estas condiciones tan adversas demuestran que existen las bases para una regeneración nacional, pese al inquietante ascenso de la extrema izquierda. Hay un gran número de ciudadanos (muchos más que los reflejados por estas tempranas elecciones) que pensamos que la sociedad civil debe tomar de nuevo las riendas, que hay que reformar drásticamente la administración invasiva que nos ha sido impuesta mediante el chantaje del "bienestar", que no se puede seguir tolerando la destrucción de vidas humanas en gestación ni seguir permaneciendo ciegos ante el precipicio demográfico, y que hay que poner fin de una vez por todas a las maquinaciones insolentes de quienes desean una voladura controlada de España.

Quedan muchos meses hasta las próximas elecciones generales; hay tiempo para difundir y consolidar el proyecto de VOX, la alternativa liberal-conservadora a la partidocracia socialdemócrata. Lord Jones existe y goza de buena salud.

viernes, 23 de mayo de 2014

Lo que está en juego el 25 de mayo

En las elecciones del 25 de mayo, lo de menos es si ganará el PP o el PSOE. Ya sabemos que ganarán los dos, una vez más. La variable realmente nueva será el desgaste que sufrirá este bipartidismo imperfecto reforzado por los nacionalismos vasco y catalán, que no hacen más que exacerbar la misma patología estatólatra de corrupción y dependencia sumisa de unos ciudadanos que siguen apostando por quienes creen que les garantizan las pensiones, los subsidios y la falaz gratuidad de unos servicios públicos ineficientes y, a la postre -por una elemental razón demográfica- insostenibles.

Ese desgaste no puede venir de la abstención, que todos dicen deplorar, pero que no afecta al sistema en su conjunto, el cual se reparte el mismo número de escaños sea cual sea la participación. Tampoco puede proceder de las numerosas formaciones de extrema izquierda, ni de las pocas de extrema derecha, que proponen llevar al paroxismo el culto al Estado que ya padecemos, perfectamente compatible con la destrucción de España que preconizan las variantes separatistas y filoterroristas.

La erosión de la partidocracia socialdemócrata sólo pueden precipitarla partidos que propongan (en lugar de ajustes para intentar vanamente perpetuar el sistema, que es lo único que sabe hacer el PP) reducir notablemente el peso estructural del sector público, abolir las autonomías y proteger a las familias naturales, que son las que aportan espontáneamente natalidad y cohesión social. ¿He dicho partidos? Que yo sepa, sólo hay un partido con un mensaje equilibrado que desarrolle estos tres ejes (liberalismo, unidad de España y valores morales), que es VOX. Suena a anuncio electoral, pero no sé expresarlo de manera más exacta.

El eslogan del PP para esta campaña reza: "Lo que está en juego es el futuro". Como ejemplo de trivialidad, es difícilmente superable. ¿Puede haber alguna candidatura que sostenga lo contrario, que diga que el futuro no importa? Bien es cierto que hace tiempo que el futurismo se ha convertido en la ideología oficial del PP. Pero ¿qué futuro tenemos si no se acometen reformas serias? ¿Qué futuro tenemos si un 30 % de los trabajadores del sector privado sostiene al 70 % restante, entre inactivos, parados y empleados que dependen del presupuesto público? ¿Qué futuro tenemos si nacen tan pocos niños, y aún así, permitimos un millón de abortos cada década? ¿Qué futuro tenemos si en regiones enteras se enseña a los escolares a odiar a España?
Se trata de problemas tan formidables que ningún partido político podrá solucionarlos por sí solo, ni de un día para otro. El cambio de mentalidad que se precisa es tan drástico que resulta razonable dudar de que podamos conseguirlo. Porque, evidentemente, no se trata de que una raza de políticos alienígenas nos haya conquistado. Tenemos lo que hemos votado durante años, ni más ni menos, sea por convencimiento o por un miope malminorismo, del que soy el primero en acusarme. Pero el primer paso, o el primer indicador de que no todo está perdido todavía, puede ser el voto a un partido que ha realizado el diagnóstico correcto y no lo ha ocultado acomplejadamente bajo una montaña de medidas inconexas y a veces contradictorias, como estila el PP.

VOX tiene un mensaje nítido, contundente. ¿Cuál es, en cambio, el mensaje del PP? Que estamos en el camino de la recuperación: una idea gris basada en índices macroeconómicos y que en el fondo no deja de ser mentira. Porque tanto con el PP como con el PSOE, lo mejor que nos espera es un largo estancamiento, con cifras de paro de dos dígitos y crecimientos del PIB en los que acecharemos las décimas como un perro que aguarda debajo de la mesa la caridad o el descuido de los comensales.

En medio de ese panorama sombrío, que VOX consiguiera un solo escaño de eurodiputado sería un rayo de esperanza para todos los que coincidimos con las ideas regeneradoras de la nueva formación. Incluso si, por unos pocos votos, no se alcanzara ese objetivo, tampoco debería interpretarse como un fracaso absoluto. El objetivo auténticamente crucial es obtener representación decisiva en las próximas elecciones legislativas nacionales. Hay tiempo para ello, pero debemos empezar ya, y qué mejor forma de hacerlo que votar la candidatura de Alejo Vidal-Quadras, Iván Espinosa de los Monteros, Cristina Seguí, Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara, el próximo domingo. Y si esto les parece también un anuncio electoral (aunque gratuito), no me duele lo más mínimo admitirlo.

lunes, 28 de abril de 2014

Por qué votaré a Vox

Es evidente que partidos como PP y PSOE no van a cambiar gran cosa en Bruselas, y que las nuevas formaciones como Vox poco van a influir, en sus inicios, en la política de la UE. Para cualquiera que esté realmente preocupado por la situación de nuestro país, las próximas elecciones al parlamento europeo son sólo un aperitivo de las elecciones locales, autonómicas y nacionales por venir, en las que se decidirá si los españoles siguen apostando por la partidocracia socialdemócrata o no.

Planteadas así las cosas, mi principal motivo para votar a Vox son las coincidencias ideológicas de fondo, más que los detalles de su programa europeo, aunque este no sea irrelevante. Dicho programa consiste en una serie de generalidades bastante sensatas, sobre todo en política económica, más algunas propuestas concretas de reforma institucional de la Unión, que merecen ser debatidas con seriedad.

Entre ellas destacan que el presidente de la Comisión sea votado por el parlamento europeo, que se reduzca el número de comisarios y que los asuntos exteriores, de justicia e interior requieran sólo mayoría cualificada del Consejo, y no la actual unanimidad de los Estados. En resumen, democratizar las instituciones europeas frente al carácter burócratico de la Comisión, y reforzar el equilibrio entre la Europa de los ciudadanos y la de los Estados. El modelo europeo que preconiza Vox no es, por tanto, de tipo federal (totalmente ajeno a la historia y la cultura de este continente) ni tampoco puramente confederal, como sería un mero tratado entre Estados.

En general, esta concepción de Europa me parece plausible, aunque mi visión de la UE sea más crítica que la que trasluce el texto programático de Vox, quizás excesivamente moderado. En particular, las referencias obedientes a la nueva religión global del cambio climático me han parecido, debo decirlo, perfectamente prescindibles, aunque al menos se atemperan señalando la necesidad de un sistema energético eficiente, frente a quienes anteponen a ello los mantras ecológicos. (No lo dicen así de claro, como sería deseable, pero se les entiende.)

Como decía, es en la ideología de fondo donde estriba principalmente mi adhesión como votante a la nueva formación. Por decirlo brevemente, Vox defiende sin ambages el mercado libre, la unidad de España y la familia. La decisión, para un liberal-conservador, parece sencilla.

Ahora bien, en teoría, todo eso también lo defiende, o lo defendía, el PP. Y sin embargo, pese a la mayoría absoluta del Partido Popular, en los dos últimos años hemos asistido a una mera prórroga del socialismo: un aumento desvergonzado de los impuestos para reducir el déficit público a niveles que siguen siendo insoportables, una política "antiterrorista" consistente en soltar a terroristas de la cárcel al tiempo que se respetan las posiciones políticas adquiridas por el brazo político de ETA y un entreguismo prácticamente absoluto al pensamiento único de la ideología de género. (Al ministro Gallardón, con su proyecto de reforma de la ley abortista de Zapatero, sus propios compañeros de partido lo han dejado más solo que la una.)

Este panorama desolador podría inclinarnos al fatalismo y por tanto, a la abstención. Un partido que se supone defiende la economía productiva, la familia y la unidad nacional, y que además cuenta con el apoyo masivo de los votantes, acaba incumpliendo clamorosamente su programa. ¿Por qué con otro debería ser distinto?

Tengo fundamentalmente tres respuestas a esta pregunta. La primera es que, aunque un servidor siempre ha votado ideas y no personas, estas últimas suelen ser el mejor aval de las primeras. Nunca me ha convencido Mariano Rajoy, aunque lo he venido votando en cada ocasión desde 2004, precisamente porque creía en las ideas que supuestamente defendía, si no él (recordemos el infausto congreso de 2008), sí al menos el grueso de su partido. En cambio, en esta ocasión, personas de la talla de Alejo Vidal-Quadras, Santiago Abascal, José Antonio Ortega Lara e Iván Espinosa de los Monteros, por lo que conozco de sus trayectorias y lo que les he escuchado, ofrecen una credibilidad y una demostración de lucidez que pocos líderes políticos hasta ahora han sabido transmitirme.

La segunda razón es que la defensa que hace Vox de sus ideas no es meramente retórica, sino que se materializa en su audaz (pero absolutamente vital) propuesta de un recorte del peso del Estado de un 5 % del PIB (unos 50.000 millones de euros), que pasaría por eliminar las 17 comunidades autónomas. La idea de una administración aligerada, un solo parlamento, un solo gobierno y un solo tribunal supremo (que sería también el constitucional) es para el PP rajoyista sencillamente impensable, porque socava las bases de su propio poder clientelar y regional. Y cabe señalar que no hay ningún otro partido que lejanamente proponga lo mismo.

La tercera razón para volver a confiar en la democracia, ejerciendo el derecho de sufragio, es que posiblemente se trate de la última oportunidad que tengamos de regenerar este país. Hasta ahora, una buena parte de votantes del PP nos hemos autoengañado con la teoría del voto útil. Pero desde el momento en que un gobierno del PP no se distingue de uno del PSOE, esa teoría deja de tener ningún sentido.

Un vecino mío, y pese a ello amigo, profesor retirado de literatura y notable poeta, se mostró encantado de ofrecer su firma, cuando se la pedí, para avalar la candidatura de Vox a las elecciones europeas (necesitaba 15.000 y ha conseguido más de 25.000). Sin embargo, me confesó que él iba a votar al PP, porque temía que hacerlo por partidos pequeños fragmentara el voto de la derecha. "¿Y si gana el PSOE?", me dijo con inquietud. Respondí: "Pues que gane; ¿qué diferencia habrá?"

Si el PSOE obtiene mejor resultado que el PP en las elecciones europeas, aunque sea por escaso margen, lo venderá sin duda como una tendencia irresistible que le llevará -supuestamente- a ganar las próximas elecciones legislativas nacionales. Pero si al mismo tiempo se consolidan nuevas formaciones a derecha e izquierda, lo que previsiblemente ocurrirá dentro de un año o año y medio es que ningún partido obtendrá mayoría suficiente para gobernar.

Se abrirán entonces dos posibilidades. O bien una gran coalición a la alemana entre PP y PSOE, que defenderán con la beatería del "consenso" todos los Fernando Ónegas y Enric Julianas de nuestra casta periodística (casi tan tediosa como la política), o bien una coalición de uno de los dos partidos con una formación pequeña. La peor posibilidad sería un gobierno apoyado por comunistas y/o nacionalistas, pero eso ni siquiera está garantizado que se pueda evitar votando al PP.  Véase al presidente extremeño insultando a su propios votantes, con tal de que los comunistas le dejen hacer.

Dado que es quizás muy prematuro pensar en una mayoría absoluta, para 2015 o 2016, de un Vox que acaba de nacer, sí me parece perfectamente posible, y deseable, que el PP se viera obligado a gobernar gracias a los escaños de Santiago Abascal, Ortega Lara y otros diputados de Vox, al precio de un giro drástico de su política, en el sentido que demandan sus votantes.

No va a ser un camino fácil, y las posibilidades de una gran coalición PP-PSOE en un futuro cercano no son desdeñables. Creo que esto no haría más que acelerar el descrédito y la decadencia de la partidocracia, aunque me temo que demasiado tarde para que este país tuviera arreglo. Si queremos que un partido como Vox, con propuestas de reformas serias, llegue a tener lo antes posible influencia en la política nacional, ello pasa por que empecemos a apoyarle con nuestros votos en las inmediatas elecciones europeas.

viernes, 4 de abril de 2014

El elefante europeo

Recientemente, Vox ha difundido un simpático vídeo en el que, con loable afán didáctico, se desarrolla la metáfora del elefante, utilizada por Vidal-Quadras para describir el insostenible sobredimensionamiento del sector estatal (mal llamado público).

Este esfuerzo pedagógico me parece, ya digo, de aplaudir, en una sociedad que tiene sorbidos los sesos por los dogmas anestesiantes de la socialdemocracia, los "derechos sociales", el "gratis total" y el subsidio generalizado. Aquí el más torpe se las apaña para tener una paguita, y no hablo sólo de Andalucía, aunque se trate de la comunidad autónoma emblemática en este aspecto.

Por supuesto, las quejas de los llamados indignados (esos chicos tan pacíficos en cuyas líricas manifestaciones siempre se acaba destrozando el mobiliario urbano y abriendo cabezas de policías) no sólo no van contra eso, sino que pretenden que el monto de las paguitas aumente todavía más.

El resultado final de esta espiral de demandas al estado (perfectamente conocido para cualquiera con un mínimo interés por la historia del siglo XX y principios del XXI) lo resume el viejo chiste que contaba la gente en la URSS, o en la RDA (yo no estaba pero me acuerdo, que decía aquel), con ese característico fatalismo que imprime el socialismo real: "Nosotros hacemos como que trabajamos, y ellos hacen como que nos pagan."

Ahora, el cabeza de lista a las europeas por Vox, Alejo Vidal-Quadras, acaba de colgar otro vídeo en YouTube, en el que nos explica muy brevemente su trabajo durante cinco años en el parlamento europeo, y las razones que tenemos los ciudadanos para votar en las elecciones a este organismo, que básicamente se reducen a una: el 70 % de la legislación nacional es mero desarrollo de normatividad europea.

Debo decir que este vídeo no me ha parecido, ni mucho menos, tan brillante como el anterior. De hecho, dudo que genere excesivo entusiasmo la labor (sin duda diligente) de Vidal-Quadras como eurodiputado, relacionada con regulaciones del sector del gas y de los plátanos. Es más, me pregunto si esta regulación verdaderamente habrá contribuido a mejorar en algo la vida de los ciudadanos, y no sólo beneficiar a algunos grupos de presión, que son los únicos que se habrán enterado de los intereses en juego, como de costumbre.

Al ciudadano, como es lógico, sólo se le dice que van a restringir los nuevos cigarrillos de vapor (es un ejemplo, yo no fumo ni los nuevos ni los de antes) por su salud, pero de los tejemanejes de las farmacéuticas que ven con recelo la competencia a sus parches y chicles de nicotina, ya nos enteramos menos, sobre todo si tenemos mejores cosas que hacer.

Es absolutamente imprescindible, ya no por razones económicas, sino de supervivencia de nuestra civilización, reducir el peso del estado. Pero para que de verdad nos creamos que Vox (hasta ahora, el único partido que está defendiendo este mensaje) va realmente en serio, debemos empezar por fijarnos en el monstruo burocrático de Bruselas.

Para votar, no me basta con saber la influencia que tiene la legislación de la Unión en la vida de los europeos; necesito saber concretamente qué van a defender nuestros eurodiputados en Europa, qué creen que debe ser la Unión; y tampoco nos basta con el mantra beatífico de "más Europa". ¿Qué significa esto? ¿Más poderes para Bruselas es a priori bueno para todos, o sólo para las legiones de funcionarios y políticos allí acuartelados?

No es ninguna broma. El acervo comunitario (acquis communautaire), el conjunto del derecho de la Unión, debe andar en torno a las 200.000 páginas, y no para de crecer. Si esto contribuye a hacer más productiva y competitiva a Europa, yo soy monje trapense.

No me extenderé aquí con los mil y un ejemplos más o menos chuscos, como el de la regulación de las jaulas de las gallinas ponedoras para disminuir su estrés (sic), imponiendo costes de millones de euros a los productores y -en consecuencia- a los cientos de millones de consumidores europeos.

No hablemos tampoco ahora de las incesantes tentativas de grupos organizados de la ideología de género por implantar a través del parlamento europeo sus delirios de ingeniería social, a favor del abortismo, la eugenesia, la eutanasia, la experimentación con embriones humanos y la promoción de toda forma de sexualidad no reproductiva, a fin de que la crisis de natalidad alcance decididamente niveles de suicidio colectivo.

El problema es aún peor que todo eso, aunque parezca mentira. Porque todo este volumen ingente de normas resulta prácticamente imposible de revertir por procedimientos democráticos, dada su plasmación formal, en gran parte, como tratados internacionales, sin que haya un gobierno que sea directamente responsable de sus consecuencias ante los votantes. Es decir, la Unión Europea se parece cada día más a la vieja Unión Soviética, basada en un sistema de planificación económica totalmente incapaz de autocorregirse, hasta el colapso final.

La UE nació tras la Segunda Guerra Mundial para promover unos lazos económicos que hicieran imposible que volvieran a repetirse las carnicerías bélicas de la primera mitad del siglo XX. Fue una finalidad noble, inspirada por políticos con firmes creencias cristianas. Pero hoy la Unión es algo irreconocible, se ha convertido en un fin en sí mismo, y el europeísmo en una especie de religión laica que justifica cualquier desmán y encima no sirve geopolíticamente para evitar guerras en los Balcanes o inspirar un mínimo respeto a Rusia.

Eso sí, para tachar de fascista al gobierno húngaro por atreverse a incluir en su constitución el derecho a la vida desde la concepción, y que el matrimonio es la unión entre una mujer y un hombre, la UE muestra una celeridad y una contundencia dignas de mejor causa.

Permanezco expectante (y no es ironía) ante el desarrollo del programa de Vox en relación con el tema europeo. Creo que me he mojado lo suficiente, y he dejado meridianamente claro que mi voto lo tienen prácticamente asegurado. Pero espero que no lo vayan a estropear a última hora escurriendo el bulto, como hacen todos los demás partidos españoles, con aquello de que la solución es "más Europa". ¿Qué Europa? El euroescepticismo es algo demasiado heterogéneo para que pueda valer como respuesta. Pero los problemas de los cuales surge el euroescepticismo son absolutamente reales y perentorios, y España debe dejar de ser uno de los pocos países donde de eso apenas se habla.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Vox en Tarragona

Esta tarde hemos asistido unas ochenta personas a la presentación de Vox en Tarragona, donde se han escuchado las intervenciones del coordinador provincial, Álex de Anta, del presidente provisional del nuevo partido y cabeza de lista para las elecciones al parlamento europeo, Alejo Vidal-Quadras, y de otros dos integrantes de la candidatura, Iván Espinosa de los Monteros y Cristina Seguí.

Éramos pocos, pero los discursos valieron la pena. Me sorprendió gratamente el muy elaborado de Álex de Anta, a quien no tenía el gusto de conocer fuera de su cuenta de Twitter. El coordinador del partido en Tarragona desarrolló, hablando tanto en catalán como en castellano, una interesante diferenciación entre la catalanidad (fundada en los elementos hispanorromano, cristiano y familiar) y el catalanismo, definido como una ideología totalitaria que en realidad atenta contra los valores de la catalanidad.

Siguió la intervención de Cristina Seguí, que empleó un tono personal para recordar los principios que inspiran a Vox, empezando por la cuestión decisiva de la defensa de la maternidad.

En tercer lugar, tuve el placer de descubrir a un excelente orador, a Iván Espinosa de los Monteros. El cofundador de Vox incidió en la batalla de las ideas contra el pensamiento único socialdemócrata, concluyendo con una elocuente defensa de la capacidad emprendedora de los españoles, ahora atrofiada por un estatismo asfixiante.

Por último, la intervención de Vidal-Quadras no defraudó lo más mínimo; arrancó aplausos y risas y se metió al público en el bolsillo. El veterano político empezó arremetiendo contra el disparate separatista, definiéndolo como lo que es, como algo que no tiene cabida en el estado de derecho. Rechazó también la falsa solución federalista, pues sólo tiene sentido para unir lo que previamente estaba separado, y defendió como objetivo a largo plazo la eliminación de las autonomías. De ahí pasó a la parte central de su discurso, una brillante y didáctica crítica del insostenible sector público que padecemos. Vidal-Quadras señaló que no sólo los partidos establecidos son incapaces de afrontar la indispensable reducción de las administraciones (porque ello pasaría necesariamente por deshacerse de sus respectivos "pesebres") sino que ni siquiera ninguno de los nuevos partidos defiende seriamente tal reducción. Vox es la única formación que aboga realmente por encoger el volumen estatal, pasando del 47 al 40 por ciento del PIB en una legislatura.

En suma, fue una reunión en la que se atacó explícitamente el consenso socialdemócrata. Por esto, Vox será tachado (lo ha sido desde el primer momento) de ultraderechista. Buena señal, porque hoy cuestionar el pensamiento único progresista es anatema. Queda sin embargo lo más difícil, romper esa "espiral del silencio" a la que se refirió Álex de Anta. En Cataluña, como demuestra la modesta asistencia tarraconense, será una labor especialmente ímproba, porque la combinación de progresismo y nacionalismo resulta especialmente potente. Pero sucede que sólo si cuaja en esta región de España, podrá tener verdadero éxito.

En las redes sociales se ha discutido sobre la idoneidad de que Vidal-Quadras permanezca en Bruselas; yo mismo he expresado mis dudas sobre si no sería mejor tenerlo más cerca, en la política nacional. Pero en este momento lo que conviene es que Vox arraigue, que obtenga un buen resultado en las elecciones europeas; y con Vidal-Quadras como cabeza de lista, las garantías son claramente mayores. Basta escucharle para desterrar cualquier duda, al menos en mi caso.


domingo, 23 de marzo de 2014

La desinformación de TVE

Este domingo ha muerto Adolfo Suárez; descanse en paz. La noticia se ha conocido a los pocos minutos de haber empezado el informativo de las tres de la tarde del primer canal de TVE. Sin embargo, antes de ello, por los titulares ya sabíamos de lo que no iba a hablar la televisión pública del gobierno de Mariano Rajoy. Para empezar por lo más vergonzoso, ni una palabra sobre esto:



"Esto" sucedía el sábado en Caracas.

La política informativa de TVE sobre Venezuela, desde que el mes pasado empezaron las masivas protestas de la sociedad civil contra el régimen socialista, es sencillamente repulsiva. Un régimen socialista, por cierto, que ha arruinado el país, que conculca los derechos humanos y que encubre la violencia de sus matones permitiendo uno de los mayores índices de criminalidad del mundo, mientras encarcela a líderes opositores. Un régimen que por parte del ente público de un gobierno supuestamente de derechas como es Televisión Española, recibe un tratamiento exquisito, acaso para salvaguardar los intereses de nuestras inversiones. Es decir, para salvaguardar que nuestras empresas sigan siendo, como en Cuba o en Argentina, rehenes de regímenes donde no existe seguridad jurídica, y en cualquier momento el tirano de turno las pueda expropiar o someter a cambios arbitrarios de regulaciones.

Por supuesto, era de esperar que TVE tampoco dijera ni pío de Alejo Vidal-Quadras, elegido ayer democráticamente, en elecciones primarias, para encabezar la candidatura de Vox a las elecciones europeas. Pero no por previsible deja de resultar miserable que, con criterios de mero periodismo profesional, no se considere siquiera digna de ser incluida, en un informativo de más de una hora, la noticia acerca de un eurodiputado de larga trayectoria en la política española. Una figura que se acaba de marchar del partido en el que ha militado durante décadas por graves desacuerdos con su línea política, y que se presenta ahora a unas elecciones por un nuevo proyecto. Si esto no es noticia (ya no digo noticia relevante), ¿qué lo es?

Desde mi punto de vista liberal, una televisión pública no tiene justificación, y mucho menos con el nivel de endeudamiento público que soportamos. Pero ya que no se suprime, por lo menos sería de comprender que un gobierno elegido por mayoría absoluta hubiera puesto fin a que los impuestos de sus votantes sigan sosteniendo el sesgo izquierdoso de los informativos de máxima audiencia. Todas las televisiones públicas tienden inevitablemente a favorecer al gobierno. Pero con el PP, esto se pretende encubrir regalando torpemente a la izquierda todo lo que no sea la información estrictamente partidocrática, con un cortoplacismo ideológicamente suicida del que sólo es capaz una derecha intelectual y moralmente corrompida.

martes, 11 de marzo de 2014

11-M: no nos conformamos

En el año 2011, a los diez años del 11-S, un comando de fuerzas de élite de los Estados Unidos consiguió abatir a Osama Ben Laden, el principal responsable del atentado que marcó trágicamente el inicio del siglo XXI.

Hoy, a los diez años de los atentados de Madrid de 2004, ¿qué podemos decir los españoles? Que nos retiramos de Iraq, y que poco después iniciamos una negociación con nuestros terroristas locales de ETA, como resultado de la cual los criminales separatistas gobiernan una provincia española y decenas de municipios de dos regiones autónomas.

Siento vergüenza, sencillamente. Hace dos años que ha vuelto al gobierno el partido que perdió las elecciones aquel 2004, como consecuencia del atentado, y nada ha cambiado. Nada absolutamente. Parece que el PP está totalmente dispuesto a conformarse con la penúltima versión de los atentados, según la cual fueron planeados por Al-Qaida como venganza por las detenciones de islamistas en España, durante el gobierno de Aznar. Sugestiva pero incompleta tesis de Fernando Reinares expuesta en su libro ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España, recién publicado por Galaxia Gutenberg. Con ello, se eliminaría el "argumento" de "Aznar asesino", que nos metió en la guerra ilegal de Iraq y bla bla bla. Y al mismo tiempo se contentaría a los progres y a la derecha obediente, que no han cesado de repetir el mantra de la "verdad judicial" sobre una trama islamista sin conexiones con servicios secretos ni nada que se le parezca. Así que todos contentos, y viva el consenso socialdemócrata.

Por supuesto, el autor no habla para nada en su libro de la mochila de Vallecas. Su interesante teoría se sostiene en esotéricas fuentes de inteligencia y en la premisa de que las pruebas aportadas por la policía en el juicio del 11-M no fueron manipuladas, destruidas ni inventadas. Preguntado sobre las irregularidades policiales y judiciales por el director de El Mundo, Casimiro García-Abadillo (en el programa de Antonio Jiménez en 13TV, hace pocos días), Reinares despreció los datos que le ofrecía el periodista, y prácticamente acto seguido confesó, más o menos textualmente, que "no soy competente en los aspectos periciales". Entonces ¿por qué descarta a priori las informaciones reveladas por autores como Luis del Pino, José María de Pablo o el perito Antonio Iglesias? ¿Cómo se puede desdeñar lo que se desconoce, por mucho que uno sea un experto en otros aspectos? Precisamente lo que se espera de un experto en cualquier materia es que se pronuncie con prudencia sobre aquello que se sale de su especialidad.

La única esperanza que nos queda de que algún día sepamos lo que ocurrió realmente el 11-M es que somos muchos los españoles (más de los que creen nuestros dirigentes políticos y los tres o cuatro grupos mediáticos que dominan el cotarro) que no queremos que se cierren las investigaciones. Seguimos queriendo saber, y no tenemos las prisas impostadas que manifestaron algunos, a golpe de mensajería móvil, antes de las elecciones del 14 de marzo de 2004, y que súbitamente se esfumaron en cuanto se confirmó la victoria del Partido Socialista. Tenemos, por el contrario, mucha paciencia.

Y puede que incluso tengamos también, por fin, una opción política, llamada Vox, que celebró su primera asamblea nacional el pasado sábado, pese a que los principales medios de comunicación se empeñen en que tal acto no se produjo, que Vox no existe y que Alejo Vidal-Quadras, Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara son ectoplasmas del ultramundo. En esa asamblea se pudo escuchar un vibrante discurso de Santiago, el recién elegido secretario general de Vox, en el cual manifestó su inconformismo con la versión oficial del 11-M.

Efectivamente, han pasado diez años; pero muchos seguimos siendo unos inconformistas.


Algunas entradas que he publicado sobre el tema:

2009: El golpe de Estado del 11 de marzo

2011: ¿Quién colocó la mochila de Vallecas?

2012: Lecciones de conspiranoia