Según un estudio de la OCDE, China desplazará a los Estados Unidos como primera potencia mundial dentro de cuatro años, en 2016. No he tenido acceso al texto, por lo que esta conclusión, así a primera vista, me produce un leve escepticismo. Sin embargo, aunque el sorpasso no llegue a producirse tan pronto, sí parece cada vez más probable que lo veamos en el transcurso de las vidas de la mayoría de nosotros. Basta un sencillo cálculo para comprobar que, si los Estados Unidos y China siguieran creciendo al ritmo del último año (el 1,7 % y el 9,3 % respectivamente), el PIB chino superaría al americano en solo una década, hacia 2022.
En principio, esto parece que no debería preocuparnos excesivamente, desde una perspectiva liberal. En una economía global, lo que importa es que exista libre circulación de mercancías y capitales, para que los consumidores tengan acceso a productos cada vez más competitivos en calidad y precio. Poco importa si vivimos en un país de menos de 8 millones de habitantes, como Suiza, o en uno de más de 300 millones, como los Estados Unidos. Sin embargo, el mundo no es solo un mercado, ni mucho menos, sino que en él operan los Estados. Y no es indiferente que el Estado de la mayor economía del mundo sea una democracia o una dictadura de partido único.
Podría pensarse que ello es algo que concierne solo a los ciudadanos chinos. Pero esto supondría olvidarnos (pequeño detalle) del músculo militar de los Estados, que influye de manera determinante en las relaciones internacionales. Hoy por hoy, con un gasto militar de aproximadamente el 4 % de su PIB, los Estados Unidos son, con mucha diferencia, la mayor potencia militar del planeta. ¡El presupuesto de Defensa estadounidense es el 40 % del mundial! El chino (puesto que la UE no es una potencia militarmente unificada) es ya el segundo, el doble que el de Rusia... pero solo supone el 8,2 % mundial. Ahora bien, de continuar el ritmo de crecimiento del PIB, y si China no variara su actual presupuesto militar del 1,7 %, en unos veinte años Pekín sería no solo la primera potencia económica del planeta, sino también la primera potencia militar.
Con todo, un par de consideraciones pueden atemperar esta perspectiva inquietante. Una es que los Estados Unidos, cuyos únicos vecinos son Canadá y México, seguirán disfrutando de una posición geopolítica envidiable en comparación con la de China, flanqueada por Rusia y la India, dos pesos pesados en armamento (y no olvidemos que la India también crece a un ritmo trepidante). Aunque hoy en día la superioridad militar se dirima en el aire, el espacio y el ciberespacio, el hecho de tener en sus fronteras a estas potencias, obliga necesariamente a Pekín a preocuparse más de la estricta defensa del territorio que de ejercer de gendarme planetario.
La otra consideración es mucho más importante. Y es que no todo se puede medir por el PIB. Si atendemos a indicadores más cualitativos, la ventaja de los Estados Unidos respecto al resto del mundo sigue siendo decisiva. En el plano cultural, es obvia, pero no solo por el cine o la música. Según el anuario de The Economist, El Mundo en cifras (manejo la edición de 2010), de las 35 mejores universidades del mundo, 17 están en los Estados Unidos. Quizá vale la pena enumerarlas: Harvard, Yale, California Institute of Technology, Chicago, Massachusetts Institute of Technology, Columbia, Pennsylvania, Princeton, Duke, Johns Hopkins, Cornell, Stanford, Michigan, Carnegie Mellon, Brown, California y Northwestern. Solo el Reino Unido es una potencia comparable en educación superior, con 8 entre las 35 primeras. Las restantes se reparten entre siete países más. Ninguna es china.
Otro indicador que está muy ligado al anterior, pues se basa en las relaciones entre Universidad y empresa, es la lista Forbes de las 100 compañías más innovadoras del mundo. El dominio yanqui es también aquí abrumador, porque 43 de ellas son estadounidenses (entre ellas, las cuatro primeras), muy por encima de las 28 de la UE, y no digamos de las 7 que tienen su sede social en China.
De estos datos se deduce que China tiene la oportunidad de convertirse en primera potencia mundial en una o dos décadas. Pero deberá mantener durante este período de tiempo sus brutales tasas de crecimiento actuales, lo que resultará más difícil a medida que sea más grande. Lo previsible es que su crecimiento en algún momento tienda a normalizarse, convergiendo con las tasas típicas de los países más desarrollados. Y sobre todo, el dominio que obtendrá China no será comparable al que han disfrutado los Estados Unidos en el siglo XX, y mantienen aún en estos primeros años del XXI. No habrá tanto una hegemonía como un final de los tiempos de la hegemonía de una sola nación. Desde el siglo XV hasta hoy, las potencias dominantes han sido, cronológicamente, España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. En el XXI posiblemente concluya el predominio occidental de los últimos quinientos años, al menos en el plano material. En el espiritual, que es realmente el decisivo -en contra de lo que creen tantos que hablan en prosa marxista sin saberlo- no veo ningún aspirante serio a desplazar la cultura euroamericana..., pese a los denodados esfuerzos que esta hace por suicidarse. Pero eso ya es otro tema.
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jueves, 15 de noviembre de 2012
domingo, 11 de noviembre de 2012
Licencia para ejecutar
La "Carta del domingo" de Pedro J. Ramírez suele ser un ejemplo de cómo decir en 2.000 palabras lo que podría expresarse con mil. Cierto que el director de El Mundo aprovecha este espacio dominical para dar rienda suela a su pasión por la historia, lo cual ennoblece su prolijidad. En esta ocasión nos ofrece una comparación traída por los pelos entre la reelección presidencial de Lincoln y la de Obama, la cual engarza donosamente con una reflexión inspirada en el gran pensador liberal Bruce Wayne, más conocido como Batman, de la cual deduce que "la superioridad moral de los Estados Unidos y del modelo de civilización que abandera habrían quedado doblemente acreditados si Bin Laden hubiera sido conducido vivo ante un tribunal." Y concluye con una coda, supongo que irónica al estilo De Quincey, alusiva a la reciente dimisión del director de la CIA: "Se empieza autorizando asesinatos legales y se termina poniéndole los cuernos a tu esposa."
Pedro J. asegura, basándose en el reciente libro de uno de los miembros del comando que acabó con Bin Laden en su refugio pakistaní (M. Owen y K. Maurer, No Easy Day), que la muerte del líder terrorista debería haberse evitado, puesto que estaba desarmado y ni siquiera tuvo lugar el tiroteo previo que nos habían contado las primeras informaciones. Como no he leído ese libro, ni dispongo de mejores fuentes, no voy a entrar en detalles circunstanciales. Sí me parece discutible que mantener con vida a Bin Laden no implicara ningún riesgo para los militares norteamericanos. Podría estar aparentemente desarmado pero accionar a distancia, desde un teléfono móvil o cualquier otro pequeño dispositivo de fácil ocultación, una carga explosiva, por ejemplo. No creo que se trate de una hipótesis excesivamente fantasiosa, aplicada a un sujeto que organizó el mayor atentado suicida de la historia.
Vayamos, sin embargo, a la cuestión de fondo. ¿Es legítimo que democracias como los Estados Unidos o Israel cometan asesinatos selectivos de líderes terroristas? Pedro J. alude al superhéroe Batman, que siempre acaba capturando a su eterno enemigo Joker y lo entrega vivo a la Justicia. Sospecho que preservar a Joker responde más al interés del guionista por continuar sirviéndose del personaje en futuras entregas que no a un mensaje liberal. Puestos a buscar ejemplos en personajes de ficción, cabe también pensar en James Bond, el agente secreto británico con "licencia para matar". Se me ocurre que el occidental medianamente culto se ve aquejado de un cierto desdoblamiento de personalidad, desde el momento que cree en el Estado de Derecho, y por tanto que los criminales deben ser juzgados con garantías, pero al mismo tiempo se deleita con películas en las que policías o espías en el papel de buenos utilizan métodos "poco ortodoxos", con frecuencia con la incomprensión de sus jefes, o del departamento de Asuntos Internos (tema clásico), caracterizados como una recua de burócratas ineptos que desconocen el mundo real, puesto que no tienen que batirse el cobre todos los días en las calles como el sufrido protagonista.
Debo confesar que yo también estoy de parte de Harry el Sucio y del agente 007. (No digamos ya si el villano es Bardem.) Los servicios secretos son secretos porque algunas de las misiones que realizan (desde escuchas a ciudadanos a asesinatos) no serían factibles si requirieran la fiscalización previa, o posterior, del poder judicial o de la opinión pública. Son las famosas "alcantarillas" del Estado, en la expresión de Felipe González. Ahora bien, sobre estas alcantarillas hay tres posturas posibles. Primera: Rechazo total, por principio, de su existencia. Segunda: Pueden existir, pero ello no significa aprobar cualquier cosa que hagan. Tercera: Legitimación incondicional de sus actividades; todo vale con tal de preservar la seguridad nacional. Creo que muy pocas personas defenderán la tercera posición, por lo cual me permito descartarla sin más. Ahora bien, igualmente me parece que la primera, pese a que tenga bastantes partidarios, es extrema e irreal. Cuando nos enfrentamos a enemigos que tienen todas las ventajas de actuar "en la sombra" (¿han visto Skyfall?; se la recomiendo, pasarán un rato entretenido) pueden darse circunstancias en las cuales no haya más remedio que trabajar también en y desde la sombra. Por supuesto que en este tipo de películas está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos; por eso no suelen plantear dilemas éticos, aunque en sus mejores momentos los sugieran. Pero que el mundo real sea más complicado es precisamente un argumento en contra del idealismo de Pedro J. Ramírez, no a favor. Que justifiquemos la eliminación de Bin Laden (o de un científico nuclear iraní) no significa que moralmente debamos transigir con el asesinato de inocentes o el saqueo de los fondos reservados.
No creo que los Estados Unidos hayan perdido la menor credibilidad política y moral porque hayan ejecutado a Bin Laden. Esto es perfectamente compatible con pensar que el riesgo de que las fuerzas de seguridad se desvíen de su verdadero cometido -el cual consiste en proteger la civilización y la democracia- es consustancial a su naturaleza; como es consustancial a los gobiernos tender a la corrupción; y del ser humano tender al mal. La democracia no se puede atar de manos a sí misma contra quienes quieren destruirla, sobre todo cuando han dado sobradas muestras de su capacidad para hacerlo. Existe, claro es, el peligro de que este argumento sea utilizado por políticos y funcionarios sin escrúpulos, con fines personales o incluso contrarios a lo que dicen defender. Pero precisamente lo que demostraría la grandeza del Estado de derecho sería que fuera capaz de distinguir esas desviaciones de aquellas que no lo son, aunque jurídicamente parezcan lo mismo; y por supuesto neutralizarlas. Solo que ningún criterio formalista nos garantizará nunca absolutamente poder hacer eso. Es mucho más fácil descubrir una infidelidad conyugal del general Petraeus que no un abuso de poder. Con James Bond, claro, no puede darse ese problema: Es soltero.
Pedro J. asegura, basándose en el reciente libro de uno de los miembros del comando que acabó con Bin Laden en su refugio pakistaní (M. Owen y K. Maurer, No Easy Day), que la muerte del líder terrorista debería haberse evitado, puesto que estaba desarmado y ni siquiera tuvo lugar el tiroteo previo que nos habían contado las primeras informaciones. Como no he leído ese libro, ni dispongo de mejores fuentes, no voy a entrar en detalles circunstanciales. Sí me parece discutible que mantener con vida a Bin Laden no implicara ningún riesgo para los militares norteamericanos. Podría estar aparentemente desarmado pero accionar a distancia, desde un teléfono móvil o cualquier otro pequeño dispositivo de fácil ocultación, una carga explosiva, por ejemplo. No creo que se trate de una hipótesis excesivamente fantasiosa, aplicada a un sujeto que organizó el mayor atentado suicida de la historia.
Vayamos, sin embargo, a la cuestión de fondo. ¿Es legítimo que democracias como los Estados Unidos o Israel cometan asesinatos selectivos de líderes terroristas? Pedro J. alude al superhéroe Batman, que siempre acaba capturando a su eterno enemigo Joker y lo entrega vivo a la Justicia. Sospecho que preservar a Joker responde más al interés del guionista por continuar sirviéndose del personaje en futuras entregas que no a un mensaje liberal. Puestos a buscar ejemplos en personajes de ficción, cabe también pensar en James Bond, el agente secreto británico con "licencia para matar". Se me ocurre que el occidental medianamente culto se ve aquejado de un cierto desdoblamiento de personalidad, desde el momento que cree en el Estado de Derecho, y por tanto que los criminales deben ser juzgados con garantías, pero al mismo tiempo se deleita con películas en las que policías o espías en el papel de buenos utilizan métodos "poco ortodoxos", con frecuencia con la incomprensión de sus jefes, o del departamento de Asuntos Internos (tema clásico), caracterizados como una recua de burócratas ineptos que desconocen el mundo real, puesto que no tienen que batirse el cobre todos los días en las calles como el sufrido protagonista.
Debo confesar que yo también estoy de parte de Harry el Sucio y del agente 007. (No digamos ya si el villano es Bardem.) Los servicios secretos son secretos porque algunas de las misiones que realizan (desde escuchas a ciudadanos a asesinatos) no serían factibles si requirieran la fiscalización previa, o posterior, del poder judicial o de la opinión pública. Son las famosas "alcantarillas" del Estado, en la expresión de Felipe González. Ahora bien, sobre estas alcantarillas hay tres posturas posibles. Primera: Rechazo total, por principio, de su existencia. Segunda: Pueden existir, pero ello no significa aprobar cualquier cosa que hagan. Tercera: Legitimación incondicional de sus actividades; todo vale con tal de preservar la seguridad nacional. Creo que muy pocas personas defenderán la tercera posición, por lo cual me permito descartarla sin más. Ahora bien, igualmente me parece que la primera, pese a que tenga bastantes partidarios, es extrema e irreal. Cuando nos enfrentamos a enemigos que tienen todas las ventajas de actuar "en la sombra" (¿han visto Skyfall?; se la recomiendo, pasarán un rato entretenido) pueden darse circunstancias en las cuales no haya más remedio que trabajar también en y desde la sombra. Por supuesto que en este tipo de películas está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos; por eso no suelen plantear dilemas éticos, aunque en sus mejores momentos los sugieran. Pero que el mundo real sea más complicado es precisamente un argumento en contra del idealismo de Pedro J. Ramírez, no a favor. Que justifiquemos la eliminación de Bin Laden (o de un científico nuclear iraní) no significa que moralmente debamos transigir con el asesinato de inocentes o el saqueo de los fondos reservados.
No creo que los Estados Unidos hayan perdido la menor credibilidad política y moral porque hayan ejecutado a Bin Laden. Esto es perfectamente compatible con pensar que el riesgo de que las fuerzas de seguridad se desvíen de su verdadero cometido -el cual consiste en proteger la civilización y la democracia- es consustancial a su naturaleza; como es consustancial a los gobiernos tender a la corrupción; y del ser humano tender al mal. La democracia no se puede atar de manos a sí misma contra quienes quieren destruirla, sobre todo cuando han dado sobradas muestras de su capacidad para hacerlo. Existe, claro es, el peligro de que este argumento sea utilizado por políticos y funcionarios sin escrúpulos, con fines personales o incluso contrarios a lo que dicen defender. Pero precisamente lo que demostraría la grandeza del Estado de derecho sería que fuera capaz de distinguir esas desviaciones de aquellas que no lo son, aunque jurídicamente parezcan lo mismo; y por supuesto neutralizarlas. Solo que ningún criterio formalista nos garantizará nunca absolutamente poder hacer eso. Es mucho más fácil descubrir una infidelidad conyugal del general Petraeus que no un abuso de poder. Con James Bond, claro, no puede darse ese problema: Es soltero.
domingo, 26 de febrero de 2012
Antioccidentalismo preventivo
Hace ya tiempo que entre Israel e Irán se libra una verdadera guerra fría, de la cual sabemos poco. Virus informáticos que perturban gravemente las centrifugadoras de uranio iranís, científicos del programa nuclear persa que vuelan por los aires dentro de sus coches, atentados contra personal diplomático israelí... Se trata de indicios aislados pero reveladores.
Un editorial de El País de hoy, titulado "Evitar un ataque", sostiene que por ahora "no se puede asegurar que Irán busque realmente la bomba". Base a partir de la cual construye una argumentación contra la guerra preventiva. El editorialista recuerda que es Israel quien dispone de armas nucleares e insinúa que, en realidad, tras un eventual ataque contra Irán, habría otros motivos, de naturaleza geopolítica. Concluye asegurando que su efecto sería en todo caso opuesto al esperado, pues reforzaría al régimen teocrático y lo convencería de la necesidad de contar con la bomba atómica. Una manera no muy sutil de sugerir que quizás estaría justificado que la tuviera.
Evidentemente, no podemos demostrar que Irán esté intentando fabricar armas nucleares. Sin embargo, al mismo tiempo, parece cualquier cosa excepto razonable y prudente dudar de ello. El editorialista del diario progresista habla de Irán como si se tratara de un individuo que goza de la presunción de inocencia en un Estado de derecho. Pero eso solo puede tomarse como un chiste. Los Estados no son personas cuyos derechos deban ser protegidos con un sistema garantista. (Al contrario, el garantismo se inventó para proteger a las personas de los Estados.) Algunos de ellos, como Irán o Corea del Norte, son organizaciones terroristas enormemente peligrosas, que cualquier día podrían desencadenar matanzas atroces. Los razonamientos de El País son por ello relamidamente hipócritas. Al tiempo que concede, contra todos los indicios, el máximo margen de duda para Irán, lanza veladas acusaciones contra las intenciones de los Estados Unidos e Israel, como si a un ciudadano europeo le fuera indiferente el resultado de un enfrentamiento entre estos países y la dictadura islámica.
Es el estilo de la casa, por supuesto. "El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush". La preocupación era Bush, no los terroristas. Si Irán es atacado, no duden de qué lado estará el periódico de PRISA. Ya habla de "ataque ilegal", antes incluso de que la ONU (a la que idolatra tanto) se haya pronunciado sobre esa posibilidad. Por lo visto, Israel debería esperar a que Irán apuntase su territorio con ojivas nucleares para hacer algo. Lo más probable es que incluso entonces nuestros progres dijeran que eso no es motivo suficiente, mientras no se produzca un ataque. Y una vez producido el ataque sostendrían que la "venganza" no es la solución, como efectivamente hicieron tras el 11-S. Es que ya nos conocemos.
Un editorial de El País de hoy, titulado "Evitar un ataque", sostiene que por ahora "no se puede asegurar que Irán busque realmente la bomba". Base a partir de la cual construye una argumentación contra la guerra preventiva. El editorialista recuerda que es Israel quien dispone de armas nucleares e insinúa que, en realidad, tras un eventual ataque contra Irán, habría otros motivos, de naturaleza geopolítica. Concluye asegurando que su efecto sería en todo caso opuesto al esperado, pues reforzaría al régimen teocrático y lo convencería de la necesidad de contar con la bomba atómica. Una manera no muy sutil de sugerir que quizás estaría justificado que la tuviera.
Evidentemente, no podemos demostrar que Irán esté intentando fabricar armas nucleares. Sin embargo, al mismo tiempo, parece cualquier cosa excepto razonable y prudente dudar de ello. El editorialista del diario progresista habla de Irán como si se tratara de un individuo que goza de la presunción de inocencia en un Estado de derecho. Pero eso solo puede tomarse como un chiste. Los Estados no son personas cuyos derechos deban ser protegidos con un sistema garantista. (Al contrario, el garantismo se inventó para proteger a las personas de los Estados.) Algunos de ellos, como Irán o Corea del Norte, son organizaciones terroristas enormemente peligrosas, que cualquier día podrían desencadenar matanzas atroces. Los razonamientos de El País son por ello relamidamente hipócritas. Al tiempo que concede, contra todos los indicios, el máximo margen de duda para Irán, lanza veladas acusaciones contra las intenciones de los Estados Unidos e Israel, como si a un ciudadano europeo le fuera indiferente el resultado de un enfrentamiento entre estos países y la dictadura islámica.
Es el estilo de la casa, por supuesto. "El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush". La preocupación era Bush, no los terroristas. Si Irán es atacado, no duden de qué lado estará el periódico de PRISA. Ya habla de "ataque ilegal", antes incluso de que la ONU (a la que idolatra tanto) se haya pronunciado sobre esa posibilidad. Por lo visto, Israel debería esperar a que Irán apuntase su territorio con ojivas nucleares para hacer algo. Lo más probable es que incluso entonces nuestros progres dijeran que eso no es motivo suficiente, mientras no se produzca un ataque. Y una vez producido el ataque sostendrían que la "venganza" no es la solución, como efectivamente hicieron tras el 11-S. Es que ya nos conocemos.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Una explicación más profunda
La enfermedad profesional del corresponsal de guerra, ya lo sabíamos, es el antiamericanismo. Un ejemplo prototípico es Mercedes Cabrera, cronista de la guerra de Irak, a la que el malvado ejército yanqui permitió sin embargo ir “empotrada”, como se dice en el argot, en sus filas. En uno de sus textos, la periodista de Vocento llegaba a comparar las víctimas del 11-S con las víctimas civiles de esa guerra. Es decir, implícitamente equiparaba el terrorismo con una intervención militar, que es exactamente como quieren que lo veamos los terroristas. Mucha gente, manipulada y agitada por la propaganda izquierdosa, interpretaría poco después del mismo modo los atentados de Madrid. Dijeron que el gobierno de Aznar mintió sobre su autoría, pero si no hubieran pensado, insinuado –y hasta enunciado crudamente– que el 11-M fue un acto de guerra, no hubieran exigido a ninguna administración que resolviera el caso antes de 24 horas, ni la SER se hubiera atrevido a inventarse la falsa noticia de los terroristas suicidas. El mensaje de la chusma izquierdista era evidente: “¿Veis lo que nos ha pasado por la estúpida guerra de Bush y Aznar?” Que es algo así como si alguien dijera, ante un atentado de ETA: “¿Veis lo que pasa por no respetar el derecho de autodeterminación de los vascos?”
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Columnista de El País compara al Tea Party con Al-Qaeda
"Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos", admite Moisés Naím. ¡Cómo! Si yo pensaba que Sarah Palin ya había abatido a tiros a unos cuantos opositores con su M16... "Pero... [prosigue] este grupo de radicales... es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional."
A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:
No apoyan las medidas económicas de Obama,
cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,
están en contra del sistema público de Seguridad Social,
están a favor de la pena de muerte,
cuestionan a Darwin,
"insultan" a Keynes,
están a favor de la libertad de posesión de armas,
defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...
Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.
Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!
Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.
La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.
Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.
A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:
No apoyan las medidas económicas de Obama,
cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,
están en contra del sistema público de Seguridad Social,
están a favor de la pena de muerte,
cuestionan a Darwin,
"insultan" a Keynes,
están a favor de la libertad de posesión de armas,
defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...
Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.
Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!
Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.
La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.
Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.
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domingo, 15 de mayo de 2011
La igualdad es esto
El nivel socioeconómico de una limpiadora de hotel es muy inferior al del director gerente de un organismo internacional. La primera tiene que trabajar muchas horas para poder pagar la educación de sus hijos, mientras que el segundo se puede permitir enviarlos a los mejores centros educativos del mundo, y aún le sobra para gran variedad de lujos, como por ejemplo pagarse su estancia en los mejores hoteles del mundo. Pese a ello, si tratara de propasarse con la limpiadora, en un Estado de derecho debería ser detenido por la policía y puesto a disposición de la justicia. Al menos, parece que esto es lo que ha sucedido en el país de las "escandalosas desigualdades".
Claro que si en Cuba, un jerarca del partido comunista agrediera sexualmente a la camarera de un hotel de La Habana (pongamos que fuera un hotel de acceso restringido a los miembros del partido), y esta no se atreviera a denunciarlo, se trataría de una anécdota sin importancia, que no empañaría las grandes "conquistas de la Revolusión". La izquierda es la que más defiende a los humildes y la igualdad, ¡y vale ya!
Venga, espero con impaciencia los comentarios de progres sabelotodos diciendo que no respeto la presunción de inocencia. Pero les adelanto mi respuesta: aquí lo importante no es si Strauss-Khan es inocente o no, sino que a la policía neoyorkina no le ha temblado el pulso al detenerlo, cuando podía haber esperado diez minutos y decir que no había llegado a tiempo de impedir que saliera su avión. Hubiera sido fácil, pero los estadounidenses creen en la ley. Qué puritanos ¿verdad?
Claro que si en Cuba, un jerarca del partido comunista agrediera sexualmente a la camarera de un hotel de La Habana (pongamos que fuera un hotel de acceso restringido a los miembros del partido), y esta no se atreviera a denunciarlo, se trataría de una anécdota sin importancia, que no empañaría las grandes "conquistas de la Revolusión". La izquierda es la que más defiende a los humildes y la igualdad, ¡y vale ya!
Venga, espero con impaciencia los comentarios de progres sabelotodos diciendo que no respeto la presunción de inocencia. Pero les adelanto mi respuesta: aquí lo importante no es si Strauss-Khan es inocente o no, sino que a la policía neoyorkina no le ha temblado el pulso al detenerlo, cuando podía haber esperado diez minutos y decir que no había llegado a tiempo de impedir que saliera su avión. Hubiera sido fácil, pero los estadounidenses creen en la ley. Qué puritanos ¿verdad?
jueves, 5 de mayo de 2011
El fin no justifica los medios
Muchos antiamericanos de luto por el éxito de los Navy Seals al cargarse a Bin Laden repiten esos días aquello de que el fin no justifica los medios. Y yo estoy de acuerdo con el principio. Pero la clave de una prescripción tan abstracta es cómo se traduce a la práctica, porque si no se convierte en un mero latiguillo de uso a convenir. Está claro que si los americanos hubieran lanzado una bomba atómica sobre la localidad de Abbottabad, donde tenían localizado al angelito, el mundo entero hubiera condenado una salvajada semejante, y con razón. Esto es lo que significa la frase el fin no justifica los medios. No todo vale. O dicho de otro modo: Determinados fines justifican determinados medios, y no otros. A partir de aquí se podrá discutir sobre si deberían haber capturado vivo a Bin Laden arriesgándose a que los hiciera volar a todos con un cinturón de explosivos, por ejemplo. Pero esgrimir con tonillo triunfal la vaguedad tan traída y llevada del fin y los medios demuestra que algunos se preparan poco los temas.
lunes, 2 de mayo de 2011
Osama bin Laden por fin está en el infierno [editado]
Dedicado a todos aquellos que nos advierten cada día que la causa del terrorismo es "la pobreza": Bin Laden ha sido localizado y muerto por un comando de los SEALs de la Armada de los Estados Unidos... en una
Hay que felicitar calurosamente a los miembros del comando que ha llevado a cabo la operación, y al director de la CIA, Leon Panetta, recién ascendido (¿casualidad?) a Secretario de Defensa por el presidente Obama. Aunque estos días no faltarán los sabelotodos que nos dirán que esto no tiene mucha importancia, porque Al-Qaeda actúa de forma descentralizada, etc, con esta operación, además de un golpe de efecto simbólico de crucial importancia (como bien saben los terroristas: todos sus actos son "simbólicos"), lo que sobre todo se ha hecho es Justicia. Y eso es lo más importante.
Próximas tareas informativas:
1) Confirmar que efectivamente la localización de Google Maps de la residencia de Bin Laden es correcta. [Por lo visto, no lo era; ver corrección más arriba.]
2) Confirmar la información (vía Nihil Obstat) de que el cuerpo de Bin Laden (es de suponer que después de extraídas las correspondientes muestras para las pruebas de ADN) ha sido arrojado al mar (inteligente solución, tanto si es verdad como si es un bulo deliberadamente filtrado por la inteligencia norteamericana).
3) Seguimiento de las reacciones de los medios y articulistas progres, que tras las felicitaciones de rigor, pronto encontrarán todos los peros imaginables para proseguir con sus habituales disquisiciones de autoodio contra Occidente.
God bless you!
¡Dios os bendiga!
jueves, 3 de febrero de 2011
La causa de las revueltas árabes
En una entrada anterior expuse mi posición genérica sobre la actitud que debería adoptar Occidente ante las dictaduras. En resumen, se podría definir como una especie de neoconservadurismo con matices conservadores clásicos. Para entendernos, esto significa que habrá casos en que por razones geoestratégicas no nos quedará más remedio que entendernos con regímenes moralmente indeseables, y habrá otros, por el contrario, en que estará justificada una política de intervención más o menos agresiva, con el objetivo de favorecer a la oposición democrática interna, o incluso una actuación militar desde el exterior. ¿Cínico pragmatismo? ¿Imperialismo? Que cada cual piense lo que quiera.
Creo que las prioridades de Occidente son, por este orden: Uno, defender su propia existencia. Dos, defender la democracia liberal fuera de su propio ámbito geográfico. Lo segundo, sin duda, es lo que más puede contribuir a lo primero, pero no siempre es factible. El utopismo y el buenismo, dejémoslos para los progres.
Aplicado a Egipto, esto quiere decir que aunque Estados Unidos, Europa e Israel se puedan haber equivocado apoyando durante tanto tiempo a Mubarak, es muy fácil decirlo ahora. Y resulta gracioso que quienes más culpan a Occidente y "los mercados" (por emplear el latiguillo de moda) de sostener a las corruptas dictaduras árabes, sean en gran parte los mismos que hablaban casi con arrobo del régimen "laico" y "moderno" de Sadam Hussein. Y que no expulsaran hasta ayer de la Internacional Socialista al partido de Mubarak, como hace unos días hicieron con el depuesto dictador de Túnez. Por no hablar de "las relaciones de amistad y cooperación entre el PSOE y el Partido Baas Árabe Socialista", que sigue gobernando en Siria tras su ilegalización en Irak. Pero claro, la culpa de que existan regímenes autoritarios es del capitalismo y bla bla bla.
Evidentemente, el detonante de la crisis en Túnez y Egipto es el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, como consecuencia de la crisis económica global. Pero en países mucho más pobres no se observa un estallido social. Esto es un principio general: Las revoluciones se producen precisamente allí donde una parte de la población ha llegado a adquirir una cierto nivel económico y cultural. El papel de las redes sociales en las revueltas del norte de África ha sido obvio desde el principio y esto, en efecto, es Occidente y es el mercado libre, en cuyo seno han surgido internet, Google, Facebook y Twitter. La causa última de las revueltas árabes, miren por donde, no va a ser otra que la globalización salvaje neoliberal imperialista.
Desgraciadamente, nada garantiza que la democracia triunfe a medio plazo. La globalización no es un proceso determinista que genere automáticamente sistemas parlamentarios basados en el respeto a los derechos humanos. Ahí tenemos el sangrante ejemplo de China. Pero sí es una condición necesaria para que las libertades terminen arraigando.
Quienes sostienen que el capitalismo global es algo terrible, que comerciar o invertir equivale a robar, desde el acomodado estilo de vida que disfrutan en los países desarrollados (gracias a la inversión y el comercio) contribuyen ideológicamente a que los menos desarrollados no sigan ese camino, y por tanto permanezcan en el estancamiento y el autoritarismo, sea de tipo nacionalista, socialista o islamista. Dicen deplorar las dictaduras, pero principalmente cuando éstas no manifiestan abierta hostilidad a Occidente. Cuba y Venezuela por lo general les molan. De hecho, suelen estar más ocupados condenando a Israel o a Estados Unidos que no a dictaduras de ningún tipo. Que hoy se acuerden de los tunecinos y los egipcios es poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en interpretar cualquier acontecimiento para insistir en los mantras de siempre. No aprendieron nada de la caída del muro de Berlín y no aprenderán tampoco nada ahora.
Creo que las prioridades de Occidente son, por este orden: Uno, defender su propia existencia. Dos, defender la democracia liberal fuera de su propio ámbito geográfico. Lo segundo, sin duda, es lo que más puede contribuir a lo primero, pero no siempre es factible. El utopismo y el buenismo, dejémoslos para los progres.
Aplicado a Egipto, esto quiere decir que aunque Estados Unidos, Europa e Israel se puedan haber equivocado apoyando durante tanto tiempo a Mubarak, es muy fácil decirlo ahora. Y resulta gracioso que quienes más culpan a Occidente y "los mercados" (por emplear el latiguillo de moda) de sostener a las corruptas dictaduras árabes, sean en gran parte los mismos que hablaban casi con arrobo del régimen "laico" y "moderno" de Sadam Hussein. Y que no expulsaran hasta ayer de la Internacional Socialista al partido de Mubarak, como hace unos días hicieron con el depuesto dictador de Túnez. Por no hablar de "las relaciones de amistad y cooperación entre el PSOE y el Partido Baas Árabe Socialista", que sigue gobernando en Siria tras su ilegalización en Irak. Pero claro, la culpa de que existan regímenes autoritarios es del capitalismo y bla bla bla.
Evidentemente, el detonante de la crisis en Túnez y Egipto es el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, como consecuencia de la crisis económica global. Pero en países mucho más pobres no se observa un estallido social. Esto es un principio general: Las revoluciones se producen precisamente allí donde una parte de la población ha llegado a adquirir una cierto nivel económico y cultural. El papel de las redes sociales en las revueltas del norte de África ha sido obvio desde el principio y esto, en efecto, es Occidente y es el mercado libre, en cuyo seno han surgido internet, Google, Facebook y Twitter. La causa última de las revueltas árabes, miren por donde, no va a ser otra que la globalización salvaje neoliberal imperialista.
Desgraciadamente, nada garantiza que la democracia triunfe a medio plazo. La globalización no es un proceso determinista que genere automáticamente sistemas parlamentarios basados en el respeto a los derechos humanos. Ahí tenemos el sangrante ejemplo de China. Pero sí es una condición necesaria para que las libertades terminen arraigando.
Quienes sostienen que el capitalismo global es algo terrible, que comerciar o invertir equivale a robar, desde el acomodado estilo de vida que disfrutan en los países desarrollados (gracias a la inversión y el comercio) contribuyen ideológicamente a que los menos desarrollados no sigan ese camino, y por tanto permanezcan en el estancamiento y el autoritarismo, sea de tipo nacionalista, socialista o islamista. Dicen deplorar las dictaduras, pero principalmente cuando éstas no manifiestan abierta hostilidad a Occidente. Cuba y Venezuela por lo general les molan. De hecho, suelen estar más ocupados condenando a Israel o a Estados Unidos que no a dictaduras de ningún tipo. Que hoy se acuerden de los tunecinos y los egipcios es poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en interpretar cualquier acontecimiento para insistir en los mantras de siempre. No aprendieron nada de la caída del muro de Berlín y no aprenderán tampoco nada ahora.
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sábado, 29 de enero de 2011
Meditación neocón (no apta para almas sensibles)
Cuando escribo estas líneas, los acontecimientos de Egipto hacen temer lo peor: Un desenlace à la Tiananmen. Ocurra lo que ocurra a corto plazo, ahora es más oportuna que nunca esta reflexión: ¿Qué actitud debe tomar Occidente ante las dictaduras? El conservadurismo en política exterior tradicionalmente ha sido partidario de la Realpolitik, es decir, de apoyar si es preciso a regímenes poco o nada democráticos, siempre que sean "de los nuestros". Esta tendencia (muy propia de las ex potencias coloniales europeas) ha dominado también en Estados Unidos. Su formulación más conocida, aunque posiblemente apócrifa, se debería al demócrata Franklin. D. Roosevelt, quien refiriéndose a Somoza habría admitido que "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta."
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
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martes, 11 de enero de 2011
La izquierda profunda
Como comentamos ayer [domingo] varios blogueros, la izquierda ha aprovechado miserablemente el atentado de Tucson para cargar contra la derecha. (Véase especialmente, además de Barcepundit, la entrada de Elentir.) Pese a que no existe por ahora ningún indicio de que el lunático que mató a seis personas e hirió gravemente a una congresista tuviera nada que ver con el Tea Party, El País de hoy [lunes] titula en primera página: "La matanza de Tucson cuestiona al Tea Party". Y editorializa "sobre la crispación que vive Estados Unidos y de la que el Tea Party ha hecho su principal y casi única estrategia".
Claro está que si no existiera el Tea Party, los progres no hubieran tenido mayor problema en señalar los culpables: La libertad de llevar armas y la "América profunda". Es lo que hace Antonio Caño en un artículo titulado "Sarah Palin no es responsable". Aunque el autor no oculta su animadversión por la política conservadora, prefiere apuntar a causas más profundas. Dice lo siguiente:
"Si se quiere buscar un responsable por encima del culpable o culpables que los investigadores identifiquen, señálese a esta sociedad, o a la parte de ella que cree en la venganza individual, que le niega al Estado el patrimonio de la violencia y que exhibe sus armas con tanto orgulloso [sic] constitucional como exhibe su libertad.
Es sabido que hay una América que nos abofetea de vez en cuando. Existe, desde luego, esa América tolerante, abierta, intelectual y emprendedora que eligió presidente a Barack Obama. Pero hay otra porción de América rural, inculta y salvaje que ruge intermitentemente cuando siente sus intereses en peligro. La primera América milita en ambos partidos, pero el Partido Republicano se ha quedado con la otra parte al completo."
Sobre el derecho a portar armas, nótese la falacia de asociarlo con el espíritu de venganza. Como es sabido, quienes defienden la Segunda Enmienda invocan el inalienable derecho del individuo a defenderse de delincuentes y de un gobierno tiránico. Por tanto, sí, efectivamente, niegan que el Estado deba tener el monopolio absoluto de la violencia, pero ello es muy distinto de tomarse la justicia por su mano. Resulta significativo que, al parecer, el asesino de Tucson fue entregado a la policía por unos ciudadanos que podrían haberlo abatido con sus armas, si hubieran querido.
Lo que ya resulta más díficil de calificar es la retórica sectaria del segundo párrafo. Que los votantes de Obama son gente "tolerante, abierta, intelectual y emprendedora" provoca sonrojo, sin duda. Bueno, es la imagen que tienen de sí mismos los progres. Gente que, como en las películas de Woody Allen, sabe elegir un buen vino (o eso creen), a diferencia del votante republicano, puaj, esa plebe que sólo bebe Coca-Cola o cerveza. Pero lo de la "América rural, inculta y salvaje" sencillamente ya produce hastío. ¿La repetición de los tópicos más sobados -también difundidos con no poco entusiasmo por la industria de Hollywood, en un sinfín de películas- es lo que entienden nuestros progres por análisis político?
Algún día habrá que hablar de la España profunda que vota al PSOE. Pero hoy ya es tarde, y me da una pereza enorme.
Claro está que si no existiera el Tea Party, los progres no hubieran tenido mayor problema en señalar los culpables: La libertad de llevar armas y la "América profunda". Es lo que hace Antonio Caño en un artículo titulado "Sarah Palin no es responsable". Aunque el autor no oculta su animadversión por la política conservadora, prefiere apuntar a causas más profundas. Dice lo siguiente:
"Si se quiere buscar un responsable por encima del culpable o culpables que los investigadores identifiquen, señálese a esta sociedad, o a la parte de ella que cree en la venganza individual, que le niega al Estado el patrimonio de la violencia y que exhibe sus armas con tanto orgulloso [sic] constitucional como exhibe su libertad.
Es sabido que hay una América que nos abofetea de vez en cuando. Existe, desde luego, esa América tolerante, abierta, intelectual y emprendedora que eligió presidente a Barack Obama. Pero hay otra porción de América rural, inculta y salvaje que ruge intermitentemente cuando siente sus intereses en peligro. La primera América milita en ambos partidos, pero el Partido Republicano se ha quedado con la otra parte al completo."
Sobre el derecho a portar armas, nótese la falacia de asociarlo con el espíritu de venganza. Como es sabido, quienes defienden la Segunda Enmienda invocan el inalienable derecho del individuo a defenderse de delincuentes y de un gobierno tiránico. Por tanto, sí, efectivamente, niegan que el Estado deba tener el monopolio absoluto de la violencia, pero ello es muy distinto de tomarse la justicia por su mano. Resulta significativo que, al parecer, el asesino de Tucson fue entregado a la policía por unos ciudadanos que podrían haberlo abatido con sus armas, si hubieran querido.
Lo que ya resulta más díficil de calificar es la retórica sectaria del segundo párrafo. Que los votantes de Obama son gente "tolerante, abierta, intelectual y emprendedora" provoca sonrojo, sin duda. Bueno, es la imagen que tienen de sí mismos los progres. Gente que, como en las películas de Woody Allen, sabe elegir un buen vino (o eso creen), a diferencia del votante republicano, puaj, esa plebe que sólo bebe Coca-Cola o cerveza. Pero lo de la "América rural, inculta y salvaje" sencillamente ya produce hastío. ¿La repetición de los tópicos más sobados -también difundidos con no poco entusiasmo por la industria de Hollywood, en un sinfín de películas- es lo que entienden nuestros progres por análisis político?
Algún día habrá que hablar de la España profunda que vota al PSOE. Pero hoy ya es tarde, y me da una pereza enorme.
domingo, 9 de enero de 2011
Tucson, España
Las reacciones al atentado de Tucson, que ha causado seis muertos y varios heridos, entre ellos la congresista demócrata Grabrielle Giffords, se han ajustado al guión previsible en función de la tendencia ideológica de cada medio u opinante. A los progres, como enseguida advirtió Barcepundit, les faltó tiempo para acusar prácticamente al Tea Party y a Sarah Palin de instigadores de la matanza. Recomiendo seguir el blog citado para situar en su justo lugar las especulaciones que se están difundiendo estas primeras horas, a la espera de que las investigaciones policiales arrojen más luz sobre el asunto.
Con todo, creo que es interesante destacar el tratamiento de la noticia en determinados medios. Uno de los informativos de mayor audiencia, el Telediario de las 15 h. de la televisión pública, ha fijado la doctrina oficial, la que millones de espectadores distraídos a la hora de comer se habrán tragado sin asomo de crítica o de duda. La corresponsal en Estados Unidos ha señalado que el asesino material había manifestado en internet su odio contra las políticas de Obama; que la congresista Giffords era una política eminentemente progresista; que despertaba las iras del "movimiento ultraconservador Tea Party"... Por último han mostrado el dichoso mapa de los blancos de fusil utilizado por los republicanos en la pasada campaña. Acto seguido han complementado el reportaje con otro en recuerdo de matanzas como las del instituto Columbine, lo que les ha permitido referirse a la libertad de posesión de armas en Estados Unidos. En fin, cualquier persona cuya información no sea superior a la media habrá extraído las conclusiones adecuadas: Otro atentado de un derechista pirado en ese país de cow-boys donde cualquiera puede conseguir un arma.
El problema no es lo que se dice, seguramente cierto, sino lo que se omite. No nos dicen que además de estar probablemente contra Obama, el autor de la matanza tenía entre sus libros de cabecera Mi lucha de Adolf Hitler y el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Que le gustaba quemar banderas de Estados Unidos y que había realizado declaraciones irreligiosas, como que "no confiaba en Dios", en alusión a la leyenda de los dólares, In God We Trust. Cosas todas ellas que no encajan con la ideología del Tea Party, que por lo demás es algo heterogénea (Desde libertarios hasta integristas religiosos). Tampoco dicen que los demócratas también habían difundido un mapa del país con dianas metafóricas en los Estados dominados por sus rivales republicanos. Ni que la ejemplar progresista Giffords había votado contra la demócrata Nancy Pelosi y era partidaria del derecho constitucional a la posesión de armas.
Naturalmente, en un reportaje de dos minutos no van a decirlo todo, pero es evidente que han seleccionado los hechos que más favorecen la lectura maniquea de progresistas buenos y conservadores malos. Esta es una técnica que en la sección internacional se utiliza sistemáticamente, pues confían -seguramente con razón- en que al PP sólo le preocupa el tratamiento de las noticias de política nacional. La ceguera de la derecha, efectivamente, es proverbial. No rechista lo más mínimo ante el sesgo izquierdista que domina las informaciones de la televisión pública sobre Estados Unidos, Oriente Medio, cultura, sociedad, etc, y se conforma con tener unos minutos en la crónica parlamentaria o en las campañas electorales. Luego no debería sorprendernos que en las encuestas, la mayoría de la gente se defina como de izquierda o centro-izquierda.
Más patético es cuando los medios teóricamente de centro-derecha se prestan a estas manipulaciones. Así, La Razón titula, citando al padre de la congresista: "El Tea Party era su enemigo", y añade con aviesa intención que Sarah Palin la había declarado "objetivo político". Hechos indudables, pero que claramente se presentan de modo que sugieren un contexto de crispación creado por los fanáticos ultraconservadores, en el cual no es casual que acaben sucediendo cosas tan lamentables como la matanza de Arizona. La Vanguardia, por su parte, tampoco escapa a la tentación del delicado juego de palabras: "Sarah Palin apuntaba hacia Giffords". A las 9.45 de la mañana, el diario barcelonés ya nos ofrecía prácticamente la explicación del crimen que anda investigando el FBI: "El ataque iba directamente contra la congresista Giffords por defender las reformas migratoria y sanitaria". Y qué decir de El Mundo: "Gabrielle Giffords, en el punto de mira del Tea Party". ¡Qué sutileza, qué ingenio metafórico!
Si los medios de derecha o centro-derecha se prestan estúpidamente a machacar al Tea Party (o sea, la derecha que es mu mala malísima) a las pocas horas de un crimen todavía por aclarar, no debe extrañarnos que la televisión del gobierno socialista y demás medios afines hagan lo mismo, apenas con una pizca más de descaro. Lo raro es que todavía quede gente que no se defina de izquierdas. Deben ser los mismos desvergonzados que reconocen estar más interesados en el fútbol que en los documentales sobre fauna.
Con todo, creo que es interesante destacar el tratamiento de la noticia en determinados medios. Uno de los informativos de mayor audiencia, el Telediario de las 15 h. de la televisión pública, ha fijado la doctrina oficial, la que millones de espectadores distraídos a la hora de comer se habrán tragado sin asomo de crítica o de duda. La corresponsal en Estados Unidos ha señalado que el asesino material había manifestado en internet su odio contra las políticas de Obama; que la congresista Giffords era una política eminentemente progresista; que despertaba las iras del "movimiento ultraconservador Tea Party"... Por último han mostrado el dichoso mapa de los blancos de fusil utilizado por los republicanos en la pasada campaña. Acto seguido han complementado el reportaje con otro en recuerdo de matanzas como las del instituto Columbine, lo que les ha permitido referirse a la libertad de posesión de armas en Estados Unidos. En fin, cualquier persona cuya información no sea superior a la media habrá extraído las conclusiones adecuadas: Otro atentado de un derechista pirado en ese país de cow-boys donde cualquiera puede conseguir un arma.
El problema no es lo que se dice, seguramente cierto, sino lo que se omite. No nos dicen que además de estar probablemente contra Obama, el autor de la matanza tenía entre sus libros de cabecera Mi lucha de Adolf Hitler y el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Que le gustaba quemar banderas de Estados Unidos y que había realizado declaraciones irreligiosas, como que "no confiaba en Dios", en alusión a la leyenda de los dólares, In God We Trust. Cosas todas ellas que no encajan con la ideología del Tea Party, que por lo demás es algo heterogénea (Desde libertarios hasta integristas religiosos). Tampoco dicen que los demócratas también habían difundido un mapa del país con dianas metafóricas en los Estados dominados por sus rivales republicanos. Ni que la ejemplar progresista Giffords había votado contra la demócrata Nancy Pelosi y era partidaria del derecho constitucional a la posesión de armas.
Naturalmente, en un reportaje de dos minutos no van a decirlo todo, pero es evidente que han seleccionado los hechos que más favorecen la lectura maniquea de progresistas buenos y conservadores malos. Esta es una técnica que en la sección internacional se utiliza sistemáticamente, pues confían -seguramente con razón- en que al PP sólo le preocupa el tratamiento de las noticias de política nacional. La ceguera de la derecha, efectivamente, es proverbial. No rechista lo más mínimo ante el sesgo izquierdista que domina las informaciones de la televisión pública sobre Estados Unidos, Oriente Medio, cultura, sociedad, etc, y se conforma con tener unos minutos en la crónica parlamentaria o en las campañas electorales. Luego no debería sorprendernos que en las encuestas, la mayoría de la gente se defina como de izquierda o centro-izquierda.
Más patético es cuando los medios teóricamente de centro-derecha se prestan a estas manipulaciones. Así, La Razón titula, citando al padre de la congresista: "El Tea Party era su enemigo", y añade con aviesa intención que Sarah Palin la había declarado "objetivo político". Hechos indudables, pero que claramente se presentan de modo que sugieren un contexto de crispación creado por los fanáticos ultraconservadores, en el cual no es casual que acaben sucediendo cosas tan lamentables como la matanza de Arizona. La Vanguardia, por su parte, tampoco escapa a la tentación del delicado juego de palabras: "Sarah Palin apuntaba hacia Giffords". A las 9.45 de la mañana, el diario barcelonés ya nos ofrecía prácticamente la explicación del crimen que anda investigando el FBI: "El ataque iba directamente contra la congresista Giffords por defender las reformas migratoria y sanitaria". Y qué decir de El Mundo: "Gabrielle Giffords, en el punto de mira del Tea Party". ¡Qué sutileza, qué ingenio metafórico!
Si los medios de derecha o centro-derecha se prestan estúpidamente a machacar al Tea Party (o sea, la derecha que es mu mala malísima) a las pocas horas de un crimen todavía por aclarar, no debe extrañarnos que la televisión del gobierno socialista y demás medios afines hagan lo mismo, apenas con una pizca más de descaro. Lo raro es que todavía quede gente que no se defina de izquierdas. Deben ser los mismos desvergonzados que reconocen estar más interesados en el fútbol que en los documentales sobre fauna.
martes, 7 de diciembre de 2010
La piedra de toque del antisemitismo
Las declaraciones del ex comisario europeo Frits Bolkestein, recomendando a los judíos abandonar Holanda si no quieren ser víctimas del antisemitismo de los musulmanes, han recibido la justa y contundente réplica de Geert Wilders. El líder del PVV (Partido por la Libertad) ha respondido que "Bolkestein se equivoca completamente: no son los judíos, sino los marroquíes antisemitas quienes deben abandonar el país."
¿Cómo encaja esta defensa de los judíos con los epítetos de ultraderechista y xenófobo que sistemáticamente le adjudica la prensa a Wilders? Pues de ninguna manera, obviamente. La piedra de toque para reconocer a un ultraderechista es su posición ante los Estados Unidos e Israel. No falla: La extrema derecha odia a los americanos y a los judíos igual o más que la extrema izquierda.
¿Cómo encaja esta defensa de los judíos con los epítetos de ultraderechista y xenófobo que sistemáticamente le adjudica la prensa a Wilders? Pues de ninguna manera, obviamente. La piedra de toque para reconocer a un ultraderechista es su posición ante los Estados Unidos e Israel. No falla: La extrema derecha odia a los americanos y a los judíos igual o más que la extrema izquierda.
Una de las razones principales por las cuales quien escribe se llegó a considerar marxista, cuando tenía entre dieciocho y veintipocos años, fue que desde siempre, de un modo previo y fundamental, por encima de todo detesté el nazismo, como Indiana Jones (Nazis, I hate this guys!) E ingenuamente me decía: ¿Qué es lo más opuesto al nazismo, si no el comunismo? Luego, la reflexión y las lecturas me hicieron apercibirme de mi error juvenil, y descubrir que lo más radicalmente opuesto al nazismo era en realidad el liberalismo, odiado por igual por los nacional-socialistas y los socialistas.
Es una idea sencilla y complicada a un tiempo: Que tanto el fascismo como el comunismo (y el anarquismo, dicho sea de paso) van contra el viejo parlamentarismo decadente, contra lo "burgués" -un término hoy pasado de moda, pero que conceptualmente sigue latiendo en todos los debates ideológicos. Cuando se comprende esto, cuando uno ve que el antisemitismo de la izquierda no es casual, que va unido al anticapitalismo y al odio contra las raíces culturales de Occidente, ya no puede seguir siendo de izquierdas... Salvo si se escribe en La Vanguardia, ese "diario de centro-izquierda comprado por la gente de centro-derecha", según la aguda definición de Josep Martí. En efecto, constituyen una estricta minoría de elegidos, como Pilar Rahola y pocos más, quienes han alcanzado ese estado de sublime superioridad espiritual que les capacita para criticar a la izquierda sin dejar de ser de izquierdas, ¡oh misterio inefable! En cambio, el común de los mortales nos vemos obligados a seguir acatando las férreas leyes de la lógica formal, esa construcción burguesa.
Es una idea sencilla y complicada a un tiempo: Que tanto el fascismo como el comunismo (y el anarquismo, dicho sea de paso) van contra el viejo parlamentarismo decadente, contra lo "burgués" -un término hoy pasado de moda, pero que conceptualmente sigue latiendo en todos los debates ideológicos. Cuando se comprende esto, cuando uno ve que el antisemitismo de la izquierda no es casual, que va unido al anticapitalismo y al odio contra las raíces culturales de Occidente, ya no puede seguir siendo de izquierdas... Salvo si se escribe en La Vanguardia, ese "diario de centro-izquierda comprado por la gente de centro-derecha", según la aguda definición de Josep Martí. En efecto, constituyen una estricta minoría de elegidos, como Pilar Rahola y pocos más, quienes han alcanzado ese estado de sublime superioridad espiritual que les capacita para criticar a la izquierda sin dejar de ser de izquierdas, ¡oh misterio inefable! En cambio, el común de los mortales nos vemos obligados a seguir acatando las férreas leyes de la lógica formal, esa construcción burguesa.
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martes, 27 de julio de 2010
Hitler fue agente de los Estados Unidos
Al leer las delirantes declaraciones del director de cine Oliver Stone, según las cuales Hitler contó con el apoyo de los industriales americanos y británicos (no dice algunos), y la "dominación judía de los medios de comunicación" (Jewish domination of the media) ha oscurecido el hecho de que murieron muchos más rusos que judíos, he recordado un e-mail publicitario que recibí hace unos días, sobre un nuevo libro de un tal Abel Basti. Este periodista lleva años afirmando que Hitler no murió en el búnker, sino que escapó a Argentina ayudado por los Estados Unidos, por si podía serles útil en una hipotética tercera guerra mundial contra la Unión Soviética. Como no he leído ninguno de sus libros, ni creo que lo haga, sinceramente no sé si se trata de un novelista de fértil imaginación, un cínico embaucador o sencillamente un majareta. Lo que sí parece ser es un antiamericano furibundo, especie muy extendida que en su forma más pura se caracteriza por lo siguiente: No puede sufrir que le recuerden que los Estados Unidos salvaron a Europa de los totalitarismos nazi y comunista, y si pudiera reescribir la historia y mostrar a los americanos del lado del Tercer Reich, le encajaría todo mucho mejor. De un lado, habría el Mal capitalista, y del otro el Bien socialista. Y si la Historia se resiste, siempre podemos imaginar una siniestra conspiración para ocultarnos la verdad. Aquí viene de maravilla el lobby judío... De ahí a relativizar o negar el Holocausto (a fin de cuentas, ya se sabe, usurero judío = capitalista = el malo) no hay más que un paso, que amigos de Stone como Chávez o Ahmadineyah ya dieron hace tiempo. Desde luego, la expresión tonto útil que siempre viene a la cabeza en estos casos, resulta excesivamente suave. Y no sé si gilipollas acabado se queda también corta.
domingo, 20 de junio de 2010
El mapa mental de la izquierda

(Clic en la imagen para agrandar.)
El esquema que presento no pretende ser más que un primer bosquejo, susceptible de mejoras y abierto a sugerencias. Su intención es mostrar de una forma visual las relaciones entre los distintos conglomerados de ideas que conforman lo que suele llamarse progresismo, para intentar mostrar dos cosas:
1) Que el progresismo en realidad es lo contrario de lo que su nombre proclama, una regresión nostálgica hacia una mítica solidaridad primitiva, aunque hábilmente se sitúe en un futuro no menos impreciso.
2) Que las aparentes contradicciones entre determinadas ideas de izquierdas (por ejemplo, defensa de los derechos de la mujer y connivencia con el islamismo) son perfectamente explicables dentro de la particular lógica de los progres, que se deriva de lo anterior. El diagrama no pretende describir el universo mental de toda persona de izquierdas. No todos los que se autodenominan progresistas son por ejemplo islamófilos. Pero hay muchos que sí, y en mi opinión son los otros quienes deberían explicar qué les hace permanecer en un club donde muchos piensan cosas como que los Estados Unidos se merecieron el 11-S.
Comento rápidamente algunas etiquetas utilizadas.
Romanticismo: Por supuesto, no aludo aquí a un período de la historia del arte, no tengo nada en contra de Beethoven ni de Brahms (¡todo lo contrario!). Quizás un término más apropiado sería irracionalismo, pero me ha parecido demasiado vago, y sobre todo que introduce una connotación valorativa previa innecesaria. Lo que entiendo por romanticismo en el contexto político-ideológico lo conté, y perdón por la autorreferencia, en mi entrada Contra el romanticismo. Pero mucho mejor lo explica Miquel Porta Perales en su imprescindible La tentación liberal. Vale la pena citar un pasaje largo:
"A pesar de lo que se acostumbra a decir y creer, la ideología emancipatoria, filosófica y políticamente hablando, es conservadora y tiene mucho que ver con el romanticismo clásico. En efecto, ante los cambios producidos, primero por la revolución industrial, y ya en nuestro tiempo por las diferentes y sucesivas revoluciones tecnológicas y de toda clase que nos invaden, la ideología emancipatoria lamenta la -supuesta- solidaridad perdida. Cosa que implicaría la desaparición de aquel sentido y espíritu colectivos que, según se afirma, definirían la esencia y la existencia del ser humano. Al respecto, la ideología emancipatoria lamenta también la emergencia y consolidación de determinados valores -éxito, competitividad, dinero, etc.- que, por así decirlo, prostituirían la -supuesta- esencia del ser humano. En este sentido, hay una correlación entre el movimiento romántico y la ideología emancipatoria en tanto y en cuanto una y otra critican que la sociedad, en lugar de recuperar la armonía perdida, tome cuerpo y forma a través de la defensa del interés egoísta de unos individuos que fundamentan su relación mediante el contrato. En esta concepción casi orgánica de la sociedad, no resulta difícil de percibir, por cierto, el aire antiliberal que define la ideología emancipatoria. Y es que para esta última, la ideología liberal -al basarse en el egoísmo, el interés y el contrato- convertiría al ser humano en enemigo del ser humano al excluir la posibilidad de llegar a una sociedad reconciliada y no escindida fundamentada en la solidaridad." (Ed. Península, 2009, págs. 82-83)
Por su parte, Ludwig von Mises también veía en toda ideología colectivista una añoranza de un idealizado estado salvaje, que aunque generalmente es inconsciente, el marxismo manifestó explícitamente desde el principio, como puede comprobarse leyendo el clásico de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. (Muy ameno, aunque científicamente risible.)
El fundamento romántico del Igualitarismo (ver mi reciente entrada La igualdad contra el progreso) es el mismo que el del Nacionalismo y el Ecologismo, lo cual permite comprender las relaciones entre los tres campos ideológicos. Es cierto que la izquierda no ha sido siempre ecologista, e incluso que en determinados momentos fue antinacionalista, pero no debería sorprendernos la convergencia de todas estas ideas, porque en el fondo tienen un origen común, la nostalgia de la tribu primitiva, lo que implica también la añoranza paganoide de una mítica armonía entre el hombre y la naturaleza, que en realidad jamás existió. Así pues, discrepo de la concepción (aunque tenga parte de verdad en el nivel de la práctica política) según la cual temas como el ecologismo y el nacionalismo son utilizados por la izquierda por mero oportunismo, ante el descrédito del marxismo. En mi opinión, la conexión es mucho más profunda, no hay una izquierda que se haya desviado del racionalismo (como defiende in extremis Sebreli en El olvido de la razón, otro libro fundamental) sino que más bien ha ido a parar a donde la conduce su lógica interna, la de un colectivismo reaccionario.
Anticapitalismo y Feminismo son los dos grandes frutos del Igualitarismo. Por feminismo me refiero a lo que suele denominarse ideología de género, una concepción radical que reduce a construcción cultural toda diferencia sexual, llegando a negar la maternidad. Esto no tiene nada que ver con la idea perfectamente liberal de la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer, que niegan las teocracias islámicas y el Ministerio de Igualdad (sic) de Bibiana Aído, al promover la discriminación legal entre ambos sexos (el mismo delito cometido por un hombre es más grave que si lo comete una mujer).
Pero no hay duda que la madre de casi todo es el Anticapitalismo. De ahí viene el odio a Estados Unidos y a su -hasta ahora al menos- aliado en Oriente Medio, Israel; el Pacifismo asimétrico (que consiste en querer desarmar a Occidente antes de que se desarmen sus enemigos) y el Multiculturalismo, que so capa de una crítica al etnocentrismo, proporciona argumentos al Islam (negación de unos derechos del hombre universales). Cuando hablo de Islamofilia, me refiero, más que a una actitud mental de simpatía con la civilización islámica (aunque sin duda se da en muchos casos) a la práctica de, queriéndolo o no, estar efectivamente regalando todos los días argumentos a los integristas de Hamás y de Irán, con las críticas desquiciadas a los judíos y al "imperialismo yanqui". En este sentido, los nacionalismos ibéricos, con su odio a España, confluyen con ese antioccidentalismo, al cuestionar el papel de la nación española en la resistencia contra el Islam medieval y congeniar con el populismo indigenista de Hispanoamérica (véase ETA en Venezuela, a Carod-Rovira subvencionando las lenguas no españolas en el Ecuador, etc).
Una crítica radical de Occidente requiere, pues, atacar a la razón, y negar la idea misma de progreso, pues todas las culturas -se afirma- valen lo mismo, independientemente de sus logros técnicos. En esto, el izquierdismo es donde revela más claramente su fundamento romántico. Pero el ataque no sería completo si no se combinara con un furibundo Anticristianismo. Ello permite disfrazar el carácter irracional de la izquierda, que así se muestra como una digna hija de la Ilustración, abanderada contra el oscurantismo y la Inquisición. Pero sobre todo, al ir contra el cristianismo se apunta contra la propia razón (como lúcidamente vieron Nietzsche y sus epígonos), es decir, contra el supuesto metafísico de un orden objetivo inteligible que el ser humano debe intentar descubrir, no meramente inventarse, aunque nunca pueda aprehender de manera absoluta. Para el sedicente progresista, no existen el bien y el mal objetivos, todo se reduce a convenciones, al derecho positivo. Por tanto, no hay límites a la facultad normativizadora del Estado, del colectivo. Por otra parte, negar el concepto de responsabilidad individual consustancial al cristianismo nos lleva directamente al Buenismo, la doctrina rousseaniana según la cual el mal procede de la sociedad, no del individuo, fuente de todos los estragos causados por concepciones penales ilusorias, que acaban protegiendo a los delincuentes más que a las víctimas. Finalmente, el Anticristianismo confluye con el feminismo radical en minar una institución fundamental de la sociedad, como es la familia, con la retórica engañosa de los "otros modelos de familia", poniendo en pie de igualdad cualquier tipo de asociación arbitraria entre individuos con la pareja heterosexual que cría a sus hijos biológicos, institución que es la más adecuada para formar a personas autónomas, no dependientes del Estado. El proabortismo no es más que una consecuencia de esta política, que al mismo tiempo pretende apuntalarla, pues generalmente la mayoría de abortos provocados se producen fuera de la institución familiar.
En conclusión, todos los motivos del progresismo pueden derivarse del igualitarismo, el ecologismo y el nacionalismo, los cuales a su vez son las tres variantes que ha tomado en la cultura occidental la reacción contra la razón, el progreso y el liberalismo, que resumimos con el concepto romanticismo. Naturalmente, los progres no lo ven así, porque el progreso sigue teniendo demasiado prestigio para que puedan ni quieran atacarlo frontalmente, de ahí que hábilmente han sabido camuflarse como sus partidarios por antonomasia. La teoría más elaborada del igualitarismo, el socialismo marxista, adoptó la forma de un progresismo radical, aun cuando preconizaba una sociedad autoritaria, la dictadura del proletariado, y en aspectos de costumbres no era especialmente más avanzado que la sociedad de su tiempo. Al mismo tiempo, quienes apoyamos el sistema capitalista y el legado judeocristiano, hemos sido tachados de reaccionarios, cuando lo que defendemos son las únicas bases concebibles que puede tener todo progreso, que es imposible sin la conservación acumulativa de todo aquello que vale la pena ser conservado. La izquierda por el contrario pretende destruir y partir de cero como paso previo a una construcción, a un paraíso terrenal que jamás llega, porque no tiene otra entidad que la oscura nostalgia por una edad dorada que tampoco existió jamás, pero que por alguna razón persiste en la mente humana como ciertas características genéticas recesivas.
Versión 2.0 aquí.
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martes, 8 de junio de 2010
Cómo vender libros en Europa
Vender libros en Europa para un escritor de los Estados Unidos es más fácil si sabe halagar a los europeos. ¿Y qué es lo que les gusta escuchar a éstos? Pues que los estadounidenses son unos obtusos vaqueros: ¡Con decir que desconfían del Estado! No hay nada como sentirse superior a los yanquis cuando se va a comprar una novela de un autor yanqui.
sábado, 1 de mayo de 2010
Cómo distinguir la extrema derecha de la extrema izquierda (es fácil con un poco de práctica)
Últimamente en las calles de mi ciudad pueden verse unas pegatinas con el texto "ESTADOS UNIDOS E ISRAEL CÓMPLICES Y ASESINOS. PALESTINA PARA LOS PALESTINOS". Las dos eses de la palabra asesinos han sido sustituidas por el símbolo del dólar. El texto se acompaña de una ilustración, debida al dibujante brasileño Carlos Latuff, que muestra a un soldado israelí lavándose las manos manchadas de sangre con el agua de un grifo tuneado con las barras y estrellas de la bandera de los USA.
Alguno podría pensar, con esta descripción, que se trata de propaganda de cualquier grupúsculo de extrema izquierda, o de una de tantas oenegés que, bajo el manto de la solidaridad y los derechos humanos, se dedican al sectarismo ideológico y a la captación de subvenciones, no necesariamente por este orden. Sin embargo, la pegatina pertenece al partido ultraderechista Movimiento Social Republicano, dirigido por el catalán Juan Antonio Llopart Senent, histórico neonazi que ha sido condenado recientemente por negar el Holocausto y hacer apología del genocidio a través de su editorial.
Esta información sobre el MSR se puede encontrar en internet, y más en detalle en el libro del periodista Joan Cantarero, La huella de la bota. De los nazis del franquismo a la nueva ultraderecha (Temas de Hoy, 2010). Tras leerlo, me veo confirmado en el análisis somero que hice de los programas de los principales partidos ultras, según podemos conocerlos en sus sitios webs, en mi entrada del 24-06-2009, "La extrema derecha en España". Allí yo afirmaba que, en contra de lo que se suele creer, el denominador común de todos los partidos de la (mal) llamada extrema derecha no es el contenido xenófobo o racista (salvo en los francamente neonazis, como es lógico), sino el antiliberalismo y el anticapitalismo... O sea, aquello que comparten con la extrema izquierda y la no tan extrema.
Por lo demás, en el entorno progresista, "xenófoba" es cualquier consideración sobre la inmigración que contravenga los tabués de la corrección política. Así, por ejemplo, afirmar que existe una relación entre inmigración y delincuencia se considera prácticamente un delito de incitación al odio, cuando se trata de una mera verdad estadística. La tasa de delitos cometidos por extranjeros es muy superior a la de los nativos, como está sobradamente demostrado. Por supuesto, la solución de los problemas derivados de la inmigración no consiste en conculcar los derechos humanos de nadie, sino en revisar las políticas buenistas que han convertido a España en el País de Jauja de los indeseables de todas partes. Pero cuando la corrección política nos impide plantear siquiera algo tan de sentido común, no hacemos más que ceder espacio a las "soluciones" de la extrema derecha.
Cantarero distingue diferentes bloques dentro del fascismo español actual. El primero estaría integrado por los distintos grupos que reivindican la herencia de la Falange y los nostálgicos del franquismo. Estos "rechazan abiertamente el racismo" debido a su "condición de cristianos católicos". El resto, que el autor divide en tres grupos según el grado de maquillaje de sus ideas, son los propiamente neonazis, como el citado MSR y Alianza Nacional. Dentro de estos, además de las proclamas socialistas y el populismo anticapitalista (que comparten con los falangistas) encontramos por supuesto el definitorio elemento racista y el antisemitismo. Este último se manifiesta habitualmente, como hemos visto, por una salvaje denigración de Israel que es prácticamente imposible de distinguir de la que realiza la izquierda, y que se enmarca en un odio visceral al judeocristianismo.
Tampoco debemos olvidar el elemento ecologista, característico tanto de los grupos explícitamente neonazis como de partidos que Cantarero llama "marcas blancas", cuyas siglas parecen inscribirlos en el movimiento verde, pero que se inspiran en el Hitler vegetariano que legisló sobre el medioambiente y la protección de los animales, por los que evidentemente sentía mucha mayor estima que por el género humano no ario. O quizás sea que el movimiento verde no es tan ajeno al nacional-socialismo, como sugiere Víctor Farías en un libro que ya he comentado. Una ideología que pone unos supuestos "derechos" de la Tierra por encima de los del hombre puede servir para justificar el peor de los totalitarismos, y de vez en cuando, algunos no pueden evitar manifestar esta tendencia. (V.g., Lovelock proponiendo "suspender" la democracia para salvar al planeta.) El citado neonazi Llopart, por cierto, es simpatizante de PECTA, Patriotas Españoles contra la Tortura Animal, contrario a las corridas de toros.
Por mucho que halague a la izquierda verse como el bastión antifascista por excelencia, son mucho más radicales las diferencias entre el liberalismo conservador y el fascismo que entre éste y la izquierda. Ambos odian el liberalismo, al que consideran incompatible con la justicia social, y tienen en los Estados Unidos e Israel sus particulares bestias negras. El hecho de que, además, los fascistas detesten a los socialistas de izquierdas y a los comunistas, no deja de ser un efecto secundario: Ambos se disputan la primacía en la lucha contra la malvada globalización neoliberal sionista y bla bla bla, y por ello no es de extrañar que el odio sea mutuo.
La huella de la bota, hay que decirlo, no pretende apadrinar esta conclusión. Es un libro útil por su aporte de datos, pero de nulo valor reflexivo, que no escapa a la interesada concepción progre de la izquierda y la derecha. Así, elogia por su antifascismo un sitio web como Kaosenlared, un nido de sectarismo infumable, donde se apoya a Hugo Chávez, se habla con unción del "prisionero político" De Juana Chaos y se defiende explícitamente la destrucción del Estado de Israel. ¿Les suena la música?
Alguno podría pensar, con esta descripción, que se trata de propaganda de cualquier grupúsculo de extrema izquierda, o de una de tantas oenegés que, bajo el manto de la solidaridad y los derechos humanos, se dedican al sectarismo ideológico y a la captación de subvenciones, no necesariamente por este orden. Sin embargo, la pegatina pertenece al partido ultraderechista Movimiento Social Republicano, dirigido por el catalán Juan Antonio Llopart Senent, histórico neonazi que ha sido condenado recientemente por negar el Holocausto y hacer apología del genocidio a través de su editorial.
Esta información sobre el MSR se puede encontrar en internet, y más en detalle en el libro del periodista Joan Cantarero, La huella de la bota. De los nazis del franquismo a la nueva ultraderecha (Temas de Hoy, 2010). Tras leerlo, me veo confirmado en el análisis somero que hice de los programas de los principales partidos ultras, según podemos conocerlos en sus sitios webs, en mi entrada del 24-06-2009, "La extrema derecha en España". Allí yo afirmaba que, en contra de lo que se suele creer, el denominador común de todos los partidos de la (mal) llamada extrema derecha no es el contenido xenófobo o racista (salvo en los francamente neonazis, como es lógico), sino el antiliberalismo y el anticapitalismo... O sea, aquello que comparten con la extrema izquierda y la no tan extrema.
Por lo demás, en el entorno progresista, "xenófoba" es cualquier consideración sobre la inmigración que contravenga los tabués de la corrección política. Así, por ejemplo, afirmar que existe una relación entre inmigración y delincuencia se considera prácticamente un delito de incitación al odio, cuando se trata de una mera verdad estadística. La tasa de delitos cometidos por extranjeros es muy superior a la de los nativos, como está sobradamente demostrado. Por supuesto, la solución de los problemas derivados de la inmigración no consiste en conculcar los derechos humanos de nadie, sino en revisar las políticas buenistas que han convertido a España en el País de Jauja de los indeseables de todas partes. Pero cuando la corrección política nos impide plantear siquiera algo tan de sentido común, no hacemos más que ceder espacio a las "soluciones" de la extrema derecha.
Cantarero distingue diferentes bloques dentro del fascismo español actual. El primero estaría integrado por los distintos grupos que reivindican la herencia de la Falange y los nostálgicos del franquismo. Estos "rechazan abiertamente el racismo" debido a su "condición de cristianos católicos". El resto, que el autor divide en tres grupos según el grado de maquillaje de sus ideas, son los propiamente neonazis, como el citado MSR y Alianza Nacional. Dentro de estos, además de las proclamas socialistas y el populismo anticapitalista (que comparten con los falangistas) encontramos por supuesto el definitorio elemento racista y el antisemitismo. Este último se manifiesta habitualmente, como hemos visto, por una salvaje denigración de Israel que es prácticamente imposible de distinguir de la que realiza la izquierda, y que se enmarca en un odio visceral al judeocristianismo.
Tampoco debemos olvidar el elemento ecologista, característico tanto de los grupos explícitamente neonazis como de partidos que Cantarero llama "marcas blancas", cuyas siglas parecen inscribirlos en el movimiento verde, pero que se inspiran en el Hitler vegetariano que legisló sobre el medioambiente y la protección de los animales, por los que evidentemente sentía mucha mayor estima que por el género humano no ario. O quizás sea que el movimiento verde no es tan ajeno al nacional-socialismo, como sugiere Víctor Farías en un libro que ya he comentado. Una ideología que pone unos supuestos "derechos" de la Tierra por encima de los del hombre puede servir para justificar el peor de los totalitarismos, y de vez en cuando, algunos no pueden evitar manifestar esta tendencia. (V.g., Lovelock proponiendo "suspender" la democracia para salvar al planeta.) El citado neonazi Llopart, por cierto, es simpatizante de PECTA, Patriotas Españoles contra la Tortura Animal, contrario a las corridas de toros.
Por mucho que halague a la izquierda verse como el bastión antifascista por excelencia, son mucho más radicales las diferencias entre el liberalismo conservador y el fascismo que entre éste y la izquierda. Ambos odian el liberalismo, al que consideran incompatible con la justicia social, y tienen en los Estados Unidos e Israel sus particulares bestias negras. El hecho de que, además, los fascistas detesten a los socialistas de izquierdas y a los comunistas, no deja de ser un efecto secundario: Ambos se disputan la primacía en la lucha contra la malvada globalización neoliberal sionista y bla bla bla, y por ello no es de extrañar que el odio sea mutuo.
La huella de la bota, hay que decirlo, no pretende apadrinar esta conclusión. Es un libro útil por su aporte de datos, pero de nulo valor reflexivo, que no escapa a la interesada concepción progre de la izquierda y la derecha. Así, elogia por su antifascismo un sitio web como Kaosenlared, un nido de sectarismo infumable, donde se apoya a Hugo Chávez, se habla con unción del "prisionero político" De Juana Chaos y se defiende explícitamente la destrucción del Estado de Israel. ¿Les suena la música?
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lunes, 12 de abril de 2010
Heidegger y el nexo entre fascismo, islamismo y chavismo
El nuevo libro del profesor Víctor Farías, Heidegger y su herencia. Los neonazis, el neofascismo y el fundamentalismo islámico (Ed. Tecnos, 2010) es de algún modo una continuación de su famoso y polémico “Heidegger y el nazismo” (1987), y a la vez una impresionante corroboración de su tesis principal. El estudioso chileno no solo dejó sentada entonces, para quien ignorara los detalles, la militancia de Martin Heidegger en el partido nazi y su apoyo al régimen de Hitler, sino el carácter profundamente nacional-socialista de su pensamiento. Es decir, antisemita, antiamericano y antiliberal. (Entero en Semanario Atlántico.)
domingo, 28 de marzo de 2010
La plaga de los corresponsales extranjeros
La judeofobia y la americanofobia es la enfermedad profesional del corresponsal extranjero. Hace tiempo que llegué a esta conclusión, y que me produce hastío leer las crónicas de la gran mayoría de ejemplares de esta subespecie periodística. Una de las razones principales por las que me convertí en lector asiduo de Libertad Digital fue que por fin existía un medio cuya información internacional no echaba para atrás. Es decir, que uno no tenía que leer los mismos topicazos progres de siempre contra los Estados Unidos e Israel.
Hoy es Javier Espinosa en la edición impresa de El Mundo. Obsérvese cómo entrevista al director de la Agencia Árabe de la Energía Atómica, Abdelmajid Mahjoub, orientando sus respuestas con preguntas descaradamente tendenciosas:
J. Espinosa: "¿Hasta qué punto la preocupación de las potencias occidentales está basada en la psicosis generada por el caso iraní?" [Nótese el término psiquiátrico, "psicosis", que sugiere que se trata de temores injustificados o exagerados.]
A. Mahjoub: "Sí, no se puede negar que contribuye. Pero me gustaría que toda esta campaña contra Irán se basara en hechos y no en presunciones. A día de hoy no hay una respuesta definitiva sobre si Irán está desarrollando armas nucleares o no. Tenemos muy malas experiencias con casos construidos con presunciones." [Negritas mías: Pobrecito Irán, una campaña montada contra él, total porque Ahmadineyah dijo que quería borrar a Israel del mapa.]
J. E.: "¿Se refiere a Irak, al que se acusó de desarrollar armas de destrucción masiva y después se demostró que era mentira?" [Negritas mías: Obsérvese la pulcra elección de los términos. No encontrar algo equivale a demostrar que no existe. Dejemos de buscar vida en otros planetas, por tanto, pues como hasta ahora no se ha encontrado, queda demostrado que no existe.]
A. M.: "Sí, ése es un ejemplo."
J. E.: "¿Por qué se han centrado las críticas de los gobiernos occidentales en Irán y no en las armas atómicas que tiene Israel?"
A. M.: "Ése es el principal problema de la región. (...)" [Te lo ha puesto a huevo, macho.]
Claro, el principal problema de Oriente Medio no es que un Estado integrista fanático de 70 millones de habitantes y una superficie el triple de la española se haga con armas nucleares, sino que un país democrático del tamaño de la Comunidad Valenciana, que lleva sobreviviendo varias décadas gracias a su ejército, y a la determinación de sus habitantes, tenga un arsenal nuclear disuasorio.
Por si alguien pudiera pensar que le tengo manía a este periodista, he podido rescatar un chat de El Mundo, realizado pocas semanas después del 11-S, en el cual alguien le preguntaba qué ocurriría si los países islámicos tuvieran el potencial económico y militar de los Estados Unidos. Respuesta de Espinosa:
"Esperemos que eso nunca ocurra porque bastante tenemos que aguantar ya con un país de cow boys como el que tenemos ahora mismo y esperemos que todo el dinero que se han gastado en ese gran arsenal se lo gasten en los países donde reina la pobreza, que son caldo de cultivo para los fanatismos."
Qué fino análisis sociológico, "país de cow-boys", "caldo de cultivo"... Con la zona cero de Manhattan todavía humeando, como quien dice, después del atentado, nuestro periodista comprometido (claro, esa debe ser la palabra), todavía cree que "bastante tenemos que aguantar" con que existan los Estados Unidos. Y yo que pienso que bastante tenemos con aguantar a mentecatos como Espinosa, que después de tantos viajes, siguen sin haber aprendido nada...
P. S.: Hablando de plagas, según Esteban González Pons, "la mayor plaga que ha conocido el planeta Tierra" es... ¿Zapatero? ¿El socialismo? Pues no, el ser humano. Sobre todo el ser humano político que acaba de convertirse a la religión del cambio climático, cabe añadir; con las honrosas excepciones, pero que cada vez van siendo menos.
Hoy es Javier Espinosa en la edición impresa de El Mundo. Obsérvese cómo entrevista al director de la Agencia Árabe de la Energía Atómica, Abdelmajid Mahjoub, orientando sus respuestas con preguntas descaradamente tendenciosas:
J. Espinosa: "¿Hasta qué punto la preocupación de las potencias occidentales está basada en la psicosis generada por el caso iraní?" [Nótese el término psiquiátrico, "psicosis", que sugiere que se trata de temores injustificados o exagerados.]
A. Mahjoub: "Sí, no se puede negar que contribuye. Pero me gustaría que toda esta campaña contra Irán se basara en hechos y no en presunciones. A día de hoy no hay una respuesta definitiva sobre si Irán está desarrollando armas nucleares o no. Tenemos muy malas experiencias con casos construidos con presunciones." [Negritas mías: Pobrecito Irán, una campaña montada contra él, total porque Ahmadineyah dijo que quería borrar a Israel del mapa.]
J. E.: "¿Se refiere a Irak, al que se acusó de desarrollar armas de destrucción masiva y después se demostró que era mentira?" [Negritas mías: Obsérvese la pulcra elección de los términos. No encontrar algo equivale a demostrar que no existe. Dejemos de buscar vida en otros planetas, por tanto, pues como hasta ahora no se ha encontrado, queda demostrado que no existe.]
A. M.: "Sí, ése es un ejemplo."
J. E.: "¿Por qué se han centrado las críticas de los gobiernos occidentales en Irán y no en las armas atómicas que tiene Israel?"
A. M.: "Ése es el principal problema de la región. (...)" [Te lo ha puesto a huevo, macho.]
Claro, el principal problema de Oriente Medio no es que un Estado integrista fanático de 70 millones de habitantes y una superficie el triple de la española se haga con armas nucleares, sino que un país democrático del tamaño de la Comunidad Valenciana, que lleva sobreviviendo varias décadas gracias a su ejército, y a la determinación de sus habitantes, tenga un arsenal nuclear disuasorio.
Por si alguien pudiera pensar que le tengo manía a este periodista, he podido rescatar un chat de El Mundo, realizado pocas semanas después del 11-S, en el cual alguien le preguntaba qué ocurriría si los países islámicos tuvieran el potencial económico y militar de los Estados Unidos. Respuesta de Espinosa:
"Esperemos que eso nunca ocurra porque bastante tenemos que aguantar ya con un país de cow boys como el que tenemos ahora mismo y esperemos que todo el dinero que se han gastado en ese gran arsenal se lo gasten en los países donde reina la pobreza, que son caldo de cultivo para los fanatismos."
Qué fino análisis sociológico, "país de cow-boys", "caldo de cultivo"... Con la zona cero de Manhattan todavía humeando, como quien dice, después del atentado, nuestro periodista comprometido (claro, esa debe ser la palabra), todavía cree que "bastante tenemos que aguantar" con que existan los Estados Unidos. Y yo que pienso que bastante tenemos con aguantar a mentecatos como Espinosa, que después de tantos viajes, siguen sin haber aprendido nada...
P. S.: Hablando de plagas, según Esteban González Pons, "la mayor plaga que ha conocido el planeta Tierra" es... ¿Zapatero? ¿El socialismo? Pues no, el ser humano. Sobre todo el ser humano político que acaba de convertirse a la religión del cambio climático, cabe añadir; con las honrosas excepciones, pero que cada vez van siendo menos.
miércoles, 20 de enero de 2010
La maldad sin límites del Imperio
Sabíamos que el “capitalismo salvaje” tiene la culpa de todos los males. Tiene la culpa, ante todo, de la pobreza en el mundo... a pesar de que en los últimos dos siglos ha generado el mayor crecimiento económico de toda la historia, y centenares de millones de seres humanos han podido acceder a unos niveles de vida que antiguos príncipes no hubieran podido soñar siquiera. El capitalismo, por supuesto, tiene la culpa de las guerras... a pesar de que todos los conflictos bélicos del siglo pasado y del actual han sido provocados por Estados ferozmente intervencionistas, autoritarios o totalitarios. El capitalismo, qué duda cabe, tiene la culpa del calentamiento global, y si en los próximos años se produce un enfriamiento global... también será culpa del capitalismo. La industria capitalista, en fin, tiene la culpa de la deforestación y la contaminación, a pesar de que los agricultores llevan milenios talando bosques, y de que los niveles de contaminación de los países del “socialismo real” fueron muy superiores a los del mundo libre.Por si todas estas calamidades no fueran suficientes, al capitalismo, o más concretamente a la CIA, se la ha llegado a culpar de la epidemia del sida, a pesar de que los científicos han datado los orígenes del virus entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Pero lo que nos faltaba por leer son unas declaraciones de Hugo Chávez (quién si no), culpando a la marina de Estados Unidos de haber provocado el terremoto de Haití. Es decir, que a la pobreza, a las guerras, al cambio climático y a las enfermedades, ahora habrá que sumar las catástrofes naturales en el debe del pérfido sistema capitalista, o del malvado imperio yanqui, como prefieran.
Es fácil ver el lado chusco de estas fantasías paranoicas, y tratar de imaginarnos cómo debe ser la máquina de hacer terremotos. Acaso podría servir para el guión de la próxima película de James Bond. Pero no nos engañemos. La anécdota nos ilumina acerca de la estrategia coherente y sistemática del pensamiento totalitario a lo largo de décadas. Para compensar los estragos causados por el comunismo, cifrados por la historiografía seria en unos cien millones de muertos, es necesario (ya que es harto difícil negarlos u ocultarlos) acumular hecatombes en el otro platillo de la balanza, en el que militan los Estados Unidos. Sólo así podremos relativizar el insondable sufrimiento causado por las ideologías colectivistas, y seguir presentándolas como una alternativa.
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