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domingo, 28 de septiembre de 2014

La curva ideológica

Aunque el prejuicio vulgar asocia exclusivamente al conservadurismo con el autoritarismo, la protección de un cierto orden no sólo no está necesariamente reñida con la libertad, sino que es condición indispensable para preservarla. Esto es evidente como mínimo en lo que respecta al ordenamiento jurídico. Una sociedad en la cual no exista el respeto a la ley ni los jueces sean independientes de toda presión ideológica "progresista", difícilmente puede ser libre. Hay además otras instituciones, como son la familia, las asociaciones cívicas o la Iglesia, que proporcionan cohesión, estabilidad y protegen a los más débiles, forjando vínculos entre los individuos. El déficit de estos se traduce en un vacío moral y psicológico que tiende a ser suplido por una burocracia y una coacción estatal mucho menos eficientes, y sobre todo mucho más arbitrarias e inhumanas.
El progresismo, por su parte, no es incompatible en absoluto con el autoritarismo. En primer lugar, porque la coacción estatal tanto puede servir para mantener el orden social como para subvertirlo. Tan autoritaria puede ser la forma de imponer determinados cambios como un cierto statu quo, por emancipadoras que supuestamente sean las intenciones declaradas en el primer caso. Y en segundo lugar, porque, como hemos dicho, la erosión o abolición de determinadas instituciones, que el progresismo considera opresivas y reaccionarias, crea un vacío que inevitablemente es ocupado por el poder político.
La libertad individual se basa en un delicado equilibrio entre la tradición y el progreso. Por tanto, se eclipsa cuando el celo por conservar la primera y el entusiasmo por el segundo derivan hacia los extremos. Tanto el reaccionario, que se opone por principio a todo cambio social, como el revolucionario, que pretende hacer tabla rasa con lo anterior, son autoritarios; ambos tratan de conseguir fines opuestos con un mismo método: la limitación de la libertad individual. Sin embargo, conviene distinguir entre el autoritarismo clásico y el totalitarismo. En la medida en que el gobierno autoritario, por despótico que sea, impone un orden, él mismo se ve constreñido, hasta cierto punto, y aunque sea sólo en un plano teórico, por ese mismo orden. Por poner un ejemplo simple, un dirigente islamista no podría levantar la prohibición coránica del consumo de alcohol, por mucho que quisiera. (Lo que él haga en su vida privada es otra cuestión.) Pese a su carácter antiliberal, la ley islámica en sí misma supone una limitación, por leve que sea, de la arbitrariedad política. Su peligro reside principalmente en los medios técnicos de que dispone para amplificar su barbarie, desde armamento hasta vídeos virales de propaganda.
El totalitarismo, sin embargo, tal como fue definido por Hannah Arendt, es algo completamente distinto; se trata de una forma de dominación total que elude cualquier tipo de limitación, incluso aquella basada en su propia legalidad o en su ideología, mucho más interpretable y mudable que cualquier tradición de tipo religioso. Los totalitarismos nazi y comunista se caracterizaron porque, en su fase de plenitud, la represión política ya no tenía como finalidad, como en las viejas autocracias, eliminar a la oposición, pues toda resistencia organizada ya había sido esencialmente quebrantada. En lugar de ello, procedieron a exterminar masivamente a “enemigos objetivos”, es decir, a grandes grupos de personas que no habían cometido ningún delito común o político, ni siquiera entre los tipificados por la legislación totalitaria. Se mataba a las personas y se las recluía en campos de concentración, no por lo que habían hecho, sino por lo que eran. Carece de sentido decir que un Estado trata aquí de preservar un orden, por autoritario que sea; más bien, el gobierno (o el Partido que lo utiliza como mera fachada) se ha convertido en el principal, si no en el único, “agresor del orden social” (Bertrand de Jouvenel[1].) La dominación total no puede permitir que se consolide ningún tipo de ordenamiento predecible, ninguna legalidad que eventualmente restringiera la arbitrariedad del poder. El totalitarismo, en su forma más pura, sería una “revolución permanente”. No deja de resultar irónico que Stalin consiguiera hacerse pasar por un “conservador” frente al inventor de ese eslogan, Trotsky[2]. Y no menos errónea es la extendida confusión que considera al nazismo como un movimiento reaccionario o de derecha, como veremos.
Si el autoritarismo reaccionario es la perversión del conservadurismo, el totalitarismo sería la tendencia latente del progresismo, más peligrosa aún. Del mismo modo que no se puede ser extremadamente conservador sin deslizarse hacia el autoritarismo, el progresismo, a partir de cierto umbral, adquiere un carácter pretotalitario. Pero para un dictador, el totalitarismo posee una indudable ventaja respecto al autoritarismo clásico, y es que no lo compromete con ningún tipo de orden, aunque para quienes siguen pensando en términos de los dictadores del pasado, parezca convenirle que imponga uno a su medida. Un totalitario, mientras no sienta la tentación de “degenerar” (según su punto de vista) en meramente autoritario, no se conformará con tan poca cosa como mandar, con perseguir a los disidentes; quiere dominar por completo y a todo el mundo, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y para ello, cualquier estabilización jurídica de un régimen resulta no sólo innecesaria, sino inconveniente. El autoritario ataca la libertad para establecer un orden. El totalitario ataca el orden para destruir la libertad.
A la luz de estas consideraciones, se comprende fácilmente que, incluso mucho antes de alcanzar niveles totalitarios, el progresismo resulta más apto para eliminar trabas al poder político que el conservadurismo, porque esa es precisamente su especialidad, remover obstáculos, lo que el totalitarismo no hace más que llevar al paroxismo de un allanamiento devastador. Esto explica también la tendencia histórica de los partidos a desplazarse hacia la izquierda. No es tanto debido a un complejo de inferioridad de la derecha, como a la tendencia natural que tiene el poder de encontrar el camino más corto para su expansión.
La función que relacionaría las variables libertad-autoritarismo y conservadurismo-progresismo puede expresarse gráficamente con una curva en forma de campana. (Fig. 1.) En ella se refleja con claridad la idea de que la máxima libertad individual es sólo posible alcanzando un difícil equilibrio entre esas tendencias opuestas. Esta curva ideológica tiene una cierta afinidad con la propuesta de Hayek de sustituir el burdo eje unidimensional izquierda-derecha por un triángulo en cuyos vértices se situarían conservadores, socialistas y liberales; pero representa más intuitivamente, según creo, las gradaciones ideológicas intermedias y, sobre todo, su dinamismo latente[3].

He situado a conservadores y progresistas a izquierda y derecha, respectivamente. En razón del accidente histórico de la Revolución francesa y del accidente biológico de la prevalencia de la mano diestra, convencionalmente se identifica a los conservadores con la derecha, y a los progresistas con la izquierda, por lo que podría parecer que habría sido conveniente una gráfica a la inversa. Sin embargo, para el orden de lectura de nuestra cultura (de izquierda a derecha) resulta más intuitiva la disposición elegida, pues ilustra mejor una cierta secuencia histórica resumible, muy grosso modo, como autoritarismo, liberalismo, progresismo y totalitarismo.
Esta curva ideológica se distingue notablemente de otro diagrama que, con leves variantes, proponen algunos autores liberales o libertarios. Estos sitúan las distintas posiciones ideológicas en un plano con arreglo a dos ejes que representan el mayor o menor apoyo a las libertades de tipo económico, a las que teóricamente se inclinan más los conservadores, y a las libertades de tipo personal, favoritas de los progresistas[4]. La objeción que merece este esquema (sin duda atractivo, por su sencillez) es que no explica por qué unos tienden más a la libertad económica y otros a la personal. O mejor dicho, de algún modo sugiere que, salvo los plenamente liberales y los plenamente autoritarios, conservadores y progresistas son simplemente incoherentes. Personalmente, creo que a esta visión le falta un factor externo a la libertad, y al mismo tiempo relacionado dinámicamente con ella, como es la actitud frente al orden, concepto amplio que incluye los dos aspectos de seguridad y justicia.
Con fines meramente orientativos, en la Fig. 2 he mostrado las posibles posiciones relativas de distintas ideologías o sistemas políticos.

En la base de la campana he situado, en el extremo reaccionario, el islamismo. En realidad, podría distinguirse entre distintos tipos de esta ideología. Por ejemplo, el Estado Islámico que siembra la muerte y la destrucción en Irak tiene un claro carácter totalitario. Y por razones distintas podría decirse lo mismo del régimen iraní. No en vano, ciertos intelectuales occidentales progresistas saludaron con simpatía la llegada al poder de Jomeini.
En el otro extremo he situado a los nazis en el sector progresista, junto con los comunistas. Puede sorprender esta ubicación de un régimen que vulgarmente se sigue considerando como derechista. Sin embargo, el carácter revolucionario del nazismo es innegable. La idea de una selección racial contante, que iba mucho más allá del antisemitismo (aunque la derrota del Tercer Reich impidiera aplicarla a otros grupos de manera tan sistemática) no se distingue prácticamente en nada, por sus efectos, del concepto de lucha de clases[5]. Al igual que los bolcheviques, los nazis y los fascistas pretendían la destrucción de un mundo liberal-burgués que consideraban caduco, a fin de crear un “hombre nuevo”. Si las diferencias ideológicas entre el nacionalsocialismo y el comunismo parecen justificar que los situemos en campos políticos no meramente rivales, sino opuestos (la derecha y la izquierda), ello es debido a un extendido prejuicio que aún hoy considera al segundo como un heredero de la Ilustración que habría incurrido en determinados “excesos”. Sin embargo, es difícil ocultar el carácter antimoderno del bolchevismo, la ruptura radical que suponen el Gulag y el genocidio con la tradición nomocrática e individualista de Occidente, del cual los comunistas sólo se interesaron por su ciencia instrumental y la tecnología[6], de manera comparable a como hacen hoy los islamistas. En todo caso, el comunismo sería un hijo bastardo de la Ilustración; pero compartiría esa condición con el propio nacionalsocialismo. Ambos aseguraban tener una base “científica”, y mientras el nazismo se inspiró libremente en el darwinismo, Engels no dudó en considerar a Marx como el Darwin de la ciencia histórica[7]. Pero tanto la selección racial de los más aptos como la lucha de clases son nociones ideológicas más pertenecientes al mundo de la fantasía que a la razón.
Comunistas y nacionalsocialistas no eran progresistas totalitarios porque fueran herederos del racionalismo, sino debido a su obsesión por la destrucción de un orden que consideraban decadente. Uno de los malentendidos más extendidos de nuestro tiempo es precisamente el que asocia progresismo y racionalismo. Esta confusión nace de que el progresismo empezó históricamente por atacar el orden establecido tachándolo de irracional. Sin embargo, la pretensión de fundar un orden totalmente basado en la razón, partiendo de cero, entraña sofismas insolubles, que terminan conduciendo a un irracionalismo más radical que el originalmente combatido. La inclinación de la intelectualidad progresista hacia el relativismo, el multiculturalismo y el colectivismo, que suponen una ruptura con la tradición racionalista de Occidente, no es tanto una desviación o recaída más o menos frívola en posiciones reaccionarias, tal como lo interpretan algunos[8], como un desarrollo lógico de las implicaciones del progresismo.
Las restantes ideologías o sistemas políticos de la Fig. 2 se han situado de un modo orientativo. Puede discutirse que el chavismo sea un régimen más autoritario que el franquismo, aunque por los efectos pauperizadores del primero, creo que es bastante evidente. La curva muestra también la distancia que separa al autoritarismo conservador franquista, e incluso al fascismo en sentido estricto, del totalitarismo revolucionario de Hitler, en contra de la imagen que ha cultivado la izquierda hasta nuestros días. El régimen de Mussolini sin duda revistió un carácter menos conservador que el franquismo, aunque no alcanzó ni de lejos el nivel totalitario, por mucho que el dictador italiano alardeara de ello. Con todo, y aunque Franco firmó muchas más condenas de muerte que Mussolini, como consecuencia obvia de que accedió al poder en una guerra civil, no hay duda que, tras la posguerra, el régimen español se estabilizó como una dictadura clásica[9], menos invasora de las vidas privadas que los regímenes fascistas de los años treinta.
El resto de posiciones ideológicas requerirían otro artículo.





[1] Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 223.
[2] “Stalin concentró sus ataques sobre el medio olvidado slogan de Trotsky precisamente porque había decidido utilizar esta técnica.” Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, col. “Los libros que cambiaron el mundo”, Madrid, 2009, p. 668.
[3] Friedrich A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 508.
[4] David Boaz, Liberalismo. Una aproximación, Gota a Gota, Madrid, 2007, p. 51.
[5] H. Arendt, ob. cit., pp. 668-669.
[6] Luciano Pellicani, Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo, Unión Editorial, Madrid, 2011, p. 72.
[7] H. Arendt, ob. cit., p. 777.
[8] Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Random House Mondadori, Barcelona, 2013.
[9] “El franquismo en España mantuvo hasta el último de sus días la retórica hueca del falangismo, (..) los brazos en alto y los cánticos de trinchera. Sin embargo, el franquismo [tras la muerte del dictador] devino en una democracia liberal en sólo unos meses. (...) Franco simplemente quería mandar, no inventarse España desde cero, y mucho menos crear un nuevo español radicalmente diferente al del pasado.” Fernando Díaz Villanueva, prefacio a Luciano Pellicani, Lenin y Hitler, ob. cit., pp. 10-11.

viernes, 11 de julio de 2014

Santiago Abascal y el futuro de VOX

Fui uno de los 245.000 votantes de VOX en las pasadas elecciones europeas. No me afilié al partido porque creo, modestamente, que puedo ayudar más desde fuera, como un ciudadano que manifiesta sus opiniones con total independencia.

Al no formar parte de la organización, aunque tenga contacto con algunos militantes, no me entero de lo que pasa dentro, ni me he molestado mucho en enterarme, la verdad. Pero me ha llegado el rumor de marejadilla a través de Twitter, por las maneras agrias que utilizan ciertas cuentas no oficiales, que pretenden hablar en nombre de VOX.

Pío Moa y Blas Piñar Pinedo han tratado el tema con bastante sensatez en sus bitácoras respectivas. Véanse sus entradas respectivas, VOX, acosado y en la encrucijada y Sobre las movidas internas en VOX...

En un primer análisis, el diagnóstico parece claro. Al no obtener ningún eurodiputado en las pasadas elecciones, surgen los reproches, las impaciencias de quienes querían resultados tangibles inmediatos, y quienes aprovechan el malestar para tratar de controlar la joven formación. No es de descartar que haya elementos infiltrados del PP que intenten dinamitar el proyecto desde dentro.

Pero más allá de los personalismos mezquinos, el problema de fondo es siempre ideológico. Todo partido político es, inevitablemente, una suma de corrientes distintas, que convergen en torno a determinados elementos comunes. Es imposible, e indeseable, que todo el mundo esté de acuerdo en todo.

Los tres ejes de VOX son España, el liberalismo y las políticas conservadoras a favor de la familia. El primer tema parece que no es objeto de discusión. La propuesta estrella del nuevo partido, eliminar las autonomías -o por lo pronto, devolver al gobierno central competencias como las de Educación o Sanidad- lo distingue de cualquier otra formación, incluidas UPyD y Ciudadanos, que no cuestionan el Estado autonómico, o apuestan incluso por el federalismo.

Parece que el liberalismo -la idea de que hay que reducir drásticamente el peso del Estado, la defensa del libre mercado y la crítica a la partidocracia corrupta- tampoco ha sido cuestionado, aunque personalmente echo de menos mayores concreciones en el aspecto económico. Una defensa más explícita y pedagógica de ideas liberales como el cheque escolar y sanitario, una propuesta valiente de reforma del sistema de pensiones y del mercado laboral, etc.

En cuanto al tercer eje, la defensa conservadora de la familia, que implica una crítica desacomplejada del radicalismo igualitario y abortista -el cual pretende abolir cualquier diferencia entre hombre y mujer, y entre la heterosexualidad y otras "identidades"- no sólo ha sido insuficientemente desarrollado, sino que algunos de los fundadores de VOX lo han tratado con ambigüedades y aplazamientos, justificándose con la alusión a la democracia interna.

En mi opinión, la democracia interna sirve para elegir a los dirigentes del partido. Por tanto, estos deben dejar claras sus posiciones ideológicas (si es necesario, puntualizando que hablan a título personal), para que los afiliados puedan decantarse por unos u otros con conocimiento de causa. Esperar que la definición ideológica surja espontáneamente de las bases me parece una idea ingenua y estéril de democracia.

El artículo de Santiago Abascal publicado en Libertad Digital puede interpretarse como un intento de posicionamiento en el debate entre quienes entienden el liberalismo como algo poco compatible con el conservadurismo y quienes creemos que plantear tal incompatibilidad o antítesis reposa en un grave malentendido. Abascal acusa al actual gobierno de subir los impuestos, de mantener la ley de memoria histórica, de "cobardía ante el separatismo", de la "suelta de asesinos y violadores" y también de mantener la legislación zapaterista basada en "la ideología de género y las leyes discriminatorias de igualdad". Con ello está describiendo en negativo el ideario innegociable que debería sostener algún partido; por ejemplo, VOX.

Excuso decirlo: los políticos que se comprometan con estas ideas serán tachados automáticamente de ultraderechistas, y no en vano Abascal titula su artículo "Extrema derecha". Sin duda, esta es la piedra de toque, lo que distingue a quienes están dispuestos a ser tildados de fachas por defender lo que creen que es la verdad, de quienes están abiertos a las concesiones que sean necesarias para eludir el sambenito.

Un VOX cuyos dirigentes se contaran entre estos últimos sería absolutamente redundante. Para la sumisión lacayuna al imperio de la corrección política ya tenemos el Partido Popular, digno heredero en esto de la UCD.

VOX debería tomar distancia del PP y la UCD, a la que estuvieron ligados algunos de sus fundadores. Esos no son los modelos, sino más bien los antimodelos, formaciones claudicantes ante el monopensamiento progresista. Mientras se perciba a VOX como una escisión del PP, el voto útil lo condenará a la irrelevancia, con toda justicia.

Para que VOX sea percibido como un partido realmente nuevo, que viene a romper con el consenso socialdemócrata y el radicalismo igualitario, necesitará un líder que en su persona encarne los tres aspectos fundamentales: la defensa de España, de la familia y de la sociedad civil frente al estatismo clientelar y dirigista. Esto no sólo no es incompatible con la democracia interna, sino que es su lógica consecuencia. Un liderazgo potente, que no esté condicionado por el pensamiento progresista hegemónico, necesita de un claro respaldo de las bases de su partido. Y a su vez, estas sólo se mantendrán cohesionadas si surge una figura que concite la adhesión de una gran mayoría.

Creo que esta figura ya existe, y se llama Santiago Abascal. Si la democracia interna llega a funcionar verdaderamente en VOX, no tengo ninguna duda de que se convertirá en el líder político que necesita no sólo su partido, sino España.

sábado, 29 de marzo de 2014

El diagnóstico liberal-conservador

En el mundo hay 7.200 millones de habitantes. Un 15 % vive en países donde existe amplio acceso a los productos de consumo, la vivienda, la medicina y otros servicios, y en los que existen paz y libertades políticas consolidadas. La mitad o más de la población mundial habita en territorios, principalmente en Asia, donde se han alcanzado parcialmente esos objetivos a lo largo de las últimas décadas, aunque frecuentemente con unos niveles de libertad política mucho más precarios o incluso inexistentes, como es el caso de China. Por último, en el tercio restante de la humanidad se da un conjunto heterogéneo de situaciones: desde países que, pese a todas la dificultades, gradualmente están saliendo adelante, hasta otros que permanecen hundidos en la miseria, las guerras y las dictaduras.

Lo que caracteriza a los países del primer grupo es la existencia de instituciones políticas y económicas liberales, como son un potente sector empresarial privado, elecciones libres, justicia independiente, libertad de expresión, etc. Por tanto, en principio parece lógico deducir que la prosperidad material de la que disfrutan Norteamérica, Europa, Japón, Corea del Sur y Australia está relacionada con estas instituciones liberales. También parece razonable admitir que la mitad de la población que poco a poco se está acercando a niveles de bienestar material como los de Occidente y otros países, en gran medida debe este progreso a la importación de algunas de estas instituciones, al menos del mercado libre.

Por el contrario, es empíricamente constatable que los países que se han cerrado a la importación del modelo liberal occidental, o que se ha alejado de él, permanecen en la pobreza o han retrocedido a ella, como es el caso dramáticamente actual de Venezuela.

No obstante, partiendo de estos hechos, los antiliberales (generalmente socialistas progresistas, aunque también la extrema derecha y los anarquistas) proponen una interpretación notablemente distinta. Por un lado ponen de relieve que incluso en los países del 15 % más próspero persisten injustas diferencias de renta y discriminaciones hacia las mujeres y ciertas minorías, al tiempo que atribuyen el bienestar social (que después de todo no pueden negar) a la existencia de un amplio sector público, el cual ven amenazado por los intereses económicos. Y por otro lado señalan que la riqueza occidental procede de la expoliación del resto de la humanidad y de la depredación de la naturaleza, a través de las multinacionales que explotan mano de obra barata y esquilman los recursos. Este orden injusto sólo puede mantenerse mediante la coerción, principalmente mediante el astronómico gasto militar de los Estados Unidos; y por ello es profundamente inestable, pues provoca guerras, terrorismo y desastres ecológicos.

Aunque algunos de los hechos que aducen los antiliberales o progresistas son ciertos, su interpretación se sostiene sobre flagrantes exageraciones, invenciones y omisiones. Frases tan manidas como que “los pobres cada vez son más pobres y los ricos más ricos” son fácilmente refutables con datos objetivos. La pobreza en las sociedades más industrializadas es relativa y variable, y con frecuencia las estadísticas incluyen en el mismo grupo tanto a auténticos pobres como a jóvenes que perciben bajos salarios, pero cuyas expectativas de ascenso social son muy considerables. También se reputan como injustas las diferencias laborales entre sexos, sin ofrecer pruebas empíricas (y no premisas ideológicas a priori) de que sean debidas a discriminaciones y atavismos machistas, y no a las actitudes y preferencias naturales de los sexos.

Sobre el sector público (como denominan al sector estatal), los progresistas olvidan el pequeño detalle de que se sostiene enteramente mediante las aportaciones fiscales y financieras del sector privado. Si el sector estatal crece en términos relativos, sólo puede hacerlo a costa de la inversión y el ahorro privados, con lo cual se pierde en productividad, y el resultado es una economía menos sostenible. En cambio, la disminución del estado (hasta un mínimo que asegure servicios esenciales, como la seguridad, la defensa y la protección de los más débiles) sólo implica liberar energías productivas, que pueden ofrecer los mismos servicios con mayor eficacia.

En cuanto a la supuesta explotación del Sur, lo cierto es que el volumen de la inversión y del comercio dentro de los países del 15 % más rico es abrumadoramente superior al que existe entre estos y los más pobres del Sur, por lo que esa teoría es un simple mito. La riqueza no se genera, salvo en una medida puramente residual, en plantaciones o minas de repúblicas bananeras, sino en países que ya son ricos en infraestructuras, tejido industrial y capital socioeducativo. Si algo se le puede reprochar a Occidente no es que pague salarios de miseria a los habitantes más pobres del planeta (que en todo caso son superiores a los salarios locales), sino que no cree más empleos aún, y que no comercie a mayor escala con el llamado “tercer mundo”, eliminando las barreras arancelarias. Lo cual es algo muy diferente de la idea de un Norte parasitador o vampirizador del Sur.

Respecto al gasto militar, hay que recordar que, históricamente, la aplastante superioridad de los Estados Unidos tiene su origen en la Segunda Guerra Mundial y en la guerra fría, es decir, que es un producto de la lucha contra los mayores sistemas totalitarios de la historia, el nazismo y el comunismo. Por supuesto, un desarme unilateral sería una entrega estúpida de Occidente a manos de potencias asiáticas con arsenales nucleares y otros estados de tendencias poco tranquilizadoras. Debe añadirse también que el terrorismo es un fenómeno que nace invariablemente de ideologías nacionalistas, socialistas o islamistas, radicalmente contrarias a los principios liberales, cuyo mecanismo psicológico no requiere en absoluto la existencia de ninguna razón objetiva para el resentimiento, sino que son perfectamente capaces de fabricar o hiperbolizar agravios por sí mismas.

Por último, respecto a la supuesta depredación de la naturaleza, lo cierto es que los países que más reducen la contaminación ambiental, gracias a su carácter democrático y legalista, y a su desarrollo tecnológico, son los más ricos. Y las agoreras predicciones de agotamiento de materias primas, o de calentamiento global debido supuestamente a las emisiones humanas de CO2, hasta ahora han tenido un acierto predictivo inversamente proporcional a su éxito propagandístico.

Lejos de nosotros pretender que en el mundo liberal todo sea color de rosa. Pero son precisamente los auténticos problemas e iniquidades que existen en los países ricos aquellos que los progresistas ignoran o se empeñan incluso en negar. Entre ellos, el crecimiento desmesurado del sector estatal, debido a irresponsables promesas de políticas demagógicas, que amenaza con truncar el crecimiento económico, condenando a los más pobres a quedar estancados en su situación. Pero lo más grave (aunque presenta claras conexiones con este problema), es la decadencia moral que aqueja a Occidente desde los años setenta. Esta decadencia se manifiesta de manera singular en la baja natalidad y el relativismo cultural (cuyo fenómeno singular más repulsivo es la permisividad legal ante el aborto), que socavan las raíces judeocristianas y clásicas de las instituciones cívicas, desarmando a la cultura occidental ante la irrupción del tribalismo islamista. Incluso aunque esta amenaza externa no existiera, el destino de una civilización que está dejando de reproducirse, que opta por el aborto, la “muerte digna” y la equiparación de toda forma de sexualidad no reproductiva, eludiendo cualquier sacrificio y contención, es sencillamente la extinción.

Cabe en este punto preguntarse si esta decadencia civilizatoria no está estrechamente relacionada con las concepciones progresistas que desdeñan las instituciones liberales o incluso las consideran responsables de la pobreza y de la violencia en el mundo. En efecto, una cultura en declive es una cultura que ha dejado en cierto modo de respetarse a sí misma, de tener unos objetivos que vayan más allá del “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Es una cultura que cae en el autoodio nihilista, racionalizado falazmente como una crítica del etnocentrismo (pero curiosamente, todas las culturas tienen derecho a ser ciegamente etnocéntricas salvo la propia), y que está dispuesta a dilapidar e incluso escupir sobre su propio legado.

¿Cómo podemos detener y revertir este proceso? No hay una respuesta fácil, pero en primer lugar, evidentemente, siendo conscientes de él, lo cual pasa por una crítica contundente de las nociones antiliberales y relativistas que, amparadas en la estética “progresista”, sólo contribuyen a acelerar la descomposición, a disolver la responsabilidad individual y los vínculos tradicionales y espontáneos, sustituyéndolos por una burocratización esclerotizante. Expresado en términos positivos, esto supone defender la moral judeocristiana, la familia, la empresa privada, la libertad educativa y las organizaciones de la sociedad civil. Todo aquello que los progresistas tachan, en el mejor de los casos, de “conservador”. Ahora bien, si ser conservador es defender el humus moral y cultural en el que han enraizado las instituciones liberales, no sólo no tiene nada de malo, sino que es una actitud más necesaria que nunca.

domingo, 3 de marzo de 2013

Cuatro tesis sobre conservadores y progresistas

1. La mayoría de las personas no sostenemos ideas plenamente coherentes, debido casi siempre a una falta de claridad e insuficiente reflexión sobre los principios subyacentes.

Esto significa que si nos remontáramos, por la cadena de la inferencia lógica, desde cada una de nuestras opiniones hasta los axiomas (o principios indemostrables) que las sustentan, descubriríamos al menos dos principios incompatibles entre sí.

2. Si la gente fuera plenamente coherente en sus opiniones, la mayoría sería conservadora, y solo una minoría sería radicalmente progresista.

Esto significa que los principios conservadores son en sí mismos intuitivos y populares, mientras que los progresistas solo consiguen penetrar tras décadas de propaganda y "reeducación". El progresismo atrae a mucha gente porque en realidad está mezclado con ideas que no son progresistas, las cuales son admitidas fácilmente, pero permiten hacer pasar de contrabando opiniones cuyos principios subyacentes, si se mostraran desnudos, provocarían un rechazo instintivo. Un ejemplo es el matrimonio homosexual. Se plantea como si fuera un triunfo de la familia, institución que los gays y lesbianas también tendrían derecho a formar (lo cual es cierto, siempre y cuando no la desnaturalicen: nadie impide a un homosexual casarse con una persona de otro sexo), cuando en realidad la idea que subyace es que la familia natural no es más que una convención arbitraria, y que es válido jugar a inventarse otro tipo de convenciones.

3. Si los conservadores fueran plenamente coherentes, defenderían un Estado mínimo, que interfiriera poco en la vida de los ciudadanos; defenderían la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; y defenderían la familia natural como institución fundamental de toda sociedad.

Por el contrario, actualmente, los conservadores están divididos grosso modo entre un ala liberal (que defiende la economía de mercado pero es laxa en cuestiones morales, como el derecho a la vida de los nonatos) y un ala tradicionalista, que mantiene posturas firmes en la moral, pero no ve con recelo al Estado socialdemócrata. Ambas posiciones son, por separado, internamente incoherentes, porque no se puede defender la libertad económica desvinculándola del sustrato moral que la hace posible y fértil. Y tampoco se pueden defender los principios morales (que se sostienen en la responsabilidad individual) al tiempo que el Estado suplanta dicha responsabilidad tutelando a los individuos desde la cuna hasta la tumba.

4. Si los progresistas fueran plenamente coherentes, no tendrían problema en defender un Estado totalitario, que interviniera en todos los aspectos de la vida humana, ni en ser partidarios del infanticidio, la eugenesia y eutanasia activas, la experimentación ilimitada con embriones, la poligamia y la pedofilia.

Esto quiere decir que si partimos de una moral inmanentista, cualquier práctica consentida entre adultos es válida... aunque también las no consentidas, si se justifican en nombre del progreso, el pueblo, la ciencia o cualquier otro ídolo. Incluso la pedofilia es defendible, si reducimos el sexo a una actividad inocua e intrascendente. Pero como decía en el comentario de la tesis 2, los progresistas habitualmente se cuidan de ser consecuentes, y por eso han inventado el concepto de "libertad sexual" de nuestro código penal, un híbrido deforme entre el viejo concepto del pudor y el pansexualismo sesentayochista. En principio, no hay límite a lo que la mente humana puede concebir como factible y justificable, abandonada a sí misma. Prueba de ello es que los "demototalitarismos" (ver Pío Moa, España contra España, pág. 85) del siglo XX han llegado a argumentar (y por supuesto, a poner en práctica) el genocidio. Las legislaciones abortistas de las actuales democracias liberales son un claro residuo tóxico de las concepciones totalitarias, que no reconocen ningún principio sagrado, en el estricto sentido del término.

miércoles, 2 de enero de 2013

La rueda ideológica

Empiezo el año con uno de esos diagramas que tanto me gustan. Es que uno en el fondo sigue siendo un niño...

La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.

Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.

Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:

Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)

Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".

Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)

Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)

Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.

Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.

Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.

Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)

Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El origen de las ideologías

Hay básicamente dos tipos de comentarios a un blog. Los que aportan algo y los que sencillamente ignoran lo que has escrito. Los del segundo tipo pueden subdividirse en varios subtipos: Los que pretenden replicar algo que tú no has dicho; los que replican una frase o un párrafo aislados que tú has escrito, pero pasando por alto precisamente el pasaje donde ya te anticipabas a su réplica (estos son especialmente fastidiosos); los que sencillamente niegan tu tesis, pero sin molestarse en argumentar la suya; los que se limitan a aprobar lo que tú has escrito, trayendo a colación, como mucho, algún otro ejemplo... Etc. Por supuesto, agradezco todos los comentarios (salvo los insultantes), tanto los discrepantes como los favorables. Pero se comprenderá que mis favoritos son los del primer tipo: Los que aportan algo nuevo, o revelan algún cabo suelto de mi argumentación, ya sea para reforzarla o para criticarla.

A esta categoría pertenece el comentario que Caribbeanomics hace en mi anterior entrada. En ella yo defiendo una concepción del conservadurismo como lo opuesto a toda ideología. Y defino ideología como aquel sistema de pensamiento que pretende transformar la realidad a partir de unos principios aplicados con implacable coherencia. Esta concepción, por supuesto, no es mía, se puede hallar en autores como Russell Kirk (Qué significa ser conservador, Ciudadela, 2009) y otros. Reproduzco la réplica de Caribbeanomics:

Hola:

Con tu definición de "Conservadores" como carentes de ideología y defensores de "lo conseguido" (seguro estoy simplificando demasiado, pero creo que ha habido mucha "ideología" detrás de alguno de los logros que consideras merecedores de defensa) me planteo donde hubiera estado un conservador en 1812 [luego corrige: 1823] ¿en Cádiz o con los cien mil hijos de San Luis?

Puesto que si es lo segundo, no se si izquierdas, pero algo distinto y CON ideología siempre ha sido y será necesario.

El comentarista tiene razón cuando implícitamente señala que quien se llamase conservador en 1823, o en 1812, no defendía el parlamentarismo, ni la separación entre Estado e Iglesia, ni la igualdad ante la ley. Pero es que en mi definición de conservador entra tanto un liberal como un absolutista de 1812. Los redactores de la Pepa no eran ideólogos en el sentido que antes he precisado, no pretendían transformar la realidad. Eran patriotas imbuidos de una idea de la dignidad del individuo, que consideraban incompatible con el régimen absolutista. Su "ideología", si queremos llamarla así, no era en el fondo distinta de la de Cicerón o Tácito. Defender la libertad es exactamente lo contrario de cualquier proyecto de ingeniería social, de emancipación radical como los que defiende la izquierda desde un determinado momento de mediados del siglo XIX. (En 1848 Marx y Engels publican el Manifiesto Comunista.)

Una de las falacias del progresismo es que los cambios se producen gracias a ellos. Si ahora tenemos sufragio universal, mujeres arquitectos o vacaciones pagadas, es gracias a los liberales, a las feministas, a los sindicatos. Pero los liberales de principios del siglo XIX no eran progresistas, no querían cambiar el mundo, sino aplicar criterios de justicia que no tenían nada de novedoso, aunque acaso los menos cultos pudieran creerlo; la incorporación de la mujer a determinadas profesiones es más consecuencia de avances técnicos (desde la lavadora hasta los anticonceptivos) que de luchas políticas; y la legislación laboral actual es fruto del enorme crecimiento de la riqueza y la productividad, al cual los sindicatos han contribuido muy poco.

Con ello no niego el hecho histórico, sobradamente conocido, de que los izquierdistas actuales son hijos de los liberales decimonónicos. Pero también lo son los conservadores. Lo somos todos. Los absolutistas de 1812 y 1823 eran solo "conservadores" en el trivial sentido de que querían mantener el statu quo de su tiempo, y por eso se extinguieron, como se extinguen siempre todos los "conservadores" aferrados a su estrecha visión del presente, que implica mucho desconocimiento del pasado. El problema surge cuando algunos liberales, y también algunos conservadores y nacionalistas, empiezan a concebir ideologías, sistemas coherentes de pensamiento cuya finalidad es amoldar la realidad a sus deseos. Construir un puente no es transformar la realidad, en el sentido que aquí utilizo. Defender el parlamentarismo, o la abolición de la esclavitud, allí donde todavía no existe lo primero y sí lo segundo, tampoco. Los hombres siempre han visto la tiranía o la esclavitud como un mal. La prueba es que siempre que han podido, han matado a los tiranos y han liberado a los esclavos. Transformar la realidad es querer, por el contrario, oponerse al sentido común, tratar de reformar no un régimen, sino la propia naturaleza humana. Transformar la realidad es querer abolir la familia. Explícitamente, como los progresistas ingenuos del XIX y principios del XX, o sutilmente, jugando al despiste, como los Zapateros de nuestros días. Transformar la realidad es querer erradicar la propiedad privada, con métodos brutales, como los comunistas de 1917, o con métodos graduales y disimulados, como los socialdemócratas de hoy. Transformar la realidad es castigar a los niños en el colegio por jugar a juegos "sexistas"...

Quienes pretenden imponer su delirante ingeniería social siempre han jugado a mostrarse herederos de los liberales de antaño, como si defender el aborto fuera un paso más, equiparable a la abolición de la esclavitud. En realidad, son cosas diametralmente opuestas, pues quienes hoy defienden la dignidad del ser humano son precisamente los pro vida, no los abortistas. Y así podríamos decir de todo lo demás. Quienes hoy defienden la propiedad privada, son los herederos de los constitucionalistas de Cádiz. Los socialistas son algo posterior -y al mismo tiempo mucho más viejo. Les regalamos una fácil victoria cuando tragamos sin rechistar su historieta de la eterna lucha entre progresistas y reaccionarios, en la cual ellos siempre se sitúan del lado de los buenos, omitiendo el hecho de que los buenos defendían cosas frecuentemente opuestas a las que defienden ellos. Personalmente, no me planteo la ociosa cuestión de si en una vida anterior fui liberal o absolutista. Nunca he creído en la reencarnación.

sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Para qué queremos ningún PSOE?

Estos días postelectorales algunos comentaristas políticos defienden que el PSOE debería entrar en un debate interno acerca de ideas, no meramente de personas. Debería hacer autocrítica y preguntarse -aconsejan- por qué ha tenido un resultado tan desastroso en las elecciones, a fin de ponerse a elaborar un discurso de izquierdas renovado. Esto lo dicen no solo, ni principalmente, opinadores de izquierdas, sino más bien los de derechas o liberales.

Todo esto son tonterías. Las ideas de izquierdas son las que son. Si son acertadas, no veo por qué deben renovarse, salvo en la manera de exponerlas. Si están equivocadas (como yo pienso), no entiendo por qué hay que tomar unas ideas distintas y etiquetarlas con la marca izquierda. Aconsejar a los progresistas que se renueven me parece o bien hipócrita o bien idiota. Me recuerda a cuando esa misma izquierda pretende darle lecciones a la Iglesia, para que se sitúe "a la altura de los tiempos". Es decir, para que reniegue de sí misma. Me recuerda también cuando el viejo Polanco, poco antes de morir, clamaba por que en España existiera una derecha democrática y modelna...

Discrepo del tópico tan extendido según el cual la gente debería votar a unas ideas, y no a un candidato. En realidad, esto ya sucede; lo deseable sería lo contrario. La mayoría de la gente no vota al candidato que habla mejor, o que es más guapo, sino que ve más guapo y le parece que habla mejor el candidato que encarna mejor sus ideas. Ahora bien, las ideologías (entendidas como sistemas filosóficos que tratan de amoldar la realidad a sus principios; y si no, peor para la realidad) son de lo peor. Por culpa de las ideologías se ha asesinado de millón en millón, se aplican políticas económicas suicidas, se destruyen irresponsablemente instituciones y se desprecia la experiencia acumulada de siglos. De la lucha entre ideologías que pretenden redimir a la humanidad, siempre han salido perdiendo los seres humanos de carne y hueso.

"Pero todo el mundo tiene una ideología". Falso. No todo el mundo trata de transformar la sociedad a partir de dos o tres axiomas pueriles, aplicados de manera consecuente. En el sentido decisivo, el conservadurismo no es ninguna ideología, sino todo lo contrario, el recelo hacia toda ideología que ofrece soluciones definitivas, sean comunistas, fascistas o islamistas. Lo que caracteriza una ideología es que plantea un término de llegada, un futuro en el cual por fin se habrán resuelto los injusticias, se habrán emancipado los trabajadores, las mujeres, los arios o los musulmanes. En cambio, el conservador tiene metas mucho menos ambiciosas. Aspira solo a que no perdamos lo que hemos conseguido en siglos, incluso en milenios. A que la civilización, con todos sus delicados equilibrios, perdure; a pesar de sus contradicciones, de sus imperfecciones. El conservador cree una locura pretender reorganizarlo todo, porque ello supone destruir o deteriorar lo que ha funcionado razonablemente bien (sea la familia, el mercado o los códigos morales) y sustituirlo por algo que no deja de ser una entelequia.

No necesitamos partidos de izquierdas para nada. Los partidos deberían rivalizar en propuestas concretas y, sobre todo, en personas. Al igual que intentamos elegir a los mejores profesionales y empresas en cualquier ámbito, lo mismo debería poder hacerse en la política. Los partido políticos ficharían a los mejores políticos como los clubes de fútbol hacen con los futbolistas, no porque encarnen una determinada ideología, sino porque juegan bien al fútbol. Y los ciudadanos votarían como gobernantes a quienes creyeran los más capacitados, no en función de prismas ideológicos sectarios.

Por supuesto, soy consciente de que esto no va a ocurrir. Las ideologías existen, y no parece que vayan a desaparecer, por desgracia. Por tanto, es inevitable que existan partidos de izquierdas y de derechas. Pero por favor, no digamos que es bueno que haya una izquierda moderna, española, moderada o qué sé yo. No digamos que es bueno que haya enfermedades modernas, españolas o moderadas porque hay gente que prefiere estar enferma a estar sana. Digamos que es inevitable que el error exista, y que hay que respetar a las personas que piensan diferente de mí. A las personas; no a sus ideas, por moderadamente estúpidas que sean.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Ahora o nunca

El Partido Popular ha crecido aproximadamente un 4 % en número de votantes, mientras que el PSOE ha perdido cerca del 40 %. [*] Esto es lo que ha pasado, que los socialistas se han desplomado. Es evidente que los millones de votos que ha perdido el PSOE no han ido a parar al PP, sino a la abstención o a otros partidos. Y es lógico que así suceda. Existe un fuerte componente ideológico en el voto, por lo que los dos principales partidos españoles tienen su suelo y su techo electorales, y es difícil que se registren trasvases relevantes entre ellos, en ninguno de los dos sentidos. En las cuestiones de fondo, la opinión pública no cambia en cuestión de cuatro años. Sin embargo, sí se pueden producir cambios considerables de mentalidad en períodos de tiempo más largos. Esto es lo que ha ocurrido en la Comunidad de Madrid, donde la derecha liberal no ha hecho más que afianzarse con el tiempo.

La prioridad del Partido Popular es ahora capear la tormenta. Pero para conseguirlo, tendrá que seguir el modelo de Madrid, aunque tampoco eso sea suficiente. Es un imperativo y al mismo tiempo una oportunidad inmejorable, máxime ahora que va a gobernar no solo en el conjunto de España, sino en la mayoría de comunidades autónomas y municipios. No es una cuestión que dependa exclusivamente, ni mucho menos, de los gobernantes, pero es evidente que con su acción estos pueden contribuir a que aflore una manera de pensar menos estatalista, a que se consolide una sociedad más independiente del subsidio y el dirigismo cultural, más emprendedora, con mayor iniciativa y una base moral más firme frente a la arbitrariedad del poder. Es algo que va mucho más allá del aspecto económico, tiene que ver con la voluntad de la gente de asumir el control de sus propias vidas, de tener más hijos, de concebir proyectos que vayan más allá del hedonismo nihilista de cortos vuelos.

La crisis económica nos ha colocado de manera dramática en la situación de que no podemos ya elegir. Ya no podemos permitirnos las veleidades izquierdistas, los experimentos de ingeniería social ni los dispendios del pasado. Ya no podemos seguir huyendo hacia adelante, en una estúpida carrera por ser cada día más modernos, sin preguntarnos en qué consiste ser moderno y si es algo mejor que no serlo. O cambiamos de mentalidad o nos vamos al cuerno. Es ahora o nunca.
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* Con el 100 % escrutado, el PP sube un 5,8 % y el PSOE baja un 38 %.

domingo, 13 de noviembre de 2011

La ideología del por qué no

Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la esencia de la mentalidad progresista o avanzada, podrían valer las siguientes: El progresista es una persona que no se limita a preguntarse el porqué de las cosas, suponiendo que siquiera se moleste en ello, sino que atisba otras posibilidades y se pregunta: ¿Por qué no? Su ventaja sobre el conservador, dialécticamente, es que se trata de un tipo de pregunta muy sencilla, aparentemente inocente, pero para cuya respuesta no suele bastar con la mera lógica, sino con la experiencia acumulada de siglos, quizás milenios. Algo complicado de compendiar en una frase más o menos brillante. Por eso, con frecuencia parece que el conservador rehúye la controversia de fondo, o que se refugia en el oscurantismo. Aunque es cierto que existe una derecha política acomplejada ante la hegemonía cultural de la izquierda, nos quedamos en lo superficial si lo atribuimos exclusivamente a la incompetencia de unos políticos solo preocupados por la mercadotecnia electoral. Por principio, no es nada fácil sostener una posición determinada frente a quien traslada a esta la carga de la prueba. Es mucho más cómodo imaginar que entender, hacer preguntas que responderlas. Lo fácil es remitirse al futuro, que no está escrito, y por tanto podemos recrear a nuestro gusto; conocer el pasado –incluso el mero presente– y aprender de él, eso es otro cantar. Requiere mayor esfuerzo intelectual ser conservador que progresista.

El progresista pregunta, con supuesto candor: ¿Por qué no podemos aumentar los impuestos a los ricos para reducir la pobreza? O bien: ¿Por qué no puede alguien casarse con quien quiera –supongamos una persona de su mismo sexo? El conservador no puede responder a esto con solo tres o cuatro palabras, precisamente porque se trata de preguntas cuya respuesta implica la naturaleza esencial de las cosas, es decir, lo más difícil de expresar. Como señaló G. K. Chesterton, “no hay ningún filósofo escéptico capaz de hacer preguntas que no pueda formular igualmente un chiquillo.” Nuestra época moderna, probablemente desde Descartes, ha atribuído un mérito exagerado a cuestionarse las cosas más obvias. Ha formulado como si fuera un triunfo del intelecto las preguntas más chocantes, cuando en realidad cualquier niño se las hace en una determinada etapa de su aprendizaje vital, para regocijo de sus padres. En cambio, en sus respuestas la modernidad ha dejado mucho que desear, como si una vez formulada la pregunta, cualquier contestación ocurrente mereciera la máxima consideración. Y el progresismo se convirtió ya muy pronto, desde principios del siglo XX, si no antes, en una loca carrera de metas cada vez más disparatadas, con tal de ponerlo todo en cuestión. “Di algo, por idiota que sea, y te habrás anticipado a tu época”, observó el citado Chesterton ya en 1909.

Existe con todo una manera de parar el golpe dialéctico del progresista. Y es plantear un por qué no todavía más radical. Podemos inquirir: ¿Por qué no confiscar todos los bienes a los ricos? O ¿Por qué no puede casarse un padre con su hija? Por supuesto, existen precedentes de autores que han propuesto con total seriedad cosas semejantes, e incluso que las han puesto en práctica. La réplica del progresista puede consistir en aceptar el reto y sumarse a estas propuestas descabelladas, en cuyo caso, se desacreditará a ojos de la mayoría por sí solo. Se convertirá por sí mismo en la ilustración más esclarecedora de la locura inherente a querer llevar cualquier principio, por muy válido que sea, hasta las últimas consecuencias, más allá de todo límite razonable. Sin embargo, más probable es, hoy en día, que el progresista rechace esta vía, y se revista de un carácter moderado, que le impide llegar a tales extremos. Que descalifique al conservador como una persona de imaginación calenturienta, que ve asaltos al Palacio de Invierno donde solo hay una inocente ansia de justicia, o incestos y perversiones de toda índole donde solo hay un deseo de libertad. Pero es en este momento donde el progresista muestra toda su debilidad. O bien es consecuente hasta el final, o bien no lo es, siendo esto último de lo que acostumbra a acusar al conservador. Y tiene su parte de razón. El conservador no es consecuente hasta el final, porque la vida no puede reducirse a mera lógica. Existen toda una serie de supuestos, de hechos dados que en sí mismos no son “lógicos”, pero sin los cuales no podríamos hacer una descripción reconocible del mundo real. No es lógico que existan dos sexos. No es lógica la propiedad privada. Sin embargo, antes de suprimir las diferencias sexuales o económicas, convendría estar muy seguros de las consecuencias. El progresista, aunque lo crea, no lo está más que ninguno de nosotros, no es un ser investido de una sabiduría superior. Simplemente, confía en que la posteridad le dará la razón, que lo señalará como un “adelantado a su época”. Su criterio de la verdad se reduce a esperar a que se mueran quienes discrepan de él. Lo cual es una forma de decir que le importa muy poco la verdad.

La verdad, por definición, es inmutable, es algo válido para todos los tiempos. El progresista lúcido no puede creer en algo así, necesariamente debe pensar que todo puede cambiar, que nada es para siempre. Hoy vemos (todavía) como algo natural que los padres críen a los hijos. Dentro de unos siglos, como imaginó Aldous Huxley en su distopía Un mundo feliz, eso podría parecer un atraso propio de épocas prehistóricas, en las que la reproducción y crianza humanas todavía no habían sido estatalizadas. Un progresista consecuente no puede rechazar esta posibilidad, salvo para disimular sus verdaderas intenciones, sus secretos anhelos. El conservador cree en unos valores eternos, pese a que no esté muy seguro de reconocerlos en toda su pureza. Cree, a diferencia de Nietzsche y de la posmodernidad, que la verdad existe, que cualquier sistema social no será válido solo porque llegue a triunfar en un futuro. Un conservador no necesita creer que la historia está de su parte, le basta con creer que tiene la razón, aunque sea una causa perdida. En cambio, un progresista que lea la novela de Huxley, si es sincero consigo mismo, tendrá que decirse a cada momento lo que la Serpiente bíblica le susurró a Eva en una olvidable (y olvidada) obra de teatro de George Bernard Shaw:

Tú ves cosas; y dices '¿Por qué?' Pero yo sueño cosas que nunca han existido; y digo '¿Por qué no?'

sábado, 5 de noviembre de 2011

A favor del conservadurismo

En el debate político e ideológico, las palabras con frecuencia sirven más para confundir que para aclararnos. Cuando una persona de izquierdas pronuncia el vocablo derecha, está pensando en algo distinto de lo que entienden las propias personas de derechas. Y viceversa. De ahí que en realidad casi nunca se produce un verdadero diálogo; lo que hay son monólogos impermeables, diálogos de sordos, cuando no de besugos.

Algo parecido ocurre incluso en las discusiones de familia, por así decir, entre liberales y conservadores. Hay liberales, o conservadores, que pretenden demostrarnos que en realidad ambas expresiones no aluden más que al mismo objeto, o a aspectos complementarios del mismo objeto. En cambio, otros liberales, así como algunos conservadores, se esfuerzan en señalar un foso infranqueable entre ambos, enviándose mutuamente a compartir el infierno con el adversario socialista o progresista.

En realidad, las dos tesis tienen su parte de verdad; lo que ocurre es que, una vez más, se utilizan las mismas palabras para referirse a cosas distintas. Lo cual solo genera confusión. Liberal significa cosas distintas según quien lo diga, e incluso a menudo cuando lo dice la misma persona en contextos diferentes; y lo mismo pasa con conservador. Lo importante es distinguir entre lo que son estériles debates nominales y lo que son disputas filosóficas genuinas, para no malgastar energías.

Estoy de acuerdo con Santiago Navajas cuando, citando a Vargas Llosa, enuncia que uno de los rasgos definitorios del liberalismo, si queremos atenernos al uso común, es el espíritu de tolerancia, es decir, si se me permite citar a otro autor menos de moda, “estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo” (Gregorio Marañón). Sería imposible definir como liberal a quien negara esto. Pero para ello, es preciso partir de unas determinadas convicciones, porque a fin de practicar la noble virtud de entenderme con quien piensa diferente, primero es necesario que yo piense algo, que crea en algo. La tolerancia no es indiferencia ni relativismo, no consiste en afirmar que todo es verdad o que nada lo es. Todo lo contrario, la tolerancia solo puede arraigar allí donde existen dogmas incompatibles, si se me permite la paradoja. O como diría un consumado maestro de la paradoja:

“Yo estoy muy dispuesto a respetar la fe de otro hombre; pero es demasiado pedir que respete sus dudas, sus mundanos titubeos y sus ficciones, sus regateos políticos y sus farsas.” (G. K. Chesterton.)

Precisamente por ello, discrepo rotundamente de Santiago cuando afirma que “cuantas menos restricciones morales, más grados de libertad política”. ¡Es exactamente al revés! Solo gracias a que existen restricciones morales, es posible reducir la coacción política. De ahí que la aparente contradicción entre la permisividad moral de la izquierda y su pasión estatalista no sea tal, sino que se trate de las dos caras de una misma moneda. Cuando el gobierno permite que las niñas de dieciséis años aborten sin conocimiento de los padres, no está aumentando la libertad de que dispone la sociedad, ni siquiera las de esas niñas, que ya antes podían hacer lo mismo, aunque sin la colaboración del contribuyente. Aparte de socavar el derecho a la vida, el gobierno está entrometiéndose brutalmente en el ámbito privado de la familia, está laminando la autoridad paterna para dejar sin rival, sin contrapeso alguno a la autoridad estatal. Y de manera general, al relativizar, desacreditar y poner en entredicho las normas morales de los gobernados, de manera directa los gobernantes están escapando ellos mismos a toda norma. La única norma es su propia arbitariedad.

Santiago acusa a los conservadores, generalizando con forzada simetría, del mismo error que la izquierda. Si esta pretende imponer la utopía, análogamente los conservadores aspiran a restaurar un pasado mítico, una edad dorada tan quimérica como las elucubraciones futuristas de fabianos, anarquistas o marxistas. Si los socialistas hablan de “democracia popular”, los conservadores hablan de “democracia orgánica”... Pero en realidad, Santiago hace trampa, porque la nostalgia de una edad mítica o una comunidad primigenia es lo que define al fascista o al islamista, no a un conservador occidental típico. Defender la moral judeocristiana no es pretender regresar a nada, es simplemente tratar de preservar los cimientos que hacen posible nuestra civilización. Que debemos respetar a las personas que no tienen la mismas creencias, es indudablemente la gran aportación del liberalismo al pensamiento moderno. Pero esa aportación procede en gran medida del propio cristianismo y su doctrina de un Dios piadoso, que no se olvida ni siquiera de los pecadores. Lo cual es algo por completo distinto de negar que exista el pecado.

Así pues, tenemos que el liberalismo es tolerancia, pero esta palabra hoy en día se malentiende sistemáticamente, confundiéndola con relativismo. La tolerancia implica partir de unas convicciones, de unos dogmas, de lo contrario es otra cosa, es indiferencia, simple pasotismo. El liberalismo, por tanto, no puede reducirse solo a la tolerancia, debe tener algún contenido adicional, un núcleo de convicciones a partir del cual puede precisamente ejercer esa virtud de tolerar a quienes no las comparten. Antes citaba a Marañón, pero la cita no era completa. Decía el eminente médico que además de entenderse con el que piensa distinto, ser liberal es en esencia una segunda cosa:

“...no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin.” (Ensayos liberales.)

Que el fin no justifica los medios no equivale meramente, como superficialmente se suele creer, a una más o menos estrecha actitud legalista y garantista. La discusión sobre qué medios son moralmente adecuados para obtener un fin determinado jamás podrá zanjarse mediante un enunciado genérico. ¿La prevención de atentados justifica las torturas a miembros de Al-Qaeda? La respuesta puede depender, claro, de qué tipo de torturas hablamos, pero en todo caso, sería inútil pretender que solo hay una posible respuesta liberal. Algunos liberales dirán que no, otros que sí.

Más allá de sus aplicaciones concretas, necesariamente imperfectas y discutibles, el principio de que el fin no justifica los medios significa la negación rotunda y explícita del utilitarismo. Y por tanto, la afirmación de que existe un orden moral previo a la razón, la cual no es otra cosa que la facultad de planear la acción de acuerdo a determinados fines. Solo si admitimos que existen unos derechos inalienables del ser humano, previos a cualquier consideración racionalista, podemos poner límites a las pretensiones de la ingeniería social de la izquierda. Solo aceptando la existencia de un orden natural podemos distinguir radicalmente al liberalismo de la izquierda, más allá de una disputa sobre métodos. Y ese es precisamente el componente inequívocamente conservador. Si la tolerancia está en el código genético del liberalismo, la postulación de unos fines últimos, más allá de las convenciones humanas, es lo que caracteriza al talante conservador. El izquierdista cree que hay que solucionar los males sociales, e incluso los que no son males en absoluto, como sea. El conservador no cree en soluciones finales, no está dispuesto a lo que sea con tal de terminar con la pobreza, las injusticias o lo que algunos iluminados juzgan como tales. Recela de las ideologías de todo signo porque cree que hay límites a lo que los seres humanos pueden legítimamente hacer, por muy buenas que sean sus intenciones declaradas. Cree en unas normas que nos son dadas inapelablemente, no que nos damos a nosotros mismos. La libertad conservadora lo es frente a los hombres, no frente a Dios o la moral.

Liberalismo y conservadurismo tienen orígenes diferenciados, pero felizmente pueden confluir. Que al resultado lo llamemos liberalismo, conservatismo, o liberal-conservadurismo, es asunto relativamente menor, que puede decidirse en función del contexto. Pero me atrevo a sugerir que quizá el término más englobador sea el de conservadurismo. ¿Por qué? Pues porque no deja de ser consecuente con el ánimo más desengañadamente conservador pensar que, del mismo modo que no existe la solución definitiva de todos los males, reales o supuestos, tampoco se impondrá nunca, definitivamente, de una vez por todas, la verdad. La tolerancia significa reconocer que la verdad y la mentira coexistirán hasta el final de los tiempos, que nunca amanecerá una era de unanimidad universal, al contrario de lo que izquierdistas, fascistas, islamistas y herejes varios han imaginado en todo tiempo y lugar. Curiosamente, también fue ese un error de la Ilustración (sin que ello implique negar sus aspectos enormemente valiosos), pensar que podía advenir una edad adulta de la humanidad, que supusiera un corte radical con el pasado. El conservador, no hace falta decirlo, no cree que exista ese corte, ni menos aún espera que se produzca.

sábado, 14 de mayo de 2011

Libertad infinita (y 2)

[Ver 1]

En cambio, en el sentido estricto de libertad que aquí, para abreviar, identifico con la derecha, es perfectamente imaginable una libertad casi absoluta, es decir, una casi total carencia de interferencias arbitrarias del poder político. Sin duda, algún grado de discrecionalidad de la autoridad (sea un político, un juez, un policía o un burócrata) jamás se podrá evitar; pero puede tender a cero. En cambio la libertad para la izquierda debe tender a infinito, por lo que siempre se encuentra a una distancia infinita de su realización máxima. Requeriría, para alcanzar su plenitud, un mundo irreal de posibilidades ilimitadas, mientras que la derecha defiende algo opuesto: Un Estado limitado, que intervenga lo menos posible, salvo para proteger los derechos individuales frente a agresiones o fraudes de terceros.

Ahora bien, no basta con el Estado limitado. Pues para que este sea posible, es necesario que los seres humanos se rijan por leyes e instituciones lo más impersonales posibles, es decir, normas que el Estado como mucho se limite a desarrollar, a codificar, y sobre todo a aplicar, y que no hayan sido generadas por ningún individuo, con lo cual en última instancia no se distinguirían de mandatos arbitrarios. Esas normas no creadas por nadie, aunque parezcan algo fantástico, en realidad existen en todas las sociedades conocidas. Son el producto de miles de años de evolución cultural, y debemos considerarlas como un legado no exento de ser criticado, pero que debe ser preservado como el capital más valioso que tenemos, resultado de la experiencia y el proceso de “selección natural” (en el sentido de inconsciente) de innumerables generaciones.

Estas instituciones y normas se resumen, en Occidente, en la moral judeocristiana, la familia y el mercado. Cuando la izquierda las socava, en nombre de la libertad, en realidad está erosionando las bases que permiten la existencia de un Estado lo más limitado posible. En la medida en que los individuos desaprenden determinados valores, dolorosamente interiorizados por nuestros antepasados; dejan de creer en la autodisciplina; tienden a disolver o a desacreditar instituciones y valores que les protegían en los momentos o circunstancias de debilidad (la niñez, la maternidad, la ancianidad, la pobreza, etc); en este momento se convierten en más dependientes del Estado, tanto de sus ayudas como de su coacción. Se produce una externalización de los controles, que pasan de ser, en buena parte, psicológicos (los tan denostados sentimientos de culpa, de vergüenza, de caridad) a ser políticos (adoctrinamiento ideológico, “campañas de sensibilización”, presión fiscal, represión judicial y policial). Y los controladores a su vez se sienten menos controlados por unos principios morales de los cuales, astutamente, nos han (en realidad, se han) "liberado". El reino de la discrecionalidad de políticos y funcionarios aumenta, lo que es tanto como decir que la libertad, la capacidad de tomar decisiones sin interferencias, disminuye.

De ahí que la derecha, cuando se opone al aborto, a la eutanasia o al “matrimonio” gay, no está incurriendo en una postura antiliberal, por mucho que de manera tan extendida como superficial se tienda a creerlo. Defender determinados principios, como el carácter sagrado de la vida humana y de la familia tradicional (que los niños crezcan, en la medida en que sea humanamente posible, con una madre y un padre), no es restar libertad a los individuos, sino exactamente lo contrario, porque dichos principios no son mandatos arbitrarios que alguien se inventó un día por el gusto de entrometerse en las vidas ajenas, sino que proceden de nuestro legado evolutivo o, si se prefiere, de Dios (y personalmente cada día estoy más convencido de que ambas ideas son perfectamente compatibles, y más bien nos hablan de la sabiduría insondable de un ser trascendente). Y es precisamente este legado el que ciñe al Estado y lo hace menos necesario, previniendo la falta de cohesión social que produce el relativismo moral.

Autores como Isaiah Berlin han resumido los dos conceptos aquí expuestos como libertad “positiva” y “negativa”. Es decir, libertad como poder y libertad como no interferencia. Sin embargo, como acabo de explicar, el concepto conservador de libertad me parece insuficientemente descrito con el adjetivo “negativo”, pues la ausencia de interferencias no se justifica ni se sostiene por sí sola, fuera del contexto de la tradición y la moral. Estas son el fundamento plenamente positivo de la libertad, y esta a su vez se constituye en su más eficaz salvaguarda, en la medida que marca límites a la jurisdicción del César.

No se trata de que existan dos conceptos de libertad, y que cada cual elija el que prefiera, el de izquierdas o de derechas. La libertad como poder que tiende a infinito se distingue de la libertad como interferencia que tiende a cero, en que la primera por definición no tiene un punto de llegada, mientras que la segunda sí. O dicho de otro modo, la aspiración máxima de la izquierda es irrealizable, mientras que al modesto ideal de la derecha nos podemos acercar razonablemente. Para la izquierda, la libertad es una consecuencia del progreso, mientras que para la derecha, es un punto de partida. Al separar la plena libertad de la plena felicidad en un mundo utópico, hace que la primera, al menos, sea más alcanzable. En cambio, los “progresistas”, al unir la suerte de ambas (llamen a la felicidad igualdad, o como quieran), terminan por no conseguir ni la una ni la otra. Es decir, arruinan el progreso que tan apasionadamente dicen defender, por culpa de sus quiméricas aspiraciones maximalistas.

Libertad infinita (1)

Según explicó Norberto Bobbio en su libro Derecha e izquierda, la derecha prima la libertad sobre la igualdad, mientras que la izquierda procede al revés. Pero aunque Bobbio era un pensador de izquierdas, la inmensa mayoría de sus correligionarios pensarán que eso sería conceder demasiado. Ellos dirían que la izquierda defiende los valores de la libertad y la igualdad, mientras que la derecha es el autoritarismo y la desigualdad. Cualquier otro análisis más ponderado les viene a chafar su historieta preferida de buenos y malos, débiles y poderosos, ricos y pobres.

Por si alguien pensara que yo también incurro en una caricatura de la izquierda, vean el vídeo de esta entrevista a José Luis Sampedro (minutos 33:30 a 47:24) si es que son capaces de soportar durante casi un cuarto de hora una mera sucesión de los tópicos más sonrojantemente simples y vacíos. (Lo que no es óbice para que se eche un capote a la política de recortes presupuestarios de Zapatero: Podría servir perfectamente como spot para la campaña electoral del PSOE.)

Vean también con qué fidelidad resume Enrique Gil Calvo, sociólogo de guardia de El País, la idea de Bobbio:

“Como resulta notorio y recordó hace algún tiempo Norberto Bobbio, la principal frontera ideológica entre derecha e izquierda es precisamente la actitud ante la igualdad social y económica: la izquierda apuesta por garantizar la igualdad de oportunidades mientras la derecha opta por favorecer la desigualdad de retribuciones como palanca de creación de riqueza.”

De libertad, sencillamente ni habla. Debe ser que leyó a Bobbio en diagonal. Por lo demás, todo el artículo es un repertorio de falacias y medias verdades escasamente originales. Bien es cierto que para la izquierda, la libertad se identifica prácticamente con el nivel de renta, y también con la ausencia de normas. Para ella, libertad no es actuar sin interferencias arbitrarias, sino poder hacer cosas: Cuantas más, más libertad. En este sentido, un rico tiene más libertad que un pobre, porque puede permitirse el hotel de cinco estrellas, o mandar a estudiar al hijo a Estados Unidos, mientras que el pobre se tiene que conformar con un hotelucho, o ninguno, y enviar a su hijo a la escuela pública del barrio. Y también es más libre la mujer que puede abortar, la persona que puede prestar asistencia a un suicida o, en el futuro, la sociedad que pueda clonar seres humanos sin trabas religiosas o morales.

El problema de este concepto de libertad es que siempre habrá infinitas cosas que no podemos hacer. La libertad sería algo que se incrementa con el progreso (“extensión de derechos”), asociado tanto con la innovación tecnológica (particularmente la biomédica) como con la erradicación de los “prejuicios”. Pero el ser humano por definición está limitado, nunca tendrá un poder infinito. De ahí que toda libertad, así entendida, sería relativa. Y también que existirían muchos tipos de libertad, según se valore más poder hacer unas cosas u otras. Habrá quien dirá que expresar opiniones críticas contra el gobierno, o tener acceso a la propiedad privada, es menos importante que la educación o la sanidad gratuitas. De aquí a justificar regímenes dictatoriales como el cubano (y siendo extraordinariamente generosos con la ínfima calidad de sus servicios públicos) no hay más que un paso, que muchos efectivamente dan. El concepto izquierdista de libertad no permite en realidad medirla con arreglo a una escala lineal, de ahí que fácilmente caiga en relativizar las violaciones de los derechos humanos. Es capaz de poner en un mismo plano las dificultades de llegar a fin de mes que padecen muchas personas en los países desarrollados, y la represión política que se produce en otros lugares del mundo, con frecuencia en nombre de ideas de izquierdas.

Sería entrar en un debate bizantino tratar de determinar si es más grave la pobreza o la falta de libertades políticas. La cuestión es que se trata de cosas distintas, cuyas causas a menudo no tienen nada que ver, si bien es cierto que la opresión estatal favorece mucho más la pobreza que no la prosperidad. Los izquierdistas, sin embargo, partiendo de su concepto de libertad, sistemáticamente confunden una cosa con otra. Para ellos, la pobreza es siempre, por definición, una forma de opresión. Por eso Sampedro, en el vídeo enlazado, habla de los poderes económicos que “nos oprimen con la bota”, metáfora que sería más apropiada para referirse a una dictadura militar.

El concepto de libertad de la derecha (en la medida en que no está contaminada por el concepto anteriormente expuesto, cosa desgraciadamente muy corriente) se basa no en la idea de poder, sino en la de elección. Somos libres cuando podemos elegir entre más de una opción. La libertad no se mide por el número de opciones, sino por el grado de interferencias arbitrarias, originadas en la voluntad de un tercero, que obstaculicen nuestra elección. Podemos ser plenamente libres aunque pobres, y esclavos aunque ricos. Esto no debe confundirse con el concepto estoico de “libertad interior”. Hablamos de nuestras acciones, no meramente de nuestros pensamientos. La libertad absoluta es inimaginable en el sentido izquierdista, porque no podemos tener un poder infinito. Siempre, sea cual sea el grado de avance tecnológico, habrá infinitas cosas que no podremos hacer. De hecho, los “progresistas”, ya antes de entrar en ensoñaciones utópicas, a menudo nos lo recuerdan, cuando condenan el “liberalismo salvaje” y demandan mayores regulaciones.

[Ver 2 y última.]

viernes, 22 de abril de 2011

Salvaje desinformación sobre Hungría

El parlamento de Hungría ha aprobado la nueva Constitución que entrará en vigor en 2012. El texto legal, que se inicia con las palabras "Señor, bendice a los húngaros", reconoce en su preámbulo el legado cristiano en la historia del país magiar; establece que el matrimonio se entiende como "la unión conyugal de un hombre y una mujer" (art. K, 1); y sostiene en su artículo II lo siguiente: "La dignidad humana es inviolable. Todo el mundo tiene derecho a la vida y a la dignidad humana; la vida del feto será protegida desde el momento de la concepción."

Naturalmente, en los medios progres, esto ha sentado como un tiro. Afirmar que el cristianismo ha tenido algún papel en la historia de un país europeo, que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, y que la vida de un feto indefenso merece ser protegida, es una osadía que en nuestra sofisticada civilización ofende al buen gusto. Se diría que apenas es necesario argumentar por qué, que bastaría con transcribir estas opiniones entrecomilladas para que cualquier persona culta y avanzada de nuestros días las condene como inconvenientes y oscurantistas.

Sin embargo, parece como si en El País no estuvieran tan seguros de que la gente va a pensar lo correcto ante el "desafío" de Hungría. Aunque más bien creo que el odio hacia todo lo que suene a reivindicar la moral judeocristiana les envenena el alma. De otro modo no se explica, incluso para lo que es habitual en este periódico, la campaña tan agresiva de propaganda que han iniciado contra la nueva Carta Magna húngara, una campaña que no retrocede ante los trucos más sucios de la desinformación.

¿Agresiva? Juzguen ustedes: Constitución "salida del XIX", "Estado étnico, confesional y monolítico", retroceso "hacia el pasado, hacia aquella época de Europa en que se apagaron las luces" (aquí), "Hungría antediluviana", "cheque en blanco para la violación de los derechos humanos", "una antología de la discriminación contra el ser humano"... (aquí.) Y esto es solo un aperitivo.

¿Trucos sucios? Desde luego, si de "antología" hablamos, el artículo del blog de Lluís Bassets y el editorial de El País de ayer deberían entrar en cualquier selección de mentiras burdas e intoxicaciones al servicio de la ideología, y estudiarse en las facultades de periodismo como ejemplo de las prácticas en las que jamás se debería incurrir. A continuación voy a analizar con detalle en qué pretenden basarse las expresiones tan desmesuradas utilizadas por este periódico.

Dice El País (EP) que la nueva constitución húngara (CH) cae en el "autoritarismo" pues "viola la separación de poderes al poner al ejecutivo por encima del judicial y el legislativo". En realidad, la CH dice explícitamente que "El funcionamiento del Estado húngaro se basará en el principio de la separación de poderes." (C, 1.) EP basa su contundente apreciación en que el texto legal restringe la capacidad del Tribunal Constitucional de inmiscuirse en materia presupuestaria. Cosa que, por cierto, les molesta mucho porque el texto legal introduce además un límite al déficit público, qué horror. Según un indignado Bassets, se pretende también prejubilar a "los jueces más expertos del país" a los 62 años. Es decir, casualmente, aquellos que han desarrollado su formación y su carrera en la etapa comunista, que como todo el mundo sabe, fue una brillante época para el derecho y la justicia.

Solo hay un elemento de la CH que podría abonar la acusación de autoritarismo, y es que se prevé la regulación, sin entrar a desarrollarla, de los medios de comunicación, cosa que por lo demás ya hace tiempo que baraja el gobierno español del PSOE, y que se aplica en Cataluña, que cuenta con un Consejo Audiovisual con capacidad de imponer sanciones y cerrar medios. De todos modos, es difícil que esa regulación en Hungría pueda desembocar legalmente en amenazas a la libertad de expresión, de opinión y de prensa, explícitamente reconocidas en el artículo VIII.

Por último, en relación a este punto, EP destaca que se necesitará el voto de 2/3 de los diputados para reformar la constitución y las "leyes orgánicas" (en la versión inglesa de la CH, "Cardinal Acts"), lo que interpreta, no sin cierta razón, como un intento del partido gobernante Fidesz de blindar sus reformas. A título de comparación, según el artículo 167 de la Constitución española, se necesitan mayorías de 3/5 en las dos cámaras (en Hungría solo hay una) para la reforma constitucional: El 60 % frente al 66,67 % de la CH. Y en caso de no conseguirse esta mayoría, bastará con una mayoría absoluta en el Senado, pero 2/3 en el Congreso, al igual que en el país magiar. Bien es verdad que, si una constitución y su desarrollo normativo requieren mayorías cualificadas para su reforma, difícilmente podrán prosperar proyectos legislativos radicales como las leyes de ingeniería social puestas en marcha por el PSOE, sin contar con el partido que representa a cerca del 40 % de los votantes. Se entiende que la idea inquiete tanto a EP.

EP pretende trazar una pintura verdaderamente siniestra del régimen democrático húngaro a base de acumular inexactitudes, falsedades y burdas insinuaciones sobre supuestas violaciones de los derechos humanos, e incluso connivencias con la ultraderecha y el régimen fascista anterior al comunismo. Así, se cuestiona sin aducir argumentos que el principio de igualdad ante la ley se mantenga en la nueva CH, pese a que en este aspecto es irreprochable y hasta políticamente correcta. El artículo XIV, tras decir que se garantizan los derechos fundamentales sin discriminación por razón de "raza, color, sexo, discapacidad, lengua, religión, opinión política u otra, origen nacional o social, riqueza, nacimiento o cualquier otra circunstancia en absoluto", por si quedara alguna duda, añade: "Las mujeres y los hombres tendrán iguales derechos". Y en el siguiente párrafo abre la puerta incluso a las políticas igualitaristas que tantas veces degeneran en un exceso de intervencionismo, siempre saludado con entusiasmo por los medios progres como EP: "Hungría promoverá la realización de la igualdad de derechos con medidas dirigidas a eliminar la desigualdad de oportunidades."

En un ejemplo de manipulación desvergonzada, el editorialista de EP apunta en la cuenta de las "discriminaciones" la restricción del voto de los mentalmente incapaces, cosa que el artículo XXI, 4 efectivamente propugna, pero siempre que lo dictamine un juez. Medida de impecable sensatez, que en todo caso no demuestra más que respeto por el valor del voto, y que si aquí no existe, haríamos bien en importar. Al igual que el artículo IX, 2, según el cual, solo los científicos, y no el Estado, pueden decidir "en cuestiones de verdad científica". Es decir, ningún gobierno puede en adelante perseguir disidentes bajo el pretexto de supuestos trastornos mentales, como hizo el régimen comunista. Dicho sea de pasada, la CH prohíbe también las prácticas eugenésicas y la clonación de seres humanos. (Art. III, 2.)

¿Será entonces verdad que la CH pretende implantar un Estado confesional, como dice Lluís Bassets, basándose en el reconocimiento de la herencia cristiana en el preámbulo constitucional? Pues tampoco, porque el artículo VI consagra la "libertad  de pensamiento, consciencia y religión", así como la separación de Estado e iglesias, sin negar las relaciones de cooperación.

Queda entonces la acusación de "Estado étnico" que no respeta las minorías nacionales. Hungría adopta el modelo germánico de nacionalidad, según el cual es ciudadano húngaro todo descendiente de húngaros, incluso aunque haya nacido fuera del país. Pero salvo que consideremos a Alemania como un "Estado étnico", deberán buscarse otras razones para conferir este calificativo al país magiar. En cuanto a los derechos de las minorías étnicas a conservar su lengua, cultura, e incluso dotarse de instituciones de autogobierno, son explícitamente reconocidos en el propio preámbulo, y en los artículos H y XVIII. Sin embargo, EP insiste en esta vía, y trata pérfidamente de relacionar al partido gobernante con los ataques a gitanos perpetrados por las milicias del partido ultraderechista Jobbik, pese a que esta formación (antisemita, por más señas) ha votado en contra de la CH.

Bien, al menos, la CH será antieuropea y xenófoba, cosa que también suena muy fea. Pero tampoco la lectura del texto constitucional permite fundamentar tal cosa. Las palabras "Europa" y "europeo" aparecen 17 veces en un texto de 37 páginas. En el artículo E, 1 se dice que "Hungría contribuirá al objetivo de la unidad europea, en la búsqueda de mayor libertad, bienestar y seguridad para los pueblos de Europa." En cuanto a la supuesta xenofobia, abundan también en la Carta Magna expresiones de respeto a todos los pueblos y culturas del mundo (art. P), se prohíbe la expulsión de extranjeros sin que haya justificación legal para ello, y se concede el derecho de asilo a toda víctima de persecución por razones políticas, religiosas o étnicas, siempre que no encuentre protección en cualquier otro país (art. XIII). Una ley alejada de quijotismos irrealizables, de los que aquí tanto sabemos, pero que difícilmente se puede tachar de xenófoba.

En definitiva, todo el catálogo de improperios que EP le dedica a la CH se asemeja a una pataleta infantil, provocada por que uno de los gobiernos con mayor respaldo democrático de Europa (cuyo líder, Viktor Orban, exigió elecciones libres y la retirada del ejército soviético en 1989, y encima no se avergüenza de la fe cristiana -el nombre del partido Fidesz significa "fe"), ha osado legislar de acuerdo con los principios que defendió ante sus votantes. El grado culminante de ridiculez lo alcanza EP en el editorial varias veces citado, cuando para concluir finge escandalizarse porque la CH declara al pueblo húngaro inocente de los crímenes cometidos por fascistas y comunistas. EP reprocha a "Orban y los suyos" que se "autoexoneren" de la persecución de los judíos bajo el régimen de Horthy, muerto en Portugal... seis años antes de que naciera Orban, en 1963. Que los lectores de EP no conozcan el texto de la CH les puede "exonerar" de que se traguen las manipulaciones de su periódico favorito. Pero si admiten sin pestañear la connivencia del actual gobierno de Hungría con el régimen fascista que desapareció en la Segunda Guerra Mundial, es que les importa muy poco que les falten al respeto.

Nota: El texto de la versión inglesa de la CH que he manejado procede del sitio web del parlamento de Hungría, con fecha del 14 de marzo, y podría no ser el definitivo, aprobado hace pocos días. Pero no creo que haya variado sensiblemente. Puede descargarse en pdf aquí.