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sábado, 21 de febrero de 2015

La brecha de género y otros cuentos

Este domingo 22 de febrero, los medios de comunicación intensificarán la dosis habitual de cháchara victimista sobre las mujeres oprimidas por esta sociedad machista en la cual todavía queda mucho por hacer para que reine una plena igualdad entre los sexos y bla, bla, bla. El pretexto será esta vez la celebración del Día Internacional por la Igualdad Salarial. En los medios convencionales, especialmente televisiones y prensa de papel, no se escucharán ni leerán apenas voces discrepantes. Como mucho, cautelosas matizaciones, acompañadas de nerviosas declaraciones de ortodoxia feminista.

Por suerte, este es mi blog y digo lo que me da la gana, al menos mientras no gobierne el de la coleta. Y lo que afirmo es que la ideología de género es una enorme patraña fundada sobre mitos como la brecha salarial, el techo de cristal o la violencia de género.

Existen por desgracia crímenes machistas, y de hecho los asesinatos de mujeres cometidos por individuos de religión musulmana, sobre todo cuando son parientes biológicos de las víctimas, suelen tener esta característica. Ahora bien, los informativos dan rutinariamente por sentado, antes de ninguna investigación, que toda mujer asesinada por su pareja o expareja ha sido víctima del machismo, es decir, de unas vagas ideas del agresor que girarían alrededor de una especie de derecho corporativo de dominio o control del hombre sobre la mujer.

Sin duda, en muchos de estos odiosos crímenes hay implicados sentimientos de celos posesivos. Pero los sentimientos no son ideas –lo cual no los hace más disculpables. Sostener que el hombre que mata a su mujer o exmujer por celos lo hace porque se siente de algún modo legitimado para hacerlo, en nuestra sociedad occidental, es una hipótesis pendiente de verificar. En realidad, los ideólogos del género no suelen entrar en demasiadas precisiones psicológicas. Les basta con pronunciar las palabras “machismo” y “homofobia” para que verdaderas barbaridades morales y jurídicas se conviertan en una urgente necesidad nacional. Así se llega a lesionar la igualdad ante la ley (en perjuicio del hombre o el heterosexual), la libertad educativa de los padres que se resisten a que se inculquen a sus hijos las ideas más radicales sobre la deconstrucción del género y el homosexualismo, y la libertad de expresión, cada vez más atenazada por el temor a las acusaciones de machismo u homofobia. (Más detalles aquí.)

Lo más grave es que el propio derecho a la vida queda supeditado a un aberrante “derecho” de la mujer a abortar, última consecuencia lógica de querer establecer el igualitarismo por la fuerza. Puesto que los hombres tienen la “suerte” de no quedarse embarazados, para igualar a las mujeres con ellos basta con autoconvencernos de que un ser humano en edad embrionaria o fetal es un mero tejido del que podemos desprendernos sin remordimientos, por un mecanismo psicológico comparable a aquel mediante el que los nazis llegaron a persuadirse de que los judíos eran infrahumanos.

Pero vayamos al tema del día, la llamada brecha salarial entre sexos. En la OCDE, los salarios medios percibidos por hombres y mujeres arrojan una diferencia del 15 % a favor de los primeros. Para el socialfeminismo, la explicación es evidente: las mujeres están injustamente discriminadas. Sin embargo, un análisis más detenido de las estadísticas demuestra que no es cierto que las mujeres cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. Hay varios factores a tener en cuenta, como una mayor proporción de mujeres que trabajan en jornadas de tiempo parcial (peor pagadas a ambos sexos) o que hombres y mujeres tienden a elegir distintos tipos de profesiones. Por supuesto, los ideólogos del género (llamados “expertos”, en lenguaje periodístico) aseguran que ello no es debido a una elección libre de las mujeres para conciliar mejor la vida laboral y familiar, o simplemente para hacer lo que les gusta, sino que han interiorizado un estereotipo sexista que las lleva a asumir como propios el cuidado de la familia y determinadas tareas asistenciales.

También parece que las mujeres tienden a no empeñarse tanto como los hombres en alcanzar puestos directivos, ya sea porque estos comprometen el tiempo dedicado a la vida familiar con más reuniones, viajes, etc., o simplemente porque les gusta competir menos. Los “expertos”en cambio se refieren a esa menor presencia de las mujeres en altos cargos como el “techo de cristal”, o el postulado de que existe una sutil presión patriarcal para que las mujeres disfruten de menos poder que los hombres en empresas e instituciones.

¿Cual es la explicación correcta? ¿Eligen las mujeres libremente sacrificar sus ingresos laborales porque tienen su propia escala de valores, distinta a la masculina? ¿O lo hacen condicionadas por las inercias machistas que les asignan determinados roles? Que países como Estados Unidos, Alemania o Suiza tengan unas brechas salariales mayores que las de España, Portugal o Grecia es interpretable, en principio, de las dos maneras. O bien los estadounidenses, alemanes y suizos son más machistas que los españoles, portugueses y griegos, o bien sería algo que tiene que ver con las diferentes densidades del tejido industrial de unos países y otros, que acentúan los efectos de las predilecciones de cada sexo. (Fuente: OCDE.)

Acaso las mujeres tratan de conciliar la vida laboral y familiar, y se decantan más hacia los idiomas que hacia la informática, sencillamente porque es su manera de ser, en gran medida innata; no porque de niñas hayan sido adoctrinadas con muñecos de bebés gorditos regalados en Navidad. Para sostener esto último, debería al menos tratar de probarse experimentalmente. El problema de la corrección política, en cuestiones de sexo y otras, es que ha sustituido los criterios de objetividad por los emocionales; “ha subordinado la verdad objetiva a una virtud subjetiva.” (Anthony Browne, The Retreat of Reason.)

No se trata de negar la existencia de prejuicios culturales. Pero la cuestión es: ¿de dónde surgen los prejuicios? ¿Son de origen puramente cultural, o tienen una base biológica? En general: ¿los estereotipos, sobre cualquier tema, son siempre necesariamente falsos y por tanto perniciosos?

Respondiendo a la última pregunta, mi opinión es que un estereotipo sólo es rechazable cuando afecta a un individuo, no a un colectivo. Sería injusto que se rechazara a una mujer (o a un hombre) que optara a un determinado empleo por su sexo, pero no es en sí mismo injusto, ni necesariamente consecuencia de una injusticia, que en muchas profesiones no haya paridad. Es verdad que los tópicos pueden nublar el juicio de un seleccionador de personal, pero la solución no es prevenir esa hipotética injusticia imponiendo una sistemática y segura injusticia de sentido opuesto, como es la discriminación positiva.

Las políticas bienintencionadas que pretenden facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar (más guarderías, permisos de paternidad, etc.) son en sí mismas benéficas, siempre que no se impongan coactivamente. Pero cuando se justifican con el argumento de que hay que promover la paridad, no se hace más que reforzar el mensaje de la lucha de sexos, como si la desigualdad salarial fuera en sí misma una forma de opresión patriarcal, y no simplemente un reflejo de diferentes estilos de vida, libremente elegidos.

¿De dónde procede la ideología de género? Yael Farache, en un brillante ensayo titulado “Por qué ya no soy feminista” sostiene que el feminismo es una creencia irracional, que se enmarcaría, junto con el marxismo, el democratismo o el animalismo, en un “racimo de creencias que están inscritas dentro del marco del universalismo”. Farache considera que el universalismo tendría su origen último en el cristianismo, una de cuyas ideas fundamentales es que “todos somos iguales”. Desde luego, es esta una sentencia manifiestamente falsa si se refiere a cuestiones de hecho, pero su significado es mucho más profundo: se refiere a la igual dignidad de todos los seres humanos, entendidos como criaturas de Dios. Es posible que el feminismo o el socialismo tengan su origen remoto en esta idea, pero si es así, hay que decir que la han deformado hasta niveles caricaturescos.

Según Farache, ante una idea irracional de tipo religioso, en Occidente estamos protegidos contra sus efectos gracias a la separación entre la Iglesia y el Estado. Pero esto –observa sagazmente– no sucede cuando la irracionalidad es de tipo secular. Dice la bloguera:

No estamos protegidos contra las creencias irracionales de origen secular porque la diferencia que hacemos entre las creencias religiosas y las que no lo son es dramática y nos dificulta entender lo parecidas que son, en lo práctico son la misma cosa.

Creo que el problema no es de racionalidad o irracionalidad, sino de verdad o mentira. En la época moderna, Occidente ha sustituido la cuestión sustantiva acerca de la verdad por una cuestión formal sobre la racionalidad. No estoy muy seguro de que hayamos ganado gran cosa con ello. La charlatanería (desde el ocultismo hasta las supersticiones sociopolíticas como el marxismo) sigue proliferando como en el pasado. Pienso que acierta Farache cuando dice que la separación entre Iglesia y Estado es una protección, pero no porque nos permita librarnos de la religión, sino porque impide la imposición de cualquier pensamiento único, no sólo el religioso. El problema es que si eliminamos virtualmente a la Iglesia, ya no tiene sentido hablar de separación, y por tanto nada impide la imposición. ¡El Estado queda peligrosamente solo en el escenario! Se olvida demasiado fácilmente que no se trataba solamente de preservar al poder temporal de la intromisión del espiritual, sino también al revés. Una Iglesia soberana es una poderosa garantía de que el César se extralimite menos fácilmente en sus funciones, tratando de establecer su propia religión de Estado, aunque no la llame religión.

Después de todo, pese a su agnosticismo de partida, Farache reconoce que el feminismo es una variante del marxismo cultural, cuyos fines declarados eran, y son, destruir el cristianismo y la familia, para poder realizar la revolución. Su ensayo termina con un valiente alegato a favor de la familia como núcleo fundamental de resistencia contra el poder político, atreviéndose a cuestionar el mayor tabú de todos –que realmente la incorporación de la mujer al mercado laboral, e incluso el sufragio femenino, hayan sido una liberación. Tampoco es casual que la concepción de la familia como una unidad por derecho propio (y no un mero agregado convencional de individuos) sea la que siempre ha defendido el catolicismo. Y la que seguirá defendiendo mientras no decida “modernizarse”, es decir, rendirse ante el César.

martes, 19 de agosto de 2014

Cómo funciona el pensamiento progresista

El Ministerio del Interior ha publicado en su web unos consejos dirigidos a mujeres para prevenir violaciones. Entre ellos, algunos tan elementales como no hacer auto-stop, no recoger a desconocidos, no transitar por lugares solitarios o echar las cortinas al anochecer. (También alguno que se presta al chiste paleto, pese a su sensatez práctica, como tener a mano un silbato para una llamada de auxilio.) Cualquier persona con un mínimo sentido común puede comprender que los paseos nocturnos por descampados son una conducta de riesgo, o que tener las persianas subidas con las luces encendidas supone exponerse al voyeurismo.

El feminismo histérico no ha tardado en mostrar su indignación en las redes sociales. Por citar sólo un ejemplo, la socialista Carmen Montón acusa al gobierno, en su cuenta de Twitter, de "meter miedo, culpabilizar a las mujeres y eludir responsabilidades". No sabemos si doña Carmen también cree que el gobierno trata de asustar y de culpabilizar a los ciudadanos cuando les aconseja no hacer ostentación de riqueza o no abrir a desconocidos, con el fin de prevenir robos. En cualquier caso, lo interesante de este tipo de reacciones es que ilustran claramente cómo funciona el pensamiento progresista, del cual forma parte el feminismo.


Para el progresismo, todo mal es siempre de naturaleza social, y por tanto, no hay remedio que no sea colectivo. Si hay mujeres violadas o maltratadas, no bastaría con juzgar y castigar a los culpables, ni con medidas de autodefensa, porque la causa de estas conductas no se originaría simplemente en la maldad del violador o el maltratador. En realidad, toda la sociedad sería culpable, al persistir en una supuesta cultura machista que discriminaría sutilmente a las mujeres desde niñas. No importa que la experiencia y el sentido común contradiga esta tesis, que las mujeres occidentales del siglo XXI accedan con total igualdad de oportunidades a los estudios superiores, a las fuerzas de seguridad, a la judicatura, al periodismo, a la medicina, a la política, ni que la mayoría de personas normales acostumbren a respetar por igual a todo el mundo, con independencia de su sexo. El pensamiento progresista no dejará que la realidad le estropee sus prejuicios, y gracias a su hegemonía en los medios de comunicación, le basta con llevar el recuento anual de mujeres asesinadas a manos de hombres (pero no el de hombres asesinados por mujeres, mujeres asesinadas por mujeres, ni hombres asesinados por hombres) para crear un clima de guerra de sexos, de una lucha contra un enemigo implacable que debemos librar con más recursos y más leyes coercitivas; incluso, si es necesario, limitando la libertad de expresión.

Pues no se trata sólo del PSOE. El PP se apunta con entusiasmo a la paranoia colectiva contra el "machismo", cuando de derrochar dinero público, restringir libertades y ponerse la medalla de feminista se trata. El progresismo es la ortodoxia de nuestro tiempo, y quien sólo aspira a permanecer en el poder deberá navegar a favor de la corriente. Por eso no me extrañaría que las recomendaciones de la web de Interior acabaran siendo retiradas discretamente. Tampoco importaría mucho. Todos los padres sensatos aconsejarán cosas parecidas a sus hijas, y de hecho son ellos quienes principalmente deben hacerlo, no ningún gobierno.

El problema es cuando el progresismo se convierte en una neolengua fuera de la cual es imposible pensar, y la negación de la realidad empieza a confundirse con un derecho. Cuando eso ocurre, la realidad siempre termina vengándose. La permisividad sexual y el egoísmo disfrazado de estoy-en-mi-derecho envenenan muchas más relaciones de pareja, se multiplican los malentendidos, los agravios mutuos, los celos, el sufrimiento... Y entonces las cifras de violencia doméstica (¡oh, sorpresa!) no sólo no disminuyen, sino que incluso aumentan. Pero el progresismo jamás reconocerá que pueda haberse equivocado. Momentáneamente desconcertado por las conductas y opiniones de los más jóvenes, refractarias a su paternalismo, no tardará en decir que aún queda mucho por hacer, que el enemigo aún no ha sido vencido, que hace falta más "sensibilización" (léase: dinero y burocracia) y "tolerancia cero" (léase: limitar derechos individuales y destruir la igualdad en nombre de la igualdad, discriminando al hombre.)

Algunos nos negamos a aceptar que el mal sólo puede combatirse desde la política. Creemos que los seres humanos pueden buscar la felicidad y el perfeccionamiento moral sin esperar a que su clase social, su sexo, su raza, su nación o la humanidad entera sean redimidos por gobernantes investidos de poderes cada vez menos limitados, por una aplicación del derecho cada vez más "alternativa". O sin esperar que en un futuro se resuelva radicalmente cualquier problema de relaciones entre individuos de distinto sexo mediante la biotecnología, creando una nueva especie humana andrógina -y de paso sometida a sus diseñadores. No aceptamos el chantaje de salvadores que (a diferencia del pastor de la parábola evangélica, que deja a su rebaño por buscar a una sola oveja perdida) exigen siempre el sacrifico de los individuos en el altar de la colectividad. A estos falsos mesías no les importa el pobre que sale adelante con su esfuerzo, la mujer que destaca gracias a su talento. Desdeñan estos casos "anecdóticos" porque contradicen sus estribillos preferidos, y no dudarán en denigrar a la mujer que brilla en cualquier ámbito sin renunciar a su feminidad ni valerse del fácil recurso victimista. Ellos requieren fieles agradecidos, que les deban un subsidio, un puesto de cuota, un reconocimiento baratos. Necesitan abonar el resentimiento de quienes culpan a otros de sus frustraciones; de quienes eluden su responsabilidad individual y aceptan con ello que el gobierno se haga gustosamente cargo de todo, desde la cuna hasta la tumba.

sábado, 17 de mayo de 2014

El crimental sexista

Una joven atractiva se pasea por las calles de Bruselas, recibiendo a su paso desde piropos hasta proposiciones sexuales explícitas de hombres de aspecto magrebí. Todo ello es grabado en vídeo y el resultado se convierte en una denuncia. ¿Una denuncia contra el multiculturalismo, contra la inmigración descontrolada, contra la escasa capacidad de adaptación de los musulmanes a la cultura occidental? En absoluto; se trata de un alegato "contra el sexismo".

El lector haría mal en tomárselo a broma, porque este vídeo ha sido utilizado como pretexto propagandístico para avalar la definición legal de sexismo en Bégica, nada menos. En el país en el que ya es posible administrar legalmente la eutanasia a los niños (aberración saludada por algunos como avanzadilla pionera, tras la cual los demás países civilizados deberían transitar), un piropo podrá ser multado, y "todo gesto o comportamiento que tenga la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad" puede entrañar una sanción penal. Las cursivas son mías: nótese el amplio margen de interpretación, en manos de jueces ideologizados.

Hablar aquí de "neopuritanismo" sería un error típico. Quienes pretenden aplicar leyes contra la libertad de expresión no hacen la menor alusión a la decencia y el pudor, conceptos que permiten distinguir perfectamente entre un halago masculino respetuoso y la lascivia repulsiva de quienes se toman la calle como su particular coto de caza sexual. Es más, los amantes de crear nuevas figuras delictivas son exactamente los mismos que defienden la "visibilidad" de homosexuales y transexuales, y se amparan en el mismo clima de opinión que ha elevado las prácticas onanistas y todo tipo de perversiones a categoría de ejercicio lúdico, saludable y explotable comercialmente.

En realidad, el fenómeno de criminalización del varón forma parte inextricable del "ocaso del pudor" que aqueja a nuestra cultura desde los años sesenta, dentro del cual la decencia y la castidad pasan a ser consideradas como prejuicios caducos y, por supuesto, intolerablemente sexistas. Se equivocan también, por cierto, quienes sostienen que este "pudoricidio" ha beneficiado a los hombres, al multiplicar las posibilidades del voyeurismo masculino. Porque esto sólo se ha realizado al precio de poner en la picota al caballero que no afecta total indiferencia ante la masiva apoteosis de la corporeidad femenina que inunda nuestras calles y nuestros medios de comunicación.

La finalidad del antisexismo es evidente. El hombre es malo y debe ser reeducado. Hasta aquí, tendemos a estar de acuerdo, a condición de que se admita que el mejor instrumento que ha encontrado ninguna civilización para domesticar al macho es una institución llamada matrimonio, que implica al hombre en la crianza de los hijos ofreciéndole una razonable garantía de su paternidad biológica, al tiempo que consagra la igualdad entre los sexos. (Lo que no se da, por ejemplo, en la poligamia islámica.) Pero esta institución saltó por lo aires desde el momento en que triunfaron el divorcio ilimitado, las leyes de "género" que destruyen la igualdad entre hombres y mujeres (perjudicando claramente a los primeros), la legalización del aborto sin contar en absoluto con la opinión del padre y las ayudas sociales y legislativas a familias monoparentales (casi siempre de mujeres solas), homoparentales y cualquier tipo de arreglo informal que somete a los niños a los riesgos inherentes de la convivencia con los variados compañeros sexuales de sus madres "liberadas".

El resultado salta a la vista. Destruidos o al menos escarnecidos los cauces cristianos de un instinto biológico tan primario como el sexual, no queda otra alternativa que incrementar el nivel de coacción contra el hombre, ese ser sospechoso y errabundo.

Jean-François Revel, en su imprescindible clásico El conocimiento inútil, ofreció una caracterización de la función ideológica del antirracismo que, mutatis mutandis, se puede aplicar también a la paranoia antimachista. En los años ochenta eran constantes las proclamas contra el apartheid sudafricano, así como las advertencias contra una supuesta amenaza fascista y racista que se incubaba en las sociedades democráticas. Estas denuncias rituales permitían eclipsar mediáticamente la amenaza mucho menos anecdótica que suponía el régimen soviético, con sus millones de presos políticos, su apoyo a movimientos revolucionarios y terroristas en todo el mundo, y sus misiles nucleares apuntando a las ciudades occidentales.

El antisexismo realiza una función análoga. Mientras en numerosos países se lapida a las adúlteras, se practica el infanticidio femenino antes y después del parto, y se mata o secuestra a niñas por ir a la escuela, aquí resulta que nos rasgamos las vestiduras porque, según Cate Blanchett, las actrices cobran menos que los actores, y encima los periodistas tienen la impertinencia sexista de preguntarle cómo compatibiliza su carrera artística con el cuidado de sus tres hijos. ¡Horror de los horrores!

Los que sólo piropeamos a nuestras esposas, no tenemos nada que temer de una ley que penalice la galantería. Pero el problema de fondo es mucho más grave que una limitación de la libertad de expresión que, probablemente, en la práctica tendría escasas repercusiones. Lo que se ventila aquí es la distinción básica entre legalidad y moralidad. En las teocracias islámicas no existen la una ni la otra como ámbitos separados, lo cual conlleva una represión brutal del comportamiento individual. Pero en el Occidente que exhibe con pueril orgullo su irreligiosidad corremos el riesgo de llegar a un destino similar por un camino opuesto. De manera gradual, pero con efecto acumulativo, se está imponiendo, tanto en la mentalidad como en el derecho, la idea de que todo lo legal es, además, moral. Esto puede parecer liberador, pero implica la otra cara de la moneda. Convierte insensiblemente en ilegal (en un crimen mental, o crimental, por emplear el neologismo de Orwell en 1984) cualquier juicio moral que no tenga su correspondencia en la ley positiva, en la veleidosa voluntad del legislador.

Así, en Francia ya es legalmente arriesgado aconsejar a mujeres que pretenden abortar para que cambien de idea, pudiéndose incurrir en delito (sic) de "abortofobia". Y tanto en instancias europeas como nacionales, los grupos de presión gays-lésbicos trabajan sin descanso para imponer leyes contra la homofobia, que penalizarán cualquier opinión o creencia moral en contra de la homosexualidad, tachándola de intolerante. En realidad, sólo quien desaprueba moralmente algo puede ser tolerante con ello. Intolerantes son los homosexualistas que pretenden que para "respetarles" tenemos que pensar, y no sé si sentir, como ellos. En este paquete ideológico se incluye lo que hoy pasa por feminismo, que consiste básicamente en otra nueva forma de histeria colectiva, fenómeno social tan fácil de desencadenar como perversas suelen ser sus consecuencias.

sábado, 26 de abril de 2014

El encanallamiento de España

Una encuesta recién publicada por el Pew Research Center muestra las opiniones morales de los habitantes de un variado grupo de cuarenta países, entre los que se incluye España. Los encuestadores han preguntado a miles de personas de los cinco continentes si creen que el aborto, las infidelidades matrimoniales, el divorcio o la homosexualidad, entre otros temas, son moralmente aceptables, inaceptables o no son cuestiones morales.

Conviene señalar el inevitable sesgo ideológico que introducen encuestas como estas.

Tratar del aborto junto a la moral sexual, el juego y el consumo de alcohol ya supone, voluntaria o involuntariamente, una cierta toma de postura implícitamente proabortista. Uno puede tener ideas más o menos conservadoras en materia sexual, pero al final, se trata de lo que personas adultas hagan con sus vidas. En cambio, en el tema del aborto está en juego la vida de terceras personas indefensas, los seres humanos en gestación.

Es cierto que los proabortistas niegan el carácter personal de un ser humano hasta una determinada semana de embarazo. Pero pasar por alto esta cuestión supone una tácita aceptación de los argumentos abortistas, sin necesidad siquiera de exponerlos.

Sin duda, esto es lo mejor que les puede pasar a los abortistas, porque en definitiva, sus pobres argumentos se reducen siempre a lo mismo, a proponer definiciones ad hoc de persona para poder excluir de ellas a los seres humanos embrionarios o incluso en fase fetal.

Para que el aborto se pudiera tratar junto a los otros temas mencionados, sin con ello estar orientando sutilmente las respuestas, deberían incluirse preguntas análogas sobre la pedofilia o la esclavitud. El encuestador, sensatamente, da por sentado que las personas decentes no consideran estos temas siquiera discutibles. Pero por lo visto, sí debe ser discutible la moralidad de un genocidio anual de millones de seres humanos no nacidos.

Por otra parte, una expresión como "moralmente inaceptable" no es lo suficientemente precisa, pues según la cultura a la que pertenezca el encuestado, puede tener connotaciones muy distintas. Por ejemplo, en algunos países la gente piensa que es correcto perseguir e incluso condenar a muerte a los homosexuales. Un occidental, por el contrario, generalmente retrocederá horrorizado ante la idea de que se persiga a las personas por su orientación sexual. Pero ello no significa, necesariamente, que piense que la homosexualidad es una conducta perfectamente equiparable a la heterosexualidad, ni que tenga que estar de acuerdo con que cambiemos la definición de matrimonio para incluir las uniones de personas del mismo sexo. La encuesta tiende (lo reitero: no sé si de manera deliberada o no) a dividir el mundo entre las personas de "ideas avanzadas", y todas los demás, juntas y revueltas.

Por último, este tipo de ejercicios demoscópicos, al referirse a las creencias morales sin aludir a su plasmación en la conducta objetiva, favorecen la idea de que la moral es algo subjetivo. Puedo preguntarle a alguien si la infidelidad matrimonial le parece moralmente admisible. Y a continuación, puedo preguntarle si él o ella ha sido siempre fiel a su pareja. La respuesta a la primera pregunta no presupone en ningún caso la respuesta a la segunda, como se desprendería del mero hecho de que hubiéramos considerado necesario hacer las dos. En cambio, cuando omitimos la segunda pregunta, de algún modo estamos sugiriendo que ya está contenida en la primera. Esto significa que la gente tenderá a considerar automáticamente como moralmente aceptable lo que se ajusta a su conducta, es decir, que no existen principios independientes de lo fáctico, salvo en nuestra subjetividad.

Subyace aquí un cierto malentendido muy extendido. La mentalidad moderna considera que sería hipócrita plantear un determinado nivel de exigencia moral que uno mismo (o al menos la mayoría de la gente) no pueda cumplir en cualquier circunstancia. Pero la hipocresía es afirmar algo que no creemos; no tiene nada que ver con la distancia entre nuestros principios morales y nuestros actos. Existe hoy una tendencia casi irresistible a superar esa tensión entre el deber y el ser aboliendo el sentimiento de culpa y diciéndonos que aquello que no podemos lograr, sin un cierto esfuerzo de autodisciplina, no puede ser moralmente exigible.

A juzgar por los datos de la encuesta, los españoles nos hallamos totalmente bajo el influjo de esta mentalidad, que contrasta con dos milenios de sabiduría católica sobre el pecado, la tentación, el arrepentimiento y el perdón. Una comparativa entre los resultados medios de los cuarenta países y España se muestra en la siguiente gráfica, que he elaborado a partir de ellos:


Los españoles desaprueban mayoritariamente la infidelidad, probablemente porque su idea de ella apenas tiene ya nada que ver con el mucho más exigente concepto de adulterio, prácticamente borrado de la consciencia colectiva. Para ser fiel basta con no tener a la vez más de una compañía sexual, lo que es compatible con coleccionar una distinta al año, al mes o a la semana.

Son también los españoles campeones mundiales en lo que consideran -equivocadamente- "tolerancia" hacia la homosexualidad. (Sólo se puede tolerar lo que se desaprueba.) Significativamente, nos siguen de cerca los alemanes. Esto sugiere que el lobby gay ha triunfado implantando la noción de que la desaprobación moral de la homosexualidad es sólo el primer paso para tratar a los homosexuales como hacían los nazis, falacia que causaría los mayores estragos en el pueblo más deseoso de lavar sus culpas al respecto.

Los españoles son además quienes menos desaprueban moralmente el divorcio, y también el país católico (después de Francia) más permisivo con las relaciones sexuales entre solteros y con el uso de anticonceptivos. Insisto: la encuesta habla de las creencias, no de las conductas. En todas partes, hombres y mujeres tratan de practicar el sexo por encima de normas e instituciones, desde que el mundo es mundo. Pero no debemos olvidar que la moral y la estadística son cosas distintas.

El fruto más desgraciado de la ruptura con la moral tradicional es la proliferación del aborto. Los hispanoamericanos lo consideran inaceptable en igual o superior medida que la media de cuarenta países. En Italia, lo condenan más del 40 % de los ciudadanos. Incluso un 44 % de los rusos, tras setenta años de adoctrinamiento ateo, sigue desaprobando que se mate a seres humanos en el vientre materno. En nuestro país sólo lo ven mal un 26 %, uno de cada cuatro ciudadanos.

Con frecuencia se alude a la ley del péndulo para explicar este fenómeno. España habría pasado del nacionalcatolicismo al encanallamiento actual en virtud de ese principio. Creo que hay algo de cierto en esta idea, aunque su formulación en términos mecánicos resulte especialmente miope. No se trata de que exista una especie de fuerzas históricas a las cuales los individuos no podríamos sustraernos. Los hechos morales sólo pueden tener una explicación moral, salvo que neguemos la esencia misma de la moralidad. Los españoles hemos roto con nuestra tradición, nos hemos avergonzado durante años de nuestro pasado, al amparo de un acomplejado antifranquismno retrospectivo que no es más que la cobertura de una hispanofobia que arrasa con todo, remontándose hasta los mismos orígenes cristianos y visigóticos de la nación.

Una nación, como un individuo, debe plantearse objetivos arduos, que la obliguen a superar el nivel de la mediocridad. Nadie dijo nunca que la moral católica fuera fácil. No es seguro en absoluto que los países que con mayor claridad desaprueban el aborto o la promiscuidad sexual, sean los más consecuentes en sus costumbres. Sí es seguro que se respetan mucho más a sí mismos, pues no renuncian a tratar de ser mejores de lo que son.

viernes, 21 de marzo de 2014

Los progres no cambian

El progresista es una persona con gran fidelidad a determinadas ideas y recetas, por muchas veces que los hechos se empeñen en contradecirlas. Así, por ejemplo, es admirable cómo se aferra a la idea de que la violencia (y en particular el terrorismo) es una consecuencia de la pobreza, pese a los abrumadores indicios que la desmienten. Un progre de manual como George Lakoff, en su conocido opúsculo No pienses en un elefante, nos asegura que "si se acaba con esa pobreza, se acaba con lo que alimenta a la mayoría de los terroristas, aunque los terroristas del 11-S tenían dinero". Lo cual es como si yo digo que todos los bigotudos son tontos, aunque Einstein tenía bigote. Basta anteponer un "aunque" a cualquier hecho que venga a estropear mi teoría favorita, y ya puedo defender hasta que el socialismo es un sistema mucho más justo que el capitalismo, aunque sean los cubanos los que se empeñen en escapar a Florida y no al revés.

Otro ejemplo se refiere a los trágicos casos de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas masculinas. Los progres tienen ya una explicación previa a cualquier estudio empírico: estos asesinatos se deben a una cultura machista que pretende que la mujer debe limitarse a un papel de sirvienta doméstica. Así lo afirma al menos Miguel Lorente (expreboste del Ministerio de Igualdad) en un artículo titulado "Ellas están cambiando; ellos, no", donde nos asegura que "los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que «su mujer» debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo «una buena esposa, madre y ama de casa»".

Pasemos por alto el carácter desfasadamente paternalista del artículo ("las mujeres están cambiando"), como si la presencia femenina en la educación superior, en los tres poderes del estado, en los medios de comunicación y en general en todos los sectores económicos, fuera una "conquista social" de las dos legislaturas de Zapatero, tras el derrocamiento de la bigotecracia aznariana. Pasemos por alto también el entrecomillado del sintagma "mi mujer", como si cualquier otra expresión que no fuera "la ciudadana Paula" debiera ser investigada por la Policía del Pensamiento:

-¿Cree usted que una muñeca es un juguete adecuado para una niña?

-Bueno, no sé qué tiene que ver...

-¡Conteste sí o no!

Lo que no podemos pasar por alto es que el propio autor inicia su artículo con la confesión de un asesino, que reconoce que mató a su mujer porque rompió con él: "si me dejas te mato, le advertí". Esto por lo pronto es algo distinto de afirmar que ese sujeto mató a su pareja porque no estaba dispuesta a asumir un papel de sumisión. Puede que esa fuera a su vez la causa de la ruptura, pero sostener que esto es así en la mayoría de casos es una hipótesis que debe ser contrastada como cualquier otra. Lo que sí demuestran las estadísticas son dos hechos:

1) Un gran número de muertes de violencia doméstica se producen durante o después de una separación que el hombre se niega a aceptar.

2) La violencia de mujeres contra sus parejas masculinas no es ni mucho menos anecdótica, pese a que no tenga la misma repercusión mediática ni política.

Lo segundo ya fue cuestionado por Miguel Lorente en un artículo anterior, titulado "Hombres asesinados y mentiras resucitadas", en el que afirmaba que ciertas cifras de muertes de varones a manos de sus parejas femeninas estaban infladas burdamente, pero al mismo tiempo reconocía que el Ministerio de Igualdad y otros organismos afines no contabilizaban las víctimas masculinas porque su cometido es precisamente "actuar sobre la violencia que sufren las mujeres", del mismo modo que la DGT no contabiliza los accidentes laborales. Ahora bien, esto es precisamente lo que nos lleva a cuestionar los registros oficiales de violencia ejercida por mujeres. Basta consultar las hemerotecas para comprobar que no existe correspondencia entre tales registros y un mero recuento de los casos aparecidos en la sección de sucesos, como divulgó Arcadi Espada en su blog.

Lorente venía a decir que, en todo caso, las cifras de hombres muertos a manos de mujeres son insignificantes comparadas con la mayoría abrumadora de varones que son víctimas de conflictos armados y luchas entre bandas criminales, mayoritariamente protagonizados por el sexo masculino. No obstante, si hablamos de violencia doméstica, aludir a las guerras y al pistolerismo es salir por peteneras; hábito por lo demás muy extendido entre los progres, que si te muestras contrario al aborto te recuerdan que no te vieron enarbolando una pancarta de "Aznar asesino" en las manifestaciones contra la guerra de Iraq.

Pero la cuestión decisiva es la que nos revela el primer hecho, la relación entre la violencia intersexual y las rupturas sentimentales. Que tras estas haya un sordo conflicto por el reparto de las tareas domésticas es una generalización de un cierto regusto marxista, que todo lo reduce a economía, y que habría que demostrar con datos. Mientras esto no se haga, otras hipótesis pueden ser igual de respetables. La mía es la siguiente: en una sociedad donde se rinde culto al hedonismo, la inestabilidad de las relaciones de pareja tiende a aumentar, debido a los incentivos para cambiar de rutina y de amante, así como a cierta insatisfacción artificial que en algunas personas puede generar la difusión de fabulaciones eróticas. Esto trae consigo los consabidos celos amorosos, fundados o infundados, que en algunos casos pueden acabar en comportamientos violentos.

La culpa es siempre de quien comete una agresión. Pero si nos empeñamos en trazar un retrato del hombre como una especie de fiera a la que hay que reeducar, a fin de erradicar sus atavismos machistas, dilapidamos energías que podrían orientarse a tratar de defender una concepción menos individualista de los vínculos entre hombres y mujeres, en la que ambos sexos salgan ganando, renunciando voluntariamente a una parte de su libertad para dedicarla más a la vida familiar.

El feminismo ha inculcado a varias generaciones de mujeres que tienen que imitar, paradójicamente, a los hombres: salir más de casa, tanto para trabajar como para irse de parranda con las amigas. Tenemos indicios sobrados para suponer que se trata de un mal consejo. La alternativa no es, como pretende la caricatura interesada, que la mujer se quede preparando la cena mientras el golfo del marido se solaza en el bar a la salida del trabajo. La alternativa consiste precisamente en que tanto hombres como mujeres dejemos de ser adolescentes y concibamos el hogar como el espacio sagrado de la vida conyugal y la crianza de los hijos, asumiendo plenamente nuestras responsabilidades.

Pero por el momento, el discurso dominante seguirá ahondando en la relativización de la familia, aunque la violencia doméstica siga siendo una lacra. Y es que los progres no dan señales de estar cambiando.

sábado, 22 de febrero de 2014

Querida izquierda

Sé que a poco que echéis una mirada a este modesto blog me despacharéis rápidamente como fascista, integrista y neoliberal. Sé que no os preocupa siquiera que sean adjetivos incompatibles, porque vosotros no acostumbráis a inclinaros ante la lógica formal -que os parece casi tan sospechosa como la democracia formal.

En realidad, de vuestra creatividad expresiva hay ejemplos mucho más notorios. Vosotros, a matar seres humanos en gestación lo llamáis interrupción voluntaria del embarazo, y que las mujeres se parezcan cada vez más a los hombres lo llamáis feminismo. A robar lo llamáis redistribución de la riqueza, y a negociar con terroristas, proceso de paz. A la censura y autocensura las llamáis de diversas maneras, como delito de homofobia, xenofobia o islamofobia, y a la imposición ideológica, laicismo. Y en fin, por no hacer más larga esta lista, a la dependencia de un Estado hipertrofiado, ineficiente y financieramente ruinoso lo llamáis Estado del Bienestar.

Todo ello son méritos dignos de glosa. Pero vuestra mayor hazaña no es que seáis capaces de transformar el lenguaje (y por tanto las mentes, y por tanto la sociedad) hasta que no lo reconozca ni la madre que lo parió. La auténtica genialidad es vender vuestra semántica (y por tanto vuestra ideología) a la propia derecha. A vuestro lado, aquel vendedor de El Corte Inglés del chiste es un aficionado. La izquierda no es que te venda la caña, la zodiac y la caravana, es que te vende hasta El País, o por lo menos consigue que lo ayudes a superar la quiebra. Y no les quepa la menor duda, el rotativo continuará desde sus páginas insultando a todos los que estamos a la derecha de Celia Villalobos, lo cual no es muy difícil (estar a la derecha de esa señora). Pero es que incluso la televisión pública continuará tratando con deferencia a la tiranía venezolana, y adoctrinando a la población en la ideología de género y el homosexualismo.

Que la cadena de Berlusconi programe "Sexo en Nueva York" en horario infantil, es previsible. Que TVE se saque de la manga en un informativo el trascendental tema de la homofobia en el fútbol, preocupada por que no haya apenas futbolistas que se declaren gays, e ilustrándolo con imágenes cinematográficas de homosexuales besándose, también es previsible, a estas alturas. Lo que nos sorprendería es que el PP cambiara súbitamente su estrategia de tratar de convencer a los votantes del PSOE de que no vale la pena votar, porque gane quien gane, es lo mismo.

Sé que me llamaréis de nuevo facha. Esto me preocupa, porque el término se ha ampliado ya tanto, que para merecerlo basta con discrepar de las opiniones de Pablo Iglesias (el vivo) y Elisa Beni. No es demasiado halagador que te metan en el mismo saco que a Celia.

lunes, 17 de febrero de 2014

Las respuestas fáciles

Las respuestas fáciles son aquellas que no nos exigen nada, que nos conceden lo que queremos. En moralidad sexual, hace décadas que las sociedades occidentales se han deslizado gradualmente hacia una permisividad sistemáticamente confundida con el progreso civilizatorio, pese a que se basa en ideas que tienen al menos dos mil trescientos años. Fernando Savater, en su gran éxito Ética para Amador, las proclama con franqueza:

"En el sexo, de por sí, no hay nada más 'inmoral' que en la comida o en los paseos por el campo (...). No sólo es que 'tenemos' un cuerpo (...), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida buena que valga. (...) Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta."

Básicamente, es la misma concepción que resumió Diógenes el Cínico con uno de sus célebres chistes, en el que alaba la masturbación diciendo que "ojalá frotándome el vientre pudiera saciar el hambre". Por supuesto, Savater, que dirige su libro a su hijo de quince años, matiza todo lo matizable, nos habla de responsabilidad y todas las consabidas sensateces. Eso es definitorio de los progres, y Savater, inteligente y leído, no deja de ser un progre: nunca llegará con sus conclusiones hasta el final.

Porque si el sexo es algo tan trivial como comerse un bocadillo, ¿por qué narices la inmensa mayoría de las parejas se exigen fidelidad mutua? ¿Por qué desaprobamos la pedofilia? ¿Por qué no se saca mucha más gente un sobresueldo prostituyéndose a tiempo parcial?

Y que el sexo desvinculado de la procreación nos aleja de los animales, por supuesto es un disparate; la verdad es exactamente la contraria. Sólo el hombre conoce el nexo causal entre el coito y la fecundación, y sólo el hombre es capaz de resistirse racionalmente al instinto. Son los animales los que copulan por puro deseo sexual siempre que se presenta la ocasión.

Lo malo de las respuestas fáciles es que conducen a las "soluciones" fáciles como el aborto. Decenas de miles de seres humanos en gestación son sacrificados cada año en el altar del "progreso", en los tiempos del mapa del genoma humano, porque es más fácil cerrar los ojos ante una ecografía que parir un hijo, criarlo y educarlo.

Empezamos por ideas simplistas sobre la vida buena y terminamos en la vida fácil, y en la muerte fácil, que llaman eutanasia (buena muerte). Creíamos que nos alejábamos de los animales, pero hemos elegido el camino más fácil, que conducía al establo y de ahí al matadero.

miércoles, 22 de enero de 2014

Tolerancia en neolengua

Aunque parezca mentira, hay quien todavía no se ha enterado de que tolerar no es aprobar la opinión de otro, sino reconocer el derecho que le asiste a expresarla, pese a nuestra discrepancia con ella. Como dijo Voltaire (cito de memoria), "no estoy de acuerdo con usted, pero daría la vida por defender el derecho a expresar su opinión".

La homosexualidad, por ejemplo, debe tolerarse en una sociedad civilizada. Pero esto no nos obliga a aprobarla, ni mucho menos a favorecerla o fomentarla. Uno puede perfectamente expresar que la homosexualidad es algo malo, pecaminoso o patológico, mientras no obligue a nadie a dejar de tener esa inclinación o a someterse a un tratamiento supuestamente curativo. Uno puede defender una sociedad donde se favorezca la familia natural, donde no se equipare moralmente la monogamia heterosexual a cualquier otro tipo de relaciones sexuales. Y por supuesto, es lícito también que haya quien defienda lo contrario, en el libre juego democrático.

Pero en nuestros días, en el mundo occidental, se ha difundido una concepción muy distinta de la tolerancia. Ser una persona moderna y progresista (lo que se pretende hacer equivaler a decente), significa, por lo visto, no sólo tolerar a los homosexuales, sino aprobar su conducta, enseñar a los niños que es una opción inocua y que no hay ninguna razón para preferir otro tipo de comportamientos. Es decir, no basta con ser tolerante con determinadas creencias, hay que convertirse a ellas: precisamente lo que reprochan, casi siempre injustamente en la actualidad, a la moral católica.

Así, cuando un cardenal sostiene (equivocadamente o no, no entro ahora en la cuestión) que la homosexualidad es una deficiencia médicamente tratable, desde el PSOE exigen a la fiscalía que actúe contra él. Lo cual, quizás lo hayan notado, viene a ser exactamente lo contrario de la tolerancia.

Los homosexualistas (que no son todos los homosexuales, ni siquiera principalmente homosexuales) no son tolerantes ni demócratas. Pretenden imponer a los demás unas determinadas concepciones, sin tolerar que sean criticadas ni admitir que se sometan a las reglas de la democracia. Lo manifestó claramente Zapatero, en el XXXVII Congreso del Partido Socialista, en 2008, cuando aseguró que sus reformas debían prevalecer más allá de la alternancia política. (Y Rajoy, en esto como en otros temas, se ha mostrado solícito y colaborador.)

Tanto el homosexualismo como la ideología de género se amparan en la libertad de expresión y en la democracia, pero aspiran a restringirlas, como toda ingeniería social o totalitarismo. Lo que pretenden no es que cada cual piense o haga lo que quiera (pues entonces no se meterían con la Iglesia ni con nadie que discrepara de ellos), sino que no pensemos ni queramos cosas distintas de las que ellos piensan y quieren (lo que llaman "luchar contra los prejuicios"). Conseguido su objetivo final, entonces puede que nos dejen en paz, y a eso lo llamarán cínicamente libertad.

La esencia de la corrección política fue genialmente descrita por Orwell mediante el concepto de "neolengua". Esta sería un lenguaje en el que las ideas inconvenientes para el poder político habrían dejado de ser siquiera pensables, porque se habrían eliminado o desviado de su uso tradicional los términos que permitirían expresarlas.

Quizás un error de 1984 fue imaginar que los totalitarismos futuros serían sexualmente represivos. Todo indica lo contrario, que favorece más los intereses del poder la promiscuidad generalizada que no una sociedad con referencias morales insobornables; una sociedad formada principalmente por familias estables, capaces de transmitir valores sin la supervisión total del estado.

Bastaría con adulterar el uso lingüístico de palabras como familiamatrimonio, tolerancialibertad como primer paso para borrar su significado original de las mentes, y así acabar de una vez por todas con la vieja idea de la libertad, tal y como la conocemos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Feminoicas

Estábamos mi mujer y yo en el skatepark, viendo a nuestros hijos, junto a decenas de otros niños y adolescentes, ejecutando acrobacias con sus monopatines, con la evidente intención de romperse algún hueso. En eso que veo a una niña montada en un patín con manillar y no puedo evitar advertir que es la única representante de su sexo. No sin cierta sorna, me pregunto qué dirían nuestras feministas paranoicas (permítanme el neologismo bárbaro: feminoicas) de este hecho: "una demostración patente de los procesos de aculturación sexista, que imponen a los niños y niñas roles de género, y bla, bla bla". ¡Cómo si yo no me hubiera resistido todo lo posible a comprarles a mis dos vástagos varones esas tablas suicidas!

El feminismo original sostenía que las mujeres son iguales a los hombres en derechos: que pueden desempeñar cualquier actividad y participar en política exactamente igual que cualquier varón. Algo que nos parece obvio a los occidentales del siglo XXI, pero que no se lo parece a los árabes, ni se lo parecía a nuestros abuelos.

El feminismo de segunda ola, o feminismo paranoico, parte de una idea completamente distinta. Lo que afirman las feminoicas es que cualquier desigualdad estadística observada en la conducta y las características culturales y económicas entre hombres y mujeres (incluidas sus elecciones) es necesariamente consecuencia de una injusta dominación de los primeros sobre las segundas. Por ejemplo: si nos encontramos con que hay un porcentaje claramente superior de ingenieros de caminos de sexo masculino (no sé si es así, pero supongámoslo), ello sólo puede deberse a una conspiración varonil para dificultar el acceso de las mujeres a esta profesión.

Uno de los mantras de las feminoicas es la brecha salarial. Como es cierto que, en conjunto, las mujeres cobran menos que los hombres, se deduce de ello que existe una discriminación más o menos soterrada, una confabulación de los empresarios para pagarles menos por el mismo trabajo. Sin embargo, la tesis de la confabulación no es la única explicación posible de esa diferencia salarial global. Porque sabemos que muchas más mujeres trabajan en jornadas parciales, muchas más mujeres que hombres solicitan bajas por maternidad y, sobre todo, muchas más mujeres optan por puestos o cargos conciliables con la vida familiar, aunque sean menos competitivos y menos bien pagados.

A esto las feminoicas responden que la culpa es de los varones, que se desentienden de la familia y las tareas domésticas, aprovechándose de la pócima de la culpabilidad que han instilado en un descuido en la copa de las mujeres, que por ello experimentan mucha más preocupación que sus parejas por no ser tildadas de "malas madres". Es decir, si las mujeres demuestran tener una escala de prioridades distintas a la de los hombres; si demuestran, estadísticamente hablando, ser menos obsesivas con su profesión, o con los puestos de mayor poder o prestigio económico y político, no es porque las mujeres sean así, sino porque han interiorizado ideas machistas, de las cuales es preciso liberarlas. Incluso aunque no muestren mucho interés en ello.

Existen numerosos estudios empíricos que demuestran que la concepción feminoica probablemente es falsa, en términos generales. (Una excelente presentación de estos resultados se puede hallar en el libro de Susan Pinker, La paradoja sexual, que toda feminoica debería leer, acompañándolo de ejercicios de relajación y una dieta rica en fibra.) El problema es que la dictadura de la corrección política convierte en algo verdaderamente heroico airear estos estudios. Nadie quiere que le ocurra como al presidente de la Universidad de Harvard, Larry Summers, que se vio obligado a dimitir en 2006 por haber señalado un hecho estadístico bien conocido, y es que, si bien hombres y mujeres tienen promedios similares de inteligencia y otras características psicológicas, la variabilidad masculina (las desviaciones por debajo o por encima de la media) es mucho mayor, lo que hace que existan más varones en el extremo superior (¡y en el inferior!) del talento humano, en disciplinas como la ingeniería o la matemática.

Incluso personas con alta formación interpretaron erróneamente que Summers estaba sugiriendo que las mujeres están menos dotadas para las ciencias que los hombres (cosa que por supuesto desmienten sus calificaciones académicas, universalmente, en todas las carreras). En realidad, lo que se deduce de la conferencia del presidente de Harvard era que ciertas diferencias en la distribución sexual podían deberse a diferencias en los rasgos psicogenéticos, y no a un machismo atávico, sin descartar tampoco a priori este factor. Susan Pinker relaciona estas diferencias genéticas con otros hechos sobradamente conocidos, como la mucha mayor propensión de los varones a padecer TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad) o a ingresar en el mundo de la delincuencia. La reflexión final de esta autora podría formularse como: "¿Por qué diablos las mujeres tenemos que seguir empeñándonos en imitar modelos masculinos de competitividad, poder y estatus, si lo que preferimos es alcanzar un equilibrio en el que la obsesión por la profesión y las ganancias no absorba todo lo demás?"

La tendencia, por desgracia, sigue siendo de dominio de la histeria feminoica, y esto se aprecia en la manera cómo derecha e izquierda compiten por ser más feministas que nadie. Así, el gobierno del PP amenaza con gastarse más de 40 millones de euros en promover el uso de móviles avanzados (o sea, con internet) entre las mujeres. Intentos como este de liberar a las mujeres a pesar de sí mismas suponen tratarlas como seres infantilizados, a los cuales hay que enseñar a descubrir sus propios intereses, independientemente de sus preferencias y predisposiciones.

El grado máximo de delirio del feminismo paranoico se muestra en la politización del matrimonio. Este deja de ser una institución en la que un hombre y una mujer se entregan mutuamente, para convertirse en un estricto equilibrio de poderes, hasta el punto que deja de comprenderse por qué debería existir, salvo como una unión de interés económico mutuo, basado en compartir una vivienda y unos gastos determinados. De ahí todo el discurso que pretende equiparar las familias monoparentales y homoparentales a la familia "tradicional", como se denomina con evidente ánimo despreciativo a la situación que cualquier niño del mundo desearía: tener una madre y un padre.

Los feminoicos y feminoicas de derecha e izquierda han puesto el grito en el cielo por un libro titulado (con torpe provocación, hay que decirlo) Cásate y sé sumisa, de la escritora italiana Costanza Miriano. Bueno, no se han limitado a rasgarse las vestiduras, sino que exigen directamente retirar el libro, en una franca manifestación del auténtico carácter despótico de las ideologías liberacionistas. Ellos han decidido de antemano cómo debe ser la relación entre dos personas de distinto sexo, excluyendo al posibilidad de una jerarquía libremente aceptada.

He dicho muy conscientemente jerarquía, palabra tabú fuera de las prácticas sadomasoquistas (en cuyo caso no provoca el menor recelo). No he leído el libro objeto de la polémica, pero sí he leído Mero cristianismo, de C. S. Lewis, que dedica un capítulo al tema del matrimonio, en el que defiende que este idealmente no está presidido por la igualdad entre hombre y mujer (nada que ver con la igualdad de derechos) y en que es preferible una preeminencia del hombre. Y sus argumentos me parecen sumamente convincentes y razonables. En primer lugar, Lewis concibe el matrimonio como una institución de vocación vitalicia, por lo cual, en caso de desacuerdo, sólo un "voto de calidad" de uno de los dos cónyuges puede evitar un bloqueo absurdo, o la disolución. Y en segundo lugar, el autor propone que esta prerrogativa encaja mejor con el carácter del hombre, por tener este un talante más ecuánime en las relaciones externas de la familia, lo que contrapesa el visceral (aunque bendito) "patriotismo familiar" de las mujeres, facilitando la cohesión social. Espero no estar dando información a nuestros censores de derecha e izquierda para que la emprendan ahora contra los libros de C. S. Lewis, ni contra el Nuevo Testamento.

Se compartan o no esos razonamientos, lo importante es que admitir la jerarquía (sea en la familia, en la empresa, en el ejército o incluso en la amistad), no tiene nada que ver con ningún rebajamiento de nadie, salvo cuando se convierte en un disfraz del abuso. La literatura nos ofrece ejemplos de relaciones de amistad jerarquizadas que nadie en su sano juicio consideraría atentatorias contra la dignidad humana. ¿Habría que "liberar" a Sancho Panza o al doctor Watson de la opresión intolerable sufrida a manos de don Quijote o de Sherlock Holmes?

Al día siguiente de mi sufrida visita a la pista de patinaje, presencié una escena con la que cierro estas reflexiones. Una soleada mañana, un matrimonio de ancianos almorzaba en la terraza de un bar. Por las palabras del marido, me percaté de que la mujer sufría un estado de senilidad severa, que requería cuidados constantes. Aquel, con paciente delicadeza, le estaba diciendo que no se bebiera toda el agua antes de comer. Me pareció conmovedora esa estampa de un matrimonio como los de antes, para toda la vida, en la salud y en la enfermedad. E imaginé que aquel amante esposo no se sentía más "esclavo" de lo que debía sentirse su mujer cuando durante años le estuvo lavando los calzoncillos. Ellos no concebían su matrimonio como un equilibrio de poder, sino como una relación de amor, en la cual uno lo da todo, sin esperar nada a cambio.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Encuentros en la tercera fase

La inversión de valores es un proceso cultural por el cual las concepciones de una minoría intelectual se difunden entre las masas, y en el que podemos distinguir tres fases. En la primera, que podríamos llamar fase crítica, determinados valores tradicionales son sometidos a un análisis sesgado a fin de cuestionar sus fundamentos, omitiendo los argumentos favorables a estos. La segunda fase, o fase progresista, ya no se limita a introducir la duda, sino que trata de poner de relieve los supuestos efectos nocivos de la moral tradicional, y solo estos. En la tercera y última fase, que llamaré propiamente fase de la inversión de valores, las consecuencias de la subversión de los valores tradicionales, antaño consideradas indeseables, son presentadas como lo "normal", como algo bueno en sí mismo.

Para el éxito del proceso, en la fase crítica es muy importante dar a entender que el análisis racionalista no tiene ningún efecto en la moralidad, que se trata de una cuestión meramente académica, un mero debate entre personas civilizadas, porque de lo contrario los críticos pueden ser acusados de minar la moral tradicional, y obligados a cesar en su labor intelectual, o por lo menos a reconocer sus posibles consecuencias sociales y tenerlas en cuenta en su análisis.

En la fase progresista, sucede algo muy curioso. Se juzgan como perversas las consecuencias de la moral tradicional, pero esto todavía se sigue haciendo (en parte, al menos) con la propia escala de valores tradicional. En cierto modo, los valores se minan desde dentro. La finalidad es que quienes están todavía inmersos en ellos no interpreten la subversión como si les estuvieran arrebatando sus convicciones más profundas, sino al contrario, como si se tratara de purificarlas, de eliminar sus inconsistencias.

Por último, desarmada toda prevención, la inversión de valores puede ya consumarse. Los efectos de los nuevos antivalores, que en las dos primeras fases hubieran escandalizado, ahora ya se pueden reconocer sin generar rechazo, porque ya hemos sustituido, de manera gradual e insensible, los valores tradicionales por los nuevos antivalores. Ahora solo queda una labor de afianzamiento, en la cual es muy importante mantener vivo el temor a una restauración de los antiguos principios morales.

Un ejemplo. La moral judeocristiana desaprueba la homosexualidad. La crítica ilustrada a la religión mantuvo durante dos siglos la misma desaprobación, pero sustituyó el concepto de pecado por el de enfermedad. Se consideraba que las "perversiones" (como se las llamaba en la literatura médica no hace tantos años) no eran de carácter moral, sino anomalías de tipo psicológico o fisiológico. Después llegó la segunda fase, en la cual el concepto de enfermedad se sustituye por el de opción u orientación sexual. La homosexualidad ya no es considerada ni un pecado ni una enfermedad, sino una condición libremente elegida, y que debe ser respetada. El homosexual se convierte en gay o lesbiana, términos de connotación reivindicativa. Por último, en la tercera fase, no solo se respeta la homosexualidad, sino que se promueve y se propone como modelo alternativo a seguir. Actualmente nos encontramos en algún punto intermedio entre la segunda y la tercera fase, si no plenamente en la última.

Esta es la conclusión a la que llegué ayer, cuando vi en Tele5 la entrevista que Jordi González le realizó a Jorge Javier Vázquez. En ella se vertieron críticas de tono injurioso contra el alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, porque ha iniciado una campaña contra el cruising (práctica de "citas a ciegas" homosexuales en lugares públicos) en una playa del municipio. En un momento de la entrevista, no recuerdo quién preguntó retóricamente (cito de memoria): "¿Es que ahora no se podrá follar en la playa?" En otra época, no hace muchos años, cualquiera hubiera respondido: "Naturalmente que no". De hecho, la propia pregunta (por no hablar del empleo de ese vocabulario en televisión) hubiera sido impensable, pues el sentido del pudor y la decencia no había sido sistemáticamente desprestigiado por años de propaganda ideológica. Pero ahora la inversión de los valores está llegando a su culminación.

Para la Iglesia, la homosexualidad no es una enfermedad, sino una conducta libremente elegida. (Lo cual no es incompatible en absoluto con que pueda existir una inclinación homosexual de causas genéticas o ambientales.) En esto coincide exactamente con el movimiento gay, pero evidentemente su conclusión es la opuesta: Puesto que la sodomía (como se decía antaño) es voluntaria, se trata de una conducta pecaminosa. Y como todo pecado, puede ser perdonado si hay arrepentimiento sincero. Lo que implica, por cierto, que ese arrepentimiento no se puede forzar: de esto somos más conscientes ahora que en épocas pasadas, lo cual puede que sea un efecto indirecto de las dos primeras fases de la inversión de los valores. Pero este mismo proceso ha continuado su propia lógica subversiva. Ahora ya no hay nada de lo que arrepentirse, y por tanto, se ve como "normal" y hasta saludable que determinados individuos acudan a lugares públicos para practicar una promiscuidad desesperada y autodestructiva, es decir, para negar su propia dignidad como seres humanos, que es lo que defiende el cristianismo y, supuestamente, el movimiento gay. Pero claro, eso era todavía en la segunda fase.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El TC avala la ingeniería social

El fallo del TC avalando la constitucionalidad del mal llamado "matrimonio" homosexual es una aberración jurídica y moral. La Constitución no dice "los españoles tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica", sino: "El hombre y la mujer tienen derecho", etc. (Artículo 32.) El espíritu está claro; el matrimonio es entre hombre y mujer. Aunque no conocemos todavía los razonamientos jurídicos del fallo, es fácil intuir por dónde irán: Que el texto no precisa que hombre y mujer tienen derecho a contraer matrimonio "entre sí". Pero esto solo puede tomarse como una burla. Con este método, también se puede aceptar la independencia de Cataluña, porque la Constitución no menciona explícitamente a esta región como una parte de España.

Como ha señalado Elentir, cualquier violación de la Constitución puede acabar imponiéndose por la vía del hecho consumado, desde que en los inicios de nuestra democracia, el PSOE se cargó el recurso previo de inconstitucionalidad, que impedía la promulgación de una ley hasta que su adecuación a nuestra carta magna no fuera confirmada por el Tribunal Constitucional. Y esto es lo que ha vuelto a suceder, con la colaboración del propio TC, politizado hasta la náusea, que ha retrasado su dictamen siete años, dando tiempo a que se acogieran a la nueva ley veinte mil parejas homosexuales.

Más grave aún es la aberración moral. Nadie impide que los homosexuales se casen, siempre y cuando sea con personas de diferente sexo. Porque el matrimonio es esto, una unión entre hombre y mujer. Si dos personas adultas del mismo sexo quieren firmar un contrato de convivencia, que les otorgue derechos y obligaciones similares a las del contrato matrimonial, nada debería impedírselo. Pero eso no es un matrimonio. No es una cuestión de palabras, sino de conceptos. Al alterar el significado original de la palabra, estamos destruyendo el concepto. Porque el matrimonio es una institución estrechamente ligada, desde hace miles de años, con la reproducción sexual y la crianza de los hijos, con la familia "tradicional" y el hogar. Desde el momento que esta vinculación se destruye conceptualmente, nuestra civilización comete un suicidio moral, pues instaura la ficción ideológica de un mundo en el que solo existen los individuos y el Estado. Y sobre todo, se desprotege a los más indefensos, que son los niños. La cuestión no es si una pareja de gays o lesbianas puede criar razonablemente bien a un niño. La cuestión es: ¿En qué cabeza cabe que, en igualdad de condiciones, se dé un niño en adopción a una pareja homosexual, en lugar de a una pareja compuesta por un padre y una madre? Los caprichos de los adultos no pueden estar por encima del bien de los niños. Si esto es discriminación, lo es cualquier otro criterio (nivel de renta, formación, etc) por el cual la administración atiende las demandas de adopción.

El fallo del TC era de esperar, no solo por su composición "progresista", sino por el clima de acobardamiento de la opinión publica que padecemos. Sobre todo, que no nos llamen carcas ni dogmáticos. Parece que no hubiera narices en este país para oponerse a la dictadura de lo políticamente correcto. Somos líderes en desempleo y ahora líderes en ingeniería social. Un radiante futuro se abre ante nosotros.

sábado, 4 de agosto de 2012

Cosas que nunca haré

Leer los artículos de Sostres, en su blog y en el diario, es uno de esos raros privilegios de los que puede gozar hoy una persona hastiada del adocenamiento y el aborregamiento. Se podrá estar o no de acuerdo con sus opiniones (deseo dejar bien claro que casi siempre lo estoy), pero su forma de expresarse a pecho descubierto, sin concesiones ni medias tintas, sin molestarse en matizaciones tan cobardes como innecesarias, a mi me despierta la mayor admiración.

Incluso lo admiro, ya digo, cuando creo que se pasa de revoluciones. Su artículo sobre (contra) la riñonera, por ejemplo, donde conceptúa este artilugio de la indumentaria como una grieta en nuestra civilización. Confesaré que, aunque no la utilizo normalmente, por su intrínseca incomodidad, sobre todo cuando te sientas al volante, sí me la pongo cuando voy a la playa. Bueno, supongo que el mero hecho de ir a la playa (¡y en agosto nada menos!) ya debe ser anatema para Sostres. En fin, ya puestos, lo diré todo. Sí, voy a la playa con sombrilla y sillitas plegables. Visto casi siempre, en verano, en vacaciones y en mi horario de ocio, con camiseta de mercadillo, pantalón corto y sandalias. Incluso me presento de esta guisa en los restaurantes. Fuera del trabajo no me pongo una americana si no es para ir a una boda o un bautizo... Y mi plato preferido... ¿Lo confesaré también? Es la paella de marisco.

Soy irremediablemente vulgar, pero al menos lo sé. Y tengo que reconocer, aunque me duela, que Sostres tiene la puta razón, en esto como en tantas cosas. Pero creo que la peor vulgaridad (aunque no pretendo disculpar la mía) es la del ignorante que no es consciente de ella, que se enfanga con delectación como el gorrino en la inmundicia. Y con todo, quiero que conste aquí una enumeración, a título de muestra, de cosas que NUNCA JAMÁS, bajo ningún concepto, haré:

-Hacerme un tatuaje o ponerme un colgante (pirsin, los llaman, en el inglés de feisbuc que hoy infesta el lenguaje coloquial).
-Llevar camisetas sin mangas (en resumen, junto con el punto anterior, ir disfrazado de turista inglés en Salou).
-Llevar un bolso en bandolera. (Me ayuda, lo reconozco, el hecho de no ser fumador, por lo que mi equipaje habitual se reduce a la cartera, el móvil y las llaves.)
-Tomar el sol en la playa. (Si no estoy leyendo bajo la sombrilla, estoy jugando con mis hijos, o nadando: Jamás de los jamases me tumbaría al sol.)

Es decir, sigo estando orgulloso de ser un varón burgués y heterosexual, que huye del sol en verano como de la peste, y además no me importa que se note. Y ya que estamos, mis ideas sobre el sexo se ven reflejadas en ese otro artículo de Salvador Sostres, titulado "Erasmus". Porque pese a su estilo excesivamente soez, mi sentimiento es de profunda compenetración con la manera de pensar del escritor catalán, que por cierto era la que tenía todo el mundo de cierta edad hasta hace dos días, aunque la cretinez política que adjetivamos como "correcta" nos lo haya hecho olvidar.

Nada detesto más que el libertinaje maquillado de "sexualidad responsable", de "necesito espacio y tiempo para pensar". Nada es más odioso que esta ideologización del sexo, cuyo dogma supremo es que las chicas también tienen derecho a disfrutar, y que no es más que la enésima edición del viejo cuento con el que el seductor se las lleva a la cama. Y otra muesca más en la culata. Por lo menos antes eran los donjuanes quienes susurraban a sus presas que todo eso del cielo y el infierno son rollos de los curas, que lo que hay que hacer en esta vida es divertirse. Ahora es toda la sociedad, empezando por padres acobardados y acomplejados, quienes les dicen a sus hijas: "Diviértete, no bebas mucho". En lugar de: "A las once en casa", como cuando todavía el pueblo tenía las ideas claras, y unas élites sin Dios no le habían desvalorizado sus creencias y costumbres, igual que los malos reyes robaban al pobre devaluando la moneda.

Desde luego, yo nunca le recomendaré a mis hijos que se diviertan cuando empiecen a salir. Les diré la puñetera verdad, que en la calle a partir de las diez de la noche no sucede nada bueno. Aceptaré a regañadientes que se están haciendo hombres y no me quedará más remedio que permitirles regresar a horas cada vez menos justificadas. Sé que posiblemente harán como hice yo cuando era joven, que se emborracharán y se meterán en problemas. Pero al menos no será su padre quien, claudicando de su auténtico papel, los animará a ello.

martes, 10 de abril de 2012

La caza del políticamente incorrecto

Mario Vargas Llosa ha escrito un artículo titulado "La caza del gay", movido por una loable indignación. El hecho que desencadena su reflexión es el brutal asesinato de un joven homosexual, acaecido en Santiago de Chile, a manos de unos supuestos neonazis. Digo supuestos, porque el propio escritor deja entrever que esos bárbaros asesinos posiblemente utilizan la estética neonazi como pudieran utilizar cualquier otra, a fin de adornar su necia y pervertida forma de divertirse.

Sin embargo, más allá de la buena intención del gran escritor peruano, y como suele ser ya habitual en este tipo de piezas de denuncia, en el artículo se deslizan dos supuestos muy discutibles. El primero es que la causa de este tipo de crímenes (las agresiones contra homosexuales) hay que buscarla en una extendida homofobia que "se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales". El segundo supuesto es que, quien de verdad esté contra las sevicias y atentados contra las personas homosexuales, debe estar consecuentemente a favor del matrimonio homosexual, y de la adopción de niños por gays, lesbianas y transexuales.

El primer supuesto es una de las variantes de la falacia sociologista, que consiste en responsabilizar a la sociedad de conductas individuales. Si un tarado entra en un edificio público y empieza a pegar tiros indiscriminadamente, porque lo han despedido del trabajo, los medios de comunicación convencionales se explayarán hasta la sociedad sobre la "cultura de la violencia" que existe en nuestra sociedad. Si la matanza se produce en Estados Unidos, no duden que volverán por enésima vez a criticar la libertad de posesión de armas, caricaturizando a los miembros de la NRA como unos vaqueros chiflados. Y en cualquier caso no faltarán los mentecatos que deplorarán la proliferación de videojuegos belicistas y hasta clamarán contra la obsesión por la "competitividad" que domina las sociedades occidentales. Todo con el resultado de escamotear la ineludible, la única culpabilidad que existe, que es la individual. La de quien desprecia la vida del prójimo, sea cual sea el pretexto que enarbole.

Cuestión aparte es si realmente está tan extendida esa homofobia radical de la que habla Vargas Llosa; o mejor dicho, a qué llamamos homofobia. El artículo sugiere que dentro de esta actitud se incluiría un amplio espectro de conductas, desde los chistes de maricas hasta los casos más lacerantes de discriminación. En su relato Los cachorros, Vargas Llosa nos narraba la historia de un joven accidentalmente castrado desde la infancia. Se trata de una pieza literariamente magistral, que entre otras cosas, retrata insuperablemente la crueldad, muchas veces torpemente involuntaria, con la cual el entorno trata a menudo al que es diferente, forzándole a ocultar esa diferencia. Sin embargo, más allá de interpretaciones en el fondo triviales, para las cuales la castración física del protagonista es un símbolo de la castración moral de una sociedad alienante y bla, bla, bla (que seguramente el Vargas Llosa izquierdista de la época, aprobaría) hay un hecho insoslayable. Y es que el protagonista tiene un problema físico real, que le impide llevar una vida sexual normal. Por muy exquisitamente, por muy inteligentemente que su familia, amigos y educadores hubieran gestionado la situación, el problema no hubiera desaparecido.

Por supuesto, la corrección política actual desaprueba que comparemos a los homosexuales con personas enfermas o discapacitadas. En cierto sentido es verdad que no lo son, pues pueden llevar una vida perfectamente normal, exactamente igual que las personas heterosexuales. Pero al mismo tiempo es evidente que la homosexualidad es una desviación o alteración de un sentimiento con fundamentos biológicos indiscutibles, como es la atracción hacia el otro sexo. Este sentimiento solo puede equipararse en importancia a otros distintos si hacemos un ejercicio de frivolidad considerable. Lo cual, a despecho de la extendida homofobia que denuncia Vargas Llosa, es moneda corriente en la actualidad. Hemos pasado de la denigración  y persecución del homosexual (cosa ciertamente inhumana y deplorable) a una absurda exaltación, no exenta por cierto de hipocresía. Cualquiera que pretenda estar a la última dirá que no sentiría la menor contrariedad en caso de que un hijo le descubriera su homosexualidad, salvo por los problemas que le pudieran ocasionar los prejuicios sociales todavía existentes.

El segundo supuesto es mucho más insidioso, pues supone una condena moral apriorística de cualquier crítica contra la homosexualidad. La Iglesia, la institución más importante que se opone a la corrección política (no sin discrepancias en su seno), distingue perfectamente, para cualquiera que quiera escuchar, entre las personas homosexuales (dotadas de la misma dignidad irreductible que cualquier otro ser humano) y la conducta homosexual, que desaprueba profundamente. Se puede compartir o no esta postura, pero lo que no es válido, intelectualmente al menos, es tergiversar la esencia del mensaje cristiano. El mismo Jesús que desaprueba el adulterio es el que salva a una adúltera de la lapidación. Que hasta hace bien poco las sociedades cristianas, al igual que muchas otras, siguieran aplicando sanciones crueles o desorbitadas en materia de moralidad sexual, no demuestra que esa crueldad sea atribuible al cristianismo, ni demuestra que esa moralidad (la desaprobación de la promiscuidad, de la homosexualidad, etc) sea en sí misma condenable, y debamos entronizar unos valores antitéticos. Que en algunos países bárbaros corten la mano a los ladrones no significa que el robo deba ser considerado uno de los derechos humanos. Que en esos países también ahorquen a los homosexuales, no significa que debamos promover la homosexualidad, enseñando a los jóvenes desde la más tierna infancia que es una cosa estupenda. Que los nazis recluyeran a los comunistas en campos de concentración no significa que criticar el comunismo nos acerque a posiciones nazistoides.

sábado, 28 de enero de 2012

Inversión de valores

El Arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells, realizó unas declaraciones el pasado 23 de enero, en TV3. Entre otros temas, habló de la violencia doméstica, el papel de la mujer en la Iglesia y el matrimonio homosexual. Las reacciones de la izquierda mediática y política no se hicieron esperar. El País habló de "ataque a los homosexuales" y "frase homofóbica". Los grupos de presión como la FELGTB (Federación de Lesbianas, Gays, etc) o Europa Laica abundaron en expresiones como "machismo" y "apología de la homofobia", declaraciones que "no se pueden consentir", "unos ponen las palabras y otros podrían llegar a la agresividad", "maltrato a una parte de la población", etc, llegando a exigir que "se actúe de oficio" contra el arzobispo. En la línea de insinuar una relación causal entre las opiniones de Jaume Pujol y la violencia contra las mujeres y los homosexuales, el Ayuntamiento de Tarragona (gobernado por el PSC), "lamenta profundamente" sus declaraciones, las cuales "legitiman comportamientos que tantos esfuerzos hacemos para erradicar, sobre todo cuando pueden favorecer relaciones de abuso de poder, rechazo social o violencia". Al ritual de rasgarse las vestiduras se han sumado también ICV-EUiA, que denuncia la "intolerancia de la jerarquía católica" y  ha elevado varias preguntas al Congreso, así como la CUP de Tarragona (independentistas y pancatalanistas de extrema izquierda), proponiendo que se boicoteen los actos religiosos de las fiestas mayores y que el arzobispo sea declarado "persona non grata" en Tarragona.

¿Qué barbaridades habrá pronunciado Jaume Pujol? El lector puede juzgar por sí mismo viendo el vídeo de la entrevista (en catalán) en la que se produjeron las polémicas declaraciones del arzobispo.



Al ser preguntado por uno de los últimos casos de una mujer asesinada por su pareja o expareja, acaecido en un tranquilo pueblo de Tarragona, Pujol, tras expresar su pesar y sus condolencias a la familia, atribuye la causa de este tipo de violencia a una inversión de los valores ("els valors s'han capgirat"), por la cual la fidelidad, el amor, la capacidad de perdonar, han "fallado". En el fondo, la explicación de hechos tan desgraciados solo se puede hallar "en el corazón de cada persona..., las personas nos podemos volver egoístas, se rompen lazos muy importantes en la vida de las personas..."

Naturalmente, estas palabras chocan frontalmente con la ideología progresista, que recela profundamente de conceptos relacionados con la responsabilidad individual, la generosidad y el perdón, los cuales han sido sustituidos por los correspondientes contravalores de los seudoderechos. Ya van varias generaciones adoctrinadas en la idea de que los individuos solo tienen "derechos" (nada que ver, claro, con los verdaderos derechos cívicos), de que ningún compromiso (salvo si es político-ideológico) ni sacrificio personales valen nada frente a los "sentimientos" de cada momento, y los resultados son unos índices cada vez mayores de familias truncadas, lo que se pretende edulcorar como el triunfo de "nuevos modelos" de familia.

Esto no podía pasar desapercibido para la entrevistadora, la periodista Ariadna Oltra, que le reprocha al prelado, escandalizada, que no haya pronunciado la palabra "igualdad", lo que aprovecha para abordar el tema del sacerdocio femenino (que a la mayoría de católicos no les preocupa, y a los que no lo son no les incumbe). Pujol replica que la dignidad de todo ser humano es un principio consustancial a la Iglesia, lo cual no es incompatible con que hombres y mujeres puedan tener funciones distintas. Tampoco un hombre puede tener hijos, señala. Aunque el ejemplo acaso parezca pueril, por obvio, es absolutamente oportuno, y tiene que ver con el tema que ha originado la mayor polémica. Porque el progresismo consiste en gran medida en fingir que no existen condicionantes derivados de la naturaleza humana y que es perfectamente normal que parejas homosexuales tengan hijos. De hecho, la ciencia cualquier día conseguirá que se puedan engendrar niños con el material genético de una sola persona, sea esta hombre o mujer, y cuando semejante aberración sea posible, los progresistas lo aplaudirán como un avance largamente esperado por la sociedad.

Para Jaume Pujol, los homosexuales son seres humanos dotados de la misma dignidad que todos los demás, y que por tanto merecen el mismo respeto. Pero su comportamiento "no es el más adecuado para la sociedad ni para ellos mismos como personas". Pues bien, esta moderada afirmación es algo que, según algunos, que además pretenden pasar por ardientes defensores de la libertad, debería estar terminantemente prohibido expresar.

Como no podía ser menos, la entrevistadora recordó los casos de pederastia, pese a que, adivinando que le sacarían el tema, el sacerdote ya había señalado el hecho de que esta sociedad se complace en fijarse en los malos ejemplos, y no en los numerosos, y admirables, que testimonian los auténticos valores cristianos. Pero si no se puede criticar ni en el más leve grado a los homosexuales (mejor dicho, a su conducta), no se entiende por qué deberíamos "perseguir" y "discriminar" (por utilizar el lenguaje falaz del progrerío) a los pederastas, que a fin de cuentas se mueven por el mismo principio, elevado a dogma supremo por la izquierda sesentayochista, a saber: la búsqueda del placer en cualquiera de sus formas. El argumento de que unos defienden relaciones libremente consentidas entre adultos, mientras que los otros abusan de la inocencia infantil, resulta esencialmente precario desde la misma cosmovisión progre, que defiende la educación sexual a edades cada vez más tempranas y pone en entredicho las concepciones tradicionales del pudor y la inocencia, una de cuyas virtudes consisten en preservar a la infancia. (De ahí los cambios en el código penal, que han desterrado expresiones como "abusos deshonestos" por razones ideológicas.) Aquí nos gusta reírnos de otros países donde desaprueban que, en un espectáculo transmitido en horario infantil, una cantante muestre una teta, o donde no son partidarios del topless en las playas. Pero lo único que demostramos con ello es que respetamos mucho menos a nuestros niños.

Lo que define al progre no es que lleve hasta sus últimas consecuencias determinadas ideas, sino precisamente lo contrario, que se queda a medio camino y se ofende cuando alguien realiza esa tarea por él. Objetará que le parece mezquino y miserable que alguien compare la homosexualidad con la pedofilia, o el matrimonio gay con la poligamia, inmediatamente después de haber enunciado, con cierta suficiencia triunfal, que cada cual es libre de casarse o relacionarse con quien quiera. Desearía ver destruidas las concepciones tradicionales de la familia, el matrimonio, la decencia, etc, pero sin dejar de ser considerado una persona decente. Si no da el paso definitivo y se ufana de su indecencia es porque, al menos en su fuero interno, sabe que eso pondría sobre aviso a muchos tontos útiles, que se dejan seducir por sus emotivas declaraciones de buenas intenciones.

Las palabras del arzobispo, en contra de lo que pretende hacer creer la agitación izquierdista, están preñadas de sentido común. Solo le faltó a Jaume Pujol denunciar con más claridad que es precisamente el progresismo el causante de esa inversión de los valores, cuyos efectos le llevan después a derramar amargas lágrimas de cocodrilo.

jueves, 12 de mayo de 2011

Joded, malditos

El gobierno autonómico andaluz ha editado una guía de educación sexual para alumnos de ESO que, entre otras cosas, propone analizar revistas pornográficas. Nada que nos deba sorprender cuando la ideología de género y el hedonismo estatista son divulgados, martilleados, las veinticuatro horas del día desde la televisión y prácticamente todos los demás medios de comunicación. Por hedonismo estatista me refiero a esa ideología según la cual el Estado no debe sencillamente dejar en paz a los individuos en su personal búsqueda de la felicidad, sino que debe ayudarlos y guiarlos para que la encuentren, y hasta garantizársela. Lo cual implica, evidentemente, que el Estado sabe en qué consiste la felicidad. No debemos dejarnos engañar por la retórica falsamente pluralista, o de neutralidad ideológica, del tipo de "hay muchas formas de vivir la sexualidad, todas válidas". Aparte de la cursilería de "vivir la sexualidad", que ya implica sutilmente una determinada ideología, no es cierto que se respeten todas sus formas, pues los modelos de conducta tradicional tienden a ser ridiculizados, implícita o explícitamente, como arcaicos, basados en prejuicios que deberían desterrarse de una vez por todas.

Por esto, me parece de una gran ingenuidad la postura de quienes han criticado esta guía diciendo "no sirve para nada", porque supuestamente los jóvenes de hoy ya están enterados de sobra. Especialmente despistado me ha parecido un psicólogo que ha afirmado que el error de este tipo de material pedagógico es que trata el sexo solo desde "el punto de vista reproductivo". (Ver aquí, al final del artículo.) ¡Precisamente lo que hace el hedonismo estatista es separar la sexualidad de la reproducción, que los niños aprenden mucho antes en la asignatura de medio natural! No menos panoli me ha parecido la exigencia, que he leído en otro lugar (aquí, también al final), de que la educación pública sea "neutral". Precisamente es en nombre de la neutralidad como el gobierno lleva a cabo su adoctrinamiento ideológico, que queda de esta manera preservado de toda crítica, reduciéndola a una forma subjetiva de pensar que podrá ser como mucho tolerada, pero no "impuesta" a los demás. Lo que significa en la práctica que el gobierno sí puede imponer su neutralísima cosmovisión.

El contenido de la ideología hedonista viene perfectamente determinado por su función política. Se trata de inculcar a los jóvenes que el único criterio para las relaciones entre los individuos es la persecución del placer físico. Esto es un ataque frontal a la moral cristiana, antigualla nociva que defiende la monogamia heterosexual y la natalidad, y con ello "traumatiza" a la gente introduciendo conceptos caducos como la culpabilidad, la responsabilidad, la vergüenza y el pudor. El objetivo inmediato es meridianamente claro: Minar los vínculos familiares y desprestigiar a la Iglesia y al propio cristianismo (todo lo más, podemos trivializarlo como una forma de solidaridad con los pobres, o sea, de socialismo precientífico). Con ello se consigue dejar al individuo totalmente a la intemperie, sin mediaciones, frente al Estado, el único que procura su verdadero bien, que le garantiza la felicidad, e incluso la libertad.

El hedonismo estatista a fin de cuentas es una colección de prejuicios groseros (nunca mejor dicho) que pretende eludir toda crítica dejando en la vaguedad y la indeterminación su fuente de legitimidad. Se supone, claro, que existe un fundamento científico, que hay un consenso de los "expertos", pero este no se puede identificar con un canon accesible, sino que en todo caso se nos remitirá al intrincado bosque de las publicaciones de psicología, sexología, etc, donde por cierto hay estudios para todos los gustos. En esto se diferencia por completo del cristianismo, que se basa con toda transparencia en un texto sagrado, perfectamente fijado, cuya validez podemos aceptar o no, juzgando por nosotros mismos, asistidos por la razón y la experiencia.

En la guía editada por la Junta de Andalucía, se dice: "La sexualidad no es sólo la penetración del pene en la vagina, el ano o la boca. Es la capacidad de disfrutar de nuestro cuerpo, del cuerpo de otra persona, del mismo o de distinto sexo." Como se ve, aquí de reproducción no se habla mucho. Es más, se pone en pie de igualdad el coito anal, el oral y la masturbación con el coito vaginal, que es solo "una posibilidad más" (neutralidad). Pero lo que importa señalar aquí es que un mínimo de espíritu crítico nos debería llevar naturalmente a preguntarnos: ¿Quién afirma esto? ¿Por qué esta visión de la sexualidad es necesariamente más verdadera que otra? Obsérvese que la frase en absoluto es meramente descriptiva, no dice simplemente que entre los seres humanos se observan tales y cuales conductas, o efectos psicofisiológicos (el "orgasmo"), sino que define lo que es el sexo, en un restringido sentido materialista, reducible a términos neuro-químicos ("capacidad de disfrutar"). Pero si esto es así, ¿es función de la escuela enseñar a disfrutar? En realidad, bajo el aparente absurdo, se vislumbra el verdadero objetivo: Alejar a los jóvenes de toda tentación de escuchar discursos morales que no emanen de las autoridades laicas y "progresistas", que son las únicas que saben lo que les conviene.

Por si quedara alguna duda del espíritu totalitario que anima a los redactores, estos incluyen cuestionarios con preguntas como "¿sabes si hay algún profesor o profesora al que no le guste que se impartan esas clases en el centro? ¿cuál es la razón?" La "neutralidad" de nuestros ideólogos implica detectar a los desafectos y sugerir a la juventud que se aleje de ellos, aunque sin llegar a la persecución directa. Pero todo llegará, porque mediante leyes como la de No Discriminación y otras, pronto se conseguirá que cualquier cuestionamiento de la ideología de género y el hedonismo estatista sean considerados delitos contra la igualdad o la salud pública. Estamos solo a un pequeño paso de ello, aunque a algunos no se les ocurra otra cosa que hacer chistes sobre las revistas porno en el colegio.

domingo, 1 de mayo de 2011

Ingeniería sociobiológica y totalitarismo [editado]

El Órgano del Progresismo funciona por campañas y campañitas. Ahora lleva unos días con el tema de las lesbianas que quieren ser madres. En varias comunidades, como por ejemplo Asturias y Cataluña, la sanidad pública solo ofrece la reproducción asistida en los casos de esterilidad. Esto excluye lógicamente a aquellas personas cuyo problema para tener hijos no estriba en una disfunción de su aparato reproductivo, sino en que no quieren aparearse con otra persona del sexo contrario. En El País han esperado a que dejara de gobernar el tripartito catalán, y a que el actual gobierno de la Generalidad esté recortando el gasto sanitario, para alimentar una de esas polémicas artificiales que van y vienen, según las conveniencias de la coyuntura política. No me negarán que tienen el don de la oportunidad. En los últimos cinco días, pueden contabilizarse como mínimo ocho artículos sobre el tema, incluyendo el editorial de ayer, titulado "Prejuicios".

Hay un debate previo, que es el de si la sanidad pública, cuya situación financiera es ya manifiestamente insostenible, debe siquiera costear la reproducción asistida en cualquier caso. Si tenemos en cuenta los índices de natalidad, parecería que la respuesta debería ser afirmativa. Pero la causa de la baja natalidad no reside en los casos de infertilidad, sino en que la gente fértil no quiere tener hijos, e incluso recurre al aborto masivamente para evitarlo. Sería añadir el absurdo a la indecencia que además de financiar abortos, la sanidad pública financiara los costosos tratamientos de reproducción asistida. Pues bien, esto es lo que prevee la legislación actual, y sin embargo a El País todavía no le parece suficiente: Quiere que las lesbianas también se puedan beneficiar de este despilfarro. Y porque de momento los hombres no pueden parir (todo se andará, los médicos con ansias de notoriedad abundan), que si no también defenderían las técnicas reproductivas a cargo del presupuesto para parejas homosexuales masculinas.

La cuestión de fondo, por supuesto, no es económica, sino moral. Una sociedad que no haya perdido definitivamente el norte no facilitará el capricho de cualquiera de tener hijos, como si los niños fueran mascotas, sino que favorecerá ante todo familias estables formadas por un hombre y una mujer. Son estas las que garantizan el mejor entorno afectivo y educativo posible para la infancia. Sin embargo, de aprobarse la Ley de No Discriminación que planea implantar el gobierno socialista, no solo la reproducción asistida para parejas lesbianas o mujeres solas será obligatoria, sino que además ni siquiera se podrá criticar.

La vía por la cual el Estado de derecho se está transformando en un Estado totalitario ante nuestros ojos es el de los derechos espurios. Estos, a diferencia de los derechos humanos clásicos, no consisten en la libertad de actuar sin interferencias arbitrarias, sino por el contrario, en exigir la realización de determinados deseos subjetivos, si es necesario con ayuda del Estado. Así, existiría un supuesto "derecho a ser madre", cuyo ejercicio cualquier mujer podría exigir al sistema público de salud, incluso aunque no quisiera quedarse embarazada naturalmente. Es decir, se confunde la libertad con el poder. Mi libertad de expresión, por ejemplo, no es mayor porque yo sea propietario de un periódico o una cadena de televisión, no está en función de mis capacidades. Disfruto de ella plenamente desde el momento en que nadie me impide ejercerla. En cambio, el poder del ser humano se expande con el progreso científico. ¡Pero ello no tiene nada que ver con la libertad! Podemos ser perfectamente esclavos en un mundo ultratecnificado. Especialmente nos deberían preocupar las crecientes demandas de experimentación sociobiológica, procedente tanto de los laboratorios (investigación con células madre, clonación, etc) como de otros grupos de presión, como el lobby homosexual.

[Durante años, los "progresistas" y los tecnócratas de la ONU han aplaudido con las orejas la política China de un solo hijo, que eso sí era una brutal violación del derecho a ser madre, pues implicaba la coacción directa del Estado. Estos mismos probablemente estarán a favor del "derecho" a ser madres de personas a las que nadie coacciona de ningún modo, sino que simplemente les ha dado por reproducirse sin tener relaciones heterosexuales, y encima quieren que se lo costeemos todos. Párrafo añadido a las 23:04]

No hay ninguna paradoja en que las promesas ideológicas de liberación nos puedan conducir al totalitarismo si en realidad no hablan de libertad, sino de poder. Y el riesgo estriba en que al olvidar el verdadero significado de la libertad, que se basa en la dignidad inviolable de la persona, ese poder se traduzca en el de unos hombres sobre otros, a una escala no conocida hasta ahora.