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sábado, 15 de agosto de 2015

El cristianismo no es progresista, gracias a Dios

El progresismo es una ideología cuya tesis fundamental podría sintetizarse así:
El ser humano es capaz de alcanzar la felicidad plena (o, al menos, acercarse indefinidamente a ella) exclusivamente por sus propios medios.
Los medios a los que se refiere el progresismo son fundamentalmente de dos tipos: técnicos (medicina, química, ingeniería, etc.) y políticos. Estos últimos se concretan en una acción decidida del Estado en la economía, en la educación, en regular las relaciones entre los sexos y en la protección del medio ambiente.
El progresismo, así definido de una manera tan genérica, ya nos revela sus dos características fundamentales. En primer lugar, es inevitablemente anticristiano. Y en segundo lugar, es antiliberal. Empiezo por razonar la segunda afirmación. En algunos círculos católicos, se confunde liberalismo con progresismo, en el sentido de que esencialmente serían lo mismo. Si el valor fundamental es la libertad, es evidente que bastará con liberar al individuo de todas las ataduras (económicas, políticas, culturales, religiosas) como condición previa para alcanzar la felicidad. Esto entronca indudablemente con la tesis fundamental del progresismo que acabamos de formular. Ciertamente, son muchos los liberales que no ocultan sus coincidencias con el progresismo, aun cuando subrayen las diferencias, principalmente en el terreno económico.
Así, por ejemplo, determinados liberales son partidarios de un supuesto derecho de la mujer a abortar, de los matrimonios entre personas del mismo sexo, de los vientres de alquiler, etc. Creen que el Estado no debe legislar restringiendo la capacidad de decisión de las mujeres ni de los individuos en general, en determinadas cuestiones morales, del mismo modo que no debe restringir la libertad de comercio.
Ahora bien, este razonamiento parte de una confusión. Una cosa es que el Estado intervenga para evitar que los individuos puedan entablar libremente relaciones o intercambios entre ellos, que no afecten a la supervivencia o las libertades de una de las partes o de terceros. Esto lo rechazan los liberales, a diferencia, en muchos casos, de los progresistas. Y cosa muy distinta es que el Estado prohíba relaciones o acuerdos entre individuos que supongan la violación del derecho a la vida o que impliquen lesionar la libertad de expresión o de objeción de conciencia (como ocurre al imponer el “matrimonio homosexual”, cuando el legislador trata de sobreprotegerlo contra cualquier crítica o disensión). En el segundo caso, no es más liberal quien defiende el aborto, sino menos. Porque todo sistema liberal requiere un Estado que proteja a los individuos de las agresiones de terceros, y eso incluye a los seres humanos nonatos, aunque carezcan de la capacidad de proclamar sus derechos, o más bien especialmente por eso.
Sin la protección de los derechos, la libertad carece de sentido legal. Es decir, equivale a esa “libertad de la selva” con la cual los enemigos del liberalismo pretenden caricaturizarlo. Fuera de la civilización, la libertad se reduce a la fuerza física. Es más libre quien es más capaz de rechazar o disuadir por sí mismo otra agresión. En cambio, en una sociedad donde impera la ley, por principio, la libertad no está ligada a la fuerza individual. La confusión de que hablaba antes procede de aquí. La libertad no es simplemente hacer lo que queramos, porque eso nos expondría a perderla en cualquier momento a manos de otros. La libertad es inseparable de la obediencia a la ley, y eso implica que no cualquier abolición de una norma basada en la religión o en la costumbre es necesariamente liberadora, por mucho que sus promotores la presenten así.
Se puede comprender ahora por qué decimos que el progresismo es esencialmente antiliberal. Es debido a que su forma de entender la libertad en realidad coincide con la que proyecta, criticándola, en los “neoliberales”, por utilizar su lenguaje. Pero eso no procede del liberalismo clásico, sino de su negación o deformación. Aunque incurran en ella algunos que se consideran más liberales que nadie.
Naturalmente, la cuestión es más compleja de lo que da a entender esta apretada síntesis, pues los progresistas se erigen como campeones de la “verdadera libertad”, que tratarían de desligar del poder económico. En este sentido, coincidirían aparentemente con los fines del liberalismo clásico. Pero con el subterfugio de denunciar el poder económico se termina siempre en el mismo punto, la defensa de un poder político justiciero que se cree con el derecho de robar la riqueza producida por otros, de maneras más o menos cínicas. Y ello equivale necesariamente a negar el principio del imperio de la ley, tal como hacen conscientemente los marxistas y los neomarxistas populistas de nuestros días, que consideran todo orden legal como una superestructura al servicio de la clase dominante. Las consecuencias de esta concepción del derecho son sobradamente conocidas: la dictadura del partido único y los campos de concentración. Es decir, la “ley de la selva” que tanto critican los comunistas identificándola con el capitalismo, pero que es la que erigen ellos allí donde consiguen el poder, en su forma más descarnada: una selva donde ninguna ley limita el poder del Partido, donde el derecho es una ficción mucho más desvergonzada que en la mayoría de lugares donde existen unas mínimas libertad de mercado y garantías formales.
Quizá lo dicho hasta ahora se entenderá mejor con el siguiente ejemplo. Todos entendemos que un liberal es una persona poco amiga de las prohibiciones. Pero al mismo tiempo, nadie consideraría que es más liberal quien permite la esclavitud que quien es partidario de abolirla. Es decir, aunque en conjunto el liberalismo es favorable a reducir todo lo posible las prohibiciones, en determinados casos puede ser, paradójicamente, más liberal prohibir que permitir. Esto debería estar perfectamente claro en el caso del aborto. El partidario de legalizar el aborto no es por ello más liberal, porque sencillamente está defendiendo que el derecho a la vida de algunos seres humanos (condición de cualquier libertad) no merece protección. Y no nos vale el argumento de que la discusión estriba, precisamente, en quién es (plenamente) humano y quién no, pues exactamente esto mismo era lo que argüían los esclavistas, cuando ponían en cuestión que los negros pudieran ser considerados seres humanos al mismo nivel que los blancos. Considerar como “liberales” a los abortistas es una licencia del lenguaje no menos extravagante que calificar de liberales a los esclavistas, mediante el peregrino razonamiento de que ellos están a favor de la “libertad” de que cada uno decida si un feto –perdón, un negro– es un ser humano o no.
En definitiva, el progresismo es antiliberal incluso cuando parece que coincide con el liberalismo, porque en realidad esa coincidencia no se produce con el liberalismo clásico, sino con el delirio prometeico que pasa por legítimo heredero de tal liberalismo –y que más bien es un usurpador. Y esto nos permite enlazar con la característica fundamental del progresismo, su carácter esencialmente anticristiano.
El cristianismo no es una doctrina opuesta al progreso técnico, ni a cualquier mejora social. De hecho, el cristianismo arraigó en Europa en mayor medida que en ninguna otra civilización, y casualmente (o no tan casualmente) es en la civilización europea (lo que incluye, culturalmente hablando, a América) donde se produjo la revolución industrial que ha cambiado, y sigue cambiando, la faz del mundo, y donde se han consolidado las sociedades más libres y prósperas que han existido nunca. Pero el progresismo no consiste simplemente en ser favorable al progreso, sino que, según se desprende de nuestra definición, lo convierte en la medida de todas las cosas, en el secreto de la felicidad presente y futura. Y es aquí donde choca radicalmente con el cristianismo. El primero mide el bien por su cercanía a una felicidad terrenal autosuficiente, mientras que el segundo lo hace por la cercanía del hombre a Dios, sólo posible por la mediación de Jesucristo. El cristianismo no se opone a la felicidad terrena, pero la relativiza, al considerarla por una parte como un don, como algo que no tenemos mayor derecho a exigir; y por otra parte, como un mero anticipo de la felicidad plena, aquella que sólo podemos alcanzar en la otra vida. El progresista considera que estas creencias entorpecen el pleno disfrute del hombre aquí en la tierra, incluso aunque concediera, por hipótesis, la existencia de una realidad trascendente. El cristiano, por el contrario, considera que al cifrar toda esperanza en el mundo, el hombre se incapacita para gozar de los bienes ultraterrenos, e incluso es más que probable que de todos modos tampoco logre disfrutar realmente de aquellos que posee aquí, de manera tan fugaz como precaria. El hombre más rico del mundo en cualquier instante puede perderlo todo, o incluso sin llegar a ello perder la satisfacción que le producen sus muchas riquezas materiales, por la pérdida de un ser amado o el quebranto de su salud.
Pero nada nos revela más a las claras el carácter anticristiano (¡y antiliberal!) del progresismo que sus frutos, y en especial que la ideología de género-homosexualista, auténtica punta de lanza del progresismo global, junto con el alarmismo climático. Nada hay más contrario a la concepción cristiana de la naturaleza humana que sostener que su carácter sexuado es una mera imposición cultural; que pretender imponer coactivamente (es decir, con toda la fuerza del Estado) en la educación y en los medios, la homosexualidad como igualmente válida, en todos los sentidos, que la heterosexualidad; que cualquier acuerdo entre individuos puede ser considerado una “familia”; que el aborto es un “derecho” de la mujer, sólo considerable desde el punto de vista de la llamada “salud reproductiva” (casi siempre, curiosamente, orientada a que la gente no se reproduzca). Y que la mujer estará oprimida por el hombre (el “patriarcado”) mientras se siga distinguiendo de él en cualquier aspecto de su conducta laboral, sexual o de otro tipo.
Todo este cúmulo de aberraciones y necedades se está imponiendo hoy en las “agendas” de casi todos los gobiernos occidentales (incluidos los supuestamente conservadores o de derechas) por la simple razón de que apenas encuentran una contestación elaborada, más allá de una minoría disidente que raramente recibe atención de los medios, salvo cuando se trata de deformar y ridiculizar sus concepciones.

Desde luego, no contribuye lo más mínimo a revertir esta situación el papa Francisco, con sus gestos y algo más que gestos de aproximación al pensamiento progresista. Pero evidentemente, el problema no es solamente este papa, sino que amplios sectores de la Iglesia, desde hace tiempo, o bien están seriamente contaminados por el progresismo –es decir, por una ideología incompatible con la que supuestamente profesan– o bien creen erróneamente que la mejor manera de enfrentarse a ella es eludir la polémica, el choque directo. Ciertamente, son muchos los cristianos que se consideran progresistas sin ver en ello ninguna incompatibilidad, pero ello sólo pone de manifiesto la existencia de empanadas mentales comparables a las de esos católicos que practican el yoga o creen en el tarot. Mantener posiciones ambiguas o contemporizadoras al respecto no ayuda en nada a difundir el Evangelio, sino todo lo contrario, a trivializar, tergiversar y convertir su mensaje en una doctrina más del mercado, que aspira a conseguir seguidores al precio, si es necesario, de rebajar sus exigencias o incluso de confundirse con otras "marcas" de éxito.

lunes, 1 de junio de 2015

Ocho años de dudas y certezas

Pronto –el 17 de junio– hará ocho años que empecé este blog. Son más de mil entradas, algunas de las cuales dieron origen a mi primer libro, Contra la izquierda. En mi segunda entrada, “Elogio de la duda”, traté de explicar por qué lo llamé Archipiélago Duda, aparte de la obvia alusión a la obra de Alexandr Solzhenitsin. Ya entonces apunté que es bueno dudar también de la duda. No soy un entusiasta del moderno culto a dudar de todo, inaugurado por Descartes. Fue este uno de los tres o cuatro mayores filósofos de la historia (junto a Platón, Aristóteles y Kant), al menos por su influencia, pero hoy pienso que en un balance final, el cartesianismo ha hecho más mal que bien. La pretensión utópica de empezar desde cero pasa fácilmente del orden teórico al práctico.
Confieso que he pensado más de una vez en cambiar el nombre de la bitácora, no del todo satisfecho con él, o incluso abandonarla. Pero siempre acabo manteniéndolo, e incluso renovando anualmente el dominio archipielagoduda.com –generalmente después de varios avisos de pago pendiente. Supongo que el motivo principal es el respeto a mis escasos pero fieles lectores, la mayoría (al menos, entre los que conozco) mucho más esclarecidos que yo, lo que me honra y me anima a seguir.
Mi primer impulso al crear este blog no fue convencer a nadie de nada, sino como mínimo hacer dudar a alguien de los dogmas y prejuicios del “pensamiento único”, expresión lanzada por la izquierda en los años 90 para referirse al “neoliberalismo”, tras la caída del muro de Berlín –pero que con toda justicia se le ha vuelto en contra. Sin embargo, hay una segunda derivada en el nombre, y es que yo mismo, hace ocho años, estaba inmerso, todavía sin saberlo, en un dubitativo proceso de vuelta al catolicismo de mi infancia. Mis padres eran católicos no practicantes apenas. Vamos, que no íbamos a misa los domingos, ni rezábamos en casa, pero los cuatro hermanos estábamos bautizados y habíamos celebrado la primera comunión, como el 99 por ciento de la población española entonces. (Perdonad que hable de mí, pero como alguien dijo, soy la persona que tengo más a mano.)
Ya el primer día que escribí en el blog me referí a la obra de Bertrand de Jouvenel Sobre el poder (publicada en 1944, el mismo año que Camino de servidumbre de Hayek), uno de los libros que más me ha influido en la vida, si no el que más (políticamente hablando). Una tesis fundamental de esta obra es que la secularización moderna es un proceso que ha contribuido decisivamente al crecimiento del poder de los Estados. Es decir, que contra la idea vulgar de que la religión es un aliado natural del poder (“el trono y el altar”, “el opio del pueblo”), en realidad son las ideologías laicas, y sobre todo ateas, las que más favorecen la expansión sin límites del estatismo. El relativismo moral, que es el resultado impepinable del escepticismo religioso (se pongan como se pongan todos los catedráticos de Ética del orbe), en manos de los gobernantes, es la mayor arma de destrucción masiva que existe. Es el sueño de todo dictador puro. Si el bien y el mal pueden redefinirse a nuestro antojo (en la bioética y todo lo demás), adivinen a quién beneficiará más tal cosa: a los hombres corrientes, la gente humilde que madruga todos los días para ganarse la vida, o a los más ambiciosos y carentes de escrúpulos, que por supuesto siempre saben hablar en nombre de los primeros.
No recuerdo si en este mismo blog he contado cómo perdí la fe a los catorce o quince años. Yo admiraba a divulgadores científicos como Isaac Asimov o Carl Sagan. Precozmente había leído incluso a Freud, concretamente La interpretación de los sueños (atraído sin duda por el título), lo que me proporcionó unas nociones seguramente inexactas, pero notables para mi edad, del psicoanálisis, que yo consideraba como una doctrina científica. Sin embargo, lo que me sacudió como una especie de iluminación fue un resumen de la concepción de Freud sobre la religión que, irónicamente, encontré en un libro de texto de religión del bachillerato de entonces (por desgracia he olvidado los autores y la editorial), que honradamente exponía los puntos de vista de los pensadores ateos. La idea de Dios como una mera interiorización del padre: he aquí el fogonazo que en mi adolescencia me hizo sentir súbitamente que la divinidad era una mera ilusión, una especie de complejo del que uno podía y debía curarse. Ningún autor ateo de los que posteriormente leí, ni Marx, ni Nietzsche –tal vez sólo el panteísta Spinoza– tuvo un efecto comparable en mí.
Hoy puede sorprender a los más jóvenes que Freud me impactara tanto, no sólo porque el psiconálisis ha perdido merecidamente el prestigio que llegó a tener, sino porque la figura del padre también ha dejado de inspirar el respeto de antaño. Ahora para muchos el padre es poco más que el “ex” de la madre, un tipo al que ven una vez a la semana, o a la quincena, un colega simpático que les hace regalos y les lleva al McDonalds y al cine. Para que se me entienda, debo decir que mi padre, que en paz descanse, era un padre de los de antes. Vaya, que imponía respeto, y que “simpático” sólo lo era a ratos y a su manera. Así que la doctrina de Dios como una personificación imaginaria del superego represor, nacido de la relación de dominio paterno, se me reveló una verdad como un puño, porque encajaba con mi experiencia del padre como una presencia que infundía amor y seguridad pero también, a veces, me oprimía con sus mandatos inapelables.
Según la doctrina católica, la fe es una gracia de Dios, por lo que perseverar en ella o recuperarla no es posible sin su intervención sobrenatural. Admitido esto, puede describirse el proceso visible del retorno a la fe, que acaso sea distinto en cada caso. Supongo que algo común a todos tiene que ser alguna forma de insatisfacción previa, de “nostalgia de Dios”. Desde el primer momento tuve problemas para identificarme con el ateísmo ramplón o el agnosticismo al uso, que no es apenas distinguible del primero. Aunque había perdido la fe, nunca tuve claro en absoluto que la inexistencia de Dios fuera un asunto zanjado, nunca comprendí el puro indeferentismo. Sin embargo, no por ello dejaba de tener serias dificultades para admitir una concepción de Dios “antropomórfica”, lo que significaba automáticamente sospechosa. En varias entradas anteriores (ver la etiqueta Religión de este blog) he tratado estas cuestiones. En resumen, gradualmente fui reconociendo que era incapaz de comprender el mundo, y de fundamentar mis convicciones éticas, prescindiendo de Dios. (Tampoco me he sentido atraído nunca por los sucedáneos orientales, que sirven para apagar superficialmente la sed de espiritualidad de tantas personas.) Al principio, esto no me llevó a creer de nuevo en un ser trascendente, sino más bien a una posición cercana a la de Emil Cioran. Es decir, la invencible dificultad de creer en Dios pero también de creer en cualquier ídolo sustitutorio, como la Razón, la Revolución, el Progreso o la Energía Cósmica... En la práctica, en mi caso esto se traducía en una actitud liberal clásica, es decir, en un escepticismo hacia todo utopismo, en una desconfianza casi instintiva hacia el poder político y los salvadores terrenales.
Podría haber persistido indefinidamente en esta posición cómoda y revestida de una innegable elegancia intelectual y estética. Admiraba (y admiro) a un liberal ateo como Jean-François Revel, al agnóstico Friedrich Hakey y otros autores que se mantenían pulcramente alejados de cualquier fórmula religiosa. Pero oscuramente sabía que no tenía suficiente con esto.
Una cuestión clave fue el tema del aborto. Antes, yo no era provida. No sólo no lo era sino que estuve dispuesto a consentir el aborto de un hijo mío. Es la primera vez que lo cuento públicamente. Cuando mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo, en una ecografía se le detectó un marcador de enfermedad congénita, lo que unido a la edad de la madre, que entonces tenía 38 años (aparentaba 30), le llevó al médico de la Seguridad Social a aconsejarnos (sic) el aborto. Hasta que se le practicó a mi mujer una amniocentesis, unos meses después, yo estaba decidido a semejante barbaridad. Mi mujer no lo tenía ni mucho menos tan claro, pero no me contradijo, quizás presintiendo que todo acabaría bien. En efecto, gracias a Dios, esa última prueba arrojó resultado negativo, por lo que el embarazo prosiguió con normalidad, y hoy tenemos a un muchachote de doce años, perfectamente sano. Lo llamamos Víctor, por su abuela Victoria y porque en cierto modo fue un chico victorioso ya antes de nacer. Años después descubrimos que el día de su nacimiento, el 30 de marzo, se conmemora a San Víctor, mártir de Tesalónica del siglo IV.
Gracias al sacramento de la confesión, he dejado de atormentarme por aquel pecado de intención. Sobre todo, nunca dejo de dar gracias a Dios por no haberme dado la ocasión de cometer el pecado de obra, y en cambio haberme regalado a mi hijo menor. Desde entonces, mi oposición al aborto ha sido cada vez más radical.

Sin embargo, por mucho que incluso providas católicos aseguren, con la mejor intención, que la posición del aborto no depende de las creencias religiosas, yo no he conseguido nunca verlo. Por supuesto que hay agnósticos y ateos que están contra el aborto, igual que están contra el asesinato y el robo. Pero el problema es que sus razonamientos, pese a que les conduzcan a una conclusión verdadera, me parecen por completo insuficientes. Es que por mucho que hablemos del ADN único e irrepetible del cigoto, soy incapaz de percibir, como el filósofo David Hume, el momento exacto en que pasamos milagrosamente de las observaciones a los preceptos éticos. Por supuesto, la ciencia es una aliada inestimable para determinar en qué instante empieza la vida humana individual, pero la ciencia jamás nos dirá por qué debemos respetar, no ya la vida de una célula embrionaria, sino la de un adulto. Ni la ciencia ni ninguna filosofía que prescinda de Dios, añado. Por acabar de decirlo todo, no puedo simpatizar con el empeño de algunos cristianos de dar más importancia al testimonio de un ateo contra el aborto que a los de mil creyentes. Lo cual no significa que haya que despreciar las coincidencias.


Bien es verdad que el hecho de que necesitemos a Dios para fundamentar la moral, aunque sea un indicio impresionante, no demuestra que exista. Pero tampoco pienso que sólo podamos conocer a Dios mediante la fe. Tenemos razones metafísicas poderosísimas para creer que el mundo existe como resultado de una elección consciente primordial, y no como resultado de una ciega necesidad, o sin causa alguna. Mi insatisfacción con los argumentos seculares que pretenden fundamentar la ética en una razón autosuficiente, o explicar el universo como una especie de erupto cuántico de la nada, fue la que me llevó (haciendo abstracción de la Gracia) a encontrar esos argumentos, que con mayor o menor torpeza he expuesto en entradas anteriores. Es decir, pienso que se pueden fundamentar racionalmente los preceptos morales en general, pero ello pasa ineludiblemente por los argumentos a favor de la existencia de Dios. (Dicho esto, no creo que el hombre hubiera podido dar con ellos por sí solo sin la revelación de las Escrituras. Abandonada a sí misma, la razón puede producir un Aristóteles, pero no un Santo Tomás.)
Con todo, a veces me asaltan de nuevo las viejas dudas. Por un momento me pregunto: ¿y si después de todo Dios no existiera? Pero os diré por qué estos momentos de debilidad me duran poco. Un mundo sin Dios, una naturaleza regida por procesos que se repiten absurdamente, sin ningún sentido ni propósito, me resulta sencillamente increíble. Los ateos no consiguen creer en un Dios infinitamente poderoso y bueno. Yo no consigo creer ya en un mundo infinitamente estúpido, como sin duda lo sería, si toda su admirable complejidad no sirviera más que para producir esa fugaz agitación que llamamos consciencia, entre dos nadas: la nada anterior al nacimiento y la nada posterior a la muerte. No, no es que no quiera creer esto. Lo he pensado durante años, y he podido vivir con ello. (¿No creo ahora en Dios, y sin embargo, pecador de mí, me olvido de Él gran parte del día, ocupado en mis insignificantes asuntos?) Es que, sinceramente, ya no puedo creerlo. Si el principio, el arjé que buscaban los filósofos presocráticos, no es un Ser consciente, sino la materia inerte, la singularidad inicial, el vacío cuántico o qué sé yo, este mundo es tan absurdo como comprendieron perfectamente Cioran o Camus, a los que sólo les faltó (que sepamos) dar el último paso, ir más allá de la penúltima verdad, la lucidez definitiva.
Respeto profundamente a pensadores como los citados, a aquellos que son capaces de extraer hasta las últimas consecuencias de su incapacidad de creer en Dios, de purgarse de toda ilusión. En cambio, me despiertan una invencible pereza los ateos humanistas, aquellos que pretenden que creamos que tiene algún sentido hablar de ética, de progreso, de libertad e igualdad –y al mismo tiempo sostener que somos un mero accidente de la combinatoria molecular (”polvo de estrellas”, cuando se ponen cursis), o que no es imprescindible saber qué somos realmente. No puedo evitar compadecer a los indiferentes, a los que nunca se preguntan qué hacemos aquí; pero los agnósticos me parecen mucho menos disculpables. El indeferentismo nace de nuestra debilidad, de nuestra propensión a la inconsciencia, al olvido, a la distracción. Pero el agnosticismo y el ateísmo son errores en gran parte buscados, son un empecinamiento en querer negar la trascendencia, en querer debérnoslo todo a nosotros mismos, en no tener que responder ante nadie superior.

A través de este blog espero seguir tratando de inspirar dudas a todos aquellos que sólo saben dudar en una dirección, o hasta un punto determinado. A aquellos que no creen en Dios pero creen en el progreso, el socialismo y los derechos de los chimpancés. Hace un tiempo hallé la que creo que es la definición más incisiva del progresista: es aquel que no llega hasta las últimas consecuencias, aquel que cree haberse liberado del cristianismo y los “prejuicios” pero no es capaz ir hasta el fondo, sino que sigue creyendo en un Sermón de la Montaña secularizado y sesgado, en un evangelio políticamente correcto, sin los milagros y sin la Resurrección. (Un católico progresista, lamentablemente, apenas es distinguible por su lenguaje.) En definitiva, un progresista es aquel que dejó de dudar aproximadamente a los dieciséis años, aquel que reemplazó las ingenuidades de la infancia por ingenuidades adolescentes de signo contrario, cuando debería haber continuado cuestionándolo todo y así tal vez acabar llegando, con la ayuda de Dios, a la disyuntiva última entre el nihilismo sin concesiones y Jesucristo.

sábado, 30 de mayo de 2015

La responsabilidad de los católicos

La gran mayoría de la población sabe, o cree saber, qué es el socialismo, y sabe, o cree saber, qué es el "neoliberalismo" (yo reconozco que esto último no mucho). El socialismo es para la gente distribuir la riqueza, servicios sociales "gratuitos" (pagados por el contribuyente), compasión por los pobres. El neoliberalismo son los mercaos, las empresas del IBEX 35, los bancos, el palco del Real Madrid: los ricos, en suma, resistiéndose como gatos panza arriba a ese reparto de la riqueza. No traten de profundizar mucho más. Ampliando un poco estas nociones, hablaríamos de izquierda y derecha, que vienen a ser sinónimos del anterior par de términos, con el añadido de que la derecha es beatona e inculta, mientras que la izquierda es todo lo contrario, además de idealista, simpática y molona.

Que la gente, en general, desconozca los rudimentos del liberalismo, especialmente en su vertiente económica, dos siglos y medio después de la publicación de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, puede inspirarnos cierta melancolía, pero tampoco nos debería chocar demasiado. Alguien dijo que el pueblo permanece siempre en la infancia. (Debió ser el cenizo de Schopenhauer, supongo.) Lo que ya resulta mucho más deprimente es que, en unas pocas décadas, la gente haya olvidado casi por completo el catolicismo, que tiene dos mil años. No se trata de que haya dejado de creer en él, es que incluso muchos que todavía se siguen declarando católicos han dejado de comprender lo esencial de la doctrina que supuestamente profesan, a juzgar por las opiniones que circulan masivamente sobre cuestiones de moral, y en ocasiones también sobre los dogmas centrales del cristianismo. Insisto, entre los mismos creyentes.

Se me ocurren de entrada dos explicaciones de este fenómeno. Una es que la evangelización siempre fue en realidad mucho más superficial de lo que se había creído. Es decir, el pueblo se limitaba a acatar el cristianismo bovinamente, mientras la Iglesia estuvo asociada de un modo más o menos directo con el poder terrenal. Por eso, en cuanto los intelectuales y los gobernantes dejaron de ser piadosos, ni siquiera en apariencia, el pueblo creyó que tampoco estaba obligado a serlo, como el escolar que no se prepara una lección porque le ha llegado el rumor de que "no entra en el examen".

La otra explicación es perfectamente compatible con la anterior, pero goza además de la ventaja del respaldo abrumador de los hechos. Resumiendo, una parte del clero católico, a partir de los años sesenta, dejó él mismo de creer en la doctrina que debía difundir y aplicar. Cuando Cristo se convierte en un revolucionario que vino a denunciar la pobreza y la injusticia social, en un Marx cualquiera avant la lettre, la Pasión y la Resurrección acaban inevitablemente, se quiera o no, en un segundo plano. Lo cual es como si, en la medicina, el interés por la curación quedara supeditado a algún tipo de sociología de la salud y la enfermedad.

La obsesión por las desigualdades es quizás la mayor enfermedad de nuestro tiempo. Todo lo contamina, todo lo politiza: la educación, la cultura, las relaciones entre hombre y mujer y, finalmente, la religión. Es una enfermedad o manía porque la desigualdad no es el problema más importante del hombre, y muchas veces ni siquiera es un problema. En primer lugar, no es el problema más importante porque si alguien pasa hambre, el problema no es (y no suele tener relación causal con) que haya otros que coman hasta reventar, sino el hecho mismo de pasar hambre. (Si todo el mundo tuviera el estómago vacío, el problema sería lógicamente aún más grave, no menos.) Aquí causa estragos la ignorancia del liberalismo económico, que nos enseña que la creación de riqueza no es un juego de suma cero (unos tienen poco porque otros tienen mucho), sino un resultado de la productividad, que depende de la tecnología y de la libertad de mercado.

En segundo lugar, la desigualdad con frecuencia no es ningún problema, o al menos un problema objetivo. Pienso particularmente en la paranoia del género, que se empeña en ver agravios en toda diferencia sexual. Si por ejemplo hay más camioneros que camioneras, sería debido, al parecer, al proverbial machismo del gremio en particular, y de la sociedad en general; no a que, tal vez, la mayoría de mujeres no se sientan suficientemente seducidas por chuparse horas y horas de carretera, sentadas al volante. (Los hombres, sobre todo a la edad en que deciden hacerse camioneros, suelen estar mucho más locos.) Y al revés, si hay más mujeres que se dedican a cuidar niños, no es porque muchas sientan que es una de las misiones más importantes, nobles y felices que puede haber, sino porque una conspiración patriarcal milenaria las ha condenado a la -por lo visto- denigrante tarea de limpiar culos y mocos. Es tan miserable, tan resentida, tan sórdida la visión de la vida del feminismo actual, que prácticamente imposibilita rehabilitar el término, que tuvo su justificación en reivindicaciones de principios de siglo.

Y en eso estamos. Hay poca escapatoria: en cualquier reunión familiar de más de ocho personas, indefectiblemente, alguien sentenciará que "el problema" (da igual de qué estemos hablando, incluso del inquietante avance del yijadismo) es que "las diferencias entre pobres y ricos no paran de aumentar". (Tesis que, década tras década, año tras año, los datos se empeñan en contradecir, aunque la prensa los relegue a la página 32, véase La Vanguardia del jueves 28 de mayo.) Ah, y nunca falta el soniquete de que la Iglesia debería adaptarse a los tiempos modernos, y aceptar los anticonceptivos, el divorcio y bendecir a los gays. ("A ver si al nuevo papa le dejan...")

Es crucial insistir en la relación entre ambas cosas, entre el éxito de la sociología de todo a cien y la descristianización de las masas. Primero empezaron los curas a jugar a la revolución social, y ahora, en una segunda fase, se encuentran con que ya sólo una minoría de sus feligreses cree en la indisolubilidad del matrimonio, en la castidad y en la existencia del pecado. Se empieza haciendo del Evangelio un panfleto de agitación social, y se acaba sustituyendo la clase de religión en los colegios por máquinas expendedoras de preservativos. Del comunismo a la comuna. Esto fue en esencia el Mayo del 68: una redefinición de objetivos de la izquierda.

Es natural que los progresistas asistan divertidos al proceso. Lo mosqueante es que tantos católicos, incluso en las más altas jerarquías vaticanas, sigan sin enterarse. Algunos de ellos nos dan la matraca día sí y día también con sus denuncias altisonantes del capitalismo, de "la idolatría del dinero", y todo el repertorio habitual de confusionismo inepto entre antropología y angelología, entre el estómago y el alma; como si Dios no nos hubiera dado las dos cosas, como si pudiera existir la civilización tal como la conocemos sin intercambios comerciales, sin precios, sin bancos, sin fondos de inversión, sin concentración industrial. Como si pudieran subsistir siete mil millones de seres humanos cultivando siete mil millones de huertecitos y practicando el trueque. Por disculpables que, hasta cierto punto, puedan parecer estas ensoñaciones bucólicas, el catolicismo tiene poco o nada que ver con ellas. Y cualquier error sobre lo que verdaderamente es el cristianismo sólo conduce a multiplicar los errores, porque la Verdad es una, y no podemos desvirtuarla por un lado sin que afecte al resto. Al menos, los católicos deberíamos saberlo mejor que nadie.

viernes, 22 de mayo de 2015

Reflexiones más allá del municipio

Actualmente sólo hay un partido que defienda a la vez dos ideas básicas:
1) Reducir el peso del Estado despilfarrador e hiperregulador, que es la causa del desempleo, el endeudamiento desquiciado y la corrupción política.
2) Proteger la vida humana desde la concepción, acabando con los más de cien mil abortos anuales.
Este partido se llama Vox.
El PP asegura defender lo mismo, pero miente, porque tras gobernar tres años y medio con mayoría absoluta, ha aumentado los impuestos, no ha reducido el grueso del aparato estatal y ha limitado su reforma de la ley del aborto a que las adolescentes puedan seguir abortando, con el permiso paterno.
Con el fin de mantener al menos a sus votantes de 2011, al Partido Popular sólo le queda el recurso del miedo: advertir de que votar a Vox o a Ciudadanos es fragmentar el voto de derechas y facilitar, en consecuencia, que llegue al poder el populismo de extrema izquierda que representa Pablo Iglesias.
Pero, ¿cuál es la causa última del populismo?
La crisis económica sólo ha sido un desencadenante de la emergencia de los nuevos partidos. Ante la crisis, hay dos respuestas posibles, el populismo y el regeneracionismo. El segundo implica reducir el peso del Estado, despolitizar y desideologizar la administración, el poder judicial y los organismos reguladores. El primero (aunque se disfrace también de regeneración y democracia) es justo lo contrario: dar más poder a los políticos (ellos dicen “al pueblo”, "las mujeres", etc.) y por tanto restar libertad a los individuos, las familias, las empresas y las asociaciones civiles.
El partido Podemos habla constantemente de desalojar a la casta, pero si analizamos sus propuestas y, sobre todo, las trayectorias intelectuales y las referencias políticas de sus dirigentes, caben pocas dudas de que su verdadero objetivo es convertirse ellos mismos en una casta neocomunista, mucho más tiránica e inevitablemente cleptocrática que la anterior.
La razón profunda del ascenso de Podemos no son la crisis ni la corrupción, sino la existencia en España de una arraigada mentalidad estatista, que se decanta más fácilmente por las soluciones milagrosas y el revanchismo que por la auténtica regeneración, que sólo puede consistir en devolver poder de decisión a la sociedad civil; en limitar la política (que es necesaria, pero controlada y vigilada) y favorecer la libre iniciativa en todos los órdenes: económico, educativo, cultural, etc.
No es aumentando la dependencia de los subsidios y los servicios sociales como conseguimos ser más libres y prósperos, sino justo al revés. Un Estado mucho más reducido puede dedicar el gasto social a aquellas personas que realmente lo necesitan (discapacitados, huérfanos, etc.) porque gasta menos y sobre todo porque permite que se genere la riqueza de la que, a fin de cuentas, se financia vía impuestos. Con una menor fiscalidad, paradójicamente aumenta la recaudación, porque se multiplican las inversiones, el empleo y el consumo. Pero lo fundamental es que, con impuestos más bajos, los ciudadanos somos más libres para decidir qué hacer con nuestro dinero, sin la intermediación de los burócratas, los políticos, los "expertos" y los grupos de presión basados en la ideología de género o el ecologismo perroflauta.
Es preciso señalar que dar más poder a los individuos, a las familias y a las empresas no tiene nada que ver con el relativismo, sino todo lo contrario. No se trata de que el individuo pueda hacer lo que le dé la gana, como si esto fuera un fin en sí mismo, sino de que las personas se rijan por las leyes, sin interferencias arbitrarias de los gobernantes. Nada favorece más el despotismo que “liberar” a los individuos de leyes “caducas” y de “prejuicios” morales, que son precisamente los que acostumbran a dificultar los abusos de los poderosos, obligándoles como mínimo a la ejemplaridad.
Más concretamente, reducir el poder estatal no implica reconocer falsos derechos como el aborto. La auténtica función del Estado es proteger los verdaderos derechos, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
El relativista sostiene que, puesto que no hay un consenso universal sobre cuándo empieza a existir la persona humana, el Estado está obligado a ser neutral, es decir, a dejar en manos del individuo la decisión sobre la licitud o no del aborto. Ahora bien, esta neutralidad es completamente falsa. Lo que se discute es si un ser humano no nacido merece la misma protección que el nacido. Ante esto, no hay término medio ni neutralidad posible. O protegemos al embrión y al feto humanos, o no los protegemos. Admitida la falta de acuerdo en el terreno teórico, sólo existe una forma de resolver cualquier disputa reduciendo al máximo la violencia: es lo que llamamos democracia.
A fin de no enzarzarnos en una guerra civil, para resolver nuestras diferencias irreductibles, no se ha inventado nada mejor que la elección periódica y con garantías de gobernantes y legisladores. No se trata de que cuestiones como el aborto deban decidirse mediante el voto, de que la verdad pueda reducirse a la opinión mayoritaria. Esto sería recaer en el relativismo. Lo que sostenemos es que, puesto que de facto no nos ponemos de acuerdo en una serie de cuestiones esenciales, el único modo incruento de conllevar esta disensión es admitir unas reglas de juego. Lo que implica también que cada cual pueda seguir defendiendo lo que cree que es verdad, en contra de la mayoría, si es preciso, y que pueda tratar de convencerla pacíficamente[1].
La concepción romántica de la democracia confunde la voluntad popular con una verdad imperativa, lo que está en el origen de las peores tiranías. En realidad, la democracia no es más que un juego para dirimir nuestras diferencias, o mejor dicho, para permitir que podamos seguir manteniéndolas y convivir al mismo tiempo.
Todo esto puede parecer elemental, pero no son pocos quienes sostienen, a veces desde posiciones opuestas, que determinados temas (el aborto, la pena de muerte, etc.) deben quedar excluidos del debate democrático, lo que nos lleva a un problema de regresión al infinito: ¿quién decide lo que se debate y lo que no?[2]
Volviendo al punto inicial, desde el partido gobernante se pretende recabar el apoyo planteando un dilema perverso entre continuidad e involución populista. Es decir, entre una administración sobredimensionada y politizada, que permite el aborto libre en la práctica mientras impone mil regulaciones para abrir una peluquería, y un régimen totalitario, que fomentaría aún más, si cabe, los abortos, y que exacerbaría indeciblemente los controles y las vejaciones de toda índole a los ciudadanos que pretenden ganarse la vida honradamente, e incluso crear empleos, para promover una siniestra igualdad en la miseria.
No creo en una concepción tan mezquina y cobarde de la democracia, que la reduce a elegir entre lo malo y lo peor. La democracia entraña el riesgo de que triunfen el error y el mal, pero si no corremos ese riesgo, nunca triunfarán en buena lid la verdad y el bien. Y esto implica votar en conciencia: justamente lo que propone Vox.





[1] Problema distinto es cuando el poder es tan opresivo que imposibilita recurrir exclusivamente a medios pacíficos. La paz y la democracia no siempre son posibles, lamentablemente, pero cuando no existen, el esfuerzo de toda política debe ser tratar de retornar a ellas en el período más breve posible.
[2] Quien escribe también ha incurrido en esta equivocación en algunos escritos de este mismo blog, en los que incluso formulaba alternativas heterodoxas al parlamentarismo clásico. Una cosa es pensar que determinados temas no deben estar continuamente debatiéndose a la ligera (para lo cual existen los blindajes constitucionales de los derechos humanos y determinados principios fundamentales de un Estado, como la unidad territorial) y otra distinta es pensar que debamos tratar de impedir de manera absoluta y permanente la discusión sobre dichos temas. Lo segundo me parece (ahora lo veo más claramente) un error.

domingo, 19 de abril de 2015

Un breve réplica a la réplica de Juan Ramón Rallo

Juan Ramón Rallo, en su artículo Liberalismo contra conservadurismo: réplica a Pío Moa y Carlos López, ha expresado ciertas críticas a mi anterior entrada, críticas que por supuesto agradezco, aunque no me hayan convencido. Creo que mi artículo es lo suficientemente claro, así que no voy a entrar en una discusión pormenorizada de todas las afirmaciones de Rallo que a mi entender son erróneas, o desfiguran mis argumentos, máxime cuando él mismo ha renunciado a seguir contestando a las contrarréplicas. (¡No se lo echaré en cara si luego se desdice y sigue debatiendo!) Pero sí comentaré un párrafo que considero crucial, y que me permite aclarar mejor mi idea fundamental. Es el siguiente:

"No creo que nadie razonable y que acepte la igualdad moral entre las personas defienda la necesidad de imponerle por la fuerza unas creencias religiosas determinadas a otras personas sin creencias religiosas o con unas creencias religiosas diferentes. Por tanto, fundamentar el derecho humano en la religión es controvertido: no porque el derecho no pueda fundamentarse en la religión, sino porque no debe fundamentarse sólo en la religión (la justicia ha de ser objeto de lo que Rawls llamaba un “consenso entrecruzado amplio”, defendible desde concepciones filosóficas muy heterogéneas)."

En mi artículo, yo sostenía que tan fundamentalista me parece quien afirma que la vida es sagrada (como argumento básico contra la eutanasia) como quien afirma que no lo es, o pretende que vivamos como si no lo fuera. La réplica de Rallo es que quien quiere prohibir la eutanasia impone sus creencias incluso a quien no las comparte, mientras que quien desea legalizarla, no las impone a los demás.

Lo que yo sostengo es que el segundo... también las impone, incluso en una legislación exquisita con el derecho de objeción de conciencia (cosa que no siempre se cumple). Y me las impone, porque yo no afirmo simplemente que no quiero practicar una eutanasia o un aborto, sino que no debo mantenerme indiferente ante esas prácticas. Esto justifica desde el activismo político pacífico (por ejemplo, manifestándome frente a clínicas abortistas) hasta votar a partidos que en su programa incluyan la prohibición de la eutanasia y el aborto.

La contrarréplica a lo anterior de los "liberales integrales" como Rallo es que entonces debo estar dispuesto a admitir que otras concepciones morales extravagantes me puedan ser impuestas a mí. Y mi respuesta es que, en efecto, no lo puedo evitar. Lo que yo niego precisamente es que exista el "consenso entrecruzado amplio" rawlsiano. No hay un terreno común en el que podamos ponernos de acuerdo todos. Sí hay terrenos preferibles a otros (por ejemplo, yo prefiero la actual democracia liberal a cualquier otro sistema), pero eso no significa que se haya logrado que nos pongamos de acuerdo todos en todos los temas esenciales. Al menos, es evidente que esto no ha sucedido nunca.

Tal situación no significa que no sea posible el diálogo entre las distintas concepciones. Hay ciertos principios (verdaderos o falsos) que no son formalmente demostrables, y ante los cuales no existe neutralidad posible. Pero existe un amplísimo campo de debate sobre las consecuencias de estos principios, que permite mostrar posibles incoherencias o incluso iluminarlos hasta el punto de que algunas personas reconsideren si desean seguir manteniéndolos. (Yo mismo abandoné mi agnosticismo, no por una experiencia religiosa desencadenante, sino por un proceso en principio intelectual.)

Así por ejemplo, Rallo afirma que yo incurro en incoherencia cuando me opongo a la legalización de la eutanasia, pero no del suicidio o incluso de conductas de riesgo, basándome en el carácter sacro de la vida. Esto sería cierto si yo sólo sostuviera este principio. Pero en mi opinión, tanto la vida como la libertad son condiciones sine qua non para alcanzar los fines propios de la criatura humana, por lo que no creo pecar de incoherencia. En cambio, Rallo sí parece creer en un solo principio (la libertad) pues, si no le malentiendo, considera valiosa la vida sólo porque permite realizar proyectos vitales elegidos libremente, y no en sí misma. Sospecho que esta concepción tiene su origen en un cierto nominalismo antiesencialista; pero aquí lo dejaremos, por ahora.

sábado, 18 de abril de 2015

Liberalismo Único

A propósito de los recurrentes debates sobre la legalización de la prostitución y de las drogas, el profesor Juan Ramón Rallo ha publicado un breve artículo titulado "Lo que también es el liberalismo", en el cual defiende que esta doctrina va más allá de la defensa de las libertades económicas, principio con el cual estoy absolutamente de acuerdo. Mi discrepancia con el autor empieza cuando desciende a algunas cuestiones concretas, o con su forma de argumentarlas.

Me resulta cada vez más tediosa la discusión sobre lo que sea o no sea el liberalismo. Daré de momento por buena la afirmación de Rallo de que el liberalismo mayoritario es el que él defiende, aunque no aluda a la encuesta en la que se basa, y aunque podamos discutir que el diccionario sea una cuestión de mayorías. Puesto que él se cuenta entre los que llama "liberales integrales" (lib-in, en adelante) me limitaré a razonar por qué yo declinaría ingresar en semejante club.

Adelanto aquello en lo que estoy de acuerdo con Rallo: libertad de inmigración, de prostitución [1] y de consumo de drogas, con las regulaciones de sentido común que el mismo autor admite. En cambio, me opongo a legalizar la eutanasia, el tráfico de drogas y los úteros de alquiler.

Sólo una observación sobre la argumentación a favor de la libertad de inmigración. Sostiene Juan Ramón Rallo que las fronteras políticas son "arbitrarias". Si quiere decir que podrían haber sido otras, ello es evidente. Pero no es menos cierto que las fronteras de un país como España tienen un origen histórico-cultural que sólo desde una posición adanista se puede desdeñar. Lo comento porque creo que ahí reside un defecto clave del liberalismo tal como lo entienden los lib-in: la idea de que sólo lo que encaja en mi sencillo esquema lógico de las cosas es lo "racional", mientras que las razones más complejas, que acostumbran a sedimentarse en la tradición y la costumbre, pueden ser relegadas a la categoría de prejuicios atávicos, que merecen ser abolidos de un plumazo por el legislador -cosa que a menudo este hace sin consultar a la sociedad.

Vayamos a las discrepancias más graves. Nuestro lib-in defiende que cada cual pueda escoger el momento y las condiciones de su muerte. Pero pasa por alto la cuestión esencial de este debate, aquello que distingue a la eutanasia del mero suicidio, es decir, si es legítimo matar a otro con su consentimiento, o colaborar en el suicidio. Igualmente, está a favor no sólo de que uno pueda drogarse, sino de que pueda vender droga, lo que en muchos casos es una forma lenta de ayudar al prójimo a matarse, o por lo menos a autoinfligirse graves daños físicos y psíquicos [2].

La palabra mágica que permite a los lib-in resolver todos los problemas ético-políticos es consentimiento. También podemos hablar de la fórmula del "¿qué hay de malo en...?" Ahora bien, esta formulita, si de aplica con la coherencia que pregonan los lib-in, nos lleva a consecuencias sencillamente aberrantes. Por ejemplo: ¿Qué hay de malo en... que una madre venda a su hijo recién nacido? A fin de cuentas, la "maternidad subrogada" (siniestro eufemismo para tapar la realidad: el tráfico de bebés) es un contrato por el cual una mujer, a cambio de dinero, entrega un niño gestado por ella con gametos ajenos. Si esto es legítimo, ¿por qué no debería serlo que la mujer pactara previamente la venta de un niño concebido por otros medios, incluyendo el natural? Pero sigamos con las preguntas. ¿Qué hay de malo en el mercado de órganos procedentes de vendedores voluntarios? ¿Qué hay de malo en que alguien consienta libremente ser comido por un antropófago? (Ha habido algún caso, creo recordar que el más reciente en Alemania.) ¿Qué hay de malo en que yo acepte por un acto libre convertirme en siervo o esclavo de otro? ¿Qué habría de malo en la pedofilia, desde el punto de vista de una sociedad (aleccionada por los consabidos "expertos", educadores "con perspectiva de género" y activistas de un futuro no lejano) que hubiera llegado a la conclusión de que la práctica del sexo con adultos carece de efectos perjudiciales para los niños, al igual que una parte de ella ya ha llegado a la conclusión de que el aborto o el "matrimonio" gay son "derechos"?

Estas preguntas repelen por sí solas a cualquiera que crea que matar enfermos terminales es malo, ayudar a alguien a suicidarse es malo, traficar con seres humanos es malo... O más precisamente, que todas estas conductas son malas objetivamente, y lo que es también esencial, dañan no a uno mismo (como hace el consumidor de droga, o la persona que se prostituye, o la que se suicida sin ayuda), sino a terceros.

El lib-in, o bien no cree que exista un mal objetivo (es decir, independiente del consentimiento de quien lo sufre) o bien es agnóstico, es decir, no cree que pueda legislarse partiendo de otra base que del mal subjetivo. Piensa que incluso aunque creyera (por una suerte de intuición o por motivos religiosos) que alquilar un útero o matar a un enfermo terminal es malo en cualquier caso, su coherencia liberal le llevaría a ser partidario de la legalización de estas conductas. Pero me atrevo a ponerlo en duda. Sostengo que los lib-in lo son porque creen que esas prácticas no son en sí mismas malas, o al menos no encuentran una razón para afirmar que lo son, como en cambio sí suelen creer (menos mal) que es un abuso repugnante que los menores de cierta edad tengan sexo con adultos. Al menos hasta que -lo repito- una campaña lo suficientemente persistente no acabe convenciendo de lo contrario a una parte considerable de la población.

O bien el mal es algo objetivo, o bien no lo es. Decir que una sociedad civilizada debe regirse por la segunda tesis, o al menos proceder como si fuera cierta, porque la primera no puede demostrarse, es una actitud de tipo fundamental. Tan fundamentalista es quien cree que la eutanasia debe prohibirse porque la vida humana es sagrada, como quien cree que no lo es, o que en caso de duda debemos actuar como si no lo fuera (¿y por qué no al revés?), dejando la cuestión en un plano meramente contractual y consensual. No hay un liberalismo puro, descontaminado de concepciones metafísicas y morales radicales (de raíz), sino que cada cual tiene las suyas. Y por cierto, digámoslo claramente de una vez: el agnosticismo no existe, o es muy raro; generalmente es sólo una palabra que significa: "me niego a (o me aburre) discutir mis actitudes fundamentales." Así que sigue siendo necesario, por no decir irremediable, distinguir entre liberal-conservadores y liberal-progresistas. Aunque me temo que algunos querrían un Liberalismo Único, mucho más en armonía con el Pensamiento Único hegemónico.

[1] Otra cosa es que yo entienda que volvamos una y otra vez a un debate trucado de origen, porque, que yo sepa, en España nadie va a la cárcel por prostituirse. Si lo único que queremos es que las putas coticen a la Seguridad Social, pues sinceramente, a mí como liberal (aunque sea no "integral") el asunto me repatea bastante, porque soy partidario de que no haya cotizaciones obligatorias para nadie.

[2] Antes de que me repliquen con la apelación de rigor a la ley seca de los Estados Unidos en los años veinte: sí, sabemos que también el alcohol tiene efectos nocivos para la salud de algunas personas y no por ello debe prohibirse. Pero la cuestión es si el ejemplo es verdaderamente extrapolable o no, es decir, si bebidas alcohólicas como el vino o la cerveza son tan peligrosas como ciertas sustancias derivadas de la síntesis de la morfina o la cocaína. Una de las tesis de los partidarios de la legalización es que los males para la salud de las drogas duras proceden únicamente, o principalmente, de la prohibición (con las secuelas propias del mercado negro, como adulteración, falta de información e indefensión del consumidor, etc.), pero esto es sumamente discutible, aunque no hay espacio para tratarlo aquí.

sábado, 31 de enero de 2015

El uno por ciento más rico

Según Oxfam, “en sólo dos años el 1% más rico de la población acaparará más riqueza que el 99 % restante”. Actualmente, este porcentaje (70 millones de personas, en números redondos) ya posee el 48 % de la riqueza mundial.

Los autores sostienen que buena parte del enriquecimiento de esa minoría se debe a la influencia de grupos de presión financieros y farmacéuticos sobre los gobiernos, a costa del interés general. Por todo ello, proponen una serie de medidas que, en resumen, implican aumentar el gasto público y las regulaciones sobre el sector privado.

La noticia de que una exigua minoría controla casi la mitad de la riqueza mundial, y que en breve tiempo disfrutará de más del cincuenta por ciento, ha saltado a los medios de comunicación como la revelación de una obscenidad. La idea popular de que los ricos cada vez son más ricos –insultantemente ricos– y los pobres más pobres se ha visto reforzada con cifras concretas y poderosamente intuitivas. Pero no por ello deja de ser una idea falsa.

Como ha señalado el economista Juan Ramón Rallo, con los datos en la mano, y pese a todos los problemas coyunturales, “el mundo nunca ha sido un lugar mejor”. Desde 1980, la población que sufre extrema pobreza ha pasado del 43 % al 17 %, la desnutrición del 21 al 11,3 %, la mortalidad de los menores de cinco años del 11,5 al 4,6. Han aumentado también notablemente, a nivel global, la esperanza de vida, el acceso al agua potable y al alcantarillado, la alfabetización y la escolarización...

Es verdad que cada vez hay más ricos, y que la riqueza de algunos de ellos se ha incrementado. Pero es falso que cada día haya más pobreza en el mundo. Sencillamente, la tesis de que la opulencia de los unos se origina en la miseria de los otros carece de confirmación empírica. Y bien mirado, esto no debería sorprendernos. La riqueza no es una magnitud estanca ni estática. Las personas adineradas consumen e invierten, crean innumerables empleos directos e indirectos, destinan ingentes sumas a obras filantrópicas. El dinero no se limita a fluir hacia ellas, sino que circula también en sentido contrario, y con profusión.

Sin duda es cierto que algunos ricos se ven beneficiados por los gobiernos, gracias a sus actividades de lobby. (Y no olvidemos a otras minorías, como los agricultores, los ecologistas, los gays y un larguísimo etcétera.) Pero si políticos y burócratas no controlaran un porcentaje tan alto de la economía, su capacidad de favorecer caprichosamente a intereses particulares sería menor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los estados han venido desplazando al mercado como proveedores de ciertos servicios públicos, hasta el punto de que se ha generalizado la impresión de que no existe otro medio de universalizar la sanidad, la educación o las pensiones. Pero transferir la riqueza desde la sociedad hacia los burócratas no equivale a que aquella se redistribuya; simplemente convierte a una gran parte de la población en dependiente, cuando no en rehén, de la arbitrariedad política, que decide sobre el número de camas de hospital, los contenidos educativos, la edad de jubilación o el monto de esta, en función de criterios ideológicos y ajenos a cualquier lógica sostenible.

Se dirá que sigue siendo escandaloso que un 1 % de la población “acapare” (según el tendencioso término de Oxfam) casi la mitad de la riqueza mundial. Pero, ¿qué debería preocuparnos más, la pobreza en sentido absoluto –que haya gente que no tiene suficiente para comer, para medicinas, etc.–  o la desigualdad? Porque se trata de dos cosas distintas. Si A posee una riqueza mil veces superior a B, y la de ambos se multiplica por dos, la desigualdad seguirá siendo relativamente la misma, pero es evidente que la situación de B habrá mejorado radicalmente. ¿Debería molestarle a B que a A también le vaya mejor?

Las desigualdades no se dan solamente en la economía. Se observan en multitud de campos, tanto sociales como naturales. Ello no demuestra que la desigualdad económica sea una necesidad cósmica ineludible, pero sí que tal vez debería sorprendernos mucho menos.

El 1 % más rico de la población tampoco es un club cerrado ni homogéneo. El propio informe Oxfam admite que sólo el 34 % de milmillonarios de la lista Forbes ha heredado una parte o la totalidad de su fortuna. Y entre los setenta millones de individuos que suman el 48 % de la riqueza mundial existen abismales diferencias, desde los 80.000 millones de dólares de Bill Gates hasta menos de un millón. (El número de personas con más de un millón de dólares asciende a 35 millones, según Credit Suisse.)

¿Es un escándalo que haya seres humanos mucho más opulentos que otros? Puede que lo sea, pero a poco que reflexionemos, veremos que se trata de una realidad cotidiana; habitual, sin ir más lejos, en la mayoría de las familias. Los padres suelen ser cien o mil veces más ricos que sus hijos, cuyo patrimonio se reduce a una bicicleta y a una hucha. Se dirá que el ejemplo no vale, pero lo que reflejan propiamente las estadísticas esgrimidas por Oxfam es la riqueza nominal, que no siempre se corresponde exactamente con el nivel de vida.

Solamente por motivos prácticos, deberíamos centrarnos mucho más en la pobreza absoluta que en la desigualdad, un concepto estadístico que se presta demasiado a la manipulación emocional. Aunque sea una tautología, por lo visto hay que decirlo: la pobreza sólo se reduce realmente facilitando la creación de riqueza. Ese 1 % de seres humanos más ricos debería ser visto no con resentimiento, sino como un estímulo, como un motor de progreso.

lunes, 12 de enero de 2015

La cruel paradoja de París

Permítanme distinguir dos reacciones típicas (desgraciadamente típicas) a los atentados islamistas de París. Tenemos, por un lado, a quienes sugieren una equivalencia moral entre el terrorismo y las intervenciones militares de gobiernos como Estados Unidos, sus aliados e Israel. Un perfecto imbécil (actor, por más señas) afirmó en las primeras horas que "Occidente asesina diariamente". Y un dirigente del entorno etarra ha declarado que "Europa y Occidente han hecho mucho daño al resto del mundo históricamente." Quienes elevan los crímenes terroristas contra personas desarmadas e inocentes a la categoría de acciones de combate (incluso cuando estas últimas puedan ser en ocasiones éticamente dudosas) no sólo distorsionan la realidad, sino que han perdido por completo su capacidad de discernimiento moral. Entre un bombardeo contra objetivos militares que causa víctimas civiles y el asesinato premeditado de estos existe una diferencia esencial que sólo los prejuicios ideológicos pueden difuminar.

Tenemos, por otro lado, a quienes condenan el terrorismo islamista, pero lo desvinculan del islam o bien lo incluyen dentro de un conjunto de fenómenos más amplio o de otra naturaleza. En alguna tertulia he escuchado incluso que los atentados de París no tienen nada que ver con el islam. Por lo que sabemos, quienes no han tenido nada que ver con los asesinatos han sido los católicos, los budistas y los boy-scouts. Esta actitud puede obedecer a distintas motivaciones: algunos aprovechan para cargar contra todas las religiones, y en especial contra el cristianismo. Existen también personas a las cuales les cuesta encajar el yijadismo en su particular cosmovisión "progresista", para la que el Mal siempre procede de unas entidades difusas que llaman "fascismo" o "neoliberalismo", si es que se avienen a distinguirlas. En este subgrupo encontramos habitualmente a aquellos que parecen poner en el mismo plano la indignación por unos asesinatos tan reales como viles y la preocupación por un nebuloso ascenso de la islamofobia, hasta ahora menos tangible que la judeofobia (que afecta desde hace tiempo a Francia) e incluso que el sectarismo anticristiano que suele pasar por laicismo. A menudo, son los mismos que culpan al racismo, la xenofobia o a la marginación económica de que algunos individuos se conviertan en asesinos.

Lo cierto es que las sociedades occidentales son probablemente las que ofrecen una mayor igualdad de oportunidades a todos los individuos, sea cual sea su sexo, raza o religión. Cualquier niño francés, español, alemán o estadounidense que aproveche la escolarización obligatoria puede gracias a ello, en el futuro, acceder a casi cualquier profesión o empleo cualificado. Es evidente que un chaval de clase alta lo tendrá más fácil que otro cuyos padres se encuentren en el paro y que resida en un barrio donde proliferen las drogas y las bandas. Pero en principio, de su esfuerzo, reflejado en sus calificaciones académicas, depende en gran medida que un día pueda escapar de ese ambiente. No sin cierta frecuencia, es a veces el individuo de origen más humilde quien saca más partido de las oportunidades ofrecidas por el sistema educativo, lo cual demuestra que son más decisivas que las circunstancias, e incluso que las cualidades intelectuales innatas.

Sin embargo, desde hace mucho tiempo, en Occidente, y particularmente desde los propios centros de enseñanza, se viene inculcando una ideología que niega radicalmente lo anterior. Desde la más tierna infancia se adoctrina a los ciudadanos en la idea de que la sociedad (aunque quieren decir el Estado) tiene la obligación de garantizar la máxima igualdad material posible de todos. La escuela, desde este punto de vista, no es ya vista como una oportunidad de prosperar, sino como parte de esa realización de la igualdad. Esto lleva a que aquellos que no aprovechan los estudios, en lugar de culparse a sí mismos por ello, desarrollen un resentimiento perfectamente estéril, en el mejor de los casos, hacia una sociedad a la cual culpan de su automarginación.

No es anecdótica la relación entre el radicalismo de la juventud musulmana en Francia y el rap, una forma de expresión cultural surgida en contextos análogos de rechazo de la responsabilidad sobre la propia vida, alimentados por pedagogos y periodistas imbuidos de concepciones izquierdistas. Los mensajes de "crítica social" que supuestamente transmiten los raperos tienen mucho más de cierta clase de protesta onanista, que encuentra una satisfacción narcótica en culpar siempre a otros de los problemas.

Esta concepción, generalizada a las relaciones internacionales, es por cierto la que lleva a criminalizar a Occidente, convertido en el principal culpable del subdesarrollo e incluso de los conflictos que afectan a otras culturas. El cóctel explosivo se completa denigrando todos los días la herencia judeocristiana, desde las cátedras, las redacciones y los parlamentos. Herencia que es precisamente la que está en la base de los valores que hacen de la persona, y no el colectivo, el centro de la existencia.

Así las cosas, es endiabladamente fácil que la juventud francesa de origen magrebí encuentre en la identidad cultural de sus padres y abuelos una forma de profundizar en ese complejo de externalización de toda culpa, y termine en numerosos casos en la radicalización islamista. Y por si esto no fuera suficiente, no faltarán los periodistas y demagogos que vendrán a darles la razón, confirmándoles que se trata de un problema de racismo o de políticas "neoliberales" que les han condenado al desempleo.

Se cierra así un círculo que conduce a las posiciones apuntadas en primer lugar, las cuales relativizan y a la postre justifican el terrorismo. La lucha contra el yijadismo está indisolublemente ligada, por lo dicho, con la recuperación de nuestra propia identidad occidental, que es tanto como decir liberal y judeocristiana. Una identidad (y no deja de resultar una cruel paradoja) que los propios dibujantes de Charlie Hebdo se esforzaron denodadamente por denigrar. Pese a sus errores, descansen en paz.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Más Chandler y menos Chomsky

Uno de los ingredientes esenciales del género negro, tanto en el cine como en la literatura, es eso que suele llamarse crítica social. De ahí a postular que esa modalidad de relato policíaco es intrínsecamente de izquierdas hay un paso tan fácil como falso. Una cosa es reflejar las miserias morales de la clase adinerada, y otra muy distinta utilizar ese reflejo para arremeter contra los mercaos. Para esto último, no basta con que la ideología del autor se preste a ello, sino que además debe estar dispuesto a subordinar a ella los criterios estéticos.

Dashiell Hammett coqueteó con el comunismo, pero por lo que recuerdo, eso no se notaba lo más mínimo en sus novelas, pulcras descripciones objetivas de hechos y diálogos, inspiradas, según dicen, en las sagas islandesas, relatos medievales que sorprenden aún hoy por su total ausencia de valoraciones y juicios explícitos. Pero es que Hammett fue un genio, y sus novelas son un goce que sobrepasa el ámbito del género.

Quien fijó verdaderamente el género negro, tal como se sigue cultivando en la actualidad, fue Raymond Chandler, con su inolvidable novela El sueño eterno. La narración del detective en primera persona, el gusto por la descripción somera pero brillante de vestuario y escenarios, las reflexiones personales del protagonista, sin pretensiones, pero cumpliendo una inequívoca función estética, especialmente como remate de la novela, y la hábil explicación final, proporcionando la información justa para que el lector deduzca por sí mismo el resto, se reconocen con facilidad en los cultivadores de nuestros días.

El problema surge cuando algunos autores pretenden aprovechar la forma chandleriana para verter opiniones que no le interesan a nadie, especialmente si son las del montón, o sea, las progres. Como he dicho antes, no es algo que dependa sólo de la ideología del autor. Vázquez Montalbán era comunista (qué le vamos a hacer; y Céline era nazi) pero su serie de novelas protagonizadas por el detective Pepe Carvalho tenían la encomiable virtud de eludir colarnos monsergas directas, salvo que la memoria me falle. (La obra maestra de la serie tal vez fuera Los mares del Sur.) Por supuesto, la pintura de los personajes y situaciones dejaba entrever sin dificultad las inclinaciones políticas del autor, pero este no ofendía la inteligencia del lector formulándolas explícitamente. No nos soltaba su opinión como el cuñado que aprovecha aviesamente la sobremesa para ilustrarnos con sus originalísimas ideas de consumidor de tertulias televisivas o radiofónicas.

Recientemente me he propuesto leer la serie de novelas policíacas de Lorenzo Silva, protagonizadas por el sargento de la Guardia Civil Rubén Bevilacqua y su ayudante Virginia Chamorro. De momento he despachado las dos primeras, El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Son muestras apreciables del género, que se leen con gusto. Pero, ay, a Lorenzo Silva le tienta demasiado opinar a través de su alter ego Bevilacqua, uno de los mayores pecados de un novelista.

En la última novela mencionada hay un ejemplo paradigmático, que permite ilustrar lo que pretendo decir. En el capítulo 12 Silva nos describe a un cínico personaje, llamado Egea, que trabaja al servicio de un hombre muy rico, sobornando políticos para obtener contratos, y especulando con la recalificación de terrenos. Y el tal personaje se expresa en estos términos:

"Nunca le quitamos nada a nadie. Puede que otros quisieran ganar el dinero que ganamos, pero si lo hicimos nosotros fue porque anduvimos más vivos. La libre competencia, que se llama. El cimiento de nuestra sociedad."

¿Libre competencia, sobornar políticos y beneficiarse de las limitaciones que estos imponen a la propiedad del suelo? Bueno, tal vez el autor sólo pretenda mostrar cómo algunos tergiversan el sentido de las palabras para justificar su bribonería. Pero esta explicación piadosa queda desmentida tres líneas más abajo, cuando el sargento Bevilacqua nos expone su opinión de la libre competencia:

"Por mi parte, desisto de creer en la libre competencia hasta el día en que los niños de Liberia puedan aspirar a viajar a Disneylandia, en lugar de tener que defender su vida con un M-16. Pero Egea recibía por la parte ancha del embudo, y seguramente le gustaba pensar que lo merecía."

Relacionar la libre competencia con la guerra es reincidir, agravándolo, en el oxímoron de asociar libertad de mercado con el tejemaneje político. Y aludir a embudos revela a las claras los estragos que ha causado y sigue causando la falacia de la suma cero (si unos ganan, otros tienen que perder, supuestamente). Pero ponerse sentimental con la alusión a Disneylandia ya es un empalago excesivo. Seré un desalmado, pero yo me conformo con que los niños africanos puedan ir a la escuela y tengan acceso a atención médica y antibióticos. Y una de las cosas que más contribuiría a ello sería levantar las barreras al libre comercio, es decir, profundizar en la libre competencia.

Lorenzo Silva trata de mostrarnos una Guardia Civil moderna, que ha pasado de perseguir a gitanos y robagallinas a ser implacable con los ricos. Quizá sea un progreso, pero a mí me tranquilizaría más saber que los agentes del orden no abrigan ideas de revanchismo social, sino simplemente de justicia y de verdad objetiva, sin aditivos ideologicos. Y que cada cual saque sus propias conclusiones, como en las buenas novelas, exentas de moralina impertinente.

sábado, 22 de noviembre de 2014

De la casta a la neocasta

El diccionario de la RAE ofrece varias acepciones de “casta”. La primera considera al término como sinónimo de ascendencia o linaje, tanto referido a hombres como a animales. La segunda alude al sistema de castas de la India, a las que se accede por nacimiento endogámico. Una tercera, más amplia, define “casta” como “un grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por su raza, religión, etc.”

En los últimos tiempos, el término “casta” se ha popularizado en España para referirse, de manera despectiva, a la clase política y financiera, acusada de corrupción endémica, y de ser la causante de la crisis económica, o al menos de haberse aprovechado de ella para imponer una agenda de recortes antisociales. Es evidente que dicha clase no permanece separada del resto por su raza ni por su religión. Tampoco, aparentemente, por su ideología, pues suele incluirse en ella tanto a miembros del PP como del PSOE y el resto de partidos parlamentarios; tanto a directivos de cajas como a sindicalistas.

¿Cúal es entonces el elemento definitorio de esta casta que concita tanto rencor, probablemente justificado? No es muy difícil descubrirlo. Lo que tienen en común políticos, dirigentes sindicales y directivos de cajas o de algunas corporaciones es que todos ellos disponen, de manera directa o indirecta, del presupuesto público. Unos porque deciden a través del Boletín Oficial del Estado cómo debe gastarse, e incluso cómo debe obtenerse fiscalmente. Otros, porque mediante subvenciones o tratos de favor, participan también del erario.

Identificada la naturaleza de la casta, es preciso discutir cómo poner coto a sus desmanes. Básicamente, existen tres medios. El primero es la sustitución democrática del personal político, habida cuenta de que el actual no tiene el menor interés por reformar un sistema del cual es su principal beneficiario. El segundo consiste en reforzar el control sobre el sector público, para lo cual es imprescindible restaurar (si es que alguna vez existió) la independencia del poder judicial y los organismos reguladores. Y el tercero es una reducción drástica del volumen presupuestario que manejan nuestros políticos. Me referiré abreviadamente a estos tres procedimientos como “sustitución”, “control” y “reducción”.

Cualquiera puede comprender que la sustitución, por sí sola, no garantiza en absoluto el objetivo reformista que se pretende. Puesto que nuestra casta no se define por razones de linaje, sino por su carácter estructural, es obvio que este persistirá si simplemente cambiamos las caras y los apellidos. La sustitución probablemente es una condición previa indispensable, pero no suficiente.

Por su parte, la necesidad de control suscita un gran acuerdo, pero debemos estar prevenidos contra su equívoca defensa por parte del nuevo partido ascendente, Podemos. Pues cuando sus dirigentes hablan de controles, están apuntando principalmente hacia el sector privado, ¡incluyendo los medios de comunicación! Esta concepción sería de hecho diametralmente opuesta a la que hemos definido arriba, porque supondría ya no controlar más a los políticos, sino, por el contrario, conferirles a ellos mayor capacidad de controlarnos a los demás –por mucho que se adornase con las consabidas escenificaciones democráticas y asamblearias.

Por último, hay que reconocer que la reducción es el medio menos popular de todos. Pues probablemente la mayoría de la gente cree que el problema no es que el Estado maneje un excesivo porcentaje de la riqueza nacional (el 45 % en España) sino que lo gestiona mal, destinando demasiado dinero a gastos suntuarios en lugar de a la sanidad o la educación. Ni siquiera se aprecia un nivel significativo de indignación contra el despilfarro en las televisiones estatales o las subvenciones al cine español. Por el contrario, son muchos quienes creen que el Estado debería emprender una ambiciosa política de inversiones públicas, que promoviera la creación de empleo y el consumo.

Se trata de un error capital, por no decir el error capital. Démosle más dinero a cualquiera, sin que lo haya producido él mismo con su esfuerzo, y tenderá a derrocharlo. Cuando los políticos disponen de más recursos económicos, el resultado son aeropuertos inútiles, universidades de provincia insostenibles, más ayudas que desincentivan hacer las cosas bien, y por supuesto, más tentaciones y oportunidades de corrupción. La experiencia lo ha demostrado una y mil veces. Pero la mayoría se resiste a sacar las lógicas conclusiones, porque en mayor o menor grado espera beneficiarse de un subsidio, una prestación “gratuita” o un polideportivo en su pueblo, por absurdamente costoso que resulte construirlo y mantenerlo.

Muchos culpan a la casta de haber malgastado y robado el dinero público, cuando en realidad son ellos quienes han estado permitiéndolo y alentándolo, quienes se han dejado sobornar durante cuarenta años con el panem et circenses, esto es, con el presupuesto y con “el derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo”, que incluye deshacerse del cuerpo de un ser humano que subsista gracias al cordón umbilical.

Esta clase de ciudadanos es la que pretende agravar el error, entronizando a una nueva casta con tal de que sigan prometiéndoles lo insostenible y lo indecente, incluso en grado superior a lo visto hasta ahora. El estropicio puede ser inenarrable; puede suponer el racionamiento, los cortes de luz, la destrucción de la clase media y la división de la sociedad como en la trágica década de los treinta o como en la Venezuela de los últimos quince años.

Es verdad que el gobierno de Mariano Rajoy utilizará precisamente el miedo, así como el destape de escándalos que impliquen a los dirigentes de Podemos, para que sigamos apoyando a la casta actual, aunque es dudoso que esta táctica le vaya a servir. Iglesias sabe contrarrestar lo primero adoptando una imagen de moderación en función del canal y la franja horaria (como hizo Hugo Chávez en su día, con un virtuosismo interpretativo digno de un Laurence Olivier). Y en cuanto a lo segundo, ni el gobierno central ni los autonómicos tienen la más mínima credibilidad para denunciar malversaciones o tráficos de influencias.

Acabar con la casta no se logrará mediante una simple sustitución de personal gobernante, que incluso puede suponer el advenimiento de una supercasta, como aquellas que rigen en La Habana o en Caracas. Tampoco, evidentemente, se conseguirá manteniendo a los dirigentes actuales como un mal menor.

Es preciso desalojar democráticamente a la clase política actual, pero además debemos combatir la dependencia enfermiza de la casta que padece un gran número de españoles. Ambas cosas se implican mutuamente. Se necesitan líderes que, en lugar de mentiras confortables y promesas irrealizables, se atrevan a soltarle al público las verdades más incómodas, buscando no el aplauso fácil, sino la reflexión y la autocrítica. Líderes que proclamen sin ambigüedades que no existe el gratis total, y denuncien firmemente que abortar no es otra cosa que liquidar una vida humana. Y se necesitan ciudadanos que se respeten lo suficiente a sí mismos para no escuchar los cantos de sirena que les eximen de la responsabilidad inherente a la libertad. De otro modo, no haremos más que sustituir a una casta decadente por una neocasta joven y pujante, y por ello mucho más peligrosa.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La curva ideológica

Aunque el prejuicio vulgar asocia exclusivamente al conservadurismo con el autoritarismo, la protección de un cierto orden no sólo no está necesariamente reñida con la libertad, sino que es condición indispensable para preservarla. Esto es evidente como mínimo en lo que respecta al ordenamiento jurídico. Una sociedad en la cual no exista el respeto a la ley ni los jueces sean independientes de toda presión ideológica "progresista", difícilmente puede ser libre. Hay además otras instituciones, como son la familia, las asociaciones cívicas o la Iglesia, que proporcionan cohesión, estabilidad y protegen a los más débiles, forjando vínculos entre los individuos. El déficit de estos se traduce en un vacío moral y psicológico que tiende a ser suplido por una burocracia y una coacción estatal mucho menos eficientes, y sobre todo mucho más arbitrarias e inhumanas.
El progresismo, por su parte, no es incompatible en absoluto con el autoritarismo. En primer lugar, porque la coacción estatal tanto puede servir para mantener el orden social como para subvertirlo. Tan autoritaria puede ser la forma de imponer determinados cambios como un cierto statu quo, por emancipadoras que supuestamente sean las intenciones declaradas en el primer caso. Y en segundo lugar, porque, como hemos dicho, la erosión o abolición de determinadas instituciones, que el progresismo considera opresivas y reaccionarias, crea un vacío que inevitablemente es ocupado por el poder político.
La libertad individual se basa en un delicado equilibrio entre la tradición y el progreso. Por tanto, se eclipsa cuando el celo por conservar la primera y el entusiasmo por el segundo derivan hacia los extremos. Tanto el reaccionario, que se opone por principio a todo cambio social, como el revolucionario, que pretende hacer tabla rasa con lo anterior, son autoritarios; ambos tratan de conseguir fines opuestos con un mismo método: la limitación de la libertad individual. Sin embargo, conviene distinguir entre el autoritarismo clásico y el totalitarismo. En la medida en que el gobierno autoritario, por despótico que sea, impone un orden, él mismo se ve constreñido, hasta cierto punto, y aunque sea sólo en un plano teórico, por ese mismo orden. Por poner un ejemplo simple, un dirigente islamista no podría levantar la prohibición coránica del consumo de alcohol, por mucho que quisiera. (Lo que él haga en su vida privada es otra cuestión.) Pese a su carácter antiliberal, la ley islámica en sí misma supone una limitación, por leve que sea, de la arbitrariedad política. Su peligro reside principalmente en los medios técnicos de que dispone para amplificar su barbarie, desde armamento hasta vídeos virales de propaganda.
El totalitarismo, sin embargo, tal como fue definido por Hannah Arendt, es algo completamente distinto; se trata de una forma de dominación total que elude cualquier tipo de limitación, incluso aquella basada en su propia legalidad o en su ideología, mucho más interpretable y mudable que cualquier tradición de tipo religioso. Los totalitarismos nazi y comunista se caracterizaron porque, en su fase de plenitud, la represión política ya no tenía como finalidad, como en las viejas autocracias, eliminar a la oposición, pues toda resistencia organizada ya había sido esencialmente quebrantada. En lugar de ello, procedieron a exterminar masivamente a “enemigos objetivos”, es decir, a grandes grupos de personas que no habían cometido ningún delito común o político, ni siquiera entre los tipificados por la legislación totalitaria. Se mataba a las personas y se las recluía en campos de concentración, no por lo que habían hecho, sino por lo que eran. Carece de sentido decir que un Estado trata aquí de preservar un orden, por autoritario que sea; más bien, el gobierno (o el Partido que lo utiliza como mera fachada) se ha convertido en el principal, si no en el único, “agresor del orden social” (Bertrand de Jouvenel[1].) La dominación total no puede permitir que se consolide ningún tipo de ordenamiento predecible, ninguna legalidad que eventualmente restringiera la arbitrariedad del poder. El totalitarismo, en su forma más pura, sería una “revolución permanente”. No deja de resultar irónico que Stalin consiguiera hacerse pasar por un “conservador” frente al inventor de ese eslogan, Trotsky[2]. Y no menos errónea es la extendida confusión que considera al nazismo como un movimiento reaccionario o de derecha, como veremos.
Si el autoritarismo reaccionario es la perversión del conservadurismo, el totalitarismo sería la tendencia latente del progresismo, más peligrosa aún. Del mismo modo que no se puede ser extremadamente conservador sin deslizarse hacia el autoritarismo, el progresismo, a partir de cierto umbral, adquiere un carácter pretotalitario. Pero para un dictador, el totalitarismo posee una indudable ventaja respecto al autoritarismo clásico, y es que no lo compromete con ningún tipo de orden, aunque para quienes siguen pensando en términos de los dictadores del pasado, parezca convenirle que imponga uno a su medida. Un totalitario, mientras no sienta la tentación de “degenerar” (según su punto de vista) en meramente autoritario, no se conformará con tan poca cosa como mandar, con perseguir a los disidentes; quiere dominar por completo y a todo el mundo, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y para ello, cualquier estabilización jurídica de un régimen resulta no sólo innecesaria, sino inconveniente. El autoritario ataca la libertad para establecer un orden. El totalitario ataca el orden para destruir la libertad.
A la luz de estas consideraciones, se comprende fácilmente que, incluso mucho antes de alcanzar niveles totalitarios, el progresismo resulta más apto para eliminar trabas al poder político que el conservadurismo, porque esa es precisamente su especialidad, remover obstáculos, lo que el totalitarismo no hace más que llevar al paroxismo de un allanamiento devastador. Esto explica también la tendencia histórica de los partidos a desplazarse hacia la izquierda. No es tanto debido a un complejo de inferioridad de la derecha, como a la tendencia natural que tiene el poder de encontrar el camino más corto para su expansión.
La función que relacionaría las variables libertad-autoritarismo y conservadurismo-progresismo puede expresarse gráficamente con una curva en forma de campana. (Fig. 1.) En ella se refleja con claridad la idea de que la máxima libertad individual es sólo posible alcanzando un difícil equilibrio entre esas tendencias opuestas. Esta curva ideológica tiene una cierta afinidad con la propuesta de Hayek de sustituir el burdo eje unidimensional izquierda-derecha por un triángulo en cuyos vértices se situarían conservadores, socialistas y liberales; pero representa más intuitivamente, según creo, las gradaciones ideológicas intermedias y, sobre todo, su dinamismo latente[3].

He situado a conservadores y progresistas a izquierda y derecha, respectivamente. En razón del accidente histórico de la Revolución francesa y del accidente biológico de la prevalencia de la mano diestra, convencionalmente se identifica a los conservadores con la derecha, y a los progresistas con la izquierda, por lo que podría parecer que habría sido conveniente una gráfica a la inversa. Sin embargo, para el orden de lectura de nuestra cultura (de izquierda a derecha) resulta más intuitiva la disposición elegida, pues ilustra mejor una cierta secuencia histórica resumible, muy grosso modo, como autoritarismo, liberalismo, progresismo y totalitarismo.
Esta curva ideológica se distingue notablemente de otro diagrama que, con leves variantes, proponen algunos autores liberales o libertarios. Estos sitúan las distintas posiciones ideológicas en un plano con arreglo a dos ejes que representan el mayor o menor apoyo a las libertades de tipo económico, a las que teóricamente se inclinan más los conservadores, y a las libertades de tipo personal, favoritas de los progresistas[4]. La objeción que merece este esquema (sin duda atractivo, por su sencillez) es que no explica por qué unos tienden más a la libertad económica y otros a la personal. O mejor dicho, de algún modo sugiere que, salvo los plenamente liberales y los plenamente autoritarios, conservadores y progresistas son simplemente incoherentes. Personalmente, creo que a esta visión le falta un factor externo a la libertad, y al mismo tiempo relacionado dinámicamente con ella, como es la actitud frente al orden, concepto amplio que incluye los dos aspectos de seguridad y justicia.
Con fines meramente orientativos, en la Fig. 2 he mostrado las posibles posiciones relativas de distintas ideologías o sistemas políticos.

En la base de la campana he situado, en el extremo reaccionario, el islamismo. En realidad, podría distinguirse entre distintos tipos de esta ideología. Por ejemplo, el Estado Islámico que siembra la muerte y la destrucción en Irak tiene un claro carácter totalitario. Y por razones distintas podría decirse lo mismo del régimen iraní. No en vano, ciertos intelectuales occidentales progresistas saludaron con simpatía la llegada al poder de Jomeini.
En el otro extremo he situado a los nazis en el sector progresista, junto con los comunistas. Puede sorprender esta ubicación de un régimen que vulgarmente se sigue considerando como derechista. Sin embargo, el carácter revolucionario del nazismo es innegable. La idea de una selección racial contante, que iba mucho más allá del antisemitismo (aunque la derrota del Tercer Reich impidiera aplicarla a otros grupos de manera tan sistemática) no se distingue prácticamente en nada, por sus efectos, del concepto de lucha de clases[5]. Al igual que los bolcheviques, los nazis y los fascistas pretendían la destrucción de un mundo liberal-burgués que consideraban caduco, a fin de crear un “hombre nuevo”. Si las diferencias ideológicas entre el nacionalsocialismo y el comunismo parecen justificar que los situemos en campos políticos no meramente rivales, sino opuestos (la derecha y la izquierda), ello es debido a un extendido prejuicio que aún hoy considera al segundo como un heredero de la Ilustración que habría incurrido en determinados “excesos”. Sin embargo, es difícil ocultar el carácter antimoderno del bolchevismo, la ruptura radical que suponen el Gulag y el genocidio con la tradición nomocrática e individualista de Occidente, del cual los comunistas sólo se interesaron por su ciencia instrumental y la tecnología[6], de manera comparable a como hacen hoy los islamistas. En todo caso, el comunismo sería un hijo bastardo de la Ilustración; pero compartiría esa condición con el propio nacionalsocialismo. Ambos aseguraban tener una base “científica”, y mientras el nazismo se inspiró libremente en el darwinismo, Engels no dudó en considerar a Marx como el Darwin de la ciencia histórica[7]. Pero tanto la selección racial de los más aptos como la lucha de clases son nociones ideológicas más pertenecientes al mundo de la fantasía que a la razón.
Comunistas y nacionalsocialistas no eran progresistas totalitarios porque fueran herederos del racionalismo, sino debido a su obsesión por la destrucción de un orden que consideraban decadente. Uno de los malentendidos más extendidos de nuestro tiempo es precisamente el que asocia progresismo y racionalismo. Esta confusión nace de que el progresismo empezó históricamente por atacar el orden establecido tachándolo de irracional. Sin embargo, la pretensión de fundar un orden totalmente basado en la razón, partiendo de cero, entraña sofismas insolubles, que terminan conduciendo a un irracionalismo más radical que el originalmente combatido. La inclinación de la intelectualidad progresista hacia el relativismo, el multiculturalismo y el colectivismo, que suponen una ruptura con la tradición racionalista de Occidente, no es tanto una desviación o recaída más o menos frívola en posiciones reaccionarias, tal como lo interpretan algunos[8], como un desarrollo lógico de las implicaciones del progresismo.
Las restantes ideologías o sistemas políticos de la Fig. 2 se han situado de un modo orientativo. Puede discutirse que el chavismo sea un régimen más autoritario que el franquismo, aunque por los efectos pauperizadores del primero, creo que es bastante evidente. La curva muestra también la distancia que separa al autoritarismo conservador franquista, e incluso al fascismo en sentido estricto, del totalitarismo revolucionario de Hitler, en contra de la imagen que ha cultivado la izquierda hasta nuestros días. El régimen de Mussolini sin duda revistió un carácter menos conservador que el franquismo, aunque no alcanzó ni de lejos el nivel totalitario, por mucho que el dictador italiano alardeara de ello. Con todo, y aunque Franco firmó muchas más condenas de muerte que Mussolini, como consecuencia obvia de que accedió al poder en una guerra civil, no hay duda que, tras la posguerra, el régimen español se estabilizó como una dictadura clásica[9], menos invasora de las vidas privadas que los regímenes fascistas de los años treinta.
El resto de posiciones ideológicas requerirían otro artículo.





[1] Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 223.
[2] “Stalin concentró sus ataques sobre el medio olvidado slogan de Trotsky precisamente porque había decidido utilizar esta técnica.” Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, col. “Los libros que cambiaron el mundo”, Madrid, 2009, p. 668.
[3] Friedrich A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 508.
[4] David Boaz, Liberalismo. Una aproximación, Gota a Gota, Madrid, 2007, p. 51.
[5] H. Arendt, ob. cit., pp. 668-669.
[6] Luciano Pellicani, Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo, Unión Editorial, Madrid, 2011, p. 72.
[7] H. Arendt, ob. cit., p. 777.
[8] Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Random House Mondadori, Barcelona, 2013.
[9] “El franquismo en España mantuvo hasta el último de sus días la retórica hueca del falangismo, (..) los brazos en alto y los cánticos de trinchera. Sin embargo, el franquismo [tras la muerte del dictador] devino en una democracia liberal en sólo unos meses. (...) Franco simplemente quería mandar, no inventarse España desde cero, y mucho menos crear un nuevo español radicalmente diferente al del pasado.” Fernando Díaz Villanueva, prefacio a Luciano Pellicani, Lenin y Hitler, ob. cit., pp. 10-11.