Mostrando entradas con la etiqueta Cambio Climático. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cambio Climático. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de mayo de 2014

Totalitarismo en la Casa Blanca

La administración Obama manifiesta su obsesión intervencionista en dos grandes líneas de acción: la sanidad y el cambio climático. Tras los clamorosos fracasos registrados en la primera, ahora pretende dar un nuevo impulso a la segunda, recurriendo al asesor de la Casa Blanca John Holdren, un demente totalitario que en los años 70, junto a Paul R. Ehrlich, ya profetizó que Estados Unidos se enfrentaba a un grave problema de superpoblación, para lo cual recomendaba abortos y esterilizaciones forzosos.

El diseño de la recepción en los medios del informe de Holdren es digno de ser incluido en cualquier antología de la propaganda. Se trata de redactados en los cuales se mezclan sin escrúpulos una única verdad (que la temperatura ha aumentado un grado desde que hay registros, hace más de un siglo) con explicaciones hipotéticas de fenómenos meteorológicos extremos (tornados, olas de calor, inundaciones, etc., que siempre han existido) y predicciones lo suficientemente imprecisas para que sea muy difícil contrastar su acierto antes de que nos hayamos olvidado del tema, dentro un par de décadas, como sucedió con la charlatanería acerca de la superpoblación.

La táctica es amalgamarlo todo, a fin de producir un efecto acumulativo, transmitiendo la falsa impresión de que existe una abrumadora cantidad de indicios. En realidad, lo único innegable es el incremento de temperaturas que muestran los registros a lo largo del siglo pasado. Un incremento que en el actual no se ha verificado; aunque este detalle, por supuesto, los profetas del clima se cuidan mucho de mencionarlo ante el gran público.

Lo demás son, estrictamente, suposiciones a partir de los datos registrales: que las catástrofes meteorológicas son consecuencia del calentamiento global y que este se mantendrá en el futuro, a un ritmo similar al del último tercio del siglo XX.

Así, por ejemplo, Telecino titula: "El cambio climático ya es una realidad". ¿Las pruebas? "Devastadores tornados, inundaciones que lo anegan todo, olas gigantes… Son algunos de los signos..." Esto es como si acusamos a Fulano de asesinato, y como "prueba" aducimos triunfalmente que hemos encontrado el cadáver de Mengano, aunque no sabemos la causa de su muerte ni qué relación exacta tiene con el sospechoso.

Para adornar el relato, estos "impactos" (el término ya es tendencioso, pues presupone que se trata de efectos de una causa conocida) se traducen en un aumento de las alergias, cosa que se presta fácilmente a cierto fatalismo popular, siempre dispuesto a dar por sentado que cada vez hay más alergias, más cáncer, más contaminación y más hambre en el mundo.

El carácter burdo de la manipulación es patente en este otro párrafo de un digital meteorológico:

"Otros impactos del cambio climático también se dejan notar en el incremento de los riesgos de transmisiones de enfermedades, en la calidad del aire y en un posible incremento de problemas de salud mental, según el informe."

Si hubiese un incremento comprobado de transmisión de enfermedades, aún quedaría por probar que es debido, indirectamente, al aumento de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero el texto ni siquiera habla de esto, sino de "riesgos de transmisiones de enfermedades". Y un riesgo no puede observarse, salvo que nos estemos refiriendo a las condiciones que lo crean. Lo mismo puede decirse del "posible incremento de enfermedades mentales". Si hablamos de riesgos y de posibilidades, carece de sentido decir que "se dejan notar", salvo que pretendamos hacer pasar subliminalmente por hechos observacionales lo que no son más que deducciones de una hipótesis de la que todavía no hemos empezado por aportar ni una sola prueba.

Por lo demás, la predicción de un aumento de enfermedades mentales, en medio de este panorama apocalíptico que tratan de vendernos, tiene algo de cómica proyección del problema que quizá aqueja al "Zar científico de Obama", como dicen los americanos, refiriéndose a Holdren.

Toda esta charlatanería seudocientífica, acompañada de imágenes de inundaciones, incendios y campos agrietados por la sequía, consigue el efecto buscado de que quienes osamos cuestionar la endeblez de la hipótesis antropogénica del cambio climático aparezcamos como unos monstruos insensibles, incapaces de conmovernos ante el drama de millones de seres humanos amenazados por el hambre y obligados a emigrar masivamente a otras latitudes. Es decir, como "negacionistas" comparables a los chiflados que niegan la existencia de las cámaras de gas nazis.

En realidad, los verdaderos negacionistas son quienes cierran los ojos ante las terribles consecuencias que tendrían, para millones de habitantes de los países más pobres, que les obligáramos a reducir sus emisiones industriales.

Negacionistas son los majaras que se niegan a vacunar a sus hijos porque dicen que las vacunas producen autismo, con lo cual están favoreciendo la reaparición de enfermedades infecciosas que habían sido prácticamente erradicadas.

Negacionistas son quienes se oponen a los cultivos transgénicos, condenando al hambre a millones de seres humanos, que dependen de una agricultura mucho más eficaz.

Negacionistas son quienes se oponen a la fracturación hidráulica y a la energía nuclear, porque creen que podemos incrementar los costes de la energía y reducir el crecimiento económico mundial sin que aumente la miseria en el mundo.

Y por encima de todo, negacionistas (negadores de la vida) son quienes defienden que hay que reducir la natalidad, y que la total despenalización del aborto es una victoria del "progreso".

Son gente peligrosa, que debería estar alejada a más de un kilómetro de cualquier cargo público. Son la clase de gente de la cual gusta de rodearse Obama, el presidente de los Estados Unidos más nefasto que ha habido en mucho tiempo.

jueves, 17 de abril de 2014

El juego del clima

En 2010 hice una apuesta con el geógrafo Magí Aloguín sobre el cambio climático. Si la desviación de la temperatura global media del año 2020, respecto a la media del siglo XX, es superior a la desviación del 2010 (que fue de 0,66 grados positivos), tendré que invitarle a comer; y él a mí si es inferior. Acordamos que nos basaríamos en las estadísticas ofrecidas por la administración de los Estados Unidos en el sitio web climate.gov, concretamente en la página

ftp://ftp.ncdc.noaa.gov/pub/data/anomalies/annual.land_ocean.90S.90N.df_1901-2000mean.dat.

Desde entonces, las desviaciones de temperaturas anuales han sido inferiores a la del 2010. Estos son los datos suministrados por la citada página:

2010    0.6581º
2011    0.5337º
2012    0.5757º
2013    0.6219º

Como se ve, desde 2011 se ha producido un claro repunte al alza, pero si abarcamos lo que llevamos de siglo, 2010 sigue siendo por el momento el año de máxima desviación positiva, respecto a la media del siglo pasado. Las siguientes gráficas de elaboración propia, a partir de los datos de climate.gov, hablan por sí solas:



En los últimos trece años, la desviación se ha mantenido alrededor de los 0,6º, es decir, no ha habido calentamiento global en el siglo XXI. Hoy (dato de 2013) estamos aproximadamente igual que en el pico de 1998.

Es innegable, como salta a la vista por la primera gráfica, que la temperatura global ha ascendido casi un grado en los últimos cien años, y que este crecimiento ha sido sostenido en el último cuarto del siglo pasado, responsable de seis décimas. Pero si extrapoláramos linealmente el incremento de temperatura registrado a lo largo del período 1977-2000, en realidad deberíamos haber llegado ya a una desviación de ocho o nueve décimas, no seis. Dicho de otro modo, semejante extrapolación ha quedado invalidada por los hechos.

Probablemente, trece años es un período insuficiente para sacar conclusiones. Pero es harto dudoso que cien años sean mucho más significativos. Es mucho lo que ignoramos sobre el clima terrestre, y lo más sensato sería admitir que nadie sabe por ahora cómo evolucionará la temperatura global en los próximos años.

Pese a ello, de un modo completamente irracional, la ONU, los gobiernos, las universidades y los medios de comunicación se empeñan en anunciarnos todo tipo de desastres naturales como consecuencia del cambio climático. Desastres que, como en una medida no precisada siempre se van a producir, son invariablemente la ocasión para remachar el mensaje.

No es difícil entrever las causas de este fenómeno. Se ha establecido una simbiosis perversa entre el poder académico y el político, por la cual el primero consigue suculentos fondos para la investigación (que lógicamente, no va a cuestionar los motivos por los cuales recibe tan generosa financiación) y el segundo aparece como el salvador de la humanidad, lo que justifica más burocracia, más impuestos y más intervencionismo. Esta trama de intereses explica la virulencia con la cual, tanto los "expertos" como los políticos, se revuelven contra cualquiera que ose cuestionar los mantras climáticos, es decir, las bases de su estatus.

No sé si ganaré mi apuesta. Pero de lo que no me cabe duda es de que el clima seguirá siendo cambiante, como lo ha sido siempre. Y seguirán habiendo "expertos" que vaticinarán toda suerte de catástrofes si no nos ponemos en manos de algún comité.

domingo, 10 de junio de 2012

El nivel de tontería sigue aumentando

Este domingo he ido a la playa, en Tarragona. Quizás les sorprenderá, pero seguía en el mismo sitio de siempre, o al menos en el mismo sitio desde los últimos veinte o veinticinco años, cuando me vine a vivir a esta ciudad. Luego, ya en casa, leyendo el periódico El Mundo, me encuentro con un reportaje titulado "Viaje a la Atlántida asiática del siglo XXI". Se refiere a una localidad en la costa de Tailandia, que según el corresponsal en Asia, David Jiménez, va perdiendo kilómetros de costa año tras año, debido al aumento global del nivel del mar, consecuencia a su vez del cambio climático.

Lo sé, no soy climatólogo, geógrafo, geólogo ni oceanógrafo. Pero todavía creo estar en posesión de algo de sentido común. Y el sentido común nos dice que, si existe un aumento global del nivel del mar, debería poder medirse en todas las costas del mundo. Lógicamente, habría diferencias absolutas de medida, porque el nivel del mar no es uniforme en todo el planeta. Además de las mareas, e incluso del viento (que en el Báltico provoca desniveles de varios decímetros), debe tenerse en cuenta que la Tierra no es una esfera perfecta. Pero lo que está claro es que si el nivel del mar sube por aumento de su masa, o por dilatación térmica, tal fenómeno se ha de poder registrar en todas partes, si no de manera absolutamente simultánea, sí en períodos de tiempo no muy largos.

En realidad, lo que ocurre en numerosas regiones del planeta es que el mar erosiona en mayor o menor grado las costas, en función de muchos factores, como su composición geológica, la vegetación, la acción humana local al desviar ríos, etc. A principios del siglo pasado, los geólogos ya venían observando un retroceso medio de la costas a ambas orillas del Canal de la Mancha de hasta 3 metros al año (costa del Sussex). Según el manual clásico de Emmanuel de Martonne (Traité de Géographie Physique, 1964), en las costas arcillosas del Yorkshire, la punta de Holderness retrocedía más de 4 metros anuales. En esencia este es el fenómeno que está ocurriendo en Tailandia, donde no es que el mar esté subiendo de nivel, sino que literalmente se está comiendo la tierra. Otro fenómeno estrictamente regional es el que se da en las Maldivas, cuya base volcánica se hunde por sí misma, independientemente de cómo se comporte el océano.

Pero claro, nuestro corresponsal tiene que justificar su sueldo. Por eso no le da vergüenza hablar de "refugiados climáticos". Hay que hurgar en la mala conciencia trufada de esnobismo de Occidente, productor de la mayor parte de emisiones de CO2, y sobre todo hay que utilizar con profusión la palabra ciencia y sus derivados, amontonando informaciones, muchas de ellas improcedentes (el deshielo del Ártico no afecta a la supuesta subida del nivel del mar), y otras directamente falsas (no están descendiendo los recursos en general). Pero dicen que lo dicen los científicos, luego a callar. Y los científicos no se limitan a describir el problema, sino que ofrecen sus soluciones, lógicamente incuestionables (¡son científicas!). David Jiménez alude al último artículo de Nature (palabra de Ciencia), donde un grupo de científicos profetiza un agotamiento de los recursos para 2045 (para entonces ya estarán retirados; tontos no son) y propone entre otras medidas... A ver si lo adivinan: "Un control de la tasa de crecimiento de la población y un desarrollo más sostenible."

El problema del mundo no es que sobre gente, sino estupidez. El CO2 no es tóxico; la memez sí. Llevamos cerca de dos siglos en los que cualquier superstición que se vista con ropajes científicos se intenta imponer a despecho del sentido común, cuando no contra los mejores instintos de la humanidad. Y detrás siempre están los mismos maniáticos, con o sin bata blanca, obsesionados por imponer sus idiotas y siniestras ideas organizativas, queramos o no que nos organicen. La excusa puede ser la economía o la ecología, con cuyos lenguajes se puede explotar el oscuro miedo egoísta a que los parias de la tierra, o la naturaleza, traten de vengarse. Preferimos llamarlo solidaridad, o compromiso, pero yo sostengo una explicación psicológica más sórdida, menos autocomplaciente. Queremos coches híbridos para nosotros, pero que los africanos continúen yendo a pie. Total, ellos ya están acostumbrados, y además, es mucho más sano andar. Y si las costas de Tailandia se erosionan, nos preocupamos solo en la medida que lo vemos como síntoma de un proceso global, que nos puede acabar afectando también. Aunque sea una mentira grotesca y cobarde.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Aunque la mona se vista de bata blanca

¿Puede un profesor de Física Aplicada decir soberanas tonterías, incluso hablando de temas de su especialidad? No solo puede, sino que tenemos un ejemplo bien conocido en el calentólogo de guardia de El Mundo, Antonio Ruiz de Elvira. En la edición impresa del domingo se puede leer un breve artículo suyo titulado pomposamente "Camino del precipicio", al pie de un reportaje sobre el fracaso de la cumbre del clima en Durban. Personalmente, me alegro de que fracasen esta y cuantas cumbres se hagan sobre el cambio climático. Señal de que los políticos lo tendrán un poco más complicado para meternos la mano en los bolsillos e inmiscuirse en nuestras vidas. Pero vayamos al texto de Ruiz de Elvira, un modelo de ineptitud literaria y conceptual.

Desde el principio mezcla dos cosas distintas. Una es la teoría del cambio climático antropogénico, que sostiene con un dogmatismo cerril: "La subida actual de temperatura se debe, en exclusiva, al aumento de (...) CO2". (Las cursivas son mías.) No es que este hombre no pueda dudar ni por un instante sobre la correlación entre crecimiento del CO2 y la temperatura, es que niega a priori cualquier otro factor posible. ¿Esto es ciencia o superstición?

La otra es la monserga del derroche de los recursos. Nos recuerda que los combustibles fósiles "son los ahorros del planeta". Muy bien, pero ¿el problema no se halla en el acto de quemar compuestos de carbono? Según su teoría, debería ser una bendición que el petróleo se acabase, porque así se terminaría una de las fuentes principales de emisión de gases de efecto invernadero. Pero para su cuento de terror ("¡arrepentíos, pecadores, el fin del mundo se acerca!") todo alimenta.

Lo que ya es de risa es que atribuya este impulso derrochador de la especie humana a "la leyenda levantina del Paraíso, de la ilusión de que se puede vivir sin asumir responsabilidades." Qué fino pensador. Ahora la culpa de que, supuestamente, dilapidemos los recursos naturales cabe atribuirla al relato del Jardín del Edén, que como todo el mundo sabe, nos lleva a llenar compulsivamente el depósito de gasolina. Es leer la Biblia por la mañana, y ¡hala, a la gasolinera! Más allá de la estupidez que representa proferir semejante cosa, creo adivinar una pretensión sutil de culpar al cristianismo -para variar- de todos los males, como se estila en cualquier divulgador científico o cientificucho que se precie.

Por lo demás, se empeña Ruiz de Elvira en convertir un incremento de 0,7º más o menos demostrado en los últimos cien años, en una subida de 2 grados para la semana que viene, prácticamente. Lo cual no es más que un pronóstico harto dudoso. Pero ¿y el partido que se le puede sacar? "Huracanes, tifones, inundaciones, sequías, oleaje extremo [?] y destrucción de las costas". Todo esto, al mismo tiempo, nos asegura que será la consecuencia de un aumento de dos grados, que compara falazmente con una subida de temperatura equivalente del cuerpo humano, que evidentemente significaría fiebre de 38º. Todo lucubraciones gratuitas para asustar a los contribuyentes y a las empresas, a fin de que suelten la pasta, claro.

Claro que reconoce que a fin de cuentas, a la naturaleza no le pasa nada porque suba la temperatura un par de grados. El perjudicado es el hombre, que se ve obligado a traumáticas migraciones para adaptarse a los cambios climáticos, "como hacen las hormigas". Ahí le sale la vena a lo Paul Ehrlich, el majadero que lleva pronosticando la catástrofe demográfica desde hace décadas, catástrofe que como el fin del mundo en ciertas sectas, siempre se ve obligado a aplazar, porque no se produce. A todos estos totalitarios de bata blanca les encanta compararnos con los insectos. Ello les ayuda a justificar sus apologías de una organización política centralizada de la sociedad, en la cual imaginan tener un papel privilegiado. Cuando uno adopta esa perspectiva, la individualidad deja de percibirse, salvo como un prejuicio burgués que ha de ser sacrificado en aras de la supervivencia. Por el contrario, yo opino que si queremos que nuestra civilización sobreviva, una de las primeras cosas pasa por reírnos en la cara de personajes tan siniestros, sin compasión.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Columnista de El País compara al Tea Party con Al-Qaeda

"Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos", admite Moisés Naím. ¡Cómo! Si yo pensaba que Sarah Palin ya había abatido a tiros a unos cuantos opositores con su M16... "Pero... [prosigue] este grupo de radicales... es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional."

A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:

No apoyan las medidas económicas de Obama,

cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,

están en contra del sistema público de Seguridad Social,

están a favor de la pena de muerte,

cuestionan a Darwin,

"insultan" a Keynes,

están a favor de la libertad de posesión de armas,

defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...

Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.

Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!

Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.

La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.

Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.

domingo, 26 de junio de 2011

La infalibilidad climática

En los últimos cien años, la temperatura global ha aumentado 0,7 grados centígrados. Según algunos científicos, la causa de este incremento se halla en las emisiones industriales de CO2. De aquí infieren que, salvo que se restringieran severamente estas emisiones, el calor seguirá aumentando, lo cual puede llegar a tener efectos catastróficos (elevación del nivel del mar, desertización, mayor frecuencia de tormentas, huracanes, etc).

En adelante, para abreviar, uso la expresión abreviada cambio climático para referirme a la teoría sobre las causas, la tendencia y los efectos del aumento de temperatura, no al mero hecho de este. Dicha teoría, como cualquier otra, puede ser verdadera o falsa. Personalmente creo que es lo segundo; entre otras razones, porque en los últimos diez años, pese al incremento del CO2, el calentamiento se ha estancado. Pero en cualquier caso, pretender que una teoría es indiscutible, tachar de negacionistas a quienes discrepan de ella e incluso sugerir que se debería legislar penalmente contra ellos, es una actitud anticientífica y dictatorial. Lo cual no se contradice con que muchos científicos, generosamente subvencionados, tengan un interés material directo en sostener la verdad oficial.

Lo que más contribuye a este clima dogmático e inquisitorial no son tanto las exposiciones directas como la lluvia fina de infinidad de artículos y reportajes que, de manera automática (es decir, acrítica), atribuyen al cambio climático los más variados fenómenos adversos, favoreciendo una mentalidad de histeria colectiva. No hay un solo día en que algún periódico o alguna televisión no haga alusión al cambio climático para referirse a la extinción de una especie, una sequía en algún lugar del planeta o una tormenta tropical.

Por poner un ejemplo entre miles, un reciente artículo de El País titulado "Un parásito que ataca el hígado afecta a 400 personas en España" se acompaña con el subtítulo: "La fasciolasis, casi desconocida en Europa, se dispara ahora por el cambio climático". De aquí a sugerir, como en realidad ya se ha hecho, que el cambio climático provocará la llegada al mundo desarrollado de enfermedades tropicales, hay un paso muy pequeño. Pero incluso aunque el cambio climático fuera cierto, habría mucho que hablar antes de incluir entre sus efectos cualquier cosa que se nos ocurra. Para ser atacado por el parásito en cuestión es condición indispensable comer berros silvestres. ¿Quién sabe si la moda de alimentos naturales no ha podido influir en un aumento del número de personas que consumen esos vegetales? 400 afectados por la fasciolasis en una población de 47 millones de habitantes es una cifra tan pequeña que las causas podrían ser muy diversas, incluyendo el mero azar. Esto recuerda cuando las autoridades de Tráfico se atribuyen el mérito de que un fin de semana hayan muerto seis personas menos que el mismo fin de semana del año anterior. El sentido común nos dice que pueden haber concurrido muchos otros factores; quizás salieron menos coches por la crisis económica, el mal tiempo o porque había un partido de fútbol televisado importante; quizás los accidentes ocurrieron cerca de hospitales más preparados; puede que simplemente fuera suerte.

Sin embargo, un investigador del nuevo (e imaginamos que flamante) centro de la OMS en Valencia, consultado por el articulista, se decanta por la explicación del cambio climático, que en su opinión favorece la proliferación de un caracol de agua dulce que transmite la fasciola a los vegetales acuáticos. Como hipótesis, puede ser tan válida como cualquier otra, pero es difícil no sospechar que, cuando hay tan jugosas subvenciones en juego, el interés por la contrastación de las hipótesis (que es lo que caracteriza a la ciencia, o eso creíamos) pasa a un segundo plano.

Como sostiene Nassim N. Taleb en El cisne negro, nuestra sociedad está dominada por la superstición de que existen unos supuestos "expertos" en determinados campos, como la economía o el clima (1), capaces de hacer predicciones, de manera análoga a como los astrónomos predicen los eclipses. Se trata de uno de los mayores fraudes intelectuales de nuestro tiempo, como lo demuestra el vasto cementerio de las predicciones pasadas, erróneas en su abrumadora mayoría. Aún así, la patulea de los engreídos "expertos" y sus divulgadores periodísticos se empeñan cada día en desacreditar a los escépticos, como si fueran estos la encarnación del oscurantismo y no al revés.

Son muchos los factores que pueden influir en la temperatura global, aparte del CO2. Quizás uno de los más deliciosamente paradójicos sea el descenso de la contaminación por partículas pesadas que contribuyen a velar el sol y por tanto a enfriar la atmósfera, como apuntan Levitt y Dubner en Superfreakonomics (2). ¡Un aire más limpio podría haber acelerado el calentamiento global en los últimos años! Esta complejidad hace que "sea muy difícil predecir el futuro climático. En comparación, los modelos de riesgo utilizados por las modernas instituciones financieras parecen muy fiables..." (3) (y ya sabemos lo bien que previeron la crisis económica del 2007). Pero a pesar de la manifiesta incertidumbre que rodea todo el asunto, los gurús del cambio climático pretenden que la humanidad reduzca su crecimiento, desviando ingentes recursos a restricciones del CO2 que ni siquiera es seguro que vayan a servir de algo, y condenando de esta manera a millones de personas de países en desarrollo a no salir de la miseria.

Lo que mueve esta histeria colectiva no es más que la tentación totalitaria de los gobiernos, organismos internacionales e intelectuales por intervenir en las vidas de los individuos. Uno de sus mayores pretextos es la distribución de la riqueza, pero cada vez más será la salvación del planeta, lo que permite criminalizar sin ningún pudor a los opositores o discrepantes que obstaculizan tan noble empeño.

Si alguien necesita un indicio serio de que las políticas de reducción de CO2 son meros pretextos para incrementar los controles gubernamentales sobre el sector privado, lo podrá encontrar en el libro citado anteriormente, Superfreakonomics (secuela del exitoso Freakonomics.) Enfriar la atmósfera del planeta podría lograrse en muy poco tiempo con una inversión menor que lo que gasta la fundación de Al Gore en difundir su religión climática. Bastaría con lanzar a la estratosfera 100.000 toneladas de dióxido de azufre al año. Nadie se asuste, esto supone el 0,05 % de lo que emiten los volcanes, los vehículos a motor y las centrales térmicas que usan carbón. Podría hacerse con una simple manguera de solo 5 cm de diámetro, por 30 kilómetros de altura, sostenida por globos de helio. Aunque parezca una bomberada, el proyecto ha sido propuesto seriamente, con todo lujo de detalles, por la empresa de ingeniería que ha inventado el láser para matar al mosquito de la malaria. Y su coste, comparado con el del Protocolo de Kyoto, es irrisorio. Lo bueno es que tienen proyectos alternativos, alguno de ellos tan original como aumentar la producción de nubes sobre el océano mediante una flota de veleros de fibra de vidrio que incrementen la producción de espuma marina. También han calculado los costes, por supuesto mucho más baratos que la restricción de las emisiones de CO2 y el retraso consiguiente impuesto al Tercer Mundo. (3)

La ventaja de estas ideas, además de su bajo coste, es que se pueden poner en práctica en muy poco tiempo, con resultados casi inmediatos, porque en lugar de contrarrestar unas hipotéticas e inciertas causas del calentamiento, lo que hacen es provocar un enfriamiento compensatorio de manera directa, fácilmente verificable, y que en cualquier momento puede interrumpirse o graduarse. Sin embargo, no interesan a los gobiernos ni a todos los que viven de la lucha contra el cambio climático porque se les acabarían el negocio y los pretextos. Ellos lo que quieren es salvarnos, y para ello es necesario que los creamos ciegamente, sin asomo del espíritu crítico del que tanto se enorgullece nuestra civilización. Como dice Taleb, y con ello concluyo:

"Me irritan muy a menudo aquellos que atacan al obispo pero de algún modo confían en el analista de inversiones, aquellos que ejercen su escepticismo contra la religión pero no contra los economistas, los científicos sociales y los falsos estadísticos. [A los que añadiría, los "expertos" climáticos.] (...) Estas personas nos dicen que la religión fue horrible para la humanidad (...) pero no nos dicen cuántas fueron las víctimas del nacionalismo, de la ciencia social y de la teoría política en el régimen estalinista o durante la guerra de Vietnam. [Ni los costes para millones de seres humanos de no poder utilizar libremente energías baratas como el carbón.] (...) Ya no creemos en la infalibilidad papal; pero parece que creemos en la infalibilidad del Nobel." (4)
___________
(1) Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008, pág. 384.
(2) Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Superfreakonomics. Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida, Random House Mondadori, 2010, pág. 223.
(3) Levitt y Dubner, ob. cit, págs. 206-207.
(4) N. N. Taleb, ob. cit., pág. 389.

lunes, 24 de enero de 2011

¡Por poco!

El rebote por la ley antitabaco está bastante extendido, tanto en la izquierda como en la derecha. Si hace unos días El País nos propinaba una de sus monsergas pedagógicas tratando de convencernos de las bondades de la delación, con el argumento tan caro a los progres de que, supuestamente, es algo a lo que ya están acostumbrados los civilizados países nórdicos, Javier Marías se desahogaba ayer en el mismo periódico con un artículo en el que prácticamente comparaba al dúo Zapatero-Pajín con Franco, Pinochet, Hugo Chávez, Castro y Ahmadineyah.

No seré yo quien diga que ha exagerado un poco la nota, aunque a muchos que ahora acusan de fascista al gobierno por la prohibición de fumar en los bares se les echaba de menos cuando promulgaba leyes muchísimo peores, o cuando negaba la condición de humano al feto de una madre humana, como hacían los nazis con los judíos. Al contrario, algunos que ahora ven asomar un bigotito hitleriano en la faz de Zapatero nos afeaban la comparación a quienes la dábamos por buena, en el caso de la ley que promueve la barra libre abortiva.

En todo caso, bienvenidos al club. Marías incluso ha rozado, seguramente sin darse cuenta, alguno de los tabúes más sólidos del progresismo (y también de gran parte de la derecha) cuando se queja de que la presidenta de una organización de no fumadores (nofumadores.org) le insinuara en una carta que estaba comprado por las tabacaleras. "Es el franquismo redivivo, lo que estamos padeciendo", sentencia. Y prosigue: "Entonces era por el oro de Moscú (...) Ahora es por la industria tabaquera, o por las ganaderías si se defienden las corridas. (...) Sólo pueden discrepar de mí, que estoy en posesión de la verdad, quienes están sobornados."

¡Uy, casi! Por un pelo no ha dicho que ahora es por las compañías petroleras, si se cuestiona el cambio climático. (A fin de cuentas, esto se ha escrito muchas más veces que no la acusación de estar untado por Philip Morris o por Miura.) Cualquiera pensaría que Javier Marías ya está un poco más cerca de que El País le censure algún artículo, como a Carlos Herrera. Aunque si tenemos en cuenta dónde publica el escritor sus novelas, creo que por ambas partes antes se impondría aquello de "vamos a llevarnos bien". Yo tenso un poquito la cuerda, pero sin pasarme, y vosotros quedáis encima como un periódico abierto y plural. Excepto para fachas indóciles que defienden el derecho a la vida, se entiende.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El capitalismo climático

El capitalismo causará 5 millones de muertes hasta 2020. ¿En qué puede basarse una afirmación semejante? Es muy sencillo. Basta con que achaquemos al capitalismo, o al cambio climático (por si alguien no se había enterado, vienen a ser casi lo mismo), las muertes por enfermedades, malnutrición, desastres naturales y desertización que supuestamente se producirán en la próxima década. Pero me temo que el titular se queda corto. Porque claro, de los accidentes de tráfico, ¿quienes son los últimos responsables si no los fabricantes, en su afán desmedido por ganar dinero vendiendo cada vez más automóviles? Supongamos que las muertes por accidentes de circulación en el mundo en los próximos diez años ascienden a 15 millones. Esto supone ya 20 millones de muertos imputables al capitalismo hasta 2020. Pero no nos podemos detener aquí.

Tenemos a las víctimas mundiales de las guerras, la delincuencia común, el terrorismo y los suicidios (30 millones grosso modo, de aquí al 2020), todos ellos fenómenos provocados directa o indirectamente -qué duda cabe- por un sistema económico tan profundamente alienante como es el libre mercado. Esto arroja un saldo de 50 millones de muertos por culpa -creo haberlo remarcado- del neoliberalismo salvaje depredador y despiadado. Ahora bien, si extrapolamos hacia el pasado estas cifras, referidas a un período de solo diez años, llegamos a la conclusión de que el capitalismo desde 1900 debe haber causado más muertes que el comunismo, al cual se le imputan aproximadamente 100 millones de víctimas mortales en el siglo pasado.

En definitiva: Quienes tanto critican el socialismo y el bolivarianismo, por un quítame allá esos formalismos jurídicos, deberían ingresar cuanto antes en campos de reeducación, donde les fueran extirpados sus prejuicios burgueses, causantes de un verdadero holocausto cada año. Como dijo Zapatero, el capitalismo (¿o era el cambio?) climático es la mayor amenaza global a la cual nos enfrentamos, mucho peor que el terrorismo. Ya estamos tardando en implantar un gobierno socialista mundial.

ACTUALIZACIÓN: Tras publicar esta entrada, he sabido que Hugo Chávez se me había adelantado. ¡Mecachis!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Ni pío

Cuando Esperanza Aguirre manifestó su simpatía por los principios fundamentales del Tea Party (menos impuestos, menos intervención del gobierno, más nación americana), el diario Público señaló que sobre "la defensa de las armas, la abstinencia sexual o la limitación de gases contaminantes, Aguirré no se pronunció." Y en la edición impresa de ayer miércoles 3 de noviembre, este diario repite lo mismo: Que Aguirre no dice "ni pío" sobre esos temas.

Más allá del debate sobre la naturaleza del Tea Party, cabe preguntarse si estos silencios son tan atroces como sugieren los izquierdistas del periódico de Roures. En primer lugar, el derecho de todo ciudadano norteamericano a portar armas está recogido en la Constitución de los Estados Unidos. Incluso aunque alguien no esté de acuerdo con la Segunda Enmienda, difícilmente se podrá considerar como radical o ultraconservador a un grupo que se limita a defender algo que es legal en un país desde hace más de doscientos años. A no ser que consideremos como ultraconservador defender el derecho de reunión o la libertad religiosa (Primera Enmienda).

En segundo lugar, ignoro si la defensa de la abstinencia sexual es representativa del movimiento del Tea Party, pero en cualquier caso, resulta significativo que en una época donde se rinde verdadero culto a la libertad sexual, produzca recelos que haya quien defienda el derecho o la conveniencia de no tener relaciones sexuales. ¿No quedamos en que cada cual puede hacer lo que quiera con su propio cuerpo?

Y en tercer lugar, lo de los "gases contaminantes", en referencia al cambio climático. La ortodoxia política está empeñada en ignorar las numerosas voces científicas que cuestionan la hipótesis antropogénica del cambio climático. Actúa en esto con un dogmatismo que irónicamente, pero no sorprendentemente, encaja más con el ultraconservadurismo que no la actitud escéptica ante relatos apocalípticos.

Si esto es todo lo que tienen que criticar de las ideas del Tea Party, no parece que sea para echarse a temblar.

lunes, 26 de abril de 2010

Apuesta climática

Carlos López Díaz (CLD) invitará a una parrillada de carne al profesor Magí Aloguín Pallach (MAP) en un establecimiento elegido por éste si en el año 2020 la temperatura global media es superior a la del año 2010. En caso contrario, invitará el profesor MAP en el lugar que CLD elija.

Para verificar si la variación de temperatura global ha sido positiva o negativa respecto al 2010, se tomará como referencia el dato de la desviación de temperatura de este año respecto a la media del período 1901-2000, ofrecido por la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) de los Estados Unidos. Se puede acceder a este dato a través de NOAA Climate Services, haciendo clic en la gráfica de temperaturas, y a continuación en el enlace Annual global temperature anomalies; y también en la dirección Global Surface Temperature Anomalies, enlace The Annual Global (land and ocean combined) Anomalies (degrees C). Si por ejemplo la anomalía del 2010 coincidiera con la del año anterior (0,5565 grados centígrados), y la correspondiente al año 2020 fuera < 0,5565, ganaría la apuesta CLD.


Gane quien gane la apuesta, la teoría del calentamiento global antropogénico no quedará demostrada ni refutada, puesto que existen fenómenos meteorológicos y geológicos que repercuten en el clima a corto plazo. Podría suceder que la media de temperaturas de la próxima década fuera superior a la anterior, y que en cambio el año 2020 fuera excepcionalmente frío; y viceversa, que los años 2010-2020 fueran en promedio más fríos, pero en 2020 se produjera un repunte cálido. En todo caso, la evolución de las temperaturas globales en los próximos diez años puede ser decisiva para valorar en su justa medida la importancia del cambio climático para la humanidad, y quizás obligue a matizar las posturas de los alarmistas o bien de los escépticos.

Esperemos que para el 2020 los ecototalitarios no hayan prohibido el consumo de carne por las emisiones de metano.

domingo, 24 de enero de 2010

La inmensa estafa de la OMS

Según un reportaje de Paco Rego publicado hoy en El Mundo, titulado elocuentemente "El camelo de la gripe A", la alarma mundial por esta enfermedad, al igual que la anterior de la gripe aviar, fue provocada por médicos de la OMS sobornados por la industria farmacéutica. A consecuencia de ello, los gobiernos se han gastado cientos de millones de euros en la compra de vacunas, antivirales y material profiláctico, que en su mayor parte no será necesario. Parece claro, pues, que de nuevo los Estados y los tinglados burocráticos internacionales son responsables de un atraco a mano armada a los contribuyentes, justificado con teorías alarmistas. (Por cierto, ¿para cuándo un artículo semejante en este periódico sobre el negocio mucho mayor del cambio climático?)

Por supuesto, también son responsables las multinacionales farmacéuticas que han recompensado generosamente a esos profesionales corruptos. Pero está claro que si no existieran unas administraciones con un amplio margen para gastar discrecionalmente el dinero de los ciudadanos, la escala de lo ocurrido difícilmente habría sido la misma. A fin de cuentas, las empresas no ocultan a nadie que están para ganar dinero, mientras que los gobiernos y las organizaciones internacionales se atribuyen a sí mismas la potestad de velar por nuestro bien. Sin embargo, en el reportaje, tras citar a varios médicos honrados dispuestos a denunciar la inmensa farsa, el periodista termina forzando una cita de Naomi Klein, la conocida escritora contraria a la globalización liberal: "Una nueva manera de hacerse inmensamente rico a costa de la alarma global". El mensaje subliminal es, pues, el mismo de siempre: La culpa de todo es de un sistema económico basado sólo en el beneficio y bla bla bla.

Pues nada, hombre, vamos a volver a creer la próxima vez a pies juntillas lo que digan los altos funcionarios de la ONU y de la OMS, cuyo discurso tantas veces coincide con el de Naomi Klein. Qué malo es el capitalismo salvaje neoliberal imperialista, y qué buenos son los burócratas que viven estupendamente bien de él.

sábado, 2 de enero de 2010

Lógica árabe

Entrevistado por El Mundo, el ex presidente del Yemen Abdel Karim Al-Iryani, afirma que la presencia de Al-Qaeda en su país se ha incrementado "por la pobreza". Y generaliza:

"La penuria es el principal factor que alienta el terrorismo. Enfrentamos una hambruna debida a una de las peores cosechas en la historia del país."

Sin embargo, al mismo tiempo afirma lo siguiente:

"Israel está alimentando en su seno a un extremismo tan peligroso como el de Bin Laden. Ya tienen a un amplio sector de fanáticos cuyos desmanes vemos cada semana en la televisión, y que no para de crecer."

De donde se deduce, de ser esto cierto, que en Israel debe haber también hambre y penuria. ¿O no?

Por supuesto, ambas afirmaciones, que la causa del terrorismo es la pobreza, y que existe un integrismo judío comparable al islámico, son puras idioteces. Pero que encima se utilicen en la misma entrevista, pese a su carácter contradictorio, revela que a quien las emplea ni le importan los hechos, ni le importa siquiera la lógica. Posiblemente piense que los occidentales nos tragamos cualquier cosa, con tal de autoculparnos de todos los males. Porque, claro, la idea implícita es atribuir la pobreza al capitalismo globlal. Raro es que no haya dicho el hombre (o no se lo haya entresacado el corresponsal) que las malas cosechas del Yemen se deben al cambio climático, causado por supuesto por las malignas emisiones de CO2 occidentales.

martes, 8 de diciembre de 2009

El Dogma Básico de la sabiduría convencional

Hace medio siglo, John Kenneth Galbraith acuñó la expresión "sabiduría convencional" para referirse a aquel conjunto de ideas que han alcanzado la máxima aceptabilidad social en un determinado momento, incluso aunque los hechos se empeñen en contradecirlas. El economista norteamericano consideraba, en su famoso libro La sociedad opulenta (1958), que después de la segunda guerra mundial, la sabiduría convencional en los Estados Unidos era el resultado de una extraña amalgama de liberalismo clásico y keynesianismo. Él mismo -reconocía- había sido un keynesiano fervoroso, hasta que llegó a la conclusión de que los seguidores de Lord Keynes mantenían una especie de pacto no escrito con los defensores del mercado: Estos cedían ante la expansión del déficit (en el contexto del gasto defensivo que demandaba la guerra fría), y aquellos no exigían subidas de impuestos ni incrementos del gasto social o medioambiental, coincidiendo ambos en la veneración del crecimiento económico.

Galbraith, como buen socialista, pensaba que el renacimiento del mercado en la posguerra era un error, la clase de discurso que la gente (sobre todo si es adinerada) gusta de escuchar porque le permite seguir disfrutando de bajos impuestos, cerrando los ojos ante el riesgo de que los desequilibrios supuestamente provocados por el mercado acaben minando su propia prosperidad. Más tarde incluso confesó que el lanzamiento del Sputnik soviético le había animado a publicar su libro, al interpretar el acontecimiento como una demostración de que el modelo norteamericano, basado en la libre empresa y el gobierno limitado, no tenía tantas razones para la autocomplacencia. De este modo, con un estilo no exento de brillantez, Galbraith se constituía en realidad en un divulgador de la nueva sabiduría convencional socialdemócrata, un abogado de la "buena disposición para establecer impuestos y para pagarlos", y de las regulaciones económicas y medioambientales.

En efecto, hoy la sabiduría convencional coincide mucho más con las propias ideas de Galbraith que no con las que él criticaba. Equivale en gran medida a eso que yo he llamado (véase la cabecera de este blog) "paradigma seudoprogresista", aludiendo a Kuhn. Sin embargo, la expresión del economista posee la virtud de referirse con más propiedad a ese conjunto de extendidas creencias que abrigan incluso las masas más ignorantes o indiferentes. Es "lo que todo el mundo dice", aquello que la mayoría de personas, de todos los niveles culturales, leerá o escuchará en los medios de comunicación o en las tertulias de bar, sin ponerlo en duda ni por instante. Es más, sin que se le ocurra siquiera esa posibilidad, como ante proposiciones del tipo "la Tierra es redonda" o "el agua del mar es salada".

La característica fundamental de la sabiduría convencional es que nace como una interpretación culta de los hechos, y acaba sustituyéndolos. De ahí que sea adoptada masivamente, porque la mente humana necesita mucho menos esfuerzo para tratar con interpretaciones (simplificaciones) de la realidad, que no con la realidad misma. Cada momento histórico tiene su propia sabiduría convencional, que es abandonada, no cuando los hechos la contradicen flagrantemente (aunque eso acaba ayudando) sino cuando aparece una nueva interpretación, un nuevo paradigma lo suficientemente sugestivo y fácilmente popularizable.

El Dogma Básico de la sabiduría convencional actual (en adelante, DB) es desde luego muy fácil de comprender, incluso por la mente más obtusa, y tiene además la capacidad de halagar nuestra buena consciencia haciendo que nos sintamos un poco mal a ratos, y de manera perfectamente controlada y soportable. Cuánta probreza hay en el mundo... Qué verguënza que nadie haga nada... Cada vez está todo más contaminado... De seguir así, nos cargaremos el planeta... Son expresiones que parafrasean al DB, que podría fijarse aproximadamente así:

En el mundo cada vez hay más pobreza, y el medio ambiente se deteriora de manera creciente, por culpa de la acción humana descontrolada.

Por supuesto, el DB es completamente falso: No se corresponde en absoluto con los hechos. En el mundo, durante las últimas décadas, el número de pobres no ha dejado de disminuir, y las economías desarrolladas cada vez son menos agresivas con el medio ambiente, se reducen más los niveles de polución y se produce un aprovechamiento más eficaz de las materias primas, no sólo ni principalmente por el reciclaje, sino sobre todo por las innovaciones tecnológicas. Estos son hechos que, con las lógicas diferencias y excepciones locales, están ahí, y podemos conocerlos a través de las publicaciones estadísticas oficiales, y de los expertos que saben moverse entre la selva de los datos para ofrecérnoslos a los ignaros. Para limitarme sólo a un par de ejemplos muy conocidos, mencionaré el libro de Johan Norberg, En defensa del capitalismo global, para el aspecto económico, y el blog de Antón Uriarte, CO2, principalmente centrado en el cambio climático.

Pero como he dicho, informarse sin esquemas preconcebidos requiere un esfuerzo considerable. Es mucho más fácil, y por ello es lo que hacemos casi todos, seleccionar los hechos que confirman nuestro marco teórico previo e ignorar, olvidar o desacreditar aquellos que nos desconciertan momentáneamente porque no encajan en él. Y esta es una tendencia que puede observarse, en diferentes grados, tanto en el lector común de periódicos (que empieza ya, a menudo, por serlo de uno solo, el que más se ajusta a su manera de pensar) como en los avezados científicos (y descarados manipuladores) del CRU británico.

Existe además una razón específica por la cual el DB es especialmente difícil de combatir. Cuando uno niega que en general cada vez haya más pobres, o que la situación medioambiental, globalmente considerarada, se agrave año tras año, es difícil no provocar la sensación de ser una persona insensible ante las injusticias y los desastres ecológicos que, quién lo niega, se producen en el mundo. Y viceversa, el mero hecho de sostener lo contrario, independientemente de si se ajusta a los hechos o no, confiere un marchamo de integridad moral aparentemente indiscutible.

De hecho, podría pensarse, más allá de la verdad o falsedad del DB, que sus efectos podrían ser beneficiosos, al mantenernos en una tensión autocrítica que nos impulsa a no conformarnos con los males del presente. Sin embargo, en realidad sucede todo lo contrario: El DB de la sabiduría convencional contribuye trágicamente a agravar aquellos problemas que denuncia.

La historia del siglo XX ha demostrado rotundamente que la pretendida alternativa al sistema económico dominante, el socialismo, no sólo ha sido un completo fracaso, sino que ha venido acompañado de una violencia estatal sin precedentes: Cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones o colectivizaciones forzosas es el balance de menos de un siglo de "socialismo real" en la Unión Soviética, China y los demás países que adoptaron alguna variante de credo marxista como religión oficial. El DB, sin embargo, tiende a relativizar esta evidencia, culpando al capitalismo salvaje (el comunismo debe ser civilizado) de males sin cuento, de la muerte de millones de personas por hambre todos los años, y del apocalipsis climático, o lo que se ponga de moda la próxima década. Es decir, presentando como insostenible y atroz al sistema que ha producido las mayores cotas de prosperidad de la historia, y los avances tecnológicos que han cambiado la vida de millones de personas. Si no fuera por la fuerza del DB, las políticas estatalistas que perpetúan la pobreza y la dependencia, y limitan el crecimiento, gozarían comparativamente de mucho menos prestigio, y serían vistas por las masas de muchos países exactamente como lo que son: Un freno a sus aspiraciones de prosperar y de disfrutar sin trabas de los frutos de su propio esfuerzo, mientras ciertas minorías se enriquecen fabulosamente gracias a sus vínculos con corruptos gobernantes.

El DB es, en resumen, la gran coartada de los políticos (con las honrosas excepciones) y los burócratas de la ONU para imponer recortes de la libertad individual y encima presentarse como salvadores. Aunque la izquierda es la principal usufructuaria de la sabiduría convencional (de ahí su hegemonía cultural), tampoco la derecha es completamente inocente, tanto por acción (ahí están esos líderes conservadores que hacen suyo el discurso algoriano) como por omisión, por eludir enfrentarse, en tantas ocasiones, a los dogmas establecidos.

La importancia creciente que ha cobrado en las últimas décadas el ecologismo (no confundir con la ecología) se debe, en parte, a la evidencia cada vez más difícil de eludir del fracaso del comunismo. Es preciso, para todos aquellos que se niegan a aceptar la superioridad del mercado libre, convertirlo en culpable de la destrucción del mundo, sea por el agotamiento de los recursos, la desertización, el agujero de ozono o la fusión de los casquetes polares. Se olvida deliberadamente que los mayores desastres ecológicos, como el de Chernóbil, se han producido en países comunistas. Pero tanto las monsergas ecologistas como el discurso de la brecha Norte-Sur tienen la misma función: Desacreditar el sistema de libre mercado y la globalización.

Por otra parte, la crisis económica ha dado nuevos argumentos a los estatistas. Piden nuevas regulaciones, que se suman a las impuestas para luchar contra el cambio climático, como si las regulaciones monetarias y financieras que han sido las causantes de la crisis no tuvieran nada que ver con las autoridades políticas. Y si sus políticas de intervencionismo, de gasto y de endeudamiento prolongan la crisis, da lo mismo. Cuando se salga de ella, los gobiernos se atribuirán el mérito, y durante décadas nos estarán recordando la profundidad y duración de la crisis para advertirnos de los peligros del mercado no sujeto a su control.

La persistencia del DB no se puede explicar sólo por la inercia o la pereza intelectual. Si los medios de comunicación no actuasen como sus más entusiastas reforzadores, posiblemente ya habría sido sustituido por otra visión de la realidad, inevitablemente simplificadora, pero más acorde con ella y menos embrutecedora. Hoy, inusualmente, he visto un informativo de la televisión. Cuando hablaban de la cumbre de Copenhague, por un momento pensé que iban a referirse al escándalo del Climategate: El presentador se refería a una polémica causada por... ¿Lo creerán? Unos árboles de Navidad que al parecer las autoridades danesas habian retirado para no ofender a los activistas ecologistas presentes en las inmediaciones del evento. (La cadena era Antena 3, pero da lo mismo, todas son iguales.)

Nos encontramos claramente en una sociedad dividida en dos clases de ciudadanos. Quienes nos informamos habitualmente a través de internet, y quienes sólo ven la televisión y, en el mejor de los casos, leen algún periódico impreso. Hay indicios de que entre los primeros el contenido de la sabiduría convencional puede por fin estar cambiando. Pero mientras los segundos continúen secuestrados por los medios de comunicación tradicionales (con alguna, también aquí, honrosa excepción) será difícil que se produzca un retroceso del intervencionismo estatal. Al final, de tanto decir que el mundo va de mal en peor, puede que acabe siendo cierto, pero por razones distintas a las que nos vienen pregonando: Por culpa de quienes pretenden erigirse en sus salvadores.

ACTUALIZACIÓN 4-03-10: Esta entrada ha servido de base a mi artículo "La sabiduría convencional de nuestro tiempo", publicado por Semanario Atlántico.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Llamemos burradas a las burradas

Julio Anguita es uno de esos políticos que suscita simpatía entre gente de ideas incluso opuestas a las suyas. No es mi caso. Que los fanáticos sean personas moralmente intachables no es algo tan sorprendente; de hecho, suele ser ser la norma. Pero como decía Cioran, en su inolvidable Breviario de podredumbre:

"Si se pusiera en un platillo de la balanza el mal que los 'puros' han derramado sobre el mundo y en el otro el mal proveniente de los hombres sin principios y sin escrúpulos, es el primer platillo el que inclinaría la balanza. En el espíritu que la propone, toda fórmula de salvación erige una guillotina..."

Julio Anguita, en la medida en que ejerció una oposición insobornable al felipismo, hizo sin duda más bien que mal, pero si hubiera llegado a tener un poder superior al de alcalde, ¡pobres de nosotros!

Este fin de semana he escuchado la entrevista (partes I y II) que le ha realizado Luis del Pino en esRadio. Aunque han hablado de diversos temas, en mi opinión, algunas de las burradas que ha dicho el señor Anguita son de tal calibre que lo demás resulta secundario. Ha dicho por ejemplo, que el fundamentalismo islámico tiene su origen en el subdesarrollo. O sea, que la financiación de los dos mayores productores de petróleo de Oriente Medio, Arabia Saudí e Irán, no tiene nada que ver. Y Bin Laden era un pastorcillo, vamos.

Más delirante ha sido cuando se ha referido, interrogado por Luis del Pino, al muro de Berlín. Después de soltar la rutinaria estupidez de compararlo con el muro de Palestina (construido para proteger a los ciudadanos de los terroristas suicidas, no para evitar que huyan, leve diferencia), ha llegado a sugerir que el problema no era el comunismo, sino que la clase política del Este estaba corrompida y sobornada por Occidente. Vamos, ¡le ha faltado un pelo para decir que el muro lo erigió el capitalismo!

Por último, al final de la entrevista se ha referido a la próxima cita internacional de Copenhague sobre el cambio climático, y ha profetizado la extinción de la especie humana si no se toman medidas, tema en el que, asegura, está trabajando ahora. Nada, que este hombre está empeñado en salvarnos como sea. Como Robespierre, Lenin y otros salvadores ilustres de los últimos dos siglos y pico. Lo único que me tranquiliza es que ya está un poco mayor para poner en práctica tan nobles ideales.

sábado, 26 de septiembre de 2009

La tomadura de pelo ecologista

El ecologismo es la penúltima máscara que han adoptado los socialistas de todos los partidos (desde Obama a Sarkozy, pasando por el inefable cabeza de la familia Adams) para avasallar a los ciudadanos con nuevos impuestos, llámense ecotasas, impuestos verdes, derechos de emisión de CO2 o la puta que los parió. (Con las grandes empresas haciéndole el juego a los gobiernos, a ver si así consiguen o mantienen tratos privilegiados.)

Después de ver cómo los gobernantes expolian a la sociedad, lo que más me subleva es la mansa actitud de esa masa formidable de borregos cuya fuente primordial de información es el telediario de La 1: "Bueno, es que algo hay que hacer, si no a este paso nos cargaremos el planeta", etc.

Es muy difícil llegar -lo admito- a esas mentes embrutecidas por "Gran Hermano" y por esas series españolas que a Imanol Arias, en el papel de un anuncio de RTVE, todavía no le parecen suficientemente desvergonzadas.

Si en España hubiese una Fox y no una sola esRadio, sino media docena, que mostraran a millones de personas, incluidas esas que no tienen el internete, la extensión actual del hielo del Ártico (en rosa) en comparación con la de hace dos años por estas mismas fechas...


...o divulgaran un reciente estudio según el cual la superficie forestal en España ha crecido hasta más del doble en las últimas décadas...

...Si estas cosas llegaran a mucha más gente, las tomaduras de pelo de los gobiernos, ecologistas o del tipo que sea, tendrían mucha más contestación social, ayudarían a revitalizar el antaño temible humorismo popular, actualmente vampirizado por las gilipolleces televisivas, y en general nos iría mejor. Como mínimo, Mr. Adams y sus secuaces deberían trabajarse más los discursos, elevándolos por encima del nivel de subnormalidad profunda que por ahora les basta. Vamos, que sudarían un poco, y justificarían una parte, aunque ínfima, del sueldo que les pagamos.

viernes, 24 de abril de 2009

Un invierno especialmente frío

No lo digo yo, lo dice Endesa:

¡Isabel Buesa, negacionista, arderás en el infierno!

sábado, 10 de enero de 2009

Cambio climático y sentido común

¿Cuál es el problema de que la temperatura media del planeta aumente unas décimas de grados? A las televisiones les encanta achacar todo tipo de inclemencias meteorológicas, extinciones de especies, la desertización o incluso la expansión de epidemias tropicales al cambio climático. Pero si tenemos en cuenta la complejidad de factores que están en juego, no es tan sencillo establecer una relación causal simple entre la temperatura y estos fenómenos. Incluso aunque existiera, deberíamos tener en cuenta, para una justa valoración, las consecuencias indudablemente benéficas que tendría el hecho de que las latitudes septentrionales gozaran de un clima más benigno, de que pudieran reducir su consumo energético en invierno o incrementar su producción agrícola. Tal vez el balance global sería favorable, o por lo menos mucho menos catastrófico que como nos lo pintan.

Ahora bien, los predicadores del apocalipsis creen contar con una baza decisiva, que como es sabido consiste en la predicción de una subida del nivel del mar a consecuencia del deshielo de los casquetes polares, que podría sumergir bajo las aguas gran parte de las zonas costeras hoy densamente pobladas. Pero ¿cuál es la probabilidad de que esto suceda realmente?

En primer lugar, hay que señalar que un aumento de la temperatura global media no implica necesariamente un aumento de la temperatura en las regiones polares. De hecho, el propio informe del IPCC, que pasa por ser la doctrina oficial sobre el tema (aunque sobre esto habría mucho que hablar), reconoce que la mayor parte de la Antártida -que supone el 85 % de la superficie de hielo del planeta- no se está calentando, e incluso que podría enfriarse más en el futuro. En cuanto al hemisferio norte, la fusión del océano Ártico no tendría consecuencias directas sobre el nivel del mar porque se trata de hielo flotante, cuyo volumen sumergido es igual al del agua que desaloja. Por tanto, sólo deberíamos preocuparnos básicamente de Groenlandia. Efectivamente, si se fundiera todo el hielo de esta enorme isla, el nivel del mar ascendería unos 7 metros. No sería el fin del mundo, pero ciertamente, si el proceso fuese demasiado rápido podría tener efectos catastróficos para la economía y algunas poblaciones costeras. Ahora bien, según el citado informe, un deshielo total de Groenlandia llevaría miles de años, y en todo caso la subida del nivel del mar para finales de siglo sería inferior a unos 60 cm. Nada que justifique el alarmismo histérico que transmiten algunos.

Es más, incluso esta previsión podría estar completamente equivocada. Toda la teoría del calentamiento global se basa en la extrapolación al futuro de mediciones de temperatura pasadas. Incluso si dejamos de lado que las observaciones más recientes parecen apuntar a una inflexión de la tendencia, los datos por sí solos no demuestran la validez de ninguna predicción en un sistema tan complejo como el del clima. Para ello se requiere un modelo teórico contrastado, es decir, uno cuyas predicciones ya hubieran resultado acertadas en ocasiones anteriores, o dicho más exactamente, superiores en su ajuste a la realidad a las de otros modelos explicativos rivales. Claramente, la teoría del CO2 emitido por el hombre como causa del calentamiento no es ese modelo, se trata sólo de una hipótesis pendiente de contrastación, y por supuesto no la única. Otras teorías por ejemplo consideran esencial el factor de las variaciones en la radiación solar, e incluso sugieren que el futuro próximo tal vez nos depare un enfriamiento, no un calentamiento.

Una posible objeción a estas reflexiones podría ser más o menos la siguiente: Bien, de acuerdo, quizá sea todo tan incierto como dices, pero ¿y si el error de las predicciones consistiera en realidad en que se quedaran cortas? ¿Y si por una acumulación de factores el ritmo del deshielo fuera exponencial? Quizá -se nos podría decir- valdría más no arriesgarnos y apoyar las costosas políticas encaminadas a la reducción del CO2. Por si acaso. El argumento parece atendible. Quizás podría dar lugar a un debate interesante. El problema es que los ecoalarmistas no son tan honestos. Ellos prefieren dar pábulo a las previsiones más catastrofistas, a fin de que entreguemos a los gobiernos todavía más poder y recursos para intervenir en la sociedad. ¡Qué mejor pretexto podían haber hallado que la salvación del planeta! Y los medios de comunicación son los principales culpables; más papistas que el Papa (o que el IPCC, en este caso), siguen empeñándose en publicar titulares de ciencia-ficción cada vez que se produce el deshielo estacional en el Ártico, o se separa alguna masa helada de la pequeña parte de la Antártida (continente mucho mayor que Europa) en la cual se ha observado un aumento de la temperatura.

De todos modos, el argumento de "por si acaso" debería precisarse. Y sobre todo, debería incorporar el coste para los países más pobres, mensurable en vidas humanas, de la disminución del crecimiento económico mundial derivada del Protocolo de Kioto. ¿Causará más víctimas una hipotética elevación del mar de varios centímetros que una contracción de la economía de aquellos países con parte de su población en el límite de la subsistencia?

Quienes tachan de "negacionistas" a los que cuestionan el histerismo climático, sugiriendo sutilmente que son una especie de criminales contra la humanidad, quizás podrían tener -terrible ironía- una responsabilidad mucho más grave en sus desdichas futuras.

miércoles, 25 de junio de 2008

Muerte a la contra climática

En un artículo publicado en El Mundo de hoy, titulado Dos décadas de resistencia numantina, el catedrático de Física Antonio Ruiz de Elvira denuncia "la carrera hacia la autodestrucción de la civilización" que representa el uso de combustibles fósiles, cuyos efectos sobre el clima ya vaticinó en 1988 Jim Hansen. ¿Que quién es este Hansen? Pues uno partidario nada menos que de juzgar por crímenes contra la humanidad a los ejecutivos de las compañías petrolíferas, por sembrar dudas sobre el cambio climático.

Cuando uno está en posesión de la verdad absoluta y de la fórmula salvadora de la humanidad, toda represión contra quienes se le opongan le parecerá justificada. Es exactamente la misma psicología que en los regímenes comunistas lleva a perseguir sin piedad a quienes se califica como contrarrevolucionarios.

Ruiz de Elvira se muestra como un seguidor fiel de su maestro Jim Hansen, en el sentido de que no se anda con excesivos matices.

"Los grandes señores feudales actuales -dice-, los dueños de las empresas del petróleo, los jeques árabes y los caudillos hispanoamericanos realizan desde hace años una campaña semiexitosa contra la realidad, casi convenciendo a los pueblos de que el cambio climático es una invención de un puñado de científicos chalados."

No vale la pena detenerse demasiado en el pobre bagaje conceptual en ciencias sociales que delata la expresión "señores feudales", aplicada a accionistas o a jefes de Estado. No hace mucho, un artículo de Francisco Capella nos ilustró brillantemente acerca del grado de ridículo en el que caen a veces algunos científicos cuando se creen que pueden pontificar sobre cuestiones sociopolíticas y económicas, sin la cautela y la humildad que normalmente emplean cuando opinan de otras disciplinas que no entran dentro de su especialidad.

Lo que me ha llamado la atención es que incluya a los "caudillos hispanoamericanos" dentro del partido de los escépticos climáticos. Este hombre por lo visto no se ha enterado de las tremendistas declaraciones de Evo Morales en las que acusa, cómo no, al capitalismo de estarse cargando el planeta mediante las emisiones de CO2. Ni de las de Castro, o incluso, pese a sus intereses petrolíferos, las de Chávez.

Pero lo que ya me lleva preguntarme en qué mundo vive Ruiz de Elvira, es su queja de que partidarios y detractores de la nueva religión climática "reciben el mismo peso" en la televisión. Me pregunto qué canales ve este señor, pues en los medios de comunicación que yo conozco, salvo escasas excepciones, no es que se decanten descaradamente por las tesis apocalípticas, es que incluso se oculta que exista siquiera un debate sobre su validez científica. Eso por no hablar del talante dogmático que manifiesta quien se escandaliza de que dos posturas intelectuales reciban el mismo trato.

Una vieja táctica del discurso progre consiste en presentarse como minoritario y débil en un mundo dominado por la ideología "neoliberal". Evidentemente, la situación es exactamente la contraria, la mayoría de periodistas occidentales son en mayor o menor grado de izquierdas, pero no importa, como la posición débil siempre le parece a la izquierda más digna de simpatía, se complace en verse a sí misma como si estuviera reducida a una reserva india. Y nuestro apóstol del cambio climático es en esto un perfecto progre de manual.

Por si quedara alguna duda de ello, remata su breve artículo criticando al propio Zapatero por no pasar de la retórica a los hechos en la lucha contra el cambio climático. Concretamente, se indigna por que "se autorizan nuevas refinerías, se sigue produciendo electricidad con carbón" y "aumentan las facilidades para los coches, mediante cada vez más kilómetros de autovías". Este es el esplendoroso futuro que nos prometen los visionarios del clima. Mayor intervención en la economía, menos autovías. Y a la cárcel con los contrarrevolucionarios. ¿Les suena la música?

lunes, 12 de mayo de 2008

El regreso del Hespérides

El próximo año, con motivo del bicentenario del nacimiento de Darwin, está proyectado botar una réplica del "Beagle", el navío a bordo del cual el naturalista inglés dio la vuelta al mundo, recogiendo observaciones que luego le servirían para elaborar su famosa teoría de la evolución.

Aquella navegación tuvo un impacto enorme sobre el conocimiento humano. Hoy vemos con cierto sentimiento de superioridad las polémicas de la época; creemos vivir en una época mucho más científica, en la cual la difusión del conocimiento no se encuentra con las trabas de antaño, sino que se da la mayor publicidad a cualquier novedad. Pero ¿está justificada esta visión tan autocomplaciente?

Cuando el Buque de Investigación Oceanográfica "Hespérides" partió hacia la Antártida, hace cinco meses, los medios se volcaron en la noticia, señalando la importante contribución al estudio del cambio climático que suponía la expedición. Pero ahora que, hace una semana, ha regresado a Cartagena, sólo algún diario local, y el blog Doce Doce, se han hecho eco de ello. ¿Por qué? la respuesta es sencilla. El capitán del barco, Pedro de la Puente, nada más atracar en Cartagena, ha declarado haber encontrado mucho más hielo, incluso una población de pingüinos superior, que en anteriores viajes. Es decir, ha osado contradecir con temeraria indiscreción la Religión del Calentamiento Global, predicada por el profeta Al Gore y sus discípulos Evo Morales y Zapatero.


Y se ha hecho un piadoso silencio.

jueves, 24 de abril de 2008

Reus, París, Kioto

La fuga accidental de partículas radiactivas de la central nuclear de Ascó ya ha llegado, vía carretera, a una chatarrería a 70 km de la central, a cuatro km de Reus (104.000 habitantes) y a menos de 20 km de Tarragona (144.000 habs.) Según Isabel Mellado, del CSN, la contaminación no se encontraba en la chatarra, sino en el camión que la transportaba. No se imagina esta señora el inmenso alivio que me ha embargado al escuchar aclaración tan tranquilizadora.


Pero no ganamos para sustos, porque a las pocas horas hemos sabido que también han sido halladas partículas radiactivas a orillas del Ebro. Por supuesto, la posibilidad de que la contaminación haya llegado, a través del agua, a los grifos domésticos de Tarragona, sólo puede planteársela una mente enfermiza. Tal como la mía, sin ir más lejos.

Por todas estas escandalosas irregularidades que vamos sabiendo, el director de la central, junto a otro cargo subordinado, han sido destituidos, y al parecer algunas ONG ecologistas estudian acciones judiciales. Todo esto me parece muy bien, pero personalmente echo de menos, como ya he comentado hace poco, algo más de ese activismo lúdico-reivindicativo al que los ecoprogres nos tienen acostumbrados... cuando no están ellos en el gobierno autonómico.

Dicho esto, creo que el uso de la energía nuclear es inevitable. Todo ese discurso políticamente guay de las energías renovables, suena muy bien a la mayoría, pero adolece gravemente de realismo. Basta preguntarnos, para darnos cuenta de esto, qué superficie de placas solares, pantanos o molinos de viento necesitaríamos para igualar la producción eléctrica de una central nuclear.

Esto no significa que podamos ignorar el serio inconveniente que presenta la fisión nuclear, que es la generación de unos residuos altamente tóxicos, y con unos procesos de reciclaje de siglos. Esta tecnología requiere no sólo buenos ingenieros, sino también instituciones libres, independientes del poder político, que puedan exigir transparencia y responsabilidades cuando las cosas no se hacen bien. La mejor política para el medio ambiente no es aquella que otorga prerrogativas exageradas a la administración, no es la que más ecotasas y más sanciones aplica, sino al contrario, aquella que limita su poder, que no adjudica a funcionarios o a políticos la facultad de decidir cuándo conviene dosificar la información, o simplemente ocultarla, para no fomentar el "alarmismo". La mejor prueba de ello es que donde se han producido las peores catástrofes ecológicas no ha sido en los países del capitalismo salvaje y depredador, sino en los socialistas, donde el poder del Estado sufre menos limitaciones.

Evo Morales ha propuesto en no sé qué tinglado de la ONU abolir el capitalismo para salvar al planeta. Por lo menos, hay que reconocer que el chico es sincero y directo. Los burócratas de Naciones Unidas y de la Unión Europea no están en cambio por la labor de cargarse el invento que a fin de cuentas les da de comer, prefieren seguir chupándole la sangre lentamente al capitalismo. De maneras más sofisticadas, ellos hablan de Protocolo de Kioto, y hasta parece que de verdad nos van a salvar.