Franco fue un dictador. Franco fue de derechas. La primera proposición no se puede discutir, salvo que cambiemos el uso habitual de las palabras por otro más excéntrico, en el que dictador signifique algo en lo cual no encaje la figura del militar gallego. La segunda proposición ha sido discutida, aunque con nulo éxito. Hay quien ha propuesto algo así como el silogismo siguiente: La izquierda es estatista. Franco era estatista; luego Franco era de izquierdas. Por supuesto, este silogismo es lógicamente tan falaz como uno que afirmara que los perros son mamíferos, Juan es un mamífero; luego Juan es un perro. Pero es que además podemos incluso cuestionar las premisas. No toda izquierda es estatista (al menos, en teoría). Y no todo autoritarismo es necesariamente estatista. Es decir, un estado puede no ser democrático, y aún así reducido y poco invasivo.
Parece claro que el franquismo fue de derechas en dos sentidos que suelen adscribirse a este término: la defensa de un estado reducido (el estado franquista equivalía grosso modo a una tercera parte del actual, en relación con el PIB) y la fundamentación ideológica en los principios de la moral católica. Por supuesto, en la derecha no predomina el liberalismo económico, ni antes ni ahora. En el régimen de Franco había un sector tan importante como el falangista, claramente antiliberal. (De la derecha actual no quiero hablar ahora, que me pongo de mal humor.) Pero lo que importa es que Franco era el que mandaba, y supo intuitivamente equilibrar los delirios nacional-sindicalistas con las mucho más sensatas nociones económicas de los cerebritos del Opus, para entendernos. El resultado no fue, ni mucho menos, plenamente coherente, pero sí aceptablemente liberal: progreso sostenido de la renta per cápita, tasas de paro prácticamente nulas y niveles de libertad individual muy superiores a los de Europa Oriental. Los españoles podían vivir donde querían (incluido el extranjero), trabajar e invertir donde querían, tener propiedades y beneficios, y la censura era cada vez más laxa.
El segundo aspecto (moral católica) tampoco creo que suscite muchas discrepancias. De hecho, la izquierda sigue, casi cuarenta años después de muerto Franco, recriminando a la Iglesia el haber apoyado a su régimen, en lugar de dejarse masacrar dócilmente por el Frente Popular. Por supuesto que la derecha, al igual que ocurre con el liberalismo económico, está muy lejos de ser por definición católica, especialmente en nuestros días. Pero lo cierto es que la España de Franco era un país en el que no existía el divorcio, las familias eran mucho más estables y predominaba un notable "orden burgués" (baja delincuencia, disciplina en las aulas, decencia en los medios de comunicación). Sería erróneo atribuir este orden exclusivamente a un efecto colateral de la dictadura: ejemplos como el de Venezuela demuestran que cierto tipo de autoritarismo es perfectamente compatible (por no decir cómplice) con elevadas tasas de criminalidad e inseguridad ciudadana.
Sentadas las precisiones anteriores, propongo la siguiente tesis: La izquierda odia mucho más al Franco derechista que al Franco dictador, aunque suele querer hacernos ver lo contrario, con el fin propagandístico de identificar derechismo y autoritarismo. Tres son las razones en las cuales se puede sustentar esta tesis.
En primer lugar, con las dictaduras de izquierda (léase Cuba, y antaño la URSS y la China maoísta), nuestros progresistas nunca han manifestado escrúpulos comparables, ni siquiera hoy, en que siguen negándose a condenar el comunismo con la misma intensidad con la que condenan el fascismo, pese a que el primero ha causado en el siglo XX muchas más muertes, debido posiblemente a su mayor duración y extensión. En el caso de España, esto lleva a relativizar y disculpar los crímenes del Frente Popular y del antifranquismo violento, como el de ETA. Esto nos inclina a pensar que, aunque no lo confiesen abiertamente, para ellos hay dictaduras malas y dictaduras buenas. Y las buenas son las suyas, obviamente.
En segundo lugar, la izquierda siempre ha exagerado las muertes y represalias atribuidas al franquismo, presentándolo como un régimen de terror que estuvo matando hasta el último minuto. En realidad, la mayor parte de condenas a muerte ejecutadas (que se calculan en torno a doce mil) recayeron en criminales con las manos manchadas de sangre durante la guerra civil o en terroristas que actuaron en tiempos de paz, como los integrantes del FRAP ejecutados apenas dos meses antes de la muerte del general Franco, en medio de una campaña internacional de protestas. Si el régimen franquista hubiera sido tan asesino como el de los actuales Irán o Corea del Norte, difícilmente hubiera llamado la atención el fusilamiento de cinco terroristas. Lo cierto es que la España de los años 60 y 70 era un país donde sólo comunistas y sobre todo terroristas corrían verdaderos riesgos, y aún así, los primeros campaban casi a sus anchas en la Universidad y en la Iglesia, cada vez más infiltrada. Finalmente, a la muerte de Franco, el régimen se autodisolvió pilotado por el sucesor del Jefe de Estado, el rey Juan Carlos, y el secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez.
En tercer y último lugar, la izquierda tampoco disimula, después de todo, su odio a los valores del mercado, la familia y el orden. Desde antiguo ha puesto bajo sospecha a los empresarios y comerciantes, ha cuestionado la autoridad paterna y ha saboteado con gran éxito la autoridad de maestros y agentes del orden. El resultado es la difusión de una mentalidad estatista y libertaria a la vez, que ha alimentado por un lado a un Leviatán estatal, entorpecedor de la libre iniciativa y causante, con sus regulaciones, de una tasa de desempleo que provoca rubor; y por otro un aumento notable de las familias desestructuradas, los abortos, el fracaso escolar, la delincuencia y la drogadicción.
Ante estos hechos objetivos, existen varias posiciones. Una es la de la izquierda, consistente en negarlos, atribuirlos a causas falsas o incluso interpretarlos como fenómenos loables, como manifestaciones de libertad. Así, a la degradación de la institución familiar se la presenta como una eclosión de "otros modelos de familia" que antes estaban reprimidos; y al aborto como un "derecho" de la mujer. El paro se atribuye a los siniestros mercados, que (por alguna razón incomprensible) no querrían que hubiera más producción, ni más consumo. Y el aumento de la delincuencia se relaciona con la pobreza, cuando si analizamos los datos, la relación es exactamente la inversa: en la España más pobre de los años sesenta había muchos menos robos, asesinatos, etc. Y también menos policías, proporcionalmente.
Otra actitud posible, aunque muy minoritaria, es la que atribuye las patologías sociales de nuestros días a la democracia en sí. Todo sistema político tiene ventajas e inconvenientes, pero no hay ninguna razón a priori por la cual la democracia deba estar unida al paro o a la delincuencia. Existen suficientes ejemplos en contra para que ahora sea preciso detenernos en ello. El problema surge cuando, bajo el disfraz de la democracia, la izquierda intenta implantar un régimen en el que no exista verdadera alternancia, cosa que por cierto sólo puede lograrse con la complicidad, la estolidez o la cobardía de la derecha.
Esto está conectado con una tercera actitud muy extendida entre la derecha, consistente en maldecir el franquismo por haberle acarreado tan mala fama. Es la que exponía Josep Martí en un interesante libro, que reseñé en su día, titulado Ets de dretes i no ho saps ("Eres de derechas y no lo sabes"), en el capítulo titulado precisamente "Maldito Franco". Según Martí (traduzco del catalán), "la persona que ha hecho mas daño al ideario conservador es Francisco Franco Bahamonde", porque ello ha sido aprovechado por la izquierda para "la identificación del tirano con los valores conservadores". Sin embargo, la reacción de la derecha ante esta estrategia no ha podido ser más torpe. En lugar de distinguir entre el dictador y el derechista, tratando de cortocircuitar esa falaz identificación, la derecha política, representada principalmente por el PP, o bien ha rehuido el debate (dejando a la izquierda todo el campo libre de la cultura), o bien ha renegado del franquismo como un todo (como hace de hecho Martí), aceptando con ello, implícitamente, las tesis izquierdistas.
En lugar de ello, propongo una cuarta actitud, que consiste, como acabo de sugerir, en diferenciar entre el Franco dictador y el Franco de derechas. Podemos entrar en un debate sobre si hubiera sido posible impedir la guerra civil y la dictadura, pero se trata de una discusión estéril, por ucrónica. Más fecundo es reivindicar el Franco conservador, que precisamente por ser tal, eludió las brutalidades y disparates revolucionarios de los fascismos. En contra de la fábula que se nos ha tratado de inculcar en las últimas décadas, no sólo Franco no fue un dictador por ser de derechas, sino que fue este carácter de su pensamiento el que permitió dulcificar el aspecto dictatorial de su régimen, y que la prosperidad se abriera paso. Las principales amenazas que se ciernen hoy sobre España proceden de la baja natalidad, el excesivo endeudamiento y el separatismo, fenómenos a su vez estrechamente relacionados con el desprestigio de la familia tradicional, y con el olvido de valores cristiano-burgueses como el ahorro, la austeridad y el respeto a la ley. Casualmente, instituciones y valores típicamente de derechas.
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domingo, 24 de noviembre de 2013
Franco, ese dictador de derechas
lunes, 6 de mayo de 2013
Que ladren
Dentro de cinco meses, el 13 de octubre, serán beatificados en Tarragona unos quinientos mártires de la Guerra Civil. El socialprogresismo no oculta su antipatía por este acto. Así, un artículo de El País habla de "ofensiva de la jerarquía católica para elevar a los altares a sus víctimas", e implícitamente justifica el asesinato de miles de religiosos, a manos de las izquierdas, por el apoyo que manifestó la Iglesia a la sublevación militar contra el Frente Popular. Es de prever que las críticas a esta ceremonia irán in crescendo.
El pensamiento dominante sencillamente no puede sufrir que nadie ose cuestionar su historieta de republicanos demócratas (apenas los hubo, y desde luego no fueron quienes ganaron las elecciones de 1936) contra militares fascistas (la Falange ni de lejos tuvo el poder real, en el régimen de Franco, que llegó a tener el Partido Comunista en la España frentepopulista). La Guerra Civil fue una guerra entre derechas e izquierdas. El resultado sólo pudo ser, probablemente, uno de estos dos: la implantación de un régimen totalitario comunista, satélite de Moscú, o una dictadura de signo conservador, que es lo que finalmente se impuso. Lo primero hubiera sido sin duda mucho peor, si comparamos el régimen de Franco con los que se erigieron en Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial.
El apoyo de la Iglesia a Franco es comprensible. Las izquierdas habían intentado erradicar el cristianismo con una violencia sin apenas precedentes en la Historia, que venía de mucho antes de julio del 36. La Iglesia ha sobrevivido durante dos mil años a imperios, gobiernos y revoluciones, en muchas ocasiones pactando con unos poderes políticos u otros. Quienes parecen pretender que debería haberse inmolado ejemplarmente como institución son los mismos que detestan reconocer a sus miles de mártires. Para ellos, el catolicismo cometió el pecado de no dejarse exterminar por completo, de manera que ahora no quedara nadie que pudiera homenajear a quienes sufrieron tan atroz persecución.
El socialprogresismo no tiene suficiente con zaherir al catolicismo día sí y día también. Lo quiere mudo, amnésico e inhabilitado para ejercer sus derechos civiles, como cuando se manifiesta contra el abortismo y la ideología de género. No le basta con eliminar su presencia en el espacio público: aspira al monopolio de la verdad histórica, que es el fundamento de todo auténtico poder totalitario, como mostró George Orwell en 1984.
No se trata sólo de que los católicos tengan derecho a expresar sus creencias. Es que, sin ellos, esta sociedad perdería definitivamente incluso el recuerdo de lo que significa la dignidad humana, fuente de la libertad y de todo valor moral. Así pues, que ladren nuestros enemigos. Es señal de que resistimos.
El pensamiento dominante sencillamente no puede sufrir que nadie ose cuestionar su historieta de republicanos demócratas (apenas los hubo, y desde luego no fueron quienes ganaron las elecciones de 1936) contra militares fascistas (la Falange ni de lejos tuvo el poder real, en el régimen de Franco, que llegó a tener el Partido Comunista en la España frentepopulista). La Guerra Civil fue una guerra entre derechas e izquierdas. El resultado sólo pudo ser, probablemente, uno de estos dos: la implantación de un régimen totalitario comunista, satélite de Moscú, o una dictadura de signo conservador, que es lo que finalmente se impuso. Lo primero hubiera sido sin duda mucho peor, si comparamos el régimen de Franco con los que se erigieron en Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial.
El apoyo de la Iglesia a Franco es comprensible. Las izquierdas habían intentado erradicar el cristianismo con una violencia sin apenas precedentes en la Historia, que venía de mucho antes de julio del 36. La Iglesia ha sobrevivido durante dos mil años a imperios, gobiernos y revoluciones, en muchas ocasiones pactando con unos poderes políticos u otros. Quienes parecen pretender que debería haberse inmolado ejemplarmente como institución son los mismos que detestan reconocer a sus miles de mártires. Para ellos, el catolicismo cometió el pecado de no dejarse exterminar por completo, de manera que ahora no quedara nadie que pudiera homenajear a quienes sufrieron tan atroz persecución.
El socialprogresismo no tiene suficiente con zaherir al catolicismo día sí y día también. Lo quiere mudo, amnésico e inhabilitado para ejercer sus derechos civiles, como cuando se manifiesta contra el abortismo y la ideología de género. No le basta con eliminar su presencia en el espacio público: aspira al monopolio de la verdad histórica, que es el fundamento de todo auténtico poder totalitario, como mostró George Orwell en 1984.
No se trata sólo de que los católicos tengan derecho a expresar sus creencias. Es que, sin ellos, esta sociedad perdería definitivamente incluso el recuerdo de lo que significa la dignidad humana, fuente de la libertad y de todo valor moral. Así pues, que ladren nuestros enemigos. Es señal de que resistimos.
miércoles, 2 de enero de 2013
La rueda ideológica
Empiezo el año con uno de esos diagramas que tanto me gustan. Es que uno en el fondo sigue siendo un niño...
La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.
Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.
Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:
Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)
Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".
Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)
Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)
Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.
Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.
Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.
Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)
Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.
La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.
Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.
Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:
Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)
Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".
Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)
Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)
Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.
Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.
Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.
Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)
Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.
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martes, 27 de noviembre de 2012
El País reconoce que la izquierda empezó la Guerra Civil
Aznar ha estado brillante en la entrevista que le ha hecho esta mañana Carlos Herrera en Onda Cero, con motivo de la primera entrega de sus memorias. (Solo ha resultado poco convincente cuando Arcadi Espada le ha preguntado por el sacrificio de Vidal-Quadras en 1996.) Lo bueno ha venido al final, cuando el expresidente se ha referido a una información de El País digital, que acababa de leer en el trayecto hacia la emisora. Según ese medio, ayer, en la presentación de su libro, Aznar rememoró la guerra civil para analizar la situación catalana. (El titular lo han cambiado, pero en internet todo deja rastro.) Aznar ha puntualizado que él se refirió a los sucesos de 1934, cuando el gobierno catalán (y el PSOE de Largo Caballero: esto lo rememoro yo) se rebeló contra el gobierno legítimo de la república. Y ha añadido, recreándose en la ironía, que le sorprende gratamente que por fin El País haga suya la tesis de Pío Moa, esto es, que la guerra civil empezó realmente con la revolución de octubre del 34, promovida por la izquierda. Desde luego, sería un gran avance, pero, bromas aparte, seguro que no ocurrirá, porque supone derribar uno de los dogmas básicos del credo progresista. El otro es que los intelectuales son intrínsecamente de izquierdas. Pero no siempre es así. A veces, como observó Chesterton, hay inteligencia incluso en la intelligentsia.
martes, 20 de noviembre de 2012
Franco de serie B
El franquismo fue un régimen dictatorial. Lo cual casi nadie discute que es malo en sí mismo. ¿Tuvo sin embargo aspectos positivos? Una vez alguien me replicó: "Hombre, claro, si nos ponemos a buscar, hasta en Hitler encontraríamos alguna virtud". Pero el hecho de que Hitler fuera amante de la música y de los perros es irrelevante. Lo que importa es que, tras doce años de su régimen, Alemania estaba arrasada, y que millones de judíos habían sido exterminados. El balance del nacionalsocialismo es objetivamente desastroso, se mire por donde se mire. Sin embargo, es obvio que con el franquismo ocurre más bien lo contrario. A la muerte de Franco, España no solo estaba mucho mejor, en el aspecto material, que tras la guerra civil (cosa que tendría escaso mérito), sino claramente muchísimo mejor que en 1931, cuando se proclamó la República. Y ello con un nivel de represión muy inferior a la Europa Oriental comunista, cuyos ciudadanos no podían salir del país ni acceder a una fotocopiadora. Franco creó un régimen autoritario personal, en el cual el partido único estaba supeditado al Estado, y no al revés, lo que a su muerte facilitó una transición a la democracia universalmente alabada. Además, los índices de delincuencia y anomia social (rupturas familiares, malos tratos, drogadicción, telebasura, etc) se habían mantenido por debajo de otros países de nuestro entorno, empezando a incrementarse en los años posteriores a la muerte del dictador. Asimismo, el régimen franquista legó una enseñanza de calidad, que empezó a degradarse en los años noventa con la legislación socialista.
Todo esto son hechos objetivos, que solo personas mal informadas o parciales pueden negar. Pero lo cierto es que treinta y siete años después de la muerte del general, sigue siendo prácticamente imposible señalar estas obviedades sin que a uno le cubran de insultos y se le condene al ostracismo. (Pío Moa es el autor más importante que ha sufrido este tipo de consecuencias por su labor intelectual.) Bien es cierto que esta tergiversación del pasado es inseparable de una grave tergiversación del presente, por la cual los fenómenos de descomposición moral que nos afligen son considerados más bien como síntomas de progreso. Ya no tenemos una enseñanza "autoritaria" y "memorística"; ya no estamos dominados por los "prejuicios católicos contra el sexo", etc.
La revista Interviú ha publicado un número especial con fotos inéditas de Franco. En realidad, las fotografías no son nada del otro mundo. El redactor pretende que vienen a cuestionar el mito del dictador austero, al mostrarlo practicando un deporte entonces elitista, como el tenis, o en escenas cinegéticas, rodeado por un séquito relativamente fastuoso. Dice: "Cabras hispánicas abatidas, ristras de patos cazados; (...) salmones colosales... formaban parte de la rutina de Franco. El resto del país vivía condenado a una cartilla de racionamiento." Lo de la cartilla de racionamiento es válido por la época de las fotografías, los años cuarenta; pero no deja de ser una observación puerilmente demagógica, como la de quienes reprocharon a Juan Carlos que fuera a cazar elefantes a Botswana, mientras hay españoles que sufren penurias económicas.
Al reportaje se unen tres semblanzas literarias de Franco: Una visceralmente contraria de Juan José Millás, otra más bien neutra de Juan Pablo Fusi, y una tercera de Luis Suárez Fernández, muy favorable, pero basada en hechos incuestionables. El texto de Millás, titulado "Complejo de generalísimo" es un ejemplo de deformación ideológica llevada al delirio. Sin el menor asomo de justificación empírica, describe a Franco como un pobre hombre acomplejado por su estatura, su barriga y su voz atiplada, "de ahí que odiara el sexo, el baile, la lectura, la gastronomía, el júbilo, el pensamiento y la existencia en general." No solo elucubra con nociones psicológicas de telefilme, sino que incluso retuerce aquellos hechos que indicarían algo loable de la persona del anterior jefe de Estado, para que parezcan lo contrario. ¿Que fue el general más joven de Europa? Claro, eso se debió a que "los méritos de guerra servían para trepar por el escalafón", como si tales méritos fueran vicios inconfesables. ¿Qué era un hombre amante de su familia? Sí, pero se trataba de "una de las familias más mediocres de la historia de la humanidad" (¡!). Ah, y por supuesto, Franco se pasó los "cuarenta años matando", hasta convertir a España en una "funeraria".
Cuando uno se sitúa en determinada atalaya ideológica parece que toda exageración y toda mentira está justificada. Pero esta actitud perjudica incluso a la causa que supuestamente defiende. Si para condenar la represión política franquista nos inventamos un cuento de terror y vesania, estamos dando a entender que, descrita en sus justos términos, aquella no sería tan grave. Hubo policías torturadores, hubo ejecuciones injustas, hubo asesinatos. Eso es suficientemente condenable, sin necesidad de convertir el franquismo en un holocausto, cosa que a todas luces no fue. Los que éramos demasiado pequeños cuando Franco murió, e incluso los que todavía no habían nacido, tenemos el testimonio de padres y abuelos, de películas de la época, de libros. Es imposible falsificar de manera tan obvia la historia reciente, salvo que uno sea propenso también a falsificar el presente.
Todo esto son hechos objetivos, que solo personas mal informadas o parciales pueden negar. Pero lo cierto es que treinta y siete años después de la muerte del general, sigue siendo prácticamente imposible señalar estas obviedades sin que a uno le cubran de insultos y se le condene al ostracismo. (Pío Moa es el autor más importante que ha sufrido este tipo de consecuencias por su labor intelectual.) Bien es cierto que esta tergiversación del pasado es inseparable de una grave tergiversación del presente, por la cual los fenómenos de descomposición moral que nos afligen son considerados más bien como síntomas de progreso. Ya no tenemos una enseñanza "autoritaria" y "memorística"; ya no estamos dominados por los "prejuicios católicos contra el sexo", etc.
La revista Interviú ha publicado un número especial con fotos inéditas de Franco. En realidad, las fotografías no son nada del otro mundo. El redactor pretende que vienen a cuestionar el mito del dictador austero, al mostrarlo practicando un deporte entonces elitista, como el tenis, o en escenas cinegéticas, rodeado por un séquito relativamente fastuoso. Dice: "Cabras hispánicas abatidas, ristras de patos cazados; (...) salmones colosales... formaban parte de la rutina de Franco. El resto del país vivía condenado a una cartilla de racionamiento." Lo de la cartilla de racionamiento es válido por la época de las fotografías, los años cuarenta; pero no deja de ser una observación puerilmente demagógica, como la de quienes reprocharon a Juan Carlos que fuera a cazar elefantes a Botswana, mientras hay españoles que sufren penurias económicas.
Al reportaje se unen tres semblanzas literarias de Franco: Una visceralmente contraria de Juan José Millás, otra más bien neutra de Juan Pablo Fusi, y una tercera de Luis Suárez Fernández, muy favorable, pero basada en hechos incuestionables. El texto de Millás, titulado "Complejo de generalísimo" es un ejemplo de deformación ideológica llevada al delirio. Sin el menor asomo de justificación empírica, describe a Franco como un pobre hombre acomplejado por su estatura, su barriga y su voz atiplada, "de ahí que odiara el sexo, el baile, la lectura, la gastronomía, el júbilo, el pensamiento y la existencia en general." No solo elucubra con nociones psicológicas de telefilme, sino que incluso retuerce aquellos hechos que indicarían algo loable de la persona del anterior jefe de Estado, para que parezcan lo contrario. ¿Que fue el general más joven de Europa? Claro, eso se debió a que "los méritos de guerra servían para trepar por el escalafón", como si tales méritos fueran vicios inconfesables. ¿Qué era un hombre amante de su familia? Sí, pero se trataba de "una de las familias más mediocres de la historia de la humanidad" (¡!). Ah, y por supuesto, Franco se pasó los "cuarenta años matando", hasta convertir a España en una "funeraria".
Cuando uno se sitúa en determinada atalaya ideológica parece que toda exageración y toda mentira está justificada. Pero esta actitud perjudica incluso a la causa que supuestamente defiende. Si para condenar la represión política franquista nos inventamos un cuento de terror y vesania, estamos dando a entender que, descrita en sus justos términos, aquella no sería tan grave. Hubo policías torturadores, hubo ejecuciones injustas, hubo asesinatos. Eso es suficientemente condenable, sin necesidad de convertir el franquismo en un holocausto, cosa que a todas luces no fue. Los que éramos demasiado pequeños cuando Franco murió, e incluso los que todavía no habían nacido, tenemos el testimonio de padres y abuelos, de películas de la época, de libros. Es imposible falsificar de manera tan obvia la historia reciente, salvo que uno sea propenso también a falsificar el presente.
domingo, 5 de junio de 2011
El espantapájaros franquista
Cerca del 90 % de los españoles ya ha vivido más tiempo en democracia que bajo la dictadura franquista; faltan pocos años para que sea el 100 %. Más del 60 % nació después de la muerte de Franco, o bien no gozaba todavía de uso de razón cuando esta se produjo. Ello no es obstáculo para que el discurso político del PSOE siga identificando habitualmente a la derecha con el régimen político anterior, poniendo en duda su pedigrí democrático. Esta práctica insidiosa procede, curiosamente, de un partido político que desde sus orígenes, y hasta poco antes de la muerte de Franco, defendió la dictadura del proletariado; que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera; que intentó implantar por la fuerza de las armas una dictadura en 1934 y que durante los cuarenta años de dictadura franquista apenas dio señales de vida. Por lo demás, muchos altos cargos del PSOE y personalidades afines son hijos de miembros del régimen de Franco, cosa absolutamente normal, pero que se opone a cualquier tentación de extraer conclusiones generales de circunstancias similares, en relación con militantes del PP.
La izquierda siempre ha pretendido monopolizar la democracia, como si fuera invención suya, o peor aún, como si fuera su propiedad. En esto consistió el drama de la República, que terminó en la guerra civil. Pero la izquierda se niega a aprender. Ella sigue adjudicándose la prerrogativa de definir qué se entiende por "derecha democrática", es decir, aquella que asume lo esencial de la cosmovisión de izquierdas, y solo se permite algún leve matiz diferenciador en la política económica. Una cierta derecha oportunista se presta encantada a este vasallaje, coquetea con el ecologismo, el feminismo y la socialdemocracia, colaborando así en la exclusión de la vulgar ultraderecha, que se atreve a cuestionar los ídolos de la tribu políticamente correcta: Son esas personas incómodas que se pronuncian en contra del aborto, a favor de la familia tradicional, ponen en duda el cambio climático y hablan sin melindres "sociales" a favor de la propiedad privada y el libre mercado.
Ahora bien, la posición que se adopte en esos temas, sea cual sea, no es en sí misma democrática ni lo contrario. Los pro vida, por ser tales, no son más demócratas que los pro abortistas, ni viceversa. Los escépticos climáticos no son ni más ni menos demócratas que quienes creen a pies juntillas que en la última tormenta tropical tiene algo que ver el CO2 emitido por la industria. La única manera inequívoca de poder desprestigiar al contrario con la acusación más o menos velada de autoritario (facha), es relacionarlo con un período histórico concreto. Y aquí es donde la izquierda española goza de una indudable ventaja. En España hubo una dictadura de derechas durante cuarenta años. En cambio, la única dictadura de izquierdas duró solo de 1936 a 1939, en los territorios dominados por el Frente Popular durante la guerra civil. Y la izquierda ni siquiera reconoce que fuera una dictadura. Es por tanto mucho más fácil relacionar a la derecha con el autoritarismo, que no a la izquierda. Franco es aún un espantapájaros utilísimo.
Ante esto, el error típico de la derecha es "mirar al futuro", como si le conviniera que olvidemos el pasado. En realidad, lo que debería hacer es recordar siempre que sea oportuno cómo surgió la dictadura de Franco, que no fue más que una reacción contra una dictadura de izquierdas en ciernes. Esto es algo muy distinto de justificar el franquismo. Precisamente porque todas las dictaduras son aborrecibles, debemos estar prevenidos contra los milenarismos que acaban conduciendo a regímenes autoritarios o totalitarios, qué más da si de forma directa o indirecta. Bien es verdad que durante el siglo XX, las dictaduras más largas y sangrientas han sido predominantemente de izquierdas. La historia es en sí misma la refutación de la idea según la cual la izquierda, a diferencia de la derecha, es intrínsecamente democrática.
La izquierda siempre ha pretendido monopolizar la democracia, como si fuera invención suya, o peor aún, como si fuera su propiedad. En esto consistió el drama de la República, que terminó en la guerra civil. Pero la izquierda se niega a aprender. Ella sigue adjudicándose la prerrogativa de definir qué se entiende por "derecha democrática", es decir, aquella que asume lo esencial de la cosmovisión de izquierdas, y solo se permite algún leve matiz diferenciador en la política económica. Una cierta derecha oportunista se presta encantada a este vasallaje, coquetea con el ecologismo, el feminismo y la socialdemocracia, colaborando así en la exclusión de la vulgar ultraderecha, que se atreve a cuestionar los ídolos de la tribu políticamente correcta: Son esas personas incómodas que se pronuncian en contra del aborto, a favor de la familia tradicional, ponen en duda el cambio climático y hablan sin melindres "sociales" a favor de la propiedad privada y el libre mercado.
Ahora bien, la posición que se adopte en esos temas, sea cual sea, no es en sí misma democrática ni lo contrario. Los pro vida, por ser tales, no son más demócratas que los pro abortistas, ni viceversa. Los escépticos climáticos no son ni más ni menos demócratas que quienes creen a pies juntillas que en la última tormenta tropical tiene algo que ver el CO2 emitido por la industria. La única manera inequívoca de poder desprestigiar al contrario con la acusación más o menos velada de autoritario (facha), es relacionarlo con un período histórico concreto. Y aquí es donde la izquierda española goza de una indudable ventaja. En España hubo una dictadura de derechas durante cuarenta años. En cambio, la única dictadura de izquierdas duró solo de 1936 a 1939, en los territorios dominados por el Frente Popular durante la guerra civil. Y la izquierda ni siquiera reconoce que fuera una dictadura. Es por tanto mucho más fácil relacionar a la derecha con el autoritarismo, que no a la izquierda. Franco es aún un espantapájaros utilísimo.
Ante esto, el error típico de la derecha es "mirar al futuro", como si le conviniera que olvidemos el pasado. En realidad, lo que debería hacer es recordar siempre que sea oportuno cómo surgió la dictadura de Franco, que no fue más que una reacción contra una dictadura de izquierdas en ciernes. Esto es algo muy distinto de justificar el franquismo. Precisamente porque todas las dictaduras son aborrecibles, debemos estar prevenidos contra los milenarismos que acaban conduciendo a regímenes autoritarios o totalitarios, qué más da si de forma directa o indirecta. Bien es verdad que durante el siglo XX, las dictaduras más largas y sangrientas han sido predominantemente de izquierdas. La historia es en sí misma la refutación de la idea según la cual la izquierda, a diferencia de la derecha, es intrínsecamente democrática.
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martes, 25 de enero de 2011
Televisión para la Ciudadanía
Con una actitud de sacrificio completamente desinteresada (vamos, que nadie me paga por ello) ayer vi el primer episodio de la nueva serie de la televisión pública, "La República". Quiero aclarar que no pienso repetir el experimento (salvo que alguien se decida a remunerarme, excuso decirlo).
Lo primero que hay que decir es que se trata de un bodrio infumable, técnicamente hablando. Guión malo, simplón, diálogos inverosímiles, actores penosos... Algunas escenas, como por ejemplo la de los jornaleros que se disponen a quemar la casa del señorito, y la subsiguiente carga de la Guardia Civil, son de risa, parecen ejercicios de estudiantes poco aplicados. Sin duda el director se debe creer Francis Ford Coppola, por el trilladísimo contrapunto con la apacible petición de mano del señorito.
El argumento trata de endilgarnos una visión de panfleto de la República, combinada con una trama romántica como excipiente que ayude a ingerirla. En esencia, se identifica a la República con el PSOE, con la democracia, la igualdad y hasta con la felicidad. "Disfrutar de la vida, ¿no es eso la República?" dice un personaje. Para que se hagan una idea, la heroína principal es una militante del PSOE que suelta unos discursos estilo Zapatero... (¿Los habrá escrito él?) Su amante, en cambio, es de la CNT, y desde su primera aparición se nos pinta como el malo que hará sufrir mucho a la protagonista, y adivinamos la intención: Los "excesos" de la República serán achacados en la serie exclusivamente a los anarquistas, de manera que los socialistas queden como unos demócratas moderados y lúcidos, en fin, como los preclaros antecesores del zapaterismo.
Por descontado, no falta el retrato de los señoritos, desde el primer momento conspirando contra la República, y abundando en frases tan brillantes como "los dichosos socialistas nos van a quitar lo que es nuestro" o "rojos del demonio".
La acción propiamente dicha, tras una primera escena misteriosa de una exhumación (el excipiente folletinesco al que me refería) arranca con la llegada de una nueva criada a la casa de los señoritos, que por error entra por la puerta principal, en lugar de la de servicio. Ejercicio para una clase de Educación para la Ciudadanía. Contesta las siguientes preguntas:
1) ¿Qué era la puerta de servicio?
2) ¿Qué tipo de sociedad nos refleja esta escena? Señala la respuesta correcta:
a) Una sociedad clasista;
b) Una sociedad democrática e igualitaria como por ejemplo la que gozamos desde la llegada al gobierno de Zapatero;
c) Una comunidad aborigen australiana.
(Pista: la respuesta correcta es una vocal. Consulta en Google qué es una vocal o pregúntalo en Twitter.)
Como diría un castizo: Este es el nivel, Maribel.
Lo primero que hay que decir es que se trata de un bodrio infumable, técnicamente hablando. Guión malo, simplón, diálogos inverosímiles, actores penosos... Algunas escenas, como por ejemplo la de los jornaleros que se disponen a quemar la casa del señorito, y la subsiguiente carga de la Guardia Civil, son de risa, parecen ejercicios de estudiantes poco aplicados. Sin duda el director se debe creer Francis Ford Coppola, por el trilladísimo contrapunto con la apacible petición de mano del señorito.
El argumento trata de endilgarnos una visión de panfleto de la República, combinada con una trama romántica como excipiente que ayude a ingerirla. En esencia, se identifica a la República con el PSOE, con la democracia, la igualdad y hasta con la felicidad. "Disfrutar de la vida, ¿no es eso la República?" dice un personaje. Para que se hagan una idea, la heroína principal es una militante del PSOE que suelta unos discursos estilo Zapatero... (¿Los habrá escrito él?) Su amante, en cambio, es de la CNT, y desde su primera aparición se nos pinta como el malo que hará sufrir mucho a la protagonista, y adivinamos la intención: Los "excesos" de la República serán achacados en la serie exclusivamente a los anarquistas, de manera que los socialistas queden como unos demócratas moderados y lúcidos, en fin, como los preclaros antecesores del zapaterismo.
Por descontado, no falta el retrato de los señoritos, desde el primer momento conspirando contra la República, y abundando en frases tan brillantes como "los dichosos socialistas nos van a quitar lo que es nuestro" o "rojos del demonio".
La acción propiamente dicha, tras una primera escena misteriosa de una exhumación (el excipiente folletinesco al que me refería) arranca con la llegada de una nueva criada a la casa de los señoritos, que por error entra por la puerta principal, en lugar de la de servicio. Ejercicio para una clase de Educación para la Ciudadanía. Contesta las siguientes preguntas:
1) ¿Qué era la puerta de servicio?
2) ¿Qué tipo de sociedad nos refleja esta escena? Señala la respuesta correcta:
a) Una sociedad clasista;
b) Una sociedad democrática e igualitaria como por ejemplo la que gozamos desde la llegada al gobierno de Zapatero;
c) Una comunidad aborigen australiana.
(Pista: la respuesta correcta es una vocal. Consulta en Google qué es una vocal o pregúntalo en Twitter.)
Como diría un castizo: Este es el nivel, Maribel.
lunes, 25 de octubre de 2010
Homenaje a los muertos de la Batalla del Ebro

Mi abuelo paterno, José López Martínez, fue uno de los miles de soldados que murieron en la Batalla del Ebro, cuyos restos se desconoce dónde reposan. Sólo sabemos, por el testimonio directo de su hermano, que murió el 1 de noviembre de 1938 en la Sierra de Cavalls, a causa de una bala perdida.
Hace más de un año que empecé por primera vez a indagar si existía la posibilidad de descubrir el paradero de los restos mortales de mi abuelo, o el lugar exacto de su muerte. Ni siquiera tenía constancia de en qué unidad combatió, por lo que la tarea se presentaba difícil. Finalmente, opté por solicitar a la Generalidad los datos que pudieran recabarse, dentro de su programa de elaboración de un censo de personas desaparecidas durante la guerra civil y el franquismo.
De momento, no he recibido el informe histórico que según el gobierno autonómico se entrega a todos los solicitantes, sea positivo o negativo el resultado de las investigaciones. En cambio, se han colocado en el Memorial de las Camposines, en el pueblo tarraconense de La Fatarella, veintinueve placas con los nombres de 1.145 soldados de los dos bandos desparecidos en la batalla. Entre ellos, se encuentra el nombre de José López Martínez, como puede verse en la foto (Segundo por abajo, en la columna izquierda.)

El mes pasado recibí la invitación para asistir a un acto de homenaje y descubrimiento de las placas, el 24 de octubre. Pese a nuestros recelos por la previsible instrumentalización política, mis padres y yo no dudamos en acudir. El programa inicial consistía en que unos autocares nos trasladarían a las 10.30 desde el pueblo de La Fatarella hasta las Camposines, dentro del mismo término municipal. Pero pocos días antes recibí por correo electrónico y postal una modificación del programa. Debido a la numerosa asistencia confirmada, el acto de homenaje se celebraría a las 12 en un polideportivo de Gandesa, tras lo cual la organización dispondría unos autocares para visitar el Memorial de las Camposines. Esto suponía separar el acto más estrictamente político (por mucho que se revista con rasgos emotivos) del estrictamente personal, que es lógicamente localizar el nombre del familiar desaparecido en las placas del Memorial.
Por supuesto, lo que yo hice el día señalado fue salir con mis padres pronto por la mañana, y pasar primero por las Camposines, para evitarnos las colas posteriores al acto de Gandesa. Allí nos encontramos con que los Mossos ya iban a restringir el acceso, aunque por suerte todavía nos dejaron ver las placas y realizar las fotos de rigor. La principal razón por la cual habíamos salido aquella mañana, ya estaba satisfecha. Pero ya puestos, nos dirigimos a continuación a Gandesa, a participar del homenaje. Por suerte llegamos con mucha anticipación, porque la asistencia desbordó todas las previsiones, y quienes llegaron más tarde tuvieron que conformarse con aguardar en el exterior del recinto una repetición del acto a la una. Según ABC, se congregaron unas 3.000 personas, y desde luego no me parece una cifra exagerada.
Por supuesto que hubo instrumentalización política. Hablaron, entre otros, dos familiares de desaparecidos, y el conseller Joan Saura. Las palabras "sin rencor" se repitieron más de una vez, lo cual, pese a la apariencia de reconciliación, manifiesta lo contrario: Que uno de los dos bandos estaba moralmente más legitimado. También se pronunció el viejo tópico sentimental, según el cual aquellas muertes "no fueron en vano". ¿Pero no quedamos en la cantinela pacifista del "no a la guerra"? ¿Cómo entonces pueden servir de algo las muertes de soldados en combate? Por el contrario, yo que no soy pacifista creo que mi abuelo murió en vano, que no luchó por defender una legalidad que de tal sólo tenía el nombre, sino sólo por defender su vida (que no es poco), tras ser reclutado a la fuerza por el ejército republicano, aquel verano del 38.
La guinda por supuesto la tenía que poner Saura, que repitió por dos veces en su discurso que los "únicos responsables" de aquellas muertes fueron los militares golpistas. Es la doctrina políticamente correcta de la guerra civil, el cuento de hadas según la cual se trató de un conflicto entre la democracia y el fascismo, y el papel de la izquierda fue poco menos que idílico.

En el capítulo de anecdotario, señalar a dos simpáticos matrimonios que se sentaron detrás de nosotros, hermanos los maridos, que acababan de llegar de Madrid, y que defendieron sin complejos, pero escaso éxito, su derecho a que la megafonía de la organización utilizara también el castellano. Uno de los hermanos incluso se acercó a Saura y le pidió que pronunciara su discurso en catalán y en castellano, lo que en parte cumplió. No lo tradujo todo, sino que alternó párrafos en uno y otro idioma.
Me llamaron también la atención unos familiares que enarbolaban una fotografía de un desparecido, con las siglas del PSC... Partido al que no pudo jamás pertenecer, porque se fundó tras la muerte de Franco.
Pero sobre todo, lo más importante fue la lección que la gente dio a las autoridades. Ninguna bandera republicana, ninguna pancarta. Sólo algunas flores. Recordar a los muertos, no a las ideologías que los mataron. Ese creo que fue el verdadero y noble sentido del acto.
viernes, 13 de agosto de 2010
Owen y Yannick
La relación entre la televisión y los expertos (expertos en lo que sea) es de carácter indiscutiblemente erótico. La tele ama al experto, se deleita en él. Casi nada adora más que al sociólogo, al paleontólogo o al maestro estuquista entrevistado en su despacho, laboratorio o taller, a poder ser con la bata o uniforme de su oficio, con surtido de bolígrafos en el bolsillo izquierdo y unas gafas de présbita colgando del cuello. Y cabe sospechar que el amor es mutuo. La opinión del experto-en-lo-que-sea es en sí misma noticia, jamás se discute, frecuentemente no se contrasta con otras, a menudo se presenta implícitamente como la explicación académica o profesional de un fenómeno. Ejemplos los tenemos cada día. Un informativo de La 1 de las tres de la tarde, del jueves 12 de agosto, se ocupaba brevemente de los recientes casos de asesinatos en serie en varias guarderías de China, aportando una breve entrevista a un experto chino en algo. Éste aseguraba que los chinos son gente tranquila, y que tan graves sucesos hay que verlos como un efecto de la competitividad (sic). Es decir, que cuando a unos dementes o terroristas o lo que sean, les da por matar niños, en un país aún gobernado con mano de hierro por el Partido Comunista (que ejecuta cada año a miles de condenados a muerte), la culpa hay que buscarla... en el mercado libre, por supuesto.
La figura del experto, de hecho, cumple una función valiosísima. Cualquier estupidez, por grande que sea, puede ser defendida por alguien con varios títulos colgados en las paredes. A la televisión la podrán llamar la "caja tonta", pero ella puede permitirse desdeñar semejantes críticas: Sabe que existe una legión de expertos en las más variadas materias que acogerán con satisfacción a las cámaras en su domicilio o lugar de trabajo por salir un minuto en el telediario de las tres, y que se prestan así a avalar cualquier mensaje, por simplista o falaz que sea. Siempre y cuando sea políticamente correcto, progresista o de izquierdas, excuso decirlo.
Pero un ejemplo verdaderamente apoteósico nos lo ha proporcionado el programa de TV3 "Sota terra" (Bajo tierra), en el que participa el profesor Eudald Carbonell, famoso por las excavaciones de Atapuerca. Este Carbonell es todo un personaje al que conozco algo, porque lo tuve como profesor de Prehistoria en el curso de Geografía e Historia del 89-90, en la Universidad de Tarragona (ahora llamada Rovira i Virgili por el establishment nacional-progresista). Un tipo de extrema izquierda, que reviste su ideología con una terminología seudocientífica, y al que le gustan el histrionismo y las cámaras más que a un tonto un lápiz. En su momento ya dije algo de sus ideas. Para más detalles sobre su particular concepción de la docencia, puede ser interesante lo que cuenta otra ex alumna en la página de C's, y que mi propia experiencia confirma. (Por cierto, yo aprobé la asignatura sin apenas estudiar, por lo que no tengo ningún motivo de resentimiento.)
Pero vayamos al programa de "Sota terra" emitido el 14 de junio, dedicado a los restos arqueológicos de la batalla del Ebro. [Ver aquí vídeo con subtítulos en español.] Puede verse el vídeo [original] aquí. A partir del minuto 20, Carbonell, el presentador y otro experto-en-lo-que-sea penetran en un refugio del ejército republicano, donde descubren la inscripción "Owen y Yannick". El presentador finge sorprenderse ante esos nombres "ingleses o americanos", e inmediatamente Carbonell, tocado con su salakot (¡cómo! ¿un símbolo del colonialismo imperialista?), acude con la sabia respuesta: "brigadistas". Elemental, querido Watson. Acto seguido, el presentador se entrega a una lírica interrogación sobre qué impulsó a esos hombres a luchar tan lejos de su país, a lo cual responde de nuevo el sabio profesor con un breve discurso sobre los ideales democráticos... Pese a que a lo largo del programa se repiten las consabidas banalidades pacifistas contra "la estupidez de la guerra", es de notar que cuando se trata de quienes lucharon "contra el fascismo" (pero a favor de Stalin), a todos estos progres les aflora la vena bélica, y todo homenaje les parece poca cosa. Más adelante (minuto 37), interviene otro experto en algo, quien a través de una pequeña investigación de internet, nos descubre la supuesta identidad del tal Owen, un miembro de la brigada Lincoln que después de combatir en España, volvió a Estados Unidos y murió en los años cincuenta. Para acabar de redondear la historia, resulta que este Owen se suicidó, supuestamente, debido a la persecución del macartismo. En cuanto a Yannick, a quien por alguna razón asocian con persona femenina, cuando es el diminutivo bretón de Yann (Juan; yo también sé usar internet), no hay ni rastro. Finalmente, en un desenlace dramático, el programa consigue traerse al hijo de Owen a Tarragona (minuto 47), que se emociona al contemplar la inscripción dejada supuestamente por su padre...
Conmovedora historia. Lástima que el dueño de la finca donde se halla el refugio haya informado al periódico ABC que Owen y Yanick son los nombres de sus dos sobrinos de 7 y 10 años, de madre dominicana.
El experto debe dar respuestas rápidas, es lo que se espera de él. ¿Realizar un análisis de una inscripción, para establecer una estimación sobre su probable antigüedad, o sobre las características antropométricas de su autor? Eso en televisión no resultaría, demasiado largo y aburrido. Lo importante es acertar a la primera y con prontitud, como haría el protagonista de cualquier película: "Brigadistas". Y si luego resulta que se ha metido la pata hasta el fondo, que se ha hecho un ridículo espantoso, no hay problema, eso son insidias de la prensa carpetovetónica. A fin de cuentas, lo que vale es lo que han dicho los expertos en la tele.
Nota: A Carbonell le gustaba tallar imitaciones de herramientas prehistóricas ("tecnología lítica") y, según decía, abandonarlas en el campo para confundir a posibles investigadores. Lo justificaba como "virus contra el Sistema" o algo así, que yo no atendía demasiado a sus excentricidades radicales. Parece que ahora ha caído víctima de uno de esos "virus", si bien parece que involuntarios. Sospecho que muchos de sus colegas se estarán riendo con ganas.
viernes, 1 de enero de 2010
La última novela de Muñoz Molina
La última novela de Muñoz Molina, La noche de los tiempos, ha sido saludada como una gran obra literaria, y al mismo tiempo como un intento de aproximación a la guerra civil alejado de sectarismos. Debo decir que el texto, pese a sus cerca de mil páginas, se deja leer con suma facilidad. La pericia del autor es incontestable, y el estudio de su prosa merece absolutamente ser incluido en las lecciones de literatura contemporánea del bachillerato, o como se llame ahora.Sin embargo, no creo que nos hallemos ante un clásico. Cuando uno cierra el libro, no tiene la sensación de haber estado absorbido por esa novela "total" a la que se refiere la reseña de La Razón, sino una más discreta, aunque perfectamente digna. Muñoz Molina nos narra con maestría la peripecia de dos amantes en la España de 1936, y además lo hace demostrando que puede cautivar el interés del lector durante novecientas cincuenta y ocho páginas. No es poco, pero que nadie espere un fresco histórico denso y complejo, ni una populosa galería de personajes y de tramas secundarias, como el que podría haber ofrecido una obra de similar extensión. El argumento es bastante sencillo, los personajes secundarios, pocos y no excesivamente desarrollados. Los propios protagonistas, Ignacio Abel y Judith Biely, en los cuales por supuesto se profundiza mucho más, carecen, a mi modo de ver, del aliento de las grandes figuras literarias.
En cuanto al tratamiento de la guerra civil, Muñoz Molina se sitúa en algún punto intermedio entre lo que he llamado Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), y la actitud liberal, que no simpatiza con ninguno de los dos bandos. La primera puede sintetizarse en dos premisas:
- La premisa legalista, según la cual, en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas.
- La premisa relativista, según la cual, la violencia en la zona republicana sólo puede juzgarse comparándola con la de la zona franquista (más sistemática, intensa y duradera) y no puede achacarse a las autoridades del Frente Popular, sino a "incontrolados" que actuaron sólo en los primeros meses, algo muy distinto del carácter de la represión en el bando nacional.
El intento de refutación de la premisa legalista más serio que ha habido hasta ahora lo constituyen los libros de Pío Moa, empezando por su fundamental Los orígenes de la Guerra Civil Española. Existían multitud de obras y estudios que nos mostraban la verdadera naturaleza del bando frentepopulista (mal llamado "republicano"), pero nadie había discutido (con argumentos no propagandísticos) la idea de que la guerra civil empezó por un golpe de Estado fallido en 1936. Moa, como es sabido, sitúa el origen de la guerra dos años antes, en el golpe de Estado fallido del 34: Es decir, que fue la izquierda quien la provocó. Desgraciadamente, la tesis de Moa no ha sido objeto apenas de un verdadero debate intelectual, porque el establishment académico ha optado por el ostracismo y se ha limitado a etiquetarla de revisionismo neofranquista.
Así pues, en realidad la postura de Muñoz Molina dista de aportar nada nuevo, porque sigue en la estela de la historiografía "progresista", empeñada en ignorar las recientes aproximaciones que no encajan con la VPEGC, al menos con su primera premisa, de la que la segunda es en realidad sólo un corolario. El protagonista no deja de ser un buen socialista, con carnet del PSOE y la UGT, una especie de modelo de sensatez liberal, cercano al besteirismo, que permite salvar la cara de la izquierda, aún a costa de la verosimilitud literaria. Algunos diálogos, por su lucidez alejada de los extremismos de la época, resultan demasiado ideales, demasiado perfectos, como si se tratara de dejar bien clara en el lector la correcta interpretación de la posición del autor, que no pretende romper con el progresismo estándar.
Con todo, hay que decir que La noche de los tiempos debería desconcertar a mucho lector progre, por los diversos pasajes en los cuales se identifica sin ambages al comunismo y al fascismo, dos formas simétricas de totalitarismo; por condenar por igual a quienes defendían la supremacía racial y a quienes abogaban por la dictadura del proletariado; por el retrato exento de la menor simpatía hacia personajes como Bergamín, o Alberti, con "toda su banda de poetas con monos azules bien planchados"; por personajes como Rossman, huido de los nazis, de los soviéticos, y en España asesinado por los rojos. (La palabra "rojo", que a alguno sonará mal, ¿no la ha vuelto a reivindicar Zapatero?). Por enunciar, mira por dónde, lo que el gran ensayista Jean-François Revel desarrolló en sus libros más importantes, que le valieron recibir de manos de Aznar la Gran Cruz de Isabel la Católica: Que el comunismo merece idéntica condena que el fascismo.
Muñoz Molina, por cierto, es uno de los académicos que se ha mostrado claramente favorable a la propuesta de incluir el término totalitario en la entrada "comunismo" del diccionario. Me parece muy encomiable, pero en cambio veo completamente absurda su propuesta de una comisión parlamentaria de historiadores que fije una especie de versión oficial sobre la guerra civil alejada de maniqueísmos. Celebrar concilios para adaptar la Iglesia Progresista a los tiempos puede ser una forma eficaz de que los fieles no acaben desertando, pero creo que esa no es la función de la ciencia. Ni tampoco, ya que estamos, de la literatura.
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sábado, 26 de diciembre de 2009
Sacar de foco al franquismo
La hegemonía del paradigma seudoprogresista (antioccidental, anticapitalista, anticonservador) en los medios de comunicación de todo el mundo es patente. Los periodistas, intelectuales y artistas suelen adoptar mayoritariamente posiciones y actitudes "progresistas". Incluso en aquellos medios que pasan por conservadores, nos encontramos con columnistas estrellas de tendencia claramente (cuando no extremadamente) izquierdista, y crónicas de los corresponsales extranjeros ferozmente antiestadounidenses y antiisraelíes.
Sin embargo, en la mitología de la izquierda la situación se representa exactamente al revés: Los periodistas "progresistas" son como los indios resistiendo heroicamente, pero con fuerzas mucho menores, los embates del Séptimo de Caballería (la poderosa "derecha mediática").
Un artículo publicado el miércoles pasado en El País abunda en esta percepción. El autor, no contento con el dominio aplastante de los progres, la emprende contra los escasos medios en los cuales se vislumbra alguna alternativa al pensamiento único de izquierdas, a los cuales atribuye la causa de una supuesta derechización de los intelectuales y las clases medias, detectable a partir de los años noventa.
Lo más interesante del artículo es cómo explica esta supuesta pujanza del pensamiento conservador. Por una parte, la considera un fenómeno mundial, pero no analiza sus causas globales, ni menciona la caída del Muro de Berlín en 1989, sino que se circunscribe a España. En realidad, el artículo es poco más que una invectiva contra el diario El Mundo, disfrazada de pedantesca reflexión sociológica. Para el autor, la habilidad de Pedro J. Ramírez ha consistido en asociar al PSOE con la corrupción y el crimen de Estado (¡no puede ser! ¿por qué?) y en "sacar de foco al franquismo y a la derecha de UCD, hoy en el PP".
¿Cómo se puede consentir que alguien dé por sabido que Franco ha muerto? Es preciso reeducar a esta generación díscola, que porque ha vivido el felipismo, se ha hecho una imagen inexacta e injusta de lo que es el socialismo. Afortunadamente, la ley de Memoria Histórica de Zapatero pretende poner de nuevo las cosas en su sitio. A un lado tendremos a los socialistas, y al otro, a los fascistas: "No pasarán".
En definitiva, hay que "sacar de foco" los GAL y la corrupción (y el 11-M), y a nivel mundial, debe olvidarse lo antes posible el desastre descomunal del "socialismo real", para que la derecha no pueda presentar a la izquierda "como antigua, utópica o poco ilusionante". Lo ideal sería encontrar los restos mortales de Lorca y volverlos a enterrar en un lugar adecuado, por ejemplo en Paracuellos, donde, por supuesto, nunca ocurrió nada digno de... enfoque.
Sin embargo, en la mitología de la izquierda la situación se representa exactamente al revés: Los periodistas "progresistas" son como los indios resistiendo heroicamente, pero con fuerzas mucho menores, los embates del Séptimo de Caballería (la poderosa "derecha mediática").
Un artículo publicado el miércoles pasado en El País abunda en esta percepción. El autor, no contento con el dominio aplastante de los progres, la emprende contra los escasos medios en los cuales se vislumbra alguna alternativa al pensamiento único de izquierdas, a los cuales atribuye la causa de una supuesta derechización de los intelectuales y las clases medias, detectable a partir de los años noventa.
Lo más interesante del artículo es cómo explica esta supuesta pujanza del pensamiento conservador. Por una parte, la considera un fenómeno mundial, pero no analiza sus causas globales, ni menciona la caída del Muro de Berlín en 1989, sino que se circunscribe a España. En realidad, el artículo es poco más que una invectiva contra el diario El Mundo, disfrazada de pedantesca reflexión sociológica. Para el autor, la habilidad de Pedro J. Ramírez ha consistido en asociar al PSOE con la corrupción y el crimen de Estado (¡no puede ser! ¿por qué?) y en "sacar de foco al franquismo y a la derecha de UCD, hoy en el PP".
¿Cómo se puede consentir que alguien dé por sabido que Franco ha muerto? Es preciso reeducar a esta generación díscola, que porque ha vivido el felipismo, se ha hecho una imagen inexacta e injusta de lo que es el socialismo. Afortunadamente, la ley de Memoria Histórica de Zapatero pretende poner de nuevo las cosas en su sitio. A un lado tendremos a los socialistas, y al otro, a los fascistas: "No pasarán".
En definitiva, hay que "sacar de foco" los GAL y la corrupción (y el 11-M), y a nivel mundial, debe olvidarse lo antes posible el desastre descomunal del "socialismo real", para que la derecha no pueda presentar a la izquierda "como antigua, utópica o poco ilusionante". Lo ideal sería encontrar los restos mortales de Lorca y volverlos a enterrar en un lugar adecuado, por ejemplo en Paracuellos, donde, por supuesto, nunca ocurrió nada digno de... enfoque.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Hay jóvenes que no saben quién fue Carrillo
Santiago Carrillo, entrevistado en la televisión catalana, ha dicho que algunos jóvenes no saben quién era Franco. No lo discuto, son las secuelas de la educación progresista que llevan sufriendo las últimas generaciones.
Curiosamente, el Sr. Carrillo sigue negando su responsabilidad (ampliamente documentada) en las matanzas de Paracuellos, sin explicarles a los jóvenes en qué consistió aquel episodio histórico de la Guerra Civil. Al mismo tiempo, por si acaso, reconoce haber pasado por la "enfermedad infantil del izquierdismo" (expresión leninista que revela que no se ha curado del todo) y que ya pagó con sus cuarenta años de exilio en Francia. Exilio, hay que reconocerlo, no tan confortable como la estancia en prisión de los terroristas de ETA, a pesar de que estos se empeñan incomprensiblemente en preferir la vida regalada de la campiña gala a las cárceles españolas.
Hay que explicarles a los jóvenes quién fue Franco, ciertamente. Pero para que tengan una comprensión cabal del tema, también deben saber lo que ocurrió en Paracuellos. De lo contrario, lo que desde luego no entenderán nunca es lo que significó que tras la muerte del dictador, un ex ministro franquista presentara al dirigente comunista Santiago Carrillo en sociedad. No tendrán ni idea de lo que fue la Transición ni del significado de la reconciliación. Pensarán, en suma, como Zapatero, pero eso sí, por pura ignorancia, no por ninguna obsesión ideológica enfermiza.
Curiosamente, el Sr. Carrillo sigue negando su responsabilidad (ampliamente documentada) en las matanzas de Paracuellos, sin explicarles a los jóvenes en qué consistió aquel episodio histórico de la Guerra Civil. Al mismo tiempo, por si acaso, reconoce haber pasado por la "enfermedad infantil del izquierdismo" (expresión leninista que revela que no se ha curado del todo) y que ya pagó con sus cuarenta años de exilio en Francia. Exilio, hay que reconocerlo, no tan confortable como la estancia en prisión de los terroristas de ETA, a pesar de que estos se empeñan incomprensiblemente en preferir la vida regalada de la campiña gala a las cárceles españolas.
Hay que explicarles a los jóvenes quién fue Franco, ciertamente. Pero para que tengan una comprensión cabal del tema, también deben saber lo que ocurrió en Paracuellos. De lo contrario, lo que desde luego no entenderán nunca es lo que significó que tras la muerte del dictador, un ex ministro franquista presentara al dirigente comunista Santiago Carrillo en sociedad. No tendrán ni idea de lo que fue la Transición ni del significado de la reconciliación. Pensarán, en suma, como Zapatero, pero eso sí, por pura ignorancia, no por ninguna obsesión ideológica enfermiza.
domingo, 31 de agosto de 2008
El origen de la guerra civil: La premisa legalista
La Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC) se basa en dos premisas principales, la legalista y la relativista. De la segunda he hablado a propósito del interesantísimo libro L'òmnibus de la mort, en mi anterior post. Quisiera ahora anotar algunas observaciones sobre la primera, que expuse en estos términos -y perdón por la autocita:
"[Según] la premisa legalista (...) en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas."
Es curioso que la izquierda se haya aferrado de tal manera al punto de vista legalista, ella que se caracteriza por considerar el derecho como una superestructura de la clase dominante, y que por tanto puede y debe ser violentado si con ello se beneficia a la clase ascendente. Bueno, ahora no suelen emplear la terminología marxista, pero en esencia, todo indica que la izquierda sigue abrigando en su seno esa concepción (o falta de concepción) de las leyes. Desde las coacciones de los sindicatos hasta los allanamientos de los okupas, pasando por los gobiernos que pactan con terroristas, el pensamiento seudoprogresista se muestra extremadamente comprensivo con todas estas actitudes tan poco respetuosas de los formalismos legales.
Pero si a eso vamos, el propio nacimiento de la República, tras unas elecciones municipales en las que los partidos republicanos sólo ganaron en determinadas capitales, debería ser cuestionado.
Si a eso vamos también, la violencia ejercida por las izquierdas, que culminó (pero no terminó) con el cruento golpe de Estado del 34, habría deslegitimado a los partidos integrantes del Frente Popular para presentarse a unas elecciones en el 36.
Y si a eso vamos, por último, que la propia policía de la república asesinara a uno de los principales líderes de la oposición, por mucho que la sublevación militar ya estuviera en marcha, no contribuye mucho a la credibilidad del argumentario legalista.
La premisa legalista sólo convence, pues, a quien ya está convencido, y por tanto se niega a mirar nada más allá de determinadas constataciones jurídicas positivas (como que los militares deben obediencia al gobierno de turno), del mismo modo que los actuales voceros del "No a la guerra" no quieren saber nada del régimen de Saddam Hussein derrocado por los Estados Unidos y sus aliados, y se agarran a unas resoluciones de la ONU que son el producto de equilibrios de fuerza entre Estados que persiguen intereses rara vez confesables.
La crítica de la VPEGC no entraña necesariamente justificar al bando vencedor. Al menos, yo no siento simpatía por ninguno de los dos bandos, a pesar de que podría presumir, como hacen muchos, de tener un abuelo que murió en la batalla del Ebro, en el bando republicano. (Por supuesto, mi abuelo no era "rojo", ni tampoco lo contrario; era uno de tantos españoles que fueron movilizados a la fuerza en ambas zonas.) Pero lo que no es normal es que, setenta años después, haya quien siga considerando como legítimo y digno de loas poéticas a uno de los dos bandos, y hasta considerándose su heredero.
Franco gobernó casi cuarenta años, pero hace treinta y tres que murió. ¿Y nos vienen ahora con esa mamarrachada de la Memoria Histórica, después de tres décadas de propaganda de signo contrario a la del franquismo? Creo que ya es hora de poner fin a tantas mentiras, y la peor mentira de todas quizá sea que nos tilden de neofranquistas a quienes no comulgamos con las ruedas de molino del cuento seudoprogresista de la Guerra Civil.
"[Según] la premisa legalista (...) en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas."
Es curioso que la izquierda se haya aferrado de tal manera al punto de vista legalista, ella que se caracteriza por considerar el derecho como una superestructura de la clase dominante, y que por tanto puede y debe ser violentado si con ello se beneficia a la clase ascendente. Bueno, ahora no suelen emplear la terminología marxista, pero en esencia, todo indica que la izquierda sigue abrigando en su seno esa concepción (o falta de concepción) de las leyes. Desde las coacciones de los sindicatos hasta los allanamientos de los okupas, pasando por los gobiernos que pactan con terroristas, el pensamiento seudoprogresista se muestra extremadamente comprensivo con todas estas actitudes tan poco respetuosas de los formalismos legales.
Pero si a eso vamos, el propio nacimiento de la República, tras unas elecciones municipales en las que los partidos republicanos sólo ganaron en determinadas capitales, debería ser cuestionado.
Si a eso vamos también, la violencia ejercida por las izquierdas, que culminó (pero no terminó) con el cruento golpe de Estado del 34, habría deslegitimado a los partidos integrantes del Frente Popular para presentarse a unas elecciones en el 36.
Y si a eso vamos, por último, que la propia policía de la república asesinara a uno de los principales líderes de la oposición, por mucho que la sublevación militar ya estuviera en marcha, no contribuye mucho a la credibilidad del argumentario legalista.
La premisa legalista sólo convence, pues, a quien ya está convencido, y por tanto se niega a mirar nada más allá de determinadas constataciones jurídicas positivas (como que los militares deben obediencia al gobierno de turno), del mismo modo que los actuales voceros del "No a la guerra" no quieren saber nada del régimen de Saddam Hussein derrocado por los Estados Unidos y sus aliados, y se agarran a unas resoluciones de la ONU que son el producto de equilibrios de fuerza entre Estados que persiguen intereses rara vez confesables.
La crítica de la VPEGC no entraña necesariamente justificar al bando vencedor. Al menos, yo no siento simpatía por ninguno de los dos bandos, a pesar de que podría presumir, como hacen muchos, de tener un abuelo que murió en la batalla del Ebro, en el bando republicano. (Por supuesto, mi abuelo no era "rojo", ni tampoco lo contrario; era uno de tantos españoles que fueron movilizados a la fuerza en ambas zonas.) Pero lo que no es normal es que, setenta años después, haya quien siga considerando como legítimo y digno de loas poéticas a uno de los dos bandos, y hasta considerándose su heredero.
Franco gobernó casi cuarenta años, pero hace treinta y tres que murió. ¿Y nos vienen ahora con esa mamarrachada de la Memoria Histórica, después de tres décadas de propaganda de signo contrario a la del franquismo? Creo que ya es hora de poner fin a tantas mentiras, y la peor mentira de todas quizá sea que nos tilden de neofranquistas a quienes no comulgamos con las ruedas de molino del cuento seudoprogresista de la Guerra Civil.
El ómnibus de la muerte
Acabo de leer el éxito de ventas del periodista Toni Orensanz, L'òmnibus de la mort: Parada Falset. El libro trata de los crímenes cometidos durante la Guerra Civil por la conocida como "Brigada de la Muerte", una banda de anarquistas que recorrió diversos pueblos de las provincias de Tarragona y Zaragoza, a bordo de un autobús Ford AA de cuatro cilindros, pintado de calaveras, y sembrando la muerte a su paso. Como es natural, el autor se detiene especialmente en los hechos acaecidos en su pueblo natal, Falset (capital de la comarca del Priorat, merecidamente famosa por sus vinos), entre el 13 y el 14 de septiembre de 1936, y que terminaron con el fusilamiento, frente a la tapia del cementerio, de veintisiete vecinos.
Aparte del interés en sí de unos hechos que Orensanz ha conseguido aclarar por vez primera (¡hasta el punto de descubrir, muy a pesar suyo, la implicación de un miembro de su propia familia!), el libro es notable por el modo en que está escrito. El autor ha optado, con gran olfato literario, por ir desvelándonos la historia dentro del relato de su propia investigación, que le lleva durante varios años a entrevistar a historiadores y a decenas de testigos directos o a sus descendientes, y a recorrerse archivos históricos de Madrid, Barcelona o incluso Holanda (donde se encuentran unos archivos históricos de la CNT).
El resultado es una obra que se lee como una verdadera novela policiaca, con giros inesperados y momentos dramáticos, como cuando Orensanz descubre una de las pocas fotografías que tenemos de los integrantes de la Brigada de la Muerte, que reproduzco aquí. Observen al sujeto del bigotillo a lo Errol Flynn, con sus manos sacrílegas en la imagen del Cristo y el pistolón al cinto. Este era Fresquet, el cabecilla de la banda, y claro protagonista del libro, que efectivamente daría para escribir una novela.

Por cierto que, como ha señalado Antoni Coll en el Diari de Tarragona, es inevitable acordarse de la magnífica Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Aunque ésta, a diferencia del libro de Orensanz, es una obra de ficción, ambas coinciden (aparte del paralelismo de la indagación del pasado, narrada desde el presente) en tomar como punto de partida hechos reales poco favorables al bando republicano. En el caso de Cercas, eso le lleva, después de todo, a componer la que acaso sea la última gran elegía de los que lucharon a favor de la República (o más bien lo que creían seguía siendo la República del 31). Toni Orensanz no se ha permitido semejantes expansiones, pero ha tenido la suficiente habilidad para no cuestionar (o que no parezca que lo hace) lo que llamaré Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), lo cual le ha evitado sufrir el silencio hostil del establishment mediático-académico. Y me explico.
La VPEGC se erige básicamente sobre dos premisas:
Por un lado, sus averiguaciones acerca de los miembros de la Brigada de la Muerte y sus procedimientos le hacen ser muy crítico con el demasiado cómodo concepto de los "incontrolados". Traduzco del catalán a Orensanz:
"¿Incontrolados, espontáneos, desorganizados, unas personas capaces de reunirse y actuar concertadas en determinados momentos, en según qué sitios? Permítanme que lo dude. (...) Mi hipótesis no es otra que toda esta gente -forjada en el pistolerismo anarquista de la Guerra Civil- no hicieron otra cosa que poner en marcha la Revolución con todas sus consecuencias y de manera más bien organizada de lo que podríamos habernos imaginado." (p. 267).
Pero por otro lado, en el libro existe un claro empeño en minusvalorar la responsabilidad de las autoridades frentepopulistas en los asesinatos de gente de derechas y religiosos. Así, en el caso de Falset, el comité izquierdista que dirigía el pueblo cuando llegó la siniestra columna capitaneada por Fresquet, habría sido formalmente detenido por los anarquistas, y varios de sus miembros obligados contra su voluntad a colaborar en los registros y detenciones de los "fascistas" que terminaron siendo fusilados. El libro es también, por tanto, una especie de desagravio póstumo a los miembros de ese comité a los que el franquismo condenó a muerte, bajo la acusación de colaboración con los asesinos. A ello hay que añadir los casos de otros pueblos en los que las autoridades locales, alertadas a tiempo de la llegada de la Brigada de la Muerte, consiguieron frustrar sus propósitos, con la persuasiva intervención de los Guardias de Asalto. (Que sin embargo no sólo no detenían a esa banda de criminales, sino que les permitían proseguir su macabra ruta hacia otras localidades más desprevenidas o quién sabe si acogedoras.)
Incluso si nos limitamos a los hechos narrados en el libro, este es su aspecto menos consistente, a mi modo de ver. Quizás los dirigentes de Falset colaboraron con Fresquet y sus hombres por temor a perder sus propias vidas, pero aunque humanamente podamos comprenderlo ¿qué pensaríamos de un magistrado que dejara libre a un terrorista por miedo a ser asesinado -no digamos ya si se pusiera a su servicio? ¿Se puede justificar que la policía republicana no detuviera a todos los componentes de la Brigada de la Muerte?
Pues Orensanz, si no justificarlo, al menos intenta explicarlo. Dice:
"¿Quién era el guapo que se atrevía a plantar cara a los anarquistas violentos en las primeras semanas de guerra? Habían contribuido a parar a los fascistas los primeros días del golpe de estado. Los equilibrios eran frágiles en exceso, y detener a Fresquet y su gente hubiese representado desencadenar, ya entonces, un conflicto de magnitud similar al que vivieron Barcelona y Cataluña en mayo de 1937, con comunistas y anarquistas disparándose en pleno día." (p. 103)
O sea, que como la amenaza eran los franquistas, había que tolerar los asesinatos en la zona republicana, para no crear divisiones en la retaguardia. Sin duda, como explicación es muy válida, aunque quizás algo incompleta. Pero no habla muy a favor de las autoridades frentepopulistas, creo yo. Es como si dijéramos que el PNV no quiere el fin de ETA, porque aunque desaprueba sus "métodos", coincide en el objetivo final. No creo que nadie pueda considerar eso como un gran elogio del partido fundado por Sabino Arana, aunque sí quizás una "explicación".
Aparte del tema de la relación del Frente Popular con la violencia, Orensanz también se mete en un jardín intentando desentrañar las causas de la violencia revolucionaria, pintándonos el acostumbrado cuadro de miseria y explotación. Tampoco es que con ello pretenda justificarla, pero es que incluso como explicación, me parece sumamente tópica y simplista. Desde Tocqueville al menos, muchos autores vienen sospechando que las revoluciones no nacen de la miseria absoluta, sino de otro tipo de agravios más relativos, más subjetivos. Y de hecho, su propio relato de los hechos -una vez más- nos permite entrever esta verdad, cuando describiendo el conflicto entre jornaleros y patronos, que podían castigar a los primeros sencillamente con no darles trabajo, retrata a uno de los cenetistas de Falset que colaboraron en los asesinatos como un hombre que
"sufría el rechazo de los amos por su carácter belicoso, su pose chulesca, porque se enfrentaba de palabra y porque les escupía a la cara si hacía falta." (p. 252)
Hombre, ¡no querría que con esta actitud encima le ascendieran!
De todo lo dicho se desprenden dos cosas. Primero, que el autor evidentemente no pretende cuestionar la VPEGC, que defiende con tanto celo el gremio historiográfico de los embates del herético Pío Moa. Gremio al que pertenece sin ir más lejos el propio prologuista del libro, que en mi opinión le hace un flaco favor al prologado, perdonándole la vida por no ser historiador profesional y reduciendo casi a anécdota los hechos narrados en el libro (hay que "evitar el riesgo de convertir episodios extremos como este en norma"). Y segundo, que L'òmnibus de la mort es lo suficientemente honesto, en su relato de los hechos, como para que cada cual pueda sacar sus propias conclusiones. Creo que a pesar del prologuista, y no sé si del propio autor, serán muchos los lectores que empiecen a ver puesta en entredicho la imagen romántica del bando republicano que siguen transmitiendo tantos textos y películas. Porque los hechos son los hechos, y por mucho que se adornen y se presenten correctamente "interpretados", para el seudoprogresismo dominante, la violencia en la retaguardia republicana sigue siendo, no ante todo un "episodio" condenable y atroz, sino... "delicado". Desde luego, para quien tiene en gran estima su prejuicios ideológicos, debe serlo.
Aparte del interés en sí de unos hechos que Orensanz ha conseguido aclarar por vez primera (¡hasta el punto de descubrir, muy a pesar suyo, la implicación de un miembro de su propia familia!), el libro es notable por el modo en que está escrito. El autor ha optado, con gran olfato literario, por ir desvelándonos la historia dentro del relato de su propia investigación, que le lleva durante varios años a entrevistar a historiadores y a decenas de testigos directos o a sus descendientes, y a recorrerse archivos históricos de Madrid, Barcelona o incluso Holanda (donde se encuentran unos archivos históricos de la CNT).
El resultado es una obra que se lee como una verdadera novela policiaca, con giros inesperados y momentos dramáticos, como cuando Orensanz descubre una de las pocas fotografías que tenemos de los integrantes de la Brigada de la Muerte, que reproduzco aquí. Observen al sujeto del bigotillo a lo Errol Flynn, con sus manos sacrílegas en la imagen del Cristo y el pistolón al cinto. Este era Fresquet, el cabecilla de la banda, y claro protagonista del libro, que efectivamente daría para escribir una novela.

Por cierto que, como ha señalado Antoni Coll en el Diari de Tarragona, es inevitable acordarse de la magnífica Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Aunque ésta, a diferencia del libro de Orensanz, es una obra de ficción, ambas coinciden (aparte del paralelismo de la indagación del pasado, narrada desde el presente) en tomar como punto de partida hechos reales poco favorables al bando republicano. En el caso de Cercas, eso le lleva, después de todo, a componer la que acaso sea la última gran elegía de los que lucharon a favor de la República (o más bien lo que creían seguía siendo la República del 31). Toni Orensanz no se ha permitido semejantes expansiones, pero ha tenido la suficiente habilidad para no cuestionar (o que no parezca que lo hace) lo que llamaré Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), lo cual le ha evitado sufrir el silencio hostil del establishment mediático-académico. Y me explico.
La VPEGC se erige básicamente sobre dos premisas:
- La premisa legalista, según la cual, en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas.
- La premisa relativista, según la cual, la violencia en la zona republicana sólo puede juzgarse comparándola con la de la zona franquista (más sistemática, intensa y duradera) y no puede achacarse a las autoridades del Frente Popular, sino a "incontrolados" que actuaron sólo en los primeros meses, algo muy distinto del carácter de la represión en el bando nacional.
Por un lado, sus averiguaciones acerca de los miembros de la Brigada de la Muerte y sus procedimientos le hacen ser muy crítico con el demasiado cómodo concepto de los "incontrolados". Traduzco del catalán a Orensanz:
"¿Incontrolados, espontáneos, desorganizados, unas personas capaces de reunirse y actuar concertadas en determinados momentos, en según qué sitios? Permítanme que lo dude. (...) Mi hipótesis no es otra que toda esta gente -forjada en el pistolerismo anarquista de la Guerra Civil- no hicieron otra cosa que poner en marcha la Revolución con todas sus consecuencias y de manera más bien organizada de lo que podríamos habernos imaginado." (p. 267).
Pero por otro lado, en el libro existe un claro empeño en minusvalorar la responsabilidad de las autoridades frentepopulistas en los asesinatos de gente de derechas y religiosos. Así, en el caso de Falset, el comité izquierdista que dirigía el pueblo cuando llegó la siniestra columna capitaneada por Fresquet, habría sido formalmente detenido por los anarquistas, y varios de sus miembros obligados contra su voluntad a colaborar en los registros y detenciones de los "fascistas" que terminaron siendo fusilados. El libro es también, por tanto, una especie de desagravio póstumo a los miembros de ese comité a los que el franquismo condenó a muerte, bajo la acusación de colaboración con los asesinos. A ello hay que añadir los casos de otros pueblos en los que las autoridades locales, alertadas a tiempo de la llegada de la Brigada de la Muerte, consiguieron frustrar sus propósitos, con la persuasiva intervención de los Guardias de Asalto. (Que sin embargo no sólo no detenían a esa banda de criminales, sino que les permitían proseguir su macabra ruta hacia otras localidades más desprevenidas o quién sabe si acogedoras.)
Incluso si nos limitamos a los hechos narrados en el libro, este es su aspecto menos consistente, a mi modo de ver. Quizás los dirigentes de Falset colaboraron con Fresquet y sus hombres por temor a perder sus propias vidas, pero aunque humanamente podamos comprenderlo ¿qué pensaríamos de un magistrado que dejara libre a un terrorista por miedo a ser asesinado -no digamos ya si se pusiera a su servicio? ¿Se puede justificar que la policía republicana no detuviera a todos los componentes de la Brigada de la Muerte?
Pues Orensanz, si no justificarlo, al menos intenta explicarlo. Dice:
"¿Quién era el guapo que se atrevía a plantar cara a los anarquistas violentos en las primeras semanas de guerra? Habían contribuido a parar a los fascistas los primeros días del golpe de estado. Los equilibrios eran frágiles en exceso, y detener a Fresquet y su gente hubiese representado desencadenar, ya entonces, un conflicto de magnitud similar al que vivieron Barcelona y Cataluña en mayo de 1937, con comunistas y anarquistas disparándose en pleno día." (p. 103)
O sea, que como la amenaza eran los franquistas, había que tolerar los asesinatos en la zona republicana, para no crear divisiones en la retaguardia. Sin duda, como explicación es muy válida, aunque quizás algo incompleta. Pero no habla muy a favor de las autoridades frentepopulistas, creo yo. Es como si dijéramos que el PNV no quiere el fin de ETA, porque aunque desaprueba sus "métodos", coincide en el objetivo final. No creo que nadie pueda considerar eso como un gran elogio del partido fundado por Sabino Arana, aunque sí quizás una "explicación".
Aparte del tema de la relación del Frente Popular con la violencia, Orensanz también se mete en un jardín intentando desentrañar las causas de la violencia revolucionaria, pintándonos el acostumbrado cuadro de miseria y explotación. Tampoco es que con ello pretenda justificarla, pero es que incluso como explicación, me parece sumamente tópica y simplista. Desde Tocqueville al menos, muchos autores vienen sospechando que las revoluciones no nacen de la miseria absoluta, sino de otro tipo de agravios más relativos, más subjetivos. Y de hecho, su propio relato de los hechos -una vez más- nos permite entrever esta verdad, cuando describiendo el conflicto entre jornaleros y patronos, que podían castigar a los primeros sencillamente con no darles trabajo, retrata a uno de los cenetistas de Falset que colaboraron en los asesinatos como un hombre que
"sufría el rechazo de los amos por su carácter belicoso, su pose chulesca, porque se enfrentaba de palabra y porque les escupía a la cara si hacía falta." (p. 252)
Hombre, ¡no querría que con esta actitud encima le ascendieran!
De todo lo dicho se desprenden dos cosas. Primero, que el autor evidentemente no pretende cuestionar la VPEGC, que defiende con tanto celo el gremio historiográfico de los embates del herético Pío Moa. Gremio al que pertenece sin ir más lejos el propio prologuista del libro, que en mi opinión le hace un flaco favor al prologado, perdonándole la vida por no ser historiador profesional y reduciendo casi a anécdota los hechos narrados en el libro (hay que "evitar el riesgo de convertir episodios extremos como este en norma"). Y segundo, que L'òmnibus de la mort es lo suficientemente honesto, en su relato de los hechos, como para que cada cual pueda sacar sus propias conclusiones. Creo que a pesar del prologuista, y no sé si del propio autor, serán muchos los lectores que empiecen a ver puesta en entredicho la imagen romántica del bando republicano que siguen transmitiendo tantos textos y películas. Porque los hechos son los hechos, y por mucho que se adornen y se presenten correctamente "interpretados", para el seudoprogresismo dominante, la violencia en la retaguardia republicana sigue siendo, no ante todo un "episodio" condenable y atroz, sino... "delicado". Desde luego, para quien tiene en gran estima su prejuicios ideológicos, debe serlo.
domingo, 13 de julio de 2008
Que la arranquen de aquí, si pueden
Esta placa, que hasta hace poco lucía en su fachada norte la iglesia de San Pedro Ad Vincula en Pedro Bernardo (Ávila), ha sido arrancada a trozos por el Ayuntamiento de la localidad a pesar de las protestas del párroco y el Obispado de Ávila.
La placa, como puede comprobarse por la fotografía, reza:
CAÍDOS POR DIOS Y POR LA PATRIA
Sigue el símbolo falangista del yugo y las flechas, y a continuación:
¡PRESENTES!
JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
Luego, en cuerpo de letra más pequeña, muestra la siguiente lista de víctimas del Frente Popular:
RICARDO GÓMEZ ROJÍ
PABLO PRIETO HERBELLA
VÍCTOR PRIETO HERBELLA
ANASTASIO GONZÁLEZ MARTÍN
GREGORIO GÓMEZ GARCÍA
PATRICIO DÍAZ SÁNCHEZ
PABLO SÁNCHEZ FERNÁNDEZ
RICARDO GONZÁLEZ HERNÁNDEZ
LÁZARO CRUZ MOLERO
DOMINGO SÁNCHEZ Y SÁNCHEZ
AGAPITO DÍAZ GARCÍA
NICOLÁS DE LEÓN CORRAL
LUIS OVEJERO BARDERA
LORENZO DÍAZ GARCÍA
ZOILO ALONSO SÁNCHEZ
LEÓN ROBLES DÍAZ
ASTERIO GONZÁLEZ BLÁZQUEZ
PABLO PRIETO HERBELLA
VÍCTOR PRIETO HERBELLA
ANASTASIO GONZÁLEZ MARTÍN
GREGORIO GÓMEZ GARCÍA
PATRICIO DÍAZ SÁNCHEZ
PABLO SÁNCHEZ FERNÁNDEZ
RICARDO GONZÁLEZ HERNÁNDEZ
LÁZARO CRUZ MOLERO
DOMINGO SÁNCHEZ Y SÁNCHEZ
AGAPITO DÍAZ GARCÍA
NICOLÁS DE LEÓN CORRAL
LUIS OVEJERO BARDERA
LORENZO DÍAZ GARCÍA
ZOILO ALONSO SÁNCHEZ
LEÓN ROBLES DÍAZ
ASTERIO GONZÁLEZ BLÁZQUEZ
Salvo de José Antonio Primo de Rivera y de Ricardo Gómez Rojí (ambos fueron diputados), no tengo información acerca de los integrantes de la lista. Probablemente ninguno de ellos era liberal, puede que ni siquiera demócrata. Pero murieron violentamente a manos de gente de partidos de izquierda, entre ellos del que en estos momentos se encuentra en el gobierno. Me pregunto qué daño podía hacer una placa conmemorativa que no menciona al dictador ni, que sepamos, a nadie que hubiera cometido otro delito que defender unas ideas o unas creencias determinadas.
Pero por encima de todo, me parece indignante que un partido cuyo papel durante aquellos años fue tan siniestro, promulgue una Ley de Memoria Histórica con la finalidad de destruir los rastros de su actuación, y la ejecute con tales maneras despóticas. ¿Quiénes se han creído que son?
lunes, 15 de octubre de 2007
Lagunas de la memoria
En el acto de esta mañana en Montjuïc, Montilla ha dicho que los catalanes debemos ser "fieles a la memoria de Companys", fusilado hace hoy 67 años. Quiero limitarme a transcribir aquí la carta, publicada por La Vanguardia el 24 de octubre de 2004, de un hombre fiel a la memoria de su abuelo. Escrita en catalán, la traducción es mía:
Companys, ¿un héroe?
En 1934 Lluís Companys estuvo al frente del golpe revolucionario contra el legítimo gobierno de la II República proclamando el Estado Catalán. En 1936 fue responsable de la entrega de armas a gente enardecida desde el Palacio de la Generalitat, lo cual produjo que al día siguiente hubiese un reguero de muertos por las calles de Barcelona. Consintió que muchos catalanes fuesen torturados en las checas para ser asesinados después. Entre ellos estaba mi abuelo, Josep Domènech Silvestre, que sufrió prisión en la checa de Sant Elies y fue inmolado en el cementerio de Montcada, probablemente el mismo día que otros muchos más catalanistas católicos. ¿Qué homenaje se merece este hombre? Con esta y otras iniciativas [de homenaje a Companys] no se ayuda nada a la reconciliación que se pretendía con la transición democrática. Un paso atrás.
JOSEP CASANOVA
Badalona
Companys, ¿un héroe?
En 1934 Lluís Companys estuvo al frente del golpe revolucionario contra el legítimo gobierno de la II República proclamando el Estado Catalán. En 1936 fue responsable de la entrega de armas a gente enardecida desde el Palacio de la Generalitat, lo cual produjo que al día siguiente hubiese un reguero de muertos por las calles de Barcelona. Consintió que muchos catalanes fuesen torturados en las checas para ser asesinados después. Entre ellos estaba mi abuelo, Josep Domènech Silvestre, que sufrió prisión en la checa de Sant Elies y fue inmolado en el cementerio de Montcada, probablemente el mismo día que otros muchos más catalanistas católicos. ¿Qué homenaje se merece este hombre? Con esta y otras iniciativas [de homenaje a Companys] no se ayuda nada a la reconciliación que se pretendía con la transición democrática. Un paso atrás.
JOSEP CASANOVA
Badalona
viernes, 12 de octubre de 2007
Ley de la Desmemoria
La Iglesia Católica, de nuevo provocando. El 28 de octubre tendrá lugar en Roma la ceremonia de beatificación de 498 mártires de la persecución religiosa, asesinados la inmensa mayoría en 1936. Qué manía con remover el pasado, total por 7.000 religiosos asesinados (muchos tras ser torturados), 1.300 templos destruidos totalmente, y parcialmente muchos más -en algunas capitales, todos. ¿Por qué no siguen el ejemplo de nuestro Líder Inmarcesible ZP, siempre abierto al perdón y la reconciliación?
Hablando de remover el pasado, dos apuntes:
Hablando de remover el pasado, dos apuntes:
- El Blog Desde el exilio nos ha revelado que Zapatero tenía otro abuelo en el bando franquista. Naturalmente, ese hecho en sí no nos dice nada sobre el nieto. Sin ir más lejos, mi abuelo paterno murió en la batalla del Ebro, formando parte del ejército republicano. Jamás en mi vida me ha pasado ni remotamente por la cabeza enorgullecerme de ello, ni por supuesto lo contrario. En cambio, ZP no ha tenido empacho en sacar partido de ello, incurriendo -quizás involuntariamente- en agravio comparativo con el abuelo que sí conoció, pero cuyo pasado no le resulta tan cómodo. Esto sí que nos dice algo sobre el nieto.
- La retirada de los símbolos franquistas ¿incluirá también las placas del Ministerio de la Vivienda con el yugo y las flechas que presiden todavía el portal de muchos edificios -por ejemplo, y de nuevo sin ir más lejos, aquel donde reside quien esto escribe? Intentar borrar el pasado es algo tan estúpido como inútil. Pero a lo mejor también le resultará incómodo al inquilino de La Moncloa que recordemos que el Ministerio de la Vivienda no lo inventó él. Y tantas otras cosas.
lunes, 25 de junio de 2007
Falsedades seudoprogresistas
La lista puede ser muy larga. Sin pretensión de exhaustividad, ahí van algunas (el orden es arbitrario):
- La pobreza del Tercer Mundo se debe a la riqueza de Occidente.
- La causa de la violencia es la pobreza.
- Las guerras siempre tienen causas económicas.
- Todos los científicos coinciden en el origen humano del cambio climático.
- La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas.
- La Gran Depresión de los años treinta se debió al "capitalismo salvaje".
- El mercado libre beneficia más a los ricos que a los pobres.
- El Islam es una religión pacífica.
- Las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres son producto de la educación.
- Etc.
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