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martes, 27 de noviembre de 2012

El País reconoce que la izquierda empezó la Guerra Civil

Aznar ha estado brillante en la entrevista que le ha hecho esta mañana Carlos Herrera en Onda Cero, con motivo de la primera entrega de sus memorias. (Solo ha resultado poco convincente cuando Arcadi Espada le ha preguntado por el sacrificio de Vidal-Quadras en 1996.) Lo bueno ha venido al final, cuando el expresidente se ha referido a una información de El País digital, que acababa de leer en el trayecto hacia la emisora. Según ese medio, ayer, en la presentación de su libro, Aznar rememoró la guerra civil para analizar la situación catalana. (El titular lo han cambiado, pero en internet todo deja rastro.) Aznar ha puntualizado que él se refirió a los sucesos de 1934, cuando el gobierno catalán (y el PSOE de Largo Caballero: esto lo rememoro yo) se rebeló contra el gobierno legítimo de la república. Y ha añadido, recreándose en la ironía, que le sorprende gratamente que por fin El País haga suya la tesis de Pío Moa, esto es, que la guerra civil empezó realmente con la revolución de octubre del 34, promovida por la izquierda. Desde luego, sería un gran avance, pero, bromas aparte, seguro que no ocurrirá, porque supone derribar uno de los dogmas básicos del credo progresista. El otro es que los intelectuales son intrínsecamente de izquierdas. Pero no siempre es así. A veces, como observó Chesterton, hay inteligencia incluso en la intelligentsia.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Quatre per quatre setze

Esta mañana escuchaba el programa Sin complejos en esRadio. Me ha llamado la atención que Luis del Pino dijera que la cuestión de los toros en Cataluña no tiene nada que ver con la libertad, y que resulta esperpéntico plantearla así. Que si lo que les preocupa es la libertad, lo que deberían hacer los amigos de la tauromaquia es ir a protestar frente a los colegios públicos, donde no se permite a los padres que lo deseen elegir el castellano como lengua vehicular de la educación de sus hijos.

Minutos después era el turno de la intervención semanal de Pío Moa, casi siempre muy interesante, pero que hoy volvió con su matraca sobre el inglés, que está desplazando al español, etc. Y al final llega a decir que eso es mucho más grave que la inmersión lingüística en Cataluña, porque esta no va a tener éxito. Se entiende: no tendrá éxito en desterrar al español. De lo cual implícitamente se deduciría (esto lo digo yo) que para Moa el debate sobre la inmersión no es tanto una cuestión de libertad, como de idea de España. Igual que los toros, en suma.

Pero partamos de los hechos, antes de entrar en debates acaso estériles. ¿Seguro que no se puede estudiar en castellano en Cataluña? En realidad, sí se puede, como lo demuestran a menudo algunos medios de comunicación, que nos revelan los elitistas colegios a los que los propios dirigentes nacionalistas (pero no solo ellos, claro está) envían a sus hijos. Lo que no se puede hacer en Cataluña es elegir el español en la enseñanza pública. Luego, no es un problema de falta de libertad, sino de concepción de lo que son España y Cataluña, y del modelo educativo. El hecho de que esos colegios donde no se practica la inmersión en catalán no sean asequibles al bolsillo de la mayoría no tiene nada que ver con la cuestión de la libertad, como todo buen liberal sabe. No porque yo no pueda permitirme comer caviar todos los días voy a decir que en Cataluña, o en Pernambuco, no existe libertad para consumir caviar.

El razonamiento anterior no es incompatible con preferir un sistema en que los padres pudieran elegir la lengua vehicular de la enseñanza de sus hijos, incluso en la escuela pública. Del mismo modo que se puede preferir que no se prohíban los toros, y no por ello hacer de ello una cuestión de libertades, sino de símbolos, tradiciones, etc. Como yo no soy nacionalista, los argumentos melodramáticos que estos emplean para defender su modelo me parecen ridículos y falaces. Pero siempre me he sentido incómodo con la obsesión de ciertos autores a quienes admiro (pienso, por supuesto, en primer lugar, en F. Jiménez Losantos) por convertir la cuestión de la enseñanza del castellano en una cuestión de libertades en sí misma. Lo es solo en la medida en que el nacionalismo, como todo colectivismo, es terreno abonado para salvapatrias y proyectos de ingeniería social. Ahí está el problema del nacionalismo. No se trata de que viole un supuesto derecho sacrosanto de elegir la lengua de la educación. Personalmente creo tanto en ese derecho como en el derecho a cambiar de sexo a cargo de la Seguridad Social, es decir, nada.

Cuando los gobernantes, en lugar de gobernar, se dedican a tratar de moldear la sociedad a su gusto (a fer país) tenemos un problema, porque ningún gobierno es nadie para imponer la transformación de la sociedad. A partir de este momento, todos los abusos imaginables son posibles. La cuestión no es que las calles no estén rotuladas en castellano o que los libros de matemáticas, obligatoriamente, estén en catalán en la escuela pública. Eso nos podrá gustar más o menos, pero no toca una libertad esencial. A fin de cuentas, por minoritaria que sea en el mundo, el catalán es una lengua culta, como lo son el danés o el húngaro, y no pasa nada por que uno aprenda el teorema de Pitágoras en cualquiera de estas lenguas, mientras entienda lo que significa. En todas ellas se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Lo preocupante es lo que hay detrás de estos síntomas, que es el deseo de conformar a una población según un determinado plan, ateniéndose a un guión ideológico muy concreto.

Además puede ocurrir que no solo no estemos de acuerdo con los métodos de ingeniería social, sino tampoco con sus objetivos. Desde luego, yo no deseo una Cataluña independiente; tanto por razones prácticas como sentimentales, prefiero una España cohesionada, en la cual se respeten las particularidades culturales de cada región, pero donde el castellano, o español, fuera de manera efectiva la lengua oficial, la utilizada en la enseñanza, en las señalizaciones viarias, etc. Los catalanes nunca habíamos tenido problemas con el castellano hasta que una minoría de excusionistas y sardanistas neorrománticos y fascistoides se apoderaron del gobierno autonómico y empezaron a salir de hasta debajo de las piedras tipejos con barbita blanca de chivo que se sienten vejados por recibir un tiquet de compra donde diga "Droguería Manolo, para servirle." Llevamos años aguantando a estos lunáticos, pero precisamente por ello no vamos a comprar sus propios argumentos. Porque el de la barbita de chivo dice que Manolo el droguero coarta su "libertad" lingüística, su "derecho" a recibir un tiquet en catalán.

No, que el libro de matemáticas de mis hijos esté en catalán, no coarta mi libertad, aunque yo personalmente lo preferiría en español. Lo que sucede es que no tengo dinero para enviar a mis hijos a una escuela como la de los cachorros de Artur Mas; nadie más que yo tiene la culpa de que mis hijos aprendan álgebra en catalán, aunque la perspectiva tampoco me atormenta. Lo que amenaza mi libertad es que exista un gobierno que esté todos los días inmiscuyéndose en cosas que no son de su incumbencia, que obligue a rotular en catalán comercios privados (eso sí es una violación directa de la libertad, aunque poco frecuente: vayan ustedes a Tarragona) o que se salte las sentencias judiciales. Por ejemplo, en relación a la inmersión lingüística, de acuerdo: pero no porque esta en sí misma sea un atentado a la libertad, mientras no se extienda obligatoriamente a la enseñanza privada.

Si abusamos de la palabra libertad, incluso aunque sea para defender cosas perfectamente defendibles por otros motivos, no estamos favoreciendo la causa de la libertad, sino en el mejor de los casos, creando confusión. No nos preocupemos tanto por los pobres niñitos que estudian la tabla de multiplicar en catalán. Preocupémonos por la ideología del odio que se les inculca sutilmente, por las multas lingüísticas, por el famoso "tres por ciento" que se le escapó a Maragall, por la violación de la separación de poderes, por el mesianismo político. No hagamos un problema de lo que en sí mismo no lo es, no confundamos los síntomas con la enfermedad. Los toros, las banderas, el idioma de los libros de texto, no son tan trascendentes, me atrevo a afirmarlo. El problema, como siempre, son las ideas, las sutiles cadenas que estas forjan. Los gobiernos con ideas, los ideólogos en el poder: ahí está siempre el peligro.

sábado, 2 de julio de 2011

César Vidal y la mala fe

Hace un año se produjo en LD la polémica entre José María Marco y Pío Moa, en la cual intervino también Jiménez Losantos, a favor del primero. Hoy tenemos un nuevo rifirrafe, esta vez entre César Vidal y Moa.

En aquella primera polémica, en mi opinión no se interpretó correctamente la postura de Pío Moa. Él no atacó a la homosexualidad, sino al homosexualismo, que son cosas distintas. Lo primero es una conducta que desde el punto de vista liberal no puede ser objeto de persecución ni discriminación pública; lo segundo es una ideología que pretende transformar la sociedad (mediante coacciones administrativas e incluso penales) para imponer una determinada concepción sobre la homosexualidad.

La actual polémica se inicia, aparentemente, por otro artículo de Moa de título provocador: "Defender el franquismo". En realidad, se origina en escritos anteriores de este autor, en los cuales reivindica la figura de Felipe II frente a los tópicos que beben en la Leyenda Negra. César Vidal, en su condición de protestante, no puede evitar traslucir ciertos prejuicios anticatólicos, lo que le lleva a una crítica insidiosa de las opiniones de Moa, en la cual sus afirmaciones epatantes sobre el franquismo le vienen que ni pintadas para descalificarle.

Vidal puede tener una parte de razón en cuanto a que la mentalidad estatalista heredada del franquismo sigue pesando en la sociedad actual. También en su observación de una cierta tendencia anglófoba de Moa. Pero su crítica sistemáticamente tergiversa la tesis de este, que evidentemente no afirma que Franco fuera liberal, sino que su régimen, en la práctica, lo fue mucho más que cualquier sistema totalitario fascista (en el pleno sentido del término) o socialista, y que estableció las bases de la democracia actual. A mí esto me parece una obviedad, que se aprecia por el hecho de que los grandes protagonistas de la transición fueron personajes procedentes del franquismo, como Juan Carlos, Suárez, Fraga y muchos otros.

Por lo demás, Moa replica con acierto que, pese al proteccionismo social del régimen, en los años sesenta se consiguió el pleno empleo. Responsabilizar al franquismo de los defectos estructurales de nuestro mercado laboral es una media verdad algo perezosa. Vidal no hace más que darle la razón a Moa en su contrarréplica, cuando pretende seguir sosteniendo su postura afirmando que el pleno empleo fue debido a la emigración, la escasa incorporación de la mujer al trabajo remunerado y la "liberalización" impulsada por el Plan de Estabilización. Salvo lo segundo (que por lo demás se daba en mayor o menor grado en todo el mundo, hace unas décadas), se trata precisamente de la clase de aspectos liberales que diferenciaban al franquismo de otra clase de dictaduras, como las de Europa Oriental. A ver qué alemán del Este podía irse a trabajar a Occidente y regresar sin problemas al cabo de unos años, como hicieron tantos españoles.

Un inciso. No comparto todas las opiniones de Pío Moa, especialmente su animadversión hacia el principal partido de derechas, el PP, por considerarlo parte del sistema. Curiosamente, aunque por razones opuestas, esta descalificación coincide con el mensaje de los "indignados". Pero no se aparta demasiado de la línea editorial de LD, que en los últimos años ha pasado de la acusación casi cariñosa de maricomplejinismo al ejercicio de una oposición frontal contra Rajoy. No se trata solo de Jiménez Losantos. Luis del Pino, en su programa de los fines de semana, llega hasta el extremo de presentar al PP como cómplice del PSOE en la presencia de Bildu en las instituciones, lo cual es una injusticia inaceptable: El PP es el único partido en el País Vasco que no ha permitido, ni directa ni indirectamente, que los proetarras obtengan ningún cargo político. (Fin del inciso.)

Hace tiempo que no escucho a César Vidal, y desde luego las formas empleadas en esta polémica me disuaden de volverlo a hacer. Abochorna que se finja dolido por las opiniones de Moa sobre la homosexualidad, cuando él invitó a su programa a un psiquiatra que mantiene que esta inclinación es una enfermedad, y prescindió de una colaboradora de su sección cultural al día siguiente de que esta hiciera una reseña de la película Brokeback Mountain, en la cual no cargaba con suficiente ferocidad contra ella, aunque no la elogiara precisamente.

Lo que ya produce grima es, aparte de su pedantería, el juego sucio de Vidal. Primero, haciéndose la víctima al recordar el episodio de la polémica anterior, que terminó con la salida de Marco de LD, como si hubiera sido por culpa de Moa. Y esto lo dice quien tiene muertos en el armario como Girauta. Y segundo, sugiriendo, como quien no quiere la cosa, connivencias de Moa con el antisemitismo, especie que no se sostiene ni un minuto. Hay que tener mala fe para utilizar semejantes procedimientos, y desgraciadamente parece que de ello se trata en este caso.

Para seguir la polémica hasta este momento:

Primera acotación a Pío Moa
Segunda acotación a Pío Moa
Tercera acotación a Pío Moa
César Vidal intenta refutarme
Segunda respuesta a César Vidal
Tercera respuesta a César Vidal (I)
Errores metodológicos de César Vidal (II)
Errores de hecho de César Vidal (y III)
Moa, me decepciona
¿Es liberal César Vidal?

domingo, 2 de enero de 2011

Ideas y personas

Nuevo episodio interno del PP (la marcha de Álvarez-Cascos) que será utilizado por el socialismo y sus medios afines para intentar paliar algo la ventaja del Partido Popular en las encuestas... Pero también por una parte de la derecha liberal (Libertad Digital y su fiel infantería internáutica) para alimentar la visión tremendista y desmoralizadora en la que lleva más de dos años instalada. A saber, aquella que, resumidamente, no deja de proclamar que el PP y el PSOE son la misma m... Por lo visto, ni en UPyD ni en Ciudadanos existen problemas de personalismos, no, qué va, allí todo son profundos debates filosóficos.

A mí Álvarez-Cascos sinceramente me parecía un valor sólido del PP, un tipo que ayudaba a conseguir votos y no se andaba con tibiezas. Al menos así lo veía hasta que filtró a la prensa que estaba dispuesto a presentarse por su cuenta, si no se atendían sus ambiciones asturianas. Pero nunca se me ocurrió pensar que sin Cascos, el PP perdía ninguna esencia. Si he sido y soy crítico del pepeísmo (de poner al partido por encima de las ideas), más lo soy aún de los personalismos, de pensar que existan individuos providenciales. Aquellos que El País y LD llaman "cadáveres políticos de Rajoy", Mayor Oreja, María San Gil, Ortega Lara, Acebes, Zaplana o Pizarro, son personas con sus virtudes y defectos, como todos, y según demos más relieve a unas u otros, podemos obtener retratos muy distintos.

A Mayor Oreja hay que escucharle siempre con la máxima atención cuando habla del País Vasco, pero si le desvías de ese tema, pierde muchísimo, se vuelve evanescente y escurridizo. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que Federico y Pedro J intentaron sacarle alguna opinión sobre las actuaciones policiales y judiciales sobre el 11-M (creo que fue antes de las elecciones del 2008), pero el hombre se escabulló como una anguila.

Y ya que hablamos del 11-M, no podemos decir que aquellos infaustos días Ángel Acebes tuviera una brillante actuación, por mucho que su honradez quedara acreditada, informando a los ciudadanos prácticamente en tiempo real del curso de las investigaciones (o lo que la policía le contaba de ellas).

Pero es que Manuel Pizarro, siendo como es una persona indudablemente preparada y competente, como político es otra alma de cántaro. En el famoso debate entre él y Solbes, no me he cansado de decirlo desde el día siguiente, tener la razón no le sirvió de nada, porque no supo comunicarlo. Solbes le venció -y resulta penoso decirlo- utilizando el más puro método lakoffiano: Buscó llevar el debate al terreno ideológico (impuestos altos sí o no, pensiones públicas o privadas) y Pizarro (no Rajoy, señores, Manuel Pizarro: el mismo) lo rehuyó despavorido; ingenuamente pensó que con mostrar estadísticas, en lugar de ideas, podía contrarrestar la propaganda gubernamental.

En fin, si queremos podemos hablar incluso de Aznar (por quien siento la máxima admiración), de su "viaje al centro" y del catalán en la intimidad. O de Esperanza Aguirre (ídem) y el dinero que se gasta en publicidad institucional, especialmente en campañas inspiradas en la ideología de género. Pero la verdad, me da mucha pereza. Si siguiera por ese camino, llegaría a conclusiones parecidas a las de Pío Moa, para quien el PP no es más que otra marca del PSOE, y Rajoy un personaje tan nefasto o más que Zapatero.

¿Por qué no estoy de acuerdo con Moa en esto? Primeramente por una razón empírica. Si comparo los veinte años que han gobernado los socialistas con los ocho años de Aznar, no hay color. Aznar, ya digo, no era el Mesías, cometió errores graves (como la retirada de su tímida reforma laboral tras la huelga general, por citar sólo uno) y omisiones quizás peores. Pero globalmente fue el mejor presidente de la democracia española. Por mera analogía, creo que es lícito pensar que aunque Rajoy no nos lleve al éxtasis, puede llegar a ser un buen gobernante. Concedámosle al menos el beneficio de la duda. Incluso si nos engañara, creo que es imposible que lo hiciera peor que Zapatero.

En segundo lugar, me considero una persona conservadora. Quizás conservadora a fuer de liberal, pero conservadora al fin y al cabo. Y lo que define al conservador es que antepone (o eso intenta) el mundo real al mundo de la imaginación. Podemos fantasear todo lo que queramos sobre el partido liberal-conservador que necesitaría este país, sobre un líder político carismático y que defendiera sin complejos el liberalismo económico y se enfrentara heroicamente a la corrección política en temas como la ideología de género o el ecologismo. Pero al final tenemos lo que tenemos. El radicalismo del todo o nada es más fácil que conduzca a lo segundo que a lo primero.

Por supuesto, ser conservador no implica la renuncia a mejorar las cosas. No es sólo válido, sino obligado, tratar de forzar a los políticos a que tengan en cuenta las demandas de la sociedad civil, y en este sentido el movimiento del Tea Party me parece ejemplar. Los americanos no han ido a cargarse al Partido Republicano, no han dicho que todos los políticos son iguales. Han tratado de influir en la formación que más se acerca a sus ideas, y -todo hay que decirlo- su sistema político de primarias y listas abiertas les ha facilitado mucho la tarea. El resultado ha sido un gran éxito en las recientes elecciones parciales, no sólo de un partido, sino también en gran medida de las ideas centrales que defiende el Tea Party. ¿Qué hubieran conseguido diciendo que el Partido Republicano ya no les representaba, y aconsejando el voto a formaciones minoritarias?

Cada vez me aburren más las beatificaciones, sean las de María San Gil, Manuel Pizarro o Álvarez-Cascos. Y me incomoda que quienes elaboran con gran mérito las bases intelectuales de una derecha liberal se deslicen con tanta facilidad al género hagiográfico. No necesitamos eso. A mí al menos me basta con saber cómo piensan en general los militantes del PP y cómo piensan los del PSOE. Les aseguro que no es fácil confundirlos.

domingo, 18 de julio de 2010

Homosexualismo, familia y estatismo

Todos debemos ser iguales ante la ley. Según el liberalismo clásico, esta igualdad se garantiza mediante un poder judicial independiente, que arbitre en los conflictos entre ciudadanos independientemente de su posición social, religión, sexo, raza, etc. Sin la igualdad así entendida no puede haber libertad, pues las leyes y los jueces podrían tratar de manera diferente a los gobernantes y poderosos del resto de ciudadanos, con un pretexto u otro, o bien oprimir a determinadas minorías. (Por supuesto, el Estado de Derecho perfecto no existe, pero la historia demuestra que algunas naciones se han aproximado razonablemente a este ideal.)

Concepto distinto es el de igualdad de oportunidades, que establece la necesidad de un acceso universal a la educación, para que no existan desigualdades de origen difícilmente superables. Y no falta quien incluye la sanidad universal entre los requisitos de una sociedad donde la igualdad sea algo más que una ficción jurídica. El problema del concepto de igualdad de oportunidades, siendo noble, es que puede acabar deslizándose insensiblemente hacia la igualdad de hecho, es decir, la idea según la cual, no basta con que la ley trate por igual a todo el mundo, sea poderoso o humilde, gobernante o ciudadano común, hombre o mujer, heterosexual u homosexual, sino que además debemos tender a una sociedad equitativa en rentas, cuotas de género, raciales, etc. En otras ocasiones he argumentado por qué esto me parece indeseable, y además injusto, pues conduce siempre, inevitablemente, a castigar el mérito, la diferencia y la innovación, y socava toda institución intermedia entre el Estado y el individuo, favoreciendo en último término la tiranía.

Quizás la más importante manifestación del pensamiento igualitarista, en el sentido que aquí critico, es la ideología de género. Según ésta, no basta con que las mujeres tengan el mismo derecho que los hombres a acceder a cualquier profesión, cargo, etc, sino que debemos asegurarnos de que su presencia en cada actividad o puesto social sea equitativa, pues otra cosa supone perpetuar una supuesta injusticia histórica. Por ejemplo, en los consejos de administración de las empresas, o en las listas electorales, debe haber en torno a un 50 % de mujeres. Sin duda, es cierto que en el pasado no existía igualdad jurídica entre hombre y mujer, y esto generó en determinados ámbitos una injusta representación del sexo femenino. Pero este no era el problema, sino la consecuencia: lo grave es que se cercenaban los derechos individuales de aquellas mujeres (fueran muchas o pocas) que querían ser médicas, abogadas, etc. Es más, puede que existan razones perfectamente naturales por las que en determinadas actividades no exista paridad sexual. ¿Por qué un mundo en que la mitad de electricistas fueran mujeres sería mejor que el actual? El ejemplo es caricaturesco, pero vale lo mismo para cualquier otra profesión, sea la médica, la política o la notarial. El problema es que las medidas encaminadas a defender seudoderechos colectivos pasan siempre por un incremento de la coacción y por tanto del recorte de las libertades individuales, que son las que a fin de cuentas se trató de proteger con el principio de la igualdad ante la ley.

Una subvariante de la ideología de género es el homosexualismo. Según esta doctrina, no es suficiente con que los homosexuales no sean discriminados legalmente en ningún ámbito social, ni por supuesto, como se deduce de ello, perseguidos, como ocurre en países que raramente son condenados por algunos defensores de los gays con la misma vehemencia que dedican a la derecha política o la Iglesia. No, además hay que asegurar su visibilidad (empezando por la escuela) y deben modificarse instituciones como el matrimonio para que no se sientan ofendidos. Si hasta hace muy poco tiempo muchos homosexuales estaban tan contentos con su impenitente soltería (lo que no les impedía tener parejas más o menos estables) y eran felices ejerciendo de adorables tíos (lo que no les impedía ser padres), la ideología homosexualista trata de persuadirlos de que si no se casan entre ellos y adoptan niños, o los tienen mediante nuevas técnicas reproductivas, es porque están siendo oprimidos por los heterosexuales y deben sentirse profundamente desgraciados. Sin duda el reconocimiento de las uniones civiles es necesario en cuanto permite evitar situaciones en las cuales ni el Estado ni nadie tiene por que inmiscuirse en la sexualidad de una pareja, pero reformar el matrimonio es una cosa completamente distinta, pues supone vaciar de sentido una institución como la familia, que prácticamente pasa a significar cualquier tipo de agrupación concebible, es decir, nada.

Los activistas homosexualistas se defienden asegurando que ellos no atacan en absoluto la familia, sino que tratan de dignificar los llamados "otros modelos de familia" basados, al igual que la tradicional, en el amor y el respeto mutuo. Para ello aducen un supuesto consenso científico según el cual los hijos criados en hogares homoparentales no presentan mayores problemas que los demás. Sin duda, esto puede ser así en las muestras seleccionadas, pero no debería sorprender que ciertos estudios guiados por los prejuicios políticamente correctos acaben "demostrando" aquello que se quería demostrar. Otros trabajos empíricos, sin embargo, muestran que los hogares que se apartan del modelo de la familia tradicional registran mayores índices de violencia doméstica, abusos sexuales y fracaso escolar. Pero la cuestión no es si una pareja homosexual ideal (estable, con buenos ingresos y alto nivel de formación) puede criar adecuadamente a un niño, que seguramente sí, sino en qué medida esa idílica pareja ideal, que se diría sacada de una teleserie con afán pedagógico, es representativa de las uniones homosexuales. Podemos y debemos respetar los casos de familias homoparentales existentes, pero favorecer su proliferación, ponerlas al mismo nivel que el modelo clásico de familia es una de las variantes más grotescas del igualitarismo a ultranza, que no supone el más mínimo avance en la libertad de nadie, ni homosexual ni heterosexual, sino más bien todo lo contrario (pensemos en la multa de 100.000 euros impuesta gubernativamente a Intereconomía TV).

Que el homosexualismo en el fondo no es más que un ataque soterrado contra la familia (y por tanto un frente de batalla más del estatismo) lo demuestra el hecho de que para justificar sus tesis, no tienen más remedio que poner en cuestión la llamada familia tradicional. En un informe-manifiesto elaborado por el CONICET (especie de CSIC argentino) para apoyar la legalización del matrimonio homosexual decretada por el gobierno de Cristina Kirchner, se sugiere que estudiar las familias homoparentales ya es en sí discriminatorio. "¿O alguien estudia -se pregunta de manera venenosa- a las familias heterosexuales para ver si tienen derecho a existir?" Pues a este paso, ya nada nos extrañaría. Según el informe, la familia en absoluto puede ser considerada una institución natural: "El tipo de familia nuclear que se suele identificarse (sic) como el modelo tradicional no se remonta a mucho más de cien años atrás y pertenece a la experiencia de determinadas clases sociales" (se les entiende: es un invento burgués). De ahí a reeditar viejos experimentos fracasados, como las comunas, o defender lisa y llanamente un sistema de crianza y hasta reproducción de la especie totalmente estatalizado, como en la famosa novela de Aldous Huxley, hay un paso muy corto.

La estrategia del homosexualismo, muy inteligentemente, consiste, primero, en ocultar o disimular estas implicaciones, y segundo en presentar a todos los críticos como paranoicos ultrarreligiosos, nostálgicos de épocas pasadas en las que los homosexuales sufrían persecuciones y vejaciones. El citado informe del organismo estatal argentino empieza defendiendo que los homosexuales son seres humanos, como si alguien mínimamente decente (aquí no se incluye Ahmadineyah, claro) negara esto hoy en día, como si este fuera el debate. Y aduce luego el ejemplo de las seis mil firmas que en 1898 apoyaron la derogación de la ley que penalizaba la homosexualidad en Alemania, entre las cuales figuraban las de Albert Einstein, Thomas Mann, Stefan Zweig, y muchos otros intelectuales justamente célebres. Pero ¿quién demonios defiende hoy, salvo en Irán y otros países islámicos, que la homosexualidad sea un delito? Con rastreras maniobras de confusión como éstas, un informe que se pretende "científico" (en realidad, flagrantemente ideológico, donde se cita incluso al eminente doctor José Luis Rodríguez Zapatero) no hace más que tratar de denigrar a quienes puedan discrepar de sus conclusiones.

La reciente polémica, a la que me refiero aquí por segunda vez (ver la primera), mantenida en Libertad Digital entre, por una parte, Pío Moa, que la empezó, y por otra José María Marco, Albert Esplugas y Federico Jiménez Losantos me produce cierta tristeza. Ninguno de los polemistas ha estado a la altura de lo que podíamos esperar de ellos. Moa ha apuntado ideas muy interesantes, pero en la argumentación ha sido muy pedestre (en general, es mucho mejor historiador que filósofo, pese a que comparto muchas de sus ideas). Esto ha permitido a sus contradictores cebarse en su descuidada exposición, cuando yo no creo que Moa defienda las cosas que se le imputan, que piense ni por asomo condenar a los homosexuales a la clandestinidad.

En especial, creo que es injusto Jiménez Losantos cuando acusa a Moa de "normalismo". Si acaso, quienes profesan el normalismo son quienes quieren normalizar la homosexualidad, y para ello ven necesario explicar a los niños en el colegio cómo practicar el coito anal y qué marcas de vaselina pueden encontrar en el mercado (aberraciones que el mismo Losantos ha criticado). Puedo comprender que como icono de los gays de la derecha liberal, Federico no pudiera decepcionarlos. Pero su análisis de lo que ha dicho Moa (no lo que supuestamente se deduce de lo que ha dicho) podía haber sido mucho más profundo y sutil, sin dejar de mostrar sus discrepancias. Cuando Pío Moa denuncia que para el relativismo posmoderno "la realidad no existe", apunta un tema crucial del debate ideológico, donde se dirimen cuestiones básicas como si existe una moral universal o bien todo se reduce al derecho positivo producido por el Estado. Y Losantos, tan certero casi siempre, despacha la cuestión con una trivialidad como que "la realidad... llevan dos mil años discutiéndola los filósofos". ¡Que los posmodernos, desde su genial pero nefasto precursor Nietzsche, no dicen que sea difícil conocerla, sino que no existe, esto es, que no sirve de nada intentar conocerla, que vale por tanto todo lo que nos inventemos ("todo está permitido")! El manifiesto del CONICET lo dice bien claro: "Sostener la existencia de una ley moral natural supone colonizar todas las culturas por el pensamiento occidental."

Podemos sin duda discutir sobre lo que es "natural", y en este sentido, es cierto que en el pasado, y en el presente en muchos lugares, se ha perseguido a la homosexualidad con el pretexto de ser "contra natura". Aquí es donde Moa no está nada fino, y donde fácilmente se puede pensar que incurre en la falacia naturalista. Puede que sea así, pero lo decisivo aquí es que algunos no se limitan a discutir sobre lo que es natural (universal) o no, sino que directamente zanjan la cuestión negando que exista ningún principio universal, con lo cual se cargan la fundamentación más sólida que jamás tendrán la libertad, los derechos humanos (incluidos, claro está los de los gays) y todo aquello que permite mantener al genio del despotismo encerrado dentro de la lámpara. Y los homosexuales deberían ser los primeros en no prestarse a ser utilizados en este juego perverso, limitándose a vivir su vida sin que nadie les moleste, y sin obligarnos a los demás a cambiar la nuestra. Que tengan hijos, que hagan lo que les dé la gana, pero que no nos digan cómo hemos de educar a los nuestros, no nos arrebaten el lenguaje (¡yo no quiero ser progenitor A ni B, yo soy el padre de mis hijos!) ni nos prohíban decir lo que pensamos, equivocadamente o no.

Es urgente llevar este debate al terreno de las medidas concretas, para deshacer malentendidos. Digámoslo claramente. Se puede estar en contra de la ley del matrimonio homosexual y no por ello ser un enemigo de los homosexuales, del mismo modo que se puede estar en contra de la actual ley de violencia de género y no ser un enemigo de las mujeres, o en contra de la ley de salario mínimo y no ser un enemigo de los obreros, sino todo lo contrario. ¿O vamos a empezar a estas alturas a comprar las falacias del seudoprogresismo?

ACTUALIZACIÓN 17:30: Moa acaba de replicar en su blog a Losantos, reafirmándose en todo lo dicho, aunque con tono conciliador, y algunas aclaraciones que son de agradecer y están en la línea de mi defensa del autor de Los orígenes de la Guerra Civil Española.

ACTUALIZACIÓN 19-7-10: Losantos ha publicado una recontrarréplica, también en un tono conciliatorio. Pero no aporta nada nuevo, sigue insistiendo en mostrarse como el defensor de los homosexuales, como si hubieran sido atacados.

sábado, 10 de julio de 2010

La polémica Marco-Moa

Pío Moa es un gran historiador y un buen escritor. Su teoría de que la guerra civil la provocó la izquierda, me parece sólida y excelentemente documentada. No simpatizo tanto con su visión del franquismo, que en ocasiones roza la apología, aunque estoy de acuerdo con su idea esencial: Que una dictadura de izquierdas hubiera sido peor. Menos me gusta otra faceta de Moa, que es su anglofobia -en especial su manía de llamar "useños" a los habitantes de Estados Unidos: Quizás no haya en ello ningún retintín despreciativo, pero a mí al menos me lo parece. Si hay algo que me ha molestado siempre más que el antiamericanismo de izquierdas, es el antiamericanismo de derechas, aunque quizás no sea el caso de Moa. (Sería interesante que se aclarase al respecto.)

Dicho esto, en la polémica en Libertad Digital entre José María Marco (por el que profeso también la mayor admiración) y Pío Moa, a propósito del tema de la homosexualidad, creo que Marco se ha equivocado. Moa afirma en su artículo que la homosexualidad es una "desgracia". Evidentemente, esto podrá discutirse, pero de esta afirmación no se desprende que los homosexuales deban ser discriminados ni perseguidos, y en ningún momento sugiere Moa algo semejante. Creo también que Moa pone el dedo en la llaga cuando señala la inepcia etimológica de la palabra homofobia, que en rigor significa "odio, o temor, a los iguales", y que no es más que -en acertada expresión- un "vocablo-policía" propio de los totalitarismos, que se caracterizan por construcciones lingüísticamente aberrantes, basadas en criterios de un funcionalismo bárbaro. (El clásico siempre citado sobre esto es 1984 de Orwell.) Marco se queda en lo accesorio al ironizar sobre los "refinados" criterios estéticos de Moa: Es que resulta que detrás de la estética, suele haber una ética (o una carencia de ella).

José María Marco concluye su escrito reprochando a Moa que niegue la existencia del machismo en nuestra sociedad, cuando afirma que el término "sólo significa oposición a las manías feministas". A lo que Marco replica con una pregunta retórica: "¿Acaso cree (...) Pío Moa (...) que el término 'machista' no responde a una realidad social y que hoy en día las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres?" Pues realmente, es lo que yo pensaba también. Yo había llegado a abrigar la ingenua creencia de que en España, a diferencia de los países de cultura islámica, las mujeres son iguales ante la ley (o eran, antes de las reformas legislativas de Zapatero), son libres de estudiar la carrera que quieran, de ejercer cualquier profesión o cargo y de percibir el mismo sueldo por realizar el mismo trabajo que los hombres. Y que si en determinadas carreras o profesiones la proporción de mujeres es menor o mayor, no es debido a una especie de conspiración endogámica de los machos opresores, sino a que ellas prefieren determinados estudios o profesiones sobre otros, al igual que generalmente se preocupan más que los hombres por compatibilizar trabajo y familia, aunque ello suponga trabajar menos horas o renunciar a determinados puestos.

Me inclino a pensar, aunque desde luego no lo sé a ciencia cierta, que quizás José María Marco, estudioso y admirador de los Estados Unidos, le tuviera ganas a Moa por los tics anglófobos de éste, tema en el que desde luego estoy del lado del primero. Pero no sé por qué, ha elegido una vía tangencial, cayendo de lleno en la provocación políticamente incorrecta de Moa al declararse homófobo. Más allá del tono epatante, lo que dice Pío Moa lo pensamos muchos. Una cosa es tolerar la homosexualidad y por supuesto condenar el trato que reciben los gays en los países islámicos y en Cuba, y otra muy distinta propagar la idea de que la orientación sexual de las personas es algo indiferente desde cualquier punto de vista, y que si unos padres descubren que su hijo o hija es gay o lesbiana, tienen que saltar de alegría. Por favor, no seamos hipócritas ni, lo que es peor, confundamos la hipocresía con la tolerancia.

ACTUALIZACIÓN 12-7-10: Pío Moa ha replicado a su vez el artículo de José María Marco. En su réplica argumenta por qué según él la homosexualidad es una desgracia. Creo que va bien encaminado, aunque sin duda por razones de espacio, no lo desarrolla lo suficiente y por ello me temo que será de nuevo blanco de críticas facilonas y moralizantes. Aparentemente, se le podría reprochar que incurre en la falacia naturalista, pero en realidad lo que hace Moa es cuestionar de raíz toda la concepción romántica del amor y el sexo.

domingo, 16 de mayo de 2010

Libertad y felicidad, el eterno debate filosófico

En El Mundo de hoy, una periodista le pregunta a Carlos Alberto Montaner: "¿Qué le preocupa más: la falta de libertad o la penuria en Cuba?" A lo que el escritor y periodista responde: "Hay una relación directa entre ambas. Los países libres son los más prósperos, no tener libertad para producir, crear riqueza y tener iniciativa significa el empobrecimiento. Si queremos una Cuba próspera, tenemos que querer una Cuba libre." La respuesta me parece inobjetable. Los aparentes contraejemplos como son la China actual, el Chile de Pinochet o la España de Franco (años sesenta), en los que la dictadura coexiste con la libertad de mercado y la creación de riqueza, son en principio fácilmente explicables. Un régimen como el de Franco (y mutatis mutandis podría decirse lo mismo del de Pinochet) era en todos los órdenes, comparado con el soviético, mucho más liberal, como ya señaló Soljenitsin en la década de los setenta, para escándalo de los progres locales. (El episodio ha sido recordado a menudo por Pío Moa.) Ello no implica en modo alguno justificar estas dictaduras, sino simplemente constatar algo de sentido común, que la URSS, o Corea del Norte, eran mucho peores. Sólo una persona cegada por los prejuicios ideológicos podrá negar que la mayoría de españoles disfrutaba de más libertades durante las dos últimas décadas (aproximadamente) de la dictadura franquista que los ciudadanos soviéticos, que debían solicitar permiso hasta para cambiar de residencia, y ni hablar de viajar al extranjero.

Algo más desconcertante resulta el caso de China, por tratarse de un sistema totalitario, con muchos rasgos verdaderamente brutales, pero en el que unas ciertas libertades económicas han producido efectos espectaculares. Sin embargo, no debemos olvidar que en el país asiático sigue existiendo una población rural de cientos de millones de personas, para las que hablarles de libertad es poco más que un sarcasmo cruel. En cierto modo podemos decir, simplificando, que existen dos Chinas superpuestas, una urbana y autoritaria, pero que ha adoptado el mercado libre como en su día lo hizo la España de Franco, y otra precapitalista y salvajemente despótica, que actúa como un lastre que impide la evolución institucional hacia formas demoliberales. Veremos qué ocurre en el futuro.

Lo que sí es indiscutible, como ha señalado Xavier Roig en su libro La dictadura de la incompetencia, es que, aunque el mercado libre pueda coexistir en determinadas circunstancias con regímenes autoritarios, jamás se ha dado el caso de un sistema económico planificado que fuera democrático. Es decir, que al menos desde un punto de vista empírico y práctico, podemos considerar que el capitalismo es condición necesaria, aunque no suficiente, para la democracia. Es la tesis que ya expuso Hayek en su clásico Camino de servidumbre: la planificación económica es incompatible con un sistema de libertades, por lo que de implantarse en un país occidental, como pretendía abiertamente buena parte de la intelectualidad hasta la caída del comunismo (ahora se encubre con retórica ecologista y altermundista), la democracia habría quedado vaciada de sentido.

La razón de esto nos lleva a un debate filosófico fascinante. Según cuentan, Hayek advirtió contra los intentos de justificar el liberalismo en concepciones utilitaristas (la libertad es buena porque genera prosperidad), ya que pueden volverse fácilmente en contra. Cuando alguien le señaló que generalmente la libertad y la prosperidad solían ir unidas, el sabio austríaco respondió con una sonrisa: "Sí, es una maravillosa coincidencia."

Personalmente, no creo que debamos tomarnos al pie de la letra la idea de la "maravillosa coincidencia". Desde ciertos intentos racionalistas de fundamentar una ética liberal, puede efectivamente parecer un agradable accidente que la libertad sea beneficiosa socialmente, pero si partimos de los seres humanos reales en circunstancias reales, lo sorprendente sería que no fuera así. Ludwig von Mises demostró que el cálculo de los precios era imposible en una economía planificada, por lo que no existe alternativa al sistema de mercado, en que las decisiones económicas las toman autónomamente los individuos. Se trata, pues, de un argumento negativo en favor del liberalismo: el socialismo no es posible. Pero creo que además existe un argumento positivo, aunque de naturaleza empírica: Dado lo que sabemos de la naturaleza humana, todo indica que gran parte de los individuos tenderán a prosperar materialmente si se encuentran con las menores trabas artificiales posibles para tomar sus propias decisiones.

Ello no es óbice para que tengamos muy en cuenta la advertencia de Hayek, y por eso simpatizo con los argumentos iusnaturalistas: La libertad es un valor en sí mismo, y ninguna argumentación utilitarista, como las que emplean invariablemente los Estados (el bien común, etc), puede justificar su limitación. En lo que me aparto de autores como Rothbard es que yo no creo en absoluto que el derecho natural sea formalmente demostrable, sino que requiere inevitablemente una fundamentación religiosa o metafísica: en ambos casos, un acto de fe, aunque no más extraordinario que el que implica defender la esencial racionalidad de lo real, que ninguna experiencia podrá jamás demostrar, y en la que sin embargo creyeron profundamente grandes científicos como Einstein o Planck.

En este sentido, me siento muy próximo a la postura de David Friedman, tal como nos la expone Albert Esplugas: "Friedman rechaza el utilitarismo como patrón último para determinar lo que debe hacerse y lo que no, pero considera que los argumentos de esta clase son en general los más eficaces para defender la doctrina libertaria. La gente tiene ideas muy diversas acerca de lo que es justo, sin embargo la mayoría coincide en que la felicidad y la prosperidad son propósitos deseables." Aunque desde luego donde dice "libertaria" yo pondría liberal, porque no le sigo en sus argumentaciones ácratas. Pero esta es otra cuestión.

Evidentemente, desde un punto de vista individual la libertad no garantiza la felicidad. Sin embargo, desde una perspectiva probabilística, cuando hablamos de millones de individuos, la cosa es bien distinta. En el caso del individuo la idea de libertad es necesariamente axiomática, debe considerarse como un valor apriorístico. Desde el punto de vista colectivo, sin embargo, el argumento utilitarista, que la libertad además es mejor para la sociedad, es decisivo, y tiene el discreto encanto de que no requiere postulados metafísicos o trascendentes.

viernes, 1 de enero de 2010

La última novela de Muñoz Molina

La última novela de Muñoz Molina, La noche de los tiempos, ha sido saludada como una gran obra literaria, y al mismo tiempo como un intento de aproximación a la guerra civil alejado de sectarismos. Debo decir que el texto, pese a sus cerca de mil páginas, se deja leer con suma facilidad. La pericia del autor es incontestable, y el estudio de su prosa merece absolutamente ser incluido en las lecciones de literatura contemporánea del bachillerato, o como se llame ahora.

Sin embargo, no creo que nos hallemos ante un clásico. Cuando uno cierra el libro, no tiene la sensación de haber estado absorbido por esa novela "total" a la que se refiere la reseña de La Razón, sino una más discreta, aunque perfectamente digna. Muñoz Molina nos narra con maestría la peripecia de dos amantes en la España de 1936, y además lo hace demostrando que puede cautivar el interés del lector durante novecientas cincuenta y ocho páginas. No es poco, pero que nadie espere un fresco histórico denso y complejo, ni una populosa galería de personajes y de tramas secundarias, como el que podría haber ofrecido una obra de similar extensión. El argumento es bastante sencillo, los personajes secundarios, pocos y no excesivamente desarrollados. Los propios protagonistas, Ignacio Abel y Judith Biely, en los cuales por supuesto se profundiza mucho más, carecen, a mi modo de ver, del aliento de las grandes figuras literarias.

En cuanto al tratamiento de la guerra civil, Muñoz Molina se sitúa en algún punto intermedio entre lo que he llamado Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), y la actitud liberal, que no simpatiza con ninguno de los dos bandos. La primera puede sintetizarse en dos premisas:
  • La premisa legalista, según la cual, en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas.
  • La premisa relativista, según la cual, la violencia en la zona republicana sólo puede juzgarse comparándola con la de la zona franquista (más sistemática, intensa y duradera) y no puede achacarse a las autoridades del Frente Popular, sino a "incontrolados" que actuaron sólo en los primeros meses, algo muy distinto del carácter de la represión en el bando nacional.
Podemos decir que, al igual que en el libro de Toni Orensanz a propósito del cual formulé la VPEGC, Muñoz Molina ya no comulga plenamente con la segunda premisa (dejando de lado ciertos tics), pero sigue aferrándose a la primera, es decir, a la idea de que la responsabilidad de la guerra civil recae ante todo en los militares sublevados, y por tanto la violencia de las izquierdas, aunque injustificable y despojada de todo brillo propagandístico, sigue siendo consecuencia de la violencia de las derechas, incurablemente malignas.

El intento de refutación de la premisa legalista más serio que ha habido hasta ahora lo constituyen los libros de Pío Moa, empezando por su fundamental Los orígenes de la Guerra Civil Española. Existían multitud de obras y estudios que nos mostraban la verdadera naturaleza del bando frentepopulista (mal llamado "republicano"), pero nadie había discutido (con argumentos no propagandísticos) la idea de que la guerra civil empezó por un golpe de Estado fallido en 1936. Moa, como es sabido, sitúa el origen de la guerra dos años antes, en el golpe de Estado fallido del 34: Es decir, que fue la izquierda quien la provocó. Desgraciadamente, la tesis de Moa no ha sido objeto apenas de un verdadero debate intelectual, porque el establishment académico ha optado por el ostracismo y se ha limitado a etiquetarla de revisionismo neofranquista.

Así pues, en realidad la postura de Muñoz Molina dista de aportar nada nuevo, porque sigue en la estela de la historiografía "progresista", empeñada en ignorar las recientes aproximaciones que no encajan con la VPEGC, al menos con su primera premisa, de la que la segunda es en realidad sólo un corolario. El protagonista no deja de ser un buen socialista, con carnet del PSOE y la UGT, una especie de modelo de sensatez liberal, cercano al besteirismo, que permite salvar la cara de la izquierda, aún a costa de la verosimilitud literaria. Algunos diálogos, por su lucidez alejada de los extremismos de la época, resultan demasiado ideales, demasiado perfectos, como si se tratara de dejar bien clara en el lector la correcta interpretación de la posición del autor, que no pretende romper con el progresismo estándar.

Con todo, hay que decir que La noche de los tiempos debería desconcertar a mucho lector progre, por los diversos pasajes en los cuales se identifica sin ambages al comunismo y al fascismo, dos formas simétricas de totalitarismo; por condenar por igual a quienes defendían la supremacía racial y a quienes abogaban por la dictadura del proletariado; por el retrato exento de la menor simpatía hacia personajes como Bergamín, o Alberti, con "toda su banda de poetas con monos azules bien planchados"; por personajes como Rossman, huido de los nazis, de los soviéticos, y en España asesinado por los rojos. (La palabra "rojo", que a alguno sonará mal, ¿no la ha vuelto a reivindicar Zapatero?). Por enunciar, mira por dónde, lo que el gran ensayista Jean-François Revel desarrolló en sus libros más importantes, que le valieron recibir de manos de Aznar la Gran Cruz de Isabel la Católica: Que el comunismo merece idéntica condena que el fascismo.

Muñoz Molina, por cierto, es uno de los académicos que se ha mostrado claramente favorable a la propuesta de incluir el término totalitario en la entrada "comunismo" del diccionario. Me parece muy encomiable, pero en cambio veo completamente absurda su propuesta de una comisión parlamentaria de historiadores que fije una especie de versión oficial sobre la guerra civil alejada de maniqueísmos. Celebrar concilios para adaptar la Iglesia Progresista a los tiempos puede ser una forma eficaz de que los fieles no acaben desertando, pero creo que esa no es la función de la ciencia. Ni tampoco, ya que estamos, de la literatura.

martes, 27 de noviembre de 2007

Campaña de intimidación contra Pío Moa

Santiago Carrillo Paracuellos puede impartir lecciones de ética desde tertulias radiofónicas, pero Pío Moa no puede continuar escribiendo sobre la guerra civil y el período franquista. Esta es la particular concepción de la libertad que manifiestan los comunistas. Suma y sigue.

Elentir acaba de crear un banner de réplica a la campaña de IU. Como lector agradecido de los apasionantes libros de Moa, no puedo menos que añadirlo a mi blog.