Mostrando entradas con la etiqueta José María Marco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José María Marco. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de julio de 2010

Homosexualismo, familia y estatismo

Todos debemos ser iguales ante la ley. Según el liberalismo clásico, esta igualdad se garantiza mediante un poder judicial independiente, que arbitre en los conflictos entre ciudadanos independientemente de su posición social, religión, sexo, raza, etc. Sin la igualdad así entendida no puede haber libertad, pues las leyes y los jueces podrían tratar de manera diferente a los gobernantes y poderosos del resto de ciudadanos, con un pretexto u otro, o bien oprimir a determinadas minorías. (Por supuesto, el Estado de Derecho perfecto no existe, pero la historia demuestra que algunas naciones se han aproximado razonablemente a este ideal.)

Concepto distinto es el de igualdad de oportunidades, que establece la necesidad de un acceso universal a la educación, para que no existan desigualdades de origen difícilmente superables. Y no falta quien incluye la sanidad universal entre los requisitos de una sociedad donde la igualdad sea algo más que una ficción jurídica. El problema del concepto de igualdad de oportunidades, siendo noble, es que puede acabar deslizándose insensiblemente hacia la igualdad de hecho, es decir, la idea según la cual, no basta con que la ley trate por igual a todo el mundo, sea poderoso o humilde, gobernante o ciudadano común, hombre o mujer, heterosexual u homosexual, sino que además debemos tender a una sociedad equitativa en rentas, cuotas de género, raciales, etc. En otras ocasiones he argumentado por qué esto me parece indeseable, y además injusto, pues conduce siempre, inevitablemente, a castigar el mérito, la diferencia y la innovación, y socava toda institución intermedia entre el Estado y el individuo, favoreciendo en último término la tiranía.

Quizás la más importante manifestación del pensamiento igualitarista, en el sentido que aquí critico, es la ideología de género. Según ésta, no basta con que las mujeres tengan el mismo derecho que los hombres a acceder a cualquier profesión, cargo, etc, sino que debemos asegurarnos de que su presencia en cada actividad o puesto social sea equitativa, pues otra cosa supone perpetuar una supuesta injusticia histórica. Por ejemplo, en los consejos de administración de las empresas, o en las listas electorales, debe haber en torno a un 50 % de mujeres. Sin duda, es cierto que en el pasado no existía igualdad jurídica entre hombre y mujer, y esto generó en determinados ámbitos una injusta representación del sexo femenino. Pero este no era el problema, sino la consecuencia: lo grave es que se cercenaban los derechos individuales de aquellas mujeres (fueran muchas o pocas) que querían ser médicas, abogadas, etc. Es más, puede que existan razones perfectamente naturales por las que en determinadas actividades no exista paridad sexual. ¿Por qué un mundo en que la mitad de electricistas fueran mujeres sería mejor que el actual? El ejemplo es caricaturesco, pero vale lo mismo para cualquier otra profesión, sea la médica, la política o la notarial. El problema es que las medidas encaminadas a defender seudoderechos colectivos pasan siempre por un incremento de la coacción y por tanto del recorte de las libertades individuales, que son las que a fin de cuentas se trató de proteger con el principio de la igualdad ante la ley.

Una subvariante de la ideología de género es el homosexualismo. Según esta doctrina, no es suficiente con que los homosexuales no sean discriminados legalmente en ningún ámbito social, ni por supuesto, como se deduce de ello, perseguidos, como ocurre en países que raramente son condenados por algunos defensores de los gays con la misma vehemencia que dedican a la derecha política o la Iglesia. No, además hay que asegurar su visibilidad (empezando por la escuela) y deben modificarse instituciones como el matrimonio para que no se sientan ofendidos. Si hasta hace muy poco tiempo muchos homosexuales estaban tan contentos con su impenitente soltería (lo que no les impedía tener parejas más o menos estables) y eran felices ejerciendo de adorables tíos (lo que no les impedía ser padres), la ideología homosexualista trata de persuadirlos de que si no se casan entre ellos y adoptan niños, o los tienen mediante nuevas técnicas reproductivas, es porque están siendo oprimidos por los heterosexuales y deben sentirse profundamente desgraciados. Sin duda el reconocimiento de las uniones civiles es necesario en cuanto permite evitar situaciones en las cuales ni el Estado ni nadie tiene por que inmiscuirse en la sexualidad de una pareja, pero reformar el matrimonio es una cosa completamente distinta, pues supone vaciar de sentido una institución como la familia, que prácticamente pasa a significar cualquier tipo de agrupación concebible, es decir, nada.

Los activistas homosexualistas se defienden asegurando que ellos no atacan en absoluto la familia, sino que tratan de dignificar los llamados "otros modelos de familia" basados, al igual que la tradicional, en el amor y el respeto mutuo. Para ello aducen un supuesto consenso científico según el cual los hijos criados en hogares homoparentales no presentan mayores problemas que los demás. Sin duda, esto puede ser así en las muestras seleccionadas, pero no debería sorprender que ciertos estudios guiados por los prejuicios políticamente correctos acaben "demostrando" aquello que se quería demostrar. Otros trabajos empíricos, sin embargo, muestran que los hogares que se apartan del modelo de la familia tradicional registran mayores índices de violencia doméstica, abusos sexuales y fracaso escolar. Pero la cuestión no es si una pareja homosexual ideal (estable, con buenos ingresos y alto nivel de formación) puede criar adecuadamente a un niño, que seguramente sí, sino en qué medida esa idílica pareja ideal, que se diría sacada de una teleserie con afán pedagógico, es representativa de las uniones homosexuales. Podemos y debemos respetar los casos de familias homoparentales existentes, pero favorecer su proliferación, ponerlas al mismo nivel que el modelo clásico de familia es una de las variantes más grotescas del igualitarismo a ultranza, que no supone el más mínimo avance en la libertad de nadie, ni homosexual ni heterosexual, sino más bien todo lo contrario (pensemos en la multa de 100.000 euros impuesta gubernativamente a Intereconomía TV).

Que el homosexualismo en el fondo no es más que un ataque soterrado contra la familia (y por tanto un frente de batalla más del estatismo) lo demuestra el hecho de que para justificar sus tesis, no tienen más remedio que poner en cuestión la llamada familia tradicional. En un informe-manifiesto elaborado por el CONICET (especie de CSIC argentino) para apoyar la legalización del matrimonio homosexual decretada por el gobierno de Cristina Kirchner, se sugiere que estudiar las familias homoparentales ya es en sí discriminatorio. "¿O alguien estudia -se pregunta de manera venenosa- a las familias heterosexuales para ver si tienen derecho a existir?" Pues a este paso, ya nada nos extrañaría. Según el informe, la familia en absoluto puede ser considerada una institución natural: "El tipo de familia nuclear que se suele identificarse (sic) como el modelo tradicional no se remonta a mucho más de cien años atrás y pertenece a la experiencia de determinadas clases sociales" (se les entiende: es un invento burgués). De ahí a reeditar viejos experimentos fracasados, como las comunas, o defender lisa y llanamente un sistema de crianza y hasta reproducción de la especie totalmente estatalizado, como en la famosa novela de Aldous Huxley, hay un paso muy corto.

La estrategia del homosexualismo, muy inteligentemente, consiste, primero, en ocultar o disimular estas implicaciones, y segundo en presentar a todos los críticos como paranoicos ultrarreligiosos, nostálgicos de épocas pasadas en las que los homosexuales sufrían persecuciones y vejaciones. El citado informe del organismo estatal argentino empieza defendiendo que los homosexuales son seres humanos, como si alguien mínimamente decente (aquí no se incluye Ahmadineyah, claro) negara esto hoy en día, como si este fuera el debate. Y aduce luego el ejemplo de las seis mil firmas que en 1898 apoyaron la derogación de la ley que penalizaba la homosexualidad en Alemania, entre las cuales figuraban las de Albert Einstein, Thomas Mann, Stefan Zweig, y muchos otros intelectuales justamente célebres. Pero ¿quién demonios defiende hoy, salvo en Irán y otros países islámicos, que la homosexualidad sea un delito? Con rastreras maniobras de confusión como éstas, un informe que se pretende "científico" (en realidad, flagrantemente ideológico, donde se cita incluso al eminente doctor José Luis Rodríguez Zapatero) no hace más que tratar de denigrar a quienes puedan discrepar de sus conclusiones.

La reciente polémica, a la que me refiero aquí por segunda vez (ver la primera), mantenida en Libertad Digital entre, por una parte, Pío Moa, que la empezó, y por otra José María Marco, Albert Esplugas y Federico Jiménez Losantos me produce cierta tristeza. Ninguno de los polemistas ha estado a la altura de lo que podíamos esperar de ellos. Moa ha apuntado ideas muy interesantes, pero en la argumentación ha sido muy pedestre (en general, es mucho mejor historiador que filósofo, pese a que comparto muchas de sus ideas). Esto ha permitido a sus contradictores cebarse en su descuidada exposición, cuando yo no creo que Moa defienda las cosas que se le imputan, que piense ni por asomo condenar a los homosexuales a la clandestinidad.

En especial, creo que es injusto Jiménez Losantos cuando acusa a Moa de "normalismo". Si acaso, quienes profesan el normalismo son quienes quieren normalizar la homosexualidad, y para ello ven necesario explicar a los niños en el colegio cómo practicar el coito anal y qué marcas de vaselina pueden encontrar en el mercado (aberraciones que el mismo Losantos ha criticado). Puedo comprender que como icono de los gays de la derecha liberal, Federico no pudiera decepcionarlos. Pero su análisis de lo que ha dicho Moa (no lo que supuestamente se deduce de lo que ha dicho) podía haber sido mucho más profundo y sutil, sin dejar de mostrar sus discrepancias. Cuando Pío Moa denuncia que para el relativismo posmoderno "la realidad no existe", apunta un tema crucial del debate ideológico, donde se dirimen cuestiones básicas como si existe una moral universal o bien todo se reduce al derecho positivo producido por el Estado. Y Losantos, tan certero casi siempre, despacha la cuestión con una trivialidad como que "la realidad... llevan dos mil años discutiéndola los filósofos". ¡Que los posmodernos, desde su genial pero nefasto precursor Nietzsche, no dicen que sea difícil conocerla, sino que no existe, esto es, que no sirve de nada intentar conocerla, que vale por tanto todo lo que nos inventemos ("todo está permitido")! El manifiesto del CONICET lo dice bien claro: "Sostener la existencia de una ley moral natural supone colonizar todas las culturas por el pensamiento occidental."

Podemos sin duda discutir sobre lo que es "natural", y en este sentido, es cierto que en el pasado, y en el presente en muchos lugares, se ha perseguido a la homosexualidad con el pretexto de ser "contra natura". Aquí es donde Moa no está nada fino, y donde fácilmente se puede pensar que incurre en la falacia naturalista. Puede que sea así, pero lo decisivo aquí es que algunos no se limitan a discutir sobre lo que es natural (universal) o no, sino que directamente zanjan la cuestión negando que exista ningún principio universal, con lo cual se cargan la fundamentación más sólida que jamás tendrán la libertad, los derechos humanos (incluidos, claro está los de los gays) y todo aquello que permite mantener al genio del despotismo encerrado dentro de la lámpara. Y los homosexuales deberían ser los primeros en no prestarse a ser utilizados en este juego perverso, limitándose a vivir su vida sin que nadie les moleste, y sin obligarnos a los demás a cambiar la nuestra. Que tengan hijos, que hagan lo que les dé la gana, pero que no nos digan cómo hemos de educar a los nuestros, no nos arrebaten el lenguaje (¡yo no quiero ser progenitor A ni B, yo soy el padre de mis hijos!) ni nos prohíban decir lo que pensamos, equivocadamente o no.

Es urgente llevar este debate al terreno de las medidas concretas, para deshacer malentendidos. Digámoslo claramente. Se puede estar en contra de la ley del matrimonio homosexual y no por ello ser un enemigo de los homosexuales, del mismo modo que se puede estar en contra de la actual ley de violencia de género y no ser un enemigo de las mujeres, o en contra de la ley de salario mínimo y no ser un enemigo de los obreros, sino todo lo contrario. ¿O vamos a empezar a estas alturas a comprar las falacias del seudoprogresismo?

ACTUALIZACIÓN 17:30: Moa acaba de replicar en su blog a Losantos, reafirmándose en todo lo dicho, aunque con tono conciliador, y algunas aclaraciones que son de agradecer y están en la línea de mi defensa del autor de Los orígenes de la Guerra Civil Española.

ACTUALIZACIÓN 19-7-10: Losantos ha publicado una recontrarréplica, también en un tono conciliatorio. Pero no aporta nada nuevo, sigue insistiendo en mostrarse como el defensor de los homosexuales, como si hubieran sido atacados.

sábado, 10 de julio de 2010

La polémica Marco-Moa

Pío Moa es un gran historiador y un buen escritor. Su teoría de que la guerra civil la provocó la izquierda, me parece sólida y excelentemente documentada. No simpatizo tanto con su visión del franquismo, que en ocasiones roza la apología, aunque estoy de acuerdo con su idea esencial: Que una dictadura de izquierdas hubiera sido peor. Menos me gusta otra faceta de Moa, que es su anglofobia -en especial su manía de llamar "useños" a los habitantes de Estados Unidos: Quizás no haya en ello ningún retintín despreciativo, pero a mí al menos me lo parece. Si hay algo que me ha molestado siempre más que el antiamericanismo de izquierdas, es el antiamericanismo de derechas, aunque quizás no sea el caso de Moa. (Sería interesante que se aclarase al respecto.)

Dicho esto, en la polémica en Libertad Digital entre José María Marco (por el que profeso también la mayor admiración) y Pío Moa, a propósito del tema de la homosexualidad, creo que Marco se ha equivocado. Moa afirma en su artículo que la homosexualidad es una "desgracia". Evidentemente, esto podrá discutirse, pero de esta afirmación no se desprende que los homosexuales deban ser discriminados ni perseguidos, y en ningún momento sugiere Moa algo semejante. Creo también que Moa pone el dedo en la llaga cuando señala la inepcia etimológica de la palabra homofobia, que en rigor significa "odio, o temor, a los iguales", y que no es más que -en acertada expresión- un "vocablo-policía" propio de los totalitarismos, que se caracterizan por construcciones lingüísticamente aberrantes, basadas en criterios de un funcionalismo bárbaro. (El clásico siempre citado sobre esto es 1984 de Orwell.) Marco se queda en lo accesorio al ironizar sobre los "refinados" criterios estéticos de Moa: Es que resulta que detrás de la estética, suele haber una ética (o una carencia de ella).

José María Marco concluye su escrito reprochando a Moa que niegue la existencia del machismo en nuestra sociedad, cuando afirma que el término "sólo significa oposición a las manías feministas". A lo que Marco replica con una pregunta retórica: "¿Acaso cree (...) Pío Moa (...) que el término 'machista' no responde a una realidad social y que hoy en día las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres?" Pues realmente, es lo que yo pensaba también. Yo había llegado a abrigar la ingenua creencia de que en España, a diferencia de los países de cultura islámica, las mujeres son iguales ante la ley (o eran, antes de las reformas legislativas de Zapatero), son libres de estudiar la carrera que quieran, de ejercer cualquier profesión o cargo y de percibir el mismo sueldo por realizar el mismo trabajo que los hombres. Y que si en determinadas carreras o profesiones la proporción de mujeres es menor o mayor, no es debido a una especie de conspiración endogámica de los machos opresores, sino a que ellas prefieren determinados estudios o profesiones sobre otros, al igual que generalmente se preocupan más que los hombres por compatibilizar trabajo y familia, aunque ello suponga trabajar menos horas o renunciar a determinados puestos.

Me inclino a pensar, aunque desde luego no lo sé a ciencia cierta, que quizás José María Marco, estudioso y admirador de los Estados Unidos, le tuviera ganas a Moa por los tics anglófobos de éste, tema en el que desde luego estoy del lado del primero. Pero no sé por qué, ha elegido una vía tangencial, cayendo de lleno en la provocación políticamente incorrecta de Moa al declararse homófobo. Más allá del tono epatante, lo que dice Pío Moa lo pensamos muchos. Una cosa es tolerar la homosexualidad y por supuesto condenar el trato que reciben los gays en los países islámicos y en Cuba, y otra muy distinta propagar la idea de que la orientación sexual de las personas es algo indiferente desde cualquier punto de vista, y que si unos padres descubren que su hijo o hija es gay o lesbiana, tienen que saltar de alegría. Por favor, no seamos hipócritas ni, lo que es peor, confundamos la hipocresía con la tolerancia.

ACTUALIZACIÓN 12-7-10: Pío Moa ha replicado a su vez el artículo de José María Marco. En su réplica argumenta por qué según él la homosexualidad es una desgracia. Creo que va bien encaminado, aunque sin duda por razones de espacio, no lo desarrolla lo suficiente y por ello me temo que será de nuevo blanco de críticas facilonas y moralizantes. Aparentemente, se le podría reprochar que incurre en la falacia naturalista, pero en realidad lo que hace Moa es cuestionar de raíz toda la concepción romántica del amor y el sexo.

lunes, 13 de julio de 2009

En qué momento se jodió España: Mea culpa

A riesgo de parecer petulante, el reciente artículo de José María Marco (uno de mis columnistas preferidos) en Libertad Digital, “Vicios regeneracionistas”, me ha parecido una réplica a la frase final de mi entrada anterior, donde yo hablaba de la “profunda decadencia moral y política de España”, aunque por supuesto Marco se refiera en realidad a multitud de escritos o alocuciones de los últimos meses, años, y hasta siglos.

José María Marco plantea la crítica (que ya ha desarrollado por extenso en más de un libro) del regeneracionismo, ese complejo intelectual ibérico consistente en interiorizar la leyenda negra y culpar de todos los males a una supuesta decadencia o peculiaridad española. El artículo termina con estas palabras: “No hay por qué responsabilizar de nuestra impotencia a España. Al revés, lo propio de personas bien educadas es no caer en el vicio de hablar mal de su país. Nunca, en ninguna circunstancia.” Al leerlas, teniendo presentes las recién escritas por mí que cito arriba, mi primera reacción ha sido decirme: “Touché, tiene razón.”

Luego, me he acordado de que ese vicio intelectual no es seguramente exclusivo de los españoles. Pienso en la novela de Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, que gira toda ella en torno a la pregunta “en qué momento se jodió el Perú”...

Por cierto, y abro un inciso, vaya coñazo de novela. Ésta y La casa verde, que no pude terminar. Vargas Llosa ha escrito obras inolvidables, como La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras –divertidísima– o La fiesta del Chivo, aunque para mí su obra maestra sigue siendo una novela corta, o cuento largo, titulada Los cachorros. Pero me imagino que en su juventud debió pagar el tributo izquierdista de escribir el tipo de novela-coñazo que se diría no tenía otra finalidad que poner a prueba la paciencia del lector burgués. Fin del inciso.

Naturalmente, es grande la tentación de reformular la pregunta en la forma “en qué momento se jodió España”, y millones de españoles responderíamos que aproximadamente a las siete y media de la mañana del 11 de marzo de 2004. Pero el artículo de Marco nos previene contra esta amarga retórica de la impotencia, que sólo sirve para alumbrar falsas soluciones desenfocadas y contraproducentes, algo contra lo que nuestra historia (sobre todo la del primer tercio del siglo XX), debería habernos vacunado hace tiempo. Así pues, quiero corregir el final de mi anterior entrada. Ya no hablaría de decadencia de España, sino de una clase periodística e intelectual que la tiene tomada con España desde hace mucho. Ellos (con las honrosas excepciones) son el problema, no España, que no será la primera vez que sobrevive (esperemos) al donjulianismo.

Y por supuesto, el donjulianismo y el autoodio no son a su vez peculiaridades españolas ni hispánicas, sino un fenómeno evidentísimo de toda la cultura occidental, especialmente desde principios del siglo XX. Así que incluso en eso no podemos ser más típicamente occidentales.

sábado, 21 de marzo de 2009

El anticristianismo patológico de la izquierda

Los progres han reaccionado fingiendo una indignación se diría que piadosa ante la última campaña de la Iglesia contra el aborto. "No tiene perdón de Dios", ha dicho de la campaña el portavoz de los socialistas catalanes. La táctica, no por grosera deja de ser típica: Se trata de desplazar la percepción de que una realidad es intolerable hacia quien la denuncia, como si quien estuviera equiparando a un bebé con un animal fuera la Iglesia, y no quienes defienden el aborto.

Pocas cosas me parecen más hipócritas que la costumbre de la izquierda española, que es la más anticlerical que existe, de dar consejos evangélicos a la Iglesia y a sus medios de comunicación, como la COPE. Claro que los progres están convencidos de que el precepto de poner la otra mejilla sólo vale para la derecha, pero esta aparente doble personalidad (religiosa y antirreligiosa) merece ser investigada.

Una explicación superficial, aunque válida en muchos casos, es que los progres adolecen de una ignorancia abismal que les lleva a confundir el cristianismo, para bien y para mal, con cierta caricatura que se han forjado de él. En una vomitiva carta al director titulada "La contradicción de la Iglesia", publicada el pasado jueves 19 por un periódico gratuito local (Diari Més), la firmante (una tal Amparo García Lomeña, militante de ICV de Reus) exclama -acerca de la denuncia de que se proteja más a un lince que a un feto humano- que ya están "los de siempre, discriminando las especies. ¿Creéis que el hombre es el rey de la Creación?" Y entonces se mete definitivamente en un jardín: "Y no quiero decir que el cachorro de lince está por encima del bebé, ni tampoco lo contrario." (Cursivas mías.) O sea, que una cría humana está al mismo nivel moral que la de cualquier otro animal. Pero lo inaudito es que Amparo atribuya semejante tesis aberrante al auténtico mensaje de la Iglesia, "que en todo momento se ha de mantener en una postura de amor incondicional por toda la Creación." Por lo visto, o no recuerda el primer capítulo del Génesis, o no lo ha leído nunca. El resto de la carta es sencillamente indescriptible, una inextricable mezcla de vaporoso deísmo de tintes franciscanos y de odio visceral a la Iglesia.

Pero más allá de ejemplos de grotesca confusión mental como este, creo que hay una razón más profunda por la cual los progres muestran esta doble cara, de personas de espíritu religioso, y al mismo tiempo ferozmente anticristianas. Por no alargarme, me limitaré a citar unas palabras de José María Marco, referidas al krausismo, un sistema filosófico menor que trasplantado a España en el siglo XIX, tuvo un importante papel en la genealogía del progresismo contemporáneo:

"El krausismo era una doctrina liberal impregnada de sentimentalismo religioso, prácticas clericales y anhelo por la restauración de un universo armónico. En España, se había convetido en el refugio ideológico de antiguos curas y ex seminaristas reconvertidos a un radicalismo que expresaba la nostalgia de un mundo donde no había más que una sola verdad. La política a la que aquella actitud conducía era inevitablemente una política laicista." (José María Marco, Francisco Giner de los Ríos. Pedagogía y poder, Península, 2002, pág. 347.)

¿Es casual que tantos progres hayan pasado por colegios religiosos o incluso por seminarios? Personalmente, no lo creo. Hay aquí un problema psicológico, por no decir psiquiátrico, que debería ser estudiado a fondo.