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lunes, 24 de agosto de 2015

Teta o biberón

Por lo visto había un debate entre el feminismo diferencialista (FD) y el feminismo universalista (FU), y yo sin enterarme. El primero incide en las diferencias entre hombres y mujeres, y propugna feminizar el mundo, o al menos que exista un equilibrio justo entre la mitad femenina de la humanidad y la otra mitad. El segundo niega esas diferencias entre sexos, niega que exista el instinto maternal, en el más amplio sentido de la palabra: algo así como una forma de hacer típicamente femenina más dialogante y empática. El FD es partidario de los métodos naturales de crianza, de la lactancia materna, del contacto prolongado de la madre con el hijo. El FU, por el contrario, ve en el biberón un gran liberador de la mujer, pues lo mismo puede darlo el padre que la madre. Y es partidario decidido de los anticonceptivos, de la anestesia en el parto y del aborto. Es decir, de todo lo que anula o neutraliza, hasta cierto punto, las diferencias biológicas entre mujeres y hombres. Para el FU, “el separatismo entre sexos tiene que terminar, o la paz entre hombres y mujeres nunca llegará” (Élisabeth Badinter). Es decir, que hay una guerra entre los sexos (y yo con estos pelos) que sólo terminará cuando las diferencias entre ellas y ellos sean puramente anatómicas; o cuando ni siquiera queden estas, si confiamos en el avance imparable de la biotecnología.
En un artículo en El Mundo, Berta González se muestra partidaria de la Badinter y califica de “feminismo machista” al FD, lo que viene a colación del comentario de una representante política malagueña, acerca de la conducta de algunas jóvenes, en uno de esos festejos estivales típicos de nuestro país. Sí, seguro que se habrán enterado: aquello tan edificante de las chicas que van durante las fiestas con las bragas en la mano para secarlas. El caso es que no tardaron otros políticos en rasgarse un poquito las vestiduras por una supuesta ofensa a la dignidad de la mujer. Muy atinadamente, Berta González se queja de este victimismo que trata de hiperproteger a las mujeres como si fueran menores de edad, y observa que las primeras en sabotear su propia dignidad son esas aludidas que van lo suficientemente borrachas para perder la más elemental noción del pudor. Pero Berta se equivoca cuando apunta al sujeto de su crítica. No es principalmente el feminismo diferencialista el que ve agravios y opresión del patriarcado por doquier. Es el feminismo en su conjunto. Culpar al “feminismo machista” (o sea, al machismo, después de todo) de que muchas mujeres hayan caído en la trampa de sentirse antes que nada víctimas me parece tan retorcido como aquello tan viejo de llamar “capitalismo de Estado” al comunismo soviético, para así poder culpar nuevamente de todos los males al capitalismo, dejando a los “verdaderos” comunistas como santos varones que jamás han fusilado a nadie y ni siquiera han roto un plato.
Es verdad que el feminismo no fusila, pero sí que promueve el aborto, que es una práctica mucho más brutal que el fusilamiento. (En internet hay cumplida información sobre los métodos empleados por algunos matarifes, que se hacen llamar médicos, para acabar con la vida de seres humanos en el útero materno. Les advierto que no es para estómagos delicados.) Por supuesto, habrá feministas (tanto hombres como mujeres) contrarios al aborto, pero casi nadie, salvo ellos mismos, los consideraría feministas. No sé si el feminismo diferencialista tiene su propia posición en este tema, pero en general no me parece ni más ni menos victimista y paranoico que el universalista. Quizás sólo un poco más realista, pero eso no compensa su error de partida; sólo lo enmascara.

A mí el biberón no me parece una conquista de la mujer, pero sí un gran invento del género humano, que además nunca ha sido incompatible con la lactancia materna. Creo que hay excesivos histerismo y charlatanería sobre los métodos naturales de crianza, o más bien sobre los métodos supuestamente naturales aplicados a cualquier cosa. Aquí, algo de razón le daría a la señora Badinter. En cambio, está en lo cierto el FD cuando reconoce la existencia de diferencias genéticas (y no meramente culturales) entre las psicologías femenina y la masculina. Pero ambas variantes del feminismo sostienen lo mismo, que las mujeres necesitan ser liberadas, salvadas colectivamente. Uno es de los que piensan que, en todo caso, si algo nos libera es salirnos del colectivo, del rebaño. Quizá por eso no soy feminista de ninguna clase.

sábado, 15 de agosto de 2015

El cristianismo no es progresista, gracias a Dios

El progresismo es una ideología cuya tesis fundamental podría sintetizarse así:
El ser humano es capaz de alcanzar la felicidad plena (o, al menos, acercarse indefinidamente a ella) exclusivamente por sus propios medios.
Los medios a los que se refiere el progresismo son fundamentalmente de dos tipos: técnicos (medicina, química, ingeniería, etc.) y políticos. Estos últimos se concretan en una acción decidida del Estado en la economía, en la educación, en regular las relaciones entre los sexos y en la protección del medio ambiente.
El progresismo, así definido de una manera tan genérica, ya nos revela sus dos características fundamentales. En primer lugar, es inevitablemente anticristiano. Y en segundo lugar, es antiliberal. Empiezo por razonar la segunda afirmación. En algunos círculos católicos, se confunde liberalismo con progresismo, en el sentido de que esencialmente serían lo mismo. Si el valor fundamental es la libertad, es evidente que bastará con liberar al individuo de todas las ataduras (económicas, políticas, culturales, religiosas) como condición previa para alcanzar la felicidad. Esto entronca indudablemente con la tesis fundamental del progresismo que acabamos de formular. Ciertamente, son muchos los liberales que no ocultan sus coincidencias con el progresismo, aun cuando subrayen las diferencias, principalmente en el terreno económico.
Así, por ejemplo, determinados liberales son partidarios de un supuesto derecho de la mujer a abortar, de los matrimonios entre personas del mismo sexo, de los vientres de alquiler, etc. Creen que el Estado no debe legislar restringiendo la capacidad de decisión de las mujeres ni de los individuos en general, en determinadas cuestiones morales, del mismo modo que no debe restringir la libertad de comercio.
Ahora bien, este razonamiento parte de una confusión. Una cosa es que el Estado intervenga para evitar que los individuos puedan entablar libremente relaciones o intercambios entre ellos, que no afecten a la supervivencia o las libertades de una de las partes o de terceros. Esto lo rechazan los liberales, a diferencia, en muchos casos, de los progresistas. Y cosa muy distinta es que el Estado prohíba relaciones o acuerdos entre individuos que supongan la violación del derecho a la vida o que impliquen lesionar la libertad de expresión o de objeción de conciencia (como ocurre al imponer el “matrimonio homosexual”, cuando el legislador trata de sobreprotegerlo contra cualquier crítica o disensión). En el segundo caso, no es más liberal quien defiende el aborto, sino menos. Porque todo sistema liberal requiere un Estado que proteja a los individuos de las agresiones de terceros, y eso incluye a los seres humanos nonatos, aunque carezcan de la capacidad de proclamar sus derechos, o más bien especialmente por eso.
Sin la protección de los derechos, la libertad carece de sentido legal. Es decir, equivale a esa “libertad de la selva” con la cual los enemigos del liberalismo pretenden caricaturizarlo. Fuera de la civilización, la libertad se reduce a la fuerza física. Es más libre quien es más capaz de rechazar o disuadir por sí mismo otra agresión. En cambio, en una sociedad donde impera la ley, por principio, la libertad no está ligada a la fuerza individual. La confusión de que hablaba antes procede de aquí. La libertad no es simplemente hacer lo que queramos, porque eso nos expondría a perderla en cualquier momento a manos de otros. La libertad es inseparable de la obediencia a la ley, y eso implica que no cualquier abolición de una norma basada en la religión o en la costumbre es necesariamente liberadora, por mucho que sus promotores la presenten así.
Se puede comprender ahora por qué decimos que el progresismo es esencialmente antiliberal. Es debido a que su forma de entender la libertad en realidad coincide con la que proyecta, criticándola, en los “neoliberales”, por utilizar su lenguaje. Pero eso no procede del liberalismo clásico, sino de su negación o deformación. Aunque incurran en ella algunos que se consideran más liberales que nadie.
Naturalmente, la cuestión es más compleja de lo que da a entender esta apretada síntesis, pues los progresistas se erigen como campeones de la “verdadera libertad”, que tratarían de desligar del poder económico. En este sentido, coincidirían aparentemente con los fines del liberalismo clásico. Pero con el subterfugio de denunciar el poder económico se termina siempre en el mismo punto, la defensa de un poder político justiciero que se cree con el derecho de robar la riqueza producida por otros, de maneras más o menos cínicas. Y ello equivale necesariamente a negar el principio del imperio de la ley, tal como hacen conscientemente los marxistas y los neomarxistas populistas de nuestros días, que consideran todo orden legal como una superestructura al servicio de la clase dominante. Las consecuencias de esta concepción del derecho son sobradamente conocidas: la dictadura del partido único y los campos de concentración. Es decir, la “ley de la selva” que tanto critican los comunistas identificándola con el capitalismo, pero que es la que erigen ellos allí donde consiguen el poder, en su forma más descarnada: una selva donde ninguna ley limita el poder del Partido, donde el derecho es una ficción mucho más desvergonzada que en la mayoría de lugares donde existen unas mínimas libertad de mercado y garantías formales.
Quizá lo dicho hasta ahora se entenderá mejor con el siguiente ejemplo. Todos entendemos que un liberal es una persona poco amiga de las prohibiciones. Pero al mismo tiempo, nadie consideraría que es más liberal quien permite la esclavitud que quien es partidario de abolirla. Es decir, aunque en conjunto el liberalismo es favorable a reducir todo lo posible las prohibiciones, en determinados casos puede ser, paradójicamente, más liberal prohibir que permitir. Esto debería estar perfectamente claro en el caso del aborto. El partidario de legalizar el aborto no es por ello más liberal, porque sencillamente está defendiendo que el derecho a la vida de algunos seres humanos (condición de cualquier libertad) no merece protección. Y no nos vale el argumento de que la discusión estriba, precisamente, en quién es (plenamente) humano y quién no, pues exactamente esto mismo era lo que argüían los esclavistas, cuando ponían en cuestión que los negros pudieran ser considerados seres humanos al mismo nivel que los blancos. Considerar como “liberales” a los abortistas es una licencia del lenguaje no menos extravagante que calificar de liberales a los esclavistas, mediante el peregrino razonamiento de que ellos están a favor de la “libertad” de que cada uno decida si un feto –perdón, un negro– es un ser humano o no.
En definitiva, el progresismo es antiliberal incluso cuando parece que coincide con el liberalismo, porque en realidad esa coincidencia no se produce con el liberalismo clásico, sino con el delirio prometeico que pasa por legítimo heredero de tal liberalismo –y que más bien es un usurpador. Y esto nos permite enlazar con la característica fundamental del progresismo, su carácter esencialmente anticristiano.
El cristianismo no es una doctrina opuesta al progreso técnico, ni a cualquier mejora social. De hecho, el cristianismo arraigó en Europa en mayor medida que en ninguna otra civilización, y casualmente (o no tan casualmente) es en la civilización europea (lo que incluye, culturalmente hablando, a América) donde se produjo la revolución industrial que ha cambiado, y sigue cambiando, la faz del mundo, y donde se han consolidado las sociedades más libres y prósperas que han existido nunca. Pero el progresismo no consiste simplemente en ser favorable al progreso, sino que, según se desprende de nuestra definición, lo convierte en la medida de todas las cosas, en el secreto de la felicidad presente y futura. Y es aquí donde choca radicalmente con el cristianismo. El primero mide el bien por su cercanía a una felicidad terrenal autosuficiente, mientras que el segundo lo hace por la cercanía del hombre a Dios, sólo posible por la mediación de Jesucristo. El cristianismo no se opone a la felicidad terrena, pero la relativiza, al considerarla por una parte como un don, como algo que no tenemos mayor derecho a exigir; y por otra parte, como un mero anticipo de la felicidad plena, aquella que sólo podemos alcanzar en la otra vida. El progresista considera que estas creencias entorpecen el pleno disfrute del hombre aquí en la tierra, incluso aunque concediera, por hipótesis, la existencia de una realidad trascendente. El cristiano, por el contrario, considera que al cifrar toda esperanza en el mundo, el hombre se incapacita para gozar de los bienes ultraterrenos, e incluso es más que probable que de todos modos tampoco logre disfrutar realmente de aquellos que posee aquí, de manera tan fugaz como precaria. El hombre más rico del mundo en cualquier instante puede perderlo todo, o incluso sin llegar a ello perder la satisfacción que le producen sus muchas riquezas materiales, por la pérdida de un ser amado o el quebranto de su salud.
Pero nada nos revela más a las claras el carácter anticristiano (¡y antiliberal!) del progresismo que sus frutos, y en especial que la ideología de género-homosexualista, auténtica punta de lanza del progresismo global, junto con el alarmismo climático. Nada hay más contrario a la concepción cristiana de la naturaleza humana que sostener que su carácter sexuado es una mera imposición cultural; que pretender imponer coactivamente (es decir, con toda la fuerza del Estado) en la educación y en los medios, la homosexualidad como igualmente válida, en todos los sentidos, que la heterosexualidad; que cualquier acuerdo entre individuos puede ser considerado una “familia”; que el aborto es un “derecho” de la mujer, sólo considerable desde el punto de vista de la llamada “salud reproductiva” (casi siempre, curiosamente, orientada a que la gente no se reproduzca). Y que la mujer estará oprimida por el hombre (el “patriarcado”) mientras se siga distinguiendo de él en cualquier aspecto de su conducta laboral, sexual o de otro tipo.
Todo este cúmulo de aberraciones y necedades se está imponiendo hoy en las “agendas” de casi todos los gobiernos occidentales (incluidos los supuestamente conservadores o de derechas) por la simple razón de que apenas encuentran una contestación elaborada, más allá de una minoría disidente que raramente recibe atención de los medios, salvo cuando se trata de deformar y ridiculizar sus concepciones.

Desde luego, no contribuye lo más mínimo a revertir esta situación el papa Francisco, con sus gestos y algo más que gestos de aproximación al pensamiento progresista. Pero evidentemente, el problema no es solamente este papa, sino que amplios sectores de la Iglesia, desde hace tiempo, o bien están seriamente contaminados por el progresismo –es decir, por una ideología incompatible con la que supuestamente profesan– o bien creen erróneamente que la mejor manera de enfrentarse a ella es eludir la polémica, el choque directo. Ciertamente, son muchos los cristianos que se consideran progresistas sin ver en ello ninguna incompatibilidad, pero ello sólo pone de manifiesto la existencia de empanadas mentales comparables a las de esos católicos que practican el yoga o creen en el tarot. Mantener posiciones ambiguas o contemporizadoras al respecto no ayuda en nada a difundir el Evangelio, sino todo lo contrario, a trivializar, tergiversar y convertir su mensaje en una doctrina más del mercado, que aspira a conseguir seguidores al precio, si es necesario, de rebajar sus exigencias o incluso de confundirse con otras "marcas" de éxito.

lunes, 1 de junio de 2015

Ocho años de dudas y certezas

Pronto –el 17 de junio– hará ocho años que empecé este blog. Son más de mil entradas, algunas de las cuales dieron origen a mi primer libro, Contra la izquierda. En mi segunda entrada, “Elogio de la duda”, traté de explicar por qué lo llamé Archipiélago Duda, aparte de la obvia alusión a la obra de Alexandr Solzhenitsin. Ya entonces apunté que es bueno dudar también de la duda. No soy un entusiasta del moderno culto a dudar de todo, inaugurado por Descartes. Fue este uno de los tres o cuatro mayores filósofos de la historia (junto a Platón, Aristóteles y Kant), al menos por su influencia, pero hoy pienso que en un balance final, el cartesianismo ha hecho más mal que bien. La pretensión utópica de empezar desde cero pasa fácilmente del orden teórico al práctico.
Confieso que he pensado más de una vez en cambiar el nombre de la bitácora, no del todo satisfecho con él, o incluso abandonarla. Pero siempre acabo manteniéndolo, e incluso renovando anualmente el dominio archipielagoduda.com –generalmente después de varios avisos de pago pendiente. Supongo que el motivo principal es el respeto a mis escasos pero fieles lectores, la mayoría (al menos, entre los que conozco) mucho más esclarecidos que yo, lo que me honra y me anima a seguir.
Mi primer impulso al crear este blog no fue convencer a nadie de nada, sino como mínimo hacer dudar a alguien de los dogmas y prejuicios del “pensamiento único”, expresión lanzada por la izquierda en los años 90 para referirse al “neoliberalismo”, tras la caída del muro de Berlín –pero que con toda justicia se le ha vuelto en contra. Sin embargo, hay una segunda derivada en el nombre, y es que yo mismo, hace ocho años, estaba inmerso, todavía sin saberlo, en un dubitativo proceso de vuelta al catolicismo de mi infancia. Mis padres eran católicos no practicantes apenas. Vamos, que no íbamos a misa los domingos, ni rezábamos en casa, pero los cuatro hermanos estábamos bautizados y habíamos celebrado la primera comunión, como el 99 por ciento de la población española entonces. (Perdonad que hable de mí, pero como alguien dijo, soy la persona que tengo más a mano.)
Ya el primer día que escribí en el blog me referí a la obra de Bertrand de Jouvenel Sobre el poder (publicada en 1944, el mismo año que Camino de servidumbre de Hayek), uno de los libros que más me ha influido en la vida, si no el que más (políticamente hablando). Una tesis fundamental de esta obra es que la secularización moderna es un proceso que ha contribuido decisivamente al crecimiento del poder de los Estados. Es decir, que contra la idea vulgar de que la religión es un aliado natural del poder (“el trono y el altar”, “el opio del pueblo”), en realidad son las ideologías laicas, y sobre todo ateas, las que más favorecen la expansión sin límites del estatismo. El relativismo moral, que es el resultado impepinable del escepticismo religioso (se pongan como se pongan todos los catedráticos de Ética del orbe), en manos de los gobernantes, es la mayor arma de destrucción masiva que existe. Es el sueño de todo dictador puro. Si el bien y el mal pueden redefinirse a nuestro antojo (en la bioética y todo lo demás), adivinen a quién beneficiará más tal cosa: a los hombres corrientes, la gente humilde que madruga todos los días para ganarse la vida, o a los más ambiciosos y carentes de escrúpulos, que por supuesto siempre saben hablar en nombre de los primeros.
No recuerdo si en este mismo blog he contado cómo perdí la fe a los catorce o quince años. Yo admiraba a divulgadores científicos como Isaac Asimov o Carl Sagan. Precozmente había leído incluso a Freud, concretamente La interpretación de los sueños (atraído sin duda por el título), lo que me proporcionó unas nociones seguramente inexactas, pero notables para mi edad, del psicoanálisis, que yo consideraba como una doctrina científica. Sin embargo, lo que me sacudió como una especie de iluminación fue un resumen de la concepción de Freud sobre la religión que, irónicamente, encontré en un libro de texto de religión del bachillerato de entonces (por desgracia he olvidado los autores y la editorial), que honradamente exponía los puntos de vista de los pensadores ateos. La idea de Dios como una mera interiorización del padre: he aquí el fogonazo que en mi adolescencia me hizo sentir súbitamente que la divinidad era una mera ilusión, una especie de complejo del que uno podía y debía curarse. Ningún autor ateo de los que posteriormente leí, ni Marx, ni Nietzsche –tal vez sólo el panteísta Spinoza– tuvo un efecto comparable en mí.
Hoy puede sorprender a los más jóvenes que Freud me impactara tanto, no sólo porque el psiconálisis ha perdido merecidamente el prestigio que llegó a tener, sino porque la figura del padre también ha dejado de inspirar el respeto de antaño. Ahora para muchos el padre es poco más que el “ex” de la madre, un tipo al que ven una vez a la semana, o a la quincena, un colega simpático que les hace regalos y les lleva al McDonalds y al cine. Para que se me entienda, debo decir que mi padre, que en paz descanse, era un padre de los de antes. Vaya, que imponía respeto, y que “simpático” sólo lo era a ratos y a su manera. Así que la doctrina de Dios como una personificación imaginaria del superego represor, nacido de la relación de dominio paterno, se me reveló una verdad como un puño, porque encajaba con mi experiencia del padre como una presencia que infundía amor y seguridad pero también, a veces, me oprimía con sus mandatos inapelables.
Según la doctrina católica, la fe es una gracia de Dios, por lo que perseverar en ella o recuperarla no es posible sin su intervención sobrenatural. Admitido esto, puede describirse el proceso visible del retorno a la fe, que acaso sea distinto en cada caso. Supongo que algo común a todos tiene que ser alguna forma de insatisfacción previa, de “nostalgia de Dios”. Desde el primer momento tuve problemas para identificarme con el ateísmo ramplón o el agnosticismo al uso, que no es apenas distinguible del primero. Aunque había perdido la fe, nunca tuve claro en absoluto que la inexistencia de Dios fuera un asunto zanjado, nunca comprendí el puro indeferentismo. Sin embargo, no por ello dejaba de tener serias dificultades para admitir una concepción de Dios “antropomórfica”, lo que significaba automáticamente sospechosa. En varias entradas anteriores (ver la etiqueta Religión de este blog) he tratado estas cuestiones. En resumen, gradualmente fui reconociendo que era incapaz de comprender el mundo, y de fundamentar mis convicciones éticas, prescindiendo de Dios. (Tampoco me he sentido atraído nunca por los sucedáneos orientales, que sirven para apagar superficialmente la sed de espiritualidad de tantas personas.) Al principio, esto no me llevó a creer de nuevo en un ser trascendente, sino más bien a una posición cercana a la de Emil Cioran. Es decir, la invencible dificultad de creer en Dios pero también de creer en cualquier ídolo sustitutorio, como la Razón, la Revolución, el Progreso o la Energía Cósmica... En la práctica, en mi caso esto se traducía en una actitud liberal clásica, es decir, en un escepticismo hacia todo utopismo, en una desconfianza casi instintiva hacia el poder político y los salvadores terrenales.
Podría haber persistido indefinidamente en esta posición cómoda y revestida de una innegable elegancia intelectual y estética. Admiraba (y admiro) a un liberal ateo como Jean-François Revel, al agnóstico Friedrich Hakey y otros autores que se mantenían pulcramente alejados de cualquier fórmula religiosa. Pero oscuramente sabía que no tenía suficiente con esto.
Una cuestión clave fue el tema del aborto. Antes, yo no era provida. No sólo no lo era sino que estuve dispuesto a consentir el aborto de un hijo mío. Es la primera vez que lo cuento públicamente. Cuando mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo, en una ecografía se le detectó un marcador de enfermedad congénita, lo que unido a la edad de la madre, que entonces tenía 38 años (aparentaba 30), le llevó al médico de la Seguridad Social a aconsejarnos (sic) el aborto. Hasta que se le practicó a mi mujer una amniocentesis, unos meses después, yo estaba decidido a semejante barbaridad. Mi mujer no lo tenía ni mucho menos tan claro, pero no me contradijo, quizás presintiendo que todo acabaría bien. En efecto, gracias a Dios, esa última prueba arrojó resultado negativo, por lo que el embarazo prosiguió con normalidad, y hoy tenemos a un muchachote de doce años, perfectamente sano. Lo llamamos Víctor, por su abuela Victoria y porque en cierto modo fue un chico victorioso ya antes de nacer. Años después descubrimos que el día de su nacimiento, el 30 de marzo, se conmemora a San Víctor, mártir de Tesalónica del siglo IV.
Gracias al sacramento de la confesión, he dejado de atormentarme por aquel pecado de intención. Sobre todo, nunca dejo de dar gracias a Dios por no haberme dado la ocasión de cometer el pecado de obra, y en cambio haberme regalado a mi hijo menor. Desde entonces, mi oposición al aborto ha sido cada vez más radical.

Sin embargo, por mucho que incluso providas católicos aseguren, con la mejor intención, que la posición del aborto no depende de las creencias religiosas, yo no he conseguido nunca verlo. Por supuesto que hay agnósticos y ateos que están contra el aborto, igual que están contra el asesinato y el robo. Pero el problema es que sus razonamientos, pese a que les conduzcan a una conclusión verdadera, me parecen por completo insuficientes. Es que por mucho que hablemos del ADN único e irrepetible del cigoto, soy incapaz de percibir, como el filósofo David Hume, el momento exacto en que pasamos milagrosamente de las observaciones a los preceptos éticos. Por supuesto, la ciencia es una aliada inestimable para determinar en qué instante empieza la vida humana individual, pero la ciencia jamás nos dirá por qué debemos respetar, no ya la vida de una célula embrionaria, sino la de un adulto. Ni la ciencia ni ninguna filosofía que prescinda de Dios, añado. Por acabar de decirlo todo, no puedo simpatizar con el empeño de algunos cristianos de dar más importancia al testimonio de un ateo contra el aborto que a los de mil creyentes. Lo cual no significa que haya que despreciar las coincidencias.


Bien es verdad que el hecho de que necesitemos a Dios para fundamentar la moral, aunque sea un indicio impresionante, no demuestra que exista. Pero tampoco pienso que sólo podamos conocer a Dios mediante la fe. Tenemos razones metafísicas poderosísimas para creer que el mundo existe como resultado de una elección consciente primordial, y no como resultado de una ciega necesidad, o sin causa alguna. Mi insatisfacción con los argumentos seculares que pretenden fundamentar la ética en una razón autosuficiente, o explicar el universo como una especie de erupto cuántico de la nada, fue la que me llevó (haciendo abstracción de la Gracia) a encontrar esos argumentos, que con mayor o menor torpeza he expuesto en entradas anteriores. Es decir, pienso que se pueden fundamentar racionalmente los preceptos morales en general, pero ello pasa ineludiblemente por los argumentos a favor de la existencia de Dios. (Dicho esto, no creo que el hombre hubiera podido dar con ellos por sí solo sin la revelación de las Escrituras. Abandonada a sí misma, la razón puede producir un Aristóteles, pero no un Santo Tomás.)
Con todo, a veces me asaltan de nuevo las viejas dudas. Por un momento me pregunto: ¿y si después de todo Dios no existiera? Pero os diré por qué estos momentos de debilidad me duran poco. Un mundo sin Dios, una naturaleza regida por procesos que se repiten absurdamente, sin ningún sentido ni propósito, me resulta sencillamente increíble. Los ateos no consiguen creer en un Dios infinitamente poderoso y bueno. Yo no consigo creer ya en un mundo infinitamente estúpido, como sin duda lo sería, si toda su admirable complejidad no sirviera más que para producir esa fugaz agitación que llamamos consciencia, entre dos nadas: la nada anterior al nacimiento y la nada posterior a la muerte. No, no es que no quiera creer esto. Lo he pensado durante años, y he podido vivir con ello. (¿No creo ahora en Dios, y sin embargo, pecador de mí, me olvido de Él gran parte del día, ocupado en mis insignificantes asuntos?) Es que, sinceramente, ya no puedo creerlo. Si el principio, el arjé que buscaban los filósofos presocráticos, no es un Ser consciente, sino la materia inerte, la singularidad inicial, el vacío cuántico o qué sé yo, este mundo es tan absurdo como comprendieron perfectamente Cioran o Camus, a los que sólo les faltó (que sepamos) dar el último paso, ir más allá de la penúltima verdad, la lucidez definitiva.
Respeto profundamente a pensadores como los citados, a aquellos que son capaces de extraer hasta las últimas consecuencias de su incapacidad de creer en Dios, de purgarse de toda ilusión. En cambio, me despiertan una invencible pereza los ateos humanistas, aquellos que pretenden que creamos que tiene algún sentido hablar de ética, de progreso, de libertad e igualdad –y al mismo tiempo sostener que somos un mero accidente de la combinatoria molecular (”polvo de estrellas”, cuando se ponen cursis), o que no es imprescindible saber qué somos realmente. No puedo evitar compadecer a los indiferentes, a los que nunca se preguntan qué hacemos aquí; pero los agnósticos me parecen mucho menos disculpables. El indeferentismo nace de nuestra debilidad, de nuestra propensión a la inconsciencia, al olvido, a la distracción. Pero el agnosticismo y el ateísmo son errores en gran parte buscados, son un empecinamiento en querer negar la trascendencia, en querer debérnoslo todo a nosotros mismos, en no tener que responder ante nadie superior.

A través de este blog espero seguir tratando de inspirar dudas a todos aquellos que sólo saben dudar en una dirección, o hasta un punto determinado. A aquellos que no creen en Dios pero creen en el progreso, el socialismo y los derechos de los chimpancés. Hace un tiempo hallé la que creo que es la definición más incisiva del progresista: es aquel que no llega hasta las últimas consecuencias, aquel que cree haberse liberado del cristianismo y los “prejuicios” pero no es capaz ir hasta el fondo, sino que sigue creyendo en un Sermón de la Montaña secularizado y sesgado, en un evangelio políticamente correcto, sin los milagros y sin la Resurrección. (Un católico progresista, lamentablemente, apenas es distinguible por su lenguaje.) En definitiva, un progresista es aquel que dejó de dudar aproximadamente a los dieciséis años, aquel que reemplazó las ingenuidades de la infancia por ingenuidades adolescentes de signo contrario, cuando debería haber continuado cuestionándolo todo y así tal vez acabar llegando, con la ayuda de Dios, a la disyuntiva última entre el nihilismo sin concesiones y Jesucristo.

viernes, 22 de mayo de 2015

Reflexiones más allá del municipio

Actualmente sólo hay un partido que defienda a la vez dos ideas básicas:
1) Reducir el peso del Estado despilfarrador e hiperregulador, que es la causa del desempleo, el endeudamiento desquiciado y la corrupción política.
2) Proteger la vida humana desde la concepción, acabando con los más de cien mil abortos anuales.
Este partido se llama Vox.
El PP asegura defender lo mismo, pero miente, porque tras gobernar tres años y medio con mayoría absoluta, ha aumentado los impuestos, no ha reducido el grueso del aparato estatal y ha limitado su reforma de la ley del aborto a que las adolescentes puedan seguir abortando, con el permiso paterno.
Con el fin de mantener al menos a sus votantes de 2011, al Partido Popular sólo le queda el recurso del miedo: advertir de que votar a Vox o a Ciudadanos es fragmentar el voto de derechas y facilitar, en consecuencia, que llegue al poder el populismo de extrema izquierda que representa Pablo Iglesias.
Pero, ¿cuál es la causa última del populismo?
La crisis económica sólo ha sido un desencadenante de la emergencia de los nuevos partidos. Ante la crisis, hay dos respuestas posibles, el populismo y el regeneracionismo. El segundo implica reducir el peso del Estado, despolitizar y desideologizar la administración, el poder judicial y los organismos reguladores. El primero (aunque se disfrace también de regeneración y democracia) es justo lo contrario: dar más poder a los políticos (ellos dicen “al pueblo”, "las mujeres", etc.) y por tanto restar libertad a los individuos, las familias, las empresas y las asociaciones civiles.
El partido Podemos habla constantemente de desalojar a la casta, pero si analizamos sus propuestas y, sobre todo, las trayectorias intelectuales y las referencias políticas de sus dirigentes, caben pocas dudas de que su verdadero objetivo es convertirse ellos mismos en una casta neocomunista, mucho más tiránica e inevitablemente cleptocrática que la anterior.
La razón profunda del ascenso de Podemos no son la crisis ni la corrupción, sino la existencia en España de una arraigada mentalidad estatista, que se decanta más fácilmente por las soluciones milagrosas y el revanchismo que por la auténtica regeneración, que sólo puede consistir en devolver poder de decisión a la sociedad civil; en limitar la política (que es necesaria, pero controlada y vigilada) y favorecer la libre iniciativa en todos los órdenes: económico, educativo, cultural, etc.
No es aumentando la dependencia de los subsidios y los servicios sociales como conseguimos ser más libres y prósperos, sino justo al revés. Un Estado mucho más reducido puede dedicar el gasto social a aquellas personas que realmente lo necesitan (discapacitados, huérfanos, etc.) porque gasta menos y sobre todo porque permite que se genere la riqueza de la que, a fin de cuentas, se financia vía impuestos. Con una menor fiscalidad, paradójicamente aumenta la recaudación, porque se multiplican las inversiones, el empleo y el consumo. Pero lo fundamental es que, con impuestos más bajos, los ciudadanos somos más libres para decidir qué hacer con nuestro dinero, sin la intermediación de los burócratas, los políticos, los "expertos" y los grupos de presión basados en la ideología de género o el ecologismo perroflauta.
Es preciso señalar que dar más poder a los individuos, a las familias y a las empresas no tiene nada que ver con el relativismo, sino todo lo contrario. No se trata de que el individuo pueda hacer lo que le dé la gana, como si esto fuera un fin en sí mismo, sino de que las personas se rijan por las leyes, sin interferencias arbitrarias de los gobernantes. Nada favorece más el despotismo que “liberar” a los individuos de leyes “caducas” y de “prejuicios” morales, que son precisamente los que acostumbran a dificultar los abusos de los poderosos, obligándoles como mínimo a la ejemplaridad.
Más concretamente, reducir el poder estatal no implica reconocer falsos derechos como el aborto. La auténtica función del Estado es proteger los verdaderos derechos, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
El relativista sostiene que, puesto que no hay un consenso universal sobre cuándo empieza a existir la persona humana, el Estado está obligado a ser neutral, es decir, a dejar en manos del individuo la decisión sobre la licitud o no del aborto. Ahora bien, esta neutralidad es completamente falsa. Lo que se discute es si un ser humano no nacido merece la misma protección que el nacido. Ante esto, no hay término medio ni neutralidad posible. O protegemos al embrión y al feto humanos, o no los protegemos. Admitida la falta de acuerdo en el terreno teórico, sólo existe una forma de resolver cualquier disputa reduciendo al máximo la violencia: es lo que llamamos democracia.
A fin de no enzarzarnos en una guerra civil, para resolver nuestras diferencias irreductibles, no se ha inventado nada mejor que la elección periódica y con garantías de gobernantes y legisladores. No se trata de que cuestiones como el aborto deban decidirse mediante el voto, de que la verdad pueda reducirse a la opinión mayoritaria. Esto sería recaer en el relativismo. Lo que sostenemos es que, puesto que de facto no nos ponemos de acuerdo en una serie de cuestiones esenciales, el único modo incruento de conllevar esta disensión es admitir unas reglas de juego. Lo que implica también que cada cual pueda seguir defendiendo lo que cree que es verdad, en contra de la mayoría, si es preciso, y que pueda tratar de convencerla pacíficamente[1].
La concepción romántica de la democracia confunde la voluntad popular con una verdad imperativa, lo que está en el origen de las peores tiranías. En realidad, la democracia no es más que un juego para dirimir nuestras diferencias, o mejor dicho, para permitir que podamos seguir manteniéndolas y convivir al mismo tiempo.
Todo esto puede parecer elemental, pero no son pocos quienes sostienen, a veces desde posiciones opuestas, que determinados temas (el aborto, la pena de muerte, etc.) deben quedar excluidos del debate democrático, lo que nos lleva a un problema de regresión al infinito: ¿quién decide lo que se debate y lo que no?[2]
Volviendo al punto inicial, desde el partido gobernante se pretende recabar el apoyo planteando un dilema perverso entre continuidad e involución populista. Es decir, entre una administración sobredimensionada y politizada, que permite el aborto libre en la práctica mientras impone mil regulaciones para abrir una peluquería, y un régimen totalitario, que fomentaría aún más, si cabe, los abortos, y que exacerbaría indeciblemente los controles y las vejaciones de toda índole a los ciudadanos que pretenden ganarse la vida honradamente, e incluso crear empleos, para promover una siniestra igualdad en la miseria.
No creo en una concepción tan mezquina y cobarde de la democracia, que la reduce a elegir entre lo malo y lo peor. La democracia entraña el riesgo de que triunfen el error y el mal, pero si no corremos ese riesgo, nunca triunfarán en buena lid la verdad y el bien. Y esto implica votar en conciencia: justamente lo que propone Vox.





[1] Problema distinto es cuando el poder es tan opresivo que imposibilita recurrir exclusivamente a medios pacíficos. La paz y la democracia no siempre son posibles, lamentablemente, pero cuando no existen, el esfuerzo de toda política debe ser tratar de retornar a ellas en el período más breve posible.
[2] Quien escribe también ha incurrido en esta equivocación en algunos escritos de este mismo blog, en los que incluso formulaba alternativas heterodoxas al parlamentarismo clásico. Una cosa es pensar que determinados temas no deben estar continuamente debatiéndose a la ligera (para lo cual existen los blindajes constitucionales de los derechos humanos y determinados principios fundamentales de un Estado, como la unidad territorial) y otra distinta es pensar que debamos tratar de impedir de manera absoluta y permanente la discusión sobre dichos temas. Lo segundo me parece (ahora lo veo más claramente) un error.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Verdades de familia

Ayer me topé con este titular: "La Fundación Anar alerta del incremento 'preocupante' del maltrato infantil en España". En el primer párrafo del artículo se nos precisa que la tal fundación ha registrado un incremento del 3 % en 2013.

¿Un tres por ciento es significativo o aleatorio? No lo sé. Pero en el último párrafo encontramos, sin comentario alguno, otras cifras que, pese a no merecer el titular, son las que a mí me han llamado verdaderamente la atención: "El 39,9% de los niños y los adolescentes que piden ayuda a Anar viven con sus padres, y el 44,2% en familias monoparentales..."

Lo más probable es que el lector apresurado, si es que ha llegado al final del texto, no vea nada espectacular en esos porcentajes. Pero ocurre que en España sólo un 7 % de menores vive en hogares monoparentales (dato de 2011). Es decir, que aunque las llamadas de teléfono puedan tener algún sesgo que las invalide como dato científico, el volumen de la muestra es tan grande (más de 400.000 el año pasado) que resulta imposible dejar de pensar que la proporción de víctimas de maltrato debe ser muy superior en las familias sin padre o madre, siendo la ruptura de la pareja la causa más habitual.

Ya sabemos que señalar esto es políticamente incorrecto, porque sugerir que la familia compuesta por los niños y sus dos progenitores biológicos pueda ser más beneficiosa para los primeros que cualquier otro tipo de fórmula de convivencia, se interpreta como una manifestación de intolerancia hacia los "otros modelos de familia". Y desde luego, el redactor del artículo se cuida mucho de meterse en semejante jardín.

Un estudio pretendidamente académico, publicado por el Instituto de la Mujer en 2012, fija desde sus primeras líneas el canon ideológico del cual no puede uno apartarse salvo que quiera merecer la pena de escarnio público:

"En las últimas décadas, la sociedad española se ha enfrentado a profundos cambios sociales, pasando de un país cerrado, políticamente conservador y católico con bajos niveles de urbanización, a una rápida y creciente sociedad urbana, más flexible y tolerante."

La misma clase de científicos sociales que analizan extravagantes costumbres de culturas ajenas con respetuosa objetividad, sin permitirse el menor amago de valoración moral, rinden culto al estereotipo más grosero asociando los adjetivos "cerrado", "conservador" y "católico", por un lado (creo que olvidaron "casposo"), y "urbana", "flexible" y "tolerante" por otro, cuando hablan de su propia sociedad. Con estos apriorismos, no sorprende que el estudio concluya que no hay motivos para sostener consecuencias negativas para los niños que viven con un solo adulto, más allá de factores socioeconómicos supuestamente circunstanciales; ni que entre sus propuestas finales incluya que los medios de comunicación deberían contribuir "a lanzar valores en los que se visibilice y se reconozca la variedad de modelos familiares existentes, dotándoles a todos ellos de una misma legitimidad social."

Todo esto suena muy bien porque, ¿quién puede estar en contra de que se apoye a las madres que crían a sus hijos sin la ayuda del padre, por citar el tipo más común de monoparentalidad? Sin embargo, lo que hay detrás de estas bellas palabras es algo más que una actitud de tolerancia y de dejar atrás fariseísmos supuestamente vigentes. El problema es que con este discurso melifluo se acaba escamoteando los puros hechos: que los niños tienen por lo general mejor salud, mejores índices de rendimiento escolar y sufren menos maltratos cuando conviven con sus padres y madres juntos.

Insisto: nadie pretende que las madres o padres sin pareja estable no merezcan todas las ayudas y la comprensión necesarias para criar a sus hijos. Pero si nuestra auténtica preocupación son los niños, y no chantajear al contribuyente con sentimientos inducidos de culpa desde el activismo de las asociaciones de familias monoparentales, debemos empezar por admitir que para la infancia es preferible la familia natural; y por tanto, hacer justo lo contrario de lo que propone el estudio gubernamental de marras en el ámbito de la comunicación: dejar de relativizar e ignorar (culturalmente, legalmente, fiscalmente y de todas las maneras posibles) a las familias compuestas por una madre, un padre y los hijos de ambos.

Y por supuesto, antes que nada hay que derogar toda la criminal legislación inspirada en el feminismo radical y la revolución sexual, que ha favorecido en todo el mundo, desde hace treinta o cuarenta años, algo aún peor que la ruptura de innumerables familias e incluso, si cabe, que el maltrato infantil: la liquidación física de millones de seres humanos en gestación.

sábado, 17 de mayo de 2014

El crimental sexista

Una joven atractiva se pasea por las calles de Bruselas, recibiendo a su paso desde piropos hasta proposiciones sexuales explícitas de hombres de aspecto magrebí. Todo ello es grabado en vídeo y el resultado se convierte en una denuncia. ¿Una denuncia contra el multiculturalismo, contra la inmigración descontrolada, contra la escasa capacidad de adaptación de los musulmanes a la cultura occidental? En absoluto; se trata de un alegato "contra el sexismo".

El lector haría mal en tomárselo a broma, porque este vídeo ha sido utilizado como pretexto propagandístico para avalar la definición legal de sexismo en Bégica, nada menos. En el país en el que ya es posible administrar legalmente la eutanasia a los niños (aberración saludada por algunos como avanzadilla pionera, tras la cual los demás países civilizados deberían transitar), un piropo podrá ser multado, y "todo gesto o comportamiento que tenga la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad" puede entrañar una sanción penal. Las cursivas son mías: nótese el amplio margen de interpretación, en manos de jueces ideologizados.

Hablar aquí de "neopuritanismo" sería un error típico. Quienes pretenden aplicar leyes contra la libertad de expresión no hacen la menor alusión a la decencia y el pudor, conceptos que permiten distinguir perfectamente entre un halago masculino respetuoso y la lascivia repulsiva de quienes se toman la calle como su particular coto de caza sexual. Es más, los amantes de crear nuevas figuras delictivas son exactamente los mismos que defienden la "visibilidad" de homosexuales y transexuales, y se amparan en el mismo clima de opinión que ha elevado las prácticas onanistas y todo tipo de perversiones a categoría de ejercicio lúdico, saludable y explotable comercialmente.

En realidad, el fenómeno de criminalización del varón forma parte inextricable del "ocaso del pudor" que aqueja a nuestra cultura desde los años sesenta, dentro del cual la decencia y la castidad pasan a ser consideradas como prejuicios caducos y, por supuesto, intolerablemente sexistas. Se equivocan también, por cierto, quienes sostienen que este "pudoricidio" ha beneficiado a los hombres, al multiplicar las posibilidades del voyeurismo masculino. Porque esto sólo se ha realizado al precio de poner en la picota al caballero que no afecta total indiferencia ante la masiva apoteosis de la corporeidad femenina que inunda nuestras calles y nuestros medios de comunicación.

La finalidad del antisexismo es evidente. El hombre es malo y debe ser reeducado. Hasta aquí, tendemos a estar de acuerdo, a condición de que se admita que el mejor instrumento que ha encontrado ninguna civilización para domesticar al macho es una institución llamada matrimonio, que implica al hombre en la crianza de los hijos ofreciéndole una razonable garantía de su paternidad biológica, al tiempo que consagra la igualdad entre los sexos. (Lo que no se da, por ejemplo, en la poligamia islámica.) Pero esta institución saltó por lo aires desde el momento en que triunfaron el divorcio ilimitado, las leyes de "género" que destruyen la igualdad entre hombres y mujeres (perjudicando claramente a los primeros), la legalización del aborto sin contar en absoluto con la opinión del padre y las ayudas sociales y legislativas a familias monoparentales (casi siempre de mujeres solas), homoparentales y cualquier tipo de arreglo informal que somete a los niños a los riesgos inherentes de la convivencia con los variados compañeros sexuales de sus madres "liberadas".

El resultado salta a la vista. Destruidos o al menos escarnecidos los cauces cristianos de un instinto biológico tan primario como el sexual, no queda otra alternativa que incrementar el nivel de coacción contra el hombre, ese ser sospechoso y errabundo.

Jean-François Revel, en su imprescindible clásico El conocimiento inútil, ofreció una caracterización de la función ideológica del antirracismo que, mutatis mutandis, se puede aplicar también a la paranoia antimachista. En los años ochenta eran constantes las proclamas contra el apartheid sudafricano, así como las advertencias contra una supuesta amenaza fascista y racista que se incubaba en las sociedades democráticas. Estas denuncias rituales permitían eclipsar mediáticamente la amenaza mucho menos anecdótica que suponía el régimen soviético, con sus millones de presos políticos, su apoyo a movimientos revolucionarios y terroristas en todo el mundo, y sus misiles nucleares apuntando a las ciudades occidentales.

El antisexismo realiza una función análoga. Mientras en numerosos países se lapida a las adúlteras, se practica el infanticidio femenino antes y después del parto, y se mata o secuestra a niñas por ir a la escuela, aquí resulta que nos rasgamos las vestiduras porque, según Cate Blanchett, las actrices cobran menos que los actores, y encima los periodistas tienen la impertinencia sexista de preguntarle cómo compatibiliza su carrera artística con el cuidado de sus tres hijos. ¡Horror de los horrores!

Los que sólo piropeamos a nuestras esposas, no tenemos nada que temer de una ley que penalice la galantería. Pero el problema de fondo es mucho más grave que una limitación de la libertad de expresión que, probablemente, en la práctica tendría escasas repercusiones. Lo que se ventila aquí es la distinción básica entre legalidad y moralidad. En las teocracias islámicas no existen la una ni la otra como ámbitos separados, lo cual conlleva una represión brutal del comportamiento individual. Pero en el Occidente que exhibe con pueril orgullo su irreligiosidad corremos el riesgo de llegar a un destino similar por un camino opuesto. De manera gradual, pero con efecto acumulativo, se está imponiendo, tanto en la mentalidad como en el derecho, la idea de que todo lo legal es, además, moral. Esto puede parecer liberador, pero implica la otra cara de la moneda. Convierte insensiblemente en ilegal (en un crimen mental, o crimental, por emplear el neologismo de Orwell en 1984) cualquier juicio moral que no tenga su correspondencia en la ley positiva, en la veleidosa voluntad del legislador.

Así, en Francia ya es legalmente arriesgado aconsejar a mujeres que pretenden abortar para que cambien de idea, pudiéndose incurrir en delito (sic) de "abortofobia". Y tanto en instancias europeas como nacionales, los grupos de presión gays-lésbicos trabajan sin descanso para imponer leyes contra la homofobia, que penalizarán cualquier opinión o creencia moral en contra de la homosexualidad, tachándola de intolerante. En realidad, sólo quien desaprueba moralmente algo puede ser tolerante con ello. Intolerantes son los homosexualistas que pretenden que para "respetarles" tenemos que pensar, y no sé si sentir, como ellos. En este paquete ideológico se incluye lo que hoy pasa por feminismo, que consiste básicamente en otra nueva forma de histeria colectiva, fenómeno social tan fácil de desencadenar como perversas suelen ser sus consecuencias.

domingo, 4 de mayo de 2014

El ADN violento de la izquierda

Que la violencia ejercida en nombre de ideas de izquierdas se justifica (o comprende) como respuesta a una violencia previa, institucionalizada o consentida por el poder, es consustancial a esas mismas ideas. Esto se manifiesta en el dogma marxista según el cual "el Estado es un organismo para proteger a la clase que posee contra la desposeída" (Engels). Con esta premisa, la revolución rusa de 1917 y el régimen comunista que salió vencedor de la subsiguiente guerra civil produjeron más cadáveres, en escasas décadas, que la autocracia zarista en siglos. (Autocracia que de todos modos había sido derrocada meses antes de la revolución o -mejor dicho- golpe de estado bolchevique.)

Se trata de una característica genérica. En nombre del socialismo se han cometido más asesinatos, brutalidades y persecuciones que por cualquier otra idea de la historia. (Incluso teniendo en cuenta el Holocausto perpetrado por el NSDAP, Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, más conocido como partido nazi.)

Sin embargo, la izquierda consigue hacerse absolver hábilmente de este negro historial, recurriendo a vagas fórmulas en torno a palabras como "errores", "excesos" o "incontrolados", y desviando la atención de sus notorios puntos antiliberales de coincidencia con el fascismo. Al mismo tiempo, arroja una luz implacable sobre los crímenes reales o imaginarios que han sido cometidos en nombre de principios políticos o religiosos presuntamente muy diferentes.

Podemos formular esa estrategia teórico-propagandística distinguiendo tres procedimientos o principios básicos, aunque se suelen dar mezclados:

1) Exagerar o incluso inventarse la violencia opuesta.

2) Ocultar o restar importancia a la propia violencia, especialmente cuando esta provoca una respuesta violenta de signo político contrario, que aparece por tanto como la agresión originaria.

3) Equiparar o identificar con la violencia situaciones que no son efecto, ni por acción ni por omisión, de un agente político.

Por supuesto, considerados en abstracto, estos tres principios pueden ser utilizados por cualquier ideología, aunque la izquierda destaca por su empleo sistemático. El primer principio se halla invariablemente en los movimientos terroristas, tanto marxistas como nacionalistas e islamistas. Así, la ETA ha justificado (y lo sigue haciendo, directamente y a través de sus brazos políticos, Bildu y Sortu) sus más de ochocientos asesinatos como daños colaterales de una lucha armada contra la opresión sufrida por los vascos a manos del Estado español. En realidad, esta opresión de España sobre las provincias vascas jamás existió, más allá de la falta de democracia común a todos los españoles durante el franquismo.

Por cierto que los orígenes de la Guerra Civil proporcionan quizás el ejemplo más clásico de manipulación basada en el principio 2, al presentarse la sublevación militar de 1936 como el acto de una reacción brutal contra una idílica república democrática. En realidad, la primera ofensiva cruenta contra la II República, que nunca fue tan idílica ni tan democrática, había sido protagonizada por la propia izquierda, apenas dos años antes.

La otra ilustración del principio 2 que no debemos dejar de mencionar, hablando del terrorismo etarra, es el uso propagandístico de los episodios de guerra sucia, que se produjeron en la etapa de la primera transición y del felipismo: una violencia parapolicial que en realidad surge como una respuesta (muy limitada, en términos cuantitativos y temporales) a los asesinatos prácticamente diarios perpetrados por el separatismo marxista en aquellos años.

Mucho más sutil es el principio 3. Básicamente consiste en presentar las desigualdades y la miseria como consecuencias del sistema de libre mercado. Ello implícitamente (y con frecuencia, explícitamente) justifica métodos de guerrilla urbana, cuando no terroristas, para tratar de implantar fantasmagóricas alternativas o populismos tan reales como sus desastrosos efectos para las libertades y la prosperidad.

La crisis económica se ha convertido en campo especialmente fértil para este tipo de manipulación ideológica. Culpar de los suicidios de personas desahuciadas a los políticos y a los banqueros, decir que "la privatización de la sanidad mata", relativizar los actos vandálicos del 1 de mayo en Barcelona afirmando que "la violencia principal es de las multinacionales" (declaraciones de un perroflauta cuarentón en televisión), son todas ellas manifestaciones de una inequívoca voluntad de la izquierda (tan sensible a la "criminalización" que según ella sufren ciertas minorías) de convertir a determinadas personas e instituciones en blancos de acciones violentas "espontáneas".

En esta línea se inscribe Izquierda Unida cuando habla de la "pistola en la nuca" impuesta en Europa por el "neoliberalismo". Resulta asombrosa la total ausencia de pudor de una acusación que, en sentido no precisamente metafórico, debe dirigirse con propiedad a aquellos izquierdistas que han estado disparando tiros en la nuca hasta hace muy poco tiempo, para conseguir un Euskadi socialista.

Cometeríamos un error, sin embargo, atribuyendo esta dialéctica sólo a la extrema izquierda. La simpatía de los medios de comunicación hacia los antisistema, o simplemente a cualquier imbécil que pase por ahí, a quienes prestan solícitamente los micrófonos sin el menor esfuerzo de contrastación informativa, es proverbial. Irresponsabilidad, mezclada con estulticia, sólo comparable a la de aquellos políticos que condenan tarde, mal y nunca el vandalismo de sus juventudes, y a dirigentes como Zapatero, quien en una cumbre iberoamericana sostuvo que el cambio climático había causado "más víctimas que el terrorismo internacional". Lo cual no es más que una indisimulada reedición de las viejas diatribas antiimperialistas, propias de dictadores tercermundistas, yijadistas y socialdemócratas gilipuertas.

Produce cierta vergüenza tener que decir todavía hoy que, en realidad, el mercado libre no sólo no mata a nadie, sino que es el sistema que ha conseguido alimentar, vestir, sanar y atender cualquier necesidad del mayor número de seres humanos en toda la historia. Por el contrario, el socialismo marxista es el único sistema que ha sido capaz de provocar millones de muertes sólo por hambre en el siglo XX, desde Ucrania a Etiopía, depauperar un país productor de petróleo como Venezuela o conseguir que la mitad comunista de Corea tenga una renta per cápita dieciocho veces inferior al sur capitalista.

Respecto al medio ambiente, no existe ninguna prueba científica de que alguna catástrofe climática concreta (lugar y fecha) sea imputable a los gases de efecto invernadero. Si la hubiera, pueden tener por seguro que los medios de comunicación nos hubieran martilleado con ella hasta la saciedad. En lugar de ello, nos amenazan constantemente con advertencias imprecisas de inundaciones y sequías, que es algo tan trivialmente comprobable como decir que dentro de cien años todos estaremos calvos.

Y sobre el traído y llevado "imperialismo", deberíamos extendernos demasiado para contrarrestar la ingente desinformación acumulada. Baste recordar, para limitarnos a Oriente Medio, que fueron los árabes quienes atacaron siempre en primer lugar a Israel, con la intención confesa y archirrepetida de borrarlo del mapa. Y que los Estados Unidos empezaron a ser víctimas preferentes de atentados en los años ochenta, desde que, junto a una fuerza multinacional, trataron de pacificar a un Líbano sumido en la guerra civil. Todo el victimismo que destilan los aguerridos mujaidines no es más que una cantinela apta para hipnotizar a los Mayores Zaragozas y demás tontos útiles occidentales, que tanto lamentan que la Mezquita-catedral de Córdoba pertenezca a la Iglesia católica desde hace ocho siglos.

La izquierda no sólo se alimenta de sus delirantes y mentirosas acusaciones contra el "neoliberalismo", sino que además se empeña en permanecer ciega ante la verdadera violencia de nuestros días. Habladle a cualquier progresista de los fetos humanos despedazados en las clínicas abortistas, mostradle las imágenes atroces que están al alcance de cualquiera en internet, y lo más suave que os llamarán es demagogos. Y es que a la izquierda sólo le interesa la violencia, real o imaginaria, que le sirva para glorificar, justificar, relativizar o encubrir (según convenga en cada caso) la suya propia.

sábado, 26 de abril de 2014

El encanallamiento de España

Una encuesta recién publicada por el Pew Research Center muestra las opiniones morales de los habitantes de un variado grupo de cuarenta países, entre los que se incluye España. Los encuestadores han preguntado a miles de personas de los cinco continentes si creen que el aborto, las infidelidades matrimoniales, el divorcio o la homosexualidad, entre otros temas, son moralmente aceptables, inaceptables o no son cuestiones morales.

Conviene señalar el inevitable sesgo ideológico que introducen encuestas como estas.

Tratar del aborto junto a la moral sexual, el juego y el consumo de alcohol ya supone, voluntaria o involuntariamente, una cierta toma de postura implícitamente proabortista. Uno puede tener ideas más o menos conservadoras en materia sexual, pero al final, se trata de lo que personas adultas hagan con sus vidas. En cambio, en el tema del aborto está en juego la vida de terceras personas indefensas, los seres humanos en gestación.

Es cierto que los proabortistas niegan el carácter personal de un ser humano hasta una determinada semana de embarazo. Pero pasar por alto esta cuestión supone una tácita aceptación de los argumentos abortistas, sin necesidad siquiera de exponerlos.

Sin duda, esto es lo mejor que les puede pasar a los abortistas, porque en definitiva, sus pobres argumentos se reducen siempre a lo mismo, a proponer definiciones ad hoc de persona para poder excluir de ellas a los seres humanos embrionarios o incluso en fase fetal.

Para que el aborto se pudiera tratar junto a los otros temas mencionados, sin con ello estar orientando sutilmente las respuestas, deberían incluirse preguntas análogas sobre la pedofilia o la esclavitud. El encuestador, sensatamente, da por sentado que las personas decentes no consideran estos temas siquiera discutibles. Pero por lo visto, sí debe ser discutible la moralidad de un genocidio anual de millones de seres humanos no nacidos.

Por otra parte, una expresión como "moralmente inaceptable" no es lo suficientemente precisa, pues según la cultura a la que pertenezca el encuestado, puede tener connotaciones muy distintas. Por ejemplo, en algunos países la gente piensa que es correcto perseguir e incluso condenar a muerte a los homosexuales. Un occidental, por el contrario, generalmente retrocederá horrorizado ante la idea de que se persiga a las personas por su orientación sexual. Pero ello no significa, necesariamente, que piense que la homosexualidad es una conducta perfectamente equiparable a la heterosexualidad, ni que tenga que estar de acuerdo con que cambiemos la definición de matrimonio para incluir las uniones de personas del mismo sexo. La encuesta tiende (lo reitero: no sé si de manera deliberada o no) a dividir el mundo entre las personas de "ideas avanzadas", y todas los demás, juntas y revueltas.

Por último, este tipo de ejercicios demoscópicos, al referirse a las creencias morales sin aludir a su plasmación en la conducta objetiva, favorecen la idea de que la moral es algo subjetivo. Puedo preguntarle a alguien si la infidelidad matrimonial le parece moralmente admisible. Y a continuación, puedo preguntarle si él o ella ha sido siempre fiel a su pareja. La respuesta a la primera pregunta no presupone en ningún caso la respuesta a la segunda, como se desprendería del mero hecho de que hubiéramos considerado necesario hacer las dos. En cambio, cuando omitimos la segunda pregunta, de algún modo estamos sugiriendo que ya está contenida en la primera. Esto significa que la gente tenderá a considerar automáticamente como moralmente aceptable lo que se ajusta a su conducta, es decir, que no existen principios independientes de lo fáctico, salvo en nuestra subjetividad.

Subyace aquí un cierto malentendido muy extendido. La mentalidad moderna considera que sería hipócrita plantear un determinado nivel de exigencia moral que uno mismo (o al menos la mayoría de la gente) no pueda cumplir en cualquier circunstancia. Pero la hipocresía es afirmar algo que no creemos; no tiene nada que ver con la distancia entre nuestros principios morales y nuestros actos. Existe hoy una tendencia casi irresistible a superar esa tensión entre el deber y el ser aboliendo el sentimiento de culpa y diciéndonos que aquello que no podemos lograr, sin un cierto esfuerzo de autodisciplina, no puede ser moralmente exigible.

A juzgar por los datos de la encuesta, los españoles nos hallamos totalmente bajo el influjo de esta mentalidad, que contrasta con dos milenios de sabiduría católica sobre el pecado, la tentación, el arrepentimiento y el perdón. Una comparativa entre los resultados medios de los cuarenta países y España se muestra en la siguiente gráfica, que he elaborado a partir de ellos:


Los españoles desaprueban mayoritariamente la infidelidad, probablemente porque su idea de ella apenas tiene ya nada que ver con el mucho más exigente concepto de adulterio, prácticamente borrado de la consciencia colectiva. Para ser fiel basta con no tener a la vez más de una compañía sexual, lo que es compatible con coleccionar una distinta al año, al mes o a la semana.

Son también los españoles campeones mundiales en lo que consideran -equivocadamente- "tolerancia" hacia la homosexualidad. (Sólo se puede tolerar lo que se desaprueba.) Significativamente, nos siguen de cerca los alemanes. Esto sugiere que el lobby gay ha triunfado implantando la noción de que la desaprobación moral de la homosexualidad es sólo el primer paso para tratar a los homosexuales como hacían los nazis, falacia que causaría los mayores estragos en el pueblo más deseoso de lavar sus culpas al respecto.

Los españoles son además quienes menos desaprueban moralmente el divorcio, y también el país católico (después de Francia) más permisivo con las relaciones sexuales entre solteros y con el uso de anticonceptivos. Insisto: la encuesta habla de las creencias, no de las conductas. En todas partes, hombres y mujeres tratan de practicar el sexo por encima de normas e instituciones, desde que el mundo es mundo. Pero no debemos olvidar que la moral y la estadística son cosas distintas.

El fruto más desgraciado de la ruptura con la moral tradicional es la proliferación del aborto. Los hispanoamericanos lo consideran inaceptable en igual o superior medida que la media de cuarenta países. En Italia, lo condenan más del 40 % de los ciudadanos. Incluso un 44 % de los rusos, tras setenta años de adoctrinamiento ateo, sigue desaprobando que se mate a seres humanos en el vientre materno. En nuestro país sólo lo ven mal un 26 %, uno de cada cuatro ciudadanos.

Con frecuencia se alude a la ley del péndulo para explicar este fenómeno. España habría pasado del nacionalcatolicismo al encanallamiento actual en virtud de ese principio. Creo que hay algo de cierto en esta idea, aunque su formulación en términos mecánicos resulte especialmente miope. No se trata de que exista una especie de fuerzas históricas a las cuales los individuos no podríamos sustraernos. Los hechos morales sólo pueden tener una explicación moral, salvo que neguemos la esencia misma de la moralidad. Los españoles hemos roto con nuestra tradición, nos hemos avergonzado durante años de nuestro pasado, al amparo de un acomplejado antifranquismno retrospectivo que no es más que la cobertura de una hispanofobia que arrasa con todo, remontándose hasta los mismos orígenes cristianos y visigóticos de la nación.

Una nación, como un individuo, debe plantearse objetivos arduos, que la obliguen a superar el nivel de la mediocridad. Nadie dijo nunca que la moral católica fuera fácil. No es seguro en absoluto que los países que con mayor claridad desaprueban el aborto o la promiscuidad sexual, sean los más consecuentes en sus costumbres. Sí es seguro que se respetan mucho más a sí mismos, pues no renuncian a tratar de ser mejores de lo que son.

viernes, 28 de marzo de 2014

Falso conflicto

Según Santiago Navajas, existen dos posiciones minoritarias y opuestas sobre el aborto que son la del cardenal Rouco Varela y la de Izquierda Unida. El primero sostiene que una vida humana debe protegerse desde el instante de la fecundación, mientras que para la formación neocomunista, debería permitirse su eliminación hasta el noveno mes de embarazo. Navajas cree que ambas posturas son maximalismos del "todo o nada", pues no comprenden que hay un conflicto entre el derecho de la mujer "a elegir qué hacer con su propio cuerpo" y el derecho a la vida del "individuo no nacido", ambos igualmente legítimos.

En realidad, tal conflicto no existe, porque por definición, desde el momento que reconocemos que hay un derecho a la vida del no nacido, estamos admitiendo que es algo distinto del cuerpo de la embarazada. Un principio básico del liberalismo es que mi libertad termina donde empieza la de los demás. Por ejemplo, es falso, como se dice a veces, que el derecho de los jóvenes a divertirse practicando botellón a altas horas de la noche entra en conflicto con el derecho de los vecinos a descansar. Desde el momento que mi "diversión" impide dormir a una persona a las dos de la madrugada, mi derecho se ha terminado, por lo que dentro de esas circunstancias sólo queda un derecho en pie, que es a dormir por la noche. Que en esta sociedad haya quienes pretendan encontrar la manera de "conciliar" ambos derechos, equiparando el valor del coma etílico voluntario al descanso de quienes deben ir a trabajar a la mañana siguiente, es sólo un síntoma de lo bajo que hemos caído, moral e intelectualmente.

Del mismo modo, que una mujer pueda disponer de su cuerpo como quiera, es un derecho que se termina en cuanto afecta a una tercera persona, se pueda esta valer o no por sí misma, o sea cual sea su grado de consciencia. Sólo faltaría que las personas dependientes o mentalmente disminuidas no tuvieran derecho a vivir. Otro ejemplo: yo tengo derecho a conducir vehículos de tracción mecánica, pero no tengo ningún derecho a pasar delante de una escuela a cien kilómetros por hora. No hay conflicto alguno entre mi derecho a la conducción y el derecho a la seguridad de los escolares, incluso aunque fueran equiparables, porque el derecho del conductor sencillamente no existe en esas circunstancias. Los derechos humanos encuentran sus limitaciones naturales en la medida en que su ejercicio perjudica directamente a los demás, lo cual hace que realmente no tenga sentido hablar de conflictos, sino de violaciones que se disfrazan de derechos.

La cantinela del conflicto beneficia sobre todo a quienes tratan de restringir derechos más allá de sus límites naturales, como sucede en el supuesto conflicto entre el derecho a la vivienda y la propiedad privada, que permite a gobernantes demagogos imponer tasas confiscatorias a los propietarios de casas, o incluso expropiarles.

El único conflicto auténtico es el que se produce entre la moral y el ansia del poder por conseguir votos a cualquier precio. Los políticos que explotan los conflictos reales o imaginarios suelen decantarse por la parte que les va a reportar más votos. En el caso del aborto, el cálculo es sencillo, porque los seres humanos en edad de gestación no votan, y ni siquiera protestan.

No es coherente presentarse frente a los "maximalistas" como la persona abierta de mente que no cierra los ojos ante la existencia de un conflicto de derechos, y sostener luego que en realidad no hay derecho a la vida antes del nacimiento, o antes de la viabilidad extrauterina, o antes de la sensibilidad nerviosa al dolor; es decir, que no habría objetivamente tal conflicto.

Lo realmente abierto de mente sería admitir que hay otra forma de cuestionar la existencia de ese conflicto, que es negar el derecho de una mujer embarazada a eliminar a la criatura que porta en su seno, por muchas incomodidades que eso pueda acarrearle. Cualquier persona que no se deje condicionar por sus intereses (por ejemplo, los padres de una adolescente que temen que esta les llegue un día a casa preñada) o por algo mucho peor, que son las ideas abstractas, admitirá que no se pueden poner al mismo nivel el bienestar subjetivo de una mujer y la vida de un ser humano.

Dicho sea de pasada, yo soy renuente a llamar a esta equiparación liberalismo. Es significativo que Santiago Navajas acuda a libertarios extremistas como Ayn Rand y Walter Block (este, defensor de los contratos de esclavitud), y al mismo tiempo a un socialdemócrata como John Rawls (que niega que la libertad de mercado sea una "libertad básica"; véase A Theory of Justice, 1999, cap. 11, 2). Pero no discutiré sobre etiquetas. Lo importante no es si el aborto encaja o no con nuestra ideología favorita, o si más o menos países lo admiten legalmente, sino si es moralmente defendible.

Roger Scruton ha señalado que una de las estrategias habituales de los defensores del aborto consiste en trasladar la carga de la prueba a quienes se oponen a él. Es decir, somos quienes defendemos la vida quienes debemos demostrar que hay un mal mayor en el aborto que el provocado en la salud mental de las mujeres a las que se les prohíbe. Naturalmente, esto es imposible. "Si se retira -dice Scruton- el sentido común y la costumbre se podrá demostrar cualquier cosa y ninguna (...) Por supuesto, nada puede ser demostrado anticipadamente; incluso de manera retrospectiva, después de ser testigos de la escala genocida que están tomando los abortos en Estados Unidos [y en Europa] (...), es tentador señalar que no era necesaria ninguna prueba." (Usos del pesimismo, Ariel, Barcelona, 2010, pág. 161.)

No se puede demostrar que un embrión humano tenga alma, pero tampoco que la tenga un ser humano plenamente desarrollado. Quienes exigen argumentos para salvaguardar la vida de "un conjunto de células" olvidan imprudentemente que todos somos un conjunto de células. Y todo por resolver un conflicto que nunca ha existido más que en su imaginación.

sábado, 22 de febrero de 2014

Querida izquierda

Sé que a poco que echéis una mirada a este modesto blog me despacharéis rápidamente como fascista, integrista y neoliberal. Sé que no os preocupa siquiera que sean adjetivos incompatibles, porque vosotros no acostumbráis a inclinaros ante la lógica formal -que os parece casi tan sospechosa como la democracia formal.

En realidad, de vuestra creatividad expresiva hay ejemplos mucho más notorios. Vosotros, a matar seres humanos en gestación lo llamáis interrupción voluntaria del embarazo, y que las mujeres se parezcan cada vez más a los hombres lo llamáis feminismo. A robar lo llamáis redistribución de la riqueza, y a negociar con terroristas, proceso de paz. A la censura y autocensura las llamáis de diversas maneras, como delito de homofobia, xenofobia o islamofobia, y a la imposición ideológica, laicismo. Y en fin, por no hacer más larga esta lista, a la dependencia de un Estado hipertrofiado, ineficiente y financieramente ruinoso lo llamáis Estado del Bienestar.

Todo ello son méritos dignos de glosa. Pero vuestra mayor hazaña no es que seáis capaces de transformar el lenguaje (y por tanto las mentes, y por tanto la sociedad) hasta que no lo reconozca ni la madre que lo parió. La auténtica genialidad es vender vuestra semántica (y por tanto vuestra ideología) a la propia derecha. A vuestro lado, aquel vendedor de El Corte Inglés del chiste es un aficionado. La izquierda no es que te venda la caña, la zodiac y la caravana, es que te vende hasta El País, o por lo menos consigue que lo ayudes a superar la quiebra. Y no les quepa la menor duda, el rotativo continuará desde sus páginas insultando a todos los que estamos a la derecha de Celia Villalobos, lo cual no es muy difícil (estar a la derecha de esa señora). Pero es que incluso la televisión pública continuará tratando con deferencia a la tiranía venezolana, y adoctrinando a la población en la ideología de género y el homosexualismo.

Que la cadena de Berlusconi programe "Sexo en Nueva York" en horario infantil, es previsible. Que TVE se saque de la manga en un informativo el trascendental tema de la homofobia en el fútbol, preocupada por que no haya apenas futbolistas que se declaren gays, e ilustrándolo con imágenes cinematográficas de homosexuales besándose, también es previsible, a estas alturas. Lo que nos sorprendería es que el PP cambiara súbitamente su estrategia de tratar de convencer a los votantes del PSOE de que no vale la pena votar, porque gane quien gane, es lo mismo.

Sé que me llamaréis de nuevo facha. Esto me preocupa, porque el término se ha ampliado ya tanto, que para merecerlo basta con discrepar de las opiniones de Pablo Iglesias (el vivo) y Elisa Beni. No es demasiado halagador que te metan en el mismo saco que a Celia.

lunes, 17 de febrero de 2014

Las respuestas fáciles

Las respuestas fáciles son aquellas que no nos exigen nada, que nos conceden lo que queremos. En moralidad sexual, hace décadas que las sociedades occidentales se han deslizado gradualmente hacia una permisividad sistemáticamente confundida con el progreso civilizatorio, pese a que se basa en ideas que tienen al menos dos mil trescientos años. Fernando Savater, en su gran éxito Ética para Amador, las proclama con franqueza:

"En el sexo, de por sí, no hay nada más 'inmoral' que en la comida o en los paseos por el campo (...). No sólo es que 'tenemos' un cuerpo (...), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida buena que valga. (...) Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta."

Básicamente, es la misma concepción que resumió Diógenes el Cínico con uno de sus célebres chistes, en el que alaba la masturbación diciendo que "ojalá frotándome el vientre pudiera saciar el hambre". Por supuesto, Savater, que dirige su libro a su hijo de quince años, matiza todo lo matizable, nos habla de responsabilidad y todas las consabidas sensateces. Eso es definitorio de los progres, y Savater, inteligente y leído, no deja de ser un progre: nunca llegará con sus conclusiones hasta el final.

Porque si el sexo es algo tan trivial como comerse un bocadillo, ¿por qué narices la inmensa mayoría de las parejas se exigen fidelidad mutua? ¿Por qué desaprobamos la pedofilia? ¿Por qué no se saca mucha más gente un sobresueldo prostituyéndose a tiempo parcial?

Y que el sexo desvinculado de la procreación nos aleja de los animales, por supuesto es un disparate; la verdad es exactamente la contraria. Sólo el hombre conoce el nexo causal entre el coito y la fecundación, y sólo el hombre es capaz de resistirse racionalmente al instinto. Son los animales los que copulan por puro deseo sexual siempre que se presenta la ocasión.

Lo malo de las respuestas fáciles es que conducen a las "soluciones" fáciles como el aborto. Decenas de miles de seres humanos en gestación son sacrificados cada año en el altar del "progreso", en los tiempos del mapa del genoma humano, porque es más fácil cerrar los ojos ante una ecografía que parir un hijo, criarlo y educarlo.

Empezamos por ideas simplistas sobre la vida buena y terminamos en la vida fácil, y en la muerte fácil, que llaman eutanasia (buena muerte). Creíamos que nos alejábamos de los animales, pero hemos elegido el camino más fácil, que conducía al establo y de ahí al matadero.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El bienio gris

Para la propaganda izquierdista, el bienio negro fue aquel período de la historia de España, entre 1934 y 1936, en que, tras el fracaso del golpe del PSOE y ERC contra esa república que tanto idolatraron luego, tuvieron que resignarse a dos años de gobierno de la derecha democráticamente elegida.

Hoy, las cosas han cambiado mucho. Setenta años después de aquel golpe, tuvo lugar otro de naturaleza y resultados muy distintos. Es verdad que el golpe del 11 de marzo de 2004 fue también dramáticamente cruento, pero no hay razones sólidas para sospechar que esta vez el PSOE estuviera implicado: simplemente se aprovechó del atentado terrorista para ganar las elecciones; nada más.

En cuanto a los resultados, todo indica que en esta ocasión, el método criminal consiguió lo que pretendían sus autores intelectuales: que el PSOE llegara al gobierno. Y pese a los resultados de las últimas elecciones de hace dos años, parece como si la izquierda no hubiese abandonado el poder, ni lo fuera a abandonar nunca.

La presunta derecha disfruta de mayoría absoluta en las Cortes. Gobierna en once comunidades autónomas de diecisiete, así como en la mayoría de capitales de provincia y de ciudades de más de 50.000 habitantes. Es decir, goza de una representación como nunca antes había tenido. Y sin embargo, nos hallamos en una situación sorprendente.

Dos años después de ganar con rotundidad las elecciones, el PP sigue prometiendo que bajará los impuestos, sin entrar en detalles y sin explicarnos por qué deberíamos creerle, cuando, al contrario de lo que prometió en su programa electoral, lo que ha llevado a la práctica es un incremento espectacular de la fiscalidad.

Tampoco ha emprendido el PP un plan de choque para liberar la economía productiva, aligerar la onerosa estructura estatal (insostenible con la pirámide de población que tenemos) y reducir con ello drásticamente el desempleo. Se ha limitado a recortar ciertas partidas de gasto con la única finalidad de bajar la prima de riesgo (es decir, que podamos seguir endeudándonos con más facilidad) y de que no seamos intervenidos de manera palmaria por Bruselas -no tanto porque tengan una idea clara de la soberanía nacional, como por la humillación que supondría para el ejecutivo.

Dos años después, todo lo que nos promete el PP es que el paro se irá reduciendo a un ritmo tan lento que probablemente debemos resignarnos a lustros con una tasa de dos dígitos. Hablamos de medidas económicas que, a grandes rasgos, seguramente hubiera aplicado también el PSOE, por puro pragmatismo, en caso de haber ganado las elecciones.

El panorama no es más alentador si prestamos atención a la política antiterrorista. Pocos pensábamos que, dos años después, el PP estaría defendiéndose de las acusaciones de haber asumido el pacto con la ETA de Zapatero. Los etarras gobiernan en Guipúzcoa y en más de un centenar de municipios. Son excarcelados, homenajeados en sus pueblos y se atreven a ofrecer una rueda de prensa en Durango donde muestran su fidelidad al colectivo de "presos y presas políticos (sic) vascos" (vamos, a ETA), que exige amnistía para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Ante esto, un gobierno con mayoría absoluta pretende que no se puede hacer apenas nada y encima encaja con malos modos las críticas de víctimas del terrorismo.

Lógicamente, si no es contundente con los etarras, tampoco podemos esperar de Rajoy que haga frente a la rebelión anticonstitucional del gobierno de Cataluña.

En cuanto a las políticas de Zapatero contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación, y a favor de la relativización de la familia natural, dos años después, mientras se siguen produciendo más de cien mil abortos al año, el gobierno del PP todavía está en la fase de anteproyecto de una ley contra el aborto cuya efectividad inspira serias dudas, y que a diferencia de la política económica y la antiterrorista, curiosamente ha recibido numerosas críticas desde dentro del propio partido, por lo que es de temer que acabará siendo aún más descafeinada.

Bien es cierto que estamos a mitad de legislatura. Pero, con tales antecedentes, sería incomprensible que la decepción no hubiera cundido entre muchos ciudadanos. Si el PP sube los impuestos, trata el problema capital del paro con tiritas, no hace nada en el País Vasco ni en Cataluña (salvo entregar más dinero a quienes quieren romper España) y se siguen perpetrando más de cien mil abortos anuales, ¿que lo distingue realmente del PSOE?

Tras este mediocre bienio, resulta verdaderamente difícil que muchos sigamos autoengañándonos con la idea del voto útil, que se ha revelado en realidad perfectamente inútil. Es vital construir una alternativa al bipartidismo socialdemócrata, y ello pasa por la aparición de nuevos partidos. Muchos observamos con ilusión el proyecto de Vox, la formación de Ortega Lara, Santiago Abascal y Vidal-Quadras, entre otros. Tras dos años de gris tecnocracia, de sólo oír hablar de la prima de riesgo y de décimas de crecimiento, ya es hora de que vuelvan a reverdecer las ideas.

lunes, 6 de enero de 2014

La coherencia como último refugio de los canallas

Según escribió Kant en la Crítica de la razón práctica, "ser consecuente es la obligación suma de un filósofo." Algo muy parecido sostuvo John Staurt Mill en su ensayo Sobre la libertad: "nadie puede ser un gran pensador sin reconocer que su primer deber como tal consiste en seguir a su inteligencia cualesquiera que sean las conclusiones a que se vea conducido." Siempre, más allá de todos los cambios de opiniones y hasta de creencias que he tenido en mi vida, he estado de acuerdo con tales afirmaciones, y lo sigo estando. Ahora bien, si la coherencia es condición necesaria para el intelectual, es evidente que para la persona en su integridad no es ni mucho menos suficiente. Se puede ser perfectamente coherente en la maldad. Posiblemente, Hitler, Stalin y Mao fueron de los políticos más consecuentes que han existido. Lo fueron en tal grado que, con el fin de aplicar sus principios ideológicos, consideraron adecuado perseguir y matar a millones de seres humanos.

En la festividad de la Epifanía del Señor, un pacifista y un teólogo han firmado su particular regalo de Reyes. En un artículo titulado "Coherencia ante el aborto" y publicado, cómo no, en El País, ofrecen un resumen bastante completo de las insidias y despropósitos conceptuales más bochornosos que componen la Postura Oficial Progresista acerca del tema aludido en el título. Lo más gracioso de todo (si es que la cuestión tuviera maldita la gracia) es que quienes acusan a los demás de incoherencia son, de modo absolutamente característico, incapaces de llevar hasta las últimas consecuencias su propia posición, como veremos.

Lo que no puede reprochárseles es que empiecen con rodeos. El primer párrafo lanza la piedra directamente a la frente: "Demuestran una grave incoherencia quienes (...) condenan el aborto con la misma vehemencia con que defienden la pena de muerte, propician la confrontación bélica o permanecen impasibles ante el genocidio colectivo (sic), por hambre o desamparo, de más de 60.000 personas mientras se invierten en la seguridad de unos pocos -menos del 20 % de la humanidad- 4.000 millones de dólares diarios en armas y gastos militares."

Se trata de un ejemplo bastante claro de falacia del hombre de paja. Los señores Mayor Zaragoza y Tamayo, a fin de presentar del peor modo posible a quienes sostienen la posición de la que ellos discrepan, la asocian a otras que les parecen también odiosas. Ningún provida tiene por que ser, al mismo tiempo, defensor de la pena de muerte, y de hecho esto es bastante raro en Europa. Tampoco todos los provida mantienen unanimidad de criterios en cuestiones tales como la política exterior o la económica.

Sin embargo, recojamos el guante que se nos arroja. ¿Se puede ser coherentemente provida y defender la pena de muerte o la guerra justa? Por supuesto que sí. Porque una persona condenada a muerte por cometer un crimen era, por definición, libre de no haber cometido ese delito, mientras que un embrión o un feto humano es un ser inocente e indefenso. Diferencia crucial que por sí misma no justifica la pena capital (al menos, yo no soy favorable a ella) pero que permite apoyarla al tiempo que se condena el aborto. De manera análoga se puede razonar en el caso de la guerra justa, entendida como legítima defensa ante una agresión o amenaza de agresión de un estado, cuando cualquier medio pacífico ha resultado ser impracticable e ineficaz, y la respuesta es proporcionada al daño que se quiere evitar. Podemos discutir casos concretos; esto es, si tal persona ha sido condenada a muerte con todas las garantías, o si tal guerra reúne los requisitos que la legitiman, pero entramos entonces en otro tipo de debate, de carácter empírico y del que no cabe extraer conclusiones generales.

La alusión melodramática al "genocidio colectivo" (desconocía que hubiera genocidios individuales) y a los gastos militares, ante los cuales, supuestamente, los provida se mantienen "impasibles" (todo se lo guisan y se lo comen los autores de la soflama) es, si cabe aún, más impertinente e innoble. Pero además, analizada por sí misma, es muy típica de la mentalidad izquierdista más sectaria, que pretende sugerir que todas las iniquidades, más que estar causadas por personas malvadas concretas, están conectadas estructuralmente y se perpetúan, en última instancia, porque unos señores burgueses se empeñan egoístamente en no votar a determinados mesías de la izquierda.

Esta postura indisimuladamente ideológica de los autores se manifiesta especialmente en los tres párrafos finales, donde las consignas del laicismo radical y del discurso contra los "recortes" alcanzan el paroxismo. Así, en un estilo retórico de acumulación de supuestos desmanes, a la propuesta de legislación sobre el aborto, puesta sobre la mesa por el gobierno, se "añade" una fantasmal "complicidad con la jerarquía católica", que revela "tendencias claramente confesionales de carácter nacional-católico" y la imposición de una "moral privada regida por la religión, y no una ética laica, común a todos los ciudadanos", de manera que se "considera delito lo que los dirigentes eclesiásticos califican de pecado".

Vamos por partes. Si la reforma de la ley del aborto es en sí misma mala, la supuesta "complicidad" con los dirigentes eclesiásticos no es un mal añadido, sino el mismo mal. Por tanto, no se "añade" nada a ningún catálogo de horrores. Bien es verdad que el artículo rezuma en cada línea el mismo estilo de juego sucio tremendista. Pero vayamos a la cuestión mollar. Que un delito sea además pecado, no es ninguna razón para que deje de ser delito, a menos que queramos despenalizar también el robo, el fraude o incluso el asesinato. Por tanto, no hay en tal coincidencia entre el derecho y la moral religiosa, por sí misma, ninguna prueba de que nos hallemos ante una amenaza teocrática. Por lo demás, produce ya pereza el viejo recurso (muy caro al firmante teólogo) de la oposición entre una jerarquía eclesiástica que se nos pinta con los trazos más tenebrosos y unas bases católicas que cada cual puede imaginar a su capricho. ¿Que hay católicos que apoyan el aborto? Seguro.Y también hay católicos cierrabares y puteros, lo cual nos dice tanto acerca de las doctrinas que supuestamente profesan como los médicos abortistas ejemplifican el juramento hipocrático.

¿Qué decir de la cantinela de los "recortes de derechos humanos", que hace equivaler la austeridad en la gestión del dinero público a poco menos que un crimen de lesa humanidad? Si abortar es un derecho, cómo no va a serlo que el estado continúe endeudando a nuestros hijos y nietos, como pretenden los socialdemócratas de todos los partidos.

Pero dejemos estas cuestiones tangenciales y vayamos a la parte central y más grave del panfleto abortista que nos ocupa. Los autores nos ofrecen su particular definición de vida humana. Para ellos, "por vida se entiende la capacidad de sobrevivencia (sic) autónoma y por 'humana' la aparición de las cualidades propias de la persona." ¿Y cuáles son esas cualidades propias? Pues un cierto "desarrollo neuronal" que tiene lugar "después del nacimiento." Hay que decir que el teólogo y el activista del "no-a-la-guerra" se abstienen cautamente de precisar en qué momento un ser humano adquiere el "desarrollo neuronal" que le dota del derecho a la vida. Porque cabe preguntarse qué motivo tendríamos para prohibir el infanticidio de seres "neuronalmente subdesarrollados", por decirlo en consonancia con la delicada jerga seudocientífica de estos cuates. Sospecho que los progresistas pueden exigir coherencia a los demás, pero exigírsela a ellos es fascista y de mal gusto.

Si un embrión no es autónomo, evidentemente tampoco lo es un recién nacido, que sin el cuidado de su madre o de otra persona adulta moriría probablemente a las pocas horas. Más precisamente, es evidente que el embrión no puede desarrollarse fuera del vientre materno. Pero tampoco un ser plenamente adulto puede sobrevivir fuera de la atmósfera terrestre o en ausencia de ciertas condiciones mínimas de presión, temperatura, etc. Quien quiera sacrificar a un embrión humano por el motivo que sea, siempre encontrará hechos diferenciales que le permitan dar apariencia de racionalidad a su siniestra intención. Y esos hechos diferenciales serán tan arbitrarios como cualquier otro que se haya empleado en el pasado para esclavizar a quienes tienen un determinado color de piel o para perseguir y exterminar a quienes tienen unos determinados apellidos.

Pero debemos hacer justicia al nivel intelectual de Mayor Zaragoza y Tamayo. Porque es incluso aún peor de lo que hasta ahora podría deducirse, por las palabras citadas. Pasen y vean: "El cigoto posee el potencial de diferenciarse escalonadamente en embrión, pero no la potencialidad y la capacidad autónoma y total para ello". O sea, hay potencialidades y potencialidades. Pero por si acaso alguien es tan obtuso para no entender tan preclaros razonamientos, el dúo de pensadores añade otros elementos de su propia cosecha, como que una gestación con malformación del feto "probablemente, concluiría con graves riesgos para la vida de la progenitora". Hay que creerlo porque lo dicen ellos. Y hay que cargar las tintas ahí, hablando de "una vida de sufrimiento e inhumanidad" que se impone a "las personas que nacerán con graves discapacidades, a sus familias y cuidadores". Conmovedor apoyo a los padres de niños con síndrome de Down y otras graves enfermedades congénitas, decirles que su vida es una vida de sufrimiento e inhumanidad. ¡Valientes canallas quienes se erigen en dictaminar qué vidas vale la pena vivir!

Ah, pero cuidado, que ahora llegamos a un punto crucial. Eso (quién debe vivir) debe decidirlo la madre, no el Estado. Vaya, nuestros socialdemócratas nos salen ahora individualistas libertarios. Lástima que ellos lo expresen como "decidir la maternidad", lo que no es más que una extendida falacia, que el filósofo de la ciencia Francisco J. Soler Gil ha puesto al desnudo en un reciente e implacablemente lógico artículo. Porque una mujer embarazada ya es madre, y los hechos no se pueden cambiar. Una mujer embarazada no es libre de ser madre, no porque lo diga ningún estado, ni porque lo digan los curas, sino porque lo dice la realidad: de lo único que es libre es de matar al hijo que tiene en su seno, o de permitirle que siga viviendo.

Acabemos ya con esto. Nuestros abanderados de la coherencia, en su empeño por pisotear esa virtud intelectual que tanto gustan de exigir, alcanzan su nivel más alto en el sexto párrafo de su sesuda disquisición. Pues al mismo tiempo que ven admisible el aborto en seres humanos que no reúnen determinados requisitos neuronales, opinan que habría que eliminar "las circunstancias que inducen a abortar". O sea, el aborto no tiene nada de malo, dentro de ciertos límites (que tampoco especifican demasiado), pero hay que prevenir el aborto. ¿Por qué, si no es tan malo? ¿No quedamos (perdón porque lo recuerde de nuevo, pero está en el título) en ser coherentes? Pero no seremos tiquismiquis y admitiremos de buen grado en que hay que prevenir las supuestas causas del aborto (aunque pensemos que la responsabilidad individual también pinta aquí algo, con permiso del señor teólogofirmante). ¿Cómo se consigue tal objetivo? Pues haciendo, entre otras cosas, que el aborto no sea una privilegio de las "personas adineradas"; vamos, poniendo todas las facilidades legales y sociales para que las mujeres más pobres puedan abortar. Esta es la gran propuesta progresista: que las ricas no tengan que molestarse en ir al extranjero para abortar, porque puedan hacerlo en los mismos abortorios que las pobres. No parece nada claro que eso vaya a ayudar a reducir los abortos, pero sí quizás el número de pobres, el sueño de ese gran amigo de la humanidad doliente que fue Malthus.

Esta diarrea mental es representativa del nivel con el que la mayor parte de la izquierda, y de la derecha más necia, trata la cuestión del aborto. Ante tal incuria intelectual y moral, la tentación de desesperarse y hasta dejar de leer periódicos es muy poderosa. Cuando el concepto más básico de todos, la vida humana, no sólo se pone en cuestión, sino que se tergiversa y retuerce el lenguaje de la manera más vil, uno se pregunta si vale la pena tratar de introducir algo de racionalidad en un clima tan enrarecido. Pero la respuesta sólo puede ser que sí. Hay que continuar desenmascarando sin descanso al mal y a su mayor aliada, que es la estupidez.