miércoles, 1 de enero de 2014
El Estado os hará libres
No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.
El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.
Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.
En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.
Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.
El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.
Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.
Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.
sábado, 3 de marzo de 2012
Bioética para nazis
Hay un aspecto del artículo que, pese a su completa inanidad intelectual, no debería pasar inadvertido. Y son los motivos para el aborto y el infanticidio. Aunque los autores empiezan llamando la atención sobre graves enfermedades congénitas, terminan defendiendo que se pueda abortar, o cometer infanticidio, simplemente porque el bebé no sea deseado, lo que ellos expresan diciendo que compromete el "bienestar" de las personas que deberían encargarse de criar al niño. Y llegan hasta el extremo de argumentar en contra de la adopción, porque supuestamente las madres que dan un niño en adopción pueden sufrir daños psicológicos. (Por lo visto, si abortan, deben experimentar una sensación de alivio fenomenal.) Aunque el director de la revista ha defendido el artículo como un mero ejercicio de reflexión académica, es inevitable preguntarse de dónde procede la manía homicida de estos supuestamente apacibles profesores. ¡El empeño que tienen en que exterminemos bebés, sanos o enfermos, es verdaderamente sobrecogedor!
Vale la pena reflexionar brevemente sobre los motivos aducidos a favor del aborto. Obsérvese en primer lugar que uno empieza defendiendo el aborto, la eutanasia y el infanticidio para evitar sufrimientos extremos, y acaba apoyándolos igualmente para eludir la menor incomodidad. Niños "no deseados"... ¿Por qué no ancianos o enfermos mentalmente deteriorados, o en estado vegetativo, "no deseados"? A fin de cuentas, tiene su lógica, porque el dolor es una sensación subjetiva, difícil de cuantificar.
La fobia histérica al menor sufrimiento es uno de los fenómenos asociados a la descristianización. Si no es en absoluto trivial explicar la existencia del sufrimiento desde una posición cristiana, desde un punto de vista materialista ateo resulta completamente imposible. El dolor es la cosa más absurda que se pueda concebir. ¿Por qué debería existir semejante sensación en un universo reducible a fluctuaciones cuánticas y fuerzas gravitatorias? Las explicaciones corrientes, basadas en la teoría de la "señal de alarma fisiológica", ni siquiera rozan la cuestión. El dolor nos informa, efectivamente, de que algo no va bien en nuestro organismo. Si no sintiera un pinchazo al clavarme una astilla, es posible que esta pasara inadvertida, con los efectos de infecciones, etc. Pero que el dolor transmita información no quiere decir que sea un mero símbolo. Uno no se limita a observar el dolor, sino que este nos embarga, ocupa nuestra consciencia de una forma que solo podemos describir con torpes redundancias, de una manera... dolorosa.
Es por esta razón que desde una posición atea o agnóstica, el sufrimiento debe ser erradicado a toda costa. Esta es la idea que subyace en toda la construcción ideológica del Estado del bienestar. Desde la pedagogía de la "diversión" y las prestaciones sociales que deben protegernos de toda contingencia, hasta el aborto y la eutanasia, hay una línea de razonamiento lógicamente irreprochable. Quien tiene como máxima aspiración eludir el dolor, antepondrá este objetivo a la libertad e incluso a la vida. Y al desacostumbrarnos a los dolores más intensos, nos hacemos menos resistentes incluso a los más banales. De ahí que se llegue a justificar el aborto con la figura puramente ideológica del "riesgo psicológico para la madre", cuando es científicamente conocido que un aborto resulta indeciblemente más traumático que un parto.
Sacrificar las vidas de niños, ancianos y enfermos, para evitar las molestias que conllevan sus cuidados, es un retroceso brutal de la civilización, posiblemente el mayor imaginable. Exactamente lo contrario de como lo pretende mostrar el sedicente progresismo, pese a que, por lo general, no se atreva a llegar explícitamente hasta las últimas consecuencias. Eso lo hicieron los nazis, que al menos eran menos hipócritas. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos alemanes se consolaban pensando que Hitler no les dejaría caer en manos de los rusos, que administraría alguna suerte de eutanasia colectiva que les permitiría morir sin dolor. Cuando una sociedad declina gravemente, el suicidio colectivo llega a convertirse en una especie de obsesión. Preocuparse por justificar fríamente la muerte de bebés, como si en Europa, nada menos, estuviéramos sobrados de ellos, es otro síntoma siniestro de esta pulsión autodestructiva.
sábado, 27 de agosto de 2011
El señorito irresponsable
Esa misma tarde me entero de que un tribunal laboral brasileño ha condenado a McDonald's a indemnizar a un trabajador que engordó 30 kilos porque parte de su trabajo consistía en probar diariamente la comida del restaurante. ¿Es que alguien le obligó a aceptar ese empleo? ¿Es que además le forzaban a tragarse entera la hamburguesa que debía degustar?
Por no hablar de las sanciones astronómicas contra las tabaqueras, como si estas intimaran a la gente a punta de pistola a que fumara... Los ejemplos son interminables.
Vivimos en los tiempos del señorito irresponsable. Todo el mundo cree poder exigir al gobierno o a las empresas que se desvelen por su bienestar o su comodidad, sin reconocer ningún tipo de responsabilidad propia en un asunto en el que son los primeros interesados.
Eso sí, cuando un gobierno decide constitucionalizar el límite del déficit (aunque sea obligado por Bruselas), es decir, que sea ilegal endeudar a las generaciones futuras, entonces el señorito irresponsable exige poder votar sobre la cuestión. Quienes hace unos días protestaban contra la visita del Papa bajo el lema "no con mi dinero", ahora parecen escandalizarse de que la administración no se pueda endeudar ilimitadamente con su dinero.
Porque son básicamente los mismos, no les quepa duda. Y son los mismos que exigen poder matar legalmente a sus parientes enfermos para tener que ahorrarse el palo de ir a visitarlos al hospital de vez en cuando, y encima no poder heredar. Por supuesto, ni siquiera tienen lo que hay que tener para hacerlo por su cuenta, quieren -exigen- que sean los médicos quienes se manchen las manos de sangre. ¡Y encima tienen la cara dura de mostrar su actitud como "humanitaria"!
Porque esta es otra. El señorito irresponsable, por sistema, disfrazará su descomunal egoísmo de altruismo, asegurará que le mueve la preocupación por los que sufren, por el consumidor, por las madres solteras o por los tramoyistas en paro. No se crean nada. Una mujer de noventa años con infarto cerebral es muy dudoso que esté sufriendo. Más verosímil es la afirmación de que se trata de una molestia para la sociedad e incluso para la familia.
Pero entonces, ¿a qué viene tanta hipocresía, por qué tachar de fundamentalistas religiosos a quienes anteponen los principios morales a las conveniencias? La respuesta es clara: porque tocamos un punto sensible del señorito irresponsable. Le estamos diciendo que debe asumir las consecuencias de sus actos, que ni el Estado ni nadie está obligado a hacerlo por él. Y eso le joroba.
viernes, 24 de junio de 2011
La ideología del No pasa nada
Este lema resume a la perfección la táctica de la izquierda contra quienes desconfían de sus propósitos y de sus métodos. Si alguien se escandaliza por la llegada al poder del brazo político de ETA, los voceros del PSOE, principal culpable de que hayamos llegado a esta situación, tratarán de ridiculizar las críticas, asegurando que todo se enmarca dentro de la normalidad democrática. Si alguien cuestiona que sea indiferente que los niños sean criados por sus padres biológicos o por un "modelo alternativo de familia", se le ridiculiza también, caricaturizándolo como un personaje desfasado e incluso atrabiliario, que se empeña en buscar problemas donde no los hay. Si alguien protesta por que niñas de dieciséis años puedan abortar legalmente sin alegar ningún motivo, y sin que ni siquiera sus padres tengan conocimiento de ello... En fin, se le replicará: ¡No pasa nada!
La concepción del mundo subyacente a esta alegre despreocupación, para la cual nada es realmente grave, nada es sagrado, es fácil de resumir: Somos un accidente de la materia, y por tanto el que las cosas se juzguen de un modo u otro es puramente subjetivo, opinable, discutido y discutible. En última instancia, es literalmente cierto que nunca pasa nada nuevo, porque todo es reducible a movimientos de átomos en el vacío (sustitúyase el viejo dogma epicúreo por la más reciente formulación de la física).
Esto no significa que la coherencia con esta ideología sea habitual. Los mismos que ven natural negociar con organizaciones terroristas son proclives a las demostraciones de indignación moral cuando las víctimas caen del lado políticamente correcto; verbigracia, en Palestina. Quienes defienden el aborto como un "derecho" de la mujer acostumbran a ser contrarios a la pena de muerte, cuestión en la cual presumen de una exquisita consciencia ética.
Entendámonos: quienes sin cesar proclaman que no pasa nada, en la práctica se arrogan la facultad ilimitada de decidir cuándo pasa algo y cuándo no. Nada tiene importancia hasta que les convenga que la tiene. Cualquier cosa puede ser clasificada dentro de la normalidad, siempre y cuando sean ellos quienes definan qué es lo normal. Acto seguido, lo que procede es reírse de aquellos a los que ciertas cosas nunca nos parecerán normales, para poco a poco ir transformando las mentalidades, los hábitos, las costumbres, creando así una nueva normalidad. La ingeniería social pasa necesariamente por el no pasa nada. Antes de eliminar las "vidas inútiles" mediante la eutanasia estatalizada, se necesita una labor de "sensibilización" (como ahora se llama a la propaganda), de desacralización de la dignidad humana; de restar seriedad a las cuestiones más trascendentes, convirtiendo lo que son graves decisiones en meras opciones burocráticas.
Contra el No pasa nada, debemos ser rotundos: Sí pasa algo, no da todo igual, no es normal que los terroristas lleguen a alcaldes; no es normal abortar; no es normal que los médicos maten; no es normal que en la escuela se hable de los derechos humanos y en lugar de mencionar los países donde estos son violados de manera tan brutal como cotidiana, se inculque que la democracia formal occidental es poco menos que un engaño. No es normal que las mujeres vayan tapadas de pies a cabeza, ni aquí ni en Afganistán, salvo si definimos la normalidad en un sentido meramente estadístico. Claro, en función del punto de vista geográfico o cultural, todo puede ser normal, desde el asesinato con arma de fuego hasta la ablación del clítoris. No me sorprendería que las abuelas somalíes también sostengan algo parecido: Total, una pequeña intervención; pero si no pasa nada.
miércoles, 20 de abril de 2011
El error de Jorge Valín
Mis desacuerdos con Valín parten de nuestras posiciones de principio, que son diametralmente opuestas. Él cree que las normas éticas pueden deducirse racionalmente, en un sentido "fuerte" de la palabra, del mismo modo que se puede demostrar el teorema de Pitágoras. Según él, toda norma deriva del principio de autopropiedad del cuerpo humano. De ahí deduce que la única limitación válida a la libertad personal es el principio de no agresión. Está permitido todo lo que no implique agredir a terceros. Cualquier comportamiento humano, por extravagante o repulsivo que nos parezca, mientras no implique iniciar una agresión, debe ser tolerado. De aquí se infiere también que el Estado es intrínsecamente inmoral y no debería existir, porque no hay justificación para la coacción si no es en respuesta a una agresión.
Por el contrario, yo no creo que pueda existir una ética more geometrico, como diría Spinoza, es decir, deducible a partir del mero pensamiento. La razón permite conocer qué medios son más adecuados para obtener un determinado fin, pero es completamente incompetente para determinar cuáles deben ser los fines últimos de la vida. Con ello no me adscribo a las teorías según las cuales la normas morales son puramente convencionales, y por tanto relativas. Creo que existen un bien y un mal absolutos, aunque no pueda demostrar tal aserto, ni puedo deducir racionalmente ninguna ley moral. Sin embargo, pienso que la mayoría de personas, al menos en nuestra cultura, se conducen de acuerdo con ciertos principios procedentes tanto de nuestra naturaleza como de la tradición judeocristiana, sean creyentes o no. Y pienso, por supuesto, que el Estado no tiene ningún derecho a situarse por encima de esta moral natural-tradicional.
La enfermedad profesional del intelectual consiste en imaginar principios que él juzga superiores a la tradición y atenerse, por coherencia, a las últimas consecuencias que se desprenden de ellos, incluso cuando chocan con nuestros sentimientos naturales y el legado judeocristiano. Un ejemplo extremo fue el de los ideólogos nazis, que partiendo de su credo racial, que ellos consideraban superior al cristianismo, se esforzaron por reprimir los más elementales sentimientos de piedad. Como dijo Hannah Arendt, la ideología puede "causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana."
Por supuesto, no pretendo comparar las ideas de Jorge Valín con el nacional-socialismo, pues no hace falta decir que son completamente opuestas. Pero sí creo que el error de toda ideología que pretende suplantar la moral natural tiene siempre el mismo origen: Pensar que podemos de un plumazo prescindir de todos los "prejuicios" y reconstruir desde cero la ética.
Veamos esto ilustrado con el artículo de Valín. En las primeras líneas dice que se deberían crear "grupos de apoyo al suicidio, empresas". Ejemplo de cómo la adhesión a una aparente lógica nos puede conducir a conclusiones delirantes. Solo faltaría que facilitemos que haya suicidios, y hasta que existieran empresas interesadas en ello.
En el segundo párrafo, nuestro ácrata dice en esencia que los católicos tienen todo el derecho de no aprobar la eutanasia, pero no pueden imponer sus normas morales a los demás. Sin embargo, esta neutralidad ideológica es solo aparente, porque implica que la sociedad se rija por las normas de Valín, que por suerte incluyen perdonarle la vida a los católicos. Si permitimos el aborto o la eutanasia, ya estamos optando necesariamente por unas determinadas concepciones morales. En realidad, la neutralidad en cuestiones éticas es imposible, es una idea-trampa típica de los "progresistas" de izquierda, cuya función es ir desprestigiando la moral judeocristiana, como cosa de fanáticos integristas.
En el tercer párrafo habla de "suicidio y asistencia al mis[m]o". Son dos cosas muy distintas. Me parecería absurdo legislar sobre el suicidio, por dos razones: 1) Por definición, no podemos sancionar al que comete suicidio con éxito; 2) Si castigamos a quien ha intentado quitarse la vida sin éxito, se daría el resultado perverso de que estaríamos incentivando la eficacia en el suicidio. En cambio, la asistencia al suicido es un homicidio, y no veo razones por las cuales deba despenalizarse en general.
Cuarto párrafo. Contra quienes temen los peligros del ejercicio estatal de la eutanasia, Valín responde, de acuerdo con su filosofía anarquista, que el problema es el Estado, no la eutanasia. Dice que sería tan absurdo prohibir la eutanasia por ello como prohibir llevar dinero encima porque hay ladrones. Pero entonces me queda la duda de si la eutanasia debe aprobarse una vez hayamos abolido el Estado o antes. Si es lo primero, toda la discusión adquiere un carácter bizantino. Si es lo segundo, entonces, por utilizar la comparación de Valín, es como si defendiéramos llevar dinero encima en un barrio poco recomendable, a altas horas de la noche. Precisamente, cuando todas las cautelas del liberalismo clásico se inspiran en su desconfianza hacia el Estado, nuestro anarquista feroz propone que levantemos una de las barreras que protegen la dignidad de la vida humana frente a la amenaza estatal.
Finalmente, para evitar la posible acusación de frivolidad, Valín nos cuenta su proximidad al caso de una amiga suya que se suicidó arrojándose al tren. En caso de haber existido una ley de suicidio asistido, sostiene, esta persona no hubiera tenido que escoger "el brutal medio a la [sic] que le obligó la ley". Aunque obviamente no conozco los detalles ni las circunstancias del caso, sinceramente no lo entiendo. Para empezar, creo que lo terrible del suicidio es la pérdida de una vida, no tanto el método empleado, salvo que sea de efectos dolorosamente lentos, como quemarse a lo bonzo. Pero en cualquier caso, no entiendo que la prohibición del suicidio asistido le prive a uno de suicidarse de muchas maneras, por ejemplo mediante una sobredosis de medicamentos, accesibles en cualquier farmacia. Máxime cuando en el caso que se nos relata, parece que esa mujer tenía muy fácil un recurso similar ("iba literalmente drogada por órdenes del psiquiatra").
No, definitivamente, yo no veo que exista ninguna necesidad de ayudar a nadie a suicidarse, sino más bien todo lo contrario, lo que hay que hacer es disuadir de semejantes ideas, o dar tratamiento médico en caso de trastorno mental. Quien de todos modos quiera acabar con su vida, siempre lo podrá hacer. Salvo que se encuentre físicamente impedido, es cierto, pero también entonces estará imposibilitado de hacer muchas otras cosas. ¿Por qué esa obsesión de facilitar a un tetrapléjico que acabe con su vida, convirtiendo tal cosa en un "derecho", y no por ejemplo preocuparnos por que pueda realizar determinadas actividades que quizás le darían un sentido nuevo a su existencia? ¿No estamos sugiriéndoles la idea, a muchas personas que se encuentran en situaciones parecidas, de que nos cuesta entender cómo diablos pueden querer seguir viviendo? Es como si les dijéramos: "Qué desgracia, vivir así, siendo una carga para los demás. Yo preferiría morirme". Para mí en todo este debate late una pretensión falsamente caritativa de suprimir no solo el sufrimiento, sino también la visión del sufrimiento, que nos molesta íntimamente, como si viniera a aguarnos la fiesta. Y ello a costa de la dignidad de la vida humana, que es infinitamente más importante que la "dignidad" de la muerte.
domingo, 10 de abril de 2011
Doctor Servatius
Aunque desde luego, al señor MAR le está bien empleado. La próxima vez, debería saber que se puede llamar nazi a Joseph Ratzinger, por ejemplo, pero no a un médico defensor de la eutanasia. Bien es verdad que Hitler fue de los primeros en utilizar la expresión "derecho a una muerte sin dolor". Y también que el precedente de la Solución Final fue el programa de liquidación de "vidas inútiles", es decir, ancianos y enfermos. (Al principio se llevó a cabo públicamente, pero ante protestas de familiares y la dura condena del obispo de Münster, se actuó con más discreción.)
Pero a cada uno lo suyo. Al doctor Montes yo no lo llamaría nazi, ni doctor Muerte, todo eso es demasiado fácil, casi vulgar. Lo apropiado es llamarlo Doctor Servatius, así, con mayúsculas en el título. Además de sonar a personaje de película de James Bond, tiene la ventaja de ser casi exacto. Bueno, casualmente el Doctor Servatius fue defensor de Adolf Eichmann en el famoso juicio de Jerusalén, pero yo no me refería a esa circunstancia, sino a que fue allí donde este personaje denominó "actos médicos" a los gaseamientos. Eso incluye también, por supuesto, las inyecciones de gasolina en el corazón, con las cuales finiquitaban a los prisioneros en la enfermería de Mauthausen.
Por suerte, hoy esos métodos brutales han quedado atrás. Un cóctel de sustancias sedantes por vía intravenosa y todo termina de la manera más dulce. ¿Quién habla de asesinato? Eso es una vulgaridad propia de la TDT ultraderechista.
domingo, 13 de febrero de 2011
El legado totalitario de Zapatero
Aunque suene a tópico comercial, el libro es de lectura imprescindible. No porque diga nada estrictamente nuevo, sino por cómo lo dice: Con la encomiable brevedad de un compendio y utilizando las propias declaraciones de Zapatero, así como las de otros miembros del gobierno y del PSOE.
Quienes acusan a Zapatero de haber traicionado sus ideas de izquierdas con los ajustes económicos (reforma laboral, de las pensiones, etc) incurren en un error fundamental. En realidad, la economía nunca ha sido una prioridad para el presidente socialista. Para él tiene una función meramente instrumental, que es aportar los suficientes recursos al Estado para que éste pueda realizar su agenda radical, el proyecto de ingeniería social en el cual estamos embarcados desde hace siete años, “con el fin último de arrasar las instituciones básicas de la sociedad e imponer su proyecto cultural sobre el conjunto de los ciudadanos.” (p. 13)
Proyecto Zapatero es una descripción del proceso, más que una explicación. Los autores ponen de relieve cosas en teoría más que sabidas, pero que por ello mismo podemos acabar olvidando, como cuando señalan que “nunca antes en la España democrática había existido un poder como el que ostenta Rodríguez Zapatero. El Partido Socialista Obrero Español gobierna durante la segunda legislatura de Zapatero en 23 capitales de provincia, más Santiago de Compostela, Mérida, Vigo y Gijón. Controla 9 autonomías e innumerables diputaciones. A través de la administración pública local y regional tiene en sus manos las llaves de numerosas cajas de ahorro y de instituciones financieras y económicas de todo tipo.” (p. 23)
El zapaterismo, pues, no surge de la nada, y no se reduce a un proyecto mesiánico nacido en la cabeza de una sola persona. Tiene precedentes tanto intelectuales (laicismo, relativismo, feminismo radical, pro abortistas, etc) como estructurales (heredados del felipismo). Cada una de sus medidas políticas, consideradas aisladamente, se podrían ver como concesiones electoralistas a la parroquia progre. Pero el conjunto no puede ser explicado de manera tan superficial. Ofrece todo el aspecto de un plan coherente y premeditado para debilitar el papel de la familia, la Iglesia y cualquier otro vínculo tradicional entre los individuos, que quedan así a merced absoluta del Estado.
Por supuesto, desde el punto de vista izquierdista, las cosas son muy diferentes. Las reformas impulsadas desde el gobierno solo pretenden liberar a los individuos de sus ataduras tradicionales, liberar a las mujeres, a los homosexuales, a los creyentes de religiones minoritarias o no creyentes, a las minorías nacionales, etc. El progre sinceramente cree esto, y es una cuestión metodológicamente irrelevante si Zapatero y sus colaboradores también se lo creen.
Demostrar que la crítica conservadora se corresponde mucho más con la realidad se sale por completo de los límites de un libro como este. Requeriría exponer previamente una determinada concepción de la sociedad, en la línea del “orden extenso” teorizado por Hayek en su obra La fatal arrogancia**. Esta es una obra fundamental, aunque insuficiente. El profesor austriaco pensaba que instituciones como la propiedad privada y el mercado son el resultado de procesos evolutivos espontáneos e involuntarios, es decir, ajenos a cualquier planificación racional. Por lo cual cualquier proyecto de ingeniería social (que él llamaba constructivismo) es una empresa insensata. E intuía que esto se podía extrapolar a otras instituciones o principios tradicionales, como la unidad familiar y las prescripciones sobre moral sexual de la cultura judeocristiana. Por desgracia, deliberadamente evitó desarrollar aquellas ideas que según él -quizás en un exceso de modestia- entraban en terreno ajeno a sus competencias, que se circunscribían fundamentalmente a la economía.
Zapatero es un ejemplo paradigmático de la fatal arrogancia a la que se refería Hayek, y que va más allá del término estricto de lo que se entiende habitualmente por socialismo. Aunque el constructivismo es un producto en gran medida del racionalismo (es decir, de una concepción errónea del alcance de la razón), se ha dado incluso en movimientos religiosos, “que en su día intentaron acabar tanto con la unidad familiar como con el derecho de propiedad, a cuya cabeza figuraron los gnósticos, maniqueos, bogomilos y cátaros.” (p. 98) Y más adelante insistía en ello al afirmar lo siguiente:
“Resulta, pues, que aunque se supone que el concepto de ‘liberación’ es nuevo, sus demandas de exoneración de las costumbres morales son arcaicas. Los que defienden esta liberación podrían destruir las bases de la libertad y romperían los diques que impiden que los hombres dañen irreparablemente las condiciones que hacen posible la civilización.” (p. 115, negritas mías.)
Hayek por cierto acusaba al “liberalismo racionalista” de Voltaire, Bentham y Russell de haber hecho renacer con más fuerza que nunca estas demandas seudoemancipatorias, distinguiéndolo del “liberalismo político derivado de los viejos whigs ingleses”. De esta rama torcida del genuino liberalismo surgió el socialismo y las demás ideologías que conforman la izquierda contemporánea, el feminismo radical, el multiculturalismo, etc, y que en realidad conducen a una exaltación del Estado como el Gran Emancipador.
Hayek rastrea hasta Descartes los orígenes de “este moderno racionalismo”, el cual “no sólo desecha la tradición, sino que no duda incluso en afirmar que la razón está en condiciones de perseguir directamente cualquier meta sin necesidad de intermediaciones, así como que, con autonomía plena, puede crearse, sobre la base de la razón, un mundo nuevo, una nueva moral, un nuevo orden legal y hasta un nuevo y más adecuado lenguaje.” (p. 94)
Con posterioridad a Descartes, el pensador que más influyó en las tendencias constructivistas modernas fue Rousseau, quien “en su intento de liberar a la humanidad de toda constricción ‘artificial’, transformó lo que hasta entonces había sido considerado prototipo del salvaje en héroe de la clase intelectual”. (p. 95)
El Buen Salvaje se encuentra siempre detrás de todas las reformas de Zapatero. Para tratar de convencernos de que el aborto o la eutanasia suponen un aumento de la “libertad”, o que formas de “familia” distintas de la monogamia heterosexual son igual de buenas, se apela sistemáticamente a sentimientos primarios. Se nos evoca a mujeres encarceladas por abortar y se nos presentan ejemplares estampas “familiares” de gays o lesbianas con niños en adopción, o engendrados con nuevas técnicas reproductivas. La intención es presentar como un desalmado insensible a quien abrigue dudas sobre las consecuencias a largo plazo de alteraciones de lo que, hasta no hace mucho, la gran mayoría de la sociedad consideraba como lo normal y lo decente. Palabras que por sí solas ya son objeto de burlas, cuando no de escandalizada indignación. El mero hecho de sugerir un debate sobre estos temas se considera sospechoso, como si la discrepancia fuera en sí misma un crimen. Y de hecho, con la tipificación de los delitos de homofobia y otros nuevos que pretende legarnos el régimen de Zapatero, en gran medida ya lo es.
Por supuesto que las cosas cambian a veces a mejor. Hace siglo y medio la esclavitud se consideraba aceptable. No hace muchas décadas, en muchos países europeos la homosexualidad era un delito, como hoy lo es en Irán y Arabia Saudí. Es evidente que nadie en su sano juicio puede lamentar cualquier cambio, y que siempre existirán situaciones de injusticia que deben remediarse. Pero el error del “progresismo” es exactamente simétrico a este: Que todo cambio, por el mero hecho de serlo, es bueno; que la radicalización de cualquier tendencia, necesariamente, supone una mejora. Embargados de esta ilusión, somos pasto de gobernantes iluminados que, trastocando el orden espontáneo, nos conducirán a donde más les convenga a ellos, que no es ciertamente a liberarnos de su poder.
Los sondeos de opinión indican que Zapatero no será reelegido. Pero como decía al principio, su proyecto trasciende las ambiciones de un solo individuo. Se impone, pues, en cuanto haya un cambio de gobierno tras las elecciones, un proyecto contrario de deszapaterización, que como mínimo interrumpa la dinámica de “extensión de derechos”, eufemismo neolinguïstico tras el cual se oculta la ambición totalitaria de convertir la libertad en la graciosa concesión de una administración cada vez más omnipresente e intervencionista. No será una tarea fácil, ni mucho menos, porque hemos avanzado mucho en el camino hacia el totalitarismo.
________
* Ignacio Arsuaga y M. Vidal Santos, Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad, HazteOir.org, 1ª ed., noviembre 2010.
** F. A. Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, 1990
jueves, 12 de febrero de 2009
Eluana: Respuesta a Albert Esplugas
Bien, no sé si Esplugas estará de acuerdo con esta conclusión, pero en todo caso no me parece ni más ni menos absurda que aquella según la cual el Estado puede limitar mi derecho a comer hamburguesas. En mi opinión, no hay nada esencialmente ilógico en el hecho de que el Estado se inmiscuya hasta en el último detalle de nuestras vidas, y no por ello dejo de estar rotundamente en contra. Luego trato de explicarme.
Otra cosa distinta -y esto me lleva a una segunda objeción- es la cuestión de si es lícito quitarle la vida a alguien (con su consentimiento) cuando ése es el único modo de poner fin a un sufrimiento insoportable. Hay que decir que se trata de una situación extrema y menos frecuente de lo que gustan de plantear los partidarios de la eutanasia, salvo que juguemos con la imprecisión del término sufrimiento, que puede albergar un sentido psicológico (¡o incluso existencial!) muy amplio. Pero planteémosla de todos modos. Imaginémonos dos amigos que se encuentran alejados de la civilización, sin esperanza de recibir a tiempo ningún tipo de asistencia médica. Uno de ellos sufre un accidente o enfermedad grave que le produce dolores intolerables, hasta el extremo de que le suplica a su compañero: "¡Mátame!" Si el amigo no accede a su ruego, el otro morirá con toda seguridad, pero después de una larga y cruel agonía. Si lo mata, le ahorra ese calvario inútil. ¿Qué harían ustedes? Personalmente, accedería al ruego de mi amigo, aunque no sin experimentar un angustioso conflicto.
Ahora bien, el caso de Eluana, como el de otros muchos que saltan a los medios de comunicación, no es ese. No tenemos razones para pensar que está sufriendo físicamente. Por tanto, cuando al final del artículo Esplugas introduce innecesariamente para su razonamiento la expresión "enorme sufrimiento" (aun sin referirse a Eluana) traiciona el estilo sobriamente lógico de su argumentación para acabar cayendo en la manipulación emocional tan en boga cuando de estos temas se trata.
Del mismo modo que puede haber quienes acepten la despenalización del aborto bajo determinados supuestos, pero están en contra del aborto libre, puede haber quien acepte la eutanasia en casos límites como el descrito, pero no en los demás. Es decir, defender el aborto apelando a casos como el de la violación, etc o la eutanasia aludiendo al dolor físico, para luego extrapolar su validez a todos los demás, es sencillamente hacer trampa.
El problema de fondo se halla en el intento de basar la ética en premisas racionales. Se trata de una vieja ilusión. La razón en sí misma no podrá dictaminar jamás lo que está bien y mal, como dejó claro David Hume en el siglo XVIII. Ahora bien, la alternativa no es únicamente alguna forma de convencionalismo estricto o de relativismo. Creo que existen otras dos, no necesariamente incompatibles. Una es la evolucionista, que consiste en ver en las normas morales tradicionales (no matar, no robar, etc) el resultado de un proceso evolutivo que ha permitido sobrevivir a la sociedad hasta ahora, y del que por tanto sería temerario hacer tabla rasa por motivos de tipo constructivista (Hayek, La fatal arrogancia). La otra alternativa es suponer un origen trascendente de la moral tradicional, que es la posición clásica de Locke, y que en la actualidad se tiende a descartar demasiado a la ligera.
Generalmente, fuera de círculos intelectuales, la izquierda no suele ser constructivista en un sentido consistente. Es más bien una basura sentimentaloide y manipuladora, que trata de minar la moral tradicional por el procedimiento de presentar a todos sus defensores como seres insensibles, oscurantistas y crueles. El resultado objetivo, más o menos remoto, del relativismo (independientemente de que se pretenda de manera consciente o no) es un Estado mucho más poderoso al quedar liberado de constricciones morales rígidas. Cuando todo es relativizable o justificable de algún modo, una gran mayoría de la población no se indigna, y menos aún se subleva, por nada que no le afecte directamente, porque todo es opinable y discutible; nada es sagrado, ni siquiera la propia vida.
Por supuesto, que las consecuencias de una idea sean indeseables, no demuestra que esa idea sea falsa. Sólo nos invita a ser mucho más prudentes, o si se prefiere, conservadores.
domingo, 18 de enero de 2009
Otro momento de gloria de Antena 3
El tratamiento de la cadena televisiva se ajusta al protocolo de la corrección política de siempre: Exposición detallada de las posturas favorables a la "desconexión"; se nos dice que otras clínicas se han ofrecido a realizar el deseo del padre de poner fin a la vida de Eluana; se entrevista a un médico (bata blanca, despacho), que considera absurdo mantener la alimentación artificial de la paciente... Sólo se alude de pasada a la postura contraria, que por lo visto se limita a la del Vaticano. En fin, la "objetividad" acostumbrada por la mayoría de los medios de comunicación, sobre todo los que luchan contra el estigma de "conservadores".
Pero esta vez, a las lumbreras de la cadena privada se les ha colado una pifia de manual. ¿Saben qué ha llegado a decir el médico entrevistado, sin asomo aparente de ironía? Pues que le sorprendía que hubiera más partidarios de la eutanasia entre los jóvenes que entre los mayores, cuando son estos últimos los que más probabilidades tienen de recibir el "beneficio" (sic) de la eutanasia.
Vamos, que la gente tiene la extraña manía de no permitir que la puedan matar fácilmente, pero es mucho más tolerante, curiosamente, cuando quienes la pueden palmar son los otros (sobre todo si les van a dejar algo en herencia).
O una de dos, o el entrevistado, por mucho médico que sea, es tonto del culo, o bien a pesar de todo sí ha pretendido ser irónico, pero no se le ha notado. Aunque cabe una tercera opción: Que la deformación ideológica alcance tales extremos en algunos individuos, que hayan perdido hasta el último vestigio de sentido común. Si esto es un fenómeno corriente, pronto veremos en la tele a respetables sabios intrigadísimos por que a la gente no le guste pagar impuestos. ¿Cómo puede ser? ¡Pero si es por su bien!
domingo, 17 de agosto de 2008
Apostillas a "Por un Estado más fuerte"
"Mi opinión es exactamente la misma que la tuya. El Estado no debe estar por encima de los principios morales. Para mí es faltar a mis principios morales que el Estado me prohiba la eutanasia en el nombre de la moral de otros. Y si una pareja decide abortar, que el Estado se lo prohiba es faltar a sus derechos. No podemos coartar libertades en el nombre de la moral de otros."
El comentarista repite dos veces la expresión "la moral de otros". Esto es, entiende que existen distintos sistemas morales, ante los cuales el Estado debe adoptar una posición de neutralidad, al igual que frente a las distintas religiones. Es evidente que esta concepción relativista beneficia al Estado, pues le permite presentarse como el protector del pluralismo, frente a quienes supuestamente querrían imponer su moral o incluso su religión. Y digo supuestamente porque no es imprescindible que una amenaza sea real para que el Estado acuda a "protegernos" de ella, como es bien sabido.
El relativismo, sin embargo, además de esa enojosa consecuencia política, entraña un problema intelectual mucho más profundo. ¿Cuáles son sus límites? ¿Todos los sistemas morales merecen ser respetados? Eso es lo que parece implicar la cómoda posición de "que cada cual decida". La que quiera abortar que aborte, a ninguna mujer se la obligará si no quiere, se nos dice. Aquellas personas cuyos principios morales les impiden ejercer el mal llamado "derecho" al aborto, o el "derecho" a la muerte digna, sencillamente no deben preocuparse por el hecho de que existan clínicas (hoy ilegales, mañana quizás legales) donde son asesinados fetos perfectamente formados sin mayor motivo que el deseo de la madre, ni deben sentir inquietud porque se administre una inyeccción letal a cualquiera con sólo acogerse a un trámite rutinario. "A mí no me incumbe", dice el aludido comentarista en un comentario anterior.
Pero sí le incumbe. El relativismo y su variante el multiculturalismo, claramente no soluciona nada, porque nos conduciría a tener que aceptar prácticas aberrantes. (Que claro, son sólo aberrantes desde un determinado punto de vista moral: Cuidadito con entrar en el círculo infernal del relativismo, que luego no se puede salir.) Por tanto, por hipótesis, debemos aceptar que existen unos principios morales universales que no pueden estar sujetos a discusión. El estatus ontológico-gnoseológico de estos principios no es cuestión en la que podamos entrar ahora, baste por el momento aceptar la existencia de esos axiomas éticos. Para entendernos, debiéramos considerarlos como preceptos divinos, o como si lo fueran (dependiendo de que seamos creyentes o no).
Entre esos preceptos, creo que todo el mundo estará de acuerdo en que debe incluirse el derecho a la vida. La vida debe ser sagrada, lo que significa o bien que Dios existe, o bien que debemos actuar como si existiera. ¿Qué ocurre si un humanitarismo mal entendido nos lleva a buscar subterfugios para saltarnos este precepto, cuya obediencia puede resultar a veces gravosa, por ejemplo en el caso de la mujer que ha quedado embarazada a consecuencia de una violación? Pues sencillamente que la vida deja de ser sagrada, desde el momento que la felicidad se antepone a ella. Y cuando la vida deja de ser sagrada, todo es posible. Alguien puede decidir un día que los disminuidos psíquicos carecen de una "calidad de vida" adecuada, y que sería una gran gesta "humanitaria" administrarles la eutanasia. Alguien puede decidir un día producir seres humanos mejores a los actuales, etc. Una vez aceptamos que no existen normas absolutas, no existen límites al poder político, es decir, no hay límites a la arbitrariedad ni por tanto a la coacción estatal.
Para mí, la libertad es precisamente lo contrario de la arbitrariedad. No entiendo por libertad la mera realización de mis deseos. Los deseos del ser humano son ilimitados, existen infinitas cosas que no podremos nunca hacer. No puedo ahora mismo, por un simple ejercicio de mi voluntad, plantarme en medio de una calle de Manhattan. ¿Soy menos libre por ello, y por ver inevitablemente frustradas mil y una fantasías que podrían ocurrírseme, no todas necesariamente innobles o caprichosas? Por supuesto, podemos dar a las palabras el significado que nos parezca más oportuno, pero los juegos semánticos entrañan el riesgo de que determinados conceptos queden a la intemperie, sin términos que nos permitan pensarlos.
Creo en el concepto de libertad entendido como el derecho a que nadie -arbitrariamente- me obligue a modificar mi conducta. Y aquí "arbitrariamente" es crucial, porque de la misma manera que existen leyes de la naturaleza que no podemos saltarnos, existen leyes sociales (creadas por el hombre espontáneamente, no por un proceso consciente) cuya violación nos conduce a lo desconocido, porque nuestra civilización es en gran medida producto de ese orden espontáneo.
Por tanto, ante normas de tipo fundamental como son el derecho a la vida, mi posición es conservadora, en el sentido de que me opongo a que de la noche a la mañana, por la decisión de una asamblea o no digamos del poder ejecutivo, se pueda legislar sobre cuestiones tan trascendentes. La actitud de los gobernantes y de las personas cultivadas debiera ser mucho más humilde, no deberían arrogarse el derecho a reformarlo todo, incluido lo más sagrado. (O lo que es lo mismo, pensar que nada es sagrado.) Porque de lo contrario, se volverán demasiado fuertes, demasiado insolentes y poderosos. Así está hecho el ser humano.
Eso no implica oponerse al progreso, sino todo lo contrario. Porque el verdadero motor del progreso es la libertad individual, y la mayor amenaza a la que se enfrenta ésta no es el derecho consuetudinario, ni la costumbre, sino el poder político... ¡Sobre todo liberado de las trabas de la costumbre y la moral!
Sé que con estos argumentos no habré convencido a nuestro comentarista, porque él sigue atormentado por la casuística ("¿Y si el feto padece una deformación terrible? ¿Y si el embarazo es producto de una violación?", etc). Sin embargo, no me niego rotundamente a discutir casos concretos. Es evidente que si un feto carece de extremidades y además presenta otros órganos dañados, sería una obcecación fanática pretender por encima de todo que el embarazo llegue a su término. Aprobaría lógicamente el aborto en casos como este o similares. En cambio, otro tipo de circunstancias menos graves, no me parecen motivo suficiente para justificar la destrucción de una vida. Eso sí, no debería obligarse a la madre a criar un hijo no querido, debería ser lícito, si es que no lo es actualmente, que pudiera ceder su patria potestad a otras personas o instituciones que se hicieran cargo del niño.
Sin embargo, los que gustan de abrumarnos con la casuística, seleccionando especialmente los casos más dramáticos y más extremos (seguramente también los menos frecuentes), en realidad desdeñan cualquier análisis individualizado. Para ellos, cada caso es por sí solo justificación suficiente para que se reformen las leyes y se dé una "solución" simple y genérica para todas las situaciones, consistente en que decida la madre o que decida el enfermo (en el caso de la eutanasia). Es el mismo espíritu que anima a muchos a reclamar la intervención de los gobiernos en la economía, creyendo que con medidas conscientes y deliberadas, dirigidas desde una autoridad central, se resolverán todas las injusticias sociales, reales o supuestas. Por eso ambas variantes del mismo error racionalista conducen a parecidos resultados, a la consolidación del poder.
viernes, 15 de agosto de 2008
Sarkozy, mátame
Ya he expresado mi opinión sobre el tema en entradas anteriores (ver etiquetas) y no quiero repetirme. En vez de ello, el caso particular de este joven me lleva a hacerme la siguiente pregunta:
¿Qué es lo que conduce a una persona a desear que en su muerte intervenga la administración, cuando todavía está capacitada físicamente para acabar con su vida sin necesidad de ninguna ayuda?
Por supuesto, es imposible conocer con certeza lo que pasa dentro de la cabeza de otra persona. Sólo podemos ensayar hipótesis, como por ejemplo:
- Que no quiera morir solo, pero en este caso, el joven se suicidó en su domicilio familiar. ¿Debemos pensar que la presencia de un funcionario público le habría aportado un mayor consuelo?
- Que haya querido pasar a la posteridad provocando un cambio en la legislación francesa, o al menos un debate con amplias repercusiones. También me cuesta comprender que se pueda hallar una gran consolación por esta vía.
- Que pretenda, gracias a la asistencia médica, asegurarse el resultado, evitando sufrimientos innecesarios en el caso de que el intento de suicidio resultara fallido. Tampoco me convence mucho esta posibilidad. La mayoría de suicidios fallidos suelen ser falsos suicidios, ya se realicen para llamar la atención o para intentar despertar compasión. El que quiere matarse de verdad, no suele fallar.
Por mi parte, soy incapaz de entender que alguien pueda ver como un progreso de la "libertad" el hecho de que sea el Estado quien nos dé la muerte. Al menos, yo prefiero que siga teniendo límites, que sigan existiendo normas morales que los gobernantes no se puedan saltar, incluso en aquellos casos (que no este) en que un peculiar humanitarismo miope nos pudiera llevar a desearlo.
Ah, y desgraciadamente, en estos tiempos embargados por la peor especie de pornografía sentimental -por usar la certera expresión de Josep Pla- se hace preciso decirlo, por obvio que sea: Que alguien sufra, no siempre le da la razón.
martes, 8 de julio de 2008
Puede
Puede que no lo sea.
Puede que mucha gente haya venido haciendo el bien hasta ahora por las razones equivocadas.
Puede que de todos modos, aunque hubiera sido atea, lo hubiera hecho igual. O puede que no.
También puede haber gente que haga el mal.
Puede haber gente que haga el mal por razones equivocadas.
Puede que de todas maneras, lo hubiese hecho igual. O puede que no.
Puede que si el Dr. Montes hubiera actuado movido por ciertos prejuicios, inspirados en una rancia tradición, algunos ancianos que murieron debido a sedaciones practicadas en la sala de Urgencias del hospital Severo Ochoa, ahora estuvieran vivos.
Pero eso ya no puede ni debe volver a ocurrir. Puede que siempre haya gente que muera por culpa de trágicos errores, por creencias desdichadamente extraviadas, sean antiguas o modernas. Pero puede que al menos evitemos que nadie viva por culpa de ninguna superstición estúpida y rancia (sobre todo no olviden lo de rancia).
¿No es un avance extraordinario?
lunes, 7 de julio de 2008
Proyecto Gran Zapatero
José María Aznar, en su libro Cartas a un joven español, un breviario del pensamiento liberal-conservador que recomiendo sin reservas, lo expresa con claridad meridiana. Vale la pena citar el párrafo entero:
"Es una paradoja interesante, sobre la que invito a reflexionar. Hoy en día, nadie aguanta que le digan lo que tiene que hacer, pero quienes más alto vocean su libertad y exigen que sea total y absoluta por principio, están dispuestos a que los demás, y sobre todo los gobiernos, se ocupen de partes cada vez más importantes de sus vidas. Es lo que llaman, equivocadamente, 'derechos'. Los derechos se inventaron para poner coto a la acción de los gobernantes en la vida de los gobernados. Para salvaguardar su libertad: de expresión, de religión, de movimiento. Hoy parece que se entienden los derechos al revés, como una invitación a los gobiernos a que intervengan más y más en la vida de las personas."
Es exactamente así.
En el nombre del derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo, se desprotege a la criatura más vulnerable que existe, y se restringe (perdón, "regula") la objeción de conciencia de los médicos.
En el nombre del derecho a una muerte digna (como si los cuidados paliativos no fueran práctica corriente en todos los hospitales) se desprotege a un enfermo o a un anciano con cuya opinión se ha dejado de contar en algún momento ("firme aquí, abuelo, es por su bien").
En el nombre del derecho a hacer visible la personal orientación sexual se pretenden limitar la libertad de expresión ("homofobia") o la libertad económica (leyes contra la discriminación).
Los edificios públicos podrán izar la bandera gay, pero en cambio no se tolerará la presencia de un crucifijo. En nombre de la laicidad, se conculca la libertad religiosa.
Y además, todas estas imposiciones se pretenden establecer con carácter irreversible, "más allá de la alternancia", como ha declarado Zapatero sin asomo de pudor. No se trata sólo de que un gobierno que debería serlo de todos los españoles se dedique a atacar a la moral y la religión, sino de construir un régimen en el que la derecha que conocemos sencillamente ya no tenga cabida, porque no podrá oponerse legalmente a los cambios introducidos por el zapaterismo.
En la radiante nueva era de Zapatero, los "derechos" de los grandes simios estarán mucho más escrupulosamente salvaguardados que los de cualquier mero homo sapiens, no digamos si encima es varón, cristiano y heterosexual. Esas reliquias burguesas serán cosa del pasado, conceptos periclitados de un tiempo en el que imperaban supersticiones como el bien y el mal, y una insana desconfianza hacia nuestros preclaros gobernantes.
domingo, 29 de junio de 2008
Respuesta a Estela. Actualización.
"El q[ue] ha escrito esto, me gustaria [sic] hecharmelo [sic] a la cara.[ ]No te mueve mas [sic] q[ue] la miseria notable de tu inexistente sensibilidad. Estela (la hija)"
Ante todo, pido disculpas a Estela por aquellas de mis palabras que la hayan podido herir.
Pero por supuesto, eso no significa que me retracte lo más mínimo de mis ideas. No creo que el sufrimiento por la enfermedad de su madre le dé la razón. Muchas personas sufren por sus seres queridos sin plantearse siquiera la posibilidad de la eutanasia. Muchos padres deciden tener hijos sabiendo que padecen síndrome de Down u otras graves enfermedades genéticas. Seguramente, tanto unos como otros se sienten ofendidos ante algunas manifestaciones de quienes defienden la eutanasia o el aborto como una liberación y un progreso, como si quienes rechazan con entereza esas opciones fueran retrógrados y supersticiosos.
Lo siento, pero no soporto los chantajes emocionales. Reitero mis disculpas a Estela, pero por la forma, no por el fondo. Y por supuesto, tiene abierto este blog para cualquier aclaración o precisión que considere oportuna. Pero le rogaría que aportase información o argumentos, no victimismo.
ACTUALIZACIÓN: Reproduzco en el cuerpo del post, por su importancia, el último comentario de Estela:
"De nuevo yo por aqui, soy Estela y tan sólo queria decirte y aclararte q yo no apoyo la decisión de mi madre, es ella la que está opinando por lo que cree que seria lo mejor para ella y para todos los que la rodean. Yo respeto su desisiñon pero no la comparto. Ella me dió la vida y yo lucharé por la suya hasta que mis fuerzas aguanten.No es victimismo,no lo confundas, he batallado a brazo partido con la sanidad, el gobierno y todo lo que podais imaginar por una calidad de vida para ella, pero me sigo viendo en el mismo punto que hace 8 años...yo sigo con las mismas fuerzas pero a ella ya se la están acabando y no ve otra salida. Nunca me he rendido y no lo voy ha hacer ahora ok. Un saludo. ESTELA"
A la luz de estas palabras, comprendo que no había interpretado bien la actitud de Estela, por lo cual le pido nuevamente perdón, pero me reafirmo todavía más en mi denuncia de la manipulación de El País.
Estela, ¡un saludo y ánimos!
martes, 24 de junio de 2008
La manipulación hecha arte
Hoy aparece una noticia en El País cuya redacción merece ser estudiada, porque concentra en unas pocas líneas muchas de las falacias y las manipulaciones que constituyen el núcleo del paradigma progre.
El título ya es toda una declaración de intenciones: "No quiero que sea lo que Dios quiera, sino lo que yo decida", dice citando las palabras de una mujer, aquejada de una grave clase de esclerosis, que pide la eutanasia. Obsérvese que, tras la innecesaria formulación blasfema, la protagonista de la noticia lo que sugiere es que no cree en Dios, y que por tanto tampoco en una moral absoluta que podría poner trabas a la realización de sus deseos. Estamos desde el principio ante la falacia central de la eutanasia, que es la de presentarla como una batalla más de la lucha por la libertad. ¿Cómo se consigue esto? Pues escamoteando el significado político más fértil del término libertad, que es no estar sujerto a la arbitrariedad de un tercero, y sustituyéndola hábilmente por su acepción más tosca. Según ésta, ser libres es simplemente poder realizar nuestros deseos. Por tanto, el principal enemigo de la libertad deja de ser el poder político, y pasa a ser la religión y la tradición. Más aún, el poder político se convierte en un verdadero aliado en la lucha contra esas rémoras que nos impiden liberarnos... Y acogernos a la paternal protección del Estado.
El artículo es una mezcal inextricable de información y opinión -mejor dicho, monserga ideológica. Nos dice que esa mujer afronta con resignación la muerte, que "lo hace por amor a la vida. A una vida de calidad." Se trata de un recurso utilizadísimo, el de convertir algo en su opuesto, el de presentar lo negro como blanco. Querer morir ahora resulta que es "amor a la vida".
A continuación sabemos que Elpidia Esteban, que así se llama, todavía puede valerse por sí misma, pero a causa de su enfermedad degenerativa, llegará un momento en que necesite cuidados de una persona las 24 horas del día, y no quiere ser una carga para su hija, con la que vive. Vemos entonces cómo se van ampliando las justificaciones de la eutanasia. Primero nos la presentan como una forma de acabar con un sufrimiento inhumano, pero ahora ya el objetivo confeso es evitar molestias innecesarias a los vivos... ¿Creerán que "su hija es una de las personas que más la animan a exigir" la eutanasia? De nuevo, la técnica de la inversión: Ahora lo que moralmente se presenta como digno de elogio no es el sacrificio de tener que cuidar a un ser querido, sino colaborar en su eliminación.
El artículo continúa mostrándonos a Elpidia como una persona reivindicativa, para nada "nihilista", sino que reclama más investigación médica y laboratorios. Y es que claro, la gente que no somos progresistas, básicamente como lo son los lectores de El País, no queremos que haya más laboratorios, ni más escuelas, ni más carreteras. Hombre, ¡si hasta nos oponemos a la eutanasia, que es algo de "sentido común"!
Pero un panfleto de PRISA no sería completo si no se metiera con Esperanza Aguirre. Porque la Comunidad de Madrid por lo visto le había denegado a nuestra heroína la teleasistencia (lógico: vive con su hija) y una ayuda para el taxi para asistir a unos "talleres ocupacionales" (puestos a pedir...) Así de malvada es la derecha que se opone a la eutanasia y el aborto libre y gratuito. Y así es como se las gasta el diario oficial de la progresía.
ACTUALIZACIÓN: Entre la hija de Elpidia Esteban, que se llama Estela, y yo, ha habido un intercambio de comentarios que son del máximo interés y han dado lugar a otro post, Respuesta a Estela.
viernes, 6 de junio de 2008
Eutanasia: de liberal, nada
Independientemente de la opinión moral que merezca el suicidio, no creo que haya nadie en su sano juicio que defienda su prohibición legal. Y es que, cuando hablamos de eutanasia, en realidad no estamos discutiendo acerca del suicidio, sino del homicidio. Los defensores de la eutanasia defienden que una persona que desea acabar con su vida, y que por su estado físico es incapaz de realizar por sí misma su propósito, tiene derecho a ser asistida por otra en el cumplimiento de su voluntad, que por tanto cometería un homicidio legal. Se podrá estar de acuerdo o no, pero esto es algo muy distinto de defender una libertad elemental, que es como tienden a presentarlo.
No se trata, por tanto, de que algunos teocones quieran restringir una libertad del individuo. Lo que se pone en cuestión es que el homicidio deba ser despenalizado en función de las limitaciones físicas de ciertas personas.
Existen normas que obligan a los constructores a evitar las llamadas barreras arquitectónicas, con el fin de proteger a los disminuidos físicos. Podríamos discutir sobre si la coerción estatal es el mejor medio para ello, pero en cualquier caso, facilitar que una persona en silla de ruedas acceda más fácilmente a un edificio, es una medida análoga a otras muchas que la sociedad aplica en beneficio de personas desfavorecidas, como pueda ser una pensión no contributiva o la gratuidad del transporte urbano para los ancianos. Son medidas muy loables, quién lo duda. Ahora bien, presentarlas como un aumento de la "libertad" de estos individuos es incurrir en el uso más trivial y empobrecedor de la palabra, que es precisamente el que más gusta a los socialistas. Para estos, libertad es simplemente el poder de hacer cosas. Para el liberalismo clásico, sin embargo, la libertad es no estar sujeto a la arbitrariedad de otra persona.
Si yo no puedo jugar al baloncesto porque soy tetrapléjico, en ese sentido trivial soy menos libre que si tuviera las condiciones físicas de Pau Gasol. ¿Pero está obligada la sociedad a satisfacer todos los deseos de algunos de sus miembros, por el mero hecho de que padecen limitaciones más graves que la mayoría?
Si una persona quiere morir, ¿la sociedad tiene la obligación de facilitarle los medios para ello? Quienes responden que sí, en realidad están dando mayor poder a la sociedad sobre el individuo, por mucho que supuestamente sea para cumplir una voluntad de éste. Pues lo que nos tememos muchos es que convertir la eutanasia en práctica rutinaria conduce a una relativización de la vida humana y por tanto al menoscabo de la dignidad de la persona, que es la fuente de toda libertad. Es descender a un estadio gregario como el de aquellos pueblos primitivos que practican el abandono de ancianos o el infanticidio, o el de esas sociedades de insectos en las que el individuo se sacrifica (en ocasiones por propia iniciativa, si es dado emplear este concepto en animales inferiores) por el bien del colectivo. El Estado no nos pregunta si queremos cotizar a la seguridad social, detrayéndonos la mitad de nuestros ingresos; sencillamente, ha decidido por nosotros que sí queremos. ¿Tan sorprendente sería que acabara decidiendo cuándo queremos morir?
sábado, 22 de marzo de 2008
Si no me llaman teocón, algo estaré haciendo mal
Así es como algunos autodenominados liberales defienden la libertad contra la carcundia y el oscurantismo teocón de la derecha vaticanista y bla bla bla: Aliándose objetivamente con el Estado Providencia. Lo bueno es que encima reparten carnés de liberales.
Algunos hemos explicado hasta la saciedad por qué el individualismo hedonista no favorece la causa de la libertad, aunque se sirva de una retórica liberal. Primero dejaremos que el Estado se haga cargo de los ancianos y enfermos, "para que no sufran" (y de paso, para que no incordien), después que se haga cargo de los niños (republicanismo laicista, educación para la ciudadanía), y por último todos los demás nos arrojaremos en brazos de la paternal administración, pues a fin de cuentas, ¿quién vela por nosotros desde la cuna a la tumba, si hemos disuelto todos los vínculos familiares y espirituales entre los individuos, a mayor gloria de unas entelequiales virtudes republicanas?
Algunos en Red Liberal tildan de reaccionarios a quienes no encajamos con su visión decimonónica del progreso. Tiene gracia. Abogan por la investigación con embriones con el "argumento" de que así se evitarán supuestamente millones de muertes. Esta clase de discurso de afectación moral me recuerda poderosamente al que trata de criminalizar a los escépticos sobre el cambio climático haciéndoles responsables de no sé qué catástrofes hipotéticas que se ciernen sobre la humanidad. Porque de los incontables frentes de investigación médica que existen, algunos experimentamos dudas éticas acerca de una en concreto, resulta que queremos parar el progreso y debemos cargar sobre nuestra consciencia todas las muertes por enfermedad de origen genético habidas y por haber en el futuro. Dudo que la desmesura sea el mejor método para defender ninguna posición, salvo que uno ande poco sobrado de recursos intelectuales.
Por supuesto que estar en contra del aborto o de la eutanasia no es una postura exclusivamente liberal. Por lo que he podido escuchar a Miró i Ardèvol, el presidente de e-cristians, no es en absoluto un liberal, sino que encaja más bien con un perfil conservador en el sentido que utilizaba Hayek en su conocido ensayo Por qué no soy conservador. Pero que un liberal coincida en algunos asuntos con un conservador no le convierte en conservador, ni viceversa. Por supuesto, en el sentido en el que se usa el término en Estados Unidos, no tengo empacho en que se me adjetive como conservador. El problema es que cuando matizaciones tan elementales se hacen necesarias, es señal de que la marrullería y la demagogia barata están en auge.
domingo, 10 de febrero de 2008
Defender al Doktor Montes
Hay que reconocer a los asesores de imagen del partido socialista la capacidad de síntesis. Están llenando Cataluña con vallas de la Chacón sobre un fondo rojo como el de las camisas de Chávez, con el lema "la Cataluña optimista". Ahora, los también amigos de Chávez, que se sienten tan cómodos actuando en Venezuela pese al veto que sufre alguno de sus colegas por atreverse a criticar al tirano, apoyan a Zapatero con una canción que habla de la defensa de la alegría.
Siempre he pensado que si tuviéramos que definir en muy pocas palabras las diferencias entre derecha e izquierda, podrían ser más o menos las siguientes: La izquierda se basa en cómo se cree que debería ser el mundo, mientras que la derecha, en cómo se cree que es. Esta definición tiene la virtud -o el defecto, según se mire- de que podría contentar tanto a tirios como a troyanos. A los llamados progresistas ya les gusta verse a sí mismos como unos idealistas que anhelan cambiar el mundo, mientras que a los conservadores tampoco les desagradará esa imagen propia de personas sensatamente realistas.
Thomas Sowell las denominó Visión Utópica y Visión Trágica. Otra ventaja de esta forma de comprender las diferencias entre ambas es que pone de relieve las razones del éxito de la izquierda. Es mucho más agradable imaginar que "otro mundo es posible" (especialmente si no nos detenemos demasiado en sus detalles) que tener que enfrentarse a la dura realidad de las cosas.
La construcción intelectual más sofisticada de la izquierda hasta ahora ha sido el marxismo. Éste se caracteriza en esencia por la identificación del deber ser con el ser, es decir, considera los valores éticos como una simple función del sentido de la Historia, que sólo los marxistas saben interpretar adecuadamente, de manera muy similar a como las antiguas castas sacerdotales se arrogaban el conocimiento de los designios divinos.
El marxismo, aunque aparentemente ha sido abandonado por la izquierda, sigue gozando de una influencia enorme, porque se ha diluido en gran medida en nuestras leyes, instituciones y mentalidades. El hecho de que casi nadie lo reivindique ya formalmente hace aún más difícil combatirlo, porque parece que criticarlo es atacar a un fantasma, a un enemigo imaginario.
La situación a que nos lleva esto no puede ser más paradójica. Mientras la izquierda trata de convencernos de que el sentido de la Historia coincide con la naturaleza inmanente de las cosas, y que debemos dejar llevarnos por esa corriente fatal que nos arrastra, la tarea de la derecha -si no quiere convertirse en una segunda marca de la izquierda- lejos de equivaler a una obstrucción del cambio, sólo puede consistir en una transformación profunda de unas instituciones basadas en unas premisas tan utópicas como nocivas. Porque quien desconoce la verdadera naturaleza de las cosas, y especialmente la naturaleza humana, colabora inconscientemente con la concentración del poder político. Éste siempre se esfuerza por endulzarnos nuestra esclavitud, o al menos los escasos beneficios que nos reporta su dominio, pintándonos un mundo mejor de lo que realmente es.
El gobierno actual que padecemos pretende hacernos creer, contra la más flagrante evidencia, que en asuntos como la economía o la política antiterrorista, sus resultados son muy superiores a los del anterior gobierno. Por suerte, todavía no hemos llegado a una situación como la descrita por Stanislaw Lem en Congreso de futurología, donde nos describe cómo en el año 2039, la utilización de las drogas más avanzadas permite que toda la población experimente vivir en un estado de bienestar paradisíaco, cuando en realidad se halla sumida en la miseria.
Por el momento, la tecnología química apenas sirve para algo más que suprimir los sufrimientos más intolerables -y procurarnos una muerte dulce. Pero no deberíamos despreciar la capacidad de la propaganda para crear un mundo virtual. Cuando se niega la trascendencia de todos los valores, incluido el de la vida, absorbidos por la marcha imparable de un Progreso elevado a nueva religión, las consecuencias pueden ser, por ejemplo, que cualquier iluminado que se atribuya una especial clarividencia en la interpretación de ese progreso decide el momento de la muerte de un anciano ingresado en urgencias. Y los que lo denunciamos, somos por supuesto unos insensibles reaccionarios y supersticiosos que estamos a favor del sufrimiento. Representamos el torvo oscurantismo frente a la alegría de la luminosa razón.
Eso sí, como dice la panfletaria canción de los amigos del Poder, se trata de defender la alegría "como una trinchera".
Resulta cuando menos curioso cómo les gusta a estos pacifistas la iconografía frentepopulista de nuestra Guerra Civil. Nos llaman imbéciles, teócratas y qué sé yo, y a la que nos descuidemos nos prescriben la sedación obligatoria, que es más discreta que el paredón. Ojo con estos hijos de mujer de vida alegre.
martes, 5 de febrero de 2008
¿Por qué tanto odio?
Me pregunto de dónde brota un odio tan intenso contra los clérigos. ¿Se debe acaso al recuerdo de la Inquisición? Durante la guerra civil fueron asesinados unos 7.000 religiosos. Pero difícilmente podían sus asesinos recordar la última ejecución por herejía dictada en España, ocurrida más de cien años antes. ¿Se podría explicar como un rencor generado por la cercanía de la Iglesia a los ricos? Esto resultaría tan sorprendente como si se persiguiera a los médicos o a los abogados por estar cerca de los más acomodados, afirmación que sería aproximadamente igual de inexacta. Sin embargo, algo de media verdad hay en ello, en el mismo sentido en que por ejemplo antisemitismo y anticapitalismo suelen ir unidos. De hecho, la tremenda explosión de odio anticlerical de los años treinta a lo que recuerda precisamente es a las persecuciones contra los judíos, tan cercanas en el tiempo. Su irracionalidad, su bestial crueldad, su atmósfera de propagación de bulos, y su instrumentación por demagogos sin escrúpulos, constituyen rasgos inconfundibles.
Actualmente hay quien trata de mantener encendidos los rescoldos de aquel incendio. Se pretende que existe el peligro de un regreso del oscurantismo. Pero ¿qué se entiende por tal? ¿Que se prohiba el aborto? Dudo que poder abortar legalmente sea una de las preocupaciones principales de una persona normal, ni siquiera de esas desgreñadas que se manifiestan por el derecho a “disponer de su cuerpo”. La propaganda, en este tema como en el de la eutanasia, recurre como siempre a la dramatización, generalmente basada en casos reales, convenientemente manipulados para su aprovechamiento sentimental. La niña embarazada cuya vida –nos aseguran- está en peligro, el tetrapléjico al que una legislación insensible le obliga a permanecer postrado contra su voluntad... Pero si alguien insiste en señalar casos que incitan a reflexiones en el sentido opuesto, como por ejemplo las clínicas de abortos ilegales, o las proezas del Dr. Montes, se le tilda de reaccionario.
El oscurantismo que hoy nos amenaza realmente todos sabemos de dónde proviene, y no es precismente del Evangelio. ¿Por qué no vamos a poder distinguir religiones mejores o peores? ¿Qué clase de burda simplificación, de penosa incuria intelectual se quiere hacer pasar por pensamiento avanzado?
El cristianismo molesta a muchos porque forma parte de su esencia el concepto de responsabilidad individual, y hoy vivimos bajo un bombardeo constante de mensajes halagadores de una falsa ética indolora. Después existe una minoría que se opone a él porque honestamente cree que es falso. Si se replica que tal falsedad no ha sido establecida, nos dicen que tampoco se ha refutado la existencia de Zeus, o Afrodita, como si de lo que se tratara aquí fuera del dogma trinitario, o de la transubstanciación. Pero en el fondo lo que se rechaza es toda concepción trascendental de la existencia, lo cual jamás ha tenido nada que ver con el progreso del conocimiento y de la técnica.
Uno de los episodios más memorables de la deliciosa Hannah y sus hermanas, es aquél en el que vemos a un angustiado Woody Allen tratando de encontrar el sentido de la vida, mientras deambula por su amado Manhattan. Tras probar con cómica superficialidad varias religiones, cree encontrarlo no en un templo, sino en un cine en el que están proyectando una película de los hermanos Marx. Bueno, la broma podrá gustar más o menos, pero con ella no se hace escarnio de creencias venerables, sino al contrario, parte de la base de que existe en el hombre una búsqueda del sentido. Me parece mucho más inteligente la visión trágico-humorística del cineasta neoyorquino que no cierto positivismo que cree poder despachar el tema con una serie de generalizaciones vacuas. Siempre simpatizaré con un judío agnóstico que se ríe de sí mismo, aunque no eluda algunos tics de la progresía. Por el contrario, cierta clase de comecuras de ocasión con traje de gala de los Goya sólo consigue provocarme hastío.