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sábado, 3 de julio de 2010

Vídeo estomagante en un canal de Godó

El Grupo Godó, siempre obediente a la autoridad vigente (le cedo el eslogan), no podía dejar de aportar su granito de arena para caldear el ambiente previo a las anunciadas movilizaciones en Cataluña, contra la escasa legalidad constitucional que queda. Su canal musical RAC105 TV ha recuperado un vídeoclip perpetrado hace más de un año por el cantante Gerard Quintana, titulado La crosta, en el cual aparecen imágenes de Franco, Hitler, bombardeos de la guerra civil, campos de concentración, etc, entrelazadas con fugaces fotogramas, casi subliminales, de conocidos periodistas (Curri Valenzuela, Isabel San Sebastián, Federico Jiménez Losantos), así como la difundida imagen de Aznar dirigiendo un gesto obsceno a un grupo de energúmenos que le insultaban. Todo muy sutil, como se ve.

Lo más preocupante de este tipo de groseras manipulaciones no es que sean tan habituales, sino que sean secretadas espontáneamente, al menos en apariencia. Porque que el PSC, ERC o ICV hubieran producido un bodrio semejante, entra dentro del juego más o menos sucio de la contienda política. Pero que lo haga -es de suponer que no por encargo- un renombrado cantante (ex miembro de Sopa de Cabra, el conjunto de rock catalán de más éxito en los años noventa) resulta sintomático de una sociedad que necesita fabricarse enemigos (la "caverna madrileña") para encubrir sus propias miserias.

Imaginemos la que se organizaría ante un vídeo en el que junto a imágenes de Stalin, de iglesias reducidas a cenizas durante la república y la guerra civil, y de cadáveres de fusilados en las cunetas, aparecieran las de Iñaqui Gabilondo, Enric Sopena y Zapatero, sugiriendo que los periodistas y el político fueran directos herederos del totalitarismo comunista. Pues bien, sin duda serían menos injustas que el vídeo de Quintana, pues al menos Zapatero se ha proclamado rojo y se ha identificado claramente con el bando del Frente Popular. Por el contrario, Jiménez Losantos es el máximo popularizador en España del liberalismo, ideología no demasiado compatible con los Principios del Movimiento, mientras que el ex presidente, a través de la fundación FAES, sus libros, artículos y conferencias, es también hoy un notable padrino de las ideas de Adam Smith y Hayek.

¿Por qué, pese a ello, un engendro como La costra no generó las acusaciones de manipulación y demagogia que -previsiblemente- provocaría el montaje aquí propuesto? Pues muy sencillo: Porque las ideas de la izquierda las conoce todo el mundo, mientras que los conceptos básicos del liberalismo conservador son ignorados por millones de personas, que así pueden tragarse sin dificultad las distorsiones más burdas, e incluso aplaudirlas. Sólo conocen de Losantos o de Aznar declaraciones aisladas y sacadas deliberadamente de contexto para generar rechazo, mientras que el discurso de la izquierda, por su simplicidad y emotividad, por sí solo es mucho más fácil de vender. Además, generalmente, casi todos hemos venimos recibiendo desde la infancia y la adolescencia el adoctrinamiento de profesores y medios de comunicación progres. Como ha dicho Thomas Sowell:

"Mucha gente de derechas no tiene problema en entender a la gente de izquierdas porque gran parte de ella, si no la mayoría, era ella misma de izquierdas en su juventud. Pero gran parte, si no la mayoría de la gente de izquierdas, encuentra inexplicable cómo una persona decente e inteligente puede ser de derechas."

Por eso es imprescindible denunciar cada libelo, cada infamia, por muy torpes que sean. No podemos resignarnos a considerarlos normales, porque actúan como diques propagandísticos de contención de las ideas liberales, disuadiendo a miles de personas de experimentar un mínimo de curiosidad por conocerlas.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Sobre la crisis económica: Una selección

A continuación enlazo -por orden cronológico- media docena de artículos sobre la crisis económica que me han parecido muy útiles, por su claridad y concisión:

  • Juan Ramón Rallo: ¿Por qué se equivocaron los bancos?
"Es curioso cómo políticos, reguladores y economistas se escandalizan ante el excesivo riesgo que han asumido los bancos, cuando la Reserva Federal les estuvo prestando dinero al 1% durante más de un año, sin que ningún funcionario pusiera el grito en el cielo." Leedlo entero aquí.


  • Thomas Sowell: Bankrupt "exploiters" (I y II)
"Culpar a los prestamistas es también el discurso de los demócratas del Congreso. Dicen que lo que necesitamos es incrementar la regulación pública de las entidades crediticias para proteger a los inocentes frente a sus prácticas 'depredadoras'. Antes de adentrarnos en este asunto, será útil remontarse a lo que desde un principio nos metió en este lío. No han pasado tantos años desde que el escándalo moral sacudiera a los medios de comunicación porque los prestamistas eran renuentes a prestar en determinados vecindarios, y porque los bancos no aprobaban las solicitudes de hipotecas de los negros con igual frecuencia con que aprobaban las de los blancos. Todo esto fue el pistoletazo de salida de una campaña destinada a obligar al Congreso a aprobar leyes que forzaron a los prestamistas a dejar dinero a personas a las que de lo contrario no prestarían y en lugares en los que de otra forma no invertirían su dinero." Leed la traducción entera: I y II. Original: I y II.


  • Alejandro Fernández: Conclusiones del intervencionismo en los USA
"Como ha pasado siempre a lo largo de la historia, las grandes corporaciones JAMÁS HAN DEFENDIDO EL LIBERALISMO, sino el intervencionismo estatal." Leedlo entero.


  • José Mur: ¿Ha muerto el liberalismo?
"En 1995, Bill Clinton, con la idea de que el Estado de Bienestar saltase la frontera de la asistencia sanitaria (Medicare, Medicaid) y se adentrase en el mercado de la vivienda, o sea, que cada americanito pudiera tener su propia vivienda, aunque no tuviera recursos para ello, favoreció la creación de regulaciones para que la banca tradicional y las dos entidades anteriormente mencionadas, Freddie & Fannie, no pudieran rechazar la concesión de créditos en determinados barrios, al límite de la marginalidad, con clientes de una morosidad segura, a poco que el mercado inmobiliario se diera la vuelta y cayera el precio de la vivienda. Y ese fue Bill Clinton. Buena intención socialista para crear una burbuja de potenciales y peligrosas consecuencias." Leedlo entero.


  • Borja Prieto: El New York Times anunciaba la crisis hace 9 años
"El gobierno interviene, los negros e hispanos pueden comprarse casas baratas, y todos felices. Clinton se va, gana Bush, y no se le ocurre levantar la presión sobre las entidades de crédito para volver a la racionalidad. Sería un suicidio político quitar las casas a los pobres. Lo que le faltaba es que le acusaran de racista." Leedlo entero.


  • Nairu: Crisis: Teoría y hechos
"Mises defendía que las depresiones eran consecuencia de las políticas de expansión crediticia patrocinadas por los gobiernos pensadas para rebajar los tipos de interés del mercado. Y lo que hemos tenido en España, más que una expansión habría que llamarlo auténtico desparrame crediticio: entre 2001 y 2007 la actividad crediticia creció cada año un 25%, algo que no ha ocurrido en ningún otro lugar del mundo, ni siquiera en China." Leedlo entero.


Epílogo

Ni que decir tiene que los pobres que no han podido cumplir sus compromisos hipotecarios, se quedan sin vivienda. O sea, que tras la genial intervención de los políticos "progresistas" (¿qué demonios entenderán por progreso?) no sólo no se ha beneficiado a los más desafavorecidos, sino que además nos han empobrecido a todos. Bueno, excepto a un reducido número de mangantes: No me extraña que haya tantos ricos de izquierdas.

domingo, 6 de abril de 2008

Los elefantes no existen ¡y vale ya!

Hemos visto lo que había de aprovechable en el libro de George Lakoff, No pienses en un elefante. Veamos ahora cuáles son sus errores, lo que no es menos instructivo.

A lo largo de todo el libro, posiblemente de manera involuntaria, el autor practica una confusión sistemática entre la eficacia política de un argumento y su validez lógica o empírica. De hecho, parece como si cuando nos muestra la función de una expresión usada por la derecha, con ello ya nos hubiera demostrado su carácter engañoso y manipulador. Algo así como si se nos revelara el secreto de un truco de magia. Por el contrario, los argumentos de la izquierda basta con que sean efectivos para que resulte innecesaria cualquier averiguación acerca de si, además, son verdaderos o no.

Así por ejemplo, frente a las críticas contra el matrimonio gay, Lakoff se ufana de su propia contrarréplica, que consiste simplemente en decir con tono triunfante “no creo que el Estado deba decirle a la gente con quién puede o no puede casarse”. Por cierto, resulta curioso cómo aquellos que se erigen en defensores de los impuestos y el intervencionismo estatal (y Lakoff es uno de ellos, como veremos), cuando les conviene sacan a relucir su argumentario liberal, y además acusan a la derecha de hacer lo mismo pero al revés. Siempre me fascina la capacidad de la izquierda de proyectar en la derecha sus propios vicios. Pero ante todo, nótese la pobreza intelectual del argumento. Si el llamado matrimonio homosexual es una cuestión de ser libres para casarse con quien se quiera, ¿también lo será el matrimonio incestuoso o la poligamia? “No es lo mismo”, protestará el progre. Pero entonces el argumento, suponiendo que exista, debería ser otro. Si casarse con tres mujeres o con un hermano no nos parece una cuestión de libertad de casarse con quien se quiera, habrá que explicar por qué sí lo es casarse con una persona del mismo sexo. Nótese que no estoy negando que exista esta explicación (aunque no lo creo). Sólo afirmo que el argumento de la libertad no nos sirve en este caso. Pero no importa. Si a algunos les permite salir del paso, para el profesor Lakoff eso constituye en sí mismo una demostración.

Lo mismo puede decirse de su análisis de la expresión "alivio fiscal" utilizada por Bush. Es evidente que el presidente pretende sugerir que los recortes de impuestos son buenos y que sería muy raro que a alguien no le gustara pagar menos al fisco. Pues bien, de ello deduce Lakoff lo contrario, que esos recortes tienen que ser malos. Sinceramente, no veo la lógica.

Esta confusión entre lo que sería el arte de convencer y la lógica no es accidental en este libro. Deriva de una concepción descaradamente carente de ecuanimidad acerca de los modelos o marcos que llamamos izquierda y derecha, provocada por los prejuicios progres del autor –imposibles de ocultar tras la pantalla de una teoría supuestamente científica.

George Lakoff empieza preguntándose qué tienen en común las posturas conservadoras ante diferentes cuestiones, por ejemplo los impuestos y el aborto. Y antes de llegar a ninguna conclusión se da cuenta de que, pese a desconocer ese nexo común, él sostiene precisamente las opiniones contrarias en todos esos temas aparentemente sin relación alguna entre sí. Su respuesta a esta perplejidad inicial es la teoría de los dos modelos de familia, que él cree se encuentran en el fondo de las dos grandes ideologías, y recuerda mucho a la teoría de las dos visiones de Thomas Sowell, de la que he hablado en otra ocasión, aunque ignoro si existen influencias mutuas directas. Estos modelos pueden ser denominados como el del padre estricto y el de los padres protectores (nurturant parent family).

La mentalidad del padre estricto se basa en los siguientes supuestos:

El mundo es un lugar peligroso, y siempre lo será, porque el mal está presente en él. Además, el mundo es difícil porque es competitivo. Siempre habrá ganadores y perdedores. Hay un bien absoluto y un mal absoluto. Los niños nacen malos, en el sentido de que sólo quieren hacer lo que les gusta, no lo que es bueno. Por tanto, hay que conseguir que sean buenos.” (p. 28)

Para ello, es necesario un padre fuerte que imponga disciplina, con el fin de enseñarles la diferencia entre el bien y el mal, y a valerse por sí mismos. Lo primero les convertirá en personas sociables, y lo segundo les permitirá sobrevivir en el mundo sin depender ya más de sus padres. El modelo del padre estricto es lo que conecta las concepciones morales tradicionales de los conservadores con sus ideas sobre la política exterior, el capitalismo, etc.

Los padres protectores parten de una visión de las cosas completamente opuesta:

El padre y la madre son igualmente responsables de la educación de sus hijos. Se parte del supuesto de que los niños nacen buenos y pueden hacerse mejores. El mundo puede llegar a ser un lugar mejor y nuestra tarea es trabajar para conseguirlo. La tarea de los padres consiste en criar a sus hijos y en educarlos para que ellos, a su vez, puedan criar y educar a otros.” (p. 33)

La figura de los padres protectores se asocia sin dificultad con los que defienden la socialdemocracia, el pacifismo y concepciones morales más laxas.

Este intento de explicación de los dos grandes paradigmas ideológicos no me parece nada desacertado, realmente creo que es una buena exposición de sus diferencias esenciales. En un sentido profundo estoy dispuesto a aceptar que la derecha equivale a una visión pesimista o trágica de la realidad, mientras que la izquierda sería consustancialmente optimista, como ella misma gusta de proclamar. Pero esta constatación, por sí misma, no nos dice nada acerca de la verdad o falsedad de ambas. Que los seres humanos tenemos una inclinación hacia el mal, podrá ser una afirmación amarga y desagradable, pero ello no la convierte en necesariamente falsa. De hecho, en mi opinión está mucho más cerca de la verdad que el enunciado opuesto.


George Lakoff, asesor del PSOE

Pero el profesor Lakoff piensa lo contrario, y para reforzar su punto de vista nos presenta el modelo del padre estricto con los tonos más sombríos, y su opuesto como la expresión máxima de la racionalidad, la bondad y la empatía. Así para él es inherente al concepto del padre estricto el castigo físico, mientras que la confianza, la sinceridad, la honestidad y casi todas las virtudes imaginables se asocian con el modelo opuesto. Trasladado a la esfera de la política, la derecha resulta que está empeñada en que los pobres sean cada vez más pobres, destruir el medio ambiente y promover agresivas guerras por el petróleo, mientras que

los progresistas –proclama– quieren igualdad política, buenas escuelas públicas, niños sanos, atención a los ancianos, protección policial, granjas familiares, aire respirable, agua potable, peces en nuestros ríos, bosques por los que podamos escalar, cantos de pájaros y ranas [¡pero sigue!], ciudades vivibles, negocios éticos, periodistas que dicen la verdad, música y danza, poesía y arte, y puestos de trabajo cuyos salarios permiten vivir decentemente.” (p. 159)

Quien al leer lo anterior no haya derramado lágrimas de emoción, es que es un desalmado insensible. O sea, de derechas. Pero aun sin presentar los dos modelos de familia de manera tan tendenciosa, la formulación de Lakoff presenta problemas que la hacen menos interesante que la antes mencionada de Sowell.

Uno es el de cierta inevitable circularidad. ¿No será que la mentalidad conservadora favorece un modelo de familia, en lugar de que ésta favorezca a aquélla?

La otra dificultad del modelo es que, sometida a un análisis más concienzudo, no está tan clara la traslación a la esfera política que hace de los modelos de familia. Así por ejemplo, Lakoff asocia las políticas favorables a los impuestos con las de los padres protectores (programas sociales, etc). Pero cuando a alguien lo meten en la cárcel por defraudar a Hacienda ¿debemos imputarlo al padre estricto o al protector?

Con todo, aun salvando estas dificultades, la verdadera cuestión, como he apuntado antes, pero que Lakoff ni siquiera se plantea, consiste en cuál de los dos modelos se corresponde más fielmente con la realidad de las cosas. El profesor de lingüística, como él mismo confiesa, ya ha tomado partido desde antes de haber concebido su teoría. Para él, que la derecha liberal abogue por la reducción del tamaño del Estado, sólo puede explicarse por una perversa obsesión por reducir los gastos sociales. No se le ha ocurrido que si partimos de una visión pesimista de la naturaleza humana, todo crecimiento excesivo del Estado, que a fin de cuentas está constituido por seres humanos como los demás, con todos los defectos propios de la especie, incluyendo la pasión universal por el mando, difícilmente permitirá dar cumplimiento a las románticas esperanzas que algunos depositan en él, y en cambio puede ser el origen de las peores pesadillas, como la Historia nos enseña.

Quizás donde mejor se ponen de manifiesto sus prejuicios es en el tema del terrorismo. Lakoff llega al ridículo extremo de sostener la recalcitrante patraña de que una de las causas principales del terrorismo islámico es la desesperación de los que no tienen nada que perder.

Si se acaba con esa pobreza, se acaba con lo que alimenta a la mayoría de los terroristas, aunque los terroristas del 11-S tenían dinero.” (p. 93, negritas mías).

O sea, tenían dinero, pero la causa del terrorismo es la pobreza. ¡Y vale ya! Sencillamente, parece que los hechos objetivos no encajan en el marco progresista del señor Lakoff. La “explicación” del terrorismo por la violencia no es más que negarse a contemplar la verdad acerca de la naturaleza humana, explicando el mal por las circunstancias, y trasladando a la sociedad la responsabilidad del individuo. Es en definitiva el progresismo en estado puro. El peligro estriba en que, si como creemos algunos, el mundo no es como lo imaginan los progres, los errores acerca de la naturaleza de las cosas se acaban pagando caros. Lakoff cree que fue una equivocación atacar a Afganistán tras los atentados del 11-S, porque ello provocó la muerte de inocentes y nos iguala, según él, con los terroristas. Pero ¿qué alternativa propone? Aunque no entra en muchas precisiones, parece que él hubiera preferido que se hubiera ido a las supuestas causas del odio antioccidental. Pero incluso dejando de lado que quizás las causas no sean las que él imagina, ¿podemos concebir una política más suicida que dejar sin responder de manera contundente una agresión semejante? Pongamos un ejemplo de menor escala, el de unos delincuentes que se hacen fuertes con rehenes. Si la policía asalta el recinto y en la lucha subsiguiente mueren algunos rehenes, ¿debemos concluir que habría sido mejor ceder a las exigencias de los criminales? ¿No estaremos con ello favoreciendo la proliferación de este tipo de delitos, con consecuencias mucho más graves que las que pretendíamos evitar? Este tipo de cosas son las que los progres no quieren ver, porque desde luego no es agradable. Pero nadie dijo nunca que la verdad lo fuera.

El elefante, la gaviota y el armario

Poco antes de las elecciones, el PSOE escenificó el fichaje como asesor de George Lakoff, autor del conocido libro No pienses en un elefante. Escrito para ayudar a los progresistas norteamericanos a contrarrestar la influencia del poderoso movimiento conservador de su país, hay razones que me llevan a pensar que esta obrita podría ser más útil para el Partido Popular que no para los socialistas. Y ello tanto por sus virtudes, que las tiene, como por sus clamorosos defectos, que dejan en evidencia las inconsistencias más flagrantes del seudoprogresismo.

Un hecho resulta insoslayable, y es que la situación política en Estados Unidos es –sin exagerar demasiado– la opuesta a la de España. En nuestro país, quien se encuentra a la defensiva es la derecha, no la izquierda. Es ésta la que se ha adueñado del lenguaje y ha tenido la habilidad de llevar a su terreno el debate ideológico. El libro de Lakoff precisamente está dirigido a quien se encuentra en esta situación de desventaja, y lo que pretende es revertir tal estado de cosas. Por eso buena parte de su contenido merece ser tenido en cuenta por la derecha española.

Lakoff, además de un progre entrañablemente previsible, es profesor de Ciencia Cognitiva y Lingüística en Berkeley. Su teoría es que todos funcionamos mediante el uso de marcos y metáforas inconscientes, en las cuales integramos cualquier información objetiva que recibamos. Si un hecho no encaja con nuestro marco mental de referencia, lo rechazamos.

Los conceptos –afirma– no son cosas que pueden cambiarse simplemente porque alguien nos cuente un hecho*.”

La verdad, por sí sola, no te hará libre. Decirle al Poder únicamente la verdad no funciona. Tienes que enmarcar eficazmente las verdades desde tu perspectiva.” (p. 58)

No puedes ganar exponiendo simplemente hechos ciertos y mostrando que contradicen las reivindicaciones de tu oponente. Los marcos prevalecen sobre los hechos. Los marcos de él se mantendrán y los hechos rebotarán. Reenmarca siempre.” (p. 166)

Esto implica, además, que la gente no se mueve tanto por lo que se supone son sus intereses, como por su identificación con unos valores y una visión del mundo.

El Partido tiene que ofrecer al país –dice Lakoff– una visión moral clara, una visión común a todos los progresistas. No puede presentar sus programas como si fueran una mera lista de la compra.” (Págs. 18-19)

Y añade más adelante:

Los candidatos liberales [= de izquierdas, en el lenguaje político norteamericano] tienden a guiarse por las encuestas, y así deciden que tienen que hacerse más «centristas», por lo que giran a la derecha. Los conservadores no giran nunca a la derecha y, sin embargo, ¡ganan!” (p. 43)

(En adelante, para adaptar estas afirmaciones a la realidad española, sustitúyanse mentalmente todos los términos referidos a la izquierda por los opuestos de la derecha y viceversa.)

Los marcos mentales son activados por determinadas palabras. Por eso, quien consigue imponer un determinado lenguaje, triunfará activando el marco de su ideología. De ahí deriva el

principio básico del enmarcado para cuando hay que discutir con el adversario: no utilices su lenguaje.” (p. 24)

Sin embargo, no hay que caer en el error de pensar que todo es una mera cuestión de comunicación. Lo primordial es tener clara la propia visión global de las cosas (el marco). Las ideas y por tanto las palabras surgirán entonces con naturalidad. Una vez se dan estas condiciones, lo siguiente es

repetirlas una y otra vez, continuamente, y afirmarlas hasta que ocupen el lugar adecuado en nuestras sinapsis. Pero eso lleva tiempo. No ocurre de la noche a la mañana. Por eso hay que empezar ya.” (p. 50)

El ala derecha [recuerden: para nosotros, la izquierda] ha utilizado durante mucho tiempo la estrategia de repetir continuamente frases que evocan sus marcos y que definen las cuestiones importantes a su manera. Tal repetición consigue que su lenguaje parezca normal, que el lenguaje cotidiano y sus marcos parezcan normales, modos cotidianos de pensar acerca de las cuestiones importantes.” (p. 81)

Resumiendo, para contrarrestar esta hegemonía del modelo seudoprogresista, hay que oponer un modelo alternativo.

Tienes que hablar desde tu perspectiva moral en todo momento (...) Clarifica tus valores y utiliza el lenguaje de los valores. Abandona el lenguaje de los fontaneros de la política.” (p. 58)

Sin entrar ahora en una valoración de las teorías cognitivas del autor, lo que escapa por completo a mis conocimientos, no hay duda de que al menos en su aplicación práctica suenan muy convincentes. El Partido Popular montó su campaña electoral en torno a “los problemas que de verdad interesan a la gente” Pero ¿qué se supone que es lo que de verdad interesa a la gente? ¿El precio de la leche y los huevos? Cierto que también defendió principios morales, como en la cuestión de las negociaciones con ETA. Pero no ha bastado con ello, ni siquiera con poner en evidencia las mentiras de Zapatero. Una mayoría de la población ha creído que el fin de la “paz” justifica los medios, y la oposición ha sido incapaz de cambiar esa mentalidad, ha creído que con su digna actitud contraria era suficiente para recibir adhesiones. Todo por no tener la valentía de salir del armario, es decir, defender su propia visión del mundo en lugar de darla por sabida (en realidad, pasar de puntillas ante las cuestiones ideológicas) y preferir refugiarse en la “buena gestión” y demás virtudes de probos funcionarios.

No deja de resultar penoso que un progre americano parezca haber aprendido más de la derecha americana (por mucho que lo enmascare como deducciones científicas) que la propia derecha española.

(En el próximo post continúo con el análisis del libro y su interesante teoría acerca de los dos modelos de familia, que recuerda a la teoría de Thomas Sowell. No os lo perdáis.)


*Editorial Complutense, 2007, pág. 39. Todas las citas son de esta traducción castellana.

domingo, 10 de febrero de 2008

Defender al Doktor Montes


Hay que reconocer a los asesores de imagen del partido socialista la capacidad de síntesis. Están llenando Cataluña con vallas de la Chacón sobre un fondo rojo como el de las camisas de Chávez, con el lema "la Cataluña optimista". Ahora, los también amigos de Chávez, que se sienten tan cómodos actuando en Venezuela pese al veto que sufre alguno de sus colegas por atreverse a criticar al tirano, apoyan a Zapatero con una canción que habla de la defensa de la alegría.

Siempre he pensado que si tuviéramos que definir en muy pocas palabras las diferencias entre derecha e izquierda, podrían ser más o menos las siguientes: La izquierda se basa en cómo se cree que debería ser el mundo, mientras que la derecha, en cómo se cree que es. Esta definición tiene la virtud -o el defecto, según se mire- de que podría contentar tanto a tirios como a troyanos. A los llamados progresistas ya les gusta verse a sí mismos como unos idealistas que anhelan cambiar el mundo, mientras que a los conservadores tampoco les desagradará esa imagen propia de personas sensatamente realistas.

Thomas Sowell las denominó Visión Utópica y Visión Trágica. Otra ventaja de esta forma de comprender las diferencias entre ambas es que pone de relieve las razones del éxito de la izquierda. Es mucho más agradable imaginar que "otro mundo es posible" (especialmente si no nos detenemos demasiado en sus detalles) que tener que enfrentarse a la dura realidad de las cosas.

La construcción intelectual más sofisticada de la izquierda hasta ahora ha sido el marxismo. Éste se caracteriza en esencia por la identificación del deber ser con el ser, es decir, considera los valores éticos como una simple función del sentido de la Historia, que sólo los marxistas saben interpretar adecuadamente, de manera muy similar a como las antiguas castas sacerdotales se arrogaban el conocimiento de los designios divinos.

El marxismo, aunque aparentemente ha sido abandonado por la izquierda, sigue gozando de una influencia enorme, porque se ha diluido en gran medida en nuestras leyes, instituciones y mentalidades. El hecho de que casi nadie lo reivindique ya formalmente hace aún más difícil combatirlo, porque parece que criticarlo es atacar a un fantasma, a un enemigo imaginario.

La situación a que nos lleva esto no puede ser más paradójica. Mientras la izquierda trata de convencernos de que el sentido de la Historia coincide con la naturaleza inmanente de las cosas, y que debemos dejar llevarnos por esa corriente fatal que nos arrastra, la tarea de la derecha -si no quiere convertirse en una segunda marca de la izquierda- lejos de equivaler a una obstrucción del cambio, sólo puede consistir en una transformación profunda de unas instituciones basadas en unas premisas tan utópicas como nocivas. Porque quien desconoce la verdadera naturaleza de las cosas, y especialmente la naturaleza humana, colabora inconscientemente con la concentración del poder político. Éste siempre se esfuerza por endulzarnos nuestra esclavitud, o al menos los escasos beneficios que nos reporta su dominio, pintándonos un mundo mejor de lo que realmente es.

El gobierno actual que padecemos pretende hacernos creer, contra la más flagrante evidencia, que en asuntos como la economía o la política antiterrorista, sus resultados son muy superiores a los del anterior gobierno. Por suerte, todavía no hemos llegado a una situación como la descrita por Stanislaw Lem en Congreso de futurología, donde nos describe cómo en el año 2039, la utilización de las drogas más avanzadas permite que toda la población experimente vivir en un estado de bienestar paradisíaco, cuando en realidad se halla sumida en la miseria.

Por el momento, la tecnología química apenas sirve para algo más que suprimir los sufrimientos más intolerables -y procurarnos una muerte dulce. Pero no deberíamos despreciar la capacidad de la propaganda para crear un mundo virtual. Cuando se niega la trascendencia de todos los valores, incluido el de la vida, absorbidos por la marcha imparable de un Progreso elevado a nueva religión, las consecuencias pueden ser, por ejemplo, que cualquier iluminado que se atribuya una especial clarividencia en la interpretación de ese progreso decide el momento de la muerte de un anciano ingresado en urgencias. Y los que lo denunciamos, somos por supuesto unos insensibles reaccionarios y supersticiosos que estamos a favor del sufrimiento. Representamos el torvo oscurantismo frente a la alegría de la luminosa razón.

Eso sí, como dice la panfletaria canción de los amigos del Poder, se trata de defender la alegría "como una trinchera".
Resulta cuando menos curioso cómo les gusta a estos pacifistas la iconografía frentepopulista de nuestra Guerra Civil. Nos llaman imbéciles, teócratas y qué sé yo, y a la que nos descuidemos nos prescriben la sedación obligatoria, que es más discreta que el paredón. Ojo con estos hijos de mujer de vida alegre.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Los dos ejes ideológicos

¿Cuántas veces hemos oído aquello de que izquierda y derecha son expresiones caducas, superadas, que ya no tienen sentido? Se trata de una cantinela que se escucha y se lee (a pesar de la escasa convicción que inspira) desde al menos los años treinta. Es digno de nota que fuera en esa década precisamente cuando estallara la guerra civil española, uno de los enfrentamientos más cruentos entre derecha e izquierda; no entre fascismo y democracia, como creen todavía muchos analfabetos funcionales, y siguen propagando historiadores ávidos de ascenso en el establishment seudoprogresista. Ya empezada la guerra, Ortega, que no siempre mantuvo el nivel, soltó el exabrupto de que ser de izquierdas o de derechas era "una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil". Se comprende que en medio de un conflicto fraticida, uno llegue a desesperar de la condición racional del ser humano. Pero no se nos oculta el carácter de recurso fácil que supone echar mano de esas palabras, o parecidas que se oyen a menudo, del estilo de "huir de los extremos", y que no es más que una forma discreta de evadir tomas de posición con el fin de contentar a todo el mundo (o a nadie).

Ciertamente, tras la supuesta crisis de los conceptos de izquierda y derecha, existe también la honesta perplejidad que produce el que dentro de cada una de ambas categorías se englobe, como señala Steven Pinker "una sorprendente colección de creencias que, a primera vista, parece que nada tienen en común." Este autor se pregunta por qué los partidarios de la libertad económica no lo son tanto -habitualmente- de la libertad de costumbres, y viceversa; o por qué los primeros suelen ser más partidarios de una firme política de defensa, y los segundos es típico que adopten posiciones pacifistas. Pinker es un científico que ha fustigado implacablemente el pensamiento dominante en la izquierda, consistente en negar o minimizar las bases biológicas de nuestra conducta (cuyo reconocimiento es tachado de "darwinismo social" y cosas peores), la cual consideran mucho más determinada por la cultura. En su importantísimo libro La tabla rasa, no ha retrocedido ante el análisis de las consecuencias políticas de esta negación de la naturaleza humana, que conduce a errores tan graves como pensar que todos los problemas, tanto en el ámbito de la geopolítica como en el de la seguridad interior, pueden resolverse con diálogo y pedagogía. Es lo que llama, siguiendo a Thomas Sowell, la Visión Utópica, que se contrapone a la Visión Trágica. Esta última consiste en reconocer precisamente que todos los seres humanos contamos con una "dotación de serie" genética (por utilizar la expresión que aparece en otro libro suyo, Cómo funciona la mente), que implica insoslayables limitaciones tanto de nuestra capacidad cognoscitiva como del grado de virtud alcanzable, y que ignorarlo nos conduce a desastrosos experimentos sociales y a políticas suicidas. Según esta Visión Trágica,

"...la naturaleza humana no ha cambiado. Tradiciones como la religión, la familia, las costumbres sociales, los usos sexuales y las instituciones políticas son una síntesis de técnicas comprobadas con el tiempo que nos permiten funcionar ante las deficiencias de la naturaleza humana."

(Estas tradiciones equivalen aproximadamente a lo que Hayek se refería como "orden espontáneo" y coinciden hasta cierto punto con lo que algunos sociólogos denominan "capital social".) Pinker, a pesar de que algunas de sus posturas recuerdan a las del clásico seudoprogresista, no tiene empacho en admitir que los progresos en biología y otras disciplinas científicas vienen a dar la razón a esta concepción, frente a aquellos utopismos más o menos lights que creen poder cambiar o mejorar al ser humano haciendo tabla rasa de toda tradición.

Ahora bien, como habrán adivinado, la Visión Trágica y la Visión Utópica se corresponden con lo que en lenguaje llano decimos derecha e izquierda, respectivamente. Así planteada la cuestión, dejaría de parecer incoherente que se puedan defender las libertades individuales y al mismo tiempo el respeto a la tradición, el legado de las generaciones pasadas. El mismo sano escepticismo hacia la naturaleza humana que inspiran las medidas de limitación del poder estatal (los seres humanos no estamos hechos para concentrar excesivo poder) es el que nos lleva a valorar la importancia de la experiencia acumulada de la humanidad y a desconfiar de las propuestas racionalistas que pretenden partir de cero.

¿Es entonces el liberalismo de derechas? Ciertamente, lo que la izquierda entiende por liberalismo (cuando presume de él; si es para achacárselo a la derecha acostumbra a denominarlo "neoliberalismo") está más bien relacionado con su activismo en contra de la tradición, hábilmente presentado, cuando conviene, como una genuina inquietud por los derechos individuales. Por ello, la defensa del individuo suele estar hoy más atendida por la derecha, aunque sólo sea como reacción a concretas imposiciones de la izquierda, que ésta presenta como "liberadoras" de colectivos.

Pero salvo que violentemos el uso cotidiano del término "derecha", restringiéndolo a lo que nos gustaría que fuera su significado, es evidente que existe una derecha claramente no liberal, así como una derecha (la que tiene más peso) cuyo liberalismo es, por decirlo de algún modo, bastante tibio. Y también debe admitirse que la izquierda moderada jamás reniega explícitamente de su genealogía liberal, aunque sus políticas entren en contradicción con ella.

El eje izquierda-derecha, aunque lejos de estar superado, es claramente insuficiente si queremos situar las diferentes posiciones ideológicas. Hayek ya propuso un esquema bidimensional, concretamente en la forma de un triángulo en cuyos vértices se situarían liberalismo, conservadurismo y socialismo. Su idea era refutar la errónea concepción que situaría al liberalismo en el centro de dos extremos, de manera que lo más alejado del conservadurismo sería el socialismo, cuando en realidad el primero ha tendido históricamente a asimilar mucho del segundo. Más recientemente, David Boaz desarrolló la intuición de Hayek, en forma de un rombo con dos ejes, el liberal-autoritario en sentido vertical, y el socialdemócrata-conservador en sentido horizontal. Aunque sugestivo, creo que este esquema incurre en un error, y es que define los conceptos socialdemócrata y conservador mediante la distinción entre la libertad económica y la libertad personal, distinción cuya arbitrariedad reconoce el propio Boaz. En su lugar, y se me perdonará la inmodestia, propongo la imagen siguiente:




Como puede verse, en el eje de las abcisas (x) sitúo el mayor o menor grado de defensa del par de opuestos tradición/modernidad, en el sentido de la teoría de las dos visiones de Sowell/Pinker, mientras que en las ordenadas (y) situaríamos los dos extremos de la defensa del individuo y del colectivo. Si convenimos que donde se cruzan ambos ejes sea la coordenada (0, 0), podríamos definir como de derechas toda ideología que se sitúe en valores positivos de x, o sea, la mitad derecha de la gráfica, y de izquierdas los valores negativos (mitad izquierda). La mitad superior de la gráfica (valores y positivos) abarcaría posiciones más o menos liberales y la mitad inferior, más o menos autoritarias (y < style="font-style: italic;">x, y) equivale a una determinada posición ideológica, haya sido formulada o no por algún pensador. En cambio, si consideramos los tipos de sociedad o de regímenes realmente factibles, tiendo a creer que existe una función ideal f(x) = y que relacionaría el grado de tradicionalismo/modernismo con el grado de individualismo/colectivismo. Más concretamente, intuyo que los valores extremos (tanto positivos como negativos) dentro de la abcisa izquierda-derecha coinciden con valores bajos de y (autoritarismo elevado), lo que encaja bastante bien con lo que nos dice el sentido común.

Por supuesto, el grado de derechismo o izquierdismo, o de liberalismo y autoritarismo, es algo difícilmente cuantificable, pero no se trata de eso, sino de comprender las posiciones ideológicas por sus posiciones relativas en la gráfica. He aquí un ejemplo:



Excuso decirlo, las posiciones relativas en las que he colocado a estos dirigentes son perfectamente discutibles. Para no alargarme, me limitaré a aclarar el caso de Hitler o de Mussolini. Algunos se preguntarán por qué no los he situado en coordenadas mucho más a la derecha del gráfico. Debe notarse que los fascismos predicaban, al igual que la izquierda, un "hombre nuevo", y que en gran parte, la supuesta tradición pre-ilustrada a la que pretendían retornar era una construcción seudomítica -en realidad, típicamente moderna. Recordemos también las relaciones del movimiento artístico conocido como futurismo (el canto a la máquina, al deporte de masas, etc) con el fascismo italiano. Por otra parte también es cierto que tanto en el nazismo como en el movimiento de Mussolini había claros elementos tradicionalistas, como la defensa del papel de la mujer reducido al hogar, etc, que nos permiten situarlo dentro del cuadrante asignado a la derecha. Pero insisto, todo esto es discutible.

Propongo al lector que juegue a asignar sus propias coordenadas a los dirigentes aquí elegidos o a los que se le ocurran. Podrían surgir muchos debates interesantes.