Mostrando entradas con la etiqueta Socialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Socialismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de agosto de 2014

Nuestro provincianismo suicida

España se enfrenta a varias amenazas graves. La más inmediata, los intentos de ruptura de la unidad territorial y de la Constitución que proceden del gobierno autónomo de Cataluña. No menos preocupante es que haya surgido con fuerza un nuevo partido político que pretende instaurar entre nosotros un régimen chavista, lo que supondría la destrucción de la clase media y de la democracia. Más lejana por ahora, a 4.800 kilómetros, tenemos el avance brutal del Estado Islámico, que podría desestabilizar Oriente Medio y exportar cientos de yijadistas a Europa, decididos a implantar un Califato de España a Afganistán. Por último, como la mayoría de países europeos, hemos entrado en una recesión demográfica provocada por el descenso de la natalidad (y no simplemente porque "vivimos más", como dicen quienes se niegan a ver la realidad) que nos conducirá a una dramática escasez de población activa en poco más de una generación.

Por si cada una de estas amenazas no fuera lo bastante grave por separado, su simultaneidad las favorece. Una España fragmentada y en barrena demográfica es más vulnerable al avance del yijadismo. No digamos si además se hundiera económicamente por culpa de un régimen como el que ha arruinado Venezuela en quince años. Esto sin hablar de sinergias perversas, como, por poner sólo un ejemplo, el necio ofrecimiento de Artur Mas de permitir la construcción de una gran mezquita en la plaza de toros Monumental de Barcelona, a cambio del apoyo musulmán al separatismo catalán. (¿Recuerdan las palabras de Lenin, "los burgueses nos venderán la soga con la que los ahorcaremos"? Cambien Lenin y burgueses por lo que están pensando.)

Aunque se trata de fenómenos que vienen gestándose desde hace décadas, la culpabilidad de los gobiernos de los últimos diez años, desde los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, es incuestionable. Las concesiones de Zapatero al terrorismo vasco y al nacionalismo catalán; su política exterior, retirándose unilateralmente de Irak y relativizando el terrorismo islámico, al que llegó a comparar con el cambio climático (sic); su empeño en atizar la división social reivindicando el frentepopulismo de los años treinta y promulgando leyes anticatólicas; su desmesura con el gasto público, que agravó los efectos de las crisis financiera e inmobiliaria, legándonos unas administraciones económicamente inviables y corruptas... Todo ello, en esencia prorrogado y hasta agravado fiscalmente por Mariano Rajoy, ha arrojado a la nación a los pies de los caballos del totalitarismo izquierdista incubado en la Complutense y en Caracas, del separatismo filoterrorista, los antisistemas catalanes de la CUP en el parlamento catalán, y al fondo la torva mirada de los carroñeros islamistas, aguardando sin prisas nuestra descomposición final.

Mientras todo esto está sucediendo ante cualquiera que tenga ojos para ver, ¿qué es lo que preocupa al grueso de nuestros políticos y periodistas? La inanidad y frivolidad de buena parte de los asuntos que llenan los informativos y los periódicos son pasmosas. La falta de proporción en el tratamiento de los temas es sencillamente hiriente. Mientras en Irak se está perpetrando un auténtico genocidio de cristianos y otras minorías religiosas, y se esclaviza, mutila genitalmente y viola a las mujeres supervivientes, aquí montamos imbéciles debates sobre el "machismo" que supuestamente padecen las mujeres españolas, salvo que sean de derechas, pues de estas al parecer está bien decir que son tontas.

La falta de perspectiva se llama provincianismo. Si el nacionalismo catalán es un buen ejemplo de tal defecto elevado a niveles de tragicomedia, a nivel de toda España no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra incapacidad para contemplar la realidad con un radio superior a los setecientos kilómetros (salvo para condenar a Israel por combatir a Hamás), y con una escala de tiempo mayor de cuatro años (salvo para derrocar a Franco retrospectivamente), puede acabar teniendo las consecuencias más desgraciadas, si no reaccionamos a tiempo.

jueves, 31 de julio de 2014

La enfermedad del victimismo

Los palestinos que profieren lamentos desgarradores y se golpean la cabeza en los entierros de sus hijos -esos mismos hijos a los cuales adoctrinan en el odio y entrenan como terroristas suicidas desde la más tierna infancia, y a los que no dudan en usar como escudos humanos- son quizás la mejor imagen de la enfermedad del victimismo.

Hay que señalar que el victimismo ni siquiera necesita la existencia de un conflicto objetivo. Los nacionalistas catalanes pretenden que España lleva tres siglos tratando de perpetrar un "genocidio cultural" en Cataluña. Y sin embargo, los hechos son que la enseñanza pública se imparte exclusivamente en catalán, se editan en ese idioma los periódicos más conocidos de Barcelona, así como cientos de libros al año, existen numerosas cadenas de radio y televisión que utilizan exclusivamente la lengua de Pla, y la mayoría de las emisoras con sede en Madrid ofrecen informativos regionales y otros programas en catalán. Por no hablar de la señalización viaria, las comunicaciones de las administraciones locales y autonómica, y la rotulación de la mayoría de empresas. El catalán no sólo es omnipresente en Cataluña (cosa hasta cierto punto natural), sino que además recibe un trato privilegiado, lo que supone una evidente y absurda discriminación de la lengua española común, hablada por todos, y vernácula en la mayoría. Sin embargo, basta con que algún ministro del gobierno central trate de proteger el derecho al uso del español, por ejemplo en la enseñanza, para que los nacionalistas reaccionen como basiliscos, denunciando una voluntad exterminadora de la identidad de Cataluña. No me extenderé, por otra parte, sobre el victimismo basado en el dudoso "déficit fiscal", que palidece ante el volumen de la corrupción amparada en el fer país.

El victimismo no se limita en absoluto a las minorías nacionales. Hoy triunfa en todo el mundo occidental bajo el manto de defensa de la igualdad de sexos (mal llamada, en español, de "género") y de los derechos de gays y lesbianas. Pero de nuevo, los hechos objetivos no parecen justificar ciertos discursos inflamados. En los países desarrollados, las mujeres acceden a los estudios superiores en el mismo porcentaje, si no mayor, que los hombres, y habitualmente con mejores calificaciones. Abundan mujeres en la policía, en la medicina, en el periodismo, en los tribunales de justicia, en los parlamentos y en los gobiernos. Pero como sigue existiendo un cierto predominio de los hombres en algunos puestos públicos y privados de responsabilidad, en determinadas profesiones y en el empleo a jornada completa, los ultrafeministas deducen de ello, sin ninguna prueba científica, que nos hallamos ante una discriminación encubierta, promovida por el ubicuo patriarcado opresor. A fin de combatirla, se impone paradójicamente la llamada discriminación "positiva", que no es más que una pura y simple discriminación contra los hombres. Esta estrategia se refuerza mediante la violencia de "género", otra construcción ideológica que reconoce sólo la violencia doméstica en la que la víctima es de sexo femenino, interpretándola como efecto de un supuesto machismo atávico, que resurgiría incomprensiblemente, y descartando a priori cualquier relación con el deterioro de la institución familiar. Se pretende, en definitiva, adoctrinar a la población, a través de la escuela y los medios de comunicación, en una ideología que pone bajo sospecha al varón y concibe el cuidado de los hijos como una enojosa tarea que hay que repartirse, o incluso evitar, limitando la natalidad y favoreciendo el aborto.

Una estrategia análoga de victimización siguen los grupos de activismo homosexualista. En las sociedades demoliberales, desde hace décadas, está vetada cualquier intromisión en la conducta sexual de los adultos; los gays, u homosexuales declarados, gozan incluso de una cierta sobrerrepresentación en los medios de comunicación y los círculos artísticos. Pese a ello, esos grupos pretenden que todavía sufren la discriminación del malvado heteropatriarcado, y con el objeto de erradicarla, pretenden que la sociedad está obligada a cambiar el significado de la institución matrimonial para que incluya uniones entre personas del mismo sexo. Al igual que el ultrafeminismo, tratan de imponer sus agendas ideológicas en la educación y las leyes, confluyendo en la relativización de la sexualidad fértil, el desprecio de la familia, encubierto con el reconocimiento de "otros modelos", y las limitaciones a la libertad de pensamiento, amparadas en una obsesión paranoica contra fantasmagóricas "incitaciones al odio".

Tenemos también la victimización basada en motivos económicos. La idea es que los pobres culpen a los ricos de sus posiciones relativas, y reclamen en consecuencia medidas coactivas de redistribución, conocidas como socialismo, que van desde impuestos elevados hasta expropiaciones directas, pasando por controles de precios y de la actividad económica en general. Medidas todas ellas que tienen exactamente el efecto contrario de entorpecer la creación de riqueza (cuando no hacerla imposible), y por tanto perjudican en especial a quienes pretenden favorecer. El victimismo sirve también para sustituir la excelencia educativa por criterios igualitaristas, lo que sólo consigue degradar la calidad de la enseñanza y devaluar consiguientemente las titulaciones, que son el principal "ascensor social" de los menos favorecidos.

El resultado inmediato de la victimización es justificar un trato injusto contra los grupos a los cuales se considera culpables. Pero quizás lo peor de todo es que, en la medida que muchos terminan interiorizado su condición de víctimas, culpando a otros de sus problemas, se desresponsabilizan de resolverlos por sí mismos, agudizándolos o incluso creándolos donde antes no existían objetivamente. Empieza uno sintiéndose víctima y acaba siéndolo realmente, aunque no de aquellos a quienes culpa de su situación.

Así, los pobres se acostumbran a creerse en el derecho de percibir eternamente subsidios, con lo cual su situación social tiende a cronificarse, enlodada en un sentimiento de autocompasión y de fatalismo. Las mujeres, en lugar de ser consideradas simplemente como personas, reciben un trato aparentemente favorable, pero que no destaca por encima de todo su talento o esfuerzo, sino su condición sexual, lo cual las mantiene, al menos en el plano simbólico, en una especie de eterna minoría de edad. Análogamente, parece que los sentimientos y prácticas sexuales de los gays tienen que ser el aspecto más importante de sus vidas, y se les anima a participar en actos como los desfiles del "orgullo", lastimosamente autodenigratorios. Respecto a las minorías nacionales, en la medida en que acaban creyéndose el relato de una opresión secular, tienden al ensimismamiento y por tanto al provincianismo. Al centrar todas sus esperanzas en la separación, que supuestamente resolverá todos los problemas, el nacionalismo acaba haciendo olvidar cualquier otra sana aspiración de mejora espiritual y material. Cuando sólo se habla de la independencia, las energías acaban siendo absorbidas por un obsceno onanismo político y cultural.

El victimismo no considera a los hombres como individuos libres de elegir su propio destino, sino que les confiere una identidad colectiva (palestinos, catalanes, mujeres, homosexuales, pobres) de la que no pueden ni deben sustraerse. Presenta el sometimiento a esa identidad como una liberación, como un progreso de su autoconsciencia, cuando en realidad supone condenar al hombre a ser lo que es, y no lo que quiere ser. Incluso cuando se presenta la identidad como una aparente elección, como por ejemplo en el transexualismo, en realidad esta oscila entre una arbitrariedad irreductible y por tanto irracional, o un noúmeno no menos prelógico, contra el cual sería inútil e insano resistirse. Al interpretar la existencia en función de las injusticias sufridas por los antepasados, el victimismo implica un retroceso de la consciencia moderna hacia una especie de semifeudal ley de la vendetta, en la cual la revancha pesa más que la justicia, el pasado más que el presente, el (re)sentimiento más que la razón.

Para acabar, no podemos olvidar que una triste secuela del victimismo es que ignora o posterga a las verdaderas víctimas, como los bebés abortados, quienes han sufrido la violencia del totalitarismo y del terrorismo, y los cristianos perseguidos y masacrados en diferentes lugares del mundo. En ocasiones, se llega a mezclar a las víctimas espurias con las auténticas, lo que posiblemente sea la mayor afrenta concebible hacia estas últimas, sobre todo si algunas de las primeras resultan ser los verdugos de las segundas. El victimismo no resuelve nada que haya que resolver, y además envenena cualquier fuente de solución. Es vital aprender a detectarlo y rechazarlo sin miramientos.

domingo, 27 de julio de 2014

Soy caverna

La conocida periodista republicana, separatista y feminista Pilar Rahola me ha preguntado retóricamente en Twitter: "[¿]Te consideras caverna? Curioso." Le he respondido mandándole un dibujo de una caverna prehistórica, y en esta entrada me propongo explicarme sin la constricción de los 140 caracteres.

En un sentido puramente descriptivo, es bastante obvio por qué soy caverna. Para empezar, soy liberal, lo cual significa que creo en los derechos humanos, y que los gobiernos deben estar limitados por las leyes, y por jueces y periodistas independientes, y por la participación ciudadana mediante el sufragio universal.

Aparentemente, estas creencias no difieren sustancialmente de las que manifiesta la señora Rahola. Pero hay un aspecto fundamental que nos distingue: la coherencia. Seguro que nuestra periodista cree en los derechos humanos, y sin embargo, es una decidida partidaria del aborto, que atenta contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación. No me sorprendería que fuera también una entusiasta de la antiliberal discriminación positiva por razones de "género". Asimismo, sospecho que debe ser favorable a los impuestos altos y a amplias prerrogativas intervencionistas de los gobiernos, lo cual se contradice con el derecho a la propiedad privada y con el principio de limitación del poder. Por último, es una acérrima defensora de que Cataluña se separe de España rompiendo con la constitución, con lo cual demuestra, entre otras cosas, que ve el Estado de derecho más como un obstáculo engorroso al poder político que como el fundamento de las libertades.

Probablemente, Rahola replicaría a lo anterior hablando de los "derechos reproductivos" y de la opresión histórica sufrida por las mujeres; se extendería a continuación -supongo- acerca de la justicia social y de los niños que pasan hambre por culpa de los malvados mercados; y por último, me la imagino pronunciando un inflamado discurso sobre la democracia y el "derecho a decidir".

Llegados a este punto, un liberal-conservador como yo no puede hacer más que ahondar en su condición cavernícola. Porque confieso que, para mí, una mujer embarazada ya ha ejercido su libre derecho a reproducirse (salvo que haya sufrido una violación, causa de embarazo estadísticamente rara), y en ese momento lo que tiene es una enorme responsabilidad hacia el ser humano que alberga en su vientre.

Ni siquiera creo que hoy exista discriminación sexual en Occidente, lo que me sitúa a la derecha de este Partido Popular patéticamente ansioso de ser tolerado en los salones del progresismo. Todas esas monsergas de la "brecha salarial" o el "techo de cristal" son puras falacias, que presuponen sin ninguna base científica que si las mujeres no optan por igual que los hombres por cualquier profesión, por jornadas completas o por puestos de responsabilidad, es porque existe todavía una cultura machista que las condiciona. Y apoyándose en esta superstición ideológica, políticos y activistas se creen autorizados a conculcar la igualdad con medidas de discriminación positiva, o con leyes palmariamente injustas que castigan una agresión (incluso verbal) de modo distinto en función del sexo del agresor.

En realidad, si algo está condicionando hoy a muchas mujeres es la ideología feminista radical que desprestigia a las que optan por dedicarse sólo al cuidado de sus hijos, o a tratar de conciliarlo con la vida laboral, como si no fuera esa la ocupación más digna que pueda tener una mujer. También un hombre, sin duda, pero numerosos estudios empíricos serios confirman que la psicología femenina está especialmente orientada a las relaciones sociales y familiares. En todo el mundo, y especialmente en los países más igualitarios, como por ejemplo Noruega, las mujeres tienden a decantarse (con total libertad, insisto) más por profesiones como la enfermería o la enseñanza, con un alto grado de interactividad social y emocional, mientras que los hombres son proclives al trabajo con máquinas o sistemas de organización relativamente impersonales. Lo cual permite conjeturar muy razonablemente que se trata de características más genéticas que culturales.

Respecto a la justicia social, soy de los que creen que lo más justo es que todo el mundo tenga un empleo, y pueda así ganarse la vida honradamente con su esfuerzo y su talento. Que los subsidios deben reducirse todo lo posible para no desincentivar el trabajo, que los elevados impuestos y cotizaciones sociales actuales (que en la práctica son también impuestos) no hacen más que dificultar la creación de empleo, y que los servicios públicos no funcionan mejor porque los gestione la administración, ni es el Estado el único que puede garantizar su universalidad. Creo que una sociedad es más próspera y más justa si son los ciudadanos, y no los políticos y burócratas, quienes deciden qué hacer con la mayor parte de su dinero, y qué educación quieren que reciban sus hijos, sin interferencias de minorías activistas, pagando sólo los impuestos imprescindibles para el funcionamiento de un Estado que sea garante del cumplimiento de las leyes y de la seguridad, no de la felicidad impuesta desde arriba.

Y para acabar, sobre el "derecho a decidir", brevemente: uno tiene derecho a decidir muchas cosas, pero no cualquier cosa, evidentemente. En concreto, los catalanes no tenemos derecho a decidir de manera exclusiva lo que queremos que sea España. Ese es un derecho que pertenece a todos los españoles, y aún así con limitaciones. Para reformar la constitución, es legalmente obligado seguir los procedimientos detallados por los artículos 166 al 169, que por sí mismos no excluyen ninguna posibilidad, pero protegen a la constitución de que un gobierno pueda alterarla a capricho, de espaldas a la ciudadanía y a la oposición democrática. Incluso aunque todos los españoles apoyaran una revisión profunda de la Ley fundamental, esta no podría realizarse rompiendo abruptamente con esa misma Ley. Porque si decidimos que la democracia (reducida al ejercicio del voto) está por encima de la ley, como no se cansan de repetir los gerifaltes nacionalistas, entonces no habría nada que objetar a que un Iglesias Turrión, tras vencer hipotéticamente en unas futuras elecciones, iniciara un "proceso constituyente" que le permitiera instaurar un régimen autoritario y populista, siguiendo el manual de su maestro Chávez Frías.

Si a estas opiniones añadimos mi escepticismo acerca del cambio climático de origen humano, queda claro que soy un troglodita sin remedio. Lo que me pregunto a veces es si en las convicciones de los izquierdistas no late una nostalgia de la horda primitiva, aún más antigua que Atapuerca.

miércoles, 9 de julio de 2014

La persistencia del socialismo

La idea básica del socialismo revolucionario es sencilla: robar a los ricos para repartir entre los pobres. Puede enunciarse en términos aparentemente más "científicos", como pretende el marxismo, o de carácter más populista, como hace el bolivarianismo en Venezuela y su sucursal española, el partido Podemos. Se puede también aplicar con métodos directos, como expropiaciones y confiscaciones, o indirectos, como son regulaciones draconianas, controles de precios y fiscalidad abusiva. Pero la esencia, que los propios socialistas no disimulan ante sus potenciales votantes, consiste en concebir la riqueza como un botín que es justo arrebatar a sus actuales poseedores.

Los problemas del socialismo son fundamentalmente dos, bien conocidos. El primero, que para robar la riqueza no hay más remedio que aplicar una represión tanto más brutal cuanto más exhaustivamente se quieran realizar sus fines. El comunismo implantado en Rusia, China Popular, Europa Oriental, Sudeste Asiático, Cuba, Etiopía, Angola y Mozambique causó en el siglo XX unos cien millones de muertos, tanto entre propietarios como entre simples discrepantes o "elementos" que los comunistas juzgaban como obstáculos "objetivos" a sus grandiosos planes.

El segundo problema del socialismo es que, incluso logrado su objetivo de eliminar física o civilmente a los propietarios, o de hacerlos huir, sencillamente no funciona. El terrible precio de su aplicación acaba siendo la destrucción de gran parte de la riqueza nacional, así como un ruinoso retroceso de la productividad y una corrupción enquistada en todos los niveles. Por alguna razón, cuando la gente sabe que el fruto de su trabajo y de sus inversiones le puede ser arrebatado arbitrariamente en cualquier momentola economía se derrumba. La naturaleza humana es así de obstinada; ni los fusilamientos, ni los campos de concentración ni las torturas logran enderezarla según los designios socialistas. Se trata de un hecho invariable, constatado en todos los lugares donde se ha realizado el experimento, sin excepción. Pensemos, sin ir más lejos, en el desastre económico de la zona dominada por el Frente Popular, durante la guerra civil española.

El socialismo revolucionario o populista emplea cuatro tipos de estrategias para tratar de vender una y otra vez su ideología, pese a sus catastróficos resultados. La primera consiste sencillamente en negar los hechos anteriores. Se trata de desacreditar las obras académicas, literarias, los testimonios, en una suerte de negacionismo que es estrictamente comparable al de quienes niegan la existencia de las cámaras de gas nazis, aunque en este caso vergonzosamente tolerado. Esta táctica es muy difícil de sostener, dado el carácter abrumador de la información existente, por lo que en la actualidad es poco frecuente; pero tuvo su importancia mientras existió la URSS.

La segunda estrategia consiste en admitir los hechos, pero interpretarlos de tal manera que no puedan ser achacados a la ideología socialista, sino a "desviaciones" o "errores" que fueron cometidos por los ingenuos y bienintencionados militantes y dirigentes comunistas, o acaso por algunos traidores infiltrados. Todavía se escucha en ocasiones el socorrido mantra de que el estalinismo en realidad no era verdadero socialismo, sino "capitalismo de Estado", como si el angelical socialismo nunca hubiera tenido la menor pretensión de apoderarse del Estado para aplicar su proyecto dictatorial. Más cómico resulta que Iglesias Turrión haya afirmado que Corea del Norte es un régimen "de derechas". Este tipo de argumentación resulta al final un arma de doble filo, pues si por un lado permite eximir al socialismo de sus crímenes, por el otro implica convertirlo en un sistema utópico, que carecería de referentes reales.

La tercera estrategia ha tenido mucho más éxito que las anteriores. Consiste en desviar la atención de las masacres provocadas por el socialismo mediante la constante rememoración de las atrocidades del nacionalsocialismo, generalizándolas al "fascismo", término utilizado, al igual que su sinónimo ultraderecha, con suma ligereza, de manera que se pueda aplicar a prácticamente cualquier oponente. También se logra un efecto parecido mediante la exageración de los crímenes supuestos o reales del "imperialismo" y la burda atribución de la pobreza y otros males (ecológicos, bélicos) al "capitalismo". Con ello se consigue compensar de algún modo la percepción del carácter sangriento del comunismo, al que se muestra como si fuera algo antitético al fascismo, pese a la similitud de sus métodos y las coincidencias del discurso antiliberal de ambas ideologías. La estética antifascista resulta además especialmente eficaz para enrolar a militantes jóvenes e idealistas.

Por último, a medida que los referentes del "fascismo" (Franco, Pinochet, el apartheid sudafricano) se convierten en episodios históricos cada vez más lejanos, sobre todo para los jóvenes, predomina un cuarto tipo de estrategia: el altermundismo. Es este un discurso evanescente que, sin identificarse de manera abierta con el socialismo, utiliza una retórica de corte anticapitalista, en la cual se recuperan los motivos de la anterior estrategia, mezclados con nuevos tipos de activismo, basados en el ecologismo, el llamado "comercio justo", igualitarismo de "género" e ingredientes de la "nueva era" (new age). El altermundismo conecta con la vieja lectura pobrista (en el fondo, materialista) del Evangelio, lo que le permite un alto grado de transversalidad, reclutando así un gran número de "tontos útiles" en todas las esferas, los cuales colaboran con el socialismo revolucionario sin saberlo o sin percatarse de su verdadera naturaleza totalitaria.

Más allá de estas estrategias, el predicamento del socialismo sólo se explica por el carácter sugestivo de su idea básica. Que pueda existir una solución simple de la mayor parte de los problemas humanos (la pobreza, las guerras, etc.) es algo demasiado tentador para todo tipo de personas, y en especial para los intelectuales. Contra esta tentación simplificadora, el único antídoto es un conocimiento empírico de la realidad, lo menos mediatizado posible por teorizaciones pedantes. Que la gente conozca con detalle la represión, la violación cotidiana de los derechos humanos y las políticas económicas de los gobiernos socialistas como Venezuela, junto con sus desastrosos efectos. Para ello bastaría con que los periodistas se limitaran a hacer su trabajo, que es informar, no orientar irresponsablemente a la opinión pública en la dirección de sus prejuicios favoritos.

miércoles, 1 de enero de 2014

El Estado os hará libres

El consenso socialdemócrata consiste en sustituir el aserto evangélico "la verdad os hará libres" (Juan, 8, 32) por "el Estado os hará libres". Se empieza, como Pilato, preguntándose "¿qué es la verdad?" (Juan, 18, 38). Se empieza sintiéndose, no sin considerable presunción, un escéptico de vuelta de todas las certezas (que, ya se sabe, son cosas propias de fanáticos que no utilizan champú anticaspa). Y se acaba pidiendo que el estado se ocupe de casi todo, y por supuesto, demandando aborto libre y eutanasia para los viejos e inútiles que tienen el detalle colaborador de no querer vivir más. (Los embriones y fetos humanos aún son más amables: ni siquiera opinan.)

No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.

El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.

Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.

En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.

Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.

El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.

Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.

Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Las falacias ideológicas más comunes

Según el diccionario de la Academia, una falacia es un “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. Bien es verdad que, una vez puesta en circulación, una falacia puede hallarse en boca de muchas personas que realmente no abrigan mala intención, pues sinceramente creen en los engaños que contribuyen a seguir difundiendo. Pero lo decisivo es que las falacias nacen con una finalidad manipuladora. Por eso, dentro de este subgénero del error, quizá la falacia por excelencia sea la de tipo ideológico, es decir, aquella destinada a tratar de desmotivar o desconcertar a quienes de otro modo ofrecerían resistencia ante determinados abusos del poder político.

Una falacia puede consistir en un razonamiento incorrecto. Estas son relativamente fáciles de desmontar, puesto que en realidad no es imprescindible ser profesor de lógica formal para razonar correctamente, salvo en casos muy complejos que no suelen darse en el debate público. Más frecuentemente, las falacias se basan en premisas que en sí mismas no son ni demostrables ni refutables. Pero nótese que una premisa indemostrable no es en sí misma una falacia, pues sin ellas no podría existir ningún conocimiento humano, ni siquiera la matemática. Lo falaz es pretender encubrir ese carácter indemostrable, sustrayéndolo a la crítica y la discusión. A continuación enumero algunas de las falacias ideológicas más comunes.

1) Falacia sentimental: los buenos sentimientos justifican cualquier acto, aunque sus efectos sean catastróficos. Es una falacia muy extendida en economía, donde conduce a controles de precios u otras medidas intervencionistas cuyos efectos suelen ser exactamente los contrarios a las supuestas intenciones de quienes las aplican. También es una falacia común en bioética; así entre los defensores del aborto, que se arrogan el monopolio de la empatía hacia las mujeres que abortan, pero curiosamente no experimentan ninguna hacia los indefensos embriones o fetos humanos que son víctimas de su permisividad.

2) Falacia relativista: puesto que es lícito que cada cual viva como quiera (sin dañar a terceros), cualquier estilo de vida tiene el mismo valor y merece recibir la misma consideración. Así por ejemplo, se considera que las parejas homoparentales o monoparentales son tan idóneas para adoptar niños (en igualdad de otros factores) como un padre y una madre, y cualquiera que ose expresar la menor duda al respecto no solo yerra, sino que atenta contra la libertad de determinados individuos, por lo que si es necesario, debe ser acallado. Se trata de un caso claro de non sequitur. Libertad para x no equivale a x es tan bueno como. Más bien al contrario, la libertad, en su sentido más profundo, no es elegir el color de mi camisa, sino poder elegir entre el bien y el mal, entre la salvación y la perdición. Por tanto, por definición, las opciones fundamentales jamás son equiparables.

3) Falacia del experto: determinadas afirmaciones no pueden ser discutidas racionalmente porque se consideran avaladas por un supuesto consenso académico. Con frecuencia, este consenso es más una invención periodística que una realidad, pero incluso aunque existiera, no justifica la clausura de ningún debate. Un claro ejemplo de abuso monstruoso de esta falacia es el discurso del cambio climático, en el que quienes discrepan de las tesis oficialistas son llamados “negacionistas”, con una intención criminalizadora poco disimulada.

4) Falacia de la suma cero: la riqueza es una magnitud fija; por tanto, toda desigualdad procede de que algunos (individuos, clases sociales, países) se apoderan de más bienes de los que les corresponden. Aunque probablemente sea mucho más antigua, puede hallarse una formulación clásica en Montaigne, en su ensayo titulado “El provecho del uno es daño del otro” (Ensayos, I, XXI). Esta falacia es utilizada sistemáticamente por todos los defensores del socialismo, es decir, de que los estados violen las libertades económicas y el derecho a la propiedad privada, so pretexto de redistribuir la riqueza entre los más pobres. El resultado es que se destruyen los incentivos de la creación de riqueza que precisamente permiten negar la mayor (que aquella es una magnitud estática) y en consecuencia se bloquea la movilidad social, eternizando la pobreza que supuestamente quieren combatir (no sin antes aprovecharse de sus votos).

5) Falacia del caldo de cultivo o del buen salvaje: el hombre es bueno por naturaleza; por tanto, todos los males tienen causas sistémicas. Contra abundantes evidencias empíricas, se pretende que la violencia y el terrorismo en particular nacen de la pobreza o de las injusticias (el “imperialismo”). De esta manera se consigue desplazar la culpa siempre hacia agentes distintos de quienes la ejercen, que así se ven justificados para proseguir con sus acciones violentas.

6) Falacia del derecho a decidir o democrática: cualquier cosa puede y debe decidirse por voluntad popular. Esta falacia supone ignorar que la democracia no es un método para conocer la verdad (como si esta dependiera del número de quienes asienten a una determinada tesis), sino de elegir a los gobernantes de manera pacífica. Cualquier extensión ilegítima del principio democrático conduce en realidad a exacerbar o multiplicar los conflictos, pues no hay cuestión que no pueda ser objeto de polémica.

7) Falacia igualitaria: todos tenemos los mismos derechos; por tanto (y aquí viene la deducción incorrecta), la finalidad de la vida civilizada es que todos acabemos siendo iguales de hecho. Esta falacia tiene su desarrollo más delirante en la ideología de género. Según esta, toda diferencia sexual, salvo las estrictamente fisiológicas, tiene un origen cultural impuesto por el patriarcado, una especie de conspiración eterna y universal de los varones contra las mujeres. El feminismo radical es una teoría blindada contra cualquier contrastación empírica, pues incluso si algunas mujeres admiten priorizar la dedicación a la familia en lugar de su profesión, se nos dirá que es porque han interiorizado la opresión masculina.

8) Falacia estatista: los poderes económicos se mueven por intereses egoístas; los políticos, no. Esta falacia es constante en el discurso político, dominado por salvadores que se erigen en defensores de los intereses del pueblo, de los débiles y de los supuestamente oprimidos, pero que a cambio exigen poderes incondicionales.

9) Falacia darwinista: la historia entera es una lucha constante por el poder. (De los explotadores sobre los explotados, de los hombres sobre las mujeres, de los blancos sobre las demás razas, etc.) En esta falacia se fundamentan los peores totalitarismos, como el comunismo y el nacional-socialismo, pero también las majaderías paranoicas de la corrección política, nacidas en los campus universitarios de Estados Unidos. (Historias de la literatura que sustituyen el estudio de “varones blancos muertos” como Shakespeare por el de alguna infumable escritora negra y lesbiana, y demás patologías intelectuales por el estilo.)

10) Falacia de la víctima: la parte más débil de un conflicto siempre tiene la razón. Esta falacia es una consecuencia de la falacia igualitaria. Puesto que todos los seres humanos son iguales en derechos, incorrectamente se deduce que cualquier diferencia tiene necesariamente un origen injusto, y no solo eso, sino que se justifica que esa parte más débil (o simplemente minoritaria) inicie un conflicto que en muchos casos ni siquiera existía. Esto se manifiesta claramente en las teorizaciones de los movimientos terroristas, revolucionarios y nacionalistas. Estos perciben (con razón) al estado y las fuerzas de seguridad como entes muy superiores a sus organizaciones, lo que ya en sí mismo convierten en una forma de opresión intolerable, de “fuerzas de ocupación” que no les permiten disfrutar de una libertad quimérica (edad dorada) que nunca existió más que en sus confusas mentes.

11) Falacia del precio justo. En realidad, es una consecuencia de la falacia de la suma cero, aunque por su popularidad es útil distinguirla. Efectivamente, si la riqueza es una magnitud dada e inamovible, cada bien tendrá un precio relativo invariable, aunque la experiencia y el sentido común lo contradigan una y otra vez. Esta falacia suele ir unida a demagogias resentidas sobre los altos sueldos de los ejecutivos del sector privado, o a las elevadas sumas pagadas por el fichaje de futbolistas, mientras se pasan por alto los costes salariales de burocracias insostenibles.

12) Falacia cronológica: determinadas instituciones, creencias o conductas son mejores porque son nuevas (modernismo) o por el contrario porque son antiguas (tradicionalismo). En nuestros días domina abrumadoramente la variante modernista. Esta falacia suele ir acompañada de perezosos latiguillos como “a estas alturas del siglo XXI” o “tal cosa nos devuelve a la Edad Media”. Para combatirla basta notar que la democracia existe hace 2.500 años, con lo cual los modernistas, para ser consecuentes, deberían desdeñarla. De hecho, es lo que hicieron comunistas y fascistas.

13) Falacia naturalista: lo natural (identificado con lo fáctico) es la medida de lo bueno. Que algo sea natural, frecuente o simplemente habitual nos obliga a aceptarlo de algún modo. Esta falacia hunde sus raíces en una concepción materialista o positivista de la existencia. En ocasiones puede parecer que tiene un origen teológico (pensemos en la expresión “contra natura”) pero conviene distinguir una cosa de la otra. La falacia naturalista se basa en la idea de que los conceptos morales surgen en un proceso evolutivo ciego (ver El gen egoísta, de Dawkins), mientras que el pensamiento teísta defiende exactamente lo contrario. Lo segundo podría estar equivocado, pero lo primero carece de sentido. ¿Por qué algo debería ser aprobado por el mero hecho de existir? En esta falacia se justifican multitud de argumentos ideológicos. Por ejemplo, que prohibir el aborto es absurdo, pues sólo promueve que haya abortos clandestinos. De este modo habría que justificar el asesinato y el robo, pues es obvio que no existe apenas ninguna ley que no sea violada por algunos individuos.

14) Falacia del agotamiento de los recursos. Es una variante de la falacia de la suma cero. Se considera que los recursos naturales (energía y materias primas) son cantidades físicas finitas, cuando en realidad el concepto de recurso va unido a la posibilidad tecnológica de su aprovechamiento. Por eso han fracasado tantas profecías agoreras, que no tenían en cuenta los avances en las técnicas de extracción y producción, en la sustitución de unos materiales por otros, etc., etc. Esta falacia incluye la falacia neomalthusiana, según la cual el crecimiento de la población mundial es un problema, cuando en realidad en Europa (y a medio plazo en todo el planeta) nos enfrentamos a la amenaza estrictamente opuesta: el envejecimiento de la población.

lunes, 28 de enero de 2013

Ni pacto ni política expansiva ni leches

Cuando el PSOE pide un pacto, puede ocurrir lo peor: Que el PP lo acepte. Ya ocurrió con el pacto contra el terrorismo, que propuso Zapatero y que ahora vemos cómo ha terminado: Con ETA gobernando en medio País Vasco. Y un pacto contra el paro acabaría de manera análoga, con el paro enquistado ad aeternum.

¿Para qué sirve un pacto? Pueden darse dos situaciones. O bien el partido en el gobierno no tiene mayoría suficiente para llevar a cabo determinadas reformas, con lo cual será él mismo quien busque los apoyos necesarios. O bien el gobierno tiene mayoría suficiente, en cuyo caso el pacto solo sirve para que la oposición intente introducir sus propias recetas, o rebajar las del gobierno, apelando a ese sentimentalismo idiota de buena parte de la opinión pública y publicada, tejido con palabras vacías como diálogo, consenso, etc. Que es exactamente la situación actual.

¿Qué puede proponer Rubalcaba si no más intervencionismo y endeudamiento? Más preocupante, sin embargo, es que sea Rajoy quien le pida algo parecido a Angela Merkel, con ese eufemismo de las "políticas expansivas". Es decir, que el Estado alemán gaste más para que sus ciudadanos y sus empresas puedan comprarnos más a los españoles, forma sutil de pedir que nos subvencione indirectamente. Sin duda, esto nos beneficiaría a corto plazo, pero a la larga, un endeudamiento de Alemania haría inevitables nuevos recortes, que también terminarían afectándonos.

Las políticas expansivas o keynesianas no son más que una forma de trasladar los problemas hacia un futuro nada lejano. Los recortes no son populares porque a corto plazo, parecen tener efectos contrarios a los deseados. Al recortarse en funcionarios, en pedidos de la administración al sector privado y en infraestructuras, es normal que la economía se contraiga y que el paro aumente. Pero a medio y largo plazo, esta es la única forma de recuperarnos. Al disminuir la carga estatal que soporta la sociedad, se ponen las bases para que la economía privada (que es la que mantiene todo el tinglado) vuelva a crecer. Las políticas expansivas y los "estímulos" significan dejar todo como está, dopando la economía para que unos resultados trucados se perciban en poco tiempo, es decir, el suficiente para que volvamos a votar a los mismos gobernantes cortoplacistas.

Hay que recortar más en estructuras estatales, privatizar empresas públicas, empezando por las inútiles y carísimas televisiones, y eliminar administraciones inútiles en el nivel subautonómico. Hay que volver a bajar los impuestos directos. Y hay que aprovechar el momento de crisis para aplicar la parte no económica del programa, que es la más importante: Abolir la ley de plazos del aborto y el supuesto psicológico. Es el momento para afrontar sin miedo el reformismo moral, después de los siete devastadores años de Zapatero, que nos han convertido en la nación a la cabeza en paro, corrupción, problemas separatistas, abortos y matrimonios gays (sí, amigos progres, os guste escucharlo o no, todo va unido). ¿A qué espera el Partido Popular, a que vuelvan los tiempos de bonanza, cuando la gente es todavía más reacia a escuchar discursos morales?

Desgraciadamente, nada indica que el PP esté dispuesto a llevar a cabo esta tarea. Arrieros somos, y dentro de tres años nos encontraremos.

miércoles, 2 de enero de 2013

La rueda ideológica

Empiezo el año con uno de esos diagramas que tanto me gustan. Es que uno en el fondo sigue siendo un niño...

La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.

Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.

Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:

Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)

Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".

Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)

Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)

Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.

Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.

Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.

Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)

Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.

domingo, 17 de junio de 2012

El complejo FEMS

Las cuatro patas de la izquierda actual, en orden arbitrario, son el Feminismo-ideología de género-proabortismo, el Ecologismo, el Multiculturalismo-antioccidentalismo y por supuesto el Socialismo. Con fines de agilidad nemotécnica, podemos utilizar el acrónimo FEMS. (Que en catalán signifique excrementos animales, así como el abono elaborado con estos, es una mera coincidencia.) Detengámonos  brevemente en cada elemento.

Socialismo. Se trata sin duda del elemento más antiguo. Precedentes del pensamiento socialista ya se encuentran en Platón. Actualmente, fuera del marxismo confeso, se manifiesta bajo la forma aparentemente moderada de socialdemocracia, y del discurso sobre el Estado del bienestar, que incluso ha interiorizado en gran parte la derecha política. La idea socialdemócrata consiste, en esencia, en que determinadas funciones sociales, como la sanidad, la educación, las prestaciones de desempleo o de jubilación, deben estar aseguradas por el Estado. Así, aunque el mercado realice funciones tan importantes, si no más, como son la producción y distribución de alimentos o de vestido, por alguna razón se considera que es incapaz de ofrecer aquellos otros servicios de manera universalmente asequible.

La izquierda goza en este tema de una importante ventaja material, sobre todo en Europa, donde el Estado ejerce  de hecho posiciones dominantes, cuando no cercanas al monopolio, en los sectores mencionados. En consecuencia, el mercado tiende a especializarse en las capas más pudientes de la población, que aspiran a una medicina o una educación de mayor calidad que la ofrecida por la pública, lo cual refuerza la idea de que las clases medias y bajas no podrían acceder a estos servicios sin la intervención estatal. No importa que las empresas públicas den muestras sobradas de ineficacia e insostenibilidad, en comparación con las privadas. Sus deficiencias siempre podrán achacarse a que no se destina a las primeras suficiente presupuesto, lo cual refuerza el discurso socialdemócrata dominante, al tiempo que premia la ineficiencia, en lugar de atajarla, en un claro ejemplo de círculo vicioso. El socialismo no funciona; luego es necesario... más socialismo.

Los socialistas replican a lo anterior, claro, que el capitalismo tampoco funciona. Pero ignoran con ello el hecho fundamental: Que jamás se ha creado más riqueza en la historia que en el sistema capitalista. Por muchos problemas e injusticias que produzca, o que no sea capaz de remediar el mercado libre, lo cierto es que jamás ha existido un sistema mejor, y en cambio algunas alternativas, como el comunismo soviético y chino, han sido mucho peores. Del capitalismo podríamos decir lo mismo que de la democracia: es el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás.

Feminismo. Dentro de este término incluyo básicamente la ideología de género y el proabortismo. La idea original, que la mujer tiene la misma dignidad que el hombre, procede del judeocristianismo, en contra de los tópicos que aseguran lo contrario. "Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó." (Génesis, 1, 27.) Y más adelante: "Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne." (2, 24). Aunque desde la puntillosa corrección política sin duda se tacharía este lenguaje de "sexista" (¿por qué no decir: "deja la mujer a su padre y a su madre y se une a su hombre"?), lo esencial es obvio: Hombre y mujer, en la institución del matrimonio, son lo mismo. El Nuevo Testamento lleva hasta sus últimas consecuencias esta doctrina, rechazando Jesús con contundencia que la mujer pueda ser repudiada.

Ahora bien, el feminismo, que consciente o inconscientemente bebía en esa concepción cuando reclamaba el sufragio universal o el acceso de la mujer a todas la profesiones, se transmutó en tiempos modernos en otra cosa completamente distinta, en un remedo de la teoría marxista de la lucha de clases, traducida a lucha de sexos. Se llega al extremo de afirmar que el sexo es una pura construcción cultural (como sugiere, al menos en español, el término género, que tiene un sentido puramente gramatical, no biológico). De ahí que se condene toda diferencia observable entre los sexos en la conducta, la educación, el mundo laboral, el ocio, etc, como una injusticia que debe remediarse mediante la ingeniería social, es decir, de manera coactiva. La culminación de esta mentalidad es el proabortismo, la idea de que el aborto es un derecho de la mujer, no una medida desesperada, como mucho admisible en situaciones extremas. Ello le permite eludir, de la manera más drástica, el hecho biológico diferencial. Aquí la izquierda, la supuesta defensora de los débiles, carga sin compasión contra los seres más débiles que existen, que son los seres humanos en edad embrionaria y fetal.

Ecologismo. Nace este en época mucho más reciente, y originalmente no era un movimiento propio de la izquierda. Se pueden encontrar precedentes de políticas medioambientales y de protección de los animales en el nacional-socialismo. El ecologismo entronca con una vieja corriente paganoide, de idolatrización de la naturaleza, que en sí misma choca con la concepción del Génesis, según la cual esta, y particularmente los demás seres vivos, deben someterse al imperio del hombre. Por supuesto, una preocupación razonable por el cuidado del medio ambiente no es patrimonio de ninguna ideología política, sino algo común a cualquier persona normal. Pero el ecologismo ideológico, aunque explote este sentimiento, no consiste en esto, sino en la idea de que el capitalismo es el peor enemigo de la naturaleza, cosa que resulta completamente falsa. (Los peores desastres ecológicos se han producido en países del "socialismo real".) Es por ello que el ecologismo en gran medida actúa como recambio de las ideas socialistas, sobre todo cuando estas entran en crisis. No es ninguna casualidad que los partidos comunistas europeos se hayan resituado en alianza o fusión con partidos verdes. El catastrofismo medioambiental les proporciona el mismo tipo de pretextos que el lenguaje milenarista dirigido antaño a los parias de la tierra.

Multiculturalismo. Por este término no me refiero exclusivamente a una determinada política ante la inmigración, sino a un concepto mucho más amplio, la idea de que todas las culturas valen lo mismo... excepto la occidental, que debe ser fustigada sin descanso, y culpada de todos los males imaginables. La raíz última del antioccidentalismo es la cristianofobia. El relativismo cultural es el vehículo intelectualmente sugestivo (y originalmente, tampoco procedente de la izquierda, sino de las ideas románticas de Herder, y de Spengler) del odio a la Cruz. Permite denigrar nuestras raíces, nuestras tradiciones, asociándolas con lo caduco, lo desfasado, y contraponiéndolas a una idealización de las demás culturas basada en el mito del "Buen Salvaje". En el multiculturalismo antioccidental se ensamblan a la perfección los otros tres elementos de la izquierda: El socialismo confluye de manera natural con el indigenismo y el chavismo, con el ecologismo de la Pacha Mama, y con la Leyenda negra contra la España católica. El ataque al cristianismo alcanza su culminación en la defensa del aborto y en la ideología de género-homosexualista. Todo cobra su máximo sentido en este clima de odio a Occidente y al cristianismo.

Para combatir intelectualmente a la izquierda, verdadero cáncer que corroe Occidente desde hace siglo y medio, es necesario reconocer estos cuatro frentes, y al mismo tiempo no perder de vista su interdependencia, ni la coherencia del conjunto. La izquierda ha realizado una fusión brillante de tendencias ilustradas con las románticas. Se reclama heredera de la Ilustración, lo cual no es del todo falso, pero sí incompleto. Lo decisivo no es rastrear sus orígenes, aunque a veces sea esclarecedor, sino comprender a dónde va: A la subversión de nuestros valores judeocristianos, y en consecuencia a la destrucción de la civilización liberal, centrada en la dignidad trascendente del individuo, en la limitación del poder político y en la razón, que carece de base sin el reconocimiento de lo trascendente.

Uno de los principales enemigos de la izquierda, si no el mayor, es la Iglesia, ajena a las modas y por tanto siempre "atrasada" -pero por lo mismo también adelantada a los tiempos. Pero la Iglesia sola quizás no pueda resistir el empuje autodestructivo de la izquierda. Es necesario un círculo exterior de defensores de los valores occidentales, heredados del mundo grecorromano y cristiano, que proteja a la Iglesia al mismo tiempo que la descargue de la polémica más desgastadora del día a día. Y al mismo tiempo, todos necesitamos más que nunca (o quizás igual que siempre, al cabo) la sólida roca de la Iglesia, proclamando desde hace dos mil años la Verdad, a despecho de todas las herejías, de todas la debilidades humanas que la distorsionan o tratan de dulcificarla. La Verdad de que la vida es un don divino, que el hombre necesita ser salvado, y que no está en su mano conseguirlo sin ayuda trascendente. Todas las ideologías modernas que niegan esto, y en especial el optimismo antropológico de la izquierda, conducen, por caminos más o menos sinuosos, a callejones sin salida, a la idea de que el fin justifica los medios, a la arrogancia prometeica de querer removerlo todo, pisoteando para ello cualquier idea de justicia o meramente de sentido común.

domingo, 30 de octubre de 2011

Rubalcaba es una mala persona

No de otra forma puedo describir a alguien capaz de decir semejante mezquindad: Que respecto a ETA, su final dependerá no de que los terroristas entreguen las armas, sino del "talante del nuevo Gobierno". Y por si esto no fuera lo bastante insidioso ha añadido: "Con Aznar hubo más muertos; con Zapatero, más etarras detenidos." Esto lo dice del presidente del gobierno que estuvo a punto de ser asesinado por ETA. Esto lo dice quien era portavoz del gobierno de los GAL, es decir, de un gobierno que asesinó directamente. Esto lo dice el ministro del caso Faisán. Hay que ser mala persona. Hay que tergiversar con premeditación y alevosía para omitir que fue Aznar quien estuvo a punto de derrotar policialmente a la organización terrorista, quien además lo consiguió ilegalizando a su brazo político (no como ahora que está exultante) y acabando prácticamente con la kale borroka. Hasta que llegó el gobierno de Zapatero para dar oxígeno a los asesinos durante siete años. Esto lo dice el miembro de un partido que no se ha cansado de acusar a la oposición de hacer un uso indecente de la política antiterrorista para atacar al gobierno. Esto lo dice quien utilizó el peor atentado terrorista de la historia de España para atacar al gobierno el día de reflexión electoral. Se puede ser más cínico, se puede tener más cara dura, se puede ser más vil y despreciable, sin duda. Se puede ser más hipócrita que quien derrama lágrimas de cococrilo para capitalizar políticamente el comunicado de la falsa "paz" de los etarras. Pero Rubalcaba ha puesto el listón muy alto.

El negativo

El candidato socialista, Pérez Rubalcaba, lo ha dicho. Quiere subvencionar (¡textual!) el empleo. Y también que baje más (aún más) el precio del dinero. Pasemos ahora por alto que son precisamente los tipos artificialmente bajos, establecidos por las autoridades monetarias, uno de los desencadenantes de la crisis económica mundial. Lo de subvencionar el empleo me ha llegado al alma. Estos tíos, los socialistas, son incapaces de imaginar que exista vida más allá de los presupuestos estatales. Ya lo sabíamos. Pero que lo manifiesten con semejante candidez (aunque aplicada al sujeto en cuestión no sea la palabra más indicada) resulta conmovedor. Definitivamente, no tienen cura. Incluso un drogadicto llega a ser consciente de que la droga lo está matando, aun cuando sea incapaz de alejarse de ella. Pero los dirigentes del PSOE son capaces de llevar a un país a la quiebra a base de gasto público, y todavía te dirán que el problema es que no se gasta lo suficiente.

Dejémonos de bromas. Son un peligro público. Apelan a lo peor que hay en la gente, al gratis total, a la carencia de responsabilidades, a los sentimientos de envidia, al odio de clases (si es que algo así existe todavía) y al odio de sexos. Engañan a la gente, sí, pero solo a aquellos que quieren dejarse engañar, a todos aquellos millones de personas que prefieren vivir en una mentira llamada "derechos sociales" antes que tomar el destino en sus manos. Y también a todos aquellos que desde sus situaciones personales más o menos acomodadas se gustan a sí mismos adoptando la pose de izquierdistas biempensantes.

Un sujeto que dice que la solución al desempleo es subvencionarlo, o bien es un completo imbécil, o bien es que carece del menor escrúpulo. Creo que Rubalcaba es menos inteligente de lo que pregonan algunos, pero desde luego no me parece idiota. Por tanto, necesariamente no puedo evitar pensar que es capaz de decir cualquier cosa con tal de arañar un puñado de votos. Con todo, es de agradecer que opte por un discurso clásico de izquierdas. Ya que el PP opta por evitar meterse en honduras ideológicas, como de costumbre, basta con escuchar a Rubalcaba para obtener, aunque sea en negativo, el discurso que realmente le conviene a España. Si el gobierno que salga del 20-N hace todo lo contrario de lo que defiende Rubalcaba, o por lo menos lo intenta, hay esperanza. Saber por dónde no debemos ir ya es un progreso.

sábado, 15 de octubre de 2011

La mentira de la paz

El lunes empieza en San Sebastián, ciudad gobernada por el brazo político de ETA, la llamada "Conferencia Internacional para promover la resolución del conflicto en el País Vasco". Por supuesto, en el País Vasco no hay ningún conflicto, en el sentido de las dos primeras acepciones del diccionario de la Real Academia. No existe ningún "combate", "lucha" o "pelea", ni ningún "enfrentamiento armado". Lo que ha ocurrido en las últimas décadas es que una organización criminal ha asesinado a policías, militares, políticos, jueces, periodistas y a personas que pasaban por ahí, incluidos niños. Y ha extorsionado a empresarios y ha coaccionado a los ciudadanos, impidiéndoles el ejercicio de sus libertades. Las víctimas de ETA, por su parte, siempre han renunciado a cualquier tentación de venganza. Los GAL fueron una creación de los servicios secretos, sin vinculación con la sociedad civil, que en ningún momento llegaron remotamente a convertir la situación en un conflicto entre dos bandos más o menos equiparables. Basta comparar las cifras de víctimas de la violencia de ETA con las de los GAL.

Incluso aunque se tratara de un conflicto (que no lo es), esto no significa que una posición equidistante fuera moralmente aceptable. No todos los conflictos son iguales. El conflicto entre los aliados y los nazis no se hubiera podido resolver, de manera decente, en una mesa de negociaciones. Hay conflictos en los que la única opción compatible con la moral, con la justicia y con las libertades es que uno de los dos bandos se rinda incondicionalmente, en que haya vencedores y vencidos. A nadie se le ocurre que el gobierno italiano tenga que negociar con la Cosa Nostra para resolver el "conflicto" (si es que fuera válido llamarlo así, que tampoco lo es) en Sicilia.

Pese a ello, los terroristas y sus cómplices siempre han visto, con razón, favorable a sus intereses el lenguaje bélico, la terminología político-militar. Porque efectivamente existen conflictos que solo pueden resolverse aceptablemente mediante el diálogo, como era quizás el caso de Irlanda del Norte, con dos comunidades enfrentadas que mutuamente se infligían violencia, en una espiral demencial de venganzas. Puesto que en el País Vasco no existe nada parecido, los simpatizantes de ETA convierten la política penitenciaria de dispersión de presos, así como los casos de supuestos abusos policiales, en una forma de violencia que justifica o relativiza la ejercida por los terroristas. Es como si una banda de atracadores de bancos declarara que continuará con sus "acciones" mientras la policía no respete los derechos de los detenidos. Incluso aunque fueran ciertas esas violaciones de derechos, eso no legitimaría, no explicaría un solo robo, ni antes ni después de la supuesta violencia policial. A no ser, claro, que partamos de una ideología marxista-leninista que considere la propiedad privada ya en sí misma como una forma de violencia. Que, con el ingrediente añadido nacionalista, es exactamente lo que hace ETA.

Si el lenguaje del conflicto ha sido siempre concienzudamente utilizado por ETA y su entorno, en los últimos años y meses cabe decir que los esfuerzos propagandísticos por hacer que cale esta concepción entre la opinión pública se han multiplicado, con la inestimable ayuda del gobierno socialista, y de medios de comunicación públicos, como TV3. Ejemplo de esto último es el documental de Gorka Espiau, "Lluvia seca. Los mediadores internacionales en el País Vasco", que fue emitido por el canal autonómico catalán el pasado mes de febrero, y que el entorno batasuno hace todo lo posible por difundir en colegios, asociaciones de vecinos y "cine-fórums". (Aquí puede verse la versión original completa, en catalán.)

Se trata de un vídeo interesante porque muestra, involuntariamente, pero con claridad, la postura de los llamados mediadores internacionales, como el abogado sudafricano de izquierdas Brian Currin, que no solo asumen la tesis del conflicto como punto de partida, sino que no ocultan su mayor proximidad a una de las partes, por supuesto la de los etarras. (Currin, menudo jeta, asume incluso la terminología de "presos políticos".) En una calculada introducción melodramática, el vídeo nos revela que el sudafricano había recibido una carta amenazadora con el anagrama de ETA, cuya autenticidad fue semanas después desmentida por la organización terrorista, animándole a proseguir con su labor mediadora. Moraleja: ¡Qué majos que son estos etarras, y qué malos son estos servicios secretos españoles que tratan de sabotear la paz con cartas falsas! Por lo demás, por si quedara alguna duda, un dirigente batasuno histórico, Rufi Etxebarria, reconoce que él y los suyos han recibido cursillos de negociación de estos mediadores, tan imparciales que asesoran a una de las partes.

En toda esta estrategia de los terroristas subyace la mentira pacifista, la patraña según la cual la paz es preferible a la libertad, o dicho de otro modo, que la libertad es gratuita. No es así, la libertad tiene un precio, y es que quienes la amenazan, sean delincuentes o sean ejércitos extranjeros, se vean disuadidos de ello por la amenaza de la fuerza, y en caso necesario, detenidos y derrotados por el uso de la fuerza. Un pueblo que prefiere que los terroristas gobiernen, con tal de que dejen de colocar bombas, ha perdido toda noción de dignidad, y será en consecuencia pasto de la tiranía. Los socialistas llegaron al poder gracias a un atentado terrorista y, siete años después, siguen especulando con el comunicado de una organización terrorista para agarrarse a la última esperanza que les queda de no sufrir una aplastante derrota electoral. Es lo mínimo que se merecen. Que se metan ellos y los etarras su paz donde les quepa.

domingo, 9 de octubre de 2011

José Blanco tiene padres

Rubalcaba, en una demostración conmovedora de su tierna sensibilidad, nos ha descubierto que José Blanco (acusado por un empresario de haber recibido dinero a cambio de favores de la administración) tiene madre y padre. ¿Cómo puede haber alguien tan malvado que haga sufrir a la madre de Blanco difundiendo sospechas acerca de su honradez? Pues lo hay. La derecha está habitada por verdaderos monstruos, muchos de los cuales también pretenden (¡ja!) tener ascendientes aún vivos. Pero no nos van a engañar con sus trucos sentimentales, todo el mundo sabe que un derechista nace por generación espontánea, y que si por un error de la naturaleza adviniera al mundo mediante reproducción vivípara, sus propios progenitores renegarían despavoridos de él, abandonándolo en el primer portal.

Aparte de las ganas de vomitar que me produce escuchar a este sujeto (me refiero a Rubalcaba, por supuesto) hay algo en todo este asunto mucho más grave que la posibilidad de que un empresario pueda haber sobornado a unos políticos del PSOE, el BNG y el PP. Y es que los servicios de seguridad del Estado, una vez más, se hayan convertido en instrumentos al servicio del partido socialista, vigilando a la juez que investiga el caso y muy probablemente robando ordenadores para destruir pruebas, según informaciones que ayer aportaba Intereconomía TV. No hay duda: Nuestros actuales gobernantes (esperemos que por poco tiempo), además de padres biológicos, tienen un padre ideológico preclaro, llamado Dzerzhinski, el primer experto en "cloacas del Estado" (según la célebre expresión de Felipe González) que alumbró el siglo XX. El inventor de la Cheka podría estar orgulloso de Rubalcaba, el héroe del gobierno de los GAL, de la jornada de reflexión del 14-M y del Bar Faisán...
-¡Papá!
-¡Hijo!
Conmovedor.

domingo, 2 de octubre de 2011

La diferencia

El movimiento del 15-M, surgido de manera aparentemente espontánea pocos días antes de las últimas elecciones locales y autonómicas, tenía un mensaje central: Que los dos grandes partidos, PP y PSOE eran lo mismo, en esencia. Por supuesto, cabe recelar de la ecuanimidad de una afirmación que en la práctica perjudica mucho más a un partido que a otro. (En este caso, obviamente, era al PP, al que las encuestas daban una gran ventaja.) Por si alguien abrigaba alguna duda, las actuaciones del movimiento del 15-M en los meses posteriores (por ejemplo, en relación a la visita del papa) han demostrado que su carácter "transversal" era puro cebo para incautos. Son extrema izquierda, y por ello con muchas coincidencias con el zapaterismo: anticlericalismo (lo llaman laicismo), proabortismo, simpatías apenas encubiertas hacia la izquierda pro terrorista vasca, etc.

Esto no significa que la idea según la cual PP y PSOE son lo mismo sea exclusiva de la izquierda. En realidad, la sugieren también muchos opinadores de derechas, liberales o liberal-conservadores, con escaso sentido práctico. Una cosa es que acusemos a la derecha política de tibieza, de no poner suficiente empeño en la batalla ideológica. Y otra muy distinta es pretender que la derecha haga la campaña electoral que le gustaría a la izquierda. ¡No seamos ingenuos! Este domingo escuchaba a Luis del Pino en esRadio exigir a Mariano Rajoy que declare solemnemente que su gobierno no respetará ningún acuerdo con ETA obtenido con la participación de los llamados "mediadores internacionales" (en realidad, unos exterroristas que siguen viviendo del terrorismo, vía contribuyentes). Claro, para liberar a los socialistas de tener que hablar de economía, el tema que más daño les causa, solo falta que Rajoy diga algo tan innecesario como que ningún gobierno entrante tiene la menor obligación moral, política ni jurídica de respetar acuerdos de un gobierno saliente con un grupo criminal, con o sin unos mediadores que solo se representan a sí mismos y a sus cuentas corrientes.

Lo mismo puede decirse de quienes reprochan al PP que no declare con sinceridad que habrá que hacer más recortes "sociales". Si alguien es tan pánfilo como para necesitar que le digan tal cosa, lo más probable es que también reaccionase votando a quien, por el contrario, le dijera lo que quiere oír, es decir, a Rubalcaba. El PP ya está hablando claramente en los gobiernos autónomos donde gobierna desde el pasado 22 de mayo: Con lo hechos. No hay ninguna necesidad de que se ate ninguna otra piedra al cuello para ayudar al PSOE a reducir la distancia a la que se encuentra del previsible ganador, según todas las encuestas.

Más grave es cuando esos mismos opinadores, supuestamente encuadrados en la derecha liberal, comparan a los dos grandes partidos políticos españoles partiendo de concepciones que en realidad son de izquierdas. Y pongo como ejemplo de nuevo a Luis del Pino, periodista al que aprecio mucho, pero que a veces, cuando se equivoca, lo hace con todo el equipo. En su editorial del programa "Sin complejos" del sábado, se mostraba preocupado por la coincidencia de los discursos de Esperanza Aguirre y José Bono en la presentación del último libro de Pedro J. Ramírez, sobre la revolución francesa. Ambos políticos alertaban, al parecer, sobre los peligros de quienes tratan de aprovecharse del descontento popular para erosionar las democracias. Dice Del Pino:

"Y ver a aquellos dos presentadores del libro de Pedro J. advertir insistentemente sobre los peligros de las revueltas callejeras, en lugar de reclamar las reformas necesarias para que esas revueltas no sean posibles, me convenció de que no hay, realmente, nada que hacer: los acontecimientos seguirán su curso de forma cada vez menos controlada. Y en lugar de una reforma que evite los sufrimientos, acabaremos por tener un estallido, que los exacerbará."

Se entrega entonces nuestro analista a una fatalista concepción de la historia según la cual, aunque Robespierre, Marat o Danton no hubieran existido, los acontecimientos hubieran seguido el mismo curso, porque todo se cifra en que había grandes injusticias que están allí solo para que el primer demagogo sin escrúpulos sepa explotarlas.

Estoy rotundamente en desacuerdo con esta concepción materialista de la historia, afín al marxismo. Descontento social lo ha habido en todas las épocas y latitudes. En ocasiones estalla y conduce a golpes de Estado o cambios de régimen. ¿Por qué unas veces ocurre y otras no? Pues precisamente porque a veces aparece un Robespierre, un Lenin o un Hitler. Esa es la diferencia crucial, he ahí la importancia capital de los individuos, para bien y para mal. Por tanto, cuando Esperanza Aguirre alerta contra las tentaciones de la demagogia, tiene toda la razón del mundo, no está en ninguna torre de marfil, insensible a las dificultades de la gente. Que José Bono, con su habilidad para adaptarse a los auditorios y hacer guiños a la derecha sociológica más tontaina, pueda coincidir en el mismo discurso, tampoco debería llamarnos especialmente la atención.

Y sí, hay también una diferencia capital entre el PP y el PSOE. Uno dice que va a subir los impuestos al alcohol y al tabaco para financiar la sanidad. El otro anuncia que deducirá 3.000 euros a los autónomos que contraten a su primer empleado. Uno busca de dónde sacar más dinero a los contribuyentes, en una cerril visión de suma cero. (Hace falta dinero: hay que quitárselo a alguien.) Otro se orienta a crear empleo, es decir, a que se cree más riqueza real. (Hace falta dinero: debemos trabajar más.) Uno se empeña en seguir repartiendo miseria y dependencia del Estado. El otro aspira a que los individuos prosperen y se ganen por sí mismos el bienestar. No es lo mismo, sino más bien todo lo contrario.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Recortes y demagogia

El diario pro socialista El País titula: "La ola de recortes ahoga a las autonomías". Aunque no pueda hablarse de un error gramatical, la expresión es penosa. ¿Un recorte "ahoga"? El mal estilo literario revela una torpeza conceptual más profunda. La asfixia financiera en todo caso la provoca el exceso de endeudamiento, de facturas por pagar. Los recortes, al reducir los gastos, y por tanto disminuir los déficits públicos, podrán ser criticados por las razones que se quiera, pero no por ahogar a las autonomías; más bien todo lo contrario, lo que hacen es aligerar el peso de la deuda que las oprime.


La izquierda, en cuanto deje de gobernar, va a utilizar la demagogia contra los recortes del gasto público de manera sistemática. Lo de ahora es solo un aperitivo, un calentamiento. Me gustaría creer que una parte cada vez más importante de la opinión pública no se dejará manipular, y que en el fondo está encontrando cierta satisfacción, más o menos inconfesada, en que a los privilegiados funcionarios-para-toda-la-vida también les llegue su San Martín. Yo no me recato en manifestarla. Me gustan los recortes, y espero que pronto, después del 20-N, les llegue el turno a sindicatos, artistas subvencionados y demás vividores del cuento.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuántos profesores necesitamos

El mundo parece deslizarse hacia una catástrofe, mientras los supuestos expertos pontifican, cada cual con arreglo a su escuela o, por decirlo con las palabras de Borges,

...todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira...

Y sin embargo, lo que está sucediendo es muy fácil de explicar: Tanto gobiernos, como empresas, como individuos, hemos gastado durante años mucho más de lo razonable, nos hemos endeudado y ahora no tenemos más remedio que reducir nuestros gastos, para pagar las deudas. De lo contrario, si estas quedan sin pagar, la confianza y el crédito, en los cuales se basa toda civilización concebible, se destruirán. Las consecuencias de ello podrían ser terribles; alguien ha dicho que si el euro desaparece (pero se podría aplicar a la situación mundial), tendremos una guerra en diez años. Sin ánimo de ser apocalíptico, este tipo de pronósticos no carece de justificación. Basta detenernos en la historia del siglo pasado para extraer advertencias nada agradables. Pero los dirigentes de las principales naciones desarrolladas hasta ahora han optado por la huida hacia delante, con unas políticas de austeridad insuficientes, e inyecciones monetarias descabelladas, lo que supone el traspaso del problema a las generaciones futuras, o ni siquiera a tan largo plazo, a los próximos ciclos políticos en cada país.

Achacar al sistema la culpa de esta crisis es incurrir en una obviedad muy facilona. Evidentemente, un sistema en el que ocurre lo que está ocurriendo no funciona bien. La cuestión verdadera estriba en determinar qué parte del sistema ha fallado. El capitalismo de principios del siglo XXI consiste, grosso modo, en una economía en un 40 % pública y un 60 % privada, y esta última muy regulada en aspectos esenciales (como los tipos de interés) por el Estado. Afirmar, como hacen los opinadores escorados a la izquierda, que la culpa de todo la tiene el mercado, es cuando menos muy aventurado. Pero si así fuera, lo que no pueden hacer quienes defienden tal posición es disfrazar sus implicaciones: Que hay que dar más poder (todavía más) a los gobiernos.

Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas en la universidad Pompeu Fabra, insiste en que la única salida a la crisis es un aumento del gasto público, pero aunque se muestre contrario al déficit cero, y se haya manifestado en contra de la reforma constitucional pactada entre PSOE y PP, tampoco se atreve a defender cualquier endeudamiento, por mucho que le cueste reconocerlo. (Se puede escuchar aquí una tensa entrevista -en catalán- a la cual lo somete Manuel Fuentes. No se pierdan la prepotencia del catedrático, que se cree autorizado a sugerirle al periodista las preguntas que debería hacer, e incluso los tertulianos que debería invitar.) Lo que propone Navarro es más impuestos a los ricos, para seguir manteniendo el Estado de bienestar sin que se dispare excesivamente el déficit. El problema es que, como él sabe perfectamente, y sin contar los efectos contraproducentes de cualquier aumento de la presión o la progresividad fiscal (se acaba recaudando menos, al desincentivar la inversión, favorecer la economía sumergida y la deslocalización), las contribuciones de los "ricos" siguen sin ser suficientes para sostener los paquidérmicos Estados-providencia europeos. Como mucho permiten arañar algunos votos, no tanto por la medida en sí, como por el debate artificial que pretende provocar, con la intención de que la derecha se retrate "a favor" de los ricos.

En realidad, ninguna persona sensata puede poner en cuestión que hay que realizar recortes. Las discrepancias pueden surgir, en todo caso, acerca de a qué capítulos concretos de gastos hay que aplicar los tijeretazos.

Los socialdemócratas opinan que hay mucho margen para recortar gastos sin tocar la educación y la sanidad. La derecha, sobre todo en períodos electorales o preelectorales, no se atreve a cuestionar esta tesis. Pero a todas luces se trata de una media verdad. Por supuesto que existe un despilfarro estatal absolutamente injustificable. Pensemos, en el caso de España, en las televisiones públicas, tanto centrales como autonómicas y locales, en las ayudas al cine español (superiores el pasado ejercicio a lo recaudado en taquilla) o en la llamada "Ayuda Oficial al Desarrollo", que en 2010 fue de más 4.350 millones de euros. Sin embargo, el volumen de gasto "social" (sanidad, educación y pensiones) sigue siendo mucho mayor, descomunalmente mayor: Representa en España, aproximadamente, las dos terceras partes del presupuesto público del Estado central y las comunidades autónomas.

El hecho incuestionable es que las partidas de gasto superfluo e incluso más o menos vagamente corrupto existen gracias a que son fácilmente disimulables o relativizables en medio del colosal gasto "social". Quien dedica decenas de miles de millones de euros a pagar nóminas de profesores, de médicos o pensiones de jubilados, no tiene demasiado problema en distraer unas pocas decenas de millones de euros (bah, menudencias) en subsidiar películas de cine infumables u ONGés escasamente transparentes, además de, por supuesto, coches oficiales, dietas y ordenadores para personal político.

Del 2004 al 2010, el PIB español creció más o menos un 25 %. En el mismo período, el gasto en educación, según datos del gobierno actual, se incrementó en un 102,6 %. Los partidarios del PSOE lo esgrimirán como un motivo de orgullo, por supuesto. Pero a todas luces, se trata de un insensatez, sobre todo si tenemos en cuenta que el gasto público por alumno en España es superior al de la mayoría de países europeos, lo que no significa que la calidad de nuestra enseñanza lo sea también, sino todo lo contrario. El viernes pasado, el ex presidente de Castilla-La Mancha, entrevistado por Carlos Herrera y Casimiro García-Abadillo en Onda Cero, tras reconocer a regañadientes que el déficit dejado por su administración era mayor que el de muchas otras comunidades, dijo dos cosas. Primero, que asumía toda la responsabilidad por ello, lo cual nadie sabe en qué se traduce, más allá de una bonita frase. Y segundo, que ese déficit era consecuencia del enorme esfuerzo de su gobierno (mejor dicho, de sus contribuyentes) en educación, sanidad e infraestructuras, incluso cuando nadie podía negar la crisis.

Claro, ahora no hay dinero para pagar a los farmacéuticos, pero como ya no está el PSOE en el gobierno de la comunidad, quien venga detrás que arree. Es muy fácil incrementar el gasto en educación, en sanidad y en servicios asistenciales dejando las facturas por pagar para el gobierno entrante. Y encima, qué gozada, se puede acusar a la derecha de querer desmantelar el Estado del bienestar. Pero la cuestión es: ¿Fue nunca viable, más allá de un espejismo temporal, un sector público como el que tiene España, teniendo en cuenta sus niveles de productividad? Porque no sirve de nada compararnos con países "de nuestro entorno", como suele decirse, cuyo sector público es todavía porcentualmente superior en relación al PIB. Primero, porque eso no demuestra que a largo plazo no sea también insostenible, y segundo, y muy importante, porque países cuya economía es más productiva y competitiva que la nuestra quizás, en buena lógica, puedan permitirse una sanidad y una educación de más calidad.

"La educación es una inversión", nos dicen, y efectivamente es así, como también lo son las carreteras y los puentes, pero no podemos invertir cualquier cosa en ningún capítulo, por importante que sea. ¿Cómo debería la sociedad decidir lo que debe invertirse en autopistas, en colegios, hospitales, etc? La respuesta para quedar bien es que ello lo deciden los ciudadanos a través de sus representantes democráticamente elegidos. Pero la experiencia demuestra que eso conduce a construir colegios y hospitales, con sus correspondientes plantillas de profesores y médicos, que luego quizás no podremos mantener, porque a los representantes solo les preocupan los votos, no los problemas que se producirán dentro de veinte o treinta años.

Por suerte, existe un método perfectamente conocido para optimizar los recursos, invirtiendo en cada área lo que realmente la sociedad necesita, que se llama mercado, esa entidad ominosa que tanto deploran los adalides del Estado del bienestar. Cuando la gente libremente intercambia sus productos y servicios, el resultado es que acabamos teniendo los profesores, los médicos, los electricistas, los camareros y los actores, con sus correspondientes emolumentos, que realmente nos podemos permitir, no los que unos políticos deciden en función de sus miopes intereses electorales o de grupos de presión, que suelen coincidir, curiosamente, con sus conmovedoras proclamas ideológicas. O dicho de otra manera, el bienestar procede, ahora y siempre, del trabajo productivo, que es el que nos permite tener más y mejores escuelas y coches, más y mejores hospitales y casas, más y mejores carreteras y teatros, con el coste más razonable.

Desde tiempo inmemorial, este sistema no ha sido muy del gusto de los intelectuales, porque al contrario de la falacia tan extendida, el mercado no suplanta a la democracia, sino que es la democracia en su sentido más literal. El mercado está basado en las millones de decisiones que toma la gente, muchas de ellas equivocadas o estúpidas, pero en conjunto mucho más sabias que cualquier mente individual. Y eso es algo que los intelectuales nunca han sabido digerir bien. Parece que halagan a la gente cuando demandan mayor gasto social, pero en realidad se halagan a sí mismos, cuando se arrogan el derecho a que unas determinadas élites (con las que se identifican o se sienten influyentes) decidan por la gente en qué debe gastarse su dinero. Por supuesto, estos mismos intelectuales rebatirán esta elemental verdad con alguna versión más o menos remozada de la lucha de clases, de la supuesta eterna lucha entre los fuertes y los débiles, entre dominadores y dominados, y así conseguirán justificar una vez más su exigencia de un Estado justiciero que se oponga a la altanería de los fuertes... Convirtiéndose en el más fuerte de todos. Viejas mentiras cuyos daños son incalculables, pero que aún pueden hacer muchos más, si seguimos creyéndolas.

lunes, 15 de agosto de 2011

Cómo responder a una amiga progre y mucho más

Rubén Aguiar es un músico cubano que vive hace tiempo en Madrid, felizmente a salvo de la dictadura que sojuzga la bella isla. Podéis escuchar algunos de sus temas directamente en su blog no sé bien. En este vídeo lo vemos a la guitarra:



Además de músico, Rubén es un tipo cultivado, y vacunado por su peripecia biográfica contra la enfermedad gremial de los artistas, que es la izquierditis. Muchas de las entradas de su blog son pequeñas obras maestras de análisis psicológico del alma progre, de sus prejuicios y secretos anhelos.

Los últimos posts los ha dedicado al movimiento del 15-M, que ha podido conocer de primera mano por la cercanía de su lugar de trabajo a los acampados de la Puerta del Sol. Su opinión, por decirlo suavemente, no es nada favorable, lo cual ha provocado la respuesta sentimental de una amiga gaditana, que reivindica con orgullo sus orígenes de familia obrera.

La contrarréplica de Rubén (Asamblea de Monte) es antológica y merece ser estudiada. Con todo el cariño, pero al mismo tiempo con la firmeza de un médico que le obligara a escuchar a un drogadicto la dura verdad sobre los efectos de su adicción y, especialmente, sobre las debilidades de carácter que le hacen caer en ella, Rubén rebate uno por uno los argumentos de su amiga, si es que se los puede llamar así.

Nuestra progre defiende el movimiento de los indignados con afirmaciones emocionales que retratan una mentalidad muy extendida. Dice que "necesitamos recuperar la posibilidad de hablar, de expresarnos, de no tener que elegir entre el blanco y el negro". Rubén le replica que nadie nunca le había quitado esas posibilidades, "si te has callado ha sido por decisión propia". Mucha gente que ahora recrimina al PSOE su "traición" a la izquierda, lo votaban pese a la corrupción y los GAL; quizás poniéndose una pinza en la nariz, sí, pero lo votaban: Entonces estaban dispuestos a elegir entre el blanco y el negro. Y mucha gente que se vendió por el plato de lentejas de alguna subvención o puesto de trabajo ¿tiene derecho ahora a sentirse decepcionada?

Incide también nuestra amiga de izquierdas en la conocida cantinela de que en nuestra sociedad todo se resume en el "tener", no en el "ser". "Si no tienes, no existes", afirma nuestra filósofa. La respuesta de Rubén es implacablemente lógica. Si te parece bueno que la gente tenga acceso a determinadas posesiones materiales, estarás de acuerdo en que primero hay que crearlas, producirlas. Pero, prosigue Rubén, "si no has trabajado ni te has esforzado honradamente para ello estoy seguro que consideras que no te corresponde “existir”, figurar, "ser alguien", puesto que no eres ni envidiosa ni deseas tener más de lo que mereces. No tendrías en este caso motivo para indignarte." Ahora bien, si eres una persona que desprecia los bienes materiales, "¿qué mas te da “no ser”? Allá los que crean que por tener “cosas” son importantes. Eso no va contigo. No tendrías, en este caso tampoco, motivo para indignarte."

Insiste la "indignada", pese a todo, en negar la politización del movimiento 15-M, ella lo ve "como algo más intelectual [!?] que político, y creo que son los filósofos, universitarios, maestros, poetas, escritores, etc... los que tienen cosas que decir." Conocida es la necesidad de la izquierda de rendirse extasiada ante figuras intelectuales que creen inspirarla, cuando en el fondo no hacen más que reírle las gracias, aunque sea a veces con un lenguaje pomposamente académico. Copio varios párrafos de Rubén donde, al tiempo que demuestra que no se arredra lo más mínimo ante el mito de la pretendida superioridad cultural de la izquierda, resume magistralmente la diferencia entre la mentalidad liberal y la colectivista:

"¿Y tú, no tienes cosas que decir? ¿Y tu marido y tu cuñado con su pequeña empresa de construir y vender música no tienen nada que decir? (...)
¿Crees que tienen más que decir los “filósofos, universitarios, maestros, poetas y escritores” que los tíos que se inventaron este software a través del que estamos tú y yo conectados a 700 km de distancia? 
¿Crees que el pensamiento es exclusividad de los filósofos?
¿Crees que la juventud es patrimonio de los universitarios?
¿Crees que la enseñanza de la verdad es prerrogativa de los maestros?
¿Crees que los poetas y los escritores inventaron las palabras o el lápiz o la máquina de escribir o el ordenador?
Dices que crees que ellos “son los que tendrían que volver a sentar las bases de la convivencia”... ¿Y por qué mejor no piensas que hay que dejar que la gente decida por sí misma cuáles han de ser las bases de su convivencia? Libremente, como se les antoje. No esperes a que los filósofos te indiquen que le pidas azúcar a la vecina... hazlo por ti misma... ya estás tardando... (...)

Dices: “...habría que empezar de muy abajo, de cero y primero tendríamos que despojarnos de todos nuestros prejuicios, quedarnos limpios, libres de polvo y paja, y sentirnos los unos a los otros ¿Cuanto tiempo hace que no pedimos azúcar al vecino?, ¿quien se atreve a dejar a sus niños un ratillo con la vecina mientras vas a comprar?”

Vamos a ver, detente y piensa serena y honestamente: ¿necesitas “indignarte” contra otros porque ya no te reunas con tus amigos o porque ya no le pidas azúcar a tu vecina ni le dejes las niñas un ratillo cuando vas de compras? ¿En qué momento de tu vida decidiste hacer responsable al gobierno, a los bancos, al mercado de no “sentirnos los unos a los otros” ? ¿Son ellos “nuestros prejuicios”? Cuándo los destruyas o los mejores o cuando consigas que te escuchen ¿quedarás libre de polvo y paja?

No quiero que me respondas, quiero que te preguntes.

¿Te has preguntado qué es lo que te está pasando a TI?
No al gobierno, no.. ni a la sociedad, ni al sistema... ni a los bancos o los mercados...
¡A TI!
Y a los que gritan en la calle...
¿Acaso necesitan tú y ellos que el gobierno, los políticos, el sistema, los bancos centrales, las ideologías, lo que sea, les resuelvan los problemas que no les causan?"

No es fácil compendiar tantas sabias verdades, tan oportunas y de manera totalmente desprovista de pedantería. Aquí se resumen no solo lecturas sino la experiencia vital de uno de tantos exiliados cubanos, que ya han pasado antes por los lavados de cerebro de asambleas y demás rituales de la agitación política, y simplemente la de muchas más personas que han logrado el éxito personal y profesional por su propio esfuerzo y la ayuda de la familia y los amigos, no exigiendo al Estado que le solucione la existencia. Vale la pena leerlo entero.