Las cuatro patas de la izquierda actual, en orden arbitrario, son el Feminismo-ideología de género-proabortismo, el Ecologismo, el Multiculturalismo-antioccidentalismo y por supuesto el Socialismo. Con fines de agilidad nemotécnica, podemos utilizar el acrónimo FEMS. (Que en catalán signifique excrementos animales, así como el abono elaborado con estos, es una mera coincidencia.) Detengámonos brevemente en cada elemento.
Socialismo. Se trata sin duda del elemento más antiguo. Precedentes del pensamiento socialista ya se encuentran en Platón. Actualmente, fuera del marxismo confeso, se manifiesta bajo la forma aparentemente moderada de socialdemocracia, y del discurso sobre el Estado del bienestar, que incluso ha interiorizado en gran parte la derecha política. La idea socialdemócrata consiste, en esencia, en que determinadas funciones sociales, como la sanidad, la educación, las prestaciones de desempleo o de jubilación, deben estar aseguradas por el Estado. Así, aunque el mercado realice funciones tan importantes, si no más, como son la producción y distribución de alimentos o de vestido, por alguna razón se considera que es incapaz de ofrecer aquellos otros servicios de manera universalmente asequible.
La izquierda goza en este tema de una importante ventaja material, sobre todo en Europa, donde el Estado ejerce de hecho posiciones dominantes, cuando no cercanas al monopolio, en los sectores mencionados. En consecuencia, el mercado tiende a especializarse en las capas más pudientes de la población, que aspiran a una medicina o una educación de mayor calidad que la ofrecida por la pública, lo cual refuerza la idea de que las clases medias y bajas no podrían acceder a estos servicios sin la intervención estatal. No importa que las empresas públicas den muestras sobradas de ineficacia e insostenibilidad, en comparación con las privadas. Sus deficiencias siempre podrán achacarse a que no se destina a las primeras suficiente presupuesto, lo cual refuerza el discurso socialdemócrata dominante, al tiempo que premia la ineficiencia, en lugar de atajarla, en un claro ejemplo de círculo vicioso. El socialismo no funciona; luego es necesario... más socialismo.
Los socialistas replican a lo anterior, claro, que el capitalismo tampoco funciona. Pero ignoran con ello el hecho fundamental: Que jamás se ha creado más riqueza en la historia que en el sistema capitalista. Por muchos problemas e injusticias que produzca, o que no sea capaz de remediar el mercado libre, lo cierto es que jamás ha existido un sistema mejor, y en cambio algunas alternativas, como el comunismo soviético y chino, han sido mucho peores. Del capitalismo podríamos decir lo mismo que de la democracia: es el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás.
Feminismo. Dentro de este término incluyo básicamente la ideología de género y el proabortismo. La idea original, que la mujer tiene la misma dignidad que el hombre, procede del judeocristianismo, en contra de los tópicos que aseguran lo contrario. "Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó." (Génesis, 1, 27.) Y más adelante: "Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne." (2, 24). Aunque desde la puntillosa corrección política sin duda se tacharía este lenguaje de "sexista" (¿por qué no decir: "deja la mujer a su padre y a su madre y se une a su hombre"?), lo esencial es obvio: Hombre y mujer, en la institución del matrimonio, son lo mismo. El Nuevo Testamento lleva hasta sus últimas consecuencias esta doctrina, rechazando Jesús con contundencia que la mujer pueda ser repudiada.
Ahora bien, el feminismo, que consciente o inconscientemente bebía en esa concepción cuando reclamaba el sufragio universal o el acceso de la mujer a todas la profesiones, se transmutó en tiempos modernos en otra cosa completamente distinta, en un remedo de la teoría marxista de la lucha de clases, traducida a lucha de sexos. Se llega al extremo de afirmar que el sexo es una pura construcción cultural (como sugiere, al menos en español, el término género, que tiene un sentido puramente gramatical, no biológico). De ahí que se condene toda diferencia observable entre los sexos en la conducta, la educación, el mundo laboral, el ocio, etc, como una injusticia que debe remediarse mediante la ingeniería social, es decir, de manera coactiva. La culminación de esta mentalidad es el proabortismo, la idea de que el aborto es un derecho de la mujer, no una medida desesperada, como mucho admisible en situaciones extremas. Ello le permite eludir, de la manera más drástica, el hecho biológico diferencial. Aquí la izquierda, la supuesta defensora de los débiles, carga sin compasión contra los seres más débiles que existen, que son los seres humanos en edad embrionaria y fetal.
Ecologismo. Nace este en época mucho más reciente, y originalmente no era un movimiento propio de la izquierda. Se pueden encontrar precedentes de políticas medioambientales y de protección de los animales en el nacional-socialismo. El ecologismo entronca con una vieja corriente paganoide, de idolatrización de la naturaleza, que en sí misma choca con la concepción del Génesis, según la cual esta, y particularmente los demás seres vivos, deben someterse al imperio del hombre. Por supuesto, una preocupación razonable por el cuidado del medio ambiente no es patrimonio de ninguna ideología política, sino algo común a cualquier persona normal. Pero el ecologismo ideológico, aunque explote este sentimiento, no consiste en esto, sino en la idea de que el capitalismo es el peor enemigo de la naturaleza, cosa que resulta completamente falsa. (Los peores desastres ecológicos se han producido en países del "socialismo real".) Es por ello que el ecologismo en gran medida actúa como recambio de las ideas socialistas, sobre todo cuando estas entran en crisis. No es ninguna casualidad que los partidos comunistas europeos se hayan resituado en alianza o fusión con partidos verdes. El catastrofismo medioambiental les proporciona el mismo tipo de pretextos que el lenguaje milenarista dirigido antaño a los parias de la tierra.
Multiculturalismo. Por este término no me refiero exclusivamente a una determinada política ante la inmigración, sino a un concepto mucho más amplio, la idea de que todas las culturas valen lo mismo... excepto la occidental, que debe ser fustigada sin descanso, y culpada de todos los males imaginables. La raíz última del antioccidentalismo es la cristianofobia. El relativismo cultural es el vehículo intelectualmente sugestivo (y originalmente, tampoco procedente de la izquierda, sino de las ideas románticas de Herder, y de Spengler) del odio a la Cruz. Permite denigrar nuestras raíces, nuestras tradiciones, asociándolas con lo caduco, lo desfasado, y contraponiéndolas a una idealización de las demás culturas basada en el mito del "Buen Salvaje". En el multiculturalismo antioccidental se ensamblan a la perfección los otros tres elementos de la izquierda: El socialismo confluye de manera natural con el indigenismo y el chavismo, con el ecologismo de la Pacha Mama, y con la Leyenda negra contra la España católica. El ataque al cristianismo alcanza su culminación en la defensa del aborto y en la ideología de género-homosexualista. Todo cobra su máximo sentido en este clima de odio a Occidente y al cristianismo.
Para combatir intelectualmente a la izquierda, verdadero cáncer que corroe Occidente desde hace siglo y medio, es necesario reconocer estos cuatro frentes, y al mismo tiempo no perder de vista su interdependencia, ni la coherencia del conjunto. La izquierda ha realizado una fusión brillante de tendencias ilustradas con las románticas. Se reclama heredera de la Ilustración, lo cual no es del todo falso, pero sí incompleto. Lo decisivo no es rastrear sus orígenes, aunque a veces sea esclarecedor, sino comprender a dónde va: A la subversión de nuestros valores judeocristianos, y en consecuencia a la destrucción de la civilización liberal, centrada en la dignidad trascendente del individuo, en la limitación del poder político y en la razón, que carece de base sin el reconocimiento de lo trascendente.
Uno de los principales enemigos de la izquierda, si no el mayor, es la Iglesia, ajena a las modas y por tanto siempre "atrasada" -pero por lo mismo también adelantada a los tiempos. Pero la Iglesia sola quizás no pueda resistir el empuje autodestructivo de la izquierda. Es necesario un círculo exterior de defensores de los valores occidentales, heredados del mundo grecorromano y cristiano, que proteja a la Iglesia al mismo tiempo que la descargue de la polémica más desgastadora del día a día. Y al mismo tiempo, todos necesitamos más que nunca (o quizás igual que siempre, al cabo) la sólida roca de la Iglesia, proclamando desde hace dos mil años la Verdad, a despecho de todas las herejías, de todas la debilidades humanas que la distorsionan o tratan de dulcificarla. La Verdad de que la vida es un don divino, que el hombre necesita ser salvado, y que no está en su mano conseguirlo sin ayuda trascendente. Todas las ideologías modernas que niegan esto, y en especial el optimismo antropológico de la izquierda, conducen, por caminos más o menos sinuosos, a callejones sin salida, a la idea de que el fin justifica los medios, a la arrogancia prometeica de querer removerlo todo, pisoteando para ello cualquier idea de justicia o meramente de sentido común.
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domingo, 17 de junio de 2012
El complejo FEMS
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miércoles, 10 de septiembre de 2008
Hay que volver a Hume
Le dije que a Escocia yo la quería personalmente
por el amor de Stevenson y de Hume.
Borges, El libro de arena
por el amor de Stevenson y de Hume.
Borges, El libro de arena
Generalmente suele pensarse que la ética presupone la libertad. Así, ayer mismo, sin ir más lejos, Albert Esplugas, decía en su blog que "si no somos la causa de nuestras propias acciones la distinción entre acciones éticamente ilegítimas y acciones legítimas pierde su sentido." En realidad, creo que esto obedece a una confusión entre dos significados distintos de la palabra libertad. Por un lado, tenemos la libertad en el sentido de libre albedrío (libertad metafísica) y por otro tenemos la libertad política, que es no estar sometido a la voluntad de otros.
Así, cuando adquiero un determinado artículo en un supermercado, obviamente estoy obligado a pagar al pasar por caja, pero no estoy sometido a la voluntad de la cajera, porque nadie me obligaba a adquirir ese artículo ni ningún otro, y además la norma de pagar al pasar por caja es de tipo impersonal y general, no se debe a ningún particular capricho de la cajera o del dueño del supermercado. Aquí las consideraciones metafísicas acerca de si el ser humano es libre, o por el contrario, está sometido rígidamente a la ley de la causalidad al igual que el resto de la naturaleza, parecen fuera de lugar.
Y sin embargo, creo que la cuestión metafísica sí es decisiva, pero en un sentido diametralmente opuesto al que presupone la concepción ejemplificada en las palabras de Esplugas.
David Hume, en su Tratado de la naturaleza humana (1739), ya razonó que si la conducta humana no fuera previsible, la moral carecería de sentido. Pues si las acciones de un individuo no tuvieran relación alguna con su naturaleza y sus circunstancias, es decir, fueran metafísicamente libres, cualquier intento de influir en su conducta sería inútil. Más aún, si la acción humana no estuviera sometida a determinadas leyes naturales, ni siquiera la civilización (incluyendo la libertad política, evidentemente) sería posible. Sólo porque sabemos que los seres humanos, en determinadas circunstancias, se comportarán de manera muy aproximadamente previsible, podemos realizar planes a corto, medio y largo plazo, que son consustanciales a nuestra naturaleza.
Por tanto, podemos decir que en realidad es la libertad la que presupone la ética, y no al revés. Sólo admitiendo la existencia previa de unos principios morales universales y atemporales, podemos hablar de libertad política, y no meramente de la lucha por la realización de nuestros deseos, sin importar cuáles sean. Ni la libertad ni ningún otro valor pueden sostenerse por sí mismos, como si dijéramos, por su mera enunciación.
No se me escapa obviamente que el planteamiento de un sistema de valores universales está profundamente desprestigiado en el mundo intelectual, dominado por las concepciones positivistas y relativistas. Y en gran parte es responsable de ello el propio Hume, quien en mi opinión destruyó para siempre la ilusión de una moral fundamentada racionalmente, por muchas prestidigitaciones conceptuales que ensayara el idealismo alemán para esquivar la tozuda verdad. Pero tiende a olvidarse que Hume no dijo que la moral no pudiera fundamentarse, sólo negó que lo fuera recurriendo a la mera razón analítica.
En efecto, de nuevo aquí nos encontramos con otra confusión, esta vez entre los conceptos de universalidad y racionalidad. Es evidente que la verdad es universal (2 +3 = 5 vale para todos los lugares y épocas), pero no necesariamente todo lo que es universal debe ser racional.
El pensamiento moderno ha tendido a prescindir de Dios, en la confianza de que la razón podía perfectamente sustituir su función legislativa, por así decirlo. El problema es que se le exige a la razón lo que esta jamás podrá ofrecer. Juan José Sebreli, desde su posición de humanismo laico, ha reconocido la dificultad del problema, que el optimismo ilustrado obvió con demasiada ligereza:
"La fundamentación objetiva de los valores es un problema difícil de solucionar en una sociedad democrática y laica que desecha legitimarse por lo trascendente o por una esencia humana idiosincrásica prefijada y, a la vez, no acepta el relativismo esencial de los valores negadores de la universalidad de la razón y la objetividad de lo verdadero y lo justo." (El olvido de la razón, Ed. Sudamericana, 2007, pág. 381.)
Modestamente, mi opinión es que el problema, planteado en estos términos, no es difícil de solucionar: es imposible. O fundamos los valores sobre la trascendencia, o bien sobre la realidad empírica de la naturaleza humana -y no creo que ambas opciones sean incompatibles. La alternativa, como a regañadientes admite Sebreli, es el relativismo multicultural, que no es más que la derrota de los valores occidentales de libertad individual, igualdad entre hombre y mujer, etc., que pasan a ser rechazados como "etnocéntricos".
Sin embargo, la experiencia indica que esos valores sólo por razones históricas contingentes se han desarrollado en Occidente, y que en realidad coinciden con las aspiraciones más elementales de los seres humanos de todo el mundo. El argumento de índole escéptica consistente en que, ante las desconcertantes diferencias culturales que existen, la libertad de decisión individual podría ser un criterio válido, oculta en realidad un complejo ideológico -precisamente el temor a que nos señalen a los occidentales como "etnocéntricos". Berta García Faet, en un artículo titulado "El problema de la ética marxista", propone este argumento, poniendo como ejemplo la polémica sobre el uso del velo. Olvida que precisamente libertad de decisión individual es de lo que carecen las mujeres en el mundo islámico, y parece dar por sentado que todas o la mayoría, están contentas con esa situación. Pues yo no lo creo, al contrario, estoy convencido de que existen muchas más mujeres de cultura musulmana que secretamente envidian a las occidentales (y no sólo por la manera de vestir, que si se quiere es lo más anecdótico) que no al revés.
Así pues, podemos fundar la libertad o bien en lo que sabemos por experiencia de nuestra propia naturaleza, o bien en la creencia en unos "derechos inalienables conferidos por el Creador" -o en ambas cosas. El racionalismo de estirpe hegeliano-marxista es un camino equivocado, que al final acaba conduciendo -por implosión o por desengaño- al irracionalismo relativista.
Dicho de otro modo, no estoy de acuerdo en que que la ética marxista esté pendiente de refutación formal. Todo lo contrario, quien no ha sido refutado ha sido Hume, y por ello, uno de los más conspicuos representantes de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, carga contra el filósofo escocés desde las primeras páginas de su libro Razón y Revolución. "Si se aceptase a Hume -decía Marcuse- tendría que rechazarse la exigencia de la razón de organizar la realidad." Organizar la realidad equivale, obviamente, a la famosa tesis marxista de "transformar el mundo" que ha servido de justificación a las dictaduras más siniestras de la Historia.
Por el contrario, el pensamiento de David Hume (a quien Friedrich Hayek calificó de "constante compañero y sapiente guía") es la mejor antitoxina contra las teorías que hacen caso omiso de la experiencia a fin de sostener sus peligrosas ilusiones utópicas, y también contra algunos debates que pueden acabar sembrando innecesaria confusión.
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jueves, 7 de febrero de 2008
Integración vs. multiculturalismo
Era previsible. La propuesta de Rajoy de que los inmigrantes firmen un contrato de integración, por el cual se obligan a aprender nuestra lengua, y respetar nuestras leyes y costumbres, si quieren permanecer en nuestro país, ha sido calificada por el ministro del Interior como xenófoba.
En cambio, me ha sorprendido (bueno, relativamente) que algunos la hayan tildado de poco liberal. Vamos a ver. Si algo caracteriza al liberalismo es que defiende al individuo, no a los colectivos. Esto significa que una mujer magrebí debe tener los mismos derechos que una española, o que un chino extorsionado por otros chinos merece el mismo amparo que cualquier otro ciudadano español. Lo antiliberal es el multiculturalismo, es decir, tratar a las personas de manera diferente según su pertenencia a una cultura u otra. Lo que equivale precisamente a supeditar el individuo al grupo.
A esto debe añadirse que la inmigración descontrolada está directamente relacionada con el aumento de la delincuencia. Es normal. Si existe un país donde uno puede entrar ocultando fácilmente antecedentes delictivos, donde so capa de un garantismo mal entendido campan a sus anchas jueces progres de una irresponabilidad criminal, donde la lentitud de la justicia colabora también en la protección del maleante, y la nefasta doctrina constitucional de la "reeducación" ha erosionado gravemente el carácter disuasorio de las penas, lo lógico es que la delincuencia internacional fluya hacia él. Y ese país naturalmente se llama España. Pues bien, la primera obligación del Estado es defender a los individuos de la violencia. De lo contrario, su libertad se ve limitada por los delincuentes. Por tanto, también en este aspecto el control de la inmigración es una medida inexcusablemente liberal.
Cuando un partido político, sea cual sea, hace propuestas liberales, quienes nos consideramos liberales se supone que debemos aplaudirlas. ¿O pondremos las siglas por delante de la ideología?
En cambio, me ha sorprendido (bueno, relativamente) que algunos la hayan tildado de poco liberal. Vamos a ver. Si algo caracteriza al liberalismo es que defiende al individuo, no a los colectivos. Esto significa que una mujer magrebí debe tener los mismos derechos que una española, o que un chino extorsionado por otros chinos merece el mismo amparo que cualquier otro ciudadano español. Lo antiliberal es el multiculturalismo, es decir, tratar a las personas de manera diferente según su pertenencia a una cultura u otra. Lo que equivale precisamente a supeditar el individuo al grupo.
A esto debe añadirse que la inmigración descontrolada está directamente relacionada con el aumento de la delincuencia. Es normal. Si existe un país donde uno puede entrar ocultando fácilmente antecedentes delictivos, donde so capa de un garantismo mal entendido campan a sus anchas jueces progres de una irresponabilidad criminal, donde la lentitud de la justicia colabora también en la protección del maleante, y la nefasta doctrina constitucional de la "reeducación" ha erosionado gravemente el carácter disuasorio de las penas, lo lógico es que la delincuencia internacional fluya hacia él. Y ese país naturalmente se llama España. Pues bien, la primera obligación del Estado es defender a los individuos de la violencia. De lo contrario, su libertad se ve limitada por los delincuentes. Por tanto, también en este aspecto el control de la inmigración es una medida inexcusablemente liberal.
Cuando un partido político, sea cual sea, hace propuestas liberales, quienes nos consideramos liberales se supone que debemos aplaudirlas. ¿O pondremos las siglas por delante de la ideología?
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