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domingo, 8 de junio de 2014

La verdadera batalla

Mi admirado Luis del Pino ha dicho en Twitter que "la batalla no es entre derecha e izquierda, sino entre arriba y abajo". Derecha e izquierda son vocablos equívocos; no digamos ya arriba y abajo. Sin embargo, si entendemos por estos dos pares de términos lo que creo que es lícito entender, debo decir que discrepo totalmente del aserto de Don Luis, o al menos de la forma en que se ha expresado. Expongo a continuación mis razones.

En todas las civilizaciones conocidas ha existido un poder político, es decir, una estructura estatal, compuesta por un determinado número de individuos que, en mayor o menor grado, pretenden monopolizar la violencia. En este sentido, siempre ha habido un arriba y un abajo, y probablemente siempre lo habrá. Dicho resumidamente, en toda sociedad, incluidas las de pedigrí más democrático, hay unos pocos que mandan y una gran mayoría que obedece. (Véase Pío Moa, (y III): Liberalismo y democracia.)

En cuanto a la derecha y la izquierda, resulta más difícil, si no imposible, llegar a una definición que sea aceptable para todos. En lugar de ello, propondré la mía, para lo que deberé extenderme con algunas consideraciones históricas generales. Aquí distinguiré entre las ideologías y los grupos que pretenden representarlas. A estos últimos me referiré como la derecha y la izquierda realmente existentes, o abreviadamente, como la derecha y la izquierda reales.

La izquierda ideológica se caracteriza por justificar un poder político más fuerte, con el fin de remediar las injusticias sociales. En este sentido, la izquierda es en esencia antiliberal, es decir, cree que el fin de la justicia social justifica los medios del poder político ilimitado, o poco limitado, al contrario que los liberales, que defienden un Estado reducido (que no es lo mismo que débil) y contrapesos y trabas que reduzcan su tendencia a invadir las vidas de los individuos: separación de poderes, derechos humanos, propiedad privada, etc.

Históricamente, la derecha ideológica surgió en Europa como una reacción contra la izquierda. ¿Significa esto que la derecha será, por tanto, liberal? La realidad es bastante más complicada. Al principio, la derecha defendió el régimen anterior a la Revolución Francesa, no por consideraciones liberales, sino por apego a la monarquía absoluta, a la aristocracia y al clero. En cambio, en sus orígenes, la izquierda usó los argumentos liberales para criticar al Antiguo Régimen.

Sin embargo, la inversión de papeles se dio ya muy tempranamente, en la propia Revolución Francesa. Muchos entre los que habían denostado los autoritarismos antiguos, se mostraron pronto como acérrimos apologistas de nuevas tiranías, mucho más despóticas. Y aunque siguió existiendo la derecha nostálgica del trono y el altar, las mentes más lúcidas, como Tocqueville, comprendieron tempranamente que la verdadera derecha (en el sentido de lo más contrario a la izquierda) era el liberalismo.

Cabe añadir a esto que pocos años antes de los acontecimientos de Francia, en las trece colonias británicas de América había estallado una Revolución, esta sí de carácter netamente liberal. Hoy en día, quienes se inspiran más coherentemente en los principios que defendieron los Padres Fundadores de los Estados Unidos suelen ser los conservadores del Partido Republicano, es decir, la derecha.

Pero para que las cosas no sean tan fáciles, en el período entre las dos guerras mundiales surgió un nuevo tipo de derecha antiliberal, el fascismo. Esta ideología había mimetizado el antiliberalismo de la izquierda comunista, añadiendo sus elementos nacionalistas y racistas característicos. El fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial por una alianza entre las potencias liberales y la totalitaria Unión Soviética, pero la paz duró poco, y pronto se inició la guerra fría entre ambas. En este conflicto, que con sus períodos de mayor y menor tensión duró hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, la izquierda ideológica reafirmó su antiliberalismo de una manera muy hábil, apoyando a las dictaduras marxistas (o mostrando una equidistancia exquisita entre el mundo capitalista y el comunista) y al mismo tiempo agitando el espantajo del fascismo, al que trató de presentar como una amenaza mucho más temible que el propio arsenal nuclear de Moscú, con gran éxito propagandístico. (Véase el clásico de Jean-François Revel, El conocimiento inútil.)

Para acabar de complicar aún más las cosas, la izquierda actual ha conseguido también enmascarar en parte su carácter antiliberal con aportaciones del sesentayochismo. (Véase Nueva izquierda y cristianismo, de F. J. Contreras y D. Poole.) Las reivindicaciones de emancipación sexual propias del feminismo, el abortismo y el homosexualismo confunden a no pocos liberales, que las interpretan fácilmente como demandas de mayor libertad individual y tolerancia.

En realidad, bajo este aparente liberalismo subyacen evidentes intentos de coartar la libertad de enseñanza, la objeción de conciencia, la libertad religiosa e incluso, como es patente en el caso del aborto, el derecho a la vida. Por ello, sigue siendo válido afirmar que la izquierda es la forma predominante de antiliberalismo de nuestro tiempo, y que la derecha más lúcida es, en consecuencia, la liberal, y en especial, la liberal-conservadora, que no se deja engatusar por los cantos de sirena de falsos discursos emancipatorios.

Cuestión distinta es la derecha real. Esta, sobre todo cuando gobierna, olvida con frecuencia su supuesto liberalismo, por razones bastante comprensibles: quien disfruta del poder político no tenderá de buena gana a establecer estrictas limitaciones a ese poder. Las concesiones que la derecha real hace a la izquierda en muchos aspectos (mantenimiento de un extenso sector público, legislación intervencionista y políticas de "género") no se explicarían solamente por el conocido complejo de inferioridad que padece frente a la izquierda, sino por razones estructurales de fondo: el poder tiende a ser por sí mismo "progresista", es decir, estatista. Dicho con más exactitud: la ideología que mejor sirve hoy a los intereses del estatismo es la izquierda, el progresismo.

Volvamos a las palabras de Luis del Pino. Como vimos, para él la batalla no es entre izquierda y derecha. Si nos referimos a la derecha y la izquierda reales, esto puede tener su parte de verdad, por lo que acabamos de decir. Pero tampoco sería justo decir que existen una única izquierda y una única derecha reales. Por limitarnos a la última, el PP no es ni mucho menos toda la derecha. En las últimas elecciones, un partido que defiende claros principios liberal-conservadores (Vox), ha obtenido un cuarto de millón de votos.

Tengo la impresión de que Luis del Pino se ha referido a las ideologías, más que a unos determinados partidos. Y en este sentido no puedo estar más en desacuerdo con él. ¿Qué puede haber más importante en política que el conflicto entre quienes propugnan más Estado y quienes desean lo contrario?

Luis del Pino añade seguidamente que lo importante es la lucha entre los de arriba y los de abajo. Por sus mensajes anteriores, está claro que por los de "arriba" se refiere a la "casta política", expresión hoy de moda, y que sinceramente me parece excesivamente manipulable, una derivada del "todos los políticos son iguales". Basta sustituir en esta oración "políticos" por cualquier otro colectivo profesional (periodistas, médicos, decoradores, etc.) para percatarse de su carácter injusto y absurdo.

Como he dicho antes, en toda sociedad civilizada hay unos pocos que mandan y una mayoría que obedece. Pero ello no sería posible si no fuera porque una gran parte de la población reconoce como legítima y conveniente semejante situación. Y esto en una democracia es todavía más evidente. Los políticos que supuestamente forman una casta endogámica no estarían allí si no fuera porque los ciudadanos los hemos votado. Puede que engañados o autoengañados, pero lo cierto es que lo hicimos libremente.

Una batalla entre los de abajo y los de arriba nunca terminará con los de arriba, sino que simplemente sustituirá a un minoría dirigente por otra. Lo que nos interesa a la mayoría es que el poder de esa minoría esté limitado por las leyes, las instituciones y las costumbres. Y es la izquierda quien con más efectividad consigue hacer olvidar a la gente la importancia vital del imperio de la ley y el papel no desdeñable de la tradición, para salvaguardarnos de los abusos de los gobernantes. Un mensaje que difumine estos conceptos, apelando a las emociones ("el pueblo unido jamás será vencido", etc.), rara vez contribuye a luchar contra dichos abusos, sino todo lo contrario: históricamente ha servido casi siempre para renovarlos y agudizarlos.

domingo, 23 de marzo de 2014

La desinformación de TVE

Este domingo ha muerto Adolfo Suárez; descanse en paz. La noticia se ha conocido a los pocos minutos de haber empezado el informativo de las tres de la tarde del primer canal de TVE. Sin embargo, antes de ello, por los titulares ya sabíamos de lo que no iba a hablar la televisión pública del gobierno de Mariano Rajoy. Para empezar por lo más vergonzoso, ni una palabra sobre esto:



"Esto" sucedía el sábado en Caracas.

La política informativa de TVE sobre Venezuela, desde que el mes pasado empezaron las masivas protestas de la sociedad civil contra el régimen socialista, es sencillamente repulsiva. Un régimen socialista, por cierto, que ha arruinado el país, que conculca los derechos humanos y que encubre la violencia de sus matones permitiendo uno de los mayores índices de criminalidad del mundo, mientras encarcela a líderes opositores. Un régimen que por parte del ente público de un gobierno supuestamente de derechas como es Televisión Española, recibe un tratamiento exquisito, acaso para salvaguardar los intereses de nuestras inversiones. Es decir, para salvaguardar que nuestras empresas sigan siendo, como en Cuba o en Argentina, rehenes de regímenes donde no existe seguridad jurídica, y en cualquier momento el tirano de turno las pueda expropiar o someter a cambios arbitrarios de regulaciones.

Por supuesto, era de esperar que TVE tampoco dijera ni pío de Alejo Vidal-Quadras, elegido ayer democráticamente, en elecciones primarias, para encabezar la candidatura de Vox a las elecciones europeas. Pero no por previsible deja de resultar miserable que, con criterios de mero periodismo profesional, no se considere siquiera digna de ser incluida, en un informativo de más de una hora, la noticia acerca de un eurodiputado de larga trayectoria en la política española. Una figura que se acaba de marchar del partido en el que ha militado durante décadas por graves desacuerdos con su línea política, y que se presenta ahora a unas elecciones por un nuevo proyecto. Si esto no es noticia (ya no digo noticia relevante), ¿qué lo es?

Desde mi punto de vista liberal, una televisión pública no tiene justificación, y mucho menos con el nivel de endeudamiento público que soportamos. Pero ya que no se suprime, por lo menos sería de comprender que un gobierno elegido por mayoría absoluta hubiera puesto fin a que los impuestos de sus votantes sigan sosteniendo el sesgo izquierdoso de los informativos de máxima audiencia. Todas las televisiones públicas tienden inevitablemente a favorecer al gobierno. Pero con el PP, esto se pretende encubrir regalando torpemente a la izquierda todo lo que no sea la información estrictamente partidocrática, con un cortoplacismo ideológicamente suicida del que sólo es capaz una derecha intelectual y moralmente corrompida.

sábado, 22 de febrero de 2014

Querida izquierda

Sé que a poco que echéis una mirada a este modesto blog me despacharéis rápidamente como fascista, integrista y neoliberal. Sé que no os preocupa siquiera que sean adjetivos incompatibles, porque vosotros no acostumbráis a inclinaros ante la lógica formal -que os parece casi tan sospechosa como la democracia formal.

En realidad, de vuestra creatividad expresiva hay ejemplos mucho más notorios. Vosotros, a matar seres humanos en gestación lo llamáis interrupción voluntaria del embarazo, y que las mujeres se parezcan cada vez más a los hombres lo llamáis feminismo. A robar lo llamáis redistribución de la riqueza, y a negociar con terroristas, proceso de paz. A la censura y autocensura las llamáis de diversas maneras, como delito de homofobia, xenofobia o islamofobia, y a la imposición ideológica, laicismo. Y en fin, por no hacer más larga esta lista, a la dependencia de un Estado hipertrofiado, ineficiente y financieramente ruinoso lo llamáis Estado del Bienestar.

Todo ello son méritos dignos de glosa. Pero vuestra mayor hazaña no es que seáis capaces de transformar el lenguaje (y por tanto las mentes, y por tanto la sociedad) hasta que no lo reconozca ni la madre que lo parió. La auténtica genialidad es vender vuestra semántica (y por tanto vuestra ideología) a la propia derecha. A vuestro lado, aquel vendedor de El Corte Inglés del chiste es un aficionado. La izquierda no es que te venda la caña, la zodiac y la caravana, es que te vende hasta El País, o por lo menos consigue que lo ayudes a superar la quiebra. Y no les quepa la menor duda, el rotativo continuará desde sus páginas insultando a todos los que estamos a la derecha de Celia Villalobos, lo cual no es muy difícil (estar a la derecha de esa señora). Pero es que incluso la televisión pública continuará tratando con deferencia a la tiranía venezolana, y adoctrinando a la población en la ideología de género y el homosexualismo.

Que la cadena de Berlusconi programe "Sexo en Nueva York" en horario infantil, es previsible. Que TVE se saque de la manga en un informativo el trascendental tema de la homofobia en el fútbol, preocupada por que no haya apenas futbolistas que se declaren gays, e ilustrándolo con imágenes cinematográficas de homosexuales besándose, también es previsible, a estas alturas. Lo que nos sorprendería es que el PP cambiara súbitamente su estrategia de tratar de convencer a los votantes del PSOE de que no vale la pena votar, porque gane quien gane, es lo mismo.

Sé que me llamaréis de nuevo facha. Esto me preocupa, porque el término se ha ampliado ya tanto, que para merecerlo basta con discrepar de las opiniones de Pablo Iglesias (el vivo) y Elisa Beni. No es demasiado halagador que te metan en el mismo saco que a Celia.

martes, 18 de febrero de 2014

La democracia en peligro

Esta mañana le han preguntado a Albert Rivera, en el programa de Ana Rosa Quintana, si era de izquierdas o de derechas. Rivera no se ha definido rotundamente en un sentido u otro, pero su respuesta no ha sido en absoluto evasiva. Ha dicho que se considera progresista, y que además cree en las empresas y en la creación de riqueza (o algo así, no recuerdo sus palabras textuales). También ha dado por válida la comparación con grupos de izquierda liberal europeos. En resumen, implícitamente ha reconocido ser de centroizquierda, cosa que ya sabíamos, y que por cierto justifica la aparición de un grupo como Vox en el centroderecha, vacío que quedaba por llenar.

Sinceramente, yo me daría con un canto en los dientes si la izquierda mayoritaria en España fuera la que representa Movimiento Ciudadano. Pero esto no significa que mis discrepancias con ella sean menores. Significa sencillamente que a las personas de centroderecha (que creemos en el mercado libre y que además estamos contra el aborto y pensamos cosas como que, por ejemplo, el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer), si nos dan a elegir entre una izquierda socialista-abortista-homosexualista y una izquierda liberal-abortista-homosexualista, "preferimos" la segunda. Pero lógicamente, a mucha distancia por detrás de nuestra auténtica opción, que es la liberal-provida-profamilia.

Es verdad que algunos liberales de izquierdas defienden que el único liberalismo es el suyo, porque ellos, al igual que son liberales en economía, son "liberales" en cuestiones morales, lo que entienden como que no obligan a nadie a abortar ni a casarse con una persona del mismo sexo. Y en cambio, los liberales de derecha queremos prohibir abortar y que los gays o las lesbianas se casen entre sí, o lo que es lo mismo, obligamos a no realizar ciertos actos.

Esta concepción se basa en la idea de que se puede ser neutral en cuestiones como el aborto o el "matrimonio" homosexual. Pero esto es completamente falso, porque no existe neutralidad en aquello que afecta a terceros. Un ser humano en gestación tiene derecho a la vida o no lo tiene. Un niño tiene derecho a una madre y un padre o no lo tiene. No hay término medio, no existe un Estado neutral en todos los temas.

Esto, qué duda cabe, supone un conflicto civil. Pero el mejor método que se ha inventado para resolver tales conflictos se llama democracia. El problema es que muchos todavía no han entendido que la democracia se basa en dos sencillos principios: El primero, saber perder; el segundo, saber ganar. El primer principio es relativamente fácil de comprender; basta con acatar el resultado de unas elecciones legislativas o presidenciales. El segundo, en cambio, suele ser ignorado sistemáticamente por la izquierda, debido a una concepción belicista de las "conquistas sociales". Quien gana unas elecciones no tiene derecho por ello a destruir civilmente al adversario, sino que debe permitirle que siga defendiendo sus ideas, de manera que pueda volver a presentarse a unas futuras elecciones en iguales condiciones.

Hay una izquierda que quiere convertir en delito oponerse al aborto (como ya sucede en Francia), o decir simplemente que el matrimonio es algo entre una mujer y un hombre; como hay unos nacionalistas que han convertido en delito de "fomento del odio" discrepar de ellos. Esto es ni más ni menos que cargarse la democracia, aunque hay otra forma más sibilina: que la derecha política renuncie a sus principios y chulee a sus propios votantes. Es por esta razón que nuestra democracia no tiene suficiente con un MC, sino que necesita urgentemente una formación como Vox. Por cierto, les deseo una exitosa presentación en Barcelona.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El bienio gris

Para la propaganda izquierdista, el bienio negro fue aquel período de la historia de España, entre 1934 y 1936, en que, tras el fracaso del golpe del PSOE y ERC contra esa república que tanto idolatraron luego, tuvieron que resignarse a dos años de gobierno de la derecha democráticamente elegida.

Hoy, las cosas han cambiado mucho. Setenta años después de aquel golpe, tuvo lugar otro de naturaleza y resultados muy distintos. Es verdad que el golpe del 11 de marzo de 2004 fue también dramáticamente cruento, pero no hay razones sólidas para sospechar que esta vez el PSOE estuviera implicado: simplemente se aprovechó del atentado terrorista para ganar las elecciones; nada más.

En cuanto a los resultados, todo indica que en esta ocasión, el método criminal consiguió lo que pretendían sus autores intelectuales: que el PSOE llegara al gobierno. Y pese a los resultados de las últimas elecciones de hace dos años, parece como si la izquierda no hubiese abandonado el poder, ni lo fuera a abandonar nunca.

La presunta derecha disfruta de mayoría absoluta en las Cortes. Gobierna en once comunidades autónomas de diecisiete, así como en la mayoría de capitales de provincia y de ciudades de más de 50.000 habitantes. Es decir, goza de una representación como nunca antes había tenido. Y sin embargo, nos hallamos en una situación sorprendente.

Dos años después de ganar con rotundidad las elecciones, el PP sigue prometiendo que bajará los impuestos, sin entrar en detalles y sin explicarnos por qué deberíamos creerle, cuando, al contrario de lo que prometió en su programa electoral, lo que ha llevado a la práctica es un incremento espectacular de la fiscalidad.

Tampoco ha emprendido el PP un plan de choque para liberar la economía productiva, aligerar la onerosa estructura estatal (insostenible con la pirámide de población que tenemos) y reducir con ello drásticamente el desempleo. Se ha limitado a recortar ciertas partidas de gasto con la única finalidad de bajar la prima de riesgo (es decir, que podamos seguir endeudándonos con más facilidad) y de que no seamos intervenidos de manera palmaria por Bruselas -no tanto porque tengan una idea clara de la soberanía nacional, como por la humillación que supondría para el ejecutivo.

Dos años después, todo lo que nos promete el PP es que el paro se irá reduciendo a un ritmo tan lento que probablemente debemos resignarnos a lustros con una tasa de dos dígitos. Hablamos de medidas económicas que, a grandes rasgos, seguramente hubiera aplicado también el PSOE, por puro pragmatismo, en caso de haber ganado las elecciones.

El panorama no es más alentador si prestamos atención a la política antiterrorista. Pocos pensábamos que, dos años después, el PP estaría defendiéndose de las acusaciones de haber asumido el pacto con la ETA de Zapatero. Los etarras gobiernan en Guipúzcoa y en más de un centenar de municipios. Son excarcelados, homenajeados en sus pueblos y se atreven a ofrecer una rueda de prensa en Durango donde muestran su fidelidad al colectivo de "presos y presas políticos (sic) vascos" (vamos, a ETA), que exige amnistía para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Ante esto, un gobierno con mayoría absoluta pretende que no se puede hacer apenas nada y encima encaja con malos modos las críticas de víctimas del terrorismo.

Lógicamente, si no es contundente con los etarras, tampoco podemos esperar de Rajoy que haga frente a la rebelión anticonstitucional del gobierno de Cataluña.

En cuanto a las políticas de Zapatero contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación, y a favor de la relativización de la familia natural, dos años después, mientras se siguen produciendo más de cien mil abortos al año, el gobierno del PP todavía está en la fase de anteproyecto de una ley contra el aborto cuya efectividad inspira serias dudas, y que a diferencia de la política económica y la antiterrorista, curiosamente ha recibido numerosas críticas desde dentro del propio partido, por lo que es de temer que acabará siendo aún más descafeinada.

Bien es cierto que estamos a mitad de legislatura. Pero, con tales antecedentes, sería incomprensible que la decepción no hubiera cundido entre muchos ciudadanos. Si el PP sube los impuestos, trata el problema capital del paro con tiritas, no hace nada en el País Vasco ni en Cataluña (salvo entregar más dinero a quienes quieren romper España) y se siguen perpetrando más de cien mil abortos anuales, ¿que lo distingue realmente del PSOE?

Tras este mediocre bienio, resulta verdaderamente difícil que muchos sigamos autoengañándonos con la idea del voto útil, que se ha revelado en realidad perfectamente inútil. Es vital construir una alternativa al bipartidismo socialdemócrata, y ello pasa por la aparición de nuevos partidos. Muchos observamos con ilusión el proyecto de Vox, la formación de Ortega Lara, Santiago Abascal y Vidal-Quadras, entre otros. Tras dos años de gris tecnocracia, de sólo oír hablar de la prima de riesgo y de décimas de crecimiento, ya es hora de que vuelvan a reverdecer las ideas.

sábado, 18 de enero de 2014

Vox o volver a creer en la política

Desde que Santiago Abascal publicó, hace tres [siete] semanas, su carta abierta a Mariano Rajoy, explicándole los motivos por los que abandonaba el Partido Popular, arreciaron los rumores de que iba a crear una nueva formación, junto a figuras como José Antonio Ortega Lara y, quizás (sólo quizás), algunos pesos pesados del PP, como Vidal-Quadras y Mayor Oreja.

Estos rumores se hicieron realidad el pasado 16 de enero, con la presentación en rueda de prensa de Vox, a cargo del propio Abascal, flanqueado por Ortega Lara, José Luis González Quirós, Ignacio Camuñas y Cristina Seguí. Véase el vídeo aquí, a partir del minuto 12:20. (¡Gracias, Elentir, por el enlace!)

Mi impresión general (juzgando prácticamente sólo por esa presentación y un par de entrevistas a Santiago, que he escuchado en los últimos días) es que Vox, por el simple hecho de haber nacido (ya veremos si llega a caminar: es muy pronto), supone un desafío frontal al régimen bipartidista del PPSOE. Y ello, en mucha mayor medida que lo que supuso la irrupción de Ciudadanos en Cataluña, y UPyD en el conjunto de España. Explico por qué, antes de analizar con más detalle el ideario del nuevo partido.

Ciudadanos y UPyD aparecen como una respuesta a los nacionalismos separatistas de Cataluña y el País Vasco, y a un establishment político que, por acción u omisión, ha permitido que los primeros se hayan crecido hasta el punto de amenazar seriamente con destruir España como nación. Solo por eso ya debemos estar agradecidos a sus líderes, Albert Rivera y Rosa Díez, junto a otras personas que hicieron posible esos movimientos de regeneración de nuestra democracia.

Ahora bien, C's y UPyD se quedan básicamente en la crítica del régimen partidocrático, sin cuestionar, salvo en minucias, el consenso socialdemócrata (disculpen el autoenlace) que impera en prácticamente toda Europa y que es la ideología estructural que está en la raíz de los problemas más graves que tenemos como sociedad. Si los partidos políticos mayoritarios se han convertido en un problema es porque el estado constituye una maquinaria formidable que PP y PSOE ambicionan ante todo controlar, para su uso y disfrute, y que prefieren conservar con toda su potencia incluso aunque se encuentren temporalmente en la oposición, porque confían en volver a ocuparla algún día. Y a su vez, que el estado haya cobrado un peso hipertrofiado se debe a una ideología que ha minado el concepto de responsabilidad individual, que ha acostumbrado a la gente a esperarlo y a exigirlo casi todo del gobierno; y a un relativismo moral que convierte el bien y el mal en ideas subjetivas, con lo cual, cualquier ocurrencia, desde el separatismo hasta la destrucción de la vida humana, encuentra apologistas que exigen su legalización, cuando no a imponerla por las bravas.

Veamos ahora, por temas, las razones por las cuales creo que Vox, si se consolida con el ideario que hasta ahora han expuesto sus fundadores, vendría no sólo a enfrentarse a la partidocracia, sino a dar la batalla cultural contra el consenso socialdemócrata.

Unidad nacional

La propuesta estrella de Vox es la franca superación del modelo autonómico (algo que no ha defendido ningún partido tan abiertamente hasta ahora, fuera de grupúsculos irrelevantes), es decir, una España con un solo gobierno, un solo parlamento y un solo tribunal supremo, que sería también la última instancia constitucional. Abascal, en una breve entrevista que le hizo ayer Carlos Herrera en Onda Cero, admitió que se trataba, evidentemente, de un objetivo de máximos, que requiere una reforma constitucional, y se anticipó a la acusación de radicalismo: cuando hay quien propone nada menos que romper la unidad territorial de España, nadie debería rasgarse las vestiduras ante la idea de una democracia basada en un estado unitario, como lo es por ejemplo Francia, sin ir más lejos. Quizás quien mejor lo expresó, en la presentación del jueves, fue González Quirós, al referirse a la floración de parlamentos, defensores del pueblo, etc., dedicados a gastarse un dinero que no tenemos, y que no responden a una realidad regional, sino al interés de unas camarillas políticas.

Por supuesto, el tema nacional va íntimamente ligado a la política antiterrorista. Ortega Lara acusó sin ambages al actual gobierno de haber asumido los pactos de Zapatero con la ETA, y resumió la propuesta de Vox de manera cristalina: no negociar con los terroristas bajo ningún concepto. Y González Quirós añadió un comentario de no poco calado conceptual: "La violencia nunca puede tener réditos", porque eso supone cuestionar la esencia misma de la democracia.

Pero quizá lo más importante es que Vox no se opone a los separatismos partiendo de una simplista condena de todo nacionalismo, en la línea de Albert Rivera, que ha llegado a proponer el desplazamiento de la fiesta nacional española del 12 de octubre al 6 de diciembre, aniversario de la Constitución. (Recomiendo leer, en relación con esto, el último libro de Pío Moa, Los separatismos vasco y catalán, Encuentro, 2013; en concreto, la introducción.) Ortega Lara habló de recuperar "valores que hemos perdido por el camino" como, entre otros, el "orgullo nacional". Ignacio Camuñas se refirió a nuestros tres grandes activos, el prestigio de la Corona (pese a problemas coyunturales), la fuerza cultural y económica de la lengua española común, y la situación geoestratégica de España. Y abogó por recuperar nuestra influencia de potencia media en Europa, dilapidada por el anterior gobierno. Quizás donde flaqueó este discurso de Camuñas fue precisamente en su apuesta por profundizar en la unificación de Europa. Aquí cabe preguntarse: ¿unificación para qué, para perder soberanía nacional en favor de burocracias de difícil control democrático? Esto debería aclararse en el desarrollo programático de Vox, en los próximos meses.


Libertad económica

Vox defiende los principios del liberalismo con claridad, sin las típicas concesiones retóricas a "lo social", que en la práctica se traducen en "más de lo mismo", esto es, intervencionismo desaforado so pretexto de corregir desigualdades y "desequilibrios". Estos principios liberales no son más que el desarrollo de los conceptos de Estado de derecho, imperio de la ley y separación de poderes, cuando se unen al derecho de propiedad. Ignacio Camuñas señaló la importancia crucial para el libre mercado de unos organismos reguladores (Banco de España, CNMV, Competencia, Tribunal de Cuentas) serios e independientes de los partidos políticos, así como de reformar un sistema fiscal "expoliatorio", que lleva a la asfixia de las clases medias con el único fin de financiar un gasto público insoportable, propio de un sector que no se ha apretado ni mucho menos el cinturón como sí lo han hecho las familias y las empresas. Abascal utilizó en su intervención los términos "un estado cohesionado, sencillo, austero, más funcional, eficiente y financieramente sostenible" y defendió la supresión de subvenciones a partidos, sindicatos y patronales, medida por cierto imprescindible. González Quirós, en respuesta a una pregunta sobre el paro, ofreció una pequeña joya de lección acerca de la raíz moral de nuestros problemas económicos. Dijo que el desempleo se produce porque las sociedades son poco creativas y se acostumbran a vivir demasiado de las protecciones públicas, lo que conduce al crecimiento desmesurado de la administración y de los impuestos. Una política económica debe favorecer la iniciativa, el sentido del riesgo y la responsabilidad, y que el gobierno no se convierta en un obstáculo para la creación de riqueza.

Democracia

Vox defiende un poder judicial independiente, la reforma de la ley electoral para hacerla más representativa, la democracia interna de los partidos... Todas ellas, entiendo yo, reformas meramente instrumentales, que han de permitir romper el blindaje del sistema, para poder aplicar los principios de cohesión nacional y libertad económica. Camuñas realizó un interesante diagnóstico, en su intervención inicial, sobre el excesivo fortalecimiento de los partidos, junto con el estado autonómico, como legados de la Transición que ya han cumplido su ciclo.

Defensa de la vida

Pese a tratarla en último lugar, se trata de la cuestión más decisiva de todas. Cristina Seguí, aunque intervino menos que sus compañeros, tuvo una intervención notable al respecto. Señaló que una "derecha liberal y democrática" solo puede defender "el valor supremo de la vida", y consecuentemente no puede concebir el aborto como un "derecho", sino como un drama, refiriéndose a las "cien mil vidas truncadas" cada año. Valoró favorablemente el anteproyecto de ley de Gallardón, pero sin dejar de advertir la falta de consenso interno en el PP en torno a un punto de su programa electoral. Cristina arremetió contra el cinismo demagógico de la izquierda y finalmente abogó por políticas que protejan a la familia y a las madres.

La cuestión del aborto es la más importante de todas por una razón evidente, por esas cien mil vidas destruidas al año. Pero además, la posición ante la vida humana afecta a cualquier otra cuestión ideológica de la que tratemos. Porque una cultura que ve como normal matar a sus hijos en el vientre de la madre es una cultura enferma, y eso se trasluce en todos los ámbitos, en la carencia de responsabilidad, en el hedonismo suicida que nos conduce al envejecimiento demográfico, la contracción de la economía, la aparición de tics populistas que tratan de contrarrestar la decadencia profundizando aún más en los errores que son causa y efecto de ella, el crecimiento invasivo del estado, el desprecio a las leyes y todos los males que conlleva semejante proceso, como son la corrupción económica y moral, la destrucción de la convivencia y el agravamiento de la decadencia civilizatoria.

Ser "liberales en lo económico" y "conservadores en lo moral" (como dijo Santiago, de manera muy didáctica, en una entrevista en Intereconomía, el día antes de la presentación), no es elegir entre dos camisas y dos pantalones, en que las cuatro combinaciones posibles son válidas, estética aparte. No se puede (con plena coherencia) defender la libertad sino desde la concepción de la dignidad de la vida humana, la responsabilidad individual y el respeto a la ley. La libertad es una quimera si los seres indefensos pueden ser legalmente liquidados, si no se responde de los propios actos y si las leyes están sujetas a la inseguridad de asambleas o gobernantes sin control. Hay una lógica interna que lo relaciona todo, desde la política económica a la antiterrorista, pasando por la protección de la familia. A esta lógica la podemos llamar "centroderecha", y aunque las etiquetas no sean lo más importante, quien las usa mirando de frente me inspira confianza.

Por supuesto, el camino que Vox tiene por delante es muy difícil. Pero el mayor peligro de todos es interno: que la impaciencia le llevara a difuminar su ideario para crecer en militantes y votos a cualquier precio, convirtiéndose en una copia de UPyD, con matices diferenciales irrelevantes. Necesitamos partidos en los que, como dijo González Quirós, las ideas estén por encima de las ambiciones personales, porque son las ideas las que mueven el mundo. Ello implica resistir las tentaciones de los atajos ideológicos y afrontar una larga travesía hasta obtener representaciones parlamentarias suficientes, a fin de que, como mínimo, muchos ciudadanos volvamos a tener voz.

jueves, 2 de enero de 2014

Obediencia progresista

Escribe Salvador Sostres:

"El 71 por ciento de los españoles no cree que este año vaya a ser el de la recuperación y yo pienso que esta es la cifra del atraso moral de España. Seguramente estos pesimistas creen que alguien tiene que sacarles de la crisis, el Estado o una ave mítica, y que ellos no tienen culpa ninguna, y que todo se les debe y que nada se les puede exigir." ("Fueron ellos", elmundo.es).

Una vez más, el provocador articulista señala la raíz moral de todos los problemas. Una vez más, se le tildará de exagerado y de simplista. Algo de verdad puede haber en lo primero, pero si la exageración nos pone en el camino de la verdad (luego siempre vendrá el Tío Paco con las matizaciones), bienvenida sea. Y sospecho que sólo por esta vía se puede lograr que te escuchen, en medio de tanto ruido informativo y de tanto político y tertuliano en busca del aplauso fácil. Hoy la palabra "demagogia" sufre un desgaste irreversible, porque vivimos y respiramos en ella.

Puedo conceder que exista cierto simplismo en el diagnóstico de Sostres, pero no en el sentido en que se suele pensar. Muchos protestarán, nos dirán que hay millones de parados que nada querrían más que tener trabajo, pero que no lo encuentran; que mucha gente lo ha perdido todo sin culpa alguna, etc. Pero aunque hay casos de todo tipo, quién lo niega, sigo pensando que Sostres está más cerca de la antipática verdad que quienes confunden sensibilidad con racionalidad.

La simplificación se encuentra más bien en la caracterización sociológica de esos pesimistas, a los que el columnista catalán se refiere, entre otros epítetos, como "siniestra costra de gandules". Sin duda, estos son una buena parte, puede que la mayor, de quienes componen el perfil. Pero no debemos olvidar a los otros, a quienes viven pasablemente bien por su esfuerzo, aunque acaso hayan dejado de percibir una paga extra, o incluso les hayan reducido el sueldo, e incluso estén trabajando más horas. Personas que obtuvieron en su juventud buenas calificaciones académicas y tienen un empleo o una profesión acorde con sus méritos, o incluso dirigen su propia empresa. Y que pese a todo, se unen al coro de las lamentaciones y de la negación de la responsabilidad individual.

Esta actitud es análoga (y con frecuencia superpuesta) a la de quienes, pese a llevar una existencia ordenadamente burguesa (casados, dos hijos inscritos en colegios concertados, incluso puede que religiosos), apoyan todas las reivindicaciones de las tiorras abortistas, de los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, okupas y perroflautas de toda laya. Leen con aprobación las columnas de Juan José Millás y Almudena Grandes y son sociológicamente de izquierdas, a todos los efectos. Votan consecuentemente PSOE o IU, al menos en las generales. (ERC en Cataluña.) No son, en un noventa por ciento o más, homosexuales, ni viven de ningún subsidio, ni posiblemente hayan jamás abortado o presionado para que lo haga su pareja. Consumen vino de reserva, leen novelas de Paul Auster y ven películas de Woody Allen. Son personas sensibles, acomodadas y "de orden", como se decía antes, aunque ellos por supuesto rechazarían con horror lo último.

Son, en definitiva, personas que reproducen con obediencia de empollones el discurso que se espera de ellas. Se oponen a la cadena perpetua, defienden el aborto más o menos libre, les preocupa el crecimiento de la "ultraderecha" (que en España lleva décadas sin tener representación parlamentaria) y el cambio climático... Están pensando incluso en comprarse un coche híbrido para contribuir a reducir las emisiones de CO2. Piensan lo que toda persona decente y cultivada debería pensar; según El País, claro. Y según sus profesores del instituto y la universidad. Son un triunfo del adoctrinamiento masivo que la izquierda ha llevado a cabo desde el 68. Son los toyotaflautas.

Irónicamente, son también la refutación viviente de la epistemología marxista, según la cual los burgueses piensan necesariamente como burgueses y los proletarios como proletarios. En realidad, que esto nunca ha sido así ya lo ejemplificaban los propios Marx y Engels, que tenían cualquier origen excepto obrero.

Conviene, con todo, rebatir la autocomplaciente explicación que los sedicentes progresistas ofrecen de su adscripción ideológica, en cuanto se olvidan del materialismo histórico, que es la mayor parte del día. A ellos les gusta creer que sus opiniones son el resultado de una educación superior a la media. Como rezaba una pancarta de una manifestación izquierdista, contraria a algún gobierno del PP: "A votar se va leído". Sin embargo, basta pasearse un poco por las redes sociales para comprobar que la ortografía debe ser puro fascismo, dada la forma en que la pisotea nuestra izquierda.

En realidad, la cultura de izquierdas se caracteriza por su carácter endogámico, autárquico. El progre, en el mejor de los casos, lee a Antonio Machado, pero no a Manuel Machado; a José Luis Sampedro, no a Carlos Rodríguez Braun; a Ian Gibson, no a Pío Moa; a John K. Galbraith, no a Thomas Sowell; a Bertrand Russell, no a G. K. Chesterton... Insisto, esto en el mejor de los casos: lo más habitual es que el Día del Libro se compre algún volumen de monólogos de Buenafuente, que también le da caña a la derecha y eso.

Tampoco pretendo sugerir que la derecha sociológica esté mucho más documentada, ni menos aún que tenga la obligación masoquista de leer las gansadas de Michael Moore. Después de todo, el día dura sólo veinticuatro horas; no hay más remedio que seleccionar. Pero cuando todo tu entorno mediático y educativo te conduce abrumadoramente a elegir a Russell y no a Chesterton, lo más probable es que empieces por el primero. Pues bien, el progresista es aquel buen chico que se queda ahí, obedientemente.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Las vueltas que da la vida

Rubalcaba dice sentirse avergonzado de que en Francia sólo Le Pen padre haya apoyado el anteproyecto de ley del aborto de Gallardón. En cambio, no parece que se sienta avergonzado de las muchas coincidencias ideológicas del PSOE con el Frente Nacional. La formación ultraderechista ha propuesto una medida laicista radical como prohibir los "signos religiosos ostentosos", es sumamente beligerante contra el "ultraliberalismo" y la "tiranía de las finanzas", defiende incrementar el salario mínimo, etc.

Cada vez que algún miembro del PSOE propone alguna medida contraria a la libertad económica o a la libertad religiosa, desde el PP deberían afearle sus coincidencias con el lepenismo. Desgraciadamente, no lo harán, porque probablemente algunas de esas medidas también las comparta la cúpula de un partido que, con mayoría absoluta, ha subido los impuestos y está prorrogando las políticas de ingeniería social y del pacto con ETA del anterior gobierno socialista.

No estoy de acuerdo con Jean-Marie Le Pen en que la nueva ley del aborto que pretende tramitar el gobierno de España sea una victoria indudable de las posiciones provida. Todo dependerá de su aplicación. Pero si Le Pen, o el presidente de Ecuador, Rafael Correa, o quien sea, dicen que matar a un feto humano no es ningún "derecho", en esto tienen absoluta razón, aunque yerren gravemente en muchas otras cosas. Por cierto, no he sabido que el PSOE haya criticado a Correa por haberse negado rotundamente a legalizar el aborto en su país.

Y es que la izquierda, de tan "avanzada" que es, ha realizado hace tiempo una circunvolución casi completa y se ha situado tras la derecha "retrógrada" y "cavernaria". No les sorprenda que un día la alcance y descubra que lo más progresista es el derecho a la vida, los impuestos bajos y la libertad económica. Algo análogo ya ha ocurrido otras veces: en Estados Unidos, el partido de Obama fue en sus orígenes el defensor de los esclavistas sureños. Y en un lugar llamado España, el PSOE fue un ardiente apologista de la dictadura del proletariado, hasta el punto de que, para implantarla, se sublevó violentamente contra la II República. Hoy, en cambio, es la oficina principal de reparto de carnés de demócrata y de beatería republicana.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Franco, ese dictador de derechas

Franco fue un dictador. Franco fue de derechas. La primera proposición no se puede discutir, salvo que cambiemos el uso habitual de las palabras por otro más excéntrico, en el que dictador signifique algo en lo cual no encaje la figura del militar gallego. La segunda proposición ha sido discutida, aunque con nulo éxito. Hay quien ha propuesto algo así como el silogismo siguiente: La izquierda es estatista. Franco era estatista; luego Franco era de izquierdas. Por supuesto, este silogismo es lógicamente tan falaz como uno que afirmara que los perros son mamíferos, Juan es un mamífero; luego Juan es un perro. Pero es que además podemos incluso cuestionar las premisas. No toda izquierda es estatista (al menos, en teoría). Y no todo autoritarismo es necesariamente estatista. Es decir, un estado puede no ser democrático, y aún así reducido y poco invasivo.

Parece claro que el franquismo fue de derechas en dos sentidos que suelen adscribirse a este término: la defensa de un estado reducido (el estado franquista equivalía grosso modo a una tercera parte del actual, en relación con el PIB) y la fundamentación ideológica en los principios de la moral católica. Por supuesto, en la derecha no predomina el liberalismo económico, ni antes ni ahora. En el régimen de Franco había un sector tan importante como el falangista, claramente antiliberal. (De la derecha actual no quiero hablar ahora, que me pongo de mal humor.) Pero lo que importa es que Franco era el que mandaba, y supo intuitivamente equilibrar los delirios nacional-sindicalistas con las mucho más sensatas nociones económicas de los cerebritos del Opus, para entendernos. El resultado no fue, ni mucho menos, plenamente coherente, pero sí aceptablemente liberal: progreso sostenido de la renta per cápita, tasas de paro prácticamente nulas y niveles de libertad individual muy superiores a los de Europa Oriental. Los españoles podían vivir donde querían (incluido el extranjero), trabajar e invertir donde querían, tener propiedades y beneficios, y la censura era cada vez más laxa.

El segundo aspecto (moral católica) tampoco creo que suscite muchas discrepancias. De hecho, la izquierda sigue, casi cuarenta años después de muerto Franco, recriminando a la Iglesia el haber apoyado a su régimen, en lugar de dejarse masacrar dócilmente por el Frente Popular. Por supuesto que la derecha, al igual que ocurre con el liberalismo económico, está muy lejos de ser por definición católica, especialmente en nuestros días. Pero lo cierto es que la España de Franco era un país en el que no existía el divorcio, las familias eran mucho más estables y predominaba un notable "orden burgués" (baja delincuencia, disciplina en las aulas, decencia en los medios de comunicación). Sería erróneo atribuir este orden exclusivamente a un efecto colateral de la dictadura: ejemplos como el de Venezuela demuestran que cierto tipo de autoritarismo es perfectamente compatible (por no decir cómplice) con elevadas tasas de criminalidad e inseguridad ciudadana.

Sentadas las precisiones anteriores, propongo la siguiente tesis: La izquierda odia mucho más al Franco derechista que al Franco dictador, aunque suele querer hacernos ver lo contrario, con el fin propagandístico de identificar derechismo y autoritarismo. Tres son las razones en las cuales se puede sustentar esta tesis.

En primer lugar, con las dictaduras de izquierda (léase Cuba, y antaño la URSS y la China maoísta), nuestros progresistas nunca han manifestado escrúpulos comparables, ni siquiera hoy, en que siguen negándose a condenar el comunismo con la misma intensidad con la que condenan el fascismo, pese a que el primero ha causado en el siglo XX muchas más muertes, debido posiblemente a su mayor duración y extensión. En el caso de España, esto lleva a relativizar y disculpar los crímenes del Frente Popular y del antifranquismo violento, como el de ETA. Esto nos inclina a pensar que, aunque no lo confiesen abiertamente, para ellos hay dictaduras malas y dictaduras buenas. Y las buenas son las suyas, obviamente.

En segundo lugar, la izquierda siempre ha exagerado las muertes y represalias atribuidas al franquismo, presentándolo como un régimen de terror que estuvo matando hasta el último minuto. En realidad, la mayor parte de condenas a muerte ejecutadas (que se calculan en torno a doce mil) recayeron en criminales con las manos manchadas de sangre durante la guerra civil o en terroristas que actuaron en tiempos de paz, como los integrantes del FRAP ejecutados apenas dos meses antes de la muerte del general Franco, en medio de una campaña internacional de protestas. Si el régimen franquista hubiera sido tan asesino como el de los actuales Irán o Corea del Norte, difícilmente hubiera llamado la atención el fusilamiento de cinco terroristas. Lo cierto es que la España de los años 60 y 70 era un país donde sólo comunistas y sobre todo terroristas corrían verdaderos riesgos, y aún así, los primeros campaban casi a sus anchas en la Universidad y en la Iglesia, cada vez más infiltrada. Finalmente, a la muerte de Franco, el régimen se autodisolvió pilotado por el sucesor del Jefe de Estado, el rey Juan Carlos, y el secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez.

En tercer y último lugar, la izquierda tampoco disimula, después de todo, su odio a los valores del mercado, la familia y el orden. Desde antiguo ha puesto bajo sospecha a los empresarios y comerciantes, ha cuestionado la autoridad paterna y ha saboteado con gran éxito la autoridad de maestros y agentes del orden. El resultado es la difusión de una mentalidad estatista y libertaria a la vez, que ha alimentado por un lado a un Leviatán estatal, entorpecedor de la libre iniciativa y causante, con sus regulaciones, de una tasa de desempleo que provoca rubor; y por otro un aumento notable de las familias desestructuradas, los abortos, el fracaso escolar, la delincuencia y la drogadicción.

Ante estos hechos objetivos, existen varias posiciones. Una es la de la izquierda, consistente en negarlos, atribuirlos a causas falsas o incluso interpretarlos como fenómenos loables, como manifestaciones de libertad. Así, a la degradación de la institución familiar se la presenta como una eclosión de "otros modelos de familia" que antes estaban reprimidos; y al aborto como un "derecho" de la mujer. El paro se atribuye a los siniestros mercados, que (por alguna razón incomprensible) no querrían que hubiera más producción, ni más consumo. Y el aumento de la delincuencia se relaciona con la pobreza, cuando si analizamos los datos, la relación es exactamente la inversa: en la España más pobre de los años sesenta había muchos menos robos, asesinatos, etc. Y también menos policías, proporcionalmente.

Otra actitud posible, aunque muy minoritaria, es la que atribuye las patologías sociales de nuestros días a la democracia en sí. Todo sistema político tiene ventajas e inconvenientes, pero no hay ninguna razón a priori por la cual la democracia deba estar unida al paro o a la delincuencia. Existen suficientes ejemplos en contra para que ahora sea preciso detenernos en ello. El problema surge cuando, bajo el disfraz de la democracia, la izquierda intenta implantar un régimen en el que no exista verdadera alternancia, cosa que por cierto sólo puede lograrse con la complicidad, la estolidez o la cobardía de la derecha.

Esto está conectado con una tercera actitud muy extendida entre la derecha, consistente en maldecir el franquismo por haberle acarreado tan mala fama. Es la que exponía Josep Martí en un interesante libro, que reseñé en su día, titulado Ets de dretes i no ho saps ("Eres de derechas y no lo sabes"), en el capítulo titulado precisamente "Maldito Franco". Según Martí (traduzco del catalán), "la persona que ha hecho mas daño al ideario conservador es Francisco Franco Bahamonde", porque ello ha sido aprovechado por la izquierda para "la identificación del tirano con los valores conservadores". Sin embargo, la reacción de la derecha ante esta estrategia no ha podido ser más torpe. En lugar de distinguir entre el dictador y el derechista, tratando de cortocircuitar esa falaz identificación, la derecha política, representada principalmente por el PP, o bien ha rehuido el debate (dejando a la izquierda todo el campo libre de la cultura), o bien ha renegado del franquismo como un todo (como hace de hecho Martí), aceptando con ello, implícitamente, las tesis izquierdistas.

En lugar de ello, propongo una cuarta actitud, que consiste, como acabo de sugerir, en diferenciar entre el Franco dictador y el Franco de derechas. Podemos entrar en un debate sobre si hubiera sido posible impedir la guerra civil y la dictadura, pero se trata de una discusión estéril, por ucrónica. Más fecundo es reivindicar el Franco conservador, que precisamente por ser tal, eludió las brutalidades y disparates revolucionarios de los fascismos. En contra de la fábula que se nos ha tratado de inculcar en las últimas décadas, no sólo Franco no fue un dictador por ser de derechas, sino que fue este carácter de su pensamiento el que permitió dulcificar el aspecto dictatorial de su régimen, y que la prosperidad se abriera paso. Las principales amenazas que se ciernen hoy sobre España proceden de la baja natalidad, el excesivo endeudamiento y el separatismo, fenómenos a su vez estrechamente relacionados con el desprestigio de la familia tradicional, y con el olvido de valores cristiano-burgueses como el ahorro, la austeridad y el respeto a la ley. Casualmente, instituciones y valores típicamente de derechas.

sábado, 12 de enero de 2013

Partido de los Derechos

El partido que me gustaría que alguien fundara...

El Partido de los Derechos defiende los derechos inalienables de la persona contra los ataques que vienen sufriendo desde hace tiempo no solo en regímenes dictatoriales, sino también en los países democráticos. La ideología del sedicente "progresismo" ha inventado, y sigue inventando, nuevos seudoderechos cuyo ejercicio y protección sirven para justificar la violación sistemática de los auténticos derechos humanos, que son los siguientes:

1) Derecho a la vida. La vida humana debe ser protegida y respetada desde la concepción hasta la muerte por causas naturales. Se prohíbe el aborto, la eutanasia, la asistencia al suicidio, la tortura, los tratos degradantes y la experimentación con seres humanos en ninguna fase de su desarrollo, incluida la embrionaria.

2) Derecho a la libertad ideológica, religiosa, de culto y de participación política. La necesaria separación entre Iglesia y Estado no puede justificar ningún intento de erradicar los símbolos católicos del espacio público, ni impedir que los creyentes puedan participar en política como tales. Ninguna medida política puede ser considerada "neutral", con el fin de imponerla sobre otras. 

3) Libertad de expresión. Ningún código de "corrección política" puede justificar que se sancione o persiga a personas o instituciones por expresar críticas contra individuos o colectivos que no entrañen apología directa de la violencia. 

4) Derecho a la propiedad privada, el libre comercio y la libre contratación. No se podrán justificar violaciones de la propiedad privada, la fiscalidad confiscatoria o duplicada, la hiperregulación que vacíe de sentido el libre uso de la propiedad ni ninguna otra práctica que limite este derecho, bajo pretextos como la planificación, la redistribución, el interés general o cualesquiera otros, salvo para proteger la salud pública y en las situaciones de emergencia o fuerza mayor que determine la ley.

5) Derecho a la libertad de movimientos: De circulación, asociación y reunión; a no ser detenido arbitrariamente, a la inviolabilidad del domicilio y al secreto de las comunicaciones. Todo español podrá elegir ejercer su voto en su Comunidad Autónoma de origen o en la de residencia, cuando estas sean distintas.

6) Derecho de la infancia, de los ancianos y de las personas con disminución psíquica o física a recibir protección especial. Los niños tienen derecho a recibir la educación elegida por sus padres, siempre y cuando no se les inculquen conductas delictivas o que lesionen de manera directa su propia integridad psíquica o física. Las leyes de adopción estarán encaminadas a salvaguardar el interés de los menores, por encima de cualquier otra consideración o supuesto "derecho" de los adultos a la adopción.

7) Derecho a ser defendido eficazmente por las fuerzas del orden y las leyes contra quienes conculcan estos derechos. A tal efecto, su ejercicio podrá ser restringido en personas acusadas formalmente de cometer delitos y, tras los períodos legales de detención preventiva, en la forma y duración que se determine en sentencia judicial, que deberá primar la protección de los ciudadanos inocentes sobre la reinserción de los delincuentes. Estos derechos son aplicables a ciudadanos españoles, sin perjuicio de que puedan extenderse a extranjeros en la forma que determinen las leyes, que en cualquier caso reconocerán el derecho a la vida a todo ser humano.

¿Cómo llamar a los seguidores del Partido de los Derechos? Pues derechistas, naturalmente.

miércoles, 2 de enero de 2013

La rueda ideológica

Empiezo el año con uno de esos diagramas que tanto me gustan. Es que uno en el fondo sigue siendo un niño...

La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.

Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.

Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:

Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)

Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".

Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)

Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)

Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.

Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.

Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.

Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)

Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La ideología del hecho

Con frecuencia, en mis discusiones con progresistas, aparece el siguiente argumento: la derecha históricamente no hace más que retroceder posiciones. Se opone al divorcio y a los anticonceptivos, para terminar aceptando a regañadientes la "realidad social"; se opone al aborto y al matrimonio gay, y lo mismo. En el futuro, no sé qué innovaciones plantearán los progresistas, pero sin duda se repetirá el mismo argumento. La ideología subyacente es que no existe más verdad que la que determine en cada momento la "realidad social". Lo correcto es lo que la mayoría de la gente cree que es correcto. Si mañana un 51 % de la población ve con buenos ojos la poligamia, la eugenesia o el infanticidio ¿por qué no se iban a legalizar?

Parece que los progresistas no se atienen a este principio cuando se oponen a determinadas ideas que son bastante populares, como por ejemplo la cadena perpetua. Pero no hay contradicción. Los progresistas creen que en el futuro todo el mundo pensará como ellos, con lo cual la realidad social terminará coincidiendo con la legal; y si el proceso se puede acelerar, mejor. El progresista es la persona que va montado en la irresistible marcha de la historia. (Esto, por cierto, se llama marxismo, con Marx o sin Marx.) Las tendencias sociales existen en el presente, como la planta existe ya en potencia en una semilla. (Son las "contradicciones" del materialismo dialéctico.) La realidad es dinamismo, contiene la dimensión temporal, como ya vio Heráclito. El mañana puede leerse en el hoy, si se conoce la clave. Por eso sigue siendo exacto que el progresismo es la ideología de lo fáctico, o si queremos ponernos más metafísicos, la concepción según la cual el deber-ser se identifica con el ser, con la inmanencia. El marxismo a fin de cuentas era un hegelianismo de izquierdas.

Los liberal-conservadores, conservadores o personas de derechas (uso estas palabras como sinónimos, o al menos me gustaría que lo fuesen) pensamos exactamente lo contrario. La verdad es la verdad, el bien es el bien, triunfen o fracasen. Lo que la gente suele entender por conservador, un defensor del statu quo, no es más que un quietista, que ignora la naturaleza cambiante de la realidad. El progresista también se coloca del lado del vencedor, pero del vencedor de mañana, de la revolución que cree inevitable. En cambio, el auténtico conservador, el hombre de principios, es como lo retrata Borges: "a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas". El bien se realizará o no, pero sigue siendo el bien, porque los valores, si existen, solo pueden ser trascendentes, estar más allá de los hechos. (Como sostuvo el conocido integrista Ludwig Wittgenstein, en Tractatus, 6.41) Las personas de derechas podemos estar equivocadas, pero no consideramos que una encuesta de opinión, ni el calendario ("¡a estas alturas del siglo XXI!") sean argumentos. Ni lo más reciente es por definición mejor que lo viejo, ni la mayoría tiene razón por el mero hecho de serlo.

Es verdad que la derecha se opuso al divorcio, y que hoy los de derechas se divorcian igual o casi igual que los de izquierdas. Pero el divorcio seguirá siendo una equivocación, aunque ya no quedara una sola persona que pensara así. Porque el divorcio no es la libertad para separarte de tu cónyuge (eso siempre existió), sino que la administración te reconozca una nueva unión. O lo que es lo mismo, que quien no debiera haberse casado pueda volver a cometer el mismo error cuantas veces quiera. Y los anticonceptivos no son la libertad de tener relaciones sexuales (eso siempre existió) sino que fundar una familia deje de ser la prioridad. En suma, que la gente no tenga unos lazos más sólidos entre sí que los que tiene con el Estado.

Cuando un individuo o una sociedad toman un camino equivocado, el progreso no consiste en continuar avanzando obcecadamente en la misma dirección, sino en tomar una distinta, o incluso desandar lo andado. Puede que eso sea imposible, y que nadie sea capaz de frenar un tren que se dirige hacia el abismo, pero no por ello estamos obligados a creer que en el fondo del precipicio está la Arcadia Feliz.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Tirios y troyanos

Según argumenta Roberto Augusto en un artículo, "la identificación con una ideología, sea la que sea, es una barrera mental." La pretendida superación de los términos derecha e izquierda es un tema recurrente de la reflexión política. Sin ir más lejos, en mi libro Contra la izquierda (perdón por la autocita) y en este mismo blog he hablado varias veces sobre ello. El locus classicus es el célebre pasaje de Ortega, en su "Prólogo para franceses" de La rebelión de las masas: "Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral." Aunque este pasaje se ha citado muchas veces, quizás no siempre se lo ha situado en su adecuado contexto: 1937, una época en la que, como señalaba Ortega en el mismo párrafo, las derechas prometían revoluciones y las izquierdas proponían tiranías.

Hoy sin embargo, las cosas son distintas: la derecha promete bienestar y la izquierda lo mismo. Ambas se distinguen por lo que entienden por bienestar. Para la derecha es la renta per cápita y para la izquierda son los sentimientos per cápita. La derecha vende realismo y la izquierda romanticismo. El pecado de la derecha suele ser olvidar que no solo de pan vive el hombre: lo que mueve verdaderamente el mundo no es el dinero, ni el petróleo, no es Wall Street; son las ideas. (Y si nos ponemos pesimistas como Revel, las ideas falsas.) El verdadero realismo consiste en comprender la fuerza motriz del pensamiento. "Son las ideas, estúpido." La izquierda, por su parte, lo tiene mucho más claro, y ahí reside su peligro. Si bien la teoría marxista relega las ideas a epifenómenos de las relaciones de producción, es decir, de la economía, fue un marxista, Gramsci, quien se percató de que para construir la utopía socialista primero había que transformar la mentalidad social, asaltar el palacio de la cultura. La derecha sigue creyendo que se puede gobernar sin ideas; la izquierda no se conforma con tan poca cosa como gobernar, quiere transformar, es decir, dominar las almas y los cuerpos, porque el verdadero poder no se ejerce meramente sobre el cuerpo sino sobre la mente. La ironía es que Gramsci comprendiera esto gracias al fascismo, que si triunfó en Italia fue debido a su dominio de la cultura, a la adhesión de la mayoría de figuras intelectuales del momento.

Por esta razón me considero de derechas: Precisamente porque creo que las ideas pueden trastocar el mundo con resultados impremeditados, no pueden dejarse en manos de aprendices de brujo. Y recelo siempre de quienes pontifican que, para pensar por nuestra propia cuenta, debemos prescindir de "etiquetas". La veo como una posición adanista. Lo normal es que, si uno reflexiona por sí mismo, no llegue muy lejos. Lo aconsejable es leer y así poder darse cuenta de que algunas ideas que apenas entrevemos oscuramente, ya han sido pensadas antes por otros, y con mucha mayor clarividencia. Lo honesto es reconocer que nuestras ideas no son inclasificables, sino que seguramente se pueden catalogar, se pueden adscribir a una determinada tradición intelectual. Lo habitual es que, si intentamos mínimamente pensar por nuestra cuenta, acabemos descubriendo antes o después que simpatizamos más con güelfos o gibelinos, montescos o capuletos, tirios o troyanos, aun conservando nuestro criterio autónomo. Esto no nos convierte en sectarios, no significa que debamos ponernos incondicionalmente detrás de ninguna bandera.

Sostiene Roberto Augusto que "lo importante no es ser de izquierdas o de derechas, sino la verdad". Totalmente de acuerdo. Pero ¿qué le hace suponer que la verdad no está ya descubierta? Precisamente la diferencia decisiva entre la izquierda y la derecha es que la segunda cree que la verdad ya fue descubierta hace tiempo. Puede ser una posición equivocada, pero entonces la razón se hallará más cerca de la izquierda, en cuyo ADN está cuestionar la tradición. De lo cual se deduce que, a fin de cuentas, existen fundamentalmente dos grandes concepciones del mundo, y solo dos. No las llamemos izquierda y derecha, si no queremos, pero algún nombre habrá que darles.

sábado, 5 de mayo de 2012

Las siete diferencias

Imaginemos una persona que acaba de llegar a España y no conoce nuestra prensa de papel. No sería nada difícil ilustrarle sobre las diferentes líneas editoriales de cada periódico, simplemente con una rápida ojeada a las portadas de un kiosko, un día cualquiera. Pero de vez en cuando, esas diferencias saltan a la vista de una manera especialmente significativa. Así ocurre este sábado con las portadas de los dos principales diarios nacionales por tirada, que son El País y El Mundo.


Para este, el titular principal hace referencia al debate, más candente que nunca, sobre el modelo de Estado autonómico. Por su parte, El País opta por dar primacía al siguiente titular:

ETA ofrece al Gobierno el inicio de contactos para hablar de desarme

 También El Mundo lo trata en portada, pero de manera menos destacada, y en los siguientes términos:

ETA ofrece el "desarme" si el Gobierno "desmilitariza" el País Vasco

Ignoro qué se estudia en las facultades de periodismo. Tengo una vaga idea, quizás prejuiciosa, de que adoctrinan a los estudiantes en algo así como que no existe eso que se llama la verdad objetiva, que los hechos no existen, que todo son interpretaciones, etc. Desde luego, como descripción de la ideología latente en la mayoría de redacciones, esto es difícilmente discutible. Si El País actúa como el boletín oficioso del PSOE, con espacio cedido para que Rubalcaba escriba incluso sobre la victoria liguera del Real Madrid, el caso de La Razón (la portada de hoy sábado debería ruborizar hasta al más pepero) es realmente un ejemplo penoso de servilismo político.

Sin embargo, cualquier persona que no haya sucumbido con armas y bagajes al relativismo total tiene que seguir creyendo en una verdad objetiva, por inalcanzable que sea, o por prostituida que esté la profesión periodística (que me perdonen las honorables excepciones entre sus miembros, que las hay). Y los titulares transcritos nos ofrecen un ejemplo digno de estas dos filosofías antagónicas, el realismo (la realidad existe independientemente de nuestras percepciones y prejuicios) y el idealismo (la realidad es nuestra construcción, y nada más).

El País no informa de un hecho, sino que directamente nos ofrece su interpretación. ETA "ofrece", ETA desea hablar de desarme. Por utilizar una de esas muletillas de que tanto se abusa en el estilo periodístico, "la pelota la tiene ahora el Gobierno". Eso es lo que se desprende instantáneamente de un titular como este. La responsabilidad de que haya paz recae no en los terroristas, sino en el ejecutivo del PP. Por el contrario, el titular de El Mundo nos informa, mediante los entrecomillados, de lo que realmente ha dicho ETA, y es que está dispuesta al desarme si el gobierno retira al ejército y a las fuerzas policiales del País Vasco, equiparando a los criminales con las fuerzas del orden. Es decir, un discurso no muy desemejante del que ha servido para justificar décadas de asesinatos y extorsiones.

Podemos ir mucho más allá de la lección de periodismo. Aquí la cuestión de fondo es la diferente actitud ante el terrorismo de las ideologías de izquierda y de derecha. Mientras la primera comparte (matices más o menos hipócritas aparte) el lenguaje de los terroristas que hablan de "conflicto", la segunda entiende que los terroristas no son más que una variante de criminales, que deben ser puestos a disposición de la Justicia y nada más.

Otra cosa es que la clase política esté a la altura de lo que se espera de ella, pero la demarcación ideológica no ofrece dudas. La derecha cree en el derecho (el juego de palabras es involuntario, aunque etimológicamente revelador), mientras que la izquierda, en lo más profundo de su alma, no ha creído nunca en él, siempre lo ha considerado una "superestructura de la clase dominante", antes y después de que Marx lo formulara con estas palabras. Por sus titulares los conoceréis.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Ahora o nunca

El Partido Popular ha crecido aproximadamente un 4 % en número de votantes, mientras que el PSOE ha perdido cerca del 40 %. [*] Esto es lo que ha pasado, que los socialistas se han desplomado. Es evidente que los millones de votos que ha perdido el PSOE no han ido a parar al PP, sino a la abstención o a otros partidos. Y es lógico que así suceda. Existe un fuerte componente ideológico en el voto, por lo que los dos principales partidos españoles tienen su suelo y su techo electorales, y es difícil que se registren trasvases relevantes entre ellos, en ninguno de los dos sentidos. En las cuestiones de fondo, la opinión pública no cambia en cuestión de cuatro años. Sin embargo, sí se pueden producir cambios considerables de mentalidad en períodos de tiempo más largos. Esto es lo que ha ocurrido en la Comunidad de Madrid, donde la derecha liberal no ha hecho más que afianzarse con el tiempo.

La prioridad del Partido Popular es ahora capear la tormenta. Pero para conseguirlo, tendrá que seguir el modelo de Madrid, aunque tampoco eso sea suficiente. Es un imperativo y al mismo tiempo una oportunidad inmejorable, máxime ahora que va a gobernar no solo en el conjunto de España, sino en la mayoría de comunidades autónomas y municipios. No es una cuestión que dependa exclusivamente, ni mucho menos, de los gobernantes, pero es evidente que con su acción estos pueden contribuir a que aflore una manera de pensar menos estatalista, a que se consolide una sociedad más independiente del subsidio y el dirigismo cultural, más emprendedora, con mayor iniciativa y una base moral más firme frente a la arbitrariedad del poder. Es algo que va mucho más allá del aspecto económico, tiene que ver con la voluntad de la gente de asumir el control de sus propias vidas, de tener más hijos, de concebir proyectos que vayan más allá del hedonismo nihilista de cortos vuelos.

La crisis económica nos ha colocado de manera dramática en la situación de que no podemos ya elegir. Ya no podemos permitirnos las veleidades izquierdistas, los experimentos de ingeniería social ni los dispendios del pasado. Ya no podemos seguir huyendo hacia adelante, en una estúpida carrera por ser cada día más modernos, sin preguntarnos en qué consiste ser moderno y si es algo mejor que no serlo. O cambiamos de mentalidad o nos vamos al cuerno. Es ahora o nunca.
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* Con el 100 % escrutado, el PP sube un 5,8 % y el PSOE baja un 38 %.

domingo, 13 de noviembre de 2011

La ideología del por qué no

Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la esencia de la mentalidad progresista o avanzada, podrían valer las siguientes: El progresista es una persona que no se limita a preguntarse el porqué de las cosas, suponiendo que siquiera se moleste en ello, sino que atisba otras posibilidades y se pregunta: ¿Por qué no? Su ventaja sobre el conservador, dialécticamente, es que se trata de un tipo de pregunta muy sencilla, aparentemente inocente, pero para cuya respuesta no suele bastar con la mera lógica, sino con la experiencia acumulada de siglos, quizás milenios. Algo complicado de compendiar en una frase más o menos brillante. Por eso, con frecuencia parece que el conservador rehúye la controversia de fondo, o que se refugia en el oscurantismo. Aunque es cierto que existe una derecha política acomplejada ante la hegemonía cultural de la izquierda, nos quedamos en lo superficial si lo atribuimos exclusivamente a la incompetencia de unos políticos solo preocupados por la mercadotecnia electoral. Por principio, no es nada fácil sostener una posición determinada frente a quien traslada a esta la carga de la prueba. Es mucho más cómodo imaginar que entender, hacer preguntas que responderlas. Lo fácil es remitirse al futuro, que no está escrito, y por tanto podemos recrear a nuestro gusto; conocer el pasado –incluso el mero presente– y aprender de él, eso es otro cantar. Requiere mayor esfuerzo intelectual ser conservador que progresista.

El progresista pregunta, con supuesto candor: ¿Por qué no podemos aumentar los impuestos a los ricos para reducir la pobreza? O bien: ¿Por qué no puede alguien casarse con quien quiera –supongamos una persona de su mismo sexo? El conservador no puede responder a esto con solo tres o cuatro palabras, precisamente porque se trata de preguntas cuya respuesta implica la naturaleza esencial de las cosas, es decir, lo más difícil de expresar. Como señaló G. K. Chesterton, “no hay ningún filósofo escéptico capaz de hacer preguntas que no pueda formular igualmente un chiquillo.” Nuestra época moderna, probablemente desde Descartes, ha atribuído un mérito exagerado a cuestionarse las cosas más obvias. Ha formulado como si fuera un triunfo del intelecto las preguntas más chocantes, cuando en realidad cualquier niño se las hace en una determinada etapa de su aprendizaje vital, para regocijo de sus padres. En cambio, en sus respuestas la modernidad ha dejado mucho que desear, como si una vez formulada la pregunta, cualquier contestación ocurrente mereciera la máxima consideración. Y el progresismo se convirtió ya muy pronto, desde principios del siglo XX, si no antes, en una loca carrera de metas cada vez más disparatadas, con tal de ponerlo todo en cuestión. “Di algo, por idiota que sea, y te habrás anticipado a tu época”, observó el citado Chesterton ya en 1909.

Existe con todo una manera de parar el golpe dialéctico del progresista. Y es plantear un por qué no todavía más radical. Podemos inquirir: ¿Por qué no confiscar todos los bienes a los ricos? O ¿Por qué no puede casarse un padre con su hija? Por supuesto, existen precedentes de autores que han propuesto con total seriedad cosas semejantes, e incluso que las han puesto en práctica. La réplica del progresista puede consistir en aceptar el reto y sumarse a estas propuestas descabelladas, en cuyo caso, se desacreditará a ojos de la mayoría por sí solo. Se convertirá por sí mismo en la ilustración más esclarecedora de la locura inherente a querer llevar cualquier principio, por muy válido que sea, hasta las últimas consecuencias, más allá de todo límite razonable. Sin embargo, más probable es, hoy en día, que el progresista rechace esta vía, y se revista de un carácter moderado, que le impide llegar a tales extremos. Que descalifique al conservador como una persona de imaginación calenturienta, que ve asaltos al Palacio de Invierno donde solo hay una inocente ansia de justicia, o incestos y perversiones de toda índole donde solo hay un deseo de libertad. Pero es en este momento donde el progresista muestra toda su debilidad. O bien es consecuente hasta el final, o bien no lo es, siendo esto último de lo que acostumbra a acusar al conservador. Y tiene su parte de razón. El conservador no es consecuente hasta el final, porque la vida no puede reducirse a mera lógica. Existen toda una serie de supuestos, de hechos dados que en sí mismos no son “lógicos”, pero sin los cuales no podríamos hacer una descripción reconocible del mundo real. No es lógico que existan dos sexos. No es lógica la propiedad privada. Sin embargo, antes de suprimir las diferencias sexuales o económicas, convendría estar muy seguros de las consecuencias. El progresista, aunque lo crea, no lo está más que ninguno de nosotros, no es un ser investido de una sabiduría superior. Simplemente, confía en que la posteridad le dará la razón, que lo señalará como un “adelantado a su época”. Su criterio de la verdad se reduce a esperar a que se mueran quienes discrepan de él. Lo cual es una forma de decir que le importa muy poco la verdad.

La verdad, por definición, es inmutable, es algo válido para todos los tiempos. El progresista lúcido no puede creer en algo así, necesariamente debe pensar que todo puede cambiar, que nada es para siempre. Hoy vemos (todavía) como algo natural que los padres críen a los hijos. Dentro de unos siglos, como imaginó Aldous Huxley en su distopía Un mundo feliz, eso podría parecer un atraso propio de épocas prehistóricas, en las que la reproducción y crianza humanas todavía no habían sido estatalizadas. Un progresista consecuente no puede rechazar esta posibilidad, salvo para disimular sus verdaderas intenciones, sus secretos anhelos. El conservador cree en unos valores eternos, pese a que no esté muy seguro de reconocerlos en toda su pureza. Cree, a diferencia de Nietzsche y de la posmodernidad, que la verdad existe, que cualquier sistema social no será válido solo porque llegue a triunfar en un futuro. Un conservador no necesita creer que la historia está de su parte, le basta con creer que tiene la razón, aunque sea una causa perdida. En cambio, un progresista que lea la novela de Huxley, si es sincero consigo mismo, tendrá que decirse a cada momento lo que la Serpiente bíblica le susurró a Eva en una olvidable (y olvidada) obra de teatro de George Bernard Shaw:

Tú ves cosas; y dices '¿Por qué?' Pero yo sueño cosas que nunca han existido; y digo '¿Por qué no?'

domingo, 2 de octubre de 2011

La diferencia

El movimiento del 15-M, surgido de manera aparentemente espontánea pocos días antes de las últimas elecciones locales y autonómicas, tenía un mensaje central: Que los dos grandes partidos, PP y PSOE eran lo mismo, en esencia. Por supuesto, cabe recelar de la ecuanimidad de una afirmación que en la práctica perjudica mucho más a un partido que a otro. (En este caso, obviamente, era al PP, al que las encuestas daban una gran ventaja.) Por si alguien abrigaba alguna duda, las actuaciones del movimiento del 15-M en los meses posteriores (por ejemplo, en relación a la visita del papa) han demostrado que su carácter "transversal" era puro cebo para incautos. Son extrema izquierda, y por ello con muchas coincidencias con el zapaterismo: anticlericalismo (lo llaman laicismo), proabortismo, simpatías apenas encubiertas hacia la izquierda pro terrorista vasca, etc.

Esto no significa que la idea según la cual PP y PSOE son lo mismo sea exclusiva de la izquierda. En realidad, la sugieren también muchos opinadores de derechas, liberales o liberal-conservadores, con escaso sentido práctico. Una cosa es que acusemos a la derecha política de tibieza, de no poner suficiente empeño en la batalla ideológica. Y otra muy distinta es pretender que la derecha haga la campaña electoral que le gustaría a la izquierda. ¡No seamos ingenuos! Este domingo escuchaba a Luis del Pino en esRadio exigir a Mariano Rajoy que declare solemnemente que su gobierno no respetará ningún acuerdo con ETA obtenido con la participación de los llamados "mediadores internacionales" (en realidad, unos exterroristas que siguen viviendo del terrorismo, vía contribuyentes). Claro, para liberar a los socialistas de tener que hablar de economía, el tema que más daño les causa, solo falta que Rajoy diga algo tan innecesario como que ningún gobierno entrante tiene la menor obligación moral, política ni jurídica de respetar acuerdos de un gobierno saliente con un grupo criminal, con o sin unos mediadores que solo se representan a sí mismos y a sus cuentas corrientes.

Lo mismo puede decirse de quienes reprochan al PP que no declare con sinceridad que habrá que hacer más recortes "sociales". Si alguien es tan pánfilo como para necesitar que le digan tal cosa, lo más probable es que también reaccionase votando a quien, por el contrario, le dijera lo que quiere oír, es decir, a Rubalcaba. El PP ya está hablando claramente en los gobiernos autónomos donde gobierna desde el pasado 22 de mayo: Con lo hechos. No hay ninguna necesidad de que se ate ninguna otra piedra al cuello para ayudar al PSOE a reducir la distancia a la que se encuentra del previsible ganador, según todas las encuestas.

Más grave es cuando esos mismos opinadores, supuestamente encuadrados en la derecha liberal, comparan a los dos grandes partidos políticos españoles partiendo de concepciones que en realidad son de izquierdas. Y pongo como ejemplo de nuevo a Luis del Pino, periodista al que aprecio mucho, pero que a veces, cuando se equivoca, lo hace con todo el equipo. En su editorial del programa "Sin complejos" del sábado, se mostraba preocupado por la coincidencia de los discursos de Esperanza Aguirre y José Bono en la presentación del último libro de Pedro J. Ramírez, sobre la revolución francesa. Ambos políticos alertaban, al parecer, sobre los peligros de quienes tratan de aprovecharse del descontento popular para erosionar las democracias. Dice Del Pino:

"Y ver a aquellos dos presentadores del libro de Pedro J. advertir insistentemente sobre los peligros de las revueltas callejeras, en lugar de reclamar las reformas necesarias para que esas revueltas no sean posibles, me convenció de que no hay, realmente, nada que hacer: los acontecimientos seguirán su curso de forma cada vez menos controlada. Y en lugar de una reforma que evite los sufrimientos, acabaremos por tener un estallido, que los exacerbará."

Se entrega entonces nuestro analista a una fatalista concepción de la historia según la cual, aunque Robespierre, Marat o Danton no hubieran existido, los acontecimientos hubieran seguido el mismo curso, porque todo se cifra en que había grandes injusticias que están allí solo para que el primer demagogo sin escrúpulos sepa explotarlas.

Estoy rotundamente en desacuerdo con esta concepción materialista de la historia, afín al marxismo. Descontento social lo ha habido en todas las épocas y latitudes. En ocasiones estalla y conduce a golpes de Estado o cambios de régimen. ¿Por qué unas veces ocurre y otras no? Pues precisamente porque a veces aparece un Robespierre, un Lenin o un Hitler. Esa es la diferencia crucial, he ahí la importancia capital de los individuos, para bien y para mal. Por tanto, cuando Esperanza Aguirre alerta contra las tentaciones de la demagogia, tiene toda la razón del mundo, no está en ninguna torre de marfil, insensible a las dificultades de la gente. Que José Bono, con su habilidad para adaptarse a los auditorios y hacer guiños a la derecha sociológica más tontaina, pueda coincidir en el mismo discurso, tampoco debería llamarnos especialmente la atención.

Y sí, hay también una diferencia capital entre el PP y el PSOE. Uno dice que va a subir los impuestos al alcohol y al tabaco para financiar la sanidad. El otro anuncia que deducirá 3.000 euros a los autónomos que contraten a su primer empleado. Uno busca de dónde sacar más dinero a los contribuyentes, en una cerril visión de suma cero. (Hace falta dinero: hay que quitárselo a alguien.) Otro se orienta a crear empleo, es decir, a que se cree más riqueza real. (Hace falta dinero: debemos trabajar más.) Uno se empeña en seguir repartiendo miseria y dependencia del Estado. El otro aspira a que los individuos prosperen y se ganen por sí mismos el bienestar. No es lo mismo, sino más bien todo lo contrario.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuántos profesores necesitamos

El mundo parece deslizarse hacia una catástrofe, mientras los supuestos expertos pontifican, cada cual con arreglo a su escuela o, por decirlo con las palabras de Borges,

...todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira...

Y sin embargo, lo que está sucediendo es muy fácil de explicar: Tanto gobiernos, como empresas, como individuos, hemos gastado durante años mucho más de lo razonable, nos hemos endeudado y ahora no tenemos más remedio que reducir nuestros gastos, para pagar las deudas. De lo contrario, si estas quedan sin pagar, la confianza y el crédito, en los cuales se basa toda civilización concebible, se destruirán. Las consecuencias de ello podrían ser terribles; alguien ha dicho que si el euro desaparece (pero se podría aplicar a la situación mundial), tendremos una guerra en diez años. Sin ánimo de ser apocalíptico, este tipo de pronósticos no carece de justificación. Basta detenernos en la historia del siglo pasado para extraer advertencias nada agradables. Pero los dirigentes de las principales naciones desarrolladas hasta ahora han optado por la huida hacia delante, con unas políticas de austeridad insuficientes, e inyecciones monetarias descabelladas, lo que supone el traspaso del problema a las generaciones futuras, o ni siquiera a tan largo plazo, a los próximos ciclos políticos en cada país.

Achacar al sistema la culpa de esta crisis es incurrir en una obviedad muy facilona. Evidentemente, un sistema en el que ocurre lo que está ocurriendo no funciona bien. La cuestión verdadera estriba en determinar qué parte del sistema ha fallado. El capitalismo de principios del siglo XXI consiste, grosso modo, en una economía en un 40 % pública y un 60 % privada, y esta última muy regulada en aspectos esenciales (como los tipos de interés) por el Estado. Afirmar, como hacen los opinadores escorados a la izquierda, que la culpa de todo la tiene el mercado, es cuando menos muy aventurado. Pero si así fuera, lo que no pueden hacer quienes defienden tal posición es disfrazar sus implicaciones: Que hay que dar más poder (todavía más) a los gobiernos.

Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas en la universidad Pompeu Fabra, insiste en que la única salida a la crisis es un aumento del gasto público, pero aunque se muestre contrario al déficit cero, y se haya manifestado en contra de la reforma constitucional pactada entre PSOE y PP, tampoco se atreve a defender cualquier endeudamiento, por mucho que le cueste reconocerlo. (Se puede escuchar aquí una tensa entrevista -en catalán- a la cual lo somete Manuel Fuentes. No se pierdan la prepotencia del catedrático, que se cree autorizado a sugerirle al periodista las preguntas que debería hacer, e incluso los tertulianos que debería invitar.) Lo que propone Navarro es más impuestos a los ricos, para seguir manteniendo el Estado de bienestar sin que se dispare excesivamente el déficit. El problema es que, como él sabe perfectamente, y sin contar los efectos contraproducentes de cualquier aumento de la presión o la progresividad fiscal (se acaba recaudando menos, al desincentivar la inversión, favorecer la economía sumergida y la deslocalización), las contribuciones de los "ricos" siguen sin ser suficientes para sostener los paquidérmicos Estados-providencia europeos. Como mucho permiten arañar algunos votos, no tanto por la medida en sí, como por el debate artificial que pretende provocar, con la intención de que la derecha se retrate "a favor" de los ricos.

En realidad, ninguna persona sensata puede poner en cuestión que hay que realizar recortes. Las discrepancias pueden surgir, en todo caso, acerca de a qué capítulos concretos de gastos hay que aplicar los tijeretazos.

Los socialdemócratas opinan que hay mucho margen para recortar gastos sin tocar la educación y la sanidad. La derecha, sobre todo en períodos electorales o preelectorales, no se atreve a cuestionar esta tesis. Pero a todas luces se trata de una media verdad. Por supuesto que existe un despilfarro estatal absolutamente injustificable. Pensemos, en el caso de España, en las televisiones públicas, tanto centrales como autonómicas y locales, en las ayudas al cine español (superiores el pasado ejercicio a lo recaudado en taquilla) o en la llamada "Ayuda Oficial al Desarrollo", que en 2010 fue de más 4.350 millones de euros. Sin embargo, el volumen de gasto "social" (sanidad, educación y pensiones) sigue siendo mucho mayor, descomunalmente mayor: Representa en España, aproximadamente, las dos terceras partes del presupuesto público del Estado central y las comunidades autónomas.

El hecho incuestionable es que las partidas de gasto superfluo e incluso más o menos vagamente corrupto existen gracias a que son fácilmente disimulables o relativizables en medio del colosal gasto "social". Quien dedica decenas de miles de millones de euros a pagar nóminas de profesores, de médicos o pensiones de jubilados, no tiene demasiado problema en distraer unas pocas decenas de millones de euros (bah, menudencias) en subsidiar películas de cine infumables u ONGés escasamente transparentes, además de, por supuesto, coches oficiales, dietas y ordenadores para personal político.

Del 2004 al 2010, el PIB español creció más o menos un 25 %. En el mismo período, el gasto en educación, según datos del gobierno actual, se incrementó en un 102,6 %. Los partidarios del PSOE lo esgrimirán como un motivo de orgullo, por supuesto. Pero a todas luces, se trata de un insensatez, sobre todo si tenemos en cuenta que el gasto público por alumno en España es superior al de la mayoría de países europeos, lo que no significa que la calidad de nuestra enseñanza lo sea también, sino todo lo contrario. El viernes pasado, el ex presidente de Castilla-La Mancha, entrevistado por Carlos Herrera y Casimiro García-Abadillo en Onda Cero, tras reconocer a regañadientes que el déficit dejado por su administración era mayor que el de muchas otras comunidades, dijo dos cosas. Primero, que asumía toda la responsabilidad por ello, lo cual nadie sabe en qué se traduce, más allá de una bonita frase. Y segundo, que ese déficit era consecuencia del enorme esfuerzo de su gobierno (mejor dicho, de sus contribuyentes) en educación, sanidad e infraestructuras, incluso cuando nadie podía negar la crisis.

Claro, ahora no hay dinero para pagar a los farmacéuticos, pero como ya no está el PSOE en el gobierno de la comunidad, quien venga detrás que arree. Es muy fácil incrementar el gasto en educación, en sanidad y en servicios asistenciales dejando las facturas por pagar para el gobierno entrante. Y encima, qué gozada, se puede acusar a la derecha de querer desmantelar el Estado del bienestar. Pero la cuestión es: ¿Fue nunca viable, más allá de un espejismo temporal, un sector público como el que tiene España, teniendo en cuenta sus niveles de productividad? Porque no sirve de nada compararnos con países "de nuestro entorno", como suele decirse, cuyo sector público es todavía porcentualmente superior en relación al PIB. Primero, porque eso no demuestra que a largo plazo no sea también insostenible, y segundo, y muy importante, porque países cuya economía es más productiva y competitiva que la nuestra quizás, en buena lógica, puedan permitirse una sanidad y una educación de más calidad.

"La educación es una inversión", nos dicen, y efectivamente es así, como también lo son las carreteras y los puentes, pero no podemos invertir cualquier cosa en ningún capítulo, por importante que sea. ¿Cómo debería la sociedad decidir lo que debe invertirse en autopistas, en colegios, hospitales, etc? La respuesta para quedar bien es que ello lo deciden los ciudadanos a través de sus representantes democráticamente elegidos. Pero la experiencia demuestra que eso conduce a construir colegios y hospitales, con sus correspondientes plantillas de profesores y médicos, que luego quizás no podremos mantener, porque a los representantes solo les preocupan los votos, no los problemas que se producirán dentro de veinte o treinta años.

Por suerte, existe un método perfectamente conocido para optimizar los recursos, invirtiendo en cada área lo que realmente la sociedad necesita, que se llama mercado, esa entidad ominosa que tanto deploran los adalides del Estado del bienestar. Cuando la gente libremente intercambia sus productos y servicios, el resultado es que acabamos teniendo los profesores, los médicos, los electricistas, los camareros y los actores, con sus correspondientes emolumentos, que realmente nos podemos permitir, no los que unos políticos deciden en función de sus miopes intereses electorales o de grupos de presión, que suelen coincidir, curiosamente, con sus conmovedoras proclamas ideológicas. O dicho de otra manera, el bienestar procede, ahora y siempre, del trabajo productivo, que es el que nos permite tener más y mejores escuelas y coches, más y mejores hospitales y casas, más y mejores carreteras y teatros, con el coste más razonable.

Desde tiempo inmemorial, este sistema no ha sido muy del gusto de los intelectuales, porque al contrario de la falacia tan extendida, el mercado no suplanta a la democracia, sino que es la democracia en su sentido más literal. El mercado está basado en las millones de decisiones que toma la gente, muchas de ellas equivocadas o estúpidas, pero en conjunto mucho más sabias que cualquier mente individual. Y eso es algo que los intelectuales nunca han sabido digerir bien. Parece que halagan a la gente cuando demandan mayor gasto social, pero en realidad se halagan a sí mismos, cuando se arrogan el derecho a que unas determinadas élites (con las que se identifican o se sienten influyentes) decidan por la gente en qué debe gastarse su dinero. Por supuesto, estos mismos intelectuales rebatirán esta elemental verdad con alguna versión más o menos remozada de la lucha de clases, de la supuesta eterna lucha entre los fuertes y los débiles, entre dominadores y dominados, y así conseguirán justificar una vez más su exigencia de un Estado justiciero que se oponga a la altanería de los fuertes... Convirtiéndose en el más fuerte de todos. Viejas mentiras cuyos daños son incalculables, pero que aún pueden hacer muchos más, si seguimos creyéndolas.