Permítanme distinguir dos reacciones típicas (desgraciadamente típicas) a los atentados islamistas de París. Tenemos, por un lado, a quienes sugieren una equivalencia moral entre el terrorismo y las intervenciones militares de gobiernos como Estados Unidos, sus aliados e Israel. Un perfecto imbécil (actor, por más señas) afirmó en las primeras horas que "Occidente asesina diariamente". Y un dirigente del entorno etarra ha declarado que "Europa y Occidente han hecho mucho daño al resto del mundo históricamente." Quienes elevan los crímenes terroristas contra personas desarmadas e inocentes a la categoría de acciones de combate (incluso cuando estas últimas puedan ser en ocasiones éticamente dudosas) no sólo distorsionan la realidad, sino que han perdido por completo su capacidad de discernimiento moral. Entre un bombardeo contra objetivos militares que causa víctimas civiles y el asesinato premeditado de estos existe una diferencia esencial que sólo los prejuicios ideológicos pueden difuminar.
Tenemos, por otro lado, a quienes condenan el terrorismo islamista, pero lo desvinculan del islam o bien lo incluyen dentro de un conjunto de fenómenos más amplio o de otra naturaleza. En alguna tertulia he escuchado incluso que los atentados de París no tienen nada que ver con el islam. Por lo que sabemos, quienes no han tenido nada que ver con los asesinatos han sido los católicos, los budistas y los boy-scouts. Esta actitud puede obedecer a distintas motivaciones: algunos aprovechan para cargar contra todas las religiones, y en especial contra el cristianismo. Existen también personas a las cuales les cuesta encajar el yijadismo en su particular cosmovisión "progresista", para la que el Mal siempre procede de unas entidades difusas que llaman "fascismo" o "neoliberalismo", si es que se avienen a distinguirlas. En este subgrupo encontramos habitualmente a aquellos que parecen poner en el mismo plano la indignación por unos asesinatos tan reales como viles y la preocupación por un nebuloso ascenso de la islamofobia, hasta ahora menos tangible que la judeofobia (que afecta desde hace tiempo a Francia) e incluso que el sectarismo anticristiano que suele pasar por laicismo. A menudo, son los mismos que culpan al racismo, la xenofobia o a la marginación económica de que algunos individuos se conviertan en asesinos.
Lo cierto es que las sociedades occidentales son probablemente las que ofrecen una mayor igualdad de oportunidades a todos los individuos, sea cual sea su sexo, raza o religión. Cualquier niño francés, español, alemán o estadounidense que aproveche la escolarización obligatoria puede gracias a ello, en el futuro, acceder a casi cualquier profesión o empleo cualificado. Es evidente que un chaval de clase alta lo tendrá más fácil que otro cuyos padres se encuentren en el paro y que resida en un barrio donde proliferen las drogas y las bandas. Pero en principio, de su esfuerzo, reflejado en sus calificaciones académicas, depende en gran medida que un día pueda escapar de ese ambiente. No sin cierta frecuencia, es a veces el individuo de origen más humilde quien saca más partido de las oportunidades ofrecidas por el sistema educativo, lo cual demuestra que son más decisivas que las circunstancias, e incluso que las cualidades intelectuales innatas.
Sin embargo, desde hace mucho tiempo, en Occidente, y particularmente desde los propios centros de enseñanza, se viene inculcando una ideología que niega radicalmente lo anterior. Desde la más tierna infancia se adoctrina a los ciudadanos en la idea de que la sociedad (aunque quieren decir el Estado) tiene la obligación de garantizar la máxima igualdad material posible de todos. La escuela, desde este punto de vista, no es ya vista como una oportunidad de prosperar, sino como parte de esa realización de la igualdad. Esto lleva a que aquellos que no aprovechan los estudios, en lugar de culparse a sí mismos por ello, desarrollen un resentimiento perfectamente estéril, en el mejor de los casos, hacia una sociedad a la cual culpan de su automarginación.
No es anecdótica la relación entre el radicalismo de la juventud musulmana en Francia y el rap, una forma de expresión cultural surgida en contextos análogos de rechazo de la responsabilidad sobre la propia vida, alimentados por pedagogos y periodistas imbuidos de concepciones izquierdistas. Los mensajes de "crítica social" que supuestamente transmiten los raperos tienen mucho más de cierta clase de protesta onanista, que encuentra una satisfacción narcótica en culpar siempre a otros de los problemas.
Esta concepción, generalizada a las relaciones internacionales, es por cierto la que lleva a criminalizar a Occidente, convertido en el principal culpable del subdesarrollo e incluso de los conflictos que afectan a otras culturas. El cóctel explosivo se completa denigrando todos los días la herencia judeocristiana, desde las cátedras, las redacciones y los parlamentos. Herencia que es precisamente la que está en la base de los valores que hacen de la persona, y no el colectivo, el centro de la existencia.
Así las cosas, es endiabladamente fácil que la juventud francesa de origen magrebí encuentre en la identidad cultural de sus padres y abuelos una forma de profundizar en ese complejo de externalización de toda culpa, y termine en numerosos casos en la radicalización islamista. Y por si esto no fuera suficiente, no faltarán los periodistas y demagogos que vendrán a darles la razón, confirmándoles que se trata de un problema de racismo o de políticas "neoliberales" que les han condenado al desempleo.
Se cierra así un círculo que conduce a las posiciones apuntadas en primer lugar, las cuales relativizan y a la postre justifican el terrorismo. La lucha contra el yijadismo está indisolublemente ligada, por lo dicho, con la recuperación de nuestra propia identidad occidental, que es tanto como decir liberal y judeocristiana. Una identidad (y no deja de resultar una cruel paradoja) que los propios dibujantes de Charlie Hebdo se esforzaron denodadamente por denigrar. Pese a sus errores, descansen en paz.
Mostrando entradas con la etiqueta Islam. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Islam. Mostrar todas las entradas
lunes, 12 de enero de 2015
La cruel paradoja de París
jueves, 21 de agosto de 2014
Nuestro provincianismo suicida
España se enfrenta a varias amenazas graves. La más inmediata, los intentos de ruptura de la unidad territorial y de la Constitución que proceden del gobierno autónomo de Cataluña. No menos preocupante es que haya surgido con fuerza un nuevo partido político que pretende instaurar entre nosotros un régimen chavista, lo que supondría la destrucción de la clase media y de la democracia. Más lejana por ahora, a 4.800 kilómetros, tenemos el avance brutal del Estado Islámico, que podría desestabilizar Oriente Medio y exportar cientos de yijadistas a Europa, decididos a implantar un Califato de España a Afganistán. Por último, como la mayoría de países europeos, hemos entrado en una recesión demográfica provocada por el descenso de la natalidad (y no simplemente porque "vivimos más", como dicen quienes se niegan a ver la realidad) que nos conducirá a una dramática escasez de población activa en poco más de una generación.
Por si cada una de estas amenazas no fuera lo bastante grave por separado, su simultaneidad las favorece. Una España fragmentada y en barrena demográfica es más vulnerable al avance del yijadismo. No digamos si además se hundiera económicamente por culpa de un régimen como el que ha arruinado Venezuela en quince años. Esto sin hablar de sinergias perversas, como, por poner sólo un ejemplo, el necio ofrecimiento de Artur Mas de permitir la construcción de una gran mezquita en la plaza de toros Monumental de Barcelona, a cambio del apoyo musulmán al separatismo catalán. (¿Recuerdan las palabras de Lenin, "los burgueses nos venderán la soga con la que los ahorcaremos"? Cambien Lenin y burgueses por lo que están pensando.)
Aunque se trata de fenómenos que vienen gestándose desde hace décadas, la culpabilidad de los gobiernos de los últimos diez años, desde los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, es incuestionable. Las concesiones de Zapatero al terrorismo vasco y al nacionalismo catalán; su política exterior, retirándose unilateralmente de Irak y relativizando el terrorismo islámico, al que llegó a comparar con el cambio climático (sic); su empeño en atizar la división social reivindicando el frentepopulismo de los años treinta y promulgando leyes anticatólicas; su desmesura con el gasto público, que agravó los efectos de las crisis financiera e inmobiliaria, legándonos unas administraciones económicamente inviables y corruptas... Todo ello, en esencia prorrogado y hasta agravado fiscalmente por Mariano Rajoy, ha arrojado a la nación a los pies de los caballos del totalitarismo izquierdista incubado en la Complutense y en Caracas, del separatismo filoterrorista, los antisistemas catalanes de la CUP en el parlamento catalán, y al fondo la torva mirada de los carroñeros islamistas, aguardando sin prisas nuestra descomposición final.
Mientras todo esto está sucediendo ante cualquiera que tenga ojos para ver, ¿qué es lo que preocupa al grueso de nuestros políticos y periodistas? La inanidad y frivolidad de buena parte de los asuntos que llenan los informativos y los periódicos son pasmosas. La falta de proporción en el tratamiento de los temas es sencillamente hiriente. Mientras en Irak se está perpetrando un auténtico genocidio de cristianos y otras minorías religiosas, y se esclaviza, mutila genitalmente y viola a las mujeres supervivientes, aquí montamos imbéciles debates sobre el "machismo" que supuestamente padecen las mujeres españolas, salvo que sean de derechas, pues de estas al parecer está bien decir que son tontas.
La falta de perspectiva se llama provincianismo. Si el nacionalismo catalán es un buen ejemplo de tal defecto elevado a niveles de tragicomedia, a nivel de toda España no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra incapacidad para contemplar la realidad con un radio superior a los setecientos kilómetros (salvo para condenar a Israel por combatir a Hamás), y con una escala de tiempo mayor de cuatro años (salvo para derrocar a Franco retrospectivamente), puede acabar teniendo las consecuencias más desgraciadas, si no reaccionamos a tiempo.
Por si cada una de estas amenazas no fuera lo bastante grave por separado, su simultaneidad las favorece. Una España fragmentada y en barrena demográfica es más vulnerable al avance del yijadismo. No digamos si además se hundiera económicamente por culpa de un régimen como el que ha arruinado Venezuela en quince años. Esto sin hablar de sinergias perversas, como, por poner sólo un ejemplo, el necio ofrecimiento de Artur Mas de permitir la construcción de una gran mezquita en la plaza de toros Monumental de Barcelona, a cambio del apoyo musulmán al separatismo catalán. (¿Recuerdan las palabras de Lenin, "los burgueses nos venderán la soga con la que los ahorcaremos"? Cambien Lenin y burgueses por lo que están pensando.)
Aunque se trata de fenómenos que vienen gestándose desde hace décadas, la culpabilidad de los gobiernos de los últimos diez años, desde los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, es incuestionable. Las concesiones de Zapatero al terrorismo vasco y al nacionalismo catalán; su política exterior, retirándose unilateralmente de Irak y relativizando el terrorismo islámico, al que llegó a comparar con el cambio climático (sic); su empeño en atizar la división social reivindicando el frentepopulismo de los años treinta y promulgando leyes anticatólicas; su desmesura con el gasto público, que agravó los efectos de las crisis financiera e inmobiliaria, legándonos unas administraciones económicamente inviables y corruptas... Todo ello, en esencia prorrogado y hasta agravado fiscalmente por Mariano Rajoy, ha arrojado a la nación a los pies de los caballos del totalitarismo izquierdista incubado en la Complutense y en Caracas, del separatismo filoterrorista, los antisistemas catalanes de la CUP en el parlamento catalán, y al fondo la torva mirada de los carroñeros islamistas, aguardando sin prisas nuestra descomposición final.
Mientras todo esto está sucediendo ante cualquiera que tenga ojos para ver, ¿qué es lo que preocupa al grueso de nuestros políticos y periodistas? La inanidad y frivolidad de buena parte de los asuntos que llenan los informativos y los periódicos son pasmosas. La falta de proporción en el tratamiento de los temas es sencillamente hiriente. Mientras en Irak se está perpetrando un auténtico genocidio de cristianos y otras minorías religiosas, y se esclaviza, mutila genitalmente y viola a las mujeres supervivientes, aquí montamos imbéciles debates sobre el "machismo" que supuestamente padecen las mujeres españolas, salvo que sean de derechas, pues de estas al parecer está bien decir que son tontas.
La falta de perspectiva se llama provincianismo. Si el nacionalismo catalán es un buen ejemplo de tal defecto elevado a niveles de tragicomedia, a nivel de toda España no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra incapacidad para contemplar la realidad con un radio superior a los setecientos kilómetros (salvo para condenar a Israel por combatir a Hamás), y con una escala de tiempo mayor de cuatro años (salvo para derrocar a Franco retrospectivamente), puede acabar teniendo las consecuencias más desgraciadas, si no reaccionamos a tiempo.
lunes, 21 de abril de 2014
Comparaciones entre cristianismo e islam
El denominador común entre el judaísmo, el cristianismo y el islam es evidente: las tres religiones se fundan en el concepto de un Creador de todo cuanto existe, un ser omnipotente y eterno que decide libremente (esto es capital) crear el mundo. En mi opinión, y en contra de lo que sostienen la mayoría de ateos y agnósticos, se trata de una creencia absolutamente racional, que en otro lugar he definido como "Absoluto abierto", distinguiéndolo del absoluto cerrado que postulan (a veces, explícitamente) el panteísmo y el materialismo.
Un Dios personal (un Absoluto abierto) implica que el universo ha surgido de la libertad, es decir, que podía haber sido distinto de como es, o incluso no haber existido. En cambio, quienes niegan la existencia de un ser trascendente sólo pueden elegir entre dos opciones.
La primera consiste en negar toda idea de absoluto, lo cual supone que la realidad no puede ser entendida como un todo, y por tanto abre la puerta al irracionalismo y al nihilismo.
La segunda opción distinta del trascendentalismo es identificar la realidad con el absoluto, tal como lo han desarrollado Spinoza, Hegel o Marx. En los sistemas de estos pensadores, todo cuanto sucede en el universo y en la historia no es más que el desenvolvimiento necesario (no libre) de una realidad primordial, la llamemos sustancia, idea o materia. Todo lo que sucede es por tanto igualmente necesario, está de algún modo predeterminado o prefigurado.
De ahí se infiere que, en última instancia, lo que hagan los individuos carece de importancia. Existen unas fuerzas históricas suprapersonales que debemos acatar, porque si no lo hacemos, de todos modos nos pasarán por encima, y quedaremos como unos reaccionarios que no tuvieron la lucidez suficiente para reconocer el sentido irresistible de la historia. Esencialmente, lo que hoy suele entenderse por progresismo suele ser una forma trivial de este aserto.
Por el contrario, los tres grandes monoteísmos (que, al menos nominalmente, son profesados por más de la mitad de los habitantes del planeta) consideran que lo que hagamos cada uno de nosotros sí tiene una importancia decisiva (habrá que exceptuar, sin embargo, a los luteranos que siguen admitiendo la Sola gratia y la Sola fide), que nuestra salvación está en juego y que es ante todo una cuestión personal.
Ahora bien, admitido este núcleo básico del monoteísmo, las diferencias entre las tres religiones, y especialmente entre el judaísmo y el cristianismo por un lado, y el islam por el otro, son manifiestamente enormes, por lo que cabe preguntarse si es posible siquiera un mínimo entendimiento sobre la base del teísmo, el cual nos permita conjurar (al menos, en sus manifestaciones cruentas) el "choque de civilizaciones" analizado por Samuel Huntington en su célebre libro de los años noventa.
Para hallar un principio de respuesta a esta pregunta, deberíamos ante todo examinar tres concepciones básicas sobre la relación entre cristianismo e islam, que suelen sostenerse desde el progresismo, aunque las han interiorizado también numerosos creyentes.
La primera, crítica con la religión en general y con el cristianismo en particular, sostiene que este es una religión tan intolerante como el islam, y que las diferencias sociopolíticas entre Occidente y el mundo musulmán deben imputarse exclusivamente al proceso de secularización experimentado por el primero.
La segunda, menos beligerante contra las religiones, sostiene que el islam es una religión de paz, de la que los occidentales desconfiamos debido a nuestros prejuicios xenófobos.
Por último, la tercera, por ahora muy minoritaria, afirma todo lo contrario que las dos anteriores: que el islam es algo esencialmente distinto del cristianismo, hasta el punto de que le sería incluso más fácil, al primero, entenderse con el ateísmo. Aunque parece una posición extravagante, ha sido sostenida por el musulmán español Abdelmumin Aya (Vicente Haya) en su libro Islam sin Dios. Creo que las ideas de Aya, aunque más que discutibles, son sin embargo iluminadoras de esta cuestión. Pero antes, digamos brevemente algo acerca de las otras dos posiciones, mucho más difundidas.
La idea de que el cristianismo es una doctrina opresiva e intolerante es la preferida, con todos los matices que se quiera, de los progresistas. Ello les lleva a exagerar las semejanzas más superficiales entre el judeocristianismo y el islam, con el objetivo poco o nada disimulado de desacreditar al primero. Los ejemplos de esta postura son inacabables, pero por poner sólo uno reciente, valen las declaraciones de una diputada del PSOE, que con ocasión de las procesiones de la Semana Santa, ha comparado a quienes participan en ellas junto a sus hijos con los islamistas.
Esta comparación, claro es, no se sostiene ni un minuto. La diferencia fundamental entre un cristiano y un musulmán, desde un punto de vista social, es que el primero no tendrá ningún problema, en el siglo XXI, en dejar de profesar su religión cuando quiera, e incluso en renegar de ella, mientras que abandonar el islam públicamente es exponerse a penas de cárcel e incluso a la ejecución. Cualquier afirmación que no tenga en cuenta este dato, aunque sea al menos para explicarlo por causas sociales ajenas al cristianismo, sólo puede calificarse como juego sucio dialéctico.
Esto vale también para la segunda actitud, la de quienes se muestran más comprensivos con el islam, esforzándose por distinguirlo de sus manifestaciones más integristas y del terrorismo islamista. Aunque es posible que muchos musulmanes desaprueben la violencia y la intolerancia, lo menos que puede decirse es que tampoco demuestran ser especialmente pacíficos. Como señaló el citado Huntington, la mayoría de conflictos armados que hay en el mundo están protagonizados, al menos en una de las partes, por musulmanes:
"Donde quiera que miremos a lo largo del perímetro del islam, los musulmanes tienen problemas para vivir pacíficamente con sus vecinos. (...) [E]n los años noventa han estado más implicados que la gente de ninguna otra civilización en la violencia intergrupal. Las pruebas son aplastantes." (Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Barcelona, 1997, p. 307.)
El politólogo norteamericano apunta varias causas de esta conflictividad (ver pp. 315-318), sobre las que no me extenderé. Baste señalar dos: Una, que desde el principio el islam ha sido una religión "glorificadora de la espada". El propio Mahoma, en abierto contraste con Jesucristo, "es recordado como un guerrero duro y un diestro caudillo militar." Tanto el Corán como otras fuentes de las creencias musulmanas "contienen pocas prohibiciones de la violencia, y el concepto de no violencia está ausente de la doctrina y la práctica musulmanas." La otra causa es que el islam funde religión y política de un modo que dificulta extraordinariamente la convivencia multicultural, ya de por sí difícil, en cualquier caso.
Lo anterior se resume en que los intentos intelectuales de aproximar cristianismo e islam, bienintencionados o no, entrañan serias dificultades. ¿Significa esto que el islam es una religión a la cual no podríamos aplicar nuestras categorías de pensamiento occidental? Esta es la tesis del libro antes mencionado de Abdelmumin Aya, Islam sin Dios, del que se puede encontrar un resumen aquí. Para este autor, ni siquiera es válido traducir Allâh como Dios; de ahí la aparente paradoja del título. El cristiano concibe a Dios como algo distinto del mundo, mientras que el musulmán considera que no existe nada aparte de Alá. En un debate digital mantenido hace unos años, Aya (Vicente Haya) ya lo exponía con claridad:
"Allâh no es Dios. Excepto excepcionales (sic) intuiciones de Allâh, como las de Eckhardt, Silesius, Boëhme, Teilhard de Chardin... el Dios de la Iglesia es una caricatura para el musulmán, es la proyección cósmica de las frustraciones del hombre. Por eso decimos que Allâh no es Dios. Ser Dios supone ser Dios frente a algo que no es Dios. Pero frente a Allâh no hay nada. Allâh y el mundo no pueden ponerse en frente. Sólo existe Allâh y el mundo existe en la medida que exista en Allâh."
Esto explicaría, según Haya, por qué el ateísmo es un fenómeno exclusivamente occidental. Dios es una idea, y como tal puede ser puesto en duda. En cambio, Alá es un "anticoncepto", algo que no puede ser distinguido de la propia realidad, de la experiencia. El ateo que sostiene que sólo cree en la realidad, no está diciendo nada que no comparta cualquier musulmán.
De lo anterior se deducen implicaciones importantes para la moral. El islam no admite el dualismo entre el mundo sensible y el espíritu, entre la naturaleza y Alá, de ahí que la cultura islámica valore positivamente la sensualidad, mientras que el cristianismo, especialmente el catolicismo, denigra el placer. "El musulmán ama la vida", dice Haya, y por ello, al igual que los ateos occidentales, rechaza a un "Dios de muerte" que acepta ser crucificado.
Las peregrinas conclusiones que extrae Haya sobre las relaciones entre Occidente y el islam son que el primero "tiene que cambiar su política con el Tercer Mundo", porque su "explotación" sólo puede causar "violencia y más violencia".
Algunos comentarios. Por un lado, y esto lo reconoce el propio Aya/Haya en su reciente libro, su concepción sobre el islam no será compartida por todos los musulmanes. Lo cual no hace falta que nos lo jure. Las concordancias que él encuentra entre el ateísmo y el islam real son a todas luces excesivamente forzadas. El cuadro idílico que nos traza del islam sensual de Las mil y una noches, en el cual los cristianos "sinceros" e incluso los ateos son respetados siempre que no sean "destructivos" (no aclara lo que significa esto), suena más bien a humor negro. Cuando sostiene que en el islam no hay ateos, resulta inevitable recordar aquella ocasión en que Ahmadineyah dijo que en Irán no había homosexuales. Bien, quizás no los hay que se atrevan a "salir del armario", exponiéndose a ser ahorcados.
Por lo demás, sus afirmaciones sobre la tolerancia del islam hacia las minorías, y sobre las malvadas multinacionales occidentales, incurren en la clase de victimismo embaucador a la que ya nos tienen acostumbrados los propagandistas vulgares y los tontos útiles del islamismo, y no me detendré aquí en ellas.
Profundizando más en la crítica de la tesis de Haya, debe decirse que su concepción del cristianismo como enemigo de la vida (supongo que inspirada en Nietzsche), es un buen ejemplo de la falacia del hombre de paja. Es cierto que el cristianismo consiste en un dualismo fundamental entre "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo", como decía Pascal. Pero este dualismo no entraña una denigración de la vida, sino todo lo contrario: es quien reduce esta existencia a sensualidad quien la empobrece, quien la convierte en un mero fenómeno biológico, que en última instancia no es más que una evolución de la materia inerte, destinada a volver a ella. Opuestamente, Jesucristo nos dice: "El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada." (Juan, 6, 63.) Y más adelante: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida." (Juan, 14, 6.) Es decir, para el cristianismo la vida viene de Dios; es por tanto una realidad mucho más profunda que sus meras manifestaciones orgánicas. La realidad primordial no es el nivel físico-químico, sino el espíritu, que es la vida auténtica.
Sin embargo, puede que las ideas de Haya sobre el islam no estén desprovistas por completo de verdad. Aunque no creemos que el islam sea de facto como él lo interpreta, tal vez no vaya tan desencaminada su distinción entre Dios y Alá. Es decir, que exista una secreta tendencia (aunque rara vez del todo realizada) del islam hacia el panteísmo o el materialismo, es decir, a negar la trascendencia de Dios, partiendo de un punto distinto del ateo o del panteísta, pero con unos resultados coincidentes. El musulmán, al rechazar siquiera la posibilidad de pensar el mundo independientemente de Alá, lo que de hecho está haciendo es absorberlo en el seno de su deidad, al modo de Spinoza. Esto, en lugar de constituir un acierto, como lo ve Haya, sería el error fundamental al cual está abocado el islam, en la medida en que trata de radicalizar sus diferencias con el judeocristianismo.
Si negamos el dualismo esencial entre el Creador y lo creado, como pretende Haya con su particular forma de entender el islam, ciertas características de la cultura y la sociedad islámicas parecen encajar de un modo esclarecedor. Al no distinguirse Alá de la realidad, esta no es verdaderamente inteligible. Ello compromete gravemente la posibilidad del pensamiento científico, que surgió en Europa en el siglo XVII, a partir de la idea de un Creador racional, que establece sabiamente las leyes de la naturaleza, en contraste con una suerte de sátrapa que actuara mediante mandatos arbitrarios e imprevisibles.
Al mismo tiempo, si Dios es algo distinto del mundo, cualquier intento de establecer una sociedad perfecta será contradictoria y condenada por ello al fracaso, pues la perfección no existe en este mundo. Esto generalmente ha alejado al cristianismo, en mucha mayor medida que al islam (aunque no siempre) de las tentaciones teocráticas.
Por último, un Alá irracional, que se sitúa por encima del bien y del mal, tal como pueden ser aprehendidos por la razón humana, da pie también -más fácilmente que otras religiones- a que cualquier atrocidad, como los atentados del 11-S, pueda ser justificada en su nombre. Por encima de todo, "Alá es grande", y cualquier otra concepción que no parta de su voluntad absoluta, sino de su carácter inteligible y moral, carecería de sentido para el musulmán.
Terminemos planteándonos de nuevo la pregunta que nos habíamos formulado antes. ¿Podemos ver en el teísmo, desnudo de cualquier revelación, un principio de encuentro entre el judeocristianismo y el islam? Si este último lo entendemos a la manera de Abdelmumin Aya, la cosa sería realmente difícil. Para el musulmán, el Dios cristiano no sería más que una caricatura inadmisible de Alá, que no puede ser aprehendido con categorías racionales, y que no admite ningún dualismo, es decir, la consideración de ninguna realidad más allá de la divinidad.
Por el contrario, creemos que Aya, pese a captar una cierta posibilidad o tendencia íntima, se ha fabricado un islam monista y nietzscheano a su medida, que tiene mucho más de imaginario que de algo reconocible por los propios musulmanes.
Esto nos sugiere que, en la medida que el islam no se encastille en el rechazo del dualismo entre el Creador y lo creado (y para ello no creo que tuviera que renunciar a nada idiosincrásico), podría ser capaz de integrar la idea del Absoluto abierto, que es acaso el fundamento intelectual último de una sociedad abierta, basada en la racionalidad y la libertad.
Esa sería la buena noticia. Quizás la mala estriba en que los musulmanes, demasiado obsesionados por preservar lo que ellos creen que es su identidad amenazada, pueden verse tentados por el nihilismo para distinguirse más radicalmente de Occidente. Lo irónico de todo ello sería que, dada la deriva nihilista de nuestra propia civilización, ni conseguirían lo que pretenden, ni se pondrían las bases de ningún diálogo, que no tiene otro fundamento que la racionalidad. Y los occidentales no tenemos ninguna culpa de que la racionalidad sea un elemento consustancial al judeocristianismo.
Un Dios personal (un Absoluto abierto) implica que el universo ha surgido de la libertad, es decir, que podía haber sido distinto de como es, o incluso no haber existido. En cambio, quienes niegan la existencia de un ser trascendente sólo pueden elegir entre dos opciones.
La primera consiste en negar toda idea de absoluto, lo cual supone que la realidad no puede ser entendida como un todo, y por tanto abre la puerta al irracionalismo y al nihilismo.
La segunda opción distinta del trascendentalismo es identificar la realidad con el absoluto, tal como lo han desarrollado Spinoza, Hegel o Marx. En los sistemas de estos pensadores, todo cuanto sucede en el universo y en la historia no es más que el desenvolvimiento necesario (no libre) de una realidad primordial, la llamemos sustancia, idea o materia. Todo lo que sucede es por tanto igualmente necesario, está de algún modo predeterminado o prefigurado.
De ahí se infiere que, en última instancia, lo que hagan los individuos carece de importancia. Existen unas fuerzas históricas suprapersonales que debemos acatar, porque si no lo hacemos, de todos modos nos pasarán por encima, y quedaremos como unos reaccionarios que no tuvieron la lucidez suficiente para reconocer el sentido irresistible de la historia. Esencialmente, lo que hoy suele entenderse por progresismo suele ser una forma trivial de este aserto.
Por el contrario, los tres grandes monoteísmos (que, al menos nominalmente, son profesados por más de la mitad de los habitantes del planeta) consideran que lo que hagamos cada uno de nosotros sí tiene una importancia decisiva (habrá que exceptuar, sin embargo, a los luteranos que siguen admitiendo la Sola gratia y la Sola fide), que nuestra salvación está en juego y que es ante todo una cuestión personal.
Ahora bien, admitido este núcleo básico del monoteísmo, las diferencias entre las tres religiones, y especialmente entre el judaísmo y el cristianismo por un lado, y el islam por el otro, son manifiestamente enormes, por lo que cabe preguntarse si es posible siquiera un mínimo entendimiento sobre la base del teísmo, el cual nos permita conjurar (al menos, en sus manifestaciones cruentas) el "choque de civilizaciones" analizado por Samuel Huntington en su célebre libro de los años noventa.
Para hallar un principio de respuesta a esta pregunta, deberíamos ante todo examinar tres concepciones básicas sobre la relación entre cristianismo e islam, que suelen sostenerse desde el progresismo, aunque las han interiorizado también numerosos creyentes.
La primera, crítica con la religión en general y con el cristianismo en particular, sostiene que este es una religión tan intolerante como el islam, y que las diferencias sociopolíticas entre Occidente y el mundo musulmán deben imputarse exclusivamente al proceso de secularización experimentado por el primero.
La segunda, menos beligerante contra las religiones, sostiene que el islam es una religión de paz, de la que los occidentales desconfiamos debido a nuestros prejuicios xenófobos.
Por último, la tercera, por ahora muy minoritaria, afirma todo lo contrario que las dos anteriores: que el islam es algo esencialmente distinto del cristianismo, hasta el punto de que le sería incluso más fácil, al primero, entenderse con el ateísmo. Aunque parece una posición extravagante, ha sido sostenida por el musulmán español Abdelmumin Aya (Vicente Haya) en su libro Islam sin Dios. Creo que las ideas de Aya, aunque más que discutibles, son sin embargo iluminadoras de esta cuestión. Pero antes, digamos brevemente algo acerca de las otras dos posiciones, mucho más difundidas.
La idea de que el cristianismo es una doctrina opresiva e intolerante es la preferida, con todos los matices que se quiera, de los progresistas. Ello les lleva a exagerar las semejanzas más superficiales entre el judeocristianismo y el islam, con el objetivo poco o nada disimulado de desacreditar al primero. Los ejemplos de esta postura son inacabables, pero por poner sólo uno reciente, valen las declaraciones de una diputada del PSOE, que con ocasión de las procesiones de la Semana Santa, ha comparado a quienes participan en ellas junto a sus hijos con los islamistas.
Esta comparación, claro es, no se sostiene ni un minuto. La diferencia fundamental entre un cristiano y un musulmán, desde un punto de vista social, es que el primero no tendrá ningún problema, en el siglo XXI, en dejar de profesar su religión cuando quiera, e incluso en renegar de ella, mientras que abandonar el islam públicamente es exponerse a penas de cárcel e incluso a la ejecución. Cualquier afirmación que no tenga en cuenta este dato, aunque sea al menos para explicarlo por causas sociales ajenas al cristianismo, sólo puede calificarse como juego sucio dialéctico.
Esto vale también para la segunda actitud, la de quienes se muestran más comprensivos con el islam, esforzándose por distinguirlo de sus manifestaciones más integristas y del terrorismo islamista. Aunque es posible que muchos musulmanes desaprueben la violencia y la intolerancia, lo menos que puede decirse es que tampoco demuestran ser especialmente pacíficos. Como señaló el citado Huntington, la mayoría de conflictos armados que hay en el mundo están protagonizados, al menos en una de las partes, por musulmanes:
"Donde quiera que miremos a lo largo del perímetro del islam, los musulmanes tienen problemas para vivir pacíficamente con sus vecinos. (...) [E]n los años noventa han estado más implicados que la gente de ninguna otra civilización en la violencia intergrupal. Las pruebas son aplastantes." (Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Barcelona, 1997, p. 307.)
El politólogo norteamericano apunta varias causas de esta conflictividad (ver pp. 315-318), sobre las que no me extenderé. Baste señalar dos: Una, que desde el principio el islam ha sido una religión "glorificadora de la espada". El propio Mahoma, en abierto contraste con Jesucristo, "es recordado como un guerrero duro y un diestro caudillo militar." Tanto el Corán como otras fuentes de las creencias musulmanas "contienen pocas prohibiciones de la violencia, y el concepto de no violencia está ausente de la doctrina y la práctica musulmanas." La otra causa es que el islam funde religión y política de un modo que dificulta extraordinariamente la convivencia multicultural, ya de por sí difícil, en cualquier caso.
Lo anterior se resume en que los intentos intelectuales de aproximar cristianismo e islam, bienintencionados o no, entrañan serias dificultades. ¿Significa esto que el islam es una religión a la cual no podríamos aplicar nuestras categorías de pensamiento occidental? Esta es la tesis del libro antes mencionado de Abdelmumin Aya, Islam sin Dios, del que se puede encontrar un resumen aquí. Para este autor, ni siquiera es válido traducir Allâh como Dios; de ahí la aparente paradoja del título. El cristiano concibe a Dios como algo distinto del mundo, mientras que el musulmán considera que no existe nada aparte de Alá. En un debate digital mantenido hace unos años, Aya (Vicente Haya) ya lo exponía con claridad:
"Allâh no es Dios. Excepto excepcionales (sic) intuiciones de Allâh, como las de Eckhardt, Silesius, Boëhme, Teilhard de Chardin... el Dios de la Iglesia es una caricatura para el musulmán, es la proyección cósmica de las frustraciones del hombre. Por eso decimos que Allâh no es Dios. Ser Dios supone ser Dios frente a algo que no es Dios. Pero frente a Allâh no hay nada. Allâh y el mundo no pueden ponerse en frente. Sólo existe Allâh y el mundo existe en la medida que exista en Allâh."
Esto explicaría, según Haya, por qué el ateísmo es un fenómeno exclusivamente occidental. Dios es una idea, y como tal puede ser puesto en duda. En cambio, Alá es un "anticoncepto", algo que no puede ser distinguido de la propia realidad, de la experiencia. El ateo que sostiene que sólo cree en la realidad, no está diciendo nada que no comparta cualquier musulmán.
De lo anterior se deducen implicaciones importantes para la moral. El islam no admite el dualismo entre el mundo sensible y el espíritu, entre la naturaleza y Alá, de ahí que la cultura islámica valore positivamente la sensualidad, mientras que el cristianismo, especialmente el catolicismo, denigra el placer. "El musulmán ama la vida", dice Haya, y por ello, al igual que los ateos occidentales, rechaza a un "Dios de muerte" que acepta ser crucificado.
Las peregrinas conclusiones que extrae Haya sobre las relaciones entre Occidente y el islam son que el primero "tiene que cambiar su política con el Tercer Mundo", porque su "explotación" sólo puede causar "violencia y más violencia".
Algunos comentarios. Por un lado, y esto lo reconoce el propio Aya/Haya en su reciente libro, su concepción sobre el islam no será compartida por todos los musulmanes. Lo cual no hace falta que nos lo jure. Las concordancias que él encuentra entre el ateísmo y el islam real son a todas luces excesivamente forzadas. El cuadro idílico que nos traza del islam sensual de Las mil y una noches, en el cual los cristianos "sinceros" e incluso los ateos son respetados siempre que no sean "destructivos" (no aclara lo que significa esto), suena más bien a humor negro. Cuando sostiene que en el islam no hay ateos, resulta inevitable recordar aquella ocasión en que Ahmadineyah dijo que en Irán no había homosexuales. Bien, quizás no los hay que se atrevan a "salir del armario", exponiéndose a ser ahorcados.
Por lo demás, sus afirmaciones sobre la tolerancia del islam hacia las minorías, y sobre las malvadas multinacionales occidentales, incurren en la clase de victimismo embaucador a la que ya nos tienen acostumbrados los propagandistas vulgares y los tontos útiles del islamismo, y no me detendré aquí en ellas.
Profundizando más en la crítica de la tesis de Haya, debe decirse que su concepción del cristianismo como enemigo de la vida (supongo que inspirada en Nietzsche), es un buen ejemplo de la falacia del hombre de paja. Es cierto que el cristianismo consiste en un dualismo fundamental entre "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo", como decía Pascal. Pero este dualismo no entraña una denigración de la vida, sino todo lo contrario: es quien reduce esta existencia a sensualidad quien la empobrece, quien la convierte en un mero fenómeno biológico, que en última instancia no es más que una evolución de la materia inerte, destinada a volver a ella. Opuestamente, Jesucristo nos dice: "El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada." (Juan, 6, 63.) Y más adelante: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida." (Juan, 14, 6.) Es decir, para el cristianismo la vida viene de Dios; es por tanto una realidad mucho más profunda que sus meras manifestaciones orgánicas. La realidad primordial no es el nivel físico-químico, sino el espíritu, que es la vida auténtica.
Sin embargo, puede que las ideas de Haya sobre el islam no estén desprovistas por completo de verdad. Aunque no creemos que el islam sea de facto como él lo interpreta, tal vez no vaya tan desencaminada su distinción entre Dios y Alá. Es decir, que exista una secreta tendencia (aunque rara vez del todo realizada) del islam hacia el panteísmo o el materialismo, es decir, a negar la trascendencia de Dios, partiendo de un punto distinto del ateo o del panteísta, pero con unos resultados coincidentes. El musulmán, al rechazar siquiera la posibilidad de pensar el mundo independientemente de Alá, lo que de hecho está haciendo es absorberlo en el seno de su deidad, al modo de Spinoza. Esto, en lugar de constituir un acierto, como lo ve Haya, sería el error fundamental al cual está abocado el islam, en la medida en que trata de radicalizar sus diferencias con el judeocristianismo.
Si negamos el dualismo esencial entre el Creador y lo creado, como pretende Haya con su particular forma de entender el islam, ciertas características de la cultura y la sociedad islámicas parecen encajar de un modo esclarecedor. Al no distinguirse Alá de la realidad, esta no es verdaderamente inteligible. Ello compromete gravemente la posibilidad del pensamiento científico, que surgió en Europa en el siglo XVII, a partir de la idea de un Creador racional, que establece sabiamente las leyes de la naturaleza, en contraste con una suerte de sátrapa que actuara mediante mandatos arbitrarios e imprevisibles.
Al mismo tiempo, si Dios es algo distinto del mundo, cualquier intento de establecer una sociedad perfecta será contradictoria y condenada por ello al fracaso, pues la perfección no existe en este mundo. Esto generalmente ha alejado al cristianismo, en mucha mayor medida que al islam (aunque no siempre) de las tentaciones teocráticas.
Por último, un Alá irracional, que se sitúa por encima del bien y del mal, tal como pueden ser aprehendidos por la razón humana, da pie también -más fácilmente que otras religiones- a que cualquier atrocidad, como los atentados del 11-S, pueda ser justificada en su nombre. Por encima de todo, "Alá es grande", y cualquier otra concepción que no parta de su voluntad absoluta, sino de su carácter inteligible y moral, carecería de sentido para el musulmán.
Terminemos planteándonos de nuevo la pregunta que nos habíamos formulado antes. ¿Podemos ver en el teísmo, desnudo de cualquier revelación, un principio de encuentro entre el judeocristianismo y el islam? Si este último lo entendemos a la manera de Abdelmumin Aya, la cosa sería realmente difícil. Para el musulmán, el Dios cristiano no sería más que una caricatura inadmisible de Alá, que no puede ser aprehendido con categorías racionales, y que no admite ningún dualismo, es decir, la consideración de ninguna realidad más allá de la divinidad.
Por el contrario, creemos que Aya, pese a captar una cierta posibilidad o tendencia íntima, se ha fabricado un islam monista y nietzscheano a su medida, que tiene mucho más de imaginario que de algo reconocible por los propios musulmanes.
Esto nos sugiere que, en la medida que el islam no se encastille en el rechazo del dualismo entre el Creador y lo creado (y para ello no creo que tuviera que renunciar a nada idiosincrásico), podría ser capaz de integrar la idea del Absoluto abierto, que es acaso el fundamento intelectual último de una sociedad abierta, basada en la racionalidad y la libertad.
Esa sería la buena noticia. Quizás la mala estriba en que los musulmanes, demasiado obsesionados por preservar lo que ellos creen que es su identidad amenazada, pueden verse tentados por el nihilismo para distinguirse más radicalmente de Occidente. Lo irónico de todo ello sería que, dada la deriva nihilista de nuestra propia civilización, ni conseguirían lo que pretenden, ni se pondrían las bases de ningún diálogo, que no tiene otro fundamento que la racionalidad. Y los occidentales no tenemos ninguna culpa de que la racionalidad sea un elemento consustancial al judeocristianismo.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Una explicación más profunda
La enfermedad profesional del corresponsal de guerra, ya lo sabíamos, es el antiamericanismo. Un ejemplo prototípico es Mercedes Cabrera, cronista de la guerra de Irak, a la que el malvado ejército yanqui permitió sin embargo ir “empotrada”, como se dice en el argot, en sus filas. En uno de sus textos, la periodista de Vocento llegaba a comparar las víctimas del 11-S con las víctimas civiles de esa guerra. Es decir, implícitamente equiparaba el terrorismo con una intervención militar, que es exactamente como quieren que lo veamos los terroristas. Mucha gente, manipulada y agitada por la propaganda izquierdosa, interpretaría poco después del mismo modo los atentados de Madrid. Dijeron que el gobierno de Aznar mintió sobre su autoría, pero si no hubieran pensado, insinuado –y hasta enunciado crudamente– que el 11-M fue un acto de guerra, no hubieran exigido a ninguna administración que resolviera el caso antes de 24 horas, ni la SER se hubiera atrevido a inventarse la falsa noticia de los terroristas suicidas. El mensaje de la chusma izquierdista era evidente: “¿Veis lo que nos ha pasado por la estúpida guerra de Bush y Aznar?” Que es algo así como si alguien dijera, ante un atentado de ETA: “¿Veis lo que pasa por no respetar el derecho de autodeterminación de los vascos?”
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.
No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.
Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...
Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.
Etiquetas:
11-M,
11-S,
Derecha,
Estados Unidos,
Guerra de Iraq,
Islam,
Izquierda,
Terrorismo
domingo, 11 de septiembre de 2011
Columnista de El País compara al Tea Party con Al-Qaeda
"Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos", admite Moisés Naím. ¡Cómo! Si yo pensaba que Sarah Palin ya había abatido a tiros a unos cuantos opositores con su M16... "Pero... [prosigue] este grupo de radicales... es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional."
A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:
No apoyan las medidas económicas de Obama,
cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,
están en contra del sistema público de Seguridad Social,
están a favor de la pena de muerte,
cuestionan a Darwin,
"insultan" a Keynes,
están a favor de la libertad de posesión de armas,
defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...
Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.
Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!
Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.
La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.
Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.
A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:
No apoyan las medidas económicas de Obama,
cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,
están en contra del sistema público de Seguridad Social,
están a favor de la pena de muerte,
cuestionan a Darwin,
"insultan" a Keynes,
están a favor de la libertad de posesión de armas,
defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...
Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.
Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!
Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.
La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.
Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.
Etiquetas:
11-S,
Cambio Climático,
Estados Unidos,
Evolucionismo,
Islam,
Izquierda,
Religión
domingo, 31 de julio de 2011
#echalelaculpaaoccidente
Inmediatamente después de la matanza de Noruega, muchos medios la atribuyeron al terrorismo islámico. A medida que llegaba más información, esta explicación fue rectificada. En las primeras horas, un periódico escandinavo habló de "fundamentalismo cristiano", y algunos todavía siguen repitiéndolo, a pesar de que tampoco es cierto. El asesino noruego, Anders Breivik, ha expuesto con detalle su ideología, de tipo nacionalista, desmarcándose explícitamente de cualquier modelo teocrático, como los que sí defienden los terroristas islamistas.
Sin embargo, aunque ya nadie habla de terrorismo islámico en relación a esa tragedia, los especialistas en la denuncia de la islamofobia, como la periodista Mónica G. Prieto, siguen en sus trece. ¿Quién puede pensar que un atentado podría ser obra de islamistas, sino quien abriga prejuicios contra el islam? En un breve reportaje publicado en El Mundo se hace eco de la iniciativa de una musulmana, creadora del hashtag irónico #blamethemuslims (échale la culpa a los musulmanes). Los musulmanes tienen la culpa de todo, de que se te derrame la cerveza, de que Inglaterra perdiera el Mundial de Fútbol o de que te abandone la mujer. Supuestamente, muy gracioso.
Puedo comprender que un musulmán se sienta mal porque mucha gente, desde el 11-S, lo mire con poca simpatía. Pero ¿quién tiene la principal culpa de ello? ¿Los terroristas que en nombre del islam estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas o los posibles prejuicios antimusulmanes de la gente? Sinceramente, lo que a muchos nos mosquea es que los musulmanes dediquen más tiempo a hacerse las víctimas de la xenofobia, real o imaginaria, que a protestar por las atrocidades cometidas por algunos de sus correligionarios. Por supuesto que los musulmanes no tienen la culpa de todo, y que la inmensa mayoría no son terroristas. Pero un poco de autocrítica, solo un poco, tampoco les vendría mal. No vamos a exigirles, claro está, que lleguen a los extremos de autoculpabilización de Occidente, que por supuesto sí que tiene la culpa de todo: la pobreza en el mundo, el calentamiento global, el conflicto palestino-israelí, etc. #echalelaculpaaoccidente.
Sin embargo, aunque ya nadie habla de terrorismo islámico en relación a esa tragedia, los especialistas en la denuncia de la islamofobia, como la periodista Mónica G. Prieto, siguen en sus trece. ¿Quién puede pensar que un atentado podría ser obra de islamistas, sino quien abriga prejuicios contra el islam? En un breve reportaje publicado en El Mundo se hace eco de la iniciativa de una musulmana, creadora del hashtag irónico #blamethemuslims (échale la culpa a los musulmanes). Los musulmanes tienen la culpa de todo, de que se te derrame la cerveza, de que Inglaterra perdiera el Mundial de Fútbol o de que te abandone la mujer. Supuestamente, muy gracioso.
Puedo comprender que un musulmán se sienta mal porque mucha gente, desde el 11-S, lo mire con poca simpatía. Pero ¿quién tiene la principal culpa de ello? ¿Los terroristas que en nombre del islam estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas o los posibles prejuicios antimusulmanes de la gente? Sinceramente, lo que a muchos nos mosquea es que los musulmanes dediquen más tiempo a hacerse las víctimas de la xenofobia, real o imaginaria, que a protestar por las atrocidades cometidas por algunos de sus correligionarios. Por supuesto que los musulmanes no tienen la culpa de todo, y que la inmensa mayoría no son terroristas. Pero un poco de autocrítica, solo un poco, tampoco les vendría mal. No vamos a exigirles, claro está, que lleguen a los extremos de autoculpabilización de Occidente, que por supuesto sí que tiene la culpa de todo: la pobreza en el mundo, el calentamiento global, el conflicto palestino-israelí, etc. #echalelaculpaaoccidente.
martes, 26 de julio de 2011
La ideología de Breivik
Anders B. Breivik, poco antes de perpetrar las matanzas de Oslo y Utoya, había publicado en internet un libro titulado 2082. A European Declaration of Independence. Se trata de la obra de un perturbado, que a lo largo de 1.500 páginas (gran parte de ellas, extractos tomados de otros autores) no solo expresa su ideología personal (ultraderechismo identitario), sino que entra en minuciosos detalles de un plan delirante para imponer en Europa dictaduras temporales afines a sus ideas, mediante las armas, incluyendo el ántrax y las bombas nucleares. Para dar una idea del grado de delirio alcanzado por Breivik, baste señalar que llega a calcular en 400.000 el número de personas pertenecientes al establishment político-intelectual que deberán ser "ejecutadas" en Europa Occidental en las próximas décadas. De ellas, 47.167 serían españolas (pág. 932). Ni una más ni una menos.
Aunque el propio asesino gusta de denominar a su ideología "conservadurismo cultural", en realidad no hay nada más alejado del conservadurismo que un plan para transformar la sociedad violentamente como el que se describe en ese libro, con medidas del totalitarismo clásico como matanzas, deportaciones, restricciones a la natalidad, etc. ¡Incluso aunque fuera para imponer ideas supuestamente conservadoras! Breivik es tan "conservador" como lo eran Hitler, o Bin Laden, por mucho que asegure no simpatizar con el primero y que se muestre radicalmente antiislámico. También Hitler era antibolchevique, y sin embargo el régimen nacional-socialista compartía más elementos con la Rusia soviética que con el parlamentarismo burgués.
El criminal noruego no puede ser calificado tampoco de "fundamentalista cristiano", como han hecho algunos medios con suma ligereza. Breivik deja claro que el cristianismo, para él, es un elemento de la identidad europea, pero que no ve imprescindible la creencia en Dios o en Cristo. En la página 1.361 de su mamotreto afirma claramente que no defiende un modelo teocrático; su referencia se encuentra en sociedades monoculturales como Japón o Corea del Sur, que no son cristianas, precisamente.
El núcleo de la ideología de Breivik es el nacionalismo paneuropeo. En este sentido, coincide con uno de los rasgos esenciales de los movimientos neonazis. Dice que no considera a Hitler un héroe, sino un "traidor". Pero da la sensación de que le culpa más bien por su fracaso que por sus crímenes. El asesino escandinavo responsabiliza al nazismo (no sin cierta razón, por otra parte) de haber prestado gran parte de su fuerza a la corrección política multiculturalista, hoy imperante, que impide prácticamente cualquier defensa intelectual de la cultura occidental sin que uno sea tachado de eurocéntrico y xenófobo. Si bien es verdad que en el libro muestra su apoyo a Israel (entendido como un bastión contra la yijad), su crítica del antisemitismo no es de lo más tranquilizadora. Viene a decir, en pocas palabras, que no existe un "problema judío" en Europa porque hay pocos judíos.
En resumen, Breivik, por mucho que se distancie del neonazismo (más por razones estéticas y tácticas que éticas), es un fascista. Por una vez, no yerran quienes hablan de ultraderecha, dejando de lado la imprecisión del término. Pero a partir de esto muchos jugarán a criminalizar toda crítica razonable al islam y a la izquierda. Es como si no se pudiera ser anticomunista porque Hitler o Bin Laden también lo eran, a su manera. La trampa no solo es burda, sino además muy vieja.
Aunque el propio asesino gusta de denominar a su ideología "conservadurismo cultural", en realidad no hay nada más alejado del conservadurismo que un plan para transformar la sociedad violentamente como el que se describe en ese libro, con medidas del totalitarismo clásico como matanzas, deportaciones, restricciones a la natalidad, etc. ¡Incluso aunque fuera para imponer ideas supuestamente conservadoras! Breivik es tan "conservador" como lo eran Hitler, o Bin Laden, por mucho que asegure no simpatizar con el primero y que se muestre radicalmente antiislámico. También Hitler era antibolchevique, y sin embargo el régimen nacional-socialista compartía más elementos con la Rusia soviética que con el parlamentarismo burgués.
El criminal noruego no puede ser calificado tampoco de "fundamentalista cristiano", como han hecho algunos medios con suma ligereza. Breivik deja claro que el cristianismo, para él, es un elemento de la identidad europea, pero que no ve imprescindible la creencia en Dios o en Cristo. En la página 1.361 de su mamotreto afirma claramente que no defiende un modelo teocrático; su referencia se encuentra en sociedades monoculturales como Japón o Corea del Sur, que no son cristianas, precisamente.
El núcleo de la ideología de Breivik es el nacionalismo paneuropeo. En este sentido, coincide con uno de los rasgos esenciales de los movimientos neonazis. Dice que no considera a Hitler un héroe, sino un "traidor". Pero da la sensación de que le culpa más bien por su fracaso que por sus crímenes. El asesino escandinavo responsabiliza al nazismo (no sin cierta razón, por otra parte) de haber prestado gran parte de su fuerza a la corrección política multiculturalista, hoy imperante, que impide prácticamente cualquier defensa intelectual de la cultura occidental sin que uno sea tachado de eurocéntrico y xenófobo. Si bien es verdad que en el libro muestra su apoyo a Israel (entendido como un bastión contra la yijad), su crítica del antisemitismo no es de lo más tranquilizadora. Viene a decir, en pocas palabras, que no existe un "problema judío" en Europa porque hay pocos judíos.
En resumen, Breivik, por mucho que se distancie del neonazismo (más por razones estéticas y tácticas que éticas), es un fascista. Por una vez, no yerran quienes hablan de ultraderecha, dejando de lado la imprecisión del término. Pero a partir de esto muchos jugarán a criminalizar toda crítica razonable al islam y a la izquierda. Es como si no se pudiera ser anticomunista porque Hitler o Bin Laden también lo eran, a su manera. La trampa no solo es burda, sino además muy vieja.
sábado, 2 de julio de 2011
De victoria en victoria
"ETA está más débil que nunca." (Zapatero)
"El gobierno está más fuerte que nunca." (José Blanco)
¿O era al revés?
Hay que tener la cara muy dura para repetir una y otra vez la primera de estas dos frases. Bien es verdad que no puede atribuirse solo al todavía presidente del gobierno, porque llevo escuchándola desde que tengo uso de razón. Cada vez que ETA perpetraba un atentado, el ministro del Interior de turno se creía obligado a repetir el mantra de que los terroristas se encontraban en fase terminal, "lo cual no significa que no puedan continuar matando", y todo el repertorio habitual de insultos a la inteligencia. A quien crea que esto sirve a efectos propagandísticos hay que decirle que hablar de ETA para afirmar cualquier cosa distinta de que sus miembros serán perseguidos, juzgados y encarcelados, solo sirve a sus intereses.
Pero sostener que ETA está en sus últimos momentos cuando su brazo político se ha apoderado de Guipúzcoa y más de cien municipios, entre ellos San Sebastián, revela un desprecio difícilmente igualable hacia el nivel intelectual de los ciudadanos. Es sencillamente tomarlos por subnormales profundos. Si para que la violencia termine es necesario entregarle el poder a los terroristas, podíamos habernos ahorrado más de ochocientos muertos cediendo a sus pretensiones hace muchos años.
Es tan tentadoramente fácil... Primero se regala el País Vasco a los criminales y se permite, cómo no, que el nuevo Estado se anexione Navarra. Después, claro está, vendrá Cataluña. Unas pocas bombas pueden ayudar a transmitir el mensaje. Por supuesto, Galicia sería la siguiente. Pero la cosa no tiene por que acabar aquí. Los islamistas (¿recuerdan? siguen ahí) algo saben también de terrorismo. En lo que quede de España (en adelante Al-Ándalus) será preciso implantar la ley islámica para derrotarlos. Todo sea por la Paz: Olvídense del jamón, del vino y del biquini en las playas. Llegados a este punto, el sucesor de Zapatero seguro que dirá que el fundamentalismo está más débil que nunca. Y los demás, definitivamente jodidos.
"El gobierno está más fuerte que nunca." (José Blanco)
¿O era al revés?
Hay que tener la cara muy dura para repetir una y otra vez la primera de estas dos frases. Bien es verdad que no puede atribuirse solo al todavía presidente del gobierno, porque llevo escuchándola desde que tengo uso de razón. Cada vez que ETA perpetraba un atentado, el ministro del Interior de turno se creía obligado a repetir el mantra de que los terroristas se encontraban en fase terminal, "lo cual no significa que no puedan continuar matando", y todo el repertorio habitual de insultos a la inteligencia. A quien crea que esto sirve a efectos propagandísticos hay que decirle que hablar de ETA para afirmar cualquier cosa distinta de que sus miembros serán perseguidos, juzgados y encarcelados, solo sirve a sus intereses.
Pero sostener que ETA está en sus últimos momentos cuando su brazo político se ha apoderado de Guipúzcoa y más de cien municipios, entre ellos San Sebastián, revela un desprecio difícilmente igualable hacia el nivel intelectual de los ciudadanos. Es sencillamente tomarlos por subnormales profundos. Si para que la violencia termine es necesario entregarle el poder a los terroristas, podíamos habernos ahorrado más de ochocientos muertos cediendo a sus pretensiones hace muchos años.
Es tan tentadoramente fácil... Primero se regala el País Vasco a los criminales y se permite, cómo no, que el nuevo Estado se anexione Navarra. Después, claro está, vendrá Cataluña. Unas pocas bombas pueden ayudar a transmitir el mensaje. Por supuesto, Galicia sería la siguiente. Pero la cosa no tiene por que acabar aquí. Los islamistas (¿recuerdan? siguen ahí) algo saben también de terrorismo. En lo que quede de España (en adelante Al-Ándalus) será preciso implantar la ley islámica para derrotarlos. Todo sea por la Paz: Olvídense del jamón, del vino y del biquini en las playas. Llegados a este punto, el sucesor de Zapatero seguro que dirá que el fundamentalismo está más débil que nunca. Y los demás, definitivamente jodidos.
martes, 8 de febrero de 2011
¿El islam es compatible con la democracia?
En el debate acerca de si el islam es compatible o no con la democracia, no siempre distinguimos con suficiente claridad las tres cuestiones siguientes:
1) ¿El islam es compatible con la democracia y los derechos humanos?
2) Suponiendo que la respuesta anterior sea sí, ¿existe actualmente un islam moderado?
3) Suponiendo que la respuesta anterior sea también sí, ¿pertenece X al islam moderado?
Si la respuesta a la primera pregunta es no, evidentemente ya no cabe ni plantearse las dos siguientes. Dice Gabriel Albiac con rotundidad, en un artículo de ABC:
"Podemos jugar a engañarnos como queramos, pero el Islam -en cualquiera de sus variedades- es teológicamente incompatible con la universalidad ciudadana."
Sentada esta premisa, en relación con los acontecimientos de Egipto, concluye con lógica irreprochable:
"No hay otra fuerza institucional que pueda capitalizar la justa rabia de los jóvenes: ejército o mullahs."
Dicho más claramente, si cabe: Los países musulmanes no tienen remedio, su destino es estar sojuzgados por dictaduras laicas o por teocracias.
Quienes sostienen esta visión tan pesimista tienen a su favor el hecho de que no existen países democráticos en el mundo islámico, salvo la dudosa excepción de Turquía, hasta hace muy poco una democracia tutelada por los militares, y hoy gobernada por los islamistas supuestamente moderados. Pero en realidad, este hecho no demuestra categóricamente nada en relación al futuro. Hace varios siglos tampoco el Occidente cristiano era un modelo de libertad y tolerancia. En el siglo XVI fueron ejecutados Tomás Moro en Inglaterra y Miguel Servet en Suiza. Y todavía un siglo después, son de sobra conocidos los problemas que tuvo Spinoza en los muy liberales Países Bajos.
Bien es verdad que en el Corán podemos leer numerosos pasajes manifiestamente contrarios a las ideas liberales, a la igualdad de hombre y mujer, etc. Pero también en la Biblia podríamos encontrar justificaciones literales para la intolerancia, y no por ello deducimos que el cristianismo ni el judaísmo sean incompatibles con las sociedades abiertas. Como dice el conocido escritor franco-libanés Amin Maalouf, perteneciente a la minoría árabe cristiana:
"Todas las sociedades humanas han sabido encontrar, en el transcurso de los siglos, las citas sagradas que aparentemente justificaban sus prácticas del momento. (...) No cambian los textos, cambia nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas." (Identidades asesinas, Alianza Ed., 2005, pág. 57.)
Algunos autores, entre ellos el que acabo de citar, han señalado que el problema del islam es que carece de un autoridad religiosa fuerte, independiente del Estado, lo cual no favorece la separación del poder político y el religioso, y además permite con más facilidad las desviaciones radicales. Pero si esto es así (y efectivamente la tesis resulta muy plausible), se trataría de una contingencia histórica, que acaso pudiera cambiar en el futuro, o bien podría perder importancia al entrar en juego otros factores.
Luego están quienes en el extremo opuesto nos hablan del islam como una religión de paz y tolerancia, con una "esencia democrática", y hasta pretenden que nos traguemos que Mahoma era un "feminista de su época". Pero una cosa es la mamarrachada retórica de la Alianza de Civilizaciones, y otra muy distinta afirmar que una parte de la humanidad será por siempre refractaria a la democracia.
La segunda pregunta puede tener una respuesta trivial, que consiste en señalar que la mayoría de musulmanes son moderados, puesto que no van por ahí forrados de explosivos bajo el abrigo. Pero naturalmente, lo que nos interesa saber es el porcentaje de musulmanes que sinceramente deploran los atentados terroristas y no desean la implantación de un régimen teocrático. Esto no es nada fácil, aunque debe reconocerse que hasta ahora los indicios han estado de parte de los escépticos.
En el año 2000, el experto en islamismo Gilles Kepel publicó un libro, La Yihad. Expansión y declive del islamismo, en el que auguraba, como el título indica, que el radicalismo islamista estaba en decadencia, y observaba prometedoras señales de democratización en las sociedades musulmanas. Un año después se producían los atentados del 11-S. No he seguido a este autor, pero a juzgar por las obras que ha publicado después, sospecho que no debió dejar que ningún hecho, por espectacular que fuera, estropease su bonita teoría. Sin embargo, a la luz de los recientes acontecimientos en Túnez y Egipto, quién sabe si no terminará teniendo razón. Decía entonces Kepel:
"En esta fase, que se inicia con el siglo XXI, veremos sin duda alguna cómo el mundo musulmán entra de lleno en la modernidad, (...) sobre todo a través (...) de la revolución de las telecomunicaciones y de la información."
Por todo ello, creo que el debate, para evitar especulaciones de difícil contrastación, debería centrarse en la tercera de las preguntas, que en realidad son muchas, en función de por quién o quiénes sustituyamos la X. Ya en algunos medios nos están tratando de colar que los Hermanos Musulmanes representan un "islam moderado", y en El País no podía faltar estos días la entrevista al lobo con piel de cordero Tariq Ramadán, al que califican sin rubor como "un Martín Lutero musulmán". Con estos tontos útiles, claro, ¿para qué debería moderarse de verdad el islam?
La ideología islamista es en sí misma totalitaria, como lo eran el fascismo y el comunismo. Ahora bien, es imperativo separar esta ideología de la religión en la cual se inspira, y que profesan más de mil millones de personas en el mundo. Y para ello es necesario que nuestra civilización empiece por respetar su propia religión, el cristianismo, demostrando que las religiones monoteístas no son incompatibles con la modernidad. Ni buenismo multiculturalista, ni tampoco el falso realismo cínico del "choque de civilizaciones", que incurre en la misma negación de unos valores universales. Los valores de libertad individual, imperio de la ley, etc, sólo por razones históricas contingentes surgieron por vez primera en Occidente. No será fácil que se extiendan por todo el mundo, pero es el único camino.
Para Huntington, "las civilizaciones son las últimas tribus humanas". Amin Maalouf deplora con razón esta visión determinista, que nos impone a cada uno una identidad monolítica, de la cual sería vano intentar escapar, en función de si hemos nacido en Cádiz o en Tánger. Sin embargo, el problema no es, como sugiere el novelista en la obra citada, achacable a una determinada concepción errónea de las cosas (aunque esta tampoco ayude), sino que efectivamente, hay en la naturaleza humana una tendencia muy poderosa hacia la construcción de identidades tribales.
La buena noticia es que podemos escapar a ellas. Los jóvenes franceses de origen magrebí de las banlieues, con su estética entre rapera e islamista, seguramente no han optado por el radicalismo religioso por razones teológicas, sino porque han encontrado así la forma de justificar su odio y su victimismo contra una sociedad que ha cometido el error de prometerles el bienestar a cambio de ningún esfuerzo, de ningún mérito. Europa, a diferencia de Estados Unidos, ha lanzado el mensaje de que cualquiera que llegue aquí sólo tiene derechos. Y si a pesar de ello se siente insatisfecho con esta vida de dependencia de las ayudas estatales (cosa más que previsible), el inmigrante lo achacará (ayudado diligentemente por activistas subvencionados por ese mismo Estado) a un supuesto carácter excluyente y racista de los europeos, que por lo visto no dedicamos suficiente presupuesto público a que pueda seguir holgazaneando por nuestras calles.
No debería extrañarnos que los inmigrantes musulmanes no se integren, si les premiamos por no hacerlo, si les ofrecemos todo tipo de ayudas a las que los propios nativos no tenemos derecho. Cuando ser europeo u occidental, de nacimiento o de adopción, vuelva a ser un orgullo, una conquista, empezaremos a desactivar los delirios identitarios, basados en la religión o en cualquier otro aspecto cultural. Y de paso, si nos hacemos respetar en el exterior, la democracia volverá a gozar del prestigio que lleva a otros pueblos y otras culturas a querer importarla.
[16-02-11: Daniel Pipes: Islam y democracia. Totalmente de acuerdo.]
[20-02-11: Ignacio Cosidó: El islam democrático.]
1) ¿El islam es compatible con la democracia y los derechos humanos?
2) Suponiendo que la respuesta anterior sea sí, ¿existe actualmente un islam moderado?
3) Suponiendo que la respuesta anterior sea también sí, ¿pertenece X al islam moderado?
Si la respuesta a la primera pregunta es no, evidentemente ya no cabe ni plantearse las dos siguientes. Dice Gabriel Albiac con rotundidad, en un artículo de ABC:
"Podemos jugar a engañarnos como queramos, pero el Islam -en cualquiera de sus variedades- es teológicamente incompatible con la universalidad ciudadana."
Sentada esta premisa, en relación con los acontecimientos de Egipto, concluye con lógica irreprochable:
"No hay otra fuerza institucional que pueda capitalizar la justa rabia de los jóvenes: ejército o mullahs."
Dicho más claramente, si cabe: Los países musulmanes no tienen remedio, su destino es estar sojuzgados por dictaduras laicas o por teocracias.
Quienes sostienen esta visión tan pesimista tienen a su favor el hecho de que no existen países democráticos en el mundo islámico, salvo la dudosa excepción de Turquía, hasta hace muy poco una democracia tutelada por los militares, y hoy gobernada por los islamistas supuestamente moderados. Pero en realidad, este hecho no demuestra categóricamente nada en relación al futuro. Hace varios siglos tampoco el Occidente cristiano era un modelo de libertad y tolerancia. En el siglo XVI fueron ejecutados Tomás Moro en Inglaterra y Miguel Servet en Suiza. Y todavía un siglo después, son de sobra conocidos los problemas que tuvo Spinoza en los muy liberales Países Bajos.
Bien es verdad que en el Corán podemos leer numerosos pasajes manifiestamente contrarios a las ideas liberales, a la igualdad de hombre y mujer, etc. Pero también en la Biblia podríamos encontrar justificaciones literales para la intolerancia, y no por ello deducimos que el cristianismo ni el judaísmo sean incompatibles con las sociedades abiertas. Como dice el conocido escritor franco-libanés Amin Maalouf, perteneciente a la minoría árabe cristiana:
"Todas las sociedades humanas han sabido encontrar, en el transcurso de los siglos, las citas sagradas que aparentemente justificaban sus prácticas del momento. (...) No cambian los textos, cambia nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas." (Identidades asesinas, Alianza Ed., 2005, pág. 57.)
Algunos autores, entre ellos el que acabo de citar, han señalado que el problema del islam es que carece de un autoridad religiosa fuerte, independiente del Estado, lo cual no favorece la separación del poder político y el religioso, y además permite con más facilidad las desviaciones radicales. Pero si esto es así (y efectivamente la tesis resulta muy plausible), se trataría de una contingencia histórica, que acaso pudiera cambiar en el futuro, o bien podría perder importancia al entrar en juego otros factores.
Luego están quienes en el extremo opuesto nos hablan del islam como una religión de paz y tolerancia, con una "esencia democrática", y hasta pretenden que nos traguemos que Mahoma era un "feminista de su época". Pero una cosa es la mamarrachada retórica de la Alianza de Civilizaciones, y otra muy distinta afirmar que una parte de la humanidad será por siempre refractaria a la democracia.
La segunda pregunta puede tener una respuesta trivial, que consiste en señalar que la mayoría de musulmanes son moderados, puesto que no van por ahí forrados de explosivos bajo el abrigo. Pero naturalmente, lo que nos interesa saber es el porcentaje de musulmanes que sinceramente deploran los atentados terroristas y no desean la implantación de un régimen teocrático. Esto no es nada fácil, aunque debe reconocerse que hasta ahora los indicios han estado de parte de los escépticos.
En el año 2000, el experto en islamismo Gilles Kepel publicó un libro, La Yihad. Expansión y declive del islamismo, en el que auguraba, como el título indica, que el radicalismo islamista estaba en decadencia, y observaba prometedoras señales de democratización en las sociedades musulmanas. Un año después se producían los atentados del 11-S. No he seguido a este autor, pero a juzgar por las obras que ha publicado después, sospecho que no debió dejar que ningún hecho, por espectacular que fuera, estropease su bonita teoría. Sin embargo, a la luz de los recientes acontecimientos en Túnez y Egipto, quién sabe si no terminará teniendo razón. Decía entonces Kepel:
"En esta fase, que se inicia con el siglo XXI, veremos sin duda alguna cómo el mundo musulmán entra de lleno en la modernidad, (...) sobre todo a través (...) de la revolución de las telecomunicaciones y de la información."
Por todo ello, creo que el debate, para evitar especulaciones de difícil contrastación, debería centrarse en la tercera de las preguntas, que en realidad son muchas, en función de por quién o quiénes sustituyamos la X. Ya en algunos medios nos están tratando de colar que los Hermanos Musulmanes representan un "islam moderado", y en El País no podía faltar estos días la entrevista al lobo con piel de cordero Tariq Ramadán, al que califican sin rubor como "un Martín Lutero musulmán". Con estos tontos útiles, claro, ¿para qué debería moderarse de verdad el islam?
La ideología islamista es en sí misma totalitaria, como lo eran el fascismo y el comunismo. Ahora bien, es imperativo separar esta ideología de la religión en la cual se inspira, y que profesan más de mil millones de personas en el mundo. Y para ello es necesario que nuestra civilización empiece por respetar su propia religión, el cristianismo, demostrando que las religiones monoteístas no son incompatibles con la modernidad. Ni buenismo multiculturalista, ni tampoco el falso realismo cínico del "choque de civilizaciones", que incurre en la misma negación de unos valores universales. Los valores de libertad individual, imperio de la ley, etc, sólo por razones históricas contingentes surgieron por vez primera en Occidente. No será fácil que se extiendan por todo el mundo, pero es el único camino.
Para Huntington, "las civilizaciones son las últimas tribus humanas". Amin Maalouf deplora con razón esta visión determinista, que nos impone a cada uno una identidad monolítica, de la cual sería vano intentar escapar, en función de si hemos nacido en Cádiz o en Tánger. Sin embargo, el problema no es, como sugiere el novelista en la obra citada, achacable a una determinada concepción errónea de las cosas (aunque esta tampoco ayude), sino que efectivamente, hay en la naturaleza humana una tendencia muy poderosa hacia la construcción de identidades tribales.
La buena noticia es que podemos escapar a ellas. Los jóvenes franceses de origen magrebí de las banlieues, con su estética entre rapera e islamista, seguramente no han optado por el radicalismo religioso por razones teológicas, sino porque han encontrado así la forma de justificar su odio y su victimismo contra una sociedad que ha cometido el error de prometerles el bienestar a cambio de ningún esfuerzo, de ningún mérito. Europa, a diferencia de Estados Unidos, ha lanzado el mensaje de que cualquiera que llegue aquí sólo tiene derechos. Y si a pesar de ello se siente insatisfecho con esta vida de dependencia de las ayudas estatales (cosa más que previsible), el inmigrante lo achacará (ayudado diligentemente por activistas subvencionados por ese mismo Estado) a un supuesto carácter excluyente y racista de los europeos, que por lo visto no dedicamos suficiente presupuesto público a que pueda seguir holgazaneando por nuestras calles.
No debería extrañarnos que los inmigrantes musulmanes no se integren, si les premiamos por no hacerlo, si les ofrecemos todo tipo de ayudas a las que los propios nativos no tenemos derecho. Cuando ser europeo u occidental, de nacimiento o de adopción, vuelva a ser un orgullo, una conquista, empezaremos a desactivar los delirios identitarios, basados en la religión o en cualquier otro aspecto cultural. Y de paso, si nos hacemos respetar en el exterior, la democracia volverá a gozar del prestigio que lleva a otros pueblos y otras culturas a querer importarla.
[16-02-11: Daniel Pipes: Islam y democracia. Totalmente de acuerdo.]
[20-02-11: Ignacio Cosidó: El islam democrático.]
sábado, 29 de enero de 2011
Meditación neocón (no apta para almas sensibles)
Cuando escribo estas líneas, los acontecimientos de Egipto hacen temer lo peor: Un desenlace à la Tiananmen. Ocurra lo que ocurra a corto plazo, ahora es más oportuna que nunca esta reflexión: ¿Qué actitud debe tomar Occidente ante las dictaduras? El conservadurismo en política exterior tradicionalmente ha sido partidario de la Realpolitik, es decir, de apoyar si es preciso a regímenes poco o nada democráticos, siempre que sean "de los nuestros". Esta tendencia (muy propia de las ex potencias coloniales europeas) ha dominado también en Estados Unidos. Su formulación más conocida, aunque posiblemente apócrifa, se debería al demócrata Franklin. D. Roosevelt, quien refiriéndose a Somoza habría admitido que "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta."
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
Etiquetas:
Conservadurismo,
Estados Unidos,
Guerra de Iraq,
Islam,
Izquierda,
José Luis R. Zapatero,
Occidente,
Samuel P. Huntington
sábado, 1 de enero de 2011
La pinza
"La democracia no tiene que pedir perdón por ser un régimen esencialmente relativista", ha dicho la abogacía del Estado (Ver texto aquí, página 19).
El relativismo es la concepción filosófica según la cual no existe una verdad absoluta en el terreno moral. Las normas éticas, en consecuencia, varían según las épocas y la geografía. Lo que a nosotros puede parecernos un crimen, en otra sociedad puede ser tolerado y hasta elogiado. Y viceversa. Los principios morales, pues, serían de carácter convencional, es decir, resultado de acuerdos o pactos colectivos cambiantes y diversos.
El relativismo fue formulado ya en la antigua Grecia por los sofistas, que en muchos aspectos son los precursores de los actuales asesores políticos. Pero según Paul Johnson fue a inicios del siglo XX cuando se convirtió en una idea popular. Ello fue debido a que los avances científicos parecían cuestionar cualquier tipo de sabiduría tradicional, y especialmente el cristianismo. Tras el período colonial, disciplinas como la antropología prácticamente convirtieron el relativismo en una doctrina incuestionable, anticipando el fenómeno posterior de la corrección política. Se dejaron de utilizar términos como "primitivo", "bárbaro" o "salvaje" para referirse a determinadas culturas, porque ello suponía transigir, implícitamente, con el anatema de que existen sociedades más avanzadas que otras.
El problema del relativismo es que, si todas las concepciones morales valen lo mismo, ninguna vale nada. O dicho de otro modo, si todo el mundo tiene razón, ello incluye también (¿por qué no?) a aquellos que no creen ni en el derecho ni en la democracia. Ya lo vieron contemporáneos de los sofistas como Sócrates: si todos los valores son meras convenciones, al final sólo la fuerza decidirá cuáles pueden acabar imponiéndose. El relativismo, aunque suele confundirse con el espíritu de pluralismo y diálogo, en realidad da vía libre a las peores formas de opresión y de injusticia, que pasan a ser justificadas en nombre del multiculturalismo o de la neutralidad ideológica. (Pensemos en el caso del aborto libre.)
La aparente neutralidad ideológica del relativismo, por cierto, encubre una opción muy concreta por las concepciones del positivismo jurídico, lo que significa privar completamente al individuo de su derecho a cuestionar ninguna norma emanada del Estado. Son muy significativas las citadas alegaciones de la abogacía del Estado a unos padres que se oponen a la asignatura de Educación por la Ciudadanía, por considerarla adoctrinadora. (Imprescindible la entrada de Elentir.) Citando al filósofo del positivismo jurídico Kelsen, los servicios jurídicos estatales sentencian que el relativismo es la base de la democracia. Pero al mismo tiempo, alertan contra el ejercicio genérico de la objeción de conciencia, por el riesgo de "relativizar" los mandatos jurídicos. Por lo visto, el entusiasmo relativista se detiene justo ante la coacción estatal. Destruida cualquier noción de una moral universal anterior a todo derecho, el poder del Estado se convierte en lo único intocable, en lo verdaderamente sagrado.
El islamismo puede parecer lo más opuesto que existe al pensamiento relativista, pero como se deduce de lo anterior, en realidad conduce a los mismos resultados, sólo que de manera mucho más directa y brutal. El islam es la creación doctrinal de Mahoma, un caudillo político y militar que en el siglo VII aprovechó el vacío dejado por el Imperio Romano de Occidente para imponer el dominio árabe desde Oriente Medio hasta España. A diferencia del cristianismo, el islam no pone el énfasis en la salvación individual, sino en la organización social y en el sometimiento o la destrucción de los infieles. No es tanto una religión como un sistema político. El islam supone la entronización de la fuerza (llámese Alá o como se quiera) por encima de todo. Y el islamismo no es más que la adaptación en términos ideológicos modernos del islam.
Las analogías históricas entre el cristianismo y el islam son superficiales y conducen a graves equívocos. El cristianismo, a diferencia por ejemplo del judaísmo, es proselitista, trata de ganar adeptos, pero este carácter nace de su vocación universalista. Todos los seres humanos son criaturas de Dios, y por tanto tienen derecho a recibir el Evangelio. Por muchos abusos que se hayan producido en el pasado, la religión cristiana no se ha identificado con un sistema político determinado, ni siquiera con una cultura específica. Todo lo contrario, la noción de la dignidad de la persona, que está en la base de la democracia, los derechos humanos y la tolerancia, procede del cristianismo. El islam, en cambio, sólo tolera a los infieles tras su completo sometimiento, y utiliza la democracia con completo cinismo, como un instrumento para terminar implantando su modelo despótico, con métodos muy similares a los de los totalitarismos modernos. Para sostener esta afirmación, basta comparar los sistemas políticos de los países con población mayoritariamente cristiana, con los musulmanes.
En Occidente, el relativismo trata de relegar a los cristianos cada vez más fuera de la esfera pública. En Oriente y en África, directamente son exterminados, generalmente por los islamistas. Ambas persecuciones, aunque de grado muy dispar, convergen de manera evidente. Los medios de comunicación occidentales han dedicado mucho más espacio a las denuncias de pedofilia contra curas católicos (sin duda gravísimas), que a los asesinatos masivos y la violencia sufrida por las poblaciones cristianas en Iraq, Nigeria y otros muchos lugares del mundo.
Aquí se trata de condenar a los cristianos a la invisibilidad: Eliminación de los crucifijos y otros símbolos religiosos; utilización de un lenguaje aséptico, desprovisto de connotaciones cristianas; sustitución de la liturgia cristiana por artificiosos remedos laicistas ("bautismos" civiles, "comuniones" civiles); ridiculización -cuando no criminalización- cotidiana en los medios de comunicación... Allá los cristianos son simplemente expulsados o asesinados. En Irak, desde el 2003 se estima que el 60 % del millón de cristianos que vivían en el país, lo han abandonado o han sido exterminados. Según el Vaticano, unos 150.000 cristianos mueren al año por la persecución religiosa en todo el mundo. Si esta cifra es cierta, significa que cada año es asesinado un número de cristianos superior al total de víctimas de la guerra de Iraq desde el 2003 hasta hoy, incluso si contamos entre estas a las causadas por los terroristas islamistas, muchas de los cuales lo son por su condición de cristianos.
El resultado hacia el que nos dirigimos es que, mientras fuera de Europa y América, los cristianos son hostigados de manera creciente y despiadada, y en algunos lugares están condenados a desaparecer, en Occidente los islamistas no dejan de exigir mayor reconocimiento, prerrogativas e influencia. Y en virtud de la ideología relativista y multiculturalista imperante resulta cada vez más difícil negárselos. A diferencia de lo que ocurre con la religión cristiana, nadie tiene el valor de bromear lo más mínimo con las creencias islámicas, con lo cual éstas van ocupando gradualmente el vacío dejado por aquella en el espacio público. En el programa de humor de José Mota de la pasada Nochevieja, como no podía ser menos, no faltó una parodia del Papa bailando la canción de moda. Hay que decir que la broma -por lo que pude entender en medio de la celebración familiar de la que participaba- no era como otras veces de mal gusto ni malintencionada, pero, también como de costumbre, no hubo ninguna sátira de Ahmadineyah ni nada equivalente.
El relativismo laicista y el islamismo actúan objetivamente como una pinza contra el cristianismo. Irónicamente, los laicistas no dudan ocasionalmente en utilizar ejemplos de la expansión islamista en Occidente para prevenirnos contra la religión en general. Pero al tratar a todas las confesiones por igual están favoreciendo a la que emplea métodos implacablemente violentos para crecer. Y sobre todo, están liquidando los fundamentos morales de la democracia liberal, que como decíamos, en buena parte derivan del legado cristiano. Con lo cual todavía se favorece más el avance de un sistema teocrático carente de complejos humanistas. Se trata de un proceso que se retroalimenta a velocidad infernal, y en el que determinados acontecimientos, como una posible entrada de Turquía en la Unión Europea, podrían convertirlo prácticamente en inexorable.
Tanto los cristianos como los no creyentes que se inspiren en los principios humanistas clásicos deben forjar una alianza estratégica para intentar desviarnos del camino hacia el abismo, para romper la pinza relativismo-islamismo que amenaza no sólo a la religión fundada por Jesucristo, sino a los principios de nuestra civilización: la libertad individual, la igualdad ante la ley y la democracia. Es preciso desmontar sin tapujos las trampas de la corrección política y dejar de pedir perdón por que la civilización judeocristiana haya producido los mayores niveles de libertad y prosperidad de la historia.
[ACTUALIZACIÓN: Recién publicada esta entrada, leo esto.]
El relativismo es la concepción filosófica según la cual no existe una verdad absoluta en el terreno moral. Las normas éticas, en consecuencia, varían según las épocas y la geografía. Lo que a nosotros puede parecernos un crimen, en otra sociedad puede ser tolerado y hasta elogiado. Y viceversa. Los principios morales, pues, serían de carácter convencional, es decir, resultado de acuerdos o pactos colectivos cambiantes y diversos.
El relativismo fue formulado ya en la antigua Grecia por los sofistas, que en muchos aspectos son los precursores de los actuales asesores políticos. Pero según Paul Johnson fue a inicios del siglo XX cuando se convirtió en una idea popular. Ello fue debido a que los avances científicos parecían cuestionar cualquier tipo de sabiduría tradicional, y especialmente el cristianismo. Tras el período colonial, disciplinas como la antropología prácticamente convirtieron el relativismo en una doctrina incuestionable, anticipando el fenómeno posterior de la corrección política. Se dejaron de utilizar términos como "primitivo", "bárbaro" o "salvaje" para referirse a determinadas culturas, porque ello suponía transigir, implícitamente, con el anatema de que existen sociedades más avanzadas que otras.
El problema del relativismo es que, si todas las concepciones morales valen lo mismo, ninguna vale nada. O dicho de otro modo, si todo el mundo tiene razón, ello incluye también (¿por qué no?) a aquellos que no creen ni en el derecho ni en la democracia. Ya lo vieron contemporáneos de los sofistas como Sócrates: si todos los valores son meras convenciones, al final sólo la fuerza decidirá cuáles pueden acabar imponiéndose. El relativismo, aunque suele confundirse con el espíritu de pluralismo y diálogo, en realidad da vía libre a las peores formas de opresión y de injusticia, que pasan a ser justificadas en nombre del multiculturalismo o de la neutralidad ideológica. (Pensemos en el caso del aborto libre.)
La aparente neutralidad ideológica del relativismo, por cierto, encubre una opción muy concreta por las concepciones del positivismo jurídico, lo que significa privar completamente al individuo de su derecho a cuestionar ninguna norma emanada del Estado. Son muy significativas las citadas alegaciones de la abogacía del Estado a unos padres que se oponen a la asignatura de Educación por la Ciudadanía, por considerarla adoctrinadora. (Imprescindible la entrada de Elentir.) Citando al filósofo del positivismo jurídico Kelsen, los servicios jurídicos estatales sentencian que el relativismo es la base de la democracia. Pero al mismo tiempo, alertan contra el ejercicio genérico de la objeción de conciencia, por el riesgo de "relativizar" los mandatos jurídicos. Por lo visto, el entusiasmo relativista se detiene justo ante la coacción estatal. Destruida cualquier noción de una moral universal anterior a todo derecho, el poder del Estado se convierte en lo único intocable, en lo verdaderamente sagrado.
El islamismo puede parecer lo más opuesto que existe al pensamiento relativista, pero como se deduce de lo anterior, en realidad conduce a los mismos resultados, sólo que de manera mucho más directa y brutal. El islam es la creación doctrinal de Mahoma, un caudillo político y militar que en el siglo VII aprovechó el vacío dejado por el Imperio Romano de Occidente para imponer el dominio árabe desde Oriente Medio hasta España. A diferencia del cristianismo, el islam no pone el énfasis en la salvación individual, sino en la organización social y en el sometimiento o la destrucción de los infieles. No es tanto una religión como un sistema político. El islam supone la entronización de la fuerza (llámese Alá o como se quiera) por encima de todo. Y el islamismo no es más que la adaptación en términos ideológicos modernos del islam.
Las analogías históricas entre el cristianismo y el islam son superficiales y conducen a graves equívocos. El cristianismo, a diferencia por ejemplo del judaísmo, es proselitista, trata de ganar adeptos, pero este carácter nace de su vocación universalista. Todos los seres humanos son criaturas de Dios, y por tanto tienen derecho a recibir el Evangelio. Por muchos abusos que se hayan producido en el pasado, la religión cristiana no se ha identificado con un sistema político determinado, ni siquiera con una cultura específica. Todo lo contrario, la noción de la dignidad de la persona, que está en la base de la democracia, los derechos humanos y la tolerancia, procede del cristianismo. El islam, en cambio, sólo tolera a los infieles tras su completo sometimiento, y utiliza la democracia con completo cinismo, como un instrumento para terminar implantando su modelo despótico, con métodos muy similares a los de los totalitarismos modernos. Para sostener esta afirmación, basta comparar los sistemas políticos de los países con población mayoritariamente cristiana, con los musulmanes.
En Occidente, el relativismo trata de relegar a los cristianos cada vez más fuera de la esfera pública. En Oriente y en África, directamente son exterminados, generalmente por los islamistas. Ambas persecuciones, aunque de grado muy dispar, convergen de manera evidente. Los medios de comunicación occidentales han dedicado mucho más espacio a las denuncias de pedofilia contra curas católicos (sin duda gravísimas), que a los asesinatos masivos y la violencia sufrida por las poblaciones cristianas en Iraq, Nigeria y otros muchos lugares del mundo.
Aquí se trata de condenar a los cristianos a la invisibilidad: Eliminación de los crucifijos y otros símbolos religiosos; utilización de un lenguaje aséptico, desprovisto de connotaciones cristianas; sustitución de la liturgia cristiana por artificiosos remedos laicistas ("bautismos" civiles, "comuniones" civiles); ridiculización -cuando no criminalización- cotidiana en los medios de comunicación... Allá los cristianos son simplemente expulsados o asesinados. En Irak, desde el 2003 se estima que el 60 % del millón de cristianos que vivían en el país, lo han abandonado o han sido exterminados. Según el Vaticano, unos 150.000 cristianos mueren al año por la persecución religiosa en todo el mundo. Si esta cifra es cierta, significa que cada año es asesinado un número de cristianos superior al total de víctimas de la guerra de Iraq desde el 2003 hasta hoy, incluso si contamos entre estas a las causadas por los terroristas islamistas, muchas de los cuales lo son por su condición de cristianos.
El resultado hacia el que nos dirigimos es que, mientras fuera de Europa y América, los cristianos son hostigados de manera creciente y despiadada, y en algunos lugares están condenados a desaparecer, en Occidente los islamistas no dejan de exigir mayor reconocimiento, prerrogativas e influencia. Y en virtud de la ideología relativista y multiculturalista imperante resulta cada vez más difícil negárselos. A diferencia de lo que ocurre con la religión cristiana, nadie tiene el valor de bromear lo más mínimo con las creencias islámicas, con lo cual éstas van ocupando gradualmente el vacío dejado por aquella en el espacio público. En el programa de humor de José Mota de la pasada Nochevieja, como no podía ser menos, no faltó una parodia del Papa bailando la canción de moda. Hay que decir que la broma -por lo que pude entender en medio de la celebración familiar de la que participaba- no era como otras veces de mal gusto ni malintencionada, pero, también como de costumbre, no hubo ninguna sátira de Ahmadineyah ni nada equivalente.
El relativismo laicista y el islamismo actúan objetivamente como una pinza contra el cristianismo. Irónicamente, los laicistas no dudan ocasionalmente en utilizar ejemplos de la expansión islamista en Occidente para prevenirnos contra la religión en general. Pero al tratar a todas las confesiones por igual están favoreciendo a la que emplea métodos implacablemente violentos para crecer. Y sobre todo, están liquidando los fundamentos morales de la democracia liberal, que como decíamos, en buena parte derivan del legado cristiano. Con lo cual todavía se favorece más el avance de un sistema teocrático carente de complejos humanistas. Se trata de un proceso que se retroalimenta a velocidad infernal, y en el que determinados acontecimientos, como una posible entrada de Turquía en la Unión Europea, podrían convertirlo prácticamente en inexorable.
Tanto los cristianos como los no creyentes que se inspiren en los principios humanistas clásicos deben forjar una alianza estratégica para intentar desviarnos del camino hacia el abismo, para romper la pinza relativismo-islamismo que amenaza no sólo a la religión fundada por Jesucristo, sino a los principios de nuestra civilización: la libertad individual, la igualdad ante la ley y la democracia. Es preciso desmontar sin tapujos las trampas de la corrección política y dejar de pedir perdón por que la civilización judeocristiana haya producido los mayores niveles de libertad y prosperidad de la historia.
[ACTUALIZACIÓN: Recién publicada esta entrada, leo esto.]
sábado, 11 de diciembre de 2010
La camiseta del Barça
El acuerdo publicitario del Fútbol Club Barcelona con la Qatar Foundation me ha producido sentimientos encontrados. Por un lado, siempre me pareció una actitud ridícula y quijotesca ésta de no lucir publicidad en la camiseta, aparte de una manera estúpida de renunciar a unos ingresos absolutamente legítimos, poniéndonos voluntariamente en desventaja con nuestros principales rivales deportivos. En realidad, ni siquiera se estaba cumpliendo, pues los logotipos de Nike y de TV3 ¿qué eran, sino publicidad? Así que me alegro de que por fin el actual presidente, Sandro Rosell, haya roto ese tabú absurdo.
Pero por otro lado, la elección de una fundación creada por una monarquía islámica de la península arábiga, no es la que me hubiera gustado. Atención con Qatar. Primero, un pariente del emir se convierte en dueño del Málaga Club de Fútbol. El mes pasado, en Tarragona, desde donde escribo, un grupo inversor, también catarí, ha comprado el nuevo puerto deportivo, Marina Port Tarraco. Y ahora, la camiseta del F. C. Barcelona.
Pienso además que Guardiola pierde mucho cuando habla de cuestiones extrafutbolísticas, y que sus palabras referentes a que la gente en Qatar tiene "todas las libertades del mundo, las que marca su gobierno" no hubieran desentonado dichas por cualquier Leire Pajín. Claro, también en Irán la gente tiene todas las libertades que marca su gobierno...
Por supuesto, Qatar no es Irán, precisamente. Para empezar, Qatar es el segundo país del mundo por poder adquisitivo de sus ciudadanos, después de Luxemburgo, según The Economist. (El mundo en cifras 2010, pág. 29; Irán ni siquiera aparece en este ranking, que incluye setenta países.) Pero es que Qatar tampoco es Arabia Saudita. La monarquía catarí es efectivamente bastante más liberal. Las mujeres no están obligadas a llevar velo. De hecho, la presidenta de la fundación, Mozah bint Nasser, es la esposa del emir de Qatar, una graduada en sociología considerada por Forbes como una de las cien mujeres más poderosas del mundo.

En cuanto a la libertad religiosa, según un informe de la administración estadounidense, está prohibido el proselitismo de religiones distintas de la musulmana, pero se tolera la práctica del catolicismo y la construcción de iglesias. No es para tirar cohetes, de acuerdo, pero imaginemos lo que cambiarían las relaciones entre Occidente y el islam si en lugar de con regímenes teocráticos y brutalmente dictatoriales, hubiéramos de vérnoslas con Estados moderadamente confesionales como Qatar. Después de todo, creo que podré acostumbrarme a la nueva camiseta de mi equipo.
Pero por otro lado, la elección de una fundación creada por una monarquía islámica de la península arábiga, no es la que me hubiera gustado. Atención con Qatar. Primero, un pariente del emir se convierte en dueño del Málaga Club de Fútbol. El mes pasado, en Tarragona, desde donde escribo, un grupo inversor, también catarí, ha comprado el nuevo puerto deportivo, Marina Port Tarraco. Y ahora, la camiseta del F. C. Barcelona.
Pienso además que Guardiola pierde mucho cuando habla de cuestiones extrafutbolísticas, y que sus palabras referentes a que la gente en Qatar tiene "todas las libertades del mundo, las que marca su gobierno" no hubieran desentonado dichas por cualquier Leire Pajín. Claro, también en Irán la gente tiene todas las libertades que marca su gobierno...
Por supuesto, Qatar no es Irán, precisamente. Para empezar, Qatar es el segundo país del mundo por poder adquisitivo de sus ciudadanos, después de Luxemburgo, según The Economist. (El mundo en cifras 2010, pág. 29; Irán ni siquiera aparece en este ranking, que incluye setenta países.) Pero es que Qatar tampoco es Arabia Saudita. La monarquía catarí es efectivamente bastante más liberal. Las mujeres no están obligadas a llevar velo. De hecho, la presidenta de la fundación, Mozah bint Nasser, es la esposa del emir de Qatar, una graduada en sociología considerada por Forbes como una de las cien mujeres más poderosas del mundo.

En cuanto a la libertad religiosa, según un informe de la administración estadounidense, está prohibido el proselitismo de religiones distintas de la musulmana, pero se tolera la práctica del catolicismo y la construcción de iglesias. No es para tirar cohetes, de acuerdo, pero imaginemos lo que cambiarían las relaciones entre Occidente y el islam si en lugar de con regímenes teocráticos y brutalmente dictatoriales, hubiéramos de vérnoslas con Estados moderadamente confesionales como Qatar. Después de todo, creo que podré acostumbrarme a la nueva camiseta de mi equipo.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Nuestro ángel de la guarda
Recién publicada mi entrada anterior sobre el antisemitismo, leí ayer la noticia de que Israel ha vuelto a asesinar a un científico nuclear iraní. Al parecer, la criatura acababa de volver de Corea del Norte. (No parece que el motivo de su visita a la dictadura comunista fuera ningún congreso filatélico.) Mi primera reacción ha sido -lo reconozco- escasamente evangélica: Me embarga una gran alegría cada vez que Israel sabotea el programa nuclear iraní, sea utilizando virus informáticos como Stuxnet (una verdadera virguería), sea por métodos más expeditivos, como hacer volar por los aires (¡en pleno Teherán!) el vehículo donde viaja uno de los ingenieros que colaboran activamente en los propósitos de Ahmadineyah: Ya saben, terminar lo que Hitler empezó.
Más en frío, la euforia se mitiga un tanto, pues uno da en pensar cuánto tiempo podrá seguir Israel aplazando lo inevitable (?), que una siniestra teocracia que promueve el terrorismo se haga con la bomba atómica. Israel solo no podrá seguir siendo indefinidamente el ángel de la guarda de Occidente. Vale la pena leer el artículo de La Vanguardia, enlazado antes, sobre todo lo referente a la unidad de élite del Mosad conocida como Kidon, autora del atentado en Teherán. Compuesta por 33 hombres y 5 mujeres que dominan numerosos idiomas -incluido por supuesto el persa- y capaces de entrar y salir con facilidad de Irán, uno no puede menos que admirarse -y sobrecogerse- de que cosas tan graves dependan de tan poca gente.
Desgraciadamente, la dictadura iraní afirma haber detenido a algunos presuntos participantes del atentado. No quiero ni pensar en lo que les van a hacer a estos infelices, tengan o no algo que ver con los actos que se les imputan. Firmo ahora mismo para que los traten como en Guantánamo -o incluso como en una cárcel belga.
Más en frío, la euforia se mitiga un tanto, pues uno da en pensar cuánto tiempo podrá seguir Israel aplazando lo inevitable (?), que una siniestra teocracia que promueve el terrorismo se haga con la bomba atómica. Israel solo no podrá seguir siendo indefinidamente el ángel de la guarda de Occidente. Vale la pena leer el artículo de La Vanguardia, enlazado antes, sobre todo lo referente a la unidad de élite del Mosad conocida como Kidon, autora del atentado en Teherán. Compuesta por 33 hombres y 5 mujeres que dominan numerosos idiomas -incluido por supuesto el persa- y capaces de entrar y salir con facilidad de Irán, uno no puede menos que admirarse -y sobrecogerse- de que cosas tan graves dependan de tan poca gente.
Desgraciadamente, la dictadura iraní afirma haber detenido a algunos presuntos participantes del atentado. No quiero ni pensar en lo que les van a hacer a estos infelices, tengan o no algo que ver con los actos que se les imputan. Firmo ahora mismo para que los traten como en Guantánamo -o incluso como en una cárcel belga.
viernes, 29 de octubre de 2010
Mahoma feminista
El llamado islamismo moderado es una mentira. Si necesitaban una prueba de ello, ahí tienen las palabras de esta señora, Daisy Khan, esposa del impulsor del proyecto de construir una mezquita en la Zona Cero. Una persona que afirma sin ruborizarse que "Mahoma era un feminista de su época" nos demuestra el nivel de hipocresía (taqiya) que es capaz de alcanzar. Y además que nos toma a los occidentales por imbéciles, quizás no sin parte de razón. Islamismo moderado es un oxímoron, algo así como comunismo democrático, o fascismo liberal. Si "el Corán, intrínsecamente, garantiza la igualdad de derechos a las mujeres", esto significa que no hay ninguna necesidad de reformar o interpretar la ley islámica, que no existe el menor propósito de enmienda, ni asomo de autocrítica. Lo siguiente tal vez será convencernos de que el burka es un símbolo del inmenso respeto que los musulmanes manifiestan hacia la mujer, hasta el punto de protegerla de los rayos solares. Lástima que la periodista no le preguntara a Daisy Khan si Ahmadineyah también le parece un moderado.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Es un error, sí, ¿qué pasa?
Un colegio de Tarragona, el CEIP de Bonavista (barrio con alto porcentaje de oriundos de Andalucía) emite una nota rutinaria dirigida a los padres, escrita en catalán y árabe. Por lo visto, los castellanoparlantes no merecen las mismas consideraciones que quienes hablan la lengua de Mahoma; no digamos ya que los catalanoparlantes.
Desgraciadamente, no hay aquí nada que deba sorprendernos en la Cataluña actual. La corrección política nacionalista ineluctablemente confluye con la corrección política multiculturalista. Se desprende del mismo concepto de lo políticamente correcto, tal como lo define Anthony Browne en The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain (2006). Sustitúyase "víctima" por "catalán", "musulmán", "mujer", "gay", etc, y se comprobará que siempre se repite el mismo esquema.
Desde el colegio declaran, fingidamente dolidos, que no entienden tanto "alboroto" por un simple "error". El periódico Diari de Tarragona acoge acríticamente tal explicación, y en una columna de opinión, una periodista se escandaliza porque una "excusa" como ésta sirva a la caverna (no utiliza el término, pero se la entiende) para mostrar una "Cataluña irreal". (La real, cabe suponer, es la que muestran TV3 y el diario oficial de la Generalidad.) La propia redacción de la noticia en este medio no es menos sesgada cuando habla de que ha habido "algunas quejas pese a que el centro ya ha pedido disculpas". Cabe entender que el centro se disculpó primero, pero que unos padres aviesamente malintencionados insistieron en protestar. Esto es como si el camarero nos trae la sopa y, antes de que abramos la boca, se disculpa porque "por error" ha quedado algo salada. Ya es curioso (¿creíble?) que la disculpa preceda a la queja, pero más aún que ello nos haya de privar del derecho al pataleo.
Claro que cuando los responsables de la nota catalano-arábiga se explican, todavía es peor. Es que los padres -nos dicen- no se quejan porque la nota no esté en castellano, sino por el hecho de que esté en árabe. (Traducción: malditos racistas...)
Es decir, estos profesores se sorprenden de que unos castellanoparlantes que hasta ahora venían tragando la discriminación de su lengua sin rechistar, cuando al desdén se añade el recochineo, acaben rebotándose.
Propongo que la próxima circular se escriba en rumano y en árabe; así demostraríamos lo guays y multicultis que somos. Y por si acaso, ya en la misma nota, incluimos la disculpa a catalanoparlantes y castellanoparlantes, asegurando que se trata de un error, sí, qué pasa. A ver si vamos a empezar a quejarnos. Racistas, más que racistas.
Desgraciadamente, no hay aquí nada que deba sorprendernos en la Cataluña actual. La corrección política nacionalista ineluctablemente confluye con la corrección política multiculturalista. Se desprende del mismo concepto de lo políticamente correcto, tal como lo define Anthony Browne en The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain (2006). Sustitúyase "víctima" por "catalán", "musulmán", "mujer", "gay", etc, y se comprobará que siempre se repite el mismo esquema.
Desde el colegio declaran, fingidamente dolidos, que no entienden tanto "alboroto" por un simple "error". El periódico Diari de Tarragona acoge acríticamente tal explicación, y en una columna de opinión, una periodista se escandaliza porque una "excusa" como ésta sirva a la caverna (no utiliza el término, pero se la entiende) para mostrar una "Cataluña irreal". (La real, cabe suponer, es la que muestran TV3 y el diario oficial de la Generalidad.) La propia redacción de la noticia en este medio no es menos sesgada cuando habla de que ha habido "algunas quejas pese a que el centro ya ha pedido disculpas". Cabe entender que el centro se disculpó primero, pero que unos padres aviesamente malintencionados insistieron en protestar. Esto es como si el camarero nos trae la sopa y, antes de que abramos la boca, se disculpa porque "por error" ha quedado algo salada. Ya es curioso (¿creíble?) que la disculpa preceda a la queja, pero más aún que ello nos haya de privar del derecho al pataleo.
Claro que cuando los responsables de la nota catalano-arábiga se explican, todavía es peor. Es que los padres -nos dicen- no se quejan porque la nota no esté en castellano, sino por el hecho de que esté en árabe. (Traducción: malditos racistas...)
Es decir, estos profesores se sorprenden de que unos castellanoparlantes que hasta ahora venían tragando la discriminación de su lengua sin rechistar, cuando al desdén se añade el recochineo, acaben rebotándose.
Propongo que la próxima circular se escriba en rumano y en árabe; así demostraríamos lo guays y multicultis que somos. Y por si acaso, ya en la misma nota, incluimos la disculpa a catalanoparlantes y castellanoparlantes, asegurando que se trata de un error, sí, qué pasa. A ver si vamos a empezar a quejarnos. Racistas, más que racistas.
viernes, 15 de octubre de 2010
viernes, 8 de octubre de 2010
Anglada no es Wilders [ACTUALIZADO]
Una cosa es que podamos estar de acuerdo con algunas afirmaciones sobre el islam del líder de Plataforma por Cataluña, Josep Anglada, y otra muy distinta, que tengamos que tragarnos el resto de su mensaje antiliberal por ello. Por si alguien no sabe de qué va el asunto, aquí transcribo unos extractos del programa de PxC, que se puede consultar en su web:
"El despotismo liberal del mercado supone que todo puede ser objeto de explotación, sin límites, y que el sentido de la vida se resume en acumular bienes de consumo de todo tipo. Igualmente, es evidente que este proyecto materialista está destinado al fracaso, porque los recursos del planeta son limitados y la vida tal como la conocemos tendrá que cambiar, queramos o no.
Los políticos tradicionales, atados de pies y manos a los poderes económicos, no pueden parar este tren del consumo que avanza a tumba abierta hacia la nada. El problema ecológico demuestra la diferencia radical entre consumismo y estado del bienestar. O paramos el consumo descontrolado o terminaremos con el bienestar, un concepto complejo que también abarca la vida espiritual del hombre y resulta inseparable de la naturaleza.
El imperio liberal del mercado de trabajo, con contratos inestables y precarios, imposibilita el acceso a la vivienda de muchos jóvenes que tan solo aspiran a formar una familia y educar a sus hijos. (...)
Por tanto, es el propio liberalismo económico el que fomenta la incapacidad de fundar familias y el consecuente descenso del índice de natalidad, que después se compensa con la importación de inmigrantes."
Se trata obviamente de un discurso típicamente falangista, es decir, fascista (el ingrediente ecológico es muy característico), que demuestra que, en realidad, Anglada no se ha movido de donde estaba, cuando era el hombre de Blas Piñar en Cataluña.
Y de manera incidental, se demuestra también que, definitivamente, Enrique de Diego ha perdido el norte, al juntarse con personajes como Anglada.
Dejemos por ahora de lado el tratamiento de la noticia a que se presta El Mundo, siempre queriendo ser más políticamente correcto que El País. Lo cierto es que, por una vez, la corrección política imperante acierta cuando tacha a Josep Anglada de ultraderechista, pero como suele suceder, lo hace por las razones estrictamente equivocadas. El seudoprogresismo rechaza lo que llama islamofobia, que es precisamente la única parte del discurso de PxC aprovechable, con las matizaciones pertinentes. Pero es incapaz de reconocer el núcleo antiliberal de su ideario, porque el socialismo de derechas es un espejo demasiado incómodo para el socialismo de izquierdas más o menos implícito.
Un Geert Wilders, que condena la expansión del islam en Holanda desde principios inequívocamente liberales, es lo más opuesto que se pueda concebir, hasta donde sabemos, a un Josep Anglada, que denuncia la inmigración a partir del populismo más desvergonzado, recurriendo a la falacia de que los extranjeros roban puestos de trabajo a los autóctonos, aunque incidentalmente también enuncie algunas verdades. Cuando desde determinados discursos (tanto de izquierda colectivista como libertarios) se los mete en el mismo saco, se incurre en la misma burda maniobra del seudoprogresismo, que clasifica dentro de la derecha extrema a Esperanza Aguirre y a José María Aznar. Y esta confusión sólo beneficia, como siempre, a los antiliberales de todos los partidos.
"El despotismo liberal del mercado supone que todo puede ser objeto de explotación, sin límites, y que el sentido de la vida se resume en acumular bienes de consumo de todo tipo. Igualmente, es evidente que este proyecto materialista está destinado al fracaso, porque los recursos del planeta son limitados y la vida tal como la conocemos tendrá que cambiar, queramos o no.
Los políticos tradicionales, atados de pies y manos a los poderes económicos, no pueden parar este tren del consumo que avanza a tumba abierta hacia la nada. El problema ecológico demuestra la diferencia radical entre consumismo y estado del bienestar. O paramos el consumo descontrolado o terminaremos con el bienestar, un concepto complejo que también abarca la vida espiritual del hombre y resulta inseparable de la naturaleza.
El imperio liberal del mercado de trabajo, con contratos inestables y precarios, imposibilita el acceso a la vivienda de muchos jóvenes que tan solo aspiran a formar una familia y educar a sus hijos. (...)
Por tanto, es el propio liberalismo económico el que fomenta la incapacidad de fundar familias y el consecuente descenso del índice de natalidad, que después se compensa con la importación de inmigrantes."
Se trata obviamente de un discurso típicamente falangista, es decir, fascista (el ingrediente ecológico es muy característico), que demuestra que, en realidad, Anglada no se ha movido de donde estaba, cuando era el hombre de Blas Piñar en Cataluña.
Y de manera incidental, se demuestra también que, definitivamente, Enrique de Diego ha perdido el norte, al juntarse con personajes como Anglada.
Dejemos por ahora de lado el tratamiento de la noticia a que se presta El Mundo, siempre queriendo ser más políticamente correcto que El País. Lo cierto es que, por una vez, la corrección política imperante acierta cuando tacha a Josep Anglada de ultraderechista, pero como suele suceder, lo hace por las razones estrictamente equivocadas. El seudoprogresismo rechaza lo que llama islamofobia, que es precisamente la única parte del discurso de PxC aprovechable, con las matizaciones pertinentes. Pero es incapaz de reconocer el núcleo antiliberal de su ideario, porque el socialismo de derechas es un espejo demasiado incómodo para el socialismo de izquierdas más o menos implícito.
Un Geert Wilders, que condena la expansión del islam en Holanda desde principios inequívocamente liberales, es lo más opuesto que se pueda concebir, hasta donde sabemos, a un Josep Anglada, que denuncia la inmigración a partir del populismo más desvergonzado, recurriendo a la falacia de que los extranjeros roban puestos de trabajo a los autóctonos, aunque incidentalmente también enuncie algunas verdades. Cuando desde determinados discursos (tanto de izquierda colectivista como libertarios) se los mete en el mismo saco, se incurre en la misma burda maniobra del seudoprogresismo, que clasifica dentro de la derecha extrema a Esperanza Aguirre y a José María Aznar. Y esta confusión sólo beneficia, como siempre, a los antiliberales de todos los partidos.
[ACTUALIZACIÓN 10-10-10: Un criterio sencillo para confirmar o descartar el cargo de ultraderechista es la actitud ante Estados Unidos e Israel. Geert Wilders ha hecho encendidos elogios de los EE.UU. y ha mostrado su apoyo más explícito a Israel. Tanto el fascismo como el neofascismo se caracterizan en cambio por un antiamericanismo y antisemitismo virulentos, al igual que la extrema izquierda. No conozco declaraciones explícitas de Anglada al respecto, pero en su último libro (que no he leído) cita a Benoist y la Nouvelle Droite, que son furibundamente antiamericanos, aunque es verdad que también cita a Hayek, e incorpora el liberalismo como un ingrediente más de su ideología, que denomina "populismo identitario". Está claro que Anglada no tiene un pelo de tonto, pero por eso mismo es difícil saber qué piensa realmente, y más con el precedente de un vídeo ya antiguo de TV3, en el que sin saber que estaba siendo filmado con cámara oculta, confesaba su simpatía por Ynestrillas y sujetos similares, y admitía que no le convenía manifestarla. Véase extracto del libro. ACTUALIZACIÓN 30-12-10: Enrique de Diego se ha caído del guindo. Y de paso, sus palabras confirman que PxC tiene un núcleo inequívocamente fascista, y puede que incluso neonazi.]
Etiquetas:
Geert Wilders,
Inmigración,
Islam,
Liberalismo,
Socialismo
sábado, 28 de agosto de 2010
La Guerra de Iraq y el terrorismo islamista
Con motivo de la retirada de las fuerzas ocupantes de los Estados Unidos en Iraq, ordenada por el presidente Obama para cumplir una frívola promesa electoral, la mayor parte de los medios de comunicación han aprovechado para realizar sus particulares balances. Casi todos ellos han hecho hincapié en que no se han hallado armas de destrucción masiva, de lo cual deducen aventuradamente que jamás existieron y que los pretextos esgrimidos para la invasión fueron, por tanto, espurios. En apoyo de esta opinión han venido de perlas las declaraciones en comisión parlamentaria de Eliza Manningham-Buller, que fue directora del MI5 entre 2002 y 2007. Según la ex jefa de la inteligencia británica, no existieron nunca evidencias de que Saddam Hussein supusiera un peligro inminente para la seguridad de las democracias occidentales y, en cambio, la Guerra de Iraq sólo ha servido para alimentar al terrorismo yihadista.
Sorprende ante todo que la señora Manningham-Buller diga esto ahora, cuando, durante el tiempo que ocupó su cargo, puso especial énfasis en recordar que el primer atentado de Al-Qaeda en el Reino Unido fue anterior a la Guerra de Iraq, y que Estados Unidos y Europa Occidental han sido objetivos de la organización terrorista desde mucho antes de la intervención para derrocar el régimen baasista (1). Cabe preguntarse si sus declaraciones no son un intento de diluir su propia responsabilidad al frente del MI5 cuando se produjeron los atentados de Londres del 2005, culpando de ellos, en parte, a decisiones supuestamente equivocadas en política exterior. Sobre todo teniendo en cuenta que, según fuentes no desmentidas, el día anterior a los crímenes islamistas ella había asegurado a varios diputados laboristas que no existía una amenaza inminente (2).
En todo caso, más allá de motivaciones psicológicas en las que sería ocioso entrar, sí merece la pena evaluar si como consecuencia de la Guerra de Iraq, el terrorismo contra los aliados occidentales que participaron en la invasión se ha visto incrementado en sus propios países. Una medida obvia de ello es la magnitud de los atentados terroristas cometidos en suelo europeo y americano desde 2003. Pues bien, aparte de los mencionados de Londres, tenemos los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, que dejaron casi doscientos muertos. Lo que nos lleva a ciertas consideraciones.
Según sentencia judicial, los condenados por su participación en los atentados de Madrid eran “miembros de células o grupos terroristas de tipo yihadista”, pero en ningún momento se establece probada la conexión organizativa con Al-Qaeda. De hecho, el seguimiento de la pista islamista se desencadenó por el hallazgo de un vehículo con indicios de haber servido para transportar explosivos e individuos de religión musulmana. Sin embargo, la sentencia dictada en 2007 admite que no ha quedado demostrada la utilización de dicho vehículo (una furgoneta Renault Kangoo) en los atentados. Pese a ello, sorprendentemente, el juez Gómez Bermúdez afirmó que era válido sostener “conclusiones jurídicas iguales o muy similares a las que se llegaría de tener por probado tal hecho” (!). Si a esto añadimos las serias dudas que inspiran otros aspectos de la investigación policial, como las relacionadas con la determinación de los explosivos, que fueron zanjadas por la sentencia con parecida doctrina jurídica, los fundamentos de la versión oficial se revelan de una inaudita fragilidad. No sólo por la insuficiencia de las pruebas, sino por los vertiginosos indicios de manipulación. La posibilidad de que elementos de las fuerzas de seguridad españolas, desleales al gobierno de Aznar, priorizaran la hipótesis de la autoría islamista para influir en el resultado de las elecciones legislativas, celebradas tres días después de los atentados, no ha escapado a diversos analistas, y es la tesis defendida entre otros por el abogado de las víctimas José María de Pablo.
Es difícil negar que los socialistas, vencedores de los sufragios, y que permanecen en el poder desde entonces, debieron su éxito electoral a la habilidad para instilar entre la población la idea de que los atentados fueron una represalia por el apoyo de Aznar a Bush y a Blair en la Guerra de Iraq. Y esta interpretación no es muy distinta de la que sugiere la ex directora del MI5 cuando cuestiona los motivos y, sobre todo, la conveniencia de la guerra de Iraq para la seguridad del Reino Unido. La diferencia es que los atentados de Londres fueron indiscutiblemente obra de islamistas, que escaparon a la acción preventiva de la inteligencia británica, mientras que los atentados de Madrid siguen sin haber sido aclarados, no sabemos si por inepcia o por causas de índole más escabrosa.
A tenor de estas consideraciones, establecer una relación causal entre la Guerra de Iraq y el terrorismo islamista en suelo occidental, no deja de ser una tesis sumamente imprudente. Primero, porque no se ha producido un drástico aumento de atentados terroristas fuera de Iraq tras el conflicto. Y segundo, porque Al-Qaeda utiliza cualquier pretexto para justificar sus crímenes, desde el conflicto palestino-israelí, hasta la reivindicación del Califato, pasando, claro está, por la invasión de Iraq. Adoptar los conceptos de la propaganda islamista, por mezquinas razones personales o por sórdidos cálculos electorales, es una muestra de debilidad de las democracias que sus enemigos no dudarán en aprovechar.
Sorprende ante todo que la señora Manningham-Buller diga esto ahora, cuando, durante el tiempo que ocupó su cargo, puso especial énfasis en recordar que el primer atentado de Al-Qaeda en el Reino Unido fue anterior a la Guerra de Iraq, y que Estados Unidos y Europa Occidental han sido objetivos de la organización terrorista desde mucho antes de la intervención para derrocar el régimen baasista (1). Cabe preguntarse si sus declaraciones no son un intento de diluir su propia responsabilidad al frente del MI5 cuando se produjeron los atentados de Londres del 2005, culpando de ellos, en parte, a decisiones supuestamente equivocadas en política exterior. Sobre todo teniendo en cuenta que, según fuentes no desmentidas, el día anterior a los crímenes islamistas ella había asegurado a varios diputados laboristas que no existía una amenaza inminente (2).
En todo caso, más allá de motivaciones psicológicas en las que sería ocioso entrar, sí merece la pena evaluar si como consecuencia de la Guerra de Iraq, el terrorismo contra los aliados occidentales que participaron en la invasión se ha visto incrementado en sus propios países. Una medida obvia de ello es la magnitud de los atentados terroristas cometidos en suelo europeo y americano desde 2003. Pues bien, aparte de los mencionados de Londres, tenemos los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, que dejaron casi doscientos muertos. Lo que nos lleva a ciertas consideraciones.
Según sentencia judicial, los condenados por su participación en los atentados de Madrid eran “miembros de células o grupos terroristas de tipo yihadista”, pero en ningún momento se establece probada la conexión organizativa con Al-Qaeda. De hecho, el seguimiento de la pista islamista se desencadenó por el hallazgo de un vehículo con indicios de haber servido para transportar explosivos e individuos de religión musulmana. Sin embargo, la sentencia dictada en 2007 admite que no ha quedado demostrada la utilización de dicho vehículo (una furgoneta Renault Kangoo) en los atentados. Pese a ello, sorprendentemente, el juez Gómez Bermúdez afirmó que era válido sostener “conclusiones jurídicas iguales o muy similares a las que se llegaría de tener por probado tal hecho” (!). Si a esto añadimos las serias dudas que inspiran otros aspectos de la investigación policial, como las relacionadas con la determinación de los explosivos, que fueron zanjadas por la sentencia con parecida doctrina jurídica, los fundamentos de la versión oficial se revelan de una inaudita fragilidad. No sólo por la insuficiencia de las pruebas, sino por los vertiginosos indicios de manipulación. La posibilidad de que elementos de las fuerzas de seguridad españolas, desleales al gobierno de Aznar, priorizaran la hipótesis de la autoría islamista para influir en el resultado de las elecciones legislativas, celebradas tres días después de los atentados, no ha escapado a diversos analistas, y es la tesis defendida entre otros por el abogado de las víctimas José María de Pablo.
Es difícil negar que los socialistas, vencedores de los sufragios, y que permanecen en el poder desde entonces, debieron su éxito electoral a la habilidad para instilar entre la población la idea de que los atentados fueron una represalia por el apoyo de Aznar a Bush y a Blair en la Guerra de Iraq. Y esta interpretación no es muy distinta de la que sugiere la ex directora del MI5 cuando cuestiona los motivos y, sobre todo, la conveniencia de la guerra de Iraq para la seguridad del Reino Unido. La diferencia es que los atentados de Londres fueron indiscutiblemente obra de islamistas, que escaparon a la acción preventiva de la inteligencia británica, mientras que los atentados de Madrid siguen sin haber sido aclarados, no sabemos si por inepcia o por causas de índole más escabrosa.A tenor de estas consideraciones, establecer una relación causal entre la Guerra de Iraq y el terrorismo islamista en suelo occidental, no deja de ser una tesis sumamente imprudente. Primero, porque no se ha producido un drástico aumento de atentados terroristas fuera de Iraq tras el conflicto. Y segundo, porque Al-Qaeda utiliza cualquier pretexto para justificar sus crímenes, desde el conflicto palestino-israelí, hasta la reivindicación del Califato, pasando, claro está, por la invasión de Iraq. Adoptar los conceptos de la propaganda islamista, por mezquinas razones personales o por sórdidos cálculos electorales, es una muestra de debilidad de las democracias que sus enemigos no dudarán en aprovechar.
lunes, 16 de agosto de 2010
Contra la tolerancia unilateral
De nuevo ha ocurrido. La división de opiniones, dentro del mundo liberal, sobre los límites de las libertades, es un fenómeno recurrente. Unos a favor de la tolerancia hacia el burka, otros en contra. Unos a favor de las leyes contra el negacionismo del Holocausto (o la propaganda comunista en Polonia), otros en contra. Unos -y aquí la polémica es naturalmente mucho más agria- a favor del aborto y otros en contra. Y ahora, hay liberales que estamos en contra de la construcción de una mezquita en la Zona Cero, y los hay, como José Carlos Rodríguez, que opinan que ello atentaría contra la libertad religiosa.
Estas disputas se complican cuando, además, una de las partes se arroga el monopolio de repartir carnets de liberales, como en esta ocasión ha hecho JCR, pontificando acerca de lo que "un buen liberal sabe por instinto". Yo no sé si mi instinto estará embotado o no, pero manifestaré mi opinión sin cuestionarme el liberalismo de José Carlos, que por otros artículos suyos me parece innegablemente aquilatado. Sencillamente, ser liberales no nos hace infalibles, no nos proporciona un método apriorístico para acertar siempre, porque ese método no existe.
Replico las más destacadas afirmaciones de JCR, y luego expondré propiamente mi argumentación positiva.
1) Dice JCR que la mezquita de la Zona Cero no es una mezquita. Bien, esto creo que hay que tomarlo como una broma, porque una mezquita no deja de serlo porque le añadamos una biblioteca, instalaciones deportivas, un auditorio y un restaurante. El conjunto si queremos no será una mezquita, sino un centro islámico. Pero como el propio artículo de JCR admite implícitamente, es obvio que aquí no se trata de un problema de nombres, ni de información, sino de principios.
2) La mezquita, señala JCR, no se construye en la Zona Cero, sino "a dos o tres manzanas de distancia". Retóricamente, JCR se pregunta a qué distancia permitiremos que se construya una mezquita. Pero existe una respuesta exacta a esta cuestión. Ya hay muchas mezquitas o centros islámicos en Nueva York, como por ejemplo el Masjid Manhattan, en 20 Warren Street, a unos cuatrocientos metros de la Zona Cero. La cuestión no es la distancia mínima a la cual puede construirse otro centro islámico, sino qué necesidad existe de meter el dedo en el ojo a la memoria de las cerca de tres mil personas asesinadas allí en nombre de Alá.
3) Según JCR, los fines del "centro cultural", como él lo llama, son "promover la integración y la tolerancia hacia las diferencias", etc, lo cual admite que podría ser falso, pero en todo caso no es una provocación explícita. Esto también parece un chiste. Sabemos que quien está al frente de la iniciativa es un imán llamado Feisal Abdul Rauz, que se ha negado a calificar a Hamás de grupo terrorista, y que a los pocos días del 11-S realizó ambiguas declaraciones sobre la supuesta responsabilidad de Estados Unidos en la muerte de muchos inocentes en el mundo... ¿Qué opinaría JCR si un grupo vagamente neonazi quisiera erigir un monumento en Auschwitz para "promover la tolerancia y el diálogo entre arios y semitas"?
4) Finalmente, señala JCR que los terrenos donde se pretende edificar la Casa Córdoba (por cierto, el nombrecito se las trae) son de propiedad privada, institución de donde emana todo derecho, incluída la libertad religiosa. Desde luego, para mí la propiedad privada es también un derecho primordial, pero no veo qué ganamos reduciendo otros derechos (como el derecho a la vida, o la libertad de expresión) a emanaciones de sólo uno de ellos. Más bien sospecho que perdemos. Rothbard, de quien procede esta concepción, defendía por ejemplo el aborto en nombre del derecho a la posesión del propio cuerpo, con lo cual se cargaba el derecho a la vida del nonato. Supeditar unos derechos a otros por principio es tramposo, constituye en el fondo una manera de justificar la conculcación de casi cualquier derecho. Si las libertades entran en conflicto, lo prudente es decidir en cada caso cuál prevalece, no afirmar apriorísticamente cuál debe hacerlo siempre. El derecho de propiedad no justifica que se pueda contruir una mezquita, una discoteca o una central térmica en cualquier sitio. Esto es algo que entiende todo el mundo, y poco servicio hace al liberalismo identificarlo con posiciones de un simplismo dogmático.
Pero todo lo anterior es, si se me permite, accesorio. Aquí la cuestión es que tenemos un movimiento islamista, que se apoya en la segunda religión por número de creyentes en el planeta, y que pretende someter el mundo entero a regímenes teocráticos, utilizando para ello tanto métodos violentos como la infiltración en las instituciones democráticas. Este movimiento es responsable del mayor atentado terrorista de la historia, y nueve años después, una de sus muchas pantallas moderadas (pero que no condena a Hamás) decide construir un centro islámico junto al lugar de dicho atentado. Obsérvese la diferencia entre la Iglesia Católica, que pide perdón por el arresto domiciliario de Galileo, sentenciado hace casi cuatro siglos, y los islamistas, que no tienen problema en ofender con descaro la sensibilidad de todo un país, tachando de islamófobo a cualquiera que ose criticarlos.
No estuve en absoluto de acuerdo con Geert Wilders (a pesar de mis simpatías por el político holandés) cuando propuso que el Corán debería prohibirse por ser un libro fascista, al igual que Mein Kampf. Ni el Corán, ni siquiera el libro de Hitler, deberían prohibirse. Tampoco me parecieron acertadas las leyes polacas contra los símbolos comunistas. Es una violación clarísima de la libertad individual prohibir que se pueda leer a Hitler o lucir una camiseta del Che. Ahora bien, mostrar las cubiertas de Mi lucha en Mauthausen, o la hoz y el martillo en Katyn, serían provocaciones intolerables. Las circunstancias son importantes, y resulta absurdo ignorarlas. No porque toleremos el nudismo estamos obligados a aceptar que cualquiera pueda ir desnudo por la calle. Por supuesto, las circunstancias en relación con el islam no son necesariamente inmutables, pueden cambiar en el futuro. El día que se pueda construir un templo cristiano en La Meca, no veré inconveniente en que se levante una mezquita en las inmediaciones de las desaparecidas Torres Gemelas, porque esto significará que el islam ha evolucionado, y podremos creernos sus exhortaciones a la integración y a la tolerancia. Mientras tanto, pedir que seamos nosotros quienes demos el primer paso me recuerda a aquellos pacifistas que durante la guerra fría exigían el desarme unilateral de Occidente, pero no mostraban parecida incomodidad por las cabezas nucleares soviéticas apuntando a las capitales europeas.
Replico las más destacadas afirmaciones de JCR, y luego expondré propiamente mi argumentación positiva.
1) Dice JCR que la mezquita de la Zona Cero no es una mezquita. Bien, esto creo que hay que tomarlo como una broma, porque una mezquita no deja de serlo porque le añadamos una biblioteca, instalaciones deportivas, un auditorio y un restaurante. El conjunto si queremos no será una mezquita, sino un centro islámico. Pero como el propio artículo de JCR admite implícitamente, es obvio que aquí no se trata de un problema de nombres, ni de información, sino de principios.
2) La mezquita, señala JCR, no se construye en la Zona Cero, sino "a dos o tres manzanas de distancia". Retóricamente, JCR se pregunta a qué distancia permitiremos que se construya una mezquita. Pero existe una respuesta exacta a esta cuestión. Ya hay muchas mezquitas o centros islámicos en Nueva York, como por ejemplo el Masjid Manhattan, en 20 Warren Street, a unos cuatrocientos metros de la Zona Cero. La cuestión no es la distancia mínima a la cual puede construirse otro centro islámico, sino qué necesidad existe de meter el dedo en el ojo a la memoria de las cerca de tres mil personas asesinadas allí en nombre de Alá.
3) Según JCR, los fines del "centro cultural", como él lo llama, son "promover la integración y la tolerancia hacia las diferencias", etc, lo cual admite que podría ser falso, pero en todo caso no es una provocación explícita. Esto también parece un chiste. Sabemos que quien está al frente de la iniciativa es un imán llamado Feisal Abdul Rauz, que se ha negado a calificar a Hamás de grupo terrorista, y que a los pocos días del 11-S realizó ambiguas declaraciones sobre la supuesta responsabilidad de Estados Unidos en la muerte de muchos inocentes en el mundo... ¿Qué opinaría JCR si un grupo vagamente neonazi quisiera erigir un monumento en Auschwitz para "promover la tolerancia y el diálogo entre arios y semitas"?
4) Finalmente, señala JCR que los terrenos donde se pretende edificar la Casa Córdoba (por cierto, el nombrecito se las trae) son de propiedad privada, institución de donde emana todo derecho, incluída la libertad religiosa. Desde luego, para mí la propiedad privada es también un derecho primordial, pero no veo qué ganamos reduciendo otros derechos (como el derecho a la vida, o la libertad de expresión) a emanaciones de sólo uno de ellos. Más bien sospecho que perdemos. Rothbard, de quien procede esta concepción, defendía por ejemplo el aborto en nombre del derecho a la posesión del propio cuerpo, con lo cual se cargaba el derecho a la vida del nonato. Supeditar unos derechos a otros por principio es tramposo, constituye en el fondo una manera de justificar la conculcación de casi cualquier derecho. Si las libertades entran en conflicto, lo prudente es decidir en cada caso cuál prevalece, no afirmar apriorísticamente cuál debe hacerlo siempre. El derecho de propiedad no justifica que se pueda contruir una mezquita, una discoteca o una central térmica en cualquier sitio. Esto es algo que entiende todo el mundo, y poco servicio hace al liberalismo identificarlo con posiciones de un simplismo dogmático.
Pero todo lo anterior es, si se me permite, accesorio. Aquí la cuestión es que tenemos un movimiento islamista, que se apoya en la segunda religión por número de creyentes en el planeta, y que pretende someter el mundo entero a regímenes teocráticos, utilizando para ello tanto métodos violentos como la infiltración en las instituciones democráticas. Este movimiento es responsable del mayor atentado terrorista de la historia, y nueve años después, una de sus muchas pantallas moderadas (pero que no condena a Hamás) decide construir un centro islámico junto al lugar de dicho atentado. Obsérvese la diferencia entre la Iglesia Católica, que pide perdón por el arresto domiciliario de Galileo, sentenciado hace casi cuatro siglos, y los islamistas, que no tienen problema en ofender con descaro la sensibilidad de todo un país, tachando de islamófobo a cualquiera que ose criticarlos.
No estuve en absoluto de acuerdo con Geert Wilders (a pesar de mis simpatías por el político holandés) cuando propuso que el Corán debería prohibirse por ser un libro fascista, al igual que Mein Kampf. Ni el Corán, ni siquiera el libro de Hitler, deberían prohibirse. Tampoco me parecieron acertadas las leyes polacas contra los símbolos comunistas. Es una violación clarísima de la libertad individual prohibir que se pueda leer a Hitler o lucir una camiseta del Che. Ahora bien, mostrar las cubiertas de Mi lucha en Mauthausen, o la hoz y el martillo en Katyn, serían provocaciones intolerables. Las circunstancias son importantes, y resulta absurdo ignorarlas. No porque toleremos el nudismo estamos obligados a aceptar que cualquiera pueda ir desnudo por la calle. Por supuesto, las circunstancias en relación con el islam no son necesariamente inmutables, pueden cambiar en el futuro. El día que se pueda construir un templo cristiano en La Meca, no veré inconveniente en que se levante una mezquita en las inmediaciones de las desaparecidas Torres Gemelas, porque esto significará que el islam ha evolucionado, y podremos creernos sus exhortaciones a la integración y a la tolerancia. Mientras tanto, pedir que seamos nosotros quienes demos el primer paso me recuerda a aquellos pacifistas que durante la guerra fría exigían el desarme unilateral de Occidente, pero no mostraban parecida incomodidad por las cabezas nucleares soviéticas apuntando a las capitales europeas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)