Según Oxfam, “en sólo dos años el 1% más rico de la población acaparará más riqueza que el 99 % restante”. Actualmente, este porcentaje (70 millones de personas, en números redondos) ya posee el 48 % de la riqueza mundial.
Los autores sostienen que buena parte del enriquecimiento de esa minoría se debe a la influencia de grupos de presión financieros y farmacéuticos sobre los gobiernos, a costa del interés general. Por todo ello, proponen una serie de medidas que, en resumen, implican aumentar el gasto público y las regulaciones sobre el sector privado.
La noticia de que una exigua minoría controla casi la mitad de la riqueza mundial, y que en breve tiempo disfrutará de más del cincuenta por ciento, ha saltado a los medios de comunicación como la revelación de una obscenidad. La idea popular de que los ricos cada vez son más ricos –insultantemente ricos– y los pobres más pobres se ha visto reforzada con cifras concretas y poderosamente intuitivas. Pero no por ello deja de ser una idea falsa.
Como ha señalado el economista Juan Ramón Rallo, con los datos en la mano, y pese a todos los problemas coyunturales, “el mundo nunca ha sido un lugar mejor”. Desde 1980, la población que sufre extrema pobreza ha pasado del 43 % al 17 %, la desnutrición del 21 al 11,3 %, la mortalidad de los menores de cinco años del 11,5 al 4,6. Han aumentado también notablemente, a nivel global, la esperanza de vida, el acceso al agua potable y al alcantarillado, la alfabetización y la escolarización...
Es verdad que cada vez hay más ricos, y que la riqueza de algunos de ellos se ha incrementado. Pero es falso que cada día haya más pobreza en el mundo. Sencillamente, la tesis de que la opulencia de los unos se origina en la miseria de los otros carece de confirmación empírica. Y bien mirado, esto no debería sorprendernos. La riqueza no es una magnitud estanca ni estática. Las personas adineradas consumen e invierten, crean innumerables empleos directos e indirectos, destinan ingentes sumas a obras filantrópicas. El dinero no se limita a fluir hacia ellas, sino que circula también en sentido contrario, y con profusión.
Sin duda es cierto que algunos ricos se ven beneficiados por los gobiernos, gracias a sus actividades de lobby. (Y no olvidemos a otras minorías, como los agricultores, los ecologistas, los gays y un larguísimo etcétera.) Pero si políticos y burócratas no controlaran un porcentaje tan alto de la economía, su capacidad de favorecer caprichosamente a intereses particulares sería menor.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los estados han venido desplazando al mercado como proveedores de ciertos servicios públicos, hasta el punto de que se ha generalizado la impresión de que no existe otro medio de universalizar la sanidad, la educación o las pensiones. Pero transferir la riqueza desde la sociedad hacia los burócratas no equivale a que aquella se redistribuya; simplemente convierte a una gran parte de la población en dependiente, cuando no en rehén, de la arbitrariedad política, que decide sobre el número de camas de hospital, los contenidos educativos, la edad de jubilación o el monto de esta, en función de criterios ideológicos y ajenos a cualquier lógica sostenible.
Se dirá que sigue siendo escandaloso que un 1 % de la población “acapare” (según el tendencioso término de Oxfam) casi la mitad de la riqueza mundial. Pero, ¿qué debería preocuparnos más, la pobreza en sentido absoluto –que haya gente que no tiene suficiente para comer, para medicinas, etc.– o la desigualdad? Porque se trata de dos cosas distintas. Si A posee una riqueza mil veces superior a B, y la de ambos se multiplica por dos, la desigualdad seguirá siendo relativamente la misma, pero es evidente que la situación de B habrá mejorado radicalmente. ¿Debería molestarle a B que a A también le vaya mejor?
Las desigualdades no se dan solamente en la economía. Se observan en multitud de campos, tanto sociales como naturales. Ello no demuestra que la desigualdad económica sea una necesidad cósmica ineludible, pero sí que tal vez debería sorprendernos mucho menos.
El 1 % más rico de la población tampoco es un club cerrado ni homogéneo. El propio informe Oxfam admite que sólo el 34 % de milmillonarios de la lista Forbes ha heredado una parte o la totalidad de su fortuna. Y entre los setenta millones de individuos que suman el 48 % de la riqueza mundial existen abismales diferencias, desde los 80.000 millones de dólares de Bill Gates hasta menos de un millón. (El número de personas con más de un millón de dólares asciende a 35 millones, según Credit Suisse.)
¿Es un escándalo que haya seres humanos mucho más opulentos que otros? Puede que lo sea, pero a poco que reflexionemos, veremos que se trata de una realidad cotidiana; habitual, sin ir más lejos, en la mayoría de las familias. Los padres suelen ser cien o mil veces más ricos que sus hijos, cuyo patrimonio se reduce a una bicicleta y a una hucha. Se dirá que el ejemplo no vale, pero lo que reflejan propiamente las estadísticas esgrimidas por Oxfam es la riqueza nominal, que no siempre se corresponde exactamente con el nivel de vida.
Solamente por motivos prácticos, deberíamos centrarnos mucho más en la pobreza absoluta que en la desigualdad, un concepto estadístico que se presta demasiado a la manipulación emocional. Aunque sea una tautología, por lo visto hay que decirlo: la pobreza sólo se reduce realmente facilitando la creación de riqueza. Ese 1 % de seres humanos más ricos debería ser visto no con resentimiento, sino como un estímulo, como un motor de progreso.
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sábado, 31 de enero de 2015
El uno por ciento más rico
sábado, 30 de noviembre de 2013
Políticos, vendedores y curas
Es un tópico acusar a los políticos de embusteros, y también a los publicitarios. Pero quizás no nos hemos parado a pensar lo suficiente en lo que sucedería si políticos y vendedores dijeran siempre, y ante todo, toda la verdad y nada más que la verdad. Un político, un vendedor de crecepelo o un fabricante de lavadoras que dijeran la pura verdad, no se comerían un rosco. El político debería, por ejemplo, decir que un sistema sanitario gratuito (costeado por los contribuyentes) tiende al colapso, porque favorece una demanda ilimitada e inasumible. ("Ya que pago mis impuestos, tengo derecho a..., etc.") O que subsidiar durante dos años a los desempleados favorece que estos no se esfuercen lo suficiente en encontrar un trabajo, aunque no esté tan bien pagado como desearían. ("Para eso, prefiero seguir cobrando el paro.") Un político que fuera lo suficientemente honrado para decirle a la cara a los ciudadanos estas verdades, y otras muchas, se encontraría con que estos preferirían escuchar (y votar) a competidores menos escrupulosos con la verdad, más dispuestos a halagar al público y a decirle lo que este quiere oír, y por supuesto a tachar de "insensibles" a sus sinceros contrincantes.
Lo mismo le sucede a cualquier vendedor, que sabe que su producto, aunque sea bueno, rara vez es el mejor, y que tiene ventajas e inconvenientes frente a la competencia o frente a otras alternativas. Es obvio que si le planteara la cuestión al cliente en términos puramente racionales, este diferiría la adquisición y posiblemente acabara efectuándola a otro comerciante más avispado, que no renunciara a pulsar los resortes emocionales que nos llevan a toda decisión de compra, desde una determinada marca de champú hasta un seguro de vida. Todos los manuales de técnicas de ventas inciden en tratar de encontrar esos resortes, que en esencia se reducen a un único principio fundamental: agradar al cliente y no contrariarle bajo ninguna circunstancia; "el cliente siempre tiene la razón". Como observa un viejo manual de ventas titulado El placer de vender, de Jean T. Auer: "A nadie le gusta ser criticado; no critique pues a su cliente, ¡no lo corrija!"
Por lo dicho, es un error de principio esperar de un político que trate de elevarnos moralmente. Semejante expectativa es poco menos ingenua que esperar del dueño de un bar un discurso en contra del consumo inmoderado de alcohol. Ahora bien, un fenómeno de los tiempos modernos es que quien debería realizar esta función profética (en el sentido del Antiguo Testamento), quien debería sacudirnos de nuestra autocomplacencia, se ha desentendido hace mucho tiempo de su responsabilidad. Nos referimos a la clase intelectual. Por lo general, la mayoría de intelectuales, al igual que los políticos, han optado por caer simpáticos a cualquier precio, hasta el punto de que se permiten criticar a los gobernantes por no ser todavía más serviles ante las pretensiones y demandas de las masas (las llaman "derechos"), o por no cumplir promesas que son imposibles de cumplir, y que nunca deberían haberse hecho.
Lo que resulta ya verdaderamente chocante es cuando estos mismos intelectuales adoptan una postura de crítica hacia lo que ellos llaman "populismo" y se oponen firmemente a "legislar en caliente". Es decir, por un lado asumen las demandas de providencialismo estatal más irresponsables, y por el otro se muestran como exquisitos legalistas, que deploran exigencias tan legítimas como la cadena perpetua para el crimen de asesinato, o se atreven a afear a las víctimas del terrorismo su oposición a la excarcelación anticipada de los verdugos de sus familiares. Al parecer, inclinarse ante el pueblo sólo es válido cuando ello redunda en entregar más poder a los gobernantes, en entregarles más dinero y en exonerarlos de su obligación principal de salvaguardar el orden y la justicia. Y así vemos que estos mismos políticos que se reparten impúdicamente el poder judicial, se muestran hipócritamente impotentes ante decisiones judiciales aberrantes, con el apoyo de editorialistas "progresistas" por encima del bien y del mal.
El origen de esta contradicción se halla en el mito del Buen Salvaje, que no es más que el olvido del pecado original. Para Pascal, el cristianismo se reduce a dos verdades fundamentales: "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo." Desde el momento que desconocemos nuestra miseria, nuestra condición finita, creemos que podemos prescindir de Dios y por tanto nos negamos a escuchar a cualquiera que pretenda recordarnos que somos mortales, como susurraban los esclavos al oído de los cónsules romanos victoriosos. Esto conduce directamente a cosas tan nefastas como el Estado niñera, y a que los criminales sean equiparados a las víctimas. Y es tan difícil oponerse a esta corriente de autoendiosamiento del individuo, que incluso en las iglesias se echan en falta sermones incómodos, reprobatorios, que sacudan verdaderamente las conciencias; que no se limiten a una retórica muy cercana a la del progresismo, que no obliga a nada más que a experimentar buenos sentimientos, en los cuales los culpables siempre son otros, entidades etéreas como los "poderes políticos y económicos", o la "sociedad", con nuestra participación individual casi infinitesimalmente diluída.
Sorprende que el papa Francisco sostenga que la Iglesia no debe estar todo el día hablando de temas como el aborto, cuando apenas he escuchado nunca en una misa dominical alguna leve alusión al derecho a la vida del no nacido, y en cambio, sin ir más lejos, hace un par de semanas escuché a un cura criticar la sentencia del "Prestige", como un tertuliano al uso cualquiera. No sólo los intelectuales: ni siquiera los clérigos se atreven ya a echarnos en cara nuestra irresponsabilidad, nuestra concupiscencia y nuestros numerosos defectos, de una manera concreta y punzante, en la cual cada uno reconozca dolorosamente sus pecados, y no meramente una vaga mala conciencia compartida. Por supuesto, el término "pecado" está pasado de moda, y sólo se escucha en contextos rituales, rara vez en el sermón del cura.
Nos hemos acomodado, nos hemos acostumbrado demasiado a lo fácil, y cuando la realidad nos pasa factura, lo llamamos "crisis". Nos creíamos materialmente ricos, y acabamos de descubrir que somos pobres. Pero nos queda lo más importante, redescubrir nuestra pobreza esencial, nuestra miseria constitutiva: recuperar la humildad. Y de momento no se advierten síntomas de que estemos en camino de ello. Ni siquiera desde el papado actual, empeñado en ganar adeptos culpando al maestro armero del capitalismo, y a cualquiera que sea lo suficientemente impersonal para no contrariarnos demasiado.
Lo mismo le sucede a cualquier vendedor, que sabe que su producto, aunque sea bueno, rara vez es el mejor, y que tiene ventajas e inconvenientes frente a la competencia o frente a otras alternativas. Es obvio que si le planteara la cuestión al cliente en términos puramente racionales, este diferiría la adquisición y posiblemente acabara efectuándola a otro comerciante más avispado, que no renunciara a pulsar los resortes emocionales que nos llevan a toda decisión de compra, desde una determinada marca de champú hasta un seguro de vida. Todos los manuales de técnicas de ventas inciden en tratar de encontrar esos resortes, que en esencia se reducen a un único principio fundamental: agradar al cliente y no contrariarle bajo ninguna circunstancia; "el cliente siempre tiene la razón". Como observa un viejo manual de ventas titulado El placer de vender, de Jean T. Auer: "A nadie le gusta ser criticado; no critique pues a su cliente, ¡no lo corrija!"
Por lo dicho, es un error de principio esperar de un político que trate de elevarnos moralmente. Semejante expectativa es poco menos ingenua que esperar del dueño de un bar un discurso en contra del consumo inmoderado de alcohol. Ahora bien, un fenómeno de los tiempos modernos es que quien debería realizar esta función profética (en el sentido del Antiguo Testamento), quien debería sacudirnos de nuestra autocomplacencia, se ha desentendido hace mucho tiempo de su responsabilidad. Nos referimos a la clase intelectual. Por lo general, la mayoría de intelectuales, al igual que los políticos, han optado por caer simpáticos a cualquier precio, hasta el punto de que se permiten criticar a los gobernantes por no ser todavía más serviles ante las pretensiones y demandas de las masas (las llaman "derechos"), o por no cumplir promesas que son imposibles de cumplir, y que nunca deberían haberse hecho.
Lo que resulta ya verdaderamente chocante es cuando estos mismos intelectuales adoptan una postura de crítica hacia lo que ellos llaman "populismo" y se oponen firmemente a "legislar en caliente". Es decir, por un lado asumen las demandas de providencialismo estatal más irresponsables, y por el otro se muestran como exquisitos legalistas, que deploran exigencias tan legítimas como la cadena perpetua para el crimen de asesinato, o se atreven a afear a las víctimas del terrorismo su oposición a la excarcelación anticipada de los verdugos de sus familiares. Al parecer, inclinarse ante el pueblo sólo es válido cuando ello redunda en entregar más poder a los gobernantes, en entregarles más dinero y en exonerarlos de su obligación principal de salvaguardar el orden y la justicia. Y así vemos que estos mismos políticos que se reparten impúdicamente el poder judicial, se muestran hipócritamente impotentes ante decisiones judiciales aberrantes, con el apoyo de editorialistas "progresistas" por encima del bien y del mal.
El origen de esta contradicción se halla en el mito del Buen Salvaje, que no es más que el olvido del pecado original. Para Pascal, el cristianismo se reduce a dos verdades fundamentales: "la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo." Desde el momento que desconocemos nuestra miseria, nuestra condición finita, creemos que podemos prescindir de Dios y por tanto nos negamos a escuchar a cualquiera que pretenda recordarnos que somos mortales, como susurraban los esclavos al oído de los cónsules romanos victoriosos. Esto conduce directamente a cosas tan nefastas como el Estado niñera, y a que los criminales sean equiparados a las víctimas. Y es tan difícil oponerse a esta corriente de autoendiosamiento del individuo, que incluso en las iglesias se echan en falta sermones incómodos, reprobatorios, que sacudan verdaderamente las conciencias; que no se limiten a una retórica muy cercana a la del progresismo, que no obliga a nada más que a experimentar buenos sentimientos, en los cuales los culpables siempre son otros, entidades etéreas como los "poderes políticos y económicos", o la "sociedad", con nuestra participación individual casi infinitesimalmente diluída.
Sorprende que el papa Francisco sostenga que la Iglesia no debe estar todo el día hablando de temas como el aborto, cuando apenas he escuchado nunca en una misa dominical alguna leve alusión al derecho a la vida del no nacido, y en cambio, sin ir más lejos, hace un par de semanas escuché a un cura criticar la sentencia del "Prestige", como un tertuliano al uso cualquiera. No sólo los intelectuales: ni siquiera los clérigos se atreven ya a echarnos en cara nuestra irresponsabilidad, nuestra concupiscencia y nuestros numerosos defectos, de una manera concreta y punzante, en la cual cada uno reconozca dolorosamente sus pecados, y no meramente una vaga mala conciencia compartida. Por supuesto, el término "pecado" está pasado de moda, y sólo se escucha en contextos rituales, rara vez en el sermón del cura.
Nos hemos acomodado, nos hemos acostumbrado demasiado a lo fácil, y cuando la realidad nos pasa factura, lo llamamos "crisis". Nos creíamos materialmente ricos, y acabamos de descubrir que somos pobres. Pero nos queda lo más importante, redescubrir nuestra pobreza esencial, nuestra miseria constitutiva: recuperar la humildad. Y de momento no se advierten síntomas de que estemos en camino de ello. Ni siquiera desde el papado actual, empeñado en ganar adeptos culpando al maestro armero del capitalismo, y a cualquiera que sea lo suficientemente impersonal para no contrariarnos demasiado.
jueves, 23 de mayo de 2013
Francisco y el capitalismo salvaje
El papa Francisco ha hablado del "capitalismo salvaje". Los socialistas de todos los partidos se felicitarán de ello, por mucho que la doctrina social de la Iglesia deje bien claro que no reniega ni de la propiedad privada ni de la libre iniciativa. ¿Por qué entonces hace el papa este gesto tan innecesario como fácil de malinterpretar, tomando prestada una expresión del machacón progresismo dominante?
Según el director del digital InfoCatólica, Luis Fernando Pérez Bustamante, "la doctrina social de la Iglesia no es una loa al liberalismo capitalista económico reinante". Seguramente que no, pero aquí me chirría un adjetivo: "reinante". El capitalismo reina aproximadamente tanto como reina el estatalismo. Es importante que cuando diagnostiquemos los males de nuestras sociedades, sepamos diferenciar cuáles proceden del Estado y cuáles del mercado. Y efectivamente, no creo que esto sea tarea de la Iglesia, sino de las ciencias empíricas. La Iglesia puede condenar la gula, pero no es de su competencia recomendar una dieta baja en grasas o en carbohidratos, como no lo es recomendar una u otra política económica.
Luis Fernando cita un pasaje del Nuevo Testamento (Carta de Santiago, 5-1-6) que habla severamente de los ricos que han "defraudado" el jornal de sus obreros. Desde luego, nadie duda que defraudar, como robar, estafar, cometer desfalcos, etc, es un pecado, además de un delito. Pero ¿es consustancial al capitalismo o más bien a la naturaleza humana? Marx, con su teoría de la plusvalía, opinaba lo primero. La Iglesia, dudo mucho que se apunte a semejante tesis. Y si lo hiciera, se metería en terreno de las ciencias sociales, como si no tuviera suficiente con sus pasados desencuentros (tan innecesarios como explotados por sus enemigos) con las ciencias naturales.
El problema del capitalismo, desde un punto de vista cristiano, no es que produzca pobreza, sino justo lo contrario, que crea riqueza. Y ello es algo que legítimamente nos debe preocupar a los cristianos, pues ya advirtió Jesucristo de lo difícil que es que los ricos entren en el Reino de los Cielos. Hay razones serias para pensar que el bienestar material de que disfrutan las clases medias y altas está detrás, al menos en parte, del proceso de descristianización que padece Occidente, al infundir en muchos individuos una falsa sensación de autosuficiencia que los aleja de Dios, y multiplicar las tentaciones. Ahora bien, las alternativas históricas al capitalismo, además de que (ellas sí) generan pobreza, tampoco se han caracterizado por acercar al hombre más a Dios, sino más bien exactamente lo contrario.
El mensaje cristiano se dirige en esencia a los individuos. Pensar que existe un modelo de sociedad tan bien organizada que en ella sería más fácil amar al prójimo, o incluso innecesario, es algo completamente ajeno al cristianismo. La responsabilidad individual no se puede externalizar en el "sistema". ¿Por qué entonces -pregunto de nuevo- la Iglesia, y en especial los papas, caen tan fácilmente en este equívoco?
Quizás sea porque se quiera contrarrestar la vieja acusación (tan insidiosa como todas las medias verdades) de connivencia de la jerarquía católica con los poderosos. Pero la reacción no puede ser más desafortunada. Haga los gestos que haga, la Iglesia jamás aplacará a sus enemigos, que sólo aplaudirían si el papa desmantelara el Vaticano, convirtiera los templos cristianos en locales sociales para los gays, lesbianas y transexuales y afirmara que no hace falta creer en Dios, si no se quiere. Así que no vale la pena hacer concesiones (siquiera sea terminológicas) a una opinión públicada que todo lo mide por la escala de valores "progresistas". La Iglesia, por el contrario, debe dejar bien claro que esa no es su escala, que su verdad tiene dos mil años y no vale desnaturalizarla adoptando expresiones cargadas de ideologías. Esto es lo que yo siento como católico que quiero que la Iglesia siga siendo lo que ha sido siempre, una referencia inamovible en medio de las opiniones cambiantes.
Según el director del digital InfoCatólica, Luis Fernando Pérez Bustamante, "la doctrina social de la Iglesia no es una loa al liberalismo capitalista económico reinante". Seguramente que no, pero aquí me chirría un adjetivo: "reinante". El capitalismo reina aproximadamente tanto como reina el estatalismo. Es importante que cuando diagnostiquemos los males de nuestras sociedades, sepamos diferenciar cuáles proceden del Estado y cuáles del mercado. Y efectivamente, no creo que esto sea tarea de la Iglesia, sino de las ciencias empíricas. La Iglesia puede condenar la gula, pero no es de su competencia recomendar una dieta baja en grasas o en carbohidratos, como no lo es recomendar una u otra política económica.
Luis Fernando cita un pasaje del Nuevo Testamento (Carta de Santiago, 5-1-6) que habla severamente de los ricos que han "defraudado" el jornal de sus obreros. Desde luego, nadie duda que defraudar, como robar, estafar, cometer desfalcos, etc, es un pecado, además de un delito. Pero ¿es consustancial al capitalismo o más bien a la naturaleza humana? Marx, con su teoría de la plusvalía, opinaba lo primero. La Iglesia, dudo mucho que se apunte a semejante tesis. Y si lo hiciera, se metería en terreno de las ciencias sociales, como si no tuviera suficiente con sus pasados desencuentros (tan innecesarios como explotados por sus enemigos) con las ciencias naturales.
El problema del capitalismo, desde un punto de vista cristiano, no es que produzca pobreza, sino justo lo contrario, que crea riqueza. Y ello es algo que legítimamente nos debe preocupar a los cristianos, pues ya advirtió Jesucristo de lo difícil que es que los ricos entren en el Reino de los Cielos. Hay razones serias para pensar que el bienestar material de que disfrutan las clases medias y altas está detrás, al menos en parte, del proceso de descristianización que padece Occidente, al infundir en muchos individuos una falsa sensación de autosuficiencia que los aleja de Dios, y multiplicar las tentaciones. Ahora bien, las alternativas históricas al capitalismo, además de que (ellas sí) generan pobreza, tampoco se han caracterizado por acercar al hombre más a Dios, sino más bien exactamente lo contrario.
El mensaje cristiano se dirige en esencia a los individuos. Pensar que existe un modelo de sociedad tan bien organizada que en ella sería más fácil amar al prójimo, o incluso innecesario, es algo completamente ajeno al cristianismo. La responsabilidad individual no se puede externalizar en el "sistema". ¿Por qué entonces -pregunto de nuevo- la Iglesia, y en especial los papas, caen tan fácilmente en este equívoco?
Quizás sea porque se quiera contrarrestar la vieja acusación (tan insidiosa como todas las medias verdades) de connivencia de la jerarquía católica con los poderosos. Pero la reacción no puede ser más desafortunada. Haga los gestos que haga, la Iglesia jamás aplacará a sus enemigos, que sólo aplaudirían si el papa desmantelara el Vaticano, convirtiera los templos cristianos en locales sociales para los gays, lesbianas y transexuales y afirmara que no hace falta creer en Dios, si no se quiere. Así que no vale la pena hacer concesiones (siquiera sea terminológicas) a una opinión públicada que todo lo mide por la escala de valores "progresistas". La Iglesia, por el contrario, debe dejar bien claro que esa no es su escala, que su verdad tiene dos mil años y no vale desnaturalizarla adoptando expresiones cargadas de ideologías. Esto es lo que yo siento como católico que quiero que la Iglesia siga siendo lo que ha sido siempre, una referencia inamovible en medio de las opiniones cambiantes.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Equidistancia injusta
Nadia Eweida, la cristiana copta que hace siete años fue despedida de British Airways por llevar un pequeño crucifijo colgado del cuello, ha sido premiada por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, por su contribución a la libertad religiosa.
El veterano periodista Antoni Coll, en su columna diaria del Diari de Tarragona, se hace eco de esta noticia y, rememorando el papel de aquella fundación en la resistencia contra el comunismo, concluye su escrito con esta frase: "También el capitalismo necesita ejemplos de resistencia."
¿Fue el sistema capitalista la causa de que algún estúpido directivo de una empresa despidiera a una trabajadora por llevar un crucifijo? Me pregunto también si el capitalismo es la causa de las leyes a favor del aborto y del matrimonio gay. ¿Son los manifestantes provida resistentes contra el capitalismo?
El Tribunal de Estrasburgo obligó a British Airways, a principios de año, a indemnizar a Nadia. No es que las instituciones europeas se caractericen por su esmerada protección del legado cristiano de Europa, pero ¿se imaginan a un tribunal soviético fallando a favor de una empleada, despedida por razones ideológicas?
En nombre del marxismo fueron asesinados y perseguidos muchos miles de cristianos en el siglo XX. El próximo 13 de octubre, medio millar de ellos serán beatificados en Tarragona. Sospecho que quienes criticarán esta ceremonia, así como aquellos que se oponen a la presencia de simbología cristiana en el espacio público, en gran parte son también simpatizantes del socialismo, sea en su variante socialdemócrata o en otras más extremistas.
Puede que el bienestar sea una de las causas del proceso de descristianización de Occidente. Jesús dijo que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el cielo. Y no hay duda de que en el capitalismo la gente es mucho más rica que en cualquier otro modelo social. Pero esto es, en cualquier caso, algo muy distinto de perseguir a las personas por sus creencias.
Si algo como lo que ocurrió en España en 1936 se llegara a repetir en Occidente, no sería debido a la economía de mercado, sino a la acción de gobiernos u organizaciones que no tienen nada que ver con el mercado libre, cuando no son abiertamente hostiles a él. Poner al capitalismo al mismo nivel del comunismo no sólo es hacerle un inmerecido favor al segundo: es una forma de espectacular ceguera para reconocer a los auténticos enemigos.
El veterano periodista Antoni Coll, en su columna diaria del Diari de Tarragona, se hace eco de esta noticia y, rememorando el papel de aquella fundación en la resistencia contra el comunismo, concluye su escrito con esta frase: "También el capitalismo necesita ejemplos de resistencia."
¿Fue el sistema capitalista la causa de que algún estúpido directivo de una empresa despidiera a una trabajadora por llevar un crucifijo? Me pregunto también si el capitalismo es la causa de las leyes a favor del aborto y del matrimonio gay. ¿Son los manifestantes provida resistentes contra el capitalismo?
El Tribunal de Estrasburgo obligó a British Airways, a principios de año, a indemnizar a Nadia. No es que las instituciones europeas se caractericen por su esmerada protección del legado cristiano de Europa, pero ¿se imaginan a un tribunal soviético fallando a favor de una empleada, despedida por razones ideológicas?
En nombre del marxismo fueron asesinados y perseguidos muchos miles de cristianos en el siglo XX. El próximo 13 de octubre, medio millar de ellos serán beatificados en Tarragona. Sospecho que quienes criticarán esta ceremonia, así como aquellos que se oponen a la presencia de simbología cristiana en el espacio público, en gran parte son también simpatizantes del socialismo, sea en su variante socialdemócrata o en otras más extremistas.
Puede que el bienestar sea una de las causas del proceso de descristianización de Occidente. Jesús dijo que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el cielo. Y no hay duda de que en el capitalismo la gente es mucho más rica que en cualquier otro modelo social. Pero esto es, en cualquier caso, algo muy distinto de perseguir a las personas por sus creencias.
Si algo como lo que ocurrió en España en 1936 se llegara a repetir en Occidente, no sería debido a la economía de mercado, sino a la acción de gobiernos u organizaciones que no tienen nada que ver con el mercado libre, cuando no son abiertamente hostiles a él. Poner al capitalismo al mismo nivel del comunismo no sólo es hacerle un inmerecido favor al segundo: es una forma de espectacular ceguera para reconocer a los auténticos enemigos.
domingo, 16 de septiembre de 2012
La semejanza de dos mentiras
Según Unicef y Naciones Unidas, las tasa de pobreza y la mortalidad infantil han disminuido notablemente, en los últimos veinte años, en países de todas las regiones del mundo, incluyendo el África subsahariana. En 1990, la proporción de personas que vivían con menos de 1,25 dólares diarios era del 47 %. Pues bien, en 2008 se había reducido al 24 %, prácticamente a la mitad. Asimismo, en 2011 la tasa de mortalidad entre niños menores de cinco años descendió un 41 % respecto a 1990. Esto, unido a otros índices como el acceso al agua potable y a la educación primaria, significa que, pese al aumento de la población, millones de personas en todo el mundo siguen prosperando.
Sencillamente no es verdad que cada vez "los pobres son más pobres". El discurso apocalíptico, tan grato a neocomunistas, altermundistas y ecologistas, jamás se ha sostenido en datos rigurosos. Sin embargo, ellos necesitan de ese mensaje desesperanzador para justificar sus propuestas de reducción de libertad económica de los individuos, para violar el derecho de propiedad y restringir el libre comercio. Solo si se convence a la gente (engañándola) de que con el capitalismo "salvaje" (en realidad, fuertemente intervenido por los gobiernos de todo el mundo, en mayor o menor grado) no vamos a ninguna parte, pueden encontrar audiencia sus fórmulas autoritarias, disfrazadas con mentirosa fraseología democrática.
Algo parecido ocurre con el nacionalismo catalán, como expuso ayer brillantemente Vidal-Quadras en un debate de Tele5. ¿Por qué ha crecido tanto el apoyo a la independencia? Según una encuesta realizada por encargo de esa cadena, el 50,9 % de los catalanes votaría "Sí" a la secesión de Cataluña. En cambio, solo un 18,6 % votaría "No". El resto se dividiría entre la abstención, el voto en blanco y el NS/NC.
El político catalán afirmó que la razón de este aumento del independentismo estriba en el bombardeo constante que los medios de comunicación catalanes hacen de dos mensajes: Primero, que Madrid "roba" a Cataluña, idea basada en la argumentación falaz de las balanzas fiscales, como si fueran los territorios quienes pagaran impuestos, y no las personas y las empresas. Y segundo, como se deduce de lo anterior, que con la independencia los catalanes viviríamos mucho mejor. Así pues, no es de extrañar que el independentismo cale cada vez entre más gente. Como dijo agudamente Vidal-Quadras, si él creyera en estas dos ideas, también defendería la independencia. El problema es que son falsas, como es falsa la cantinela de los antiglobalizadores de que el Norte expolia al Sur -en el caso del nacionalismo catalán, curiosamente invertida.
Sencillamente no es verdad que cada vez "los pobres son más pobres". El discurso apocalíptico, tan grato a neocomunistas, altermundistas y ecologistas, jamás se ha sostenido en datos rigurosos. Sin embargo, ellos necesitan de ese mensaje desesperanzador para justificar sus propuestas de reducción de libertad económica de los individuos, para violar el derecho de propiedad y restringir el libre comercio. Solo si se convence a la gente (engañándola) de que con el capitalismo "salvaje" (en realidad, fuertemente intervenido por los gobiernos de todo el mundo, en mayor o menor grado) no vamos a ninguna parte, pueden encontrar audiencia sus fórmulas autoritarias, disfrazadas con mentirosa fraseología democrática.
Algo parecido ocurre con el nacionalismo catalán, como expuso ayer brillantemente Vidal-Quadras en un debate de Tele5. ¿Por qué ha crecido tanto el apoyo a la independencia? Según una encuesta realizada por encargo de esa cadena, el 50,9 % de los catalanes votaría "Sí" a la secesión de Cataluña. En cambio, solo un 18,6 % votaría "No". El resto se dividiría entre la abstención, el voto en blanco y el NS/NC.
El político catalán afirmó que la razón de este aumento del independentismo estriba en el bombardeo constante que los medios de comunicación catalanes hacen de dos mensajes: Primero, que Madrid "roba" a Cataluña, idea basada en la argumentación falaz de las balanzas fiscales, como si fueran los territorios quienes pagaran impuestos, y no las personas y las empresas. Y segundo, como se deduce de lo anterior, que con la independencia los catalanes viviríamos mucho mejor. Así pues, no es de extrañar que el independentismo cale cada vez entre más gente. Como dijo agudamente Vidal-Quadras, si él creyera en estas dos ideas, también defendería la independencia. El problema es que son falsas, como es falsa la cantinela de los antiglobalizadores de que el Norte expolia al Sur -en el caso del nacionalismo catalán, curiosamente invertida.
jueves, 3 de febrero de 2011
La causa de las revueltas árabes
En una entrada anterior expuse mi posición genérica sobre la actitud que debería adoptar Occidente ante las dictaduras. En resumen, se podría definir como una especie de neoconservadurismo con matices conservadores clásicos. Para entendernos, esto significa que habrá casos en que por razones geoestratégicas no nos quedará más remedio que entendernos con regímenes moralmente indeseables, y habrá otros, por el contrario, en que estará justificada una política de intervención más o menos agresiva, con el objetivo de favorecer a la oposición democrática interna, o incluso una actuación militar desde el exterior. ¿Cínico pragmatismo? ¿Imperialismo? Que cada cual piense lo que quiera.
Creo que las prioridades de Occidente son, por este orden: Uno, defender su propia existencia. Dos, defender la democracia liberal fuera de su propio ámbito geográfico. Lo segundo, sin duda, es lo que más puede contribuir a lo primero, pero no siempre es factible. El utopismo y el buenismo, dejémoslos para los progres.
Aplicado a Egipto, esto quiere decir que aunque Estados Unidos, Europa e Israel se puedan haber equivocado apoyando durante tanto tiempo a Mubarak, es muy fácil decirlo ahora. Y resulta gracioso que quienes más culpan a Occidente y "los mercados" (por emplear el latiguillo de moda) de sostener a las corruptas dictaduras árabes, sean en gran parte los mismos que hablaban casi con arrobo del régimen "laico" y "moderno" de Sadam Hussein. Y que no expulsaran hasta ayer de la Internacional Socialista al partido de Mubarak, como hace unos días hicieron con el depuesto dictador de Túnez. Por no hablar de "las relaciones de amistad y cooperación entre el PSOE y el Partido Baas Árabe Socialista", que sigue gobernando en Siria tras su ilegalización en Irak. Pero claro, la culpa de que existan regímenes autoritarios es del capitalismo y bla bla bla.
Evidentemente, el detonante de la crisis en Túnez y Egipto es el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, como consecuencia de la crisis económica global. Pero en países mucho más pobres no se observa un estallido social. Esto es un principio general: Las revoluciones se producen precisamente allí donde una parte de la población ha llegado a adquirir una cierto nivel económico y cultural. El papel de las redes sociales en las revueltas del norte de África ha sido obvio desde el principio y esto, en efecto, es Occidente y es el mercado libre, en cuyo seno han surgido internet, Google, Facebook y Twitter. La causa última de las revueltas árabes, miren por donde, no va a ser otra que la globalización salvaje neoliberal imperialista.
Desgraciadamente, nada garantiza que la democracia triunfe a medio plazo. La globalización no es un proceso determinista que genere automáticamente sistemas parlamentarios basados en el respeto a los derechos humanos. Ahí tenemos el sangrante ejemplo de China. Pero sí es una condición necesaria para que las libertades terminen arraigando.
Quienes sostienen que el capitalismo global es algo terrible, que comerciar o invertir equivale a robar, desde el acomodado estilo de vida que disfrutan en los países desarrollados (gracias a la inversión y el comercio) contribuyen ideológicamente a que los menos desarrollados no sigan ese camino, y por tanto permanezcan en el estancamiento y el autoritarismo, sea de tipo nacionalista, socialista o islamista. Dicen deplorar las dictaduras, pero principalmente cuando éstas no manifiestan abierta hostilidad a Occidente. Cuba y Venezuela por lo general les molan. De hecho, suelen estar más ocupados condenando a Israel o a Estados Unidos que no a dictaduras de ningún tipo. Que hoy se acuerden de los tunecinos y los egipcios es poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en interpretar cualquier acontecimiento para insistir en los mantras de siempre. No aprendieron nada de la caída del muro de Berlín y no aprenderán tampoco nada ahora.
Creo que las prioridades de Occidente son, por este orden: Uno, defender su propia existencia. Dos, defender la democracia liberal fuera de su propio ámbito geográfico. Lo segundo, sin duda, es lo que más puede contribuir a lo primero, pero no siempre es factible. El utopismo y el buenismo, dejémoslos para los progres.
Aplicado a Egipto, esto quiere decir que aunque Estados Unidos, Europa e Israel se puedan haber equivocado apoyando durante tanto tiempo a Mubarak, es muy fácil decirlo ahora. Y resulta gracioso que quienes más culpan a Occidente y "los mercados" (por emplear el latiguillo de moda) de sostener a las corruptas dictaduras árabes, sean en gran parte los mismos que hablaban casi con arrobo del régimen "laico" y "moderno" de Sadam Hussein. Y que no expulsaran hasta ayer de la Internacional Socialista al partido de Mubarak, como hace unos días hicieron con el depuesto dictador de Túnez. Por no hablar de "las relaciones de amistad y cooperación entre el PSOE y el Partido Baas Árabe Socialista", que sigue gobernando en Siria tras su ilegalización en Irak. Pero claro, la culpa de que existan regímenes autoritarios es del capitalismo y bla bla bla.
Evidentemente, el detonante de la crisis en Túnez y Egipto es el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, como consecuencia de la crisis económica global. Pero en países mucho más pobres no se observa un estallido social. Esto es un principio general: Las revoluciones se producen precisamente allí donde una parte de la población ha llegado a adquirir una cierto nivel económico y cultural. El papel de las redes sociales en las revueltas del norte de África ha sido obvio desde el principio y esto, en efecto, es Occidente y es el mercado libre, en cuyo seno han surgido internet, Google, Facebook y Twitter. La causa última de las revueltas árabes, miren por donde, no va a ser otra que la globalización salvaje neoliberal imperialista.
Desgraciadamente, nada garantiza que la democracia triunfe a medio plazo. La globalización no es un proceso determinista que genere automáticamente sistemas parlamentarios basados en el respeto a los derechos humanos. Ahí tenemos el sangrante ejemplo de China. Pero sí es una condición necesaria para que las libertades terminen arraigando.
Quienes sostienen que el capitalismo global es algo terrible, que comerciar o invertir equivale a robar, desde el acomodado estilo de vida que disfrutan en los países desarrollados (gracias a la inversión y el comercio) contribuyen ideológicamente a que los menos desarrollados no sigan ese camino, y por tanto permanezcan en el estancamiento y el autoritarismo, sea de tipo nacionalista, socialista o islamista. Dicen deplorar las dictaduras, pero principalmente cuando éstas no manifiestan abierta hostilidad a Occidente. Cuba y Venezuela por lo general les molan. De hecho, suelen estar más ocupados condenando a Israel o a Estados Unidos que no a dictaduras de ningún tipo. Que hoy se acuerden de los tunecinos y los egipcios es poco creíble, sobre todo cuando se empeñan en interpretar cualquier acontecimiento para insistir en los mantras de siempre. No aprendieron nada de la caída del muro de Berlín y no aprenderán tampoco nada ahora.
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jueves, 27 de enero de 2011
Los mercados tienen la culpa de todo, pero todo todo
Cada tres o cuatro días, en El País toca sermón contra "los mercados". Este miércoles corría a cargo de Jorge M. Reverte; artículo titulado "Europa acorchada". Otro manido lamento de que la política pierde protagonismo en favor de la economía, tópico muy usado por los fascistas y los nazis en los años treinta del pasado siglo, como nos recordaba hace poco Jorge Valín. No busquen originalidad en este tipo de piezas de afirmación de la tribu progre. Pero estaba por saltarme tan intrascendente escrito, cuando me doy de bruces con el siguiente párrafo:
"Porque son los mercados los que nos dicen ahora cosas que entran en el terreno más sensible y delicado de lo que creíamos que era Europa: hay que tener cuidado con que nadie haga caricaturas de Mahoma; hay que ser muy cauto al permitir que una ONG nórdica le dé un premio que se llama Nobel a un disidente chino; hay que poner sordina a la represión en el Magreb porque lo que viene después será mucho peor; hay que ignorar las violaciones de los derechos humanos en Cuba y Venezuela."
La verdad, desconozco qué representante de alguna institución financiera, o de alguna agencia de calificación, ha podido recomendar la autocensura para no molestar al islam, o ha puesto algún pero ante la concesión del Nobel a Liu Xiaobo. No descarto que alguno haya habido, porque imbéciles los hay en todas partes, pero semejante grado de estulticia merecería ser señalado con nombre y apellidos. No entiendo por qué Reverte nos priva de tan sabroso dato, en el que sin duda se basa para afirmaciones tan notables.
Ahora bien, que se responsabilice a los mercados de pretender ignorar las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y Cuba, es sencillamente conmovedor. Anda que no se van a ofender los de Público como les digan que ejercen de portavoces de los pérfidos mercados... Estábamos acostumbrados a que el capitalismo tuviera la culpa de todo, de la crisis económica, del hambre en el mundo, del cambio climático, de las guerras y hasta de la disfunción eréctil. Pero que se le acuse de connivencia con Castro y Hugo Chávez, esos entusiastas apologistas del mercado libre, era lo último que nos quedaba por leer... O no. Porque recuerden cómo desde antiguo se defendía la izquierda de las críticas a los países comunistas: Que aquellos regímenes no eran en realidad de izquierdas, sino una modalidad de "capitalismo de Estado". Y creo que fue Manuel Vázquez Montalbán quien, tras la caída del Muro de Berlín, dijo algo así como que el capitalismo no tardaría en echarlo de menos.
Lo dicho: no busquen originalidad. Pero no sé cómo lo hace la izquierda, que su desfachatez todavía consigue sorprenderme de vez en cuando.
"Porque son los mercados los que nos dicen ahora cosas que entran en el terreno más sensible y delicado de lo que creíamos que era Europa: hay que tener cuidado con que nadie haga caricaturas de Mahoma; hay que ser muy cauto al permitir que una ONG nórdica le dé un premio que se llama Nobel a un disidente chino; hay que poner sordina a la represión en el Magreb porque lo que viene después será mucho peor; hay que ignorar las violaciones de los derechos humanos en Cuba y Venezuela."
La verdad, desconozco qué representante de alguna institución financiera, o de alguna agencia de calificación, ha podido recomendar la autocensura para no molestar al islam, o ha puesto algún pero ante la concesión del Nobel a Liu Xiaobo. No descarto que alguno haya habido, porque imbéciles los hay en todas partes, pero semejante grado de estulticia merecería ser señalado con nombre y apellidos. No entiendo por qué Reverte nos priva de tan sabroso dato, en el que sin duda se basa para afirmaciones tan notables.
Ahora bien, que se responsabilice a los mercados de pretender ignorar las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y Cuba, es sencillamente conmovedor. Anda que no se van a ofender los de Público como les digan que ejercen de portavoces de los pérfidos mercados... Estábamos acostumbrados a que el capitalismo tuviera la culpa de todo, de la crisis económica, del hambre en el mundo, del cambio climático, de las guerras y hasta de la disfunción eréctil. Pero que se le acuse de connivencia con Castro y Hugo Chávez, esos entusiastas apologistas del mercado libre, era lo último que nos quedaba por leer... O no. Porque recuerden cómo desde antiguo se defendía la izquierda de las críticas a los países comunistas: Que aquellos regímenes no eran en realidad de izquierdas, sino una modalidad de "capitalismo de Estado". Y creo que fue Manuel Vázquez Montalbán quien, tras la caída del Muro de Berlín, dijo algo así como que el capitalismo no tardaría en echarlo de menos.
Lo dicho: no busquen originalidad. Pero no sé cómo lo hace la izquierda, que su desfachatez todavía consigue sorprenderme de vez en cuando.
jueves, 23 de diciembre de 2010
La tontería de José María Fidalgo

Esta mañana, en la tertulia de Onda Cero, el tema era la sucesión de Zapatero. Alguno de los presentes ensaya una torpe, estúpida comparación entre Zapatero y Churchill, nada menos. Otro hace la observación de que el primer ministro británico luchaba contra los nazis, mientras que el español... Entonces, el tertuliano José María Fidalgo suelta lo siguiente: "No, Zapatero lucha contra los mercados, que son casi peores." Ninguno de los contertulios (Carlos Herrera está de vacaciones) le objeta nada, nadie le replica qué tonterías dices o algo semejante.
Hace unos días tomé unas notas de un artículo de Sami Naïr en El País del 16 de diciembre, titulado "¿Adónde va Europa?". Allí se leen cosas como "contrarrevolución social thatchero-reaganiana", en referencia a las medidas anticrisis de los gobiernos europeos, "amenazados por los mercados". Se habla de una "verdadera guerra de los mercados contra los estados" y, en fin, se incurre en la retórica izquierdista al uso, habitualmente ilustrada con caricaturas bochornosamente pueriles de tiburones o sombríos personajes ataviados con levita y sombrero de copa, como si el imaginario izquierdista se hubiera quedado estancado en los tiempos de la Comintern, o antes aún.
Pero con toda la incuria intelectual de estos discursos, ni siquiera rozan el nivel de tontería de las palabras de Fidalgo, quien pasa por pertenecer a la izquierda civilizada. Lo cual me reafirma en la íntima convicción que con la izquierda pasa lo mismo que los nacionalistas. Lo que existen son tácticas o disfraces distintos, pero en el fondo, ser nacionalista siempre es ser separatista, y ser de izquierdas siempre es odiar el mercado libre y quererlo sustituir por alguna dictadura más o menos descarnada, envuelta en cualquier nombre que permita engañar a quienes quieran ser engañados.
[Actualización 17-6-11: El título original de este post era algo más fuerte, pero lo he modificado después de escuchar con posterioridad algunas intervenciones de Fidalgo que me han parecido bastante sensatas, por lo que me ha acabado sabiendo mal tratarlo con tanta dureza. Hay personajes que se lo merecen mucho más.]
lunes, 6 de diciembre de 2010
El capitalismo climático
El capitalismo causará 5 millones de muertes hasta 2020. ¿En qué puede basarse una afirmación semejante? Es muy sencillo. Basta con que achaquemos al capitalismo, o al cambio climático (por si alguien no se había enterado, vienen a ser casi lo mismo), las muertes por enfermedades, malnutrición, desastres naturales y desertización que supuestamente se producirán en la próxima década. Pero me temo que el titular se queda corto. Porque claro, de los accidentes de tráfico, ¿quienes son los últimos responsables si no los fabricantes, en su afán desmedido por ganar dinero vendiendo cada vez más automóviles? Supongamos que las muertes por accidentes de circulación en el mundo en los próximos diez años ascienden a 15 millones. Esto supone ya 20 millones de muertos imputables al capitalismo hasta 2020. Pero no nos podemos detener aquí.
Tenemos a las víctimas mundiales de las guerras, la delincuencia común, el terrorismo y los suicidios (30 millones grosso modo, de aquí al 2020), todos ellos fenómenos provocados directa o indirectamente -qué duda cabe- por un sistema económico tan profundamente alienante como es el libre mercado. Esto arroja un saldo de 50 millones de muertos por culpa -creo haberlo remarcado- del neoliberalismo salvaje depredador y despiadado. Ahora bien, si extrapolamos hacia el pasado estas cifras, referidas a un período de solo diez años, llegamos a la conclusión de que el capitalismo desde 1900 debe haber causado más muertes que el comunismo, al cual se le imputan aproximadamente 100 millones de víctimas mortales en el siglo pasado.
En definitiva: Quienes tanto critican el socialismo y el bolivarianismo, por un quítame allá esos formalismos jurídicos, deberían ingresar cuanto antes en campos de reeducación, donde les fueran extirpados sus prejuicios burgueses, causantes de un verdadero holocausto cada año. Como dijo Zapatero, el capitalismo (¿o era el cambio?) climático es la mayor amenaza global a la cual nos enfrentamos, mucho peor que el terrorismo. Ya estamos tardando en implantar un gobierno socialista mundial.
ACTUALIZACIÓN: Tras publicar esta entrada, he sabido que Hugo Chávez se me había adelantado. ¡Mecachis!
Tenemos a las víctimas mundiales de las guerras, la delincuencia común, el terrorismo y los suicidios (30 millones grosso modo, de aquí al 2020), todos ellos fenómenos provocados directa o indirectamente -qué duda cabe- por un sistema económico tan profundamente alienante como es el libre mercado. Esto arroja un saldo de 50 millones de muertos por culpa -creo haberlo remarcado- del neoliberalismo salvaje depredador y despiadado. Ahora bien, si extrapolamos hacia el pasado estas cifras, referidas a un período de solo diez años, llegamos a la conclusión de que el capitalismo desde 1900 debe haber causado más muertes que el comunismo, al cual se le imputan aproximadamente 100 millones de víctimas mortales en el siglo pasado.
En definitiva: Quienes tanto critican el socialismo y el bolivarianismo, por un quítame allá esos formalismos jurídicos, deberían ingresar cuanto antes en campos de reeducación, donde les fueran extirpados sus prejuicios burgueses, causantes de un verdadero holocausto cada año. Como dijo Zapatero, el capitalismo (¿o era el cambio?) climático es la mayor amenaza global a la cual nos enfrentamos, mucho peor que el terrorismo. Ya estamos tardando en implantar un gobierno socialista mundial.
ACTUALIZACIÓN: Tras publicar esta entrada, he sabido que Hugo Chávez se me había adelantado. ¡Mecachis!
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miércoles, 24 de noviembre de 2010
La inmoralidad del capitalismo

"El capitalismo no se puede moralizar, por definición es inmoral." (Jorge Semprún, en una entrevista destacada en la portada de Público.) Y en páginas interiores precisa: "El beneficio máximo, por definición, es inmoral y no puede ser otra cosa."
No sé si el señor Semprún ha vendido alguna vez un inmueble. Pero no me cabe duda de que, guiado por su estricto concepto de la moralidad, en absoluto habría intentado obtener el máximo beneficio posible. No, él habría pedido el precio que su conciencia le dictara como justo, aunque fuera inferior al del mercado. Asimismo, cuando va al supermercado, él no trata de adquirir la máxima calidad y cantidad al menor precio posible, no. Él se orienta exclusivamente por su concepción del justo precio que le corresponde a un paquete de macarrones o a una lata de espárragos. Por no hablar de los libros que ha publicado, cuyo precio se fija en función de criterios puramente éticos, sin atender a viles cálculos de costes y ganancias.
En cambio, un empresario cualquiera, ¿no pretende el muy canalla producir al menor coste y vender al máximo precio que le permite la competencia? Semprún, pertrechado de sus convicciones morales, se niega a aceptar esto, a pesar de que reconoce "el hecho del fracaso ideológico y moral del leninismo". Pero "no se puede capitular ante la realidad capitalista"; hay que elaborar una estrategia distinta del leninismo, porque "la ilusión de que se puede conseguir mayor igualdad en este mundo no podemos perderla". Claro que esa ilusión fue la que movió el siglo pasado a millones de personas a apoyar el leninismo... y el estalinismo, el maoísmo, el castrismo, etc. Pero no hay que rendirse. Algún día conseguiremos que en el supermercado impere la justicia, y una lata de mejillones en escabeche valga lo que tiene que valer, no lo que un pérfido capitalista haya decidido, con el único fin de obtener el máximo beneficio. Sólo me asalta una pequeña duda: ¿Seguirá ese día habiendo ofertas de "3 x 2"? Ah, que no...; que eso sería tratar de obtener un injusto beneficio en el Paraíso Socialista... Pido perdón, es que no es fácil desprenderse así como así de los prejuicios capitalistas.
lunes, 28 de junio de 2010
El oráculo ha hablado
Nos encontramos ante un sabio, "maestro sabio", puntualiza la entrevistadora, de las pocas mentes lúcidas que previeron "la hecatombe de hoy (...) hace décadas (sic)". Y ¿qué nos revela este oráculo, este pozo de sabiduría en su venerable senectud (93 años)? "Son de temer y esperar conmociones muy fuertes: revueltas sociales y catástrofes naturales." La única salida, nos aclara, es la "redistribución de la riqueza". Nuestro sabio certifica el fin del "capitalismo turbo consumista". No tiene sentido "producir más cosas", la población humana se ha multiplicado por tres en el siglo XX, "mientras que la capacidad productiva de la Tierra, no". Por eso tiene que producirse algún tipo de revolución, que dé paso a una nueva forma de "poder público" que supere el parlamentarismo vendido a la "oligarquía financiera". ("¿Será ese sistema -sugiere la periodista- un socialismo inédito?" -"Llámale como quieras", concede el Sabio.) Pero esta revolución no la hará el mundo desarrollado, demasiado anestesiado, sino los africanos, "que vienen aquí a buscar su parte de los recursos".
El pensador de quien hablo es José Luis Sampedro, entrevistado ayer domingo en El Mundo, con motivo de haber recibido el Premio Menéndez Pelayo. El respeto por las personas mayores, en el cual he sido educado, me impide calificar tal acumulación de despropósitos como lo haría si su autor fuera un estudiante de ESO, tratando de hacer méritos ante sus profesores progres. Lo que sobre todo me deja estupefacto es que, cuando cada vez hay más indicios de que el continente africano, tímidamente, empieza a subirse al carro del crecimiento, un economista venga a decirles a sus habitantes que eso de la productividad ("con qué fines, ¿para tener cada vez más?") ya se acabó. Ahora sólo les queda repartirse los restos de la civilización occidental "y recuperar la armonía". ¡Esperanzador evangelio!
Por lo demás, es también digno de nota que una entrevista realizada con ese arrobamiento a un escritor antiliberal tanto podría haber aparecido en El País como en el diario Público, cuyos lectores fieles consideran seguramente a El Mundo como un ejemplo de amarillismo ultraderechista. Claro que si lo fuera, tampoco la dicha entrevista hubiera desentonado. Sampedro quizás no lo sabe, pero sus ideas son habitualmente difundidas por los ideólogos del neofascismo europeo (salvo en la parte de los africanos, claro). Que Estados Unidos es una sociedad vilmente materialista, la cual "no conserva el sentido ético heredado de la Antigüedad", es un viejo tópico que podría suscribir perfectamente un Alain de Benoist, y por supuesto el más reputado pensador nazi, Martin Heidegger.
Pero a fin de cuentas, este veneno antiliberal es lo que se difunde a todas horas en el mundo desarrollado, sin necesidad de acudir a los medios de la extrema derecha ni la extrema izquierda. El problema no es tanto que existan militantes de uno otro signo contra la globalización y la democracia formal, sino que miles de personas sin especial formación política, con escaso tiempo para reflexionar acerca de cuestiones cívicas, se desayunen un día sí y otro también con brebajes semejantes. Me pregunto si una civilización que continuamente se está cuestionando a sí misma, que denigra los principios que la han hecho grande, y que constituyen la gran esperanza del mundo subdesarrollado, puede sobrevivir mucho tiempo. Esperemos que las siniestras profecías de Sampedro no acaben cumpliéndose, por causas estrictamente opuestas a las que él enuncia: porque terminemos cargándonos el libre mercado y la globalización, en un apoteósico estallido de la estupidez universal.
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domingo, 20 de junio de 2010
El mapa mental de la izquierda

(Clic en la imagen para agrandar.)
El esquema que presento no pretende ser más que un primer bosquejo, susceptible de mejoras y abierto a sugerencias. Su intención es mostrar de una forma visual las relaciones entre los distintos conglomerados de ideas que conforman lo que suele llamarse progresismo, para intentar mostrar dos cosas:
1) Que el progresismo en realidad es lo contrario de lo que su nombre proclama, una regresión nostálgica hacia una mítica solidaridad primitiva, aunque hábilmente se sitúe en un futuro no menos impreciso.
2) Que las aparentes contradicciones entre determinadas ideas de izquierdas (por ejemplo, defensa de los derechos de la mujer y connivencia con el islamismo) son perfectamente explicables dentro de la particular lógica de los progres, que se deriva de lo anterior. El diagrama no pretende describir el universo mental de toda persona de izquierdas. No todos los que se autodenominan progresistas son por ejemplo islamófilos. Pero hay muchos que sí, y en mi opinión son los otros quienes deberían explicar qué les hace permanecer en un club donde muchos piensan cosas como que los Estados Unidos se merecieron el 11-S.
Comento rápidamente algunas etiquetas utilizadas.
Romanticismo: Por supuesto, no aludo aquí a un período de la historia del arte, no tengo nada en contra de Beethoven ni de Brahms (¡todo lo contrario!). Quizás un término más apropiado sería irracionalismo, pero me ha parecido demasiado vago, y sobre todo que introduce una connotación valorativa previa innecesaria. Lo que entiendo por romanticismo en el contexto político-ideológico lo conté, y perdón por la autorreferencia, en mi entrada Contra el romanticismo. Pero mucho mejor lo explica Miquel Porta Perales en su imprescindible La tentación liberal. Vale la pena citar un pasaje largo:
"A pesar de lo que se acostumbra a decir y creer, la ideología emancipatoria, filosófica y políticamente hablando, es conservadora y tiene mucho que ver con el romanticismo clásico. En efecto, ante los cambios producidos, primero por la revolución industrial, y ya en nuestro tiempo por las diferentes y sucesivas revoluciones tecnológicas y de toda clase que nos invaden, la ideología emancipatoria lamenta la -supuesta- solidaridad perdida. Cosa que implicaría la desaparición de aquel sentido y espíritu colectivos que, según se afirma, definirían la esencia y la existencia del ser humano. Al respecto, la ideología emancipatoria lamenta también la emergencia y consolidación de determinados valores -éxito, competitividad, dinero, etc.- que, por así decirlo, prostituirían la -supuesta- esencia del ser humano. En este sentido, hay una correlación entre el movimiento romántico y la ideología emancipatoria en tanto y en cuanto una y otra critican que la sociedad, en lugar de recuperar la armonía perdida, tome cuerpo y forma a través de la defensa del interés egoísta de unos individuos que fundamentan su relación mediante el contrato. En esta concepción casi orgánica de la sociedad, no resulta difícil de percibir, por cierto, el aire antiliberal que define la ideología emancipatoria. Y es que para esta última, la ideología liberal -al basarse en el egoísmo, el interés y el contrato- convertiría al ser humano en enemigo del ser humano al excluir la posibilidad de llegar a una sociedad reconciliada y no escindida fundamentada en la solidaridad." (Ed. Península, 2009, págs. 82-83)
Por su parte, Ludwig von Mises también veía en toda ideología colectivista una añoranza de un idealizado estado salvaje, que aunque generalmente es inconsciente, el marxismo manifestó explícitamente desde el principio, como puede comprobarse leyendo el clásico de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. (Muy ameno, aunque científicamente risible.)
El fundamento romántico del Igualitarismo (ver mi reciente entrada La igualdad contra el progreso) es el mismo que el del Nacionalismo y el Ecologismo, lo cual permite comprender las relaciones entre los tres campos ideológicos. Es cierto que la izquierda no ha sido siempre ecologista, e incluso que en determinados momentos fue antinacionalista, pero no debería sorprendernos la convergencia de todas estas ideas, porque en el fondo tienen un origen común, la nostalgia de la tribu primitiva, lo que implica también la añoranza paganoide de una mítica armonía entre el hombre y la naturaleza, que en realidad jamás existió. Así pues, discrepo de la concepción (aunque tenga parte de verdad en el nivel de la práctica política) según la cual temas como el ecologismo y el nacionalismo son utilizados por la izquierda por mero oportunismo, ante el descrédito del marxismo. En mi opinión, la conexión es mucho más profunda, no hay una izquierda que se haya desviado del racionalismo (como defiende in extremis Sebreli en El olvido de la razón, otro libro fundamental) sino que más bien ha ido a parar a donde la conduce su lógica interna, la de un colectivismo reaccionario.
Anticapitalismo y Feminismo son los dos grandes frutos del Igualitarismo. Por feminismo me refiero a lo que suele denominarse ideología de género, una concepción radical que reduce a construcción cultural toda diferencia sexual, llegando a negar la maternidad. Esto no tiene nada que ver con la idea perfectamente liberal de la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer, que niegan las teocracias islámicas y el Ministerio de Igualdad (sic) de Bibiana Aído, al promover la discriminación legal entre ambos sexos (el mismo delito cometido por un hombre es más grave que si lo comete una mujer).
Pero no hay duda que la madre de casi todo es el Anticapitalismo. De ahí viene el odio a Estados Unidos y a su -hasta ahora al menos- aliado en Oriente Medio, Israel; el Pacifismo asimétrico (que consiste en querer desarmar a Occidente antes de que se desarmen sus enemigos) y el Multiculturalismo, que so capa de una crítica al etnocentrismo, proporciona argumentos al Islam (negación de unos derechos del hombre universales). Cuando hablo de Islamofilia, me refiero, más que a una actitud mental de simpatía con la civilización islámica (aunque sin duda se da en muchos casos) a la práctica de, queriéndolo o no, estar efectivamente regalando todos los días argumentos a los integristas de Hamás y de Irán, con las críticas desquiciadas a los judíos y al "imperialismo yanqui". En este sentido, los nacionalismos ibéricos, con su odio a España, confluyen con ese antioccidentalismo, al cuestionar el papel de la nación española en la resistencia contra el Islam medieval y congeniar con el populismo indigenista de Hispanoamérica (véase ETA en Venezuela, a Carod-Rovira subvencionando las lenguas no españolas en el Ecuador, etc).
Una crítica radical de Occidente requiere, pues, atacar a la razón, y negar la idea misma de progreso, pues todas las culturas -se afirma- valen lo mismo, independientemente de sus logros técnicos. En esto, el izquierdismo es donde revela más claramente su fundamento romántico. Pero el ataque no sería completo si no se combinara con un furibundo Anticristianismo. Ello permite disfrazar el carácter irracional de la izquierda, que así se muestra como una digna hija de la Ilustración, abanderada contra el oscurantismo y la Inquisición. Pero sobre todo, al ir contra el cristianismo se apunta contra la propia razón (como lúcidamente vieron Nietzsche y sus epígonos), es decir, contra el supuesto metafísico de un orden objetivo inteligible que el ser humano debe intentar descubrir, no meramente inventarse, aunque nunca pueda aprehender de manera absoluta. Para el sedicente progresista, no existen el bien y el mal objetivos, todo se reduce a convenciones, al derecho positivo. Por tanto, no hay límites a la facultad normativizadora del Estado, del colectivo. Por otra parte, negar el concepto de responsabilidad individual consustancial al cristianismo nos lleva directamente al Buenismo, la doctrina rousseaniana según la cual el mal procede de la sociedad, no del individuo, fuente de todos los estragos causados por concepciones penales ilusorias, que acaban protegiendo a los delincuentes más que a las víctimas. Finalmente, el Anticristianismo confluye con el feminismo radical en minar una institución fundamental de la sociedad, como es la familia, con la retórica engañosa de los "otros modelos de familia", poniendo en pie de igualdad cualquier tipo de asociación arbitraria entre individuos con la pareja heterosexual que cría a sus hijos biológicos, institución que es la más adecuada para formar a personas autónomas, no dependientes del Estado. El proabortismo no es más que una consecuencia de esta política, que al mismo tiempo pretende apuntalarla, pues generalmente la mayoría de abortos provocados se producen fuera de la institución familiar.
En conclusión, todos los motivos del progresismo pueden derivarse del igualitarismo, el ecologismo y el nacionalismo, los cuales a su vez son las tres variantes que ha tomado en la cultura occidental la reacción contra la razón, el progreso y el liberalismo, que resumimos con el concepto romanticismo. Naturalmente, los progres no lo ven así, porque el progreso sigue teniendo demasiado prestigio para que puedan ni quieran atacarlo frontalmente, de ahí que hábilmente han sabido camuflarse como sus partidarios por antonomasia. La teoría más elaborada del igualitarismo, el socialismo marxista, adoptó la forma de un progresismo radical, aun cuando preconizaba una sociedad autoritaria, la dictadura del proletariado, y en aspectos de costumbres no era especialmente más avanzado que la sociedad de su tiempo. Al mismo tiempo, quienes apoyamos el sistema capitalista y el legado judeocristiano, hemos sido tachados de reaccionarios, cuando lo que defendemos son las únicas bases concebibles que puede tener todo progreso, que es imposible sin la conservación acumulativa de todo aquello que vale la pena ser conservado. La izquierda por el contrario pretende destruir y partir de cero como paso previo a una construcción, a un paraíso terrenal que jamás llega, porque no tiene otra entidad que la oscura nostalgia por una edad dorada que tampoco existió jamás, pero que por alguna razón persiste en la mente humana como ciertas características genéticas recesivas.
Versión 2.0 aquí.
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miércoles, 19 de mayo de 2010
Artículo en LD: La realidad es de derechas
Libertad Digital ha publicado en su sección Ideas mi último artículo en Semanario Atlántico:
Rodríguez Zapatero, el presidente que había hecho del llamado gasto social una seña de identidad irrenunciable de su política, se ve ahora obligado por la presión internacional a tomar medidas creíbles de reducción del déficit público. (Seguir leyendo.)
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lunes, 10 de mayo de 2010
Vosotros, capitalistas, sois los terroristas
Las fuerzas vivas del zapaterismo se han lanzado en tromba a culpar a los "especuladores" del marasmo al que nos ha conducido este gobierno por su incompetencia, su sectarismo ideológico y su falta absoluta de credibilidad. Incluso el Fiscal General del PSOE, digo del Estado, ha hablado de "criminales económicos". Pero como no hay burrada, por majestuosa que sea, que no pueda ser superada por un progre, un periodista nos acaba de regalar con el adjetivo "neoterroristas". Dice Xavier Salvador en El Periódico:
"El capitalismo engendró ese neoterrorismo de nuevo cuño y los acérrimos teóricos del liberalismo lo aupan y defienden dotándole de un cuerpo teórico con el que argumentar sin rubor que no hay mayor bondad humana que dejar actuar a su libre albedrío a las fuerzas del mercado. (...) Lo de los tres muertos griegos del miércoles es como el eufemismo bélico de los daños colaterales." (Entero.)
En efecto, si alguien, en su ingenuidad, pensaba que los culpables de esas muertes eran los manifestantes izquierdistas que pegaron fuego a una oficina bancaria, ya es hora de que reconozca su profundo error. La culpa fue del capitalismo. Y aún podemos generalizar más. Los cien millones de muertos que se atribuyen al comunismo en el siglo xx, fueron en realidad víctimas del mercado libre, que forzó a los regímenes marxistas a defenderse de los especuladores, saboteadores y demás agentes de la burguesía internacional.
"El capitalismo engendró ese neoterrorismo de nuevo cuño y los acérrimos teóricos del liberalismo lo aupan y defienden dotándole de un cuerpo teórico con el que argumentar sin rubor que no hay mayor bondad humana que dejar actuar a su libre albedrío a las fuerzas del mercado. (...) Lo de los tres muertos griegos del miércoles es como el eufemismo bélico de los daños colaterales." (Entero.)
En efecto, si alguien, en su ingenuidad, pensaba que los culpables de esas muertes eran los manifestantes izquierdistas que pegaron fuego a una oficina bancaria, ya es hora de que reconozca su profundo error. La culpa fue del capitalismo. Y aún podemos generalizar más. Los cien millones de muertos que se atribuyen al comunismo en el siglo xx, fueron en realidad víctimas del mercado libre, que forzó a los regímenes marxistas a defenderse de los especuladores, saboteadores y demás agentes de la burguesía internacional.
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P. S.: Aunque, sinceramente, no sé quiénes son peores, si los izquierdistas, que al menos van de frente, o viscosos personajes como Enric Juliana, que habla de "colisión" entre los gobiernos y los mercados, adoptando una actitud comprensiva con los primeros, claro. No es verdad que Hayek, cuando escribió su famoso ensayo, "¿Por qué no soy conservador?", estuviera pensando en alguien del PP. Lo más probable es que tuviera en mente a un periodista de La Vanguardia.
domingo, 28 de febrero de 2010
Pedagogía progre: hazañas de ayer y hoy
Escolares de cinco o seis años están enviando cartas a la embajada de Israel en Madrid con frases como "los judíos matan por dinero", "evacuar [sic] el país para los palestinos" o "ir [sic] a algún lugar donde alguien esté dispuesto a aceptaros". (Noticia en LD.) Desgraciadamente, este tipo de cosas ya no nos sorprenden. Los jóvenes pueden llegar a la Universidad escribiendo con faltas ortográficas, pero eso sí, desde la más tierna edad les inculcan, mientras dibujan palomas de la paz, lo malos que son Israel, los Estados Unidos y el capitalismo global.
Lo que ya me ha parecido recochineo, sinceramente, son las palabras del diplomático español Juan Barba, expresando sus dudas acerca de si esas cartas "fueron escritas por los menores motu proprio o si hay detrás una incitación por parte de los profesores, lo que sería más grave". Claro, quién sabe si niños de cinco o seis años, después de ver un informativo en la tele, no han reflexionado en profundidad acerca del conflicto palestino-israelí, y tras consultar en internet la dirección de la embajada hebrea, han decidido coordinadamente canalizar por escrito su descontento.
Decía yo hace poco, y perdón por la autocita, que nuestras escuelas no han recaído en los extremos de la pedagogía "moderna" de Ferrer Guardia, ensayada en la Barcelona de principios del siglo XX. Creo que pecaba de ingenuo. Vean algunas muestras de lo que escribían niños de entre nueve y doce años, y que según aquel botarate fusilado en 1909 no habían recibido ninguna "orientación en determinado sentido de la opinión", sino que con "genial espontaneidad (...) exteriorizaban su manera peculiar de sentir, libres de preocupaciones y convencionalismos". Estos fragmentos están extraídos del libro de Ferrer Guardia, La Escuela Moderna:
"El obrero habita en casa pequeña y oscura, come poco y mal y no va en coche como el burgués. Si el obrero quisiera, todo sería suyo; si no, que se cuenten los obreros y los burgueses, ¿de cuáles hay más? Pues como los obreros son más, pronto, o mejor dicho, en seguida obtendrían su deseo." (Niño de 9 años.)
"¿Quiénes son los que disfrutan del trabajo producido por los obreros? Los ricos. ¿Para qué sirven los ricos? Estos hombres son improductivos, por lo que se les puede comparar con las abejas, sino que éstas tienen más conocimiento, porque matan a los parásitos." (Niño de 12 años.)
"El trabajador es esclavo del burgués... Mientras los ricos se recrean en jardines y paseos, hay trabajadores a quien sus hijos les piden pan y no tienen para dárselo. ¿Por qué sucede esto? Porque los ricos lo acaparan todo." (Niña de 12 años.)
"Entre las faltas del género humano se encuentran la mentira, la hipocresía y el egoísmo. Si los hombres estuvieran más instruidos y principalmente las mujeres, enteramente iguales al hombre, esas faltas desaparecerían. Los padres no enseñarían a sus hijos en escuelas religiosas, que inculcan ideas falsas, sino que los llevarían a las escuelas racionales donde no se enseña lo sobrenatural, lo que no existe; ni tampoco a guerrear, sino a solidarizarse todos y a practicar el trabajo en común." (Niña de 10 años.)
Hoy hemos avanzado mucho. A los cinco años, nuestros niños ya escriben proclamas antisemitas. A los diez, seguro que ya saben que el origen de todos los males está en el ultraliberalismo y que los casquetes polares se habrán fundido antes de que practiquen su primer botellón. ¡El futuro es suyo!
Lo que ya me ha parecido recochineo, sinceramente, son las palabras del diplomático español Juan Barba, expresando sus dudas acerca de si esas cartas "fueron escritas por los menores motu proprio o si hay detrás una incitación por parte de los profesores, lo que sería más grave". Claro, quién sabe si niños de cinco o seis años, después de ver un informativo en la tele, no han reflexionado en profundidad acerca del conflicto palestino-israelí, y tras consultar en internet la dirección de la embajada hebrea, han decidido coordinadamente canalizar por escrito su descontento.
Decía yo hace poco, y perdón por la autocita, que nuestras escuelas no han recaído en los extremos de la pedagogía "moderna" de Ferrer Guardia, ensayada en la Barcelona de principios del siglo XX. Creo que pecaba de ingenuo. Vean algunas muestras de lo que escribían niños de entre nueve y doce años, y que según aquel botarate fusilado en 1909 no habían recibido ninguna "orientación en determinado sentido de la opinión", sino que con "genial espontaneidad (...) exteriorizaban su manera peculiar de sentir, libres de preocupaciones y convencionalismos". Estos fragmentos están extraídos del libro de Ferrer Guardia, La Escuela Moderna:
"El obrero habita en casa pequeña y oscura, come poco y mal y no va en coche como el burgués. Si el obrero quisiera, todo sería suyo; si no, que se cuenten los obreros y los burgueses, ¿de cuáles hay más? Pues como los obreros son más, pronto, o mejor dicho, en seguida obtendrían su deseo." (Niño de 9 años.)
"¿Quiénes son los que disfrutan del trabajo producido por los obreros? Los ricos. ¿Para qué sirven los ricos? Estos hombres son improductivos, por lo que se les puede comparar con las abejas, sino que éstas tienen más conocimiento, porque matan a los parásitos." (Niño de 12 años.)
"El trabajador es esclavo del burgués... Mientras los ricos se recrean en jardines y paseos, hay trabajadores a quien sus hijos les piden pan y no tienen para dárselo. ¿Por qué sucede esto? Porque los ricos lo acaparan todo." (Niña de 12 años.)
"Entre las faltas del género humano se encuentran la mentira, la hipocresía y el egoísmo. Si los hombres estuvieran más instruidos y principalmente las mujeres, enteramente iguales al hombre, esas faltas desaparecerían. Los padres no enseñarían a sus hijos en escuelas religiosas, que inculcan ideas falsas, sino que los llevarían a las escuelas racionales donde no se enseña lo sobrenatural, lo que no existe; ni tampoco a guerrear, sino a solidarizarse todos y a practicar el trabajo en común." (Niña de 10 años.)
Hoy hemos avanzado mucho. A los cinco años, nuestros niños ya escriben proclamas antisemitas. A los diez, seguro que ya saben que el origen de todos los males está en el ultraliberalismo y que los casquetes polares se habrán fundido antes de que practiquen su primer botellón. ¡El futuro es suyo!
domingo, 14 de febrero de 2010
Anticapitalismo e ignorancia
Las aportaciones oratorias de Hugo Chávez son incesantes. Con motivo de la inauguración de un nuevo mercado estatal, en los locales expropiados a la cadena Éxito, el tirano caribeño ha afirmado que los venezolanos podrán adquirir en ellos productos a "precios justos", sin la "plusvalía capitalista". Por supuesto, lo que ocurrirá es que pronto no habrá existencias de tales productos en las estanterías, y se formarán colas kilométricas para adquirir las escasas existencias. Eliminado el incentivo del beneficio, tanto productores como distribuidores serían muy estúpidos si no decidieran dedicarse a otra cosa. ¿Quién estaría dispuesto a conllevar los riesgos, preocupaciones y desvelos de un negocio, pagar impuestos, afrontar inspecciones y mordidas de funcionarios corruptos, y poner dinero de su bolsillo cuando las cosas van mal, todo ello para ganar lo mismo que un empleado? El resultado es que la producción se derrumbará, con los consabidos efectos de racionamiento, mercado negro y penuria generalizada.
Todo esto es elemental, lo deberían saber no ya los economistas, sino cualquier persona de un mínimo nivel cultural, o con una cierta experiencia de la vida. O dicho de otra manera, hablar de "precios justos", no sujetos a la oferta y la demanda en un mercado libre, es una imbecilidad de un calibre tal que tira de espaldas.
Sin embargo, enormidades por el estilo se escuchan también en economías desarrolladas como la nuestra, cuando algunos claman contra los intermediarios que encarecen los productos agrícolas, como si los costes de transporte, almacenaje, etiquetado, etc, fueran invisibles. Los manuales de Educación para la Ciudadanía, y no me refiero a los más radicales, abundan en la retórica anticapitalista de "otro mundo es posible", defienden el llamado "comercio justo" y abogan igualmente por eliminar los intermediarios comerciales. No hablemos ya de buena parte de las televisiones y demás medios de comunicación, que a través de informativos, reportajes y tertulias difunden a diario esta clase de memeces. Y a esto, que supone retroceder a una mentalidad medieval, recelosa del comercio y el lucro, lo llaman progresismo.
Algo falla en una civilización cuando las nociones más básicas no se transmiten adecuadamente, encontrando los errores más groseros terreno propicio para su difusión. En un programa de la emisora Catalunya Informació en el que entrevistaban a diputados del parlamento autonómico, una de las preguntas solía ser del tipo "¿cuál es la raíz cuadrada de 25?". La mayoría se excusaban con una risita, diciendo que eran de letras. Con este nivel, en personas que por lo general ostentan un título universitario, no debería sorprendernos que la población general sea tan ignorante de los mínimos rudimentos de economía. Peligrosamente ignorante.
Todo esto es elemental, lo deberían saber no ya los economistas, sino cualquier persona de un mínimo nivel cultural, o con una cierta experiencia de la vida. O dicho de otra manera, hablar de "precios justos", no sujetos a la oferta y la demanda en un mercado libre, es una imbecilidad de un calibre tal que tira de espaldas.
Sin embargo, enormidades por el estilo se escuchan también en economías desarrolladas como la nuestra, cuando algunos claman contra los intermediarios que encarecen los productos agrícolas, como si los costes de transporte, almacenaje, etiquetado, etc, fueran invisibles. Los manuales de Educación para la Ciudadanía, y no me refiero a los más radicales, abundan en la retórica anticapitalista de "otro mundo es posible", defienden el llamado "comercio justo" y abogan igualmente por eliminar los intermediarios comerciales. No hablemos ya de buena parte de las televisiones y demás medios de comunicación, que a través de informativos, reportajes y tertulias difunden a diario esta clase de memeces. Y a esto, que supone retroceder a una mentalidad medieval, recelosa del comercio y el lucro, lo llaman progresismo.
Algo falla en una civilización cuando las nociones más básicas no se transmiten adecuadamente, encontrando los errores más groseros terreno propicio para su difusión. En un programa de la emisora Catalunya Informació en el que entrevistaban a diputados del parlamento autonómico, una de las preguntas solía ser del tipo "¿cuál es la raíz cuadrada de 25?". La mayoría se excusaban con una risita, diciendo que eran de letras. Con este nivel, en personas que por lo general ostentan un título universitario, no debería sorprendernos que la población general sea tan ignorante de los mínimos rudimentos de economía. Peligrosamente ignorante.
miércoles, 20 de enero de 2010
La maldad sin límites del Imperio
Sabíamos que el “capitalismo salvaje” tiene la culpa de todos los males. Tiene la culpa, ante todo, de la pobreza en el mundo... a pesar de que en los últimos dos siglos ha generado el mayor crecimiento económico de toda la historia, y centenares de millones de seres humanos han podido acceder a unos niveles de vida que antiguos príncipes no hubieran podido soñar siquiera. El capitalismo, por supuesto, tiene la culpa de las guerras... a pesar de que todos los conflictos bélicos del siglo pasado y del actual han sido provocados por Estados ferozmente intervencionistas, autoritarios o totalitarios. El capitalismo, qué duda cabe, tiene la culpa del calentamiento global, y si en los próximos años se produce un enfriamiento global... también será culpa del capitalismo. La industria capitalista, en fin, tiene la culpa de la deforestación y la contaminación, a pesar de que los agricultores llevan milenios talando bosques, y de que los niveles de contaminación de los países del “socialismo real” fueron muy superiores a los del mundo libre.Por si todas estas calamidades no fueran suficientes, al capitalismo, o más concretamente a la CIA, se la ha llegado a culpar de la epidemia del sida, a pesar de que los científicos han datado los orígenes del virus entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Pero lo que nos faltaba por leer son unas declaraciones de Hugo Chávez (quién si no), culpando a la marina de Estados Unidos de haber provocado el terremoto de Haití. Es decir, que a la pobreza, a las guerras, al cambio climático y a las enfermedades, ahora habrá que sumar las catástrofes naturales en el debe del pérfido sistema capitalista, o del malvado imperio yanqui, como prefieran.
Es fácil ver el lado chusco de estas fantasías paranoicas, y tratar de imaginarnos cómo debe ser la máquina de hacer terremotos. Acaso podría servir para el guión de la próxima película de James Bond. Pero no nos engañemos. La anécdota nos ilumina acerca de la estrategia coherente y sistemática del pensamiento totalitario a lo largo de décadas. Para compensar los estragos causados por el comunismo, cifrados por la historiografía seria en unos cien millones de muertos, es necesario (ya que es harto difícil negarlos u ocultarlos) acumular hecatombes en el otro platillo de la balanza, en el que militan los Estados Unidos. Sólo así podremos relativizar el insondable sufrimiento causado por las ideologías colectivistas, y seguir presentándolas como una alternativa.
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domingo, 3 de enero de 2010
La vaca Tierra
Al dibujante venezolano Eneko se debe este dibujo pretendidamente ocurrente:

Mucha gente no sólo piensa esto, sino que considera indecente cuestionar la idea que transmite la ilustración: Que la prosperidad del Norte se debe a la implacable explotación del Sur. Y cuando digo mucha gente, me refiero especialmente a periodistas, maestros, escritores y artistas, es decir, a aquellos que más influencia tienen sobre la sabiduría convencional de nuestro tiempo, aun cuando no sean en su mayoría sus forjadores intelectuales.
Ahora bien, si el lector es lo que se suele llamar un progre, yo le pregunto: ¿En qué se basa para sostener semejante concepción? Pensemos en el origen de la riqueza del mundo desarrollado. ¿Se halla en el saqueo de las materias primas del Sur? Ciertamente, existen países muy pobres que atesoran en su subsuelo grandes riquezas minerales o energéticas, y que para explotarlas necesitan de la tecnología y los capitales del Norte. Sin embargo no es cierto que la riqueza generada por estos recursos naturales nunca beneficie al país de origen, como evidencia por ejemplo la fastuosidad de los principados árabes.
También es verdad que las multinacionales pagan en el tercer mundo salarios más bajos que en el primero. Pero aun así, son más altos que los que perciben los demás trabajadores de esos países, y de hecho la inversión extranjera permite eludir la miseria de muchos de sus habitantes que, de otra manera, frecuentemente no tienen otra salida que la mendicidad o la prostitución.
Con todo, lo esencial no es esto. Lo importante es que existen muchos países ricos que carecen casi por completo de riquezas naturales y de multinacionales dedicadas a su obtención. Por tanto, incluso aunque hubiera una parte de verdad en la teoría del saqueo, no es una excusa definitiva para que un país no pueda prosperar, porque en realidad, toda riqueza procede del trabajo, es decir, de la actividad humana transformadora, y de una estructura jurídica que garantice a todo ciudadano gozar de los frutos de su esfuerzo, sin temor a las exacciones políticas o las destrucciones por causas bélicas.
Aunque suene duro, insensible y lo que se quiera, la culpa de la pobreza del Sur la tiene básicamente el Sur. O dicho con más precisión, la tienen las cleptocracias socialistas o populistas que sojuzgan a esas sociedades, condenándolas al estancamiento y en ocasiones a la ruina, siendo muy difícil en estas condiciones recorrer el camino que Europa acabó encontrando sin la menor ayuda exterior, a lo largo de varios siglos.
Quizá el lector progre pueda oponer dos objeciones. La primera, que Europa prosperó gracias al imperialismo practicado sobre África y Asia (y Estados Unidos sobre Latinoamérica). Y la segunda que es la deuda de los países pobres la que los ha conducido a su actual situación de postración.
Lo último desde luego es fácil de rebatir. La deuda existe porque estos países recibieron grandes cantidades de dinero, no sólo en préstamos, sino también en donaciones. ¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? Los principales culpables de que se haya dilapidado por la corrupción y las guerras no son quienes lo prestaron o donaron, sino quienes lo recibieron.
En cuanto al imperialismo, es en gran medida un mito que económicamente haya arrojado un saldo favorable a los países desarrollados. En realidad, las motivaciones de los dirigentes europeos en la edad moderna tuvieron mucho más de aventurismo o necio militarismo, que de cualquier inteligente cálculo económico. Por supuesto que el imperialismo tuvo efectos perniciosos para los países que lo sufrieron. Pero generalmente fue porque en parte agudizó las lacras que padecían antes de la llegada de los europeos, quienes en general se apoyaron en las viejas élites de cada lugar, y en parte erosionó aquellas estructuras culturales que habían actuado como freno de sus propios gobernantes. Uno de los peores legados que ha dejado Europa al tercer mundo es el marxismo, aprendido por sus futuros dirigentes en las universidades de Gran Bretaña o de Francia, y luego aplicado con desastrosas consecuencias en tantos países africanos y asiáticos.
En cualquier caso, aunque los europeos, y en mucha menor medida los estadounidenses, hayan cometido innegables tropelías en todo el planeta, los países pobres no pueden estar eternamente echando la culpa a otros de sus propios errores y debilidades. La tentación de las explicaciones simplistas es muy grande. En uno de los álbumes de Tintín, no recuerdo cuál, se explicaba el atraso de los países subdesarrollados por la confabulación de los pérfidos fabricantes de armas y las multinacionales del petróleo. En realidad, la idea que tiene mucha gente no es más elaborada que la de esa historieta. Pero los habitantes del tercer mundo no pertenecen a razas inferiores, no son marionetas que los occidentales pueden manipular a su antojo. Carece de sentido afirmar que, más allá de casos anecdóticos, se dejan arrebatar sus riquezas o se enredan en guerras territoriales o tribales sin que sus propias clases dirigentes tengan la responsabilidad principal.
Esto no significa que Occidente deba mostrarse indiferente ante la miseria que existe en el planeta. Por supuesto que moralmente estamos obligados a intervenir para paliar hambrunas, epidemias y catástrofes naturales, allí donde se produzcan. Pero el error consiste ya no en pensar que es responsabilidad de los países desarrollados que los demás salgan de la miseria, sino que está en sus manos lograrlo. El tercer mundo sólo alcanzará los niveles de prosperidad del primero el día que se decida a intentarlo por sí mismo, renunciando al victimismo nacionalista. De hecho, muchos países, sobre todo en Asia, ya han recorrido buena parte del camino, que no es otro que la democracia y el mercado libre. Basta con que Occidente no obstaculice este proceso, por ejemplo con las intolerables barreras al libre comercio que aún persisten.
No nos engañemos: La función última del discurso que culpabiliza a Occidente de la miseria que hay en el mundo no es otra que la de presentar al capitalismo como un sistema que sólo se puede sostener por la exacción. Si nuestra riqueza procediese de la explotación del tercer mundo, ello significaría que en el fondo el sistema del libre mercado es un fraude, está basado en la rapiña y es incapaz de crear riqueza neta. Ahora bien, nótese que sólo las ideologías comunista y fascista han llegado a difundir mentiras de calibre comparable. El "espacio vital" de los nazis no es más que una de las muchas formulaciones que ha tenido la concepción preliberal, o antiliberal, de que la riqueza de un país sólo puede aumentar verdaderamente por la expansión territorial, y no gracias a la laboriosidad de sus habitantes. Curiosamente, es lo que parecen creer muchos antiglobalizadores, que se oponen a la libertad de comercio, porque opinan que sólo sirve para enriquecer a una parte y empobrecer a la otra.
Afortunadamente, están equivocados, y esto significa que el progreso es posible. Lo que no entiendo es por qué se llaman progresistas quienes con su actitud niegan en realidad que exista el progreso. Hace milenios que el ser humano aprendió que la prosperidad no queda limitada por lo que dé de sí la ubre de una vaca.

Mucha gente no sólo piensa esto, sino que considera indecente cuestionar la idea que transmite la ilustración: Que la prosperidad del Norte se debe a la implacable explotación del Sur. Y cuando digo mucha gente, me refiero especialmente a periodistas, maestros, escritores y artistas, es decir, a aquellos que más influencia tienen sobre la sabiduría convencional de nuestro tiempo, aun cuando no sean en su mayoría sus forjadores intelectuales.
Ahora bien, si el lector es lo que se suele llamar un progre, yo le pregunto: ¿En qué se basa para sostener semejante concepción? Pensemos en el origen de la riqueza del mundo desarrollado. ¿Se halla en el saqueo de las materias primas del Sur? Ciertamente, existen países muy pobres que atesoran en su subsuelo grandes riquezas minerales o energéticas, y que para explotarlas necesitan de la tecnología y los capitales del Norte. Sin embargo no es cierto que la riqueza generada por estos recursos naturales nunca beneficie al país de origen, como evidencia por ejemplo la fastuosidad de los principados árabes.
También es verdad que las multinacionales pagan en el tercer mundo salarios más bajos que en el primero. Pero aun así, son más altos que los que perciben los demás trabajadores de esos países, y de hecho la inversión extranjera permite eludir la miseria de muchos de sus habitantes que, de otra manera, frecuentemente no tienen otra salida que la mendicidad o la prostitución.
Con todo, lo esencial no es esto. Lo importante es que existen muchos países ricos que carecen casi por completo de riquezas naturales y de multinacionales dedicadas a su obtención. Por tanto, incluso aunque hubiera una parte de verdad en la teoría del saqueo, no es una excusa definitiva para que un país no pueda prosperar, porque en realidad, toda riqueza procede del trabajo, es decir, de la actividad humana transformadora, y de una estructura jurídica que garantice a todo ciudadano gozar de los frutos de su esfuerzo, sin temor a las exacciones políticas o las destrucciones por causas bélicas.
Aunque suene duro, insensible y lo que se quiera, la culpa de la pobreza del Sur la tiene básicamente el Sur. O dicho con más precisión, la tienen las cleptocracias socialistas o populistas que sojuzgan a esas sociedades, condenándolas al estancamiento y en ocasiones a la ruina, siendo muy difícil en estas condiciones recorrer el camino que Europa acabó encontrando sin la menor ayuda exterior, a lo largo de varios siglos.
Quizá el lector progre pueda oponer dos objeciones. La primera, que Europa prosperó gracias al imperialismo practicado sobre África y Asia (y Estados Unidos sobre Latinoamérica). Y la segunda que es la deuda de los países pobres la que los ha conducido a su actual situación de postración.
Lo último desde luego es fácil de rebatir. La deuda existe porque estos países recibieron grandes cantidades de dinero, no sólo en préstamos, sino también en donaciones. ¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? Los principales culpables de que se haya dilapidado por la corrupción y las guerras no son quienes lo prestaron o donaron, sino quienes lo recibieron.
En cuanto al imperialismo, es en gran medida un mito que económicamente haya arrojado un saldo favorable a los países desarrollados. En realidad, las motivaciones de los dirigentes europeos en la edad moderna tuvieron mucho más de aventurismo o necio militarismo, que de cualquier inteligente cálculo económico. Por supuesto que el imperialismo tuvo efectos perniciosos para los países que lo sufrieron. Pero generalmente fue porque en parte agudizó las lacras que padecían antes de la llegada de los europeos, quienes en general se apoyaron en las viejas élites de cada lugar, y en parte erosionó aquellas estructuras culturales que habían actuado como freno de sus propios gobernantes. Uno de los peores legados que ha dejado Europa al tercer mundo es el marxismo, aprendido por sus futuros dirigentes en las universidades de Gran Bretaña o de Francia, y luego aplicado con desastrosas consecuencias en tantos países africanos y asiáticos.
En cualquier caso, aunque los europeos, y en mucha menor medida los estadounidenses, hayan cometido innegables tropelías en todo el planeta, los países pobres no pueden estar eternamente echando la culpa a otros de sus propios errores y debilidades. La tentación de las explicaciones simplistas es muy grande. En uno de los álbumes de Tintín, no recuerdo cuál, se explicaba el atraso de los países subdesarrollados por la confabulación de los pérfidos fabricantes de armas y las multinacionales del petróleo. En realidad, la idea que tiene mucha gente no es más elaborada que la de esa historieta. Pero los habitantes del tercer mundo no pertenecen a razas inferiores, no son marionetas que los occidentales pueden manipular a su antojo. Carece de sentido afirmar que, más allá de casos anecdóticos, se dejan arrebatar sus riquezas o se enredan en guerras territoriales o tribales sin que sus propias clases dirigentes tengan la responsabilidad principal.
Esto no significa que Occidente deba mostrarse indiferente ante la miseria que existe en el planeta. Por supuesto que moralmente estamos obligados a intervenir para paliar hambrunas, epidemias y catástrofes naturales, allí donde se produzcan. Pero el error consiste ya no en pensar que es responsabilidad de los países desarrollados que los demás salgan de la miseria, sino que está en sus manos lograrlo. El tercer mundo sólo alcanzará los niveles de prosperidad del primero el día que se decida a intentarlo por sí mismo, renunciando al victimismo nacionalista. De hecho, muchos países, sobre todo en Asia, ya han recorrido buena parte del camino, que no es otro que la democracia y el mercado libre. Basta con que Occidente no obstaculice este proceso, por ejemplo con las intolerables barreras al libre comercio que aún persisten.
No nos engañemos: La función última del discurso que culpabiliza a Occidente de la miseria que hay en el mundo no es otra que la de presentar al capitalismo como un sistema que sólo se puede sostener por la exacción. Si nuestra riqueza procediese de la explotación del tercer mundo, ello significaría que en el fondo el sistema del libre mercado es un fraude, está basado en la rapiña y es incapaz de crear riqueza neta. Ahora bien, nótese que sólo las ideologías comunista y fascista han llegado a difundir mentiras de calibre comparable. El "espacio vital" de los nazis no es más que una de las muchas formulaciones que ha tenido la concepción preliberal, o antiliberal, de que la riqueza de un país sólo puede aumentar verdaderamente por la expansión territorial, y no gracias a la laboriosidad de sus habitantes. Curiosamente, es lo que parecen creer muchos antiglobalizadores, que se oponen a la libertad de comercio, porque opinan que sólo sirve para enriquecer a una parte y empobrecer a la otra.
Afortunadamente, están equivocados, y esto significa que el progreso es posible. Lo que no entiendo es por qué se llaman progresistas quienes con su actitud niegan en realidad que exista el progreso. Hace milenios que el ser humano aprendió que la prosperidad no queda limitada por lo que dé de sí la ubre de una vaca.
sábado, 2 de enero de 2010
Ese inquietante casi
Adam Smith escribió lo siguiente hace más de dos siglos:"Las grandes naciones nunca se empobrecen por el despilfarro y la mala administración del sector privado, aunque a veces sí por el derroche y la mala gestión del sector público. (...) Sin embargo, la experiencia demuestra que la frugalidad y buena administración es en la mayoría de los casos suficiente para compensar no sólo la prodigalidad y desbarajuste de los individuos, sino el derroche del Estado. El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada persona en mejorar su condición, el principio del que originalmente se derivan tanto la riqueza pública como la privada, es con frecuencia tan poderoso como para mantener el rumbo natural de las cosas hacia el progreso, a pesar tanto del despilfarro del gobierno como de los mayores errores de la administración. Actúa igual que ese principio desconocido de la vida animal que frecuentemente restaura la salud y el vigor del organismo no sólo a pesar de la enfermedad sino también de las absurdas recetas del médico." (La riqueza de las naciones, lib. II, cap. 3; las negritas son mías.)
Es lo mismo que viene a decir José Ramón Rallo en un artículo de Libertad Digital, El capitalismo lo aguanta (casi) todo. Y tanto el sabio escocés como el joven economista español tienen mucha razón. Pero qué quieren que les diga, no me quedo muy tranquilo después de leerlos. Esas expresiones adverbiales ("con frecuencia", "casi") no dejan de inquietarme... Hay parásitos tan obtusos que acaban destruyendo el organismo que los mantiene, llámense políticos, sindicalistas y funcionarios en defensa de su poder, cuando no de los más mezquinos privilegios.
Lógica árabe
Entrevistado por El Mundo, el ex presidente del Yemen Abdel Karim Al-Iryani, afirma que la presencia de Al-Qaeda en su país se ha incrementado "por la pobreza". Y generaliza:
"La penuria es el principal factor que alienta el terrorismo. Enfrentamos una hambruna debida a una de las peores cosechas en la historia del país."
Sin embargo, al mismo tiempo afirma lo siguiente:
"Israel está alimentando en su seno a un extremismo tan peligroso como el de Bin Laden. Ya tienen a un amplio sector de fanáticos cuyos desmanes vemos cada semana en la televisión, y que no para de crecer."
De donde se deduce, de ser esto cierto, que en Israel debe haber también hambre y penuria. ¿O no?
Por supuesto, ambas afirmaciones, que la causa del terrorismo es la pobreza, y que existe un integrismo judío comparable al islámico, son puras idioteces. Pero que encima se utilicen en la misma entrevista, pese a su carácter contradictorio, revela que a quien las emplea ni le importan los hechos, ni le importa siquiera la lógica. Posiblemente piense que los occidentales nos tragamos cualquier cosa, con tal de autoculparnos de todos los males. Porque, claro, la idea implícita es atribuir la pobreza al capitalismo globlal. Raro es que no haya dicho el hombre (o no se lo haya entresacado el corresponsal) que las malas cosechas del Yemen se deben al cambio climático, causado por supuesto por las malignas emisiones de CO2 occidentales.
"La penuria es el principal factor que alienta el terrorismo. Enfrentamos una hambruna debida a una de las peores cosechas en la historia del país."
Sin embargo, al mismo tiempo afirma lo siguiente:
"Israel está alimentando en su seno a un extremismo tan peligroso como el de Bin Laden. Ya tienen a un amplio sector de fanáticos cuyos desmanes vemos cada semana en la televisión, y que no para de crecer."
De donde se deduce, de ser esto cierto, que en Israel debe haber también hambre y penuria. ¿O no?
Por supuesto, ambas afirmaciones, que la causa del terrorismo es la pobreza, y que existe un integrismo judío comparable al islámico, son puras idioteces. Pero que encima se utilicen en la misma entrevista, pese a su carácter contradictorio, revela que a quien las emplea ni le importan los hechos, ni le importa siquiera la lógica. Posiblemente piense que los occidentales nos tragamos cualquier cosa, con tal de autoculparnos de todos los males. Porque, claro, la idea implícita es atribuir la pobreza al capitalismo globlal. Raro es que no haya dicho el hombre (o no se lo haya entresacado el corresponsal) que las malas cosechas del Yemen se deben al cambio climático, causado por supuesto por las malignas emisiones de CO2 occidentales.
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