No de otra forma puedo describir a alguien capaz de decir semejante mezquindad: Que respecto a ETA, su final dependerá no de que los terroristas entreguen las armas, sino del "talante del nuevo Gobierno". Y por si esto no fuera lo bastante insidioso ha añadido: "Con Aznar hubo más muertos; con Zapatero, más etarras detenidos." Esto lo dice del presidente del gobierno que estuvo a punto de ser asesinado por ETA. Esto lo dice quien era portavoz del gobierno de los GAL, es decir, de un gobierno que asesinó directamente. Esto lo dice el ministro del caso Faisán. Hay que ser mala persona. Hay que tergiversar con premeditación y alevosía para omitir que fue Aznar quien estuvo a punto de derrotar policialmente a la organización terrorista, quien además lo consiguió ilegalizando a su brazo político (no como ahora que está exultante) y acabando prácticamente con la kale borroka. Hasta que llegó el gobierno de Zapatero para dar oxígeno a los asesinos durante siete años. Esto lo dice el miembro de un partido que no se ha cansado de acusar a la oposición de hacer un uso indecente de la política antiterrorista para atacar al gobierno. Esto lo dice quien utilizó el peor atentado terrorista de la historia de España para atacar al gobierno el día de reflexión electoral. Se puede ser más cínico, se puede tener más cara dura, se puede ser más vil y despreciable, sin duda. Se puede ser más hipócrita que quien derrama lágrimas de cococrilo para capitalizar políticamente el comunicado de la falsa "paz" de los etarras. Pero Rubalcaba ha puesto el listón muy alto.
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domingo, 30 de octubre de 2011
Rubalcaba es una mala persona
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martes, 27 de septiembre de 2011
Zapatero y Peter Sellers
La agónica despedida de Zapatero se está haciendo larga, larga. Un tertuliano de Onda Cero lo ha comparado agudamente con el trompetista del inicio de El guateque, la inolvidable película de Blake Edwards protagonizada por Peter Sellers en 1968. Después de las semejanzas con Mr. Bean, faltaba que alguien recordara al patoso inspector Clouseau, o aún mejor, al desastroso actor de origen hindú que predica el amor y la armonía mientras destroza todo lo que encuentra a su paso... Por desgracia, la realidad siempre supera a la ficción.
lunes, 13 de junio de 2011
El mapa de la infamia
Este es el mapa de los ayuntamientos del País Vasco que en adelante tendrán un alcalde de Bildu, el brazo político de ETA. Lo he elaborado partiendo de informaciones de varios medios, que me han permitido identificar 102 municipios. Quizás falte alguno, que incluiré en cuanto me entere. A estos habría que añadir 17 ayuntamientos de Navarra que también han caído en manos de los mismos filoterroristas de extrema izquierda. (No aparecen en este mapa porque aquí no hacemos el juego a los anexionistas.)
Los culpables de este desastre sin paliativos son el gobierno Zapatero-Rubalcaba, el Tribunal Constitucional, el PNV y, por supuesto, los más de trescientos mil pedazo de bestias que han votado a estos sujetos, y viceversa. Digamos las cosas claras, porque mientras nos entretenemos con eufemismos, este país se está yendo a la mierda. Estamos arruinados, estamos a la cabeza de Europa y del mundo en legislación antiliberal, en abortos y déficit de natalidad y, por si fuera poco, permitimos que los terroristas gobiernen en más de un centenar de municipios. Y a esto lo llamamos progresismo, mientras clasificamos como ultraderechistas a quienes denuncian la situación. Peor aún, el movimiento de los "indignados", inspirado en el best-seller de Stéphane Hessel, se manifiesta a favor de más socialismo (la ideología del PSOE y de Bildu), boicotea las tomas de posesión de los alcaldes del PP y ni por asomo reclama elecciones anticipadas.
La única salida a esta pesadilla es la democracia, no esa mamarrachada chavista de la "democracia real" que reclamaban los acampados de la Puerta del Sol, sino la única democracia que existe: Algo tan simple como echar a un gobierno con los votos. Y cuanto antes.
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lunes, 16 de mayo de 2011
Votar para botar
Conocí a un abstencionista convencido que decía "si votas, luego no te quejes". Nunca entendí el argumento. El que vota está perfectamente legitimado para quejarse luego. Si los gobernantes no son los que votó, con toda la razón. Pero si les votó ¿por qué no podría quejarse, si luego le defraudan? El voto no es ningún cheque en blanco. Supongo que nuestro abstencionista diría que cuando uno es adulto, se puede dejar engañar por los políticos una vez, quizá dos, pero a la tercera es ya tan culpable como el engañador. Esto vale para una conducta individual aislada, pero no en el caso del voto. Porque si tú no votas, otro de todos modos lo hará por ti. Y entonces sí que no tienes mucho derecho a protestar contra lo que salga de las urnas.
Aquí ya es cuando nuestro interlocutor imaginario sale por peteneras: "pero si nadie votara..." Claro, el mundo solo con eso sería color de rosa, como lo era en aquellos tiempos en que se sentaba en el trono aquel que conseguía sobrevivir a los puñales, los venenos y otros accidentes. Cuando no el vencedor de una guerra civil que dejaba al pueblo diezmado y empobrecido.
Ahora bien, una vez estamos de acuerdo en que hay que votar, queda un pequeño detalle. ¿A quién? Creo que podemos descartar, por razones parecidas a las expuestas para la abstención, el voto nulo y en blanco. No sirven para nada, ni servirían aunque todo el mundo votara lo mismo. Al día siguiente seguiríamos teniendo un gobierno, solo que no elegido por nadie. Y no estaríamos más autorizados a criticarlo que si lo hubiéramos votado. Recuerden: el voto no es un cheque en blanco. Así pues, quien hasta aquí haya asentido a mis argumentos, no tiene más remedio que admitir que debe votar a algún partido político.
"¡Pero no me gusta ninguno!", proclamará más de un lector. Bien, no tiene de qué preocuparse. Es normal, nos pasa a muchos. En las elecciones se presentan varias decenas de partidos. Posiblemente no se los ha estudiado todos, y hace mal, yo creo que vale la pena. Puede que sus ideas se encuentren representadas por un pequeño partido, que aunque no tiene posibilidades de ganar las elecciones, sí podría obtener un diputado, o un concejal, y desde ahí influir en algún grado. Aunque personalmente creo más en el voto útil, respeto enormemente a las personas que optan por este tipo de partidos. Quien vota en blanco renuncia a toda influencia, mientras que el que vota por la formación más peregrina (siempre y cuando esta vaya en serio; no siempre es así) por lo menos intenta que sus ideas tengan algún reflejo en las decisiones políticas, aunque rara vez lo consiga.
Pongamos, con todo, que tras el análisis de las distintas siglas, ninguna le convence por entero. Aun así, siempre habrá un partido o partidos que sean los que menos le gustan. Pues bien, ahí está la clave. Vote usted a aquel partido que le parezca el menos malo, o el más indicado para impedir que gobiernen aquellos que en su opinión son peores. Bote, con be, al partido que no quiera ver en el gobierno, votando al que preferiría en su lugar, aunque sea sin ningún entusiasmo.
Y aquí podría terminar mi llamada al ejercicio del derecho de sufragio. Pero me voy a mojar más, y confesaré cuál es en mi opinión el partido al cual hay que botar, alejar cuanto antes del poder, tanto local, autonómico, como central, en las próximas elecciones y en las siguientes. Y este no es otro que el PSOE, naturalmente. He aquí mis razones:
1) Porque no se debería mantener un gobierno que ha sido incapaz de impedir que lleguemos a tener cinco millones de parados. Solo por este motivo, votar al PSOE (o quedarse en casa, etc), aunque el 22 de mayo estén en juego directamente solo los ayuntamientos, y no todos los gobiernos regionales, es dejar pasar una oportunidad magnífica de castigarlo.
2) Porque hay que echar a un gobierno que en lugar de darle el golpe de gracia a ETA cuando accedió al poder, ha estado siete años negociando con los terroristas, permitiéndoles presentarse a las elecciones locales mediante su influencia en el poder judicial, entre otras fechorías; lo que solo ha servido, como era de prever, para que los criminales se rearmen material y moralmente.
3) Porque debemos paralizar y revertir las reformas de ingeniería social realizadas por Zapatero. El aborto no es un "derecho"; los niños preferiblemente deben crecer con una madre y un padre; la igualdad no puede ser un pretexto para recortar libertades; las escuelas no deben ser centros de adoctrinamiento ideológico; los católicos tienen todo el derecho del mundo de expresar sus opiniones; y la historia no la deben escribir los parlamentos ni los gobiernos, sino los historiadores.
4) Porque jamás se debió haber votado al PSOE en 2004, después de la sucia campaña que organizó tras la masacre del 11-M, sugiriendo a la gente que votara a los socialistas para que los islamistas nos perdonaran la vida por nuestra casi simbólica implicación en la guerra de Irak. La vergüenza de ser español que arrastramos muchos desde entonces no se lavará automáticamente cuando, previsiblemente el año que viene, el PSOE deje de gobernar. Todo dependerá de si el nuevo ejecutivo deja de poner obstáculos a la investigación de esos atentados. Pero por lo menos, podremos abrigar la esperanza de un inicio de cambio de mentalidad, de que se extrapole a nivel nacional el fenómeno sociológico de la Comunidad de Madrid, que tan desquiciados tiene a los progres. El de una mayoría social que ya no se deja intimidar por la opinión publicada, sino que se atreve a pensar por sí misma, sin complejos.
Hay más razones (la corrupción, la política sobre inmigración, etc) pero ante las anteriores, sinceramente me parecen secundarias, salvo circunstancias locales. Ya solo me queda decir cuál es en mi opinión el partido al que debemos votar, para botar al PSOE. Para mí es evidente que el PP. Ya sé lo que dicen algunos, que hablan del PPSOE, de que los dos grandes partidos son lo mismo, que si el problema es la "casta política", etc. En ese caso, si creen que efectivamente no cambia nada con que gobiernen unos u otros, si creen que no importa que el PSOE siga gobernando cuatro años más, o indefinidamente, no me hagan caso. Olviden todo lo que acaban de leer y no vayan a botar.
Aquí ya es cuando nuestro interlocutor imaginario sale por peteneras: "pero si nadie votara..." Claro, el mundo solo con eso sería color de rosa, como lo era en aquellos tiempos en que se sentaba en el trono aquel que conseguía sobrevivir a los puñales, los venenos y otros accidentes. Cuando no el vencedor de una guerra civil que dejaba al pueblo diezmado y empobrecido.
Ahora bien, una vez estamos de acuerdo en que hay que votar, queda un pequeño detalle. ¿A quién? Creo que podemos descartar, por razones parecidas a las expuestas para la abstención, el voto nulo y en blanco. No sirven para nada, ni servirían aunque todo el mundo votara lo mismo. Al día siguiente seguiríamos teniendo un gobierno, solo que no elegido por nadie. Y no estaríamos más autorizados a criticarlo que si lo hubiéramos votado. Recuerden: el voto no es un cheque en blanco. Así pues, quien hasta aquí haya asentido a mis argumentos, no tiene más remedio que admitir que debe votar a algún partido político.
"¡Pero no me gusta ninguno!", proclamará más de un lector. Bien, no tiene de qué preocuparse. Es normal, nos pasa a muchos. En las elecciones se presentan varias decenas de partidos. Posiblemente no se los ha estudiado todos, y hace mal, yo creo que vale la pena. Puede que sus ideas se encuentren representadas por un pequeño partido, que aunque no tiene posibilidades de ganar las elecciones, sí podría obtener un diputado, o un concejal, y desde ahí influir en algún grado. Aunque personalmente creo más en el voto útil, respeto enormemente a las personas que optan por este tipo de partidos. Quien vota en blanco renuncia a toda influencia, mientras que el que vota por la formación más peregrina (siempre y cuando esta vaya en serio; no siempre es así) por lo menos intenta que sus ideas tengan algún reflejo en las decisiones políticas, aunque rara vez lo consiga.
Pongamos, con todo, que tras el análisis de las distintas siglas, ninguna le convence por entero. Aun así, siempre habrá un partido o partidos que sean los que menos le gustan. Pues bien, ahí está la clave. Vote usted a aquel partido que le parezca el menos malo, o el más indicado para impedir que gobiernen aquellos que en su opinión son peores. Bote, con be, al partido que no quiera ver en el gobierno, votando al que preferiría en su lugar, aunque sea sin ningún entusiasmo.
Y aquí podría terminar mi llamada al ejercicio del derecho de sufragio. Pero me voy a mojar más, y confesaré cuál es en mi opinión el partido al cual hay que botar, alejar cuanto antes del poder, tanto local, autonómico, como central, en las próximas elecciones y en las siguientes. Y este no es otro que el PSOE, naturalmente. He aquí mis razones:
1) Porque no se debería mantener un gobierno que ha sido incapaz de impedir que lleguemos a tener cinco millones de parados. Solo por este motivo, votar al PSOE (o quedarse en casa, etc), aunque el 22 de mayo estén en juego directamente solo los ayuntamientos, y no todos los gobiernos regionales, es dejar pasar una oportunidad magnífica de castigarlo.
2) Porque hay que echar a un gobierno que en lugar de darle el golpe de gracia a ETA cuando accedió al poder, ha estado siete años negociando con los terroristas, permitiéndoles presentarse a las elecciones locales mediante su influencia en el poder judicial, entre otras fechorías; lo que solo ha servido, como era de prever, para que los criminales se rearmen material y moralmente.
3) Porque debemos paralizar y revertir las reformas de ingeniería social realizadas por Zapatero. El aborto no es un "derecho"; los niños preferiblemente deben crecer con una madre y un padre; la igualdad no puede ser un pretexto para recortar libertades; las escuelas no deben ser centros de adoctrinamiento ideológico; los católicos tienen todo el derecho del mundo de expresar sus opiniones; y la historia no la deben escribir los parlamentos ni los gobiernos, sino los historiadores.
4) Porque jamás se debió haber votado al PSOE en 2004, después de la sucia campaña que organizó tras la masacre del 11-M, sugiriendo a la gente que votara a los socialistas para que los islamistas nos perdonaran la vida por nuestra casi simbólica implicación en la guerra de Irak. La vergüenza de ser español que arrastramos muchos desde entonces no se lavará automáticamente cuando, previsiblemente el año que viene, el PSOE deje de gobernar. Todo dependerá de si el nuevo ejecutivo deja de poner obstáculos a la investigación de esos atentados. Pero por lo menos, podremos abrigar la esperanza de un inicio de cambio de mentalidad, de que se extrapole a nivel nacional el fenómeno sociológico de la Comunidad de Madrid, que tan desquiciados tiene a los progres. El de una mayoría social que ya no se deja intimidar por la opinión publicada, sino que se atreve a pensar por sí misma, sin complejos.
Hay más razones (la corrupción, la política sobre inmigración, etc) pero ante las anteriores, sinceramente me parecen secundarias, salvo circunstancias locales. Ya solo me queda decir cuál es en mi opinión el partido al que debemos votar, para botar al PSOE. Para mí es evidente que el PP. Ya sé lo que dicen algunos, que hablan del PPSOE, de que los dos grandes partidos son lo mismo, que si el problema es la "casta política", etc. En ese caso, si creen que efectivamente no cambia nada con que gobiernen unos u otros, si creen que no importa que el PSOE siga gobernando cuatro años más, o indefinidamente, no me hagan caso. Olviden todo lo que acaban de leer y no vayan a botar.
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martes, 10 de mayo de 2011
La técnica del debate artificial
El "Telediario" de las 21 h. del lunes pasado ofrecía un reportaje sobre la "anomalía" de que los manantiales de agua mineral sean privados, a diferencia de otras explotaciones del subsuelo, que funcionan en régimen de concesión y pagan su preceptivo canon. En el estilo falsamente imparcial de este tipo de piezas de propaganda/globo sonda gubernamental, se incluían entrevistas a un productor de agua embotellada (evidentemente, en contra de la nacionalización), una representante de no sé qué fundación de "la cultura del agua" y un activista de Greenpeace. La primera aseguraba que pagamos demasiado poco por el agua mineral que bebemos; vamos, que se nos debería castigar por no consumir para uso de boca el agua del grifo. El segundo aportaba, como siempre, los consabidos pretextos ecológicos para violar el derecho a la propiedad privada.
Las reflexiones se me acumulan. La mentalidad totalitaria, chavista, de estos tíos objetivamente al servicio -cuando no directamente a sueldo- del gobierno. El diseño de campañas para castigar a los malvados capitalistas que se apoderan de los recursos "de todos" (el mensaje es así de sobrecogedoramente primario); campañas que evidentemente solo pretenden conseguir una nueva fuente de exacción que terminará pagando el consumidor. La porfía obsesiva de ZombiPé, que ya en 2007 intentó la nacionalización de los manantiales, y que ahora, por necesidades sin duda de financiación, añadidas a las motivaciones ideológicas, vuelve a la carga, utilizando la "ejemplarmente imparcial" TVE...
Sin embargo, lo que me fascina, sinceramente, es el virtuosismo propagandístico del periodismo progre. La capacidad que tiene de crear debates cuyo solo planteamiento ya favorece a sus tesis. Otro ejemplo de manual es "La Noria", de Tele5. El pasado sábado apagué la tele justo cuando iban a hablar del paro. Pero no se pierdan cómo planteaban el debate. "¿Son los cinco millones de parados -venían a preguntar- culpa de Zapatero o de Aznar?" No sé cómo transcurriría la tertulia, pero el mero hecho de que se produjese en estos términos alucinantes ya es un gol a favor de la mentalidad progre. Es como si en un juicio, en lugar de tratar de determinarse la inocencia o culpabilidad del acusado, detenido por la policía en flagrante delito de robo, se dijera algo así como: "¿A quién pertenecen legítimamente las joyas, al supuesto ladrón o a la supuesta víctima?" Lo bueno de esta técnica propagandística del "debate" o la "polémica" artificial es que, como mínimo, sitúa hasta la idea más peregrina o perversa en una posición inicial de empate. Y nunca faltan idiotas que acaban comprendiendo la particular lógica según la cual, quien gobernaba cuando se redujo el paro a la mitad, puede ser responsable de los dos millones de parados creados cuando ya no estaba en el gobierno. O que comprenderán que deben pagar otro impuesto más por el agua mineral y hasta, por qué no, por el aire que respiran. Todo es debatible.
Las reflexiones se me acumulan. La mentalidad totalitaria, chavista, de estos tíos objetivamente al servicio -cuando no directamente a sueldo- del gobierno. El diseño de campañas para castigar a los malvados capitalistas que se apoderan de los recursos "de todos" (el mensaje es así de sobrecogedoramente primario); campañas que evidentemente solo pretenden conseguir una nueva fuente de exacción que terminará pagando el consumidor. La porfía obsesiva de ZombiPé, que ya en 2007 intentó la nacionalización de los manantiales, y que ahora, por necesidades sin duda de financiación, añadidas a las motivaciones ideológicas, vuelve a la carga, utilizando la "ejemplarmente imparcial" TVE...
Sin embargo, lo que me fascina, sinceramente, es el virtuosismo propagandístico del periodismo progre. La capacidad que tiene de crear debates cuyo solo planteamiento ya favorece a sus tesis. Otro ejemplo de manual es "La Noria", de Tele5. El pasado sábado apagué la tele justo cuando iban a hablar del paro. Pero no se pierdan cómo planteaban el debate. "¿Son los cinco millones de parados -venían a preguntar- culpa de Zapatero o de Aznar?" No sé cómo transcurriría la tertulia, pero el mero hecho de que se produjese en estos términos alucinantes ya es un gol a favor de la mentalidad progre. Es como si en un juicio, en lugar de tratar de determinarse la inocencia o culpabilidad del acusado, detenido por la policía en flagrante delito de robo, se dijera algo así como: "¿A quién pertenecen legítimamente las joyas, al supuesto ladrón o a la supuesta víctima?" Lo bueno de esta técnica propagandística del "debate" o la "polémica" artificial es que, como mínimo, sitúa hasta la idea más peregrina o perversa en una posición inicial de empate. Y nunca faltan idiotas que acaban comprendiendo la particular lógica según la cual, quien gobernaba cuando se redujo el paro a la mitad, puede ser responsable de los dos millones de parados creados cuando ya no estaba en el gobierno. O que comprenderán que deben pagar otro impuesto más por el agua mineral y hasta, por qué no, por el aire que respiran. Todo es debatible.
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jueves, 14 de abril de 2011
España, la insumergible
El Titanic se hundió hace 99 años, en la madrugada del 15 de abril de 1912, tras chocar el día anterior (aniversario también de la República española) con un iceberg. Pues bien, suena a chiste, pero Zapatero ha aprovechado este funesto doble aniversario para comparar a España con un "poderoso transatlántico" que navega "con fortaleza". Lo que me extraña es que no haya asegurado que "ni Dios podría hundir este barco", como según la leyenda afirmó el constructor, o el capitán, que no estoy muy puesto en titanología. Hubiera sido típico de su estilo de masonazo.
En serio, lo de este tío me supera. Setenta años después de la instauración de un régimen político que a los cinco años terminó en la guerra civil, y noventa y nueve después del naufragio del Titanic, no se le ocurre otra cosa (¡para tranquilizarnos!) que comparar a España con un transatlántico. Ustedes dirán lo que quieran, pero la cosa va más allá de la anécdota, adquiere categoría de símbolo.
Tomen una fotografía cualquiera de Zapatero y auméntenla. Observarán en sus pupilas la vieja postal del Titanic yéndose a pique, palabra. Aumenten ahora todavía más la imagen de cualquiera de sus ojos hasta poder distinguir, a través de las ventanas del puente de mando, al capitán del barco agarrando firmemente el timón. Su sonrisa de joker, sus cejas circunflejas... ¿No lo reconocen?
En serio, lo de este tío me supera. Setenta años después de la instauración de un régimen político que a los cinco años terminó en la guerra civil, y noventa y nueve después del naufragio del Titanic, no se le ocurre otra cosa (¡para tranquilizarnos!) que comparar a España con un transatlántico. Ustedes dirán lo que quieran, pero la cosa va más allá de la anécdota, adquiere categoría de símbolo.
Tomen una fotografía cualquiera de Zapatero y auméntenla. Observarán en sus pupilas la vieja postal del Titanic yéndose a pique, palabra. Aumenten ahora todavía más la imagen de cualquiera de sus ojos hasta poder distinguir, a través de las ventanas del puente de mando, al capitán del barco agarrando firmemente el timón. Su sonrisa de joker, sus cejas circunflejas... ¿No lo reconocen?
martes, 5 de abril de 2011
Las causas del paro
Según los datos del Ministerio de Trabajo, el mes de marzo ha habido 34.406 parados más. Lo grave de esta cifra es que hay que sumarla a los más de 2 millones de empleos que se han destruido desde marzo de 2004, cuando todavía gobernaba el PP. Esto no tiene atenuante alguno; se mire por donde se mire, es un desastre.
¿Por qué nos encontramos en esta situación? Una persona partidaria del gobierno dirá, evidentemente, que todo es consecuencia de una crisis económica internacional, de la cual Zapatero no tiene la culpa. Se le podrá acusar, como mucho, de no haber reconocido a tiempo su impacto en España, pero no de todos y cada uno de los dos millones de empleos que se han destruido. De hecho, en los primeros dos o tres años de su gobierno, la inercia de incremento de empleo neto, generada durante las legislaturas de Aznar, se mantuvo. Por eso hace poco Zapatero presumía de que bajo su mandato se produjo el porcentaje de paro más bajo de la democracia, dato innegablemente cierto.
En realidad, algunos partidarios del PSOE van todavía más lejos, y culpan de la crisis económica a los propios gobiernos de Aznar, que contribuyeron alegremente a la formación de la burbuja inmobiliaria. La "cultura del ladrillo", la llaman los cursis que creen que queda fino hablar de "la cultura de" cualquier cosa. Sin embargo, esta teoría tiene un no sé qué de retorcido que los propios que la defienden no se la puedan creer de verdad. Porque Aznar heredó de González un país con el 22 % de paro, y lo dejó en el 11 %. Hoy vuelve a estar en el 20 %, y creciendo. Si en vez de gobernar el PP entre 1996 y 2004, hubiera seguido haciéndolo el PSOE, y el paro se hubiese reducido a la mitad, a Felipe González lo hubieran propuesto para el premio Nobel de economía y se habría hablado del "milagro económico español" hasta la saciedad. Y no se hubiera solicitado su canonización al Vaticano por aquello del tic anticlerical del PSOE, que si no, también.
Sin embargo, tienen su parte de razón quienes aducen que no toda la culpa la tiene Zapatero. La causa del paro en España, en realidad la sabe todo el mundo, aunque a veces un extranjero, con la perspectiva que da la distancia, sea el único capaz de resumirla en seis llanas palabras. Fueron las que ha pronunciado el presidente de IKEA en una entrevista concedida a ABC: "Todo va muy lento en España". Efectivamente, en nuestro país, el temerario que se decide a abrir una empresa, se va a ver inmerso en una extenuante carrera de obstáculos burocráticos, con sus correspondientes tasas y dilaciones, impuesta por las administraciones local, autonómica y central, como no existe en ningún país desarrollado, ni en muchos subdesarrollados.
Un pequeño empresario, con el que hablé hace pocos días, me contaba sus desvelos por haberse trasladado de local; ni siquiera se trataba de una nueva sociedad o una ampliación. Por poner solo un ejemplo, el proyecto que debía ir firmado obligatoriamente por un arquitecto (por cierto, los colegios profesionales: otras sanguijuelas que viven de la hiperregulación), para un local que tendrá 50 m2, o quizás menos, dedicado a la reparación de ordenadores, le costaba 2000 €. Todo para decir dónde hay que colocar un extintor o un escaloncito, porque no había que hacer apenas ninguna reforma, y se limitaba prácticamente a copiar el proyecto antiguo.
A ello añadamos la legislación laboral, con unos convenios colectivos que impiden a empresarios y trabajadores pactar libremente sus condiciones contractuales, monopolizando esa facultad unos sindicatos que solo representan a una minoría de trabajadores. Muchos de ellos funcionarios para más inri; es decir, privilegiados con gran capacidad de presión, porque sus sueldos e incluso puestos de trabajo no dependen del mercado, sino de decisiones políticas arbitrarias.
Resumiendo, montar una empresa en España sale carísimo. El presidente de IKEA lo ha expresado en factor tiempo, pero el tiempo evidentemente es dinero. Y si solo fueran los retrasos... ¿Cómo se puede pretender que las empresas creen más empleo, si se las castiga todo lo posible y se disuade probablemente a miles de personas de que creen una?
Dicho esto, es evidente que las reformas necesarias para cambiar esta situación, muy difícilmente las podrá acometer un partido como el PSOE. La izquierda está lastrada por su ideología estatista, que considera al empresario como un ser sospechoso al que hay que intentar hacerle la vida imposible, y al Estado como garante de la redistribución de la miseria resultante. Zapatero no tendrá toda la culpa de los dos millones de parados netos creados bajo su mandato, pero sí una gran parte, y desde luego es el mayor obstáculo para poder plantearnos seriamente un cambio profundo de la situación.
Las preguntas que quedan son obvias. ¿Será el PP, cuando gobierne, capaz de coger el toro por los cuernos? ¿Se enfrentará a sindicatos, funcionarios, autonomías y municipios para reformar por completo unas estructuras parasitarias, y que de una vez por todas este país se oriente hacia la economía productiva? ¿Avanzaremos por la senda de la libertad económica, o la mentalidad populista seguirá imperando, para que continuemos tirando gracias al turismo y a la picaresca nacional?
No tenemos muchas alternativas. Habrá que darle a Mariano Rajoy un voto de confianza, en 2012 o cuando sean las elecciones generales. Veremos lo que hará con él. De momento, cuenta con el precedente favorable de su predecesor, José María Aznar. El problema es que las tímidas medidas que impulsó este, pese al éxito espectacular que entonces tuvieron, hoy ya no serían suficientes.
¿Por qué nos encontramos en esta situación? Una persona partidaria del gobierno dirá, evidentemente, que todo es consecuencia de una crisis económica internacional, de la cual Zapatero no tiene la culpa. Se le podrá acusar, como mucho, de no haber reconocido a tiempo su impacto en España, pero no de todos y cada uno de los dos millones de empleos que se han destruido. De hecho, en los primeros dos o tres años de su gobierno, la inercia de incremento de empleo neto, generada durante las legislaturas de Aznar, se mantuvo. Por eso hace poco Zapatero presumía de que bajo su mandato se produjo el porcentaje de paro más bajo de la democracia, dato innegablemente cierto.
En realidad, algunos partidarios del PSOE van todavía más lejos, y culpan de la crisis económica a los propios gobiernos de Aznar, que contribuyeron alegremente a la formación de la burbuja inmobiliaria. La "cultura del ladrillo", la llaman los cursis que creen que queda fino hablar de "la cultura de" cualquier cosa. Sin embargo, esta teoría tiene un no sé qué de retorcido que los propios que la defienden no se la puedan creer de verdad. Porque Aznar heredó de González un país con el 22 % de paro, y lo dejó en el 11 %. Hoy vuelve a estar en el 20 %, y creciendo. Si en vez de gobernar el PP entre 1996 y 2004, hubiera seguido haciéndolo el PSOE, y el paro se hubiese reducido a la mitad, a Felipe González lo hubieran propuesto para el premio Nobel de economía y se habría hablado del "milagro económico español" hasta la saciedad. Y no se hubiera solicitado su canonización al Vaticano por aquello del tic anticlerical del PSOE, que si no, también.
Sin embargo, tienen su parte de razón quienes aducen que no toda la culpa la tiene Zapatero. La causa del paro en España, en realidad la sabe todo el mundo, aunque a veces un extranjero, con la perspectiva que da la distancia, sea el único capaz de resumirla en seis llanas palabras. Fueron las que ha pronunciado el presidente de IKEA en una entrevista concedida a ABC: "Todo va muy lento en España". Efectivamente, en nuestro país, el temerario que se decide a abrir una empresa, se va a ver inmerso en una extenuante carrera de obstáculos burocráticos, con sus correspondientes tasas y dilaciones, impuesta por las administraciones local, autonómica y central, como no existe en ningún país desarrollado, ni en muchos subdesarrollados.
Un pequeño empresario, con el que hablé hace pocos días, me contaba sus desvelos por haberse trasladado de local; ni siquiera se trataba de una nueva sociedad o una ampliación. Por poner solo un ejemplo, el proyecto que debía ir firmado obligatoriamente por un arquitecto (por cierto, los colegios profesionales: otras sanguijuelas que viven de la hiperregulación), para un local que tendrá 50 m2, o quizás menos, dedicado a la reparación de ordenadores, le costaba 2000 €. Todo para decir dónde hay que colocar un extintor o un escaloncito, porque no había que hacer apenas ninguna reforma, y se limitaba prácticamente a copiar el proyecto antiguo.
A ello añadamos la legislación laboral, con unos convenios colectivos que impiden a empresarios y trabajadores pactar libremente sus condiciones contractuales, monopolizando esa facultad unos sindicatos que solo representan a una minoría de trabajadores. Muchos de ellos funcionarios para más inri; es decir, privilegiados con gran capacidad de presión, porque sus sueldos e incluso puestos de trabajo no dependen del mercado, sino de decisiones políticas arbitrarias.
Resumiendo, montar una empresa en España sale carísimo. El presidente de IKEA lo ha expresado en factor tiempo, pero el tiempo evidentemente es dinero. Y si solo fueran los retrasos... ¿Cómo se puede pretender que las empresas creen más empleo, si se las castiga todo lo posible y se disuade probablemente a miles de personas de que creen una?
Dicho esto, es evidente que las reformas necesarias para cambiar esta situación, muy difícilmente las podrá acometer un partido como el PSOE. La izquierda está lastrada por su ideología estatista, que considera al empresario como un ser sospechoso al que hay que intentar hacerle la vida imposible, y al Estado como garante de la redistribución de la miseria resultante. Zapatero no tendrá toda la culpa de los dos millones de parados netos creados bajo su mandato, pero sí una gran parte, y desde luego es el mayor obstáculo para poder plantearnos seriamente un cambio profundo de la situación.
Las preguntas que quedan son obvias. ¿Será el PP, cuando gobierne, capaz de coger el toro por los cuernos? ¿Se enfrentará a sindicatos, funcionarios, autonomías y municipios para reformar por completo unas estructuras parasitarias, y que de una vez por todas este país se oriente hacia la economía productiva? ¿Avanzaremos por la senda de la libertad económica, o la mentalidad populista seguirá imperando, para que continuemos tirando gracias al turismo y a la picaresca nacional?
No tenemos muchas alternativas. Habrá que darle a Mariano Rajoy un voto de confianza, en 2012 o cuando sean las elecciones generales. Veremos lo que hará con él. De momento, cuenta con el precedente favorable de su predecesor, José María Aznar. El problema es que las tímidas medidas que impulsó este, pese al éxito espectacular que entonces tuvieron, hoy ya no serían suficientes.
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miércoles, 23 de marzo de 2011
Zapatero incrédulo
En cuestión de pocos días, Zapatero ha dejado caer tres comentarios irónicos acerca de Dios. Primero, replicando a Rajoy -quien le había conminado a hacer un plan (creo que hablaban de energía) "como Dios manda"- el presidente del gobierno dijo: "Pues que [Rajoy] hable con Dios." Qué ocurrente ¿verdad? Apenas una semana más tarde, hizo uso del socorrido latiguillo "que baje Dios y lo vea", para sostener su versión de la supuesta mejora de la coyuntura. Y ayer en el Senado, al deseo expresado por el portavoz del PP, García Escudero, de que la divinidad "ilumine" al jefe del ejecutivo, este le ha devuelto el deseo, puesto que, ha dicho, "usted confía más en esas cosas que yo." Ja, ja, ja. Pero qué gracia que tiene el hombre.
Zapatero es muy libre de no creer en Dios, faltaría más. Pero ironizar sobre su existencia o providencia, no solo está feo en un gobernante, sino que, en un país donde dos terceras partes de la población se definen como católicas, resulta indecente. Jamás un presidente de los Estados Unidos osaría manifestarse en público como agnóstico o ateo, sean cuales sean sus creencias íntimas. Y no es solo una cuestión de votos, es de elemental respeto a las convicciones y los sentimientos de la mayoría de los ciudadanos.
Cuando Azaña pronunció su famosa y nefasta frase, "España ha dejado de ser católica", la República mostró ser lo que era: Un régimen excluyente, en el que, pese a abanderarse con la palabra democracia, bastante más que media España no tenía cabida. Zapatero, como se ha encargado de recordarnos hasta la saciedad, se considera heredero de ese régimen.
Con todo, admito que prefiero al Zapatero agnóstico, o ateo, que al José Bono creyente. Hay algo peor que el descreimiento, y es la hipocresía, la doblez, decirse católico y aprobar el aborto, porque así lo ha decidido el gobierno que apoya tu partido.
Zapatero es muy libre de no creer en Dios, faltaría más. Pero ironizar sobre su existencia o providencia, no solo está feo en un gobernante, sino que, en un país donde dos terceras partes de la población se definen como católicas, resulta indecente. Jamás un presidente de los Estados Unidos osaría manifestarse en público como agnóstico o ateo, sean cuales sean sus creencias íntimas. Y no es solo una cuestión de votos, es de elemental respeto a las convicciones y los sentimientos de la mayoría de los ciudadanos.
Cuando Azaña pronunció su famosa y nefasta frase, "España ha dejado de ser católica", la República mostró ser lo que era: Un régimen excluyente, en el que, pese a abanderarse con la palabra democracia, bastante más que media España no tenía cabida. Zapatero, como se ha encargado de recordarnos hasta la saciedad, se considera heredero de ese régimen.
Con todo, admito que prefiero al Zapatero agnóstico, o ateo, que al José Bono creyente. Hay algo peor que el descreimiento, y es la hipocresía, la doblez, decirse católico y aprobar el aborto, porque así lo ha decidido el gobierno que apoya tu partido.
viernes, 11 de marzo de 2011
La verdad verdadera
Han transcurrido siete años desde el 11-M, el atentado más sangriento de la historia de España. Hoy mismo, los interrogatorios judiciales continúan. Una jueza ha citado a declarar como testigos a 24 miembros de los TEDAX, con el fin de saber qué ocurrió con las toneladas de restos de las explosiones de cuatro trenes, que jamás llegaron al laboratorio de la policía científica.
Algunos se empeñan todavía en hablar de "verdad judicial". El empleo de determinados adjetivos con frecuencia delata una actitud, si no deshonesta, sí de íntima inseguridad ante cuestiones incómodas. Quienes hablaban de "democracia popular" trataban vanamente de camuflar el hecho de que los regímenes así denominados eran todo menos democráticos. Y quienes hablan de "verdad judicial" parecen olvidar que verdad no hay más que una, y es independiente del observador. La verdad objetiva existe, otra cosa es que la conozcamos o no. La verdad sobre el 11-M es qué ocurrió exactamente aquel día, hasta donde sea humanamente posible conocerlo. Los jueces no son dioses ni extraterrestres, pueden equivocarse, prevaricar, recibir presiones, etc. Y en todo caso, ningún juez ha afirmado que ya sabemos todo sobre aquellos atentados y que no queda nada por investigar.
Cuando se enuncian obviedades como estas, algunos objetan que no se debe cuestionar el poder judicial en un Estado de Derecho. Pero nadie cuestiona una institución porque exprese dudas sobre su funcionamiento en un caso concreto. De lo contrario, llegaríamos al absurdo de que en democracia no se podría criticar ni a los jueces, ni a la policía, ni al gobierno, ni al jefe del Estado.
¿Quién ideó y ordenó el 11-M? No lo sabemos. Pero si algún día se abre paso la verdad, será debido seguramente a una combinación de investigaciones judiciales y periodísticas. Nadie hablará entonces de la verdad judicial o la verdad periodística, se hablará de la verdad a secas.
Mientras tanto solo podemos especular. Las hipótesis posibles sobre la autoría creo que podrían reducirse a las siguientes, mencionadas en orden arbitrario:
Que tras el 11-M hubo un golpe de Estado mediático es algo que podrá discutirse, claro está, pero yo estoy absolutamente convencido de ello. Y que quien planeó los atentados, sea quien sea, pretendía influir en las elecciones, también me parece evidente, por la fecha elegida. Lo que necesitamos conocer imperiosamente, para recuperar el orgullo de ser españoles, es si existe algún tipo de vinculación, ideológica o material, entre quienes planearon el atentado (o acaso no lo impidieron, pudiendo haberlo hecho) y quienes, una vez cometido, lo aprovecharon para organizar una campaña de manipulación sin precedentes, destinada a que el gobierno del PP no ganara sus terceras elecciones.
Por culpa del 11-M hemos tenido dos legislaturas presididas por Zapatero, el gobernante más sectario y más desastroso de los últimos 35 años. Pero lo peor es que quienes idearon los atentados y los pusieron en marcha sigan libres. Ningún país puede vivir con esa vergüenza.
Algunos se empeñan todavía en hablar de "verdad judicial". El empleo de determinados adjetivos con frecuencia delata una actitud, si no deshonesta, sí de íntima inseguridad ante cuestiones incómodas. Quienes hablaban de "democracia popular" trataban vanamente de camuflar el hecho de que los regímenes así denominados eran todo menos democráticos. Y quienes hablan de "verdad judicial" parecen olvidar que verdad no hay más que una, y es independiente del observador. La verdad objetiva existe, otra cosa es que la conozcamos o no. La verdad sobre el 11-M es qué ocurrió exactamente aquel día, hasta donde sea humanamente posible conocerlo. Los jueces no son dioses ni extraterrestres, pueden equivocarse, prevaricar, recibir presiones, etc. Y en todo caso, ningún juez ha afirmado que ya sabemos todo sobre aquellos atentados y que no queda nada por investigar.
Cuando se enuncian obviedades como estas, algunos objetan que no se debe cuestionar el poder judicial en un Estado de Derecho. Pero nadie cuestiona una institución porque exprese dudas sobre su funcionamiento en un caso concreto. De lo contrario, llegaríamos al absurdo de que en democracia no se podría criticar ni a los jueces, ni a la policía, ni al gobierno, ni al jefe del Estado.
¿Quién ideó y ordenó el 11-M? No lo sabemos. Pero si algún día se abre paso la verdad, será debido seguramente a una combinación de investigaciones judiciales y periodísticas. Nadie hablará entonces de la verdad judicial o la verdad periodística, se hablará de la verdad a secas.
Mientras tanto solo podemos especular. Las hipótesis posibles sobre la autoría creo que podrían reducirse a las siguientes, mencionadas en orden arbitrario:
- ETA.
- Al-Qaeda.
- Una célula terrorista islámica que actuara por libre.
- Los servicios secretos marroquíes.
- Los servicios secretos españoles, o elementos de los mismos.
- Una combinación de algunas de las anteriores.
- Otros.
Que tras el 11-M hubo un golpe de Estado mediático es algo que podrá discutirse, claro está, pero yo estoy absolutamente convencido de ello. Y que quien planeó los atentados, sea quien sea, pretendía influir en las elecciones, también me parece evidente, por la fecha elegida. Lo que necesitamos conocer imperiosamente, para recuperar el orgullo de ser españoles, es si existe algún tipo de vinculación, ideológica o material, entre quienes planearon el atentado (o acaso no lo impidieron, pudiendo haberlo hecho) y quienes, una vez cometido, lo aprovecharon para organizar una campaña de manipulación sin precedentes, destinada a que el gobierno del PP no ganara sus terceras elecciones.
Por culpa del 11-M hemos tenido dos legislaturas presididas por Zapatero, el gobernante más sectario y más desastroso de los últimos 35 años. Pero lo peor es que quienes idearon los atentados y los pusieron en marcha sigan libres. Ningún país puede vivir con esa vergüenza.
domingo, 6 de marzo de 2011
La medalla de la paz
El tío de la boina es Egoitz Garmendia, dirigente de Segi (o sea, ETA). La imagen se encuentra entre los minutos 3:13 y 3:40 de este vídeo de TVE. No hace falta saber una palabra de vascuence, como es mi caso, para entender que, aunque en los subtítulos ponga "paz y libertad", en realidad ha dicho "independencia y socialismo" (indenpendentziara eta sozialismora, escucho yo).
En esta línea de rigor, el reportaje alude (minuto 9:56) a un estudio del gobierno vasco, según el cual en los últimos 15 años la kale borroka ha disminuido en un 94 %. Seguramente el dato es correcto, pero se omite el pequeño detalle de que la mayor parte de esta disminución se dio en la etapa de José María Aznar. Ya en el primer cuatrimestre de 2003, la violencia callejera en el País Vasco descendió un 86,4 % respecto al mismo período del año anterior. (Fuente.) Esto se debió a la ilegalización de Batasuna, contra la que muchos habían alertado, porque suponían que iba a provocar un recrudecimiento del "conflicto". Y también fue debido a las medidas judiciales que obligaron a responder civilmente de los daños causados por los niñatos de mierda de ETA, ya fuera a Batasuna o a sus tutores. Medidas que se aprobaron cuando gobernaba el PP.
Fue el presidente Aznar quien acabó prácticamente con la violencia en las calles del País Vasco, y quien estuvo a punto de terminar con ETA, hasta que su partido perdió las elecciones tras un atentado terrorista cuya autoría intelectual no ha sido aclarada y que fue explotado vilmente por el PSOE. Zapatero, nada más llegar al poder, se cargó el pacto antiterrorista, dando oxígeno a la organización criminal, al permitir que se presentara de nuevo a unas elecciones bajo las siglas ANV, y al negociar la "paz" con los asesinos mientras estos no hacían otra cosa que rearmarse, para volver a atentar a los dos años de legislatura socialista.
Entre finales de 2006 y 2010, ETA asesinó, si mis cuentas son correctas, a 13 personas, entre ellas 5 guardias civiles, un inspector jefe de policía y un militar, además de causar numerosos heridos y daños materiales, como la destrucción de la T-4 del aeropuerto Madrid-Barajas. Esto supone una inflexión notable en su actividad criminal, después de que en la segunda legislatura de Aznar no dejara de descender, año tras año.
En el mejor de los casos el llamado "proceso de paz" solo habrá servido para prolongar la agonía de la organización terrorista. Por mucho que se maquille la historia, cuando ETA sea derrotada definitivamente, Zapatero y Rubalcaba no tendrán derecho a ponerse ninguna medalla, aunque no duden que si están todavía en el gobierno lo harán, con la adecuada solemnidad. Podrán verlo en Informe Semanal.
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miércoles, 16 de febrero de 2011
Entre la horca y la guillotina
Tomar partido tiene el inconveniente de que no caes simpático a todo el mundo. Lo más socorrido, pues, es criticar al gobierno, pero dejando claro que la oposición no nos parece mucho mejor, o incluso que todavía es peor. Esta viñeta de Faro, dibujante del Diari de Tarragona, es un ejemplo perfecto de a lo que me refiero:
Elegir entre Zapatero y Rajoy es como elegir "entre la horca o la guillotina". Por supuesto, este mensaje es el oficioso en Cataluña, donde está bien visto mostrar la misma aversión a todos los partidos españolistas. Con todo, resulta chocante tal rotundidad. Es evidente que Rajoy no entusiasma ni a sus propios votantes, pero no entiendo por qué debe suscitar el mismo rechazo un candidato a presidente del gobierno que quien ha ejercido este cargo siete años, como si la competencia o incompetencia de ambos estuviera igual de contrastada.
Es cierto que Rajoy fue ministro en varios gobiernos de Aznar, pero esto es algo muy distinto de presidente del gobierno. Y en todo caso, las encuestas de aquellos años lo mostraban como uno de los ministros más valorados, incluso en 2003, cuando arreciaron las campañas de agitación por el Prestige y la guerra de Iraq.
Pese a ello, las encuestas actuales parecen confirmar el estado de ánimo de la viñeta. Según el adelanto del Barómetro de enero del CIS, un 62,3 % de los encuestados opina que Rajoy en la presidencia lo haría igual o peor que ZP, frente a un 28,4 % que cree que lo haría mejor y un 9,4 % que no sabe/no contesta. Asimismo, un 80,7 % manifiesta que ZP les inspira poca o ninguna confianza, pero RJ no le anda muy a la zaga: El 78,8 % confía poco o nada en él.
Ahora bien, conviene no hacer una valoración precipitada de estos datos. Para empezar, los mismos encuestados afirman mayoritariamente que si las elecciones se celebraran mañana, votarían al PP (28,3 % frente al 21,5 % del PSOE). El propio estudio del CIS ofrece una estimación de voto del 44,1 % para el PP y el 34 % para el PSOE, más de diez puntos de diferencia. Por tanto, cabe preguntarse si de verdad cree la gente, tal como declara, que RJ es "igual o peor" que ZP.
Pero sobre todo, hay un dato que nos dice mucho sobre el valor que podemos conceder a este tipo de sondeos. En la pregunta 28, un 45,1 % afirma haber votado al PSOE en las elecciones del 2008, frente al 27,8 % que reconoce haber votado al PP. Pues bien, en realidad, quienes votaron al PSOE fueron el 43,6 %, mientras que quienes lo hicieron por el PP fueron ¡el 40,11 %! ¿Qué sucede, que algunos ya no se acuerdan de lo que votaron o les da vergüenza admitirlo?
Lo dicho: Por lo visto muchos creen que diciendo pestes del gobierno y de la oposición de manera más o menos equidistante quedan muy bien y que así se tiene la fiesta en paz. Suerte que el voto es secreto, porque si no, en este país del qué dirán tendríamos ZP para los restos.
Elegir entre Zapatero y Rajoy es como elegir "entre la horca o la guillotina". Por supuesto, este mensaje es el oficioso en Cataluña, donde está bien visto mostrar la misma aversión a todos los partidos españolistas. Con todo, resulta chocante tal rotundidad. Es evidente que Rajoy no entusiasma ni a sus propios votantes, pero no entiendo por qué debe suscitar el mismo rechazo un candidato a presidente del gobierno que quien ha ejercido este cargo siete años, como si la competencia o incompetencia de ambos estuviera igual de contrastada.
Es cierto que Rajoy fue ministro en varios gobiernos de Aznar, pero esto es algo muy distinto de presidente del gobierno. Y en todo caso, las encuestas de aquellos años lo mostraban como uno de los ministros más valorados, incluso en 2003, cuando arreciaron las campañas de agitación por el Prestige y la guerra de Iraq.
Pese a ello, las encuestas actuales parecen confirmar el estado de ánimo de la viñeta. Según el adelanto del Barómetro de enero del CIS, un 62,3 % de los encuestados opina que Rajoy en la presidencia lo haría igual o peor que ZP, frente a un 28,4 % que cree que lo haría mejor y un 9,4 % que no sabe/no contesta. Asimismo, un 80,7 % manifiesta que ZP les inspira poca o ninguna confianza, pero RJ no le anda muy a la zaga: El 78,8 % confía poco o nada en él.
Ahora bien, conviene no hacer una valoración precipitada de estos datos. Para empezar, los mismos encuestados afirman mayoritariamente que si las elecciones se celebraran mañana, votarían al PP (28,3 % frente al 21,5 % del PSOE). El propio estudio del CIS ofrece una estimación de voto del 44,1 % para el PP y el 34 % para el PSOE, más de diez puntos de diferencia. Por tanto, cabe preguntarse si de verdad cree la gente, tal como declara, que RJ es "igual o peor" que ZP.
Pero sobre todo, hay un dato que nos dice mucho sobre el valor que podemos conceder a este tipo de sondeos. En la pregunta 28, un 45,1 % afirma haber votado al PSOE en las elecciones del 2008, frente al 27,8 % que reconoce haber votado al PP. Pues bien, en realidad, quienes votaron al PSOE fueron el 43,6 %, mientras que quienes lo hicieron por el PP fueron ¡el 40,11 %! ¿Qué sucede, que algunos ya no se acuerdan de lo que votaron o les da vergüenza admitirlo?
Lo dicho: Por lo visto muchos creen que diciendo pestes del gobierno y de la oposición de manera más o menos equidistante quedan muy bien y que así se tiene la fiesta en paz. Suerte que el voto es secreto, porque si no, en este país del qué dirán tendríamos ZP para los restos.
domingo, 13 de febrero de 2011
El legado totalitario de Zapatero
Ignacio Arsuaga y Miguel Vidal Santos son los autores de un opúsculo titulado Proyecto Zapatero, editado por HazteOir.org*.
Aunque suene a tópico comercial, el libro es de lectura imprescindible. No porque diga nada estrictamente nuevo, sino por cómo lo dice: Con la encomiable brevedad de un compendio y utilizando las propias declaraciones de Zapatero, así como las de otros miembros del gobierno y del PSOE.
Quienes acusan a Zapatero de haber traicionado sus ideas de izquierdas con los ajustes económicos (reforma laboral, de las pensiones, etc) incurren en un error fundamental. En realidad, la economía nunca ha sido una prioridad para el presidente socialista. Para él tiene una función meramente instrumental, que es aportar los suficientes recursos al Estado para que éste pueda realizar su agenda radical, el proyecto de ingeniería social en el cual estamos embarcados desde hace siete años, “con el fin último de arrasar las instituciones básicas de la sociedad e imponer su proyecto cultural sobre el conjunto de los ciudadanos.” (p. 13)
Proyecto Zapatero es una descripción del proceso, más que una explicación. Los autores ponen de relieve cosas en teoría más que sabidas, pero que por ello mismo podemos acabar olvidando, como cuando señalan que “nunca antes en la España democrática había existido un poder como el que ostenta Rodríguez Zapatero. El Partido Socialista Obrero Español gobierna durante la segunda legislatura de Zapatero en 23 capitales de provincia, más Santiago de Compostela, Mérida, Vigo y Gijón. Controla 9 autonomías e innumerables diputaciones. A través de la administración pública local y regional tiene en sus manos las llaves de numerosas cajas de ahorro y de instituciones financieras y económicas de todo tipo.” (p. 23)
El zapaterismo, pues, no surge de la nada, y no se reduce a un proyecto mesiánico nacido en la cabeza de una sola persona. Tiene precedentes tanto intelectuales (laicismo, relativismo, feminismo radical, pro abortistas, etc) como estructurales (heredados del felipismo). Cada una de sus medidas políticas, consideradas aisladamente, se podrían ver como concesiones electoralistas a la parroquia progre. Pero el conjunto no puede ser explicado de manera tan superficial. Ofrece todo el aspecto de un plan coherente y premeditado para debilitar el papel de la familia, la Iglesia y cualquier otro vínculo tradicional entre los individuos, que quedan así a merced absoluta del Estado.
Por supuesto, desde el punto de vista izquierdista, las cosas son muy diferentes. Las reformas impulsadas desde el gobierno solo pretenden liberar a los individuos de sus ataduras tradicionales, liberar a las mujeres, a los homosexuales, a los creyentes de religiones minoritarias o no creyentes, a las minorías nacionales, etc. El progre sinceramente cree esto, y es una cuestión metodológicamente irrelevante si Zapatero y sus colaboradores también se lo creen.
Demostrar que la crítica conservadora se corresponde mucho más con la realidad se sale por completo de los límites de un libro como este. Requeriría exponer previamente una determinada concepción de la sociedad, en la línea del “orden extenso” teorizado por Hayek en su obra La fatal arrogancia**. Esta es una obra fundamental, aunque insuficiente. El profesor austriaco pensaba que instituciones como la propiedad privada y el mercado son el resultado de procesos evolutivos espontáneos e involuntarios, es decir, ajenos a cualquier planificación racional. Por lo cual cualquier proyecto de ingeniería social (que él llamaba constructivismo) es una empresa insensata. E intuía que esto se podía extrapolar a otras instituciones o principios tradicionales, como la unidad familiar y las prescripciones sobre moral sexual de la cultura judeocristiana. Por desgracia, deliberadamente evitó desarrollar aquellas ideas que según él -quizás en un exceso de modestia- entraban en terreno ajeno a sus competencias, que se circunscribían fundamentalmente a la economía.
Zapatero es un ejemplo paradigmático de la fatal arrogancia a la que se refería Hayek, y que va más allá del término estricto de lo que se entiende habitualmente por socialismo. Aunque el constructivismo es un producto en gran medida del racionalismo (es decir, de una concepción errónea del alcance de la razón), se ha dado incluso en movimientos religiosos, “que en su día intentaron acabar tanto con la unidad familiar como con el derecho de propiedad, a cuya cabeza figuraron los gnósticos, maniqueos, bogomilos y cátaros.” (p. 98) Y más adelante insistía en ello al afirmar lo siguiente:
“Resulta, pues, que aunque se supone que el concepto de ‘liberación’ es nuevo, sus demandas de exoneración de las costumbres morales son arcaicas. Los que defienden esta liberación podrían destruir las bases de la libertad y romperían los diques que impiden que los hombres dañen irreparablemente las condiciones que hacen posible la civilización.” (p. 115, negritas mías.)
Hayek por cierto acusaba al “liberalismo racionalista” de Voltaire, Bentham y Russell de haber hecho renacer con más fuerza que nunca estas demandas seudoemancipatorias, distinguiéndolo del “liberalismo político derivado de los viejos whigs ingleses”. De esta rama torcida del genuino liberalismo surgió el socialismo y las demás ideologías que conforman la izquierda contemporánea, el feminismo radical, el multiculturalismo, etc, y que en realidad conducen a una exaltación del Estado como el Gran Emancipador.
Hayek rastrea hasta Descartes los orígenes de “este moderno racionalismo”, el cual “no sólo desecha la tradición, sino que no duda incluso en afirmar que la razón está en condiciones de perseguir directamente cualquier meta sin necesidad de intermediaciones, así como que, con autonomía plena, puede crearse, sobre la base de la razón, un mundo nuevo, una nueva moral, un nuevo orden legal y hasta un nuevo y más adecuado lenguaje.” (p. 94)
Con posterioridad a Descartes, el pensador que más influyó en las tendencias constructivistas modernas fue Rousseau, quien “en su intento de liberar a la humanidad de toda constricción ‘artificial’, transformó lo que hasta entonces había sido considerado prototipo del salvaje en héroe de la clase intelectual”. (p. 95)
El Buen Salvaje se encuentra siempre detrás de todas las reformas de Zapatero. Para tratar de convencernos de que el aborto o la eutanasia suponen un aumento de la “libertad”, o que formas de “familia” distintas de la monogamia heterosexual son igual de buenas, se apela sistemáticamente a sentimientos primarios. Se nos evoca a mujeres encarceladas por abortar y se nos presentan ejemplares estampas “familiares” de gays o lesbianas con niños en adopción, o engendrados con nuevas técnicas reproductivas. La intención es presentar como un desalmado insensible a quien abrigue dudas sobre las consecuencias a largo plazo de alteraciones de lo que, hasta no hace mucho, la gran mayoría de la sociedad consideraba como lo normal y lo decente. Palabras que por sí solas ya son objeto de burlas, cuando no de escandalizada indignación. El mero hecho de sugerir un debate sobre estos temas se considera sospechoso, como si la discrepancia fuera en sí misma un crimen. Y de hecho, con la tipificación de los delitos de homofobia y otros nuevos que pretende legarnos el régimen de Zapatero, en gran medida ya lo es.
Por supuesto que las cosas cambian a veces a mejor. Hace siglo y medio la esclavitud se consideraba aceptable. No hace muchas décadas, en muchos países europeos la homosexualidad era un delito, como hoy lo es en Irán y Arabia Saudí. Es evidente que nadie en su sano juicio puede lamentar cualquier cambio, y que siempre existirán situaciones de injusticia que deben remediarse. Pero el error del “progresismo” es exactamente simétrico a este: Que todo cambio, por el mero hecho de serlo, es bueno; que la radicalización de cualquier tendencia, necesariamente, supone una mejora. Embargados de esta ilusión, somos pasto de gobernantes iluminados que, trastocando el orden espontáneo, nos conducirán a donde más les convenga a ellos, que no es ciertamente a liberarnos de su poder.
Los sondeos de opinión indican que Zapatero no será reelegido. Pero como decía al principio, su proyecto trasciende las ambiciones de un solo individuo. Se impone, pues, en cuanto haya un cambio de gobierno tras las elecciones, un proyecto contrario de deszapaterización, que como mínimo interrumpa la dinámica de “extensión de derechos”, eufemismo neolinguïstico tras el cual se oculta la ambición totalitaria de convertir la libertad en la graciosa concesión de una administración cada vez más omnipresente e intervencionista. No será una tarea fácil, ni mucho menos, porque hemos avanzado mucho en el camino hacia el totalitarismo.
________
* Ignacio Arsuaga y M. Vidal Santos, Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad, HazteOir.org, 1ª ed., noviembre 2010.
** F. A. Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, 1990
Aunque suene a tópico comercial, el libro es de lectura imprescindible. No porque diga nada estrictamente nuevo, sino por cómo lo dice: Con la encomiable brevedad de un compendio y utilizando las propias declaraciones de Zapatero, así como las de otros miembros del gobierno y del PSOE.
Quienes acusan a Zapatero de haber traicionado sus ideas de izquierdas con los ajustes económicos (reforma laboral, de las pensiones, etc) incurren en un error fundamental. En realidad, la economía nunca ha sido una prioridad para el presidente socialista. Para él tiene una función meramente instrumental, que es aportar los suficientes recursos al Estado para que éste pueda realizar su agenda radical, el proyecto de ingeniería social en el cual estamos embarcados desde hace siete años, “con el fin último de arrasar las instituciones básicas de la sociedad e imponer su proyecto cultural sobre el conjunto de los ciudadanos.” (p. 13)
Proyecto Zapatero es una descripción del proceso, más que una explicación. Los autores ponen de relieve cosas en teoría más que sabidas, pero que por ello mismo podemos acabar olvidando, como cuando señalan que “nunca antes en la España democrática había existido un poder como el que ostenta Rodríguez Zapatero. El Partido Socialista Obrero Español gobierna durante la segunda legislatura de Zapatero en 23 capitales de provincia, más Santiago de Compostela, Mérida, Vigo y Gijón. Controla 9 autonomías e innumerables diputaciones. A través de la administración pública local y regional tiene en sus manos las llaves de numerosas cajas de ahorro y de instituciones financieras y económicas de todo tipo.” (p. 23)
El zapaterismo, pues, no surge de la nada, y no se reduce a un proyecto mesiánico nacido en la cabeza de una sola persona. Tiene precedentes tanto intelectuales (laicismo, relativismo, feminismo radical, pro abortistas, etc) como estructurales (heredados del felipismo). Cada una de sus medidas políticas, consideradas aisladamente, se podrían ver como concesiones electoralistas a la parroquia progre. Pero el conjunto no puede ser explicado de manera tan superficial. Ofrece todo el aspecto de un plan coherente y premeditado para debilitar el papel de la familia, la Iglesia y cualquier otro vínculo tradicional entre los individuos, que quedan así a merced absoluta del Estado.
Por supuesto, desde el punto de vista izquierdista, las cosas son muy diferentes. Las reformas impulsadas desde el gobierno solo pretenden liberar a los individuos de sus ataduras tradicionales, liberar a las mujeres, a los homosexuales, a los creyentes de religiones minoritarias o no creyentes, a las minorías nacionales, etc. El progre sinceramente cree esto, y es una cuestión metodológicamente irrelevante si Zapatero y sus colaboradores también se lo creen.
Demostrar que la crítica conservadora se corresponde mucho más con la realidad se sale por completo de los límites de un libro como este. Requeriría exponer previamente una determinada concepción de la sociedad, en la línea del “orden extenso” teorizado por Hayek en su obra La fatal arrogancia**. Esta es una obra fundamental, aunque insuficiente. El profesor austriaco pensaba que instituciones como la propiedad privada y el mercado son el resultado de procesos evolutivos espontáneos e involuntarios, es decir, ajenos a cualquier planificación racional. Por lo cual cualquier proyecto de ingeniería social (que él llamaba constructivismo) es una empresa insensata. E intuía que esto se podía extrapolar a otras instituciones o principios tradicionales, como la unidad familiar y las prescripciones sobre moral sexual de la cultura judeocristiana. Por desgracia, deliberadamente evitó desarrollar aquellas ideas que según él -quizás en un exceso de modestia- entraban en terreno ajeno a sus competencias, que se circunscribían fundamentalmente a la economía.
Zapatero es un ejemplo paradigmático de la fatal arrogancia a la que se refería Hayek, y que va más allá del término estricto de lo que se entiende habitualmente por socialismo. Aunque el constructivismo es un producto en gran medida del racionalismo (es decir, de una concepción errónea del alcance de la razón), se ha dado incluso en movimientos religiosos, “que en su día intentaron acabar tanto con la unidad familiar como con el derecho de propiedad, a cuya cabeza figuraron los gnósticos, maniqueos, bogomilos y cátaros.” (p. 98) Y más adelante insistía en ello al afirmar lo siguiente:
“Resulta, pues, que aunque se supone que el concepto de ‘liberación’ es nuevo, sus demandas de exoneración de las costumbres morales son arcaicas. Los que defienden esta liberación podrían destruir las bases de la libertad y romperían los diques que impiden que los hombres dañen irreparablemente las condiciones que hacen posible la civilización.” (p. 115, negritas mías.)
Hayek por cierto acusaba al “liberalismo racionalista” de Voltaire, Bentham y Russell de haber hecho renacer con más fuerza que nunca estas demandas seudoemancipatorias, distinguiéndolo del “liberalismo político derivado de los viejos whigs ingleses”. De esta rama torcida del genuino liberalismo surgió el socialismo y las demás ideologías que conforman la izquierda contemporánea, el feminismo radical, el multiculturalismo, etc, y que en realidad conducen a una exaltación del Estado como el Gran Emancipador.
Hayek rastrea hasta Descartes los orígenes de “este moderno racionalismo”, el cual “no sólo desecha la tradición, sino que no duda incluso en afirmar que la razón está en condiciones de perseguir directamente cualquier meta sin necesidad de intermediaciones, así como que, con autonomía plena, puede crearse, sobre la base de la razón, un mundo nuevo, una nueva moral, un nuevo orden legal y hasta un nuevo y más adecuado lenguaje.” (p. 94)
Con posterioridad a Descartes, el pensador que más influyó en las tendencias constructivistas modernas fue Rousseau, quien “en su intento de liberar a la humanidad de toda constricción ‘artificial’, transformó lo que hasta entonces había sido considerado prototipo del salvaje en héroe de la clase intelectual”. (p. 95)
El Buen Salvaje se encuentra siempre detrás de todas las reformas de Zapatero. Para tratar de convencernos de que el aborto o la eutanasia suponen un aumento de la “libertad”, o que formas de “familia” distintas de la monogamia heterosexual son igual de buenas, se apela sistemáticamente a sentimientos primarios. Se nos evoca a mujeres encarceladas por abortar y se nos presentan ejemplares estampas “familiares” de gays o lesbianas con niños en adopción, o engendrados con nuevas técnicas reproductivas. La intención es presentar como un desalmado insensible a quien abrigue dudas sobre las consecuencias a largo plazo de alteraciones de lo que, hasta no hace mucho, la gran mayoría de la sociedad consideraba como lo normal y lo decente. Palabras que por sí solas ya son objeto de burlas, cuando no de escandalizada indignación. El mero hecho de sugerir un debate sobre estos temas se considera sospechoso, como si la discrepancia fuera en sí misma un crimen. Y de hecho, con la tipificación de los delitos de homofobia y otros nuevos que pretende legarnos el régimen de Zapatero, en gran medida ya lo es.
Por supuesto que las cosas cambian a veces a mejor. Hace siglo y medio la esclavitud se consideraba aceptable. No hace muchas décadas, en muchos países europeos la homosexualidad era un delito, como hoy lo es en Irán y Arabia Saudí. Es evidente que nadie en su sano juicio puede lamentar cualquier cambio, y que siempre existirán situaciones de injusticia que deben remediarse. Pero el error del “progresismo” es exactamente simétrico a este: Que todo cambio, por el mero hecho de serlo, es bueno; que la radicalización de cualquier tendencia, necesariamente, supone una mejora. Embargados de esta ilusión, somos pasto de gobernantes iluminados que, trastocando el orden espontáneo, nos conducirán a donde más les convenga a ellos, que no es ciertamente a liberarnos de su poder.
Los sondeos de opinión indican que Zapatero no será reelegido. Pero como decía al principio, su proyecto trasciende las ambiciones de un solo individuo. Se impone, pues, en cuanto haya un cambio de gobierno tras las elecciones, un proyecto contrario de deszapaterización, que como mínimo interrumpa la dinámica de “extensión de derechos”, eufemismo neolinguïstico tras el cual se oculta la ambición totalitaria de convertir la libertad en la graciosa concesión de una administración cada vez más omnipresente e intervencionista. No será una tarea fácil, ni mucho menos, porque hemos avanzado mucho en el camino hacia el totalitarismo.
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* Ignacio Arsuaga y M. Vidal Santos, Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad, HazteOir.org, 1ª ed., noviembre 2010.
** F. A. Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, 1990
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sábado, 29 de enero de 2011
Meditación neocón (no apta para almas sensibles)
Cuando escribo estas líneas, los acontecimientos de Egipto hacen temer lo peor: Un desenlace à la Tiananmen. Ocurra lo que ocurra a corto plazo, ahora es más oportuna que nunca esta reflexión: ¿Qué actitud debe tomar Occidente ante las dictaduras? El conservadurismo en política exterior tradicionalmente ha sido partidario de la Realpolitik, es decir, de apoyar si es preciso a regímenes poco o nada democráticos, siempre que sean "de los nuestros". Esta tendencia (muy propia de las ex potencias coloniales europeas) ha dominado también en Estados Unidos. Su formulación más conocida, aunque posiblemente apócrifa, se debería al demócrata Franklin. D. Roosevelt, quien refiriéndose a Somoza habría admitido que "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta."
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
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martes, 25 de enero de 2011
Televisión para la Ciudadanía
Con una actitud de sacrificio completamente desinteresada (vamos, que nadie me paga por ello) ayer vi el primer episodio de la nueva serie de la televisión pública, "La República". Quiero aclarar que no pienso repetir el experimento (salvo que alguien se decida a remunerarme, excuso decirlo).
Lo primero que hay que decir es que se trata de un bodrio infumable, técnicamente hablando. Guión malo, simplón, diálogos inverosímiles, actores penosos... Algunas escenas, como por ejemplo la de los jornaleros que se disponen a quemar la casa del señorito, y la subsiguiente carga de la Guardia Civil, son de risa, parecen ejercicios de estudiantes poco aplicados. Sin duda el director se debe creer Francis Ford Coppola, por el trilladísimo contrapunto con la apacible petición de mano del señorito.
El argumento trata de endilgarnos una visión de panfleto de la República, combinada con una trama romántica como excipiente que ayude a ingerirla. En esencia, se identifica a la República con el PSOE, con la democracia, la igualdad y hasta con la felicidad. "Disfrutar de la vida, ¿no es eso la República?" dice un personaje. Para que se hagan una idea, la heroína principal es una militante del PSOE que suelta unos discursos estilo Zapatero... (¿Los habrá escrito él?) Su amante, en cambio, es de la CNT, y desde su primera aparición se nos pinta como el malo que hará sufrir mucho a la protagonista, y adivinamos la intención: Los "excesos" de la República serán achacados en la serie exclusivamente a los anarquistas, de manera que los socialistas queden como unos demócratas moderados y lúcidos, en fin, como los preclaros antecesores del zapaterismo.
Por descontado, no falta el retrato de los señoritos, desde el primer momento conspirando contra la República, y abundando en frases tan brillantes como "los dichosos socialistas nos van a quitar lo que es nuestro" o "rojos del demonio".
La acción propiamente dicha, tras una primera escena misteriosa de una exhumación (el excipiente folletinesco al que me refería) arranca con la llegada de una nueva criada a la casa de los señoritos, que por error entra por la puerta principal, en lugar de la de servicio. Ejercicio para una clase de Educación para la Ciudadanía. Contesta las siguientes preguntas:
1) ¿Qué era la puerta de servicio?
2) ¿Qué tipo de sociedad nos refleja esta escena? Señala la respuesta correcta:
a) Una sociedad clasista;
b) Una sociedad democrática e igualitaria como por ejemplo la que gozamos desde la llegada al gobierno de Zapatero;
c) Una comunidad aborigen australiana.
(Pista: la respuesta correcta es una vocal. Consulta en Google qué es una vocal o pregúntalo en Twitter.)
Como diría un castizo: Este es el nivel, Maribel.
Lo primero que hay que decir es que se trata de un bodrio infumable, técnicamente hablando. Guión malo, simplón, diálogos inverosímiles, actores penosos... Algunas escenas, como por ejemplo la de los jornaleros que se disponen a quemar la casa del señorito, y la subsiguiente carga de la Guardia Civil, son de risa, parecen ejercicios de estudiantes poco aplicados. Sin duda el director se debe creer Francis Ford Coppola, por el trilladísimo contrapunto con la apacible petición de mano del señorito.
El argumento trata de endilgarnos una visión de panfleto de la República, combinada con una trama romántica como excipiente que ayude a ingerirla. En esencia, se identifica a la República con el PSOE, con la democracia, la igualdad y hasta con la felicidad. "Disfrutar de la vida, ¿no es eso la República?" dice un personaje. Para que se hagan una idea, la heroína principal es una militante del PSOE que suelta unos discursos estilo Zapatero... (¿Los habrá escrito él?) Su amante, en cambio, es de la CNT, y desde su primera aparición se nos pinta como el malo que hará sufrir mucho a la protagonista, y adivinamos la intención: Los "excesos" de la República serán achacados en la serie exclusivamente a los anarquistas, de manera que los socialistas queden como unos demócratas moderados y lúcidos, en fin, como los preclaros antecesores del zapaterismo.
Por descontado, no falta el retrato de los señoritos, desde el primer momento conspirando contra la República, y abundando en frases tan brillantes como "los dichosos socialistas nos van a quitar lo que es nuestro" o "rojos del demonio".
La acción propiamente dicha, tras una primera escena misteriosa de una exhumación (el excipiente folletinesco al que me refería) arranca con la llegada de una nueva criada a la casa de los señoritos, que por error entra por la puerta principal, en lugar de la de servicio. Ejercicio para una clase de Educación para la Ciudadanía. Contesta las siguientes preguntas:
1) ¿Qué era la puerta de servicio?
2) ¿Qué tipo de sociedad nos refleja esta escena? Señala la respuesta correcta:
a) Una sociedad clasista;
b) Una sociedad democrática e igualitaria como por ejemplo la que gozamos desde la llegada al gobierno de Zapatero;
c) Una comunidad aborigen australiana.
(Pista: la respuesta correcta es una vocal. Consulta en Google qué es una vocal o pregúntalo en Twitter.)
Como diría un castizo: Este es el nivel, Maribel.
lunes, 24 de enero de 2011
¡Por poco!
El rebote por la ley antitabaco está bastante extendido, tanto en la izquierda como en la derecha. Si hace unos días El País nos propinaba una de sus monsergas pedagógicas tratando de convencernos de las bondades de la delación, con el argumento tan caro a los progres de que, supuestamente, es algo a lo que ya están acostumbrados los civilizados países nórdicos, Javier Marías se desahogaba ayer en el mismo periódico con un artículo en el que prácticamente comparaba al dúo Zapatero-Pajín con Franco, Pinochet, Hugo Chávez, Castro y Ahmadineyah.
No seré yo quien diga que ha exagerado un poco la nota, aunque a muchos que ahora acusan de fascista al gobierno por la prohibición de fumar en los bares se les echaba de menos cuando promulgaba leyes muchísimo peores, o cuando negaba la condición de humano al feto de una madre humana, como hacían los nazis con los judíos. Al contrario, algunos que ahora ven asomar un bigotito hitleriano en la faz de Zapatero nos afeaban la comparación a quienes la dábamos por buena, en el caso de la ley que promueve la barra libre abortiva.
En todo caso, bienvenidos al club. Marías incluso ha rozado, seguramente sin darse cuenta, alguno de los tabúes más sólidos del progresismo (y también de gran parte de la derecha) cuando se queja de que la presidenta de una organización de no fumadores (nofumadores.org) le insinuara en una carta que estaba comprado por las tabacaleras. "Es el franquismo redivivo, lo que estamos padeciendo", sentencia. Y prosigue: "Entonces era por el oro de Moscú (...) Ahora es por la industria tabaquera, o por las ganaderías si se defienden las corridas. (...) Sólo pueden discrepar de mí, que estoy en posesión de la verdad, quienes están sobornados."
¡Uy, casi! Por un pelo no ha dicho que ahora es por las compañías petroleras, si se cuestiona el cambio climático. (A fin de cuentas, esto se ha escrito muchas más veces que no la acusación de estar untado por Philip Morris o por Miura.) Cualquiera pensaría que Javier Marías ya está un poco más cerca de que El País le censure algún artículo, como a Carlos Herrera. Aunque si tenemos en cuenta dónde publica el escritor sus novelas, creo que por ambas partes antes se impondría aquello de "vamos a llevarnos bien". Yo tenso un poquito la cuerda, pero sin pasarme, y vosotros quedáis encima como un periódico abierto y plural. Excepto para fachas indóciles que defienden el derecho a la vida, se entiende.
No seré yo quien diga que ha exagerado un poco la nota, aunque a muchos que ahora acusan de fascista al gobierno por la prohibición de fumar en los bares se les echaba de menos cuando promulgaba leyes muchísimo peores, o cuando negaba la condición de humano al feto de una madre humana, como hacían los nazis con los judíos. Al contrario, algunos que ahora ven asomar un bigotito hitleriano en la faz de Zapatero nos afeaban la comparación a quienes la dábamos por buena, en el caso de la ley que promueve la barra libre abortiva.
En todo caso, bienvenidos al club. Marías incluso ha rozado, seguramente sin darse cuenta, alguno de los tabúes más sólidos del progresismo (y también de gran parte de la derecha) cuando se queja de que la presidenta de una organización de no fumadores (nofumadores.org) le insinuara en una carta que estaba comprado por las tabacaleras. "Es el franquismo redivivo, lo que estamos padeciendo", sentencia. Y prosigue: "Entonces era por el oro de Moscú (...) Ahora es por la industria tabaquera, o por las ganaderías si se defienden las corridas. (...) Sólo pueden discrepar de mí, que estoy en posesión de la verdad, quienes están sobornados."
¡Uy, casi! Por un pelo no ha dicho que ahora es por las compañías petroleras, si se cuestiona el cambio climático. (A fin de cuentas, esto se ha escrito muchas más veces que no la acusación de estar untado por Philip Morris o por Miura.) Cualquiera pensaría que Javier Marías ya está un poco más cerca de que El País le censure algún artículo, como a Carlos Herrera. Aunque si tenemos en cuenta dónde publica el escritor sus novelas, creo que por ambas partes antes se impondría aquello de "vamos a llevarnos bien". Yo tenso un poquito la cuerda, pero sin pasarme, y vosotros quedáis encima como un periódico abierto y plural. Excepto para fachas indóciles que defienden el derecho a la vida, se entiende.
domingo, 9 de enero de 2011
Utopía feísta
El PSOE prosigue con su implantación decidida de una dictadura de la corrección política, posiblemente la más avanzada del mundo. Ahora se trata de una "Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación". Muchos pensábamos que la Constitución de 1978 ya establecía la igualdad de todos los españoles ante la ley, prohibiendo explícitamente cualquier discriminación "por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social". Pero ha tenido que llegar Zapatero Nuestro Salvador, y su ayudante terrenal Leire Pajín, para que cobráramos conciencia súbitamente de que debemos construir "una sociedad que no humille a nadie".
¿Qué harían los más débiles sin la infatigable actividad legislativa del gobierno? Antes de Zapatero, ni las mujeres ni los homosexuales veían reconocida su dignidad. Ahora, serán los enfermos, los obesos y los feos quienes por fin podrán levantar la mirada ante sus opresores (o sea, los sanos, los flacos y los guapos). Algunos medios ya hablan de multas de 500.000 euros para los discriminadores. Ojo con no darle un puesto de trabajo o un alquiler a precio razonable a un calvo (subgrupo de los feos). De ahora en adelante, te podrá denunciar y deberás ser tú quien demuestres que la alopecia no fue el verdadero motivo que te llevó a contratar a otro solicitante de empleo o elegir a otro inquilino.
Cometeríamos sin embargo un grave error si tomáramos el asunto a broma. Esto no es ninguna anécdota, sino que se inscribe dentro del proyecto de ingeniería social que Zapatero impulsó desde que llegó al poder, con una serie de pasos perfectamente planificados. Basándose en las ideas de Philip Pettit, se trata de laminar gradualmente la democracia liberal para sustituirla por una "democracia avanzada". Según Pettit, los liberales clásicos desconfían del Estado porque son ciegos ante otras formas de dominación, como las que sufren las mujeres, los trabajadores, los homosexuales o las minorías nacionales. Nada nuevo en el fondo, se trata de los mismos pretextos de siempre, completados con algunos de moda, para justificar el intervencionismo gubernamental.
El liberalismo evidentemente está en contra de toda dominación, es decir, de toda coerción arbitraria. Ahora bien, a diferencia de las ideologías utópicas, el liberalismo no promete el paraíso terrenal, no asegura que en ausencia de coerción todo el mundo será feliz. De hecho, ni siquiera puede garantizar que la coacción desaparezca por completo, aunque sí pretende reducirla al mínimo posible. Quienes se cierran en banda a comprender el pensamiento liberal razonan en cambio de la manera siguiente: Puesto que sigue habiendo gente infeliz, esto es debido a que existen formas más o menos sutiles de dominación que el liberalismo no reconoce o es inhábil para eliminar. En consecuencia, proponen olvidar las prevenciones del liberalismo contra el poder político para poder luchar adecuadamente contra las otras formas de coerción.
Esto sencillamente es como si, decepcionados porque la ciencia médica es incapaz de desterrar todas las enfermedades [incluidas las imaginarias], y no digamos ya de abolir la muerte, volviéramos al curanderismo. Argumentar contra el liberalismo es siempre una regresión, es olvidar que los mayores males de la historia (y no hace falta remontarnos más allá del siglo XX) los han provocado los Estados, en nombre de ideologías salvadoras como el comunismo y el fascismo, que proclamaban que el viejo liberalismo burgués estaba superado.
Por supuesto, el profesor Pettit expone su argumentación contra el liberalismo como si en realidad lo que hiciera es llevarlo más lejos, ampliarlo, no quedarse en la estrechez de miras de los liberales clásicos. Es el viejo truco de siempre de la izquierda. Pero en cuanto pasamos a las aplicaciones concretas de su concepción, que él denomina republicanismo, no falla: Los impuestos (participio de imponer) son intrínsecamente buenos, cualquier intervención para defender el bien común es legítima (adivinen quién definirá el bien común) y la Casa Blanca debería tener más poder frente al Congreso, dominado por los malvados lobbies. Pettit incluso lamenta que en Estados Unidos no exista una televisión pública, que no sea "rehén de los intereses comerciales". Esto lo confiesa en una entrevista del diario Avui, con motivo de la traducción al catalán de uno de sus libros, financiada por la Generalidad y prologada por Carod-Rovira. Dice éste en el prólogo -pero podría ser el propio Zapatero:
"No hay libertad plena, y a menudo de ningún tipo, si hay dominación. Hay que encontrar aquella libertad que libera. Y ¿cómo hacerlo? Pues desde la política, sea en el activismo, sea en un gobierno. Es necesario que la política intervenga para combatir la dominación. La de unas personas sobre otras, la de un sector social sobre otro, la de un género sobre otro y, por descontado, la de un pueblo sobre el pueblo vecino."
Traducción: El Estado no debe limitarse a defender la ley y el orden, en un marco de libertades individuales, sino que debe transformar la sociedad a fin de realizar un quimérico ideal de justicia absoluta.
La experiencia demuestra que eso, o bien requiere una violencia muy superior a la que declara combatir, o bien, si se realiza de forma más lenta y gradual, conduce a una sociedad en la cual el poder discrecional de una casta de burócratas está por encima de todo. Justo lo contrario de lo que se prometió en el inicio del proceso. La diferencia con utopismos del pasado es que hoy, en lugar de la dictadura del proletariado, nos quieren conducir a la dictadura de los feos.
¿Qué harían los más débiles sin la infatigable actividad legislativa del gobierno? Antes de Zapatero, ni las mujeres ni los homosexuales veían reconocida su dignidad. Ahora, serán los enfermos, los obesos y los feos quienes por fin podrán levantar la mirada ante sus opresores (o sea, los sanos, los flacos y los guapos). Algunos medios ya hablan de multas de 500.000 euros para los discriminadores. Ojo con no darle un puesto de trabajo o un alquiler a precio razonable a un calvo (subgrupo de los feos). De ahora en adelante, te podrá denunciar y deberás ser tú quien demuestres que la alopecia no fue el verdadero motivo que te llevó a contratar a otro solicitante de empleo o elegir a otro inquilino.
Cometeríamos sin embargo un grave error si tomáramos el asunto a broma. Esto no es ninguna anécdota, sino que se inscribe dentro del proyecto de ingeniería social que Zapatero impulsó desde que llegó al poder, con una serie de pasos perfectamente planificados. Basándose en las ideas de Philip Pettit, se trata de laminar gradualmente la democracia liberal para sustituirla por una "democracia avanzada". Según Pettit, los liberales clásicos desconfían del Estado porque son ciegos ante otras formas de dominación, como las que sufren las mujeres, los trabajadores, los homosexuales o las minorías nacionales. Nada nuevo en el fondo, se trata de los mismos pretextos de siempre, completados con algunos de moda, para justificar el intervencionismo gubernamental.
El liberalismo evidentemente está en contra de toda dominación, es decir, de toda coerción arbitraria. Ahora bien, a diferencia de las ideologías utópicas, el liberalismo no promete el paraíso terrenal, no asegura que en ausencia de coerción todo el mundo será feliz. De hecho, ni siquiera puede garantizar que la coacción desaparezca por completo, aunque sí pretende reducirla al mínimo posible. Quienes se cierran en banda a comprender el pensamiento liberal razonan en cambio de la manera siguiente: Puesto que sigue habiendo gente infeliz, esto es debido a que existen formas más o menos sutiles de dominación que el liberalismo no reconoce o es inhábil para eliminar. En consecuencia, proponen olvidar las prevenciones del liberalismo contra el poder político para poder luchar adecuadamente contra las otras formas de coerción.
Esto sencillamente es como si, decepcionados porque la ciencia médica es incapaz de desterrar todas las enfermedades [incluidas las imaginarias], y no digamos ya de abolir la muerte, volviéramos al curanderismo. Argumentar contra el liberalismo es siempre una regresión, es olvidar que los mayores males de la historia (y no hace falta remontarnos más allá del siglo XX) los han provocado los Estados, en nombre de ideologías salvadoras como el comunismo y el fascismo, que proclamaban que el viejo liberalismo burgués estaba superado.
Por supuesto, el profesor Pettit expone su argumentación contra el liberalismo como si en realidad lo que hiciera es llevarlo más lejos, ampliarlo, no quedarse en la estrechez de miras de los liberales clásicos. Es el viejo truco de siempre de la izquierda. Pero en cuanto pasamos a las aplicaciones concretas de su concepción, que él denomina republicanismo, no falla: Los impuestos (participio de imponer) son intrínsecamente buenos, cualquier intervención para defender el bien común es legítima (adivinen quién definirá el bien común) y la Casa Blanca debería tener más poder frente al Congreso, dominado por los malvados lobbies. Pettit incluso lamenta que en Estados Unidos no exista una televisión pública, que no sea "rehén de los intereses comerciales". Esto lo confiesa en una entrevista del diario Avui, con motivo de la traducción al catalán de uno de sus libros, financiada por la Generalidad y prologada por Carod-Rovira. Dice éste en el prólogo -pero podría ser el propio Zapatero:
"No hay libertad plena, y a menudo de ningún tipo, si hay dominación. Hay que encontrar aquella libertad que libera. Y ¿cómo hacerlo? Pues desde la política, sea en el activismo, sea en un gobierno. Es necesario que la política intervenga para combatir la dominación. La de unas personas sobre otras, la de un sector social sobre otro, la de un género sobre otro y, por descontado, la de un pueblo sobre el pueblo vecino."
Traducción: El Estado no debe limitarse a defender la ley y el orden, en un marco de libertades individuales, sino que debe transformar la sociedad a fin de realizar un quimérico ideal de justicia absoluta.
La experiencia demuestra que eso, o bien requiere una violencia muy superior a la que declara combatir, o bien, si se realiza de forma más lenta y gradual, conduce a una sociedad en la cual el poder discrecional de una casta de burócratas está por encima de todo. Justo lo contrario de lo que se prometió en el inicio del proceso. La diferencia con utopismos del pasado es que hoy, en lugar de la dictadura del proletariado, nos quieren conducir a la dictadura de los feos.
lunes, 6 de diciembre de 2010
El capitalismo climático
El capitalismo causará 5 millones de muertes hasta 2020. ¿En qué puede basarse una afirmación semejante? Es muy sencillo. Basta con que achaquemos al capitalismo, o al cambio climático (por si alguien no se había enterado, vienen a ser casi lo mismo), las muertes por enfermedades, malnutrición, desastres naturales y desertización que supuestamente se producirán en la próxima década. Pero me temo que el titular se queda corto. Porque claro, de los accidentes de tráfico, ¿quienes son los últimos responsables si no los fabricantes, en su afán desmedido por ganar dinero vendiendo cada vez más automóviles? Supongamos que las muertes por accidentes de circulación en el mundo en los próximos diez años ascienden a 15 millones. Esto supone ya 20 millones de muertos imputables al capitalismo hasta 2020. Pero no nos podemos detener aquí.
Tenemos a las víctimas mundiales de las guerras, la delincuencia común, el terrorismo y los suicidios (30 millones grosso modo, de aquí al 2020), todos ellos fenómenos provocados directa o indirectamente -qué duda cabe- por un sistema económico tan profundamente alienante como es el libre mercado. Esto arroja un saldo de 50 millones de muertos por culpa -creo haberlo remarcado- del neoliberalismo salvaje depredador y despiadado. Ahora bien, si extrapolamos hacia el pasado estas cifras, referidas a un período de solo diez años, llegamos a la conclusión de que el capitalismo desde 1900 debe haber causado más muertes que el comunismo, al cual se le imputan aproximadamente 100 millones de víctimas mortales en el siglo pasado.
En definitiva: Quienes tanto critican el socialismo y el bolivarianismo, por un quítame allá esos formalismos jurídicos, deberían ingresar cuanto antes en campos de reeducación, donde les fueran extirpados sus prejuicios burgueses, causantes de un verdadero holocausto cada año. Como dijo Zapatero, el capitalismo (¿o era el cambio?) climático es la mayor amenaza global a la cual nos enfrentamos, mucho peor que el terrorismo. Ya estamos tardando en implantar un gobierno socialista mundial.
ACTUALIZACIÓN: Tras publicar esta entrada, he sabido que Hugo Chávez se me había adelantado. ¡Mecachis!
Tenemos a las víctimas mundiales de las guerras, la delincuencia común, el terrorismo y los suicidios (30 millones grosso modo, de aquí al 2020), todos ellos fenómenos provocados directa o indirectamente -qué duda cabe- por un sistema económico tan profundamente alienante como es el libre mercado. Esto arroja un saldo de 50 millones de muertos por culpa -creo haberlo remarcado- del neoliberalismo salvaje depredador y despiadado. Ahora bien, si extrapolamos hacia el pasado estas cifras, referidas a un período de solo diez años, llegamos a la conclusión de que el capitalismo desde 1900 debe haber causado más muertes que el comunismo, al cual se le imputan aproximadamente 100 millones de víctimas mortales en el siglo pasado.
En definitiva: Quienes tanto critican el socialismo y el bolivarianismo, por un quítame allá esos formalismos jurídicos, deberían ingresar cuanto antes en campos de reeducación, donde les fueran extirpados sus prejuicios burgueses, causantes de un verdadero holocausto cada año. Como dijo Zapatero, el capitalismo (¿o era el cambio?) climático es la mayor amenaza global a la cual nos enfrentamos, mucho peor que el terrorismo. Ya estamos tardando en implantar un gobierno socialista mundial.
ACTUALIZACIÓN: Tras publicar esta entrada, he sabido que Hugo Chávez se me había adelantado. ¡Mecachis!
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domingo, 10 de octubre de 2010
Rajoy acierta en el España-Lituania
El viernes Mariano Rajoy asistió en Salamanca al partido de fútbol entre España y Lituania, y en el descanso del partido (que iba cero a cero), pronosticó que nuestra selección marcaría tres goles, lo que en efecto sucedió. La verdad es que cuando, tras el primer gol de Llorente, los lituanos empataron, pudo parecer que las cosas se iban a complicar, a pesar de la evidente superioridad del equipo español. Pero un segundo gol de Llorente y el tercero de Silva (los tres de cabeza) dieron la merecida victoria a España y dejaron en buen lugar al líder de la oposición.
Lo que más me sorprendió, de todos modos, no fueron las dotes proféticas de Rajoy, sino que la TeleZapatero por excelencia, o sea, La Uno, lo entrevistara. No perdamos de vista que un partido de la selección, incluso un viernes por la noche, inicio de un puente, arrastra a una considerable audiencia. ¿Síntoma de la descomposición incipiente del régimen zapaterino? Tanto no creo, pero hay que reconocer que el dirigente del Partido Popular ha estado hábil.
Me gustaría conocer la reacción de Federico Jiménez Losantos, no sé si el lunes que viene hablará de ello. Supongo que dirá que el político gallego es un gafe, pues por su culpa España no metió más de tres goles. ¡Debería haberse mojado con un 5-1, como mínimo! En serio, me parece que la manía que Losantos le profesa a Rajoy se ha convertido ya en algo mecánico, en una especie de reflejo condicionado. Que Rajoy no va a Melilla: es un blando. Que sí que va: lo hace demasiado tarde. Que Rajoy dice claramente que está contra la huelga general, antes y después de dicha huelga: Bah, no lo ha dicho el día de la huelga. Que Mariano no critica lo suficiente al gobierno: Se conforma con heredar el poder. Que sí que lo critica: Pero no expone cuáles son sus soluciones. Que sí que las ha expuesto, en más de una ocasión: Bah, son generalidades que apenas comprometen a nada.
En suma, Federico emitió su sentencia sobre Rajoy después del Congreso de Valencia, y de ahí ya nadie lo saca, haga lo que haga el compostelano. Muchos hemos sido sumamente críticos con Rajoy. A los pocos minutos de conocerse los resultados de las últimas elecciones generales, en las que resultó reelegido por nuestros pecados Zapatero, creo que fui el primero que defendió un cambio en el liderazgo del PP, y aposté concretamante por Esperanza Aguirre. Tras haber votado en dos ocasiones a Mariano Rajoy, el infausto 14-M y de nuevo cuatro años más tarde, había llegado a la conclusión de que este hombre era incapaz de ganar. Y mi diagnóstico era básicamente coincidente con el de Jiménez Losantos, que una derecha que se avergüenza de su nombre y sus principios, se ha rendido antes de empezar la campaña electoral.
Sin embargo, parece que las cosas están cambiando. Las encuestas adjudican al PP una ventaja de hasta catorce puntos sobre el PSOE, e incluso se habla de victorias en feudos históricos de los socialistas, como Andalucía. Rajoy sigue sin ser la reencarnación de Ronald Reagan, estamos de acuerdo, ni tampoco guarda mucho parecido con George Clooney, que la belleza exterior, como diría un cursi, algo ayuda. Pero todo indica que va a ganar las próximas elecciones. Más aún: Es vital que las gane, porque el socialismo ha demostrado una vez más su carácter ruinoso, y sólo la derecha relativamente liberal es capaz de salvarnos de la quiebra total.
Si a esto añadimos que, cuando podía haberlo intentado, Esperanza Aguirre prefirió el pájaro en mano de la presidencia de la Comunidad de Madrid que los ciento volando de disputarle a Rajoy la dirección del PP, la conclusión es que tampoco tenemos un líder de recambio. Al final, la presidenta madrileña tampoco ha tenido esa audacia que tantos encuentran a faltar en el sucesor nombrado por Aznar.
Lo que más me sorprendió, de todos modos, no fueron las dotes proféticas de Rajoy, sino que la TeleZapatero por excelencia, o sea, La Uno, lo entrevistara. No perdamos de vista que un partido de la selección, incluso un viernes por la noche, inicio de un puente, arrastra a una considerable audiencia. ¿Síntoma de la descomposición incipiente del régimen zapaterino? Tanto no creo, pero hay que reconocer que el dirigente del Partido Popular ha estado hábil.
Me gustaría conocer la reacción de Federico Jiménez Losantos, no sé si el lunes que viene hablará de ello. Supongo que dirá que el político gallego es un gafe, pues por su culpa España no metió más de tres goles. ¡Debería haberse mojado con un 5-1, como mínimo! En serio, me parece que la manía que Losantos le profesa a Rajoy se ha convertido ya en algo mecánico, en una especie de reflejo condicionado. Que Rajoy no va a Melilla: es un blando. Que sí que va: lo hace demasiado tarde. Que Rajoy dice claramente que está contra la huelga general, antes y después de dicha huelga: Bah, no lo ha dicho el día de la huelga. Que Mariano no critica lo suficiente al gobierno: Se conforma con heredar el poder. Que sí que lo critica: Pero no expone cuáles son sus soluciones. Que sí que las ha expuesto, en más de una ocasión: Bah, son generalidades que apenas comprometen a nada.
En suma, Federico emitió su sentencia sobre Rajoy después del Congreso de Valencia, y de ahí ya nadie lo saca, haga lo que haga el compostelano. Muchos hemos sido sumamente críticos con Rajoy. A los pocos minutos de conocerse los resultados de las últimas elecciones generales, en las que resultó reelegido por nuestros pecados Zapatero, creo que fui el primero que defendió un cambio en el liderazgo del PP, y aposté concretamante por Esperanza Aguirre. Tras haber votado en dos ocasiones a Mariano Rajoy, el infausto 14-M y de nuevo cuatro años más tarde, había llegado a la conclusión de que este hombre era incapaz de ganar. Y mi diagnóstico era básicamente coincidente con el de Jiménez Losantos, que una derecha que se avergüenza de su nombre y sus principios, se ha rendido antes de empezar la campaña electoral.
Sin embargo, parece que las cosas están cambiando. Las encuestas adjudican al PP una ventaja de hasta catorce puntos sobre el PSOE, e incluso se habla de victorias en feudos históricos de los socialistas, como Andalucía. Rajoy sigue sin ser la reencarnación de Ronald Reagan, estamos de acuerdo, ni tampoco guarda mucho parecido con George Clooney, que la belleza exterior, como diría un cursi, algo ayuda. Pero todo indica que va a ganar las próximas elecciones. Más aún: Es vital que las gane, porque el socialismo ha demostrado una vez más su carácter ruinoso, y sólo la derecha relativamente liberal es capaz de salvarnos de la quiebra total.
Si a esto añadimos que, cuando podía haberlo intentado, Esperanza Aguirre prefirió el pájaro en mano de la presidencia de la Comunidad de Madrid que los ciento volando de disputarle a Rajoy la dirección del PP, la conclusión es que tampoco tenemos un líder de recambio. Al final, la presidenta madrileña tampoco ha tenido esa audacia que tantos encuentran a faltar en el sucesor nombrado por Aznar.
A Zapatero lo empiezan a cuestionar incluso dentro de su propio partido, algo impensable cuando gobernaban González o Aznar. Incluso aunque el PSOE cambiara de candidato, se trataría de una maniobra desesperada, que no le garantizaría el triunfo. A fin de cuentas, sería un reconocimiento del fracaso. Por tanto, el argumento de que con Rajoy no se puede desbancar al PSOE del poder, ya no es válido. Probablemente, será el próximo presidente del gobierno. Tiempo habrá entonces de criticarle, si nos defrauda. A mí desde luego lo que me gusta es criticar al gobierno, no a la oposición. Y menos todavía me gusta criticar a Federico, a quien la derecha liberal debe tanto. Así que, como decían los inolvidables Tip y Coll, "mañana hablaremos del gobierno".
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sábado, 28 de agosto de 2010
Soluciones de izquierda y derecha
Para la izquierda, la causa de las crisis económica es, como siempre, una insuficiente regulación del mercado. De ahí que sus soluciones consistan en un aumento del control estatal de la economía, así como del gasto público. La derecha más o menos liberal, en cambio, apuesta por medidas que han demostrado su eficacia en el pasado: Recortes de gasto público, bajadas de impuestos y reformas liberalizadoras que estimulen la economía productiva, vuelvan a generar empleo e incrementen el consumo.
La izquierda contraargumenta que la inversión pública consigue los mismos efectos, pero en realidad se trata de un espejismo, porque siguiendo este razonamiento, el Estado podría emplear a todos los ciudadanos y por tanto dirigir completamente la actividad económica. Pero este experimento ya se ha realizado y el resultado es sobradamente conocido: ineficacia y colapso final de todo el sistema. Sin contar con el hecho de que una economía planificada sólo ha podido ser implantada por regímenes brutalmente dictatoriales, como el soviético o el nacional-socialista.
Lo anterior es indiscutible, no es cuestión de opiniones, por dogmático que suene. Las cosas son así, y la izquierda, al menos en el tema económico, es sencillamente un error, y además un error que nos cuesta muy caro. Por supuesto, la izquierda con frecuencia aplica recetas económicas de la derecha, aunque rara vez lo reconozca, o pretenda incluso hacernos creer que tales recetas son genuinamente de izquierdas. Pero no nos engañemos, en cuanto tiene la ocasión, vuelve siempre a las andadas. Sus concesiones al pragmatismo son temporales, las justas para reparar los peores destrozos de sus medidas más ideológicas, y volver a proponerlas al cabo de un tiempo.
En España, actualmente la situación es aún peor. Zapatero, con los recortes del gasto público, la reforma del mercado laboral y la anunciada reforma de las pensiones, se limita a tratar de ganar tiempo frente a las autoridades económicas internacionales, para que parezca que es capaz de tener al menos sus períodos de cordura. En lugar de atacar a las verdaderas causas del derroche estatal, a la inflación de burocracia, al exceso de empresas públicas ruinosas, a la política de subvenciones, etc, Zapatero trata de rascar unos cuantos millones de euros de los pensionistas y hasta las personas dependientes, verdadero ejercicio de mezquindad y cinismo en quien se presenta como el defensor de los más débiles. En lugar de reformar una legislación laboral heredada del social-falangismo, que pretende que el puesto de trabajo sea vitalicio, así se hunda la empresa, se limita a reducir la indemnización por despido, en unos supuestos lo suficientemente vagos para que no sirvan de nada.
La oposición de derechas ha señalado correctamente estos defectos, y además ha avanzado un bosquejo de en qué consistirían sus reformas. Mariano Rajoy lo presentó en un discurso ante empresarios, leído el pasado mes de junio, y en una entrevista más reciente concedida a Europa Press. Básicamente se trataría de un verdadero recorte del gasto público y una reforma del sistema financiero, para que vuelva a fluir el crédito. Pero además, el líder del Partido Popular presenta una serie de reformas de mucho más calado, a fin de encarar el problema de fondo de la economía española, que es su falta de competitividad.
Además de la reforma educativa, y de la rebaja fiscal, Rajoy apunta los aspectos fundamentales que debería tener en cuenta una reforma del mercado laboral, cuestionando la negociación colectiva y clarificando los motivos de despido. En esta línea de simplificar regulaciones, propone una reforma institucional que incremente la seguridad jurídica ante fenómenos como la morosidad, las "suspensiones de pagos", etc. Pone sobre la mesa también el tema de la unidad de mercado. No puede ser que en España existan diecisiete normativas diferentes para las empresas. Defiende un adelgazamiento de todas las administraciones e incluso fijar por ley un techo de endeudamiento. Tampoco olvida la cuestión de la energía, abogando por tener en cuenta el coste del kilowatio, como es de sentido común, lo que supone reivindicar la energía nuclear.
Algunos detalles de este Plan Global, como lo ha llamado Rajoy, podrán discutirse. Por ejemplo, no entiendo demasiado bien por qué debemos favorecer fiscalmente a determinados sectores, como el turismo. El gobierno no es nadie para orientar las inversiones hacia el ladrillo, el turismo o los biocombustibles, eso es incumbencia de la libre iniciativa. Tampoco me parecen acertadas ciertas concesiones a la retórica seudoprogresista, como por ejemplo que la formación debe considerarse como "un verdadero derecho de los trabajadores". Ya está bien de trivializar el concepto de derecho; que algo sea deseable o conveniente no significa que sea un derecho, ni tiene sentido tampoco hablar de derechos de un colectivo. Los derechos deben ser los mismos para todo ciudadano, y deben servir para limitar en lo posible la intromisión del gobierno, no para promoverla todavía más.
También se echa de menos una crítica más contundente del Estado del Bienestar (mejor dicho, de la Dependencia), propuestas en el sentido de ir hacia un sistema mixto (público y privado) de las pensiones, ideas como el cheque escolar o sanitario. Aunque es fácil comprender que la derecha no quiera dar carnaza a sus adversarios, que inmediatamente se lanzarían en tromba a criminalizar a los que quieren "privatizar la sanidad y la educación". Es absurdo reclamar a ningún partido político que se haga el harakiri. Primero la población debe cambiar de mentalidad, y no es realista, ni de hecho congruente con los principios liberales, que ésa sea la tarea exclusiva de un partido.
La izquierda contraargumenta que la inversión pública consigue los mismos efectos, pero en realidad se trata de un espejismo, porque siguiendo este razonamiento, el Estado podría emplear a todos los ciudadanos y por tanto dirigir completamente la actividad económica. Pero este experimento ya se ha realizado y el resultado es sobradamente conocido: ineficacia y colapso final de todo el sistema. Sin contar con el hecho de que una economía planificada sólo ha podido ser implantada por regímenes brutalmente dictatoriales, como el soviético o el nacional-socialista.
Lo anterior es indiscutible, no es cuestión de opiniones, por dogmático que suene. Las cosas son así, y la izquierda, al menos en el tema económico, es sencillamente un error, y además un error que nos cuesta muy caro. Por supuesto, la izquierda con frecuencia aplica recetas económicas de la derecha, aunque rara vez lo reconozca, o pretenda incluso hacernos creer que tales recetas son genuinamente de izquierdas. Pero no nos engañemos, en cuanto tiene la ocasión, vuelve siempre a las andadas. Sus concesiones al pragmatismo son temporales, las justas para reparar los peores destrozos de sus medidas más ideológicas, y volver a proponerlas al cabo de un tiempo.
En España, actualmente la situación es aún peor. Zapatero, con los recortes del gasto público, la reforma del mercado laboral y la anunciada reforma de las pensiones, se limita a tratar de ganar tiempo frente a las autoridades económicas internacionales, para que parezca que es capaz de tener al menos sus períodos de cordura. En lugar de atacar a las verdaderas causas del derroche estatal, a la inflación de burocracia, al exceso de empresas públicas ruinosas, a la política de subvenciones, etc, Zapatero trata de rascar unos cuantos millones de euros de los pensionistas y hasta las personas dependientes, verdadero ejercicio de mezquindad y cinismo en quien se presenta como el defensor de los más débiles. En lugar de reformar una legislación laboral heredada del social-falangismo, que pretende que el puesto de trabajo sea vitalicio, así se hunda la empresa, se limita a reducir la indemnización por despido, en unos supuestos lo suficientemente vagos para que no sirvan de nada.
La oposición de derechas ha señalado correctamente estos defectos, y además ha avanzado un bosquejo de en qué consistirían sus reformas. Mariano Rajoy lo presentó en un discurso ante empresarios, leído el pasado mes de junio, y en una entrevista más reciente concedida a Europa Press. Básicamente se trataría de un verdadero recorte del gasto público y una reforma del sistema financiero, para que vuelva a fluir el crédito. Pero además, el líder del Partido Popular presenta una serie de reformas de mucho más calado, a fin de encarar el problema de fondo de la economía española, que es su falta de competitividad.
Además de la reforma educativa, y de la rebaja fiscal, Rajoy apunta los aspectos fundamentales que debería tener en cuenta una reforma del mercado laboral, cuestionando la negociación colectiva y clarificando los motivos de despido. En esta línea de simplificar regulaciones, propone una reforma institucional que incremente la seguridad jurídica ante fenómenos como la morosidad, las "suspensiones de pagos", etc. Pone sobre la mesa también el tema de la unidad de mercado. No puede ser que en España existan diecisiete normativas diferentes para las empresas. Defiende un adelgazamiento de todas las administraciones e incluso fijar por ley un techo de endeudamiento. Tampoco olvida la cuestión de la energía, abogando por tener en cuenta el coste del kilowatio, como es de sentido común, lo que supone reivindicar la energía nuclear.
Algunos detalles de este Plan Global, como lo ha llamado Rajoy, podrán discutirse. Por ejemplo, no entiendo demasiado bien por qué debemos favorecer fiscalmente a determinados sectores, como el turismo. El gobierno no es nadie para orientar las inversiones hacia el ladrillo, el turismo o los biocombustibles, eso es incumbencia de la libre iniciativa. Tampoco me parecen acertadas ciertas concesiones a la retórica seudoprogresista, como por ejemplo que la formación debe considerarse como "un verdadero derecho de los trabajadores". Ya está bien de trivializar el concepto de derecho; que algo sea deseable o conveniente no significa que sea un derecho, ni tiene sentido tampoco hablar de derechos de un colectivo. Los derechos deben ser los mismos para todo ciudadano, y deben servir para limitar en lo posible la intromisión del gobierno, no para promoverla todavía más.
También se echa de menos una crítica más contundente del Estado del Bienestar (mejor dicho, de la Dependencia), propuestas en el sentido de ir hacia un sistema mixto (público y privado) de las pensiones, ideas como el cheque escolar o sanitario. Aunque es fácil comprender que la derecha no quiera dar carnaza a sus adversarios, que inmediatamente se lanzarían en tromba a criminalizar a los que quieren "privatizar la sanidad y la educación". Es absurdo reclamar a ningún partido político que se haga el harakiri. Primero la población debe cambiar de mentalidad, y no es realista, ni de hecho congruente con los principios liberales, que ésa sea la tarea exclusiva de un partido.
En líneas generales, las propuestas del Partido Popular son juiciosas, y no hay duda que si se aplicaran en los términos expuestos, no sólo permitirían superar la crisis, sino a medio plazo volver a situar a España en la senda de la prosperidad. Por ello, nada es más necesario en estos momentos que un adelanto electoral.
Para terminar, y aunque podría parecer un ejercicio de crueldad, veamos las propuestas de la oposición de izquierdas al gobierno, concretamente las expuestas por José Luis Centella, el secretario general del Partido Comunista. En un artículo en Público, tras una serie de delirantes consideraciones contra "la explotación y el colonialismo", plantea cosas como conseguir el "pleno empleo" mediante el sector público, mayor gasto en "políticas sociales", crear una banca pública, la planificación de la economía, un aumento de los impuestos a "los grandes capitales", etc. En resumen, medidas similares a las que están llevando a Venezuela por el camino imparable del progreso.
Ciertamente, no se puede esperar gran cosa de un personaje que se dirige por carta al "Estimado Compañero Fidel Castro" para felicitarle por su cumpleaños, con afirmaciones como "...la referencia política y personal de Fidel Castro es indiscutible... la revolución cubana con la que nos sentimos plenamente identificados... las muchas aportaciones que todavía tienes que realizar a la causa del antiimperialismo...", etc. No se pierdan la carta, les puede deparar momentos inolvidables.
Para terminar, y aunque podría parecer un ejercicio de crueldad, veamos las propuestas de la oposición de izquierdas al gobierno, concretamente las expuestas por José Luis Centella, el secretario general del Partido Comunista. En un artículo en Público, tras una serie de delirantes consideraciones contra "la explotación y el colonialismo", plantea cosas como conseguir el "pleno empleo" mediante el sector público, mayor gasto en "políticas sociales", crear una banca pública, la planificación de la economía, un aumento de los impuestos a "los grandes capitales", etc. En resumen, medidas similares a las que están llevando a Venezuela por el camino imparable del progreso.
Ciertamente, no se puede esperar gran cosa de un personaje que se dirige por carta al "Estimado Compañero Fidel Castro" para felicitarle por su cumpleaños, con afirmaciones como "...la referencia política y personal de Fidel Castro es indiscutible... la revolución cubana con la que nos sentimos plenamente identificados... las muchas aportaciones que todavía tienes que realizar a la causa del antiimperialismo...", etc. No se pierdan la carta, les puede deparar momentos inolvidables.
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jueves, 19 de agosto de 2010
Sentido de Estado
Respecto a las acusaciones, vertidas por el gobierno contra la oposición, de "deslaltad", de falta de "sentido de Estado", de ausencia de "altura de miras", y de carencia de "responsabilidad", reconozco mi debilidad por la segunda expresión, "sentido de Estado". Ahora resulta que dejarse avasallar por esa monarquía absoluta, disfrazada de régimen parlamentario, que es Marruecos, es "sentido de Estado", y criticar tal actitud es carecer de él. En cambio, si el líder de la oposición se hubiera sentado con Mohamed VI en un despacho decorado con un enorme mapa en el que Marruecos abarcara hasta las Islas Canarias, eso supongo que sería trabajar por la paz, la alianza de civilizaciones y el progreso de la humanidad. Bueno, siempre y cuando ese líder de la oposición fuera del PSOE, claro.
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