domingo, 31 de julio de 2011
#echalelaculpaaoccidente
Sin embargo, aunque ya nadie habla de terrorismo islámico en relación a esa tragedia, los especialistas en la denuncia de la islamofobia, como la periodista Mónica G. Prieto, siguen en sus trece. ¿Quién puede pensar que un atentado podría ser obra de islamistas, sino quien abriga prejuicios contra el islam? En un breve reportaje publicado en El Mundo se hace eco de la iniciativa de una musulmana, creadora del hashtag irónico #blamethemuslims (échale la culpa a los musulmanes). Los musulmanes tienen la culpa de todo, de que se te derrame la cerveza, de que Inglaterra perdiera el Mundial de Fútbol o de que te abandone la mujer. Supuestamente, muy gracioso.
Puedo comprender que un musulmán se sienta mal porque mucha gente, desde el 11-S, lo mire con poca simpatía. Pero ¿quién tiene la principal culpa de ello? ¿Los terroristas que en nombre del islam estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas o los posibles prejuicios antimusulmanes de la gente? Sinceramente, lo que a muchos nos mosquea es que los musulmanes dediquen más tiempo a hacerse las víctimas de la xenofobia, real o imaginaria, que a protestar por las atrocidades cometidas por algunos de sus correligionarios. Por supuesto que los musulmanes no tienen la culpa de todo, y que la inmensa mayoría no son terroristas. Pero un poco de autocrítica, solo un poco, tampoco les vendría mal. No vamos a exigirles, claro está, que lleguen a los extremos de autoculpabilización de Occidente, que por supuesto sí que tiene la culpa de todo: la pobreza en el mundo, el calentamiento global, el conflicto palestino-israelí, etc. #echalelaculpaaoccidente.
martes, 8 de febrero de 2011
¿El islam es compatible con la democracia?
1) ¿El islam es compatible con la democracia y los derechos humanos?
2) Suponiendo que la respuesta anterior sea sí, ¿existe actualmente un islam moderado?
3) Suponiendo que la respuesta anterior sea también sí, ¿pertenece X al islam moderado?
Si la respuesta a la primera pregunta es no, evidentemente ya no cabe ni plantearse las dos siguientes. Dice Gabriel Albiac con rotundidad, en un artículo de ABC:
"Podemos jugar a engañarnos como queramos, pero el Islam -en cualquiera de sus variedades- es teológicamente incompatible con la universalidad ciudadana."
Sentada esta premisa, en relación con los acontecimientos de Egipto, concluye con lógica irreprochable:
"No hay otra fuerza institucional que pueda capitalizar la justa rabia de los jóvenes: ejército o mullahs."
Dicho más claramente, si cabe: Los países musulmanes no tienen remedio, su destino es estar sojuzgados por dictaduras laicas o por teocracias.
Quienes sostienen esta visión tan pesimista tienen a su favor el hecho de que no existen países democráticos en el mundo islámico, salvo la dudosa excepción de Turquía, hasta hace muy poco una democracia tutelada por los militares, y hoy gobernada por los islamistas supuestamente moderados. Pero en realidad, este hecho no demuestra categóricamente nada en relación al futuro. Hace varios siglos tampoco el Occidente cristiano era un modelo de libertad y tolerancia. En el siglo XVI fueron ejecutados Tomás Moro en Inglaterra y Miguel Servet en Suiza. Y todavía un siglo después, son de sobra conocidos los problemas que tuvo Spinoza en los muy liberales Países Bajos.
Bien es verdad que en el Corán podemos leer numerosos pasajes manifiestamente contrarios a las ideas liberales, a la igualdad de hombre y mujer, etc. Pero también en la Biblia podríamos encontrar justificaciones literales para la intolerancia, y no por ello deducimos que el cristianismo ni el judaísmo sean incompatibles con las sociedades abiertas. Como dice el conocido escritor franco-libanés Amin Maalouf, perteneciente a la minoría árabe cristiana:
"Todas las sociedades humanas han sabido encontrar, en el transcurso de los siglos, las citas sagradas que aparentemente justificaban sus prácticas del momento. (...) No cambian los textos, cambia nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas." (Identidades asesinas, Alianza Ed., 2005, pág. 57.)
Algunos autores, entre ellos el que acabo de citar, han señalado que el problema del islam es que carece de un autoridad religiosa fuerte, independiente del Estado, lo cual no favorece la separación del poder político y el religioso, y además permite con más facilidad las desviaciones radicales. Pero si esto es así (y efectivamente la tesis resulta muy plausible), se trataría de una contingencia histórica, que acaso pudiera cambiar en el futuro, o bien podría perder importancia al entrar en juego otros factores.
Luego están quienes en el extremo opuesto nos hablan del islam como una religión de paz y tolerancia, con una "esencia democrática", y hasta pretenden que nos traguemos que Mahoma era un "feminista de su época". Pero una cosa es la mamarrachada retórica de la Alianza de Civilizaciones, y otra muy distinta afirmar que una parte de la humanidad será por siempre refractaria a la democracia.
La segunda pregunta puede tener una respuesta trivial, que consiste en señalar que la mayoría de musulmanes son moderados, puesto que no van por ahí forrados de explosivos bajo el abrigo. Pero naturalmente, lo que nos interesa saber es el porcentaje de musulmanes que sinceramente deploran los atentados terroristas y no desean la implantación de un régimen teocrático. Esto no es nada fácil, aunque debe reconocerse que hasta ahora los indicios han estado de parte de los escépticos.
En el año 2000, el experto en islamismo Gilles Kepel publicó un libro, La Yihad. Expansión y declive del islamismo, en el que auguraba, como el título indica, que el radicalismo islamista estaba en decadencia, y observaba prometedoras señales de democratización en las sociedades musulmanas. Un año después se producían los atentados del 11-S. No he seguido a este autor, pero a juzgar por las obras que ha publicado después, sospecho que no debió dejar que ningún hecho, por espectacular que fuera, estropease su bonita teoría. Sin embargo, a la luz de los recientes acontecimientos en Túnez y Egipto, quién sabe si no terminará teniendo razón. Decía entonces Kepel:
"En esta fase, que se inicia con el siglo XXI, veremos sin duda alguna cómo el mundo musulmán entra de lleno en la modernidad, (...) sobre todo a través (...) de la revolución de las telecomunicaciones y de la información."
Por todo ello, creo que el debate, para evitar especulaciones de difícil contrastación, debería centrarse en la tercera de las preguntas, que en realidad son muchas, en función de por quién o quiénes sustituyamos la X. Ya en algunos medios nos están tratando de colar que los Hermanos Musulmanes representan un "islam moderado", y en El País no podía faltar estos días la entrevista al lobo con piel de cordero Tariq Ramadán, al que califican sin rubor como "un Martín Lutero musulmán". Con estos tontos útiles, claro, ¿para qué debería moderarse de verdad el islam?
La ideología islamista es en sí misma totalitaria, como lo eran el fascismo y el comunismo. Ahora bien, es imperativo separar esta ideología de la religión en la cual se inspira, y que profesan más de mil millones de personas en el mundo. Y para ello es necesario que nuestra civilización empiece por respetar su propia religión, el cristianismo, demostrando que las religiones monoteístas no son incompatibles con la modernidad. Ni buenismo multiculturalista, ni tampoco el falso realismo cínico del "choque de civilizaciones", que incurre en la misma negación de unos valores universales. Los valores de libertad individual, imperio de la ley, etc, sólo por razones históricas contingentes surgieron por vez primera en Occidente. No será fácil que se extiendan por todo el mundo, pero es el único camino.
Para Huntington, "las civilizaciones son las últimas tribus humanas". Amin Maalouf deplora con razón esta visión determinista, que nos impone a cada uno una identidad monolítica, de la cual sería vano intentar escapar, en función de si hemos nacido en Cádiz o en Tánger. Sin embargo, el problema no es, como sugiere el novelista en la obra citada, achacable a una determinada concepción errónea de las cosas (aunque esta tampoco ayude), sino que efectivamente, hay en la naturaleza humana una tendencia muy poderosa hacia la construcción de identidades tribales.
La buena noticia es que podemos escapar a ellas. Los jóvenes franceses de origen magrebí de las banlieues, con su estética entre rapera e islamista, seguramente no han optado por el radicalismo religioso por razones teológicas, sino porque han encontrado así la forma de justificar su odio y su victimismo contra una sociedad que ha cometido el error de prometerles el bienestar a cambio de ningún esfuerzo, de ningún mérito. Europa, a diferencia de Estados Unidos, ha lanzado el mensaje de que cualquiera que llegue aquí sólo tiene derechos. Y si a pesar de ello se siente insatisfecho con esta vida de dependencia de las ayudas estatales (cosa más que previsible), el inmigrante lo achacará (ayudado diligentemente por activistas subvencionados por ese mismo Estado) a un supuesto carácter excluyente y racista de los europeos, que por lo visto no dedicamos suficiente presupuesto público a que pueda seguir holgazaneando por nuestras calles.
No debería extrañarnos que los inmigrantes musulmanes no se integren, si les premiamos por no hacerlo, si les ofrecemos todo tipo de ayudas a las que los propios nativos no tenemos derecho. Cuando ser europeo u occidental, de nacimiento o de adopción, vuelva a ser un orgullo, una conquista, empezaremos a desactivar los delirios identitarios, basados en la religión o en cualquier otro aspecto cultural. Y de paso, si nos hacemos respetar en el exterior, la democracia volverá a gozar del prestigio que lleva a otros pueblos y otras culturas a querer importarla.
[16-02-11: Daniel Pipes: Islam y democracia. Totalmente de acuerdo.]
[20-02-11: Ignacio Cosidó: El islam democrático.]
sábado, 29 de enero de 2011
Meditación neocón (no apta para almas sensibles)
En el último tercio del siglo XX surgió en los Estados Unidos una línea de pensamiento distinta, la neoconservadora. Los neocón de primera generación eran intelectuales desencantados de la izquierda, que en su evolución hacia las ideas liberal-conservadoras vinieron a aportar un aire de radicalismo o, según se mire, de idealismo, al conservadurismo tradicional. Los neocón eran partidarios de implantar la democracia incluso por la fuerza, si es necesario, tanto por razones morales como de interés, pues los países democráticos tienden a ser aliados firmes de Occidente.
Esta concepción, que permitió justificar ideológicamente la Segunda Guerra de Irak, recibió críticas desde la derecha y desde la izquierda, por razones menos disímiles a veces de lo que se suele reconocer. Muchos progresistas que ahora echan en cara de los gobiernos occidentales sus buenas relaciones con el derrocado dictador de Túnez, defendieron de hecho alguna forma de convivencia con Sadam Hussein con tal de evitar una guerra. Más aún, en general han sido reacios incluso a medidas mucho más suaves, como embargos y apoyo político a las disidencias internas, las cuales han sido tachadas igualmente de imperialistas, sobre todo cuando iban dirigidas a regímenes que contaran con su comprensión, como la Cuba castrista.
Una versión especialmente radical de estas concepciones contrarias al neoconservadurismo llegó en los años noventa de la mano de Samuel P. Huntington, que la expuso en su célebre libro El choque de civilizaciones. Este profesor de Harvard sostuvo que las ideas liberales y democráticas que caracterizan a Occidente no son en absoluto universales y sería una insensata arrogancia pretender exportarlas a otras civilizaciones. "La creencia de Occidente -afirma Huntington- en la universalidad de su cultura adolece de tres males: es falsa; es inmoral, y es peligrosa. (...) El imperialismo es la necesaria consecuencia lógica del universalismo." Consecuentemente, calificó la guerra de Irak como un "error terrible" (La Vanguardia, 9-10-2004). Resulta cuando menos cómico que el progre típico, pese a no haber leído una línea de Huntington (o precisamente por ello), por alguna razón lo considere una especie de ideólogo del imperialismo, cuando en realidad coincide en gran medida con sus planteamientos.
Desde luego, la diferencia entre el pacifismo estilo "Alianza de Civilizaciones" y el "choque de civilizaciones" que vaticina Huntington no es intrascendente. Este último pretende evitar o paliar un gran conflicto de civilizaciones preservando al mismo tiempo la identidad cultural de los Estados Unidos y Occidente, aun a riesgo de caer en una posición francamente nacionalista, que en el caso de su país llega a excluir a los hispanos. Es decir, reconoce el multiculturalismo en el nivel de las relaciones internacionales, pero lo deplora dentro de cada civilización, incluida la occidental. Huntington cree que Occidente está inmerso en un proceso de lenta decadencia, y que su destino es acabar perdiendo la hegemonía mundial. Sin embargo, piensa que podemos replegarnos en nosotros mismos evitando ser devorados por el islam o por China, siempre y cuando no provoquemos un conflicto a gran escala (que posiblemente perderíamos) por culpa de nuestros delirios universalistas (recordemos: imperialistas).
En cambio, los líderes islamistas y los tontos útiles como Zapatero, los burócratas de la ONU, la UE y la tropa de periodistas, maestros, activistas e intelectuales del montón, tras sus melifluas expresiones de paz y concordia, en la práctica proponen una especie de "muerte digna" de Occidente, la única civilización que por lo visto no tendría derecho a defender su identidad. La "alianza de civilizaciones" equivale a pregonar el respeto por todas las culturas, especialmente la islámica, pero sin exigir claramente que éstas deban correspondernos. Por ilustrarlo con una anécdota reciente, nosotros estamos obligados a admitir a Turquía en la Unión Europea, pero Turquía no se siente obligada a condenar la persecución de los cristianos en Oriente Medio. Véase si no la Recomendación 1957 (2011) del Consejo de Europa y las abstenciones y votos en contra (Doc. 12493).
Sin embargo, tanto el realismo huntingtoniano como el buenismo progre parten de la misma concepción relativista. Para el profesor de Harvard, los valores liberales, por mucha simpatía que le inspiren, no son expresión de elevada civilización, sino que forman parte de la idiosincrasia de una civilización concreta, que ha tenido un principio en el tiempo y tendrá algún día su final, como todas las demás. Esta idea enfermizamente sugestiva ya fue expuesta en 1918 por Spengler en su clásico La Decadencia de Occidente, donde lleva el relativismo y el irracionalismo polilogista a sus últimas consecuencias, negando incluso que exista una matemática universal.
El problema de estas profecías de decadencia es que de alguna manera tienden al autocumplimiento. Si nosotros mismos divulgamos alegremente urbi et orbi que nuestros valores no tienen vigencia más allá de ciertas fronteras culturales, inevitablemente estamos concediendo una ventaja inestimable a otras civilizaciones, que previsiblemente no tendrán tantos escrúpulos a la hora de intentar imponer los suyos propios. Con lo cual es posible que al final ni siquiera podamos preservar los nuestros dentro del ámbito geopolítico occidental.
Es preciso reconocer que la estrategia de entenderse con aquellas dictaduras que no nos sean hostiles, sin pretender venderles con demasiada insistencia la democracia y los derechos humanos, es a veces un triste imperativo realista. En determinados casos ha funcionado, y no hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar ejemplos. Durante la guerra fría, Estados Unidos seguramente no tuvo otra opción que apoyar a Franco y, a la vista del desarrollo económico de los años sesenta, y de la transición democrática posterior, es evidente que la jugada salió bien no sólo para los americanos, sino también para España. Algo parecido podemos decir del caso de Chile.
Ahora bien, en cuanto salimos del ámbito occidental, no está tan claro que el apoyo a dictaduras, o por lo menos la coexistencia pacífica con ellas, no acabe siendo a la postre un mal negocio. Tras el derrocamiento del sah de Persia, amigo de Washington, se instauró una teocracia que hoy representa una seria amenaza, sólo retardada mediante las admirables acciones de la inteligencia israelí. Por otra parte, las excelentes relaciones con Arabia Saudita no han servido para impedir que en ella se incube el huevo de la serpiente de Ben Laden, autor del mayor ataque contra Estados Unidos desde Pearl Harbour. Por no hablar de Pakistán, extraño aliado cuyos servicios secretos apoyan a los talibanes.
Renunciar a la universalidad de nuestros valores, incluso aunque fuera un cínico cuento imperialista, supone incumplir la primera regla de toda negociación, que es no dilapidar las propias bazas. ¿Debemos dejar de comerciar con China porque no respeta los derechos humanos? No seremos tan ilusos para sostener esto. Pero llegar hasta el extremo de no hacer la menor mención al tema es una estúpida demostración de debilidad, que nuestros competidores y nuestros enemigos aprovecharán sin miramientos. El factor diferencial de Occidente, lo que le permitió derrotar al comunismo, aparte de la carrera armamentística, es su cultura, lo que incluye desde las ideas políticas y el mercado libre hasta el cine, la música popular e internet. Todas las dictaduras temen la popularidad de la cultura europea, y sobre todo estadounidense, y reaccionan con la censura y la represión para que sus poblaciones no reclamen mayores libertades individuales, aunque sea bajo el influjo trivializador de ciertos productos culturales importados. Y es bueno que los dictadores, como mínimo, sigan sintiendo ese temor.
Esto no significa que la cultura occidental, por sí sola, esté destinada a triunfar en todo el mundo. Habrá circunstancias en las que será preciso además defender nuestros intereses militarmente, como han hecho siempre todas las civilizaciones. Y también habrá casos en que deberemos establecer alianzas, tapándonos la nariz, con regímenes dictatoriales, basándonos en el que quizás sea el principio geoestratégico más viejo de todos: El enemigo de mi enemigo es mi amigo (o por lo menos, no me interesa que se debilite demasiado). El objetivo final, sin embargo, aunque acaso no llegue a realizarse nunca, debe seguir siendo que la libertad y la democracia triunfen en todo el mundo. Tal vez el idealismo neocón sea una forma más sutil de realismo; y aspirar a lo máximo, el único medio que tenemos de no perderlo todo.
martes, 13 de julio de 2010
Obama y la debilidad de Occidente
domingo, 20 de junio de 2010
El mapa mental de la izquierda

sábado, 20 de febrero de 2010
Nuestro moralismo barato de cada día
También se dice que los humoristas deben ser críticos, y tampoco sé muy bien por qué. Yo pensaba que la función principal del humor es hacer reír, no dar lecciones éticas. Experimento una especial prevención hacia los humoristas gráficos de los periódicos. Aunque los hay por supuesto muy brillantes, la mayoría están estropeados por la absurda idea de que han de transmitir un mensaje supuestamente crítico. Sin ir más lejos, el chiste de Idígoras y Pachi de El Mundo de hoy ilustra (nunca mejor dicho) lo que quiero decir:

El recurso facilón de "golpear la consciencia de Occidente" para que el lector occidental, paradójicamente, se sienta muy culpable y por tanto muy bueno, produce ya hastío. Pero lo que asquea de verdad es la nulidad intelectual subyacente. Así que Occidente es culpable de la ruina de un país que ha pasado de un régimen soviético a otro islamista, y que ahora se halla en una verdadera guerra civil, entre los talibanes apoyados por los servicios secretos paquistaníes, y el gobierno relativamente democrático sostenido por diversos países liderados por los Estados Unidos -con España, según el gobierno, encargada del reparto de aspirinas...
Por cierto, no creo que los talibanes permitieran siquiera las diapositivas, no digamos el PowerPoint, ni la música, que como es sabido llegaron a prohibir durante su pasada dominación. Pero como somos muy buenos (muy críticos) repitamos todos juntos "no-a-la-guerra, no-a-la-guerra", y los problemas se solucionarán como por ensalmo.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
¿No tienen vergüenza? ¿No tienen decencia?
La transcripción completa del discurso, en castellano, aquí. (Vía Nihil Obstat).
domingo, 28 de diciembre de 2008
Valoración de Huntington
El resto es bien conocido. Los seudoprogresistas y los funcionarios de la ONU sólo leyeron el título del libro, y su contenido se lo inventaron. Huntington era según ellos un imperialista (un neocón) que defendía exactamente lo contrario de lo que acabo de resumir, la superioridad de los valores occidentales (o más exactamente, estadounidenses) sobre los del resto del mundo, mientras que las personas progresistas serían quienes se oponían a esa visión etnocéntrica.
En realidad, Huntington no está tan lejos del relativismo progre. La diferencia es que él es más coherente al denunciar el multiculturalismo. Si el etnocentrismo es una característica de todas las culturas, carece de sentido que Occidente deba ser diferente de las demás. Debe respetar el statu quo en el exterior (o por lo menos intervenir en él sin idealismo) y hacerse respetar en el interior.
En mi modesta opinión, el profesor de Harvard estaba equivocado en lo esencial, aunque acertara en algunas de sus conclusiones. Las civilizaciones no son esos universos cerrados e incomunicados que concibió Spengler en La decadencia de Occidente. Ciertamente, la posición de Huntington es más matizada (como trata de exponer sobre todo en las últimas páginas del libro) pero en el fondo, no anda lejos de esa visión romántica. Yo creo que los valores del estado de derecho y la libertad individual han surgido casualmente primero en Occidente, pero en realidad son universales, y la mayoría de seres humanos pueden compartirlos, sean cuales sean las diferencias culturales. En este sentido, estoy más cerca de los neocón, aunque desde un punto de vista táctico no le falte cierta razón a Huntington en algunas de sus cautelas y recomendaciones geopolíticas.
En cuanto al multiculturalismo, creo también que es un error fatal, pero por razones muy distintas a las de Huntington. Por decirlo rápido, yo creo en los individuos, no en los colectivos. Me preocupa más la defensa del individuo, venga de donde venga, que no la de nuestra cultura, aunque bien es cierto que a veces van unidas, en la medida en que los conceptos de libertad y de responsabilidad individual son consustanciales a Occidente. Pero conviene no confundir una cosa con otra. En este sentido, me parece profundamente extraviada la postura de Huntington en su último libro ¿Quiénes somos?, en el cual se opone a la influencia de la cultura hispana en Estados Unidos con argumentos que rozan el racismo. Para este profesor, se diría que los nacidos en México o en Colombia son congénitamente incapaces de asimilar determinados valores (el esfuerzo, la responsabilidad, etc) que él juzga inherentes a la cultura anglosajona.
En resumen, Huntington dijo algunas cosas juiciosas, y advirtió certeramente, años antes del 11-S, que la mayoría de conflictos en el mundo están provocados por los musulmanes. Pero sus supuestos teóricos resultan harto problemáticos. Se aproximan ora al relativismo, ora a la ultraderecha racista, fenómeno menos paradójico de lo que pueda parecer, pensemos una vez más en Spengler. Flaco favor se le hace, en definitiva, a los valores liberales defendiéndolos desde supuestos románticos. Aunque desde luego peor es defender los valores antiliberales fingiendo hacer lo contrario, que es lo que hace la izquierda.
sábado, 25 de octubre de 2008
Del capitalismo salvaje al buen salvaje
Todo esto es absolutamente cierto, pero en el informe se deslizan también ciertos prejuicios ideológicos que conviene poner al descubierto.
El primero, como no podía ser menos, es el prejuicio contra el mercado. En la primera página se cita un estudio según el cual los grupos de maasai que han escapado a la colonización y que han "evitado en gran parte la economía de mercado" alcanzan niveles mensurables de felicidad comparables a los 400 estadounidenses más ricos de la lista Forbes. Más adelante (pág. 14) se hace una observación similar sobre dos grupos indígenas indonesios. Los que se han mantenido "en gran parte independientes del gobierno y de la mayoritaria economía de mercado" disfrutan -se nos dice- de niveles de bienestar físico y mental superiores a los que se han mostrado más permeables a las influencias foráneas.
Estas afirmaciones son un ejemplo nítido de la falacia de amalgamiento. A los atropellos que sufren los pueblos indígenas de todo el mundo a manos de los gobiernos (violación de sus derechos de propiedad de la tierra, deportaciones, secuestro de los hijos, etc) se añade gratuitamente la economía de mercado, para de esta forma hacerla también responsable de las desdichas que aquejan a estas sociedades, cuando el mercado es por definición la ausencia de coacción en los tratos entre individuos.
Sin la connivencia de estructuras políticas corruptas, las grandes multinacionales que invaden las tierras indígenas para explotar sus recursos naturales no podrían actuar impunemente. Culpar al mercado de las prácticas de compañías que precisamente lo que hacen es eludir el mercado recurriendo a coacciones amparadas por funcionarios, es sencillamente un contrasentido.
El segundo prejuicio que late en el informe es conocido como el mito del Buen Salvaje. Los autores describen correctamente las consecuencias perniciosas de la destrucción de los vínculos tribales, la pérdida del respeto a los ancianos y el olvido de las tradiciones culturales. Los individuos desconectados de su tradición se convierten en seres desorientados y dependientes de las "ayudas" estatales, es decir, pierden su libertad e incluso las ganas de vivir.
Pero a partir de ahí pasan a pintarnos un cuadro poco menos que idílico de la culturas indígenas, en las cuales, hasta la llegada del malvado hombre blanco, apenas se conocería la enfermedad, la infelicidad o la injusticia. Ante la previsible incredulidad del lector, los autores se limitan a señalar que la esperanza de vida y la mortalidad infantil de estas poblaciones son a fin de cuentas comparables a las que existían en Europa "hace algunos siglos". Claro, total ¿qué son unos cuantos siglos más o menos?
Nadie mínimamente informado cree aún en los paradisiacos samoanos que retrató la antropóloga Margaret Mead en estudios cuyas dotes imaginativas eclipsaban gran parte del valor científico que pudieran tener. Bueno, nadie, excepto los profesionales en explotar la mala conciencia occidental. Nótese que el término "indígena" por sí solo no deja de ser un eufemismo políticamente correcto con el cual se eluden términos como "salvajes", "primitivos", etc. En efecto, etimológicamente, indígena podría ser calificado cualquier pueblo, sea cual sea su grado de desarrollo, que lleve residiendo en el mismo territorio un número determinado de generaciones. Pero hablar de que unos pueblos puedan estar más atrasados que otros es considerado "racista" por Survival International.
La función de esta negación del concepto de progreso es patente. Se trata primero de ignorar o relativizar cualquier desigualdad material entre la civilización occidental y las culturas primitivas (perdón, indígenas), para a continuación mostrarnos a estas últimas como más puras y nobles que no la pérfida cultura capitalista de Occidente. Friedrich Engels, el compadre de Karl Marx, ya apuntó esta línea argumental en su conocida obra El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, en la cual describía la sociedad primitiva como una forma de comunismo, y especulaba con la idea de que la civilización (basada en la propiedad privada y el Estado) era un breve paréntesis de la evolución humana que no tardaría en ser superado dialécticamente por una vuelta al comunismo, aunque en una forma históricamente mucho más avanzada.
Pese a que la obra de Engels (inspirada en los trabajos del antropólogo L. H. Morgan sobre las tribus iroquesas) está hoy en día muy superada, en un cierto sentido encierra una importante verdad, y es que involuntariamente desvela el carácter profundamente atávico, de nostalgia inconsciente de una mítica Edad Dorada, que late en las aspiraciones comunistas y colectivistas en general.
El multiculturalismo que hoy domina en la izquierda y en buena parte de los movimientos asociativos como Survival, se relaciona estrechamente con este tipo de discurso. La mitificación de los pueblos primitivos es una forma de condenar nuestra civilización por contraste, como ya hiciera en el siglo XVIII Rousseau, dando origen a muchas de las fantasías románticas posteriores contra la sociedad industrial.
Ello no significa que los indígenas de todos los rincones del globo no hayan sufrido efectivamente las injusticias y abusos flagrantes que con toda razón se denuncian en el citado informe. Pero lo que me parece más cuestionable es que la forma de ayudarles sea tratar de preservar sus culturas como en un museo. El progreso, como afirma Survival, puede matar, no lo niego, pero la solución no es fingir que el progreso no existe, poner la medicina occidental al mismo nivel que el curanderismo ni tratar de aislarse de la economía de mercado.
Un yanomami, citado en el informe, asegura que "nosotros no necesitamos dinero o posesiones. Lo que nosotros necesitamos es respeto: respeto por nuestra cultura y respeto por nuestros derechos territoriales." Conmovedor, pero esos derechos territoriales de que habla (y que hace bien en defender) no son más que otra forma de denominar un tipo de "posesiones". Y si se cierran al uso del dinero, es decir, al comercio con el resto del mundo, su cultura inevitablemente languidecerá y se extinguirá. Decir que no se necesita dinero ni posesiones es una soberana tontería romántica, que seguramente los occidentales contribuyen a poner en su boca. Y lo mismo cabe decir del discurso revanchista instrumentalizado por el populismo sudamericano. Creo que no sería mucho pedir que organizaciones como Survival -que a diferencia de otras, sí es una verdadera ONG, pues no recibe subvenciones gubernamentales- fuesen más cautas antes de hacerse eco de los tópicos del progresismo biempensante al uso.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Hay que volver a Hume
por el amor de Stevenson y de Hume.
Borges, El libro de arena
Generalmente suele pensarse que la ética presupone la libertad. Así, ayer mismo, sin ir más lejos, Albert Esplugas, decía en su blog que "si no somos la causa de nuestras propias acciones la distinción entre acciones éticamente ilegítimas y acciones legítimas pierde su sentido." En realidad, creo que esto obedece a una confusión entre dos significados distintos de la palabra libertad. Por un lado, tenemos la libertad en el sentido de libre albedrío (libertad metafísica) y por otro tenemos la libertad política, que es no estar sometido a la voluntad de otros.
Así, cuando adquiero un determinado artículo en un supermercado, obviamente estoy obligado a pagar al pasar por caja, pero no estoy sometido a la voluntad de la cajera, porque nadie me obligaba a adquirir ese artículo ni ningún otro, y además la norma de pagar al pasar por caja es de tipo impersonal y general, no se debe a ningún particular capricho de la cajera o del dueño del supermercado. Aquí las consideraciones metafísicas acerca de si el ser humano es libre, o por el contrario, está sometido rígidamente a la ley de la causalidad al igual que el resto de la naturaleza, parecen fuera de lugar.
Y sin embargo, creo que la cuestión metafísica sí es decisiva, pero en un sentido diametralmente opuesto al que presupone la concepción ejemplificada en las palabras de Esplugas.
David Hume, en su Tratado de la naturaleza humana (1739), ya razonó que si la conducta humana no fuera previsible, la moral carecería de sentido. Pues si las acciones de un individuo no tuvieran relación alguna con su naturaleza y sus circunstancias, es decir, fueran metafísicamente libres, cualquier intento de influir en su conducta sería inútil. Más aún, si la acción humana no estuviera sometida a determinadas leyes naturales, ni siquiera la civilización (incluyendo la libertad política, evidentemente) sería posible. Sólo porque sabemos que los seres humanos, en determinadas circunstancias, se comportarán de manera muy aproximadamente previsible, podemos realizar planes a corto, medio y largo plazo, que son consustanciales a nuestra naturaleza.
Por tanto, podemos decir que en realidad es la libertad la que presupone la ética, y no al revés. Sólo admitiendo la existencia previa de unos principios morales universales y atemporales, podemos hablar de libertad política, y no meramente de la lucha por la realización de nuestros deseos, sin importar cuáles sean. Ni la libertad ni ningún otro valor pueden sostenerse por sí mismos, como si dijéramos, por su mera enunciación.
No se me escapa obviamente que el planteamiento de un sistema de valores universales está profundamente desprestigiado en el mundo intelectual, dominado por las concepciones positivistas y relativistas. Y en gran parte es responsable de ello el propio Hume, quien en mi opinión destruyó para siempre la ilusión de una moral fundamentada racionalmente, por muchas prestidigitaciones conceptuales que ensayara el idealismo alemán para esquivar la tozuda verdad. Pero tiende a olvidarse que Hume no dijo que la moral no pudiera fundamentarse, sólo negó que lo fuera recurriendo a la mera razón analítica.
En efecto, de nuevo aquí nos encontramos con otra confusión, esta vez entre los conceptos de universalidad y racionalidad. Es evidente que la verdad es universal (2 +3 = 5 vale para todos los lugares y épocas), pero no necesariamente todo lo que es universal debe ser racional.
El pensamiento moderno ha tendido a prescindir de Dios, en la confianza de que la razón podía perfectamente sustituir su función legislativa, por así decirlo. El problema es que se le exige a la razón lo que esta jamás podrá ofrecer. Juan José Sebreli, desde su posición de humanismo laico, ha reconocido la dificultad del problema, que el optimismo ilustrado obvió con demasiada ligereza:
"La fundamentación objetiva de los valores es un problema difícil de solucionar en una sociedad democrática y laica que desecha legitimarse por lo trascendente o por una esencia humana idiosincrásica prefijada y, a la vez, no acepta el relativismo esencial de los valores negadores de la universalidad de la razón y la objetividad de lo verdadero y lo justo." (El olvido de la razón, Ed. Sudamericana, 2007, pág. 381.)
Modestamente, mi opinión es que el problema, planteado en estos términos, no es difícil de solucionar: es imposible. O fundamos los valores sobre la trascendencia, o bien sobre la realidad empírica de la naturaleza humana -y no creo que ambas opciones sean incompatibles. La alternativa, como a regañadientes admite Sebreli, es el relativismo multicultural, que no es más que la derrota de los valores occidentales de libertad individual, igualdad entre hombre y mujer, etc., que pasan a ser rechazados como "etnocéntricos".
Sin embargo, la experiencia indica que esos valores sólo por razones históricas contingentes se han desarrollado en Occidente, y que en realidad coinciden con las aspiraciones más elementales de los seres humanos de todo el mundo. El argumento de índole escéptica consistente en que, ante las desconcertantes diferencias culturales que existen, la libertad de decisión individual podría ser un criterio válido, oculta en realidad un complejo ideológico -precisamente el temor a que nos señalen a los occidentales como "etnocéntricos". Berta García Faet, en un artículo titulado "El problema de la ética marxista", propone este argumento, poniendo como ejemplo la polémica sobre el uso del velo. Olvida que precisamente libertad de decisión individual es de lo que carecen las mujeres en el mundo islámico, y parece dar por sentado que todas o la mayoría, están contentas con esa situación. Pues yo no lo creo, al contrario, estoy convencido de que existen muchas más mujeres de cultura musulmana que secretamente envidian a las occidentales (y no sólo por la manera de vestir, que si se quiere es lo más anecdótico) que no al revés.
Así pues, podemos fundar la libertad o bien en lo que sabemos por experiencia de nuestra propia naturaleza, o bien en la creencia en unos "derechos inalienables conferidos por el Creador" -o en ambas cosas. El racionalismo de estirpe hegeliano-marxista es un camino equivocado, que al final acaba conduciendo -por implosión o por desengaño- al irracionalismo relativista.
Dicho de otro modo, no estoy de acuerdo en que que la ética marxista esté pendiente de refutación formal. Todo lo contrario, quien no ha sido refutado ha sido Hume, y por ello, uno de los más conspicuos representantes de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, carga contra el filósofo escocés desde las primeras páginas de su libro Razón y Revolución. "Si se aceptase a Hume -decía Marcuse- tendría que rechazarse la exigencia de la razón de organizar la realidad." Organizar la realidad equivale, obviamente, a la famosa tesis marxista de "transformar el mundo" que ha servido de justificación a las dictaduras más siniestras de la Historia.
Por el contrario, el pensamiento de David Hume (a quien Friedrich Hayek calificó de "constante compañero y sapiente guía") es la mejor antitoxina contra las teorías que hacen caso omiso de la experiencia a fin de sostener sus peligrosas ilusiones utópicas, y también contra algunos debates que pueden acabar sembrando innecesaria confusión.
viernes, 18 de enero de 2008
Con Israel, siempre

El filonazi Ahmadineyad ha vuelto a amenazar a Israel... Quiero aprovechar para decir algo. Las ideas de este blogger han cambiado mucho desde la adolescencia, han pasado del marxismo frankfurtiano veinteañero hasta el neoconservadurismo cuarentón de hoy, con toda una serie de pasos intermedios que ahorraré al sufrido lector. Pero en una cosa al menos me he mantenido siempre invariable, y es en el sentimiento proisraelí. No se trata sólo, aunque también, de que Israel sea la única democracia de Oriente Medio -con la todavía precaria excepción de Iraq. Es que incluso cuando era de izquierdas, no podía dejar de admirar a un país que, aun sin contar con sus derechos históricos innegables, los judíos se han ganado a pulso. Construir una nación tan insultantemente próspera (¡pese a sus coqueteos iniciales con el socialismo!) en medio de un desierto sin petróleo, es algo que los árabes no les podrán perdonar nunca.
Se engaña quien crea que al mundo musulmán le ha importando nunca un pimiento la suerte de los palestinos. Sencillamente, el conflicto palestino-israelí le sirve para explotar el esnob sentimiento de culpa occidental. De esta manera intenta neutralizar el instinto de conservación de Occidente frente al avance islamista, al tiempo que dificulta el apoyo a Israel. Todo ello con la abrumadora y necia colaboración de la mayor parte de los medios de comunicación.
Que recuerde, el primer libro que leí de César Vidal, antes de que fuera tan conocido como lo es ahora, fue El holocausto (Alianza Ed.) El padecimiento del pueblo judío es uno de los motivos por el que siempre he tendido a simpatizar con él. Pero lo que me lleva a admirarlo -además de Kafka, Einstein o Woody Allen- es la historia posterior a 1945, la fundación del Estado de Israel, las victorias militares frente a sus vecinos árabes, la persecución de los criminales nazis por todo el mundo. Quien no se sienta movido a aplaudir tales gestas, es que está infectado, en el mejor de los casos, por el virus del autoodio. Porque efectivamente, aunque no seamos judíos, éstos son parte de Occidente, y toda amenaza a Israel es una amenaza contra nuestra civilización. Aunque los cretinos que nos gobiernan no quieran enterarse.
martes, 11 de septiembre de 2007
In Memoriam. God Bless the USA

Hoy hace seis años. Ese día no debía ir a trabajar, porque el 11 de setiembre es fiesta local donde yo vivo. Después de comer, me disponía a dejarme vencer por el sueño en el sofá, para lo cual tengo una receta casi infalible, que es poner la televisión. Pero ese día, claro, no me dormí. Primero fue la imagen de una de las torres del World Trade Center ardiendo. Parecía un accidente. La transmisión era en directo, pero algunas imágenes iban llegando desordenadas, con un desfase de algunos minutos. Cuando vi la imagen de la segunda torre ardiendo pensé que el choque del avión había sido tan brutal que había afectado de alguna manera a los dos edificios. Pero pocos instantes después, llegó a las televisiones de todo el mundo el video del segundo avión, describiendo una curva en el aire para estrellarse contra la Torre Sur. Ya no había duda de lo que significaba aquello. Permanecí ante la pantalla varias horas, era imposible hacer otra cosa ante unos acontecimientos que superaban lo imaginable. Mi hijo, que entonces todavía no había cumplido dos años (aún no había nacido su hermano) y que como todos los niños tiene un sexto sentido para captar el estado de ánimo de sus padres, quedó tan impactado que durante varios días, al vernos simplemente leyendo los periódicos exclamaba “buuum", manifestándonos a su manera que recordaba lo sucedido.
Desde luego, no hacía falta ser ningún experto en geopolítica para saber que algún grupo árabe estaba detrás del mayor atentado terrorista de la historia. Sin embargo, el corresponsal de El País en Washington, Enric González, al día siguiente se refirió en su crónica al “presunto ataque terrorista”. Puesto que no habló del presunto presidente de los Estados Unidos, ni de la presunta ciudad de Nueva York, debemos deducir que con ese adjetivo sugería no descartar por completo la posibilidad de que, a fin de cuentas, fuera todo un montaje sionista-imperialista. No se me ocurre otra explicación. ¿Te atribuyo injustamente un excesivo antiamericanismo, Enric? Dicen que tus libros dedicados a Nueva York y a Londres son dignos de elogio, al igual que tus crónicas deportivas sobre el Calcio. Pero el título que diste (al menos lo firmabas tú) a tu artículo de aquel triste 12 de setiembre, elevado a gran y único titular de la primera página, quedará para siempre como ejemplo del sectarismo más despreciable y necio que pueda concebirse:
El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush
Confieso que cuando empecé a pensar en un título para este blog, barajé la posibilidad de emplear esta frase, quintaesencia de la clase de discurso que más detesto. Lo excluí por temor a que algún bruto, o algún lector apresurado, no captara la ironía, y porque era demasiado larga: Es que encima, es un mal titular.
Pero para ser justos hay que decir que la peor ponzoña vertida por El País del 12 de setiembre de 2001 la contenían sus páginas de opinión. El editorial, titulado con engañosa sensatez “Golpe a nuestra civilización”, y tras unas razonables palabras acerca de la “agresión integral... contra la democracia y la libertad de mercado”, pasaba sin ambages a la insidiosa tarea de justificar lo injustificable, aludiendo al conflicto árabe-israelí con palabras favorables a Arafat y críticas con Sharon (“debe sacar lecciones de lo ocurrido”) y juzgando comprensivamente las manifestaciones de alegría en las calles palestinas por la muerte de miles de personas en Estados Unidos, como un “desquite por los sufrimientos que ellos han padecido tantas veces entre el silencio occidental”. Proseguía el pérfido editorialista, como no podía ser menos, precaviéndonos contra la demonización del islamismo, y de paso aprovechaba para ridiculizar el apoyo de Bush al escudo antimisiles, como si por haber sufrido un ataque terrorista hubiera que descuidar la defensa contra otro tipo de agresiones. Resumiendo, que por mucho atentado islamista que haya, no debemos perder de vista lo esencial, que los malos, además de tontos, son los yanquis y los judíos.
La verdadera cima de la ruindad, sin embargo, sólo podía alcanzarla el artículo firmado, cómo no, por el ex alto cargo franquista y Kulturkommissar máximo de la progresía Juan Luis Cebrián, “La política del odio”, un ejemplo difícilmente superable de los topicazos más rancios de la bazofia discursiva seudoprogresista. Refiriéndose a los Estados Unidos como el “imperio”, equipara la humillación (¿detecto cierta delectación en la palabra?) y el dolor causado por los terroristas a las perniciosas consecuencias en las relaciones internacionales que según él tendrá la respuesta de la república norteamericana. Y entonces nos desvela la causa de estos males, que no es otra que el “caldo de cultivo” del odio, constituido por “los desheredados de la tierra, los que no tienen nada que perder” (textual, no es parodia), los oprimidos por un “nuevo orden mundial que amenaza con consolidar el lenguaje de la violencia como el único posible en las relaciones entre los hombres"(!) La culpa hay que verla en “la falta de un diálogo racional entre los líderes de los países desarrollados, y el egoísmo ciego de muchos de ellos”, en la globalización (¡no podía faltar!) que divide a todos los habitantes del planeta en “víctimas” y “verdugos”(!!)... En suma, que todo el problema se origina en la negativa de Occidente a reconocer “las enormes distancias en el desarrollo de los pueblos”.
Decía Jean-François Revel que la mentira es la mayor fuerza que mueve el mundo. Y cabe preguntarse si hay mayor mentira, y más dañina, que ésta, que la violencia nace de la pobreza y la injusticia, y que Occidente, con los Estados Unidos a la cabeza, es el principal culpable de ambas. ¿Por qué este interés perverso en “comprender” a los enemigos de nuestra civilización, en poner en su boca supuestos argumentos contra nosotros mismos -que por cierto no vacilarán en apropiarse, aunque no crean lo más mínimo en ellos? Quizá sea la manera como algunos pretenden situarse en una cobarde neutralidad que confunden con la objetividad y la ecuanimidad. Pero sobre todo no debemos olvidar sus réditos políticos. En España hemos experimentado, por desgracia, en carne propia, las iniquidades derivadas de esa “política del odio” que en realidad no es otra que la practicada por personajes como Cebrián, el odio contra aquellos que salvaron a Europa de los totalitarismos nazi y comunista, contra esos Estados Unidos que han hecho infinitamente más por la libertad y la democracia en Europa, que lo que ni en sueños, y suponiendo que lo pretendiera, logrará jamás cierta clase de intelectuales enfermos, que pontifican sobre las “causas”, y acaso una parte de las causas son en buena medida ellos.
lunes, 20 de agosto de 2007
Abuso de la simetría
Hoy ese abuso de la simetría se repite en términos muy parecidos en relación con el conflicto entre Occidente y el Islam. So pretexto de huir de una visión maniquea de buenos y malos, se cae en un simplismo no menos burdo, para el que Occidente no debe ufanarse de llevar la razón en un choque de civilizaciones que sólo interesa a dirigentes poco menos que intercambiables de ambos lados. Cuando alguien saca a colación las violaciones sistemáticas de los derechos humanos que tienen lugar en los países de religión musulmana, se le reprocha aquello tan cacareado de la doble vara de medir, y que "en todas partes cuecen habas", como dijo un periodista de El País en un debate televisivo, aludiendo a los "campos de concentración" creados por Estados Unidos. No importa que las condiciones de los presos recluidos en Guantánamo sean, en comparación con las de Mathausen o Buchenwald, las de un centro de Spa. Al utilizar una expresión emocionalmente unívoca, como la de "campo de concentración", se consigue el efecto deseado sin mayor argumentación, ni necesidad alguna de exponer hechos objetivos.
En la izquierda, este situarse más allá del bien y del mal tiene un origen bastante evidente en la filosofía materialista de Marx y Engels. Según los padres del socialismo pretendidamente científico, las ideas sociales y políticas no son más que emanaciones de las condiciones materiales de la existencia. Las ideas se reducen a meros epifenómenos que acompañan a los procesos físicos, sin que ejerzan la menor influencia en éstos. Por supuesto, los comunistas han sido los primeros en olvidar en la práctica sus propias tesis, si tenemos en cuenta el virtuosismo con el que han cultivado las técnicas de propaganda. Pero no han tenido reparo en utilizarlas contra las construcciones ideológicas de sus enemigos, convirtiéndolas en mero decorado de los más siniestros intereses. Así, en boca del adversario político, la libertad o los derechos humanos no son más que pretextos para inmiscuirse en la política interna de los países a los que se querría dominar. El sabio de taberna que consigue su minuto de gloria cuando afirma que todo es "por el petróleo", puede permitirse ignorar por completo el funcionamiento del mercado mundial del crudo y por supuesto no saber una palabra de materialismo histórico, ni puñetera falta que le hace. Como más tosca es una idea, más fácilmente podrá difundirse. Pero aunque no lo sepa, está interpretando la partitura marxista. Lo cual es la mejor refutación de que las ideas no son influyentes por sí mismas.
Sin embargo, esta interpretación cojearía si olvidáramos que también desde el campo liberal han surgido críticas rotundas a la política antiterrorista de George Bush. En la blogosfera son especialmente activos los anarco-capitalistas, abreviadamente ancaps, como María Blanco, que se oponen a la existencia incluso de un Estado mínimo, defendiendo la privatización de la policía y del ejército, y cuestionando tanto la intervención militar exterior como las medidas de seguridad implantadas en el interior, a las que consideran como dos caras de una misma moneda que, en resumen, nos conducen a un futuro orwelliano. Los ancaps llegan, pues, a conclusiones parecidas a las de la extrema izquierda, pero partiendo de bases teóricas antagónicas, es decir, de una defensa radical del capitalismo. El liberalismo clásico siempre había considerado que la protección de los individuos de la agresión, tanto de los otros individuos como de la procedente de las fronteras exteriores, era una de las pocas funciones imprescindibles que hacían necesaria la existencia del Estado, y no sólo eso, sino que se trataba de una de las condiciones de la existencia de esa libertad que con la restricción de la esfera de actuación legítima de los gobiernos, querían preservar. En mi opinión, el anarco-capitalismo incurre en una falacia muy grosera, como es la de uno que, aconsejado por el médico de que sanaría de sus dolencias limitando su ingestión de alimentos, dejara de comer por completo para alcanzar el estado de salud perfecto. Lo que no creo es que esa falacia sea totalmente inocente. Algún atractivo debe de tener eso de parecer muy radical y nada de "derechas", y al mismo tiempo reírse de los que visten la camiseta del Che. Pero se engaña lastimosamente el ancap que piensa que el de la camiseta no le va a meter en el mismo saco de la "derecha extrema" y demás repertorio de calificativos gregarios, por mucho que se desgañite proclamando que él es igual de anti-Bush y anti-Aznar y lo que haga falta.
Más influyentes que esas posiciones teóricas extremas, desde la derecha tenemos posturas como la del diputado popular Jesús López-Medel, quien ya en su día se desmarcó de la posición de su partido en relación con la guerra de Iraq, y que en un artículo publicado en El Periódico Extremadura el pasado jueves, profirió perlas del estilo de "el pensamiento neoconservador, como clara manifestación ultra" (no sabe lo que es el pensamiento neoconservador, o bien juega con la ambigüedad del término ultra), pretende "generar terror" (ahora entiendo por qué los soldados norteamericanos no paran de poner coches bombas en Iraq), entre otras lindezas. Especialmente cómico me resultó que considerara la ideología neocon extraña a la cultura europea, en la cual "el valor de los derechos humanos, como conquista plasmada en la Revolución Francesa, forma parte del acervo histórico". Vamos, que los congresistas americanos que en 1776 proclamaron como inalienables los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, no sabían que tenían que esperar todavía trece años a que el pueblo francés iniciara su modélica revolución, cuya práctica del respeto por la vida humana, desde Luis XVI hasta el más humilde clérigo, asombró al mundo entero, y se vio coronada por las brillantes gestas filantrópicas de un tal Bonaparte. ¿Se puede ser más ridículamente engreído con nuestros aliados del otro lado del Atlántico? Francamente lo veo difícil. Por eso cuando concluye su artículo manifestando sus escúpulos liberales ante la ley de escuchas telefónicas limitadas que ha recibido el apoyo en Washington tanto de republicanos como demócratas, sinceramente su retórica de "¿quién controla al poder omnímodo?" me parece tan digna de conmiseración como los penosos párrafos que la preceden. Nadie, salvo los fantasmas imaginados por la izquierda y los centristas acomplejados, defiende prerrogativas ilimitadas de los gobiernos en la lucha contra la yihad. En mi opinión, tiene mucho más peligro el Estado cuando se inventa nuevos derechos que trata de proteger violando los de propiedad o libertad de expresión, que cuando detiene a criminales y derroca dictadores, por mucho que la fuerza y el dinero empleados en lo primero sean mucho menos visibles y espectaculares que lo segundo. Sí, exacto, estaba pensando en Zapatero, no en Bush.
P.S.: En la edición de papel de El Periódico, el artículo de López-Medel, titulado "Democracia frente a terrorismo", viene acompañado de una ilustración en la que aparecen un soldado estadounidense y un combatiente islamista como figuras vagamente simétricas.