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domingo, 13 de noviembre de 2011

La ideología del por qué no

Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la esencia de la mentalidad progresista o avanzada, podrían valer las siguientes: El progresista es una persona que no se limita a preguntarse el porqué de las cosas, suponiendo que siquiera se moleste en ello, sino que atisba otras posibilidades y se pregunta: ¿Por qué no? Su ventaja sobre el conservador, dialécticamente, es que se trata de un tipo de pregunta muy sencilla, aparentemente inocente, pero para cuya respuesta no suele bastar con la mera lógica, sino con la experiencia acumulada de siglos, quizás milenios. Algo complicado de compendiar en una frase más o menos brillante. Por eso, con frecuencia parece que el conservador rehúye la controversia de fondo, o que se refugia en el oscurantismo. Aunque es cierto que existe una derecha política acomplejada ante la hegemonía cultural de la izquierda, nos quedamos en lo superficial si lo atribuimos exclusivamente a la incompetencia de unos políticos solo preocupados por la mercadotecnia electoral. Por principio, no es nada fácil sostener una posición determinada frente a quien traslada a esta la carga de la prueba. Es mucho más cómodo imaginar que entender, hacer preguntas que responderlas. Lo fácil es remitirse al futuro, que no está escrito, y por tanto podemos recrear a nuestro gusto; conocer el pasado –incluso el mero presente– y aprender de él, eso es otro cantar. Requiere mayor esfuerzo intelectual ser conservador que progresista.

El progresista pregunta, con supuesto candor: ¿Por qué no podemos aumentar los impuestos a los ricos para reducir la pobreza? O bien: ¿Por qué no puede alguien casarse con quien quiera –supongamos una persona de su mismo sexo? El conservador no puede responder a esto con solo tres o cuatro palabras, precisamente porque se trata de preguntas cuya respuesta implica la naturaleza esencial de las cosas, es decir, lo más difícil de expresar. Como señaló G. K. Chesterton, “no hay ningún filósofo escéptico capaz de hacer preguntas que no pueda formular igualmente un chiquillo.” Nuestra época moderna, probablemente desde Descartes, ha atribuído un mérito exagerado a cuestionarse las cosas más obvias. Ha formulado como si fuera un triunfo del intelecto las preguntas más chocantes, cuando en realidad cualquier niño se las hace en una determinada etapa de su aprendizaje vital, para regocijo de sus padres. En cambio, en sus respuestas la modernidad ha dejado mucho que desear, como si una vez formulada la pregunta, cualquier contestación ocurrente mereciera la máxima consideración. Y el progresismo se convirtió ya muy pronto, desde principios del siglo XX, si no antes, en una loca carrera de metas cada vez más disparatadas, con tal de ponerlo todo en cuestión. “Di algo, por idiota que sea, y te habrás anticipado a tu época”, observó el citado Chesterton ya en 1909.

Existe con todo una manera de parar el golpe dialéctico del progresista. Y es plantear un por qué no todavía más radical. Podemos inquirir: ¿Por qué no confiscar todos los bienes a los ricos? O ¿Por qué no puede casarse un padre con su hija? Por supuesto, existen precedentes de autores que han propuesto con total seriedad cosas semejantes, e incluso que las han puesto en práctica. La réplica del progresista puede consistir en aceptar el reto y sumarse a estas propuestas descabelladas, en cuyo caso, se desacreditará a ojos de la mayoría por sí solo. Se convertirá por sí mismo en la ilustración más esclarecedora de la locura inherente a querer llevar cualquier principio, por muy válido que sea, hasta las últimas consecuencias, más allá de todo límite razonable. Sin embargo, más probable es, hoy en día, que el progresista rechace esta vía, y se revista de un carácter moderado, que le impide llegar a tales extremos. Que descalifique al conservador como una persona de imaginación calenturienta, que ve asaltos al Palacio de Invierno donde solo hay una inocente ansia de justicia, o incestos y perversiones de toda índole donde solo hay un deseo de libertad. Pero es en este momento donde el progresista muestra toda su debilidad. O bien es consecuente hasta el final, o bien no lo es, siendo esto último de lo que acostumbra a acusar al conservador. Y tiene su parte de razón. El conservador no es consecuente hasta el final, porque la vida no puede reducirse a mera lógica. Existen toda una serie de supuestos, de hechos dados que en sí mismos no son “lógicos”, pero sin los cuales no podríamos hacer una descripción reconocible del mundo real. No es lógico que existan dos sexos. No es lógica la propiedad privada. Sin embargo, antes de suprimir las diferencias sexuales o económicas, convendría estar muy seguros de las consecuencias. El progresista, aunque lo crea, no lo está más que ninguno de nosotros, no es un ser investido de una sabiduría superior. Simplemente, confía en que la posteridad le dará la razón, que lo señalará como un “adelantado a su época”. Su criterio de la verdad se reduce a esperar a que se mueran quienes discrepan de él. Lo cual es una forma de decir que le importa muy poco la verdad.

La verdad, por definición, es inmutable, es algo válido para todos los tiempos. El progresista lúcido no puede creer en algo así, necesariamente debe pensar que todo puede cambiar, que nada es para siempre. Hoy vemos (todavía) como algo natural que los padres críen a los hijos. Dentro de unos siglos, como imaginó Aldous Huxley en su distopía Un mundo feliz, eso podría parecer un atraso propio de épocas prehistóricas, en las que la reproducción y crianza humanas todavía no habían sido estatalizadas. Un progresista consecuente no puede rechazar esta posibilidad, salvo para disimular sus verdaderas intenciones, sus secretos anhelos. El conservador cree en unos valores eternos, pese a que no esté muy seguro de reconocerlos en toda su pureza. Cree, a diferencia de Nietzsche y de la posmodernidad, que la verdad existe, que cualquier sistema social no será válido solo porque llegue a triunfar en un futuro. Un conservador no necesita creer que la historia está de su parte, le basta con creer que tiene la razón, aunque sea una causa perdida. En cambio, un progresista que lea la novela de Huxley, si es sincero consigo mismo, tendrá que decirse a cada momento lo que la Serpiente bíblica le susurró a Eva en una olvidable (y olvidada) obra de teatro de George Bernard Shaw:

Tú ves cosas; y dices '¿Por qué?' Pero yo sueño cosas que nunca han existido; y digo '¿Por qué no?'

domingo, 21 de junio de 2009

La destrucción de la familia y su finalidad


¿Puede existir una sociedad sin familia? En 1932, Aldous Huxley publicó Brave New World, una novela de ciencia-ficción (traducida al español como Un mundo feliz) en la cual imaginaba un futuro en el cual la familia ha sido erradicada de raíz [valga la redundancia]. El título original, dicho sea incidentalmente, procede de Shakespeare, La tempestad, acto V, cuando Miranda pronuncia estas palabras:

"¡Oh prodigio! ¡Qué arrogantes criaturas son éstas! ¡Bella humanidad! ¡Oh espléndido mundo nuevo, que tales gentes produce!" (Traducción de Luis Astrana Marín.)

En la distopía descrita por Huxley, los seres humanos son producidos industrialmente por el Estado, y por supuesto criados, educados y atendidos por el Estado desde que nacen hasta que mueren. No existen por tanto padres, madres, hermanos, abuelos... Los niños aprenden en la escuela que en el pasado el ser humano era un animal vivíparo, y que los padres criaban a los hijos, como hacen los animales. No es de sorprender que en estas sórdidas condiciones, la gente no fuera feliz: Los sentimientos que ligaban a los individuos con lazos biológicos o monogámicos entre sí eran tan intensos que se convertían en una fuente constante de conflictos y de sufrimiento; existían cosas tan horribles como el dolor por la muerte de un ser querido, o los celos, o el deseo sexual insatisfecho. Afortunadamente -se les enseña a los niños del Mundo Feliz- esa fase primitiva de la evolución humana ha sido superada para siempre. Ahora "nadie es de nadie", todo el mundo es feliz porque no existen lazos obscenamente intensos entre individuos, las relaciones monogámicas estables han desaparecido y el sexo es sólo una diversión más, carente por completo de cualquier connotación pasional o amorosa. Pero al mismo tiempo puede decirse que todo el mundo es del Estado, y absolutamente nada ni nadie escapa al control de la tecnocracia gobernante.

Desde luego, estamos lejos de la reproducción extrauterina en grandes plantas industriales, aunque seguramente mucho menos de lo que podía pronosticarse hace siete u ocho décadas. Sin embargo, en el plano cultural existe una serie de tendencias que apuntan con inflexible lógica hacia la instauración en un futuro no tan lejano de ese Mundo Feliz.

La primera y más evidente es que, al tiempo que no deja de perfeccionarse la reproducción asistida, en su sentido más amplio (desde el seguimiento médico del embarazo hasta la inseminación artificial), se promueve desde todos los ángulos que la gente no tenga hijos. El énfasis en la anticoncepción y el aborto, el vaciado de sentido del término matrimonio y por tanto el desprestigio de la monogamia heterosexual, la banalización del sexo (de la cual habla Teresa Giménez Barbat en un reciente artículo), son aspectos que al menos desde los años sesenta han repercutido de manera clara en el descenso de la natalidad en el mundo desarrollado.

La segunda tendencia, complementaria de la anterior, es la de que los hijos no tengan padres. Es lo que se denomina con el eufemismo de los "otros modelos de familia". La llamada familia tradicional, con los dos progenitores al cuidado de los hijos, se presenta como una construcción cultural en pie de igualdad con otras posibles, y se reivindica la familia monoparental, que obviamente es más dependiente del Estado.

La tercera tendencia viene a completar este proceso. Si a pesar de todo siguen existiendo familias "tradicionales", se trataría de destruir la autoridad de los padres, restringiendo su derecho a controlar la educación de los hijos, sus decisiones en cuestiones tan graves como el embarazo de una niña de dieciséis años o legislando sobre las relaciones en el ámbito doméstico (dar un cachete a un niño puede ser ya motivo de perder la patria potestad, al menos temporalmente).

No se trata de que exista una especie de Plan maquiavélico para destruir la familia, sino de que instintivamente, el poder político tiende a favorecer la disolución de todo tipo de vínculos tradicionales entre los individuos, para poder actuar más libre de trabas. Esta atomización social produce un tipo de ser humano que carece de otras referencias culturales y psicológicas que las que el Estado (es decir, una minoría autolegitimada) tiene a bien proveer. Significa la destrucción de cualquier límite ideológico a lo que dicha minoría está autorizada a hacer, y por tanto conduce a un despotismo mucho más perfecto y minucioso que todos los habidos hasta la fecha. Y cuenta con la colaboración de una clase de intelectuales, no sólo estrictamente de izquierdas, que están prestos a denunciar cualquier oposición o mera descripción de este proceso como una forma de reacción o integrismo religioso. Son aquellos que han perdido el instinto de la libertad, que es el permanente estado de alerta contra el poder, y han convertido su liberalismo en una especie de credo hueco y ritualista, exclusivamente preocupado por celebrar la libertad sin meditar acerca de las condiciones que la favorecen, como si ésta pudiera fundarse sobre meras consideraciones abstractas que no tuvieran en cuenta el conocimiento empírico acerca de la naturaleza humana.

NOTA AÑADIDA EL 30/08/09: La novela de Huxley parece plantear una interesante paradoja: La existencia de un Estado que no requiere de la coacción (que es lo que en última instancia defiende al Estado). Pero se trata de una falsa impresión. Un Estado todopoderoso como el que plantea Huxley no tendría problema alguno en eliminar violentamente el menor atisbo de oposición, porque nada habría que se lo impidiera. Por otra parte, en los inicios de la novela se relata someramente la historia de la implantación del "mundo feliz", tras guerras y matanzas terribles, y desde luego no se nos ocurre cómo la humanidad podría llegar a una situación semejante sin una enorme violencia previa, que barriera las fuertes resistencias que habría cuando el proceso de eliminación de la familia y otras instituciones fuera ya inocultable.

jueves, 21 de mayo de 2009

Lectura absolutamente obligada

Una de las batallas ideológicas más agotadoras, pero necesarias, es la que genera el análisis de los efectos perversos de las ideologías emancipatorias. Es agotadora porque te llueven las críticas de izquierda pero también de muchos liberales, que andan bastante confundidos. Es necesaria porque las dichas ideologías son el caballo de Troya del estatismo, de un totalitarismo de nuevo cuño que sólo algunas mentes lúcidas (desde un Tocqueville a un Aldous Huxley, por citar dos ejemplos heterogéneos) han atisbado.

Tras el aborto, el matrimonio homosexual o la eutanasia late con fuerza el núcleo de estas concepciones que pretenden ignorar milenios de evolución biocultural, que tratan de transformar al hombre sin el menor asomo de duda acerca del derecho que les asiste para ello, ni de los resultados. Los portaestandartes de las ideologías emancipatorias, a menudo partiendo de una ignorancia verdaderamente cósmica, pretenden redefinir qué es un ser humano y qué no lo es, la naturaleza del bien y del mal y el sentido de instituciones tan contrastadas como la familia y el matrimonio. Para ellos la experiencia no cuenta en absoluto, y se guían exclusivamente por prejuicios recientes de una espantosa simplicidad, que se resumen en la defensa de un sentimentalismo hedonista que lo justifica casi todo.

El resultado es la atomización de la sociedad en un agregado de individuos dependientes, material y espiritualmente, del Estado, es decir, de una minoría burocrático-política que a todos los efectos funciona como un despotismo oriental tradicional... Paradojas de la modernidad.

Por cierto que hace tiempo que no leía un artículo que explicara esto de manera tan magistral como el de Alberto Gómez Corona, que publica Libertad Digital. Es de esos textos que hay que guardar y hasta imprimir en letra grande. No dejéis de leerlo.

jueves, 21 de agosto de 2008

¿Una utopía socialista?

En 1932, Aldous Huxley publicó Un mundo feliz, la que a mi juicio es la novela de ciencia-ficción más lograda y penetrante jamás escrita.

El argumento es sobradamente conocido. En un futuro siglo VII de la Era Fordiana, el mundo está gobernado por un Estado mundial que ha abolido todas las instituciones, creencias, principios morales y costumbres por las cuales ha venido rigiéndose la humanidad desde tiempo inmemorial, incluyendo la propia familia. Los seres humanos son producidos en serie en condiciones extrauterinas desde la misma fecundación, de manera que ya no existen padres ni madres, ni siquiera en sentido biológico.

"Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de Condicionamiento del Estado."

"-¿Y saben ustedes lo que era un 'hogar'? (...) Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire, sin espacio, una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores."

Los niños, en efecto, son criados colectivamente y adoctrinados mediante métodos pavlovianos e hipnopédicos, que les impedirán desarrollar jamás el menor atisbo de crítica o descontento ("inadaptación"). Los tiempos en que existían cosas como la familia, la religión, la literatura, son descritos como un periodo precientífico, caracterizado por las enfermedades, tanto físicas como psíquicas, los conflictos generados por las pasiones y la infelicidad. Ahora, todo eso está felizmente superado. Ya en la etapa adulta, todos los individuos gozan de un estado de equilibrio y satisfacción ininterrumpidos, gracias al condicionamiento recibido y al uso de una droga llamada soma:

"Euforica, narcótica, agradablemente alucinante. (...) Todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, y ninguno de sus inconvenientes."

A ello debe añadirse una organización deliberada del ocio de masas, así como una promiscuidad sexual elevada a patrón moral de referencia, hasta el extremo que las parejas estables son mal vistas. No existen, recordémoslo, hijos. Tampoco hay ancianos. La medicina ha progresado lo suficiente para que todos los hombres y mujeres mantengan un aspecto juvenil hasta avanzada edad. Cuando llega el momento de la muerte, son convenientemente sedados y prácticamente desaparecen, siendo rápidamente olvidados por sus amigos y conocidos. El dolor por la pérdida de seres queridos también ha pasado a la historia. Y la historia misma ha sido prácticamente borrada, salvo el relato oficial y en gran parte mítico de los orígenes del Mundo Feliz, en torno a los cuales se ha organizado una ridícula parodia de religión.

Aunque el Estado preside todos los aspectos de la existencia, la distopía huxleyana no parece un sistema socialista puro. Huxley no es demasiado explícito en este terreno, pero en el Mundo Feliz se alienta obsesivamente el consumismo, lo cual no parece congruente con un sistema económico (totalmente) planificado. De hecho, en la novela es patente una crítica mordaz de la sociedad de consumo, a la que se juzga como vulgar y degradante.

Sospecho que el autor, como tantos intelectuales del periodo de entreguerras, no tenía del capitalismo una imagen mucho más favorable que del socialismo (por el que es evidente que no abriga excesivas simpatías) y que de alguna manera creía intuir que el destino de ambos sistemas era acabar convergiendo, como en el cuento de Asimov del que hablaba el otro día.

Aunque no comparto su elitista rechazo del capitalismo, sí que me inquieta, hasta diría que me persigue a veces, la idea insidiosa de que Huxley pueda haber estado más cerca que nadie de la verdad acerca del porvenir que nos aguarda.

Es evidente que el estatismo no es incompatible con un cierto grado de libertad económica, sino más bien al contrario, los recursos ingentes que manejan los Estados actuales no serían posibles sin un mercado (relativamente) libre que los genere. Incluso una dictadura tan férrea como la China continental ha aprendido la lección, y por el momento mucho nos tememos que el Partido Comunista chino no sólo no ve amenzado su poder, sino que lo ha reforzado. Cierto que el dinamismo de la sociedad podría acabar provocando un deshielo del regimen político. Incluso los incomparablemente más benévolos Estados del Bienestar europeos ven cíclicamente cuestionada su sostenibilidad. Puede que el sistema de prestaciones sociales acabe quebrando y obligue a las sociedades europeas a reformas liberalizadoras, pero tampoco debe descartarse que, de producirse una gran crisis, no acaben triunfando los partidarios de más Estado, que culparán indefectiblemente al "liberalismo salvaje" de los desaguisados provocados por la burocracia.
Incluso en Estados Unidos coexisten ambas tendencias, liberales y estatistas. ¿Cuál triunfará? El futuro es incierto.

Hay sin embargo un detalle en la novela de Huxley que resulta significativo, y en cierto modo permite abrigar una esperanza, dentro del pesimismo sin concesiones de esta obra literaria. Aunque la existencia del Mundo Feliz requiere un considerable grado de desarrollo tecnológico (¡pero hoy parece menos descabellada que en 1932!) la innovación científica es deliberadamente controlada y hasta cierto punto contenida, porque sus dirigentes la perciben como potencialmente desestabilizadora. Y sin duda así es.

La Unión Soviética impresionó a muchos por sus logros espaciales y militares. Pero quedó muy por detrás en otros campos, quizás a corto plazo menos espectaculares, pero que a la larga se han revelado más decisivos. El ejemplo más notorio es la informática. El ordenador personal, y luego Internet, no se desarrollaron en la antigua URSS, sino en los Estados Unidos, gracias entre otras cosas a que hubo unos cuantos pirados que empezaron experimentando en garajes particulares, y no fueron encerrados en frenopáticos, ni siquiera molestados por funcionarios que pudieran ver en actividades tan extrañas intenciones subversivas. Aunque en un sentido profundo, tal vez sí lo fueron.

El progreso tecnológico es por esencia imprevisible y por tanto, va estrechamente ligado a una sociedad libre. Sólo ésta logra beneficiarse al máximo de él, al tiempo que ofrece el entorno más adecuado para su florecimiento. Y mientras haya sociedades más o menos imperfectamente libres, esa será su ventaja decisiva sobre los totalitarismos que sólo ven en la ciencia un instrumento al servicio del poder.

Nota bibliográfica: Las citas proceden de Un mundo feliz, Plaza y Janés, 2000.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Hedonismo y esclavitud


El gobierno autonómico catalán está repartiendo unos folletos de educación sexual a niños de 10 a 11 años, titulados “A mí también me pasa…¿Y a ti?”, en los cuales se dicen cosas como: “La masturbación –traduzco del catalán- es un momento íntimo, una manera de conocer vuestro cuerpo acariciándolo.” O bien, con el rótulo “Enamoramiento”, se afirma: “Habitualmente puede ser que haya alguna persona que te parezca especial y que te pases el día soñando, pensando en ella… que tanto puede ser de tu mismo sexo como del otro.” Bajo el epígrafe “La sexualidad”, se ilustra esto último con una ilustración (imagen) de dos parejas homosexuales y una heterosexual. En todo el folleto sólo se alude una vez al embarazo, para hacer mención del riesgo de transmisión madre-hijo del virus VIH.

Algunos dicen que es inadmisible que el Estado se haga cargo de la educación sexual de los niños. No voy a entrar ahora en esta cuestión, pues primero habría que discutir si es admisible que el Estado se haga cargo de ninguna educación en general. Dejemos para otra ocasión dilucidar si estos son los frutos inevitables de haber convertido el principio de la enseñanza pública en dogma de fe. Lo que detesto en cualquier caso es la manipulación disfrazada de manual de higiene. Definir la masturbación como un medio de conocimiento del propio cuerpo es una estupidez, además de una ñoñería. ¿Qué necesidad hay de edulcorar la realidad de las cosas? Dígaseles a los niños al menos la verdad, que el autoerotismo no tiene otra finalidad que el placer fisiológico, y nada más, no elevemos la práctica del onanismo a la misma categoría que las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer adultos. Expóngaseles, asimismo, la existencia de la homosexualidad sin equipararla a la heterosexualidad. Por supuesto que, como liberal, defiendo que lo que hagan las personas adultas en su vida privada no es incumbencia de nadie, pero presentar una imagen distorsionada de la realidad, explicándoles a niños de diez años la homosexualidad como una forma de afectividad y de conducta socialmente tan importante como la heterosexual, no tiene nada que ver con los valores de la tolerancia.

La tolerancia no consiste en decir: Respetemos a los homosexuales, porque no tiene ninguna importancia la inclinación sexual de las personas, sino: Respetemos a los homosexuales como individuos, aunque es evidente que ninguna población sobreviviría si la homosexualidad se extendiera tanto como la heterosexualidad. Cierto que actualmente asociar la sexualidad con la procreación es algo tachado de ridículo y retrógrado. Pese a que tecnológicamente no hemos llegado todavía al estadio de Un mundo feliz de Huxley, en el que las palabras “mamá” y “papá” son consideradas obscenas, y la gestación en el útero materno como algo propio de culturas primitivas, recluidas en reservas, se diría que el establishment intelectual estaría perfectamente preparado para asumir con naturalidad el control total por el Estado de la reproducción humana –y todo lo demás.

Se empieza preconizando una moral indolora, sin culpa ni vergüenza, un hedonismo tan inocente como irresponsable, y se acaban borrando las barreras entre la edad adulta y la infancia. En la novela citada, los niños eran iniciados en los juegos eróticos desde la más tierna edad... Los adultos, previsiblemente, eran tan inmaduros como dóciles ante la benevolente y sabia Administración. Se me malentiende burdamente si se piensa que defiendo el retorno a la clandestinidad de ciertas prácticas sexuales. El problema, insisto en ello, viene de confundir la tolerancia con la aprobación. ¿Qué clase de poder se arroga la sociedad sobre el individuo cuando se entromete en su intimidad ni que sea para darle su aprobación? ¿Quién le ha dicho que la necesitábamos?