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jueves, 2 de agosto de 2012

Lenin y Hitler ¿antimodernos?

El profesor de sociología política Luciano Pellicani es autor de un librito que recomiendo vivamente: Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial, 2011). El estudioso italiano, con profusión de citas de los intelectuales y dirigentes políticos, tanto comunistas como nacionalsocialistas, demuestra lo que muchos ya sabíamos, pero que nunca se recordará lo suficiente: Que nazismo y comunismo son aberraciones de la misma especie, por mucho que su choque en la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo la propaganda comunista de décadas, sean causa de que tanta gente siga desorientada al respecto. Y que incluso quienes no simpatizan con el comunismo caigan con frecuencia en el error de darle un tratamiento diferenciado, al no desmarcarse de él con la mismas gesticulaciones que emplean con el nazismo. ¿Cuántos libros, cuántos ensayos, cuántos documentales televisivos nos hablan -con toda razón- de la "barbarie" del nazismo? ¿Cuántos lo hacen en los mismos términos sin concesiones del comunismo, incluyendo los que son críticos con él?

En el libro de Pellicani se muestra con claridad meridiana el carácter revolucionario del nazismo, empleando un término que aún hoy, tras las hecatombes del siglo XX, sigue revestido de un incomprensible prestigio. Porque revolucionario es aquel sistema de pensamiento que pretende arrasar con todo lo existente, que defiende que para construir el "hombre nuevo" hay que destruirlo antes todo. Lo que conduce con inflexible lógica al exterminio de clases, pueblos y razas enteros. Esta es una de las principales virtudes del libro, que nos muestra en una sola palabra lo que comparten los dos grandes totalitarismos del siglo pasado: Su carácter radicalmente nihilista. Más específicamente, los textos ilustran el feroz odio antiburgués y anticapitalista del nazismo y el fascismo, desmontando la vieja patraña izquierdista de que estos movimientos estaban al servicio del "gran capital".

Más allá de esta función pedagógica, altamente necesaria aún, el ensayo me lleva a plantear un debate que se sale de los límites impuestos por su brevedad y posiblemente por las concepciones del autor. Este empieza trazando una distinción entre las dos almas de la Revolución Francesa: La del 89 (burguesa, constitucionalista, gradualista) y la del 93 (antiburguesa, totalitaria, rupturista). Y en el segundo capítulo ofrece una definición de la modernidad, enumerando como constitutivos el individualismo, la nomocracia, la ciudadanía, la institucionalización del cambio, la secularización, la autonomía de los subsistemas (la ciencia, la economía, etc) y la racionalización. Con ello Pellicani pretende demostrar su otra tesis, que no solo el nazismo, sino también el comunismo, fue un movimiento esencialmente antimoderno. Debe distinguirse entre industrialización (que de todos modos estaba ya lanzada antes de 1917 en Rusia, hasta que el golpe de Estado leninista y la subsiguiente guerra civil la interrumpieron) y modernización, dos conceptos independientes el uno del otro. Lo que realmente hicieron los bolcheviques fue cerrar Rusia y toda su área de influencia ante las perniciosas ideas liberales de Occidente.

Estando fundamentalmente de acuerdo con este análisis, lo que me pregunto es si esa caracterización de la modernidad y la antimodernidad no será algo puramente semántico, en cuyo caso no aportaría realmente nada nuevo a nuestro conocimiento, e incluso contribuiría a oscurecer ciertas cuestiones. Quiero decir: ¿Por qué deberíamos caracterizar a la modernidad con todos los ingredientes liberales, cuando es notorio que es precisamente en los tiempos modernos (del siglo XV para acá) que los Estados de Occidente han conocido una expansión pavorosa? El propio Pellicani sugiere el carácter arbitrario de su definición de modernidad, cuando clasifica como tal a Atenas frente a Esparta. ¿Debemos deducir que la modernidad es un carácter ajeno a la cronología? Pero entonces ¿no sería mejor utilizar otro término carente de esa connotación?

Bertrand de Jouvenel mostró en su clásico Sobre el poder (Unión Editorial, 2011) la progresiva, aparentemente fatal propensión de los tiempos modernos hacia el aumento de los ejércitos, el alistamiento obligatorio, el burocratismo, el intervencionismo. Su libro se publicó en 1944, cuando esta presencia abrumadora de los Estados enfrentados en la guerra mundial era tan obvia que no necesitaba apenas ser señalada. Pero, con los inevitables movimientos pendulares, que han proporcionado algunos paréntesis liberalizadores, es evidente que el papel de los Estados es hoy inimaginablemente mucho más invasivo que hace docientos años. Y hace doscientos años lo era más ya, en casi toda Europa, que en la Edad Media, tan desdeñada por la simplificadora ignorancia como un período de oscurantismo y opresión, pese a ser el tiempo en que proliferaron las instituciones precursoras de los parlamentos y las limitaciones al poder regio... Que luego el maquiavelismo moderno arrasó en muchos lugares.

Entonces, ¿a santo de qué definir la modernidad solo con los epítetos liberales que más nos halagan? Si analizamos rápidamente los atributos enumerados por Pellicani, veremos que detrás de cada uno de ellos existe un ominoso reverso. El individualismo también entraña atomización social, lo que permite a los Estados infiltrarse con más facilidad en todos los aspectos de la vida, intentando destruir instituciones intermedias, como la familia. La secularización va ligada a la expansión del derecho positivo, incesantemente reelaborado por asambleas o por déspotas, con grave menoscabo de la concepción iusnaturalista en la que descansa, se admita o no, la noción de derechos humanos. La democracia permite a los gobiernos contar con una legitimación de su poder que con frecuencia desborda los límites que esta es capaz de oponerles. Y en fin, la autonomía de la economía ha permitido un crecimiento de la riqueza que alimenta a las Haciendas públicas hasta niveles impensados en las sociedades más tradicionales del Antiguo Régimen, lo cual dota a los Estados de un poder transformador formidable.

Sería más correcto decir, pues, que la modernidad también tiene "dos rostros" o una doble alma. Que el totalitarismo es tan "moderno" como el liberalismo. De otro modo, la explicación por la cual surgieron el régimen bolchevique y el nacionalsocialista se queda en los aspectos más superficiales y coyunturales. Pellicani habla con acierto de los deletéreos efectos de la Gran Guerra, de un nuevo tipo de "hombre de la trinchera", dominado por el nihilismo y el resentimiento; de la situación desesperada de las clases medias alemanas, destruidas por la depresión económica y la hiperinflación... Todo esto es sin duda verdad, pero insuficiente. El totalitarismo no se puede explicar solo por los mismas causas que hubieran podido conducir también a alguna forma de populismo o autoritarismo deplorables, pero mucho menos destructivos. Como es el caso, hasta cierto punto, del fascismo italiano, que Pellicani considera un ejemplo de "totalitarismo imperfecto". Y algo parecido podríamos decir del franquismo, un régimen dictatorial pero en absoluto totalitario, porque carecía obviamente del carácter nihilista, destructor. Cosa en la que hay que insistir frente a las vulgarizaciones comunistoides que ponen en plano de igualdad a Hitler, Mussolini y Franco, y en cambio excluyen a Stalin. No digamos ya a Lenin, al que todavía algunos autores, como el recalcitrante marxista Hobsbawm, pretenden mostrar como un santo, o poco menos, removiéndose en la tumba por los crímenes de su sucesor.

Algo hay en esta modernidad que no se condice con la fábula iluminista a la que muchos se siguen aferrando sin el suficiente espíritu crítico. Porque el totalitarismo no surgió de la nada en 1917. Llevaba décadas, si no siglos, desde finales del XVIII, de incubación. Y las sociedades abiertas, por utilizar la expresión de Popper, albergan en su seno el germen de su propia autodestrucción. El marxismo surgió de Europa, aunque infectara Asia. El nazismo surgió en la culta Alemania de Kant y Hegel... La única vacuna contra esa posibilidad ominosa es abandonar una ideología demasiado autocomplaciente del modernismo, que fácilmente se desliza hacia el totalitarismo cuando caemos en el error de juzgar la tradición y la religión como algo incompatible con estas sociedades, y no como su suelo nutricio. (Error simétrico al de los reaccionarios que postulan idéntica incompatibilidad, y en su caso eligen adherirse a un pasado mitificado, regido por valores teocráticos y comunitaristas-estamentales.)

Pellicani muestra claramente la función que ejercieron las ideologías comunista y nazi, de sustituir el vacío dejado por la religión. Ya Raymond Aron definió al comunismo como "religión secular", calificándolo con deliberada ironía como el "opio de los intelectuales". (R. Aron, El opio de los intelectuales, RBA, 2011.) El monstruo del totalitarismo nos enseña cuáles son los límites de la sociedad abierta y los frutos amargos del "desencanto" del mundo y la descristianización, saludada con precipitación como un "progreso". En suma, el camino torcido que debe cuidadosamente evitar si no quiere desnaturalizarse y dejar de ser abierta.

domingo, 28 de junio de 2009

Instinto estatalista

En escasos días se han sucedido las declaraciones de dos dirigentes socialistas, motivadas por el tema del aborto, que constituyen ejemplos de manual de cómo el poder elabora sus justificaciones ideológicas. Lástima que no viva Bertrand de Jouvenel, porque de lo contrario hubiera podido incluirlos en una reedición de su clásico Sobre el poder.

José Bono ha criticado a la Iglesia por intentar "imponer lo que piensa" a la sociedad, y ha añadido que "en España quien manda es el pueblo español a través de sus representantes, que no son los obispos, sino los diputados, senadores y el gobierno." Casi podemos oír el estruendo de la artillería, el fragor de la lucha titánica entre los dos poderes, el del Estado por un lado, con sus fuerzas de seguridad, sus televisiones, Hacienda y la DGT; y el de la Iglesia por otro, con sus... bueno, ya saben, con su poder omnímodo y aterrador.

El Estado siempre se presenta como el liberador frente a otro poder, enmascarando hábilmente el hecho de que aspira a convertirse en el único poder, si no lo es ya. La justificación democrática, la identificación con el "pueblo", no es más que la forma actual que presenta esa propensión natural.

De más enjundia fueron las declaraciones anteriores de José Antonio Alonso, quien dijo que "en el ámbito público la única moral posible es la de la Constitución". Desde un punto de vista lógico-formal, no es posible objetar nada a una afirmación como ésta. Ya desde los antiguos sofistas griegos, la idea de que la moral es convención, es decir, de que no existen unos principios éticos naturales o trascendentes, sino que la moral es una creación humana, ha fascinado a multitud de pensadores. Ahora bien, semejante concepción, estrechamente emparentada con la teoría positivista del derecho, es la más potente justificación imaginable para el poder político. Si no existe un derecho natural previo, en teoría no hay tampoco limitación alguna para el poder del estado, que hará y deshará las leyes a su conveniencia.

Llevando hasta las últimas consecuencias teóricas una afirmación como la de Alonso, la conclusión es que el asesinato está mal, no porque así lo dicte una moral universal preexistente a los actos del legislador, sino porque es lo que se desprende del artículo 15 de la Constitución de 1978. Insisto, desde un punto de vista estrictamente formal, se trata de una tesis sostenible. Pero me atrevo a afirmar que la mayoría pensará como yo, que además es una aberración. Cabría invitar, pues, al portavoz del grupo socialista a aclarar esta cuestión, a que nos diga si realmente ha pensado bien lo que ha dicho, o si esa práctica de pensar no se estila entre los adictos al zapaterismo. Posiblemente, la respuesta sea lo segundo, pero no logro eludir la sensación de que cierto instinto opera firmemente en los socialistas a través de su incuria intelectual: El instinto estatalista.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Ateos Sin Fronteras

Una campaña privada, patrocinada entre otros por el científico y escritor Richard Dawkins, adorna los autobuses de Londres con el siguiente mensaje: "There's probably no God. Now stop worrying and enjoy your life." ("Probablemente, Dios no existe. Así que no te preocupes y disfruta de la vida.")

Se dan aquí, en muy pocas palabras, dos errores típicos. El primero consiste en asignar una probabilidad a la existencia de Dios. En ningún sentido riguroso nadie ha podido demostrar que eso sea posible. Anteponer el adverbio "probablemente" a cualquiera de nuestras opiniones no les presta mayor empaque científico. Siguen siendo eso, meras opiniones. Esto me recuerda más bien a aquel eslogan que aseguraba: "probablemente, la mejor cerveza del mundo". Como hallazgo de marketing no estaba mal, pero no dejaba de ser por ello una afirmación perfectamente discutible.

El segundo error, enunciado implícitamente, hace referencia al estereotipo de las personas religiosas como masoquistas patológicos que se pierden lo mejor de la vida autoinfligiéndose sufrimientos inútiles. Aunque personas así existan, no es nada evidente que el perfil del creyente normal se corresponda con ellas. Desde los tiempos homéricos, al menos, las prácticas religiosas han constituido uno de los más apreciados pretextos para fastuosas celebraciones gastronómicas, pensemos si no en las fiestas navideñas que tenemos a la vuelta de la esquina. En cuanto al sexo, San Pablo recomendaba la abstinencia, pero añadía que era mejor casarse que "abrasarse" (Corintios I, 7, 9). Todo indica que la mayoría de cristianos han optado por la opción menos drástica, de lo contrario se hubieran extinguido hace tiempo.

En todo caso, quizás sería aconsejable que los ateos se aplicaran el cuento a ellos mismos: "Probablemente hay gente que cree en Dios y todo tipo de supersticiones absurdas. Pero eso ¿qué más te da? Disfruta de la vida." No puedo evitar la sensación de que todos estos empresarios de la "liberación", en plan Madonna (la cantante), que se preocupan tanto por emanciparnos de la represión clerical, sufren algún tipo de trauma por culpa de la educación religiosa y se consuelan pensando que a los demás nos sucede lo mismo. Desde luego, el negocio que hacen con ello consuela a cualquiera.

Un artículo de El País que se hacía eco de la campaña atea de los autobuses, abundaba en similares tópicos banales. Así, citando a un escritor, proponía "creer" en la ciencia como alternativa a la religión, lo cual es hacerle un flaco favor a la primera. La ciencia se diferencia de la religión precisamente en que, más que un cuerpo de verdades establecidas, es un método para cuestionarlas. Y contraponer a los creyentes con la gente "que valora la razón y la ciencia" cae ya de pleno en la burda manipulación, como si no existieran científicos creyentes, o ateos profundamente irracionalistas y reaccionarios. Tampoco resulta serio que se presente como única alternativa a la teoría de la evolución el literalismo bíblico. Hay quien cuestiona a Darwin sin necesidad de defender una interpretación al pie de la letra del Génesis. Y por supuesto, también hay (yo mismo, sin ir más lejos) quien no ve ninguna incompatiblidad esencial entre el evolucionismo y el teísmo. De hecho, sigo teniendo en mucha estima El gen egoísta, de Dawkins, que muchos -a derecha e izquierda- se empeñaron en malinterpretar groseramente.

En esta línea confusionista destaca también el artículo de Antonio Golmar en Libertad Digital. En una hábil inversión de los hechos, nos presenta el caso del colegio de Valladolid, que se ve obligado a retirar los crucifijos de las aulas por una sentencia judicial, como todo lo contrario, como una ilustración de la intolerancia de los fanáticos que imponen esos símbolos religiosos y no estarían a favor de la libertad de elección de cada colegio. ¡Por lo visto, el juez que se la acaba de cargar sí que está a favor de ella! Se trata del mismo tipo de argumento por el cual aquellos nacionalistas que aspiran a separarse de España, consideran que la guardia civil y la policía nacional son "fuerzas de ocupación". Obviamente, que algo afecte a mi delicada sensibilidad no lo convierte necesariamente en una imposición de nadie.

Más enjundia tiene su mención de Leo Strauss. Admito que comparto con Golmar su escasa simpatía hacia este autor. Personalmente, sus elucubraciones me recuerdan demasiado a esa crítica elitista de la cultura de masas practicada por algunos teóricos marxistas de la Escuela de Frankfurt, cuyo influjo hace tiempo que superé, felizmente. Ignoro qué hay de cierto en la leyenda según la cual Leo Strauss profesaba un ateísmo nietzscheano esotérico, que sólo manifestaba dentro de un reducido círculo de discípulos elegidos. En todo caso, la vieja doctrina según la cual el pueblo debe ser mantenido en la superstición para que no deje de respetar las normas morales, parte de un error esencial, que es confundir el ámbito de la conducta individual con el político. La mayoría de la gente no necesita una fundamentación intelectual para obrar moralmente. En realidad, es exactamente lo contrario: La moral se encuentra tan profundamente enraizada en nuestra naturaleza, que necesitamos "ideas", es decir, pretextos (de más o menos consistencia intelectual) para quebrantar lo que nuestro sentido moral nos dicta.

Ahora bien, en el ámbito de la política, las cosas son muy distintas. Las masas han apoyado ideologías atrozmente inhumanas a pesar de que la mayoría de los individuos que las componían hubieran sido incapaces de aplicarlas personalmente sin gran repugnancia. La mayoría de los alemanes del periodo 1933-1945 no eran en absoluto unos sádicos embrutecidos como los miembros de las SS. Y sin embargo, si las ideas nazis acerca de los judíos y demás no se hubieran popularizado notablemente, los SS no habrían podido cometer sus crímenes, al menos no en esa escala.

La idea tan bienintencionada de que para hacer el bien no se necesita creer en Dios, aunque quizás minusvalora en exceso la influencia de las creencias, es sin duda válida en el nivel de las relaciones personales, porque la gente no rige su conducta particular por ideas abstractas. Pero no por ello la fundamentación de la moral deja de ser un problema filosóficamente irresuelto -acaso irresoluble. Y ello sí que tiene consecuencias políticas.

Bertrand de Jouvenel, en Sobre el poder (uno de los libros más lúcidos escritos en el siglo XX) señaló como una causa fundamental del crecimiento de los Estados el desprestigio del cristianismo entre las elites ilustradas, que inevitablemente deja el campo despejado para la proliferación de ideologías (o religiones más agresivas, pienso en el Islam) que permiten a los gobernantes saltarse todos los límites sin que los gobernados se escandalicen demasiado. Jouvenel por cierto no defendía un regreso a épocas pretéritas ni nada parecido, simplemente señalaba, de manera desapasionada, la existencia de ese proceso.

Ahora bien, podemos colaborar en acelerar dicho proceso o no. El ateísmo y el laicismo militantes lo hacen con un entusiasmo no exento de inocencia. Están en su derecho, desde luego, pero conmigo que no cuenten.

domingo, 16 de marzo de 2008

Aproximación a la caverna

La característica definitoria de la izquierda real, en España al menos, no es ya la adopción de una determinada postura en el debate entre partidarios de más Estado y los de menos Estado, sino su habilidad para eludir plantear siquiera dicho debate. Con la colaboración inestimable, todo hay que decirlo, de la derecha real. No sorprende a nadie que quienes compiten por la conducción de la maquinaria estatal, sean del color que sean, estén escasamente interesados en poner límites a tan formidable instrumento, y por tanto en llamar la atención sobre ese tema. Ello no obsta para que una oposición inteligente comprenda que esos límites son la única garantía para no ser eliminada definitivamente del tablero de juego. La única duda es si esa oposición existe. Ante los espectáculos de cierre de filas incondicional alrededor del Líder Supremo, que nos es dado contemplar estos días, parece cuando menos justificada.

La estrategia de la izquierda para eludir la cuestión central de la política, que si se planteara seriamente, le obligaría a mostrarse a la defensiva, es retrotraernos una y otra vez a los orígenes de la división entre derecha e izquierda, asociando a la primera con unos nebulosos conceptos de autoritarismo y dogmatismo. Aunque la izquierda prefiere evocarlos con expresiones más emocionales como son la de derecha cavernícola, el oscurantismo, la derecha casposa y toda la consabida retahila de mitin de autocar y bocadillo de jamón. (Pero también algún blog liberal que se las da de duro fustigando al clero.) No importa que ese autoritarismo de índole patriarcal y clerical sea hoy un fenómeno sociológicamente residual e irrelevante (y esto en Europa: porque en Estados Unidos, como veremos luego, prácticamente no se dio nunca). La cuestión es que sigue funcionando como espantajo, y lo hace obedeciendo a razones profundas que me propongo analizar.

Desde el siglo XVIII no ha dejado de crecer la proporción de intelectuales que han creído que para combatir el autoritarismo dogmático, era necesario acabar con la noción misma de autoridad y desterrar todos los dogmas. Se trata de un error capital, devastador. Autoridad, en su sentido originario, es un término asociado a la virtud de aquel que por sus propios méritos y el ejemplo se hace acreedor del respeto de quienes se reconocen inferiores en sabiduría y otras cualidades ante él. El profesor, el magistrado, el médico, los padres, son figuras cuya autoridad no puede ser cuestionada frívolamente por ninguna civilización que aspire a perdurar, salvo en los casos particulares en que por una conducta impropia merezcan perderla. Asimismo, es una ilusión pertinaz la de que alguna sociedad pueda sobrevivir sin un mínimo de principios y valores que no estén sujetos a cuestionamiento. Si todo puede ponerse en duda, ¿por qué no los derechos humanos, la libertad individual, la democracia? ¿Por qué no justificar el asesinato o el robo en función de cualquier peregrina construcción teórica? ¿Cuál es el límite de lo que puede ser sometido a crítica? Yerran algunos liberales que opinan que partiendo de una determinada definición de libertad, el problema puede resolverse de manera puramente racional. Definir es convenir, y que todo se base en una convención significa precisamente que todo –absolutamente todo- se puede cuestionar, incluso la libertad.

Ahora bien, al contrario de lo que podría creerse, el socavamiento de la autoridad y de las creencias morales no fue iniciado por la izquierda ilustrada. Se trata de un proceso cuyo origen es muy anterior, y probablemente imposible de datar con precisión, aunque podemos observarlo en un estadio muy avanzado en la época de los absolutismos monárquicos. Fue, si se me permite forzar el término, la “derecha” de las cortes absolutas y sus burocracias las que empezaron a minar el orden moral europeo, al hacer depender toda autoridad natural de la coacción de los aparatos estatales. El Estado por su propia naturaleza racionalizadora, y al contrario de lo que vulgarmente se piensa, es un agente revolucionario, que tiende a disolver toda tradición, incluso cuando se presenta como su máximo garante. Porque toda norma, incluso cuando muestra un carácter más reaccionario, puede convertirse en un estorbo para el despotismo, que en esencia consiste en la arbitrariedad, la del poder político no sujeto a ninguna constricción normativa.

Dicho de otro modo, y aunque suene paradójico, los peores enemigos de la autoridad y del dogma son el autoritarismo y el dogmatismo, es decir, la asunción por parte del Estado del mero aspecto formal de ambos, por el cual se quieren hacer pasar la más burda coacción y la persecución del libre pensamiento. El Estado vacía de contenido aquello cuya “defensa” asume, porque el Estado en el fondo sólo se defiende a sí mismo, y tiende instintivamente a fagocitar toda fuente autónoma de autoridad.

Esta es la razón por la cual en los Estados Unidos, la tendencia conservative ha estado en gran medida libre de esos vicios de origen. Porque si bien por una parte la Revolución americana es una hija de la Ilustración y el racionalismo, por otro no podría comprenderse sin el elemento religioso protestante. La lectura individual de la Biblia promueve una mentalidad de respeto a la autoridad y al dogma como elementos que no emanan del Estado, sino que por el contrario, se convierten en diques de contención de su arrogante intromisión.

Volviendo a la vieja Europa donde dominaba el despotismo del trono y el altar, nos encontramos entonces con que la Ilustración y la Revolución, al contrario de lo que enseñan los libros de texto, no constituyeron una ruptura de las profundas tendencias despóticas del Ancien Régime, sino que por el contrario vinieron a completar y consolidar la tarea del absolutismo quizás cuando éste empezaba a mostrar signos de desfallecimiento, por la reacción de la aristocracia. La crítica disolvente de la Ilustración preparó el camino no sólo del Terror jacobino, sino del bolchevique y, no lo olvidemos, del Holocausto nacional-socialista, que pretendía basarse en concepciones revestidas de jerga científico-filosófica que pondrían supuestamente en solfa la moral tradicional judeocristiana. Cuando los valores más sagrados se relativizan, sólo queda el Poder desnudo, que crea su propia norma y la cambia a su antojo, sin enojosas trabas de ningún tipo.

La crítica de la Inquisición por supuesto era necesaria, pero erró en su diagnóstico. El problema no era el dogma, sino que el Estado se convirtiera en su garante. De hecho, el siguiente paso para el poder político es sacrificar toda verdad por la cual pueda sentirse obligado. El proceso es conocido. Primero se echan por tierra las más venerables creencias, so capa de la modernización de la administración y la lucha contra la superstición. A continuación, el vacío subsiguiente se llena con las supercherías seudorracionales más rematadamente estúpidas. Los que claman contra los prejuicios de la caverna nos endosan entonces los suyos, y atizan miedos atávicos al capitalismo, al cambio climático o a los alimentos transgénicos que recuerdan poderosamente a las crisis cíclicas de pánico del medievo –o de la caricatura que nos venden como tal. Se calificará tal vez como una excesiva vuelta de tuerca acusar a la izquierda de aquello que ésta recrimina a la derecha, su trogloditismo. Pero plantear como la cuestión política central la lucha entre modernidad y reacción, eso sí me parece desfasado. Ya he dicho al principio cuál es el verdadero problema de la civilización. Si la derecha quiere de una vez por todas tener la iniciativa en su antagonismo con la izquierda, deberá dejar de prestarse a esta ocultación del auténtico debate. ¿Estado limitado o ilimitado? Aquí es donde se decide el destino de Occidente y del mundo. Lo demás son maniobras de distracción de quienes están por la segunda opción, y de algún que otro despistado que encima se las da de liberal.

miércoles, 30 de enero de 2008

Barrer para casa

En Cataluña es bastante habitual oír en la calle aquello de "yo voto al que barre más para casa", en alusión a CiU. Quien esto afirma cree situarse de esta manera en una posición de astuto realismo superior. Pero yo me pregunto si barrer para casa es conseguir que cada vez más empresas prefieran instalarse en Madrid y no Barcelona, para evitarse las molestas intromisiones de la política lingüística. Me pregunto si barrer para casa es empeñarse en que todo lo catalán suscite una antipatía creciente en el resto de España, nuestro principal mercado. Si barrer para casa es tener que costear una burocracia autonómica siempre en aumento. Si barrer para casa es que el experimento lingüístico esté conduciendo a los peores índices de fracaso escolar de Europa, con consecuencias letales para la competitividad. Y si barrer para casa es la promulgación de un Estatuto socialista que limitará el crecimiento económico y nos hará más pobres a todos los catalanes.

Todo ello, desde luego, por limitarnos a la cuestión de la pela. Lo que hay que reconocer es que el éxito propagandístico del nacionalismo sólo es comparable al del socialismo. La mayoría de la gente cree que los nacionalistas son quienes mejor defienden la propia región, idea análoga a que los socialistas son quienes más defienden a los pobres. Igual que una patada en el estómago, claro. Pero lo esencial no son los resultados económicos del nacionalismo. José García Domínguez, en su blog compartido, ha rescatado una interesantísima entrevista a Josep Pla, el más grande escritor catalán del siglo XX. En ella el ampurdanés afirmaba que los catalanes siempre han sido españoles, pero que ahora (1976), hay quien quiere que dejen de serlo. Y apunta, sin desarrollarla, una interesante reflexión.


Cataluña, según Pla, ha sido uno de los países más democráticos (en el sentido de igualitario) de Europa. Carecía desde hacía siglos de una aristocracia de la tierra que hubiera modelado el carácter de las elites y del pueblo. Por eso el catalán -sentencia- es tan "grosero". Sin embargo, esa igualdad (aquí la reflexión ya es mía) no ha estado complementada por instituciones liberales. Las Cortes y los privilegios estamentales del Antiguo Régimen, a diferencia de lo ocurrido en el mundo anglosajón, no llegaron a evolucionar en ese sentido. Quizás podrían haberlo hecho, como muestra con magnífica erudición Víctor Ferro en El Dret Públic Català (1987). Éste es un libro que sirve para ilustrar de manera admirable la lucha entre el Estado y las instituciones tradicionales que con tan fina percepción nos han explicado Tocqueville y Bertrand de Jouvenel. Pero los ejercicios de ucronía son estériles. Lo cierto es que no hubo tal evolución. Y como también nos han enseñado estos autores, la igualdad puede ser una aliada formidable del poder. En un terreno perfectamente aplanado, el Estado encuentra menos obstáculos a su expansión. La unanimidad y la uniformidad trabajan en su favor.

El carácter aparentemente inamovible con el que el nacionalismo se ha instalado en el poder es un tema que merecería ser investigado en la dirección de estas meditaciones. Mientras tanto, me conformo con que la apelación al bolsillo de los catalanes se revele como lo que es: Un monumental engaño, destinado a encubrir que si es legítimo barrer para casa, nuestra casa siempre ha sido España.

sábado, 11 de agosto de 2007

Un libro para leer en vacaciones -y siempre


En una cena en la que nos conocimos personas de ideología común me preguntaron, medio en broma, medio en serio, cuándo se produjo mi "conversión" (al pensamiento liberal-conservador). Porque efectivamente, hoy en día lo normal es ser un seudoprogresista biempensante y definirse de manera distinta es algo que requiere explicación. Entonces contesté vagamente que lo mío ha sido un proceso gradual, cosa absolutamente cierta, aunque poco emocionante. Me han influido como es lógico mi propia experiencia personal, incluso la vivencia de acontecimientos históricos como la demolición del Muro de Berlín y, lo que yo creo es más importante, mi propio carácter, reacio a los tópicazos, las hipocresías y el buenismo, que me llevaron a rebelarme contra prejuicios que no casaban conmigo. Pero la transición no es fácil, vivimos inmersos en los conceptos políticamente correctos, forjados durante décadas, y se requiere un trabajo de seria reflexión para podernos desembarazar de ellos, para siquiera descubrir que existe una alternativa intelectual al pensamiento establecido. Para ello son fundamentales una serie de libros que van dejando su poso.

La primera vez que leí Sobre el poder, de Bertrand de Jouvenel (clicar foto), me impactaron muchas de sus aparentes paradojas, como por ejemplo su tesis de que la revolución francesa fue una victoria del estatalismo irreversible. No es una tesis original de Jouvenel, desde luego, pero entonces aún no había leído a Tocqueville, y por eso me escandalizó, en cierto modo. O que el Estado por naturaleza es revolucionario, es enemigo de la tradición, porque no puede sufrir ninguna limitación basada en la costumbre, la religión o el derecho consuetudinario. En aquel momento no supe integrar aquellas reflexiones en mi concepción general de las cosas, pero oscuramente entreví que allí hablaba un sabio al que había que escuchar. El recuerdo de aquella lectura me persiguió durante mucho tiempo, antes de que volviera a buscar el libro (apenas recordaba el nombre del autor) y esta vez lo adquiriera para mi modesta biblioteca-cuarto-de-planchar-y-otros-trastos. Cuando vuelves a leer un libro después de un periodo considerable, tú ya no eres el mismo, has cambiado -y en este caso, pensé, el propio libro había contribuido sordamente a ese cambio. Reconocí en él cosas que yo pensaba aunque había olvidado... ¡que las había leído allí! En fin, son aventuras espirituales que conoce todo aficionado a la lectura. Por supuesto, no fue mero azar que Sobre el poder fuera a parar a mis manos la primera vez. Uno siempre busca instintivamente los libros que encajan con su manera de ser, y a veces éstos te recompensan, y te buscan a ti.

Estaré hasta el 19 de agosto desconectado de la blogosfera. Amigos Cesc, Martha, Aguador, Quim, que no os habéis alejado hasta ahora del ordenador, y las legiones de visitantes que no me dejáis comentarios (calculo que entre catorce o quince millones), ¡qué tengáis unas felices vacaciones!

domingo, 17 de junio de 2007

Arrogancia intelectual vs. religión

Bertrand de Jouvenel, en su libro Sobre el poder, señala como la religión, en contra de lo que se suele pensar, ha servido más para limitar el poder que para justificarlo. Incluso Voltaire reconoció que confiaría más en la justicia de un creyente que en la de un ateo, aunque algo incoherentemente defendió también la viabilidad de una sociedad de ateos. Lo que está claro es que en un estadista los escrúpulos religiosos, o la necesidad de aparentarlos, tenderán a limitar su poder. En cambio, no puedo imaginar nada más peligroso que un dirigente henchido de buenas intenciones, y capaz de justificar cualquier medio en aras del Bien Común, la Paz o cualquier otro absoluto de sobrecogedora vaguedad. Pero hay una razón más profunda para no relegar la religión a una supuesta etapa infantil de la evolución humana. Y es que el entendimiento humano es demasiado limitado para poder decidir la cuestión de la existencia de Dios. Esa arrogancia de los que "saben" que Dios es una ficción va estrechamente ligada a la de creer que el Estado sabe lo que nos conviene mejor que nosotros mismos, que Greenpeace sabe lo que ocurrirá dentro de 50 años con el clima y que la verdad acerca del 11-M será la que digan los jueces, en su infinita sabiduría. Lo cual no obsta para que la religión que predique la guerra santa y sentencie a muerte a los blasfemos sea objeto de trato diferenciado en la heroica república de las artes y las letras.