miércoles, 20 de enero de 2010

La maldad sin límites del Imperio

Sabíamos que el “capitalismo salvaje” tiene la culpa de todos los males. Tiene la culpa, ante todo, de la pobreza en el mundo... a pesar de que en los últimos dos siglos ha generado el mayor crecimiento económico de toda la historia, y centenares de millones de seres humanos han podido acceder a unos niveles de vida que antiguos príncipes no hubieran podido soñar siquiera. El capitalismo, por supuesto, tiene la culpa de las guerras... a pesar de que todos los conflictos bélicos del siglo pasado y del actual han sido provocados por Estados ferozmente intervencionistas, autoritarios o totalitarios. El capitalismo, qué duda cabe, tiene la culpa del calentamiento global, y si en los próximos años se produce un enfriamiento global... también será culpa del capitalismo. La industria capitalista, en fin, tiene la culpa de la deforestación y la contaminación, a pesar de que los agricultores llevan milenios talando bosques, y de que los niveles de contaminación de los países del “socialismo real” fueron muy superiores a los del mundo libre.

Por si todas estas calamidades no fueran suficientes, al capitalismo, o más concretamente a la CIA, se la ha llegado a culpar de la epidemia del sida, a pesar de que los científicos han datado los orígenes del virus entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Pero lo que nos faltaba por leer son unas declaraciones de Hugo Chávez (quién si no), culpando a la marina de Estados Unidos de haber provocado el terremoto de Haití. Es decir, que a la pobreza, a las guerras, al cambio climático y a las enfermedades, ahora habrá que sumar las catástrofes naturales en el debe del pérfido sistema capitalista, o del malvado imperio yanqui, como prefieran.

Es fácil ver el lado chusco de estas fantasías paranoicas, y tratar de imaginarnos cómo debe ser la máquina de hacer terremotos. Acaso podría servir para el guión de la próxima película de James Bond. Pero no nos engañemos. La anécdota nos ilumina acerca de la estrategia coherente y sistemática del pensamiento totalitario a lo largo de décadas. Para compensar los estragos causados por el comunismo, cifrados por la historiografía seria en unos cien millones de muertos, es necesario (ya que es harto difícil negarlos u ocultarlos) acumular hecatombes en el otro platillo de la balanza, en el que militan los Estados Unidos. Sólo así podremos relativizar el insondable sufrimiento causado por las ideologías colectivistas, y seguir presentándolas como una alternativa.

domingo, 17 de enero de 2010

¿Cómo llamaremos ahora a la extrema derecha?

Últimamente he observado en mi barrio un cierto incremento de pintadas de contenido ultraderechista y xenófobo. En la persiana de un locutorio, por ejemplo, se puede leer en grandes letras: “España blanca”, con una esvástica torpemente ejecutada debajo. Un periódico de provincias titula hoy, trascendiendo el ámbito local: “Los grupos neonazis rebrotan en España abonados por la crisis” (Diari de Tarragona). Y El Mundo publica una entrevista al dirigente de la formación ultraderechista Plataforma per Catalunya, Josep Anglada, a propósito de la polémica generada por la decisión del ayuntamiento de Vic de no empadronar a inmigrantes ilegales.

Los medios de comunicación apuntan a la crisis económica y a una mala política de inmigración como factores que alimentan a estos grupos. Estoy de acuerdo. Cuando las políticas socialdemócratas destruyen empleos y riqueza, dos son las posibles reacciones de la sociedad: Demandar una mayor liberalización (reducción de impuestos, reforma laboral, recorte del gasto público), o bien todo lo contrario, exigir aún más intervencionismo, más gasto “social” y subidas de impuestos “a los más ricos”. Lo primero sería lo racional: Si un modelo ha fracasado, lo lógico es ensayar otro distinto (sobre todo si en realidad ya está más que probado y contrastado, como es el caso). Sin embargo, por desgracia en ocasiones sigue triunfando lo segundo, es decir, el populismo. Y los programas de los partidos ultraderechistas rebosan de este brebaje.

Sumemos a esto una política de inmigración irresponsable, que favorece la llegada incontrolada de extranjeros, los cuales desde el primer día reclaman todas las prestaciones del Estado del Bienestar, sin que en justa contrapartida se les exija el menor esfuerzo de integración. Todo lo contrario, desde la administración y las ONG se cultiva con frecuencia su victimismo, instruyéndolos en las artimañas necesarias para acceder a los numerosos subsidios y ayudas que sufragamos los contribuyentes autóctonos.

Tenemos aparentemente el terreno abonado para la demagogia xenófoba. Pero a ese victimismo le conviene exagerar el peligro de la xenofobia y el racismo. No hay que perder de vista que en las últimas legislativas los grupos que atizan estas emociones alcanzaron menos del 0,25 por ciento de los votos. En España, por suerte, no existe un partido comparable en influencia al FN francés o al BNP británico. ¿Cuál ha sido (hasta ahora, al menos) la razón de ello?

La explicación favorita de la izquierda es que en España, los votantes de extrema derecha votan al PP, porque lo ven como el heredero del franquismo. Pero en realidad, yo creo que ocurre exactamente lo contrario. El perfil del potencial votante de la extrema derecha no es Martínez el facha, la caricatura de Kim en El Jueves (especie obviamente en vías de extinción) sino más bien cierto joven radicalizado de clase media, que lo mismo puede inclinarse por la izquierda antisistema que por los grupos de estética neonazi... O por el PSOE. Mucho más, desde luego, que por un partido aburridamente conservador como el PP.

La sempiterna estrategia izquierdista de presentar al PP como un partido de fachas, que llega al delirio cuando a una dirigente de trayectoria inequívocamente liberal como Esperanza Aguirre se la incluye en la “derecha extrema”, resta muchos más votos a la derecha de los que podría obtener de los Martínez el Facha que aún queden, y que se crean que el partido de la presidenta de Madrid es el suyo. De hecho, lo que cabe preguntarse es qué haría la izquierda si en España surgiera un grupo de ultraderecha verdaderamente relevante, no los meros grupúsculos que hasta ahora se han disputado unos pocos miles de votos. ¿Cómo lo definirían, tras años de llamar fascista, de extrema derecha o derecha extrema al Partido Popular?

Si se consolida algún día la extrema derecha en nuestro país, quizá no estarán exentos de responsabilidad aquellos que han vaciado de sentido la expresión, aquellos que han hecho sonar tantas veces la sirena de alarma que la han convertido en inservible, metiendo en el mismo saco a liberales, conservadores y extremistas antiliberales.

sábado, 16 de enero de 2010

El imbécil

Esta tarde, después de comer, me he quedado dormido en el sofá, y he tenido un extraño sueño. He soñado que José Montilla se dirigía al parlamento autonómico, y proclamaba: "Acabar con el PP es salvar la raza catalana" ("acabar amb el PP és salvar la raça catalana"). Pero su catalán era más extraño de lo habitual, su acento parecía... venezolano. Entonces me he despertado, y tras la extrañeza inicial, me he dado cuenta de que mi subconsciente se había limitado a mezclar dos noticias recientemente leídas: Una se refiere a las palabras de Montilla ante el Consejo Nacional del PSC, en las que ha empleado la expresión "Pacto Cero con el PP", partido al cual acusa de atacar Cataluña. Y otra trata del discurso pronunciado ayer por Hugo Chávez, en la Asamblea Nacional, donde ha asegurado que "acabar con el capitalismo es salvar la raza humana", calificando a este sistema económico de "espantosa perversión".

Quizás sea por ello que el dictador venezolano ha devaluado la moneda en un 50 %, y que pretendiera empezar el racionamiento de la electricidad, aunque finalmente en esto último haya dado marcha atrás. No hay duda de que su modelo económico socialista es un ejemplo para el resto del mundo. Pero en su discurso dijo más cosas, como puede verse en un vídeo del blog de Martha Colmenares. Se proclamó marxista ("por primera vez asumo el marxismo" [largos aplausos]), y añadió que "el marxismo es la teoría más avanzada en la interpretación científica de la historia", así como "la más avanzada propuesta hacia el mundo que Cristo vino a anunciar hace más de dos mil años: El Reino de Dios aquí en la Tierra [aplausos], el reino de la igualdad, el reino de la paz, del amor..."

Que semejante botarate, semejante imbécil megalómano, presida un país que en tiempos fue de los más ricos de América, no puede menos que inspirarnos sombríos pensamientos sobre la especie humana. Si las crueles experiencias del siglo XX no sirven para impedir que en el XXI haya lugares del planeta en los cuales se caiga de nuevo en los mismos errores, me pregunto qué podría hacerlo.

Sin embargo, nada sería más ridículo que percatarnos de la triste situación de Venezuela, olvidando lo que tenemos aquí mismo. ¿Recuerdan que estamos gobernados por un Partido Socialista? Bueno, al menos todavía no han añadido bolivariano. Pero las palabras de Montilla no pueden quedar como un exceso más de los que se producen en las campañas o precampañas electorales. Que la máxima autoridad en Cataluña diga que un determinado partido "ataca" a esta comunidad autónoma, no es algo admisible en un país civilizado. Eso está bien para un Hugo Chávez, o un Hitler, pero en un país democrático no se puede tolerar que un gobernante justifique veladamente actitudes violentas contra personas que manifiestan determinadas ideas. En la práctica, aunque no en los términos, esto es mucho más grave que lo de aquel empresario que se refirió a los del PP diciendo que "habría que matarlos a todos". Porque estamos obligados a suponer que Montilla no es un imbécil ni un sonado que se cree el Mesías.

domingo, 10 de enero de 2010

El Coco liberal


Nada parece temer más la derecha, o el centroderecha, que la acusen de neoliberal, o liberal sencillamente. Los asesores de los líderes conservadores los tienen bien aleccionados al respecto: Sobre todo, no hay que enredarse en debates profundos sobre el sistema de pensiones o los servicios públicos. Basta hablar de buena gestión y de eficacia, es decir, ante todo tranquilizar a la gente, no vaya a pensar que planeamos desmantelar el Estado del Bienestar e instaurar el Salvaje Oeste en versión pija.

Naturalmente, lo único que consigue la derecha con esto es atarse de manos dialécticamente ante la izquierda, al no atreverse a cuestionar sus dogmas fundamentales, y restar todo brillo a su propio discurso, condenado a no salir de cuatro tópicos anodinos.

El fenómeno parece universal. Jean-François Revel comenta en su ameno Diario de fin de siglo una entrevista a Chirac, en la cual pone de relieve la contención con la cual el entonces presidente de Francia criticaba al gabinete socialista de Jospin. "¿No será -dice Revel- que ha tenido miedo de que semejante discurso [el que no se atrevió a realizar] motivara la infamante acusación de ultraliberalismo salvaje? Al no haberse atrevido a proceder a un análisis liberal de las razones por las que Francia no saca tanto partido como debiera del crecimiento y de la globalización, Chirac ha tenido que ver como sus argumentos se volvían contra él en los comentarios del día siguiente." (Ob. cit., 15 de julio.)

Los ejemplos en la política española darían para un libro, pero tenemos uno especialmente relevante. En las últimas elecciones legislativas, se produjo un recordado debate entre Pedro Solbes y Manuel Pizarro, en el que, como es habitual, cada partido se atribuyó la victoria. Sin embargo, si por "victoria" entendemos quién convenció más y no quién tenía la razón, es evidente que el ministro socialista salió ganando. Y ¿por qué? Pues porque Pizarro se limitó a exponer hechos, mientras que su interlocutor lo planteó en el terreno ideológico. Viendo el debate, comprendí que estaba perdido para el PP desde el momento que Solbes -ya en su salsa- desenterró unas supuestas declaraciones de Manuel Pizarro, en las cuales apoyaba el sistema de pensiones implantado en Chile en tiempos de Pinochet. El empresario aragonés, en lugar de decir: "Pues precisamente quería hablarle de eso, de cómo vamos a pagar las pensiones cuando el paro se dispare por culpa de la crisis que usted niega" (o algo por el estilo), se limitó a negar que él hubiera hecho nunca tales declaraciones... Procedimiento que de poco sirve en televisión cuando tu interlocutor está blandiendo la fotocopia de una página de periódico.

El problema es que la derecha cree haber perdido hace tiempo la batalla de la opinión pública, y que ésta es básicamente de centroizquierda. Lorenzo Bernaldo de Quirós ha tratado esta cuestión en diversos artículos, como "Las reformas y el mercado político", del 6 de noviembre pasado, o "La decadencia no es inevitable", publicado hoy mismo en ABC. En el primero admite que las crisis económicas pueden conducir tanto a que los ciudadanos apoyen reformas liberalizadoras como a lo contrario, a políticas populistas e intervencionistas que no harán más que empeorar las cosas. Sin embargo, señala también que aquellos gobiernos que emprenden medidas liberales, las cuales se traducen en crecimiento económico y creación de empleo, acaban siendo reelegidos por los votantes. (Salvo cuando se produce un atentado terrorista con 193 muertos y la oposición y sus medios afines lo aprovechan para cargar contra el gobierno, cabe matizar.)

En el artículo de ABC, Bernaldo de Quirós incide, con todo, en la "oportunidad de oro" que representa la crisis económica para desencantar a la gente de una vez por todas del "social-keynesianismo", y que el centroderecha deje de creer que "sus aspiraciones han de limitarse a ser un gestor competente del modelo socialdemócrata". Y pone de relieve algo bien notable: El modelo socialista en el fondo es profundamente pesimista. Por mucho que la sonrisa estúpida de Mr. Bean trate de aparentar que la solución a la crisis no está lejos, y que los agoreros, los que no creen en su propio país, están en la derecha, la realidad es justo la opuesta:

"La agenda política de la izquierda -sostiene Bernaldo de Quirós- refleja un pesismismo radical sobre las posibilidades de España, sobre la capacidad de familias y empresas de ser motores del desarrollo y de la modernización de su economía cuando la experiencia muestra lo contrario: la vigorosa reacción de las fuerzas productivas cuando se les concede libertad. El dirigismo e intervencionismo del socialismo celtíbero son una expresión clásica de paternalismo y extienden un certificado de minoría de edad a los ciudadanos que sin la tutela del Estado no serían capaces de lograr sus objetivos ni responsabilizarse de su propia vida. Para protegernos de nosotros mismos necesitamos de la cuna a la tumba la asistencia y los cuidados de unos déspotas benevolentes."

Una demostración impagable del párrafo anterior son las previsiones del número dos de Economía, José Manuel Campa, según las cuales tardaremos cinco años en volver a los niveles de paro anteriores a la crisis. Con los socialistas, efectivamente estamos condenados a perder un lustro como mínimo, porque ellos no creen en los emprendedores, en las ganas de trabajar de la gente, en la creatividad individual. Por eso quieren una sociedad dependiente, conformista, sumisa y agradecida. Y ahora es cuando la oposición debería transmitir que ella sí cree en la iniciativa privada, en la capacidad de la gente de salir de la crisis en menos tiempo de lo que nos preparan los socialistas. Ahora es el momento propicio para espantar esos miedos pueriles, propios de una masa aborregada y no de ciudadanos adultos, que confían en sí mismos. ¡Qué venga de una vez el Coco liberal!

sábado, 9 de enero de 2010

Pepe García Domínguez y el bilingüismo

A las pocas horas de que Alberto Núñez Feijóo diera a conocer el borrador del "decreto do plurilingüismo" en la enseñanza de Galicia (30 de diciembre) se produjeron reacciones como las de Galicia Bilingüe o Libertad Digital, que calificaron la propuesta del presidente gallego como una traición a sus votantes. Al mismo tiempo, desde la emisora de LD, esRadio, el periodista catalán de origen gallego José García Domínguez ha discrepado de opinión tan tajante, asegurando que "se daría con un canto en los dientes" si el decreto de Feijóo se aplicara en Cataluña. Un buen resumen de la polémica lo ofrece Elentir en su post del 5 de enero. En esta entrada expongo mi insignificante opinión, que sin ser muy distante de la línea editorial de LD, es mucho más comprensiva con la postura de Pepe García Domínguez que Elentir. Mas veamos primero la propuesta de Feijóo. (El lector apresurado puede saltarse este resumen, en azul.)

El documento de trece páginas arriba enlazado establece (hasta donde he entendido el texto, que está en gallego) la siguiente regulación del uso de la lengua en la enseñanza:

Infantil: El profesorado utilizará la lengua predominante en cada aula, tras consulta a cada familia, y cuidando de introducir también el conocimiento de la lengua no predominante.

Primaria y ESO: Deberán impartirse un tercio de horas en gallego, otro en castellano y otro en lengua extranjera (preferiblemente inglés) con arreglo a lo siguiente:
-La asignatura de lengua castellana se impartirá en castellano, así como en gallego la lengua gallega, dedicándose las mismas horas a cada una.

-Conocimiento del Medio y Matemáticas se impartirán una en gallego y otra en castellano, a elección de los padres. (En la ESO, los padres podrán elegir que Matemáticas y Ciencias Sociales se impartan ambas en gallego o castellano, si no he entendido mal el redactado.)

-El Consejo Escolar de cada centro decidirá la lengua del resto de asignaturas, de tal modo que exista equilibrio entre las tres, y en cualquier caso, que como mínimo un tercio sean en castellano y otro tercio en gallego. La lengua extranjera, en cambio, no podrá superar el tercio de horas lectivas.
-Los centros educativos que no dispongan de personal capacitado para impartir un tercio de las asignaturas en lengua extranjera, podrán impartir estas en castellano o gallego, escuchando la opinión de las familias, y asegurando el máximo equilibrio entre ambas.
-Excepcionalmente se podrán impartir las asignaturas troncales (Matemáticas, Conocimiento del Medio, Ciencias Sociales) en lengua extranjera, pero siempre manteniendo el equilibrio entre las tres lenguas.
-Los alumnos podrán utilizar, oralmente o por escrito, la lengua de su preferencia, en todas las materias impartidas en gallego o castellano.


Bachillerato:
Cada centro aprobará una "oferta equilibrada" de asignaturas en castellano, gallego y lengua extranjera.

Formación Profesional, enseñanzas artísticas y deportivas y Educación para Adultos:
Cada centro debe garantizar el conocimiento de ambas lenguas oficiales.

El borrador del decreto entra además en otras consideraciones, entre las que destacan fijar el gallego como la lengua de la administración educativa, y el mantenimiento de los llamados "Equipos de dinamización de la lengua gallega" en cada centro (antes llamados "de normalización y dinamización lingüística").


Como se desprende de lo anterior, en la enseñanza primaria y secundaria, el decreto parece tender a un modelo estrictamente bilingüe de un 50 % de horas de castellano y un 50 % de horas en gallego, dado que pocos centros podrán ofrecer un tercio de asignaturas en inglés u otra lengua extranjera. Luego ya veríamos la aplicación, pero en cualquier caso, garantiza un mínimo de un tercio (unas diez horas semanales, digamos) en cada lengua oficial. También es importante señalar que el decreto asume el concepto de normalización linguística, es decir, que existe una lengua (el gallego) cuyo uso debe promoverse desde el gobierno autónomo, en la enseñanza y fuera de ella. En cambio, se aparta explícitamente (pág. 2, cuarto párrafo) del método de la inmersión lingüística, consistente en que so pretexto de "normalizar" el gallego, se tienda a imponer como única lengua vehicular de la enseñanza.

La reacción de Galicia Bilingüe a este borrador de decreto es que incumple la promesa electoral de Feijóo de dar libertad a los padres para elegir individualmente la lengua vehicular de la enseñanza. A esto replica García Domínguez que no existe un derecho a elegir que los hijos puedan recibir la educación en sólo una de las lenguas oficiales. Es decir, que si el presidente gallego es criticable, no es tanto por su incumplimiento, como por haber hecho una promesa que con la constitución y el estatuto en la mano no podía cumplir. Según llegó a afirmar el periodista galaico-catalán en la tertulia de esRadio del 30 de diciembre, quien opta por que los niños puedan recibir enseñanza sólo en castellano, no es diferente de Carod-Rovira, que defiende la inmersión en catalán.

Hay una falacia evidente en esta comparación. Una cosa es que yo elija la lengua de la enseñanza de mis hijos, y otra muy distinta que la imponga a los demás, que es lo que hacen los nacionalistas. Aquí Pepe, no has estado fino. Ahora bien, respecto a la cuestión de fondo (¿existe el derecho a recibir la enseñanza en sólo una lengua oficial, limitando el conocimiento de la otra a la asignatura de lengua?), mi opinión es que debemos distinguir entre los planos de lo ideal y lo real.

Idealmente, creo que la administración no debería promover el uso de ninguna lengua, ni catalán, ni castellano, ni ninguna otra. No debería haber lenguas oficiales, ni lenguas protegidas o "normalizables". Los individuos son libres de comunicarse en el idioma que les dé la gana, y de asociarse espontáneamente para favorecer, si así lo desean, el uso del catalán, el castellano, el esperanto, el chino o el bantú, tanto en la enseñanza como fuera de ella. El Estado no es nadie para imponer ni el monolingüismo, ni el bilingüismo ni ningún otro modelo. Por tanto, a mí me parece perfectamente válido que existan escuelas donde la lengua vehicular sea el castellano, el gallego, el catalán, el inglés o el finlandés. O más de una lengua, en la proporción que se quiera. Dejemos que los individuos elijan lo que creen que es lo mejor para sus hijos y para sí mismos. Puede que como consecuencia de ello haya una lengua que se imponga en detrimento de otras, y aquí muchos deploran la pérdida de "riqueza" que ello comporta, pero olvidan las ventajas de la existencia de una lengua común. Después de todo, las lenguas nacen y mueren, y carece de justificación restringir las libertades individuales por el capricho de quienes quieren oponerse inútilmente a la naturaleza de las cosas.

Naturalmente, para poder aplicar la absoluta libertad educativa, sería necesario que la enseñanza dejara de ser competencia del Estado, es decir, privatizarla totalmente, estableciendo algún sistema, como el cheque escolar u otros, para que todos los ciudadanos, con independencia de su nivel de renta, tuvieran acceso a la educación. Hoy en día, el peso del Estado es tan desmesurado que semejante idea parece incluso extremista, pese a que de hecho ha sido lo normal en otras épocas, y ha funcionado perfectamente. Hasta que el Estado logró convencer a la gente de que sin él no podría existir una enseñanza universal.

Dicho esto, pasemos al mundo real, y más concretamente a la España actual. Aquí lo que tenemos es que el artículo 3º de la constitución considera a las "distintas modalidades lingüísticas de España" como un "patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección". Y que los estatutos de Galicia, Cataluña, País Vasco, etc, basándose en este artículo, han establecido la normalización lingüística, es decir, que la administración está autorizada a hacer lo posible por favorecer a la lengua supuestamente en retroceso. Podrá gustarnos o no (a mí, como acabo de decir, no me gusta) pero hasta aquí, se trata de la ley. El problema es cuando los nacionalistas llevan tan lejos su normalización, que llegan a sancionar el uso de la otra lengua (o el no uso de la lengua a proteger, me da lo mismo), o la imponen como única lengua vehicular de la enseñanza (inmersión). Es decir, cuando ponen en práctica un verdadero proyecto de ingeniería social, consistente en intentar cambiar la lengua que habla una población, para así diferenciarla del resto del territorio del cual se quieren separar, a fin de establecer su propio Estado. Y es un problema, no porque pudieran tener éxito, sino porque en su empeño fanático, totalitario y seguramente nunca satisfecho, restringen no sólo las libertades lingüísticas, sino que sientan el precedente para limitar todas las demás, y favorecen un clima de fanatismo gregario ("nosaltres" frente a "ellos") cada vez más irrespirable.

Es por esto por lo que aprecio el posibilismo de Pepe García Domínguez (y de Juan Carlos Girauta). Desde el momento que garantizamos entre un tercio y una mitad de horas en castellano, y que se evita relegarlo a las asignaturas "marías" (al menos en teoría) los nacionalistas gallegos, catalanes o vascos se ven limitados en sus pretensiones avasalladoras. Cierto que no eliminamos la intervención de la administración, que para mí sería lo ideal, pero obsérvese que eso tampoco lo pretende Galicia Bilingüe, que parte de la existencia de dos lenguas oficiales, tal como establece la ley, y por tanto también admite la limitación de la libertad de los padres, que deben elegir entre castellano y gallego, pero no pueden optar por el francés o el japonés. (Cosa por lo demás inaplicable en la enseñanza pública.)

El decreto de Feijóo no establece un bilingüismo perfecto (por ejemplo, sigue decidiendo a favor del gallego en la administración), pero al menos podría cerrar el paso al monolingüismo nacionalista, que requiere ejercer mucha más violencia (en sentido no totalmente metafórico) sobre la sociedad. El equilibrio entre dos lenguas, no sólo en la enseñanza, sino en todos los ámbitos públicos, es algo mucho más civilizado, más razonable, más tolerante; menos fanático, en suma. Estuve hace dos años en Merano y quedé admirado de la convivencia del italiano y el alemán, con su señalización viaria estrictamente bilingüe, y la libertad de rotulación del comercio. (La verdad es que parecía más Austria que Italia... salvo por los gnocchi.)

Prefiero que el Estado no tenga ningún modelo lingüístico, es decir, que no intervenga en absoluto en la enseñanza, pero puesto que de momento esto es utópico, me decanto por el bilingüismo frente al monolingüismo. El argumento de que los niños aprenden mejor exclusivamente en su lengua materna, con ser trivialmente cierto, no me parece decisivo, pues tenemos el ejemplo de los Estados Unidos, donde millones de inmigrantes italianos, alemanes, chinos, polacos, hispanos, etc han aprendido el inglés en la escuela, y en una generación se han puesto a la misma altura que sus compañeros anglosajones.

La cuestión que no debe perderse de vista es que el nacionalismo es un instrumento del estatismo, pero no el único. Centrarnos en exceso en la libertad de elección de lengua en un sistema público donde casi nada se puede elegir, puede llegar a suponer un desgaste que no nos podemos permitir. Los nacionalistas son maestros en atribuir móviles nacionalistas a quienes simplemente estamos defendiendo la libertad, por lo que deberíamos ser más inteligentes y olvidarnos del argumento circular que no hace más que recordar que "vivimos en España", es decir, que el castellano es la lengua oficial común. Eso es un mero hecho que no tiene nada que ver con la libertad. Si dentro de dos siglos en España se habla inglés en lugar de español, sin duda será de lamentar. Pero también hubo que lamentar que se perdiera el latín o el griego clásico. Las lenguas no pueden estar por encima de las personas, que van a ser igual de felices o infelices hablando español, catalán o inglés. Otra cosa son las consideraciones económicas, pero si a eso vamos, olvidémonos del español e impongamos definitivamente la inmersión en inglés, no esa ridiculez de un tercio de horas lectivas que propone Feijóo, que encima sabe que no es factible. Ojalá fuera la pluralidad lingüística el único inconveniente que se encontraran los inversores extranjeros en España.

ACTUALIZACIÓN DEL 21-01-2010: Véase el brillante artículo de Albert Esplugas en LD. Lo suscribo totalmente, pero con un matiz: La imposición del bilingüismo no es exactamente igual que la imposición del monolingüismo. La segunda requiere mucha más coacción, por tanto es peor, aunque coincido en que lo ideal es ninguna coacción.

ACTUALIZACIÓN DEL 22-01-2010: El debate, apasionante, continúa. Coincido totalmente con el artículo de Dupuy en LD, más que una réplica, una matización al de Esplugas, como bien señala este.

domingo, 3 de enero de 2010

La vaca Tierra

Al dibujante venezolano Eneko se debe este dibujo pretendidamente ocurrente:


Mucha gente no sólo piensa esto, sino que considera indecente cuestionar la idea que transmite la ilustración: Que la prosperidad del Norte se debe a la implacable explotación del Sur. Y cuando digo mucha gente, me refiero especialmente a periodistas, maestros, escritores y artistas, es decir, a aquellos que más influencia tienen sobre la sabiduría convencional de nuestro tiempo, aun cuando no sean en su mayoría sus forjadores intelectuales.

Ahora bien, si el lector es lo que se suele llamar un progre, yo le pregunto: ¿En qué se basa para sostener semejante concepción? Pensemos en el origen de la riqueza del mundo desarrollado. ¿Se halla en el saqueo de las materias primas del Sur? Ciertamente, existen países muy pobres que atesoran en su subsuelo grandes riquezas minerales o energéticas, y que para explotarlas necesitan de la tecnología y los capitales del Norte. Sin embargo no es cierto que la riqueza generada por estos recursos naturales nunca beneficie al país de origen, como evidencia por ejemplo la fastuosidad de los principados árabes.

También es verdad que las multinacionales pagan en el tercer mundo salarios más bajos que en el primero. Pero aun así, son más altos que los que perciben los demás trabajadores de esos países, y de hecho la inversión extranjera permite eludir la miseria de muchos de sus habitantes que, de otra manera, frecuentemente no tienen otra salida que la mendicidad o la prostitución.

Con todo, lo esencial no es esto. Lo importante es que existen muchos países ricos que carecen casi por completo de riquezas naturales y de multinacionales dedicadas a su obtención. Por tanto, incluso aunque hubiera una parte de verdad en la teoría del saqueo, no es una excusa definitiva para que un país no pueda prosperar, porque en realidad, toda riqueza procede del trabajo, es decir, de la actividad humana transformadora, y de una estructura jurídica que garantice a todo ciudadano gozar de los frutos de su esfuerzo, sin temor a las exacciones políticas o las destrucciones por causas bélicas.

Aunque suene duro, insensible y lo que se quiera, la culpa de la pobreza del Sur la tiene básicamente el Sur. O dicho con más precisión, la tienen las cleptocracias socialistas o populistas que sojuzgan a esas sociedades, condenándolas al estancamiento y en ocasiones a la ruina, siendo muy difícil en estas condiciones recorrer el camino que Europa acabó encontrando sin la menor ayuda exterior, a lo largo de varios siglos.

Quizá el lector progre pueda oponer dos objeciones. La primera, que Europa prosperó gracias al imperialismo practicado sobre África y Asia (y Estados Unidos sobre Latinoamérica). Y la segunda que es la deuda de los países pobres la que los ha conducido a su actual situación de postración.

Lo último desde luego es fácil de rebatir. La deuda existe porque estos países recibieron grandes cantidades de dinero, no sólo en préstamos, sino también en donaciones. ¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? Los principales culpables de que se haya dilapidado por la corrupción y las guerras no son quienes lo prestaron o donaron, sino quienes lo recibieron.

En cuanto al imperialismo, es en gran medida un mito que económicamente haya arrojado un saldo favorable a los países desarrollados. En realidad, las motivaciones de los dirigentes europeos en la edad moderna tuvieron mucho más de aventurismo o necio militarismo, que de cualquier inteligente cálculo económico. Por supuesto que el imperialismo tuvo efectos perniciosos para los países que lo sufrieron. Pero generalmente fue porque en parte agudizó las lacras que padecían antes de la llegada de los europeos, quienes en general se apoyaron en las viejas élites de cada lugar, y en parte erosionó aquellas estructuras culturales que habían actuado como freno de sus propios gobernantes. Uno de los peores legados que ha dejado Europa al tercer mundo es el marxismo, aprendido por sus futuros dirigentes en las universidades de Gran Bretaña o de Francia, y luego aplicado con desastrosas consecuencias en tantos países africanos y asiáticos.

En cualquier caso, aunque los europeos, y en mucha menor medida los estadounidenses, hayan cometido innegables tropelías en todo el planeta, los países pobres no pueden estar eternamente echando la culpa a otros de sus propios errores y debilidades. La tentación de las explicaciones simplistas es muy grande. En uno de los álbumes de Tintín, no recuerdo cuál, se explicaba el atraso de los países subdesarrollados por la confabulación de los pérfidos fabricantes de armas y las multinacionales del petróleo. En realidad, la idea que tiene mucha gente no es más elaborada que la de esa historieta. Pero los habitantes del tercer mundo no pertenecen a razas inferiores, no son marionetas que los occidentales pueden manipular a su antojo. Carece de sentido afirmar que, más allá de casos anecdóticos, se dejan arrebatar sus riquezas o se enredan en guerras territoriales o tribales sin que sus propias clases dirigentes tengan la responsabilidad principal.

Esto no significa que Occidente deba mostrarse indiferente ante la miseria que existe en el planeta. Por supuesto que moralmente estamos obligados a intervenir para paliar hambrunas, epidemias y catástrofes naturales, allí donde se produzcan. Pero el error consiste ya no en pensar que es responsabilidad de los países desarrollados que los demás salgan de la miseria, sino que está en sus manos lograrlo. El tercer mundo sólo alcanzará los niveles de prosperidad del primero el día que se decida a intentarlo por sí mismo, renunciando al victimismo nacionalista. De hecho, muchos países, sobre todo en Asia, ya han recorrido buena parte del camino, que no es otro que la democracia y el mercado libre. Basta con que Occidente no obstaculice este proceso, por ejemplo con las intolerables barreras al libre comercio que aún persisten.

No nos engañemos: La función última del discurso que culpabiliza a Occidente de la miseria que hay en el mundo no es otra que la de presentar al capitalismo como un sistema que sólo se puede sostener por la exacción. Si nuestra riqueza procediese de la explotación del tercer mundo, ello significaría que en el fondo el sistema del libre mercado es un fraude, está basado en la rapiña y es incapaz de crear riqueza neta. Ahora bien, nótese que sólo las ideologías comunista y fascista han llegado a difundir mentiras de calibre comparable. El "espacio vital" de los nazis no es más que una de las muchas formulaciones que ha tenido la concepción preliberal, o antiliberal, de que la riqueza de un país sólo puede aumentar verdaderamente por la expansión territorial, y no gracias a la laboriosidad de sus habitantes. Curiosamente, es lo que parecen creer muchos antiglobalizadores, que se oponen a la libertad de comercio, porque opinan que sólo sirve para enriquecer a una parte y empobrecer a la otra.

Afortunadamente, están equivocados, y esto significa que el progreso es posible. Lo que no entiendo es por qué se llaman progresistas quienes con su actitud niegan en realidad que exista el progreso. Hace milenios que el ser humano aprendió que la prosperidad no queda limitada por lo que dé de sí la ubre de una vaca.

sábado, 2 de enero de 2010

Ese inquietante casi

Adam Smith escribió lo siguiente hace más de dos siglos:

"Las grandes naciones nunca se empobrecen por el despilfarro y la mala administración del sector privado, aunque a veces sí por el derroche y la mala gestión del sector público. (...) Sin embargo, la experiencia demuestra que la frugalidad y buena administración es en la mayoría de los casos suficiente para compensar no sólo la prodigalidad y desbarajuste de los individuos, sino el derroche del Estado. El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada persona en mejorar su condición, el principio del que originalmente se derivan tanto la riqueza pública como la privada, es con frecuencia tan poderoso como para mantener el rumbo natural de las cosas hacia el progreso, a pesar tanto del despilfarro del gobierno como de los mayores errores de la administración. Actúa igual que ese principio desconocido de la vida animal que frecuentemente restaura la salud y el vigor del organismo no sólo a pesar de la enfermedad sino también de las absurdas recetas del médico." (La riqueza de las naciones, lib. II, cap. 3; las negritas son mías.)

Es lo mismo que viene a decir José Ramón Rallo en un artículo de Libertad Digital, El capitalismo lo aguanta (casi) todo. Y tanto el sabio escocés como el joven economista español tienen mucha razón. Pero qué quieren que les diga, no me quedo muy tranquilo después de leerlos. Esas expresiones adverbiales ("con frecuencia", "casi") no dejan de inquietarme... Hay parásitos tan obtusos que acaban destruyendo el organismo que los mantiene, llámense políticos, sindicalistas y funcionarios en defensa de su poder, cuando no de los más mezquinos privilegios.

Lógica árabe

Entrevistado por El Mundo, el ex presidente del Yemen Abdel Karim Al-Iryani, afirma que la presencia de Al-Qaeda en su país se ha incrementado "por la pobreza". Y generaliza:

"La penuria es el principal factor que alienta el terrorismo. Enfrentamos una hambruna debida a una de las peores cosechas en la historia del país."

Sin embargo, al mismo tiempo afirma lo siguiente:

"Israel está alimentando en su seno a un extremismo tan peligroso como el de Bin Laden. Ya tienen a un amplio sector de fanáticos cuyos desmanes vemos cada semana en la televisión, y que no para de crecer."

De donde se deduce, de ser esto cierto, que en Israel debe haber también hambre y penuria. ¿O no?

Por supuesto, ambas afirmaciones, que la causa del terrorismo es la pobreza, y que existe un integrismo judío comparable al islámico, son puras idioteces. Pero que encima se utilicen en la misma entrevista, pese a su carácter contradictorio, revela que a quien las emplea ni le importan los hechos, ni le importa siquiera la lógica. Posiblemente piense que los occidentales nos tragamos cualquier cosa, con tal de autoculparnos de todos los males. Porque, claro, la idea implícita es atribuir la pobreza al capitalismo globlal. Raro es que no haya dicho el hombre (o no se lo haya entresacado el corresponsal) que las malas cosechas del Yemen se deben al cambio climático, causado por supuesto por las malignas emisiones de CO2 occidentales.

viernes, 1 de enero de 2010

La última novela de Muñoz Molina

La última novela de Muñoz Molina, La noche de los tiempos, ha sido saludada como una gran obra literaria, y al mismo tiempo como un intento de aproximación a la guerra civil alejado de sectarismos. Debo decir que el texto, pese a sus cerca de mil páginas, se deja leer con suma facilidad. La pericia del autor es incontestable, y el estudio de su prosa merece absolutamente ser incluido en las lecciones de literatura contemporánea del bachillerato, o como se llame ahora.

Sin embargo, no creo que nos hallemos ante un clásico. Cuando uno cierra el libro, no tiene la sensación de haber estado absorbido por esa novela "total" a la que se refiere la reseña de La Razón, sino una más discreta, aunque perfectamente digna. Muñoz Molina nos narra con maestría la peripecia de dos amantes en la España de 1936, y además lo hace demostrando que puede cautivar el interés del lector durante novecientas cincuenta y ocho páginas. No es poco, pero que nadie espere un fresco histórico denso y complejo, ni una populosa galería de personajes y de tramas secundarias, como el que podría haber ofrecido una obra de similar extensión. El argumento es bastante sencillo, los personajes secundarios, pocos y no excesivamente desarrollados. Los propios protagonistas, Ignacio Abel y Judith Biely, en los cuales por supuesto se profundiza mucho más, carecen, a mi modo de ver, del aliento de las grandes figuras literarias.

En cuanto al tratamiento de la guerra civil, Muñoz Molina se sitúa en algún punto intermedio entre lo que he llamado Versión Progresista Estándar de la Guerra Civil (VPEGC), y la actitud liberal, que no simpatiza con ninguno de los dos bandos. La primera puede sintetizarse en dos premisas:
  • La premisa legalista, según la cual, en 1936 existía un gobierno legítimo e inequívocamente democrático, contra el cual se sublevó una parte del ejército -de lo que se deduce que la Guerra Civil fue un conflicto entre los que tenían la legitimidad y los que no, entre los demócratas y los antidemócratas.
  • La premisa relativista, según la cual, la violencia en la zona republicana sólo puede juzgarse comparándola con la de la zona franquista (más sistemática, intensa y duradera) y no puede achacarse a las autoridades del Frente Popular, sino a "incontrolados" que actuaron sólo en los primeros meses, algo muy distinto del carácter de la represión en el bando nacional.
Podemos decir que, al igual que en el libro de Toni Orensanz a propósito del cual formulé la VPEGC, Muñoz Molina ya no comulga plenamente con la segunda premisa (dejando de lado ciertos tics), pero sigue aferrándose a la primera, es decir, a la idea de que la responsabilidad de la guerra civil recae ante todo en los militares sublevados, y por tanto la violencia de las izquierdas, aunque injustificable y despojada de todo brillo propagandístico, sigue siendo consecuencia de la violencia de las derechas, incurablemente malignas.

El intento de refutación de la premisa legalista más serio que ha habido hasta ahora lo constituyen los libros de Pío Moa, empezando por su fundamental Los orígenes de la Guerra Civil Española. Existían multitud de obras y estudios que nos mostraban la verdadera naturaleza del bando frentepopulista (mal llamado "republicano"), pero nadie había discutido (con argumentos no propagandísticos) la idea de que la guerra civil empezó por un golpe de Estado fallido en 1936. Moa, como es sabido, sitúa el origen de la guerra dos años antes, en el golpe de Estado fallido del 34: Es decir, que fue la izquierda quien la provocó. Desgraciadamente, la tesis de Moa no ha sido objeto apenas de un verdadero debate intelectual, porque el establishment académico ha optado por el ostracismo y se ha limitado a etiquetarla de revisionismo neofranquista.

Así pues, en realidad la postura de Muñoz Molina dista de aportar nada nuevo, porque sigue en la estela de la historiografía "progresista", empeñada en ignorar las recientes aproximaciones que no encajan con la VPEGC, al menos con su primera premisa, de la que la segunda es en realidad sólo un corolario. El protagonista no deja de ser un buen socialista, con carnet del PSOE y la UGT, una especie de modelo de sensatez liberal, cercano al besteirismo, que permite salvar la cara de la izquierda, aún a costa de la verosimilitud literaria. Algunos diálogos, por su lucidez alejada de los extremismos de la época, resultan demasiado ideales, demasiado perfectos, como si se tratara de dejar bien clara en el lector la correcta interpretación de la posición del autor, que no pretende romper con el progresismo estándar.

Con todo, hay que decir que La noche de los tiempos debería desconcertar a mucho lector progre, por los diversos pasajes en los cuales se identifica sin ambages al comunismo y al fascismo, dos formas simétricas de totalitarismo; por condenar por igual a quienes defendían la supremacía racial y a quienes abogaban por la dictadura del proletariado; por el retrato exento de la menor simpatía hacia personajes como Bergamín, o Alberti, con "toda su banda de poetas con monos azules bien planchados"; por personajes como Rossman, huido de los nazis, de los soviéticos, y en España asesinado por los rojos. (La palabra "rojo", que a alguno sonará mal, ¿no la ha vuelto a reivindicar Zapatero?). Por enunciar, mira por dónde, lo que el gran ensayista Jean-François Revel desarrolló en sus libros más importantes, que le valieron recibir de manos de Aznar la Gran Cruz de Isabel la Católica: Que el comunismo merece idéntica condena que el fascismo.

Muñoz Molina, por cierto, es uno de los académicos que se ha mostrado claramente favorable a la propuesta de incluir el término totalitario en la entrada "comunismo" del diccionario. Me parece muy encomiable, pero en cambio veo completamente absurda su propuesta de una comisión parlamentaria de historiadores que fije una especie de versión oficial sobre la guerra civil alejada de maniqueísmos. Celebrar concilios para adaptar la Iglesia Progresista a los tiempos puede ser una forma eficaz de que los fieles no acaben desertando, pero creo que esa no es la función de la ciencia. Ni tampoco, ya que estamos, de la literatura.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Otro que cae en el terrorismo por desesperación


Esta es la historia de Abdul Farouk Abdulmutallab, un pobre nigeriano que trataba de sobrevivir estudiando ingeniería en el University College London. Desesperado y humillado por las espantosas condiciones de vida que padecía en la despiadada sociedad occidental, no le quedó otra opción que intentar inmolarse en un avión en pleno vuelo, llevándose por delante a casi trescientas personas, frívolamente inconscientes de la cruel injusticia que reina en el mundo. Pero algunos insensibles pasajeros, incapaces de comprender su desesperación, y sospechando sus intenciones, se abalanzaron sobre él cuando intentaba activar un inocente artefacto explosivo.

Desde aquí quiero hacer un llamamiento para que Rodríguez Zapatero convoque la Alianza de Civilizaciones, con los siguientes puntos a tratar:

1.- Exigencia de un juicio justo para Abdul, así como que se le conceda una beca de estudios para que pueda concluir su carrera de ingeniería, en la especialidad que desee (explosivos químicos, centrifugadoras de uranio, etc).

2.- Un paquete de ayuda para Nigeria de tropecientos millones de euros, destinados especialmente a la comunidad musulmana de su estado natal.

3.- Una subvención de chorrocientos mil euros para la ONG "No a la islamofobia, muerte al infiel".

4.- Adopción de medidas de boicot contra Suiza por aprobar en referéndum la prohibición de los minaretes.

5.- Agilización de los trámites para la construcción de mezquitas en España, en una muestra de nuestra tradicional amistad con el mundo árabe desde tiempos del Caudillo.

6.- Retirada inmediata de toda la simbología cristiana de los lugares públicos, a fin de no ofender a los musulmanes residentes en España. Prohibición de toda publicidad del alcohol y de los productos derivados del cerdo. Prohibición de dibujos animados y películas en los que aparezcan cerdos, perros y otros animales impuros.

7.- Reforzamiento de los controles en los aeropuertos para que no vuelva a suceder que unos simples pasajeros puedan agredir a un fiel musulmán cuando se disponía a reunirse con Alá. Los pasajeros sospechosos de racismo y de no respetar el islam deberán ocupar asientos alejados entre sí y no podrán desabrocharse el cinturón de seguridad durante todo el vuelo.

Zapatero, en ti confiamos (pero Alá es más grande).

Estas camisetas me gustan


Las he encontrado aquí.

Sacar de foco al franquismo

La hegemonía del paradigma seudoprogresista (antioccidental, anticapitalista, anticonservador) en los medios de comunicación de todo el mundo es patente. Los periodistas, intelectuales y artistas suelen adoptar mayoritariamente posiciones y actitudes "progresistas". Incluso en aquellos medios que pasan por conservadores, nos encontramos con columnistas estrellas de tendencia claramente (cuando no extremadamente) izquierdista, y crónicas de los corresponsales extranjeros ferozmente antiestadounidenses y antiisraelíes.

Sin embargo, en la mitología de la izquierda la situación se representa exactamente al revés: Los periodistas "progresistas" son como los indios resistiendo heroicamente, pero con fuerzas mucho menores, los embates del Séptimo de Caballería (la poderosa "derecha mediática").

Un artículo publicado el miércoles pasado en El País abunda en esta percepción. El autor, no contento con el dominio aplastante de los progres, la emprende contra los escasos medios en los cuales se vislumbra alguna alternativa al pensamiento único de izquierdas, a los cuales atribuye la causa de una supuesta derechización de los intelectuales y las clases medias, detectable a partir de los años noventa.

Lo más interesante del artículo es cómo explica esta supuesta pujanza del pensamiento conservador. Por una parte, la considera un fenómeno mundial, pero no analiza sus causas globales, ni menciona la caída del Muro de Berlín en 1989, sino que se circunscribe a España. En realidad, el artículo es poco más que una invectiva contra el diario El Mundo, disfrazada de pedantesca reflexión sociológica. Para el autor, la habilidad de Pedro J. Ramírez ha consistido en asociar al PSOE con la corrupción y el crimen de Estado (¡no puede ser! ¿por qué?) y en "sacar de foco al franquismo y a la derecha de UCD, hoy en el PP".

¿Cómo se puede consentir que alguien dé por sabido que Franco ha muerto? Es preciso reeducar a esta generación díscola, que porque ha vivido el felipismo, se ha hecho una imagen inexacta e injusta de lo que es el socialismo. Afortunadamente, la ley de Memoria Histórica de Zapatero pretende poner de nuevo las cosas en su sitio. A un lado tendremos a los socialistas, y al otro, a los fascistas: "No pasarán".

En definitiva, hay que "sacar de foco" los GAL y la corrupción (y el 11-M), y a nivel mundial, debe olvidarse lo antes posible el desastre descomunal del "socialismo real", para que la derecha no pueda presentar a la izquierda "como antigua, utópica o poco ilusionante". Lo ideal sería encontrar los restos mortales de Lorca y volverlos a enterrar en un lugar adecuado, por ejemplo en Paracuellos, donde, por supuesto, nunca ocurrió nada digno de... enfoque.

domingo, 20 de diciembre de 2009

¿Esto es un escritor?

"La fiebre del oro (...) tiene su origen en la evolución del ser humano, que comienza de [sic] una imaginaria Arcadia feliz y, empeorando, llega al capitalismo. En él se devoran los hombres unos a otros, lo mismo que al principio pero de otra manera. La supervivencia exige la competitividad. Antes, el necesitado por hambre mataba un animal y se lo comía más o menos crudo. Ahora la sociedad, inaplacable, exige otros métodos y un mercado de valores. En él se mueven algunos hombres no sólo para tener dinero, sino para tener más dinero que los de alrededor y los de arriba: el apetito saciado con un animal ha pasado de moda."

¿Es la redacción de un escolar incluida en la Antología del disparate? ¿Son las palabras improvisadas de un transeúnte entrevistado por alguna cadena de televisión? ¿Forma parte de la perorata de un borracho inspirado, escuchada en el bar de la esquina? ¿O es una parodia del discurso sobre la Edad Dorada del Quijote, puesta en boca del grotesco personaje de alguna novela de Eduardo Mendoza?

Pues no, esto pertenece al tipo de cosas que escribe Antonio Gala en El Mundo, concretamente, el pasado jueves 17 de diciembre. Increíble, pero cierto. En este país, por lo visto, basta con ser famoso para que ya nadie te exija un mínimo de calidad literaria, no digamos intelectual. (No ocurre sólo con Antonio Gala; nunca llegué a leer a un importante escritor catalán, fallecido hace poco, porque perpetraba tales adefesios en una columna de un diario de Barcelona, que mató para siempre cualquier amago de curiosidad que pudiera sentir por su obra.)

Si a ello añadimos el antisemitismo de este pobre hombre, comprenderéis que nunca vaya a leer ningún libro suyo. Por ética y sencillamente por estética.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El 11-M y el islam

Esta mañana, en el programa de Luis del Pino en esRadio, Sin complejos (no me lo pierdo ni aunque anoche me acostara tarde por culpa de la dichosa cena de empresa), se ha emitido una entrevista a Pedro J. Ramírez en la cual, cómo no, se ha hablado del 11-M.

Pese a los defectos de El Mundo, que por lo demás son los de casi toda la prensa mundial (un servilismo patológico a la corrección político-climática), nunca podremos agradecer lo suficiente a este periódico su valiente y solitaria labor (aparte Libertad Digital y poco más) de investigación del peor atentado terrorista de nuestra historia.

Dicho esto, hoy se ha producido un interesante debate. Pedro J., preguntado por Luis del Pino sobre quién cree que está detrás del 11-M, ha respondido, como es normal, que no lo sabe. Pero acto seguido ha admitido que tiene muy presente la tesis de la participación de servicios secretos, españoles o no. (Todos pensamos en Marruecos, claro, aunque Pedro J. no lo nombre. Es también la teoría que sugiere uno de los primeros libros que se publicaron después del 11 de marzo, 11-M. La venganza, de Casimiro García-Abadillo.)

Es decir, para el director de El Mundo va cobrando fuerza, con la perspectiva que da el tiempo, la comparación entre el 11-M y el 23-F, caracterizado por la confluencia de distintas tramas, de las cuales sólo conocemos en realidad las secundarias o subordinadas. Luis del Pino, en cambio, no lo ve así. Para él, si el arma del crimen del 11-M no fue la que asume la sentencia del juez Gómez Bermúdez, entonces no tendría sentido implicar, aunque fuera en un papel de meros colaboradores o comparsas teledirigidos, a los magrebíes condenados.

Esquematicemos la cuestión desde un punto de vista lógico. Tenemos tres posibilidades:

1) El 11-M fue perpetrado por un grupo de delincuentes comunes radicalizados, tal como establece la sentencia, y no hay nada más que hablar, sin perjuicio de que pueda descubrirse la implicación de otros individuos en el futuro.

2) El 11-M fue perpetrado por X, con algún tipo de participación (como tapadera o como colaboración) de la trama magrebí, algunos de cuyos miembros han sido condenados. (Tesis sostenida por José María de Pablo en su libro La cuarta trama.)

3) El 11-M fue perpetrado por X, y posteriormente se le endosó la autoría a los magrebíes. Es la tesis hacia la que se inclina Federico Jiménez Losantos, a tenor de algunas de sus afirmaciones.

Obsérvese que mientras las posibilidades 1 y 3 son unívocas (los condenados por el 11-M son culpables o no lo son), la posibilidad 2 admite una gran variedad de grados de implicación, que van desde la plena colaboración activa de los magrebíes en la conspiración criminal, hasta que fueran objeto de una manipulación total por parte de X para encubrir la autoría intelectual e incluso -quizás- la material. En su forma más nítida, esta última posibilidad se confunde con la 3.

Lo único que en mi opinión está claro, es que la credibilidad de 1 ha quedado totalmente en entredicho, desde el momento en que sabemos que alguien se tomó muchas molestias para impedir que conociéramos el verdadero explosivo que estalló en los trenes.

Con todo, la posibilidad 1, en su formulación fuerte (que es la tesis de la fiscalía sobre la autoría de Al-Qaida, no recogida al final por la sentencia) ha vuelto a ser planteada por Fernando Reinares en un artículo, previo a la publicación de un libro sobre el 11-M, según el cual las relaciones entre Amer Azizi (muerto en 2005, en Pakistán, por el lanzamiento de un misil de la CIA) y algunos de los implicados en la masacre de Madrid, vendrían a probar la conexión de los atentados con Al-Qaida. Pero lo mismo podríamos decir (y aquí creo que Barcepundit se ha precipitado en su valoración del artículo, dicho sea desde la admiración por mi bloguero preferido) que las relaciones de algunos de los implicados con la policía y los servicios secretos prueban la conexión de estos con los atentados. O dicho de otra manera, una cosa no es incompatible con la otra. La verdad sobre el 11-M puede ser, en definitiva, mucho más compleja de lo que pensamos.

Lo esencial, en cualquier caso, es que, sea quien sea el autor del 11-M, consiguió lo que pretendía, manipular a la opinión pública para que se produjera un cambio de gobierno. Descubrir exactamente qué ocurrió, además de un imperativo elemental de justicia hacia las víctimas, sería posiblemente la única forma de curar a esa ciudadanía políticamente enferma, que pensó que los atentados fueron consecuencia del apoyo español a la ocupación de Iraq, y votó en función de ello. (Hay tan poca distancia de esto a pensar que nos los merecimos, que produce náuseas.)

En este sentido, Barcepundit, aunque por una vez no me parezca muy acertado, sí señala algo muy atendible: Incluso aunque el 11-M hubiera sido obra de Al-Qaida (cosa que sigo sin creerme), debería interpretarse por ello como una consecuencia no de la guerra de Iraq, sino de la no guerra de Zapatero y Obama, o sea, la de Afganistán. A fin de cuentas, ¿qué coño le importaba a Ben Laden la defensa de un régimen laico como el de Sadam Hussein, si no era para utilizar la guerra como arma ideológica contra los estúpidos occidentales acomplejados y progres, balando paaaaaaz?

martes, 15 de diciembre de 2009

La diamantina faz de Zapatero

La dureza facial de Rodríguez Zapatero es algo que se puso de manifiesto ayer. Lleva en el poder cinco años, aprobando cada uno de ellos los presupuestos generales con el apoyo de los nacionalistas. Y ahora resulta que porque en la Conferencia de Presidentes (institución florero que se sacó de la manga al poco de llegar al gobierno, y que llevaba casi tres años sin reunirse) los presidentes autonómicos del PP no quieren ser cómplices (según el exacto término de Esperanza Aguirre) de la enésima tomadura de pelo gubernamental (presentada sólo tres horas antes de su debate), ahora resulta, digo, que la culpa de que no salgamos de la crisis será del PP.

No creo que sea una pataleta de Zapatero. Estoy seguro de que el de La Moncloa lo utilizará más de una vez, cuando ya no se acuerde nadie de la dichosa conferencia, y precisamente por ello su acusación cobre más apariencia de estar fundamentada en un hecho concreto ("ustedes, en la Conferencia de Presidentes de diciembre de 2009, no quisieron", etc). Al menos, es la clase de recurso dialéctico de pacotilla que basta para impresionar a tanto ignorante cerril que vota a Zapatero, "porque los otros son peores".

Es exasperante, pero es lo que tenemos. Se ve que a algunos les va este estilo tabernario, como les gustaba la "labia" de González. Qué ganas dan de exiliarse, Dios mío.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La caverna mediática de la extrema derecha filofascista

Estos son, en compendio, los argumentos de la doctrina nacionalprogresista. Lo de caverna mediática se usa mucho en Barcelona, pero no menos en Madrid. Y lo de filofascista (tengo el honor de haber sido llamado lo mismo por un comentarista) parece que es la última moda.

¿Cómo hacer frente a semejante potencia intelectual, a tan fino ingenio dialéctico? La verdad es que lo tenemos difícil. Toda la obra de Hayek, todas las aportaciones de intelectuales patrios como Miquel Porta Perales, José María Marco o Pío Moa, resulta impotente ante calificativos tan sutiles como originales. Basta que cualquier cómico o liberado sindical pronuncie su veredicto ("¡facha!") para que la verdad se abra paso en las mentes. No sirve de nada esforzarnos, tratar de argumentar. Somos fachas, y siempre lo seremos. Es como ser judío. Hay cosas que no se pueden ocultar.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Hay que decir no

Hoy se celebra en 166 municipios catalanes, que suponen aproximadamente el 10 % de la población de Cataluña, un referéndum separatista. Previsiblemente los votos a favor de la independencia se moverán alrededor del 90 %, porque la gran mayoría de los habitantes de esas poblaciones se abstendrá. O dicho de otro modo, casi todo aquel que se va a molestar en ir a votar, será independentista.

Esto no evitará que, con un voto afirmativo de menos de un 10 % de la población, los organizadores del referéndum lo vayan a vender como un triunfo del independentismo. Y lo jodido es que tendrán razón. Sabiendo que la mayoría de independentistas acuden a votar, aquellos que están en contra de la creación de un Estado catalán, y se hallan empadronados en alguno de los municipios participantes, deberían acudir a votar a favor del No. Es decir, el separatismo, como cualquier posición política, ha ganado la partida desde el momento que certifica que ni siquiera quien está en contra se va a manifestar, o lo hará sólo cuando ya sea demasiado tarde.

No me sirve el argumento de que el referéndum es ilegal, y por tanto participar en él es conferirle legitimidad. Sabemos por anticipado, primero, que los independentistas acudirán a votar probablemente casi todos. Y segundo, que el gobierno no se atreverá a impedir la celebración de las consultas. Que los que están en contra renuncien entonces a expresar su voto, es como si alguien me intenta robar la cartera, y no me resisto porque de todos modos, su posesión será ilegítima. ¡Valiente consuelo, si después nadie es capaz de devolvérmela!

Sin embargo, para oponerse al separatismo, hay que empezar por no caer en la trampa del lenguaje. Ellos han conseguido imponer el término independencia y sus derivados, que yo mismo no he podido evitar utilizar. Pues no, debemos acostumbrarnos a hablar de separatismo, porque el término independencia se ha revestido de una engañosa connotación de libertad. Precisamente quienes estamos a favor de la libertad de los catalanes, desconfiamos de la creación de un nuevo Estado, sobre cuya naturaleza intervencionista no tenemos ninguna garantía de que vaya a ser inferior a la del Estado con sede en Madrid, sino más bien lo contrario. Si Cuba fuera en un futuro un Estado dentro de los Estados Unidos de América, ¿sería más libre o menos que ahora, que es "independiente"? Cierto que hay ejemplos, como por ejemplo el de Estonia respeto a Rusia, en los que la separación ha tenido efectos beneficiosos para los habitantes del nuevo Estado. Pero lo único que se deduce de ello es que, a priori, no hay ninguna razón por la cual la separación deba ser buena o mala para la libertad, y mucho menos para confundir ambas cosas.

En el caso de Cataluña, lo que está claro es que un gobierno autónomo que es capaz de sancionar a un negocio por no poner en su escaparate "Pisos en venta" en catalán (vamos a suponer que si lo hubiera puesto en chino, y no en español, igualmente sería multado, aunque lo dudo), no permite abrigar muchas esperanzas de que va a ser más liberal cuando se convierta en un Estado soberano.

Es mentira que quienes nos oponemos a la separación de Cataluña seamos todos nacionalistas españoles. Habrá quienes sí lo sean (y desde luego, tienen el mismo derecho a expresarse que los nacionalistas catalanes), pero se puede perfectamente no tener una idea esencialista de España, y al mismo tiempo creer que nos irá mejor dentro de ella, o por lo menos invocar el principio conservador de "más vale malo conocido..." Sólo hace falta que expongamos nuestros argumentos con claridad y coherencia, y que no nos dejemos seducir por la languidez suicida de estar más allá del bien y del mal de debates identitarios, y por ello ceder el terreno a quienes se los toman en serio. Lenin en esto tenía toda la razón: "Si no te ocupas de la política, la política se ocupará por ti".

Lérida, Gerona, Cataluña... y Espanya

En español decimos Francia, no La France, y decimos Inglaterra, no England. Lo mismo sucede con los nombres de muchas ciudades, como por ejemplo: Londres/London, Bruselas/Brussels/Bruxelles, Munich/München, Ginebra/Genève, Basilea/Basel, Oporto/Porto, Nápoles/Napoli, etc.

Creo que todos estamos de acuerdo en que sería ridículo exigir a franceses o ingleses que en sus lenguas tuvieran que decir y escribir España, en lugar de sus equivalencias respectivas, L'Espagne y Spain, de inveterado uso. Como ridículo sería lo recíproco, que nosotros nos comprometiéramos a desterrar nuestras castellanizaciones tradicionales de nombres europeos o de otros continentes.

Igualmente aborrecible me parece la actual corrección política nacionalista de muchos medios que, en castellano, escriben Catalunya, en lugar de Cataluña, o escriben y pronuncian Lleida en lugar del Lérida de toda la vida, o Girona en lugar de Gerona, A Coruña en lugar de La Coruña, etc, como si las seculares versiones castellanas de estos nombres tuvieran un carácter imperialista o franquista, qué sé yo la tontería que albergan algunos en la cabeza.

No me sirve el argumento de que catalán, gallego y vascuence son también lenguas oficiales. Lo son, pero sólo en las comunidades respectivas y sin perjuicio obviamente de la oficialidad del castellano; no existe ninguna justificación formal para que en textos o piezas orales castellanas, en Madrid o en Barcelona, no se deban emplear las formas consagradas por el uso. De hecho, muchos que se empeñan en escribir Catalunya en castellano, como si la eñe les causara erupciones cutáneas, no tienen inconveniente en hablar de Catalonia cuando quieren hacer propaganda de su causa fuera de nuestras fronteras, ni tampoco he sabido de ninguna protesta por que los franceses se refieran a La Catalogne.

Nadie está diciendo que debamos llevar hasta sus últimas consecuencias la castellanización de nombres, ni yo abogo por una posición carpetovetónica de resucitar el "San Baudilio de Llobregat" en lugar de Sant Boi de Llobregat, o "San Cucufate del Vallés" en lugar de Sant Cugat del Vallès. Recuerdo al respecto también el intento casi heroico, pero un tanto esperpéntico, de algunos publicistas que hace unos años hablaban del tratado de "Mastrique", recordando de manera extemporánea viejas glorias imperiales... Aunque hay que reconocer que resulta más fácil de escribir para nosotros que Maastricht.

Estoy defendiendo todo lo contrario. Mi opinión es que el uso habitual, el más extendido y natural, debe estar por encima de unas normas de estilo artificiosas, basadas en criterios ideológicos, que hoy son preponderantemente de servilismo hacia los nacionalismos periféricos, pero que en determinados ámbitos pueden ser, por una comprensible reacción, todo lo contrario.

Lo mismo que digo del castellano, lo aplico al catalán. Hay quien se mosquea porque en catalán se escriba y pronuncie Saragossa (Zaragoza) o se refieran al nombre del rey como Joan Carles. Evidentemente, nadie pretende rebautizar la capital aragonesa ni al jefe del estado. Pero lo cierto es que en catalán suena absolutamente tan natural decir Saragossa o Joan Carles como en español nos suena Marsella (no Marseille) o la reina Isabel (no Elizabeth). No caigamos tampoco (e insisto, por un disculpable hartazgo ante los excesos del nacionalismo) en una especie de manía persecutoria ante la catalanización de nombres castellanos, realizada en su apropiado contexto sociolingüístico catalán. En contra de lo que pudiera parecer, y dicho sea de paso, mantener el nombre castellano del Borbón en un texto o conversación catalanes, es algo más estrictamente coherente con una óptica separatista que con el uso común, pues tiende a sugerir el carácter supuestamente ajeno a la cultura y la historia de Cataluña de quien siempre había ostentado el título de Conde de Barcelona, al menos hasta Don Juan.

En catalán, pues, lo correcto según criterios puramente lingüísticos, que son los únicos pertinentes en la gran mayoría de ocasiones, es escribir Espanya, como en castellano lo propio es Cataluña. Lamentablemente, en lengua catalana es muy raro leer o escuchar lo primero, porque la expresión bendecida por la ortodoxia nacionalprogresista es Estat espanyol o Estado español. Una forma burda, pero efectiva por su machaconería, de negar que España sea algo más que los ministerios, las comisarías y cuarteles, la Renfe y RTVE. Aunque me temo que, si Zapatero persevera en su labor destructiva del sector privado y de la nación, al final no acabará siendo del todo infundada.

P.S.: Acabo de publicar esta entrada cuando he recordado que hoy era el día de los referéndums independentistas en varias poblaciones catalanas. Si tengo tiempo, escribiré también hoy algo sobre la cuestión.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Que no se aprovechen de la crisis: eso sólo lo podemos hacer nosotros

Creo que así resulta más explicativo el lema de la manifestación de hoy, convocada por los sindicatos y amenizada por diversos representantes de la cultura oficialista, como Pilar Bardem y el tipejo ese tan admirado por Gallardón que realizó un videomontaje contra Hermann Tertsch, poco antes de que el periodista fuera agredido cobardemente por la espalda.

Desde luego, es intolerable que haya quien pretenda aprovecharse de la crisis. Los únicos legitimados para hacerlo son el PSOE, CC.OO, UGT y el Sindicato de la Ceja. El primero, para poder imponer a la sociedad española el proyecto intervencionista y despilfarrador de Rodríguez Zapatero; los demás para que puedan seguir viviendo del cuento, cobrando subvenciones multimillonarias, perpetrando bodrios que la mayoría no queremos ver ni en un DVD de oferta, y actuando como mamporreros agradecidos del gobierno. Todo ello, excuso decirlo, a cargo de ustedes y yo.

Se da, pues, la paradoja de que, quienes más se están beneficiando política y económicamente de la crisis, salen a la calle a protestar contra uno de los grupos que más está sufriendo sus consecuencias, los empresarios. Por si fuera poco, los convocantes se aferran a políticas regulatorias que dificultan la creación de empleo, o lo que es lo mismo, dificultan la mejora de las condiciones laborales de quienes aún conservan su puesto de trabajo, ese bien que las organizaciones sindicales contribuyen denodadamente a hacer tan escaso.

¿Para cuándo una manifestación de trabajadores (asalariados, autónomos y empresarios) contra la casta de vividores y gentuza que soportamos con nuestros impuestos?

martes, 8 de diciembre de 2009

El Dogma Básico de la sabiduría convencional

Hace medio siglo, John Kenneth Galbraith acuñó la expresión "sabiduría convencional" para referirse a aquel conjunto de ideas que han alcanzado la máxima aceptabilidad social en un determinado momento, incluso aunque los hechos se empeñen en contradecirlas. El economista norteamericano consideraba, en su famoso libro La sociedad opulenta (1958), que después de la segunda guerra mundial, la sabiduría convencional en los Estados Unidos era el resultado de una extraña amalgama de liberalismo clásico y keynesianismo. Él mismo -reconocía- había sido un keynesiano fervoroso, hasta que llegó a la conclusión de que los seguidores de Lord Keynes mantenían una especie de pacto no escrito con los defensores del mercado: Estos cedían ante la expansión del déficit (en el contexto del gasto defensivo que demandaba la guerra fría), y aquellos no exigían subidas de impuestos ni incrementos del gasto social o medioambiental, coincidiendo ambos en la veneración del crecimiento económico.

Galbraith, como buen socialista, pensaba que el renacimiento del mercado en la posguerra era un error, la clase de discurso que la gente (sobre todo si es adinerada) gusta de escuchar porque le permite seguir disfrutando de bajos impuestos, cerrando los ojos ante el riesgo de que los desequilibrios supuestamente provocados por el mercado acaben minando su propia prosperidad. Más tarde incluso confesó que el lanzamiento del Sputnik soviético le había animado a publicar su libro, al interpretar el acontecimiento como una demostración de que el modelo norteamericano, basado en la libre empresa y el gobierno limitado, no tenía tantas razones para la autocomplacencia. De este modo, con un estilo no exento de brillantez, Galbraith se constituía en realidad en un divulgador de la nueva sabiduría convencional socialdemócrata, un abogado de la "buena disposición para establecer impuestos y para pagarlos", y de las regulaciones económicas y medioambientales.

En efecto, hoy la sabiduría convencional coincide mucho más con las propias ideas de Galbraith que no con las que él criticaba. Equivale en gran medida a eso que yo he llamado (véase la cabecera de este blog) "paradigma seudoprogresista", aludiendo a Kuhn. Sin embargo, la expresión del economista posee la virtud de referirse con más propiedad a ese conjunto de extendidas creencias que abrigan incluso las masas más ignorantes o indiferentes. Es "lo que todo el mundo dice", aquello que la mayoría de personas, de todos los niveles culturales, leerá o escuchará en los medios de comunicación o en las tertulias de bar, sin ponerlo en duda ni por instante. Es más, sin que se le ocurra siquiera esa posibilidad, como ante proposiciones del tipo "la Tierra es redonda" o "el agua del mar es salada".

La característica fundamental de la sabiduría convencional es que nace como una interpretación culta de los hechos, y acaba sustituyéndolos. De ahí que sea adoptada masivamente, porque la mente humana necesita mucho menos esfuerzo para tratar con interpretaciones (simplificaciones) de la realidad, que no con la realidad misma. Cada momento histórico tiene su propia sabiduría convencional, que es abandonada, no cuando los hechos la contradicen flagrantemente (aunque eso acaba ayudando) sino cuando aparece una nueva interpretación, un nuevo paradigma lo suficientemente sugestivo y fácilmente popularizable.

El Dogma Básico de la sabiduría convencional actual (en adelante, DB) es desde luego muy fácil de comprender, incluso por la mente más obtusa, y tiene además la capacidad de halagar nuestra buena consciencia haciendo que nos sintamos un poco mal a ratos, y de manera perfectamente controlada y soportable. Cuánta probreza hay en el mundo... Qué verguënza que nadie haga nada... Cada vez está todo más contaminado... De seguir así, nos cargaremos el planeta... Son expresiones que parafrasean al DB, que podría fijarse aproximadamente así:

En el mundo cada vez hay más pobreza, y el medio ambiente se deteriora de manera creciente, por culpa de la acción humana descontrolada.

Por supuesto, el DB es completamente falso: No se corresponde en absoluto con los hechos. En el mundo, durante las últimas décadas, el número de pobres no ha dejado de disminuir, y las economías desarrolladas cada vez son menos agresivas con el medio ambiente, se reducen más los niveles de polución y se produce un aprovechamiento más eficaz de las materias primas, no sólo ni principalmente por el reciclaje, sino sobre todo por las innovaciones tecnológicas. Estos son hechos que, con las lógicas diferencias y excepciones locales, están ahí, y podemos conocerlos a través de las publicaciones estadísticas oficiales, y de los expertos que saben moverse entre la selva de los datos para ofrecérnoslos a los ignaros. Para limitarme sólo a un par de ejemplos muy conocidos, mencionaré el libro de Johan Norberg, En defensa del capitalismo global, para el aspecto económico, y el blog de Antón Uriarte, CO2, principalmente centrado en el cambio climático.

Pero como he dicho, informarse sin esquemas preconcebidos requiere un esfuerzo considerable. Es mucho más fácil, y por ello es lo que hacemos casi todos, seleccionar los hechos que confirman nuestro marco teórico previo e ignorar, olvidar o desacreditar aquellos que nos desconciertan momentáneamente porque no encajan en él. Y esta es una tendencia que puede observarse, en diferentes grados, tanto en el lector común de periódicos (que empieza ya, a menudo, por serlo de uno solo, el que más se ajusta a su manera de pensar) como en los avezados científicos (y descarados manipuladores) del CRU británico.

Existe además una razón específica por la cual el DB es especialmente difícil de combatir. Cuando uno niega que en general cada vez haya más pobres, o que la situación medioambiental, globalmente considerarada, se agrave año tras año, es difícil no provocar la sensación de ser una persona insensible ante las injusticias y los desastres ecológicos que, quién lo niega, se producen en el mundo. Y viceversa, el mero hecho de sostener lo contrario, independientemente de si se ajusta a los hechos o no, confiere un marchamo de integridad moral aparentemente indiscutible.

De hecho, podría pensarse, más allá de la verdad o falsedad del DB, que sus efectos podrían ser beneficiosos, al mantenernos en una tensión autocrítica que nos impulsa a no conformarnos con los males del presente. Sin embargo, en realidad sucede todo lo contrario: El DB de la sabiduría convencional contribuye trágicamente a agravar aquellos problemas que denuncia.

La historia del siglo XX ha demostrado rotundamente que la pretendida alternativa al sistema económico dominante, el socialismo, no sólo ha sido un completo fracaso, sino que ha venido acompañado de una violencia estatal sin precedentes: Cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones o colectivizaciones forzosas es el balance de menos de un siglo de "socialismo real" en la Unión Soviética, China y los demás países que adoptaron alguna variante de credo marxista como religión oficial. El DB, sin embargo, tiende a relativizar esta evidencia, culpando al capitalismo salvaje (el comunismo debe ser civilizado) de males sin cuento, de la muerte de millones de personas por hambre todos los años, y del apocalipsis climático, o lo que se ponga de moda la próxima década. Es decir, presentando como insostenible y atroz al sistema que ha producido las mayores cotas de prosperidad de la historia, y los avances tecnológicos que han cambiado la vida de millones de personas. Si no fuera por la fuerza del DB, las políticas estatalistas que perpetúan la pobreza y la dependencia, y limitan el crecimiento, gozarían comparativamente de mucho menos prestigio, y serían vistas por las masas de muchos países exactamente como lo que son: Un freno a sus aspiraciones de prosperar y de disfrutar sin trabas de los frutos de su propio esfuerzo, mientras ciertas minorías se enriquecen fabulosamente gracias a sus vínculos con corruptos gobernantes.

El DB es, en resumen, la gran coartada de los políticos (con las honrosas excepciones) y los burócratas de la ONU para imponer recortes de la libertad individual y encima presentarse como salvadores. Aunque la izquierda es la principal usufructuaria de la sabiduría convencional (de ahí su hegemonía cultural), tampoco la derecha es completamente inocente, tanto por acción (ahí están esos líderes conservadores que hacen suyo el discurso algoriano) como por omisión, por eludir enfrentarse, en tantas ocasiones, a los dogmas establecidos.

La importancia creciente que ha cobrado en las últimas décadas el ecologismo (no confundir con la ecología) se debe, en parte, a la evidencia cada vez más difícil de eludir del fracaso del comunismo. Es preciso, para todos aquellos que se niegan a aceptar la superioridad del mercado libre, convertirlo en culpable de la destrucción del mundo, sea por el agotamiento de los recursos, la desertización, el agujero de ozono o la fusión de los casquetes polares. Se olvida deliberadamente que los mayores desastres ecológicos, como el de Chernóbil, se han producido en países comunistas. Pero tanto las monsergas ecologistas como el discurso de la brecha Norte-Sur tienen la misma función: Desacreditar el sistema de libre mercado y la globalización.

Por otra parte, la crisis económica ha dado nuevos argumentos a los estatistas. Piden nuevas regulaciones, que se suman a las impuestas para luchar contra el cambio climático, como si las regulaciones monetarias y financieras que han sido las causantes de la crisis no tuvieran nada que ver con las autoridades políticas. Y si sus políticas de intervencionismo, de gasto y de endeudamiento prolongan la crisis, da lo mismo. Cuando se salga de ella, los gobiernos se atribuirán el mérito, y durante décadas nos estarán recordando la profundidad y duración de la crisis para advertirnos de los peligros del mercado no sujeto a su control.

La persistencia del DB no se puede explicar sólo por la inercia o la pereza intelectual. Si los medios de comunicación no actuasen como sus más entusiastas reforzadores, posiblemente ya habría sido sustituido por otra visión de la realidad, inevitablemente simplificadora, pero más acorde con ella y menos embrutecedora. Hoy, inusualmente, he visto un informativo de la televisión. Cuando hablaban de la cumbre de Copenhague, por un momento pensé que iban a referirse al escándalo del Climategate: El presentador se refería a una polémica causada por... ¿Lo creerán? Unos árboles de Navidad que al parecer las autoridades danesas habian retirado para no ofender a los activistas ecologistas presentes en las inmediaciones del evento. (La cadena era Antena 3, pero da lo mismo, todas son iguales.)

Nos encontramos claramente en una sociedad dividida en dos clases de ciudadanos. Quienes nos informamos habitualmente a través de internet, y quienes sólo ven la televisión y, en el mejor de los casos, leen algún periódico impreso. Hay indicios de que entre los primeros el contenido de la sabiduría convencional puede por fin estar cambiando. Pero mientras los segundos continúen secuestrados por los medios de comunicación tradicionales (con alguna, también aquí, honrosa excepción) será difícil que se produzca un retroceso del intervencionismo estatal. Al final, de tanto decir que el mundo va de mal en peor, puede que acabe siendo cierto, pero por razones distintas a las que nos vienen pregonando: Por culpa de quienes pretenden erigirse en sus salvadores.

ACTUALIZACIÓN 4-03-10: Esta entrada ha servido de base a mi artículo "La sabiduría convencional de nuestro tiempo", publicado por Semanario Atlántico.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La lección suiza

Tras el referéndum suizo del pasado 29 de noviembre, en el cual se han impuesto los partidarios del sí a la prohibición de los minaretes, han podido escucharse diferentes opiniones contrarias a dicha prohibición.

No me interesan las previsibles de los que se han rasgado las vestiduras, deplorando la "xenofobia" y la "islamofobia" de los ciudadanos suizos; no creo que valga la pena perder un minuto con el papanatismo políticamente correcto.

Más atendibles parecen las opiniones de quienes se muestran preocupados por lo que puede interpretarse como un recorte de la libertad religiosa, y argumentan que basta con perseguir a quienes defienden o practican el terrorismo islamista.

Pero se equivocan también. El Islam no es sólo una religión, en el sentido en que lo es el cristianismo actualmente. Los musulmanes no se limitan a practicar un determinado culto, ni a defender unas ideas morales concretas, sino que pretenden implantar un modelo totalitario de sociedad con métodos expansionistas. Permitir, en nombre de principios liberales, que puedan transformar el paisaje arquitectónico y humano de un país europeo sembrándolo de minaretes y de burkas, mientras en Arabia Saudí se prohíbe la construcción de iglesias, es de una espantosa ingenuidad. Es sencillamente contribuir a reforzar su mentalidad conquistadora, para que un día no lejano lleguen a creer que estamos maduros para recibir la ley islámica, si es que no se lo creen ya.

El día que el Islam deje de ser una ideología, además de una religión, podremos revocar esas restricciones. Mientras tanto, nos asiste el derecho a defender nuestra civilización, aunque ello implique dejar en suspenso el precepto evangélico de poner la otra mejilla.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Año 49 después de Zapatero

Sería totalmente insuficiente limitarnos a erradicar los crucifijos de las escuelas, como han propuesto ERC y el PSOE. ¿Se ha reflexionado suficientemente sobre los dañinos efectos que pueden tener sobre las inocentes mentes infantiles las tradicionales celebraciones navideñas? Tal como proponía recientemente un organismo consultivo de la Generalitat, urge eliminar el propio término Navidad, para que sea sustituido por la mucho más higiénica expresión "Vacaciones de Invierno".

¿Y qué decir del cómputo de los años tomando como referencia el nacimiento de Cristo? No podemos seguir tolerando que nuestra juventud inerme continúe recibiendo esa nefasta influencia clerical. En adelante, el calendario deberá regirse por algún acontecimiento que realmente suponga un avance en la Historia de la Humanidad, como por ejemplo, el nacimiento de Obama, o de Zapatero. Mejor aún, que cada comunidad autónoma tenga su propio Fundador, Sabino Arana los vascos, Francesc Macià los catalanes o Blas Infante los andaluces.

Por supuesto, la reforma del tiempo debe ir acompañada del espacio, más exactamente de la toponimia. ¡La de estragos que causan entre las jóvenes generaciones esas pérfidas alusiones al santoral que abundan en nuestra geografía, todos esos San y Santa antepuestos a tantas poblaciones! Por no hablar de casos tan hirientes como Santa Cruz de Tenerife, en cuyo lugar propongo Ciudad Tenerife.

Tenemos una ímproba tarea por delante. Aún no ha llegado el día en que nadie se llamará José, María, Jesús o Pedro, sino Sostenibilidaz o Res-pe-tó! En que ya no habrá ni un solo cura o una sola monja y todas las iglesias habrán sido derruidas o convertidas en ludotecas. En que los niños serán educados libres de prejuicios tan absurdos y an-ti-guóss! como que existen normas morales que ni siquiera la voluntad democrática de la mayoría puede cambiar. Todavía no ha llegado ese mundo feliz en que no habrá sentimientos de remordimiento ni culpa, y nadie se preocupará vanamente por el sentido de la existencia ni pensará diferente de los demás, a causa de peregrinas ideas debidas a la interferencia de los padres o difundidas por libros.

Vivimos todavía en una fase primitiva de la evolución, en la cual errores venerables y decrépitos siguen transmitiéndose por culpa de prejuicios liberales que impiden al Estado controlar por completo la producción cultural, depurando toda insana concepción que no sea acorde con la verdad científica. Una fase en la cual todavía el rancio humanitarismo de raíz judeocristiana impide reducir la población humana a un tercio de la actual, para alcanzar la sos-te-ni-bi-li-daz y proteger la bio-di-ver-si-daz. Vivimos en un tiempo donde millones de habitantes del planeta todavía creen que pueden tener los hijos que les dé la gana, educarlos como quieran, comer y beber lo que les apetezca o desplazarse en el medio de transporte que elijan. Y además hay millones de otros que no pueden permitirse esos lujos indecentes, pero aspiran a conseguirlo para sí o para sus hijos.

Todo esto tiene que acabar, pero no podemos cometer los errores del pasado. Debemos ir introduciendo gradualmente las nuevas ideas que liberarán al hombre de las supersticiones antisociales. Nada de matar curas ni quemar iglesias como en el año 24 aZ. Poco a poco, el control sistemático de la educación y los medios de comunicación nos permitirá alcanzar nuestros objetivos de manera suave e indolora, salvo los inevitables excesos esporádicos que implica la marcha imparable del Pro-gre-ssó!