domingo, 7 de junio de 2015

Reivindicación del porqué

Una buena imagen del estado actual del conocimiento científico podría ser la de un rompecabezas a medio hacer. Se ha popularizado la idea de que a este puzle le faltan muy pocas piezas, de que estamos cerca, por primera vez en la historia, de una explicación total y completa de la realidad. Creo que esta concepción es cuando menos muy precipitada. Es verdad que hemos conseguido colocar amplias islas de piezas, que nos ofrecen ciertos atisbos del cuadro final. (A diferencia de los puzles normales, en este nos falta el modelo, lo que da una vaga idea de su dificultad singular.) Pero pienso que es mucho más lo que falta que lo que ya tenemos, aunque no pueda naturalmente precisar o justificar suficientemente mi metáfora. En concreto, carecemos de las piezas esenciales que conectan la teoría cuántica con la teoría de la Relatividad General. Y también hay huecos considerables entre la primera y la bioquímica, entre esta y la biología y la medicina, así como entre todas las demás disciplinas naturales, aparte de los agujeros que persisten dentro de cada una de ellas. Uno de los más notables se halla en la cosmología: los físicos siguen sin conocer la naturaleza del 70 % de la energía que compone el universo, lo que graciosamente han denominado “energía oscura”, y que es responsable de que la expansión del cosmos, después de la Gran Explosión, no sólo continúe sino de que esté acelerándose.
Dicho esto, y aunque esa imagen del rompecabezas en construcción fuese excesivamente prudente, existe otra idea sumamente difundida, y que en mi opinión es todavía más problemática que la visión más optimista del puzle. Se trata de la idea según la cual, hasta hace poco, los huecos del conocimiento venían siendo rellenados por la creencia en Dios, y que a medida que la ciencia va colocando más piezas en esos espacios intermedios, los creyentes nos vamos viendo más y más arrinconados, como los indígenas del Oeste americano que iban resistiendo en territorios menguantes, hasta verse confinados hoy en parques temáticos para hacer las delicias de los turistas.
Sin duda, es cierto que en épocas pasadas se abusó de la idea de Dios para conllevar la ignorancia acerca de muchas cosas. Pero creo que en lo esencial no se trata de un fenómeno distinto de la tendencia genérica de dar un nombre a lo desconocido, que persiste en el actual lenguaje científico. La “energía oscura”, que acabamos de mencionar, es un buen ejemplo de ello, aunque hay muchos más. Nombrar lo desconocido tiene un cierto efecto tranquilizador, nos produce la ilusión de que es algo menos desconcertante, al igual que en un problema de álgebra, llamar x a la solución ya nos acerca más a ella, pues nos permite al menos expresar la ecuación que debemos resolver. Pero la cuestión es: ¿disminuye nuestra ignorancia porque hablemos provisionalmente de energía oscura en lugar de –pongamos– “energía divina”?
El punto esencial no es, sin embargo, la ignorancia humana acerca de tales o cuales materias particulares, que desde luego puede disminuir notablemente, sino un tipo de ignorancia mucho más fundamental, que no puede ser subsanada, al menos en este mundo. La ciencia siempre presupone un marco de inteligibilidad, en el cual trata de integrar todos los fenómenos. Este marco no es fijo, porque las observaciones, a partir de un determinado nivel acumulativo, obligan a modificarlo. Pero la existencia del marco, sea cual sea, se da siempre por descontada; es algo que, por definición, la ciencia ni puede ni pretende explicar. La inteligibilidad del mundo: este es el misterio de los misterios, que sigue tan intocado hoy como hace seis mil años. No por qué caen las manzanas hacia el suelo, sino por qué debería siquiera haber una ley a la que los objetos físicos estén sometidos.
El físico y divulgador Jorge Wagensberg ha expresado en parte lo que quiero decir en al menos uno de sus libros, titulado A más cómo, menos por qué (Tusquets, Barcelona, 2006.) Sin embargo, en otros pasajes de esta obra, recae de manera más o menos sutil en la concepción vulgar que considera la ciencia y la religión como incompatibles, en el sentido de que el crecimiento de la primera implicaría la disminución de la segunda. El comentario de varios pasajes y aforismos del libro (algunos de los cuales son verdaderos chispazos de ingenio) puede ser una buena manera de tratar de arrojar luz sobre estas fascinantes cuestiones.
Dice Wagensberg (aforismo 425): “La ciencia no trata del porqué de las cosas, sino del cómo.” Esta idea, que me parece muy exacta, la desarrolla en los aforismos 426 al 431. En ellos nos dice que las preguntas del tipo por qué siempre llevan a los científicos a preguntas del tipo cómo, pero más profundas. Así, la gravitación de Newton “no explica por qué se atraen dos masas sino cómo lo hacen.” Einstein, al hacerse la primera pregunta, simplemente encontró “otro cómo más general”, que es precisamente su Teoría de la Relatividad General.
Es entonces cuando Wagensberg, con un salto en mi opinión injustificado, propone el aforismo que da título al libro: “A más cómo, menos por qué” [429]. ¿Qué significa esto? Considerada la afirmación aisladamente, nos sugiere que la pregunta por qué siempre está en retroceso, es decir, que pertenece a una fase más primitiva del pensamiento humano en todas sus modalidades, y no sólo en las ciencias naturales. Si la cotejamos con otros pasajes del libro, la impresión es ambivalente. No está claro (o al menos no me ha quedado claro a mí) el valor que el autor otorga a preguntarse el porqué de las cosas, y no simplemente el cómo. O dicho de otra manera, si Wagensberg admite la validez de la filosofía, en el sentido clásico, o si por el contrario la considera sólo como una especie de prolegómeno a la indagación científica (que sería el auténtico conocimiento), o una reflexión epistemológica acerca de ella.
El aforismo siguiente parece proponer una cierta reconciliación: “La física aspira a una teoría en la que, por fin (?), se abracen el cómo y el porqué de las cosas.” Pero sigue sin estar del todo claro si ese abrazo no es un abrazo del oso, es decir, si no se trata de una pura absorción de la segunda pregunta en la primera. Algo así como si al final nos diéramos cuenta de que el último por qué, descorrido el velo de la ignorancia, no era más que un cómo. El aforismo 431 no disipa esta ambigüedad, aunque pueda parecer lo contrario. Se pregunta el autor por qué debería haber una teoría final, y se responde: “Por inducción, por deducción, por intuición, por ética, por mística, por lógica... ¡por estética!” No nos aclara si la mística no es más que una confusa experiencia estética, una insatisfacción preliminar que puede resolverse de modo muy distinto a como de hecho espera el místico.
Varios aforismos anteriores al que he citado en primer lugar parecen abonar más bien la última interpretación. Es decir, la idea de que la religión, o el sentimiento religioso, serían valiosos y respetables sólo en tanto que prefiguran de algún modo la inquietud intelectual y estética que origina la ciencia. Dice Wagensberg: “¿Por qué? es una pregunta de urgencia.” (¿Una fase a superar?) O incluso que es un “eficaz sucedáneo del qué, del cómo y del para qué.” Sólo en el aforismo 408 parece conceder una cierta autonomía a la filosofía, pero sin gran convencimiento: “El qué es lenguaje, el cómo es ciencia, el para qué es tecnología y el porqué es, quizá, filosofía.”
Al respecto, son claves los aforismos 132-136. Según Wagensberg, comprender una realidad es “comprimirla dentro de una ley”, y a su vez, “comprender una ley es comprimirla dentro de otra ley”. Esto implica, lógicamente, el concepto de ley fundamental, es decir, aquella que “no se comprime en ninguna otra”, o dicho lapidariamente:
“Una ley fundamental es incompresible.”
O lo que es lo mismo:
“Una ley fundamental es incomprensible.”
Si comprender algo es comprimirlo dentro de una ley más general, forzosamente la ley más general de todas será incompre(n)sible. Ahora bien, en esta formulación late una cierta resignación positivista. O sea, el convencimiento de que lo máximo a que podemos llegar es a formular una Ley fundamental que dé cuenta de todos los fenómenos, pero que en sí misma no tendría razón alguna. Lo cual supone descartar a priori la solución teísta, es decir, la idea de que una Inteligencia creadora habría podido elegir entre distintas leyes fundamentales posibles, por puro amor a las criaturas que resultan de dicha elección. El precedente clásico de esta concepción es Aristóteles, que identifica el ser con el bien, partiendo significativamente de la pregunta por qué:
“La ciencia superior a toda ciencia subordinada (...) es aquella que conoce el porqué debe hacerse cada cosa. Y este porqué es el bien de cada ser, que tomado en general, es lo mejor en todo el conjunto de los seres.” (Metafísica, I, II.)
La ciencia moderna se edifica desde el rechazo a esta doctrina finalista. Pero la cuestión es si ese rechazo metodológico puede ser absoluto, es decir, ir también más allá de las fronteras de la ciencia.
La posición de Wagensberg es bastante más inequívoca cuando habla explícitamente de la religión; y mucho menos sutil. Así, el aforismo 123, sentencia, casi panfletariamente: “La plegaria prepara bien la mente para la mística y perfectamente bien para la obediencia debida”. El autor desarrolla su no muy original crítica del teísmo en aforismos posteriores y en el capítulo 2 del Epílogo. Así, dice por ejemplo que “Dios no puede ser a la vez bueno y omnipotente” [545], con lo cual resuelve (?) de un plumazo el más viejo problema de la teología, sin la menor discusión, sin considerar ni por un momento las soluciones que ofrecen desde antiguo los pensadores cristianos. Pero es en el epílogo donde expone una argumentación sobre la relación entre la fe y la razón que interesa especialmente analizar. Sostiene Wagensberg, pág. 152: “Los creyentes que creen en la razón (...) viven una contradicción crónica.” Esto es así, explica el autor, porque “el creyente tiende a asumir verdades que la realidad puede confirmar, pero nunca desmentir”. Ahora bien, prosigue,
 “creer en la razón equivale a asumir que la realidad es inteligible; es decir, la percepción de la realidad es útil, (...) sirve para construir verdades que una sola excepción puede pulverizar. (...) Con la razón se puede cambiar una creencia; he aquí la contradicción.”
No puedo estar más de acuerdo con la definición de que creer en la razón es creer en la inteligibilidad de la realidad. Y efectivamente, esto implica que tiene sentido tratar de comprender el mundo mediante la observación. La ironía de todo ello (que me parece que Wagensberg no percibe) es que la misma crítica que hacemos a determinadas verdades del creyente religioso (como la existencia de Dios y otras relacionadas) se la podemos aplicar al creyente en la razón. ¿Existe alguna observación que podría llevarnos a abandonar la creencia de que la realidad es inteligible? Si la respuesta es que no, el racionalista no se distingue del teísta, al menos en el sentido en que cree el primero. Y si la respuesta es que sí, entonces la idea de que la percepción es un medio para conocer la realidad carece de fundamento, porque la realidad no es inteligible.
En contra de lo que la mitología cientificista ha conseguido que crean millones de personas, la creencia en un Dios racional fue decisiva para que prendiera la llama de la revolución científica. El Creador omnisciente era la garantía de la inteligibilidad del mundo. El hombre podía llegar a comprender la realidad precisamente porque esta procedía de una inteligencia análoga a la suya, aunque fuera infinita. Pero además de esto, un supuesto esencial del método científico naciente era que Dios había podido ordenarlo todo “en una infinidad de distintas formas”, de modo que “sólo la experiencia y en modo alguno la fuerza del razonamiento [por sí sola], permite conocer cuál de todas estas formas ha sido la elegida.” (Descartes, Los principios de la filosofía, III, 46, Alianza Universidad, Madrid, 1995, p.149.)
En resumen: no sólo la creencia en Dios no es incompatible con la creencia en la razón (la  inteligibilidad del mundo), sino que la segunda procede históricamente de la primera.
Wagensberg, siguiendo con su contraposición entre fe y razón, incurre también en el viejo equívoco de asociar el teísmo con el primitivismo, “esa tendencia ancestral y universal de alejar la duda”, e incluso llega a especular con “un gen de la fe” (p. 154), que habría permitido sobrevivir a nuestros antepasados en un hipotético estado original de incertidumbre, ante un mundo que no comprendían. Pero ese legado genético, con el tiempo, se convertiría en una fuente de problemas. Según nuestro autor, los grandes progresos de la humanidad, como la abolición de la esclavitud o la liberación de la mujer[1], deben agradecerse a unos pocos que se atrevieron a dudar, y que se encontraron con la resistencia de “millones de creyentes de cientos de miles de religiones desde el amanecer de la humanidad hasta ayer mismo”.
Lástima que este emocionante relato sea tan tosco. Para empezar, aunque fuera cierta la existencia de una tendencia congénita a la credulidad, la idea implícita de que la creencia en Dios viene determinada por nuestros genes (y que por tanto sería irracional) se contradice con los datos de la historia. El monoteísmo surgió relativamente tarde y por vez primera en una sola cultura, la hebrea, hace quizás unos tres mil años. Y realmente no alcanzó su formulación más elaborada hasta pensadores como San Agustín; es decir, siglos después de que la filosofía clásica hubiera alcanzado su madurez.
En cuanto a aquellos que lucharon por abolir la esclavitud, como William Wilberforce y otros, sencillamente no es cierto que fueran personas que se atrevieron a dudar, sino todo lo contrario; generalmente fueron fervientes cristianos, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta, eso que hoy molesta tanto al pensamiento relativista dominante. No deja de resultar significativa la posición de Wagensberg acerca de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que considera cercana a “un absoluto en materia de exigencia moral”. Dice:
“No conviene ser creyente ni siquiera en honor de tan hermosa idea, porque cualquier día caemos en la cuenta de que falta un nuevo derecho o un nuevo matiz.”
Lo de los “nuevos derechos” ya nos suena. En nombre de la “libertad sexual y reproductiva”, Occidente lleva décadas violando el más elemental de los derechos, el derecho a la vida de millones de seres humanos en edad embrionaria y fetal, esos que en otro aforismo Wagensberg considera que no son seres humanos reales “porque no existen seres humanos unicelulares, ni bicelulares, ni tetracelulares...” [650]. (¿Y por qué el número de células debería ser esencial en la definición de lo humano?)
Dividir el mundo entre creyentes y no creyentes es un viejo truco de quienes creen cosas opuestas a quienes llaman creyentes. Todo el mundo cree algo, con tanta más fuerza cuanto menos consciente es de ello, o cuanto más identifica su creencia con lo “racional” o lo “científico”. Y también, todos dudamos de algo. Yo, sin ir más lejos, suelo dudar de muchas cosas en las que creen los progresistas y los que se dicen agnósticos –aunque estos parecen tener ideas muy claras acerca de si hay otra vida, por ejemplo. ("Sé perfectamente a adónde iré cuando me muera", decía Wagensberg en esta entrevista.)
Joseph Ratzinger, muchos años antes de convertirse en Benedicto XVI, escribió algo que me parece una forma inmejorable de dejar por el momento estas reflexiones:
“De la misma manera que el creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad, que es para él su más seria tentación, así también la fe será siempre tentación para el no-creyente y amenaza su mundo al parecer cerrado de una vez para siempre. En una palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable. (J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca, 2013, pp. 38-39.)




[1] Sobre esto de la liberación femenina de una supuesta opresión milenaria, Julián Marías dijo cosas muy pertinentes: “Tienen [las feministas] la impresión de que la condición de la mujer ha sido horrible en todas las épocas; que ha estado oprimida y ha sido más o menos esclava. (...) Ahora, que las mujeres del siglo XIII encontraran tan horrible lo que les pasaba, esto habría que averiguarlo; las mujeres del tiempo de Cervantes ¿estaban oprimidas? Algunas sí, otras dirían que no. Es un error parecido al de los progresistas, que ven la historia entera de la humanidad como un largo proceso destinado a producirlos a ellos.” Julián Marías, La mujer en el siglo XX, Alianza Ed., Madrid, 1982, p. 19.

jueves, 4 de junio de 2015

Mejor que Rajoy siga

Apenas cinco días después del 24-M, la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo dijo en ABC lo que probablemente piensan muchos de sus compañeros de militancia, pero no se atreven a expresar en voz alta: que Mariano Rajoy no debería presentarse a la reelección como presidente del gobierno, si es que quiere que su partido no pierda las próximas elecciones generales. Modestamente, yo opino que lo mejor para España sería que Rajoy volviera a ser el candidato del PP. Para sostener tal cosa, me baso en la siguiente hipótesis:
El PP no va a gobernar, en cualquier caso, a partir de 2016.
Mi hipótesis se puede verificar de dos maneras: O bien el PP gana las elecciones sin obtener mayoría absoluta, o bien el PP pierde las elecciones.
En la primera posibilidad, pueden formarse varios gobiernos, en solitario o en coalición. Por ejemplo, del PSOE con el apoyo de Ciudadanos o de Podemos. Lo menos probable es que gobierne el Partido Popular, o que gobierne otro partido con el apoyo del PP, porque para ello, deberían darse a la vez dos condiciones: que el PP y otro partido que no sea el PSOE ni Podemos sumen mayoría absoluta, y que dicho partido (pongamos que hablo de Ciudadanos) no pueda formar también mayoría absoluta con el PSOE. Como hemos visto en el municipio de Madrid, el PSOE no esta dispuesto a apoyar a un gobierno de los populares ni aunque le ofrezcan a cambio la presidencia del gobierno. O para decirlo más exactamente, una de las peores pesadillas de los socialistas sería deberle semejante favor (siquiera moralmente) a la derecha. En cuanto a Albert Rivera, no me lo imagino dilapidando su meteórica ascensión política entregándole el gobierno al PP, mientras tenga la menor posibilidad de evitarlo.
Eliminado, pues, el PP de la mayoría de combinaciones, incluso como simple apoyo del gobierno de otro partido, el resultado es que aumentan las probabilidades de un gobierno del PSOE con el apoyo de Podemos, o al revés. Nótese la paradoja: la llegada al poder de la extrema izquierda es más probable si el PP “gana” las elecciones generales. Un PP con mayoría relativa no sólo es poco probable que gobierne, sino que podría convertirse en un tapón que beneficiaría al radicalismo, pues reduciría el número de posibilidades en las que no entra Podemos.
Hay quien opina que a lo mejor lo que este país necesita son cuatro años de populismo bolivariano, para que quienes se han dejado seducir por él se desengañen de una vez. Pero cuando estos movimientos totalitarios llegan al poder, por muchos destrozos que hagan, tienden a enquistarse en él, como demuestra el caso paradigmático de Venezuela. No quiero ni pensar en lo que podrían suponer ocho o más años de esa gente en el gobierno.
Veamos ahora qué ocurre si el PP pierde directamente las elecciones, quedando previsiblemente como segunda fuerza. En este caso, a las posibilidades que contemplábamos antes podríamos añadir un gobierno del PSOE o de Ciudadanos apoyados por el PP, aunque sólo fuera para la investidura, los presupuestos y poca cosa más. Es decir, PSOE y Ciudadanos pueden dejarse sostener, de manera más fácil de asimilar por sus votantes y militantes, por un PP que haya perdido las elecciones, y que sólo tenga precisamente eso que ofrecer, un apoyo barato. Ello reduce las probabilidades de un gobierno populista, aunque sigan siendo considerables. Así que lo menos malo es que el PP pierda las elecciones, teniendo en cuenta que de todos modos no va a gobernar (hipótesis de partida).
Ahora bien, para que el PP pierda, lo suyo es que siga al frente uno de los políticos que despierta menos ilusiones entre los españoles: Mariano Rajoy. El actual presidente debe ser candidato a las próximas elecciones para perderlas, ofreciendo al menos ese sacrificio por su país. Eso sí, al día siguiente que se retire a Pontevedra o a donde quiera, y que el partido comience su merecida travesía por el desierto, con una imprescindible refundación.

El PP no puede realizar una transformación creíble en cinco meses, como pretenden algunos. En cuatro años en la oposición ya sería más factible, aunque entretanto también puede consolidarse una alternativa de derecha como Vox. Votar a esta formación en las elecciones de final de año sería sin duda un buen modo de contribuir a que pierda el PP. Con Rajoy o sin Rajoy.

lunes, 1 de junio de 2015

Ocho años de dudas y certezas

Pronto –el 17 de junio– hará ocho años que empecé este blog. Son más de mil entradas, algunas de las cuales dieron origen a mi primer libro, Contra la izquierda. En mi segunda entrada, “Elogio de la duda”, traté de explicar por qué lo llamé Archipiélago Duda, aparte de la obvia alusión a la obra de Alexandr Solzhenitsin. Ya entonces apunté que es bueno dudar también de la duda. No soy un entusiasta del moderno culto a dudar de todo, inaugurado por Descartes. Fue este uno de los tres o cuatro mayores filósofos de la historia (junto a Platón, Aristóteles y Kant), al menos por su influencia, pero hoy pienso que en un balance final, el cartesianismo ha hecho más mal que bien. La pretensión utópica de empezar desde cero pasa fácilmente del orden teórico al práctico.
Confieso que he pensado más de una vez en cambiar el nombre de la bitácora, no del todo satisfecho con él, o incluso abandonarla. Pero siempre acabo manteniéndolo, e incluso renovando anualmente el dominio archipielagoduda.com –generalmente después de varios avisos de pago pendiente. Supongo que el motivo principal es el respeto a mis escasos pero fieles lectores, la mayoría (al menos, entre los que conozco) mucho más esclarecidos que yo, lo que me honra y me anima a seguir.
Mi primer impulso al crear este blog no fue convencer a nadie de nada, sino como mínimo hacer dudar a alguien de los dogmas y prejuicios del “pensamiento único”, expresión lanzada por la izquierda en los años 90 para referirse al “neoliberalismo”, tras la caída del muro de Berlín –pero que con toda justicia se le ha vuelto en contra. Sin embargo, hay una segunda derivada en el nombre, y es que yo mismo, hace ocho años, estaba inmerso, todavía sin saberlo, en un dubitativo proceso de vuelta al catolicismo de mi infancia. Mis padres eran católicos no practicantes apenas. Vamos, que no íbamos a misa los domingos, ni rezábamos en casa, pero los cuatro hermanos estábamos bautizados y habíamos celebrado la primera comunión, como el 99 por ciento de la población española entonces. (Perdonad que hable de mí, pero como alguien dijo, soy la persona que tengo más a mano.)
Ya el primer día que escribí en el blog me referí a la obra de Bertrand de Jouvenel Sobre el poder (publicada en 1944, el mismo año que Camino de servidumbre de Hayek), uno de los libros que más me ha influido en la vida, si no el que más (políticamente hablando). Una tesis fundamental de esta obra es que la secularización moderna es un proceso que ha contribuido decisivamente al crecimiento del poder de los Estados. Es decir, que contra la idea vulgar de que la religión es un aliado natural del poder (“el trono y el altar”, “el opio del pueblo”), en realidad son las ideologías laicas, y sobre todo ateas, las que más favorecen la expansión sin límites del estatismo. El relativismo moral, que es el resultado impepinable del escepticismo religioso (se pongan como se pongan todos los catedráticos de Ética del orbe), en manos de los gobernantes, es la mayor arma de destrucción masiva que existe. Es el sueño de todo dictador puro. Si el bien y el mal pueden redefinirse a nuestro antojo (en la bioética y todo lo demás), adivinen a quién beneficiará más tal cosa: a los hombres corrientes, la gente humilde que madruga todos los días para ganarse la vida, o a los más ambiciosos y carentes de escrúpulos, que por supuesto siempre saben hablar en nombre de los primeros.
No recuerdo si en este mismo blog he contado cómo perdí la fe a los catorce o quince años. Yo admiraba a divulgadores científicos como Isaac Asimov o Carl Sagan. Precozmente había leído incluso a Freud, concretamente La interpretación de los sueños (atraído sin duda por el título), lo que me proporcionó unas nociones seguramente inexactas, pero notables para mi edad, del psicoanálisis, que yo consideraba como una doctrina científica. Sin embargo, lo que me sacudió como una especie de iluminación fue un resumen de la concepción de Freud sobre la religión que, irónicamente, encontré en un libro de texto de religión del bachillerato de entonces (por desgracia he olvidado los autores y la editorial), que honradamente exponía los puntos de vista de los pensadores ateos. La idea de Dios como una mera interiorización del padre: he aquí el fogonazo que en mi adolescencia me hizo sentir súbitamente que la divinidad era una mera ilusión, una especie de complejo del que uno podía y debía curarse. Ningún autor ateo de los que posteriormente leí, ni Marx, ni Nietzsche –tal vez sólo el panteísta Spinoza– tuvo un efecto comparable en mí.
Hoy puede sorprender a los más jóvenes que Freud me impactara tanto, no sólo porque el psiconálisis ha perdido merecidamente el prestigio que llegó a tener, sino porque la figura del padre también ha dejado de inspirar el respeto de antaño. Ahora para muchos el padre es poco más que el “ex” de la madre, un tipo al que ven una vez a la semana, o a la quincena, un colega simpático que les hace regalos y les lleva al McDonalds y al cine. Para que se me entienda, debo decir que mi padre, que en paz descanse, era un padre de los de antes. Vaya, que imponía respeto, y que “simpático” sólo lo era a ratos y a su manera. Así que la doctrina de Dios como una personificación imaginaria del superego represor, nacido de la relación de dominio paterno, se me reveló una verdad como un puño, porque encajaba con mi experiencia del padre como una presencia que infundía amor y seguridad pero también, a veces, me oprimía con sus mandatos inapelables.
Según la doctrina católica, la fe es una gracia de Dios, por lo que perseverar en ella o recuperarla no es posible sin su intervención sobrenatural. Admitido esto, puede describirse el proceso visible del retorno a la fe, que acaso sea distinto en cada caso. Supongo que algo común a todos tiene que ser alguna forma de insatisfacción previa, de “nostalgia de Dios”. Desde el primer momento tuve problemas para identificarme con el ateísmo ramplón o el agnosticismo al uso, que no es apenas distinguible del primero. Aunque había perdido la fe, nunca tuve claro en absoluto que la inexistencia de Dios fuera un asunto zanjado, nunca comprendí el puro indeferentismo. Sin embargo, no por ello dejaba de tener serias dificultades para admitir una concepción de Dios “antropomórfica”, lo que significaba automáticamente sospechosa. En varias entradas anteriores (ver la etiqueta Religión de este blog) he tratado estas cuestiones. En resumen, gradualmente fui reconociendo que era incapaz de comprender el mundo, y de fundamentar mis convicciones éticas, prescindiendo de Dios. (Tampoco me he sentido atraído nunca por los sucedáneos orientales, que sirven para apagar superficialmente la sed de espiritualidad de tantas personas.) Al principio, esto no me llevó a creer de nuevo en un ser trascendente, sino más bien a una posición cercana a la de Emil Cioran. Es decir, la invencible dificultad de creer en Dios pero también de creer en cualquier ídolo sustitutorio, como la Razón, la Revolución, el Progreso o la Energía Cósmica... En la práctica, en mi caso esto se traducía en una actitud liberal clásica, es decir, en un escepticismo hacia todo utopismo, en una desconfianza casi instintiva hacia el poder político y los salvadores terrenales.
Podría haber persistido indefinidamente en esta posición cómoda y revestida de una innegable elegancia intelectual y estética. Admiraba (y admiro) a un liberal ateo como Jean-François Revel, al agnóstico Friedrich Hakey y otros autores que se mantenían pulcramente alejados de cualquier fórmula religiosa. Pero oscuramente sabía que no tenía suficiente con esto.
Una cuestión clave fue el tema del aborto. Antes, yo no era provida. No sólo no lo era sino que estuve dispuesto a consentir el aborto de un hijo mío. Es la primera vez que lo cuento públicamente. Cuando mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo, en una ecografía se le detectó un marcador de enfermedad congénita, lo que unido a la edad de la madre, que entonces tenía 38 años (aparentaba 30), le llevó al médico de la Seguridad Social a aconsejarnos (sic) el aborto. Hasta que se le practicó a mi mujer una amniocentesis, unos meses después, yo estaba decidido a semejante barbaridad. Mi mujer no lo tenía ni mucho menos tan claro, pero no me contradijo, quizás presintiendo que todo acabaría bien. En efecto, gracias a Dios, esa última prueba arrojó resultado negativo, por lo que el embarazo prosiguió con normalidad, y hoy tenemos a un muchachote de doce años, perfectamente sano. Lo llamamos Víctor, por su abuela Victoria y porque en cierto modo fue un chico victorioso ya antes de nacer. Años después descubrimos que el día de su nacimiento, el 30 de marzo, se conmemora a San Víctor, mártir de Tesalónica del siglo IV.
Gracias al sacramento de la confesión, he dejado de atormentarme por aquel pecado de intención. Sobre todo, nunca dejo de dar gracias a Dios por no haberme dado la ocasión de cometer el pecado de obra, y en cambio haberme regalado a mi hijo menor. Desde entonces, mi oposición al aborto ha sido cada vez más radical.

Sin embargo, por mucho que incluso providas católicos aseguren, con la mejor intención, que la posición del aborto no depende de las creencias religiosas, yo no he conseguido nunca verlo. Por supuesto que hay agnósticos y ateos que están contra el aborto, igual que están contra el asesinato y el robo. Pero el problema es que sus razonamientos, pese a que les conduzcan a una conclusión verdadera, me parecen por completo insuficientes. Es que por mucho que hablemos del ADN único e irrepetible del cigoto, soy incapaz de percibir, como el filósofo David Hume, el momento exacto en que pasamos milagrosamente de las observaciones a los preceptos éticos. Por supuesto, la ciencia es una aliada inestimable para determinar en qué instante empieza la vida humana individual, pero la ciencia jamás nos dirá por qué debemos respetar, no ya la vida de una célula embrionaria, sino la de un adulto. Ni la ciencia ni ninguna filosofía que prescinda de Dios, añado. Por acabar de decirlo todo, no puedo simpatizar con el empeño de algunos cristianos de dar más importancia al testimonio de un ateo contra el aborto que a los de mil creyentes. Lo cual no significa que haya que despreciar las coincidencias.


Bien es verdad que el hecho de que necesitemos a Dios para fundamentar la moral, aunque sea un indicio impresionante, no demuestra que exista. Pero tampoco pienso que sólo podamos conocer a Dios mediante la fe. Tenemos razones metafísicas poderosísimas para creer que el mundo existe como resultado de una elección consciente primordial, y no como resultado de una ciega necesidad, o sin causa alguna. Mi insatisfacción con los argumentos seculares que pretenden fundamentar la ética en una razón autosuficiente, o explicar el universo como una especie de erupto cuántico de la nada, fue la que me llevó (haciendo abstracción de la Gracia) a encontrar esos argumentos, que con mayor o menor torpeza he expuesto en entradas anteriores. Es decir, pienso que se pueden fundamentar racionalmente los preceptos morales en general, pero ello pasa ineludiblemente por los argumentos a favor de la existencia de Dios. (Dicho esto, no creo que el hombre hubiera podido dar con ellos por sí solo sin la revelación de las Escrituras. Abandonada a sí misma, la razón puede producir un Aristóteles, pero no un Santo Tomás.)
Con todo, a veces me asaltan de nuevo las viejas dudas. Por un momento me pregunto: ¿y si después de todo Dios no existiera? Pero os diré por qué estos momentos de debilidad me duran poco. Un mundo sin Dios, una naturaleza regida por procesos que se repiten absurdamente, sin ningún sentido ni propósito, me resulta sencillamente increíble. Los ateos no consiguen creer en un Dios infinitamente poderoso y bueno. Yo no consigo creer ya en un mundo infinitamente estúpido, como sin duda lo sería, si toda su admirable complejidad no sirviera más que para producir esa fugaz agitación que llamamos consciencia, entre dos nadas: la nada anterior al nacimiento y la nada posterior a la muerte. No, no es que no quiera creer esto. Lo he pensado durante años, y he podido vivir con ello. (¿No creo ahora en Dios, y sin embargo, pecador de mí, me olvido de Él gran parte del día, ocupado en mis insignificantes asuntos?) Es que, sinceramente, ya no puedo creerlo. Si el principio, el arjé que buscaban los filósofos presocráticos, no es un Ser consciente, sino la materia inerte, la singularidad inicial, el vacío cuántico o qué sé yo, este mundo es tan absurdo como comprendieron perfectamente Cioran o Camus, a los que sólo les faltó (que sepamos) dar el último paso, ir más allá de la penúltima verdad, la lucidez definitiva.
Respeto profundamente a pensadores como los citados, a aquellos que son capaces de extraer hasta las últimas consecuencias de su incapacidad de creer en Dios, de purgarse de toda ilusión. En cambio, me despiertan una invencible pereza los ateos humanistas, aquellos que pretenden que creamos que tiene algún sentido hablar de ética, de progreso, de libertad e igualdad –y al mismo tiempo sostener que somos un mero accidente de la combinatoria molecular (”polvo de estrellas”, cuando se ponen cursis), o que no es imprescindible saber qué somos realmente. No puedo evitar compadecer a los indiferentes, a los que nunca se preguntan qué hacemos aquí; pero los agnósticos me parecen mucho menos disculpables. El indeferentismo nace de nuestra debilidad, de nuestra propensión a la inconsciencia, al olvido, a la distracción. Pero el agnosticismo y el ateísmo son errores en gran parte buscados, son un empecinamiento en querer negar la trascendencia, en querer debérnoslo todo a nosotros mismos, en no tener que responder ante nadie superior.

A través de este blog espero seguir tratando de inspirar dudas a todos aquellos que sólo saben dudar en una dirección, o hasta un punto determinado. A aquellos que no creen en Dios pero creen en el progreso, el socialismo y los derechos de los chimpancés. Hace un tiempo hallé la que creo que es la definición más incisiva del progresista: es aquel que no llega hasta las últimas consecuencias, aquel que cree haberse liberado del cristianismo y los “prejuicios” pero no es capaz ir hasta el fondo, sino que sigue creyendo en un Sermón de la Montaña secularizado y sesgado, en un evangelio políticamente correcto, sin los milagros y sin la Resurrección. (Un católico progresista, lamentablemente, apenas es distinguible por su lenguaje.) En definitiva, un progresista es aquel que dejó de dudar aproximadamente a los dieciséis años, aquel que reemplazó las ingenuidades de la infancia por ingenuidades adolescentes de signo contrario, cuando debería haber continuado cuestionándolo todo y así tal vez acabar llegando, con la ayuda de Dios, a la disyuntiva última entre el nihilismo sin concesiones y Jesucristo.

sábado, 30 de mayo de 2015

La responsabilidad de los católicos

La gran mayoría de la población sabe, o cree saber, qué es el socialismo, y sabe, o cree saber, qué es el "neoliberalismo" (yo reconozco que esto último no mucho). El socialismo es para la gente distribuir la riqueza, servicios sociales "gratuitos" (pagados por el contribuyente), compasión por los pobres. El neoliberalismo son los mercaos, las empresas del IBEX 35, los bancos, el palco del Real Madrid: los ricos, en suma, resistiéndose como gatos panza arriba a ese reparto de la riqueza. No traten de profundizar mucho más. Ampliando un poco estas nociones, hablaríamos de izquierda y derecha, que vienen a ser sinónimos del anterior par de términos, con el añadido de que la derecha es beatona e inculta, mientras que la izquierda es todo lo contrario, además de idealista, simpática y molona.

Que la gente, en general, desconozca los rudimentos del liberalismo, especialmente en su vertiente económica, dos siglos y medio después de la publicación de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, puede inspirarnos cierta melancolía, pero tampoco nos debería chocar demasiado. Alguien dijo que el pueblo permanece siempre en la infancia. (Debió ser el cenizo de Schopenhauer, supongo.) Lo que ya resulta mucho más deprimente es que, en unas pocas décadas, la gente haya olvidado casi por completo el catolicismo, que tiene dos mil años. No se trata de que haya dejado de creer en él, es que incluso muchos que todavía se siguen declarando católicos han dejado de comprender lo esencial de la doctrina que supuestamente profesan, a juzgar por las opiniones que circulan masivamente sobre cuestiones de moral, y en ocasiones también sobre los dogmas centrales del cristianismo. Insisto, entre los mismos creyentes.

Se me ocurren de entrada dos explicaciones de este fenómeno. Una es que la evangelización siempre fue en realidad mucho más superficial de lo que se había creído. Es decir, el pueblo se limitaba a acatar el cristianismo bovinamente, mientras la Iglesia estuvo asociada de un modo más o menos directo con el poder terrenal. Por eso, en cuanto los intelectuales y los gobernantes dejaron de ser piadosos, ni siquiera en apariencia, el pueblo creyó que tampoco estaba obligado a serlo, como el escolar que no se prepara una lección porque le ha llegado el rumor de que "no entra en el examen".

La otra explicación es perfectamente compatible con la anterior, pero goza además de la ventaja del respaldo abrumador de los hechos. Resumiendo, una parte del clero católico, a partir de los años sesenta, dejó él mismo de creer en la doctrina que debía difundir y aplicar. Cuando Cristo se convierte en un revolucionario que vino a denunciar la pobreza y la injusticia social, en un Marx cualquiera avant la lettre, la Pasión y la Resurrección acaban inevitablemente, se quiera o no, en un segundo plano. Lo cual es como si, en la medicina, el interés por la curación quedara supeditado a algún tipo de sociología de la salud y la enfermedad.

La obsesión por las desigualdades es quizás la mayor enfermedad de nuestro tiempo. Todo lo contamina, todo lo politiza: la educación, la cultura, las relaciones entre hombre y mujer y, finalmente, la religión. Es una enfermedad o manía porque la desigualdad no es el problema más importante del hombre, y muchas veces ni siquiera es un problema. En primer lugar, no es el problema más importante porque si alguien pasa hambre, el problema no es (y no suele tener relación causal con) que haya otros que coman hasta reventar, sino el hecho mismo de pasar hambre. (Si todo el mundo tuviera el estómago vacío, el problema sería lógicamente aún más grave, no menos.) Aquí causa estragos la ignorancia del liberalismo económico, que nos enseña que la creación de riqueza no es un juego de suma cero (unos tienen poco porque otros tienen mucho), sino un resultado de la productividad, que depende de la tecnología y de la libertad de mercado.

En segundo lugar, la desigualdad con frecuencia no es ningún problema, o al menos un problema objetivo. Pienso particularmente en la paranoia del género, que se empeña en ver agravios en toda diferencia sexual. Si por ejemplo hay más camioneros que camioneras, sería debido, al parecer, al proverbial machismo del gremio en particular, y de la sociedad en general; no a que, tal vez, la mayoría de mujeres no se sientan suficientemente seducidas por chuparse horas y horas de carretera, sentadas al volante. (Los hombres, sobre todo a la edad en que deciden hacerse camioneros, suelen estar mucho más locos.) Y al revés, si hay más mujeres que se dedican a cuidar niños, no es porque muchas sientan que es una de las misiones más importantes, nobles y felices que puede haber, sino porque una conspiración patriarcal milenaria las ha condenado a la -por lo visto- denigrante tarea de limpiar culos y mocos. Es tan miserable, tan resentida, tan sórdida la visión de la vida del feminismo actual, que prácticamente imposibilita rehabilitar el término, que tuvo su justificación en reivindicaciones de principios de siglo.

Y en eso estamos. Hay poca escapatoria: en cualquier reunión familiar de más de ocho personas, indefectiblemente, alguien sentenciará que "el problema" (da igual de qué estemos hablando, incluso del inquietante avance del yijadismo) es que "las diferencias entre pobres y ricos no paran de aumentar". (Tesis que, década tras década, año tras año, los datos se empeñan en contradecir, aunque la prensa los relegue a la página 32, véase La Vanguardia del jueves 28 de mayo.) Ah, y nunca falta el soniquete de que la Iglesia debería adaptarse a los tiempos modernos, y aceptar los anticonceptivos, el divorcio y bendecir a los gays. ("A ver si al nuevo papa le dejan...")

Es crucial insistir en la relación entre ambas cosas, entre el éxito de la sociología de todo a cien y la descristianización de las masas. Primero empezaron los curas a jugar a la revolución social, y ahora, en una segunda fase, se encuentran con que ya sólo una minoría de sus feligreses cree en la indisolubilidad del matrimonio, en la castidad y en la existencia del pecado. Se empieza haciendo del Evangelio un panfleto de agitación social, y se acaba sustituyendo la clase de religión en los colegios por máquinas expendedoras de preservativos. Del comunismo a la comuna. Esto fue en esencia el Mayo del 68: una redefinición de objetivos de la izquierda.

Es natural que los progresistas asistan divertidos al proceso. Lo mosqueante es que tantos católicos, incluso en las más altas jerarquías vaticanas, sigan sin enterarse. Algunos de ellos nos dan la matraca día sí y día también con sus denuncias altisonantes del capitalismo, de "la idolatría del dinero", y todo el repertorio habitual de confusionismo inepto entre antropología y angelología, entre el estómago y el alma; como si Dios no nos hubiera dado las dos cosas, como si pudiera existir la civilización tal como la conocemos sin intercambios comerciales, sin precios, sin bancos, sin fondos de inversión, sin concentración industrial. Como si pudieran subsistir siete mil millones de seres humanos cultivando siete mil millones de huertecitos y practicando el trueque. Por disculpables que, hasta cierto punto, puedan parecer estas ensoñaciones bucólicas, el catolicismo tiene poco o nada que ver con ellas. Y cualquier error sobre lo que verdaderamente es el cristianismo sólo conduce a multiplicar los errores, porque la Verdad es una, y no podemos desvirtuarla por un lado sin que afecte al resto. Al menos, los católicos deberíamos saberlo mejor que nadie.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Qué quiere ser Vox de mayor

Vaya por delante que quien escribe no es nadie para dar consejos a Vox. Simplemente, expreso mis opiniones, desde mi simpatía con un proyecto político nuevo, que está encontrando más dificultades de las esperadas.

Vox no ha conseguido hasta ahora sus mínimos objetivos iniciales, que eran obtener representación en el parlamento europeo, y posteriormente en algún parlamento autonómico, o en algún municipio importante. Incluso podría decirse que en su corta vida ha venido a menos, pues en las elecciones del pasado domingo ha recabado sólo la tercera parte de los votos de las europeas. Sin embargo, este dato es menos malo de lo que aparenta, porque Vox no se presentaba en toda España, ni mucho menos. (Sin ir más lejos, yo no pude votarles esta vez, porque no había lista de Vox en Tarragona.) Teniendo en cuenta esto, sigue siendo factible obtener representación en las elecciones generales que se celebrarán (si no se adelantan) en seis o siete meses.

Ahora bien, para que los votantes se decidan por Vox, se necesita algo más que apelar a su conciencia. Es preciso ilusionarles con un objetivo realista, asequible y ambicioso a la vez. Tratemos de precisarlo. Está claro que Vox no va a ganar las próximas elecciones generales. Tampoco es probable que vaya a obtener un número de diputados suficiente para hacerse con la llave de la gobernabilidad, aunque esto nunca se sabe. En un Congreso muy fragmentado, un sólo diputado puede llegar a ser decisivo. Pero dejando de lado estos imponderables, Vox por ahora sólo puede aspirar a influir, a que se escuche su voz en las Cortes y a que se debatan sus propuestas o enmiendas. Para ello se requeriría tener Grupo Parlamentario propio, es decir, que contara con cinco diputados y un 5 % de representación. Un millón y medio de votos, para entendernos.

Estamos hablando de multiplicar por seis sus mejores resultados, los 250.000 votos de las pasadas elecciones europeas. ¿Es descabellado? No diría tanto, aunque sí sumamente difícil. Sin embargo, creo que plantear el objetivo del "millón y medio" puede ser útil. Con frecuencia es necesario proponerse una meta ambiciosa, aunque sólo sea para obtener unos resultados más modestos. Si Vox entra en el Congreso, ya será un éxito, pero probablemente no se pueda conseguir si no aspira a algo más.

Por supuesto, no bastará con decirle a la gente: "necesitamos un millón y medio de votos", danos el tuyo. En mi humilde opinión, Vox tiene que encontrar un gancho dialéctico que lo identifique claramente, que penetre no sólo en los simpatizantes más concienciados, sino que pueda abrir una brecha (una pequeña fisura sería suficiente) en la cerrada mentalidad socialdemócrata de los españoles. Y no me refiero a vídeos virales, que pueden estar muy bien elaborados, pero que llegan a mucha menos gente de la que se cree. Como decía el otro día un tertuliano, el taxista no se entera del trending topic. Pensar que se pueden ganar elecciones con las redes sociales me parece (por el momento) fantasioso, porque en dichas redes están todos, los que aparecen en la televisión y los que no; y adivinen quiénes poseen la ventaja decisiva.

Ese gancho dialéctico o leitmotiv podría ser algo así como "recortemos a los políticos". Nótese, no al Estado, que mucha gente identifica con algo "suyo", la Seguridad Social, las pensiones, los hospitales. Los políticos. Esto no tiene nada que ver con el viejo discurso ultraderechista de "fuera todos los políticos" (¿y a quién ponemos? ¿a los militares?), ni tampoco con la demagogia de Podemos contra "la casta", que en realidad pretende aumentar aún más el peso de la política en la vida de los ciudadanos, esto es, desplazar a la casta actual para instaurar una mucho más onerosa y opresiva. Lo que defiende Vox es una reducción de carácter permanente, estructural, del número de políticos (especialmente en las administraciones autonómicas, cuyo objetivo último es eliminar) y, por tanto, del dinero que manejan, su desmedido intervencionismo y las casi irresistibles tentaciones de corrupción que ambas cosas conllevan.

Que Vox dé una cifra concreta del número de políticos que tendrían que irse a sus casas; esto podría tener mucho más impacto que hablar de millones de euros de ahorro (¿quién no se pierde con tantos ceros?) o incluso de porcentajes del PIB, que se perciben como excesivamente tecnocráticos. No es fácil calcular con precisión cuántos cargos políticos hay en España y por tanto de cuántos podría prescindirse. En una rápida investigación en la web, te encuentras con estimaciones que van de los 100.000 a más de 400.000. Si nos limitamos a la administración autonómica, el sociólogo Ferran Martínez (nada sospechoso de "neoliberal") ofrece un cálculo "a ojo" de 65.000 cargos, entre diputados, consejeros, secretarios y directores generales, asesores y enchufados varios. Ferran, perezosamente, calcula 150 diputados por cada uno de los diecisiete parlamentos autonómicos, 2.550. En realidad, esta es la cifra más fácil de averiguar, y si mis cuentas no me fallan, son "sólo" 1.222. También creo que exagera (tal vez soy un ingenuo) con el número de cinco asesores por cada diputado, cuando él mismo asegura que son los grupos parlamentarios los que tienen asesores. Por otra parte, es posible que el autor no haya tenido en cuenta los escalafones territoriales de muchos gobiernos regionales (consejos comarcales, etc.), que pueden multiplicar pavorosamente los organigramas de la administración. En fin, tratando de hacer una estimación lo más prudente posible, para que no podamos ser acusados de demagogos, creo que podríamos hablar de 40.000 políticos autonómicos.

Una campaña sin estridencias de mal gusto, pero contundente, en que se explique que se pretende echar a 40.000 políticos (la cifra, por cierto, transmite unas resonancias alibabescas no desdeñables), dejando claro que no es para sustituirlos por otros, sino para sacudirnos de una vez por todas esa pesada carga. Podría funcionar. Recordemos que no se trata de cambiar en seis meses la mentalidad estatista de los españoles. Nos basta un 5 % y cinco diputados. Y si se consiguiera uno solo, no sería ya un fracaso.

Un último consejo, ya puestos. Amigos de Vox, olvidaos de una vez del PP, de querer atraer a los "desencantados" del Partido Popular. Cada vez tengo más claro que este es un mensaje de perdedores. Por el contrario, el mensaje de que sobran 40.000 políticos (o el número que se determine, sus doctores tendrá Vox) es perfectamente transversal, puede llegar incluso a votantes de IU. No es ninguna tontería. Creo que es más fácil, para un partido rompedor como Vox (en el buen sentido del término) atraer a un votante de Izquierda Unida (y más ahora, que está en caída libre, lo que suele acelerar las "deserciones" en todas direcciones) que a uno del PSOE, sin descartar esto último. Es un fenómeno que suele darse en Europa con la extrema derecha, aunque Vox evidentemente no lo sea, porque en sus principios fundacionales está la defensa del Estado de Derecho y el mercado libre. (Los programas económicos de la ultraderecha suelen ser indistinguibles del de Podemos.)

Vox es un niño aún, pero tendrá que hacerse mayor aceleradamente, si quiere sobrevivir. Ello significa olvidarse de las circunstancias en que surgió, para reforzar lo esencial, que era la falta en España de una formación de centroderecha sincera, defensora de la vida, de la libertad y patriótica. Visto en perspectiva, ahora nos damos cuenta de que fue una suerte que Vidal-Quadras no consiguiera su escaño y terminara abandonando Vox. Aunque Alejo no carece en absoluto de virtudes, estaba demasiado asociado al pasado. Era una figura del establishment, que podía ser muy crítica con la partidocracia, pero llevaba demasiado tiempo instalado confortablemente en ella. Le brillaban demasiado los anillos.

Creo que ha sido Santiago Abascal quien ha dicho que Vox debe ser el Podemos de la derecha, o algo parecido. Lo suscribo totalmente, y para ello no está de más fijarse en una de las claves del éxito de la terminal chavista en España. Ellos no se han dirigido a los desencantados del PSOE o de IU, sino a los de todos los partidos. Seguramente, la mayor parte de sus votos proceden de la izquierda, pero ellos no los han conseguido presentándose como la verdadera izquierda, no le han sugerido a sus votantes que podían tener un conflicto emocional por dejar de votar a quien sea. Simplemente, se lo han puesto fácil, han sabido presentarse como algo nuevo, pese a ser su mensaje tan viejo como el mausoleo de Lenin. Pero en cierto modo sí que son algo nuevo (peligrosamente nuevo) en nuestra historia democrática. Y esta, como digo, es la lección. Porque Vox también es algo nuevo, algo que no había existido hasta ahora: la defensa organizada de unos valores que muchos ya daban por enterrados. Ahora toca demostrar que se habían equivocado.

lunes, 25 de mayo de 2015

¡A las catacumbas!

Este fin de semana se han celebrado el referéndum de Irlanda sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y las elecciones locales y autonómicas de España. Para los que creemos en determinados valores (la vida, la familia, la economía libre, el imperio de la ley), los resultados no pueden ser más adversos. Los irlandeses han votado mayoritariamente a favor del matrimonio gay, y los españoles han optado con claridad por formaciones de izquierda y extrema izquierda. Especialmente preocupante es el ascenso del populismo de corte bolivariano, que probablemente gobernará en el ayuntamiento de Madrid y en Barcelona (aunque en esta, con mucha menos facilidad). Un partido como Vox, la única opción liberal-conservadora creíble que se presentaba en estos comicios, ha obtenido unos resultados míseros. Su cabeza de lista más carismático, Santiago Abascal, se ha quedado en menos de 40.000 votos, sin obtener representación.

Supongo que hay tres reacciones posibles ante semejante varapalo.

La primera es el derrotismo. Es la posición de quienes, definitivamente desanimados, resuelven quedarse en su casa en lo sucesivo, y desistir de seguir defendiendo sus creencias y sus ideas, guardándoselas para sí.

La segunda reacción se desprende de la concepción romántica de la democracia, para la cual el pueblo tiene siempre la razón, y por tanto, quienes se han quedado en minoría deben reflexionar y revisar sus propios postulados. Es la posición de quienes sostienen que no se puede ir contra el sentido de la historia, la de quienes sostienen que la Iglesia debe adaptarse a los tiempos modernos. Esta posición se encuentra, como es sabido, dentro de sectores de la propia Iglesia. Las declaraciones del arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, parecen ir en esa dirección, o al menos así se han interpretado. En el plano político, tal actitud se reconoce en aquellos que demandan al principal partido de centroderecha español, el PP, que siga desplazándose hacia el centro o el centroizquierda, asumiendo plenamente los dogmas dominantes de la socialdemocracia y la ideología de género. Por supuesto, también aquí los hay que sostienen este discurso desde dentro del Partido Popular.

La tercera posición es la que yo defiendo desde los tiempos del zapaterismo: la resistencia. El primer deber de quienes se encuentran en minoría es ante todo sobrevivir, es decir, seguir siendo como mínimo una minoría, y no una nada. Ello implica, como mínimo, la reposición siquiera demográfica de los miembros de dicha minoría. En este caso, como es lógico, esta reposición no se puede lograr meramente por reproducción biológica, pues incluso aunque los hijos "heredaran" las ideas de los padres (cosa para nada asegurada), el principal medio de transmisión de las creencias y las ideas es la palabra. Así que todo aquel que crea en la vida, en la libertad y en la ley, debe tratar de propagar, en la medida de sus posibilidades, dichas creencias y valores, contra viento y marea. En mi caso esto incluye, entre otras cosas, seguir apoyando al partido Vox, mientras exista y permanezca fiel a sus valores fundacionales, y a sus actuales dirigentes, Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros y los demás, mientras no pierdan los ánimos para seguir. Desde las catacumbas, si es preciso: no podemos hacer menos, ante el ejemplo heroico de los cristianos perseguidos y martirizados de Oriente Medio y otros lugares del mundo.

viernes, 22 de mayo de 2015

Reflexiones más allá del municipio

Actualmente sólo hay un partido que defienda a la vez dos ideas básicas:
1) Reducir el peso del Estado despilfarrador e hiperregulador, que es la causa del desempleo, el endeudamiento desquiciado y la corrupción política.
2) Proteger la vida humana desde la concepción, acabando con los más de cien mil abortos anuales.
Este partido se llama Vox.
El PP asegura defender lo mismo, pero miente, porque tras gobernar tres años y medio con mayoría absoluta, ha aumentado los impuestos, no ha reducido el grueso del aparato estatal y ha limitado su reforma de la ley del aborto a que las adolescentes puedan seguir abortando, con el permiso paterno.
Con el fin de mantener al menos a sus votantes de 2011, al Partido Popular sólo le queda el recurso del miedo: advertir de que votar a Vox o a Ciudadanos es fragmentar el voto de derechas y facilitar, en consecuencia, que llegue al poder el populismo de extrema izquierda que representa Pablo Iglesias.
Pero, ¿cuál es la causa última del populismo?
La crisis económica sólo ha sido un desencadenante de la emergencia de los nuevos partidos. Ante la crisis, hay dos respuestas posibles, el populismo y el regeneracionismo. El segundo implica reducir el peso del Estado, despolitizar y desideologizar la administración, el poder judicial y los organismos reguladores. El primero (aunque se disfrace también de regeneración y democracia) es justo lo contrario: dar más poder a los políticos (ellos dicen “al pueblo”, "las mujeres", etc.) y por tanto restar libertad a los individuos, las familias, las empresas y las asociaciones civiles.
El partido Podemos habla constantemente de desalojar a la casta, pero si analizamos sus propuestas y, sobre todo, las trayectorias intelectuales y las referencias políticas de sus dirigentes, caben pocas dudas de que su verdadero objetivo es convertirse ellos mismos en una casta neocomunista, mucho más tiránica e inevitablemente cleptocrática que la anterior.
La razón profunda del ascenso de Podemos no son la crisis ni la corrupción, sino la existencia en España de una arraigada mentalidad estatista, que se decanta más fácilmente por las soluciones milagrosas y el revanchismo que por la auténtica regeneración, que sólo puede consistir en devolver poder de decisión a la sociedad civil; en limitar la política (que es necesaria, pero controlada y vigilada) y favorecer la libre iniciativa en todos los órdenes: económico, educativo, cultural, etc.
No es aumentando la dependencia de los subsidios y los servicios sociales como conseguimos ser más libres y prósperos, sino justo al revés. Un Estado mucho más reducido puede dedicar el gasto social a aquellas personas que realmente lo necesitan (discapacitados, huérfanos, etc.) porque gasta menos y sobre todo porque permite que se genere la riqueza de la que, a fin de cuentas, se financia vía impuestos. Con una menor fiscalidad, paradójicamente aumenta la recaudación, porque se multiplican las inversiones, el empleo y el consumo. Pero lo fundamental es que, con impuestos más bajos, los ciudadanos somos más libres para decidir qué hacer con nuestro dinero, sin la intermediación de los burócratas, los políticos, los "expertos" y los grupos de presión basados en la ideología de género o el ecologismo perroflauta.
Es preciso señalar que dar más poder a los individuos, a las familias y a las empresas no tiene nada que ver con el relativismo, sino todo lo contrario. No se trata de que el individuo pueda hacer lo que le dé la gana, como si esto fuera un fin en sí mismo, sino de que las personas se rijan por las leyes, sin interferencias arbitrarias de los gobernantes. Nada favorece más el despotismo que “liberar” a los individuos de leyes “caducas” y de “prejuicios” morales, que son precisamente los que acostumbran a dificultar los abusos de los poderosos, obligándoles como mínimo a la ejemplaridad.
Más concretamente, reducir el poder estatal no implica reconocer falsos derechos como el aborto. La auténtica función del Estado es proteger los verdaderos derechos, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
El relativista sostiene que, puesto que no hay un consenso universal sobre cuándo empieza a existir la persona humana, el Estado está obligado a ser neutral, es decir, a dejar en manos del individuo la decisión sobre la licitud o no del aborto. Ahora bien, esta neutralidad es completamente falsa. Lo que se discute es si un ser humano no nacido merece la misma protección que el nacido. Ante esto, no hay término medio ni neutralidad posible. O protegemos al embrión y al feto humanos, o no los protegemos. Admitida la falta de acuerdo en el terreno teórico, sólo existe una forma de resolver cualquier disputa reduciendo al máximo la violencia: es lo que llamamos democracia.
A fin de no enzarzarnos en una guerra civil, para resolver nuestras diferencias irreductibles, no se ha inventado nada mejor que la elección periódica y con garantías de gobernantes y legisladores. No se trata de que cuestiones como el aborto deban decidirse mediante el voto, de que la verdad pueda reducirse a la opinión mayoritaria. Esto sería recaer en el relativismo. Lo que sostenemos es que, puesto que de facto no nos ponemos de acuerdo en una serie de cuestiones esenciales, el único modo incruento de conllevar esta disensión es admitir unas reglas de juego. Lo que implica también que cada cual pueda seguir defendiendo lo que cree que es verdad, en contra de la mayoría, si es preciso, y que pueda tratar de convencerla pacíficamente[1].
La concepción romántica de la democracia confunde la voluntad popular con una verdad imperativa, lo que está en el origen de las peores tiranías. En realidad, la democracia no es más que un juego para dirimir nuestras diferencias, o mejor dicho, para permitir que podamos seguir manteniéndolas y convivir al mismo tiempo.
Todo esto puede parecer elemental, pero no son pocos quienes sostienen, a veces desde posiciones opuestas, que determinados temas (el aborto, la pena de muerte, etc.) deben quedar excluidos del debate democrático, lo que nos lleva a un problema de regresión al infinito: ¿quién decide lo que se debate y lo que no?[2]
Volviendo al punto inicial, desde el partido gobernante se pretende recabar el apoyo planteando un dilema perverso entre continuidad e involución populista. Es decir, entre una administración sobredimensionada y politizada, que permite el aborto libre en la práctica mientras impone mil regulaciones para abrir una peluquería, y un régimen totalitario, que fomentaría aún más, si cabe, los abortos, y que exacerbaría indeciblemente los controles y las vejaciones de toda índole a los ciudadanos que pretenden ganarse la vida honradamente, e incluso crear empleos, para promover una siniestra igualdad en la miseria.
No creo en una concepción tan mezquina y cobarde de la democracia, que la reduce a elegir entre lo malo y lo peor. La democracia entraña el riesgo de que triunfen el error y el mal, pero si no corremos ese riesgo, nunca triunfarán en buena lid la verdad y el bien. Y esto implica votar en conciencia: justamente lo que propone Vox.





[1] Problema distinto es cuando el poder es tan opresivo que imposibilita recurrir exclusivamente a medios pacíficos. La paz y la democracia no siempre son posibles, lamentablemente, pero cuando no existen, el esfuerzo de toda política debe ser tratar de retornar a ellas en el período más breve posible.
[2] Quien escribe también ha incurrido en esta equivocación en algunos escritos de este mismo blog, en los que incluso formulaba alternativas heterodoxas al parlamentarismo clásico. Una cosa es pensar que determinados temas no deben estar continuamente debatiéndose a la ligera (para lo cual existen los blindajes constitucionales de los derechos humanos y determinados principios fundamentales de un Estado, como la unidad territorial) y otra distinta es pensar que debamos tratar de impedir de manera absoluta y permanente la discusión sobre dichos temas. Lo segundo me parece (ahora lo veo más claramente) un error.

domingo, 17 de mayo de 2015

El verdadero problema educativo

La situación hoy en Cataluña es la siguiente: quienes deseen que sus hijos reciban la enseñanza en castellano, no tienen otra opción que matricularlos en una elitista escuela privada. En este aspecto, como dijo el ministro Wert, el castellano se encuentra hoy en la misma situación del catalán "en otras épocas". Después vino a desdecirse, fiel a las costumbres del PP, siempre dispuesto a pedir perdón por no ser -todavía- totalmente antiespañol, socialdemócrata y pro abortista.

¿Es lógico que en un territorio donde la mayoría de la población habla castellano, la lengua vehicular de la enseñanza pública sea en catalán? Evidentemente, no. Los argumentos que pretenden que el monolingüismo educativo (la "inmersión") favorece la cohesión social, aunque fueran ciertos, serían aplicables como mínimo también al castellano. En realidad, el argumento principal de los nacionalistas es otro: Cataluña sufrió un intento de "genocidio cultural" (no entraré aquí al trapo de esta exageración) en el pasado, y por ello es imperativo compensar esa injusticia.

Este tipo de razonamiento sitúa al nacionalismo catalán (como al vasco y al gallego, por no salirnos de España) en la constelación de otros victimismos colectivistas de nuestros días. Las mujeres han sido oprimidas por los hombres, lo que justifica toda suerte de medidas de discriminación positiva que se les ocurran a los legisladores. Lo mismo puede decirse de los homosexuales, o de los negros en Estados Unidos, etc.

Debe señalarse que la discriminación positiva, aparte de su más que dudosa eficacia, no es nada distinto de la discriminación a secas. Si yo favorezco a un negro que ha obtenido las mismas calificaciones académicas que un blanco, estoy discriminando al blanco, obviamente. Si yo establezco mayores sanciones al delito cometido por un hombre que al cometido por una mujer, estoy evidentemente discriminando al hombre. Cambiar el punto de vista no cambia la realidad.

El nacionalismo catalán actúa de manera semejante a aquellos totalitarismos que castigan al individuo por delitos reales o imaginarios cometidos por un colectivo. El régimen franquista discriminó la lengua catalana: luego es necesario que unos padres castellanohablantes se fastidien ahora, y tengan que aceptar que sus hijos sean educados en catalán, lo quieran o no, salvo que tengan los medios económicos para recurrir a una escuela privada.

Ahora bien, no les falta razón a los nacionalistas catalanes cuando aseguran que no existe ningún conflicto lingüístico en Cataluña. En efecto, cuando la gente acepta mayoritariamente que el sistema educativo esté controlado por la administración, no debe extrañarnos demasiado que haya pocas movilizaciones por tratar de recobrar una libertad a la que se ha renunciado alegremente de antemano. Muchos que defienden el derecho de los padres a elegir la lengua vehicular no suelen ser consecuentes hasta el final, lo que supondría defender la liberalización total del sistema educativo; ahí reside su mayor debilidad. Siempre se les podrá replicar que una "enseñanza a la carta" no sería practicable en el sistema público, lo cual probablemente es cierto, aunque en realidad se trate de un argumento contra la estatización de la educación, no contra la libertad educativa. Si la administración no puede asumir el coste de un bilingüismo equitativo, la conclusión lógica es que nunca deberíamos haber dejado la educación en sus manos.

El problema fundamental de la educación estatalizada en Cataluña es el mismo, fundamentalmente, que el de toda España: la baja calidad de una enseñanza destrozada por la pedagogía progresista de funcionarios que no responden realmente ante los padres de sus alumnos. En Cataluña, al adoctrinamiento izquierdista se añade el adoctrinamiento nacionalista, que como hemos dicho, responde a una similar lógica victimista. Unos y otros hacen de la cuestión lingüística lo decisivo, cuando el problema son los contenidos de unas escuelas convertidas en madrasas del pensamiento único.

viernes, 24 de abril de 2015

La preocupación de Carmen Vela

Según una encuesta recién divulgada, el número de hombres que espontáneamente manifiestan tener interés por la ciencia, es el doble que el de mujeres. Esta proporción se da aproximadamente también en edades jóvenes, como se puede observar en la siguiente gráfica.



Le ha faltado tiempo a la Secretaria de Estado de I+D+i, Carmen Vela, para manifestar que se trata de un dato "realmente preocupante", e incluso para conjeturar que la causa podría ser

"la poca visibilidad que se da a las mujeres científicas. Incluso en los premios, el porcentaje de mujeres galardonadas no llega al 5%, están prácticamente ausentes." (El País digital.)

No creo que la señora Vela sugiera premiar más a las científicas, por el mero hecho de ser mujeres. Supongo que abogará por campañas de concienciación que animen a las jóvenes a interesarse más por la ciencia, y a desterrar supuestos estereotipos. Es decir, despilfarrar más dinero público para seguir adoctrinándonos.

¡Cómo! ¿Usted no está a favor de la igualdad "de género" en la ciencia?

Pues no, no lo estoy en el sentido que pretende imponer la ideología de género. No creo que haya nada de malo en que en determinados ámbitos no exista paridad sexual. No creo que pase nada porque haya más físicos o químicos que físicas o químicas, ni porque haya más enfermeras o maestras que enfermeros o maestros. Nada en absoluto.

La ideología de género concibe las relaciones entre los sexos en términos de poder, de manera análoga a como el marxismo concibe las relaciones entre clases sociales. Por tanto, cualquier desigualdad la interpreta como un síntoma de un sometimiento del sexo femenino al masculino. Las mujeres no serían verdaderamente libres al preferir estudios sociales, humanísticos o de salud en mayor medida que carreras de ingenierías o arquitectura, sino que estarían condicionadas por una estructura patriarcal que las predispone a actividades de tipo asistencial, pedagógico o literario. ¿Pruebas de esta teoría? Ninguna. El neomarxismo del género, al igual que el "socialismo científico", no necesita de ninguna contrastación empírica, porque ya se sabe que la labor de los intelectuales no es tanto conocer el mundo como cambiarlo; según sus propias elucubraciones, claro.

Para mí lo realmente preocupante (aunque no sorprendente, a estas alturas) es que la ideología de género constituya la ideología por defecto de la administración, sea cual sea el gobierno. El feminismo radical (junto con el socialdemocratismo y el ecologismo "climático") ha adquirido una posición de pensamiento único que supera incluso a la hegemonía detentada por el nacionalismo en Cataluña y el País Vasco. Al menos, en estas comunidades hay partidos y asociaciones civiles que logran ejercer una admirable, aunque no fácil, disidencia. Pero contra las falacias como "la brecha de género" o los "derechos sociales" (que sólo sirven para justificar más intervencionismo e impuestos, y lo que todavía es peor, para desviar la atención de los problemas auténticamente graves, como los cien mil abortos al año, el invierno demográfico y el yijadismo) sólo una pequeñísima minoría, sistemáticamente silenciada, alza la voz.

domingo, 19 de abril de 2015

Un breve réplica a la réplica de Juan Ramón Rallo

Juan Ramón Rallo, en su artículo Liberalismo contra conservadurismo: réplica a Pío Moa y Carlos López, ha expresado ciertas críticas a mi anterior entrada, críticas que por supuesto agradezco, aunque no me hayan convencido. Creo que mi artículo es lo suficientemente claro, así que no voy a entrar en una discusión pormenorizada de todas las afirmaciones de Rallo que a mi entender son erróneas, o desfiguran mis argumentos, máxime cuando él mismo ha renunciado a seguir contestando a las contrarréplicas. (¡No se lo echaré en cara si luego se desdice y sigue debatiendo!) Pero sí comentaré un párrafo que considero crucial, y que me permite aclarar mejor mi idea fundamental. Es el siguiente:

"No creo que nadie razonable y que acepte la igualdad moral entre las personas defienda la necesidad de imponerle por la fuerza unas creencias religiosas determinadas a otras personas sin creencias religiosas o con unas creencias religiosas diferentes. Por tanto, fundamentar el derecho humano en la religión es controvertido: no porque el derecho no pueda fundamentarse en la religión, sino porque no debe fundamentarse sólo en la religión (la justicia ha de ser objeto de lo que Rawls llamaba un “consenso entrecruzado amplio”, defendible desde concepciones filosóficas muy heterogéneas)."

En mi artículo, yo sostenía que tan fundamentalista me parece quien afirma que la vida es sagrada (como argumento básico contra la eutanasia) como quien afirma que no lo es, o pretende que vivamos como si no lo fuera. La réplica de Rallo es que quien quiere prohibir la eutanasia impone sus creencias incluso a quien no las comparte, mientras que quien desea legalizarla, no las impone a los demás.

Lo que yo sostengo es que el segundo... también las impone, incluso en una legislación exquisita con el derecho de objeción de conciencia (cosa que no siempre se cumple). Y me las impone, porque yo no afirmo simplemente que no quiero practicar una eutanasia o un aborto, sino que no debo mantenerme indiferente ante esas prácticas. Esto justifica desde el activismo político pacífico (por ejemplo, manifestándome frente a clínicas abortistas) hasta votar a partidos que en su programa incluyan la prohibición de la eutanasia y el aborto.

La contrarréplica a lo anterior de los "liberales integrales" como Rallo es que entonces debo estar dispuesto a admitir que otras concepciones morales extravagantes me puedan ser impuestas a mí. Y mi respuesta es que, en efecto, no lo puedo evitar. Lo que yo niego precisamente es que exista el "consenso entrecruzado amplio" rawlsiano. No hay un terreno común en el que podamos ponernos de acuerdo todos. Sí hay terrenos preferibles a otros (por ejemplo, yo prefiero la actual democracia liberal a cualquier otro sistema), pero eso no significa que se haya logrado que nos pongamos de acuerdo todos en todos los temas esenciales. Al menos, es evidente que esto no ha sucedido nunca.

Tal situación no significa que no sea posible el diálogo entre las distintas concepciones. Hay ciertos principios (verdaderos o falsos) que no son formalmente demostrables, y ante los cuales no existe neutralidad posible. Pero existe un amplísimo campo de debate sobre las consecuencias de estos principios, que permite mostrar posibles incoherencias o incluso iluminarlos hasta el punto de que algunas personas reconsideren si desean seguir manteniéndolos. (Yo mismo abandoné mi agnosticismo, no por una experiencia religiosa desencadenante, sino por un proceso en principio intelectual.)

Así por ejemplo, Rallo afirma que yo incurro en incoherencia cuando me opongo a la legalización de la eutanasia, pero no del suicidio o incluso de conductas de riesgo, basándome en el carácter sacro de la vida. Esto sería cierto si yo sólo sostuviera este principio. Pero en mi opinión, tanto la vida como la libertad son condiciones sine qua non para alcanzar los fines propios de la criatura humana, por lo que no creo pecar de incoherencia. En cambio, Rallo sí parece creer en un solo principio (la libertad) pues, si no le malentiendo, considera valiosa la vida sólo porque permite realizar proyectos vitales elegidos libremente, y no en sí misma. Sospecho que esta concepción tiene su origen en un cierto nominalismo antiesencialista; pero aquí lo dejaremos, por ahora.

sábado, 18 de abril de 2015

Liberalismo Único

A propósito de los recurrentes debates sobre la legalización de la prostitución y de las drogas, el profesor Juan Ramón Rallo ha publicado un breve artículo titulado "Lo que también es el liberalismo", en el cual defiende que esta doctrina va más allá de la defensa de las libertades económicas, principio con el cual estoy absolutamente de acuerdo. Mi discrepancia con el autor empieza cuando desciende a algunas cuestiones concretas, o con su forma de argumentarlas.

Me resulta cada vez más tediosa la discusión sobre lo que sea o no sea el liberalismo. Daré de momento por buena la afirmación de Rallo de que el liberalismo mayoritario es el que él defiende, aunque no aluda a la encuesta en la que se basa, y aunque podamos discutir que el diccionario sea una cuestión de mayorías. Puesto que él se cuenta entre los que llama "liberales integrales" (lib-in, en adelante) me limitaré a razonar por qué yo declinaría ingresar en semejante club.

Adelanto aquello en lo que estoy de acuerdo con Rallo: libertad de inmigración, de prostitución [1] y de consumo de drogas, con las regulaciones de sentido común que el mismo autor admite. En cambio, me opongo a legalizar la eutanasia, el tráfico de drogas y los úteros de alquiler.

Sólo una observación sobre la argumentación a favor de la libertad de inmigración. Sostiene Juan Ramón Rallo que las fronteras políticas son "arbitrarias". Si quiere decir que podrían haber sido otras, ello es evidente. Pero no es menos cierto que las fronteras de un país como España tienen un origen histórico-cultural que sólo desde una posición adanista se puede desdeñar. Lo comento porque creo que ahí reside un defecto clave del liberalismo tal como lo entienden los lib-in: la idea de que sólo lo que encaja en mi sencillo esquema lógico de las cosas es lo "racional", mientras que las razones más complejas, que acostumbran a sedimentarse en la tradición y la costumbre, pueden ser relegadas a la categoría de prejuicios atávicos, que merecen ser abolidos de un plumazo por el legislador -cosa que a menudo este hace sin consultar a la sociedad.

Vayamos a las discrepancias más graves. Nuestro lib-in defiende que cada cual pueda escoger el momento y las condiciones de su muerte. Pero pasa por alto la cuestión esencial de este debate, aquello que distingue a la eutanasia del mero suicidio, es decir, si es legítimo matar a otro con su consentimiento, o colaborar en el suicidio. Igualmente, está a favor no sólo de que uno pueda drogarse, sino de que pueda vender droga, lo que en muchos casos es una forma lenta de ayudar al prójimo a matarse, o por lo menos a autoinfligirse graves daños físicos y psíquicos [2].

La palabra mágica que permite a los lib-in resolver todos los problemas ético-políticos es consentimiento. También podemos hablar de la fórmula del "¿qué hay de malo en...?" Ahora bien, esta formulita, si de aplica con la coherencia que pregonan los lib-in, nos lleva a consecuencias sencillamente aberrantes. Por ejemplo: ¿Qué hay de malo en... que una madre venda a su hijo recién nacido? A fin de cuentas, la "maternidad subrogada" (siniestro eufemismo para tapar la realidad: el tráfico de bebés) es un contrato por el cual una mujer, a cambio de dinero, entrega un niño gestado por ella con gametos ajenos. Si esto es legítimo, ¿por qué no debería serlo que la mujer pactara previamente la venta de un niño concebido por otros medios, incluyendo el natural? Pero sigamos con las preguntas. ¿Qué hay de malo en el mercado de órganos procedentes de vendedores voluntarios? ¿Qué hay de malo en que alguien consienta libremente ser comido por un antropófago? (Ha habido algún caso, creo recordar que el más reciente en Alemania.) ¿Qué hay de malo en que yo acepte por un acto libre convertirme en siervo o esclavo de otro? ¿Qué habría de malo en la pedofilia, desde el punto de vista de una sociedad (aleccionada por los consabidos "expertos", educadores "con perspectiva de género" y activistas de un futuro no lejano) que hubiera llegado a la conclusión de que la práctica del sexo con adultos carece de efectos perjudiciales para los niños, al igual que una parte de ella ya ha llegado a la conclusión de que el aborto o el "matrimonio" gay son "derechos"?

Estas preguntas repelen por sí solas a cualquiera que crea que matar enfermos terminales es malo, ayudar a alguien a suicidarse es malo, traficar con seres humanos es malo... O más precisamente, que todas estas conductas son malas objetivamente, y lo que es también esencial, dañan no a uno mismo (como hace el consumidor de droga, o la persona que se prostituye, o la que se suicida sin ayuda), sino a terceros.

El lib-in, o bien no cree que exista un mal objetivo (es decir, independiente del consentimiento de quien lo sufre) o bien es agnóstico, es decir, no cree que pueda legislarse partiendo de otra base que del mal subjetivo. Piensa que incluso aunque creyera (por una suerte de intuición o por motivos religiosos) que alquilar un útero o matar a un enfermo terminal es malo en cualquier caso, su coherencia liberal le llevaría a ser partidario de la legalización de estas conductas. Pero me atrevo a ponerlo en duda. Sostengo que los lib-in lo son porque creen que esas prácticas no son en sí mismas malas, o al menos no encuentran una razón para afirmar que lo son, como en cambio sí suelen creer (menos mal) que es un abuso repugnante que los menores de cierta edad tengan sexo con adultos. Al menos hasta que -lo repito- una campaña lo suficientemente persistente no acabe convenciendo de lo contrario a una parte considerable de la población.

O bien el mal es algo objetivo, o bien no lo es. Decir que una sociedad civilizada debe regirse por la segunda tesis, o al menos proceder como si fuera cierta, porque la primera no puede demostrarse, es una actitud de tipo fundamental. Tan fundamentalista es quien cree que la eutanasia debe prohibirse porque la vida humana es sagrada, como quien cree que no lo es, o que en caso de duda debemos actuar como si no lo fuera (¿y por qué no al revés?), dejando la cuestión en un plano meramente contractual y consensual. No hay un liberalismo puro, descontaminado de concepciones metafísicas y morales radicales (de raíz), sino que cada cual tiene las suyas. Y por cierto, digámoslo claramente de una vez: el agnosticismo no existe, o es muy raro; generalmente es sólo una palabra que significa: "me niego a (o me aburre) discutir mis actitudes fundamentales." Así que sigue siendo necesario, por no decir irremediable, distinguir entre liberal-conservadores y liberal-progresistas. Aunque me temo que algunos querrían un Liberalismo Único, mucho más en armonía con el Pensamiento Único hegemónico.

[1] Otra cosa es que yo entienda que volvamos una y otra vez a un debate trucado de origen, porque, que yo sepa, en España nadie va a la cárcel por prostituirse. Si lo único que queremos es que las putas coticen a la Seguridad Social, pues sinceramente, a mí como liberal (aunque sea no "integral") el asunto me repatea bastante, porque soy partidario de que no haya cotizaciones obligatorias para nadie.

[2] Antes de que me repliquen con la apelación de rigor a la ley seca de los Estados Unidos en los años veinte: sí, sabemos que también el alcohol tiene efectos nocivos para la salud de algunas personas y no por ello debe prohibirse. Pero la cuestión es si el ejemplo es verdaderamente extrapolable o no, es decir, si bebidas alcohólicas como el vino o la cerveza son tan peligrosas como ciertas sustancias derivadas de la síntesis de la morfina o la cocaína. Una de las tesis de los partidarios de la legalización es que los males para la salud de las drogas duras proceden únicamente, o principalmente, de la prohibición (con las secuelas propias del mercado negro, como adulteración, falta de información e indefensión del consumidor, etc.), pero esto es sumamente discutible, aunque no hay espacio para tratarlo aquí.

jueves, 16 de abril de 2015

Cristianismo, ¿verdad o mentira?


1. El futuro del cristianismo
La tendencia en Europa y los países anglosajones de América y Oceanía (lo que para abreviar llamaremos Occidente) es que el número de cristianos disminuya considerablemente en el período que va del 2010 al 2050, según un reciente informe del Pew Research Center. En algunos países, este fenómeno será tan acusado que en ellos el cristianismo perderá su estatus de creencia mayoritaria. Por ejemplo, en Francia, que pasaría de un 63 % de cristianos en 2010 a sólo el 44 % en 2050. Algo parecido sucedería (siempre según el citado estudio) en Reino Unido, Holanda, Australia y Nueva Zelanda. En otros países la debacle no será tan dramática, pero sí considerable. En Estados Unidos se pasaría del 78 al 66 %, datos muy similares a los de España. (Del 78,6 al 65,2 por ciento.) Incluso los países con mayorías católicas más holgadas, como Italia, Irlanda y Polonia, se verán afectados por reducciones del número de fieles cristianos, aunque no tan pronunciadas.
Desde un punto de vista agnóstico o ateo, las causas de esta reducción del número de creyentes pueden parecer obvias. El cristianismo no sería más que un conjunto de creencias irracionales y precientíficas, que el paso del tiempo se encarga por sí solo de ir convirtiendo en minoritarias, aunque sea a un ritmo exasperantemente lento para quienes las consideran como poco más que meras patrañas.
Esta explicación tan simple se enfrenta a dos serias objeciones. En primer lugar, mientras que los niveles mundiales de alfabetización y escolarización probablemente seguirán creciendo, las proyecciones indican que el número de cristianos también aumentará en el mundo en términos absolutos, manteniéndose, en términos relativos, en el 31,4 %. Y si sumamos los creyentes de las tres grandes religiones monoteístas, su porcentaje pasaría del 54,8 en 2010 al 61,3 en 2050, debido principalmente al incremento de musulmanes. En cambio, la proporción de personas que no están afiliadas a ninguna religión (unaffiliated) será menor en 2050 que en 2010, al pasar de un 16,4 % al 13,2 %. En resumen, la religión no tiende a disminuir a nivel mundial, sino al contrario, al tiempo que hay más escuelas y la información circula más velozmente.
En segundo lugar, no ser creyente de ninguna religión establecida no equivale automáticamente a no profesar ningún tipo de creencia espiritual, irracional o supersticiosa. Como señalan los autores del susodicho informe, la categoría de no afliados es inevitablemente heterogénea, pues incluye tanto a ateos y agnósticos como a creyentes en Dios o un “poder superior”, aunque no estén adscritos a ninguna confesión concreta. Más aún, nada garantiza que las personas que no creen en ningún tipo de realidad sobrenatural no estén por ello imbuidas de una gran diversidad de supersticiones “laicas”, vamos a llamarlas así, de prejuicios sin verdadera base racional, aun cuando muchas veces pretendan revestirse de apariencia científica o, en un sentido que sería arduo precisar, “progresista”.
Ahora bien, si la concepción ilustrada o positivista de la religión no parece muy acorde con los hechos sociológicos, cabe replantearse la pregunta de por qué se produce este retroceso del cristianismo en Occidente. A modo sólo de apunte, digamos para empezar que debemos cuestionar la idea de que la increencia (en alguna religión establecida, aunque no necesariamente en realidades sobrenaturales) sea un fenómeno típicamente occidental. De hecho, ocurre todo lo contrario. Más de las tres cuartas partes de los no afiliados a ninguna religión se encuentran en la región Asia-Pacífico. Y los países con mayores porcentajes de no afiliados están encabezados por Corea del Norte (71 %), Japón (57 %), China (52 %), Corea del Sur (46 %) y Vietnam (29,6 %). Así pues, a lo que aparentemente tendemos es a una cierta “asiatización” de Occidente, y no al revés, como comúnmente se cree.
Debemos reconsiderar también el papel de maestros y profesores, que sin duda alguna han sido claves en la difusión de las ideas secularistas o incluso antirreligiosas, elaboradas por una minoría de filósofos y escritores. A diferencia de lo que pretende la concepción iluminista, más que de un heroico combate contra la ignorancia y el oscurantismo, se ha tratado de algo que podría describirse mucho mejor como un adoctrinamiento masivo, posteriormente reforzado por la labor de periodistas (y los quizás aún más influyentes guionistas de cine), formados a fin de cuentas por esos mismos maestros adoctrinadores.
Dos son los rasgos generales de la educación que en las últimas décadas se viene impartiendo en Occidente, y que en nuestra opinión justifican un severo juicio sobre su verdadero papel. El primero es que la calidad de contenidos humanísticos no ha dejado de decrecer, justificada con ideas pedagógicas que cuestionan la autoridad del profesor, la memorización y el mérito. Esto implica que los alumnos no sólo reciben ideas críticas sobre el cristianismo (cosa contra la cual no habría nada que objetar) sino que se les priva de los conocimientos históricos, filosóficos y artísticos que les permitirían poner en el sitio adecuado tales críticas. Lo cual es sencillamente tramposo.
El segundo rasgo es el compromiso de los educadores con un relativismo cultural militante, que conduce a cuestionar por principio que Occidente pueda tener algo que aportar a ninguna otra civilización, salvo quizás en el plano estrictamente tecnológico. Así, los jóvenes aprenden bien pronto a desconfiar de toda su tradición cultural, al menos de lo poco que profundizan en ella en las aulas. Esto en el caso de los nativos; en el caso de los que proceden de otras culturas, simplemente obtendrán la confirmación de los prejuicios antioccidentales que ya abrigaban. Y después, periodistas, educadores y “expertos” se lamentarán ritualmente por los problemas de integración, de los que culpan al racismo y la xenofobia de los nativos, lo que de nuevo reafirma a los inmigrantes en la idea de que Europa no es más que una dispensadora de ayudas sociales, nunca suficientemente generosa.
En resumen, la escuela y la universidad han perdido su función de transmisora del legado espiritual de nuestra civilización. Se han convertido en fábricas de ideología, más concretamente de una cosmovisión que pretende sustituir al cristianismo y al humanismo clásico, gran parte de cuyos contenidos son desdeñados como etnocéntricos, alienadores, sexistas y homófobos. Una cosmovisión, la llamada progresista o “políticamente correcta”, que es intelectual y estéticamente mucho más pobre que las elaboraciones y creaciones de Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Dante, Cervantes o Shakespeare.
Digámoslo sin tapujos: la descristianización no parece asociada al progreso de las luces, sino a un retroceso a la barbarie. La inmensa mayoría de quienes no se consideran cristianos, no han leído apenas la Biblia. (Aunque sea cierto que muchos cristianos tampoco.) Y las Confesiones de San Agustín, los Pensamientos de Pascal o algunas obras de apologistas de este siglo o el anterior, como C. S. Lewis, Chesterton o Vittorio Messori, ni pensarlo. (Quizá ya sería excesivo pedir que leyeran obras más difíciles como Introducción al cristianismo, de Ratzinger.) Ignoran atrevidamente la riqueza y hondura del pensamiento cristiano, y les basta con el último panfleto o documental televisivo que les asegura que todo eso son fábulas para incautos. Los ideólogos progresistas gustan de acusar a los creyentes de ignorantes, sin percatarse de que este adjetivo define perfectamente al comecuras de barra de bar.


2. Las críticas al cristianismo
Ahora bien, el lector escéptico puede pensar que por mucha calidad intelectual y estética que le reconozcamos al pensamiento, la literatura y el arte cristianos, ello no demuestra que después de todo no estén basados en un patético error. La cuestión de fondo no es si el cristianismo es propio de inteligentes o idiotas (pues los primeros pueden equivocarse, como los segundos acertar accidentalmente) sino si es verdadero o falso.
Las críticas que recibe el cristianismo pueden ordenarse básicamente en los seis epígrafes siguientes:
1) El problema del mal. Si Dios es infinitamente poderoso y bueno, ¿por qué permite el sufrimiento de los inocentes? ¿Por qué en tantas ocasiones parece triunfar el mal?
2) La autosuficiencia del conocimiento científico. Si la ciencia explica cómo surgió el universo y cómo funciona, apelando a leyes naturales necesarias y al azar, carentes de propósito alguno, ¿que necesidad tenemos de postular un Dios?
3) La pluralidad de religiones. Puesto que hay una diversidad tan grande de religiones y creencias, ¿por qué el cristianismo debería ser la verdadera?
4) La crítica histórica de los evangelios. ¿Qué razones tenemos para creer que Jesús no fue simplemente un predicador o un profeta entre tantos? ¿No es la resurrección un bonito cuento elaborado por algunos de sus discípulos?
5) La crítica del concepto de pecado. ¿Por qué deberíamos considerar como pecado conductas que se realizan con el pleno consentimiento de personas adultas? ¿Qué tiene de malo gozar del sexo sin restricciones, elegir el momento de la propia muerte, o abortar un organismo carente de consciencia, y quizás hasta de sensibilidad nerviosa, si una madre no desea proseguir con su embarazo?
6) Las incongruencias morales de los cristianos. Estos en el pasado han perseguido a quienes no pensaban como ellos, se han enzarzado en guerras y cruzadas. En la actualidad, la Iglesia se ha visto envuelta en escándalos de pedofilia y de tipo económico. ¿Por qué deberíamos creer en la verdad del cristianismo, si tantos cristianos se comportan igualmente o peor que muchos no cristianos?
Hay que admitir que este tipo de preguntas son absolutamente legítimas, y por tanto todo cristiano tiene la obligación intelectual de responderlas e incluso de respondérselas a sí mismo, o al menos de intentarlo. Es cierto que la fe nos permite llegar más lejos que la razón, abandonada a sí misma. Pero también lo es que, como decía Leibniz, “dos verdades no pueden contradecirse”. Es decir, si los argumentos en contra de los dogmas cristianos fueran formalmente irrebatibles, ninguna apelación a la fe podría salvarlos. Podemos creer en lo que no vemos, pero no podríamos creer en algo que chocara frontalmente con una verdad evidente. Es necesario, pues, aceptar el desafío de los críticos. Ahora bien, no otra cosa es lo que ha hecho el cristianismo desde sus orígenes, y particularmente a través de sus más grandes pensadores, como San Agustín y Santo Tomás. Lo que ya no es legítimo es pretender refutar al contrario sin convocarle siquiera a su defensa, sin examinar sus razones. Y esto es lo que hace la cultura laica dominante. Aunque también hay que reconocer que una parte de culpa la tienen los propios cristianos, que en demasiadas ocasiones rehúyen la dialéctica sobre los fundamentos, en aras de un consenso mal entendido con los no creyentes u otras razones.
En este escrito, cuya intención es ser lo más breve posible, resulta imposible dar una adecuada respuesta a las críticas arriba expuestas. Pero conviene esbozar unas mínimas líneas argumentales, para lo cual abordaré los seis puntos anteriores en orden inverso.
Los dos últimos puntos, referidos a la dimensión moral del cristianismo, surgen como consecuencia de las dudas sobre la resurrección y la divinidad de Cristo. En efecto, si Jesús no fue más que un predicador o maestro de moral, si su muerte no fue más que un “accidente laboral”, como ha llegado a decir un teólogo, el cristianismo se reduce a un mensaje de tipo pacifista y buenista, apenas distinguible de la cosmovisión progresista imperante. La ética deja de tener un fundamento trascendente y objetivo, y se convierte en cháchara psicológica de autoayuda o en política. Esto no significa que el proceso de la incredulidad religiosa siga necesariamente el orden lógico. Probablemente son muchos los que se han alejado del cristianismo por razones morales, porque no admiten que nadie les diga “cómo tienen que vivir”. Pero si son mínimamente coherentes, esto les tiene que llevar a dejar de creer que Jesús sea realmente el Hijo de Dios, o al menos a adoptar una posición agnóstica sobre el particular, como si lo realmente importante no fuera quién fue Jesús, sino su “verdadero mensaje”, que consistiría en entresacar de los Evangelios sólo lo conveniente, lo que menos compromiso y esfuerzo parece requerir, más allá de una trivial ética de supuestos mínimos.
El problema de la historicidad del Evangelio es efectivamente la clave de todo, como no podía ser menos. Basta, para los fines de este breve artículo, señalar al respecto que todos los intentos de la crítica histórica y textual de cuestionar la credibilidad histórica del relato de los evangelios, se han visto a su vez cuestionados por cada generación. Primero se dudó incluso de la existencia histórica de Jesús; ningún autor serio sostiene hoy tal cosa. Luego vinieron las pretensiones de datar la redacción de los Evangelios lo más tardíamente posible, pretensiones que también han sido abandonadas por investigaciones sucesivas. Se ha negado validez a numerosos detalles históricos y geográficos reflejados en el Nuevo Testamento, detalles que la arqueología ha venido luego a confirmar[1]. En fin, son incontables los intentos de explicar los aspectos más chocantes de las Escrituras mediante las teorías psicológicas, antropológicas, políticas y económicas más en boga en cada momento. Toda esta literatura acaba siendo olvidada, y el Evangelio, con su singularidad irreductible, permanece. Por mucho que eruditos o diletantes imbuidos de prejuicios materialistas se empeñen en negarlo o relativizarlo, lo cierto es que algo absolutamente extraordinario sucedió hace dos mil años en Palestina, algo que no encaja en ninguna teoría humana.
Se comprende que si admitimos la resurrección de Cristo, la tercera objeción al cristianismo, que hace referencia a la pluralidad de religiones, resulta inane. Pues el Evangelio no es tanto una doctrina como un relato, no es tanto una cosmovisión entre otras, como la noticia de un acontecimiento, el más decisivo de la historia. Pero incluso sin tener en cuenta la esencia única del cristianismo, la diversidad de opiniones o creencias no es demostrativa de nada. La religión cristiana puede ser una entre otras, pero también puede ser la única verdadera. Y por cierto, esta afirmación pronto ya no podrá ser tildada de eurocéntrica, pues en 2050 el 38 % de los cristianos del mundo serán africanos, frente al 15,6 % de europeos.
Por último, tenemos los dos argumentos fundamentales que niegan la existencia de Dios: el problema del mal y la idea de que el universo puede existir por sí mismo sin necesidad de postular una inteligencia trascendente. Lo que aquí interesa no es resolver cuestiones tan hondas en un par de párrafos, sino mostrar que el pensamiento de inspiración cristiana se ha enfrentado desde siempre con toda seriedad a estos argumentos, y que sus soluciones como mínimo nos obligan a una reflexión que esté a la altura.
El lugar clásico sobre el tema es la Suma Teológica de Tomás de Aquino. El Doctor de la Iglesia por antonomasia plantea con total honestidad la dificultad: “Parece que Dios no existe” (Videtur quod Deus non sit), exponiendo los dos argumentos aquí señalados. En primer lugar, “si... hubiese Dios, no habría mal alguno. Pero hallamos que en el mundo hay mal. Ergo, Deus non est.” En segundo lugar, en el supuesto de que Dios no existiera, se podría explicar “cuanto vemos en el mundo” mediante los principios de la naturaleza y de la voluntad humana. “Por consiguiente, no hay necesidad de recurrir a que haya Dios.” (Suma, 1 q. 2 a. 3.)
Es preciso percatarse, en relación con este último argumento, de su antigüedad, al contrario de la extendida idea de que han sido los avances de la ciencia moderna lo que ha convertido en superflua la idea de Dios. No hubo que esperar a Darwin ni mucho menos a su hooligan Richard Dawkins para llegar a la conclusión de que el azar y la necesidad parecen suficientes para explicar todo lo que existe. Muchos siglos antes, ya lo habían propuesto Demócrito y Epicuro, a cuyos sistemas se refiere más de una vez Santo Tomás. Lo cual no es óbice para sostener que podría tratarse de una conclusión equivocada.
Actualmente, lo habitual entre autores teístas es tratar de mostrar que la idea de Dios no tiene nada de incompatible con la ciencia, sino con determinadas interpretaciones basadas en ella. Esto es totalmente cierto, pero el tomismo no se limita a esta argumentación defensiva, sino que sostiene que es inconcebible que el universo pueda existir sin próposito alguno. Supera la capacidad de quien escribe tratar de resumir con justicia el pensamiento de Santo Tomás, cuya consistencia hace muy difícil trasvasarlo a un lenguaje moderno. En lugar de ello, daré un rodeo que tal vez permita comprender mejor la solidez de sus fundamentos teleológicos[2].
Existen tres posibles concepciones metafísicas radicales, en el sentido de ir a la raíz de las cosas. La primera sería negar que exista ningún tipo de ser subsistente, es decir, ningún ente que no pueda no existir. Todo es contingente, todo puede ser o no ser, esta silla, el árbol de la esquina, el universo entero. (Algunos autores han negado que el universo como un todo se pueda considerar un objeto. Pero esto choca con los métodos de la cosmología científica, empezando por el mero hecho de que exista una disciplina cuyo objeto sea el cosmos, como muy bien ha señalado el filósofo de la ciencia Francisco José Soler.) Lo único absolutamente imposible es que algo sea y no sea a la vez, pero en principio todo puede ser o no ser. El problema de esta concepción, que ha repugnado siempre al pensamiento occidental desde sus orígenes griegos, es que renuncia por completo a explicar la existencia del orden. Es decir, considera que el orden mismo es contingente, podría no darse, y por tanto se ve obligada a admitir que podría truncarse en cualquier instante. (Una franca exposición literaria de esta concepción se halla en la novela La náusea, de Sartre.)
La segunda concepción metafísica surge precisamente del rechazo rotundo a la anterior, y consiste en afirmar que en realidad todo es necesario, es decir, que todo cuanto existe debe existir necesariamente, que nada podría haber sido distinto de cuanto es. Esto supondría, entre otras cosas, negar por completo la libertad humana. Sin embargo, esta tesis desconcertante consigue parecer admisible concediendo un importante papel al azar, ya desde Demócrito y Epicuro, que introdujeron una desviación aleatoria de las trayectorias atómicas para explicar la infinita variedad de sus interacciones. Pero el azar no está exento de problemas, pues su propia limitación indica que no es absoluto; no cualquier cosa puede suceder, sino sólo ciertos eventos delimitados en ciertas circunstancias. (Cuando uno arroja un dado, espera sólo seis posibilidades, no infinitas, como por ejemplo que el dado se convirtiera en una moneda, o en un pájaro que se escapara por la ventana.) Es decir, aún admitiendo la acción del azar, parece que existen infinitas posibilidades que no se realizan, siendo lógicamente posibles. Explicar esto desde la concepción de que nada es contingente nos termina conduciendo a la hipótesis más extrema del llamado multiverso, es decir, que todo lo lógicamente posible existe. Habría, en consecuencia, infinitos universos paralelos que se distinguen del nuestro, ya sea por detalles irrelevantes (como que ayer lloviznara en Barcelona o no, o que Pepito olvidara un recado intrascendente o no), ya sea en las leyes más fundamentales, como la intensidad de la gravedad o la constante cosmológica. Esto incluye universos que hasta el minuto actual han sido indistinguibles del que conocemos, incluso en los sucesos más insignificantes, pero que empiezan desde ahora mismo a diferir del nuestro en las direcciones más improbables y disparatadas, mientras no choquen con el principio de contradicción. Así, hay un universo en el cual, inopinadamente, aparece un rinoceronte en mi habitación. Esto parece violar varias leyes físicas que consideramos inmutables, pero en realidad, la única ley inmutable sería que todo cuanto no es analíticamente contradictorio existe. Lo cual ampara que haya universos en los que siempre se verifican determinadas leyes físicas (como hasta ahora parece ser el caso del nuestro) y también universos en los que las leyes físicas no son constantes, o por ser más precisos, no se verifican siempre. Lo importante es percatarnos de que no tenemos ningún medio para saber si nuestro universo está entre los primeros o los segundos. Es decir, por una suerte de sorprendente ironía, nos vemos conducidos a la posibilidad de un escenario no distinguible en la práctica de la primera concepción metafísica, la de que todo es contingente, todo puede suceder, por absurdo que resulte.
A menudo, los partidarios de que todo es necesario rehúyen las incómodas consecuencias últimas de su tesis argumentando que, efectivamente, todo puede suceder, pero en los universos que no se comportan regularmente es imposible la aparición de la vida inteligente, y por tanto esta se da sólo en aquellos que casualmente observan un orden contante. Pero esto es engañoso. Efectivamente, podrían existir innumerables universos que por su carácter caótico no permitieran la emergencia de vida inteligente, pero también podrían existir otros tantos con leves irregularidades, perfectamente compatibles con la aparición de un ser como el hombre. En el ejemplo del rinoceronte que hemos puesto, podemos imaginar que hechos comparables por su carácter absurdo ocurrieran sólo una vez en la historia humana (o muy pocas), y que todo el resto permaneciera igual. Dicho de otro modo, el orden que observamos en nuestro universo es mucho más elegante y estricto que el que se requeriría para simplemente permitir nuestra existencia.
Nos queda sólo la tercera concepción metafísica fundamental. Según esta, existiría un ser necesario que sería la causa de todos los seres contingentes, sin que estos dejaran de ser tales. Esta idea parece prima facie contradictoria. Pues si el ser necesario A causa a B, este será a su vez necesario, no podría no existir, luego no habrá ningún ser contingente. Esta aparente antinomia se resuelve mediante el concepto de creación. A no causa a B de modo necesario, sino libremente, lo que no significa arbitrariamente. Es decir, de manera absolutamente lógica, por eliminación, nos damos de bruces con la concepción de un Dios personal, un ser increado, que existe por sí mismo, y que da origen a todo lo demás por una libre decisión de su voluntad, y sin tener ninguna obligación ni necesidad de ello. Siguiendo este hilo, vemos que un ser subsistente es necesariamente infinito y perfecto (es decir, bueno), pues existiría aunque no hubiera ninguna otra cosa, y por tanto nada puede limitarlo. De ahí inferimos que el fin de la Creación debe ser bueno, exento de cualquier interés egoísta o veleidad, algo completamente incompatible con un ser perfecto.
Si tuviéramos que resumir esta argumentación con un solo concepto, este sería el de orden. El orden cósmico nos lleva a pensar que no cualquier cosa puede, de hecho, suceder (aunque sí lógicamente), y que nada sucede sin una razón, en el sentido más amplio del término, que incluye la motivación inteligente. Y ambas cosas sólo pueden sostenerse en la existencia de una inteligencia ordenadora primordial, que elige unas posibilidades y por ello mismo descarta otras, movida por un fin absolutamente bueno.
Ahora bien, la solución teísta se encuentra entonces con una última pero formidable objeción, la que Santo Tomás reconoce con toda sinceridad en primer lugar. Si Dios es infinito y perfecto ¿por qué ha creado un mundo imperfecto, donde existe el mal? ¿No podía haber hecho algo mucho mejor?
El Aquinate responde a esta cuestión en varios lugares de sus obras, apoyándose en gran medida en San Agustín. En resumen, podemos decir que caemos en contradicciones cuando pretendemos obtener el máximo bien eliminando todo mal particular. Un mundo en el que no existiera por ejemplo el hambre, sería un mundo en el que el ser humano no hubiera tenido que luchar jamás por su sustento, un Edén en el que bastaría con extender la mano para obtener los frutos de la naturaleza, o en que el esfuerzo imprescindible fuera mínimo. En esta clase de paraíso terrenal, resulta difícil comprender qué motivo hubiéramos tenido para salir de la mera animalidad, de una existencia comparable a la de un perro que sabe que tiene el sustento asegurado por su amo. En un mundo así, que no casualmente evoca el relato del Génesis, no habría existido el hambre, pero tampoco la técnica, la ciencia, la arquitectura, la poesía, la música, ni nada de cuanto nos hace diferentes de un perro. Se podría replicar que Dios mismo nos podría haber educado y guiado para alcanzar todos esos bienes sin necesidad de acicatearnos con la escasez ni otros males, pero ¿realmente hubiera podido existir un Mozart o un Cervantes sin sufrimiento, sin esfuerzo, sin desgarradoras vivencias?
Sí, soy consciente de las bellas y delicadas almas que tildarán este dilema de perverso, de chantaje inaceptable, y nos dirán algo así como que todas las composiciones de Mozart no valen que un niño pase hambre un solo día, o algo por el estilo. (Las veo corriendo a vender todos sus bienes, incluida aquella querida colección de vinilos, para socorrer a los niños del Tercer Mundo[3].) Algunas de estas almas bellas son las mismas que creen que es mejor abortar a un ser humano nonato que permitir que nazca y sufra miseria. Es decir, que sería mejor no haber nacido que sufrir. Estoy absolutamente en desacuerdo, pero reconozco que no sé cómo argumentar racionalmente mi posición, aunque tampoco creo que pueda hacerlo la posición contraria.
Llegamos así, quizás, a la disyuntiva fundamental. La de quienes, pese a todos los males de este mundo, experimentamos una hondísima necesidad de agradecimiento por el simple hecho de estar vivos (y el agradecimiento sólo es realmente posible a otra persona, no a un ente inanimado), y quienes por el contrario ven principalmente la existencia como un motivo de protesta, de queja, aunque paradójicamente aseguren con frecuencia odiar la muerte, como en el chiste de aquel que se quejaba de que la comida de un restaurante era muy mala, y encima servían poca cantidad.
Tal vez, todos los argumentos que podamos considerar a favor y en contra de la existencia de Dios procedan de estas dos actitudes fundamentales, que en sí mismas escapan a la argumentación. Y esto nos lleva de nuevo a lo que fue el arranque de nuestra reflexión, por qué los cristianos disminuyen en Europa y Norteamérica, y en cambio aumentan en África o en China, pese a las persecuciones. Puede que la respuesta, en el fondo, sea tan simple como que unos, en medio de su abundancia material, están más aburridos, por no decir cansados de la vida, mientras que otros demuestran muchas más ganas de vivir, y por tanto de darle las gracias a Aquel que nos ha creado y entregó a su hijo por nosotros.




[1] Por poner sólo un ejemplo, la primera evidencia epigráfica de la existencia del pueblo de Nazaret no se halló hasta 1962, poniendo en ridículo las teorías que la consideraban una localidad mítica. (Vittorio Messori, Hipótesis sobre Jesús, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2008, pp. 226-227.)
[2] Los pacientes lectores de mi blog ya conocen las reflexiones siguientes por entradas anteriores, por lo que espero no aburrirles demasiado.
[3] Se podrá tachar el comentario de demagógico. Pero lo es mucho más culpar a Wall Street y seguir durmiendo bien por las noches, sin desprendernos de nuestra discoteca personal; modestísima, por supuesto: por lo visto, nunca somos lo suficientemente ricos para no culpar a otros de la desnutrición en el mundo.