jueves, 20 de febrero de 2014

La solución teísta

La idea de Dios es considerada por algunos como un bello cuento edificante o consolador, que las personas educadas y maduras han descartado hace tiempo como una antigua superstición a la que millones de seres humanos, por alguna razón, se empeñan en seguir dando crédito. Otros tienen una opinión menos tajante, aunque honradamente piensan que no hay razones suficientes para sostener la existencia de un ser semejante, y en cambio sí tendríamos algunas en contra bastante serias. En este trabajo argumentaré que ambas posturas (sobre todo la primera) son erróneas.


Debido a la extensión del texto que sigue a continuación (21 páginas), recomiendo descargarlo o leerlo en línea en el siguiente enlace:


La teoría de que el universo ha sido creado por un ser trascendente no es demostrable como pueda serlo, por ejemplo, el teorema de Pitágoras. Sin embargo, existen razones muy profundas y nada “sentimentales” (por decirlo así) para sostenerla, comparables tal vez a las de ciertos principios científicos generalmente aceptados, que tampoco pueden ser probados de manera definitiva.
Empecemos por dejar bien claro a qué nos referimos con el término Dios. Para ello es preciso señalar dos elementos esenciales. En primer lugar, Dios es un absoluto, es decir, un ser que existe por sí mismo, con independencia de cualquier otra cosa. Y en segundo lugar, Dios es una inteligencia creadora de todos los demás seres, lo que llamamos el universo. Es fundamental comprender lo que significa esto último. La creación es un acto esencialmente libre, es decir, que Dios podría no haberlo realizado, si no hubiera querido[1]. Si eliminamos el componente voluntad, el término creación sería muy poco adecuado, y más bien deberíamos entender el universo como una emanación o manifestación del ser absoluto. Esta concepción no sería distinguible de la tesis panteísta, que identifica al ser primordial con la naturaleza; lo que, como señaló Schopenhauer, no es más que una forma elegante de deshacerse de Dios[2]. Por otra parte, la creación debe ser además un acto inteligente, no caprichoso o impulsivo. De lo contrario, esta doctrina supondría un innecesario rodeo para terminar desembocando en el puro irracionalismo, o la tesis de que el universo existe sin razón alguna. En resumen, aquí entendemos por Dios una inteligencia creadora o trascendente, esto es, distinguible del universo.
Es muy importante no perder de vista, desde este momento, las implicaciones que tendría la existencia de Dios para la vida humana. Si hay un Dios, esto significa que el universo es racional, pues es obra de un ser absoluto en el que no cabe suponer ninguna imperfección o veleidad. Y si hay un Dios, los seres humanos no somos meramente animales, pues nuestro origen último se hallaría en el pensamiento, no en la materia[3]. Esto permite fundamentar la concepción del hombre como un ser dotado de dignidad irreductible, con derechos inalienables que serían previos a la existencia del Estado, y que no está condenado a la mera satisfacción de las necesidades biológicas.
Pasemos sin más preámbulos a las objeciones que pueden esgrimirse contra la idea de Dios. Estas pueden dividirse en dos grandes grupos. Por un lado, tenemos las críticas que cuestionan la propia sostenibilidad del concepto, y que giran principalmente alrededor de su carácter antropomórfico, o mejor dicho, antrópico (el primer adjetivo parece más adecuado para los dioses de las mitologías politeístas). Se nos dice que el universo no muestra indicios de haber sido diseñado por una inteligencia análoga a la humana, sino que más bien parece obedecer a principios impersonales, totalmente indiferentes hacia la suerte de seres tan insignificantes como nosotros. Y se observa también que el pensamiento humano es una actividad que carece de existencia independiente de determinados procesos moleculares de nuestro cerebro, con lo cual no tendría base alguna postular que una inteligencia de ningún tipo pueda preexistir a la materia.
El segundo tipo de objeciones no se basa en cuestionar la sostenibilidad o consistencia del concepto de Dios, sino en considerarlo superfluo. Se nos dice que no es necesario postular la existencia de una inteligencia trascendente para afirmar la racionalidad de lo real, ni tampoco para fundamentar la dignidad del hombre. El universo se puede explicar perfectamente mediante la operación de leyes impersonales y del azar. Y la ética, especialmente desde Kant, se entiende como una disciplina autónoma, por contraposición a la heteronomía que supone basarla en unos supuestos mandamientos divinos.
Cabe observar que la crítica verdaderamente formidable es la del segundo tipo. Pues para hacer frente a las primeras, basta con mostrar que el concepto de Dios es consistente, sea o no verdadero[4]. En cambio, la objeción de que se trata de una idea prescindible (la famosa "hipótesis innecesaria" de Laplace) requiere algo mucho más difícil, que es demostrar que sin Dios no podemos comprender el universo ni justificar la dignidad absoluta del hombre. En lo que sigue, trataré de mostrar la debilidad de ambos tipos de objeciones.

La crítica del antropismo
La idea de que el universo no muestra indicios de ser obra de una inteligencia (o al menos de una inteligencia que se sienta concernida por el ser humano) es al menos tan antigua como la opuesta, que pone de relieve la profunda sabiduría que subyace en la naturaleza, y subraya incluso la belleza de la creación. No obstante, hoy el debate ha quedado más circunscrito al problema del mal. Para muchos la principal razón del ateísmo es la existencia del sufrimiento. Si Dios existe, ¿por qué lo permite, o por qué no ha creado al menos un mundo en el que el dolor no alcance los niveles de crueldad que conocemos? En esta cuestión es preciso distinguir entre la necesidad humana de comprender y la necesidad de consuelo. Seguramente ningún razonamiento puede consolar verdaderamente a alguien que haya perdido a un ser querido o que esté padeciendo un dolor físico insoportable. Sin embargo, no sería válido deducir de ello que el sufrimiento no tiene explicación. Ante las argumentaciones de filósofos o teólogos que pretenden explicar por qué Dios permite el mal, una reacción típica del ateo o agnóstico consistirá en invitarnos, con cierta sorna, a acudir a un tanatorio, o a un hospital, a explicar esas teorías a quienes están sufriendo. Esto difícilmente puede considerarse un argumento, pero aunque lo fuera, podría volverse fácilmente en contra de quien lo utilizara, porque son muchas las personas que no sólo perseveran en su creencia en Dios tras una experiencia traumática, sino que encuentran en ella un profundo consuelo.
Según la definición clásica, el mal es la privación del bien[5]. La sed es la falta de líquidos, la ignorancia es la falta de conocimiento, y así sucesivamente. Ahora bien, los seres humanos somos seres limitados, a diferencia del Creador; por definición, ningún ser creado o relativo es omnipotente ni omnisciente. De aquí se deduce que imaginar un ser finito que no estuviera expuesto a ningún mal es una contradicción en los términos. Dios podría, en efecto, si quisiera, evitar todo mal. El avión al que le fallan los motores no se estrellaría, la persona que cae al agua sin saber nadar, no se ahogaría, etc. La consecuencia de ello sería que no tendríamos ningún tipo de incentivo para aprender a nadar, ni para construir aviones con motores que funcionaran, ni siquiera aviones de ningún tipo, porque no necesitaríamos viajar ni hacer el menor movimiento para vivir. Ahora bien, un "paraíso" semejante, en el que ninguna acción o ausencia de acción tuviera consecuencias desagradables, imposibilitaría el ejercicio de la libertad humana, que se basa en que las acciones tengan algún sentido, alguna utilidad, algún efecto. Ni siquiera tendrían sentido ese tipo de acciones que llamamos pensamientos (recuerdos, reflexiones, proyectos), y que son los precursores de la conducta racional. En un mundo sin ningún mal no habría verdadera actividad consciente, sino que nos hallaríamos dentro de algo análogo a una película cuyos personajes ni sienten ni padecen, puesto que no son más que imágenes proyectadas en una pantalla. (Más adelante volveremos sobre esta metáfora.)
Es dudoso que Dios pudiera tener motivos para crear un universo así. Pero aunque los tuviera, lo que está claro es que ese universo no es el nuestro. La pregunta crucial es si, pese a todo el mal que hay en el mundo, preferimos existir o no. Por supuesto, hay quien responde en un sentido negativo, y es consecuente con ello hasta el extremo de quitarse la vida. Pero el suicida y el que cree que la vida vale la pena, incluso en medio de terribles dificultades, no pueden tener razón a la vez. Uno de los dos se equivoca, necesariamente.
Se podrá replicar que aunque el sufrimiento sea inherente a los seres finitos, este podría al menos no sobrepasar el límite de lo soportable. Pero tal límite es subjetivo y relativo, por lo que si fuera posible corregirlo sucesivamente, probablemente acabaríamos por dictaminar como intolerable el pinchazo de una aguja hipodérmica.
En un sentido más general, frente a los que objetan que el universo no aparenta ser obra de una inteligencia, cabe preguntar cómo debería ser, según ellos, un mundo diseñado por un ser consciente. ¿Lo hubieran concebido acaso mucho más pequeño, para ahorrarse esos espacios inmensos que no sirven para nada? ¿Hubieran dispuesto que las órbitas de los planetas fueran circulares, y no elípticas, como creyó en un principio Kepler? ¿Habrían producido mares y océanos de agua dulce? Enmendarle la plana a la Inteligencia infinita parece algo más bien arrogante, por no decir muy poco inteligente.
En realidad, en una contemplación desprejuiciada, las constantes físicas del universo parecen delicadamente ajustadas para que en él pudieran surgir formas de vida inteligente. Pequeñas variaciones en la constante cosmológica, en la fuerza que mantiene unidos los núcleos atómicos, en la masa relativa del protón o en la intensidad gravitatoria, entre muchas otras, hubieran dado lugar a un universo demasiado enrarecido o demasiado denso para permitir la aparición de la vida; o en el que, por ejemplo, no se hubieran sintetizado en cantidad suficiente el carbono ni otros elementos esenciales para la química orgánica[6].
Algunos cosmólogos han tratado de evitar las conclusiones en favor de una inteligencia creadora que se desprenden de este “ajuste fino”, especulando con la existencia de un gran número de universos paralelos (el conjunto de los cuales recibe el nombre de multiverso), basados en ecuaciones y constantes físicas distintas del nuestro. Si este fuera el caso, no habría nada sorprendentemente improbable en el hecho de que existiera un universo como el que conocemos, en el cual se dieran precisamente las condiciones adecuadas para la aparición de la vida inteligente[7].
            No se nos puede escapar que estas especulaciones tienen algo de recurso desesperado. Por supuesto, no existe ninguna evidencia empírica a favor de la existencia de otros universos, ni está claro que pudiera haberla. Más adelante volveré a examinar las concepciones del multiverso, pero por ahora nos basta con poder afirmar con rotundidad que no existe ninguna incongruencia entre la descripción actual que podemos hacer del universo conocido y la idea de un Creador, sino más bien todo lo contrario.
            El otro tipo de crítica del antropismo se basa en el problema de las relaciones entre la mente humana y la materia. Puesto que todo parece indicar que nuestra mente es un conjunto de procesos neuronales, explicar el origen del universo recurriendo a un Creador supondría postular una inteligencia primordial, que pudiera preexistir a cualquier soporte material, lo que no sería congruente con nuestra experiencia.
            El problema de imaginar una inteligencia incorpórea ya preocupó a Agustín de Hipona. Durante mucho tiempo le resultó imposible concebir que pudiera existir un ser carente de las dimensiones espaciales, hasta que cayó en la cuenta (siglos antes que Descartes) de que su propia mente, por la cual se representaba los objetos extensos, era algo distinto de estos[8].
            Por mucho que pudiéramos establecer una correlación milimétrica entre los procesos moleculares del cerebro y cualquier pensamiento concreto, lo cierto es que ningún observador externo tendrá una experiencia directa de mis pensamientos. Si por un imposible ocurriera tal cosa, el observador se identificaría literalmente conmigo; es decir, dejaría de ser observador. La subjetividad es irreductible a lo objetivo. Imaginamos, por nuestra propia experiencia, que otros bípedos albergan mentes similares a la nuestra, pero nunca jamás llegamos a ver “dentro” de ellas.
            Esta radical heterogeneidad entre lo mental y lo físico parece conducirnos al problema, planteado por Descartes, de cómo interaccionan los dos niveles. Pero posiblemente se trate de una cuestión mal planteada. Tenemos una experiencia inmediata de nuestros estados mentales, pero en cambio, acerca de la materia ¿qué es realmente lo que sabemos? Cuando tratamos de definirla, adentrándonos en sus componentes subatómicos, nos encontramos con que estos se disuelven en una serie de ecuaciones con variables y constantes numéricas. Y ¿qué son realmente estos formalismos matemáticos, sino pensamiento?
Si lo material fuera algo primordial o substancial, resultaría imposible entender por qué es inteligible, o mejor dicho, qué significa ser inteligible. En cambio, si suponemos que la materia ha sido previamente pensada, que procede por tanto del pensamiento, no habría nada esencialmente sorprendente en que pueda ser repensada después por criaturas inteligentes[9]. El verdadero enigma irresoluble sería no cómo puede existir una mente sin soporte físico, sino cómo podría existir lo físico sin haber sido pensado antes, cuando al analizarlo, se nos disuelve en relaciones intelectuales, en leyes y parámetros matemáticos.
Después de todo, la crítica del antropismo se basa en una verdad innegable: el concepto de Dios es análogo a la mente humana. Pero esta crítica no prueba nada en contra de la existencia de un Creador porque conceptos como los de leyes o fuerzas de la naturaleza, tan caros al materialismo, implican también una clara analogía con la psicología humana. Para erradicar por completo el antropismo, habría que renunciar nada menos que a establecer leyes físicas y a postular la existencia de fuerzas, como si la naturaleza estuviera regida por decretos, o como si en los cuerpos inanimados actuaran principios semejantes a la voluntad. O como si existiera una mente ordenadora tras todo ello... Lo cierto es que no hay nada más difícil de explicar, desde una metafísica materialista, que el hecho de que la naturaleza esté regida (otro término antrópico) por ecuaciones matemáticas[10].
En resumen, afirmar que el concepto del Creador es antrópico es una tautología. Pero no hay más motivo para rechazarlo por ello que para rechazar toda teorización física, que se basa igualmente en establecer leyes naturales análogas a las leyes humanas.

La crítica de la “hipótesis innecesaria”
Pasemos ahora a la crítica basada en cuestionar la necesidad de la tesis teísta, que es donde se han hecho fuertes el ateísmo y el agnosticismo contemporáneos. Empezaré por el enfoque basado en el principio de la simplicidad de las teorías, porque nos permite entrar rápidamente en el meollo del asunto. El razonamiento, muy sencillo, es el siguiente: Si Dios, causa del universo, es a su vez incausado (o no conocemos su causa), podemos ahorrarnos un paso y decir que el universo es incausado, o que no conocemos su causa, sin necesidad de postular ningún ser trascendente.
            Este argumento ignora lo esencial de la definición de Dios que hemos expuesto al principio. El Creador no sería meramente una causa del universo, como por ejemplo la masa de la Tierra es la causa de que las manzanas caigan de los árboles. La diferencia crucial es que la Tierra no puede evitar que las manzanas tiendan a moverse hacia su centro, mientras que Dios podría haberse abstenido de crear el universo. Es decir, la idea de Dios introduce algo radicalmente nuevo en nuestra comprensión de la realidad, que es el concepto de libertad. Por el contrario, en el supuesto de que el universo fuera causa de sí mismo, la libertad quedaría lógicamente excluida, porque para decidir no existir habría que existir previamente. Ni siquiera Dios es libre de no existir; sin embargo, sí es libre de crear algo distinto de sí mismo, es decir, el universo; la libertad es trascendente por definición. Y esto es lo decisivo, porque si, por economía teórica, prescindimos de la libertad creadora, se abren ante nosotros las dos únicas posibilidades siguientes:
            La primera, que denominaré irracionalismo, consiste en afirmar que el universo no es propiamente causa de sí mismo, sino que en rigor existe sin causa alguna, porque sí.
            La segunda, que llamaré racionalismo inmanentista, o simplemente inmanentismo, sostiene por el contrario que el universo tiene en sí mismo, o en su naturaleza, su propia causa.
            Examinaré a continuación la tesis irracionalista, pero antes conviene prevenir un posible equívoco. El irracionalismo no debe confundirse con la posición positivista, que se puede expresar coloquialmente también como la tesis del porque sí. El positivista afirma que no tiene sentido hablar de una causa del todo, porque no se trata de una cuestión que se pueda abordar experimentalmente. Simplemente, en algún momento hay que aceptar que existe un hecho bruto e irreductible, como es la existencia de algo, y por tanto es procedimentalmente incorrecto pretender ir más allá.
Dicho sea de paso, el problema del positivismo es que la tesis “Sólo es válido el conocimiento experimental” no es a su vez una tesis experimental, por lo que se autoanula. Al positivista de barra de bar que sostiene, con cierto tono de superioridad, que sólo cree en “los hechos”, basta con preguntarle cuál es el hecho que demuestra que sólo hay que creer en los hechos. Por supuesto, dar crédito sólo a lo fáctico es imposible en la práctica, pues las leyes de la naturaleza, que irreflexivamente damos por hechos (como por ejemplo la ley de la gravedad, de la que dependen cosas como que el Sol salga mañana), no son hechos en absoluto, sino teorías sobre los hechos. No hay ningún código constitucional cósmico en el que podamos encontrarnos las leyes de la naturaleza, como nos tropezamos con los hechos, sea un árbol o una medición en el laboratorio. Alguien que realmente sólo creyera en los hechos debería empezar por admitir que no cree que el Sol vaya a salir mañana, ni tampoco lo contrario. Este empirismo radical equivaldría a admitir que cualquier cosa puede suceder en el minuto siguiente, porque no seríamos tan ilusos como para creer en esas supersticiones llamadas leyes de la naturaleza o nexos causales[11]. Podemos apostar a que nuestro positivista (en el sentido descriptivamente psicológico o ideológico del término, lo que he llamado “positivista de barra de bar”) retrocedería incomodado ante tal planteamiento.
Ahora bien, el irracionalismo, a diferencia del empirismo radical, no se limita a creer en los hechos, sino que es una posición francamente metafísica, es decir, una concepción sobre la realidad, y no sólo sobre nuestro conocimiento de ella. Lo que afirma el irracionalista no es que carezca de sentido preguntarse por la razón de la existencia, sino literalmente que es la existencia la que carece de sentido o de razón alguna. Dicho de otro modo, que el mundo es absurdo[12].
El irracionalismo presenta un problema muy grave, y es que, si algo puede existir o suceder sin razón alguna, cualquier cosa puede suceder o irrumpir súbitamente a la existencia. En cualquier instante, la aparente inmutabilidad de las leyes de la naturaleza podría quebrarse. Todo podría suceder, excepto las contradicciones lógicas[13]. Por supuesto, tal cosa se contradice frontalmente con la experiencia humana del orden natural de las cosas, pero para el irracionalista esto sería una estricta casualidad, que no nos daría ningún derecho a esperar nada del futuro. Así que podríamos también decir que, pese a su carácter intelectualmente repugnante, el irracionalismo encierra una secreta fuerza: es lógicamente irrefutable.
Como antes hemos visto, la alternativa al irracionalismo es que exista una causa del universo, y esta causa sólo puede encontrarse en el propio universo o en un ser trascendente. Si el irracionalismo es la tesis de que todo es contingente, de que nada existe necesariamente, el racionalismo es la tesis opuesta: que existe algo necesario, un ser que es causa de sí, sea el propio universo o el Creador. Ahora bien, que el irracionalismo sea lógicamente irrefutable, aunque inverosímil, nos sirve de aviso de que perdemos el tiempo intentando demostrar apodícticamente la existencia de un ser necesario o absoluto. Esta es la razón por la cual las clásicas “demostraciones” de que existe un Absoluto o un ser necesario sirven más para sembrar dudas acerca de algo que, en el fondo, todos creemos (que hay siempre una razón de las cosas) que no para conseguir su objetivo.
Así, por ejemplo, Tomás de Aquino, en su conocida como “tercera vía”, o demostración de la existencia de un ser necesario, sostiene que las cosas contingentes son aquellas que pueden ser “producidas o destruidas”, lo que significa que tienen al menos un principio en el tiempo, de lo que deduce que si sólo hubiera cosas contingentes, en algún momento no habría existido nada. “Pero –prosigue– si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad [contingentes]; sino que es preciso algún ser necesario[14]”.
El error de esta argumentación se halla en partir de una premisa que, aunque seguramente es verdadera, no se puede dar por probada: que todas las cosas contingentes han debido ser “producidas” en algún momento, o dicho de otro modo, que todo tiene una causa, un porqué, una razón. Es decir, Santo Tomás se deja a su espalda, sin demostrarla, la tesis básica del racionalismo, que no es otra que aquella que intenta probar. Que todo tiene una razón y que debe existir un ser necesario es, al fin y al cabo, afirmar la misma cosa; pues su negación, como hemos visto, sería que todo es contingente. Y aunque los seres humanos seamos genéticamente racionalistas y nos repugne considerar la alternativa, no podemos demostrar el racionalismo en el sentido estricto de la palabra demostrar que utilizan los matemáticos.
Esta es la mala noticia. La buena es que no necesitamos probar una proposición que, en lo más hondo de nuestro ser, somos incapaces de poner en duda, esto es, que en el mundo las cosas siempre tienen un porqué y por tanto algo existe por sí mismo. Más aún, intentar demostrarla es una forma bastante absurda de provocar que las dudas generadas por una demostración deficiente contaminen el fondo del asunto.
En conclusión, tenemos que el primer elemento esencial de nuestra definición de Dios, que existe un ser absoluto, es algo que no podemos demostrar pero que tampoco podemos dejar de creer, a poco que pensemos en ello. Nos queda ver entonces si ese ser absoluto coincide con el universo o si es un ser trascendente.
Ahora bien, sostener que el Absoluto o ser necesario es el universo supone negar que existan seres contingentes, o lo que es lo mismo, afirmar que las cosas no podrían haber sido o sucedido de otro modo. El hecho de que frecuentemente nos parezca que podrían ser distintas se debería a una limitación de nuestro intelecto, como sostuvo Spinoza[15].
A primera vista, esta posición no es compatible con la moderna física cuántica, en la que el azar indeterminista juega un papel esencial. Sin embargo, debe notarse que el azar no es un principio explicativo último, sino que presupone siempre un orden. Si lanzo un dado sobre una superficie, sólo contemplo seis posibilidades, según qué cara quede hacia arriba cuando el dado se detenga. No prevemos en absoluto que el dado desaparezca, que salga volando o que se convierta en un pez dando coletazos sobre la mesa. Por definición, el azar implica un número sumamente restringido de posibilidades, al menos en comparación con las infinitas posibilidades lógicas de sucesos que podemos concebir. El azar puede servir para explicar un determinado suborden, pero no el orden fundamental de la realidad, salvo que nos deslicemos hacia un franco irracionalismo, que por hipótesis rechazamos.
La cuestión ineludible se puede plantear, por tanto, en estos términos: ¿El orden fundamental de la naturaleza es la única posibilidad que existe? ¿Podrían las leyes y ecuaciones matemáticas que rigen el universo haber sido distintas? ¿Podría, simplemente, no haber existido nada? Si cualquier alternativa aparentemente lógica a lo existente pudiera excluirse, el universo sería necesario en sí mismo –sería lo absoluto; y evidentemente no habría necesidad conceptual alguna de un ser trascendente.
El inmanentismo es la tesis según la cual sólo hay un orden posible, lo que incluye descartar la posibilidad de la nada absoluta. Existe una forma de inmanentismo débil muy extendido, que consiste en confundir el orden, las “leyes santas de la naturaleza” (según la piadosa expresión del ateo Barón d’Holbach[16]), con la explicación de los fenómenos de la naturaleza. Esto es a lo que Wittgenstein se refirió como el “espejismo” que subyace a “toda la visión moderna del mundo[17]”. Por supuesto, lo que hay que explicar realmente es que haya algo así como leyes de la naturaleza, y precisamente estas leyes, en lugar de otras.
Dentro de esta visión deficiente habría que contextualizar las vanas especulaciones basadas en la idea de que el universo sería una “fluctuación cuántica” de la nada. Por supuesto, la nada absoluta no puede “fluctuar”, y si lo hace es que no es la nada, sino un estado físicamente descriptible, que restaría a su vez por explicar[18]. En todo caso, si realmente algo puede surgir de la nada absoluta, sin la intervención de una razón trascendente, cualquier cosa puede surgir; por qué no un paraguas o una bicicleta. Pero quienes se entretienen con malabarismos verbales sobre el universo como un efecto cuántico de la nada reaccionarían ofendidos ante la insinuación de que su tesis supone renunciar al racionalismo.
Hablando ahora más seriamente, para que el orden fundamental sea el único posible, habría que suponer dos cosas: que es imposible que nada exista, y que no hay órdenes alternativos. Empezaré por la segunda cuestión.
Antes nos hemos referido a las teorías del multiverso. Una formulación extrema de estas teorías consistiría en que la realidad agotara todas las posibilidades lógicas, lo que supondría admitir la existencia de todos los universos matemáticamente consistentes, probablemente infinitos. Un inconveniente de esta teoría, paradójicamente, recuerda mucho al del irracionalismo. Pues si existen infinitos universos (muchos de los cuales serán estrafalarias variaciones del nuestro, perfectamente válidas desde un punto de vista lógico), prácticamente cualquier absurdo puede suceder[19].
Sin embargo, el defecto fatal de la concepción de una realidad lógicamente exhaustiva es que es imposible que todas las posibilidades lógicas existan a la vez. Un ser A (sea un universo entero o lo que se quiera) puede existir o no. Pero ambas posibilidades son excluyentes, por el principio de contradicción. Es imposible una realidad o multiverso en el que A exista y no exista a la vez; o dicho de otro modo, siempre habrá como mínimo una posibilidad excluida. No afecta en nada a este razonamiento el que haya diversos seres o universos posibles, o infinitos. Si por ejemplo sólo existieran tres universos consistentes posibles, A, B y C, el multiverso ABC de todos los universos posibles sería sólo una realidad posible entre ocho, pues sería también posible que no existiera ninguno de estos universos (una posibilidad), que sólo existiera uno (tres posibilidades más, A, B y C), o que sólo existieran dos (otras tres posibilidades, las combinaciones AB, AC y BC). Cada uno de estos siete multiversos posibles, al igual que la nada absoluta, excluye la existencia de los demás, porque los universos no pueden existir y no existir a la vez. En general, para n universos posibles, tenemos 2n realidades posibles, incluyendo la nada absoluta.
Vamos a suponer, sin embargo, que por razones muy complejas que escapan tal vez a nuestra capacidad de cálculo, sólo hubiera un universo consistente posible. En ese caso, como acabamos de ver, aún habría dos posibilidades lógicas excluyentes, que este universo existiera o que no; es decir, que hubiera algo o nada en absoluto. Si pudiéramos demostrar que la nada absoluta es un concepto contradictorio en sí mismo (como han pretendido muchos filósofos, desde Parménides), este universo sería necesario, y no se requeriría de la intervención de ningún ser trascendente.
Se podría decir que la nada absoluta es contradictoria, porque si no hubiera la nada, habría al menos la verdad de que no hay nada. Pero si no hubiera nada, tampoco habría verdad, pues la verdad es una relación de correspondencia de una proposición con alguna cosa. No puede haber una verdad y además nada, pues la verdad siempre es relacional, implica la existencia de algo además de ella misma. Por tanto, esa contradicción no se daría; sencillamente, si no hay nada, tampoco hay ninguna verdad ni proposición. Todas las pretendidas "demostraciones" de la imposibilidad de la nada se basan en variantes de este argumento; tratan de sostener que el mero hecho de considerar la nada ya implica aceptar la existencia de algo, lo cual tal vez sea una inevitabilidad lingüística, pero no un aserto lógico[20].
Hemos llegado a un punto en que el inmanentismo, es decir, la idea de que lo absoluto es el universo, se revela como extremadamente problemático. Explorando la idea de que no hubiera alternativa alguna al universo conocido, descubrimos que no se sostiene lógicamente. El universo, como ha propuesto Francisco José Soler, sería a fin de cuentas un objeto, comparable a cualquier otro objeto contingente, y por tanto no podría tener en sí mismo la razón de su existencia, como no la tienen un árbol ni un abrelatas[21].
Por eliminación nos vemos obligados a dejar de hacer remilgos a la idea de un ser trascendente que habría decidido libremente crear nuestro universo. No está de más señalar que este método difiere por completo de las “pruebas” tradicionales de que el Absoluto es un ser personal, y cuyo resultado es similar al de la “demostración” del ser absoluto que critiqué antes: despiertan incredulidad incluso en los previamente convencidos. Generalmente esas pruebas se basan en el siguiente silogismo: Una persona es un ser más perfecto que una cosa inanimada. Ahora bien, Dios es por definición el ser más perfecto. Luego Dios es un ser personal[22]. Un problema nada soprendente de este razonamiento es que entraña circularidad. Quien crea que el origen de todo cuanto existe se halla en un Dios personal, consecuentemente pensará que la realidad espiritual es la más alta. Pero un materialista coherente no considerará como una verdad objetiva la afirmación de que una persona es una realidad más perfecta o excelsa que un mineral, sólo porque sea más compleja (¿cuál es el criterio de perfección?), y aunque quizá subjetivamente no pueda evitar compartirla. El otro problema es que podría existir un grado de perfección superior, y distinto al nivel personal, desconocido para nosotros. En ese caso, Dios no sería un ser impersonal, pero tampoco personal, sino algo diferente e incognoscible[23].
            Aquí, por el contrario, prescindimos totalmente del impreciso concepto de perfección para sostener que Dios es un ser personal, lo cual tiene de paso la nada despreciable virtud de permitirnos desdeñar la peregrina idea de un ser que fuera suprapersonal, sea lo que sea que esto signifique. Al examinar rigurosamente y descartar en consecuencia la idea de que la razón del universo sea inmanente, nos vemos abocados a admitir (siempre que descartemos el irracionalismo) que la razón del universo sólo puede ser un Absoluto trascendente. Y el único concepto que nos permite ligar este Absoluto con los seres contingentes, sin que estos dejen de serlo y se fundan con él, es el concepto de libertad. Sólo un Absoluto libre (y por tanto personal) puede añadir algo nuevo a la realidad que no sea parte de él mismo, que no haya existido ya desde toda la eternidad; sólo un ser libre puede ser auténticamente creador.
            Volvamos ahora a las implicaciones fundamentales de la idea de un Dios trascendente. Afirmamos al principio que sólo Dios permite comprender el universo y fundar de manera inamovible la dignidad de la persona humana. Lo primero se ha hecho evidente, por cuanto sólo una inteligencia capaz de elegir racionalmente entre distintas posibilidades nos permite justificar por qué existe el universo tal como lo conocemos y no otro o simplemente nada. Y lo segundo está directamente relacionado con la libertad creativa que subyace en el universo. Sólo criaturas a su vez libres, capaces de sobreponerse a su egoísmo animal, son capaces de someterse a una ética objetiva y no a una mera regulación coactiva de intereses en conflicto. La moral precede al Estado (y es su fundamento jurídico) sólo si somos metafísicamente libres.
            Cabe en este momento plantearnos una cuestión, y es si podría concebirse la existencia de la libertad humana en sentido metafísico, independientemente de la existencia de un Creador. El análisis de este problema nos ayudará a comprender mejor el sentido del racionalismo trascendentalista.
            Karl R. Popper, pese a ser agnóstico, sostuvo que el viejo materialismo determinista había sido superado por la ciencia moderna, y en lugar de una visión del mundo reduccionista, propuso una teoría emergentista, dentro de la cual se justificaba con naturalidad la concepción humanista de la libertad. Según el filósofo austríaco, existen aspectos de la realidad que son irreductibles al mundo material. Habría el Mundo 1 de los procesos físicos, el Mundo 2 de la actividad mental y el Mundo 3 de las construcciones mentales (como libros, teoremas, sinfonías, etc.)[24]. Aunque el Mundo 2 emerge evolutivamente del Mundo 1, Popper sostenía que no podía ser comprendido en términos físico-químicos ni biológicos. El universo tendría, por tanto, la capacidad de producir algo verdaderamente nuevo, es decir, algo que no podía haber sido previsto sólo con las leyes del mundo físico: sería un universo creador o, como lo denomina también, abierto[25].
            Popper contrapone su concepción del universo abierto no sólo con el determinismo materialista, sino también con el teísmo, al que considera otra forma de determinismo metafísico, basado en el principio del Eclesiastés “nada hay nuevo bajo el sol[26]”. Para este pensador, la idea de un ser omnisciente, que conocería incluso el futuro, equivale a suponer que no existe ninguna auténtica novedad (ni por tanto verdadero libre albedrío), pues todo lo que pueda suceder preexistiría en la mente del Creador.
Ahora bien, Popper es el primero en admitir que para comprender la libertad humana, “el indeterminismo no basta[27]”. Él cree que la libertad se puede entender como una interacción entre los Mundos 2 y 3, y entre estos y el Mundo 1. Para ello, es condición indispensable que el Mundo 1 sea causalmente abierto, lo que supone admitir que la existencia de objetos como una catedral o un ejemplar del Quijote no pueden ser explicados exclusivamente con las leyes de la física, la química ni siquiera la neurología.
Esta concepción me parece enormemente sugestiva. Sin embargo, creo que entra en conflicto con la idea expuesta más arriba de que la libertad tendría esencialmente algo que ver con que el futuro no esté escrito. El núcleo de la idea de libertad se encontraría en el concepto de autonomía, y estaría estrechamente relacionado con la metáfora que concibe al yo como el piloto de un barco[28]. Una definición de la libertad basada en la impredictibilidad del futuro no sólo me parece meramente negativa, sino además equivocada. Que una inteligencia finita no pueda predecir de manera infalible las decisiones de un ser consciente sería una consecuencia de la libertad (aunque también de otras cosas), no la esencia de la libertad.
Popper utiliza otra metáfora para distinguir entre lo que denomina determinismo “científico” (las comillas son suyas, pues no cree que este determinismo esté justificado por la ciencia) y el determinismo metafísico. Podemos considerar que, según este último, el tiempo es una película en la que el pasado y el futuro equivalen a los fotogramas anteriores y posteriores, respectivamente, a un fotograma cualquiera[29]. Pues bien, el determinismo “científico” no sólo se basa en esta metáfora, sino que sostiene además que a partir de cada fotograma sería posible, al menos en teoría, calcular los demás fotogramas de la película[30].
Popper argumenta convincentemente contra la idea de que el futuro sea calculable según el paradigma mecanicista de Laplace. Sin embargo, sus argumentos posteriores contra el determinismo metafísico olvidan, sorprendentemente, su propia distinción anterior. Según el filósofo, al considerar como válida la metáfora de la película, “el futuro, al estar entrañado causalmente por el pasado, podía considerarse contenido en el pasado, al igual que el pollo está contenido en el huevo, con todos sus mínimos detalles. El futuro se convertía, por tanto, en redundante. Era superfluo.[31]” Sin embargo, esto es precisamente lo que sostiene el determinismo “científico”, no el metafísico. (Por lo demás, la metáfora del huevo y el pollo tampoco es muy feliz, pues nadie considera que un pollo sea “redundante” porque ya esté prefigurado en un huevo. Entre otras cosas, porque un huevo no puede producir directamente más huevos, y un pollo sí.)

Son reveladores también los otros dos argumentos de Popper contra lo que llama el determinismo metafísico. Por un lado, lo acusa de reducir la flecha del tiempo a algo puramente subjetivo. Y por el otro, señala que incluso aunque el tiempo y el cambio sean ilusorios, “una cosa, al menos, estaría cambiando realmente en el mundo: nuestra experiencia consciente[32].”

Sin embargo, la metáfora de la película no implica que no exista el tiempo, sino que el tiempo es una propiedad del mundo físico, y que por tanto, no afecta a un ser trascendente, que es el auténtico espectador de la película, no nosotros. Nosotros somos los personajes que están dentro de la película.

Popper tiene razón al rechazar la metáfora de la película si entendemos que en ella los personajes no son libres (pues siguen un guión predeterminado). Se equivoca, sin embargo, cuando asocia indisolublemente el determinismo con la idea del Absoluto. Esto sólo es así si identificamos el Absoluto con el mismo universo, en lugar de con un ser trascendente. Y aquí se halla el quid de la cuestión. Utilizando libremente la propia terminología de Popper, lo fundamental es si concebimos un absoluto abierto o un absoluto cerrado. El segundo sería el absoluto del racionalismo inmanentista, en el que el universo es un ente clausurado, al cual ya no es posible añadir nada, en el que no sucede realmente ninguna novedad –y que hemos visto que es lógicamente insatisfactorio. El primero, el absoluto abierto, es el Creador, un ser perfecto e inmutable, pero constituido de la capacidad esencial de desbordarse  en el mundo y el tiempo, preñados de acontecimientos y de aventuras.


Reflexión final

La verdadera alternativa al Dios trascendente no es el absoluto cerrado, sino que no exista ningún absoluto, o sea, el absurdo. Es el inmanentismo, y no la idea del Creador, lo que se nos revela como un antiguo sofisma sobrevalorado. Parménides creyó que el Absoluto se identifica con todo cuanto existe, porque un razonamiento equivocado le llevó a rechazar que pudieran existir seres contingentes[33]. Consecuentemente, negó que el movimiento existiera, pues el Absoluto es inmutable, atemporal. Por supuesto, basta con ponerse a andar, como hizo Diógenes, para convencerse de que la conclusión de Parménides era falsa. Forzosamente, una de sus premisas debía descartarse. O bien el Absoluto no existe o bien sí existe, pero hay más cosas además del Absoluto.

            La existencia del Absoluto no es ni mucho menos evidente como la del movimiento. Pero es una necesidad de la razón. Si no hay algo absoluto, si todo es relativo y cambiante, el mundo es nuclearmente incomprensible, y la libertad humana carece de sentido sin referencias firmes; es un errar sin rumbo.

            Probablemente todo el mundo cree en el fondo de su ser en la existencia del Absoluto. Pero multitud de ideas ambientales pueden oscurecer esta íntima convicción y distorsionarla. En última instancia, las argumentaciones anteriores se reducen a desbrozar el terreno de ídolos conceptuales para que no nos oculten una verdad que ya se encuentra en nuestro interior.




[1] “El acto creador es una iniciativa libre.” F. van Steenberghen, Dios oculto ¿Cómo sabemos que Dios existe?, Desclée de Brouwer, Pamplona, 1965, p. 203.
[2] Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, II, V, 69.
[3] No existe ninguna incompatibilidad de esta idea con la teoría de la evolución, en contra de lo que pretenden divulgadores como Richard Dawkins o –paradójicamente– los defensores del “diseño inteligente”. Véase Francisco J. Soler Gil, Mitología materialista de la ciencia, Encuentro, Madrid, 2013, pp. 31-113.
[4] Es lo que lleva a cabo T. J. Mawson en la primera parte de su obra Creer en Dios. Una introducción a la filosofía de la religión, Siruela, Madrid, 2012.
[5] “No existe, en efecto, la naturaleza del mal; la pérdida del bien recibió el nombre de mal.” Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios, Homo Legens, Madrid, 2006, p. 428. Véase también Confesiones, III, 7.
[6] Robin Collins, “La evidencia del ajuste fino”, en F. J. Soler, Dios y las cosmologías modernas, BAC, Madrid, 2005, pp. 21-47.
[7] F. J. Soler Gil, Mitología materialista de la ciencia, ed. cit., pp. 267-293.
[8] “Mi espíritu llevaba a la imaginación formas y figuras que veían los ojos y no me percataba que el poder de la mente, por la que formaba estas imágenes, era algo distinto de ellas.” San Agustín, Confesiones, Alianza Editorial, Madrid, 1999, pp. 156.
[9] “La estructura conceptual que tiene el ser y que nosotros pos-pensamos es expresión de un pre-pensamiento por el que existen las cosas.” Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2013, p. 128.
[10] “Después de todo las matemáticas son puro pensamiento, ¿y qué podría enlazar ese pensamiento con la estructura del mundo físico (...)? (...) La metafísica naturalista es incapaz de arrojar luz sobre esta profunda inteligibilidad, puesto que tiene que considerarla como un accidente afortunado. No obstante, una metafísica teísta puede venir en nuestra ayuda, ya que ésta sugiere que la razón en nuestras mentes, y la estructura racional del mundo físico (...), poseen un origen común en la racionalidad del Dios que es el fundamento común de nuestra experiencia tanto mental como física.” John Polkinghorne, “Física y metafísica desde una perspectiva trinitaria”, en F. J. Soler Gil, Dios y las cosmologías modernas, ed. cit., p. 208.
[11] “La creencia en el nexo causal es la superstición.” Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, Madrid, 1991, 5.1361.
[12] En los textos de historia de la filosofía suele entenderse “irracionalismo” como algo relacionado con el romanticismo, o la idea de que la razón está supeditada de algún modo a lo emocional, lo instintivo, etc. Aquí trato de definir una posición posible, no un movimiento histórico. De todos modos, creo que autores como Camus o Cioran compartían dicha posición.
[13] Una ilustración literaria de esta idea se puede encontrar en la novela de Sartre, La náusea, Alianza Editorial, Madrid, 2012, especialmente pp. 210 y 250-253.
[14] Santo Tomás, [edición de textos selectos], Gredos, Madrid, 2012, p. 342.
[15] “Una cosa se llama ‘contingencia’ sólo con respecto a una deficiencia de nuestro conocimiento.”, Spinoza, Ética, Editora Nacional, Madrid, 1980, I, prop. XXXIII, esc. I, p. 88.
[16] D’Holbach, Sistema de la naturaleza, Laetoli, Pamplona, 2008, p. 468.
[17] Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-philosophicus, ed. cit., 6.371, p. 175.
[18] Ver Mark W. Worthing, “¿Creó Dios el universo a partir de la nada?”, en Soler, Dios y las cosmologías modernas, ed. cit., p. 351.
[19] F. J. Soler, Mitología materialista de la ciencia, ed cit., pp. 286-293.
[20] F. van Steenberghen en su obra Dios oculto, ed. cit., pp. 155-156, trata de demostrar la imposibilidad de la nada para probar la existencia de un ser necesario. Pero que la nada sea lógicamente posible no significa que no pueda existir un ser causa de sí mismo; sólo quiere decir que pueden existir seres contingentes.
[21] Soler, Mitología materialista de la ciencia, ed. cit., pp. 221-239.
[22] “Yo poseo, en mi humilde condición humana, los privilegios excelentes de la personalidad. Es absurdo imaginar que el Ser infinitamente perfecto (...) esté desprovisto de estos privilegios.” F. van Steenberghen, Dios oculto, ed. cit., p. 197. Debo decir que pese mis críticas, se trata de una obra tan estimable como injustamente olvidada.
[23] Idea propuesta por Herbert Spencer en Los primeros principios, Comares, Granada, 2009, pp. 71 y 72.
[24] K. R. Popper y J. C. Eccles, El yo y su cerebro, Labor, Barcelona, 1985, pp. 17-19.
[25] Popper, El universo abierto, Tecnos, Madrid, 2011.
[26] El yo y su cerebro, p. 15.
[27] El universo abierto, pp. 135 y ss.
[28] El yo y su cerebro, p. 119.
[29] San Agustín emplea con intención similar la metáfora de una canción. Ver Confesiones, ed. cit., pp. 324-325.
[30] El universo abierto, p. 56.
[31] Ibíd., p. 113.
[32] Ibíd.
[33] A. Bernabé (ed.), De Tales a Demócrito. Fragmentos presocráticos, Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 161 y ss.

martes, 18 de febrero de 2014

La democracia en peligro

Esta mañana le han preguntado a Albert Rivera, en el programa de Ana Rosa Quintana, si era de izquierdas o de derechas. Rivera no se ha definido rotundamente en un sentido u otro, pero su respuesta no ha sido en absoluto evasiva. Ha dicho que se considera progresista, y que además cree en las empresas y en la creación de riqueza (o algo así, no recuerdo sus palabras textuales). También ha dado por válida la comparación con grupos de izquierda liberal europeos. En resumen, implícitamente ha reconocido ser de centroizquierda, cosa que ya sabíamos, y que por cierto justifica la aparición de un grupo como Vox en el centroderecha, vacío que quedaba por llenar.

Sinceramente, yo me daría con un canto en los dientes si la izquierda mayoritaria en España fuera la que representa Movimiento Ciudadano. Pero esto no significa que mis discrepancias con ella sean menores. Significa sencillamente que a las personas de centroderecha (que creemos en el mercado libre y que además estamos contra el aborto y pensamos cosas como que, por ejemplo, el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer), si nos dan a elegir entre una izquierda socialista-abortista-homosexualista y una izquierda liberal-abortista-homosexualista, "preferimos" la segunda. Pero lógicamente, a mucha distancia por detrás de nuestra auténtica opción, que es la liberal-provida-profamilia.

Es verdad que algunos liberales de izquierdas defienden que el único liberalismo es el suyo, porque ellos, al igual que son liberales en economía, son "liberales" en cuestiones morales, lo que entienden como que no obligan a nadie a abortar ni a casarse con una persona del mismo sexo. Y en cambio, los liberales de derecha queremos prohibir abortar y que los gays o las lesbianas se casen entre sí, o lo que es lo mismo, obligamos a no realizar ciertos actos.

Esta concepción se basa en la idea de que se puede ser neutral en cuestiones como el aborto o el "matrimonio" homosexual. Pero esto es completamente falso, porque no existe neutralidad en aquello que afecta a terceros. Un ser humano en gestación tiene derecho a la vida o no lo tiene. Un niño tiene derecho a una madre y un padre o no lo tiene. No hay término medio, no existe un Estado neutral en todos los temas.

Esto, qué duda cabe, supone un conflicto civil. Pero el mejor método que se ha inventado para resolver tales conflictos se llama democracia. El problema es que muchos todavía no han entendido que la democracia se basa en dos sencillos principios: El primero, saber perder; el segundo, saber ganar. El primer principio es relativamente fácil de comprender; basta con acatar el resultado de unas elecciones legislativas o presidenciales. El segundo, en cambio, suele ser ignorado sistemáticamente por la izquierda, debido a una concepción belicista de las "conquistas sociales". Quien gana unas elecciones no tiene derecho por ello a destruir civilmente al adversario, sino que debe permitirle que siga defendiendo sus ideas, de manera que pueda volver a presentarse a unas futuras elecciones en iguales condiciones.

Hay una izquierda que quiere convertir en delito oponerse al aborto (como ya sucede en Francia), o decir simplemente que el matrimonio es algo entre una mujer y un hombre; como hay unos nacionalistas que han convertido en delito de "fomento del odio" discrepar de ellos. Esto es ni más ni menos que cargarse la democracia, aunque hay otra forma más sibilina: que la derecha política renuncie a sus principios y chulee a sus propios votantes. Es por esta razón que nuestra democracia no tiene suficiente con un MC, sino que necesita urgentemente una formación como Vox. Por cierto, les deseo una exitosa presentación en Barcelona.

lunes, 17 de febrero de 2014

Las respuestas fáciles

Las respuestas fáciles son aquellas que no nos exigen nada, que nos conceden lo que queremos. En moralidad sexual, hace décadas que las sociedades occidentales se han deslizado gradualmente hacia una permisividad sistemáticamente confundida con el progreso civilizatorio, pese a que se basa en ideas que tienen al menos dos mil trescientos años. Fernando Savater, en su gran éxito Ética para Amador, las proclama con franqueza:

"En el sexo, de por sí, no hay nada más 'inmoral' que en la comida o en los paseos por el campo (...). No sólo es que 'tenemos' un cuerpo (...), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida buena que valga. (...) Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta."

Básicamente, es la misma concepción que resumió Diógenes el Cínico con uno de sus célebres chistes, en el que alaba la masturbación diciendo que "ojalá frotándome el vientre pudiera saciar el hambre". Por supuesto, Savater, que dirige su libro a su hijo de quince años, matiza todo lo matizable, nos habla de responsabilidad y todas las consabidas sensateces. Eso es definitorio de los progres, y Savater, inteligente y leído, no deja de ser un progre: nunca llegará con sus conclusiones hasta el final.

Porque si el sexo es algo tan trivial como comerse un bocadillo, ¿por qué narices la inmensa mayoría de las parejas se exigen fidelidad mutua? ¿Por qué desaprobamos la pedofilia? ¿Por qué no se saca mucha más gente un sobresueldo prostituyéndose a tiempo parcial?

Y que el sexo desvinculado de la procreación nos aleja de los animales, por supuesto es un disparate; la verdad es exactamente la contraria. Sólo el hombre conoce el nexo causal entre el coito y la fecundación, y sólo el hombre es capaz de resistirse racionalmente al instinto. Son los animales los que copulan por puro deseo sexual siempre que se presenta la ocasión.

Lo malo de las respuestas fáciles es que conducen a las "soluciones" fáciles como el aborto. Decenas de miles de seres humanos en gestación son sacrificados cada año en el altar del "progreso", en los tiempos del mapa del genoma humano, porque es más fácil cerrar los ojos ante una ecografía que parir un hijo, criarlo y educarlo.

Empezamos por ideas simplistas sobre la vida buena y terminamos en la vida fácil, y en la muerte fácil, que llaman eutanasia (buena muerte). Creíamos que nos alejábamos de los animales, pero hemos elegido el camino más fácil, que conducía al establo y de ahí al matadero.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El bienio gris

Para la propaganda izquierdista, el bienio negro fue aquel período de la historia de España, entre 1934 y 1936, en que, tras el fracaso del golpe del PSOE y ERC contra esa república que tanto idolatraron luego, tuvieron que resignarse a dos años de gobierno de la derecha democráticamente elegida.

Hoy, las cosas han cambiado mucho. Setenta años después de aquel golpe, tuvo lugar otro de naturaleza y resultados muy distintos. Es verdad que el golpe del 11 de marzo de 2004 fue también dramáticamente cruento, pero no hay razones sólidas para sospechar que esta vez el PSOE estuviera implicado: simplemente se aprovechó del atentado terrorista para ganar las elecciones; nada más.

En cuanto a los resultados, todo indica que en esta ocasión, el método criminal consiguió lo que pretendían sus autores intelectuales: que el PSOE llegara al gobierno. Y pese a los resultados de las últimas elecciones de hace dos años, parece como si la izquierda no hubiese abandonado el poder, ni lo fuera a abandonar nunca.

La presunta derecha disfruta de mayoría absoluta en las Cortes. Gobierna en once comunidades autónomas de diecisiete, así como en la mayoría de capitales de provincia y de ciudades de más de 50.000 habitantes. Es decir, goza de una representación como nunca antes había tenido. Y sin embargo, nos hallamos en una situación sorprendente.

Dos años después de ganar con rotundidad las elecciones, el PP sigue prometiendo que bajará los impuestos, sin entrar en detalles y sin explicarnos por qué deberíamos creerle, cuando, al contrario de lo que prometió en su programa electoral, lo que ha llevado a la práctica es un incremento espectacular de la fiscalidad.

Tampoco ha emprendido el PP un plan de choque para liberar la economía productiva, aligerar la onerosa estructura estatal (insostenible con la pirámide de población que tenemos) y reducir con ello drásticamente el desempleo. Se ha limitado a recortar ciertas partidas de gasto con la única finalidad de bajar la prima de riesgo (es decir, que podamos seguir endeudándonos con más facilidad) y de que no seamos intervenidos de manera palmaria por Bruselas -no tanto porque tengan una idea clara de la soberanía nacional, como por la humillación que supondría para el ejecutivo.

Dos años después, todo lo que nos promete el PP es que el paro se irá reduciendo a un ritmo tan lento que probablemente debemos resignarnos a lustros con una tasa de dos dígitos. Hablamos de medidas económicas que, a grandes rasgos, seguramente hubiera aplicado también el PSOE, por puro pragmatismo, en caso de haber ganado las elecciones.

El panorama no es más alentador si prestamos atención a la política antiterrorista. Pocos pensábamos que, dos años después, el PP estaría defendiéndose de las acusaciones de haber asumido el pacto con la ETA de Zapatero. Los etarras gobiernan en Guipúzcoa y en más de un centenar de municipios. Son excarcelados, homenajeados en sus pueblos y se atreven a ofrecer una rueda de prensa en Durango donde muestran su fidelidad al colectivo de "presos y presas políticos (sic) vascos" (vamos, a ETA), que exige amnistía para los asesinos y la autodeterminación del País Vasco. Ante esto, un gobierno con mayoría absoluta pretende que no se puede hacer apenas nada y encima encaja con malos modos las críticas de víctimas del terrorismo.

Lógicamente, si no es contundente con los etarras, tampoco podemos esperar de Rajoy que haga frente a la rebelión anticonstitucional del gobierno de Cataluña.

En cuanto a las políticas de Zapatero contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación, y a favor de la relativización de la familia natural, dos años después, mientras se siguen produciendo más de cien mil abortos al año, el gobierno del PP todavía está en la fase de anteproyecto de una ley contra el aborto cuya efectividad inspira serias dudas, y que a diferencia de la política económica y la antiterrorista, curiosamente ha recibido numerosas críticas desde dentro del propio partido, por lo que es de temer que acabará siendo aún más descafeinada.

Bien es cierto que estamos a mitad de legislatura. Pero, con tales antecedentes, sería incomprensible que la decepción no hubiera cundido entre muchos ciudadanos. Si el PP sube los impuestos, trata el problema capital del paro con tiritas, no hace nada en el País Vasco ni en Cataluña (salvo entregar más dinero a quienes quieren romper España) y se siguen perpetrando más de cien mil abortos anuales, ¿que lo distingue realmente del PSOE?

Tras este mediocre bienio, resulta verdaderamente difícil que muchos sigamos autoengañándonos con la idea del voto útil, que se ha revelado en realidad perfectamente inútil. Es vital construir una alternativa al bipartidismo socialdemócrata, y ello pasa por la aparición de nuevos partidos. Muchos observamos con ilusión el proyecto de Vox, la formación de Ortega Lara, Santiago Abascal y Vidal-Quadras, entre otros. Tras dos años de gris tecnocracia, de sólo oír hablar de la prima de riesgo y de décimas de crecimiento, ya es hora de que vuelvan a reverdecer las ideas.

viernes, 24 de enero de 2014

Reflexiones sobre el mal y la ignorancia

La idea de que el mal se reduce a ignorancia es ciertamente venerable. Se remonta al menos a Sócrates, constituyó el eje de la Ilustración y todavía hoy inspira la idea progresista de que la educación es la clave para conseguir un mundo más justo y pacífico. Lamentablemente, es una idea falsa, como los hechos demuestran sobradamente. El mal es una potencia irreductible, que brota lo mismo en sociedades cultas y prósperas que en medio de la miseria y el salvajismo; lo mismo entre los hutu que entre los civilizados alemanes de los años treinta. Hay un sentido en el que la vieja concepción socrática es rescatable, y que probablemente es el que está más cerca del verdadero pensamiento de Sócrates, por quien personalmente siento la mayor veneración: el mal encuentra en la ignorancia, en el error, su mayor aliado. El diablo exulta en medio de la estupidez y la confusión.

En la idea de que el mal es sólo un error late... un profundo error, al que podemos referirnos como el mito del buen salvaje o el olvido del pecado original. Fue sin duda Nietzsche quien legó a la modernidad las formulaciones más deslumbrantes: "Se me ha escapado del todo hasta qué punto debía yo ser pecador", confiesa pícaramente en Ecce homo. Nietzsche tenía una habilidad insuperable para intuir verdades y luego escamoteárselas a sí mismo. Su inquina contra Sócrates (o contra lo superficial en Sócrates) no iba tan mal encaminada, pero él se las arregló para enfangarse de nuevo en el error que había atisbado, y por supuesto para traspapelar la valiosa verdad que había en el genial protagonista de los diálogos de Platón.

Ese extravío fundamental suele además ir unido a otro, el olvido de los límites del conocimiento. Y ambos tienen el mismo origen: nos creemos inocentes y nos creemos poderosos, capaces de desentrañar por completo la realidad. Nos falta humildad. Esta carencia es lo que nos lleva a los mayores errores, lo que a su vez nos hace ser más soberbios. El mal y el error se retroalimentan y no es fácil salir de su círculo diabólico.

El mal existe por sí mismo; es fundamentalmente soberbia. Esta es la que nos ciega, la que nos lleva al error y sobre todo a persistir en él. Así engendra el mal a su mayor servidor, que es el error, que son las sombras.

El error puede exponerse en un plano material o económico. Consiste en creer que la inteligencia humana es capaz de diseñar un sistema social perfecto, en el que, entre otros males, se puede erradicar la pobreza mediante la redistribución coactiva, lo que llamamos socialismo. La experiencia y la razón demuestran que el cálculo socialista siempre fracasa, es esencialmente ineficaz. No consigue crear la riqueza que promete y requiere emplear mucha más coacción de la necesaria. Un mero razonamiento, reforzado por la experiencia, nos indica que el mercado libre (la carencia de un diseño centralizado) es mucho más efectivo que cualquier constructivismo social.

Si generalizamos el error económico llegamos al enunciado del error ético capital. Este consiste en creer que la moral se puede fundar de manera inatacable en principios puramente inmanentistas. La experiencia de nuevo demuestra que esto siempre supone abrir la puerta a la justificación de los peores crímenes, desde Auschwitz hasta los abortos masivos de nuestros días. Y el razonamiento nos lleva a una crítica implacable de los fundamentos de la moral, que nos deja sólo dos opciones: un nihilismo radical o la apelación a lo trascendente, a la revelación y la gracia divinas.

Por supuesto, muchas personas están contra el aborto o la esclavitud sin ser creyentes. También a partir de razonamientos erróneos o débiles se llega a veces a la verdad. Pero esto, paradójicamente, sirve más para justificar a esos errores que a la propia verdad que pretenda tener unos cimientos tan precarios.

Hay que decir que el mal, astutamente, no suele adoptar la apariencia nihilista, sino la del humanismo y el racionalismo. Una excepción fue el nazismo, que reniega de un principio humanista tan básico como el universalismo. Por ello su carácter maligno es difícilmente ocultable. El comunismo, en cambio, con su piel de cordero humanista, ha sabido preservar un prestigio perfectamente inmerecido. Sin embargo, si todo es materia, como sostiene el marxismo (el inmanentismo hegeliano expresado sin miramientos), el hombre no es nada, es sólo una parte sacrificable del todo. Suena humilde, pero no lo es, porque quien se rebaja a sí mismo rebajando todo lo demás, quien adora a una totalidad que no es nadie, no es humilde, sino soberbio en el más alto y perverso grado.

El mal engendra confusión, y la confusión por excelencia es conseguir encubrirse a sí mismo. El mayor éxito del diablo es hacernos creer que no existe, y su más absoluta genialidad se manifiesta en hacernos creer que el mal no es más que un error de seres en el fondo inocentes. Por eso es crucial distinguirlos, separarlos para combatirlos mejor. Y esto implica, en justa reciprocidad, distinguir el bien de su gran aliada, la inteligencia. Pensar que basta el progreso científico para que el mundo se salve, que basta acabar con todos los supuestos prejuicios para acabar con el mal, es la formulación del viejo error socrático, o que pasa por socrático. Es recaer por enésima vez en la vieja soberbia, madre de todos los males y todos los errores. La ciencia, siendo indeciblemente valiosa, no es el bien en sí, ni el progreso es por definición el bien. Quien no entiende esto no entiende nada, y acaba no siendo otra cosa que un esclavo del mal.

miércoles, 22 de enero de 2014

Tolerancia en neolengua

Aunque parezca mentira, hay quien todavía no se ha enterado de que tolerar no es aprobar la opinión de otro, sino reconocer el derecho que le asiste a expresarla, pese a nuestra discrepancia con ella. Como dijo Voltaire (cito de memoria), "no estoy de acuerdo con usted, pero daría la vida por defender el derecho a expresar su opinión".

La homosexualidad, por ejemplo, debe tolerarse en una sociedad civilizada. Pero esto no nos obliga a aprobarla, ni mucho menos a favorecerla o fomentarla. Uno puede perfectamente expresar que la homosexualidad es algo malo, pecaminoso o patológico, mientras no obligue a nadie a dejar de tener esa inclinación o a someterse a un tratamiento supuestamente curativo. Uno puede defender una sociedad donde se favorezca la familia natural, donde no se equipare moralmente la monogamia heterosexual a cualquier otro tipo de relaciones sexuales. Y por supuesto, es lícito también que haya quien defienda lo contrario, en el libre juego democrático.

Pero en nuestros días, en el mundo occidental, se ha difundido una concepción muy distinta de la tolerancia. Ser una persona moderna y progresista (lo que se pretende hacer equivaler a decente), significa, por lo visto, no sólo tolerar a los homosexuales, sino aprobar su conducta, enseñar a los niños que es una opción inocua y que no hay ninguna razón para preferir otro tipo de comportamientos. Es decir, no basta con ser tolerante con determinadas creencias, hay que convertirse a ellas: precisamente lo que reprochan, casi siempre injustamente en la actualidad, a la moral católica.

Así, cuando un cardenal sostiene (equivocadamente o no, no entro ahora en la cuestión) que la homosexualidad es una deficiencia médicamente tratable, desde el PSOE exigen a la fiscalía que actúe contra él. Lo cual, quizás lo hayan notado, viene a ser exactamente lo contrario de la tolerancia.

Los homosexualistas (que no son todos los homosexuales, ni siquiera principalmente homosexuales) no son tolerantes ni demócratas. Pretenden imponer a los demás unas determinadas concepciones, sin tolerar que sean criticadas ni admitir que se sometan a las reglas de la democracia. Lo manifestó claramente Zapatero, en el XXXVII Congreso del Partido Socialista, en 2008, cuando aseguró que sus reformas debían prevalecer más allá de la alternancia política. (Y Rajoy, en esto como en otros temas, se ha mostrado solícito y colaborador.)

Tanto el homosexualismo como la ideología de género se amparan en la libertad de expresión y en la democracia, pero aspiran a restringirlas, como toda ingeniería social o totalitarismo. Lo que pretenden no es que cada cual piense o haga lo que quiera (pues entonces no se meterían con la Iglesia ni con nadie que discrepara de ellos), sino que no pensemos ni queramos cosas distintas de las que ellos piensan y quieren (lo que llaman "luchar contra los prejuicios"). Conseguido su objetivo final, entonces puede que nos dejen en paz, y a eso lo llamarán cínicamente libertad.

La esencia de la corrección política fue genialmente descrita por Orwell mediante el concepto de "neolengua". Esta sería un lenguaje en el que las ideas inconvenientes para el poder político habrían dejado de ser siquiera pensables, porque se habrían eliminado o desviado de su uso tradicional los términos que permitirían expresarlas.

Quizás un error de 1984 fue imaginar que los totalitarismos futuros serían sexualmente represivos. Todo indica lo contrario, que favorece más los intereses del poder la promiscuidad generalizada que no una sociedad con referencias morales insobornables; una sociedad formada principalmente por familias estables, capaces de transmitir valores sin la supervisión total del estado.

Bastaría con adulterar el uso lingüístico de palabras como familia, matrimonio, tolerancia o libertad como primer paso para borrar su significado original de las mentes, y así acabar de una vez por todas con la vieja idea de la libertad, tal y como la conocemos.

La ley seca y la madre que la parió

Según una extendida opinión, que ya va resultando un tanto cargante, un liberal coherente debería ser favorable a la legalización de las drogas. John Stuart Mill argumentó que la coacción estatal sólo se justifica para impedir daños a terceros, no los daños que un adulto en plena posesión de sus facultades se pueda infligir a sí mismo. De aquí se desprende que no se puede prohibir a un adulto que consuma drogas, por poco recomendable que nos parezca tal práctica.

Hasta aquí, creo que la mayoría de liberales estamos de acuerdo en esto. Pero la rama libertaria del liberalismo va más lejos, y deduce de lo anterior que también debería ser lícito el tráfico de drogas, pues los adultos en posesión de sus plenas facultades mentales son libres de participar o no en él. El traficante que suministra cocaína no sería distinto del dueño del bar que nos sirve una cerveza sin preguntarnos si somos alcohólicos.

La prohibición de las drogas incurriría, por tanto, en el mismo error que cometieron los legisladores de Estados Unidos en los años veinte con la ley seca, que sólo consiguió que proliferara de modo espeluznante el crimen organizado, con sus secuelas de violencia, corrupción, e incremento excesivo de los poderes de la policía.

Debe reconocerse que el ejemplo de la ley seca es muy sugestivo, por lo que los libertarios suelen aducirlo con cierto triunfalismo, como si con ello quedara zanjado el debate. Pero en realidad, es un argumento muy débil.

El crimen organizado es por supuesto anterior a la prohibición de las drogas. Las mafias, antes y ahora, se han dedicado fundamentalmente a todas las modalidades de extorsión: "protección" a pequeños negocios, cobro de préstamos usurarios, proxenetismo, explotación laboral, etc. La ley seca encumbró a nuevos jefes del crimen como Al Capone, pero no creó la figura del gángster, que ya existía.

Lo malo de la ley seca no fue que personas sin escrúpulos la violaran, pues por ese razonamiento, todas las leyes serían malas. El error de la ley seca fue sencillamente prohibir bebidas que en un buen porcentaje de los casos no hacen ningún daño, y que se remontan a los orígenes de la civilización. Lo realmente grave no fue que algunos mafiosos se mataran entre ellos por controlar el negocio del alcohol (se hubieran matado por otras causas igualmente), sino que la gran mayoría de ciudadanos se convirtieran en cómplices de los delincuentes, simplemente por no alterar costumbres muchas veces inocuas. El resultado fue que el respeto a la ley quedara en entredicho, promoviendo una mentalidad cínica que corrompió moralmente a una parte considerable de la sociedad.

La analogía entre determinadas bebidas alcohólicas y las drogas estupefacientes como la cocaína y el opio es una grosería: hay que decirlo con toda claridad de una vez. Sí, ya sabemos que hay alcohólicos, igual que hay diabéticos que ponen en riesgo su vida por un dulce. Pero equiparar la densa tradición cultural del vino y otros productos a sustancias cuya única finalidad es inducir estados alterados de consciencia, es un insulto a miles de años de tradición vinícola y cervecera, y a siglos de alambiques y recetas elaboradas por sabios monjes.

Sí, ya sabemos que algunos gurús libertarios como Antonio Escohotado sostienen que lo que nos falta es una "cultura de las drogas" y tal. Explorar las profundidades de la mente y todo eso. Pues lo siento, pero yo me rebelo contra todos estos misticismos baratos estilo Nueva Era. Yo quiero estar siempre en plenas facultades mentales, en lo que dependa de mí. Y si un día, en una comida familiar, le doy un buen homenaje a alguna botella de Priorato o Terra Alta (que en Tarragona tenemos unos caldos que quitan el hipo, entérense), lo que haré será dormirme una buena siesta. Fin del exceso.

No me vengan con cuentos. Soy un acérrimo partidario de la libertad de mercado, incluso de la envidiable libertad de armas que tienen en USA. Pero los venenos, las drogas estupefacientes, los explosivos, las armas químicas y bacteriológicas, deben ser controlados, y por supuesto prohibidos cuando lo contrario sea claramente una locura, salvo para alguien que haya leído demasiado apresuradamente a Hayek. No dejemos que los libros y los artículos nos impidan ver la realidad. El vino sirve para enriquecerse sensorialmente, aunque tenga también un empleo patológico. Las drogas, por el contrario, además de para hacer el gilipollas, y lo que es mucho más grave, provocar miles de muertes directamente (con o sin prohibición) ¿para qué sirven?

Me dirán que eso debe decidirlo cada cual. Pues nada, que cada cual decida si quiere tener en casa una almacén de cianuro o de explosivos. Me dirán que las muertes de drogadictos son debidas generalmente a la adulteración provocada por el mercado negro, lo que no ocurriría si se dispensaran en farmacias. Que las sobredosis son consecuencia del desconocimiento del grado de pureza, lo que no ocurriría en un mercado legal. Pero es más que dudoso que facilitar el libre acceso a sustancias psicoactivas no fuera a aumentar las adicciones y los abusos, y por tanto los daños para la salud y las muertes. Pasa con el alcohol, que es barato y abundante. Pero la diferencia crucial es que uno no compra una botella de vino del Mercadona para emborracharse, aunque pueda hacerlo. En cambio, díganme para qué compraría alguien una dosis de cocaína, si no es para colocarse.

Las personas honradas tienen botellas de vino en sus casas, whisky de malta de doce años y armas de fuego para defenderse. No almacenan anfetaminas ni virus ébolas ni narices, que sólo pueden servir para hacer el mal, sea a sí mismas o a otras. Por supuesto, uno es libre de emborracharse, drogarse y envenenarse a solas. Pero no debería ser libre de vender sustancias que no tienen usos alternativos razonables, que sabemos que son objetivamente dañinas en todos los casos, o en la inmensa mayoría. Y no me vengan con las pamplinas de las aplicaciones terapéuticas: eso ya está contemplado por la ley, y cualquiera que haya perdido a un familiar víctima de un cáncer sabe de los parches de morfina. Prohibir y controlar; son verbos que los liberales también debemos aprender a conjugar sin complejos, si no queremos quedar anclados en posiciones simplistas, irreales e insostenibles.

sábado, 18 de enero de 2014

Vox o volver a creer en la política

Desde que Santiago Abascal publicó, hace tres [siete] semanas, su carta abierta a Mariano Rajoy, explicándole los motivos por los que abandonaba el Partido Popular, arreciaron los rumores de que iba a crear una nueva formación, junto a figuras como José Antonio Ortega Lara y, quizás (sólo quizás), algunos pesos pesados del PP, como Vidal-Quadras y Mayor Oreja.

Estos rumores se hicieron realidad el pasado 16 de enero, con la presentación en rueda de prensa de Vox, a cargo del propio Abascal, flanqueado por Ortega Lara, José Luis González Quirós, Ignacio Camuñas y Cristina Seguí. Véase el vídeo aquí, a partir del minuto 12:20. (¡Gracias, Elentir, por el enlace!)

Mi impresión general (juzgando prácticamente sólo por esa presentación y un par de entrevistas a Santiago, que he escuchado en los últimos días) es que Vox, por el simple hecho de haber nacido (ya veremos si llega a caminar: es muy pronto), supone un desafío frontal al régimen bipartidista del PPSOE. Y ello, en mucha mayor medida que lo que supuso la irrupción de Ciudadanos en Cataluña, y UPyD en el conjunto de España. Explico por qué, antes de analizar con más detalle el ideario del nuevo partido.

Ciudadanos y UPyD aparecen como una respuesta a los nacionalismos separatistas de Cataluña y el País Vasco, y a un establishment político que, por acción u omisión, ha permitido que los primeros se hayan crecido hasta el punto de amenazar seriamente con destruir España como nación. Solo por eso ya debemos estar agradecidos a sus líderes, Albert Rivera y Rosa Díez, junto a otras personas que hicieron posible esos movimientos de regeneración de nuestra democracia.

Ahora bien, C's y UPyD se quedan básicamente en la crítica del régimen partidocrático, sin cuestionar, salvo en minucias, el consenso socialdemócrata (disculpen el autoenlace) que impera en prácticamente toda Europa y que es la ideología estructural que está en la raíz de los problemas más graves que tenemos como sociedad. Si los partidos políticos mayoritarios se han convertido en un problema es porque el estado constituye una maquinaria formidable que PP y PSOE ambicionan ante todo controlar, para su uso y disfrute, y que prefieren conservar con toda su potencia incluso aunque se encuentren temporalmente en la oposición, porque confían en volver a ocuparla algún día. Y a su vez, que el estado haya cobrado un peso hipertrofiado se debe a una ideología que ha minado el concepto de responsabilidad individual, que ha acostumbrado a la gente a esperarlo y a exigirlo casi todo del gobierno; y a un relativismo moral que convierte el bien y el mal en ideas subjetivas, con lo cual, cualquier ocurrencia, desde el separatismo hasta la destrucción de la vida humana, encuentra apologistas que exigen su legalización, cuando no a imponerla por las bravas.

Veamos ahora, por temas, las razones por las cuales creo que Vox, si se consolida con el ideario que hasta ahora han expuesto sus fundadores, vendría no sólo a enfrentarse a la partidocracia, sino a dar la batalla cultural contra el consenso socialdemócrata.

Unidad nacional

La propuesta estrella de Vox es la franca superación del modelo autonómico (algo que no ha defendido ningún partido tan abiertamente hasta ahora, fuera de grupúsculos irrelevantes), es decir, una España con un solo gobierno, un solo parlamento y un solo tribunal supremo, que sería también la última instancia constitucional. Abascal, en una breve entrevista que le hizo ayer Carlos Herrera en Onda Cero, admitió que se trataba, evidentemente, de un objetivo de máximos, que requiere una reforma constitucional, y se anticipó a la acusación de radicalismo: cuando hay quien propone nada menos que romper la unidad territorial de España, nadie debería rasgarse las vestiduras ante la idea de una democracia basada en un estado unitario, como lo es por ejemplo Francia, sin ir más lejos. Quizás quien mejor lo expresó, en la presentación del jueves, fue González Quirós, al referirse a la floración de parlamentos, defensores del pueblo, etc., dedicados a gastarse un dinero que no tenemos, y que no responden a una realidad regional, sino al interés de unas camarillas políticas.

Por supuesto, el tema nacional va íntimamente ligado a la política antiterrorista. Ortega Lara acusó sin ambages al actual gobierno de haber asumido los pactos de Zapatero con la ETA, y resumió la propuesta de Vox de manera cristalina: no negociar con los terroristas bajo ningún concepto. Y González Quirós añadió un comentario de no poco calado conceptual: "La violencia nunca puede tener réditos", porque eso supone cuestionar la esencia misma de la democracia.

Pero quizá lo más importante es que Vox no se opone a los separatismos partiendo de una simplista condena de todo nacionalismo, en la línea de Albert Rivera, que ha llegado a proponer el desplazamiento de la fiesta nacional española del 12 de octubre al 6 de diciembre, aniversario de la Constitución. (Recomiendo leer, en relación con esto, el último libro de Pío Moa, Los separatismos vasco y catalán, Encuentro, 2013; en concreto, la introducción.) Ortega Lara habló de recuperar "valores que hemos perdido por el camino" como, entre otros, el "orgullo nacional". Ignacio Camuñas se refirió a nuestros tres grandes activos, el prestigio de la Corona (pese a problemas coyunturales), la fuerza cultural y económica de la lengua española común, y la situación geoestratégica de España. Y abogó por recuperar nuestra influencia de potencia media en Europa, dilapidada por el anterior gobierno. Quizás donde flaqueó este discurso de Camuñas fue precisamente en su apuesta por profundizar en la unificación de Europa. Aquí cabe preguntarse: ¿unificación para qué, para perder soberanía nacional en favor de burocracias de difícil control democrático? Esto debería aclararse en el desarrollo programático de Vox, en los próximos meses.


Libertad económica

Vox defiende los principios del liberalismo con claridad, sin las típicas concesiones retóricas a "lo social", que en la práctica se traducen en "más de lo mismo", esto es, intervencionismo desaforado so pretexto de corregir desigualdades y "desequilibrios". Estos principios liberales no son más que el desarrollo de los conceptos de Estado de derecho, imperio de la ley y separación de poderes, cuando se unen al derecho de propiedad. Ignacio Camuñas señaló la importancia crucial para el libre mercado de unos organismos reguladores (Banco de España, CNMV, Competencia, Tribunal de Cuentas) serios e independientes de los partidos políticos, así como de reformar un sistema fiscal "expoliatorio", que lleva a la asfixia de las clases medias con el único fin de financiar un gasto público insoportable, propio de un sector que no se ha apretado ni mucho menos el cinturón como sí lo han hecho las familias y las empresas. Abascal utilizó en su intervención los términos "un estado cohesionado, sencillo, austero, más funcional, eficiente y financieramente sostenible" y defendió la supresión de subvenciones a partidos, sindicatos y patronales, medida por cierto imprescindible. González Quirós, en respuesta a una pregunta sobre el paro, ofreció una pequeña joya de lección acerca de la raíz moral de nuestros problemas económicos. Dijo que el desempleo se produce porque las sociedades son poco creativas y se acostumbran a vivir demasiado de las protecciones públicas, lo que conduce al crecimiento desmesurado de la administración y de los impuestos. Una política económica debe favorecer la iniciativa, el sentido del riesgo y la responsabilidad, y que el gobierno no se convierta en un obstáculo para la creación de riqueza.

Democracia

Vox defiende un poder judicial independiente, la reforma de la ley electoral para hacerla más representativa, la democracia interna de los partidos... Todas ellas, entiendo yo, reformas meramente instrumentales, que han de permitir romper el blindaje del sistema, para poder aplicar los principios de cohesión nacional y libertad económica. Camuñas realizó un interesante diagnóstico, en su intervención inicial, sobre el excesivo fortalecimiento de los partidos, junto con el estado autonómico, como legados de la Transición que ya han cumplido su ciclo.

Defensa de la vida

Pese a tratarla en último lugar, se trata de la cuestión más decisiva de todas. Cristina Seguí, aunque intervino menos que sus compañeros, tuvo una intervención notable al respecto. Señaló que una "derecha liberal y democrática" solo puede defender "el valor supremo de la vida", y consecuentemente no puede concebir el aborto como un "derecho", sino como un drama, refiriéndose a las "cien mil vidas truncadas" cada año. Valoró favorablemente el anteproyecto de ley de Gallardón, pero sin dejar de advertir la falta de consenso interno en el PP en torno a un punto de su programa electoral. Cristina arremetió contra el cinismo demagógico de la izquierda y finalmente abogó por políticas que protejan a la familia y a las madres.

La cuestión del aborto es la más importante de todas por una razón evidente, por esas cien mil vidas destruidas al año. Pero además, la posición ante la vida humana afecta a cualquier otra cuestión ideológica de la que tratemos. Porque una cultura que ve como normal matar a sus hijos en el vientre de la madre es una cultura enferma, y eso se trasluce en todos los ámbitos, en la carencia de responsabilidad, en el hedonismo suicida que nos conduce al envejecimiento demográfico, la contracción de la economía, la aparición de tics populistas que tratan de contrarrestar la decadencia profundizando aún más en los errores que son causa y efecto de ella, el crecimiento invasivo del estado, el desprecio a las leyes y todos los males que conlleva semejante proceso, como son la corrupción económica y moral, la destrucción de la convivencia y el agravamiento de la decadencia civilizatoria.

Ser "liberales en lo económico" y "conservadores en lo moral" (como dijo Santiago, de manera muy didáctica, en una entrevista en Intereconomía, el día antes de la presentación), no es elegir entre dos camisas y dos pantalones, en que las cuatro combinaciones posibles son válidas, estética aparte. No se puede (con plena coherencia) defender la libertad sino desde la concepción de la dignidad de la vida humana, la responsabilidad individual y el respeto a la ley. La libertad es una quimera si los seres indefensos pueden ser legalmente liquidados, si no se responde de los propios actos y si las leyes están sujetas a la inseguridad de asambleas o gobernantes sin control. Hay una lógica interna que lo relaciona todo, desde la política económica a la antiterrorista, pasando por la protección de la familia. A esta lógica la podemos llamar "centroderecha", y aunque las etiquetas no sean lo más importante, quien las usa mirando de frente me inspira confianza.

Por supuesto, el camino que Vox tiene por delante es muy difícil. Pero el mayor peligro de todos es interno: que la impaciencia le llevara a difuminar su ideario para crecer en militantes y votos a cualquier precio, convirtiéndose en una copia de UPyD, con matices diferenciales irrelevantes. Necesitamos partidos en los que, como dijo González Quirós, las ideas estén por encima de las ambiciones personales, porque son las ideas las que mueven el mundo. Ello implica resistir las tentaciones de los atajos ideológicos y afrontar una larga travesía hasta obtener representaciones parlamentarias suficientes, a fin de que, como mínimo, muchos ciudadanos volvamos a tener voz.

sábado, 11 de enero de 2014

Esto no puede ser

Puede que usted no lo sepa, pero promover una campaña para pedir un trasplante de médula, o de otro tipo, para un niño o adulto con nombre y apellidos, está prohibido. Así es desde el pasado miércoles, 8 de enero, en que fue publicada en el BOE la nueva Orden SSI/2512/2013, art. 4.1. b), de 18 de diciembre:

"La promoción y publicidad de la donación u obtención de tejidos se realizará en todo caso de forma general, sin buscar beneficio para personas concretas, debiendo evitar los llamamientos colectivos para la donación en favor de un paciente concreto."

¿Sorprendido? Yo también. Pero todavía me sorprenden más los argumentos utilizados para justificar la enésima norma que se añade a las innumerables leyes estúpidas y de efectos perversos, elaboradas por los dos mil quinientos diputados y senadores que componen, en números redondos, las Cortes españolas, el parlamento europeo y los autonómicos.

Un primer argumento sería que hay que prohibir las campañas de donaciones para personas concretas porque algunos inscritos como donantes, cuando descubren que sus órganos o tejidos, llegado el momento, son requeridos para un desconocido, y no para la persona por la cual se movilizaron, "se echan para atrás".

Se trata de un razonamiento a todas luces idiota. Quienes se sienten conmovidos por la foto de un niño en un hospital pueden ser dos clases de personas: o bien (pese a haber reaccionado ante un reclamo particular) están convencidos de la necesidad genérica de las donaciones (con lo cual, llegado el momento, no tendrán inconveniente en beneficiar a un desconocido); o bien sólo están dispuestos a molestarse por un determinado paciente que ha despertado su compasión. En el primer caso, la campaña para favorecer a un paciente concreto probablemente contribuye a que muchos potenciales donantes den el primer paso. En el segundo caso, como mínimo logrará que otras personas terminen también donando, aunque sea sin tanto entusiasmo. Los que se borran del registro, de todos modos no se hubieran apuntado.

Pero vamos al segundo y mucho más atroz argumento que expone el director de la Organización Nacional de Trasplantes, Rafael Matesanz, en los siguientes términos:

"El problema con este tipo de llamamientos [de trasplantes para personas concretas] es la imagen que se transmite de que las personas que no lo piden no están haciendo todo lo posible para salvar a un familiar y esto no puede ser. Por tanto, cuando se hacen este tipo de llamamientos tienen que ser genéricos y no para una persona en concreto."

Las negritas son mías. Debo todavía restregarme los ojos para convencerme de que es verdad que he leído esto. Si lo he entendido bien, las anteriores palabras significan, ni más ni menos, que si alguien pide un trasplante de médula ósea para su hijo enfermo, está agraviando de alguna manera a quien se halla en un trance similar, pero que por la razón que sea, no cree que pedir ayuda personalmente vaya a servir de algo.

Si aplicáramos este razonamiento a cualquier otra iniciativa individual ¿qué nos quedaría? Quien monta un negocio está agraviando a quienes no han tenido la inventiva o el arrojo para hacer lo propio. El estudiante que obtiene matrícula de honor está agraviando al que obtiene calificaciones mediocres, porque este no creyó que valiera la pena hincar los codos. Y quienes tienen hijos están agraviando a los que no se han decidido a perpetuarse. Quizás habría que ir pensando en restringir comportamientos tan insolidarios. En el caso de las empresas, por ejemplo, bastaría con una legislación fiscal, laboral, medioambiental, etc. lo suficientemente tupida para disuadir a un buen número de ilusos con ganas de emprender algo. Con los estudiantes, convencerlos de que obtener un título académico es un derecho, y no un merecimiento, desengañaría a no pocos jóvenes. Y en cuanto a la procreación, oigan, nada como reducir la educación sexual al conocimiento de las técnicas anticonceptivas, higiénicas y eróticas para combatir esa idea anticuada de que reproducirse tiene alguna importancia.

La cuestión es que nadie sobresalga, que ninguna oveja se crea diferente de las demás y alborote así al resto del rebaño. ¿Qué se han creído quienes hacen todo lo posible por salvar la vida de sus hijos yendo "a su bola" en lugar de ponerse ciegamente en manos de la administración? Empezamos tolerando tales conductas y al final habrá quien se dé cuenta de que el asociacionismo voluntario nos permitiría prescindir de un buen porcentaje de burócratas y políticos. "Y esto no puede ser", que diría el señor Matesanz.

lunes, 6 de enero de 2014

La coherencia como último refugio de los canallas

Según escribió Kant en la Crítica de la razón práctica, "ser consecuente es la obligación suma de un filósofo." Algo muy parecido sostuvo John Staurt Mill en su ensayo Sobre la libertad: "nadie puede ser un gran pensador sin reconocer que su primer deber como tal consiste en seguir a su inteligencia cualesquiera que sean las conclusiones a que se vea conducido." Siempre, más allá de todos los cambios de opiniones y hasta de creencias que he tenido en mi vida, he estado de acuerdo con tales afirmaciones, y lo sigo estando. Ahora bien, si la coherencia es condición necesaria para el intelectual, es evidente que para la persona en su integridad no es ni mucho menos suficiente. Se puede ser perfectamente coherente en la maldad. Posiblemente, Hitler, Stalin y Mao fueron de los políticos más consecuentes que han existido. Lo fueron en tal grado que, con el fin de aplicar sus principios ideológicos, consideraron adecuado perseguir y matar a millones de seres humanos.

En la festividad de la Epifanía del Señor, un pacifista y un teólogo han firmado su particular regalo de Reyes. En un artículo titulado "Coherencia ante el aborto" y publicado, cómo no, en El País, ofrecen un resumen bastante completo de las insidias y despropósitos conceptuales más bochornosos que componen la Postura Oficial Progresista acerca del tema aludido en el título. Lo más gracioso de todo (si es que la cuestión tuviera maldita la gracia) es que quienes acusan a los demás de incoherencia son, de modo absolutamente característico, incapaces de llevar hasta las últimas consecuencias su propia posición, como veremos.

Lo que no puede reprochárseles es que empiecen con rodeos. El primer párrafo lanza la piedra directamente a la frente: "Demuestran una grave incoherencia quienes (...) condenan el aborto con la misma vehemencia con que defienden la pena de muerte, propician la confrontación bélica o permanecen impasibles ante el genocidio colectivo (sic), por hambre o desamparo, de más de 60.000 personas mientras se invierten en la seguridad de unos pocos -menos del 20 % de la humanidad- 4.000 millones de dólares diarios en armas y gastos militares."

Se trata de un ejemplo bastante claro de falacia del hombre de paja. Los señores Mayor Zaragoza y Tamayo, a fin de presentar del peor modo posible a quienes sostienen la posición de la que ellos discrepan, la asocian a otras que les parecen también odiosas. Ningún provida tiene por que ser, al mismo tiempo, defensor de la pena de muerte, y de hecho esto es bastante raro en Europa. Tampoco todos los provida mantienen unanimidad de criterios en cuestiones tales como la política exterior o la económica.

Sin embargo, recojamos el guante que se nos arroja. ¿Se puede ser coherentemente provida y defender la pena de muerte o la guerra justa? Por supuesto que sí. Porque una persona condenada a muerte por cometer un crimen era, por definición, libre de no haber cometido ese delito, mientras que un embrión o un feto humano es un ser inocente e indefenso. Diferencia crucial que por sí misma no justifica la pena capital (al menos, yo no soy favorable a ella) pero que permite apoyarla al tiempo que se condena el aborto. De manera análoga se puede razonar en el caso de la guerra justa, entendida como legítima defensa ante una agresión o amenaza de agresión de un estado, cuando cualquier medio pacífico ha resultado ser impracticable e ineficaz, y la respuesta es proporcionada al daño que se quiere evitar. Podemos discutir casos concretos; esto es, si tal persona ha sido condenada a muerte con todas las garantías, o si tal guerra reúne los requisitos que la legitiman, pero entramos entonces en otro tipo de debate, de carácter empírico y del que no cabe extraer conclusiones generales.

La alusión melodramática al "genocidio colectivo" (desconocía que hubiera genocidios individuales) y a los gastos militares, ante los cuales, supuestamente, los provida se mantienen "impasibles" (todo se lo guisan y se lo comen los autores de la soflama) es, si cabe aún, más impertinente e innoble. Pero además, analizada por sí misma, es muy típica de la mentalidad izquierdista más sectaria, que pretende sugerir que todas las iniquidades, más que estar causadas por personas malvadas concretas, están conectadas estructuralmente y se perpetúan, en última instancia, porque unos señores burgueses se empeñan egoístamente en no votar a determinados mesías de la izquierda.

Esta postura indisimuladamente ideológica de los autores se manifiesta especialmente en los tres párrafos finales, donde las consignas del laicismo radical y del discurso contra los "recortes" alcanzan el paroxismo. Así, en un estilo retórico de acumulación de supuestos desmanes, a la propuesta de legislación sobre el aborto, puesta sobre la mesa por el gobierno, se "añade" una fantasmal "complicidad con la jerarquía católica", que revela "tendencias claramente confesionales de carácter nacional-católico" y la imposición de una "moral privada regida por la religión, y no una ética laica, común a todos los ciudadanos", de manera que se "considera delito lo que los dirigentes eclesiásticos califican de pecado".

Vamos por partes. Si la reforma de la ley del aborto es en sí misma mala, la supuesta "complicidad" con los dirigentes eclesiásticos no es un mal añadido, sino el mismo mal. Por tanto, no se "añade" nada a ningún catálogo de horrores. Bien es verdad que el artículo rezuma en cada línea el mismo estilo de juego sucio tremendista. Pero vayamos a la cuestión mollar. Que un delito sea además pecado, no es ninguna razón para que deje de ser delito, a menos que queramos despenalizar también el robo, el fraude o incluso el asesinato. Por tanto, no hay en tal coincidencia entre el derecho y la moral religiosa, por sí misma, ninguna prueba de que nos hallemos ante una amenaza teocrática. Por lo demás, produce ya pereza el viejo recurso (muy caro al firmante teólogo) de la oposición entre una jerarquía eclesiástica que se nos pinta con los trazos más tenebrosos y unas bases católicas que cada cual puede imaginar a su capricho. ¿Que hay católicos que apoyan el aborto? Seguro.Y también hay católicos cierrabares y puteros, lo cual nos dice tanto acerca de las doctrinas que supuestamente profesan como los médicos abortistas ejemplifican el juramento hipocrático.

¿Qué decir de la cantinela de los "recortes de derechos humanos", que hace equivaler la austeridad en la gestión del dinero público a poco menos que un crimen de lesa humanidad? Si abortar es un derecho, cómo no va a serlo que el estado continúe endeudando a nuestros hijos y nietos, como pretenden los socialdemócratas de todos los partidos.

Pero dejemos estas cuestiones tangenciales y vayamos a la parte central y más grave del panfleto abortista que nos ocupa. Los autores nos ofrecen su particular definición de vida humana. Para ellos, "por vida se entiende la capacidad de sobrevivencia (sic) autónoma y por 'humana' la aparición de las cualidades propias de la persona." ¿Y cuáles son esas cualidades propias? Pues un cierto "desarrollo neuronal" que tiene lugar "después del nacimiento." Hay que decir que el teólogo y el activista del "no-a-la-guerra" se abstienen cautamente de precisar en qué momento un ser humano adquiere el "desarrollo neuronal" que le dota del derecho a la vida. Porque cabe preguntarse qué motivo tendríamos para prohibir el infanticidio de seres "neuronalmente subdesarrollados", por decirlo en consonancia con la delicada jerga seudocientífica de estos cuates. Sospecho que los progresistas pueden exigir coherencia a los demás, pero exigírsela a ellos es fascista y de mal gusto.

Si un embrión no es autónomo, evidentemente tampoco lo es un recién nacido, que sin el cuidado de su madre o de otra persona adulta moriría probablemente a las pocas horas. Más precisamente, es evidente que el embrión no puede desarrollarse fuera del vientre materno. Pero tampoco un ser plenamente adulto puede sobrevivir fuera de la atmósfera terrestre o en ausencia de ciertas condiciones mínimas de presión, temperatura, etc. Quien quiera sacrificar a un embrión humano por el motivo que sea, siempre encontrará hechos diferenciales que le permitan dar apariencia de racionalidad a su siniestra intención. Y esos hechos diferenciales serán tan arbitrarios como cualquier otro que se haya empleado en el pasado para esclavizar a quienes tienen un determinado color de piel o para perseguir y exterminar a quienes tienen unos determinados apellidos.

Pero debemos hacer justicia al nivel intelectual de Mayor Zaragoza y Tamayo. Porque es incluso aún peor de lo que hasta ahora podría deducirse, por las palabras citadas. Pasen y vean: "El cigoto posee el potencial de diferenciarse escalonadamente en embrión, pero no la potencialidad y la capacidad autónoma y total para ello". O sea, hay potencialidades y potencialidades. Pero por si acaso alguien es tan obtuso para no entender tan preclaros razonamientos, el dúo de pensadores añade otros elementos de su propia cosecha, como que una gestación con malformación del feto "probablemente, concluiría con graves riesgos para la vida de la progenitora". Hay que creerlo porque lo dicen ellos. Y hay que cargar las tintas ahí, hablando de "una vida de sufrimiento e inhumanidad" que se impone a "las personas que nacerán con graves discapacidades, a sus familias y cuidadores". Conmovedor apoyo a los padres de niños con síndrome de Down y otras graves enfermedades congénitas, decirles que su vida es una vida de sufrimiento e inhumanidad. ¡Valientes canallas quienes se erigen en dictaminar qué vidas vale la pena vivir!

Ah, pero cuidado, que ahora llegamos a un punto crucial. Eso (quién debe vivir) debe decidirlo la madre, no el Estado. Vaya, nuestros socialdemócratas nos salen ahora individualistas libertarios. Lástima que ellos lo expresen como "decidir la maternidad", lo que no es más que una extendida falacia, que el filósofo de la ciencia Francisco J. Soler Gil ha puesto al desnudo en un reciente e implacablemente lógico artículo. Porque una mujer embarazada ya es madre, y los hechos no se pueden cambiar. Una mujer embarazada no es libre de ser madre, no porque lo diga ningún estado, ni porque lo digan los curas, sino porque lo dice la realidad: de lo único que es libre es de matar al hijo que tiene en su seno, o de permitirle que siga viviendo.

Acabemos ya con esto. Nuestros abanderados de la coherencia, en su empeño por pisotear esa virtud intelectual que tanto gustan de exigir, alcanzan su nivel más alto en el sexto párrafo de su sesuda disquisición. Pues al mismo tiempo que ven admisible el aborto en seres humanos que no reúnen determinados requisitos neuronales, opinan que habría que eliminar "las circunstancias que inducen a abortar". O sea, el aborto no tiene nada de malo, dentro de ciertos límites (que tampoco especifican demasiado), pero hay que prevenir el aborto. ¿Por qué, si no es tan malo? ¿No quedamos (perdón porque lo recuerde de nuevo, pero está en el título) en ser coherentes? Pero no seremos tiquismiquis y admitiremos de buen grado en que hay que prevenir las supuestas causas del aborto (aunque pensemos que la responsabilidad individual también pinta aquí algo, con permiso del señor teólogofirmante). ¿Cómo se consigue tal objetivo? Pues haciendo, entre otras cosas, que el aborto no sea una privilegio de las "personas adineradas"; vamos, poniendo todas las facilidades legales y sociales para que las mujeres más pobres puedan abortar. Esta es la gran propuesta progresista: que las ricas no tengan que molestarse en ir al extranjero para abortar, porque puedan hacerlo en los mismos abortorios que las pobres. No parece nada claro que eso vaya a ayudar a reducir los abortos, pero sí quizás el número de pobres, el sueño de ese gran amigo de la humanidad doliente que fue Malthus.

Esta diarrea mental es representativa del nivel con el que la mayor parte de la izquierda, y de la derecha más necia, trata la cuestión del aborto. Ante tal incuria intelectual y moral, la tentación de desesperarse y hasta dejar de leer periódicos es muy poderosa. Cuando el concepto más básico de todos, la vida humana, no sólo se pone en cuestión, sino que se tergiversa y retuerce el lenguaje de la manera más vil, uno se pregunta si vale la pena tratar de introducir algo de racionalidad en un clima tan enrarecido. Pero la respuesta sólo puede ser que sí. Hay que continuar desenmascarando sin descanso al mal y a su mayor aliada, que es la estupidez.

sábado, 4 de enero de 2014

Quiero vivir en un país anormal

Se trata de una oración condicional frecuente: si este fuera un país normal -nos dicen- no se habría permitido la celebración del acto de expresos etarras en Durango. Si fuera un país normal no se toleraría, desde el gobierno central, que Artur Mas hubiera puesto fecha a un referéndum separatista. Y del otro lado, también son muy aficionados a eso de la normalidad. Los etarras reclaman la "normalización política democrática", que significa soltar a todos los presos de ETA, con o sin el pretexto de Estrasburgo, y permitir la separación del País Vasco y la anexión de Navarra al nuevo estado socialista-feminista-gay-lésbico-ecologista de Europa. En Cataluña, por su parte, la organización independentista Òmnium Cultural, generosamente subvencionada por la Generalidad, promueve la campaña "Un país normal", basada en una serie de eslóganes que insisten machaconamente en convertir la normalidad en la máxima aspiración del ser humano: "es normal querer un país normal", "es normal que la gente pueda decir lo que piensa", "es normal que un país gestione sus recursos", "es normal que un país decida su educación", etc.

Entre quienes pretenden subvertir el estado, la moral o ambas cosas, el concepto de normalidad cumple la función que podríamos denominar "piel de cordero". Declarar que uno quiere ser normal es una forma de presentarse como un moderado, como alguien que sólo aspira a ver realizadas aspiraciones ya no meramente legítimas, sino además bastante modestas y elementales, como poder "decir lo que piensa" o "casarse con quien quiera". O dicho de otro modo, se pretende sugerir que, si la constitución de un estado no permite que los secesionistas organicen un referéndum, es que la gente no es libre de decir lo que piensa. O que si no existe el reconocimiento de una cosa llamada "matrimonio homosexual", es que la gente ya no puede casarse con quien quiera. O que si se ponen unos mínimos requisitos legales a la liquidación de un feto humano, es que no se permite a las mujeres "decidir sobre su propio cuerpo".

En el caso de quienes exigen cosas tan extravagantes como que se cumplan las leyes, el concepto de normalidad tiene un sentido distinto. Es un pobre argumento que denota poca confianza en las propias convicciones, como si el criterio de lo correcto fuera simplemente lo que hacen los demás. Porque en muchos países supuestamente normales suceden cosas que sólo un sentido moral desviado por décadas de lavado de cerebro masivo puede considerar normal: por ejemplo, que existan leyes permisivas con el aborto.

Si lo normal es abortar, yo no quiero pertenecer a un país normal. Si lo normal fuera que en una democracia occidental hubiera un "colectivo de presos y presas politicos vascos"; si lo normal fuera que al salir de la cárcel, los etarras calificaran sus crímenes terroristas de "ciclo armado" (y no de errores de los que se arrepienten), que exigieran al estado que liberase a todos los asesinos en nombre de la patria vasca y que acatara el programa político de ETA; si esto fuera lo normal, les aseguro que preferiría mil veces pertenecer a un país anormal.

jueves, 2 de enero de 2014

Obediencia progresista

Escribe Salvador Sostres:

"El 71 por ciento de los españoles no cree que este año vaya a ser el de la recuperación y yo pienso que esta es la cifra del atraso moral de España. Seguramente estos pesimistas creen que alguien tiene que sacarles de la crisis, el Estado o una ave mítica, y que ellos no tienen culpa ninguna, y que todo se les debe y que nada se les puede exigir." ("Fueron ellos", elmundo.es).

Una vez más, el provocador articulista señala la raíz moral de todos los problemas. Una vez más, se le tildará de exagerado y de simplista. Algo de verdad puede haber en lo primero, pero si la exageración nos pone en el camino de la verdad (luego siempre vendrá el Tío Paco con las matizaciones), bienvenida sea. Y sospecho que sólo por esta vía se puede lograr que te escuchen, en medio de tanto ruido informativo y de tanto político y tertuliano en busca del aplauso fácil. Hoy la palabra "demagogia" sufre un desgaste irreversible, porque vivimos y respiramos en ella.

Puedo conceder que exista cierto simplismo en el diagnóstico de Sostres, pero no en el sentido en que se suele pensar. Muchos protestarán, nos dirán que hay millones de parados que nada querrían más que tener trabajo, pero que no lo encuentran; que mucha gente lo ha perdido todo sin culpa alguna, etc. Pero aunque hay casos de todo tipo, quién lo niega, sigo pensando que Sostres está más cerca de la antipática verdad que quienes confunden sensibilidad con racionalidad.

La simplificación se encuentra más bien en la caracterización sociológica de esos pesimistas, a los que el columnista catalán se refiere, entre otros epítetos, como "siniestra costra de gandules". Sin duda, estos son una buena parte, puede que la mayor, de quienes componen el perfil. Pero no debemos olvidar a los otros, a quienes viven pasablemente bien por su esfuerzo, aunque acaso hayan dejado de percibir una paga extra, o incluso les hayan reducido el sueldo, e incluso estén trabajando más horas. Personas que obtuvieron en su juventud buenas calificaciones académicas y tienen un empleo o una profesión acorde con sus méritos, o incluso dirigen su propia empresa. Y que pese a todo, se unen al coro de las lamentaciones y de la negación de la responsabilidad individual.

Esta actitud es análoga (y con frecuencia superpuesta) a la de quienes, pese a llevar una existencia ordenadamente burguesa (casados, dos hijos inscritos en colegios concertados, incluso puede que religiosos), apoyan todas las reivindicaciones de las tiorras abortistas, de los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, okupas y perroflautas de toda laya. Leen con aprobación las columnas de Juan José Millás y Almudena Grandes y son sociológicamente de izquierdas, a todos los efectos. Votan consecuentemente PSOE o IU, al menos en las generales. (ERC en Cataluña.) No son, en un noventa por ciento o más, homosexuales, ni viven de ningún subsidio, ni posiblemente hayan jamás abortado o presionado para que lo haga su pareja. Consumen vino de reserva, leen novelas de Paul Auster y ven películas de Woody Allen. Son personas sensibles, acomodadas y "de orden", como se decía antes, aunque ellos por supuesto rechazarían con horror lo último.

Son, en definitiva, personas que reproducen con obediencia de empollones el discurso que se espera de ellas. Se oponen a la cadena perpetua, defienden el aborto más o menos libre, les preocupa el crecimiento de la "ultraderecha" (que en España lleva décadas sin tener representación parlamentaria) y el cambio climático... Están pensando incluso en comprarse un coche híbrido para contribuir a reducir las emisiones de CO2. Piensan lo que toda persona decente y cultivada debería pensar; según El País, claro. Y según sus profesores del instituto y la universidad. Son un triunfo del adoctrinamiento masivo que la izquierda ha llevado a cabo desde el 68. Son los toyotaflautas.

Irónicamente, son también la refutación viviente de la epistemología marxista, según la cual los burgueses piensan necesariamente como burgueses y los proletarios como proletarios. En realidad, que esto nunca ha sido así ya lo ejemplificaban los propios Marx y Engels, que tenían cualquier origen excepto obrero.

Conviene, con todo, rebatir la autocomplaciente explicación que los sedicentes progresistas ofrecen de su adscripción ideológica, en cuanto se olvidan del materialismo histórico, que es la mayor parte del día. A ellos les gusta creer que sus opiniones son el resultado de una educación superior a la media. Como rezaba una pancarta de una manifestación izquierdista, contraria a algún gobierno del PP: "A votar se va leído". Sin embargo, basta pasearse un poco por las redes sociales para comprobar que la ortografía debe ser puro fascismo, dada la forma en que la pisotea nuestra izquierda.

En realidad, la cultura de izquierdas se caracteriza por su carácter endogámico, autárquico. El progre, en el mejor de los casos, lee a Antonio Machado, pero no a Manuel Machado; a José Luis Sampedro, no a Carlos Rodríguez Braun; a Ian Gibson, no a Pío Moa; a John K. Galbraith, no a Thomas Sowell; a Bertrand Russell, no a G. K. Chesterton... Insisto, esto en el mejor de los casos: lo más habitual es que el Día del Libro se compre algún volumen de monólogos de Buenafuente, que también le da caña a la derecha y eso.

Tampoco pretendo sugerir que la derecha sociológica esté mucho más documentada, ni menos aún que tenga la obligación masoquista de leer las gansadas de Michael Moore. Después de todo, el día dura sólo veinticuatro horas; no hay más remedio que seleccionar. Pero cuando todo tu entorno mediático y educativo te conduce abrumadoramente a elegir a Russell y no a Chesterton, lo más probable es que empieces por el primero. Pues bien, el progresista es aquel buen chico que se queda ahí, obedientemente.

miércoles, 1 de enero de 2014

El Estado os hará libres

El consenso socialdemócrata consiste en sustituir el aserto evangélico "la verdad os hará libres" (Juan, 8, 32) por "el Estado os hará libres". Se empieza, como Pilato, preguntándose "¿qué es la verdad?" (Juan, 18, 38). Se empieza sintiéndose, no sin considerable presunción, un escéptico de vuelta de todas las certezas (que, ya se sabe, son cosas propias de fanáticos que no utilizan champú anticaspa). Y se acaba pidiendo que el estado se ocupe de casi todo, y por supuesto, demandando aborto libre y eutanasia para los viejos e inútiles que tienen el detalle colaborador de no querer vivir más. (Los embriones y fetos humanos aún son más amables: ni siquiera opinan.)

No se trata, claro está, de cargarse totalmente el mercado libre, porque conviene que siga habiendo ilusos que inviertan y paguen los impuestos resultantes de su productividad. Cada día me sorprende más que se sigan creando miles de empresas en un entorno regulatorio y fiscal tan asfixiante como el de la Unión Europea, y particularmente el español. (No hablemos ya del catalán, donde te pueden denunciar anónimamente por poner "macarrones" en el menú, en lugar de macarrons.) Pero la cuestión es que el estado sea el mayor empresario y proveedor de servicios.

El intervencionismo avasallador y multiplicador del sector estatal (mal llamado "público", lo que sugiere que son sinónimos) se complementa de maravilla con la ingeniería social, cuyo objetivo es tratar de desacreditar y debilitar cada día un poco más la institución familiar, último bastión que le queda por conquistar totalmente al estado socialdemócrata. Ello se consigue introduciendo la ideología de género en la educación y promoviendo la promiscuidad sexual sin apenas limitaciones.

Si las diferencias entre hombre y mujer no son más que construcciones culturales, y si un embrión o un feto humano no son más que "agregados de células", el concepto tradicional de familia formada por la madre, el padre y los hijos conviviendo en el hogar común, se disuelve en una algarabía de relaciones efímeras y de escasos niños que (si tienen la suerte de haber sobrevivido en un entorno tan desprotegido legalmente como el vientre materno) se enfrentan a un futuro incierto, conviviendo con los diferentes compañeros sexuales (incluyendo homosexuales) de su madre o de su padre biológicos -si es que los conocen. El resultado viene a ser que la única referencia firme de los pocos niños que nazcan será... lo han adivinado: el estado.

En este modelo del estado que nos viene a liberar de nuestra responsabilidad individual, de tener que pensar por nuestra propia cuenta y de poder decidir cómo educamos a nuestros hijos (cargas ciertamente difíciles de sobrellevar, sobre todo en cuanto uno se acostumbra a que las lleve otro), encaja perfectamente la ingeniería nacionalista aplicada durante décadas en el País Vasco y Cataluña. Su lema podría ser: "La independencia os hará libres". Naturalmente, no debe escapársenos que sólo se trata de una variante de "el Estado os hará libres". Cuando el ciudadano está ya convenientemente maduro para esperarlo y hasta exigirlo todo del gobierno, cuando cualquier espacio que quede sin regular se considera un "vacío legislativo" inadmisible, cuando nos manifestamos en la calle, si es necesario, para que nos den unas cadenas más nuevas y más bonitas, estamos sin duda preparados para que el estado nos pregunte qué nombre (España, Cataluña, Euskal Herria o Unión de Repúblicas Socialistas de los Países Catalanes) y qué símbolos queremos, lo que no hará sino vincularnos todavía más a él.

Un amigo me explicó el truco que utilizaba para que sus hijas pequeñas se bebieran la leche sin rechistar. No les preguntaba si querían un vaso de leche, sino "¿de qué color queréis la cañita?" Al decidirse por el verde, el azul o el amarillo, sin darse cuenta las niñas habían otorgado su asentimiento a la propuesta láctea del solícito padre.

El estado socialdemócrata detesta íntimamente las porras y los cañones de agua, porque no hacen más que recordarle, cuando se ve obligado a utilizarlos, que todavía no ha conseguido sus objetivos últimos. La esclavitud perfecta es aquella en la que los esclavos son felices, y por ello ni siquiera sueñan con liberarse. Simplemente están contentos de que les pregunten de vez en cuando de qué color quieren las cadenas. Qué felices seremos cuando nos suba los impuestos una Hacienda catalana, y cuando nos podamos manifestar para que el estado catalán imponga más regulaciones y asuma todavía más gastos, que le obliguen a seguir aumentando la presión fiscal. Qué felices serán las mujeres tras abortar voluntariamente a su hijo con cargo al Servei Català de la Salut y cuando Otegui sea el presidente de un Euzkadi socialista y LGBT.

Hay quien sigue sin enterarse (o haciendo como que no se entera) y que por ejemplo reprocha a la Generalidad su "ejecutoria neoliberal". Esto incapacita a Enrique Gil Calvo para entender algo, conduciéndole a peregrinas explicaciones antropológicas del "caso catalán". Supongo que algunos entienden por "neoliberal" dejar de pagar a los farmacéuticos para seguir endeudándose y subvencionando los medios de comunicación del conde de Godó. En realidad, la política de Artur Mas es tan liberal como la de Mariano Rajoy; es decir, nada. La diferencia es que el primero ha conseguido que una parte de los ciudadanos exija que se profundice en los mismos errores socialdemócratas, con bríos renovados por las estelades ondeantes.

Los más inteligentes entre los políticos socialdemócratas (una Rosa Díez, un Albert Rivera) proponen reeditar el mismo modelo de "el Estado os hará libres" huyendo de un separatismo de consecuencias como mínimo muy inciertas; baste recordar lo que se desató en Sarajevo hace cien años. Por el contrario, unos pocos pensamos que la verdadera esperanza es acabar con la idolatría del estado y volver a defender la familia, el mercado y la nación española, cosas todas ellas que existían antes de 1978, e incluso de 1812. Qué digo: antes de 1714.