sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuántos profesores necesitamos

El mundo parece deslizarse hacia una catástrofe, mientras los supuestos expertos pontifican, cada cual con arreglo a su escuela o, por decirlo con las palabras de Borges,

...todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira...

Y sin embargo, lo que está sucediendo es muy fácil de explicar: Tanto gobiernos, como empresas, como individuos, hemos gastado durante años mucho más de lo razonable, nos hemos endeudado y ahora no tenemos más remedio que reducir nuestros gastos, para pagar las deudas. De lo contrario, si estas quedan sin pagar, la confianza y el crédito, en los cuales se basa toda civilización concebible, se destruirán. Las consecuencias de ello podrían ser terribles; alguien ha dicho que si el euro desaparece (pero se podría aplicar a la situación mundial), tendremos una guerra en diez años. Sin ánimo de ser apocalíptico, este tipo de pronósticos no carece de justificación. Basta detenernos en la historia del siglo pasado para extraer advertencias nada agradables. Pero los dirigentes de las principales naciones desarrolladas hasta ahora han optado por la huida hacia delante, con unas políticas de austeridad insuficientes, e inyecciones monetarias descabelladas, lo que supone el traspaso del problema a las generaciones futuras, o ni siquiera a tan largo plazo, a los próximos ciclos políticos en cada país.

Achacar al sistema la culpa de esta crisis es incurrir en una obviedad muy facilona. Evidentemente, un sistema en el que ocurre lo que está ocurriendo no funciona bien. La cuestión verdadera estriba en determinar qué parte del sistema ha fallado. El capitalismo de principios del siglo XXI consiste, grosso modo, en una economía en un 40 % pública y un 60 % privada, y esta última muy regulada en aspectos esenciales (como los tipos de interés) por el Estado. Afirmar, como hacen los opinadores escorados a la izquierda, que la culpa de todo la tiene el mercado, es cuando menos muy aventurado. Pero si así fuera, lo que no pueden hacer quienes defienden tal posición es disfrazar sus implicaciones: Que hay que dar más poder (todavía más) a los gobiernos.

Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas en la universidad Pompeu Fabra, insiste en que la única salida a la crisis es un aumento del gasto público, pero aunque se muestre contrario al déficit cero, y se haya manifestado en contra de la reforma constitucional pactada entre PSOE y PP, tampoco se atreve a defender cualquier endeudamiento, por mucho que le cueste reconocerlo. (Se puede escuchar aquí una tensa entrevista -en catalán- a la cual lo somete Manuel Fuentes. No se pierdan la prepotencia del catedrático, que se cree autorizado a sugerirle al periodista las preguntas que debería hacer, e incluso los tertulianos que debería invitar.) Lo que propone Navarro es más impuestos a los ricos, para seguir manteniendo el Estado de bienestar sin que se dispare excesivamente el déficit. El problema es que, como él sabe perfectamente, y sin contar los efectos contraproducentes de cualquier aumento de la presión o la progresividad fiscal (se acaba recaudando menos, al desincentivar la inversión, favorecer la economía sumergida y la deslocalización), las contribuciones de los "ricos" siguen sin ser suficientes para sostener los paquidérmicos Estados-providencia europeos. Como mucho permiten arañar algunos votos, no tanto por la medida en sí, como por el debate artificial que pretende provocar, con la intención de que la derecha se retrate "a favor" de los ricos.

En realidad, ninguna persona sensata puede poner en cuestión que hay que realizar recortes. Las discrepancias pueden surgir, en todo caso, acerca de a qué capítulos concretos de gastos hay que aplicar los tijeretazos.

Los socialdemócratas opinan que hay mucho margen para recortar gastos sin tocar la educación y la sanidad. La derecha, sobre todo en períodos electorales o preelectorales, no se atreve a cuestionar esta tesis. Pero a todas luces se trata de una media verdad. Por supuesto que existe un despilfarro estatal absolutamente injustificable. Pensemos, en el caso de España, en las televisiones públicas, tanto centrales como autonómicas y locales, en las ayudas al cine español (superiores el pasado ejercicio a lo recaudado en taquilla) o en la llamada "Ayuda Oficial al Desarrollo", que en 2010 fue de más 4.350 millones de euros. Sin embargo, el volumen de gasto "social" (sanidad, educación y pensiones) sigue siendo mucho mayor, descomunalmente mayor: Representa en España, aproximadamente, las dos terceras partes del presupuesto público del Estado central y las comunidades autónomas.

El hecho incuestionable es que las partidas de gasto superfluo e incluso más o menos vagamente corrupto existen gracias a que son fácilmente disimulables o relativizables en medio del colosal gasto "social". Quien dedica decenas de miles de millones de euros a pagar nóminas de profesores, de médicos o pensiones de jubilados, no tiene demasiado problema en distraer unas pocas decenas de millones de euros (bah, menudencias) en subsidiar películas de cine infumables u ONGés escasamente transparentes, además de, por supuesto, coches oficiales, dietas y ordenadores para personal político.

Del 2004 al 2010, el PIB español creció más o menos un 25 %. En el mismo período, el gasto en educación, según datos del gobierno actual, se incrementó en un 102,6 %. Los partidarios del PSOE lo esgrimirán como un motivo de orgullo, por supuesto. Pero a todas luces, se trata de un insensatez, sobre todo si tenemos en cuenta que el gasto público por alumno en España es superior al de la mayoría de países europeos, lo que no significa que la calidad de nuestra enseñanza lo sea también, sino todo lo contrario. El viernes pasado, el ex presidente de Castilla-La Mancha, entrevistado por Carlos Herrera y Casimiro García-Abadillo en Onda Cero, tras reconocer a regañadientes que el déficit dejado por su administración era mayor que el de muchas otras comunidades, dijo dos cosas. Primero, que asumía toda la responsabilidad por ello, lo cual nadie sabe en qué se traduce, más allá de una bonita frase. Y segundo, que ese déficit era consecuencia del enorme esfuerzo de su gobierno (mejor dicho, de sus contribuyentes) en educación, sanidad e infraestructuras, incluso cuando nadie podía negar la crisis.

Claro, ahora no hay dinero para pagar a los farmacéuticos, pero como ya no está el PSOE en el gobierno de la comunidad, quien venga detrás que arree. Es muy fácil incrementar el gasto en educación, en sanidad y en servicios asistenciales dejando las facturas por pagar para el gobierno entrante. Y encima, qué gozada, se puede acusar a la derecha de querer desmantelar el Estado del bienestar. Pero la cuestión es: ¿Fue nunca viable, más allá de un espejismo temporal, un sector público como el que tiene España, teniendo en cuenta sus niveles de productividad? Porque no sirve de nada compararnos con países "de nuestro entorno", como suele decirse, cuyo sector público es todavía porcentualmente superior en relación al PIB. Primero, porque eso no demuestra que a largo plazo no sea también insostenible, y segundo, y muy importante, porque países cuya economía es más productiva y competitiva que la nuestra quizás, en buena lógica, puedan permitirse una sanidad y una educación de más calidad.

"La educación es una inversión", nos dicen, y efectivamente es así, como también lo son las carreteras y los puentes, pero no podemos invertir cualquier cosa en ningún capítulo, por importante que sea. ¿Cómo debería la sociedad decidir lo que debe invertirse en autopistas, en colegios, hospitales, etc? La respuesta para quedar bien es que ello lo deciden los ciudadanos a través de sus representantes democráticamente elegidos. Pero la experiencia demuestra que eso conduce a construir colegios y hospitales, con sus correspondientes plantillas de profesores y médicos, que luego quizás no podremos mantener, porque a los representantes solo les preocupan los votos, no los problemas que se producirán dentro de veinte o treinta años.

Por suerte, existe un método perfectamente conocido para optimizar los recursos, invirtiendo en cada área lo que realmente la sociedad necesita, que se llama mercado, esa entidad ominosa que tanto deploran los adalides del Estado del bienestar. Cuando la gente libremente intercambia sus productos y servicios, el resultado es que acabamos teniendo los profesores, los médicos, los electricistas, los camareros y los actores, con sus correspondientes emolumentos, que realmente nos podemos permitir, no los que unos políticos deciden en función de sus miopes intereses electorales o de grupos de presión, que suelen coincidir, curiosamente, con sus conmovedoras proclamas ideológicas. O dicho de otra manera, el bienestar procede, ahora y siempre, del trabajo productivo, que es el que nos permite tener más y mejores escuelas y coches, más y mejores hospitales y casas, más y mejores carreteras y teatros, con el coste más razonable.

Desde tiempo inmemorial, este sistema no ha sido muy del gusto de los intelectuales, porque al contrario de la falacia tan extendida, el mercado no suplanta a la democracia, sino que es la democracia en su sentido más literal. El mercado está basado en las millones de decisiones que toma la gente, muchas de ellas equivocadas o estúpidas, pero en conjunto mucho más sabias que cualquier mente individual. Y eso es algo que los intelectuales nunca han sabido digerir bien. Parece que halagan a la gente cuando demandan mayor gasto social, pero en realidad se halagan a sí mismos, cuando se arrogan el derecho a que unas determinadas élites (con las que se identifican o se sienten influyentes) decidan por la gente en qué debe gastarse su dinero. Por supuesto, estos mismos intelectuales rebatirán esta elemental verdad con alguna versión más o menos remozada de la lucha de clases, de la supuesta eterna lucha entre los fuertes y los débiles, entre dominadores y dominados, y así conseguirán justificar una vez más su exigencia de un Estado justiciero que se oponga a la altanería de los fuertes... Convirtiéndose en el más fuerte de todos. Viejas mentiras cuyos daños son incalculables, pero que aún pueden hacer muchos más, si seguimos creyéndolas.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Una explicación más profunda

La enfermedad profesional del corresponsal de guerra, ya lo sabíamos, es el antiamericanismo. Un ejemplo prototípico es Mercedes Cabrera, cronista de la guerra de Irak, a la que el malvado ejército yanqui permitió sin embargo ir “empotrada”, como se dice en el argot, en sus filas. En uno de sus textos, la periodista de Vocento llegaba a comparar las víctimas del 11-S con las víctimas civiles de esa guerra. Es decir, implícitamente equiparaba el terrorismo con una intervención militar, que es exactamente como quieren que lo veamos los terroristas. Mucha gente, manipulada y agitada por la propaganda izquierdosa, interpretaría poco después del mismo modo los atentados de Madrid. Dijeron que el gobierno de Aznar mintió sobre su autoría, pero si no hubieran pensado, insinuado –y hasta enunciado crudamente– que el 11-M fue un acto de guerra, no hubieran exigido a ninguna administración que resolviera el caso antes de 24 horas, ni la SER se hubiera atrevido a inventarse la falsa noticia de los terroristas suicidas. El mensaje de la chusma izquierdista era evidente: “¿Veis lo que nos ha pasado por la estúpida guerra de Bush y Aznar?” Que es algo así como si alguien dijera, ante un atentado de ETA: “¿Veis lo que pasa por no respetar el derecho de autodeterminación de los vascos?”

El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.

No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.

Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...

Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Columnista de El País compara al Tea Party con Al-Qaeda

"Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos", admite Moisés Naím. ¡Cómo! Si yo pensaba que Sarah Palin ya había abatido a tiros a unos cuantos opositores con su M16... "Pero... [prosigue] este grupo de radicales... es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional."

A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:

No apoyan las medidas económicas de Obama,

cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,

están en contra del sistema público de Seguridad Social,

están a favor de la pena de muerte,

cuestionan a Darwin,

"insultan" a Keynes,

están a favor de la libertad de posesión de armas,

defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...

Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.

Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!

Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.

La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.

Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.

¿Quién manda en España?

Ante esta pregunta, un alumno aplicado podría responder con el artículo 1.2 de la Constitución: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.” Pero eso no responde la cuestión empírica, que no es quién ejerce el mando legítimamente, sino realmente.

Esto no implica dar por sentado que la legalidad sea una mentira, o como decían los marxistas, una superestructura de la clase dominante. Si realmente el poder se redujera a una posición de fuerza, no se entendería qué necesidad tendrían los poderosos de construir tales superestructuras para justificar su dominio de facto.

En realidad, como muy bien explicó Ortega, la fuerza viene dada por el mando y no al revés. Y el mando no se nutre de otra cosa que de la “opinión pública”, tanto en los países democráticos como entre los aborígenes australianos. Todo poder es en el fondo un poder espiritual.

La diferencia entre una democracia y una tiranía no es, como se suele creer ingenuamente, que la segunda carezca de apoyo popular, sino que en la primera el poder está limitado por las leyes, las instituciones y las costumbres políticas. Franco no hubiera gobernado durante cuarenta años si una parte considerable de la población no le hubiera apoyado, aunque fuera silenciosamente. Y lo mismo puede decirse de Fidel Castro.

Por tanto, la pregunta sobre quién manda, en España o donde sea, lo único que da por sentado es una obviedad: Que en toda sociedad humana, y en todos los niveles (empresas, asociaciones, ejércitos, naciones, etc) hay quien manda y quien obedece. El progreso de la civilización consiste en poner límites y controles al mando, al uso de la fuerza por parte de la autoridad, no en eliminar ni la una ni la otra, lo cual es mera fantasía.

Aclarado esto, cuando queremos saber quién manda, lo único que pretendemos es conocer qué clase de individuos ejercen esta actividad, cómo son y cómo alcanzan tal posición. Para nada nos interesan las elucubraciones conspiratorias.

Una respuesta muy difundida es precisamente alguna versión más o menos vulgarizada de la explicación marxista. Según esta, quienes mandan son los ricos; el poder y la riqueza son una y la misma cosa. El dinero puede comprar a la policía, a los jueces, a los políticos. Y todas las ocasiones en que eso efectivamente sucede, tanto en la realidad como en Hollywood, vienen a reforzar una tesis tan popular.

Pero si los ricos mandaran, no necesitarían pagar a quienes de verdad mandan. El dinero no compra al poder, aunque a veces se lo crea –paga un peaje. A veces esto no se entiende bien porque existen poderes que aparentemente se basan en el dinero, como la mafia. Pero en realidad su fuerza no tiene un origen económico, sino que se funda en vínculos de tipo parafeudal. Todo poder es por definición político y, en su estado de plenitud, carismático.

Todavía hay quien pretende hacer creer que en España existe una aristocracia del dinero que se perpetúa hereditariamente. Según Maruja Torres, la derecha está en contra de la función igualadora de la educación pública, porque "su objetivo a largo plazo es prolongar la hegemonía de sus cachorros, educados en las más exquisitas escuelas e imbuidos de la noción, que se les transmite, de merecedores de la herencia por derecho natural." (Como si los “cachorros” de los dirigentes de izquierdas no acudieran a los mismos centros.) En esta línea, el sociólogo José L. Álvarez afirma que en España la clase política, la judicatura, los consejos de administración de las grandes empresas, los bancos, siguen todavía impermeables a la movilidad social, y asegura que el PP es un partido que solo defiende los intereses de estas élites. (Sus millones de votantes tienen que ser, en consecuencia, “tontos de los cojones”, según la célebre definición de un alcalde socialista.)

En los años cincuenta, Charles Wright Mills, en su clásico La élite del poder, cuestionó el mito del sueño americano, según el cual cualquiera puede llegar a lo más alto en el país de las barras y estrellas. Decía Mills: “Por lo que yo sé, nadie ingresó en las filas de las grandes fortunas norteamericanas por el mero ahorro de un excedente de su salario.” Desde luego, no es fácil. Pero las estadísticas demuestran que la mayor parte de las grandes fortunas actuales de los Estados Unidos no tienen origen hereditario. ¿Puede decirse lo mismo de España? Seguramente, en menor grado que en Estados Unidos, pero en absoluto parece realista el cuadro de la sociedad que nos pintan los articulistas del periódico de Rubalcaba.

Toda élite o corporación tiende a la cooptación de sus miembros. Los juristas, los médicos, los periodistas, son admitidos como tales por otros juristas, médicos y periodistas, que son quienes establecen mediante las universidades y los colegios profesionales los criterios de admisión y de promoción. Uno no llega a juez, por lo general, por pertenecer a una familia de rancio abolengo, sino por sus resultados académicos y profesionales.

Más bien, lo que observamos es que, si existe algún criterio de admisión, es de tipo ideológico. Las universidades están dominadas (aquí como en Estados Unidos) por la izquierda. ¿Tiene las mismas posibilidades de promoción un estudiante de periodismo de ideas conservadoras o liberales que la mayoría que se deja llevar por la corriente “progresista”?

Existen gremios donde la tiranía de la izquierda quizás no sea tan absoluta. Todavía quedan médicos que objetan al aborto y jueces que creen que las leyes no pueden supeditarse a las circunstancias políticas. Es a esos jueces o empresarios o médicos a los que la izquierda considera como representantes de una clase con ínfulas elitistas, cuando en realidad defienden reductos de libertad que muchos quisieran ver desaparecer. Las sandeces tan repetidas sobre el clasismo de la derecha traslucen lo mal que lleva la izquierda la disensión. Y retratan al lector de El País, que también a su manera cree pertenecer a la élite cultural.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Golpe a la inteligencia

Material escolar de mis dos hijos, que estudian Primaria en un colegio público: 145,94 €. Libros de texto: 401,58 €. Total 547,52 €. Para los profesores, al parecer no hay crisis. Este año han remitido a los padres una lista de libros y material similar a los cursos anteriores, donde no faltan diferentes tipos de lápices, bolígrafos, rotuladores, papel, libretas, carpetas, etc.

Sabemos de antemano lo que replicarán si les criticamos por ello. Que la gente se gasta alegremente el dinero en los bares y en cambio luego protesta cuando tiene que comprar libros. El funcionario típico está convencido de que tiene derecho a decidir cómo debemos gastar nuestro dinero, sin consultarnos.

Tanto profesores como personal sanitario amenazan con ponerse en pie de guerra por los recortes de presupuesto. Su argumento siempre es el mismo: la sanidad y la educación no son "mercancías" (qué vulgaridad). Un editorial de El País titulado "Golpe a la enseñanza", denuncia que se considere a las políticas educativas de las comunidades de Madrid, Castilla-La Mancha y Navarra "como un gasto más, importante sin duda, pero sometido como el resto a los condicionantes de la coyuntura económica".

Siempre que alguien quiere defender una posición de privilegio, un interés corporativo, aludirá al interés general, al servicio público. Por alguna razón, a diferencia de cualquier otro producto, como por ejemplo el pollo o las patatas, se diría que es algo obsceno hablar de los costes de la enseñanza o la sanidad, pese a que es evidente que los tiene, como todo en este mundo. Y por supuesto, ni hablar de que podamos intercambiar libremente los servicios educativos y sanitarios al igual que hacemos con cualquier otro.

Que haya quien crea esta retórica interesada y falaz dice poco de la inteligencia humana. Claro que la educación y la sanidad están sometidas como todo a las condiciones económicas. Como todo en esta vida, tienen un coste, y eso significa que existen límites a lo que un país, al igual que un individuo cualquiera, puede gastar en educación, como en cualquier otra cosa. Pretender que existen sectores de la economía privilegiados, a los cuales deben subordinarse los criterios de racionalidad económica, es una de las mentiras más estúpidas de cuantas existen, por muchas veces que se repita.

domingo, 28 de agosto de 2011

El miedo y el asco

A Joaquín Sabina le da "miedo" la previsible victoria del PP el 20-N. Se acuerda de cuando tenía ocho años, de "los guantazos de los salesianos y el nacionalcatolicismo". Mucho retrocede en el tiempo, le bastaría recordar cuando tenía 48 años y gobernaba Aznar. Aquello sí que fue duro, con la misa televisada obligatoria en todos los canales, el rezo del Padrenuestro de rodillas al empezar las clases en los colegios y la Guardia Suiza pontificia vigilando a los diputados en las Cortes, con sus amenazantes alabardas.

La izquierda, por cierto, critica a la Iglesia por "no estar a la altura de los tiempos", pero conspicuos representantes de ella, sección farándula, como Sabina, Serrat, Almodóvar, etc, viven todavía en los años cincuenta, recreados con mucho morbo retrospectivo. Aunque sean buenos cantantes o directores de cine, creo que lo serían aún más -lo son a veces- si se desprendieran de ese lastre entre sentimentaloide, nostálgico e ideológico.

Pero lo que realmente maravilla es la capacidad de la izquierda para saltarse la memoria, la verdad y la lógica. Cada contienda electoral la presenta -tiene esa habilidad- como si estuviéramos decidiendo entre franquismo y democracia, como si la derecha no hubiera gobernado con Suárez ni con Aznar, como si la derecha no hubiera abolido la mili, no nos hubiera integrado en el euro (¿por qué devaluación de la peseta iríamos ahora?), no hubiera contribuido a crear millones de puestos de trabajo y no hubiera permitido que Sabina, Serrat o Almodóvar compusieran sus canciones o sus películas.

Dicen tener miedo del PP, ellos, los mismos que piden el voto para el PSOE, un partido que no dudó en aprovecharse electoralmente del peor atentado terrorista de nuestra historia. Un partido que cada vez que ha gobernado ha dejado al país prácticamente en quiebra. Un partido que es capaz de entregar una provincia entera a los etarras y al mismo tiempo, con infinito cinismo, afirmar que su política antiterrorista es un éxito. Y un candidato, el del PSOE, que con este panorama dice que su prioridad es una ley de eutanasia...

A mí la izquierda no me inspira miedo, exactamente. Pero sí hartazgo y, sobre todo, asco, mucho asco.

sábado, 27 de agosto de 2011

El señorito irresponsable

En la televisión veo a una señora protestar por la falta de información de una compañía aérea que ha cancelado su vuelo a Nueva York debido al huracán Irene. ¿Es que esta mujer dispuesta a cruzar el Atlántico no es capaz de informarse mínimamente de en que mundo vive? ¿No lee periódicos, no escucha la radio, no ve la televisión, no se conecta a internet? ¿Tendrá alguien -la empresa, el gobierno- la culpa de su ignorancia o de su descomunal despiste?

Esa misma tarde me entero de que un tribunal laboral brasileño ha condenado a McDonald's a indemnizar a un trabajador que engordó 30 kilos porque parte de su trabajo consistía en probar diariamente la comida del restaurante. ¿Es que alguien le obligó a aceptar ese empleo? ¿Es que además le forzaban a tragarse entera la hamburguesa que debía degustar?

Por no hablar de las sanciones astronómicas contra las tabaqueras, como si estas intimaran a la gente a punta de pistola a que fumara... Los ejemplos son interminables.

Vivimos en los tiempos del señorito irresponsable. Todo el mundo cree poder exigir al gobierno o a las empresas que se desvelen por su bienestar o su comodidad, sin reconocer ningún tipo de responsabilidad propia en un asunto en el que son los primeros interesados.

Eso sí, cuando un gobierno decide constitucionalizar el límite del déficit (aunque sea obligado por Bruselas), es decir, que sea ilegal endeudar a las generaciones futuras, entonces el señorito irresponsable exige poder votar sobre la cuestión. Quienes hace unos días protestaban contra la visita del Papa bajo el lema "no con mi dinero", ahora parecen escandalizarse de que la administración no se pueda endeudar ilimitadamente con su dinero.

Porque son básicamente los mismos, no les quepa duda. Y son los mismos que exigen poder matar legalmente a sus parientes enfermos para tener que ahorrarse el palo de ir a visitarlos al hospital de vez en cuando, y encima no poder heredar. Por supuesto, ni siquiera tienen lo que hay que tener para hacerlo por su cuenta, quieren -exigen- que sean los médicos quienes se manchen las manos de sangre. ¡Y encima tienen la cara dura de mostrar su actitud como "humanitaria"!

Porque esta es otra. El señorito irresponsable, por sistema, disfrazará su descomunal egoísmo de altruismo, asegurará que le mueve la preocupación por los que sufren, por el consumidor, por las madres solteras o por los tramoyistas en paro. No se crean nada. Una mujer de noventa años con infarto cerebral es muy dudoso que esté sufriendo. Más verosímil es la afirmación de que se trata de una molestia para la sociedad e incluso para la familia.

Pero entonces, ¿a qué viene tanta hipocresía, por qué tachar de fundamentalistas religiosos a quienes anteponen los principios morales a las conveniencias? La respuesta es clara: porque tocamos un punto sensible del señorito irresponsable. Le estamos diciendo que debe asumir las consecuencias de sus actos, que ni el Estado ni nadie está obligado a hacerlo por él. Y eso le joroba.

sábado, 20 de agosto de 2011

Desafinando a Capella

No suelo leer el blog de Francisco Capella porque la mayoría de sus entradas consisten en selecciones de enlaces a textos, lo cual no me llama suficiente la atención. De vez en cuando sí nos ofrece algo de cosecha propia, y entonces suelen ser disertaciones muy dogmáticas, más bien para adeptos al anarco-capitalismo, secta de una soberbia insufrible por la que no siento la mayor de las simpatías, aunque accidentalmente coincida con algunas de sus conclusiones. Hace un par de días, sin embargo, Capella se ha descolgado con una entrada titulada Necedades papales, que sí me ha llamado la atención.

Dice Capella que los cristianos son "lloricas hipersensibles" y "victimistas" porque se quejan de que "no les dejan colocar su símbolo particular (que ellos pretenden universal) en el espacio común." En realidad, lo que sucede es cosa muy distinta. Sucede que en un país donde tres cuartas partes de la población, como mínimo, son católicas, existe una minoría de fanáticos (aunque con fuerte apoyo gubernamental, lo quiera ver o no nuestro ácrata) que pretende erradicar símbolos que ya estaban ahí. ¿Quién es aquí el "hipersensible"? ¿El padre que no quiere que su hijo contemple un crucifijo en el aula o aquel que, creyente o no, no ve nada malo en que los niños tengan contacto con los fundamentos de nuestra cultura?

A continuación critica Capella a Ratzinger porque "no se atreve a llamar a las cosas por su nombre", es decir, se refiere al aborto y a la eutanasia como "decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias". Supongo que, en consecuencia, la próxima vez que Capella hable del robo gubernamental, habrá que afearle su cobardía por no atreverse a llamar a los impuestos "por su nombre".

Bien es verdad que, tras estos comentarios tan infantiles, Capella va entrando en el meollo del asunto. Donde el papa critica el relativismo, la concepción del bien y el mal como algo subjetivo y el endiosamiento de quienes pretenden que las normas morales son creación meramente humana, él expone sus opiniones opuestas, perfectamente legítimas. Pero en lugar de argumentar por qué, según él, "lo bueno y lo malo tienen una fuerte componente subjetiva y relativa", su método consiste en caricaturizar la tesis contraria, como si por si sola se refutara. Defiende "criterios correctos de comprobación, verificación o falsificación como la observación y el razonamiento", como si la razón y la fe fueran incompatibles, y como si la primera nos permitiera sostener algún principio indubitable sobre la realidad, es decir, fuera de la matemática pura.

Precisamente, lo que apunta este "presunto filósofo e intelectual además de Papa" es algo crucial: Que la razón, por mucho que proteste Capella, no es autoconsistente, no se sostiene por sí sola. Se podrá estar de acuerdo o no con las opiniones del pontífice, pero ridiculizarlas con silogismos leirepajinescos no es argumentar. Sea como sea, se trata de cuestiones profundas que los filósofos han debatido incansablemente (algunos de ellos, con el propio Ratzinger, por cierto), por lo que si hay alguna "palabrería, trampa y demagogia" es en el estilo simplista y faltón que emplea alguien presuntamente tan inteligente como Capella.

lunes, 15 de agosto de 2011

Cómo responder a una amiga progre y mucho más

Rubén Aguiar es un músico cubano que vive hace tiempo en Madrid, felizmente a salvo de la dictadura que sojuzga la bella isla. Podéis escuchar algunos de sus temas directamente en su blog no sé bien. En este vídeo lo vemos a la guitarra:



Además de músico, Rubén es un tipo cultivado, y vacunado por su peripecia biográfica contra la enfermedad gremial de los artistas, que es la izquierditis. Muchas de las entradas de su blog son pequeñas obras maestras de análisis psicológico del alma progre, de sus prejuicios y secretos anhelos.

Los últimos posts los ha dedicado al movimiento del 15-M, que ha podido conocer de primera mano por la cercanía de su lugar de trabajo a los acampados de la Puerta del Sol. Su opinión, por decirlo suavemente, no es nada favorable, lo cual ha provocado la respuesta sentimental de una amiga gaditana, que reivindica con orgullo sus orígenes de familia obrera.

La contrarréplica de Rubén (Asamblea de Monte) es antológica y merece ser estudiada. Con todo el cariño, pero al mismo tiempo con la firmeza de un médico que le obligara a escuchar a un drogadicto la dura verdad sobre los efectos de su adicción y, especialmente, sobre las debilidades de carácter que le hacen caer en ella, Rubén rebate uno por uno los argumentos de su amiga, si es que se los puede llamar así.

Nuestra progre defiende el movimiento de los indignados con afirmaciones emocionales que retratan una mentalidad muy extendida. Dice que "necesitamos recuperar la posibilidad de hablar, de expresarnos, de no tener que elegir entre el blanco y el negro". Rubén le replica que nadie nunca le había quitado esas posibilidades, "si te has callado ha sido por decisión propia". Mucha gente que ahora recrimina al PSOE su "traición" a la izquierda, lo votaban pese a la corrupción y los GAL; quizás poniéndose una pinza en la nariz, sí, pero lo votaban: Entonces estaban dispuestos a elegir entre el blanco y el negro. Y mucha gente que se vendió por el plato de lentejas de alguna subvención o puesto de trabajo ¿tiene derecho ahora a sentirse decepcionada?

Incide también nuestra amiga de izquierdas en la conocida cantinela de que en nuestra sociedad todo se resume en el "tener", no en el "ser". "Si no tienes, no existes", afirma nuestra filósofa. La respuesta de Rubén es implacablemente lógica. Si te parece bueno que la gente tenga acceso a determinadas posesiones materiales, estarás de acuerdo en que primero hay que crearlas, producirlas. Pero, prosigue Rubén, "si no has trabajado ni te has esforzado honradamente para ello estoy seguro que consideras que no te corresponde “existir”, figurar, "ser alguien", puesto que no eres ni envidiosa ni deseas tener más de lo que mereces. No tendrías en este caso motivo para indignarte." Ahora bien, si eres una persona que desprecia los bienes materiales, "¿qué mas te da “no ser”? Allá los que crean que por tener “cosas” son importantes. Eso no va contigo. No tendrías, en este caso tampoco, motivo para indignarte."

Insiste la "indignada", pese a todo, en negar la politización del movimiento 15-M, ella lo ve "como algo más intelectual [!?] que político, y creo que son los filósofos, universitarios, maestros, poetas, escritores, etc... los que tienen cosas que decir." Conocida es la necesidad de la izquierda de rendirse extasiada ante figuras intelectuales que creen inspirarla, cuando en el fondo no hacen más que reírle las gracias, aunque sea a veces con un lenguaje pomposamente académico. Copio varios párrafos de Rubén donde, al tiempo que demuestra que no se arredra lo más mínimo ante el mito de la pretendida superioridad cultural de la izquierda, resume magistralmente la diferencia entre la mentalidad liberal y la colectivista:

"¿Y tú, no tienes cosas que decir? ¿Y tu marido y tu cuñado con su pequeña empresa de construir y vender música no tienen nada que decir? (...)
¿Crees que tienen más que decir los “filósofos, universitarios, maestros, poetas y escritores” que los tíos que se inventaron este software a través del que estamos tú y yo conectados a 700 km de distancia? 
¿Crees que el pensamiento es exclusividad de los filósofos?
¿Crees que la juventud es patrimonio de los universitarios?
¿Crees que la enseñanza de la verdad es prerrogativa de los maestros?
¿Crees que los poetas y los escritores inventaron las palabras o el lápiz o la máquina de escribir o el ordenador?
Dices que crees que ellos “son los que tendrían que volver a sentar las bases de la convivencia”... ¿Y por qué mejor no piensas que hay que dejar que la gente decida por sí misma cuáles han de ser las bases de su convivencia? Libremente, como se les antoje. No esperes a que los filósofos te indiquen que le pidas azúcar a la vecina... hazlo por ti misma... ya estás tardando... (...)

Dices: “...habría que empezar de muy abajo, de cero y primero tendríamos que despojarnos de todos nuestros prejuicios, quedarnos limpios, libres de polvo y paja, y sentirnos los unos a los otros ¿Cuanto tiempo hace que no pedimos azúcar al vecino?, ¿quien se atreve a dejar a sus niños un ratillo con la vecina mientras vas a comprar?”

Vamos a ver, detente y piensa serena y honestamente: ¿necesitas “indignarte” contra otros porque ya no te reunas con tus amigos o porque ya no le pidas azúcar a tu vecina ni le dejes las niñas un ratillo cuando vas de compras? ¿En qué momento de tu vida decidiste hacer responsable al gobierno, a los bancos, al mercado de no “sentirnos los unos a los otros” ? ¿Son ellos “nuestros prejuicios”? Cuándo los destruyas o los mejores o cuando consigas que te escuchen ¿quedarás libre de polvo y paja?

No quiero que me respondas, quiero que te preguntes.

¿Te has preguntado qué es lo que te está pasando a TI?
No al gobierno, no.. ni a la sociedad, ni al sistema... ni a los bancos o los mercados...
¡A TI!
Y a los que gritan en la calle...
¿Acaso necesitan tú y ellos que el gobierno, los políticos, el sistema, los bancos centrales, las ideologías, lo que sea, les resuelvan los problemas que no les causan?"

No es fácil compendiar tantas sabias verdades, tan oportunas y de manera totalmente desprovista de pedantería. Aquí se resumen no solo lecturas sino la experiencia vital de uno de tantos exiliados cubanos, que ya han pasado antes por los lavados de cerebro de asambleas y demás rituales de la agitación política, y simplemente la de muchas más personas que han logrado el éxito personal y profesional por su propio esfuerzo y la ayuda de la familia y los amigos, no exigiendo al Estado que le solucione la existencia. Vale la pena leerlo entero.

sábado, 13 de agosto de 2011

Alguien construyó un muro

¿Se pueden recordar los cincuenta años de la construcción del Muro de Berlín sin mencionar que lo levantaron los comunistas? No solo se puede, sino que a tenor de lo que enseñan en las facultades de periodismo, no debería esperarse otra cosa. Ejemplo de ello es el breve reportaje (un minuto y once segundos) de un noticiario de La Sexta, emitido hoy sábado. "Símbolo de la guerra fría", rezan los subtítulos. Como si las culpas hubiera que repartirlas por igual entre Occidente y el extinto bloque soviético. Como si hubiera habido también ciudadanos de la Alemania occidental a los que se hubiera intentado impedir que huyeran a la RDA. Por cierto, a este reportaje sigue otro igualmente breve sobre Fidel Castro, sin el menor asomo de crítica a su régimen.

Frente a esta forma de sutil desinformación, es preciso que los adolescentes conozcan la historia, por supuesto. Pero no es suficiente. Sería muy instructivo que en una clase se pasara el vídeo de La Sexta y se invitara a reflexionar sobre él. Que los alumnos se preguntaran por qué no se alude, más allá de unas siglas hoy desaparecidas, al régimen que lo erigió y los motivos que tuvo para hacerlo. ¿Tendría sentido referirse a los crímenes de Jack el Destripador sin nombrarlo? Sospecho que, para cierto periodismo, sí. La culpa la tendría la sociedad victoriana, sin duda, como hoy tienen la culpa de los disturbios londinenses los recortes sociales de Cameron, la "exclusión" o cualquier otra gansada del limitado repertorio progre. Y eso no tienen el menor problema en dejarlo meridianamente claro, aunque solo dispongan de medio minuto.

domingo, 31 de julio de 2011

Niños incorregibles

Según el estudio de unos investigadores ingleses, basado en el seguimiento de miles de niños durante cinco años, los hijos de familias no sustentadas por el padre (bien porque está "desaparecido en combate", o porque solo trabaja la madre, o porque ambos progenitores están desempleados) presentan mayores problemas de comportamiento.

El artículo periodístico a través del cual he sabido de la existencia de este estudio se titula "Madres trabajadoras, vuestros hijos están bien". Se trata a todas luces de un ejemplo típico de cómo presentar las conclusiones de un estudio científico para que no parezca que pueden cuestionar las certezas biempensantes de la corrección política.

Desde luego, el estudio tampoco concluye lo contrario de lo que afirma el titular. Parece que la situación ideal es aquella en que tanto la madre como el padre trabajan fuera de casa, lo cual no puede sorprendernos demasiado, pues está relacionado con el nivel de ingresos. Por lo general, los niños crecerán mejor en un hogar ordenado de clase media que en uno donde el padre se pase la mayor parte del tiempo en el bar, o al que ni siquiera conozcan.

Pero resulta ciertamente ridículo el esfuerzo de poner el énfasis en el aspecto tranquilizador del estudio, en aquello que no perturba los dogmas del progresismo, y dejar para el apartado de detalles secundarios aquellas conclusiones que encajan con más dificultad en el cuadro idílico de la igualdad de género, en el que la figura del padre y la madre son estrictamente intercambiables y las diferencias sexuales son meros roles convencionales. La experiencia parece demostrar que no es así, que los niños crecen más sanos con una madre y un padre, siendo este último quien aporte la principal fuente de ingresos. Los mocosos son así de políticamente incorrectos.

#echalelaculpaaoccidente

Inmediatamente después de la matanza de Noruega, muchos medios la atribuyeron al terrorismo islámico. A medida que llegaba más información, esta explicación fue rectificada. En las primeras horas, un periódico escandinavo habló de "fundamentalismo cristiano", y algunos todavía siguen repitiéndolo, a pesar de que tampoco es cierto. El asesino noruego, Anders Breivik, ha expuesto con detalle su ideología, de tipo nacionalista, desmarcándose explícitamente de cualquier modelo teocrático, como los que sí defienden los terroristas islamistas.

Sin embargo, aunque ya nadie habla de terrorismo islámico en relación a esa tragedia, los especialistas en la denuncia de la islamofobia, como la periodista Mónica G. Prieto, siguen en sus trece. ¿Quién puede pensar que un atentado podría ser obra de islamistas, sino quien abriga prejuicios contra el islam? En un breve reportaje publicado en El Mundo se hace eco de la iniciativa de una musulmana, creadora del hashtag irónico #blamethemuslims (échale la culpa a los musulmanes). Los musulmanes tienen la culpa de todo, de que se te derrame la cerveza, de que Inglaterra perdiera el Mundial de Fútbol o de que te abandone la mujer. Supuestamente, muy gracioso.

Puedo comprender que un musulmán se sienta mal porque mucha gente, desde el 11-S, lo mire con poca simpatía. Pero ¿quién tiene la principal culpa de ello? ¿Los terroristas que en nombre del islam estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas o los posibles prejuicios antimusulmanes de la gente? Sinceramente, lo que a muchos nos mosquea es que los musulmanes dediquen más tiempo a hacerse las víctimas de la xenofobia, real o imaginaria, que a protestar por las atrocidades cometidas por algunos de sus correligionarios. Por supuesto que los musulmanes no tienen la culpa de todo, y que la inmensa mayoría no son terroristas. Pero un poco de autocrítica, solo un poco, tampoco les vendría mal. No vamos a exigirles, claro está, que lleguen a los extremos de autoculpabilización de Occidente, que por supuesto sí que tiene la culpa de todo: la pobreza en el mundo, el calentamiento global, el conflicto palestino-israelí, etc. #echalelaculpaaoccidente.

La penúltima cerdada judicial

Tras la sentencia del TC que legalizó al brazo político de ETA, todo indica que la sala de lo penal de la Audiencia Nacional no quiere ser menos en cuanto a arrastrarse por el fango. Su infausto presidente, Gómez Bermúdez, ya tiene un lugar en la historia como perpetrador de la sentencia del 11-M, en la que de forma bochornosa miró para otro lado para no ver las irregularidades policiales. Pero no contento con ello, ahora se propone que la cúpula policial, responsable del chivatazo al aparato de extorsión de ETA, pueda eludir el cargo de colaboración con banda armada. Lo de menos son las disquisiciones seudofilosóficas con las cuales pretenden tomar el pelo a la opinión pública. Si se aplican los exquisitos criterios defendidos por el gobierno, para ser acusado de semejante delito se deberá estar en posesión de una acreditación de simpatizante oficial de un club criminal, con número de socio y fotografía reciente. Pero sería caer en la trampa entrar en este debate ad hoc. Lo realmente indignante es el descaro con el que actúa esta gente. Ya solo faltaba que la mujer del juez expresara en Twitter sus opiniones favorables a la postura del gobierno. Se ríen en nuestra cara, y todavía nos toca aguantar más de cien días la chulería barata de Rubalcaba y su legión de serviles adictos en la judicatura y en los medios. Me anima pensar que el 20 de noviembre el PSOE se pegará un batacazo histórico, pero será poco castigo, después de todo lo que han hecho. Iba a decir que deberían ser juzgados... Dejémoslo estar: Con los jueces que tenemos, sería más fácil que acabaran en la cárcel los acusadores que los acusados.

martes, 26 de julio de 2011

La ideología de Breivik

Anders B. Breivik, poco antes de perpetrar las matanzas de Oslo y Utoya, había publicado en internet un libro titulado 2082. A European Declaration of Independence. Se trata de la obra de un perturbado, que a lo largo de 1.500 páginas (gran parte de ellas, extractos tomados de otros autores) no solo expresa su ideología personal (ultraderechismo identitario), sino que entra en minuciosos detalles de un plan delirante para imponer en Europa dictaduras temporales afines a sus ideas, mediante las armas, incluyendo el ántrax y las bombas nucleares. Para dar una idea del grado de delirio alcanzado por Breivik, baste señalar que llega a calcular en 400.000 el número de personas pertenecientes al establishment político-intelectual que deberán ser "ejecutadas" en Europa Occidental en las próximas décadas. De ellas, 47.167 serían españolas (pág. 932). Ni una más ni una menos.

Aunque el propio asesino gusta de denominar a su ideología "conservadurismo cultural", en realidad no hay nada más alejado del conservadurismo que un plan para transformar la sociedad violentamente como el que se describe en ese libro, con medidas del totalitarismo clásico como matanzas, deportaciones, restricciones a la natalidad, etc. ¡Incluso aunque fuera para imponer ideas supuestamente conservadoras! Breivik es tan "conservador" como lo eran Hitler, o Bin Laden, por mucho que asegure no simpatizar con el primero y que se muestre radicalmente antiislámico. También Hitler era antibolchevique, y sin embargo el régimen nacional-socialista compartía más elementos con la Rusia soviética que con el parlamentarismo burgués.

El criminal noruego no puede ser calificado tampoco de "fundamentalista cristiano", como han hecho algunos medios con suma ligereza. Breivik deja claro que el cristianismo, para él, es un elemento de la identidad europea, pero que no ve imprescindible la creencia en Dios o en Cristo. En la página 1.361 de su mamotreto afirma claramente que no defiende un modelo teocrático; su referencia se encuentra en sociedades monoculturales como Japón o Corea del Sur, que no son cristianas, precisamente.

El núcleo de la ideología de Breivik es el nacionalismo paneuropeo. En este sentido, coincide con uno de los rasgos esenciales de los movimientos neonazis. Dice que no considera a Hitler un héroe, sino un "traidor". Pero da la sensación de que le culpa más bien por su fracaso que por sus crímenes. El asesino escandinavo responsabiliza al nazismo (no sin cierta razón, por otra parte) de haber prestado gran parte de su fuerza a la corrección política multiculturalista, hoy imperante, que impide prácticamente cualquier defensa intelectual de la cultura occidental sin que uno sea tachado de eurocéntrico y xenófobo. Si bien es verdad que en el libro muestra su apoyo a Israel (entendido como un bastión contra la yijad), su crítica del antisemitismo no es de lo más tranquilizadora. Viene a decir, en pocas palabras, que no existe un "problema judío" en Europa porque hay pocos judíos.

En resumen, Breivik, por mucho que se distancie del neonazismo (más por razones estéticas y tácticas que éticas), es un fascista. Por una vez, no yerran quienes hablan de ultraderecha, dejando de lado la imprecisión del término. Pero a partir de esto muchos jugarán a criminalizar toda crítica razonable al islam y a la izquierda. Es como si no se pudiera ser anticomunista porque Hitler o Bin Laden también lo eran, a su manera. La trampa no solo es burda, sino además muy vieja.

domingo, 17 de julio de 2011

Rubalcaba quiere volver a 1911

Debemos agradecer al candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, que por una vez haya sido sincero. Su deseo -ha confesado- es que un socialista de hace cien años se pudiera reconocer en su programa. Quienes llevamos tiempo señalando que el socialismo no es una doctrina progresista, sino regresiva, por fin nos sentimos confirmados por boca de uno de sus representantes. Una persona que piensa que la retórica de principios del siglo XX sigue vigente hoy, demuestra que no ha extraído ninguna lección de nada de lo sucedido desde entonces, con el triunfo de las revoluciones comunistas en los mayores países de Asia, la ocupación de media Europa por los soviéticos, la guerra fría y el derrumbe final del comunismo. Inasequible a la experiencia y al sentido común, Rubalcaba cree que nada ha desmentido ideas como las siguientes:

"El Socialismo que propagan y aspiran a implantar los Partidos Obreros Socialistas de todas las naciones, es el Socialismo colectivista de los Marx y Engels, expuesto terminantemente en el Manifiesto Comunista (...). El triunfo íntegro de este Socialismo, por el medio que sea, presupone la abolición del sistema capitalista, y, por lo tanto, de todas sus consecuencias; la abolición de la gran propiedad individual, medula del capitalismo y, por consecuencia, también la desaparición de todos los puntales del régimen existente: militarismo, religiones positivas, etcétera." (El Socialista, nº 1.302, 24-02-1911; negritas mías.)

Si Zapatero se reclama heredero de la República de los años treinta, Rubalcaba no quiere ser menos, y se reivindica como digno descendiente de la violencia revolucionaria, la Semana Trágica de Barcelona y los postulados majaderos de redención social de los Pablo Iglesias y los Ferrer Guardia, entre otros iluminados que establecieron las causas psicológicas e ideológicas de la guerra civil española.

Algunos ingenuos pensarán que las declaraciones de Rubalcaba son mero oportunismo electoral, un guiño al movimiento de los "indignados". También son esto, pero no principalmente. El socialismo, como doctrina intrínsecamente totalitaria que es, jamás abandonó sus objetivos últimos, su obsesión constructivista de imponer un modelo de sociedad en la cual no haya lugar a la espontaneidad, al desorden individual. Lo disfrazarán una y mil veces con hipócritas exclamaciones de democracia y liberalismo, exactamente igual que hacían en sus orígenes, exactamente igual que hoy hacen partidos socialistas como el PSOE y Bildu.

En lo esencial, nunca han cambiado. Quieren el poder de conformar la sociedad a su gusto, como sea, y si entonces establecían alianzas tácticas con los republicanos ("conjuncionaban", en el argot de la época), no por ello perdieron nunca de vista su objetivo final, que era utilizar las libertades para acabar de una vez para siempre con ellas. Llevan más de cien años en el empeño y, en alguna feliz ocasión, hasta lo reconocen.

domingo, 10 de julio de 2011

Tres viejas mentiras

Consideremos un momento las siguientes afirmaciones:

1) Hay pobres porque hay ricos y viceversa.

2) Los políticos son títeres de los ricos.

3) Los servicios públicos reducen las desigualdades.

Las dos primeras pertenecen a la vulgata marxista; la tercera es el escolio socialdemócrata. Las tres tienen en común que son falsas. Lo argumento brevemente:

1) La riqueza procede del trabajo. Los países donde los gobiernos no interfieren demasiado en la laboriosidad de los habitantes, prosperan. La pobreza es una situación relativa. Un pobre de un país próspero vive mejor que una persona de clase media de un país menos rico. Y además tiene posibilidades reales de mejorar. Cuando los gobiernos se erigen en redistribuidores de la riqueza, mediante impuestos elevados, nacionalizaciones y todo tipo de medidas arbitrarias, la creación de riqueza se resiente, y por tanto la pobreza aumenta, tendiendo a perpetuarse en los mismos individuos.

2) El poder político procede de las ideas. No existe tiranía tan descarnada que no necesite, para persistir, que una parte significativa de la población crea en su legitimidad o al menos en su solidez. Incluso una dictadura militar requiere como mínimo el apoyo del ejército, y es harto dudoso que pudiera sostenerse solo con las bayonetas. Por supuesto, todo gobierno genera (o atrae a) sus propios ricos, pero afirmar que es una emanación de estos resulta tan problemático como la cándida doctrina opuesta, que lo identifica con el pueblo.

3) Los servicios públicos (sanidad, educación, etc) convierten a los pobres en dependientes de la administración. Los impuestos necesarios para sostenerlos reducen la creación de riqueza, y por tanto dificultan que más gente abandone la pobreza a lo largo de su vida. Por lo demás, al no estar sometidos a las leyes del mercado, son más ineficientes que los servicios privados a los que acceden los ricos; de modo que, más que disminuir las desigualdades, las perpetúan. Sin embargo, como los pobres temen perder incluso esos servicios públicos tan deficientes, generalmente optan por plegarse al chantaje y apoyar la retórica del Estado del bienestar.

La otra cosa en común que tienen estas afirmaciones es que son comúnmente creídas. Cada día podemos encontrar ejemplos en los medios de comunicación. Ayer el candidato socialista, Rubalcaba, reveló su fórmula mágica para acabar con el paro, consistente en que los bancos dediquen parte de sus beneficios a la creación de empleo. Es decir, la enésima versión de la afirmación 1, según la cual para disminuir la pobreza, hay que obligar a los ricos a repartir lo que tienen. (Esto, por cierto, lo dice quien hasta ayer pertenecía al gobierno que más dinero ha entregado a la banca.)

De la afirmación 2 tenemos un ejemplo entrañable en un artículo del comunista José Estrada, integrante en su día de la lista tarraconense de Iniciativa Internacionalista. Digo entrañable por el encomiable esfuerzo que realiza el hombre para componer oraciones en las que concuerden sujeto y predicado, aunque sin mucho éxito. Su escrito termina con este párrafo:

"Menos mal que, por fin, se comienza a tener conciencia, a nivel general, de que (como señalo al principio), los gobernantes son títeres en mano de los multimillonarios y banqueros, y que la democracia de ir a votar cada cuatro años, sólo sirve después para que se nos tome el pelo.”

Qué tiempos aquellos de la dictadura del proletariado, cuando los políticos no eran los títeres de los ricos: eran los mismos.

Por último, de la afirmación 3 tenemos un ejemplo en el artículo de Manuel Rivas, Haití y Dios, según el cual el país más pobre de América es un ejemplo del modelo al que aspira el “neoliberalismo”. Si los haitianos no tienen acceso a la educación y la sanidad, fuera de la ayuda internacional, es porque el 80 % está en manos privadas. Así que el problema de Haití no es que esté hundido en la miseria, sino que no tienen hospitales ni escuelas públicos. Algunos, ingenuamente podrían pensar que lo segundo es una consecuencia de lo primero, pero si así fuera, nuestro columnista nos diría que a su vez la culpa de la miseria la tiene el “neoliberalismo”. Y vaya usted a saber si el terremoto que asoló la isla el año pasado no lo provocaron los yanquis con sus malvados rayos telúricos.

Pero ¿qué pinta Dios en todo esto, se preguntarán? Nada. Era un truco de Rivas para llamar la atención de los lectores con el señuelo del anticlericalismo. Señal de que, a pesar de la machaconería de los medios, el anticapitalismo va atrayendo cada vez menos.

sábado, 2 de julio de 2011

De victoria en victoria

"ETA está más débil que nunca." (Zapatero)

"El gobierno está más fuerte que nunca." (José Blanco)

¿O era al revés?

Hay que tener la cara muy dura para repetir una y otra vez la primera de estas dos frases. Bien es verdad que no puede atribuirse solo al todavía presidente del gobierno, porque llevo escuchándola desde que tengo uso de razón. Cada vez que ETA perpetraba un atentado, el ministro del Interior de turno se creía obligado a repetir el mantra de que los terroristas se encontraban en fase terminal, "lo cual no significa que no puedan continuar matando", y todo el repertorio habitual de insultos a la inteligencia. A quien crea que esto sirve a efectos propagandísticos hay que decirle que hablar de ETA para afirmar cualquier cosa distinta de que sus miembros serán perseguidos, juzgados y encarcelados, solo sirve a sus intereses.

Pero sostener que ETA está en sus últimos momentos cuando su brazo político se ha apoderado de Guipúzcoa y más de cien municipios, entre ellos San Sebastián, revela un desprecio difícilmente igualable hacia el nivel intelectual de los ciudadanos. Es sencillamente tomarlos por subnormales profundos. Si para que la violencia termine es necesario entregarle el poder a los terroristas, podíamos habernos ahorrado más de ochocientos muertos cediendo a sus pretensiones hace muchos años.

Es tan tentadoramente fácil... Primero se regala el País Vasco a los criminales y se permite, cómo no, que el nuevo Estado se anexione Navarra. Después, claro está, vendrá Cataluña. Unas pocas bombas pueden ayudar a transmitir el mensaje. Por supuesto, Galicia sería la siguiente. Pero la cosa no tiene por que acabar aquí. Los islamistas (¿recuerdan? siguen ahí) algo saben también de terrorismo. En lo que quede de España (en adelante Al-Ándalus) será preciso implantar la ley islámica para derrotarlos. Todo sea por la Paz: Olvídense del jamón, del vino y del biquini en las playas. Llegados a este punto, el sucesor de Zapatero seguro que dirá que el fundamentalismo está más débil que nunca. Y los demás, definitivamente jodidos.

César Vidal y la mala fe

Hace un año se produjo en LD la polémica entre José María Marco y Pío Moa, en la cual intervino también Jiménez Losantos, a favor del primero. Hoy tenemos un nuevo rifirrafe, esta vez entre César Vidal y Moa.

En aquella primera polémica, en mi opinión no se interpretó correctamente la postura de Pío Moa. Él no atacó a la homosexualidad, sino al homosexualismo, que son cosas distintas. Lo primero es una conducta que desde el punto de vista liberal no puede ser objeto de persecución ni discriminación pública; lo segundo es una ideología que pretende transformar la sociedad (mediante coacciones administrativas e incluso penales) para imponer una determinada concepción sobre la homosexualidad.

La actual polémica se inicia, aparentemente, por otro artículo de Moa de título provocador: "Defender el franquismo". En realidad, se origina en escritos anteriores de este autor, en los cuales reivindica la figura de Felipe II frente a los tópicos que beben en la Leyenda Negra. César Vidal, en su condición de protestante, no puede evitar traslucir ciertos prejuicios anticatólicos, lo que le lleva a una crítica insidiosa de las opiniones de Moa, en la cual sus afirmaciones epatantes sobre el franquismo le vienen que ni pintadas para descalificarle.

Vidal puede tener una parte de razón en cuanto a que la mentalidad estatalista heredada del franquismo sigue pesando en la sociedad actual. También en su observación de una cierta tendencia anglófoba de Moa. Pero su crítica sistemáticamente tergiversa la tesis de este, que evidentemente no afirma que Franco fuera liberal, sino que su régimen, en la práctica, lo fue mucho más que cualquier sistema totalitario fascista (en el pleno sentido del término) o socialista, y que estableció las bases de la democracia actual. A mí esto me parece una obviedad, que se aprecia por el hecho de que los grandes protagonistas de la transición fueron personajes procedentes del franquismo, como Juan Carlos, Suárez, Fraga y muchos otros.

Por lo demás, Moa replica con acierto que, pese al proteccionismo social del régimen, en los años sesenta se consiguió el pleno empleo. Responsabilizar al franquismo de los defectos estructurales de nuestro mercado laboral es una media verdad algo perezosa. Vidal no hace más que darle la razón a Moa en su contrarréplica, cuando pretende seguir sosteniendo su postura afirmando que el pleno empleo fue debido a la emigración, la escasa incorporación de la mujer al trabajo remunerado y la "liberalización" impulsada por el Plan de Estabilización. Salvo lo segundo (que por lo demás se daba en mayor o menor grado en todo el mundo, hace unas décadas), se trata precisamente de la clase de aspectos liberales que diferenciaban al franquismo de otra clase de dictaduras, como las de Europa Oriental. A ver qué alemán del Este podía irse a trabajar a Occidente y regresar sin problemas al cabo de unos años, como hicieron tantos españoles.

Un inciso. No comparto todas las opiniones de Pío Moa, especialmente su animadversión hacia el principal partido de derechas, el PP, por considerarlo parte del sistema. Curiosamente, aunque por razones opuestas, esta descalificación coincide con el mensaje de los "indignados". Pero no se aparta demasiado de la línea editorial de LD, que en los últimos años ha pasado de la acusación casi cariñosa de maricomplejinismo al ejercicio de una oposición frontal contra Rajoy. No se trata solo de Jiménez Losantos. Luis del Pino, en su programa de los fines de semana, llega hasta el extremo de presentar al PP como cómplice del PSOE en la presencia de Bildu en las instituciones, lo cual es una injusticia inaceptable: El PP es el único partido en el País Vasco que no ha permitido, ni directa ni indirectamente, que los proetarras obtengan ningún cargo político. (Fin del inciso.)

Hace tiempo que no escucho a César Vidal, y desde luego las formas empleadas en esta polémica me disuaden de volverlo a hacer. Abochorna que se finja dolido por las opiniones de Moa sobre la homosexualidad, cuando él invitó a su programa a un psiquiatra que mantiene que esta inclinación es una enfermedad, y prescindió de una colaboradora de su sección cultural al día siguiente de que esta hiciera una reseña de la película Brokeback Mountain, en la cual no cargaba con suficiente ferocidad contra ella, aunque no la elogiara precisamente.

Lo que ya produce grima es, aparte de su pedantería, el juego sucio de Vidal. Primero, haciéndose la víctima al recordar el episodio de la polémica anterior, que terminó con la salida de Marco de LD, como si hubiera sido por culpa de Moa. Y esto lo dice quien tiene muertos en el armario como Girauta. Y segundo, sugiriendo, como quien no quiere la cosa, connivencias de Moa con el antisemitismo, especie que no se sostiene ni un minuto. Hay que tener mala fe para utilizar semejantes procedimientos, y desgraciadamente parece que de ello se trata en este caso.

Para seguir la polémica hasta este momento:

Primera acotación a Pío Moa
Segunda acotación a Pío Moa
Tercera acotación a Pío Moa
César Vidal intenta refutarme
Segunda respuesta a César Vidal
Tercera respuesta a César Vidal (I)
Errores metodológicos de César Vidal (II)
Errores de hecho de César Vidal (y III)
Moa, me decepciona
¿Es liberal César Vidal?

domingo, 26 de junio de 2011

La infalibilidad climática

En los últimos cien años, la temperatura global ha aumentado 0,7 grados centígrados. Según algunos científicos, la causa de este incremento se halla en las emisiones industriales de CO2. De aquí infieren que, salvo que se restringieran severamente estas emisiones, el calor seguirá aumentando, lo cual puede llegar a tener efectos catastróficos (elevación del nivel del mar, desertización, mayor frecuencia de tormentas, huracanes, etc).

En adelante, para abreviar, uso la expresión abreviada cambio climático para referirme a la teoría sobre las causas, la tendencia y los efectos del aumento de temperatura, no al mero hecho de este. Dicha teoría, como cualquier otra, puede ser verdadera o falsa. Personalmente creo que es lo segundo; entre otras razones, porque en los últimos diez años, pese al incremento del CO2, el calentamiento se ha estancado. Pero en cualquier caso, pretender que una teoría es indiscutible, tachar de negacionistas a quienes discrepan de ella e incluso sugerir que se debería legislar penalmente contra ellos, es una actitud anticientífica y dictatorial. Lo cual no se contradice con que muchos científicos, generosamente subvencionados, tengan un interés material directo en sostener la verdad oficial.

Lo que más contribuye a este clima dogmático e inquisitorial no son tanto las exposiciones directas como la lluvia fina de infinidad de artículos y reportajes que, de manera automática (es decir, acrítica), atribuyen al cambio climático los más variados fenómenos adversos, favoreciendo una mentalidad de histeria colectiva. No hay un solo día en que algún periódico o alguna televisión no haga alusión al cambio climático para referirse a la extinción de una especie, una sequía en algún lugar del planeta o una tormenta tropical.

Por poner un ejemplo entre miles, un reciente artículo de El País titulado "Un parásito que ataca el hígado afecta a 400 personas en España" se acompaña con el subtítulo: "La fasciolasis, casi desconocida en Europa, se dispara ahora por el cambio climático". De aquí a sugerir, como en realidad ya se ha hecho, que el cambio climático provocará la llegada al mundo desarrollado de enfermedades tropicales, hay un paso muy pequeño. Pero incluso aunque el cambio climático fuera cierto, habría mucho que hablar antes de incluir entre sus efectos cualquier cosa que se nos ocurra. Para ser atacado por el parásito en cuestión es condición indispensable comer berros silvestres. ¿Quién sabe si la moda de alimentos naturales no ha podido influir en un aumento del número de personas que consumen esos vegetales? 400 afectados por la fasciolasis en una población de 47 millones de habitantes es una cifra tan pequeña que las causas podrían ser muy diversas, incluyendo el mero azar. Esto recuerda cuando las autoridades de Tráfico se atribuyen el mérito de que un fin de semana hayan muerto seis personas menos que el mismo fin de semana del año anterior. El sentido común nos dice que pueden haber concurrido muchos otros factores; quizás salieron menos coches por la crisis económica, el mal tiempo o porque había un partido de fútbol televisado importante; quizás los accidentes ocurrieron cerca de hospitales más preparados; puede que simplemente fuera suerte.

Sin embargo, un investigador del nuevo (e imaginamos que flamante) centro de la OMS en Valencia, consultado por el articulista, se decanta por la explicación del cambio climático, que en su opinión favorece la proliferación de un caracol de agua dulce que transmite la fasciola a los vegetales acuáticos. Como hipótesis, puede ser tan válida como cualquier otra, pero es difícil no sospechar que, cuando hay tan jugosas subvenciones en juego, el interés por la contrastación de las hipótesis (que es lo que caracteriza a la ciencia, o eso creíamos) pasa a un segundo plano.

Como sostiene Nassim N. Taleb en El cisne negro, nuestra sociedad está dominada por la superstición de que existen unos supuestos "expertos" en determinados campos, como la economía o el clima (1), capaces de hacer predicciones, de manera análoga a como los astrónomos predicen los eclipses. Se trata de uno de los mayores fraudes intelectuales de nuestro tiempo, como lo demuestra el vasto cementerio de las predicciones pasadas, erróneas en su abrumadora mayoría. Aún así, la patulea de los engreídos "expertos" y sus divulgadores periodísticos se empeñan cada día en desacreditar a los escépticos, como si fueran estos la encarnación del oscurantismo y no al revés.

Son muchos los factores que pueden influir en la temperatura global, aparte del CO2. Quizás uno de los más deliciosamente paradójicos sea el descenso de la contaminación por partículas pesadas que contribuyen a velar el sol y por tanto a enfriar la atmósfera, como apuntan Levitt y Dubner en Superfreakonomics (2). ¡Un aire más limpio podría haber acelerado el calentamiento global en los últimos años! Esta complejidad hace que "sea muy difícil predecir el futuro climático. En comparación, los modelos de riesgo utilizados por las modernas instituciones financieras parecen muy fiables..." (3) (y ya sabemos lo bien que previeron la crisis económica del 2007). Pero a pesar de la manifiesta incertidumbre que rodea todo el asunto, los gurús del cambio climático pretenden que la humanidad reduzca su crecimiento, desviando ingentes recursos a restricciones del CO2 que ni siquiera es seguro que vayan a servir de algo, y condenando de esta manera a millones de personas de países en desarrollo a no salir de la miseria.

Lo que mueve esta histeria colectiva no es más que la tentación totalitaria de los gobiernos, organismos internacionales e intelectuales por intervenir en las vidas de los individuos. Uno de sus mayores pretextos es la distribución de la riqueza, pero cada vez más será la salvación del planeta, lo que permite criminalizar sin ningún pudor a los opositores o discrepantes que obstaculizan tan noble empeño.

Si alguien necesita un indicio serio de que las políticas de reducción de CO2 son meros pretextos para incrementar los controles gubernamentales sobre el sector privado, lo podrá encontrar en el libro citado anteriormente, Superfreakonomics (secuela del exitoso Freakonomics.) Enfriar la atmósfera del planeta podría lograrse en muy poco tiempo con una inversión menor que lo que gasta la fundación de Al Gore en difundir su religión climática. Bastaría con lanzar a la estratosfera 100.000 toneladas de dióxido de azufre al año. Nadie se asuste, esto supone el 0,05 % de lo que emiten los volcanes, los vehículos a motor y las centrales térmicas que usan carbón. Podría hacerse con una simple manguera de solo 5 cm de diámetro, por 30 kilómetros de altura, sostenida por globos de helio. Aunque parezca una bomberada, el proyecto ha sido propuesto seriamente, con todo lujo de detalles, por la empresa de ingeniería que ha inventado el láser para matar al mosquito de la malaria. Y su coste, comparado con el del Protocolo de Kyoto, es irrisorio. Lo bueno es que tienen proyectos alternativos, alguno de ellos tan original como aumentar la producción de nubes sobre el océano mediante una flota de veleros de fibra de vidrio que incrementen la producción de espuma marina. También han calculado los costes, por supuesto mucho más baratos que la restricción de las emisiones de CO2 y el retraso consiguiente impuesto al Tercer Mundo. (3)

La ventaja de estas ideas, además de su bajo coste, es que se pueden poner en práctica en muy poco tiempo, con resultados casi inmediatos, porque en lugar de contrarrestar unas hipotéticas e inciertas causas del calentamiento, lo que hacen es provocar un enfriamiento compensatorio de manera directa, fácilmente verificable, y que en cualquier momento puede interrumpirse o graduarse. Sin embargo, no interesan a los gobiernos ni a todos los que viven de la lucha contra el cambio climático porque se les acabarían el negocio y los pretextos. Ellos lo que quieren es salvarnos, y para ello es necesario que los creamos ciegamente, sin asomo del espíritu crítico del que tanto se enorgullece nuestra civilización. Como dice Taleb, y con ello concluyo:

"Me irritan muy a menudo aquellos que atacan al obispo pero de algún modo confían en el analista de inversiones, aquellos que ejercen su escepticismo contra la religión pero no contra los economistas, los científicos sociales y los falsos estadísticos. [A los que añadiría, los "expertos" climáticos.] (...) Estas personas nos dicen que la religión fue horrible para la humanidad (...) pero no nos dicen cuántas fueron las víctimas del nacionalismo, de la ciencia social y de la teoría política en el régimen estalinista o durante la guerra de Vietnam. [Ni los costes para millones de seres humanos de no poder utilizar libremente energías baratas como el carbón.] (...) Ya no creemos en la infalibilidad papal; pero parece que creemos en la infalibilidad del Nobel." (4)
___________
(1) Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008, pág. 384.
(2) Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Superfreakonomics. Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida, Random House Mondadori, 2010, pág. 223.
(3) Levitt y Dubner, ob. cit, págs. 206-207.
(4) N. N. Taleb, ob. cit., pág. 389.

sábado, 25 de junio de 2011

Laicismo orwelliano

"La presencia de capillas en las universidades públicas constituye, a mi juicio, una sacralización del espacio docente laico, un atentado contra la autonomía universitaria, una muestra del control que sigue ejerciendo la Iglesia católica en el terreno de la ciencia y de la docencia, y una censura religiosa del pensamiento crítico y libre."

Estas sandeces, aunque parezca mentira, las escribe un teólogo. Bien es verdad que se trata de Juan José Tamayo, personaje que se distingue por sus diatribas contra Ratzinger y contra el anterior papa, y sus simpatías por el movimiento antiglobalización y la teología de la liberación. Pero centrémonos en su último escrito.

"Sacralización del espacio docente laico". Según sostiene Tamayo, España todavía no ha llevado a cabo la transición religiosa a un Estado laico. Esto es difícilmente cuestionable, salvo por la palabra "todavía", que implícitamente va más allá del hecho, sugiriendo una prescripción: Que esa transición debería hacerse. Es su respetable opinión, pero, como él mismo reconoce, la Constitución no la avala. El modelo español de relaciones entre Iglesia católica y Estado es un caso particular, que a unos podrá gustar más y a otros menos, pudiendo reformarse mediante los correspondientes procedimientos legales y democráticos. Dar por sentado que se trata de una anomalía, elevando una opinión personal a categoría de hecho, revela una escasa pulcritud intelectual.

"Atentado contra la autonomía universitaria". Esto es un ejemplo antológico de inversión de la realidad. Como el mismo Tamayo nos recuerda, la universidad Carlos III, en un ejercicio claro de autonomía, no admite capillas en sus recintos. Y lo que propone es que las otras universidades no puedan ejercer la suya para permitirlas. Por si no ha quedado meridianamente claro: ¡el "atentado contra la autonomía universitaria" es real, y lo quieren perpetrar los laicistas!

"Control que sigue ejerciendo la Iglesia católica en el terreno de la ciencia y de la docencia." Esto ya es de risa. ¿De verdad alguien cree que hoy en día la Iglesia controla la ciencia y la enseñanza? Se nos dirá que hay colegios y universidades religiosos, que existen think tanks y grupos de presión religiosos... Claro, como los hay laicistas y ateos. ¿O es que los católicos van a ser los únicos que no van a poder ejercer la docencia, la investigación o la mera libertad de expresión? ¿Quién es aquí el que quiere controlarlo absolutamente todo, sin que nada escape a su intervención, si no es el laicismo radical?

"Censura religiosa del pensamiento crítico y libre". Claro, pasa un estudiante atemorizado delante de la capilla, y automáticamente ya no se atreve a pensar con libertad, pobrecito. ¿Se pueden decir más gilipolleces en un solo párrafo?

El artículo empezaba saludando con entusiasmo la elección de José Carrillo como rector de la Complutense, el cual, en relación con el asunto de las capillas en las universidades, ha asegurado que el problema de fondo es de libertad religiosa. Y efectivamente, tiene toda la razón, aunque en el sentido exactamente opuesto al que pretende, que prohibiendo las capillas habrá más libertad y no menos. (Como diría Orwell: "La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud", etc.)

Sin embargo, Tamayo disiente en esto del nuevo rector, pues según él en realidad no se trata tanto de la libertad como de la igualdad religiosa. Es decir, si lo he entendido bien, para que no haya agravios comparativos, en la universidad no se debe poder celebrar ningún culto religioso, sea católico, judío, islámico, evangélico o mormón. Desde luego, es una manera de ver la igualdad muy propia de la izquierda. Todos iguales en la miseria y en la esclavitud, excepto los que mandan (en este caso, ateos y agnósticos) que como ya dijo el escritor citado, "son más iguales que otros".

viernes, 24 de junio de 2011

La ideología del No pasa nada

Hace varios años, una conocida marca de tampones higiénicos puso en marcha una campaña publicitaria basada en el eslogan "No pasa nada". La evidente intención era intentar influir en los hábitos de las españolas, más acostumbradas a las tradicionales compresas. Para ello mostraban a chicas que transmitían sensación de despreocupación y comodidad mientras se suponía que utilizaban el producto de la compañía anunciante. "No pasa nada", proclamaban con expresión de (casi sospechosa) radiante felicidad.

Este lema resume a la perfección la táctica de la izquierda contra quienes desconfían de sus propósitos y de sus métodos. Si alguien se escandaliza por la llegada al poder del brazo político de ETA, los voceros del PSOE, principal culpable de que hayamos llegado a esta situación, tratarán de ridiculizar las críticas, asegurando que todo se enmarca dentro de la normalidad democrática. Si alguien cuestiona que sea indiferente que los niños sean criados por sus padres biológicos o por un "modelo alternativo de familia", se le ridiculiza también, caricaturizándolo como un personaje desfasado e incluso atrabiliario, que se empeña en buscar problemas donde no los hay. Si alguien protesta por que niñas de dieciséis años puedan abortar legalmente sin alegar ningún motivo, y sin que ni siquiera sus padres tengan conocimiento de ello... En fin, se le replicará: ¡No pasa nada!

La concepción del mundo subyacente a esta alegre despreocupación, para la cual nada es realmente grave, nada es sagrado, es fácil de resumir: Somos un accidente de la materia, y por tanto el que las cosas se juzguen de un modo u otro es puramente subjetivo, opinable, discutido y discutible. En última instancia, es literalmente cierto que nunca pasa nada nuevo, porque todo es reducible a movimientos de átomos en el vacío (sustitúyase el viejo dogma epicúreo por la más reciente formulación de la física).

Esto no significa que la coherencia con esta ideología sea habitual. Los mismos que ven natural negociar con organizaciones terroristas son proclives a las demostraciones de indignación moral cuando las víctimas caen del lado políticamente correcto; verbigracia, en Palestina. Quienes defienden el aborto como un "derecho" de la mujer acostumbran a ser contrarios a la pena de muerte, cuestión en la cual presumen de una exquisita consciencia ética.

Entendámonos: quienes sin cesar proclaman que no pasa nada, en la práctica se arrogan la facultad ilimitada de decidir cuándo pasa algo y cuándo no. Nada tiene importancia hasta que les convenga que la tiene. Cualquier cosa puede ser clasificada dentro de la normalidad, siempre y cuando sean ellos quienes definan qué es lo normal. Acto seguido, lo que procede es reírse de aquellos a los que ciertas cosas nunca nos parecerán normales, para poco a poco ir transformando las mentalidades, los hábitos, las costumbres, creando así una nueva normalidad. La ingeniería social pasa necesariamente por el no pasa nada. Antes de eliminar las "vidas inútiles" mediante la eutanasia estatalizada, se necesita una labor de "sensibilización" (como ahora se llama a la propaganda), de desacralización de la dignidad humana; de restar seriedad a las cuestiones más trascendentes, convirtiendo lo que son graves decisiones en meras opciones burocráticas.

Contra el No pasa nada, debemos ser rotundos: Sí pasa algo, no da todo igual, no es normal que los terroristas lleguen a alcaldes; no es normal abortar; no es normal que los médicos maten; no es normal que en la escuela se hable de los derechos humanos y en lugar de mencionar los países donde estos son violados de manera tan brutal como cotidiana, se inculque que la democracia formal occidental es poco menos que un engaño. No es normal que las mujeres vayan tapadas de pies a cabeza, ni aquí ni en Afganistán, salvo si definimos la normalidad en un sentido meramente estadístico. Claro, en función del punto de vista geográfico o cultural, todo puede ser normal, desde el asesinato con arma de fuego hasta la ablación del clítoris. No me sorprendería que las abuelas somalíes también sostengan algo parecido: Total, una pequeña intervención; pero si no pasa nada.

lunes, 13 de junio de 2011

El mapa de la infamia


Este es el mapa de los ayuntamientos del País Vasco que en adelante tendrán un alcalde de Bildu, el brazo político de ETA. Lo he elaborado partiendo de informaciones de varios medios, que me han permitido identificar 102 municipios. Quizás falte alguno, que incluiré en cuanto me entere. A estos habría que añadir 17 ayuntamientos de Navarra que también han caído en manos de los mismos filoterroristas de extrema izquierda. (No aparecen en este mapa porque aquí no hacemos el juego a los anexionistas.)

Los culpables de este desastre sin paliativos son el gobierno Zapatero-Rubalcaba, el Tribunal Constitucional, el PNV y, por supuesto, los más de trescientos mil pedazo de bestias que han votado a estos sujetos, y viceversa. Digamos las cosas claras, porque mientras nos entretenemos con eufemismos, este país se está yendo a la mierda. Estamos arruinados, estamos a la cabeza de Europa y del mundo en legislación antiliberal, en abortos y déficit de natalidad y, por si fuera poco, permitimos que los terroristas gobiernen en más de un centenar de municipios. Y a esto lo llamamos progresismo, mientras clasificamos como ultraderechistas a quienes denuncian la situación. Peor aún, el movimiento de los "indignados", inspirado en el best-seller de Stéphane Hessel, se manifiesta a favor de más socialismo (la ideología del PSOE y de Bildu), boicotea las tomas de posesión de los alcaldes del PP y ni por asomo reclama elecciones anticipadas.

La única salida a esta pesadilla es la democracia, no esa mamarrachada chavista de la "democracia real" que reclamaban los acampados de la Puerta del Sol, sino la única democracia que existe: Algo tan simple como echar a un gobierno con los votos. Y cuanto antes.

sábado, 11 de junio de 2011

Fábula

Hace mucho tiempo, existió un príncipe cuyas ideas de gobierno se basaban en los principios de la Uniformidad, la Simetría, la Lógica y la Utilidad. Este príncipe creía que las costumbres y leyes tradicionales estaban en general reñidas con tales principios, de ahí que emprendió una serie de reformas que abolían los usos antiguos con el fin de inaugurar una nueva Era Racional.

El príncipe estableció la semana decimal, que constaba de diez días. Su razonamiento fue que mientras el número 7 era primo, no divisible por ningún otro número menor salvo la unidad, el 10 permitía dos maneras de agrupación de la semana por períodos iguales. Algunos críticos arguyeron que este cambio había sido concebido deliberadamente para importunar a las personas religiosas, que apelaban a la autoridad del Libro Sagrado para seguir manteniendo la semana tradicional. A lo que el príncipe respondió:

-No toleraré que los sacerdotes sigan oprimiendo al pueblo.

Hubo también quien mostró la inconveniencia de un año compuesto de 36 semanas y media. Y se inició entonces un debate acerca de si no sería mejor un año de 370 días, o incluso de 400, con 40 semanas. Si bien es verdad que ello requeriría una serie de complejos ajustes, para no trastornar las fechas de las siembras y las cosechas, la polémica se alargó durante mucho tiempo, con brillantes aportaciones de partidarios y detractores.

Entretanto, la pobreza no cesaba de aumentar en todo el país, porque el príncipe no estaba interesado en los asuntos económicos, cuyo análisis definitivo, según los principios de la Simetría y la Lógica, aplazaba indefinidamente.

El príncipe también quiso reformar el matrimonio, de manera que no solo pudieran casarse las mujeres con los hombres, sino un hombre con otro hombre, y una mujer con otra mujer. Su razonamiento era que no tenía sentido una institución basada en un criterio biológico, que no había sido diseñado según los principios de la Simetría ni la Utilidad. De nuevo surgieron los críticos contumaces, que enarbolaban textos sagrados, y los defensores de la medida, según los cuales venía siendo reclamada por muchos. Los más audaces, incluso, se preguntaron por qué el matrimonio debía limitarse a solo dos personas, y no tres o más. Incluso se planteó por qué no podía ser toda la sociedad un gran matrimonio, en el que los niños fueran criados colectivamente, sin egoístas reivindicaciones de paternidad o maternidad.

Entretanto, la pobreza iba en aumento, porque a pesar de las dificultades, el príncipe seguía adelante con la gravosa construcción de la Academia de la Simetría, subordinada a la Alta Autoridad Simétrica; uno de sus proyectos más queridos, con el que pretendía reunir a los lógicos y gramáticos más afamados del orbe.

Cuentan que el descontento popular obligó al príncipe a abdicar, y que sus reformas fueron poco a poco siendo abandonadas, al tiempo que regresaban los tiempos de prosperidad. Pero el príncipe sigue teniendo sus admiradores, que recuerdan con nostalgia los relojes de diez horas, la gramática sin normas (que solo prohibía las expresiones de descontento y el proselitismo religioso) y los libros en blanco, en los que cada cual podía libremente imaginar el texto que quisiera, a condición de que no fomentara la desobediencia a las leyes del principado.

domingo, 5 de junio de 2011

El espantapájaros franquista

Cerca del 90 % de los españoles ya ha vivido más tiempo en democracia que bajo la dictadura franquista; faltan pocos años para que sea el 100 %. Más del 60 % nació después de la muerte de Franco, o bien no gozaba todavía de uso de razón cuando esta se produjo. Ello no es obstáculo para que el discurso político del PSOE siga identificando habitualmente a la derecha con el régimen político anterior, poniendo en duda su pedigrí democrático. Esta práctica insidiosa procede, curiosamente, de un partido político que desde sus orígenes, y hasta poco antes de la muerte de Franco, defendió la dictadura del proletariado; que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera; que intentó implantar por la fuerza de las armas una dictadura en 1934 y que durante los cuarenta años de dictadura franquista apenas dio señales de vida. Por lo demás, muchos altos cargos del PSOE y personalidades afines son hijos de miembros del régimen de Franco, cosa absolutamente normal, pero que se opone a cualquier tentación de extraer conclusiones generales de circunstancias similares, en relación con militantes del PP.

La izquierda siempre ha pretendido monopolizar la democracia, como si fuera invención suya, o peor aún, como si fuera su propiedad. En esto consistió el drama de la República, que terminó en la guerra civil. Pero la izquierda se niega a aprender. Ella sigue adjudicándose la prerrogativa de definir qué se entiende por "derecha democrática", es decir, aquella que asume lo esencial de la cosmovisión de izquierdas, y solo se permite algún leve matiz diferenciador en la política económica. Una cierta derecha oportunista se presta encantada a este vasallaje, coquetea con el ecologismo, el feminismo y la socialdemocracia, colaborando así en la exclusión de la vulgar ultraderecha, que se atreve a cuestionar los ídolos de la tribu políticamente correcta: Son esas personas incómodas que se pronuncian en contra del aborto, a favor de la familia tradicional, ponen en duda el cambio climático y hablan sin melindres "sociales" a favor de la propiedad privada y el libre mercado.

Ahora bien, la posición que se adopte en esos temas, sea cual sea, no es en sí misma democrática ni lo contrario. Los pro vida, por ser tales, no son más demócratas que los pro abortistas, ni viceversa. Los escépticos climáticos no son ni más ni menos demócratas que quienes creen a pies juntillas que en la última tormenta tropical tiene algo que ver el CO2 emitido por la industria. La única manera inequívoca de poder desprestigiar al contrario con la acusación más o menos velada de autoritario (facha), es relacionarlo con un período histórico concreto. Y aquí es donde la izquierda española goza de una indudable ventaja. En España hubo una dictadura de derechas durante cuarenta años. En cambio, la única dictadura de izquierdas duró solo de 1936 a 1939, en los territorios dominados por el Frente Popular durante la guerra civil. Y la izquierda ni siquiera reconoce que fuera una dictadura. Es por tanto mucho más fácil relacionar a la derecha con el autoritarismo, que no a la izquierda. Franco es aún un espantapájaros utilísimo.

Ante esto, el error típico de la derecha es "mirar al futuro", como si le conviniera que olvidemos el pasado. En realidad, lo que debería hacer es recordar siempre que sea oportuno cómo surgió la dictadura de Franco, que no fue más que una reacción contra una dictadura de izquierdas en ciernes. Esto es algo muy distinto de justificar el franquismo. Precisamente porque todas las dictaduras son aborrecibles, debemos estar prevenidos contra los milenarismos que acaban conduciendo a regímenes autoritarios o totalitarios, qué más da si de forma directa o indirecta. Bien es verdad que durante el siglo XX, las dictaduras más largas y sangrientas han sido predominantemente de izquierdas. La historia es en sí misma la refutación de la idea según la cual la izquierda, a diferencia de la derecha, es intrínsecamente democrática.

miércoles, 1 de junio de 2011

Rubalpásalo

En 2004 el PP perdió unas elecciones que tenía ganadas porque muchos españoles creyeron que los terroristas islamistas nos perdonarían la vida (no cometerían otro 11-M) si castigábamos en las urnas la foto de las Azores. En 2012, o en otoño de este año, el PP podría también, contra todo pronóstico, perder las elecciones. Bastaría con que tres días antes de los comicios, ETA anunciara la entrega de las armas... Por supuesto, con el mensaje implícito de que su gesto solo sería efectivo e irreversible si votamos la opción correcta, la del gobierno que habría conseguido la "paz".

Excuso decirlo: no sé si ocurrirá exactamente de esta forma. Pero de lo que no tengo duda es que el PSOE de Rubalpásalo y ETA comprenden perfectamente la necesidad de algún tipo de golpe de efecto espectacular. Y lo que me desasosiega no es tanto la posibilidad en sí (con ser desastrosa) de que Rubalpásalo ganara las elecciones, sino que una mayoría de españoles fuera capaz de doblegarse por segunda vez ante el terrorismo.

Un tipo que se defiende de graves acusaciones (caso Faisán) haciendo un mal chiste con el estribillo de una canción, no demuestra mucha inteligencia ni brillantez. Si por un minuto ha pasado por poseedor de tales atributos, es porque en este país hay demasiados lameculos, demasiados sujetos dispuestos a reírle las gracias al poderoso. Rubalpásalo es nefasto, de acuerdo, pero mediocre. Los que por desgracia no son mediocres son quienes planearon el 11-M y los dirigentes de ETA. Y siete años después de aquella masacre, seguimos sin saber quiénes son los primeros, y sin haber derrotado a los segundos, que incluso se presentan con gran éxito a las elecciones locales. Pero todavía hay gente tan babosamente servil que apunta no sé qué logros de la lucha antiterrorista en el haber de Rubalpásalo, como hoy leía en un periódico provincial. Si mucha de la opinión publicada refleja verdaderamente la opinión pública, es para preocuparse.