Creo que así resulta más explicativo el lema de la manifestación de hoy, convocada por los sindicatos y amenizada por diversos representantes de la cultura oficialista, como Pilar Bardem y el tipejo ese tan admirado por Gallardón que realizó un videomontaje contra Hermann Tertsch, poco antes de que el periodista fuera agredido cobardemente por la espalda.
Desde luego, es intolerable que haya quien pretenda aprovecharse de la crisis. Los únicos legitimados para hacerlo son el PSOE, CC.OO, UGT y el Sindicato de la Ceja. El primero, para poder imponer a la sociedad española el proyecto intervencionista y despilfarrador de Rodríguez Zapatero; los demás para que puedan seguir viviendo del cuento, cobrando subvenciones multimillonarias, perpetrando bodrios que la mayoría no queremos ver ni en un DVD de oferta, y actuando como mamporreros agradecidos del gobierno. Todo ello, excuso decirlo, a cargo de ustedes y yo.
Se da, pues, la paradoja de que, quienes más se están beneficiando política y económicamente de la crisis, salen a la calle a protestar contra uno de los grupos que más está sufriendo sus consecuencias, los empresarios. Por si fuera poco, los convocantes se aferran a políticas regulatorias que dificultan la creación de empleo, o lo que es lo mismo, dificultan la mejora de las condiciones laborales de quienes aún conservan su puesto de trabajo, ese bien que las organizaciones sindicales contribuyen denodadamente a hacer tan escaso.
¿Para cuándo una manifestación de trabajadores (asalariados, autónomos y empresarios) contra la casta de vividores y gentuza que soportamos con nuestros impuestos?
sábado, 12 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
El Dogma Básico de la sabiduría convencional
Hace medio siglo, John Kenneth Galbraith acuñó la expresión "sabiduría convencional" para referirse a aquel conjunto de ideas que han alcanzado la máxima aceptabilidad social en un determinado momento, incluso aunque los hechos se empeñen en contradecirlas. El economista norteamericano consideraba, en su famoso libro La sociedad opulenta (1958), que después de la segunda guerra mundial, la sabiduría convencional en los Estados Unidos era el resultado de una extraña amalgama de liberalismo clásico y keynesianismo. Él mismo -reconocía- había sido un keynesiano fervoroso, hasta que llegó a la conclusión de que los seguidores de Lord Keynes mantenían una especie de pacto no escrito con los defensores del mercado: Estos cedían ante la expansión del déficit (en el contexto del gasto defensivo que demandaba la guerra fría), y aquellos no exigían subidas de impuestos ni incrementos del gasto social o medioambiental, coincidiendo ambos en la veneración del crecimiento económico.
Galbraith, como buen socialista, pensaba que el renacimiento del mercado en la posguerra era un error, la clase de discurso que la gente (sobre todo si es adinerada) gusta de escuchar porque le permite seguir disfrutando de bajos impuestos, cerrando los ojos ante el riesgo de que los desequilibrios supuestamente provocados por el mercado acaben minando su propia prosperidad. Más tarde incluso confesó que el lanzamiento del Sputnik soviético le había animado a publicar su libro, al interpretar el acontecimiento como una demostración de que el modelo norteamericano, basado en la libre empresa y el gobierno limitado, no tenía tantas razones para la autocomplacencia. De este modo, con un estilo no exento de brillantez, Galbraith se constituía en realidad en un divulgador de la nueva sabiduría convencional socialdemócrata, un abogado de la "buena disposición para establecer impuestos y para pagarlos", y de las regulaciones económicas y medioambientales.
En efecto, hoy la sabiduría convencional coincide mucho más con las propias ideas de Galbraith que no con las que él criticaba. Equivale en gran medida a eso que yo he llamado (véase la cabecera de este blog) "paradigma seudoprogresista", aludiendo a Kuhn. Sin embargo, la expresión del economista posee la virtud de referirse con más propiedad a ese conjunto de extendidas creencias que abrigan incluso las masas más ignorantes o indiferentes. Es "lo que todo el mundo dice", aquello que la mayoría de personas, de todos los niveles culturales, leerá o escuchará en los medios de comunicación o en las tertulias de bar, sin ponerlo en duda ni por instante. Es más, sin que se le ocurra siquiera esa posibilidad, como ante proposiciones del tipo "la Tierra es redonda" o "el agua del mar es salada".
La característica fundamental de la sabiduría convencional es que nace como una interpretación culta de los hechos, y acaba sustituyéndolos. De ahí que sea adoptada masivamente, porque la mente humana necesita mucho menos esfuerzo para tratar con interpretaciones (simplificaciones) de la realidad, que no con la realidad misma. Cada momento histórico tiene su propia sabiduría convencional, que es abandonada, no cuando los hechos la contradicen flagrantemente (aunque eso acaba ayudando) sino cuando aparece una nueva interpretación, un nuevo paradigma lo suficientemente sugestivo y fácilmente popularizable.
El Dogma Básico de la sabiduría convencional actual (en adelante, DB) es desde luego muy fácil de comprender, incluso por la mente más obtusa, y tiene además la capacidad de halagar nuestra buena consciencia haciendo que nos sintamos un poco mal a ratos, y de manera perfectamente controlada y soportable. Cuánta probreza hay en el mundo... Qué verguënza que nadie haga nada... Cada vez está todo más contaminado... De seguir así, nos cargaremos el planeta... Son expresiones que parafrasean al DB, que podría fijarse aproximadamente así:
En el mundo cada vez hay más pobreza, y el medio ambiente se deteriora de manera creciente, por culpa de la acción humana descontrolada.
Por supuesto, el DB es completamente falso: No se corresponde en absoluto con los hechos. En el mundo, durante las últimas décadas, el número de pobres no ha dejado de disminuir, y las economías desarrolladas cada vez son menos agresivas con el medio ambiente, se reducen más los niveles de polución y se produce un aprovechamiento más eficaz de las materias primas, no sólo ni principalmente por el reciclaje, sino sobre todo por las innovaciones tecnológicas. Estos son hechos que, con las lógicas diferencias y excepciones locales, están ahí, y podemos conocerlos a través de las publicaciones estadísticas oficiales, y de los expertos que saben moverse entre la selva de los datos para ofrecérnoslos a los ignaros. Para limitarme sólo a un par de ejemplos muy conocidos, mencionaré el libro de Johan Norberg, En defensa del capitalismo global, para el aspecto económico, y el blog de Antón Uriarte, CO2, principalmente centrado en el cambio climático.
Pero como he dicho, informarse sin esquemas preconcebidos requiere un esfuerzo considerable. Es mucho más fácil, y por ello es lo que hacemos casi todos, seleccionar los hechos que confirman nuestro marco teórico previo e ignorar, olvidar o desacreditar aquellos que nos desconciertan momentáneamente porque no encajan en él. Y esta es una tendencia que puede observarse, en diferentes grados, tanto en el lector común de periódicos (que empieza ya, a menudo, por serlo de uno solo, el que más se ajusta a su manera de pensar) como en los avezados científicos (y descarados manipuladores) del CRU británico.
Existe además una razón específica por la cual el DB es especialmente difícil de combatir. Cuando uno niega que en general cada vez haya más pobres, o que la situación medioambiental, globalmente considerarada, se agrave año tras año, es difícil no provocar la sensación de ser una persona insensible ante las injusticias y los desastres ecológicos que, quién lo niega, se producen en el mundo. Y viceversa, el mero hecho de sostener lo contrario, independientemente de si se ajusta a los hechos o no, confiere un marchamo de integridad moral aparentemente indiscutible.
De hecho, podría pensarse, más allá de la verdad o falsedad del DB, que sus efectos podrían ser beneficiosos, al mantenernos en una tensión autocrítica que nos impulsa a no conformarnos con los males del presente. Sin embargo, en realidad sucede todo lo contrario: El DB de la sabiduría convencional contribuye trágicamente a agravar aquellos problemas que denuncia.
La historia del siglo XX ha demostrado rotundamente que la pretendida alternativa al sistema económico dominante, el socialismo, no sólo ha sido un completo fracaso, sino que ha venido acompañado de una violencia estatal sin precedentes: Cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones o colectivizaciones forzosas es el balance de menos de un siglo de "socialismo real" en la Unión Soviética, China y los demás países que adoptaron alguna variante de credo marxista como religión oficial. El DB, sin embargo, tiende a relativizar esta evidencia, culpando al capitalismo salvaje (el comunismo debe ser civilizado) de males sin cuento, de la muerte de millones de personas por hambre todos los años, y del apocalipsis climático, o lo que se ponga de moda la próxima década. Es decir, presentando como insostenible y atroz al sistema que ha producido las mayores cotas de prosperidad de la historia, y los avances tecnológicos que han cambiado la vida de millones de personas. Si no fuera por la fuerza del DB, las políticas estatalistas que perpetúan la pobreza y la dependencia, y limitan el crecimiento, gozarían comparativamente de mucho menos prestigio, y serían vistas por las masas de muchos países exactamente como lo que son: Un freno a sus aspiraciones de prosperar y de disfrutar sin trabas de los frutos de su propio esfuerzo, mientras ciertas minorías se enriquecen fabulosamente gracias a sus vínculos con corruptos gobernantes.
El DB es, en resumen, la gran coartada de los políticos (con las honrosas excepciones) y los burócratas de la ONU para imponer recortes de la libertad individual y encima presentarse como salvadores. Aunque la izquierda es la principal usufructuaria de la sabiduría convencional (de ahí su hegemonía cultural), tampoco la derecha es completamente inocente, tanto por acción (ahí están esos líderes conservadores que hacen suyo el discurso algoriano) como por omisión, por eludir enfrentarse, en tantas ocasiones, a los dogmas establecidos.
La importancia creciente que ha cobrado en las últimas décadas el ecologismo (no confundir con la ecología) se debe, en parte, a la evidencia cada vez más difícil de eludir del fracaso del comunismo. Es preciso, para todos aquellos que se niegan a aceptar la superioridad del mercado libre, convertirlo en culpable de la destrucción del mundo, sea por el agotamiento de los recursos, la desertización, el agujero de ozono o la fusión de los casquetes polares. Se olvida deliberadamente que los mayores desastres ecológicos, como el de Chernóbil, se han producido en países comunistas. Pero tanto las monsergas ecologistas como el discurso de la brecha Norte-Sur tienen la misma función: Desacreditar el sistema de libre mercado y la globalización.
Por otra parte, la crisis económica ha dado nuevos argumentos a los estatistas. Piden nuevas regulaciones, que se suman a las impuestas para luchar contra el cambio climático, como si las regulaciones monetarias y financieras que han sido las causantes de la crisis no tuvieran nada que ver con las autoridades políticas. Y si sus políticas de intervencionismo, de gasto y de endeudamiento prolongan la crisis, da lo mismo. Cuando se salga de ella, los gobiernos se atribuirán el mérito, y durante décadas nos estarán recordando la profundidad y duración de la crisis para advertirnos de los peligros del mercado no sujeto a su control.
La persistencia del DB no se puede explicar sólo por la inercia o la pereza intelectual. Si los medios de comunicación no actuasen como sus más entusiastas reforzadores, posiblemente ya habría sido sustituido por otra visión de la realidad, inevitablemente simplificadora, pero más acorde con ella y menos embrutecedora. Hoy, inusualmente, he visto un informativo de la televisión. Cuando hablaban de la cumbre de Copenhague, por un momento pensé que iban a referirse al escándalo del Climategate: El presentador se refería a una polémica causada por... ¿Lo creerán? Unos árboles de Navidad que al parecer las autoridades danesas habian retirado para no ofender a los activistas ecologistas presentes en las inmediaciones del evento. (La cadena era Antena 3, pero da lo mismo, todas son iguales.)
Nos encontramos claramente en una sociedad dividida en dos clases de ciudadanos. Quienes nos informamos habitualmente a través de internet, y quienes sólo ven la televisión y, en el mejor de los casos, leen algún periódico impreso. Hay indicios de que entre los primeros el contenido de la sabiduría convencional puede por fin estar cambiando. Pero mientras los segundos continúen secuestrados por los medios de comunicación tradicionales (con alguna, también aquí, honrosa excepción) será difícil que se produzca un retroceso del intervencionismo estatal. Al final, de tanto decir que el mundo va de mal en peor, puede que acabe siendo cierto, pero por razones distintas a las que nos vienen pregonando: Por culpa de quienes pretenden erigirse en sus salvadores.
ACTUALIZACIÓN 4-03-10: Esta entrada ha servido de base a mi artículo "La sabiduría convencional de nuestro tiempo", publicado por Semanario Atlántico.
Galbraith, como buen socialista, pensaba que el renacimiento del mercado en la posguerra era un error, la clase de discurso que la gente (sobre todo si es adinerada) gusta de escuchar porque le permite seguir disfrutando de bajos impuestos, cerrando los ojos ante el riesgo de que los desequilibrios supuestamente provocados por el mercado acaben minando su propia prosperidad. Más tarde incluso confesó que el lanzamiento del Sputnik soviético le había animado a publicar su libro, al interpretar el acontecimiento como una demostración de que el modelo norteamericano, basado en la libre empresa y el gobierno limitado, no tenía tantas razones para la autocomplacencia. De este modo, con un estilo no exento de brillantez, Galbraith se constituía en realidad en un divulgador de la nueva sabiduría convencional socialdemócrata, un abogado de la "buena disposición para establecer impuestos y para pagarlos", y de las regulaciones económicas y medioambientales.
En efecto, hoy la sabiduría convencional coincide mucho más con las propias ideas de Galbraith que no con las que él criticaba. Equivale en gran medida a eso que yo he llamado (véase la cabecera de este blog) "paradigma seudoprogresista", aludiendo a Kuhn. Sin embargo, la expresión del economista posee la virtud de referirse con más propiedad a ese conjunto de extendidas creencias que abrigan incluso las masas más ignorantes o indiferentes. Es "lo que todo el mundo dice", aquello que la mayoría de personas, de todos los niveles culturales, leerá o escuchará en los medios de comunicación o en las tertulias de bar, sin ponerlo en duda ni por instante. Es más, sin que se le ocurra siquiera esa posibilidad, como ante proposiciones del tipo "la Tierra es redonda" o "el agua del mar es salada".
La característica fundamental de la sabiduría convencional es que nace como una interpretación culta de los hechos, y acaba sustituyéndolos. De ahí que sea adoptada masivamente, porque la mente humana necesita mucho menos esfuerzo para tratar con interpretaciones (simplificaciones) de la realidad, que no con la realidad misma. Cada momento histórico tiene su propia sabiduría convencional, que es abandonada, no cuando los hechos la contradicen flagrantemente (aunque eso acaba ayudando) sino cuando aparece una nueva interpretación, un nuevo paradigma lo suficientemente sugestivo y fácilmente popularizable.
El Dogma Básico de la sabiduría convencional actual (en adelante, DB) es desde luego muy fácil de comprender, incluso por la mente más obtusa, y tiene además la capacidad de halagar nuestra buena consciencia haciendo que nos sintamos un poco mal a ratos, y de manera perfectamente controlada y soportable. Cuánta probreza hay en el mundo... Qué verguënza que nadie haga nada... Cada vez está todo más contaminado... De seguir así, nos cargaremos el planeta... Son expresiones que parafrasean al DB, que podría fijarse aproximadamente así:
En el mundo cada vez hay más pobreza, y el medio ambiente se deteriora de manera creciente, por culpa de la acción humana descontrolada.
Por supuesto, el DB es completamente falso: No se corresponde en absoluto con los hechos. En el mundo, durante las últimas décadas, el número de pobres no ha dejado de disminuir, y las economías desarrolladas cada vez son menos agresivas con el medio ambiente, se reducen más los niveles de polución y se produce un aprovechamiento más eficaz de las materias primas, no sólo ni principalmente por el reciclaje, sino sobre todo por las innovaciones tecnológicas. Estos son hechos que, con las lógicas diferencias y excepciones locales, están ahí, y podemos conocerlos a través de las publicaciones estadísticas oficiales, y de los expertos que saben moverse entre la selva de los datos para ofrecérnoslos a los ignaros. Para limitarme sólo a un par de ejemplos muy conocidos, mencionaré el libro de Johan Norberg, En defensa del capitalismo global, para el aspecto económico, y el blog de Antón Uriarte, CO2, principalmente centrado en el cambio climático.
Existe además una razón específica por la cual el DB es especialmente difícil de combatir. Cuando uno niega que en general cada vez haya más pobres, o que la situación medioambiental, globalmente considerarada, se agrave año tras año, es difícil no provocar la sensación de ser una persona insensible ante las injusticias y los desastres ecológicos que, quién lo niega, se producen en el mundo. Y viceversa, el mero hecho de sostener lo contrario, independientemente de si se ajusta a los hechos o no, confiere un marchamo de integridad moral aparentemente indiscutible.
De hecho, podría pensarse, más allá de la verdad o falsedad del DB, que sus efectos podrían ser beneficiosos, al mantenernos en una tensión autocrítica que nos impulsa a no conformarnos con los males del presente. Sin embargo, en realidad sucede todo lo contrario: El DB de la sabiduría convencional contribuye trágicamente a agravar aquellos problemas que denuncia.
La historia del siglo XX ha demostrado rotundamente que la pretendida alternativa al sistema económico dominante, el socialismo, no sólo ha sido un completo fracaso, sino que ha venido acompañado de una violencia estatal sin precedentes: Cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones o colectivizaciones forzosas es el balance de menos de un siglo de "socialismo real" en la Unión Soviética, China y los demás países que adoptaron alguna variante de credo marxista como religión oficial. El DB, sin embargo, tiende a relativizar esta evidencia, culpando al capitalismo salvaje (el comunismo debe ser civilizado) de males sin cuento, de la muerte de millones de personas por hambre todos los años, y del apocalipsis climático, o lo que se ponga de moda la próxima década. Es decir, presentando como insostenible y atroz al sistema que ha producido las mayores cotas de prosperidad de la historia, y los avances tecnológicos que han cambiado la vida de millones de personas. Si no fuera por la fuerza del DB, las políticas estatalistas que perpetúan la pobreza y la dependencia, y limitan el crecimiento, gozarían comparativamente de mucho menos prestigio, y serían vistas por las masas de muchos países exactamente como lo que son: Un freno a sus aspiraciones de prosperar y de disfrutar sin trabas de los frutos de su propio esfuerzo, mientras ciertas minorías se enriquecen fabulosamente gracias a sus vínculos con corruptos gobernantes.
El DB es, en resumen, la gran coartada de los políticos (con las honrosas excepciones) y los burócratas de la ONU para imponer recortes de la libertad individual y encima presentarse como salvadores. Aunque la izquierda es la principal usufructuaria de la sabiduría convencional (de ahí su hegemonía cultural), tampoco la derecha es completamente inocente, tanto por acción (ahí están esos líderes conservadores que hacen suyo el discurso algoriano) como por omisión, por eludir enfrentarse, en tantas ocasiones, a los dogmas establecidos.
La importancia creciente que ha cobrado en las últimas décadas el ecologismo (no confundir con la ecología) se debe, en parte, a la evidencia cada vez más difícil de eludir del fracaso del comunismo. Es preciso, para todos aquellos que se niegan a aceptar la superioridad del mercado libre, convertirlo en culpable de la destrucción del mundo, sea por el agotamiento de los recursos, la desertización, el agujero de ozono o la fusión de los casquetes polares. Se olvida deliberadamente que los mayores desastres ecológicos, como el de Chernóbil, se han producido en países comunistas. Pero tanto las monsergas ecologistas como el discurso de la brecha Norte-Sur tienen la misma función: Desacreditar el sistema de libre mercado y la globalización.
Por otra parte, la crisis económica ha dado nuevos argumentos a los estatistas. Piden nuevas regulaciones, que se suman a las impuestas para luchar contra el cambio climático, como si las regulaciones monetarias y financieras que han sido las causantes de la crisis no tuvieran nada que ver con las autoridades políticas. Y si sus políticas de intervencionismo, de gasto y de endeudamiento prolongan la crisis, da lo mismo. Cuando se salga de ella, los gobiernos se atribuirán el mérito, y durante décadas nos estarán recordando la profundidad y duración de la crisis para advertirnos de los peligros del mercado no sujeto a su control.
La persistencia del DB no se puede explicar sólo por la inercia o la pereza intelectual. Si los medios de comunicación no actuasen como sus más entusiastas reforzadores, posiblemente ya habría sido sustituido por otra visión de la realidad, inevitablemente simplificadora, pero más acorde con ella y menos embrutecedora. Hoy, inusualmente, he visto un informativo de la televisión. Cuando hablaban de la cumbre de Copenhague, por un momento pensé que iban a referirse al escándalo del Climategate: El presentador se refería a una polémica causada por... ¿Lo creerán? Unos árboles de Navidad que al parecer las autoridades danesas habian retirado para no ofender a los activistas ecologistas presentes en las inmediaciones del evento. (La cadena era Antena 3, pero da lo mismo, todas son iguales.)
Nos encontramos claramente en una sociedad dividida en dos clases de ciudadanos. Quienes nos informamos habitualmente a través de internet, y quienes sólo ven la televisión y, en el mejor de los casos, leen algún periódico impreso. Hay indicios de que entre los primeros el contenido de la sabiduría convencional puede por fin estar cambiando. Pero mientras los segundos continúen secuestrados por los medios de comunicación tradicionales (con alguna, también aquí, honrosa excepción) será difícil que se produzca un retroceso del intervencionismo estatal. Al final, de tanto decir que el mundo va de mal en peor, puede que acabe siendo cierto, pero por razones distintas a las que nos vienen pregonando: Por culpa de quienes pretenden erigirse en sus salvadores.
ACTUALIZACIÓN 4-03-10: Esta entrada ha servido de base a mi artículo "La sabiduría convencional de nuestro tiempo", publicado por Semanario Atlántico.
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domingo, 6 de diciembre de 2009
La lección suiza
No me interesan las previsibles de los que se han rasgado las vestiduras, deplorando la "xenofobia" y la "islamofobia" de los ciudadanos suizos; no creo que valga la pena perder un minuto con el papanatismo políticamente correcto.
Más atendibles parecen las opiniones de quienes se muestran preocupados por lo que puede interpretarse como un recorte de la libertad religiosa, y argumentan que basta con perseguir a quienes defienden o practican el terrorismo islamista.
Pero se equivocan también. El Islam no es sólo una religión, en el sentido en que lo es el cristianismo actualmente. Los musulmanes no se limitan a practicar un determinado culto, ni a defender unas ideas morales concretas, sino que pretenden implantar un modelo totalitario de sociedad con métodos expansionistas. Permitir, en nombre de principios liberales, que puedan transformar el paisaje arquitectónico y humano de un país europeo sembrándolo de minaretes y de burkas, mientras en Arabia Saudí se prohíbe la construcción de iglesias, es de una espantosa ingenuidad. Es sencillamente contribuir a reforzar su mentalidad conquistadora, para que un día no lejano lleguen a creer que estamos maduros para recibir la ley islámica, si es que no se lo creen ya.
El día que el Islam deje de ser una ideología, además de una religión, podremos revocar esas restricciones. Mientras tanto, nos asiste el derecho a defender nuestra civilización, aunque ello implique dejar en suspenso el precepto evangélico de poner la otra mejilla.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Año 49 después de Zapatero
Sería totalmente insuficiente limitarnos a erradicar los crucifijos de las escuelas, como han propuesto ERC y el PSOE. ¿Se ha reflexionado suficientemente sobre los dañinos efectos que pueden tener sobre las inocentes mentes infantiles las tradicionales celebraciones navideñas? Tal como proponía recientemente un organismo consultivo de la Generalitat, urge eliminar el propio término Navidad, para que sea sustituido por la mucho más higiénica expresión "Vacaciones de Invierno".
¿Y qué decir del cómputo de los años tomando como referencia el nacimiento de Cristo? No podemos seguir tolerando que nuestra juventud inerme continúe recibiendo esa nefasta influencia clerical. En adelante, el calendario deberá regirse por algún acontecimiento que realmente suponga un avance en la Historia de la Humanidad, como por ejemplo, el nacimiento de Obama, o de Zapatero. Mejor aún, que cada comunidad autónoma tenga su propio Fundador, Sabino Arana los vascos, Francesc Macià los catalanes o Blas Infante los andaluces.
Por supuesto, la reforma del tiempo debe ir acompañada del espacio, más exactamente de la toponimia. ¡La de estragos que causan entre las jóvenes generaciones esas pérfidas alusiones al santoral que abundan en nuestra geografía, todos esos San y Santa antepuestos a tantas poblaciones! Por no hablar de casos tan hirientes como Santa Cruz de Tenerife, en cuyo lugar propongo Ciudad Tenerife.
Tenemos una ímproba tarea por delante. Aún no ha llegado el día en que nadie se llamará José, María, Jesús o Pedro, sino Sostenibilidaz o Res-pe-tó! En que ya no habrá ni un solo cura o una sola monja y todas las iglesias habrán sido derruidas o convertidas en ludotecas. En que los niños serán educados libres de prejuicios tan absurdos y an-ti-guóss! como que existen normas morales que ni siquiera la voluntad democrática de la mayoría puede cambiar. Todavía no ha llegado ese mundo feliz en que no habrá sentimientos de remordimiento ni culpa, y nadie se preocupará vanamente por el sentido de la existencia ni pensará diferente de los demás, a causa de peregrinas ideas debidas a la interferencia de los padres o difundidas por libros.
Vivimos todavía en una fase primitiva de la evolución, en la cual errores venerables y decrépitos siguen transmitiéndose por culpa de prejuicios liberales que impiden al Estado controlar por completo la producción cultural, depurando toda insana concepción que no sea acorde con la verdad científica. Una fase en la cual todavía el rancio humanitarismo de raíz judeocristiana impide reducir la población humana a un tercio de la actual, para alcanzar la sos-te-ni-bi-li-daz y proteger la bio-di-ver-si-daz. Vivimos en un tiempo donde millones de habitantes del planeta todavía creen que pueden tener los hijos que les dé la gana, educarlos como quieran, comer y beber lo que les apetezca o desplazarse en el medio de transporte que elijan. Y además hay millones de otros que no pueden permitirse esos lujos indecentes, pero aspiran a conseguirlo para sí o para sus hijos.
Todo esto tiene que acabar, pero no podemos cometer los errores del pasado. Debemos ir introduciendo gradualmente las nuevas ideas que liberarán al hombre de las supersticiones antisociales. Nada de matar curas ni quemar iglesias como en el año 24 aZ. Poco a poco, el control sistemático de la educación y los medios de comunicación nos permitirá alcanzar nuestros objetivos de manera suave e indolora, salvo los inevitables excesos esporádicos que implica la marcha imparable del Pro-gre-ssó!
¿Y qué decir del cómputo de los años tomando como referencia el nacimiento de Cristo? No podemos seguir tolerando que nuestra juventud inerme continúe recibiendo esa nefasta influencia clerical. En adelante, el calendario deberá regirse por algún acontecimiento que realmente suponga un avance en la Historia de la Humanidad, como por ejemplo, el nacimiento de Obama, o de Zapatero. Mejor aún, que cada comunidad autónoma tenga su propio Fundador, Sabino Arana los vascos, Francesc Macià los catalanes o Blas Infante los andaluces.
Por supuesto, la reforma del tiempo debe ir acompañada del espacio, más exactamente de la toponimia. ¡La de estragos que causan entre las jóvenes generaciones esas pérfidas alusiones al santoral que abundan en nuestra geografía, todos esos San y Santa antepuestos a tantas poblaciones! Por no hablar de casos tan hirientes como Santa Cruz de Tenerife, en cuyo lugar propongo Ciudad Tenerife.
Tenemos una ímproba tarea por delante. Aún no ha llegado el día en que nadie se llamará José, María, Jesús o Pedro, sino Sostenibilidaz o Res-pe-tó! En que ya no habrá ni un solo cura o una sola monja y todas las iglesias habrán sido derruidas o convertidas en ludotecas. En que los niños serán educados libres de prejuicios tan absurdos y an-ti-guóss! como que existen normas morales que ni siquiera la voluntad democrática de la mayoría puede cambiar. Todavía no ha llegado ese mundo feliz en que no habrá sentimientos de remordimiento ni culpa, y nadie se preocupará vanamente por el sentido de la existencia ni pensará diferente de los demás, a causa de peregrinas ideas debidas a la interferencia de los padres o difundidas por libros.
Vivimos todavía en una fase primitiva de la evolución, en la cual errores venerables y decrépitos siguen transmitiéndose por culpa de prejuicios liberales que impiden al Estado controlar por completo la producción cultural, depurando toda insana concepción que no sea acorde con la verdad científica. Una fase en la cual todavía el rancio humanitarismo de raíz judeocristiana impide reducir la población humana a un tercio de la actual, para alcanzar la sos-te-ni-bi-li-daz y proteger la bio-di-ver-si-daz. Vivimos en un tiempo donde millones de habitantes del planeta todavía creen que pueden tener los hijos que les dé la gana, educarlos como quieran, comer y beber lo que les apetezca o desplazarse en el medio de transporte que elijan. Y además hay millones de otros que no pueden permitirse esos lujos indecentes, pero aspiran a conseguirlo para sí o para sus hijos.
Todo esto tiene que acabar, pero no podemos cometer los errores del pasado. Debemos ir introduciendo gradualmente las nuevas ideas que liberarán al hombre de las supersticiones antisociales. Nada de matar curas ni quemar iglesias como en el año 24 aZ. Poco a poco, el control sistemático de la educación y los medios de comunicación nos permitirá alcanzar nuestros objetivos de manera suave e indolora, salvo los inevitables excesos esporádicos que implica la marcha imparable del Pro-gre-ssó!
sábado, 28 de noviembre de 2009
Imagine there's no Catalonia
En un diario de Madrid aparece un reportaje donde se anuncia una sentencia del Tribunal Constitucional desfavorable al Estatuto. Tres días después, en un gesto bastante melodramático, por no decir ridículo, los principales diarios de papel catalanes publican un editorial conjunto, titulado “La dignidad de Cataluña”. Hombre, ya puestos, podrían haber acordado una edición completa conjunta, con el mismo sudoku y todo. Así sólo deberíamos leer un diario, y nos ahorraríamos una cantidad considerable de tiempo.
Más que la épica determinación de un pueblo, la unanimidad de la prensa catalana expresa el deseo de supervivencia de las empresas de comunicación tradicionales, conectadas a la respiración artificial de las subvenciones.
Por mucho que doce diarios afirmen con exactamente las mismas palabras que la recusación del magistrado Pablo Pérez Tremp fue “una espesa maniobra”, el hecho es que este señor había sido contratado por una de las partes, y esto en todas partes, en el mundo civilizado, es considerado causa más que suficiente para recusar a un juez.
Y por mucho que doce jueces se escandalicen por la falta de acuerdo entre los dos principales partidos políticos para renovar el Constitucional, lo verdaderamente escandaloso es que sean los partidos políticos los que se repartan el poder judicial por cuotas.
Es cierto que el prestigio del Tribunal Constitucional está erosionado, pero esto no viene de ahora. Por no remontarnos más lejos en el pasado, pensamos simplemente en una sentencia como la de “los Albertos”, que a cualquier persona que crea en la democracia le debe repugnar profundamente. Pero el argumento de que un tribunal no tiene derecho a rechazar una ley aprobada por dos parlamentos y por referéndum, cuestiona la raíz misma del Estado de Derecho. Si la sentencia del TC sólo es válida en caso de conformidad con el Estatuto, ¿qué necesidad hay de que emita ninguna? ¿Qué necesidad hay simplemente de que exista tal institución? Si aquello que el pueblo manifiesta en las urnas, y a través de sus representantes, es el único criterio para determinar la validez jurídica de una ley, entonces difícilmente podremos criticar a un Hugo Chávez ni a cualquier otro caudillo populista.
Yendo al fondo de la cuestión, el editorialista afirma que el Estatuto no es más que “la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo”. Cataluña, efectivamente, tiene un gobierno propio desde hace tres décadas. Pero resulta que en un momento dado, la mayor parte de la clase política catalana decidió que este autogobierno no era suficiente, y que necesitaba más competencias, más recursos y más ostentaciones simbólicas. Es decir, más poder.
Por eso, muchos que quisiéramos que el Estado, se llame catalán, español o europeo, sea menos poderoso, y por tanto que los individuos seamos más libres, votamos en contra del Estatuto. En total, por esta u otras razones, un 20 % de catalanes votamos “no” al Estatuto, y más de la mitad se abstuvieron. ¿Es que estos catalanes son menos dignos que el 36 % del censo que votó a favor? Yo pensaba que la única dignidad por la cual vale la pena luchar es la de las personas, no la de los países. Imaginaciones mías.
(Artículo publicado en catalán en Tot Tarragona.)
Más que la épica determinación de un pueblo, la unanimidad de la prensa catalana expresa el deseo de supervivencia de las empresas de comunicación tradicionales, conectadas a la respiración artificial de las subvenciones.
Por mucho que doce diarios afirmen con exactamente las mismas palabras que la recusación del magistrado Pablo Pérez Tremp fue “una espesa maniobra”, el hecho es que este señor había sido contratado por una de las partes, y esto en todas partes, en el mundo civilizado, es considerado causa más que suficiente para recusar a un juez.
Y por mucho que doce jueces se escandalicen por la falta de acuerdo entre los dos principales partidos políticos para renovar el Constitucional, lo verdaderamente escandaloso es que sean los partidos políticos los que se repartan el poder judicial por cuotas.
Es cierto que el prestigio del Tribunal Constitucional está erosionado, pero esto no viene de ahora. Por no remontarnos más lejos en el pasado, pensamos simplemente en una sentencia como la de “los Albertos”, que a cualquier persona que crea en la democracia le debe repugnar profundamente. Pero el argumento de que un tribunal no tiene derecho a rechazar una ley aprobada por dos parlamentos y por referéndum, cuestiona la raíz misma del Estado de Derecho. Si la sentencia del TC sólo es válida en caso de conformidad con el Estatuto, ¿qué necesidad hay de que emita ninguna? ¿Qué necesidad hay simplemente de que exista tal institución? Si aquello que el pueblo manifiesta en las urnas, y a través de sus representantes, es el único criterio para determinar la validez jurídica de una ley, entonces difícilmente podremos criticar a un Hugo Chávez ni a cualquier otro caudillo populista.
Yendo al fondo de la cuestión, el editorialista afirma que el Estatuto no es más que “la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo”. Cataluña, efectivamente, tiene un gobierno propio desde hace tres décadas. Pero resulta que en un momento dado, la mayor parte de la clase política catalana decidió que este autogobierno no era suficiente, y que necesitaba más competencias, más recursos y más ostentaciones simbólicas. Es decir, más poder.
Por eso, muchos que quisiéramos que el Estado, se llame catalán, español o europeo, sea menos poderoso, y por tanto que los individuos seamos más libres, votamos en contra del Estatuto. En total, por esta u otras razones, un 20 % de catalanes votamos “no” al Estatuto, y más de la mitad se abstuvieron. ¿Es que estos catalanes son menos dignos que el 36 % del censo que votó a favor? Yo pensaba que la única dignidad por la cual vale la pena luchar es la de las personas, no la de los países. Imaginaciones mías.
(Artículo publicado en catalán en Tot Tarragona.)
sábado, 21 de noviembre de 2009
Emoticracia
Los piratas somalíes han recibido un mensaje claro: Secuestrar un barco con tripulantes españoles es un buen negocio, pues por dos veces han cobrado cuantiosos rescates y han escapado impunes. Quien paga el rescate exigido por unos secuestradores, está incentivando nuevos secuestros en el futuro. Al plegarnos a las demandas de unos delincuentes cambiamos una satisfacción inmediata (la liberación sin lucha de los rehenes) por una amenaza futura que impresiona más débilmente nuestra imaginación. El sentimiento se sobrepone al razonamiento.
Cuando José María Aznar se negó a plegarse ante las exigencias de los terroristas que secuestraron a Miguel Ángel Blanco, demostró no ser un hombre progresista ni de izquierdas, es decir, que le importaba un comino no ser simpático. Pero sobre todo demostró a los criminales que tenían en frente un gobierno que no iba a ceder ante ningún tipo de chantaje, por brutal que fuese. Redujo sus esperanzas de alcanzar sus objetivos, e incrementó su desprestigio entre los tibios. Podía haber escogido el camino más fácil, anunciar en televisión la liberación de Miguel Ángel Blanco, a cambio de concesiones ocultas, que hubieran fortalecido peligrosamente a ETA, y hacerse fotos con el joven concejal, rodeado de sus familiares agradecidos. Optó, en cambio, por lo que le dictaba la razón, por lo más difícil y doloroso: No ceder ante los criminales, para evitar males mucho mayores en el futuro.
Por el contrario, Rodríguez Zapatero practica sistemáticamente una política de sentimientos. Su prioridad no es actuar conforme a aquello que la razón (con todas sus limitaciones) revela como lo más conveniente, sino pensando ante todo en la imagen que sus actos puedan dar de sí mismo. Una imagen que debe ser de simpatía, de buenos sentimientos, contrapuesta a la de los conservadores, unos seres insensibles, timoratos o egoístas, según se tercie.
El PSOE y su entorno mediático hace ya tiempo que sustituyeron las ideas por las emociones, la ideología por el marketing. Se han especializado, con gran éxito, en cultivar la sensiblería colectiva, en lugar de apelar a la racionalidad individual. Como dice Juan Carlos Girauta en La eclosión liberal:
“Hoy sabemos que los mejores datos macroeconómicos del mundo no pueden sobreponerse a un día de agitación en las calles con acusaciones al ‘buen gestor’ de asesinar niños en Oriente Medio y de haber provocado con ello una masacre en Madrid. También se puede haber dirigido la lucha antiterrorista con eficacia y hasta con heroísmo. Pero una palabra vacía y conmovedora como ‘paz’, y una línea en el suelo distinguiendo entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ –los que queremos la paz y los que quieren la guerra– bastan para que los logros obtenidos se olviden.”
Rodríguez Zapatero sabe cómo hacer que muchos se sientan buenos con él, y por tanto, que detesten a quienes osan cuestionar su intrínseca bondad (es decir, la de ellos), o por lo menos sus consecuencias objetivas. Quien confunde su particular sentimiento de bondad con el bien, es incapaz de considerar ninguna crítica. Por definición, todo lo que haga será enternecedor, salvo para aquel que esté animado por una maldad congénita. Con gente así, es imposible discutir, porque no esgrimen argumentos, sino emociones de una bochornosa simpleza, fáciles de contagiar y por tanto suscitar adhesiones mitineras y primarias, sin que retrocedan para ello ante las más groseras bajezas retóricas y los efectismos más lacrimógenos.
Cuando José María Aznar se negó a plegarse ante las exigencias de los terroristas que secuestraron a Miguel Ángel Blanco, demostró no ser un hombre progresista ni de izquierdas, es decir, que le importaba un comino no ser simpático. Pero sobre todo demostró a los criminales que tenían en frente un gobierno que no iba a ceder ante ningún tipo de chantaje, por brutal que fuese. Redujo sus esperanzas de alcanzar sus objetivos, e incrementó su desprestigio entre los tibios. Podía haber escogido el camino más fácil, anunciar en televisión la liberación de Miguel Ángel Blanco, a cambio de concesiones ocultas, que hubieran fortalecido peligrosamente a ETA, y hacerse fotos con el joven concejal, rodeado de sus familiares agradecidos. Optó, en cambio, por lo que le dictaba la razón, por lo más difícil y doloroso: No ceder ante los criminales, para evitar males mucho mayores en el futuro.
Por el contrario, Rodríguez Zapatero practica sistemáticamente una política de sentimientos. Su prioridad no es actuar conforme a aquello que la razón (con todas sus limitaciones) revela como lo más conveniente, sino pensando ante todo en la imagen que sus actos puedan dar de sí mismo. Una imagen que debe ser de simpatía, de buenos sentimientos, contrapuesta a la de los conservadores, unos seres insensibles, timoratos o egoístas, según se tercie.
El PSOE y su entorno mediático hace ya tiempo que sustituyeron las ideas por las emociones, la ideología por el marketing. Se han especializado, con gran éxito, en cultivar la sensiblería colectiva, en lugar de apelar a la racionalidad individual. Como dice Juan Carlos Girauta en La eclosión liberal:
“Hoy sabemos que los mejores datos macroeconómicos del mundo no pueden sobreponerse a un día de agitación en las calles con acusaciones al ‘buen gestor’ de asesinar niños en Oriente Medio y de haber provocado con ello una masacre en Madrid. También se puede haber dirigido la lucha antiterrorista con eficacia y hasta con heroísmo. Pero una palabra vacía y conmovedora como ‘paz’, y una línea en el suelo distinguiendo entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ –los que queremos la paz y los que quieren la guerra– bastan para que los logros obtenidos se olviden.”
Rodríguez Zapatero sabe cómo hacer que muchos se sientan buenos con él, y por tanto, que detesten a quienes osan cuestionar su intrínseca bondad (es decir, la de ellos), o por lo menos sus consecuencias objetivas. Quien confunde su particular sentimiento de bondad con el bien, es incapaz de considerar ninguna crítica. Por definición, todo lo que haga será enternecedor, salvo para aquel que esté animado por una maldad congénita. Con gente así, es imposible discutir, porque no esgrimen argumentos, sino emociones de una bochornosa simpleza, fáciles de contagiar y por tanto suscitar adhesiones mitineras y primarias, sin que retrocedan para ello ante las más groseras bajezas retóricas y los efectismos más lacrimógenos.
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domingo, 15 de noviembre de 2009
Llamemos burradas a las burradas
Julio Anguita es uno de esos políticos que suscita simpatía entre gente de ideas incluso opuestas a las suyas. No es mi caso. Que los fanáticos sean personas moralmente intachables no es algo tan sorprendente; de hecho, suele ser ser la norma. Pero como decía Cioran, en su inolvidable Breviario de podredumbre:
"Si se pusiera en un platillo de la balanza el mal que los 'puros' han derramado sobre el mundo y en el otro el mal proveniente de los hombres sin principios y sin escrúpulos, es el primer platillo el que inclinaría la balanza. En el espíritu que la propone, toda fórmula de salvación erige una guillotina..."
Julio Anguita, en la medida en que ejerció una oposición insobornable al felipismo, hizo sin duda más bien que mal, pero si hubiera llegado a tener un poder superior al de alcalde, ¡pobres de nosotros!
Este fin de semana he escuchado la entrevista (partes I y II) que le ha realizado Luis del Pino en esRadio. Aunque han hablado de diversos temas, en mi opinión, algunas de las burradas que ha dicho el señor Anguita son de tal calibre que lo demás resulta secundario. Ha dicho por ejemplo, que el fundamentalismo islámico tiene su origen en el subdesarrollo. O sea, que la financiación de los dos mayores productores de petróleo de Oriente Medio, Arabia Saudí e Irán, no tiene nada que ver. Y Bin Laden era un pastorcillo, vamos.
Más delirante ha sido cuando se ha referido, interrogado por Luis del Pino, al muro de Berlín. Después de soltar la rutinaria estupidez de compararlo con el muro de Palestina (construido para proteger a los ciudadanos de los terroristas suicidas, no para evitar que huyan, leve diferencia), ha llegado a sugerir que el problema no era el comunismo, sino que la clase política del Este estaba corrompida y sobornada por Occidente. Vamos, ¡le ha faltado un pelo para decir que el muro lo erigió el capitalismo!
Por último, al final de la entrevista se ha referido a la próxima cita internacional de Copenhague sobre el cambio climático, y ha profetizado la extinción de la especie humana si no se toman medidas, tema en el que, asegura, está trabajando ahora. Nada, que este hombre está empeñado en salvarnos como sea. Como Robespierre, Lenin y otros salvadores ilustres de los últimos dos siglos y pico. Lo único que me tranquiliza es que ya está un poco mayor para poner en práctica tan nobles ideales.
"Si se pusiera en un platillo de la balanza el mal que los 'puros' han derramado sobre el mundo y en el otro el mal proveniente de los hombres sin principios y sin escrúpulos, es el primer platillo el que inclinaría la balanza. En el espíritu que la propone, toda fórmula de salvación erige una guillotina..."
Julio Anguita, en la medida en que ejerció una oposición insobornable al felipismo, hizo sin duda más bien que mal, pero si hubiera llegado a tener un poder superior al de alcalde, ¡pobres de nosotros!
Este fin de semana he escuchado la entrevista (partes I y II) que le ha realizado Luis del Pino en esRadio. Aunque han hablado de diversos temas, en mi opinión, algunas de las burradas que ha dicho el señor Anguita son de tal calibre que lo demás resulta secundario. Ha dicho por ejemplo, que el fundamentalismo islámico tiene su origen en el subdesarrollo. O sea, que la financiación de los dos mayores productores de petróleo de Oriente Medio, Arabia Saudí e Irán, no tiene nada que ver. Y Bin Laden era un pastorcillo, vamos.
Más delirante ha sido cuando se ha referido, interrogado por Luis del Pino, al muro de Berlín. Después de soltar la rutinaria estupidez de compararlo con el muro de Palestina (construido para proteger a los ciudadanos de los terroristas suicidas, no para evitar que huyan, leve diferencia), ha llegado a sugerir que el problema no era el comunismo, sino que la clase política del Este estaba corrompida y sobornada por Occidente. Vamos, ¡le ha faltado un pelo para decir que el muro lo erigió el capitalismo!
Por último, al final de la entrevista se ha referido a la próxima cita internacional de Copenhague sobre el cambio climático, y ha profetizado la extinción de la especie humana si no se toman medidas, tema en el que, asegura, está trabajando ahora. Nada, que este hombre está empeñado en salvarnos como sea. Como Robespierre, Lenin y otros salvadores ilustres de los últimos dos siglos y pico. Lo único que me tranquiliza es que ya está un poco mayor para poner en práctica tan nobles ideales.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Los medios y los fines
Acabo de leer las memorias de Jean-François Revel*. Si tuviera que destacar un pasaje del libro, sería el siguiente:
Me había apasionado por la política porque quería reducir los sufrimientos humanos y fortalecer la justicia y la libertad. Pero descubría que para lograrlo la izquierda había erigido en principios sagrados unos métodos que daban resultados contrarios a los deseados. Lo malo era que no quería reconocerlo o, peor aún, ni siquiera se daba cuenta. Pero yo no podía dejar de ver que después de la guerra las democracias liberales habían proporcionado a sus ciudadanos una prosperidad, una libertad y un progreso de la cultura que el socialismo había sido incapaz de generar, y además había destruido sus primicias. Los esquemas explicativos que hasta entonces me habían servido para interpretar la realidad eran refutados por ella. Me di cuenta a mi pesar, pero de un modo irresistible. No obstante los socialistas se obstinaban en identificar el hecho de "ser de izquierdas" con la veneración supersticiosa de unos medios caducos. A mí lo que me importaban eran los fines, que no habían cambiado, y debían buscarse por otros medios. Fiel a estos fines, seguía considerándome "de izquierdas", pero los socialistas me arrojaron "a la derecha" porque no aceptaba el fetichismo de los medios. En el fondo las ideas "de izquierdas" son una contraseña, un vínculo tribal, no un método de acción para mejorar la condición humana. Criticarlas en nombre de sus supuestos objetivos equivalía a salirse de la tribu, y eso fue lo que me pasó. (Págs. 400-401)
Aunque descriptivamente el análisis de Revel me parece genial, como explicación no me convence tanto. No estoy tan seguro de que "ser de izquierdas" sea un mero error de método, convertido en dogma de fe por una obcecación incomprensible. En lugar de limitarse a defender una sociedad razonablemente justa y libre, la ideología llamada progresista se caracteriza por no conformarse en absoluto con tales objetivos, sino que se sustenta, de manera más o menos explícita, en el postulado romántico (es decir, antiilustrado) según el cual es posible una "sociedad reconciliada"**, en la cual todos los conflictos e injusticias han sido erradicados de una vez para siempre. Un difuso utopismo igualitario, más que ninguna teoría socioeconómica errónea, es lo que sirve principalmente de justificación al intervencionismo de los gobiernos. Y ello parece encajar mejor con la certera observación acerca del tribalismo de la izquierda, esa nostalgia atávica de gregarismos perdidos.
______
* Memorias. El ladrón en la casa vacía, Ed. Fundación FAES, 2007.
** Miquel Porta Perales, La tentación liberal. Una defensa del orden establecido, ed. Península, 2009, pág. 15.
Me había apasionado por la política porque quería reducir los sufrimientos humanos y fortalecer la justicia y la libertad. Pero descubría que para lograrlo la izquierda había erigido en principios sagrados unos métodos que daban resultados contrarios a los deseados. Lo malo era que no quería reconocerlo o, peor aún, ni siquiera se daba cuenta. Pero yo no podía dejar de ver que después de la guerra las democracias liberales habían proporcionado a sus ciudadanos una prosperidad, una libertad y un progreso de la cultura que el socialismo había sido incapaz de generar, y además había destruido sus primicias. Los esquemas explicativos que hasta entonces me habían servido para interpretar la realidad eran refutados por ella. Me di cuenta a mi pesar, pero de un modo irresistible. No obstante los socialistas se obstinaban en identificar el hecho de "ser de izquierdas" con la veneración supersticiosa de unos medios caducos. A mí lo que me importaban eran los fines, que no habían cambiado, y debían buscarse por otros medios. Fiel a estos fines, seguía considerándome "de izquierdas", pero los socialistas me arrojaron "a la derecha" porque no aceptaba el fetichismo de los medios. En el fondo las ideas "de izquierdas" son una contraseña, un vínculo tribal, no un método de acción para mejorar la condición humana. Criticarlas en nombre de sus supuestos objetivos equivalía a salirse de la tribu, y eso fue lo que me pasó. (Págs. 400-401)
Aunque descriptivamente el análisis de Revel me parece genial, como explicación no me convence tanto. No estoy tan seguro de que "ser de izquierdas" sea un mero error de método, convertido en dogma de fe por una obcecación incomprensible. En lugar de limitarse a defender una sociedad razonablemente justa y libre, la ideología llamada progresista se caracteriza por no conformarse en absoluto con tales objetivos, sino que se sustenta, de manera más o menos explícita, en el postulado romántico (es decir, antiilustrado) según el cual es posible una "sociedad reconciliada"**, en la cual todos los conflictos e injusticias han sido erradicados de una vez para siempre. Un difuso utopismo igualitario, más que ninguna teoría socioeconómica errónea, es lo que sirve principalmente de justificación al intervencionismo de los gobiernos. Y ello parece encajar mejor con la certera observación acerca del tribalismo de la izquierda, esa nostalgia atávica de gregarismos perdidos.
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* Memorias. El ladrón en la casa vacía, Ed. Fundación FAES, 2007.
** Miquel Porta Perales, La tentación liberal. Una defensa del orden establecido, ed. Península, 2009, pág. 15.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
El mantra de la desafección
Periódicamente, escuchamos declaraciones, tanto de políticos como de periodistas y opinadores en general, lamentándose del fenómeno de la "desafección" de los ciudadanos hacia la clase política. A primera vista, lo lógico sería pensar que este es un problema que tienen los políticos, no los ciudadanos. Si tu novia ya no te quiere, el problema lo tienes principalmente tú, no ella. Sin embargo, dichos opinadores, de manera más o menos explícita, dan por sentado que de la tan traída y llevada desafección se derivan incalculables males. Recientemente ha sido el presidente del parlamento catalán quien ha alertado, en un programa de radio, sobre el peligro de la presencia en dicha cámara de partidos de ultraderecha. Pero en una conferencia de prensa posterior ha sido más preciso. Su verdadera preocupación es que la sociedad se los lleve por delante (literal), y para ello ha conminado a los partidos que forman parte del sistema a emprender medidas regeneradoras. Es decir, traducido del politiqués: O hacemos una buena campaña de imagen, o se nos puede acabar el chollo cualquier día de estos.
A mí, cuando me hablan de desafección, tiendo a pensar que todavía debería haber más. Sin embargo, tras esta primera reacción de anarquismo instintivo, admito que el problema existe, sólo que no como se plantea. La desconfianza de los ciudadanos hacia los políticos no sólo no es mala, es sana y altamente necesaria. El problema es cuando la clase política se convierte en una casta autosuficiente, que se debe no a los ciudadanos a quienes dice representar, sino a una partidocracia en la cual sólo escalan puestos y mantienen sus despachos y prebendas los profesionales de la intriga y el pelotilleo, por no hablar de quienes incurren en prácticas contrarias al código penal. Entonces, el descontento de los ciudadanos efectivamente puede conducir a su decantación por partidos marginales, en el sentido neutral del término. Es decir, pueden ser partidos que aporten aire fresco a las instituciones, o bien pueden ser peores remedios que la enfermedad.
Personalmente, cada vez tiendo más a pensar que el sistema casi bipartidista constituído por PSOE y PP (un bipartidismo que no tiene nada que ver con el que se da en Estados Unidos, donde los aparatos de los partidos tienen un peso mucho menor que aquí) sólo puede reformarse mediante el ascenso de formaciones que permitan representar con más precisión las tendencias de la sociedad. En las recientes elecciones de Alemania hemos podido comprobar que a pesar de que el voto liberal-conservador se haya dividido, hasta cierto punto, entre la CDU y los liberales de Guido Westerwelle, ello no les ha impedido aprovechar la debacle de los socialistas, y alcanzar el gobierno (a lo cual ha contribuido que el voto de izquierdas también se ha dividido.) En España, el tercer partido en porcentaje de votos en las pasadas elecciones fue IU, con menos del 4 % de los votos. Compárese esta situación con la alemana, donde el tercero (Partido Liberal) ha obtenido cerca del 15 % de los votos, seguidos de La Izquierda (casi el 12 %) y Los Verdes (casi el 11 %).
Es vital que surjan partidos en España, tanto por la derecha como por la izquierda, que animen el cotarro y resten influencia tanto al PSOE como al PP, aunque desde mi punto de vista, el objetivo sería un gobierno de coalición de este último con un tercero. ¿Quién podría ser nuestro Westerwelle? No lo sé, pero creo que a algunos (o algunas) que podrían decidirse a serlo, se les puede pasar el arroz como no actúen pronto.
A mí, cuando me hablan de desafección, tiendo a pensar que todavía debería haber más. Sin embargo, tras esta primera reacción de anarquismo instintivo, admito que el problema existe, sólo que no como se plantea. La desconfianza de los ciudadanos hacia los políticos no sólo no es mala, es sana y altamente necesaria. El problema es cuando la clase política se convierte en una casta autosuficiente, que se debe no a los ciudadanos a quienes dice representar, sino a una partidocracia en la cual sólo escalan puestos y mantienen sus despachos y prebendas los profesionales de la intriga y el pelotilleo, por no hablar de quienes incurren en prácticas contrarias al código penal. Entonces, el descontento de los ciudadanos efectivamente puede conducir a su decantación por partidos marginales, en el sentido neutral del término. Es decir, pueden ser partidos que aporten aire fresco a las instituciones, o bien pueden ser peores remedios que la enfermedad.
Personalmente, cada vez tiendo más a pensar que el sistema casi bipartidista constituído por PSOE y PP (un bipartidismo que no tiene nada que ver con el que se da en Estados Unidos, donde los aparatos de los partidos tienen un peso mucho menor que aquí) sólo puede reformarse mediante el ascenso de formaciones que permitan representar con más precisión las tendencias de la sociedad. En las recientes elecciones de Alemania hemos podido comprobar que a pesar de que el voto liberal-conservador se haya dividido, hasta cierto punto, entre la CDU y los liberales de Guido Westerwelle, ello no les ha impedido aprovechar la debacle de los socialistas, y alcanzar el gobierno (a lo cual ha contribuido que el voto de izquierdas también se ha dividido.) En España, el tercer partido en porcentaje de votos en las pasadas elecciones fue IU, con menos del 4 % de los votos. Compárese esta situación con la alemana, donde el tercero (Partido Liberal) ha obtenido cerca del 15 % de los votos, seguidos de La Izquierda (casi el 12 %) y Los Verdes (casi el 11 %).
Es vital que surjan partidos en España, tanto por la derecha como por la izquierda, que animen el cotarro y resten influencia tanto al PSOE como al PP, aunque desde mi punto de vista, el objetivo sería un gobierno de coalición de este último con un tercero. ¿Quién podría ser nuestro Westerwelle? No lo sé, pero creo que a algunos (o algunas) que podrían decidirse a serlo, se les puede pasar el arroz como no actúen pronto.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Mi último artículo en Semanario Atlántico
La izquierda es experta en centrar el debate en la disyuntiva entre modernidad y tradición, pintando a esta última como el origen de todos los males. Sin embargo, los totalitarismos del siglo XX, que convirtieron en un infierno vastas regiones del planeta, deben cargarse, a todas luces, en la cuenta de la tan sobrevalorada modernidad. Y lo mismo podemos decir de la última ideología con pretensiones de dominio universal, el islamismo, aunque superficialmente parezca una mera forma de reacción. De ello hablo en mi artículo Comunismo, nazismo, islamismo, publicado en Semanario Atlántico.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Yo también he firmado
Aunque pueda dudarse de la efectividad práctica de este tipo de iniciativas, no sería admisible que no existiera una condena formal del comunismo. De ahí que la Declaración de Praga sobre la Consciencia Europea y el Comunismo merezca ser apoyada por cuanta más gente mejor.Mientras un premio Nobel de Literatura siga declarándose orgullosamente comunista, y sólo unos pocos reaccionen con la misma indignación que si se hubiera declarado nacional-socialista, la sociedad europea seguirá siendo una sociedad enferma, seguirá demostrando (y esto vale especialmente para España, setenta años después de la guerra civil) no haber entendido nada, a pesar de todas las catástrofes del siglo XX.
Vía: Martha Colmenares.
Facebook: Cause
sábado, 31 de octubre de 2009
El climatólogo Michael Jackson
Esta tarde he visto This Is It, la película basada en los ensayos de la gira que tenía previsto dar Michael Jackson en el Reino Unido. Quizás porque hubiera preferido ver otra cosa (la elección ha sido de mi mujer) al final no me he aburrido tanto como pensaba.
Una de las canciones de la película, Earth Song, sirve para poner la nota ecológica. Al parecer, el rey del pop quería incluir en su gira británica un mensaje sobre el cambio climático. Durante uno de los ensayos dirigió a sus colaboradores unas palabras sobre la importancia que tenía este tema para él, y aseguró que sólo tenemos cuatro años para salvar al planeta: Después, siempre según el climatólogo Michael Jackson, será demasiado tarde.
A menudo se ha observado, no sin razón, que las poses "comprometidas" de los artistas son una manera de promocionarse y a veces hasta de hacer negocio. Evidentemente, no es el caso de Michael Jackson, que a estas alturas no necesitaba esto, creo yo. Más bien tiendo a pensar que en la mayoría de artistas late un larvado complejo de culpa, por el cual toda concepción del arte por el arte aparece como moralmente injustificable, y aquí radicaría la causa profunda por la cual muchos adoptan posturas "progresistas", una especie de acto de expiación por su pecado de esteticismo.
A mí siempre me ha parecido que el arte por el arte no necesita ninguna justificación, pues los artistas, y especialmente los más grandes de entre ellos, hacen infinitamente más por la efímera felicidad terrena que no muchos salvapatrias y mártires. No tienen ninguna necesidad, ni mucho menos obligación, de ofrendar sus obras a la Madre Tierra, ni a ningún otro ídolo de las ideologías modernas.
Una de las canciones de la película, Earth Song, sirve para poner la nota ecológica. Al parecer, el rey del pop quería incluir en su gira británica un mensaje sobre el cambio climático. Durante uno de los ensayos dirigió a sus colaboradores unas palabras sobre la importancia que tenía este tema para él, y aseguró que sólo tenemos cuatro años para salvar al planeta: Después, siempre según el climatólogo Michael Jackson, será demasiado tarde.
A menudo se ha observado, no sin razón, que las poses "comprometidas" de los artistas son una manera de promocionarse y a veces hasta de hacer negocio. Evidentemente, no es el caso de Michael Jackson, que a estas alturas no necesitaba esto, creo yo. Más bien tiendo a pensar que en la mayoría de artistas late un larvado complejo de culpa, por el cual toda concepción del arte por el arte aparece como moralmente injustificable, y aquí radicaría la causa profunda por la cual muchos adoptan posturas "progresistas", una especie de acto de expiación por su pecado de esteticismo.
A mí siempre me ha parecido que el arte por el arte no necesita ninguna justificación, pues los artistas, y especialmente los más grandes de entre ellos, hacen infinitamente más por la efímera felicidad terrena que no muchos salvapatrias y mártires. No tienen ninguna necesidad, ni mucho menos obligación, de ofrendar sus obras a la Madre Tierra, ni a ningún otro ídolo de las ideologías modernas.
miércoles, 28 de octubre de 2009
El liberalismo explicado a mi hijo (cuando sea un poco mayor)
El liberalismo económico defiende la libertad económica, es decir, que los individuos (empresarios, trabajadores, consumidores) se vean constreñidos por las menores trabas (impuestos y regulaciones) posibles. El socialismo se opone a esta concepción porque, asegura, una libertad económica plena desprotegería a los más débiles, es decir, a los trabajadores y consumidores. Si a los empresarios no se les obligase, por ejemplo, a garantizar vacaciones pagadas, muy pocos trabajadores disfrutarían de ellas. Si no se les obliga, además, a respetar determinadas normas de calidad, muchos productos podrían ser nocivos o peligrosos. La idea del socialismo es que el empresario, básicamente es un ser sin escrúpulos, que si no explota a los trabajadores o engaña a los clientes es porque teme a los inspectores de la administración. En cambio (y he aquí la incongruencia) los políticos (socialistas, se entiende) y funcionarios son seres puramente altruistas y bellos, movidos exclusivamente por la pasión de servir al bien común.
Para el liberalismo las cosas son muy distintas. La diferencia entre un empresario y un funcionario es que el primero no puede imponer nada por la fuerza a trabajadores y consumidores, mientras que el segundo sí. Si un policía o un inspector me impone una multa, deberé pagarla, de lo contrario seré embargado a la fuerza, y si me opusiera obstinadamente, retirando por ejemplo mis depósitos bancarios para eludir la acción de la administración, seguramente iría a parar a la cárcel. En cambio, si no me gusta un trabajo, soy libre de dejarlo; si no me gusta un producto, soy libre de no comprarlo. Es decir, puedo irme a otra empresa, puedo comprar a otro fabricante. La competencia, o dicho de otro modo, la libertad de cualquiera de establecer cualquier negocio, le obliga a intentar ofrecer la mejor calidad al mejor precio, así como las mejores condiciones laborales posibles (sueldo, vacaciones, etc) para obtener los servicios de los mejores trabajadores.
Los socialistas replican que lo anterior es un cuadro idílico e irreal. Nos hablan de espantosas condiciones laborales pasadas y presentes, así como de escandalosos casos de fraude al público, de conspiraciones de multinacionales y, en fin, toda una galería de horrores provocados por el "capitalismo salvaje". Sin embargo, si analizamos estos casos (pues eliminando las invenciones, los mitos y las exageraciones, un núcleo de verdad hay en ello) vemos que en realidad, las conductas de empresarios sin escrúpulos no podrían producirse si no contaran con la protección o el trato privilegiado del Estado, es decir, si no actuaran fuera de las normas del mercado libre, regulado sólo por la competencia. ¿Cómo puede entonces ser la solución a estos males más Estado, cuando es el verdadero causante de ellos?
La experiencia histórica demuestra de manera aplastante que quienes tienen la razón son los liberales, no los socialistas. Los países más prósperos son aquellos donde se da una mayor libertad económica, mientras que aquellos donde el Estado controla por completo la actividad económica, han fracasado por completo, no sólo no han conseguido elevar la prosperidad de sus habitantes, sino que los han empobrecido. Y con el fin de mantenerse en el poder, los gobernantes de estos países han ejercido una represión brutal, muy superior a la de todas las tiranías pasadas. Se calcula que en el siglo XX los regímenes de socialismo marxista han sido los causantes de unos cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones y hambrunas a consecuencia de la abolición de la propiedad privada.
Ahora bien, a pesar de estos hechos irrebatibles, el socialismo sigue gozando de un prestigio a primera vista incomprensible. Aunque hoy en día son pocos quienes se declaran marxistas o comunistas, son tratados con mucho más respecto que quien se proclamara abiertamente nacional-socialista o fascista, pese a que el comunismo ha causado aproximadamente un número cuatro veces mayor de muertos, aunque sólo fuera por su extensión geográfica y temporal. En cuanto a los socialistas no marxistas, que renuncian a la planificación total de la economía, pero se oponen a toda franca liberalización, no sólo gozan de respeto, sino que gobiernan habitualmente en muchos países occidentales.
El inmerecido prestigio del socialismo se debe a dos causas fundamentales. La primera, de tipo histórico, procede de la propaganda ejercida durante años por los partidos comunistas, que fue especialmente hábil en disfrazar las miserias de los países del "socialismo real", y de atribuir los males del nazismo al capitalismo, cuando de hecho, las ideologías fascista y nacional-socialista, en términos económicos equivalen a un socialismo no marxista, en el cual, tras el respeto formal a la propiedad privada, se da una intervención asfixiante del Estado en la actividad económica (y por supuesto en todas las demás).
La segunda causa es que los gobiernos occidentales, sobre todo los europeos, tanto los de derechas como los de izquierdas, con pocas excepciones, se han dedicado a favorecer el crecimiento del Estado, el cual ha absorbido y casi monopolizado varios aspectos de la actividad económica, como son los servicios sanitarios, educativos, etc, de manera que una buena parte de la población se ha convertido en dependiente del Estado. O dicho de otra manera, cree que si no fuera por el Estado, que le ofrece sanidad o escuela "gratuitas", su bienestar se vería automáticamente reducido.
Y no le falta parte de razón. Efectivamente, en el actual estado de cosas producto de las ideas socialistas, una familia que gane 1800 euros y que se beneficie de la sanidad, la enseñanza y las pensiones por desempleo y jubilación públicas, si de repente debiera pagarse estos servicios de su bolsillo, pagando un seguro médico, llevando a sus hijos a un colegio privado y contratando un plan de pensiones y un seguro de desempleo, y todo ello manteniendo sus actuales ingresos, se vería en una situación muy complicada.
Ahora bien, en este razonamiento algo falla. Porque la escuela o la sanidad pública tienen un coste, exactamente igual que las privadas (de hecho, como veremos, superior). Es decir, los servicios públicos "gratuitos" los pagamos igualmente, lo que ocurre es que quienes por sus menores rentas soportan menos impuestos directos, creen verse beneficiados por las mayores contribuciones de los más ricos. Sin embargo, esta idea es profundamente errónea. Porque los que pagan menos impuestos, se ven también menos beneficiados por la actividad económica privada que deja de producirse precisamente debido a la presión fiscal (menos puestos de trabajo, menores salarios porque hay que pagar cotizaciones sociales, etc). Quizá con una ilustración numérica, aun si es algo tosca, se comprenderá esto mejor.
Sabemos que como promedio, a cada español le cuesta cerca de 10.000 euros anuales mantener el Estado, el conjunto de todas las administraciones. Ahora bien, si redujéramos los servicios del Estado al mínimo (justicia, defensa, seguridad, hacienda y poco más), habría más que suficiente con aproximadamente un 10 % de esta cantidad. Es decir, 9.000 euros, más o menos, por persona y año se dedican a gastos sociales, infraestructuras, y gastos financieros asociados. Esto significa que si estas actividades las realizara el sector privado, cada ciudadano, de promedio, podría tener una renta de 9.000 euros anuales más. O expresado en porcentajes, si la renta per cápita española es de unos 26.000 euros, al reducir el Estado en un 90 %, se vería incrementada en un 35 %. Así, la pareja que antes ganaba 1800 euros al mes, ahora ganaría 2.430. ¿Suficiente para costearse sanidad privada, escuela privada, etc? Quizás no, pero aún no hemos terminado.
Como hemos dicho, aunque mi declaración de la renta sea negativa, es decir, Hacienda me devuelva dinero, no sólo sigo pagando impuestos indirectos cada vez que enciendo la luz de mi casa, pongo gasolina al coche o voy al supermercado, sino que me hallo en un contexto económico contraído por esa presión fiscal de entre el treinta y el cuarenta por ciento de la riqueza del país, que es absorbida por el gobierno, y lo que es más difícil de medir, por las regulaciones que se impone al resto de actividad privada. ¿Cuánto aumentaría la riqueza de un país que se viera liberado del tal modo de esa pesada carga estatal? Seamos conservadores, y supongamos que, después de ese 35 % de promedio que automáticamente retornaría a nuestros bolsillos por la mera reducción de la fiscalidad, el crecimiento económico subsiguiente permite en pocos años un crecimiento acumulado del 50 % de la renta per cápita. Esto, traducido rudimentariamente al salario de nuestro ejemplo de familia, significaría que ahora ganaría unos 2700 euros al mes. Quizás ya podría plantearse enviar a los hijos a un colegio privado de su elección, o elegir entre alguna de las muchas aseguradoras médicas. [En realidad, la mejora de nuestra familia sería mucho mayor, porque sabemos que liberalizaciones muchísimo más tímidas han tenido resultados espectaculares. ACTUALIZACIÓN 8:38 horas.]
Porque esta es otra. Los servicios privados son indefectiblemente de superior calidad a los públicos por la razón que ya señalábamos antes: Al estar sometidos a la ley de la libre competencia, los agentes privados se ven fuertemente incentivados a ofrecer la máxima calidad al mejor precio, no así las empresas del sector público, en las cuales son moneda corriente las colas, las listas de espera, el trato despersonalizado, la falta de medios, etc. Por tanto, incluso aunque cuantitativamente el nivel de vida de nuestra familia no haya variado (pongamos que siga acudiendo al restaurante o al cine con la misma frecuencia que antes, por ejemplo), en realidad ahora disfruta de mejores servicios, por lo que cualitativamente sí ha prosperado. Sobre todo pensemos en la educación, que es decisiva para el futuro profesional de los hijos. Si uno tiene acceso a una enseñanza de calidad, y sobre todo si la aprovecha, no terminará trabajando en la mugrienta cocina de un tugurio de mala muerte, quejándose de la explotación capitalista. Puede por ejemplo acabar siendo catedrático, disfrutando de las ventajas de vivir en un país capitalista -entre ellas, la de renegar todo lo que quiera del capitalismo que tan bien le trata.
Por supuesto, sería imposible y para nada deseable reducir de golpe el Estado en un 90 %, y acaso ni siquiera gradualmente se logre nunca. Sin embargo, es fácil de comprender que toda reducción gradual, que no desproteja de manera súbita a los beneficiarios de servicios públicos (no antes al menos de que su nivel de vida se haya visto incrementado en la medida suficiente) será siempre beneficiosa para la sociedad. Todo recorte de la burocracia, toda simplificación de los trámites administrativos, toda eliminación de subvenciones y de gastos superfluos significará, en definitiva, que los individuos dispondrán de más dinero para invertirlo o gastarlo como mejor les parezca, no como le parezca a una minoría político-burocrática.
La ventaja última y en realidad esencial del liberalismo económico también la hemos sugerido antes, cuando hablábamos de las consecuencias catastróficas del comunismo. Todo lo que sea reducir el tamaño del Estado, beneficia no sólo la libertad económica sino la de cualquier tipo. Un Estado reducido es más difícil que crezca desmesuradamente (o por lo menos está más lejos de ello) hasta el punto de acabar ahogando o desnaturalizando gradualmente la libertad y la democracia. El llamado Estado del Bienestar en realidad nos empobrece, nos resta bienestar, haciéndonos más dependientes de él, y sobre todo entraña el riesgo de que siga creciendo, con las fatales consecuencias que la historia registra.
La libertad económica, al contrario de lo que los socialistas pregonan, nunca es un mal; por el contrario, todo mal procede de la falta de libertad en general.
Para el liberalismo las cosas son muy distintas. La diferencia entre un empresario y un funcionario es que el primero no puede imponer nada por la fuerza a trabajadores y consumidores, mientras que el segundo sí. Si un policía o un inspector me impone una multa, deberé pagarla, de lo contrario seré embargado a la fuerza, y si me opusiera obstinadamente, retirando por ejemplo mis depósitos bancarios para eludir la acción de la administración, seguramente iría a parar a la cárcel. En cambio, si no me gusta un trabajo, soy libre de dejarlo; si no me gusta un producto, soy libre de no comprarlo. Es decir, puedo irme a otra empresa, puedo comprar a otro fabricante. La competencia, o dicho de otro modo, la libertad de cualquiera de establecer cualquier negocio, le obliga a intentar ofrecer la mejor calidad al mejor precio, así como las mejores condiciones laborales posibles (sueldo, vacaciones, etc) para obtener los servicios de los mejores trabajadores.
Los socialistas replican que lo anterior es un cuadro idílico e irreal. Nos hablan de espantosas condiciones laborales pasadas y presentes, así como de escandalosos casos de fraude al público, de conspiraciones de multinacionales y, en fin, toda una galería de horrores provocados por el "capitalismo salvaje". Sin embargo, si analizamos estos casos (pues eliminando las invenciones, los mitos y las exageraciones, un núcleo de verdad hay en ello) vemos que en realidad, las conductas de empresarios sin escrúpulos no podrían producirse si no contaran con la protección o el trato privilegiado del Estado, es decir, si no actuaran fuera de las normas del mercado libre, regulado sólo por la competencia. ¿Cómo puede entonces ser la solución a estos males más Estado, cuando es el verdadero causante de ellos?
La experiencia histórica demuestra de manera aplastante que quienes tienen la razón son los liberales, no los socialistas. Los países más prósperos son aquellos donde se da una mayor libertad económica, mientras que aquellos donde el Estado controla por completo la actividad económica, han fracasado por completo, no sólo no han conseguido elevar la prosperidad de sus habitantes, sino que los han empobrecido. Y con el fin de mantenerse en el poder, los gobernantes de estos países han ejercido una represión brutal, muy superior a la de todas las tiranías pasadas. Se calcula que en el siglo XX los regímenes de socialismo marxista han sido los causantes de unos cien millones de muertos por ejecuciones, deportaciones y hambrunas a consecuencia de la abolición de la propiedad privada.
Ahora bien, a pesar de estos hechos irrebatibles, el socialismo sigue gozando de un prestigio a primera vista incomprensible. Aunque hoy en día son pocos quienes se declaran marxistas o comunistas, son tratados con mucho más respecto que quien se proclamara abiertamente nacional-socialista o fascista, pese a que el comunismo ha causado aproximadamente un número cuatro veces mayor de muertos, aunque sólo fuera por su extensión geográfica y temporal. En cuanto a los socialistas no marxistas, que renuncian a la planificación total de la economía, pero se oponen a toda franca liberalización, no sólo gozan de respeto, sino que gobiernan habitualmente en muchos países occidentales.
El inmerecido prestigio del socialismo se debe a dos causas fundamentales. La primera, de tipo histórico, procede de la propaganda ejercida durante años por los partidos comunistas, que fue especialmente hábil en disfrazar las miserias de los países del "socialismo real", y de atribuir los males del nazismo al capitalismo, cuando de hecho, las ideologías fascista y nacional-socialista, en términos económicos equivalen a un socialismo no marxista, en el cual, tras el respeto formal a la propiedad privada, se da una intervención asfixiante del Estado en la actividad económica (y por supuesto en todas las demás).
La segunda causa es que los gobiernos occidentales, sobre todo los europeos, tanto los de derechas como los de izquierdas, con pocas excepciones, se han dedicado a favorecer el crecimiento del Estado, el cual ha absorbido y casi monopolizado varios aspectos de la actividad económica, como son los servicios sanitarios, educativos, etc, de manera que una buena parte de la población se ha convertido en dependiente del Estado. O dicho de otra manera, cree que si no fuera por el Estado, que le ofrece sanidad o escuela "gratuitas", su bienestar se vería automáticamente reducido.
Y no le falta parte de razón. Efectivamente, en el actual estado de cosas producto de las ideas socialistas, una familia que gane 1800 euros y que se beneficie de la sanidad, la enseñanza y las pensiones por desempleo y jubilación públicas, si de repente debiera pagarse estos servicios de su bolsillo, pagando un seguro médico, llevando a sus hijos a un colegio privado y contratando un plan de pensiones y un seguro de desempleo, y todo ello manteniendo sus actuales ingresos, se vería en una situación muy complicada.
Ahora bien, en este razonamiento algo falla. Porque la escuela o la sanidad pública tienen un coste, exactamente igual que las privadas (de hecho, como veremos, superior). Es decir, los servicios públicos "gratuitos" los pagamos igualmente, lo que ocurre es que quienes por sus menores rentas soportan menos impuestos directos, creen verse beneficiados por las mayores contribuciones de los más ricos. Sin embargo, esta idea es profundamente errónea. Porque los que pagan menos impuestos, se ven también menos beneficiados por la actividad económica privada que deja de producirse precisamente debido a la presión fiscal (menos puestos de trabajo, menores salarios porque hay que pagar cotizaciones sociales, etc). Quizá con una ilustración numérica, aun si es algo tosca, se comprenderá esto mejor.
Sabemos que como promedio, a cada español le cuesta cerca de 10.000 euros anuales mantener el Estado, el conjunto de todas las administraciones. Ahora bien, si redujéramos los servicios del Estado al mínimo (justicia, defensa, seguridad, hacienda y poco más), habría más que suficiente con aproximadamente un 10 % de esta cantidad. Es decir, 9.000 euros, más o menos, por persona y año se dedican a gastos sociales, infraestructuras, y gastos financieros asociados. Esto significa que si estas actividades las realizara el sector privado, cada ciudadano, de promedio, podría tener una renta de 9.000 euros anuales más. O expresado en porcentajes, si la renta per cápita española es de unos 26.000 euros, al reducir el Estado en un 90 %, se vería incrementada en un 35 %. Así, la pareja que antes ganaba 1800 euros al mes, ahora ganaría 2.430. ¿Suficiente para costearse sanidad privada, escuela privada, etc? Quizás no, pero aún no hemos terminado.
Como hemos dicho, aunque mi declaración de la renta sea negativa, es decir, Hacienda me devuelva dinero, no sólo sigo pagando impuestos indirectos cada vez que enciendo la luz de mi casa, pongo gasolina al coche o voy al supermercado, sino que me hallo en un contexto económico contraído por esa presión fiscal de entre el treinta y el cuarenta por ciento de la riqueza del país, que es absorbida por el gobierno, y lo que es más difícil de medir, por las regulaciones que se impone al resto de actividad privada. ¿Cuánto aumentaría la riqueza de un país que se viera liberado del tal modo de esa pesada carga estatal? Seamos conservadores, y supongamos que, después de ese 35 % de promedio que automáticamente retornaría a nuestros bolsillos por la mera reducción de la fiscalidad, el crecimiento económico subsiguiente permite en pocos años un crecimiento acumulado del 50 % de la renta per cápita. Esto, traducido rudimentariamente al salario de nuestro ejemplo de familia, significaría que ahora ganaría unos 2700 euros al mes. Quizás ya podría plantearse enviar a los hijos a un colegio privado de su elección, o elegir entre alguna de las muchas aseguradoras médicas. [En realidad, la mejora de nuestra familia sería mucho mayor, porque sabemos que liberalizaciones muchísimo más tímidas han tenido resultados espectaculares. ACTUALIZACIÓN 8:38 horas.]
Porque esta es otra. Los servicios privados son indefectiblemente de superior calidad a los públicos por la razón que ya señalábamos antes: Al estar sometidos a la ley de la libre competencia, los agentes privados se ven fuertemente incentivados a ofrecer la máxima calidad al mejor precio, no así las empresas del sector público, en las cuales son moneda corriente las colas, las listas de espera, el trato despersonalizado, la falta de medios, etc. Por tanto, incluso aunque cuantitativamente el nivel de vida de nuestra familia no haya variado (pongamos que siga acudiendo al restaurante o al cine con la misma frecuencia que antes, por ejemplo), en realidad ahora disfruta de mejores servicios, por lo que cualitativamente sí ha prosperado. Sobre todo pensemos en la educación, que es decisiva para el futuro profesional de los hijos. Si uno tiene acceso a una enseñanza de calidad, y sobre todo si la aprovecha, no terminará trabajando en la mugrienta cocina de un tugurio de mala muerte, quejándose de la explotación capitalista. Puede por ejemplo acabar siendo catedrático, disfrutando de las ventajas de vivir en un país capitalista -entre ellas, la de renegar todo lo que quiera del capitalismo que tan bien le trata.
Por supuesto, sería imposible y para nada deseable reducir de golpe el Estado en un 90 %, y acaso ni siquiera gradualmente se logre nunca. Sin embargo, es fácil de comprender que toda reducción gradual, que no desproteja de manera súbita a los beneficiarios de servicios públicos (no antes al menos de que su nivel de vida se haya visto incrementado en la medida suficiente) será siempre beneficiosa para la sociedad. Todo recorte de la burocracia, toda simplificación de los trámites administrativos, toda eliminación de subvenciones y de gastos superfluos significará, en definitiva, que los individuos dispondrán de más dinero para invertirlo o gastarlo como mejor les parezca, no como le parezca a una minoría político-burocrática.
La ventaja última y en realidad esencial del liberalismo económico también la hemos sugerido antes, cuando hablábamos de las consecuencias catastróficas del comunismo. Todo lo que sea reducir el tamaño del Estado, beneficia no sólo la libertad económica sino la de cualquier tipo. Un Estado reducido es más difícil que crezca desmesuradamente (o por lo menos está más lejos de ello) hasta el punto de acabar ahogando o desnaturalizando gradualmente la libertad y la democracia. El llamado Estado del Bienestar en realidad nos empobrece, nos resta bienestar, haciéndonos más dependientes de él, y sobre todo entraña el riesgo de que siga creciendo, con las fatales consecuencias que la historia registra.
La libertad económica, al contrario de lo que los socialistas pregonan, nunca es un mal; por el contrario, todo mal procede de la falta de libertad en general.
domingo, 25 de octubre de 2009
Han esperado quinientos años
Los blogs Islamización de Europa e In partibus infidelum se refieren a la noticia de la aparición de un partido islámico español, Partido Renacimiento y Unión de España (PRUNE), inscrito en el registro de Interior el 23 de julio.
La nueva formación se presenta con un discurso un tanto evanescente, jugando claramente al despiste. Así, habla de "justicia, igualdad, solidaridad y libertad", pero incluso esta retórica meliflua emite suficientes señales para ponerse en guardia. Nótese para empezar, de los términos entrecomillados, cuál es el que citan en último lugar. ¿Casualidad?
Tampoco se debe pasar por alto que pretendan desterrar "las prácticas usureras en las transacciones comerciales y el interés bancario", un intento obvio de asomar la ley islámica por el lado que despierta más connivencias con la extendida mentalidad anticapitalista.
Pero sobre todo, es especialmente significativa su pretensión de erigirse en representante de los "marginados", en especial los inmigrantes. Toda formación política que asegura defender no a individuos, a ciudadanos, a personas, sino a grupos, a colectivos, podemos tener por seguro que tenderá a restringir las libertades individuales (es decir, las únicas que existen). En una sociedad donde todos somos iguales ante la ley, sea cual sea nuestro sexo, creencias, origen social, etc, forzosamente debe desconfiarse de quien pretende redimir a un determinado grupo de personas. Esto implica que de hecho se quieren implantar leyes discriminatorias, a favor de determinadas minorías, es decir, que se pretende adulterar esa igualdad, y por tanto cercenar las libertades.
Estos empiezan, al socaire de la crisis económica, por la crítica populista del interés bancario, para hacerse los simpáticos en una sociedad donde la ignorancia de las leyes económicas, cultivada minuciosamente las veinticuatro horas del día por la cretinez ideológica que destilan casi todos los medios de comunicación, es sólo comparable a la ignorancia en física teórica. Luego ya vendrá lo demás, la sumisión de la mujer, la prohibición de la blasfemia, del vino y del cerdo, la persecución de homosexuales y judíos... Poco a poco, no tienen prisa: han esperado quinientos años.
La nueva formación se presenta con un discurso un tanto evanescente, jugando claramente al despiste. Así, habla de "justicia, igualdad, solidaridad y libertad", pero incluso esta retórica meliflua emite suficientes señales para ponerse en guardia. Nótese para empezar, de los términos entrecomillados, cuál es el que citan en último lugar. ¿Casualidad?
Tampoco se debe pasar por alto que pretendan desterrar "las prácticas usureras en las transacciones comerciales y el interés bancario", un intento obvio de asomar la ley islámica por el lado que despierta más connivencias con la extendida mentalidad anticapitalista.
Pero sobre todo, es especialmente significativa su pretensión de erigirse en representante de los "marginados", en especial los inmigrantes. Toda formación política que asegura defender no a individuos, a ciudadanos, a personas, sino a grupos, a colectivos, podemos tener por seguro que tenderá a restringir las libertades individuales (es decir, las únicas que existen). En una sociedad donde todos somos iguales ante la ley, sea cual sea nuestro sexo, creencias, origen social, etc, forzosamente debe desconfiarse de quien pretende redimir a un determinado grupo de personas. Esto implica que de hecho se quieren implantar leyes discriminatorias, a favor de determinadas minorías, es decir, que se pretende adulterar esa igualdad, y por tanto cercenar las libertades.
Estos empiezan, al socaire de la crisis económica, por la crítica populista del interés bancario, para hacerse los simpáticos en una sociedad donde la ignorancia de las leyes económicas, cultivada minuciosamente las veinticuatro horas del día por la cretinez ideológica que destilan casi todos los medios de comunicación, es sólo comparable a la ignorancia en física teórica. Luego ya vendrá lo demás, la sumisión de la mujer, la prohibición de la blasfemia, del vino y del cerdo, la persecución de homosexuales y judíos... Poco a poco, no tienen prisa: han esperado quinientos años.
sábado, 24 de octubre de 2009
La muchacha de las espuelas de oro
Padecemos en España una escasez tan mísera de una derecha que no sienta vergüenza de sí misma, que cuando aparece una política como Montse Nebrera, que se proclama de derechas y liberal-conservadora con todas las letras, no debería sorprender que nos haya encandilado a muchos, al menos por un tiempo. Se la podrá criticar por la forma como se ha marchado del PP, pero el problema de fondo no es Nebrera, es la esclerosis del PP, que hace prácticamente imposible la formación de un liderazgo con arraigo en las bases, lo que atrae a paracaidistas imprevisibles.
Ahora bien, también podría decirse que el peor enemigo de Montse Nebrera es Montse Nebrera. La gracieta de FAES y Falange Española, un chiste malo digno de Enric Sopena, sólo me la puedo explicar como el producto de un exceso de revoluciones mental. Pero eso sería lo de menos. Más grave es que haya defendido la política de sanciones lingüísticas con el mismo argumento que ha utilizado recientemente Montilla en el parlamento autonómico, es decir, que no se multa por usar el castellano, sino por no usar el catalán. (Entrevista en Expansión publicada el 15-04-08.) ¿Cómo una persona que se llama a sí misma liberal puede aprobar que la administración restrinja la libertad de cualquier negocio de usar o dejar de usar cualquier lengua, oficial o no? La respuesta, en el caso de Nebrera, es bastante previsible. Ella nos dirá, con su desparpajo habitual, que no es liberal: es liberal-conservadora. ¿Se entiende ahora? La función del adjetivo conservador, para esta señora, no es otra que la de permitirle sostener la posición que le dé la gana en cualquier tema, porque claro, no hay que confundir la libertad con el libertinaje...
No se trata de que Nebrera sea nacionalista, como a veces se percibe inexactamente. Hace poco, en una entrevista en el Avui, preguntada por Salvador Sostres (este sí, un nacionalista fanático, aunque cuando no habla de Cataluña es capaz de decir cosas muy sensatas) sobre si votaría afirmativamente en "un referéndum por la libertad de Cataluña", Montse respondió: "Evidentemente. ¿Quién no está a favor de la libertad?", lo cual el mismo periódico interpretó sugiriendo que la política catalana votaría "sí" en un referéndum por la independencia. Sin embargo, está claro que lo único que hizo Nebrera fue eludir hábilmente la trampa de asociar independentismo y libertad, que es lo que hubiera sucedido si hubiese contestado que se oponía a la "libertad" de Cataluña.
No, el problema de Montserrat Nebrera no es que sea más o menos catalanista, o más o menos del Opus. El problema es que cuando explica su idea del liberal-conservadurismo demuestra tal empanada mental que a uno se le acaba cayendo el alma a los pies, o la venda de los ojos, como prefiráis. Uno ya andaba con la mosca detrás de la oreja cuando se enteró por un digital de que MN se había reunido largamente con Josep Anglada, el líder de la ultraderechista Plataforma per Catalunya. (Y cuando digo ultraderechista, no me refiero a su discurso contra la inmigración musulmana, sino a su programa explícitamente antiliberal.) Pero lo que me temo que definitivamente me ha desencantado del personaje es una conferencia que pronunció en la universidad Pompeu Fabra de Barcelona la pasada primavera, y que nos ha recordado un entusiasta Fonseca. (Lo siento chico, en mí has logrado el efecto contrario al que pretendías.)
MN presume de que no lee las conferencias. Si tenéis la paciencia de escuchar los cerca de tres cuartos de hora que dura ésta, descubriréis que improvisar puede ser mucho peor que leer. Primero nos dice que tanto liberales como socialdemócratas defienden el Estado del Bienestar. Después nos enumera un "decálogo" conservador que al final se queda en seis o siete principios. Dice cosas bastante potables, no lo niego, pero hacia la mitad de la conferencia, la confusión va aumentando. Afirma que la Iglesia es la conexión entre la socialdemocracia y el liberalismo, y luego trata de justificar el título de la conferencia ("El elixir del liberalismo") contando el "chiste" del perro del policía que se llamaba Lucas. Pero cuando expone su particular versión del mito platónico de los caballos que tiran de la cuadriga, en la cual hay no dos sino tres caballos, el de la izquierda, el de la derecha y el nacionalista, la bruma intelectual alcanza niveles de opacidad impenetrable. Dice nada menos que los tres caballos son necesarios, aunque en cada época hay uno que debe tirar más que los otros... En fin no sigo, porque no quisiera provocar una cefalalgia en el lector.
Siempre he recelado del abuso de las metáforas, sobre todo en los políticos. No me inspira confianza una señora que en cualquier momento puede cambiar de caballo, y justificarlo coquetamente con el recurso al refranero popular, una frase hecha o un mito platónico, que para el caso el origen popular o culto es indiferente. El discurso político actual, si algo necesita por encima de todo, es menos retórica y más claridad de ideas, y esto implica algo más que definirse nominalmente como liberal o liberal-conservador. Montse, me temo que en esto se ha quedado. No es, desde luego, la Sarah Palin catalana, cosa que por lo demás salta a la vista.
Ahora bien, también podría decirse que el peor enemigo de Montse Nebrera es Montse Nebrera. La gracieta de FAES y Falange Española, un chiste malo digno de Enric Sopena, sólo me la puedo explicar como el producto de un exceso de revoluciones mental. Pero eso sería lo de menos. Más grave es que haya defendido la política de sanciones lingüísticas con el mismo argumento que ha utilizado recientemente Montilla en el parlamento autonómico, es decir, que no se multa por usar el castellano, sino por no usar el catalán. (Entrevista en Expansión publicada el 15-04-08.) ¿Cómo una persona que se llama a sí misma liberal puede aprobar que la administración restrinja la libertad de cualquier negocio de usar o dejar de usar cualquier lengua, oficial o no? La respuesta, en el caso de Nebrera, es bastante previsible. Ella nos dirá, con su desparpajo habitual, que no es liberal: es liberal-conservadora. ¿Se entiende ahora? La función del adjetivo conservador, para esta señora, no es otra que la de permitirle sostener la posición que le dé la gana en cualquier tema, porque claro, no hay que confundir la libertad con el libertinaje...
No se trata de que Nebrera sea nacionalista, como a veces se percibe inexactamente. Hace poco, en una entrevista en el Avui, preguntada por Salvador Sostres (este sí, un nacionalista fanático, aunque cuando no habla de Cataluña es capaz de decir cosas muy sensatas) sobre si votaría afirmativamente en "un referéndum por la libertad de Cataluña", Montse respondió: "Evidentemente. ¿Quién no está a favor de la libertad?", lo cual el mismo periódico interpretó sugiriendo que la política catalana votaría "sí" en un referéndum por la independencia. Sin embargo, está claro que lo único que hizo Nebrera fue eludir hábilmente la trampa de asociar independentismo y libertad, que es lo que hubiera sucedido si hubiese contestado que se oponía a la "libertad" de Cataluña.
No, el problema de Montserrat Nebrera no es que sea más o menos catalanista, o más o menos del Opus. El problema es que cuando explica su idea del liberal-conservadurismo demuestra tal empanada mental que a uno se le acaba cayendo el alma a los pies, o la venda de los ojos, como prefiráis. Uno ya andaba con la mosca detrás de la oreja cuando se enteró por un digital de que MN se había reunido largamente con Josep Anglada, el líder de la ultraderechista Plataforma per Catalunya. (Y cuando digo ultraderechista, no me refiero a su discurso contra la inmigración musulmana, sino a su programa explícitamente antiliberal.) Pero lo que me temo que definitivamente me ha desencantado del personaje es una conferencia que pronunció en la universidad Pompeu Fabra de Barcelona la pasada primavera, y que nos ha recordado un entusiasta Fonseca. (Lo siento chico, en mí has logrado el efecto contrario al que pretendías.)
MN presume de que no lee las conferencias. Si tenéis la paciencia de escuchar los cerca de tres cuartos de hora que dura ésta, descubriréis que improvisar puede ser mucho peor que leer. Primero nos dice que tanto liberales como socialdemócratas defienden el Estado del Bienestar. Después nos enumera un "decálogo" conservador que al final se queda en seis o siete principios. Dice cosas bastante potables, no lo niego, pero hacia la mitad de la conferencia, la confusión va aumentando. Afirma que la Iglesia es la conexión entre la socialdemocracia y el liberalismo, y luego trata de justificar el título de la conferencia ("El elixir del liberalismo") contando el "chiste" del perro del policía que se llamaba Lucas. Pero cuando expone su particular versión del mito platónico de los caballos que tiran de la cuadriga, en la cual hay no dos sino tres caballos, el de la izquierda, el de la derecha y el nacionalista, la bruma intelectual alcanza niveles de opacidad impenetrable. Dice nada menos que los tres caballos son necesarios, aunque en cada época hay uno que debe tirar más que los otros... En fin no sigo, porque no quisiera provocar una cefalalgia en el lector.
Siempre he recelado del abuso de las metáforas, sobre todo en los políticos. No me inspira confianza una señora que en cualquier momento puede cambiar de caballo, y justificarlo coquetamente con el recurso al refranero popular, una frase hecha o un mito platónico, que para el caso el origen popular o culto es indiferente. El discurso político actual, si algo necesita por encima de todo, es menos retórica y más claridad de ideas, y esto implica algo más que definirse nominalmente como liberal o liberal-conservador. Montse, me temo que en esto se ha quedado. No es, desde luego, la Sarah Palin catalana, cosa que por lo demás salta a la vista.
viernes, 23 de octubre de 2009
Aniversario y artículo redondo
Este viernes cada ejemplar de El Mundo venía acompañado de un cacho revista de 360 páginas, en conmemoración del vigésimo aniversario del periódico de Pedro J. Ramírez. La revista resume bien las dos caras del diario: Por un lado, su compromiso con la investigación pura y valiente, caiga quien caiga (GAL, 11-M) y por otro, su capacidad para mimetizarse con el paisaje políticamente correcto (evangelio climático, buenismo, etc). Con todo, creo que las virtudes pesan más que los defectos, y que no peca de inmodestia el título del editorial: "España habría sido distinta sin El Mundo". Menos libre, desde luego.
De la revista, sólo he leído dos artículos. Uno, de Federico Jiménez Losantos sobre el 11-M (pág. 43), que no por repetitivo deja de enunciar verdades como puños, y que concluye con una frase lapidaria: "Para las víctimas nunca será tarde [para saber la verdad]; para España, demasiado." Qué pena, por cierto, Arcadi Espada, tan brillante como incapaz de reconocer en el haber del diario del cual es columnista, aquello que lo inscribe en la mejor tradición del periodismo libre. La tragedia del 11-M es también la tragedia de tantas personas inteligentes que se niegan a contemplar el rostro de la Medusa, como si no pudieran soportar enfrentarse a la posibilidad (repito: posibilidad) del peor crimen de Estado cometido en una democracia.
El segundo artículo, sobre la crisis económica, se debe a Casimiro García-Abadillo (pág. 260). Se ha escrito y se escribirá sobre el tema hasta la saturación, pero pocos textos he leído de una sencillez tan radiante. No lo he encontrado en internet, así que no me resisto a colgar aquí la imagen de la edición impresa; podéis pinchar para agrandarla y leerlo entero.
Al final, mientras algunos malgastamos el tiempo (procuraré no recaer) en discusiones bizantinas sobre la viabilidad del anarco-capitalismo o del minarquismo, el hecho fundamental es que la reducción del tamaño y la influencia del Estado es siempre profundamente bienhechora, por pequeña que sea. Mira que es sencilla la fórmula.
De la revista, sólo he leído dos artículos. Uno, de Federico Jiménez Losantos sobre el 11-M (pág. 43), que no por repetitivo deja de enunciar verdades como puños, y que concluye con una frase lapidaria: "Para las víctimas nunca será tarde [para saber la verdad]; para España, demasiado." Qué pena, por cierto, Arcadi Espada, tan brillante como incapaz de reconocer en el haber del diario del cual es columnista, aquello que lo inscribe en la mejor tradición del periodismo libre. La tragedia del 11-M es también la tragedia de tantas personas inteligentes que se niegan a contemplar el rostro de la Medusa, como si no pudieran soportar enfrentarse a la posibilidad (repito: posibilidad) del peor crimen de Estado cometido en una democracia.
El segundo artículo, sobre la crisis económica, se debe a Casimiro García-Abadillo (pág. 260). Se ha escrito y se escribirá sobre el tema hasta la saturación, pero pocos textos he leído de una sencillez tan radiante. No lo he encontrado en internet, así que no me resisto a colgar aquí la imagen de la edición impresa; podéis pinchar para agrandarla y leerlo entero.
Al final, mientras algunos malgastamos el tiempo (procuraré no recaer) en discusiones bizantinas sobre la viabilidad del anarco-capitalismo o del minarquismo, el hecho fundamental es que la reducción del tamaño y la influencia del Estado es siempre profundamente bienhechora, por pequeña que sea. Mira que es sencilla la fórmula.
viernes, 9 de octubre de 2009
Tiempo de camisas pardas
Teníamos ya sobrados indicios de la personalidad despótica de Joan Laporta, el presidente del Barça que padecemos los culés. Claro que al lado del presidente del gobierno que nos ha tocado como españoles, esto parece una broma (desde luego, una broma cruel) pero teniendo en cuenta que dentro de poco, este individuo (Laporta) podría estar en la política catalana a tiempo completo, y no como ahora, que todavía dedica parte de su agenda a dirigir un club de fútbol, la cosa adquiere tintes más sombríos.
Leemos hoy en El Mundo la reacción de Laporta a un artículo escrito por el presidente de Extremadura (barcelonista, al igual que su antecesor) en el que educadamente le reprochaba al catalán que utilizara al club como plataforma de sus ideas políticas independentistas. Por lo visto, Laporta lo llamó por teléfono para cubrirlo de insultos y hasta amenazarlo ("te vas a enterar"), en una muestra escalofriante de prepotencia y mal carácter.
Poco consuelo es que esta temporada sea la última de Laporta en el Barça, temiéndonos que vamos a tener que seguir soportando el estilo matonesco del personaje en el escenario político autonómico. Con los Puigcercós y los Laporta, la política catalana va adquiriendo un cierto tufo inconfundible a camisas pardas, que todavía asquean más que las camisas blancas del 3 por ciento.
Leemos hoy en El Mundo la reacción de Laporta a un artículo escrito por el presidente de Extremadura (barcelonista, al igual que su antecesor) en el que educadamente le reprochaba al catalán que utilizara al club como plataforma de sus ideas políticas independentistas. Por lo visto, Laporta lo llamó por teléfono para cubrirlo de insultos y hasta amenazarlo ("te vas a enterar"), en una muestra escalofriante de prepotencia y mal carácter.
Poco consuelo es que esta temporada sea la última de Laporta en el Barça, temiéndonos que vamos a tener que seguir soportando el estilo matonesco del personaje en el escenario político autonómico. Con los Puigcercós y los Laporta, la política catalana va adquiriendo un cierto tufo inconfundible a camisas pardas, que todavía asquean más que las camisas blancas del 3 por ciento.
La obamanía llega también al Nobel

El premio Nobel de la Paz de 2009 le ha sido concedido a Barack Obama. Bueno, a ver si tenemos suerte y le sucede como a Carter (Nobel de la Paz en 2002), que perdió la reelección ante nada menos que un Ronald Reagan.
jueves, 8 de octubre de 2009
El Ayuntamiento sevillano descubre la identidad de Agustín de Foxá
El Ayuntamiento de Sevilla ha descubierto por fin quién fue Agustín de Foxá y en pocos días, además. Y es que ¿quién dijo que las administraciones públicas son ineficientes? Cuando se ponen, hay que reconocer que su ritmo de trabajo puede llegar a ser trepidante. (Por supuesto, consultar en el Google no vale, carece de todo mérito.)
Por lo visto, unos ciudadanos habían solicitado el uso de una sala de un centro cívico de la capital hispalense, con el fin de rendir un pequeño homenaje literario a Agustín de Foxá en el quincuagésimo aniversario de su muerte, sin que se encontraran con ningún impedimento por parte de la concejalía correspondiente, en manos de Izquierda Unida. Pero los ilustrados dirigentes municipales en absoluto descuidaron sus obligaciones, y en el plazo de escasos días, es decir, dos horas antes de que se iniciara el acto, denegaron el acceso a la sala, con lo cual todos los reunidos para la ocasión debieron celebrarlo al aire libre.
El motivo esgrimido por la concejala de IU fue que Foxá era falangista, lo cual está bien saberlo, porque así, antes de solicitar una sala para un homenaje a Alberti, ya estamos avisados de que nos la denegarán, dado que el poeta gaditano -quede entre nosotros- era comunista. ¿Se imaginan? "No podemos tolerar que se homenajee a un escritor que ensalzó una ideología que causó cien millones de muertos por ejecuciones, hambrunas artificiales y deportaciones en menos de un siglo." O sea, más muertos que los que produjeron la Inquisición, la viruela que contagiaron los españoles a los indígenas americanos (seguro que aposta, claro, ya lo dijo Isabel la Católica: "La guerra bacteriológica nos dará el dominio del mundo, ja ja ja ja ja") y el nazismo juntos.
Para otra ocasión (y esto sí que va sin ironía), que prevean realizar el homenaje a quien sea en una sala privada, seguro que no faltan en Sevilla personas generosas, o instituciones de la sociedad civil, que la cederían encantadas y sin cobrar. Qué manía con acudir a las ventanillas de la administración a implorar sus graciosas concesiones.
Nota: Desmentimos desde aquí el bulo de que cuando presentaron la solicitud para el homenaje, el funcionario de la ventanilla preguntó si Foxá acudiría para firmar su último libro.
domingo, 4 de octubre de 2009
El código de la ceja
Por fin ha sido descifrado uno de los mayores enigmas contemporáneos. Desconozco la autoría de la imagen, que ha publicado el blog Embajador en el Infierno, y al que he llegado vía Persio. Sobran comentarios.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
¿No tienen vergüenza? ¿No tienen decencia?
Es lo que pregunta el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a quienes asistieron impávidos ante el último vómito filonazi de Ahmadineyah en la sede de la ONU.
La transcripción completa del discurso, en castellano, aquí. (Vía Nihil Obstat).
La transcripción completa del discurso, en castellano, aquí. (Vía Nihil Obstat).
sábado, 26 de septiembre de 2009
La tomadura de pelo ecologista
El ecologismo es la penúltima máscara que han adoptado los socialistas de todos los partidos (desde Obama a Sarkozy, pasando por el inefable cabeza de la familia Adams) para avasallar a los ciudadanos con nuevos impuestos, llámense ecotasas, impuestos verdes, derechos de emisión de CO2 o la puta que los parió. (Con las grandes empresas haciéndole el juego a los gobiernos, a ver si así consiguen o mantienen tratos privilegiados.)
Después de ver cómo los gobernantes expolian a la sociedad, lo que más me subleva es la mansa actitud de esa masa formidable de borregos cuya fuente primordial de información es el telediario de La 1: "Bueno, es que algo hay que hacer, si no a este paso nos cargaremos el planeta", etc.
Es muy difícil llegar -lo admito- a esas mentes embrutecidas por "Gran Hermano" y por esas series españolas que a Imanol Arias, en el papel de un anuncio de RTVE, todavía no le parecen suficientemente desvergonzadas.
Si en España hubiese una Fox y no una sola esRadio, sino media docena, que mostraran a millones de personas, incluidas esas que no tienen el internete, la extensión actual del hielo del Ártico (en rosa) en comparación con la de hace dos años por estas mismas fechas...

...o divulgaran un reciente estudio según el cual la superficie forestal en España ha crecido hasta más del doble en las últimas décadas...
...Si estas cosas llegaran a mucha más gente, las tomaduras de pelo de los gobiernos, ecologistas o del tipo que sea, tendrían mucha más contestación social, ayudarían a revitalizar el antaño temible humorismo popular, actualmente vampirizado por las gilipolleces televisivas, y en general nos iría mejor. Como mínimo, Mr. Adams y sus secuaces deberían trabajarse más los discursos, elevándolos por encima del nivel de subnormalidad profunda que por ahora les basta. Vamos, que sudarían un poco, y justificarían una parte, aunque ínfima, del sueldo que les pagamos.
Después de ver cómo los gobernantes expolian a la sociedad, lo que más me subleva es la mansa actitud de esa masa formidable de borregos cuya fuente primordial de información es el telediario de La 1: "Bueno, es que algo hay que hacer, si no a este paso nos cargaremos el planeta", etc.
Es muy difícil llegar -lo admito- a esas mentes embrutecidas por "Gran Hermano" y por esas series españolas que a Imanol Arias, en el papel de un anuncio de RTVE, todavía no le parecen suficientemente desvergonzadas.
Si en España hubiese una Fox y no una sola esRadio, sino media docena, que mostraran a millones de personas, incluidas esas que no tienen el internete, la extensión actual del hielo del Ártico (en rosa) en comparación con la de hace dos años por estas mismas fechas...

...o divulgaran un reciente estudio según el cual la superficie forestal en España ha crecido hasta más del doble en las últimas décadas...
...Si estas cosas llegaran a mucha más gente, las tomaduras de pelo de los gobiernos, ecologistas o del tipo que sea, tendrían mucha más contestación social, ayudarían a revitalizar el antaño temible humorismo popular, actualmente vampirizado por las gilipolleces televisivas, y en general nos iría mejor. Como mínimo, Mr. Adams y sus secuaces deberían trabajarse más los discursos, elevándolos por encima del nivel de subnormalidad profunda que por ahora les basta. Vamos, que sudarían un poco, y justificarían una parte, aunque ínfima, del sueldo que les pagamos.
martes, 22 de septiembre de 2009
Escuela pública o privada
¿Debe existir una escuela pública que garantice la igualdad de oportunidades, o bien bastaría con ayudar económicamente a los padres de rentas bajas para que escolaricen a sus hijos en la privada? Álvaro Vermoet, a quien leo siempre con interés en Libertad Digital, defiende en un artículo titulado, significativamente, "Contradicciones de un liberal", lo primero.
Hay una cosa en la que estoy de acuerdo con Vermoet, y es que el derecho de los niños a recibir instrucción está por encima del derecho de los padres a elegir su educación o incluso ninguna. Creo que bajo ningún concepto la sociedad debe admitir que los padres puedan privar a los hijos de educación (ni de sanidad o alimentación), y se trata de uno de los pocos casos en los que el Estado está facultado para intervenir en el ámbito privado (pero sólo cuando se detectan situaciones extremas; concretamente, el homeschooling me parece absolutamente legítimo). Sin embargo, disiento de Vermoet en el método de asegurar la educación de niños y jóvenes.
El articulista básicamente enarbola tres argumentos: Primero, que mientras defendemos la privatización total de la enseñanza, con nuestra actitud maximalista estamos dejando el terreno libre a la izquierda para que imponga su visión adoctrinadora de la enseñanza en el sector público. Segundo, que de esta manera no podemos impedir la existencia de escuelas islamistas y similares, que inculcan a los niños valores antiliberales. Y tercero, que no garantizamos el principio de igualdad de oportunidades.
El primer argumento, como reconoce Vermoet, es más bien de tipo táctico, y puede tener parte de razón. Pero olvida plantearse lo esencial, si la degradación de la calidad de la enseñanza no se debe precisamente a su carácter público. Vermoet denuncia con razón el dominio de la secta progre en el ámbito pedagógico, pero no explica cómo podemos desalojarla de las posiciones conquistadas, precisamente porque descarta el único método eficaz para ello, que es devolver el control de la enseñanza a la sociedad civil.
El segundo argumento es en realidad improcedente, pues el peligro de que algunos padres decidan adoctrinar a sus hijos en la sharia o en otros principios contrarios a las libertades, no se evita con la existencia de la escuela pública, salvo que ya directamente prohibamos a los padres acudir a establecimientos educativos privados, lo que no creo que él esté defendiendo.
En cuanto al tercer agumento, que es el realmente importante, creo que puede justificar la intervención del Estado, como he dicho, en casos de negligencia paterna en los más elementales cuidados de los hijos, pero hasta deducir de ahí que el Estado deba convertirse en empresario de la educación hay un paso que resume perfectamente la diferencia entre la posición liberal y la socialista. La igualdad de oportunidades no puede convertirse nunca en un pretexto para instaurar la igualdad de hecho. Por mucho que los niños acudan a la misma escuela pública, independientemente de su situación social, la igualdad plena de oportunidades no la lograremos (habrá niños cuyos padres leen, escuchan música clásica, etc, y otros que al llegar a casa se encuentran panoramas completamente distintos), y de hecho es en este empeño en el que los socialistas encuentran su justificación de la expansión indefinida del Estado. Porque el razonamiento lo podemos extrapolar a la sanidad y a prácticamente todos los ámbitos.
Si lo que queremos garantizar es una instrucción mínima de toda la población, existen fórmulas como las becas o el cheque escolar (que Vermoet expone en otro artículo suyo, que enlaza) las cuales permiten el acceso de cualquier niño a la educación, sin necesidad de que el Estado asuma competencias que corresponden a la sociedad civil.
Pero permitidme hacer una reflexión de más calado. Lo que caracteriza a los utopismos es su carácter de urgencia. Los iluminados y demagogos de todos los tiempos y lugares nos dicen que la sociedad perfecta es posible ya, ahora mismo. Por eso, cuando alcanzan el poder y la dura realidad se impone, necesitan por su propia naturaleza unos chivos expiatorios (el imperialismo, la oligarquía, etc) a los que culpar de los constantes aplazamientos del paraíso prometido. En cambio, el liberalismo parte del principio de que no existe una sociedad reconciliada, una meta final, sino de que la Historia está abierta, y la libertad individual es la única que permite al mayor número posible de individuos prosperar, ascender socialmente, sin que ello deba confundirse en absoluto con el objetivo quimérico de una sociedad perfectamente igualitaria, que nunca existirá, y además es mejor que nunca exista, porque sería el terreno abonado para la más perfecta de las tiranías.
Al confiar a la iniciativa privada la enseñanza, la sanidad y todos los ámbitos posibles, sin duda no estamos garantizando que todo el mundo tenga acceso a la mejor educación y a la mejor sanidad: De hecho, ningún sistema garantiza esto, y los que menos son los socialistas, como está absolutamente demostrado. Pero sí estamos garantizando, al menos, que mucha más gente prospere y por tanto acabe accediendo (y aún más sus hijos, y sus nietos) a niveles de bienestar superiores, lo que incluye mejor vestido, alimentación, sanidad, educación, etc. Este es el verdadero mundo posible, y no las utopías redentoras de los socialistas de todos los partidos.
Concedo, con todo, que mientras exista una enseñanza pública, aboguemos por que sea de calidad, y en este sentido simpatizo con medidas como las de Esperanza Aguirre de conferir más autoridad a los profesores. Pero no veo que ello nos obligue a renunciar, a más largo plazo, a que el Estado reduzca drásticamente su intervención en la vida humana.
Hay una cosa en la que estoy de acuerdo con Vermoet, y es que el derecho de los niños a recibir instrucción está por encima del derecho de los padres a elegir su educación o incluso ninguna. Creo que bajo ningún concepto la sociedad debe admitir que los padres puedan privar a los hijos de educación (ni de sanidad o alimentación), y se trata de uno de los pocos casos en los que el Estado está facultado para intervenir en el ámbito privado (pero sólo cuando se detectan situaciones extremas; concretamente, el homeschooling me parece absolutamente legítimo). Sin embargo, disiento de Vermoet en el método de asegurar la educación de niños y jóvenes.
El articulista básicamente enarbola tres argumentos: Primero, que mientras defendemos la privatización total de la enseñanza, con nuestra actitud maximalista estamos dejando el terreno libre a la izquierda para que imponga su visión adoctrinadora de la enseñanza en el sector público. Segundo, que de esta manera no podemos impedir la existencia de escuelas islamistas y similares, que inculcan a los niños valores antiliberales. Y tercero, que no garantizamos el principio de igualdad de oportunidades.
El primer argumento, como reconoce Vermoet, es más bien de tipo táctico, y puede tener parte de razón. Pero olvida plantearse lo esencial, si la degradación de la calidad de la enseñanza no se debe precisamente a su carácter público. Vermoet denuncia con razón el dominio de la secta progre en el ámbito pedagógico, pero no explica cómo podemos desalojarla de las posiciones conquistadas, precisamente porque descarta el único método eficaz para ello, que es devolver el control de la enseñanza a la sociedad civil.
El segundo argumento es en realidad improcedente, pues el peligro de que algunos padres decidan adoctrinar a sus hijos en la sharia o en otros principios contrarios a las libertades, no se evita con la existencia de la escuela pública, salvo que ya directamente prohibamos a los padres acudir a establecimientos educativos privados, lo que no creo que él esté defendiendo.
En cuanto al tercer agumento, que es el realmente importante, creo que puede justificar la intervención del Estado, como he dicho, en casos de negligencia paterna en los más elementales cuidados de los hijos, pero hasta deducir de ahí que el Estado deba convertirse en empresario de la educación hay un paso que resume perfectamente la diferencia entre la posición liberal y la socialista. La igualdad de oportunidades no puede convertirse nunca en un pretexto para instaurar la igualdad de hecho. Por mucho que los niños acudan a la misma escuela pública, independientemente de su situación social, la igualdad plena de oportunidades no la lograremos (habrá niños cuyos padres leen, escuchan música clásica, etc, y otros que al llegar a casa se encuentran panoramas completamente distintos), y de hecho es en este empeño en el que los socialistas encuentran su justificación de la expansión indefinida del Estado. Porque el razonamiento lo podemos extrapolar a la sanidad y a prácticamente todos los ámbitos.
Si lo que queremos garantizar es una instrucción mínima de toda la población, existen fórmulas como las becas o el cheque escolar (que Vermoet expone en otro artículo suyo, que enlaza) las cuales permiten el acceso de cualquier niño a la educación, sin necesidad de que el Estado asuma competencias que corresponden a la sociedad civil.
Pero permitidme hacer una reflexión de más calado. Lo que caracteriza a los utopismos es su carácter de urgencia. Los iluminados y demagogos de todos los tiempos y lugares nos dicen que la sociedad perfecta es posible ya, ahora mismo. Por eso, cuando alcanzan el poder y la dura realidad se impone, necesitan por su propia naturaleza unos chivos expiatorios (el imperialismo, la oligarquía, etc) a los que culpar de los constantes aplazamientos del paraíso prometido. En cambio, el liberalismo parte del principio de que no existe una sociedad reconciliada, una meta final, sino de que la Historia está abierta, y la libertad individual es la única que permite al mayor número posible de individuos prosperar, ascender socialmente, sin que ello deba confundirse en absoluto con el objetivo quimérico de una sociedad perfectamente igualitaria, que nunca existirá, y además es mejor que nunca exista, porque sería el terreno abonado para la más perfecta de las tiranías.
Al confiar a la iniciativa privada la enseñanza, la sanidad y todos los ámbitos posibles, sin duda no estamos garantizando que todo el mundo tenga acceso a la mejor educación y a la mejor sanidad: De hecho, ningún sistema garantiza esto, y los que menos son los socialistas, como está absolutamente demostrado. Pero sí estamos garantizando, al menos, que mucha más gente prospere y por tanto acabe accediendo (y aún más sus hijos, y sus nietos) a niveles de bienestar superiores, lo que incluye mejor vestido, alimentación, sanidad, educación, etc. Este es el verdadero mundo posible, y no las utopías redentoras de los socialistas de todos los partidos.
Concedo, con todo, que mientras exista una enseñanza pública, aboguemos por que sea de calidad, y en este sentido simpatizo con medidas como las de Esperanza Aguirre de conferir más autoridad a los profesores. Pero no veo que ello nos obligue a renunciar, a más largo plazo, a que el Estado reduzca drásticamente su intervención en la vida humana.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Primero vinieron a por el tabaco
Barcepundit está que se sale. Ved la versión que propone del conocido poema de Martin Niemöller:
Primero vinieron a por el tabaco, pero yo no era fumador y no protesté.
Después vinieron a por los refrescos, pero yo sólo bebo agua mineral y no protesté.
Después vinieron a por las hamburguesas, pero yo soy vegetariano y no protesté.
Luego vinieron a por los que emiten CO2 al conducir, pero yo no tengo coche y no protesté.
Al final vinieron a por los que criticamos a los políticos, pero ya no quedaba nadie para protestar.
Aunque yo me hubiera remontado más atrás: Primero vinieron a por los que conducen sin cinturón de seguridad...
Primero vinieron a por el tabaco, pero yo no era fumador y no protesté.
Después vinieron a por los refrescos, pero yo sólo bebo agua mineral y no protesté.
Después vinieron a por las hamburguesas, pero yo soy vegetariano y no protesté.
Luego vinieron a por los que emiten CO2 al conducir, pero yo no tengo coche y no protesté.
Al final vinieron a por los que criticamos a los políticos, pero ya no quedaba nadie para protestar.
Aunque yo me hubiera remontado más atrás: Primero vinieron a por los que conducen sin cinturón de seguridad...
domingo, 20 de septiembre de 2009
El neoliberalismo amenaza al paraíso cubano
Desde que Lenin implantara la NEP en los tempranos años veinte, otros regímenes comunistas han ensayado reformas liberalizadoras temporales y limitadas, para evitar la ruina total a que conduce inexorablemente la economía planificada. Generalmente, estos periodos van acompañados o seguidos de un notable incremento de la represión, con el fin de evitar que las reformas "degeneren" en más reivindicaciones de democracia y libertades políticas.
Cuba, después de cincuenta años de dictadura comunista, es un país más pobre y atrasado que en tiempos de Batista. Aunque por supuesto la regencia de Raúl Castro sigue manipulando los datos estadísticos para ocultar esta realidad, parece que no le queda otro remedio que adoptar algunas tímidas medidas liberalizadoras.
Un reportaje de El Mundo titulado "Cuba dice adiós al paternalismo" habla este domingo de ello. Pero me ha llamado más la atención el tratamiento del tema que este mismo. Según el corresponsal de La Habana, las nuevas reformas inquietan a los cubanos, "poco acostumbrados a la rudeza de las reglas económicas." Me pregunto si en cambio se sienten más a gusto con la rudeza de los policías o los mamporreros de los Comités de Defensa de la Revolución, que pueden efectuar registros domiciliarios a su capricho, y confiscarle a cualquiera un humilde electrodoméstico adquirido con grandes esfuerzos, por contravenir las normas revolucionarias. Por poner sólo un ejemplo entre centenares de la mezquina y constante opresión cotidiana que se vive en la isla caribeña.
Más adelante el corresponsal añade que se recortarán incluso prestaciones sociales en educación y sanidad, como si hubiera realmente mucho que recortar. Si ahora los cubanos que ingresan en un hospital han de llevarse incluso la comida o las sábanas de casa, y en las farmacias no se encuentra algo tan simple como ibuprofeno para atajar la fiebre de un niño, ya me contarán qué demonios tienen que perder los usuarios del fantástico sistema sanitario cubano.
El acabóse es ya el recuadrito que acompaña el cuerpo del texto, con el epígrafe "Aumenta la desigualdad". Dice que "se ha formado en el país una élite que destaca por su estilo de vida y su poder adquisitivo." Menudo notición. ¿No se referirá a los cargos medios y altos del Partido Comunista, por casualidad?
Bueno, al menos el reportaje no lo han titulado "El neoliberalismo amenaza al paraíso cubano". Algo es algo.
Cuba, después de cincuenta años de dictadura comunista, es un país más pobre y atrasado que en tiempos de Batista. Aunque por supuesto la regencia de Raúl Castro sigue manipulando los datos estadísticos para ocultar esta realidad, parece que no le queda otro remedio que adoptar algunas tímidas medidas liberalizadoras.
Un reportaje de El Mundo titulado "Cuba dice adiós al paternalismo" habla este domingo de ello. Pero me ha llamado más la atención el tratamiento del tema que este mismo. Según el corresponsal de La Habana, las nuevas reformas inquietan a los cubanos, "poco acostumbrados a la rudeza de las reglas económicas." Me pregunto si en cambio se sienten más a gusto con la rudeza de los policías o los mamporreros de los Comités de Defensa de la Revolución, que pueden efectuar registros domiciliarios a su capricho, y confiscarle a cualquiera un humilde electrodoméstico adquirido con grandes esfuerzos, por contravenir las normas revolucionarias. Por poner sólo un ejemplo entre centenares de la mezquina y constante opresión cotidiana que se vive en la isla caribeña.
Más adelante el corresponsal añade que se recortarán incluso prestaciones sociales en educación y sanidad, como si hubiera realmente mucho que recortar. Si ahora los cubanos que ingresan en un hospital han de llevarse incluso la comida o las sábanas de casa, y en las farmacias no se encuentra algo tan simple como ibuprofeno para atajar la fiebre de un niño, ya me contarán qué demonios tienen que perder los usuarios del fantástico sistema sanitario cubano.
El acabóse es ya el recuadrito que acompaña el cuerpo del texto, con el epígrafe "Aumenta la desigualdad". Dice que "se ha formado en el país una élite que destaca por su estilo de vida y su poder adquisitivo." Menudo notición. ¿No se referirá a los cargos medios y altos del Partido Comunista, por casualidad?
Bueno, al menos el reportaje no lo han titulado "El neoliberalismo amenaza al paraíso cubano". Algo es algo.
Poder político y poder económico
Una de las tesis fundamentales del marxismo es que el poder político no es más que una emanación del poder económico. Para Marx y para su amigo y colaborador Friedrich Engels (un rico industrial, por cierto), la función del Estado se reduce en el fondo a la de un segurata de los propietarios de los medios de producción, frente a la clase obrera desposeída.
Marx justificó esta concepción de dos maneras: Primero con razonamientos económico-filosóficos (la teoría de la plusvalía y de la alienación) que se basan en la falaz argumentación de la suma cero: Para el socialismo, en un intercambio económico, si uno gana el otro necesariamente pierde. Es decir, el mercado libre sólo beneficia a los capitalistas, no a los trabajadores ni consumidores.
En segundo lugar, Marx adujo una serie de observaciones históricas sesgadas con la pretensión de mostrar que la concentración de los medios productivos durante la revolución industrial sólo podía explicarse por un proceso de "acumulación primitiva", por el cual las tierras comunales del Antiguo Régimen fueron privatizadas, forzando a buena parte de la población rural a convertirse en carne de cañón de las humeantes factorías de la alta burguesía.
Sin embargo, la experiencia y el razonamiento nos conducen a constatar que a los argumentos marxistas podemos y debemos darle la vuelta. En un libre intercambio entre dos agentes económicos (vendedor y comprador, empresario y trabajador) ambos salen ganando algo, porque, de lo contrario, al menos una de las partes no accedería a la transacción. Sólo cuando el intercambio no es verdaderamente libre, es decir, está basado en (o condicionado por) la coacción política (impuestos, expropiaciones, control de precios, establecimiento de monopolios, etc) sucede que alguien resulta expoliado.
Esta mañana se desarrollaba una interesante tertulia en esRadio. Mario Noya opinaba que en el pulso entre el grupo PRISA y el gobierno socialista, el gran error cometido por el primero estriba en olvidar que quien está en posesión del verdadero Poder (es decir, a fin de cuentas, quien dispone de la policía) es el Estado. Por mucha influencia que tenga un editorial de El País, no es nada comparado con quien manda en el Ministerio del Interior. Luis del Pino ha objetado que Cebrián todavía podría poner en marcha "el ventilador" para chantajear al gobierno del PSOE, lo que demostraría que el verdadero poder se encuentra en la información. Pero ¿de verdad podemos creer que algún grupo de comunicación puede competir con los servicios de información de ningún Estado? Si PRISA entrara en una guerra abierta de revelaciones, no debería sorprendernos que episodios similares a los que sufrieron conocidos periodistas durante las investigaciones de los GAL, se repitieran en versión aumentada.
Es difícil no percibir cierto paralelismo entre lo que está sucediendo en España y en Argentina, con los Kirchner asaltando con doscientos funcionarios de Hacienda la redacción de Clarín. Allí, claro, es más descarado, pero creo que nos dirigimos a pasos agigantados a una situación muy parecida. Bajo el pretexto de enfrentarse al "poder económico", los Estados no hacen más que reforzar el único y auténtico poder que existe, que es el de quien te puede mandar a la cárcel, sea por delitos imaginarios o por delitos reales que aguardaba el momento más conveniente para dejar de consentir.
La prueba de que la visión marxista de la relación entre política y economía es un cuento chino, es que las grandes fortunas han buscado siempre tanto la protección de la derecha como de la izquierda, sea por preferencias subjetivas, sea obedeciendo a cálculos más o menos acertados de qué partido prevalecerá, pero guiadas en todo caso por el instinto de supervivencia ante una fuerza que reconocen muy superior, y de la que puede depender la preservación de su patrimonio.
Contaba ayer el corresponsal Andy Robinson en La Vanguardia (ese "diario de centroizquierda comprado por la gente de centroderecha", según la incisiva definición de Josep Martí) que el golpe de Honduras responde a los intereses de apenas veinte familias que controlan la economía del país centroamericano, entre los que menciona a accionistas de Burger King y al presidente local de Pepsi. Cita como "pruebas" la opinión de una maestra de escuela, (de la que no nos informa sobre su filiación política o ideológica) y el hecho de que uno de estos ricachones ya había mostrado su disconformidad con medidas de Zelaya. Tampoco nos precisa a qué medidas se refería, es decir, no entra en la cuestión de si Zelaya estaba perpetrando un golpe más disimulado, pero potencialmente mucho más regresivo para la libertad, que el de Micheletti, en cuyo caso es irrelevante si quien lo denuncia es más o menos rico. Parece dar por sentado, en efecto, que oponerse a un gobernante "progresista" sólo puede responder a los intereses más turbios.
En cambio, no nos aclara cuáles pueden ser los intereses de "Nike y otras marcas" con maquiladoras en la región, ni los del "magnate local" Jaime Rosenthal, que se han puesto del lado de Zelaya. Parece ser que cuando los ricos apoyan a la izquierda populista, no debemos ver al "gran capital" moviendo los hilos. La izquierda, y eso incluye a los periodistas progres, sólo ve detestable el dinero cuando engrasa causas distintas de sus favoritas. Pero hay algo mucho más poderoso que el dinero: La pistola del gendarme que, al final, te obliga a entregárselo al dictador de turno, como las multinacionales españolas en Hispanoamérica han podido comprobar en más de una ocasión.
Marx justificó esta concepción de dos maneras: Primero con razonamientos económico-filosóficos (la teoría de la plusvalía y de la alienación) que se basan en la falaz argumentación de la suma cero: Para el socialismo, en un intercambio económico, si uno gana el otro necesariamente pierde. Es decir, el mercado libre sólo beneficia a los capitalistas, no a los trabajadores ni consumidores.
En segundo lugar, Marx adujo una serie de observaciones históricas sesgadas con la pretensión de mostrar que la concentración de los medios productivos durante la revolución industrial sólo podía explicarse por un proceso de "acumulación primitiva", por el cual las tierras comunales del Antiguo Régimen fueron privatizadas, forzando a buena parte de la población rural a convertirse en carne de cañón de las humeantes factorías de la alta burguesía.
Sin embargo, la experiencia y el razonamiento nos conducen a constatar que a los argumentos marxistas podemos y debemos darle la vuelta. En un libre intercambio entre dos agentes económicos (vendedor y comprador, empresario y trabajador) ambos salen ganando algo, porque, de lo contrario, al menos una de las partes no accedería a la transacción. Sólo cuando el intercambio no es verdaderamente libre, es decir, está basado en (o condicionado por) la coacción política (impuestos, expropiaciones, control de precios, establecimiento de monopolios, etc) sucede que alguien resulta expoliado.
Esta mañana se desarrollaba una interesante tertulia en esRadio. Mario Noya opinaba que en el pulso entre el grupo PRISA y el gobierno socialista, el gran error cometido por el primero estriba en olvidar que quien está en posesión del verdadero Poder (es decir, a fin de cuentas, quien dispone de la policía) es el Estado. Por mucha influencia que tenga un editorial de El País, no es nada comparado con quien manda en el Ministerio del Interior. Luis del Pino ha objetado que Cebrián todavía podría poner en marcha "el ventilador" para chantajear al gobierno del PSOE, lo que demostraría que el verdadero poder se encuentra en la información. Pero ¿de verdad podemos creer que algún grupo de comunicación puede competir con los servicios de información de ningún Estado? Si PRISA entrara en una guerra abierta de revelaciones, no debería sorprendernos que episodios similares a los que sufrieron conocidos periodistas durante las investigaciones de los GAL, se repitieran en versión aumentada.
Es difícil no percibir cierto paralelismo entre lo que está sucediendo en España y en Argentina, con los Kirchner asaltando con doscientos funcionarios de Hacienda la redacción de Clarín. Allí, claro, es más descarado, pero creo que nos dirigimos a pasos agigantados a una situación muy parecida. Bajo el pretexto de enfrentarse al "poder económico", los Estados no hacen más que reforzar el único y auténtico poder que existe, que es el de quien te puede mandar a la cárcel, sea por delitos imaginarios o por delitos reales que aguardaba el momento más conveniente para dejar de consentir.
La prueba de que la visión marxista de la relación entre política y economía es un cuento chino, es que las grandes fortunas han buscado siempre tanto la protección de la derecha como de la izquierda, sea por preferencias subjetivas, sea obedeciendo a cálculos más o menos acertados de qué partido prevalecerá, pero guiadas en todo caso por el instinto de supervivencia ante una fuerza que reconocen muy superior, y de la que puede depender la preservación de su patrimonio.
Contaba ayer el corresponsal Andy Robinson en La Vanguardia (ese "diario de centroizquierda comprado por la gente de centroderecha", según la incisiva definición de Josep Martí) que el golpe de Honduras responde a los intereses de apenas veinte familias que controlan la economía del país centroamericano, entre los que menciona a accionistas de Burger King y al presidente local de Pepsi. Cita como "pruebas" la opinión de una maestra de escuela, (de la que no nos informa sobre su filiación política o ideológica) y el hecho de que uno de estos ricachones ya había mostrado su disconformidad con medidas de Zelaya. Tampoco nos precisa a qué medidas se refería, es decir, no entra en la cuestión de si Zelaya estaba perpetrando un golpe más disimulado, pero potencialmente mucho más regresivo para la libertad, que el de Micheletti, en cuyo caso es irrelevante si quien lo denuncia es más o menos rico. Parece dar por sentado, en efecto, que oponerse a un gobernante "progresista" sólo puede responder a los intereses más turbios.
En cambio, no nos aclara cuáles pueden ser los intereses de "Nike y otras marcas" con maquiladoras en la región, ni los del "magnate local" Jaime Rosenthal, que se han puesto del lado de Zelaya. Parece ser que cuando los ricos apoyan a la izquierda populista, no debemos ver al "gran capital" moviendo los hilos. La izquierda, y eso incluye a los periodistas progres, sólo ve detestable el dinero cuando engrasa causas distintas de sus favoritas. Pero hay algo mucho más poderoso que el dinero: La pistola del gendarme que, al final, te obliga a entregárselo al dictador de turno, como las multinacionales españolas en Hispanoamérica han podido comprobar en más de una ocasión.
Gran artículo de Ana Nuño
Que enlazo a través de Martha Colmenares, y del que extracto este párrafo, absolutamente luminoso:
<<El relativismo, en realidad, es el nombre civilizado de la agitación y propaganda, aquel viejo y utilísimo agitprop del imperio soviético. Se trata, más que de negar la realidad o reemplazarla por una versión instrumental y útil a determinados fines, de invalidarla; más que de “relativizar” la verdad, mediante la falaz creencia de que toda verdad es siempre, en esencia, subjetiva, de volver inútil su búsqueda. El relativismo es la máscara soft de los viejos mecanismos de control y sofocamiento de la libertad de pensamiento y de expresión. Y no se piense que sólo los regímenes autoritarios o las dictaduras tienen interés en desdibujar y confundir, mezclándolos, los perfiles de los hechos y las ficciones: en la sólida democracia francesa, los parlamentarios llevan dos décadas legislando en materia de “memoria histórica”, y, más previsiblemente, en la España de Rodríguez Zapatero, la izquierda en el poder se ha sacado de la chistera una nueva materia de estudio, “Educación para la ciudadanía”, que en no pocos casos sirve para imponer una lectura de la Historia y unos valores morales ensalzados únicamente por ser acordes con la ideología del partido en el Gobierno. Considerar que la Historia es tributaria de la actualidad o que se reduce a la memoria, forzosamente parcial, de los hechos o, peor aún, que sea un objeto jurídico y, como tal, pasible de sanciones, es el primer paso en la transformación del ciudadano en sujeto de una tiranía. O, para decirlo con Hannah Arendt: “El sujeto ideal del régimen totalitario no es ni el nazi ferviente ni el comunista convencido, sino el hombre para el que la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y entre verdadero y falso (las reglas del pensamiento) ha dejado de existir”.>>
Las negritas son mías. La idea de que la verdad no existe, de que sólo existe mi verdad, tu verdad, o más exactamente, de que la verdad no es un valor ("verdad, ¿para qué?", podríamos decir, parafraseando a Lenin) es esencial a la izquierda, para la cual vale todo con tal de conseguir el poder o mantenerse en él (en su lenguaje populista, para que no vuelva la derecha "antigua"). Ejemplo de manual: Zapatero, Príncipe del Pleno Empleo.
<<El relativismo, en realidad, es el nombre civilizado de la agitación y propaganda, aquel viejo y utilísimo agitprop del imperio soviético. Se trata, más que de negar la realidad o reemplazarla por una versión instrumental y útil a determinados fines, de invalidarla; más que de “relativizar” la verdad, mediante la falaz creencia de que toda verdad es siempre, en esencia, subjetiva, de volver inútil su búsqueda. El relativismo es la máscara soft de los viejos mecanismos de control y sofocamiento de la libertad de pensamiento y de expresión. Y no se piense que sólo los regímenes autoritarios o las dictaduras tienen interés en desdibujar y confundir, mezclándolos, los perfiles de los hechos y las ficciones: en la sólida democracia francesa, los parlamentarios llevan dos décadas legislando en materia de “memoria histórica”, y, más previsiblemente, en la España de Rodríguez Zapatero, la izquierda en el poder se ha sacado de la chistera una nueva materia de estudio, “Educación para la ciudadanía”, que en no pocos casos sirve para imponer una lectura de la Historia y unos valores morales ensalzados únicamente por ser acordes con la ideología del partido en el Gobierno. Considerar que la Historia es tributaria de la actualidad o que se reduce a la memoria, forzosamente parcial, de los hechos o, peor aún, que sea un objeto jurídico y, como tal, pasible de sanciones, es el primer paso en la transformación del ciudadano en sujeto de una tiranía. O, para decirlo con Hannah Arendt: “El sujeto ideal del régimen totalitario no es ni el nazi ferviente ni el comunista convencido, sino el hombre para el que la distinción entre hecho y ficción (la realidad de la experiencia) y entre verdadero y falso (las reglas del pensamiento) ha dejado de existir”.>>
Las negritas son mías. La idea de que la verdad no existe, de que sólo existe mi verdad, tu verdad, o más exactamente, de que la verdad no es un valor ("verdad, ¿para qué?", podríamos decir, parafraseando a Lenin) es esencial a la izquierda, para la cual vale todo con tal de conseguir el poder o mantenerse en él (en su lenguaje populista, para que no vuelva la derecha "antigua"). Ejemplo de manual: Zapatero, Príncipe del Pleno Empleo.
sábado, 19 de septiembre de 2009
¡Tooooma verdad judicial!
La sentencia del juzgado de 1ª instancia de Madrid que desestima íntegramente la demanda del comisario Sánchez Manzano contra el director del periódico El Mundo, varios de sus colaboradores y Federico Jiménez Losantos, no se limita a proteger la libertad de expresión e información. Esto era lo esperable, si partimos de la base de que, salvo en las instancias judiciales superiores, descaradamente politizadas, todavía queda en España alguna independecia judicial, al menos en comparación con Cuba o Marruecos.
El carácter decisivo de la sentencia de la juez Lledó estriba en que, de manera pormenorizada, establece que ninguno de los artículos que son objeto de la demanda "faltan a la verdad al narrar los presupuestos fácticos sobre los que los demandados aportan sus opiniones y juicios de valor".
Ahora podemos decir, pues, que algunas de las irregularidades más escandalosas de la investigación policial forman ya parte de esa "verdad judicial" que los voceros a jornada completa o parcial de la tesis oficial, los que se han venido cebando con las mayores hipérboles descalificatorias contra los "conspiranoicos" (neologismo que ya se utilizó contra quienes investigaron los crímenes del GAL), tienen siempre en la boca, y que ahora a lo mejor harían bien en comerse con patatas.
La verdad no es verdad porque la diga un juez, un científico o el Papa de Roma. La verdad es la verdad, la diga la juez Ana Cristina Lledó, o su taxista. (Y a la inversa, la mentira es la mentira, la diga un borracho acodado en la barra del bar o el presidente del Tribunal Constitucional.) Por supuesto, la verdad a veces permanece sin descubrir, y en el 11-M, aunque sabemos algunas cosas, y existen multitud de indicios clamorosos, realmente conocemos poquísimo de lo que en verdad sucedió tanto aquel aciago jueves de marzo de 2004 como los días previos y posteriores.
Pero tenemos perfecto derecho a especular y conjeturar, y esto es algo que la sentencia también ampara:
"Igualmente, opinar que el 11 M se engendró muy probablemente en el seno o al menos en el regazo del Estado..." (Doc 64 [palabras de Pedro J. Ramírez]) es hipótesis protegida por la libertad de expresión, aunque a algunos les pueda parecer sorprendente y disparatada y a otros, por el contrario, factible dado el antecedente del llamado caso Gal."
Pues nada, celosos protectores del sacrosanto honor del Estado, continuad con vuestra cruzada contra los conspiranoicos, para salvar a la derecha de la nefasta influencia de Pedro Jota y Jiménez Losantos. La justicia también os ampara, al menos la justicia con minúscula, porque la otra hay 193 asesinados y cerca de dos mil heridos que siguen esperándola.
El carácter decisivo de la sentencia de la juez Lledó estriba en que, de manera pormenorizada, establece que ninguno de los artículos que son objeto de la demanda "faltan a la verdad al narrar los presupuestos fácticos sobre los que los demandados aportan sus opiniones y juicios de valor".
Ahora podemos decir, pues, que algunas de las irregularidades más escandalosas de la investigación policial forman ya parte de esa "verdad judicial" que los voceros a jornada completa o parcial de la tesis oficial, los que se han venido cebando con las mayores hipérboles descalificatorias contra los "conspiranoicos" (neologismo que ya se utilizó contra quienes investigaron los crímenes del GAL), tienen siempre en la boca, y que ahora a lo mejor harían bien en comerse con patatas.
La verdad no es verdad porque la diga un juez, un científico o el Papa de Roma. La verdad es la verdad, la diga la juez Ana Cristina Lledó, o su taxista. (Y a la inversa, la mentira es la mentira, la diga un borracho acodado en la barra del bar o el presidente del Tribunal Constitucional.) Por supuesto, la verdad a veces permanece sin descubrir, y en el 11-M, aunque sabemos algunas cosas, y existen multitud de indicios clamorosos, realmente conocemos poquísimo de lo que en verdad sucedió tanto aquel aciago jueves de marzo de 2004 como los días previos y posteriores.
Pero tenemos perfecto derecho a especular y conjeturar, y esto es algo que la sentencia también ampara:
"Igualmente, opinar que el 11 M se engendró muy probablemente en el seno o al menos en el regazo del Estado..." (Doc 64 [palabras de Pedro J. Ramírez]) es hipótesis protegida por la libertad de expresión, aunque a algunos les pueda parecer sorprendente y disparatada y a otros, por el contrario, factible dado el antecedente del llamado caso Gal."
Pues nada, celosos protectores del sacrosanto honor del Estado, continuad con vuestra cruzada contra los conspiranoicos, para salvar a la derecha de la nefasta influencia de Pedro Jota y Jiménez Losantos. La justicia también os ampara, al menos la justicia con minúscula, porque la otra hay 193 asesinados y cerca de dos mil heridos que siguen esperándola.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Al Zaidi (el periodista iraquí que lanzó sus zapatos a Bush) tiene miedo -asegura tras salir de la cárcel- de que los servicios secretos de Estados Unidos traten de asesinarle.
Si le hubiera lanzado un zapato a Sadam Hussein cuando gobernaba Iraq sería distinto, está claro. Clarísimo.
Si le hubiera lanzado un zapato a Sadam Hussein cuando gobernaba Iraq sería distinto, está claro. Clarísimo.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Ahí fuera parece que se van enterando del significado de la "extensión de derechos" de Zapatero... (Atención al párrafo final.)
domingo, 13 de septiembre de 2009
Estábamos avisados
Reducida a su más simple expresión, la tesis mantenida [en mi artículo de 1860] era que, a menos que se adoptaran las debidas precauciones, el incremento de la libertad en teoría sería seguido por un decrecimiento de la libertad en los hechos. Nada ha sucedido para hacerme alterar la creencia que expresé. La tendencia de la legislación desde entonces, ha sido de la clase que predije. Medidas dictatoriales, multiplicadas con rapidez, han tendido continuamente a estrechar las libertades de los individuos. Esto lo han hecho de dos maneras. Han sido promulgadas reglamentaciones, en números anualmente crecientes, restringiendo al ciudadano en esferas donde sus acciones eran anteriormente libres y obligándolo a acciones que previamente podía realizar o no, según su deseo. Al mismo tiempo, pesadas cargas públicas, principalmente locales, han restringido más su libertad disminuyendo la parte de su salario que podía gastar como quisiera y aumentando la parte que se le recauda para que dispongan de ella los funcionarios. Las causas de estos efectos predichos, entonces en operación, siguen rigiendo, y es verosímil que se acentúen.
(Herbert Spencer, prefacio de 1884 a El hombre contra el Estado.)
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