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viernes, 14 de enero de 2011

Ofensiva contra el liberalismo

El poder político, por su propia naturaleza, siempre trata de crecer. Incluso un gobernante bienintencionado se sentirá a menudo contrariado por los obstáculos legales que dificultan sus reformas, y exprimirá su ingenio para encontrar la manera de sortearlos, creyendo de este modo favorecer el bien común. El problema es que todo incremento de poder, en el mejor de los casos, tarde o temprano es heredado por un dirigente que encontrará maneras mucho menos escrupulosas de usarlo. Todavía hoy los estudiosos siguen preguntándose cómo un pueblo tan civilizado como el alemán pudo caer en el nazismo. En su clásico Camino de Servidumbre, Friedrich A. Hayek defendió la tesis de que Hitler no destruyó la democracia de un día para otro, sino que el proceso de estatalización, experimentado por Alemania desde hacia décadas, había preparado el terreno para el advenimiento de una tiranía atroz. Hayek encabezó su libro con una cita de Hume: “Es raro que la libertad, del tipo que sea, se pierda súbitamente.”

El liberalismo clásico, tal como lo entendía el pensador austríaco, se basa en la desconfianza, hija de la observación, hacia toda concentración excesiva de poder político. No es por tanto una ideología entre otras, como el socialismo, el fascismo o el islamismo, que aspiran a conquistar el aparato estatal para implantar un determinado modelo de sociedad, sino que por el contrario defiende un gobierno limitado y lo que se sigue de ello, la búsqueda individual de la felicidad. A diferencia de las ideologías, el mejor argumento a favor del liberalismo no es de tipo teórico, sino práctico: Las sociedades más prósperas de la historia son las que se han inspirado en sus principios.

Sin embargo, como decíamos, el poder y sus servidores nunca descansan, y como no pueden argumentar frontalmente contra la libertad, se centran en desprestigiar determinadas instituciones que la hacen posible, como por ejemplo la propiedad privada, la independencia del poder judicial y determinadas tradiciones. Para ello, la estrategia habitual consiste en oponerlas a otros principios, ya sea la igualdad o la democracia, lo que permite ganarse a la parte menos documentada de la opinión pública y, sobre todo, tachar a quienes intentan desenmascarar estos procedimientos de antidemócratas y sometidos a intereses particulares, como si los gobiernos por definición fueran siempre desinteresados.

El indicio más preocupante de una operación de calado para desnaturalizar el Estado de Derecho y minar las libertades es que los teóricos se pongan a buscar justificaciones para ello, generalmente limitándose a remozar viejos argumentos. Ha ocurrido siempre antes, que a los déspotas les han preparado el terreno pensadores y juristas, no necesariamente inocentes. En el caso del gobierno de Zapatero, es bien conocida la influencia del irlandés Philip Pettit, a quien me he referido recientemente. Se trata de un pensador muy poco original que se limita a invertir la tesis de autores como Spencer o Hayek, para los cuales el concepto de libertad empleado por el "progresismo" es una desviación o adulteración del principio liberal clásico. Pettit dice que es al revés, son los liberales quienes elaboraron el concepto de "libertad negativa", por expresarlo en los términos de Isaiah Berlin, restringiendo el alcance de la idea original. La posición de Pettit, como adivinarán, conduce a revalorizar el papel del Estado como justiciero y emancipador frente a los otros poderes, el económico, el patriarcal, etc.

Otro ideólogo a tener en cuenta es el profesor de sociología Ignacio Sánchez-Cuenca. Personaje  muy sectario de la órbita socialista (véase aquí como botón de muestra), partidario del "proceso de paz" con ETA y articulista habitual de El País, donde acaba de publicar un artículo defendiendo la legalización de Batasuna. Sánchez-Cuenca es autor de un ensayo cuyo título no puede ser más elocuente: Más democracia, menos liberalismo. En él argumenta que este régimen político no se puede reducir a la definición popperiana (un método que sirve para cambiar de gobierno sin violencia), y basándose en los conceptos de igualdad y autogobierno, definidos ad hoc, critica las limitaciones constitucionales al principio de mayoría, que según él revelan una desconfianza sospechosa hacia el principio democrático. Aunque el autor intenta distinguirse de concepciones populistas, el último capítulo, titulado “Los jueces contra el pueblo”, seguramente complacería a Hugo Chávez.

En las doscientas páginas del libro, Sánchez-Cuenca ni siquiera se plantea el problema fundamental del liberalismo, al que tanto menciona, que gira en torno a los límites de la acción del gobierno. No es de extrañar, entonces, que no pueda encontrar justificación alguna para aquellas reglas institucionales que “atan las manos de los gobiernos”, salvo oscuros intereses económicos.

Lo irónico del asunto es que quien tanto alaba la democracia realiza también una crítica de la democracia directa, frente a la representativa, pues considera que el autogobierno debe restringirse esencialmente a la elección entre distintas ideologías. Por un lado defiende los referéndums de autodeterminación nacional, pero por otro, ni siquiera trata de las consultas al pueblo sobre temas concretos, tan habituales en países como los Estados Unidos o Suiza. La razón es obvia: Cuando la democracia se convierte en un medio de control del gobierno, deja de parecerle tan atractiva; él sólo la aprecia cuando sirve para obligar a los individuos a amoldarse a proyectos ideológicos omnicomprensivos, es decir, cuando la libertad individual no tienen nada que ganar, y sí mucho que perder. Dejemos que el pueblo elija un gobierno que le suba los impuestos (así luego no podrá quejarse), pero no se nos ocurra preguntarle si está a favor de la cadena perpetua, que eso sólo pueden decidirlo sus sabios representantes.

Cuando los políticos atacan el liberalismo o sus plasmaciones institucionales, no nos encuentran desprevenidos, pues, como le dice el escorpión a la rana en la conocida fábula, "es mi naturaleza". Pero cuando algunos intelectuales (demasiados, por desgracia) dedican sus esfuerzos académicos a tareas tan serviles, tenemos razones para ponernos doblemente en guardia. Todo poder, incluso el más bárbaro, se basa en el triunfo de determinada mentalidad. Y a su vez, toda mentalidad, por muy simples que parezcan los clichés con que se manifiesta en el hombre de la calle, es una simplificación, una filtración de teorías abstractas, cuyos autores ese hombre de la calle ni siquiera sospecha que existan. Para juzgar cualquier elucubración, por muy académica que parezca, es aconsejable realizar el ejercicio de preguntarnos: ¿Sirve o favorece al poder? No falla, siguiendo este hilo, verán luego que todas las piezas encajan.

domingo, 22 de agosto de 2010

La educación contra la libertad

El filósofo inglés Herbert Spencer dijo:

La gran superstición política del pasado fue el derecho divino de los reyes. La gran superstición política del presente es el derecho divino de los parlamentos.” (1)

Pese a que han transcurrido más de ciento veinte años desde estas palabras, podemos afirmar que continúan plenamente vigentes. Son incontables las personas que ignoran todavía el verdadero significado del Estado de Derecho y creen que lo único que se necesita para ser libres es democracia stricto sensu, es decir, que el poder esté legitimado por las urnas. El concepto de limitación y control del poder, a pesar del acceso universal a la educación, aún hoy en día es relativamente esotérico, incomprendido por grandes bolsas de población.

Evidentemente, sería ingenuo esperar de los gobiernos que tratasen de combatir ellos mismos esta ignorancia, cuando son los directos beneficiarios.

Hace un tiempo leí un manual de la nueva asignatura creada por el gobierno socialista español (no el de Venezuela), “Educación para la Ciudadanía”, de la editorial Barcanova. Aparte del adoctrinamiento anticapitalista y antiglobalización, pude comprobar graves carencias. En el capítulo donde se trataba del sistema democrático, conceptos capitales del Estado de Derecho como son la división de poderes o el imperio de la ley, apenas se destacaban, mientras que a temas como “Estado social” o “Estado del bienestar” se le dedicaban párrafos considerablemente extensos.

Al mismo tiempo, los derechos individuales que marcan límites a lo que está permitido a los gobiernos, quedaban sepultados bajo la lista siempre creciente de derechos “sociales” que, al contrario que los primeros, justifican todo tipo de intervencionismo estatal a fin de poderlos garantizar –cosa que rara vez se consigue.

Todo indica que la juventud española puede terminar sus estudios primarios y secundarios sin que nadie le haya explicado los principios básicos del liberalismo de Locke, Adam Smith o la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, ni inculcado la sana desconfianza hacia cualquier gran concentración de poder político. Más bien al contrario, a los chicos y chicas se les enseña en las aulas (no hablemos ya de la televisión) que es necesario conferir más prerrogativas y recursos a las administraciones, a fin de combatir todo tipo de injusticias, reales e imaginarias. Y por si esto no fuera suficiente, se les trata de vacunar contra el “neoliberalismo”, ¡acusándolo de ejercer de “pensamiento único”!

Seguramente, contra la pretendida imposición neoliberal, la gran mayoría sale de la escuela con la idea de que el mercado libre es la causa de la pobreza en el mundo, de las guerras y de la destrucción del medio ambiente y que, aun admitiendo que dirigentes como Castro o Chávez puedan ocasionalmente “propasarse”, debemos ser comprensivos con estos “intentos esperanzadores de buscar caminos alternativos al despiadado capitalismo”. (La frase me la acabo de inventar, pero podría haberla escrito un Ignacio Ramonet, un Noam Chomsky o cualquier otro gurú de la izquierda.) Y no hace falta decirlo, la caída del muro de Berlín supuso una verdadera desgracia, “devastadora para el planeta y para los humanos.” (Palabras esta vez no mías, sino del eurodiputado J. M. Mendiluce.)

Desde el momento que uno cree que el poder político es una fuerza transformadora y benéfica sin efectos secundarios, es comprensible que no le dé demasiada importancia a los formalismos que diferencian la dictadura del Estado de Derecho. Esto lleva a aplaudir medidas fuertemente intervencionistas, muchas de las cuales, de ser impulsadas por un gobierno conservador, serían con toda razón calificadas como autoritarias e incluso fascistas.

El portavoz socialista en el Congreso español afirmó, en apoyo del aborto libre, que la única moral pública debía ser la Constitución. Ahora bien, dado que la Constitución es modificable e interpretable, esta afirmación implica que el poder del Estado podría ser prácticamente ilimitado. Desde el momento en que puede dictaminar en última instancia lo que está bien y lo que está mal, él mismo está por encima de juicios morales. Esto es algo que jamás osaron imponer conscientemente los monarcas absolutos; sólo los totalitarismos comunista y fascista llevaron hasta el final esta pretensión.

La superstición política, en el sentido amplio de veneración por el poder carismático, sirve a todo gobierno, pero especialmente a aquellos que se sostienen en concepciones “progresistas” del derecho, claro está. Aunque hoy pocos se proclamen marxistas, la idea de Marx según la cual las leyes no son más que una creación de la clase dominante para justificar su dominio, sigue inspirando a los gobiernos de izquierdas para remover cualquier obstáculo que se interponga en su camino, aunque por supuesto el afán legislador sea tan antiguo como el Estado.

Una de las características de la civilización occidental es que ha desarrollado una serie de doctrinas e instituciones encaminadas a limitar ese excesivo protagonismo del poder político. Por supuesto, esto también ha dejado prácticamente de enseñarse en las escuelas. Más bien se previene a los jóvenes contra los peligros del eurocentrismo, para que no se les pase nunca por la cabeza la idea de que nuestra cultura podría tener algo que enseñar a otras. Para ello, requisito indispensable es que empiecen por desconocer esa enseñanza.
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(1) "The Great Political Superstition", que empieza con las palabras citadas, es un ensayo incluido dentro de The Man versus the State.

jueves, 19 de agosto de 2010

Qué significa ser de izquierdas en 2010

Dedicado a El eterno pasmado.

Si queremos hablar con un mínimo de claridad, lo primero que hay que advertir es que los términos derecha e izquierda debieron haberse dejado de utilizar hace ochenta o noventa años. Después de la Primera Guerra Mundial, los fascismos desde su origen siempre trataron de explicar que ellos encarnaban un fenómeno político novedoso, más allá de la derecha y la izquierda. Y no les faltaba razón. Una de las características definitorias del fascismo es la crítica contra el parlamentarismo burgués y el capitalismo, asociados sistemáticamente con elementos decadentes y apátridas, corruptores de la comunidad nacional y racial. Al mismo tiempo, mientras el fascismo italiano se reconoció en estéticas vanguardistas como el futurismo, el canto a la máquina y los nuevos deportes de masas, el nazismo pretendió fundamentar sus delirios racistas en teorías "científicas", llegando a aplicar la tecnología moderna al exterminio. No es de sorprender, por tanto, que los fascistas no se identificaran con la vieja derecha reaccionaria, que había llegado a aceptar en general la convivencia con unos mínimos requisitos democráticos y liberales, y que en absoluto estaba dispuesta a renegar de ciertos principios del humanismo cristiano -otra cosa es que fuera siempre coherente en su práctica.

Por su parte, también tras la guerra del 14, surgió el primer régimen socialista en Rusia, y la izquierda que hasta entonces había hecho bandera de la democracia y la libertad, al menos retóricamente, se encontró en la tesitura de adoptar una posición frente a la dictadura soviética. ¿Podía seguir defendiendo esos principios ilustrados y al mismo tiempo apoyar a un régimen mucho más tiránico (al menos por su capacidad para liquidar al prójimo) que el de los zares? En general, con testimoniales excepciones, la izquierda decidió que sí, y desde entonces no se ha curado del todo de esa esquizofrenia. Aún hoy, en el mundo anglosajón, lo que aquí se llama "progresismo" o "izquierda", sigue siendo conocido como liberalism. Y es que, efectivamente, una de las fuentes de la izquierda es sin duda el liberalismo, como con luminosa claridad explica Spencer en su ensayo "The New Toryism", incluido en el clásico imprescindible The Man versus the State*. Fueron los viejos liberales (los whigs) quienes insensiblemente evolucionaron hacia posiciones socialdemócratas, por una confusión de los fines con los medios. Acabaron creyendo que la libertad no era un fin en sí, sino sólo un medio para lograr la prosperidad del pueblo, y por tanto no vieron problema en defender dicha prosperidad con métodos incompatibles con la libertad. Ahora bien, frente a esta izquierda posliberal, por llamarla así, que fue desarrollándose a lo largo del siglo XIX (aunque para Spencer no era más que un nuevo tipo de conservadurismo, Tories of a new type), la izquierda marxista, decididamente antiliberal, sobre todo tras la Revolución Rusa, resultaba ya irreconocible. ¿Tenía algún sentido reclamarse de la misma tradición, seguir englobándose bajo el mismo nombre de izquierda?

Lo más sensato, pues, hubiera sido abandonar los términos izquierda y derecha ya en la década de los veinte del pasado siglo. Existían entonces, básicamente, el fascismo, el comunismo, los conservadores tradicionales, los socialdemócratas y los (casi residuales) viejos liberales. ¿Qué utilidad podía tener intentar introducir con calzador estas ideologías en la clasificación heredada de la Revolución Francesa? Creo que muy escasa. Sin embargo, el par de vocablos se mantuvo porque para las labores de proselitismo, siempre es muy efectivo dividir el mundo en esquemas binarios de ellos y nosotros. Y también es cierto que existen ciertas convergencias o complicidades entre, por un lado, la izquierda socialdemócrata y la comunista (lo que no excluye las típicas riñas de familia) y por otro, entre los conservadores y los liberales (vale también lo de las riñas). En la medida en que el socialismo democrático comparte los mismos fines que el socialismo marxista, ya que no sus métodos, es inevitable que ambos se cobijen bajo el paraguas de la izquierda. Y en la medida en que conservadores y liberales coincidan a veces en desconfiar del Estado, aunque sea por motivos distintos -que no necesariamente incompatibles- es comprensible que se utilice el término derecha para aglutinar la oposición a la izquierda, pese a la incomodidad de su carácter polisémico, que obliga a precisar constantemente a qué derecha nos referimos. Es tan díficil luchar contra los usos establecidos del lenguaje...

Dicho esto, para un estricto liberal, la izquierda, puesto que nace como una desviación de sus orígenes liberales, sólo puede ser considerada un error, sea cual sea la variante bajo la cual se presente. En realidad, la esquizofrenia de que hablábamos antes, se encuentra en sus mismos orígenes, y es lo que lleva a los "progresistas" a persistir en su relación siempre conflictiva con el liberalismo, incluso cuando más aseguran valorar su legado. Algunos han hablado de fundar una "tercera izquierda", basada en los valores del ecologismo y del individualismo "bien entendido". Lo del ecologismo ya sabemos como acaba siempre (intervencionismo desorbitado en nombre de la Pacha Mama); lo del individualismo, aunque sea con todas las cautelosas matizaciones, puede sonar a retomar los viejos valores de la libertad individual frente al colectivismo, a marcar claras distancias frente a la distinta vara de medir fascismo y comunismo. Nada más falso. En un opúsculo escrito por Mendiluce y Cohn-Bendit en el año 2000 (Por la tercera izquierda), todavía conmocionados por la recentísima mayoría absoluta de Aznar, ambos políticos incurrían en los mismos tics antiliberales de siempre. Para Mendiluce, la caída del muro de Berlín, en lugar de un progreso de la libertad, supone "la victoria del pensamiento único y de su sistema económico -el neoliberalismo", la cual "ha resultado devastadora para el planeta y para los humanos". ¡Y estos son los que se pretenden renovadores de la izquierda!

El pensamiento de izquierdas no tiene remedio. En su código genético desconfía de la libertad económica, lo cual acaba comprometiendo cualquier libertad. Incluso un filósofo de la talla de John Rawls, que no se opone por principio al libre mercado, cae en errores tan hondos como negar que las libertades económicas o la propiedad privada pertenezcan a los derechos fundamentales**. Pero al admitir tal cosa, se incuba siempre el huevo de la tiranía, por muy buenas intenciones que se abriguen. El siguiente paso consiste, ineludiblemente, en valorar los procedimientos discrecionales de unas autoridades tecnocráticas, supuestamente bienhechoras, por encima de las libres decisiones de los individuos en el mercado, y de los formalismos legales. La corrupción de la esencia misma del Estado de Derecho que ello comporta es evidente. Por eso los políticos de izquierdas difícilmente se sienten constreñidos por la legalidad o cualquier otro tipo de principios, porque están imbuidos de la idea según la cual sus nobles fines (la lucha contra la pobreza, etc) justifican los medios. Es el conocido fenómeno de la hiperlegitimación, que conduce a encomiar prácticas que, observadas en la derecha, serían calificadas, con toda razón, de autoritarias.

Por supuesto, la izquierda no tiene la exclusiva del intento de acrecentar el poder político vaciando de sentido las leyes y las instituciones. Estos son hechos consustanciales a la naturaleza humana, frente a los cuales siempre debemos estar en guardia, incluso con el gobierno que más de deshaga en declaraciones de respeto al Estado de Derecho. Pero es innegable que si la ideología de partida ya es antiliberal, el peligro de las tendencias autoritarias se acrecienta mucho más, pues a fin de cuentas todo poder obtiene su fuerza última de las convicciones que lo legitiman en la mente de los ciudadanos.
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*En español, el libro de Spencer se ha traducido como El individuo contra el Estado y también, más literalmente, El hombre contra el Estado.

** John Rawls, A Theory of Justice. Revised Edition, 1999.

martes, 17 de agosto de 2010

Zapatero es socialista, créanlo

Existen síntomas de que algunos artistas empiezan a percibir la cercanía a Zapatero, real o supuesta, como algo perjudicial para su popularidad. Primero fue Imanol Arias, que mostró su contrariedad por que se le identifique con "los de la ceja", en alusión al patético vídeo electoral en el que participaban Sabina, Serrat y unos cuantos más -y que a medida que pase el tiempo parecerá más increíble, más bochornoso, como la canción de Víctor Manuel dedicada a Franco. Y es que cuando las circunstancias políticas pasan a ser Historia, se impone con toda su fuerza el hecho esencial: El insondable servilismo de los seres más egocéntricos que existen, que son los artistas, con permiso de los políticos.

El siguiente actor en manifestar su antipatía -no sabemos si sobrevenida- por Zapatero, ha sido Luis Tosar, quien para que no quepa duda de su pedrigrí progresista (que ya demostró con su papel estelar en Nunca Máis) ha criticado al presidente del gobierno por no ser suficientemente de izquierdas. Exactamente ha dicho que "no tiene nada que ver con el socialismo". Hay que reconocer que esta crítica contra gobiernos nominalmente socialistas es muy habitual, no sólo desde la izquierda, sino también -lo cual es más grave- desde la derecha. Nada me parece más inepto que la derecha cuando critica a la izquierda por no ser suficientemente... de izquierdas.

En todo caso, aunque no creo que el señor Tosar sepa de la existencia de este blog, opino que es un deber de caridad sacarlo de su grave error. Y es que Zapatero no sólo no se aparta de lo que podemos esperar de un socialista, sino que es un ejemplo de los más paradigmáticos. Si ello además sirve para ilustrar a algún derechista despistado (muy despistado), me sentiré doblemente satisfecho.

Herbert Spencer, en su insuperado The Man versus the State, dividió las sociedades en dos clases fundamentales, las de tipo militar y las de tipo industrial. Las primeras son aquellas en las que la cooperación social se basa en la coacción de unos individuos sobre otros, así en el caso del esclavismo, el feudalismo o el socialismo de economía planificada. En Cuba, por ejemplo, el Estado decide dónde puede residir uno, dónde tiene que trabajar, lo que debe cobrar, los medios de comunicación a los que puede acceder, lo que puede comprar y vender (casi nada) e incluso si puede poseer un aparato de aire acondicionado en su vivienda, suponiendo que sus ingresos se lo permitan. En cambio, en la cercana Florida, a donde por algún motivo han emigrado miles de cubanos, el tipo de sociedad es básicamente industrial, que se funda en la cooperación voluntaria. El individuo decide dónde residir, trabajar, qué consumir, etc, en función de sus personales preferencias y los precios del mercado, que resultan de la libre interacción de todos los individuos, en la búsqueda de su provecho particular.

Por supuesto, este esquema es ideal. En el mundo real no existen sociedades industriales o militares puras. Incluso en el sistema más despótico se da una cierta actividad comercial, de intercambio voluntario, aunque sea clandestina. Y en todos los sistemas industriales actuales la intervención del Estado es muy superior a la que sería imprescindible para garantizar la seguridad frente a la delincuencia y las agresiones externas. Pero en todo caso, es evidente que la ideología socialista, en la medida en que defiende una mayor o menor limitación del mercado, tiende más al modelo militar que al industrial. Un socialista cree que los funcionarios saben mejor que los individuos lo que les conviene, de ahí que sea partidario de unos impuestos altos, a fin de poder decidir por los ciudadanos el uso que hacen de buena parte de sus ingresos.

Ahora bien, nótese -y esto es crucial- que un socialista no deja de serlo, ni lo es en menor grado, porque coyunturalmente considere que es conveniente una cierta disminución del gasto público o incluso una cierta liberalización de la economía. Todos los sistemas socialistas han tenido sus períodos de liberalización, empezando por el que implantó en su día, por breve tiempo, el propio Lenin y terminando por la China actual, sometida al partido político más poderoso del mundo. Pero porque el amo afloje temporalmente las cadenas del esclavo, o suavice sus condiciones de vida a fin de que rinda mejor, no deja éste de ser un esclavo. Lo que caracteriza a los sistemas socialistas es que, en cualquier momento, el gobierno puede decretar el fin del "período especial". Un socialista decide hoy bajar los impuestos, o incluso eliminar algunos. ¿Y qué? Mañana se le antojará subirlos, o inventar alguno nuevo. Bajo el socialismo la seguridad jurídica es una quimera, hay que estar a lo que el jefe ordene, según le convenga. Cuando toca decir que bajar los impuestos es de izquierdas, se dice. Otro día tocará decir que hay que subirlos, para tener "unos servicios públicos de primera" y para "homologarnos con Europa", o cualquier falacia por el estilo, no importa. La cuestión se reduce a tener los suficientes seguidores que aplaudan lo que digan los amos. En definitiva, que se sepa quién manda.

Zapatero en esto es un socialista de manual. Disfruta cambiando de idea para desorientar a todo el mundo, y poner en evidencia a sus más próximos, obligados a rectificar a un ritmo endiablado, impasible el ademán. Se trata del viejo método de selección de los más fieles; sólo sobrevive quien comprende que la única norma es lo que diga el jefe, y en caso de contradicción, lo más reciente que haya salido de sus labios. ¿Falta de ideología? Yo más bien diría que no hay mejor modo de poner en práctica la ideología socialista.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Estábamos avisados

Reducida a su más simple expresión, la tesis mantenida [en mi artículo de 1860] era que, a menos que se adoptaran las debidas precauciones, el incremento de la libertad en teoría sería seguido por un decrecimiento de la libertad en los hechos. Nada ha sucedido para hacerme alterar la creencia que expresé. La tendencia de la legislación desde entonces, ha sido de la clase que predije. Medidas dictatoriales, multiplicadas con rapidez, han tendido continuamente a estrechar las libertades de los individuos. Esto lo han hecho de dos maneras. Han sido promulgadas reglamentaciones, en números anualmente crecientes, restringiendo al ciudadano en esferas donde sus acciones eran anteriormente libres y obligándolo a acciones que previamente podía realizar o no, según su deseo. Al mismo tiempo, pesadas cargas públicas, principalmente locales, han restringido más su libertad disminuyendo la parte de su salario que podía gastar como quisiera y aumentando la parte que se le recauda para que dispongan de ella los funcionarios. Las causas de estos efectos predichos, entonces en operación, siguen rigiendo, y es verosímil que se acentúen.

(Herbert Spencer, prefacio de 1884 a El hombre contra el Estado.)

viernes, 21 de agosto de 2009

La superstición política

Sánchez Dragó, en su columna de El Mundo del pasado martes se pregunta retóricamente: "¿Vivíamos mejor con y contra Franco?" Y se responde sin el menor matiz remilgado: "Sí, porque éramos más libres."

Seguro que muchos se escandalizarán ante semejante afirmación. En una entrada anterior, titulada ¿Pío Moa, Liberal?, algún comentarista me trató de ignorante por afirmar que en algunos aspectos, existía mayor libertad no sólo en tiempos de Franco, sino incluso en los de María Antonieta.

En el presente se concede gran importancia a términos grandilocuentes, como la libertad de expresión, el derecho de sufragio, etc, mientras que toleramos mil y una pequeñas coacciones gubernamentales que hace pocos siglos, o incluso pocas décadas, nadie hubiera podido imaginar. Si un policía de tráfico nos obliga a detenernos cuando circulamos en automóvil, es probable que si se esmera lo suficiente encuentre algún motivo de sanción: Tantas son las normativas y leyes que regulan el hecho de desplazarnos en vehículos a motor. Y los ejemplos se multiplican cuando tomamos en consideración casi cualquier otro ámbito.

El problema de estas regulaciones es que, consideradas una por una, suelen parecer tan sensatas y necesarias que encuentran fácilmente ingenuos defensores entre muchos de los ciudadanos que las padecen. Pero su carácter acumulativo, y sobre todo su crecimiento ilimitado las convierten en una de las amenazas más tangibles que se ciernen sobre las sociedades libres.

Por eso, aunque no siempre simpatizo con las boutades de Sánchez Dragó, y tiendo a desconfiar de las contradicciones de su pensamiento, que pasa fácilmente del liberalismo a cierto discurso antioccidental, en esta ocasión, como en otras muchas, me parece que tiene toda la razón. No es casual que quienes verdaderamente se jugaron el tipo contra la dictadura, como Sánchez Dragó y Pío Moa, tengan la osadía de decir lo que piensan del régimen parlamentario. Que las libertades se vean recortadas en nombre de la voluntad popular, no cambia la naturaleza despótica del fenómeno. Como sentenció Herbert Spencer en El Hombre contra el Estado:

"La gran superstición política del pasado fue el derecho divino de los reyes. La gran superstición política del presente es el derecho divino de los parlamentos."

martes, 13 de mayo de 2008

Notas sobre la transgresión

No tengo empacho en declarar que la palabra transgresión no me gusta. El término fue puesto en circulación por Georges Bataille, aunque en su vulgarización sesentayochista ha perdido el significado que le diera este pensador. Lo cuenta Sebreli en El olvido de la razón, Debate (2007), pág. 253.

Hoy se vive fenomenalmente bien de la retórica de la transgresión, las subvenciones no le faltan a todo aquel "artista" o personaje mediático que se apunta a transgredir lo que sea -con tal de que no incomode al poder, claro está. Desde la propia escuela ya enseñan a los niños a ser "transgresores", "críticos", etc... en la dirección adecuada.

Sin embargo, como tenía bien claro Bataille, la transgresión va unida a la prohibición. Sin la segunda, no puede haber la primera. El hedonismo imperante, que reclama el reconocimiento de todas las formas de placer, puede llegar a tener el efecto paradójico de acabar con uno de los placeres más antiguos: el de lo prohibido.

Esta reflexión me lleva a enlazar con otra, de carácter más genérico. Decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que los grandes autores liberales del XIX, como Stuart Mill o Spencer, no defendían la libertad del individuo porque interesara a éste, sino porque ello era lo más conveniente para la sociedad. Nótese que esa observación orteguiana podría extenderse incluso a Friedrich Hayek, el mayor pensador liberal del siglo siguiente. En su último libro, La fatal arrogancia, afirmaba que la crítica esencial contra el socialismo es que se trata de un error de hecho, es decir, que al sacrificar al individuo en aras de la sociedad, ni siquiera consigue lo que promete, que es beneficiar a ésta. El utilitarismo no yerra porque defienda la felicidad del mayor número, sino porque en su plasmación concreta ha tendido a olvidar el largo plazo, ignorando los efectos contraproducentes de sus simplistas propuestas, como ya expuso Spencer.

Ortega, que era muy dado a anticipar nuevas tendencias, pero sin desarrollarlas, avizoraba un nuevo liberalismo mucho más radical, que empezara y terminara en el individuo, es decir, que desdeñara olímpicamente las preocupaciones colectivas.

Ahora bien, ¿en qué podría consistir la formulación teórica de ese liberalismo radical? No desde luego en una transformación de la sociedad, dado que de entrada se rechaza cualquier tipo de inquietud por el conjunto. En realidad, toda teorización ético-política es un intento de justificación ante los demás, por lo que en sí misma parte de descartar cualquier opción individualista extrema. El liberalismo absolutamente purgado de reflexión social es un enunciado contradictorio, una pretensión tan quimérica como la cuadratura del círculo que los geómetras persiguieron vanamente durante siglos. Una cosa es decir que el socialismo hunde sus raíces en el liberalismo del siglo XIX, y otra que en el fondo, el liberalismo ya fuera socialismo. A no ser que caigamos en la insostenible posición de llamar socialismo a todo intento de mejora de la sociedad. (En este sentido, lo de "liberalismo social", o bien es una chapuza teórica, o bien una simple redundancia, pues toda ideología política implica un concepto u otro de sociedad.)

Por supuesto, el liberalismo radical, si lo pensamos bien, en la práctica siempre ha existido. Siempre ha habido individuos que han intentado hacer lo que les dictaba su propia subjetividad, más allá de las normas vigentes en un tiempo y un lugar concretos. Transgresores, por tanto. Según la naturaleza de sus actos, y a veces según la época desde la cual se les ha juzgado, se les ha considerado o bien genios o bien criminales. De ambas categorías ha habido ejemplos, indiscutiblemente.

Los trangresores a veces han beneficiado a la humanidad, en efecto. Pero ellos se han beneficiado de que hubiera normas. Por supuesto, existen normas mejores y peores. Pero incluso cuando nos saltamos las del segundo tipo, estamos poniendo en entredicho todas las normas en general. Las leyes y las costumbres evolucionan, qué duda cabe, pero mucho menos debido a genialidades individuales que por un proceso secular del que apenas somos conscientes. A pesar de la mitología romántica erigida sobre el motivo de la transgresión, lo cierto es que la mayoría de las veces, es mayor el daño que causa cualquier violación de la ley o la tradición, que el beneficio que supuestamente pueda aportar en un caso particular. Como dijo David Hume:

"La avidez y el partidismo de los hombres introducirían rápidamente el desorden en el mundo si no se vieran refrenados por algunos principios generales e inflexibles."

lunes, 22 de octubre de 2007

¿Quién teme a Herbert Spencer?


La mala fama de Herbert Spencer es debida a párrafos como el que transcribo a continuación. Quien tenga dificultades con el inglés (bienvenido al club), limítese a las negritas:

Each adult gets benefit in proportion to merit –reward in proportion to desert: merit and desert in each case being understood as ability to fulfil all the requirements of life –to get food, to secure shelter, to escape enemies. Placed in competition with members of its own species and in antagonism with members of others species, it dwindles and gets killed off, or thrives and propagates, according as it is ill-endowed or well-endowed. Manifestly an opposite régime, could it be maintained, would, in course of time, be fatal to the species. If the benefits received by each individual were proportionate to its inferiority –if, as a consequence, multiplication of the inferior was furthered [se favoreciera] and multiplication of the superior hindered [se entorpeciera], progressive degradation would result; and eventually the degenerate species would fail to hold its ground in presence of antagonistic species and competing species.

(The Man versus the State)


Después de los horrores del nazismo, cuando alguien habla de seres “superiores” e “inferiores” nos ponemos en guardia. Pero Spencer estaba rotundamente en contra de que el Estado interviniera, deliberadamente o no, en el mejoramiento de la especie. Él creía que la selección de los más aptos es un proceso natural que no debía ser perturbado por las interferencias del poder político. Era partidario de la beneficiencia privada, pero se oponía a lo que hoy llamamos Estado del Bienestar. Sus argumentos siguen teniendo plena vigencia, aunque hoy en día no se acostumbre formularlos en el lenguaje biologista que empleaba a veces. En cualquier caso, el horror de los campos de exterminio no hubiera podido producirse si no hubiera existido el avanzado Estado totalitario que los implantó. No debemos exagerar la importancia del hecho contingente de que un maníaco, imbuido entre otras ideas delirantes de una grosera vulgarización del darwinismo, llegara al poder. Lo decisivo es que existiera ese poder prácticamente listo para ser usado, y eso fue resultado de un proceso que venía de muchos años antes, y que Spencer captó como pocos en su tiempo. Él vio en el Estado paternalista bismarckiano un precedente del futuro (nacional-)socialismo. Y con una clarividencia que vista con nuestra perspectiva se diría profética, afirmó en 1884 que el país donde la regulación estatal (State-regulation) había ido más lejos era Rusia. Leyendo su El hombre contra el Estado, uno se pregunta cuán diferente hubiera podido ser el siglo XX si sus advertencias sobre la esclavitud del porvenir se hubieran tomado en serio. Si a ello añadimos que el libro citado es una obra breve, de estilo claro, argumentos contundentes y amena lectura, copioso en ejemplos que nos evocan vivamente el tiempo presente, y desprovisto por completo de concesiones y medias tintas, se comprenderá que en mi opinión siga siendo una de las mejores introducciones al liberalismo que conozco. Si un libro no te conmociona, no te arrastra a tomar partido, no sirve para gran cosa. Para argumentaciones equilibradas y soporíferas sobre lo que sea ya tenemos los editoriales de los periódicos de papel.