El PSOE prosigue con su implantación decidida de una dictadura de la corrección política, posiblemente la más avanzada del mundo. Ahora se trata de una "Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación". Muchos pensábamos que la Constitución de 1978 ya establecía la igualdad de todos los españoles ante la ley, prohibiendo explícitamente cualquier discriminación "por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social". Pero ha tenido que llegar Zapatero Nuestro Salvador, y su ayudante terrenal Leire Pajín, para que cobráramos conciencia súbitamente de que debemos construir "una sociedad que no humille a nadie".
¿Qué harían los más débiles sin la infatigable actividad legislativa del gobierno? Antes de Zapatero, ni las mujeres ni los homosexuales veían reconocida su dignidad. Ahora, serán los enfermos, los obesos y los feos quienes por fin podrán levantar la mirada ante sus opresores (o sea, los sanos, los flacos y los guapos). Algunos medios ya hablan de multas de 500.000 euros para los discriminadores. Ojo con no darle un puesto de trabajo o un alquiler a precio razonable a un calvo (subgrupo de los feos). De ahora en adelante, te podrá denunciar y deberás ser tú quien demuestres que la alopecia no fue el verdadero motivo que te llevó a contratar a otro solicitante de empleo o elegir a otro inquilino.
Cometeríamos sin embargo un grave error si tomáramos el asunto a broma. Esto no es ninguna anécdota, sino que se inscribe dentro del proyecto de ingeniería social que Zapatero impulsó desde que llegó al poder, con una serie de pasos perfectamente planificados. Basándose en las ideas de Philip Pettit, se trata de laminar gradualmente la democracia liberal para sustituirla por una "democracia avanzada". Según Pettit, los liberales clásicos desconfían del Estado porque son ciegos ante otras formas de dominación, como las que sufren las mujeres, los trabajadores, los homosexuales o las minorías nacionales. Nada nuevo en el fondo, se trata de los mismos pretextos de siempre, completados con algunos de moda, para justificar el intervencionismo gubernamental.
El liberalismo evidentemente está en contra de toda dominación, es decir, de toda coerción arbitraria. Ahora bien, a diferencia de las ideologías utópicas, el liberalismo no promete el paraíso terrenal, no asegura que en ausencia de coerción todo el mundo será feliz. De hecho, ni siquiera puede garantizar que la coacción desaparezca por completo, aunque sí pretende reducirla al mínimo posible. Quienes se cierran en banda a comprender el pensamiento liberal razonan en cambio de la manera siguiente: Puesto que sigue habiendo gente infeliz, esto es debido a que existen formas más o menos sutiles de dominación que el liberalismo no reconoce o es inhábil para eliminar. En consecuencia, proponen olvidar las prevenciones del liberalismo contra el poder político para poder luchar adecuadamente contra las otras formas de coerción.
Esto sencillamente es como si, decepcionados porque la ciencia médica es incapaz de desterrar todas las enfermedades [incluidas las imaginarias], y no digamos ya de abolir la muerte, volviéramos al curanderismo. Argumentar contra el liberalismo es siempre una regresión, es olvidar que los mayores males de la historia (y no hace falta remontarnos más allá del siglo XX) los han provocado los Estados, en nombre de ideologías salvadoras como el comunismo y el fascismo, que proclamaban que el viejo liberalismo burgués estaba superado.
Por supuesto, el profesor Pettit expone su argumentación contra el liberalismo como si en realidad lo que hiciera es llevarlo más lejos, ampliarlo, no quedarse en la estrechez de miras de los liberales clásicos. Es el viejo truco de siempre de la izquierda. Pero en cuanto pasamos a las aplicaciones concretas de su concepción, que él denomina republicanismo, no falla: Los impuestos (participio de imponer) son intrínsecamente buenos, cualquier intervención para defender el bien común es legítima (adivinen quién definirá el bien común) y la Casa Blanca debería tener más poder frente al Congreso, dominado por los malvados lobbies. Pettit incluso lamenta que en Estados Unidos no exista una televisión pública, que no sea "rehén de los intereses comerciales". Esto lo confiesa en una entrevista del diario Avui, con motivo de la traducción al catalán de uno de sus libros, financiada por la Generalidad y prologada por Carod-Rovira. Dice éste en el prólogo -pero podría ser el propio Zapatero:
"No hay libertad plena, y a menudo de ningún tipo, si hay dominación. Hay que encontrar aquella libertad que libera. Y ¿cómo hacerlo? Pues desde la política, sea en el activismo, sea en un gobierno. Es necesario que la política intervenga para combatir la dominación. La de unas personas sobre otras, la de un sector social sobre otro, la de un género sobre otro y, por descontado, la de un pueblo sobre el pueblo vecino."
Traducción: El Estado no debe limitarse a defender la ley y el orden, en un marco de libertades individuales, sino que debe transformar la sociedad a fin de realizar un quimérico ideal de justicia absoluta.
La experiencia demuestra que eso, o bien requiere una violencia muy superior a la que declara combatir, o bien, si se realiza de forma más lenta y gradual, conduce a una sociedad en la cual el poder discrecional de una casta de burócratas está por encima de todo. Justo lo contrario de lo que se prometió en el inicio del proceso. La diferencia con utopismos del pasado es que hoy, en lugar de la dictadura del proletariado, nos quieren conducir a la dictadura de los feos.
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3 comentarios:
No deja de ser irónico que presente una ley contra la discriminación por lo guapo o feo que es uno... Pajín. Si no fuera un tema tan serio, cabría pensar que lo hace movida por el resentimiento. Por cierto, que con esto de la rebelión de los feos, gordos, etc., Nietzsche tendría para tres tratados más.
Es una situación muy grave la que se vive en España en estos momentos, y mira que siempre he ignorado los tremendismos. Tenemos un Gobierno que sólo gobierna para imponer estupideces (estupideces, pero de terribles efectos, al menos jurídicos: inversión de la carga de la prueba, por ejemplo) o prohibir arbitrariamente, buscando el apoyo de caenistas (vivan las caenas!), absteniéndose en el caso de tener que tomar medidas razonables y/o necesarias, ya que: a) no son progres b) son de fachas neo-liberales.
Es también grave porque la oposición es una nulidad, políticos a los que nadie votaría de no ser por lo que hay en el Gobierno. Comparados a éstos, encontramos en el PP a Churchill, a Thatcher y a Cobden juntos.
La sociedad pre-liberal estaba dividida en estamentos o castas: patricios, plebeyos, nobles, burgueses, siervos de la gleba, etc. (variando las denominaciones según las épocas). Las revoluciones liberales sustituyeron todas esas subcategorías por la única de "ciudadano". La igualdad ante la ley fue su gran aportación.
La ideología ridícula de la no discriminación (Pettit-Zapatero) está consiguiendo arruinar la gran conquista liberal. De nuevo, tendemos a una sociedad fragmentada en estatus, subgrupos que reclaman derechos especiales; "minorías" (una de ellas es nada menos que el sexo femenino: "la mitad del cielo") instaladas en el victimismo y compitiendo por el favor estatal. El Partido Demócrata norteamericano ha marcado la pauta en este asunto, convirtiéndose cada vez más en una especie de confederación de minorías y victimistas profesionales. Una anécdota que relata José María Marco en su libro sobre EEUU resulta muy ilustrativa: Howard Dean tomó posesión como presidente del Partido del burro en 2005, y éste fue el programa de su primera jornada: a las 12.15 se reunió con la representación de los gays; a las 12.25, con la de las lesbianas; a las 12.45, con los jubilados; a las 16.35, con los indios; a las 17.00, con los negros; a las 17.20, con los hawaianos; a las 17.40 con los hispanos. Todos reclamaban derechos especiales, cuotas, compensaciones por injusticias históricas y garantías anti-discriminación. La nación, disuelta en una yuxtaposición de tribus quejicas y a la greña.
Y, desde luego, el Gran Hermano vigilando cada resquicio de la vida social (desde el dormitorio a los contratos de trabajo, desde las aulas a las oposiciones públicas) para que ninguna de esas "minorías" sea "discriminada". Es una pesadilla totalitaria.
"It can hardly be expected that a ‘more just’ society will emerge from all this.
On the contrary, we have to fear that the “fight against discrimination” could
evolve into a new totalitarianism, in which all power lies in the hands of those
persons and institutions which have usurped control over the definitions of the
term “discrimination” and who, thereby, will be empowered to a new form of
arbitrary rule. With a flood of new laws citizens’ freedoms are more and more
constricted and subject to the control executed by specialized equal treatment
officers, equal treatment commissions, fundamental rights agencies and other
bureaucratic structures. This is comparable to the communist experiment,
which promised a classless society, but which indeed created a slaveholder society"
(Jacob Cornides, "Fiat aequalitas et pereat mundus? How "Anti-Discrimination is Undermining the Legal Order", en KUGLER, Gudrun and Martin (eds.), "Exiting a Dead End Road: A GPS for Christians in Public Discourse", Viena, 2010, p. 163).
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