domingo, 29 de marzo de 2015

El Síndrome de HAL

En la película de Stanley Kubrick, 2001: una odisea del espacio, un ordenador llamado HAL, dotado de una inteligencia similar a la humana, y aparentemente desprovisto de emociones, asesina a toda la tripulación de una nave espacial, excepto a uno de sus miembros, al cual trata de impedir su reingreso en la nave, de la que había salido momentáneamente. Aunque el guión deja abierta a especulaciones las causas de la actuación de HAL, sí queda claro que este se habría anticipado a los intentos de ser relevado por la tripulación, debido a sospechas de una anomalía en su funcionamiento.

En 2015 -y ahora hablamos desgraciadamente de la realidad, no de una ficción cinematográfica- el copiloto Herr Andreas Lubitz, persona que bajo su apariencia de normalidad y competencia ocultaba un historial médico que le incapacitaba para volar, estrella intencionadamente en los Alpes una aeronave con 150 personas a bordo, tras impedir al capitán, que había salido momentáneamente de la cabina, su acceso a esta.

Podríamos llamar "Síndrome de HAL" al estado psicológico de un sujeto dispuesto a cometer un crimen en las siguientes circunstancias:

-El sujeto desempeña un puesto de grave responsabilidad, del que dependen vidas humanas.

-El sujeto oculta problemas que podrían incapacitarle para ejercer ese puesto.

-El sujeto se insubordina tomando el control total de la situación.

-El sujeto altera radicalmente el sentido de la misión que le había sido confiada, con consecuencias fatales.

¿Por qué falló HAL? ¿Había un error en su programación que, combinado con determinadas circunstancias externas, propició que terminara enloqueciendo? ¿O bien había adquirido libre albedrío, y por tanto la capacidad de hacer el mal, de ser tentado por el orgullo de pensar que él comprendía la naturaleza de su misión mejor que los propios humanos?

El crimen de Andreas Lubitz inspira similares preguntas, que quizás nunca podamos responder del todo. ¿Era solamente un enfermo? ¿O un orgullo desesperado le impidió soportar la idea de acabar siendo destituido? Para el cristianismo, el mal en esencia es una insubordinación contra el Creador, es desviarse de la misión que le ha sido encomendada a uno, como si nos perteneciera por derecho propio; es la soberbia de no querer admitir nuestra imperfección.

No debería sorprendernos tanto que un suicida esté dispuesto a llevarse por delante la vida de otras personas. Si no aprecia la suya, no se ve por qué debería valorar la ajena. Pero el estrecho parentesco moral entre matarse a uno mismo y matar a otros difícilmente se percibirá si olvidamos que el mal es una rebelión metafísica, y no un mero conflicto de derechos subjetivos. Mientras Europa fue cristiana, siempre estuvo claro que no porque alguien se mate a sí mismo, o porque mate a otro con su consentimiento, deja de cometer un acto objetivamente malo. Si Lubitz se hubiera cortado las venas en la soledad de su cuarto de baño, su culpa sólo habría sido menor en un sentido cuantitativo, porque habría matado a uno en lugar de a ciento cincuenta. Hubiera sido preferible, sin duda, pero tampoco disculpable.

¿Es tan distinto Lubitz del terrorista sin antecedentes psiquiátricos que perpetra una masacre, inmolándose en el acto? Lo único que sabemos es que el hombre que se niega a reconocer sus limitaciones, que olvida quién es y de dónde procede, recuerda poderosamente a HAL.

viernes, 27 de marzo de 2015

Teoría de la abstención

Hay tres posibles motivos para abstenerse de votar en unas elecciones democráticas:

1) Pasotismo. Es la abstención de los indiferentes, de aquellos a los que les importa un pimiento la política, o no lo suficiente para realizar el pequeño esfuerzo de dirigirse a su colegio electoral a ejercer el derecho de sufragio.

2) Protesta. Es la abstención de quienes opinan que "todos los políticos son iguales", que "todo es mentira", y no quieren ser partícipes de lo que consideran una farsa. Dentro de este grupo podríamos establecer una subdivisión entre quienes son doctrinalmente contrarios a la democracia, y quienes creen que lo que existe no es una "verdadera" democracia.

3) Falta de opciones. Es la abstención de quienes querrían votar, pero no encuentran un partido acorde con su manera de pensar, y no creen en la concepción malminorista del "voto útil". Tampoco creen que sirvan para nada el voto en blanco o el voto nulo.

La primera motivación, el pasotismo, es tan difícil de defender como de rebatir, porque en realidad se trata de una posición preintelectual. Quien pasa de votar no necesita ningún argumento para ello; de lo contrario, encajaría en las motivaciones 2 o 3. Lo que sería interesante es saber cuál es la proporción de este tipo entre los abstencionistas, que en la mayoría de países democráticos suelen ser el primer "partido".

Las motivaciones 2 y 3 deben valorarse en función del régimen político de que se trate. Aquí nos circunscribiremos a elecciones en países realmente democráticos, es decir, en aquellos donde la oposición pueda concurrir con unas mínimas garantías. En este caso, la idea popular de que "todos son iguales" es difícilmente defendible. Más bien nos parece que en ella late una forma de pereza intelectual: me abstengo de valorar las diferentes opciones políticas porque eso es muy cansado, pero me excuso diciendo que son los mismos perros con distintos collares o cualquier otro lugar común. En este sentido, los abstencionistas de tipo 2 serían reducibles a los de tipo 1, excepto aquellos que realmente consideren que la democracia, tal como se suele entender en Occidente, al menos, es un error. Sospecho que este tipo de abstencionista es raro, pues normalmente, quien no cree en la democracia de tipo occidental no suele tener empacho en votar a partidos totalitarios que, de forma más o menos explícita, prometen destruirla desde dentro.

Nos queda el abstencionista de tipo 3, al que podríamos llamar también el ciudadano "huérfano", aquel que, muy a su pesar, no se reconoce en ninguna opción política que presente candidaturas. Sospecho también que se trata de un tipo no muy común, pues lo habitual es que prevalezcan las consideraciones de "voto útil", de votar al partido menos malo (menos alejado de mis ideas y principios) o incluso el famoso votar "con la pinza en la nariz". Creo, dicho sea de paso, que el voto útil, sobre todo cuando llega a estos extremos malolientes, es un error, pues lo único que consigue es precisamente que esa opción política soñada no aparezca nunca, ya sea por fundación de un nuevo partido o por regeneración de alguno ya existente.

Otra razón que tiende a reducir el abstencionismo de tipo 3 (aunque prima facie parezca que consigue lo contrario) es la idea de "principios no negociables" (PNN), que procede del ámbito católico, aunque podría extenderse a otros. Se trata de la idea de que para votar a un partido, este tiene que cumplir unos requisitos ideológicos mínimos; por ejemplo, ser provida. Esta actitud es muy consecuente y loable, pero a veces tiende a interpretarse equivocadamente, en el sentido de que habría que votar cualquier partido que cumpla con los PNN, aunque además defienda cosas con las cuales podemos estar muy en desacuerdo; por ejemplo, ideas de cariz preliberal o antiliberal. Esto llevaría, como digo, a hacer más minoritaria la figura del abstencionista de tipo 3, pues algunos ciudadanos creerían estar en la obligación moral de votar a determinados partidos, simplemente por ser compatibles con los PNN, cuando en realidad, esta doctrina, si no estoy equivocado, indica sólo a qué partidos no se puede votar en ningún caso, pero no ofrece una orientación positiva del voto.

Creo que, a diferencia de lo que se suele decir, y de lo que escucharemos con frecuencia en este año de citas electorales, un ciudadano responsable puede verse en la tesitura de tener que abstenerse por los motivos expuestos aquí en tercer lugar. Esto no debe confundirse con la posición de quienes no votan a su partido preferido, porque supuestamente no tendría ninguna posibilidad. Excelente ejemplo de profecía autocumplida, pues, efectivamente, si todos los votantes potenciales de un partido pensaran así, este no obtendría ningún voto. Quienes razonan de esta guisa, o bien acaban practicando el voto útil, o bien incurren en la abstención de tipo 1. Pero para votar cualquier cosa, lo mejor es no votar.

No pretendo que esta reflexión se entienda como una llamada a la abstención en las próximas citas electorales. Lo que personalmente deseo es que mi opción política preferida se presente a las elecciones de mi municipio, de mi comunidad autónoma y de mi nación. Sólo si no lo hace, dejaré de ejercer mi derecho de sufragio, lo cual no deja de ser otra forma de expresarse, pero que conviene distinguir del escepticismo vulgar y estéril del "todos son la misma porquería". Cosa que afortunadamente no es cierta.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El futuro de Vox

Vox es el único partido liberal-conservador que hay en España. Más concretamente, es la única formación que defiende a la vez ideas como las siguientes:

-La reducción drástica del Estado y el desmantelamiento de las autonomías.
-La vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
-El mercado libre.
-La familia.
-La libertad educativa de los padres.
-La identidad judeocristiana de España y Occidente.

En las últimas elecciones al parlamento europeo, Vox cosechó unos 250.000 votos, insuficientes para obtener al menos un diputado. Pero se trató de un resultado notable para un partido que acababa de fundarse, y que, a diferencia de Podemos, no había tenido el menor respaldo de los medios de comunicación. Sin embargo, el pasado domingo, en las elecciones andaluzas, la formación liderada por Santiago Abascal sólo obtuvo 18.000 votos, casi catorce mil menos que el Partido Animalista. Las razones de este fracaso sin paliativos podrían ser fundamentalmente tres:

1) Vox puede haber cometido errores de comunicación y de estrategia, así como en la confección de las listas de candidatos y la elección del cabeza de cartel, Francisco Serrano.

2) El mensaje de Vox no ha llegado a mucha gente, debido al ninguneo mediático favorecido por la larga mano del gobierno de Rajoy y Soraya. A ver quién es el guapo que se juega la suculenta publicidad institucional y hasta las licencias televisivas futuras por unos ideales o simplemente por eso que llaman la libertad de información. Es indudable que mucha gente, un año después de que Abascal, Ortega Lara y Espinosa de los Monteros, entre otros, fundaran el partido liberal-conservador, sigue sin enterarse de que existe, o de que en él ya no milita Vidal-Quadras, al que algunos atribuyeron, con razón o sin ella, motivaciones oportunistas.

3) El mensaje de Vox no es sólo que no haya llegado, es que no gusta a la mayoría de la gente. Las ideas de mercado libre, responsabilidad individual, oposición al aborto, sencillamente no gustan en un país donde la mentalidad predominante es que el Estado está obligado a garantizarnos una "vida digna", e incluso una "muerte digna". Cualquier tipo de mensaje moral firme es percibido por la sociedad española actual como una inadmisible injerencia en la vida privada, como un retroceso al nacional-catolicismo. La gente muestra impúdicamente su intimidad en las redes sociales y los perfiles de WhatsApp, pero pobre de ti si sostienes que lo mejor para los niños es tener una madre y un padre, o que la baja natalidad es un grave problema, o que nadie puede decidir sobre la vida de un ser humano en edad embrionaria. ¡Te estás metiendo en sus vidas!

De estas tres explicaciones, la primera es la que me parece menos sostenible, aunque pueda tener una pequeña parte de verdad. No he seguido apenas la campaña electoral, pero creo que en general ha sido bastante potable, y aunque no conozco demasiado a Francisco Serrano, me consta que algunos candidatos son personas de gran talla intelectual y moral, con alguno de los pensadores más destacados del panorama liberal-conservador, como Francisco José Contreras (con importantes obras como El sentido de la libertad o Liberalismo, catolicismo y ley natural, entre las más recientes) y un programa económico que mereció elogios del prestigioso economista Juan Ramón Rallo, autor de Una revolución liberal para España, o Los errores de la vieja economía. Asimismo, tampoco me parecen acertadas las propuestas de pactos con otros partidos (suponiendo que esos partidos estuvieran dispuestos), pues para reducir los principios ideológicos a la mínima expresión ya hemos tenido a la UCD y al PP durante años.

La segunda explicación es innegable, pero hay que admitir que es extensible a las decenas de partidos que se presentan a las elecciones sin obtener nunca representación parlamentaria. Aunque no me cabe duda de que los medios deliberadamente eludieron informar de Vox para no indisponerse con el ejecutivo, es bien cierto que tampoco las encuestas aportaban un pretexto para ello. ¿Por qué hablar de Vox y no de FE de las JONS o Recortes Cero, que también han obtenido algunos millares de votos?

Creo que la tercera explicación es la más decisiva. Después de todo, la gente vota lo que quiere, y se entera también de lo que le interesa. Y está claro que las ideas de Vox son hoy muy minoritarias en España. Las encuestas sobre temas en profundidad confirman que somos uno de los países con mentalidad más estatista en la ya de por sí estatista Europa. Llamamos "emprendedores" a los que invierten, porque "empresario" es prácticamente un insulto, y la palabra "privatizar" es una de las más polémicas del léxico político. Además hay un déficit enorme de intelectuales, artistas o simplemente celebridades que se manifiesten claramente a favor de la vida o de la familia. Un partido que defienda la iniciativa y la responsabilidad individuales, será así por muchos años minoritario.

Pero que seamos pocos quienes creamos en las ideas liberal-conservadoras no es ningún motivo para abandonar, sino todo lo contrario. Hay que continuar defendiéndolas mientras las cuotas de afiliados y las donaciones de simpatizantes permitan distribuir algunas octavillas y mantener una presencia en internet y algunos medios. Hay que seguir intentándolo mientras materialmente se pueda, como llevan haciéndolo desde hace años los militantes y simpatizantes de muchos otros partidos sin representación.

Hay quienes opinan que estas ideas deben defenderse desde dentro de un partido grande, como el PP, o uno de los emergentes, como Ciudadanos. En primer lugar, esto sería válido si el Partido Popular fuera un partido dedocrático, digo democrático (en qué estaría pensando), como el Partido Republicano en los Estados Unidos. En segundo lugar, el ideario de Ciudadanos está demasiado alejado, en algunos puntos esenciales, de las ideas liberal-conservadoras. Y en tercer lugar, la integración en otro partido tendría sentido en una sociedad como la norteamericana, donde las ideas liberal-conservadoras (que allí se llaman simplemente conservadoras, puesto que están en el ADN de la nación) tienen un profundo arraigo en la sociedad civil, y una gran capacidad de influencia en la clase política. En España, la minoría liberal-conservadora necesita figuras visibles y distinguibles, con voz propia.

Bastaría un solo diputado, para empezar. Se trata de un objetivo muy modesto, pero al menos realista. Si un partido extraparlamentario es comparable a un equipo de fútbol de segunda división, Vox sería uno de los que tienen más posibilidades de ascender de categoría. Hay que seguir animando al equipo hasta que lo consiga.

sábado, 21 de marzo de 2015

Reflexiones andaluzas

Mañana se vota en Andalucía. Desde esta lluviosa Tarragona, permítanme desgranar algunas reflexiones sobre los tipos de votantes que, previsiblemente, acudirán a las urnas.

1) Los conservadores, en sentido literal. Es decir, todos aquellos que en esencia quieren conservar el actual estado de cosas en la comunidad autónoma, con algunos pequeños retoques cosméticos, como mucho. Son los partidarios del regadío, esto es, el riego de millones de euros del amigo Erario en forma de ayudas y subvenciones de todo tipo. Son los partidarios de que si su hija de dieciséis años llega un día a casa preñada, la puedan acompañar al abortorio más cercano, y "resolver" el problema de la manera más higiénica, y por supuesto a cargo del amigo Erario. Incluso los hay que prefieren no enterarse, y que la niña pueda haber ido ya por su cuenta. Son personas pragmáticas, que no necesitan creer en nada en particular para emocionarse con la Semana Santa, porque las tradiciones son las tradiciones. Y si la niña quiere tener el hijo, tratarán de convencerla de la manera más suave posible de que lo mejor para ella sería abortar, porque tiene "toda la vida por delante". Personas modernas, en fin, que están de enhorabuena, porque pueden votar no a uno, sino a dos partidos, el PSOE o el PP. Las diferencias son matices insignificantes, y desde luego mucho más irrelevantes que las existentes entre béticos y sevillistas.

2) Los furiosos. Son todos aquellos convencidos de que el Estado puede legítimamente apropiarse de la mitad o más de la riqueza de los ciudadanos (en esto coinciden a grandes rasgos con los anteriores), pero consideran un robo intolerable que luego no les llegue su parte, en forma de subsidio, prestación o chollo, y por eso están muy enfadados; tanto que quieren liarla. Quieren entrar a saco en las fincas de los ricos (tanto literal como metafóricamente hablando) y repartirse el botín. Y piensan que tras el reparto... bueno, en realidad no piensan mucho en qué harán después. Para eso ya están sus líderes políticos, que saben perfectamente que después sólo puede haber una espiral de represión creciente, para culpar del desastre social a que nos abocarían a los escuálidos, como dicen sus mentores venezolanos, y seguir exprimiendo la poca riqueza que quede por repartir. Todo por el interés general, por supuesto. Estos también tienen dos partidos, Izquierda Unida y Podemos, aunque parece que van a decantarse más por el último, que ha sido más hábil en encontrar patrocinadores bolivarianos e islamistas.

3) Los aseados. Estos se encuentran en una situación intermedia entre los dos grupos anteriores. Son por un lado "conservadores", porque en lo esencial no quieren cambiar nada de lo que llaman Estado del Bienestar (sanidad gratis, escuela laica gratis, pensiones aseguradas, aborto gratis) pero están muy legítimamente enfadados con los escándalos de corrupción. Así que proponen medidas de regeneración como la democratización de los partidos, o el refuerzo de la independencia judicial. Medidas que vienen a ser como ducharse todas las mañanas: están muy bien para empezar, pero luego viene lo más importante; y en esto, no parece haber grandes diferencias respecto a los que he llamado conservadores, en sentido literal. Ah, me olvidada, estos pueden votar a Ciudadanos o a UPyD.

4) Los heroicos. Estos son curiosos. Por un lado, están también indignados por la corrupción. Pero piensan que esta empieza, estructuralmente, cuando el Estado se apropia de casi la mitad de la riqueza de los ciudadanos vía impuestos, esto es, coactivamente. Son personas que también valoran el bienestar, pero a diferencia de casi todo el mundo, no consideran que sea gratis, que exista nada gratis, ni que todo se reduzca a lo material. Piensan que las comodidades sólo pueden proceder del esfuerzo individual y la responsabilidad. Por eso defienden un Estado austero, que permita el ahorro después de impuestos, lo que incluye el desmantelamiento gradual de las autonomías, convertidas en la consagración institucional de la irresponsabilidad y la deslealtad nacional. Defienden además una educación libre de interferencias estatales, de manera que sean los padres quienes decidan si quieren que sus hijos crean también en algo más que en las vacaciones pagadas y la jubilación, o si prefieren los vacuos estribillos relativistas y buenistas de la escuela laicista. No quieren que sus hijos no sepan asumir la responsabilidad de sus actos, y por eso no opinan que un embarazo no deseado se "resuelva" con un aborto. Al contrario, consideran que la vida humana es un don, que debe ser protegido de esos médicos indignos que violan el juramento hipocrático. Son también conservadores, pero en un sentido mucho más noble que la primera acepción del diccionario. Lo que ellos quieren conservar no es un statu quo política y moralmente corrupto, sino el legado espiritual judeocristiano, la familia natural, la Nación española, el Estado de Derecho y la economía de mercado. ¡Casi nada! Estos ciudadanos tienen su partido, llamado Vox, fundado hace poco más de un año por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara. No los verán mucho en la televisión, porque la verdad es que creer en algo que choque con el gratis total y la irresponsabilidad total, no está muy de moda. Hoy la épica queda para el cine, el deporte y la extrema izquierda. Fuera de ahí, tiende a considerarse de mal gusto, o sea, extrema derecha. Se dice incluso que el voto a Vox es un voto tirado a la papelera. Lo dicen, eso sí, quienes hace tiempo que tiraron a la papelera sus convicciones y su conciencia.


sábado, 28 de febrero de 2015

Examen del materialismo

El materialismo ha triunfado, por ahora. En las sociedades contemporáneas occidentales, el discurso predominante en los medios de comunicación, en el cine, en las series, en los libros de divulgación y en las novelas asume en nuestros días, de manera al menos implícita, un conjunto de postulados a los que me referiré como materialismo. Entiendo por tal una concepción de la existencia según la cual, o bien no existe un Dios personal, o bien existe, pero ello no afecta apenas en nada a nuestra forma de vivir. El materialismo no necesitaría basarse en una definición positiva de materia. Simplemente sostiene que la realidad primordial o básica es de naturaleza inconsciente, carente de intencionalidad y finalidad. Incluso admite una definición aún más amplia: que la materia, aunque hubiera sido creada por Dios, podría igualmente existir por sí misma y estar sujeta a leyes físicas autosuficientes. Lo cual, por cierto, convierte la creación en un acto anecdótico y prescindible que, no sin lógica, los materialistas más consecuentes rechazan. Posiblemente esta sea la razón del éxito del materialismo contemporáneo, el no ser incompatible con la creencia en un Dios, con la única condición de que sea superfluo y moralmente inoperante, como los dioses remotos de Epicuro.

La definición anterior ya sugiere la existencia de dos grados en el escalafón del materialismo. El más minoritario lo componen los ateos, los más conscientes y hasta entusiastas, que suelen divulgar los principios materialistas como si se tratara de una buena nueva supuestamente liberadora. El círculo más amplio abarca desde los agnósticos hasta quienes creen de forma más o menos vaga en un Dios a su medida, cuyo único precepto sería algo así como “sed felices”, dejando a la conciencia de cada cual determinar el mejor medio para cumplir ese objetivo. Podría parecer que es excesivo incluir esta forma de deísmo dentro de la categoría materialista. Pero tenemos dos razones para ello. La primera es que lo que caracteriza el fenómeno que aquí pretendemos elucidar y criticar es que se traduce en un estilo de vida (el cual describiremos a continuación) y en este sentido, el ateo dogmático y el agnóstico o incluso deísta contemporáneos no se distinguen apenas. De hecho, una de las principales bazas del materialismo es que se suele presentar bajo un ropaje positivista, es decir, alejado de todo fundamentalismo. Sin embargo, el materialismo es tan fundamentalista como cualquier otra tesis que de forma teórica o práctica sostiene alguna tesis acerca de la realidad fundamental. La segunda razón es que esa forma de deísmo vaporoso es claramente una antesala del agnosticismo y el ateísmo. Aclaro esto último brevemente.

Un Dios indiferente, o un Dios colega, desactivan la apuesta de Pascal. Según este pensador, creer en Dios es la apuesta más racional, porque si no existe, no hemos perdido nada con haber creído en él, salvo quizás pasar los domingos en misa en lugar de quedarnos en la cama escuchando programas radiofónicos de entretenimiento, como ha señalado irónicamente T. J. Mawson. Mientras que si existe nos aseguramos la felicidad eterna en la otra vida. Actualmente, sin embargo, incluso entre católicos, está muy extendida la visión de una divinidad complaciente, que ni siquiera negará la salvación a los ateos más contumaces, al menos mientras no hayan asesinado ancianitas. Así que el razonamiento pasa a ser más o menos algo así como: “Mejor quedarme en cama los domingos por la mañana, porque de todos modos, si al final resulta que hay un Dios, no se va a molestar porque haya creído poco o nada en Él, y menos aún porque no haya cumplido con determinados rituales, que váyase a saber si fueron instituidos realmente por Jesús.”

Describamos sucintamente el estilo de vida materialista, sin lo cual nuestra definición no es verdaderamente completa. El materialista contemporáneo es un tipo convencido de que los principios morales existen independientemente de Dios, suponiendo que siquiera exista. Que Dios quiera el bien sería sólo algo añadido al bien, y por tanto inesencial, aunque se trate de una idea que a algunos pueda reconfortar de algún modo. Por tanto, un materialista no sólo declinará la práctica de cualquier religión, incluso aunque declare ser creyente, sino que conducirá su vida con arreglo a la moral tal como él la entiende. Esto en la práctica equivale a lo que llamaré la moral minimalista, que se reduce a una interpretación ya de por sí restringida del quinto y séptimo mandamientos, no matarás y no robarás. Digo que se trata de una lectura restringida, porque no excluye el aborto o la eutanasia. Y es además compatible con la elevada fiscalidad propia de la socialdemocracia europea, que considera justificado que el Estado obtenga coactivamente cerca del 50 % de la riqueza producida por los ciudadanos. El estilo de vida materialista se caracteriza así por defender una elevada promiscuidad sexual en todas sus formas, incluyendo la homosexualidad, el onanismo y la pornografía, así como una externalización de la responsabilidad hacia el Estado, encargado de velar por el bienestar individual desde el nacimiento hasta la muerte. Esto implica una renuncia a considerables parcelas de libertad (y no sólo en sentido económico) al tiempo que paradójicamente se pregona que la libertad es el valor supremo. No es difícil de entender: el materialismo concibe la libertad como el poder de satisfacer nuestros deseos, en abierta ruptura con la tradición clásica y judeocristiana, que conceptúa el autodominio de las pasiones como la más alta forma de libertad. Como nos recuerda Francisco José Contreras,

“...desde Platón y Aristóteles se había entendido que la ‘vida buena’, la vida digna del hombre, requería una laboriosa domesticación y encauzamiento racional de los instintos, las pasiones, los deseos. En eso precisamente –en la liberación de la esclavitud de los apetitos en aras de la consecución de bienes superiores– consistía la ‘libertad grande’, la ‘libertad mayor’.[1]

Por su parte, la libertad materialista puede muy bien llegar a percibirse como compatible con el colectivismo, con tal que el resultado sea la gratificación sensorial y afectiva de los miembros de la colectividad, resultado que un gobierno ilimitado puede evaluar a su conveniencia. En este caso la libertad se identifica con la que se puede arrogar una élite totalitaria para someter por completo a los individuos a cualquier arbitrariedad.

Podría parecer que el materialismo no conduce de manera necesaria al socialismo ni al hedonismo; sin embargo, carece de razones absolutas para oponerse a ambos, lo cual viene a ser lo mismo. El materialista partidario de los derechos humanos inalienables y contrario al aborto, lo sepa o no, está usufructuando conceptos ajenos al materialismo. Con sus posiciones, niega la libertad entendida como mera capacidad de satisfacción, y niega que la persona humana se reduzca a un epifenómeno de la organización molecular. En definitiva, rechaza que el fin justifique los medios, cosa que un materialista consecuente de ningún modo podrá nunca sostener de manera absoluta. Siempre son los más lúcidos materialistas quienes abogan por la eugenesia, las esterilizaciones forzosas, la eutanasia, el aborto, el infanticidio e incluso una dictadura para “salvar al planeta”, en nombre de la “ciencia”. Quienes se oponen a ello sin creer en el Dios judeocristiano pertenecen a ese club de “vagarosos y aficionados” que “de siempre han intentado mezclar las dos concepciones”, como decía un cínico (pero en esto certero) personaje de El cero y el infinito, de Koestler.

El problema del materialismo es que está equivocado. Sencillamente, no es verdad que podamos comprender el universo como un conjunto de leyes autosuficientes, ni tampoco que la moral pueda entenderse independientemente de una idea del Bien absoluto. Empezando por lo primero, hay que señalar que las leyes de la naturaleza no son la explicación de los fenómenos de la naturaleza (como ya señaló Wittgenstein) sino precisamente lo que habría que explicar. Que las manzanas caigan al suelo según una ley que relaciona su masa con la terrestre y la distancia nos dice cómo suceden tales fenómenos, y nos permite poner satélites en órbita, entre innumerables aplicaciones más. Pero con ello todavía no hemos avanzado un milímetro en entender por qué existe esa ley y no otra, o por qué existe cualquier tipo de ley, y no un mero caos o simplemente nada en absoluto. Para los fundadores de la ciencia moderna, como Galileo o Newton, estaba claro que el universo había sido proyectado por una mente infinita, y ello era la garantía de su inteligibilidad, al menos parcial, por la mente humana. Pero desde el momento en que prescindimos del proyectista, las leyes naturales se convierten en un hecho bruto, inexplicable, o del cual sería incluso ilegítimo demandar explicación, según pretende el positivismo. Este sería el gran logro intelectual del ateísmo y el agnosticismo.

Los intentos de algunos cosmólogos por ofrecer una respuesta alternativa a la doctrina de la creación, más allá del subterfugio positivista, son francamente desesperados. Los más serios y consistentes nos llevan a contemplar un multiverso compuesto de infinitos universos distintos al nuestro, cada uno con sus propias leyes físicas. Aparentemente, esto disolvería el interrogante de por qué existen las constantes físicas conocidas y no otras –sencillamente, existirían todas las posibles. Pero el problema principal de esta tesis es que, entre todos los universos posibles en los que las constantes físicas hubieran permitido la aparición de vida inteligente, podemos concebir infinitos mucho más irregulares y matemáticamente inelegantes que el nuestro. Como observa el filósofo de la ciencia Francisco J. Soler:

“El multiverso puede explicar, o bien la simplicidad, o bien la fecundidad de las leyes de la naturaleza, pero nunca ambos rasgos.[2]

¿Tan difícil es reconocer la posibilidad de una inteligencia primordial que hubiera descartado, con su elección omnisciente, infinitos universos extravagantes? Esta es la tesis que defendió con particular clarividencia Gottfried W. Liebniz, una de las mentes más privilegiadas de la historia:

“Es preciso también que esta causa [del mundo] sea inteligente; porque siendo contingente este mundo que existe, y siendo igualmente posibles una infinidad de otros mundos, y aspirantes también a la existencia, por decirlo así, lo mismo que aquel, es imprescindible que la causa del mundo haya tenido en cuenta o consideración todos estos mundos posibles al determinar uno. Y esta consideración o relación de una sustancia existente respecto a las simples posibilidades, no puede ser otra cosa que el entendimiento en que se dan las ideas de todas ellas, y el determinar la existencia de una, no significa otra cosa que el acto de la voluntad que escoge...[3]

Nos enfrentamos a problemas no menos graves cuando intentamos prescindir de la idea de Dios en relación con la ética. Si sólo somos el resultado de un azar evolutivo cualquier norma de conducta es pura convención. Incluso si admitimos (lo que parece plausible) en nuestras nociones morales una cierta genealogía biológica, ello no les conferiría un carácter sagrado. Podrían ser modificadas, en un futuro no lejano, del mismo modo que hacemos con cualquier otra circunstancia de nuestro entorno natural. Por lo demás, todos los intentos de fundar la moral sobre una racionalidad independiente de la existencia de Dios se han revelado vanos sin excepción. Si somos un accidente molecular, no existe ningún imperativo categórico; y si nuestra dignidad no procede de la dignidad original e irreductible de un Creador, no es más que palabras.

Quienes argumentan que no necesitan creer en Dios para hacer el bien, incurren en una radical confusión. La corriente principal del pensamiento cristiano siempre ha afirmado que Dios elige el bien, no que el bien sea meramente lo que Dios elige –como si hubiera podido decretar otros mandamientos distintos. (Ya lo sostuvo también Platón, en su Eutifrón.) Pero esto no significa que el bien sea algo diferente de Dios, algo realizable independientemente de Dios. Las buenas obras no lo son sólo porque Dios las ordene, pero sí porque en esencia consisten en acercar a la criatura humana al origen de toda bondad, que es Dios. El amor al prójimo es un reflejo del amor del Creador que nos ha dado la existencia. Sin el original, el reflejo no es siquiera pensable. El autodominio de las pasiones que preconizan el pensamiento clásico y el judeocristiano no es más que una mera disciplina gimnástica si ignoramos la condición espiritual (es decir, creatural) del hombre, un ser destinado a la eternidad.

El materialismo fracasará, aunque pueda cosechar victorias momentáneas y parciales. Nuestra sociedad se enfrenta a la amenaza de una forma de religiosidad bárbara. Pese a que los enemigos del cristianismo no desaprovechan la oportunidad de meterlo en el mismo saco del oscurantismo religioso, el islamismo podría tener el paradójico efecto contrario de llevarnos a redescubrir nuestras raíces espirituales, aunque sólo fuera en un principio como una forma de reacción identitaria defensiva. Cuando los cristianos son perseguidos y exterminados sin piedad en Oriente Medio y en África, los occidentales podemos seguir preocupándonos por la brecha de género y otras sandeces, o bien podemos resolvernos a decir de una vez por todas “yo soy cristiano” –lo que como mínimo supondría que volviéramos de nuevo a procrear, y no sería poca cosa, en aras de nuestra mera supervivencia biológica. Y si hemos de morir en el empeño, que sea por la Cruz, no por unas caricaturas de pésimo gusto.




[1]  Francisco J. Contreras (ed.), El sentido de la libertad, Stella Maris, Barcelona, 2014, pág. 288.
[2] Francisco J. Soler, Mitología materialista de la ciencia, Encuentro, Madrid, 2013, pág. 294.
[3] G. W. Leibniz, Teodicea, Ed. Biblioteca Nueva., Madrid, 2014, pág. 131. 

sábado, 21 de febrero de 2015

La brecha de género y otros cuentos

Este domingo 22 de febrero, los medios de comunicación intensificarán la dosis habitual de cháchara victimista sobre las mujeres oprimidas por esta sociedad machista en la cual todavía queda mucho por hacer para que reine una plena igualdad entre los sexos y bla, bla, bla. El pretexto será esta vez la celebración del Día Internacional por la Igualdad Salarial. En los medios convencionales, especialmente televisiones y prensa de papel, no se escucharán ni leerán apenas voces discrepantes. Como mucho, cautelosas matizaciones, acompañadas de nerviosas declaraciones de ortodoxia feminista.

Por suerte, este es mi blog y digo lo que me da la gana, al menos mientras no gobierne el de la coleta. Y lo que afirmo es que la ideología de género es una enorme patraña fundada sobre mitos como la brecha salarial, el techo de cristal o la violencia de género.

Existen por desgracia crímenes machistas, y de hecho los asesinatos de mujeres cometidos por individuos de religión musulmana, sobre todo cuando son parientes biológicos de las víctimas, suelen tener esta característica. Ahora bien, los informativos dan rutinariamente por sentado, antes de ninguna investigación, que toda mujer asesinada por su pareja o expareja ha sido víctima del machismo, es decir, de unas vagas ideas del agresor que girarían alrededor de una especie de derecho corporativo de dominio o control del hombre sobre la mujer.

Sin duda, en muchos de estos odiosos crímenes hay implicados sentimientos de celos posesivos. Pero los sentimientos no son ideas –lo cual no los hace más disculpables. Sostener que el hombre que mata a su mujer o exmujer por celos lo hace porque se siente de algún modo legitimado para hacerlo, en nuestra sociedad occidental, es una hipótesis pendiente de verificar. En realidad, los ideólogos del género no suelen entrar en demasiadas precisiones psicológicas. Les basta con pronunciar las palabras “machismo” y “homofobia” para que verdaderas barbaridades morales y jurídicas se conviertan en una urgente necesidad nacional. Así se llega a lesionar la igualdad ante la ley (en perjuicio del hombre o el heterosexual), la libertad educativa de los padres que se resisten a que se inculquen a sus hijos las ideas más radicales sobre la deconstrucción del género y el homosexualismo, y la libertad de expresión, cada vez más atenazada por el temor a las acusaciones de machismo u homofobia. (Más detalles aquí.)

Lo más grave es que el propio derecho a la vida queda supeditado a un aberrante “derecho” de la mujer a abortar, última consecuencia lógica de querer establecer el igualitarismo por la fuerza. Puesto que los hombres tienen la “suerte” de no quedarse embarazados, para igualar a las mujeres con ellos basta con autoconvencernos de que un ser humano en edad embrionaria o fetal es un mero tejido del que podemos desprendernos sin remordimientos, por un mecanismo psicológico comparable a aquel mediante el que los nazis llegaron a persuadirse de que los judíos eran infrahumanos.

Pero vayamos al tema del día, la llamada brecha salarial entre sexos. En la OCDE, los salarios medios percibidos por hombres y mujeres arrojan una diferencia del 15 % a favor de los primeros. Para el socialfeminismo, la explicación es evidente: las mujeres están injustamente discriminadas. Sin embargo, un análisis más detenido de las estadísticas demuestra que no es cierto que las mujeres cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. Hay varios factores a tener en cuenta, como una mayor proporción de mujeres que trabajan en jornadas de tiempo parcial (peor pagadas a ambos sexos) o que hombres y mujeres tienden a elegir distintos tipos de profesiones. Por supuesto, los ideólogos del género (llamados “expertos”, en lenguaje periodístico) aseguran que ello no es debido a una elección libre de las mujeres para conciliar mejor la vida laboral y familiar, o simplemente para hacer lo que les gusta, sino que han interiorizado un estereotipo sexista que las lleva a asumir como propios el cuidado de la familia y determinadas tareas asistenciales.

También parece que las mujeres tienden a no empeñarse tanto como los hombres en alcanzar puestos directivos, ya sea porque estos comprometen el tiempo dedicado a la vida familiar con más reuniones, viajes, etc., o simplemente porque les gusta competir menos. Los “expertos”en cambio se refieren a esa menor presencia de las mujeres en altos cargos como el “techo de cristal”, o el postulado de que existe una sutil presión patriarcal para que las mujeres disfruten de menos poder que los hombres en empresas e instituciones.

¿Cual es la explicación correcta? ¿Eligen las mujeres libremente sacrificar sus ingresos laborales porque tienen su propia escala de valores, distinta a la masculina? ¿O lo hacen condicionadas por las inercias machistas que les asignan determinados roles? Que países como Estados Unidos, Alemania o Suiza tengan unas brechas salariales mayores que las de España, Portugal o Grecia es interpretable, en principio, de las dos maneras. O bien los estadounidenses, alemanes y suizos son más machistas que los españoles, portugueses y griegos, o bien sería algo que tiene que ver con las diferentes densidades del tejido industrial de unos países y otros, que acentúan los efectos de las predilecciones de cada sexo. (Fuente: OCDE.)

Acaso las mujeres tratan de conciliar la vida laboral y familiar, y se decantan más hacia los idiomas que hacia la informática, sencillamente porque es su manera de ser, en gran medida innata; no porque de niñas hayan sido adoctrinadas con muñecos de bebés gorditos regalados en Navidad. Para sostener esto último, debería al menos tratar de probarse experimentalmente. El problema de la corrección política, en cuestiones de sexo y otras, es que ha sustituido los criterios de objetividad por los emocionales; “ha subordinado la verdad objetiva a una virtud subjetiva.” (Anthony Browne, The Retreat of Reason.)

No se trata de negar la existencia de prejuicios culturales. Pero la cuestión es: ¿de dónde surgen los prejuicios? ¿Son de origen puramente cultural, o tienen una base biológica? En general: ¿los estereotipos, sobre cualquier tema, son siempre necesariamente falsos y por tanto perniciosos?

Respondiendo a la última pregunta, mi opinión es que un estereotipo sólo es rechazable cuando afecta a un individuo, no a un colectivo. Sería injusto que se rechazara a una mujer (o a un hombre) que optara a un determinado empleo por su sexo, pero no es en sí mismo injusto, ni necesariamente consecuencia de una injusticia, que en muchas profesiones no haya paridad. Es verdad que los tópicos pueden nublar el juicio de un seleccionador de personal, pero la solución no es prevenir esa hipotética injusticia imponiendo una sistemática y segura injusticia de sentido opuesto, como es la discriminación positiva.

Las políticas bienintencionadas que pretenden facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar (más guarderías, permisos de paternidad, etc.) son en sí mismas benéficas, siempre que no se impongan coactivamente. Pero cuando se justifican con el argumento de que hay que promover la paridad, no se hace más que reforzar el mensaje de la lucha de sexos, como si la desigualdad salarial fuera en sí misma una forma de opresión patriarcal, y no simplemente un reflejo de diferentes estilos de vida, libremente elegidos.

¿De dónde procede la ideología de género? Yael Farache, en un brillante ensayo titulado “Por qué ya no soy feminista” sostiene que el feminismo es una creencia irracional, que se enmarcaría, junto con el marxismo, el democratismo o el animalismo, en un “racimo de creencias que están inscritas dentro del marco del universalismo”. Farache considera que el universalismo tendría su origen último en el cristianismo, una de cuyas ideas fundamentales es que “todos somos iguales”. Desde luego, es esta una sentencia manifiestamente falsa si se refiere a cuestiones de hecho, pero su significado es mucho más profundo: se refiere a la igual dignidad de todos los seres humanos, entendidos como criaturas de Dios. Es posible que el feminismo o el socialismo tengan su origen remoto en esta idea, pero si es así, hay que decir que la han deformado hasta niveles caricaturescos.

Según Farache, ante una idea irracional de tipo religioso, en Occidente estamos protegidos contra sus efectos gracias a la separación entre la Iglesia y el Estado. Pero esto –observa sagazmente– no sucede cuando la irracionalidad es de tipo secular. Dice la bloguera:

No estamos protegidos contra las creencias irracionales de origen secular porque la diferencia que hacemos entre las creencias religiosas y las que no lo son es dramática y nos dificulta entender lo parecidas que son, en lo práctico son la misma cosa.

Creo que el problema no es de racionalidad o irracionalidad, sino de verdad o mentira. En la época moderna, Occidente ha sustituido la cuestión sustantiva acerca de la verdad por una cuestión formal sobre la racionalidad. No estoy muy seguro de que hayamos ganado gran cosa con ello. La charlatanería (desde el ocultismo hasta las supersticiones sociopolíticas como el marxismo) sigue proliferando como en el pasado. Pienso que acierta Farache cuando dice que la separación entre Iglesia y Estado es una protección, pero no porque nos permita librarnos de la religión, sino porque impide la imposición de cualquier pensamiento único, no sólo el religioso. El problema es que si eliminamos virtualmente a la Iglesia, ya no tiene sentido hablar de separación, y por tanto nada impide la imposición. ¡El Estado queda peligrosamente solo en el escenario! Se olvida demasiado fácilmente que no se trataba solamente de preservar al poder temporal de la intromisión del espiritual, sino también al revés. Una Iglesia soberana es una poderosa garantía de que el César se extralimite menos fácilmente en sus funciones, tratando de establecer su propia religión de Estado, aunque no la llame religión.

Después de todo, pese a su agnosticismo de partida, Farache reconoce que el feminismo es una variante del marxismo cultural, cuyos fines declarados eran, y son, destruir el cristianismo y la familia, para poder realizar la revolución. Su ensayo termina con un valiente alegato a favor de la familia como núcleo fundamental de resistencia contra el poder político, atreviéndose a cuestionar el mayor tabú de todos –que realmente la incorporación de la mujer al mercado laboral, e incluso el sufragio femenino, hayan sido una liberación. Tampoco es casual que la concepción de la familia como una unidad por derecho propio (y no un mero agregado convencional de individuos) sea la que siempre ha defendido el catolicismo. Y la que seguirá defendiendo mientras no decida “modernizarse”, es decir, rendirse ante el César.