jueves, 21 de agosto de 2014

Nuestro provincianismo suicida

España se enfrenta a varias amenazas graves. La más inmediata, los intentos de ruptura de la unidad territorial y de la Constitución que proceden del gobierno autónomo de Cataluña. No menos preocupante es que haya surgido con fuerza un nuevo partido político que pretende instaurar entre nosotros un régimen chavista, lo que supondría la destrucción de la clase media y de la democracia. Más lejana por ahora, a 4.800 kilómetros, tenemos el avance brutal del Estado Islámico, que podría desestabilizar Oriente Medio y exportar cientos de yijadistas a Europa, decididos a implantar un Califato de España a Afganistán. Por último, como la mayoría de países europeos, hemos entrado en una recesión demográfica provocada por el descenso de la natalidad (y no simplemente porque "vivimos más", como dicen quienes se niegan a ver la realidad) que nos conducirá a una dramática escasez de población activa en poco más de una generación.

Por si cada una de estas amenazas no fuera lo bastante grave por separado, su simultaneidad las favorece. Una España fragmentada y en barrena demográfica es más vulnerable al avance del yijadismo. No digamos si además se hundiera económicamente por culpa de un régimen como el que ha arruinado Venezuela en quince años. Esto sin hablar de sinergias perversas, como, por poner sólo un ejemplo, el necio ofrecimiento de Artur Mas de permitir la construcción de una gran mezquita en la plaza de toros Monumental de Barcelona, a cambio del apoyo musulmán al separatismo catalán. (¿Recuerdan las palabras de Lenin, "los burgueses nos venderán la soga con la que los ahorcaremos"? Cambien Lenin y burgueses por lo que están pensando.)

Aunque se trata de fenómenos que vienen gestándose desde hace décadas, la culpabilidad de los gobiernos de los últimos diez años, desde los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, es incuestionable. Las concesiones de Zapatero al terrorismo vasco y al nacionalismo catalán; su política exterior, retirándose unilateralmente de Irak y relativizando el terrorismo islámico, al que llegó a comparar con el cambio climático (sic); su empeño en atizar la división social reivindicando el frentepopulismo de los años treinta y promulgando leyes anticatólicas; su desmesura con el gasto público, que agravó los efectos de las crisis financiera e inmobiliaria, legándonos unas administraciones económicamente inviables y corruptas... Todo ello, en esencia prorrogado y hasta agravado fiscalmente por Mariano Rajoy, ha arrojado a la nación a los pies de los caballos del totalitarismo izquierdista incubado en la Complutense y en Caracas, del separatismo filoterrorista, los antisistemas catalanes de la CUP en el parlamento catalán, y al fondo la torva mirada de los carroñeros islamistas, aguardando sin prisas nuestra descomposición final.

Mientras todo esto está sucediendo ante cualquiera que tenga ojos para ver, ¿qué es lo que preocupa al grueso de nuestros políticos y periodistas? La inanidad y frivolidad de buena parte de los asuntos que llenan los informativos y los periódicos son pasmosas. La falta de proporción en el tratamiento de los temas es sencillamente hiriente. Mientras en Irak se está perpetrando un auténtico genocidio de cristianos y otras minorías religiosas, y se esclaviza, mutila genitalmente y viola a las mujeres supervivientes, aquí montamos imbéciles debates sobre el "machismo" que supuestamente padecen las mujeres españolas, salvo que sean de derechas, pues de estas al parecer está bien decir que son tontas.

La falta de perspectiva se llama provincianismo. Si el nacionalismo catalán es un buen ejemplo de tal defecto elevado a niveles de tragicomedia, a nivel de toda España no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra incapacidad para contemplar la realidad con un radio superior a los setecientos kilómetros (salvo para condenar a Israel por combatir a Hamás), y con una escala de tiempo mayor de cuatro años (salvo para derrocar a Franco retrospectivamente), puede acabar teniendo las consecuencias más desgraciadas, si no reaccionamos a tiempo.

martes, 19 de agosto de 2014

Cómo funciona el pensamiento progresista

El Ministerio del Interior ha publicado en su web unos consejos dirigidos a mujeres para prevenir violaciones. Entre ellos, algunos tan elementales como no hacer auto-stop, no recoger a desconocidos, no transitar por lugares solitarios o echar las cortinas al anochecer. (También alguno que se presta al chiste paleto, pese a su sensatez práctica, como tener a mano un silbato para una llamada de auxilio.) Cualquier persona con un mínimo sentido común puede comprender que los paseos nocturnos por descampados son una conducta de riesgo, o que tener las persianas subidas con las luces encendidas supone exponerse al voyeurismo.

El feminismo histérico no ha tardado en mostrar su indignación en las redes sociales. Por citar sólo un ejemplo, la socialista Carmen Montón acusa al gobierno, en su cuenta de Twitter, de "meter miedo, culpabilizar a las mujeres y eludir responsabilidades". No sabemos si doña Carmen también cree que el gobierno trata de asustar y de culpabilizar a los ciudadanos cuando les aconseja no hacer ostentación de riqueza o no abrir a desconocidos, con el fin de prevenir robos. En cualquier caso, lo interesante de este tipo de reacciones es que ilustran claramente cómo funciona el pensamiento progresista, del cual forma parte el feminismo.


Para el progresismo, todo mal es siempre de naturaleza social, y por tanto, no hay remedio que no sea colectivo. Si hay mujeres violadas o maltratadas, no bastaría con juzgar y castigar a los culpables, ni con medidas de autodefensa, porque la causa de estas conductas no se originaría simplemente en la maldad del violador o el maltratador. En realidad, toda la sociedad sería culpable, al persistir en una supuesta cultura machista que discriminaría sutilmente a las mujeres desde niñas. No importa que la experiencia y el sentido común contradiga esta tesis, que las mujeres occidentales del siglo XXI accedan con total igualdad de oportunidades a los estudios superiores, a las fuerzas de seguridad, a la judicatura, al periodismo, a la medicina, a la política, ni que la mayoría de personas normales acostumbren a respetar por igual a todo el mundo, con independencia de su sexo. El pensamiento progresista no dejará que la realidad le estropee sus prejuicios, y gracias a su hegemonía en los medios de comunicación, le basta con llevar el recuento anual de mujeres asesinadas a manos de hombres (pero no el de hombres asesinados por mujeres, mujeres asesinadas por mujeres, ni hombres asesinados por hombres) para crear un clima de guerra de sexos, de una lucha contra un enemigo implacable que debemos librar con más recursos y más leyes coercitivas; incluso, si es necesario, limitando la libertad de expresión.

Pues no se trata sólo del PSOE. El PP se apunta con entusiasmo a la paranoia colectiva contra el "machismo", cuando de derrochar dinero público, restringir libertades y ponerse la medalla de feminista se trata. El progresismo es la ortodoxia de nuestro tiempo, y quien sólo aspira a permanecer en el poder deberá navegar a favor de la corriente. Por eso no me extrañaría que las recomendaciones de la web de Interior acabaran siendo retiradas discretamente. Tampoco importaría mucho. Todos los padres sensatos aconsejarán cosas parecidas a sus hijas, y de hecho son ellos quienes principalmente deben hacerlo, no ningún gobierno.

El problema es cuando el progresismo se convierte en una neolengua fuera de la cual es imposible pensar, y la negación de la realidad empieza a confundirse con un derecho. Cuando eso ocurre, la realidad siempre termina vengándose. La permisividad sexual y el egoísmo disfrazado de estoy-en-mi-derecho envenenan muchas más relaciones de pareja, se multiplican los malentendidos, los agravios mutuos, los celos, el sufrimiento... Y entonces las cifras de violencia doméstica (¡oh, sorpresa!) no sólo no disminuyen, sino que incluso aumentan. Pero el progresismo jamás reconocerá que pueda haberse equivocado. Momentáneamente desconcertado por las conductas y opiniones de los más jóvenes, refractarias a su paternalismo, no tardará en decir que aún queda mucho por hacer, que el enemigo aún no ha sido vencido, que hace falta más "sensibilización" (léase: dinero y burocracia) y "tolerancia cero" (léase: limitar derechos individuales y destruir la igualdad en nombre de la igualdad, discriminando al hombre.)

Algunos nos negamos a aceptar que el mal sólo puede combatirse desde la política. Creemos que los seres humanos pueden buscar la felicidad y el perfeccionamiento moral sin esperar a que su clase social, su sexo, su raza, su nación o la humanidad entera sean redimidos por gobernantes investidos de poderes cada vez menos limitados, por una aplicación del derecho cada vez más "alternativa". O sin esperar que en un futuro se resuelva radicalmente cualquier problema de relaciones entre individuos de distinto sexo mediante la biotecnología, creando una nueva especie humana andrógina -y de paso sometida a sus diseñadores. No aceptamos el chantaje de salvadores que (a diferencia del pastor de la parábola evangélica, que deja a su rebaño por buscar a una sola oveja perdida) exigen siempre el sacrifico de los individuos en el altar de la colectividad. A estos falsos mesías no les importa el pobre que sale adelante con su esfuerzo, la mujer que destaca gracias a su talento. Desdeñan estos casos "anecdóticos" porque contradicen sus estribillos preferidos, y no dudarán en denigrar a la mujer que brilla en cualquier ámbito sin renunciar a su feminidad ni valerse del fácil recurso victimista. Ellos requieren fieles agradecidos, que les deban un subsidio, un puesto de cuota, un reconocimiento baratos. Necesitan abonar el resentimiento de quienes culpan a otros de sus frustraciones; de quienes eluden su responsabilidad individual y aceptan con ello que el gobierno se haga gustosamente cargo de todo, desde la cuna hasta la tumba.

La élite espuria

Houston, tenemos un problema, y muy grave. El problema es que hay mucha gente que dice espúreo, cuando lo correcto es espurio, como cualquiera puede comprobar acudiendo al diccionario de la Academia, e introduciendo ambos términos. Puede parecer que estoy de coña, pero hablo completamente en serio. Cuando alguien dice "ayer compremos (sic) en el Mercadona", está cometiendo un simple error, fruto de la escasa formación. Si se trata de algo generalizado, esto puede llevar a acordarnos del informe PISA y a lamentarnos por la degeneración del sistema de enseñanza pública, etc. Nos hallamos en fase de alerta naranja. Pero cuando muchos incurren en espúreo, hay que decretar inmediatamente alerta roja. Porque la gente que no tiene como mínimo un bachillerato no dirá nunca espúreo. Uno no escucha al frutero de la esquina (por ahora, gracias a Dios) decir que su crema de puerros no es espúrea, a diferencia de la que venden las grandes superficies. No, quienes dicen espúreo coinciden probablemente con ese 17,7 por ciento de personas de nivel profesional, funcionarial o directivo alto que, según la última encuesta del CIS, votarían a Podemos. (Justo el mismo porcentaje de ese grupo social que votaría al PP.)

Y esto sí que es realmente preocupante, porque nos revela una cosa. A ver si me explico. En España, como en cualquier otro sitio, hay dos tipos de personas, las que leen y las que no leen. Al contrario de lo que se suele pensar, que el porcentaje de las segundas sea alto no debería inquietarnos demasiado. El problema no es que el taxista, la peluquera o el carpintero de alumino no lean a Jorge Luis Borges o a Thomas Mann. Se puede vivir sin ello. Es una vida menos rica, ciertamente, como la de quien jamás escucha a Mozart o a Miles Davis, pero sería un error pensar que esa riqueza de espíritu nos hace moralmente mejores. Desgraciadamente, la experiencia demuestra abundantemente que no es así, que la cultura no nos hace amar más al prójimo. Aunque el frutero no tenga ni pajolera idea de quién fue Thomas Mann, y de Borges sólo sepa que es una marca de aceite de oliva, ello no va a hacer de él peor frutero, ni peor marido, padre, hermano o cuñado.

Lo decisivo, lo trascendental es cuánto y, sobre todo, qué leen los que leen. Cómo alimentan su espíritu. ¿Qué lee el médico de cabecera que me atiende, el profesor de mis hijos, el empresario modelo de éxito? ¿Qué cojones leen que no saben decir espurio correctamente? Porque dejémonos de bromas, el problema no es olvidarse una tilde o no acordarse muy bien de datos que aprendimos en la niñez. Eso lo solucionan los correctores y los buscadores. El problema no es el error o el olvido, es lo que estos nos hacen sospechar: que quienes deberían cultivar una rica vida interior, porque tienen los medios, la formación y con frecuencia el tiempo de ocio suficiente para permitírselo, hayan leído tan poco, o hayan leído libros tan irrelevantes. Que teniendo a su alcance los mejores frutos del espíritu, no encuentren nunca el momento para ellos, y sí para ver Juego de Tronos, sea lo que sea, que no tengo ni puta idea, ni quiero tenerla.

Ya sé que me diréis que hay un momento para cada cosa. Lo niego rotundamente. El día tiene 24 horas, y si leemos a Platón en serio, no hay tiempo para entrar en internet, ver la tele y jugar con vídeojuegos, todo a la vez. Los recortes que deberían aplicarse al gasto público no son nada, comparados con los recortes que se necesitan en las mil y una maneras estúpidas que no paramos de inventar para quemar estúpidamente nuestro tiempo y, por tanto, nuestras vidas.

Allá cada cual, pensaréis. Pero resulta que la miseria espiritual tiene consecuencias. Cuando se pierde el sentido de lo trascendente y lo prioritario, cuando todo es entretenimiento, se pierden también las referencias públicas y hasta el mismo instinto de conservación. Si Juego de Tronos tiene el mismo valor que la Política de Aristóteles, las sandeces que profieran cuatro fanáticos salidos de la ikastola complutense valen lo mismo que las trescientas páginas de Camino de servidumbre. Se empieza diciendo espúreo y se acaba votando a quienes pretenden implantar una democracia espuria.

miércoles, 6 de agosto de 2014

10 reglas escépticas

El escepticismo antiguo, de Pirrón a Sexto Empírico, era una tradición de pensamiento que defendía la suspensión del juicio, evitando decantarse por ninguna teoría o concepción del mundo. El precedente más ilustre de las escuelas escépticas fue probablemente Sócrates, con su célebre sentencia: "Sólo sé que no sé nada." En nuestros días, el término suele tener un sentido muy distinto. Se autodenominan escépticos, con cierto aire de superioridad, quienes en lugar de ideas religiosas o teístas, sostienen principios de tipo materialista o naturalista, que suelen identificar abusivamente con el conocimiento científico. Estos falsos escépticos, que creen en unas cosas y descreen de otras (es decir, que son en esto como todo el mundo) en ocasiones también sostienen una concepción materialista o supuestamente "realista" de la historia, más o menos cercana al marxismo, que ve causas económicas en todos los fenómenos sociales, en las guerras, revoluciones, etc.

Bien es verdad que el escepticismo más radical es por naturaleza autocontradictorio, porque quien afirma que nada puede saberse con seguridad, está con ello afirmando que sabe esto mismo. Lo que no obsta para que una cierta actitud crítica, o de razonable escepticismo, sea imprescindible con el fin de evitar en lo posible el error y el engaño. Pese a ello, y en contra de lo que proclama incesantemente la pedagogía actual, dicha actitud no se enseña en nuestras escuelas. Se considera que determinados temas son "críticos" en sí mismos, cuando la crítica no es una cualidad de algunas afirmaciones, sino su cuestionamiento o análisis, que puede llevarnos a confirmarlas -provisionalmente, al menos- o a rechazarlas. Denunciar la pobreza o la discriminación no es ser crítico, por muy bienintencionado que sea. Crítico es aquel, por ejemplo, que se pregunta si determinadas explicaciones de la pobreza que casi todo el mundo da por supuestas son, después de todo, acertadas.

A continuación, enumero ciertas reglas, la mayoría obvias, que pueden servir de guía para un escepticismo razonable.

1) No hay que prestar credibilidad inmediata a lo que afirma ninguna fuente (ni oral, ni escrita, ni audiovisual), ni tampoco descartarlo a priori.

2) Las opiniones políticas, sociales o religiosas de un especialista en otras cuestiones pueden ser tan insensatas como las que más. No nos dejemos impresionar por los currículos de abajofirmantes de ningún tipo.

3) Las opiniones políticas, sociales o religiosas de un especialista en estos mismos temas tienen mayor valor argumentativo, pero eso no garantiza que no sean a la postre erróneas. Con frecuencia ni siquiera son originales. Un estudio puede tener un aspecto irreprochablemente científico, y a pesar de ello ser una auténtica basura que confunde premisas y conclusiones.

4) Sin perjuicio de 1, no todas las fuentes son iguales. Por ejemplo, los medios de comunicación de regímenes dictatoriales son mucho menos creíbles que los de países democráticos. Pero es muy importante tratar de rastrear la fuente originaria. Una buena intoxicación no aparece por vez primera en un medio cuyo partidismo o dependencia de un gobierno es demasiado obvia.

5) "El peor enemigo de la información es el testigo ocular..." (Revel.) Los corresponsales que informan desde conflictos o países no democráticos pueden estar presionados para favorecer una determinada versión. Incluso en condiciones mucho más plácidas, sus prejuicios ideológicos pueden conducirles a ver sólo lo que quieren ver. La cobertura del conflicto de Gaza que ha ofrecido la televisión pública española es un claro ejemplo de ello; pero también es habitual que muchos periodistas, desde países como Estados Unidos, donde la libertad informativa es total, nos ilustren más de sus propias filias y fobias que de lo que realmente está ocurriendo allí.

6) Hay que desconfiar de los consensos científicos o intelectuales. A menudo, ni siquiera es verdad que exista un consenso académico; pero incluso si es así, puede estar contaminado de ideología, intereses corporativos o políticos, o simplemente ser erróneo. Alerta sobre todo ante la consabida expresión "según los expertos...". Un buen ejemplo lo constituye la mayor parte de lo publicado sobre el cambio climático.

7) Hay que habituarse a distinguir, de manera casi refleja, entre opinión e información, que suelen estar negligentemente mezcladas. Muchos titulares ni siquiera contienen información objetiva. Por ejemplo: "Nuevo gesto de Francisco en favor de la teología de la liberación". (El País digital de ayer.) La noticia se refiere a la rehabilitación de un sacerdote, pero el titular no nos informa del hecho, sino que directamente nos ofrece una interpretación, que puede ser acertada o errónea.

8) La experiencia personal es siempre parcial, por lo que hay que ser prudente antes de lanzarse a cualquier generalización a partir de ella. Aquello de que "el nacionalismo se cura viajando" sobreestima seguramente la capacidad de aprender del ser humano. Hay tontos en siete idiomas, y las ideas fijas pueden ser inmunes a cualquier vivencia.

9) El peor enemigo del espíritu crítico no son las informaciones erróneas o sesgadas, sino los tópicos interiorizados, que ni siquiera recordamos cuándo los aprendimos. Y hay que estar especialmente en guardia con aquellos que contradicen a otros tópicos más antiguos; la novedad no es garantía de verdad.

10) Sostener que algo es imposible porque no lo permiten las leyes de la naturaleza es tautológico. Equivale simplemente a afirmar "x es imposible porque es imposible". No podemos decir a priori que todos los fenómenos supuestamente sobrenaturales son necesariamente fraudes, fantasías o errores de observación. La prudencia aconseja recelar de cualquier relato extraordinario, pero un espíritu crítico estará dispuesto al examen y abierto a la verdad, por sorprendente o incómoda que sea.

viernes, 1 de agosto de 2014

El mito de los fuertes y los débiles

Toda metafísica es o bien monista o bien pluralista; habitualmente, en el segundo caso, dualista. El monista cree que existe una única forma de ser de todo cuanto existe. No hay un tipo de ser más fundamental o absoluto que los demás. Los monistas pueden tener ideas muy dispares acerca de en qué consiste la realidad, pero en ningún caso pueden admitir que haya un ser trascendente. Por el contrario, la principal forma histórica del dualismo es el monoteísmo. Este postula que existe un ser infinito, creador de todos los demás seres. Dios -pues así se le llama- es un ser necesario y por tanto eterno, en contraste con sus criaturas finitas, perecederas y contingentes.

El monismo ha fascinado siempre debido a su simplicidad, pues aparentemente requiere menos suposiciones que el dualismo. Sin embargo, presenta graves problemas conceptuales para explicar la realidad, en los que no me detendré aquí. (Los he expuesto en una entrada reciente.) A consecuencia de ello, algún tipo de dualismo casi siempre reaparece en todo intento de comprensión del mundo. Por ejemplo, en la física moderna tenemos una evidente disociación entre la teoría cuántica y la Teoría General de la Relatividad, que las mejores cabezas se han esforzado en superar sin éxito, desde el propio Einstein. Por su parte, en las disciplinas humanísticas existe también una innegable tensión entre las conceptualizaciones éticas y los intentos de explicar el comportamiento humano y la sociedad en términos puramente causales y evolutivos, carentes de valoraciones.

Para el dualismo monoteísta, el mundo es fundamentalmente un escenario donde se libra la batalla entre el bien y el mal. El bien es todo aquello que nos aproxima al Creador, lo que nos libera de las pasiones y las ataduras de este mundo, que son el mal. Esto no se traduce necesariamente en una visión mística. El héroe es asimismo un modelo de autosuperación del egoísmo y del miedo, sólo concebible partiendo de la oposición entre carne y espíritu. El mal equivale al olvido o rechazo de nuestro origen divino, que nos degrada a la categoría de animales, sólo preocupados por satisfacer sus impulsos. En tal concepción se asienta no sólo la moral judeocristiana, sino toda la tradición del pensamiento racional. Pues sólo una mente hasta cierto punto libre de condiciones fácticas puede aspirar a un conocimiento objetivo y desinteresado de la realidad, y obrar en consecuencia.

Quienes se niegan a considerar la existencia de Dios como suposición intelectual, ya sean ateos o agnósticos, tenderán a rechazar el dualismo entre el bien y el mal absolutos, y lo sustituirán habitualmente por otro tipo de dialéctica. Freud creyó ver una oposición irreductible entre la libido individual y las normas de la vida civilizada. Marx sostuvo que la lucha fundamental era la que existe entre la clase dominante y la sometida, que no sólo se enfrentan materialmente, sino que desarrollan cosmovisiones antagónicas.

Richard Webster, en su voluminoso ensayo titulado Por qué Freud estaba equivocado, critica al psicólogo vienés por haber reeditado el mito judeocristiano del pecado original bajo términos aparentemente seculares, y llega a proponer una radical superación del dualismo "bestia-ángel", sin conseguir concretarla demasiado. En realidad, una crítica similar -suponiendo que sea una crítica- podría hacerse del marxismo, que, bajo su aparente visión "científica" de los procesos sociales, no consigue desterrar las recalcitrantes valoraciones morales, en las que los opresores y los oprimidos juegan los papeles del mal y del bien, respectivamente. Cabe preguntarse si Nietzsche, pese a la aparente radicalidad de su propuesta de ir "más allá del bien y del mal", no hace otra cosa que invertir las valoraciones, pero manteniendo el dualismo fundamental. En su caso, los fuertes serían los buenos, los únicos capaces de nobleza y generosidad, mientras que a los débiles habría que asociarlos con los malos, los eternos resentidos.

El actual pensamiento dominante, conocido como corrección política o como "nueva ética global" (Marguerite A. Peeters) es fundamentalmente una reedición en términos culturales del marxismo. Se trata de una interpretación del mundo en clave de dominadores y dominados, en los que de forma implícita (y por tanto acrítica), los primeros equivalen al mal puro y los segundos al bien absoluto, y deben ser protegidos incluso de la crítica, o cualquier manifestación que pueda entenderse por tal. (Pensemos en las minorías étnicas o culturales, las civilizaciones no occidentales, las mujeres, los homosexuales y la naturaleza no humana.)

El origen judeocristiano de este dualismo ético-político es patente, como también lo es la drástica distorsión que supone respecto a la "moral tradicional". La ética progresista elimina la voluntad humana de la ecuación. La lucha interior entre el espíritu y la materia, que se produce en cada uno de nosotros, deja de existir. En lugar de ello, hay una guerra entre grupos, en la cual, por alguna razón que jamás queda verdaderamente aclarada, hay que ponerse del lado de los (supuestamente) débiles, simplemente porque son débiles, sin que ni siquiera se plantee la cuestión de si tienen razón o no.

Que los intentos por superar el dualismo entre el bien y el mal, o lo que es lo mismo, entre espíritu y materia, hasta ahora siempre hayan conducido a otra forma de dualismo, nos está indicando que existe una profunda verdad en tal concepción, de la que es imposible librarse por completo. Pero al oscurecer la verdadera naturaleza de la dualidad fundamental, tales intentos no favorecen precisamente el triunfo del bien. Es fácil burlarse del maniqueísmo, de quienes dividen el mundo "en buenos y malos", pero los que incurren en tales burlas desde un pretendido Olimpo intelectual suelen ser aquellos que con mayor dogmatismo pronuncian sentencias morales inapelables, contra los "poderes financieros", el "imperialismo" y cualesquiera potencias oscuras que ellos conceptúan como las dominadoras del mundo.

El moralismo soterrado y acrítico del progresismo pretende hacer pasar por verdad racional o "científica" una interpretación revanchista de la sociedad y de la historia. Este revanchismo, por cierto, explica la fascinación que ejerce el totalitarismo en las masas, antes y ahora. Pensar que las poblaciones occidentales son mayoritariamente demócratas es una de las ingenuidades constitutivas del progresismo. Un movimiento totalitario que sepa crear y explotar las divisiones sociales, siempre tendrá la posibilidad de triunfar, incluso en la democracia más consolidada. Siempre habrá muchos que verán soportable una dictadura que les prometa ver humillados y perseguidos a quienes odia, sean los "ricos" o los judíos.

La vieja "moral tradicional" que no distingue clase social, cultura, raza o sexo, ("No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer...", Gálatas, 3, 28), la moral que es universal porque procede de la voluntad de Dios, en la que se funda la dignidad absoluta del hombre, es la única vía que jamás ha existido para superar el engañoso conflicto entre los fuertes y los débiles.

jueves, 31 de julio de 2014

La enfermedad del victimismo

Los palestinos que profieren lamentos desgarradores y se golpean la cabeza en los entierros de sus hijos -esos mismos hijos a los cuales adoctrinan en el odio y entrenan como terroristas suicidas desde la más tierna infancia, y a los que no dudan en usar como escudos humanos- son quizás la mejor imagen de la enfermedad del victimismo.

Hay que señalar que el victimismo ni siquiera necesita la existencia de un conflicto objetivo. Los nacionalistas catalanes pretenden que España lleva tres siglos tratando de perpetrar un "genocidio cultural" en Cataluña. Y sin embargo, los hechos son que la enseñanza pública se imparte exclusivamente en catalán, se editan en ese idioma los periódicos más conocidos de Barcelona, así como cientos de libros al año, existen numerosas cadenas de radio y televisión que utilizan exclusivamente la lengua de Pla, y la mayoría de las emisoras con sede en Madrid ofrecen informativos regionales y otros programas en catalán. Por no hablar de la señalización viaria, las comunicaciones de las administraciones locales y autonómica, y la rotulación de la mayoría de empresas. El catalán no sólo es omnipresente en Cataluña (cosa hasta cierto punto natural), sino que además recibe un trato privilegiado, lo que supone una evidente y absurda discriminación de la lengua española común, hablada por todos, y vernácula en la mayoría. Sin embargo, basta con que algún ministro del gobierno central trate de proteger el derecho al uso del español, por ejemplo en la enseñanza, para que los nacionalistas reaccionen como basiliscos, denunciando una voluntad exterminadora de la identidad de Cataluña. No me extenderé, por otra parte, sobre el victimismo basado en el dudoso "déficit fiscal", que palidece ante el volumen de la corrupción amparada en el fer país.

El victimismo no se limita en absoluto a las minorías nacionales. Hoy triunfa en todo el mundo occidental bajo el manto de defensa de la igualdad de sexos (mal llamada, en español, de "género") y de los derechos de gays y lesbianas. Pero de nuevo, los hechos objetivos no parecen justificar ciertos discursos inflamados. En los países desarrollados, las mujeres acceden a los estudios superiores en el mismo porcentaje, si no mayor, que los hombres, y habitualmente con mejores calificaciones. Abundan mujeres en la policía, en la medicina, en el periodismo, en los tribunales de justicia, en los parlamentos y en los gobiernos. Pero como sigue existiendo un cierto predominio de los hombres en algunos puestos públicos y privados de responsabilidad, en determinadas profesiones y en el empleo a jornada completa, los ultrafeministas deducen de ello, sin ninguna prueba científica, que nos hallamos ante una discriminación encubierta, promovida por el ubicuo patriarcado opresor. A fin de combatirla, se impone paradójicamente la llamada discriminación "positiva", que no es más que una pura y simple discriminación contra los hombres. Esta estrategia se refuerza mediante la violencia de "género", otra construcción ideológica que reconoce sólo la violencia doméstica en la que la víctima es de sexo femenino, interpretándola como efecto de un supuesto machismo atávico, que resurgiría incomprensiblemente, y descartando a priori cualquier relación con el deterioro de la institución familiar. Se pretende, en definitiva, adoctrinar a la población, a través de la escuela y los medios de comunicación, en una ideología que pone bajo sospecha al varón y concibe el cuidado de los hijos como una enojosa tarea que hay que repartirse, o incluso evitar, limitando la natalidad y favoreciendo el aborto.

Una estrategia análoga de victimización siguen los grupos de activismo homosexualista. En las sociedades demoliberales, desde hace décadas, está vetada cualquier intromisión en la conducta sexual de los adultos; los gays, u homosexuales declarados, gozan incluso de una cierta sobrerrepresentación en los medios de comunicación y los círculos artísticos. Pese a ello, esos grupos pretenden que todavía sufren la discriminación del malvado heteropatriarcado, y con el objeto de erradicarla, pretenden que la sociedad está obligada a cambiar el significado de la institución matrimonial para que incluya uniones entre personas del mismo sexo. Al igual que el ultrafeminismo, tratan de imponer sus agendas ideológicas en la educación y las leyes, confluyendo en la relativización de la sexualidad fértil, el desprecio de la familia, encubierto con el reconocimiento de "otros modelos", y las limitaciones a la libertad de pensamiento, amparadas en una obsesión paranoica contra fantasmagóricas "incitaciones al odio".

Tenemos también la victimización basada en motivos económicos. La idea es que los pobres culpen a los ricos de sus posiciones relativas, y reclamen en consecuencia medidas coactivas de redistribución, conocidas como socialismo, que van desde impuestos elevados hasta expropiaciones directas, pasando por controles de precios y de la actividad económica en general. Medidas todas ellas que tienen exactamente el efecto contrario de entorpecer la creación de riqueza (cuando no hacerla imposible), y por tanto perjudican en especial a quienes pretenden favorecer. El victimismo sirve también para sustituir la excelencia educativa por criterios igualitaristas, lo que sólo consigue degradar la calidad de la enseñanza y devaluar consiguientemente las titulaciones, que son el principal "ascensor social" de los menos favorecidos.

El resultado inmediato de la victimización es justificar un trato injusto contra los grupos a los cuales se considera culpables. Pero quizás lo peor de todo es que, en la medida que muchos terminan interiorizado su condición de víctimas, culpando a otros de sus problemas, se desresponsabilizan de resolverlos por sí mismos, agudizándolos o incluso creándolos donde antes no existían objetivamente. Empieza uno sintiéndose víctima y acaba siéndolo realmente, aunque no de aquellos a quienes culpa de su situación.

Así, los pobres se acostumbran a creerse en el derecho de percibir eternamente subsidios, con lo cual su situación social tiende a cronificarse, enlodada en un sentimiento de autocompasión y de fatalismo. Las mujeres, en lugar de ser consideradas simplemente como personas, reciben un trato aparentemente favorable, pero que no destaca por encima de todo su talento o esfuerzo, sino su condición sexual, lo cual las mantiene, al menos en el plano simbólico, en una especie de eterna minoría de edad. Análogamente, parece que los sentimientos y prácticas sexuales de los gays tienen que ser el aspecto más importante de sus vidas, y se les anima a participar en actos como los desfiles del "orgullo", lastimosamente autodenigratorios. Respecto a las minorías nacionales, en la medida en que acaban creyéndose el relato de una opresión secular, tienden al ensimismamiento y por tanto al provincianismo. Al centrar todas sus esperanzas en la separación, que supuestamente resolverá todos los problemas, el nacionalismo acaba haciendo olvidar cualquier otra sana aspiración de mejora espiritual y material. Cuando sólo se habla de la independencia, las energías acaban siendo absorbidas por un obsceno onanismo político y cultural.

El victimismo no considera a los hombres como individuos libres de elegir su propio destino, sino que les confiere una identidad colectiva (palestinos, catalanes, mujeres, homosexuales, pobres) de la que no pueden ni deben sustraerse. Presenta el sometimiento a esa identidad como una liberación, como un progreso de su autoconsciencia, cuando en realidad supone condenar al hombre a ser lo que es, y no lo que quiere ser. Incluso cuando se presenta la identidad como una aparente elección, como por ejemplo en el transexualismo, en realidad esta oscila entre una arbitrariedad irreductible y por tanto irracional, o un noúmeno no menos prelógico, contra el cual sería inútil e insano resistirse. Al interpretar la existencia en función de las injusticias sufridas por los antepasados, el victimismo implica un retroceso de la consciencia moderna hacia una especie de semifeudal ley de la vendetta, en la cual la revancha pesa más que la justicia, el pasado más que el presente, el (re)sentimiento más que la razón.

Para acabar, no podemos olvidar que una triste secuela del victimismo es que ignora o posterga a las verdaderas víctimas, como los bebés abortados, quienes han sufrido la violencia del totalitarismo y del terrorismo, y los cristianos perseguidos y masacrados en diferentes lugares del mundo. En ocasiones, se llega a mezclar a las víctimas espurias con las auténticas, lo que posiblemente sea la mayor afrenta concebible hacia estas últimas, sobre todo si algunas de las primeras resultan ser los verdugos de las segundas. El victimismo no resuelve nada que haya que resolver, y además envenena cualquier fuente de solución. Es vital aprender a detectarlo y rechazarlo sin miramientos.

domingo, 27 de julio de 2014

Soy caverna

La conocida periodista republicana, separatista y feminista Pilar Rahola me ha preguntado retóricamente en Twitter: "[¿]Te consideras caverna? Curioso." Le he respondido mandándole un dibujo de una caverna prehistórica, y en esta entrada me propongo explicarme sin la constricción de los 140 caracteres.

En un sentido puramente descriptivo, es bastante obvio por qué soy caverna. Para empezar, soy liberal, lo cual significa que creo en los derechos humanos, y que los gobiernos deben estar limitados por las leyes, y por jueces y periodistas independientes, y por la participación ciudadana mediante el sufragio universal.

Aparentemente, estas creencias no difieren sustancialmente de las que manifiesta la señora Rahola. Pero hay un aspecto fundamental que nos distingue: la coherencia. Seguro que nuestra periodista cree en los derechos humanos, y sin embargo, es una decidida partidaria del aborto, que atenta contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación. No me sorprendería que fuera también una entusiasta de la antiliberal discriminación positiva por razones de "género". Asimismo, sospecho que debe ser favorable a los impuestos altos y a amplias prerrogativas intervencionistas de los gobiernos, lo cual se contradice con el derecho a la propiedad privada y con el principio de limitación del poder. Por último, es una acérrima defensora de que Cataluña se separe de España rompiendo con la constitución, con lo cual demuestra, entre otras cosas, que ve el Estado de derecho más como un obstáculo engorroso al poder político que como el fundamento de las libertades.

Probablemente, Rahola replicaría a lo anterior hablando de los "derechos reproductivos" y de la opresión histórica sufrida por las mujeres; se extendería a continuación -supongo- acerca de la justicia social y de los niños que pasan hambre por culpa de los malvados mercados; y por último, me la imagino pronunciando un inflamado discurso sobre la democracia y el "derecho a decidir".

Llegados a este punto, un liberal-conservador como yo no puede hacer más que ahondar en su condición cavernícola. Porque confieso que, para mí, una mujer embarazada ya ha ejercido su libre derecho a reproducirse (salvo que haya sufrido una violación, causa de embarazo estadísticamente rara), y en ese momento lo que tiene es una enorme responsabilidad hacia el ser humano que alberga en su vientre.

Ni siquiera creo que hoy exista discriminación sexual en Occidente, lo que me sitúa a la derecha de este Partido Popular patéticamente ansioso de ser tolerado en los salones del progresismo. Todas esas monsergas de la "brecha salarial" o el "techo de cristal" son puras falacias, que presuponen sin ninguna base científica que si las mujeres no optan por igual que los hombres por cualquier profesión, por jornadas completas o por puestos de responsabilidad, es porque existe todavía una cultura machista que las condiciona. Y apoyándose en esta superstición ideológica, políticos y activistas se creen autorizados a conculcar la igualdad con medidas de discriminación positiva, o con leyes palmariamente injustas que castigan una agresión (incluso verbal) de modo distinto en función del sexo del agresor.

En realidad, si algo está condicionando hoy a muchas mujeres es la ideología feminista radical que desprestigia a las que optan por dedicarse sólo al cuidado de sus hijos, o a tratar de conciliarlo con la vida laboral, como si no fuera esa la ocupación más digna que pueda tener una mujer. También un hombre, sin duda, pero numerosos estudios empíricos serios confirman que la psicología femenina está especialmente orientada a las relaciones sociales y familiares. En todo el mundo, y especialmente en los países más igualitarios, como por ejemplo Noruega, las mujeres tienden a decantarse (con total libertad, insisto) más por profesiones como la enfermería o la enseñanza, con un alto grado de interactividad social y emocional, mientras que los hombres son proclives al trabajo con máquinas o sistemas de organización relativamente impersonales. Lo cual permite conjeturar muy razonablemente que se trata de características más genéticas que culturales.

Respecto a la justicia social, soy de los que creen que lo más justo es que todo el mundo tenga un empleo, y pueda así ganarse la vida honradamente con su esfuerzo y su talento. Que los subsidios deben reducirse todo lo posible para no desincentivar el trabajo, que los elevados impuestos y cotizaciones sociales actuales (que en la práctica son también impuestos) no hacen más que dificultar la creación de empleo, y que los servicios públicos no funcionan mejor porque los gestione la administración, ni es el Estado el único que puede garantizar su universalidad. Creo que una sociedad es más próspera y más justa si son los ciudadanos, y no los políticos y burócratas, quienes deciden qué hacer con la mayor parte de su dinero, y qué educación quieren que reciban sus hijos, sin interferencias de minorías activistas, pagando sólo los impuestos imprescindibles para el funcionamiento de un Estado que sea garante del cumplimiento de las leyes y de la seguridad, no de la felicidad impuesta desde arriba.

Y para acabar, sobre el "derecho a decidir", brevemente: uno tiene derecho a decidir muchas cosas, pero no cualquier cosa, evidentemente. En concreto, los catalanes no tenemos derecho a decidir de manera exclusiva lo que queremos que sea España. Ese es un derecho que pertenece a todos los españoles, y aún así con limitaciones. Para reformar la constitución, es legalmente obligado seguir los procedimientos detallados por los artículos 166 al 169, que por sí mismos no excluyen ninguna posibilidad, pero protegen a la constitución de que un gobierno pueda alterarla a capricho, de espaldas a la ciudadanía y a la oposición democrática. Incluso aunque todos los españoles apoyaran una revisión profunda de la Ley fundamental, esta no podría realizarse rompiendo abruptamente con esa misma Ley. Porque si decidimos que la democracia (reducida al ejercicio del voto) está por encima de la ley, como no se cansan de repetir los gerifaltes nacionalistas, entonces no habría nada que objetar a que un Iglesias Turrión, tras vencer hipotéticamente en unas futuras elecciones, iniciara un "proceso constituyente" que le permitiera instaurar un régimen autoritario y populista, siguiendo el manual de su maestro Chávez Frías.

Si a estas opiniones añadimos mi escepticismo acerca del cambio climático de origen humano, queda claro que soy un troglodita sin remedio. Lo que me pregunto a veces es si en las convicciones de los izquierdistas no late una nostalgia de la horda primitiva, aún más antigua que Atapuerca.

viernes, 25 de julio de 2014

La existencia de Dios: cinco teorías

Los razonamientos que expongo a continuación son el resultado de lecturas y reflexiones de muchos años, en las que sobre todo he descubierto lo extraordinariamente lento que puedo llegar a ser para alcanzar conclusiones bastante sencillas. Pero la principal causa de que haya llegado, según creo, a resultados provechosos, han sido algunos libros de Francisco José Soler, profesor de filosofía de la ciencia en Bremen y en Sevilla; concretamente, ¿Dios o la materia? (en coautoría con M. López Corredoira), Dios y las cosmologías modernas y Mitología materialista de la ciencia. También he podido debatir por correo con Soler, quien me ha ayudado a ver la insuficiencia de algunos de los argumentos que he expuesto en escritos míos anteriores, lo que no significa que él tenga que estar de acuerdo con lo que sigue.

La existencia de Dios se ha convertido para muchos en algo ya no dudoso, sino sencillamente irrelevante. Se ha difundido masivamente la idea de que si Dios no existe no cambia nada, ni en nuestra comprensión del mundo ni en nuestras concepciones éticas. Creo que esto es un error fatal. Limitándonos por lo pronto a la ética, el concepto de dignidad humana gira en el vacío si lo desconectamos de la convicción de que hemos sido creados por Dios. La dignidad humana consiste básicamente en dos ideas: que toda vida humana tiene el mismo valor y que, a diferencia de los animales, el hombre es libre, lo que significa que es capaz de sobreponerse al instinto y las pasiones. De ahí proceden los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia. También, la familia entendida como una institución basada en el amor conyugal y paternofilial.

Muchos son como mínimo escépticos ante la relación entre el teísmo y los valores demoliberales. Nos recuerdan la Inquisición, las persecuciones y guerras religiosas, así como las reticencias de la Iglesia católica ante el liberalismo político durante el siglo XIX y parte del XX. El caso del islam no hace falta ni mencionarlo, porque su concepción fideísta e irracionalista de Alá no ha permitido fundar una concepción de la dignidad humana paralela a la occidental. Aquí por Dios entiendo el Dios judeocristiano, aprehensible con categorías racionales.

Incluso aunque el humanismo secular conceda que judíos y cristianos ya no son hoy, en su mayoría, fanáticos intolerantes, tiende a dar por sentado que la dignidad humana no necesita fundarse en la trascendencia, como si fuera un valor obvio por sí mismo, aunque accidentalmente hubiera sido alumbrado o desarrollado por Moisés y por Jesús. Sin embargo, si como sostienen los materialistas no somos más que un accidente cósmico, un producto del azar evolutivo, ¿qué importancia puede tener lo que hagamos? Por supuesto, la mayoría de personas experimentan sentimientos de empatía, y deploran sinceramente dañar a sus semejantes, incluso en circunstancias en las que pueden obtener de ello un beneficio inmediato. Pero sabemos que esa empatía es un sentimiento muy frágil, a menudo bloqueado o desbordado por otros sentimientos. Un Estado totalitario puede incluso cultivar las emociones contrarias a la empatía para conseguir sus objetivos, aunque sea al precio de pisotear por completo la dignidad humana. Si la creencia en Dios no parece garantía de la bondad de nuestros actos, el sentimiento de empatía tampoco es un asidero absolutamente firme del bien y la justicia.

La pregunta, entonces, es si podemos permitirnos el lujo de desdeñar el fundamento teísta de la dignidad humana; esto es, si con la sociabilidad natural y las “campañas de sensibilización” que tanto gustan a políticos, activistas y burócratas, vamos sobrados. Lo cierto es que las matanzas perpetradas en el siglo XX por dos ideologías seculares como el comunismo y el nacionalsocialismo han superado ampliamente, en un período de tiempo mucho más corto, la crueldad y el salvajismo de todas las hogueras de la Inquisición y de las guerras por motivos religiosos.

Este dato empírico, por sí solo, ya debería hacernos reflexionar. Sin embargo, lo decisivo es que la ética hedonista y prudencial del progresismo, o incluso el imperativo categórico kantiano, son completamente incapaces de reconocer la existencia de la máxima expresión del mal: la soberbia. Cuando el hombre no reconoce a nadie superior por encima de él, cuando cree que puede ser en cierto modo un dios, cualquier otro sentimiento o idea moral queda al albur de lo que tarde en extraer todas las conclusiones de su endiosamiento. Creer en Dios no nos hace, por supuesto, automáticamente mejores: es sólo el principio de un arduo camino. Pero cuando prescindimos de Dios, emprendemos una oscura senda en la que toda degradación es posible. Sólo las cándidas almas del progresismo, imbuidas del mito del buen salvaje (inversión laica del pecado original), pueden sorprenderse de la maldad que existe en el mundo, y atribuirla a un insuficiente progreso de la educación o de la organización social, como si la vertiginosa tendencia al mal que anida en todo ser humano se pudiera prevenir pintando palomas de la paz en el jardín de infancia. Mientras exista el mundo, existirá el mal; pero al menos podemos intentar que no triunfe por completo; y negar su esencia, reduciéndolo a un desajuste social, es una receta segura para perder la batalla antes de librarla.

Ahora bien, incluso alguien que estuviera de acuerdo con lo anterior podría decir: de acuerdo, creer en Dios es muy útil y hasta imprescindible, pero por desgracia, esto no demuestra que exista. Y en efecto, la existencia de Dios no puede ser demostrada de modo categórico. Sin embargo, sostengo que no sólo es la única base firme de la ética, sino del propio pensamiento racional. Esto es lo que trataré de argumentar en lo que queda de este texto, y para ello empezaré definiendo lo que entendemos por razón.

La razón puede entenderse de dos maneras: como una facultad del hombre o como una propiedad de la realidad. Aquí la usaremos en este doble sentido, aunque según el contexto prevalecerá uno u otro. Decimos que una persona es razonable cuando atiende a argumentos lógicos y evidencias empíricas. Asimismo, decimos que algo es racional cuando es inteligible, cuando presenta una ordenación teóricamente expresable, que permite cierta predictibilidad.

Prácticamente, todos los seres humanos creemos que el universo es racional, es decir, que está sujeto a determinadas leyes físicas invariables, y por tanto de efectos en principio predecibles. ¿Por qué creemos tal cosa? Pues evidentemente, porque hay una serie de fenómenos (astronómicos, físicos, biológicos, etc.) que presentan un alto grado de regularidad. Sin embargo, la regularidad observada hasta ahora explica el origen de nuestra fe en la racionalidad, pero no la demuestra formalmente, pues el pasado no sirve como prueba de que algo se mantendrá en el futuro, como señaló David Hume. No existe ninguna contradicción lógica en la idea de que un día cualquiera, una manzana desprendida de un árbol se detenga en el aire antes de caer al suelo, y se quede ahí suspendida durante diez minutos. Esto es pura fantasía, se dirá, pero lo cierto es que nadie puede probar que la ley de la gravedad seguirá funcionando en todo instante y circunstancia, sólo porque nunca se haya observado lo contrario hasta ahora. No es procedente aquí el argumento de que, si las leyes físicas fallaran, no estaríamos aquí, pues una interrupción temporal de la gravedad terrestre acabaría casi instantáneamente con la vida sobre la Tierra, por la pérdida de la atmósfera. No estamos imaginando que las leyes físicas fallen a menudo, de manera catastrófica, sino que puedan hacerlo de manera muy limitada, y aunque sea una sola vez en toda la historia del universo. ¿Por qué tal cosa es absolutamente imposible que ocurra? No hay respuesta a esta pregunta porque en realidad no es absolutamente imposible.

La mayoría de la gente, posiblemente, no llega a ser consciente de esta dificultad filosófica en toda su vida. Considera ingenuamente, como señaló Wittgenstein, que las leyes de la naturaleza son la explicación de los fenómenos de la naturaleza, es decir, que cuando podemos formular una ley ya lo hemos resuelto todo. Pero el problema es precisamente ¿por qué hay leyes naturales, y por qué precisamente estas leyes y no otras? Ante esto, creo que sólo existen cinco respuestas o posiciones posibles. Son las siguientes:

1) Las leyes conocidas de la naturaleza son las únicas posibles que permiten la existencia de un universo consistente con vida inteligente, o simplemente consistente en algún sentido. Aunque podamos imaginar leyes distintas, si desarrolláramos todas sus consecuencias, descubriríamos que el universo resultante no permitiría que apareciera nadie que pudiera preguntarse por qué estas leyes y no otras, o incluso no resultaría nada que pudiera sostenerse en la realidad.

2) No existen propiamente leyes de la naturaleza. Esta es una metáfora de origen ético-jurídico que empleamos por comodidad, para referirnos a las regularidades observables. Las leyes son una mera construcción de nuestra mente, que por tanto carecen de realidad objetiva.

3) Las leyes de la naturaleza existen porque todo lo lógicamente posible existe. Todos los universos concebibles, habitados o no, existen de algún modo como partes de un multiverso infinito.

4) Cualquier cosa puede suceder, incluida la suspensión de las leyes físicas. El mundo es completamente absurdo, y su aparente regularidad no debería hacernos creer que en cualquier instante, cualquier disparate no pueda irrumpir en la realidad. El orden es sólo un absurdo más, una especie de broma cósmica.

5) Las leyes de la naturaleza han sido dispuestas por una inteligencia trascendente a la que llamamos Dios, que las ha seleccionado libremente entre todas las posibles.

A continuación argumentaré que, de las cinco posiciones, la primera es ilógica y por tanto falsa (como de hecho se desprende por lo ya dicho). En cuanto a la 2, 3 y 4, en realidad se reducen a la misma, e implican la renuncia a comprender racionalmente el universo, o incluso la negación de que sea en sí mismo racional. Por tanto, la única alternativa racional es la 5.

La posición 1 es falsa, porque sencillamente no es cierto que cualquier variación o interrupción imaginable de las leyes de la naturaleza es incompatible con la vida inteligente o simplemente con alguna suerte de consistencia interna. El ejemplo de la manzana que se queda flotando en el aire es suficiente para comprender esto. No existe ninguna imposibilidad lógica de que semejante milagro ocurra, pues sólo lo contradictorio es imposible. No puede haber una manzana perfectamente redonda y cuadrada a la vez, pero sí una manzana que desafíe arbitrariamente a la gravedad. Si algo es lógicamente posible es que es lógicamente posible, valga la tautología. El lector que aún no haya comprendido este punto, puede desistir de seguir leyendo, porque no entenderá nada de lo que sigue.

Una variante de esta posición sería de tipo probabilista. Se concede que la manzana puede flotar en el aire, pero se postula que ello es sumamente improbable, por lo que a efectos prácticos puede descartarse su ocurrencia durante la existencia de la humanidad. Sin embargo, la mayor o menor probabilidad de los fenómenos físicos sería en sí misma una ley física más, que por tanto también podría ser, en puridad lógica, violada.

La posición 2 es propia de ciertas formulaciones del neopositivismo. Supone rechazar cualquier especulación metafísica sobre lo que existe en realidad, más allá de los fenómenos. El positivista acaso conceda que la manzana pueda no caer al suelo algún día, pero viene a decir algo así como: el día que eso ocurra, me ocuparé de ello. El positivismo es sugestivo porque en realidad coincide con la actitud ateórica en la que todos permanecemos la mayor parte del día. El universo es como es, no sabemos por qué, y lo único que importa es que es así. Pero por ello mismo, es evidente que una actitud semejante es en realidad antiintelectual, y por tanto irracional. Si los grandes científicos, como Newton o Einstein, hubieran sido estrictos positivistas, difícilmente hubieran llegado a desarrollar sus teorías. Ellos creían que estaban desentrañando la naturaleza de la realidad, y no buscando una manera ingeniosa, pero meramente instrumental, de ordenar las observaciones mediante ecuaciones matemáticas. Un positivista totalmente consecuente ni siquiera podría afirmar que el sol saldrá mañana, porque eso supone admitir implícitamente que existen leyes naturales que gobiernan el mundo sensible, y que no son en sí mismas observables. Nadie puede observar la ley de la gravedad, sino que es algo que inferimos de los fenómenos. La ley de la gravedad no es un hecho. Hechos son que sale y se pone el sol, que los objetos caen y los ríos desembocan en el mar. Ir más allá formulando una ley de la gravitación universal ya es salirnos del positivismo, porque la ley de la gravedad no se limita a resumir el comportamiento de los fenómenos pasados, sino que nos predice lo que sucederá. La pretensión de que sólo debemos admitir la existencia de hechos nos condenaría a un empirismo presentista absoluto, en el que sólo sería válido describir mis sensaciones presentes. Lo que en resumen equivale a negar la razón.

La tercera posición es una forma radical que solucionar el problema de por qué existen estas leyes de la naturaleza y no otras. Y de paso, el problema de por qué existe siquiera algo, en lugar de nada. Todas las posibilidades lógicas son reales, y de esta ley fundamental de lo real se desprende que nuestro universo es sólo uno de los infinitos posibles que existe, y que por lo tanto no tiene nada de sorprendente. Existen dos posibles vías de crítica a esta visión, sin duda grandiosa, de un multiverso infinito. La primera es la que he ensayado en anteriores escritos, y consiste en notar el hecho de que la ley de que todo lo posible es real, es a fin de cuentas una ley, y por tanto también podemos preguntarnos por qué esa ley y no otra. ¿Por qué debería haber un multiverso exhaustivo y no cualquier otra de las 2^n combinaciones de universos posibles, incluyendo la nada absoluta? (Donde n representa el total de universos lógicamente posibles, seguramente infinito.) A esta crítica se podría responder negando la posibilidad de la nada, tanto relativa como absoluta, tal como hizo Parménides. Los no-universos no podrían ser, porque el no-ser no es. El ser es plenitud, es “macizo”: no hay la menor fisura de no-ser en él. Un universo posible no podría dejar de existir. Personalmente, no creo que este argumento sea estrictamente lógico, y por tanto creo que no es metafísicamente irrebatible. Sin embargo, en mis conversaciones con el profesor Soler me he dado cuenta de que es una cuestión enredosa, y por tanto ahora deseo prescindir de esta línea argumental. La que me parece más fructífera, e indiscutible, es la que expone el propio Soler en sus libros. Este pensador nos dice: bien, admitamos que el multiverso, en su versión más radical, tal como la expone el cosmólogo Max Tegmark, por ejemplo, existe realmente. Esto significaría, ni más ni menos, que algún día podemos encontrarnos con la manzana flotante. Porque, efectivamente, si todos los universos posibles existen, hay también un universo en el que se produce ese pequeño milagro (o infinitos otros concebibles). Y ¿por qué ese universo no podría ser el nuestro? Es decir, en el multiverso de Tegmark, no podemos tener jamás la plena seguridad de que el orden cósmico que conocemos no pueda sufrir variaciones leves o catastróficas en cualquier instante. Porque todo es posible.

Ahora bien, esto supone ni más ni menos que la bancarrota absoluta de la razón. Pues el multiverso extremo es por completo impredecible: piénsese que hay infinitas variaciones posibles de un universo como el nuestro. En una de ellas, nuestra manzana queda un día suspendida en el aire; en otra, mi reloj de pulsera desaparece de mi muñeca de improviso, sin explicación alguna, violando la ley de conservación de la materia.Y así hasta agotar todas la posibilidades del delirio.

Quizás se podría argumentar que el multiverso de Tegmark no incluye este tipo de universos idiotas. Pero en ese caso, no sería más que una recaída en la posición 1, es decir, negaría contradictoriamente la posibilidad de que se dieran en la realidad cosas lógicamente posibles.

La posición 4 admite sin problemas que todo lo posible puede suceder, aunque no necesita postular que deba suceder. El resultado para la inteligibilidad del universo es indistinguible de la posición 3. En cualquier instante, cualquier disparate que se nos ocurra, mientras no incurra en una pura contradicción lógica (como un triángulo de cuatro lados) puede suceder. El mundo sencillamente es absurdo, y la regularidad de la naturaleza, algo puramente accidental e ilusorio, que puede perfectamente quebrarse en todo momento. Una exposición literaria de esta concepción puede hallarse en la novela La náusea, de Jean-Paul Sartre. Innecesario es señalar el irracionalismo absoluto al que nos conduce esto.

Nos queda entonces la posición número 5. Esta también admite que las leyes del universo podrían ser distintas, e incluso que no hay ninguna contradicción lógica en suponer su vulneración. Pero existe una razón por la cual tenemos las leyes conocidas y no otras, y por la cual se cumplen a rajatabla. Esta razón no puede ser, como hemos visto, de consistencia interna, porque se trata de una hipótesis ilógica. Esa razón podría ser que todo lo posible existe, pero entonces el universo sería ininteligible para el hombre, porque nada nos garantizaría que nuestro universo fuera una de las variantes escrupulosamente fieles con determinadas leyes naturales hasta el fin de los días, o por toda la eternidad. En conclusión, lo único que nos queda es que esta razón sea trascendente, es decir, distinta del propio universo. Habría una razón o inteligencia infinita, que llamamos Dios, que sería absolutamente libre de crear un universo entre los infinitos posibles. Con ello, estaría asegurada la racionalidad del universo, tanto en sentido ontológico como epistemológico, pues Dios sería el garante del cumplimiento de las leyes de la naturaleza.

Se entiende, a partir de este argumento, por qué no tiene sentido entender a Dios de otra forma que un ser personal, es decir, libre. Porque si el universo fuera una consecuencia o desenvolvimiento necesario de una sustancia divina, de nuevo seríamos incapaces de responder por qué el universo es como es. Dios y el universo serían en última instancia la misma cosa, no habría trascendencia ni por tanto un principio externo que seleccionara qué universo debe existir, entre todos los concebibles.

La crítica según la cual el concepto del Dios personal es antropomórfico tiene parte de razón. Porque efectivamente, sólo si el universo se origina en un principio análogo a la mente humana, puede ser racional. Pero esto no es ninguna objeción a la idea de Dios. Sólo lo es si nos empeñamos por todos los medios en que el universo no pueda ser inteligible.

Vista en perspectiva, esta argumentación no es distinta de la quinta vía de Santo Tomás, basada en la existencia del orden natural, que según el aquinate evidencia un ordenador inteligente. La crítica ingenua a esta demostración, por ejemplo en D’Holbach, consistía en afirmar que las leyes de la naturaleza explicaban por sí mismas el orden, lo cual es tan trivialmente vacuo como decir que el orden explica el orden. Los ateos de moda en nuestros días, Dawkins, Dennett, no van más allá. Ellos hacen intervenir también el factor azar, inspirándose en la teoría de la evolución; pero el azar sólo tiene sentido en el marco de unas reglas fijas preestablecidas (de un orden, al fin y al cabo), por lo cual no añade realmente nada nuevo al debate. Explicar cómo se ha desenvuelto el mundo, desde la Gran Explosión hasta el paleolítico, siendo una tarea admirablemente grandiosa, no nos acerca un solo paso a comprender por qué existe y sólo relativamente nos aclara por qué es como es. Y desde luego, negar validez a estas preguntas no nos hace más racionales, sino menos.