Los medios de comunicación, como solo un progre (o un centrista) se atreverán a negar, están ampliamente dominados por el progresismo, que inspira desde las secciones de política nacional e internacional hasta las de cultura e incluso, no pocas veces, del corazón, cada vez más reducido a revolcarse en las indecencias y guarradas de los programas de Tele5. El sesgo anticonservador es a veces cómicamente sutil, como por ejemplo en este titular de la web de RTVE: "El católico Newt Gingrich gana frente al moderado Mitt Romney en Carolina del Sur". Hubiera sido más congruente, ya que se alude a las convicciones religiosas de uno de los candidatos, referirse al "mormón Mitt Romney". Se nota que el redactor no ha resistido la tentación de oponer, implícitamente, el catolicismo a la moderación.
Pero una cosa es el sesgo ideológico y otra la propaganda alevosa, en el mejor estilo totalitario. En esto, el maestro de maestros es el diario El País. Dirigido a un tipo de lector que, solo por ello, se hace la ilusión de pertenecer a la élite cultivada, frente al "populismo" de la derecha (ya saben, los pedantes que creen, y hasta repiten en el bar sin ruborizarse, necedades del tipo "no hay que legislar en caliente", etc), esta cabecera se caracteriza por bordar dos géneros de la literatura propagandística. A saber: El artículo doctrinal (con frecuencia mereciendo los honores de editorial) que marca la senda ideológico-política, en plan directrices del Comité Central del Partido; y el libelo que señala el blanco a abatir, la persona a la que hay que destruir porque se atreve a enfrentarse a pecho descubierto con algún tabú del establishment izquierdista.
Para ello no retroceden ante los métodos más sórdidos, como las insinuaciones sobre la vida privada, sean verdaderas o falsas. Un ejemplo lo tenemos en el reportaje contra la juez María del Coro Cillán, que ha osado reabrir el caso del 11-M. Recurriendo a personas enemistadas con la magistrada, se atreven a lanzar pérfidas acusaciones de afición a la bebida, y de tener una relación sentimental con un abogado designado por ella como administrador judicial, en un caso insignificante que nada tiene que ver con el 11-M. El método denigratorio recuerda, aunque de momento no haya llegado a tal extremo, al que se empleó para destruir civilmente a Pedro J. Ramírez, por sus investigaciones sobre los GAL. Hurgan en las debilidades o intimidades (reales o inventadas) propias de todo ser humano para obligarle a desistir, enviándole el mensaje inequívoco de que se está enfrentando a gente demasiado poderosa.
No podemos cansarnos de denunciar la constante y despiadada guerra sucia que practica el progresismo contra todo aquello y todo aquel que se opone a su hegemonía absoluta. La verdad les importa una mierda, porque nunca han creído en ella. ("La libertad os hará verdaderos", dijo Zapatero, en una satánica inversión de la aserción evangélica.) Solo creen en el poder, al cual idolatran si es el de los suyos. Por eso se niegan a investigar el 11-M, y en cambio escarban en la vida privada de quienes sí se atreven a hacerlo.
domingo 22 de enero de 2012
sábado 21 de enero de 2012
Gómez Bermúdez: "Hay cosas que es mejor que no se sepan todavía"
"Hay cosas que son tan complejas, tan graves, que es mejor que no se sepan todavía..., que se sepan más adelante." (Palabras del juez Gómez Bermúdez a la presidenta del Foro de Ermua, sobre la autoría intelectual del 11-M.)
Aquí otro vídeo más largo, que coincide con el anterior a partir del minuto diez, aproximadamente. Sobran comentarios.
Aquí otro vídeo más largo, que coincide con el anterior a partir del minuto diez, aproximadamente. Sobran comentarios.
sábado 7 de enero de 2012
Hungría se desliza... ¿hacia qué?
La izquierda anticristiana no puede asistir indiferente a la entrada en vigor de la nueva Constitución húngara, que proclama sin complejos las raíces cristianas del país magiar. Para ello, recurre a lo que mejor sabe hacer, que es mentir y manipular, presentando al gobierno de Viktor Orbán como fascista. Hoy El País titula en primera página: "Hungría se desliza hacia el fascismo". En la edición digital puede leerse el artículo de Paolo Flores D'Arcais (ateo militante italiano), que compara al gobierno de Budapest nada menos que con el nazismo. ¿Pruebas? ¿Hechos concretos? Ninguno en absoluto. Ni en esta soflama, ni en el texto de información complementaria se aduce algún ejemplo claro que indique que en Hungría se están lesionando los derechos humanos, salvo la no renovación de la licencia de una emisora de radio y el despido de dos periodistas de medios públicos. Hechos difíciles de juzgar sin conocer los detalles, y que ocurren de vez en cuando también por aquí. Por lo demás, resulta paradójico que entre las leyes que, según El País, han hecho "saltar las alarmas" de la UE, se incluya la anulación de la prescripción de los delitos cometidos bajo la dictadura comunista. Los mismos que defienden a Garzón por querer juzgar al franquismo se escandalizan de que se pretenda hacer algo similar con el comunismo; mil veces más homicida y represor, por cierto.
Las calumnias vertidas contra el texto constitucional húngaro (irreprochable desde el punto de vista liberal y democrático, aunque todo sea mejorable en esta vida) ya las analicé en su momento, por lo que no me repetiré. Lo que quiero destacar ahora es el temor de la izquierda a que el ejemplo de Hungría pueda cundir. Ya puso todo su empeño en que la constitución europea no reconociera el papel del cristianismo en el origen de nuestra civilización, y no van a permitir ahora que desde ningún país se atreva nadie a cuestionar el pensamiento único relativista. Para ello no dudan en explotar además las dificultades económicas por las que atraviesa el país de Liszt y Béla Bartók, como si la España de Zapatero las hubiera sorteado con mayor eficacia. Pero es que si hablamos de economía, lo que está claro es que la ingeniería social antinatalista (divorcio exprés, matrimonio gay, aborto libre, adoctrinamiento en la ideología de género, etc) nos conduce aceleradamente al desastre económico del invierno demográfico. Por ello, la constitución de Hungría, con su decidido apoyo a la familia y a la vida, marca el camino que debe seguir Europa si quiere escapar a la decadencia y la extinción cultural. Francisco José Contreras, coautor del imprescindible Nueva izquierda y cristianismo, que reseñé hace poco, ya puso de manifiesto la cuestión de fondo en un artículo de la pasada primavera, ¡Viva Hungría! Y nos lo ha vuelto a recordar, esta vez más en relación con la estricta actualidad española en otro artículo de obligada lectura, Parte de guerra cultural. Porque lo que ocurre en Hungría también nos interesa. La izquierda se ha dado cuenta, con su habitual instinto. Ahora solo falta que se dé cuenta la derecha.
Las calumnias vertidas contra el texto constitucional húngaro (irreprochable desde el punto de vista liberal y democrático, aunque todo sea mejorable en esta vida) ya las analicé en su momento, por lo que no me repetiré. Lo que quiero destacar ahora es el temor de la izquierda a que el ejemplo de Hungría pueda cundir. Ya puso todo su empeño en que la constitución europea no reconociera el papel del cristianismo en el origen de nuestra civilización, y no van a permitir ahora que desde ningún país se atreva nadie a cuestionar el pensamiento único relativista. Para ello no dudan en explotar además las dificultades económicas por las que atraviesa el país de Liszt y Béla Bartók, como si la España de Zapatero las hubiera sorteado con mayor eficacia. Pero es que si hablamos de economía, lo que está claro es que la ingeniería social antinatalista (divorcio exprés, matrimonio gay, aborto libre, adoctrinamiento en la ideología de género, etc) nos conduce aceleradamente al desastre económico del invierno demográfico. Por ello, la constitución de Hungría, con su decidido apoyo a la familia y a la vida, marca el camino que debe seguir Europa si quiere escapar a la decadencia y la extinción cultural. Francisco José Contreras, coautor del imprescindible Nueva izquierda y cristianismo, que reseñé hace poco, ya puso de manifiesto la cuestión de fondo en un artículo de la pasada primavera, ¡Viva Hungría! Y nos lo ha vuelto a recordar, esta vez más en relación con la estricta actualidad española en otro artículo de obligada lectura, Parte de guerra cultural. Porque lo que ocurre en Hungría también nos interesa. La izquierda se ha dado cuenta, con su habitual instinto. Ahora solo falta que se dé cuenta la derecha.
domingo 1 de enero de 2012
¡Viva la Pepa!
El día de San José de este nuevo año se cumplirán doscientos de la primera Constitución española, promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812. Todavía hoy sigue siendo un texto admirable por varias razones. Bien es verdad que aquella constitución no establecía una democracia, sino una monarquía moderada: El poder ejecutivo permanecía en manos del rey, que accedía al trono por derecho hereditario. Tampoco inauguraba un régimen plenamente liberal, desde el momento que prohibía el ejercicio de cualquier religión distinta de la católica. Sin embargo, la clara y rotunda división de poderes que modelan sus artículos, ya la querríamos tener incluso en nuestros días. Hoy, en España, la división entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial es poco más que mera retórica. El sistema electoral y de partidos promueve que los gobiernos sean el resultado de las mayorías parlamentarias, por lo que el papel de contrapeso de las Cortes se reduce con frecuencia a una mera apariencia formal. En cuanto al poder judicial, la intervención de los políticos en la elección de sus instancias superiores convierte en un sarcasmo la apelación a la independencia de los magistrados, y ello sin contar con el triste papel de los jueces activistas, que supeditan el derecho a sus simpatías ideológicas o partidistas.
Desde un punto de vista estrictamente liberal, quizás un ejecutivo no elegido democráticamente estaría más contrapesado por el poder legislativo (y viceversa) que no en las democracias contemporáneas. En la Constitución de 1812, el papel del monarca recuerda, salvando todas las distancias, al de los presidentes de ciertas repúblicas, como la de Estados Unidos o Francia. Si hoy nos parece inadmisible que su elección se sustrajera al sufragio universal, directo o indirecto, es debido al papel tan preponderante que ha asumido el poder ejecutivo en todos los órdenes. En cambio, en la constitución gaditana el Estado era todavía básicamente el ejército, la marina y la policía, el sueño minarquista de cualquier liberal no anarquista. No es que no se contemplaran otras funciones de lo que hoy se conoce como el Estado del bienestar, pero en general de estas se encargaban las administraciones locales y provinciales, cuyos dirigentes debían elegirse mediante un sistema democrático indirecto. Así pues, el rey podía declarar la guerra, pero no subir los impuestos, sin permiso de las Cortes. Hoy el presidente del gobierno, teóricamente no puede hacer ni lo uno ni lo otro sin la aprobación parlamentaria. En la práctica, sabe casi con total certeza que cuenta con ella si su partido es el mayoritario o disfruta de los acuerdos necesarios con formaciones minoritarias. Y por descontado, según el texto de la Pepa, quedaba por completo fuera de las prerrogativas reales (y parlamentarias) cualquier violación de derechos civiles como la detención sin orden judicial, la violación del domicilio, la censura previa, la tortura o penas degradantes, etc.
Me atrevo a sugerir que si hoy rigiera la Constitución de 1812, con las enmiendas necesarias (en Estados Unidos rige aún la de 1787), nos iría mucho mejor. Y lo que me lleva a imaginar tal cosa no es solo el contenido de la carta magna gaditana, sino sus fundamentos. En el admirable discurso preliminar de la comisión que presentó el proyecto constitucional a las Cortes (puede leerse aquí), los redactores se esforzaron de manera patente en presentar la Constitución no como el producto de unas filosofías modernas, embargadas por un imprudente afán de innovación, sino como una recuperación de las viejas libertades políticas de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. A primera vista pudiera parecer esta concepción como un mero intento retórico de atraerse las simpatías de los conservadores, pero un mínimo conocimiento de los textos legales medievales contradice esta tesis superficial.
El parlamentarismo no es un invento de las revoluciones francesa o americana, sino que tiene hondas raíces en las instituciones y costumbres políticas medievales. Y estas instituciones, por cierto, no solo eran compatibles con la religión católica, sino que estaban profundamente impregnadas de su espíritu, como no podía ser de otra manera. De ahí que la Pepa se inicie con las rotundas palabras: "En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad." Solo una sociedad que parta de la profunda convicción de que el ordenamiento legal positivo se fundamenta, en última instancia, en una Ley última de carácter trascendente, puede eficazmente prevenir las tendencias despóticas que anidan en todo régimen, empezando por los más democráticos. La Europa actual, por el contrario, en su empeño por ignorar las raíces cristianas, se priva a sí misma de oponer argumentos incontestables al abuso del poder político, siempre justificable en términos utilitaristas y convencionalistas.
El Antiguo Régimen, que la constitución de Cádiz pretendió derogar, no era la Edad Media del mito progresista, identificada con el oscurantismo y la tiranía. Por el contrario, el Antiguo Régimen era en realidad lo moderno, en el sentido estrictamente historiográfico. En muchos aspectos, supuso la pérdida de libertades políticas que en los tiempos medievales pocos monarcas se atrevieron a discutir. Y cuando lo hicieron fueron despuestos, excomulgados y hasta combatidos por las armas. Maquiavelo era el moderno. Y la persecución de las brujas. Y la quema en la hoguera de Miguel Servet, en Ginebra en 1553. Fueron los Estados modernos los que progresivamente fueron reduciendo el poder de las Cortes estamentales, estableciendo los ejércitos permanentes, los impuestos anuales y las policías secretas. Y visto en perspectiva, el proceso no ha hecho más que acentuarse, hasta el día de hoy. Doscientos años después, la Pepa sigue siendo un ejemplo de desconfianza lúcida hacia los gobiernos. Y es que la Constitución de 1812 no es moderna, ni falta que le hace.
Desde un punto de vista estrictamente liberal, quizás un ejecutivo no elegido democráticamente estaría más contrapesado por el poder legislativo (y viceversa) que no en las democracias contemporáneas. En la Constitución de 1812, el papel del monarca recuerda, salvando todas las distancias, al de los presidentes de ciertas repúblicas, como la de Estados Unidos o Francia. Si hoy nos parece inadmisible que su elección se sustrajera al sufragio universal, directo o indirecto, es debido al papel tan preponderante que ha asumido el poder ejecutivo en todos los órdenes. En cambio, en la constitución gaditana el Estado era todavía básicamente el ejército, la marina y la policía, el sueño minarquista de cualquier liberal no anarquista. No es que no se contemplaran otras funciones de lo que hoy se conoce como el Estado del bienestar, pero en general de estas se encargaban las administraciones locales y provinciales, cuyos dirigentes debían elegirse mediante un sistema democrático indirecto. Así pues, el rey podía declarar la guerra, pero no subir los impuestos, sin permiso de las Cortes. Hoy el presidente del gobierno, teóricamente no puede hacer ni lo uno ni lo otro sin la aprobación parlamentaria. En la práctica, sabe casi con total certeza que cuenta con ella si su partido es el mayoritario o disfruta de los acuerdos necesarios con formaciones minoritarias. Y por descontado, según el texto de la Pepa, quedaba por completo fuera de las prerrogativas reales (y parlamentarias) cualquier violación de derechos civiles como la detención sin orden judicial, la violación del domicilio, la censura previa, la tortura o penas degradantes, etc.
Me atrevo a sugerir que si hoy rigiera la Constitución de 1812, con las enmiendas necesarias (en Estados Unidos rige aún la de 1787), nos iría mucho mejor. Y lo que me lleva a imaginar tal cosa no es solo el contenido de la carta magna gaditana, sino sus fundamentos. En el admirable discurso preliminar de la comisión que presentó el proyecto constitucional a las Cortes (puede leerse aquí), los redactores se esforzaron de manera patente en presentar la Constitución no como el producto de unas filosofías modernas, embargadas por un imprudente afán de innovación, sino como una recuperación de las viejas libertades políticas de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. A primera vista pudiera parecer esta concepción como un mero intento retórico de atraerse las simpatías de los conservadores, pero un mínimo conocimiento de los textos legales medievales contradice esta tesis superficial.
El parlamentarismo no es un invento de las revoluciones francesa o americana, sino que tiene hondas raíces en las instituciones y costumbres políticas medievales. Y estas instituciones, por cierto, no solo eran compatibles con la religión católica, sino que estaban profundamente impregnadas de su espíritu, como no podía ser de otra manera. De ahí que la Pepa se inicie con las rotundas palabras: "En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad." Solo una sociedad que parta de la profunda convicción de que el ordenamiento legal positivo se fundamenta, en última instancia, en una Ley última de carácter trascendente, puede eficazmente prevenir las tendencias despóticas que anidan en todo régimen, empezando por los más democráticos. La Europa actual, por el contrario, en su empeño por ignorar las raíces cristianas, se priva a sí misma de oponer argumentos incontestables al abuso del poder político, siempre justificable en términos utilitaristas y convencionalistas.
El Antiguo Régimen, que la constitución de Cádiz pretendió derogar, no era la Edad Media del mito progresista, identificada con el oscurantismo y la tiranía. Por el contrario, el Antiguo Régimen era en realidad lo moderno, en el sentido estrictamente historiográfico. En muchos aspectos, supuso la pérdida de libertades políticas que en los tiempos medievales pocos monarcas se atrevieron a discutir. Y cuando lo hicieron fueron despuestos, excomulgados y hasta combatidos por las armas. Maquiavelo era el moderno. Y la persecución de las brujas. Y la quema en la hoguera de Miguel Servet, en Ginebra en 1553. Fueron los Estados modernos los que progresivamente fueron reduciendo el poder de las Cortes estamentales, estableciendo los ejércitos permanentes, los impuestos anuales y las policías secretas. Y visto en perspectiva, el proceso no ha hecho más que acentuarse, hasta el día de hoy. Doscientos años después, la Pepa sigue siendo un ejemplo de desconfianza lúcida hacia los gobiernos. Y es que la Constitución de 1812 no es moderna, ni falta que le hace.
domingo 11 de diciembre de 2011
Aunque la mona se vista de bata blanca
¿Puede un profesor de Física Aplicada decir soberanas tonterías, incluso hablando de temas de su especialidad? No solo puede, sino que tenemos un ejemplo bien conocido en el calentólogo de guardia de El Mundo, Antonio Ruiz de Elvira. En la edición impresa del domingo se puede leer un breve artículo suyo titulado pomposamente "Camino del precipicio", al pie de un reportaje sobre el fracaso de la cumbre del clima en Durban. Personalmente, me alegro de que fracasen esta y cuantas cumbres se hagan sobre el cambio climático. Señal de que los políticos lo tendrán un poco más complicado para meternos la mano en los bolsillos e inmiscuirse en nuestras vidas. Pero vayamos al texto de Ruiz de Elvira, un modelo de ineptitud literaria y conceptual.
Desde el principio mezcla dos cosas distintas. Una es la teoría del cambio climático antropogénico, que sostiene con un dogmatismo cerril: "La subida actual de temperatura se debe, en exclusiva, al aumento de (...) CO2". (Las cursivas son mías.) No es que este hombre no pueda dudar ni por un instante sobre la correlación entre crecimiento del CO2 y la temperatura, es que niega a priori cualquier otro factor posible. ¿Esto es ciencia o superstición?
La otra es la monserga del derroche de los recursos. Nos recuerda que los combustibles fósiles "son los ahorros del planeta". Muy bien, pero ¿el problema no se halla en el acto de quemar compuestos de carbono? Según su teoría, debería ser una bendición que el petróleo se acabase, porque así se terminaría una de las fuentes principales de emisión de gases de efecto invernadero. Pero para su cuento de terror ("¡arrepentíos, pecadores, el fin del mundo se acerca!") todo alimenta.
Lo que ya es de risa es que atribuya este impulso derrochador de la especie humana a "la leyenda levantina del Paraíso, de la ilusión de que se puede vivir sin asumir responsabilidades." Qué fino pensador. Ahora la culpa de que, supuestamente, dilapidemos los recursos naturales cabe atribuirla al relato del Jardín del Edén, que como todo el mundo sabe, nos lleva a llenar compulsivamente el depósito de gasolina. Es leer la Biblia por la mañana, y ¡hala, a la gasolinera! Más allá de la estupidez que representa proferir semejante cosa, creo adivinar una pretensión sutil de culpar al cristianismo -para variar- de todos los males, como se estila en cualquier divulgador científico o cientificucho que se precie.
Por lo demás, se empeña Ruiz de Elvira en convertir un incremento de 0,7º más o menos demostrado en los últimos cien años, en una subida de 2 grados para la semana que viene, prácticamente. Lo cual no es más que un pronóstico harto dudoso. Pero ¿y el partido que se le puede sacar? "Huracanes, tifones, inundaciones, sequías, oleaje extremo [?] y destrucción de las costas". Todo esto, al mismo tiempo, nos asegura que será la consecuencia de un aumento de dos grados, que compara falazmente con una subida de temperatura equivalente del cuerpo humano, que evidentemente significaría fiebre de 38º. Todo lucubraciones gratuitas para asustar a los contribuyentes y a las empresas, a fin de que suelten la pasta, claro.
Claro que reconoce que a fin de cuentas, a la naturaleza no le pasa nada porque suba la temperatura un par de grados. El perjudicado es el hombre, que se ve obligado a traumáticas migraciones para adaptarse a los cambios climáticos, "como hacen las hormigas". Ahí le sale la vena a lo Paul Ehrlich, el majadero que lleva pronosticando la catástrofe demográfica desde hace décadas, catástrofe que como el fin del mundo en ciertas sectas, siempre se ve obligado a aplazar, porque no se produce. A todos estos totalitarios de bata blanca les encanta compararnos con los insectos. Ello les ayuda a justificar sus apologías de una organización política centralizada de la sociedad, en la cual imaginan tener un papel privilegiado. Cuando uno adopta esa perspectiva, la individualidad deja de percibirse, salvo como un prejuicio burgués que ha de ser sacrificado en aras de la supervivencia. Por el contrario, yo opino que si queremos que nuestra civilización sobreviva, una de las primeras cosas pasa por reírnos en la cara de personajes tan siniestros, sin compasión.
Desde el principio mezcla dos cosas distintas. Una es la teoría del cambio climático antropogénico, que sostiene con un dogmatismo cerril: "La subida actual de temperatura se debe, en exclusiva, al aumento de (...) CO2". (Las cursivas son mías.) No es que este hombre no pueda dudar ni por un instante sobre la correlación entre crecimiento del CO2 y la temperatura, es que niega a priori cualquier otro factor posible. ¿Esto es ciencia o superstición?
La otra es la monserga del derroche de los recursos. Nos recuerda que los combustibles fósiles "son los ahorros del planeta". Muy bien, pero ¿el problema no se halla en el acto de quemar compuestos de carbono? Según su teoría, debería ser una bendición que el petróleo se acabase, porque así se terminaría una de las fuentes principales de emisión de gases de efecto invernadero. Pero para su cuento de terror ("¡arrepentíos, pecadores, el fin del mundo se acerca!") todo alimenta.
Lo que ya es de risa es que atribuya este impulso derrochador de la especie humana a "la leyenda levantina del Paraíso, de la ilusión de que se puede vivir sin asumir responsabilidades." Qué fino pensador. Ahora la culpa de que, supuestamente, dilapidemos los recursos naturales cabe atribuirla al relato del Jardín del Edén, que como todo el mundo sabe, nos lleva a llenar compulsivamente el depósito de gasolina. Es leer la Biblia por la mañana, y ¡hala, a la gasolinera! Más allá de la estupidez que representa proferir semejante cosa, creo adivinar una pretensión sutil de culpar al cristianismo -para variar- de todos los males, como se estila en cualquier divulgador científico o cientificucho que se precie.
Por lo demás, se empeña Ruiz de Elvira en convertir un incremento de 0,7º más o menos demostrado en los últimos cien años, en una subida de 2 grados para la semana que viene, prácticamente. Lo cual no es más que un pronóstico harto dudoso. Pero ¿y el partido que se le puede sacar? "Huracanes, tifones, inundaciones, sequías, oleaje extremo [?] y destrucción de las costas". Todo esto, al mismo tiempo, nos asegura que será la consecuencia de un aumento de dos grados, que compara falazmente con una subida de temperatura equivalente del cuerpo humano, que evidentemente significaría fiebre de 38º. Todo lucubraciones gratuitas para asustar a los contribuyentes y a las empresas, a fin de que suelten la pasta, claro.
Claro que reconoce que a fin de cuentas, a la naturaleza no le pasa nada porque suba la temperatura un par de grados. El perjudicado es el hombre, que se ve obligado a traumáticas migraciones para adaptarse a los cambios climáticos, "como hacen las hormigas". Ahí le sale la vena a lo Paul Ehrlich, el majadero que lleva pronosticando la catástrofe demográfica desde hace décadas, catástrofe que como el fin del mundo en ciertas sectas, siempre se ve obligado a aplazar, porque no se produce. A todos estos totalitarios de bata blanca les encanta compararnos con los insectos. Ello les ayuda a justificar sus apologías de una organización política centralizada de la sociedad, en la cual imaginan tener un papel privilegiado. Cuando uno adopta esa perspectiva, la individualidad deja de percibirse, salvo como un prejuicio burgués que ha de ser sacrificado en aras de la supervivencia. Por el contrario, yo opino que si queremos que nuestra civilización sobreviva, una de las primeras cosas pasa por reírnos en la cara de personajes tan siniestros, sin compasión.
jueves 8 de diciembre de 2011
El ateísmo sin esfuerzo
"Vamos, que resulta que usted es bueno sólo porque existe Dios y le puede castigar post-mortem [sic]. No porque se sienta bien sin hacer daño al prójimo. Manda narices tánto [sic] tiquismiqui con la religión: siempre hace falta un espantajo para justificarnos.
Pues mire, por ahí circulamos unos cuantos que vivimos con una ética de respeto al prójimo sin creer en Dios y con plena consecuencia; osea [sic] que no será tan imposible. Ah, y votando al PP."
El entrecomillado es un comentario firmado por un "ateo sin complejos" a mi anterior entrada, a propósito del libro Nueva izquierda y cristianismo. Como creo que su posición obedece a una serie de tópicos muy extendidos, y como una adecuada réplica requiere una mínima extensión, le respondo con esta entrada.
Partamos de reconocer una evidencia. Nadie para ser buena persona necesita leer la Ética a Nicómaco, ni el Nuevo Testamento... ¡Ni siquiera a Fernando Savater! Y al revés; la lectura de ningún libro garantiza la buena conducta. Se puede ser analfabeto y bondadoso, sin ningún problema. De hecho, durante miles de años, la mayor parte de las buenas gentes no sabía leer. Ahora bien, de esta perogrullada se podría extraer una conclusión falsa: Que la moralidad no se enseña, sino que es algo espontáneo, natural en el ser humano. Cualquiera que tenga hijos, sin que esto sea condición imprescindible, sabe que esto no es verdad, que a los niños debemos enseñarles a reprimir su egoísmo innato, a empatizar con los demás, a ser generosos y atentos con el prójimo. Nadie en su sano juicio dirá que basta criar a la infancia en plena libertad salvaje para que descubra los valores éticos por sí misma. La moral debe aprenderse. Esto no significa que, efectivamente, no existan impulsos congénitos de sociabilidad, pero también existen los contrarios, los de crueldad, territorialismo, etc. Y es la educación la que debe potenciar unos y reprimir (vuelvo a utilizar esta palabra con inmerecida mala prensa) otros.
Ahora bien, desde el momento que la ética consiste en una serie de principios que se transmiten mediante la educación, y no en una conducta espontánea de los seres humanos, puede ser cuestionada. Cualquier enunciado, por obvio que parezca, puede contradecirse. Basta que yo afirme que la Tierra es redonda para que alguien, por muy en minoría que se encuentre, pueda hallar cierto gusto en negarlo, en imaginar una extravagante conspiración milenaria para ocultar a la humanidad el gran secreto del carácter plano de la Tierra. Y lo mismo puede decirse de los principios morales. Siempre habrá quien defienda que matar no tiene nada de malo, y de hecho hay personas que matan de manera desapasionada, incluso por encargo. Desconozco qué hay en la mente de un asesino profesional, pero si le diera por leer libros de ética, una de dos, o se dejaría convencer por alguno de ellos, con lo cual abandonaría su profesión arrepentido, o bien los encontraría equivocados. Lo que no podría hacer es estar de acuerdo con ellos, y seguir con su conducta criminal sin el menor sentimiento de incomodidad.
Nadie actúa sin algún tipo de justificación, sea más pedestre o más intelectual. Hitler tenía toda una serie de ideas que le llevaron a justificar el genocidio. El más vulgar raterillo echa mano, oscuramente, de alguna concepción progre sobre las injusticias sociales, que supuestamente promueven el delito, para juzgarse a sí mismo con indulgencia. Todo el mundo tiene alguna teoría favorita para justificarse. Incluso quien niega la moral, al hacerlo está fundando alguna suerte de moral. Un ser verdaderamente amoral no necesitaría decir que "la moral es un engaño". Esta es la paradoja de Nietzsche, como ya señaló Chesterton. El pensador alemán, "por el mero hecho de predicarlo, negaba el egoísmo. Predicar algo es darlo a los demás... Predicar el egoísmo no es más que practicar el altruísmo." (Ortodoxia.) Un auténtico, un completo egoísta no andaría dando pistas, trataría de beneficiarse de las limitaciones morales de los demás y se reservaría el secreto de su falsedad solo para su propia utilización. Y aún así, en su interior se repetiría a sí mismo su doctrina secreta; ningún ser humano vive sin excusarse, como mínimo ante el tribunal interior de su conciencia. Cuando decimos de alguien que no tiene conciencia, y nos preguntamos cómo puede dormir por las noches siendo tan malvado, cometemos una ingenuidad. Los malvados tienen su particular conciencia, que los absuelve de toda culpa, y por eso suelen dormir tan tranquilos.
Hasta aquí, todavía no he dicho nada acerca de si la ética precisa una fundamentación trascendente o inmanente. A muchos, la mera cuestión sobre la fundamentación de los principios morales, les parece que está de más. Para Victoria Camps, se trata de un "empeño fundamentalista", dado que según ella, "es evidente que la ética no puede apoyarse en nada". (Citada por F. J. Contreras en Nueva izquierda y cristianismo, pág. 239, n. 489.) Ya quienes redactaron la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948 eludieron conscientemente cualquier reflexión acerca de la justificación de esos derechos. Esto pudo obedecer a criterios pragmáticos en su momento (evitar inacabables discusiones que no hubieran hecho fácil el acuerdo), pero a la larga ha dejado la puerta abierta a una constante "extensión de derechos" que conlleva el riesgo de desvalorizar a los realmente esenciales. (Por ejemplo, inventando un "derecho" al aborto que niega el derecho a la vida.)
Efectivamente, quien pretenda erigir unos principios morales sin algún tipo de fundamentación, no podrá justificar por qué debemos obedecer esos principios y no otros. Es decir, deberá al final reconocer que la moral es algo subjetivo, y que no podemos justificar racionalmente que la del asesino profesional o el déspota genocida esté equivocada. Esto sin duda no afectará a la conducta de las buenas gentes, que no necesitan de razones para amar al prójimo, pero sí puede afectar (salvo que un irremediable optimismo antropológico nos ciegue) a la conducta de potenciales asesinos profesionales, potenciales tiranos y sobre todo a potenciales votantes de los tiranos. Como mostró Hannah Arendt, los crímenes nazis no fueron posibles solo gracias a que existieran algunos ejecutores sádicos, sino a que la población alemana (lo que incluye desde el ferroviario que conducía los trenes a Auschwitz hasta el médico que extendía certificados de defunción en los campos, pasando por la portera que murmuraba sobre los judíos) había venido siendo sistemáticamente envenenada con determinadas ideas que ponían en cuestión los principios morales judeocristianos. Y para ello, los nazis debieron atacar los fundamentos de estos principios; nadie puede decir de un día para otro que ahora matar en masa está bien, porque sí, porque lo digo yo. Debe convencer a millones de que esto es así, debe fundamentar -negativamente- su posición.
Ahora bien, quien niega la existencia de Dios, o al menos que la moral se justifique por ella, o una de dos, o bien niega que la moral necesite de fundamentación (lo cual, como acabo de decir, me parece rotundamente erróneo) o bien cree posible otro tipo de fundamentación. Nos dice el ateo típico, como el del comentario que citaba al principio, que es ridículo pretender fundar la moral en el miedo al infierno, que una persona adulta no necesita de semejantes espantajos. Evidentemente se trata de una caricaturización de la doctrina cristiana (especialmente de la católica), la cual no se limita a afirmar que los mandamientos divinos deben ser obedecidos por temor a la voluntad divina, sino que considera que Dios es esencialmente benévolo, y ha dictado esos mandamientos porque realmente son lo mejor para el hombre. De ahí que Diego Poole, en el libro citado Nueva izquierda y cristianismo, vea el origen del relativismo ético en la doctrina de Guillermo de Ockham (teólogo del siglo XIV), para quien el único fundamento de la moral era la voluntad de Dios, ni siquiera limitada por ninguna idea objetiva del bien. Si por el contrario el bien es algo objetivo, al cual el propio ente divino se somete, por así decir (como defiende la ortodoxia católica), no deberíamos sentir repugnancia intelectual hacia la idea de algún tipo de sanción, de premio y castigo trascendentes. Es más, en un sentido, si se quiere, vagamente kantiano, habría que esperar que si la moral es una realidad objetiva, debiera haber también sanciones objetivas, sin entrar en detalles literarios sobre la naturaleza de esas sanciones. Este sería el sentir de mucha gente sencilla, que en su vida ha oído hablar de Kant, cuando afirma que "si hay justicia" los malvados deberían recibir algún castigo, y los inocentes que han sufrido injustamente, algún tipo de reparación ultraterrena. Podemos ridiculizar este sentimiento desde determinadas atalayas intelectuales, pero me pregunto cuál es la alternativa.
El ateo dice que no necesita creer en el infierno. Él tiene sus propias justificaciones para no matar, no robar, y para ceder el asiento a una embarazada en el tren. Lo celebro. Sería un ejercicio interesantísimo
analizar esas justificaciones, esos fundamentos inmanentistas que tan orgullosamente asegura poseer el ateo o el agnóstico típico. Pero por supuesto se trataría de una empresa que escaparía por completo a la extensión aceptable de este escrito ya excesivamente largo, por no hablar de las limitadas capacidades de su autor. Así que el lector tendrá que contentarse con una exposición de mi opinión al respecto, sin el desarrollo argumental que sería deseable.
Y mi opinión coincide con la que expresan Contreras y Poole en su libro: El ateo decente no hace más que practicar la moral cristiana fingiendo ante sí mismo que todo eso de Dios, Jesucristo, el cielo y el infierno no son más que adornos innecesarios, al menos "a estas alturas del siglo XXI", como se suele decir. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir los individuos en una era postcristiana, en la cual siguen vigentes inercialmente los principios morales del Evangelio, porque los hemos interiorizado de tal manera que nos parecen naturales y obvios, incluso aunque no nos los hubiera enseñado el cristianismo. Ahora bien, ¿durante cuánto tiempo podrá sobrevivir la planta cristiana desarraigada de su tierra nutricia? Los previsibles síntomas de que ese tiempo podría estar agotándose parecen coincidir con los numerosos indicadores de anomia social y hedonismo suicida que aquejan a las sociedades occidentales, y especialmente a la europea.
Porque, a fin de cuentas, si el bien y el mal no se fundamentan en un Dios trascendente, la única motivación que podemos transmitir a las nuevas generaciones para que actúen bien, es la basada en la propia conveniencia. Es decir, reducir las normas morales al mismo nivel que las normas de tráfico o de higiene, tal como se observa claramente en los manuales de Educación para la Ciudadanía del zapaterismo. En última instancia, toda ética atea, por mucho que se quiera revestir de alambicados conceptos, se reduce a esto, a decirle a los niños algo análogo a que no crucen la calle con el semáforo en rojo, porque les podrá atropellar un coche. Y el problema de esta pobre concepción de la moral ha sido eternamente el mismo, que siempre puede haber quien no se crea ese cuento edificante de que el bien es lo más conveniente para su propio interés. Reducir la moral a una cuestión instrumental (haz esto si quieres obtener determinadas ventajas) es en realidad la negación de la moral. Porque de esta manera no se distingue al que ayuda a la ancianita con la bolsa de la compra de quien atraca un banco; ambos se moverían por un interés, en un caso rudamente inmediato, y en otro más sutil y a largo plazo (digamos, cultivar una reputación intachable, etc), pero interés al fin y al cabo. No se trata de que el interés sea intrínsecamente inmoral (ese es el error de aquel moralismo de pacotilla, que condenaba el liberalismo clásico como "pecado"), sino de cosas que hay que saber distinguir, para no olvidar su auténtico significado. Si reducimos la moral a una mera técnica, a la mera adecuación de los medios a los fines, acabamos olvidando qué fines debemos perseguir.
Conclusión: No creo que pueda existir un fundamento inmanente de la moral. Sí creo que uno puede tener una ejemplar conducta moral y cívica, sin percatarse de ello, manteniéndose en la inconsciencia acerca de los fundamentos trascendentes de la idea del bien y del mal. Pero eso no demuestra que esos fundamentos no existan y que su desconocimiento pueda ser indefinidamente irrelevante, sobre todo a nivel colectivo. Y, cuidado, también individual. Es muy tentador creer que uno alberga en sí mismo el único criterio para juzgar su propia conducta. El sentimentalismo ético está en la atmósfera de nuestra cultura, y resulta de lo más halagador, sobre todo para gran parte de la juventud, que confunde la bondad con la excelente opinión que tiene de sí misma como rebelde, carente de prejuicios, etc. Desconfío de quien se cree muy bueno, y no acepta lecciones de moral. Al menos, el cristiano se reconoce como pecador. No es garantía de enmienda pero es un primer paso. No diremos que ir a misa me haga mejor persona, si ello se limita a una actitud epidérmica, del mismo modo que Al Capone-Robert de Niro no era mejor persona porque se emocionara con Pagliacci. Pero es precisamente ese sentimentalismo (para el que basta que uno "se sienta bien sin hacer daño al prójimo", cursivas mías) en lo que tiende a incurrir el ateo, ni más ni menos que el beato superficial al que tanto desprecia.
Pues mire, por ahí circulamos unos cuantos que vivimos con una ética de respeto al prójimo sin creer en Dios y con plena consecuencia; osea [sic] que no será tan imposible. Ah, y votando al PP."
El entrecomillado es un comentario firmado por un "ateo sin complejos" a mi anterior entrada, a propósito del libro Nueva izquierda y cristianismo. Como creo que su posición obedece a una serie de tópicos muy extendidos, y como una adecuada réplica requiere una mínima extensión, le respondo con esta entrada.
Partamos de reconocer una evidencia. Nadie para ser buena persona necesita leer la Ética a Nicómaco, ni el Nuevo Testamento... ¡Ni siquiera a Fernando Savater! Y al revés; la lectura de ningún libro garantiza la buena conducta. Se puede ser analfabeto y bondadoso, sin ningún problema. De hecho, durante miles de años, la mayor parte de las buenas gentes no sabía leer. Ahora bien, de esta perogrullada se podría extraer una conclusión falsa: Que la moralidad no se enseña, sino que es algo espontáneo, natural en el ser humano. Cualquiera que tenga hijos, sin que esto sea condición imprescindible, sabe que esto no es verdad, que a los niños debemos enseñarles a reprimir su egoísmo innato, a empatizar con los demás, a ser generosos y atentos con el prójimo. Nadie en su sano juicio dirá que basta criar a la infancia en plena libertad salvaje para que descubra los valores éticos por sí misma. La moral debe aprenderse. Esto no significa que, efectivamente, no existan impulsos congénitos de sociabilidad, pero también existen los contrarios, los de crueldad, territorialismo, etc. Y es la educación la que debe potenciar unos y reprimir (vuelvo a utilizar esta palabra con inmerecida mala prensa) otros.
Ahora bien, desde el momento que la ética consiste en una serie de principios que se transmiten mediante la educación, y no en una conducta espontánea de los seres humanos, puede ser cuestionada. Cualquier enunciado, por obvio que parezca, puede contradecirse. Basta que yo afirme que la Tierra es redonda para que alguien, por muy en minoría que se encuentre, pueda hallar cierto gusto en negarlo, en imaginar una extravagante conspiración milenaria para ocultar a la humanidad el gran secreto del carácter plano de la Tierra. Y lo mismo puede decirse de los principios morales. Siempre habrá quien defienda que matar no tiene nada de malo, y de hecho hay personas que matan de manera desapasionada, incluso por encargo. Desconozco qué hay en la mente de un asesino profesional, pero si le diera por leer libros de ética, una de dos, o se dejaría convencer por alguno de ellos, con lo cual abandonaría su profesión arrepentido, o bien los encontraría equivocados. Lo que no podría hacer es estar de acuerdo con ellos, y seguir con su conducta criminal sin el menor sentimiento de incomodidad.
Nadie actúa sin algún tipo de justificación, sea más pedestre o más intelectual. Hitler tenía toda una serie de ideas que le llevaron a justificar el genocidio. El más vulgar raterillo echa mano, oscuramente, de alguna concepción progre sobre las injusticias sociales, que supuestamente promueven el delito, para juzgarse a sí mismo con indulgencia. Todo el mundo tiene alguna teoría favorita para justificarse. Incluso quien niega la moral, al hacerlo está fundando alguna suerte de moral. Un ser verdaderamente amoral no necesitaría decir que "la moral es un engaño". Esta es la paradoja de Nietzsche, como ya señaló Chesterton. El pensador alemán, "por el mero hecho de predicarlo, negaba el egoísmo. Predicar algo es darlo a los demás... Predicar el egoísmo no es más que practicar el altruísmo." (Ortodoxia.) Un auténtico, un completo egoísta no andaría dando pistas, trataría de beneficiarse de las limitaciones morales de los demás y se reservaría el secreto de su falsedad solo para su propia utilización. Y aún así, en su interior se repetiría a sí mismo su doctrina secreta; ningún ser humano vive sin excusarse, como mínimo ante el tribunal interior de su conciencia. Cuando decimos de alguien que no tiene conciencia, y nos preguntamos cómo puede dormir por las noches siendo tan malvado, cometemos una ingenuidad. Los malvados tienen su particular conciencia, que los absuelve de toda culpa, y por eso suelen dormir tan tranquilos.
Hasta aquí, todavía no he dicho nada acerca de si la ética precisa una fundamentación trascendente o inmanente. A muchos, la mera cuestión sobre la fundamentación de los principios morales, les parece que está de más. Para Victoria Camps, se trata de un "empeño fundamentalista", dado que según ella, "es evidente que la ética no puede apoyarse en nada". (Citada por F. J. Contreras en Nueva izquierda y cristianismo, pág. 239, n. 489.) Ya quienes redactaron la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948 eludieron conscientemente cualquier reflexión acerca de la justificación de esos derechos. Esto pudo obedecer a criterios pragmáticos en su momento (evitar inacabables discusiones que no hubieran hecho fácil el acuerdo), pero a la larga ha dejado la puerta abierta a una constante "extensión de derechos" que conlleva el riesgo de desvalorizar a los realmente esenciales. (Por ejemplo, inventando un "derecho" al aborto que niega el derecho a la vida.)
Efectivamente, quien pretenda erigir unos principios morales sin algún tipo de fundamentación, no podrá justificar por qué debemos obedecer esos principios y no otros. Es decir, deberá al final reconocer que la moral es algo subjetivo, y que no podemos justificar racionalmente que la del asesino profesional o el déspota genocida esté equivocada. Esto sin duda no afectará a la conducta de las buenas gentes, que no necesitan de razones para amar al prójimo, pero sí puede afectar (salvo que un irremediable optimismo antropológico nos ciegue) a la conducta de potenciales asesinos profesionales, potenciales tiranos y sobre todo a potenciales votantes de los tiranos. Como mostró Hannah Arendt, los crímenes nazis no fueron posibles solo gracias a que existieran algunos ejecutores sádicos, sino a que la población alemana (lo que incluye desde el ferroviario que conducía los trenes a Auschwitz hasta el médico que extendía certificados de defunción en los campos, pasando por la portera que murmuraba sobre los judíos) había venido siendo sistemáticamente envenenada con determinadas ideas que ponían en cuestión los principios morales judeocristianos. Y para ello, los nazis debieron atacar los fundamentos de estos principios; nadie puede decir de un día para otro que ahora matar en masa está bien, porque sí, porque lo digo yo. Debe convencer a millones de que esto es así, debe fundamentar -negativamente- su posición.
Ahora bien, quien niega la existencia de Dios, o al menos que la moral se justifique por ella, o una de dos, o bien niega que la moral necesite de fundamentación (lo cual, como acabo de decir, me parece rotundamente erróneo) o bien cree posible otro tipo de fundamentación. Nos dice el ateo típico, como el del comentario que citaba al principio, que es ridículo pretender fundar la moral en el miedo al infierno, que una persona adulta no necesita de semejantes espantajos. Evidentemente se trata de una caricaturización de la doctrina cristiana (especialmente de la católica), la cual no se limita a afirmar que los mandamientos divinos deben ser obedecidos por temor a la voluntad divina, sino que considera que Dios es esencialmente benévolo, y ha dictado esos mandamientos porque realmente son lo mejor para el hombre. De ahí que Diego Poole, en el libro citado Nueva izquierda y cristianismo, vea el origen del relativismo ético en la doctrina de Guillermo de Ockham (teólogo del siglo XIV), para quien el único fundamento de la moral era la voluntad de Dios, ni siquiera limitada por ninguna idea objetiva del bien. Si por el contrario el bien es algo objetivo, al cual el propio ente divino se somete, por así decir (como defiende la ortodoxia católica), no deberíamos sentir repugnancia intelectual hacia la idea de algún tipo de sanción, de premio y castigo trascendentes. Es más, en un sentido, si se quiere, vagamente kantiano, habría que esperar que si la moral es una realidad objetiva, debiera haber también sanciones objetivas, sin entrar en detalles literarios sobre la naturaleza de esas sanciones. Este sería el sentir de mucha gente sencilla, que en su vida ha oído hablar de Kant, cuando afirma que "si hay justicia" los malvados deberían recibir algún castigo, y los inocentes que han sufrido injustamente, algún tipo de reparación ultraterrena. Podemos ridiculizar este sentimiento desde determinadas atalayas intelectuales, pero me pregunto cuál es la alternativa.
El ateo dice que no necesita creer en el infierno. Él tiene sus propias justificaciones para no matar, no robar, y para ceder el asiento a una embarazada en el tren. Lo celebro. Sería un ejercicio interesantísimo
analizar esas justificaciones, esos fundamentos inmanentistas que tan orgullosamente asegura poseer el ateo o el agnóstico típico. Pero por supuesto se trataría de una empresa que escaparía por completo a la extensión aceptable de este escrito ya excesivamente largo, por no hablar de las limitadas capacidades de su autor. Así que el lector tendrá que contentarse con una exposición de mi opinión al respecto, sin el desarrollo argumental que sería deseable.
Y mi opinión coincide con la que expresan Contreras y Poole en su libro: El ateo decente no hace más que practicar la moral cristiana fingiendo ante sí mismo que todo eso de Dios, Jesucristo, el cielo y el infierno no son más que adornos innecesarios, al menos "a estas alturas del siglo XXI", como se suele decir. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir los individuos en una era postcristiana, en la cual siguen vigentes inercialmente los principios morales del Evangelio, porque los hemos interiorizado de tal manera que nos parecen naturales y obvios, incluso aunque no nos los hubiera enseñado el cristianismo. Ahora bien, ¿durante cuánto tiempo podrá sobrevivir la planta cristiana desarraigada de su tierra nutricia? Los previsibles síntomas de que ese tiempo podría estar agotándose parecen coincidir con los numerosos indicadores de anomia social y hedonismo suicida que aquejan a las sociedades occidentales, y especialmente a la europea.
Porque, a fin de cuentas, si el bien y el mal no se fundamentan en un Dios trascendente, la única motivación que podemos transmitir a las nuevas generaciones para que actúen bien, es la basada en la propia conveniencia. Es decir, reducir las normas morales al mismo nivel que las normas de tráfico o de higiene, tal como se observa claramente en los manuales de Educación para la Ciudadanía del zapaterismo. En última instancia, toda ética atea, por mucho que se quiera revestir de alambicados conceptos, se reduce a esto, a decirle a los niños algo análogo a que no crucen la calle con el semáforo en rojo, porque les podrá atropellar un coche. Y el problema de esta pobre concepción de la moral ha sido eternamente el mismo, que siempre puede haber quien no se crea ese cuento edificante de que el bien es lo más conveniente para su propio interés. Reducir la moral a una cuestión instrumental (haz esto si quieres obtener determinadas ventajas) es en realidad la negación de la moral. Porque de esta manera no se distingue al que ayuda a la ancianita con la bolsa de la compra de quien atraca un banco; ambos se moverían por un interés, en un caso rudamente inmediato, y en otro más sutil y a largo plazo (digamos, cultivar una reputación intachable, etc), pero interés al fin y al cabo. No se trata de que el interés sea intrínsecamente inmoral (ese es el error de aquel moralismo de pacotilla, que condenaba el liberalismo clásico como "pecado"), sino de cosas que hay que saber distinguir, para no olvidar su auténtico significado. Si reducimos la moral a una mera técnica, a la mera adecuación de los medios a los fines, acabamos olvidando qué fines debemos perseguir.
Conclusión: No creo que pueda existir un fundamento inmanente de la moral. Sí creo que uno puede tener una ejemplar conducta moral y cívica, sin percatarse de ello, manteniéndose en la inconsciencia acerca de los fundamentos trascendentes de la idea del bien y del mal. Pero eso no demuestra que esos fundamentos no existan y que su desconocimiento pueda ser indefinidamente irrelevante, sobre todo a nivel colectivo. Y, cuidado, también individual. Es muy tentador creer que uno alberga en sí mismo el único criterio para juzgar su propia conducta. El sentimentalismo ético está en la atmósfera de nuestra cultura, y resulta de lo más halagador, sobre todo para gran parte de la juventud, que confunde la bondad con la excelente opinión que tiene de sí misma como rebelde, carente de prejuicios, etc. Desconfío de quien se cree muy bueno, y no acepta lecciones de moral. Al menos, el cristiano se reconoce como pecador. No es garantía de enmienda pero es un primer paso. No diremos que ir a misa me haga mejor persona, si ello se limita a una actitud epidérmica, del mismo modo que Al Capone-Robert de Niro no era mejor persona porque se emocionara con Pagliacci. Pero es precisamente ese sentimentalismo (para el que basta que uno "se sienta bien sin hacer daño al prójimo", cursivas mías) en lo que tiende a incurrir el ateo, ni más ni menos que el beato superficial al que tanto desprecia.
martes 6 de diciembre de 2011
La izquierda contra el cristianismo
Hay libros que, en una apretada síntesis, consiguen ponernos al día sobre el estado de una determinada cuestión. Nueva izquierda y cristianismo, de Francisco José Contreras y Diego Poole (Encuentro, 2011) es uno de esos libros. Pero cuando por añadidura la cuestión tratada implica asuntos tan decisivos y trascendentales como si puede existir una ética sin Dios o el destino de la civilización europea, entonces está justificado hablar de una lectura imprescindible. Quizás lo menos elogiable del libro sea su título, que elude sugerir cualquier ánimo polémico, e incluso valdría para una obra de signo totalmente distinto, que pretendiera vendernos alguna suerte de conciliación más o menos retórica entre el cristianismo y la izquierda. No es el caso, desde luego; pero es que además, el texto de Contreras y Poole va más allá del mero análisis político, y se adentra sin remilgos en reflexiones filosóficas de gran calado, con las únicas limitaciones propias de espacio.
Según los autores, tras el fracaso del comunismo, la izquierda ha tendido a dejar en segundo plano el discurso socialista clásico, centrándose más en cuestiones morales y culturales, como el aborto, la ideología de género, los "nuevos modelos de familia" y la hostilidad hacia el cristianismo. Esta última es en realidad la que confiere unidad a todo lo demás. Las ideologías emancipatorias popularizadas a partir del mayo del 68 se caracterizan por su colisión frontal con la moral cristiana, a la que oponen un relativismo hedonista que se pretende enemigo de todos los dogmas. Pero el relativismo es una actitud contradictoria. Si la verdad no existe, entonces esta misma afirmación no puede ser calificada de verdadera. Por ello, el relativismo en realidad encubre la defensa de unos dogmas bien determinados, que en resumen se pueden definir como de tipo ateo y materialista. Y el materialismo, al contrario de lo que pregona el cientifismo, nos conduce al irracionalismo, puesto que es incapaz de explicar la inteligibilidad de la naturaleza. Es más, desde el materialismo es imposible fundamentar la dignidad del ser humano, al quedar reducido a un trozo de materia. De ahí que hoy en día, en aparente paradoja, sea el cristianismo el último baluarte del racionalismo y de la defensa de unos derechos humanos universales erigidos sobre una base firme, independiente de las veleidades políticas. La prueba de que las críticas al materialismo y al relativismo no son producto de mentes mojigatas se halla en los síntomas de decadencia europea: Baja natalidad, disolución de los vínculos familiares, desarme moral ante el avance del islamismo... A fin de revertir este proceso, es necesaria una alianza activa entre los cristianos y aquellos intelectuales agnósticos que, pese a carecer de fe religiosa, son conscientes del papel fundamental del cristianismo en las raíces de nuestra cultural humanista y liberal, seriamente dañada por el relativismo posmoderno y el multiculturalismo. Es preciso superar la falsa neutralidad del Estado y permitir que los cristianos puedan participar como tales en los debates públicos, con el mismo derecho de convencer a los demás y sumar mayorías democráticas, que el que tienen los ateos y materialistas. Con esta nota de esperanza y al mismo tiempo de advertencia concluye el libro, citando a Ratzinger: "[U]n mundo sin Dios no tiene futuro".
Por supuesto, este resumen no le hace justicia. Para mí, los capítulos más fascinantes son aquellos en los cuales se argumenta la imposibilidad de fundamentar una ética sin Dios, pretensión que nos recuerda a ciertos manuales de autoayuda del estilo de "aprenda inglés sin esfuerzo", o "pierda peso sin dejar de comer". La ética sin Dios no pasa de ser una declaración de buenos deseos, incapaz de justificar unas determinadas normas y no otras. En el mejor de los casos, los apologistas de una moral totalmente secularizada no hacen más que reproducir por inercia ciertos principios cristianos, pero sin ser conscientes de su origen. Y suelen quedar en ridículo frente a pensadores más lúcidos y consecuentes, como Peter Singer, que defiende el aborto, la eutanasia y hasta el infanticidio partiendo de la explícita negación del carácter sagrado de la vida humana.
Aunque comparto plenamente el diagnóstico de Contreras y Poole, albergo una duda, que me lleva de nuevo a discutir el título. ¿Realmente esta izquierda es tan nueva? Es cierto que la caída del muro de Berlín ha desprestigiado las ideas económicas socialistas todavía más de lo que ya lo estaban antes. Pero desde tiranos como Hugo Chávez hasta figuras de la intelectualidad como Chomsky o Sampedro, el discurso anticapitalista sigue manteniendo gran número de adeptos, multiplicados por la actual crisis económica. Y al mismo tiempo, las ideas de ingeniería social, de crítica de la familia "tradicional", de adoctrinamiento en la ideología de género, etc, tienen muy poco de novedosas. A lo largo de las páginas de Nueva izquierda y cristianismo, se cita varias veces a G. K. Chesterton, el escritor católico que desde principios del siglo XX ya detectó estas tendencias. Las mentecateces del feminismo radical, la cristianofobia, el odio a la Iglesia y a la familia como últimos reductos contra todo totalitarismo, ya estaban ahí casi desde el principio. No deberíamos dejarnos engañar por cierta apariencia moralista del comunismo estalinista, que probablemente obedecía a razones coyunturales. No exageremos el contraste entre una izquierda "clásica", obrerista, y la izquierda sentayochista, partidaria de la promiscuidad sexual y la píldora abortiva. Las ideas sobre el "amor libre" no las inventaron los hippies, en realidad son antiquísimas, y ya estaba plenamente de moda, en ambientes minoritarios, hacia 1900. Obedecen exactamente a la misma lógica de quienes quisieran abolir la propiedad privada, abolir la familia y abolir la religión. El comportamiento de las milicianas frentepopulistas en nuestra guerra civil recuerda mucho a las concepciones sexuales que defienden los actuales manuales de Educación para la Ciudadanía. Sin duda, sus compañeros eran mucho más machistas de lo que los actuales cánones progres aprobarían, pero ¿hay algo más machista que defender el aborto libre? Como bien señala Francisco José Contreras: "El tipo de sexualidad (trivializada, de consumo rápido, desvinculada del amor, el compromiso y la reproducción) impuesta por el sesentayochismo parece diseñada a la medida de las necesidades y caprichos masculinos." (Pág. 47.) En este sentido ¿tan distinto es el anarquista o comunista del 36 del progre de hoy? Ambos creían que en el condón (usado ya por los más "avanzados") y el aborto residía el secreto de la liberación sexual. Sobre todo la del varón, que elude así cualquier tipo de responsabilidad embarazosa, valga el juego de palabras.
En realidad, de la lectura de este libro emerge con claridad la esencia profunda de la izquierda, que no es otra que la arrogancia prometeica de querer emancipar al ser humano de toda norma humana e incluso divina, lo cual no conduce a otra cosa que la peor esclavitud imaginable. Como escribió Chesterton, en un pasaje que resume con premonición inigualable el contenido del libro aquí reseñado: "Los que comienzan combatiendo a la Iglesia en nombre de la libertad y la Humanidad, acaban por lanzar de sí, con tal de poder seguir combatiendo a la Iglesia, la misma libertad y la Humanidad misma." (Chesterton, Ortodoxia, en Obras completas, Plaza y Janés, 1961, vol. I, pág. 674.)
Según los autores, tras el fracaso del comunismo, la izquierda ha tendido a dejar en segundo plano el discurso socialista clásico, centrándose más en cuestiones morales y culturales, como el aborto, la ideología de género, los "nuevos modelos de familia" y la hostilidad hacia el cristianismo. Esta última es en realidad la que confiere unidad a todo lo demás. Las ideologías emancipatorias popularizadas a partir del mayo del 68 se caracterizan por su colisión frontal con la moral cristiana, a la que oponen un relativismo hedonista que se pretende enemigo de todos los dogmas. Pero el relativismo es una actitud contradictoria. Si la verdad no existe, entonces esta misma afirmación no puede ser calificada de verdadera. Por ello, el relativismo en realidad encubre la defensa de unos dogmas bien determinados, que en resumen se pueden definir como de tipo ateo y materialista. Y el materialismo, al contrario de lo que pregona el cientifismo, nos conduce al irracionalismo, puesto que es incapaz de explicar la inteligibilidad de la naturaleza. Es más, desde el materialismo es imposible fundamentar la dignidad del ser humano, al quedar reducido a un trozo de materia. De ahí que hoy en día, en aparente paradoja, sea el cristianismo el último baluarte del racionalismo y de la defensa de unos derechos humanos universales erigidos sobre una base firme, independiente de las veleidades políticas. La prueba de que las críticas al materialismo y al relativismo no son producto de mentes mojigatas se halla en los síntomas de decadencia europea: Baja natalidad, disolución de los vínculos familiares, desarme moral ante el avance del islamismo... A fin de revertir este proceso, es necesaria una alianza activa entre los cristianos y aquellos intelectuales agnósticos que, pese a carecer de fe religiosa, son conscientes del papel fundamental del cristianismo en las raíces de nuestra cultural humanista y liberal, seriamente dañada por el relativismo posmoderno y el multiculturalismo. Es preciso superar la falsa neutralidad del Estado y permitir que los cristianos puedan participar como tales en los debates públicos, con el mismo derecho de convencer a los demás y sumar mayorías democráticas, que el que tienen los ateos y materialistas. Con esta nota de esperanza y al mismo tiempo de advertencia concluye el libro, citando a Ratzinger: "[U]n mundo sin Dios no tiene futuro".
Por supuesto, este resumen no le hace justicia. Para mí, los capítulos más fascinantes son aquellos en los cuales se argumenta la imposibilidad de fundamentar una ética sin Dios, pretensión que nos recuerda a ciertos manuales de autoayuda del estilo de "aprenda inglés sin esfuerzo", o "pierda peso sin dejar de comer". La ética sin Dios no pasa de ser una declaración de buenos deseos, incapaz de justificar unas determinadas normas y no otras. En el mejor de los casos, los apologistas de una moral totalmente secularizada no hacen más que reproducir por inercia ciertos principios cristianos, pero sin ser conscientes de su origen. Y suelen quedar en ridículo frente a pensadores más lúcidos y consecuentes, como Peter Singer, que defiende el aborto, la eutanasia y hasta el infanticidio partiendo de la explícita negación del carácter sagrado de la vida humana.
Aunque comparto plenamente el diagnóstico de Contreras y Poole, albergo una duda, que me lleva de nuevo a discutir el título. ¿Realmente esta izquierda es tan nueva? Es cierto que la caída del muro de Berlín ha desprestigiado las ideas económicas socialistas todavía más de lo que ya lo estaban antes. Pero desde tiranos como Hugo Chávez hasta figuras de la intelectualidad como Chomsky o Sampedro, el discurso anticapitalista sigue manteniendo gran número de adeptos, multiplicados por la actual crisis económica. Y al mismo tiempo, las ideas de ingeniería social, de crítica de la familia "tradicional", de adoctrinamiento en la ideología de género, etc, tienen muy poco de novedosas. A lo largo de las páginas de Nueva izquierda y cristianismo, se cita varias veces a G. K. Chesterton, el escritor católico que desde principios del siglo XX ya detectó estas tendencias. Las mentecateces del feminismo radical, la cristianofobia, el odio a la Iglesia y a la familia como últimos reductos contra todo totalitarismo, ya estaban ahí casi desde el principio. No deberíamos dejarnos engañar por cierta apariencia moralista del comunismo estalinista, que probablemente obedecía a razones coyunturales. No exageremos el contraste entre una izquierda "clásica", obrerista, y la izquierda sentayochista, partidaria de la promiscuidad sexual y la píldora abortiva. Las ideas sobre el "amor libre" no las inventaron los hippies, en realidad son antiquísimas, y ya estaba plenamente de moda, en ambientes minoritarios, hacia 1900. Obedecen exactamente a la misma lógica de quienes quisieran abolir la propiedad privada, abolir la familia y abolir la religión. El comportamiento de las milicianas frentepopulistas en nuestra guerra civil recuerda mucho a las concepciones sexuales que defienden los actuales manuales de Educación para la Ciudadanía. Sin duda, sus compañeros eran mucho más machistas de lo que los actuales cánones progres aprobarían, pero ¿hay algo más machista que defender el aborto libre? Como bien señala Francisco José Contreras: "El tipo de sexualidad (trivializada, de consumo rápido, desvinculada del amor, el compromiso y la reproducción) impuesta por el sesentayochismo parece diseñada a la medida de las necesidades y caprichos masculinos." (Pág. 47.) En este sentido ¿tan distinto es el anarquista o comunista del 36 del progre de hoy? Ambos creían que en el condón (usado ya por los más "avanzados") y el aborto residía el secreto de la liberación sexual. Sobre todo la del varón, que elude así cualquier tipo de responsabilidad embarazosa, valga el juego de palabras.
En realidad, de la lectura de este libro emerge con claridad la esencia profunda de la izquierda, que no es otra que la arrogancia prometeica de querer emancipar al ser humano de toda norma humana e incluso divina, lo cual no conduce a otra cosa que la peor esclavitud imaginable. Como escribió Chesterton, en un pasaje que resume con premonición inigualable el contenido del libro aquí reseñado: "Los que comienzan combatiendo a la Iglesia en nombre de la libertad y la Humanidad, acaban por lanzar de sí, con tal de poder seguir combatiendo a la Iglesia, la misma libertad y la Humanidad misma." (Chesterton, Ortodoxia, en Obras completas, Plaza y Janés, 1961, vol. I, pág. 674.)
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