sábado, 18 de octubre de 2014

Un país adolescente

Las calles de Cataluña están empapeladas con la campaña de la ANC "Ara és l'hora". Son carteles y pancartas de fondo amarillo y letras rojas, aludiendo a los colores de la senyera, con mensajes supuestamente espontáneos de la gente, muchos de ellos infantiles hasta producir sonrojo, que empiezan invariablemente con las palabras "Vull: un país...", "quiero: un país...", seguidas de los más variados deseos.

"Quiero: un país donde mi abuela llegue a fin de mes."

"...de donde no tenga que irme para encontrar trabajo."

"...con escuelas públicas de calidad."

"...donde crear una empresa sea fácil"

"...con una sanidad sin listas de espera."

"...donde pueda irme de casa a los 18."

Etc.

Lo primero que puede decirse de casi todos estos deseos es que no es nada evidente la relación que pueda existir entre su realización y la creación de un Estado nuevo, mediante una secesión territorial. ¿Por qué una Cataluña separada del resto de España tendría más éxito en reducir las listas de espera en la sanidad o en proporcionar pensiones más elevadas? No sólo es difícil responder a esta pregunta, sino que todo indica que durante los primeros años, y probablemente décadas, las dificultades presupuestarias de un estado catalán, que priorizaría la implementación de sus estructuras soberanas, serían mucho más dramáticas que las actuales. Ya sucede ahora, cuando Artur Mas destina millones de euros a la agitación separatista, mientras debe otros tantos a las farmacias y recorta en ayudas a los ancianos y enfermos.

En realidad, a juzgar por los programas de los partidos más decididamente separatistas, ERC y CUP, una Cataluña independiente sería una verdadera pesadilla de impuestos elevados y controles, lo cual no sólo no garantiza mejor sanidad ni mejores pensiones (si fuera así, Venezuela tendría mayor calidad de vida que Suiza), sino que entra en contradicción directa con el cándido deseo de ese manresano que sueña con facilidades para la creación de empresas.

Esto nos lleva a una crítica más profunda de la campaña de la ANC. El problema de todas estas buenas intenciones es que delegan en "el país" (es decir, en la sociedad; es decir, en otros) la responsabilidad de cumplir prácticamente cualquier aspiración individual. El mensaje más paradigmático tal vez sea el que he citado en último lugar, el de ese adolescente (Carlos Aznar, de Cornellà: me abstengo del chiste fácil sobre el apellido) que culpa implícitamente a España de no poder emanciparse de sus padres. Bien, que sepamos, nada se lo impide, estrictamente hablando, salvo que probablemente él no querrá asumir el sacrificio personal en forma de, por ejemplo, trabajar como mínimo cuarenta horas semanales en un empleo poco atractivo para poder pagar el alquiler de un piso de sesenta metros cuadrados lejos del centro. Carne de la ESO, a este chaval le han adoctrinado eficazmente en la idea de que por el mero hecho de nacer, uno tiene derecho, a partir de los dieciocho años de edad, a una vivienda de tres habitaciones y dos cuartos de baño. Y a un trabajo generosamente remunerado, con tiempo para ir al cine y al teatro por las tardes. De aquí a la renta universal que propone Teleiglesias no hay más que un paso estrictamente lógico.

Nadie niega que sea legítimo aspirar a una sociedad mejor, con una buena sanidad, unas pensiones suficientes, una baja tasa de desempleo y unos alquileres asequibles para los jóvenes. El error estriba en pensar que todas estas cosas se pueden conseguir extrayendo más dinero a la sociedad vía impuestos, sea en una Cataluña independiente o en una España gobernada por Podemos. Cualquier sociedad más próspera se puede construir sólo mediante el esfuerzo y el talento de cada uno de sus miembros, produciendo más y mejor. Y para ello lo mejor que puede hacer el gobierno es entorpecer lo menos posible los esfuerzos productivos de sus ciudadanos, lo que implica reducir la onerosa burocracia, las reglamentaciones infinitas, la presencia de políticos en instituciones económicas, reguladoras y judiciales, y la abusiva carga fiscal que sostiene todo el tinglado. Es decir, todo lo contrario de lo que demandan la izquierda y el nacionalismo separatista.

Con frecuencia se culpa a los socialistas de arrastrar un prejuicio de origen antifranquista contra la idea de España, que les lleva a sostener posiciones cuando menos ambiguas respecto al nacionalismo separatista. Esta acusación es indudablemente certera, pero la conexión entre izquierda y nacionalismo periférico reside en un estrato mucho más hondo. Ambas ideologías se caracterizan por sostener que casi todos los problemas humanos se pueden solucionar dotando al Estado (sea el existente, o uno nuevo, escindido del anterior) de más recursos económicos. En un caso, se trataría de incrementar los impuestos a "los ricos" (= la clase media que carece de capacidad jurídica para demostrar que no es rica) y perseguir más eficazmente el fraude fiscal; en el otro, de que una administración regional disponga libremente de todos los impuestos recaudados. No hace falta decir que ambas opciones son perfectamente compatibles. Culpar a los especuladores de la pobreza o de las deficiencias de los servicios públicos es el mismo tipo de proceso mental que subyace al "Espanya ens roba". En ambos casos se concibe la riqueza no como el resultado dinámico de una actividad, sino como una magnitud estática, una parte de un pastel de la cual nos han privado los capitalistas, los banqueros o "Madrid". Y para recuperarla, ya lo habrán adivinado, bastará con entregar previamente el poder al Teleiglesias o al Juncágoras de turno.

Cómo terminan estas aventuras es algo ya sobradamente conocido. Los demagogos que obtienen el poder señalando a un enemigo, continuarán acrecentándolo mediante la misma táctica que les ha reportado su éxito inicial, fabricando nuevos chivos expiatorios, a medida que los anteriores dejan de ser útiles o creíbles. Es la espiral terrorífica del totalitarismo, que destruye implacablemente las libertades y con ellas cualquier prosperidad posible, presentando falazmente invertida su relación causal. Se convence a la gente de que para que haya más democracia o más igualdad hay que empezar forzando las leyes, y el resultado es una concentración de poder político que convierte en una farsa la democracia más o menos imperfecta que había antes, y la instauración de una nueva desigualdad mucho más injusta, arbitraria y permanente que la que se origina en el dinero, que por naturaleza es cambiante. O por volver a nuestro adolescente de Cornellà, se empieza reclamando al Estado que te emancipe de los padres y se acaba renunciando para siempre a ser un ciudadano adulto.

lunes, 13 de octubre de 2014

La tentación progresista

Hemos pasado en escasas décadas de una sociedad en la cual mucha gente se casaba según el rito católico, bautizaba a los hijos y acudía a misa no siempre por una fe sincera, sino porque era lo socialmente establecido, a una sociedad en que lo aceptable es ser progresista, y apartarse de esta nueva ortodoxia puede tener efectos tan incómodos como ver frustrada una carrera profesional o enfrentarse a querellas judiciales.

Ser progresista, en esencia, implica sostener dos cosas: que toda conducta sexual consentida entre adultos es moralmente irreprochable, y que el gobierno debe garantizar el bienestar material de los ciudadanos, por el mero hecho de haber nacido. Es decir, por un lado nos libera de toda tutela patriarcal, y por el otro nos ofrece un formidable sustituto del Padre, que es el Estado.

Esto suena bien a los oídos modernos, pero hay un lado oscuro que no podemos silenciar. Poner la libertad erótica por encima de todo no sólo no favorece en absoluto la formación de hogares estables para los niños, sino que es directamente letal para la delicada vida intrauterina. La innegable consecuencia de la emancipación sexual es el aborto masivo, la última red de seguridad anticonceptiva de un sexo desligado de cualquier finalidad reproductiva.

Por su parte, el Estado paternalista está lejos de ser algo tan maravilloso como nos lo suelen vender, pues implica una asfixiante combinación de impuestos elevados e inflación legislativa, esto es, una merma objetiva de la libertad de los individuos. El Papiestado te concede básicamente libertad para follar (perdón por la expresión) pero en cuanto al resto nos vemos abocados, cada vez más, antes de dar cualquier paso, a rellenar el impreso correspondiente, a sufrir la inspección, el impuesto, la tasa y la multa. Colateralmente, el intervencionismo inhibe la iniciativa y provoca contracciones económicas que la administración suele resolver como ya hiciera Lenin, mediante temporales liberalizaciones que conceden el suficiente respiro a los ciudadanos para recuperarse, y así poder ser exprimidos de nuevo por el Montoro de turno. Pero lo fundamental no es que la socialdemocracia sea menos eficaz (que lo es) sino que nos acerca portentosamente a la sociedad de esclavos felices que imaginara Aldous Huxley en su célebre novela.

Lo gracioso es que habríamos vendido buena parte de nuestras libertades por una sola que, de hecho, ya que no de derecho, siempre ha ejercido buena parte de la humanidad. Quien de verdad lo quería, ni en los más oscuros tiempos de la Inquisición dejaba de refocilarse en el pecado carnal, con el tentador aliciente que añadía la clandestinidad; al menos a juzgar por nuestros clásicos de la literatura. En nuestros días, por el contrario, el sexo se ha convertido casi en una prescripción médica, lo cual no creo que contribuya a la sensualidad, sino más bien al contrario.

Pese a sus sombras, hay que reconocer que el prestigio del progresismo permanece intacto. Su influencia alcanza incluso a amplios sectores cristianos. En primer lugar, aunque la doctrina social católica es contraria a la hipertrofia del Estado, lo cierto es que sus concepciones económicas no se han desarrollado en coherencia con ello, y sigue insistiendo con frecuencia en diagnósticos sociales drásticamente erróneos, que relacionan al mercado con la mala distribución de la riqueza y otros males. No es la primera vez que a la Iglesia le sucede esto. Todavía hoy está pagando su error de asociarse demasiado estrechamente con la física aristotélica, origen del grosero pero devastador malentendido según el cual el cristianismo y la ciencia serían antagónicos. En realidad, lo mismo hubiera sucedido si hubiera habido un Santo Tomás newtoniano, que hoy habría quedado desacreditado por la física cuántica. Lo peor que puede hacer la Iglesia es tratar de asimilar paradigmas ajenos para parecer acorde con los tiempos; pues aquellos pasan, mientras que la Verdad permanece, salvo para quienes juzgan las cosas superficialmente.

Son muchas las voces dentro del catolicismo -en segundo lugar- que reclaman también un remozamiento de sus concepciones morales, y que llevan a algunos a depositar expectativas aventuradas en el Sínodo de la Familia que se está celebrando estos días. Bien es verdad que el papa Francisco se ha prodigado en dudosos gestos mediáticos que alimentan a los espíritus ansiosos de novedades doctrinales. Uno de los temas del debate es la situación de los católicos divorciados que han vuelto a casarse o a vivir en pareja. ¿Deben ser admitidos en la comunión? La cuestión trasciende evidentemente el ámbito meramente litúrgico. Se trata de saber si el sexo fuera del matrimonio canónico puede ser admitido en determinadas circunstancias; por ejemplo, en el caso de disolución civil del contrato conyugal.

Confieso que nunca he entendido a quienes tratan de rectificar el catecismo. Si uno cree sinceramente que su situación familiar no es contraria a la voluntad divina, pues que comulgue, si es necesario y lo desea, en una parroquia donde el cura no conozca tal situación. (Nunca preguntará por ella a un desconocido.) Si su criterio es tan independiente de la Iglesia, ¿por qué debería necesitar el reconocimiento expreso de esta? En realidad es incluso más fácil que todo esto. Si uno no cree en la exégesis católica de las palabras de Cristo ("lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre") tampoco tiene necesidad alguna de creer en la exégesis católica del relato de la Última Cena, es decir, en la eucaristía. Cualquiera tiene hoy la libertad irreductible de quedarse con lo que quiera del Evangelio, o incluso con nada, sin necesidad de imponer a los demás católicos lo que deben creer o dejar de creer.

Y quien quiera practicar sexo sin restricciones, o simplemente prefiera no saber lo que hacen sus hijos adolescentes, tiene de su lado a la OMS, la ONU y a la mayor parte de la prensa y de la cátedra. Y por si fuera poco, puede, en España, votar a casi cualquier partido, PP, PSOE, IU, UPyD, etc., que le garantizan poder librarse eficazmente de un bebé no deseado sin necesidad siquiera de tener que contemplar su pequeño cadáver.

No creo que sea demasiado pedir que quienes, por el contrario, creemos en la dignidad humana y en la familia tradicional tengamos también voz y voto, esté o no la Iglesia de nuestro lado. Por mi parte, confío en que lo estará hasta el fin de los tiempos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, cuando se enfrentó a las tentaciones del diablo en el desierto.

domingo, 5 de octubre de 2014

¿Existirán parlamentos en el futuro?

El parlamentarismo, en contra de lo comúnmente admitido, y pese a ostentar el honor de haber sido odiado por los totalitarismos comunista y fascista, presenta un inconveniente decisivo. La teoría clásica sostiene que es necesaria la separación entre el poder ejecutivo y el legislativo, al igual que la separación entre estos dos y el judicial. En el mejor de los casos, esta se da de manera imperfecta, pero el problema no reside verdaderamente ahí, pues tal imperfección es consustancial a todo lo humano. El inconveniente fundamental del parlamentarismo consiste en que por sí mismo favorece la inflación legislativa, y por tanto la expansión del aparato estatal. Si reunimos durante varios meses al año a unos centenares de diputados en una cámara, no debería sorprendernos que estos acaben elaborando regulaciones y más regulaciones. Y a nadie puede escapársele que esto sólo puede redundar en merma de la libertad. Pues si bien esta sólo puede existir en el marco de la ley y la seguridad jurídica, la constante proliferación normativa tiene en algunos aspectos unos efectos no distintos de la ausencia de leyes, ya que el ciudadano acaba siendo incapaz de prever qué será lícito o ilícito mañana o pasado mañana, en función de los vaivenes ideológicos de los legisladores.

Un Estado Mínimo [1], reducido a las funciones de seguridad y defensa, podría ser democrático, y mantener la separación entre el poder ejecutivo-legislativo y el judicial (que es la que realmente importa) sin necesidad de un parlamento. Sólo se requeriría una constitución que restringiera severamente las competencias del Estado y que fuera difícil de reformar. Bastaría un texto de no más de una decena de artículos, o incluso menos. El gobierno podría tener la iniciativa legislativa (como de hecho ya la tiene hoy, en la mayoría de países democráticos), pero esta se encontraría muy limitada por la propia constitución y por el poder judicial, que debería avalar la constitucionalidad de todas las leyes. El máximo órgano judicial o Consejo Constitucional, debería ser, por supuesto, completamente independiente del gobierno, y estar integrado exclusivamente por jueces profesionales, no por simples juristas ni mucho menos políticos.

El gobierno podría ser elegido democráticamente por un período breve, por ejemplo de dos años, y sin posibilidad de reelección consecutiva. La renovación frecuente de los gobernantes dificulta que determinados abusos del poder político se enquisten, y además le resta parte del irresistible atractivo que ejerce sobre los más ambiciosos. Por supuesto, las elecciones deben celebrarse en una fecha fija, como en los Estados Unidos. También debería limitarse el poder legislativo del gobierno mediante referendos vinculantes sobre los temas más importantes.

Herbert Spencer ya alertó sobre el excesivo poder de los parlamentos, en su memorable alegato El hombre contra el Estado. Una de las grandes supersticiones políticas de nuestro tiempo es aquella que liga el parlamentarismo con la democracia y el Estado de derecho. En España, con diecisiete parlamentos además del nacional, esta superstición ha resultado especialmente nociva. Quiero creer que en un futuro nuestros descendientes se asombrarán de la reverencia que hoy prestamos a trescientos individuos, sostenidos por el erario público, que se reúnen durante meses para encontrar siempre nuevas formas de complicar nuestras vidas. Seguramente esa reverencia les parecerá tan incomprensible como a un republicano se le antojan los sentimientos monárquicos.

[1] Juan Ramón Rallo, en Una revolución liberal para España, Deusto, 2014, realiza una propuesta de un Estado Casi Mínimo, desde un punto de vista económico, enormemente sugestiva.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Dios explicado a los agnósticos

Dios. Ser infinito que ha creado el mundo. Algunos creen que se trata de un personaje fabuloso, y parece que la proporción de quienes piensan así aumenta con el nivel de formación. Una encuesta realizada en los Estados Unidos en 2009 reveló que sólo tres de cada diez científicos creían en Dios, frente a ocho de cada diez de la población total. Esto parece un fenómeno social nuevo, aunque lo cierto es que no sabemos realmente lo que pensaba la gente en épocas pasadas, pues no había encuestas, y además era comúnmente arriesgado confesarse ateo o no creyente. Aunque sea difícil determinar en qué medida, no hay duda de que el escepticismo religioso ha existido siempre, especialmente entre las clases instruídas. Esto no intimidó a San Pablo, quien se preguntó retóricamente:
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el intelectual de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? (I Corintios, 1, 20.)
Sin embargo, independientemente de si profesamos alguna religión positiva o no, existen argumentos muy serios a favor de la existencia de un Creador del universo. Lamentablemente, estos argumentos se han expresado tradicionalmente de forma poco efectiva, porque estaban dirigidos a un público que mayoritariamente ya estaba convencido. Acumular supuestas demostraciones de la existencia de Dios no sirve de nada si cada una de ellas por separado no es convincente, porque da por supuestas o sabidas ciertas premisas. A continuación, expondremos el razonamiento fundamental que nos lleva a pensar que muy probablemente hay un Dios personal[1].
Todo cuanto sucede en el universo está aparentemente sometido a leyes físicas invariables, como la ley de la causalidad, de la conservación de la energía, y otras muchas. Decimos aparentemente porque no tenemos evidencia directa de estas leyes. Hemos observado la regularidad de los fenómenos naturales a lo largo de incontables generaciones (los movimientos de los astros, los ciclos climáticos y biológicos, las reacciones químicas, etc.) y de ello inferimos que obedecen unas leyes fijas. Pero en realidad no tenemos ninguna certeza absoluta de que continuarán haciéndolo en el futuro, sea mañana o el próximo minuto. Que algo se haya repetido millones de veces no demuestra que se repetirá una sola vez más. Dicho con total franqueza, no podemos demostrar lógicamente, más allá de toda duda, que el sol saldrá mañana, por muy convencidos que estemos todos de ello. Esta incertidumbre fundamental está oscurecida por una razón psicológica tan antigua como el ser humano, y actualmente además por otra de índole histórica, mucho más reciente. La primera es que los seres humanos estamos tan acostumbrados al orden cósmico que nos parece algo “natural”, en el sentido de que no nos preguntamos por qué debería haber algún orden y no simplemente el caos[2]. La razón histórica tiene que ver con el extraordinario desarrollo de la ciencia en los últimos tres siglos. Los grandes científicos, como Newton y Einstein, consiguieron relacionar una sorprendente variedad de fenómenos mediante unas pocas ecuaciones matemáticas. Esto dio pie al malentendido señalado por Ludwig Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus, 6.371, y que él llamó “espejismo”: que tales ecuaciones o leyes pasen por ser la explicación de los fenómenos de la naturaleza. Pero una fórmula matemática en última instancia no hace más que describir una serie de fenómenos, sin que en sí misma nos indique que dichos fenómenos tengan que reproducirse forzosamente del mismo modo en el futuro. Por ejemplo, se nos dice que los cuerpos se atraen mutuamente con una aceleración fija en función de la masa y la distancia. Pero acerca de por qué los cuerpos habrían de estar sometidos a esta ley de atracción, o a ninguna otra, seguimos tan a oscuras ahora como en tiempos de los sumerios. El propio Einstein consideraba un misterio que las matemáticas sirvieran para describir el mundo.
Un intento de explicación del orden cósmico es el siguiente. Si el universo no estuviera gobernado por leyes fijas, sería imposible que hubiera emergido en él vida inteligente, pues no podrían formarse moléculas orgánicas mínimamente estables. Dicho de otro modo, el universo sería así porque es el único posible que permite que haya seres inteligentes que se puedan preguntar por qué el universo es así.
El problema de este argumento es que es falso. Sencillamente, no es verdad que para que haya vida inteligente sean necesarias leyes que se cumplan absolutamente siempre. Sería suficiente con que las leyes físicas rigieran la mayor parte del tiempo, o por períodos muy prolongados. Por el contrario y por lo que sabemos, son mucho más invariables (y al mismo tiempo elegantemente simples, como ha señalado Paul Davies[3]) de lo que se necesita para que el universo sea habitable por el hombre u otra forma de vida inteligente.
No tenemos ningún derecho a suponer que las leyes físicas que conocemos se mantendrán invariables en el futuro. Cada instante que este universo persiste en la racionalidad es como si nos tocara la lotería. A no ser que la persistencia de las leyes naturales obedezca a un propósito de una inteligencia primordial, la cual habría elegido que exista este universo entre los infinitos posibles. Esta inteligencia creadora debería ser infinitamente poderosa, pues de lo contrario su elección entre un conjunto infinito de posibilidades no sería absolutamente consciente, sino parcialmente arbitraria o accidental. Llamamos Dios a dicha inteligencia.
Es curioso que para muchas personas, el hecho de que el universo obedezca leyes inmutables demostraría que no se requiere postular la existencia de un Creador. En realidad, sucede exactamente lo contrario. Que el universo sea inteligible, mucho más allá de lo necesario para la existencia de seres conscientes, es algo tan sorprendente que sólo puede explicarse verosímilmente descartando que dicha inteligibilidad sea casual, es decir, suponiéndola en su mismo origen. Que existan constantes y leyes, es decir, que ciertos fenómenos se repitan invariablemente, no nos indica que el universo sea algo autosuficiente, sino precisamente lo opuesto: que un ser trascendente ha decidido que sea así. La existencia de un orden es por sí misma y ante todo un indicio de inteligencia. Por supuesto que podemos también explicar el orden mediante el azar. Pero entonces debemos ser absolutamente consecuentes. Si es un mero accidente que el universo hasta ahora haya presentado un carácter aparentemente inteligible, se reconocerá que no hay motivo alguno para que deba seguir siéndolo ni un minuto más. En cualquier momento lo impensable puede suceder, que una silla se ponga a volar por la habitación o que, como en la novela La náusea, de Sartre, una apacible ciudad provinciana se pueble de monstruosidades. Pensar que ninguno de estos absurdos puede suceder, aunque Dios no exista, es una pura creencia supersticiosa en la fatalidad, por mucho que se revista de un carácter aparentemente científico.
Nadie, ni ateos ni creyentes, cree realmente que el mundo está a punto de enloquecer a cada instante. A despecho de las modas, todos somos profundamente racionalistas. La diferencia es que los creyentes tienen una explicación clara y sencilla de ello: que la inteligencia, el Logos, es el principio de todo. En cambio, los ateos sostienen que la inteligencia es algo que surge de un estado previo, por definición no inteligente. Pero entonces, o bien resulta imposible comprender por qué el universo en su conjunto es inteligible, o bien hay que descartar que lo sea realmente, negando todo valor indiciario a la experiencia pasada. En ambos casos, desembocamos en un positivsmo extremo, que simplemente nos permite considerarnos afortunados de que el mundo siga siendo, por el momento, regular y predecible.
Llegados a este punto, conviene desmontar una objeción clásica. Se nos pregunta por qué existe Dios. Si decimos que no lo sabemos, o que se trata de algo inaccesible a la mente humana, se nos replica que lo mismo podríamos decir del universo, y nos ahorraríamos el postulado de un ser del que no tenemos ninguna evidencia directa. Sin embargo, este argumento implícitamente está concibiendo a Dios como un objeto inerte, en cuyo caso, estaría plenamente justificado considerarlo como un ente superfluo. La diferencia entre el ateísmo y el teísmo, como hemos visto, es que el segundo considera que la consciencia es la realidad primigenia, mientras que el primero pone en su lugar la materia u otro principio inconsciente, que se desarrolla por una suerte de fatalidad, opuesta a la libertad creadora. Pero si la mente humana es un subproducto irrelevante de este principio material, resulta completamente incomprensible que el universo sea inteligible para esa mente.
La versión oficiosa de la historia del pensamiento nos cuenta que habría habido una primera fase de pensamiento mítico, que trataba de explicar los fenómenos mediante la operación de seres análogos al hombre o a los animales. En un determinado momento, en las costas del Mediterráneo, algunos pensadores habrían empezado a conjeturar explicaciones racionales de los fenómenos, descartando la existencia de propósitos conscientes detrás de ellos. En realidad, esto oculta la profunda afinidad que existía entre las antiguas explicaciones mitológicas y las cosmogonías propuestas por los primeros filósofos griegos. En ambas habría existido un primer principio caótico, una materia informe original de la que habría surgido el mundo, por alguna suerte de necesidad o fatalidad ciega, a la que estarían sometidos los propios dioses. La diferencia es que pensadores como Tales de Mileto, Anaxímenes o Anaximandro pusieron especial énfasis en la observación naturalista, puliendo los elementos superfluos y pintorescos de las viejas mitologías. Pero en esencia mantuvieron el principio materialista que subyace en el politeísmo.
La inclinación a la cosificación, a explicar la realidad mediante pautas propias de la materia inerte, podría ser tan antigua como la tendencia opuesta, que trata de escrutar pautas intencionales, características de los seres inteligentes, en los fenómenos. Hay que admitir que la idea de que la segunda inclinación es más primitiva, en el sentido de más ingenua, ha calado hondo, especialmente en los últimos tres siglos, en que los modelos físico-matemáticos de la naturaleza han demostrado su potencia intelectual y su fecundidad tecnológica. Pero no debemos olvidar que conceptos como los de fuerzas o leyes de la naturaleza siguen teniendo una irreductible carga antropomórfica. Que el libro de la naturaleza esté escrito en lenguaje matemático (según la significativa metáfora de Galileo) es algo que damos por supuesto con despreocupada alegría, sin ser conscientes de sus profundas implicaciones para entender la verdadera naturaleza de lo real.
El hombre primitivo que imagina seres benévolos o malignos para explicar sus venturas o desventuras es habitualmente el mismo que cree poder controlar a tales personajes mediante técnicas mágicas, que implícitamente presuponen que los procesos causales, es decir, impersonales (como los que utiliza para cazar, construir herramientas o hacer fuego) pueden ser más poderosos que los conscientes. A menudo se confunde magia y religión, metiéndolas dentro del mismo saco de las supersticiones superadas. Pero lo cierto es que se trata de dos inclinaciones de la mente humana fundamentalmente antagónicas. La magia tiene mucho también de tosca experimentación, de primer burdo tanteo de indagación científica. La alquimia y la astrología, con toda su palabrería, de alguna manera prefiguran la química y la astronomía, les preparan el camino de un modo análogo a como los juegos infantiles tienen mucho de ensayos instintivos de las ocupaciones adultas. Tanto la magia como la ciencia comparten el mismo objetivo: poder dominar a las fuerzas de la naturaleza mediante técnicas impersonales, basadas en el principio de la causalidad. Lo único que las diferencia en realidad es el éxito.
La religión, por el contrario, en la medida en que no se contamina de magia (lo que lamentablemente sucede con frecuencia) no busca el éxito. Si el mundo material está en el fondo gobernado por un principio consciente, dos son las consecuencias que podemos extraer de ello. Primero, que ese principio deberá ser único, pues una pluralidad de dioses presupone ya un mundo en el que se desenvuelven sus peripecias. El politeísmo, al contrario de lo que suele creerse, es profundamente materialista, aunque no totalmente. Tiene tanto de magia como de piedad, si no más de la primera. El paso del politeísmo al monoteísmo no es, por tanto, una evolución, sino una ruptura (o purificación) radical, aunque como suele suceder con los cambios más profundos, no se produjera de un día para otro. Así lo comprendieron los antiguos, que tacharon a los cristianos de radicales ateos, porque rechazaban a todos los demás dioses. La segunda consecuencia es que, si la consciencia es el origen de todo, la búsqueda del éxito técnico ya no se puede considerar el objetivo último del hombre. Pues surge de pronto la ilimitada esperanza de acceder directamente al corazón de la existencia, de poder prescindir de todo lo material, porque ha dejado de ser lo fundamental.
La religión corre siempre dos riesgos. Uno, que ya hemos apuntado, que retroceda hacia la magia, que degenere en superstición o en algo mucho peor: en fanatismo, lo que significa utilizarla para obtener poder político, como es el caso paradigmático del islamismo. Para los yijadistas contemporáneos, Dios se ha convertido sacrílegamente en el medio de imponer su brutal dominio material. El otro riesgo es diametralmente opuesto y desde luego sumamente preferible: que la verdadera experiencia religiosa sea pasto de las burlas de aquellos que sólo conciben el éxito material como criterio de valoración.
Tal desprecio puede ser más o menos grosero, pero también puede revestirse de una cierta apariencia moral. El problema del mal (¿por qué un Dios omnipotente permite el sufrimiento de inocentes?) ha estado siempre en el centro de las inquietudes y reflexiones del cristianismo. Pero desde Voltaire, parece haberse convertido en uno de los argumentos favoritos de los ateos para cuestionar la existencia de Dios. Aunque no pongamos en duda que haya un transfondo de sincera perplejidad ética, no podemos dejar de percibir que juzgar la probabilidad de la existencia de Dios por la presencia del mal en el mundo tiene cierta conexión bastarda con el criterio del éxito. El intelectual ateo o agnóstico de algún modo reedita la pregunta sarcástica que formulan los malvados en la Biblia: “¿Dónde está tu Dios?” (Salmos, 42, 11.) Ciertamente, nuestro intelectual no se identifica con el malvado, pero tampoco, realmente, con la víctima, sino más bien con un observador externo. Ese observador externo coincide con una teórica posición omnisciente y justa, la cual, si Dios no existe, es una mera ficción. Lo que habría sería meros conflictos de intereses, en los que los más fuertes vencerían, sin ningún criterio objetivo (es decir, más allá de consideraciones sentimentales poco “prácticas”) por el cual deberíamos ponernos del lado del débil. Sólo desde el punto de vista del bien puro es posible reconocer y condenar el mal puro. Al hacerlo, en cierto modo el ateo está suplantando a Dios, pero como obviamente no lo es, deduce de ello que Dios no existe. La paradoja es que sólo se puede llegar a esa conclusión suponiendo que existe el bien absoluto que él mismo niega, es decir, negando que el éxito material sea el único criterio válido.





[1] Se corresponde con la “quinta vía” de Santo Tomás de Aquino. Pero el gran filósofo cristiano la formuló en un lenguaje aristotélico que hace tiempo que dejó de ser útil.
[2] Esta razón psicológica fue expuesta por David Hume en el siglo XVIII.
[3] Citado por F. J. Soler en Mitología materialista de la ciencia, Encuentro, Madrid, 2013, pp. 290-291.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La curva ideológica

Aunque el prejuicio vulgar asocia exclusivamente al conservadurismo con el autoritarismo, la protección de un cierto orden no sólo no está necesariamente reñida con la libertad, sino que es condición indispensable para preservarla. Esto es evidente como mínimo en lo que respecta al ordenamiento jurídico. Una sociedad en la cual no exista el respeto a la ley ni los jueces sean independientes de toda presión ideológica "progresista", difícilmente puede ser libre. Hay además otras instituciones, como son la familia, las asociaciones cívicas o la Iglesia, que proporcionan cohesión, estabilidad y protegen a los más débiles, forjando vínculos entre los individuos. El déficit de estos se traduce en un vacío moral y psicológico que tiende a ser suplido por una burocracia y una coacción estatal mucho menos eficientes, y sobre todo mucho más arbitrarias e inhumanas.
El progresismo, por su parte, no es incompatible en absoluto con el autoritarismo. En primer lugar, porque la coacción estatal tanto puede servir para mantener el orden social como para subvertirlo. Tan autoritaria puede ser la forma de imponer determinados cambios como un cierto statu quo, por emancipadoras que supuestamente sean las intenciones declaradas en el primer caso. Y en segundo lugar, porque, como hemos dicho, la erosión o abolición de determinadas instituciones, que el progresismo considera opresivas y reaccionarias, crea un vacío que inevitablemente es ocupado por el poder político.
La libertad individual se basa en un delicado equilibrio entre la tradición y el progreso. Por tanto, se eclipsa cuando el celo por conservar la primera y el entusiasmo por el segundo derivan hacia los extremos. Tanto el reaccionario, que se opone por principio a todo cambio social, como el revolucionario, que pretende hacer tabla rasa con lo anterior, son autoritarios; ambos tratan de conseguir fines opuestos con un mismo método: la limitación de la libertad individual. Sin embargo, conviene distinguir entre el autoritarismo clásico y el totalitarismo. En la medida en que el gobierno autoritario, por despótico que sea, impone un orden, él mismo se ve constreñido, hasta cierto punto, y aunque sea sólo en un plano teórico, por ese mismo orden. Por poner un ejemplo simple, un dirigente islamista no podría levantar la prohibición coránica del consumo de alcohol, por mucho que quisiera. (Lo que él haga en su vida privada es otra cuestión.) Pese a su carácter antiliberal, la ley islámica en sí misma supone una limitación, por leve que sea, de la arbitrariedad política. Su peligro reside principalmente en los medios técnicos de que dispone para amplificar su barbarie, desde armamento hasta vídeos virales de propaganda.
El totalitarismo, sin embargo, tal como fue definido por Hannah Arendt, es algo completamente distinto; se trata de una forma de dominación total que elude cualquier tipo de limitación, incluso aquella basada en su propia legalidad o en su ideología, mucho más interpretable y mudable que cualquier tradición de tipo religioso. Los totalitarismos nazi y comunista se caracterizaron porque, en su fase de plenitud, la represión política ya no tenía como finalidad, como en las viejas autocracias, eliminar a la oposición, pues toda resistencia organizada ya había sido esencialmente quebrantada. En lugar de ello, procedieron a exterminar masivamente a “enemigos objetivos”, es decir, a grandes grupos de personas que no habían cometido ningún delito común o político, ni siquiera entre los tipificados por la legislación totalitaria. Se mataba a las personas y se las recluía en campos de concentración, no por lo que habían hecho, sino por lo que eran. Carece de sentido decir que un Estado trata aquí de preservar un orden, por autoritario que sea; más bien, el gobierno (o el Partido que lo utiliza como mera fachada) se ha convertido en el principal, si no en el único, “agresor del orden social” (Bertrand de Jouvenel[1].) La dominación total no puede permitir que se consolide ningún tipo de ordenamiento predecible, ninguna legalidad que eventualmente restringiera la arbitrariedad del poder. El totalitarismo, en su forma más pura, sería una “revolución permanente”. No deja de resultar irónico que Stalin consiguiera hacerse pasar por un “conservador” frente al inventor de ese eslogan, Trotsky[2]. Y no menos errónea es la extendida confusión que considera al nazismo como un movimiento reaccionario o de derecha, como veremos.
Si el autoritarismo reaccionario es la perversión del conservadurismo, el totalitarismo sería la tendencia latente del progresismo, más peligrosa aún. Del mismo modo que no se puede ser extremadamente conservador sin deslizarse hacia el autoritarismo, el progresismo, a partir de cierto umbral, adquiere un carácter pretotalitario. Pero para un dictador, el totalitarismo posee una indudable ventaja respecto al autoritarismo clásico, y es que no lo compromete con ningún tipo de orden, aunque para quienes siguen pensando en términos de los dictadores del pasado, parezca convenirle que imponga uno a su medida. Un totalitario, mientras no sienta la tentación de “degenerar” (según su punto de vista) en meramente autoritario, no se conformará con tan poca cosa como mandar, con perseguir a los disidentes; quiere dominar por completo y a todo el mundo, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y para ello, cualquier estabilización jurídica de un régimen resulta no sólo innecesaria, sino inconveniente. El autoritario ataca la libertad para establecer un orden. El totalitario ataca el orden para destruir la libertad.
A la luz de estas consideraciones, se comprende fácilmente que, incluso mucho antes de alcanzar niveles totalitarios, el progresismo resulta más apto para eliminar trabas al poder político que el conservadurismo, porque esa es precisamente su especialidad, remover obstáculos, lo que el totalitarismo no hace más que llevar al paroxismo de un allanamiento devastador. Esto explica también la tendencia histórica de los partidos a desplazarse hacia la izquierda. No es tanto debido a un complejo de inferioridad de la derecha, como a la tendencia natural que tiene el poder de encontrar el camino más corto para su expansión.
La función que relacionaría las variables libertad-autoritarismo y conservadurismo-progresismo puede expresarse gráficamente con una curva en forma de campana. (Fig. 1.) En ella se refleja con claridad la idea de que la máxima libertad individual es sólo posible alcanzando un difícil equilibrio entre esas tendencias opuestas. Esta curva ideológica tiene una cierta afinidad con la propuesta de Hayek de sustituir el burdo eje unidimensional izquierda-derecha por un triángulo en cuyos vértices se situarían conservadores, socialistas y liberales; pero representa más intuitivamente, según creo, las gradaciones ideológicas intermedias y, sobre todo, su dinamismo latente[3].

He situado a conservadores y progresistas a izquierda y derecha, respectivamente. En razón del accidente histórico de la Revolución francesa y del accidente biológico de la prevalencia de la mano diestra, convencionalmente se identifica a los conservadores con la derecha, y a los progresistas con la izquierda, por lo que podría parecer que habría sido conveniente una gráfica a la inversa. Sin embargo, para el orden de lectura de nuestra cultura (de izquierda a derecha) resulta más intuitiva la disposición elegida, pues ilustra mejor una cierta secuencia histórica resumible, muy grosso modo, como autoritarismo, liberalismo, progresismo y totalitarismo.
Esta curva ideológica se distingue notablemente de otro diagrama que, con leves variantes, proponen algunos autores liberales o libertarios. Estos sitúan las distintas posiciones ideológicas en un plano con arreglo a dos ejes que representan el mayor o menor apoyo a las libertades de tipo económico, a las que teóricamente se inclinan más los conservadores, y a las libertades de tipo personal, favoritas de los progresistas[4]. La objeción que merece este esquema (sin duda atractivo, por su sencillez) es que no explica por qué unos tienden más a la libertad económica y otros a la personal. O mejor dicho, de algún modo sugiere que, salvo los plenamente liberales y los plenamente autoritarios, conservadores y progresistas son simplemente incoherentes. Personalmente, creo que a esta visión le falta un factor externo a la libertad, y al mismo tiempo relacionado dinámicamente con ella, como es la actitud frente al orden, concepto amplio que incluye los dos aspectos de seguridad y justicia.
Con fines meramente orientativos, en la Fig. 2 he mostrado las posibles posiciones relativas de distintas ideologías o sistemas políticos.

En la base de la campana he situado, en el extremo reaccionario, el islamismo. En realidad, podría distinguirse entre distintos tipos de esta ideología. Por ejemplo, el Estado Islámico que siembra la muerte y la destrucción en Irak tiene un claro carácter totalitario. Y por razones distintas podría decirse lo mismo del régimen iraní. No en vano, ciertos intelectuales occidentales progresistas saludaron con simpatía la llegada al poder de Jomeini.
En el otro extremo he situado a los nazis en el sector progresista, junto con los comunistas. Puede sorprender esta ubicación de un régimen que vulgarmente se sigue considerando como derechista. Sin embargo, el carácter revolucionario del nazismo es innegable. La idea de una selección racial contante, que iba mucho más allá del antisemitismo (aunque la derrota del Tercer Reich impidiera aplicarla a otros grupos de manera tan sistemática) no se distingue prácticamente en nada, por sus efectos, del concepto de lucha de clases[5]. Al igual que los bolcheviques, los nazis y los fascistas pretendían la destrucción de un mundo liberal-burgués que consideraban caduco, a fin de crear un “hombre nuevo”. Si las diferencias ideológicas entre el nacionalsocialismo y el comunismo parecen justificar que los situemos en campos políticos no meramente rivales, sino opuestos (la derecha y la izquierda), ello es debido a un extendido prejuicio que aún hoy considera al segundo como un heredero de la Ilustración que habría incurrido en determinados “excesos”. Sin embargo, es difícil ocultar el carácter antimoderno del bolchevismo, la ruptura radical que suponen el Gulag y el genocidio con la tradición nomocrática e individualista de Occidente, del cual los comunistas sólo se interesaron por su ciencia instrumental y la tecnología[6], de manera comparable a como hacen hoy los islamistas. En todo caso, el comunismo sería un hijo bastardo de la Ilustración; pero compartiría esa condición con el propio nacionalsocialismo. Ambos aseguraban tener una base “científica”, y mientras el nazismo se inspiró libremente en el darwinismo, Engels no dudó en considerar a Marx como el Darwin de la ciencia histórica[7]. Pero tanto la selección racial de los más aptos como la lucha de clases son nociones ideológicas más pertenecientes al mundo de la fantasía que a la razón.
Comunistas y nacionalsocialistas no eran progresistas totalitarios porque fueran herederos del racionalismo, sino debido a su obsesión por la destrucción de un orden que consideraban decadente. Uno de los malentendidos más extendidos de nuestro tiempo es precisamente el que asocia progresismo y racionalismo. Esta confusión nace de que el progresismo empezó históricamente por atacar el orden establecido tachándolo de irracional. Sin embargo, la pretensión de fundar un orden totalmente basado en la razón, partiendo de cero, entraña sofismas insolubles, que terminan conduciendo a un irracionalismo más radical que el originalmente combatido. La inclinación de la intelectualidad progresista hacia el relativismo, el multiculturalismo y el colectivismo, que suponen una ruptura con la tradición racionalista de Occidente, no es tanto una desviación o recaída más o menos frívola en posiciones reaccionarias, tal como lo interpretan algunos[8], como un desarrollo lógico de las implicaciones del progresismo.
Las restantes ideologías o sistemas políticos de la Fig. 2 se han situado de un modo orientativo. Puede discutirse que el chavismo sea un régimen más autoritario que el franquismo, aunque por los efectos pauperizadores del primero, creo que es bastante evidente. La curva muestra también la distancia que separa al autoritarismo conservador franquista, e incluso al fascismo en sentido estricto, del totalitarismo revolucionario de Hitler, en contra de la imagen que ha cultivado la izquierda hasta nuestros días. El régimen de Mussolini sin duda revistió un carácter menos conservador que el franquismo, aunque no alcanzó ni de lejos el nivel totalitario, por mucho que el dictador italiano alardeara de ello. Con todo, y aunque Franco firmó muchas más condenas de muerte que Mussolini, como consecuencia obvia de que accedió al poder en una guerra civil, no hay duda que, tras la posguerra, el régimen español se estabilizó como una dictadura clásica[9], menos invasora de las vidas privadas que los regímenes fascistas de los años treinta.
El resto de posiciones ideológicas requerirían otro artículo.





[1] Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 223.
[2] “Stalin concentró sus ataques sobre el medio olvidado slogan de Trotsky precisamente porque había decidido utilizar esta técnica.” Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, col. “Los libros que cambiaron el mundo”, Madrid, 2009, p. 668.
[3] Friedrich A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 508.
[4] David Boaz, Liberalismo. Una aproximación, Gota a Gota, Madrid, 2007, p. 51.
[5] H. Arendt, ob. cit., pp. 668-669.
[6] Luciano Pellicani, Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo, Unión Editorial, Madrid, 2011, p. 72.
[7] H. Arendt, ob. cit., p. 777.
[8] Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Random House Mondadori, Barcelona, 2013.
[9] “El franquismo en España mantuvo hasta el último de sus días la retórica hueca del falangismo, (..) los brazos en alto y los cánticos de trinchera. Sin embargo, el franquismo [tras la muerte del dictador] devino en una democracia liberal en sólo unos meses. (...) Franco simplemente quería mandar, no inventarse España desde cero, y mucho menos crear un nuevo español radicalmente diferente al del pasado.” Fernando Díaz Villanueva, prefacio a Luciano Pellicani, Lenin y Hitler, ob. cit., pp. 10-11.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Gracias, Mariano

Hola Mariano,

esta es una carta de agradecimiento. Déjame, con todo, que empiece por señalar algunos borrones en tu gestión de estos 33 meses de gobierno. Pese a disponer de una mayoría absoluta, has incumplido claramente el programa de tu partido: has subido los impuestos, no has tocado en lo más mínimo la política antiterrorista de Zapatero, prorrogándola incluso con infamias incomprensibles, y tampoco te has atrevido a abordar aquellas leyes, promulgadas por tu antecesor en el gobierno, que más claramente afectan a las convicciones profundas de las personas, si es que las tienen: el aborto libre dentro de las primeras catorce semanas, la transformación del matrimonio en una farsa, la imposición del hembrismo totalitario, la guerracivilista Memoria Histórica...

Cada uno de estos incumplimientos, por sí solo, era suficiente para no volver a votarte nunca más. Sin embargo, hay que reconocer que existían argumentos para cuestionar una decisión tan tajante. La política fiscal podía justificarse, aunque fuera falazmente, aludiendo, como no te has cansado de hacer, a la herencia de Zapatero, supuestamente peor de lo que esperabais. La política antiterrorista, así como la gestión del secesionismo de Artur Mas, podría también interpretarse como una estrategia posibilista, de evitar el enfrentamiento directo para no dar armas dialécticas al separatismo; y las leyes más ideológicas del zapaterismo aún podrían ser retocadas... No digo que estos argumentos me convenzan a mí, pero sí que muchos se conforman con ellos u otros similares, y que contra esto es complicado luchar.

Más difíciles de digerir eran los continuos aplazamientos en la elaboración de la ley del aborto. Si lo que de verdad se pretendía era reducir el número de abortos, no era necesario promulgar inmediatamente una nueva ley. Bastaba derogar la ley Aído y aplicar la anterior, pero seriamente, cortando por lo sano el fraude masivo cometido mediante el recurso al supuesto peligro para la salud psíquica de la madre. Esto hubiera salvado miles de vidas mientras se trataba de elaborar una ley similar a la de Alberto Ruiz-Gallardón, que eliminaba el atroz supuesto eugenésico, y que podía haber estado lista en los primeros meses de 2012.

Con todo, de haber continuado los aplazamientos, y no haberse producido la fulminante, y hay que reconocer que digna, dimisión de Gallardón, aún habría muchos que considerarían prudente seguir esperando indefinidamente (mientras cientos de niños nonatos son eliminados cada día) hasta que tu gobierno decidiera modificar la ley vigente.

Por esta razón, Mariano, tu anuncio de que retiras la reforma de la ley del aborto es tan de agradecer. Sobre todo, por tu brillante argumentación, perfectamente extensible a cualquier otro tema. Sostienes que no tiene sentido promulgar una ley que a los cinco minutos sería derogada por la oposición, cuando accediera al gobierno. Es decir, afirmas que tú sólo vas a promulgar leyes con las que la oposición esté también de acuerdo, y que por tanto, no existe ninguna diferencia en que gobierne el PP o el PSOE. Dicho también de otra manera, has dejado bien a las claras que tú no crees en los principios, sino en las encuestas. ¿Puede alguien seguir defendiéndote sin que se le caiga la cara de vergüenza? Por poder, claro que puede. Aún habrá quien se conformará con que restablezcas el consentimiento de los padres para que una niña de dieciséis años pueda abortar. Incluso no faltarán quienes apreciarán las medidas que has anunciado en favor de la familia, y que consistirán como mucho en un nuevo dispendio en burocracia y en campañas publicitarias para explicarlo. Pero la verdad es que si a alguien le importan de verdad la vida y la familia, a estas alturas ya habrá terminado de desengañarse definitivamente sobre tu gobierno y un partido prendado de tu sabio manejo de los tiempos.

Te doy las gracias, Mariano, por haber clarificado definitivamente las cosas. Ahora ya queda claro que hay dos derechas. Aquella a la que sólo le preocupa el crecimiento del PIB, la tasa de desempleo y las pensiones, y aquella otra que cree en la libre iniciativa, la sociedad civil y el derecho a la vida de los más indefensos (y el PIB se nos dará por añadidura). Mariano, gracias por retratarte, por demostrar con un gesto inconfundible que tú perteneces a esa derecha materialista, cobarde y egoísta, a la que sólo le importa la economía, pero ni aún en esta acierta más que a seguir endeudándonos. Definitivamente, eres un fenómeno, Mariano.

jueves, 21 de agosto de 2014

Nuestro provincianismo suicida

España se enfrenta a varias amenazas graves. La más inmediata, los intentos de ruptura de la unidad territorial y de la Constitución que proceden del gobierno autónomo de Cataluña. No menos preocupante es que haya surgido con fuerza un nuevo partido político que pretende instaurar entre nosotros un régimen chavista, lo que supondría la destrucción de la clase media y de la democracia. Más lejana por ahora, a 4.800 kilómetros, tenemos el avance brutal del Estado Islámico, que podría desestabilizar Oriente Medio y exportar cientos de yijadistas a Europa, decididos a implantar un Califato de España a Afganistán. Por último, como la mayoría de países europeos, hemos entrado en una recesión demográfica provocada por el descenso de la natalidad (y no simplemente porque "vivimos más", como dicen quienes se niegan a ver la realidad) que nos conducirá a una dramática escasez de población activa en poco más de una generación.

Por si cada una de estas amenazas no fuera lo bastante grave por separado, su simultaneidad las favorece. Una España fragmentada y en barrena demográfica es más vulnerable al avance del yijadismo. No digamos si además se hundiera económicamente por culpa de un régimen como el que ha arruinado Venezuela en quince años. Esto sin hablar de sinergias perversas, como, por poner sólo un ejemplo, el necio ofrecimiento de Artur Mas de permitir la construcción de una gran mezquita en la plaza de toros Monumental de Barcelona, a cambio del apoyo musulmán al separatismo catalán. (¿Recuerdan las palabras de Lenin, "los burgueses nos venderán la soga con la que los ahorcaremos"? Cambien Lenin y burgueses por lo que están pensando.)

Aunque se trata de fenómenos que vienen gestándose desde hace décadas, la culpabilidad de los gobiernos de los últimos diez años, desde los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, es incuestionable. Las concesiones de Zapatero al terrorismo vasco y al nacionalismo catalán; su política exterior, retirándose unilateralmente de Irak y relativizando el terrorismo islámico, al que llegó a comparar con el cambio climático (sic); su empeño en atizar la división social reivindicando el frentepopulismo de los años treinta y promulgando leyes anticatólicas; su desmesura con el gasto público, que agravó los efectos de las crisis financiera e inmobiliaria, legándonos unas administraciones económicamente inviables y corruptas... Todo ello, en esencia prorrogado y hasta agravado fiscalmente por Mariano Rajoy, ha arrojado a la nación a los pies de los caballos del totalitarismo izquierdista incubado en la Complutense y en Caracas, del separatismo filoterrorista, los antisistemas catalanes de la CUP en el parlamento catalán, y al fondo la torva mirada de los carroñeros islamistas, aguardando sin prisas nuestra descomposición final.

Mientras todo esto está sucediendo ante cualquiera que tenga ojos para ver, ¿qué es lo que preocupa al grueso de nuestros políticos y periodistas? La inanidad y frivolidad de buena parte de los asuntos que llenan los informativos y los periódicos son pasmosas. La falta de proporción en el tratamiento de los temas es sencillamente hiriente. Mientras en Irak se está perpetrando un auténtico genocidio de cristianos y otras minorías religiosas, y se esclaviza, mutila genitalmente y viola a las mujeres supervivientes, aquí montamos imbéciles debates sobre el "machismo" que supuestamente padecen las mujeres españolas, salvo que sean de derechas, pues de estas al parecer está bien decir que son tontas.

La falta de perspectiva se llama provincianismo. Si el nacionalismo catalán es un buen ejemplo de tal defecto elevado a niveles de tragicomedia, a nivel de toda España no tenemos motivos para estar orgullosos. Nuestra incapacidad para contemplar la realidad con un radio superior a los setecientos kilómetros (salvo para condenar a Israel por combatir a Hamás), y con una escala de tiempo mayor de cuatro años (salvo para derrocar a Franco retrospectivamente), puede acabar teniendo las consecuencias más desgraciadas, si no reaccionamos a tiempo.