Los materialistas y los locos no saben dudar. (G. K. Chesterton)

jueves, 17 de abril de 2014

El juego del clima

En 2010 hice una apuesta con el geógrafo Magí Aloguín sobre el cambio climático. Si la desviación de la temperatura global media del año 2020, respecto a la media del siglo XX, es superior a la desviación del 2010 (que fue de 0,66 grados positivos), tendré que invitarle a comer; y él a mí si es inferior. Acordamos que nos basaríamos en las estadísticas ofrecidas por la administración de los Estados Unidos en el sitio web climate.gov, concretamente en la página

ftp://ftp.ncdc.noaa.gov/pub/data/anomalies/annual.land_ocean.90S.90N.df_1901-2000mean.dat.

Desde entonces, las desviaciones de temperaturas anuales han sido inferiores a la del 2010. Estos son los datos suministrados por la citada página:

2010    0.6581º
2011    0.5337º
2012    0.5757º
2013    0.6219º

Como se ve, desde 2011 se ha producido un claro repunte al alza, pero si abarcamos lo que llevamos de siglo, 2010 sigue siendo por el momento el año de máxima desviación positiva, respecto a la media del siglo pasado. Las siguientes gráficas de elaboración propia, a partir de los datos de climate.gov, hablan por sí solas:



En los últimos trece años, la desviación se ha mantenido alrededor de los 0,6º, es decir, no ha habido calentamiento global en el siglo XXI. Hoy (dato de 2013) estamos aproximadamente igual que en el pico de 1998.

Es innegable, como salta a la vista por la primera gráfica, que la temperatura global ha ascendido casi un grado en los últimos cien años, y que este crecimiento ha sido sostenido en el último cuarto del siglo pasado, responsable de seis décimas. Pero si extrapoláramos linealmente el incremento de temperatura registrado a lo largo del período 1977-2000, en realidad deberíamos haber llegado ya a una desviación de ocho o nueve décimas, no seis. Dicho de otro modo, semejante extrapolación ha quedado invalidada por los hechos.

Probablemente, trece años es un período insuficiente para sacar conclusiones. Pero es harto dudoso que cien años sean mucho más significativos. Es mucho lo que ignoramos sobre el clima terrestre, y lo más sensato sería admitir que nadie sabe por ahora cómo evolucionará la temperatura global en los próximos años.

Pese a ello, de un modo completamente irracional, la ONU, los gobiernos, las universidades y los medios de comunicación se empeñan en anunciarnos todo tipo de desastres naturales como consecuencia del cambio climático. Desastres que, como en una medida no precisada siempre se van a producir, son invariablemente la ocasión para remachar el mensaje.

No es difícil entrever las causas de este fenómeno. Se ha establecido una simbiosis perversa entre el poder académico y el político, por la cual el primero consigue suculentos fondos para la investigación (que lógicamente, no va a cuestionar los motivos por los cuales recibe tan generosa financiación) y el segundo aparece como el salvador de la humanidad, lo que justifica más burocracia, más impuestos y más intervencionismo. Esta trama de intereses explica la virulencia con la cual, tanto los "expertos" como los políticos, se revuelven contra cualquiera que ose cuestionar los mantras climáticos, es decir, las bases de su estatus.

No sé si ganaré mi apuesta. Pero de lo que no me cabe duda es de que el clima seguirá siendo cambiante, como lo ha sido siempre. Y seguirán habiendo "expertos" que vaticinarán toda suerte de catástrofes si no nos ponemos en manos de algún comité.

miércoles, 16 de abril de 2014

Por qué algunos científicos son tan bocazas

El fenómeno no es ni mucho menos nuevo. Ortega y Gasset calificó (con razón) las opiniones de Albert Einstein sobre la guerra civil española como "ignorancia radical". Jean-François Revel recuerda que el célebre físico, en una carta a Max Born, confesaba haberse convencido, tras madura reflexión, de que los acusados en los procesos de Moscú, orquestados a la mayor gloria de Stalin, debían ser verdaderamente culpables. La moraleja que extrae Revel cae por su propio peso: "se puede ser, en su especialidad, un genio, y carecer completamente de juicio en otros terrenos." (J.-F. Revel, El conocimiento inútil, Espasa Calpe, 2007, p. 414.)

Pues, qué decir de Bertrand Russell, quien en 1937, fiel al pacifismo más impermeable a la realidad empírica, declaraba que "Gran Bretaña debiera desarmarse, y si los soldados de Hitler nos invadieran, debiéramos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida". (Citado por Revel en la obra citada, p. 404.)

El escritor francés señala, en resumidas cuentas, algo de puro sentido común: que la opinión de un científico o intelectual, cuando habla de temas que no pertenecen a su disciplina, tiene el mismo valor que la opinión de un camarero o de un taxista que se expresen acerca de cualquier asunto que no tenga nada que ver con sus oficios.

Por supuesto, tanto el físico nuclear como el limpiabotas tienen todo el derecho del mundo a expresarse sobre lo que les dé la gana. Pero el primero debería ser exquisitamente cuidadoso para no conferir una abusiva aura de credibilidad a sus opiniones. No hace falta que el taxista nos prevenga sobre su incompetencia en politología, economía o metafísica, porque (puede que injustamente) ya la presuponemos. Y sin embargo, no es raro que albergue ideas más sensatas, aunque más torpemente expuestas, que algunos catedráticos y abajofirmantes de renombre.

El científico Andrei Linde es uno de los creadores de la teoría inflacionaria del origen del universo, que al parecer ha recibido recientemente un gran espaldarazo experimental, debido a las observaciones de un telescopio situado en la Antártida. Posiblemente por ello reciba el premio Nobel de Física. En una entrevista publicada por la revista XL Semanal, el pasado 13 de abril, el físico afirma lo siguiente:

"Cuando se dice que el universo fue creado por Dios solo para que nosotros pudiéramos vivir en él, la primera pega es: ¿por qué se preocuparía Dios de un tipo concreto de mono?".

Esta pregunta es francamente estúpida, la formule quien la formule. Si hemos sido creados por Dios, ya no somos solamente "un tipo concreto de mono". El razonamiento del cosmólogo de origen ruso equivale al de alguien que negara que el cuadro de la Gioconda pudiera ser obra de Leonardo da Vinci, porque ¿cómo un artista tan grande iba a pintar a una señora carente de mayor interés?

Sin embargo, no hay apenas día que no hallemos en los medios afirmaciones de una simpleza semejante, que son tomadas como intelectualmente profundas sólo porque las pronuncia una autoridad en física o biología, pero cuyas nociones acerca del cristianismo o la religión en general no difieren de las de un niño de doce años. Es relativamente fácil ridiculizar las opiniones de un niño o un adolescente, incluso si ese adolescente era uno mismo. Más difícil es tomarse en serio un tema del que solo tenemos ideas superficiales, acaso porque nuestro interés por él lo perdimos justo cuando dejamos de llevar pantalones cortos, con razonamientos propios de los doce años de edad.

Podemos haber adquirido conocimientos extraordinariamente precisos acerca de lo que sucedió en las primeras millonésimas de segundo tras la Gran Explosión. Pero seguimos tan a oscuras sobre lo que había en el instante cero, y sobre por qué hay algo pudiendo no haber habido nada, como lo estaban Platón o Aristóteles, digan lo que digan ciertos divulgadores ávidos de satisfacer la demanda de postureo "escéptico", como Richard Dawkins, Daniel Dennett, Jim Holt y muchos otros. (Ya se sabe, como decía Chesterton, que no hay nada más crédulo que los escépticos.) En fin, los científicos pueden explicar cómo se pasa de un estado físico a otro, pero son completamente incapaces (y lo serán siempre) de explicar por qué existió un primer estado físico; o si no hubo tal cosa, por qué existen los estados físicos en su conjunto.

Por supuesto, admito que mi opinión sobre esto vale tanto como la de cualquier mero aficionado a la reflexión filosófica. Es decir, vale tanto como la de Andrei Linde.

domingo, 13 de abril de 2014

La causa de la baja natalidad

Es posible que la mayoría de la gente siga pensando que la superpoblación constituye uno de los grandes problemas de la humanidad. Si es así, está gravemente equivocada. En el conjunto del mundo desarrollado hace tiempo que la tasa de fertilidad, o número de hijos por mujer, se ha reducido muy por debajo del 2,1 -la tasa mínima de reemplazo generacional. Esto significa que si la gente no empieza a tener más hijos, la población disminuirá, y de hecho ya lo está haciendo en países como Alemania o España.

En el resto del mundo, las estadísticas, desde hace años, no hacen más que aproximarse a ese promedio. Es cierto que la población mundial sigue aumentando, debido a que la natalidad aún es elevada en algunos lugares; pero cada vez lo hace a un ritmo más bajo, y si no cambia la tendencia abruptamente, llegará a estabilizarse en un futuro no lejano, para después empezar a contraerse. El promedio mundial en 2011 era de 2,48 hijos por mujer, frente a los 3,58 de hace treinta años.

Para algunos ecologistas radicales, esto sería una gran noticia, aunque no estén demasiado por la labor de admitirla. Pero para cualquier persona cuyos sentimientos normales no se hallen enturbiados por la ideología, el envejecimiento de la población no es ningún motivo de alegría. Que cada vez menos gente tenga hijos significa que cada vez habrá menos gente en edad fértil, lo que a su vez acentuará el descenso de la natalidad, en un círculo vicioso que conduce lisa y llanamente a la extinción. Antes del final tendremos unas sociedades formadas mayoritariamente por viejos, esto es, más pobres: los ancianos no pueden producir igual que los jóvenes, y además incurren en elevados gastos en salud. Sociedades ricas como Alemania pueden vivir durante años del capital acumulado y de las exportaciones, pero en un mundo que globalmente envejece, esto se acabará, un día u otro.

No obstante, cuando se habla de la baja natalidad, se descubre que la gente todavía no se ha enterado de que es un problema y de que es un problema que ya está aquí. Todavía permanecemos en el nivel de las excusas, no en la búsqueda de soluciones. Se habla resignadamente de las dificultades de conciliar la familia con el trabajo, del coste que supone criar un niño, de las incertidumbres ante el futuro...

En realidad, hace menos de cien años, la gente engendraba hijos en circunstancias mucho más difíciles e inciertas que las actuales. Durante la guerra civil española, como señala Alejandro Macarrón en su imprescindible El suicidio demográfico de España, nacieron en proporción muchos más niños que ahora, y en términos absolutos, durante la posguerra ¡nacían más bebés que hoy, pese a tratarse de una población menor! Asimismo, el trabajo femenino, en labores agrícolas e industriales, estaba lejos de ser un fenómeno minoritario, fuera de las capas de población más pudientes. Por lo demás, en nuestros días, países con una baja cuota femenina en el mercado laboral, como algunos de Asia o incluso cada vez más los musulmanes, padecen el mismo problema de descenso de la fertilidad.

Marruecos, por ejemplo, tiene una tasa de 2,17 hijos por mujer. A nosotros nos resulta envidiable, pero si persiste la tendencia, nuestros vecinos del sur pronto se van a encontrar con que su población también envejece y disminuye. Pero es que Irán (sí, la dictadura de los clérigos que aspiran a que el islam termine por invadir Occidente con los vientres de sus mujeres) ya se encuentra en pleno "precipicio demográfico", con una fertilidad de 1,86. No parece que en tales países la causa de este fenómeno se halle en la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral.

Guy Sorman, en un artículo no excesivamente perspicaz sobre Corea del Sur, escribe que "las mujeres jóvenes (...) en cuanto tienen a su primer hijo, quedan confinadas en su casa (...) por lo caras y escasas que son las guarderías (...). Es comprensible que la idea de engendrar un segundo hijo no les resulte tentadora." Pero si se quedan en casa, y la renta per cápita surcoreana es superior a la española ¿qué les impide, realmente, tener al menos dos niños? ¿No habíamos quedado en que la dificultad la tienen las mujeres que trabajan fuera de casa? Por cierto que en la vecina y mucho más pobre Corea del Norte, la tasa de fertilidad es algo superior, pero también insuficiente para mantener la población actual: 1,98.

¿Por qué la gente, en países cultural y económicamente tan distintos como España, las dos Coreas o Irán, opta por tener menos de dos hijos? Los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca de las causas, más allá de los tópicos mencionados, que no explican casos tan heterogéneos como los de Occidente y el islam.

La universalización de los métodos anticonceptivos es un factor decisivo, qué duda cabe. Pero decir que la gente no tiene hijos porque existen métodos eficaces y accesibles para no tenerlos, no es explicación suficiente. Puede servir para entender que las sociedades dejen atrás tasas como las que sólo persisten en el África subsahariana, de entre cuatro y seis hijos por mujer. Pero no nos explica las tasas de auténtico suicidio demográfico; eso sería como dar por supuesto que lo normal es querer tener un único hijo, o ninguno.

Sea cual sea la explicación, hay una institución que siempre ha sido pronatalista, incluso en los momentos en que el malthusianismo apocalíptico (que todavía goza de una inercia considerable) era un mensaje abrumadoramente dominante. Me refiero, por supuesto, a la Iglesia católica. Sean cuales sean las causas del desplome universal de la natalidad, está claro que si la mayor parte de los habitantes en edad fértil de los países de tradición católica no se hubiera apartado de la mentalidad de los padres, dichos países, al menos, habrían mantenido unas tasas de fertilidad suficientes para que el número de nacimientos fuera superior al número de fallecimientos, o al menos igual.

La tendencia cultural sigue siendo, en cambio, la contraria. Se trata de recluir la religión al ámbito privado, de desprestigiarla, de considerarla como una rémora del pasado. No hay un sólo día en que no aparezca una información en algún medio de comunicación (incluidos los supuestamente conservadores) que -de manera implícita o explícita- no trate alguna creencia cristiana de manera sesgada, simplificadora o caricaturizadora.

Las consecuencias de este desprecio de nuestra tradición son claras para cualquiera que se moleste en documentarse con un mínimo de rigor, pero nos negamos a verlas. Y cuando las vemos, nos limitamos a excusarnos, como si la cosa no fuera con nosotros. Esta ceguera es probablemente la causa fundamental del auténtico problema demográfico, el envejecimiento de la población. Miramos por encima del hombro a nuestros inmediatos antepasados, pero por el momento, no parece que los vayamos siquiera a igualar en la tarea más vital y maravillosa de todas: lograr que haya más cunas que ataúdes.

domingo, 6 de abril de 2014

15 libros para despertar del sueño progresista

El progresismo es una ideología difusa, pero inconfundible, cuyo postulado básico podría resumirse de la siguiente manera: todos los males proceden del mercado y de la tradición; concepto este último en el que englobaríamos la moral judeocristiana, la familia convencional, la Iglesia católica, etc. Dentro de esta definición cabe un gran número de gradaciones, desde el marxismo doctrinario hasta posiciones anarcocapitalistas que consideran toda forma de constricción moral como su enemigo, no menos que el estado.

Pero dejando de lado las actitudes minoritarias, el progresismo predominante es una colección de tópicos anticapitalistas en gran medida prerreflexivos (más que una defensa positiva del socialismo, intelectualmente decrépito), anticlericalismo primario y consignas sesentayochistas de liberación sexual.

El problema del progresismo es que sus soluciones nos hacen más pobres y menos libres. Básicamente, sus propuestas pasan siempre (excepto en el caso de las ensoñaciones anarquistas de todo pelaje) por un incremento del intervencionismo y del poder estatales. Esto tiene como consecuencia una suplantación del orden espontáneo de la sociedad, que es el que permite la autocorrección de errores y la adaptación a las situaciones nuevas. O dicho más claramente, la concentración de la toma de decisiones en una élite arrogante, que como no está integrada por seres sobrehumanos, cometerá los más lamentables despropósitos.

Los resultados del progresismo, cuando se ha aplicado sistemáticamente, son por ello catastróficos. Las peores hambrunas del siglo XX se han producido en países dominados por regímenes marxistas. Pero en las sociedades democráticas sus efectos también se hacen notar, en la forma de reducción del crecimiento económico (lo que significa enquistamiento o incremento de la pobreza), erosión de la familia y de la educación, así como abortos masivos, poniendo en peligro los cimientos mismos de la civilización cristiano-clásica.

George Lakoff, en su conocido breviario de combate contra los conservadores de Estados Unidos, No pienses en un elefante, empieza por preguntarse cuál es la conexión lógica entre temas tan dispares como los impuestos, el aborto o la política exterior. Es decir, por qué un conservador estadounidense es contrario al aborto, a los impuestos altos y al desarme unilateral de su país; y un progresista, al revés. Lakoff encuentra una forma de explicarse dicha conexión a partir de dos concepciones básicas sobre la familia, que podrían traducirse como la del "padre estricto" (conservador) y el "padre protector" (progresista).

No entraré aquí a discutir esta tesis, sólo diré que tiene una gran parte de verdad, aunque en sí misma nos nos indica cuál de las dos cosmovisiones es la verdadera. Para Lakoff está claro que la segunda; pero sus argumentos son descaradamente circulares. Para el gurú americano, el padre estricto es a priori un cabroncete, si se me permite la expresión, mientras que el padre protector es el colega comprensivo que todo adolescente puede desear.

No obstante, la crítica intelectual del progresismo no es suficiente para librarse de su influjo. Una razón importantísima por la cual persistimos en nuestras convicciones es de tipo social. Para entendernos, imaginemos que Pablo Iglesias (el vivo) se desengaña mañana de sus ideas ultraizquierdistas y se convence de la bondad del liberalismo. ¿Qué le diría a su novia, a su familia, a sus amigos, a sus camaradas políticos? Y sobre todo, ¿qué le diría a los gobiernos de Irán y Venezuela? "No quiero recibir más vuestro dinero manchado de sangre". Se comprende que lo más heroico es romper con el entorno. Un hombre solitario no tendría tantas dificultades para rectificar y cambiar de ideas.

Ahora bien, lo más cercano a ese arquetipo robinsoniano, a ese pensador liberado de condicionantes sociales, es un lector. La lectura requiere cierta soledad y calma interior; como mínimo desde que, en la Antigüedad tardía (como descubrimos en las Confesiones de San Agustín) algunos hombres aprendieron a dejar de leer en voz alta, a convertirlo en un acto estrictamente individual.

Por esta razón he elaborado una lista de quince libros que pueden ser muy útiles para tratarse de la manía progresista, como lo fueron para quien escribe. Es una selección personal, aunque no intransferible. Faltarán, seguro, obras fundamentales que no he leído o que ni siquiera conozco; y de algunos autores tendría que haber incluido más de uno, aunque los elegidos sirvan como introducción o muestra. Que cada cual añada o reste los que le parezcan oportunos.

Paso a enumerarlos por orden cronológico de su edición original:

1) Adam Smith, La riqueza de las naciones (1776)

La famosa "mano invisible", que prefigura el concepto de "orden espontáneo" de Hayek, es crucial para comprender por qué la sociedad debe salvaguardarse del estado. Smith se pregunta no por la causa de la pobreza, sino de la riqueza, algo mucho más fecundo que las posteriores teorizaciones socialistas, que tanto han contribuido a la producción artificial de escasez, al pretender suplantar el papel del mercado.

2) Herbert Spencer, El hombre contra el estado (1884)

Para comprender cómo se pervirtió la idea de libertad en los mismos inicios del liberalismo. Una premonición extraordinariamente profética del totalitarismo socialista.

3) Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932)

Magnífica novela, teñida de amarga ironía, que nos lleva a formularnos una pregunta inquietante: si son correctas las ideas progresistas, ¿qué tendría de malo un mundo donde el estado hubiera erradicado la infelicidad mediante la eugenesia sistemática y la farmacología?

4) Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre (1944)

La planificación económica conduce necesariamente a una dictadura totalitaria, como la comunista o la nacional-socialista. Expone lúcidamente la coincidencia básica de ambas ideologías, en contra de la errónea concepción según la cual serían antitéticas.

5) Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder (1944)

Frente al extendido tópico del estado como un guardián del orden establecido, nos muestra su auténtica naturaleza revolucionaria. El poder ve toda institución, toda tradición y toda desigualdad como un obstáculo orográfico que se interpone en su expansión.

6) George Orwell, 1984 (1948)

Crítica descarnada del comunismo, recurriendo a una ficción distópica en la que ese sistema domina el mundo. Un régimen de pesadilla en el que no existe vida personal fuera del estado, y en el cual se recrea incesantemente la realidad, mediante el control total de la información y del propio lenguaje. El poder expuesto como una pulsión de dominación primaria, supeditada a cualquier lógica económica.

7) Emil Cioran, Breviario de podredumbre (1949)

Una reflexión tan categórica como literariamente genial contra las ideologías, los colectivismos y las utopías. En toda idea se encuentra el germen de la matanza. Y todo aquel que emplea el pronombre nosotros es un impostor.

8) Ludwig von Mises, La acción humana (1949)

Demostración de la imposibilidad a priori del socialismo. Se trata de un monumento del pensamiento humano, por su potencia deductiva. (Reconozco que es el único libro de esta lista que no he leído entero: supera las 1.200 páginas.)

9) Alexander Soljenitsin, Archipiélago Gulag (1973)

Descripción inolvidable de la represión y el sistema penitenciario soviéticos. Pese a la dureza del tema, se trata de una preciosa obra de la literatura universal, en la que no faltan la ironía y una secreta corriente de fe en la irreductible dignidad humana.

10) Jean-François Revel, El conocimiento inútil (1988)

Análisis demoledor de las mentiras y estratagemas que en las democracias tratan de encubrir la naturaleza totalitaria del comunismo y su fracaso, incluso tras condenas de trámite que no impiden poner constantemente en la picota... al capitalismo. Aunque publicado justo antes de la caída del muro de Berlín, sigue siendo -por desgracia- plenamente actual.

11) Pío Moa, Los mitos de la guerra civil (2003)

Se desmontan con rigor las mentiras propagandísticas de la izquierda acerca de nuestra contienda fraticida, que sigue explotando con gran rendimiento, sin apenas contestación. La guerra civil la provocó la izquierda en 1934; y la sublevación militar del 36 no fue contra un régimen democrático, el cual prácticamente ya había sido destruido por el Frente Popular.

12) Martín Alonso, Doce de septiembre. La guerra civil occidental (2006)

Análisis implacable del carácter autodestructivo (antioccidental y anticristiano) del pensamiento de izquierdas que domina en la clase intelectual, el sistema educativo y los medios de comunicación.

13) Miquel Porta Perales, La tentación liberal. Una defensa del orden establecido (2009)

Brillante ensayo contra las ideologías emancipatorias, que en realidad se caracterizan por su antiliberalismo: socialismo, ideología de género, ecologismo y antiimperialismo.

14) Roger Scruton, Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza (2010)

El progresismo como un "optimismo sin escrúpulos", que desactiva las más elementales cautelas del sentido común y la experiencia, y que hunde sus raíces en rutinas de pensamiento paleolíticas, auténticas rémoras para el hombre civilizado.

15) Thomas Sowell, Economía básica. Un manual de economía escrito desde el sentido común (2011)

Un completo y didáctico manual para librarse de una vez por todas de los tópicos y supersticiones del socialismo, el populismo y el intervencionismo.

Quince libros no se leen en quince días. Para empezar, yo recomendaría cuatro, los de Soljenitsin (9), Revel (10), Moa (11) y Sowell (15).

El primero, Archipiélago Gulag, imprescindible para un joven, al que en la escuela no le van a explicar qué fue verdaderamente el socialismo real.

Revel, para desquitarse del bombardeo diario de mentiras mediáticas, con sus análisis irreprochablemente lógicos y elegantemente irónicos. Sus libros posteriores son también magníficos y reparadores.

Moa, para aquellos que siguen anclados en la fábula de la República democrática, truncada trágicamente por una conspiración de terratenientes, curas y militares; quizás el mayor éxito propagandístico de la izquierda. Hay que leer también sus demás libros, algunos de ellos muy ambiciosos, como su deslumbrante Nueva historia de España.

Y Sowell, porque si no desempolvamos nuestras nociones económicas, e incluso aunque hubiéramos asimilado los libros anteriores, nos volverán a engañar, una y otra vez, prometiéndonos bienestar a cambio de reducir nuestra libertad y nuestra dignidad.

sábado, 5 de abril de 2014

Mejide, no me jodas

Confieso que tenía una idea equivocada de Risto Mejide. Al verle alguna vez en televisión vapulear sin compasión a aspirantes a artistas, pensé que se trataba de uno de esos raros ejemplares de nuestro tiempo que, a diferencia del común, no pretenden caer simpáticos, ni hacer concesiones al buenrollismo infraintelectual que lo infecta todo. Pero desde que vi que su nueva serie de entrevistas empezaba con Zapatero como invitado, debería haber revisado aquellas primeras impresiones. La confirmación de que lo había sobrevalorado llegó cuando en los siguientes programas (que ya no vi), no se le ocurrió otra cosa que invitar a personajes como Iñaki Gabilondo, Miguel Ángel Revilla y una monja guayprogre que ahora mismo no recuerdo cómo se llama, porque hay tantas...

¿No hay en España grandes sabios, artistas, profesionales, empresarios cuyas opiniones y vivencias sería interesante conocer? Al parecer, no. O bien es que Mejide piensa, como un tristemente elevado número de sus conciudadanos, que el jeta de los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos es un gran periodista, que un político graciosillo que reproduce manoseadas patochadas populistas y socialdemócratas es una especie de modelo, y que las monjas deben ciscarse en la doctrina católica para ser entrañables.

En esta línea, ayer vi el anuncio del próximo programa, en el que entrevistará a Ada Colau y a Oriol Junqueras. Más populismo anticapitalista y más antiespañolismo. Es normal. Se empieza afeándole a Zapatero que no hable inglés (como si eso tuviera gran importancia en comparación con su nefasta gestión), porque eso desacredita a la "marca España" (ya puestos, que Mario Vargas Llosa, para acabar de prestigiar definitivamente nuestra cultura, escriba en la lengua de Shakespeare), y se acaba riéndoles las gracias a hispanófobos como Anasagasti y Junqueras.

En el breve fragmento de la entrevista al dirigente de Esquerra con la que nos amenaza, no contento con darle cancha a este tipo, Mejide le da además la razón, y le expone su original teoría sobre la causa de que haya tantos separatistas: que el gobierno, en su torpeza, no quiera dialogar. A lo que Junqueras asiente casi desconcertado, como sorprendiéndose de que la propaganda nacionalista haya calado tanto que algunos lleguen a creerse que se les han ocurrido a ellos sus argumentos.

El diálogo está tan sobrevalorado como Mejide. Dialogar es mejor que enfrentarse sin reglas, qué duda cabe, pero eso invalida el diálogo con quien quiere saltarse las reglas. Cuando algunas personas pretenden violar la Constitución de nuestra democracia ¿de qué se supone que habría que hablar con ellas? ¿de cómo lo encubrimos para que la opinión pública española se trague la ilegalidad, la usurpación de su soberanía, la traición absoluta?

Es preciso dejar esto claro desde el principio, porque en los próximos días, los nacionalistas y sus tontos útiles (que son legión) lo intentarán enturbiar todo lo posible. La secesión de Cataluña no se puede producir, en la práctica, legalmente. Y ello a pesar de que el artículo 150 de la Constitución parezca abrir la puerta a que el gobierno ceda siquiera temporalmente a la Generalitat las competencias de un referéndum.

Hay que admitir que ese artículo es un auténtico entuerto jurídico, el peor del Titulo VIII, que a su vez es el peor de la Constitución. Por un lado, el anterior, el 149, enumera una lista de materias que son "competencia exclusiva" del Estado, como la defensa, Hacienda, los puertos y aeropuertos, etc., sin olvidar la "convocatoria de consultas populares por vía de referéndum". Por otro lado, el 150.2 admite que el Estado podrá "transferir o delegar" esas competencias que "por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación"; lo cual deja un margen de interpretación infinito. Cosas del consenso de la década de los setenta, que nos han llevado a la endiablada situación actual.

Pero incluso admitiendo que el gobierno, basándose en la interpretación más laxa de la Constitución, autorizara un referéndum de autodeterminación en Cataluña, e incluso aunque lo ganaran los secesionistas, ¿luego qué? Para que un territorio se separe de España, sigue siendo inexcusable la reforma de los artículos fundamentales 1 y 2, y aún así, nada garantiza que pueda lograrse, porque esa reforma implica una mayoría cualificada en las Cortes, su disolución, la celebración de elecciones legislativas, que las nuevas Cortes ratifiquen la reforma y, por último, un referéndum en toda España. Aunque se superaran todos los pasos anteriores y, en el colmo del entreguismo, un gobierno con ánimo de consumar la ruptura territorial de España hiciera campaña a favor de ello, no hay garantías de que la mayoría del pueblo español se mostrara solícito cooperador de semejante suicidio nacional en un referéndum.

Quienes reclaman el derecho a decidir no están reclamando el derecho a votar, que ya tienen hace casi cuatro décadas. No están simplemente pidiendo que se realice algo tan normal e inofensivo como un referéndum regional. Porque saben perfectamente que aunque el resultado del referéndum fuera favorable a la escisión de España, esta seguirá siendo posible, en la práctica, sólo por la vía ilegal. ¿Qué sentido tiene entonces la dichosa consulta? Es evidente: escenificar un proceso democrático de autodeterminación, sobre todo de cara al exterior, para que un gobierno lo suficientemente cobarde eluda su responsabilidad de hacer cumplir la ley, antes que arrostrar una campaña de manifestaciones y alborotos que perjudiquen la "marca España".

Las Cortes deberían nombrar cuanto antes un comité de sabios integrado por Revilla, el exjuez Garzón (ya estás tardando en entrevistarlo, Risto), Ada Colau y Mayor Zaragoza, entre otras eminencias. Su función sería reconvertir la marca, que pasaría a llamarse Spain World, recuperar la bandera republicana, con el símbolo de la paz en el centro, así como vender las delegaciones de Barcelona y Vitoria a los chinos, y la de Andalucía a Qatar. Y por supuesto, después deberían nombrar a Risto Mejide como nuevo CEO del país, digo de la marca. Lo que llamábamos jefe cuando todavía éramos cutres y creíamos que España era una nación.

viernes, 4 de abril de 2014

El elefante europeo

Recientemente, Vox ha difundido un simpático vídeo en el que, con loable afán didáctico, se desarrolla la metáfora del elefante, utilizada por Vidal-Quadras para describir el insostenible sobredimensionamiento del sector estatal (mal llamado público).

Este esfuerzo pedagógico me parece, ya digo, de aplaudir, en una sociedad que tiene sorbidos los sesos por los dogmas anestesiantes de la socialdemocracia, los "derechos sociales", el "gratis total" y el subsidio generalizado. Aquí el más torpe se las apaña para tener una paguita, y no hablo sólo de Andalucía, aunque se trate de la comunidad autónoma emblemática en este aspecto.

Por supuesto, las quejas de los llamados indignados (esos chicos tan pacíficos en cuyas líricas manifestaciones siempre se acaba destrozando el mobiliario urbano y abriendo cabezas de policías) no sólo no van contra eso, sino que pretenden que el monto de las paguitas aumente todavía más.

El resultado final de esta espiral de demandas al estado (perfectamente conocido para cualquiera con un mínimo interés por la historia del siglo XX y principios del XXI) lo resume el viejo chiste que contaba la gente en la URSS, o en la RDA (yo no estaba pero me acuerdo, que decía aquel), con ese característico fatalismo que imprime el socialismo real: "Nosotros hacemos como que trabajamos, y ellos hacen como que nos pagan."

Ahora, el cabeza de lista a las europeas por Vox, Alejo Vidal-Quadras, acaba de colgar otro vídeo en YouTube, en el que nos explica muy brevemente su trabajo durante cinco años en el parlamento europeo, y las razones que tenemos los ciudadanos para votar en las elecciones a este organismo, que básicamente se reducen a una: el 70 % de la legislación nacional es mero desarrollo de normatividad europea.

Debo decir que este vídeo no me ha parecido, ni mucho menos, tan brillante como el anterior. De hecho, dudo que genere excesivo entusiasmo la labor (sin duda diligente) de Vidal-Quadras como eurodiputado, relacionada con regulaciones del sector del gas y de los plátanos. Es más, me pregunto si esta regulación verdaderamente habrá contribuido a mejorar en algo la vida de los ciudadanos, y no sólo beneficiar a algunos grupos de presión, que son los únicos que se habrán enterado de los intereses en juego, como de costumbre.

Al ciudadano, como es lógico, sólo se le dice que van a restringir los nuevos cigarrillos de vapor (es un ejemplo, yo no fumo ni los nuevos ni los de antes) por su salud, pero de los tejemanejes de las farmacéuticas que ven con recelo la competencia a sus parches y chicles de nicotina, ya nos enteramos menos, sobre todo si tenemos mejores cosas que hacer.

Es absolutamente imprescindible, ya no por razones económicas, sino de supervivencia de nuestra civilización, reducir el peso del estado. Pero para que de verdad nos creamos que Vox (hasta ahora, el único partido que está defendiendo este mensaje) va realmente en serio, debemos empezar por fijarnos en el monstruo burocrático de Bruselas.

Para votar, no me basta con saber la influencia que tiene la legislación de la Unión en la vida de los europeos; necesito saber concretamente qué van a defender nuestros eurodiputados en Europa, qué creen que debe ser la Unión; y tampoco nos basta con el mantra beatífico de "más Europa". ¿Qué significa esto? ¿Más poderes para Bruselas es a priori bueno para todos, o sólo para las legiones de funcionarios y políticos allí acuartelados?

No es ninguna broma. El acervo comunitario (acquis communautaire), el conjunto del derecho de la Unión, debe andar en torno a las 200.000 páginas, y no para de crecer. Si esto contribuye a hacer más productiva y competitiva a Europa, yo soy monje trapense.

No me extenderé aquí con los mil y un ejemplos más o menos chuscos, como el de la regulación de las jaulas de las gallinas ponedoras para disminuir su estrés (sic), imponiendo costes de millones de euros a los productores y -en consecuencia- a los cientos de millones de consumidores europeos.

No hablemos tampoco ahora de las incesantes tentativas de grupos organizados de la ideología de género por implantar a través del parlamento europeo sus delirios de ingeniería social, a favor del abortismo, la eugenesia, la eutanasia, la experimentación con embriones humanos y la promoción de toda forma de sexualidad no reproductiva, a fin de que la crisis de natalidad alcance decididamente niveles de suicidio colectivo.

El problema es aún peor que todo eso, aunque parezca mentira. Porque todo este volumen ingente de normas resulta prácticamente imposible de revertir por procedimientos democráticos, dada su plasmación formal, en gran parte, como tratados internacionales, sin que haya un gobierno que sea directamente responsable de sus consecuencias ante los votantes. Es decir, la Unión Europea se parece cada día más a la vieja Unión Soviética, basada en un sistema de planificación económica totalmente incapaz de autocorregirse, hasta el colapso final.

La UE nació tras la Segunda Guerra Mundial para promover unos lazos económicos que hicieran imposible que volvieran a repetirse las carnicerías bélicas de la primera mitad del siglo XX. Fue una finalidad noble, inspirada por políticos con firmes creencias cristianas. Pero hoy la Unión es algo irreconocible, se ha convertido en un fin en sí mismo, y el europeísmo en una especie de religión laica que justifica cualquier desmán y encima no sirve geopolíticamente para evitar guerras en los Balcanes o inspirar un mínimo respeto a Rusia.

Eso sí, para tachar de fascista al gobierno húngaro por atreverse a incluir en su constitución el derecho a la vida desde la concepción, y que el matrimonio es la unión entre una mujer y un hombre, la UE muestra una celeridad y una contundencia dignas de mejor causa.

Permanezco expectante (y no es ironía) ante el desarrollo del programa de Vox en relación con el tema europeo. Creo que me he mojado lo suficiente, y he dejado meridianamente claro que mi voto lo tienen prácticamente asegurado. Pero espero que no lo vayan a estropear a última hora escurriendo el bulto, como hacen todos los demás partidos españoles, con aquello de que la solución es "más Europa". ¿Qué Europa? El euroescepticismo es algo demasiado heterogéneo para que pueda valer como respuesta. Pero los problemas de los cuales surge el euroescepticismo son absolutamente reales y perentorios, y España debe dejar de ser uno de los pocos países donde de eso apenas se habla.

miércoles, 2 de abril de 2014

El estúpido desprecio de la memoria

Desde que tengo uso de razón vengo escuchando el mantra de que la educación memorística es algo anticuado, y que en lugar de fomentar la acumulación de datos, debería centrarse en la creatividad y el espíritu crítico, de modo que con unos conocimientos básicos, el alumno fuera capaz de aprender de manera autónoma y enfrentarse a nuevos problemas.

Acerca de esto, el último informe Pisa no ha dejado en buen lugar a los estudiantes españoles, poco duchos, al parecer, en resolver problemas cotidianos como programar un aire acondicionado, desenvolverse en algunos sistemas de transporte público o -¡sorpresa!- configurar el mp3, más allá de cambiar de pista o de volumen.

Ello ha dado pie a que la Secretaria General de Educación, Montserrat Gomendio, haya vuelto al ataque contra la anticuada metodología memorística, etc.

Es preocupante que incluso personas altamente preparadas como esta exinvestigadora del CSIC, y ahora número dos del Ministerio de Educación, incurran en los tópicos recalentados una y mil veces de la ideología sesentayochista, que bebe del viejo error rousseaniano de que la libertad consiste en zafarse de cualquier constricción sociocultural, y de que los niños, si se les permite desarrollarse espontáneamente, sin imposiciones, van a dar lo mejor de sí mismos.

Son precisamente estas ideas desnortadas las responsables del desastre educativo. Se empieza diciendo que aprender la lista de los reyes godos es una tontería, y se termina con que los alumnos salen de la ESO sin saberse las provincias de España, ni las reglas de ortografía. Por no saber, me jugaría algo a que es significativo el porcentaje de chavales de más de dieciséis años que no se saben siquiera la corta lista de presidentes de nuestra democracia.

Los argumentos que sostienen el tópico son de una inanidad en consonancia. Se nos dice -se nos decía ya en mis tiempos mozos, hace treinta años- que repetir fechas o nombres "como un loro" carece de cualquier mérito o utilidad. Pero se olvida el pequeño detalle de que los seres humanos no somos loros, y que para poder ejercitar nuestra inteligencia necesitamos información. Incluso en matemáticas es imposible avanzar y adquirir las destrezas indispensables sin aprenderse la tabla de multiplicar, esa tarea que ahora los maestros tienen la maldita costumbre de dejar para los padres, como si a ellos se les fueran a caer los anillos por rebajarse a tales labores mecánicas. Pero es que en todas las demás asignaturas, sin un mínimo de aprendizaje memorístico, es imposible avanzar.

Diré más, el desprecio sistemático de la memorización no sólo no ha estimulado el espíritu crítico, como supuestamente pretendía, sino que ha sido un instrumento evidente de la más burda ideologización. Si de la historia eliminamos la mayor parte de los datos (fechas, nombres, lugares), es decir, los hechos, lo que queda en su lugar ya sabemos lo que es: los cuatro modos de producción económica del catecismo marxista (esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo) o los trescientos años de opresión sufridos por el pueblo catalán a manos del Estat espanyol.

La tragedia de la escuela no es que se haya convertido en una fábrica de parados. En realidad, esto es la consecuencia mediata del problema más amplio, que desde hace décadas el sistema educativo es una fábrica de adictos a la socialdemocracia, al subsidio, a los "derechos sociales" y, en algunas regiones, al odio a España. Con estos mimbres morales, tampoco debería sorprendernos que algunos ni siquiera se esfuercen en esta vida en leerse el libro de instrucciones de un mp3.

Bien es cierto que entre los aspectos beneficiosos de internet se encuentra que actualmente es más fácil que nunca suplir las deficiencias de la educación formal por uno mismo. Pero también existe el peligro opuesto: pensar que no hace falta profundizar en nada porque cualquier dato que necesitemos está ya en Google. Los buscadores, las wikipedias y demás son una bendición, pero no nos dicen qué es lo esencial y qué es lo secundario, no nos permiten establecer jerarquías ni nos previenen contra la desinformación: allí todo está revuelto.

La educación no puede ser otra cosa que aprendizaje memorístico con esfuerzo, y el desarrollo de ciertas destrezas, que también requieren esfuerzo, repetición "mecánica". Es evidente que la educación no termina en la escuela, pero si esta ha de servir para algo es para proporcionarnos una base firme, un canon, una referencia; sin lo cual, por cierto, es imposible el espíritu crítico. Una tábula rasa no puede juzgar de nada, criticar nada. Claro que esto nos lleva a plantearnos cuáles son nuestras referencias, y eso quizás sea demasiado incómodo para esta sociedad relativista.