sábado, 28 de febrero de 2015

Examen del materialismo

El materialismo ha triunfado, por ahora. En las sociedades contemporáneas occidentales, el discurso predominante en los medios de comunicación, en el cine, en las series, en los libros de divulgación y en las novelas asume en nuestros días, de manera al menos implícita, un conjunto de postulados a los que me referiré como materialismo. Entiendo por tal una concepción de la existencia según la cual, o bien no existe un Dios personal, o bien existe, pero ello no afecta apenas en nada a nuestra forma de vivir. El materialismo no necesitaría basarse en una definición positiva de materia. Simplemente sostiene que la realidad primordial o básica es de naturaleza inconsciente, carente de intencionalidad y finalidad. Incluso admite una definición aún más amplia: que la materia, aunque hubiera sido creada por Dios, podría igualmente existir por sí misma y estar sujeta a leyes físicas autosuficientes. Lo cual, por cierto, convierte la creación en un acto anecdótico y prescindible que, no sin lógica, los materialistas más consecuentes rechazan. Posiblemente esta sea la razón del éxito del materialismo contemporáneo, el no ser incompatible con la creencia en un Dios, con la única condición de que sea superfluo y moralmente inoperante, como los dioses remotos de Epicuro.

La definición anterior ya sugiere la existencia de dos grados en el escalafón del materialismo. El más minoritario lo componen los ateos, los más conscientes y hasta entusiastas, que suelen divulgar los principios materialistas como si se tratara de una buena nueva supuestamente liberadora. El círculo más amplio abarca desde los agnósticos hasta quienes creen de forma más o menos vaga en un Dios a su medida, cuyo único precepto sería algo así como “sed felices”, dejando a la conciencia de cada cual determinar el mejor medio para cumplir ese objetivo. Podría parecer que es excesivo incluir esta forma de deísmo dentro de la categoría materialista. Pero tenemos dos razones para ello. La primera es que lo que caracteriza el fenómeno que aquí pretendemos elucidar y criticar es que se traduce en un estilo de vida (el cual describiremos a continuación) y en este sentido, el ateo dogmático y el agnóstico o incluso deísta contemporáneos no se distinguen apenas. De hecho, una de las principales bazas del materialismo es que se suele presentar bajo un ropaje positivista, es decir, alejado de todo fundamentalismo. Sin embargo, el materialismo es tan fundamentalista como cualquier otra tesis que de forma teórica o práctica sostiene alguna tesis acerca de la realidad fundamental. La segunda razón es que esa forma de deísmo vaporoso es claramente una antesala del agnosticismo y el ateísmo. Aclaro esto último brevemente.

Un Dios indiferente, o un Dios colega, desactivan la apuesta de Pascal. Según este pensador, creer en Dios es la apuesta más racional, porque si no existe, no hemos perdido nada con haber creído en él, salvo quizás pasar los domingos en misa en lugar de quedarnos en la cama escuchando programas radiofónicos de entretenimiento, como ha señalado irónicamente T. J. Mawson. Mientras que si existe nos aseguramos la felicidad eterna en la otra vida. Actualmente, sin embargo, incluso entre católicos, está muy extendida la visión de una divinidad complaciente, que ni siquiera negará la salvación a los ateos más contumaces, al menos mientras no hayan asesinado ancianitas. Así que el razonamiento pasa a ser más o menos algo así como: “Mejor quedarme en cama los domingos por la mañana, porque de todos modos, si al final resulta que hay un Dios, no se va a molestar porque haya creído poco o nada en Él, y menos aún porque no haya cumplido con determinados rituales, que váyase a saber si fueron instituidos realmente por Jesús.”

Describamos sucintamente el estilo de vida materialista, sin lo cual nuestra definición no es verdaderamente completa. El materialista contemporáneo es un tipo convencido de que los principios morales existen independientemente de Dios, suponiendo que siquiera exista. Que Dios quiera el bien sería sólo algo añadido al bien, y por tanto inesencial, aunque se trate de una idea que a algunos pueda reconfortar de algún modo. Por tanto, un materialista no sólo declinará la práctica de cualquier religión, incluso aunque declare ser creyente, sino que conducirá su vida con arreglo a la moral tal como él la entiende. Esto en la práctica equivale a lo que llamaré la moral minimalista, que se reduce a una interpretación ya de por sí restringida del quinto y séptimo mandamientos, no matarás y no robarás. Digo que se trata de una lectura restringida, porque no excluye el aborto o la eutanasia. Y es además compatible con la elevada fiscalidad propia de la socialdemocracia europea, que considera justificado que el Estado obtenga coactivamente cerca del 50 % de la riqueza producida por los ciudadanos. El estilo de vida materialista se caracteriza así por defender una elevada promiscuidad sexual en todas sus formas, incluyendo la homosexualidad, el onanismo y la pornografía, así como una externalización de la responsabilidad hacia el Estado, encargado de velar por el bienestar individual desde el nacimiento hasta la muerte. Esto implica una renuncia a considerables parcelas de libertad (y no sólo en sentido económico) al tiempo que paradójicamente se pregona que la libertad es el valor supremo. No es difícil de entender: el materialismo concibe la libertad como el poder de satisfacer nuestros deseos, en abierta ruptura con la tradición clásica y judeocristiana, que conceptúa el autodominio de las pasiones como la más alta forma de libertad. Como nos recuerda Francisco José Contreras,

“...desde Platón y Aristóteles se había entendido que la ‘vida buena’, la vida digna del hombre, requería una laboriosa domesticación y encauzamiento racional de los instintos, las pasiones, los deseos. En eso precisamente –en la liberación de la esclavitud de los apetitos en aras de la consecución de bienes superiores– consistía la ‘libertad grande’, la ‘libertad mayor’.[1]

Por su parte, la libertad materialista puede muy bien llegar a percibirse como compatible con el colectivismo, con tal que el resultado sea la gratificación sensorial y afectiva de los miembros de la colectividad, resultado que un gobierno ilimitado puede evaluar a su conveniencia. En este caso la libertad se identifica con la que se puede arrogar una élite totalitaria para someter por completo a los individuos a cualquier arbitrariedad.

Podría parecer que el materialismo no conduce de manera necesaria al socialismo ni al hedonismo; sin embargo, carece de razones absolutas para oponerse a ambos, lo cual viene a ser lo mismo. El materialista partidario de los derechos humanos inalienables y contrario al aborto, lo sepa o no, está usufructuando conceptos ajenos al materialismo. Con sus posiciones, niega la libertad entendida como mera capacidad de satisfacción, y niega que la persona humana se reduzca a un epifenómeno de la organización molecular. En definitiva, rechaza que el fin justifique los medios, cosa que un materialista consecuente de ningún modo podrá nunca sostener de manera absoluta. Siempre son los más lúcidos materialistas quienes abogan por la eugenesia, las esterilizaciones forzosas, la eutanasia, el aborto, el infanticidio e incluso una dictadura para “salvar al planeta”, en nombre de la “ciencia”. Quienes se oponen a ello sin creer en el Dios judeocristiano pertenecen a ese club de “vagarosos y aficionados” que “de siempre han intentado mezclar las dos concepciones”, como decía un cínico (pero en esto certero) personaje de El cero y el infinito, de Koestler.

El problema del materialismo es que está equivocado. Sencillamente, no es verdad que podamos comprender el universo como un conjunto de leyes autosuficientes, ni tampoco que la moral pueda entenderse independientemente de una idea del Bien absoluto. Empezando por lo primero, hay que señalar que las leyes de la naturaleza no son la explicación de los fenómenos de la naturaleza (como ya señaló Wittgenstein) sino precisamente lo que habría que explicar. Que las manzanas caigan al suelo según una ley que relaciona su masa con la terrestre y la distancia nos dice cómo suceden tales fenómenos, y nos permite poner satélites en órbita, entre innumerables aplicaciones más. Pero con ello todavía no hemos avanzado un milímetro en entender por qué existe esa ley y no otra, o por qué existe cualquier tipo de ley, y no un mero caos o simplemente nada en absoluto. Para los fundadores de la ciencia moderna, como Galileo o Newton, estaba claro que el universo había sido proyectado por una mente infinita, y ello era la garantía de su inteligibilidad, al menos parcial, por la mente humana. Pero desde el momento en que prescindimos del proyectista, las leyes naturales se convierten en un hecho bruto, inexplicable, o del cual sería incluso ilegítimo demandar explicación, según pretende el positivismo. Este sería el gran logro intelectual del ateísmo y el agnosticismo.

Los intentos de algunos cosmólogos por ofrecer una respuesta alternativa a la doctrina de la creación, más allá del subterfugio positivista, son francamente desesperados. Los más serios y consistentes nos llevan a contemplar un multiverso compuesto de infinitos universos distintos al nuestro, cada uno con sus propias leyes físicas. Aparentemente, esto disolvería el interrogante de por qué existen las constantes físicas conocidas y no otras –sencillamente, existirían todas las posibles. Pero el problema principal de esta tesis es que, entre todos los universos posibles en los que las constantes físicas hubieran permitido la aparición de vida inteligente, podemos concebir infinitos mucho más irregulares y matemáticamente inelegantes que el nuestro. Como observa el filósofo de la ciencia Francisco J. Soler:

“El multiverso puede explicar, o bien la simplicidad, o bien la fecundidad de las leyes de la naturaleza, pero nunca ambos rasgos.[2]

¿Tan difícil es reconocer la posibilidad de una inteligencia primordial que hubiera descartado, con su elección omnisciente, infinitos universos extravagantes? Esta es la tesis que defendió con particular clarividencia Gottfried W. Liebniz, una de las mentes más privilegiadas de la historia:

“Es preciso también que esta causa [del mundo] sea inteligente; porque siendo contingente este mundo que existe, y siendo igualmente posibles una infinidad de otros mundos, y aspirantes también a la existencia, por decirlo así, lo mismo que aquel, es imprescindible que la causa del mundo haya tenido en cuenta o consideración todos estos mundos posibles al determinar uno. Y esta consideración o relación de una sustancia existente respecto a las simples posibilidades, no puede ser otra cosa que el entendimiento en que se dan las ideas de todas ellas, y el determinar la existencia de una, no significa otra cosa que el acto de la voluntad que escoge...[3]

Nos enfrentamos a problemas no menos graves cuando intentamos prescindir de la idea de Dios en relación con la ética. Si sólo somos el resultado de un azar evolutivo cualquier norma de conducta es pura convención. Incluso si admitimos (lo que parece plausible) en nuestras nociones morales una cierta genealogía biológica, ello no les conferiría un carácter sagrado. Podrían ser modificadas, en un futuro no lejano, del mismo modo que hacemos con cualquier otra circunstancia de nuestro entorno natural. Por lo demás, todos los intentos de fundar la moral sobre una racionalidad independiente de la existencia de Dios se han revelado vanos sin excepción. Si somos un accidente molecular, no existe ningún imperativo categórico; y si nuestra dignidad no procede de la dignidad original e irreductible de un Creador, no es más que palabras.

Quienes argumentan que no necesitan creer en Dios para hacer el bien, incurren en una radical confusión. La corriente principal del pensamiento cristiano siempre ha afirmado que Dios elige el bien, no que el bien sea meramente lo que Dios elige –como si hubiera podido decretar otros mandamientos distintos. (Ya lo sostuvo también Platón, en su Eutifrón.) Pero esto no significa que el bien sea algo diferente de Dios, algo realizable independientemente de Dios. Las buenas obras no lo son sólo porque Dios las ordene, pero sí porque en esencia consisten en acercar a la criatura humana al origen de toda bondad, que es Dios. El amor al prójimo es un reflejo del amor del Creador que nos ha dado la existencia. Sin el original, el reflejo no es siquiera pensable. El autodominio de las pasiones que preconizan el pensamiento clásico y el judeocristiano no es más que una mera disciplina gimnástica si ignoramos la condición espiritual (es decir, creatural) del hombre, un ser destinado a la eternidad.

El materialismo fracasará, aunque pueda cosechar victorias momentáneas y parciales. Nuestra sociedad se enfrenta a la amenaza de una forma de religiosidad bárbara. Pese a que los enemigos del cristianismo no desaprovechan la oportunidad de meterlo en el mismo saco del oscurantismo religioso, el islamismo podría tener el paradójico efecto contrario de llevarnos a redescubrir nuestras raíces espirituales, aunque sólo fuera en un principio como una forma de reacción identitaria defensiva. Cuando los cristianos son perseguidos y exterminados sin piedad en Oriente Medio y en África, los occidentales podemos seguir preocupándonos por la brecha de género y otras sandeces, o bien podemos resolvernos a decir de una vez por todas “yo soy cristiano” –lo que como mínimo supondría que volviéramos de nuevo a procrear, y no sería poca cosa, en aras de nuestra mera supervivencia biológica. Y si hemos de morir en el empeño, que sea por la Cruz, no por unas caricaturas de pésimo gusto.




[1]  Francisco J. Contreras (ed.), El sentido de la libertad, Stella Maris, Barcelona, 2014, pág. 288.
[2] Francisco J. Soler, Mitología materialista de la ciencia, Encuentro, Madrid, 2013, pág. 294.
[3] G. W. Leibniz, Teodicea, Ed. Biblioteca Nueva., Madrid, 2014, pág. 131. 

sábado, 21 de febrero de 2015

La brecha de género y otros cuentos

Este domingo 22 de febrero, los medios de comunicación intensificarán la dosis habitual de cháchara victimista sobre las mujeres oprimidas por esta sociedad machista en la cual todavía queda mucho por hacer para que reine una plena igualdad entre los sexos y bla, bla, bla. El pretexto será esta vez la celebración del Día Internacional por la Igualdad Salarial. En los medios convencionales, especialmente televisiones y prensa de papel, no se escucharán ni leerán apenas voces discrepantes. Como mucho, cautelosas matizaciones, acompañadas de nerviosas declaraciones de ortodoxia feminista.

Por suerte, este es mi blog y digo lo que me da la gana, al menos mientras no gobierne el de la coleta. Y lo que afirmo es que la ideología de género es una enorme patraña fundada sobre mitos como la brecha salarial, el techo de cristal o la violencia de género.

Existen por desgracia crímenes machistas, y de hecho los asesinatos de mujeres cometidos por individuos de religión musulmana, sobre todo cuando son parientes biológicos de las víctimas, suelen tener esta característica. Ahora bien, los informativos dan rutinariamente por sentado, antes de ninguna investigación, que toda mujer asesinada por su pareja o expareja ha sido víctima del machismo, es decir, de unas vagas ideas del agresor que girarían alrededor de una especie de derecho corporativo de dominio o control del hombre sobre la mujer.

Sin duda, en muchos de estos odiosos crímenes hay implicados sentimientos de celos posesivos. Pero los sentimientos no son ideas –lo cual no los hace más disculpables. Sostener que el hombre que mata a su mujer o exmujer por celos lo hace porque se siente de algún modo legitimado para hacerlo, en nuestra sociedad occidental, es una hipótesis pendiente de verificar. En realidad, los ideólogos del género no suelen entrar en demasiadas precisiones psicológicas. Les basta con pronunciar las palabras “machismo” y “homofobia” para que verdaderas barbaridades morales y jurídicas se conviertan en una urgente necesidad nacional. Así se llega a lesionar la igualdad ante la ley (en perjuicio del hombre o el heterosexual), la libertad educativa de los padres que se resisten a que se inculquen a sus hijos las ideas más radicales sobre la deconstrucción del género y el homosexualismo, y la libertad de expresión, cada vez más atenazada por el temor a las acusaciones de machismo u homofobia. (Más detalles aquí.)

Lo más grave es que el propio derecho a la vida queda supeditado a un aberrante “derecho” de la mujer a abortar, última consecuencia lógica de querer establecer el igualitarismo por la fuerza. Puesto que los hombres tienen la “suerte” de no quedarse embarazados, para igualar a las mujeres con ellos basta con autoconvencernos de que un ser humano en edad embrionaria o fetal es un mero tejido del que podemos desprendernos sin remordimientos, por un mecanismo psicológico comparable a aquel mediante el que los nazis llegaron a persuadirse de que los judíos eran infrahumanos.

Pero vayamos al tema del día, la llamada brecha salarial entre sexos. En la OCDE, los salarios medios percibidos por hombres y mujeres arrojan una diferencia del 15 % a favor de los primeros. Para el socialfeminismo, la explicación es evidente: las mujeres están injustamente discriminadas. Sin embargo, un análisis más detenido de las estadísticas demuestra que no es cierto que las mujeres cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. Hay varios factores a tener en cuenta, como una mayor proporción de mujeres que trabajan en jornadas de tiempo parcial (peor pagadas a ambos sexos) o que hombres y mujeres tienden a elegir distintos tipos de profesiones. Por supuesto, los ideólogos del género (llamados “expertos”, en lenguaje periodístico) aseguran que ello no es debido a una elección libre de las mujeres para conciliar mejor la vida laboral y familiar, o simplemente para hacer lo que les gusta, sino que han interiorizado un estereotipo sexista que las lleva a asumir como propios el cuidado de la familia y determinadas tareas asistenciales.

También parece que las mujeres tienden a no empeñarse tanto como los hombres en alcanzar puestos directivos, ya sea porque estos comprometen el tiempo dedicado a la vida familiar con más reuniones, viajes, etc., o simplemente porque les gusta competir menos. Los “expertos”en cambio se refieren a esa menor presencia de las mujeres en altos cargos como el “techo de cristal”, o el postulado de que existe una sutil presión patriarcal para que las mujeres disfruten de menos poder que los hombres en empresas e instituciones.

¿Cual es la explicación correcta? ¿Eligen las mujeres libremente sacrificar sus ingresos laborales porque tienen su propia escala de valores, distinta a la masculina? ¿O lo hacen condicionadas por las inercias machistas que les asignan determinados roles? Que países como Estados Unidos, Alemania o Suiza tengan unas brechas salariales mayores que las de España, Portugal o Grecia es interpretable, en principio, de las dos maneras. O bien los estadounidenses, alemanes y suizos son más machistas que los españoles, portugueses y griegos, o bien sería algo que tiene que ver con las diferentes densidades del tejido industrial de unos países y otros, que acentúan los efectos de las predilecciones de cada sexo. (Fuente: OCDE.)

Acaso las mujeres tratan de conciliar la vida laboral y familiar, y se decantan más hacia los idiomas que hacia la informática, sencillamente porque es su manera de ser, en gran medida innata; no porque de niñas hayan sido adoctrinadas con muñecos de bebés gorditos regalados en Navidad. Para sostener esto último, debería al menos tratar de probarse experimentalmente. El problema de la corrección política, en cuestiones de sexo y otras, es que ha sustituido los criterios de objetividad por los emocionales; “ha subordinado la verdad objetiva a una virtud subjetiva.” (Anthony Browne, The Retreat of Reason.)

No se trata de negar la existencia de prejuicios culturales. Pero la cuestión es: ¿de dónde surgen los prejuicios? ¿Son de origen puramente cultural, o tienen una base biológica? En general: ¿los estereotipos, sobre cualquier tema, son siempre necesariamente falsos y por tanto perniciosos?

Respondiendo a la última pregunta, mi opinión es que un estereotipo sólo es rechazable cuando afecta a un individuo, no a un colectivo. Sería injusto que se rechazara a una mujer (o a un hombre) que optara a un determinado empleo por su sexo, pero no es en sí mismo injusto, ni necesariamente consecuencia de una injusticia, que en muchas profesiones no haya paridad. Es verdad que los tópicos pueden nublar el juicio de un seleccionador de personal, pero la solución no es prevenir esa hipotética injusticia imponiendo una sistemática y segura injusticia de sentido opuesto, como es la discriminación positiva.

Las políticas bienintencionadas que pretenden facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar (más guarderías, permisos de paternidad, etc.) son en sí mismas benéficas, siempre que no se impongan coactivamente. Pero cuando se justifican con el argumento de que hay que promover la paridad, no se hace más que reforzar el mensaje de la lucha de sexos, como si la desigualdad salarial fuera en sí misma una forma de opresión patriarcal, y no simplemente un reflejo de diferentes estilos de vida, libremente elegidos.

¿De dónde procede la ideología de género? Yael Farache, en un brillante ensayo titulado “Por qué ya no soy feminista” sostiene que el feminismo es una creencia irracional, que se enmarcaría, junto con el marxismo, el democratismo o el animalismo, en un “racimo de creencias que están inscritas dentro del marco del universalismo”. Farache considera que el universalismo tendría su origen último en el cristianismo, una de cuyas ideas fundamentales es que “todos somos iguales”. Desde luego, es esta una sentencia manifiestamente falsa si se refiere a cuestiones de hecho, pero su significado es mucho más profundo: se refiere a la igual dignidad de todos los seres humanos, entendidos como criaturas de Dios. Es posible que el feminismo o el socialismo tengan su origen remoto en esta idea, pero si es así, hay que decir que la han deformado hasta niveles caricaturescos.

Según Farache, ante una idea irracional de tipo religioso, en Occidente estamos protegidos contra sus efectos gracias a la separación entre la Iglesia y el Estado. Pero esto –observa sagazmente– no sucede cuando la irracionalidad es de tipo secular. Dice la bloguera:

No estamos protegidos contra las creencias irracionales de origen secular porque la diferencia que hacemos entre las creencias religiosas y las que no lo son es dramática y nos dificulta entender lo parecidas que son, en lo práctico son la misma cosa.

Creo que el problema no es de racionalidad o irracionalidad, sino de verdad o mentira. En la época moderna, Occidente ha sustituido la cuestión sustantiva acerca de la verdad por una cuestión formal sobre la racionalidad. No estoy muy seguro de que hayamos ganado gran cosa con ello. La charlatanería (desde el ocultismo hasta las supersticiones sociopolíticas como el marxismo) sigue proliferando como en el pasado. Pienso que acierta Farache cuando dice que la separación entre Iglesia y Estado es una protección, pero no porque nos permita librarnos de la religión, sino porque impide la imposición de cualquier pensamiento único, no sólo el religioso. El problema es que si eliminamos virtualmente a la Iglesia, ya no tiene sentido hablar de separación, y por tanto nada impide la imposición. ¡El Estado queda peligrosamente solo en el escenario! Se olvida demasiado fácilmente que no se trataba solamente de preservar al poder temporal de la intromisión del espiritual, sino también al revés. Una Iglesia soberana es una poderosa garantía de que el César se extralimite menos fácilmente en sus funciones, tratando de establecer su propia religión de Estado, aunque no la llame religión.

Después de todo, pese a su agnosticismo de partida, Farache reconoce que el feminismo es una variante del marxismo cultural, cuyos fines declarados eran, y son, destruir el cristianismo y la familia, para poder realizar la revolución. Su ensayo termina con un valiente alegato a favor de la familia como núcleo fundamental de resistencia contra el poder político, atreviéndose a cuestionar el mayor tabú de todos –que realmente la incorporación de la mujer al mercado laboral, e incluso el sufragio femenino, hayan sido una liberación. Tampoco es casual que la concepción de la familia como una unidad por derecho propio (y no un mero agregado convencional de individuos) sea la que siempre ha defendido el catolicismo. Y la que seguirá defendiendo mientras no decida “modernizarse”, es decir, rendirse ante el César.

jueves, 5 de febrero de 2015

Encuesta para los visitantes de Archipiélago Duda

Un estudiante de doctorado de la Universidad de Valencia me ha remitido la siguiente carta:

Hola a todos,

Mi nombre es Juan Mª Sánchez y soy estudiante de Doctorado en Marketing en la Universitat de València. Actualmente estoy desarrollando mi tesis doctoral, que se centra en las relaciones existentes entre la interactividad a través de Internet y la adopción de roles políticos más participativos.

Me gustaría solicitar vuestra colaboración para poder concluir el apartado práctico de mi tesis. Para ello, necesito que pinchéis en el enlace que figura a continuación y que completéis el breve cuestionario que figura en dicha página web.

Como veréis, es un cuestionario sencillo que se responde en apenas 8-12 minutos (reales) y en el que se plantean una serie de enunciados sobre factores relacionados con la lectura de blogs y la participación política.

Mi investigación carece de finalidad comercial y las contestaciones son completamente anónimas. Tampoco se requieren conocimientos previos ni existen respuestas correctas o erróneas, lo realmente relevante es la libre opinión acerca de los temas planteados.

Pincha por favor en el siguiente enlace para participar:


Muchas gracias por vuestra colaboración.

Un cordial saludo,
Juan Mª Sánchez Villar
Universitat de València 

sábado, 31 de enero de 2015

El uno por ciento más rico

Según Oxfam, “en sólo dos años el 1% más rico de la población acaparará más riqueza que el 99 % restante”. Actualmente, este porcentaje (70 millones de personas, en números redondos) ya posee el 48 % de la riqueza mundial.

Los autores sostienen que buena parte del enriquecimiento de esa minoría se debe a la influencia de grupos de presión financieros y farmacéuticos sobre los gobiernos, a costa del interés general. Por todo ello, proponen una serie de medidas que, en resumen, implican aumentar el gasto público y las regulaciones sobre el sector privado.

La noticia de que una exigua minoría controla casi la mitad de la riqueza mundial, y que en breve tiempo disfrutará de más del cincuenta por ciento, ha saltado a los medios de comunicación como la revelación de una obscenidad. La idea popular de que los ricos cada vez son más ricos –insultantemente ricos– y los pobres más pobres se ha visto reforzada con cifras concretas y poderosamente intuitivas. Pero no por ello deja de ser una idea falsa.

Como ha señalado el economista Juan Ramón Rallo, con los datos en la mano, y pese a todos los problemas coyunturales, “el mundo nunca ha sido un lugar mejor”. Desde 1980, la población que sufre extrema pobreza ha pasado del 43 % al 17 %, la desnutrición del 21 al 11,3 %, la mortalidad de los menores de cinco años del 11,5 al 4,6. Han aumentado también notablemente, a nivel global, la esperanza de vida, el acceso al agua potable y al alcantarillado, la alfabetización y la escolarización...

Es verdad que cada vez hay más ricos, y que la riqueza de algunos de ellos se ha incrementado. Pero es falso que cada día haya más pobreza en el mundo. Sencillamente, la tesis de que la opulencia de los unos se origina en la miseria de los otros carece de confirmación empírica. Y bien mirado, esto no debería sorprendernos. La riqueza no es una magnitud estanca ni estática. Las personas adineradas consumen e invierten, crean innumerables empleos directos e indirectos, destinan ingentes sumas a obras filantrópicas. El dinero no se limita a fluir hacia ellas, sino que circula también en sentido contrario, y con profusión.

Sin duda es cierto que algunos ricos se ven beneficiados por los gobiernos, gracias a sus actividades de lobby. (Y no olvidemos a otras minorías, como los agricultores, los ecologistas, los gays y un larguísimo etcétera.) Pero si políticos y burócratas no controlaran un porcentaje tan alto de la economía, su capacidad de favorecer caprichosamente a intereses particulares sería menor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los estados han venido desplazando al mercado como proveedores de ciertos servicios públicos, hasta el punto de que se ha generalizado la impresión de que no existe otro medio de universalizar la sanidad, la educación o las pensiones. Pero transferir la riqueza desde la sociedad hacia los burócratas no equivale a que aquella se redistribuya; simplemente convierte a una gran parte de la población en dependiente, cuando no en rehén, de la arbitrariedad política, que decide sobre el número de camas de hospital, los contenidos educativos, la edad de jubilación o el monto de esta, en función de criterios ideológicos y ajenos a cualquier lógica sostenible.

Se dirá que sigue siendo escandaloso que un 1 % de la población “acapare” (según el tendencioso término de Oxfam) casi la mitad de la riqueza mundial. Pero, ¿qué debería preocuparnos más, la pobreza en sentido absoluto –que haya gente que no tiene suficiente para comer, para medicinas, etc.–  o la desigualdad? Porque se trata de dos cosas distintas. Si A posee una riqueza mil veces superior a B, y la de ambos se multiplica por dos, la desigualdad seguirá siendo relativamente la misma, pero es evidente que la situación de B habrá mejorado radicalmente. ¿Debería molestarle a B que a A también le vaya mejor?

Las desigualdades no se dan solamente en la economía. Se observan en multitud de campos, tanto sociales como naturales. Ello no demuestra que la desigualdad económica sea una necesidad cósmica ineludible, pero sí que tal vez debería sorprendernos mucho menos.

El 1 % más rico de la población tampoco es un club cerrado ni homogéneo. El propio informe Oxfam admite que sólo el 34 % de milmillonarios de la lista Forbes ha heredado una parte o la totalidad de su fortuna. Y entre los setenta millones de individuos que suman el 48 % de la riqueza mundial existen abismales diferencias, desde los 80.000 millones de dólares de Bill Gates hasta menos de un millón. (El número de personas con más de un millón de dólares asciende a 35 millones, según Credit Suisse.)

¿Es un escándalo que haya seres humanos mucho más opulentos que otros? Puede que lo sea, pero a poco que reflexionemos, veremos que se trata de una realidad cotidiana; habitual, sin ir más lejos, en la mayoría de las familias. Los padres suelen ser cien o mil veces más ricos que sus hijos, cuyo patrimonio se reduce a una bicicleta y a una hucha. Se dirá que el ejemplo no vale, pero lo que reflejan propiamente las estadísticas esgrimidas por Oxfam es la riqueza nominal, que no siempre se corresponde exactamente con el nivel de vida.

Solamente por motivos prácticos, deberíamos centrarnos mucho más en la pobreza absoluta que en la desigualdad, un concepto estadístico que se presta demasiado a la manipulación emocional. Aunque sea una tautología, por lo visto hay que decirlo: la pobreza sólo se reduce realmente facilitando la creación de riqueza. Ese 1 % de seres humanos más ricos debería ser visto no con resentimiento, sino como un estímulo, como un motor de progreso.

lunes, 12 de enero de 2015

La cruel paradoja de París

Permítanme distinguir dos reacciones típicas (desgraciadamente típicas) a los atentados islamistas de París. Tenemos, por un lado, a quienes sugieren una equivalencia moral entre el terrorismo y las intervenciones militares de gobiernos como Estados Unidos, sus aliados e Israel. Un perfecto imbécil (actor, por más señas) afirmó en las primeras horas que "Occidente asesina diariamente". Y un dirigente del entorno etarra ha declarado que "Europa y Occidente han hecho mucho daño al resto del mundo históricamente." Quienes elevan los crímenes terroristas contra personas desarmadas e inocentes a la categoría de acciones de combate (incluso cuando estas últimas puedan ser en ocasiones éticamente dudosas) no sólo distorsionan la realidad, sino que han perdido por completo su capacidad de discernimiento moral. Entre un bombardeo contra objetivos militares que causa víctimas civiles y el asesinato premeditado de estos existe una diferencia esencial que sólo los prejuicios ideológicos pueden difuminar.

Tenemos, por otro lado, a quienes condenan el terrorismo islamista, pero lo desvinculan del islam o bien lo incluyen dentro de un conjunto de fenómenos más amplio o de otra naturaleza. En alguna tertulia he escuchado incluso que los atentados de París no tienen nada que ver con el islam. Por lo que sabemos, quienes no han tenido nada que ver con los asesinatos han sido los católicos, los budistas y los boy-scouts. Esta actitud puede obedecer a distintas motivaciones: algunos aprovechan para cargar contra todas las religiones, y en especial contra el cristianismo. Existen también personas a las cuales les cuesta encajar el yijadismo en su particular cosmovisión "progresista", para la que el Mal siempre procede de unas entidades difusas que llaman "fascismo" o "neoliberalismo", si es que se avienen a distinguirlas. En este subgrupo encontramos habitualmente a aquellos que parecen poner en el mismo plano la indignación por unos asesinatos tan reales como viles y la preocupación por un nebuloso ascenso de la islamofobia, hasta ahora menos tangible que la judeofobia (que afecta desde hace tiempo a Francia) e incluso que el sectarismo anticristiano que suele pasar por laicismo. A menudo, son los mismos que culpan al racismo, la xenofobia o a la marginación económica de que algunos individuos se conviertan en asesinos.

Lo cierto es que las sociedades occidentales son probablemente las que ofrecen una mayor igualdad de oportunidades a todos los individuos, sea cual sea su sexo, raza o religión. Cualquier niño francés, español, alemán o estadounidense que aproveche la escolarización obligatoria puede gracias a ello, en el futuro, acceder a casi cualquier profesión o empleo cualificado. Es evidente que un chaval de clase alta lo tendrá más fácil que otro cuyos padres se encuentren en el paro y que resida en un barrio donde proliferen las drogas y las bandas. Pero en principio, de su esfuerzo, reflejado en sus calificaciones académicas, depende en gran medida que un día pueda escapar de ese ambiente. No sin cierta frecuencia, es a veces el individuo de origen más humilde quien saca más partido de las oportunidades ofrecidas por el sistema educativo, lo cual demuestra que son más decisivas que las circunstancias, e incluso que las cualidades intelectuales innatas.

Sin embargo, desde hace mucho tiempo, en Occidente, y particularmente desde los propios centros de enseñanza, se viene inculcando una ideología que niega radicalmente lo anterior. Desde la más tierna infancia se adoctrina a los ciudadanos en la idea de que la sociedad (aunque quieren decir el Estado) tiene la obligación de garantizar la máxima igualdad material posible de todos. La escuela, desde este punto de vista, no es ya vista como una oportunidad de prosperar, sino como parte de esa realización de la igualdad. Esto lleva a que aquellos que no aprovechan los estudios, en lugar de culparse a sí mismos por ello, desarrollen un resentimiento perfectamente estéril, en el mejor de los casos, hacia una sociedad a la cual culpan de su automarginación.

No es anecdótica la relación entre el radicalismo de la juventud musulmana en Francia y el rap, una forma de expresión cultural surgida en contextos análogos de rechazo de la responsabilidad sobre la propia vida, alimentados por pedagogos y periodistas imbuidos de concepciones izquierdistas. Los mensajes de "crítica social" que supuestamente transmiten los raperos tienen mucho más de cierta clase de protesta onanista, que encuentra una satisfacción narcótica en culpar siempre a otros de los problemas.

Esta concepción, generalizada a las relaciones internacionales, es por cierto la que lleva a criminalizar a Occidente, convertido en el principal culpable del subdesarrollo e incluso de los conflictos que afectan a otras culturas. El cóctel explosivo se completa denigrando todos los días la herencia judeocristiana, desde las cátedras, las redacciones y los parlamentos. Herencia que es precisamente la que está en la base de los valores que hacen de la persona, y no el colectivo, el centro de la existencia.

Así las cosas, es endiabladamente fácil que la juventud francesa de origen magrebí encuentre en la identidad cultural de sus padres y abuelos una forma de profundizar en ese complejo de externalización de toda culpa, y termine en numerosos casos en la radicalización islamista. Y por si esto no fuera suficiente, no faltarán los periodistas y demagogos que vendrán a darles la razón, confirmándoles que se trata de un problema de racismo o de políticas "neoliberales" que les han condenado al desempleo.

Se cierra así un círculo que conduce a las posiciones apuntadas en primer lugar, las cuales relativizan y a la postre justifican el terrorismo. La lucha contra el yijadismo está indisolublemente ligada, por lo dicho, con la recuperación de nuestra propia identidad occidental, que es tanto como decir liberal y judeocristiana. Una identidad (y no deja de resultar una cruel paradoja) que los propios dibujantes de Charlie Hebdo se esforzaron denodadamente por denigrar. Pese a sus errores, descansen en paz.

martes, 30 de diciembre de 2014

Debatir con Podemos

Los dirigentes de Podemos practican un modo de argumentar que elude el debate sobre lo esencial, esto es, si las medidas de tipo socialista (nacionalizaciones, impuestos confiscatorios a los ricos, gasto público, etc.) funcionan mejor que las de tipo liberal (privatizaciones, reducción de impuestos, austeridad presupuestaria). Y algo no menos importante: si pueden aplicarse sin conculcar los derechos humanos básicos, como el de propiedad y otros. La primera razón por la que, en general, eluden el debate académico sobre sus propuestas (ellos, que tanto gustan de recordar que son profesores) es evidente: no les hace ninguna falta, porque intuitivamente una gran mayoría de españoles sigue creyendo que "el liberalismo es pecado", aunque seguramente por motivos distintos a los de Juan Manuel de Prada. (Incidentalmente, esto explica también por qué, aparte motivos de medro personal, tantos falangistas se reconvirtieron en progresistas sin despeinarse.) La segunda razón es que tampoco les conviene, porque debatir sobre el socialismo supondría aceptar, implícitamente, que no es un dogma de fe, que existen argumentos a favor y en contra.

En lugar de tratar de argumentar sus propuestas, Podemos utiliza básicamente las siguientes tácticas retóricas:

1) La descalificación. Cualquiera que discrepe de Podemos será tachado de "casta", a veces también de "neoliberal" (que en los ambientes es un insulto terrible). Juan Carlos Monedero es además un virtuoso en el recurso de achacar a su adversario errores elementales, a fin de sembrar dudas sobre su solvencia intelectual; en contraste, no hay que decirlo, con su currículo supuestamente apabullante.

2) Cambiar de tema. En esto, tanto Iglesias como Monedero son consumados maestros. Ante cualquier argumento en contra, ellos vuelven siempre a lo suyo, a la denuncia de la corrupción y de la situación de las personas que atraviesan mayores dificultades. Con ello, además de conseguir esquivar cualquier crítica a sus propuestas, consiguen más minutos de televisión hablando de lo que les beneficia (que es enardecer a la gente aún más de lo que está) y además de algún modo tratan de monopolizar esa denuncia, sugiriendo que a sus interlocutores no les preocupan tanto los desahucios ni la pobreza como a ellos.

3) Ridiculizar las acusaciones que les relacionan con el chavismo. Aunque esto puede considerarse como una variante del punto 1, es de suma importancia. Pues lo que resulta crucial, tratándose de Podemos, es que sus dirigentes son una élite de tipo leninista, entrenada en Venezuela en las técnicas para la toma revolucionaria del poder, aprovechando las facilidades que les ofrece la democracia. Y este es su punto electoralmente más débil, en la medida en que se conozca suficientemente. Para contrarrestarlo, intentan adoptar una apariencia de socialdemócratas escandinavos y, sobre todo, se burlan de quienes, según ellos, sacan a pasear el fantasma de Chávez.

Unas notas rápidas de cómo hay que argumentar con Podemos.

1) Hay que señalar y denunciar sus inconsecuencias personales, los casos de corrupción y de conducta poco ética en los que están mezclados. Pero debe hacerse como de pasada, sin pretender que el debate gire únicamente en torno a un tema en el que ellos tienen más que ganar. La gente está harta, con razón, del "y tú más" o el "y tú lo mismo", como principal argumento empleado cuando se habla de la corrupción.

2) Llevarles al terreno del debate entre socialismo y liberalismo, recordando la experiencia de Venezuela y otros países que aplican medidas socialistas, con resultados conocidos. No hay que caer en un error recurrente, consistente en decir "yo comparto vuestro diagnóstico, no vuestras soluciones". Las soluciones equivocadas proceden de diagnósticos equivocados. Y señalar ciertos síntomas (la corrupción, el paro, la pobreza) no es todavía hacer un diagnóstico en absoluto, ni acertado ni erróneo.

3) Hay que detectar y poner de manifiesto las tres tácticas discursivas enumeradas arriba, cada vez que las utilicen, y así deshacer el efecto hipnótico que pretenden. Cada vez que descalifican ("tú eres casta"), cambian de tema ("la prioridad es la gente que no tiene para pagar la hipoteca o la luz") o sonríen ante quienes les recuerdan sus vínculos bolivarianos ("no sabéis hablar de otra cosa, nuestro modelo es Suecia"), debe mostrarse el carácter puramente instrumental de su discurso, lo evidente y con frecuencia burdo de sus tácticas.

Los dirigentes de Podemos no muerden, intelectualmente hablando. Tratan de intimidar con sus currículos supuestamente brillantes, pero saben que no les conviene realmente el debate de altura, sino el juego sucio: en ello son auténticos catedráticos.