jueves, 31 de julio de 2014

La enfermedad del victimismo

Los palestinos que profieren lamentos desgarradores y se golpean la cabeza en los entierros de sus hijos -esos mismos hijos a los cuales adoctrinan en el odio y entrenan como terroristas suicidas desde la más tierna infancia, y a los que no dudan en usar como escudos humanos- son quizás la mejor imagen de la enfermedad del victimismo.

Hay que señalar que el victimismo ni siquiera necesita la existencia de un conflicto objetivo. Los nacionalistas catalanes pretenden que España lleva tres siglos tratando de perpetrar un "genocidio cultural" en Cataluña. Y sin embargo, los hechos son que la enseñanza pública se imparte exclusivamente en catalán, se editan en ese idioma los periódicos más conocidos de Barcelona, así como cientos de libros al año, existen numerosas cadenas de radio y televisión que utilizan exclusivamente la lengua de Pla, y la mayoría de las emisoras con sede en Madrid ofrecen informativos regionales y otros programas en catalán. Por no hablar de la señalización viaria, las comunicaciones de las administraciones locales y autonómica, y la rotulación de la mayoría de empresas. El catalán no sólo es omnipresente en Cataluña (cosa hasta cierto punto natural), sino que además recibe un trato privilegiado, lo que supone una evidente y absurda discriminación de la lengua española común, hablada por todos, y vernácula en la mayoría. Sin embargo, basta con que algún ministro del gobierno central trate de proteger el derecho al uso del español, por ejemplo en la enseñanza, para que los nacionalistas reaccionen como basiliscos, denunciando una voluntad exterminadora de la identidad de Cataluña. No me extenderé, por otra parte, sobre el victimismo basado en el dudoso "déficit fiscal", que palidece ante el volumen de la corrupción amparada en el fer país.

El victimismo no se limita en absoluto a las minorías nacionales. Hoy triunfa en todo el mundo occidental bajo el manto de defensa de la igualdad de sexos (mal llamada, en español, de "género") y de los derechos de gays y lesbianas. Pero de nuevo, los hechos objetivos no parecen justificar ciertos discursos inflamados. En los países desarrollados, las mujeres acceden a los estudios superiores en el mismo porcentaje, si no mayor, que los hombres, y habitualmente con mejores calificaciones. Abundan mujeres en la policía, en la medicina, en el periodismo, en los tribunales de justicia, en los parlamentos y en los gobiernos. Pero como sigue existiendo un cierto predominio de los hombres en algunos puestos públicos y privados de responsabilidad, en determinadas profesiones y en el empleo a jornada completa, los ultrafeministas deducen de ello, sin ninguna prueba científica, que nos hallamos ante una discriminación encubierta, promovida por el ubicuo patriarcado opresor. A fin de combatirla, se impone paradójicamente la llamada discriminación "positiva", que no es más que una pura y simple discriminación contra los hombres. Esta estrategia se refuerza mediante la violencia de "género", otra construcción ideológica que reconoce sólo la violencia doméstica en la que la víctima es de sexo femenino, interpretándola como efecto de un supuesto machismo atávico, que resurgiría incomprensiblemente, y descartando a priori cualquier relación con el deterioro de la institución familiar. Se pretende, en definitiva, adoctrinar a la población, a través de la escuela y los medios de comunicación, en una ideología que pone bajo sospecha al varón y concibe el cuidado de los hijos como una enojosa tarea que hay que repartirse, o incluso evitar, limitando la natalidad y favoreciendo el aborto.

Una estrategia análoga de victimización siguen los grupos de activismo homosexualista. En las sociedades demoliberales, desde hace décadas, está vetada cualquier intromisión en la conducta sexual de los adultos; los gays, u homosexuales declarados, gozan incluso de una cierta sobrerrepresentación en los medios de comunicación y los círculos artísticos. Pese a ello, esos grupos pretenden que todavía sufren la discriminación del malvado heteropatriarcado, y con el objeto de erradicarla, pretenden que la sociedad está obligada a cambiar el significado de la institución matrimonial para que incluya uniones entre personas del mismo sexo. Al igual que el ultrafeminismo, tratan de imponer sus agendas ideológicas en la educación y las leyes, confluyendo en la relativización de la sexualidad fértil, el desprecio de la familia, encubierto con el reconocimiento de "otros modelos", y las limitaciones a la libertad de pensamiento, amparadas en una obsesión paranoica contra fantasmagóricas "incitaciones al odio".

Tenemos también la victimización basada en motivos económicos. La idea es que los pobres culpen a los ricos de sus posiciones relativas, y reclamen en consecuencia medidas coactivas de redistribución, conocidas como socialismo, que van desde impuestos elevados hasta expropiaciones directas, pasando por controles de precios y de la actividad económica en general. Medidas todas ellas que tienen exactamente el efecto contrario de entorpecer la creación de riqueza (cuando no hacerla imposible), y por tanto perjudican en especial a quienes pretenden favorecer. El victimismo sirve también para sustituir la excelencia educativa por criterios igualitaristas, lo que sólo consigue degradar la calidad de la enseñanza y devaluar consiguientemente las titulaciones, que son el principal "ascensor social" de los menos favorecidos.

El resultado inmediato de la victimización es justificar un trato injusto contra los grupos a los cuales se considera culpables. Pero quizás lo peor de todo es que, en la medida que muchos terminan interiorizado su condición de víctimas, culpando a otros de sus problemas, se desresponsabilizan de resolverlos por sí mismos, agudizándolos o incluso creándolos donde antes no existían objetivamente. Empieza uno sintiéndose víctima y acaba siéndolo realmente, aunque no de aquellos a quienes culpa de su situación.

Así, los pobres se acostumbran a creerse en el derecho de percibir eternamente subsidios, con lo cual su situación social tiende a cronificarse, enlodada en un sentimiento de autocompasión y de fatalismo. Las mujeres, en lugar de ser consideradas simplemente como personas, reciben un trato aparentemente favorable, pero que no destaca por encima de todo su talento o esfuerzo, sino su condición sexual, lo cual las mantiene, al menos en el plano simbólico, en una especie de eterna minoría de edad. Análogamente, parece que los sentimientos y prácticas sexuales de los gays tienen que ser el aspecto más importante de sus vidas, y se les anima a participar en actos como los desfiles del "orgullo", lastimosamente autodenigratorios. Respecto a las minorías nacionales, en la medida en que acaban creyéndose el relato de una opresión secular, tienden al ensimismamiento y por tanto al provincianismo. Al centrar todas sus esperanzas en la separación, que supuestamente resolverá todos los problemas, el nacionalismo acaba haciendo olvidar cualquier otra sana aspiración de mejora espiritual y material. Cuando sólo se habla de la independencia, las energías acaban siendo absorbidas por un obsceno onanismo político y cultural.

El victimismo no considera a los hombres como individuos libres de elegir su propio destino, sino que les confiere una identidad colectiva (palestinos, catalanes, mujeres, homosexuales, pobres) de la que no pueden ni deben sustraerse. Presenta el sometimiento a esa identidad como una liberación, como un progreso de su autoconsciencia, cuando en realidad supone condenar al hombre a ser lo que es, y no lo que quiere ser. Incluso cuando se presenta la identidad como una aparente elección, como por ejemplo en el transexualismo, en realidad esta oscila entre una arbitrariedad irreductible y por tanto irracional, o un noúmeno no menos prelógico, contra el cual sería inútil e insano resistirse. Al interpretar la existencia en función de las injusticias sufridas por los antepasados, el victimismo implica un retroceso de la consciencia moderna hacia una especie de semifeudal ley de la vendetta, en la cual la revancha pesa más que la justicia, el pasado más que el presente, el (re)sentimiento más que la razón.

Para acabar, no podemos olvidar que una triste secuela del victimismo es que ignora o posterga a las verdaderas víctimas, como los bebés abortados, quienes han sufrido la violencia del totalitarismo y del terrorismo, y los cristianos perseguidos y masacrados en diferentes lugares del mundo. En ocasiones, se llega a mezclar a las víctimas espurias con las auténticas, lo que posiblemente sea la mayor afrenta concebible hacia estas últimas, sobre todo si algunas de las primeras resultan ser los verdugos de las segundas. El victimismo no resuelve nada que haya que resolver, y además envenena cualquier fuente de solución. Es vital aprender a detectarlo y rechazarlo sin miramientos.

domingo, 27 de julio de 2014

Soy caverna

La conocida periodista republicana, separatista y feminista Pilar Rahola me ha preguntado retóricamente en Twitter: "[¿]Te consideras caverna? Curioso." Le he respondido mandándole un dibujo de una caverna prehistórica, y en esta entrada me propongo explicarme sin la constricción de los 140 caracteres.

En un sentido puramente descriptivo, es bastante obvio por qué soy caverna. Para empezar, soy liberal, lo cual significa que creo en los derechos humanos, y que los gobiernos deben estar limitados por las leyes, y por jueces y periodistas independientes, y por la participación ciudadana mediante el sufragio universal.

Aparentemente, estas creencias no difieren sustancialmente de las que manifiesta la señora Rahola. Pero hay un aspecto fundamental que nos distingue: la coherencia. Seguro que nuestra periodista cree en los derechos humanos, y sin embargo, es una decidida partidaria del aborto, que atenta contra el derecho a la vida de los seres humanos en gestación. No me sorprendería que fuera también una entusiasta de la antiliberal discriminación positiva por razones de "género". Asimismo, sospecho que debe ser favorable a los impuestos altos y a amplias prerrogativas intervencionistas de los gobiernos, lo cual se contradice con el derecho a la propiedad privada y con el principio de limitación del poder. Por último, es una acérrima defensora de que Cataluña se separe de España rompiendo con la constitución, con lo cual demuestra, entre otras cosas, que ve el Estado de derecho más como un obstáculo engorroso al poder político que como el fundamento de las libertades.

Probablemente, Rahola replicaría a lo anterior hablando de los "derechos reproductivos" y de la opresión histórica sufrida por las mujeres; se extendería a continuación -supongo- acerca de la justicia social y de los niños que pasan hambre por culpa de los malvados mercados; y por último, me la imagino pronunciando un inflamado discurso sobre la democracia y el "derecho a decidir".

Llegados a este punto, un liberal-conservador como yo no puede hacer más que ahondar en su condición cavernícola. Porque confieso que, para mí, una mujer embarazada ya ha ejercido su libre derecho a reproducirse (salvo que haya sufrido una violación, causa de embarazo estadísticamente rara), y en ese momento lo que tiene es una enorme responsabilidad hacia el ser humano que alberga en su vientre.

Ni siquiera creo que hoy exista discriminación sexual en Occidente, lo que me sitúa a la derecha de este Partido Popular patéticamente ansioso de ser tolerado en los salones del progresismo. Todas esas monsergas de la "brecha salarial" o el "techo de cristal" son puras falacias, que presuponen sin ninguna base científica que si las mujeres no optan por igual que los hombres por cualquier profesión, por jornadas completas o por puestos de responsabilidad, es porque existe todavía una cultura machista que las condiciona. Y apoyándose en esta superstición ideológica, políticos y activistas se creen autorizados a conculcar la igualdad con medidas de discriminación positiva, o con leyes palmariamente injustas que castigan una agresión (incluso verbal) de modo distinto en función del sexo del agresor.

En realidad, si algo está condicionando hoy a muchas mujeres es la ideología feminista radical que desprestigia a las que optan por dedicarse sólo al cuidado de sus hijos, o a tratar de conciliarlo con la vida laboral, como si no fuera esa la ocupación más digna que pueda tener una mujer. También un hombre, sin duda, pero numerosos estudios empíricos serios confirman que la psicología femenina está especialmente orientada a las relaciones sociales y familiares. En todo el mundo, y especialmente en los países más igualitarios, como por ejemplo Noruega, las mujeres tienden a decantarse (con total libertad, insisto) más por profesiones como la enfermería o la enseñanza, con un alto grado de interactividad social y emocional, mientras que los hombres son proclives al trabajo con máquinas o sistemas de organización relativamente impersonales. Lo cual permite conjeturar muy razonablemente que se trata de características más genéticas que culturales.

Respecto a la justicia social, soy de los que creen que lo más justo es que todo el mundo tenga un empleo, y pueda así ganarse la vida honradamente con su esfuerzo y su talento. Que los subsidios deben reducirse todo lo posible para no desincentivar el trabajo, que los elevados impuestos y cotizaciones sociales actuales (que en la práctica son también impuestos) no hacen más que dificultar la creación de empleo, y que los servicios públicos no funcionan mejor porque los gestione la administración, ni es el Estado el único que puede garantizar su universalidad. Creo que una sociedad es más próspera y más justa si son los ciudadanos, y no los políticos y burócratas, quienes deciden qué hacer con la mayor parte de su dinero, y qué educación quieren que reciban sus hijos, sin interferencias de minorías activistas, pagando sólo los impuestos imprescindibles para el funcionamiento de un Estado que sea garante del cumplimiento de las leyes y de la seguridad, no de la felicidad impuesta desde arriba.

Y para acabar, sobre el "derecho a decidir", brevemente: uno tiene derecho a decidir muchas cosas, pero no cualquier cosa, evidentemente. En concreto, los catalanes no tenemos derecho a decidir de manera exclusiva lo que queremos que sea España. Ese es un derecho que pertenece a todos los españoles, y aún así con limitaciones. Para reformar la constitución, es legalmente obligado seguir los procedimientos detallados por los artículos 166 al 169, que por sí mismos no excluyen ninguna posibilidad, pero protegen a la constitución de que un gobierno pueda alterarla a capricho, de espaldas a la ciudadanía y a la oposición democrática. Incluso aunque todos los españoles apoyaran una revisión profunda de la Ley fundamental, esta no podría realizarse rompiendo abruptamente con esa misma Ley. Porque si decidimos que la democracia (reducida al ejercicio del voto) está por encima de la ley, como no se cansan de repetir los gerifaltes nacionalistas, entonces no habría nada que objetar a que un Iglesias Turrión, tras vencer hipotéticamente en unas futuras elecciones, iniciara un "proceso constituyente" que le permitiera instaurar un régimen autoritario y populista, siguiendo el manual de su maestro Chávez Frías.

Si a estas opiniones añadimos mi escepticismo acerca del cambio climático de origen humano, queda claro que soy un troglodita sin remedio. Lo que me pregunto a veces es si en las convicciones de los izquierdistas no late una nostalgia de la horda primitiva, aún más antigua que Atapuerca.

viernes, 25 de julio de 2014

La existencia de Dios: cinco teorías

Los razonamientos que expongo a continuación son el resultado de lecturas y reflexiones de muchos años, en las que sobre todo he descubierto lo extraordinariamente lento que puedo llegar a ser para alcanzar conclusiones bastante sencillas. Pero la principal causa de que haya llegado, según creo, a resultados provechosos, han sido algunos libros de Francisco José Soler, profesor de filosofía de la ciencia en Bremen y en Sevilla; concretamente, ¿Dios o la materia? (en coautoría con M. López Corredoira), Dios y las cosmologías modernas y Mitología materialista de la ciencia. También he podido debatir por correo con Soler, quien me ha ayudado a ver la insuficiencia de algunos de los argumentos que he expuesto en escritos míos anteriores, lo que no significa que él tenga que estar de acuerdo con lo que sigue.

La existencia de Dios se ha convertido para muchos en algo ya no dudoso, sino sencillamente irrelevante. Se ha difundido masivamente la idea de que si Dios no existe no cambia nada, ni en nuestra comprensión del mundo ni en nuestras concepciones éticas. Creo que esto es un error fatal. Limitándonos por lo pronto a la ética, el concepto de dignidad humana gira en el vacío si lo desconectamos de la convicción de que hemos sido creados por Dios. La dignidad humana consiste básicamente en dos ideas: que toda vida humana tiene el mismo valor y que, a diferencia de los animales, el hombre es libre, lo que significa que es capaz de sobreponerse al instinto y las pasiones. De ahí proceden los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia. También, la familia entendida como una institución basada en el amor conyugal y paternofilial.

Muchos son como mínimo escépticos ante la relación entre el teísmo y los valores demoliberales. Nos recuerdan la Inquisición, las persecuciones y guerras religiosas, así como las reticencias de la Iglesia católica ante el liberalismo político durante el siglo XIX y parte del XX. El caso del islam no hace falta ni mencionarlo, porque su concepción fideísta e irracionalista de Alá no ha permitido fundar una concepción de la dignidad humana paralela a la occidental. Aquí por Dios entiendo el Dios judeocristiano, aprehensible con categorías racionales.

Incluso aunque el humanismo secular conceda que judíos y cristianos ya no son hoy, en su mayoría, fanáticos intolerantes, tiende a dar por sentado que la dignidad humana no necesita fundarse en la trascendencia, como si fuera un valor obvio por sí mismo, aunque accidentalmente hubiera sido alumbrado o desarrollado por Moisés y por Jesús. Sin embargo, si como sostienen los materialistas no somos más que un accidente cósmico, un producto del azar evolutivo, ¿qué importancia puede tener lo que hagamos? Por supuesto, la mayoría de personas experimentan sentimientos de empatía, y deploran sinceramente dañar a sus semejantes, incluso en circunstancias en las que pueden obtener de ello un beneficio inmediato. Pero sabemos que esa empatía es un sentimiento muy frágil, a menudo bloqueado o desbordado por otros sentimientos. Un Estado totalitario puede incluso cultivar las emociones contrarias a la empatía para conseguir sus objetivos, aunque sea al precio de pisotear por completo la dignidad humana. Si la creencia en Dios no parece garantía de la bondad de nuestros actos, el sentimiento de empatía tampoco es un asidero absolutamente firme del bien y la justicia.

La pregunta, entonces, es si podemos permitirnos el lujo de desdeñar el fundamento teísta de la dignidad humana; esto es, si con la sociabilidad natural y las “campañas de sensibilización” que tanto gustan a políticos, activistas y burócratas, vamos sobrados. Lo cierto es que las matanzas perpetradas en el siglo XX por dos ideologías seculares como el comunismo y el nacionalsocialismo han superado ampliamente, en un período de tiempo mucho más corto, la crueldad y el salvajismo de todas las hogueras de la Inquisición y de las guerras por motivos religiosos.

Este dato empírico, por sí solo, ya debería hacernos reflexionar. Sin embargo, lo decisivo es que la ética hedonista y prudencial del progresismo, o incluso el imperativo categórico kantiano, son completamente incapaces de reconocer la existencia de la máxima expresión del mal: la soberbia. Cuando el hombre no reconoce a nadie superior por encima de él, cuando cree que puede ser en cierto modo un dios, cualquier otro sentimiento o idea moral queda al albur de lo que tarde en extraer todas las conclusiones de su endiosamiento. Creer en Dios no nos hace, por supuesto, automáticamente mejores: es sólo el principio de un arduo camino. Pero cuando prescindimos de Dios, emprendemos una oscura senda en la que toda degradación es posible. Sólo las cándidas almas del progresismo, imbuidas del mito del buen salvaje (inversión laica del pecado original), pueden sorprenderse de la maldad que existe en el mundo, y atribuirla a un insuficiente progreso de la educación o de la organización social, como si la vertiginosa tendencia al mal que anida en todo ser humano se pudiera prevenir pintando palomas de la paz en el jardín de infancia. Mientras exista el mundo, existirá el mal; pero al menos podemos intentar que no triunfe por completo; y negar su esencia, reduciéndolo a un desajuste social, es una receta segura para perder la batalla antes de librarla.

Ahora bien, incluso alguien que estuviera de acuerdo con lo anterior podría decir: de acuerdo, creer en Dios es muy útil y hasta imprescindible, pero por desgracia, esto no demuestra que exista. Y en efecto, la existencia de Dios no puede ser demostrada de modo categórico. Sin embargo, sostengo que no sólo es la única base firme de la ética, sino del propio pensamiento racional. Esto es lo que trataré de argumentar en lo que queda de este texto, y para ello empezaré definiendo lo que entendemos por razón.

La razón puede entenderse de dos maneras: como una facultad del hombre o como una propiedad de la realidad. Aquí la usaremos en este doble sentido, aunque según el contexto prevalecerá uno u otro. Decimos que una persona es razonable cuando atiende a argumentos lógicos y evidencias empíricas. Asimismo, decimos que algo es racional cuando es inteligible, cuando presenta una ordenación teóricamente expresable, que permite cierta predictibilidad.

Prácticamente, todos los seres humanos creemos que el universo es racional, es decir, que está sujeto a determinadas leyes físicas invariables, y por tanto de efectos en principio predecibles. ¿Por qué creemos tal cosa? Pues evidentemente, porque hay una serie de fenómenos (astronómicos, físicos, biológicos, etc.) que presentan un alto grado de regularidad. Sin embargo, la regularidad observada hasta ahora explica el origen de nuestra fe en la racionalidad, pero no la demuestra formalmente, pues el pasado no sirve como prueba de que algo se mantendrá en el futuro, como señaló David Hume. No existe ninguna contradicción lógica en la idea de que un día cualquiera, una manzana desprendida de un árbol se detenga en el aire antes de caer al suelo, y se quede ahí suspendida durante diez minutos. Esto es pura fantasía, se dirá, pero lo cierto es que nadie puede probar que la ley de la gravedad seguirá funcionando en todo instante y circunstancia, sólo porque nunca se haya observado lo contrario hasta ahora. No es procedente aquí el argumento de que, si las leyes físicas fallaran, no estaríamos aquí, pues una interrupción temporal de la gravedad terrestre acabaría casi instantáneamente con la vida sobre la Tierra, por la pérdida de la atmósfera. No estamos imaginando que las leyes físicas fallen a menudo, de manera catastrófica, sino que puedan hacerlo de manera muy limitada, y aunque sea una sola vez en toda la historia del universo. ¿Por qué tal cosa es absolutamente imposible que ocurra? No hay respuesta a esta pregunta porque en realidad no es absolutamente imposible.

La mayoría de la gente, posiblemente, no llega a ser consciente de esta dificultad filosófica en toda su vida. Considera ingenuamente, como señaló Wittgenstein, que las leyes de la naturaleza son la explicación de los fenómenos de la naturaleza, es decir, que cuando podemos formular una ley ya lo hemos resuelto todo. Pero el problema es precisamente ¿por qué hay leyes naturales, y por qué precisamente estas leyes y no otras? Ante esto, creo que sólo existen cinco respuestas o posiciones posibles. Son las siguientes:

1) Las leyes conocidas de la naturaleza son las únicas posibles que permiten la existencia de un universo consistente con vida inteligente, o simplemente consistente en algún sentido. Aunque podamos imaginar leyes distintas, si desarrolláramos todas sus consecuencias, descubriríamos que el universo resultante no permitiría que apareciera nadie que pudiera preguntarse por qué estas leyes y no otras, o incluso no resultaría nada que pudiera sostenerse en la realidad.

2) No existen propiamente leyes de la naturaleza. Esta es una metáfora de origen ético-jurídico que empleamos por comodidad, para referirnos a las regularidades observables. Las leyes son una mera construcción de nuestra mente, que por tanto carecen de realidad objetiva.

3) Las leyes de la naturaleza existen porque todo lo lógicamente posible existe. Todos los universos concebibles, habitados o no, existen de algún modo como partes de un multiverso infinito.

4) Cualquier cosa puede suceder, incluida la suspensión de las leyes físicas. El mundo es completamente absurdo, y su aparente regularidad no debería hacernos creer que en cualquier instante, cualquier disparate no pueda irrumpir en la realidad. El orden es sólo un absurdo más, una especie de broma cósmica.

5) Las leyes de la naturaleza han sido dispuestas por una inteligencia trascendente a la que llamamos Dios, que las ha seleccionado libremente entre todas las posibles.

A continuación argumentaré que, de las cinco posiciones, la primera es ilógica y por tanto falsa (como de hecho se desprende por lo ya dicho). En cuanto a la 2, 3 y 4, en realidad se reducen a la misma, e implican la renuncia a comprender racionalmente el universo, o incluso la negación de que sea en sí mismo racional. Por tanto, la única alternativa racional es la 5.

La posición 1 es falsa, porque sencillamente no es cierto que cualquier variación o interrupción imaginable de las leyes de la naturaleza es incompatible con la vida inteligente o simplemente con alguna suerte de consistencia interna. El ejemplo de la manzana que se queda flotando en el aire es suficiente para comprender esto. No existe ninguna imposibilidad lógica de que semejante milagro ocurra, pues sólo lo contradictorio es imposible. No puede haber una manzana perfectamente redonda y cuadrada a la vez, pero sí una manzana que desafíe arbitrariamente a la gravedad. Si algo es lógicamente posible es que es lógicamente posible, valga la tautología. El lector que aún no haya comprendido este punto, puede desistir de seguir leyendo, porque no entenderá nada de lo que sigue.

Una variante de esta posición sería de tipo probabilista. Se concede que la manzana puede flotar en el aire, pero se postula que ello es sumamente improbable, por lo que a efectos prácticos puede descartarse su ocurrencia durante la existencia de la humanidad. Sin embargo, la mayor o menor probabilidad de los fenómenos físicos sería en sí misma una ley física más, que por tanto también podría ser, en puridad lógica, violada.

La posición 2 es propia de ciertas formulaciones del neopositivismo. Supone rechazar cualquier especulación metafísica sobre lo que existe en realidad, más allá de los fenómenos. El positivista acaso conceda que la manzana pueda no caer al suelo algún día, pero viene a decir algo así como: el día que eso ocurra, me ocuparé de ello. El positivismo es sugestivo porque en realidad coincide con la actitud ateórica en la que todos permanecemos la mayor parte del día. El universo es como es, no sabemos por qué, y lo único que importa es que es así. Pero por ello mismo, es evidente que una actitud semejante es en realidad antiintelectual, y por tanto irracional. Si los grandes científicos, como Newton o Einstein, hubieran sido estrictos positivistas, difícilmente hubieran llegado a desarrollar sus teorías. Ellos creían que estaban desentrañando la naturaleza de la realidad, y no buscando una manera ingeniosa, pero meramente instrumental, de ordenar las observaciones mediante ecuaciones matemáticas. Un positivista totalmente consecuente ni siquiera podría afirmar que el sol saldrá mañana, porque eso supone admitir implícitamente que existen leyes naturales que gobiernan el mundo sensible, y que no son en sí mismas observables. Nadie puede observar la ley de la gravedad, sino que es algo que inferimos de los fenómenos. La ley de la gravedad no es un hecho. Hechos son que sale y se pone el sol, que los objetos caen y los ríos desembocan en el mar. Ir más allá formulando una ley de la gravitación universal ya es salirnos del positivismo, porque la ley de la gravedad no se limita a resumir el comportamiento de los fenómenos pasados, sino que nos predice lo que sucederá. La pretensión de que sólo debemos admitir la existencia de hechos nos condenaría a un empirismo presentista absoluto, en el que sólo sería válido describir mis sensaciones presentes. Lo que en resumen equivale a negar la razón.

La tercera posición es una forma radical que solucionar el problema de por qué existen estas leyes de la naturaleza y no otras. Y de paso, el problema de por qué existe siquiera algo, en lugar de nada. Todas las posibilidades lógicas son reales, y de esta ley fundamental de lo real se desprende que nuestro universo es sólo uno de los infinitos posibles que existe, y que por lo tanto no tiene nada de sorprendente. Existen dos posibles vías de crítica a esta visión, sin duda grandiosa, de un multiverso infinito. La primera es la que he ensayado en anteriores escritos, y consiste en notar el hecho de que la ley de que todo lo posible es real, es a fin de cuentas una ley, y por tanto también podemos preguntarnos por qué esa ley y no otra. ¿Por qué debería haber un multiverso exhaustivo y no cualquier otra de las 2^n combinaciones de universos posibles, incluyendo la nada absoluta? (Donde n representa el total de universos lógicamente posibles, seguramente infinito.) A esta crítica se podría responder negando la posibilidad de la nada, tanto relativa como absoluta, tal como hizo Parménides. Los no-universos no podrían ser, porque el no-ser no es. El ser es plenitud, es “macizo”: no hay la menor fisura de no-ser en él. Un universo posible no podría dejar de existir. Personalmente, no creo que este argumento sea estrictamente lógico, y por tanto creo que no es metafísicamente irrebatible. Sin embargo, en mis conversaciones con el profesor Soler me he dado cuenta de que es una cuestión enredosa, y por tanto ahora deseo prescindir de esta línea argumental. La que me parece más fructífera, e indiscutible, es la que expone el propio Soler en sus libros. Este pensador nos dice: bien, admitamos que el multiverso, en su versión más radical, tal como la expone el cosmólogo Max Tegmark, por ejemplo, existe realmente. Esto significaría, ni más ni menos, que algún día podemos encontrarnos con la manzana flotante. Porque, efectivamente, si todos los universos posibles existen, hay también un universo en el que se produce ese pequeño milagro (o infinitos otros concebibles). Y ¿por qué ese universo no podría ser el nuestro? Es decir, en el multiverso de Tegmark, no podemos tener jamás la plena seguridad de que el orden cósmico que conocemos no pueda sufrir variaciones leves o catastróficas en cualquier instante. Porque todo es posible.

Ahora bien, esto supone ni más ni menos que la bancarrota absoluta de la razón. Pues el multiverso extremo es por completo impredecible: piénsese que hay infinitas variaciones posibles de un universo como el nuestro. En una de ellas, nuestra manzana queda un día suspendida en el aire; en otra, mi reloj de pulsera desaparece de mi muñeca de improviso, sin explicación alguna, violando la ley de conservación de la materia.Y así hasta agotar todas la posibilidades del delirio.

Quizás se podría argumentar que el multiverso de Tegmark no incluye este tipo de universos idiotas. Pero en ese caso, no sería más que una recaída en la posición 1, es decir, negaría contradictoriamente la posibilidad de que se dieran en la realidad cosas lógicamente posibles.

La posición 4 admite sin problemas que todo lo posible puede suceder, aunque no necesita postular que deba suceder. El resultado para la inteligibilidad del universo es indistinguible de la posición 3. En cualquier instante, cualquier disparate que se nos ocurra, mientras no incurra en una pura contradicción lógica (como un triángulo de cuatro lados) puede suceder. El mundo sencillamente es absurdo, y la regularidad de la naturaleza, algo puramente accidental e ilusorio, que puede perfectamente quebrarse en todo momento. Una exposición literaria de esta concepción puede hallarse en la novela La náusea, de Jean-Paul Sartre. Innecesario es señalar el irracionalismo absoluto al que nos conduce esto.

Nos queda entonces la posición número 5. Esta también admite que las leyes del universo podrían ser distintas, e incluso que no hay ninguna contradicción lógica en suponer su vulneración. Pero existe una razón por la cual tenemos las leyes conocidas y no otras, y por la cual se cumplen a rajatabla. Esta razón no puede ser, como hemos visto, de consistencia interna, porque se trata de una hipótesis ilógica. Esa razón podría ser que todo lo posible existe, pero entonces el universo sería ininteligible para el hombre, porque nada nos garantizaría que nuestro universo fuera una de las variantes escrupulosamente fieles con determinadas leyes naturales hasta el fin de los días, o por toda la eternidad. En conclusión, lo único que nos queda es que esta razón sea trascendente, es decir, distinta del propio universo. Habría una razón o inteligencia infinita, que llamamos Dios, que sería absolutamente libre de crear un universo entre los infinitos posibles. Con ello, estaría asegurada la racionalidad del universo, tanto en sentido ontológico como epistemológico, pues Dios sería el garante del cumplimiento de las leyes de la naturaleza.

Se entiende, a partir de este argumento, por qué no tiene sentido entender a Dios de otra forma que un ser personal, es decir, libre. Porque si el universo fuera una consecuencia o desenvolvimiento necesario de una sustancia divina, de nuevo seríamos incapaces de responder por qué el universo es como es. Dios y el universo serían en última instancia la misma cosa, no habría trascendencia ni por tanto un principio externo que seleccionara qué universo debe existir, entre todos los concebibles.

La crítica según la cual el concepto del Dios personal es antropomórfico tiene parte de razón. Porque efectivamente, sólo si el universo se origina en un principio análogo a la mente humana, puede ser racional. Pero esto no es ninguna objeción a la idea de Dios. Sólo lo es si nos empeñamos por todos los medios en que el universo no pueda ser inteligible.

Vista en perspectiva, esta argumentación no es distinta de la quinta vía de Santo Tomás, basada en la existencia del orden natural, que según el aquinate evidencia un ordenador inteligente. La crítica ingenua a esta demostración, por ejemplo en D’Holbach, consistía en afirmar que las leyes de la naturaleza explicaban por sí mismas el orden, lo cual es tan trivialmente vacuo como decir que el orden explica el orden. Los ateos de moda en nuestros días, Dawkins, Dennett, no van más allá. Ellos hacen intervenir también el factor azar, inspirándose en la teoría de la evolución; pero el azar sólo tiene sentido en el marco de unas reglas fijas preestablecidas (de un orden, al fin y al cabo), por lo cual no añade realmente nada nuevo al debate. Explicar cómo se ha desenvuelto el mundo, desde la Gran Explosión hasta el paleolítico, siendo una tarea admirablemente grandiosa, no nos acerca un solo paso a comprender por qué existe y sólo relativamente nos aclara por qué es como es. Y desde luego, negar validez a estas preguntas no nos hace más racionales, sino menos.

martes, 22 de julio de 2014

¿Una dictadura socialista en España?

Yael Farache, una joven periodista de origen venezolano y judío que reside en Canadá ha publicado en su blog este artículo, sobre el que nos ha llamado la atención el blog El rey está desnudo:

La verdad acerca de Pablo Iglesias y su partido político Podemos

Aunque es algo largo (unas 35 páginas de texto impreso), recomiendo encarecidamente leerlo y difundirlo todo lo posible. Naturalmente, mucha gente dirá que en España es imposible que ocurra lo que pasó en Venezuela, y acaso tenga razón. Pero tomarse a broma Podemos podría tener el efecto de que lo que parece imposible, se hiciera realidad. Yael destaca el primer paso del proceso dictatorial, que es abrir un período constituyente, como hizo Chávez. No se trataría de una mera reforma de la constitución, sino de escribir una nueva de arriba a abajo, que supondría el fin del Estado de Derecho.

Yael muestra convincentemente que Podemos sigue el guión del dictador chavista, que a su vez es el guión del castrismo. El lenguaje de radicalismo democrático e indignación ética que emplea es sólo un medio para adormecer a las masas, y provocar la incredulidad ante las acusaciones de que pretende implantar una dictadura.

Todo esto puede parecer ya sabido, pero en realidad, se tiende a pensar que Podemos son sólo unos ultraizquierdistas más, con especial talento para el márketing. En realidad, según Yael tienen un plan concreto para alcanzar el poder y para, una vez en él, que sea casi imposible desalojarlos, porque se habrán cargado el Estado de Derecho.

¿Puede esto ocurrir en un país de la UE y la OTAN? Parece política-ficción, pero tampoco nadie esperaba que Iglesias Turrión obtuviera cinco eurodiputados.

Por supuesto, la solución no es votar al PP (ni, desde luego, al PSOE), porque eso supone sólo premiar a los partidos que han creado las condiciones para que tenga éxito en España la fórmula bolivariana. Es preciso proponer un recambio al PPSOE que sea a la vez un antiPodemos. Santiago Abascal, en su último artículo en LD, ha dicho que el problema más urgente es el separatista, porque en caso de fragmentarse España, posiblemente sería algo irreversible. Tiene razón, pero pienso que si Podemos, con el apoyo de otras formaciones de izquierdas, llega al poder, también podría tratarse de una situación casi igualmente irreversible. La hora es crítica.

miércoles, 16 de julio de 2014

La izquierda y el diablo

Ayer, en la presentación de Societat Civil Catalana en Tarragona, escuché una vez más que izquierda y nacionalismo son incompatibles. Esta afirmación es sumamente audaz, como se puede comprobar simplemente recordando algunas siglas: ERC y CUP en Cataluña; Bildu, Sortu y ETA en el País Vasco. Si lo que se pretende dar a entender es que estos partidos y los terroristas etarras no son "en realidad" de izquierdas, en justa contrapartida debería poder decirse que Mussolini, Franco y Pinochet no eran "en realidad" de derechas.

Naturalmente, eso es ridículo. Hay nacionalismos de derecha e izquierda, como hay dictaduras de uno y otro signo. Y es importante dejarlo claro en el momento en que se trata de propiciar que la sociedad civil rompa su silencio frente al separatismo catalán.

José Domingo, secretario de SCC, dijo algo fundamental, y es que en este esperanzador movimiento cívico hay gente de todos los orígenes ideológicos, pero las camisetas partidistas hay que dejarlas en la puerta. Suscribo totalmente la idea, y por ello opino que la presentación del catedrático de Derecho Internacional Santiago Castellà desafinó notablemente al final. Su alegato intempestivo a favor de Ferrer Guardia y el laicismo estuvo de sobras en un acto que pretendía sumar adhesiones en torno a un objetivo común (oponerse al proceso separatista) sin preguntarle a nadie de dónde viene.

Se diría que para algunos no basta la expresión Sociedad Civil, sino que habría que ampliarla a Progresista, Laica y LGBTI. Curiosamente, esto nos recuerda el procedimiento que emplean los nacionalistas, cuando pretenden que sólo se puede ser catalán (en este caso, ciudadano) de una manera. No parece que empezar excluyendo a quienes creemos en el derecho de los padres de educar a sus hijos según sus creencias sea la mejor manera de propiciar la unidad de acción contra los separatistas, que en esto llevan una abrumadora ventaja.

Otro catedrático, este de Literatura Española, ha criticado el Manifiesto de los Libres e Iguales que se dio a conocer también ayer en Madrid, con las firmas de Mario Vargas Llosa y otros muchos intelectuales y profesionales. Horas antes de su publicación, Jordi Gracia acusa al manifiesto de atizar una pelea de gallos entre dos nacionalismos, el español y el catalán; cosa que yo no he logrado ver por ningún lado, pese a que me lo he leído varias veces. Por ello, no puedo evitar sospechar que lo que verdaderamente le impide a Gracia firmar (y estando en su derecho, por supuesto) es el nombre de algunos de los abajofirmantes iniciales, como Federico Jiménez Losantos o Hermann Terstch, bestias negras del agit-prop nacionalprogresista, que los asocia a la espectral "caverna mediática".

En resumidas cuentas, y aunque concediéramos, por hipótesis, que izquierda y nacionalismo son incompatibles, es difícil confiar plenamente en que la primera no prefiera aliarse con el segundo, o si es necesario con el mismo diablo, antes que ser vista en compañía de la plebe con olor a ajo de derechas. Un oportuno ejemplo de ello nos lo ofrece el recién elegido secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que acaba de solidarizarse con el pueblo palestino de Gaza, no por la dictadura islamista que padece, sino por el enfrentamiento con Israel. No faltará quien diga que izquierda e islamismo tampoco son compatibles. Pero, sinceramente, y vistos los antecedentes, eso no nos tranquiliza lo más mínimo.

viernes, 11 de julio de 2014

Santiago Abascal y el futuro de VOX

Fui uno de los 245.000 votantes de VOX en las pasadas elecciones europeas. No me afilié al partido porque creo, modestamente, que puedo ayudar más desde fuera, como un ciudadano que manifiesta sus opiniones con total independencia.

Al no formar parte de la organización, aunque tenga contacto con algunos militantes, no me entero de lo que pasa dentro, ni me he molestado mucho en enterarme, la verdad. Pero me ha llegado el rumor de marejadilla a través de Twitter, por las maneras agrias que utilizan ciertas cuentas no oficiales, que pretenden hablar en nombre de VOX.

Pío Moa y Blas Piñar Pinedo han tratado el tema con bastante sensatez en sus bitácoras respectivas. Véanse sus entradas respectivas, VOX, acosado y en la encrucijada y Sobre las movidas internas en VOX...

En un primer análisis, el diagnóstico parece claro. Al no obtener ningún eurodiputado en las pasadas elecciones, surgen los reproches, las impaciencias de quienes querían resultados tangibles inmediatos, y quienes aprovechan el malestar para tratar de controlar la joven formación. No es de descartar que haya elementos infiltrados del PP que intenten dinamitar el proyecto desde dentro.

Pero más allá de los personalismos mezquinos, el problema de fondo es siempre ideológico. Todo partido político es, inevitablemente, una suma de corrientes distintas, que convergen en torno a determinados elementos comunes. Es imposible, e indeseable, que todo el mundo esté de acuerdo en todo.

Los tres ejes de VOX son España, el liberalismo y las políticas conservadoras a favor de la familia. El primer tema parece que no es objeto de discusión. La propuesta estrella del nuevo partido, eliminar las autonomías -o por lo pronto, devolver al gobierno central competencias como las de Educación o Sanidad- lo distingue de cualquier otra formación, incluidas UPyD y Ciudadanos, que no cuestionan el Estado autonómico, o apuestan incluso por el federalismo.

Parece que el liberalismo -la idea de que hay que reducir drásticamente el peso del Estado, la defensa del libre mercado y la crítica a la partidocracia corrupta- tampoco ha sido cuestionado, aunque personalmente echo de menos mayores concreciones en el aspecto económico. Una defensa más explícita y pedagógica de ideas liberales como el cheque escolar y sanitario, una propuesta valiente de reforma del sistema de pensiones y del mercado laboral, etc.

En cuanto al tercer eje, la defensa conservadora de la familia, que implica una crítica desacomplejada del radicalismo igualitario y abortista -el cual pretende abolir cualquier diferencia entre hombre y mujer, y entre la heterosexualidad y otras "identidades"- no sólo ha sido insuficientemente desarrollado, sino que algunos de los fundadores de VOX lo han tratado con ambigüedades y aplazamientos, justificándose con la alusión a la democracia interna.

En mi opinión, la democracia interna sirve para elegir a los dirigentes del partido. Por tanto, estos deben dejar claras sus posiciones ideológicas (si es necesario, puntualizando que hablan a título personal), para que los afiliados puedan decantarse por unos u otros con conocimiento de causa. Esperar que la definición ideológica surja espontáneamente de las bases me parece una idea ingenua y estéril de democracia.

El artículo de Santiago Abascal publicado en Libertad Digital puede interpretarse como un intento de posicionamiento en el debate entre quienes entienden el liberalismo como algo poco compatible con el conservadurismo y quienes creemos que plantear tal incompatibilidad o antítesis reposa en un grave malentendido. Abascal acusa al actual gobierno de subir los impuestos, de mantener la ley de memoria histórica, de "cobardía ante el separatismo", de la "suelta de asesinos y violadores" y también de mantener la legislación zapaterista basada en "la ideología de género y las leyes discriminatorias de igualdad". Con ello está describiendo en negativo el ideario innegociable que debería sostener algún partido; por ejemplo, VOX.

Excuso decirlo: los políticos que se comprometan con estas ideas serán tachados automáticamente de ultraderechistas, y no en vano Abascal titula su artículo "Extrema derecha". Sin duda, esta es la piedra de toque, lo que distingue a quienes están dispuestos a ser tildados de fachas por defender lo que creen que es la verdad, de quienes están abiertos a las concesiones que sean necesarias para eludir el sambenito.

Un VOX cuyos dirigentes se contaran entre estos últimos sería absolutamente redundante. Para la sumisión lacayuna al imperio de la corrección política ya tenemos el Partido Popular, digno heredero en esto de la UCD.

VOX debería tomar distancia del PP y la UCD, a la que estuvieron ligados algunos de sus fundadores. Esos no son los modelos, sino más bien los antimodelos, formaciones claudicantes ante el monopensamiento progresista. Mientras se perciba a VOX como una escisión del PP, el voto útil lo condenará a la irrelevancia, con toda justicia.

Para que VOX sea percibido como un partido realmente nuevo, que viene a romper con el consenso socialdemócrata y el radicalismo igualitario, necesitará un líder que en su persona encarne los tres aspectos fundamentales: la defensa de España, de la familia y de la sociedad civil frente al estatismo clientelar y dirigista. Esto no sólo no es incompatible con la democracia interna, sino que es su lógica consecuencia. Un liderazgo potente, que no esté condicionado por el pensamiento progresista hegemónico, necesita de un claro respaldo de las bases de su partido. Y a su vez, estas sólo se mantendrán cohesionadas si surge una figura que concite la adhesión de una gran mayoría.

Creo que esta figura ya existe, y se llama Santiago Abascal. Si la democracia interna llega a funcionar verdaderamente en VOX, no tengo ninguna duda de que se convertirá en el líder político que necesita no sólo su partido, sino España.

miércoles, 9 de julio de 2014

La persistencia del socialismo

La idea básica del socialismo revolucionario es sencilla: robar a los ricos para repartir entre los pobres. Puede enunciarse en términos aparentemente más "científicos", como pretende el marxismo, o de carácter más populista, como hace el bolivarianismo en Venezuela y su sucursal española, el partido Podemos. Se puede también aplicar con métodos directos, como expropiaciones y confiscaciones, o indirectos, como son regulaciones draconianas, controles de precios y fiscalidad abusiva. Pero la esencia, que los propios socialistas no disimulan ante sus potenciales votantes, consiste en concebir la riqueza como un botín que es justo arrebatar a sus actuales poseedores.

Los problemas del socialismo son fundamentalmente dos, bien conocidos. El primero, que para robar la riqueza no hay más remedio que aplicar una represión tanto más brutal cuanto más exhaustivamente se quieran realizar sus fines. El comunismo implantado en Rusia, China Popular, Europa Oriental, Sudeste Asiático, Cuba, Etiopía, Angola y Mozambique causó en el siglo XX unos cien millones de muertos, tanto entre propietarios como entre simples discrepantes o "elementos" que los comunistas juzgaban como obstáculos "objetivos" a sus grandiosos planes.

El segundo problema del socialismo es que, incluso logrado su objetivo de eliminar física o civilmente a los propietarios, o de hacerlos huir, sencillamente no funciona. El terrible precio de su aplicación acaba siendo la destrucción de gran parte de la riqueza nacional, así como un ruinoso retroceso de la productividad y una corrupción enquistada en todos los niveles. Por alguna razón, cuando la gente sabe que el fruto de su trabajo y de sus inversiones le puede ser arrebatado arbitrariamente en cualquier momentola economía se derrumba. La naturaleza humana es así de obstinada; ni los fusilamientos, ni los campos de concentración ni las torturas logran enderezarla según los designios socialistas. Se trata de un hecho invariable, constatado en todos los lugares donde se ha realizado el experimento, sin excepción. Pensemos, sin ir más lejos, en el desastre económico de la zona dominada por el Frente Popular, durante la guerra civil española.

El socialismo revolucionario o populista emplea cuatro tipos de estrategias para tratar de vender una y otra vez su ideología, pese a sus catastróficos resultados. La primera consiste sencillamente en negar los hechos anteriores. Se trata de desacreditar las obras académicas, literarias, los testimonios, en una suerte de negacionismo que es estrictamente comparable al de quienes niegan la existencia de las cámaras de gas nazis, aunque en este caso vergonzosamente tolerado. Esta táctica es muy difícil de sostener, dado el carácter abrumador de la información existente, por lo que en la actualidad es poco frecuente; pero tuvo su importancia mientras existió la URSS.

La segunda estrategia consiste en admitir los hechos, pero interpretarlos de tal manera que no puedan ser achacados a la ideología socialista, sino a "desviaciones" o "errores" que fueron cometidos por los ingenuos y bienintencionados militantes y dirigentes comunistas, o acaso por algunos traidores infiltrados. Todavía se escucha en ocasiones el socorrido mantra de que el estalinismo en realidad no era verdadero socialismo, sino "capitalismo de Estado", como si el angelical socialismo nunca hubiera tenido la menor pretensión de apoderarse del Estado para aplicar su proyecto dictatorial. Más cómico resulta que Iglesias Turrión haya afirmado que Corea del Norte es un régimen "de derechas". Este tipo de argumentación resulta al final un arma de doble filo, pues si por un lado permite eximir al socialismo de sus crímenes, por el otro implica convertirlo en un sistema utópico, que carecería de referentes reales.

La tercera estrategia ha tenido mucho más éxito que las anteriores. Consiste en desviar la atención de las masacres provocadas por el socialismo mediante la constante rememoración de las atrocidades del nacionalsocialismo, generalizándolas al "fascismo", término utilizado, al igual que su sinónimo ultraderecha, con suma ligereza, de manera que se pueda aplicar a prácticamente cualquier oponente. También se logra un efecto parecido mediante la exageración de los crímenes supuestos o reales del "imperialismo" y la burda atribución de la pobreza y otros males (ecológicos, bélicos) al "capitalismo". Con ello se consigue compensar de algún modo la percepción del carácter sangriento del comunismo, al que se muestra como si fuera algo antitético al fascismo, pese a la similitud de sus métodos y las coincidencias del discurso antiliberal de ambas ideologías. La estética antifascista resulta además especialmente eficaz para enrolar a militantes jóvenes e idealistas.

Por último, a medida que los referentes del "fascismo" (Franco, Pinochet, el apartheid sudafricano) se convierten en episodios históricos cada vez más lejanos, sobre todo para los jóvenes, predomina un cuarto tipo de estrategia: el altermundismo. Es este un discurso evanescente que, sin identificarse de manera abierta con el socialismo, utiliza una retórica de corte anticapitalista, en la cual se recuperan los motivos de la anterior estrategia, mezclados con nuevos tipos de activismo, basados en el ecologismo, el llamado "comercio justo", igualitarismo de "género" e ingredientes de la "nueva era" (new age). El altermundismo conecta con la vieja lectura pobrista (en el fondo, materialista) del Evangelio, lo que le permite un alto grado de transversalidad, reclutando así un gran número de "tontos útiles" en todas las esferas, los cuales colaboran con el socialismo revolucionario sin saberlo o sin percatarse de su verdadera naturaleza totalitaria.

Más allá de estas estrategias, el predicamento del socialismo sólo se explica por el carácter sugestivo de su idea básica. Que pueda existir una solución simple de la mayor parte de los problemas humanos (la pobreza, las guerras, etc.) es algo demasiado tentador para todo tipo de personas, y en especial para los intelectuales. Contra esta tentación simplificadora, el único antídoto es un conocimiento empírico de la realidad, lo menos mediatizado posible por teorizaciones pedantes. Que la gente conozca con detalle la represión, la violación cotidiana de los derechos humanos y las políticas económicas de los gobiernos socialistas como Venezuela, junto con sus desastrosos efectos. Para ello bastaría con que los periodistas se limitaran a hacer su trabajo, que es informar, no orientar irresponsablemente a la opinión pública en la dirección de sus prejuicios favoritos.

domingo, 6 de julio de 2014

Dios para qué

Existe una relación fundamental entre el olvido de Dios y la idolatría del Estado. La concepción judeocristiana de la creación está en la base del dualismo entre la razón y las pasiones, que inspira y atraviesa toda la cultura occidental, desde las grandes obras del pensamiento hasta las películas populares. Cuando el ser humano llega a la conclusión de que no necesita a Dios (ni para entender el mundo, ni para regir su conducta), el dualismo "bestia-ángel", como alguien lo ha llamado, no desaparece de un día para otro, ni mucho menos. Pero sí que empieza sutilmente a ser socavado. Esto se nos revela en que la libertad, gradual e insensiblamente, va dejando de entenderse como el dominio de la razón sobre el instinto y el deseo, y cada vez más se convierte en un proceso indefinido de "liberación" de todas las constricciones que se oponen a la realización de nuestros deseos y caprichos, aunque se los suela denominar con el prestigioso término "derechos". Dichas constricciones, como paso previo a su eliminación, se desautorizan mediante elaboraciones ideológicas como el socialismo o la ideología de género, que tratan de convertirnos en soldados convencidos de una lucha emancipadora contra el "mercado" o el "patriarcado". Tal proceso, si se llegara a completar, conduciría a un Estado totalitario formidable, que habría absorbido todas las funciones y la autoridad propias de la familia y la sociedad civil. Lo cual, por cierto, no significa que la historia humana se acabe aquí. En contra de lo que podría pensarse, el totalitarismo es inherentemente inestable, pues un poder político sin límites equivale a una guerra civil permanente, dado que es un trofeo irresistible para todos aquellos que se crean con fuerza suficiente para apoderarse de las estructuras estatales.

La apretada reflexión expuesta es, inevitablemente, una drástica simplificación. El proceso hacia el totalitarismo no es ni mucho menos lineal, y existen toda una serie de inercias y condicionantes que afortunadamente lo frenan, y que posiblemente puedan impedirle alcanzar el triunfo absoluto. Por poner un solo ejemplo, los gobiernos de los países desarrollados generalmente comprenden, por su propio interés, que un excesivo intervencionismo reduce el crecimiento económico, lo que significa disminuir la recaudación fiscal. Sin embargo, este pragmatismo de cortos vuelos no tiene cabida en otros ámbitos. De ahí que sea frecuente ver a gobiernos supuestamente "conservadores" en lo económico, entregarse con alegría a otras formas de controlar la vida privada de los ciudadanos, escudándose en letanías igualitarias o ecologistas. A menudo esto se interpreta como resultado de un cierto "complejo de inferioridad" de la derecha, frente a las ideas llamadas progresistas. Y aunque algo de verdad puede haber en este diagnóstico, conviene no perder de vista la lógica perversa que subyace en este proceso, por el cual el Estado acrecienta su influencia al tiempo que parece estar emancipando a los individuos.

Enunciada la relación profunda entre la ideología progresista y la secularización, cualquier intento de fundamentar una resistencia cívica debería empezar por cuestionar su dogma central, es decir, que no necesitamos a Dios. Esto no implica defender algún tipo de restauración de la religión, como es frecuente malinterpretarlo. Imaginar una especie de edad de oro o período clásico basándonos en la religiosidad exterior de nuestros antepasados sería como poco una ingenuidad. No nos valen modelos del pasado, porque la idea de Dios por sí sola no garantiza la bondad de nuestros actos, nuestras costumbres e instituciones. Pero de esta constatación indiscutible es fácil deslizarse (con una lógica deficiente) hacia la idea de que el teísmo es superfluo, sobre todo si seguimos fundamentando nuestra civilización en una racionalidad que parece autónoma sólo porque hemos encubierto u olvidado su verdadero origen.

Los argumentos de quienes niegan que Dios sea un concepto necesario son de dos tipos, uno de orden metafísico y el otro de orden ético. Veámoslos.

El argumento metafísico puede resumirse como sigue. O bien el universo carece de toda causa, o bien tal causa existe. Lo primero nos conduciría al puro irracionalismo, pues si algo puede existir sin causa, cualquier cosa puede existir o suceder. Admitimos, por tanto, para salvar la racionalidad, que el universo tiene una causa. Ahora bien, si postulamos que esa causa es algo distinto del universo (llamémosla Dios), nos encontramos con que debemos dar cuenta, a su vez, de dicha causa. Los teólogos responden entonces que Dios existe por sí mismo (es un ser necesario), es decir, que en cierto sentido es su propia causa. Y es aquí donde el ateo o el agnóstico interpone su objeción fundamental. Si hay algo que puede ser su propia causa ¿por qué no saltarnos ese paso y afirmar que el universo existe por sí mismo?

El argumento ético es el siguiente. Las normas morales, o bien son completamente arbitrarias o bien son justificables racionalmente. De manera análoga al argumento metafísico, descartamos la primera posibilidad por hipótesis. Se nos dice entonces que las normas morales pueden emanar de la voluntad de un Dios infinitamente bueno e inteligente, que sólo desea lo mejor para sus criaturas. Pero si es así, la voluntad de Dios no afecta para nada a la existencia de tales normas, pues existirán independientemente de que haya un Dios o no. Del mismo modo que no necesitamos un ser trascendente para explicar el universo, tampoco lo necesitaríamos para hacer el bien. (Una exposición didáctica de esta argumentación se puede hallar en James Rachels, Introducción a la filosofía moral, cap. IV.)

Ambos argumentos surgen del mismo error, que en esencia podría describirse como un desconocimiento de lo que significa realmente el término Dios. En ambos casos se entiende a Dios como un objeto, como algo que añadimos al catálogo de las cosas existentes.

Efectivamente, si Dios puede entenderse como un objeto capaz de explicar ese otro objeto que es el universo, resulta totalmente innecesario. Todo lo que pueda predicarse de un objeto en general podrá predicarse del universo en particular. Y así, si puede haber un objeto necesario (causa de sí mismo), por qué no podría ser el propio universo ese objeto (1). Ahora bien, cuando los creyentes sostenemos que Dios ha creado este mundo, no estamos diciendo simplemente que es su causa, en el mismo sentido en que decimos, por ejemplo, que la causa de las mareas es la fuerza de atracción gravitatoria de la Luna: pues este astro no puede evitar ejercer esa fuerza. En cambio, lo que caracteriza al acto divino de la creación es que es absolutamente libre. Dios podría no haber creado el universo. Por tanto, cuando decimos que Dios es "causa" del universo, no estamos añadiendo un elemento redundante, sino una nueva idea, la de una Inteligencia personal, con todo lo que se deduce de ella. Esta idea podrá ser discutible, pero desde luego no podemos ahorrárnosla afirmando que el universo pudo decidir crearse a sí mismo, porque esto sería absurdo.

Vimos que el argumento ético nos dice que, aunque Dios exista, el bien y el mal pueden comprenderse independientemente de su existencia. Sin embargo, la sola idea de que podríamos entender el mundo "como si Dios no existiera", ya supone una radical incomprensión del concepto de Dios. Si el bien no procede de un Ser infinito, necesariamente será siempre un concepto relativo, no algo absoluto. Con un mínimo de habilidad, esto permite justificar cualquier cosa. Si por el contrario somos seres creados por Dios, nuestro bien es inseparable de nuestra filiación divina. El bien absoluto no consistirá meramente en el logro de determinados objetivos durante el breve lapso en el que habitamos este mundo, sino que estará estrechamente ligado a la relación que mantengamos con el Creador eterno. En Dios, su voluntad y nuestro bien no coinciden accidentalmente porque se diera la afortunada circunstancia de que Dios resulta ser benévolo, sino que Dios mismo es la fuente de la que mana todo bien, al haber creado todo cuanto existe.

Cuestión distinta es cómo podemos conocer qué es lo correcto. En realidad, el ser humano jamás puede tener una absoluta seguridad racional de que está haciendo lo correcto, sea creyente o agnóstico. Lo único que está a nuestro alcance es tratar de discernir entre el bien y el mal lo mejor que podamos, sin que nos cieguen intereses escondidos. Alguien podrá añadir: ni prejuicios. Pero no todas las creencias indemostrables son prejuicios, en el sentido de que podrían eliminarse por completo. Tanto las personas religiosas como las irreligiosas tienen algún tipo de convicciones metafísicas primarias, lo admitan o no.

Cabe entonces preguntarse de dónde puede proceder ese deseo sincero de hacer lo que está bien, independientemente de nuestro propio interés. Se trata de una aspiración que es muy difícil explicar desde presupuestos materialistas o positivistas. Lo mismo puede decirse de la regularidad de la naturaleza. ¿Por qué los objetos inanimados obedecen leyes inflexibles? Wittgenstein ya señaló la extendida confusión moderna acerca de las leyes naturales, consideradas como la explicación de los fenómenos naturales, ¡cuando lo que habría que explicar es que haya leyes!

El orden natural y el orden moral se convierten en misterios indescifrables cuando tratamos de comprenderlos sin Dios. ¿Por qué deberíamos no dañar al prójimo, si somos un accidente molecular pasajero en un universo que ni siquiera previó nuestra existencia? Por supuesto, muchas personas desean realmente no hacer daño a nadie, independientemente de sus creencias, pero ello no responde a nuestra pregunta. ¿Se basa la moral sólo en una afortunada cualidad empática arraigada en nuestra especie? Si así fuera, podríamos llegar a la conclusión de que liberándonos de esos sentimientos instintivos de compasión y empatía, podríamos alcanzar determinados objetivos que por alguna razón consideráramos importantísimos. Es precisamente lo que hicieron comunistas y nacionalsocialistas para justificar sus crímenes. ¿Qué podría replicarse, desde presupuestos agnósticos, a tal proceder? Cualquier crítica que hiciéramos de sus asesinatos y torturas podría ser tachada como sentimental; como irracional, en suma.

El totalitarismo puede parecer un fenómeno engañosamente lejano. En realidad, es una posibilidad inherente a las sociedades modernas, desde el momento en que pretenden basarse en una concepción del hombre purgada de toda mención a lo trascendente. ¿No se desprecia a quienes se oponen al aborto porque -se dice- pretenden "imponer" a los demás sus creencias religiosas? Entretanto, en nombre de la libertad y los "derechos" de la mujer, millones de seres humanos en gestación son sacrificados con todas las garantías legales. Por supuesto, no es cierto que todos los que se oponen al aborto sean creyentes, del mismo modo que no hace falta creer en Dios para horrorizarse ante las matanzas perpetradas por las ideologías totalitarias. Pero la pregunta que entonces resuena es inevitable. Si Dios no existiese ¿por qué el ser humano no podría experimentar consigo mismo al igual que lo hace la naturaleza, con resultados a menudo mortíferos? ¿Por qué unos seres que somos resultado de un accidente evolutivo deberíamos estar condicionados por escrúpulos humanitarios, que en sí mismos serían también una mera peripecia biológica? Se nos repite hoy constantemente, por ejemplo, que el hecho de que el sexo tenga una función reproductiva no debería ser impedimento para minusvalorar cualquier forma de sexualidad que no esté encaminada a la reproducción. Hay una intención noble en esta argumentación, que es prevenir las persecuciones y vejaciones contra personas por motivo de su conducta privada. Pero no olvidemos que comunistas y nazis también tenían nobles fines, o al menos eso creían ellos.

Es evidente que no podemos basar los principios morales en la naturaleza. Luego debemos basarlos en un principio trascendente. De lo contrario, nada impide, salvo quizás una afortunada cualidad del carácter de cada cual, que nos veamos arrastrados a las consecuencias más espantosas. Como decía un policía soviético a un preso político en la magistral novela El cero y el infinito, de Koestler: "Nosotros arrancamos a la Humanidad su vieja piel para darle una nueva. Esto no es ocupación para gente de nervios delicados..." Sin principios trascendentes, el humanismo está condenado; sólo es cuestión de tiempo que degenere en genocidios, porque el ser humano puede ser lo que cualquier demente con poder decida que debe ser. Algunos incluso pueden llegar a la conclusión de que las diferencias entre hombre y mujer son puramente culturales, y que deberían ser erradicadas para alcanzar una igualdad perfecta. Claro que esto es un ejercicio de ciencia-ficción, ¿verdad?

(1) Hay otra línea de argumentación, que parte de Kant, según la cual el universo en su conjunto no puede considerarse como un objeto. Para una discusión de esta tesis a la luz de la cosmología moderna, véase F. J. Soler Gil, Mitología materialista de la ciencia.

lunes, 30 de junio de 2014

Aclaraciones de un inquisidor genocida y totalitario

No es mi intención entrar en una espiral de réplicas y contrarréplicas con Miquel Rosselló; sólo comentaré dos pasajes de su entrada "Archipiélago de prejuicios sobre las familias". Quien no esté interesado en nuestra polémica puede leer lo que sigue sin necesidad de consultar los textos aludidos.

Dice Rosselló en primer lugar:

"La tolerancia no se basa en respetar a los iguales sino en tolerar y convivir con el diferente. Esa es una de las fuerzas del liberalismo y de las sociedades abiertas en contraposición a las sociedades cerradas totalitarias (socialistas, teocráticas, etc.)."

Estoy totalmente de acuerdo con estas palabras. El problema de nuestros días es que "tolerar y convivir con el diferente" se confunde fácilmente con "evitar la crítica al diferente". Tolerar a los homosexuales no es tener que aceptar que su modo de vida es moralmente irreprochable: es dejarlos en paz, incluso si no nos gusta su conducta, siempre y cuando no perjudique a terceros. Por supuesto, Rosselló es bien libre de considerar que la desaprobación moral de la homosexualidad es un prejuicio caduco. Pero cosa bien distinta es sostener que quien opine lo contrario es intolerante.

Una opinión (una proposición o conjunto de ellas) puede ser utilizada para incitar la intolerancia, pero en sí misma no puede ser intolerante. Parecerá acaso una distinción ociosa, pero no lo es cuando algunos tratan de limitar la libertad de expresión en nombre de la tolerancia. Resulta significativo que el Tribunal Supremo de Estados Unidos haya tenido que fallar que no se pueden prohibir manifestaciones provida frente a las clínicas abortistas.

Otra confusión muy generalizada gira en torno a la idea de discriminación. Se da por sentado que toda discriminación es mala (salvo cuando es "positiva", claro), es decir, que se basa en la intolerancia. Pero no es así. Cuando se da un niño en adopción preferiblemente a una pareja con recursos económicos suficientes para criarlo, nadie, que yo sepa, pone el grito en el cielo porque se esté discriminando a los pobres que desearían tener hijos. Lo mismo diríamos si se prefiriera dar en adopción un niño a una persona de cuarenta años que a una de ochenta. Cualquiera puede entender que el interés de los menores está por encima de los deseos de los adultos.

El segundo fragmento que deseo comentar brevemente -y con ello termino- es el siguiente:

"El problema que conlleva buscar situaciones “ideales” es que muy pocos encajaríamos en el ideal. Las mayores matanzas y persecuciones que ha sufrido el hombre han sido el resultado de los iluminados que querían alcanzar el “ideal” en este mundo imperfecto de pecadores."

Dejo de lado que las ideologías más genocidas de la historia, el comunismo y el nacionalsocialismo, no se basaban en el concepto de pecado, ni de lejos. El problema de todo utopismo no es que conciba situaciones ideales, sino que trata de imponerlas por la fuerza. Aludir a matanzas y persecuciones para criticar la inocente concepción de que lo ideal para los niños es tener un padre y una madre, sinceramente me parece como querer matar moscas a cañonazos. ¿Tan monstruoso es afirmar que hay cosas mejores que otras? Sostener que la música clásica europea es muy superior a la música zulú, ¿equivale a promover el genocidio de esta etnia? ¿supone sugerir que se trata de una raza inferior? En realidad, ni siquiera implica molestar a los zulúes con el fin de que no toquen la música que les dé la gana, mientras no se intente imponer su estudio en los conservatorios al mismo nivel que Bach y Beethoven.

sábado, 28 de junio de 2014

Tres falacias sobre la familia

En el debate sobre los llamados "otros modelos de familia" (monoparentales, homoparentales, reconstituidas, etc.) suelen deslizarse tres falacias típicas. Miquel Rosselló incurre decididamente en las tres, en la entrada de su blog titulada Hijos de los homosexuales.

Tenemos en primer lugar la falacia del reduccionismo biológico. El argumento es simple: el hecho de que para que nazcan niños se requiera el concurso de un óvulo y un espermatozoide es un mero accidente evolutivo, que además tiene toda la pinta de que va a cambiar en un futuro cercano, debido al progreso de la ingeniería genética. Por tanto, no existe ningún motivo por el cual los niños tengan derecho a una madre y un padre; simplemente, esto ha sido algo habitual durante cientos de miles de años, pero nada más.

La segunda es la falacia de lo fáctico. Se nos dice que toda la vida ha habido niños que carecían de la presencia de su padre o madre biológicos, por diferentes causas, principalmente por separación de los cónyuges o convivientes, o por fallecimiento de uno de ellos, o de ambos. Al igual que en la falacia anterior, de aquí se deduce que no pasa absolutamente nada porque los niños no se críen en una familia "tradicional", con su madre y padre biológicos conviviendo en el mismo hogar.

La tercera falacia es la falacia del porcentaje. No sólo no tiene nada de malo que un niño no conozca a su padre o a su madre biológicos, sino que además la mayoría de los casos de abuso infantil se dan dentro del ámbito familiar, con lo cual se nos sugiere sutilmente que es lícito poner bajo sospecha a esta forma de convivencia basada en prejuicios patriarcales y tal.

Empezaré por la tercera falacia. En primer lugar, cuando se habla de abuso infantil dentro del ámbito familiar, no está claro qué se entiende por familia, máxime cuando la fuente es un reportaje de cuatro minutos del telediario, no caracterizado precisamente por su profundidad intelectual ni su valentía frente a la corrección política. ¿Valen como "familia" todo tipo de arreglos en los que la madre o el padre conviven con distintas parejas de uno de los progenitores de los hijos, a lo largo del tiempo? Sospecho que es así, con lo cual ese dato no me sirve para evaluar la idoneidad de la familia natural, porque no distingue entre esta y otras fórmulas de convivencia.

Pero en segundo lugar, dado que todavía hoy la mayoría de niños vive en hogares con sus padres biológicos, tampoco debería sorprendernos que la mayoría de abusos se dieran en hogares de este tipo. El dato realmente interesante sería comparar el porcentaje de abusos que se dan dentro de la familia natural, con el que se observa en otro tipo de hogares, donde los niños tienen que convivir a menudo con ligues heterosexuales u homosexuales de su madre o de su padre. Pues bien, estos datos existen y no son nada favorables a estas últimas situaciones: los hijos de padres divorciados (el divorcio suele ser el origen principal de los "nuevos modelos de familia") tienen muchas más probabilidades de sufrir maltratos y de caer en la delincuencia y en el consumo de drogas.

Naturalmente, estamos hablando de estadísticas. Quien conviva con los hijos de una relación anterior de su actual pareja haría mal en sentirse ofendido porque saquemos a relucir estos datos. La estadística no predetermina el comportamiento individual, y nadie pretende "criminalizar" a ninguna persona. Lo que aquí criticamos es ese pensamiento buenista de que todo vale igual, que no importa lo más mínimo el tipo de hogar en el que crezcan los niños, "mientras haya amor". El problema estriba precisamente en lo que entendemos por amor. Si se trata de un mero sentimiento subjetivo, o de una forma de relación basada en la entrega al otro, más allá de estados de ánimo pasajeros.

La segunda falacia no merece demasiado comentario. Claro, ya sabemos que siempre se han dado casos de niños a los que les ha faltado el padre, la madre o ambos, y que sin embargo han salido adelante y han podido ser felices. Pero lo que discutimos precisamente es si esa situación es la ideal o no, con carácter general. Una sociedad que pretende, por razones ideológicas, que esta cuestión no debería siquiera plantearse, o que no se molesta en revisar la respuesta a priori de la corrección política, es una sociedad que no pone el interés de los niños por encima de cualquier otra consideración.

Por último, diré algo acerca de la falacia biológica, que en realidad es la más importante. Por supuesto, esta falacia no puede entenderse aisladamente de la ideología materialista, hoy preponderante. Bajo el educado manto agnóstico hay, casi siempre, una clara toma de partido por las respuestas materialistas a los interrogantes metafísicos: El mundo existe por sí mismo, sin necesidad de postular una razón trascendente. Los seres humanos no somos más que una parte de la naturaleza, y por tanto nuestra conducta, nuestras emociones y nuestros pensamientos se explican exclusivamente por un proceso de evolución biológica. Y con la muerte se acaba todo.

Habitualmente, quien se define como agnóstico se distingue a sí mismo del ateo en que él no sostiene dogmáticamente los asertos anteriores. Pero en la práctica, la forma de vivir y las opiniones de ambos sobre cualquier asunto no se distinguen en nada. Un agnóstico es un ateo que se niega -educada pero obstinadamente- a debatir. Ahora bien, esta huida del debate es tentadora incluso para algunos creyentes religiosos, que creen que se puede entender el mundo independientemente de cualquier consideración metafísica, la cual se reservan para sus adentros para no exponerse a ser mirados como bichos raros por el agnosticismo-materialismo dominante.

Evidentemente, si todo es materia, no hay más que hablar. La reproducción sexual sería un hecho puramente contingente, a partir del cual no podríamos extraer prescripciones morales absolutas sin caer en la conocida falacia naturalista (lo natural es lo bueno). Fin de la discusión. El error frecuente aquí es pensar que sólo hay escapatoria de esa premisa materialista mediante la fe, considerada como una experiencia irracional. Pero esto no es verdad. La idea de que el mundo ha sido creado por un Ser inteligente y libre tiene bases racionales muy profundas en las que aquí no me puedo extender. Me remito a un ensayito que publiqué en este mismo blog, para quien esté interesado en el tema, y que se puede descargar en PDF.

Lo que me interesa señalar es que, si no aceptamos la premisa materialista, tampoco se nos puede acusar de incurrir en la falacia naturalista. Es decir, podemos sostener que habría un derecho de los niños a tener una madre o un padre que no se basaría sólo en el hecho biológico, sino en consideraciones de antropología existencial (1). El ser humano se presenta en dos "modalidades", hombre y mujer, cuyo sentido va más allá de meras diferencias fisiológicas. Privar a un niño de vivir esa complementariedad a través del amor de sus padres, y preferiblemente los que lo han engendrado como parte de esa experiencia, es cuando menos imprudente, en la medida en que se pueda evitar razonablemente.

Lo dicho no es más que una forma quizás pedante de expresar lo que siempre nos había dicho el sentido común: que los niños generalmente son más felices si tienen a su padre y su madre conviviendo juntos que en cualquier otra situación. Sólo la mentalidad neomarxista de la corrección política puede ver en esta sencilla verdad un ataque contra la igualdad. Y sólo conservadores deseosos de agradar a toda costa pueden caer en la trampa de embaularse semejante confusión.

(1) Julián Marías, Antropología metafísica. La estructura empírica de la vida humana, Revista de Occidente, Madrid, 1970

miércoles, 25 de junio de 2014

El timo de la ideología de género, en evidencia

En el año 2002, el psicólogo experimental Steven Pinker publicó La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana (Paidós, Barcelona, 2003), una obra de setecientas páginas que es uno de los libros divulgativos sobre ciencia más influyentes de los últimos tiempos.

En esa obra, Pinker lanza una crítica devastadora (por su habilidad literaria para ponerla al alcance del gran público) de la ideología predominante en ciencias sociales, que él denomina "la tabla rasa". Según esta concepción, cuyo origen más inmediato se halla en el marxismo, no existe una naturaleza humana permanente en el tiempo, sino que el hombre es un ser esencialmente histórico, que cambia constantemente en la medida que cambian las relaciones sociales. Esto significa, evidentemente, que el hombre es infinitamente moldeable, lo cual ha sido la inspiración de los dos grandes totalitarismos del siglo XX, comunismo y nacionalsocialismo, empeñados en crear un "hombre nuevo". Y es también (añado yo) la inspiración de la actual ingeniería social que ciertas élites intelectuales tratan de imponer en la sociedad desde arriba, es decir, desde gobiernos, organizaciones supranacionales y ONGés paraestatales.

Pinker muestra documentadamente que la tabla rasa es insostenible a la luz de la ciencia actual, especialmente de la biología, las neurociencias y la psicología. Esto le lleva a un examen crítico de distintos paradigmas de las ciencias sociales, entre ellos la ideología de género.

El autor distingue entre el "feminismo igualitario", que es una doctrina moral sobre la igualdad de trato, según la cual los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos, y el "feminismo de género", una doctrina empírica (o pretendidamente empírica, sería más exacto decir) que se compromete con las tres siguientes afirmaciones sobre la naturaleza humana: 1) que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, 2) que la única motivación social de los seres humanos es el poder, y 3) que las interacciones humanas no deben entenderse entre individuos, sino entre grupos. (La tabla rasa, pág. 497.)

En su libro, Pinker ofrece una amplia bibliografía, directa o indirectamente basada en estudios empíricos, que rebate esas afirmaciones, en especial la primera. No opino que las concepciones evolucionistas y materialistas de Pinker sean la última verdad (como él mismo y otros muchos parecen entender), pero sí creo que son lo suficientemente serias para sostener que los dogmas del feminismo de género tienen una base mucho más débil; o mejor dicho, que carecen de base empírica alguna. Dicho más claramente, detrás de toda la charlatanería de los ideólogos ultrafeministas (y cabe añadir, de los socialistas, altermundistas, radicales ecologistas y demás) no hay más que... la nada absoluta. No existen datos, no hay estudios experimentales en apoyo de sus tesis. Esta es la pura realidad.

Lamentablemente, los ideólogos del género y compañía siguen dominando en la política, los medios de comunicación y el mundo académico. Esto sólo es comprensible, en sociedades democráticas, porque la mayoría de la población, aun cuando diste de ser totalmente crédula ante los delirios ideológicos radicales, no tiene tampoco nada que oponerles. Sencillamente, la mayoría de la gente carece de tiempo, ganas o ninguna de las dos cosas para leerse libros de setecientas páginas como el de Pinker, no digamos ya para bucear en la literatura especializada. Y en el país de los ciegos intelectuales, los tuertos de la ideología de género son los reyes. Una mentira repetida mil veces se acaba convirtiendo en verdad... sobre todo si nadie tiene los mínimos datos (y las agallas) para reemplazarla por explicaciones alternativas.

Hay sin embargo rayos de esperanza. Un libro grueso requiere días o semanas de lectura, según el tiempo de que disponga uno, además de una mínima formación y hábito de lectura. Pero ¿y si en un documental de cuarenta minutos se pudiera resumir, con amenidad no exenta de seriedad, la crítica de la ideología de género, por ejemplo? Pues bien, al menos un documental así existe. Fue producido en 2010 por la TV pública noruega NRK, como parte de una serie titulada "Lavado de cerebro", conducida por Harald Eia. El capítulo que nos interesa se titula "La paradoja de la igualdad noruega", y puede verse en Youtube en dos partes, subtituladas en español, de veinte minutos cada una. Abajo inserto los vídeos, pero para el lector que no disponga siquiera de cuarenta minutos, le resumo su contenido a continuación.

Harald parte de un dato: Noruega es el país con mayor igualdad de "género" del mundo. (Lo que en español correcto, que es el que emplearé preferentemente, diríamos igualdad de sexos o sexual.) Y sin embargo, en el país escandinavo han observado un fenómeno que describen como "la paradoja de la igualdad noruega": que hombres y mujeres siguen empeñados en demostrar intereses y predilecciones académicas y sobre todo profesionales distintos. Sólo un diez por ciento de ellos eligen ser enfermeros, y sólo un diez por ciento de ellas eligen ser ingenieras, y esto se acentúa como más igualitario es el país. ¿Por qué ocurre tal cosa? ¿Pudiera ser que existieran razones congénitas, es decir, de tipo biológico? ¿O sucede que la sociedad, sutil e insensiblemente, sigue adoctrinando a los niños en modelos de conducta "sexistas"?

Harald se decide a confrontar directamente, mediante entrevistas personales, las opiniones al respecto de partidarios de la ideología de género (académicos, periodistas, políticos) y de psicólogos experimentales, que trabajan con encuestas masivas y con la observación de la conducta de niños y niñas. Para empezar, viaja a los Estados Unidos para hablar con Richard Lippa, que ha dirigido una encuesta a 200.000 personas de 53 países de todo el mundo sobre preferencias profesionales. Las conclusiones de este psicólogo son que, con independencia del medio cultural, las diferencias entre sexos son prácticamente invariables. Las mujeres prefieren trabajos que impliquen sociabilidad (maestras, enfermeras, etc.), mientras que los hombres se decantan más por trabajos con máquinas y sistemas impersonales (informática, física). Estos patrones de conducta universales le llevan a Lippa a suponer que existen bases biológicas de las diferencias psicológicas sexuales.

Pero a esta hipótesis se puede replicar, como hacen los ideólogos del género, que incluso en las culturas más igualitarias, las personas pueden estar determinadas por padres, educadores y medios de comunicación para asumir "roles de género" preestablecidos. Vestimos a los niños de azul y a las niñas de rosa, les damos a los primeros juguetes de machotes (coches, pelotas) y a las segundas, muñecas o utensilios de peluquería. Harald se muestra divertidamente escéptico ante esta explicación (por su propia experiencia como hijo y como padre), pero no la descarta a priori, y para tratar de salir de dudas se entrevista con el doctor Trond Diseth, que ha realizado experimentos con niños de nueve meses en el Hospital Universitario de Oslo, en espacios neutros donde pueden elegir libremente juguetes para niños y para niñas, situados a la misma distancia. Los resultados son (¡sorpresa!) que los pequeños tienden a elegir espontáneamente los juguetes "propios de su sexo".

Pero ¿no podría ser que incluso a tan tiernas edades, los padres ya hubieran influido en la identidad sexual de los niños? Harald Eia se desplaza entonces a Inglaterra, para visitar a Simon Baron-Cohen (primo del popular actor), investigador del Trinity College experto en autismo, que ha realizado experimentos con recién nacidos, bebés de un día de edad que lógicamente no han podido aún ser moldeados por padres u otros adultos. Según concluye Baron-Cohen, los recién nacidos varones muestran mayor interés por "objetos mecánicos" que las niñas, y estas a su vez se muestran más atraídas por rostros humanos... Los estudios demuestran que incluso antes del nacimiento, los niveles de testosterona en el feto determinan comportamientos más típicamente masculinos o femeninos en el futuro.

Después de otra interesante entrevista con la psicóloga evolucionista Anne Campbell, en Durham, que sostiene el origen evolutivo de las diferencias biológicas entre los cerebros masculino y femenino, Harald vuelve a visitar a dos "investigadores de género" cuyas opiniones ya había recabado al principio, Cathrine Egeland y Jørgen Lorentzen. Las reacciones de ambos, al mostrarles las declaraciones de los científicos experimentales no deberían perdérselas: son de traca. Cathrine se queda realmente descolocada, apenas puede articular palabras. Sencillamente, se niega a aceptar lo que ve. Acusa a esos científicos de encontrar sólo lo que buscan de antemano. Harald le hace entonces la gran pregunta: "¿En qué fundamento científico te apoyas para decir que la biología no juega ningún papel en las distintas elecciones profesionales de hombres y mujeres?" Es decir, ¿dónde están tus experimentos, tus datos empíricos, desde los cuales podrías rechazar los de los psicólogos experimentales? Por supuesto, Cathrine no los tiene, y lo admite al responder "eeeh... mi fundamento es algo que se puede llamar punto de vista teórico".

Jørgen es más desenvuelto. De entrada, se había reído con ganas de "esos estudios norteamericanos", tachándolos de "mediocres" y "anticuados". Cuando se le sitúa finalmente frente a resultados concretos y recientes, su reacción es la misma que la de su colega femenina, aunque algo más incisiva. Lorentzen se pregunta por qué esos investigadores están tan "frenéticamente" ocupados con las diferencias de género, en lo que resulta un muy evidente ejemplo de la evangélica viga en el ojo propio, bastando sustituir "diferencias" por "igualdad". Y al realizarle Harald la misma pregunta que a Cathrine, el "investigador de género" declara sin inmutarse que él se basa en la ciencia, pues esta no ha demostrado con absoluta certeza que las diferencias sexuales tengan alguna base biológica. Su "hipótesis" es que no hay diferencias innatas mientras no se demuestre lo contrario. Puede que no se haya percatado de que este criterio nos permitiría sostener "científicamente" la existencia del unicornio.

Concluida la entrevista, Harald se pregunta si Jørgen diría lo mismo en caso de que una investigación empírica apoyase su "hipótesis". Por supuesto, que la biología juega un papel en las diferencias de intereses sexuales es también una hipótesis, pero los investigadores que la sostienen no demuestran estar "frenéticamente" interesados por confirmar ningún prejuicio, no pretenden negar dogmáticamente que la cultura no tenga también cierta influencia. Y lo más importante: ellos se basan en observaciones, cosa que no hacen los "malos investigadores noruegos", como termina llamando Harald a sus compatriotas, aunque por supuesto se podría extender el adjetivo a muchos que pululan por toda Europa y América.

Al parecer, el reportaje tuvo gran repercusión en Noruega. Como se dice en la web del Foro de la Familia (gracias a la cual he dado con los vídeos), la gente empezó a preguntarse por qué había que "financiar con 56 millones de euros de dinero de los contribuyentes una ideología basada en 'investigación' que no tenía credenciales científicas en ninguna parte". A consecuencia de ello, el Consejo Nórdico de Ministros decidió cerrar el NIKK Gender, un instituto equivalente a nuestros "Observatorios de Igualdad de Género", que por aquí seguimos sufragando alegremente. Como de costumbre, cuando nosotros vamos, los escandinavos ya están de vuelta.

¿Se imaginan que la TV pública española emitiera reportajes como el de Harald, no sólo sobre ideología de género, sino sobre la realidad del aborto, el problema del invierno demográfico o las claves económicas que distinguen a los países más prósperos del resto? Yo tampoco. Con la derecha grouchista ("estos son mis principios...") y la izquierda enamorada de sí misma, aquí me temo que seguiremos debatiéndonos entre el suicidio lento o la vía rápida venezolana.