domingo, 26 de junio de 2011

La infalibilidad climática

En los últimos cien años, la temperatura global ha aumentado 0,7 grados centígrados. Según algunos científicos, la causa de este incremento se halla en las emisiones industriales de CO2. De aquí infieren que, salvo que se restringieran severamente estas emisiones, el calor seguirá aumentando, lo cual puede llegar a tener efectos catastróficos (elevación del nivel del mar, desertización, mayor frecuencia de tormentas, huracanes, etc).

En adelante, para abreviar, uso la expresión abreviada cambio climático para referirme a la teoría sobre las causas, la tendencia y los efectos del aumento de temperatura, no al mero hecho de este. Dicha teoría, como cualquier otra, puede ser verdadera o falsa. Personalmente creo que es lo segundo; entre otras razones, porque en los últimos diez años, pese al incremento del CO2, el calentamiento se ha estancado. Pero en cualquier caso, pretender que una teoría es indiscutible, tachar de negacionistas a quienes discrepan de ella e incluso sugerir que se debería legislar penalmente contra ellos, es una actitud anticientífica y dictatorial. Lo cual no se contradice con que muchos científicos, generosamente subvencionados, tengan un interés material directo en sostener la verdad oficial.

Lo que más contribuye a este clima dogmático e inquisitorial no son tanto las exposiciones directas como la lluvia fina de infinidad de artículos y reportajes que, de manera automática (es decir, acrítica), atribuyen al cambio climático los más variados fenómenos adversos, favoreciendo una mentalidad de histeria colectiva. No hay un solo día en que algún periódico o alguna televisión no haga alusión al cambio climático para referirse a la extinción de una especie, una sequía en algún lugar del planeta o una tormenta tropical.

Por poner un ejemplo entre miles, un reciente artículo de El País titulado "Un parásito que ataca el hígado afecta a 400 personas en España" se acompaña con el subtítulo: "La fasciolasis, casi desconocida en Europa, se dispara ahora por el cambio climático". De aquí a sugerir, como en realidad ya se ha hecho, que el cambio climático provocará la llegada al mundo desarrollado de enfermedades tropicales, hay un paso muy pequeño. Pero incluso aunque el cambio climático fuera cierto, habría mucho que hablar antes de incluir entre sus efectos cualquier cosa que se nos ocurra. Para ser atacado por el parásito en cuestión es condición indispensable comer berros silvestres. ¿Quién sabe si la moda de alimentos naturales no ha podido influir en un aumento del número de personas que consumen esos vegetales? 400 afectados por la fasciolasis en una población de 47 millones de habitantes es una cifra tan pequeña que las causas podrían ser muy diversas, incluyendo el mero azar. Esto recuerda cuando las autoridades de Tráfico se atribuyen el mérito de que un fin de semana hayan muerto seis personas menos que el mismo fin de semana del año anterior. El sentido común nos dice que pueden haber concurrido muchos otros factores; quizás salieron menos coches por la crisis económica, el mal tiempo o porque había un partido de fútbol televisado importante; quizás los accidentes ocurrieron cerca de hospitales más preparados; puede que simplemente fuera suerte.

Sin embargo, un investigador del nuevo (e imaginamos que flamante) centro de la OMS en Valencia, consultado por el articulista, se decanta por la explicación del cambio climático, que en su opinión favorece la proliferación de un caracol de agua dulce que transmite la fasciola a los vegetales acuáticos. Como hipótesis, puede ser tan válida como cualquier otra, pero es difícil no sospechar que, cuando hay tan jugosas subvenciones en juego, el interés por la contrastación de las hipótesis (que es lo que caracteriza a la ciencia, o eso creíamos) pasa a un segundo plano.

Como sostiene Nassim N. Taleb en El cisne negro, nuestra sociedad está dominada por la superstición de que existen unos supuestos "expertos" en determinados campos, como la economía o el clima (1), capaces de hacer predicciones, de manera análoga a como los astrónomos predicen los eclipses. Se trata de uno de los mayores fraudes intelectuales de nuestro tiempo, como lo demuestra el vasto cementerio de las predicciones pasadas, erróneas en su abrumadora mayoría. Aún así, la patulea de los engreídos "expertos" y sus divulgadores periodísticos se empeñan cada día en desacreditar a los escépticos, como si fueran estos la encarnación del oscurantismo y no al revés.

Son muchos los factores que pueden influir en la temperatura global, aparte del CO2. Quizás uno de los más deliciosamente paradójicos sea el descenso de la contaminación por partículas pesadas que contribuyen a velar el sol y por tanto a enfriar la atmósfera, como apuntan Levitt y Dubner en Superfreakonomics (2). ¡Un aire más limpio podría haber acelerado el calentamiento global en los últimos años! Esta complejidad hace que "sea muy difícil predecir el futuro climático. En comparación, los modelos de riesgo utilizados por las modernas instituciones financieras parecen muy fiables..." (3) (y ya sabemos lo bien que previeron la crisis económica del 2007). Pero a pesar de la manifiesta incertidumbre que rodea todo el asunto, los gurús del cambio climático pretenden que la humanidad reduzca su crecimiento, desviando ingentes recursos a restricciones del CO2 que ni siquiera es seguro que vayan a servir de algo, y condenando de esta manera a millones de personas de países en desarrollo a no salir de la miseria.

Lo que mueve esta histeria colectiva no es más que la tentación totalitaria de los gobiernos, organismos internacionales e intelectuales por intervenir en las vidas de los individuos. Uno de sus mayores pretextos es la distribución de la riqueza, pero cada vez más será la salvación del planeta, lo que permite criminalizar sin ningún pudor a los opositores o discrepantes que obstaculizan tan noble empeño.

Si alguien necesita un indicio serio de que las políticas de reducción de CO2 son meros pretextos para incrementar los controles gubernamentales sobre el sector privado, lo podrá encontrar en el libro citado anteriormente, Superfreakonomics (secuela del exitoso Freakonomics.) Enfriar la atmósfera del planeta podría lograrse en muy poco tiempo con una inversión menor que lo que gasta la fundación de Al Gore en difundir su religión climática. Bastaría con lanzar a la estratosfera 100.000 toneladas de dióxido de azufre al año. Nadie se asuste, esto supone el 0,05 % de lo que emiten los volcanes, los vehículos a motor y las centrales térmicas que usan carbón. Podría hacerse con una simple manguera de solo 5 cm de diámetro, por 30 kilómetros de altura, sostenida por globos de helio. Aunque parezca una bomberada, el proyecto ha sido propuesto seriamente, con todo lujo de detalles, por la empresa de ingeniería que ha inventado el láser para matar al mosquito de la malaria. Y su coste, comparado con el del Protocolo de Kyoto, es irrisorio. Lo bueno es que tienen proyectos alternativos, alguno de ellos tan original como aumentar la producción de nubes sobre el océano mediante una flota de veleros de fibra de vidrio que incrementen la producción de espuma marina. También han calculado los costes, por supuesto mucho más baratos que la restricción de las emisiones de CO2 y el retraso consiguiente impuesto al Tercer Mundo. (3)

La ventaja de estas ideas, además de su bajo coste, es que se pueden poner en práctica en muy poco tiempo, con resultados casi inmediatos, porque en lugar de contrarrestar unas hipotéticas e inciertas causas del calentamiento, lo que hacen es provocar un enfriamiento compensatorio de manera directa, fácilmente verificable, y que en cualquier momento puede interrumpirse o graduarse. Sin embargo, no interesan a los gobiernos ni a todos los que viven de la lucha contra el cambio climático porque se les acabarían el negocio y los pretextos. Ellos lo que quieren es salvarnos, y para ello es necesario que los creamos ciegamente, sin asomo del espíritu crítico del que tanto se enorgullece nuestra civilización. Como dice Taleb, y con ello concluyo:

"Me irritan muy a menudo aquellos que atacan al obispo pero de algún modo confían en el analista de inversiones, aquellos que ejercen su escepticismo contra la religión pero no contra los economistas, los científicos sociales y los falsos estadísticos. [A los que añadiría, los "expertos" climáticos.] (...) Estas personas nos dicen que la religión fue horrible para la humanidad (...) pero no nos dicen cuántas fueron las víctimas del nacionalismo, de la ciencia social y de la teoría política en el régimen estalinista o durante la guerra de Vietnam. [Ni los costes para millones de seres humanos de no poder utilizar libremente energías baratas como el carbón.] (...) Ya no creemos en la infalibilidad papal; pero parece que creemos en la infalibilidad del Nobel." (4)
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(1) Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008, pág. 384.
(2) Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Superfreakonomics. Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida, Random House Mondadori, 2010, pág. 223.
(3) Levitt y Dubner, ob. cit, págs. 206-207.
(4) N. N. Taleb, ob. cit., pág. 389.

sábado, 25 de junio de 2011

Laicismo orwelliano

"La presencia de capillas en las universidades públicas constituye, a mi juicio, una sacralización del espacio docente laico, un atentado contra la autonomía universitaria, una muestra del control que sigue ejerciendo la Iglesia católica en el terreno de la ciencia y de la docencia, y una censura religiosa del pensamiento crítico y libre."

Estas sandeces, aunque parezca mentira, las escribe un teólogo. Bien es verdad que se trata de Juan José Tamayo, personaje que se distingue por sus diatribas contra Ratzinger y contra el anterior papa, y sus simpatías por el movimiento antiglobalización y la teología de la liberación. Pero centrémonos en su último escrito.

"Sacralización del espacio docente laico". Según sostiene Tamayo, España todavía no ha llevado a cabo la transición religiosa a un Estado laico. Esto es difícilmente cuestionable, salvo por la palabra "todavía", que implícitamente va más allá del hecho, sugiriendo una prescripción: Que esa transición debería hacerse. Es su respetable opinión, pero, como él mismo reconoce, la Constitución no la avala. El modelo español de relaciones entre Iglesia católica y Estado es un caso particular, que a unos podrá gustar más y a otros menos, pudiendo reformarse mediante los correspondientes procedimientos legales y democráticos. Dar por sentado que se trata de una anomalía, elevando una opinión personal a categoría de hecho, revela una escasa pulcritud intelectual.

"Atentado contra la autonomía universitaria". Esto es un ejemplo antológico de inversión de la realidad. Como el mismo Tamayo nos recuerda, la universidad Carlos III, en un ejercicio claro de autonomía, no admite capillas en sus recintos. Y lo que propone es que las otras universidades no puedan ejercer la suya para permitirlas. Por si no ha quedado meridianamente claro: ¡el "atentado contra la autonomía universitaria" es real, y lo quieren perpetrar los laicistas!

"Control que sigue ejerciendo la Iglesia católica en el terreno de la ciencia y de la docencia." Esto ya es de risa. ¿De verdad alguien cree que hoy en día la Iglesia controla la ciencia y la enseñanza? Se nos dirá que hay colegios y universidades religiosos, que existen think tanks y grupos de presión religiosos... Claro, como los hay laicistas y ateos. ¿O es que los católicos van a ser los únicos que no van a poder ejercer la docencia, la investigación o la mera libertad de expresión? ¿Quién es aquí el que quiere controlarlo absolutamente todo, sin que nada escape a su intervención, si no es el laicismo radical?

"Censura religiosa del pensamiento crítico y libre". Claro, pasa un estudiante atemorizado delante de la capilla, y automáticamente ya no se atreve a pensar con libertad, pobrecito. ¿Se pueden decir más gilipolleces en un solo párrafo?

El artículo empezaba saludando con entusiasmo la elección de José Carrillo como rector de la Complutense, el cual, en relación con el asunto de las capillas en las universidades, ha asegurado que el problema de fondo es de libertad religiosa. Y efectivamente, tiene toda la razón, aunque en el sentido exactamente opuesto al que pretende, que prohibiendo las capillas habrá más libertad y no menos. (Como diría Orwell: "La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud", etc.)

Sin embargo, Tamayo disiente en esto del nuevo rector, pues según él en realidad no se trata tanto de la libertad como de la igualdad religiosa. Es decir, si lo he entendido bien, para que no haya agravios comparativos, en la universidad no se debe poder celebrar ningún culto religioso, sea católico, judío, islámico, evangélico o mormón. Desde luego, es una manera de ver la igualdad muy propia de la izquierda. Todos iguales en la miseria y en la esclavitud, excepto los que mandan (en este caso, ateos y agnósticos) que como ya dijo el escritor citado, "son más iguales que otros".

viernes, 24 de junio de 2011

La ideología del No pasa nada

Hace varios años, una conocida marca de tampones higiénicos puso en marcha una campaña publicitaria basada en el eslogan "No pasa nada". La evidente intención era intentar influir en los hábitos de las españolas, más acostumbradas a las tradicionales compresas. Para ello mostraban a chicas que transmitían sensación de despreocupación y comodidad mientras se suponía que utilizaban el producto de la compañía anunciante. "No pasa nada", proclamaban con expresión de (casi sospechosa) radiante felicidad.

Este lema resume a la perfección la táctica de la izquierda contra quienes desconfían de sus propósitos y de sus métodos. Si alguien se escandaliza por la llegada al poder del brazo político de ETA, los voceros del PSOE, principal culpable de que hayamos llegado a esta situación, tratarán de ridiculizar las críticas, asegurando que todo se enmarca dentro de la normalidad democrática. Si alguien cuestiona que sea indiferente que los niños sean criados por sus padres biológicos o por un "modelo alternativo de familia", se le ridiculiza también, caricaturizándolo como un personaje desfasado e incluso atrabiliario, que se empeña en buscar problemas donde no los hay. Si alguien protesta por que niñas de dieciséis años puedan abortar legalmente sin alegar ningún motivo, y sin que ni siquiera sus padres tengan conocimiento de ello... En fin, se le replicará: ¡No pasa nada!

La concepción del mundo subyacente a esta alegre despreocupación, para la cual nada es realmente grave, nada es sagrado, es fácil de resumir: Somos un accidente de la materia, y por tanto el que las cosas se juzguen de un modo u otro es puramente subjetivo, opinable, discutido y discutible. En última instancia, es literalmente cierto que nunca pasa nada nuevo, porque todo es reducible a movimientos de átomos en el vacío (sustitúyase el viejo dogma epicúreo por la más reciente formulación de la física).

Esto no significa que la coherencia con esta ideología sea habitual. Los mismos que ven natural negociar con organizaciones terroristas son proclives a las demostraciones de indignación moral cuando las víctimas caen del lado políticamente correcto; verbigracia, en Palestina. Quienes defienden el aborto como un "derecho" de la mujer acostumbran a ser contrarios a la pena de muerte, cuestión en la cual presumen de una exquisita consciencia ética.

Entendámonos: quienes sin cesar proclaman que no pasa nada, en la práctica se arrogan la facultad ilimitada de decidir cuándo pasa algo y cuándo no. Nada tiene importancia hasta que les convenga que la tiene. Cualquier cosa puede ser clasificada dentro de la normalidad, siempre y cuando sean ellos quienes definan qué es lo normal. Acto seguido, lo que procede es reírse de aquellos a los que ciertas cosas nunca nos parecerán normales, para poco a poco ir transformando las mentalidades, los hábitos, las costumbres, creando así una nueva normalidad. La ingeniería social pasa necesariamente por el no pasa nada. Antes de eliminar las "vidas inútiles" mediante la eutanasia estatalizada, se necesita una labor de "sensibilización" (como ahora se llama a la propaganda), de desacralización de la dignidad humana; de restar seriedad a las cuestiones más trascendentes, convirtiendo lo que son graves decisiones en meras opciones burocráticas.

Contra el No pasa nada, debemos ser rotundos: Sí pasa algo, no da todo igual, no es normal que los terroristas lleguen a alcaldes; no es normal abortar; no es normal que los médicos maten; no es normal que en la escuela se hable de los derechos humanos y en lugar de mencionar los países donde estos son violados de manera tan brutal como cotidiana, se inculque que la democracia formal occidental es poco menos que un engaño. No es normal que las mujeres vayan tapadas de pies a cabeza, ni aquí ni en Afganistán, salvo si definimos la normalidad en un sentido meramente estadístico. Claro, en función del punto de vista geográfico o cultural, todo puede ser normal, desde el asesinato con arma de fuego hasta la ablación del clítoris. No me sorprendería que las abuelas somalíes también sostengan algo parecido: Total, una pequeña intervención; pero si no pasa nada.

lunes, 13 de junio de 2011

El mapa de la infamia


Este es el mapa de los ayuntamientos del País Vasco que en adelante tendrán un alcalde de Bildu, el brazo político de ETA. Lo he elaborado partiendo de informaciones de varios medios, que me han permitido identificar 102 municipios. Quizás falte alguno, que incluiré en cuanto me entere. A estos habría que añadir 17 ayuntamientos de Navarra que también han caído en manos de los mismos filoterroristas de extrema izquierda. (No aparecen en este mapa porque aquí no hacemos el juego a los anexionistas.)

Los culpables de este desastre sin paliativos son el gobierno Zapatero-Rubalcaba, el Tribunal Constitucional, el PNV y, por supuesto, los más de trescientos mil pedazo de bestias que han votado a estos sujetos, y viceversa. Digamos las cosas claras, porque mientras nos entretenemos con eufemismos, este país se está yendo a la mierda. Estamos arruinados, estamos a la cabeza de Europa y del mundo en legislación antiliberal, en abortos y déficit de natalidad y, por si fuera poco, permitimos que los terroristas gobiernen en más de un centenar de municipios. Y a esto lo llamamos progresismo, mientras clasificamos como ultraderechistas a quienes denuncian la situación. Peor aún, el movimiento de los "indignados", inspirado en el best-seller de Stéphane Hessel, se manifiesta a favor de más socialismo (la ideología del PSOE y de Bildu), boicotea las tomas de posesión de los alcaldes del PP y ni por asomo reclama elecciones anticipadas.

La única salida a esta pesadilla es la democracia, no esa mamarrachada chavista de la "democracia real" que reclamaban los acampados de la Puerta del Sol, sino la única democracia que existe: Algo tan simple como echar a un gobierno con los votos. Y cuanto antes.

sábado, 11 de junio de 2011

Fábula

Hace mucho tiempo, existió un príncipe cuyas ideas de gobierno se basaban en los principios de la Uniformidad, la Simetría, la Lógica y la Utilidad. Este príncipe creía que las costumbres y leyes tradicionales estaban en general reñidas con tales principios, de ahí que emprendió una serie de reformas que abolían los usos antiguos con el fin de inaugurar una nueva Era Racional.

El príncipe estableció la semana decimal, que constaba de diez días. Su razonamiento fue que mientras el número 7 era primo, no divisible por ningún otro número menor salvo la unidad, el 10 permitía dos maneras de agrupación de la semana por períodos iguales. Algunos críticos arguyeron que este cambio había sido concebido deliberadamente para importunar a las personas religiosas, que apelaban a la autoridad del Libro Sagrado para seguir manteniendo la semana tradicional. A lo que el príncipe respondió:

-No toleraré que los sacerdotes sigan oprimiendo al pueblo.

Hubo también quien mostró la inconveniencia de un año compuesto de 36 semanas y media. Y se inició entonces un debate acerca de si no sería mejor un año de 370 días, o incluso de 400, con 40 semanas. Si bien es verdad que ello requeriría una serie de complejos ajustes, para no trastornar las fechas de las siembras y las cosechas, la polémica se alargó durante mucho tiempo, con brillantes aportaciones de partidarios y detractores.

Entretanto, la pobreza no cesaba de aumentar en todo el país, porque el príncipe no estaba interesado en los asuntos económicos, cuyo análisis definitivo, según los principios de la Simetría y la Lógica, aplazaba indefinidamente.

El príncipe también quiso reformar el matrimonio, de manera que no solo pudieran casarse las mujeres con los hombres, sino un hombre con otro hombre, y una mujer con otra mujer. Su razonamiento era que no tenía sentido una institución basada en un criterio biológico, que no había sido diseñado según los principios de la Simetría ni la Utilidad. De nuevo surgieron los críticos contumaces, que enarbolaban textos sagrados, y los defensores de la medida, según los cuales venía siendo reclamada por muchos. Los más audaces, incluso, se preguntaron por qué el matrimonio debía limitarse a solo dos personas, y no tres o más. Incluso se planteó por qué no podía ser toda la sociedad un gran matrimonio, en el que los niños fueran criados colectivamente, sin egoístas reivindicaciones de paternidad o maternidad.

Entretanto, la pobreza iba en aumento, porque a pesar de las dificultades, el príncipe seguía adelante con la gravosa construcción de la Academia de la Simetría, subordinada a la Alta Autoridad Simétrica; uno de sus proyectos más queridos, con el que pretendía reunir a los lógicos y gramáticos más afamados del orbe.

Cuentan que el descontento popular obligó al príncipe a abdicar, y que sus reformas fueron poco a poco siendo abandonadas, al tiempo que regresaban los tiempos de prosperidad. Pero el príncipe sigue teniendo sus admiradores, que recuerdan con nostalgia los relojes de diez horas, la gramática sin normas (que solo prohibía las expresiones de descontento y el proselitismo religioso) y los libros en blanco, en los que cada cual podía libremente imaginar el texto que quisiera, a condición de que no fomentara la desobediencia a las leyes del principado.

domingo, 5 de junio de 2011

El espantapájaros franquista

Cerca del 90 % de los españoles ya ha vivido más tiempo en democracia que bajo la dictadura franquista; faltan pocos años para que sea el 100 %. Más del 60 % nació después de la muerte de Franco, o bien no gozaba todavía de uso de razón cuando esta se produjo. Ello no es obstáculo para que el discurso político del PSOE siga identificando habitualmente a la derecha con el régimen político anterior, poniendo en duda su pedigrí democrático. Esta práctica insidiosa procede, curiosamente, de un partido político que desde sus orígenes, y hasta poco antes de la muerte de Franco, defendió la dictadura del proletariado; que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera; que intentó implantar por la fuerza de las armas una dictadura en 1934 y que durante los cuarenta años de dictadura franquista apenas dio señales de vida. Por lo demás, muchos altos cargos del PSOE y personalidades afines son hijos de miembros del régimen de Franco, cosa absolutamente normal, pero que se opone a cualquier tentación de extraer conclusiones generales de circunstancias similares, en relación con militantes del PP.

La izquierda siempre ha pretendido monopolizar la democracia, como si fuera invención suya, o peor aún, como si fuera su propiedad. En esto consistió el drama de la República, que terminó en la guerra civil. Pero la izquierda se niega a aprender. Ella sigue adjudicándose la prerrogativa de definir qué se entiende por "derecha democrática", es decir, aquella que asume lo esencial de la cosmovisión de izquierdas, y solo se permite algún leve matiz diferenciador en la política económica. Una cierta derecha oportunista se presta encantada a este vasallaje, coquetea con el ecologismo, el feminismo y la socialdemocracia, colaborando así en la exclusión de la vulgar ultraderecha, que se atreve a cuestionar los ídolos de la tribu políticamente correcta: Son esas personas incómodas que se pronuncian en contra del aborto, a favor de la familia tradicional, ponen en duda el cambio climático y hablan sin melindres "sociales" a favor de la propiedad privada y el libre mercado.

Ahora bien, la posición que se adopte en esos temas, sea cual sea, no es en sí misma democrática ni lo contrario. Los pro vida, por ser tales, no son más demócratas que los pro abortistas, ni viceversa. Los escépticos climáticos no son ni más ni menos demócratas que quienes creen a pies juntillas que en la última tormenta tropical tiene algo que ver el CO2 emitido por la industria. La única manera inequívoca de poder desprestigiar al contrario con la acusación más o menos velada de autoritario (facha), es relacionarlo con un período histórico concreto. Y aquí es donde la izquierda española goza de una indudable ventaja. En España hubo una dictadura de derechas durante cuarenta años. En cambio, la única dictadura de izquierdas duró solo de 1936 a 1939, en los territorios dominados por el Frente Popular durante la guerra civil. Y la izquierda ni siquiera reconoce que fuera una dictadura. Es por tanto mucho más fácil relacionar a la derecha con el autoritarismo, que no a la izquierda. Franco es aún un espantapájaros utilísimo.

Ante esto, el error típico de la derecha es "mirar al futuro", como si le conviniera que olvidemos el pasado. En realidad, lo que debería hacer es recordar siempre que sea oportuno cómo surgió la dictadura de Franco, que no fue más que una reacción contra una dictadura de izquierdas en ciernes. Esto es algo muy distinto de justificar el franquismo. Precisamente porque todas las dictaduras son aborrecibles, debemos estar prevenidos contra los milenarismos que acaban conduciendo a regímenes autoritarios o totalitarios, qué más da si de forma directa o indirecta. Bien es verdad que durante el siglo XX, las dictaduras más largas y sangrientas han sido predominantemente de izquierdas. La historia es en sí misma la refutación de la idea según la cual la izquierda, a diferencia de la derecha, es intrínsecamente democrática.

miércoles, 1 de junio de 2011

Rubalpásalo

En 2004 el PP perdió unas elecciones que tenía ganadas porque muchos españoles creyeron que los terroristas islamistas nos perdonarían la vida (no cometerían otro 11-M) si castigábamos en las urnas la foto de las Azores. En 2012, o en otoño de este año, el PP podría también, contra todo pronóstico, perder las elecciones. Bastaría con que tres días antes de los comicios, ETA anunciara la entrega de las armas... Por supuesto, con el mensaje implícito de que su gesto solo sería efectivo e irreversible si votamos la opción correcta, la del gobierno que habría conseguido la "paz".

Excuso decirlo: no sé si ocurrirá exactamente de esta forma. Pero de lo que no tengo duda es que el PSOE de Rubalpásalo y ETA comprenden perfectamente la necesidad de algún tipo de golpe de efecto espectacular. Y lo que me desasosiega no es tanto la posibilidad en sí (con ser desastrosa) de que Rubalpásalo ganara las elecciones, sino que una mayoría de españoles fuera capaz de doblegarse por segunda vez ante el terrorismo.

Un tipo que se defiende de graves acusaciones (caso Faisán) haciendo un mal chiste con el estribillo de una canción, no demuestra mucha inteligencia ni brillantez. Si por un minuto ha pasado por poseedor de tales atributos, es porque en este país hay demasiados lameculos, demasiados sujetos dispuestos a reírle las gracias al poderoso. Rubalpásalo es nefasto, de acuerdo, pero mediocre. Los que por desgracia no son mediocres son quienes planearon el 11-M y los dirigentes de ETA. Y siete años después de aquella masacre, seguimos sin saber quiénes son los primeros, y sin haber derrotado a los segundos, que incluso se presentan con gran éxito a las elecciones locales. Pero todavía hay gente tan babosamente servil que apunta no sé qué logros de la lucha antiterrorista en el haber de Rubalpásalo, como hoy leía en un periódico provincial. Si mucha de la opinión publicada refleja verdaderamente la opinión pública, es para preocuparse.

lunes, 23 de mayo de 2011

El progre sufridor

El progre sufre mucho. Al menos cree que sufre más que los demás, sobre todo si son conservadores (sinónimo de insensibles y cínicos). Le preocupan los niños desnutridos, los jóvenes precarios, las mujeres maltratadas, etc. Claro que es imposible desvelarse al mismo tiempo por todas las injusticias que existen. Los disidentes cubanos, las mujeres obligadas a vestir burka, los empresarios que luchan por sacar adelante sus negocios, quedan en un segundo o tercer plano. Quién sabe si no hay muchas exageraciones sobre los disidentes, sobre las torturas... Eso si es que no están a sueldo de la CIA. En cuanto a nuestra visión del islam, sin duda peca de superficial. Las mujeres quizás no vean el burka como un símbolo de sumisión, sino de identidad. Y de los empresarios, qué decir. Se han estado forrando durante los años de bonanza, y ahora no saben hacer otra cosa que despedir trabajadores.

La compasión de los progres, pues, es selectiva. Pero dejando esto de lado, lo que importa es lo bueno, sensible y solidario que se siente el progre. Y por contraste, lo detestables que le parecen quienes (según él piensa) no son conscientes, o no quieren serlo, del sufrimiento que puebla el mundo. Y el progre tiene una fórmula infalible para identificar a estos derechistas ignorantes o endurecidos. Son todos aquellos que no comparten su diagnóstico, ni por tanto sus soluciones. El desalmado derechista ve muy fácil decir que "entre la igualdad y la libertad prefiero la libertad". Quien pertenece a una "familia bien" no puede entender el sufrimiento de los más débiles. Es como un león "poderoso y magnífico" que le predicara las virtudes de la libertad a una "frágil gacela".

Los entrecomillados pertenecen a un artículo del escritor Gustavo Martín Garzo titulado "La historia del sufrimiento". En él, con el pretexto de defender la igualdad, se presta una argumentación vaga y de carácter emocional a recortes de libertades, aunque sin entrar en detalles. Dice simplemente que "la libertad es una palabra poco convincente". Poco les dice a los que sufren: "Los enfermos sueñan con estar sanos, las mujeres con tener los mismos derechos que los hombres, los cojos con competir con los grandes atletas." O sea, que mientras exista algún tipo de frustración, real o imaginaria (lo de los "cojos" que quieren ganar medallas olímpicas tiene narices: ¡pues yo quiero que me toque la lotería!), mientras el mundo sea imperfecto, hablar de libertad es una muestra de insensibilidad.

Martín Garzo reconoce que la igualdad sin libertad conduce a la tiranía, pero se diría que hay algo que le preocupa más: "La libertad sin igualdad genera injusticia; la igualdad sin la libertad, tiranía. Un ejemplo de tiranía son los regímenes comunistas; un ejemplo de injusticia, el feroz liberalismo económico que padecemos, y que está conduciendo al mundo a la catástrofe, ante el entusiasmo de los que no dejan de llenar sus arcas ajenos a la pregunta de dónde viene de verdad su riqueza." Obsérvese que de los regímenes comunistas no dice nada (ya bastante propaganda anticomunista hemos aguantado ¿verdad?), mientras que al "feroz liberalismo" lo acusa nada menos que de llevarnos al apocalipsis. Conclusión: Pues que venga la tiranía, si el capitalismo es tan malo.

Cuando los progres sacan a relucir sus metáforas de leones y gacelas, es difícil evitar acordarse de Animal Farm de Orwell. Pero es evidente que su intención no va por allí. Ellos están enamorados del sufrimiento. Y ya se sabe que hay amores que matan.

Alcaldes del PP en Badalona y... ¿Tarragona?

Seguramente Xavier García Albiol será el próximo alcalde de Badalona, la tercera ciudad de Cataluña, por tamaño demográfico. Pero la noticia quizás más inesperada es que también podría haber un alcalde del PP en una capital provincial, Tarragona. La candidatura liderada por Alejandro Fernández (sí, el del famoso vídeo) ha empatado con la segunda fuerza más votada, CiU, quedándose a solo tres votos. Si ambas se ponen de acuerdo, podrían desplazar al socialista Ballesteros, que ha gobernado hasta ahora el municipio con ERC, barrida del mapa en estas elecciones (¡toma ya!). Ahora bien, dado el ajustadísimo empate, no es en absoluto descabellado imaginar un pacto por el cual durante dos años la alcaldesa fuera Victòria Forns, de CiU, y otros dos años Alejandro. Por supuesto, puede que lleguen a una fórmula distinta, pero en cualquier caso, el PP tendrá mayor peso que nunca en el gobierno municipal. Cosa que será buena para Tarragona.

sábado, 21 de mayo de 2011

Indignados, pero no demócratas

Habitualmente utilizamos la palabra democracia en un sentido que incluye, además de la elección del gobierno por el pueblo, mediante el voto universal y secreto, una serie de elementos definitorios del liberalismo, como son, por ejemplo: la libertad de expresión, circulación y manifestación; la separación de poderes; la igualdad ante la ley; el habeas corpus; la inviolabilidad del domicilio sin autorización judicial, etc. Ningún país que conculque alguno de estos principios es considerado democrático, por mucho que el gobierno haya obtenido el respaldo mayoritario en unas elecciones.

Este uso del término democracia y sus derivados tiene una indudable ventaja: Ahorra palabras. Para referirnos al mismo tiempo al sistema parlamentario, al respeto de los derechos individuales y al imperio de la ley, no existe ninguna otra expresión compuesta de un solo vocablo. Por otra parte, no se trata solo de que necesitemos la palabra democracia porque, debido a una feliz casualidad, existan países en el mundo en los que se dan estas circunstancias simultáneamente. Es que sin el respeto a los derechos individuales, a la libertad de prensa, etc, no existen garantías de ningún proceso electoral limpio.

Ahora bien, el sustantivo democracia y el adjetivo democrático tienen también un grave inconveniente: la parte de su significado que alude a la legitimidad de un gobierno representativo, tiende con mucha frecuencia a eclipsar, a oscurecer el componente liberal. Y esto es así porque, aunque ambos aspectos estén íntimamente relacionados, no por ello dejan de ser cosas bien distintas, que incluso pueden entrar en contradicción. Así, por ejemplo, alguien podría decir que unos jueces nombrados directamente por una asamblea elegida por el pueblo, o unos medios de comunicación subordinados a esta, serían más "democráticos", porque responderían mejor a la "voluntad popular". Esta es básicamente la argumentación que emplea el chavismo en Venezuela, con unas u otras palabras, para cerrar medios de comunicación y todo tipo de abusos.

Este peligro inherente a la palabra democracia queda también ejemplificado en el movimiento "Democracia Real Ya", que inspira a los manifestantes indignados de Madrid, Barcelona y otras ciudades de España. Bien es verdad que en sus propuestas y lemas, entre los elementos socialistas y populistas, hay algunos inequívocamente liberales. Pero el mensaje que emerge como síntesis es que en la actualidad no vivimos en una verdadera democracia, que la "partitocracia" de algún modo ha secuestrado la democracia.

No han faltado los indignados que han afirmado que la soberanía popular reside en ellos, no en las Cortes. Y un inspirador ideológico de mucha de la retórica que se lee en las pancartas, José Luis Sampedro, en una entrevista donde presta su apoyo al movimiento, llega incluso a negar que exista democracia en España, Estados Unidos o Francia, porque según él la opinión pública de estos países está manipulada por unos medios de comunicación al servicio de los poderes económicos. (Cuba debe ser un oasis democrático.) Al respecto, es significativo que muchos indignados de la Puerta del Sol se hayan conducido, al menos los primeros días, con una cierta hostilidad hacia los periodistas, a los que de manera genérica han acusado de tergiversar la naturaleza del movimiento.

La idea de que la democracia no se puede limitar a votar cada cuatro años no va desencaminada, al menos en el sentido que apuntábamos al principio. También en Irán hay elecciones, y no por eso lo consideramos un país democrático. Pero una cosa es afirmar que el sufragio, desconectado de los principios liberales, se convierte en una farsa legitimadora del despotismo, y otra muy distinta es decir que si la gente vota a Bush, a Berlusconi, a Zapatero o a Rajoy, es porque no hay "auténtica" democracia.

Por supuesto que la manipulación existe. Ahí tenemos la que ejercieron el PSOE y sus medios afines en las elecciones de 2004. Fuimos millones los ciudadanos a los que el resultado decepcionó profundamente, y algunos además pensamos que los atentados del 11-M constituyeron, lisa y llanamente, un golpe de Estado. Pero no pudimos cuestionar la legitimidad de los resultados electorales porque, al fin y al cabo, cada cual votó libremente, pudo presentarse cualquier partido que no apoyara el terrorismo, y no se dieron irregularidades en el recuento de votos.

La democracia no excluye que la gente sea idiota; o dicho más finamente, manipulable e irracional. Los defectos de la democracia son los defectos propios de la naturaleza humana. Pensar que el problema es del "sistema", y no de las personas concretas, es característico del utopismo totalitario. Todas estas proclamas que tratan al pueblo como una víctima desvalida, que pretenden redimirlo trayéndole la "democracia real", a lo que suelen conducir es a cuestionar la modesta democracia sin adjetivos, la única que ha demostrado que es posible.

El mensaje supuestamente "transversal" de los indignados es que el partido que previsiblemente ganará las elecciones, tampoco solucionará nada. ¿Se hubiera gestado el movimiento en caso que las encuestas fueran favorables a la izquierda? Da la impresión que, para algunos, el juego democrático solo es válido cuando los suyos llevan las de ganar.

martes, 17 de mayo de 2011

Cuentos de hadas

El científico Stephen Hawking ha afirmado en una entrevista que "el cielo es un cuento de hadas". La versión digital en The Guardian ha generado en dos días más de 2.600 comentarios. La misma noticia en Libertad Digital, cuando escribo esto, va por los 61 comentarios: Muchos más que los que produce normalmente cualquier otra noticia. Para ser cuentos de hadas, las cuestiones de la existencia de Dios y de la vida más allá de la muerte siguen siendo de las que más interesan a la gente, sea cual sea su opinión.

En sí mismo ello no demuestra nada acerca del fondo del asunto. Pero sí demuestra una cosa: Que quien crea que este debate se va a zanjar un día con una frase, incurre en una ingenuidad mayúscula. Por muy Stephen Hawking que sea.

lunes, 16 de mayo de 2011

Votar para botar

Conocí a un abstencionista convencido que decía "si votas, luego no te quejes". Nunca entendí el argumento. El que vota está perfectamente legitimado para quejarse luego. Si los gobernantes no son los que votó, con toda la razón. Pero si les votó ¿por qué no podría quejarse, si luego le defraudan? El voto no es ningún cheque en blanco. Supongo que nuestro abstencionista diría que cuando uno es adulto, se puede dejar engañar por los políticos una vez, quizá dos, pero a la tercera es ya tan culpable como el engañador. Esto vale para una conducta individual aislada, pero no en el caso del voto. Porque si tú no votas, otro de todos modos lo hará por ti. Y entonces sí que no tienes mucho derecho a protestar contra lo que salga de las urnas.

Aquí ya es cuando nuestro interlocutor imaginario sale por peteneras: "pero si nadie votara..." Claro, el mundo solo con eso sería color de rosa, como lo era en aquellos tiempos en que se sentaba en el trono aquel que conseguía sobrevivir a los puñales, los venenos y otros accidentes. Cuando no el vencedor de una guerra civil que dejaba al pueblo diezmado y empobrecido.

Ahora bien, una vez estamos de acuerdo en que hay que votar, queda un pequeño detalle. ¿A quién? Creo que podemos descartar, por razones parecidas a las expuestas para la abstención, el voto nulo y en blanco. No sirven para nada, ni servirían aunque todo el mundo votara lo mismo. Al día siguiente seguiríamos teniendo un gobierno, solo que no elegido por nadie. Y no estaríamos más autorizados a criticarlo que si lo hubiéramos votado. Recuerden: el voto no es un cheque en blanco. Así pues, quien hasta aquí haya asentido a mis argumentos, no tiene más remedio que admitir que debe votar a algún partido político.

"¡Pero no me gusta ninguno!", proclamará más de un lector. Bien, no tiene de qué preocuparse. Es normal, nos pasa a muchos. En las elecciones se presentan varias decenas de partidos. Posiblemente no se los ha estudiado todos, y hace mal, yo creo que vale la pena. Puede que sus ideas se encuentren representadas por un pequeño partido, que aunque no tiene posibilidades de ganar las elecciones, sí podría obtener un diputado, o un concejal, y desde ahí influir en algún grado. Aunque personalmente creo más en el voto útil, respeto enormemente a las personas que optan por este tipo de partidos. Quien vota en blanco renuncia a toda influencia, mientras que el que vota por la formación más peregrina (siempre y cuando esta vaya en serio; no siempre es así) por lo menos intenta que sus ideas tengan algún reflejo en las decisiones políticas, aunque rara vez lo consiga.

Pongamos, con todo, que tras el análisis de las distintas siglas, ninguna le convence por entero. Aun así, siempre habrá un partido o partidos que sean los que menos le gustan. Pues bien, ahí está la clave. Vote usted a aquel partido que le parezca el menos malo, o el más indicado para impedir que gobiernen aquellos que en su opinión son peores. Bote, con be, al partido que no quiera ver en el gobierno, votando al que preferiría en su lugar, aunque sea sin ningún entusiasmo.

Y aquí podría terminar mi llamada al ejercicio del derecho de sufragio. Pero me voy a mojar más, y confesaré cuál es en mi opinión el partido al cual hay que botar, alejar cuanto antes del poder, tanto local, autonómico, como central, en las próximas elecciones y en las siguientes. Y este no es otro que el PSOE, naturalmente. He aquí mis razones:

1) Porque no se debería mantener un gobierno que ha sido incapaz de impedir que lleguemos a tener cinco millones de parados. Solo por este motivo, votar al PSOE (o quedarse en casa, etc), aunque el 22 de mayo estén en juego directamente solo los ayuntamientos, y no todos los gobiernos regionales, es dejar pasar una oportunidad magnífica de castigarlo.

2) Porque hay que echar a un gobierno que en lugar de darle el golpe de gracia a ETA cuando accedió al poder, ha estado siete años negociando con los terroristas, permitiéndoles presentarse a las elecciones locales mediante su influencia en el poder judicial, entre otras fechorías; lo que solo ha servido, como era de prever, para que los criminales se rearmen material y moralmente.

3) Porque debemos paralizar y revertir las reformas de ingeniería social realizadas por Zapatero. El aborto no es un "derecho"; los niños preferiblemente deben crecer con una madre y un padre; la igualdad no puede ser un pretexto para recortar libertades; las escuelas no deben ser centros de adoctrinamiento ideológico; los católicos tienen todo el derecho del mundo de expresar sus opiniones; y la historia no la deben escribir los parlamentos ni los gobiernos, sino los historiadores.

4) Porque jamás se debió haber votado al PSOE en 2004, después de la sucia campaña que organizó tras la masacre del 11-M, sugiriendo a la gente que votara a los socialistas para que los islamistas nos perdonaran la vida por nuestra casi simbólica implicación en la guerra de Irak. La vergüenza de ser español que arrastramos muchos desde entonces no se lavará automáticamente cuando, previsiblemente el año que viene, el PSOE deje de gobernar. Todo dependerá de si el nuevo ejecutivo deja de poner obstáculos a la investigación de esos atentados. Pero por lo menos, podremos abrigar la esperanza de un inicio de cambio de mentalidad, de que se extrapole a nivel nacional el fenómeno sociológico de la Comunidad de Madrid, que tan desquiciados tiene a los progres. El de una mayoría social que ya no se deja intimidar por la opinión publicada, sino que se atreve a pensar por sí misma, sin complejos.


Hay más razones (la corrupción, la política sobre inmigración, etc) pero ante las anteriores, sinceramente me parecen secundarias, salvo circunstancias locales. Ya solo me queda decir cuál es en mi opinión el partido al que debemos votar, para botar al PSOE. Para mí es evidente que el PP. Ya sé lo que dicen algunos, que hablan del PPSOE, de que los dos grandes partidos son lo mismo, que si el problema es la "casta política", etc. En ese caso, si creen que efectivamente no cambia nada con que gobiernen unos u otros, si creen que no importa que el PSOE siga gobernando cuatro años más, o indefinidamente, no me hagan caso. Olviden todo lo que acaban de leer y no vayan a botar.

domingo, 15 de mayo de 2011

El tebeo de Manuel Vicent

Los progres a veces son transparentes. Nos permiten vislumbrar el fondo de su pensamiento con una facilidad que es de agradecer. Es el caso de Manuel Vicent, cuando compara el terrorismo con las catástrofes naturales. Ambos producen víctimas inocentes. Es decir, ambos son explicables en términos amorales; tienen causas, que podemos intentar prevenir racionalmente. Por eso, lo peor del terrorismo no son las víctimas; en esto no se distingue de un terremoto. Lo peor es que por su culpa, algunas personas vuelven al "estado salvaje". Es decir, pretenden cosas como que la coalición-tapadera Bildu sea ilegalizada por un tribunal. Sí, ya saben, esas instituciones que abundan tanto en la selva, donde a la que te descuidas, aparece una fiera que te ilegaliza.

Pero Manuel Vicent no se queda en la original metáfora selvática; además nos explica a grandes rasgos en qué consiste el progreso frente a los "instintos primarios" que rigen en la selva. Ha sido el resultado del pensamiento libre, surgido en "la Sorbona, Cambridge, Oxford, Harvard, Yale, Columbia, Princeton, Tubinga y Bolonia" (se deja la Pompeu Fabra, pero se lo perdonaremos), en su "lucha agónica" (quizás no recuerde que agonikós en griego ya quiere decir luchador; también lo pasaremos por alto) contra "las hogueras de la Inquisición" y "la ley del talión del Código de Hammurabi". Esto último supongo que va por la ejecución extrajudicial de Bin Laden.

El audaz resumen de Vicent no permite entrar en menudencias como de dónde procedía el "caudal de sabiduría" que transmitían en los albores de la época moderna las universidades; las cuales, por cierto, eran tan antiguas o más que la propia Inquisición. Ni que fue entre los siglos XV y XVIII cuando se persiguió a las brujas con un frenesí que no conocieron los tiempos medievales. Por no hablar de las hornadas de intelectuales salidos de las universidades que, en épocas más recientes, han justificado el totalitarismo. Estos detallejos complicarían demasiado su tebeo de superhéroes y supervillanos: Había una Edad Oscura en la que mandaban los señores feudales y los curas. Entonces llegaron los antepasados intelectuales de Gregorio Peces-Barba y poco a poco se fue haciendo la luz.

Ahora bien, por desgracia, de vez en cuando emerge de nuevo el oscurantismo, con la excusa del terrorismo. Y el problema, como vimos, no es que este mate a personas inocentes. Eso está mal, sin duda, pero muere mucha más gente en accidentes de tráfico y en tormentas tropicales. Lo malo es que haya quien crea que se puede luchar contra los terroristas exclusivamente por medios policiales y judiciales, como si matar tuviese algo que ver con el bien y el mal, el crimen y el castigo; es decir, con esas monsergas de los curas que costó tanto superar.

Palestinos humillados

Enric González es un ejemplar típico de periodista occidental: Antiamericano y antiisraelí hasta la médula. Siempre en vilo a la espera de las represalias del imperio y el sionismo. Hoy firma un artículo sobre confesiones de soldados israelíes, arrepentidos por ser testigos mudos o participantes en humillaciones infligidas a los palestinos.

Los tres vídeos que ofrece El País, a decir verdad, no contienen revelaciones muy escalofriantes. Uno cuenta como un oficial druso de un puesto de control obligaba (año 2000) a arrastrarse por el suelo a los palestinos que querían conseguir permiso de paso. Es el que provoca más indignación. Otro denuncia el uso de un vehículo militar israelí camuflado como si fuera una ambulancia, y un tercero relata un registro en casa de un palestino, al que los soldados avergüenzan delante de su familia cuando descubren sus películas porno.

La ONG que ha difundido las confesiones, Breaking the Silence, está financiada por judíos, árabes y gobiernos europeos, el español incluido, como no podía ser menos. Ahora solo cabe esperar que esta iniciativa sirva de precedente, y pronto veamos confesiones de militantes palestinos, financiadas también por árabes, judíos y gobiernos europeos como el español. Que nos expliquen su arrepentimiento por haber lanzado misiles "caseros" contra la población civil, por haber utilizado escudos humanos o reprimido a rivales políticos entre sus propios compatriotas. (Los que se han suicidado en actos terroristas, evidentemente no nos podrán contar sus experiencias.)

Pero por supuesto, sé que puedo esperar sentado. Es más difícil encontrar un palestino arrepentido o pacifista que una aguja en un pajar. Y no debería extrañarnos, porque si diéramos con él, su vida estaría en vilo a la espera de las represalias de los propios palestinos.

La igualdad es esto

El nivel socioeconómico de una limpiadora de hotel es muy inferior al del director gerente de un organismo internacional. La primera tiene que trabajar muchas horas para poder pagar la educación de sus hijos, mientras que el segundo se puede permitir enviarlos a los mejores centros educativos del mundo, y aún le sobra para gran variedad de lujos, como por ejemplo pagarse su estancia en los mejores hoteles del mundo. Pese a ello, si tratara de propasarse con la limpiadora, en un Estado de derecho debería ser detenido por la policía y puesto a disposición de la justicia. Al menos, parece que esto es lo que ha sucedido en el país de las "escandalosas desigualdades".

Claro que si en Cuba, un jerarca del partido comunista agrediera sexualmente a la camarera de un hotel de La Habana (pongamos que fuera un hotel de acceso restringido a los miembros del partido), y esta no se atreviera a denunciarlo, se trataría de una anécdota sin importancia, que no empañaría las grandes "conquistas de la Revolusión". La izquierda es la que más defiende a los humildes y la igualdad, ¡y vale ya!

Venga, espero con impaciencia los comentarios de progres sabelotodos diciendo que no respeto la presunción de inocencia. Pero les adelanto mi respuesta: aquí lo importante no es si Strauss-Khan es inocente o no, sino que a la policía neoyorkina no le ha temblado el pulso al detenerlo, cuando podía haber esperado diez minutos y decir que no había llegado a tiempo de impedir que saliera su avión. Hubiera sido fácil, pero los estadounidenses creen en la ley. Qué puritanos ¿verdad?

sábado, 14 de mayo de 2011

Libertad infinita (y 2)

[Ver 1]

En cambio, en el sentido estricto de libertad que aquí, para abreviar, identifico con la derecha, es perfectamente imaginable una libertad casi absoluta, es decir, una casi total carencia de interferencias arbitrarias del poder político. Sin duda, algún grado de discrecionalidad de la autoridad (sea un político, un juez, un policía o un burócrata) jamás se podrá evitar; pero puede tender a cero. En cambio la libertad para la izquierda debe tender a infinito, por lo que siempre se encuentra a una distancia infinita de su realización máxima. Requeriría, para alcanzar su plenitud, un mundo irreal de posibilidades ilimitadas, mientras que la derecha defiende algo opuesto: Un Estado limitado, que intervenga lo menos posible, salvo para proteger los derechos individuales frente a agresiones o fraudes de terceros.

Ahora bien, no basta con el Estado limitado. Pues para que este sea posible, es necesario que los seres humanos se rijan por leyes e instituciones lo más impersonales posibles, es decir, normas que el Estado como mucho se limite a desarrollar, a codificar, y sobre todo a aplicar, y que no hayan sido generadas por ningún individuo, con lo cual en última instancia no se distinguirían de mandatos arbitrarios. Esas normas no creadas por nadie, aunque parezcan algo fantástico, en realidad existen en todas las sociedades conocidas. Son el producto de miles de años de evolución cultural, y debemos considerarlas como un legado no exento de ser criticado, pero que debe ser preservado como el capital más valioso que tenemos, resultado de la experiencia y el proceso de “selección natural” (en el sentido de inconsciente) de innumerables generaciones.

Estas instituciones y normas se resumen, en Occidente, en la moral judeocristiana, la familia y el mercado. Cuando la izquierda las socava, en nombre de la libertad, en realidad está erosionando las bases que permiten la existencia de un Estado lo más limitado posible. En la medida en que los individuos desaprenden determinados valores, dolorosamente interiorizados por nuestros antepasados; dejan de creer en la autodisciplina; tienden a disolver o a desacreditar instituciones y valores que les protegían en los momentos o circunstancias de debilidad (la niñez, la maternidad, la ancianidad, la pobreza, etc); en este momento se convierten en más dependientes del Estado, tanto de sus ayudas como de su coacción. Se produce una externalización de los controles, que pasan de ser, en buena parte, psicológicos (los tan denostados sentimientos de culpa, de vergüenza, de caridad) a ser políticos (adoctrinamiento ideológico, “campañas de sensibilización”, presión fiscal, represión judicial y policial). Y los controladores a su vez se sienten menos controlados por unos principios morales de los cuales, astutamente, nos han (en realidad, se han) "liberado". El reino de la discrecionalidad de políticos y funcionarios aumenta, lo que es tanto como decir que la libertad, la capacidad de tomar decisiones sin interferencias, disminuye.

De ahí que la derecha, cuando se opone al aborto, a la eutanasia o al “matrimonio” gay, no está incurriendo en una postura antiliberal, por mucho que de manera tan extendida como superficial se tienda a creerlo. Defender determinados principios, como el carácter sagrado de la vida humana y de la familia tradicional (que los niños crezcan, en la medida en que sea humanamente posible, con una madre y un padre), no es restar libertad a los individuos, sino exactamente lo contrario, porque dichos principios no son mandatos arbitrarios que alguien se inventó un día por el gusto de entrometerse en las vidas ajenas, sino que proceden de nuestro legado evolutivo o, si se prefiere, de Dios (y personalmente cada día estoy más convencido de que ambas ideas son perfectamente compatibles, y más bien nos hablan de la sabiduría insondable de un ser trascendente). Y es precisamente este legado el que ciñe al Estado y lo hace menos necesario, previniendo la falta de cohesión social que produce el relativismo moral.

Autores como Isaiah Berlin han resumido los dos conceptos aquí expuestos como libertad “positiva” y “negativa”. Es decir, libertad como poder y libertad como no interferencia. Sin embargo, como acabo de explicar, el concepto conservador de libertad me parece insuficientemente descrito con el adjetivo “negativo”, pues la ausencia de interferencias no se justifica ni se sostiene por sí sola, fuera del contexto de la tradición y la moral. Estas son el fundamento plenamente positivo de la libertad, y esta a su vez se constituye en su más eficaz salvaguarda, en la medida que marca límites a la jurisdicción del César.

No se trata de que existan dos conceptos de libertad, y que cada cual elija el que prefiera, el de izquierdas o de derechas. La libertad como poder que tiende a infinito se distingue de la libertad como interferencia que tiende a cero, en que la primera por definición no tiene un punto de llegada, mientras que la segunda sí. O dicho de otro modo, la aspiración máxima de la izquierda es irrealizable, mientras que al modesto ideal de la derecha nos podemos acercar razonablemente. Para la izquierda, la libertad es una consecuencia del progreso, mientras que para la derecha, es un punto de partida. Al separar la plena libertad de la plena felicidad en un mundo utópico, hace que la primera, al menos, sea más alcanzable. En cambio, los “progresistas”, al unir la suerte de ambas (llamen a la felicidad igualdad, o como quieran), terminan por no conseguir ni la una ni la otra. Es decir, arruinan el progreso que tan apasionadamente dicen defender, por culpa de sus quiméricas aspiraciones maximalistas.

Libertad infinita (1)

Según explicó Norberto Bobbio en su libro Derecha e izquierda, la derecha prima la libertad sobre la igualdad, mientras que la izquierda procede al revés. Pero aunque Bobbio era un pensador de izquierdas, la inmensa mayoría de sus correligionarios pensarán que eso sería conceder demasiado. Ellos dirían que la izquierda defiende los valores de la libertad y la igualdad, mientras que la derecha es el autoritarismo y la desigualdad. Cualquier otro análisis más ponderado les viene a chafar su historieta preferida de buenos y malos, débiles y poderosos, ricos y pobres.

Por si alguien pensara que yo también incurro en una caricatura de la izquierda, vean el vídeo de esta entrevista a José Luis Sampedro (minutos 33:30 a 47:24) si es que son capaces de soportar durante casi un cuarto de hora una mera sucesión de los tópicos más sonrojantemente simples y vacíos. (Lo que no es óbice para que se eche un capote a la política de recortes presupuestarios de Zapatero: Podría servir perfectamente como spot para la campaña electoral del PSOE.)

Vean también con qué fidelidad resume Enrique Gil Calvo, sociólogo de guardia de El País, la idea de Bobbio:

“Como resulta notorio y recordó hace algún tiempo Norberto Bobbio, la principal frontera ideológica entre derecha e izquierda es precisamente la actitud ante la igualdad social y económica: la izquierda apuesta por garantizar la igualdad de oportunidades mientras la derecha opta por favorecer la desigualdad de retribuciones como palanca de creación de riqueza.”

De libertad, sencillamente ni habla. Debe ser que leyó a Bobbio en diagonal. Por lo demás, todo el artículo es un repertorio de falacias y medias verdades escasamente originales. Bien es cierto que para la izquierda, la libertad se identifica prácticamente con el nivel de renta, y también con la ausencia de normas. Para ella, libertad no es actuar sin interferencias arbitrarias, sino poder hacer cosas: Cuantas más, más libertad. En este sentido, un rico tiene más libertad que un pobre, porque puede permitirse el hotel de cinco estrellas, o mandar a estudiar al hijo a Estados Unidos, mientras que el pobre se tiene que conformar con un hotelucho, o ninguno, y enviar a su hijo a la escuela pública del barrio. Y también es más libre la mujer que puede abortar, la persona que puede prestar asistencia a un suicida o, en el futuro, la sociedad que pueda clonar seres humanos sin trabas religiosas o morales.

El problema de este concepto de libertad es que siempre habrá infinitas cosas que no podemos hacer. La libertad sería algo que se incrementa con el progreso (“extensión de derechos”), asociado tanto con la innovación tecnológica (particularmente la biomédica) como con la erradicación de los “prejuicios”. Pero el ser humano por definición está limitado, nunca tendrá un poder infinito. De ahí que toda libertad, así entendida, sería relativa. Y también que existirían muchos tipos de libertad, según se valore más poder hacer unas cosas u otras. Habrá quien dirá que expresar opiniones críticas contra el gobierno, o tener acceso a la propiedad privada, es menos importante que la educación o la sanidad gratuitas. De aquí a justificar regímenes dictatoriales como el cubano (y siendo extraordinariamente generosos con la ínfima calidad de sus servicios públicos) no hay más que un paso, que muchos efectivamente dan. El concepto izquierdista de libertad no permite en realidad medirla con arreglo a una escala lineal, de ahí que fácilmente caiga en relativizar las violaciones de los derechos humanos. Es capaz de poner en un mismo plano las dificultades de llegar a fin de mes que padecen muchas personas en los países desarrollados, y la represión política que se produce en otros lugares del mundo, con frecuencia en nombre de ideas de izquierdas.

Sería entrar en un debate bizantino tratar de determinar si es más grave la pobreza o la falta de libertades políticas. La cuestión es que se trata de cosas distintas, cuyas causas a menudo no tienen nada que ver, si bien es cierto que la opresión estatal favorece mucho más la pobreza que no la prosperidad. Los izquierdistas, sin embargo, partiendo de su concepto de libertad, sistemáticamente confunden una cosa con otra. Para ellos, la pobreza es siempre, por definición, una forma de opresión. Por eso Sampedro, en el vídeo enlazado, habla de los poderes económicos que “nos oprimen con la bota”, metáfora que sería más apropiada para referirse a una dictadura militar.

El concepto de libertad de la derecha (en la medida en que no está contaminada por el concepto anteriormente expuesto, cosa desgraciadamente muy corriente) se basa no en la idea de poder, sino en la de elección. Somos libres cuando podemos elegir entre más de una opción. La libertad no se mide por el número de opciones, sino por el grado de interferencias arbitrarias, originadas en la voluntad de un tercero, que obstaculicen nuestra elección. Podemos ser plenamente libres aunque pobres, y esclavos aunque ricos. Esto no debe confundirse con el concepto estoico de “libertad interior”. Hablamos de nuestras acciones, no meramente de nuestros pensamientos. La libertad absoluta es inimaginable en el sentido izquierdista, porque no podemos tener un poder infinito. Siempre, sea cual sea el grado de avance tecnológico, habrá infinitas cosas que no podremos hacer. De hecho, los “progresistas”, ya antes de entrar en ensoñaciones utópicas, a menudo nos lo recuerdan, cuando condenan el “liberalismo salvaje” y demandan mayores regulaciones.

[Ver 2 y última.]

El virus

Parece como si el virus de la corrección política hubiera atacado también a Libertad Digital. Primero ha sido la noticia del expediente abierto al jugador barcelonista Busquets por haber proferido –supuestamente–  un insulto racista contra Marcelo, del Real Madrid. Cabe preguntarse qué es lo racista, llamar “mono” a un negro o mestizo, o dejar pasar acríticamente la idea de que ese insulto por sí mismo hace alusión a una determinada raza. ¿Se hubiera considerado igual de grave llamar "mono" a un futbolista blanco?

Luego ha sido este titular: “La televisión catalana incluye un vídeo racista y machista en los espacios electorales”. Se trata de un spot electoral del partido Plataforma por Cataluña, donde aparecen unas chicas en una plaza, saltando a la comba. Acto seguido, se ve la misma plaza, pero situada en 2025, y las chavalas, antes ataviadas con faldas y pantalones cortos, aparecen ahora cubiertas con burkas. También la música de fondo ha cambiado: En 2011, una canción popular catalana; en 2025, música árabe. Por último, aparece el líder de la formación, Josep Anglada, diciendo: “Primer, els de casa. Vota Plataforma per Catalunya.


No votaría yo a PxC ni borracho. En su programa electoral no falta la inconfundible retórica ultraderechista contra la globalización y el liberalismo, por no hablar del tufillo a camisas pardas que desprenden sus dirigentes. Sin embargo no veo en este vídeo asomo de racismo, a no ser que mostrar preocupación por la expansión del islamismo en cualquier país europeo sea racismo. Y lo que ya me deja de piedra es lo de “machismo”. ¿Mostrar a una moza en minifalda y tacones es ahora machista? Que estas tonterías las leamos en El País o incluso en El Mundo, se comprende. Pero de LD cabía esperar mucha más seriedad. Lo dicho, debe ser un virus.

jueves, 12 de mayo de 2011

Joded, malditos

El gobierno autonómico andaluz ha editado una guía de educación sexual para alumnos de ESO que, entre otras cosas, propone analizar revistas pornográficas. Nada que nos deba sorprender cuando la ideología de género y el hedonismo estatista son divulgados, martilleados, las veinticuatro horas del día desde la televisión y prácticamente todos los demás medios de comunicación. Por hedonismo estatista me refiero a esa ideología según la cual el Estado no debe sencillamente dejar en paz a los individuos en su personal búsqueda de la felicidad, sino que debe ayudarlos y guiarlos para que la encuentren, y hasta garantizársela. Lo cual implica, evidentemente, que el Estado sabe en qué consiste la felicidad. No debemos dejarnos engañar por la retórica falsamente pluralista, o de neutralidad ideológica, del tipo de "hay muchas formas de vivir la sexualidad, todas válidas". Aparte de la cursilería de "vivir la sexualidad", que ya implica sutilmente una determinada ideología, no es cierto que se respeten todas sus formas, pues los modelos de conducta tradicional tienden a ser ridiculizados, implícita o explícitamente, como arcaicos, basados en prejuicios que deberían desterrarse de una vez por todas.

Por esto, me parece de una gran ingenuidad la postura de quienes han criticado esta guía diciendo "no sirve para nada", porque supuestamente los jóvenes de hoy ya están enterados de sobra. Especialmente despistado me ha parecido un psicólogo que ha afirmado que el error de este tipo de material pedagógico es que trata el sexo solo desde "el punto de vista reproductivo". (Ver aquí, al final del artículo.) ¡Precisamente lo que hace el hedonismo estatista es separar la sexualidad de la reproducción, que los niños aprenden mucho antes en la asignatura de medio natural! No menos panoli me ha parecido la exigencia, que he leído en otro lugar (aquí, también al final), de que la educación pública sea "neutral". Precisamente es en nombre de la neutralidad como el gobierno lleva a cabo su adoctrinamiento ideológico, que queda de esta manera preservado de toda crítica, reduciéndola a una forma subjetiva de pensar que podrá ser como mucho tolerada, pero no "impuesta" a los demás. Lo que significa en la práctica que el gobierno sí puede imponer su neutralísima cosmovisión.

El contenido de la ideología hedonista viene perfectamente determinado por su función política. Se trata de inculcar a los jóvenes que el único criterio para las relaciones entre los individuos es la persecución del placer físico. Esto es un ataque frontal a la moral cristiana, antigualla nociva que defiende la monogamia heterosexual y la natalidad, y con ello "traumatiza" a la gente introduciendo conceptos caducos como la culpabilidad, la responsabilidad, la vergüenza y el pudor. El objetivo inmediato es meridianamente claro: Minar los vínculos familiares y desprestigiar a la Iglesia y al propio cristianismo (todo lo más, podemos trivializarlo como una forma de solidaridad con los pobres, o sea, de socialismo precientífico). Con ello se consigue dejar al individuo totalmente a la intemperie, sin mediaciones, frente al Estado, el único que procura su verdadero bien, que le garantiza la felicidad, e incluso la libertad.

El hedonismo estatista a fin de cuentas es una colección de prejuicios groseros (nunca mejor dicho) que pretende eludir toda crítica dejando en la vaguedad y la indeterminación su fuente de legitimidad. Se supone, claro, que existe un fundamento científico, que hay un consenso de los "expertos", pero este no se puede identificar con un canon accesible, sino que en todo caso se nos remitirá al intrincado bosque de las publicaciones de psicología, sexología, etc, donde por cierto hay estudios para todos los gustos. En esto se diferencia por completo del cristianismo, que se basa con toda transparencia en un texto sagrado, perfectamente fijado, cuya validez podemos aceptar o no, juzgando por nosotros mismos, asistidos por la razón y la experiencia.

En la guía editada por la Junta de Andalucía, se dice: "La sexualidad no es sólo la penetración del pene en la vagina, el ano o la boca. Es la capacidad de disfrutar de nuestro cuerpo, del cuerpo de otra persona, del mismo o de distinto sexo." Como se ve, aquí de reproducción no se habla mucho. Es más, se pone en pie de igualdad el coito anal, el oral y la masturbación con el coito vaginal, que es solo "una posibilidad más" (neutralidad). Pero lo que importa señalar aquí es que un mínimo de espíritu crítico nos debería llevar naturalmente a preguntarnos: ¿Quién afirma esto? ¿Por qué esta visión de la sexualidad es necesariamente más verdadera que otra? Obsérvese que la frase en absoluto es meramente descriptiva, no dice simplemente que entre los seres humanos se observan tales y cuales conductas, o efectos psicofisiológicos (el "orgasmo"), sino que define lo que es el sexo, en un restringido sentido materialista, reducible a términos neuro-químicos ("capacidad de disfrutar"). Pero si esto es así, ¿es función de la escuela enseñar a disfrutar? En realidad, bajo el aparente absurdo, se vislumbra el verdadero objetivo: Alejar a los jóvenes de toda tentación de escuchar discursos morales que no emanen de las autoridades laicas y "progresistas", que son las únicas que saben lo que les conviene.

Por si quedara alguna duda del espíritu totalitario que anima a los redactores, estos incluyen cuestionarios con preguntas como "¿sabes si hay algún profesor o profesora al que no le guste que se impartan esas clases en el centro? ¿cuál es la razón?" La "neutralidad" de nuestros ideólogos implica detectar a los desafectos y sugerir a la juventud que se aleje de ellos, aunque sin llegar a la persecución directa. Pero todo llegará, porque mediante leyes como la de No Discriminación y otras, pronto se conseguirá que cualquier cuestionamiento de la ideología de género y el hedonismo estatista sean considerados delitos contra la igualdad o la salud pública. Estamos solo a un pequeño paso de ello, aunque a algunos no se les ocurra otra cosa que hacer chistes sobre las revistas porno en el colegio.

martes, 10 de mayo de 2011

Dicta sentencia y corre

Un recurso retórico característico de la izquierda político-mediática es la traslación de la culpa del pecador hacia quien denuncia el pecado. Esto se emplea sistemáticamente en relación con el tema del terrorismo. Si alguien critica las negociaciones del PSOE con Batasuna-ETA, se le acusa de vileza infinita por "utilizar" la lucha antiterrorista para obtener un sórdido beneficio electoral. En cierto modo, este procedimiento me recuerda al código de honor sexual de culturas más atrasadas que la nuestra (multiculturalistas, perdonadme), donde la mujer que denuncia haber sido violada se expone a ser considerada culpable de haber mancillado el honor de la familia, llegándose incluso a su asesinato.

Pascual Sala, presidente del TC, ha declarado que "le pone la carne de gallina" que alguien cuestione la independencia del poder judicial. Desde luego, lo que nos pone la carne de gallina a muchos, o más bien nos produce arcadas, es ver a representantes de ETA en los ayuntamientos, gracias a la repugnante sentencia del tribunal que él preside. Pero nótese que precisamente  por la manera de quejarse, empleando la traslación retórica de la culpa, Sala se conduce como un perfecto ejemplar de izquierdista. Cualquiera pensaría que quien realmente viola la separación de poderes es aquel juez que dicta sentencias movido por consideraciones políticas. Pues no, resulta que es quien osa denunciar tales prácticas el que debe ser acusado de atacar algo tan "sacrosanto" como la independencia judicial.

Cuando los chorizos aprendan el truco, pronto les veremos defenderse con desparpajo:

-¿Cómo pueden decir que yo he robado esa cartera? Me pone la carne de gallina que usted cuestione algo tan sacrosanto como la propiedad privada...