domingo, 12 de septiembre de 2010

España tiene más extranjeros que Francia y Reino Unido


La proporción de extranjeros en España, según datos de Eurostat, es del 12,3 %, muy superior a la media de la UE (6,4 %) y también a la de países como Alemania (8,8 %), Reino Unido (6,6 %), Italia (6,5 %), Francia (5,8 %) y Holanda (3,9 %). No se trata, pues, de una mera percepción de personas ignorantes y más o menos racistas. En nuestro país, objetivamente, hay muchos inmigrantes en relación a la población: más que en la mayor parte de Europa. Incluso, en términos absolutos, superamos la cifra de inmigrantes de países más poblados que el nuestro, como Francia y Reino Unido.

Ante este hecho desnudo, cabe hacer dos consideraciones elementales. La primera, que España no goza de una renta per cápita superior a la de los países citados, por lo que el diferencial inmigratorio no se puede atribuir específicamente a razones económicas. La segunda, que nuestro país no es más accesible, geográficamente, que la mayoría de países europeos. El énfasis mediático sobre las pateras que tratan de cruzar el Estrecho de Gibraltar no debe hacernos perder de vista que la gran mayoría de inmigrantes llegan gracias a los mismos medios de transporte que les permitirían viajar a países vecinos como Portugal o Francia, que tienen menor proporción de población inmigrante.

La pregunta ineludible, por tanto es: ¿Por qué los extranjeros prefieren venir a España? No me voy a entretener en replicar la contestación estúpida y autocomplaciente de que "aquí se vive muy bien", porque si atendemos a las frías estadísticas, esto puede afirmarse con más razón de Alemania o Francia. Bien es cierto que el clima no es un factor irrelevante en los fenómenos migratorios, pero Grecia, Portugal, Italia o el sur de Francia tampoco tienen tanto que envidiarnos en este aspecto. También es verdad que el idioma español explica en buena medida la presencia de inmigrantes hispanoamericanos, pero los factores lingüísticos e históricos son aplicables igualmente a países de pasado colonial como Reino Unido, Francia o Bélgica.

Por supuesto, responder la pregunta anterior requeriría un estudio riguroso y sería ridículo que aquí pretendiéramos sentar cátedra. Pero ahí van algunas sugerencias:

¿No será que la política del "papeles para todos" de la primera legislatura de Zapatero ha tenido algo que ver con este fenómeno?

¿No tendrá algo que ver la facilidad de los extranjeros para acceder a los servicios públicos y a todo tipo de ayudas a cargo de los contribuyentes?

¿Podrá incluso influir nuestro sistema penal y judicial hipergarantista, que atrae a los peores elementos de todos los continentes, por mucho que se trate de una minoría dentro de la población inmigrante? (Estadísticamente, el inmigrante delinque más que el nacional: No es xenofobia, son datos.)

La inmigración, excuso decirlo, es un indicador de dinamismo económico. Y no podemos negar que la relativa prosperidad de España, perceptible sobre todo desde finales de los noventa, con los gobiernos de Aznar, ha sido una condición sine qua non para que los extranjeros se decidan por nuestro territorio. Pero eso no explica que los inmigrantes en España sean proporcionalmente casi el doble que la media UE27. Sencillamente, este no es el País de Jauja que podría corresponderse con esta cifra, no al menos si atendemos a nuestra renta per cápita, a nuestra tasa de desempleo o a nuestra baja competitividad.

Desde luego, dadas las circunstancias, sería de desear una política inmigratoria más restrictiva, pero el problema de fondo no es de fronteras sino de condiciones del país de acogida. El Estado asistencialista, que genera pobreza convirtiendo a millones de personas en profesionales de hacer colas en la ventanillas de la administración, disuadiéndolas de emplear su tiempo en trabajos productivos, es tan ineficaz como inmoral. Porque no hay derecho a que los mileuristas nacionales sostengan con sus impuestos a personas que podrían estar trabajando, sea en España o en otro país que ofrezca más oportunidades de prosperar, no de mendigar.

Pero el problema no es sólo económico, sino también cultural. Las organizaciones mal llamadas no gubernamentales (que suelen vivir casi todas de subvenciones) no hacen más que clamar contra las supuestas discriminaciones que sufren los extranjeros. Pero la mayor discriminación es la que ejerce la propia administración, al conceder ayudas o privilegios a determinados individuos en función del colectivo cultural al que pertenecen. El Estado asistencialista va unido a un Estado multiculturalista, que mientras día a día se empeña en suplantar a instituciones fundamentales de nuestra propia cultura como la familia, no tiene empacho en reconocer -en la práctica cuando no oficialmente- estructuras patriarcales y teocráticas, que conculcan la igualdad de todos los individuos ante la ley.

Desde luego, no somos el País de Jauja. Pero una buena parte de los extranjeros creen que sí, al menos para ellos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La falsa antítesis Dios/razón

La polémica por las declaraciones de Stephen Hawking, según el cual la ciencia descarta la existencia de un Dios creador del universo, es tan superficial como era de prever. Ahora resultaría que el descubrimiento de un planeta extrasolar demostraría que el cosmos no es producto de una inteligencia divina. La sensación de déjà vu es inevitable. Desde la refutación del geocentrismo por Galileo, los ateos no han dejado de proclamar, a cada nuevo gran avance del conocimiento científico en astronomía, geología, biología, neurología, etc, que la hipótesis Dios es infundada o innecesaria. Pero si esto fuera realmente así, ¿no habría bastado con el primero de estos avances?

Ningún descubrimiento empírico puede probar que Dios no existe, pues siempre podrá argumentarse que los planes divinos son demasiado sutiles e ingeniosos para nuestra comprensión, tal como ya sugirió Descartes. En cambio, como más conocemos acerca de la naturaleza, más difícil es sustraerse a la impresión de que existe un orden objetivo cuyo funcionamiento es prácticamente indistinguible de un plan inconcebiblemente inteligente, ¡exista o no de hecho un Dios personal autor de dicho plan! La antítesis entre racionalismo (en sentido ontológico, no epistemológico) y teísmo es falsa. Nada se parece más a la idea de un orden racional y objetivo que la idea de un Dios omnisciente.

El positivismo ha proscrito prácticamente cualquier consideración sobre el orden objetivo del cosmos, tachándola de metafísica. La idea de que existen unas leyes de la naturaleza (un nexo causal), más allá de las regularidades observables, sería según Wittgenstein "la superstición" (Tractatus, 5.1361). Sin embargo, aunque tal afirmación sea metodológicamente útil (la ciencia se centra en el cómo, no el porqué), ontológicamente tendría consecuencias inauditas. Significaría que el orden natural es aparente, y que en rigor nada impide que en cualquier momento pueda irrumpir el caos, como sugería Sartre en su novela La Náusea:

"Salen de las oficinas, después de la jornada de trabajo, miran las cosas y las plazoletas con aire satisfecho, piensan que es su ciudad, 'una hermosa ciudad burguesa'. No tienen miedo, se sienten en su casa. Nunca han visto otra cosa que el agua domeñada que sale de los grifos, la luz que surge de las bombitas cuando se hace presión en el interruptor (...). Cien veces por día tienen la prueba de que todo se hace mecánicamente, que el mundo obedece a leyes fijas e inmutables. (...) ¿Y si sucediera algo? ¿Si de golpe se pusiera a palpitar? (...) Puede suceder en cualquier momento, quizá en seguida (...)" [Sigue una descripción alucinatoria del caos, de como la naturaleza se rebela y empieza a engendrar monstruos, abortos, absurdos. Puede leerse en PDF aquí, págs. 187-189.] Entonces soltaré una carcajada (...) y les gritaré al pasar: '¿Qué habéis hecho de vuestra ciencia? ¿Qué habéis hecho de vuestro humanismo? ¿Dónde está vuestra dignidad de cañas pensantes?' (...)"

Puede parecer que este fragmento no es más que una licencia neorromántica de un novelista, que no debe tomarse en serio más allá de su contexto literario. Gran error. Como es sabido, Sartre es uno de los filósofos más consistentemente ateos del siglo XX. La alternativa a su pensamiento no es otra que la vieja idea de los presocráticos, de que el cosmos es un Orden, independientemente de nuestra mayor o menor capacidad de aprehenderlo. Esta idea llega hasta nosotros por diversos caminos, entre ellos el Dios cristiano (que es producto tanto del mundo helénico como del judío, si no más) y también inspira a grandes científicos como Newton, Einstein, Planck o el propio Hawking, sean o no todos ellos creyentes.

Cuando Stephen Hawking concluye su libro Historia del tiempo diciendo que si se encontrara una teoría completa (que unifique la Relatividad y la mecánica cuántica), "conoceríamos el pensamiento de Dios", no sabemos si se trata de una declaración de fe religiosa, o simplemente de una manera de nombrar -según la tradición iniciada por Spinoza- la racionalidad última de lo real. Me parece por tanto una vulgar estrategia editorial presentar el nuevo libro de Hawking como si algún nuevo avance científico le hubiera hecho cambiar su pensamiento. Sobre su fe o falta de fe religiosa sigo casi tan a oscuras como antes, y además no es algo que me incumba. En cambio, la fe del gran físico teórico en la racionalidad del universo, como la de sus ilustres predecesores, se revela intacta. Según se lee en la prensa, Hawking sostiene que el universo surgió de la nada como consecuencia de las propias leyes de la física. Esto no es más que responder a la pregunta "¿por qué hay algo y no más bien nada?" en un sentido francamente racionalista, absolutamente incompatible con la actitud positivista que considera que la pregunta carece de sentido.

Ante la gran pregunta metafísica de por qué existe algo, sólo tenemos tres actitudes posibles. La racionalista, inaugurada ya por Parménides hace 2.500 años, según la cual el ser es necesario; la irracionalista, que considera la existencia como algo contingente, gratuito, absurdo; y la positivista, que niega sentido a la cuestión. Ahora bien, a poco que se medite, se verá que la posición positivista es insostenible, porque o bien el ser es necesario, o bien es contingente, carente de toda razón. No hay más. Es imposible eludir este dilema adoptando convenciones arbitrarias sobre el significado de las palabras. La actitud positivista, por tanto, en la práctica equivale a admitir la posibilidad de que la respuesta irracionalista fuera la verdad. Esto significaría que en cualquier momento puede surgir cualquier cosa de la nada, las leyes de la naturaleza pueden quedar en suspenso, como en el relato sartreano. Lo cual se extiende también a cualquier tipo de principio ético-político ("humanismo", dice Sartre con aguda intuición). Si la naturaleza es un caos con apariencia de orden (un absurdo entre infinitos absurdos posibles), y las leyes físicas meras creaciones de la mente humana, toda moral es asimismo convencional, no existe más que el derecho positivo y no hay límite en última instancia a lo que el Estado pueda decidir que es válido o no. "Todo está permitido", como dedujo también acertadamente ese otro consecuente ateo que fue Nietzsche.

Se dirá que los ateos actuales, como Richard Dawkins, en absoluto defienden la concepción irracionalista. Pero aquí no se trata de juzgar su coherencia. Lo importante es que, generalmente, un ateo negará la existencia de una moral natural universal que preexiste a las leyes, que los seres humanos descubrimos y no meramente inventamos. Por tanto, procede como si la realidad no fuera racional, y no simplemente como si negara el carácter personal de Dios. Porque si el universo es esencialmente inteligible (al menos por una hipotética mente infinita, ya que no por el débil entendimiento humano), sabemos que existen unos principios ético-políticos óptimos para la felicidad del género humano, y debemos tratar de aproximarnos lo más posible a ellos. No podemos escabullirnos de esta difícil tarea diciendo que basta con acatar lo que digan unos electores, o una asamblea democrática, porque éstos pueden perfectamente errar.

Un ateo que se limite a negar la existencia de un Dios personal, pero que crea en la inteligibilidad última de lo real, si es coherente deberá admitir que existen principios universales preexistentes a cualquier convención humana. Otra cosa es cómo podemos llegar a conocer esos principios, aquí no estoy sugiriendo que podamos tener un conocimiento apriorístico y absoluto de ellos (no me estoy decantando por el racionalismo epistemológico). Lo único que digo es que los principios ético-políticos están ahí objetivamente, al igual que las leyes de la naturaleza. E incidentalmente, esto pone límites tajantes a la acción de los gobiernos.

Ahora bien, este ateo que no reniega del racionalismo ontológico, que no sea tan radical como un Nietzsche o un Sartre, comete un error de bulto al oponer el teísmo judeocristiano al racionalismo. (El islamismo es otro asunto, como se aprecia porque empieza negando unos derechos humanos universales.) Esa no es la batalla esencial, un cristiano que no lo sea sólo nominalmente (como muchos que además creen en los horóscopos, el tarot, las pulseras energéticas o cualquier otra variante sincrética) es lo más cercano a un racionalista ontológico que podría encontrarse.

Para el cristiano, un Dios creador omnisciente es la garantía de que el universo ha sido concebido según un plan inteligible, de que todo tiene un sentido, una razón que podemos al menos vislumbrar. Si a ese Orden no queremos llamarle Dios, como hacía Spinoza, pese a que no creía en un Dios personal, no hay nada que objetar. Pero nuestro enemigo no es quien postula la existencia de un Autor del Orden (acaso superfluo), sino quien niega el mismo Orden, quien en la estela del filósofo del nazismo Heidegger (uno de los más furibundos pensadores antiliberales del siglo XX, por cierto), abomina de la técnica y el universalismo humanista. O quien, desde la asepsia positivista, y pese a creerse un abanderado de la ilustración y el progreso, se priva a sí mismo de argumentos contra el irracionalismo y el relativismo multiculturalista.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Alternativas al estado autonómico

El artículo de Lorenzo Bernaldo de Quirós, "La cuestión catalana" (sobre el que nos ha llamado la atención Barcepundit), parte de una premisa falsa cuando habla de "las demandas políticas de Cataluña", así como cuando dice que "la mayoría de la población existente en un territorio determinado aspira a constituirse en Estado". LBQ cae increíblemente en la primera trampa que tienden siempre los nacionalistas, que es identificarse con Cataluña o con el País Vasco, o al menos con el sentir mayoritario. En cambio, le doy toda la razón cuando afirma lo siguiente:

"Las zonas ricas del territorio nacional no tienen por qué subvencionar a las pobres, lo que además no ha servido para avanzar en la convergencia real entre las regiones españolas sino para crear mecanismos de clientelismo pagado con el dinero de otros."

Siempre me ha parecido un argumento espurio, comprado al igualitarismo de raíz progre, aquello de la "solidaridad interregional", y por eso me parece sumamente incoherente, y contraproducente, cuando lo emplea la derecha. Por esta regla de tres, entonces habría que prohibir que las comunidades con competencias tributarias bajaran los impuestos, o que en general pudieran aplicar medidas liberalizadoras que beneficiaran a los habitantes de su territorio más que a los del resto de la península.

Es por esto que, pese al error de planteamiento inicial, creo que el artículo de LBQ es muy interesante. El Estado de las autonomías debería ser reformado, no porque perjudique a Cataluña, sino porque perjudica también a Madrid, y a cualquier región que pudiera apostar por la competencia fiscal y liberalizadora. Tal como está montado ahora, sólo ha servido para favorecer el enquistamiento de unas castas políticas socialistas y nacionalistas. Las unas (Andalucía, Extremadura, etc) porque viven de la sopa boba de las transferencias; las otras (Cataluña y País Vasco) porque explotan el victimismo culpando de los problemas al gobierno central.

O bien adoptamos un esquema más centralista, con un retorno de determinadas competencias autonómicas al estado central, o bien cedemos prácticamente todas las competencias a las comunidades, salvo Defensa y poco más, y que cada cual se espabile por su cuenta sin poder apelar a subsidios ni ayudas. Pero claro, ninguna de las dos opciones interesa a esas castas regionales.

La reforma centralizadora tendría la ventaja de que restauraría la unidad de mercado, de que garantizaría ciertos derechos básicos como recibir la enseñanza en lengua materna, y permitiría reducir administraciones y normativas. (Según un estudio del Instituto de Empresa, las autonomías generan 700.000 folios anuales de regulaciones.) Ahora bien, estas ventajas podrían perfectamente quedar neutralizadas por las desventajas de un gobierno central de cariz muy intervencionista.

En cambio, una reforma en sentido federal podría permitir que las regiones con gobiernos más liberalizadores se desenvolvieran independientemente de la ideología de la administración central. Además, en teoría también eliminaría burocracia, en este caso básicamente la central, que quedaría reducida a un mínimo. Sobre todo, los gobiernos regionales deberían rendir cuentas a los ciudadanos de los resultados económicos, sin poder tapar sus miserias con discursos identitarios que no dan de comer.

Si un sistema más centralista se hubiera adoptado durante la Transición, nos hubieran ido mejor las cosas. Pero ahora no parece que sea posible la marcha atrás. Los nacionalistas, con sus propias policías autónomas, con su infiltración en casi todas las instituciones económicas, culturales y asociativas, no se dejarían desalojar sin violencia.

Hoy estamos más cerca de un sistema federal, en el cual en cada región-estado existiera prácticamente una sola administración, mientras que el estado central sólo se ocupara de la defensa y la justicia. Estos estados, por razones de viabilidad, no tendrían por qué coincidir con el actual mapa autonómico. Podría por ejemplo haber sólo cuatro o cinco estados, alguno de los cuales agruparan a varias de las actuales comunidades autónomas. Aunque los nacionalistas son conscientes de que a la larga el federalismo no les conviene, porque desactiva el eterno victimismo, les sería muy difícil justificar ante sus ciudadanos una actitud de franca oposición a una reforma federal.

Para sabotear una reforma federalista, los nacionalistas previsiblemente tratarían de sobrepasarla en radicalismo, con propuestas desvergonzadamente inadmisibles. En realidad, lo han hecho ya: se llama Estatuto. Por un lado defienden la independencia de facto de Cataluña, en cuestiones como la fragmentación del poder judicial, o la política exterior, y por otro exigen al resto de España que se pliegue a sus demandas de financiación, e incluso pretenden participar en instituciones centrales. Es decir, proponen una independencia de facto costeada por todos los españoles, o bien la independencia de iure. El objetivo evidente es que la opinión pública española, cansada ya del chantaje separatista, acepte lo segundo, la desmembración de España como un mal menor.

El problema desde luego es de difícil solución. Pero un gobierno central firme, que demostrara su coherencia con reformas liberalizadoras que empezaran por limitarlo y reducirlo a él mismo (privatización de la televisión pública, implantación del cheque escolar y sanitario, etc) podría tener la autoridad moral suficiente para llevar a cabo una reforma federal. La administración por defecto sería la estatal-regional. Cada estado recaudaría los impuestos, prestaría sus propios servicios públicos y, en el caso de que no fuera económicamente viable, se integraría dentro de otro, o de una especie de distrito federal. Todos los estados contribuirían en proporción a su PIB al estado central, encargado básicamente de la defensa, justicia, las relaciones exteriores y las grandes infraestructuras. El estado central, y particularmente el Tribunal Constitucional y el Supremo, podrían interferir, en cualquier caso, en la defensa de los derechos de los ciudadanos, por ejemplo para impedir las imposiciones lingüísticas de los nacionalistas.

Hoy esto suena a política-ficción, porque lo que tenemos es un régimen social-nacionalista diseñado para arrinconar a la oposición conservadora ad eternum. Es decir, un régimen que vive de ahondar el problema, mientras finge hipócritamente que su única intención es solucionarlo.

Es hora de que la derecha presente una alternativa global al social-nacionalismo. O bien adopta la centralista de UPyD, que prevé cerrar el modelo territorial devolviendo al estado central determinadas competencias (lo que no parece realista en las actuales circunstancias), o bien descoloca a todo el mundo con un modelo federal, que defienda la igualdad de derechos de todos los españoles, pero no castigue la competencia económica entre comunidades, premiando a las que producen más funcionarios que empresarios.

sábado, 28 de agosto de 2010

La Guerra de Iraq y el terrorismo islamista

Con motivo de la retirada de las fuerzas ocupantes de los Estados Unidos en Iraq, ordenada por el presidente Obama para cumplir una frívola promesa electoral, la mayor parte de los medios de comunicación han aprovechado para realizar sus particulares balances. Casi todos ellos han hecho hincapié en que no se han hallado armas de destrucción masiva, de lo cual deducen aventuradamente que jamás existieron y que los pretextos esgrimidos para la invasión fueron, por tanto, espurios. En apoyo de esta opinión han venido de perlas las declaraciones en comisión parlamentaria de Eliza Manningham-Buller, que fue directora del MI5 entre 2002 y 2007. Según la ex jefa de la inteligencia británica, no existieron nunca evidencias de que Saddam Hussein supusiera un peligro inminente para la seguridad de las democracias occidentales y, en cambio, la Guerra de Iraq sólo ha servido para alimentar al terrorismo yihadista.

Sorprende ante todo que la señora Manningham-Buller diga esto ahora, cuando, durante el tiempo que ocupó su cargo, puso especial énfasis en recordar que el primer atentado de Al-Qaeda en el Reino Unido fue anterior a la Guerra de Iraq, y que Estados Unidos y Europa Occidental han sido objetivos de la organización terrorista desde mucho antes de la intervención para derrocar el régimen baasista (1). Cabe preguntarse si sus declaraciones no son un intento de diluir su propia responsabilidad al frente del MI5 cuando se produjeron los atentados de Londres del 2005, culpando de ellos, en parte, a decisiones supuestamente equivocadas en política exterior. Sobre todo teniendo en cuenta que, según fuentes no desmentidas, el día anterior a los crímenes islamistas ella había asegurado a varios diputados laboristas que no existía una amenaza inminente (2).

En todo caso, más allá de motivaciones psicológicas en las que sería ocioso entrar, sí merece la pena evaluar si como consecuencia de la Guerra de Iraq, el terrorismo contra los aliados occidentales que participaron en la invasión se ha visto incrementado en sus propios países. Una medida obvia de ello es la magnitud de los atentados terroristas cometidos en suelo europeo y americano desde 2003. Pues bien, aparte de los mencionados de Londres, tenemos los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, que dejaron casi doscientos muertos. Lo que nos lleva a ciertas consideraciones.

Según sentencia judicial, los condenados por su participación en los atentados de Madrid eran “miembros de células o grupos terroristas de tipo yihadista”, pero en ningún momento se establece probada la conexión organizativa con Al-Qaeda. De hecho, el seguimiento de la pista islamista se desencadenó por el hallazgo de un vehículo con indicios de haber servido para transportar explosivos e individuos de religión musulmana. Sin embargo, la sentencia dictada en 2007 admite que no ha quedado demostrada la utilización de dicho vehículo (una furgoneta Renault Kangoo) en los atentados. Pese a ello, sorprendentemente, el juez Gómez Bermúdez afirmó que era válido sostener “conclusiones jurídicas iguales o muy similares a las que se llegaría de tener por probado tal hecho” (!). Si a esto añadimos las serias dudas que inspiran otros aspectos de la investigación policial, como las relacionadas con la determinación de los explosivos, que fueron zanjadas por la sentencia con parecida doctrina jurídica, los fundamentos de la versión oficial se revelan de una inaudita fragilidad. No sólo por la insuficiencia de las pruebas, sino por los vertiginosos indicios de manipulación. La posibilidad de que elementos de las fuerzas de seguridad españolas, desleales al gobierno de Aznar, priorizaran la hipótesis de la autoría islamista para influir en el resultado de las elecciones legislativas, celebradas tres días después de los atentados, no ha escapado a diversos analistas, y es la tesis defendida entre otros por el abogado de las víctimas José María de Pablo.

Es difícil negar que los socialistas, vencedores de los sufragios, y que permanecen en el poder desde entonces, debieron su éxito electoral a la habilidad para instilar entre la población la idea de que los atentados fueron una represalia por el apoyo de Aznar a Bush y a Blair en la Guerra de Iraq. Y esta interpretación no es muy distinta de la que sugiere la ex directora del MI5 cuando cuestiona los motivos y, sobre todo, la conveniencia de la guerra de Iraq para la seguridad del Reino Unido. La diferencia es que los atentados de Londres fueron indiscutiblemente obra de islamistas, que escaparon a la acción preventiva de la inteligencia británica, mientras que los atentados de Madrid siguen sin haber sido aclarados, no sabemos si por inepcia o por causas de índole más escabrosa.

A tenor de estas consideraciones, establecer una relación causal entre la Guerra de Iraq y el terrorismo islamista en suelo occidental, no deja de ser una tesis sumamente imprudente. Primero, porque no se ha producido un drástico aumento de atentados terroristas fuera de Iraq tras el conflicto. Y segundo, porque Al-Qaeda utiliza cualquier pretexto para justificar sus crímenes, desde el conflicto palestino-israelí, hasta la reivindicación del Califato, pasando, claro está, por la invasión de Iraq. Adoptar los conceptos de la propaganda islamista, por mezquinas razones personales o por sórdidos cálculos electorales, es una muestra de debilidad de las democracias que sus enemigos no dudarán en aprovechar.

Soluciones de izquierda y derecha

Para la izquierda, la causa de las crisis económica es, como siempre, una insuficiente regulación del mercado. De ahí que sus soluciones consistan en un aumento del control estatal de la economía, así como del gasto público. La derecha más o menos liberal, en cambio, apuesta por medidas que han demostrado su eficacia en el pasado: Recortes de gasto público, bajadas de impuestos y reformas liberalizadoras que estimulen la economía productiva, vuelvan a generar empleo e incrementen el consumo.

La izquierda contraargumenta que la inversión pública consigue los mismos efectos, pero en realidad se trata de un espejismo, porque siguiendo este razonamiento, el Estado podría emplear a todos los ciudadanos y por tanto dirigir completamente la actividad económica. Pero este experimento ya se ha realizado y el resultado es sobradamente conocido: ineficacia y colapso final de todo el sistema. Sin contar con el hecho de que una economía planificada sólo ha podido ser implantada por regímenes brutalmente dictatoriales, como el soviético o el nacional-socialista.

Lo anterior es indiscutible, no es cuestión de opiniones, por dogmático que suene. Las cosas son así, y la izquierda, al menos en el tema económico, es sencillamente un error, y además un error que nos cuesta muy caro. Por supuesto, la izquierda con frecuencia aplica recetas económicas de la derecha, aunque rara vez lo reconozca, o pretenda incluso hacernos creer que tales recetas son genuinamente de izquierdas. Pero no nos engañemos, en cuanto tiene la ocasión, vuelve siempre a las andadas. Sus concesiones al pragmatismo son temporales, las justas para reparar los peores destrozos de sus medidas más ideológicas, y volver a proponerlas al cabo de un tiempo.

En España, actualmente la situación es aún peor. Zapatero, con los recortes del gasto público, la reforma del mercado laboral y la anunciada reforma de las pensiones, se limita a tratar de ganar tiempo frente a las autoridades económicas internacionales, para que parezca que es capaz de tener al menos sus períodos de cordura. En lugar de atacar a las verdaderas causas del derroche estatal, a la inflación de burocracia, al exceso de empresas públicas ruinosas, a la política de subvenciones, etc, Zapatero trata de rascar unos cuantos millones de euros de los pensionistas y hasta las personas dependientes, verdadero ejercicio de mezquindad y cinismo en quien se presenta como el defensor de los más débiles. En lugar de reformar una legislación laboral heredada del social-falangismo, que pretende que el puesto de trabajo sea vitalicio, así se hunda la empresa, se limita a reducir la indemnización por despido, en unos supuestos lo suficientemente vagos para que no sirvan de nada.

La oposición de derechas ha señalado correctamente estos defectos, y además ha avanzado un bosquejo de en qué consistirían sus reformas. Mariano Rajoy lo presentó en un discurso ante empresarios, leído el pasado mes de junio, y en una entrevista más reciente concedida a Europa Press. Básicamente se trataría de un verdadero recorte del gasto público y una reforma del sistema financiero, para que vuelva a fluir el crédito. Pero además, el líder del Partido Popular presenta una serie de reformas de mucho más calado, a fin de encarar el problema de fondo de la economía española, que es su falta de competitividad.

Además de la reforma educativa, y de la rebaja fiscal, Rajoy apunta los aspectos fundamentales que debería tener en cuenta una reforma del mercado laboral, cuestionando la negociación colectiva y clarificando los motivos de despido. En esta línea de simplificar regulaciones, propone una reforma institucional que incremente la seguridad jurídica ante fenómenos como la morosidad, las "suspensiones de pagos", etc. Pone sobre la mesa también el tema de la unidad de mercado. No puede ser que en España existan diecisiete normativas diferentes para las empresas. Defiende un adelgazamiento de todas las administraciones e incluso fijar por ley un techo de endeudamiento. Tampoco olvida la cuestión de la energía, abogando por tener en cuenta el coste del kilowatio, como es de sentido común, lo que supone reivindicar la energía nuclear.

Algunos detalles de este Plan Global, como lo ha llamado Rajoy, podrán discutirse. Por ejemplo, no entiendo demasiado bien por qué debemos favorecer fiscalmente a determinados sectores, como el turismo. El gobierno no es nadie para orientar las inversiones hacia el ladrillo, el turismo o los biocombustibles, eso es incumbencia de la libre iniciativa. Tampoco me parecen acertadas ciertas concesiones a la retórica seudoprogresista, como por ejemplo que la formación debe considerarse como "un verdadero derecho de los trabajadores". Ya está bien de trivializar el concepto de derecho; que algo sea deseable o conveniente no significa que sea un derecho, ni tiene sentido tampoco hablar de derechos de un colectivo. Los derechos deben ser los mismos para todo ciudadano, y deben servir para limitar en lo posible la intromisión del gobierno, no para promoverla todavía más.

También se echa de menos una crítica más contundente del Estado del Bienestar (mejor dicho, de la Dependencia), propuestas en el sentido de ir hacia un sistema mixto (público y privado) de las pensiones, ideas como el cheque escolar o sanitario. Aunque es fácil comprender que la derecha no quiera dar carnaza a sus adversarios, que inmediatamente se lanzarían en tromba a criminalizar a los que quieren "privatizar la sanidad y la educación". Es absurdo reclamar a ningún partido político que se haga el harakiri. Primero la población debe cambiar de mentalidad, y no es realista, ni de hecho congruente con los principios liberales, que ésa sea la tarea exclusiva de un partido.

En líneas generales, las propuestas del Partido Popular son juiciosas, y no hay duda que si se aplicaran en los términos expuestos, no sólo permitirían superar la crisis, sino a medio plazo volver a situar a España en la senda de la prosperidad. Por ello, nada es más necesario en estos momentos que un adelanto electoral.

Para terminar, y aunque podría parecer un ejercicio de crueldad, veamos las propuestas de la oposición de izquierdas al gobierno, concretamente las expuestas por José Luis Centella, el secretario general del Partido Comunista. En un artículo en Público, tras una serie de delirantes consideraciones contra "la explotación y el colonialismo", plantea cosas como conseguir el "pleno empleo" mediante el sector público, mayor gasto en "políticas sociales", crear una banca pública, la planificación de la economía, un aumento de los impuestos a "los grandes capitales", etc. En resumen, medidas similares a las que están llevando a Venezuela por el camino imparable del progreso.

Ciertamente, no se puede esperar gran cosa de un personaje que se dirige por carta al "Estimado Compañero Fidel Castro" para felicitarle por su cumpleaños, con afirmaciones como "...la referencia política y personal de Fidel Castro es indiscutible... la revolución cubana con la que nos sentimos plenamente identificados... las muchas aportaciones que todavía tienes que realizar a la causa del antiimperialismo...", etc. No se pierdan la carta, les puede deparar momentos inolvidables.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La superstición nacionalista (y una anécdota de propina)

Según el filósofo del derecho Francisco J. Contreras, el concepto de nación es puramente metafísico, una "fantasmagoría" de la cual las ciencias sociales harían bien en librarse. Esta afirmación no tiene nada que ver con las elusivas palabras de Zapatero, cuando fue preguntado por el uso del término nación en el Estatuto de Cataluña ("nación..., concepto discutido y discutible"). Contreras expone su concepción sobre el nacionalismo en cinco tesis, de las cuales me interesa ahora destacar la primera y la cuarta (puede descargarse el artículo aquí). Dicen así:

1) El nacionalismo no es un sentimiento natural y universal, sino una doctrina política vinculada a cierta época histórica.

4) Las identidades nacionales no vienen dadas por la realidad histórico-social, sino que son construidas por la ideología nacionalista y por los Estados.

Pío Moa, en un artículo de la revista Época, que también puede leerse en su blog, enuncia por su parte seis "errores comunes" sobre el separatismo, de los cuales, b, c y f vienen en apoyo de las tesis anteriores. Así, es falso según Moa lo siguiente:

b) Cataluña, Galicia y Euskadi son, en todo caso, naciones culturales.

c) El idioma es fundamental en la formación de los nacionalismos regionales.

f) El origen de los nacionalismos se encuentra en los reinos de la Edad Media.

Efectivamente, los rasgos culturales comunes de los españoles son mucho más notables que los diferenciadores de cada región, lo cual revela el carácter arbitrario del concepto de nación. Ni siquiera el idioma se puede considerar un elemento nacional, pues el español sigue siendo la lengua común y más importante, y además, regiones como Valencia y Baleares, con un idioma propio, no han conocido movimientos nacionalistas. (Lo que tienen son sucursales del pancatalanismo.) Por último, no existe una correspondencia biunívoca entre los reinos medievales y las actuales regiones donde existe un nacionalismo fuerte. Cataluña y Euskadi jamás fueron reinos; sí lo fueron otras regiones que no han padecido el separatismo.

Los nacionalistas catalanes pretenden que ha existido una consciencia de resistencia a la "ocupación" desde el final de la Guerra de Sucesión en 1714, con la rendición de Barcelona a las tropas borbónicas, y que la Generalidad habría sido "restaurada" en 1931 por Francesc Macià, doscientos diecisiete años después de su abolición. Pero naturalmente, jamás ha habido tal consciencia, salvo en unas exiguas minorías. En el siglo XVIII, por cierto, la Generalidad era ya una institución en decadencia, a la que la guerra dinástica simplemente dio la puntilla. Pero además, la idea de recuperar ese nombre medieval no fue de Macià, ni siquiera de ningún catalán, sino de un ministro del gobierno de Madrid: Fernando de los Ríos. Así lo cuenta Amadeu Hurtado en Quaranta anys d'advocat. Història del meu temps (Barcelona, Ed. Ariel, 1967), libro no reeditado, hasta donde yo sé, que hace unos años conseguí en un rastro de Reus. Esta es la página impagable:


A continuación la fotografía (que aparece al volver la página) del día histórico al que se refiere el texto. Fernando de los Ríos es el de la barba negra. A la derecha, Companys y Macià:

La Generalidad, pues, no fue "restaurada" como resultado de una vieja aspiración del pueblo catalán. El nombre se recuperó, improvisadamente, como una "solución de concordia" para resolver el lío en el que Macià había metido a la recién instaurada República, al proclamar del 14 de abril de 1931 el "Estado catalán" dentro de una "confederación de pueblos ibéricos". Tres días después, tras reunirse con tres ministros del gobierno español durante varias horas, Macià volvió a salir al balcón a decirles a sus seguidores que ahora la cosa se iba a llamar Gobierno de la Generalidad, de "gloriosa tradición", y a otro tema. No me negarán que todo el asunto tiene un innegable aire chusco. Nada que ver, desde luego, con la mitología nacionalista de los "trescientos años de resistencia".

domingo, 22 de agosto de 2010

La educación contra la libertad

El filósofo inglés Herbert Spencer dijo:

“La gran superstición política del pasado fue el derecho divino de los reyes. La gran superstición política del presente es el derecho divino de los parlamentos.” (1)

Pese a que han transcurrido más de ciento veinte años desde estas palabras, podemos afirmar que continúan plenamente vigentes. Son incontables las personas que ignoran todavía el verdadero significado del Estado de Derecho y creen que lo único que se necesita para ser libres es democracia stricto sensu, es decir, que el poder esté legitimado por las urnas. El concepto de limitación y control del poder, a pesar del acceso universal a la educación, aún hoy en día es relativamente esotérico, incomprendido por grandes bolsas de población.

Evidentemente, sería ingenuo esperar de los gobiernos que tratasen de combatir ellos mismos esta ignorancia, cuando son los directos beneficiarios.

Hace un tiempo leí un manual de la nueva asignatura creada por el gobierno socialista español (no el de Venezuela), “Educación para la Ciudadanía”, de la editorial Barcanova. Aparte del adoctrinamiento anticapitalista y antiglobalización, pude comprobar graves carencias. En el capítulo donde se trataba del sistema democrático, conceptos capitales del Estado de Derecho como son la división de poderes o el imperio de la ley, apenas se destacaban, mientras que a temas como “Estado social” o “Estado del bienestar” se le dedicaban párrafos considerablemente extensos.

Al mismo tiempo, los derechos individuales que marcan límites a lo que está permitido a los gobiernos, quedaban sepultados bajo la lista siempre creciente de derechos “sociales” que, al contrario que los primeros, justifican todo tipo de intervencionismo estatal a fin de poderlos garantizar –cosa que rara vez se consigue.

Todo indica que la juventud española puede terminar sus estudios primarios y secundarios sin que nadie le haya explicado los principios básicos del liberalismo de Locke, Adam Smith o la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, ni inculcado la sana desconfianza hacia cualquier gran concentración de poder político. Más bien al contrario, a los chicos y chicas se les enseña en las aulas (no hablemos ya de la televisión) que es necesario conferir más prerrogativas y recursos a las administraciones, a fin de combatir todo tipo de injusticias, reales e imaginarias. Y por si esto no fuera suficiente, se les trata de vacunar contra el “neoliberalismo”, ¡acusándolo de ejercer de “pensamiento único”!

Seguramente, contra la pretendida imposición neoliberal, la gran mayoría sale de la escuela con la idea de que el mercado libre es la causa de la pobreza en el mundo, de las guerras y de la destrucción del medio ambiente y que, aun admitiendo que dirigentes como Castro o Chávez puedan ocasionalmente “propasarse”, debemos ser comprensivos con estos “intentos esperanzadores de buscar caminos alternativos al despiadado capitalismo”. (La frase me la acabo de inventar, pero podría haberla escrito un Ignacio Ramonet, un Noam Chomsky o cualquier otro gurú de la izquierda.) Y no hace falta decirlo, la caída del muro de Berlín supuso una verdadera desgracia, “devastadora para el planeta y para los humanos.” (Palabras esta vez no mías, sino del eurodiputado J. M. Mendiluce.)

Desde el momento que uno cree que el poder político es una fuerza transformadora y benéfica sin efectos secundarios, es comprensible que no le dé demasiada importancia a los formalismos que diferencian la dictadura del Estado de Derecho. Esto lleva a aplaudir medidas fuertemente intervencionistas, muchas de las cuales, de ser impulsadas por un gobierno conservador, serían con toda razón calificadas como autoritarias e incluso fascistas.

El portavoz socialista en el Congreso español afirmó, en apoyo del aborto libre, que la única moral pública debía ser la Constitución. Ahora bien, dado que la Constitución es modificable e interpretable, esta afirmación implica que el poder del Estado podría ser prácticamente ilimitado. Desde el momento en que puede dictaminar en última instancia lo que está bien y lo que está mal, él mismo está por encima de juicios morales. Esto es algo que jamás osaron imponer conscientemente los monarcas absolutos; sólo los totalitarismos comunista y fascista llevaron hasta el final esta pretensión.

La superstición política, en el sentido amplio de veneración por el poder carismático, sirve a todo gobierno, pero especialmente a aquellos que se sostienen en concepciones “progresistas” del derecho, claro está. Aunque hoy pocos se proclamen marxistas, la idea de Marx según la cual las leyes no son más que una creación de la clase dominante para justificar su dominio, sigue inspirando a los gobiernos de izquierdas para remover cualquier obstáculo que se interponga en su camino, aunque por supuesto el afán legislador sea tan antiguo como el Estado.

Una de las características de la civilización occidental es que ha desarrollado una serie de doctrinas e instituciones encaminadas a limitar ese excesivo protagonismo del poder político. Por supuesto, esto también ha dejado prácticamente de enseñarse en las escuelas. Más bien se previene a los jóvenes contra los peligros del eurocentrismo, para que no se les pase nunca por la cabeza la idea de que nuestra cultura podría tener algo que enseñar a otras. Para ello, requisito indispensable es que empiecen por desconocer esa enseñanza.
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(1) "The Great Political Superstition", que empieza con las palabras citadas, es un ensayo incluido dentro de The Man versus the State.

jueves, 19 de agosto de 2010

Una paz justa para todos

El alcalde desde hace 19 años de San Sebastián, Odón Elorza, hablando de las fiestas de la ciudad, que tradicionalmente derivan en episodios de violencia callejera, ha manifestado su confianza en que la paz esté cerca. "Una paz justa para todos", ha precisado. Ya el uso del término paz en relación con el terrorismo de ETA resulta moralmente dudoso, pues sugiere que existe un conflicto con dos bandos beligerantes. Pero afirmar que además esa paz debe ser "justa para todos" es sencillamente una canallada. Supone insinuar, no sólo que se trata de una guerra, sino que ambos bandos tienen su parte de razón, y el conflicto sólo se resolverá si se concede a cada uno lo que le pertenece justamente.

Imaginemos que pretendiéramos resolver de esta manera el conflicto entre los bancos y los atracadores de bancos. Supongamos que un atracador se hubiera llevado 5.000 euros a punta de pistola. Entonces va Elorza y dice: "Venga, lleguemos a un acuerdo justo para todos: 2.500 euros para el atracador y 2.500 para el banco." Y todos contentos.

Evidentemente, no es mi intención limitarme a hacer un chiste con las palabras del político socialista. Me parecen demasiado graves para ello. Pero sobre todo son ilustrativas de la manera de pensar del mal llamado "progresismo", para el cual el crimen sólo puede entenderse como la consecuencia de una situación de injusticia previa, con lo cual no se hace otra cosa que justificarlo y, por lo tanto, favorecerlo. Desde el momento que introducimos explicaciones seudocientíficas de la conducta humana que excluyen la responsabilidad individual, quienes salen perdiendo siempre son las víctimas de la delincuencia, se revista de carácter político o no. En realidad, toda delincuencia en cierto modo se politiza, porque el robo es consecuencia de la "injusta distribución de la riqueza", el asesinato es culpa de la "cultura de la violencia" (y en Estados Unidos del derecho constitucional a la posesión de armas), el maltrato a las mujeres es consecuencia del "patriarcado", etc. En los recientes casos de asesinatos en serie en guarderías, producidos en China, no faltó el típico "experto" que imputó el fenómeno a la excesiva "competitividad" que padece la población... La cuestión es desresponsabilizar a los únicos verdaderos culpables, que son quienes roban, asesinan, etc, y aprovechar la inseguridad para sugerir mayor intervención del Estado en áreas como la educación, la economía, la justicia, etc, en lugar de donde realmente se halla una de sus principales funciones, que es proteger a los ciudadanos de los delincuentes.

El daño que hacen los políticos, los jueces y otros personajes públicos que piensan como Elorza es sencillamente incalculable. Me pregunto cuándo nos sacudiremos a esta plaga "progresista" de encima, pero lógicamente lo ignoro. Sólo sé que no debemos desfallecer en denunciarla.

Qué significa ser de izquierdas en 2010

Dedicado a El eterno pasmado.

Si queremos hablar con un mínimo de claridad, lo primero que hay que advertir es que los términos derecha e izquierda debieron haberse dejado de utilizar hace ochenta o noventa años. Después de la Primera Guerra Mundial, los fascismos desde su origen siempre trataron de explicar que ellos encarnaban un fenómeno político novedoso, más allá de la derecha y la izquierda. Y no les faltaba razón. Una de las características definitorias del fascismo es la crítica contra el parlamentarismo burgués y el capitalismo, asociados sistemáticamente con elementos decadentes y apátridas, corruptores de la comunidad nacional y racial. Al mismo tiempo, mientras el fascismo italiano se reconoció en estéticas vanguardistas como el futurismo, el canto a la máquina y los nuevos deportes de masas, el nazismo pretendió fundamentar sus delirios racistas en teorías "científicas", llegando a aplicar la tecnología moderna al exterminio. No es de sorprender, por tanto, que los fascistas no se identificaran con la vieja derecha reaccionaria, que había llegado a aceptar en general la convivencia con unos mínimos requisitos democráticos y liberales, y que en absoluto estaba dispuesta a renegar de ciertos principios del humanismo cristiano -otra cosa es que fuera siempre coherente en su práctica.

Por su parte, también tras la guerra del 14, surgió el primer régimen socialista en Rusia, y la izquierda que hasta entonces había hecho bandera de la democracia y la libertad, al menos retóricamente, se encontró en la tesitura de adoptar una posición frente a la dictadura soviética. ¿Podía seguir defendiendo esos principios ilustrados y al mismo tiempo apoyar a un régimen mucho más tiránico (al menos por su capacidad para liquidar al prójimo) que el de los zares? En general, con testimoniales excepciones, la izquierda decidió que sí, y desde entonces no se ha curado del todo de esa esquizofrenia. Aún hoy, en el mundo anglosajón, lo que aquí se llama "progresismo" o "izquierda", sigue siendo conocido como liberalism. Y es que, efectivamente, una de las fuentes de la izquierda es sin duda el liberalismo, como con luminosa claridad explica Spencer en su ensayo "The New Toryism", incluido en el clásico imprescindible The Man versus the State*. Fueron los viejos liberales (los whigs) quienes insensiblemente evolucionaron hacia posiciones socialdemócratas, por una confusión de los fines con los medios. Acabaron creyendo que la libertad no era un fin en sí, sino sólo un medio para lograr la prosperidad del pueblo, y por tanto no vieron problema en defender dicha prosperidad con métodos incompatibles con la libertad. Ahora bien, frente a esta izquierda posliberal, por llamarla así, que fue desarrollándose a lo largo del siglo XIX (aunque para Spencer no era más que un nuevo tipo de conservadurismo, Tories of a new type), la izquierda marxista, decididamente antiliberal, sobre todo tras la Revolución Rusa, resultaba ya irreconocible. ¿Tenía algún sentido reclamarse de la misma tradición, seguir englobándose bajo el mismo nombre de izquierda?

Lo más sensato, pues, hubiera sido abandonar los términos izquierda y derecha ya en la década de los veinte del pasado siglo. Existían entonces, básicamente, el fascismo, el comunismo, los conservadores tradicionales, los socialdemócratas y los (casi residuales) viejos liberales. ¿Qué utilidad podía tener intentar introducir con calzador estas ideologías en la clasificación heredada de la Revolución Francesa? Creo que muy escasa. Sin embargo, el par de vocablos se mantuvo porque para las labores de proselitismo, siempre es muy efectivo dividir el mundo en esquemas binarios de ellos y nosotros. Y también es cierto que existen ciertas convergencias o complicidades entre, por un lado, la izquierda socialdemócrata y la comunista (lo que no excluye las típicas riñas de familia) y por otro, entre los conservadores y los liberales (vale también lo de las riñas). En la medida en que el socialismo democrático comparte los mismos fines que el socialismo marxista, ya que no sus métodos, es inevitable que ambos se cobijen bajo el paraguas de la izquierda. Y en la medida en que conservadores y liberales coincidan a veces en desconfiar del Estado, aunque sea por motivos distintos -que no necesariamente incompatibles- es comprensible que se utilice el término derecha para aglutinar la oposición a la izquierda, pese a la incomodidad de su carácter polisémico, que obliga a precisar constantemente a qué derecha nos referimos. Es tan díficil luchar contra los usos establecidos del lenguaje...

Dicho esto, para un estricto liberal, la izquierda, puesto que nace como una desviación de sus orígenes liberales, sólo puede ser considerada un error, sea cual sea la variante bajo la cual se presente. En realidad, la esquizofrenia de que hablábamos antes, se encuentra en sus mismos orígenes, y es lo que lleva a los "progresistas" a persistir en su relación siempre conflictiva con el liberalismo, incluso cuando más aseguran valorar su legado. Algunos han hablado de fundar una "tercera izquierda", basada en los valores del ecologismo y del individualismo "bien entendido". Lo del ecologismo ya sabemos como acaba siempre (intervencionismo desorbitado en nombre de la Pacha Mama); lo del individualismo, aunque sea con todas las cautelosas matizaciones, puede sonar a retomar los viejos valores de la libertad individual frente al colectivismo, a marcar claras distancias frente a la distinta vara de medir fascismo y comunismo. Nada más falso. En un opúsculo escrito por Mendiluce y Cohn-Bendit en el año 2000 (Por la tercera izquierda), todavía conmocionados por la recentísima mayoría absoluta de Aznar, ambos políticos incurrían en los mismos tics antiliberales de siempre. Para Mendiluce, la caída del muro de Berlín, en lugar de un progreso de la libertad, supone "la victoria del pensamiento único y de su sistema económico -el neoliberalismo", la cual "ha resultado devastadora para el planeta y para los humanos". ¡Y estos son los que se pretenden renovadores de la izquierda!

El pensamiento de izquierdas no tiene remedio. En su código genético desconfía de la libertad económica, lo cual acaba comprometiendo cualquier libertad. Incluso un filósofo de la talla de John Rawls, que no se opone por principio al libre mercado, cae en errores tan hondos como negar que las libertades económicas o la propiedad privada pertenezcan a los derechos fundamentales**. Pero al admitir tal cosa, se incuba siempre el huevo de la tiranía, por muy buenas intenciones que se abriguen. El siguiente paso consiste, ineludiblemente, en valorar los procedimientos discrecionales de unas autoridades tecnocráticas, supuestamente bienhechoras, por encima de las libres decisiones de los individuos en el mercado, y de los formalismos legales. La corrupción de la esencia misma del Estado de Derecho que ello comporta es evidente. Por eso los políticos de izquierdas difícilmente se sienten constreñidos por la legalidad o cualquier otro tipo de principios, porque están imbuidos de la idea según la cual sus nobles fines (la lucha contra la pobreza, etc) justifican los medios. Es el conocido fenómeno de la hiperlegitimación, que conduce a encomiar prácticas que, observadas en la derecha, serían calificadas, con toda razón, de autoritarias.

Por supuesto, la izquierda no tiene la exclusiva del intento de acrecentar el poder político vaciando de sentido las leyes y las instituciones. Estos son hechos consustanciales a la naturaleza humana, frente a los cuales siempre debemos estar en guardia, incluso con el gobierno que más de deshaga en declaraciones de respeto al Estado de Derecho. Pero es innegable que si la ideología de partida ya es antiliberal, el peligro de las tendencias autoritarias se acrecienta mucho más, pues a fin de cuentas todo poder obtiene su fuerza última de las convicciones que lo legitiman en la mente de los ciudadanos.
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*En español, el libro de Spencer se ha traducido como El individuo contra el Estado y también, más literalmente, El hombre contra el Estado.

** John Rawls, A Theory of Justice. Revised Edition, 1999.

Sentido de Estado

Respecto a las acusaciones, vertidas por el gobierno contra la oposición, de "deslaltad", de falta de "sentido de Estado", de ausencia de "altura de miras", y de carencia de "responsabilidad", reconozco mi debilidad por la segunda expresión, "sentido de Estado". Ahora resulta que dejarse avasallar por esa monarquía absoluta, disfrazada de régimen parlamentario, que es Marruecos, es "sentido de Estado", y criticar tal actitud es carecer de él. En cambio, si el líder de la oposición se hubiera sentado con Mohamed VI en un despacho decorado con un enorme mapa en el que Marruecos abarcara hasta las Islas Canarias, eso supongo que sería trabajar por la paz, la alianza de civilizaciones y el progreso de la humanidad. Bueno, siempre y cuando ese líder de la oposición fuera del PSOE, claro.

martes, 17 de agosto de 2010

Zapatero es socialista, créanlo

Existen síntomas de que algunos artistas empiezan a percibir la cercanía a Zapatero, real o supuesta, como algo perjudicial para su popularidad. Primero fue Imanol Arias, que mostró su contrariedad por que se le identifique con "los de la ceja", en alusión al patético vídeo electoral en el que participaban Sabina, Serrat y unos cuantos más -y que a medida que pase el tiempo parecerá más increíble, más bochornoso, como la canción de Víctor Manuel dedicada a Franco. Y es que cuando las circunstancias políticas pasan a ser Historia, se impone con toda su fuerza el hecho esencial: El insondable servilismo de los seres más egocéntricos que existen, que son los artistas, con permiso de los políticos.

El siguiente actor en manifestar su antipatía -no sabemos si sobrevenida- por Zapatero, ha sido Luis Tosar, quien para que no quepa duda de su pedrigrí progresista (que ya demostró con su papel estelar en Nunca Máis) ha criticado al presidente del gobierno por no ser suficientemente de izquierdas. Exactamente ha dicho que "no tiene nada que ver con el socialismo". Hay que reconocer que esta crítica contra gobiernos nominalmente socialistas es muy habitual, no sólo desde la izquierda, sino también -lo cual es más grave- desde la derecha. Nada me parece más inepto que la derecha cuando critica a la izquierda por no ser suficientemente... de izquierdas.

En todo caso, aunque no creo que el señor Tosar sepa de la existencia de este blog, opino que es un deber de caridad sacarlo de su grave error. Y es que Zapatero no sólo no se aparta de lo que podemos esperar de un socialista, sino que es un ejemplo de los más paradigmáticos. Si ello además sirve para ilustrar a algún derechista despistado (muy despistado), me sentiré doblemente satisfecho.

Herbert Spencer, en su insuperado The Man versus the State, dividió las sociedades en dos clases fundamentales, las de tipo militar y las de tipo industrial. Las primeras son aquellas en las que la cooperación social se basa en la coacción de unos individuos sobre otros, así en el caso del esclavismo, el feudalismo o el socialismo de economía planificada. En Cuba, por ejemplo, el Estado decide dónde puede residir uno, dónde tiene que trabajar, lo que debe cobrar, los medios de comunicación a los que puede acceder, lo que puede comprar y vender (casi nada) e incluso si puede poseer un aparato de aire acondicionado en su vivienda, suponiendo que sus ingresos se lo permitan. En cambio, en la cercana Florida, a donde por algún motivo han emigrado miles de cubanos, el tipo de sociedad es básicamente industrial, que se funda en la cooperación voluntaria. El individuo decide dónde residir, trabajar, qué consumir, etc, en función de sus personales preferencias y los precios del mercado, que resultan de la libre interacción de todos los individuos, en la búsqueda de su provecho particular.

Por supuesto, este esquema es ideal. En el mundo real no existen sociedades industriales o militares puras. Incluso en el sistema más despótico se da una cierta actividad comercial, de intercambio voluntario, aunque sea clandestina. Y en todos los sistemas industriales actuales la intervención del Estado es muy superior a la que sería imprescindible para garantizar la seguridad frente a la delincuencia y las agresiones externas. Pero en todo caso, es evidente que la ideología socialista, en la medida en que defiende una mayor o menor limitación del mercado, tiende más al modelo militar que al industrial. Un socialista cree que los funcionarios saben mejor que los individuos lo que les conviene, de ahí que sea partidario de unos impuestos altos, a fin de poder decidir por los ciudadanos el uso que hacen de buena parte de sus ingresos.

Ahora bien, nótese -y esto es crucial- que un socialista no deja de serlo, ni lo es en menor grado, porque coyunturalmente considere que es conveniente una cierta disminución del gasto público o incluso una cierta liberalización de la economía. Todos los sistemas socialistas han tenido sus períodos de liberalización, empezando por el que implantó en su día, por breve tiempo, el propio Lenin y terminando por la China actual, sometida al partido político más poderoso del mundo. Pero porque el amo afloje temporalmente las cadenas del esclavo, o suavice sus condiciones de vida a fin de que rinda mejor, no deja éste de ser un esclavo. Lo que caracteriza a los sistemas socialistas es que, en cualquier momento, el gobierno puede decretar el fin del "período especial". Un socialista decide hoy bajar los impuestos, o incluso eliminar algunos. ¿Y qué? Mañana se le antojará subirlos, o inventar alguno nuevo. Bajo el socialismo la seguridad jurídica es una quimera, hay que estar a lo que el jefe ordene, según le convenga. Cuando toca decir que bajar los impuestos es de izquierdas, se dice. Otro día tocará decir que hay que subirlos, para tener "unos servicios públicos de primera" y para "homologarnos con Europa", o cualquier falacia por el estilo, no importa. La cuestión se reduce a tener los suficientes seguidores que aplaudan lo que digan los amos. En definitiva, que se sepa quién manda.

Zapatero en esto es un socialista de manual. Disfruta cambiando de idea para desorientar a todo el mundo, y poner en evidencia a sus más próximos, obligados a rectificar a un ritmo endiablado, impasible el ademán. Se trata del viejo método de selección de los más fieles; sólo sobrevive quien comprende que la única norma es lo que diga el jefe, y en caso de contradicción, lo más reciente que haya salido de sus labios. ¿Falta de ideología? Yo más bien diría que no hay mejor modo de poner en práctica la ideología socialista.

lunes, 16 de agosto de 2010

Contra la tolerancia unilateral

De nuevo ha ocurrido. La división de opiniones, dentro del mundo liberal, sobre los límites de las libertades, es un fenómeno recurrente. Unos a favor de la tolerancia hacia el burka, otros en contra. Unos a favor de las leyes contra el negacionismo del Holocausto (o la propaganda comunista en Polonia), otros en contra. Unos -y aquí la polémica es naturalmente mucho más agria- a favor del aborto y otros en contra. Y ahora, hay liberales que estamos en contra de la construcción de una mezquita en la Zona Cero, y los hay, como José Carlos Rodríguez, que opinan que ello atentaría contra la libertad religiosa.

Estas disputas se complican cuando, además, una de las partes se arroga el monopolio de repartir carnets de liberales, como en esta ocasión ha hecho JCR, pontificando acerca de lo que "un buen liberal sabe por instinto". Yo no sé si mi instinto estará embotado o no, pero manifestaré mi opinión sin cuestionarme el liberalismo de José Carlos, que por otros artículos suyos me parece innegablemente aquilatado. Sencillamente, ser liberales no nos hace infalibles, no nos proporciona un método apriorístico para acertar siempre, porque ese método no existe.

Replico las más destacadas afirmaciones de JCR, y luego expondré propiamente mi argumentación positiva.

1) Dice JCR que la mezquita de la Zona Cero no es una mezquita. Bien, esto creo que hay que tomarlo como una broma, porque una mezquita no deja de serlo porque le añadamos una biblioteca, instalaciones deportivas, un auditorio y un restaurante. El conjunto si queremos no será una mezquita, sino un centro islámico. Pero como el propio artículo de JCR admite implícitamente, es obvio que aquí no se trata de un problema de nombres, ni de información, sino de principios.

2) La mezquita, señala JCR, no se construye en la Zona Cero, sino "a dos o tres manzanas de distancia". Retóricamente, JCR se pregunta a qué distancia permitiremos que se construya una mezquita. Pero existe una respuesta exacta a esta cuestión. Ya hay muchas mezquitas o centros islámicos en Nueva York, como por ejemplo el Masjid Manhattan, en 20 Warren Street, a unos cuatrocientos metros de la Zona Cero. La cuestión no es la distancia mínima a la cual puede construirse otro centro islámico, sino qué necesidad existe de meter el dedo en el ojo a la memoria de las cerca de tres mil personas asesinadas allí en nombre de Alá.

3) Según JCR, los fines del "centro cultural", como él lo llama, son "promover la integración y la tolerancia hacia las diferencias", etc, lo cual admite que podría ser falso, pero en todo caso no es una provocación explícita. Esto también parece un chiste. Sabemos que quien está al frente de la iniciativa es un imán llamado Feisal Abdul Rauz, que se ha negado a calificar a Hamás de grupo terrorista, y que a los pocos días del 11-S realizó ambiguas declaraciones sobre la supuesta responsabilidad de Estados Unidos en la muerte de muchos inocentes en el mundo... ¿Qué opinaría JCR si un grupo vagamente neonazi quisiera erigir un monumento en Auschwitz para "promover la tolerancia y el diálogo entre arios y semitas"?

4) Finalmente, señala JCR que los terrenos donde se pretende edificar la Casa Córdoba (por cierto, el nombrecito se las trae) son de propiedad privada, institución de donde emana todo derecho, incluída la libertad religiosa. Desde luego, para mí la propiedad privada es también un derecho primordial, pero no veo qué ganamos reduciendo otros derechos (como el derecho a la vida, o la libertad de expresión) a emanaciones de sólo uno de ellos. Más bien sospecho que perdemos. Rothbard, de quien procede esta concepción, defendía por ejemplo el aborto en nombre del derecho a la posesión del propio cuerpo, con lo cual se cargaba el derecho a la vida del nonato. Supeditar unos derechos a otros por principio es tramposo, constituye en el fondo una manera de justificar la conculcación de casi cualquier derecho. Si las libertades entran en conflicto, lo prudente es decidir en cada caso cuál prevalece, no afirmar apriorísticamente cuál debe hacerlo siempre. El derecho de propiedad no justifica que se pueda contruir una mezquita, una discoteca o una central térmica en cualquier sitio. Esto es algo que entiende todo el mundo, y poco servicio hace al liberalismo identificarlo con posiciones de un simplismo dogmático.

Pero todo lo anterior es, si se me permite, accesorio. Aquí la cuestión es que tenemos un movimiento islamista, que se apoya en la segunda religión por número de creyentes en el planeta, y que pretende someter el mundo entero a regímenes teocráticos, utilizando para ello tanto métodos violentos como la infiltración en las instituciones democráticas. Este movimiento es responsable del mayor atentado terrorista de la historia, y nueve años después, una de sus muchas pantallas moderadas (pero que no condena a Hamás) decide construir un centro islámico junto al lugar de dicho atentado. Obsérvese la diferencia entre la Iglesia Católica, que pide perdón por el arresto domiciliario de Galileo, sentenciado hace casi cuatro siglos, y los islamistas, que no tienen problema en ofender con descaro la sensibilidad de todo un país, tachando de islamófobo a cualquiera que ose criticarlos.

No estuve en absoluto de acuerdo con Geert Wilders (a pesar de mis simpatías por el político holandés) cuando propuso que el Corán debería prohibirse por ser un libro fascista, al igual que Mein Kampf. Ni el Corán, ni siquiera el libro de Hitler, deberían prohibirse. Tampoco me parecieron acertadas las leyes polacas contra los símbolos comunistas. Es una violación clarísima de la libertad individual prohibir que se pueda leer a Hitler o lucir una camiseta del Che. Ahora bien, mostrar las cubiertas de Mi lucha en Mauthausen, o la hoz y el martillo en Katyn, serían provocaciones intolerables. Las circunstancias son importantes, y resulta absurdo ignorarlas. No porque toleremos el nudismo estamos obligados a aceptar que cualquiera pueda ir desnudo por la calle. Por supuesto, las circunstancias en relación con el islam no son necesariamente inmutables, pueden cambiar en el futuro. El día que se pueda construir un templo cristiano en La Meca, no veré inconveniente en que se levante una mezquita en las inmediaciones de las desaparecidas Torres Gemelas, porque esto significará que el islam ha evolucionado, y podremos creernos sus exhortaciones a la integración y a la tolerancia. Mientras tanto, pedir que seamos nosotros quienes demos el primer paso me recuerda a aquellos pacifistas que durante la guerra fría exigían el desarme unilateral de Occidente, pero no mostraban parecida incomodidad por las cabezas nucleares soviéticas apuntando a las capitales europeas.

domingo, 15 de agosto de 2010

Feminismo en Venecia

Por primera vez en novecientos años Venecia tendrá una mujer gondolera, Giorgia Boscolo, una hija de gondolero que ha conseguido superar las estrictas pruebas requeridas para ejercer ese oficio. La noticia es curiosa por sí misma, sin duda, pero sobre todo por la interpretación feminista que, inevitablemente, han dado el alcalde de la ciudad de los canales y la gran mayoría de medios de comunicación.

Ante todo, debe decirse que no existía ninguna norma en vigor que prohibiera el acceso de las mujeres al oficio de gondolero, pues de lo contrario no se podrían presentar a los exámenes. Por tanto, decir, como ha hecho el alcalde veneciano, que se trata de "otro paso importante en la igualdad de géneros" es una perfecta bobada, porque no existía ninguna discriminación arbitraria e injusta, al menos en tiempos recientes, sino que sencillamente, ser gondolero requiere unas condiciones físicas que no suelen darse en mujeres en la misma proporción que en los hombres. (La góndola pesa unos quinientos quilos; véase aquí lo que dice el padre de Giorgia y otro gondolero sobre la fuerza física que requiere manejar una de estas embarcaciones.)

Se podrá replicar que, aun así, se trata de un éxito para las mujeres por lo que tiene de símbolo, de demostración de que están capacitadas para ejercer cualquier profesión. Pero en realidad, es exactamente lo contrario. Lo que demuestra la excepcionalidad del caso de Giorgia, es que hay profesiones en las que, estadísticamente, un sexo (a veces el masculino y a veces el femenino) predomina sobre otro, por meras razones psicofisiológicas, que no tienen nada que ver con la discriminación ni ninguna "secular opresión falocrática". Según El País, esta mujer habría conseguido algo tan importante como "reducir a añicos el tabú de que esa profesión era territorio exclusivo de los hombres." Esto es sencillamente ridículo, no había ningún tabú, ni aun pasando por alto el empleo incorrecto del término. Ni siquiera es exacto decir que se "rompe con la tradición"; no era una tradición, sino un hecho: Las mujeres se presentaban en contados casos a ese trabajo y las pocas que lo hacían no superaban las pruebas objetivas de admisión.

¿Será preciso explicar algo tan elemental? Una cosa es el derecho de las mujeres a ser gondoleras, astronautas, bomberas toreras o lo que les dé la gana, y otra muy distinta qué oficios prefieren o son técnicamente más adecuados, en términos generales, para ellas y ellos. Según tengo entendido (corríjaseme si estoy en un error), en el ejército israelí, donde tradicionalmente han servido las mujeres, éstas no suelen ocupar posiciones de alto riesgo en el frente de batalla. ¿Se trata de una discriminación intolerable, o más bien del reconocimiento de un resultado objetivo de la evolución biológica, por el cual el macho humano está más capacitado para el riesgo y la lucha, para bien y para mal? (También tenemos más accidentes de carretera, y mucha mayor probabilidad que las mujeres de acabar en la cárcel.)

Existen unos seiscientos gondoleros en Venecia, entre fijos y sustitutos. Pensar que el progreso consiste en que trescientos gondoleros sean mujeres y trescientos hombres, me parece una de esas supersticiones ideológicas que no por universalmente aceptadas, deja de ser menos idiota. Yo por el contrario creo que el progreso consistiría en que dejásemos de prestar atención a si en determinadas profesiones hay más hombres que mujeres, o al revés, porque la gran mayoría de la gente tuviera perfectamente clara la diferencia entre igualdad en derechos y uniformidad. Pero me temo que estamos lejos de eso.

sábado, 14 de agosto de 2010

No es una novela de Dominique Lapierre y Larry Collins

Agosto del año 2010: El presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, apoya la construcción de una mezquita a doscientos metros de la Zona Cero de Manhattan, el solar donde nueve años antes, unos terroristas islámicos estrellaron dos aviones de pasajeros, destruyendo por completo el World Trade Center, y causando cerca de 2.800 muertos (sin contar el atentado contra el Pentágono y el avión estrellado en Pensilvania). El impulsor del proyecto es el imán Feisal, quien a los pocos días del 11-S sugirió que los Estados Unidos eran en parte culpables (the United States policies were an accessory to the crime that happened), estableciendo una relación causal con la muerte de muchos inocentes en el mundo (we [los USA] have been an accessory to a lot of innocent lives dying in the world). Más recientemente, en medio de la polémica por la mezquita, Feisal ha eludido calificar a Hamás de grupo terrorista, excusándose en que él no es un político, sino un "constructor de paz" (peace builder), y que se trata de "una cuestión muy compleja".

Lo anterior no es el argumento de una novela de Dominique Lapierre y Larry Collins, autores del famoso best seller de los ochenta, El quinto jinete, en el que unos terroristas a las órdenes de Gaddafi amenazaban con hacer explotar una bomba atómica oculta en algún lugar de Nueva York. Al final la policía conseguía encontrar la bomba, pero (y he aquí lo me interesa señalar) los gobernantes echaban tierra sobre todo el asunto, y las relaciones diplomáticas con el régimen libio proseguían como si no hubiera sucedido nada, en nombre de la Realpolitik. Conviene recordar que la novela se publicó durante la presidencia de Carter. Sin duda, de haber sido escrita durante los años de Reagan, el desenlace no hubiera sido tan cínicamente desengañado. En cambio hoy, con Obama en la Casa Blanca, volvería a resultar perfectamente verosímil.

[15-8-10: Parece que Obama "ya está echándose atrás" (Barcepundit); claro, una cosa es hablar delante de musulmanes en el inicio del ramadán, y otra al país en su conjunto, que según las encuestas está mayoritariamente en contra. Cosas de querer decir a todo el mundo lo que quiere oír.] [Ah, y por cierto, ¿qué dirán ahora El País o La 1, que tachaban a los críticos de la mezquita de "ultraconservadores"? ¿Qué pasa, que el Obamesías se pliega a las primeras de cambio ante unas supuestas minorías extremistas?]

Don Miguel y Al-Miquel

Miguel Payeras es un periodista mallorquín que alterna en su blog algunas afirmaciones sensatas con otras en la línea del progresismo más trillado y previsible. Así, opina que Zapatero "es el peor presidente que ha tenido este país desde que gozamos de democracia". Algo, por cierto, que Intereconomía, entre otros medios, lleva años sosteniendo. Lo cual no impide a Payeras arremeter contra la TDT de "ultraderecha", a la que define por "el odio a todo lo diferente", y especialmente al pa amb tomàquet y al tradicional caganer de los belenes (esto lo deduzco yo, no es que lo diga explícitamente Payeras), aunque los tertulianos de "El gato al agua" se empeñen en disfrazarlo con disquisiciones jurídicas sobre el Estatuto y la Constitución.

Pues bien, un lector desprevenido podría pensar que este Payeras es el mismo que colabora con la revista pancatalanista El Temps, editada desde Valencia por el niño subvencionado de la Generalitat catalana, Eliseu Climent. Pero tengo motivos para sospechar que se trata de otro Payeras, pues quien firma en la revista es Miquel, con q, mientras que en el blog es Miguel, con g. Dirán algunos que la diferencia es irrelevante, pero no, tienen que ser dos personajes diferentes, como los Dupond y Dupont de los tebeos de Tintín (aquí traducidos como Hernández y Fernández). Verán por qué lo digo.

En su blog, Miguel publica una entrada titulada Israel, en la cual, sin miedo a los tabúes de la corrección política, manifiesta su preocupación ante el antisemitismo desplegado por las trágicas muertes del convoy de Gaza. Dice, juiciosamente: "Y extraño es, en fin, que tanto progre europeo esté dispuesto a enfocar más su interés sobre los efectos de la democracia israelí que sobre la perversa esencia de las dictaduras islamistas[,] incluida la que se padece en los territorios palestinos que gobiernan los terroristas de Hamás..." ¡Bravo! Suscribo hasta la última coma, y hasta he añadido una y todo.

Vean en cambio lo que escribe Miquel (con q) en El Temps, en el artículo titulado "La por a Euràbia" (El miedo a Eurabia): "De golpe [traduzco del catalán], y a remolque de la histeria norteamericana [por el 11-S], los musulmanes se vuelven sospechosos." Los atentados de Madrid y de Londres -prosigue- no hicieron más que incrementar "recelos ancestrales". Más adelante, asegura que los musulmanes en Europa tienen un bajo índice de integración y padecen una "fuerte discriminación", sin otra justificación de lo segundo (lo primero es obvio) que un informe cuyo título ya nos pone en guardia sobre su exquisita corrección política: "Los musulmanes en la Unión Europea: discriminación e islamofobia". Todo el reportaje está escrito en el mismo estilo de sugerir que no existe un problema con el islam, sino con la percepción que Europa tiene del islam; se habla de las redes islamistas como "supuestas", y se rechaza con engañosa tautología mezclar terroristas con personas religiosas "que no tienen nada que ver con actuaciones ilegales". (Claro, es injusto mezclar a terroristas con personas que no son terroristas, la cuestión estriba en saber si lo son o no.) El artículo se ilustra con una fotografía de dos apacibles mujeres musulmanas caminando junto a una pintada que ladra: "Heil Hitler", como si se tratara de un exabrupto xenófobo, cuando lo más probable es que el autor sea un islamista de esos que, como Ahmadineyah, querrían terminar lo que Hitler empezó.

Por si no quedara bastante claro, Payeras rubrica una entrevista al presidente de la Federación Islámica de las Islas Baleares (edición impresa, nº 1365), con perlas como las siguientes: "El Islam no tiene nada que ver con ninguna violencia. En ningún lugar del Corán se dice nada de toda esta violencia que se nos imputa. [Rigurosamente cierto: en el siglo VII no había bombas ni aviones...] (..) El Islam es paz, concordia, es educación... [snif!] Lo que hace falta es conocernos mejor. (...) Esto [la persecución de otras religiones en el mundo islámico] es otra de las mentiras que corren en Europa y todo el mundo se las cree. En Argelia, hay una catedral católica, en casi todos los países islámicos hay iglesias cristianas si hay [traducción: si quedan] cristianos que viven allí... Y no pasa absolutamente nada." Sin comentarios.

No hay duda, Miguel y Miquel son dos personas distintas. O al menos dos personalidades, una que se atreve a decir inconveniencias como que Israel es la única democracia de la zona, y otra que se pliega camaleónicamente al discurso anestesiante de la izquierda sobre el Islam. Si Jaime I levantara la cabeza...

viernes, 13 de agosto de 2010

Owen y Yannick

La relación entre la televisión y los expertos (expertos en lo que sea) es de carácter indiscutiblemente erótico. La tele ama al experto, se deleita en él. Casi nada adora más que al sociólogo, al paleontólogo o al maestro estuquista entrevistado en su despacho, laboratorio o taller, a poder ser con la bata o uniforme de su oficio, con surtido de bolígrafos en el bolsillo izquierdo y unas gafas de présbita colgando del cuello. Y cabe sospechar que el amor es mutuo. La opinión del experto-en-lo-que-sea es en sí misma noticia, jamás se discute, frecuentemente no se contrasta con otras, a menudo se presenta implícitamente como la explicación académica o profesional de un fenómeno. Ejemplos los tenemos cada día. Un informativo de La 1 de las tres de la tarde, del jueves 12 de agosto, se ocupaba brevemente de los recientes casos de asesinatos en serie en varias guarderías de China, aportando una breve entrevista a un experto chino en algo. Éste aseguraba que los chinos son gente tranquila, y que tan graves sucesos hay que verlos como un efecto de la competitividad (sic). Es decir, que cuando a unos dementes o terroristas o lo que sean, les da por matar niños, en un país aún gobernado con mano de hierro por el Partido Comunista (que ejecuta cada año a miles de condenados a muerte), la culpa hay que buscarla... en el mercado libre, por supuesto.

La figura del experto, de hecho, cumple una función valiosísima. Cualquier estupidez, por grande que sea, puede ser defendida por alguien con varios títulos colgados en las paredes. A la televisión la podrán llamar la "caja tonta", pero ella puede permitirse desdeñar semejantes críticas: Sabe que existe una legión de expertos en las más variadas materias que acogerán con satisfacción a las cámaras en su domicilio o lugar de trabajo por salir un minuto en el telediario de las tres, y que se prestan así a avalar cualquier mensaje, por simplista o falaz que sea. Siempre y cuando sea políticamente correcto, progresista o de izquierdas, excuso decirlo.

Pero un ejemplo verdaderamente apoteósico nos lo ha proporcionado el programa de TV3 "Sota terra" (Bajo tierra), en el que participa el profesor Eudald Carbonell, famoso por las excavaciones de Atapuerca. Este Carbonell es todo un personaje al que conozco algo, porque lo tuve como profesor de Prehistoria en el curso de Geografía e Historia del 89-90, en la Universidad de Tarragona (ahora llamada Rovira i Virgili por el establishment nacional-progresista). Un tipo de extrema izquierda, que reviste su ideología con una terminología seudocientífica, y al que le gustan el histrionismo y las cámaras más que a un tonto un lápiz. En su momento ya dije algo de sus ideas. Para más detalles sobre su particular concepción de la docencia, puede ser interesante lo que cuenta otra ex alumna en la página de C's, y que mi propia experiencia confirma. (Por cierto, yo aprobé la asignatura sin apenas estudiar, por lo que no tengo ningún motivo de resentimiento.)

Pero vayamos al programa de "Sota terra" emitido el 14 de junio, dedicado a los restos arqueológicos de la batalla del Ebro. [Ver aquí vídeo con subtítulos en español.] Puede verse el vídeo [original] aquí. A partir del minuto 20, Carbonell, el presentador y otro experto-en-lo-que-sea penetran en un refugio del ejército republicano, donde descubren la inscripción "Owen y Yannick". El presentador finge sorprenderse ante esos nombres "ingleses o americanos", e inmediatamente Carbonell, tocado con su salakot (¡cómo! ¿un símbolo del colonialismo imperialista?), acude con la sabia respuesta: "brigadistas". Elemental, querido Watson. Acto seguido, el presentador se entrega a una lírica interrogación sobre qué impulsó a esos hombres a luchar tan lejos de su país, a lo cual responde de nuevo el sabio profesor con un breve discurso sobre los ideales democráticos... Pese a que a lo largo del programa se repiten las consabidas banalidades pacifistas contra "la estupidez de la guerra", es de notar que cuando se trata de quienes lucharon "contra el fascismo" (pero a favor de Stalin), a todos estos progres les aflora la vena bélica, y todo homenaje les parece poca cosa. Más adelante (minuto 37), interviene otro experto en algo, quien a través de una pequeña investigación de internet, nos descubre la supuesta identidad del tal Owen, un miembro de la brigada Lincoln que después de combatir en España, volvió a Estados Unidos y murió en los años cincuenta. Para acabar de redondear la historia, resulta que este Owen se suicidó, supuestamente, debido a la persecución del macartismo. En cuanto a Yannick, a quien por alguna razón asocian con persona femenina, cuando es el diminutivo bretón de Yann (Juan; yo también sé usar internet), no hay ni rastro. Finalmente, en un desenlace dramático, el programa consigue traerse al hijo de Owen a Tarragona (minuto 47), que se emociona al contemplar la inscripción dejada supuestamente por su padre...

Conmovedora historia. Lástima que el dueño de la finca donde se halla el refugio haya informado al periódico ABC que Owen y Yanick son los nombres de sus dos sobrinos de 7 y 10 años, de madre dominicana.

El experto debe dar respuestas rápidas, es lo que se espera de él. ¿Realizar un análisis de una inscripción, para establecer una estimación sobre su probable antigüedad, o sobre las características antropométricas de su autor? Eso en televisión no resultaría, demasiado largo y aburrido. Lo importante es acertar a la primera y con prontitud, como haría el protagonista de cualquier película: "Brigadistas". Y si luego resulta que se ha metido la pata hasta el fondo, que se ha hecho un ridículo espantoso, no hay problema, eso son insidias de la prensa carpetovetónica. A fin de cuentas, lo que vale es lo que han dicho los expertos en la tele.

Nota: A Carbonell le gustaba tallar imitaciones de herramientas prehistóricas ("tecnología lítica") y, según decía, abandonarlas en el campo para confundir a posibles investigadores. Lo justificaba como "virus contra el Sistema" o algo así, que yo no atendía demasiado a sus excentricidades radicales. Parece que ahora ha caído víctima de uno de esos "virus", si bien parece que involuntarios. Sospecho que muchos de sus colegas se estarán riendo con ganas.

domingo, 8 de agosto de 2010

Qué mueve el mundo

En mi reciente entrada Qué queda del marxismo, un comentarista bienintencionado opinó, sin dejar de admitir las consecuencias catastróficas del marxismo, que la aparición de esta ideología debe entenderse en el contexto de gran injusticia social que reinaba en el siglo XIX. Yo le repliqué que esto es básicamente un mito. ¡Cómo! -dirá alguno. ¿Es que no había situaciones injustas en 1850? Naturalmente que las había, como en todas las épocas desde los orígenes de la civilización, como mínimo. Pero eso no sirve para explicar por qué surge el marxismo en ese momento y lugar y no en otros. Por lo demás, es un anacronismo muy frecuente hablar de injusticias pasadas desde las comodidades del presente. Hoy, el ciudadano occidental se escandaliza ante las condiciones laborales en el mundo subdesarrollado, pero se olvida que no son muy distintas de las que existían entre nosotros hace cien o cincuenta años, cuando se consideraban inevitables -y seguramente lo fueron en aquel momento, al menos si el objetivo era la industrialización y el crecimiento económico, y no alguna especie de utopía bucólica de igualdad en la miseria.

Decir que el marxismo tuvo una razón de ser, en el fondo supone aceptar su dogma básico, que las ideas son un mero efecto de las condiciones objetivas, es decir, que las causas del devenir histórico son económicas. Sigue siendo una tesis muy popular, por lo que ofrece de apariencia científica. Cualquier tertuliano de bar te repetirá por enésima vez que todas las guerras son por "el dinero", para apoderarse de recursos naturales o incluso simplemente para vender armas. Se trata de una teoría difícil de refutar, pues evidentemente, en todas las guerras alguien tiene que vender las armas, y es difícil que exista un territorio que carezca por completo de recursos económicos, sea petróleo, minerales, opio, agua, rutas comerciales estratégicas, etc. Asimismo, las revoluciones y el terrorismo se explican como una consecuencia de la pobreza, es decir, un conflicto entre clases económicas. Sin embargo, no es nada raro que los mismos que así pontifican sobre la verdad de la existencia, aseguren en tono igualmente desengañado que las religiones están detrás de las mayores matanzas de la historia. ¿En qué quedamos entonces? ¿Son las ideas y creencias las que mueven el mundo, o los sórdidos conflictos económicos?

En mi opinión, el ser humano es definible como homo ideologicus, actúa siempre en función de una determinada concepción del mundo, que en sentido amplio podemos denominar ideología. Todo conflicto sería de algún modo ideológico, pues es el resultado de ciertas ideas acerca de lo que las partes consideran que son sus intereses o sus derechos irrenunciables. Existen multitud de ejemplos de individuos que soportan estoicamente penosas condiciones sociales, porque unas determinadas creencias les han convencido de que su situación está de algún modo justificada, u obedece a un destino ineludible. Por el contrario, todas las revoluciones han estallado por causas mucho más leves, pero que se antojaban intolerables para quienes las iniciaron o participaron en ellas. ¿Acaso era Francia en 1789 el país de Europa donde el Ancien Régime se manifestaba en la forma más opresiva? Más bien todo indica lo contrario. La experiencia histórica demuestra que lo que más excita la imaginación de los hombres, y les lleva a trastocar el orden social, no son unos padecimientos intolerables, sino el contraste entre estos y la posibilidad de otra forma de vida, que por alguna razón llega a representarse vívidamente en sus mentes. La revolución francesa se produjo en Francia sencillamente porque éste era el país donde las ideas de los ilustrados más se habían difundido entre las clases cultivadas. Naturalmente que a esto replican los marxistas que si esas ideas se habían difundido tanto, era porque la sociedad (el "modo de producción") ya estaba madura para ello, pero entramos aquí en un razonamiento circular... ¿Por qué estaba madura Francia antes que otros países?

Mi opinión no es que las ideas sean el motor de la historia, en algún sentido metafísico, sino que obviamente tienen un papel crucial, entreverado con el progreso tecnológico, que a su vez está compuesto de un aspecto material y otro intelectual. Simplificando mucho la cuestión, podríamos utilizar como término de comparación la evolución de la informática. ¿Qué es lo importante, el hardware o el software? Es evidente que ambos. Sin procesadores cada vez más potentes, muchas aplicaciones no habrían sido factibles; pero sin el desarrollo de determinados programas, que facilitan drásticamente el uso de la informática a los profanos, no se habrían vendido tantos millones de ordenadores en el mundo, que es lo que por encima de todo ha financiado la innovación.

Ahora bien, conviene distinguir entre ideologías (en el sentido amplio que estoy utilizando aquí; generalmente prefiero uno mucho más restringido). Habitualmente, casi todos los conflictos violentos (pienso por ejemplo en las guerras de religión) se han producido por pequeñas diferencias doctrinales, a veces ridículamente bizantinas. En cierto modo, a gran escala sucede lo mismo que en las reyertas callejeras, incluso las que terminan en homicidio, que suelen empezar por verdaderas nimiedades ("¿tú qué miras?"). Existen efectivamente estudios que demuestran que la mayoría de homicidios se originan en discusiones motivadas por insignificancias. Steven Pinker (Cómo funciona la mente) ha sugerido una explicación evolutiva a este tipo de conducta; básicamente se trataría de disuadir a potenciales enemigos con reacciones desproporcionadas ("con este tío vale más no meterse"). Sin embargo, es evidente que determinados "códigos de honor", como los que imperan en ciertos barrios o ambientes, promueven más las conductas violentas. Y algo análogo podría decirse de algunas grandes ideologías, como el islam, el nacionalismo o el marxismo. Ya somos los seres humanos bastante propensos a la bronca, para que encima determinadas ideas añadan más gasolina al fuego.

Rechazo, por tanto, la idea pretendidamente conciliadora según la cual el marxismo es un error, pero debe comprenderse como una respuesta a las injusticias sociales. No, porque el marxismo, como muchas otras ideologías, religiones, movimientos heréticos, etc, se empeña en ver afrentas incluso allí donde no las hay. Toda la teoría de la plusvalía es una elaboración intelectual de la simple idea según la cual los patronos explotan sistemáticamente a los obreros -y no sólo en algunos casos; lo cual es una barbaridad tan grande como si afirmáramos que todos los comerciantes son estafadores, o que todos los médicos son matasanos. Con este tipo de concepciones en la cabeza, matarifes de masas como Lenin han tenido un pretexto insuperable para sembrar el mundo de cadáveres. Y no basta condenar estos crímenes diciendo que son desproporcionados, sí, pero... "había tanta injusticia"... No, lo que conduce al asesinato en masa no son las injusticias, sino determinadas ideas que, en el mejor de los casos, mezclan injusticias reales e imaginarias, produciendo en las mentes un cóctel explosivo.

Aplíquese lo dicho a la izquierda posmarxista, con sus profecías apocalípticas de desastres medioambientales, o sus letanías contra el neoliberalismo depredador, explotador de niños, etc, y tendremos una razón por la cual la izquierda no favorece ni la paz ni el progreso de los que tanto se le llena la boca, sino todo lo contrario.

domingo, 1 de agosto de 2010

Zapatero el Antiguo

Uno de los términos preferidos de Zapatero es el adjetivo antiguo, en el sentido peyorativo de pasado de moda. Y veo que tiende a extenderse, por una especie de servilismo atento a los giros del poderoso. Con González resultaba nauseabundo comprobar la propagación de los obsoletos y los obvios, que tanto le gustaba pronunciar, vinieran o no a cuento, como si los hubiera puesto él en el diccionario. Más cómico resulta el abuso del vocablo incierto por los habituales protagonistas de los programas del corazón, como sinónimo de lo que toda la vida han sido, sin posibilidad de equívoco, falso o mentira. Descúbrele a un ignorante una palabra que juzgue más fina u original y actuará como aquel que sorbía ruidosamente el contenido de la taza, pero eso sí, con el dedo meñique exquisitamente levantado, convencido de que en ello consistía la buena educación.

Más allá de los aspectos ridículos del asunto, el uso reiterado del término antiguo en la acepción señalada, en lugar de vocablos más precisos como anticuado o arcaico, denota una de las claves del pensamiento (vamos a llamarlo así) de Zapatero, que es el adanismo, la idea de que podemos y debemos prescindir del pasado, como si partiéramos de cero. Según esta concepción, lo antiguo por definición es descartable, un peso muerto, mientras que lo nuevo es intrínsecamente valioso y benéfico.

Naturalmente, esto es una cretinez pavorosa. Hay antigüedades buenas y malas, al igual que ocurre con las novedades. La malaria que padece de antiguo África (al menos, desde que los ecologistas consiguieron la prohibición del DDT) es sin duda mala y su erradicación supondría un avance incontestable. En cambio, el alfabeto cuenta con miles de años de antigüedad, y no por ello sería sensato intentar elaborar otro más perfeccionado, por ejemplo que fuera universal, en sustitución de la pluralidad de alfabetos latino, árabe, hebreo, cirílico, griego, etc. Cualquiera comprende que aunque los actuales sistemas de escritura, tanto fonéticos como de otro tipo, no son perfectos ni definitivos (a saber cómo evolucionarán a largo plazo), carecería de todo sentido práctico intentar mejorarlos por decreto. El coste de una reforma semejante sería indudablemente colosal, muy superior a cualquier beneficio que pudiera concebirse. Esto es un concepto de puro sentido común, que todos aplicamos constantemente en la vida cotidiana: No toda mejora (aunque lo sea objetivamente, y esto no siempre se sabe a priori) vale la pena, y por tanto la conservación de lo antiguo con frecuencia, aunque naturalmente no siempre, es lo óptimo. Si alguien dijera que hay que derruir los cascos antiguos de todas las ciudades, para adaptarlas a la circulación del automóvil, sería considerado justamente como un loco. En lugar de ello, la tendencia es a restringir el tráfico en esas zonas urbanas, porque se cree de manera generalizada que los beneficios de conservarlas son mucho mayores que las ventajas (seguramente, no inexistentes) de lo opuesto.

Decir que algo es antiguo, o bien es una trivialidad (en la primera acepción del término, "que existe desde hace mucho tiempo") o bien, si se aplica el adjetivo en sentido peyorativo, se trata de una afirmación discutible y pendiente de ser argumentada. Por supuesto, la retórica política rara vez nos sorprende con alguna verdadera argumentación; de lo que se trata es de provocar emociones instantáneas en el oyente que atiende fugazmente el informativo de la tele, y está claro, para empezar, que nadie quiere ser tachado de retrógrado, carca o casposo. Pero el abuso de la acepción valorativa de antiguo supone un paso más allá en la técnica propagandística, y revela la secreta intención de absorber la significación objetiva de algunas palabras, para sencillamente dificultar la mera posibilidad del pensamiento crítico, que consiste en distinguir entre los hechos y su valoración. La pasión desenfrenada por el poder político es, por ejemplo, una realidad innegablemente antigua, pero por desgracia no podemos decir que ya no esté de moda. Ahí tienen a Zapatero, tan antiguo y tan actual.