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martes, 21 de diciembre de 2010

Por qué no soy ateo

Barcepundit nos llama la atención sobre un artículo titulado "Por qué soy ateo", de Ricky Gervais. Aunque no se trate del ensayo de un gran pensador, con su tono personal seguramente capta lo esencial de la actitud atea. Gervais dice que son los creyentes quienes deberían explicar por qué creen en Dios. Creo que este es el argumento fundamental del ateísmo contemporáneo, más que las disquisiciones de tipo materialista, aunque éstas se sigan repitiendo. El segundo argumento es que no necesitamos a Dios para que la vida tenga sentido: "La imaginación, el libre albedrío, el amor, el humor, la diversión, la música, los deportes, la cerveza y la pizza son razones bastante buenas para vivir." Esto me recuerda a Hannah y sus hermanas, una de mis películas preferidas, donde un Woody Allen abrumado por la duda existencial descubre el sentido de la vida viendo una película de los hermanos Marx. El tercer argumento típico, en el que no entra Gervais, es que un Dios infinitamente bueno y sabio no habría consentido la existencia del sufrimiento.

Cuando yo tenía trece o catorce años dejé de creer en Dios. Aunque se trató de un proceso gradual, lo que definitivamente me hizo perder la fe fue, irónicamente, la lectura de un libro de religión que tuve en el bachillerato. Este libro de texto, con gran honradez, explicaba las teorías de los principales pensadores ateos, naturalmente para intentar refutarlas. Pero a mí me impresionaron más los argumentos a favor del ateísmo que no sus refutaciones. Especialmente, me fascinaron las ideas de Freud sobre la religión. (Por entonces yo pensaba que el psicoanálisis era una ciencia.)

Pese a mi simpatía por el cristianismo, nunca recuperé la fe religiosa plena. Pero hoy ya no creo en absoluto que el ateísmo sea algo evidente. No estoy convencido de que Dios exista, pero cada vez me parece una hipótesis más seria. Y sobre todo, no creo que podamos prescindir tan fácilmente de lo trascendente como aseguran alegremente los ateos.

El argumento del dolor, que antes me impresionaba vivamente, ahora me parece el menos importante. Creo que surge de una limitación de la mente humana. Pensamos que podría existir un universo con la maravillosa complejidad del que conocemos, y en el que existieran todas las formas de felicidad que enumera Gervais (desde el amor hasta la pizza), pero desprovisto de cualquier sombra, de la mera noción del dolor. Sospecho que eso es imposible lógicamente, e incluso Dios debe atenerse a la lógica.

Pero vayamos al primer argumento de Gervais. Dice que la carga de la prueba recae en los creyentes, no en los ateos. Puedo estar de acuerdo en esto, respecto de los dogmas cristianos. Lo normal es que cuando nos dicen que Jesús resucitó, nos resulte difícil creerlo. Los propios Evangelios admiten que la fe es algo digno de admiración, y por tanto, implícitamente reconocen que el escepticismo es la actitud natural, en principio. Ahora bien, si nos limitamos al concepto de Dios, no es en absoluto evidente que el ateísmo sea la actitud por defecto de una mente racional, la que no requiere justificación. Que los seres humanos no resucitan, es algo que viene avalado por la experiencia. Pero afirmar que el universo existe por la voluntad de un Ser trascendente no es algo que choque con el conocimiento empírico, contra lo que muchos piensan.

Ya Lucrecio, hace dos mil años, observó que la naturaleza muestra una majestuosa indiferencia ante la existencia del hombre, lo cual apuntaría a que no existe un designio divino. Sin embargo, algunos físicos contemporáneos vienen debatiendo hace años sobre el "ajuste fino". Resulta que por alguna feliz casualidad (?) las leyes y las constantes físicas que rigen este universo están milimétricamente ajustadas de manera que permiten la existencia de vida inteligente. Una pequeñísima variación en algunas de las constantes o ecuaciones fundamentales hubiera producido un universo muy diferente del que conocemos, con toda probabilidad completamente inhóspito para cualquier forma compleja de inteligencia como nosotros.

Para eludir las implicaciones trascendentes del ajuste fino, los científicos ateos o agnósticos suelen tomar dos caminos distintos. O bien especulan sobre la existencia de infinitos universos con leyes distintas (con lo cual el nuestro dejaría de ser una singular coincidencia) o bien se refugian en un positivismo esterilizador, según el cual la ciencia debe limitarse a plantearse interrogantes del tipo cómo, no del tipo por qué. Tengo para mí que esta clase de positivistas, en tiempos de Newton hubieran dicho que la manzana cae del árbol porque sí, y no hay más que hablar. En cuanto a quienes hablan de infinitos universos, en realidad están proponiendo la existencia de un multiuniverso, o metauniverso, ante el cual (suponiendo que se descubrieran indicios de su existencia, algo todavía lejano) seguiremos planteándonos lo mismo que Wheeler, el creador del concepto de "agujero negro": ¿Por qué estas ecuaciones y no otras? Y podemos añadir con Leibniz: ¿por qué algo en lugar de nada?

Si estas preguntas no son lícitas, ¿por qué debería serlo ninguna otra? Hume en el siglo XVIII observó para siempre que las leyes causales carecen por completo de la necesidad de las matemáticas. En el fondo, por muy sofisticada que sea nuestra ciencia, por mucho que hablemos de quarks, de supercuerdas o de la teoría que surja en el futuro, la ciencia es incapaz de demostrar formalmente que al fenómeno A debe seguir inexorablemente B. Al final, siempre nos topamos con un hecho bruto irreductible, unas pocas ecuaciones de las cuales se deduce desde la expansión del universo hasta el comportamiento de las moléculas del café que estoy tomando. Pero gracias a que los pensadores y científicos del pasado no se conformaron con sostener que no hay más que hechos brutos, sino que trataron siempre de encontrar relaciones más amplias, se produjo el magnífico progreso científico posterior. ¿Quién está capacitado para afirmar que ya no tiene sentido continuar preguntando?

El ateo es una persona que cree oscuramente que la ciencia ya ha dado todas las respuestas básicas posibles, salvo algunos detallejos menores, y que aquello que la ciencia no puede responder, tampoco merece la pena ser preguntado. El cientifismo ateo odia el misterio, es una especie de solipsismo que se niega a considerar la existencia de algo más allá de lo que es dable conocer. Lo cual es tan absurdo, y en el fondo tan anticientífico, como si los antiguos astrónomos hubieran desechado como sinsentidos las especulaciones sobre la materia de la que están compuestas las estrellas, por tratarse de cuestiones inaccesibles a la mente humana. Es como si hubieran dicho que la pregunta ¿de qué está hecha una estrella? es una aplicación improcedente del tipo de preguntas admisibles como ¿de qué está hecho el vino? Esto es exactamente lo que hace el positivismo de carácter sectario cuando rechaza la pregunta por la causa del universo, o la escamotea con subterfugios como la aparición del universo a partir de la nada cuántica (entonces, no puede ser una nada absoluta, si en ella rigen las leyes cuánticas).

El segundo argumento, el sentido de la vida. Va muy ligado al problema moral, al de por qué debo hacer esto y no lo otro. En resumen, un ateo es alguien que dice que él es una persona muy buena, que ni mata ni roba, e incluso se abstiene de fumar en el ascensor. ¡Habría que ver cuántos creyentes pueden presumir de lo mismo! De lo que se deduce que no existe ninguna incompatibilidad entre ateísmo y ética. El ateo es un buenista. Piensa que todo el mundo es tan bueno como él, que en realidad no hay malas personas, sino personas equivocadas, que desconocen que serían mucho más felices siendo buenas. El mal no es más que un malentendido.

Creo que esto es una ingenuidad muy ligada a la anterior sobre el alcance de la ciencia. Con ello no estoy tratando de decir que la religión, o el teísmo, sean imprescindibles para regular la conducta individual. Los europeos estadísticamente son mucho menos religiosos que los estadounidenses, y no por ello parece que padezcan mayores índices de criminalidad. Más bien, si el tópico sobre la violencia de la sociedad americana es cierto, sucede lo contrario.

Sin embargo, la idea de que la vida y la moral no requieren ninguna justificación, sí tiene en mi opinión una consecuencia política capital. Los epicúreos decían que no hay nada más que átomos y vacío. Hoy los materialistas dirán energía o fuerzas fundamentales, da igual. Como sistema filosófico, el epicureísmo era claramente apolítico. Defendía la existencia de comunidades fraternales, que no se inmiscuyeran para nada en los asuntos cívicos. El único fin de la vida era la felicidad, y ésta podía lograrse en pequeñas comunidades regidas por sentimientos de amistad. El problema de esta propuesta tan simpática, que recuerda al "paz y amor" de los hippies, es el que avanzaba antes: Parece ignorar que siempre habrá quien no tendrá intenciones tan pacíficas y amigables, que puede haber personas que disfruten con el dolor ajeno, parásitos con mayor o menor descaro, y personas que deseen dominar a los demás. Estas últimas, sobre todo, son las que más pueden influir en la vida de millones de seres humanos. El mero sádico o psicópata escogerá una víctima individual, o una serie de víctimas. Sus daños, socialmente hablando, son limitados. Pero el tirano acaba condicionando la existencia de todos los habitantes de un país, y a veces de muchos países. (El terrorista es un tirano en potencia.)

Por supuesto, al tirano no lo podemos detener convenciéndole de que Dios lo va a castigar por sus fechorías, no estoy proponiendo semejante sandez. Sin embargo, no debemos olvidar que la principal arma del poder, más que las bayonetas o incluso los misiles nucleares, son las ideas. El poder político es por definición poder sobre las conciencias. Sin él, no puede haber obediencia, y sin ella uno no puede mandar ejércitos ni policías ni brigadas "populares" contra los que no se dejan convencer. Ahora bien, el poder político ha utilizado a lo largo de la historia diferentes ideas para justificarse, para enseñorearse de las mentes de sus súbditos. Incluso ha utilizado la religión, como nos recuerdan siempre los ateos. Pero no existe una ideología más poderosa, más hecha ex profeso para su utilización por el poder que la de afirmar que no hay ninguna norma trascendente, que el mal y el bien absolutos son una superstición, que todo es relativo, discutible y por tanto todo se puede justificar. Y contra esto, la única idea que podemos oponer es la de un Dios racional, omnisciente y bondadoso.

No nos engañemos, ahí también Hume tenía más razón que un santo, aunque fuera un santo laico: No existe ningún argumento racional (formalmente demostrativo) por el que yo deba hacer una cosa y no la otra. Pero admitir esto es algo muy distinto de negar que exista un imperativo último, inaccesible a nuestra razón, pero no a una Razón infinita y trascendente. (Aunque lo podemos vislumbrar empíricamente, en un proceso de decantación de la tradición y las instituciones espontáneas, de ensayo y error como el que sugiere Hayek en La fatal arrogancia. Vamos, en absoluto sugiero entregar a una casta teocrática el monopolio de la interpretación de una moral revelada.)

Se dirá que incluso concediendo esto, que la idea de Dios puede ser útil para justificar la dignidad de la vida humana y los límites del poder del Estado, eso no demuestra que Dios tenga que existir. Efectivamente. Pero sí demostraría una cosa: Que los ateos no tienen demasiadas razones para alegrarse, que todo eso de que basta con los buenos sentimientos, que el sentido de la vida es el que cada cual quiera darle y bla bla bla no son más que consuelos bobalicones de quienes se creen unos ateos duros y desengañados, pero no tienen la valentía de extraer las verdaderas consecuencias de su bonita idea. Lean a Max Stirner (El Único y su propiedad) si quieren ser ateos practicantes, con dos c... (Nietzsche era mucho mejor escritor, pero por ello mismo menos claro, menos brutalmente explícito.) Reconozco que yo no soy tan valiente. Por eso no soy ateo, o al menos me gustaría ser más creyente de lo que soy.

domingo, 31 de enero de 2010

Reivindicación de la moraleja

Hoy he visto una buena película, pero cuyo final me ha decepcionado. No diré de cuál se trata, para no fastidiar a quien no la haya visto. El protagonista es un joven de origen humilde que se ha casado con la hija de un rico hombre de negocios, y se encuentra dividido entre el deseo de mantener su nueva posición social y una relación pasional con otra mujer, una eterna aspirante a actriz (aunque bellísima). La cosa se complica cuando ésta se queda embarazada y le obliga al protagonista a que cumpla su promesa, una y otra vez aplazada, de contárselo todo a su esposa y dejarla. De lo contrario, ella misma lo hará. Ante esta situación, el joven adúltero decide asesinar a la amante, de manera que parezca obra de un ladrón. A partir de este momento, la película entra decididamente en ese género de suspense en el cual no podemos dejar de inquietarnos por la suerte del protagonista, pese a que se trata evidentemente de un auténtico miserable. Asistimos con zozobra a los preparativos del crimen, a su ejecución, a la huida, y en todo momento el director, con genial perversidad, nos hace contener la respiración, como si quienes temieran ser descubiertos, o dejar una pista fatal, fuéramos los espectadores. Vamos, que nos lo pasamos de miedo.

Sin embargo, como digo, el desenlace me ha decepcionado. ¿Por qué? Pues porque al final, por una pirueta del azar, la policía, que había andado cerca de descubrirlo todo y arruinar su vida, le adjudica erróneamente el crimen a un muerto, de manera que el protagonista acaba saliéndose con la suya. "¿Así termina todo?", me he dicho al ver aparecer los títulos de crédito. Luego me he sorprendido un tanto de mi propia reacción, pues en otras películas de argumento similar, en las que el malvado acaba siendo descubierto, una parte de nosotros también se identifica con él y lamenta su fracaso final. Sin embargo, una ulterior reflexión me lleva a pensar que sentimos una mayor satisfacción, pese a la existencia de sentimientos encontrados, por el triunfo de la Justicia. A fin de cuentas, queremos que los malos acaben perdiendo, aunque la magia del cine nos haya hecho en algunos momentos encarnarnos en ellos.

Pero ¿he dicho "queremos" en plural? Se me ocurre que no todo el mundo se habrá sentido decepcionado por el final. Es posible que algunos espectadores hayan suspirado aliviados, y que incluso la ausencia de toda lección moral les parezca un rasgo de genio del director. Desde luego, no soy de los que creen que la misión del arte es transmitir valores morales. Al igual que cualquiera, también disfruto con aquellas películas o novelas en las que un personaje un tanto canalla, pero buen tipo en el fondo, consigue salirse con la suya con métodos poco ortodoxos. Sin embargo, en esta película de la que hablo, el personaje no hace absolutamente ningún mérito para caernos simpático. Todo lo contrario, el espectador desde el primer momento no puede dejar de preguntarse por qué este idiota se complica la vida de esta manera, cuando tiene una mujer encantadora y unos suegros forrados de millones que le aprecian sinceramente. Bien es cierto que al final, al eliminar a la incómoda amante, conserva su familia y su posición, pero si estuvo a punto de perderlo todo no fue más que por culpa suya.

No, decididamente, el final me parece el único error de una película (excelente, por lo demás: el resumen no le hace ninguna justicia) a la que le han faltado unos minutos más, en los que un nuevo e inesperado giro del destino llevara a la policía a llamar a su puerta. Quizás sea que nunca me creí lo del superhombre de Nietzsche.

sábado, 21 de marzo de 2009

¿Nietzsche, liberal?

Santiago Navajas defiende en su blog Cine y Política una lectura liberal de Nietzsche. Bueno, después de la lectura nazi, la izquierdista, la ontológica, existencial y no sé cuántas más que se han hecho del memorable profesor de Basilea, supongo que tocaba ya la liberal.

Por supuesto, Nietzsche no era liberal (no ha colado, Santiago), como tampoco era prenazi (detestaba a los antisemitas). Ahora no tengo tiempo ni ganas de ponerme a citar sus textos para demostrarlo, pese a que honran mi biblioteca varios de sus libros y la biografía de Curt Paul Janz (perdón por la pedantería). Coincido con Santiago en haber disfrutado como un jabato leyéndolo, aunque hace tiempo que no lo frecuento, y de ahí la pereza.

De hecho, reconozco que Nietzsche ayudó de manera decisiva a mi ruptura estética con la izquierda (y otro tipo de ruptura también), que en mi caso fue previa a la basada en argumentos racionales, no tengo empacho en decirlo.

El individualismo radical de pensadores como Nietzsche, o mi preferido Cioran, me atrae poderosamente, no lo niego. Pero, nos guste o no, es tan utópico como las ensoñaciones colectivistas de la izquierda y la derecha. Al final ninguno podemos prescindir de la sociedad, y debemos optar por el mal menor. Para mí, una derecha liberal es ese mal menor. Aunque admito que eso no genera mucho entusiasmo... estético.

lunes, 24 de marzo de 2008

Mariano K

Anoche terminé de leer El desaparecido, de Kafka, quizás más conocida como América, aunque el editor de Valdemar, con buen criterio en mi opinión, ha optado por un título distinto del que impuso en su primera edición el famoso amigo del escritor de Praga, Max Brod.

La novela no alcanza la grandeza de sus más famosas El proceso y El castillo, pero todos los adeptos de Kafka reconocemos en ella al escritor nato que describe con penetrante psicología situaciones y personajes, así como el estilo inconfundible que sólo puede ser definido ostensivamente con el adjetivo kafkiano, porque es imposible reducirlo a ninguna de las incontables claves interpretativas que se han propuesto.

Tras llenar esta laguna en mi conocimiento de la obra kafkiana, que diría un pedante, me dispongo ahora a volver a leer los dos grandes clásicos citados, de los que guardo un recuerdo maravillado que parece acrecentarse con los años. Ayer ya empecé con el primer capítulo de El proceso. Y su primer fruto ya lo he tenido esta mañana, escuchando la tertulia del programa "La mañana" en la COPE. Soy de los que creen que, admitiendo que la realidad siempre supera a la ficción, la literatura puede hacérnosla con frecuencia más inteligible.

Me explico. Ya empiezan algunos a querer mentalizarnos de que el PP debería abstenerse en la votación de investidura de Zapatero. Que si un voto negativo es arrojar al PSOE en brazos de los nacionalistas, que si no se entenderá empezar la legislatura con una actitud destructiva, que si patatín que si patatán. Suelo estar casi siempre de acuerdo con las posiciones que defiende Federico Jiménez Losantos (y lo del "casi" lo pongo más que nada porque, a diferencia del turolense, yo soy del Barça), pero es que en este caso, además, me parecen tan certeras, que me cuesta entender cómo personas tan inteligentes como Recarte o Albiac defienden la abstención parlamentaria frente al no que propone Federico. El caso de Herrera no me sorprende tanto: es un político.

Vamos a ver. ¿Realmente puede haber alguien que sin ser socialista pretenda que las televisiones abran sus informativos, al día siguiente de la investidura, presentándonos a un PP que ha sido incapaz de votar contra Zapatero, regalándole así un plus de legitimidad que no necesita y mucho menos necesita España, pero que al mismo tiempo no ha podido reprimir la pataleta de abstenerse? Pues eso es lo que dirán, desengañémonos. Después de cuatro años en los que Rajoy ha aceptado reunirse con Zapatero todas las veces que le ha pedido y ha proclamado una y mil veces que le apoyará si cambia de política terrorista, mientras que los socialistas no han dejado un sólo momento de acusar al PP de todo, salvo de ser el ejecutor material del 11-M (sólo le han acusado de ser el causante), después de todo lo que hemos vivido la pasada legislatura, pretenden que empecemos la actual de nuevo con la misma estrategia que tanto éxito ha reportado al PP. "No, si ya sabemos -replican- que Zapatero nos la volverá a jugar, pero que no se diga que fue porque no le dimos otra opción." ¡Pero si lo van a decir en todo caso, so cenutrios!

Y aquí es donde acude en nuestro auxilio el ilustrativo caso del inolvidable Josef K, el protagonista de El proceso. Cuando vienen a detenerle una mañana, K primero piensa que debe tratarse de una broma, por lo que no ofrece apenas resistencia.

"K no infravaloraba el peligro de que más tarde se dijera que no aguantaba ninguna broma [¡crispador!]... si era una comedia, seguiría el juego."

Más adelante, cuando empieza a impacientarse y plantea unas mínimas exigencias, sus vigilantes le revelan que son unos simples subalternos, que no tienen culpa alguna de lo que le está ocurriendo. K decide esperar a entrevistarse con un funcionario de rango superior. Y así, de cesión en cesión, el detenido se hunde cada vez más en una situación sin salida. Lo bueno es que esa actitud razonable y civilizada no ayuda en nada a la defensa de nuestro personaje, sino todo lo contrario, pues para los arquetípicos burócratas a los que se ve enfrentado, toda cesión no es más que un reconocimiento tácito de culpabilidad, mientras que la menor chispa de resistencia a destiempo, se interpreta además como una muestra de mala voluntad y se exagera hasta el infinito. El desasosiego que provocan las novelas de Kafka, en buena medida se debe a que, aunque sabemos que el protagonista es víctima de una injusticia, resulta difícil sustraerse a la sensación de que no está tan completamente exento de culpa como podría parecer.

Mariano Rajoy lleva cuatro años interpretando el papel de Mariano K de cesión en cesión hasta la derrota final. Yo ya he dicho lo que pienso sobre su capacidad de liderar una oposición de verdad otros cuatro años. Lo he dicho a los pocos minutos de conocerse los resultados electorales, porque haberlo hecho antes hubiera sido incurrir en profecías de autocumplimiento. Pero si ahora Rajoy opta por que el Partido Popular se abstenga en la votación de investidura no hará más que corroborarme en mi opinión, la de que no será K quien aparte del poder a Z.

Nota filosófica: Nietzsche observó con su característica hiperlucidez que el nihilismo europeo era el último grado de la voluntad cristiana de justicia, que le llevaría a cuestionarse la existencia de un Dios que permite la injusticia. Veo un cierto paralelismo de este análisis con esta derecha tan impecablemente escrupulosa que permite que la pisen y la humillen quizá por un instinto de formalidad. Al igual que el nihilismo, se trata en el fondo de una patología que supone dar la razón a los que no creen ni en la justicia ni en las formas.

viernes, 15 de febrero de 2008

Nietzsche los tenía calados

"Los artistas han sido en todas las épocas los ayudas de cámara de una moral, o de una filosofía, o de una religión; prescindiendo totalmente, por otro lado, del hecho de que, por desgracia, han sido muy a menudo los demasiado maleables cortesanos de sus seguidores y mecenas, así como perspicaces aduladores de poderes antiguos o de poderes nuevos y ascendentes."

Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral,
Alianza Ed., 1990, págs. 118 y 119

martes, 29 de enero de 2008

Progreso al fin de la noche

El siglo XX ha estado dominado por ideologías que relativizan el bien y el mal. La conducta del individuo dejaba de ser consecuencia de su libre voluntad, según el paradigma judeocristiano, y se explicaba como algo determinado por las condiciones materiales de su existencia, por expresarlo con la terminología marxista. De ahí a afirmar que la violencia ejercida contra la burguesía es legítima no es que haya un paso, es que la conclusión resulta casi inevitable.

Existe otra línea paralela que –simplificando– va de Nietzsche a Spengler y de éste al nacional-socialismo, que aunque por otros caminos, parte del mismo principio de cuestionar la universalidad y la intemporalidad de los conceptos del bien y del mal, para llegar a las mismas consecuencias atroces. Pero las formulaciones que han tenido más influencia han sido las de la izquierda supuestamente ilustrada.

Aún hoy sufrimos esa influencia, y no está claro que vaya a remitir. La justificación de origen marxista de la violencia subyace de manera asombrosa en nuestros códigos penales, en los que el delincuente es considerado como una víctima de la sociedad, más que un sujeto peligroso del que deba ser protegida. Desde el momento en que abandonamos la concepción del individuo que libremente opta por el bien o el mal, y explicamos todo acto por sus circunstancias, el ánimo moralista es desplazado por el ánimo compasivo. Lo cual, paradójicamente, se interpreta como un progreso moral.

Naturalmente, si somos tan comprensivos con los criminales, cómo no vamos a serlo con aquellas personas bienintencionadas que padecen adversidades de la naturaleza que sean. La compasión deviene universal, porque la vida consiste en gran medida en dificultades, pero se niega puerilmente a aceptarlo. Se pretende ahorrar al ser humano, ya desde su infancia, el esfuerzo y la disciplina en los que desde los orígenes de la civilización se basó la transmisión del conocimiento. Aprender tiene que ser algo “divertido”, aunque para ello se sacrifiquen incluso los contenidos. Pero también al adulto se le quiere librar de toda fatiga. La política socialdemócrata tiene por objetivo acabar con las desigualdades, ignorando deliberadamente aquellas que puedan tener su origen en el mérito individual. Para ello se obliga a los elementos más productivos y emprendedores de la sociedad (básicamente las clases medias) a financiar un costoso programa de prestaciones y subvenciones sociales, que favorecen a quienes menos trabajan, sin diferenciar a los que verdaderamente son víctimas (discapacitados, etc) de los que sencillamente se aprovechan cínicamente de este sistema. Es significativo que la defensa de colectivos verdaderamente merecedores de ayuda como los aludidos adopte con tanta frecuencia un tono reivindicativo, de “denuncia”, como si sólo fuera un capítulo más de la lucha contra el sufrimiento, cuando en realidad es el único moralmente aceptable. Pero el folklore progresista lo asimila para adornar la desvergüenza de otro tipo de reivindicaciones.

Elevar la compasión indiscriminada a virtud máxima, equivale a postular que pueden existir derechos sin deberes, a relegar la responsabilidad individual y a favorecer un tipo humano que es lo más parecido a un niño malcriado que cree que tiene derecho a todo, sin contrapartidas. Las exigencias no censan de aumentar, y adoptan un tono cada vez más insolente. La autoridad (en su noble sentido etimológico) deja de respetarse, se incrementan los casos de profesores y de médicos agredidos por alumnos, sus padres o por pacientes y usuarios. Se llega así a confundir la libertad, que consiste en asumir la responsabilidad por las consecuencias de los propios actos, con la búsqueda de la mera satisfacción.

Una sociedad así está madura para el zapaterismo. Éste consiste en llevar al paroxismo las tendencias aquí descritas. En lugar de frenar el deterioro de toda autoridad (que al contrario de lo que se cree, es un dique protector contra el despotismo) se trabaja para socavar la poca que les queda a los propios padres sobre sus hijos. Se dialoga con los criminales, como si el problema no derivara de sus libres decisiones, sino de una supuesta incomprensión mutua. La compasión universal desemboca en la búsqueda de la paz a cualquier precio, es decir, a desarmarnos ante quienes precisamente ven en nuestra debilidad la justificación de sus pretensiones de dominio. Todo ello procede de ese nefasto relativismo.

Curiosamente, Spengler, el autor de La decadencia de Occidente, que ni siquiera creía en una matemática universal (probable precedente de la “matemática aria” del régimen nazi), comprendió que el relativismo pertenecía a la fase decadente de las civilizaciones. Pero imbuido de su fatalismo, creyó inútil oponerse a él. Lo que no sé es si el pensador alemán imaginó que en un futuro existirían gobernantes que a la decadencia la llamarían progreso.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Usurpadores del progreso

Aunque no comparto sus tesis, tiendo a simpatizar con aquellos pensadores que despotrican del progreso. Ellos van de frente, no engañan a nadie, no buscan prosélitos. Mi preferido es Cioran, porque es de los pocos que ningún movimiento político puede ya no utilizar, ni siquiera tergiversar. Su nihilismo es tan rotundo y su prosa tan alejada de jergas seudofilosóficas a la moda, que no hay lugar a interpretaciones, sería imposible buscar en su obra un párrafo que pueda servir para justificar ni remotamente el poder del más insignificante funcionario.

"Que la Historia -dice- no tenga ningún sentido, es algo que debería alegrarnos. ¿Nos atormentaríamos acaso por una solución feliz del porvenir, por una fiesta final en la que nuestros sudores y desastres corriesen con todos los gastos? ¿A favor de idotas futuros, exultando sobre nuestras penas y bailoteando sobre nuestras cenizas? La visión de un desenlace paradisíaco supera, por su absurdo, las peores divagaciones de la esperanza."

El fragmento pertenece a Breviario de podredumbre, traducido por Fernando Savater (ed. Taurus). En efecto, el donostiarra fue el gran introductor de Cioran en España, en los años setenta, cuando jugaba a ser el enfant terrible de la filosofía española, cosa nada difícil en medio de aquel panorama desolador dominado por el marxismo decimonónico y poca cosa más. Desde luego, sus habilidades epatantes han perdido mucho, ahora se conforma con decir que España se la sopla. Sic transit... Pero no nos apartemos del tema. Cioran, con insobornable lucidez, comprendió que vivir, actuar, progresar, son la misma cosa. Coherentemente, se proclamó contra toda acción, contra la mera existencia. Sus libros se han entendido incluso como una apología del suicidio, por más que nunca lo pusiera en práctica (murió a los 84 años) y que según contaba él mismo, disuadiera a más de uno de hacerlo. Quizá la verdadera clave de su obra estriba en el sentido del humor que la recorre. Al contrario de lo que podría parecer, su lectura no es deprimente porque en el fondo nos invita a no tomar nada en serio, empezando por él mismo.

Hay otra clase de enemigos del progreso. Son aquellos pensadores a los que les gusta llamarse a sí mismos progresistas. Su lectura sí es deprimente. Es siempre en el fondo la misma historia lacrimógena de supuestas victimas de la pérfida "lógica del mercado", es decir, la reducción de todos los problemas de la existencia "a un sórdido conflicto económico" (Borges). Precisamente, si algo contribuye a desenmascarar a estos falsos amigos del progreso, es que cuando sus argumentos tradicionales de corte marxista empiezan a sonar demasiado monótonos, no dudan en acudir a filósofos irracionalistas como Nietzsche, que por supuesto abominaba de los que él llamaba con desdén "mejoradores de la humanidad". Diríase que prefirieran renegar de la noción de progreso, antes que reconocer que su particular vía hacia él hace aguas por todas partes. Es entonces cuando las concepciones relativistas y multiculturalistas, cuya genealogía romántica y reaccionaria expone con claridad Juan José Sebreli en un reciente libro, El olvido de la razón, empiezan a colonizar el territorio de la izquierda. Y nuestros supuestos defensores del laicismo y el universalismo empiezan a mirar para otro lado ante el avance del islamismo, y a salir por las peteneras del "respeto a la diferencia" y demás repertorio habitual de sandeces.

Podría pensarse que a fin de cuentas no sería tan malo que la izquierda dejara por fin en paz el concepto de progreso, que así podría ser restaurado, aligerado de las rémoras adheridas en los últimos dos siglos. Pero no nos hagamos ilusiones, los seudoprogresistas se caracterizan precisamente por eso, porque no van de frente, siguen reivindicándose como los únicos herederos de la Ilustración, al tiempo que dilapidan su legado a pasos agigantados.