sábado, 22 de octubre de 2011

El comunicado conjunto Gobierno-ETA

Partamos de una consideración previa: Una organización terrorista no puede comunicar su disolución, porque si lo hace, es que todavía existe, y si ya está disuelta nadie puede hablar, en rigor, en su nombre. Mientras conserve una mínima capacidad criminal, ETA no se va a rendir sin condiciones. Bien mirado, y dejando de lado las consideraciones morales (que son precisamente las que por definición no tienen en cuenta los terroristas), sería del género tonto. ¿Por qué no utilizar la fuerza, o la amenaza de la fuerza, si con ello aún puedes obtener algo a cambio, y la moral es para ti un cuento de viejas? Por el contrario, suponiendo que ETA estuviera derrotada, con prácticamente todos sus miembros detenidos, encarcelados o muertos, un comunicado de abandono de la "actividad armada" sería en realidad un chiste, un acto superfluo.

Ningún comunicado de ETA puede tomarse en sí mismo como una buena noticia, porque lo único que realmente demuestra es que ETA sigue siendo una amenaza, cosa que por lo demás ya sabíamos. No es demasiado alivio que quien nos perdona la vida siga conservando las pistolas que le permiten cambiar de opinión en cualquier momento. Y máxime cuando la experiencia demuestra que ETA ya ha "abandonado" la lucha armada muchas veces antes, como el fumador que asegura que no tiene dificultad alguna en dejar el tabaco porque lo ha hecho ya en una docena de ocasiones.

La razón por la cual muchos han reaccionado alborozados ante el comunicado de ETA no es por el empleo de la palabra "definitivo", después de que en el pasado la organización criminal utilizara otros adjetivos, como "indefinido" o "permanente". En todos los casos, se sobreentiende la cláusula "hasta que deje de serlo." Es más, el comunicado no solo no muestra el menor arrepentimiento por el uso de la violencia (todo lo contrario, rinde homenaje a quienes la han utilizado), sino que abre la puerta a retomarla en caso de que los gobiernos español y francés no se avengan a solucionar el "conflicto" de acuerdo con las directrices etarras. Más que una declaración de paz, el breve comunicado de ETA es una clara amenaza dirigida, sobre todo, al gobierno que surgirá de las elecciones del 20-N.

En realidad, el comunicado no tendría el menor interés, sería uno más de tantos que demostraron ser un engaño, si no fuera por las declaraciones de Zapatero (pronunciadas una hora después de la escenificación de los encapuchados), seguido de las de Rubalcaba y de los titulares de las ediciones digital e impresa de El País y otros medios de la izquierda. Es cuando el gobierno y sus terminales mediáticas adoptan, con perfecta coordinación, una solemne perspectiva histórica, que el anuncio de ETA se convierte (o eso pretenden que creamos) en un anuncio de su final. "Durante muchos años... hemos sufrido y combatido el terror" (ZP); "[el anuncio] pone fin a décadas de acciones terroristas" (Rubalcaba); "la banda terrorista ETA pone fin a 43 años de terror" (El País) .

He dicho coordinación, y no me refiero solo a la del gobierno con sus medios afines, sino a la de todos ellos con la propia ETA. Solo las palabras del presidente del gobierno, del candidato socialista y de su periódico de campaña podían conferir al papelucho de los terroristas ya no credibilidad, sino una significación que por su mero contenido no se le puede atribuir. En ningún lugar dice que el "cese de la actividad armada" sea sin condiciones, en ninguna línea hay algún giro, alguna expresión que lo diferencie de otros comunicados anteriores. Incluso es más discreto que aquel de 1998 donde los encapuchados afirmaban que aquella "generación" no volvería a tomar las armas. A los cuatro meses se comprobó que las generaciones de las ratas se suceden con mucha mayor rapidez que las de los hombres.

Tenemos, pues un comunicado conjunto Gobierno-El País-ETA. Alguno añadirá también a la oposición. Desde luego, no envidio el papelón de Mariano Rajoy, pero creo que ha actuado con bastante inteligencia para eludir la entente izquierda-ETA. El líder del PP no puede regalarle al PSOE la campaña ideal, tiene que morderse la lengua y no expresar lo que pensamos muchos, empezando por la gran mayoría de sus votantes: que todo esto es una farsa repugnante, producto de la negociación política con ETA. Si ahora manifestara Rajoy algo así, la maquinaria socialista exultaría de felicidad. Estaría hasta el 20-N acusando a Rajoy de sabotear la "paz", de ser un miserable que se niega a reconocer el gran éxito del genial Rubalcaba. Emponzoñaría el ambiente hasta el delirio, con la entusiasta colaboración de los nacionalistas catalanes y vascos, a fin de evitar una mayoría absoluta del PP. Hace bien, pues, Rajoy, esquivando una trampa tan burda.

Lo importante aquí, lo que no hemos de perder de vista, son los objetivos de la izquierda y de los terroristas. Uno inmediato es insuflar unos cuantos votos a un PSOE en sus horas más bajas. Se nos venderá la "paz" como el gran logro de Zapatero y Rubalcaba. Otro es que el brazo político de los terroristas obtenga la mayor representación posible en el parlamento. Y el más vil de todos ellos es condicionar la política del partido que previsiblemente saldrá elegido en los comicios de noviembre.

Si ETA vuelve a cometer atentados bajo un gobierno del PP, no les quepa la menor duda de que oiremos a los miserables de siempre culpar de ello no a los que pegan tiros, ponen bombas o extorsionan, sino a "la derecha". Volverán los eternos tontos útiles, junto a los cínicos más redomados, a clamar por el "diálogo", y el jefe de Estado que nos ha tocado soportar volverá a pedir "la unidad de los demócratas", es decir, que la derecha le dé la razón a la izquierda y anuncie el cese definitivo de su actividad.

domingo, 16 de octubre de 2011

Manifestantes útiles

Quien va a una manifestación para oponerse al "sistema", para criticar el capitalismo y exigir "verdadera" democracia, y se sorprende de que se produzcan actos vandálicos, destrucción de mobiliario urbano y agresiones a la propiedad; quien se sorprende de encontrarse de repente en medio de una batalla campal entre los agitadores profesionales y la policía... definitivamente, tiene que ser un perfecto idiota. Y si además ha llevado a sus hijos pequeños a la manifestación, es un completo irresponsable.

Leyendo la crónica de El Mundo sobre los altercados en Roma, uno no puede evitar indignarse, pero de verdad, no como estos niños malcriados que exigen que los contribuyentes les sigamos costeando la regalada vida que han venido disfrutando hasta ahora. La corresponsal, Irene Hernández, chapotea en todos los tópicos buenistas: "la inmensa mayoría de las cerca de 150.000 personas que participaron en manifestación de los indignados (...) lo hicieron de manera pacífica"; los estragos solo son atribuibles a "un pequeño grupo de unos 300 vándalos. (...) El ambiente era de protesta, sí, pero festivo." Conmovedor.

Claro que había "un siniestro grupo de unos 50 tipos (...) vestidos de los pies a la cabeza de negro, varios con la cabeza cubierta con cascos de moto, otros con gafas de sol con cristales negros. Todos con el rostro indefectiblemente cubiertos." Fueron estos sujetos quienes empezaron a saquear un supermercado, para proseguir luego la violencia con rotura de escaparates, incendios de coches, profanación de iglesias (estos debían ser españoles, seguro) y ataques brutales a la policía, poniendo en riesgo las vidas de al menos dos agentes que, por poco, escaparon de un furgón en llamas. Según el alcalde de Roma, se trataría de miembros de "grupos bien organizados que se han infiltrado en la manifestación". ¡No me diga! Así que no fueron pacíficos padres de familia quienes destrozaron todo a su paso... Vaya, vaya.

Quién lo duda, la mayoría de los manifestantes eran gente candorosa y pacífica. Pero en su candor y su mansedumbre, una y otra vez, sistemáticamente, se dejan utilizar por los agitadores profesionales, tanto en las manifestaciones antiglobalización como en las del movimiento del 15-M, tan parecidas. Son los tontos útiles de la extrema izquierda, los que luego lloran ("¡pero si yo no he hecho nada malo!") cuando les cae algún porrazo en una carga policial; son los panolis que se tropiezan con los cordones de las zapatillas cuando hay que echarse a correr frente a los antidisturbios, como los típicos americanos que todos los años van a los sanfermines a jugar a ser Hemingway y un toro acaba revolcando por el suelo: Por gilipollas.

¿Cuándo se enterarán algunos de que ir a una manifestación contra el capitalismo, y contra la actual democracia representativa, no es ningún juego? Es peligroso, y no solo porque es la ocasión que están esperando los extremistas para incendiar las calles, sino porque en sí misma, la ideología que subyace a estas propuestas buenistas, es siempre la justificación de toda dictadura. En los lemas de apariencia naif de las pancartas se apuntan medidas que, de traducirse a la práctica, destruirían libertades esenciales de nuestra civilización. Uno no puede sencillamente apuntarse a una manifestación antisistema y no hacerse responsable de las consecuencias de esa manifestación, simplemente por el procedimiento de declararse retóricamente en contra de la violencia. Uno no puede jugar a la revolución y luego lamentar que se rompan cristales y cosas peores.

Nadie niega el derecho a la manifestación. Pero también existe el deber moral de elegir a qué manifestaciones se va. Si aquí en España no ha ocurrido lo mismo que en Italia posiblemente sea porque todavía no gobierna la derecha. Después del 20-N, veremos cómo se ponen las cosas. Y quien acuda a las manifestaciones que entonces se convoquen, por favor, que no nos venga con el cuento de sus tiernas intenciones, que ya somos mayores de edad. Si vas a una discoteca y le sonríes a la novia de un macarra, luego no te quejes si te rompen esa cara de buen chico. ¿O nunca te dio ningún consejo tu padre?

Comer o votar

Esteban González Pons es uno de los políticos españoles que menos me desagrada escuchar. Ahora ha escrito un libro de tipo autobiográfico, del que el periódico El Mundo ofrece algunos pasajes no exentos de brillantez. Afirma por ejemplo que es normal desconfiar de la clase política, que lo preocupante sería que admiráramos a políticos, y no a científicos, poetas o misioneros. Muy bien dicho. Pero como si González Pons quisiera ilustrarnos con su propia persona la razón por la que él y sus colegas no son muy admirables, poco después nos regala con un enunciado de esos que le dejan a uno tieso. Tras definirse como liberal, aclara: "Capitalismo y liberalismo no son lo mismo, uno y otro se necesitan y se implican, pero también se amenazan mutuamente." Hasta aquí, puedo estar bastante de acuerdo. Incluso en Adam Smith podríamos encontrar alguna advertencia que aparentemente va en este sentido. Pero entonces González Pons va y suelta esta perla: "A mí me parece más importante la democracia que el comercio. Anterior incluso, añadiría yo."

Esto sonará muy bien a mucha gente, sobre todo a ese potencial votante de ideas poco definidas que nunca se ha cuestionado que eso del "neoliberalismo" debe ser una cosa muy mala, aunque exactamente no sepa en qué consiste. Pero no deja de ser una completa mentecatez. Incluso el demócrata más convencido debería reconocer algo tan simple como que sin democracia la civilización puede existir, pero no sin comercio. Desde el neolítico, y probablemente desde antes, no ha existido ninguna sociedad humana que no haya conocido alguna forma más o menos rudimentaria de intercambio económico. Los arqueólogos han descubierto objetos manufacturados (de piedra, hueso, cerámica, etc) a miles de kilómetros de sus lugares de producción, datables en períodos de hace miles de años. Si por arte de magia todo el comercio mundial y local se interrumpiera mañana, la mayor parte de la humanidad perecería de hambre en cuestión de meses. La democracia, qué duda cabe, es el mejor sistema político que se ha inventado, con todos sus defectos. Pero, pese a todo, sin democracia se puede vivir.

No se trata de si es más importante la democracia o el comercio, es que son cosas distintas que no tiene sentido tratar de situar relativamente en una misma escala de valoración. Nadie se pregunta normalmente si prefiere un libro de poesía o unos zapatos. Puede perfectamente querer ambas cosas, pero si es invierno y tiene muy poco dinero, deberá elegir estos últimos. ¿A santo de qué viene entonces esta comparación absurda entre el comercio y la democracia? No hay duda: Existe en todos nosotros un viejo prejuicio contra el comercio, que tiene su origen seguramente en la herencia genética recibida de nuestros antepasados cazadores y recolectores, cuya actividad mercantil dentro de la horda debía ser muy reducida. Y los políticos, a fin de cuentas, son especialistas en pulsar nuestros más íntimos resortes emocionales, sin que para ello les preocupe soltar verdaderas gansadas.

sábado, 15 de octubre de 2011

La mentira de la paz

El lunes empieza en San Sebastián, ciudad gobernada por el brazo político de ETA, la llamada "Conferencia Internacional para promover la resolución del conflicto en el País Vasco". Por supuesto, en el País Vasco no hay ningún conflicto, en el sentido de las dos primeras acepciones del diccionario de la Real Academia. No existe ningún "combate", "lucha" o "pelea", ni ningún "enfrentamiento armado". Lo que ha ocurrido en las últimas décadas es que una organización criminal ha asesinado a policías, militares, políticos, jueces, periodistas y a personas que pasaban por ahí, incluidos niños. Y ha extorsionado a empresarios y ha coaccionado a los ciudadanos, impidiéndoles el ejercicio de sus libertades. Las víctimas de ETA, por su parte, siempre han renunciado a cualquier tentación de venganza. Los GAL fueron una creación de los servicios secretos, sin vinculación con la sociedad civil, que en ningún momento llegaron remotamente a convertir la situación en un conflicto entre dos bandos más o menos equiparables. Basta comparar las cifras de víctimas de la violencia de ETA con las de los GAL.

Incluso aunque se tratara de un conflicto (que no lo es), esto no significa que una posición equidistante fuera moralmente aceptable. No todos los conflictos son iguales. El conflicto entre los aliados y los nazis no se hubiera podido resolver, de manera decente, en una mesa de negociaciones. Hay conflictos en los que la única opción compatible con la moral, con la justicia y con las libertades es que uno de los dos bandos se rinda incondicionalmente, en que haya vencedores y vencidos. A nadie se le ocurre que el gobierno italiano tenga que negociar con la Cosa Nostra para resolver el "conflicto" (si es que fuera válido llamarlo así, que tampoco lo es) en Sicilia.

Pese a ello, los terroristas y sus cómplices siempre han visto, con razón, favorable a sus intereses el lenguaje bélico, la terminología político-militar. Porque efectivamente existen conflictos que solo pueden resolverse aceptablemente mediante el diálogo, como era quizás el caso de Irlanda del Norte, con dos comunidades enfrentadas que mutuamente se infligían violencia, en una espiral demencial de venganzas. Puesto que en el País Vasco no existe nada parecido, los simpatizantes de ETA convierten la política penitenciaria de dispersión de presos, así como los casos de supuestos abusos policiales, en una forma de violencia que justifica o relativiza la ejercida por los terroristas. Es como si una banda de atracadores de bancos declarara que continuará con sus "acciones" mientras la policía no respete los derechos de los detenidos. Incluso aunque fueran ciertas esas violaciones de derechos, eso no legitimaría, no explicaría un solo robo, ni antes ni después de la supuesta violencia policial. A no ser, claro, que partamos de una ideología marxista-leninista que considere la propiedad privada ya en sí misma como una forma de violencia. Que, con el ingrediente añadido nacionalista, es exactamente lo que hace ETA.

Si el lenguaje del conflicto ha sido siempre concienzudamente utilizado por ETA y su entorno, en los últimos años y meses cabe decir que los esfuerzos propagandísticos por hacer que cale esta concepción entre la opinión pública se han multiplicado, con la inestimable ayuda del gobierno socialista, y de medios de comunicación públicos, como TV3. Ejemplo de esto último es el documental de Gorka Espiau, "Lluvia seca. Los mediadores internacionales en el País Vasco", que fue emitido por el canal autonómico catalán el pasado mes de febrero, y que el entorno batasuno hace todo lo posible por difundir en colegios, asociaciones de vecinos y "cine-fórums". (Aquí puede verse la versión original completa, en catalán.)

Se trata de un vídeo interesante porque muestra, involuntariamente, pero con claridad, la postura de los llamados mediadores internacionales, como el abogado sudafricano de izquierdas Brian Currin, que no solo asumen la tesis del conflicto como punto de partida, sino que no ocultan su mayor proximidad a una de las partes, por supuesto la de los etarras. (Currin, menudo jeta, asume incluso la terminología de "presos políticos".) En una calculada introducción melodramática, el vídeo nos revela que el sudafricano había recibido una carta amenazadora con el anagrama de ETA, cuya autenticidad fue semanas después desmentida por la organización terrorista, animándole a proseguir con su labor mediadora. Moraleja: ¡Qué majos que son estos etarras, y qué malos son estos servicios secretos españoles que tratan de sabotear la paz con cartas falsas! Por lo demás, por si quedara alguna duda, un dirigente batasuno histórico, Rufi Etxebarria, reconoce que él y los suyos han recibido cursillos de negociación de estos mediadores, tan imparciales que asesoran a una de las partes.

En toda esta estrategia de los terroristas subyace la mentira pacifista, la patraña según la cual la paz es preferible a la libertad, o dicho de otro modo, que la libertad es gratuita. No es así, la libertad tiene un precio, y es que quienes la amenazan, sean delincuentes o sean ejércitos extranjeros, se vean disuadidos de ello por la amenaza de la fuerza, y en caso necesario, detenidos y derrotados por el uso de la fuerza. Un pueblo que prefiere que los terroristas gobiernen, con tal de que dejen de colocar bombas, ha perdido toda noción de dignidad, y será en consecuencia pasto de la tiranía. Los socialistas llegaron al poder gracias a un atentado terrorista y, siete años después, siguen especulando con el comunicado de una organización terrorista para agarrarse a la última esperanza que les queda de no sufrir una aplastante derrota electoral. Es lo mínimo que se merecen. Que se metan ellos y los etarras su paz donde les quepa.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El éxito cultural de la izquierda

Gobierne quien gobierne, la ideología hoy dominante en la civilización occidental es la llamada corrección política (CP), que algunos autores califican como "marxismo cultural". Según William S. Lind, esta ideología, más allá del estrecho punto de vista económico de Marx y Engels, sostiene que toda la historia está determinada por relaciones de poder, entre grupos definidos por la raza, el sexo, etc. (The Origins of Political Correctness. Ver también "Political Correctness": A Short History of an Ideology.)

El problema de la CP es que es manifiestamente falsa. En la vida no todo se reduce a relaciones de poder, existen otros factores, y más importantes, además de la real o supuesta dominación de unos grupos sobre otros. Pero lo fundamental es captar el objetivo de la CP. Al afirmar que la dominación es  algo omnipresente, mejor dicho, que es la esencia de la realidad social, estamos favoreciendo la concentración del poder político desmedido, desviando nuestra atención desde él hacia las reales o supuestas formas históricas de opresión sobre los obreros, las mujeres, los homosexuales, los negros, las otras culturas, e incluso la naturaleza. El Estado se presenta como el justiciero, y a sus críticos como malvados machistas, racistas, fascistas, etc, que se oponen a su poder no por amor a la libertad, sino con el único fin de preservar un statu quo que les beneficia.

La CP se contradice con la realidad de las cosas, razón por la cual tiene que acabar prohibiendo la realidad, esto es, el pensamiento libre. Este fenómeno ha alcanzado ya en Occidente un grado preocupante, pero la contestación social es muy débil. La gente parece resignada ante los ridículos giros lingüísticos que gradualmente va imponiendo la CP, como si se tratase de una mera cuestión de palabras. Pero lo que están en juego son nuestras libertades. Cualquier persona que en determinados contextos ose contradecir la ideología de género o el multiculturalismo, puede llegar a recibir incluso sanciones penales, por no hablar del ostracismo social o laboral al que se arriesga. So pretexto de proteger a unas minorías definidas como víctimas, en Europa y América vuelven a existir delitos de opinión. Podemos reírnos de las cursilerías del lenguaje políticamente correcto, pero como señala el citado W. S. Lind, no se trata de ninguna broma.

Tanto los comunistas como los nazis veían el mundo como una eterna lucha por la supremacía de una clase social, o de una raza, sobre otra. Nuestros actuales izquierdistas, herederos directos de aquellos totalitarismos, siguen percibiendo la existencia como una lucha histórica entre grupos. Su objetivo es el mismo, transformar la sociedad para instaurar un Estado de poder ilimitado, cuya justificación se halla en una quimérica resolución de todos los conflictos. La diferencia entre los totalitarismos del siglo XX y el actual es que este último es generalmente mucho más precavido, y tiende a evitar cuidadosamente defender explícitamente la dictadura. Todo lo contrario, pretende ser el más acendrado defensor de la democracia y la libertad. Pero tampoco se trata de una diferencia radical, porque también los comunistas sabían jugar muy bien al despiste en este terreno, presentándose como adalides de la democracia, por ejemplo en la guerra civil española. Y al revés, a nuestro "totalitarismo blando" también se le escapan, ocasionalmente, significativas defensas explícitas de un gobierno autoritario, por ejemplo, para salvar al planeta del cambio climático.

La CP apunta contra el mercado libre, contra la familia y contra el cristianismo. Trata de destruirlos porque son el obstáculo, el último reducto que impide que el poder del Estado sea total. Pero no puede atacarlos de manera frontal, porque entonces sus objetivos resultarían demasiado evidentes y generaría una fuerte resistencia social. Su técnica es el gota a gota cultural, ir poco a poco minando las creencias tradicionales, las redes mentales y materiales que permiten a los individuos vivir sin depender absolutamente del Estado. No dirán los "progresistas", como hacían no hace muchas décadas, que la familia es una institución opresiva, fuente de neurosis y traumas, sino que existen "otros modelos de familia". Y no utilizarán demasiado descaradamente los medios de propaganda del gobierno, sino que dejarán, tras décadas de control de la educación pública, que guionistas televisivos compongan comedias que reflejen de manera desenfadada y simpática esa "nueva realidad social". Existen muchas formas sutiles de reclutar propagandistas sin necesidad de tenerlos en la nómina de ningún departamento oficial de propaganda, sobre todo cuando el Estado controla el 40 % del PIB y goza de un amplio poder regulador sobre el resto, incluidos los medios de comunicación.

Mención especial merecen los nacionalismos irredentos (vasco, catalán, etc) que aunque históricamente tienen un origen distinto, han confluido actualmente con la ideología de la CP, asimilando sus técnicas y por supuesto sus objetivos. Los catalanes y vascos son victimizados como cualquier otro grupo (obreros, mujeres, etc) y partiendo de esta distorsión de la historia, se pretende justificar con ello la creación de unos nuevos Estados caracterizados, no solo por disponer de un territorio propio desgajado de una unidad mayor, sino por sus métodos totalitarios, de ingeniería social. La fusión de nacionalismo e izquierdismo (denominada por Miquel Porta Perales con la feliz expresión "nacionalprogresismo") es de una naturaleza letal, porque en él el odio a España (nación cuya historia va íntimamente ligada a la del catolicismo) y el odio a todo lo tradicional adquieren su grado máximo de coherencia, hasta convertirse en un artefacto ideológico compacto, sin fisuras.

Los gobiernos nominalmente conservadores o liberales hacen bien poco para revertir esta situación, lo cual no significa que no sean preferibles. Solo existe verdadera esperanza si no damos por perdida la diaria batalla de las ideas; y es un error exigir que esa batalla sea liderada por los partidos políticos. Quienes desaconsejan el voto al PP por no asumir este papel, aunque tengan parte de razón, incurren en el fondo en un cierto contrasentido. No podemos defender la preeminencia de la sociedad civil sobre el Estado y al mismo tiempo esperar a que aparezca un determinado partido gobernante que nos lo resuelva todo. La sociedad debe exigir a los políticos lo que estime oportuno. Y una forma inteligente de hacerlo es elegir a aquellos que, previsiblemente, atenderán mejor sus demandas, no esperar a que aparezca un líder carismático que las haga innecesarias porque se halle identificado (¿cómo? ¿místicamente?) con ellas. El PP no tendrá acaso en su programa, por ejemplo, privatizar la televisión estatal, pero ¿a quién prefiere usted en el gobierno para exigírselo, a Rubalcaba o a Rajoy?

Por supuesto, la batalla cultural es una lucha desigual, porque la izquierda controla hace tiempo buena parte de los medios de comunicación, así como de la educación, en todos los niveles. Pero existen think tanks liberales y conservadores, editores y medios valientes, y todo el movimiento de ideas que permite internet, uno de los inventos más imprevistos de la historia, con el cual no contaban los antecesores de nuestros progres, los Marx, Gramsci o Marcuse. A diferencia de lo que propugnan las visiones deterministas de la historia, nada está escrito, no existe una ley inflexible por la cual la civilización tienda de manera progresiva a convertir la sociedad humana en una sociedad de insectos. El ser humano por naturaleza se mueve en función de ideas de tipo religioso, filosófico, científico, político o técnico. Las ideas tienen un influencia enorme en la vida y en la historia. La izquierda, aunque en ocasiones lo niegue, y hable de ciegas fuerzas impersonales, actúa sabiéndolo perfectamente. Aprendamos de su éxito para combatirla.

domingo, 9 de octubre de 2011

Mercado y democracia

"Programa, programa, programa", era la conocida cantinela de Julio Anguita cada vez que alguien sugería la posibilidad de pactos con los comunistas. Su postura era a menudo elogiada como un ejemplo de incorruptible coherencia, dejando entre paréntesis el pequeño detalle de en qué consistía el programa del señor Anguita: convertir a España en una dictadura de estilo soviético.

Ahora muchos, de manera más o menos severa, reprochan al PP que no dé a conocer todavía su programa electoral. Y no falta quien afirma que es de tontos apoyar a un partido cuyo programa no conocemos. A mí lo que me parece ingenuo es que, a estas alturas, haya quien necesite todavía que partidos como el PSOE, CiU o el PP presenten sus programas, como si no los conociéramos. Los primeros solo quieren aumentar el gasto público y, con él, la dependencia de los ciudadanos del Estado, destruyendo de paso los principios morales, con el mismo fin. Los segundos solo quieren seguir jugando a la independencia de Cataluña pero sin consumarla nunca del todo, para que España siga pagando. Y los terceros, en fin, como todos, aspiran al poder... pero da la casualidad de que para ello no tienen más remedio que apoyarse en lo más sano de la sociedad, en la gente que cree todavía en principios morales, en el valor del esfuerzo y el mérito, y en la libertad inalienable del individuo -no en las graciosas concesiones de gobernantes justicieros. Vale la pena sumarse a unos votantes así.

Existe una concepción ingenua de la democracia representativa según la cual esta debería basarse en una elección racional, profundamente meditada, de las diferentes opciones políticas. Es tan ingenua como aquella según la cual esto es lo que se produce en el mercado. Así, Jorge Valín, en el artículo antes enlazado, se pregunta: "¿Por qué el actor actúa racionalmente cuando “compra” o apuesta por un producto del libre mercado y hace todo lo contrario cuando vota?" En realidad no existe tal contradicción, porque tampoco compramos de manera racional.

Las críticas contra la democracia  basadas en que la gente hace elecciones estúpidas pueden aplicarse perfectamente al mercado. La gente se gasta el dinero en seguir a su equipo de fútbol hasta Ucrania, y al mismo tiempo considera excesivamente caro un seguro médico. Pero estos no son argumentos contra la democracia ni contra el mercado, salvo para quienes se enrocan en una concepción angelical de la naturaleza humana. La democracia y el mercado son lo mejor que tenemos, partiendo del hecho incontrovertible de que no somos ángeles. Eso es lo que olvidan personas de ideas tan opuestas como Jorge Valín o Cayo Lara. Ambos coinciden en no entender no solo lo que aborrecen, sino incluso aquello (sea la democracia o el mercado) que pretenden defender. Hay idealizaciones que matan.

José Blanco tiene padres

Rubalcaba, en una demostración conmovedora de su tierna sensibilidad, nos ha descubierto que José Blanco (acusado por un empresario de haber recibido dinero a cambio de favores de la administración) tiene madre y padre. ¿Cómo puede haber alguien tan malvado que haga sufrir a la madre de Blanco difundiendo sospechas acerca de su honradez? Pues lo hay. La derecha está habitada por verdaderos monstruos, muchos de los cuales también pretenden (¡ja!) tener ascendientes aún vivos. Pero no nos van a engañar con sus trucos sentimentales, todo el mundo sabe que un derechista nace por generación espontánea, y que si por un error de la naturaleza adviniera al mundo mediante reproducción vivípara, sus propios progenitores renegarían despavoridos de él, abandonándolo en el primer portal.

Aparte de las ganas de vomitar que me produce escuchar a este sujeto (me refiero a Rubalcaba, por supuesto) hay algo en todo este asunto mucho más grave que la posibilidad de que un empresario pueda haber sobornado a unos políticos del PSOE, el BNG y el PP. Y es que los servicios de seguridad del Estado, una vez más, se hayan convertido en instrumentos al servicio del partido socialista, vigilando a la juez que investiga el caso y muy probablemente robando ordenadores para destruir pruebas, según informaciones que ayer aportaba Intereconomía TV. No hay duda: Nuestros actuales gobernantes (esperemos que por poco tiempo), además de padres biológicos, tienen un padre ideológico preclaro, llamado Dzerzhinski, el primer experto en "cloacas del Estado" (según la célebre expresión de Felipe González) que alumbró el siglo XX. El inventor de la Cheka podría estar orgulloso de Rubalcaba, el héroe del gobierno de los GAL, de la jornada de reflexión del 14-M y del Bar Faisán...
-¡Papá!
-¡Hijo!
Conmovedor.

domingo, 2 de octubre de 2011

La diferencia

El movimiento del 15-M, surgido de manera aparentemente espontánea pocos días antes de las últimas elecciones locales y autonómicas, tenía un mensaje central: Que los dos grandes partidos, PP y PSOE eran lo mismo, en esencia. Por supuesto, cabe recelar de la ecuanimidad de una afirmación que en la práctica perjudica mucho más a un partido que a otro. (En este caso, obviamente, era al PP, al que las encuestas daban una gran ventaja.) Por si alguien abrigaba alguna duda, las actuaciones del movimiento del 15-M en los meses posteriores (por ejemplo, en relación a la visita del papa) han demostrado que su carácter "transversal" era puro cebo para incautos. Son extrema izquierda, y por ello con muchas coincidencias con el zapaterismo: anticlericalismo (lo llaman laicismo), proabortismo, simpatías apenas encubiertas hacia la izquierda pro terrorista vasca, etc.

Esto no significa que la idea según la cual PP y PSOE son lo mismo sea exclusiva de la izquierda. En realidad, la sugieren también muchos opinadores de derechas, liberales o liberal-conservadores, con escaso sentido práctico. Una cosa es que acusemos a la derecha política de tibieza, de no poner suficiente empeño en la batalla ideológica. Y otra muy distinta es pretender que la derecha haga la campaña electoral que le gustaría a la izquierda. ¡No seamos ingenuos! Este domingo escuchaba a Luis del Pino en esRadio exigir a Mariano Rajoy que declare solemnemente que su gobierno no respetará ningún acuerdo con ETA obtenido con la participación de los llamados "mediadores internacionales" (en realidad, unos exterroristas que siguen viviendo del terrorismo, vía contribuyentes). Claro, para liberar a los socialistas de tener que hablar de economía, el tema que más daño les causa, solo falta que Rajoy diga algo tan innecesario como que ningún gobierno entrante tiene la menor obligación moral, política ni jurídica de respetar acuerdos de un gobierno saliente con un grupo criminal, con o sin unos mediadores que solo se representan a sí mismos y a sus cuentas corrientes.

Lo mismo puede decirse de quienes reprochan al PP que no declare con sinceridad que habrá que hacer más recortes "sociales". Si alguien es tan pánfilo como para necesitar que le digan tal cosa, lo más probable es que también reaccionase votando a quien, por el contrario, le dijera lo que quiere oír, es decir, a Rubalcaba. El PP ya está hablando claramente en los gobiernos autónomos donde gobierna desde el pasado 22 de mayo: Con lo hechos. No hay ninguna necesidad de que se ate ninguna otra piedra al cuello para ayudar al PSOE a reducir la distancia a la que se encuentra del previsible ganador, según todas las encuestas.

Más grave es cuando esos mismos opinadores, supuestamente encuadrados en la derecha liberal, comparan a los dos grandes partidos políticos españoles partiendo de concepciones que en realidad son de izquierdas. Y pongo como ejemplo de nuevo a Luis del Pino, periodista al que aprecio mucho, pero que a veces, cuando se equivoca, lo hace con todo el equipo. En su editorial del programa "Sin complejos" del sábado, se mostraba preocupado por la coincidencia de los discursos de Esperanza Aguirre y José Bono en la presentación del último libro de Pedro J. Ramírez, sobre la revolución francesa. Ambos políticos alertaban, al parecer, sobre los peligros de quienes tratan de aprovecharse del descontento popular para erosionar las democracias. Dice Del Pino:

"Y ver a aquellos dos presentadores del libro de Pedro J. advertir insistentemente sobre los peligros de las revueltas callejeras, en lugar de reclamar las reformas necesarias para que esas revueltas no sean posibles, me convenció de que no hay, realmente, nada que hacer: los acontecimientos seguirán su curso de forma cada vez menos controlada. Y en lugar de una reforma que evite los sufrimientos, acabaremos por tener un estallido, que los exacerbará."

Se entrega entonces nuestro analista a una fatalista concepción de la historia según la cual, aunque Robespierre, Marat o Danton no hubieran existido, los acontecimientos hubieran seguido el mismo curso, porque todo se cifra en que había grandes injusticias que están allí solo para que el primer demagogo sin escrúpulos sepa explotarlas.

Estoy rotundamente en desacuerdo con esta concepción materialista de la historia, afín al marxismo. Descontento social lo ha habido en todas las épocas y latitudes. En ocasiones estalla y conduce a golpes de Estado o cambios de régimen. ¿Por qué unas veces ocurre y otras no? Pues precisamente porque a veces aparece un Robespierre, un Lenin o un Hitler. Esa es la diferencia crucial, he ahí la importancia capital de los individuos, para bien y para mal. Por tanto, cuando Esperanza Aguirre alerta contra las tentaciones de la demagogia, tiene toda la razón del mundo, no está en ninguna torre de marfil, insensible a las dificultades de la gente. Que José Bono, con su habilidad para adaptarse a los auditorios y hacer guiños a la derecha sociológica más tontaina, pueda coincidir en el mismo discurso, tampoco debería llamarnos especialmente la atención.

Y sí, hay también una diferencia capital entre el PP y el PSOE. Uno dice que va a subir los impuestos al alcohol y al tabaco para financiar la sanidad. El otro anuncia que deducirá 3.000 euros a los autónomos que contraten a su primer empleado. Uno busca de dónde sacar más dinero a los contribuyentes, en una cerril visión de suma cero. (Hace falta dinero: hay que quitárselo a alguien.) Otro se orienta a crear empleo, es decir, a que se cree más riqueza real. (Hace falta dinero: debemos trabajar más.) Uno se empeña en seguir repartiendo miseria y dependencia del Estado. El otro aspira a que los individuos prosperen y se ganen por sí mismos el bienestar. No es lo mismo, sino más bien todo lo contrario.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Recortes y demagogia

El diario pro socialista El País titula: "La ola de recortes ahoga a las autonomías". Aunque no pueda hablarse de un error gramatical, la expresión es penosa. ¿Un recorte "ahoga"? El mal estilo literario revela una torpeza conceptual más profunda. La asfixia financiera en todo caso la provoca el exceso de endeudamiento, de facturas por pagar. Los recortes, al reducir los gastos, y por tanto disminuir los déficits públicos, podrán ser criticados por las razones que se quiera, pero no por ahogar a las autonomías; más bien todo lo contrario, lo que hacen es aligerar el peso de la deuda que las oprime.


La izquierda, en cuanto deje de gobernar, va a utilizar la demagogia contra los recortes del gasto público de manera sistemática. Lo de ahora es solo un aperitivo, un calentamiento. Me gustaría creer que una parte cada vez más importante de la opinión pública no se dejará manipular, y que en el fondo está encontrando cierta satisfacción, más o menos inconfesada, en que a los privilegiados funcionarios-para-toda-la-vida también les llegue su San Martín. Yo no me recato en manifestarla. Me gustan los recortes, y espero que pronto, después del 20-N, les llegue el turno a sindicatos, artistas subvencionados y demás vividores del cuento.

martes, 27 de septiembre de 2011

Zapatero y Peter Sellers

La agónica despedida de Zapatero se está haciendo larga, larga. Un tertuliano de Onda Cero lo ha comparado agudamente con el trompetista del inicio de El guateque, la inolvidable película de Blake Edwards protagonizada por Peter Sellers en 1968. Después de las semejanzas con Mr. Bean, faltaba que alguien recordara al patoso inspector Clouseau, o aún mejor, al desastroso actor de origen hindú que predica el amor y la armonía mientras destroza todo lo que encuentra a su paso... Por desgracia, la realidad siempre supera a la ficción.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Experimento mental sobre la inmersión

Acicateado por algunos comentarios discrepantes, pero inteligentes, a mi post interior, intento clarificar mis ideas. Propongo un experimento mental. Imaginemos que en Cataluña hubiera inmersión lingüística, en la escuela pública, pero en castellano, igual que en la mayor parte de España monolingüe, y que el catalán solo se estudiara en la asignatura de lengua catalana. Por supuesto, habría padres que reclamarían poder elegir el catalán como la lengua vehicular de sus hijos. ¿Cuál sería la posición de quienes ahora critican la inmersión lingüística en catalán?

Anticipo primero cual sería la mía. Yo no tendría nada en contra de la inmersión lingüística en castellano, es más, la preferiría incluso a la inmersión lingüística en catalán, aunque podría entender e incluso apoyar a los padres que reclamaran la opción de la inmersión lingüística en catalán para sus hijos.

Sospecho, en cambio, que muchos que ahora hablan de libertad, contrarios a la inmersión lingüística en catalán, no verían ningún problema en la inmersión lingüística en castellano. Les parecería lo "natural", dado que el castellano es oficial en toda España, una lengua con mucho más peso demográfico en el mundo, etc. Y yo compartiría estos argumentos, debo decirlo. No pensaría que los padres catalanohablantes estarían siendo relegados a una ciudadanía de segunda. Y sin embargo, estaría de acuerdo en concederles la opción de elegir la lengua vehicular de sus hijos.

Fin del experimento mental. Lo que ocurre, como sabemos, es lo contrario. Yo, la verdad, como acabo de confesar, preferiría la inmersión en castellano (siempre que el catalán no dejara de estudiarse: también es mi lengua), pero no creo que mi libertad esté coartada porque no pueda elegir, dentro del sistema público de enseñanza, que la lengua vehicular sea el castellano. Defenderé siempre a los padres que lo reclaman, por supuesto, pero no creo que se esté lesionando ninguna libertad esencial. Simplemente, mi concepción de Cataluña y España es diferente de la de los nacionalistas, pero creo que lo peor del nacionalismo no es que haya impuesto el modelo de inmersión en catalán. Me parece mucho peor, por ejemplo, la forma en que a los alumnos se les enseña la historia. O la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Y muchísimo peor que existan delaciones lingüísticas en el sector privado, o que se pueda obligar a las emisoras de radio o a las salas de cine con cuotas lingüísticas. Porque eso sí que atenta directamente contra libertades esenciales. No la lengua que se utiliza en los colegios.

Fotografiar el pasado

El descubrimiento, aún por confirmar, de que los neutrinos pueden viajar más rápido que la luz, ha disparado las especulaciones en tono pretendidamente serio acerca de que quizás la máquina del tiempo deje de ser una fantasía en el futuro. No sé si H. G. Wells fue el primero en novelar sobre esta idea. En todo caso, eludió las paradojas irresolubles de viajar al pasado, pues su protagonista solo viajaba hacia el futuro, salvo para regresar al presente. Supongamos que un individuo retrocede varios años en el tiempo y mata a su abuelo antes de que engendre a su padre. En consecuencia, no puede haber nacido, y por tanto, no puede haber viajado en el tiempo. Luego, ese viaje al pasado no ha sucedido jamás, se anula a sí mismo. Hay autores de ciencia-ficción, sin embargo, que han explorado otras posibilidades, quizás aún más inquietantes. El viajero en el tiempo mata a su abuelo y regresa al presente, pero evidentemente este ha cambiado. Entre otras cosas, él nunca ha existido en ese presente; cuando regresa, su mujer está casada con otro, los hijos de ella no son suyos... Fue Isaac Asimov quien llevó posiblemente hasta sus últimas consecuencias las implicaciones lógicas de los viajes en el tiempo, en su novela El fin de la eternidad, donde imagina una civilización de un futuro remoto que se dedica -de manera secreta y rutinaria- a alterar la historia...

Sospecho que el viaje al pasado jamás será científicamente planteable, por una razón. En la medida en que actuamos causalmente sobre el pasado, modificamos el presente. Pero quienes viven en ese período concreto son absolutamente incapaces de percibir ese cambio. Ni siquiera el viajero en el tiempo puede hacerlo, aunque regrese, porque él también forzosamente tiene que cambiar, quizás incluso dejando de existir, como en el ejemplo clásico del parricida. No hay recuerdo posible de un presente que nunca existió. Ahora bien, en ciencia, lo que por definición no es perceptible, sencillamente no existe: Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. ¿A santo de qué postular líneas temporales paralelas que ningún experimento nos permitirá observar o siquiera barruntar?

Cosa bien distinta es la observación del pasado, sin influir en él. Aquí realmente sí que se abren posibilidades extraordinarias, y que no entrañan ningún tipo de paradojas, aunque sí una ampliación del conocimiento humano -especialmente del conocimiento de nosotros mismos- de consecuencias incalculables. En su página de El Mundo de hoy, Luis M. Ansón, sugiere el tema, aunque quedándose en los tópicos superficiales de poder contemplar a Julio César, Luis XIV o Napoleón en momentos más o menos literarios. Ciertamente, no carecería de interés profundizar en las biografías de esos personajes, pero las posibilidades van muchísimo más allá de la curiosidad erudita. Imaginemos que podemos penetrar en las edades más desconocidas, en el paleolítico y el neolítico, en los orígenes de las civilizaciones. Imaginemos también que pudiéramos observar en directo, como en la popular novela de J. J. Benítez, Caballo de Troya, la crucifixión de Cristo. Que pudiéramos verificar la resurrección... Qué revoluciones culturales no se producirían si de verdad pudiéramos conocer detalles insospechados de nuestro pasado.

A un nivel más pragmático, imaginemos la revolución que se produciría en la criminología si pudiéramos fotografiar la escena del crimen, justo en el momento que este se hubiera producido. No podríamos impedirlo, pero sí identificar fuera de toda duda al criminal. Por cierto que con ello se eliminaría la única razón seria (en mi opinión) contra la pena de muerte, al desvanecerse toda incertidumbre sobre la autoría de un asesinato. El fiscal solo debería pasar ante el jurado el cronovídeo de los hechos... Imagínense esto aplicado al 11-M y a otros muchos misterios de nuestro tiempo.

Estas especulaciones inevitablemente tienen un aire ocioso. Pero nos recuerdan la principal consecuencia del progreso tecnológico: Que el futuro no se puede prever. De ahí que siempre sea aconsejable el escepticismo ante quienes pretenden que tal o cual cosa sea imposible, para bien o para mal, o que ya lo sabemos todo sobre un determinado asunto. Quién podía imaginar, cuando se inventó la telegrafía, que eso solo era el principio, y que un día nítidas imágenes circularían instantáneamente por todo el planeta, en tiempo real. Hace unos días, un laboratorio en Roma detectó neutrinos que viajaban más rápido que una señal de radio. Quizás dentro de unos años podamos dirigir estos neutrinos hacia el pasado y obtener los reflejos resultantes. La idea es tan sugestiva como sobrecogedora.

Quatre per quatre setze

Esta mañana escuchaba el programa Sin complejos en esRadio. Me ha llamado la atención que Luis del Pino dijera que la cuestión de los toros en Cataluña no tiene nada que ver con la libertad, y que resulta esperpéntico plantearla así. Que si lo que les preocupa es la libertad, lo que deberían hacer los amigos de la tauromaquia es ir a protestar frente a los colegios públicos, donde no se permite a los padres que lo deseen elegir el castellano como lengua vehicular de la educación de sus hijos.

Minutos después era el turno de la intervención semanal de Pío Moa, casi siempre muy interesante, pero que hoy volvió con su matraca sobre el inglés, que está desplazando al español, etc. Y al final llega a decir que eso es mucho más grave que la inmersión lingüística en Cataluña, porque esta no va a tener éxito. Se entiende: no tendrá éxito en desterrar al español. De lo cual implícitamente se deduciría (esto lo digo yo) que para Moa el debate sobre la inmersión no es tanto una cuestión de libertad, como de idea de España. Igual que los toros, en suma.

Pero partamos de los hechos, antes de entrar en debates acaso estériles. ¿Seguro que no se puede estudiar en castellano en Cataluña? En realidad, sí se puede, como lo demuestran a menudo algunos medios de comunicación, que nos revelan los elitistas colegios a los que los propios dirigentes nacionalistas (pero no solo ellos, claro está) envían a sus hijos. Lo que no se puede hacer en Cataluña es elegir el español en la enseñanza pública. Luego, no es un problema de falta de libertad, sino de concepción de lo que son España y Cataluña, y del modelo educativo. El hecho de que esos colegios donde no se practica la inmersión en catalán no sean asequibles al bolsillo de la mayoría no tiene nada que ver con la cuestión de la libertad, como todo buen liberal sabe. No porque yo no pueda permitirme comer caviar todos los días voy a decir que en Cataluña, o en Pernambuco, no existe libertad para consumir caviar.

El razonamiento anterior no es incompatible con preferir un sistema en que los padres pudieran elegir la lengua vehicular de la enseñanza de sus hijos, incluso en la escuela pública. Del mismo modo que se puede preferir que no se prohíban los toros, y no por ello hacer de ello una cuestión de libertades, sino de símbolos, tradiciones, etc. Como yo no soy nacionalista, los argumentos melodramáticos que estos emplean para defender su modelo me parecen ridículos y falaces. Pero siempre me he sentido incómodo con la obsesión de ciertos autores a quienes admiro (pienso, por supuesto, en primer lugar, en F. Jiménez Losantos) por convertir la cuestión de la enseñanza del castellano en una cuestión de libertades en sí misma. Lo es solo en la medida en que el nacionalismo, como todo colectivismo, es terreno abonado para salvapatrias y proyectos de ingeniería social. Ahí está el problema del nacionalismo. No se trata de que viole un supuesto derecho sacrosanto de elegir la lengua de la educación. Personalmente creo tanto en ese derecho como en el derecho a cambiar de sexo a cargo de la Seguridad Social, es decir, nada.

Cuando los gobernantes, en lugar de gobernar, se dedican a tratar de moldear la sociedad a su gusto (a fer país) tenemos un problema, porque ningún gobierno es nadie para imponer la transformación de la sociedad. A partir de este momento, todos los abusos imaginables son posibles. La cuestión no es que las calles no estén rotuladas en castellano o que los libros de matemáticas, obligatoriamente, estén en catalán en la escuela pública. Eso nos podrá gustar más o menos, pero no toca una libertad esencial. A fin de cuentas, por minoritaria que sea en el mundo, el catalán es una lengua culta, como lo son el danés o el húngaro, y no pasa nada por que uno aprenda el teorema de Pitágoras en cualquiera de estas lenguas, mientras entienda lo que significa. En todas ellas se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Lo preocupante es lo que hay detrás de estos síntomas, que es el deseo de conformar a una población según un determinado plan, ateniéndose a un guión ideológico muy concreto.

Además puede ocurrir que no solo no estemos de acuerdo con los métodos de ingeniería social, sino tampoco con sus objetivos. Desde luego, yo no deseo una Cataluña independiente; tanto por razones prácticas como sentimentales, prefiero una España cohesionada, en la cual se respeten las particularidades culturales de cada región, pero donde el castellano, o español, fuera de manera efectiva la lengua oficial, la utilizada en la enseñanza, en las señalizaciones viarias, etc. Los catalanes nunca habíamos tenido problemas con el castellano hasta que una minoría de excusionistas y sardanistas neorrománticos y fascistoides se apoderaron del gobierno autonómico y empezaron a salir de hasta debajo de las piedras tipejos con barbita blanca de chivo que se sienten vejados por recibir un tiquet de compra donde diga "Droguería Manolo, para servirle." Llevamos años aguantando a estos lunáticos, pero precisamente por ello no vamos a comprar sus propios argumentos. Porque el de la barbita de chivo dice que Manolo el droguero coarta su "libertad" lingüística, su "derecho" a recibir un tiquet en catalán.

No, que el libro de matemáticas de mis hijos esté en catalán, no coarta mi libertad, aunque yo personalmente lo preferiría en español. Lo que sucede es que no tengo dinero para enviar a mis hijos a una escuela como la de los cachorros de Artur Mas; nadie más que yo tiene la culpa de que mis hijos aprendan álgebra en catalán, aunque la perspectiva tampoco me atormenta. Lo que amenaza mi libertad es que exista un gobierno que esté todos los días inmiscuyéndose en cosas que no son de su incumbencia, que obligue a rotular en catalán comercios privados (eso sí es una violación directa de la libertad, aunque poco frecuente: vayan ustedes a Tarragona) o que se salte las sentencias judiciales. Por ejemplo, en relación a la inmersión lingüística, de acuerdo: pero no porque esta en sí misma sea un atentado a la libertad, mientras no se extienda obligatoriamente a la enseñanza privada.

Si abusamos de la palabra libertad, incluso aunque sea para defender cosas perfectamente defendibles por otros motivos, no estamos favoreciendo la causa de la libertad, sino en el mejor de los casos, creando confusión. No nos preocupemos tanto por los pobres niñitos que estudian la tabla de multiplicar en catalán. Preocupémonos por la ideología del odio que se les inculca sutilmente, por las multas lingüísticas, por el famoso "tres por ciento" que se le escapó a Maragall, por la violación de la separación de poderes, por el mesianismo político. No hagamos un problema de lo que en sí mismo no lo es, no confundamos los síntomas con la enfermedad. Los toros, las banderas, el idioma de los libros de texto, no son tan trascendentes, me atrevo a afirmarlo. El problema, como siempre, son las ideas, las sutiles cadenas que estas forjan. Los gobiernos con ideas, los ideólogos en el poder: ahí está siempre el peligro.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuántos profesores necesitamos

El mundo parece deslizarse hacia una catástrofe, mientras los supuestos expertos pontifican, cada cual con arreglo a su escuela o, por decirlo con las palabras de Borges,

...todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira...

Y sin embargo, lo que está sucediendo es muy fácil de explicar: Tanto gobiernos, como empresas, como individuos, hemos gastado durante años mucho más de lo razonable, nos hemos endeudado y ahora no tenemos más remedio que reducir nuestros gastos, para pagar las deudas. De lo contrario, si estas quedan sin pagar, la confianza y el crédito, en los cuales se basa toda civilización concebible, se destruirán. Las consecuencias de ello podrían ser terribles; alguien ha dicho que si el euro desaparece (pero se podría aplicar a la situación mundial), tendremos una guerra en diez años. Sin ánimo de ser apocalíptico, este tipo de pronósticos no carece de justificación. Basta detenernos en la historia del siglo pasado para extraer advertencias nada agradables. Pero los dirigentes de las principales naciones desarrolladas hasta ahora han optado por la huida hacia delante, con unas políticas de austeridad insuficientes, e inyecciones monetarias descabelladas, lo que supone el traspaso del problema a las generaciones futuras, o ni siquiera a tan largo plazo, a los próximos ciclos políticos en cada país.

Achacar al sistema la culpa de esta crisis es incurrir en una obviedad muy facilona. Evidentemente, un sistema en el que ocurre lo que está ocurriendo no funciona bien. La cuestión verdadera estriba en determinar qué parte del sistema ha fallado. El capitalismo de principios del siglo XXI consiste, grosso modo, en una economía en un 40 % pública y un 60 % privada, y esta última muy regulada en aspectos esenciales (como los tipos de interés) por el Estado. Afirmar, como hacen los opinadores escorados a la izquierda, que la culpa de todo la tiene el mercado, es cuando menos muy aventurado. Pero si así fuera, lo que no pueden hacer quienes defienden tal posición es disfrazar sus implicaciones: Que hay que dar más poder (todavía más) a los gobiernos.

Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas en la universidad Pompeu Fabra, insiste en que la única salida a la crisis es un aumento del gasto público, pero aunque se muestre contrario al déficit cero, y se haya manifestado en contra de la reforma constitucional pactada entre PSOE y PP, tampoco se atreve a defender cualquier endeudamiento, por mucho que le cueste reconocerlo. (Se puede escuchar aquí una tensa entrevista -en catalán- a la cual lo somete Manuel Fuentes. No se pierdan la prepotencia del catedrático, que se cree autorizado a sugerirle al periodista las preguntas que debería hacer, e incluso los tertulianos que debería invitar.) Lo que propone Navarro es más impuestos a los ricos, para seguir manteniendo el Estado de bienestar sin que se dispare excesivamente el déficit. El problema es que, como él sabe perfectamente, y sin contar los efectos contraproducentes de cualquier aumento de la presión o la progresividad fiscal (se acaba recaudando menos, al desincentivar la inversión, favorecer la economía sumergida y la deslocalización), las contribuciones de los "ricos" siguen sin ser suficientes para sostener los paquidérmicos Estados-providencia europeos. Como mucho permiten arañar algunos votos, no tanto por la medida en sí, como por el debate artificial que pretende provocar, con la intención de que la derecha se retrate "a favor" de los ricos.

En realidad, ninguna persona sensata puede poner en cuestión que hay que realizar recortes. Las discrepancias pueden surgir, en todo caso, acerca de a qué capítulos concretos de gastos hay que aplicar los tijeretazos.

Los socialdemócratas opinan que hay mucho margen para recortar gastos sin tocar la educación y la sanidad. La derecha, sobre todo en períodos electorales o preelectorales, no se atreve a cuestionar esta tesis. Pero a todas luces se trata de una media verdad. Por supuesto que existe un despilfarro estatal absolutamente injustificable. Pensemos, en el caso de España, en las televisiones públicas, tanto centrales como autonómicas y locales, en las ayudas al cine español (superiores el pasado ejercicio a lo recaudado en taquilla) o en la llamada "Ayuda Oficial al Desarrollo", que en 2010 fue de más 4.350 millones de euros. Sin embargo, el volumen de gasto "social" (sanidad, educación y pensiones) sigue siendo mucho mayor, descomunalmente mayor: Representa en España, aproximadamente, las dos terceras partes del presupuesto público del Estado central y las comunidades autónomas.

El hecho incuestionable es que las partidas de gasto superfluo e incluso más o menos vagamente corrupto existen gracias a que son fácilmente disimulables o relativizables en medio del colosal gasto "social". Quien dedica decenas de miles de millones de euros a pagar nóminas de profesores, de médicos o pensiones de jubilados, no tiene demasiado problema en distraer unas pocas decenas de millones de euros (bah, menudencias) en subsidiar películas de cine infumables u ONGés escasamente transparentes, además de, por supuesto, coches oficiales, dietas y ordenadores para personal político.

Del 2004 al 2010, el PIB español creció más o menos un 25 %. En el mismo período, el gasto en educación, según datos del gobierno actual, se incrementó en un 102,6 %. Los partidarios del PSOE lo esgrimirán como un motivo de orgullo, por supuesto. Pero a todas luces, se trata de un insensatez, sobre todo si tenemos en cuenta que el gasto público por alumno en España es superior al de la mayoría de países europeos, lo que no significa que la calidad de nuestra enseñanza lo sea también, sino todo lo contrario. El viernes pasado, el ex presidente de Castilla-La Mancha, entrevistado por Carlos Herrera y Casimiro García-Abadillo en Onda Cero, tras reconocer a regañadientes que el déficit dejado por su administración era mayor que el de muchas otras comunidades, dijo dos cosas. Primero, que asumía toda la responsabilidad por ello, lo cual nadie sabe en qué se traduce, más allá de una bonita frase. Y segundo, que ese déficit era consecuencia del enorme esfuerzo de su gobierno (mejor dicho, de sus contribuyentes) en educación, sanidad e infraestructuras, incluso cuando nadie podía negar la crisis.

Claro, ahora no hay dinero para pagar a los farmacéuticos, pero como ya no está el PSOE en el gobierno de la comunidad, quien venga detrás que arree. Es muy fácil incrementar el gasto en educación, en sanidad y en servicios asistenciales dejando las facturas por pagar para el gobierno entrante. Y encima, qué gozada, se puede acusar a la derecha de querer desmantelar el Estado del bienestar. Pero la cuestión es: ¿Fue nunca viable, más allá de un espejismo temporal, un sector público como el que tiene España, teniendo en cuenta sus niveles de productividad? Porque no sirve de nada compararnos con países "de nuestro entorno", como suele decirse, cuyo sector público es todavía porcentualmente superior en relación al PIB. Primero, porque eso no demuestra que a largo plazo no sea también insostenible, y segundo, y muy importante, porque países cuya economía es más productiva y competitiva que la nuestra quizás, en buena lógica, puedan permitirse una sanidad y una educación de más calidad.

"La educación es una inversión", nos dicen, y efectivamente es así, como también lo son las carreteras y los puentes, pero no podemos invertir cualquier cosa en ningún capítulo, por importante que sea. ¿Cómo debería la sociedad decidir lo que debe invertirse en autopistas, en colegios, hospitales, etc? La respuesta para quedar bien es que ello lo deciden los ciudadanos a través de sus representantes democráticamente elegidos. Pero la experiencia demuestra que eso conduce a construir colegios y hospitales, con sus correspondientes plantillas de profesores y médicos, que luego quizás no podremos mantener, porque a los representantes solo les preocupan los votos, no los problemas que se producirán dentro de veinte o treinta años.

Por suerte, existe un método perfectamente conocido para optimizar los recursos, invirtiendo en cada área lo que realmente la sociedad necesita, que se llama mercado, esa entidad ominosa que tanto deploran los adalides del Estado del bienestar. Cuando la gente libremente intercambia sus productos y servicios, el resultado es que acabamos teniendo los profesores, los médicos, los electricistas, los camareros y los actores, con sus correspondientes emolumentos, que realmente nos podemos permitir, no los que unos políticos deciden en función de sus miopes intereses electorales o de grupos de presión, que suelen coincidir, curiosamente, con sus conmovedoras proclamas ideológicas. O dicho de otra manera, el bienestar procede, ahora y siempre, del trabajo productivo, que es el que nos permite tener más y mejores escuelas y coches, más y mejores hospitales y casas, más y mejores carreteras y teatros, con el coste más razonable.

Desde tiempo inmemorial, este sistema no ha sido muy del gusto de los intelectuales, porque al contrario de la falacia tan extendida, el mercado no suplanta a la democracia, sino que es la democracia en su sentido más literal. El mercado está basado en las millones de decisiones que toma la gente, muchas de ellas equivocadas o estúpidas, pero en conjunto mucho más sabias que cualquier mente individual. Y eso es algo que los intelectuales nunca han sabido digerir bien. Parece que halagan a la gente cuando demandan mayor gasto social, pero en realidad se halagan a sí mismos, cuando se arrogan el derecho a que unas determinadas élites (con las que se identifican o se sienten influyentes) decidan por la gente en qué debe gastarse su dinero. Por supuesto, estos mismos intelectuales rebatirán esta elemental verdad con alguna versión más o menos remozada de la lucha de clases, de la supuesta eterna lucha entre los fuertes y los débiles, entre dominadores y dominados, y así conseguirán justificar una vez más su exigencia de un Estado justiciero que se oponga a la altanería de los fuertes... Convirtiéndose en el más fuerte de todos. Viejas mentiras cuyos daños son incalculables, pero que aún pueden hacer muchos más, si seguimos creyéndolas.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Una explicación más profunda

La enfermedad profesional del corresponsal de guerra, ya lo sabíamos, es el antiamericanismo. Un ejemplo prototípico es Mercedes Cabrera, cronista de la guerra de Irak, a la que el malvado ejército yanqui permitió sin embargo ir “empotrada”, como se dice en el argot, en sus filas. En uno de sus textos, la periodista de Vocento llegaba a comparar las víctimas del 11-S con las víctimas civiles de esa guerra. Es decir, implícitamente equiparaba el terrorismo con una intervención militar, que es exactamente como quieren que lo veamos los terroristas. Mucha gente, manipulada y agitada por la propaganda izquierdosa, interpretaría poco después del mismo modo los atentados de Madrid. Dijeron que el gobierno de Aznar mintió sobre su autoría, pero si no hubieran pensado, insinuado –y hasta enunciado crudamente– que el 11-M fue un acto de guerra, no hubieran exigido a ninguna administración que resolviera el caso antes de 24 horas, ni la SER se hubiera atrevido a inventarse la falsa noticia de los terroristas suicidas. El mensaje de la chusma izquierdista era evidente: “¿Veis lo que nos ha pasado por la estúpida guerra de Bush y Aznar?” Que es algo así como si alguien dijera, ante un atentado de ETA: “¿Veis lo que pasa por no respetar el derecho de autodeterminación de los vascos?”

El pasado 13 de setiembre leí un artículo especialmente deleznable de Cabrera en el Diari de Tarragona. Puede leerse también aquí. Se titula “La generación de la venganza”, y en él, de un modo miserable, se ridiculiza a todos aquellos ciudadanos norteamericanos (y a los que no lo somos) que se alegraron de la muerte (“asesinato”, dice nuestra puntillosa corresponsal) de Bin Laden. En su crónica, la sectaria periodista contrapone a dos jóvenes que eran unos niños cuando los islamistas perpetraron el mayor atentado terrorista de la historia. Uno, cuyo padre murió en el World Trade Center, al hacerse un adolescente no se conformó con la explicación “muy simplista” según la cual “hombres malos de otro país [vinieron] a atacarnos porque les molesta nuestra libertad y nuestra democracia”. Su ilusión ahora es entrar en la política “para acabar con la guerra de Afganistán y dar seguro médico a todo el país”. El otro, algo mayor (tenía 15 años el 11-S), declara que al ver por primera vez la imagen de Bin Laden “supe que mi vida no tendría sentido hasta que lo matáramos”; después acabaría ingresando en los marines.

No hace falta decir hacia quién van las simpatías de Mercedes Cabrera. El segundo le parece una víctima de la propaganda de la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hace diez años. Su predilecto, en cambio, posiblemente acabará perteneciendo a ese 80 % de estudiantes de las “escuelas de élite socioeconómica e intelectual” que, según una encuesta, miran por encima del hombro al norteamericano medio que salió a la calle a celebrar la muerte de Bin Laden, gritando “¡U-S-A, U-S-A!”, qué vulgaridad.

Es definitorio el empeño del artículo por desacreditar como simplista y propagandística la interpretación del 11-S como un crimen, un acto cometido por “hombres malos” que odian la libertad y la democracia occidental: “Tiene que haber algo más, (...) una explicación más profunda.” ¿Cuál es esa explicación más profunda que reclama la autora? Pues posiblemente algo tan sofisticado como que los Estados Unidos son una potencia imperialista que oprime y explota a los parias de la tierra...

Todo indica que aquellos que con cierto complejo de superioridad creen estar en posesión de una visión profunda de las cosas, en realidad son presas de una grosera superstición materialista, por la cual las ideas y creencias son un mero decorado de relaciones de dominación. El éxito de esta teoría, que Karl Marx elevó a su formulación más brillante, se debe en el fondo a no otra cosa que a su irresistible... simplicidad. Es sin duda muy tentador un juguete intelectual que sirve para explicarlo todo y que permite identificar sin vacilación a los buenos y a los malos, precisamente aquello de lo que se burlan todas las Mercedes progres de este mundo. La derecha defiende a los fuertes y la izquierda a los débiles. La historia es una lucha constante de los segundos (obreros, mujeres, inmigrantes, palestinos, gays y repartidores de pizzas) contra los primeros. La guerra civil española fue un conflicto entre demócratas y fascistas. El PP defiende a los ricos y el PSOE a los pobres. Profundidades insondables, que solo la élite intelectual alcanza a vislumbrar.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Columnista de El País compara al Tea Party con Al-Qaeda

"Es obvio que los extremistas del Tea Party no son asesinos", admite Moisés Naím. ¡Cómo! Si yo pensaba que Sarah Palin ya había abatido a tiros a unos cuantos opositores con su M16... "Pero... [prosigue] este grupo de radicales... es -por razones y con métodos muy distintos a los de Al Qaeda- una fuente de inestabilidad internacional."

A lo largo del artículo, Naím enumera algunos cargos contra estos extremistas:

No apoyan las medidas económicas de Obama,

cuestionan la teoría antropogénica del cambio climático,

están en contra del sistema público de Seguridad Social,

están a favor de la pena de muerte,

cuestionan a Darwin,

"insultan" a Keynes,

están a favor de la libertad de posesión de armas,

defienden la abstinencia sexual entre los adolescentes...

Se podrá estar de acuerdo o no con algunas de estas posiciones, pero es ridículo pretender que son exclusivas del Tea Party. Muchas de ellas las comparten muchos estadounidenses, y no solo entre los republicanos. En todo caso, comparar los efectos del cambio climático con los del terrorismo es una estupidez que pensábamos estaba reservada a figuras del calibre intelectual de Zapatero.

Otra cosa, claro está, es insultar a Lord Keynes. Eso sí que pone los pelos de punta y que remueve los cimientos de nuestra civilización. Querer eliminar el nombre de Cristo de la vida pública es una medida loable para nuestros progres, pero negarse a reverenciar las teorías de un finnochio inglés (por lo demás, que no era en absoluto progre) les produce urticaria. Afirmar que el gasto gubernamental nunca es en sí mismo algo bueno, ¡qué horror!

Cuenta George Bush (lo leía hoy en el ABC) que la mañana del 11-S, poco después de madrugar, había estado leyendo la Biblia. Bien, comprendo que esta es la clase de cosas que a los progres les ponen enfermos. A mí en cambio, qué quieren que les diga, me provoca envidia. Cuando aquí tengamos un presidente que se desayune con Isaías (o con Virgilio) en lugar de con el editorial de El País (o con el Marca) me sentiré más orgulloso de ser español.

La lástima es que en el Tea Party algunos no sean muy amigos de Darwin. Si leyeran a Steven Pinker, se darían cuenta de que el evolucionismo es un aliado esencial en el combate contra la corrección política. Pero dejando de lado detalles doctrinales, comparar la defensa de los valores cristianos con el integrismo islámico es un ejemplo de la repugnante equidistancia de la izquierda, que solo beneficia al islamismo, por mucho que hipócritamente niegue simpatizar con él.

Todos los que tuvieron sentimientos encontrados cuando se hundieron las Torres Gemelas son el verdadero problema, la quinta columna que da esperanzas a los islamistas de poder destruir nuestra civilización. No podrían ni soñar siquiera con esta posibilidad si no fuera por los enemigos internos de Occidente, por la guerra civil cultural (Martín Alonso) que nos corroe. Y que hace que a pedantescos y egolátricos personajes como Naím les preocupe tanto el Tea Party como Al Qaeda.

¿Quién manda en España?

Ante esta pregunta, un alumno aplicado podría responder con el artículo 1.2 de la Constitución: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.” Pero eso no responde la cuestión empírica, que no es quién ejerce el mando legítimamente, sino realmente.

Esto no implica dar por sentado que la legalidad sea una mentira, o como decían los marxistas, una superestructura de la clase dominante. Si realmente el poder se redujera a una posición de fuerza, no se entendería qué necesidad tendrían los poderosos de construir tales superestructuras para justificar su dominio de facto.

En realidad, como muy bien explicó Ortega, la fuerza viene dada por el mando y no al revés. Y el mando no se nutre de otra cosa que de la “opinión pública”, tanto en los países democráticos como entre los aborígenes australianos. Todo poder es en el fondo un poder espiritual.

La diferencia entre una democracia y una tiranía no es, como se suele creer ingenuamente, que la segunda carezca de apoyo popular, sino que en la primera el poder está limitado por las leyes, las instituciones y las costumbres políticas. Franco no hubiera gobernado durante cuarenta años si una parte considerable de la población no le hubiera apoyado, aunque fuera silenciosamente. Y lo mismo puede decirse de Fidel Castro.

Por tanto, la pregunta sobre quién manda, en España o donde sea, lo único que da por sentado es una obviedad: Que en toda sociedad humana, y en todos los niveles (empresas, asociaciones, ejércitos, naciones, etc) hay quien manda y quien obedece. El progreso de la civilización consiste en poner límites y controles al mando, al uso de la fuerza por parte de la autoridad, no en eliminar ni la una ni la otra, lo cual es mera fantasía.

Aclarado esto, cuando queremos saber quién manda, lo único que pretendemos es conocer qué clase de individuos ejercen esta actividad, cómo son y cómo alcanzan tal posición. Para nada nos interesan las elucubraciones conspiratorias.

Una respuesta muy difundida es precisamente alguna versión más o menos vulgarizada de la explicación marxista. Según esta, quienes mandan son los ricos; el poder y la riqueza son una y la misma cosa. El dinero puede comprar a la policía, a los jueces, a los políticos. Y todas las ocasiones en que eso efectivamente sucede, tanto en la realidad como en Hollywood, vienen a reforzar una tesis tan popular.

Pero si los ricos mandaran, no necesitarían pagar a quienes de verdad mandan. El dinero no compra al poder, aunque a veces se lo crea –paga un peaje. A veces esto no se entiende bien porque existen poderes que aparentemente se basan en el dinero, como la mafia. Pero en realidad su fuerza no tiene un origen económico, sino que se funda en vínculos de tipo parafeudal. Todo poder es por definición político y, en su estado de plenitud, carismático.

Todavía hay quien pretende hacer creer que en España existe una aristocracia del dinero que se perpetúa hereditariamente. Según Maruja Torres, la derecha está en contra de la función igualadora de la educación pública, porque "su objetivo a largo plazo es prolongar la hegemonía de sus cachorros, educados en las más exquisitas escuelas e imbuidos de la noción, que se les transmite, de merecedores de la herencia por derecho natural." (Como si los “cachorros” de los dirigentes de izquierdas no acudieran a los mismos centros.) En esta línea, el sociólogo José L. Álvarez afirma que en España la clase política, la judicatura, los consejos de administración de las grandes empresas, los bancos, siguen todavía impermeables a la movilidad social, y asegura que el PP es un partido que solo defiende los intereses de estas élites. (Sus millones de votantes tienen que ser, en consecuencia, “tontos de los cojones”, según la célebre definición de un alcalde socialista.)

En los años cincuenta, Charles Wright Mills, en su clásico La élite del poder, cuestionó el mito del sueño americano, según el cual cualquiera puede llegar a lo más alto en el país de las barras y estrellas. Decía Mills: “Por lo que yo sé, nadie ingresó en las filas de las grandes fortunas norteamericanas por el mero ahorro de un excedente de su salario.” Desde luego, no es fácil. Pero las estadísticas demuestran que la mayor parte de las grandes fortunas actuales de los Estados Unidos no tienen origen hereditario. ¿Puede decirse lo mismo de España? Seguramente, en menor grado que en Estados Unidos, pero en absoluto parece realista el cuadro de la sociedad que nos pintan los articulistas del periódico de Rubalcaba.

Toda élite o corporación tiende a la cooptación de sus miembros. Los juristas, los médicos, los periodistas, son admitidos como tales por otros juristas, médicos y periodistas, que son quienes establecen mediante las universidades y los colegios profesionales los criterios de admisión y de promoción. Uno no llega a juez, por lo general, por pertenecer a una familia de rancio abolengo, sino por sus resultados académicos y profesionales.

Más bien, lo que observamos es que, si existe algún criterio de admisión, es de tipo ideológico. Las universidades están dominadas (aquí como en Estados Unidos) por la izquierda. ¿Tiene las mismas posibilidades de promoción un estudiante de periodismo de ideas conservadoras o liberales que la mayoría que se deja llevar por la corriente “progresista”?

Existen gremios donde la tiranía de la izquierda quizás no sea tan absoluta. Todavía quedan médicos que objetan al aborto y jueces que creen que las leyes no pueden supeditarse a las circunstancias políticas. Es a esos jueces o empresarios o médicos a los que la izquierda considera como representantes de una clase con ínfulas elitistas, cuando en realidad defienden reductos de libertad que muchos quisieran ver desaparecer. Las sandeces tan repetidas sobre el clasismo de la derecha traslucen lo mal que lleva la izquierda la disensión. Y retratan al lector de El País, que también a su manera cree pertenecer a la élite cultural.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Golpe a la inteligencia

Material escolar de mis dos hijos, que estudian Primaria en un colegio público: 145,94 €. Libros de texto: 401,58 €. Total 547,52 €. Para los profesores, al parecer no hay crisis. Este año han remitido a los padres una lista de libros y material similar a los cursos anteriores, donde no faltan diferentes tipos de lápices, bolígrafos, rotuladores, papel, libretas, carpetas, etc.

Sabemos de antemano lo que replicarán si les criticamos por ello. Que la gente se gasta alegremente el dinero en los bares y en cambio luego protesta cuando tiene que comprar libros. El funcionario típico está convencido de que tiene derecho a decidir cómo debemos gastar nuestro dinero, sin consultarnos.

Tanto profesores como personal sanitario amenazan con ponerse en pie de guerra por los recortes de presupuesto. Su argumento siempre es el mismo: la sanidad y la educación no son "mercancías" (qué vulgaridad). Un editorial de El País titulado "Golpe a la enseñanza", denuncia que se considere a las políticas educativas de las comunidades de Madrid, Castilla-La Mancha y Navarra "como un gasto más, importante sin duda, pero sometido como el resto a los condicionantes de la coyuntura económica".

Siempre que alguien quiere defender una posición de privilegio, un interés corporativo, aludirá al interés general, al servicio público. Por alguna razón, a diferencia de cualquier otro producto, como por ejemplo el pollo o las patatas, se diría que es algo obsceno hablar de los costes de la enseñanza o la sanidad, pese a que es evidente que los tiene, como todo en este mundo. Y por supuesto, ni hablar de que podamos intercambiar libremente los servicios educativos y sanitarios al igual que hacemos con cualquier otro.

Que haya quien crea esta retórica interesada y falaz dice poco de la inteligencia humana. Claro que la educación y la sanidad están sometidas como todo a las condiciones económicas. Como todo en esta vida, tienen un coste, y eso significa que existen límites a lo que un país, al igual que un individuo cualquiera, puede gastar en educación, como en cualquier otra cosa. Pretender que existen sectores de la economía privilegiados, a los cuales deben subordinarse los criterios de racionalidad económica, es una de las mentiras más estúpidas de cuantas existen, por muchas veces que se repita.

domingo, 28 de agosto de 2011

El miedo y el asco

A Joaquín Sabina le da "miedo" la previsible victoria del PP el 20-N. Se acuerda de cuando tenía ocho años, de "los guantazos de los salesianos y el nacionalcatolicismo". Mucho retrocede en el tiempo, le bastaría recordar cuando tenía 48 años y gobernaba Aznar. Aquello sí que fue duro, con la misa televisada obligatoria en todos los canales, el rezo del Padrenuestro de rodillas al empezar las clases en los colegios y la Guardia Suiza pontificia vigilando a los diputados en las Cortes, con sus amenazantes alabardas.

La izquierda, por cierto, critica a la Iglesia por "no estar a la altura de los tiempos", pero conspicuos representantes de ella, sección farándula, como Sabina, Serrat, Almodóvar, etc, viven todavía en los años cincuenta, recreados con mucho morbo retrospectivo. Aunque sean buenos cantantes o directores de cine, creo que lo serían aún más -lo son a veces- si se desprendieran de ese lastre entre sentimentaloide, nostálgico e ideológico.

Pero lo que realmente maravilla es la capacidad de la izquierda para saltarse la memoria, la verdad y la lógica. Cada contienda electoral la presenta -tiene esa habilidad- como si estuviéramos decidiendo entre franquismo y democracia, como si la derecha no hubiera gobernado con Suárez ni con Aznar, como si la derecha no hubiera abolido la mili, no nos hubiera integrado en el euro (¿por qué devaluación de la peseta iríamos ahora?), no hubiera contribuido a crear millones de puestos de trabajo y no hubiera permitido que Sabina, Serrat o Almodóvar compusieran sus canciones o sus películas.

Dicen tener miedo del PP, ellos, los mismos que piden el voto para el PSOE, un partido que no dudó en aprovecharse electoralmente del peor atentado terrorista de nuestra historia. Un partido que cada vez que ha gobernado ha dejado al país prácticamente en quiebra. Un partido que es capaz de entregar una provincia entera a los etarras y al mismo tiempo, con infinito cinismo, afirmar que su política antiterrorista es un éxito. Y un candidato, el del PSOE, que con este panorama dice que su prioridad es una ley de eutanasia...

A mí la izquierda no me inspira miedo, exactamente. Pero sí hartazgo y, sobre todo, asco, mucho asco.

sábado, 27 de agosto de 2011

El señorito irresponsable

En la televisión veo a una señora protestar por la falta de información de una compañía aérea que ha cancelado su vuelo a Nueva York debido al huracán Irene. ¿Es que esta mujer dispuesta a cruzar el Atlántico no es capaz de informarse mínimamente de en que mundo vive? ¿No lee periódicos, no escucha la radio, no ve la televisión, no se conecta a internet? ¿Tendrá alguien -la empresa, el gobierno- la culpa de su ignorancia o de su descomunal despiste?

Esa misma tarde me entero de que un tribunal laboral brasileño ha condenado a McDonald's a indemnizar a un trabajador que engordó 30 kilos porque parte de su trabajo consistía en probar diariamente la comida del restaurante. ¿Es que alguien le obligó a aceptar ese empleo? ¿Es que además le forzaban a tragarse entera la hamburguesa que debía degustar?

Por no hablar de las sanciones astronómicas contra las tabaqueras, como si estas intimaran a la gente a punta de pistola a que fumara... Los ejemplos son interminables.

Vivimos en los tiempos del señorito irresponsable. Todo el mundo cree poder exigir al gobierno o a las empresas que se desvelen por su bienestar o su comodidad, sin reconocer ningún tipo de responsabilidad propia en un asunto en el que son los primeros interesados.

Eso sí, cuando un gobierno decide constitucionalizar el límite del déficit (aunque sea obligado por Bruselas), es decir, que sea ilegal endeudar a las generaciones futuras, entonces el señorito irresponsable exige poder votar sobre la cuestión. Quienes hace unos días protestaban contra la visita del Papa bajo el lema "no con mi dinero", ahora parecen escandalizarse de que la administración no se pueda endeudar ilimitadamente con su dinero.

Porque son básicamente los mismos, no les quepa duda. Y son los mismos que exigen poder matar legalmente a sus parientes enfermos para tener que ahorrarse el palo de ir a visitarlos al hospital de vez en cuando, y encima no poder heredar. Por supuesto, ni siquiera tienen lo que hay que tener para hacerlo por su cuenta, quieren -exigen- que sean los médicos quienes se manchen las manos de sangre. ¡Y encima tienen la cara dura de mostrar su actitud como "humanitaria"!

Porque esta es otra. El señorito irresponsable, por sistema, disfrazará su descomunal egoísmo de altruismo, asegurará que le mueve la preocupación por los que sufren, por el consumidor, por las madres solteras o por los tramoyistas en paro. No se crean nada. Una mujer de noventa años con infarto cerebral es muy dudoso que esté sufriendo. Más verosímil es la afirmación de que se trata de una molestia para la sociedad e incluso para la familia.

Pero entonces, ¿a qué viene tanta hipocresía, por qué tachar de fundamentalistas religiosos a quienes anteponen los principios morales a las conveniencias? La respuesta es clara: porque tocamos un punto sensible del señorito irresponsable. Le estamos diciendo que debe asumir las consecuencias de sus actos, que ni el Estado ni nadie está obligado a hacerlo por él. Y eso le joroba.

sábado, 20 de agosto de 2011

Desafinando a Capella

No suelo leer el blog de Francisco Capella porque la mayoría de sus entradas consisten en selecciones de enlaces a textos, lo cual no me llama suficiente la atención. De vez en cuando sí nos ofrece algo de cosecha propia, y entonces suelen ser disertaciones muy dogmáticas, más bien para adeptos al anarco-capitalismo, secta de una soberbia insufrible por la que no siento la mayor de las simpatías, aunque accidentalmente coincida con algunas de sus conclusiones. Hace un par de días, sin embargo, Capella se ha descolgado con una entrada titulada Necedades papales, que sí me ha llamado la atención.

Dice Capella que los cristianos son "lloricas hipersensibles" y "victimistas" porque se quejan de que "no les dejan colocar su símbolo particular (que ellos pretenden universal) en el espacio común." En realidad, lo que sucede es cosa muy distinta. Sucede que en un país donde tres cuartas partes de la población, como mínimo, son católicas, existe una minoría de fanáticos (aunque con fuerte apoyo gubernamental, lo quiera ver o no nuestro ácrata) que pretende erradicar símbolos que ya estaban ahí. ¿Quién es aquí el "hipersensible"? ¿El padre que no quiere que su hijo contemple un crucifijo en el aula o aquel que, creyente o no, no ve nada malo en que los niños tengan contacto con los fundamentos de nuestra cultura?

A continuación critica Capella a Ratzinger porque "no se atreve a llamar a las cosas por su nombre", es decir, se refiere al aborto y a la eutanasia como "decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias". Supongo que, en consecuencia, la próxima vez que Capella hable del robo gubernamental, habrá que afearle su cobardía por no atreverse a llamar a los impuestos "por su nombre".

Bien es verdad que, tras estos comentarios tan infantiles, Capella va entrando en el meollo del asunto. Donde el papa critica el relativismo, la concepción del bien y el mal como algo subjetivo y el endiosamiento de quienes pretenden que las normas morales son creación meramente humana, él expone sus opiniones opuestas, perfectamente legítimas. Pero en lugar de argumentar por qué, según él, "lo bueno y lo malo tienen una fuerte componente subjetiva y relativa", su método consiste en caricaturizar la tesis contraria, como si por si sola se refutara. Defiende "criterios correctos de comprobación, verificación o falsificación como la observación y el razonamiento", como si la razón y la fe fueran incompatibles, y como si la primera nos permitiera sostener algún principio indubitable sobre la realidad, es decir, fuera de la matemática pura.

Precisamente, lo que apunta este "presunto filósofo e intelectual además de Papa" es algo crucial: Que la razón, por mucho que proteste Capella, no es autoconsistente, no se sostiene por sí sola. Se podrá estar de acuerdo o no con las opiniones del pontífice, pero ridiculizarlas con silogismos leirepajinescos no es argumentar. Sea como sea, se trata de cuestiones profundas que los filósofos han debatido incansablemente (algunos de ellos, con el propio Ratzinger, por cierto), por lo que si hay alguna "palabrería, trampa y demagogia" es en el estilo simplista y faltón que emplea alguien presuntamente tan inteligente como Capella.

lunes, 15 de agosto de 2011

Cómo responder a una amiga progre y mucho más

Rubén Aguiar es un músico cubano que vive hace tiempo en Madrid, felizmente a salvo de la dictadura que sojuzga la bella isla. Podéis escuchar algunos de sus temas directamente en su blog no sé bien. En este vídeo lo vemos a la guitarra:



Además de músico, Rubén es un tipo cultivado, y vacunado por su peripecia biográfica contra la enfermedad gremial de los artistas, que es la izquierditis. Muchas de las entradas de su blog son pequeñas obras maestras de análisis psicológico del alma progre, de sus prejuicios y secretos anhelos.

Los últimos posts los ha dedicado al movimiento del 15-M, que ha podido conocer de primera mano por la cercanía de su lugar de trabajo a los acampados de la Puerta del Sol. Su opinión, por decirlo suavemente, no es nada favorable, lo cual ha provocado la respuesta sentimental de una amiga gaditana, que reivindica con orgullo sus orígenes de familia obrera.

La contrarréplica de Rubén (Asamblea de Monte) es antológica y merece ser estudiada. Con todo el cariño, pero al mismo tiempo con la firmeza de un médico que le obligara a escuchar a un drogadicto la dura verdad sobre los efectos de su adicción y, especialmente, sobre las debilidades de carácter que le hacen caer en ella, Rubén rebate uno por uno los argumentos de su amiga, si es que se los puede llamar así.

Nuestra progre defiende el movimiento de los indignados con afirmaciones emocionales que retratan una mentalidad muy extendida. Dice que "necesitamos recuperar la posibilidad de hablar, de expresarnos, de no tener que elegir entre el blanco y el negro". Rubén le replica que nadie nunca le había quitado esas posibilidades, "si te has callado ha sido por decisión propia". Mucha gente que ahora recrimina al PSOE su "traición" a la izquierda, lo votaban pese a la corrupción y los GAL; quizás poniéndose una pinza en la nariz, sí, pero lo votaban: Entonces estaban dispuestos a elegir entre el blanco y el negro. Y mucha gente que se vendió por el plato de lentejas de alguna subvención o puesto de trabajo ¿tiene derecho ahora a sentirse decepcionada?

Incide también nuestra amiga de izquierdas en la conocida cantinela de que en nuestra sociedad todo se resume en el "tener", no en el "ser". "Si no tienes, no existes", afirma nuestra filósofa. La respuesta de Rubén es implacablemente lógica. Si te parece bueno que la gente tenga acceso a determinadas posesiones materiales, estarás de acuerdo en que primero hay que crearlas, producirlas. Pero, prosigue Rubén, "si no has trabajado ni te has esforzado honradamente para ello estoy seguro que consideras que no te corresponde “existir”, figurar, "ser alguien", puesto que no eres ni envidiosa ni deseas tener más de lo que mereces. No tendrías en este caso motivo para indignarte." Ahora bien, si eres una persona que desprecia los bienes materiales, "¿qué mas te da “no ser”? Allá los que crean que por tener “cosas” son importantes. Eso no va contigo. No tendrías, en este caso tampoco, motivo para indignarte."

Insiste la "indignada", pese a todo, en negar la politización del movimiento 15-M, ella lo ve "como algo más intelectual [!?] que político, y creo que son los filósofos, universitarios, maestros, poetas, escritores, etc... los que tienen cosas que decir." Conocida es la necesidad de la izquierda de rendirse extasiada ante figuras intelectuales que creen inspirarla, cuando en el fondo no hacen más que reírle las gracias, aunque sea a veces con un lenguaje pomposamente académico. Copio varios párrafos de Rubén donde, al tiempo que demuestra que no se arredra lo más mínimo ante el mito de la pretendida superioridad cultural de la izquierda, resume magistralmente la diferencia entre la mentalidad liberal y la colectivista:

"¿Y tú, no tienes cosas que decir? ¿Y tu marido y tu cuñado con su pequeña empresa de construir y vender música no tienen nada que decir? (...)
¿Crees que tienen más que decir los “filósofos, universitarios, maestros, poetas y escritores” que los tíos que se inventaron este software a través del que estamos tú y yo conectados a 700 km de distancia? 
¿Crees que el pensamiento es exclusividad de los filósofos?
¿Crees que la juventud es patrimonio de los universitarios?
¿Crees que la enseñanza de la verdad es prerrogativa de los maestros?
¿Crees que los poetas y los escritores inventaron las palabras o el lápiz o la máquina de escribir o el ordenador?
Dices que crees que ellos “son los que tendrían que volver a sentar las bases de la convivencia”... ¿Y por qué mejor no piensas que hay que dejar que la gente decida por sí misma cuáles han de ser las bases de su convivencia? Libremente, como se les antoje. No esperes a que los filósofos te indiquen que le pidas azúcar a la vecina... hazlo por ti misma... ya estás tardando... (...)

Dices: “...habría que empezar de muy abajo, de cero y primero tendríamos que despojarnos de todos nuestros prejuicios, quedarnos limpios, libres de polvo y paja, y sentirnos los unos a los otros ¿Cuanto tiempo hace que no pedimos azúcar al vecino?, ¿quien se atreve a dejar a sus niños un ratillo con la vecina mientras vas a comprar?”

Vamos a ver, detente y piensa serena y honestamente: ¿necesitas “indignarte” contra otros porque ya no te reunas con tus amigos o porque ya no le pidas azúcar a tu vecina ni le dejes las niñas un ratillo cuando vas de compras? ¿En qué momento de tu vida decidiste hacer responsable al gobierno, a los bancos, al mercado de no “sentirnos los unos a los otros” ? ¿Son ellos “nuestros prejuicios”? Cuándo los destruyas o los mejores o cuando consigas que te escuchen ¿quedarás libre de polvo y paja?

No quiero que me respondas, quiero que te preguntes.

¿Te has preguntado qué es lo que te está pasando a TI?
No al gobierno, no.. ni a la sociedad, ni al sistema... ni a los bancos o los mercados...
¡A TI!
Y a los que gritan en la calle...
¿Acaso necesitan tú y ellos que el gobierno, los políticos, el sistema, los bancos centrales, las ideologías, lo que sea, les resuelvan los problemas que no les causan?"

No es fácil compendiar tantas sabias verdades, tan oportunas y de manera totalmente desprovista de pedantería. Aquí se resumen no solo lecturas sino la experiencia vital de uno de tantos exiliados cubanos, que ya han pasado antes por los lavados de cerebro de asambleas y demás rituales de la agitación política, y simplemente la de muchas más personas que han logrado el éxito personal y profesional por su propio esfuerzo y la ayuda de la familia y los amigos, no exigiendo al Estado que le solucione la existencia. Vale la pena leerlo entero.

sábado, 13 de agosto de 2011

Alguien construyó un muro

¿Se pueden recordar los cincuenta años de la construcción del Muro de Berlín sin mencionar que lo levantaron los comunistas? No solo se puede, sino que a tenor de lo que enseñan en las facultades de periodismo, no debería esperarse otra cosa. Ejemplo de ello es el breve reportaje (un minuto y once segundos) de un noticiario de La Sexta, emitido hoy sábado. "Símbolo de la guerra fría", rezan los subtítulos. Como si las culpas hubiera que repartirlas por igual entre Occidente y el extinto bloque soviético. Como si hubiera habido también ciudadanos de la Alemania occidental a los que se hubiera intentado impedir que huyeran a la RDA. Por cierto, a este reportaje sigue otro igualmente breve sobre Fidel Castro, sin el menor asomo de crítica a su régimen.

Frente a esta forma de sutil desinformación, es preciso que los adolescentes conozcan la historia, por supuesto. Pero no es suficiente. Sería muy instructivo que en una clase se pasara el vídeo de La Sexta y se invitara a reflexionar sobre él. Que los alumnos se preguntaran por qué no se alude, más allá de unas siglas hoy desaparecidas, al régimen que lo erigió y los motivos que tuvo para hacerlo. ¿Tendría sentido referirse a los crímenes de Jack el Destripador sin nombrarlo? Sospecho que, para cierto periodismo, sí. La culpa la tendría la sociedad victoriana, sin duda, como hoy tienen la culpa de los disturbios londinenses los recortes sociales de Cameron, la "exclusión" o cualquier otra gansada del limitado repertorio progre. Y eso no tienen el menor problema en dejarlo meridianamente claro, aunque solo dispongan de medio minuto.