El profesor de psicología Steven Pinker define la mente humana como "un sistema de órganos de computación, diseñado por la selección natural". Esta teoría, que desarrolla a lo largo de las más de ochocientas páginas de su fascinante libro Cómo funciona la mente, se opone frontalmente, como es evidente, a toda concepción de la psique basada en alguna esencia misteriosa o principio sobrenatural. Sin embargo, en esta misma obra Pinker admite que la consciencia, en la acepción de la palabra que se refiere al sentimiento subjetivo o sentiencia (las sensaciones subjetivas como el dolor de muelas, el color rojo, etc) "se asemeja a un milagro", y renuncia a encontrarle ninguna explicación.
La ciencia nos explica las sensaciones visuales, auditivas, táctiles, de dolor o placer, etc, como un proceso físico-químico. Cuando una determinada radiación electromagnética incide en mi retina, se desencadena una serie de procesos moleculares en mis sinapsis neuronales, y así surge lo que llamamos la sensación de color rojo. Sin embargo, si construyéramos un robot que reprodujera a la perfección nuestra facultad visual (distinguir formas, colores, etc) ¿sería lícito decir que el robot experimenta la sensación de rojo igual que nosotros? Parece que no hubiera manera de evitar el salto ontológico desde lo físico a lo mental.
El "misterio de la sensibilidad", como lo denomina también Pinker, ha atormentado a los filósofos desde Descartes, que fue el primero que lo expuso con toda claridad. Básicamente se han propuesto tres tipos de solución. La primera, debida al propio Descartes, es la dualista. Consiste simplemente en decir que existen dos clases de realidad, la física y la mental. La segunda solución es la idealista (Hume, Berkeley, etc), una sorprendente huida hacia adelante basada en negar nada menos que la existencia del mundo físico, o por lo menos que tengamos algún conocimiento de él. Estos filósofos, que inspiraron a Jorge Luis Borges su inolvidable universo literario, venían a razonar que las únicas realidades de las cuales tenemos conocimiento directo son nuestras sensaciones, y que el mundo "exterior" es sólo una deducción, una hipótesis. No tenemos posibilidad, aplicando la lógica más estricta, de saber si nuestras concepciones de espacio, materia o incluso de las otras mentes, responden a la existencia de un mundo objetivo o vivimos en una especie de Matrix. (Otra cosa es que tenga algún sentido exigir esta certeza.) En su forma más extrema y consecuente esta "espectral doctrina" conduce al solipsismo, la idea siniestra de que sólo existo yo, y todo lo demás, incluida la humanidad entera, no es más que una ensoñación de mi mente eternamente solitaria, como imaginó Mark Twain en su relato El forastero misterioso.
Kant se refirió al "escándalo" que suponía que los filósofos desde Descartes fueran incapaces de demostrar la existencia de un mundo objetivo. Pero su propia solución, simplificando, no es más que una variante sofisticada de lo que llamamos idealismo, que sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX, en los planteamientos de la filosofía positivista y la fenomenología de Husserl.
A la tercera solución llegaron por caminos diferentes el existencialismo de tradición continental y la filosofía analítica de tradición anglosajona. En esencia, consiste en señalar que todo el problema parte del error de Descartes (renacido una y otra vez en las personas cultivadas) de convertir a las sensaciones subjetivas en un trasunto de los objetos físicos, con los cuales surgiría incluso el problema de cómo interaccionan. En realidad, la sensación de rojo no tendría nada de misterioso, y nuestra perplejidad procedería de un "error categorial" (Ryle), por el cual al reflexionar sobre nuestros procesos mentales, hacemos de ellos una realidad de naturaleza "espiritual", que a todos los efectos no es más que una tosca duplicación de la realidad material.
La tercera solución no niega ni los procesos físicos ni los mentales, simplemente los sitúa en planos conceptuales distintos. En última instancia, el dualismo cartesiano era una forma de materialismo, pues aunque aparentemente distinguía de manera radical entre la materia y el espíritu, prácticamente venía a concebir este último como una forma más sutil de materia. Descartes dice: Je pense, donc je suis. "Pero -inquiere Ortega- ¿quién es ese yo que existe?" Y prosigue:
" Je ne suis qu'une chose qui pense. ¡Ah, una cosa! El yo no es pensamiento, sino una cosa de que el pensamiento es atributo (...) Hemos recaído en el ser inerte de la ontología griega. En la misma frase, en el mismo gesto con que Descartes nos descubre un nuevo mundo, nos lo retira y anula. Tiene la intuición, la visión del ser para sí, pero lo concibe como un ser sustancial, a la griega." (¿Qué es filosofía?, Lección IX.)
Así pues, cuando la naturaleza ontológica de las sensaciones, como el dolor de muelas, el color rojo o el sabor a limón, nos sume en la perplejidad, lo que ocurre es que estamos todavía presos de las categorías substancialistas en las que se basa nuestro lenguaje. O por decirlo en términos de la psicología evolucionista, nuestro cerebro no está diseñado para reflexionar sobre sus propias operaciones, y por eso cuando lo hace, fácilmente cae en espejismos.
¿Significa esto que la consciencia no es ningún enigma? Evidentemente, mientras seamos incapaces de construir una máquina dotada de sensibilidad, en un sentido perfectamente preciso la subjetividad seguirá siendo un misterio. La cuestión es si se conseguirá algún día crear un robot consciente, o si, como sugiere Pinker al final del libro citado, puede que existan límites a lo que el cerebro humano pueda llegar jamás a comprender ("clausura cognitiva"). Determinados problemas (entre los cuales Pinker incluye la fundamentación de la moral) podrían ser irresolubles para el Homo Sapiens. Personalmente, y en esto me aparto del autor, el que me parece el mayor misterio de todos es por qué estamos aquí. Aunque hace años abrigué la cómoda concepción positivista según la cual se trataría de un falso problema, hoy no lo tengo en absoluto nada claro.
Quizás el enigma de la consciencia sea sólo un avatar del mayor enigma de todos. Más allá de consideraciones ideológicas, la razón última por la cual deberíamos recelar de ese pensamiento trivial tan extendido, consistente en identificar la actitud "científica" con la negación de toda trascendencia y la reducción de cualquier principio a convención, es que es sencillamente falso. La ciencia no nos permite fundamentar ninguna metafísica, incluyendo la metafísica encubierta de quienes se creen libres de toda preconcepción ontológica.
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sábado, 31 de enero de 2009
El enigma de la consciencia
martes, 23 de septiembre de 2008
¡Viva Darwin!

La teoría de la evolución, como toda teoría científica, no es definitiva. Pero determinados hechos han quedado tan sólidamente establecidos que difícilmente pueden ser negados. Entre ellos destacaría los tres siguientes:
- El ser humano desciende de "un tipo de organización inferior" (Darwin). O lo que es lo mismo, somos una especie animal más.
- Nuestro pasado como cazadores-recolectores, muchísimo más prolongado que el breve periodo civilizado (desde aproximadamente 8.000 a. C.) sigue pesando de manera notable en nuestra naturaleza actual.
- "Conforman todas las razas -por citar de nuevo las palabras de Darwin- en puntos tan esenciales de estructura y en tantas particularidades mentales, que sólo pueden hallar explicación procediendo todas de un progenitor común, al que, por poseer esos caracteres, hay que considerarlo dentro del rango humano." (El origen del hombre, EDAF, 1989, pág. 511)
"Existen evidentes pruebas de que el antecesor común de la humanidad no ha transmitido a sus descendientes el arte de tirar con flechas y arcos, y, sin embargo, las puntas de piedra de las flechas procedentes de las partes más opuestas del globo, y construidas en los tiempos más remotos, son casi idénticas. (...) La única explicación posible de este hecho es que las diversas razas poseen una misma inventiva semejante, o sea, las mismas facultades mentales." (pág. 176)
Insisto: Todo ese discurso delirante de razas superiores e inferiores, y de supervivencia de los más fuertes -entendida como la suspensión de todo principio jurídico-moral cuando se interpone en los objetivos políticos y militares propios- se basa en una profunda ignorancia de las teorías del naturalista inglés, y afirmar lo contrario supone incurrir en una excesiva sobrevaloración de la altura intelectual del nazismo.
Aclarado esto, vayamos al punto 1. Muchos afirman que el darwinismo "reduce" al hombre a la categoría de animal, con lo cual toda concepción moral quedaría en entredicho. En primer lugar, hay que decir que la ciencia en sí no es reduccionista ni lo contrario. El reduccionismo está sólo en la imaginación de quienes interpretan los resultados de la ciencia, sean los propios científicos o -lo que es más frecuente- los profanos. También podría decirse que la física socava la moral, al "reducirlo" todo a partículas subatómicas. O que Galileo, al afirmar que la Tierra es sólo un planeta entre otros, y en consecuencia no ocupa ninguna posición privilegiada en el Universo, cuestionó la existencia de la divinidad y por tanto la validez de los preceptos morales. El error que algunas personas religiosas cometen con Darwin es precisamente de la misma naturaleza que el cometido por la Iglesia Católica con el sabio italiano, según reconoció Juan Pablo II.
Hay que admitir que el reduccionismo ha causado un daño incalculable, en la medida que ha servido para los propósitos de sistemas totalitarios que lo han utilizado para triturar creencias, costumbres e instituciones que se veían como limitaciones a sus ansias de poder. Pero emprenderla contra la ciencia, sea cayendo en el misticismo, o sea prestándose al fraude de teorías supuestamente "alternativas", es una forma segura de reforzar aún más el reduccionismo, no de combatirlo.

En realidad, la idea de que pertenecemos al mismo grupo taxonómico que los chimpancés y los orangutanes nos debería hacer reflexionar en un sentido muy diferente del reduccionismo vulgar. Reconocer nuestra naturaleza animal nos obliga a meditar sobre nuestras debilidades y limitaciones, lo que traducido a la política significa recelar de los utopismos y los reformismos buenistas. Es en este sentido que en otro lugar he dicho que la teoría de la evolución, en realidad proporciona argumentos más a favor del conservadurismo que no lo contrario. Y quizás la mayor prueba de ello se halla en que el pensamiento "progresista", a pesar de que formalmente acepta el punto 1, generalmente se niega a admitir lo que se deduce de él en relación con nuestra naturaleza, y prácticamente considera anatema hacer referencia al punto 2.
Efectivamente, como ha expusto magistralmente el psicólogo evolucionista Steven Pinker en sus obras Cómo funciona la mente y, sobre todo, La tabla rasa, el pensamiento dominante en las ciencias sociales se ha basado durante años en negar que exista siquiera algo llamado "naturaleza humana", y en atribuir toda explicación de nuestra conducta a la cultura o al ambiente, tachando histéricamente cualquier discrepancia de "darwinismo social", cuando no de "fascismo". Así, hablar de las bases biológicas de la agresividad, por ejemplo, equivale según el seudoprogresismo a una justificación -por no decir exaltación- de la violencia.
Las consecuencias de dejar que los prejuicios interfieran en la actividad científica van por supuesto mucho más allá del ámbito académico. Cuando hablar de los genes en ciencias sociales se convierte en tabú, el resultado es que los "expertos" acaban colaborando con la arrogancia despótica de aquellos políticos que pretenden que está en nuestra mano cambiar la sociedad "transformando" al hombre. Se empieza por ejemplo con la afirmación de que la familia tradicional o los llamados roles sexuales son meras "construcciones" culturales, y se acaba aboliéndolos por decreto. Lo que no se cuestiona nunca, sino que evidentemente se reafirma, como es fácil de comprender, es el rol paternal del gobierno. Ahí está la trampa que ocultan las llamadas "ampliaciones de derechos" (Zapatero), que no son más que la profundización de nuestra dependencia del Estado que tan graciosamente nos "libera".
No es incompatible, sino todo lo contrario, que los mismos que desdeñan por políticamente incorrectos los condicionantes genéticos de la conducta, promuevan la experimentación con embriones humanos y presuman de su mentalidad "avanzada" frente a quienes manifiestan escrúpulos éticos y religiosos. Por cierto que Darwin, independientemente de que fuera creyente o no, estaba convencido de que la fe en "una divinidad omnisciente ha ejercido poderoso influjo en el progreso de la moral". Y la concepción de una moral trascendente siempre será uno de los mayores baluartes contra la expansión de la coacción arbitraria, es decir, el poder.
En suma, conviene no equivocarse. La reacción romántica y populista que confunde ciencia con cientifismo al atacar la primera, muchas veces bajo el pretexto de cuestionar la ciencia "oficial", no hace más que colaborar involuntariamente con los tecnócratas y sus voceros de pacotilla, que sustentan su poder precisamente sobre esa confusión, y pueden presentarse así como los guardianes de la modernidad y el progreso frente a la reacción oscurantista. Es como si los que recelamos de la hipótesis antropogénica del cambio climático nos empeñáramos en presentar como hipótesis alternativa que el clima está gobernado por Dios... No, por favor: ¡Entonces sí que Al Gore se acabaría creyendo la reencarnación de Galileo y Darwin a la vez!
ACTUALIZACIÓN:
Nada más publicar este post, he leído el de Desde el Exilio sobre el mismo tema. Imprescindible.
lunes, 22 de septiembre de 2008
¿La ideología está en los genes?
Un estudio científico recientemente publicado en la revista Science (John R. Alford y otros, "Political Attitudes Vary with Physiological Traits") concluye que las opiniones políticas pueden tener una base biológica. Los autores han sometido a un grupo de 46 personas con "firmes creencias políticas" a una serie de estímulos (ruidos bruscos, imágenes desagradables) con la intención de medir sus respuestas fisiológicas involuntarias: o sea, el mayor o menor grado en que se sobresaltan. El resultado es que quienes son partidarios de la ayuda económica a otros países, de las políticas tolerantes con la inmigración, el pacifismo y el control de las armas, manifiestan reacciones menos intensas que quienes son más favorables al gasto en defensa, la pena de muerte, el patriotismo y la guerra de Iraq.
A El País le faltó tiempo para sacar el mismo día su titular, haciéndose eco del estudio: "Más carca, más miedoso". Desde luego, hubiera sido mucho pedir al diario del monopensamiento progre que no cayera en el trazo grueso ante tema tan jugoso. Al menos, el periodista no propone que se investigue si existe correlación entre ser de derechas y la propensión a la caspa y el descuido en la higiene personal; se limita a sugerir que la ideología conservadora es una actitud de raíz irracional -y la ciencia por fin lo habría demostrado.
Por supuesto, el tipo de reacción de un individuo a un estímulo, no es por sí solo indicativo de que exista una amenaza real o no. Que uno sea de naturaleza tranquila puede ser tan ventajoso en algunas circunstancias como imprudente en otras. Definir la racionalidad como una tendencia a reacciones fisiológicas poco intensas sólo puede considerarse como una especie de broma, aunque tampoco descartaría que los propios autores del estudio flirteen con ella. De la atmósfera asfixiantemente izquierdista que se respira en los campus americanos y europeos se puede esperar cualquier cosa.
Por otra parte, no acabo de ver claro por qué las reacciones fisiológicas observadas deben correlacionarse con las opiniones políticas en bloque, y no acaso aisladamente con alguna de ellas.
Pero lo verdaderamente interesante del estudio es la hipótesis de que la ideología política puede estar más relacionada de lo que habitualmente se admite con nuestro carácter, e incluso que exista una predisposición genética a simpatizar con unas ideas más que con otras. Dos de los coautores del artículo de Science (John R. Alford y John R. Hibbing) ya publicaron en 2005, con un tercer colega, una investigación realizada con miles de hermanos gemelos, en la cual observaron que los gemelos monocigóticos (que comparten el 100 % de los genes) mostraban una mayor coincidencia en sus preferencias políticas que los dicigóticos (que comparten sólo el 50 % de su dotación genética). De esto concluían que las tendencias ideológicas están mucho más determinadas por los genes que por el ambiente.
Steven Pinker, en su libro La tabla rasa, recoge las conclusiones de otros estudios similares, algunos de los cuales revelaban coincidencias ideológicas e incluso religiosas verdaderamente asombrosas en gemelos que se habían criado separados.
Naturalmente, esto no significa que nuestra ideología esté absolutamente determinada desde que nacemos. La prueba de que no es así es que muchos hemos cambiado nuestra manera de pensar a lo largo del tiempo. Pero resulta inevitable hacerse una pregunta inquietante: ¿Hemos cambiado gracias a la reflexión, las lecturas y la experiencia, o es que finalmente nuestra naturaleza innata se ha acabado imponiendo? O dicho de otro modo: Si nuestras convicciones más profundas están condicionadas en mayor o menor grado por nuestra naturaleza biológica ¿quiere esto decir que la argumentación racional no sirve para nada, que nada es verdadero ni falso en política?
En realidad, que tengamos una cierta predisposición a creer en A, no afecta para nada a la cuestión de si A es verdadero o falso. Pero lo que sí se desprende de las observaciones científicas es que no podemos esperar que una idea triunfe por el mero hecho de ser verdadera. Y por supuesto, lo contrario también es cierto. Por muy equivocada que esté determinada concepción de las cosas, puede llegar a tener éxito si quienes la defienden son lo suficientemente hábiles para pulsar los resortes psicológicos adecuados de mucha gente.
La estrategia política más efectiva consistirá, por tanto, no en poner el énfasis sobre un solo tema, sino en tratar de activar la visión global de la realidad que hay en cada uno de nosotros. Esto parecen haberlo comprendido muy bien políticos como Zapatero. Demuestra una gran ingenuidad pensar que los debates sobre el aborto, la eutanasia o la guerra civil no tienen otra función que distraer a la población de los problemas económicos. En verdad, actúan como catalizadores del sentido de pertenencia a una ideología. En cambio, el empecinamiento de Mariano Rajoy en eludir determinadas cuestiones, en decir que eso no es lo que interesa a la gente, en "mirar al futuro" e incluso negar que existan las diferencias ideológicas (sólo la buena o la mala gestión) es un profundo error. A veces me pregunto si no estará en el ADN de la derecha española.
A El País le faltó tiempo para sacar el mismo día su titular, haciéndose eco del estudio: "Más carca, más miedoso". Desde luego, hubiera sido mucho pedir al diario del monopensamiento progre que no cayera en el trazo grueso ante tema tan jugoso. Al menos, el periodista no propone que se investigue si existe correlación entre ser de derechas y la propensión a la caspa y el descuido en la higiene personal; se limita a sugerir que la ideología conservadora es una actitud de raíz irracional -y la ciencia por fin lo habría demostrado.
Por supuesto, el tipo de reacción de un individuo a un estímulo, no es por sí solo indicativo de que exista una amenaza real o no. Que uno sea de naturaleza tranquila puede ser tan ventajoso en algunas circunstancias como imprudente en otras. Definir la racionalidad como una tendencia a reacciones fisiológicas poco intensas sólo puede considerarse como una especie de broma, aunque tampoco descartaría que los propios autores del estudio flirteen con ella. De la atmósfera asfixiantemente izquierdista que se respira en los campus americanos y europeos se puede esperar cualquier cosa.
Por otra parte, no acabo de ver claro por qué las reacciones fisiológicas observadas deben correlacionarse con las opiniones políticas en bloque, y no acaso aisladamente con alguna de ellas.
Pero lo verdaderamente interesante del estudio es la hipótesis de que la ideología política puede estar más relacionada de lo que habitualmente se admite con nuestro carácter, e incluso que exista una predisposición genética a simpatizar con unas ideas más que con otras. Dos de los coautores del artículo de Science (John R. Alford y John R. Hibbing) ya publicaron en 2005, con un tercer colega, una investigación realizada con miles de hermanos gemelos, en la cual observaron que los gemelos monocigóticos (que comparten el 100 % de los genes) mostraban una mayor coincidencia en sus preferencias políticas que los dicigóticos (que comparten sólo el 50 % de su dotación genética). De esto concluían que las tendencias ideológicas están mucho más determinadas por los genes que por el ambiente.
Steven Pinker, en su libro La tabla rasa, recoge las conclusiones de otros estudios similares, algunos de los cuales revelaban coincidencias ideológicas e incluso religiosas verdaderamente asombrosas en gemelos que se habían criado separados.
Naturalmente, esto no significa que nuestra ideología esté absolutamente determinada desde que nacemos. La prueba de que no es así es que muchos hemos cambiado nuestra manera de pensar a lo largo del tiempo. Pero resulta inevitable hacerse una pregunta inquietante: ¿Hemos cambiado gracias a la reflexión, las lecturas y la experiencia, o es que finalmente nuestra naturaleza innata se ha acabado imponiendo? O dicho de otro modo: Si nuestras convicciones más profundas están condicionadas en mayor o menor grado por nuestra naturaleza biológica ¿quiere esto decir que la argumentación racional no sirve para nada, que nada es verdadero ni falso en política?
En realidad, que tengamos una cierta predisposición a creer en A, no afecta para nada a la cuestión de si A es verdadero o falso. Pero lo que sí se desprende de las observaciones científicas es que no podemos esperar que una idea triunfe por el mero hecho de ser verdadera. Y por supuesto, lo contrario también es cierto. Por muy equivocada que esté determinada concepción de las cosas, puede llegar a tener éxito si quienes la defienden son lo suficientemente hábiles para pulsar los resortes psicológicos adecuados de mucha gente.
La estrategia política más efectiva consistirá, por tanto, no en poner el énfasis sobre un solo tema, sino en tratar de activar la visión global de la realidad que hay en cada uno de nosotros. Esto parecen haberlo comprendido muy bien políticos como Zapatero. Demuestra una gran ingenuidad pensar que los debates sobre el aborto, la eutanasia o la guerra civil no tienen otra función que distraer a la población de los problemas económicos. En verdad, actúan como catalizadores del sentido de pertenencia a una ideología. En cambio, el empecinamiento de Mariano Rajoy en eludir determinadas cuestiones, en decir que eso no es lo que interesa a la gente, en "mirar al futuro" e incluso negar que existan las diferencias ideológicas (sólo la buena o la mala gestión) es un profundo error. A veces me pregunto si no estará en el ADN de la derecha española.
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jueves, 14 de agosto de 2008
Consejos para evitar una violación
Cuando en el año 2000 el biólogo Randy Thornhill y el antropólogo Craig Palmer publicaron su A Natural History of Rape (Una historia natural de la violación), se produjo un escándalo mayúsculo, incluyendo manifestaciones, sabotajes de conferencias, y todo tipo de improperios contra sus autores. Lo cuenta Steven Pinker en La tabla rasa, cap. 18.
¿El motivo? Que esos autores afirmaban que la violación algo tenía que ver con el deseo sexual. Es posible que algún lector desprevenido se pregunte qué hay de malo en afirmar tal obviedad, pero es que resulta que según la doctrina feminista oficial, eso es inadmisible. El violador, según tal doctrina, es una persona que actúa por un impulso exclusivamente agresivo ("machista", es decir, cultural) hacia las mujeres, en el que el componente sexual funciona sólo como un pretexto. Decir, pues, que la violación tiene al menos un importante componente sexual equivale a considerarla algo natural, es decir, algo "bueno" -o por lo menos disculpable.
Evidentemente, he aquí un típico ejemplo de la falacia naturalista (definir lo bueno como lo natural), estrechamente relacionada con el mito del "buen salvaje", según el cual el mal sólo puede proceder de la sociedad, no de la naturaleza humana en su estado prístino. Pero los terremotos o las enfermedades infecciosas son fenómenos incuestionablemente "naturales", y no por ello a nadie se le ocurriría calificarlos como benéficos. ¿Por qué no podemos aplicar la misma lógica a la especie humana? De hecho, Thornhill y Palmer, como no podía ser menos, abominaban de la violación, y el fin último de su estudio, más allá del aspecto puramente científico, era contribuir a una mejor prevención de los delitos sexuales.
Sin embargo, para el pensamiento seudoprogresista, la búsqueda de soluciones realistas a los problemas se subordina a la aceptación de determinados tabúes ideológicos, con lo cual muchas veces las soluciones se aplazan indefinidamente, e incluso se exacerban los problemas. Así, se deploran los altos índices de desempleo, pero cuidadito con hablar de liberalizaciones (lo que los burócratas denominan con el eufemismo "flexibilizar el mercado laboral"), que se te echan a la yugular. Y análogamente ocurre en otros terrenos.
Es el caso de una publicación católica mexicana, que en un artículo enumera una serie de recomendaciones prácticas para evitar una agresión sexual, como por ejemplo, no usar "ropa provocativa", no dar pie a determinadas familiaridades con según qué personas, etc. Pues bien, le ha faltado tiempo a El País, en su edición digital, para sacar de ello un titular: "Si quieres evitar una agresión sexual, no uses ropa provocativa". Aunque la frase reproduce literalmente palabras del artículo, es obvia su intención de sugerir que la Iglesia está culpabilizando, al menos en parte, a la mujer que es víctima de una violación por no vestir de forma más pudorosa. Es como si, por recomendarle a una persona que no se pasee con un Rolex de oro en la muñeca, sobre todo por determinados barrios y a determinadas horas, se dijera que se está justificando al potencial ladrón y culpabilizando a la víctima, cuando se trata de consejos bienintencionados que responden al más elemental sentido común.
Ello no obsta para que determinadas sentencias judiciales, tristemente famosas, nos parezcan indignantes. Una vez se ha cometido el delito, el juez no es nadie para vejar a la víctima con alusiones a la longitud de la falda que llevaba en el momento de la agresión, y mucho menos para basar en ello atenuante alguno. Pero si una madre le dice a su hija antes de salir de casa que no le parece adecuada la ropa que viste, es retorcido ver en ello algo distinto de una preocupación perfectamente justificada y apegada a la realidad, aun pudiendo pecar de exagerada en algún caso.
Como dice Steven Pinker en el lugar citado:
"Por supuesto que las mujeres tienen derecho a vestirse como les dé la gana, pero la cuestión no es a qué tienen derecho las mujeres en un mundo perfecto, sino cómo pueden maximizar su seguridad en este mundo. La indicación de que las mujeres que se encuentran en situaciones peligrosas deben cuidar las reacciones que puedan estar provocando o las señales que inadvertidamente puedan estar mandando es algo de sentido común, y es difícil creer que una persona adulta pueda pensar lo contrario -a menos que la hayan adoctrinado los programas estándar de prevención de la violación en los que se dice a las mujeres que 'la agresión no es un acto de gratificación sexual' y que 'el aspecto y el atractivo no son relevantes' ". (Paidós, 2003, pág. 537)
El pensamiento seudoprogresista, al amoldar la realidad a sus esquemas, en lugar de al revés, es la receta perfecta para el desastre, sea cual sea el tema de que se trate, y el sexo no es una excepción. Pero lo que resulta más irritante es que se erija en el verdadero defensor de aquellos a quienes en realidad está desprotegiendo con su irresponsable buenismo, sean las mujeres, los trabajadores o cualquier otro colectivo que tenga la desgracia de caer bajo su interés.
¿El motivo? Que esos autores afirmaban que la violación algo tenía que ver con el deseo sexual. Es posible que algún lector desprevenido se pregunte qué hay de malo en afirmar tal obviedad, pero es que resulta que según la doctrina feminista oficial, eso es inadmisible. El violador, según tal doctrina, es una persona que actúa por un impulso exclusivamente agresivo ("machista", es decir, cultural) hacia las mujeres, en el que el componente sexual funciona sólo como un pretexto. Decir, pues, que la violación tiene al menos un importante componente sexual equivale a considerarla algo natural, es decir, algo "bueno" -o por lo menos disculpable.
Evidentemente, he aquí un típico ejemplo de la falacia naturalista (definir lo bueno como lo natural), estrechamente relacionada con el mito del "buen salvaje", según el cual el mal sólo puede proceder de la sociedad, no de la naturaleza humana en su estado prístino. Pero los terremotos o las enfermedades infecciosas son fenómenos incuestionablemente "naturales", y no por ello a nadie se le ocurriría calificarlos como benéficos. ¿Por qué no podemos aplicar la misma lógica a la especie humana? De hecho, Thornhill y Palmer, como no podía ser menos, abominaban de la violación, y el fin último de su estudio, más allá del aspecto puramente científico, era contribuir a una mejor prevención de los delitos sexuales.
Sin embargo, para el pensamiento seudoprogresista, la búsqueda de soluciones realistas a los problemas se subordina a la aceptación de determinados tabúes ideológicos, con lo cual muchas veces las soluciones se aplazan indefinidamente, e incluso se exacerban los problemas. Así, se deploran los altos índices de desempleo, pero cuidadito con hablar de liberalizaciones (lo que los burócratas denominan con el eufemismo "flexibilizar el mercado laboral"), que se te echan a la yugular. Y análogamente ocurre en otros terrenos.
Es el caso de una publicación católica mexicana, que en un artículo enumera una serie de recomendaciones prácticas para evitar una agresión sexual, como por ejemplo, no usar "ropa provocativa", no dar pie a determinadas familiaridades con según qué personas, etc. Pues bien, le ha faltado tiempo a El País, en su edición digital, para sacar de ello un titular: "Si quieres evitar una agresión sexual, no uses ropa provocativa". Aunque la frase reproduce literalmente palabras del artículo, es obvia su intención de sugerir que la Iglesia está culpabilizando, al menos en parte, a la mujer que es víctima de una violación por no vestir de forma más pudorosa. Es como si, por recomendarle a una persona que no se pasee con un Rolex de oro en la muñeca, sobre todo por determinados barrios y a determinadas horas, se dijera que se está justificando al potencial ladrón y culpabilizando a la víctima, cuando se trata de consejos bienintencionados que responden al más elemental sentido común.
Ello no obsta para que determinadas sentencias judiciales, tristemente famosas, nos parezcan indignantes. Una vez se ha cometido el delito, el juez no es nadie para vejar a la víctima con alusiones a la longitud de la falda que llevaba en el momento de la agresión, y mucho menos para basar en ello atenuante alguno. Pero si una madre le dice a su hija antes de salir de casa que no le parece adecuada la ropa que viste, es retorcido ver en ello algo distinto de una preocupación perfectamente justificada y apegada a la realidad, aun pudiendo pecar de exagerada en algún caso.
Como dice Steven Pinker en el lugar citado:
"Por supuesto que las mujeres tienen derecho a vestirse como les dé la gana, pero la cuestión no es a qué tienen derecho las mujeres en un mundo perfecto, sino cómo pueden maximizar su seguridad en este mundo. La indicación de que las mujeres que se encuentran en situaciones peligrosas deben cuidar las reacciones que puedan estar provocando o las señales que inadvertidamente puedan estar mandando es algo de sentido común, y es difícil creer que una persona adulta pueda pensar lo contrario -a menos que la hayan adoctrinado los programas estándar de prevención de la violación en los que se dice a las mujeres que 'la agresión no es un acto de gratificación sexual' y que 'el aspecto y el atractivo no son relevantes' ". (Paidós, 2003, pág. 537)
El pensamiento seudoprogresista, al amoldar la realidad a sus esquemas, en lugar de al revés, es la receta perfecta para el desastre, sea cual sea el tema de que se trate, y el sexo no es una excepción. Pero lo que resulta más irritante es que se erija en el verdadero defensor de aquellos a quienes en realidad está desprotegiendo con su irresponsable buenismo, sean las mujeres, los trabajadores o cualquier otro colectivo que tenga la desgracia de caer bajo su interés.
martes, 3 de junio de 2008
Sobre la paridad y otras paridas
La Federación de Mujeres Progresistas ha convocado una manifestación frente a la Asociación de Prensa de Madrid, para protestar contra los anuncios de contactos, porque, según dicen, favorecen la desigualdad y la discriminación de la mujer.
Evidentemente, lo que les molesta a estas feministas es que dichos anuncios estén dirigidos, en proporción cercana al cien por cien, a un público masculino. Si la mitad o al menos una buena parte de ellos buscaran satisfacer una demanda femenina significativa de servicios sexuales, estas "mujeres progresistas", como les gusta autodenominarse, no manifestarían ningún reparo hacia esa sección de los periódicos.
El problema es que esa demanda no existe. Steven Pinker ha estudiado este tema sin concesiones a los prejuicios políticamente correctos. Hablando del mercado de la pornografía, que sólo en Estados Unidos mueve un volumen de negocio de miles de millones de dólares, equivalente al del cine y los deportes juntos, este profesor señala el hecho incontrovertible de que el público que lo sostiene está abrumadoramente compuesto por varones. "Prácticamente -señala- no hay un mercado femenino para la pornografía. (Playgirl, el supuesto contraejemplo, está claramente orientado al mercado homosexual masculino*...)"
Por supuesto, las feministas dirán que se trata de un estereotipo cultural sostenido por un sistema patriarcal falocrático y bla bla bla. Memeces. La experiencia demuestra que la gran mayoría de mujeres siguen un patrón de conducta sexual distinto del hombre, el cual en general es mucho más proclive a relaciones sexuales sin compromiso**, y ello a pesar de que llevamos décadas de propaganda progresista en los medios de comunicación, empeñados en fingir que no existe ningún tipo de diferencia psicogenética entre los dos sexos, más allá de que a los hombres les suelen gustar las mujeres y viceversa, y en promover modelos de conducta acordes con esa superstición contemporánea.
El feminismo radical sencillamente consiste en negar los hechos, en este caso de carácter biológico. Puede parecer absurdo así expresado, pero se trata de una característica común a todos los discursos englobados dentro del género progre. Obsérvese por ejemplo cómo el seudoprogresista se escandaliza cuando se alude a los superiores índices de delincuencia entre la población inmigrante, por más que se trate de un hecho estadístico incontestable. No es que se oponga a las medidas que podrían tener en cuenta esta realidad a fin de conseguir mayores niveles de seguridad, es que se conmina explícitamente a los medios de comunicación a que no aludan a la nacionalidad de los delincuentes -es decir, a que (so pretexto de no generar "sentimientos xenófobos") oculten infomación y se autocensuren.
El seudoprogresismo es por naturaleza contrario a los hechos, es decir, a la verdad. Díganle a cualquier antiglobalización, que el dogma de que en el mundo la pobreza no cesa de aumentar (aquello de que "los pobres cada vez son más pobres y los ricos más ricos") es sencillamente una falsedad, un principio archirrefutado por todos los economistas serios del mundo. Seguramente será demasiado para él. No querrá escucharles. Y cuando se sienta acorralado, siempre tendrá el recurso a la ecología: ¡Si todos los chinos y los indios tienen coche propio, el planeta no aguantará! (Conclusión: hay que impedírselo.)
Así pues, al progresista en general le molesta que le recuerden que en las cárceles la proporción de extranjeros no deja de aumentar, o que la miseria en el mundo disminuye al ritmo de la globalización. Del mismo modo, a la feminista radical se diría que le incomoda enfrentarse a hechos como el de que en todas las culturas, los consumidores de pornografía y prostitución sean principalmente hombres. Dudoso honor, desde luego. ¿Les indignará también, me pregunto, que la población penitenciaria mundial sea mayoritariamente masculina?
Intolerable. ¡Paridad sexual en las cárceles ya!
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*S. Pinker, Cómo funciona la mente, ed. Destino (2000), pág. 604.
**S. Pinker, La tabla rasa, Paidós (2003), pág. 501.
Evidentemente, lo que les molesta a estas feministas es que dichos anuncios estén dirigidos, en proporción cercana al cien por cien, a un público masculino. Si la mitad o al menos una buena parte de ellos buscaran satisfacer una demanda femenina significativa de servicios sexuales, estas "mujeres progresistas", como les gusta autodenominarse, no manifestarían ningún reparo hacia esa sección de los periódicos.
El problema es que esa demanda no existe. Steven Pinker ha estudiado este tema sin concesiones a los prejuicios políticamente correctos. Hablando del mercado de la pornografía, que sólo en Estados Unidos mueve un volumen de negocio de miles de millones de dólares, equivalente al del cine y los deportes juntos, este profesor señala el hecho incontrovertible de que el público que lo sostiene está abrumadoramente compuesto por varones. "Prácticamente -señala- no hay un mercado femenino para la pornografía. (Playgirl, el supuesto contraejemplo, está claramente orientado al mercado homosexual masculino*...)"
Por supuesto, las feministas dirán que se trata de un estereotipo cultural sostenido por un sistema patriarcal falocrático y bla bla bla. Memeces. La experiencia demuestra que la gran mayoría de mujeres siguen un patrón de conducta sexual distinto del hombre, el cual en general es mucho más proclive a relaciones sexuales sin compromiso**, y ello a pesar de que llevamos décadas de propaganda progresista en los medios de comunicación, empeñados en fingir que no existe ningún tipo de diferencia psicogenética entre los dos sexos, más allá de que a los hombres les suelen gustar las mujeres y viceversa, y en promover modelos de conducta acordes con esa superstición contemporánea.
El feminismo radical sencillamente consiste en negar los hechos, en este caso de carácter biológico. Puede parecer absurdo así expresado, pero se trata de una característica común a todos los discursos englobados dentro del género progre. Obsérvese por ejemplo cómo el seudoprogresista se escandaliza cuando se alude a los superiores índices de delincuencia entre la población inmigrante, por más que se trate de un hecho estadístico incontestable. No es que se oponga a las medidas que podrían tener en cuenta esta realidad a fin de conseguir mayores niveles de seguridad, es que se conmina explícitamente a los medios de comunicación a que no aludan a la nacionalidad de los delincuentes -es decir, a que (so pretexto de no generar "sentimientos xenófobos") oculten infomación y se autocensuren.
El seudoprogresismo es por naturaleza contrario a los hechos, es decir, a la verdad. Díganle a cualquier antiglobalización, que el dogma de que en el mundo la pobreza no cesa de aumentar (aquello de que "los pobres cada vez son más pobres y los ricos más ricos") es sencillamente una falsedad, un principio archirrefutado por todos los economistas serios del mundo. Seguramente será demasiado para él. No querrá escucharles. Y cuando se sienta acorralado, siempre tendrá el recurso a la ecología: ¡Si todos los chinos y los indios tienen coche propio, el planeta no aguantará! (Conclusión: hay que impedírselo.)
Así pues, al progresista en general le molesta que le recuerden que en las cárceles la proporción de extranjeros no deja de aumentar, o que la miseria en el mundo disminuye al ritmo de la globalización. Del mismo modo, a la feminista radical se diría que le incomoda enfrentarse a hechos como el de que en todas las culturas, los consumidores de pornografía y prostitución sean principalmente hombres. Dudoso honor, desde luego. ¿Les indignará también, me pregunto, que la población penitenciaria mundial sea mayoritariamente masculina?
Intolerable. ¡Paridad sexual en las cárceles ya!
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*S. Pinker, Cómo funciona la mente, ed. Destino (2000), pág. 604.
**S. Pinker, La tabla rasa, Paidós (2003), pág. 501.
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