domingo, 9 de noviembre de 2008
Dos conceptos de democracia
Nadie o casi nadie discute que las personas adultas pueden hacer lo que quieran con su vida sexual, juntarse, separarse o formar tríos. Pero llamar matrimonio a cualquiera de estas uniones es algo más que una incorrección semántica. Supone sencillamente disolver la institución del matrimonio tal como la conocemos desde hace miles de años. Se confunden gravemente quienes argumentan, desde posiciones aparentemente liberales, que el Estado no es nadie para decir quién puede casarse con quién. El Estado, efectivamente, no debe tener esa atribución: Por eso mismo no puede reformar de raíz los principios que han regido en nuestra civilización desde tiempo inmemorial, salvo para que se vean reconocidos más explícitamente en los textos legales.
También se ha tendido a ridiculizar a quienes afirmamos que el matrimonio entre homosexuales supone abrir la puerta a la poligamia y a toda clase de aberraciones. Hay que decir que antes los progres eran más coherentes (o quizá menos expertos en marketing) y no hacían ningún asco a esta posibilidad. En el que fue un claro precedente de los actuales manuales de Educación para la Ciudadanía, El libro rojo del cole (un engendro que comunistas y socialistas difundían clandestinamente por los colegios durante la Transición) se afirmaba lo siguiente: "No se ve el porqué una familia debe necesariamente basarse en el matrimonio de un hombre y una mujer. ¿Por qué no pueden haber matrimonios de grupo, grandes familias, comunidades, etc?" Lo más interesante de estas palabras es el "etc". ¡La de posibilidades que se sugieren aquí! Por cierto que recomiendo la lectura de este libro, hoy justamente olvidado, en el que se adoctrina a los adolescentes en técnicas subversivas, se proporcionan recomendaciones para abortar ilegalmente o se "desaconsejan" las drogas entrando en detalles de tipo práctico sobre cómo consumirlas de forma "segura".
En fin, visto que estas enseñanzas no llegaron a calar lo suficiente, los progres cambiaron de estrategia. Defienden exactamente lo mismo (la abolición de la familia, es decir, su absorción por el Estado) pero de manera más disimulada y encubierta, ridiculizando a quienes denunciamos sus verdaderas intenciones como si los radicales fuéramos nosotros y no ellos. Y sobre todo, monopolizando la etiqueta de demócratas. Eso sí, demócratas españoles, no californianos. No confundamos.
viernes, 31 de agosto de 2007
Réplica a una profesora
Me insistes en que la intención de la asignatura de Educación para la Ciudadanía es desarrollar el espíritu crítico. Yo no juzgo de intenciones, yo me baso en los contenidos que conozco, y desde mi punto de vista tienden a una especie de catequesis progresista, eso sí, en el lenguaje seráfico al uso de tirar la piedra y esconder la mano.
¿Desde cuándo una definición de la familia debe tener en cuenta lo que diga el BOE? ¿Hablamos de antropología o de qué hablamos?
En cuanto a los cuatro supuestos que atribuyes a los críticos con la Epc:
1) El gobierno es malísimo. Te repito que yo no juzgo intenciones, sino actos. Y nada temo más que los políticos cargados de buenas intenciones.
2) Los adolescentes son estúpidos. Aquí me tengo que extender (no, tranquila, no creo que lo sean), o sea que lo dejo para el final.
3) Los profesores podéis imponer vuestras ideas con gran facilidad. Pues quizás esto es exagerado, pero sí que creo que os encontráis en un lugar privilegiado para divulgar vuestra visión de las cosas.
4) Los profesores queréis imponer vuestras ideas. Pues es posible que muchos quieran y que otros sin querer lo hagan. Y que la mayoría de enseñantes cojean del pie izquierdo, vaya, mi experiencia ha sido claramente esa, sobre todo en secundaria. Y yo admiraba en general a mis profesores. A lo mejor es que yo sí era estúpido.
Esto me lleva a tu supuesto 2, sobre el que quiero decir algo que tal vez sorprenda.
¿Son idiotas los adolescentes? No lo creo, y tanto es así que pienso que en realidad, tal como está planteada la EpC, les hará más bien que mal. Puede parecer que me contradigo, pero te explico el por qué. Luchar contra las ideas establecidas atrae más a los jóvenes, esto siempre ha sido así, y posiblemente sea un factor saludable socialmente. Un gran problema contemporáneo, en mi opinión, es que existe una industria de la comunicación que ha detectado esto hace tiempo, y se ha dedicado a producir rebeldía perfectamente estandarizada y etiquetada, y la juventud, pero no sólo ella, cae muy fácilmente en esa trampa de ser anti-sistema en una dirección que no beneficia a nadie salvo a grupos económicos y partidos políticos perfectamente instalados en el sistema. Que los jóvenes no son idiotas pero tampoco son necesariamente más listos que los mayores, y encima les falta la experiencia. Llevar la camiseta del Che (un asesino como lo fue Pinochet) puede ser muy guay, pero al sistema le hace cosquillas, y en cambio ayuda a crear el ambiente propicio, en el mejor de los casos, para que las visiones en pro de las libertades individuales queden ahogadas en medio de reclamaciones delirantes de intervencionismo del Estado que -se ha demostrado hasta la saciedad- no crearán más puestos de trabajo para el de la camiseta ni para nadie, sino todo lo contrario, entre otros efectos perniciosos.
Por eso, si esta rebeldía de pacotilla empieza a ser lo que se espera de los chicos buenos, lo establecido, es posible que la reacción de éstos sea inclinarse en la dirección contraria, hacia el liberalismo y el redescubrimiento de ciertos valores tradicionales. En realidad, creo que esto ya lleva sucediendo desde mucho antes de que se planteara la Epc. Así que yo seguiré oponiéndome a la Epc, no porque piense que va a tener un gran éxito adoctrinador, sino porque precisamente es el momento de prepararse para recoger los frutos de la juventud desencantada del paradigma seudoprogresista, y ofrecerle una alternativa.
Un saludo.
miércoles, 22 de agosto de 2007
Un arma cargada de estupidez

Mis hijos son todavía pequeños para recibir la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Con un poco de suerte, cuando tengan la edad suficiente, habrá sido suprimida. De todos modos, como me gusta formarme mi propia opinión de las cosas, me he hecho con un libro de texto de 3º de Eso, de la editorial Barcanova, titulado Ciutadania, en catalán. (En adelante, todas las citas del libro son traducidas.)
El primer capítulo, titulado “Somos iguales, pero no idénticos”, arranca con el concepto de la evolución humana, para distinguir entre nuestro patrimonio genético y el cultural. En un estilo de vaguedades y generalizaciones tan difíciles de objetar como perfectamente insípidas, se le hurtan al alumno algunas consideraciones mínimas sobre lo que conocemos de la naturaleza humana y nuestro larguísimo pasado de cazadores-recolectores, sobre nuestras tendencias innatas a la cooperación, pero también a la agresividad, la territorialidad, etc. Nos encontramos ya de lleno desde el primer capítulo en el País de lo Políticamente Correcto, preparados para asimilar la tesis de que todo mal procede de la sociedad, y todo conflicto puede solucionarse simplemente mediante la educación y el diálogo, confundiendo, en suma, bondad con buenismo. Así, “estaremos [gracias a las relaciones interpersonales] en condiciones de establecer críticas, juicios y valores para aportar a la sociedad y quizás modificarla” (pág. 12). Me pregunto si hablar de modificar la sociedad antes de entrar en el análisis de sus imperfecciones no equivale acaso a consagrar el cambio por el cambio, a hacer de él un valor en sí mismo, a halagar interesadamente a los adolescentes a los que va dirigido el texto, aunque carezcan de la menor experiencia acerca de lo que realmente debe cambiarse, y de la prudencia con la que debe enfocarse toda reforma, por bienintencionada que sea (¡sobre todo cuando lo es!). El caso es que, una vez establecido el rol de buen chico progresista que se espera de los alumnos, ya puede ser introducida la siguiente definición de la familia: “Es la unidad social formada por un grupo de individuos ligados entre ellos por relaciones de matrimonio, parentesco o afinidad” (pág. 13). Desafío al lector a que imagine algún tipo de agrupación que no encaje dentro de esta definición. Si se quiere que los homosexuales puedan adoptar niños –sin preguntarles a estos últimos, por lo visto- dígase bien claro, no se les lave el cerebro a los adolescentes para desarmarlos conceptualmente antes de que adivinen lo que les quieren colar. El capítulo, en fin, termina con unas poéticas palabras sobre “los hombres y mujeres” que “han decidido agruparse en diferentes organizaciones... para protestar, denunciar y poder cambiar estructuras y maneras de hacer y mejorar las condiciones de vida de la sociedad” (pág. 18). La foto, un cartel de Greenpeace, con la leyenda “Stop CO2. No más centrales térmicas”. ¿Qué hay de malo en el hecho de que a jóvenes de quince años se les ponga Greenpeace como ejemplo? –se preguntará más de uno. El problema es que libros como éste se imponen con la finalidad de que a los futuros adultos ni siquiera se les plantee esa posibilidad de “establecer críticas, juicios y valores” (son sus propias palabras) que no sean los homologados por el seudoprogresismo imperante.
¿Soy demasiado puntilloso? Tanto el primer capítulo, como el segundo, del que ahora paso a ocuparme, deben valorarse en función del contenido restante del libro. Espero demostrar que su sesgo ideológico es evidente. El capítulo 2, quizás el único con material aprovechable, está consagrado a los derechos humanos. Con un enfoque positivista, se expone someramente su historia desde el siglo XVIII hasta nuestros días, enfatizando el papel de las Naciones Unidas, y poniendo al mismo nivel los derechos a la vida, la libertad y la libertad de expresión, con los llamados derechos de segunda y tercera generación (socioeconómicos y colectivos, respectivamente) como serían el derecho al trabajo, a gozar de un nivel de vida adecuado, a una vivienda digna, la salud y la educación, así como los derechos a la paz, la autodeterminación, el desarrollo sostenible y el patrimonio común de la humanidad. En mi opinión, por mucho que lo diga la Onu, sólo son verdaderos derechos los llamados de primera generación (al que añadiría como fundamental el de propiedad), porque son los únicos que realmente protegen al individuo frente a la arbitrariedad de otros individuos, incluidos los gobernantes. En cambio, la larga y siempre ampliable lista de desiderátums socioeconómicos y colectivos que se pretenden hacer pasar por derechos, cuyo cumplimiento requiere el empleo de recursos sin cuento, es el gran caballo de Troya de los Estados para penetrar en la ciudadela de los verdaderos derechos, esas formalidades burguesas que se interponen en el camino del paraíso terrenal. Nuestros educadores lo dicen más finamente que yo, por supuesto: “Los estados tienen el deber de respetar estos derechos y garantizarlos, pero también tienen el deber de actuar de manera activa (sic) a fin de que los ciudadanos los puedan ejercer plenamente” (pág. 31). Esto conecta directamente con el capítulo 4, “Democracia y Estado social democrático y de derecho”, aunque antes, en el capítulo 3, se nos habla de las desigualdades. Sin entrar a fondo en las causas de la pobreza, se sugiere que el problema del Tercer Mundo es el de la “dependencia económica” (pág. 45), forma sibilina de culpar a los países ricos, y... ¡la deslocalización! (pág. 50) Pues, ingenuo de mí, yo creía que la deslocalización era un problema de los países desarrollados, mientras que los más pobres se beneficiaban de que las empresas quieran instalarse en ellos por sus bajos salarios. Es decir, que la deslocalización, como uno de los fenómenos constitutivos de la globalización, era una manifestación de que los países más atrasados también pueden progresar, sobre todo cuando aplican políticas liberales que animan a la inversión y proporcionan seguridad jurídica. Pero el concepto que tienen nuestros pedagogos de la globalización no es demasiado favorable que digamos. Ya en el cuarto capítulo, que es una apología franca del Estado Providencia, se imputa a la globalización de ser el instrumento de “las grandes compañías trasnacionales y los organismos económicos y financieros mundiales”, que “determinan las condiciones de vida de millones de habitantes del planeta sin que nadie los haya elegido y, por tanto, sin tener legitimidad democrática” (pág. 63). De lo que se deduce que si se tiene legitimidad democrática, entonces sí es válido determinar la vida de las personas.
Llegamos así a la apoteosis del capítulo 5, dedicado a la sociedad de consumo, que se caracteriza como aquella en la que los individuos, eternamente insatisfechos como consecuencia del bombardeo publicitario, tienden a consumir cosas superfluas, originando la destrucción del medio ambiente y las grandes desigualdades económicas (pág. 81). Quién decide lo que es superfluo, no nos lo aclaran. Lo que nos proponen es el consumo ético, solidario y ecológico, y no retroceden ante recomendaciones tan minuciosas como “apagar la luz... cuando no se utilice... ducharse en lugar de bañarse” y “caminar, utilizar el transporte público o la bicicleta” (pág. 84). De esta forma, “los consumidores, y no los trabajadores, son los nuevos agentes capaces de transformar la sociedad y hacer la revolución.” (pág. 79) No nos dejemos engañar por el hecho de que, junto a esta concepción del consumidor revolucionario, expongan con aparente neutralidad un par más, evidentemente de relleno. ¿Les suena el discurso? A mí también. Donde dicen sociedad de consumo, pongamos capitalismo, y ya todo resulta mucho más familiar. Se llegan a decir sandeces, en esta línea in crescendo, como que hay que eliminar los intermediarios comerciales (pág. 82), “reestructurar el sistema económico para que la producción satisfaga las necesidades básicas de las personas y no produzca bienes superfluos” y “redistribuir los productos y los servicios, ya que los habitantes de todas partes tienen derecho a consumirlos de manera equitativa” (pág. 83). Conmovedor, pero ¿no se intentó eso ya en un país llamado URSS, entre otros? Tengo entendido que no le fue demasiado bien, pero quizás esté mal informado.
Pues esta mierda –vamos a dejarnos ya de bromas- es lo que pretenden impartir a nuestros hijos. El resto del libro no merece mayor atención. Tras un capítulo en el que enseñan a los jóvenes a analizar críticamente la publicidad comercial (lástima que no hagan lo mismo con la propaganda política), el séptimo y último se dedica a las nuevas tecnologías. ¿Puede sorprenderse alguien a estas alturas de que propongan (pág. 123) que “las leyes deberán regular la circulación” en Internet?