Este domingo he ido a la playa, en Tarragona. Quizás les sorprenderá, pero seguía en el mismo sitio de siempre, o al menos en el mismo sitio desde los últimos veinte o veinticinco años, cuando me vine a vivir a esta ciudad. Luego, ya en casa, leyendo el periódico El Mundo, me encuentro con un reportaje titulado "Viaje a la Atlántida asiática del siglo XXI". Se refiere a una localidad en la costa de Tailandia, que según el corresponsal en Asia, David Jiménez, va perdiendo kilómetros de costa año tras año, debido al aumento global del nivel del mar, consecuencia a su vez del cambio climático.
Lo sé, no soy climatólogo, geógrafo, geólogo ni oceanógrafo. Pero todavía creo estar en posesión de algo de sentido común. Y el sentido común nos dice que, si existe un aumento global del nivel del mar, debería poder medirse en todas las costas del mundo. Lógicamente, habría diferencias absolutas de medida, porque el nivel del mar no es uniforme en todo el planeta. Además de las mareas, e incluso del viento (que en el Báltico provoca desniveles de varios decímetros), debe tenerse en cuenta que la Tierra no es una esfera perfecta. Pero lo que está claro es que si el nivel del mar sube por aumento de su masa, o por dilatación térmica, tal fenómeno se ha de poder registrar en todas partes, si no de manera absolutamente simultánea, sí en períodos de tiempo no muy largos.
En realidad, lo que ocurre en numerosas regiones del planeta es que el mar erosiona en mayor o menor grado las costas, en función de muchos factores, como su composición geológica, la vegetación, la acción humana local al desviar ríos, etc. A principios del siglo pasado, los geólogos ya venían observando un retroceso medio de la costas a ambas orillas del Canal de la Mancha de hasta 3 metros al año (costa del Sussex). Según el manual clásico de Emmanuel de Martonne (Traité de Géographie Physique, 1964), en las costas arcillosas del Yorkshire, la punta de Holderness retrocedía más de 4 metros anuales. En esencia este es el fenómeno que está ocurriendo en Tailandia, donde no es que el mar esté subiendo de nivel, sino que literalmente se está comiendo la tierra. Otro fenómeno estrictamente regional es el que se da en las Maldivas, cuya base volcánica se hunde por sí misma, independientemente de cómo se comporte el océano.
Pero claro, nuestro corresponsal tiene que justificar su sueldo. Por eso no le da vergüenza hablar de "refugiados climáticos". Hay que hurgar en la mala conciencia trufada de esnobismo de Occidente, productor de la mayor parte de emisiones de CO2, y sobre todo hay que utilizar con profusión la palabra ciencia y sus derivados, amontonando informaciones, muchas de ellas improcedentes (el deshielo del Ártico no afecta a la supuesta subida del nivel del mar), y otras directamente falsas (no están descendiendo los recursos en general). Pero dicen que lo dicen los científicos, luego a callar. Y los científicos no se limitan a describir el problema, sino que ofrecen sus soluciones, lógicamente incuestionables (¡son científicas!). David Jiménez alude al último artículo de Nature (palabra de Ciencia), donde un grupo de científicos profetiza un agotamiento de los recursos para 2045 (para entonces ya estarán retirados; tontos no son) y propone entre otras medidas... A ver si lo adivinan: "Un control de la tasa de crecimiento de la población y un desarrollo más sostenible."
El problema del mundo no es que sobre gente, sino estupidez. El CO2 no es tóxico; la memez sí. Llevamos cerca de dos siglos en los que cualquier superstición que se vista con ropajes científicos se intenta imponer a despecho del sentido común, cuando no contra los mejores instintos de la humanidad. Y detrás siempre están los mismos maniáticos, con o sin bata blanca, obsesionados por imponer sus idiotas y siniestras ideas organizativas, queramos o no que nos organicen. La excusa puede ser la economía o la ecología, con cuyos lenguajes se puede explotar el oscuro miedo egoísta a que los parias de la tierra, o la naturaleza, traten de vengarse. Preferimos llamarlo solidaridad, o compromiso, pero yo sostengo una explicación psicológica más sórdida, menos autocomplaciente. Queremos coches híbridos para nosotros, pero que los africanos continúen yendo a pie. Total, ellos ya están acostumbrados, y además, es mucho más sano andar. Y si las costas de Tailandia se erosionan, nos preocupamos solo en la medida que lo vemos como síntoma de un proceso global, que nos puede acabar afectando también. Aunque sea una mentira grotesca y cobarde.
domingo, 10 de junio de 2012
El nivel de tontería sigue aumentando
sábado, 9 de junio de 2012
La marea conservadora avanza
Las campañas provida han conseguido que en Estados Unidos haya cambiado la actitud de la mayoría hacia el aborto. En 1995, un 56 % de los estadounidenses estaba a favor de su legalización. Hoy, este apoyo se ha reducido al 41 %, aunque sigue siendo claramente un tema que divide a la población. Esto, para el periódico El País, inquieto ante la posibilidad de que la tendencia se reproduzca en Europa, por la acción de "grupos muy organizados y bien financiados", es un efecto del avance de "la marea conservadora".
El adjetivo no me parece desacertado. Querer conservar la vida de los seres humanos no nacidos es sin duda, en un sentido profundo, ser conservador, más allá de si uno tiene las ideas más o menos claras en política fiscal, por ejemplo. Si en cambio definimos "conservador" de manera puramente formal, desligada de principios positivos (esto es, como aquella persona que se opone a cambios en un estado de cosas dado), un pro abortista es conservador -superficialmente conservador- puesto que es partidario de mantener las legislaciones vigentes en la mayoría de países, las cuales permiten el aborto dentro de determinados plazos o supuestos.
Más discutible es el sustantivo metafórico. No se percibe una tendencia abrumadora de cambio de mentalidad, ni en Europa ni en América, como para que podamos hablar de "marea". Que los grupos que defienden ideas conservadoras estén bien organizados y bien financiados puede significar dos cosas. O bien que detrás de ellos hay una siniestra conjura de poderes ocultos, o bien que quienes se oponen al aborto han llegado a la conclusión de que valen la pena ciertos sacrificios (en forma de dedicación y de dinero) para luchar por sus ideas.
Por lo demás, como no podía ser menos, tratándose de El País, el artículo procede dando por sentado que las posiciones a favor del aborto, el matrimonio homosexual y la educación sexual estatalizada equivalen a la defensa de "derechos adquiridos" y "avances en salud sexual y reproductiva", que es precisamente lo que cuestionan los provida. Es más, se acusa a tales asociaciones de reformular el mismo concepto de derechos, cuando esto es exactamente lo que hacen las ideologías seudoemancipatorias. Se conculca el derecho a la vida, el más sagrado, en nombre de un espurio "derecho a decidir sobre el propio cuerpo" (que ni siquiera concede a un feto la consideración meramente corporal; ¿cómo lo clasificamos: cómo un bulto, una excrecencia?).
La izquierda abortista (valga el pleonasmo) se horroriza ante la propuesta de que se pueda "obligar" a una madre a escuchar los latidos de su hijo antes de tomar una decisión irreversible. Sorprende (es un decir) que quienes tanto claman por la libertad científica de experimentar con embriones humanos, se cierren en banda al uso de la tecnología para ayudar a una mujer a conocer mejor al ser que ha concebido. Y por supuesto, nada de que el padre tenga el más mínimo derecho a opinar. ¡Esta es la izquierda que habla de libertades y derechos! En realidad, se trata de irresponsabilidad y ausencia de normas, terreno abonado para tiranías odiosas a las que no podremos exigir rendición de cuentas -¿partiendo de qué referentes morales, si los hemos abolido previamente?
La gran habilidad de la izquierda es invertir diametralmente la escala de valores, de manera que quienes se resisten a su influencia son tildados directamente de ultraderechistas. Un ejemplo son los improperios que llueven sobre Hungría, por incluir el derecho a la vida en la constitución, o por definir el matrimonio como la unión entre hombre y mujer. Hemos llegado a tal grado de enajenación colectiva, que la mera expresión de evidencias del sentido común es perseguible como delito de "homofobia" o, cualquier día, delito contra la "libertad reproductiva".
Hay sin embargo algo en lo que estoy de acuerdo con el artículo. Y es que en el movimiento provida subyace una concepción religiosa. Claro que sí, es el cristianismo el que se encuentra en la base de la concepción de la dignidad de la persona como algo previo a cualquier otra cosa, a la decisión de cualquier élite tecnocrática o de cualquier asamblea. Y esto es así aunque muchos provida no se hayan enterado de por qué son en el fondo provida. La oposición al aborto desde el "humanismo laico", e incluso desde cierta izquierda, debe ser bienvenida, pero ello no debe hacernos perder de vista que es ese mismo humanismo que se pretende independiente, cuando no contrario, a la tradición cristiana, de donde han surgido tan graves errores. Y el primer error, cronológicamente hablando, es pensar que las verdades morales se sostienen por sí mismas, es ese optimismo antropológico que considera al ser humano como un ser metafísicamente autosuficente, que tiende naturalmente al bien.
Si el antiabortismo se sostiene solo en un sentimiento, suscitado por campañas de propaganda inteligentes, pero en última instancia de efectos más o menos efímeros, podrá ser fácilmente contrarrestado por contracampañas emocionales en las cuales la izquierda es experta. Nos preguntaremos entonces, como Chesterton, "cómo pudimos esperar que durara como un estado de ánimo, si no era lo suficientemente fuerte para durar como doctrina". (*) La marea conservadora quizás será realmente una marea cuando la doctrina de fondo se exponga desafiante, y se enfrente a pecho descubierto a los prejuicios seudoprogresistas. Será entonces cuando los de El País tendrán verdaderos motivos para sentirse inquietos. De momento, y por desgracia, la ideología dominante sigue siendo la suya.
________
(*) G. K. Chesterton, Por qué soy católico, El Buey Mudo, 2011, pág. 195.
El adjetivo no me parece desacertado. Querer conservar la vida de los seres humanos no nacidos es sin duda, en un sentido profundo, ser conservador, más allá de si uno tiene las ideas más o menos claras en política fiscal, por ejemplo. Si en cambio definimos "conservador" de manera puramente formal, desligada de principios positivos (esto es, como aquella persona que se opone a cambios en un estado de cosas dado), un pro abortista es conservador -superficialmente conservador- puesto que es partidario de mantener las legislaciones vigentes en la mayoría de países, las cuales permiten el aborto dentro de determinados plazos o supuestos.
Más discutible es el sustantivo metafórico. No se percibe una tendencia abrumadora de cambio de mentalidad, ni en Europa ni en América, como para que podamos hablar de "marea". Que los grupos que defienden ideas conservadoras estén bien organizados y bien financiados puede significar dos cosas. O bien que detrás de ellos hay una siniestra conjura de poderes ocultos, o bien que quienes se oponen al aborto han llegado a la conclusión de que valen la pena ciertos sacrificios (en forma de dedicación y de dinero) para luchar por sus ideas.
Por lo demás, como no podía ser menos, tratándose de El País, el artículo procede dando por sentado que las posiciones a favor del aborto, el matrimonio homosexual y la educación sexual estatalizada equivalen a la defensa de "derechos adquiridos" y "avances en salud sexual y reproductiva", que es precisamente lo que cuestionan los provida. Es más, se acusa a tales asociaciones de reformular el mismo concepto de derechos, cuando esto es exactamente lo que hacen las ideologías seudoemancipatorias. Se conculca el derecho a la vida, el más sagrado, en nombre de un espurio "derecho a decidir sobre el propio cuerpo" (que ni siquiera concede a un feto la consideración meramente corporal; ¿cómo lo clasificamos: cómo un bulto, una excrecencia?).
La izquierda abortista (valga el pleonasmo) se horroriza ante la propuesta de que se pueda "obligar" a una madre a escuchar los latidos de su hijo antes de tomar una decisión irreversible. Sorprende (es un decir) que quienes tanto claman por la libertad científica de experimentar con embriones humanos, se cierren en banda al uso de la tecnología para ayudar a una mujer a conocer mejor al ser que ha concebido. Y por supuesto, nada de que el padre tenga el más mínimo derecho a opinar. ¡Esta es la izquierda que habla de libertades y derechos! En realidad, se trata de irresponsabilidad y ausencia de normas, terreno abonado para tiranías odiosas a las que no podremos exigir rendición de cuentas -¿partiendo de qué referentes morales, si los hemos abolido previamente?
La gran habilidad de la izquierda es invertir diametralmente la escala de valores, de manera que quienes se resisten a su influencia son tildados directamente de ultraderechistas. Un ejemplo son los improperios que llueven sobre Hungría, por incluir el derecho a la vida en la constitución, o por definir el matrimonio como la unión entre hombre y mujer. Hemos llegado a tal grado de enajenación colectiva, que la mera expresión de evidencias del sentido común es perseguible como delito de "homofobia" o, cualquier día, delito contra la "libertad reproductiva".
Hay sin embargo algo en lo que estoy de acuerdo con el artículo. Y es que en el movimiento provida subyace una concepción religiosa. Claro que sí, es el cristianismo el que se encuentra en la base de la concepción de la dignidad de la persona como algo previo a cualquier otra cosa, a la decisión de cualquier élite tecnocrática o de cualquier asamblea. Y esto es así aunque muchos provida no se hayan enterado de por qué son en el fondo provida. La oposición al aborto desde el "humanismo laico", e incluso desde cierta izquierda, debe ser bienvenida, pero ello no debe hacernos perder de vista que es ese mismo humanismo que se pretende independiente, cuando no contrario, a la tradición cristiana, de donde han surgido tan graves errores. Y el primer error, cronológicamente hablando, es pensar que las verdades morales se sostienen por sí mismas, es ese optimismo antropológico que considera al ser humano como un ser metafísicamente autosuficente, que tiende naturalmente al bien.
Si el antiabortismo se sostiene solo en un sentimiento, suscitado por campañas de propaganda inteligentes, pero en última instancia de efectos más o menos efímeros, podrá ser fácilmente contrarrestado por contracampañas emocionales en las cuales la izquierda es experta. Nos preguntaremos entonces, como Chesterton, "cómo pudimos esperar que durara como un estado de ánimo, si no era lo suficientemente fuerte para durar como doctrina". (*) La marea conservadora quizás será realmente una marea cuando la doctrina de fondo se exponga desafiante, y se enfrente a pecho descubierto a los prejuicios seudoprogresistas. Será entonces cuando los de El País tendrán verdaderos motivos para sentirse inquietos. De momento, y por desgracia, la ideología dominante sigue siendo la suya.
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(*) G. K. Chesterton, Por qué soy católico, El Buey Mudo, 2011, pág. 195.
domingo, 3 de junio de 2012
Buscad y encontraréis
Cuando alguien conmina a los jóvenes ya no a rebelarse, sino a lo que se supone que es el paso previo, o mejor dicho, el primer motor, el factor desencadenante, la causa de la rebelión misma... Esto es, cuando se les anima a indignarse, algo no me acaba de cuadrar. Si alguien se tiene que indignar, es porque se encuentra en un estado de no indignación, de indiferencia, conformidad o resignación. Esto puede suceder por dos razones fundamentales. O bien no existe gran cosa contra la cual rebelarse, o bien se está tan oprimido o alienado que no se concibe la posibilidad de una rebelión, ni siquiera de una protesta. En el primer caso hablaríamos propiamente de no indignación o conformidad con el estado de cosas existente. En el segundo se trataría de indiferencia (alienación) o resignación (producto de la opresión).
Stéphane Hessel, impecable currículum progresista, héroe de la Resistencia contra el nazismo, redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, activista pro palestino, publicó hace año y medio un panfleto titulado precisamente ¡Indignaos!, que se tradujo a los pocos meses al español (Destino, 2011). El título del libro, en modo imperativo, ya contiene implícitamente todo lo que viene después. Hay que indignarse, es preciso, luego hay motivos para indignarse. Y si estos no se perciben de manera inmediata, hay que buscarlos. "...[E]n este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis." (p. 31). Y más adelante, en tono lapidario, repite: "¡Buscad y encontraréis!" (p. 35). Esta proclama de que hay que buscar los motivos de la indignación es efectivamente un leitmotiv de Hessel, quien en un discurso de 2009, recordado por el editor del panfleto, ya había exclamado: "¡Encontrad vuestros propios motivos de indignación, uníos a esta gran corriente de la historia!" (p. 53).
Por supuesto, el autor no se limita a defender formalmente la indignación, sino que en el libro expone lo que en su opinión son los principales motivos para indignarse. El principal para él, nos dice, es la situación de Palestina, más concretamente la franja de Gaza y Cisjordania (p. 37). Es decir, que si es necesario, hay que buscar los motivos de indignación fuera de nuestra propia sociedad, lo cual no significa que en esta no los haya. Pero nótese que para Hessel, la actitud ético-política primaria es ante todo la búsqueda de una indignación, más que la indignación misma. Uno puede comprender (no necesariamente compartir; desde luego no en mi caso) los motivos de indignación de un palestino, pero si no eres palestino, tu indignación será siempre a posteriori, será un efecto del conocimiento de una situación ajena, no una causa. La indignación hesseliana es propiamente quijotesca, es decir, es el resultado de una búsqueda de injusticias, para poder desfacer agravios.
No está de más recordar, por cierto, que don Quijote rara vez acertaba al detectar injusticias, más bien todo lo contrario. No solo confundía molinos con gigantes, sino que con frecuencia interpretaba mal las situaciones, defendía a la parte equivocada, o empeoraba la situación de quien pretendía salvar. Porque el problema inherente a buscar injusticias para indignarse es que se invierte el proceso natural. Lo normal es que sea una injusticia vivida, o percibida inmediatamente, la que nos mueva a la reacción emocional, a la indignación. Pero esta por si sola de poco sirve, si no se produce acto seguido una reflexión, que nos impele a su vez a tratar de objetivar la situación, es decir, a reformularla en términos de una norma universal, la cual nos dé derecho a rebelarnos. Hessel en cambio procede al revés, desea provocar(se) la indignación, como resultado de un proceso intelectual de búsqueda. Su pasado en la Resistencia no es pertinente para su planteamiento, por muy mercadotécnico que resulte. Porque en la Francia ocupada por los nazis hubiera parecido ridículo que alguien animara a los jóvenes a buscar motivos para la indignación, como si no los tuvieran delante de sus narices a cada instante. La equiparación entre los nazis y "la dictadura de los mercados" que establece el prologuista español, José Luis Sampedro, ateniéndose fielmente al espíritu del opúsculo, no por descuidada deja de ser una banalización repugnante del nacional-socialismo.
Al buscar confirmar una hipótesis, tendemos con demasiada facilidad a verla confirmada. Quien busca injusticias, a buen seguro que las encontrará, como don Quijote, sean reales o no. Analizar desde fuera el conflicto palestino en términos de palestinos buenos e israelíes malos, podrá provocar sentimientos de autocomplacencia muy considerables en algunos, pero no deja de ser una forma diletante de interferir en un conflicto que no se ha entendido bien; es decir, de añadir más injusticia a la injusticia, que no solo la sufre una parte. Afirmar que la distancia entre los muy pobres y los muy ricos "no para de aumentar" (p. 32), es una falacia, dado que la pobreza absoluta no ha dejado de disminuir en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, por lo menos, y está archidemostrado que en nada mejora la vida de los pobres el que haya menos ricos, o estos lo sean menos, sino todo lo contrario. Comparar, en fin, la exigencia de educación y sanidad públicas con la lucha contra los nazis en la Francia ocupada, es un reflejo del carácter decadente, acomodado y mediocre de nuestra época. Si el ideal de una jubilación a los 65 años se pone en pie de igualdad con la lucha por la libertad y por la democracia, es que estamos muy mal. Algunos han visto demasiadas películas, y se creen que quemando unos neumáticos en la calzada para protestar contra la privatización de la Universidad (no caerá esa breva), son Tom Cruise tratando de asesinar a Hitler.
Muchas cosas me indignan a mí en nuestra sociedad. Una de las que más, que cada año se liquiden miles de seres humanos en edad embrionaria o fetal, en una Unión Europea podrida de burocratismo, que obliga a diseñar jaulas más confortables para las gallinas ponedoras. Nuestros "progresistas" no consideran que un feto humano sea una persona, pero sí en cambio que las gallinas tienen ciertos derechos. Por supuesto, no verán ni una sola palabra contra el aborto masivo en el libro de Hessel. Más bien sospechamos que estará a favor, envolviéndolo en la retórica de la libertad de la mujer. Dice preocuparse por los inmigrantes, los sin papeles, los gitanos... Pero si eres una mujer gitana (desde luego, sin papeles, y en un sentido existencial profundo, inmigrante) en el vientre de tu madre, ah, entonces que te zurzan. Es típico de quien cree que hay que buscar las injusticias, los motivos de indignación. Se puede dejar influir por novelas, por películas, por modas y por los mitos de mayor circulación... y al mismo tiempo ignorar la más flagrante de las injusticias que tiene delante.
Stéphane Hessel, impecable currículum progresista, héroe de la Resistencia contra el nazismo, redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, activista pro palestino, publicó hace año y medio un panfleto titulado precisamente ¡Indignaos!, que se tradujo a los pocos meses al español (Destino, 2011). El título del libro, en modo imperativo, ya contiene implícitamente todo lo que viene después. Hay que indignarse, es preciso, luego hay motivos para indignarse. Y si estos no se perciben de manera inmediata, hay que buscarlos. "...[E]n este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis." (p. 31). Y más adelante, en tono lapidario, repite: "¡Buscad y encontraréis!" (p. 35). Esta proclama de que hay que buscar los motivos de la indignación es efectivamente un leitmotiv de Hessel, quien en un discurso de 2009, recordado por el editor del panfleto, ya había exclamado: "¡Encontrad vuestros propios motivos de indignación, uníos a esta gran corriente de la historia!" (p. 53).
Por supuesto, el autor no se limita a defender formalmente la indignación, sino que en el libro expone lo que en su opinión son los principales motivos para indignarse. El principal para él, nos dice, es la situación de Palestina, más concretamente la franja de Gaza y Cisjordania (p. 37). Es decir, que si es necesario, hay que buscar los motivos de indignación fuera de nuestra propia sociedad, lo cual no significa que en esta no los haya. Pero nótese que para Hessel, la actitud ético-política primaria es ante todo la búsqueda de una indignación, más que la indignación misma. Uno puede comprender (no necesariamente compartir; desde luego no en mi caso) los motivos de indignación de un palestino, pero si no eres palestino, tu indignación será siempre a posteriori, será un efecto del conocimiento de una situación ajena, no una causa. La indignación hesseliana es propiamente quijotesca, es decir, es el resultado de una búsqueda de injusticias, para poder desfacer agravios.
No está de más recordar, por cierto, que don Quijote rara vez acertaba al detectar injusticias, más bien todo lo contrario. No solo confundía molinos con gigantes, sino que con frecuencia interpretaba mal las situaciones, defendía a la parte equivocada, o empeoraba la situación de quien pretendía salvar. Porque el problema inherente a buscar injusticias para indignarse es que se invierte el proceso natural. Lo normal es que sea una injusticia vivida, o percibida inmediatamente, la que nos mueva a la reacción emocional, a la indignación. Pero esta por si sola de poco sirve, si no se produce acto seguido una reflexión, que nos impele a su vez a tratar de objetivar la situación, es decir, a reformularla en términos de una norma universal, la cual nos dé derecho a rebelarnos. Hessel en cambio procede al revés, desea provocar(se) la indignación, como resultado de un proceso intelectual de búsqueda. Su pasado en la Resistencia no es pertinente para su planteamiento, por muy mercadotécnico que resulte. Porque en la Francia ocupada por los nazis hubiera parecido ridículo que alguien animara a los jóvenes a buscar motivos para la indignación, como si no los tuvieran delante de sus narices a cada instante. La equiparación entre los nazis y "la dictadura de los mercados" que establece el prologuista español, José Luis Sampedro, ateniéndose fielmente al espíritu del opúsculo, no por descuidada deja de ser una banalización repugnante del nacional-socialismo.
Al buscar confirmar una hipótesis, tendemos con demasiada facilidad a verla confirmada. Quien busca injusticias, a buen seguro que las encontrará, como don Quijote, sean reales o no. Analizar desde fuera el conflicto palestino en términos de palestinos buenos e israelíes malos, podrá provocar sentimientos de autocomplacencia muy considerables en algunos, pero no deja de ser una forma diletante de interferir en un conflicto que no se ha entendido bien; es decir, de añadir más injusticia a la injusticia, que no solo la sufre una parte. Afirmar que la distancia entre los muy pobres y los muy ricos "no para de aumentar" (p. 32), es una falacia, dado que la pobreza absoluta no ha dejado de disminuir en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, por lo menos, y está archidemostrado que en nada mejora la vida de los pobres el que haya menos ricos, o estos lo sean menos, sino todo lo contrario. Comparar, en fin, la exigencia de educación y sanidad públicas con la lucha contra los nazis en la Francia ocupada, es un reflejo del carácter decadente, acomodado y mediocre de nuestra época. Si el ideal de una jubilación a los 65 años se pone en pie de igualdad con la lucha por la libertad y por la democracia, es que estamos muy mal. Algunos han visto demasiadas películas, y se creen que quemando unos neumáticos en la calzada para protestar contra la privatización de la Universidad (no caerá esa breva), son Tom Cruise tratando de asesinar a Hitler.
Muchas cosas me indignan a mí en nuestra sociedad. Una de las que más, que cada año se liquiden miles de seres humanos en edad embrionaria o fetal, en una Unión Europea podrida de burocratismo, que obliga a diseñar jaulas más confortables para las gallinas ponedoras. Nuestros "progresistas" no consideran que un feto humano sea una persona, pero sí en cambio que las gallinas tienen ciertos derechos. Por supuesto, no verán ni una sola palabra contra el aborto masivo en el libro de Hessel. Más bien sospechamos que estará a favor, envolviéndolo en la retórica de la libertad de la mujer. Dice preocuparse por los inmigrantes, los sin papeles, los gitanos... Pero si eres una mujer gitana (desde luego, sin papeles, y en un sentido existencial profundo, inmigrante) en el vientre de tu madre, ah, entonces que te zurzan. Es típico de quien cree que hay que buscar las injusticias, los motivos de indignación. Se puede dejar influir por novelas, por películas, por modas y por los mitos de mayor circulación... y al mismo tiempo ignorar la más flagrante de las injusticias que tiene delante.
sábado, 2 de junio de 2012
Hay que levantarse
Hablar de una solución única y evidente, hasta el último detalle, de la crisis en la que estamos sumidos desde hace cuatro años, no deja de ser algo fantasioso. Sin embargo, no es menos cierto que básicamente existen dos diagnósticos antitéticos de la situación, lo cual da lugar de entrada a dos grandes líneas de actuación posibles. Uno es el de la izquierda, desde la socialdemócrata hasta la comunista, según la cual todo lo sucedido es culpa del capitalismo salvaje etc. Y otro es el defendido por el liberalismo, desde el más próximo a la derecha política hasta el más crítico con ella, según el cual la raíz del mal nace en el intervencionismo de los Estados/bancos centrales en la moneda y el crédito.
Del diagnóstico izquierdista se desprende, naturalmente, que la solución a la crisis es más intervencionismo. Aquí tenemos toda una gama que va desde el pragmatismo a la fuerza del último Zapatero, presionado por Bruselas, consistente en tratar de engañar a los compradores de deuda (y sobre todo a los votantes) fingiendo que se hace algo; hasta los delirios de los comunistas, que creen llegado el momento de resucitar sus viejas y aberrantes propuestas, confiados en la amnesia colectiva sobre sus resultados.
El movimiento de los indignados, bajo el disfraz de la ingenuidad juvenil, va claramente en esa dirección, aunque a veces se asemeje a un mero esfuerzo de resistencia ("no a los recortes"), sin una alternativa concreta, más allá de cuatro vaguedades insustanciales. Los intelectuales de izquierda, sin desechar ciertas cautelas paternalistas, observan en general con agrado un movimiento que, al no expresarse sistemáticamente en el lenguaje político clásico, permite captar amplias simpatías entre las gentes desprevenidas, preparando de algún modo el terreno para las "soluciones" que inevitablemente vienen después.
Un ejemplo de cómo la izquierda intelectual más sectaria y bolivariana aprovecha que los indignados pasaban por ahí para sacar de nuevo los gigantes y cabezudos del comunismo, es el libro Los indignados. El rescate de la política (Akal, 2012), del politólogo de la Complutense Marcos Roitman Rosenmann: Leedlo solo si os sobra el tiempo y queréis reír a mandíbula batiente con las burradas que suelta el personaje, estilo "la explotación capitalista y sus formas de dominio ligadas al ejercicio de la violencia son incompatibles con la democracia".
Ante la evidencia de que el Estado del bienestar es insostenible, existen dos posibles reacciones: Constatar que es ilusorio hablar de "derechos sociales", o bien continuar exigiendo esos supuestos derechos hasta provocar el colapso del sistema capitalista. Esta estrategia es defendida explícitamente por el filósofo neocomunista Slavoj Zizek, quien reconoce que lo importante es "formular demandas que, apareciendo de sentido común a buena parte de la población, como por ejemplo la cobertura sanitaria universal en el caso norteamericano", solo pueden aplicarse cuestionando "la ideología hegemónica". (Ya sabéis, el "neoliberalismo salvaje". Citado por J. M. Antentas y Esther Vivas en Planeta indignado. Ocupando el futuro, Sequitur, 2012; otros que van en la onda marxista-ecologista-evomoralista del citado Roitman, esta vez desde la Pompeu Fabra: ¡Ole el nivel de la Universidad española!).
La otra solución es la que parte del diagnóstico liberal. Si el intervencionismo estatal nos ha conducido a esta situación de deuda y déficits públicos, y de exceso de deuda privada provocada por la adulteración del mercado (que ha llevado a tantos promotores y compradores de viviendas, entre otros tipos de empresarios y consumidores, a tomar decisiones de inversión y gasto equivocadas), reduzcamos drásticamente el intervencionismo, suspendamos las regulaciones, dejemos que la sociedad pueda salir por sí misma del agujero, como hizo Ludwig Erhard en 1948. La historia la cuentan Milton y Rose Friedman en Libertad de elegir, RBA, 2004: Un domingo de junio, cuando la administración ocupante (americanos, ingleses y franceses) estaba cerrada, este ministro alemán de economía "abolió casi todos los controles sobre precios y salarios", en una Alemania arrasada por la guerra, y sumida en la miseria, el racionamiento y la estampa dramática de las mujeres que vendían su cuerpo a los soldados por una tableta de chocolate. "Sus medidas operaron como por ensalmo. Al cabo de varios días las tiendas estaban llenas de bienes. Al cabo de varios meses, la economía alemana progresaba a toda velocidad." Y en pocos años, Alemania Occidental volvió a ser la primera potencia de Europa, hasta el día de hoy. (Mientras, en la Alemania Oriental optaron por un sistema tan exitoso que tuvieron que "protegerlo" con muros, alambradas y ametralladoras.) Luego lo llamaron el "milagro alemán"... Dos siglos antes, Adam Smith lo había llamado la "mano invisible".
Por supuesto, una solución de este tipo no funcionaría en la España de 2012 porque aquí no hemos salido de una guerra. Es decir, estamos infinitamente mejor que lo estaban los alemanes en 1948, y por tanto, no estamos mentalizados para los sacrificios y el trabajo duro, como lo estaban los alemanes después de la guerra que ellos mismos habían provocado (con ayuda de la URSS), votando las "soluciones" de Hitler a la depresión de los años treinta. Nosotros no hemos sufrido ni remotamente un correctivo tan cruel. Pero precisamente por ello, el peligro es que tardemos mucho más en salir de la crisis actual que lo que tardó Alemania en salir de una ruina mucho peor.
El gobierno de Mariano Rajoy parece sobrepasado por momentos por la situación. Esto es debido a que no se ha atrevido a adoptar una política de emergencia nacional comparable a la de Ludwig Erhard. Sus reformas son demasiado tímidas, no ha recortado lo suficiente, no ha desregulado lo suficiente, encima ha subido impuestos... Prefiere una salida de la crisis más larga pero menos traumática, con lo cual puede que no logre lo primero, ni evite lo segundo.
Pero no podemos achacar toda la culpa al gobierno. ¿Cómo reaccionaría la sociedad ante una liberalización drástica? No hay duda de que la izquierda aprovecharía el impacto inicial (despidos, punto final de muchos subsidios, etc) para provocar la helenización de las calles, con todo su repertorio de actos vandálicos, huelgas salvajes, etc. A fin de cuentas, un gobierno es un reflejo de lo que somos, o como se suele decir, tenemos los gobernantes que nos merecemos. Y después de décadas de propaganda del Estado de bienestar y los "derechos sociales", resulta muy difícil despertar del sueño. La tentación de parar el despertador y dormir cinco minutos más (prorrogables) es muy grande. Hay que levantarse, pero no en el sentido levantisco de la izquierda, sino en el sentido que aplican millones de españoles todas las mañanas, para ir al trabajo o para buscarlo. Es menos romántico que lo que proponen los indignados y la izquierda. Pero es lo único que ha funcionado siempre.
Del diagnóstico izquierdista se desprende, naturalmente, que la solución a la crisis es más intervencionismo. Aquí tenemos toda una gama que va desde el pragmatismo a la fuerza del último Zapatero, presionado por Bruselas, consistente en tratar de engañar a los compradores de deuda (y sobre todo a los votantes) fingiendo que se hace algo; hasta los delirios de los comunistas, que creen llegado el momento de resucitar sus viejas y aberrantes propuestas, confiados en la amnesia colectiva sobre sus resultados.
El movimiento de los indignados, bajo el disfraz de la ingenuidad juvenil, va claramente en esa dirección, aunque a veces se asemeje a un mero esfuerzo de resistencia ("no a los recortes"), sin una alternativa concreta, más allá de cuatro vaguedades insustanciales. Los intelectuales de izquierda, sin desechar ciertas cautelas paternalistas, observan en general con agrado un movimiento que, al no expresarse sistemáticamente en el lenguaje político clásico, permite captar amplias simpatías entre las gentes desprevenidas, preparando de algún modo el terreno para las "soluciones" que inevitablemente vienen después.
Un ejemplo de cómo la izquierda intelectual más sectaria y bolivariana aprovecha que los indignados pasaban por ahí para sacar de nuevo los gigantes y cabezudos del comunismo, es el libro Los indignados. El rescate de la política (Akal, 2012), del politólogo de la Complutense Marcos Roitman Rosenmann: Leedlo solo si os sobra el tiempo y queréis reír a mandíbula batiente con las burradas que suelta el personaje, estilo "la explotación capitalista y sus formas de dominio ligadas al ejercicio de la violencia son incompatibles con la democracia".
Ante la evidencia de que el Estado del bienestar es insostenible, existen dos posibles reacciones: Constatar que es ilusorio hablar de "derechos sociales", o bien continuar exigiendo esos supuestos derechos hasta provocar el colapso del sistema capitalista. Esta estrategia es defendida explícitamente por el filósofo neocomunista Slavoj Zizek, quien reconoce que lo importante es "formular demandas que, apareciendo de sentido común a buena parte de la población, como por ejemplo la cobertura sanitaria universal en el caso norteamericano", solo pueden aplicarse cuestionando "la ideología hegemónica". (Ya sabéis, el "neoliberalismo salvaje". Citado por J. M. Antentas y Esther Vivas en Planeta indignado. Ocupando el futuro, Sequitur, 2012; otros que van en la onda marxista-ecologista-evomoralista del citado Roitman, esta vez desde la Pompeu Fabra: ¡Ole el nivel de la Universidad española!).
La otra solución es la que parte del diagnóstico liberal. Si el intervencionismo estatal nos ha conducido a esta situación de deuda y déficits públicos, y de exceso de deuda privada provocada por la adulteración del mercado (que ha llevado a tantos promotores y compradores de viviendas, entre otros tipos de empresarios y consumidores, a tomar decisiones de inversión y gasto equivocadas), reduzcamos drásticamente el intervencionismo, suspendamos las regulaciones, dejemos que la sociedad pueda salir por sí misma del agujero, como hizo Ludwig Erhard en 1948. La historia la cuentan Milton y Rose Friedman en Libertad de elegir, RBA, 2004: Un domingo de junio, cuando la administración ocupante (americanos, ingleses y franceses) estaba cerrada, este ministro alemán de economía "abolió casi todos los controles sobre precios y salarios", en una Alemania arrasada por la guerra, y sumida en la miseria, el racionamiento y la estampa dramática de las mujeres que vendían su cuerpo a los soldados por una tableta de chocolate. "Sus medidas operaron como por ensalmo. Al cabo de varios días las tiendas estaban llenas de bienes. Al cabo de varios meses, la economía alemana progresaba a toda velocidad." Y en pocos años, Alemania Occidental volvió a ser la primera potencia de Europa, hasta el día de hoy. (Mientras, en la Alemania Oriental optaron por un sistema tan exitoso que tuvieron que "protegerlo" con muros, alambradas y ametralladoras.) Luego lo llamaron el "milagro alemán"... Dos siglos antes, Adam Smith lo había llamado la "mano invisible".
Por supuesto, una solución de este tipo no funcionaría en la España de 2012 porque aquí no hemos salido de una guerra. Es decir, estamos infinitamente mejor que lo estaban los alemanes en 1948, y por tanto, no estamos mentalizados para los sacrificios y el trabajo duro, como lo estaban los alemanes después de la guerra que ellos mismos habían provocado (con ayuda de la URSS), votando las "soluciones" de Hitler a la depresión de los años treinta. Nosotros no hemos sufrido ni remotamente un correctivo tan cruel. Pero precisamente por ello, el peligro es que tardemos mucho más en salir de la crisis actual que lo que tardó Alemania en salir de una ruina mucho peor.
El gobierno de Mariano Rajoy parece sobrepasado por momentos por la situación. Esto es debido a que no se ha atrevido a adoptar una política de emergencia nacional comparable a la de Ludwig Erhard. Sus reformas son demasiado tímidas, no ha recortado lo suficiente, no ha desregulado lo suficiente, encima ha subido impuestos... Prefiere una salida de la crisis más larga pero menos traumática, con lo cual puede que no logre lo primero, ni evite lo segundo.
Pero no podemos achacar toda la culpa al gobierno. ¿Cómo reaccionaría la sociedad ante una liberalización drástica? No hay duda de que la izquierda aprovecharía el impacto inicial (despidos, punto final de muchos subsidios, etc) para provocar la helenización de las calles, con todo su repertorio de actos vandálicos, huelgas salvajes, etc. A fin de cuentas, un gobierno es un reflejo de lo que somos, o como se suele decir, tenemos los gobernantes que nos merecemos. Y después de décadas de propaganda del Estado de bienestar y los "derechos sociales", resulta muy difícil despertar del sueño. La tentación de parar el despertador y dormir cinco minutos más (prorrogables) es muy grande. Hay que levantarse, pero no en el sentido levantisco de la izquierda, sino en el sentido que aplican millones de españoles todas las mañanas, para ir al trabajo o para buscarlo. Es menos romántico que lo que proponen los indignados y la izquierda. Pero es lo único que ha funcionado siempre.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Cómo comprar Contra la izquierda
Clicando en la cubierta del libro a la derecha, se accede a la página de compra de Contra la izquierda en Unión Editorial, donde podéis leer el texto de presentación de la cubierta, el índice y una breve nota sobre el autor, quien escribe. Veréis también un enlace con el típico icono del carrito de la compra: Ahí es donde yo quería ir a parar...
domingo, 27 de mayo de 2012
Un día en la Feria del Libro
Ayer sábado estuve en la Feria del Libro, firmando ejemplares de mi libro Contra la izquierda. Me codeé, en la caseta de Unión Editorial (la 289), nada menos que con Juan Ramón Rallo, que se hinchó a firmar ejemplares suyos; entre ellos dos para mí, que leeré con mucho cariño. (Crónicas de la Gran Recesión y Los errores de la vieja economía.) Yo, al rebufo de la celebridad, pude estrenarme pronto, y a los veinte minutos ya estampaba mi autógrafo en el primer libro que he vendido en mi vida.
Entre las anécdotas del día, que al lado teníamos la caseta de la Fundación Federico Engels. Las bromas entre quienes advertían el hecho fueron habituales. Lo mejor: Que pude conocer personalmente a mi editor, Juan Pablo Marcos, estupenda persona, y a mi prologuista y sobre todo amigo (hasta ayer, virtual), Francisco José Contreras. Ello a pesar de lo apretado de su agenda en el Congreso Mundial de las Familias, y que tuvo que salir pitando para su caseta de la Feria, donde firmaba ejemplares de Nueva izquierda y cristianismo.
Mañana creo que ya estará a la venta Contra la izquierda por internet, al menos en la página de Unión Editorial. Para los impacientes que estéis en Madrid, ya sabéis: en la Feria hay un 10 % de descuento.
martes, 22 de mayo de 2012
Horario de firmas
Como anunciaba en la entrada anterior, este sábado 26 de mayo estaré en la Feria del Libro de Madrid, firmando ejemplares de mi libro Contra la izquierda, junto a Juan Ramón Rallo (un gran honor para mí), que firmará ejemplares de su libro Los errores de la vieja economía, una refutación del keynesianismo que tiene muy buena pinta. La caseta de Unión Editorial es la 289 y me encontraréis allí de 12 a 14:30 y de 18 a 20 h. La agenda completa de Unión Editorial la podéis consultar aquí.
sábado, 19 de mayo de 2012
Novedad editorial: Contra la izquierda
Permitidme un poco de autobombo. A finales de este mes por fin se publica el primer libro de Carlos López Díaz (servidor), un alegato implacable contra la izquierda, que molestará a los progres ya desde el título (o eso espero). Editado por una prestigiosa editorial del ámbito liberal, y prologado por uno de los grandes pensadores liberal-conservadores que tenemos en España, este libro surge de una reelaboración de textos míos de los últimos cuatro años (no una mera selección), refundidos con otros completamente inéditos. El conjunto es una obra creo que original, y hasta me atrevo a decir que necesaria, aunque las ideas que hallaréis en él manen de fuentes bien conocidas.
Contra cierta tentación de situarse por encima del bien y del mal (quiero decir, por encima de la izquierda y la derecha), hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que una de las tareas más imprescindibles es acabar con la mitología de la izquierda. Derrotarla intelectualmente. Sólo si lográramos esto, sería aquella pretensión sincera. La metáfora bélica no es descuidada. Estamos inmersos desde hace más de un siglo en una batalla ideológica en la cual está en juego el destino de nuestra civilización, nada menos. Alguno ha hablado incluso con más contundencia de "guerra civil occidental".
Mi libro, más allá de valoraciones, es una de tantas incursiones individuales en este campo de batalla de las ideas. Próximamente enlazaré los sitios de venta y estaré en la Feria del Libro para firmar ejemplares, si Dios quiere.
Carlos López Díaz, Contra la izquierda. Escritos liberal-conservadores, prólogo de Francisco José Contreras, Unión Editorial, 2012.
Contra cierta tentación de situarse por encima del bien y del mal (quiero decir, por encima de la izquierda y la derecha), hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que una de las tareas más imprescindibles es acabar con la mitología de la izquierda. Derrotarla intelectualmente. Sólo si lográramos esto, sería aquella pretensión sincera. La metáfora bélica no es descuidada. Estamos inmersos desde hace más de un siglo en una batalla ideológica en la cual está en juego el destino de nuestra civilización, nada menos. Alguno ha hablado incluso con más contundencia de "guerra civil occidental".
Mi libro, más allá de valoraciones, es una de tantas incursiones individuales en este campo de batalla de las ideas. Próximamente enlazaré los sitios de venta y estaré en la Feria del Libro para firmar ejemplares, si Dios quiere.
Carlos López Díaz, Contra la izquierda. Escritos liberal-conservadores, prólogo de Francisco José Contreras, Unión Editorial, 2012.
sábado, 5 de mayo de 2012
Las siete diferencias
Imaginemos una persona que acaba de llegar a España y no conoce nuestra prensa de papel. No sería nada difícil ilustrarle sobre las diferentes líneas editoriales de cada periódico, simplemente con una rápida ojeada a las portadas de un kiosko, un día cualquiera. Pero de vez en cuando, esas diferencias saltan a la vista de una manera especialmente significativa. Así ocurre este sábado con las portadas de los dos principales diarios nacionales por tirada, que son El País y El Mundo.
Para este, el titular principal hace referencia al debate, más candente que nunca, sobre el modelo de Estado autonómico. Por su parte, El País opta por dar primacía al siguiente titular:
También El Mundo lo trata en portada, pero de manera menos destacada, y en los siguientes términos:
Ignoro qué se estudia en las facultades de periodismo. Tengo una vaga idea, quizás prejuiciosa, de que adoctrinan a los estudiantes en algo así como que no existe eso que se llama la verdad objetiva, que los hechos no existen, que todo son interpretaciones, etc. Desde luego, como descripción de la ideología latente en la mayoría de redacciones, esto es difícilmente discutible. Si El País actúa como el boletín oficioso del PSOE, con espacio cedido para que Rubalcaba escriba incluso sobre la victoria liguera del Real Madrid, el caso de La Razón (la portada de hoy sábado debería ruborizar hasta al más pepero) es realmente un ejemplo penoso de servilismo político.
Sin embargo, cualquier persona que no haya sucumbido con armas y bagajes al relativismo total tiene que seguir creyendo en una verdad objetiva, por inalcanzable que sea, o por prostituida que esté la profesión periodística (que me perdonen las honorables excepciones entre sus miembros, que las hay). Y los titulares transcritos nos ofrecen un ejemplo digno de estas dos filosofías antagónicas, el realismo (la realidad existe independientemente de nuestras percepciones y prejuicios) y el idealismo (la realidad es nuestra construcción, y nada más).
El País no informa de un hecho, sino que directamente nos ofrece su interpretación. ETA "ofrece", ETA desea hablar de desarme. Por utilizar una de esas muletillas de que tanto se abusa en el estilo periodístico, "la pelota la tiene ahora el Gobierno". Eso es lo que se desprende instantáneamente de un titular como este. La responsabilidad de que haya paz recae no en los terroristas, sino en el ejecutivo del PP. Por el contrario, el titular de El Mundo nos informa, mediante los entrecomillados, de lo que realmente ha dicho ETA, y es que está dispuesta al desarme si el gobierno retira al ejército y a las fuerzas policiales del País Vasco, equiparando a los criminales con las fuerzas del orden. Es decir, un discurso no muy desemejante del que ha servido para justificar décadas de asesinatos y extorsiones.
Podemos ir mucho más allá de la lección de periodismo. Aquí la cuestión de fondo es la diferente actitud ante el terrorismo de las ideologías de izquierda y de derecha. Mientras la primera comparte (matices más o menos hipócritas aparte) el lenguaje de los terroristas que hablan de "conflicto", la segunda entiende que los terroristas no son más que una variante de criminales, que deben ser puestos a disposición de la Justicia y nada más.
Otra cosa es que la clase política esté a la altura de lo que se espera de ella, pero la demarcación ideológica no ofrece dudas. La derecha cree en el derecho (el juego de palabras es involuntario, aunque etimológicamente revelador), mientras que la izquierda, en lo más profundo de su alma, no ha creído nunca en él, siempre lo ha considerado una "superestructura de la clase dominante", antes y después de que Marx lo formulara con estas palabras. Por sus titulares los conoceréis.
Para este, el titular principal hace referencia al debate, más candente que nunca, sobre el modelo de Estado autonómico. Por su parte, El País opta por dar primacía al siguiente titular:
ETA ofrece al Gobierno el inicio de contactos para hablar de desarme
También El Mundo lo trata en portada, pero de manera menos destacada, y en los siguientes términos:
ETA ofrece el "desarme" si el Gobierno "desmilitariza" el País Vasco
Ignoro qué se estudia en las facultades de periodismo. Tengo una vaga idea, quizás prejuiciosa, de que adoctrinan a los estudiantes en algo así como que no existe eso que se llama la verdad objetiva, que los hechos no existen, que todo son interpretaciones, etc. Desde luego, como descripción de la ideología latente en la mayoría de redacciones, esto es difícilmente discutible. Si El País actúa como el boletín oficioso del PSOE, con espacio cedido para que Rubalcaba escriba incluso sobre la victoria liguera del Real Madrid, el caso de La Razón (la portada de hoy sábado debería ruborizar hasta al más pepero) es realmente un ejemplo penoso de servilismo político.
Sin embargo, cualquier persona que no haya sucumbido con armas y bagajes al relativismo total tiene que seguir creyendo en una verdad objetiva, por inalcanzable que sea, o por prostituida que esté la profesión periodística (que me perdonen las honorables excepciones entre sus miembros, que las hay). Y los titulares transcritos nos ofrecen un ejemplo digno de estas dos filosofías antagónicas, el realismo (la realidad existe independientemente de nuestras percepciones y prejuicios) y el idealismo (la realidad es nuestra construcción, y nada más).
El País no informa de un hecho, sino que directamente nos ofrece su interpretación. ETA "ofrece", ETA desea hablar de desarme. Por utilizar una de esas muletillas de que tanto se abusa en el estilo periodístico, "la pelota la tiene ahora el Gobierno". Eso es lo que se desprende instantáneamente de un titular como este. La responsabilidad de que haya paz recae no en los terroristas, sino en el ejecutivo del PP. Por el contrario, el titular de El Mundo nos informa, mediante los entrecomillados, de lo que realmente ha dicho ETA, y es que está dispuesta al desarme si el gobierno retira al ejército y a las fuerzas policiales del País Vasco, equiparando a los criminales con las fuerzas del orden. Es decir, un discurso no muy desemejante del que ha servido para justificar décadas de asesinatos y extorsiones.
Podemos ir mucho más allá de la lección de periodismo. Aquí la cuestión de fondo es la diferente actitud ante el terrorismo de las ideologías de izquierda y de derecha. Mientras la primera comparte (matices más o menos hipócritas aparte) el lenguaje de los terroristas que hablan de "conflicto", la segunda entiende que los terroristas no son más que una variante de criminales, que deben ser puestos a disposición de la Justicia y nada más.
Otra cosa es que la clase política esté a la altura de lo que se espera de ella, pero la demarcación ideológica no ofrece dudas. La derecha cree en el derecho (el juego de palabras es involuntario, aunque etimológicamente revelador), mientras que la izquierda, en lo más profundo de su alma, no ha creído nunca en él, siempre lo ha considerado una "superestructura de la clase dominante", antes y después de que Marx lo formulara con estas palabras. Por sus titulares los conoceréis.
martes, 1 de mayo de 2012
La fiesta de los trabajadores por cuenta ajena
El 1 de mayo es la fiesta de los trabajadores. Pero no de cualquier trabajador. La dueña del bar, el taxista, la peluquera, difícilmente se manifestarán por sus derechos laborales, porque no están muy seguros de tenerlos. Y no será porque no madruguen y no trabajen, y mucho. Pero por alguna razón, cuando se habla de los trabajadores, implícitamente parece que nos referimos solo al trabajador por cuenta ajena, al asalariado. Y preferiblemente al del sector secundario.
En España hay 17,8 millones de personas ocupadas. Y según se desprende del directorio información-empresas.com, existen más de 4 millones de empresas, desde Juan Pérez García (taxista), hasta El Corte Inglés (con cerca de cien mil empleados). Hagan la cuenta, la media de trabajadores por empresa es de poco más de cuatro. Pero por alguna razón, parece que son más trabajadores (en sentido nominal) los empleados de la gran industria que los camareros, los dependientes del comercio o el fontanero autónomo. Y es que, claro, de mil en mil siempre se tiene más fuerza.
Los trabajadores de la industria tienen derecho a defender sus intereses. Pero por alguna razón, los llaman derechos, y pretenden que representan a todos los trabajadores, elevados prácticamente a categoría metafísica.
Por alguna razón, alguien estableció un día el 1 de mayo como la fiesta del trabajo. Ese mismo día de 1886 se inició una huelga en Chicago que se saldó con decenas de muertos en enfrentamientos con la policía y con la muerte en la horca de cuatro obreros anarquistas (y uno más que se suicidó antes de la ejecución de la sentencia). No se acostumbra a entrar en detalles sobre los graves disturbios que se produjeron durante esas jornadas de huelga, entre ellos la muerte de siete policías por la explosión de una bomba, que además causó graves heridas a otros cincuenta agentes. Ni de que en la redacción del Arbeiter Zeitung se descubrió "cierta cantidad de dinamitas y de armas" (La Vanguardia del 8 de mayo de 1886).
Sí, posiblemente el juicio estuvo plagado de irregularidades. Puede que los condenados fueran inocentes y que la prensa de la época, "de San Francisco a Nueva York", influyera en la opinión pública poniendo "todas las mañanas sobre la mesa de almorzar, la imagen de los policías despedazados (...); sus hogares desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas" (José Martí). Pero desde el propio relato de Martí hasta hoy, la versión profusamente difundida durante más de un siglo ha sido la del imaginario obrero, con exclusión de cualquier otra.
Por alguna razón, se reivindican los intereses (perdón, derechos) solo de una clase, de una parte de los trabajadores; y por alguna razón se conmemora la muerte de cinco agitadores izquierdistas, pero no las de siete trabajadores del orden público.
Comprenderán que, por alguna razón, muchos no encontremos nada que celebrar el día 1 de mayo.
En España hay 17,8 millones de personas ocupadas. Y según se desprende del directorio información-empresas.com, existen más de 4 millones de empresas, desde Juan Pérez García (taxista), hasta El Corte Inglés (con cerca de cien mil empleados). Hagan la cuenta, la media de trabajadores por empresa es de poco más de cuatro. Pero por alguna razón, parece que son más trabajadores (en sentido nominal) los empleados de la gran industria que los camareros, los dependientes del comercio o el fontanero autónomo. Y es que, claro, de mil en mil siempre se tiene más fuerza.
Los trabajadores de la industria tienen derecho a defender sus intereses. Pero por alguna razón, los llaman derechos, y pretenden que representan a todos los trabajadores, elevados prácticamente a categoría metafísica.
Por alguna razón, alguien estableció un día el 1 de mayo como la fiesta del trabajo. Ese mismo día de 1886 se inició una huelga en Chicago que se saldó con decenas de muertos en enfrentamientos con la policía y con la muerte en la horca de cuatro obreros anarquistas (y uno más que se suicidó antes de la ejecución de la sentencia). No se acostumbra a entrar en detalles sobre los graves disturbios que se produjeron durante esas jornadas de huelga, entre ellos la muerte de siete policías por la explosión de una bomba, que además causó graves heridas a otros cincuenta agentes. Ni de que en la redacción del Arbeiter Zeitung se descubrió "cierta cantidad de dinamitas y de armas" (La Vanguardia del 8 de mayo de 1886).
Sí, posiblemente el juicio estuvo plagado de irregularidades. Puede que los condenados fueran inocentes y que la prensa de la época, "de San Francisco a Nueva York", influyera en la opinión pública poniendo "todas las mañanas sobre la mesa de almorzar, la imagen de los policías despedazados (...); sus hogares desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas" (José Martí). Pero desde el propio relato de Martí hasta hoy, la versión profusamente difundida durante más de un siglo ha sido la del imaginario obrero, con exclusión de cualquier otra.
Por alguna razón, se reivindican los intereses (perdón, derechos) solo de una clase, de una parte de los trabajadores; y por alguna razón se conmemora la muerte de cinco agitadores izquierdistas, pero no las de siete trabajadores del orden público.
Comprenderán que, por alguna razón, muchos no encontremos nada que celebrar el día 1 de mayo.
sábado, 21 de abril de 2012
Puestos a ser cínicos
Carlos Iaquinandi Castro, presidente del Centro Latinoamericano de Reus (Tarragona), en un breve artículo titulado "El control de los recursos propios", defiende la expropiación de YPF a manos del gobierno argentino, con argumentario de la paleoizquierda tercermundista. (Lo leí en la versión impresa del Diari de Tarragona del 18 de abril.)
Hasta aquí, no se pierden nada. Lo que me ha llamado la atención es la frase con la que arranca la pieza, que dice así:
"La lógica de la empresa privada es la ganancia. El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos."
Es entrañable la capacidad de desdoblamiento de personalidad que tiene la izquierda. Por un lado, sus acólitos son capaces de manifestar el mayor escepticismo, una visión cínicamente desengañada de la vida y de la sociedad, propia de hombres de mundo escarmentados por los muchos palos recibidos. Como en el tango, "el mundo fue y será una porquería", etc. Pero por otro lado, atesoran en su interior, presto a sacarlo a relucir, la mayor de las ingenuidades, el idealismo más rayano en el lirismo multicolor: "El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones..." ¡Qué enternecedor!
La pregunta, claro, es la siguiente: ¿Cómo saber cuando toca idealismo y cuando toca escepticismo? Porque en principio, parecería más coherente ser escéptico o ingenuo siempre, con la misma vara de medir, no las dos cosas a la vez o alternativamente. Si decimos que los gobiernos están para mejorar la vida de la gente, lo justo y equilibrado es decir que las empresas también, puesto que crean puestos de trabajo que son -con gran diferencia- el principal instrumento de distribución de la riqueza. Además, gracias a la competitividad generada por el mercado libre, se reducen progresivamente los costes de numerosos bienes de consumo, medidos en términos de poder adquisitivo. Los ciudadanos del 2012 viven mejor que los de 1992 gracias a las empresas, a los puestos de trabajo que han creado, y a las mejoras productivas que han introducido en estos últimos veinte años (no hablemos de los últimos treinta, cuarenta, etc). Y tampoco lo olvidemos: gracias a los impuestos que han pagado.
En sectores como la sanidad, la educación o las pensiones, donde el sector público tiene una presencia dominante, sencillamente no nos han dejado comprobar cómo hubiera funcionado el mercado. El Estado ha impuesto su modelo, y nos ha dicho que en consecuencia debemos estarle agradecidos. Y efectivamente, una mayoría de la población ha desarrollado un claro síndrome de Estocolmo ante quien le ha educado, le ha sanado y subsidiado durante décadas, sin posible término de comparación.
El izquierdista impenitente concederá, tal vez, que los empresarios crean puestos de trabajo, pero que esa no es su verdadera motivación, la cual se reduce al mero afán de lucro. Aquí cierto liberalismo autosuficiente e ideológico (a lo Ayn Rand, para entendernos) nos dirá que eso no importa en absoluto, que lo decisivo es lo que obtenemos gracias al egoísmo de los agentes económicos, tantos empresarios como consumidores, optimizando todos el aprovechamiento de las recursos en la búsqueda de sus intereses individuales. Personalmente, estoy en desacuerdo con esta afirmación. Creo que sin unos cimientos morales, previos al liberalismo económico en sentido teórico estricto, el mercado no funciona a la manera idílica que nos describen los tratados de economía. Por supuesto que un empresario busca la ganancia, pero simplificamos burdamente su psicología si no tenemos en cuenta sus ilusiones por un proyecto, por un producto y, sí, también su compromiso con sus empleados, con los que llega a estrechar con frecuencia vínculos que van más allá de lo meramente contractual.
Pero si todo esto le parece muy edulcorado al progre que solo ve en un empresario a un explotador, pues bien, juguemos a ser cínicos. Las empresas solo persiguen la ganancia, pisoteando a quien sea con tal de obtenerla... Y los gobiernos solo buscan el poder, su única ambición es mandar, controlar, inmiscuirse en la vida de la gente, allanando todos los obstáculos jurídicos, institucionales y por supuesto morales que se les oponen. Puestos a ser escépticos y desilusionados, seámoslo hasta las últimas consecuencias, no según nuestra conveniencia o nuestras simpatías.
Hasta aquí, no se pierden nada. Lo que me ha llamado la atención es la frase con la que arranca la pieza, que dice así:
"La lógica de la empresa privada es la ganancia. El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos."
Es entrañable la capacidad de desdoblamiento de personalidad que tiene la izquierda. Por un lado, sus acólitos son capaces de manifestar el mayor escepticismo, una visión cínicamente desengañada de la vida y de la sociedad, propia de hombres de mundo escarmentados por los muchos palos recibidos. Como en el tango, "el mundo fue y será una porquería", etc. Pero por otro lado, atesoran en su interior, presto a sacarlo a relucir, la mayor de las ingenuidades, el idealismo más rayano en el lirismo multicolor: "El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones..." ¡Qué enternecedor!
La pregunta, claro, es la siguiente: ¿Cómo saber cuando toca idealismo y cuando toca escepticismo? Porque en principio, parecería más coherente ser escéptico o ingenuo siempre, con la misma vara de medir, no las dos cosas a la vez o alternativamente. Si decimos que los gobiernos están para mejorar la vida de la gente, lo justo y equilibrado es decir que las empresas también, puesto que crean puestos de trabajo que son -con gran diferencia- el principal instrumento de distribución de la riqueza. Además, gracias a la competitividad generada por el mercado libre, se reducen progresivamente los costes de numerosos bienes de consumo, medidos en términos de poder adquisitivo. Los ciudadanos del 2012 viven mejor que los de 1992 gracias a las empresas, a los puestos de trabajo que han creado, y a las mejoras productivas que han introducido en estos últimos veinte años (no hablemos de los últimos treinta, cuarenta, etc). Y tampoco lo olvidemos: gracias a los impuestos que han pagado.
En sectores como la sanidad, la educación o las pensiones, donde el sector público tiene una presencia dominante, sencillamente no nos han dejado comprobar cómo hubiera funcionado el mercado. El Estado ha impuesto su modelo, y nos ha dicho que en consecuencia debemos estarle agradecidos. Y efectivamente, una mayoría de la población ha desarrollado un claro síndrome de Estocolmo ante quien le ha educado, le ha sanado y subsidiado durante décadas, sin posible término de comparación.
El izquierdista impenitente concederá, tal vez, que los empresarios crean puestos de trabajo, pero que esa no es su verdadera motivación, la cual se reduce al mero afán de lucro. Aquí cierto liberalismo autosuficiente e ideológico (a lo Ayn Rand, para entendernos) nos dirá que eso no importa en absoluto, que lo decisivo es lo que obtenemos gracias al egoísmo de los agentes económicos, tantos empresarios como consumidores, optimizando todos el aprovechamiento de las recursos en la búsqueda de sus intereses individuales. Personalmente, estoy en desacuerdo con esta afirmación. Creo que sin unos cimientos morales, previos al liberalismo económico en sentido teórico estricto, el mercado no funciona a la manera idílica que nos describen los tratados de economía. Por supuesto que un empresario busca la ganancia, pero simplificamos burdamente su psicología si no tenemos en cuenta sus ilusiones por un proyecto, por un producto y, sí, también su compromiso con sus empleados, con los que llega a estrechar con frecuencia vínculos que van más allá de lo meramente contractual.
Pero si todo esto le parece muy edulcorado al progre que solo ve en un empresario a un explotador, pues bien, juguemos a ser cínicos. Las empresas solo persiguen la ganancia, pisoteando a quien sea con tal de obtenerla... Y los gobiernos solo buscan el poder, su única ambición es mandar, controlar, inmiscuirse en la vida de la gente, allanando todos los obstáculos jurídicos, institucionales y por supuesto morales que se les oponen. Puestos a ser escépticos y desilusionados, seámoslo hasta las últimas consecuencias, no según nuestra conveniencia o nuestras simpatías.
lunes, 16 de abril de 2012
La cleptocracia argentina
El mes pasado, el congreso argentino contrató a Baltasar Garzón (condenado en España por practicar escuchas de abogados defensores) como asesor de derechos humanos. En aquella ocasión, la presidenta Cristina Fernández afirmó que los derechos humanos "son uno de nuestros puntales como proyecto de país". Dos cosas quedan claras. La primera, que para los diputados argentinos no debe existir el derecho a la defensa judicial. La segunda, que para Fernández tampoco debe existir el derecho de propiedad, dado que acaba de expropiar la mayoría de las acciones de YPF. ¿Qué derechos, pues, quedan incólumes para los legisladores y los gobernantes de Argentina? La respuesta más ajustada a la realidad, a la luz de la experiencia pasada, sería aproximadamente esta: Los que a ellos les vengan en gana. Hay que reconocer que se trata de un criterio que evita numerosas complejidades filosóficas, aunque al mismo tiempo no resulta demasiado tranquilizador. Pero al menos, deja bien a las claras una tercera cosa: Que invertir en Argentina es un acto de temeridad comparable a invertir en territorio de la Camorra o la Ndrangheta. En realidad, peor, puesto que un gobierno como el de Argentina disfruta de medios y recursos superiores a los de cualquier organización criminal.
Ahora bien, cuando un Salvador Allende, autor de varias nacionalizaciones, continúa siendo un icono de la izquierda, no puede extrañarnos demasiado que existan gobiernos a los que robar en masa les confiera una gran popularidad. Seguramente la de Cristina Fernández aumentará estos días en su país. Y encima tendrá la suerte de que no se producirá un golpe de Estado como el que acabó con Allende en 1973. Nadie desea para Argentina un régimen como el de Pinochet. Pero lo cierto es que la renta per cápita chilena es hoy un 50 % superior a la argentina. Que la esperanza de vida chilena es superior en casi cuatro años en los varones, y en 1,5 en las mujeres. Y que la tasa bruta de mortalidad argentina es un 30 % superior a la chilena. Ah, y casualmente, Chile disfruta de 26 puntos más en el Índice de Libertad Económica. (Y 8,2 puntos más que España. Datos del anuario de The Economist, El mundo en cifras, ed. 2010.)
Naturalmente, nada jode más a los argentinos que los comparen desfavorablemente con sus vecinos occidentales, los de ese país dominado por el "neoliberalismo salvaje". Por eso precisamente hay que hacerlo. En Chile hubiera sido impensable el atraco perpetrado en Argentina contra intereses españoles, o de quien sean. Razón por la cual las diferencias económicas, y en los índices de nivel de vida, continuarán agrandándose entre los dos países, y no precisamente a favor del que goza de un mayor territorio y riquezas naturales más abundantes. Pues nada, continúen votando al peronismo, huevudos. (Y empresarios españoles, continúen invirtiendo en Argentina...)
Ahora bien, cuando un Salvador Allende, autor de varias nacionalizaciones, continúa siendo un icono de la izquierda, no puede extrañarnos demasiado que existan gobiernos a los que robar en masa les confiera una gran popularidad. Seguramente la de Cristina Fernández aumentará estos días en su país. Y encima tendrá la suerte de que no se producirá un golpe de Estado como el que acabó con Allende en 1973. Nadie desea para Argentina un régimen como el de Pinochet. Pero lo cierto es que la renta per cápita chilena es hoy un 50 % superior a la argentina. Que la esperanza de vida chilena es superior en casi cuatro años en los varones, y en 1,5 en las mujeres. Y que la tasa bruta de mortalidad argentina es un 30 % superior a la chilena. Ah, y casualmente, Chile disfruta de 26 puntos más en el Índice de Libertad Económica. (Y 8,2 puntos más que España. Datos del anuario de The Economist, El mundo en cifras, ed. 2010.)
Naturalmente, nada jode más a los argentinos que los comparen desfavorablemente con sus vecinos occidentales, los de ese país dominado por el "neoliberalismo salvaje". Por eso precisamente hay que hacerlo. En Chile hubiera sido impensable el atraco perpetrado en Argentina contra intereses españoles, o de quien sean. Razón por la cual las diferencias económicas, y en los índices de nivel de vida, continuarán agrandándose entre los dos países, y no precisamente a favor del que goza de un mayor territorio y riquezas naturales más abundantes. Pues nada, continúen votando al peronismo, huevudos. (Y empresarios españoles, continúen invirtiendo en Argentina...)
domingo, 15 de abril de 2012
Juancarlator
El debate entre partidarios de la república y la monarquía siempre me ha parecido bizantino. En el mundo, la inmensa mayoría de países gozan, o padecen, de sistemas políticos republicanos, sean democráticos, dictatoriales o una cosa intermedia. La república no es garantía de nada, como no lo es tampoco, por cierto, la monarquía. Bien es verdad que una jefatura de Estado hereditaria resulta chirriante para la sensibilidad democrática. Pero a quienes nos preocupa más la limitación del poder político que las teorías sobre su legitimidad, las monarquías honoríficas de tipo europeo tienen también sus virtudes. Al mantener separada la jefatura del Estado, con toda su carga simbólica, del gobierno, de algún modo rebajamos la concentración de poder que pueda tener un primer ministro. En teoría esto vale para repúblicas del tipo de Alemania o Italia, pero precisamente porque allí la figura del Jefe de Estado es casi irrelevante en el plano simbólico, además de en cualquier otro, difícilmente puede cumplir la función equilibradora de un monarca hereditario... O de un presidente elegido por sufragio universal, como en Francia o Estados Unidos. Ahora bien, al sustraer al monarca del principio democrático, de alguna manera contrarrestamos también las tendencias despóticas que anidan en toda democracia, tal como vio Tocqueville. Esta función de contrapeso está muy atenuada por el hecho de que las monarquías parlamentarias prácticamente han eliminado cualquier rastro de competencia ejecutiva de sus monarcas, pero con todo, sobrevive en esto que de manera un tanto torpe y sumaria denomino plano simbólico.
Hecha esta aclaración previa de mi posición, me disculparán si paso a un tono más distendido. Porque una cosa es el debate monarquía o república, en el cual no entro porque me parece que no tiene una respuesta absoluta e inamovible, y otra muy distinta es el debate sobre un rey concreto, sobre Juan Carlos. Siempre se había dicho que los españoles éramos más juancarlistas que monárquicos. Nunca he sido ni una cosa ni otra, aunque menos todavía republicano, en el caso de España. Los breves paréntesis republicanos que ha conocido nuestra nación han sido una bufonada grotesca el primero, y una tragedia sangrienta el segundo. Enarbolar hoy la bandera republicana, esa con la banda inferior descolorida, me parece una de las muchas variantes de la estupidez política. Y que se ofenda el que quiera.
Sin embargo, salir hoy en defensa, no tanto de la monarquía como de Juan Carlos, sencillamente es una temeridad o una involuntaria autoparodia. Acabo de leer lo que ha escrito Salvador Sostres en su genial blog Guantánamo, con el que casi siempre estoy de acuerdo, principalmente en las cuestiones de fondo. Por supuesto que a Sostres le encanta provocar, y que su estilo muchas veces grandilocuente está deliberadamente concebido para sacudir a tantos espíritus sumidos en la mediocridad. Cuando habla por ejemplo de la Iglesia y del catolicismo, mientras que a muchos les parecerá ridículo y anacrónico, a mí me provoca una profunda corriente de simpatía y admiración. ¡Bravo por quien en nuestros días se atreve a defender sus creencias sin medias tintas, sin concesiones al relativismo imperante!
Ahora bien, los ditirambos dedicados a Juan Carlos, como encarnación de la institución monárquica, son dignos de mejor causa. Porque, qué quieren que les diga, un rey que a sus años se va a cazar elefantes a Botsuana y se rompe la cadera al caer por las escaleras, difícilmente evoca sentimientos de grandeza. ¿Cuántas operaciones, cuántas prótesis lleva ya el hombre? Pase que los medios de comunicación se mantengan pudorosos sobre las causas de tantos accidentes deportivos y domésticos. Pase que nadie ose expresar en público que a lo mejor una conducta más sobria habría evitado algunos de estos accidentes. Pero que encima hagamos el elogio de un hombre que se pasa todos los días en cacerías, esquiando y practicando no sé cuántos deportes más, actividades que consumen prácticamente todo el tiempo, incluso de una persona que tiene tanto, ya es pedir demasiado. Dudo que un señor con una vida tan agitada haya tenido el sosiego para leerse un libro en toda su vida, o que se pueda mantener con él una conversación larga sobre algún tema trascendente, que no verse de coches o de caza. Me dirán que un rey, un estadista, no tiene por que ser un intelectual, y me apresuro a mostrarme de acuerdo. Pero no me pidan que pese a ello lo admire. España ha tenido en su larga historia reyes sabios y cultivados, que seguramente además encontraban tiempo para la caza y las aventuras galantes. Juan Carlos (me gustaría equivocarme) no pertenece a esta tipología. Su vida está llena de una intensa, frenética actividad deportiva, como si huyera de un profundo y desolador vacío interior.
Hecha esta aclaración previa de mi posición, me disculparán si paso a un tono más distendido. Porque una cosa es el debate monarquía o república, en el cual no entro porque me parece que no tiene una respuesta absoluta e inamovible, y otra muy distinta es el debate sobre un rey concreto, sobre Juan Carlos. Siempre se había dicho que los españoles éramos más juancarlistas que monárquicos. Nunca he sido ni una cosa ni otra, aunque menos todavía republicano, en el caso de España. Los breves paréntesis republicanos que ha conocido nuestra nación han sido una bufonada grotesca el primero, y una tragedia sangrienta el segundo. Enarbolar hoy la bandera republicana, esa con la banda inferior descolorida, me parece una de las muchas variantes de la estupidez política. Y que se ofenda el que quiera.
Sin embargo, salir hoy en defensa, no tanto de la monarquía como de Juan Carlos, sencillamente es una temeridad o una involuntaria autoparodia. Acabo de leer lo que ha escrito Salvador Sostres en su genial blog Guantánamo, con el que casi siempre estoy de acuerdo, principalmente en las cuestiones de fondo. Por supuesto que a Sostres le encanta provocar, y que su estilo muchas veces grandilocuente está deliberadamente concebido para sacudir a tantos espíritus sumidos en la mediocridad. Cuando habla por ejemplo de la Iglesia y del catolicismo, mientras que a muchos les parecerá ridículo y anacrónico, a mí me provoca una profunda corriente de simpatía y admiración. ¡Bravo por quien en nuestros días se atreve a defender sus creencias sin medias tintas, sin concesiones al relativismo imperante!
Ahora bien, los ditirambos dedicados a Juan Carlos, como encarnación de la institución monárquica, son dignos de mejor causa. Porque, qué quieren que les diga, un rey que a sus años se va a cazar elefantes a Botsuana y se rompe la cadera al caer por las escaleras, difícilmente evoca sentimientos de grandeza. ¿Cuántas operaciones, cuántas prótesis lleva ya el hombre? Pase que los medios de comunicación se mantengan pudorosos sobre las causas de tantos accidentes deportivos y domésticos. Pase que nadie ose expresar en público que a lo mejor una conducta más sobria habría evitado algunos de estos accidentes. Pero que encima hagamos el elogio de un hombre que se pasa todos los días en cacerías, esquiando y practicando no sé cuántos deportes más, actividades que consumen prácticamente todo el tiempo, incluso de una persona que tiene tanto, ya es pedir demasiado. Dudo que un señor con una vida tan agitada haya tenido el sosiego para leerse un libro en toda su vida, o que se pueda mantener con él una conversación larga sobre algún tema trascendente, que no verse de coches o de caza. Me dirán que un rey, un estadista, no tiene por que ser un intelectual, y me apresuro a mostrarme de acuerdo. Pero no me pidan que pese a ello lo admire. España ha tenido en su larga historia reyes sabios y cultivados, que seguramente además encontraban tiempo para la caza y las aventuras galantes. Juan Carlos (me gustaría equivocarme) no pertenece a esta tipología. Su vida está llena de una intensa, frenética actividad deportiva, como si huyera de un profundo y desolador vacío interior.
martes, 10 de abril de 2012
La caza del políticamente incorrecto
Mario Vargas Llosa ha escrito un artículo titulado "La caza del gay", movido por una loable indignación. El hecho que desencadena su reflexión es el brutal asesinato de un joven homosexual, acaecido en Santiago de Chile, a manos de unos supuestos neonazis. Digo supuestos, porque el propio escritor deja entrever que esos bárbaros asesinos posiblemente utilizan la estética neonazi como pudieran utilizar cualquier otra, a fin de adornar su necia y pervertida forma de divertirse.
Sin embargo, más allá de la buena intención del gran escritor peruano, y como suele ser ya habitual en este tipo de piezas de denuncia, en el artículo se deslizan dos supuestos muy discutibles. El primero es que la causa de este tipo de crímenes (las agresiones contra homosexuales) hay que buscarla en una extendida homofobia que "se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales". El segundo supuesto es que, quien de verdad esté contra las sevicias y atentados contra las personas homosexuales, debe estar consecuentemente a favor del matrimonio homosexual, y de la adopción de niños por gays, lesbianas y transexuales.
El primer supuesto es una de las variantes de la falacia sociologista, que consiste en responsabilizar a la sociedad de conductas individuales. Si un tarado entra en un edificio público y empieza a pegar tiros indiscriminadamente, porque lo han despedido del trabajo, los medios de comunicación convencionales se explayarán hasta la sociedad sobre la "cultura de la violencia" que existe en nuestra sociedad. Si la matanza se produce en Estados Unidos, no duden que volverán por enésima vez a criticar la libertad de posesión de armas, caricaturizando a los miembros de la NRA como unos vaqueros chiflados. Y en cualquier caso no faltarán los mentecatos que deplorarán la proliferación de videojuegos belicistas y hasta clamarán contra la obsesión por la "competitividad" que domina las sociedades occidentales. Todo con el resultado de escamotear la ineludible, la única culpabilidad que existe, que es la individual. La de quien desprecia la vida del prójimo, sea cual sea el pretexto que enarbole.
Cuestión aparte es si realmente está tan extendida esa homofobia radical de la que habla Vargas Llosa; o mejor dicho, a qué llamamos homofobia. El artículo sugiere que dentro de esta actitud se incluiría un amplio espectro de conductas, desde los chistes de maricas hasta los casos más lacerantes de discriminación. En su relato Los cachorros, Vargas Llosa nos narraba la historia de un joven accidentalmente castrado desde la infancia. Se trata de una pieza literariamente magistral, que entre otras cosas, retrata insuperablemente la crueldad, muchas veces torpemente involuntaria, con la cual el entorno trata a menudo al que es diferente, forzándole a ocultar esa diferencia. Sin embargo, más allá de interpretaciones en el fondo triviales, para las cuales la castración física del protagonista es un símbolo de la castración moral de una sociedad alienante y bla, bla, bla (que seguramente el Vargas Llosa izquierdista de la época, aprobaría) hay un hecho insoslayable. Y es que el protagonista tiene un problema físico real, que le impide llevar una vida sexual normal. Por muy exquisitamente, por muy inteligentemente que su familia, amigos y educadores hubieran gestionado la situación, el problema no hubiera desaparecido.
Por supuesto, la corrección política actual desaprueba que comparemos a los homosexuales con personas enfermas o discapacitadas. En cierto sentido es verdad que no lo son, pues pueden llevar una vida perfectamente normal, exactamente igual que las personas heterosexuales. Pero al mismo tiempo es evidente que la homosexualidad es una desviación o alteración de un sentimiento con fundamentos biológicos indiscutibles, como es la atracción hacia el otro sexo. Este sentimiento solo puede equipararse en importancia a otros distintos si hacemos un ejercicio de frivolidad considerable. Lo cual, a despecho de la extendida homofobia que denuncia Vargas Llosa, es moneda corriente en la actualidad. Hemos pasado de la denigración y persecución del homosexual (cosa ciertamente inhumana y deplorable) a una absurda exaltación, no exenta por cierto de hipocresía. Cualquiera que pretenda estar a la última dirá que no sentiría la menor contrariedad en caso de que un hijo le descubriera su homosexualidad, salvo por los problemas que le pudieran ocasionar los prejuicios sociales todavía existentes.
El segundo supuesto es mucho más insidioso, pues supone una condena moral apriorística de cualquier crítica contra la homosexualidad. La Iglesia, la institución más importante que se opone a la corrección política (no sin discrepancias en su seno), distingue perfectamente, para cualquiera que quiera escuchar, entre las personas homosexuales (dotadas de la misma dignidad irreductible que cualquier otro ser humano) y la conducta homosexual, que desaprueba profundamente. Se puede compartir o no esta postura, pero lo que no es válido, intelectualmente al menos, es tergiversar la esencia del mensaje cristiano. El mismo Jesús que desaprueba el adulterio es el que salva a una adúltera de la lapidación. Que hasta hace bien poco las sociedades cristianas, al igual que muchas otras, siguieran aplicando sanciones crueles o desorbitadas en materia de moralidad sexual, no demuestra que esa crueldad sea atribuible al cristianismo, ni demuestra que esa moralidad (la desaprobación de la promiscuidad, de la homosexualidad, etc) sea en sí misma condenable, y debamos entronizar unos valores antitéticos. Que en algunos países bárbaros corten la mano a los ladrones no significa que el robo deba ser considerado uno de los derechos humanos. Que en esos países también ahorquen a los homosexuales, no significa que debamos promover la homosexualidad, enseñando a los jóvenes desde la más tierna infancia que es una cosa estupenda. Que los nazis recluyeran a los comunistas en campos de concentración no significa que criticar el comunismo nos acerque a posiciones nazistoides.
Sin embargo, más allá de la buena intención del gran escritor peruano, y como suele ser ya habitual en este tipo de piezas de denuncia, en el artículo se deslizan dos supuestos muy discutibles. El primero es que la causa de este tipo de crímenes (las agresiones contra homosexuales) hay que buscarla en una extendida homofobia que "se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales". El segundo supuesto es que, quien de verdad esté contra las sevicias y atentados contra las personas homosexuales, debe estar consecuentemente a favor del matrimonio homosexual, y de la adopción de niños por gays, lesbianas y transexuales.
El primer supuesto es una de las variantes de la falacia sociologista, que consiste en responsabilizar a la sociedad de conductas individuales. Si un tarado entra en un edificio público y empieza a pegar tiros indiscriminadamente, porque lo han despedido del trabajo, los medios de comunicación convencionales se explayarán hasta la sociedad sobre la "cultura de la violencia" que existe en nuestra sociedad. Si la matanza se produce en Estados Unidos, no duden que volverán por enésima vez a criticar la libertad de posesión de armas, caricaturizando a los miembros de la NRA como unos vaqueros chiflados. Y en cualquier caso no faltarán los mentecatos que deplorarán la proliferación de videojuegos belicistas y hasta clamarán contra la obsesión por la "competitividad" que domina las sociedades occidentales. Todo con el resultado de escamotear la ineludible, la única culpabilidad que existe, que es la individual. La de quien desprecia la vida del prójimo, sea cual sea el pretexto que enarbole.
Cuestión aparte es si realmente está tan extendida esa homofobia radical de la que habla Vargas Llosa; o mejor dicho, a qué llamamos homofobia. El artículo sugiere que dentro de esta actitud se incluiría un amplio espectro de conductas, desde los chistes de maricas hasta los casos más lacerantes de discriminación. En su relato Los cachorros, Vargas Llosa nos narraba la historia de un joven accidentalmente castrado desde la infancia. Se trata de una pieza literariamente magistral, que entre otras cosas, retrata insuperablemente la crueldad, muchas veces torpemente involuntaria, con la cual el entorno trata a menudo al que es diferente, forzándole a ocultar esa diferencia. Sin embargo, más allá de interpretaciones en el fondo triviales, para las cuales la castración física del protagonista es un símbolo de la castración moral de una sociedad alienante y bla, bla, bla (que seguramente el Vargas Llosa izquierdista de la época, aprobaría) hay un hecho insoslayable. Y es que el protagonista tiene un problema físico real, que le impide llevar una vida sexual normal. Por muy exquisitamente, por muy inteligentemente que su familia, amigos y educadores hubieran gestionado la situación, el problema no hubiera desaparecido.
Por supuesto, la corrección política actual desaprueba que comparemos a los homosexuales con personas enfermas o discapacitadas. En cierto sentido es verdad que no lo son, pues pueden llevar una vida perfectamente normal, exactamente igual que las personas heterosexuales. Pero al mismo tiempo es evidente que la homosexualidad es una desviación o alteración de un sentimiento con fundamentos biológicos indiscutibles, como es la atracción hacia el otro sexo. Este sentimiento solo puede equipararse en importancia a otros distintos si hacemos un ejercicio de frivolidad considerable. Lo cual, a despecho de la extendida homofobia que denuncia Vargas Llosa, es moneda corriente en la actualidad. Hemos pasado de la denigración y persecución del homosexual (cosa ciertamente inhumana y deplorable) a una absurda exaltación, no exenta por cierto de hipocresía. Cualquiera que pretenda estar a la última dirá que no sentiría la menor contrariedad en caso de que un hijo le descubriera su homosexualidad, salvo por los problemas que le pudieran ocasionar los prejuicios sociales todavía existentes.
El segundo supuesto es mucho más insidioso, pues supone una condena moral apriorística de cualquier crítica contra la homosexualidad. La Iglesia, la institución más importante que se opone a la corrección política (no sin discrepancias en su seno), distingue perfectamente, para cualquiera que quiera escuchar, entre las personas homosexuales (dotadas de la misma dignidad irreductible que cualquier otro ser humano) y la conducta homosexual, que desaprueba profundamente. Se puede compartir o no esta postura, pero lo que no es válido, intelectualmente al menos, es tergiversar la esencia del mensaje cristiano. El mismo Jesús que desaprueba el adulterio es el que salva a una adúltera de la lapidación. Que hasta hace bien poco las sociedades cristianas, al igual que muchas otras, siguieran aplicando sanciones crueles o desorbitadas en materia de moralidad sexual, no demuestra que esa crueldad sea atribuible al cristianismo, ni demuestra que esa moralidad (la desaprobación de la promiscuidad, de la homosexualidad, etc) sea en sí misma condenable, y debamos entronizar unos valores antitéticos. Que en algunos países bárbaros corten la mano a los ladrones no significa que el robo deba ser considerado uno de los derechos humanos. Que en esos países también ahorquen a los homosexuales, no significa que debamos promover la homosexualidad, enseñando a los jóvenes desde la más tierna infancia que es una cosa estupenda. Que los nazis recluyeran a los comunistas en campos de concentración no significa que criticar el comunismo nos acerque a posiciones nazistoides.
domingo, 1 de abril de 2012
Los cien días de Rajoy
El PSOE llegó al poder en España hace ocho años, gracias a un atentado terrorista que la izquierda política y mediática explotó sin el menor escrúpulo para cambiar el sentido del voto en las elecciones.
Cuando escribo estas líneas acabo de empezar el libro de Lawrence Wright, La torre elevada. Al-Qaeda y los orígenes del 11-S, publicado en 2006. Aunque apenas llevo cincuenta páginas, un pensamiento me asalta reiteradamente durante la lectura: Ojalá en España tuviéramos un relato tan completo y minucioso de lo que ocurrió el 11-M. Por desgracia, no es así. No sabemos quién ordenó los atentados, quién está realmente detrás de ellos. Los ciudadanos de Estados Unidos saben quién les golpeó y por qué. Conocen los errores gravísimos que cometieron sus servicios de inteligencia. Han perseguido a los culpables, han derribado el régimen político que los amparó en Afganistán, donde siguen combatiendo con sus aliados, y han ejecutado a varios de los dirigentes de Al-Qaeda, incluyendo a su máximo líder, Osama Bin Laden.
Los españoles no podemos decir lo mismo, evidentemente. Tenemos en la cárcel a unos pocos implicados, de los cuales solo uno está acusado de ser autor material de los atentados. Los demás supuestamente se suicidaron, no en los trenes, sino en un piso de Leganés. Pero, aun suponiendo que todo sea como nos lo han contado, ignoramos si sus jefes eran islamistas, los servicios secretos marroquíes u otros. Insisto: No tenemos un relato completo y consistente de lo que sucedió; solamente, y siendo complacientes con la versión oficial, piezas sueltas de un rompecabezas.
Sea como fuere, lo cierto es que durante los dos primeros años de su gobierno, Rodríguez Zapatero disfrutó de un período de prosperidad económica como no se había conocido en España desde hacía décadas. Lo había heredado de los ocho años de legislatura del Partido Popular, que había llegado al poder con una tasa de paro del 22 % (heredada a su vez del gran estadista -según Ansón- Felipe González), la cual consiguió reducir a la mitad. Fruto de la política económica de los conservadores, durante los dos primeros años de gobierno del PSOE, como decía, el paro incluso siguió descendiendo. Entonces nadie alertaba de la burbuja inmobiliaria, y menos que nadie el gobierno socialista. Incluso cuando estalló la crisis financiera en Estados Unidos, en el verano de 2007, el mensaje promovido desde el ejecutivo fue que España estaba a salvo de las consecuencias de la crisis, porque tenía un sistema financiero modélico. Y lo continuó asegurando hasta las elecciones de 2008, cuando los indicios más que preocupantes eran innegables.
Fue entonces cuando se echó mano del discurso de la burbuja inmobiliaria que había provocado el PP, de la "cultura del ladrillo" y toda suerte de sandeces para intentar demostrar que lo blanco es negro y viceversa. Es decir, que mientras los dos años de bonanza con los que se inició la primera legislatura del PSOE eran atribuibles a la sabia dirección económica socialista, los cinco años de debacle posteriores había que atribuírselos a la gestión económica de los gobiernos conservadores anteriores. En resumidas cuentas, entre lo dicho y el socorrido estribillo del "contexto internacional", los socialistas tienen la infinita desvergüenza de exonerarse de toda responsabilidad en el desastre de los más de cinco millones de parados y un déficit público superior al 8 % que nos han dejado, entre otros estropicios. Peor aún, se oponen con todo el aparato mediático y sindical a su servicio, a las medidas económicas tomadas por el gobierno, con una acumulación inconexa de argumentos. Por un lado, dicen que Rajoy hace lo contrario de lo que prometió. Por otro, no están de acuerdo con lo que hace. Es decir, que haga lo que haga les parecerá mal.
Los sindicatos dicen que la derecha "quiere acabar con todo". Es decir, hablan como si la situación que tenemos en este momento, con una tasa de paro superior a todos los países desarrollados, fuera idílica, algo por lo que vale la pena luchar. ¿Derechos sociales? Como no sea el derecho a no trabajar, vegetando con un mísero subsidio, resulta difícil no pensar más bien en los privilegios de una minoría de empleados de algunas industrias y de funcionarios públicos, que hasta ahora no habían temido que el desempleo les pudiera amenazar también a ellos.
Es muy difícil juzgar la labor de un gobierno en sus cien primeros días. No sabemos qué efectos tendrán las medidas que ha adoptado. Es cierto que algunas de ellas han podido defraudar a sus propios votantes, como la subida del impuesto sobre la renta. Pero cabe imaginarse qué margen de actuación tiene un gobierno que acaba de entrar, y se encuentra con un déficit superior en más de un 30 % a lo esperado. La única manera casi instantánea de obtener dinero para pagar nóminas de funcionarios, entre otros gastos corrientes inaplazables, es obtenerlo de las nóminas de los demás trabajadores, o bien pedir un crédito, como hizo Aznar en 2004. Está claro que en el momento actual lo segundo era imposible. Había otras posibilidades, de acuerdo, que eran el despido masivo de funcionarios (pero a los que habría entonces que seguir pagando subsidios de desempleo) o sencillamente rebajarles drásticamente su sueldo. El gobierno optó por repartir los daños entre todos los trabajadores, lo cual no sé si será justo, pero parece evidente que para evitar males mayores era la única opción.
Por lo demás, el Partido Popular no se ha limitado a encarar la gravísima situación económica, sino que ha planteado un aspecto crucial del ideario conservador, que es la reforma de la ley del aborto. Es este un tema central de la batalla cultural, porque concierne al derecho más básico de todos, el derecho a la vida, en el se entremezclan todas las cuestiones más importantes que hoy puede plantearse cualquier ser pensante, sobre el sentido de la ley, de la moral, sobre el relativismo, sobre nuestras creencias más fundamentales, sobre la familia, etc.
Por último, el gobierno de Rajoy, además de plantear lo que parece una profunda reforma laboral (veremos sus efectos en los próximos meses y años), y de acometer una reforma legislativa que proteja el derecho a la vida de los no nacidos, parece (aunque no sin titubeos), que está dispuesto a permitir que se siga investigando el 11-M, es decir, averiguar quién ordenó el asesinato de casi doscientas personas para influir en unas elecciones democráticas. Son las tres cuestiones fundamentales. El derecho a la vida, la sociedad que queremos (subsidiada o emprendedora) y conseguir una democracia auténtica, en la que los golpes de Estado no se puedan producir, o por lo menos terminan aclarándose. Es todavía pronto para juzgar. Hay que dar un margen de confianza a este gobierno.
Cuando escribo estas líneas acabo de empezar el libro de Lawrence Wright, La torre elevada. Al-Qaeda y los orígenes del 11-S, publicado en 2006. Aunque apenas llevo cincuenta páginas, un pensamiento me asalta reiteradamente durante la lectura: Ojalá en España tuviéramos un relato tan completo y minucioso de lo que ocurrió el 11-M. Por desgracia, no es así. No sabemos quién ordenó los atentados, quién está realmente detrás de ellos. Los ciudadanos de Estados Unidos saben quién les golpeó y por qué. Conocen los errores gravísimos que cometieron sus servicios de inteligencia. Han perseguido a los culpables, han derribado el régimen político que los amparó en Afganistán, donde siguen combatiendo con sus aliados, y han ejecutado a varios de los dirigentes de Al-Qaeda, incluyendo a su máximo líder, Osama Bin Laden.
Los españoles no podemos decir lo mismo, evidentemente. Tenemos en la cárcel a unos pocos implicados, de los cuales solo uno está acusado de ser autor material de los atentados. Los demás supuestamente se suicidaron, no en los trenes, sino en un piso de Leganés. Pero, aun suponiendo que todo sea como nos lo han contado, ignoramos si sus jefes eran islamistas, los servicios secretos marroquíes u otros. Insisto: No tenemos un relato completo y consistente de lo que sucedió; solamente, y siendo complacientes con la versión oficial, piezas sueltas de un rompecabezas.
Sea como fuere, lo cierto es que durante los dos primeros años de su gobierno, Rodríguez Zapatero disfrutó de un período de prosperidad económica como no se había conocido en España desde hacía décadas. Lo había heredado de los ocho años de legislatura del Partido Popular, que había llegado al poder con una tasa de paro del 22 % (heredada a su vez del gran estadista -según Ansón- Felipe González), la cual consiguió reducir a la mitad. Fruto de la política económica de los conservadores, durante los dos primeros años de gobierno del PSOE, como decía, el paro incluso siguió descendiendo. Entonces nadie alertaba de la burbuja inmobiliaria, y menos que nadie el gobierno socialista. Incluso cuando estalló la crisis financiera en Estados Unidos, en el verano de 2007, el mensaje promovido desde el ejecutivo fue que España estaba a salvo de las consecuencias de la crisis, porque tenía un sistema financiero modélico. Y lo continuó asegurando hasta las elecciones de 2008, cuando los indicios más que preocupantes eran innegables.
Fue entonces cuando se echó mano del discurso de la burbuja inmobiliaria que había provocado el PP, de la "cultura del ladrillo" y toda suerte de sandeces para intentar demostrar que lo blanco es negro y viceversa. Es decir, que mientras los dos años de bonanza con los que se inició la primera legislatura del PSOE eran atribuibles a la sabia dirección económica socialista, los cinco años de debacle posteriores había que atribuírselos a la gestión económica de los gobiernos conservadores anteriores. En resumidas cuentas, entre lo dicho y el socorrido estribillo del "contexto internacional", los socialistas tienen la infinita desvergüenza de exonerarse de toda responsabilidad en el desastre de los más de cinco millones de parados y un déficit público superior al 8 % que nos han dejado, entre otros estropicios. Peor aún, se oponen con todo el aparato mediático y sindical a su servicio, a las medidas económicas tomadas por el gobierno, con una acumulación inconexa de argumentos. Por un lado, dicen que Rajoy hace lo contrario de lo que prometió. Por otro, no están de acuerdo con lo que hace. Es decir, que haga lo que haga les parecerá mal.
Los sindicatos dicen que la derecha "quiere acabar con todo". Es decir, hablan como si la situación que tenemos en este momento, con una tasa de paro superior a todos los países desarrollados, fuera idílica, algo por lo que vale la pena luchar. ¿Derechos sociales? Como no sea el derecho a no trabajar, vegetando con un mísero subsidio, resulta difícil no pensar más bien en los privilegios de una minoría de empleados de algunas industrias y de funcionarios públicos, que hasta ahora no habían temido que el desempleo les pudiera amenazar también a ellos.
Es muy difícil juzgar la labor de un gobierno en sus cien primeros días. No sabemos qué efectos tendrán las medidas que ha adoptado. Es cierto que algunas de ellas han podido defraudar a sus propios votantes, como la subida del impuesto sobre la renta. Pero cabe imaginarse qué margen de actuación tiene un gobierno que acaba de entrar, y se encuentra con un déficit superior en más de un 30 % a lo esperado. La única manera casi instantánea de obtener dinero para pagar nóminas de funcionarios, entre otros gastos corrientes inaplazables, es obtenerlo de las nóminas de los demás trabajadores, o bien pedir un crédito, como hizo Aznar en 2004. Está claro que en el momento actual lo segundo era imposible. Había otras posibilidades, de acuerdo, que eran el despido masivo de funcionarios (pero a los que habría entonces que seguir pagando subsidios de desempleo) o sencillamente rebajarles drásticamente su sueldo. El gobierno optó por repartir los daños entre todos los trabajadores, lo cual no sé si será justo, pero parece evidente que para evitar males mayores era la única opción.
Por lo demás, el Partido Popular no se ha limitado a encarar la gravísima situación económica, sino que ha planteado un aspecto crucial del ideario conservador, que es la reforma de la ley del aborto. Es este un tema central de la batalla cultural, porque concierne al derecho más básico de todos, el derecho a la vida, en el se entremezclan todas las cuestiones más importantes que hoy puede plantearse cualquier ser pensante, sobre el sentido de la ley, de la moral, sobre el relativismo, sobre nuestras creencias más fundamentales, sobre la familia, etc.
Por último, el gobierno de Rajoy, además de plantear lo que parece una profunda reforma laboral (veremos sus efectos en los próximos meses y años), y de acometer una reforma legislativa que proteja el derecho a la vida de los no nacidos, parece (aunque no sin titubeos), que está dispuesto a permitir que se siga investigando el 11-M, es decir, averiguar quién ordenó el asesinato de casi doscientas personas para influir en unas elecciones democráticas. Son las tres cuestiones fundamentales. El derecho a la vida, la sociedad que queremos (subsidiada o emprendedora) y conseguir una democracia auténtica, en la que los golpes de Estado no se puedan producir, o por lo menos terminan aclarándose. Es todavía pronto para juzgar. Hay que dar un margen de confianza a este gobierno.
sábado, 31 de marzo de 2012
El relato feminista
La crítica al feminismo, incluyendo la de quien escribe, a menudo lo adjetiva como radical. Pero si el feminismo no es radical, ¿en qué consiste? Afirmar que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres es una trivial constatación, que solo discuten clérigos islámicos. La palabra feminismo no es de gran utilidad si resulta que todos somos feministas. Cuando el anterior presidente de gobierno se definía a sí mismo como feminista, es evidente que no se limitaba a defender la igualdad jurídica de la mujer.
El feminismo es una ideología basada en un relato, como todas las ideologías. Relato, cuento, fábula, llamémoslo como queramos. Más o menos se podría explicar así: Durante miles de años, los hombres han sometido a las mujeres, confinándolas a la crianza de los hijos y a las tareas domésticas. Hace aproximadamente un siglo que se inició el lento proceso de liberación de la mujer, el cual todavía prosigue, consistente en derribar las barreras institucionales y los prejuicios que se oponen a la total igualdad entre los dos sexos.
Basta contar así esta historia para percibir su carencia de verosimilitud. Si aproximadamente existe igual número de mujeres que hombres, y si en conjunto los dos sexos tienen parecida inteligencia, es muy difícil sostener que una mera especificidad muscular haya bastado para mantener a las mujeres sometidas durante miles de años. Contraejemplo de ello es que ya desde la Antigüedad no han sido tan raros los ejemplos de mujeres con poder político, desde Nefertiti hasta Isabel la Católica, por no hablar de los tiempos modernos.
La realidad es que durante milenios ha existido una división del trabajo entre los dos sexos, basada en razones biológicas. Las mujeres del paleolítico, condicionadas por los períodos de gestación y lactancia, tendieron a especializarse en la crianza de los hijos, en tareas de recolección y de administración doméstica. Los hombres pudieron especializarse en la caza y en la defensa (u hostilidad) frente a otros grupos. Sería absurdo pretender que alguna de las dos funciones era más importante o satisfactoria que la otra. Que las mujeres se vieron contra su voluntad relegadas a las labores de crianza y elaboración de alimentos o vestidos.
Ahora bien, en tiempos recentísimos se ha producido una revolución innegable. El aumento de la riqueza económica ha permitido prolongar el período de educación, durante la infancia y la juventud, con lo cual también las mujeres han tenido acceso a la misma formación que los varones. El acceso de las mujeres a los estudios superiores no ha sido consecuencia de ninguna lucha por la igualdad, más allá de casos anecdóticos, sino que más bien la ideología feminista ha sido la consecuencia de lo primero. En las aulas se produce una apariencia de igualdad de hecho entre chicos y chicas, que luego en la vida real no es tal. De ahí la tentación, inherente a toda ideología, de transformar la realidad para amoldarla a modelos ideales, que surgen con facilidad en ámbitos académicos o laborales.
En cuanto dejamos de creer en el relato feminista, el predominio masculino en puestos de responsabilidad deja de ser efecto de una injusticia histórica. Lo que subyacen son diferentes escalas de valores. A los hombres nos atraen más los puestos de relumbrón, el prestigio, los uniformes y las medallas, mientras que las mujeres se sienten más a gusto en tareas de cooperación no jerarquizada. Es innegable que en el pasado, la mujer que se salía de estos parámetros lo tenía mucho más difícil, pero las presiones o barreras con que se encontraba procedían tanto de los hombres como de las demás mujeres. Esto es lo único que ha cambiado en los últimos decenios. La mujer occidental, como individuo, si decide no incorporarse al trabajo remunerado y dedicarse al cuidado de la familia lo hace porque opta libremente por su propia escala de valores, distinta de la de los hombres... ¡y de las feministas!
Como ha señalado Miquel Porta Perales, "quien sostiene que la permanencia de la mujer en el hogar, con el objeto de dedicarse al trabajo doméstico, es una condena, suele ser la mujer con trabajo gratificante, socialmente considerado y bien remunerado (...) [E]stas mujeres privilegiadas no deberían imponer, casi por decreto ideológico, su modelo de liberación a las económicamente no privilegiadas." (La tentación liberal, 2009, pág. 258.) El feminismo, como las demás ideologías emancipatorias que componen la visión izquierdista de la sociedad, es un lujo de determinadas élites que tratan de imponer sus particulares preferencias al común de los mortales, generando una frustración artificial, cuando no algo peor, un sentimiento de remordimiento o vergüenza ante los propios sentimientos naturales.
La otra característica de las ideologías, compartida por el feminismo, es el razonamiento circular. Si alguien argumenta que las diferencias sexuales en el mercado laboral son debidas a que las mujeres, por lo general, valoran más los empleos y cargos que se pueden conciliar más fácilmente con la vida familiar, aun a costa de unas menores retribuciones o responsabilidades, replicará que eso es debido a una educación machista que les ha inculcado un sentimiento de culpabilidad por no dedicar suficiente tiempo a los hijos. Así, el feminismo, al igual que ocurre con el marxismo, es de imposible refutación. Incluso si las mujeres o los obreros no comparten las línea política de los intelectuales y dirigentes progresistas, es porque están alienados. Suerte que tenemos precisamente a estos intelectuales y dirigentes que saben mejor que el pueblo lo que le conviene.
El feminismo es una ideología basada en un relato, como todas las ideologías. Relato, cuento, fábula, llamémoslo como queramos. Más o menos se podría explicar así: Durante miles de años, los hombres han sometido a las mujeres, confinándolas a la crianza de los hijos y a las tareas domésticas. Hace aproximadamente un siglo que se inició el lento proceso de liberación de la mujer, el cual todavía prosigue, consistente en derribar las barreras institucionales y los prejuicios que se oponen a la total igualdad entre los dos sexos.
Basta contar así esta historia para percibir su carencia de verosimilitud. Si aproximadamente existe igual número de mujeres que hombres, y si en conjunto los dos sexos tienen parecida inteligencia, es muy difícil sostener que una mera especificidad muscular haya bastado para mantener a las mujeres sometidas durante miles de años. Contraejemplo de ello es que ya desde la Antigüedad no han sido tan raros los ejemplos de mujeres con poder político, desde Nefertiti hasta Isabel la Católica, por no hablar de los tiempos modernos.
La realidad es que durante milenios ha existido una división del trabajo entre los dos sexos, basada en razones biológicas. Las mujeres del paleolítico, condicionadas por los períodos de gestación y lactancia, tendieron a especializarse en la crianza de los hijos, en tareas de recolección y de administración doméstica. Los hombres pudieron especializarse en la caza y en la defensa (u hostilidad) frente a otros grupos. Sería absurdo pretender que alguna de las dos funciones era más importante o satisfactoria que la otra. Que las mujeres se vieron contra su voluntad relegadas a las labores de crianza y elaboración de alimentos o vestidos.
Ahora bien, en tiempos recentísimos se ha producido una revolución innegable. El aumento de la riqueza económica ha permitido prolongar el período de educación, durante la infancia y la juventud, con lo cual también las mujeres han tenido acceso a la misma formación que los varones. El acceso de las mujeres a los estudios superiores no ha sido consecuencia de ninguna lucha por la igualdad, más allá de casos anecdóticos, sino que más bien la ideología feminista ha sido la consecuencia de lo primero. En las aulas se produce una apariencia de igualdad de hecho entre chicos y chicas, que luego en la vida real no es tal. De ahí la tentación, inherente a toda ideología, de transformar la realidad para amoldarla a modelos ideales, que surgen con facilidad en ámbitos académicos o laborales.
En cuanto dejamos de creer en el relato feminista, el predominio masculino en puestos de responsabilidad deja de ser efecto de una injusticia histórica. Lo que subyacen son diferentes escalas de valores. A los hombres nos atraen más los puestos de relumbrón, el prestigio, los uniformes y las medallas, mientras que las mujeres se sienten más a gusto en tareas de cooperación no jerarquizada. Es innegable que en el pasado, la mujer que se salía de estos parámetros lo tenía mucho más difícil, pero las presiones o barreras con que se encontraba procedían tanto de los hombres como de las demás mujeres. Esto es lo único que ha cambiado en los últimos decenios. La mujer occidental, como individuo, si decide no incorporarse al trabajo remunerado y dedicarse al cuidado de la familia lo hace porque opta libremente por su propia escala de valores, distinta de la de los hombres... ¡y de las feministas!
Como ha señalado Miquel Porta Perales, "quien sostiene que la permanencia de la mujer en el hogar, con el objeto de dedicarse al trabajo doméstico, es una condena, suele ser la mujer con trabajo gratificante, socialmente considerado y bien remunerado (...) [E]stas mujeres privilegiadas no deberían imponer, casi por decreto ideológico, su modelo de liberación a las económicamente no privilegiadas." (La tentación liberal, 2009, pág. 258.) El feminismo, como las demás ideologías emancipatorias que componen la visión izquierdista de la sociedad, es un lujo de determinadas élites que tratan de imponer sus particulares preferencias al común de los mortales, generando una frustración artificial, cuando no algo peor, un sentimiento de remordimiento o vergüenza ante los propios sentimientos naturales.
La otra característica de las ideologías, compartida por el feminismo, es el razonamiento circular. Si alguien argumenta que las diferencias sexuales en el mercado laboral son debidas a que las mujeres, por lo general, valoran más los empleos y cargos que se pueden conciliar más fácilmente con la vida familiar, aun a costa de unas menores retribuciones o responsabilidades, replicará que eso es debido a una educación machista que les ha inculcado un sentimiento de culpabilidad por no dedicar suficiente tiempo a los hijos. Así, el feminismo, al igual que ocurre con el marxismo, es de imposible refutación. Incluso si las mujeres o los obreros no comparten las línea política de los intelectuales y dirigentes progresistas, es porque están alienados. Suerte que tenemos precisamente a estos intelectuales y dirigentes que saben mejor que el pueblo lo que le conviene.
sábado, 24 de marzo de 2012
El ser y la nada. Réplica a Francisco Capella
Pocas cosas hay más presuntuosas que declararse racionalista -más allá de cierta claridad en la expresión, detalle siempre de agradecer. Creer que, a diferencia de una gran parte de la humanidad, quizás de la mayoría, uno emplea ese instrumento llamado razón. ¿Qué hace todo ser humano, por el mero hecho de serlo, si no ejercer sus capacidades deductiva y argumentativa para alcanzar determinados objetivos, entre ellos tratar de convencer a los demás de sus propias opiniones?
Por supuesto, mucha gente razona mal, es decir, parte de supuestos equivocados, y a veces incluso comete errores lógicos, aunque esto último sospecho que es menos trascendente, en sus repercusiones cotidianas, de lo que pretende hacernos creer cierta literatura sobre las falacias. (En todo caso, es relativamente fácil de corregir.)
En cambio, las premisas erróneas (el input) son el problema fundamental del conocimiento humano, y este carece por completo de solución. Siempre estaremos expuestos a partir de premisas equivocadas, no tiene remedio. Si por racionalista, precisando más, entendemos una persona que cree haber detectado determinados supuestos erróneos, dentro de un campo concreto, cualquier pensador lo es. Si por racionalista entendemos una persona que cree poseer el método general y definitivo para detectar supuestos erróneos, se trata de una variante de la megalomanía.
El blog intelib, de Francisco Capella, aunque estimable por muchas razones, es un ejemplo de este tipo de delirio. En su presentación podemos leer este párrafo:
La superstición religiosa es una causa fundamental del mantenimiento y la propagación de la ignorancia. Los núcleos de las principales religiones son dogmas o sistemas doctrinales irracionales basados en la creencia en entidades sobrenaturales imaginarias, irreales, inexistentes, que supuestamente controlan la naturaleza e influyen sobre los seres humanos.
Subyace aquí una argumentación circular. Las entidades sobrenaturales son irracionales porque son imaginarias, irreales, inexistentes... ¿Y cómo sabemos que tales entidades son (en general y siempre) todo esto? Quizás porque son irracionales... Como decía Chesterton, negamos credibilidad a los testimonios medievales sobre los milagros porque los hombres de aquellos tiempos eran supersticiosos. Y si pregunto “en qué sentido eran supersticiosos, se me contesta que porque creían en los milagros.”
El señor Capella, como todo hijo de vecino, incurre ocasionalmente en malos razonamientos, producto de supuestos en absoluto autoevidentes e incluso de falacias lógicas que no suele cometer tanto la gente corriente (“ignorante”, según su clasificación dualista de la humanidad) como los intelectuales preclaros. Así, en su entrada “¿Por qué existe algo en vez de nada?” dice:
Porque la nada es precisamente lo que no hay; y el algo es lo que hay. Sólo puede haber algo. Todo lo que existe tiene alguna característica: la nada no tiene ninguna; es la ausencia total de características. La nada no existe.
La idea de que la nada no puede existir es al menos tan vieja como Parménides. Sin embargo, la argumentación en favor de esta tesis no pasa de ser un juego de palabras, tanto en el poema parmenídeo como en la formulación menos literaria de Capella. Ciertamente, es muy difícil expresar pensamientos sobre la nada, porque el lenguaje por naturaleza es referencial, implica la existencia de un objeto. Pero desde un punto de vista lógico, solo es imposible la existencia de algo contradictorio en sí mismo. No puedo pensar que un triángulo tenga dos vértices, o que 2 = 3. Ahora bien, la nada no entraña ninguna autocontradicción. Puedo pensar que algo no existe, y extrapolar este pensamiento al todo. No hay imposibilidad lógica en que nada absolutamente hubiera existido.
Prosigue Capella afirmando que es mucho más probable la existencia de algo que de nada, pues hay infinitos algos posibles, y solo una nada. Esto es uno de los peores argumentos que he hallado hace tiempo. Por esta vía podríamos demostrar que cualquier cosa real es menos probable que las infinitas variantes imaginarias que podamos concebir.
Dice, acudiendo a un sobado tópico de la seudodivulgación científica, que el vacío cuántico (del que supuestamente habría surgido el universo) es lo más cercano a la nada que se pueda concebir. Pero el vacío cuántico es algo, no existen grados en la nihilidad. La nada es nada y nada más.
Aunque fuera cierto que la energía total del universo, sumadas la energía positiva y la negativa, fuese cero, eso no significa que estemos exentos de explicar por qué hay algo (energía positiva, negativa, o lo que sea) en lugar de nada. Son tentadores esos intentos perezosos de demostrar que no existe misterio, que todo es esencialmente simple. Pero uno no puede eludir el problema de la existencia del universo con una ficción contable.
Claro que el tema de Capella no responde a mera especulación ociosa, posee una intención que revela al final:
Si intentas colar una divinidad que explique el algo como su creación de la nada, esa divinidad ya es algo. Y no sólo es algo, sino algo imposible.
Por eso le interesa a Capella demostrar que el ser es necesario, porque cree que así elimina la idea de Dios. No nos explica por qué Dios es “imposible”, pero dejemos eso ahora. Lo que está claro es que al eliminar la idea de contingencia (que el universo –cualquier universo– podría no haber existido), no es necesario un Dios creador. Sin embargo, lo incontestablemente cierto es que la nada absoluta es lógicamente posible, o como dicen los teólogos, el universo es contingente. Por tanto, si Dios no existe, el universo es irremediablemente absurdo. Existe sin motivo alguno, pudiendo no haber existido nada. Postular no sé qué leyes cuánticas (carentes de voluntad, a diferencia de Dios) que expliquen su existencia es hacer trampa, es escamotear injustificadamente la posibilidad de la nada absoluta. Que nada hubiera existido vale para vacíos cuánticos y para cualquier otra idea de la palabrería cientifista.
La existencia del cosmos, si no consideramos la posibilidad de una Inteligencia creadora, es tan surrealista como que ahora mismo apareciera un rinoceronte montado en bicicleta frente al lector. No es lógicamente imposible, pero sí intelectualmente repugnante. Esto lo vio perfectamente el Sartre joven, que en este sentido era un ateo mucho más coherente que Capella. Pero él está enamorado de la religión de la racionalidad científica, y por tanto se cree obligado a rechazar la náusea sartreana. Es un ateo que en el fondo no llega a las últimas consecuencias de su ateísmo, es decir, desea preservar la racionalidad constitutiva de lo real, sin la cual la inteligencia no podría existir. Y niega la existencia de un Dios personal, sin la cual toda libertad es una ilusión, pues no habría más que determinismo o azar. Inteligencia y libertad; curiosamente, el lema de Capella.
Los ateos tienen toda la razón cuando afirman que no podemos demostrar formalmente la existencia de Dios. Y tienen razón también cuando aducen que Dios no es una explicación, en el sentido de que se trata de un ser más allá de nuestra comprensión. ("Ahorrémonos un paso" -proponen; "digamos que el universo es incomprensible".) Se equivocan solo cuando dicen que no se necesita demostrar su inexistencia, o que no se necesita explicación.
Acusan a los teístas de antropomorfismo, pero del mismo modo se les podría acusar a ellos de cosimorfismo, si se me disculpa el neologismo. Ellos dan por sentado, sin justificación racional, que su metafísica basada en extrapolar ciertas características de nuestra experiencia con los objetos inertes a todo lo existente, equivale a una supuesta visión científica del mundo, que lo clarifica todo. Pero los ateos se equivocan profundamente cuando pretenden que el ateísmo no tiene consecuencias deletéreas para la racionalidad ni para la moral, cuando pretenden que sin misterio, los cimientos de la razón y la ética son más sólidos. Y con tal de eliminar lo primero, se cargan los segundos. En su furor higiénico, acaban esterilizando. Y ya se sabe que en un ambiente esterilizado (racionalizado) somos más vulnerables a cualquier ataque microbiano. Mucha gente ve ridículo rezar el padrenuestro, pero practica el yoga sin tener ni idea de lo que es, más allá de cuatro espantosas superficialidades. No creerá en Dios, pero creerá en el cambio climático, porque "lo dicen los científicos".
Capella quizás no crea en el cambio climático, pero creerá otra cosa que a la postre será falsa, porque estará adornada con un cierto marchamo "científico". Y por supuesto, eso nos pasa a todos, que tomamos soja porque queremos creer que reduce el colesterol o cualquier otra charlatanería con la que nos bombardean a diario. Algo siempre nos acaban colando, porque el espíritu crítico no puede estar permanentemente activado, sin desfallecer. Pero al menos algunos no vamos de neoilustrados cargantes por la vida. Intentamos usar bien nuestra razón, sabiendo que pese a ello no podremos evitar equivocarnos más de una vez. Sabiendo que no tenemos la varita mágica de la racionalidad, porque si tuviéramos una varita mágica, tendríamos la sinceridad de no llamarla racionalidad.
Por supuesto, mucha gente razona mal, es decir, parte de supuestos equivocados, y a veces incluso comete errores lógicos, aunque esto último sospecho que es menos trascendente, en sus repercusiones cotidianas, de lo que pretende hacernos creer cierta literatura sobre las falacias. (En todo caso, es relativamente fácil de corregir.)
En cambio, las premisas erróneas (el input) son el problema fundamental del conocimiento humano, y este carece por completo de solución. Siempre estaremos expuestos a partir de premisas equivocadas, no tiene remedio. Si por racionalista, precisando más, entendemos una persona que cree haber detectado determinados supuestos erróneos, dentro de un campo concreto, cualquier pensador lo es. Si por racionalista entendemos una persona que cree poseer el método general y definitivo para detectar supuestos erróneos, se trata de una variante de la megalomanía.
El blog intelib, de Francisco Capella, aunque estimable por muchas razones, es un ejemplo de este tipo de delirio. En su presentación podemos leer este párrafo:
La superstición religiosa es una causa fundamental del mantenimiento y la propagación de la ignorancia. Los núcleos de las principales religiones son dogmas o sistemas doctrinales irracionales basados en la creencia en entidades sobrenaturales imaginarias, irreales, inexistentes, que supuestamente controlan la naturaleza e influyen sobre los seres humanos.
Subyace aquí una argumentación circular. Las entidades sobrenaturales son irracionales porque son imaginarias, irreales, inexistentes... ¿Y cómo sabemos que tales entidades son (en general y siempre) todo esto? Quizás porque son irracionales... Como decía Chesterton, negamos credibilidad a los testimonios medievales sobre los milagros porque los hombres de aquellos tiempos eran supersticiosos. Y si pregunto “en qué sentido eran supersticiosos, se me contesta que porque creían en los milagros.”
El señor Capella, como todo hijo de vecino, incurre ocasionalmente en malos razonamientos, producto de supuestos en absoluto autoevidentes e incluso de falacias lógicas que no suele cometer tanto la gente corriente (“ignorante”, según su clasificación dualista de la humanidad) como los intelectuales preclaros. Así, en su entrada “¿Por qué existe algo en vez de nada?” dice:
Porque la nada es precisamente lo que no hay; y el algo es lo que hay. Sólo puede haber algo. Todo lo que existe tiene alguna característica: la nada no tiene ninguna; es la ausencia total de características. La nada no existe.
La idea de que la nada no puede existir es al menos tan vieja como Parménides. Sin embargo, la argumentación en favor de esta tesis no pasa de ser un juego de palabras, tanto en el poema parmenídeo como en la formulación menos literaria de Capella. Ciertamente, es muy difícil expresar pensamientos sobre la nada, porque el lenguaje por naturaleza es referencial, implica la existencia de un objeto. Pero desde un punto de vista lógico, solo es imposible la existencia de algo contradictorio en sí mismo. No puedo pensar que un triángulo tenga dos vértices, o que 2 = 3. Ahora bien, la nada no entraña ninguna autocontradicción. Puedo pensar que algo no existe, y extrapolar este pensamiento al todo. No hay imposibilidad lógica en que nada absolutamente hubiera existido.
Prosigue Capella afirmando que es mucho más probable la existencia de algo que de nada, pues hay infinitos algos posibles, y solo una nada. Esto es uno de los peores argumentos que he hallado hace tiempo. Por esta vía podríamos demostrar que cualquier cosa real es menos probable que las infinitas variantes imaginarias que podamos concebir.
Dice, acudiendo a un sobado tópico de la seudodivulgación científica, que el vacío cuántico (del que supuestamente habría surgido el universo) es lo más cercano a la nada que se pueda concebir. Pero el vacío cuántico es algo, no existen grados en la nihilidad. La nada es nada y nada más.
Aunque fuera cierto que la energía total del universo, sumadas la energía positiva y la negativa, fuese cero, eso no significa que estemos exentos de explicar por qué hay algo (energía positiva, negativa, o lo que sea) en lugar de nada. Son tentadores esos intentos perezosos de demostrar que no existe misterio, que todo es esencialmente simple. Pero uno no puede eludir el problema de la existencia del universo con una ficción contable.
Claro que el tema de Capella no responde a mera especulación ociosa, posee una intención que revela al final:
Si intentas colar una divinidad que explique el algo como su creación de la nada, esa divinidad ya es algo. Y no sólo es algo, sino algo imposible.
Por eso le interesa a Capella demostrar que el ser es necesario, porque cree que así elimina la idea de Dios. No nos explica por qué Dios es “imposible”, pero dejemos eso ahora. Lo que está claro es que al eliminar la idea de contingencia (que el universo –cualquier universo– podría no haber existido), no es necesario un Dios creador. Sin embargo, lo incontestablemente cierto es que la nada absoluta es lógicamente posible, o como dicen los teólogos, el universo es contingente. Por tanto, si Dios no existe, el universo es irremediablemente absurdo. Existe sin motivo alguno, pudiendo no haber existido nada. Postular no sé qué leyes cuánticas (carentes de voluntad, a diferencia de Dios) que expliquen su existencia es hacer trampa, es escamotear injustificadamente la posibilidad de la nada absoluta. Que nada hubiera existido vale para vacíos cuánticos y para cualquier otra idea de la palabrería cientifista.
La existencia del cosmos, si no consideramos la posibilidad de una Inteligencia creadora, es tan surrealista como que ahora mismo apareciera un rinoceronte montado en bicicleta frente al lector. No es lógicamente imposible, pero sí intelectualmente repugnante. Esto lo vio perfectamente el Sartre joven, que en este sentido era un ateo mucho más coherente que Capella. Pero él está enamorado de la religión de la racionalidad científica, y por tanto se cree obligado a rechazar la náusea sartreana. Es un ateo que en el fondo no llega a las últimas consecuencias de su ateísmo, es decir, desea preservar la racionalidad constitutiva de lo real, sin la cual la inteligencia no podría existir. Y niega la existencia de un Dios personal, sin la cual toda libertad es una ilusión, pues no habría más que determinismo o azar. Inteligencia y libertad; curiosamente, el lema de Capella.
Los ateos tienen toda la razón cuando afirman que no podemos demostrar formalmente la existencia de Dios. Y tienen razón también cuando aducen que Dios no es una explicación, en el sentido de que se trata de un ser más allá de nuestra comprensión. ("Ahorrémonos un paso" -proponen; "digamos que el universo es incomprensible".) Se equivocan solo cuando dicen que no se necesita demostrar su inexistencia, o que no se necesita explicación.
Acusan a los teístas de antropomorfismo, pero del mismo modo se les podría acusar a ellos de cosimorfismo, si se me disculpa el neologismo. Ellos dan por sentado, sin justificación racional, que su metafísica basada en extrapolar ciertas características de nuestra experiencia con los objetos inertes a todo lo existente, equivale a una supuesta visión científica del mundo, que lo clarifica todo. Pero los ateos se equivocan profundamente cuando pretenden que el ateísmo no tiene consecuencias deletéreas para la racionalidad ni para la moral, cuando pretenden que sin misterio, los cimientos de la razón y la ética son más sólidos. Y con tal de eliminar lo primero, se cargan los segundos. En su furor higiénico, acaban esterilizando. Y ya se sabe que en un ambiente esterilizado (racionalizado) somos más vulnerables a cualquier ataque microbiano. Mucha gente ve ridículo rezar el padrenuestro, pero practica el yoga sin tener ni idea de lo que es, más allá de cuatro espantosas superficialidades. No creerá en Dios, pero creerá en el cambio climático, porque "lo dicen los científicos".
Capella quizás no crea en el cambio climático, pero creerá otra cosa que a la postre será falsa, porque estará adornada con un cierto marchamo "científico". Y por supuesto, eso nos pasa a todos, que tomamos soja porque queremos creer que reduce el colesterol o cualquier otra charlatanería con la que nos bombardean a diario. Algo siempre nos acaban colando, porque el espíritu crítico no puede estar permanentemente activado, sin desfallecer. Pero al menos algunos no vamos de neoilustrados cargantes por la vida. Intentamos usar bien nuestra razón, sabiendo que pese a ello no podremos evitar equivocarnos más de una vez. Sabiendo que no tenemos la varita mágica de la racionalidad, porque si tuviéramos una varita mágica, tendríamos la sinceridad de no llamarla racionalidad.
domingo, 11 de marzo de 2012
Lecciones de conspiranoia
Ocho años después, siguen existiendo dos posturas irreconciliables ante los atentados del 11-M. Unos aseguran saber perfectamente lo que ocurrió, gracias a las investigaciones policiales y los procesos judiciales; en todo caso solo quedarían por aclarar detalles menores. Otros seguimos sin saber quién planeó y ordenó los atentados, y por tanto no podemos conformarnos con la tesis oficial, que se detiene en la trama islamista, sin plantearse si podría haber otra cosa detrás o por encima de ella.
Las razones de los inconformistas son de dos tipos. Primero me referiré a las más habituales en los debates. Son las basadas en las numerosas irregularidades policiales y judiciales que han sido dadas a conocer por unos pocos medios de comunicación. Este es un tema complejo en el que los oficialistas se atrincheran con facilidad, confundiendo a la opinión pública con un manejo aparentemente desenvuelto de los pormenores del caso. Por supuesto, parecida crítica podría hacerse a quienes cuestionan la versión oficial, pero hay algo que distingue ambas posturas.
Los oficialistas, aunque con frecuencia se internen en discusiones de detalle, al final siempre se refugian en argumentaciones de tipo formalista, que dan pie a dudar de su sinceridad o de su íntimo convencimiento. Así, dicen que ellos confían en la Justicia, mientras que los "conspiranoicos" (como nos llaman) cuestionamos el Estado de derecho. O afirman que lo importante no era la marca del explosivo, sino que basta con saber que era dinamita (después de la matraca que dieron con la Goma 2 Eco.) O, ya rozando el ridículo, que es absurdo reabrir un caso de obstrucción a la Justicia, porque semejante delito ya habría prescrito. Esto es tan absurdo como si a alguien que tuviera algo nuevo que decir sobre el asesinato de Kennedy le replicáramos que ya no tiene sentido seguir investigando, porque no podemos dudar del sistema democrático de los Estados Unidos; o que no importa qué arma fue la utilizada para matar al presidente, sino que basta con saber que se trató de un fusil... O que el magnicidio ya habría prescrito.
Quien de verdad quiere saber la verdad sobre algo no hace distinciones entre la verdad judicial y la material. No hace profesiones de fe sobre los maravillosos jueces y policías de nuestro sistema democrático. Si de verdad valoramos el Estado de derecho, trataremos de arrojar luz sobre cualquier sombra de duda que se cierna sobre él. El repetir de manera apriorística que nuestra democracia es ejemplar no ayuda para nada a que realmente lo sea. Toda persona adulta sabe que hay policías y jueces corruptos, que se mueven no por criterios de estricta profesionalidad, sino de ambición económica o política. El Estado de derecho no es aquella Arcadia feliz en la que tales personas no existen, sino aquel sistema lo suficientemente afianzado para detectar a los corruptos y expulsarlos de las estructuras del Estado. E incluso esto no deja de ser un ideal que no siempre se cumple, por desgracia. El ejemplo del asesinato de Kennnedy ilustra perfectamente las limitaciones de una de las democracias más sólidas del mundo.
El segundo tipo de razones de quienes no nos conformamos con la versión oficial surge de la comparación del 11-M con otros atentados islamistas. La fecha del atentado, tres días antes de unas elecciones generales; el hecho de que los autores materiales no se inmolaran en los trenes, sino que varios de ellos lo hicieran semanas después, en un piso sitiado por la policía; la implicación de elementos del hampa y confidentes policiales; el uso de teléfonos móviles con tarjeta que permitían a la policía seguir la pista con sorprendente facilidad... Incluso si ponemos en duda las informaciones sobre irregularidades policiales, los atentados de Atocha son demasiado singulares para que podamos aceptar las apariencias sin más.
Pero estas consideraciones serían harto incompletas si no aludiéramos al componente ideológico. La mayoría de los oficialistas son del sector "progresista". Cierto que en la derecha no existe una unanimidad sin fisuras, porque al igual que ocurriera con el asunto de los GAL, determinados medios de comunicación conservadores estarán siempre a lo que digan las autoridades. Pero dejando de lado esta deformación del conservadurismo, que antepone las formas a los principios, lo que es obvio es que la izquierda, sin excepción, ha cerrado filas en torno a la versión oficial.
Los motivos son obvios. La utilización mediática del atentado benefició al PSOE, que ganó las elecciones de 2004 contra todo pronóstico. Todavía hoy se sigue repitiendo el mantra de que el gobierno de Aznar mintió al atribuir los atentados a ETA. Esto es falso o, como mucho, una media verdad. Al principio, todo el mundo (el lehendakari Ibarretxe, el diario El País, etc) creyó que había sido ETA. A las pocas horas (noche del jueves), sin embargo, fue el propio gobierno, a través del ministro Acebes, quien informó a la población de una segunda línea de investigación, centrada en la implicación islamista. Y el ministerio del Interior siguió informando de los progresos en esta dirección hasta escasas horas antes de que abrieran los colegios electorales. El error del gobierno fue dar a entender que privilegiaba una determinada línea de investigación, pero eso no es mentir. Mentir es lo que hizo la cadena SER, afín al PSOE, diciendo que se habían hallado cadáveres de terroristas suicidas en los trenes.
Ahora bien, mientras no sepamos quién está detrás de los atentados del 11-M, la izquierda seguirá repitiendo impunemente su tesis de que el gobierno mintió, y por eso perdió aquellas elecciones. En realidad, lo que ocurrió es que, bajo la capa de la impostada indignación por la supuesta falta de transparencia del gobierno, la izquierda inoculó y amplificó un mensaje perverso: Que el 11-M era un acto de la guerra de Iraq, en la que nos había metido Aznar. O sea, que había que votar a Zapatero, quien había prometido sacarnos del país mesopotámico. Dicho crudamente, demos la razón a los terroristas con tal de tener la fiesta en paz.
Todo este relato se cae, evidentemente, en el momento en que alguien cuestiona la tesis oficial. Aunque el 11-M no haya sido cometido por ETA, si tampoco es lo que nos dicen los oficialistas, un atentado islamista puro, entonces toda la película de la izquierda basada en el malvado Aznar que se fotografió en las Azores al lado de Bush y Blair pierde la mitad de su gracia. Y mucho peor, pueden quedar como encubridores de los verdaderos culpables, sean quienes sean. Por eso los progresistas de los medios, de la judicatura y de la política se revuelven y destilan bilis cada vez que alguien les cuestiona su historieta preferida. Se juegan mucho.
Las razones de los inconformistas son de dos tipos. Primero me referiré a las más habituales en los debates. Son las basadas en las numerosas irregularidades policiales y judiciales que han sido dadas a conocer por unos pocos medios de comunicación. Este es un tema complejo en el que los oficialistas se atrincheran con facilidad, confundiendo a la opinión pública con un manejo aparentemente desenvuelto de los pormenores del caso. Por supuesto, parecida crítica podría hacerse a quienes cuestionan la versión oficial, pero hay algo que distingue ambas posturas.
Los oficialistas, aunque con frecuencia se internen en discusiones de detalle, al final siempre se refugian en argumentaciones de tipo formalista, que dan pie a dudar de su sinceridad o de su íntimo convencimiento. Así, dicen que ellos confían en la Justicia, mientras que los "conspiranoicos" (como nos llaman) cuestionamos el Estado de derecho. O afirman que lo importante no era la marca del explosivo, sino que basta con saber que era dinamita (después de la matraca que dieron con la Goma 2 Eco.) O, ya rozando el ridículo, que es absurdo reabrir un caso de obstrucción a la Justicia, porque semejante delito ya habría prescrito. Esto es tan absurdo como si a alguien que tuviera algo nuevo que decir sobre el asesinato de Kennedy le replicáramos que ya no tiene sentido seguir investigando, porque no podemos dudar del sistema democrático de los Estados Unidos; o que no importa qué arma fue la utilizada para matar al presidente, sino que basta con saber que se trató de un fusil... O que el magnicidio ya habría prescrito.
Quien de verdad quiere saber la verdad sobre algo no hace distinciones entre la verdad judicial y la material. No hace profesiones de fe sobre los maravillosos jueces y policías de nuestro sistema democrático. Si de verdad valoramos el Estado de derecho, trataremos de arrojar luz sobre cualquier sombra de duda que se cierna sobre él. El repetir de manera apriorística que nuestra democracia es ejemplar no ayuda para nada a que realmente lo sea. Toda persona adulta sabe que hay policías y jueces corruptos, que se mueven no por criterios de estricta profesionalidad, sino de ambición económica o política. El Estado de derecho no es aquella Arcadia feliz en la que tales personas no existen, sino aquel sistema lo suficientemente afianzado para detectar a los corruptos y expulsarlos de las estructuras del Estado. E incluso esto no deja de ser un ideal que no siempre se cumple, por desgracia. El ejemplo del asesinato de Kennnedy ilustra perfectamente las limitaciones de una de las democracias más sólidas del mundo.
El segundo tipo de razones de quienes no nos conformamos con la versión oficial surge de la comparación del 11-M con otros atentados islamistas. La fecha del atentado, tres días antes de unas elecciones generales; el hecho de que los autores materiales no se inmolaran en los trenes, sino que varios de ellos lo hicieran semanas después, en un piso sitiado por la policía; la implicación de elementos del hampa y confidentes policiales; el uso de teléfonos móviles con tarjeta que permitían a la policía seguir la pista con sorprendente facilidad... Incluso si ponemos en duda las informaciones sobre irregularidades policiales, los atentados de Atocha son demasiado singulares para que podamos aceptar las apariencias sin más.
Pero estas consideraciones serían harto incompletas si no aludiéramos al componente ideológico. La mayoría de los oficialistas son del sector "progresista". Cierto que en la derecha no existe una unanimidad sin fisuras, porque al igual que ocurriera con el asunto de los GAL, determinados medios de comunicación conservadores estarán siempre a lo que digan las autoridades. Pero dejando de lado esta deformación del conservadurismo, que antepone las formas a los principios, lo que es obvio es que la izquierda, sin excepción, ha cerrado filas en torno a la versión oficial.
Los motivos son obvios. La utilización mediática del atentado benefició al PSOE, que ganó las elecciones de 2004 contra todo pronóstico. Todavía hoy se sigue repitiendo el mantra de que el gobierno de Aznar mintió al atribuir los atentados a ETA. Esto es falso o, como mucho, una media verdad. Al principio, todo el mundo (el lehendakari Ibarretxe, el diario El País, etc) creyó que había sido ETA. A las pocas horas (noche del jueves), sin embargo, fue el propio gobierno, a través del ministro Acebes, quien informó a la población de una segunda línea de investigación, centrada en la implicación islamista. Y el ministerio del Interior siguió informando de los progresos en esta dirección hasta escasas horas antes de que abrieran los colegios electorales. El error del gobierno fue dar a entender que privilegiaba una determinada línea de investigación, pero eso no es mentir. Mentir es lo que hizo la cadena SER, afín al PSOE, diciendo que se habían hallado cadáveres de terroristas suicidas en los trenes.
Ahora bien, mientras no sepamos quién está detrás de los atentados del 11-M, la izquierda seguirá repitiendo impunemente su tesis de que el gobierno mintió, y por eso perdió aquellas elecciones. En realidad, lo que ocurrió es que, bajo la capa de la impostada indignación por la supuesta falta de transparencia del gobierno, la izquierda inoculó y amplificó un mensaje perverso: Que el 11-M era un acto de la guerra de Iraq, en la que nos había metido Aznar. O sea, que había que votar a Zapatero, quien había prometido sacarnos del país mesopotámico. Dicho crudamente, demos la razón a los terroristas con tal de tener la fiesta en paz.
Todo este relato se cae, evidentemente, en el momento en que alguien cuestiona la tesis oficial. Aunque el 11-M no haya sido cometido por ETA, si tampoco es lo que nos dicen los oficialistas, un atentado islamista puro, entonces toda la película de la izquierda basada en el malvado Aznar que se fotografió en las Azores al lado de Bush y Blair pierde la mitad de su gracia. Y mucho peor, pueden quedar como encubridores de los verdaderos culpables, sean quienes sean. Por eso los progresistas de los medios, de la judicatura y de la política se revuelven y destilan bilis cada vez que alguien les cuestiona su historieta preferida. Se juegan mucho.
lunes, 5 de marzo de 2012
Premisas discutibles
El artículo contra las guías de lenguaje no sexista, publicado por la Academia de la Lengua, ha sido saludado como una crítica valiente. A mí me parece que, siendo muy atinado, resulta insuficiente, aunque otra cosa seguramente supondría salirse del campo estrictamente lingüístico. El autor empieza admitiendo que acepta las premisas de partida de la corrección política feminista, aunque no comparta todas sus conclusiones en la materia que le atañe. Las premisas que enumera son las siguientes:
1) La mujer sufre aún discriminación en la sociedad actual (más allá de casos aislados, se entiende).
2) Existen comportamientos verbales sexistas.
3) Numerosas instituciones han abogado por el uso de un lenguaje no sexista
4) Es necesario incrementar la igualdad social entre hombres y mujeres y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible.
De estas premisas, solo estoy de acuerdo con la 2 y la 3, aunque son de carácter trivial. Existen comportamientos verbales sexistas, aunque casi siempre son inconscientes e insignificantes. El autor pone algunos ejemplos, así: “En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres”; o “los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas”. En ambas frases, implícitamente se sugiere que los hombres son el sujeto principal, mientras que las mujeres son simples acompañantes de quienes sufren accidentes o de los ingleses. Pero este tipo de deslices cada vez son menos frecuentes, y desde luego es muy difícil verlos en medios de comunicación (es más frecuente encontrar faltas ortográficas o sintácticas).
La tercera premisa es indudablemente cierta pero no prueba nada. Que ayuntamientos, universidades y otro tipo de organismos públicos aboguen por el lenguaje no sexista es algo a lo que estamos acostumbrados, y lo que deberíamos preguntarnos es si el tiempo dedicado a estos golpes de pecho políticamente correctos sirve para algo.
En cuanto a la cuarta premisa, se desprende de la primera, que paso a abordar sin más: ¿Es cierto que persiste una fuerte discriminación de la mujer en nuestra sociedad? Ante todo, cabe discutir que la respuesta sea un sí o un no rotundo. Si comparamos nuestra sociedad, por ejemplo, con la de Arabia Saudí, es evidente que aquí existe una innegable igualdad social entre hombres y mujeres, no solo legal, sino de hecho. A nadie le sorprende que le atienda una doctora, o que le lleve al trabajo un autobús conducido por una mujer, o encontrarse en un juzgado con una jueza, o en la calle con una policía. Por tanto, cuando decimos que existe discriminación, nos referimos a la ausencia de paridad, a que todavía hay más hombres que mujeres en muchos puestos y circunstancias. El autor se refiere concretamente a los casos de violencia doméstica y acoso sexual, las diferencias salariales, las condiciones de capacitación laboral, la imagen de la mujer en la publicidad como “objeto sexual”, el reparto de las tareas domésticas y otras más vagas, como “la actitud paternalista que algunos hombres muestran hacia las mujeres”. (¿Entiende por ello que se ceda el paso, o el asiento, a una señora? Si se trata de eso, puede estar tranquilo, porque estas viejas normas de urbanidad van cayendo en desuso. Desgraciadamente.)
Según la RAE, discriminar tiene dos acepciones, “seleccionar excluyendo” y “dar trato de inferioridad”. Ahora bien, si yo maltrato a alguien, abusando de mi fuerza, no lo estoy discriminando necesariamente. No estoy diciendo “yo te maltrato porque tengo derecho a ello, puesto que soy tu superior”, sino que simplemente estoy haciendo uso ilegítimo de mi fuerza. Decir que toda violencia del hombre contra la mujer es violencia machista es tan absurdo como lo sería decir que si un ladrón atraca a un negro, es por racismo, necesariamente. Esta es una de las falacias más repetidas de la ideología de género. En todo caso, en una relación individual, es bastante irrelevante la motivación ideológica que puede aducir un maltratador.
Esto llega al absurdo cuando ya no se habla de maltrato, sino de reparto de tareas domésticas. Es cierto que en muchos hogares, determinadas tareas las realizan las mujeres, y que los hombres a veces tendemos a eludirlas, ya sea porque somos más torpes, o fingimos serlo, o no nos molestamos en aprenderlas. Pero de ello no se infiere que las tengamos por inferiores, sino, o bien que somos más vagos, o bien que efectivamente existe una predisposición psicogenética (no meramente cultural) a cierta división del trabajo. Posiblemente la verdad sea una mezcla de ambas cosas. Si esto último escandaliza a las feministas no es porque tengan pruebas en contra, sino porque entienden que sirve para justificar el rol de la mujer como ama de casa. Pero que una afirmación pueda ser usada de un modo u otro no nos indica nada acerca de su verdad o falsedad. La corrección política deliberadamente reduce todo juicio sobre verdad o falsedad a un juicio moral, con lo cual se convierte en el dogmatismo más extremo, que no solo sostiene la verdad absoluta de sus premisas, sino que ni siquiera admite que se plantee esa cuestión.
En cuanto a la presencia de la mujer en el mercado laboral, mi argumentación es análoga. Que haya más hombres que mujeres en determinados puestos no implica necesariamente que ello sea debido a una discriminación; puede deberse a otras causas, como las siguientes:
1) Puede ser que las mujeres prefieran determinadas profesiones o cargos a otros. Aunque el salario medio del hombre sea superior al de la mujer, esto podría indicar solo una preferencia de los varones por ciertas profesiones cualificadas y bien pagadas, así como una mayor disponibilidad para asumir puestos de responsabilidad que entrañan ausencias más prolongadas del hogar.
2) Que en determinados puestos se requieran determinadas características fisiológicas (fuerza física, estatura, etc) no significa que haya voluntad discriminatoria, salvo que la selección de esas características fuera arbitraria y deliberadamente ideada para excluir a las mujeres.
Por supuesto que en determinadas empresas se puede discriminar a la mujer por ideas preconcebidas acerca de su capacidad. No es mi idea negar que la discriminación exista, sino que sea el gran problema social que nos pretenden hacer ver. Pero posiblemente, la mayoría de los trabajos donde persisten prejuicios machistas ni siquiera valga la pena luchar por ellos. ¿Tan importante es que haya pocas, o ninguna, mujer encofradora? ¿Se pierden realmente algo, con todos los respetos por los encofradores?
La menor presencia de las mujeres en determinadas profesiones u oficios puede ser debida a prejuicios discriminadores o no, pero en todo caso, no es ella misma discriminación y no es necesariamente algo digno de lamentar. También existen muchas menos mujeres presidiarias que hombres, y no he sabido de ninguna feminista que vea en ello alguna discriminación de las fuerzas policiales a la hora de efectuar detenciones, o de las organizaciones criminales a la hora de reclutar mano de obra...
Decir que la mujer está discriminada porque hay más hombres en consejos de administración es ir más allá de la igualdad de hombre y mujer ante la ley. Es como decir que hay discriminación porque la prostitución es un negocio mayoritariamente centrado en la demanda masculina. Es negar que existan diferencias psicológicas y fisiológicas entre hombres y mujeres. Sostener que estas diferencias existen está basado en una evidencia empírica abrumadora, y no implica en lo más mínimo hablar de superioridad de un sexo sobre otro. Si yo afirmo que los negros tienen un especial talento para la música ¿soy racista por ello? ¿Estoy diciendo que deberían seguir estudios musicales pero no de economía? Sostener algo así sería una imbecilidad, pero en el caso de los debates sobre cuestiones de sexo, esta imbecilidad es la norma. Si alguien osa afirmar, por ejemplo, que las mujeres poseen un determinado instinto maternal, se le acusará de defender que su única misión en la vida es parir y limpiar mocos.
El problema de la ideología de género, y de la corrección política en general, es que negar sistemáticamente la realidad de las cosas conduce directamente al despotismo. Cuando no solo no se pueden sostener determinadas afirmaciones, sino que resulta sospechoso hacer determinadas preguntas, o manifestar dudas, sin ser estigmatizado por ello, el debate libre deja de existir y las condiciones para la democracia liberal se erosionan. Por eso no basta quedarnos con lo superficial de la corrección política, con sus ridiculeces lingüísticas, sino que hay que ir al fondo y poner en cuestión sus premisas. Porque no se trata de una mera cuestión de palabras, sino de poder político y libertad, como el mismo autor reconoce cuando advierte de las propuestas de la Junta de Andalucía de imponer multas a quienes se desvíen del uso políticamente correcto. Si por decir "compañeros" en lugar de "compañeros y compañeras" te pueden sancionar, ¿qué habría que hacer con este blog? ¿Cerrarlo? ¿Meter en la cárcel a su autor?
1) La mujer sufre aún discriminación en la sociedad actual (más allá de casos aislados, se entiende).
2) Existen comportamientos verbales sexistas.
3) Numerosas instituciones han abogado por el uso de un lenguaje no sexista
4) Es necesario incrementar la igualdad social entre hombres y mujeres y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible.
De estas premisas, solo estoy de acuerdo con la 2 y la 3, aunque son de carácter trivial. Existen comportamientos verbales sexistas, aunque casi siempre son inconscientes e insignificantes. El autor pone algunos ejemplos, así: “En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres”; o “los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas”. En ambas frases, implícitamente se sugiere que los hombres son el sujeto principal, mientras que las mujeres son simples acompañantes de quienes sufren accidentes o de los ingleses. Pero este tipo de deslices cada vez son menos frecuentes, y desde luego es muy difícil verlos en medios de comunicación (es más frecuente encontrar faltas ortográficas o sintácticas).
La tercera premisa es indudablemente cierta pero no prueba nada. Que ayuntamientos, universidades y otro tipo de organismos públicos aboguen por el lenguaje no sexista es algo a lo que estamos acostumbrados, y lo que deberíamos preguntarnos es si el tiempo dedicado a estos golpes de pecho políticamente correctos sirve para algo.
En cuanto a la cuarta premisa, se desprende de la primera, que paso a abordar sin más: ¿Es cierto que persiste una fuerte discriminación de la mujer en nuestra sociedad? Ante todo, cabe discutir que la respuesta sea un sí o un no rotundo. Si comparamos nuestra sociedad, por ejemplo, con la de Arabia Saudí, es evidente que aquí existe una innegable igualdad social entre hombres y mujeres, no solo legal, sino de hecho. A nadie le sorprende que le atienda una doctora, o que le lleve al trabajo un autobús conducido por una mujer, o encontrarse en un juzgado con una jueza, o en la calle con una policía. Por tanto, cuando decimos que existe discriminación, nos referimos a la ausencia de paridad, a que todavía hay más hombres que mujeres en muchos puestos y circunstancias. El autor se refiere concretamente a los casos de violencia doméstica y acoso sexual, las diferencias salariales, las condiciones de capacitación laboral, la imagen de la mujer en la publicidad como “objeto sexual”, el reparto de las tareas domésticas y otras más vagas, como “la actitud paternalista que algunos hombres muestran hacia las mujeres”. (¿Entiende por ello que se ceda el paso, o el asiento, a una señora? Si se trata de eso, puede estar tranquilo, porque estas viejas normas de urbanidad van cayendo en desuso. Desgraciadamente.)
Según la RAE, discriminar tiene dos acepciones, “seleccionar excluyendo” y “dar trato de inferioridad”. Ahora bien, si yo maltrato a alguien, abusando de mi fuerza, no lo estoy discriminando necesariamente. No estoy diciendo “yo te maltrato porque tengo derecho a ello, puesto que soy tu superior”, sino que simplemente estoy haciendo uso ilegítimo de mi fuerza. Decir que toda violencia del hombre contra la mujer es violencia machista es tan absurdo como lo sería decir que si un ladrón atraca a un negro, es por racismo, necesariamente. Esta es una de las falacias más repetidas de la ideología de género. En todo caso, en una relación individual, es bastante irrelevante la motivación ideológica que puede aducir un maltratador.
Esto llega al absurdo cuando ya no se habla de maltrato, sino de reparto de tareas domésticas. Es cierto que en muchos hogares, determinadas tareas las realizan las mujeres, y que los hombres a veces tendemos a eludirlas, ya sea porque somos más torpes, o fingimos serlo, o no nos molestamos en aprenderlas. Pero de ello no se infiere que las tengamos por inferiores, sino, o bien que somos más vagos, o bien que efectivamente existe una predisposición psicogenética (no meramente cultural) a cierta división del trabajo. Posiblemente la verdad sea una mezcla de ambas cosas. Si esto último escandaliza a las feministas no es porque tengan pruebas en contra, sino porque entienden que sirve para justificar el rol de la mujer como ama de casa. Pero que una afirmación pueda ser usada de un modo u otro no nos indica nada acerca de su verdad o falsedad. La corrección política deliberadamente reduce todo juicio sobre verdad o falsedad a un juicio moral, con lo cual se convierte en el dogmatismo más extremo, que no solo sostiene la verdad absoluta de sus premisas, sino que ni siquiera admite que se plantee esa cuestión.
En cuanto a la presencia de la mujer en el mercado laboral, mi argumentación es análoga. Que haya más hombres que mujeres en determinados puestos no implica necesariamente que ello sea debido a una discriminación; puede deberse a otras causas, como las siguientes:
1) Puede ser que las mujeres prefieran determinadas profesiones o cargos a otros. Aunque el salario medio del hombre sea superior al de la mujer, esto podría indicar solo una preferencia de los varones por ciertas profesiones cualificadas y bien pagadas, así como una mayor disponibilidad para asumir puestos de responsabilidad que entrañan ausencias más prolongadas del hogar.
2) Que en determinados puestos se requieran determinadas características fisiológicas (fuerza física, estatura, etc) no significa que haya voluntad discriminatoria, salvo que la selección de esas características fuera arbitraria y deliberadamente ideada para excluir a las mujeres.
Por supuesto que en determinadas empresas se puede discriminar a la mujer por ideas preconcebidas acerca de su capacidad. No es mi idea negar que la discriminación exista, sino que sea el gran problema social que nos pretenden hacer ver. Pero posiblemente, la mayoría de los trabajos donde persisten prejuicios machistas ni siquiera valga la pena luchar por ellos. ¿Tan importante es que haya pocas, o ninguna, mujer encofradora? ¿Se pierden realmente algo, con todos los respetos por los encofradores?
La menor presencia de las mujeres en determinadas profesiones u oficios puede ser debida a prejuicios discriminadores o no, pero en todo caso, no es ella misma discriminación y no es necesariamente algo digno de lamentar. También existen muchas menos mujeres presidiarias que hombres, y no he sabido de ninguna feminista que vea en ello alguna discriminación de las fuerzas policiales a la hora de efectuar detenciones, o de las organizaciones criminales a la hora de reclutar mano de obra...
Decir que la mujer está discriminada porque hay más hombres en consejos de administración es ir más allá de la igualdad de hombre y mujer ante la ley. Es como decir que hay discriminación porque la prostitución es un negocio mayoritariamente centrado en la demanda masculina. Es negar que existan diferencias psicológicas y fisiológicas entre hombres y mujeres. Sostener que estas diferencias existen está basado en una evidencia empírica abrumadora, y no implica en lo más mínimo hablar de superioridad de un sexo sobre otro. Si yo afirmo que los negros tienen un especial talento para la música ¿soy racista por ello? ¿Estoy diciendo que deberían seguir estudios musicales pero no de economía? Sostener algo así sería una imbecilidad, pero en el caso de los debates sobre cuestiones de sexo, esta imbecilidad es la norma. Si alguien osa afirmar, por ejemplo, que las mujeres poseen un determinado instinto maternal, se le acusará de defender que su única misión en la vida es parir y limpiar mocos.
El problema de la ideología de género, y de la corrección política en general, es que negar sistemáticamente la realidad de las cosas conduce directamente al despotismo. Cuando no solo no se pueden sostener determinadas afirmaciones, sino que resulta sospechoso hacer determinadas preguntas, o manifestar dudas, sin ser estigmatizado por ello, el debate libre deja de existir y las condiciones para la democracia liberal se erosionan. Por eso no basta quedarnos con lo superficial de la corrección política, con sus ridiculeces lingüísticas, sino que hay que ir al fondo y poner en cuestión sus premisas. Porque no se trata de una mera cuestión de palabras, sino de poder político y libertad, como el mismo autor reconoce cuando advierte de las propuestas de la Junta de Andalucía de imponer multas a quienes se desvíen del uso políticamente correcto. Si por decir "compañeros" en lugar de "compañeros y compañeras" te pueden sancionar, ¿qué habría que hacer con este blog? ¿Cerrarlo? ¿Meter en la cárcel a su autor?
sábado, 3 de marzo de 2012
Bioética para nazis
El artículo aparecido en Journal of Medical Ethics, que defiende llamar al infanticidio de recién nacidos "aborto postnacimiento", es intelectualmente una basura. Desiste del menor esfuerzo de reflexionar sobre las cuestiones de fondo, algo que hasta ahora pensábamos que definía a la filosofía; se limita a partir de supuestos aceptados acríticamente. Los autores señalan que el aborto es legal en muchas legislaciones, y de ello deducen (no sin coherencia) que el infanticidio también debería serlo. Como ya se ha observado, en realidad tal aserto es un regalo dialéctico para los pro vida, los que pensamos que la vida humana es sagrada, y que ningún comité puede decidir quién es persona y quién no. El método de estos bioéticos, consistente en aceptar sin más los precedentes ("hasta ahora hemos matado fetos... ¿por qué no también bebés?"), permite justificar la liquidación de la mitad de la humanidad, o incluso de toda (con argumentos decrecionistas, por ejemplo, o de ecologismo radical) basándose en el precedente del Holocausto. Si los nazis mataron a millones de judíos ¿por qué no podemos eliminar a siete mil millones de seres humanos que maltratan gravemente -como podrían decir esos pirados- la naturaleza?
Hay un aspecto del artículo que, pese a su completa inanidad intelectual, no debería pasar inadvertido. Y son los motivos para el aborto y el infanticidio. Aunque los autores empiezan llamando la atención sobre graves enfermedades congénitas, terminan defendiendo que se pueda abortar, o cometer infanticidio, simplemente porque el bebé no sea deseado, lo que ellos expresan diciendo que compromete el "bienestar" de las personas que deberían encargarse de criar al niño. Y llegan hasta el extremo de argumentar en contra de la adopción, porque supuestamente las madres que dan un niño en adopción pueden sufrir daños psicológicos. (Por lo visto, si abortan, deben experimentar una sensación de alivio fenomenal.) Aunque el director de la revista ha defendido el artículo como un mero ejercicio de reflexión académica, es inevitable preguntarse de dónde procede la manía homicida de estos supuestamente apacibles profesores. ¡El empeño que tienen en que exterminemos bebés, sanos o enfermos, es verdaderamente sobrecogedor!
Vale la pena reflexionar brevemente sobre los motivos aducidos a favor del aborto. Obsérvese en primer lugar que uno empieza defendiendo el aborto, la eutanasia y el infanticidio para evitar sufrimientos extremos, y acaba apoyándolos igualmente para eludir la menor incomodidad. Niños "no deseados"... ¿Por qué no ancianos o enfermos mentalmente deteriorados, o en estado vegetativo, "no deseados"? A fin de cuentas, tiene su lógica, porque el dolor es una sensación subjetiva, difícil de cuantificar.
La fobia histérica al menor sufrimiento es uno de los fenómenos asociados a la descristianización. Si no es en absoluto trivial explicar la existencia del sufrimiento desde una posición cristiana, desde un punto de vista materialista ateo resulta completamente imposible. El dolor es la cosa más absurda que se pueda concebir. ¿Por qué debería existir semejante sensación en un universo reducible a fluctuaciones cuánticas y fuerzas gravitatorias? Las explicaciones corrientes, basadas en la teoría de la "señal de alarma fisiológica", ni siquiera rozan la cuestión. El dolor nos informa, efectivamente, de que algo no va bien en nuestro organismo. Si no sintiera un pinchazo al clavarme una astilla, es posible que esta pasara inadvertida, con los efectos de infecciones, etc. Pero que el dolor transmita información no quiere decir que sea un mero símbolo. Uno no se limita a observar el dolor, sino que este nos embarga, ocupa nuestra consciencia de una forma que solo podemos describir con torpes redundancias, de una manera... dolorosa.
Es por esta razón que desde una posición atea o agnóstica, el sufrimiento debe ser erradicado a toda costa. Esta es la idea que subyace en toda la construcción ideológica del Estado del bienestar. Desde la pedagogía de la "diversión" y las prestaciones sociales que deben protegernos de toda contingencia, hasta el aborto y la eutanasia, hay una línea de razonamiento lógicamente irreprochable. Quien tiene como máxima aspiración eludir el dolor, antepondrá este objetivo a la libertad e incluso a la vida. Y al desacostumbrarnos a los dolores más intensos, nos hacemos menos resistentes incluso a los más banales. De ahí que se llegue a justificar el aborto con la figura puramente ideológica del "riesgo psicológico para la madre", cuando es científicamente conocido que un aborto resulta indeciblemente más traumático que un parto.
Sacrificar las vidas de niños, ancianos y enfermos, para evitar las molestias que conllevan sus cuidados, es un retroceso brutal de la civilización, posiblemente el mayor imaginable. Exactamente lo contrario de como lo pretende mostrar el sedicente progresismo, pese a que, por lo general, no se atreva a llegar explícitamente hasta las últimas consecuencias. Eso lo hicieron los nazis, que al menos eran menos hipócritas. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos alemanes se consolaban pensando que Hitler no les dejaría caer en manos de los rusos, que administraría alguna suerte de eutanasia colectiva que les permitiría morir sin dolor. Cuando una sociedad declina gravemente, el suicidio colectivo llega a convertirse en una especie de obsesión. Preocuparse por justificar fríamente la muerte de bebés, como si en Europa, nada menos, estuviéramos sobrados de ellos, es otro síntoma siniestro de esta pulsión autodestructiva.
Hay un aspecto del artículo que, pese a su completa inanidad intelectual, no debería pasar inadvertido. Y son los motivos para el aborto y el infanticidio. Aunque los autores empiezan llamando la atención sobre graves enfermedades congénitas, terminan defendiendo que se pueda abortar, o cometer infanticidio, simplemente porque el bebé no sea deseado, lo que ellos expresan diciendo que compromete el "bienestar" de las personas que deberían encargarse de criar al niño. Y llegan hasta el extremo de argumentar en contra de la adopción, porque supuestamente las madres que dan un niño en adopción pueden sufrir daños psicológicos. (Por lo visto, si abortan, deben experimentar una sensación de alivio fenomenal.) Aunque el director de la revista ha defendido el artículo como un mero ejercicio de reflexión académica, es inevitable preguntarse de dónde procede la manía homicida de estos supuestamente apacibles profesores. ¡El empeño que tienen en que exterminemos bebés, sanos o enfermos, es verdaderamente sobrecogedor!
Vale la pena reflexionar brevemente sobre los motivos aducidos a favor del aborto. Obsérvese en primer lugar que uno empieza defendiendo el aborto, la eutanasia y el infanticidio para evitar sufrimientos extremos, y acaba apoyándolos igualmente para eludir la menor incomodidad. Niños "no deseados"... ¿Por qué no ancianos o enfermos mentalmente deteriorados, o en estado vegetativo, "no deseados"? A fin de cuentas, tiene su lógica, porque el dolor es una sensación subjetiva, difícil de cuantificar.
La fobia histérica al menor sufrimiento es uno de los fenómenos asociados a la descristianización. Si no es en absoluto trivial explicar la existencia del sufrimiento desde una posición cristiana, desde un punto de vista materialista ateo resulta completamente imposible. El dolor es la cosa más absurda que se pueda concebir. ¿Por qué debería existir semejante sensación en un universo reducible a fluctuaciones cuánticas y fuerzas gravitatorias? Las explicaciones corrientes, basadas en la teoría de la "señal de alarma fisiológica", ni siquiera rozan la cuestión. El dolor nos informa, efectivamente, de que algo no va bien en nuestro organismo. Si no sintiera un pinchazo al clavarme una astilla, es posible que esta pasara inadvertida, con los efectos de infecciones, etc. Pero que el dolor transmita información no quiere decir que sea un mero símbolo. Uno no se limita a observar el dolor, sino que este nos embarga, ocupa nuestra consciencia de una forma que solo podemos describir con torpes redundancias, de una manera... dolorosa.
Es por esta razón que desde una posición atea o agnóstica, el sufrimiento debe ser erradicado a toda costa. Esta es la idea que subyace en toda la construcción ideológica del Estado del bienestar. Desde la pedagogía de la "diversión" y las prestaciones sociales que deben protegernos de toda contingencia, hasta el aborto y la eutanasia, hay una línea de razonamiento lógicamente irreprochable. Quien tiene como máxima aspiración eludir el dolor, antepondrá este objetivo a la libertad e incluso a la vida. Y al desacostumbrarnos a los dolores más intensos, nos hacemos menos resistentes incluso a los más banales. De ahí que se llegue a justificar el aborto con la figura puramente ideológica del "riesgo psicológico para la madre", cuando es científicamente conocido que un aborto resulta indeciblemente más traumático que un parto.
Sacrificar las vidas de niños, ancianos y enfermos, para evitar las molestias que conllevan sus cuidados, es un retroceso brutal de la civilización, posiblemente el mayor imaginable. Exactamente lo contrario de como lo pretende mostrar el sedicente progresismo, pese a que, por lo general, no se atreva a llegar explícitamente hasta las últimas consecuencias. Eso lo hicieron los nazis, que al menos eran menos hipócritas. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos alemanes se consolaban pensando que Hitler no les dejaría caer en manos de los rusos, que administraría alguna suerte de eutanasia colectiva que les permitiría morir sin dolor. Cuando una sociedad declina gravemente, el suicidio colectivo llega a convertirse en una especie de obsesión. Preocuparse por justificar fríamente la muerte de bebés, como si en Europa, nada menos, estuviéramos sobrados de ellos, es otro síntoma siniestro de esta pulsión autodestructiva.
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