
La gráfica apareció el año 2004 en un artículo científico, que Robredo cita según el uso académico tradicional, pero sin proporcionar ningún enlace: Anthony Gill y Erik Lundsgaarde, “State Welfare Spending and Religiosity: A Cross-National Analysis” , Rationality and Society 16 (4): 399-436. Por suerte, en Google se encuentra en formato PDF (y sin necesidad de subscripción) en medio minuto.
Según sugiere Robredo, el estudio vendría a abonar la tesis de que la religión es una consecuencia del stress y la depauperación, en la línea del análisis marxista. O sea, aunque no llega a expresarlo tan rudamente, da a entender que la religión es una patología que se puede curar con higiene, educación y buenos alimentos. (El caso de Estados Unidos –y el de Uruguay, por razones opuestas– sería una anomalía cuya explicación quedaría, de manera harto significativa, por esclarecer.)
Incluso sin leer el artículo en cuestión, podríamos discutir la validez deductiva de semejante concepción. Que los pobres sean supuestamente más religiosos que los ricos no nos permite afirmar que la religión sea una dolencia. Análogamente, el hecho de que las enfermedades coronarias vayan asociadas estadísticamente al bienestar, no nos lleva a inferir el carácter saludable de aquellas.
Pero es que además, si leemos el artículo, descubrimos que sus autores están lejos de entregarse a las simplistas conclusiones enunciadas por Robredo con esa ligereza a la que ya nos tiene acostumbrados, cuando trata el tema de la religión.
Lo que dichos autores afirman es –cierto– que existe una correlación empírica entre el gasto público per cápita en bienestar social y la disminución de la religiosidad; pero, atentos a la explicación que ensayan.
Las iglesias de las distintas confesiones cristianas, nos dicen Gill y Lundsgaarde, tradicionalmente han venido prestando una serie de servicios sociales, como son educación, ayudas a los pobres, etc, financiadas con las donaciones voluntarias de los fieles. Ahora bien, a medida que se desarrolla el estado-providencia, estos servicios van siendo acaparados por la administración pública, que se financia de manera coactiva, con los impuestos. Es decir, la gente no puede decidir entre financiar a su iglesia o al estado, porque lo segundo es obligatorio. Y naturalmente, la mayoría es reacia a pagar dos veces la misma cosa. Esto no sólo reduce las donaciones dinerarias a las iglesias, sino incluso el tiempo (que también se puede expresar como un coste) dedicado a las prácticas religiosas comunitarias. A la larga, sobre todo en la siguiente generación, esta relajación de la práctica religiosa desemboca en la pérdida del sentimiento religioso.
Dicho claramente, el descenso de la religiosidad no sería tanto una consecuencia del nivel de vida, como el resultado de la “competencia desleal” (o más bien abusona) del estado.
A mí, desde luego, esta hipótesis me parece mucho más fecunda que no el viejo ritornello del “opio del pueblo” al que se apunta Robredo. En cualquier caso, independientemente de cuál sea la más cercana a la verdad, resulta pertinente la mención a Marx en apoyo de su tesis, pero no a Gill y Lundsgaarde, por muy erudito que quede.

9 comentarios:
De una manera intuitiva o, mejor dicho, con sus propios datos, la izquierda muy en general es perfectamente consciente de esto. El asunto está en la misma base ideológica de la izquierda, en su estatismo y su colectivismo. Llevan muchas décadas aplicándose en la destrucción de las instituciones civiles en favor de las estructuras del estado y el estudio simplemente lo refleja. El comunismo es la realización de esta idea desde la pura imposición, el estado del bienestar de la socialdemocracia es la lenta permeación de la sociedad.
En lo que a religión se refiere las conclusiones de Robredo siempre van por delante del razonamiento.
Por marear la perdiz: y no será que a más renta menos religiosidad? El estado providencia sólo es posible en países que pueden recaudar, que generalmente tienen más tasas de alfabetismo y productividad y eso a pesar de la coacción de los impuestos. Impuestos que también son coactivos en los países sin estado del bienestar. Así que puede que cuanto más rica y educada es la población vaya menos a misa. Puestos a buscar inferencias estadísticas ¿por qué no?
Es tan divertido ver como los católicos se cabrean porque los demás no les siguen en la fe... y digo yo ¿qué les importará? ¿no les basta con creer ellos? Y tan liberales estos católicos, ¿importa si los demás dejan de ir por la razón que sea? ¿Es tan tonta la población en conjunto que deja de creer únicamente porque tiene pan todos los días?
La estadística puede decir cualquier cosa, pero los cabreos reflejan el estado profundo del ser.
CLD eso de llamar filósofo a Robredo es mucha generosidad. Robredo no pasa de ser un simple opinador, muy simple. Un filósofo no tiene tanta carga de prejuicios ni tanta inquina como Robredo, ni tiene tanto gusto por hacer el ridículo sólo para llamar la atención y que alguien sepa que existe. Aunque de todo hay claro. Creo que el Marx que más le cuadra a Robredo no es Carlos sino Groucho.
carrasclás, me parece que en mi entrada no demuestro ningún tipo de cabreo. De todos modos, si yo escribiera argumentando que los agnósticos son gente así o asá, no debería sorprenderme que algún agnóstico escribiera a su vez manifestando su desacuerdo. ¿Por qué cuando lo hace un católico (suponiendo que yo lo sea) es que está cabreado y no soporta la discrepancia?
COMENTARIO DE EDUARDO ROBREDO QUE HE RECIBIDO POR MAIL:
No me consta como enviado el comentario que he mandado en el formulario del post, así que lo reproduzco aquí por si acaso:
Primero, me parece de muy mala nota la insinuación inicial sobre el link ausente del artículo, pero en fín, ya estoy acostumbrado a estas ligerezas.
En segundo lugar, mi objetivo en el post no era simplemente ofrecer un extracto del artículo de Gill y Lundsgaarde, sino aportarlo como apoyo para una explicación materialista sobre la relación entre bienestar y religiosidad, o entre factores materiales y políticos y participación religiosa.
El artículo en cuestión, así como otros del mismo estilo, no sirve para verificar la hipótesis de que "la religión es una consecuencia del stress y la depauperación", pero significativamente tampoco la desmiente, antes al contrario, acumulan evidencia empírica favorable, a pesar de las anomalías que hay que explicar (y que yo no he ocultado, ahí estaba el enlace al comentario de GNXP en el mismo post). Recordemos que la conclusión de este trabajo de Gill era que "en la medida de que el gobierno secular puede proveer estos bienes públicos a los consumidores individuales a un coste inferior, la participación religiosa bajará" (Robert Wright lo explica en su último libro recurriendo a la teoría de juegos; los jugadores sociales tienden a participar o competir entre sí dependiendo de cómo perciben que va a ser el resultado de la suma). Esto es muy interesante al margen de la supuesta competencia "desleal" del estado, porque sitúa el foco de la participación religiosa en una zona mucho menos "espiritual" y más mundana y política de lo esperado, y lógicamente atrae a quienes estamos interesados por explicaciones materialistas de los fenómenos "espirituales". En este sentido, las evidencias son ya muy consistentes: ¿cómo puede ser, en definitiva, que si la religión es un "insitinto social" o un destino escrito desde siempre en el libro de la "naturaleza humana" como a veces se presupone de forma tan ligera, el papel del gobierno y las funciones más mundanas del bienestar tengan un impacto tan poderoso en la religiosidad de la gente?
Luego está el asunto de la competencia entre el sector público y el privado, que tanto os obsesiona, y que a menudo se presenta como un excepcional drama moral. Mi opinión particular es que hay que intentar redefinir este debate de un modo lo más técnico y científico posible, huyendo de las fábulas morales, intentando explicar por qué los "estados del bienestar" han tenido -en general- bastante éxito proporcionando bienes públicos y favoreciendo la emancipación religiosa de las personas. Pero este es un debate que ni siquiera se puede iniciar con quien se ha tragado hipótesis y pronósticos tan fantasiosos como el del "camino de servidumbre" de Hayek y otros semejantes:
http://www.lorem-ipsum.es/blogs/laleydelagravedad/page/2
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http://www.revolucionnaturalista.com
Robredo, tanto si la religión está inscrita en nuestros genes como si es un fenómeno sociocultural, en ambos casos de trata de explicaciones "materialistas".
Tú presentas el artículo como si tomara partido a favor del materialismo y contra el "espiritualismo", pero es más exacto decir que se sitúa dentro de una óptica materialista, sin entrar en ninguna polémica externa a esta.
Ya lo dice la sabiduría popular: sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Es lógico que quien tenga buena vida no alcance un nivel espiritual muy profundo.
También la sociedad del bienestar da como fruto ciudadanos menos maduros y con menos criterio, pues el estado les priva de la responsabilidad de tomar decisiones. Hasta el punto en que buscan toda solución y toda respuesta en los burócratas que les programan la vida...
Eso también produce que a largo plazo el estado de bienestar sea insostenible y acabe por colapsar.
Lo que funciona a nivel macro debería funcionar a nivel micro, salvo que sea una falacia estadística, como sin duda es en este caso. Así, si la hipótesis que correlaciona depauperación y devoción fuera cierta por necesidad intrínseca, los hombres más religiosos serían también los más pobres y desamparados. Esto no sólo es falso (en tanto que podemos cambiar de fortuna con más facilidad que de religión) e impreciso (puesto que el desamparo es sobre todo una variable psíquica, cultural o epocal), sino que contradice el presupuesto marxista, que asume que ha de darse una conciencia de clase de signo ateo en aquellos que "no pueden perder más que sus cadenas".
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