A riesgo de parecer petulante, el reciente artículo de José María Marco (uno de mis columnistas preferidos) en Libertad Digital, “Vicios regeneracionistas”, me ha parecido una réplica a la frase final de mi entrada anterior, donde yo hablaba de la “profunda decadencia moral y política de España”, aunque por supuesto Marco se refiera en realidad a multitud de escritos o alocuciones de los últimos meses, años, y hasta siglos.
José María Marco plantea la crítica (que ya ha desarrollado por extenso en más de un libro) del regeneracionismo, ese complejo intelectual ibérico consistente en interiorizar la leyenda negra y culpar de todos los males a una supuesta decadencia o peculiaridad española. El artículo termina con estas palabras: “No hay por qué responsabilizar de nuestra impotencia a España. Al revés, lo propio de personas bien educadas es no caer en el vicio de hablar mal de su país. Nunca, en ninguna circunstancia.” Al leerlas, teniendo presentes las recién escritas por mí que cito arriba, mi primera reacción ha sido decirme: “Touché, tiene razón.”
Luego, me he acordado de que ese vicio intelectual no es seguramente exclusivo de los españoles. Pienso en la novela de Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, que gira toda ella en torno a la pregunta “en qué momento se jodió el Perú”...
Por cierto, y abro un inciso, vaya coñazo de novela. Ésta y La casa verde, que no pude terminar. Vargas Llosa ha escrito obras inolvidables, como La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras –divertidísima– o La fiesta del Chivo, aunque para mí su obra maestra sigue siendo una novela corta, o cuento largo, titulada Los cachorros. Pero me imagino que en su juventud debió pagar el tributo izquierdista de escribir el tipo de novela-coñazo que se diría no tenía otra finalidad que poner a prueba la paciencia del lector burgués. Fin del inciso.
Naturalmente, es grande la tentación de reformular la pregunta en la forma “en qué momento se jodió España”, y millones de españoles responderíamos que aproximadamente a las siete y media de la mañana del 11 de marzo de 2004. Pero el artículo de Marco nos previene contra esta amarga retórica de la impotencia, que sólo sirve para alumbrar falsas soluciones desenfocadas y contraproducentes, algo contra lo que nuestra historia (sobre todo la del primer tercio del siglo XX), debería habernos vacunado hace tiempo. Así pues, quiero corregir el final de mi anterior entrada. Ya no hablaría de decadencia de España, sino de una clase periodística e intelectual que la tiene tomada con España desde hace mucho. Ellos (con las honrosas excepciones) son el problema, no España, que no será la primera vez que sobrevive (esperemos) al donjulianismo.
Y por supuesto, el donjulianismo y el autoodio no son a su vez peculiaridades españolas ni hispánicas, sino un fenómeno evidentísimo de toda la cultura occidental, especialmente desde principios del siglo XX. Así que incluso en eso no podemos ser más típicamente occidentales.
lunes 13 de julio de 2009
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2 comentarios:
A mi parecer España nació jodida, pues se erigió a golpe de mandoble contra el hereje. Muchas naciones se levantaron sobre los cadáveres de los enemigos, pero el punto distintivo es la consideración del otro como ser demoníaco. Por ejemplo, a los confederados no se les tildó jamás de antiamericanos, mientras que en este país se usa el calificativo de antiespañol para todo aquel que se rebele contra la imposición de una esencia religiosa, moral y política heredera de la de los cruzados que acometieron la Reconquista contra el moro. Éstos siguen diciendo que España será católica o no será. No puede negociarse ante semejante declaración de intenciones, como es lógico, y de ahí que haya que negar a España y oponerse a todo lo que pretenden que represente para liberarse del yugo de quienes la consideran de su patrimonio espiritual y material.
¿La Antiespaña? Eso es tan viejo y está tan en desuso como la unidad de destino en lo universal. Confirmado: la izquierda sólo vive de tópicos. Hoy el auténtico insulto infamante sería fascista, integrista o alguno similar.
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