Ciertas personas opinan que la moral católica es retrógrada, represiva y hasta retorcida, y seguramente podríamos añadir más palabras que empiecen por re. Sin embargo, si analizamos algunos de sus preceptos más polémicos, no es difícil mostrar el lado patológico de esta opinión. Por ejemplo, en el caso del aborto, ¿realmente es algo tan represivo y re-lo-que-quieran tratar de preservar la vida de un ser humano en el vientre de su madre? ¿Tan represivo es desear que nazcan bebés, cuantos más mejor? Bien, la gente educada en la propaganda y la política neomalthusianas (a las que la ONU dedica ingentes cantidades de dinero), quizás perciba esto como un desastre, pero en absoluto podemos decir que esta forma de ver las cosas sea algo natural, que surge sin la operación de prejuicios ideológicos muy determinados.
Los abortistas reconocen en parte este hecho cuando aseguran que ninguna mujer aborta por gusto, sino que se trata de una decisión muy difícil. Pero son inconsecuentes cuando en lugar de prometer apoyo moral y material a las mujeres para que puedan ser madres, se limitan a ofrecer facilidades para abortar. No basta con acusar a otros de hipócritas cuando prometen defender la maternidad, si no se tiene la intención de promoverlo uno mismo. Lo que, por otro lado, es muy típico del socialprogresismo: en lugar de desarrollar políticas que disminuyan la pobreza, favoreciendo la economía productiva, son partidarios de subsidios y prestaciones sociales que se limitan a hacer más llevadera esa pobreza, al tiempo que la convierten en crónica. La izquierda ofrece raudales de "sensibilidad", pero los así agraciados seguramente preferirían acciones efectivas, y no sólo que se acordaran de ellos en los mítines y las soflamas.
Lo mismo podríamos decir de otros preceptos católicos, como la indisolubilidad del matrimonio. Sin duda existen personas que consideran el matrimonio como una especie de cárcel, pero no parece que haya nada intrínsecamente horrible en contemplar esos matrimonios de ancianos, rodeados de hijos y nietos, que se han mantenido unidos durante toda su vida, superando con éxito las crisis por las que pasa cualquier pareja. Si alguien opina que el actual panorama de familias desperdigadas, con los niños cambiando de domicilio constantemente, es un modelo mejor, debería hacérselo mirar. Y eso por no hablar de la peor consecuencia de la desestructuración familiar, que es el aumento del maltrato doméstico, falazmente atribuido a un machismo atávico. Pero de nuevo, el progresismo, incluso cuando a regañadientes reconoce esto, seguirá defendiendo que una "sociedad avanzada" es la que proporciona todo tipo de facilidades a que se disuelvan las familias, no a lo contrario.
¿Por qué el progresismo dedica tanto esfuerzo a defender modelos de conducta que difícilmente se pueden considerar mejores? La razón que esgrimen es que nadie puede imponer a nadie una forma de vida por el mero motivo de que la considere superior, pues nadie está en posesión de la verdad absoluta. Una forma más elaborada de esta argumentación la encontramos en J. S. Mill, considerado, con razón, uno de los grandes pensadores del liberalismo. Sin embargo, cada vez veo más en Mill uno de los precursores más cualificados del socialprogresismo. Y ello debido, no a sus conclusiones, sino a los argumentos en los que las apoyó. Intentaré explicarme.
Mill, en su ensayo On Liberty, defiende la libertad individual basándose en sus concepciones empiristas, según las cuales, no es posible alcanzar la verdad absoluta, sino sólo verdades parciales fundadas en la experiencia. De ahí deduce, inspirándose en Humboldt, que cuanta más libertad individual exista, más variedad y riqueza de situaciones se producirán, lo que permite que haya "tantos centros independientes de mejoramiento, como individuos". (Sobre la libertad, Alianza Editorial, 1986, pág. 144.)
Mill no defiende la libertad por sí misma, sino porque cree que es una fuerza de mejoramiento, de progreso. Por ello opone la libertad al "imperio de la costumbre" (página citada), y pone como ejemplo el inmovilismo de Oriente, aunque al mismo tiempo admite que quien allí ha pensado en resistir el "argumento de la costumbre" sólo ha podido ser "algún tirano intoxicado por el poder" .
Creo que estos razonamientos son erróneos. No es el progreso la razón por la que debemos defender la libertad, y no es la costumbre su principal enemigo. Progresar puede ser bueno o malo, según a dónde nos dirijamos. Y también la costumbre puede ser buena o mala. La libertad es necesaria porque sin ella, nuestras decisiones carecen de valor moral. Pero la libertad por sí sola no garantiza que sean moralmente buenas. Podemos decidir tanto respetar la costumbre como desobedecerla; en algunos casos esta decisión será buena y en otros mala. Pensar que como mayor variabilidad de formas de vivir haya, mejor iremos, es una presunción absurdamente optimista. Los experimentos no siempre son buenos, probarlo todo no siempre es lo más prudente.
El método del ensayo y el error es conveniente en determinados ámbitos. La economía de mercado en esencia se basa en él. No se producen los productos y servicios que un departamento burocrático determina, sino que los agentes individuales ofertan aquellos productos que creen que serán demandados, al precio que creen que se los pagarán. La suma de errores y aciertos puede producir un aumento de la riqueza general, o bien su disminución, pero la experiencia demuestra que a largo plazo, la economía de mercado tiende a crecer acumulativamente, guiada por la famosa "mano invisible" de Adam Smith. Hoy se vive en los países desarrollados, y en la mayoría de los no tan desarrollados, quizás peor que hace cinco o seis años; pero indudablemente mejor que hace veinte, mucho mejor que hace cincuenta e inimaginablemente mejor que hace cien.
Ahora bien, no siempre el método del ensayo y el error es aconsejable. Esto es evidente, y no voy a alargarme con ejemplos, a cualquiera se le ocurrirán muchos. Digámoslo de otra manera: el método del ensayo y el error es un método para conocer la verdad, no el método. La libertad no nos conduce a la verdad, necesariamente. Al contrario, sólo si conociéramos la verdad, estaríamos siempre en condiciones de actuar, como suele decirse, con pleno conocimiento de causa, es decir, con plena libertad. El héroe de la película de acción que duda entre cortar el cable rojo o el azul, a fin de evitar que explote una bomba atómica que destruya Nueva York, mientras la cuenta atrás se acerca inexorablemente a cero, es libre -condenadamente libre- de elegir entre el rojo y el azul, pero no es libre para lo que verdaderamente importa, salvar la ciudad, a menos que sepa a ciencia cierta qué puñetero cable debe cortar para evitar la catástrofe.
Los razonamientos de Mill generalmente le conducen a conclusiones correctas, por las que es justamente alabado, aunque su punto de partida sea erróneo. Esta paradoja es más habitual de lo que se suele pensar. Pero el inconveniente de un punto de partida equivocado es que además permite extraer conclusiones erróneas, que tarde o temprano acabarán chocando con aquellas que resultaron accidentalmente ciertas. El error de Mill es su empirismo radical, es decir, la concepción de que toda verdad procede de la experiencia. Y eso le lleva a convertir el experimentalismo (que él llama libertad) en principio supremo.
Por qué creo que el empirismo radical o positivismo es un error, lo desarrollaré otro día. Aquí sólo planteo el siguiente tema de reflexión. Una cosa es cómo conocemos la verdad y otra si la conocemos o no. Pudiera ser que ya la conociéramos, aunque no supiéramos cómo, o desdeñáramos el medio por el cual nos ha llegado. Ocupados en la noble búsqueda de la verdad, pudiera ser que la tuviéramos más cerca de lo que pensamos, y que trágicamente no supiéramos reconocerla. Pudiera ser que la vida humana desde la concepción, que la familia natural y que en definitiva nazcan niños que llenen los parques infantiles y las escuelas con su griterío y su alegría, en lugar de la Europa-asilo de ancianos hacia la que tendemos, fueran cosas absolutamente defendibles -y que en un profundo sentido, fueran verdaderas. Quién sabe.
sábado, 1 de junio de 2013
Defender lo defendible
viernes, 31 de mayo de 2013
Aborto y verdad
Consideremos estas afirmaciones:
1) Los embriones y los fetos humanos tienen derecho a vivir como cualquier otro ser humano.
2) Los embriones y los fetos humanos de edad < n semanas no tienen derecho a vivir.
3) No sabemos si los embriones o fetos de edad < n semanas tienen derecho a vivir o no.
Las consecuencias de las dos primeras afirmaciones son claras. De la primera se deduce que el aborto provocado es como llamamos al homicidio o al asesinato cuando la víctima es un ser humano nonato. De la segunda, por el contrario, se deduce que un aborto es tan legítimo como una operación de cirugía estética.
Gran parte del debate entre los provida y los abortistas consiste en discutir acerca de si es cierta la primera o la segunda afirmación. Pero no existen argumentos definitivos que permitan zanjar la cuestión de una vez por todas. Al tratar de fundamentar una posición u otra, nos encontramos en última instancia con dos concepciones metafísicas. Una de tipo trascendente, que considera que la vida no puede reducirse a procesos bioquímicos, y otra de tipo materialista, que sostiene justo lo contrario. Ambas (el materialismo también) son una forma de fe, pues son indemostrables.
El problema del materialismo (aunque ello no sea una prueba de su falsedad) es que no sólo permite justificar el aborto, sino también el asesinato y hasta el genocidio, aunque pocos materialistas están dispuestos a extraer esas conclusiones extremas de sus principios, afortunadamente. Si la vida no es más que un proceso físico-químico, no se comprende por qué estaríamos obligados a preservarlo, siendo los instintos de conservación o sociabilidad meras subrutinas de dicho proceso.
Esto parece que nos conduce al agnosticismo de la tercera afirmación: que en realidad no sabemos si un embrión humano es un ser dotado de dignidad personal o no. Esta conclusión es precipitada, pues reduce el concepto "saber" a aquello que se puede verificar o falsar. Y esta misma idea del conocimiento es inverificable. El positivismo descansa en argumentos que no superan el análisis positivista. En el fondo, es también una fe.
Algunos abortistas que terminan por reconocer que la posición materialista es tan indemostrable como la contraria se refugian en el agnosticismo porque creen poder deducir de él que no hay motivos para prohibir el aborto. ¡De nuevo se equivocan gravemente! Pues ante la duda, lo más prudente podría ser la "presunción de humanidad", es decir, suponer, "salvo que se demuestre lo contrario", que un embrión o un feto de cualquier edad es un ser humano. Pero incluso aunque no se acepte la "presunción de humanidad", no vemos por qué hay que deducir la legalización del aborto partiendo de consideraciones agnósticas. El argumento de que, ante el desacuerdo, cada cual debería ser libre de decidir, es particularmente torpe. Porque precisamente el desacuerdo se da entre quienes piensan que esa decisión es lícita y quienes piensan que no lo es. Quienes defendieron la abolición de la esclavitud estaban en contra de que nadie poseyera esclavos. Que cada cual decidiera libremente si quería o no poseerlos, no era una posición "liberal" o "neutral", sino exactamente lo que defendían los esclavistas.
En realidad, la cosa es más sencilla de lo que pueden hacer pensar los párrafos precedentes. Entre considerar que un embrión es un ser humano y considerar que no lo es, no hay término medio. Se es humano o no se es. Las leyes de supuestos o de plazos pueden parecer soluciones de compromiso, pero no lo son, porque ninguna circunstancia justifica la muerte deliberada de un ser humano inocente (1), salvo que no lo consideremos un ser humano o (para los partidarios de la pena de muerte) que no lo consideremos inocente.
De ello se deducen dos cosmovisiones incompatibles, porque sólo una puede ser cierta. Toda sociedad debe elegir entre la una y la otra. Es imposible contentar a las dos partes. Una forma pacífica de elegir se llama democracia. Consiste en que cada cual pueda defender libremente su posición para conformar las leyes a su gusto, si obtiene el respaldo de la mayoría. Otra forma es la guerra civil. Personalmente, prefiero la primera; pero en ambos casos, el resultado es que una cosmovisión se impone sobre la otra, temporalmente o para siempre, sea o no sea la verdad.
Si es verdad que la verdad no existe, tampoco esto será verdad; luego la verdad existirá. Y si es mentira, es que la verdad existe. Por tanto, toda sociedad, como todo individuo, vive en la verdad o en la mentira. La neutralidad no existe, por mucho que algunos se hagan la ilusión de no tener que elegir. Y una forma muy capciosa de esta ilusión es fingir que lo importante es elegir en sí, no lo que elegimos.
_________
(1) La única excepción es que tengamos una certeza razonable de que esta vida entre en conflicto directo con la vida de otra persona inocente. Puesto que ambas tienen el mismo valor, es lícito elegir; por ejemplo, para salvar la vida de la madre. Por lo demás, esta situación posiblemente es mucho más rara de lo que sugieren ciertas noticias, presentadas de manera tendenciosa. Otra cosa es que una ley que redujera de facto, drásticamente, el aborto en términos absolutos, aunque lo despenalizara en ciertos supuestos (como la violación), sería muy preferible a las leyes actuales vigentes en gran parte del mundo. Pero nos resulta preferible esto porque partimos de que los embriones son seres humanos, y evidentemente es peor la muerte de millares que la muerte de decenas.
1) Los embriones y los fetos humanos tienen derecho a vivir como cualquier otro ser humano.
2) Los embriones y los fetos humanos de edad < n semanas no tienen derecho a vivir.
3) No sabemos si los embriones o fetos de edad < n semanas tienen derecho a vivir o no.
Las consecuencias de las dos primeras afirmaciones son claras. De la primera se deduce que el aborto provocado es como llamamos al homicidio o al asesinato cuando la víctima es un ser humano nonato. De la segunda, por el contrario, se deduce que un aborto es tan legítimo como una operación de cirugía estética.
Gran parte del debate entre los provida y los abortistas consiste en discutir acerca de si es cierta la primera o la segunda afirmación. Pero no existen argumentos definitivos que permitan zanjar la cuestión de una vez por todas. Al tratar de fundamentar una posición u otra, nos encontramos en última instancia con dos concepciones metafísicas. Una de tipo trascendente, que considera que la vida no puede reducirse a procesos bioquímicos, y otra de tipo materialista, que sostiene justo lo contrario. Ambas (el materialismo también) son una forma de fe, pues son indemostrables.
El problema del materialismo (aunque ello no sea una prueba de su falsedad) es que no sólo permite justificar el aborto, sino también el asesinato y hasta el genocidio, aunque pocos materialistas están dispuestos a extraer esas conclusiones extremas de sus principios, afortunadamente. Si la vida no es más que un proceso físico-químico, no se comprende por qué estaríamos obligados a preservarlo, siendo los instintos de conservación o sociabilidad meras subrutinas de dicho proceso.
Esto parece que nos conduce al agnosticismo de la tercera afirmación: que en realidad no sabemos si un embrión humano es un ser dotado de dignidad personal o no. Esta conclusión es precipitada, pues reduce el concepto "saber" a aquello que se puede verificar o falsar. Y esta misma idea del conocimiento es inverificable. El positivismo descansa en argumentos que no superan el análisis positivista. En el fondo, es también una fe.
Algunos abortistas que terminan por reconocer que la posición materialista es tan indemostrable como la contraria se refugian en el agnosticismo porque creen poder deducir de él que no hay motivos para prohibir el aborto. ¡De nuevo se equivocan gravemente! Pues ante la duda, lo más prudente podría ser la "presunción de humanidad", es decir, suponer, "salvo que se demuestre lo contrario", que un embrión o un feto de cualquier edad es un ser humano. Pero incluso aunque no se acepte la "presunción de humanidad", no vemos por qué hay que deducir la legalización del aborto partiendo de consideraciones agnósticas. El argumento de que, ante el desacuerdo, cada cual debería ser libre de decidir, es particularmente torpe. Porque precisamente el desacuerdo se da entre quienes piensan que esa decisión es lícita y quienes piensan que no lo es. Quienes defendieron la abolición de la esclavitud estaban en contra de que nadie poseyera esclavos. Que cada cual decidiera libremente si quería o no poseerlos, no era una posición "liberal" o "neutral", sino exactamente lo que defendían los esclavistas.
En realidad, la cosa es más sencilla de lo que pueden hacer pensar los párrafos precedentes. Entre considerar que un embrión es un ser humano y considerar que no lo es, no hay término medio. Se es humano o no se es. Las leyes de supuestos o de plazos pueden parecer soluciones de compromiso, pero no lo son, porque ninguna circunstancia justifica la muerte deliberada de un ser humano inocente (1), salvo que no lo consideremos un ser humano o (para los partidarios de la pena de muerte) que no lo consideremos inocente.
De ello se deducen dos cosmovisiones incompatibles, porque sólo una puede ser cierta. Toda sociedad debe elegir entre la una y la otra. Es imposible contentar a las dos partes. Una forma pacífica de elegir se llama democracia. Consiste en que cada cual pueda defender libremente su posición para conformar las leyes a su gusto, si obtiene el respaldo de la mayoría. Otra forma es la guerra civil. Personalmente, prefiero la primera; pero en ambos casos, el resultado es que una cosmovisión se impone sobre la otra, temporalmente o para siempre, sea o no sea la verdad.
Si es verdad que la verdad no existe, tampoco esto será verdad; luego la verdad existirá. Y si es mentira, es que la verdad existe. Por tanto, toda sociedad, como todo individuo, vive en la verdad o en la mentira. La neutralidad no existe, por mucho que algunos se hagan la ilusión de no tener que elegir. Y una forma muy capciosa de esta ilusión es fingir que lo importante es elegir en sí, no lo que elegimos.
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(1) La única excepción es que tengamos una certeza razonable de que esta vida entre en conflicto directo con la vida de otra persona inocente. Puesto que ambas tienen el mismo valor, es lícito elegir; por ejemplo, para salvar la vida de la madre. Por lo demás, esta situación posiblemente es mucho más rara de lo que sugieren ciertas noticias, presentadas de manera tendenciosa. Otra cosa es que una ley que redujera de facto, drásticamente, el aborto en términos absolutos, aunque lo despenalizara en ciertos supuestos (como la violación), sería muy preferible a las leyes actuales vigentes en gran parte del mundo. Pero nos resulta preferible esto porque partimos de que los embriones son seres humanos, y evidentemente es peor la muerte de millares que la muerte de decenas.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Programa de 10 puntos
Para su discusión, presento a continuación un programa político liberal-conservador de diez propuestas que me parecen imprescindibles, lo suficientemente concretas y al mismo tiempo nada utópicas. De todas ellas pueden encontrarse ejemplos en otros países. No he pretendido que fueran precisamente diez; inicialmente pensé en nueve, tres por cada sección (política, economía, sociedad). Tampoco me quiero extender tratando de razonarlas una por una. Creo que su finalidad global es bastante evidente, y encaja dentro de los cinco objetivos reformistas enumerados por José María Aznar en su reciente entrevista en Antena 3: un Estado viable y eficaz, un correcto funcionamiento del estado de derecho, favorecer la economía productiva, encarar de una vez el problema demográfico (posiblemente el mayor que tenemos) y recuperar la posición internacional de España.
Propuestas políticas:
1) Devolver las competencias de Sanidad y Educación al estado central.
2) Renegociar la relación de España con la UE.
3) Eliminar la influencia de los partidos políticos en el poder judicial.
Propuestas económicas:
4) Reducir el número de funcionarios y empresas estatales.
5) Eliminar subvenciones a partidos, sindicatos y patronales.
6) Reducir los impuestos.
7) Libertad de contratación para empleados y empresarios.
Propuestas sociales:
8) Derogación de cualquier ley que permita, de derecho o de facto, el aborto libre.
9) Derogación del matrimonio entre personas del mismo sexo.
10) Apoyo fiscal y en prestaciones sociales a familias con hijos.
Propuestas políticas:
1) Devolver las competencias de Sanidad y Educación al estado central.
2) Renegociar la relación de España con la UE.
3) Eliminar la influencia de los partidos políticos en el poder judicial.
Propuestas económicas:
4) Reducir el número de funcionarios y empresas estatales.
5) Eliminar subvenciones a partidos, sindicatos y patronales.
6) Reducir los impuestos.
7) Libertad de contratación para empleados y empresarios.
Propuestas sociales:
8) Derogación de cualquier ley que permita, de derecho o de facto, el aborto libre.
9) Derogación del matrimonio entre personas del mismo sexo.
10) Apoyo fiscal y en prestaciones sociales a familias con hijos.
domingo, 26 de mayo de 2013
El mensajero y el mensaje
Lo mismo que decimos de los individuos, podría decirse de los países. Hace pocos días, José María Aznar fue entrevistado en Antena 3. El pretexto inmediato de la entrevista era preguntarle al expresidente por las insinuaciones vertidas por algunos medios, según los cuales se habría beneficiado de sobresueldos ilícitos, en su etapa como gobernante y dirigente del Partido Popular. Aznar respondió cargando sin contemplaciones contra el grupo PRISA, al que acusó de quererle destruir desde hace años. No lo llamó, como había hecho tras los atentados del 11-M, "poder fáctico fácilmente reconocible", sino que incluso se remontó más atrás y se refirió (bien que sin entrar en detalles) a los intentos de que no fuera elegido como presidente del gobierno tras su victoria electoral de 1996. (Imprescindible el libro clásico de Jesús Cacho, publicado en diciembre de 1999, El negocio de la libertad.)
Aznar no habló sólo del pasado, sino del presente. Y bosquejó las cinco "cuestiones esenciales" que debería abordar el proyecto político que necesita España en la actual crisis política, económica e institucional:
1) Un Estado viable, eficaz y sostenible.
2) Reformar unas instituciones que garanticen un funcionamiento correcto del Estado de derecho.
3) Reformar nuestra economía incluyendo una reforma fiscal que reduzca los impuestos y que promueva las clases medias y los aparatos productivos del país.
4) Hacer un pacto social que sea una respuesta a la realidad nueva del país en términos de pensiones, demografía, sanidad, etc.
5) Recuperar la situación internacional de España.
Aznar resumió lo anterior como "más España, una España más fuerte y unos ciudadanos más libres". Se podría objetar que se trata de objetivos excesivamente vagos. También se le podría reprochar al expresidente que cuando gobernó hizo concesiones al nacionalismo catalán que contrastan con su actual contundencia verbal, o que no llevó a cabo las reformas que ahora necesita España urgentemente, cuando llegó a disponer de mayoría absoluta. Pero la opinión publicada ni siquiera ha entrado al trapo de estas propuestas. El líder del PSOE se ha limitado a decir que le "espantan" las palabras de Aznar, sin entrar en más detalles. Lo que ha animado los espacios de opinión ha sido la grave cuestión de si el expresidente ha sido leal o desleal con Mariano Rajoy, o si ha dejado entreabierta la puerta a su regreso a la política. De sus propuestas apenas se ha discutido, ni mucho menos se ha intentado desarrollarlas.
Y a esto me refería. El problema de España no es lo que le sucede, sino lo que los españoles pensamos que sucede. O más bien lo que no pensamos. No hay un debate público serio y profundo sobre la verdadera naturaleza de la crisis, ni sobre los auténticos remedios. Y esto es precisamente la crisis, o parte de ella: Que algunos discutan sobre si los expresidentes deberían opinar o callarse y en cambio no se hayan dado cuenta todavía de que el viejo modelo social y político ya no da más de sí. Todo lo contrario: se resisten con denuedo a que se reformulen los llamados "derechos sociales" y a cualquier "retroceso" (como lo denominan) en el Estado autonómico. "La derecha está aprovechando la crisis para desmantelar el Estado del bienestar", aseguran. Ni remotamente se plantean que tal vez lo que está en crisis es el propio Estado del bienestar, junto con el modelo político de la Transición. Malgastan el tiempo hablando sobre el mensajero y no sobre el mensaje. Miran el dedo que señala la luna, en lugar de la luna. No han entendido nada; por eso ellos mismos forman parte de la crisis.
jueves, 23 de mayo de 2013
Francisco y el capitalismo salvaje
El papa Francisco ha hablado del "capitalismo salvaje". Los socialistas de todos los partidos se felicitarán de ello, por mucho que la doctrina social de la Iglesia deje bien claro que no reniega ni de la propiedad privada ni de la libre iniciativa. ¿Por qué entonces hace el papa este gesto tan innecesario como fácil de malinterpretar, tomando prestada una expresión del machacón progresismo dominante?
Según el director del digital InfoCatólica, Luis Fernando Pérez Bustamante, "la doctrina social de la Iglesia no es una loa al liberalismo capitalista económico reinante". Seguramente que no, pero aquí me chirría un adjetivo: "reinante". El capitalismo reina aproximadamente tanto como reina el estatalismo. Es importante que cuando diagnostiquemos los males de nuestras sociedades, sepamos diferenciar cuáles proceden del Estado y cuáles del mercado. Y efectivamente, no creo que esto sea tarea de la Iglesia, sino de las ciencias empíricas. La Iglesia puede condenar la gula, pero no es de su competencia recomendar una dieta baja en grasas o en carbohidratos, como no lo es recomendar una u otra política económica.
Luis Fernando cita un pasaje del Nuevo Testamento (Carta de Santiago, 5-1-6) que habla severamente de los ricos que han "defraudado" el jornal de sus obreros. Desde luego, nadie duda que defraudar, como robar, estafar, cometer desfalcos, etc, es un pecado, además de un delito. Pero ¿es consustancial al capitalismo o más bien a la naturaleza humana? Marx, con su teoría de la plusvalía, opinaba lo primero. La Iglesia, dudo mucho que se apunte a semejante tesis. Y si lo hiciera, se metería en terreno de las ciencias sociales, como si no tuviera suficiente con sus pasados desencuentros (tan innecesarios como explotados por sus enemigos) con las ciencias naturales.
El problema del capitalismo, desde un punto de vista cristiano, no es que produzca pobreza, sino justo lo contrario, que crea riqueza. Y ello es algo que legítimamente nos debe preocupar a los cristianos, pues ya advirtió Jesucristo de lo difícil que es que los ricos entren en el Reino de los Cielos. Hay razones serias para pensar que el bienestar material de que disfrutan las clases medias y altas está detrás, al menos en parte, del proceso de descristianización que padece Occidente, al infundir en muchos individuos una falsa sensación de autosuficiencia que los aleja de Dios, y multiplicar las tentaciones. Ahora bien, las alternativas históricas al capitalismo, además de que (ellas sí) generan pobreza, tampoco se han caracterizado por acercar al hombre más a Dios, sino más bien exactamente lo contrario.
El mensaje cristiano se dirige en esencia a los individuos. Pensar que existe un modelo de sociedad tan bien organizada que en ella sería más fácil amar al prójimo, o incluso innecesario, es algo completamente ajeno al cristianismo. La responsabilidad individual no se puede externalizar en el "sistema". ¿Por qué entonces -pregunto de nuevo- la Iglesia, y en especial los papas, caen tan fácilmente en este equívoco?
Quizás sea porque se quiera contrarrestar la vieja acusación (tan insidiosa como todas las medias verdades) de connivencia de la jerarquía católica con los poderosos. Pero la reacción no puede ser más desafortunada. Haga los gestos que haga, la Iglesia jamás aplacará a sus enemigos, que sólo aplaudirían si el papa desmantelara el Vaticano, convirtiera los templos cristianos en locales sociales para los gays, lesbianas y transexuales y afirmara que no hace falta creer en Dios, si no se quiere. Así que no vale la pena hacer concesiones (siquiera sea terminológicas) a una opinión públicada que todo lo mide por la escala de valores "progresistas". La Iglesia, por el contrario, debe dejar bien claro que esa no es su escala, que su verdad tiene dos mil años y no vale desnaturalizarla adoptando expresiones cargadas de ideologías. Esto es lo que yo siento como católico que quiero que la Iglesia siga siendo lo que ha sido siempre, una referencia inamovible en medio de las opiniones cambiantes.
Según el director del digital InfoCatólica, Luis Fernando Pérez Bustamante, "la doctrina social de la Iglesia no es una loa al liberalismo capitalista económico reinante". Seguramente que no, pero aquí me chirría un adjetivo: "reinante". El capitalismo reina aproximadamente tanto como reina el estatalismo. Es importante que cuando diagnostiquemos los males de nuestras sociedades, sepamos diferenciar cuáles proceden del Estado y cuáles del mercado. Y efectivamente, no creo que esto sea tarea de la Iglesia, sino de las ciencias empíricas. La Iglesia puede condenar la gula, pero no es de su competencia recomendar una dieta baja en grasas o en carbohidratos, como no lo es recomendar una u otra política económica.
Luis Fernando cita un pasaje del Nuevo Testamento (Carta de Santiago, 5-1-6) que habla severamente de los ricos que han "defraudado" el jornal de sus obreros. Desde luego, nadie duda que defraudar, como robar, estafar, cometer desfalcos, etc, es un pecado, además de un delito. Pero ¿es consustancial al capitalismo o más bien a la naturaleza humana? Marx, con su teoría de la plusvalía, opinaba lo primero. La Iglesia, dudo mucho que se apunte a semejante tesis. Y si lo hiciera, se metería en terreno de las ciencias sociales, como si no tuviera suficiente con sus pasados desencuentros (tan innecesarios como explotados por sus enemigos) con las ciencias naturales.
El problema del capitalismo, desde un punto de vista cristiano, no es que produzca pobreza, sino justo lo contrario, que crea riqueza. Y ello es algo que legítimamente nos debe preocupar a los cristianos, pues ya advirtió Jesucristo de lo difícil que es que los ricos entren en el Reino de los Cielos. Hay razones serias para pensar que el bienestar material de que disfrutan las clases medias y altas está detrás, al menos en parte, del proceso de descristianización que padece Occidente, al infundir en muchos individuos una falsa sensación de autosuficiencia que los aleja de Dios, y multiplicar las tentaciones. Ahora bien, las alternativas históricas al capitalismo, además de que (ellas sí) generan pobreza, tampoco se han caracterizado por acercar al hombre más a Dios, sino más bien exactamente lo contrario.
El mensaje cristiano se dirige en esencia a los individuos. Pensar que existe un modelo de sociedad tan bien organizada que en ella sería más fácil amar al prójimo, o incluso innecesario, es algo completamente ajeno al cristianismo. La responsabilidad individual no se puede externalizar en el "sistema". ¿Por qué entonces -pregunto de nuevo- la Iglesia, y en especial los papas, caen tan fácilmente en este equívoco?
Quizás sea porque se quiera contrarrestar la vieja acusación (tan insidiosa como todas las medias verdades) de connivencia de la jerarquía católica con los poderosos. Pero la reacción no puede ser más desafortunada. Haga los gestos que haga, la Iglesia jamás aplacará a sus enemigos, que sólo aplaudirían si el papa desmantelara el Vaticano, convirtiera los templos cristianos en locales sociales para los gays, lesbianas y transexuales y afirmara que no hace falta creer en Dios, si no se quiere. Así que no vale la pena hacer concesiones (siquiera sea terminológicas) a una opinión públicada que todo lo mide por la escala de valores "progresistas". La Iglesia, por el contrario, debe dejar bien claro que esa no es su escala, que su verdad tiene dos mil años y no vale desnaturalizarla adoptando expresiones cargadas de ideologías. Esto es lo que yo siento como católico que quiero que la Iglesia siga siendo lo que ha sido siempre, una referencia inamovible en medio de las opiniones cambiantes.
miércoles, 22 de mayo de 2013
La izquierda esnob
Según Manuel Vicent, la derecha española, "ante un cuadro de Picasso o de Miró sigue pensando que eso lo pinta mejor su niño de cinco años". Esta observación, cuya objetividad no entraré a discutir, nos sugiere por contraste un rasgo psicológico característico de lo que suele llamarse progresismo. Incluso aunque no definamos al progresista como persona culta y entendida en arte contemporáneo, habrá que convenir que aquella expresión tan popular ("mi niño de cinco años lo haría mejor") no nos encaja con su perfil. El progresista es un adorador de la Cultura, que se detendrá estudiadamente sus dos o tres buenos minutos ante el lienzo indescifrable, y hasta le dedicará algún reverente comentario, del tipo: "hay que ver qué cromatismo" o "cómo trabaja las texturas".
Esto puede extenderse a otros ámbitos, además del estético. Como cualquier hijo de vecino, el progresista preferirá tener un hijo al que le gusten las chicas o una hija que sienta atracción por los chicos; no que sean homosexuales: pero ni borracho lo admitirá, si es un progre comme il faut. Nos jurará que eso no le importaría lo más mínimo, "mientras sean felices"; que la cuestión es que cada cual elija su propia "opción", etc.
El progresista se deshará en elogios de la escuela pública, pero en cuanto pueda permitírselo, matriculará a esos hijos en un colegio privado, o incluso los enviará a Estados Unidos, al tiempo que profiere pestes del "imperialismo" y el "capitalismo salvaje", donde la gente se desangra ante la puerta del hospital si carece de seguro médico.
Condenará el progresista sin paliativos la liberalización del mercado de trabajo, pero si es empresario despedirá sin problemas a los empleados que no le resulten productivos. (Hay muchos empresarios de izquierdas, por si alguno -¿en qué mundo vive?- no se había enterado.)
Defenderá la inmigración y el "mestizaje", como le gusta llamar a las oleadas de extranjeros (muchos de los cuales vienen atraídos por los subsidios del estado del bienestar), pero casualmente vivirá, en muchos casos, en una urbanización de clase media-alta donde no se verán nunca en la calle grupos de señoras magrebíes empujando cochecitos de bebés y cubiertas de tela de la cabeza a los pies -ya sea en pleno mes de julio.
El progresista consciente se lee los editoriales de El País para saber qué hay que opinar preceptivamente, como algunos leen los programas de mano de los conciertos de música contemporánea ("concierto de silbato y aullidos para orquesta") para saber cuándo hay que aplaudir. Si toca cerrar los ojos ante el terrorismo de estado y llamar "sindicato del crimen" a los medios que informan de él, pues se cierran y se les llama. Si más tarde toca negociar con ETA y pronunciar la palabra Paz poniendo los ojos en blanco, pues se negocia, se la pronuncia y se ojiblanquea. Y todo con el mismo arrobamiento que aparentemente les produce la contemplación de un cuadro de Tàpies. Claro que lo peor es cuando te lo explican, y te hablan de "cromatismo" o de "mestizaje".
Esto puede extenderse a otros ámbitos, además del estético. Como cualquier hijo de vecino, el progresista preferirá tener un hijo al que le gusten las chicas o una hija que sienta atracción por los chicos; no que sean homosexuales: pero ni borracho lo admitirá, si es un progre comme il faut. Nos jurará que eso no le importaría lo más mínimo, "mientras sean felices"; que la cuestión es que cada cual elija su propia "opción", etc.
El progresista se deshará en elogios de la escuela pública, pero en cuanto pueda permitírselo, matriculará a esos hijos en un colegio privado, o incluso los enviará a Estados Unidos, al tiempo que profiere pestes del "imperialismo" y el "capitalismo salvaje", donde la gente se desangra ante la puerta del hospital si carece de seguro médico.
Condenará el progresista sin paliativos la liberalización del mercado de trabajo, pero si es empresario despedirá sin problemas a los empleados que no le resulten productivos. (Hay muchos empresarios de izquierdas, por si alguno -¿en qué mundo vive?- no se había enterado.)
Defenderá la inmigración y el "mestizaje", como le gusta llamar a las oleadas de extranjeros (muchos de los cuales vienen atraídos por los subsidios del estado del bienestar), pero casualmente vivirá, en muchos casos, en una urbanización de clase media-alta donde no se verán nunca en la calle grupos de señoras magrebíes empujando cochecitos de bebés y cubiertas de tela de la cabeza a los pies -ya sea en pleno mes de julio.
El progresista consciente se lee los editoriales de El País para saber qué hay que opinar preceptivamente, como algunos leen los programas de mano de los conciertos de música contemporánea ("concierto de silbato y aullidos para orquesta") para saber cuándo hay que aplaudir. Si toca cerrar los ojos ante el terrorismo de estado y llamar "sindicato del crimen" a los medios que informan de él, pues se cierran y se les llama. Si más tarde toca negociar con ETA y pronunciar la palabra Paz poniendo los ojos en blanco, pues se negocia, se la pronuncia y se ojiblanquea. Y todo con el mismo arrobamiento que aparentemente les produce la contemplación de un cuadro de Tàpies. Claro que lo peor es cuando te lo explican, y te hablan de "cromatismo" o de "mestizaje".
sábado, 18 de mayo de 2013
Jugar con la vida humana
Cada vez que salta la noticia de un éxito científico que nos acerca más a la clonación de seres humanos plenamente desarrollados, se repite la misma estrategia desde determinados sectores periodísticos e intelectuales. Por un lado, se ponen por delante los supuestos fines terapéuticos, sugiriendo un futuro prometedor en el que se curará una gran variedad de enfermedades y se salvarán numerosas vidas, gracias a las células madres embrionarias. Por otro lado, se niega que las investigaciones en cuestión conduzcan hacia la clonación humana viable, debido a los obstáculos tanto técnicos como legales que habría que superar.
El objetivo es presentar bajo un aspecto impopular y ridículo a quienes formulen escrúpulos éticos contra los avances científicos que juegan a manipular la naturaleza humana, al menos mientras la opinión pública no esté lo suficientemente "preparada" para aceptar todas sus implicaciones y los cambios legislativos que se requieran. ¿Qué clase de fanáticos religiosos podrían oponerse a que se salven vidas humanas? ¿Quién puede ser tan ignorante como para pretender que estamos cerca de crear un "hitlerito", como en la película Los niños del Brasil?
Estas preguntas retóricas se basan en el engañoso concepto de clonación humana terapéutica, por contraposición a la clonación reproductiva. En realidad, lo único que diferencia la una de la otra es que en la primera se clona un embrión (a fin de cuentas, un ser humano) que es destruido a los pocos días para obtener sus células madres, mientras que en la segunda, se implanta ese embrión en un útero y se le permite desarrollarse. Esto se ha logrado hace tiempo en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly) y, si se permite progresar en esta línea de investigación, se logrará en seres humanos, tarde o temprano.
Por supuesto, la mayoría de la gente ve por el momento con inquietud la "producción" de seres humanos. Cualquier persona cuyas intuiciones morales no estén oscurecidas por consideraciones ideológicas (meros eslóganes aprendidos, generalmente) desaprobará que unos seres humanos decidan las características genéticas de otros. También son muchos quienes no pueden dejar de experimentar recelos ante la posibilidad de una forma de reproducción humana asexual, en la cual no se requiere el concurso de los gametos masculinos.
Sin embargo, no son menos quienes se dejan seducir por el chantaje emocional de las promesas terapéuticas. Esta actitud obedece fundamentalmente a la ignorancia y a que la propaganda en favor del aborto ya ha hecho gran parte del trabajo sucio ideológico. Así como se justifica la negociación con terroristas en nombre de la "paz", quienes piden carta blanca para producir y destruir embriones humanos sugieren que se trata del único camino para el avance de la ciencia. Pero esto es falso. Al igual que en la lucha contra el terrorismo la acción policial se ha revelado como la más efectiva, en la lucha contra la enfermedad, los resultados más tangibles y abundantes no provienen de los experimentos con embriones humanos, sino de las líneas de investigación que trabajan con células madre adultas, las germinales, las procedentes de cordones umbilicales y la clonación de animales transgénicos.
Por supuesto, quien aprueba el aborto, incluso de seres humanos en edad fetal, no verá problema en cargarse un embrión de menos de una semana, el blastocisto que algunos definen con brutal ligereza como "una especie de pelota de células". Pero esta pelota tiene la asombrosa capacidad de convertirse por sí sola, en el entorno uterino, en un bebé. (También los humanos adultos necesitamos un entorno adecuado para vivir.) Sus células no constituyen una masa amorfa, sino que se hallan perfectamente organizadas y coordinadas no sólo para duplicarse, sino para diferenciarse formando todos los tejidos que constituyen a un feto, un niño, un adulto. Como señalan Mónica López y Salvador Antuñano, también "el embrión, el niño de un año o de ocho, el joven de 20 y el anciano de 90 años son cúmulos de células; unos de más y otros de menos células, pero todos ellos pertenecen a la especie humana." (La clonación humana, Ariel, Barcelona, 2002, pág. 26.)
Los experimentos con embriones humanos son una aberración moral. Y los resultados obtenidos por científicos de Oregón, saludados con indisimulado entusiasmo por gran parte de los medios, no son más que eso: experimentos que se pretenden justificar con especulativas aplicaciones médicas en un futuro impreciso. Una vez la opinión pública haya sido "trabajada" suficientemente (recuerden lo que se llegó a decir de Bush por restringir el uso de fondos públicos para investigar con células madre embrionarias), no duden que el siguiente paso será vendernos la clonación reproductiva. Y también se emplearán "argumentos" emocionales, presentando, por ejemplo, casos dramáticos de padres desquiciados por el dolor (y mal aconsejados) que querrán "resucitar" a un hijo muerto, clonándolo a partir de una de sus células.
Si la vida es un don sagrado, no podemos jugar con ella, y mucho menos destruirla. Pero si no lo es, todo está permitido. Algunos lo han comprendido demasiado bien, pero se cuidarán de manifestar tanta franqueza ante una opinión pública a la que van conquistando paso a paso, de manera gradual pero constante.
El objetivo es presentar bajo un aspecto impopular y ridículo a quienes formulen escrúpulos éticos contra los avances científicos que juegan a manipular la naturaleza humana, al menos mientras la opinión pública no esté lo suficientemente "preparada" para aceptar todas sus implicaciones y los cambios legislativos que se requieran. ¿Qué clase de fanáticos religiosos podrían oponerse a que se salven vidas humanas? ¿Quién puede ser tan ignorante como para pretender que estamos cerca de crear un "hitlerito", como en la película Los niños del Brasil?
Estas preguntas retóricas se basan en el engañoso concepto de clonación humana terapéutica, por contraposición a la clonación reproductiva. En realidad, lo único que diferencia la una de la otra es que en la primera se clona un embrión (a fin de cuentas, un ser humano) que es destruido a los pocos días para obtener sus células madres, mientras que en la segunda, se implanta ese embrión en un útero y se le permite desarrollarse. Esto se ha logrado hace tiempo en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly) y, si se permite progresar en esta línea de investigación, se logrará en seres humanos, tarde o temprano.
Por supuesto, la mayoría de la gente ve por el momento con inquietud la "producción" de seres humanos. Cualquier persona cuyas intuiciones morales no estén oscurecidas por consideraciones ideológicas (meros eslóganes aprendidos, generalmente) desaprobará que unos seres humanos decidan las características genéticas de otros. También son muchos quienes no pueden dejar de experimentar recelos ante la posibilidad de una forma de reproducción humana asexual, en la cual no se requiere el concurso de los gametos masculinos.
Sin embargo, no son menos quienes se dejan seducir por el chantaje emocional de las promesas terapéuticas. Esta actitud obedece fundamentalmente a la ignorancia y a que la propaganda en favor del aborto ya ha hecho gran parte del trabajo sucio ideológico. Así como se justifica la negociación con terroristas en nombre de la "paz", quienes piden carta blanca para producir y destruir embriones humanos sugieren que se trata del único camino para el avance de la ciencia. Pero esto es falso. Al igual que en la lucha contra el terrorismo la acción policial se ha revelado como la más efectiva, en la lucha contra la enfermedad, los resultados más tangibles y abundantes no provienen de los experimentos con embriones humanos, sino de las líneas de investigación que trabajan con células madre adultas, las germinales, las procedentes de cordones umbilicales y la clonación de animales transgénicos.
Por supuesto, quien aprueba el aborto, incluso de seres humanos en edad fetal, no verá problema en cargarse un embrión de menos de una semana, el blastocisto que algunos definen con brutal ligereza como "una especie de pelota de células". Pero esta pelota tiene la asombrosa capacidad de convertirse por sí sola, en el entorno uterino, en un bebé. (También los humanos adultos necesitamos un entorno adecuado para vivir.) Sus células no constituyen una masa amorfa, sino que se hallan perfectamente organizadas y coordinadas no sólo para duplicarse, sino para diferenciarse formando todos los tejidos que constituyen a un feto, un niño, un adulto. Como señalan Mónica López y Salvador Antuñano, también "el embrión, el niño de un año o de ocho, el joven de 20 y el anciano de 90 años son cúmulos de células; unos de más y otros de menos células, pero todos ellos pertenecen a la especie humana." (La clonación humana, Ariel, Barcelona, 2002, pág. 26.)
Los experimentos con embriones humanos son una aberración moral. Y los resultados obtenidos por científicos de Oregón, saludados con indisimulado entusiasmo por gran parte de los medios, no son más que eso: experimentos que se pretenden justificar con especulativas aplicaciones médicas en un futuro impreciso. Una vez la opinión pública haya sido "trabajada" suficientemente (recuerden lo que se llegó a decir de Bush por restringir el uso de fondos públicos para investigar con células madre embrionarias), no duden que el siguiente paso será vendernos la clonación reproductiva. Y también se emplearán "argumentos" emocionales, presentando, por ejemplo, casos dramáticos de padres desquiciados por el dolor (y mal aconsejados) que querrán "resucitar" a un hijo muerto, clonándolo a partir de una de sus células.
Si la vida es un don sagrado, no podemos jugar con ella, y mucho menos destruirla. Pero si no lo es, todo está permitido. Algunos lo han comprendido demasiado bien, pero se cuidarán de manifestar tanta franqueza ante una opinión pública a la que van conquistando paso a paso, de manera gradual pero constante.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Equidistancia injusta
Nadia Eweida, la cristiana copta que hace siete años fue despedida de British Airways por llevar un pequeño crucifijo colgado del cuello, ha sido premiada por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, por su contribución a la libertad religiosa.
El veterano periodista Antoni Coll, en su columna diaria del Diari de Tarragona, se hace eco de esta noticia y, rememorando el papel de aquella fundación en la resistencia contra el comunismo, concluye su escrito con esta frase: "También el capitalismo necesita ejemplos de resistencia."
¿Fue el sistema capitalista la causa de que algún estúpido directivo de una empresa despidiera a una trabajadora por llevar un crucifijo? Me pregunto también si el capitalismo es la causa de las leyes a favor del aborto y del matrimonio gay. ¿Son los manifestantes provida resistentes contra el capitalismo?
El Tribunal de Estrasburgo obligó a British Airways, a principios de año, a indemnizar a Nadia. No es que las instituciones europeas se caractericen por su esmerada protección del legado cristiano de Europa, pero ¿se imaginan a un tribunal soviético fallando a favor de una empleada, despedida por razones ideológicas?
En nombre del marxismo fueron asesinados y perseguidos muchos miles de cristianos en el siglo XX. El próximo 13 de octubre, medio millar de ellos serán beatificados en Tarragona. Sospecho que quienes criticarán esta ceremonia, así como aquellos que se oponen a la presencia de simbología cristiana en el espacio público, en gran parte son también simpatizantes del socialismo, sea en su variante socialdemócrata o en otras más extremistas.
Puede que el bienestar sea una de las causas del proceso de descristianización de Occidente. Jesús dijo que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el cielo. Y no hay duda de que en el capitalismo la gente es mucho más rica que en cualquier otro modelo social. Pero esto es, en cualquier caso, algo muy distinto de perseguir a las personas por sus creencias.
Si algo como lo que ocurrió en España en 1936 se llegara a repetir en Occidente, no sería debido a la economía de mercado, sino a la acción de gobiernos u organizaciones que no tienen nada que ver con el mercado libre, cuando no son abiertamente hostiles a él. Poner al capitalismo al mismo nivel del comunismo no sólo es hacerle un inmerecido favor al segundo: es una forma de espectacular ceguera para reconocer a los auténticos enemigos.
El veterano periodista Antoni Coll, en su columna diaria del Diari de Tarragona, se hace eco de esta noticia y, rememorando el papel de aquella fundación en la resistencia contra el comunismo, concluye su escrito con esta frase: "También el capitalismo necesita ejemplos de resistencia."
¿Fue el sistema capitalista la causa de que algún estúpido directivo de una empresa despidiera a una trabajadora por llevar un crucifijo? Me pregunto también si el capitalismo es la causa de las leyes a favor del aborto y del matrimonio gay. ¿Son los manifestantes provida resistentes contra el capitalismo?
El Tribunal de Estrasburgo obligó a British Airways, a principios de año, a indemnizar a Nadia. No es que las instituciones europeas se caractericen por su esmerada protección del legado cristiano de Europa, pero ¿se imaginan a un tribunal soviético fallando a favor de una empleada, despedida por razones ideológicas?
En nombre del marxismo fueron asesinados y perseguidos muchos miles de cristianos en el siglo XX. El próximo 13 de octubre, medio millar de ellos serán beatificados en Tarragona. Sospecho que quienes criticarán esta ceremonia, así como aquellos que se oponen a la presencia de simbología cristiana en el espacio público, en gran parte son también simpatizantes del socialismo, sea en su variante socialdemócrata o en otras más extremistas.
Puede que el bienestar sea una de las causas del proceso de descristianización de Occidente. Jesús dijo que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el cielo. Y no hay duda de que en el capitalismo la gente es mucho más rica que en cualquier otro modelo social. Pero esto es, en cualquier caso, algo muy distinto de perseguir a las personas por sus creencias.
Si algo como lo que ocurrió en España en 1936 se llegara a repetir en Occidente, no sería debido a la economía de mercado, sino a la acción de gobiernos u organizaciones que no tienen nada que ver con el mercado libre, cuando no son abiertamente hostiles a él. Poner al capitalismo al mismo nivel del comunismo no sólo es hacerle un inmerecido favor al segundo: es una forma de espectacular ceguera para reconocer a los auténticos enemigos.
sábado, 11 de mayo de 2013
Qué es ser liberal para mí
No esperen una reflexión muy original. Para mí el liberalismo es defender unos derechos humanos básicos: el derecho a la vida, a la propiedad, a la libertad de expresión, a la libre circulación... Pero si defender el aborto, el matrimonio gay, la legalización del tráfico de drogas, los vientres de alquiler, el tráfico legal de órganos, etc, es ser liberal, entonces no soy liberal en absoluto. No discutiré por etiquetas, aunque tampoco renunciaré a emplearlas como a mí me parezca. Mi liberalismo se basa en ciertas creencias sobre la naturaleza humana y su filiación trascendente. No se basa en una idea abstracta de la liberté como principio supremo. Creo que defender los derechos humanos, el mercado libre y la libertad religiosa nos da para un buen rato de entretenimiento. Lo demás son ganas de hacerle el juego al socialprogresismo que sólo se acuerda del liberalismo para atacar al cristianismo en general y a la Iglesia católica en particular, con el fin de imponer sus ideas prometeicas de ingeniería social.
Nada me parece más groseramente simplista que la distinción entre "libertades de cintura para abajo" y "libertades de cintura para arriba", como si hubiera liberales a pensión completa y a media pensión, en función de su posición ante un tipo u otro de libertades. El liberalismo, desde que esta palabra existe, ha defendido la limitación del poder político. Para ello, la moralidad es un aliado indispensable, no el enemigo. Si atacamos los "prejuicios" morales, nos privamos de algunos criterios muy útiles para evaluar a los gobernantes. En Europa tendemos a reírnos con nuestro habitual complejo de superioridad de esos políticos de Estados Unidos que dimiten porque han cometido una infidelidad conyugal. Nosotros somos más sofisticados, y sabemos separar -decimos- la vida privada de la pública. Es decir, nos importa un pimiento la moralidad de los gobernantes, mientras no les descubramos con las manos en la masa del erario público, cuando el daño ya está hecho. En cambio, aceptamos que ellos nos den lecciones éticas (no ejemplos) de todo tipo. Mal negocio. Quien engaña a su cónyuge, ¿por qué no va a intentar engañar a los ciudadanos?
Es más cómodo, sin duda, no ser demasiado exigentes con los gobernantes, porque así no tenemos por que ser tan exigentes con nosotros mismos. Y bien que han comprendido esto los primeros. Por eso nos "conceden" todo tipo de mal llamadas libertades: al aborto, al matrimonio gay, a drogarnos, a "decidir sobre nuestro propio cuerpo". Pero no son concesiones gratuitas, sino que nos las cobran, vaya si lo hacen. Por cada batalla ganada contra un "prejuicio" moral, surgen diez nuevas regulaciones, diez nuevos funcionarios, un nuevo departamento burocrático, destinado a asegurar la nueva "conquista social". Por cada minoría que ve reivindicados sus caprichos, una gran mayoría descubre de repente que debe expresarse con cuidado para no ser acusada de "homofobia" o de cualquier otro nuevo delito que nuestros amados legisladores tengan a bien inventar, para proteger su particular concepto de "libertades".
La libertad se basa en el respeto a la ley, que es lo contrario de la arbitrariedad del déspota. Pero unas leyes que están totalmente sometidas a la evolución de la opinión pública (o de quienes influyen en ella) acaban mereciendo muy poco respeto. Esto no significa que no puedan existir leyes injustas, sino precisamente lo contrario. El incesante activismo legislador y judicial es una fuente envenenada de leyes injustas, y no hay más remedio que intentar abolirlas o reformarlas. Pero el objetivo último debe ser tender a la mayor estabilidad jurídica posible, al menos en los principios fundamentales. No somos más libres porque se reduzca el número de tipos delictivos, sino porque no esté sujeto a variaciones imprevisibles. Libre es quien puede prever las consecuencias de sus actos, de manera que pueda limitarse a sí mismo sin necesidad de coacción del poder público.
Para ello, el individuo necesita esa capacidad de autocontrol, que no es más que una cierta interiorización de normas morales, la cual hace en gran medida superflua la intervención de la autoridad. Dicho de otro modo, toda relajación del autocontrol producido por el constante cuestionamiento ideológico de la moral recibida (y no una mera crítica serena y alejada de agitaciones propagandísticas) tendrá el efecto de que sea necesaria más represión estatal para mantener el orden civilizado. Un ejemplo evidente es la violencia doméstica, que sólo puede aumentar a medida que se relativiza la familia natural, lo que a su vez requiere leyes más represivas. Y no es casual que gran parte de la legislación "progresista" gire en torno a la destrucción de la institución familiar, tal como se ha venido conformando durante siglos. Pues es en el seno de la familia donde se ha venido produciendo tradicionalmente el proceso de interiorización de la moral que nos convierte en seres más responsables y, por tanto, autónomos. Al interferir en dicho proceso, los poderes públicos tienden a disolver los vínculos más fuertes entre los individuos (con el pretexto falaz de proteger "otros modelos de familia", mucho más precarios e inestables), y se aprestan a sustituirlos.
Los ataques a la familia, la moral y la religión se realizan siempre en nombre de la libertad, pero ella es su principal víctima. Tampoco es casual que estos ataques sean perpetrados, casi siempre, por los mismos que desprecian las libertades económicas y la propiedad privada, lo que ellos llaman el "capitalismo salvaje". Nada ayuda más a estos déspotas, o aprendices de déspotas, que la división entre quienes defienden la moral judeocristiana y quienes defienden el mercado libre, como si fueran cosas incompatibles, y su suerte no estuviera inextricablemente ligada.
Nada me parece más groseramente simplista que la distinción entre "libertades de cintura para abajo" y "libertades de cintura para arriba", como si hubiera liberales a pensión completa y a media pensión, en función de su posición ante un tipo u otro de libertades. El liberalismo, desde que esta palabra existe, ha defendido la limitación del poder político. Para ello, la moralidad es un aliado indispensable, no el enemigo. Si atacamos los "prejuicios" morales, nos privamos de algunos criterios muy útiles para evaluar a los gobernantes. En Europa tendemos a reírnos con nuestro habitual complejo de superioridad de esos políticos de Estados Unidos que dimiten porque han cometido una infidelidad conyugal. Nosotros somos más sofisticados, y sabemos separar -decimos- la vida privada de la pública. Es decir, nos importa un pimiento la moralidad de los gobernantes, mientras no les descubramos con las manos en la masa del erario público, cuando el daño ya está hecho. En cambio, aceptamos que ellos nos den lecciones éticas (no ejemplos) de todo tipo. Mal negocio. Quien engaña a su cónyuge, ¿por qué no va a intentar engañar a los ciudadanos?
Es más cómodo, sin duda, no ser demasiado exigentes con los gobernantes, porque así no tenemos por que ser tan exigentes con nosotros mismos. Y bien que han comprendido esto los primeros. Por eso nos "conceden" todo tipo de mal llamadas libertades: al aborto, al matrimonio gay, a drogarnos, a "decidir sobre nuestro propio cuerpo". Pero no son concesiones gratuitas, sino que nos las cobran, vaya si lo hacen. Por cada batalla ganada contra un "prejuicio" moral, surgen diez nuevas regulaciones, diez nuevos funcionarios, un nuevo departamento burocrático, destinado a asegurar la nueva "conquista social". Por cada minoría que ve reivindicados sus caprichos, una gran mayoría descubre de repente que debe expresarse con cuidado para no ser acusada de "homofobia" o de cualquier otro nuevo delito que nuestros amados legisladores tengan a bien inventar, para proteger su particular concepto de "libertades".
La libertad se basa en el respeto a la ley, que es lo contrario de la arbitrariedad del déspota. Pero unas leyes que están totalmente sometidas a la evolución de la opinión pública (o de quienes influyen en ella) acaban mereciendo muy poco respeto. Esto no significa que no puedan existir leyes injustas, sino precisamente lo contrario. El incesante activismo legislador y judicial es una fuente envenenada de leyes injustas, y no hay más remedio que intentar abolirlas o reformarlas. Pero el objetivo último debe ser tender a la mayor estabilidad jurídica posible, al menos en los principios fundamentales. No somos más libres porque se reduzca el número de tipos delictivos, sino porque no esté sujeto a variaciones imprevisibles. Libre es quien puede prever las consecuencias de sus actos, de manera que pueda limitarse a sí mismo sin necesidad de coacción del poder público.
Para ello, el individuo necesita esa capacidad de autocontrol, que no es más que una cierta interiorización de normas morales, la cual hace en gran medida superflua la intervención de la autoridad. Dicho de otro modo, toda relajación del autocontrol producido por el constante cuestionamiento ideológico de la moral recibida (y no una mera crítica serena y alejada de agitaciones propagandísticas) tendrá el efecto de que sea necesaria más represión estatal para mantener el orden civilizado. Un ejemplo evidente es la violencia doméstica, que sólo puede aumentar a medida que se relativiza la familia natural, lo que a su vez requiere leyes más represivas. Y no es casual que gran parte de la legislación "progresista" gire en torno a la destrucción de la institución familiar, tal como se ha venido conformando durante siglos. Pues es en el seno de la familia donde se ha venido produciendo tradicionalmente el proceso de interiorización de la moral que nos convierte en seres más responsables y, por tanto, autónomos. Al interferir en dicho proceso, los poderes públicos tienden a disolver los vínculos más fuertes entre los individuos (con el pretexto falaz de proteger "otros modelos de familia", mucho más precarios e inestables), y se aprestan a sustituirlos.
Los ataques a la familia, la moral y la religión se realizan siempre en nombre de la libertad, pero ella es su principal víctima. Tampoco es casual que estos ataques sean perpetrados, casi siempre, por los mismos que desprecian las libertades económicas y la propiedad privada, lo que ellos llaman el "capitalismo salvaje". Nada ayuda más a estos déspotas, o aprendices de déspotas, que la división entre quienes defienden la moral judeocristiana y quienes defienden el mercado libre, como si fueran cosas incompatibles, y su suerte no estuviera inextricablemente ligada.
Vientres de alquiler y dignidad humana
En la entrada anterior he criticado la idea del vientre de alquiler, a propósito de un artículo de Juan Ramón Rallo, por considerarla contraria a la dignidad humana.
Daniel Rodríguez Herrera, lúcido y certero casi siempre (y no es coba), me ha replicado en dos comentarios suyos, con los siguientes argumentos:
1) Hablar de "dignidad humana" se reduce en última instancia a "esto me parece mal", sin aclarar por qué.
2) Cualquier método que contribuya a frenar el preocupante descenso de la natalidad debe ser bien visto.
3) Es mejor nacer que no nacer, por tanto es mejor nacer en un vientre de alquiler que en ninguno.
Los examino en orden inverso.
El tercer argumento sugiere que quien está en contra de los vientres de alquiler está a favor de que no nazcan ciertos niños. Esto es como decir que quien está en contra del robo, prefiere que los hambrientos se mueran antes de robar pan. Evidentemente, yo no pretendo que determinados niños no deban nacer; afirmo que es mejor nacer en unas condiciones que en otras.
El segundo argumento presupone que los vientres de alquiler contribuyen a aumentar la natalidad. Esto, sin que concurran otros factores, es sencillamente ilógico. Para que nazcan niños, hoy por hoy se necesitan mujeres fértiles. No pueden nacer más niños de los que permiten los úteros existentes, sean subrogados o no. A no ser que las mujeres opten por quedarse embarazadas más veces (sea para tener sus propios hijos, o los de otros), el resultado neto es un ejemplo de suma cero. Lo que aumentaría la natalidad sería que hubiera más mujeres que quieran ser madres o tener más hijos (méthode traditionnelle), o que existieran úteros artificiales.
Ahora bien, ¿vale todo con tal de aumentar la natalidad? Mi opinión es que no, que producir bebés en serie como en la novela de Aldous Huxley sería una pesadilla, porque atentaría contra... la dignidad humana. Lo que nos lleva al primer argumento de DRH. Pero antes quiero intercalar una reflexión.
La grave decadencia de la natalidad que padecen la mayoría de países desarrollados puede empujarnos (me temo), en cuanto la opinión pública cobre consciencia de ella (por ahora no lo ha hecho), hacia "la alternativa del diablo", si me permitís jugar con el título de un viejo best-seller de Forsyth. Me refiero a la externalización estatal de la reproducción humana. Muchos preferirán eso antes que rehabilitar las concepciones tradicionales sobre la familia y la maternidad. Y una aberración semejante sólo llegaría a implantarse por pasos graduales, aparentemente inofensivos, que serán saludados como "avances médicos" por gentes bienintencionadas. Subrogar la gestación me parece uno de esos pasos.
Y voy ya al primer y principal argumento de DRH contra mi posición. ¿Qué es la dignidad humana? Creo que todos lo sabemos, aunque sea tan difícil definirla. Es aquello, por ejemplo, por lo cual los provida conscientes defendemos que la vida humana debe ser protegida desde la fecundación. Porque si el motivo de ello no es la dignidad del ser humano, ¿cuál es? ¿Que en el cigoto ya se encuentra el genotipo del adulto sujeto de derechos? Desafío a cualquiera a que extraiga una prescripción moral de un mero hecho biofísico. La dignidad humana es también aquello que nos prohíbe esclavizar a los seres humanos. ¿Hay algún otro argumento? Hablar de la unidad genética de la especie humana, como del genotipo del cigoto, no sirve de nada por sí solo. Toda ética es palabrería, si sólo ha de basarse en consideraciones sobre la estructura molecular.
Podemos negar que los vientres subrogados sean asunto que afecte a la dignidad humana. Pero lo mismo se puede decir en el caso del aborto. ¿Diremos que los provida que aluden explícitamente al argumento de la dignidad del nonato se limitan a decir "esto me parece mal", que su posición es meramente sentimental? ¿Es que hay otros argumentos realmente mejores? Dígaseme cuáles son, y los refutaré. Lo único que no puedo refutar es la dignidad del hombre, porque se trata de algo previo a cualquier argumentación racional.
Se me podrá acusar de hacer de la dignidad humana una cuestión de fe. Pues se trataría de una acusación totalmente justa, porque es esto exactamente lo que sostengo. (Por supuesto, fe y razón no viven aisladas: se necesitan mutuamente.) Sé que de esta manera no convenceré, al menos en principio, a quien no esté ya convencido. Y sé que blandir la fe no ayuda a que los agnósticos y ateos se sumen al movimiento provida, no digamos ya a mis recelos contra determinadas técnicas biomédicas. Quizás debería optar por un cierto tacticismo, y sostener, como hacen muchos, incluidos creyentes, que existen sobrados argumentos "laicos" para oponerse al aborto. Pero es que yo no lo creo, yo no conozco esos argumentos, y los que conozco me parecen defectuosos, literalmente: les falta algo. Pueden ayudar a vislumbrar la verdad, pero no la enuncian.
Lo que sé es que cuando los creyentes tratamos de disimular el carácter trascendente de nuestros principios morales, para "tener la fiesta en paz", nos estamos equivocando. Quizás sumaremos mayor participación en la próxima manifestación contra el aborto, pero a costa de oscurecer vergonzantemente la verdad, y a costa de que muchas personas no tengan opiniones sólidamente fundadas, y terminen a la larga cediendo a la presión ambiental, que es tremenda.
La posibilidad de los vientres de alquiler no me parece ni de lejos tan grave como la triste realidad cotidiana del aborto. Pero lo que tengo claro es que no puede tratarse como una cuestión meramente económica o científica, como una cuestión ante la cual cabe una posición "neutral" (al igual que muchos ven las leyes abortistas), y que cada cual haga lo que quiera en conformidad con sus creencias. Esto no es liberalismo, sino relativismo. Posiblemente los vientres de alquiler acabarán legalizándose en muchos países. Y yo seguiré pensando lo mismo que la Iglesia católica:
"Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo del útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio." (Catecismo de la Iglesia Católica, 2012, párrafo 2376.)
Daniel Rodríguez Herrera, lúcido y certero casi siempre (y no es coba), me ha replicado en dos comentarios suyos, con los siguientes argumentos:
1) Hablar de "dignidad humana" se reduce en última instancia a "esto me parece mal", sin aclarar por qué.
2) Cualquier método que contribuya a frenar el preocupante descenso de la natalidad debe ser bien visto.
3) Es mejor nacer que no nacer, por tanto es mejor nacer en un vientre de alquiler que en ninguno.
Los examino en orden inverso.
El tercer argumento sugiere que quien está en contra de los vientres de alquiler está a favor de que no nazcan ciertos niños. Esto es como decir que quien está en contra del robo, prefiere que los hambrientos se mueran antes de robar pan. Evidentemente, yo no pretendo que determinados niños no deban nacer; afirmo que es mejor nacer en unas condiciones que en otras.
El segundo argumento presupone que los vientres de alquiler contribuyen a aumentar la natalidad. Esto, sin que concurran otros factores, es sencillamente ilógico. Para que nazcan niños, hoy por hoy se necesitan mujeres fértiles. No pueden nacer más niños de los que permiten los úteros existentes, sean subrogados o no. A no ser que las mujeres opten por quedarse embarazadas más veces (sea para tener sus propios hijos, o los de otros), el resultado neto es un ejemplo de suma cero. Lo que aumentaría la natalidad sería que hubiera más mujeres que quieran ser madres o tener más hijos (méthode traditionnelle), o que existieran úteros artificiales.
Ahora bien, ¿vale todo con tal de aumentar la natalidad? Mi opinión es que no, que producir bebés en serie como en la novela de Aldous Huxley sería una pesadilla, porque atentaría contra... la dignidad humana. Lo que nos lleva al primer argumento de DRH. Pero antes quiero intercalar una reflexión.
La grave decadencia de la natalidad que padecen la mayoría de países desarrollados puede empujarnos (me temo), en cuanto la opinión pública cobre consciencia de ella (por ahora no lo ha hecho), hacia "la alternativa del diablo", si me permitís jugar con el título de un viejo best-seller de Forsyth. Me refiero a la externalización estatal de la reproducción humana. Muchos preferirán eso antes que rehabilitar las concepciones tradicionales sobre la familia y la maternidad. Y una aberración semejante sólo llegaría a implantarse por pasos graduales, aparentemente inofensivos, que serán saludados como "avances médicos" por gentes bienintencionadas. Subrogar la gestación me parece uno de esos pasos.
Y voy ya al primer y principal argumento de DRH contra mi posición. ¿Qué es la dignidad humana? Creo que todos lo sabemos, aunque sea tan difícil definirla. Es aquello, por ejemplo, por lo cual los provida conscientes defendemos que la vida humana debe ser protegida desde la fecundación. Porque si el motivo de ello no es la dignidad del ser humano, ¿cuál es? ¿Que en el cigoto ya se encuentra el genotipo del adulto sujeto de derechos? Desafío a cualquiera a que extraiga una prescripción moral de un mero hecho biofísico. La dignidad humana es también aquello que nos prohíbe esclavizar a los seres humanos. ¿Hay algún otro argumento? Hablar de la unidad genética de la especie humana, como del genotipo del cigoto, no sirve de nada por sí solo. Toda ética es palabrería, si sólo ha de basarse en consideraciones sobre la estructura molecular.
Podemos negar que los vientres subrogados sean asunto que afecte a la dignidad humana. Pero lo mismo se puede decir en el caso del aborto. ¿Diremos que los provida que aluden explícitamente al argumento de la dignidad del nonato se limitan a decir "esto me parece mal", que su posición es meramente sentimental? ¿Es que hay otros argumentos realmente mejores? Dígaseme cuáles son, y los refutaré. Lo único que no puedo refutar es la dignidad del hombre, porque se trata de algo previo a cualquier argumentación racional.
Se me podrá acusar de hacer de la dignidad humana una cuestión de fe. Pues se trataría de una acusación totalmente justa, porque es esto exactamente lo que sostengo. (Por supuesto, fe y razón no viven aisladas: se necesitan mutuamente.) Sé que de esta manera no convenceré, al menos en principio, a quien no esté ya convencido. Y sé que blandir la fe no ayuda a que los agnósticos y ateos se sumen al movimiento provida, no digamos ya a mis recelos contra determinadas técnicas biomédicas. Quizás debería optar por un cierto tacticismo, y sostener, como hacen muchos, incluidos creyentes, que existen sobrados argumentos "laicos" para oponerse al aborto. Pero es que yo no lo creo, yo no conozco esos argumentos, y los que conozco me parecen defectuosos, literalmente: les falta algo. Pueden ayudar a vislumbrar la verdad, pero no la enuncian.
Lo que sé es que cuando los creyentes tratamos de disimular el carácter trascendente de nuestros principios morales, para "tener la fiesta en paz", nos estamos equivocando. Quizás sumaremos mayor participación en la próxima manifestación contra el aborto, pero a costa de oscurecer vergonzantemente la verdad, y a costa de que muchas personas no tengan opiniones sólidamente fundadas, y terminen a la larga cediendo a la presión ambiental, que es tremenda.
La posibilidad de los vientres de alquiler no me parece ni de lejos tan grave como la triste realidad cotidiana del aborto. Pero lo que tengo claro es que no puede tratarse como una cuestión meramente económica o científica, como una cuestión ante la cual cabe una posición "neutral" (al igual que muchos ven las leyes abortistas), y que cada cual haga lo que quiera en conformidad con sus creencias. Esto no es liberalismo, sino relativismo. Posiblemente los vientres de alquiler acabarán legalizándose en muchos países. Y yo seguiré pensando lo mismo que la Iglesia católica:
"Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo del útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio." (Catecismo de la Iglesia Católica, 2012, párrafo 2376.)
jueves, 9 de mayo de 2013
Los sueños de la lógica
Un razonamiento aparentemente lógico puede jugarnos a veces malas pasadas. Daré tres ejemplos.
Uno. Arcadi Espada ha sugerido en su blog que la diputada Beatriz Escudero podría ser acusada de crimen contra la humanidad por criticar el aborto eugenésico (sic). Para el señor Espada, permitir que nazcan "hijos tontos, enfermos y peores" (sic) constituye un "particular diseño eugenésico". Pero eugenesia significa precisamente seleccionar el nacimiento de los "mejores", es decir, eliminar lisa y llanamente a los que no cumplen determinados criterios. La señora Escudero no propone eliminar a nadie, sino exactamente lo contrario. Es Arcadi Espada quien se muestra partidario de la doctrina de la eliminación. O bien flojea de etimologías, o bien de lógica.
Dos. Otra particular forma de lógica es la empleada por Luis I. Gómez en la entrada de su blog titulada "Aborto sí. Aborto no?" Según él, lo esencial no es la definición de ser humano, sino si A (el legislador) puede obligar a B (la madre) a destinar sus propios recursos fisiológicos y económicos al mantenimiento de C (el hijo que se está gestando en su vientre). Su respuesta es negativa. Pero de lo que no parece percatarse Luis es que, con ese argumento triunfalmente libertario, puede justificarse también el infanticidio de recién nacidos, y de niños hasta una edad que habría que determinar. Del "fuera de mi útero" al "fuera de mi bañera (donde puedo ahogar a mi bebé si me place)", no hay más que un paso estrictamente lógico, si es que de ser lógicos se trata.
En una sociedad perfectamente ácrata no habría coacción legal, esto es, no sería perseguible de oficio ni el aborto ni ningún otro crimen. Pero si admitimos (como hago yo) que alguna coacción legal es inevitable, la única cuestión que no podemos escamotear es precisamente esta: quién es un ser humano, sujeto del derecho inalienable a la vida.
Tres. El tercer ejemplo se debe al economista Juan Ramón Rallo, y también procede de su blog, donde defiende los vientres de alquiler. Afirma Rallo que la gestación es un proceso de por sí externalizable. Así como el padre externaliza la gestación en la madre (no se queda él embarazado, pese a aportar el 50 % del material genético), la madre también puede externalizar la gestación a otro vientre, por las razones que sean. Rallo incluso sugiere que no habrá ningún problema en utilizar úteros artificiales, cuando ello sea tecnológicamente posible.
Lo que Rallo olvida, obviamente, es que los seres humanos no son productos, como los televisores o los automóviles, no porque técnicamente no sea posible todavía fabricarlos en serie, sino porque el concepto de producto es por completo ajeno a la dignidad humana. Los vientres de alquiler plantean problemas éticos porque un bebé no es un muñeco cuyos costes de fabricación pueden abaratarse. No resolvemos la cuestión aplicando categorías económicas improcedentes, del mismo modo que no se resuelve el debate del aborto llamándolo "interrupción voluntaria del embarazo".
Pensar, como en los casos anteriores, que se trata de un tema de pura lógica revela el empleo de una lógica defectuosa, que pasa por alto justo lo esencial. ¿A usted le gustaría haber sido engendrado en el vientre de una persona anónima, distinta de su madre biológica? ¿Y si la respuesta es "no", debemos despacharla como un mero "prejuicio" sin más? ¿Cómo podemos estar seguros de que eliminando todo "prejuicio" que no casa con una lógica simplista no corremos el riesgo de deshumanizarnos en un camino sin retorno? Cuidado con los monstruos que producen los sueños de la lógica.
Uno. Arcadi Espada ha sugerido en su blog que la diputada Beatriz Escudero podría ser acusada de crimen contra la humanidad por criticar el aborto eugenésico (sic). Para el señor Espada, permitir que nazcan "hijos tontos, enfermos y peores" (sic) constituye un "particular diseño eugenésico". Pero eugenesia significa precisamente seleccionar el nacimiento de los "mejores", es decir, eliminar lisa y llanamente a los que no cumplen determinados criterios. La señora Escudero no propone eliminar a nadie, sino exactamente lo contrario. Es Arcadi Espada quien se muestra partidario de la doctrina de la eliminación. O bien flojea de etimologías, o bien de lógica.
Dos. Otra particular forma de lógica es la empleada por Luis I. Gómez en la entrada de su blog titulada "Aborto sí. Aborto no?" Según él, lo esencial no es la definición de ser humano, sino si A (el legislador) puede obligar a B (la madre) a destinar sus propios recursos fisiológicos y económicos al mantenimiento de C (el hijo que se está gestando en su vientre). Su respuesta es negativa. Pero de lo que no parece percatarse Luis es que, con ese argumento triunfalmente libertario, puede justificarse también el infanticidio de recién nacidos, y de niños hasta una edad que habría que determinar. Del "fuera de mi útero" al "fuera de mi bañera (donde puedo ahogar a mi bebé si me place)", no hay más que un paso estrictamente lógico, si es que de ser lógicos se trata.
En una sociedad perfectamente ácrata no habría coacción legal, esto es, no sería perseguible de oficio ni el aborto ni ningún otro crimen. Pero si admitimos (como hago yo) que alguna coacción legal es inevitable, la única cuestión que no podemos escamotear es precisamente esta: quién es un ser humano, sujeto del derecho inalienable a la vida.
Tres. El tercer ejemplo se debe al economista Juan Ramón Rallo, y también procede de su blog, donde defiende los vientres de alquiler. Afirma Rallo que la gestación es un proceso de por sí externalizable. Así como el padre externaliza la gestación en la madre (no se queda él embarazado, pese a aportar el 50 % del material genético), la madre también puede externalizar la gestación a otro vientre, por las razones que sean. Rallo incluso sugiere que no habrá ningún problema en utilizar úteros artificiales, cuando ello sea tecnológicamente posible.
Lo que Rallo olvida, obviamente, es que los seres humanos no son productos, como los televisores o los automóviles, no porque técnicamente no sea posible todavía fabricarlos en serie, sino porque el concepto de producto es por completo ajeno a la dignidad humana. Los vientres de alquiler plantean problemas éticos porque un bebé no es un muñeco cuyos costes de fabricación pueden abaratarse. No resolvemos la cuestión aplicando categorías económicas improcedentes, del mismo modo que no se resuelve el debate del aborto llamándolo "interrupción voluntaria del embarazo".
Pensar, como en los casos anteriores, que se trata de un tema de pura lógica revela el empleo de una lógica defectuosa, que pasa por alto justo lo esencial. ¿A usted le gustaría haber sido engendrado en el vientre de una persona anónima, distinta de su madre biológica? ¿Y si la respuesta es "no", debemos despacharla como un mero "prejuicio" sin más? ¿Cómo podemos estar seguros de que eliminando todo "prejuicio" que no casa con una lógica simplista no corremos el riesgo de deshumanizarnos en un camino sin retorno? Cuidado con los monstruos que producen los sueños de la lógica.
miércoles, 8 de mayo de 2013
La igualdad y la naturaleza de las cosas
Los avatares judiciales de la hija del rey me aburren. Sea cual sea el final de esta historia, seguiré creyendo en las dos tesis siguientes:
Primera: No existe Justicia igual para todos... Ni Educación, ni Sanidad, etc. Es evidente que las personas con mayores rentas tienen acceso a servicios de mayor calidad, en todos los órdenes.
Segunda: Contra lo que buena parte de la opinión pública quiere creer, no hay en ello ninguna injusticia, sino una mera necesidad económica. En un mundo distinto del Paraíso, es decir, regido por la escasez de todos los recursos, es sencillamente imposible que toda la gente pueda acceder a los servicios más costosos, jurídicos, médicos o del tipo que sean.
Quizás se comprenda mejor la segunda tesis si reflexionamos sobre las consecuencias (teóricas, al menos) de los intentos por remediar el hecho que expresa la primera. Si se impidiera que nadie gozara de rentas por encima de la media, la vida del resto no por ello mejoraría de manera apreciable o sostenible. En rigor, si repartimos equitativamente el "excedente de riqueza" (vamos a llamarlo así) entre la población, la renta media continuará siendo exactamente la misma. Sólo se beneficiarían quienes hasta ese momento tenían rentas por debajo de la media. Pero ¿por cuánto tiempo? Prohibir el enriquecimiento personal no es posible sin detener el crecimiento. Si nadie puede tener acceso a mejores productos y servicios, sencillamente estos no se producirán, y la sociedad se estancará.
La desigualdad económica es la que tira del crecimiento. Porque hace veinte años los teléfonos móviles sólo eran accesibles a altos ejecutivos occidentales, hoy proliferan incluso en África, donde están contribuyendo al crecimiento económico del continente más atrasado. Si las clases altas no hubieran adquirido esta tecnología en sus inicios, esta no se hubiera podido desarrollar. Los ejemplos se pueden multiplicar casi hasta el infinito.
Las desigualdades económicas no sólo son inevitables, sino deseables. Pues son las que permiten que todo individuo pueda mejorar socialmente. No hubiera servido de nada abolir las diferencias de cuna de las sociedades estamentales si luego nadie hubiera podido aspirar a mejorar sus condiciones de vida, sobresaliendo entre el resto. Sin duda, las monarquías son un atavismo, un islote del Antiguo Régimen que sobrevive como los dinosaurios del relato de Arthur Conan Doyle, El mundo perdido. Pero es evidente que la existencia de unas pocas familias reales en Europa no supone la menor amenaza para la bendita desigualdad económica, paradójicamente basada en la igualdad de cuna.
Por eso me aburren las tertulias sobre si la Justicia es igual para todos o no. Es evidente que no lo es, que la mayoría de la población no podrá contratar nunca los mejores abogados, ni los mejores médicos, ni llevar a sus hijos a los mejores colegios. Pero sólo si hay diferencias podrá haber movilidad social, del mismo modo que sólo las diferencias de nivel hacen que el agua de los ríos fluya. Es un hecho que todo el mundo critica a los ricos, al mismo tiempo que desea serlo. La palabrería de la igualdad no puede ocultar la naturaleza de las cosas.
Primera: No existe Justicia igual para todos... Ni Educación, ni Sanidad, etc. Es evidente que las personas con mayores rentas tienen acceso a servicios de mayor calidad, en todos los órdenes.
Segunda: Contra lo que buena parte de la opinión pública quiere creer, no hay en ello ninguna injusticia, sino una mera necesidad económica. En un mundo distinto del Paraíso, es decir, regido por la escasez de todos los recursos, es sencillamente imposible que toda la gente pueda acceder a los servicios más costosos, jurídicos, médicos o del tipo que sean.
Quizás se comprenda mejor la segunda tesis si reflexionamos sobre las consecuencias (teóricas, al menos) de los intentos por remediar el hecho que expresa la primera. Si se impidiera que nadie gozara de rentas por encima de la media, la vida del resto no por ello mejoraría de manera apreciable o sostenible. En rigor, si repartimos equitativamente el "excedente de riqueza" (vamos a llamarlo así) entre la población, la renta media continuará siendo exactamente la misma. Sólo se beneficiarían quienes hasta ese momento tenían rentas por debajo de la media. Pero ¿por cuánto tiempo? Prohibir el enriquecimiento personal no es posible sin detener el crecimiento. Si nadie puede tener acceso a mejores productos y servicios, sencillamente estos no se producirán, y la sociedad se estancará.
La desigualdad económica es la que tira del crecimiento. Porque hace veinte años los teléfonos móviles sólo eran accesibles a altos ejecutivos occidentales, hoy proliferan incluso en África, donde están contribuyendo al crecimiento económico del continente más atrasado. Si las clases altas no hubieran adquirido esta tecnología en sus inicios, esta no se hubiera podido desarrollar. Los ejemplos se pueden multiplicar casi hasta el infinito.
Las desigualdades económicas no sólo son inevitables, sino deseables. Pues son las que permiten que todo individuo pueda mejorar socialmente. No hubiera servido de nada abolir las diferencias de cuna de las sociedades estamentales si luego nadie hubiera podido aspirar a mejorar sus condiciones de vida, sobresaliendo entre el resto. Sin duda, las monarquías son un atavismo, un islote del Antiguo Régimen que sobrevive como los dinosaurios del relato de Arthur Conan Doyle, El mundo perdido. Pero es evidente que la existencia de unas pocas familias reales en Europa no supone la menor amenaza para la bendita desigualdad económica, paradójicamente basada en la igualdad de cuna.
Por eso me aburren las tertulias sobre si la Justicia es igual para todos o no. Es evidente que no lo es, que la mayoría de la población no podrá contratar nunca los mejores abogados, ni los mejores médicos, ni llevar a sus hijos a los mejores colegios. Pero sólo si hay diferencias podrá haber movilidad social, del mismo modo que sólo las diferencias de nivel hacen que el agua de los ríos fluya. Es un hecho que todo el mundo critica a los ricos, al mismo tiempo que desea serlo. La palabrería de la igualdad no puede ocultar la naturaleza de las cosas.
lunes, 6 de mayo de 2013
Que ladren
Dentro de cinco meses, el 13 de octubre, serán beatificados en Tarragona unos quinientos mártires de la Guerra Civil. El socialprogresismo no oculta su antipatía por este acto. Así, un artículo de El País habla de "ofensiva de la jerarquía católica para elevar a los altares a sus víctimas", e implícitamente justifica el asesinato de miles de religiosos, a manos de las izquierdas, por el apoyo que manifestó la Iglesia a la sublevación militar contra el Frente Popular. Es de prever que las críticas a esta ceremonia irán in crescendo.
El pensamiento dominante sencillamente no puede sufrir que nadie ose cuestionar su historieta de republicanos demócratas (apenas los hubo, y desde luego no fueron quienes ganaron las elecciones de 1936) contra militares fascistas (la Falange ni de lejos tuvo el poder real, en el régimen de Franco, que llegó a tener el Partido Comunista en la España frentepopulista). La Guerra Civil fue una guerra entre derechas e izquierdas. El resultado sólo pudo ser, probablemente, uno de estos dos: la implantación de un régimen totalitario comunista, satélite de Moscú, o una dictadura de signo conservador, que es lo que finalmente se impuso. Lo primero hubiera sido sin duda mucho peor, si comparamos el régimen de Franco con los que se erigieron en Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial.
El apoyo de la Iglesia a Franco es comprensible. Las izquierdas habían intentado erradicar el cristianismo con una violencia sin apenas precedentes en la Historia, que venía de mucho antes de julio del 36. La Iglesia ha sobrevivido durante dos mil años a imperios, gobiernos y revoluciones, en muchas ocasiones pactando con unos poderes políticos u otros. Quienes parecen pretender que debería haberse inmolado ejemplarmente como institución son los mismos que detestan reconocer a sus miles de mártires. Para ellos, el catolicismo cometió el pecado de no dejarse exterminar por completo, de manera que ahora no quedara nadie que pudiera homenajear a quienes sufrieron tan atroz persecución.
El socialprogresismo no tiene suficiente con zaherir al catolicismo día sí y día también. Lo quiere mudo, amnésico e inhabilitado para ejercer sus derechos civiles, como cuando se manifiesta contra el abortismo y la ideología de género. No le basta con eliminar su presencia en el espacio público: aspira al monopolio de la verdad histórica, que es el fundamento de todo auténtico poder totalitario, como mostró George Orwell en 1984.
No se trata sólo de que los católicos tengan derecho a expresar sus creencias. Es que, sin ellos, esta sociedad perdería definitivamente incluso el recuerdo de lo que significa la dignidad humana, fuente de la libertad y de todo valor moral. Así pues, que ladren nuestros enemigos. Es señal de que resistimos.
El pensamiento dominante sencillamente no puede sufrir que nadie ose cuestionar su historieta de republicanos demócratas (apenas los hubo, y desde luego no fueron quienes ganaron las elecciones de 1936) contra militares fascistas (la Falange ni de lejos tuvo el poder real, en el régimen de Franco, que llegó a tener el Partido Comunista en la España frentepopulista). La Guerra Civil fue una guerra entre derechas e izquierdas. El resultado sólo pudo ser, probablemente, uno de estos dos: la implantación de un régimen totalitario comunista, satélite de Moscú, o una dictadura de signo conservador, que es lo que finalmente se impuso. Lo primero hubiera sido sin duda mucho peor, si comparamos el régimen de Franco con los que se erigieron en Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial.
El apoyo de la Iglesia a Franco es comprensible. Las izquierdas habían intentado erradicar el cristianismo con una violencia sin apenas precedentes en la Historia, que venía de mucho antes de julio del 36. La Iglesia ha sobrevivido durante dos mil años a imperios, gobiernos y revoluciones, en muchas ocasiones pactando con unos poderes políticos u otros. Quienes parecen pretender que debería haberse inmolado ejemplarmente como institución son los mismos que detestan reconocer a sus miles de mártires. Para ellos, el catolicismo cometió el pecado de no dejarse exterminar por completo, de manera que ahora no quedara nadie que pudiera homenajear a quienes sufrieron tan atroz persecución.
El socialprogresismo no tiene suficiente con zaherir al catolicismo día sí y día también. Lo quiere mudo, amnésico e inhabilitado para ejercer sus derechos civiles, como cuando se manifiesta contra el abortismo y la ideología de género. No le basta con eliminar su presencia en el espacio público: aspira al monopolio de la verdad histórica, que es el fundamento de todo auténtico poder totalitario, como mostró George Orwell en 1984.
No se trata sólo de que los católicos tengan derecho a expresar sus creencias. Es que, sin ellos, esta sociedad perdería definitivamente incluso el recuerdo de lo que significa la dignidad humana, fuente de la libertad y de todo valor moral. Así pues, que ladren nuestros enemigos. Es señal de que resistimos.
martes, 30 de abril de 2013
Dormir al catolicismo
Me entero por un tuit de Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia, que el PSC ha propuesto eliminar la misa de los actos oficiales de la diada de Sant Jordi en Cataluña. Traduzco del catalán a Juliana: "Querer cargarse la misa de Sant Jordi -propuesta PSC- es una estupidez radical-chic-francesa." Y se pregunta retóricamente: "¿Aniquilar la tradición es de izquierdas?"
En esta pregunta subyacen dos premisas de las que discrepo. Una es que el catolicismo es ante todo una tradición, como la sardana, el tortell (roscón) de Reyes o que Nadal gane el Torneo Godó. El catolicismo no sólo es más que eso, sino que cuando nos lo tomamos en serio, puede incluso chocar con la tradición. A esto aludió Jesucristo cuando dijo que no había venido a traer paz, sino espada. La tradición merece respeto, no idolatría. De lo contrario se convierte en folklore museizado, es decir, en nacionalismo.
La otra premisa es que la izquierda, en esencia, no va contra la tradición. Pero entonces, me pregunto yo, ¿qué es la izquierda? Si la izquierda no va contra la tradición ni, más propiamente hablando, contra el catolicismo, ¿quién asesinó a miles de católicos en la guerra civil? ¿Quién promueve un día sí y otro también campañas anticlericales y anticristianas, y se empeña en promover cambios legislativos que pretenden transformar la mentalidad de una población mayoritariamente creyente? ¿Querrá hacernos creer el señor Juliana que estos hechos son "excesos" de algunos "incontrolados" que no tienen nada que ver con el socialismo ni la ideología de género?
La izquierda que viste ropa de marca es mil veces más peligrosa que los perroflautas en camiseta de la CUP, y hasta me atrevo a decir que los macarras de Bildu -que me perdonen los macarras. Esa izquierda inteligente se beneficia del contraste con los extremistas, pasando por moderada y civilizada. Sibilinamente, desde los años sesenta y en todo Occidente, esta izquierda que envía a los hijos a estudiar a caros colegios con frecuencia religiosos, y a Estados Unidos, ha logrado popularizar su cosmovisión anticristiana y anticapitalista pa'l pueblo. Y sus aliados objetivos más útiles son personas como Enric Juliana, que todo lo cifran en las apariencias y una honorabilidad de aire siciliano. Atacar a la Iglesia es para ellos algo de tan mal gusto como hablar del "tres por ciento" en el parlamento catalán. Más que nada porque puede haber personas tan simples que, por reacción, lleguen a pensar que el catolicismo es algo más que una tradición simpática, y que la política debería ser algo más que saquear una comunidad autónoma culpando luego a Madrid de que no hay dinero suficiente para hospitales.
Los católicos ya podemos cuidarnos de la izquierda inteligente y de defensores como Enric Juliana. Estos son más peligrosos que la izquierda comecuras, que al menos se retrata a sí misma en su estulticia y nos ayuda a ponernos en guardia. Más que los que quieren aniquilar al catolicismo de manera demasiado evidente, me preocupan los que pretenden dormirlo.
En esta pregunta subyacen dos premisas de las que discrepo. Una es que el catolicismo es ante todo una tradición, como la sardana, el tortell (roscón) de Reyes o que Nadal gane el Torneo Godó. El catolicismo no sólo es más que eso, sino que cuando nos lo tomamos en serio, puede incluso chocar con la tradición. A esto aludió Jesucristo cuando dijo que no había venido a traer paz, sino espada. La tradición merece respeto, no idolatría. De lo contrario se convierte en folklore museizado, es decir, en nacionalismo.
La otra premisa es que la izquierda, en esencia, no va contra la tradición. Pero entonces, me pregunto yo, ¿qué es la izquierda? Si la izquierda no va contra la tradición ni, más propiamente hablando, contra el catolicismo, ¿quién asesinó a miles de católicos en la guerra civil? ¿Quién promueve un día sí y otro también campañas anticlericales y anticristianas, y se empeña en promover cambios legislativos que pretenden transformar la mentalidad de una población mayoritariamente creyente? ¿Querrá hacernos creer el señor Juliana que estos hechos son "excesos" de algunos "incontrolados" que no tienen nada que ver con el socialismo ni la ideología de género?
La izquierda que viste ropa de marca es mil veces más peligrosa que los perroflautas en camiseta de la CUP, y hasta me atrevo a decir que los macarras de Bildu -que me perdonen los macarras. Esa izquierda inteligente se beneficia del contraste con los extremistas, pasando por moderada y civilizada. Sibilinamente, desde los años sesenta y en todo Occidente, esta izquierda que envía a los hijos a estudiar a caros colegios con frecuencia religiosos, y a Estados Unidos, ha logrado popularizar su cosmovisión anticristiana y anticapitalista pa'l pueblo. Y sus aliados objetivos más útiles son personas como Enric Juliana, que todo lo cifran en las apariencias y una honorabilidad de aire siciliano. Atacar a la Iglesia es para ellos algo de tan mal gusto como hablar del "tres por ciento" en el parlamento catalán. Más que nada porque puede haber personas tan simples que, por reacción, lleguen a pensar que el catolicismo es algo más que una tradición simpática, y que la política debería ser algo más que saquear una comunidad autónoma culpando luego a Madrid de que no hay dinero suficiente para hospitales.
Los católicos ya podemos cuidarnos de la izquierda inteligente y de defensores como Enric Juliana. Estos son más peligrosos que la izquierda comecuras, que al menos se retrata a sí misma en su estulticia y nos ayuda a ponernos en guardia. Más que los que quieren aniquilar al catolicismo de manera demasiado evidente, me preocupan los que pretenden dormirlo.
domingo, 28 de abril de 2013
Verdades incómodas
Los derechos no son merecimientos. Son limitaciones al poder absoluto. El derecho a la vida, a la propiedad, la libertad de expresión, son de hecho prohibiciones: Prohibido matar, encarcelar, perseguir a seres humanos sin mediar sentencia de jueces independientes, de acorde a las leyes.
En algún momento, sin embargo, la gente confundió los derechos con merecimientos. Y entonces surgieron esas aberraciones del "derecho" a la vivienda, al trabajo, a la educación, la sanidad, a disfrutar de una pensión, a casarse con personas del mismo sexo, a abortar.
Algunas de estas cosas (la vivienda, la educación) son en sí mismas buenas, pero no son derechos. Debemos ganárnoslas, como nos ganamos algo tan básico como el pan. El derecho a la vida no implica que el Estado ni nadie se vea obligado a alimentarme. Es, recordémoslo, una mera prohibición. Asimismo, los "derechos" a la vivienda, la educación y la sanidad no son más que desarrollos del derecho de propiedad, la libertad de poseer bienes materiales y contratar servicios. ¡En absoluto implica tal derecho que nadie me deba garantizar ser propietario!
Otros de esos seudoderechos son además indeseables, y sólo pueden realizarse violando algunos de los verdaderos derechos. Es el caso prístinamente claro del aborto.
Alguien debe decirle a la gente, le guste escucharlo o no, que no hay tal cosa como un "derecho" al aborto. Pero que tampoco hay, en el sentido que suele entenderse, derecho a la vivienda, la educación, la sanidad ni la pensión de jubilación o desempleo. Estas cosas debemos ganárnoslas con nuestro esfuerzo. No las "merecemos" sin más. Y la única obligación de un Estado es no poner dificultades a los individuos para conseguir esos legítimos objetivos, con impuestos excesivos y otro tipo de trabas.
Se replica a esto que así favoreceríamos principalmente a los ricos, que parten con ventaja. Pero entre los ricos, los hay que lo son por sus propios mérito y esfuerzo, y otros que no, porque se han limitado a heredar un capital o un patrimonio, o los han obtenido de manera ilícita. Por tanto, lo correcto es admitir que algunas personas son ricas sin ningún mérito; no que por ello todo el mundo tenga derecho al bienestar sin merecerlo, sin ganárselo, como se lo ganaron nuestros padres y antepasados.
Alguien debería decirle a la gente de una vez estas verdades incómodas, que están en el origen de la crisis actual. Alguien al que no le preocupe ser abucheado, y mucho menos no ser votado. Los políticos y los periodistas no pueden hacer eso. Necesitan votantes, lectores, audiencia. Esto sólo lo podemos decir idiotas como yo, que un domingo por la tarde nos entretenemos en expresar nuestros pensamientos sin cobrar nada por ello.
En algún momento, sin embargo, la gente confundió los derechos con merecimientos. Y entonces surgieron esas aberraciones del "derecho" a la vivienda, al trabajo, a la educación, la sanidad, a disfrutar de una pensión, a casarse con personas del mismo sexo, a abortar.
Algunas de estas cosas (la vivienda, la educación) son en sí mismas buenas, pero no son derechos. Debemos ganárnoslas, como nos ganamos algo tan básico como el pan. El derecho a la vida no implica que el Estado ni nadie se vea obligado a alimentarme. Es, recordémoslo, una mera prohibición. Asimismo, los "derechos" a la vivienda, la educación y la sanidad no son más que desarrollos del derecho de propiedad, la libertad de poseer bienes materiales y contratar servicios. ¡En absoluto implica tal derecho que nadie me deba garantizar ser propietario!
Otros de esos seudoderechos son además indeseables, y sólo pueden realizarse violando algunos de los verdaderos derechos. Es el caso prístinamente claro del aborto.
Alguien debe decirle a la gente, le guste escucharlo o no, que no hay tal cosa como un "derecho" al aborto. Pero que tampoco hay, en el sentido que suele entenderse, derecho a la vivienda, la educación, la sanidad ni la pensión de jubilación o desempleo. Estas cosas debemos ganárnoslas con nuestro esfuerzo. No las "merecemos" sin más. Y la única obligación de un Estado es no poner dificultades a los individuos para conseguir esos legítimos objetivos, con impuestos excesivos y otro tipo de trabas.
Se replica a esto que así favoreceríamos principalmente a los ricos, que parten con ventaja. Pero entre los ricos, los hay que lo son por sus propios mérito y esfuerzo, y otros que no, porque se han limitado a heredar un capital o un patrimonio, o los han obtenido de manera ilícita. Por tanto, lo correcto es admitir que algunas personas son ricas sin ningún mérito; no que por ello todo el mundo tenga derecho al bienestar sin merecerlo, sin ganárselo, como se lo ganaron nuestros padres y antepasados.
Alguien debería decirle a la gente de una vez estas verdades incómodas, que están en el origen de la crisis actual. Alguien al que no le preocupe ser abucheado, y mucho menos no ser votado. Los políticos y los periodistas no pueden hacer eso. Necesitan votantes, lectores, audiencia. Esto sólo lo podemos decir idiotas como yo, que un domingo por la tarde nos entretenemos en expresar nuestros pensamientos sin cobrar nada por ello.
domingo, 21 de abril de 2013
Cinco falacias sobre el aborto
En los debates sobre el aborto se esgrimen invariablemente una serie de argumentos que los partidarios creen definitivos y devastadores. Aquí me centraré en los que creo son los más efectistas.
Tanto socialprogresistas como liberalprogresistas proclamarán en algún momento que ellos no obligan a abortar a nadie, mientras que los provida tratamos de "imponer" nuestra moral a los demás. Los partidarios del aborto serían en realidad neutrales frente a la cuestión, al permitir que la mujer decida en cada caso. (El padre del niño por lo visto no pinta nada; bien es verdad que a veces es difícil identificarlo.) Se trata de la [1] Falacia Neutralista, según la cual, quien esté en contra de la esclavitud, por ejemplo, debería limitarse a no tener esclavos, evitando "imponer su moral" a quienes quieran ser propietarios de seres humanos.
Pocos aceptarían que esa forma de defender la esclavitud equivalga a una posición de neutralidad frente a ella. A la inmensa mayoría le parecería de un cínismo repugnante. Y sin embargo cuando utilizan el mismo argumento los abortistas, la respuesta suele ser mucho menos contundente. Y es que el mito de la neutralidad ideológica ha calado hondo. Nos han vendido hace tiempo que un Estado aconfesional es un Estado neutral en cuestiones ideológicas, pero eso en realidad no existe. No hay Estado neutral, hay ideas que pasan por neutrales. El aborto es un "derecho" o no lo es. Un ser humano lo es desde la fecundación o no lo es. No hay término medio. Leyes sobre el aborto puede haber infinitas, pero cosmovisiones de partida sólo hay estas dos. Y si podemos modular a nuestro antojo la plena pertenencia de ciertos individuos a la especie humana, todas las iniquidades serían posibles: El aborto, la esclavitud, el canibalismo o el genocidio.
Ahora bien, si esto es así, si no hay neutralidad posible, algunos argüirán que sólo es posible decidir la cuestión por vía democrática. Que sea la mayoría la que decida, no "los obispos". Este argumento, al que denomino [2] Falacia de la Mayoría, no se suele emplear con demasiada coherencia, porque se mezcla con otras falacias, como la anterior y las que veremos a continuación. Es decir, al mismo tiempo que se defiende el aborto como una "conquista" democrática, se suele negar a los provida cualquier derecho a intentar "imponer" sus ideas... aunque sea por vía democrática, es decir, intentando obtener una mayoría parlamentaria.
El error procede de confundir lo que significa la democracia. Esta consiste, esencialmente, en un método para determinar quién manda sin tener que matarnos en guerras civiles periódicas. No es un método para determinar quién tiene la razón, sino para determinar quién gobernará y legislará durante un período limitado de tiempo. Por tanto, los provida tenemos derecho, no sólo a defender democráticamente nuestras ideas, sino a continuar defendiéndolas por mucho que los abortistas hayan ganado las últimas elecciones o las últimas encuestas.
Otra es la [3] Falacia Malthusiana, tan grosera que produce incluso cierto rubor exponerla. Se nos dice que los provida somos "hipócritas", porque sabemos que aunque se prohíba el aborto, los "ricos" tendrán mucha más facilidad para eludir la ley. Supongo que esta ley y todas, lo que nos llevaría a la incómoda conclusión de que no se puede prohibir nada. Pero más allá del tosco populismo que evidencia el argumento, debemos fijarnos en su malthusianismo larvado. Que los pobres puedan ser abortados: esa sería su gran "conquista social". Bien es verdad que, en cierto profundo sentido, antes de nacer, sean quienes sean sus padres, todo ser humano es igual de pobre y desamparado, pues se halla a merced de que los adultos puedan tener, y aplicar, sus ideas "progresistas", a fin de poder "expropiarle" incluso lo único que posee: la vida.
Relacionada con la anterior, tenemos la [4] Falacia del Bienestar, que trata de provocar la empatía de la opinión pública representándonos el drama de la madre que se ve "obligada" a abortar como consecuencia de su triste situación social o personal, o de graves problemas de salud, tanto de ella como del feto. Es decir, en una sociedad que considera obligado garantizar unas mínimas condiciones de vida digna para todos los seres humanos, sean o no ciudadanos de pleno derecho, al parecer hay que excluir de estos derechos a los seres más indefensos que existen, que son los humanos nonatos. Estamos orgullosos de nuestros avances médicos y sociales, y al mismo tiempo mantenemos una especie de incongruentes pobrismo y atrasismo, por los cuales consideramos irremediable que la sociedad no se pueda hacer cargo de todos los niños no queridos, ni apoyar a todas las mujeres en dificultades, para que puedan ser madres a pesar de todos sus problemas. Y quienes reclamamos esto somos encima insensibles e integristas religiosos.
Por último, tenemos la [5] Falacia Pacifista, pocas veces replicada como merece. Se nos echa en cara a los provida que nos preocupamos mucho por el aborto, pero no por las guerras o la pena de muerte, que supuestamente producen muchas más víctimas. De hecho, los progresistas no consideran que los abortados sean víctimas, por lo que el argumento tiene algo de apriorístico. Pero además, se puede coherentemente (aunque no necesariamente) estar a favor del aborto y al mismo tiempo a favor de la pena de muerte y de una guerra justa. Porque se trata de cosas distintas. No es lo mismo la muerte deliberada de un inocente, como es un feto humano por definición, que la muerte de un culpable, condenado a la pena capital por un crimen cometido en plena posesión de sus facultades mentales, y sabiendo a lo que se exponía. Y tampoco es lo mismo la muerte deliberada de un inocente que la muerte indeseada de civiles inocentes en las guerras.
Por supuesto que aquí podemos entrar en discusiones casuísticas sobre si la guerra de Iraq o la guerra del Peloponeso fueron justas o injustas, pero estas cuestiones sólo pueden decidirse empíricamente, mediante el estudio de los hechos históricos. Y lo mismo cabe decir sobre las leyes penales. En qué casos, si los hay, puede aplicarse la pena de muerte, qué circunstancias (edad, enfermedad o grado de discapacidad mental) deben valorarse en su aplicación, son temas para nada irrelevantes, pero que no afectan a la cuestión esencial: si la pena de muerte, como principio general, es lícita. Habrá algunos provida que pensarán que sí y otros que no. En cualquier caso, no se puede comparar a un ser humano nonato con un convicto confeso de asesinato. Ambos son seres humanos, pero el segundo es responsable de sus actos, mientras que el primero no sólo no lo es, sino que, allí donde el aborto es más o menos libre, carece de abogado defensor. Por carecer, carece hasta del derecho de voto. Sin duda, por eso hay tan pocos políticos que lo defiendan.
El origen de estas falacias no se encuentra, sin embargo, en un puro oportunismo electoral, ni siquiera en una falta de claridad o capacidad intelectual. Es importantísimo no engañarnos en eso, para conocer a la clase de adversario ideológico con el que nos enfrentamos. El aborto es para el progresismo laicista la piedra de toque que permite aglutinar a la sociedad en torno a una concepción inmanentista de la existencia, la cual otorga a los gobernantes una legitimación absoluta para elaborar el derecho positivo sin ningún género de cortapisas morales, ideológicas e institucionales. Por eso, politicuchos como Elena Valenciano y otros de su calaña no pueden soportar que "los obispos" puedan ejercer su derecho a opinar como cualquier otro ciudadano.
Sólo secundariamente se trata de atizar en su beneficio la demagogia anticlerical, tan tristemente arraigada en el país que conoció en los años treinta la mayor persecución anticristiana de Europa. Lo que realmente está en juego aquí es consolidar la dictadura de la corrección política que domina en la mayor parte de países occidentales. Un régimen basado en la religión progresista del hedonismo estatalizado, donde los individuos pronto serán inútiles para procrear, y deberán dejar esta función en manos de un Estado huxleyano. No es causal que esta dictadura cuente con el apoyo de una mayoría de la población. ¿Ha habido alguna dictadura en la historia que no se base en la servidumbre voluntaria?
Pero hay un despotismo que es el peor de todos, el definitivo: aquel que nos conduce a la extinción demográfica para, dentro de menos tiempo del que pensamos, ofrecernos la solución final: hacerse cargo el Estado de la vida humana desde su generación hasta su terminación, comprando la voluntad de los individuos con la promesa de una felicidad irresponsable.
Tanto socialprogresistas como liberalprogresistas proclamarán en algún momento que ellos no obligan a abortar a nadie, mientras que los provida tratamos de "imponer" nuestra moral a los demás. Los partidarios del aborto serían en realidad neutrales frente a la cuestión, al permitir que la mujer decida en cada caso. (El padre del niño por lo visto no pinta nada; bien es verdad que a veces es difícil identificarlo.) Se trata de la [1] Falacia Neutralista, según la cual, quien esté en contra de la esclavitud, por ejemplo, debería limitarse a no tener esclavos, evitando "imponer su moral" a quienes quieran ser propietarios de seres humanos.
Pocos aceptarían que esa forma de defender la esclavitud equivalga a una posición de neutralidad frente a ella. A la inmensa mayoría le parecería de un cínismo repugnante. Y sin embargo cuando utilizan el mismo argumento los abortistas, la respuesta suele ser mucho menos contundente. Y es que el mito de la neutralidad ideológica ha calado hondo. Nos han vendido hace tiempo que un Estado aconfesional es un Estado neutral en cuestiones ideológicas, pero eso en realidad no existe. No hay Estado neutral, hay ideas que pasan por neutrales. El aborto es un "derecho" o no lo es. Un ser humano lo es desde la fecundación o no lo es. No hay término medio. Leyes sobre el aborto puede haber infinitas, pero cosmovisiones de partida sólo hay estas dos. Y si podemos modular a nuestro antojo la plena pertenencia de ciertos individuos a la especie humana, todas las iniquidades serían posibles: El aborto, la esclavitud, el canibalismo o el genocidio.
Ahora bien, si esto es así, si no hay neutralidad posible, algunos argüirán que sólo es posible decidir la cuestión por vía democrática. Que sea la mayoría la que decida, no "los obispos". Este argumento, al que denomino [2] Falacia de la Mayoría, no se suele emplear con demasiada coherencia, porque se mezcla con otras falacias, como la anterior y las que veremos a continuación. Es decir, al mismo tiempo que se defiende el aborto como una "conquista" democrática, se suele negar a los provida cualquier derecho a intentar "imponer" sus ideas... aunque sea por vía democrática, es decir, intentando obtener una mayoría parlamentaria.
El error procede de confundir lo que significa la democracia. Esta consiste, esencialmente, en un método para determinar quién manda sin tener que matarnos en guerras civiles periódicas. No es un método para determinar quién tiene la razón, sino para determinar quién gobernará y legislará durante un período limitado de tiempo. Por tanto, los provida tenemos derecho, no sólo a defender democráticamente nuestras ideas, sino a continuar defendiéndolas por mucho que los abortistas hayan ganado las últimas elecciones o las últimas encuestas.
Otra es la [3] Falacia Malthusiana, tan grosera que produce incluso cierto rubor exponerla. Se nos dice que los provida somos "hipócritas", porque sabemos que aunque se prohíba el aborto, los "ricos" tendrán mucha más facilidad para eludir la ley. Supongo que esta ley y todas, lo que nos llevaría a la incómoda conclusión de que no se puede prohibir nada. Pero más allá del tosco populismo que evidencia el argumento, debemos fijarnos en su malthusianismo larvado. Que los pobres puedan ser abortados: esa sería su gran "conquista social". Bien es verdad que, en cierto profundo sentido, antes de nacer, sean quienes sean sus padres, todo ser humano es igual de pobre y desamparado, pues se halla a merced de que los adultos puedan tener, y aplicar, sus ideas "progresistas", a fin de poder "expropiarle" incluso lo único que posee: la vida.
Relacionada con la anterior, tenemos la [4] Falacia del Bienestar, que trata de provocar la empatía de la opinión pública representándonos el drama de la madre que se ve "obligada" a abortar como consecuencia de su triste situación social o personal, o de graves problemas de salud, tanto de ella como del feto. Es decir, en una sociedad que considera obligado garantizar unas mínimas condiciones de vida digna para todos los seres humanos, sean o no ciudadanos de pleno derecho, al parecer hay que excluir de estos derechos a los seres más indefensos que existen, que son los humanos nonatos. Estamos orgullosos de nuestros avances médicos y sociales, y al mismo tiempo mantenemos una especie de incongruentes pobrismo y atrasismo, por los cuales consideramos irremediable que la sociedad no se pueda hacer cargo de todos los niños no queridos, ni apoyar a todas las mujeres en dificultades, para que puedan ser madres a pesar de todos sus problemas. Y quienes reclamamos esto somos encima insensibles e integristas religiosos.
Por último, tenemos la [5] Falacia Pacifista, pocas veces replicada como merece. Se nos echa en cara a los provida que nos preocupamos mucho por el aborto, pero no por las guerras o la pena de muerte, que supuestamente producen muchas más víctimas. De hecho, los progresistas no consideran que los abortados sean víctimas, por lo que el argumento tiene algo de apriorístico. Pero además, se puede coherentemente (aunque no necesariamente) estar a favor del aborto y al mismo tiempo a favor de la pena de muerte y de una guerra justa. Porque se trata de cosas distintas. No es lo mismo la muerte deliberada de un inocente, como es un feto humano por definición, que la muerte de un culpable, condenado a la pena capital por un crimen cometido en plena posesión de sus facultades mentales, y sabiendo a lo que se exponía. Y tampoco es lo mismo la muerte deliberada de un inocente que la muerte indeseada de civiles inocentes en las guerras.
Por supuesto que aquí podemos entrar en discusiones casuísticas sobre si la guerra de Iraq o la guerra del Peloponeso fueron justas o injustas, pero estas cuestiones sólo pueden decidirse empíricamente, mediante el estudio de los hechos históricos. Y lo mismo cabe decir sobre las leyes penales. En qué casos, si los hay, puede aplicarse la pena de muerte, qué circunstancias (edad, enfermedad o grado de discapacidad mental) deben valorarse en su aplicación, son temas para nada irrelevantes, pero que no afectan a la cuestión esencial: si la pena de muerte, como principio general, es lícita. Habrá algunos provida que pensarán que sí y otros que no. En cualquier caso, no se puede comparar a un ser humano nonato con un convicto confeso de asesinato. Ambos son seres humanos, pero el segundo es responsable de sus actos, mientras que el primero no sólo no lo es, sino que, allí donde el aborto es más o menos libre, carece de abogado defensor. Por carecer, carece hasta del derecho de voto. Sin duda, por eso hay tan pocos políticos que lo defiendan.
El origen de estas falacias no se encuentra, sin embargo, en un puro oportunismo electoral, ni siquiera en una falta de claridad o capacidad intelectual. Es importantísimo no engañarnos en eso, para conocer a la clase de adversario ideológico con el que nos enfrentamos. El aborto es para el progresismo laicista la piedra de toque que permite aglutinar a la sociedad en torno a una concepción inmanentista de la existencia, la cual otorga a los gobernantes una legitimación absoluta para elaborar el derecho positivo sin ningún género de cortapisas morales, ideológicas e institucionales. Por eso, politicuchos como Elena Valenciano y otros de su calaña no pueden soportar que "los obispos" puedan ejercer su derecho a opinar como cualquier otro ciudadano.
Sólo secundariamente se trata de atizar en su beneficio la demagogia anticlerical, tan tristemente arraigada en el país que conoció en los años treinta la mayor persecución anticristiana de Europa. Lo que realmente está en juego aquí es consolidar la dictadura de la corrección política que domina en la mayor parte de países occidentales. Un régimen basado en la religión progresista del hedonismo estatalizado, donde los individuos pronto serán inútiles para procrear, y deberán dejar esta función en manos de un Estado huxleyano. No es causal que esta dictadura cuente con el apoyo de una mayoría de la población. ¿Ha habido alguna dictadura en la historia que no se base en la servidumbre voluntaria?
Pero hay un despotismo que es el peor de todos, el definitivo: aquel que nos conduce a la extinción demográfica para, dentro de menos tiempo del que pensamos, ofrecernos la solución final: hacerse cargo el Estado de la vida humana desde su generación hasta su terminación, comprando la voluntad de los individuos con la promesa de una felicidad irresponsable.
sábado, 13 de abril de 2013
Siete párrafos, siete mentiras
Joves d'Esquerra Verda, organización vinculada al partido rojiverde catalán ICV, ha publicado un manifiesto titulado Operación III República, con motivo de la efeméride republicana del 14 de abril. Se puede leer aquí en catalán (es una sola página).
Tras citar el artículo 44 de la constitución de la II República, que subordina "toda la riqueza del país (...) a los intereses de la economía nacional", los cachorros ecocomunistas desgranan en siete párrafos (mal redactados y llenos de erratas) los siete tópicos en los que se basa su tosca doctrina, solo apta para víctimas del sistema educativo español de las últimas dos décadas. Veamos rápidamente en qué consisten estas falsedades.
1) Denigración de la Restauración, reducida a la opresión de una "oligarquía acomodada". Con sus luces y sus sombras, el período del último tercio del siglo XIX y el primer tercio del XX, fue relativamente estable, y permitió que España progresara de manera apreciable, tanto política como económicamente. Sólo al final, la violencia mafiosa de los grupos revolucionarios provocó la dictadura -muy moderada- de Primo de Rivera.
2) Mitificación de la II República. Los cinco años de la República no supusieron, ni de lejos, "el mayor avance democrático" de la historia de España, ni mucho menos el económico. El voto femenino se implantó en contra de la voluntad de la mayor parte de la izquierda, y dio la victoria electoral a la derecha, no reconocida por la primera, que no tardó en organizar un cruento golpe de Estado, en octubre de 1934. La reforma agraria tuvo nulos efectos, la escuela pública apenas compensó el cierre de colegios religiosos y la labor cultural de ateneos y similares fue irrelevante en comparación con la salvaje destrucción de bibliotecas y patrimonio artístico.
3) La guerra civil no fue un golpe más "antidemocrático" que la llegada al poder del Frente Popular, tras unas elecciones dominadas por la violencia, un recuento irregular y la progresiva implantación de un régimen en el que un líder de la oposición podía ser asesinado, como así fue, por la propia policía. Todo ello en un clima caótico en que la izquierda socialista, con el PSOE a la cabeza, no hacía más que proclamar, con discursos amenazantes y con hechos, su voluntad de instaurar una dictadura y de ir a la guerra civil.
4) El Frente Popular no tuvo "muchos menos recursos militares" que el bando franquista. Tenía al principio de la guerra la mayor parte del territorio, incluidas Madrid y Barcelona, con el oro del Banco de España, que acabó en manos de Stalin a cambio de su ayuda militar. Que la zona roja empleara sus recursos mucho peor que la zona nacional, no significa que no dispusiera de ellos, sino más bien lo contrario.
5) El franquismo, por poca simpatía que nos merezca cualquier dictadura, no consistió en "40 años de negra noche". Por el contrario, fue el período más largo de la historia de España de estabilidad y crecimiento económico, con una represión política mucho menor que la que existió en la Europa del Este. Los españoles podían viajar sin problemas al extranjero y lo hicieron en masa, y el nivel de vida aumentó sostenidamente desde mediados de siglo, a un ritmo superior a la media europea, y muy superior a la media mundial.
6) Subordinar "los intereses económicos de los especuladores, los bancos y las grandes fortunas a los intereses de la mayoría de la población" es un eufemismo que vale por la introducción de una dictadura económica, del estilo de las que dominaron en Europa Oriental y en la antigua URSS hasta la caída del muro de Berlín. Las "clases populares" sólo puede prosperar mediante la libertad económica, el respeto a la propiedad privada, a los contratos y la libre iniciativa. La alternativa es eternizar la pobreza, convirtiendo a esas clases populares en dependientes de las migajas de la administración, y a los poderes económicos en monopolios en manos de unos gobernantes bolivarianos o kirchneristas, por intermediación de familiares y amigos.
7) "La operación III República finalizará cuando haya conseguido su objetivo." Esta es la última mentira de todo utopismo, que haya una estación de llegada. Jamás se verifica. Una vez destruido el viejo orden, lo que por lo pronto sume a la población en la miseria, siempre es necesario prorrogar el período de sacrificios, indispensables para alcanzar el radiante futuro, que no deja de aplazarse o redefinirse. El objetivo nunca se alcanza.
No debe sorprendernos que haya gente que consuma este tipo de propaganda, como hay quien lee los horóscopos de los periódicos, o cree en la aromaterapia. Pero tampoco es bueno acostumbrarse a convivir con la ignorancia y la estupidez.
Tras citar el artículo 44 de la constitución de la II República, que subordina "toda la riqueza del país (...) a los intereses de la economía nacional", los cachorros ecocomunistas desgranan en siete párrafos (mal redactados y llenos de erratas) los siete tópicos en los que se basa su tosca doctrina, solo apta para víctimas del sistema educativo español de las últimas dos décadas. Veamos rápidamente en qué consisten estas falsedades.
1) Denigración de la Restauración, reducida a la opresión de una "oligarquía acomodada". Con sus luces y sus sombras, el período del último tercio del siglo XIX y el primer tercio del XX, fue relativamente estable, y permitió que España progresara de manera apreciable, tanto política como económicamente. Sólo al final, la violencia mafiosa de los grupos revolucionarios provocó la dictadura -muy moderada- de Primo de Rivera.
2) Mitificación de la II República. Los cinco años de la República no supusieron, ni de lejos, "el mayor avance democrático" de la historia de España, ni mucho menos el económico. El voto femenino se implantó en contra de la voluntad de la mayor parte de la izquierda, y dio la victoria electoral a la derecha, no reconocida por la primera, que no tardó en organizar un cruento golpe de Estado, en octubre de 1934. La reforma agraria tuvo nulos efectos, la escuela pública apenas compensó el cierre de colegios religiosos y la labor cultural de ateneos y similares fue irrelevante en comparación con la salvaje destrucción de bibliotecas y patrimonio artístico.
3) La guerra civil no fue un golpe más "antidemocrático" que la llegada al poder del Frente Popular, tras unas elecciones dominadas por la violencia, un recuento irregular y la progresiva implantación de un régimen en el que un líder de la oposición podía ser asesinado, como así fue, por la propia policía. Todo ello en un clima caótico en que la izquierda socialista, con el PSOE a la cabeza, no hacía más que proclamar, con discursos amenazantes y con hechos, su voluntad de instaurar una dictadura y de ir a la guerra civil.
4) El Frente Popular no tuvo "muchos menos recursos militares" que el bando franquista. Tenía al principio de la guerra la mayor parte del territorio, incluidas Madrid y Barcelona, con el oro del Banco de España, que acabó en manos de Stalin a cambio de su ayuda militar. Que la zona roja empleara sus recursos mucho peor que la zona nacional, no significa que no dispusiera de ellos, sino más bien lo contrario.
5) El franquismo, por poca simpatía que nos merezca cualquier dictadura, no consistió en "40 años de negra noche". Por el contrario, fue el período más largo de la historia de España de estabilidad y crecimiento económico, con una represión política mucho menor que la que existió en la Europa del Este. Los españoles podían viajar sin problemas al extranjero y lo hicieron en masa, y el nivel de vida aumentó sostenidamente desde mediados de siglo, a un ritmo superior a la media europea, y muy superior a la media mundial.
(En este enlace se puede acceder al gráfico interactivo.)
6) Subordinar "los intereses económicos de los especuladores, los bancos y las grandes fortunas a los intereses de la mayoría de la población" es un eufemismo que vale por la introducción de una dictadura económica, del estilo de las que dominaron en Europa Oriental y en la antigua URSS hasta la caída del muro de Berlín. Las "clases populares" sólo puede prosperar mediante la libertad económica, el respeto a la propiedad privada, a los contratos y la libre iniciativa. La alternativa es eternizar la pobreza, convirtiendo a esas clases populares en dependientes de las migajas de la administración, y a los poderes económicos en monopolios en manos de unos gobernantes bolivarianos o kirchneristas, por intermediación de familiares y amigos.
7) "La operación III República finalizará cuando haya conseguido su objetivo." Esta es la última mentira de todo utopismo, que haya una estación de llegada. Jamás se verifica. Una vez destruido el viejo orden, lo que por lo pronto sume a la población en la miseria, siempre es necesario prorrogar el período de sacrificios, indispensables para alcanzar el radiante futuro, que no deja de aplazarse o redefinirse. El objetivo nunca se alcanza.
No debe sorprendernos que haya gente que consuma este tipo de propaganda, como hay quien lee los horóscopos de los periódicos, o cree en la aromaterapia. Pero tampoco es bueno acostumbrarse a convivir con la ignorancia y la estupidez.
domingo, 7 de abril de 2013
Más capitalismo y menos democracia
Uno de los mensajes más populares de nuestro tiempo podría resumirse como "menos capitalismo y más democracia". Personalmente, me inclino por defender lo contrario. El capitalismo y la democracia tienen en común que ambos sirven a las masas. El primero les ofrece los productos y servicios que estas desean, a los precios más asequibles. La segunda permite que las opiniones de las mayorías, mediante el sufragio y la demoscopia, se vayan imponiendo en las legislaciones.
La diferencia se halla en los resultados. El capitalismo tiene un efecto objetivo y perfectamente mensurable, que sólo niegan los ignorantes y los ideólogos socialistas (que prosperan gracias al abrumador predominio de los primeros), y es que hace aumentar la riqueza de todos. La democracia, por el contrario, actúa en el sentido contrario, lastrando el crecimiento. Esto es debido a la Paradoja de las Masas. Estas, al mismo tiempo que se benefician del mercado libre, en casi todas partes terminan votando políticas que van contra él, mediante controles de precios, subvenciones, y mil formas de intervencionismo.
El capitalismo hace aumentar la riqueza porque, aunque mucha gente emplee estúpidamente su dinero, en general tendemos a ser más responsables con aquello que nos cuesta un esfuerzo ganar. En cambio, la retórica política de las democracias está dominada por irresponsables promesas de gratis total, de ayudas estatales y de subvenciones a los grupos de presión que más ruido hacen, con la complicidad estólida del público. Parece como si el individuo humano sufriera una especie de doble personalidad. Como agentes económicos tendemos a la racionalidad, ya sea imperfecta, del homo economicus, que tanta mofa inspira contra los economistas, sólo parcialmente justificada. Pero como ciudadanos, parece funcionar más en nosotros una especie de instinto gregario de la horda primitiva. Nuestra capacidad de raciocinio se vuelve grosera, parecemos operar sólo con conceptos bipolares de amigo-enemigo, victoria-derrota y suma cero (la derrota del enemigo es mi victoria).
Esto tiene un fundamento evolutivo, que no voy a descubrir ahora. En la horda primitiva, los valores colectivos están por encima del individuo, porque de ellos depende el éxito en la caza y la expedición guerrera. No hay apenas intercambio dentro del grupo de cazadores; la caza y la guerra es una tarea grupal, y el botín se comparte equitativamente. La civilización, por el contrario, se basa en la división del trabajo, en el comercio y en una mayor libertad individual, lo que paradójicamente hace indispensable el surgimiento del Estado, para evitar el caos que supondría la pérdida relativa de vínculos tribales.
En todos nosotros pervive un estrato de la horda paleolítica. Y esto es muy necesario, porque en multitud de situaciones necesitamos tomar decisiones rápidas, intuitivas o discrecionales, y no podemos perder tiempo con debates o cálculos demasiado elaborados. El psicólogo Daniel Kahneman describe la mente humana en términos del Sistema 1 y el Sistema 2. El primero "opera de manera rápida y automática, con poco o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario". Por contraste, el segundo "centra la atención en las actividades mentales esforzadas que lo demandan, incluidos los cálculos complejos." (D. Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012, p. 35.)
El problema surge cuando utilizamos nuestro Yo paleolítico, o Sistema 1, en contextos en los que se requeriría la entrada en acción del Yo civilizado o Sistema 2. Por supuesto, ambos actúan con un entrelazamiento muy complejo, pero podemos aventurar la hipótesis de que tendemos a actuar más bajo los mandatos de la horda cuando votamos, opinamos o nos manifestamos políticamente, porque todo ello es gratis, o lo parece (al final, nuestras decisiones acaloradas pueden costarnos muy caras). En cambio, cuando nos jugamos directamente nuestro dinero, tendemos a ser más reflexivos y responsables. No todo el mundo, está claro, pero sí de una manera estadísticamente comprobable. Por eso, indefectiblemente, los países en los que hay libertad de mercado prosperan, porque lo que llamamos el "individuo" (el Sistema 2, la razón calculadora) tiende a ser más competente a la hora de buscar su felicidad que la colectividad (Sistema 1).
De lo anterior se infiere que la democracia debe limitarse, porque de lo contrario supone un predominio excesivo de la horda ancestral, de las emociones más primarias, sobre nuestros estratos mentales más racionales y calculadores. Pero las soluciones pretéritas, como el voto censitario o la bicameralidad a la británica (que introduce con la Cámara de los Lores una corrección aristocrática del sistema), además de que serían percibidas como un retroceso, no servirían de gran cosa hoy. A lo que debería tenderse es a un nuevo reparto de las tareas entre el Yo paleolítico y el civilizado. El primero se desenvuelve con agilidad en las operaciones discrecionales, las que caracterizan a los poderes ejecutivo y judicial. No significa esto, obviamente, que los gobiernos y tribunales no necesiten grandes dosis de información para tomar sus decisiones. Pero lo que caracteriza precisamente al Sistema 1 es que puede tomar decisiones inmediatas, o muy rápidas, en entornos complejos, es decir, procesar la información mediante métodos heurísticos que aunque no evitan los errores, tienen un nivel de acierto sorprendente, sin el cual estaríamos paralizados por la indecisión en multitud de circunstancias.
Dicho en cristiano: Soy partidario de la elección directa de los gobernantes, con la mayor periodicidad posible (una vez al año, incluso, como los cónsules romanos) y de la generalización de los jurados populares, sin las limitaciones actuales en España, que reducen la institución a un papel que es casi una burla. El Sistema 1 (lo que vulgarmente se dice "la gente", o "el pueblo") tiene un instinto para tomar decisiones correctas y justas que casi siempre (si se dispone del asesoramiento adecuado), es muy superior al juicio de tecnócratas o magistrados, oscurecido por prejuicios intelectuales.
Pero he dicho que defiendo menos democracia, no más. Y he aquí lo que prometí. Propongo sustraer el poder legislativo a los vaivenes de las mayorías irresponsables; quitar las sucias manos de la plebe (el Sistema 1) de las leyes, y dejar estas al cuidado de un Senado de miembros vitalicios y elegidos por cooptación, que debería estar integrado por las personas más capacitadas en las disciplinas humanísticas. La Ley se ha convertido en nuestros días en un monstruo cambiante y creciente, en un tumor de miles de páginas que incrementa la inseguridad jurídica (lo que hoy está permitido, mañana no lo está y viceversa) y la confusión, desprestigiando a la propia Ley, y difuminando la separación entre el poder ejecutivo y el legislativo, porque cualquier cosa que un gobierno quiera hacer, podrá hacerlo solo con que el partido que lo apoya cambie la ley en el parlamento. Por el contrario, la Ley no debe ser la materia sobre la que trabajan los gobiernos, sino aquello que están encargados de cumplir y hacer cumplir. Y como no podemos poner al zorro a guardar las gallinas, es necesario que el poder legislativo esté en manos de unos guardianes inamovibles, que carezcan de cualquier incentivo para modificar las leyes sin razón perentoria, y no compartan su legitimidad con la de un gobierno elegido por el pueblo.
Soy consciente de que con esta propuesta subvierto un principio clave del liberalismo. Nuestra Constitución de 1812 introdujo la novedad opuesta: Un parlamento elegido democráticamente (con las restricciones propias del siglo XIX), y un poder ejecutivo monárquico, basado en la sucesión hereditaria. Aquella constitución fracasó, no tanto por la mezquindad de Fernando VII, como porque es un contrasentido pretender introducir democracia dejando el poder ejecutivo en manos de una dinastía. Pero hoy estamos contemplando la decadencia de los parlamentos democráticos. Contaminados por la superstición de que el pueblo (nuestro Yo ancestral) debe hacer las leyes, nos encontramos con el resultado. Queremos crecimiento económico, y al mismo tiempo queremos "derechos sociales" (la igualdad estática de la horda); valoramos en las encuestas la familia por encima de todo, y al mismo tiempo defendemos que los niños puedan ser adoptados por cualquiera; bramamos contra las guerras y contra la pena de muerte, pero convertimos el aborto en un "derecho".
La gente debe elegir gobernantes, que se renueven constantemente. La gente debe poder juzgar a los delincuentes y resolver litigios, escuchando a ambas partes en un proceso reglamentado (esto no tiene nada que ver con los tribunales populares, parodia de justicia). La gente es sabia para lo que depende de ella y para lo que requiere soluciones rápidas. En suma, la gente puede autogobernarse perfectamente. Pero la gente, el pueblo, la horda, es demasiado grosera y brutal para hacer las leyes, para emitir opiniones sobre asuntos que no le afectan directamente, que no le competen. La democracia representativa ha disimulado la incompetencia esencial de las masas para legislar, mediante la idea de que los representantes salvarían la ignorancia supina del pueblo. Pero los diputados, a la postre, no son mucho más competentes que quienes los eligen a base de dejarse halagar. Y el problema no es tanto que el pueblo haga las leyes como que, con este pretexto, las leyes se hagan y deshagan continuamente.
Por supuesto, esta reforma no se puede aplicar de manera súbita; toda revolución es contraproducente. Esta propuesta podría servir para el siglo XXII. Por el momento, haríamos bien en limitar el poder legislativo, introduciendo sistemas de mayorías cualificadas en los parlamentos, no sin antes derogar leyes de ingeniería social (el aborto, ante todo), que abusan de la Constitución y conculcan los derechos humanos más básicos. Si esto implica una reforma de la misma Constitución, es una cuestión técnica en la que no entraré ahora. Pero si tenemos el objetivo claro, aunque sea a largo plazo, quizá consigamos dejar de errar por el desierto del positivismo jurídico y el relativismo.
La diferencia se halla en los resultados. El capitalismo tiene un efecto objetivo y perfectamente mensurable, que sólo niegan los ignorantes y los ideólogos socialistas (que prosperan gracias al abrumador predominio de los primeros), y es que hace aumentar la riqueza de todos. La democracia, por el contrario, actúa en el sentido contrario, lastrando el crecimiento. Esto es debido a la Paradoja de las Masas. Estas, al mismo tiempo que se benefician del mercado libre, en casi todas partes terminan votando políticas que van contra él, mediante controles de precios, subvenciones, y mil formas de intervencionismo.
El capitalismo hace aumentar la riqueza porque, aunque mucha gente emplee estúpidamente su dinero, en general tendemos a ser más responsables con aquello que nos cuesta un esfuerzo ganar. En cambio, la retórica política de las democracias está dominada por irresponsables promesas de gratis total, de ayudas estatales y de subvenciones a los grupos de presión que más ruido hacen, con la complicidad estólida del público. Parece como si el individuo humano sufriera una especie de doble personalidad. Como agentes económicos tendemos a la racionalidad, ya sea imperfecta, del homo economicus, que tanta mofa inspira contra los economistas, sólo parcialmente justificada. Pero como ciudadanos, parece funcionar más en nosotros una especie de instinto gregario de la horda primitiva. Nuestra capacidad de raciocinio se vuelve grosera, parecemos operar sólo con conceptos bipolares de amigo-enemigo, victoria-derrota y suma cero (la derrota del enemigo es mi victoria).
Esto tiene un fundamento evolutivo, que no voy a descubrir ahora. En la horda primitiva, los valores colectivos están por encima del individuo, porque de ellos depende el éxito en la caza y la expedición guerrera. No hay apenas intercambio dentro del grupo de cazadores; la caza y la guerra es una tarea grupal, y el botín se comparte equitativamente. La civilización, por el contrario, se basa en la división del trabajo, en el comercio y en una mayor libertad individual, lo que paradójicamente hace indispensable el surgimiento del Estado, para evitar el caos que supondría la pérdida relativa de vínculos tribales.
En todos nosotros pervive un estrato de la horda paleolítica. Y esto es muy necesario, porque en multitud de situaciones necesitamos tomar decisiones rápidas, intuitivas o discrecionales, y no podemos perder tiempo con debates o cálculos demasiado elaborados. El psicólogo Daniel Kahneman describe la mente humana en términos del Sistema 1 y el Sistema 2. El primero "opera de manera rápida y automática, con poco o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario". Por contraste, el segundo "centra la atención en las actividades mentales esforzadas que lo demandan, incluidos los cálculos complejos." (D. Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012, p. 35.)
El problema surge cuando utilizamos nuestro Yo paleolítico, o Sistema 1, en contextos en los que se requeriría la entrada en acción del Yo civilizado o Sistema 2. Por supuesto, ambos actúan con un entrelazamiento muy complejo, pero podemos aventurar la hipótesis de que tendemos a actuar más bajo los mandatos de la horda cuando votamos, opinamos o nos manifestamos políticamente, porque todo ello es gratis, o lo parece (al final, nuestras decisiones acaloradas pueden costarnos muy caras). En cambio, cuando nos jugamos directamente nuestro dinero, tendemos a ser más reflexivos y responsables. No todo el mundo, está claro, pero sí de una manera estadísticamente comprobable. Por eso, indefectiblemente, los países en los que hay libertad de mercado prosperan, porque lo que llamamos el "individuo" (el Sistema 2, la razón calculadora) tiende a ser más competente a la hora de buscar su felicidad que la colectividad (Sistema 1).
De lo anterior se infiere que la democracia debe limitarse, porque de lo contrario supone un predominio excesivo de la horda ancestral, de las emociones más primarias, sobre nuestros estratos mentales más racionales y calculadores. Pero las soluciones pretéritas, como el voto censitario o la bicameralidad a la británica (que introduce con la Cámara de los Lores una corrección aristocrática del sistema), además de que serían percibidas como un retroceso, no servirían de gran cosa hoy. A lo que debería tenderse es a un nuevo reparto de las tareas entre el Yo paleolítico y el civilizado. El primero se desenvuelve con agilidad en las operaciones discrecionales, las que caracterizan a los poderes ejecutivo y judicial. No significa esto, obviamente, que los gobiernos y tribunales no necesiten grandes dosis de información para tomar sus decisiones. Pero lo que caracteriza precisamente al Sistema 1 es que puede tomar decisiones inmediatas, o muy rápidas, en entornos complejos, es decir, procesar la información mediante métodos heurísticos que aunque no evitan los errores, tienen un nivel de acierto sorprendente, sin el cual estaríamos paralizados por la indecisión en multitud de circunstancias.
Dicho en cristiano: Soy partidario de la elección directa de los gobernantes, con la mayor periodicidad posible (una vez al año, incluso, como los cónsules romanos) y de la generalización de los jurados populares, sin las limitaciones actuales en España, que reducen la institución a un papel que es casi una burla. El Sistema 1 (lo que vulgarmente se dice "la gente", o "el pueblo") tiene un instinto para tomar decisiones correctas y justas que casi siempre (si se dispone del asesoramiento adecuado), es muy superior al juicio de tecnócratas o magistrados, oscurecido por prejuicios intelectuales.
Pero he dicho que defiendo menos democracia, no más. Y he aquí lo que prometí. Propongo sustraer el poder legislativo a los vaivenes de las mayorías irresponsables; quitar las sucias manos de la plebe (el Sistema 1) de las leyes, y dejar estas al cuidado de un Senado de miembros vitalicios y elegidos por cooptación, que debería estar integrado por las personas más capacitadas en las disciplinas humanísticas. La Ley se ha convertido en nuestros días en un monstruo cambiante y creciente, en un tumor de miles de páginas que incrementa la inseguridad jurídica (lo que hoy está permitido, mañana no lo está y viceversa) y la confusión, desprestigiando a la propia Ley, y difuminando la separación entre el poder ejecutivo y el legislativo, porque cualquier cosa que un gobierno quiera hacer, podrá hacerlo solo con que el partido que lo apoya cambie la ley en el parlamento. Por el contrario, la Ley no debe ser la materia sobre la que trabajan los gobiernos, sino aquello que están encargados de cumplir y hacer cumplir. Y como no podemos poner al zorro a guardar las gallinas, es necesario que el poder legislativo esté en manos de unos guardianes inamovibles, que carezcan de cualquier incentivo para modificar las leyes sin razón perentoria, y no compartan su legitimidad con la de un gobierno elegido por el pueblo.
Soy consciente de que con esta propuesta subvierto un principio clave del liberalismo. Nuestra Constitución de 1812 introdujo la novedad opuesta: Un parlamento elegido democráticamente (con las restricciones propias del siglo XIX), y un poder ejecutivo monárquico, basado en la sucesión hereditaria. Aquella constitución fracasó, no tanto por la mezquindad de Fernando VII, como porque es un contrasentido pretender introducir democracia dejando el poder ejecutivo en manos de una dinastía. Pero hoy estamos contemplando la decadencia de los parlamentos democráticos. Contaminados por la superstición de que el pueblo (nuestro Yo ancestral) debe hacer las leyes, nos encontramos con el resultado. Queremos crecimiento económico, y al mismo tiempo queremos "derechos sociales" (la igualdad estática de la horda); valoramos en las encuestas la familia por encima de todo, y al mismo tiempo defendemos que los niños puedan ser adoptados por cualquiera; bramamos contra las guerras y contra la pena de muerte, pero convertimos el aborto en un "derecho".
La gente debe elegir gobernantes, que se renueven constantemente. La gente debe poder juzgar a los delincuentes y resolver litigios, escuchando a ambas partes en un proceso reglamentado (esto no tiene nada que ver con los tribunales populares, parodia de justicia). La gente es sabia para lo que depende de ella y para lo que requiere soluciones rápidas. En suma, la gente puede autogobernarse perfectamente. Pero la gente, el pueblo, la horda, es demasiado grosera y brutal para hacer las leyes, para emitir opiniones sobre asuntos que no le afectan directamente, que no le competen. La democracia representativa ha disimulado la incompetencia esencial de las masas para legislar, mediante la idea de que los representantes salvarían la ignorancia supina del pueblo. Pero los diputados, a la postre, no son mucho más competentes que quienes los eligen a base de dejarse halagar. Y el problema no es tanto que el pueblo haga las leyes como que, con este pretexto, las leyes se hagan y deshagan continuamente.
Por supuesto, esta reforma no se puede aplicar de manera súbita; toda revolución es contraproducente. Esta propuesta podría servir para el siglo XXII. Por el momento, haríamos bien en limitar el poder legislativo, introduciendo sistemas de mayorías cualificadas en los parlamentos, no sin antes derogar leyes de ingeniería social (el aborto, ante todo), que abusan de la Constitución y conculcan los derechos humanos más básicos. Si esto implica una reforma de la misma Constitución, es una cuestión técnica en la que no entraré ahora. Pero si tenemos el objetivo claro, aunque sea a largo plazo, quizá consigamos dejar de errar por el desierto del positivismo jurídico y el relativismo.
sábado, 6 de abril de 2013
Réplica a Eze
En un comentario a mi entrada anterior, Eze concluye que la existencia o inexistencia de Dios es superflua para la filosofía moral. Intentaré razonar por qué no lo veo así.
Al hablar de Dios me refiero al Creador. Este concepto implica (1) un Ser trascendente, no un principio inmanente que actuaría en una materia o caos primigenio (y 2) un Ser de carácter personal, que crea el mundo por un acto de su libre voluntad, a diferencia de un ser del que emanara el universo de modo necesario. En anteriores entradas he argumentado que si prescindimos de cualquiera de estos atributos, incurrimos en una forma más o menos implícita de materialismo, de "explicarlo" todo por fuerzas impersonales inmanentes. Que es como no explicar nada.
Del carácter trascendente de Dios se desprende que es infinito y perfecto, es decir, que no puede estar limitado por algo, pues todo cuanto existe lo hace gracias a Él. Esto, unido a su carácter personal, nos indica que Dios no necesitaba crear el mundo porque careciera de algo, sino que la Creación es desinteresada, un puro acto de amor hacia las criaturas personales como nosotros.
Y de ahí a su vez se infiere que Dios ha creado todo con una finalidad, que es la realización de lo óptimo para criaturas libres, que podrán aprovechar o no las posibilidades que ofrece la Creación. Siendo esto así, lo mejor para el ser humano será aquello que coincide con la voluntad de Dios. Entiéndase: no es que lo bueno sea en sí mismo someterse a los "decretos" divinos, sino que Dios quiere nuestro bien, y por tanto ambas cosas, la voluntad trascendente y el bien, coinciden.
Ahora bien, ¿qué es lo mejor, qué es el bien para el hombre? Si resulta que todo bien procede de Dios, es obvio que lo mejor para las criaturas libres es trascenderse más allá de sí mismas para volver a su Creador, para estar lo más cerca posible de la fuente de todo bien. Esto significa exactamente lo que expresa el primer mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente." (Mateo, 22, 37.) Y quien ama a Dios ama a sus semejantes, que son, como él, seres creados por Dios.
Quien ama a Dios y al prójimo no sitúa su propia subjetividad (placeres sensoriales, intereses) por encima de todo. Acepta que existe un Orden querido por Dios, en razón de su bondad y sabiduría, y ama este orden que viene de Él. No pretende jamás alterarlo, salvo debilidad, entregándose por ejemplo a la promiscuidad u otros excesos, pues considera que hay una forma de vivir que es objetivamente la mejor en sí misma. No cree en absoluto que lo bueno dependa de la subjetividad de cada cual.
La concreción de los preceptos que emanan de la ética cristiana se basa en la razón natural (la observación de las consecuencias de determinadas conductas, tanto en el nivel individual como social) y en la Revelación. No pretendo que haya una deducción formal, apriorística, desde la existencia de Dios hasta los mandamientos "no matarás", "no robarás", etc. Lo que afirmo es que el "no matarás" solo puede ser bueno en sí porque un Ser infinito ha creado todo con un fin bueno, en el cual matar, robar, ser infiel al cónyuge, etc, se interfieren.
Ahora, supongamos que Dios no existe. Si es así, no hay una finalidad de lo existente en su conjunto. No hay un bien absoluto. Lo que hay son cosas que me agradan y otras que me desagradan. Puede que también me desagrade lo que desagrada a otros, pero esto no es más que un feliz accidente. No hay una razón absoluta por la cual haya que amar al prójimo, pues su existencia, como la mía propia, es gratuita, no es en sí misma un bien, como sí lo es si ha sido creado libremente por un Ser perfecto. Nos caen bien, sin duda, las personas que hallan sumo disgusto en el dolor ajeno, porque no tememos ser dañados por esta clase de personas. Y esto es todo: sentimientos subjetivos.
El imperativo categórico es un sofisma. "Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal". ¿Ley universal? ¿Qué significa esto? Esto no es más que reformular el principio cristiano de amor al prójimo, vaciándolo de contenido y pretendiendo que es una razón del obrar, y no una mera prescripción. Kant, que era por supuesto cristiano, incurre sin embargo en la suprema soberbia de "explicar" el mandamiento evangélico del amor, reduciéndolo a un formalismo hueco, autosostenido, y del cual se deduce la existencia de Dios como un mero postulado.
En realidad, no hay ninguna razón práctica que prescriba nada, si el universo no procede del Logos. Si somos resultado de un accidente molecular, lo que hagamos o dejemos de hacer es igualmente gratuito, está de más. No hay ningún deber absoluto, sino todo lo más un sentimiento del deber. Nada es más vacío que el deber por el deber. ("¡Deber! Nombre sublime y grande (...), tú que sólo exiges una ley que halla por sí misma acceso en el ánimo, y que se conquista (...) veneración por sí misma...", Crítica de la razón práctica, Lib. I, cap. III.) Eichmann interpretó que su deber era obedecer las órdenes del Führer, por mucho que chocaran con sus sentimientos naturales de compasión. La mayoría, afortunadamente, interpretará que su deber no consiste en acallar dichos sentimientos, sino todo lo contrario. Pero en el concepto del deber no está intrínsecamente el bien en un sentido objetivo.
En cambio, el cristiano entiende que el deber está supeditado al bien, y que el bien absoluto existe: es el Creador y ordenador de todo cuanto existe. El cristiano puede equivocarse, como cualquiera, en determinar qué es el bien en cada situación concreta, pero al menos sabe que existe esta posibilidad de error objetivo, y por ello puede tratar de evitarla con mayores posibilidades de éxito, aunque ninguna obra humana lo alcance plenamente. Quien no cree en Dios no admite que haya un bien y un mal objetivos, absolutos. Es decir, puede admitirlo, pero su posición, convenientemente analizada, se revelará incoherente, y acaso originada en una interiorización inconsciente, no reconocida, del concepto de Dios personal.
El problema de este error es que, una vez se cae en él, es muy difícil rescatar lo objetivo de lo subjetivo, del sentimiento. El ateo o agnóstico decente (seguramente la mayoría) habitualmente razona más o menos así: "Yo no necesito creer en Dios para ser bueno, para amar al prójimo." Y le parece casi una maldad razonar que sin Dios no hay motivos para ser bueno. Más aún, le parece que es más bueno, más desinteresado, quien ama al prójimo sin creer en Dios (o temer su ira) que quien lo hace por considerarlo una criatura divina.
He aquí una confusión verdaderamente absurda. En cierto modo, podría decirse que amar a un hermano de sangre carece de mérito, pero no por ello se le ocurriría a nadie afirmar que ese amor es menos auténtico. El amor pour l'amour es un concepto tan hueco como el deber por el deber. Uno no se enamora sin ningún motivo, sino que ve cualidades en la otra persona que le llevan a amarla. ¿Es por eso el amor menos puro y desinteresado? Al contrario, en cierto sentido el amor podría definirse como saber encontrar en el otro sus mejores cualidades, su ser más verdadero.
El cristiano ama a Dios por su bondad y poder infinitos. Y ama a los demás porque reconoce en ellos a seres creados (y a su vez, amados) por Dios; ve en ellos lo que nunca verá un materialista (más allá de la retórica políticamente correcta de que "todos somos únicos"). No sólo no hay nada impuro en ello, sino que amar a los demás de modo abstracto, sin un motivo que los haga especiales, sería un contrasentido, o más bien una parodia del amor. Sería recrearse en la presunción de la propia bondad de sentimientos, más que auténtico amor.
Se me podrá acusar de idealizar lo que es un cristiano. Pero el agnóstico ¿no se idealiza mucho más a sí mismo? En realidad, lo que caracteriza al cristiano es lo dolorosamente consciente que es de la dificultad de amar, hasta el punto que no cree posible lograrlo sin la ayuda de Dios. Ante todo, se considera como un pecador, un ser débil y limitado.
De lo que más lejos está el cristiano que vive intensamente su fe es de la autocomplacencia de creerse bueno. Esto es algo reservado al agnóstico que nos asegura que no necesita creer en el Cielo ni en el Infierno para amar a la humanidad. No estoy tan seguro de que su concepto de "humanidad" incluya verdaderamente a todos, más allá de la retórica, pero aunque sea así, en mi opinión es porque no ha eliminado del todo la impronta de la cultura cristiana. Muchos agnósticos trabajan para ello, pero dudo mucho que, si un día lo consiguen totalmente, el resultado vaya a ser el que esperaban.
Sólo podemos amar (en sentido pleno) a una persona, no a una cosa o a una idea. Por eso solo hay dos concepciones éticas fundamentales, como decía Ivanof en El cero y el infinito. O bien todo cuanto existe tiene su origen en un Ser personal, que nos ama. O bien las personas son un subproducto de la materia inerte. De lo primero, sólo puede derivarse, consecuentemente, una forma de vivir plena basada en el amor. Lo segundo permite justificar cualquier doctrina en la cual el absoluto de la persona sea reemplazado por cualquier otro o por la nada. Esto significa que no necesariamente tenemos que caer en el sacrificio inmisericorde del individuo, desde una perspectiva atea, pero nada nos lo impide. Puede que nuestros materialistas gocen en general de buenos sentimientos. Pero eso sólo es una cuestión de suerte.
Al hablar de Dios me refiero al Creador. Este concepto implica (1) un Ser trascendente, no un principio inmanente que actuaría en una materia o caos primigenio (y 2) un Ser de carácter personal, que crea el mundo por un acto de su libre voluntad, a diferencia de un ser del que emanara el universo de modo necesario. En anteriores entradas he argumentado que si prescindimos de cualquiera de estos atributos, incurrimos en una forma más o menos implícita de materialismo, de "explicarlo" todo por fuerzas impersonales inmanentes. Que es como no explicar nada.
Del carácter trascendente de Dios se desprende que es infinito y perfecto, es decir, que no puede estar limitado por algo, pues todo cuanto existe lo hace gracias a Él. Esto, unido a su carácter personal, nos indica que Dios no necesitaba crear el mundo porque careciera de algo, sino que la Creación es desinteresada, un puro acto de amor hacia las criaturas personales como nosotros.
Y de ahí a su vez se infiere que Dios ha creado todo con una finalidad, que es la realización de lo óptimo para criaturas libres, que podrán aprovechar o no las posibilidades que ofrece la Creación. Siendo esto así, lo mejor para el ser humano será aquello que coincide con la voluntad de Dios. Entiéndase: no es que lo bueno sea en sí mismo someterse a los "decretos" divinos, sino que Dios quiere nuestro bien, y por tanto ambas cosas, la voluntad trascendente y el bien, coinciden.
Ahora bien, ¿qué es lo mejor, qué es el bien para el hombre? Si resulta que todo bien procede de Dios, es obvio que lo mejor para las criaturas libres es trascenderse más allá de sí mismas para volver a su Creador, para estar lo más cerca posible de la fuente de todo bien. Esto significa exactamente lo que expresa el primer mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente." (Mateo, 22, 37.) Y quien ama a Dios ama a sus semejantes, que son, como él, seres creados por Dios.
Quien ama a Dios y al prójimo no sitúa su propia subjetividad (placeres sensoriales, intereses) por encima de todo. Acepta que existe un Orden querido por Dios, en razón de su bondad y sabiduría, y ama este orden que viene de Él. No pretende jamás alterarlo, salvo debilidad, entregándose por ejemplo a la promiscuidad u otros excesos, pues considera que hay una forma de vivir que es objetivamente la mejor en sí misma. No cree en absoluto que lo bueno dependa de la subjetividad de cada cual.
La concreción de los preceptos que emanan de la ética cristiana se basa en la razón natural (la observación de las consecuencias de determinadas conductas, tanto en el nivel individual como social) y en la Revelación. No pretendo que haya una deducción formal, apriorística, desde la existencia de Dios hasta los mandamientos "no matarás", "no robarás", etc. Lo que afirmo es que el "no matarás" solo puede ser bueno en sí porque un Ser infinito ha creado todo con un fin bueno, en el cual matar, robar, ser infiel al cónyuge, etc, se interfieren.
Ahora, supongamos que Dios no existe. Si es así, no hay una finalidad de lo existente en su conjunto. No hay un bien absoluto. Lo que hay son cosas que me agradan y otras que me desagradan. Puede que también me desagrade lo que desagrada a otros, pero esto no es más que un feliz accidente. No hay una razón absoluta por la cual haya que amar al prójimo, pues su existencia, como la mía propia, es gratuita, no es en sí misma un bien, como sí lo es si ha sido creado libremente por un Ser perfecto. Nos caen bien, sin duda, las personas que hallan sumo disgusto en el dolor ajeno, porque no tememos ser dañados por esta clase de personas. Y esto es todo: sentimientos subjetivos.
El imperativo categórico es un sofisma. "Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal". ¿Ley universal? ¿Qué significa esto? Esto no es más que reformular el principio cristiano de amor al prójimo, vaciándolo de contenido y pretendiendo que es una razón del obrar, y no una mera prescripción. Kant, que era por supuesto cristiano, incurre sin embargo en la suprema soberbia de "explicar" el mandamiento evangélico del amor, reduciéndolo a un formalismo hueco, autosostenido, y del cual se deduce la existencia de Dios como un mero postulado.
En realidad, no hay ninguna razón práctica que prescriba nada, si el universo no procede del Logos. Si somos resultado de un accidente molecular, lo que hagamos o dejemos de hacer es igualmente gratuito, está de más. No hay ningún deber absoluto, sino todo lo más un sentimiento del deber. Nada es más vacío que el deber por el deber. ("¡Deber! Nombre sublime y grande (...), tú que sólo exiges una ley que halla por sí misma acceso en el ánimo, y que se conquista (...) veneración por sí misma...", Crítica de la razón práctica, Lib. I, cap. III.) Eichmann interpretó que su deber era obedecer las órdenes del Führer, por mucho que chocaran con sus sentimientos naturales de compasión. La mayoría, afortunadamente, interpretará que su deber no consiste en acallar dichos sentimientos, sino todo lo contrario. Pero en el concepto del deber no está intrínsecamente el bien en un sentido objetivo.
En cambio, el cristiano entiende que el deber está supeditado al bien, y que el bien absoluto existe: es el Creador y ordenador de todo cuanto existe. El cristiano puede equivocarse, como cualquiera, en determinar qué es el bien en cada situación concreta, pero al menos sabe que existe esta posibilidad de error objetivo, y por ello puede tratar de evitarla con mayores posibilidades de éxito, aunque ninguna obra humana lo alcance plenamente. Quien no cree en Dios no admite que haya un bien y un mal objetivos, absolutos. Es decir, puede admitirlo, pero su posición, convenientemente analizada, se revelará incoherente, y acaso originada en una interiorización inconsciente, no reconocida, del concepto de Dios personal.
El problema de este error es que, una vez se cae en él, es muy difícil rescatar lo objetivo de lo subjetivo, del sentimiento. El ateo o agnóstico decente (seguramente la mayoría) habitualmente razona más o menos así: "Yo no necesito creer en Dios para ser bueno, para amar al prójimo." Y le parece casi una maldad razonar que sin Dios no hay motivos para ser bueno. Más aún, le parece que es más bueno, más desinteresado, quien ama al prójimo sin creer en Dios (o temer su ira) que quien lo hace por considerarlo una criatura divina.
He aquí una confusión verdaderamente absurda. En cierto modo, podría decirse que amar a un hermano de sangre carece de mérito, pero no por ello se le ocurriría a nadie afirmar que ese amor es menos auténtico. El amor pour l'amour es un concepto tan hueco como el deber por el deber. Uno no se enamora sin ningún motivo, sino que ve cualidades en la otra persona que le llevan a amarla. ¿Es por eso el amor menos puro y desinteresado? Al contrario, en cierto sentido el amor podría definirse como saber encontrar en el otro sus mejores cualidades, su ser más verdadero.
El cristiano ama a Dios por su bondad y poder infinitos. Y ama a los demás porque reconoce en ellos a seres creados (y a su vez, amados) por Dios; ve en ellos lo que nunca verá un materialista (más allá de la retórica políticamente correcta de que "todos somos únicos"). No sólo no hay nada impuro en ello, sino que amar a los demás de modo abstracto, sin un motivo que los haga especiales, sería un contrasentido, o más bien una parodia del amor. Sería recrearse en la presunción de la propia bondad de sentimientos, más que auténtico amor.
Se me podrá acusar de idealizar lo que es un cristiano. Pero el agnóstico ¿no se idealiza mucho más a sí mismo? En realidad, lo que caracteriza al cristiano es lo dolorosamente consciente que es de la dificultad de amar, hasta el punto que no cree posible lograrlo sin la ayuda de Dios. Ante todo, se considera como un pecador, un ser débil y limitado.
De lo que más lejos está el cristiano que vive intensamente su fe es de la autocomplacencia de creerse bueno. Esto es algo reservado al agnóstico que nos asegura que no necesita creer en el Cielo ni en el Infierno para amar a la humanidad. No estoy tan seguro de que su concepto de "humanidad" incluya verdaderamente a todos, más allá de la retórica, pero aunque sea así, en mi opinión es porque no ha eliminado del todo la impronta de la cultura cristiana. Muchos agnósticos trabajan para ello, pero dudo mucho que, si un día lo consiguen totalmente, el resultado vaya a ser el que esperaban.
Sólo podemos amar (en sentido pleno) a una persona, no a una cosa o a una idea. Por eso solo hay dos concepciones éticas fundamentales, como decía Ivanof en El cero y el infinito. O bien todo cuanto existe tiene su origen en un Ser personal, que nos ama. O bien las personas son un subproducto de la materia inerte. De lo primero, sólo puede derivarse, consecuentemente, una forma de vivir plena basada en el amor. Lo segundo permite justificar cualquier doctrina en la cual el absoluto de la persona sea reemplazado por cualquier otro o por la nada. Esto significa que no necesariamente tenemos que caer en el sacrificio inmisericorde del individuo, desde una perspectiva atea, pero nada nos lo impide. Puede que nuestros materialistas gocen en general de buenos sentimientos. Pero eso sólo es una cuestión de suerte.
lunes, 1 de abril de 2013
O lo uno o lo otro
Novela que no había leído todavía, pese a serme recomendada por más de uno. Magistral, inolvidable, sintética, arquetípica, para releer varias veces. Hace una o dos semanas, vi en un rastrillo un viejo ejemplar de los años sesenta, manchado por la humedad, en la colección Áncora y Delfín de Destino. Lo abrí más o menos por la mitad y juro que casualmente di con el que quizás sea el mejor pasaje del libro. Lo pronuncia el personaje de Ivanof, un comisario soviético, inteligente y cínico:
"No hay más que dos concepciones de la ética humana, y las dos son polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria, declara sagrado al individuo y afirma que las reglas de la aritmética no deben aplicarse a las unidades humanas. La otra concepción arranca fundamentalmente del principio de un fin colectivo, justifica todos los medios, y no solamente permite sino incluso exige que el individuo esté absolutamente subordinado y sacrificado a la comunidad..."
(Arthur Koestler, El cero y el infinito.)Nótese: "No hay más que dos concepciones..." Exacto. Sólo hay dos posibilidades. O la vida es sagrada (hemos sido creados por Dios) o la vida no es sagrada. No hay una ética racional que pueda prescindir de Dios, o reducirlo a un postulado, como hace Kant, y al mismo tiempo establecer como verdad apodíctica la dignidad del hombre. Se pongan como se pongan nuestros tratadistas de ética de la agnóstica Socioeuropa del aborto masivo, no la hay.
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