domingo, 10 de marzo de 2013

El argumento definitivo (2 de 3)

El argumento definitivo (1 de 3)

Explicaciones metafísicas del orden
Wittgenstein, en su obra citada, sostuvo que no tiene sentido nada que afirmemos más allá de los hechos. Ignoraré esta tesis, hace tiempo superada (en parte por su propio autor) y mostraré las tres opciones metafísicas (más allá de la ciencia) que se nos presentan a la hora de explicar el fundamento del orden.
1) Explicación teísta. Según esta, el orden ha sido establecido por un Ser personal trascendente e infinito, con una finalidad. Para el cristianismo esta finalidad es el hombre; Dios no necesitaba crearnos, porque al ser infinito no necesita nada, por definición. De ahí que el concepto central del cristianismo sea el amor, el acto puramente desinteresado por el cual se nos da el ser a las criaturas inteligentes y libres.
Por supuesto, es muy difícil o imposible penetrar en los detalles de la “ingeniería divina”, esto es, comprender los fines intermedios o motivos por los cuales Dios ha ajustado las constantes físicas y ecuaciones del universo de una determinada manera. Esto llevó a Descartes (con buen criterio) a sostener que la ciencia no debía tratar de inquirir sobre los designios de la divinidad (por qué hizo las cosas de tal modo), sino centrarse en las relaciones causales. (Principes de la philosophie, I, 28) O dicho de otro modo, olvidarse metodológicamente del porqué y especializarse en el cómo.
La explicación teísta es la más antigua. Desde siempre, lo seres humanos han percibido una intencionalidad en los fenómenos naturales, análoga a la intencionalidad de las acciones humanas. Han imaginado la existencia de espíritus, hadas, duendes, demonios y dioses para racionalizar, ya sea de forma tosca, desde fenómenos meteorológicos o geológicos, hasta las vicisitudes que escapan al control consciente del individuo, aun cuando son protagonizadas o padecidas por él (guerras, epidemias, dramas familiares, etc). Ya en la Antigüedad surgió la forma más elaborada de explicación teísta, conocida como monoteísmo. (Una pluralidad de dioses o espíritus sería a su vez un hecho bruto que restaría por explicar: por qué tal número, por qué tales y cuales características diferenciadas, cuál es su origen, etc.)
El hecho de que el teísmo sea, cronológicamente, la primera explicación, no la hace menos probable o creíble; acaso tampoco más. Pretender que por eso ya está “superada”, sería como pretender que la idea de democracia ya no sirve al hombre moderno, porque también es muy antigua, de hecho más que el cristianismo.
2) Explicación materialista. Según el materialismo, el orden es una propiedad o esencia de la materia o substancia que lo constituye todo, y que existe desde toda la eternidad, o al menos desde el principio del tiempo, si este es finito. El orden es por sí mismo explicativo, no requiere de ningún diseñador. Ante la cuestión de por qué este orden y no otro, el materialismo históricamente ha respondido de tres maneras. La primera, que no es posible ningún otro orden. La segunda, que el entendimiento humano no puede responder a esta pregunta. Y la tercera es propiamente la explicación irracionalista, que definiré más adelante.
La segunda respuesta (que no podemos responder a la pregunta: por qué este orden), equivale en última instancia a la visión positivista según la cual todo lo que estoy diciendo aquí carece de sentido. Por tanto, en sentido estricto, el materialismo metafísico, si no quiere quedar absorbido por el positivismo (que en realidad supone renunciar a la explicación), se basa en sostener que el universo no podía ser de otro modo, es decir, que está constituido por leyes necesarias en sí mismas. En rigor, este materialismo fue formulado y desarrollado en el siglo XVII por Baruch Spinoza, aunque habitualmente su nombre no se asocie al materialismo, dado que él aseguraba que pensamiento y materia (extensión) eran dos aspectos irreductibles de la substancia infinita, a la que curiosamente llamaba Dios. Pero el Dios de Spinoza no tiene nada que ver con la explicación teísta, no es un ser personal, sino la “causa de sí”, identificada con todo cuanto existe, y carente de voluntad. De hecho, el filósofo judío, en coherencia con sus principios, niega la existencia del libre albedrío incluso en el hombre. Nada de cuanto ocurre –afirma tajante– podía haber sido de otra forma: “Las cosas no han podido ser producidas por Dios de ninguna otra manera y en ningún otro orden que como lo han sido.” (Ética, I, prop. XXXIII.)
El materialismo “clásico” del siglo XVIII, tal como lo expone el Barón d’Holbach en su Sistema de la naturaleza, se caracteriza por defender idéntico fatalismo, aun cuando asume principios empiristas que le conferirán su ambigüedad algo oportunista hasta hoy, a medio camino entre el positivismo y la metafísica. “La materia... –afirma D’Holbach– es todo lo que afecta a nuestros sentidos de alguna manera.” (Système de la nature, cap. III.) Pero acto seguido, de manera absolutamente dogmática, le asigna toda una serie de características necesarias, sin revelarnos cómo hemos dado en conocerlas a través de la experiencia, en un descenso abrupto desde el nivel filosófico del siglo anterior.
En parte debido a esta incoherencia, mucha gente confunde el materialismo con una pretendida visión científica de la realidad. Esto es un malentendido tan extendido como burdo. La ciencia no abona ninguna explicación metafísica, porque la ciencia por definición no es metafísica. Por supuesto, conscientemente o no, los científicos albergan unas nociones metafísicas u otras, como todo hijo de vecino. Pero precisamente la fecundidad del método científico estriba en que, cuando se aplica con rigor, estas nociones no influyen en los resultados.
3) La explicación irracionalista.  El irracionalismo afirma que el orden es en realidad ilusorio, que no existe propiamente ningún orden sino una apariencia de orden o regularidad. El universo es absurdo y no hay ninguna razón por la cual la naturaleza deba obedecer ninguna “ley”. En cualquier momento, estas supuestas leyes que lo gobiernan podrían quebrarse. No es ninguna razón en contra que hasta ahora no lo hayan hecho, que sepamos. Así, en realidad no habría nada que explicar. El aparente orden sería accidental, como las formas casuales de las nubes, o como si un mono que aporreara un teclado compusiera aleatoriamente un verso de Shakespeare.
La explicación irracionalista no debe confundirse con ciertas versiones del materialismo que se complacen en esa metáfora del mono, o los monos, aporreando máquinas de escribir durante una eternidad, y que aparentemente lo explican todo por el azar evolutivo, elevado a categoría cósmica. (Así, Richard Dawkins.) Para que el azar sirva como explicación, debe situarse dentro de un marco de orden previo. Del bombo de la lotería puede salir cualquier número, pero no puede salir un pulpo. Incluso en la “lotería de Babilonia”, del relato de Borges (donde la determinación de los premios y sanciones, y hasta su ejecución, están sometidos a una acumulación de sorteos), existe un orden subyacente. Para el materialismo, el ser humano es un accidente molecular, pero las leyes que gobiernan la estructura de las moléculas y sus atracciones y repulsiones no son aleatorías en sí.
El irracionalismo, por el contrario, sostiene que todo es absurdo, tanto si lleva repitiéndose infinitas veces como si acontece por primera vez. Que el universo venga observando, desde que la humanidad guarda memoria, una aparente regularidad, no nos autoriza a pensar que tenga que seguir siendo así ni un minuto más. Y aunque la regularidad se mantenga diez mil millones de años más, o incluso una eternidad, no por eso dejará de ser arbitraria.
Puede pensarse que la explicación irracionalista no es una explicación, y en cierto sentido esto es innegablemente cierto. Pero de alguna manera soluciona el problema del orden, al plantear que no hay nada que resolver, que no hay verdadero orden. Conviene, sin embargo, no confundirla con la postura neopositivista. Esta afirma que no tiene sentido la metafísica, es decir, nada de lo que digamos más allá de los fenómenos observables. Pero eso no implica que niegue la existencia del orden, ni siquiera la existencia de una realidad trascendente, aunque no podamos decir nada de ella (formular proposiciones con sentido).
Sin embargo, sí hay neopositivistas que se acercan a la posición irracionalista, cuando consideran el orden como un mero hecho bruto del que no se hacen cuestión, ni se preguntan si mañana persistirá o no.
La explicación irracionalista podrá ser tachada de inverosímil, y desde luego lo es, pero ha sido planteada seriamente, desde puntos de partida muy distintos. Existencialistas ateos como Sartre (sobre todo en su novela La náusea) o Albert Camus, en El mito de Sísifo, han expuesto formalmente esta concepción de un universo carente de todo sentido, de la espesura irreductible de la materia. Y algunas especulaciones cosmológicas más recientes han llevado hasta el extremo la llamada teoría del multiverso.  Esta, en su forma moderada, surge en principio en el seno del materialismo o fisicalismo, pero se encuentra con el problema antes señalado de que el azar ya supone un orden. Incluso aunque hubiera infinitos universos, cada uno con sus propias leyes, el todo o multiverso sería a su vez un orden, el orden. El cual entendemos según la explicación materialista o queda a su vez inexplicado. Pues bien, algunos autores sostienen que todo aquello que es lógica y matemáticamente posible, existe. Max Tegmark, en concreto, ha sugerido que en rigor somos matemáticas. Esto se puede entender de dos maneras, o bien como una forma de espinosismo (explicación materialista) o bien, aunque parezca paradójico, como un irracionalismo total, pues si todo lo lógicamente posible existe, deberá admitirse que es posible que la próxima tarde la catedral de Burgos aparezca en medio de los Monegros; o que, ahora mismo, al lector le crezca una tercera oreja en el pie (no se lo deseo). Pronto veremos que las dos concepciones son en el fondo la misma, pero no nos adelantemos.
La explicación irracionalista puede semejar una broma, aunque no lo es. Lógicamente es irrefutable. Se puede considerar como un juego intelectualmente ocioso, aunque no una tesis rechazable si queremos ser rigurosos. ¿Podemos sin embargo descartar una de las otras dos?

El argumento definitivo (y 3)

martes, 5 de marzo de 2013

El agnóstico y el católico a la carta

Una crítica habitual al teísmo es que se basa en una confusión entre la realidad y el deseo. En contraste con ello, el agnóstico gusta de presentarse a sí mismo como una persona desapasionada.

En general, nuestras concepciones suelen estar animadas por nuestras preferencias, aunque esto no invalide a las primeras.

Si el teísta puede verse inclinado a creer en Dios porque aspira a una vida eterna, o por una necesidad de consuelo, el agnóstico también puede tener motivos no racionales. Por ejemplo, experimentar una sensación de liberación respecto a ciertos principios morales.

Sin embargo, el creyente católico también se siente libre. La diferencia con el agnóstico es que el católico cree que según el uso que haga de su libertad, se producirán unas consecuencias u otras de tipo absoluto. Por el contrario, el agnóstico sólo cree en consecuencias materiales. Si abusa del alcohol, sabe que esto le creará problemas de salud y en sus relaciones con los demás. En el peor de los casos, podrá morir de cirrosis: la muerte es lo máximo que puede sucederle. Todo mal (pero por la misma razón, también todo bien) es finito.

El creyente, en cambio, aspira al infinito, aun cuando ello implica el riesgo de perder mucho más que lo que tiene, de condenarse por toda la eternidad. El agnóstico o ateo no juega tan fuerte; en comparación no arriesga nada, porque hagamos lo que hagamos, todos acabamos igual: palmando. Para un ateo, no existe nada que tenga literalmente importancia absoluta, que deba tomarse absolutamente en serio. Por eso dijo Sartre  (el ateo más lúcido del siglo XX, hasta que se convirtió al marxismo) que el psicoanálisis existencial arrojaba como principal resultado "hacernos renunciar a la seriedad".

Es curioso que a menudo se presente al ateo o librepensador como más valiente, más duro (esprit fort), cuando en realidad se podría aseverar lo opuesto: el ateo opta por la "contención de daños", por no apostar radicalmente, por no arriesgar.

Bien es cierto que muchos católicos no creen en el Infierno, ni en el Juicio Final. Se adhieren a un catolicismo a la carta, una doctrina de la cual toman sólo lo que les conviene. En esto tienden a aproximarse a los agnósticos, aunque en realidad son menos "valientes" que ellos, porque no dan el siguiente paso lógico, que es desembarazarse definitivamente de la idea de Dios.

Me atrevo a afirmar que un ateo declarado está más cerca de Dios que un católico de esa modalidad hoy tan común, que critica los dogmas y la jerarquía por no adaptarse a la sociedad actual. Para entendernos, un José Bono, que hace poco, en televisión, decía que él no era un católico de esos que creen en la Inmaculada Concepción... Esto me hace pensar en un entrenador que sostuviera que el fútbol no es en su opinión meter goles, sino pasar un buen rato. Es decir, que le gusta el fútbol en la medida en que no se lo toma demasiado en serio.

Ser ateo es en mi opinión menos osado que ser católico, pero lo es más que ser un católico a la carta.  Este pone una vela a Dios y otra al diablo (o al "progreso"). Echa sólo una moneda en la máquina tragaperras, por si acaso toca. El católico, en cambio, apuesta un capital infinito. Siguiendo con esta metáfora poco edificante, el ateo es aquel que declina jugarse nada. Si el católico es un vitalista meridional, el ateo es un puritano. Y el católico a la carta, ni una cosa ni la otra, sino una mediocridad.

domingo, 3 de marzo de 2013

Cuatro tesis sobre conservadores y progresistas

1. La mayoría de las personas no sostenemos ideas plenamente coherentes, debido casi siempre a una falta de claridad e insuficiente reflexión sobre los principios subyacentes.

Esto significa que si nos remontáramos, por la cadena de la inferencia lógica, desde cada una de nuestras opiniones hasta los axiomas (o principios indemostrables) que las sustentan, descubriríamos al menos dos principios incompatibles entre sí.

2. Si la gente fuera plenamente coherente en sus opiniones, la mayoría sería conservadora, y solo una minoría sería radicalmente progresista.

Esto significa que los principios conservadores son en sí mismos intuitivos y populares, mientras que los progresistas solo consiguen penetrar tras décadas de propaganda y "reeducación". El progresismo atrae a mucha gente porque en realidad está mezclado con ideas que no son progresistas, las cuales son admitidas fácilmente, pero permiten hacer pasar de contrabando opiniones cuyos principios subyacentes, si se mostraran desnudos, provocarían un rechazo instintivo. Un ejemplo es el matrimonio homosexual. Se plantea como si fuera un triunfo de la familia, institución que los gays y lesbianas también tendrían derecho a formar (lo cual es cierto, siempre y cuando no la desnaturalicen: nadie impide a un homosexual casarse con una persona de otro sexo), cuando en realidad la idea que subyace es que la familia natural no es más que una convención arbitraria, y que es válido jugar a inventarse otro tipo de convenciones.

3. Si los conservadores fueran plenamente coherentes, defenderían un Estado mínimo, que interfiriera poco en la vida de los ciudadanos; defenderían la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; y defenderían la familia natural como institución fundamental de toda sociedad.

Por el contrario, actualmente, los conservadores están divididos grosso modo entre un ala liberal (que defiende la economía de mercado pero es laxa en cuestiones morales, como el derecho a la vida de los nonatos) y un ala tradicionalista, que mantiene posturas firmes en la moral, pero no ve con recelo al Estado socialdemócrata. Ambas posiciones son, por separado, internamente incoherentes, porque no se puede defender la libertad económica desvinculándola del sustrato moral que la hace posible y fértil. Y tampoco se pueden defender los principios morales (que se sostienen en la responsabilidad individual) al tiempo que el Estado suplanta dicha responsabilidad tutelando a los individuos desde la cuna hasta la tumba.

4. Si los progresistas fueran plenamente coherentes, no tendrían problema en defender un Estado totalitario, que interviniera en todos los aspectos de la vida humana, ni en ser partidarios del infanticidio, la eugenesia y eutanasia activas, la experimentación ilimitada con embriones, la poligamia y la pedofilia.

Esto quiere decir que si partimos de una moral inmanentista, cualquier práctica consentida entre adultos es válida... aunque también las no consentidas, si se justifican en nombre del progreso, el pueblo, la ciencia o cualquier otro ídolo. Incluso la pedofilia es defendible, si reducimos el sexo a una actividad inocua e intrascendente. Pero como decía en el comentario de la tesis 2, los progresistas habitualmente se cuidan de ser consecuentes, y por eso han inventado el concepto de "libertad sexual" de nuestro código penal, un híbrido deforme entre el viejo concepto del pudor y el pansexualismo sesentayochista. En principio, no hay límite a lo que la mente humana puede concebir como factible y justificable, abandonada a sí misma. Prueba de ello es que los "demototalitarismos" (ver Pío Moa, España contra España, pág. 85) del siglo XX han llegado a argumentar (y por supuesto, a poner en práctica) el genocidio. Las legislaciones abortistas de las actuales democracias liberales son un claro residuo tóxico de las concepciones totalitarias, que no reconocen ningún principio sagrado, en el estricto sentido del término.

sábado, 2 de marzo de 2013

La prueba de la existencia de Dios (y 2)

Dice Steenberghen: "Pues que algo existe, algo existe por sí [es necesario]". Y lo razona del siguiente modo: "La afirmación 'nada existe' no solamente es falsa, por desconocer el dato más evidente de todos, sino que implica una contradicción ejercida, ya que 'afirmar' que nada existe, supone necesariamente que algo existe." (Págs. 155 y 156, ref. en entrada anterior.)

El razonamiento es erróneo. "Nada existe" se contradice ciertamente con la realidad, porque el mero hecho de afirmarlo ya implica que existe al menos algo, es decir, la propia afirmación. Pero la proposición no es internamente contradictoria, es decir, aunque obviamente no sea el caso, no existe ninguna contradicción  en la posibilidad de que no existiera nada.

No se puede demostrar, por tanto, que existe un Ser necesario. Pero esto no significa que no exista. Más aún, creo que es absolutamente razonable pensar que existe, aunque formalmente sea imposible de probar. Todas las pretendidas pruebas de la existencia de Dios observan esta estructura:

P,
luego Dios existe.

Cuando en realidad, lo único (pero es mucho) que puede dejarse establecido es:

Si P,
Dios existe.

O dicho de otra forma, que puede resultar mucho más impactante, psicológicamente:

Si Dios no existe,
no P.

Es decir, creer en Dios no es una cuestión de o no, sino una cuestión de esto o lo otro. Se trata de un dilema. Uno puede decidir no creer en Dios, pero entonces deberá aceptar las consecuencias. ¿Y cuáles son estas? Lo explicaré brevemente en lo que queda de esta entrada.

Si no existe un Ser necesario de carácter personal, que crea el mundo por un acto libre de su voluntad y lo dota de un orden deliberado, tenemos dos opciones. O bien el universo es en sí mismo necesario y no podía haber sido de otra manera; o bien el universo es completamente "gratuito" (Sartre), existe porque sí, de manera totalmente inmotivada, y además podía haber sido parcial o totalmente distinto de como es, sin que exista tampoco ninguna explicación para su forma actual. Ahora bien, acabamos de ver que la primera opción es insostenible, pues nada impide pensar que nada hubiera existido; todo cuanto entra dentro de lo observable es contingente, y además arbitrario (no hay necesidad absoluta de que sea como es). Por tanto, si Dios no existe, todo es arbitrario, sin sentido.

¿Prueba esto apodícticamente que Dios existe? No. Solo prueba que si Dios no existe, podemos olvidarnos de la racionalidad última de lo real. Significaría que cualquier estado de cosas lógicamente posible puede darse en cualquier instante. Y en efecto, algunos cosmólogos han llegado exactamente a esta conclusión, conocida como tesis del multiverso, según la cual, en su formulación más radical, existen infinitos universos que contemplan todas las posibilidades. Algunos de ellos consisten en ligeras variaciones del nuestro, en las que una buena mañana, por ejemplo, el Sol se muestra en traje de campaña, como en el chiste de Eugenio. Y no tenemos ninguna razón para sostener que nuestro universo, aparentemente tan cuerdo, no vaya a convertirse en el siguiente minuto en un escenario propio de un cuento de Julio Cortázar o Pere Calders. (Ver David Lewis y su metafísica del realismo modal, o Max Tegmark y su hipótesis del universo matemático, en Dios y las cosmologías modernas, de F. J. Soler Gil [ed.], BAC, Madrid, 2005, págs. 112 y 302.)

Podemos desarrollar este razonamiento haciendo ver que el mismo dilema se nos plantea con el carácter personal de Dios. Si el Ser necesario no es un ser personal, deberemos admitir que se trata de una fuerza ciega, que por tanto no es esencialmente distinguible de cualquier otra fuerza conocida del universo, y es asimismo contingente y arbitraria, llamémosla "materia", "energía", "destino", "voluntad" (Schopenhauer) o como queramos. Solo una Inteligencia fundamental puede trascender lo contingente y lo arbitrario, solo de la inteligencia puede manar la inteligibilidad. Cuando hablamos del Dios personal, no estamos tratando de racionalizar un bello mito que nos resistimos a abandonar, sino reconociendo la única opción posible frente al irracionalismo metafísico, estamos admitiendo el carácter fundacional del hecho personal, la esencia irreductible de la persona. No hay más explicación última que una Inteligencia libre, creadora del orden; de lo contrario todo orden es ilusorio, es mera contingencia y arbitrariedad ciega.

Espero que se entienda ahora la impaciencia, mezclada de irritación, que me producen los agnósticos (la mayoría de ellos) que van de racionalistas por la vida, cuando precisamente, si fueran consecuentes, deberían empezar por admitir que su posición entraña un radical irracionalismo metafísico. Sean ustedes ateos o agnósticos, pero sean consecuentes con ello, al menos.

La prueba de la existencia de Dios (1 de 2)

Hace una semana publiqué en Twitter esto: "El cristianismo es algo demasiado bueno para no ser verdad." La frase es mía, aunque me sorprendería que no la hubiera pronunciado alguien antes que yo. Ni siquiera descarto que la haya leído en algún sitio y lo haya olvidado; no sería la primera vez que cometo un plagio involuntario.
Hay quienes creen que el cristianismo no es más que una confusión entre la realidad y el deseo. Esto significa no haber entendido nada. La esperanza es cualquier cosa excepto un déficit del sentido de la realidad. Por el contrario, la esperanza es una actitud dolorosamente realista, significa reconocer nuestra absoluta precariedad metafísica. Por eso ilustres conversos como C. S. Lewis o G. K. Chesterton han confesado haber sentido auténtico miedo, en el umbral de su conversión, de que el cristianismo fuera verdad. ¿Y si... hubiera Cielo e Infierno, ángeles y demonios, salvación y condenación eternas, después de todo?
El agnóstico expulsa estas inquietudes de su mente con un razonamiento pragmático: no podemos perder tiempo en considerar toda posibilidad, por lo que lo más productivo es centrarse sólo en los hechos. Sin embargo, de nuevo esto supone desconocer la esencia del problema, porque el cristianismo no es una posibilidad: es la posibilidad. Si el cristianismo es una bella fábula, hay que reconocer que se trata de la fábula más audaz jamás concebida por el espíritu humano.
Abrigo la presunción de que quien entienda esa boutade de mi Twitter, necesariamente creerá. Sin embargo, o más bien por ello, no creo que exista una prueba formalmente apodíctica de la existencia de Dios, como existe una demostración del Teorema de Pitágoras. Dios está oculto, y hay razones profundas para pensar que no podía ser de otro modo. Si Dios fuera evidente como lo es cualquier otro objeto, sería obviamente un objeto, cosa que precisamente no es.
Recientemente ha caído en mis manos el bello y sapiente libro del teólogo Fernand van Steenberghen, Dios oculto. ¿Cómo sabemos que Dios existe? (Desclée de Brouwer, Pamplona, 1965). Empieza el autor por un análisis crítico de las más famosas pruebas de la existencia de Dios, debidas a San Agustín, San Anselmo, Avicena, Santo Tomás, Descartes, Maréchal, etc, con un especial examen de las cinco vías tomistas. La objeción que le merecen prácticamente todas ellas es que, aun cuando probaran la existencia de "algo", quedaría todavía por demostrar que ese algo es Dios, definido por Steenberghen con admirable concisión como el "Creador providente del universo".
No deja de resultar entrañable que el autor desarrolle su propia demostración, que denomina "prueba metafísica", en los capítulos IX y X... Y que sea susceptible de las mismas críticas que todas las anteriores, pese al cuidadoso empeño que pone Steenberghen en evitarlas. Declino exponer aquí el razonamiento del teólogo belga. Baste decir que cree poder probar, en dos tiempos, la existencia de un Ser necesario y sus atributos de Ser personal. Me centraré sólo en lo primero, pero esto requiere otra entrada.

domingo, 17 de febrero de 2013

Juventud sin Dios

Según el último avance del Barómetro del CIS, en España el 73,1 % de la población se declara católica, aunque solo un 13,4 % de los creyentes en alguna religión asiste semanalmente a oficios religiosos. Esto significa que menos de un diez por ciento de los españoles va a misa.

Estos porcentajes se reducen notablemente en el caso de los jóvenes entre 18 y 24 años. Solo el 55,5 % se considera católico, y de estos, menos del 3,2 % asiste habitualmente a la misa dominical: menos del 2 % del total.

A menos que la juventud actual evolucione hacia posiciones más religiosas, en el futuro las creencias y las prácticas católicas de los españoles seguirán disminuyendo, por razones puramente demográficas.

La causa inmediata de esta descristianización de la sociedad se halla en la educación. Pues es evidente que si las personas mayores no han dejado en general de ser católicas (el 90,7 % de los mayores de 65 años dicen serlo, y van a misa en doble proporción que la media), debemos buscar la causa de esta diferencia entre tramos de edad en algo que afecta a unos y no a otros.

Aparentemente, además de la educación, podría haber factores psicofisiológicos. Los viejos, al tener la muerte más cerca, serían por naturaleza más inclinados a abrigar creencias religiosas. Y los jóvenes, al estar más interesados por el sexo, se sentirían mucho más tentados a desdeñar la moral católica. Sin embargo, esta explicación me parece sumamente discutible. Todos podemos morir mañana mismo, sea cual sea nuestra edad. Y en todo caso, tanto la mayor o menor consciencia de la muerte como el interés por el sexo no deben ser esencialmente distintos hoy de épocas pasadas. La gente de hace cien años no tenía seguramente menos ganas de vivir y de goces materiales que la actual, y en cambio era mucho más religiosa, en todas las edades.

Así pues, en la educación se encontraría la causa del retroceso social del catolicismo. Pero esto aún puede malinterpretarse de una forma un tanto burda. Se dice que los jóvenes de hoy tienen más "información", lo cual les llevaría a ser más críticos con las creencias religiosas. Sin embargo, la información instrumental no afecta para nada a la cuestión de fondo acerca de la verdad o falsedad de las ideas últimas sobre la existencia. Los conocimientos positivos pueden utilizarse para poner en práctica una conducta u otra: no sirven para elegir cuál. Lo que aparta a los jóvenes de la religión es la cosmovisión alternativa que les transmiten profesores, periodistas y guionistas de cine y televisión. Esta cosmovisión consiste en última instancia en un materialismo, a veces formulado en términos harto crudos, pero casi siempre presentado de una forma más digerible, y por tanto más peligrosa.

Este proceso se inició prácticamente en todo Occidente en la educación superior, en la década de los años sesenta. Las estadísticas empezaron por entonces a revelar un aumento brusco de los sentimientos de vacío existencial, las tendencias suicidas, la agresividad y las adicciones entre los estudiantes universitarios de Estados Unidos y Europa. El psicólogo Víctor Frankl atribuyó este fenómeno "a la constancia con que el estudiante americano promedio se ve expuesto a un proceso de adoctrinamiento basado en el reduccionismo". (El hombre en busca del sentido último, Paidós, 2012, pág. 122.) Frankl se refería tanto a las concepciones fisicalistas en general, como a las escuelas psicoanalítica y conductista en particular, opuestas pero coincidentes en su explicación de la mente humana en términos puramente mecánicos.

Ha transcurrido tiempo suficiente para que podamos comprobar los efectos de esta descristianización. Sin embargo, las sociedades occidentales no parecen, en general, estar dispuestas a enmendar sus errores, sino por el contrario a profundizarlos. El aumento de la prosperidad desde la Segunda Guerra Mundial, sin lugar a dudas un bien en sí mismo, ha tenido probablemente el efecto secundario de alimentar la arrogancia del individuo, la confianza desmedida en las propias fuerzas que supone el olvido de su condición creatural. Pero no hay nada definitivo en esta tendencia; el futuro demuestra una y otra vez estar siempre abierto, ser impredecible. Como no podía ser de otra manera si es que los seres humanos somos verdaderamente libres, y no un accidente molecular.

sábado, 16 de febrero de 2013

Una leve crítica a mi admirado Rodríguez Braun

Leo y escucho siempre a Carlos Rodríguez Braun con gusto. Es uno de mis economistas preferidos. Por su insistencia infatigable, su didactismo constante contra el intervencionismo y el empeño de los gobiernos de freírnos a impuestos, debemos estarle muy agradecidos. Admiro su defensa del liberalismo en tertulias donde se prodigan los tópicos ignorantes contra la (supuesta) austeridad y a favor de los "estímulos".

Sin embargo, a veces me asoma una leve incomodidad al escucharle. Es por el uso que hace, invariablemente peyorativo, de la palabra política. Para Rodríguez Braun política equivale a coacción, en contraste con el mercado, que es la esfera de la libertad individual. En su terminología, toda decisión política es una imposición del gobierno sobre el individuo. Esta concepción deriva quizás de la esclarecedora distinción de Spencer entre sociedad industrial y sociedad militar, entre los sistemas de cooperación voluntaria y cooperación obligatoria. O, como también los llama el autor de El hombre contra el Estado, el régimen de Estado (Status) y el régimen de contrato.

Dicha distinción me parece sumamente útil y necesaria. Sin embargo, creo que al asociar la expresión política y sus derivados exclusivamente con el concepto de coacción, estamos olvidando otro significado que puede tener el vocablo en cuestión, y que es incluso antitético. La política, en su acepción más noble, es el arte de convencer, de sumar voluntades. La política equivale al patriotismo, pero también a la defensa de principios que van más allá de cualquier patria, como por ejemplo, la defensa de la vida, que en nuestro tiempo se dirime en relación con la legislación sobre el aborto.

El mercado, por sí solo, no defiende a los no nacidos. Para acabar con esta matanza de los inocentes es necesaria una actividad política resuelta, un activismo valiente contra el hedonismo imperante, un esfuerzo decidido por cambiar la manera de pensar de millones de personas. Esto es política. Si se lograra prohibir el aborto, como en su día se abolió la esclavitud, sin duda habría individuos que se sentirían coaccionados, como se debieron sentir los esclavistas sureños, tras perder la guerra civil de los Estados Unidos. Pero no toda coacción es intrínsecamente perversa.

El Estado debe intervenir para proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Pensar que un mundo sin coacción es posible no es liberalismo, es buenismo. La política no solo es inevitable, sino además necesaria y valiosa. ¡Incluso defender el liberalismo, como hace brillantemente Rodríguez Braun, es política! Conviene recordarlo, si no queremos caer en una especie de economicismo o caricatura del verdadero liberalismo, que definió lúcidamente Gregorio Marañón: "Ser liberal es (...) primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios." Es decir, intentar en primer lugar convencer, persuadir, no imponer. Lo cual incluye el contractualismo, pero también la arenga, la propaganda y el mitin. No todo en la vida es negocio.

sábado, 9 de febrero de 2013

Otro manifiesto inútil

El Manifiesto en favor de la Reforma de la Constitución y la Ley Electoral, difundido por el Foro de la Sociedad Civil, propone abolir las autonomías y acabar con la partitocracia, modificando la ley electoral y suprimiendo las subvenciones a partidos políticos, sindicatos y patronales. Simpatizo plenamente con la propuesta, pero se me ocurren tres graves objeciones.

La primera, que no se nos explica cómo la actual clase política, central y autonómica, se practicará el harakiri.

La segunda, que nuestros problemas se originan en un déficit moral de la sociedad, por lo que una reforma estructural por sí sola no bastaría para solucionarlos. Dicen los autores que nunca hemos tenido una juventud tan preparada, lo cual es más que discutible. Los menores de treinta años sabrán mucho de redes sociales y bajarse aplicaciones con el móvil, pero en general son mucho más incultos y con menor capacidad de sacrificio que las generaciones anteriores. Esto es un problema gravísimo que no se solucionará meramente con reformas estructurales.

Lo mismo puede decirse de los problemas económicos, como el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. A la vista está que países con estructuras políticas como las defendidas por el Manifiesto tampoco han escapado a situaciones similares. Ni el excesivo intervencionismo de las administraciones ni las legislaciones antivida y antifamilia, que se hallan en el origen de casi todos los problemas, pueden conjurarse con una determinada ley electoral o una organización territorial unitaria.

La tercera objeción es que los autores proclaman su "decidida vocación europea", y la transferencia de mayor soberanía a las instituciones de la Unión. Como si ese monstruo burocrático que es Europa hubiera demostrado algún tipo de superioridad moral sobre los gobiernos nacionales. ¿De qué nos serviría ninguna reforma que fuera para ponernos (todavía más) en manos de los funcionarios de Bruselas, preocupados ante todo por borrar cualquier rastro de nuestro pasado cristiano, mediante la instauración de una obsesiva reglamentación políticamente correcta?

Esta sociedad tiene los políticos que se merece. No podemos esperar, con las actuales audiencias de "Sálvame", ni con cien mil abortos al año (la ley los permite, pero no obliga a nadie a abortar), que la gente vote a Churchill o a Reagan. En consecuencia, los Reagan se dedican a trabajar en los ámbitos privado y profesional, y las mediocridades a medrar dentro de los partidos. Las reformas estructurales que propone el Manifiesto solo pueden ser un efecto del cambio de mentalidad, no al revés. Y este no se producirá con un debate sobre la ley electoral o el estado autonómico.

El paro masivo no se solucionará con ninguna reforma laboral, mientras gran parte de la juventud se queda en casa chateando con el pretexto de que "no encuentro nada de lo mío". Mientras le digamos a la gente que es una víctima, y no la principal responsable de la mayor parte de lo que ocurre, seguirá votando a los Rajoyes y los Rubalcabas. Y los que les sucedan seguirán halagando a la claque y ofreciéndole fáciles chivos expiatorios, sean el "mercado", la "casta política" o los "reinos de taifas"; como si estos surgieran de la nada, y no de las decisiones de todos nosotros.

Hay que abandonar de una vez por todas la pretensión de que los gobiernos, del color que sean, con este marco legal u otro, nos van a solucionar los problemas. Debemos intentar influir en la sociedad directamente; el gobierno ya se verá luego obligado a seguirla. Es difícil porque difícil es lo que se pide: recuperar los valores de la autodisciplina, del esfuerzo, del perfeccionamiento moral; remar, en suma, contra el hedonismo dominante. Nadie puede hacer esto por cada uno de nosotros, pero si lo logramos, ya no será necesario esperar el harakiri de los políticos actuales, porque serán desplazados por otros mejores: los que demandarán unos votantes mejores.

lunes, 4 de febrero de 2013

José García Domínguez mete la pata

José García Domínguez dijo en unos de sus tuits de ayer domingo: "Antes del XIX, España no existía. Ni España ni ninguna otra nación europea. Asunto que también incluye, huelga decirlo, a la nación catalana."

Esta frase se puede entender de tres maneras distintas.

Primera, puede ser una boutade, a la que son tan proclives los intelectuales. Las ocurrencias o paradojas, bien administradas, tienen un gran valor. Son formas de pensamiento lateral, que nos permiten encontrar soluciones nuevas a problemas viejos. Pensar a contracorriente es algo de lo que muchos presumen, pero muy pocos practican realmente. Lo más patético se produce cuando alguien te advierte que sus ideas son "políticamente incorrectas", para acto seguido soltarte la soflama anticapitalista y sentimentaloide de rigor. Sin embargo, el abuso de la ocurrencia, de la frase epatante, puede fácilmente degenerar en tontería.

Segunda, puede ser una manera de desmontar los argumentos de los nacionalistas, mostrando que las naciones no son más que entes fantásticos, como las sirenas, los elfos o las hadas. Sin embargo, este procedimiento deja mucho que desear. Pues sostener que Cataluña no es más que un invento decimonónico como lo son España, Francia, Alemania o Italia, equivale lisa y llanamente a darle la razón a los nacionalistas catalanes, a fin de cuentas. "Así que Cataluña existe desde hace como mínimo trescientos años... ¡ja! Y ahora pretenderás decirme que Francia existe desde el siglo XVIII."

Tercera, puede ser un indicio de una ignorancia abismal. Es decir, que el autor del tuit haya leído en algún sitio la afirmación descuidada de que las naciones (no solo el nacionalismo) son un invento romántico, y se la haya tomado al pie de la letra, amén de no contrastarla. Me inclino a pensar que esta es la interpretación más cercana a la verdad, porque en el breve intercambio de tuits que mantuve con García Domínguez este me desafió... ¡a encontrar el nombre de España en el Quijote!

Confieso mi desconcierto ante el hecho de que un hombre presuntamente culto como Pepe García Domínguez desconociera que Cervantes se refiere frecuentemente a España en su obra maestra. Pero por si acaso la memoria me tendía una trampa, me dispuse a comprobarlo con plena disposición científica, es decir, con mente abierta. Debo decir que no me sorprendió encontrar seis veces la palabra "España" en sólo los ocho primeros capítulos del Quijote, dato que no tardé en señalarle a García Domínguez. No me ha contestado, aunque esto no tiene mayor importancia. (Más interesante que nuestra conversación, es la que mantuvieron él y Pío Moa, que le replicó con su acostumbrada solidez intelectual.)

Por supuesto, podemos discutir sobre el concepto de España que abrigaban Cervantes y sus coetáneos. Pero cuando alguien tiene la osadía de afirmar que nuestro más grande escritor ni siquiera utilizó la palabra España, al menos en el Quijote, lo mínimo sería reconocer que ha metido la pata hasta el fondo. De lo contrario, uno ya no puede tomarse en serio nada de lo que diga este señor: ni en la forma ni el fondo.

P.S.: Acabo de leer un tuit de García Domínguez, en el que anuncia que se ha comprado la hercúlea Historia crítica del pensamiento español, de José Luís Abellán. (Creo que son siete tomos.) Tengo entendido que esta obra arranca de la época romana, o sea que quizás le haga cambiar su idea sobre la nación española. Eso, y releerse el Quijote.


sábado, 2 de febrero de 2013

El interior del necio

El sentir general en nuestros días parece inverso al que expresa la Biblia en Salmos, 14: “Dice el necio en su interior: Dios no existe.” Hoy más bien se diría que son los creyentes quienes tenemos que justificarnos, demostrar que no somos unos espíritus simples, unos necios. Dos son las causas por las cuales, en la cultura occidental (y especialmente en Europa), el cristianismo se encuentra actualmente a la defensiva: El mito de la ciencia (más conocido como cientifismo) y el mito del Buen Salvaje. La primera es bastante obvia para cualquiera, mientras que en la segunda se ha reparado menos, al menos en relación con este tema.

Aunque el mito del Buen Salvaje arranca del Renacimiento, alcanza su desarrollo superior en las teorías de Marx, Engels y Freud. Los tres postularon que la civilización era la causante de los males del ser humano. Según Marx y Engels, las clases sociales, el Estado y la propiedad privada son productos de la civilización, que serán superados en un futuro por la propia evolución de esta. Freud, más pesimista, pensaba que la civilización es la causante de las represiones psicológicas del individuo, pero que esto no tenía remedio.

Lo que subyace tanto al marxismo como al psicoanálisis es que el hombre es esencialmente bueno (inocente), pero las circunstancias materiales le hacen ser malo, son la causa de sufrimientos acaso inevitables, pero que no se merece esencialmente, por alguna suerte de pecado original. Las divisas del hombre moderno son: “¿Qué hay de malo en esto o lo otro?” y “¿por qué no podríamos hacer tal o cual cosa?” Se presupone que el experimentar determinados sentimientos o deseos, sean del tipo que sean, es siempre algo inocente en sí mismo, y solo puede ser regulada la conducta, especialmente la que choca contra los deseos igualmente inocentes de terceros. El concepto de pecado es ajeno a la sensibilidad moderna.

Esta concepción es cuanto menos discutible. Durante siglos, y hasta no hace tanto tiempo, la mayor parte de la humanidad no ha dado por sentado que los sentimientos son en cualquier caso inocentes. Las tradiciones sapienciales heredadas de la Antigüedad siempre han defendido el cultivo del espíritu, la posibilidad y la necesidad del ser humano de perfeccionarse a sí mismo desde su interior. Y además han sostenido que solo mediante la autodisciplina podemos alcanzar nuestra plenitud.

Sea como fuere, esta mentalidad dejó en algún momento de ser la predominante. Desde la pedagogía hasta la política, la modernidad ha entronizado los conceptos de espontaneidad y emancipación. Se predica que la educación consiste en dejar que los niños desarrollen libremente su personalidad. Se sostiene que el ideal político es ir liberando progresivamente al individuo de todas las ligaduras tradicionales, económicas, familiares y religiosas, para que pueda alcanzar sus sueños.

El resultado ha sido en parte previsible, y en parte paradójico. Al mismo tiempo que la educación proscribe la autoridad y la disciplina, se ha visto que los viejos demonios del odio y la violencia reaparecen, como si pertenecieran a estratos mucho más profundos de nuestra psique de lo que creíamos. Y a la vez que se pretende liberar al individuo de la economía y la religión, se lo desarma material y espiritualmente ante un Estado cada vez más invasivo y regulador, como no podía ser menos, dado que está integrado por hombres de carne y hueso. Sin embargo, pocos se aventuran a sacar la conclusión que parece más lógica. En lugar de cuestionar la bondad intrínseca del ser humano, se insiste en culpar a los prejuicios y atavismos de todos los males.

Esta mentalidad se ha visto reforzada formidablemente con el mito de la ciencia, que incluso le ha prestado también un aura de racionalidad. La ciencia es un método para acumular sistemáticamente la experiencia. La ciencia no explica por qué existe el universo, ni por qué es como es, ni cuál es el fin de la vida humana. No es esa su función. Sin embargo, sus logros prácticos son impresionantes. En los últimos dos siglos, el dominio del hombre sobre la naturaleza ha alcanzado niveles impensables poco antes.

Esto, que en sí mismo puede ser una bendición (curación de enfermedades, mayor producción de alimentos, difusión de la información, etc.), tiene también su reverso: El ser humano ha llegado a creer en el progreso ilimitado. Y cuando digo ilimitado, no me refiero tanto a lo que podemos hacer, como a lo que nos está permitido hacer. Esto implica que las preguntas últimas (por qué y para qué existimos) o bien ya han sido respondidas científicamente, o bien carecen de sentido. El cientifismo es la ideología según la cual no existe otra verdad que la científica, es decir, la que procede de la experiencia. O, en términos wittgensteininanos, que solo existen los hechos, lo fáctico.

Y aquí surge otra paradoja sublime. Si solo existen hechos, la libertad humana es una quimera. Hay el hecho de que los fenómenos parecen estar conectados causalmente entre sí, y debemos negar, consecuentemente, que haya algo distinto de los hechos que los conecte causalmente, como ya vio Hume. Asimismo, hay el hecho de que los seres humanos se comportan de tal y cual modo, y debemos resistir la tentación de pensar que la conducta humana obedece a una voluntad distinguible de los hechos de la bioquímica neuronal. Por tanto, aceptadas las premisas cientifistas, en la medida que la ciencia nos hace más poderosos, nos priva de la ilusión de que somos auténticamente libres para emplear este poder.

El resultado es que el progreso se convierte en una especie de Hado al que es inútil que nos resistamos, sean cuales sean sus consecuencias. Si alguien, por ejemplo, manifiesta escrúpulos ante la experimentación con embriones, se le tacha de oscurantista, de oponerse a la curación de terribles enfermedades, como si no existieran otras vías de investigación, y como si el progreso fuera una fuerza impersonal a la que debemos rendir culto incondicional.

Por lo demás, si solo existen los hechos, no tiene sentido hablar del bien y del mal en un sentido objetivo; lo cual converge de manera natural con el mito del Buen Salvaje. En ausencia de criterios morales que trasciendan lo fáctico, será bueno todo lo que nosotros decidamos que es bueno, y no es de extrañar que nos autoabsolvamos de todo pecado. Como los diputados que votan aumentarse sus propios sueldos, el hombre abandonado a sí mismo tiende a lo que le proporciona satisfacción inmediata. Y el cientifismo le asegura que ese es el único criterio del bien.

Emprendemos así un viaje hacia el fondo de la noche, porque lo que nos satisface cambiará a medida que seamos capaces de alterar la propia naturaleza humana –lo que significa que en sí mismo no es nada. Dijo Agustín de Hipona que la autocomplacencia es alejarnos de Dios y acercarnos a la nada, de la cual fuimos creados. Pero si no hemos sido creados, ya somos nada, como comprobará cualquiera que se pasee por un cementerio.

lunes, 28 de enero de 2013

Ni pacto ni política expansiva ni leches

Cuando el PSOE pide un pacto, puede ocurrir lo peor: Que el PP lo acepte. Ya ocurrió con el pacto contra el terrorismo, que propuso Zapatero y que ahora vemos cómo ha terminado: Con ETA gobernando en medio País Vasco. Y un pacto contra el paro acabaría de manera análoga, con el paro enquistado ad aeternum.

¿Para qué sirve un pacto? Pueden darse dos situaciones. O bien el partido en el gobierno no tiene mayoría suficiente para llevar a cabo determinadas reformas, con lo cual será él mismo quien busque los apoyos necesarios. O bien el gobierno tiene mayoría suficiente, en cuyo caso el pacto solo sirve para que la oposición intente introducir sus propias recetas, o rebajar las del gobierno, apelando a ese sentimentalismo idiota de buena parte de la opinión pública y publicada, tejido con palabras vacías como diálogo, consenso, etc. Que es exactamente la situación actual.

¿Qué puede proponer Rubalcaba si no más intervencionismo y endeudamiento? Más preocupante, sin embargo, es que sea Rajoy quien le pida algo parecido a Angela Merkel, con ese eufemismo de las "políticas expansivas". Es decir, que el Estado alemán gaste más para que sus ciudadanos y sus empresas puedan comprarnos más a los españoles, forma sutil de pedir que nos subvencione indirectamente. Sin duda, esto nos beneficiaría a corto plazo, pero a la larga, un endeudamiento de Alemania haría inevitables nuevos recortes, que también terminarían afectándonos.

Las políticas expansivas o keynesianas no son más que una forma de trasladar los problemas hacia un futuro nada lejano. Los recortes no son populares porque a corto plazo, parecen tener efectos contrarios a los deseados. Al recortarse en funcionarios, en pedidos de la administración al sector privado y en infraestructuras, es normal que la economía se contraiga y que el paro aumente. Pero a medio y largo plazo, esta es la única forma de recuperarnos. Al disminuir la carga estatal que soporta la sociedad, se ponen las bases para que la economía privada (que es la que mantiene todo el tinglado) vuelva a crecer. Las políticas expansivas y los "estímulos" significan dejar todo como está, dopando la economía para que unos resultados trucados se perciban en poco tiempo, es decir, el suficiente para que volvamos a votar a los mismos gobernantes cortoplacistas.

Hay que recortar más en estructuras estatales, privatizar empresas públicas, empezando por las inútiles y carísimas televisiones, y eliminar administraciones inútiles en el nivel subautonómico. Hay que volver a bajar los impuestos directos. Y hay que aprovechar el momento de crisis para aplicar la parte no económica del programa, que es la más importante: Abolir la ley de plazos del aborto y el supuesto psicológico. Es el momento para afrontar sin miedo el reformismo moral, después de los siete devastadores años de Zapatero, que nos han convertido en la nación a la cabeza en paro, corrupción, problemas separatistas, abortos y matrimonios gays (sí, amigos progres, os guste escucharlo o no, todo va unido). ¿A qué espera el Partido Popular, a que vuelvan los tiempos de bonanza, cuando la gente es todavía más reacia a escuchar discursos morales?

Desgraciadamente, nada indica que el PP esté dispuesto a llevar a cabo esta tarea. Arrieros somos, y dentro de tres años nos encontraremos.

sábado, 19 de enero de 2013

La funesta manía de volver a empezar

El caso Bárcenas ha vuelto a poner de moda el deporte preferido de los españoles, después del fútbol: La funesta manía de demoler y edificar desde los cimientos, en lugar de restaurar, como se hace en todos los países civilizados, que respetan sus instituciones. Incluso Salvador Sostres, tan insobornablemente lúcido casi siempre, ha cedido a esta pulsión ibérica primaria.

Entre 1812 y 1931 España tuvo seis constituciones. La que más duró, la de 1876, fue sustituida por la republicana de 1931, que acabó como todos sabemos. Pero parece que nos resistimos a extraer la lección. Una constitución perfecta no existe, y la estabilidad de las instituciones es un bien fundamental, que deberíamos cuidar con unción casi religiosa.

Ningún sistema por sí solo previene la corrupción ni la malversación de caudales públicos. Ni la partidocracia ni la politización de la justicia ni el despilfarro autonómico son consecuencias de las leyes, sino de los hombres. Podemos cambiar las leyes cada veinte años, o treinta, pero no cambiaremos la naturaleza humana.

Es un síntoma de inmadurez querer cambiar las leyes cuando la corrupción y el delito alcanza a las esferas más altas. Porque el yerno del rey se enriqueció a costa de las administraciones, algunos ya temen (o acarician) el fin de la monarquía. Porque los nacionalistas catalanes se han llevado el 3 % (o el 13) a Suiza y a Luxemburgo, muchos concluyen que el problema es el estado autonómico. Porque el extesorero del PP repartió sobres de dinero a diestro y siniestro, algunos ya proclaman la defunción del propio sistema de partidos. ¿Y qué más? Si mañana descubrimos que algunos diputados han recibido sobornos ¿tendremos que suspender la democracia parlamentaria?

En las naciones serias, el propio Jefe del Estado puede ser juzgado por los actos más vergonzosos y todo lo demás seguir igual. El presidente de Israel, Moshe Katsav, fue condenado por agresión sexual, entre otros delitos, por lo que, tras renunciar a su cargo, fue encarcelado. Más recientemente, el presidente alemán Christian Wulff tuvo que dimitir por corrupción y tráfico de influencias. Que yo sepa, nadie ha planteado en estos países que haya que reformar el sistema de arriba abajo para evitar que casos como estos puedan repetirse.

Las personas cambian, las instituciones permanecen. Desgraciado el país que tiene que empezar de nuevo cada generación. Sin principios morales, las mejores instituciones se convertirán en nido de corrupción, en refugio de criminales. Y sin principios morales, ni siquiera existe la menor garantía de que las reformas vayan a ser para mejorar, y no una ocasión para preparar las fechorías futuras y, de paso, como quien no quiere la cosa, absolver las pasadas.

El día que se aplicaran con rigor las leyes que tenemos, la corrupción habría terminado, y los corruptos entrarían en la cárcel. Ergo, el problema no son las leyes. El problema es una sociedad encallanada, que se revuelca en una ciénaga moral y todavía se sorprende de que huela mal. El problema es que en lugar de buscar la Salvación, la gente siga viendo Sálvame. Pero la culpa, naturalmente, no es de la gente: la culpa la tiene el mando a distancia.

sábado, 12 de enero de 2013

Partido de los Derechos

El partido que me gustaría que alguien fundara...

El Partido de los Derechos defiende los derechos inalienables de la persona contra los ataques que vienen sufriendo desde hace tiempo no solo en regímenes dictatoriales, sino también en los países democráticos. La ideología del sedicente "progresismo" ha inventado, y sigue inventando, nuevos seudoderechos cuyo ejercicio y protección sirven para justificar la violación sistemática de los auténticos derechos humanos, que son los siguientes:

1) Derecho a la vida. La vida humana debe ser protegida y respetada desde la concepción hasta la muerte por causas naturales. Se prohíbe el aborto, la eutanasia, la asistencia al suicidio, la tortura, los tratos degradantes y la experimentación con seres humanos en ninguna fase de su desarrollo, incluida la embrionaria.

2) Derecho a la libertad ideológica, religiosa, de culto y de participación política. La necesaria separación entre Iglesia y Estado no puede justificar ningún intento de erradicar los símbolos católicos del espacio público, ni impedir que los creyentes puedan participar en política como tales. Ninguna medida política puede ser considerada "neutral", con el fin de imponerla sobre otras. 

3) Libertad de expresión. Ningún código de "corrección política" puede justificar que se sancione o persiga a personas o instituciones por expresar críticas contra individuos o colectivos que no entrañen apología directa de la violencia. 

4) Derecho a la propiedad privada, el libre comercio y la libre contratación. No se podrán justificar violaciones de la propiedad privada, la fiscalidad confiscatoria o duplicada, la hiperregulación que vacíe de sentido el libre uso de la propiedad ni ninguna otra práctica que limite este derecho, bajo pretextos como la planificación, la redistribución, el interés general o cualesquiera otros, salvo para proteger la salud pública y en las situaciones de emergencia o fuerza mayor que determine la ley.

5) Derecho a la libertad de movimientos: De circulación, asociación y reunión; a no ser detenido arbitrariamente, a la inviolabilidad del domicilio y al secreto de las comunicaciones. Todo español podrá elegir ejercer su voto en su Comunidad Autónoma de origen o en la de residencia, cuando estas sean distintas.

6) Derecho de la infancia, de los ancianos y de las personas con disminución psíquica o física a recibir protección especial. Los niños tienen derecho a recibir la educación elegida por sus padres, siempre y cuando no se les inculquen conductas delictivas o que lesionen de manera directa su propia integridad psíquica o física. Las leyes de adopción estarán encaminadas a salvaguardar el interés de los menores, por encima de cualquier otra consideración o supuesto "derecho" de los adultos a la adopción.

7) Derecho a ser defendido eficazmente por las fuerzas del orden y las leyes contra quienes conculcan estos derechos. A tal efecto, su ejercicio podrá ser restringido en personas acusadas formalmente de cometer delitos y, tras los períodos legales de detención preventiva, en la forma y duración que se determine en sentencia judicial, que deberá primar la protección de los ciudadanos inocentes sobre la reinserción de los delincuentes. Estos derechos son aplicables a ciudadanos españoles, sin perjuicio de que puedan extenderse a extranjeros en la forma que determinen las leyes, que en cualquier caso reconocerán el derecho a la vida a todo ser humano.

¿Cómo llamar a los seguidores del Partido de los Derechos? Pues derechistas, naturalmente.

viernes, 11 de enero de 2013

Supersticiones

El ser humano siempre trata, por naturaleza, de darle sentido a todo, de interpretarlo, de buscar una explicación. Esto forma parte de lo mejor de nosotros mismos. El problema viene cuando esa búsqueda de sentido nos lleva a conformarnos con la primera explicación que se nos pasa por la cabeza. Esto se llama superstición.

Esta mañana han atracado (o intentado atracar) un estanco en mi barrio, San Pedro y San Pablo de Tarragona. A los pocos minutos, la gente en la calle ya estaba relacionándolo con la crisis y lamentando "lo mal que se está poniendo todo". Involuntariamente, estaban justificando en parte la violencia, al explicarla implícitamente como una consecuencia de las penurias económicas.

Es sabido que un hecho aislado tiene un valor explicativo nulo. Cuando no había crisis económica, también había atracos a estancos. Y cuando se termine esta, los seguirá habiendo. Un aumento de la pobreza no tiene por que causar un aumento de la delincuencia. Se necesitan otros factores, principalmente morales. Paradójicamente, relacionar crisis con violencia puede ser uno de esos factores, al proporcionar pretextos ideológicos a los delincuentes.

Yo observo, por otra parte, que las terrazas de bares y cafeterías siguen estando bastante frecuentadas. ¿Deduciré de aquí que no hay más gente que antes que lo está pasando mal? No me atrevería a tanto. Sin embargo, sí tengo la sensación de que una buena parte de los seis millones de parados (según la UE), no están realmente mano sobre mano, sino trabajando en la economía sumergida. Algunos dirán que la crisis se solucionaría si estos ciudadanos pagaran sus impuestos. Yo creo que gracias a ellos, las cosas no están mucho peor.

Un economista me contó que en Holanda los autónomos pagaban unos 50 euros... ¡al año! Aquí, como somos tan ricos, pagamos más de doscientos euros al mes. Algunos todavía creen que el problema es el fraude fiscal. Personalmente, pienso que el problema es el aparato estatal que soportamos. Pero a lo mejor es también una superstición mía.

miércoles, 9 de enero de 2013

X de Xanadú

El nuevo Partido X, o Partido del Futuro, me resulta de lo más aburrido. Enumero mis razones:

1) No tienen ideología, dicen, porque lo urgente ahora es ponerse de acuerdo alrededor de un "mínimo común denominador". Pero eso es lo que establece toda ideología, una serie de principios que considera evidentes, axiomáticos. ¿Quién decide cuál es el MCD? "Nuestra ideología es la lógica", sentencian, y se quedan tan frescos. O sea, que quienes discrepen de ellos, serán idiotas incapaces de sumar dos más dos. Recelo siempre de los dogmatismos que no reconocen serlo.

2) Defienden la democracia directa, con métodos de la cibercultura, como si fueran la panacea. Olvidan que la política es el arte de lidiar con intereses e ideas opuestas y que la democracia parlamentaria es solo un método (bastante exitoso, por cierto) y la democracia directa, otro (lleno de incertidumbres). No porque al pueblo se le permita una mayor participación, los conflictos se desvanecerán como por ensalmo, ni las decisiones serán siempre a gusto de todos, ni desaparecerán las posibilidades de manipulación ni los caudillismos. Los ciudadanos como conjunto no son víctimas inocentes de los pérfidos políticos, sino que generalmente tienen lo que se merecen, especialmente si los han votado.

3) Incurren en los consabidos tics anticapitalistas y conspiranoicos, hablando de los "patológicamente ricos" (?), de los "especuladores", del "juego manejado por el dinero de los privilegiados y los mercados" (ver vídeo aquí). Esto está más visto que los cuadros de paisajes con ciervos. ¿No se puede ser algo más original?

4) No contentos con ello, se lanzan al utopismo más naif, cuando prometen un futuro en el que "se trabaja lo justo", todo el mundo tiene vivienda, "formación moderna y adecuada" y los ciudadanos, felizmente liberados de "preocupaciones que lastraban el avance de las generaciones pasadas", pueden dedicarse a ejercer armoniosamente sus intereses para, todos a una, "alimentar el bienestar general de forma imparable" (y que los pájaros canten y el cielo sea más azul).

5) Como toda ideología redentora, no se olvidan de su chivo expiatorio (los políticos, los banqueros y los especuladores; vamos, lo de siempre, desde la extrema izquierda a la extrema derecha).

6) Y además, anuncian que "el cambio es inevitable", lo que también es típico. Es la concepción del progreso como un tren al que hay que subirse en marcha, para no quedarse demodé. Aunque no sepamos muy bien a dónde nos lleva.

Se me podrá tachar de aguafiestas y enemigo de la novedad. Pero qué me gustaría a mí más que apareciera un partido al que pudiera votar con ganas, y no por ser el mal menor. Un partido que dejara bien claro su ideario, para poder juzgar si coincide con el mío. Un partido que no cuestionara algunas cosas básicas que está demostrado que funcionan, cuando se aplican: el Estado de derecho, la separación de poderes, el mercado libre, los impuestos bajos, los políticos lejos de las cajas y los tipos de interés no artificialmente reducidos. Un partido que no nos prometiera el paraíso a la vuelta de la esquina, ni el gratis total, ni hablara de la marcha imparable del progreso. Un partido, en definitiva, que no pretenda halagar las emociones para alcanzar el poder, sino simplemente ofrecer sus propuestas para que las votáramos, como personas adultas, que no confundimos la realidad con pirotecnia sentimentalista rollo "V de Vendetta".

miércoles, 2 de enero de 2013

La rueda ideológica

Empiezo el año con uno de esos diagramas que tanto me gustan. Es que uno en el fondo sigue siendo un niño...

La rueda se basa en el viejo esquema de los dos ejes, liberal-estatista y conservador-progresista, que divide el plano en cuatro partes: Liberal-conservadores, liberal-progresistas, estatistas progresistas y estatistas conservadores. Lo único que he hecho ha sido desdoblar cada sector, resultando un octógono. Como puede comprobarse, distingo entre liberal conservador y conservador liberal, entre progresista estatista y estatista progresista, etc., según que el acento se coloque en un término u otro. (El término principal es siempre el sustantivo y el otro, el adjetivo.) Las etiquetas en el exterior de la rueda identifican, de manera aproximada, a qué puede corresponder cada posición en el lenguaje político ordinario.

Dos son las ventajas de este esquema respecto al de solo dos ejes. La primera es que permite afinar más en la clasificación de las distintas actitudes políticas. La segunda es que muestra de manera muy intuitiva las relaciones entre cada ideología.

Un breve comentario sobre cada una de las ocho posiciones:

Conservador: Cree en unos valores trascendentes, y que estos son el límite infranqueable de la intervención del Estado. Defiende, en Occidente, los valores judeocristianos, el mercado y la libre iniciativa. El partido más cercano es el Republicano de Estados Unidos. (Y por cierto, es la posición de quien escribe.)

Liberal: Cree que la libertad individual es el valor supremo, ya lo considere trascendente o inmanente, por lo que defiende un Estado mínimo, generalmente de manera más drástica que los conservadores. Se centra más en las cuestiones económicas que en las "guerras culturales".

Libertario: Cree también que la libertad es el valor supremo, pero además que es posible y necesario revolucionar la sociedad por completo, o casi, mediante instituciones no estatales, sean naturales, como el mercado, o artificiales, como falansterios o comunas. (Existe un libertarismo propio de ciertas sectas religiosas, o comunidades cerradas, recelosas del Estado secular, que no es progresista; pero normalmente no propone un modelo social, sino que se limita a reclamar un estatuto especial.)

Republicano: Tiene como valores supremos la libertad y la igualdad. Defiende un Estado que intervenga en la economía, pero sin suplantar a la sociedad civil. En cuestiones morales es progresista. En la España actual está representado por partidos como UPyD y Ciudadanos. Durante la República se encarnó en la llamada izquierda burguesa, aunque con actitudes más cercanas al progre actual. (Deslealtad institucional cuando no gobierna, anticlericalismo exacerbado, etc.)

Progre: Es el tipo predominante en España. Su valor supremo es el progreso, a menudo trivializado en una actitud del tipo "estar a la última". Defiende un Estado providencialista, creador de derechos y dispensador de la felicidad, por lo general sin llegar al extremo de apoyar una economía totalmente regulada. Está a favor del aborto y de cualquier innovación legislativa, con tal de que moleste a los conservadores, de los cuales es la antítesis. Aquí está representado por el PSOE y el periódico El País.

Socialista: Es el votante comunista o ecosocialista, aunque puede decantarse por el voto útil del PSOE. (Por eso he optado por el término socialista, que es más amplio que comunista.) Se caracteriza por una mayor simpatía hacia regímenes dictatoriales como el cubano, y hacia los grupos antisistema. Siente nostalgia de la revolución, su valor supremo.

Fascista: Su valor supremo es el Estado. Es revolucionario en el sentido de que pretende supeditar todas las instituciones naturales y tradicionales (familia, propiedad, etc) al interés supremo del Estado, pero es conservador porque trata de aprovecharse de ellas, más que destruirlas o atacarlas frontalmente. Es el hermano totalitario del socialismo.

Franquista: Defiende un régimen autoritario, limitado por la defensa de unos valores tradicionales. En el siglo XIX la referencia podría ser el carlismo. Y fuera de Occidente, el islamismo moderado. (El régimen de Irán entraría dentro del fascismo.)

Por último, ¿dónde colocamos al PP de Mariano Rajoy? He intentado ubicarlo, pero todas las veces me ha estallado el octógono en las manos.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La ideología del hecho

Con frecuencia, en mis discusiones con progresistas, aparece el siguiente argumento: la derecha históricamente no hace más que retroceder posiciones. Se opone al divorcio y a los anticonceptivos, para terminar aceptando a regañadientes la "realidad social"; se opone al aborto y al matrimonio gay, y lo mismo. En el futuro, no sé qué innovaciones plantearán los progresistas, pero sin duda se repetirá el mismo argumento. La ideología subyacente es que no existe más verdad que la que determine en cada momento la "realidad social". Lo correcto es lo que la mayoría de la gente cree que es correcto. Si mañana un 51 % de la población ve con buenos ojos la poligamia, la eugenesia o el infanticidio ¿por qué no se iban a legalizar?

Parece que los progresistas no se atienen a este principio cuando se oponen a determinadas ideas que son bastante populares, como por ejemplo la cadena perpetua. Pero no hay contradicción. Los progresistas creen que en el futuro todo el mundo pensará como ellos, con lo cual la realidad social terminará coincidiendo con la legal; y si el proceso se puede acelerar, mejor. El progresista es la persona que va montado en la irresistible marcha de la historia. (Esto, por cierto, se llama marxismo, con Marx o sin Marx.) Las tendencias sociales existen en el presente, como la planta existe ya en potencia en una semilla. (Son las "contradicciones" del materialismo dialéctico.) La realidad es dinamismo, contiene la dimensión temporal, como ya vio Heráclito. El mañana puede leerse en el hoy, si se conoce la clave. Por eso sigue siendo exacto que el progresismo es la ideología de lo fáctico, o si queremos ponernos más metafísicos, la concepción según la cual el deber-ser se identifica con el ser, con la inmanencia. El marxismo a fin de cuentas era un hegelianismo de izquierdas.

Los liberal-conservadores, conservadores o personas de derechas (uso estas palabras como sinónimos, o al menos me gustaría que lo fuesen) pensamos exactamente lo contrario. La verdad es la verdad, el bien es el bien, triunfen o fracasen. Lo que la gente suele entender por conservador, un defensor del statu quo, no es más que un quietista, que ignora la naturaleza cambiante de la realidad. El progresista también se coloca del lado del vencedor, pero del vencedor de mañana, de la revolución que cree inevitable. En cambio, el auténtico conservador, el hombre de principios, es como lo retrata Borges: "a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas". El bien se realizará o no, pero sigue siendo el bien, porque los valores, si existen, solo pueden ser trascendentes, estar más allá de los hechos. (Como sostuvo el conocido integrista Ludwig Wittgenstein, en Tractatus, 6.41) Las personas de derechas podemos estar equivocadas, pero no consideramos que una encuesta de opinión, ni el calendario ("¡a estas alturas del siglo XXI!") sean argumentos. Ni lo más reciente es por definición mejor que lo viejo, ni la mayoría tiene razón por el mero hecho de serlo.

Es verdad que la derecha se opuso al divorcio, y que hoy los de derechas se divorcian igual o casi igual que los de izquierdas. Pero el divorcio seguirá siendo una equivocación, aunque ya no quedara una sola persona que pensara así. Porque el divorcio no es la libertad para separarte de tu cónyuge (eso siempre existió), sino que la administración te reconozca una nueva unión. O lo que es lo mismo, que quien no debiera haberse casado pueda volver a cometer el mismo error cuantas veces quiera. Y los anticonceptivos no son la libertad de tener relaciones sexuales (eso siempre existió) sino que fundar una familia deje de ser la prioridad. En suma, que la gente no tenga unos lazos más sólidos entre sí que los que tiene con el Estado.

Cuando un individuo o una sociedad toman un camino equivocado, el progreso no consiste en continuar avanzando obcecadamente en la misma dirección, sino en tomar una distinta, o incluso desandar lo andado. Puede que eso sea imposible, y que nadie sea capaz de frenar un tren que se dirige hacia el abismo, pero no por ello estamos obligados a creer que en el fondo del precipicio está la Arcadia Feliz.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Otra tragedia de la que seguiremos sin aprender nada

Una mujer de 33 años con cuatro hijos, entre ellos una bebé de 16 meses, tiene perfecto derecho a mantener una relación amorosa con un joven de 25 años al que apenas conoce.

Una mujer de 33 años con un bebé a cargo también tiene la obligación de mantener una conducta responsable, aunque solo sea por la criatura que depende de sus cuidados.

Una mujer de 33 años con cuatro hijos tiene la experiencia suficiente para saber que los varones jóvenes sin ocupación conocida son potencialmente individuos peligrosos. Aunque no conozca las estadísticas, y aunque no se lo hubieran dicho sus padres, debe imaginar, por puro sentido común, que un porcentaje muy alto de los delincuentes son varones jóvenes.

Una sociedad que confunde el "derecho a x" con "x no tiene nada de malo" o incluso "x es sanísimo" es una sociedad inmadura, degradada, en la cual es más fácil que ocurran tragedias como la que hemos conocido hoy: Días después de su desaparición, una niña de 16 meses ha sido encontrada muerta.

Las relaciones efímeras, los "otros modelos de familia", la "libertad sexual" convertida en valor supremo (por encima del amor, la fidelidad y la familia "tradicional") conducen a esto, a la desprotección de los niños. Que caiga todo el peso de la ley (demasiado liviano, por desgracia) sobre el repugnante asesino y sus posibles cómplices. Y que caiga de una vez la venda de los ojos de una sociedad que sigue creyendo en la utopía de la "liberación" de la moral, que es como si los peces quisieran "liberarse" del mar. El ser humano es un ser moral. Cuando se lo desarraiga de su medio, su vida se convierte en un errar sin sentido, como el pez que da vueltas incansablemente en una pecera. Lo habíamos sabido siempre, pero nos empeñamos con verdadera obcecación en desaprenderlo.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Teorema de Juncágoras



Oriol Junqueras, presidente de ERC y vicepresidente (de facto, por ahora) de Cataluña, citó en televisión hace poco unas palabras de Pitágoras de Samos (el del teorema), que reproduzco de memoria: "La democracia está para hacer las leyes, no las leyes para limitar la democracia."

He tratado de comprobar la fuente, sin éxito. Ni en Vidas de los más ilustres filósofos griegos, de Diógenes Laercio, ni en la antología de Alberto Bernabé (De Tales a Demócrito. Fragmentos presocráticos, Alianza Editorial, 1988), ni en una somera búsqueda en Google he encontrado ni rastro de la atribución a Pitágoras de estas palabras. Pero Junqueras es doctor de Historia del Pensamiento Económico, por lo que alguna credibilidad intelectual merece; más desde luego que un servidor, que no es doctor en nada, así que doy por fundada la cita. De todos modos, no deja de sorprender que fuera Pitágoras quien dijera eso, cuando por lo que sabemos fue un hombre de tendencias aristocratizantes. Incluso alguna fuente, como el citado Diógenes Laercio, se hace eco de la noticia según la cual fue ejecutado por unas turbas de Crotona, temerosas de que el filósofo y matemático tuviera algo que ver en una conspiración tiránica.

Dicho lo cual, y yendo al fondo del asunto, la anterior proposición sobre la democracia y la ley incurre en un rotundo error, porque las leyes, las haga quien las haga, están precisamente para limitar la democracia, claro que sí. Por muy democrática y bolivariana que sea una tiranía, no deja de ser una tiranía. Por mucho que el pueblo adore las cadenas, estas no dejan de ser cadenas. Con los votos y sin ellos, todos los tiranos que ha habido en la historia y que habrá en el futuro, aseguran contar con el respaldo del pueblo, ¡y con frecuencia tienen razón! Una ley es lo contrario de la (mal llamada) ley de Lynch, los códigos penales son lo contrario de la lapidación pública y los tribunales populares, las constituciones (contra una de las cuales, la española en vigor, apunta Junqueras) son lo contrario de la democracia asamblearia o plebiscitaria. Ninguna democracia está legitimada para aprobar el robo o abolir la libertad de expresión; luego no es cierto que esté por encima de la ley.

Hace años, en las últimas elecciones en las que se presentó Jordi Pujol, las paredes de Cataluña se llenaron con el siguiente teorema: CIU + ERC = CAT. A la vista está que han terminado siendo premonitorias. Tenemos un gobierno basado en un pacto entre ambos partidos que, si se aplica, convertirá a Cataluña en la región de Europa con impuestos más altos, endurecerá la persecución a esos peligrosos sujetos que se atreven a rotular "Peluquería para caballeros", y encima amenaza con una secesión territorial cuyos costes de todo tipo los catalanes pagaríamos durante años. No se podía esperar menos de quien cree que la democracia está por encima de la ley. Lo que quizás en su día no se entendió era el significado del segundo miembro de la ecuación: CAT. No significa Cataluña, ni tampoco se refiere al cuadrado de la hipotenusa. Es CATástrofe.

Tirios y troyanos

Según argumenta Roberto Augusto en un artículo, "la identificación con una ideología, sea la que sea, es una barrera mental." La pretendida superación de los términos derecha e izquierda es un tema recurrente de la reflexión política. Sin ir más lejos, en mi libro Contra la izquierda (perdón por la autocita) y en este mismo blog he hablado varias veces sobre ello. El locus classicus es el célebre pasaje de Ortega, en su "Prólogo para franceses" de La rebelión de las masas: "Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral." Aunque este pasaje se ha citado muchas veces, quizás no siempre se lo ha situado en su adecuado contexto: 1937, una época en la que, como señalaba Ortega en el mismo párrafo, las derechas prometían revoluciones y las izquierdas proponían tiranías.

Hoy sin embargo, las cosas son distintas: la derecha promete bienestar y la izquierda lo mismo. Ambas se distinguen por lo que entienden por bienestar. Para la derecha es la renta per cápita y para la izquierda son los sentimientos per cápita. La derecha vende realismo y la izquierda romanticismo. El pecado de la derecha suele ser olvidar que no solo de pan vive el hombre: lo que mueve verdaderamente el mundo no es el dinero, ni el petróleo, no es Wall Street; son las ideas. (Y si nos ponemos pesimistas como Revel, las ideas falsas.) El verdadero realismo consiste en comprender la fuerza motriz del pensamiento. "Son las ideas, estúpido." La izquierda, por su parte, lo tiene mucho más claro, y ahí reside su peligro. Si bien la teoría marxista relega las ideas a epifenómenos de las relaciones de producción, es decir, de la economía, fue un marxista, Gramsci, quien se percató de que para construir la utopía socialista primero había que transformar la mentalidad social, asaltar el palacio de la cultura. La derecha sigue creyendo que se puede gobernar sin ideas; la izquierda no se conforma con tan poca cosa como gobernar, quiere transformar, es decir, dominar las almas y los cuerpos, porque el verdadero poder no se ejerce meramente sobre el cuerpo sino sobre la mente. La ironía es que Gramsci comprendiera esto gracias al fascismo, que si triunfó en Italia fue debido a su dominio de la cultura, a la adhesión de la mayoría de figuras intelectuales del momento.

Por esta razón me considero de derechas: Precisamente porque creo que las ideas pueden trastocar el mundo con resultados impremeditados, no pueden dejarse en manos de aprendices de brujo. Y recelo siempre de quienes pontifican que, para pensar por nuestra propia cuenta, debemos prescindir de "etiquetas". La veo como una posición adanista. Lo normal es que, si uno reflexiona por sí mismo, no llegue muy lejos. Lo aconsejable es leer y así poder darse cuenta de que algunas ideas que apenas entrevemos oscuramente, ya han sido pensadas antes por otros, y con mucha mayor clarividencia. Lo honesto es reconocer que nuestras ideas no son inclasificables, sino que seguramente se pueden catalogar, se pueden adscribir a una determinada tradición intelectual. Lo habitual es que, si intentamos mínimamente pensar por nuestra cuenta, acabemos descubriendo antes o después que simpatizamos más con güelfos o gibelinos, montescos o capuletos, tirios o troyanos, aun conservando nuestro criterio autónomo. Esto no nos convierte en sectarios, no significa que debamos ponernos incondicionalmente detrás de ninguna bandera.

Sostiene Roberto Augusto que "lo importante no es ser de izquierdas o de derechas, sino la verdad". Totalmente de acuerdo. Pero ¿qué le hace suponer que la verdad no está ya descubierta? Precisamente la diferencia decisiva entre la izquierda y la derecha es que la segunda cree que la verdad ya fue descubierta hace tiempo. Puede ser una posición equivocada, pero entonces la razón se hallará más cerca de la izquierda, en cuyo ADN está cuestionar la tradición. De lo cual se deduce que, a fin de cuentas, existen fundamentalmente dos grandes concepciones del mundo, y solo dos. No las llamemos izquierda y derecha, si no queremos, pero algún nombre habrá que darles.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Metafísica navideña

Este año mi mujer y yo queríamos renovar nuestro belén y, en el mercadillo que todas las navidades se instala en la Rambla Nova de Tarragona, encontramos una bonita figura que nos gustó más que el tradicional pesebre de estilo supuestamente "realista". Es un nacimiento de cerámica, de una sola pieza, en el que no aparecen más que el niño Jesús, la Virgen María y San José, y que en el interior permite colocar una vela, cuya luz se difunde a través de una especie de ventanuco en forma de estrella. Lo hemos puesto al pie del árbol (otro símbolo cristiano), y en lugar de la vela hemos colocado una de las luces con las que iluminamos el abeto de plástico. Hemos rescatado de nuestro viejo belén el buey y la mula, un ángel que hemos colgado de una de las ramas del árbol, e incluso hemos mantenido una figurita de San Nicolás, a la derecha del nacimiento. Todo puede parecer muy sincretista, pero lo importante es recordar el significado de la iconografía, manteniendo el motivo central del nacimiento de Cristo. No sabemos cómo debió ser el pesebre al que se refiere el evangelio de San Lucas. Creo que a todo cristiano le gustaría, si fuera posible, viajar atrás en el tiempo, como en las novelas de J. J. Benítez (de las que tuve bastante con leer en diagonal la primera parte de Caballo de Troya), para poder contemplar ese momento irrepetible de la historia, junto con la crucifixión. Sin embargo, hay razones metafísicas profundas para suponer que el viaje al pasado es imposible. Si el pasado pudiera reescribirse, si los actos humanos pudieran borrarse una vez realizados, la libertad humana sería una quimera, como en ciertas especulaciones de la física cuántica sobre universos paralelos, en los que infinitos dobles nuestros viven todas las vidas posibles, cometen todas las heroicidades y todas las ignominias. Y sin la libertad, no habría ni pecado, ni salvación, ni Dios. No, estoy firmemente convencido de que ni siquiera Dios puede hacer que lo que ha sucedido no haya sucedido nunca, porque es una contradicción lógica, y ya Santo Tomás de Aquino afirmó que no limita la omnipotencia divina decir que no puede hacer algo contradictorio, porque una contradicción, algo que es y no es a la vez, no es nada. Así que el Nacimiento y la Pasión estarán para siempre vedados a nuestros ojos, por mucho que avance la tecnología. Hecho que está ligado inextricablemente al misterio del tiempo, de la Creación y de la Salvación. Y para celebrar este misterio nos reunimos las familias cristianas, comemos polvorones y bebemos champán. ¡Feliz Navidad a todos!

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La secesión legal

CiU y ERC han pactado, como era de prever, la celebración de un referéndum sobre la secesión de Cataluña. Sin ninguna duda, el gobierno central tiene absoluta legitimidad para impedirlo. Las leyes están para cumplirlas, y Cataluña no puede separarse legalmente de España sin que antes se reforme drásticamente la constitución por el procedimiento que prevé el artículo 168: Mayoría de dos tercios del congreso y el senado, disolución de las Cortes, elecciones legislativas, ratificación de la nueva constitución por dos tercios de las nuevas Cortes y referéndum (en toda España, por supuesto).

El problema de que el gobierno central impidiera el referéndum secesionista sería que los independentistas explotarían la situación con la demagogia acostumbrada y gritarían a los cuatro vientos que España no permite a los catalanes ejercer la democracia, pese a que desde 1976 han podido votar en cuarenta ocasiones (más de una vez al año, de promedio) en elecciones locales, autonómicas, generales, europeas y varios referendos, entre ellos el de la constitución y dos estatutos. Por desgracia, la escasa cultura política de la población catalana (en esto, muy parecida a la del resto de España), unida al servilismo hacia la Generalitat de la mayoría de medios de comunicación regionales, tanto públicos como privados, permitiría que este victimismo calase ampliamente y se pudiera llegar a una situación de grave tensión, con una sociedad catalana aparentemente unida en bloque contra el gobierno de Madrid.

Existe una alternativa legal a esta situación. Consiste en que el gobierno central autorizara un referéndum en Cataluña (cosa que el artículo 149, 1, 32ª  le permite expresamente), con las siguientes condiciones:

. Se negociaría entre el gobierno central y el autonómico la fecha y la redacción de la pregunta. (No valdría algo así como "¿Desea usted que Cataluña sea un estado independiente, próspero, libre y pacífico dentro de la Unión Europea, que se acabe el hambre en el mundo y que a todo catalán le toque la lotería al menos una vez en la vida?")

. El  a la secesión solo sería considerado válido si obtuviera un resultado superior al 50 % del censo. (No solo de los votos.)

. En caso de ganar el no, no podría autorizarse otro referéndum de secesión en un determinado período de tiempo. (Por ejemplo 40 años, el tiempo que pronto llevará vigente la constitución.)

. En caso de ganar el , el gobierno español se comprometería a reformar la constitución según el artículo 168, de manera que permitiera la secesión ordenada de Cataluña.

. En caso de que el pueblo español no ratificara en referéndum la reforma constitucional, el gobierno catalán debería acatar el resultado, y comprometerse a no plantear de nuevo la autodeterminación antes de un período acordado.

Una virtud de esta alternativa legal es que los separatistas podrían perder el referéndum, con lo cual se aplazaría el problema durante bastante tiempo, quizás indefinidamente. Y previsiblemente el nacionalismo saldría bastante tocado. Lo peor que podría ocurrir sería lo previsto en la 5ª condición, que hubiera un "choque de trenes" entre los votantes catalanes y la voluntad del pueblo español expresada en referéndum. Pero creo que es difícil que se llegue a esta situación, por dos razones:

La primera es que, si una mayoría del censo de catalanes optara por la separación, en los términos descritos de legalidad y juego limpio, lo más probable es que el conjunto de los españoles también lo aprobara. Incluso muchos catalanes que votaríamos no sin dudarlo en el referéndum catalán, aceptaríamos con democrática resignación un resultado adverso, votando después  en el referéndum nacional, o por lo menos absteniéndonos.

La segunda razón por la que no creo que se llegara al choque de trenes es que, después de todo, difícilmente los nacionalistas aceptarían la alternativa legal, es decir, se avendrían a negociar los términos del referéndum y, sobre todo, a pasar por la reforma constitucional. Y creo que esta puede ser la principal virtud de esta propuesta. Si el gobierno llegara a plantearla (aunque tampoco debe precipitarse), restaría credibilidad a las facilonas acusaciones de cerrazón e inmovilismo, y centraría el debate en la cuestión esencial, que es el respeto al Estado de derecho. Si los nacionalistas se niegan a la alternativa legal, el gobierno español se cargaría aún más de razón para impedir cualquier acción unilateral, es decir, ilegal. Porque la política por definición consiste en convencer, en sumar voluntades, en conseguir apoyos o como mínimo desmovilizar oponentes. Sin ello, no hay fuerza que valga, por muy legal que sea.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Encuentros en la tercera fase

La inversión de valores es un proceso cultural por el cual las concepciones de una minoría intelectual se difunden entre las masas, y en el que podemos distinguir tres fases. En la primera, que podríamos llamar fase crítica, determinados valores tradicionales son sometidos a un análisis sesgado a fin de cuestionar sus fundamentos, omitiendo los argumentos favorables a estos. La segunda fase, o fase progresista, ya no se limita a introducir la duda, sino que trata de poner de relieve los supuestos efectos nocivos de la moral tradicional, y solo estos. En la tercera y última fase, que llamaré propiamente fase de la inversión de valores, las consecuencias de la subversión de los valores tradicionales, antaño consideradas indeseables, son presentadas como lo "normal", como algo bueno en sí mismo.

Para el éxito del proceso, en la fase crítica es muy importante dar a entender que el análisis racionalista no tiene ningún efecto en la moralidad, que se trata de una cuestión meramente académica, un mero debate entre personas civilizadas, porque de lo contrario los críticos pueden ser acusados de minar la moral tradicional, y obligados a cesar en su labor intelectual, o por lo menos a reconocer sus posibles consecuencias sociales y tenerlas en cuenta en su análisis.

En la fase progresista, sucede algo muy curioso. Se juzgan como perversas las consecuencias de la moral tradicional, pero esto todavía se sigue haciendo (en parte, al menos) con la propia escala de valores tradicional. En cierto modo, los valores se minan desde dentro. La finalidad es que quienes están todavía inmersos en ellos no interpreten la subversión como si les estuvieran arrebatando sus convicciones más profundas, sino al contrario, como si se tratara de purificarlas, de eliminar sus inconsistencias.

Por último, desarmada toda prevención, la inversión de valores puede ya consumarse. Los efectos de los nuevos antivalores, que en las dos primeras fases hubieran escandalizado, ahora ya se pueden reconocer sin generar rechazo, porque ya hemos sustituido, de manera gradual e insensible, los valores tradicionales por los nuevos antivalores. Ahora solo queda una labor de afianzamiento, en la cual es muy importante mantener vivo el temor a una restauración de los antiguos principios morales.

Un ejemplo. La moral judeocristiana desaprueba la homosexualidad. La crítica ilustrada a la religión mantuvo durante dos siglos la misma desaprobación, pero sustituyó el concepto de pecado por el de enfermedad. Se consideraba que las "perversiones" (como se las llamaba en la literatura médica no hace tantos años) no eran de carácter moral, sino anomalías de tipo psicológico o fisiológico. Después llegó la segunda fase, en la cual el concepto de enfermedad se sustituye por el de opción u orientación sexual. La homosexualidad ya no es considerada ni un pecado ni una enfermedad, sino una condición libremente elegida, y que debe ser respetada. El homosexual se convierte en gay o lesbiana, términos de connotación reivindicativa. Por último, en la tercera fase, no solo se respeta la homosexualidad, sino que se promueve y se propone como modelo alternativo a seguir. Actualmente nos encontramos en algún punto intermedio entre la segunda y la tercera fase, si no plenamente en la última.

Esta es la conclusión a la que llegué ayer, cuando vi en Tele5 la entrevista que Jordi González le realizó a Jorge Javier Vázquez. En ella se vertieron críticas de tono injurioso contra el alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, porque ha iniciado una campaña contra el cruising (práctica de "citas a ciegas" homosexuales en lugares públicos) en una playa del municipio. En un momento de la entrevista, no recuerdo quién preguntó retóricamente (cito de memoria): "¿Es que ahora no se podrá follar en la playa?" En otra época, no hace muchos años, cualquiera hubiera respondido: "Naturalmente que no". De hecho, la propia pregunta (por no hablar del empleo de ese vocabulario en televisión) hubiera sido impensable, pues el sentido del pudor y la decencia no había sido sistemáticamente desprestigiado por años de propaganda ideológica. Pero ahora la inversión de los valores está llegando a su culminación.

Para la Iglesia, la homosexualidad no es una enfermedad, sino una conducta libremente elegida. (Lo cual no es incompatible en absoluto con que pueda existir una inclinación homosexual de causas genéticas o ambientales.) En esto coincide exactamente con el movimiento gay, pero evidentemente su conclusión es la opuesta: Puesto que la sodomía (como se decía antaño) es voluntaria, se trata de una conducta pecaminosa. Y como todo pecado, puede ser perdonado si hay arrepentimiento sincero. Lo que implica, por cierto, que ese arrepentimiento no se puede forzar: de esto somos más conscientes ahora que en épocas pasadas, lo cual puede que sea un efecto indirecto de las dos primeras fases de la inversión de los valores. Pero este mismo proceso ha continuado su propia lógica subversiva. Ahora ya no hay nada de lo que arrepentirse, y por tanto, se ve como "normal" y hasta saludable que determinados individuos acudan a lugares públicos para practicar una promiscuidad desesperada y autodestructiva, es decir, para negar su propia dignidad como seres humanos, que es lo que defiende el cristianismo y, supuestamente, el movimiento gay. Pero claro, eso era todavía en la segunda fase.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Dónde está la gracia

Por el blog Contando estrelas me entero del enésimo ataque a los católicos perpetrado desde un canal de televisión, en concreto La Sexta. [En realidad se emitió desde Antena 3, como me rectifica el autor del blog, Elentir. Ver los comentarios a esta entrada.] Dado que esta ha sido absorbida recientemente por Antena 3, el autor del blog secunda la "huelga de audiencia" contra todos los medios del grupo de comunicación. No me parece muy atinado un boicot tan genérico. ¿Qué culpa tiene, por ejemplo, Carlos Herrera, que trabaja en Onda Cero, de los contenidos de un programa de una de las televisiones pertenecientes al grupo del señor Lara? Pero no quería hablar de esto, sino ir a la cuestión de fondo.

Les resumo rápidamente la mamarrachada. En el programa del canal citado, "El hormiguero", el humorista (?) Leo Bassi se dedica a mofarse de la Iglesia Católica, anunciando la fundación de una nueva religión llamada patolicismo, que girará en torno al culto a un patito de goma. Hasta aquí, simplemente no le veo la gracia. (En este sitio se puede ver el vídeo.) Es todo indeciblemente más vulgar que la patafísica inspirada en Alfred Jarry, pero la cosa no merecería mayor comentario. Sin embargo, no contento con esto, Bassi se interna decididamente en el terreno del mal gusto, invitando a los espectadores a acudir a la ceremonia "patólica" de una boda entre una mujer y una perra, para recrearse en el carácter zoofílico y lésbico (sic) del acto. Todo ello parece una parodia del sectarismo laicista elaborada por su peor enemigo. La pregunta que surge inevitablemente es: ¿Por qué esa furia anticlerical y anticatólica tan destemplada? Y solo me cabe una respuesta: Bassi está absolutamente convencido de que el catolicismo, además de equivocado, es una perfecta estupidez. Y para pensar esto, tiene que ser bastante estúpido uno mismo.

Personalmente, estoy convencido de que ciertas ideologías, como por ejemplo el socialismo, o ciertas religiones, como por ejemplo el islam, son erróneas. Pero nunca se me ha pasado por la cabeza que sean estúpidas. En todo caso, pueden ser estúpidos algunos entre quienes creen en ellas. ¡Incluso hay idiotas que defienden por accidente ideas acertadas! Por supuesto que existen argumentos inteligentes contra el cristianismo, lo que no significa que estén en lo cierto. Pero quien elabora o repite un argumento estúpido contra algo, inevitablemente se comporta como un tonto, tanto si ese algo es verdad como si es falso. Si lo primero, porque yerra; si lo segundo, porque perjudica su propia causa, al comprometerla con argumentos falaces. Naturalmente, no se trata de elevar las obscenidades de Bassi a la categoría de argumentos. Son simplemente estupideces de pésimo gusto, que más bien deberían tener el efecto de avergonzar a cualquier laicista. Por eso no creo que sea necesario ningún boicot, ni siquiera a "El hormiguero". Se lo hacen ellos solitos.

La LOMCE y sus enemigos

El Anteproyecto de Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) del ministro Wert parte de la constatación de que el sistema educativo español tiene un problema de calidad: abandono escolar, bajas calificaciones en las evaluaciones internacionales y reducido número de estudiantes en alcanzar la excelencia. Si el principal objetivo de la educación debe ser permitir la movilidad social, no es suficiente con su universalidad, sino que es fundamental la calidad de la enseñanza recibida. De nada sirve una igualación en la mediocridad.

Para ello la LOMCE emprende una moficación de la anterior Ley Orgánica de Educación, de 2006, consistente básicamente en los siguientes puntos:

-Simplificación del currículo (es decir, priorizar las asignaturas importantes).
-Facilitar que los alumnos puedan seguir distintas trayectorias según sus capacidades.
-Reforzar los conocimientos instrumentales, como idiomas o matemáticas.
-Instaurar sistemas de evaluación nacional, de manera que los centros educativos tengan una referencia clara de sus objetivos y que sus resultados sean conocidos.
-Aumentar la autonomía de los centros y la rendición de cuentas de los docentes, para favorecer la competitividad y la especialización.
-Reforzar la Formación Profesional.
-Hacer efectivo el derecho a estudiar en español en las comunidades autónomas con lenguas cooficiales y asegurar unos contenidos troncales comunes en todo el territorio nacional.
-Eliminar una asignatura de adoctrinamiento obligatorio como era Educación para la Ciudadanía, y permitir a los padres elegir entre religión y "Valores Culturales y Sociales" (Primaria) o "Valores Éticos" (ESO).

En resumen, todo esto se podría resumir en tres o cuatro ideas fundamentales: Que los centros educativos funcionen con criterios mensurables de eficiencia, eliminar adoctrinamiento ideológico o nacionalista, y que el objetivo de la enseñanza no es conseguir un gran número de titulados universitarios en paro, sino personas formadas para la profesión que elijan. Puro sentido común. No es de extrañar, por tanto, que izquierdistas, nacionalistas y laicistas hayan puesto el grito en el cielo.

La izquierda detesta que los alumnos que tienen más talento y que se esfuerzan más obtengan mejores resultados, y que los caminos de los estudiantes puedan divergir según sus capacidades. Ellos quieren que todos sean iguales, que todos vayan a las mismas clases y estudien lo mismo, aunque el resultado sea que muchos lleguen a la universidad con faltas de ortografía y sin saber quién era Gracián. Vamos, que podamos presumir como Cuba de tener un gran porcentaje de población con una titulación superior, aunque no tenga donde caerse muerta.

Los nacionalistas ven cualquier intento de legislar en educación desde el gobierno central como una injerencia inadmisible en sus competencias, porque para su poder es básico el control de los medios de comunicación y el sistema educativo. Lamentablemente, el hecho es que tienen cedidas las competencias, por lo que ninguna ley orgánica va a resolver este problema.

Por último, los laicistas quieren que la alternativa a la religión sea el patio, para que los que optan por conocer los fundamentos cristianos de nuestra civilización sean los menos, y los tentados por el recreo los más. (Sobre todo a partir de la edad en que se resisten más a la opinión paterna.) Aunque su objetivo sea perverso, al menos hay que reconocer que de algún modo los laicistas tienen razón. Porque eso de los valores culturales, sociales o éticos sin referencia trascendente no deja de ser una engañifa, aunque se trate de una de las engañifas con más prestigio apadrinadas por la intelectualidad. Basta citar algunas de las últimas obras de Savater, de Salvador Giner (El origen de la moral, Península, 2012) o Norbert Bilbeny (Ética, Ariel, 2012), para constatar el heroico empeño en ofrecernos la salvación laica, en fundamentar algo así como una ética de manual de autoayuda al estilo de "Cómo ser buenos sin esfuerzo (y sin todos esos incordios de Dios, el pecado y la culpa)".

A pesar del escepticismo que pueda inspirar la enésima reforma educativa de la democracia, sus enemigos no pueden conseguir otra cosa, en mi caso, que hacerme simpatizar con ella. Ojalá lograra solo la mitad de los que pretende, que sería mucho.