domingo, 7 de octubre de 2012

Recuperar el orgullo

Existe un tópico sobre el origen del nacionalismo catalán (aplicable también al vasco) que incluso ha sido interiorizado por muchos que no son nacionalistas. En resumen, nos vienen a decir que la culpa de todo la tuvo el franquismo, con su obsesión por castellanizar España, la cual habría provocado la comprensible reacción pendular en la que consiste a fin de cuentas el nacionalismo catalán.

Naturalmente, esto no explica por qué Francesc Macià proclamó el Estado catalán en 1931, ni por qué tres años más tarde Lluís Companys se sumó a un golpe de Estado contra el legítimo gobierno de la República. Entonces los catalanistas nos dirán que las políticas castellanizadoras vienen de más lejos, nos retrotraerán hasta 1714 y más atrás aún, hasta el conde-duque de Olivares, como mínimo. En esto proceden como la izquierda, cuando se le recuerda que fueron el Partido Socialista y la Esquerra Republicana de Catalunya quienes se sublevaron (antes que Franco) contra la república. Te echarán en cara la sanjurjada y si es necesario continuarán remontándose en la cadena causal hasta demostrarnos que Caín era de derechas.

El nacionalista, al igual que el izquierdista, siempre encontrará los pretextos morales para justificar su posición. Y si no existen, los inventará. Quien pretende cometer una injusticia contra alguien (contra quienes no piensan como él ni le apoyan) necesita imperiosamente postular una injusticia previa, invertir la relación entre verdugo y víctima para presentarse como la segunda.

El catalanismo surge del autoodio hacia España. Al alumbrar el siglo XX, tras la pérdida de Cuba, el autoodio español (subvariante del autoodio occidental) podía manifestarse en forma de ideas "progresistas", que hacían suya la Leyenda Negra alimentada por los imperialismos rivales de España, es decir, el francés y el anglosajón. El anticlericalismo es una de sus manifestaciones más evidentes. Pero para uno que hubiera nacido en Barcelona, o en Mollerussa, existía otra forma de autoodio español: No sentirse español, sino catalán. Que fuera minoritario al principio no tiene más relevancia: Todo empieza por las minorías.

Los nacionalismos catalán y vasco han prosperado en un clima en el que los propios españoles no estaban muy orgullosos de serlo, porque habían comprado la mercancía adulterada de una interpretación falaz de la historia, según la cual el catolicismo español no aportó otra cosa que la Inquisición y la superstición, mientras que la conquista de América se redujo a un genocidio contra los indígenas. Con estos planteamientos masoquistas, no es de extrañar que los habitantes de algunas regiones españolas se hayan aferrado a ciertas particularidades culturales y lingüísticas para sostener que ellos no son españoles. Luego han completado la jugada inventándose una historia de opresiones y agravios recibidos de la malvada, oscurantista y decadente España.

Los españoles podemos estar orgullosos de nuestra historia. No tenemos que pedir perdón por la Reconquista, puesto que antes tendrían que pedirlo quienes nos invadieron. No tenemos que pedir perdón por haber defendido la unidad del cristianismo, salvo si se demuestra que el protestantismo no produjo guerras ni masivas cazas de brujas. No tenemos que pedir perdón por haber descubierto y colonizado América, salvo si se demuestra que América era un paraíso terrenal antes de la llegada de Colón. Y no tenemos que pedir perdón por querer mantener nuestra integridad territorial, salvo si se demuestra que los canarios, ceutíes y melillenses vivirán mejor bajo la férula del rey de Marruecos que dentro de España. Y que catalanes y vascos van a atar los perros con longanizas en cuanto se independicen.

Cuando recobremos nuestro orgullo de ser españoles, los nacionalismos separatistas habrán alcanzado su momento culminante. Puede que entonces sea tarde, pero solo desde este momento dejarán de comernos terreno. Dejaremos de estar a la defensiva con pusilánimes apelaciones a que "ahora no es el momento más oportuno para aventuras", etc. Ni ahora ni nunca será el momento para romper España, salvo que ya no quede nadie que se sienta español.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Bildu defiende el laicismo

El Mundo de hoy domingo ofrece el siguiente titular en primera página:

Bildu quiere prohibir la religión en los colegios concertados

Y el texto inicial, antes de remitirnos a la sexta página, observa: "Ésta es una de las muchas sorpresas de su programa electoral desveladas ayer."

Para mí la sorpresa es que a alguien le pueda parecer que esto es una sorpresa. Pero lo realmente significativo es que tampoco podría sorprendernos en absoluto un titular como el siguiente:

El PSOE quiere prohibir la religión en los colegios concertados

Con ello no pretendo insinuar que el PSOE sea como Bildu, sino que Bildu es... como el PSOE. Ambos son progresistas. Ambos defienden el laicismo, el socialismo, el feminismo, el ecologismo y el pacifismo de los cementerios. La diferencia es que los de Bildu (todavía) no llevan corbata. Me acuerdo de los primeros informativos televisivos de la era Zapatero, en 2004, con los presentadores descorbatados. La tontería duró lo que duran las tonterías, es decir, bien poco. Pero ya anunciaba la mentalidad adanista del nuevo gobierno.

Por cierto, que la televisión pública, hoy con el PP, sigue siendo una máquina de desinformación repugnante. En el Telediario de las tres de la tarde de este domingo, el corresponsal en Venezuela ha evacuado una pieza de propaganda chavista impresentable, asegurando que la reducción de la pobreza es uno de los logros de la Revolusión, y entrevistando a familiares de Chávez que (¡oh, sorpresa!) no escatiman elogios para su pariente.

La sorpresa la tengo yo cuando un periodista defiende el mercado libre o el cristianismo. Y si hace las dos cosas a la vez, ya es que me quedo estupefacto.

domingo, 16 de septiembre de 2012

La semejanza de dos mentiras

Según Unicef y Naciones Unidas, las tasa de pobreza y la mortalidad infantil han disminuido notablemente, en los últimos veinte años, en países de todas las regiones del mundo, incluyendo el África subsahariana. En 1990, la proporción de personas que vivían con menos de 1,25 dólares diarios era del 47 %. Pues bien, en 2008 se había reducido al 24 %, prácticamente a la mitad. Asimismo, en 2011 la tasa de mortalidad entre niños menores de cinco años descendió un 41 % respecto a 1990. Esto, unido a otros índices como el acceso al agua potable y a la educación primaria, significa que, pese al aumento de la población, millones de personas en todo el mundo siguen prosperando.

Sencillamente no es verdad que cada vez "los pobres son más pobres". El discurso apocalíptico, tan grato a neocomunistas, altermundistas y ecologistas, jamás se ha sostenido en datos rigurosos. Sin embargo, ellos necesitan de ese mensaje desesperanzador para justificar sus propuestas de reducción de libertad económica de los individuos, para violar el derecho de propiedad y restringir el libre comercio. Solo si se convence a la gente (engañándola) de que con el capitalismo "salvaje" (en realidad, fuertemente intervenido por los gobiernos de todo el mundo, en mayor o menor grado) no vamos a ninguna parte, pueden encontrar audiencia sus fórmulas autoritarias, disfrazadas con mentirosa fraseología democrática.

Algo parecido ocurre con el nacionalismo catalán, como expuso ayer brillantemente Vidal-Quadras en un debate de Tele5. ¿Por qué ha crecido tanto el apoyo a la independencia? Según una encuesta realizada por encargo de esa cadena, el 50,9 % de los catalanes votaría "Sí" a la secesión de Cataluña. En cambio, solo un 18,6 % votaría "No". El resto se dividiría entre la abstención, el voto en blanco y el NS/NC.

El político catalán afirmó que la razón de este aumento del independentismo estriba en el bombardeo constante que los medios de comunicación catalanes hacen de dos mensajes: Primero, que Madrid "roba" a Cataluña, idea basada en la argumentación falaz de las balanzas fiscales, como si fueran los territorios quienes pagaran impuestos, y no las personas y las empresas. Y segundo, como se deduce de lo anterior, que con la independencia los catalanes viviríamos mucho mejor. Así pues, no es de extrañar que el independentismo cale cada vez entre más gente. Como dijo agudamente Vidal-Quadras, si él creyera en estas dos ideas, también defendería la independencia. El problema es que son falsas, como es falsa la cantinela de los antiglobalizadores de que el Norte expolia al Sur -en el caso del nacionalismo catalán, curiosamente invertida.

martes, 11 de septiembre de 2012

11 de setiembre: ¡Viva España!

En la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, puede leerse el siguiente diálogo:

"-Creí que eras nacionalista.
Aguirre dejó de comer.
-Yo no soy nacionalista -dijo-. Soy independentista.
-¿Y que diferencia hay entre las dos cosas?
-El nacionalismo es una ideología -explicó, endureciendo un  poco la voz, como si le molestara tener que explicar lo obvio-. Nefasta a mi juicio. El independentismo es sólo una posibilidad. Como es una creencia, y sobre las creencias no se discute, sobre el nacionalismo no se puede discutir; sobre el independentismo sí. A usted le puede parecer razonable o no. A mí me lo parece." (Tusquets, 15ª ed., enero 2002, págs. 30-31.)

Hay tres cosas en las que estoy de acuerdo con el personaje que se declara independentista. La primera, que el nacionalismo es una creencia, y que por tanto en última instancia es irracional. Toda ideología se basa en unos supuestos indemostrables, no siempre conscientes, pero lógicamente imprescindibles. Y los principios por definición no se pueden demostrar ni refutar. Podemos cometer errores lógicos en las proposiciones que deducimos de esos principios. Puede que la información de la que disponemos para apoyar o atacar esas proposiciones esté adulterada, sea incompleta o simplemente sea falsa. Pero los principios son de suyo inatacables e indefendibles con argumentos racionales. No puedo demostrar que Dios exista. No puedo demostrar que la libertad sea preferible a la esclavitud. No puedo demostrar que deba existir correspondencia biunívoca* entre naciones y estados. Lo único a que podemos aspirar es a ser coherentes con los principios que asumimos, lo cual es más raro de lo que se suele creer. En general, los seres humanos albergamos principios incompatibles, que nos llevan a conclusiones incompatibles. Por ejemplo, apoyar el aborto y estar contra el maltrato a los animales.

También estoy de acuerdo en que el nacionalismo es una ideología nefasta. Es decir, aunque en esencia no pueda demostrarse ni refutarse una ideología, eso no significa que no se puedan exponer las consecuencias prácticas de su aplicación. Y esas consecuencias pueden gustarnos o no. En Europa parece que deberíamos estar vacunados contra los nacionalismos, tras haber provocado estas ideologías dos guerras mundiales. Sin embargo, semejante argumento jamás conseguirá inmutar a un nacionalista, porque por definición, nacionalista es quien tiene claro que hay nacionalismos buenos y nacionalismos malos. Los nacionalismos alemán, español o inglés son malos. Los nacionalismos polaco, catalán o irlandés son buenos. Problema resuelto.

En tercer lugar, estoy de acuerdo en que la razonabilidad del independentismo es discutible racionalmente. Podemos sopesar los beneficios y los inconvenientes de que una región se separe del resto. Personalmente, pienso que en el caso de Cataluña la independencia no es razonable y que el denominado déficit fiscal de Cataluña es una fantasía contable. Si no contabilizo determinados servicios que presta el Estado central (por ejemplo, entre otros, la Defensa), es fácil "demostrar" que los números confirman mi tesis, que Madrid expolia a Cataluña. Pero incluso aunque estos cálculos fueran correctos, ello no me obligaría a aceptar la independencia más de lo que me obliga a aceptar la independencia de Madrid.

Lo que me lleva al punto decisivo en el cual discrepo del personaje del diálogo citado. Estoy en completo desacuerdo con la idea de que el independentismo y el nacionalismo sean ideas aislables en la práctica. Por supuesto, podemos jugar a separarlos en nuestros laboratorios intelectuales. Podemos argumentar con serenidad sobre las ventajas o inconvenientes de que Cataluña se separe de España, que se separe Escocia del Reino Unido o, ¿por qué no...? Que se separen Madrid de España o Inglaterra del Reino Unido. Sin embargo, es evidente que el independentismo en la práctica solo es un ejercicio intelectual relevante en aquellos países donde ya existe un sentimiento nacionalista arraigado. Para plantear la independencia, tengo primero que pensar un sujeto de la independencia. Y eso solo me lo proporciona el nacionalismo. Solo si yo me convenzo primero de que Cataluña es una nación y de que las naciones deben tener un Estado "propio", puedo luego quejarme de que las balanzas fiscales perjudiquen a Cataluña. Si mi nación es España, o si simplemente no creo en naciones, no me plantearé el tema de las balanzas fiscales, como no se lo plantean los madrileños respecto al resto de España.

El pacto fiscal es sin duda un pretexto para el nacionalismo, como hace pocos años lo fue el Estatuto. La propia independencia es un pretexto. Es decir, todos los argumentos en términos utilitarios (gracias a la independencia lograríamos mayor bienestar, la salvación de la lengua catalana, etc) no son más que justificaciones a posteriori de un impulso primario e irracional, que en sí mismo no necesita de ninguna motivación instrumental, que es el deseo de constituirse en nación con todos los ingredientes que tienen las demás naciones. Impulso inseparable, por no decir indistinguible, del odio hacia España, racionalizado, maquillado con motivaciones económicas, políticas, culturales o históricas, pero que es anterior a todas ellas.

El ansia de identidad seguramente es una constante de la naturaleza humana, por lo cual probablemente sea estéril y hasta contraproducente luchar contra ella, o simplemente despreciarla como un atavismo. El problema surge cuando construimos ideologías que oscurecen y blindan el núcleo irracional de nuestros deseos y nuestros actos, porque entonces la autocrítica y el diálogo se vuelven imposibles. Solo puedo razonar con quien es capaz de admitir, no que esté equivocado (pues eso no lo admite nadie, salvo de manera formal, hipotética), sino que sus principios son tan indemostrables como los de su interlocutor. Solo quien es consciente de sus dogmas, de su carácter de dogmas, puede respetar dogmas opuestos o distintos.

Eso sí, hace falta que los catalanes que no somos catalanistas manifestemos sin complejos nuestra voluntad de seguir siendo españoles, y no solo cuando la selección nacional gana el Mundial o la Eurocopa. Porque hasta ahora el nacionalismo ha disfrutado, en el terreno ideológico, del absentismo sistemático del rival. Quienes defienden el uso del español en la enseñanza y demás ámbitos públicos o la presencia de la bandera de España en los edificios institucionales, lo hacen a menudo amparándose en minimalistas argumentos constitucionales o liberales. Por desgracia, con la constitución que tenemos pueden defenderse cosas perfectamente antitéticas. Y en nombre de la libertad individual, también.

Falta que alguien diga que simplemente quiere poder rotular en español, no porque esté amparado legalmente, no por una abstracta apelación a sus derechos (hay ya demasiada mercancía adulterada que intenta pasar con el marbete de los derechos), sino porque es su elección, es su deseo. Falta que si se hiciera un referéndum sobre la independencia, quienes estamos en contra no nos quedemos en casa, con ridículos pretextos legalistas, sino que digamos sí a España, que alguien salga en defensa de España porque sí, porque nos da la gana de seguir siendo españoles, como vosotros -los catalanistas- queréis ser catalanes y solo catalanes. Si España se rompe, será fundamentalmente por culpa no de los secesionistas, sino de la indiferencia de los catalanes que se sienten españoles, pero han desistido hace tiempo de manifestarlo, por cobardía o por pereza.
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*F. J. Contreras, "Cinco tesis sobre el nacionalismo", Revista de Estudios Políticos, nº 118, octubre-diciembre 2002, separata.

lunes, 27 de agosto de 2012

Woody Allen, los actores y los profesores

En declaraciones de hace unos días a una revista alemana, Woody Allen aseguró no entender "por qué un actor gana 25 millones de dólares con una película, mientras que un profesor, que trabaja duro cada día, recibe mucho menos". (Múltiples enlaces, por ejemplo este.) Aunque no faltará el merluzo que calificará esta reflexión de certera y profunda, no va más allá del topicazo de las tertulias de bar. En ellas, gente aficionada al fútbol (es decir, esa gente que con su dinero está generando los ingresos publicitarios, de derechos televisivos y de merchandising que se manejan en este deporte), con frecuencia se explaya sobre el carácter abusivo de los sueldos de Messi o Cristiano Ronaldo... Sueldos que es esta misma gente quien, en última instancia, paga libremente porque le gusta más el fútbol que no los documentales de National Geographic. (Y a mí también, sinceramente.)

De la misma, manera, Woody Allen, que seguramente cobra algo más que un "profesor" (desconozco si en la entrevista añadió alguna observación sobre los sueldos de directores de cine), y que algo debe de saber de los costes de una película, y de los ingresos que produce, manifiesta sentirse sorprendido por lo que cobran algunos actores. No parece percatarse de que, si millones de personas en el mundo no acudieran a las salas de cine donde se estrenan películas de dichos actores, sería harto difícil que estos percibieran los emolumentos motivo de escándalo. ¿Qué le vamos a hacer si la gente asiste más masivamente a la última entrega de "Piratas del Caribe" que no a la última propuesta de Woody Allen?

Personalmente, prefiero casi cualquier película menor del autor de "Hannah y sus hermanas" antes que no la enésima chorrada pirotécnica para adolescentes que produce Hollywood. Pero son mis gustos particulares, y a todos no nos queda otra que aceptar el veredicto del mercado, al igual que aceptamos la decisión de la mayoría en unas elecciones legislativas. La alternativa sería que, tanto en política como en economía, un comité de sabios decidiera por la gente lo que más le conviene a esta. No es casualidad que ningún país socialista haya sido jamás democrático.

Está claro que los intelectuales y artistas adolecen en general de unas nociones económicas bastante primarias. Lo que ya resulta más irritante es el halago genuinamente progre a los "profesores". Recordemos aquel debate entre Zapatero y Rajoy, en el cual, en relación con los recortes presupuestarios en educación, y unas declaraciones de Esperanza Aguirre en las que supuestamente tildó de "vagos" a los docentes que protestaban por el aumento de horas lectivas, el anterior presidente del gobierno no dejó pasar la oportunidad de presentarse como el defensor de los profesores y los intelectuales en general.

Los profesores son igual de dignos que los peluqueros o los encofradores. Ni más ni menos. Y hay profesores incompetentes al igual que médicos matasanos, periodistas que no saben escribir y albañiles chapuzas. Pero el corazón de la izquierda, profundamente elitista, funciona según unos movimientos de sístole y diástole en los cuales los intelectuales se sienten de izquierdas (porque en la ilustrada utopía futura, ya se sabe que mandan los sabios, o eso creen ellos) y la izquierda los recompensa y mima en su justa medida.

Seguramente, muchos de los que no se pierden la última película de Woody Allen son gente que se identifica, o gusta identificarse, hasta cierta medida, con sus personajes, esa clase urbana cultivada, o que cree serlo, que bebe vino, lee a Paul Auster y practica turismo rural. (Frente a la masa de bárbaros que engulle jarras de cerveza, lee el Marca y atiborra las playas en agosto.) Y seguramente -qué digo, indudablemente- hay muchos más profesores que ven películas de Woody Allen que no actores. El genio de Brooklyn no sabrá nada de economía, pero de tonto no tiene un pelo.

domingo, 19 de agosto de 2012

Ateos a medias

Estamos orgullosos de haber dejado atrás los cuentos. Empezando por el cuento del cristianismo, que ha sido creído, y sigue siendo creído por cientos de millones de personas, durante dos mil años. Ahora creemos en cosas como el cambio climático, el yoga o la bebida de soja enriquecida con calcio y vitaminas A y D. ¡Este ha sido el progreso! Ya no rezamos el padrenuestro ni leemos la Biblia, pero nos creemos al último gurú de pacotilla que anuncia la enésima destrucción del mundo, por culpa de las emisiones de CO₂, expresión de moda equivalente a:  por culpa del capitalismo. Y nos creemos al último farsante que nos promete adelgazar comiendo lo que queramos (véase la letra pequeña)  o aprender inglés sin esfuerzo (ídem).

El hombre contemporáneo, al igual que el medieval o el antiguo,  cree en multitud de cosas indemostradas. Algunas son ciertas, otras discutibles, otras se contradicen entre sí y otras son manifiestamente falsas y estúpidas. Pero a diferencia del hombre de épocas pasadas, el actual se cree racional, científico. “Yo solo creo en lo que veo.” Es la divisa no solo de los antaño llamados espíritus fuertes, no solo de las minorías intelectuales, sino del hombre común, de la masa. Se trata, qué duda cabe, de algo muy distinto del dogmatismo. El dogmático es consciente de sus dogmas. Nuestros escépticos de todo a cien permanecen en una inconsciencia total de la multitud de prejuicios que albergan. Y ello tiene como resultado dos cosas: La escasa o nula capacidad de autocrítica, por un lado, y la capacidad de sostener al mismo tiempo ideas que se basan en principios antitéticos, por otro. El que ignora los principios, las ideas de que se alimenta su intelecto, difícilmente podrá ponerlas en cuestión. E incluso podrá sostener conclusiones que se oponen a algunos de sus principios, sin apercibirse.
El hombre contemporáneo no tiene en realidad nada de racional, si por tal entendemos la mera coherencia. En la subvariante del progresista europeo, nuestro tipo humano actual no cree en Dios, pero sí cree en la “energía positiva”. O, si es un adepto de la divulgación científica más aseada, se burlará de quienes leen la sección del horóscopo en la prensa, pero dará credibilidad a la última hipótesis científica como si fuera poco menos que la verdad absoluta, con la misma ingenuidad acrítica con la cual otros se toman los pronósticos de un tarotista. “Lo dicen los científicos” pertenece prácticamente al mismo nivel de incuria intelectual que “lo dicen los videntes”, máxime cuando lo que supuestamente dicen los primeros ha pasado por esa máquina de simplificación y tergiversación que son los medios de comunicación, y no pocos libros del género divulgativo. Es exactamente en lo que pensaba Chesterton cuando afirmó que “los escépticos son muy crédulos: Creen fácilmente en periódicos y enciclopedias.” (Ortodoxia.)
La incoherencia intelectual alcanza sin embargo las máximas cotas en el caso del ateo militante. En Europa es un tipo muy común, y no solo entre intelectuales. El ateo no cree en nada, dice, lo cual es falso, como he señalado. Cree típicamente en la democracia, en los derechos humanos, en la justicia social, en el cambio climático, y en el feng shui. Dejemos por ahora la ecología y las recurrentes modas orientalistas. A fin de cuentas, son eso, modas que deben irse renovando, a medida que el público se cansa de ellas. Centrémonos en el credo liberal o socialdemócrata que hoy sostiene la mayoría de la población. Desde un punto de vista consistentemente ateo, ¿cómo podemos justificar que la democracia es mejor que la dictadura, o que la igualdad es preferible a la desigualdad y al racismo? Si todo es materia, cualquier escala de valores carece de base objetiva. No importa que la mayoría de la gente prefiera la libertad y la igualdad, el principio de la mayoría es tan subjetivo como cualquier otro.
El ateo mínimamente lúcido admitirá eso sin problemas. Nos revelará aquello tan conmovedor de que él no necesita creer en un Dios justiciero, en un sistema de premios y castigos ultraterrenos para desear el bien. Nos hablará de la empatía, de la natural sociabilidad del hombre, que le lleva a preferir el bienestar ajeno, dejando de lado los casos patológicos. Pero hay un problema con esta teoría de la empatía. La experiencia demuestra que es muy limitada y, en ocasiones, caprichosa. Pasamos fácilmente del amor al odio hacia el prójimo, con motivos irrisorios. Y somos muy fácilmente manipulables al respecto. Los nazis supieron anular los más elementales sentimientos de compasión hacia nuestros semejantes, por el procedimiento de la deshumanización del otro. Sin llegar a esos extremos de maldad, lo innegable es que la empatía adopta una forma de círculos concéntricos de intensidad decreciente. Nos preocupan nuestros familiares cercanos más que los lejanos; más nuestros amigos íntimos que los conocidos; más nuestros compatriotas que los extranjeros.  Nos apena y perturba profundamente la muerte de un ser querido; pero recibimos la noticia en televisión de la muerte de miles de personas en un terremoto a ocho mil kilómetros de distancia, y esa noche dormimos perfectamente.
¿De dónde surge entonces la idea de que debemos preocuparnos por el hambre en el mundo,  de que las persecuciones raciales son execrables o, incluso, que se deben respetar las garantías judiciales de los peores criminales confesos? La explicación más extendida, desde antiguo, ha sido la convencionalista. Los seres humanos han dado en convenir los principios morales, con el fin de poner freno a las pasiones de los individuos, que destruirían el orden social. La moral obedece a la clase de cálculos que todos realizamos cotidianamente, por los cuales renunciamos a una satisfacción inmediata, en pos de una futura, que consideramos preferible. Así, por ejemplo, rechazamos la sed de venganza, porque creemos que el mecanismo de una justicia impersonal es mejor para todos. (Mañana podrían acusarnos a cualquiera de nosotros de algo que no hemos cometido.)
El problema de la teoría convencionalista es conocido: No hay un solo orden social posible. ¿Cómo determinamos cuál es el mejor sistema social posible? Si nos basamos en razones morales (por ejemplo, el  que permita la felicidad del mayor número) caemos en un razonamiento circular. No podemos defender una determinada moral con presupuestos morales, sin caer en una regresión al infinito para defender esos mismos presupuestos. ¿Por qué es mejor la felicidad de la mayoría que de la minoría?
En el caso límite, desde un punto de vista lógico podemos preguntarnos por qué es mejor la felicidad de todos que la de un solo individuo. O dicho más crudamente, ¿por qué habría de importarme a mí el interés general? ¿Qué me impide beneficiarme cínicamente de que los demás acaten las reglas en general, mientras yo las incumpla a mi conveniencia, siempre y cuando pueda eludir las sanciones? No puedo oponer a este punto de vista razones morales, puesto que ya antes he definido la moral como una forma inteligente de egoísmo. O por expresarlo lapidariamente: Si la moral es convención, todo lo que convengamos pasa a ser moral.
Se podría replicar que esto no es ningún problema, salvo si estamos contaminados todavía por prejuicios judeocristianos. Efectivamente, la idea de que las leyes morales son algo objetivo, preexistente a cualquier tipo de ordenamiento social, tiene un origen inequívocamente religioso. En el momento en que negamos la objetividad de los principios morales, tenemos que aceptar que no existe ningún otro motivo para deplorar el asesinato, el robo o el estupro que el hecho de que están prohibidos por normas encaminadas a preservar la vida civilizada, no porque en sí mismos estos actos sean malos. Y el ateo o agnóstico seguramente dirá sin inmutarse que con eso nos basta.
Sin embargo, los ateos rara vez son consecuentes con este razonamiento. Ellos hablan y actúan como si existiera una moral universal y objetiva, y con frecuencia demandan cambios en la legislación positiva para que se adapte a su idea de esa moralidad. Por ejemplo, exigen la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos (de China o de países islámicos no suelen acordarse) y demandan el aborto libre, alegando que es un derecho de la mujer. Incluso exigen el respeto a los derechos de los animales, con medidas como la prohibición de las corridas de toros.
El filósofo Jesús Mosterín ha defendido esta incongruencia con una sinceridad poco común. Según él, el único derecho que existe es el positivo, es decir, las leyes elaboradas por los hombres.  El derecho natural (fundado en la naturaleza y/o en Dios) es puramente “mitológico”. Ahora bien, en ocasiones, utilizamos la “jerga de los derechos” como una pura “herramienta retórica” para promover cambios en la legislación. No tenemos que ser tan ingenuos como para creer que existe algo así como un derecho universal y eterno de los negros o de las mujeres a votar.  “Los presuntos [sic] derechos humanos (...) tienen un gran valor retórico, práctico, propagandístico y persuasivo, lo que no es poco...” (Mosterín, ¡Vivan los animales!, 2003, cap. XVII.)
Ahora bien ¿cuál es el motivo esencial por el que demandamos cambios en la legislación? Según Mosterín, las razones son puramente sentimentales y emocionales. Es decir, a medida que cambia nuestra “sensibilidad moral”, demandamos la reforma del derecho positivo y de las costumbres para acomodarla a nuestras “intuiciones morales”. Así que volvemos de nuevo a la empatía como fundamentación de la moral, pero ahora con una perspectiva histórica. La empatía hacia otros seres humanos, hacia otros grupos, es algo que cambia con el tiempo, y de ahí que antes se tolerara e incluso defendiera la esclavitud, mientras que ahora se aborrezca.
“El cambio de nuestros sentimientos morales de empatía y compasión conduce al cambio de nuestra consideración moral de otros grupos, lo cual a su vez (a través de la postulación de derechos para esos grupos) conduce a la reforma de la legislación.” (Loc. Cit.)
Por qué los sentimientos morales cambian, eso no parece preguntárselo nuestro filósofo. Pero él no se limita a constatar cómo se generan las normas humanas, sino que toma partido, y considera como un progreso, por ejemplo, que la prohibición de la tortura se extienda no solo a todos los seres humanos, sino incluso a todos los “hominoides”. La sospecha de que su visión del progreso moral no es meramente descriptiva, sino que se han deslizado en ella presupuestos morales, es inevitable. Mosterín caería también, miren por dónde, en el razonamiento circular. Por un lado, nos dice que la moral es algo cambiante, según los gustos. Por otro lado, nos sugiere que unos gustos son moralmente superiores a otros, que abominar de las torturas animales es un progreso moral comparable a la abolición de las torturas a los prisioneros de guerra. No explica en absoluto por qué las intuiciones morales más recientes son mejores que las anteriores, y es lógico, puesto que con su concepción de la moral no puede hacerlo.  De hecho, en la historia se han dado casos de cambios hacia la exclusión de determinados grupos humanos de la esfera de los derechos.  Es más, los propios cambios que defiende Mosterín excluyen a una parte de los seres humanos de cualquier consideración de empatía: Los fetos humanos pueden ser exterminados sin compasión, en aras de un “retórico” (recuerdo que el adjetivo es de Mosterín) derecho de la madre a decidir sobre su propio cuerpo, lo que parece reducir al feto a la categoría de tumor. Y la preservación de los derechos de los animales implica la restricción de ciertos derechos humanos, por ejemplo, a celebrar corridas de toros, lo que puede conllevar acaso hasta penas de prisión para quien incumpla la nueva legislación animalista. La empatía de nuestro filósofo es curiosamente selectiva.
El problema de nuestros ateos y su ética sin Dios es que casi nunca son verdaderamente consecuentes. Por un Max Stirner o un Nietzsche, los miles de ateos o agnósticos del montón continúan expresándose en términos de una moral universal y eterna, que han interiorizado procedente del cristianismo, aunque a menudo les moleste que se lo señalemos. Jesús de Nazaret defendió amar incluso a nuestros enemigos. El fundamento de todo nuestro garantismo jurídico, de las leyes para proteger tanto a delincuentes comunes como a prisioneros de guerra, está ahí. Cuando nuestros progresistas ateos se escandalizan por la situación de los presos en la base de Guantánamo (los once millones de cubanos que viven fuera, bajo una férrea dictadura socialista, no les suelen incomodar tanto) están aprovechando, para sus fines propagandísticos,  la vigencia que sigue teniendo en nuestra cultura el precepto evangélico de amar al prójimo, incluso a los enemigos. (Lo que por cierto nunca defendió Cristo es el suicidio ni, por tanto, la rendición incondicional ante quien quiere destruirnos.)
Así pues, el ateo tiene dos opciones ante sí, si quiere ser consecuente: O abandonar por completo cualquier reminiscencia de cristianismo que quede en él, dejando toda la retórica de los derechos humanos y la defensa de los débiles para los profesionales de la política, que seguirán utilizándola, como aconseja Mosterín, por mera conveniencia propagandística. O bien tiene que dejar de ser ateo, y admitir que existe un orden moral trascendente. Esto no es todavía una conversión religiosa. Es simplemente adoptar una posición de humildad intelectual, cuyo primer efecto sería el de respetar mucho más nuestra tradición cristiana, y abrirse a un debate franco, sin alaridos contra el “integrismo”, la “intolerancia” y todas esas expresiones que tanto gustan de cultivar los medios y los intelectuales autodenominados progresistas.

lunes, 13 de agosto de 2012

Imagine

Estoy viendo en la televisión la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. Entre la sucesión de actuaciones musicales, suena Imagine de John Lennon. Me parece un ejemplo impagable de incongruencia que en un evento donde se dan cita todas las banderas del mundo, se escuche imagine there's no countries, "imagina que no hay países"... En cuanto a la canción en sí, la música es tan bella como irremediablemente idiota la letra. "Imagina que no hay Cielo, que no hay religiones, que no hay posesiones". Soñar que no hubiera posesiones, como soñar que no hubiera dinero, es una actitud infantil. Nos hace gracia que los niños deseen que no hubiera escuela. Pero en personas mayores, parecidos sentimientos son síntoma de inmadurez. Culpar a la propiedad de la violencia es como culpar a la comida de que exista el hambre, o al agua de que exista la sed. Es como detestar la fuerza de la gravedad, porque nos impide volar, olvidando que sin ella no existiría atmósfera ni por tanto vida sobre la Tierra.

Y la carga contra la religión, no puede ser más gratuita. Lennon y los Beatles, con todo lo que tienen de memorable, hicieron un flaco favor a nuestra cultura sumándose al carro del papanatismo orientalista, de oponer el cristianismo a un espiritualismo que es ajeno a Occidente, y por tanto queda reducido entre nosotros a una pose vacía. Ya cuando alguien me habla de religiones en general, sea a favor o en contra, se me disparan todas las alarmas. Es tal la diferencia entre cosmovisiones como la cristiana, la islámica o la budista, que englobarlas dentro del mismo concepto resulta abusivo. ¿Que tiene que ver, aparte del nombre, un Dios que al mismo tiempo se hace hombre, y predica amar a los enemigos, con un Dios remoto que ordena la sumisión incondicional? ¿Qué tiene que ver la divinidad con el nirvana?

La ceremonia continúa. Desde luego, sería impensable, en esta Europa nuestra, que tuviera el menor componente religioso. El plato fuerte es la música pop, con una brillante selección de los artistas británicos que más discos han vendido, y unos montajes coreográficos bastante vistosos. Nuestra cultura de masas difícilmente puede dar más de sí. Divirtámonos hasta morir, esta es su divisa. El sueño de Lennon, imagina que no hay religión, cumplido. Voy a apagar la tele. Necesito escuchar un poco a Bach para reconciliarme con la civilización.

domingo, 12 de agosto de 2012

Soy un borrego más

Temer el terrorismo internacional es propio de borregos. Solo la propaganda estatal ha conseguido que la gente pueda prestar apoyo más o menos tácito a las costosas políticas de seguridad. Esto al menos es lo que nos desvela Jorge Valín, nuestro libertario de guardia.

El bloguero se apoya en unas estadísticas según las cuales existen 17.600 probabilidades más de morir de un ataque al corazón que de un ataque terrorista, 12.571 probabilidades más de morir de cáncer que de un atentado, 1.048 veces más de morir en coche, etc. Incluso es más probable (6 veces más) morir a consecuencia de una ola de calor que por un atentado.

Valín se pregunta retóricamente por qué el gobierno no dedica más presupuesto a luchar contra los infartos o el cáncer que contra el terrorismo. La respuesta es que en realidad sí dedica mucho más. En el mundo desarrollado, el gasto en Sanidad es muy superior al gasto en Defensa. Incluso Estados Unidos, el país que más gasta en Defensa del mundo (en términos absolutos), dedica el triple o más a Sanidad. Por supuesto, no todo el presupuesto sanitario va a parar a la lucha contra los infartos de miocardio ni contra el cáncer; tampoco todo el presupuesto de defensa se dedica a luchar contra el terrorismo.

Valín procede como un demagogo, porque cualquiera que conozca sus ideas sabe que también está en contra de ese gasto sanitario, así como contra que la policía nos proteja de los rateros, mucho más peligrosos, supuestamente, que los terroristas. Pero todo le vale con tal de engordar su argumentación.

En todo caso, es una argumentación muy grosera. Una de las grandes supersticiones que hoy pasa por actitud racional, se basa en el culto acrítico a las estadísticas, empleadas de manera improcedente. Aún dando por buenos los datos que ofrece Valín, está claro que no son aplicables a cada individuo en particular. Un ciudadano de Nueva York, de Londres o de Madrid tiene más probabilidades de sufrir un atentado terrorista que uno de Cuenca. Si yo vivo en una gran ciudad, el temor a un atentado terrorista no es en absoluto irracional, aunque lógicamente debería preocuparme más de no ser atropellado por un coche. Que es precisamente lo que hace la mayoría de la gente. Pero lo uno no quita lo otro, no porque sea más probable morir de cáncer que por comer magdalenas caducadas, voy a dejar de mirar la fecha de caducidad de los envoltorios.

El 12 de setiembre de 2001, al día siguiente de los atentados del 11-S, algunos medios, como El País, no dejaron pasar la oportunidad de burlarse de Bush por haber defendido el escudo antimisiles, cuando el mayor ataque sufrido por los Estados Unidos provino de unos aviones de pasajeros secuestrados. El razonamiento es tan mezquino como obtuso: Como ayer unos terroristas suicidas estrellaron unos aviones en el centro de Manhattan y en el Pentágono, ya podemos olvidarnos de cualquier amenaza militar convencional o nuclear. De manera parecida piensa Valín. Como muere cada día más gente de un ataque al corazón que por una bomba terrorista, es ridículo preocuparse por los terroristas.

Por supuesto que los gobiernos siempre tienen la tentación de extralimitarse. Pero deducir de ahí que hay que abolir los gobiernos, los ejércitos y la policía, es tan delirante como cuando los eternos comunistas proponen abolir la libertad de empresa, porque existen talleres clandestinos en sótanos insalubres, donde trabajadores inmigrantes pasan dieciséis horas diarias fabricando camisetas falsas de DC.

No existe la Utopía donde el Mal no es posible. Por el contrario, las utopías han servido para justificar millones de asesinatos. Valín señalaría, sin duda, que estos asesinatos los han cometido Estados, y él está contra el Estado. Pero en la práctica, él centra su crítica principalmente en los gobiernos de las principales potencias democráticas, al igual que hace la extrema izquierda, por mucho que parta de principios antitéticos. Con su actitud de enfant terrible presta su apoyo intelectual, por muy leve e indirecto que se quiera, a gobiernos y organizaciones terroristas enemigos de estos países, o con intereses geopolíticos en conflicto con Occidente, como puedan ser Rusia, China, Irán o Al-Qaeda, a los que rara vez critica. No vale decir que su crítica se sobreentiende, porque lo lógico es que si, por ejemplo, denuncias la pena de muerte, empieces por China, donde se dictan miles al año y los funcionarios se lucran traficando con los órganos de los ejecutados, antes que los Estados Unidos, donde las ejecuciones son cien veces menos, y se demoran años por las garantías judiciales. Lo lógico es que critiques el sistema cubano, una cárcel de once millones de personas, antes que Guantánamo, donde hay ochocientos (más que presuntos) terroristas presos.

Es una actitud comparable a la de esos padres que no quieren vacunar a sus hijos, porque se han registrado casos de vacunas defectuosas. Quiéranlo o no, están favoreciendo cosas mucho más peligrosas que las vacunas, como la difteria o el tétanos. ¿O también diremos que el miedo a los microorganismos nocivos forma parte de la estrategia de los gobiernos para controlarnos? Dado el gusto del señor Valín por las afirmaciones epatantes, tampoco me sorprendería que se nos descolgara con algún estudio poniendo en cuestión la "guerra contra la enfermedad", y trazando un cuadro idílico de la futura acracia sin microbios.

Al señor Valín le preocupa que los gobiernos persigan el terrorismo y el crimen organizado, pero curiosamente no ha dicho nada, que yo sepa, del caso Interligare, una trama de corrupción al más alto nivel policial, que además espiaba a la oposición sin escatimar en recursos tecnológicos, y que se permite amenazar al más puro estilo mafioso al director del periódico que lo está denunciando. Claro, esto es pecata minuta para nuestros libertarios, que están más ocupados denunciando a la policía en pleno. El resultado es este, que no distinguen entre lo legal y lo ilegal, entre lo justo y lo injusto, entre la legítima defensa de la civilización (con todos los errores aparejados que se quiera) y el crimen. Es decir, que favorecen ideológicamente la ilegalidad, la injusticia y el crimen.

viernes, 10 de agosto de 2012

Estupideces que ya cansan

"Solo con recortes no saldremos de esta... Hay que incentivar el crecimiento... Hay que meter mano al fraude fiscal... Hollande en Francia demuestra que se pueden hacer las cosas de otra manera... El problema no es la deuda pública, sino la deuda privada... Otros países tienen una deuda mayor que la nuestra, luego la deuda no es el problema... La solución es un reforzamiento de la Unión Europea, con un BCE que compre deuda soberana... Esta es una crisis del capitalismo..."

Y así todos los días. No son desde luego las mayores tonterías que podemos escuchar o leer en los medios o en la calle. Ahí tenemos a Sánchez Gordillo, el asaltasupermercados, acusando a los bancos de practicar la "usura", entre otras burradas que suelta. (Precisamente, uno de los grandes errores de los últimos años fueron los intereses artificialmente bajos.) Pero a mí me molestan especialmente las que se repiten más, y las que se pronuncian o escriben en un tono de moderación, sin encontrar una réplica inmediata. Porque son las que van calando, alimentando la infantilización de la opinión pública.

Es cierto que la deuda de otros países es mayor que la de España, pero lo importante no es el volumen de la deuda que uno tiene, sino si puede pagarla. Con más de cinco millones de parados, es lógico que el dinero tome sus precauciones, o se cobre los riesgos.

La deuda privada tiene una solución obvia. La gente, o bien reduce sus gastos para poder pagarla, o trabaja más para ingresar más, o ambas cosas. También hay quien deja de pagar sus deudas. En realidad, eso significa que sus deudas las traslada a otros, que a su vez se ven en problemas para atender a sus acreedores. Al final, el resultado es el mismo: Alguien tiene que reducir su consumo y/o trabajar más.

Con el Estado, no sucede exactamente igual. Siempre puede echar mano de subidas de impuestos, o dicho más claramente, de su poder coactivo. Otro procedimiento, más indirecto, pero en el fondo de la misma naturaleza, es la devaluación monetaria. No es cierto que ahora España no pueda hacerlo. En cualquier momento un gobierno puede decidir que nos salimos del euro. Dicho sin tapujos: El Estado siempre puede robar el dinero de los bolsillos de los ciudadanos, sea por vía fiscal o devaluando el valor de la moneda. Se hace lo que yo digo porque yo soy la policía y la ley, y punto.

Un Estado fuertemente endeudado es por tanto un peligro. Es preciso que se recorten los gastos, porque de lo contrario la tentación de esquilmar a los ciudadanos es cada vez más seria. El gobierno del PP está haciendo ambas cosas, recortes de gasto público y subidas de impuestos, pero aún podría ser peor. Por supuesto, es de risa que algunos tomen a Francia como modelo, cuando Hollande lleva solo tres meses en la presidencia. Cualquier analista prudente esperaría al menos a ver cómo les va a nuestros vecinos antes de alabar sus políticas económicas. Perseguir el fraude fiscal y la economía sumergida, así como aumentar los impuestos a los "ricos", puede incrementar muy levemente la recaudación a corto plazo, en el mejor de los casos. Lo normal es que se incentive la desinversión, la deslocalización y la fuga de capitales. Es muy fácil mostrarse indignado ante los malvados capitalistas que tratan de eludir al fisco, pero me gustaría saber qué harían muchos de nuestros moralistas defensores de los impuestos si pudieran evitar unas contribuciones confiscatorias, del 50 % o más de sus ingresos o de sus ahorros.

Que el BCE nos compre deuda es pan para hoy y hambre para mañana. Endeudarnos más para poder pagar la deuda es una política suicida, un infernal círculo vicioso del que debemos salirnos lo antes posible. Y en esto, poco nos puede ayudar Europa. Al contrario, la actual estructura política de la Unión Europea es una pesada maquinaria burocrática de la que no sale ninguna idea buena. Ceder soberanía en favor de una federación puede ser buena idea si esta tiene una sólida base democrática, y el poder suficiente para meter en cintura a todos los Estados miembros. La UE actual, un monstruo tecnocrático a la medida de los intereses de Alemania y Francia, debería por el contrario reducirse a una mera unión de mercado. Ya sería mucho que realizara bien esta única función.

Naturalmente, la deuda se pagaría con mucha mayor facilidad si hubiera crecimiento económico. Pero precisamente no crecemos porque la deuda privada nos lo impide, y la pública nos acaba de asfixiar. Decir que el crecimiento es la solución de la crisis es una trivialidad de calibre comparable a afirmar que la salud es la solución de la enfermedad. En cualquier caso, los Estados no son los que hacen crecer los países. Es la sociedad civil quien genera la riqueza. El Estado lo único que puede hacer es reducir su intervención lo suficiente para no entorpecer en exceso la actividad productiva.

Lo que resume toda esta mentecatez es aquello de la "crisis del capitalismo". Se culpa al libre mercado de la pobreza, de las crisis cíclicas, del despilfarro y de la degradación del medio ambiente. De estas cuatro cosas, una es cierta, y solo relativamente. ¿La pobreza? Es demencial que se acuse al capitalismo de la pobreza, cuando es el sistema que ha creado -¡y distribuido!- más riqueza que nunca jamás en la historia. Es indecente que se acuse al libre mercado de la contaminación, cuando las catástrofes medioambientales de la antigua Unión Soviética superan todo lo concebible. Por lo demás, la mayoría de índices de polución no cesan de mejorar en los países desarrollados, pese al crecimiento económico.

Crisis cíclicas las ha habido en todos los tiempos, y de naturaleza mucho más dramática que bajo el capitalismo. En Europa las hambrunas son un recuerdo lejano, y lo cierto es que pronto lo serán en todo el planeta, gracias a la globalización, como ya lo son en la India y otros países que no hace muchas décadas las padecían periódicamente.

¿Puede sin embargo acusarse al capitalismo de despilfarro? En cierto sentido, sí. Shumpeter habló de la destrucción creadora. Son muchos los negocios que quedan en el camino, los empresarios que se arruinan. Algo parecido podría afirmarse de la naturaleza. Se extinguen muchas más especies de las que sobreviven. En todo caso, el concepto de despilfarro es en última instancia de carácter moral, es decir, extraeconómico. Porque no hay duda de que el capitalismo genera muchos productos que moralmente podemos considerar superfluos o nocivos. Al producir tanta riqueza, se potencian también los vicios masivos, las drogas, la pornografía. Las perversiones que antes solo eran asequibles a aristocracias decadentes, ahora entran en el terreno del consumo de masas. Incluso los índices de divorcio actuales pueden considerarse un efecto del capitalismo, es decir, de que amplias masas han accedido a niveles de vida comparables a los ricos de antaño, incluyendo largos períodos de ocio, y una capacidad de aburrimiento proporcional.

La gente hace mal uso de la riqueza igual que puede hacer mal uso de la democracia. El gran defecto del capitalismo (lo que hemos dado en llamar despilfarro) es el mismo defecto de la democracia. Solo los reaccionarios honestos atacan al capitalismo al mismo tiempo que la democracia. Los progres, los ecologistas decrecionistas, pretenden de hecho una regresión a comunidades precapitalistas, mucho más pobres, pero no tienen la sinceridad o la lucidez de reconocerlo. Personalmente, prefiero el capitalismo y la democracia, con todos sus defectos. Solo espero que la mayoría de quienes están en contra de ambos salgan del armario de una vez, y dejen de llamarse progresistas. Soy así de iluso.

sábado, 4 de agosto de 2012

Cosas que nunca haré

Leer los artículos de Sostres, en su blog y en el diario, es uno de esos raros privilegios de los que puede gozar hoy una persona hastiada del adocenamiento y el aborregamiento. Se podrá estar o no de acuerdo con sus opiniones (deseo dejar bien claro que casi siempre lo estoy), pero su forma de expresarse a pecho descubierto, sin concesiones ni medias tintas, sin molestarse en matizaciones tan cobardes como innecesarias, a mi me despierta la mayor admiración.

Incluso lo admiro, ya digo, cuando creo que se pasa de revoluciones. Su artículo sobre (contra) la riñonera, por ejemplo, donde conceptúa este artilugio de la indumentaria como una grieta en nuestra civilización. Confesaré que, aunque no la utilizo normalmente, por su intrínseca incomodidad, sobre todo cuando te sientas al volante, sí me la pongo cuando voy a la playa. Bueno, supongo que el mero hecho de ir a la playa (¡y en agosto nada menos!) ya debe ser anatema para Sostres. En fin, ya puestos, lo diré todo. Sí, voy a la playa con sombrilla y sillitas plegables. Visto casi siempre, en verano, en vacaciones y en mi horario de ocio, con camiseta de mercadillo, pantalón corto y sandalias. Incluso me presento de esta guisa en los restaurantes. Fuera del trabajo no me pongo una americana si no es para ir a una boda o un bautizo... Y mi plato preferido... ¿Lo confesaré también? Es la paella de marisco.

Soy irremediablemente vulgar, pero al menos lo sé. Y tengo que reconocer, aunque me duela, que Sostres tiene la puta razón, en esto como en tantas cosas. Pero creo que la peor vulgaridad (aunque no pretendo disculpar la mía) es la del ignorante que no es consciente de ella, que se enfanga con delectación como el gorrino en la inmundicia. Y con todo, quiero que conste aquí una enumeración, a título de muestra, de cosas que NUNCA JAMÁS, bajo ningún concepto, haré:

-Hacerme un tatuaje o ponerme un colgante (pirsin, los llaman, en el inglés de feisbuc que hoy infesta el lenguaje coloquial).
-Llevar camisetas sin mangas (en resumen, junto con el punto anterior, ir disfrazado de turista inglés en Salou).
-Llevar un bolso en bandolera. (Me ayuda, lo reconozco, el hecho de no ser fumador, por lo que mi equipaje habitual se reduce a la cartera, el móvil y las llaves.)
-Tomar el sol en la playa. (Si no estoy leyendo bajo la sombrilla, estoy jugando con mis hijos, o nadando: Jamás de los jamases me tumbaría al sol.)

Es decir, sigo estando orgulloso de ser un varón burgués y heterosexual, que huye del sol en verano como de la peste, y además no me importa que se note. Y ya que estamos, mis ideas sobre el sexo se ven reflejadas en ese otro artículo de Salvador Sostres, titulado "Erasmus". Porque pese a su estilo excesivamente soez, mi sentimiento es de profunda compenetración con la manera de pensar del escritor catalán, que por cierto era la que tenía todo el mundo de cierta edad hasta hace dos días, aunque la cretinez política que adjetivamos como "correcta" nos lo haya hecho olvidar.

Nada detesto más que el libertinaje maquillado de "sexualidad responsable", de "necesito espacio y tiempo para pensar". Nada es más odioso que esta ideologización del sexo, cuyo dogma supremo es que las chicas también tienen derecho a disfrutar, y que no es más que la enésima edición del viejo cuento con el que el seductor se las lleva a la cama. Y otra muesca más en la culata. Por lo menos antes eran los donjuanes quienes susurraban a sus presas que todo eso del cielo y el infierno son rollos de los curas, que lo que hay que hacer en esta vida es divertirse. Ahora es toda la sociedad, empezando por padres acobardados y acomplejados, quienes les dicen a sus hijas: "Diviértete, no bebas mucho". En lugar de: "A las once en casa", como cuando todavía el pueblo tenía las ideas claras, y unas élites sin Dios no le habían desvalorizado sus creencias y costumbres, igual que los malos reyes robaban al pobre devaluando la moneda.

Desde luego, yo nunca le recomendaré a mis hijos que se diviertan cuando empiecen a salir. Les diré la puñetera verdad, que en la calle a partir de las diez de la noche no sucede nada bueno. Aceptaré a regañadientes que se están haciendo hombres y no me quedará más remedio que permitirles regresar a horas cada vez menos justificadas. Sé que posiblemente harán como hice yo cuando era joven, que se emborracharán y se meterán en problemas. Pero al menos no será su padre quien, claudicando de su auténtico papel, los animará a ello.

viernes, 3 de agosto de 2012

El argumento del sufrimiento y otros

No falla: Las entradas de este blog que tocan el tema del aborto, son las que más comentarios generan, a favor y en contra. Y es lógico que sea así, porque en mi opinión el aborto es la cuestión central de la guerra cultural, el centro gravitatorio alrededor del cual gira cualquier concepción sobre el ser humano y el sentido de su existencia.

Y entre los comentarios proabortistas, el tema estrella es el del sufrimiento. El progre sensible se recrea en la evocación de los padecimientos de los nacidos con Síndrome de Down o Espina Bífida, a fin de despertar adhesiones emocionales a su causa, y de paso presentar a los provida como monstruos insensibles que solo aspiran a incrementar el sufrimiento en el mundo mientras entonan el Dies Irae. Ah, y no nos olvidemos de mencionar la Inquisición, que eso siempre funciona ante la claque.

Por supuesto, los provida siempre podemos responderles con las mismas armas sentimentales. Toca aquello de "usted hubiera condenado a muerte a Stephen Hawking", etcétera. Pero el argumento esencial es que nuestros progres en realidad son unos hipócritas. Porque estos, ciertamente, empiezan consintiendo el aborto terapéutico (vamos a llamarlo así, aunque en realidad es eugenésico, en función del arbitrario umbral para definir enfermedad o malformación grave). Pero su objetivo, que nunca pierden de vista, es que se pueda abortar sin aducir ningún tipo de motivo, simplemente porque "nosotras parimos, nosotras decidimos". Es decir, que bajo la excusa de evitar el 0,15 % de nacidos con Síndrome de Down, o el 0,03 % de nacidos con Espina Bífida, tiparracas bordes como Regás acaban aplaudiendo el asesinato de millones de bebés perfectamente sanos.

Llegados a este punto, la cosa suele salirse de madre, y pasamos ya al argumentario "de clase", que si la hipócrita es la derecha que prefiere que las mujeres vuelvan a ir a Londres a abortar, etc. Por este argumento, toda prohibición debería abolirse, porque "obliga" a la gente a saltársela. Cada cual es responsable de sus actos, y ya sabemos, porque la naturaleza humana es la que es, que siempre habrá quien viole las leyes sobre el aborto, como siempre habrá quien viole el código penal cometiendo asesinatos y robos. Pero a nadie con algún centímetro cúbico útil dentro del cráneo se le ocurre que eso es un motivo para deshacernos del código penal. ¿O despenalizaremos el infanticidio y el abandono de recién nacidos, porque algunas madres supuestamente "desesperadas" lo practican?

Que hagan lo que quieran el resto de países "civilizados". Ya es hora de que en algún lugar, por ejemplo España, alguien haga algo sin importarle el qué dirán en Bruselas, en la ONU o en los editoriales de El País. Si en Occidente huele a podrido (más exactamente a cadáver), cuanto antes empiece la regeneración, mejor.

jueves, 2 de agosto de 2012

Lenin y Hitler ¿antimodernos?

El profesor de sociología política Luciano Pellicani es autor de un librito que recomiendo vivamente: Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial, 2011). El estudioso italiano, con profusión de citas de los intelectuales y dirigentes políticos, tanto comunistas como nacionalsocialistas, demuestra lo que muchos ya sabíamos, pero que nunca se recordará lo suficiente: Que nazismo y comunismo son aberraciones de la misma especie, por mucho que su choque en la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo la propaganda comunista de décadas, sean causa de que tanta gente siga desorientada al respecto. Y que incluso quienes no simpatizan con el comunismo caigan con frecuencia en el error de darle un tratamiento diferenciado, al no desmarcarse de él con la mismas gesticulaciones que emplean con el nazismo. ¿Cuántos libros, cuántos ensayos, cuántos documentales televisivos nos hablan -con toda razón- de la "barbarie" del nazismo? ¿Cuántos lo hacen en los mismos términos sin concesiones del comunismo, incluyendo los que son críticos con él?

En el libro de Pellicani se muestra con claridad meridiana el carácter revolucionario del nazismo, empleando un término que aún hoy, tras las hecatombes del siglo XX, sigue revestido de un incomprensible prestigio. Porque revolucionario es aquel sistema de pensamiento que pretende arrasar con todo lo existente, que defiende que para construir el "hombre nuevo" hay que destruirlo antes todo. Lo que conduce con inflexible lógica al exterminio de clases, pueblos y razas enteros. Esta es una de las principales virtudes del libro, que nos muestra en una sola palabra lo que comparten los dos grandes totalitarismos del siglo pasado: Su carácter radicalmente nihilista. Más específicamente, los textos ilustran el feroz odio antiburgués y anticapitalista del nazismo y el fascismo, desmontando la vieja patraña izquierdista de que estos movimientos estaban al servicio del "gran capital".

Más allá de esta función pedagógica, altamente necesaria aún, el ensayo me lleva a plantear un debate que se sale de los límites impuestos por su brevedad y posiblemente por las concepciones del autor. Este empieza trazando una distinción entre las dos almas de la Revolución Francesa: La del 89 (burguesa, constitucionalista, gradualista) y la del 93 (antiburguesa, totalitaria, rupturista). Y en el segundo capítulo ofrece una definición de la modernidad, enumerando como constitutivos el individualismo, la nomocracia, la ciudadanía, la institucionalización del cambio, la secularización, la autonomía de los subsistemas (la ciencia, la economía, etc) y la racionalización. Con ello Pellicani pretende demostrar su otra tesis, que no solo el nazismo, sino también el comunismo, fue un movimiento esencialmente antimoderno. Debe distinguirse entre industrialización (que de todos modos estaba ya lanzada antes de 1917 en Rusia, hasta que el golpe de Estado leninista y la subsiguiente guerra civil la interrumpieron) y modernización, dos conceptos independientes el uno del otro. Lo que realmente hicieron los bolcheviques fue cerrar Rusia y toda su área de influencia ante las perniciosas ideas liberales de Occidente.

Estando fundamentalmente de acuerdo con este análisis, lo que me pregunto es si esa caracterización de la modernidad y la antimodernidad no será algo puramente semántico, en cuyo caso no aportaría realmente nada nuevo a nuestro conocimiento, e incluso contribuiría a oscurecer ciertas cuestiones. Quiero decir: ¿Por qué deberíamos caracterizar a la modernidad con todos los ingredientes liberales, cuando es notorio que es precisamente en los tiempos modernos (del siglo XV para acá) que los Estados de Occidente han conocido una expansión pavorosa? El propio Pellicani sugiere el carácter arbitrario de su definición de modernidad, cuando clasifica como tal a Atenas frente a Esparta. ¿Debemos deducir que la modernidad es un carácter ajeno a la cronología? Pero entonces ¿no sería mejor utilizar otro término carente de esa connotación?

Bertrand de Jouvenel mostró en su clásico Sobre el poder (Unión Editorial, 2011) la progresiva, aparentemente fatal propensión de los tiempos modernos hacia el aumento de los ejércitos, el alistamiento obligatorio, el burocratismo, el intervencionismo. Su libro se publicó en 1944, cuando esta presencia abrumadora de los Estados enfrentados en la guerra mundial era tan obvia que no necesitaba apenas ser señalada. Pero, con los inevitables movimientos pendulares, que han proporcionado algunos paréntesis liberalizadores, es evidente que el papel de los Estados es hoy inimaginablemente mucho más invasivo que hace docientos años. Y hace doscientos años lo era más ya, en casi toda Europa, que en la Edad Media, tan desdeñada por la simplificadora ignorancia como un período de oscurantismo y opresión, pese a ser el tiempo en que proliferaron las instituciones precursoras de los parlamentos y las limitaciones al poder regio... Que luego el maquiavelismo moderno arrasó en muchos lugares.

Entonces, ¿a santo de qué definir la modernidad solo con los epítetos liberales que más nos halagan? Si analizamos rápidamente los atributos enumerados por Pellicani, veremos que detrás de cada uno de ellos existe un ominoso reverso. El individualismo también entraña atomización social, lo que permite a los Estados infiltrarse con más facilidad en todos los aspectos de la vida, intentando destruir instituciones intermedias, como la familia. La secularización va ligada a la expansión del derecho positivo, incesantemente reelaborado por asambleas o por déspotas, con grave menoscabo de la concepción iusnaturalista en la que descansa, se admita o no, la noción de derechos humanos. La democracia permite a los gobiernos contar con una legitimación de su poder que con frecuencia desborda los límites que esta es capaz de oponerles. Y en fin, la autonomía de la economía ha permitido un crecimiento de la riqueza que alimenta a las Haciendas públicas hasta niveles impensados en las sociedades más tradicionales del Antiguo Régimen, lo cual dota a los Estados de un poder transformador formidable.

Sería más correcto decir, pues, que la modernidad también tiene "dos rostros" o una doble alma. Que el totalitarismo es tan "moderno" como el liberalismo. De otro modo, la explicación por la cual surgieron el régimen bolchevique y el nacionalsocialista se queda en los aspectos más superficiales y coyunturales. Pellicani habla con acierto de los deletéreos efectos de la Gran Guerra, de un nuevo tipo de "hombre de la trinchera", dominado por el nihilismo y el resentimiento; de la situación desesperada de las clases medias alemanas, destruidas por la depresión económica y la hiperinflación... Todo esto es sin duda verdad, pero insuficiente. El totalitarismo no se puede explicar solo por los mismas causas que hubieran podido conducir también a alguna forma de populismo o autoritarismo deplorables, pero mucho menos destructivos. Como es el caso, hasta cierto punto, del fascismo italiano, que Pellicani considera un ejemplo de "totalitarismo imperfecto". Y algo parecido podríamos decir del franquismo, un régimen dictatorial pero en absoluto totalitario, porque carecía obviamente del carácter nihilista, destructor. Cosa en la que hay que insistir frente a las vulgarizaciones comunistoides que ponen en plano de igualdad a Hitler, Mussolini y Franco, y en cambio excluyen a Stalin. No digamos ya a Lenin, al que todavía algunos autores, como el recalcitrante marxista Hobsbawm, pretenden mostrar como un santo, o poco menos, removiéndose en la tumba por los crímenes de su sucesor.

Algo hay en esta modernidad que no se condice con la fábula iluminista a la que muchos se siguen aferrando sin el suficiente espíritu crítico. Porque el totalitarismo no surgió de la nada en 1917. Llevaba décadas, si no siglos, desde finales del XVIII, de incubación. Y las sociedades abiertas, por utilizar la expresión de Popper, albergan en su seno el germen de su propia autodestrucción. El marxismo surgió de Europa, aunque infectara Asia. El nazismo surgió en la culta Alemania de Kant y Hegel... La única vacuna contra esa posibilidad ominosa es abandonar una ideología demasiado autocomplaciente del modernismo, que fácilmente se desliza hacia el totalitarismo cuando caemos en el error de juzgar la tradición y la religión como algo incompatible con estas sociedades, y no como su suelo nutricio. (Error simétrico al de los reaccionarios que postulan idéntica incompatibilidad, y en su caso eligen adherirse a un pasado mitificado, regido por valores teocráticos y comunitaristas-estamentales.)

Pellicani muestra claramente la función que ejercieron las ideologías comunista y nazi, de sustituir el vacío dejado por la religión. Ya Raymond Aron definió al comunismo como "religión secular", calificándolo con deliberada ironía como el "opio de los intelectuales". (R. Aron, El opio de los intelectuales, RBA, 2011.) El monstruo del totalitarismo nos enseña cuáles son los límites de la sociedad abierta y los frutos amargos del "desencanto" del mundo y la descristianización, saludada con precipitación como un "progreso". En suma, el camino torcido que debe cuidadosamente evitar si no quiere desnaturalizarse y dejar de ser abierta.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Falsos amigos

Eduardo Goligorsky ha publicado un artículo visceralmente a favor del aborto en Libertad Digital. Hasta aquí, nada que por desgracia deba sorprendernos, después de la salida de Pío Moa y de la larga serie de indigeribles peroratas de César Vidal, en las cuales culpaba a la Iglesia Católica de todos los males de España, tanto reales como imaginarios.

Con todo, hay que decir que el artículo es especialmente deleznable, ya desde el arranque, en el cual emplea uno de los trucos más miserables de la retórica, que es el del falso amigo. Empieza criticando al zapaterismo y acusando al actual gobierno, concretamente al ministro de Justicia, de seguir su misma senda, ¡porque pretende abolir (a ver si es verdad) la ley más nefasta que produjo el zapaterismo, que es la del aborto libre! A mí esta forma tan evidente de insultar la inteligencia del lector me provoca arcadas. Diga usted desde el principio, con claridad valiente, no con rebuscamientos babeantes, que está de acuerdo con una parte de la política de Zapatero, y luego razone por qué.

No menos hastío genera el "argumento" (tan caro a los socialista y a El País) de que otros países desarrollados también permiten el aborto libre, salvo casos "significativos" como Irlanda o Malta. Claro, son países católicos. Comprendo que al señor Goligorsky eso le parezca sospechoso. Pero cuando alguien me dice que en Londres se puede abortar sin problemas, la respuesta de cualquier persona racional es: ¿Y qué? Y si en Londres mañana es elegido un alcalde musulmán que decide implantar la sharia, ¿también deberemos imitarlo? El columnista de LD se entrega alegremente a uno de los papanatismos más funestos que rige en nuestros días. El de que todo lo que provenga del mundo anglosajón o de Uropa, es bueno sin más, y España debe adoptarlo sin asomo de crítica, aun cuando sea contrario a su cultura, su tradición e incluso a sus intereses.

Más son las falacias que adornan este escrito, para cuya certera denuncia remito a la entrada de Contando estrelas. Aquí me limitaré a un pequeño ajuste de cuentas personal, con dos autores a los que cita Goligorsky: Stuart Mill y Popper. Del primero, he de decir que, aunque en su día leí Sobre la libertad con la unción del recién llegado al liberalismo, pronto me desmarqué un tanto del pensador inglés. En esencia, como ya viera penetrantemente Ortega, el liberalismo de Mill, como el de Spencer, aun cuando se sitúe críticamente frente al utilitarismo coetáneo, termina recreándolo bajo otra forma. Estos autores no son en el fondo favorables a la libertad como un derecho inalienable de la persona, sino en tanto que es un bien para la sociedad, para el colectivo. El hecho mismo de tener que argumentar a favor de la libertad es ya en sí mismo sospechoso, como si no se la amara lo suficiente. Es como tratar de argumentar a favor del amor. Más bien son los tiranos y sus intelectuales áulicos quienes deberían molestarse en elaborar argumentos para justificar la servidumbre. (Sobre Spencer, por el que sigo teniendo gran estima, habría que añadir mucho más, pero aquí me llevaría a extenderme demasiado.)

En cuanto a Popper, sin duda se trata de uno de los grandes filósofos del siglo XX. Pero ni las mentes más brillantes se libran de caer en groseros errores cuando consideran que la visión agnóstica o atea es la visión por defecto de toda persona racional. En una entrevista que le realizó Der Spiegel en 1992, habló con acierto de muchos temas. Sobre el marxismo, sobre el agujero del ozono (entonces de moda, como ahora el cambio climático), sobre el falso pacifismo, etc. Y de repente, cuando uno está subrayando con fruición, se encuentra con estas palabras, más propias de cualquier progre del montón que de una mente de su nivel: "En el fondo de las catástrofes del medio ambiente se encuentra la explosión demográfica, que tenemos que solucionar éticamente. A partir de ahora sólo deberían nacer los niños realmente queridos."

Es decir, hay que liquidar a los niños que no queramos, pero eso sí, "éticamente". Y cuando el entrevistador le señala que tiene a la Iglesia en contra, el señor Popper se descuelga con la siguiente paradoja involuntaria, referida a los seres humanos en edad fetal o embrionaria infectados por el SIDA o que nacerán en países azotados por el hambre: "Es un crimen no ayudar a esos niños impidiendo que lleguen a nacer."(*) ¡Seguro que cualquiera que esté vivo -y que no haya perdido por completo la capacidad de razonar- preferirá que le "ayuden" de manera muy distinta! Quienes estamos todavía bajo el influjo de los prejuicios cristianos, tenemos ideas exactamente opuestas acerca de lo que es un crimen. Goligorsky en cambio piensa en esto como Zapatero, el cual, seguramente sin saberlo, piensa en esto (aunque sin duda no en la mayoría de temas) como Popper. Así que cuidado con los falsos amigos.
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* La entrevista puede leerse en español en el libro K. R. Popper, La responsabilidad de vivir, Altaya, 1998, págs. 239-249. Y para el que sepa alemán, en el enlace.

martes, 24 de julio de 2012

Teísmo y cosmología

Tres son las razones para postular la existencia de Dios:

1) Que existe algo en lugar de nada.

2) Que el universo es inteligible, está regido por un orden racional.

3) Que el bien y el mal son esencialmente irreductibles a realidades fácticas.

De estas tres proposiciones, se interpreten o no como argumentos a favor del teísmo, la primera no puede ser contradicha seriamente. Algunos filósofos han puesto en duda la existencia del mundo objetivo, pero jamás han negado que exista algo, sea lo que sea, salvo como ejercicio sofístico. La segunda proposición ha sido cuestionada rara vez. Negar que la naturaleza está sometida a leyes es una posición intelectualmente desesperada o extravagante, muy difícil de sostener. En cambio, la idea de que la moral no es reducible a convenciones culturales, o tendencias biológicas, o cualquier otro tipo de realidad fáctica, es ya no frecuentemente discutida, sino más menudo implícitamente descartada.

La principal causa de incredulidad de nuestro tiempo reside en el descrédito de la tercera proposición. Si no hay un bien o un mal absolutos, la hipótesis de Dios ya no es solo innecesaria intelectualmente, sino tampoco en un sentido personal. No creemos necesitar a Dios para ser buenos ni para ser felices. El sacerdote católico y filósofo Michael Heller se refiere a la Proposición 3 como "el hueco aixológico". Heller alude a la expresión "Dios de los huecos", con la cual se critican los argumentos teológicos que pretenden basarse en los huecos o lagunas explicativas de nuestro conocimiento actual. Spinoza se refirió a esto mismo con la expresión "asilo de la ignorancia": Función que asignan a Dios quienes solo recurren a Él ante aquello que la ciencia no acierta a explicar (todavía). Sin embargo, Heller distingue entre los huecos "espurios" y los "genuinos", aquellos que el progreso de la ciencia jamás podrá rellenar, por su propia naturaleza. Y entre estos menciona el hueco ontológico, el epistemológico y el axiológico, que se corresponden con las tres proposiciones de arriba, respectivamente.

Las reflexiones de este sacerdote filósofo las he conocido gracias a un libro extraordinario, Dios y las cosmologías modernas (BAC, 2005), una selección de artículos de varios autores, a cargo de Francisco J. Soler Gil, filósofo de la física de la Universidad de Bremen, y autor asimismo de obras sobre el tema. Aunque existen diferencias de criterio entre los distintos articulistas, se puede extraer una conclusión general de este libro colectivo. Y es que las razones basadas en las proposiciones 1 y 2 son mucho más poderosas de lo que muchos análisis superficiales permiten entrever. Lo cual, indirectamente, presta más apoyo a los razonamientos en favor de la proposición 3. Pero a la cuestión axiológico-moral apenas se alude en esta obra, por salirse de su tema, que se circunscribe a las relaciones entre ciencia (particularmente la física y la cosmología) y religión.

Algunos filósofos y científicos han pretendido eludir el problema que plantea la Proposición 1. Básicamente han utilizado dos estrategias. Una es la positivista, consistente en negar que la pregunta por la causa del universo tenga sentido. La otra, mucho menos seria, aunque apadrinada por divulgadores e incluso científicos de talla, pretende que se puede explicar el surgimiento del universo ex nihilo, como un fenómeno espontáneo del vacío cuántico, o algún subterfugio semántico similar. Se trata de una mera prestidigitación verbal porque no podemos identificar con la nada absoluta un vacío cuántico con sus leyes, constantes y parámetros perfectamente definidos. La ciencia solo puede explicar cómo pasamos de un estado físico (por simple que sea) a otro estado físico, nada más. Tampoco nos permiten eludir la cuestión teorías como la de Stephen W. Hawking, que proponen un modelo de universo (al menos en sus instantes infinitesimales iniciales) sin frontera espaciotemporal, lo que significa que no tendría sentido plantearse la cuestión de un inicio del tiempo, del mismo modo que no lo tiene plantearse dónde empieza o termina la superficie de la tierra. Aunque no existiera un comienzo temporal del universo (como defienden las antiguas filosofías que lo consideraban eterno), seguiría siendo un completo enigma por qué existe algo en lugar de nada, tal como lo vio santo Tomás de Aquino.

Como decíamos, más seria es la objeción positivista. La cual ofrece dos variantes o momentos. Por un lado, desprovee de sentido la pregunta por una causa del universo en su conjunto. Y por otro niega ningún poder explicativo a la solución teísta. Si Dios es la causa del universo, ¿cuál es la causa de Dios? Podemos ahorrarnos un paso y decir que no lo sabemos, o mejor aún, que no tiene sentido plantearse la cuestión de una causa del Todo, pues el concepto de causa solo tiene un sentido relativo, relacional (de los fenómenos entre sí), siendo absurdo pretender relacionar el Todo con algo fuera de él, que por definición no existe.

En mi opinión, la mejor respuesta a esta objeción es la del propio Soler Gil, quien la expone en uno de los artículos del libro, "La cosmología física como soporte de la teología natural". Resumiendo, la argumentación de Soler Gil, muy apegada a los modelos cosmológicos estándares, es que el universo puede ser considerado en su conjunto como un objeto. La definición de objeto del autor es filosóficamente bastante técnica, pero creo que no deformamos en exceso su pensamiento si afirmamos que Soler Gil entiende por objeto más o menos lo que así designamos en el lenguaje ordinario. Y no es posible escamotear la cuestión de la causa de existencia de un objeto. No podemos conformarnos simplemente con decir que un objeto existe porque sí, y basta. Al mismo tiempo, Soler Gil señala que una explicación última de la existencia del universo no puede basarse en el concepto físico de la causalidad, el cual nos remite a una cadena infinita de causas. De ahí que sea altamente plausible la hipótesis de un Ser de carácter personal, no reducible a un ente objetual.

Así pues, el teísmo sigue siendo una solución muy satisfactoria a la pregunta de por qué existe algo en lugar de nada. Pero por si esto fuera poco, tenemos el enigma que plantea la Proposición 2, y que tanto intrigó a Einstein. ¿Por qué el universo es inteligible? ¿Por que obedece leyes de naturaleza matemática? ¿Por qué se cumple la fuerza de la gravedad, y otras muchas, con inflexible regularidad? Estamos tan acostumbrados al orden de la naturaleza, al sucederse los días, las estaciones, los ciclos biológicos, etc, que rara vez nos asombramos de ello. Y sin embargo, no existe ninguna razón lógica, como ya vio David Hume, por la cual el sol deba salir mañana. En realidad solo hay dos respuestas posibles a este enigma, aunque los filósofos (y algunos científicos, invadiendo "competencias" de la filosofía) hayan propuesto una aparente tercera opción, que en realidad es una seudosolución. Las dos soluciones a las que me refiero son la teísta (el universo es racional porque "en el principio era el Logos", por decirlo en palabras de San Juan) y la hipótesis más extrema del "multiverso", según la cual el orden del universo es una ilusión, un mero caso aleatorio en medio del caos de infinitos universos. La seudosolución es la de Spinoza, según la cual el universo no podría haber sido de otro modo de como es, lo cual elimina la necesidad de un Dios que toma decisiones. Es una seudosolución porque lógicamente no se sostiene. Cualquier cosa que imaginemos que no encierra contradicción en sí misma es lógicamente posible. Luego es posible que existan muchos universos distintos, o incluso que no existiera ninguno. Es lógicamente insostenible que lo que existe no podría haber sido de otro modo.

Descartada la hipótesis teísta, pues, queda solo la del multiverso, de la que existen muchas variantes, aunque solo la más extrema puede sortear la mayor parte de las objeciones, en mi opinión. Estas teorías surgieron como alternativa a los argumentos teístas basados en el llamado "ajuste fino". Algunos científicos observaron que ligeras variaciones en algunas de las constantes físicas hubieran dado lugar a un universo muy distinto, con toda probabilidad no apto para que emergiera en él la vida inteligente. (Ver especialmente el cap. II del libro citado, "La evidencia del ajuste fino".) El teísmo proporciona una explicación sencilla a este hecho sorprendente: Dios ha diseñado el universo con el fin de que aparecieran en él los seres humanos. Pero algunos, con tal de no tener que abrazar esta solución están dispuestos a creer que existe un número enorme de universos, tal vez infinitos, con leyes y constantes distintas del nuestro. Con ello el "ajuste fino" del universo queda reducido a una mera necesidad probabilística. Estas teorías, de las cuales existen numerosas variantes, presentan varios inconvenientes. El primero, y más obvio, es su carácter altamente especulativo, incompatible con el principio de la navaja de Occam. Pero el más serio es que la mayoría de ellos, lo único que hacen es trasladar el misterio de la inteligibilidad del universo al multiverso. Porque si las leyes físicas que conocemos son un mero producto probabilístico, todavía queda por explicar por qué el universo se atiene a las matemáticas de las probabilidades. Como agudamente señala Michael Heller en el capítulo debido a él ("Caos, probabilidad y la comprensibilidad del mundo"), no es en absoluto evidente que la probabilidad de una de las caras de un dado tenga que ser 1/6 en el mundo físico.

Existe sin embargo una variante extrema de la teoría del multiverso, que parece sortear estas insuficiencias. Esta teoría afirma que todas las posibilidades lógico-matemáticas existen realmente, de algún modo, con o sin relación espaciotemporal o de otro tipo entre ellas. Esto permite eludir la embarazosa cuestión de cómo se generan los innumerables (infinitos) universos: sencillamente existen. De ahí que no debería sorprendernos que en uno de ellos hayamos surgido nosotros. Esta teoría, sin embargo, presenta un inconveniente verdaderamente monstruoso. Para "explicar" por qué el universo es como es, no tiene más remedio que admitir infinitas variaciones (triviales, delirantes o siniestras) de nuestro universo. Incluyendo muchas en las cuales algunas o todas las leyes de la física que conocemos sufren una interrupción inexplicable en algún momento t = x. Solo es imposible lo lógicamente contradictorio. No lo es que el año que viene, o mañana mismo, la luna se convierta en un hipopótamo con pantalón corto. ¿Cómo sabemos que nuestro universo es una de las muchas variantes que persistirán en la cordura indefinidamente? La respuesta es inapelable: No lo sabemos.

Es decir, la teoría extrema del multiverso plantea que en realidad el orden cósmico no es más que una ilusión, puesto que en cualquier momento las leyes que lo gobiernan pueden quedar en suspenso o mutar, con consecuencias que pueden ir desde lo meramente cómico a lo catastrófico.

Así pues, la única alternativa consistente a la solución teísta es, para el problema que plantea la Proposición 1, que el universo existe porque sí, sin causa alguna. Y para la Proposición 2, que el universo en realidad no es racional, en el sentido de que acate una estructura legaliforme, sino que equivale al conjunto de todas las posibilidades lógico-matemáticas. Estas alternativas teóricas no son refutables, bien es cierto. Sin embargo, repugnan profundamente al intelecto, porque suponen su más completo fracaso. De ahí que el libro de Soler Gil (cuya densidad y sutileza en absoluto recibe aquí justicia) venga a confirmar la aparente paradoja de Chesterton, quien aseguraba que la Iglesia era el último bastión de la racionalidad occidental.

domingo, 22 de julio de 2012

A qué llamamos cultura

Titular en portada de El País de hoy: "La cultura alza la voz contra su agonía". En la fotografía, nueve artistas del mundo del espectáculo (cine, teatro, etc, incluyendo una galerista), varios de los cuales sostienen un cartel con un lema de red social: #por la cultura. "Una treintena de artistas claman contra los recortes y la subida del IVA." El texto abunda en "su grito de indignación, miedo e incredulidad por una cultura que agoniza."

En la edición digital puede verse una serie de fotografías individuales de actores y empresarios culturales, principalmente, sosteniendo carteles con "alegatos contra los recortes" del estilo de:

CULTURA = LIBERTAD
SI LA CONVERTIMOS EN UN LUJO
AMORDAZAMOS A NUESTROS HIJOS

NO QUIEREN CULTURA PORQUE
NO QUIEREN CIUDADANOS LIBRES
SINO SÚBDITOS

EL GOBIERNO REMATA LA CULTURA 
SIN COMPASIÓN COMO A UN
TORO EN UNA PLAZA

GÖRING: "CUANDO OIGO LA PALABRA
CULTURA, SACO EL REVÓLVER"
AQUÍ, CON ESTE GOBIERNO BASTA LA ASFIXIA

LA CULTURA NO ES UN ARTÍCULO
DE LUJO: MÁS INCULTOS, MÁS DÓCILES

¿Y CON LA SUBIDA DEL IVA NOS
REGALAN EL KIT DE EUTANASIA?

Etcétera. Por cierto, que el autor del último cartel demuestra una cierta confusión. La eutanasia es una de las reivindicaciones de la Religión Progresista Ortodoxa, con la cual congenian tantos artistas e intelectuales, que incluso han dedicado obras a reivindicarla. (Claro que a lo mejor se referían a la eutanasia de los demás, no la propia.)

La cultura no es un lujo, nos repiten. La cultura es libertad, es dignidad. Por eso la derecha la odia, y desearía acabar con ella. Son expresiones muy altisonantes, que nos dan derecho a preguntarnos qué será eso tan importante que llamamos cultura.

En principio, por la actividad de la mayoría de fotografiados, cultura se asocia ante todo con espectáculo, en sentido amplio: Cine, teatro y música, más algún editor inquieto porque suba el IVA de los libros. (Pero no dice nada acerca de que persistan las restricciones a bajar su precio.) Incluso tenemos a una "espectadora", una chica con semblante preocupado, que con inusitada sinceridad asegura (ver pie de foto) que "ya no podré ir a todos los espectáculos que quiero".

Pues bien, ahora expondré yo mi opinión. Si "cultura" es poder ir a todos los espectáculos "que quiero", desde luego la cultura es un lujo. Y además no creo que la mayoría de películas y obras de teatro que se realizan hoy defiendan ninguna libertad o dignidad, sino que más bien se limitan a divulgar, implícita o explícitamente, ideas de la izquierda totalitaria, contra el capitalismo, contra la familia, contra el cristianismo, etc. Para mí cultura es mucho más que ir al cine, al teatro o a exposiciones. Principalmente es otra cosa. Es transmisión de conocimientos y es creación estética perdurable. No es panfletarismo ni agitación social, no es un efímero "estar pegado a la realidad" sin perspectiva, sino vocación de trascender el momento presente, interés por el legado cultural clásico, por hacerlo presente y enriquecerlo, con la mirada puesta en la posteridad. Es una tarea silenciosa y con frecuencia solitaria, alejada del foco mediático.

Por lo demás, yo también estoy en contra de la subida del IVA, pero del IVA de todos los productos. No creo que las salas de cine merezcan un trato privilegiado, distinto de la alimentación o el vestido. Sí estoy absolutamente de acuerdo con los recortes, es decir, con que el Estado disminuya su intervención en la economía, y deje que sea la sociedad la que decida qué debe producirse. Yo podría lamentar que el libro que he publicado no se vendiera, y culpar al poco apoyo oficial que recibimos los autores, añadiendo que "la cultura no interesa al poder" y todas esas cosas que permitirían salvaguardar mi ego. Pero si mi libro es lo suficientemente valioso, al final se terminará vendiendo más o menos, y eso depende exclusivamente de mí y, en menor medida, de mi editor. No hay excusas. Por supuesto que se venden muchos más libros de Harry Potter que de algún poeta apreciable actual. Pero también se venden de García Lorca miles de ejemplares cada año, tres cuartos de siglo después de su muerte.

Como en todo, hay excepciones. Me gusta escuchar emisoras de música clásica estatales, como nuestra Radio Clásica, o la Radio Suisse Classique. No creo que su supresión por razones presupuestarias aumentara en grado apreciable la libertad general de los contribuyentes, y sí en cambio supondría hacer algo menos accesible un legado cultural extraordinario, como es la música europea culta de los tres últimos siglos. Pero comparar con Bach, Beethoven o Mozart la mayoría de productos intrascendentes, cuando no lesivos, que hoy pretenden pasar por "cultura", meter todo dentro del mismo saco, eso sí que compromete el patrimonio cultural de nuestra civilización. Entre tanto ruido, lo que verdaderamente importa se transmite con mayor dificultad. Recortando subvenciones arbitrarias le hacemos en el fondo un bien a la cultura, aunque implique contrariar intereses gremiales. O precisamente por ello.

sábado, 7 de julio de 2012

La boda de Iniesta

Iniesta se casa en Tarragona este domingo. La ceremonia, con el alcalde Ballesteros (socialista) de oficiante, se realizará en el romántico paraje del castillo de Tamarit. Los ochocientos invitados (entre ellos, Messi, Xavi, Puyol, Guardiola, Vicente del Bosque, Íker Casillas y Sara Carbonero) se trasladarán a continuación, para cenar, al restaurante Mas d'en Ros, en Riudoms, cuna de Gaudí.

No, no es que haya decidido hacer una incursión en el género de la prensa del corazón. Tampoco quería hoy hablar del tema de las bodas civiles, que ya superan en número a las católicas, cosa que la progresía celebra como si fuera un gran avance hacia no sé muy bien qué. La sociedad actual se ufana de dejar atrás los rituales religiosos, pero por algún motivo se ve obligada a sustituirlos por unos rituales laicos. Oscuramente intuimos que los rituales son imprescindibles para la vida, pero al mismo tiempo nos reímos de la institución que ha tenido esto clarísimo durante dos mil años.

En realidad, yo quería hablar del fariseísmo de quienes critican a Iniesta, o a quien sea, por celebrar una boda con ochocientos invitados, "en estos momentos de crisis económica". Son los mismos que reclaman a los jugadores de España, épicos vencedores de la Eurocopa, que donen sus primas a angélicas ONGs -que luego ellas decidirán a quién donan el dinero. Son de la misma especie que aquellos que, cuando se envía un nuevo ingenio a Marte, se muestran escandalizados por que esos millones de dólares no se destinen a paliar el hambre en el mundo. Y por supuesto, pertenecen a la misma raza de los eternos denunciadores de los lujos del Vaticano.

Como casi todo, esta psicología ya está retratada en los evangelios, cuando algunos presentes reprochan a una mujer (María Magdalena, según cierta tradición) por agasajar a Jesús en Betania con un caro perfume, en lugar de obtener con su venta dinero para los pobres. Son los mismos que casi nunca se limitan a ejercer ellos la caridad, en la medida de sus posibilidades, sino que siempre están dispuestos a que sean otros quienes la practiquen. Y tienen la justificación siempre a punto, que los otros tienen o derrochan "demasiado". Quién decide lo que es demasiado, es por supuesto una pregunta tonta. Son aquellos que nunca se sentirán culpables por permitirse algún capricho, por cenar en un restaurante de moda mientras en la esquina una rumana en harapos revuelve contenedores, buscando restos de comida para sus hijos. Siempre es el gobierno el que debería hacer algo para remediar esa "vergüenza", siempre tienen  la culpa los bancos, los ricos, es decir, los otros, no yo, que soy una persona buenísima y solidaria, que voto a partidos de izquierda. Y joer, qué buena está la panacota de vainilla.

Le deseo a Andrés y a su mujer lo mejor en el día de su boda. Me parece estupenda la decisión que ha tomado de celebrarla en Tarragona, de animar un poco la economía local. No hace falta que done nada a ninguna ONG; ya hacen mucho bien, él y sus invitados, gastando en hoteles, restaurantes y comercios de esta ciudad mediterránea. Y sobre todo que continúe jugando al fútbol como lo hace. (Otro día hablaré de los papanatas del "¡Ya ves, once tíos corriendo detrás de una pelota! No le veo la gracia...")

domingo, 1 de julio de 2012

El origen de la culpa

Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo son a la literatura lo que Víctor Manuel y Ana Belén a la canción: La pareja modélica de progresistas. He apreciado novelas del primero, a pesar de que, desde hace años, no soy lector habitual de ficción, como dicen los anglosajones. Si de Elvira Lindo no he leído nada extenso, simplemente es por esta razón. Y canciones de la otra pareja, me gustan varias, para qué negarlo, como me gustan Serrat, Sabina y hasta Paco Ibáñez. Nunca he dejado que mis ideas condicionaran mis preferencias estéticas, ni viceversa. He sido wagneriano con veinte y pocos años, cuando era de izquierdas, y soy mucho más verdiano (sin renegar del Tristán) ahora que muchos me juzgarían como un reaccionario impenitente.

Eso sí, el progresismo de Elvira Lindo y de su marido es de la especie inteligente, es decir, de ese tipo que se permite criticar, a veces en términos muy sarcásticos, las memeces más evidentes de la corrección política y el folclore al uso de la izquierda perroflauta. Esto por un lado es de agradecer, máxime cuando se realiza desde el órgano progre por excelencia, El País. Pero por otro lado, estas críticas eventuales nunca acaban de ir al fondo. Y ello es así, porque si lo hicieran, realmente cuestionarían todo el paradigma progresista.

Un ejemplo es el artículo de Lindo, en la edición digital del citado periódico, titulado Evidentemente. En él la escritora se cachondea, permítanme la expresión, con las declaraciones de una cantante, que asegura querer desterrar del diccionario la palabra "culpa", cada vez que alguien tiene a bien entrevistarla. Al parecer, la artista se siente orgullosa de su gran descubrimiento intelectual, aunque ignoro si este ha estado favorecido por un proceso de ósmosis ambiental o por una lectura detenida de las obras de Nietzsche. Elvira ridiculiza sin compasión este hedonismo de pacotilla que vienen a decirnos que, hasta que Moisés vino a aguarnos la fiesta con las tablas de la Ley, los seres humanos "estaban follando, [y] bebiendo, de puta madre".

Con toda razón, Elvira defiende la necesidad del sentimiento de culpa, sin el cual la maldad puede campar a sus anchas. Pero lo estropea totalmente cuando afirma lo siguiente:

"Creer que la “culpa” es un sentimiento religioso, por mucho que la Iglesia católica haya manoseado el término, es (evidentemente) una tontería, porque los únicos que carecen de culpa son los psicópatas, dado que la culpa, cuando no es enfermiza, es consecuencia de la compasión y la empatía con el que sufre."

Para la articulista, la culpa es un sentimiento natural y espontáneo, hijo de la empatía, cuya ausencia podemos considerar patológica y, por tanto, tratable con métodos psiquiátricos. La idea filosófica subyacente es el viejo mito progresista del Buen Salvaje: Somos buenos por naturaleza, y todos los males proceden de la ignorancia y la superstición. Estas son las causantes de que no sepamos (todavía) organizar la sociedad adecuadamente, ni tampoco diagnosticar y curar plenamente ciertas enfermedades, como la incapacidad de sentir culpa, la pedofilia, la aversión a pagar impuestos y la creencia en la divinidad.

Seguramente que existen psicópatas incapaces de sentir la menor compasión ante el dolor ajeno. Y posiblemente algunos delincuentes sexuales sean personas con problemas mentales o endocrinos. Pero a la concepción terapéutica del mal se le pueden oponer dos serias objeciones: La primera y más obvia, que difícilmente permite explicar todo el mal de que son capaces los seres humanos, en mayor o menor grado. Hannah Arendt mostró convincentemente que algunos de los mayores crímenes de la historia, como fueron los perpetrados bajo el régimen nazi, no se pueden explicar solo por la mera intervención de personalidades sádicas (aunque estas florezcan especialmente en determinadas circunstancias), sin tener en cuenta las ideas deshumanizadoras que llevaron a personas clínicamente normales a ser cómplices directos o indirectos del horror.

La segunda objeción, y de más calado, es que si el mal es una enfermedad, su definición queda sujeta al albur de la ciencia, no de la ética o la religión. Y no es en absoluto evidente (por incidir en el adjetivo) que con ello salgamos ganando. Porque, como sugería aquella novela de Anthony Burguess (o si lo prefieren, la película de Kubrick, La naranja mecánica) esto nos conduce con inflexible lógica a una posibilidad totalitaria. La de un mundo donde una tecnocracia se arrogue el poder de decidir qué son el mal y el bien, sin retroceder ante la opción de extirpar el primero junto con muchas cosas buenas -o viceversa.

Digámoslo sin más rodeos: ¡Claro que la culpa es un sentimiento -aunque yo prefiero decir una idea- intrínsecamente religioso! El tremendo error es precisamente negar tan profunda y capital verdad. El bien y el mal son cosas demasiado trascendentales para dejarlas exclusivamente en manos de sentimientos como la compasión y empatía, sin duda bendecibles, pero que se difuminan tan fácilmente y se dejan manipular y hasta invertir con tanta frecuencia. ¿No se nos quiere justificar el aborto con emociones de empatía hacia la madre, como si sacrificar una vida humana fuera menos grave que contrariar la ofuscación acaso pasajera de una mujer que rechaza a su hijo?

La Iglesia habrá "manoseado" el sentimiento de culpa durante dos mil años, con perseverancia digna de nota. Solo por ello, quizás valdría la pena escucharla. En cambio ahora supuestos expertos y opinadores diletantes nos informan de que la culpa es un fenómeno puramente subjetivo. Para algunos, prescindible; para otros necesario. Pero ambos coinciden en negar su fundamentación, que el bien y el mal son realidades absolutas, no conceptos indefinidamente debatibles, que hoy nos pueden servir para justificar bellas acciones, y mañana para perseguir al prójimo. Y hasta para erigir, en un futuro no remoto, totalitarismos lo suficientemente avanzados como para rediseñar la psique humana, y por tanto redefinir a su conveniencia, de manera siniestramente incontestable, los principios morales.

Si el bien y el mal son meramente sentimientos, ¿cómo sabemos cuáles son los sentimientos buenos y cuáles los malos, sin caer en una circularidad lógica? Esta es la cuestión que el humanismo laico no tiene más remedio que eludir o posponer. Pero sin responderla, no hay humanismo que pueda resistir la arrogancia de la voluntad de poder, que diría Nietzsche.